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Vida y Escritos

A la memoria del Padre

del P. Félix Antonio Ruiz Posada, C.J.M

y de los demás miembros de nuestra familia que nos han precedido en el encuentro con el Señor.


Agradecimientos

Estos contenidos se encuentran también en su totalidad en: https://www.facebook.com/padrefelixruiz

A Dios por el don que significó y aún significa, la vida y obra del P. Félix Antonio Ruiz Posada, C.J.M.; para su familia, para su Congregación, para su patria y para la Iglesia. Al P. José Domingo Ruiz Velásquez, C.J.M.; quien aportó la mayoría de los materiales para esta compilación y quien editó cuidadosamente el trabajo que ahora presentamos. A la Provincia Colombiana de la Congregación de Jesús y María por su acogida y apertura en la realización de esta investigación, especialmente al padre Provincial y a los PP. Álvaro Torres, C.J.M. y Gerardo Velásquez, C.J.M. A la Hna. María Q. Ruiz Velásquez, por su colaboración generosa en el curso de la investigación. Al P. José Domingo Ruiz Velásquez, C.J.M. y a Mario Ruiz Velásquez por financiar la impresión de este trabajo. Dios les pague. A.M.D.G.

Daniel Ruiz.


Advertencia Entre manos tienes el fruto de mucho trabajo y cariño que el seminarista Daniel Ruiz Sierra ha dedicado a la memoria de su tío abuelo el padre Félix Antonio Ruiz Posada. Lee con atención y gratitud estas páginas y hallarás lecciones de vida para ti y los demás que aman las buenas letras mensajeras de nobleza. Siento yo alegría inmensa al ver que Daniel logra reunir y publicar los escritos del padre Félix que se salvaron del naufragio. Son de grande valor literario e histórico. ¡Cuánta maestría y destreza poseía el padre Félix a los treinta y dos años cuando en Jericó disfrutó de algún tiempo precioso para escribir esas crónicas agilísimas en el pensamiento, el lenguaje y la radiografía sicológica de sus alumnos y compañeros de labor! Y escribí que se salvaron del naufragio porque no otra cosa fue ese 31 de enero de 1938. Maduro él para el cielo y para las letras, muere la muerte de los héroes y de los mártires. Pero, ¡Cuántos horizontes ha oteado y, ay, que no alcanzó a visitarlos! Su pluma agilizada al calor de la conversación con don Marco Fidel Suárez y de la lectura asidua de los Sueños de Luciano Pulgar no avanzará por esos campos que le ofrecen la Iglesia y la Patria. Ilusiones y proyectos, oportunidades y esperanzas…en ese ataúd mueren. Los escritos suyos han estado sepultados 74 años. ¿Quién los coleccionó y los editó para que los lectores exigentes los valoraran? Hubo elogios para el padre Félix, sí, pero faltó mostrarlo en su obra. Lo que se ha encontrado en la revista Los Sagrados Corazones, y algo más, lo recoge Daniel como quien busca tesoros. Ese 31 de enero, el equipaje del padre Félix había sido enviado a Cartagena. Recibido allá o vuelto acá… ¿a quién le interesa este libro…estos apuntes…? -recójalos y guárdelos. Para tal biblioteca esto; para la otra, aquello… Un amigo del padre Félix se presenta a la casa de la familia y dice querer escribir algo de importancia a cerca del padre, y con este anzuelo pesca las cartas familiares y cuanto más puede…y nada de nada…todo perdido. Desde 1914 hasta 1938, primero doña Quiteria la madre y después Encarnación la hermana mayor, fueron guardando esas cartas preciosas. Con razón, Encarnación se dolía del engaño sufrido. Vengamos a los que nos queda y disfrutémoslo. Como orador, conferencista y panegirista se distinguió y se conservan muestras excelentes. Los Rudimentos de Declamación atestiguan cuanto esmero aportaba él para lustre de la cátedra sagrada. En el género epistolar ¡qué cercanía y delicadeza con su hermano José María! ¡Cómo sería con la madre, mientras la tuvo! ¡Y con su padre, sus hermanas y con Joaquín que cuidaba del hogar! El profesor de literatura debió ser una delicia y, entendámoslo bien, con transferencia envidiable a las demás materias que enseñara para provecho de los alumnos.

El lector debió ser atento e infatigable. Tal nos lo muestran las citas oportunas halladas en sus escritos. ¿Cómo rebuscó unas 200 composiciones en los escritores nacionales para su Jesucristo en la literatura colombina? El cronista nos pinta personas, lugares y sucesos en recintos amplios o reducidos con igual facilidad. No me detengo más en estas apreciaciones; espero que las encuentren bien encaminadas para gustarlas y agradecer al padre Félix y a Daniel el mensaje espiritual y literario servido con tanta habilidad y esmero.

P. José Domingo Ruiz Velásquez, C.J.M.


Cronología de la vida del P. Félix Antonio Ruiz Posada, C.J.M. 1903 1910 1914 1920 1923 1923

VIDA

1924 1925 1926 1926 1927 1927 1927 1931 1934 1934 1934 1935

El 1º de marzo nace Félix Ruiz, en Sabanalarga, vereda del municipio de Bello (Antioquia). El 6 de enero recibe su primera Comunión en El Carmelo, vereda del municipio de Bello (Antioquia). Ingresa como estudiante al Juniorato de los padres Eudistas en San Pedro de los Milagros(Antioquia). Ingresa a la probación de la Congregación de Jesús y María (Padres Eudistas), en la Casa de Valmaría, localidad de Usaquén en Bogotá. Recibe la primera tonsura en Bogotá. El 8 de junio fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, celebra su incorporación definitiva a la Congregación de Jesús y María (Padres Eudistas). El 15 de agosto recibe las órdenes menores del exorcistado y el acolitado de manos de Monseñor Joaquín García Benítez. Recibe el subdiaconado y hace su promesa de castidad perpetua. El 27 de febrero se ordena diacono de manos de Monseñor Ismael Perdomo, en Bogotá. El 7 de noviembre se ordena sacerdote de manos del Arzobispo primado Bernardo Herrera Restrepo, en Bogotá. Lo acompaña en su ordenación su amigo el expresidente Marco Fidel Suárez. El 6 de enero el padre Félix Ruiz celebra su primera misa cantada en El Carmelo, vereda del municipio de Bello (Antioquia). Es enviado a entregar sus primicias sacerdotales en el Seminario Conciliar de Pamplona, Norte de Santander, donde se desempeña como profesor. En mayo publica: Don Marco Fidel Suárez, en la Revista los Sagrados Corazones. Es nombrado prefecto del Seminario Menor de Pamplona, donde continua su labor apostólica también como profesor y predicador. Es enviado a trabajar en los seminarios mayor y menor de Jericó, Antioquia En agosto publica: la B.M. María Santa Eufrasia Pelletier fundadora del Buen Pastor , en la Revista los Sagrados Corazones. En octubre publica: Correo de Familia: Las fiestas cincuentenarias en Jericó, en la Revista los Sagrados Corazones, bajo el pseudónimo de padre Casafús. En febrero publica: El beato Antonio María Claret y el clero, en la Revista los


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Sagrados Corazones. En febrero publica: Correo de familia: Jericó en la Revista los Sagrados Corazones, bajo el pseudónimo de padre Casafús. En febrero publica la primera parte de: Obispos de Nueva Pamplona en la Revista los Sagrados Corazones. En marzo publica la segunda parte de: Obispos de Nueva Pamplona, en la Revista los Sagrados Corazones. En marzo publica Correo de familia: Jericó, en la Revista los Sagrados Corazones bajo el pseudónimo de padre Casafús. En abril publica la tercera parte de: Obispos de Nueva Pamplona, en la Revista los Sagrados Corazones. En abril publica: Correo de familia: Jericó, en la Revista los Sagrados Corazones bajo el pseudónimo de padre Casafús. En julio publica: Las reliquias que pertenecieron a Marco Fidel Suárez en la Revista los Sagrados Corazones. En julio publica la primera parte de: Rudimentos de Declamación en la Revista los Sagrados Corazones bajo el pseudónimo de Fray Far. En julio publica la cuarta parte de: Obispos de Nueva Pamplona en la Revista los Sagrados Corazones. En julio publica su compilación: Jesucristo en la Literatura Colombiana, con la Tipografía Bedout de Medellín a beneficio de los leprosos de Colombia. En agosto publica: Correo de Familia: Jericó en la Revista los Sagrados Corazones. En septiembre publica la quinta parte de: Obispos de Nueva Pamplona en la Revista los Sagrados Corazones. En septiembre publica la primera parte de: El Segundo Congreso Eucarístico, recuerdos, en la Revista los Sagrados Corazones. En septiembre publica la segunda parte de: Rudimentos de Declamación en la Revista los Sagrados Corazones, bajo el pseudónimo de Fray Far. En septiembre la Revista de los Sagrados Corazones, publica una nota sobre: Jesucristo en la Literatura Colombiana. El autor es P.A.B. En diciembre publica: Recuerdos del muy R.P. Mathurín, en la Revista los Sagrados Corazones. En diciembre publica la segunda parte de: El Segundo Congreso Eucarístico, Recuerdos, en la Revista los Sagrados Corazones. En diciembre publica la tercera parte de: Rudimentos de Declamación en la Revista los Sagrados Corazones, bajo el pseudónimo de Fray Far. El 31 de enero es nombrado superior del Juniorato de San Pedro de los Milagros, Antioquia. En febrero publica: Correo de familia: Jericó en la Revista los Sagrados

1936 1936 1936 1936 1936 1936 1937 1937 1938 1938 1938

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Corazones. Es nombrado miembro correspondiente del centro de Historia de Bucaramanga. En julio la Revista los Sagrados Corazones, publica una felicitación al P. Ruiz por su nombramiento como miembro del Centro de Historia de Bucaramanga. En julio publica: Correo de Familia: Juniorato de San Pedro, en la Revista los Sagrados Corazones. En octubre publica: El P. Tressel en Colombia, en la Revista los Sagrados Corazones. En diciembre publica: Importancia de las Misiones, en la Revista los Sagrados Corazones. El 15 de noviembre funda la Academia Literaria Marco Fidel Suárez en el Juniorato, esta se mantendrá hasta agosto de 1967. En febrero la Revista los Sagrados Corazones publica el prospecto del Juniorato de San Pedro de los Milagros firmado por el P. Ruiz como superior. Edita una postal conmemorativa de don Marco Fidel Suárez en el décimo aniversario de su muerte. Es enviado al Seminario de Cartagena de Indias. El 31 de enero, después de quedar herido gravemente en el accidente ferroviario de Cantarrana, nace el P. Félix para el cielo. En febrero la Revista los Sagrados Corazones publica una breve nota sobre el fallecimiento del P. Ruiz, así como algunas notas de la prensa nacional sobre el mismo asunto y las cartas y telegramas recibidos con este motivo. A esto se suman: Una nota sobre el P. Ruiz del P. Luis E. Yepes, el homenaje de los seminaristas venezolanos al P. Ruiz y las diversas resoluciones dadas en Bello, San Pedro y Jericó con motivo de la muerte del padre. En julio la Revista los Sagrados Corazones publica una nota sobre el padre de José J. Ortega y una nota publicada por la Revista de Misiones. En enero la Revista los Sagrados Corazones publica: Correo de Familia: Un aniversario y Un soneto de Manuel Grillo alusivos a el primer aniversario de la muerte del padre, así como un artículo del P. José Felicitas Suárez titulado: En la casa del P. Ruiz. En enero la Revista los Sagrados Corazones publica: Homenaje al P. Ruiz y Hace dos años. En agosto la Unidad Católica de Pamplona publica: Agradecido Recuerdo, donde hace especial mención del P. Ruiz.


Biografía

Murió bendiciendo

La mamá de Félix Ruiz fue doña Quiteria Posada. La niñez de Félix debió ser la de un niño campesino. Recordemos algunos párrafos de sus crónicas en donde aparecen evocados los lugares de su infancia o los episodios que debió vivir: "cuando uno llega a esa tierra, por el alto que llaman de las brisas, le va dando en la cara un airecito frío, juguetón y cortante... A mí me parece que esas cuchillas y quiebras estériles, foscas y rebeldes do los socavones, están gritando a los propietarios que en sus entrañas guardan el tesoro que ellos porfían por arrancarles vanamente, con desbarrarles los flancos a fuerza de azadón o tostándolas con despiadadas quemas..." "En los valles de nuestros ríos he visto un árbol que por su mero nombre -el guayacán- es emblema de vigor y de fortaleza incontrastable. Ahonda sus raíces en el agrio suelo con dura porfía; levanta al cielo las ramas nervudas y rozagantes con glorioso desenfado, indiferente a las aguas y a los soles, a los vendavales y a la escarcha. A cada revolver de los cielos, se desnuda de todo follaje y se incendia de flores blancas o rojas, o de gualda y oro. Si alguna vez la alegre bulliciosa turba estudiantil se llega a su sombra, y enloquecida por aquel prodigio de florescencia, escala osada el tronco y profana su inerme esplendor... El árbol estrujado y sacudido se venga inundando a los rapazuelos en lluvia de flores y de aromas que suspenden los sentidos y forman blanda alfombra para el reposo". La vida del campo forjó el espíritu del padre Félix y también su cuerpo. Este era alto, fornido, algo tosco en sus ademanes. Aquel era fuerte, franco y a la vez sencillo y límpido como el de un niño. En las montañas que por el occidente custodian el valle del Aburrá aprendió Félix a enamorarse de Colombia, y a amar tiernamente a los suyos. Cuando doña Quiteria murió no dejaría de recordarla, y de recomendar a sus alumnos, que dieran un abrazo a sus madres en nombre del "padre Ruiz, que no tiene madre"

P. Diego Jaramillo, C.J.M. El hogar En Sabanalarga una vereda del antiguo Hato Viejo, ahora municipio de Bello, nació el lo. de marzo de 1903 Félix Antonio Ruiz Posada. Sus padres eran campesinos antioqueños. El niño se llamaba Félix, como su padre y como el párroco de Bello que le dio la primera comunión y lo mandó luego al Seminario. Por eso nada de raro tiene que al caserío donde vivió le hayan dado el nombre de San Félix, un mártir de la Iglesia romana patrono de todos ellos, en honor del cual se levanta hoy una Iglesita, donde moraba la familia Ruiz, cerca a la carretera que de Medellín trepa hasta San Pedro, casi al llegar a los fertilísimos llanos de Ovejas.

Compañeros del P. Félix en el Juniorato de San Pedro, 1916


El Juniorato de San Pedro Algo más de once años tenía Félix Antonio, cuando su padre, por insinuación del Sacerdote Félix Mejía, lo llevó al Juniorato de San Pedro. San Pedro es una población situada a 48 kilómetros al noroeste de Medellín. Tierras antes sembradas de helechos y matorrales, hoy convertidas en excelentes fincas ganaderas. El clima es frío, el firmamento despejado, el aire limpio, oloroso a pinos y eucaliptus. En el pueblo se venera una imagen de Cristo Crucificado, a quien muchedumbres de peregrinos llaman "el Señor de los Milagros". A ese pueblito antioqueño habían traslado los eudistas el Seminario Menor, que antes dirigían en Santa Fe de Antioquia y que luego llevarían a Santa Rosa de Osos, cuando esta ciudad quedó constituida en capital diocesana. Junto al seminario menor, donde se preparaban los futuros presbíteros de la diócesis, los padres eudistas quisieron formar su propio seminario, al que dieron el nombre de Juniorato. Los junioristas asistían a clases con los seminaristas diocesanos. Esa experiencia permitía ahorrar profesores, y estimulaba una conveniente emulación entre ambos grupos. En alguna visita que hiciera al Juniorato, 20 años después, Félix Ruiz describiría así al plantel que lo acogió cuando apenas era un niño: "el Juniorato es una casa grande, de un solo piso, con amplios aleros, acogedores y benévolos, arrullada ella y embalsamada por los pinares y plantíos de eucaliptus, verdadero árbol de vida. Estamos en el patiecito interior. Todo el poblado de recuerdos para los que allí pasamos dulces, lejanos años de formación. Allí nos sacó en 1914 un retrato el inolvidable padre Buan. En uno de sus ángulos quedaba la campanita de timbre argentino y vivaz como grito de niño inocente. ¡Ah! Y qué de sustos y sobresaltos le ocasionó esa campanita al pobre campanero; zancadillas y empujones, hasta pellizcos, ochos y líneas eran lo menos para la miniatura del hombre que no tenía vida con tal empleíto. Poblado el patiecito para nosotros, de recuerdos infantiles, solo nos entristece la dulce añoranza". Al frente del Juniorato, como rector, profesor y ecónomo, estaba el padre Pedro Lacroix, totalmente entregado a su oficio. De él son estas palabras, en donde alude a sus preocupaciones y anhelos en una de sus cartas: "Estoy lejos de desanimarme. La piedad de los niños me da esperanzas de que lentamente adquirirán el espíritu de fe; mirando a las almas que deben salvar antes que a sus propias personas, se sacrificarán generosamente según lo exige la vocación sacerdotal y religiosa. No faltan los alumnos, y más que buscarlos hay que

rehusar admitirlos, pero temo la inconstancia y el deseo de una vidita dulce y tranquila". Cerca al padre Lacroix el padre Andrés Buan quien fue el hábil constructor del Juniorato. El talaba y aserraba madera en los bosques vecinos, y luego la transportaba al pueblo, y la convertía después en pilares y durmientes, en vigas y tablados. También en el Juniorato vivían entonces, y allí murieron, algunos profesores de Félix: el padre Isidoro Lavolée, prematuramente envejecido, que gastó sus últimas energías vigilando estudios y dormitorios hasta que murió a los 43 años, el 22de diciembre de 1916. El padre Lavolée con gran resignación afirmaba: "no temo la muerte, sino al cortejo de dolores que la acompañan, porque, mi paciencia es muy débil, pero confío en quien dijo que quien deja padre, madre, hermanos, hermanas y sus propios bienes para seguirlo, tendrá la vida eterna". Igualmente el padre Amado Rissel, destrozado por la tuberculosis cuando apenas tenía 31 años, y a quien Félix Ruíz evocaría con estas frases: "(Recordamos) esa escalerita del mirador, por donde tantas veces vimos subir fatigado corno herido en mitad del camino, al querido padre Rissel, tan bondadoso siempre y tan alegre, aunque su sonrisa no lograra teñir las mejillas, marcadas ya por la palidez del implacable mal". Otro profesor fue el padre Juan Bautista Dagnaud, ecónomo por algún tiempo, a quien tachaban algunos de manirroto, pues para que sus alumnos no se humedecieran en los días de lluvia, mientras iban del Juniorato al seminario menor, distante unos cien metros, les compró unos grandes y solemnes paraguas. La comunidad eudista, llegada de Europa treinta años atrás, apenas empezaba a preocuparse por promover las vocaciones autóctonas; pero quería hacerlo con abnegación y generosidad ilímites invirtiendo hombres y dinero en las tierras sanpedreñas. Todos esos profesores eran franceses. Por eso, en los años vividos por Félix Ruiz en el Juniorato, se hablaba continuamente de Francia, y de las batallas que las tropas francesas libraban con las alemanas, en esos días de la primera guerra mundial. Otros eudistas, franceses también, se esforzaban por formar sacerdotes en los seminarios diocesanos de Cartagena, Santa Fe de Antioquia, Pamplona, Santa Marta y en su propia casa de Usaquén. Al frente de la provincia eudista de Colombia estaba el padre Mathurín Jehanno quien llegó de visita a San Pedro, en 1.915. En los recuerdos de Félix Antonio quedó grabada la primera imagen que captó del padre Mathurín: "nuestro cariño y admiración por él conservan -y no queremos romperlo- el embrujo del prestigio con que, por primera vez lo vimos hace ya más de 20 años, radiante de juventud y de talento, cuando apenas contábamos 10 u 11. El mero nombre del padre Mathurín, así mondo y lirondo, nos sonaba entonces y nos suena todavía como dulzaina campesina"...


