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...emma Daniel San MartĂ­n


Capítulo III - Nielsa Acto seguido agarré el móvil y comprobé que era un número desconocido. ¿Sería aquel chico de la galería de arte? ¡Dios mío! No podía esperar a conocerlo. Tenía una clase de misterio inaudito. ¿Qué querría de mí para pasarse dos veces por mi galería de arte? Tendría que estar increíblemente interesado para acercarse a la cafetería de Andreas y preguntar por mí. Pulsé el botón verde y acepté la llamada. «…» «¿Hola? ¿Hay alguien ahí?» En el fondo se escuchaba alguien gritando y algo parecido a unos sollozos. No se podía discernir bien lo que estaba ocurriendo, porque había una gran interferencia de fondo. Después sonó un fuerte portazo y sin querer del susto corté la llamada. No podía entretenerme con aquello. Aproveche para vestirme y me quedé observando por la ventana la calle del hostal. El día no podía ser más bello: unos rayos de luz coloreaban la piel de mis manos y podía notar como Berlín respiraba 2

vida. La habitación ya había perdido todo el encanto de ayer y se había convertido definitivamente en una mazmorra mohosa. Cogí el post-it y me lo guardé en el bolso. Salí de allí. Nada más acceder a la calle había un puesto de zumo fresco. No pude resistirme. No había mejor momento para un zumo de naranja fugaz. Podía recordar a sorbos la noche de ayer, acompañada de la incertidumbre de un extraño nuevo comienzo. ¿Qué más le podía pedir a la vida? Me dirigí a casa a coger las llaves disfrutando de todo aquel paisaje urbano que me parecía arcádico. Mi móvil empezó a vibrar desde el bolso cuando estaba ya apunto de entrar en casa. Decidí primero subir y darle de comer a Zola. Sus cánticos angelicales sonaban ya detrás de la puerta. La pobre criatura no aguanta ni un minuto sin verme. No había un gato pardo más fiel en el mundo. Solté un segundo el móvil y lo dejé en la encimera de la cocina. Lo observé desde una distancia


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prudente, apoyada a lo lejos en el filo de la ventana. Encendí un cigarro y comencé a reflexionar en aquello que se hacía llamar vida. ¿No creéis que puede rejuvenecer el tabaco? Era un humo que cruzaba quemándome la garganta, y ascendía acto seguido por mis fosas nasales como un tranvía descarrillado sin rumbo aparente. Era un instante purificador, congelado en el tiempo – un cementerio cian de ideas eternas –. Al mismo tiempo saque el post-it del bolso y lo pegué en mi nevera. Todo aquello invadió mi mente, que empezaba a mutar y a convertirse en un crucigrama de sensaciones sin un aparente sentido lógico. Me acerqué a la encimera y le eché una ojeada a aquel trasto electrónico. Había un mensaje del mismo número de antes: “creo que te acordarás de mí. Estuve hace dos días en tu espacio. Necesito verte. Quiero enseñarte algo. ¿Quedamos a las 21:00 en la salida de metro de Rosenthaler Platz?”

Era algo tarde. Pero me daba tiempo a cumplir mi horario de trabajo. Hoy me duché lentamente pensando en qué me deparaba al quedar con él. ¿Por qué escuché gritos en el móvil? ¿Qué querría de mí? Al mismo tiempo pensaba en aquel suizo supuesta4

mente llamado Volker. ¿Debería de ir a la dirección que escribió? Y si me decidido a ir, entonces ¿Cuándo sería un buen momento? Me sequé el cuerpo con una toalla, me vestí y encendí el secador del pelo, aprovechando para tararear alguna que otra canción perdida en mi mente, mientras Zola huía despavorido de aquel ruido mefistofélico que emanaba aquel tubo generador de aire ardiente. Cogí las llaves y me dirigí a mi trabajo, donde a penas ocurrio nada. Sólo pensaba en aquel chico permanentemente. Sólo miraba los números del reloj del móvil. Cerré la galería. Inspiré fuerte. Y me dirigí a Rosenthaler Platz. A penas tardé quince minutos en llegar y nerviosa subí las escaleras de la boca del metro. Ya arriba giré la cabeza a todos lados, por un instante pensé que todo era producto de mi imaginación hiperactiva, pero allí estaba él. De pie, fumándose un cigarrillo contemplando nada, con los ojos desnudos. Tenía una cierta pátina de tristeza, como de nostalgia. Parecía intentar olvidar su existencia a cada parpadeo que encerraban sus pupilas verdes. Su ropa era sencilla, apenas una camiseta azul marina monócroma, junto a un abrigo abierto, unos pantalones ajustados y bastante desgastados, y