El ilustre visitante quedó encantado con lo que vio en el Juniorato y así lo testificó en el acta que los superiores provinciales de los eudistas acostumbran escribir para consignar las impresiones de su visita: "El Juniorato es un paraíso... Los alumnos están realmente bien escogidos. Viéndolos, muero de ganas de que estén ya en el noviciado. Qué lástima que se requiera tanto tiempo y tanto dinero para hacer el bien". Entre ese grupo de alumnos, que tantas esperanzas causaba, estaban Luis Enrique Yepes, de Donmatías, Rubén Franco y Francisco Jaramillo, del Jardín, Luis Eduardo Uribe, de Ituango quienes con Félix Antonio llegarían al presbiterado. Igualmente por esos años cursaban sus estudios en el Juniorato otros futuros eudistas: Roberto Restrepo, Martín Guzmán, José de Jesús Palacio, Carlos Piedrahita, Luis Ángel Pérez, Edilberto Zuluaga, Agustín Ortiz… Es notable la cantidad de muchachos de esta época del Juniorato que llegaron al sacerdocio. A pesar de que eran relativamente poco numerosos, y que debieron vivir una etapa de austeridad y privaciones, o quizá precisamente a causa de ello. Tiempos hubo después en que el estudiantado creció, las comodidades fueron mayores y la perseverancia disminuyó en cantidad inversamente proporcional. Sin embargo, también en esa época los formadores debían enfrentar el desaliento que da ver cómo jóvenes en quienes se han depositado las esperanzas, suelen rajarse a mitad del camino. Esa prueba la debió sentir con fuerza uno de los profesores, el padre Dagnaud, quien escribió en 1915 sincerándose a un tío suyo, también eudista, que trabajaba en Canadá, el cual le respondió: "No te preocupes por las salidas de los junioristas; es una obra muy difícil y sin embargo necesaria; hay que tener prudencia y valor; quisiera yo tener aún 30 años y poder pasar mi vida en ese trabajo del que depende el porvenir de nuestra congregación; escoge los niños en los centros más cristianos, entre familias sanas moral y físicamente; vigílalos con atención de suerte que puedas excluir a tiempo todos cuantos tengan defectos incompatibles con el sacerdocio, y deja a Dios el cuidado de hacer madurar las espigas. Muchos caerán necesariamente en el surco; pero no importa; el mal está sólo en el desaliento y en el pecado". Esas palabras llenas de sabiduría no sólo tuvieron vigencia durante los años en que Félix Antonio Ruiz se formó en el Juniorato. Traducen el espíritu con que se manejaron los seminarios menores que por muchos años dirigieron los eudistas en Colombia, y si no siempre se aplicaron, se pagaron las consecuencias, porque la semilla deficiente da cosecha de baja calidad. Pocos recuerdos personales de Félix Ruiz se conservan de esos años. Salvo la anécdota que contaba alguno de sus compañeros: un día el profesor de latín tomaba la lección. Al preguntarle a Félix, este callaba antes de dar la respuesta, entonces su vecino creyendo ayudarle se la insinuó en voz baja. Entonces Félix dijo: "yo sé lo que

debo contestar, pero no lo digo, porque me lo acaban de soplar". Era ese amor suyo a la franqueza y a la rectitud, que lo caracterizaría siempre. Un suceso conmovió en 1916 la vida de los junioristas. El once del mes de julio, Buenaventura Romero, un laico que trabajaba con los eudistas como "hermano coadjutor" se cayó de un caballo. Llegado al seminario empezó a quejarse de dolores en el estómago y poco después quedó en estado comatoso; a medianoche se envió a Medellín por un médico, se administró al enfermo la extremaunción y se optó por ponerle en la cabeza compresas de agua fría, pues la fiebre le abrasaba. Como San Pedro dista de Medellín diez leguas, que entonces se recorrían a caballo, solo a la una de la tarde del día siguiente llegó el médico que no dio muchas esperanzas: el enfermo tenía peritonitis, fractura de cráneo y corría el peligro de que se desarrollara una meningitis. El diagnóstico decía que si no le sobrevenía la muerte en poco tiempo, quizá podría superar el mal en una lenta convalecencia. Mientras tanto los alumnos del Juniorato y los del seminario empezaron una novena al Beato Juan Eudes. A las diez de la noche del día doce tuvo el enfermo una violenta crisis, y levantándose de la cama, trató de caminar para caer inconsciente en medio de la habitación. Entonces lo volvieron al lecho, y le impusieron la reliquia del Beato Eudes en la cabeza y el vientre, que estaba hinchadísimo. De pronto empezó a tranquilizarse y una hora más tarde abrió los ojos y pidió de comer. Estaba perfectamente curado, sin ningún dolor ni hinchazón, y hasta una herida que tenía en la mano había desaparecido. Dos días después el médico, doctor Luciano Restrepo Isaza, aseveró en la alcaldía municipal... "En honor a la verdad me veo precisado a declarar que humana y científicamente hablando, la rápida curación del señor Romero no es posible, pues no se reabsorben unos coágulos en el cerebro sino en un tiempo largo, ni una peritonitis puede terminar de un momento a otro sin dejar rastros".... De sobra está decir que el día 13 fue una fiesta en el Juniorato. Ese milagro, atestiguado ante la Santa Sede, sirvió para la canonización de San Juan Eudes, en mayo de 1925. Otro motivo de fiesta a finales de 1917 fue el nombramiento del padre Joaquín García Benítez, eudista, rector del Seminario Menor de San Pedro como obispo de Santa Marta, y una nueva ocasión de regocijo fue la primera misa cantada del padre Andrés Basset el 7 de marzo de 1.918, en la capilla del Juniorato. Así entre penas y gozos, entre juegos y estudios, fueron pasando los años, hasta que, ya terminados los cursos de secundaria, Félix Antonio Ruiz fue admitido a iniciar el seminario mayor en la población cundinamarquesa de Usaquén.


Eudista y presbítero Buscando fortalecer su presencia en Colombia, los eudistas fundaron una casa de estudios filosóficos y teológicos en Bogotá, primero en 1912 en el sector sur de la ciudad, en el barrio de San Cristóbal y luego desde 1914 en Usaquén, un pueblecito del norte, hoy barrio de la urbe en permanente crecimiento, invadido de supermercados y centros comerciales. Usaquén es una palabra chibcha que significa "salida de la luna", porque por sus montañas aparece el satélite, esplendoroso en las noches sin nubes. Usaquén se llamaba un poblado indígena, que los encomenderos repoblaron en 1622, construyendo una iglesita colonial en honor de Santa Bárbara. De ese pasado solo queda un bello altar dorado y algunas tallas de madera, pues hasta la espadaña colonial fue reemplazada por una torre de gusto dudoso. En 1862 Usaquén sirvió de campo de batalla a las tropas del general Mosquera, en su avance sobre la capital, y en 1919, su templo parroquial hospedó la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, que venía a presidir los actos del Congreso Mariano en Bogotá. Jesuítas, franciscanos y dominicos habían predicado la palabra de Dios en Santa Bárbara de Usaquén, y también el clero diocesano, hasta que el arzobispo Bernardo Herrera Restrepo ofreció la parroquia en propiedad a la comunidad eudista, que levantó al lado izquierdo de la iglesita, su escolasticado, bajo el patrocinio de san José. A esta casa llegó en 1920 el joven Félix Ruiz para iniciar la nueva etapa de su vida. En ese año había sido nombrado superior del Seminario y responsable de la primera formación, o maestro de novicios como impropiamente se decía, el padre Carlos Le Petit, quien influyó por décadas en la orientación espiritual de muchos eudistas. De él se decía que "parecía un miembro del colegio apostólico, pues era como si llevara escritas en el alma las epístolas de Pablo a Tito y a Timoteo" y que "hubiera podido ser el dechado que San Juan Eudes tuvo a la vista cuando escribía las constituciones de la comunidad que estaba fundando". Acompañaban por esa época al padre Le Petit otros sacerdotes franceses, que con su esfuerzo y su dedicación pusieron las bases de la provincia eudística colombiana: el padre Teófilo le Nézet, profesor de filosofía y de dogma, el padre Luis Fafín, catedrático de teología moral, el padre Gabriel Louër que dirigía el canto y el padre Juan Bautista Dagnaud, conocido como el padre Juanito, quien había sido profesor de Félix Ruiz, cuando éste ingresó al Juniorato de San Pedro, y que fue nombrado cura párroco de Usaquén, cuando su antiguo alumno era ya teólogo. Del padre Juanito son las frases que siguen, reveladoras del clima espiritual que entonces reinaba en el seminario de Usaquén: "ya va para dos meses mi permanencia en esta casa; estoy positivamente satisfecho de este ambiente completamente eudístico. Con toda franqueza puedo decir que desde mi entrada en la congregación, nunca he respirado una atmósfera tan

saturada del espíritu de nuestro Santo fundador... Y, ¿a qué causas hemos de atribuirlo? Indudablemente antes que todo a una gracia del Sagrado Corazón de Jesús y a la intervención de nuestro Santo fundador; pero también, con toda certeza, al excelente instrumento que es en las manos de Dios nuestro venerado superior, el reverendo padre Le Petit". A esos sacerdotes les correspondió orientar la formación doctrinal de los seminaristas y no solo en las materias eclesiásticas. En efecto, en su visita de 1.920, el padre Alberto Lucas, superior general de los Eudistas, escribió: "Sus cursos son buenos, las clases bien dadas, pero las ciencias están un poco descuidadas. Todos los alumnos hablaban con gusto de literatura, de historia, de español, pero pocos saben matemáticas, algunos no tienen ni idea de ellas, y ninguno, con excepción de uno solo, me pareció dispuesto a ser profesor de matemáticas, y sin embargo necesitamos científicos. Entre los filósofos y los teólogos hay pocos partidarios de las matemáticas. Hasta los últimos tiempos se ha descuidado el estudio del francés, y los novicios de este año no están fuertes en él; el francés les será necesario para apegarse a nosotros, para comprender y gustar la doctrina del padre Eudes en sus obras y para leer con provecho las publicaciones diversas que traten de la congregación." Aunque Félix Ruiz era entonces novicio, debió consagrarse a mejorar sus conocimientos del francés, pues dos años más tarde en 1922 el padre Le Petit les confió a él y a su compañero de clase, Luis Enrique Yepes, que tradujeran al español y adaptaran el libro Vie et Royaume de Jesús, obra maestra de San Juan Eudes. Esa tarea la llevaron felizmente a cabo, y en 1.925, en la escuela tipográfica salesiana, se pudo publicar el libro "Jesús, nuestra vida y nuestro rey, según el espíritu de San Juan Eudes", que revisaron además los padres Basset y Gelain. Sin embargo, la petición del superior general no cayó en buena tierra, al menos en cuanto a Félix Ruiz y a sus compañeros se refiere, pues el amor a la literatura, al español y a la historia siguió primando sobre las matemáticas y las ciencias. A esto ayudaba la Academia de Literatura Pío X, que fomentaba el buen decir y el buen escribir, sobre todo solemnizando las fiestas o dando una especial ocupación en los paseos. Paseos y excursiones sí que había en Usaquén. Cada mes una caminata de todo el día: a veces para trepar a los cerros que enmarcan por el oriente a Bogotá, y por el filo de la montaña ir hasta Monserrate o al santuario de Nuestra Señora de la Peña, o al pueblito de La Calera. En ocasiones sólo subir hasta los picachos de Gilma o las Ballenas para otear la sabana interminable o, ya en el plan, avanzar por el norte hasta Torca o visitar la Cueva del Mohán. En uno de sus paseos quizá, tuvo una experiencia que lo sensibilizó para siempre ante el sufrimiento de los leprosos y que describió en 1935 como "un recuerdo doloroso, lejano, pero no amortiguado por los años":


"Viajábamos alguna vez en el tren de Girardot. Al llegar a la estación donde desemboca el camino de Agua de Dios, muchos pasajeros bajaron para descansar o comprar alguna cosa. De repente corrió una voz de alarma: ‗llegan los leprosos, se salieron los leprosos‘. En efecto algunos de aquellos desgraciados acosados por el hambre y la necesidad, se habían fugado del leprosorio e imploraban la caridad pública. Ni uno de los viajeros quedó fuera; todos se lanzaron aterrados al tren, cerrando con estrépito las portezuelas. Luego, medrosamente, con sigilo se entreabrían éstas, y manos nerviosas arrojaban una moneda o un bocado que aquellos infelices se disputaban sobre el suelo. Pobres leprosos, pobres los marcados con el estigma que la sociedad aborrece y rechaza de su seno... Sin embargo, fueron ellos amigos predilectos de Jesús en su vida mortal a través de los campos y ciudades de palestina". Ya sacerdote Félix Ruiz se preocupará por ayudar a esos "moradores de la ciudad de dolor", a esos "condenados al presidio de inocentes", a esos "muertos del cementerio de enterrados vivos", como él mismo aludió a ellos... Los estudios teológicos de Félix Ruiz se vieron marcados por su definitiva incorporación a la Congregación de Jesús y María. Se había previsto para la festividad de Pentecostés, pero dada la tardanza de los correos, sólo pudo efectuarse el 8 de junio de 1.923, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Con ese acto, Félix se entregaba de manera irrevocable a servir a Cristo y a la Iglesia, dentro de la familia eudista. Pocos días antes había optado por el estado clerical al ser promovido a la primera tonsura. Un año más tarde, el 15 de agosto de 1924 recibió de manos de monseñor Joaquín García Benítez las entonces llamadas órdenes menores del exorcistado y el acolitado, y en 1925 hizo la promesa de castidad perpetua al recibir el subdiaconado. Ese año de 1925 y el siguiente tuvieron un especial significado para los eudistas en general y en particular para Félix Ruiz. El 31 de mayo de 1925 fue canonizado en Roma, por el Papa Pío XI, San Juan Eudes. Los milagros que se tuvieron en cuenta los obró Dios por intercesión de Juan Eudes precisamente en Colombia. Fueron dos favores del cielo entre muchos otros. Tantas sanaciones milagrosas ocurrían en nuestra patria al imponer la reliquia de San Juan Eudes que el padre Denis Boulay, director en Francia de una revista eudista se quejaba de que dar cuenta de todos esos favores divinos le impedía publicar otros artículos en las páginas de su publicación. Una de las curaciones escogidas y estudiadas fue la de Buenaventura Romero, de que ya se habló, y la otra fue la de una religiosa de la presentación, la hermana Juana Beatriz sanada milagrosamente en Cartagena, el 20 de septiembre de 1916. Para completar la gloria de Juan Eudes, al año siguiente, el 17 de octubre de 1926 fueron beatificados tres sacerdotes eudistas los padres Francisco Luis Hebert, Francisco Le Franc y Pedro Pottier, martirizados en Francia en septiembre de 1792.

De manos de Monseñor Ismael Perdomo recibió Félix Ruiz la orden del diaconado el 27 de febrero de 1926 y de manos del arzobispo primado Bernardo Herrera Restrepo, el 7 de noviembre de 1926, la ordenación presbiteral. Apenas tenía 23 años y medio y desde hacía días tenía la dispensa para ser ordenado antes, si pareciera necesario. A la ordenación del padre Ruiz y a la misa por él celebrada asistió el expresidente don Marco Fidel Suárez, quien así subrayaba la amistad que lo unía con el neosacerdote, su paisano.

Recuerdo de incorporación a la Congregación de Jesús y María del P. Félix, Junio 8 de 1923 Profesor y prefecto El neopresbítero empezó su ministerio apostólico como profesor en el Seminario Conciliar de Pamplona, en el Norte de Santander. Allí trabajó desde principios de 1927 hasta mediados de 1934. La labor del padre Ruiz en esas tierras "ásperas y duras pero fértiles y buenas", como él las llamaba, marcó huellas imborrables, primero en su propio espíritu y, luego, en el de sus alumnos. Años después cuando trabajaba en Antioquia, se refería siempre con cariño a Pamplona, a sus gentes, a sus sacerdotes. Para mostrar su gratitud al lugar que se le


brindó como primera palestra a sus bríos juveniles escribió en 1934 la historia de los obispos que durante un siglo habían regido la diócesis pamplonesa y lo dedicó como "recuerdo agradecido a esa tierra que recibió las primicias de nuestro sacerdocio". Una sincera amistad lo vinculó con el clero santandereano de esa época, del que decía era "gloria y prez, honra y gala de los eudistas en Colombia". En efecto, la comunidad eudista había asumido desde 1890 la dirección de ese seminario, y lo orientó por más de medio siglo. Fue la edad de oro del plantel, que formó hombres como "el padre Daniel Jordán, orador completo por el fondo y por la forma, dotado de una voz de clarín, estatura procera y noble gesto; el padre Josué Acosta, delicioso conferencista; el padre Jesús Jaimes, poeta de verdad, autor de himnos; los padres Víctor Luna y Luis Ernesto Carrillo periodistas en cuyas manos la pluma es antorcha o es hacha, como convenga; el padre Lorenzo Rivera, maestro de maestros en música sagrada, y el padre Demetrio Mendoza, viejo legionario de la milicia de Cristo, que trabajó infatigable en la milicia de la vida, sin dársele un ardite por críticas desmedidas". Si con los exalumnos eudistas ya ordenados pudo Félix Ruiz trabar sincera amistad, mayor aun sería la que lo unió con sus propios discípulos, a pesar de las exigencias del reglamento, que a él le correspondió urgir, como prefecto del Seminario menor, en sus últimos tres años de permanencia en Pamplona. La disciplina que reinaba en los seminarios de esa época era dura. Los padres franceses la habían traído de su patria y la habían acentuado con usos de cuartel, pues todos ellos habían prestado el servicio militar. A los prefectos de disciplina les correspondía ser vigilantes observadores de la ley y hacerla acatar con rigor, de tal manera que al padre José Bernardo Agudelo, inmediato antecesor del padre Ruiz en ese oficio lo denominaban "el tigre", quizá porque en él se conjugaban el rigor y la nobleza, en mezcla de la mejor calidad. Apreciar lo que fue ese régimen disciplinar no es fácil, si se juzga con los criterios de hoy. Ya en esa época había algunos que disentían del extremado rigor. Es lo que expresa en alguna carta escrita en Pamplona el 3 de diciembre de 1930 el padre Luis Sansón: "los grandes del Seminario menor han marchado bien a pesar de que se les mantuvo con mano de hierro, sin guantes de seda. Ojalá tengan un régimen un poco más paternal. ...se pensaría en el padre Ruiz como prefecto. Tiene muchas cualidades, es cierto, pero creo seriamente que sea un poco de la escuela del padre Agudelo. Tiene la ventaja sin embargo de entenderse bien con el padre superior, lo que puede ayudar a solucionar algunas situaciones. Pero su carácter fuerte... me lleva a creer que los primeros tiempos en que ejerza su oficio habrá, como se dice vulgarmente, algunos platos rotos". Algo atemperaría el padre Ruiz la severidad del claustro, pues en las actas de la visita provincial de septiembre de 1931 se lee:

"El espíritu de disciplina parece bueno. Se ha moderado el rigor que en algún tiempo fue quizá excesivo. Los muchachos parecen contentos". Sin embargo, las tensiones entre halcones y palomas continuaron durante los años en que el padre Ruiz ejerció el oficio de prefecto. El mismo superior provincial debió recomendarle que no aplicase castigos corporales, como lo pedía también el obispo diocesano, y el prefecto se defendía con estas razones, con fecha 1º de febrero de 1934: "Le agradezco mucho la recomendación que me hace para reforzarla prohibición del Señor Obispo, y voy a hacer lo posible para obedecerla y cumplirla. Sin embargo, me permitiré, con toda consideración, exponerle algunas reflexiones. En primer lugar yo... creo.. que agotadas las advertencias y regaños públicos y otras sanciones menores se acuda, con los niños, a un castigo físico moderado. Así se hace en la familia, así lo dice el Abate Morisse en un texto de pedagogía que S.R. nos recomendó alguna vez. En segundo lugar... ni cariño, ni buenos modos, ni advertencias, ni privaciones consiguen de algunos niños lo que se logra inmediatamente con que sientan el rejo o el lazo. Se dirá que eso es por miedo; sin duda, pero causa de buenos resultados. A veces hasta me baila en la memoria lo que dice la sagrada escritura que ‗aborrece a su hijo el padre que le ahorra la vara‘, si mal no recuerdo. Claro está que estas reflexiones pueden parecer a cualquiera impertinentes y... tal vez irrespetuosas, pero se las apunto con sencillez para que no crea... que procedo con pasión ciega y gusto de castigar. No: convicción sincera, aunque tal vez errada". Pero la exigencia quedaba balanceada con la abnegación y el amor. Para comprobarlo nada mejor que escuchar el testimonio de dos alumnos de esa época que, cuando supieron la muerte de su antiguo formador, escribieron sus recuerdos. El primero, fue el presbítero Eduardo Trujillo: "quienes pudimos apreciarlo en la intimidad del profesorado sentimos su delicadeza de madre, que contrastaba con su aspecto severo e intransigente en el deber. Fue el hombre de la línea recta. Aún nos parece ver el fastidio de nuestros condiscípulos cuando el campanero del seminario anunciaba la hora de terminar la clase que él diera, así latín como retórica o historia, de la que era apasionado amante o el, para tantos, trágico griego. Era lema suyo que repetía una y mil veces en las famosas lecturas espirituales, el del antiguo Potius moriquam fedari, antes morir que traicionar. La última lectura espiritual que le oímos al terminar nuestro seminario menor, no se borrará jamás de nuestra alma; versaba sobre las vacaciones: piedad, vigilancia, trabajo, buen ejemplo, vocación. Las últimas palabras, guardadas con cariño en mi amarillenta cartera son éstas: ‗Cuentan que el armiño, acosado por los cazadores, más bien que perder la blancura de su piel y verla salpicada por el lodo o mancillada con el humo de la pólvora,


desgarra sus entrañas para amortajarse con la púrpura de su sangre; así vosotros, jóvenes seminaristas antes que perder la blancura del alma en la asechanza diabólica, debéis afrontar cualquier sacrificio por heroico que sea para conservaros fieles a Dios y poder así un día, ya sacerdotes, levantar al cielo manos blancas". Otro de sus alumnos, el padre Héctor Uribe, estampó esta página: "Su imagen no se puede borrar de nuestra mente. Alto y robusto el vigoroso cuerpo, anchas e inclinadas las espaldas como si sobre ellas pesasen las ideas, desnuda por prematura calvicie, la amplia cabeza de noble curva, finos los labios en que jugueteaba el gracejo, la quijada breve, grandes y henchidos de luz los ojos escrutadores. Nos parece verlo, rodeado de alborozada juventud, ascender con paso firme y apresurado por estas breñas que igual que murallas circuyen a Pamplona; o grave y pensativo y solo vagar por los claustros evocadores y fecundos musitando frases que nunca pudimos descifrar, acompañadas de gestos enérgicos o golpeando el suelo con los pies. Y no se puede esfumar su imagen porque supo esculpirla en el alma de sus discípulos con buriles de bondad y de energía. Su trepidante caminar manifestaba su reciedumbre, la cual se reconocía en la vehemencia con que al estudio se dedicaba, en lo inquebrantable de sus propósitos, en lo vigoroso de sus reprensiones y en lo ardiente de sus exhortaciones al trabajo y a la conquista del carácter: semejaba un leñador de sus montañas constituido en profesor de virilidad. Mas este cancerbero -como él se apellidaba- era dueño de un alma plena de bondad y delicadeza. La ternura cuajaba de lágrimas sus ojos, trocaba vacilante su voz y le inspiraba frases afortunadas al recuerdo de la madre muerta o de los que viven muertos en los leprosorios. Como nerviosa antena vibraba su alma con la música de una idea bella o de una imagen exquisita; y era de verse cómo se encendían fogatas de júbilo en sus ojos y en su rostro con los triunfos de sus alumnos, a quienes amaba con el alma hecha ascua. Compadecido, le vimos levantar del suelo un insecto herido, en los brazos con suavidad de madre conducía al dormitorio a los muchachos que hiriéndose notablemente caían en los campos de juego, profunda pena adivinamos en su semblante después de una reprensión sarpullida de ironía"... De modo que sus alumnos recordaron su severidad y también su cariño y dedicación. Al transcurrir los años Félix Ruiz se sintió fatigado. Ya desde septiembre de 1932 solicitó su relevo al superior provincial:

(Le escribo) "para repetirle el ruego de cambiarme de la prefectura. Sí, Padre, porque yo veo tantas dificultades para conservar la tradicional austeridad de esta casa, que prefiero dejar el cargo antes que ver que se van desmoronando las normas de seriedad y trabajo que están establecidas". El obispo de Pamplona, Rafael Afanador y Cadena, envejecido en el surco tomaba decisiones especiales, que marcaban la vida del seminario. Una de esas fue el fijar el año lectivo de septiembre a julio, como se acostumbra en Venezuela y también en el sector suroccidental de Colombia. Ese régimen no duró mucho tiempo en Pamplona, pero sí afectó el curso de 1934. Aprovechando las vacaciones largas, que entonces fueron de julio hasta octubre, los superiores eudistas pidieron al padre Ruiz trasladarse, como a nuevo campo para su acción, al Seminario Diocesano de Jericó. En ese cambio pesaron indudablemente las exigencias disciplinarias que el padre Ruiz urgía, y que no compartían el obispo y el superior del momento en el seminario de Pamplona, padre Ambrosio Hays.

Bogotá, 1923. El P. Ruiz en la primera fila el segundo de izquierda a derecha. Orador y escritor "El pueblo está colocado sobre unas alturas que llaman ‗la peña de Jericó‘ cortada a pico sobre el cañón del Cauca y hendida verticalmente por las aguas rabiosas del río Piedras". Así comienza el padre Félix Ruiz una de sus crónicas, escritas desde el


Seminario de Jericó, en donde trabajó desde mediados de 1934 hasta culminar el año de 1935. En otra de sus crónicas escribió: "esta casa de Jericó tiene unos paseos que ya le envidiarían muchas otras. Si quiere uno panoramas dilatados... Se va a Leona, y ahí desde un mirador de piedra, puede ver el Cauca traidor y turbio... y esas montañas arrebatadas en el peplo azul de las lejanías, que parecen un torbellino de rocas cristalizado por el grito de Dios, cuando separaba las aguas de las tierras. Ahora, si le provoca subir, no hay más que agarrar picacho arriba hasta divisar los farallones y el San Fernando". Pero no todo era paseos al río Piedras o al Cerro Bravo y al Cerro Tusa. Había que hacer frente a las clases del Seminario Mayor y a las del Menor, y que corregir tareas, y que vigilar estudios, dormitorios y recreos. Los oficios de vigilante y profesor, debió complementarlos el padre Ruiz con el de escritor. La afición a la literatura la había demostrado el padre Félix desde que era muchacho, la fue acrisolando durante sus estudios teológicos por la lectura asidua de los escritos de Luciano Pulgar 1 , su coterráneo. La hizo madurar en Pamplona, al dedicarse a la enseñanza y a la predicación, pues de él se decía que su mejor sermón era el último predicado. En una carta, el padre Ambrosio Hays escribió refiriéndose al padre Ruiz: "le gusta el ministerio, sobre todo la predicación, tiene facilidad y talento. Predica con frecuencia en las iglesias de Pamplona y gusta a la gente". Cuando el padre Félix llegó a Jericó empezó la abundante cosecha. De esta época, en efecto fue la publicación de sus panegíricos sobre María de Santa Eufrasia Pelletier y sobre Antonio María Claret, los Rudimentos de Declamación que publicó bajo el seudónimo de Fray Far, el estudio histórico sobre los obispos de Nueva Pamplona, las cartas que a modo de crónicas escribía al director de la revista Los Sagrados Corazones, y en las que, con el seudónimo de padre Casafús, narraba fiestas rectorales, academias literarias, juegos, paseos y vacaciones habidos por esas fechas en el seminario de Jericó, la nota biográfica que dedicara a la memoria del padre Maturín Jehanno, y la amplia narración que consagró al Segundo Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Medellín en 1935. Precisamente con ocasión de este congreso publicó su antología: Jesucristo en la literatura colombiana, en donde reunió unas 200 composiciones, en prosa y verso, debidas a casi cien autores colombianos. Esa primera serie de piezas literarias se publicó no sólo como deleite del espíritu sino también para ayudar con el producido de la venta a los leprosos de Agua de Dios. La segunda serie fue un proyecto que nunca vio la luz. 1

Marco Fidel Suárez, bellanita, a quien se alude como Luciano Pulgar por su obra Los sueños de Luciano Pulgar.

El padre Félix había coleccionado los escritos de Suárez, los analizaba, los memorizaba y citaba con frecuencia. Cuando el presidente paria murió, la señorita Soledad Suárez obsequió al joven admirador de su hermano una Cruz, de la que éste escribía: "En nuestra mesita de trabajo conservamos un precioso Crucifijo de Tierra Santa, pequeñito, en Cruz de olivo con incrustaciones de nácar y de marfil. 'Acompañó a Fidelito en su última enfermedad', nos decía su hermana al regalárnoslo; guárdelo, Padre, que en manos de un sacerdote queda muy bien". También en recuerdo de Suárez, recibió el padre Félix muchas "reliquias" que quedaron en la iglesia de las Angustias, y de las que publicó en la revista eudística una relación detallada, pero de la que nadie da cuentas ahora, después de tantos años. Suárez fue el mentor del padre Félix. Basta leer las crónicas y discursos de éste para percibir la influencia del autor de Los Sueños. Lástima que el P. Ruiz no llevó a cabo el proyecto de Gramática Castellana, ni tampoco el de la Historia Eclesiástica Colombiana. Hubieran sido dos joyas literarias. La actividad del padre Félix en estos campos queda compendiada por la frase de un exalumno suyo: "Literato, educador y apóstol son los tres diamantes cuyo valor es apreciado por aquellos que lo conocieron". En sus trabajos resplandecen la diafanidad y la sencillez, con razón escribía "En las palabras de los sencillos brilla la verdad como en el ripio de carbón despuntan los diamantes". Su prosa aparece salpicada de expresiones populares, de refranes y rápidas anécdotas. Con frecuencia se engalana de versos y de comparaciones como las que antes transcribimos sobre el guayacán o sobre el armiño. Baste recordar dos más: "Cuando el tigre apureño se ve acosado por los indios y los perros, se planta a manotazos y a dentelladas despanzurra perros y, crispando la piel y erizando el pelaje, en convulsión eléctrica les devuelve a los perseguidores las mismas flechas que le arrojan". "Subimos a un picacho muy frío y muy escueto, pero apacible como la tebaida y querido como lo que más se ama. Allí escuchando el silencio y viendo galopar las neblinas sobre los cerros, descansamos de emociones, aguaceros y trasnochos. De vez en cuando nos escapábamos al "filo" más alto y desde allí ante el valle feliz y su ciudad rodeada de pueblecitos, como una reina por su corte, recordábamos versos..." Para el padre Félix la literatura fue campo en el que sus alumnos se debían entrenar. Por ello quería proponerles siempre buenas lecturas. En ellas habrían de entrar en contacto con la belleza. Así lo afirmó: "En nuestros años de magisterio hemos palpado... El servicio que se presta a los estudiantes encariñándolos con la belleza realizada por medio de la palabra y de la pluma, en asuntos dignos, que ennoblecen y levantan el ánimo infundiendo bríos en la lucha por el bien y la verdad".