unos zapatos de ante. De nuevo desaliñado. Como si el mundo fuera por un lado y el hubiese encontrado otro lugar ajeno a todo desde donde dar vueltas. En la mano sujetaba la ya famosa carpeta. Se dio cuenta. Ahí estaba. «Hola, Emma» «¡¿Sabes mi nombre?!» Me sonrió mientras expiraba humo por la nariz. «Podemos ir a un bar de aquí cerca. Me encantaría enseñarte algo, especialmente a ti. Creo que tienes una visión para estas cosas especial. Entremos aquí…» No dijimos nada. Me miraba todo el rato sonriendo y pidió una copa de whisky escocés con doble de hielo, yo pedí un vino blanco. Cuando acabó con el cigarrillo se encendió otro. «¿Cómo te llamas tú?» «Yo soy Niels» «¿De dónde eres? Tienes un acento que no he escuchado nunca» «Mis padre provenía de un pequeño pueblo de Finlandia, o eso tengo entendido, y mi madre era iraní. Ambos se conocieron en Helsinki. La historia es un poco extraña. Mi madre era prostituta de lujo, en cambio mi padre era un empresario adinerado que disfrutaba en aquel momento de una fiesta de trabajo privada. Al estar embarazada mi madre, mi padre, si se merece que lo llame así, le dio

suficiente dinero a mi madre como para cuidar durante un tiempo al que era su hijo. Mi madre, Hamideh, decidió huir con el dinero y criarme en Irán. Cuando cumplí los 18 años, mi madre y yo volamos juntos a Berlín a buscarnos un nuevo porvenir» «No podrías tener una historia más fascinante. Lo siento, sé lo que es vivir sólo con sólo uno de tus padres a cargo de tu educación» «No te preocupes» «¿Por qué querías verme?» «Te conozco en verdad desde hace mucho tiempo. Pero tú a mí no» «Esto suena un poco raro» «Mira… no quiero que te asustes. Pero, hace meses vi tu galería y entré. Tú estabas detrás del ordenador concentrada. Pero yo incluso me acerqué a tí. Aún así, tú seguías ahí. En otro lado. Fuera de aquí, fuera de todo» «Bueno, a decir verdad, soy una chica que se distrae con facilidad» «Intento dedicarme al mundo del arte. Te puedo enseñar mi portafolio. Me encantaría que me dieras una oportunidad de poder exponer en tu espacio» «Eso dependerá de muchas cosas. Para empezar, déjame ver que traes ahí» Ahora mismo no os puedo engañar. Su obra era diferente. Nunca había visto algo igual: mezclaba la fotografía, el dibujo y la pintura, todo 5


a la vez. Eran pequeños relieves de lugares perdidos en Teherán. Tenía algo de ese barroquismo árabe, de esa fantasía exótica oriental que tanto nos fascinaba a los occidentales. Pero a su vez era fresco y mágico. De todas formas, no quería parecer sorprendida. Vosotros podréis entenderme en esto. «Son, en verdad, los recuerdos que me quedan de Irán. No he ido más de tres veces desde que abandoné mi ciudad. Jamás conseguí reunir suficiente dinero como para permitirme quedarme más de unos días. Sinceramente, nunca me he dedicado profesionalmente al arte. Soy cocinero en un pequeño restaurante de especialidades de Medio Oriente» «Niels, puedo intentar quizas hacerte una pequeña exposición. Pero tú mismo sabrás que mi galería no es famosa. Sin embargo, creo que tienes algo especial. Creo que tengo que darte la oportunidad de enseñárselo al mundo» «Te voy a dejar aquí escrito mi email y también la web que intento construir en mis ratos libres» cuando terminó me dedicó una sonrisa «voy un momento al servicio» Cuando se fue no pude evitarlo y volví a mirar su carpeta. Era como esconderse en las calles iraníes, algo tenía de mí, de Rancagua. Los dos habíamos abandonados nuestras ciu6

dades para perseguir nuestros sueños. Era asombroso. Seguía pasando hoja a hoja aquel álbum de fotos y dibujos, cuando encontré un pequeño dibujo hecho a lápiz. ¡No podía ser! Era un retrato mío. Aquel chico me había hecho un retrato cuando yo no me había dado cuenta. En ese momento no sabía si asustarme o alegrarme. Aún así, os diré que aquel retrato era precioso, a penas tenía unos trazos y podía reconocerme al instante. Aquel chico había visto algo más que un espacio donde exponer. Quería algo más. No se me ocurrió otra cosa que coger aquel dibujo y guardármelo en el bolso. Llegó del servicio algo nervioso. «Tengo que irme rápido. La semana que viene iré a la galería y si quieres concretamos allí cuando y cómo lo haríamos. «Claro, Niels» sonreí. Salimos de la cafetería y nos despedimos. Aún así. Mi curiosidad iba a más. Había algo de ese chico que no podía entender. Cambió rápidamente de estado de ánimo. Así que di unos cuantos pasos en dirección contraria a la suya. Me giré. Y sí, empecé a seguirle.


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Emma - Capítulo III