Eso debe hacer un buen maestro. No contentarse con repetir lecciones sino abrir puertas, extender horizontes, empujar para que sus alumnos vayan siempre más allá. Superior del Juniorato El 31 de enero de 1936, exactamente dos años antes de morir, el padre Ruiz tomó posesión del cargo de superior, en el Juniorato de San Pedro en donde había cursado los primeros estudios. Sus compañeros de trabajo fueron Luis Enrique Yepes, Camilo Macías, José Maubré y Germán Villa, en el año de 1936 y al año siguiente el primero y el último de esos colaboradores fueron reemplazados por Roberto Hernández e Ignacio Villa. Apenas iniciado el año, el padre Félix fundó en el Juniorato la Academia Literaria Marco Fidel Suárez, y editó una postal conmemorativa en la que aparecen los retratos del presidente Paria y del Manco de Lepanto, con la frase que don Juan Valera le dijo a don Carlos Holguín: "El Cervantes moderno lo tienen ustedes allá en Colombia y se llama Marco Fidel Suárez". Hablando del "viejito Suárez" como le decía, exclamaba el padre Ruiz "¡Aprendan hombres! Muchachos que salen de Antioquia con el morral a la espalda y vuelven de presidentes de la República". El padre Ruiz llamaba también a Suárez "el gran colombiano", "grande en la política, en la diplomacia, en las letras y grande como hombre de Cristo". En esa academia literaria se representó en octubre, por cuatro veces el drama Cecilio que había escrito el sacerdote eudista José Alemán Muñoz. Por esas mismas fechas dio el padre Félix una conferencia sobre "la importancia de las misiones", que fue publicada en La Defensa y el Obrero Católico, periódicos de Medellín, y reproducida en la revista de Los Sagrados Corazones. Además publicó una conferencia sobre el padre José Tressel y los eudistas en Colombia. (Por esta época el padre Ruiz fue nombrado miembro correspondiente del Centro de Historia de Bucaramanga). Un episodio semitrágico hubo de vivirse en el Juniorato el 22 de abril de 1936. Dejemos lugar a la pluma del padre Félix para que narre el suceso como lo hizo en una de sus cartas: "No hay duda. El año bisiesto trae calamidades. Aquí al Juniorato se nos entró una manga marina, tromba o ciclón. Que los profesores de ciencias digan cuál es el verdadero nombre de este azote espantoso y de sus causas, estructura…y remedios si los tiene. Venía nuestra vida muy tranquila y santamente monótona hasta el 22 de abril de miedoso recuerdo. Esa tarde el calor era sofocante. El pálido azul del cielo sampedreño se puso encapotado de nubes espesas y renegridas que se azotaban como imagina uno que

harán las olas en el mar. Si no es exacta la comparación, que perdonen los conocedores. Si aquellos 50 inocentes que jugaban y reían en el patio se hubieran acordado de los versos de Zorrilla: ¿Qué quieren esas nubes que con furor se agrupan del aire transparente por la región azul? ¿Qué quieren, cuando el paso de su vacío ocupan del zenit suspendiendo su tenebroso tul? Pocos minutos después de entrar al estudio, habían escuchado la respuesta medrosa. Todos muy tranquilos sobre los libros y cuadernos. Actividad de colmena bajo el sol de mediodía. Empezóse a oír un ruido como de camión o trimotor lejano. Los pinos sacudidos por el viento chirriaban con la angustia de las noches de tormenta. Los eucaliptus enloquecidos despedían de las hojas finas y largas reflejos metálicos... Allá de los llanos de la Pulgarina (una quebrada como el Pamplonita o el río Piedras de Jericó), rodaba por los aires un cilindro blanquecino y ondulante. Haga de cuenta una cola de cometa arrebatada por el viento. Llegó al bosque de pinos y eucaliptus que está calle por medio de la casa... Desmochó algunos, arrancó otros de cuajo... Luego se entró al establo o "pesebreras", aventó el techo de zinc como quien sopla las hojitas de un almanaque, pasó la calle, subió las paredes arañando y aullando hasta coger el fuerte de las construcciones. De los caballetes volaban tejas y terrones como vuelan virutas y cortezas, cuando la cuadrilla de hacheros derriba monte. Los tejados se erizaban literalmente como se esponja un gato rabioso o un perro bravo... La tromba en espiral vertiginosa se sorbía las tejas, las cascaba una contra otra y arrojaba los pedazos a todas partes, como granada que estalla u obús que revienta (yo no he visto granadas ni obuses; pero sí me han contado cómo son. Imagine el lector y sigamos)... Bajó al patio, dio un revuelo como si buscara algo, y al remontarse tropezó con el corredor contiguo al dormitorio. Más os cuesta a vosotros, ocupados lectores, voltear esta hoja de papel, que a aquella fuerza ciega y endemoniada alzar en arco treinta metros de tejado, estrujarlo con rabia y dejarlo caer estrepitosamente. Así como caen las "galgas" en los robledales, cuando hay tumbazón. Los niños que todo esto escuchaban y algo veían por las ventanas, aguantaron el susto y los nervios hasta aquí; pero no más, y saltando y cayendo rodearon al padre vigilante que rezaba el fin de completas ‗sálvanos señor, a los que estamos vigilando‘. Unos querían salir, otros se ponían las manos sobre la cabeza para aparar vigas y techos, algunos lloraban y no faltaban maleantes que oyeron golpes de pecho y gritos de confesión. Todo fue cosa de segundos. Afortunadamente no


ocurrió nada a los niños ni a nadie. Porque tejas y barro y vigas del monte y del tejar se traen; pero las vidas -sobre todo de los jóvenes- son irremplazables." La casa se arregló y las mejoras materiales se fueron realizando. De modo especial el padre Félix se dedicó a embellecer el osario que acogía los restos de los eudistas que iban desapareciendo. Allí reposaban ya los huesos del padre Lavolée y los del padre Rissel, obreros de la primera hora, y vendrían luego por gestión del padre Ruiz los del padre de Andrés Buan, quien había sido el primer constructor del Juniorato. A finales de 1937 contrató el padre Félix los dos ángeles que velan por el sueño de los muertos: uno de ellos sostiene un cáliz y un breviario, para aludir a los presbíteros que allí descansan, y el otro lleva una palma y una corona como signo de la corona que conquistaron con su abnegación y esfuerzo. Ese culto por los eudistas ya fallecidos, aparece también en la carta que el padre Ruiz escribió, un mes escaso antes de su propia muerte, y que posiblemente no alcanzó a remitir: el padre Félix había pasado por Santa Fe de Antioquia, camino de Urrao a donde iba a predicar y quiso rescatar los huesos de un eudista enterrado en el cementerio de aquella ciudad: "Urrao, enero 2 de 1938. Señor Barrera. Antioquia. Muy estimado Señor Barrera: Aun cuando no tengo el honor de conocer a usted personalmente, sí se su fina actuación para con los restos mortales del padre eudista Leonardo Lopera. Sé cómo usted se constituyó en guardián, por decirlo así, de esos amados despojos, les costeó caja de su peculio y los depositó en lugar seguro. Qué almas tan buenas hay todavía en el mal mundo que tenemos. De esas es Ud., Señor Barrera, y bien acredita su conducta la noble prosapia de esa nobilísima ciudad de Antioquia. Como me gustaría estrechar su mano para sentir correr efluvios de nobleza y palpar brotes de castellana hidalguía. En la imposibilidad de hacerlo, al menos por ahora, que estas pobres líneas sean para usted portadoras de mi más encendido afecto de gratitud y expresión de inmarcesible y agradecido recuerdo de los Padres Eudistas, y en especial de este su sincero estimador... Dios ha de premiar con creces lo que yo no puedo sino agradecerle en el alma. Félix Antonio Ruiz C J.M.". Pero más que embellecer osarios y mejorar la obra material, el padre Ruiz buscaba la formación de los junioristas. Uno de ellos lo definía como "el sacerdote que tenía el corazón diamantino a la vez que maternal", y recordaba las palabras de despedida, cuando salían a las vacaciones en noviembre de 1937, y él empezaba a preparar equipaje, pues le trasladaban a Cartagena: "Si os corregimos es por vuestro bien. Si castigamos vuestras faltas es porque os amamos. Yo, que ya perdí a mi madre, si no os amo a vosotros ¿a quién voy a amar entonces en el mundo?".

Cuando las legiones romanas partían a la conquista del mundo, escuchaban primero la voz de los ancianos senadores que les decía: ¡Id felices! Así os digo yo mis queridos junioristas: ¡Id felices! Marchad alegres a vuestros hogares, sed buenos y no ofendáis a Dios"... "Adiós, mis amados junioristas; ya no os volveré a ver más. Id a vuestras casas y al saludar a vuestras madres, dadles un abrazo por el padre Ruiz que no tiene madre". Otro de sus exalumnos recuerda la valiosa ayuda que recibió del padre Ruiz: el muchacho era muy pobre. Para financiar sus estudios hubo de trabajar lavando platos y ayudando en la preparación de alimentos en el Colegio San Ignacio de Medellín. Su ideal era el sacerdocio. Por eso viajó a Santa Rosa de Osos, pero por ser "pobre y feo" no agradó al prefecto del seminario, ni tampoco fue aceptado por la curia diocesana. Entonces se dirigió al Juniorato de San Pedro. El superior de entonces, padre Agudelo, quizá por salir del paso, le pidió que se consiguiera la pensión de todo el año. Hubo pues de salir a pedir de centavo en centavo los cien pesos que entonces se exigían, ¡y los consiguió! Lo aceptaron a regañadientes y, a causa de su edad, quedó en segundo año con materias de primero. Era un muchacho alegre, listo para responder; de esos que no se quedan nunca con un ataque sino que devuelven las flechas sin herir a nadie. Era piadoso y se hizo querer. Pero también era feo; parecía un monito salido del zoológico. Por eso cuando el padre Agudelo entregó el superiorato a su sucesor, el padre Ruiz, le recomendó que prescindiera de ese joven pues no encajaba con las orientaciones que sobre presentación física y color del cutis se habían dado en la comunidad. Esa recomendación la repitió luego en otra ocasión el padre Agudelo. Pero el padre Ruiz mantuvo a su alumno diciendo que más tarde, cuando tuviera sotana y bonete parecería más elegante que otros beneméritos miembros de la Congregación. Tal vez esto último no haya resultado cierto; lo que sí es verdad es que ese muchacho, ya ordenado de presbítero, ha trabajado como el más popular, el más esforzado, el más apostólico y el más apreciado Eudista. De su feúra, nadie se acuerda si no es para llamarle "mono" o echarle alguna broma, que él contesta en el acto porque no carga pelos en la lengua ni complejos en el espíritu. Ese exalumno recuerda también el carácter serio del padre Félix, cuando trataba de orientar a los jóvenes por los sanos caminos de la amistad, sin melosidades ni melindres. Si los alumnos apreciaban a su formador, los demás profesores no dejaban de poner reparos. En San Pedro se repitió la historia de Pamplona: los compañeros de labor juzgaron, unos que el padre era muy severo, que tomaba decisiones sin tener en cuenta al equipo de formadores, que invadía los campos reservados al ecónomo o a los profesores, y otros que aflojaba en la disciplina, que se ausentaba del Juniorato con


frecuencia, que no aceptaba con facilidad las moniciones que se le hacían, que gastaba mucho tiempo ensayando dramas y preparando academias. En resumen, donde hay hombres hay pareceres diversos, y para zanjar las contiendas es bueno, en ocasiones, cortar por lo sano. Por ello y para cuidar la salud que empezaba a quebrantarse el padre Félix recibió "la obediencia" de trasladarse al Seminario de Cartagena. A ver el mar A mediados de enero de 1938 el padre Félix viajó a Bogotá; quería acompañar a los jóvenes que habían terminado los estudios de bachillerato en San Pedro y que empezarían la probación eudista en Usaquén. En el viaje atravesaron por Puerto Berrío, el río Magdalena y las tierras del Carare... Una noche extasiado ante el firmamento tachonado de luces, el sacerdote les decía a sus alumnos: "miren, casi pudiéramos coger las estrellas con la mano para ofrendárselas a María". Ya en Bogotá tuvo muchas visitas que hacer: en la parroquia de las Angustias donde se hospedó, obtuvo que le dieran los restos del padre Andrés Buan para llevarlos al osario del Juniorato de San Pedro, en donde descansarían para siempre al lado de los otros fundadores de esa casa, los que habían sido sus profesores de los primeros años. Luego fue al seminario de San José, en Usaquén, en donde iniciarían sus estudios superiores los seis jóvenes que lo acompañaban. En esos días la comunidad eudista había adquirido un nuevo terreno para construir el seminario que ahora se llama "Valmaría". En ese sector se alzaba un cedro bellísimo que parecía condenado a morir, para ceder espacio a la proyectada capilla de Cristo Sacerdote y para convertirse en madera para la construcción. El padre Ruiz enamorado de los árboles y las flores, se dolía ante la posible inmolación del Cedro, y dialogaba así con el inmutable padre Basset: -―Padre, ¡sobre todo no me lo vayan a tumbar! -Quien sabe, ¡somos tan pobres y este árbol daría tan buenas tablas! -¡No! ¡No es posible que lo corten!‖ Días más tarde el padre Basset escribiría: ―Comprendimos que este pensamiento lo hacía sufrir a él, poeta amante de la naturaleza‖. También a la Quinta de Bolívar fue de visita el padre Félix con sus alumnos uno de los cuales, sabiendo ya que su maestro iba a ser trasladado al seminario de Cartagena, le dijo en los jardines de la residencia que habitó el libertador: "Ya que su reverencia va a realizar lo que tanto ha deseado, ver el mar, ¿cuál va a ser ahora el sueño de su vida? -Ahora, replicó él, ¡mi gran sueño será verlos a ustedes, sacerdotes"!

El padre Félix retornó a Medellín. Sabía que debía partir cuanto antes para Cartagena, y tenía que remitir sus equipajes y realizar algunas visitas de amistad: el padre José J. Ortega, escritor, autor de una importante historia de la literatura colombiana, escribiría algunos días después: "estuvo aquí a verme, y hablamos mucho sobre literatura y sobre otros temas"; su antiguo párroco el ya canónigo Félix Mejía, escribiría con fecha de 2 de febrero de 1938: "en la semana pasada tuve la dicha de pasar tres días con el padre Ruiz…y en las horas tan deliciosas que departí con él, íntima y fraternalmente, pude apreciar la belleza de su alma sacerdotal". La despedida a la choza de Suárez en Bello no podía faltar antes de su viaje a Cartagena. En el libro de autógrafos escribió "¡Oh Suárez! Sacudido de la adversa suerte me despido de mis montañas. Me voy a ver el mar, amargo como tu vida, tempestuoso como tu carrera, hondo como el pensamiento tuyo, vestido de azules lejanías como el pabellón que glorificaste y ceñido de blancas y sonantes espumas, inmaculadas, como tu vivir austero y fecundo. Cuando vuelva, si Dios es servido, te hallaré en el bronce, rodeado de jardines y fuentes sonoras... Pero en mi alma te llevo siempre como blasón y enseña del deber y de la verdadera gloria: servir a Dios y a Colombia. Enero 28 de 1938 Félix Antonio Ruiz P.E." El padre Félix debía volar en avión de Medellín a Cartagena. Su papá le ofrecía sufragar los gastos del viaje, pues en esa época la pobreza eudística sólo permitía movilizarse por tierra o por la obligada vía del río Magdalena, y ésta fue la ruta escogida. En la elección pareció influir un cierto temor al vuelo aéreo, que pocos años atrás precisamente en Medellín había costado la vida al cantante Carlos Gardel. Entonces el padre Félix volvió a Puerto Berrío, por donde pocos días antes había pasado de ida y de regreso, en su viaje a Bogotá. Pero en ese puerto del Magdalena su decepción fue grande. El rio estaba seco, y sólo semanas más tarde se anunciaba un vapor el padre Félix no era hombre de esperar tranquilo, además sabía que su presencia urgía en Cartagena, pues al principiar febrero iniciaría sus cursos el Seminario. Por eso sólo aguardó un día, del 29 al 30 de enero, hospedado en el Hotel Magdalena. Desde allí escribió una carta al padre José Bernardo Agudelo, en la que reaparece el pensamiento evocado en la choza del presidente Paria. "Adiós! Me voy a ver el mar. Sentado sobre una piedra y salpicado de espumas amargas pero blancas, me acordaré de su Reverencia". Inspirados en ese pensamiento, cuando el padre Ruiz murió, escribieron dos de sus antiguos alumnos: el padre García Herreros, a quien el padre Ruiz también había enviado una tarjetica desde el Hotel Magdalena, escribía: "¡Oh mar sin playas y sin orillas de la eternidad! ¡Oh gran mar misterioso y terrible, acogedor de todos los naufragios en la tierra, esperanza de todos los que en la playa


anhelan y suspiran! ¿Cuándo llegaremos nosotros también a Él? ¿Cuándo daremos el grito sublime de los soldados legendarios: "¡El mar! ¡El mar!" ya está ahí, azul y ancho, insondable e ilímite el mar de las olas eternas, que por un lado choca con las peñas enjutas de la muerte y por el otro lado no tiene fin? ... ¡Una oración por el padre Ruiz que se fue a ver el mar muy grande y muy hondo de la eternidad!" En esas líneas se anuncia ya la advocación al mar, magnífica prosa que años después escribiría en Cartagena el fundador del Minuto de Dios. El otro exalumno del padre Félix, que se inspiró en ese anhelo frustrado de su maestro por ver el mar sonoro e inmenso, fue el padre Manuel Grillo Martínez, que en el Juniorato eudista de San José de Miranda recitó el siguiente soneto: "Me voy a ver el mar", dijo en su anhelo de plenitud, al emprender el viaje y sus pupilas dilató hacia el cielo que estaba azul - el cielo es oleaje! Luego lanzó el esquife de su vuelo y atravesando el trémulo brumaje de la noche, rasgo el oscuro velo de lo ignoto, con ínclito coraje. Ese fue su vivir, tal su presea: surcar los hondos mares de la idea hasta ganar el corazón humano; Por eso en el sangriento cataclismo tras el bello holocausto de sí mismo abrió a todos el cielo con su mano. Tragedia y heroísmo Ante la obligada demora en Puerto Berrío, el padre Félix decidió retornar a Medellín y llegar a Cartagena por la temible vía aérea. Pero Dios tenía otros designios. Era el 30 de enero de 1938 a las doce y media del día cuando el tren emprendió la marcha. Cuarenta y cinco minutos de viaje llevaban cuando, por exceso de velocidad en la curva de Cantarrana, entre las estaciones de Sabaneta y Cabañas, el tren se descarriló: cinco vagones quedaron volcados en la vía, trece personas murieron y treinta más

quedaron heridas. Al padre Ruiz se le quebraron el fémur y la cadera izquierdos, lo mismo que varias costillas y el vientre se le abrió en una herida profunda. Leamos el relato de la tragedia, como lo escribió el padre Luis Enrique Yepes, entonces rector del seminario de Santa Rosa de Osos, quien acudió a atender a su antiguo compañero apenas conoció la noticia: "El maquinista del tren, Guillermo Sánchez, cuenta que el heroísmo del padre no conoció límites. Que apenas se vio herido dio una absolución general y luego le dijo al mismo Sánchez que le ligara la vena de la pierna que tenía despedazada porque sentía que se le iba toda la sangre y que así moriría antes de poder confesar a los heridos. Para ligarle la vena hubo Sánchez de cortar carne hasta descubrirla bien (esto con navaja de bolsillo) y luego la amarró con un cordón de zapatos. Luego dijo el padre que le arreglaran las entrañas regadas y en parte perforadas y que quedaban en el suelo llenas de hojas, de arenas y de carbón. El hombre quiso lavarlas pero el padre no consintió porque mientras tanto podían morir algunos sin confesión. Se las arreglaron pues tal como estaban, el padre mismo dirigió la maniobra; se hizo cortar un pedazo de la sotana para que se le fajara y luego dijo: ―ahora sí hijos traigan acá todos los heridos‖...y empezó a confesar a los que podían hacerlo, a absolver a los otros y, luego se puso a filosofar con los que quedaron intactos mostrándoles que poca cosa es la vida que se pierde así cuando menos se piensa… Cuando uno oye el modo como se conducía, le parece que el padre no debía sentir dolor, pero es el caso que confesó a los presentes que era tal su sufrimiento que hubiera preferido un golpe seco en la cabeza, pero que ya que Dios lo había querido de otro modo, así estaba bien". Tendido en el suelo esperó el padre Félix hasta que un tren vino a buscar a los heridos para trasladarlos a Medellín. Algunos testigos conservaron palabras que decía durante ese último y penosísimo viaje "muero tranquilo, muero feliz porque cumplí con mi deber hasta el último momento... He cumplido con mi deber hasta lo último. Ahora si estoy contento. ¡Echen, señores, adelante con este cadáver!", y como para coronar su gesta con una nota de piedad cristiana y de pasmosa placidez, entonó un canto a María, la estrella del mar: el himno latino: Ave, Maris Stella, para él que había escrito acerca del mar de espumas amargas, ya aparecía el puerto seguro, cuyo faro es María, la radiante Madre de Jesús. Ya en la capital antioqueña, el padre Ruiz fue trasladado al Hospital San Vicente. Eran las once de la noche cuando un equipo de cirujanos empezó la lucha por salvarle la vida: los doctores Gil J. Gil, Rafael Villegas Arango, Carlos Vélez y Roberto Gaviria, acompañados de un grupo de hermanas de la Presentación que laboraban como enfermeras y auxiliares. Sin embargo la sangre perdida era mucha y el corazón empezó


a fallar. Llamaron entonces al capellán del hospital para que lo absolviera, y el padre Félix le dijo sencillamente: "estoy tranquilo". Después de la operación a que fue sometido, empezó la agonía. Junto a su lecho estaban el obispo de Santa Marta, que más tarde fue trasladado como Arzobispo de Medellín, Joaquín García Benítez y el padre Luis Enrique Yepes quien fuera su condiscípulo, amigo y hermano de comunidad. En los labios del padre Félix afloraban frases de los salmos penitenciales, y de pronto, como tomando conciencia del momento histórico que vivía el mundo, en vísperas de la última guerra mundial, exclamó: Hitler... Mussolini... Y luego: ¡ahora sí. vamos! Y se durmió en el Señor. Eran las cinco de la mañana del 31 de enero de 1938. Ese día a las cuatro de la tarde en la iglesia de la Candelaria, presidió las exequias el obispo eudista García Benítez, acompañado por muchísimos sacerdotes de la ciudad y de las diócesis vecinas. A ellas asistió el doctor Alfonso Jaramillo Sánchez, gobernador del departamento y una multitud que rendía tributo al héroe del deber cristiano. La empresa del ferrocarril corrió con todos los gastos de hospital y funerales, y el padre Yepes, para no herir a los habitantes de San Pedro y a los de San Cristóbal que reclamaban el honor de conservar los despojos mortales del padre Félix prefirió enterrarlos en el cementerio de la capital antioqueña.

Félix Antonio Ruiz Posada, 1920

Corona fúnebre


Dolor y gloria de una muerte P. Luis Pérez Hernández, C.J.M. El lunes treinta y uno del pasado enero murió el R. P. Félix A. Ruiz, eudista a consecuencia de las heridas recibidas en el fatal Descarrilamiento del tren que iba de Puerto Berrío a Medellín. No lejos de este puerto, un poco antes de las dos de la tarde, por exceso de velocidad, sucedió la tragedia en que perdieron la vida catorce personas. El padre Ruiz se fracturó una pierna y recibió una gravísima hedida en el abdomen; a pesar de hallarse en tan doloroso y mortal padecimiento, rehusó los cuidados que algunas personas le quisieron dar; intentó caminar haciendo un heroico esfuerzo y reteniendo las entrañas con sus propias manos; cuando lo rindió la imposibilidad se hizo acercar los moribundos para confesarlos, acompañarlos y darles valor. El maquinista del tren, refiere el padre Yepes desde Santa Rosa, Guillermo Sánchez, cuenta que el heroísmo del padre no conoció límites. Que apenas se vio herido dio una absolución general y luego le dijo al mismo Sánchez que le ligara la vena de la pierna que tenía despedazada porque sentía que se le iba toda la sangre y que así moriría antes de poder confesar a los heridos. Para ligarle la vena hubo Sánchez de cortar carne hasta descubrirla bien (esto con una navaja de bolsillo) y luego la amarró con un cordón de zapatos. Luego dijo el padre que le arreglaran las entrañas regadas y en parte perforadas y quedaban en el suelo llenas de hojas, de arenas y de carbón. El hombre quiso lavarlas pero el padre no consintió porque mientras tanto podían morir algunos sin confesión. Se le arreglaron, pues, tal como estaban, el padre mismo dirigió la maniobra; se hizo cortar un pedazo de la sotana para que se le fajara y luego dijo: "Ahora sí, hijos, traigan acá todos los heridos" y empezó a confesar a los que podían hacerlo, a absolver a otros y luego se puso a filosofar con los que quedaron intactos mostrándoles que poca cosa es la vida que se pierde así cuando menos se piensa...Cuando uno oye el modo como se conducía le parece que él padre no debía de sentir dolor, pero es el caso que confesó a los presentes que era tal su sufrimiento que hubiera preferido un golpe seco en la cabeza, pero que ya que Dios lo había querido de otro modo, así estaba bien. Llevado por el personal de Socorro a Medellín, donde recibió los cuidados médicos en intervención esmerada aunque inútil, fue perdiendo el vigor y auxiliado con los santos Sacramentos, rodeado por sus familiares y asistido por el Excmo. Señor Obispo de Santa Marta Monseñor García, descansó en paz y con gloria en el Señor en la mañana del 31 de enero. En plena y robusta juventud, entregado a sus labores de profesor de seminario y en camino de obediencia hacia el seminario de Cartagena, respetado y amado por sus hermanos en religión, por sus discípulos y amigos, terminó su vida llevando el dolor a

quienes lo amaban y dando una bella :y suprema lección a cuantos conocieron los pormenores de la muerte. Dolor y gran dolor para el M.R.P. Provincial de los Eudistas que en momentos de escasez de personal vio desaparecer en un instante a uno de sus más fieles y esforzados hijos; dolor para los familiares a quienes había dado una despedida con esperanza de algún regreso y a quienes volvió a dar, moribundo, la despedida larga del viaje hacia Dios; dolor para todos nosotros, sus hermanos, que pensamos en la muerte propia y ajena pero calculamos su llegada según las ilusiones de la juventud lozana y el vigor probado, que trabajamos día y noche, aquí y allá, sostenidos por el ejemplo y la alentadora conciencia del heroísmo y de la fe de nuestros compañeros; dolor para los discípulos y amigos a quienes de cerca o de lejos el P. Ruiz, como todo buen eudista, seguía con la mirada, con el consejo, el estímulo y la incesante plegaria de padre, maestro y apóstol. Dolor por una vida segada en prematura vendimia; por el brazo restado a la brega apostólica; por el maestro ausente; de su clase; por el formador de los jóvenes que los Eudistas instruyen, educan y plasman para el sacerdocio en Nariño, Antioquia, Norte de Santander, Cundinamarca, Bolívar, en San Cristóbal y Mérida, en la República de Venezuela. Dolor sobre todo para el seminario de Cartagena a donde iba el P. Ruiz, donde se le esperaba, adonde él había enviado ya el corazón del apóstol y la delicadeza del artista había entrevisto la hermosura del mar y el heroísmo de las viejas murallas. Pero después del dolor, mejor dicho, por ese dolor ha venido el consuelo y la gloria. Todos los diarios de Bogotá y del país, todos los periódicos, todos los que han conocido el modo de morir del P. Ruiz, han terminado el recuerdo necrológico en un tono de admiración y de ufanía. "Murió como un héroe" lo que vale a decir "como un santo" ha sido el epitafio o el resumen de la opinión nacional y a su vez el compendio de la vida del P. Ruiz. Dolor y gloria El mismo ritmo de los misterios del rosario que el moribundo rezó por última vez, con el primer fervor, con el único fervor de quien reza en la cruz, agoniza; en ademan de amor, muere como el Redentor y presiente en su carne y en su alma la gloria de la resurrección y la resurrección a la gloria de Dios y ante los hombres. La muerte se engrandece en la paz. No es que valgan menos las vidas extinguidas en racimos cuando así las tritura una guerra; es que una muerte aislada en una jornada de paz, en medio de muchos vivos que siguen viviendo, reconcentra todo el valor de las vidas en una sola; el que muere solo y muere entregando su vida por otros, a más de hacer una ofrenda llega a ser una lección; muere sin compañeros pero muere entre testigos; una sola sangre que se derrama en heroísmo sacude la sangre de los que


A ver el mar

siguen viviendo; una sola vida que así se extingue enseña el valor de la causa por la que vale la pena morir. Morir es germinar

P. Rafael García Herreros, C.J.M.

Y por eso el M.R.P. Provincial, los hermanos en religión, los alumnos y los que iban a serlo, las letras colombianas, los sacerdotes, que habían encontrado en el que se fue la luz y la fortaleza, todos recogeremos doblada cosecha en nuevos sacerdotes, nuevos y buenos Eudistas, vidas pulidas y hermosas, porque el P. Ruiz murió dando su última y avasalladora lección de maestro de sacerdotes, de forjador de energías y de grandeza moral, muy colombiana, muy sacerdotal y auténticamente divina. Ese es el dolor, ésa la gloria de los que mueren por Cristo y como Cristo.

Acallada la conmoción general del momento, silenciadas las noticias sin amor del radio y de la prensa, hemos saboreado en medio de nuestro inmenso dolor la carta que el P. Ruiz dirigió al P. Agudelo antes de morir: ― Me voy a ver el mar... ¡Oh Mar sin playas y sin orillas de la eternidad! ¡Oh gran Mar, misterioso y terrible, acogedor de todos los náufragos en la tierra, esperanza de todos los que en la playa movible anhelan y suspiran! ¿Cuándo llegaremos nosotros también a Él? ¡Cuándo daremos el grito sublime de los soldados legendarios: ¡El mar, el mar! Ya está ahí azul y ancho, insondable e ilímite, el mar de las olas eternas que por un lado choca con las peñas enjutas de la muerte y por el otro lado no tiene fin. La muerte del padre Ruiz, en toda la fuerza de la edad, ha sido para nosotros un golpe en toda la mitad del alma. Lo amábamos intensamente y estábamos orgullosos de ser sus hermanos. Esa muerte está abrillantada con el lustre de lo heroico y de lo santo. ¡Cierto es! Era el remate de una vida activísima, interior y exteriormente. ¡Verdad es! Pero su muerte -es lo que nos ahoga el alma- hace caer a un soldado que en su puesto de avanzada luchaba valiente y triunfalmente. Allí estaba él, en nuestro escuadrón, con su aire militar, con el alma tostada al sol de la brega, yelmo y cota relucientes, espada rutilante... combatiendo por Cristo. Cayó y quedó haciendo falta en ese puesto. A lo lejos se ven las almas de los jóvenes, "a quiénes quiero tanto, tanto"2 aguardando el dardo blando y fuerte de su palabra hondamente paternal y sacerdotal. Y se ven también las filas de los fieles apiñarse ante su pulpito vacío, aguardando en vano su voz ardiente y hermosísima que los hacía mejores, que los llevaba a Dios. Sí, no lo sentimos por él. Él está en descanso recibiendo de Cristo el pago. Dios lo amó, se puso integralmente a su servicio y deseó amarlo más todavía. Cristo sabe pagar. Lo sentimos por nosotros y por las almas... ¡Queda la brecha abierta! ¿No habrá nadie que quiera reemplazar al soldado caído? El punto donde él luchaba, aunque es duro, es glorioso. Muerde el sol y muerden los dardos de la batalla, pero se cae gloriosamente en los brazos de Cristo, recompensa. Una oración, lectores, por el P. Ruiz que se fue a ver el mar muy grande y muy hondo de la eternidad. 2

De una tarjeta escrita por el P. Ruiz al autor de este artículo la víspera de morir.


Una oración para que el Divino Capitán de nuestro batallón nos envíe un buen remplazo que guarde la atalaya desguarnecida..."

¡Ni cura ni fraile! (Fondo histórico). P. Rafael García Herreros, C.J.M.

El P. Félix acompañado por dos eudistas, su padre Don Félix Ruiz y su hermano Joaquín Emigdio.

Calvario donde reposan los restos del Padre Ruiz Casa de Encuentros San Juan Eudes (antiguo Juniorato) San Pedro de los Milagros (Ant.)

Definitivamente: ¡ni cura ni fraile! Pero fuera de eso, ser algo en mi vida; algo muy gordo y muy grande, que dé miedo, que resuene duro y que retumbe lejos. Así hablaba en alta voz medio loco por el ímpetu de su sangre y de su juventud un mozo en su cuarto de estudio, paseándose nervioso a lo largo y ancho de la pieza llena de libros. Colgaban de las paredes cuadros extraños: allí se veían al lado de unas majas de Goya y de unas fantasías de Fantin-La-tour, un retrato de Alfonso Daudet y otro de Rabindranath Tagore. Las manos en los bolsillos, los ojos salidos como loco, como demente repetía sin cesar: tengo que ser algo en mi vida; algo raro que salga de lo de todo el mundo; que me haga conocer, que me haga famoso. ¡Escribir un poema de versos extraños, descubrir un teorema sin líneas, subir a un monte inaccesible, bajar al fondo insondable del mar, o conquistar una estrella! Pero no puedo pasar sin causar un rebullón fuerte, sin dar un sacudón en mi existencia.... Eso sí: ¡cualquier cosa menos cura ni fraile! El muchacho que así hablaba a gritos consigo mismo estudiaba último año de bachillerato. Entre sus libros había muchos que no estaban en el pensum y que mostraban a las claras su curiosidad inextinguible. Entre ellos se veía una gramática hebrea y una biblia mazoreta. Y, ¿para qué quería saber esas cosas si no iba a ser rabino ni fraile? Sencillamente porque no todos conocen de eso: para distinguirse del vulgo! Y, ¿por qué no ser fraile ni cura? ¡Francamente porque no tiene gracia! Porque no hay ninguna aventura en estar rezando o en estar cantando responsos. Porque ellos no hacen nada digno de quedar después de la muerte. Y sobre todo él deseaba dejar un recuerdo de su paso por la vida. Érale una necesidad, una ambición nerviosa, análoga o igual a la que atormentó la vida de Horacio Flaco. Por descargar su espíritu de ese turbión de sentimientos y de anhelos insatisfechos y tal vez irrealizables, cogió la boina y cualquier libro para tener ocupadas las manos y salió a la calle. Entró en un café donde algunos estudiantes habían rodeado ansiosos el radio mientras éste daba precipitadamente la noticia de un descarrilamiento de trenes y de muertos y heridos. Y contaba el radio también de un cura o fraile que había caído en la desgracia y a quien el golpe le había despedazado las entrañas. Y decía toda la historia del fraile: con las entrañas afuera el P. Félix Ruiz, así se llamaba el cura, dijo una palabra sublime y


emocionante: ―No piensen en mí, yo me tengo con las manos todo esto… Lo que han de hacer es traerme acá los enfermos que yo los confieso antes de que muramos todos‖. Los estudiantes oían en silencio. A nuestro inquieto muchacho se le presentaban una serie de imágenes y de sentimientos. Veía en su fantasía la tragedia, los gritos, los ayes, la sangre.... y en medio de todo aquello la cara fuerte y pálida del cura a quien se le presentó la ocasión del heroísmo. Y continuó el speaker: ―El P. Ruiz, después que hubo cumplido con su sublime deber, agonizante y sangriento, dijo sonriendo: ahora sí echen con este cadáver mío para donde quieran. Y empezó a cantar el Ave María de Lourdes como un epinicio triunfal». El P. Félix Ruiz nació en 1903; estudió en Usaquén, en el noviciado de los Padres Eudistas, y después de una plenísima vida muere en toda su juventud. El joven de ambiciones inconsideradas salió del café, silencioso. Ante su retina se dibujaba en fondo rojo la imagen del cura Ruiz a quien no conocía, y que le probaba definitivamente que era posible llevar una vida bella y consumar una muerte sublime siendo cura o fraile. Pasando por las calles miró distraído un cartel que decía: Hoy, 30 de enero de 1938.... Y no leyó más, no le importaba sino la fecha, la fecha en que una luz había caído y alumbrado sobre su alma. *** La semana pasada recibimos una carta de un noviciado. ―El placer de morir sin pena bien vale la pena de vivir sin placer....‖ Así reza la placa que se lee en el interior de la puerta principal. En la carta se nos contaba que entre los diez novicios de este año, alegres, modestos, inquietos y puros, está un joven a quien conquistó el P. Ruiz después de muerto, y que quiere llenar su puesto de avanzada gloriosa. El mismo que hace un año hacía resonar su cuarto con estas palabras: ¡Ni cura, ni fraile, pero eso sí; tengo que ser algo en mí vida!

Elogio póstumo P. Luis E. Yepes, C.J.M. El dolor de su partida y el vacío de su ausencia son tan grandes hoy como el primer día... No es fácil figurarse a un hombre, aún joven, sobre todo, que en una catástrofe colectiva se encuentra, de pronto, por el suelo, los huesos en astillas, los intestinos por tierra, hecho un retablo de heridas de los pies a la cabeza y que, sin embargo, en el primer instante, como instintivamente se yergue sobre su propia ruina con la mano cargada de bendiciones y consuelos y esperanzas eternas para los compañeros de desgracia. Y no es fácil tampoco figurarse a ese hombre, a quien se le conocía ávido de vida y hambreado de horizontes sin límites, y de brisas de mar, y de cantos de olas, cantándole a la muerte, impávido ante el velo oscuro que limita su vista con los austeros contornos de una tumba, y bañado por el soplo helado que baja del lóbrego país de donde no es posible ya el regreso... ¡Padre Ruíz, carácter, héroe, mártir, salve! Tú vives y tu vida es fecunda. El horizonte de la inmortalidad se ha abierto ante ti como brecha de conquista y las auras de la gloria te acarician. Nos legaste tu valor como una joya. Y nos honraste al morir. ¡Bendito seas!

Ángeles que adornan el calvario, donados por el mismo P. Ruiz cuando era superior del Juniorato.


Un héroe de sotana L. T. G.-Pbro. El 31 del presente cumplirá dos meses de muerto el padre Félix Ruiz de cuyo heroico valor se ha ocupado toda la prensa del país. No queremos pase esa fecha sin que nuestros lectores conozcan la relación del siniestro hecha por el maquinista del tren, a fin de que admiren una vez más el temple de aquella alma sacerdotal y eleven una oración por el que fue nuestro padre, maestro y amigo. ―El maquinista del tren, Guillermo Sánchez, cuenta que el heroísmo del padre no conoció límites. Que apenas se vio herido dio una absolución general y luego le dijo que le ligara la vena de la pierna que tenía despedazada porque sentía que se le iba toda la sangre y que así moriría antes de poder confesar a los heridos. Para cortarle la vena hubo Sánchez de cortar carne hasta descubrirla bien (esto con una navaja de bolsillo) y luego la amarró con un cordón de zapatos. Luego dijo el padre que le arreglaran las entrañas regadas y en parte perforadas y que daban en el suelo llenas de hojas, de arenas y carbón. Quiso el hombre lavarlas pero el padre no consintió porque mientras tanto podrían morir algunos sin confesión. Se le arreglaron pues tal como estaban; el padre mismo dirigió la maniobra; se hizo cortar un pedazo de la sotana para que se le fajara y luego dijo: ―ahora sí, hijos, traigan acá todos los heridos‖... Y empezó a confesar a los que podían hacerlo, a absolver a los otros y luego se puso a filosofar con los que quedaron intactos mostrándoles qué poca cosa es la vida qué se pierde así cuando menos se piensa... Cuando uno oye el modo como se conducía, le parece que el padre no había de sentir dolor, pero es el caso que; confesó a los presentes que era tal su sufrimiento que hubiera preferido un golpe seco en la cabeza, pero que ya que Dios lo había querido de otro modo, así estaba bien». La víspera de su muerte escribió desde Puerto Berrío al R. P. Bernardo Agudelo: «Adiós. ¡ Me voy a ver el mar. Sentado sobre una piedra y salpicado de espumas amargas pero blancas me acordaré de S. R.! Y tres días antes en el álbum de la casita de Don Marco Fidel Suárez: ―Oh Suárez! Sacudido de la adversa suerte me despido de mis montañas. Me voy a ver el mar, amargo como tu vida, tempestuoso como tu carrera, hondo como el pensamiento tuyo, vestido de azules lejanías como el pabellón que glorificaste y ceñido de blancas y sonantes espumas, inmaculadas como tu vivir austero y fecundo! Cuando vuelva, si Dios es servido, te hallaré en el bronce rodeado de jardines y fuentes sonoras pero en mi alma te llevo siempre como blasón y enseña del deber y de la verdadera gloria: ―servir a Dios y a Colombia‖.

Al leer estas últimas palabras, bello programa para llenar una vida, me acordé de una sentencia, dictada por el mismo padre Ruiz, en la clase de historia, y hallada en la cartera de apuntes del héroe nacional francés, capitán Goynemer, quien a los 20 años ya había derribado 54 aviones: «Estar bien con Dios y no mirar jamás atrás»...

Juniorato, última casa donde vivió el P. Ruiz


Un apóstol y un santo de El Tiempo, de Bogotá Las gentes se hacen lenguas sobre el valor y la santidad del padre Félix Ruiz. Habiendo recibido heridas de la mayor gravedad no perdió un solo momento la serenidad ni abandonó su misión evangelizadora. Estando con los intestinos afuera y con una pierna destrozada pedía que le acercaran a los heridos más graves9a los que pedían socorro con el objeto de impartirles la absolución. A las gentes que pretendían prestarle auxilio preferencial les amonestaba para que se ocuparan preferentemente de los pasajeros y declaraba que moriría satisfecho y tranquilo dando gracias a Dios por haberle permitido que hasta los últimos instantes de su pudiera ser útil a sus semejantes y le fuera dado cumplir con los gratísimos deberes de su sagrado ministerio. El valor del padre Ruiz, que no se quejaba9 que edificaba con su serenidad conmovió profundamente a los empleados que trabajaban en el salvamento y contribuyó en alto grado para fortalecer a los que lanzaban ayes lastimeros y agonizaban en las más forzadas y dolorosas posiciones» (Así comentó la noticia. Testimonio tanto más valioso por la fuente y la época)

Tarjetas de pésame recibidas por la familia

El Colombiano, Medellín.


El P. Félix A. Ruiz P. Luis E. Yepes, C.J.M El 30 de enero de este año marca una etapa sangrienta en los fastos de nuestras inseguras y atormentadas vías de comunicación. El luto se ha extendido por muchos hogares, y la Patria está de duelo, y la Iglesia llora. Porque la Patria y la Iglesia se ven en cada uno de sus hijos; porque entre otros, un hijo muy preclaro de una y otra fue arrebatado violentamente a la vida, vida que era orgullo de ambas. El padre Félix Ruiz, hijo preclaro de Antioquia, nacido en Bello de una de esas familias que son lustre de la raza por lo sencillas, por lo sanas, por lo tenaces en la brega en medio de las montañas que no dan la vida sino poco a poco para que se aprecie más y dure más, que modelan hombres erguidos como ellas, resistentes como sus moles graníticas que se empinan en actitud de triunfo perdurable, dio desde niño muestras de lo que sería más adelante, porque, en la época en que lo conocimos, pequeñín de 12 años, ya ostentaba una voluntad fuerte, irreductible cuando se le quería llevar a algo menos perfecto. Jamás permitió que otro le ayudara en sus trabajos escolares y mala recompensa se llevó el compañerito compasivo que durante una lección le insinuó por lo bajo una palabra que se le iba de la memoria, porque Félix dijo al profesor: «Padre, ya sé, pero no digo, porque eso me lo soplaron». El estudio de la Historia lo apasionó y merecida recompensa dio a sus conocimientos la Academia de Historia de Bucaramanga cuando lo nombró su miembro correspondiente. También lo apasionó el estudio de las lenguas clásicas y la lectura de los grandes autores. Los escritores españoles y colombianos fueron el pan de su espíritu, ávido de saber, pero entre todos hizo sus delicias la prosa robusta de su conterráneo don Marco Fidel Suárez. Es de notarse que no hay quién tenga en Colombia una colección de obras y artículos del insigne humanista tan completa como la que el padre Ruiz tenía. En vacaciones, cuando podía ir a Bogotá, rebuscaba en la Biblioteca Nacional y donde quiera que podía hallar colecciones de periódicos y copiaba pacientemente a máquina cuanto de él encontraba. Su pluma, formada en tan buenos maestros, se iba distinguiendo y había venido a ser una gran esperanza para la literatura patria. Soñaba con varias obras de aliento, pero Dios quiso tronchar en cierne esa preciosa vida. Alabemos sus designios. Como orador sagrado, baste anotar que de él decían los que tuvieron el gusto y la fortuna de oírlo varias veces: «su mejor sermón es siempre el último que oímos». Pero al hablar del padre Ruiz lo primero que hay que hacer resaltar es su fuerza de voluntad, su carácter. Era en toda la acepción un carácter. No conoció la línea curva. Fue mortal enemigo de la esguince. Odió por instinto la hipocresía. La persiguió con saña entre sus alumnos. Su voz cortante como un alfanje, hería sin compasión los

caracteres doblados y fingidos y el golpe era siempre certero porque ante sus ojos de lince se habían adentrado hasta los pliegues del corazón de la víctima. La línea recta encuentra necesariamente obstáculos, y el padre los conoció y los buscó, mas tuvo el acierto de ganarse muchos amigos con el mismo secreto de nunca contemporizar. Esta consideración hace aparecer menos visible el defecto de su ruda franqueza, de su voluntad siempre enderezada como una lanza en ristre. Así, no es raro que sus alumnos lo temieran pues tenían por qué temerlo, es cierto también que como sobreabundan las razones para amarlo, lo amaban. Sólo los desidiosos y los menos francos no podían soportarlo y se hacían a un lado. El llegar, conducido por el padre Ruiz hasta el final de la carrera, era argumento de magnanimidad. Sin duda que el tiempo hubiera puesto algún aceite de suavidad a esa potente máquina arrolladora. La curva de «Cantarrana» se vengó del odio que el padre Ruiz le profesaba a los rodeos. Su última manifestación no fue un heroísmo improvisado. El padre murió como había vivido. El hombre del deber sabe que éste prima sobre la vida y por eso llega a despreciar sus propios padecimientos y a olvidarse de sí para pensar en los demás..... No se creía que él padre pudiera llegar vivo a Medellín, pero su constitución robusta resistió duramente a la muerte. Cuando el tren llegó a estación de donde debía sacársele para el hospital, dijo: «He cumplido con mi deber hasta lo último. Ahora sí estoy contento. Echen, señores, adelante con este cadáver» y entonó el canto del Ave Maris Stella. Era el entusiasmo de la virtud del que muere invicto. «Satis vixi, invictus enim moriór» es frase de Epaminondas que mucho saboreaba el padre Ruiz. Consumado en breve, llenó el espacio de muchos años, como dice la Escritura. El padre había leído y gustado largamente las sentencias de Séneca que parecen traducir las de la Escritura Santa: ―Caro Lucilio, os conjuro a que hagamos de manera que a semejanza de los diamantes más preciosos, nuestra vida sea de gran valor en un pequeño volumen. La extensión de nuestra vida midámosla por las acciones y no por lo que dure..... Celebremos y contemos en el número de los hombres felices al que supo utilizar el poco tiempo que tuvo a su disposición. El vio de veras la luz, no estuvo confundido entre la turba; puede decirse que vivió: tuvo una bella existencia..... No me habléis del número de sus años..... Tanto vivió que ha prolongado su vida en la posteridad y tiene un lugar asegurado en la memoria de los hombres. Padre Ruiz, tienes un lugar asegurado en la memoria de los hombres. Pero cuánto más lo tienes en el alma de quienes fuimos tus condiscípulos tus amigos, tus hermanos y tus compañeros en la brega cotidiana. Légame tu espíritu, tu fuerza, tu carácter, tu secreto de hacer hombres en esta época en que los caracteres escasean y medran los jayanes. Haz esto con nosotros, oh Padre, oh amigo, oh hermano del alma, oh luchador invicto.


Homenaje de los seminaristas venezolanos al P. Ruiz Fallece el R. P. Ruiz. Pierde Colombia un insigne literato. Arranca la muerte a la Congregación de los eudistas un eminente educador de sacerdotes. Desaparece un abnegado apóstol. Literato, educador, apóstol, son los tres diamantes, cuyo valor es apreciado por aquellos que le conocieron ya por sus escritos, ya personalmente. Justo es por tanto el duelo de sus discípulos y amigos. Su prematura desaparición ha producido agudo dolor y extrañeza resignada en los seminaristas que gustaron sus clases y método educativo. El retrato de la vida del P. Ruiz es magnífico. Como literato, lo están proclamando sus obras dignas de un ministro de Dios y de un amante de la hermosa tierra colombiana, que en gesto magnánimo, se postra reverente ante Jesús Sacramentado, en el congreso de Medellín. La literatura colombiana muestra con orgullo su acendrado catolicismo. Este concepto fue expuesto con belleza literaria por el P. Ruiz en su libro: «Jesucristo en la literatura colombiana». Su amor a las letras le llevó también a permanecer varios meses, dedicado a copiar a mano los escritos inéditos de don Marco Fidel Suárez. Como educador, sus discípulos están acordes en afirmar que era un educador de primera clase. Los episodios y memorables recuerdos forman una literatura que pone de relieve su grandeza. Aunaba el carácter enérgico al cariño paternal, por lo cual sus reprensiones eran recibidas con sana justicia. Su disciplina, engendradora de verdaderos hombres de Dios, a los que comunicaba su celo voraz por la salvación de las almas. Como apóstol, su vida entera es el signo auténtico de su abnegado apostolado. El punto culminante de su historia es el hecho heroico de su trágica muerte. En la catástrofe, su cuerpo quedó destrozado, sus entrañas visibles y el consiguiente acerbo dolor; sin embargo no es bastante para apartarlo de la fidelidad al deber. En un supremo esfuerzo piensa en los compañeros de infortunio, que sin consuelo perecen a pocos pasos. Se arrastra. Forcejea como un valiente. Y cuando sus salvadores se acercan pide que le traigan los moribundos para impartirles la absolución. Acto tan inaudito hace exclamar a amigos y enemigos: ¡es un héroe! Estas ligeras líneas en honor del P. Ruiz queremos sean la expresión patente del sentimiento que embarga a los seminaristas de Mérida, Táchira y Maracaibo y el pésame que los mismos presentan a los RR. PP. eudistas y a su consternada familia. Termino haciéndome eco de la opinión común: el R.P. es un héroe. G. Sascos D. Caracas, 1 de Marzo de 1938

Algunos Telegramas Medellín, enero 31 de 1938. Provincial eudistas Bogotá. Con hondo sentimiento comunícole padre Félix Ruiz víctima accidente ferroviario falleció esta mañana con todos los auxilios religiosos después haber sido operado en Hospital esta ciudad. Heroicamente no obstante sus mortales heridas auxilió demás heridos. Entierro verificarase esta tarde. No encontrando vapor en Berrío regresaba ésta para tomar avión fin seguir Cartagena. Fraternalmente unidos todos en profunda pena. Afmo. Obispo Sta. Marta. Bucaramanga. Acompañólo pena. Cristiano, heroico acto padre Ruiz honra Comunidad Eudistas. Jesús García. Piedecuesta. Sobre tumba sentido padre Ruiz elévanse voz gratitud preces descanso eterno. Postreros momentos enseñando heroico espíritu sacrificio. Alcides, Eduardo Presbíteros. Cúcuta. Profundamente emocionados trágica, heroica muerte, recordado padre Ruiz, José Rafael, Francisco Unda. Concordia (Ant.) Deploro profundamente fallecimiento benemérito, amado padre Ruiz.... padre Germán Toro. Amalfi (Ant.) Unímonos terrible duelo. Felicitámoslo heroísmo padre Ruiz. Párroco, Eudistinas. Medellín. Eudistas - Usaquén. Expresámosle pesar amado padre Ruiz. Seminario. Rector.

Cantaremos

misa

Bogotá. Unome corazón lamentar desaparición distinguido miembro; sacrificio vida preciosa, fuente nuevas bendiciones campos eudísticos. José Prada. San Pedro (Ant.)


Lamento tragedia donde perdióse valiosísima vida padre Ruiz antiguo condiscípulo, gloria Eudista, orgullo Congregación. Mis oraciones por descanso alma forjada Sagrados Corazones. Arturo Gómez. Bello 31 de enero de 1938. Eudistas - San Pedro. Duelo esa Congregación es duelo letras, historia, Patria. Párroco (Pbro. Rogelio Arango),

De las cartas ....«Con la más sacerdotal emoción me apresuro a significar a S. R. la parte que tomo en el dolor por la muerte tan prematura del P. Ruiz. ¡Qué muerte tan sacerdotal y tan eudista! Así mueren los santos de la escuela espiritual de S. Juan Eudes. Bella lección la que deja a sus discípulos y a sus hermanos en el sacerdocio. Una vida llena de merecimientos sacerdotales debía de terminar así. ¡ Gloria a Dios en sus santos»!.... Luis Alberto Castillo, Pbro. «....Me dirijo a S. R. ante todo, para manifestarle mi pesar por la muerte del inolvidable y buen amigo padre Ruiz. Pocos días antes de esa desgracia estuvo aquí a verme, y hablamos mucho sobre Literatura y sobre diversos temas. ¡Quién iba a imaginar semejante catástrofe! Había quedado de enviarme un ejemplar de su obra «Jesucristo en la Literatura Colombiana», y en cambio me llegó la noticia de su muerte, tan terrible cuanto heroica. Qué ejemplo tan hermoso nos dejó en esa hora suprema!... José J. Ortega, S.S.. ....«El P. Ruiz cumplió su deber hasta el fin, olvidándose de sí propio para exhortar a los heridos a hacer el sacrificio de sus vidas. Pocas relaciones tuve con el Padre; sin embargo guardo de él los mejores recuerdos: me encantaba su dignidad, su celo, su piedad y discreción».... (De «Los Angeles» Medellín).

Tarjetas de pésame recibidas por la familia

«.... La muerte del P. Ruiz es una pérdida inmensa para la Congregación.... Desde hace algunos años tuve la ocasión de tratarlo de vez en cuando. Siempre fue un modelo; pero sobre todo desde que fue nombrado Superior, se notaba en él un profundo espíritu religioso. Cuando su última visita hace de ello apenas quince días—me edificó particularmente por aquella paz con que hallaba solución a todo problema, por lo cual me hacía interiormente esta reflexión: el padre se desprende más y más de sí mismo para entregarse por completo a Dios. Su muerte ha sido la de los verdaderos hijos de Dios.... Hubiera podido curarse, si no sufriera del corazón. Pero había llegado la hora de la divina Voluntad. Cuando el capellán de San Vicente se le acercó para absolverlo, le dijo sencillamente: «Estoy tranquilo».... ¡Cuánto bien realizó en su corta vida el P. Ruiz! Dejó esta cara Antioquia embalsamada con el perfume de sus virtudes. Qué celo por la gloria de Dios y por el bien de las almas! En cuanto a mí se decir que, por la última impresión que me dejó en el locutorio, me siento más llevado a pedirle que a pedir por él..... Participo de aquella paz, escucho aun las palabras que pronunciaba para ayudarme y alentar a la Comunidad.... aquel profundo sentimiento de equidad y de recto juicio en el bien obrar».... (De «Los Angeles» - Medellín).


De la prensa De: El Gráfico, de Bogotá. Luis Eduardo Nieto Caballero LENC Qué extraordinario ejemplo de virtud y de heroísmo el que deja ese sacerdote insigne, víctima del accidente ferroviario que hizo poner de nuevo sus crespones en los hogares antioqueños. Herido en forma definitiva, destrozado, agonizante, se hizo conducir adonde los compañeros que en las mismas condiciones, pedían la absolución para ayudarlos con sus exhortaciones a emprender sin temores el gran viaje. Religión sublime y abnegación sublime las que permiten tales ejemplos que realzan el nombre colombiano. Del horror salió para Antioquia y para el país un bien enorme: el de poder llevar a los altares íntimos la figura de un santo. El padre Ruiz hará milagros. ¡Ya sentimos nacer, al lado de las invocaciones, las advocaciones! No mueren así sino los elegidos y el martirio se transforma en gloria. Ante su tumba doblamos la rodilla. Somos los creyentes profundos en la virtud sobrenatural de esos seres excelsos, de cualquier país, de cualquier religión, de cualquier tiempo que se sacrifican por los demás, que acallan el propio dolor para aliviar el ajeno, y que en la inmolación se llenan de luz, como para mostrar, sin quererlo, que era la propia luz de Dios lo que llevaban dentro. Santificado sea el tu nombre, padre Ruiz, y que tus ojos misericordiosos sigan dirigidos hacia la tierra que un día resplandeció, cuando tu vida parpadeó como un relámpago. De la Unidad Católica: «Ocho años estuvo el padre Ruiz en esta ciudad, que tuvo la fortuna de recoger las primicias de su sacerdocio, que fue breve pero fecundo en frutos de santidad y de ciencia, frutos que hoy recoge y aprovecha la diócesis, en la persona de unos cuantos sacerdotes que de él recibieron ese temple varonil y esforzado que siempre lo caracterizó. Nació el padre Ruiz en Bello, (Antioquia) el primero de marzo de 1903. Sus padres son de aquella raza de patriarcas por la fe, y titanes en el trabajo, que convirtieron en verjeles alumbrados por la antorcha de la cruz las sierras bravias de la montaña. Hizo sus primeros estudios en el Juniorato «San Juan Eudes», seminario menor de la Congregación de los Padres Eudistas. Aquella alma de niño, agreste como su lugarejo natal, pero pura como el ambiente en que pasó su infancia, estuvo bajo el cuidado diligente del R. P. Pedro Lacroix.

En 1920 pasó al Noviciado de Usaquén y continuó sus estudios bajo el gobierno del padre Le Petit, hasta coronarlos con la aureola del sacerdocio, recibido el 21 de noviembre de1926. Empezó entonces a ejercer su apostolado de formador del clero en el Seminario de esta diócesis de Pamplona. Con su tesón y con su amor a la letras, prendas que pareció heredar de su coterráneo, el Cervantes Americano con cuyos libros nutrió su espíritu y con cuyo recuerdo enamoró su vida, alcanzó a sobresalir como predicador y escritor de merito y personal estilo. En 1934 fue enviado al seminario de Jericó, donde añadió a sus tareas ordinarias, la de la publicación de un libro, como homenaje a la Divina Eucaristía, en el 2.°Congreso Eucarístico Nacional: «Jesucristo en la literatura Colombiana». Por dos años fue superior del Juniorato de San Pedro, y se dirigía a Medellín a tomar el avión que lo conduciría al mar, sueño de su alma enérgica e ingenua, cuando una catástrofe ferroviaria tronchó esa vida cargada de esperanzas y que apenas frisaba en los 35 años. Sus manos sacerdotales se elevaron todavía cuando el cuerpo yacía despedazado, para abrir las puertas de cielo a sus compañeros de desgracia. Rasgo heroico, sublime como el sacerdocio, que al par que revela su alma varonil y abnegada, demuestra la pureza de conciencia que, en paz y con sus cuentas al día, no tiene que ocuparse de ella, sino de los demás en peligro, para cumplir con el deber. Hasta no absolver al último de los heridos no quiso ser transportado al lecho de muerte, donde pudo exclamar con toda su alma: ―Muero tranquilo, muero feliz, porque cumplí con mi deber hasta el último momento‖. Murió la muerte de los justos a él se pueden aplicar muy bien las palabras del libro sagrado: Consummatus in brevi, explevit tempora multa. Con lo poco que vivió llevó la cartera de una larga vida. De la Revista de Misiones: «El padre Ruiz fue director diocesano de la Propagación de la Fe en Jericó el año de 1935 y poseía prendas morales e intelectuales envidiables que le granjearon el aprecio de cuantos le conocieron. Sacerdote formado en la escuela de san Juan Eudes, su corazón ardía en el más encendido celo por la gloria de Dios y bien de las almas. De celo dio innegables pruebas en todos sus actos, pero de manera particular y gloriosa en el momento de su hermosa muerte. Hermosa, si porque el padre Ruiz voló al cielo capitaneando el grupo selecto de almas que él, casi moribundo, condujo a los moradas eternas. Hasta el último momento libró el buen combate con abnegación sin límites y por ello recibió la corona de gloria como premio a su incansable apostolado y al heroísmo sobrehumano de sus últimos momentos».


El R. P. Félix Ruiz Otro más, y de los que en nuestra alma ocuparon sitio predilecto. Iba a cumplir apenas 35 años. Nació en Bello, la patria de Suárez, y muy pequeño ingresó al seminario de los padres Eudistas. Se ordenó en 1926, y fue profesor en los seminarios de Pamplona y Jericó; ahora debía ir al de Cartagena. Era predicador y escritor de elegante estilo, y publicó una obra que vivirá en nuestras letras: Jesucristo en la literatura colombiana, que es una preciosa antología. Unos cuatro días antes de su muerte, pasé con él la tarde, departiendo agradablemente sobre diversos temas; como tenía alma de poeta, le regocijaba el pensamiento de vivir cerca al mar; iba a conocerlo y a escuchar el murmullo de sus ondas y la canción de sus oleajes. Tenía varios proyectos entre manos; uno de ellos, la publicación de las obras completas del gran Suárez, su conterráneo, cuyos escritos poseía en su totalidad. Ese día acababa de conseguir con la hija del filólogo uno que le faltaba: el dedicado a Uribe Uribe, con correcciones del propio autor. Hablaba con un entusiasmo que no podía menos de contagiarse; le oí expresiones llenas de afecto para sus superiores y hermanos; alabanzas para sus obras; sólo él, en su opinión, no había hecho nada que valiera.... ¡Qué ejemplos tan hermosos nos deja a todos! Así no mueren sino los que han vivido unidos siempre a Cristo. El padre Ruiz es mártir y es héroe; ya pertenece al número de los hombres grandes de Colombia. Sus hermanos en religión pueden endulzar su justo dolor con la memoria de su santa muerte. Podrá olvidarse el escritor, el orador, el maestro; siempre quedará imborrable el recuerdo del que supo cambiar el dolor en gloria. «Me voy a ver el mar». Sí, y se fue a verlo; ya emprendió el viaje sin término; ya sus ojos se espacian en las ondas azules y eternas de la infinita caridad; y envuelto en sus espumas, entona el himno del amor perfecto... JOSÉ J. ORTEGA T., salesiano.

Uno que supo morir heroicamente Héctor Uribe, Pbro. Pesada y recia lo mismo que una garra sentimos una mano sobre el hombro, por allá en nuestros años de seminario, cuando vacábamos al estudio de alguna tesis. — No se levante, hombre, déjese de zalemas; dígame si tiene por ahí un Cristo de Guido Reni, que necesito mostrarles a mis muchachos de literatura, para una tarea, esas manos como lirios martirizados. — Voy a buscar, Padre. — Ande a prisa, hombre, que no hay tiempo para perder. Y esto decía con voz áspera, fruncido el ceño, mas con los ojos iluminados por la bondad, el padre Félix Ruiz, que heroicamente se marchó de esta vida, pero cuyo recuerdo —espoleado por la ausencia eterna— nos hace vivir con él en todas partes. Su imagen no se puede borrar de nuestra mente. Alto y robusto el vigoroso cuerpo, anchas e inclinadas las espaldas como si sobre ellas posasen las ideas, desnuda por prematura calvicie la amplia cabeza de noble curva, finos los labios en que jugueteaba el gracejo, la quijada breve, grandes y henchidos de luz los ojos escrutadores. Nos parece verlo, rodeado de alborozada juventud, ascender —con paso firme y apresurado— por estas breñas que igual que murallas circuyen a Pamplona; o grave, y pensativo y solo vagar por los claustros evocadores y fecundos, musitando frases que nunca pudimos descifrar, acompañadas de gestos enérgicos o golpeando el suelo con los pies. Y no se puede esfumar su imagen porque supo esculpirla en el alma de sus discípulos con buriles de bondad y de energía. Su trepidante caminar manifestaba su reciedumbre, la cual se reconocía en la vehemencia con que al estudio se dedicaba, en lo inquebrantable de sus propósitos, en lo vigoroso de sus reprensiones y en lo ardiente de sus exhortaciones al trabajo y a la conquista del carácter: semejaba un leñador de sus montañas constituido en profesor de virilidad. Mas este «cancerbero»— como él se apellidaba— era dueño de un alma plena de bondad y delicadeza. La ternura cuajaba de lágrimas sus ojos, trocaba vacilante su voz y le inspiraba frases afortunadas al recuerdo de la madre muerta o de los que viven muertos en los leprosorios. Como nerviosa antena vibraba su alma fortísima con la música de una idea bella o de una imagen exquisita; y era de verse cómo se encendían fogatas de júbilo en sus ojos y en su rostro con los triunfos de sus alumnos a quienes amaba con el alma hecha ascua. Compadecido le vimos levantar del suelo un insecto herido, en los brazos con suavidad de madre conducía al dormitorio a los muchachos que hiriéndose


notablemente caían en los patios de juego, profunda pena adivinamos en su semblante después de una reprensión sarpullida de ironía, Y así tenía que ser: hijo fue de patriarcales campesinos, de esos que saben cuajar las fecundas montañas antioqueñas. Diole el campo pleno la primera formación que curtió sus carnes, resguardó su virtud y acendró su espíritu. Y su alma virgen, plasmada en moldes de severas disciplinas morales, bañado copiosamente en los óleos regalados de la piedad, repulida por severos estudios y con largueza empapada en las mieles literarias, tenia de dar al joven maestro erudito y ameno, severo y bondadoso, que pasó regando el bien con mano rota y que murió con aureolas de mártir y de héroe, arrullando con cánticos sagrados, sus crudelísimos dolores.

Tarjetas de pésame recibidas por la familia

El R.P. Félix Ruiz, C.J. et M. De El Adalid 5 de febrero de 1938 En la gran tragedia ferroviaria ocurrida el 30 de enero en el Ferrocarril de Antioquia, de regreso de Puerto Berrio, perdió la vida este egregio sacerdote de la benemérita Congregación de Jesús y María (Eudista). Desempeñó con lucimiento durante varios años en San Pedro el oficio de rector del Juniorato que allí tiene su congregación y había sido destinado al seminario de Cartagena. Estaba en plena juventud y descollaba por sus brillantes dotes oratorias y literarias. Del terrible descarrilamiento salió triturado, y así moribundo, se olvido de su dolor, para pensar en la salvación de los que habían acabado de perecer con él. ―Acérquenme a los que van a morir para absolverlos‖. Sacerdote hasta el fin, revivió las escenas siempre admirables. En el Hospital de San Vicente, murió como mueren los varones justos. Profundamente conmovidos nos descubrimos reverentes ante los despojos del distinguido sacerdote, pedimos una oración por su bendita alma y enviamos a su familia y a los RR.PP. Eudistas nuestra conmovedora manifestación de dolor.

Calvario del Juniorato


Resolución del Concejo Municipal de Bello

Resolución del Concejo Municipal de Jericó Jericó, febrero 8 de 1938

Bello, Febrero 5 de 1938

Me permito transcribirle la siguiente proposición que fue aprobada por el H. Concejo Municipal en sesión del primero de los corrientes.

Reverendo padre Superior de la Venerable Comunidad de Padres eudistas en Colombia. Bogotá. Me es altamente honroso poner en conocimiento de usted, de la manera más atenta y por medio de la presente nota, la Resolución N°2 aprobada unánimemente por el Honorable Concejo de Jericó, y cuyo texto dice:

El Concejo Municipal de Bello,

RESOLUCIÓN No2

Considerando:

De 7 de febrero de 1938

1º Que en el accidente ferroviario ocurrido el domingo 31 de enero próximo pasado pereció trágicamente el distinguido sacerdote Dr. Félix A. Ruiz; 2º Que el Rvdo. Padre Ruiz fue sacerdote eminente, gran orador sagrado y pulcro escritor, traductor y publicista; 3º Que en su corta pero meritoria vida se distinguió por sus diáfanas virtudes públicas y privadas y por su apostólico celo en el cumplimiento de su noble misión, del cual dio heroicas muestras en los últimos instantes de su preciosa existencia, 4º Que el nombre del Rvdo. Padre Ruiz figura en la lista de los hijos esclarecidos de este Municipio,

Por la cual se lamenta la trágica desaparición de un ilustre sacerdote benemérito de la sociedad y de las letras.

Sr. Don Félix A. Ruiz Presente.

Resuelve: 1º El Cabildo de Bello lamenta sinceramente el trágico y prematuro fallecimiento del ilustre sacerdote Dr. Félix A. Ruiz, hijo esclarecido de este Municipio y recomienda las virtudes de tan distinguido levita como ejemplo a seguir por las nuevas generaciones. 2º Levantar la sesión en señal de duelo. 3º Copia de esta resolución será enviada a la familia del finado, a la V. Comunidad de Sacerdotes Eudistas, de la cual era miembro saliente, al Juniorato de San Pedro y a la prensa hablada y escrita. Presentada por el suscrito, Alfonso Mejía Montoya Gustavo H. Duque Secretario

El Concejo Municipal de Jericó en uso de sus atribuciones legales, y CONSIDERANDO: a) Que en la noche del 30 al 31 de enero del año en curso dejó de existir en Medellín, a consecuencia del accidente ferroviario ocurrido en la primera de las dos fechas citadas en el Ferrocarril de Antioquia, el señor Pbro. D. Félix A. Ruiz y Posada, esclarecido sacerdote de la venerable Comunidad de Padres Eudistas; b) Que la vida de este ilustre Ministro del Altar fue toda llena de abnegación, de celo en el cumplimento del deber y de todas las virtudes que distinguen a los buenos servidores de la Iglesia y de la sociedad, haciendo el bien y procurando la salvación de muchas almas hasta en el mismo momento de expirar; c) Que este municipio le debe importantísimos servicios de cuando estuvo laborando en el Seminario de esta ciudad, en el cual colaboró incansablemente en la formación y el adelanto de la juventud, y en esas aulas recopiló, con acuciosidad y cariño de orfebre las mejores producciones escritas en nuestra Patria sobre Jesucristo, que dio a la publicidad en su libro digno de ocupar puesto de honor en todas las bibliotecas de lengua castellana; d) Que cuando ocurrió su trágica desaparición era rector dignísimo del Juniorato de San Pedro, en el que continuaba su labor de apóstol y de fiel servidor de la Religión, de la Ciencia y del Arte;


e) Que el fallecimiento del R. padre Ruiz tuvo todas la proporciones y h grandiosidad del apóstol, del mártir j del héroe y constituye un duelo parí la Iglesia Católica, que pierde en él a uno de sus más altos Ministros para la república de Colombia, que tenía en él uno de los más fecundo: servidores, y para las letras patria: que él enriqueció con sus producciones e investigaciones científicas, históricas y literarias; y f) Que es deber de las corporaciones exaltar ante la posteridad las virtudes de aquellos que se distinguieran como benefactores en cuyo seno le tocó actuar, RESUELVE: .1." Lamentar de manera honda y sincera, como en realidad lamenta la trágica desaparición del señor Pbro. D. Félix A. Ruiz y Posada, esclarecido sacerdote de la venerable Comunidad de Padres Eudistas, benemérito de la sociedad y de las letras, exaltar sus virtudes ante las generaciones actuales y venturas; 2.° Consignar en el acta de este día el duelo que el pueblo de Jericó y el Cabildo que lo representa han recibido con el fatal suceso que hoy se lamenta; y 3º Enviar copia de esta Resolución en nota de estilo, al Excelentísimo señor Obispo dé la Diócesis, a la distinguida familia del apóstol desaparecido, al muy venerable Superior de la Comunidad de eudistas en Colombia; al Seminario de Jericó, al Juniorato de San Pedro, a la H. Municipalidad de Bello, cuna del extinto, y a la prensa de la capital de Antioquia. Dada en Jericó a siete de febrero de mil novecientos treinta y ocho. El Presidente, Pablo Jaramillo M. El Secretario, José María Ospina Con señales de la más distinguida consideración me es grato repetirme de su Reverencia como su muy Atto. y s. s. José María Ospina Secretario. .

Tarjetas de pésame recibidas por la familia


Resolución de la Cámara de Comercio de Jericó RESOLUCIÓN No. 1 (Por la cual se lamenta la desaparición de un ínclito sacerdote). LA CÁMARA DE COMERCIO DE JERICO En uso de sus atribuciones legales, y CONSIDERANDO: Que el día treinta y uno de enero pasado, rindió su vida al Señor, con motivo de un accidente ferroviario, el esclarecido sacerdote eudista Félix A. Ruiz, natural de Bello; Que el Reverendo padre Ruiz, honra y prez del sacerdocio Católico y de la comunidad de los Eudistas, prestó ingentes servicios como educador de la juventud en el Seminario de esta Diócesis; Que como orador, publicista y literato dio gloria a las letras colombianas; y Que murió cumpliendo hasta la última hora, con los sagrados deberes de su ministerio, olvidándose de sí mismo para socorrer con heroicidad y presteza a quienes necesitaron de sus auxilios espirituales; RESUELVE: 1º Lamentar, como en efecto lamenta, la temprana desaparición del Reverendo padre Félix A. Ruiz 2.° Recomendar a las generaciones actuales y venideras sus virtudes cívicas y religiosas; 3.° Considerar como pérdida para las letras colombianas, la muerte de tan ilustre hijo de Colombia; y 4.° Enviar copia de la presente Resolución en nota de estilo, al padre del finado, residente en Bello, al Excelentísimo Sr. Dr. don Francisco Cristóbal Toro, Obispo de esta Diócesis, al Rector del Seminario de Jericó y al Superior de los Eudistas en Colombia. Dada en Jericó, a los once días de febrero de mil novecientos treinta y ocho (1938). El Presidente, Antonio J. Restrepo R. El Secretario, José A. Lernos P.

Resolución del Concejo Municipal de San Pedro de los Milagros San Pedro 22 de febrero de 1938 Sr. Don Félix María Ruiz Sabanalarga El H. Concejo Municipal de San Pedro que presido, envía a usted atento saludo de condolencia, haciéndolo extensivo a la familia del ilustre extinto y para constancia de nuestro pesar tengo el honor de poner en su conocimiento la presente resolución unánimemente aprobada por aquella corporación. Muy respetuosamente, Aldemar J.G. Presidente Anibal Zapata Secretario


Correo de familia: Un Aniversario El mes de enero nos trae el doloroso recuerdo del P. Ruiz de cuya muerte gloriosa se cumple ya el primer aniversario. El tiempo ha sido incapaz de borrar en nuestros corazones la huella del dolor que dejó la trágica desaparición del sacerdote mártir. Hasta el recuerdo de las almas grandes sirve para hacer el bien en la memoria de los hombres. ¡El P. Ruiz no ha muerto! Vive ahora más que nunca en la memoria de quienes lo conocimos y lo amamos como padre, como amigo y como ejemplar de las virtudes cívicas y sacerdotales. El P. Ruiz fue ante todo una voluntad inquebrantable; su alma varonil tenía el temple de los aceros toledanos que se quiebran pero no se doblan; por ello su consejo predilecto fue siempre éste: «Sed hombres». Del sacerdote se ha dicho que debe ser duro como el diamante y suave como el corazón de una madre. Así fue el P. Ruiz. Quienes tuvimos la ventura de ser sus discípulos podemos atestiguarlo. ¡Cuántas veces en efecto no le vimos conmovido hasta las lágrimas! Estas brotaban espontáneamente con el solo recuerdo de su madre muerta. Y después de ella amaba el P. Ruiz entrañablemente a los jóvenes. Después de un día de vigilancia, alguno de los Padres le dijo: ¡Padre, se quedó todo el día con esos muchachos! Y él con palabras entrecortadas y una mirada intensa que reflejaba el inmenso amor que tenía a sus hijos, le respondió: Sí, Padre, ¡todo el día con esos muchachos!— «Si os corregimos es por vuestro bien, si castigamos vuestras faltas porque os amamos. Yo, que ya pe a mi madre, ¿si no os amo a vosotros a quién voy a amar entonces en el mundo?, nos decía después de unas calificaciones. La víspera de salir a vacaciones se despedía así de sus amados junioristas: «Cuando las legiones romanas partían a la conquista del mundo, escuchaban primero la voz de los ancianos senadores que les decía: Ite felices. Así os digo yo hoy mis queridos junioristas: Ite felices, id felices, marchad alegres a vuestros hogares, sed buenos y no ofendáis a Dios». ―Adiós, pues, mis aviadores, mis guerreros de mentira, adiós, mis mecánicos activos, adiós, mis liliputenses, adiós, mis pájaros cantores, adiós mis amados junioristas; ya no os volveré a ver más. Id a vuestras casas y al saludar a vuestras madres, dadles un abrazo por el P. Ruiz que no tiene madre‖.... Fue también el P. Ruiz un sabio profesor de retórica; conocía a fondo la literatura universal; insistía mucho en que no leyéramos periódicos, porque dañan el estilo. A menudo repetía el saepe stillum vertas, «invicto Horacio», como él lo llamaba. A Virgilio no lo mentaba sino con el nombre de «el dulcísimo mantuano». Pero quien más robó su admiración fue "el viejito Suárez», de quien tenía algunos recuerdos, entre otros, el Crucifijo que le regaló una de sus hijas.

En cierta ocasión, hablando de él en clase, y refiriéndose a su primera salida de Antioquia en 1880, nos decía: «¡Aprendan, hombres! ¡Muchachos que salen de Antioquia con el morral a la espalda y vuelven de Presidentes de la República!» De suerte pues que el P. Ruiz no sólo era versado en la literatura sino que poseía además el secreto de comunicar su entusiasmo a sus discípulos. Finalmente, la vida del P. Ruiz fue la de un apóstol, su muerte la de un héroe, su gloria, la de un mártir. ¡Gloria al apóstol! ¡gloria al héroe! ¡salve al mártir! Y murió como había vivido. El amante de las cumbres y de los robles, cayó ante la visión de los robles y de las cumbres. Su tumba quedó abierta en el mismo corazón de la Montaña, como un símbolo de fortaleza moral, que acrecienta las reservas espirituales de la patria, para que allí vayan a nutrirse las generaciones colombianas. Y «si morir es germinar», la muerte del P. Ruiz fue un germinar de abnegación y de heroísmo, fue un alborear de gloria, fue una aureola de martirio. *** Al salir de la Quinta de Bolívar adonde el padre nos había llevado para recrearnos con los recuerdos del padre de la patria, subimos al automóvil y empezamos a descender hacia la ciudad. Era la hora del atardecer. «Miren, qué bello», nos dijo; y yo, asociando ideas, me atreví a contestarle: -Ya que S. R. va a realizar lo que tanto había deseado: ver el mar, ¿cuál va a ser ahora el gran sueño de su vida?». — Ahora, nos respondió, mi gran sueño será verlos a Uds. sacerdotes». No, P. Ruiz, no debías ver el mar con «sus espumas amargas pero blancas», no; demasiado te habían salpicado ya las espumas de este otro mar borrascoso de la vida, en que todos navegamos, amargas porque llevan sedimento de dolor que hace sangrar nuestros corazones, pero blancas también porque purifican la existencia de toda terrenal escoria y preparan las almas para que germinen en la dolorosa pero fecunda gestación de nuestro propio sacrificio. Tampoco debías vernos sacerdote: a nosotros, que escuchamos tus postreras confidencias paternales y tus últimos consejos de amigo. Mas al cumplirse el primer aniversario de tu muerte, queremos renovar nuestra promesa: un día iremos a tu tumba para depositar allí una corona que bendecirás desde el cielo, porque tú la anhelaste acá en la tierra: la corona de nuestro ideal sacerdotal, traducido entonces en la más alta realidad de nuestra vida. Ruega a Dios porque podamos un día ceñir esa corona, e ir después con las almas conquistadas al reino eterno donde fulges como las estrellas del firmamento en premio de habernos enseñado los caminos de la justicia.... ***


Padre Ruiz, te pedimos por nuestra amada Congregación para que Dios nos envíe muchos corazones generosos en los que la chispa del ideal sacerdotal prenda el incendio del amor y el sacrificio. Acuérdate también de esta querida Colombia que tanto amaste; pide a Dios por ella; cuéntale al «viejito Suárez» los dolores de esta madre que él enalteció con sus virtudes, y pide con él al Señor que haga siempre reinar en el monte sagrado de la patria la luz perdurable de la verdad y la justicia.... Ruega igualmente por tus hermanos los que contigo compartieron un día los mismos dolores y las mismas esperanzas, y que hoy recorren la misma senda que tú santificaste. Y en fin aliéntanos con tu recuerdo; por tu martirio estimúlanos; por tu heroísmo dignifícanos y alcánzanos la perseverancia para que un día; después de haber peleado, como tu las batallas del Señor, podamos repetir también tu último canto de victoria: ―Muero tranquilo, porque he cumplido hasta el fin la misión sacerdotal‖. UN DISCÍPULO.

Casa natal del P. Félix en la vereda Sabanalarga del municipio de Bello (Ant.)

En la casa del padre Ruiz Con motivo del primer aniversario de su muerte celebrado en la Candelaria (Medellín). Desde que el padre Félix A. Ruiz dijo con su muerte que en Colombia no se habían acabado los héroes ni entre los eudistas los mártires del deber, todo cuanto a él de cerca perteneció atrae de manera singular. Ocupémonos hoy tan sólo de la casita que lo vio nacer. Está ella encima de Bello, en lugar elevado, como hecha a propósito para que el padre velara con mayor solicitud sobre la chocita del gran Suárez, su mejor paisano y el objeto más grande de su admiración y cariño. El 12 de octubre de 1938, aquí de San Pedro fuimos a visitarla. Nos llevarón a ella veneración de discípulos y estima de hermanos en religión. Eran las once del día cuando nuestros pies hollaron la pradera fértil de la vivienda afortunada. En cinco horas de buen andar estuvimos allá. La casa no es una mansión de grandes proporciones pero tampoco una jaula de canarios. Para la austeridad y gusto estético del maestro apenas estaba. Baste decir que allí también se hubieran podido escribir otros nombres de Cristo si el maestro León hubiera dejado campo. Un huerto por su mano plantado le dio camuesos y manzanas al padre Félix aunque estuviera lejos. La fraterna solicitud sabe ingeniarse para traducir su amor en obras y acortar las distancias. Actualmente todavía maduran y perfuman las frutas en la ladera huérfana pero nadie las toca ni las coge porque son del padre Félix. Así piensan y obran don Félix, el caro genitor, la idolatrada hermanita y el inteligente hermano, vivo retrato del irreemplazable ausente. Todo en aquel hogar espera contra toda esperanza y teme creerle a la tremenda realidad: ¡el padre Félix no ha muerto! Imposible, si ayer no más lo veíamos venir en su caballo blanco y nos traía amor, y cariño y abrazos muy estrechos.... ¡Oh! cómo otra vez tiene razón Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no entiende!». Como nuestra visita era toda de intimidad, se nos dio entrada a las interioridades del hogar y la alcoba, el cáliz, los retratos y los libros del padre Ruiz fueron nuestros. Casi todos éramos muchachos bullangueros, pero al contacto de reliquias tan veneradas nos aquietamos como por ensalmo. Cerca estaba la cama del maestro, amplia, sin una arruga, esmeradamente conservada. A un lado la biblioteca, pequeña, casi toda vacía porque los volúmenes se habían ido con su dueño a ver el mar. Arriba en la pared el retrato del padre con su mirar inquisidor y su frente espaciosa en donde bogarían a su sabor las ideas en caravana múltiple. Y nos mostraron también el cáliz de oro y plata en que el Padre, Félix decía misa. Pesado y esbelto resbaló por las manos de los visitantes temblorosos de emoción, arrancando voces de admiración y anhelos fervientes de poder un día ofrecer en él la


sangre del Cordero sin mancha, con el mismo fervor del padre Ruiz porque él debió decir muy bien su misa ya que halló muerte tan admirable y fecunda. Allá de la casa en una graciosa eminencia está la Virgencita del padre Félix con las manos juntas y los ojos levantados al cielo como en gesto de gratitud por haberla, hecho reina de aquellas praderas virgilianas y constituido protectora de su afligido hogar. Con amor debió Ella recibir nuestras plegarias puesto que con amor le cantamos, y con amor confundimos nuestras súplicas con el perfume de las violetas y clavellinas que adornan su pedestal. . Se había ido el tiempo sin saber cómo y era preciso volver al nido amado. En la memoria había más recuerdos y en los corazones más anhelos de llegar a ser sacerdotes santos, eudistas intachables y mártires del deber como el venerado maestro que tan influyente en vida como después de muerto nos acababa de traer en piadosa peregrinación a su casa natal. Aquí debiera poner fin a estas memorias pero me dan en el corazón un cuadro y unas palabras que presencié y oí cuando me despedía de la familia Ruiz. Estrechado teníamos a don Félix en un cálido abrazo que también fuera una felicitación por el regalo que le había hecho a Colombia y a la Congregación cuando el cuitado patriarca suspiró largamente, exhaló un gemido y dejó caer algunas lágrimas.... instintivamente volaron a nuestra memoria las palabras del Evangelio: «Ved cómo le amaba!». Escuché luego obligante llamada desde un lugar para mí .ya conocido y voces que me decían: «Venga, Padre, recemos que esta pieza está saturada de sacerdocio». Yo también me saturé de emoción y de rodillas sumé mi plegaria a la de mi dilecto superior en la pieza del padre Ruiz. Todos pueden imaginarse lo que uno y otro pediríamos al prestigioso maestro y al inolvidable compañero en la faena del pulimento de las almas. Nos vinimos luego pensando en las finezas de que habíamos sido objeto y con el propósito de seguir encomendando a Dios y acompañando más de cerca a la familia Ruiz en su pena amarga y en su dolor profundo. Pero eso no impidió que también pensáramos en la veneración de que esa misma familia es y será objeto, y en la fortuna tan grande del pueblecito de Bello que tan bien ha sabido sacar su nombre; engendró él un bello ejemplar de magistrado y cristiano, y otro no menos bello paradigma de sacerdote y mártir: el señor Suárez y el padre Ruiz. Juniorato de San Pedro, enero de 1939. JOSÉ F, SUÁREZ, C.J.M.

Correo de familia Homenaje al R.P. Félix Ruiz Del Don Bosco N°. 156 Al cumplirse el segundo aniversario de su heroica muerte reproducimos con emoción profunda el recuerdo agradecido de dos de sus discípulos. Era el padre Félix Antonio Ruiz, de Bello, la patria del insigne Suárez. Y al recordarlo en estas páginas que traen el luto de su muerte, su memoria es para mí la más preciada. Me parece verlo sentado todavía en la cátedra, con aquella mirada arrogante y viva que no pierde el menor gesto de sus discípulos, como aquel Moisés de Miguel Ángel esculpido lleno de furor al ver a su pueblo idólatra, también arrogante y vivísimo. Me parece oírle preguntar la definición de la belleza golpeando ligeramente la mesa con el lápiz. Tenía el padre Ruiz un corazón sensible, tan sensible que, al recuerdo de su querida madre, perdida hacía algún tiempo y a quien amaba con delirio, se desgranaban lágrimas de sus ojos, como las perlas del rocío caen de la flor agitada por el viento helado, a la vez que salían entrecortadas voces de sus labios, palabras entrecortadas y llenas de ardor, y de su corazón latidos de amargura y de tristeza, capaces de dominar al hombre más cruel. Aquellos ojos sondeaban a menudo los corazones. Con alas imaginarias volaban sobre los de los demás, como la reina de las aves defendiendo su bandera; y deteníanse un poco mientras leía en ellos algo, algo sí, grande y bello, pues no pocas veces se oyeron estas palabras de sus labios: «Gozo tanto al ver la inocencia de estos niños».... También ellos, como sabían reflejar su tristeza, sabían corresponder con miradas de cariño; otras veces era fuego lo que brotaba de su mirada y nos hacía estremecer. Su delicia en los paseos era ir por los valles y praderas para escuchar la calma de los paisajes que llenaban de delicia su augusta fantasía, el son monótono del torrente, el canto suave y melodioso de los pájaros, o, aunque fuera, el zumbido del huracán que iba a estrellarse contra la maleza. Allí quiso siempre el padre Ruiz congregarnos para formar nuestro espíritu intelectual, a fin de que «en cualquier parte puedan hablar y aparezcan como hombres algo instruidos», le oímos varias veces de sus labios. La academia empezaba siempre con el Ave maris stella que entonaba el padre con ardentísimo fervor, y el principal y el primero, como consta en las actas firmadas de su puño y letra. Aquella se amenizaba con cantos, entre los cuales aparece el de Miguel A. Caro, y cuyo coro es este: Ampare la diestra divina de pueblos hermanos la unión -Mi gente es la razalatina, su nombre mirico blasón.


Creó también una academia extraordinaria, la de la madre, para conmemorar la fiesta que a ella se tributa en aquella región. El padre Ruiz quiso que en dicha fiesta hicieran los huérfanos con versos y composiciones, un homenaje bellísimo de recuerdo. Terminada la sesión, puesto en pie sobre una piedra que le sirviera de cátedra, paseaba el padre primero sus miradas por aquellas peñas, por aquellos bosques, que le recordaban los bosques y las peñas de su querida patria antioqueña; y a la vista de aquellos paisajes pintorescos, invadía su espíritu una tristeza mortal. Era que veía tal vez el sepulcro de su madre, y rodaban por sus mejillas lágrimas furtivas robadas al corazón y a su valor, y en medio de sollozos entonaba el himno que sólo saben cantar los corazones amantes de lo bello. Luego descendía en medio de vivas y aclamaciones. Su consejo fue siempre este: esto vir, ¡sé hombre! sed hombres amantes del deber y de la justicia, del honor de vosotros mismos, del hogar y de vuestra patria. Todavía parecen vibrar en nuestros oídos y parpadear ante nuestros ojos estas palabras, guardadas como si fueran de sus únicos recuerdos. Pero hay otros plantados en el corazón que crecen y embellecen nuestra juventud, y otros más en esos libros o cuadernos: son notas para endulzar los reveces del mundo. Su cariño a Marco Fidel Suárez, su coterráneo, lo calcó también en nosotros, agregando a relatos, estampas como aquella que llevaba la inscripción de don Juan Valera: «El Cervantes moderno lo tenéis vosotros allá en Colombia y es Marcó Fidel Suárez». Nos hizo leer, para que apreciáramos al hombre que se glorió de empuñar el estandarte y revestir los escapularios de san Francisco, los Sueños de Luciano Pulgar. Cuando se desprendió de nosotros, su sentimiento y el nuestro fueron profundos. Mas nunca pudimos creer que se desprendía con el último adiós de su existencia, el último que oíamos de sus labios. Corrieron solamente cuatro años, si no me equivoco, después de dejarnos, y todavía aquel ilustre hombre se hallaba en el apogeo de su vida gloriosa para enfrentarse contra el mal, y para hacer bien como lo había hecho hasta entonces, levantando los corazones y formando levitas del santuario. Y termino, dejando sobre su sepulcro mi afecto de discípulo y mi vivo dolor. Bien sé que las rosas sobre su tumba se marchitan, y las lágrimas por él vertidas se evaporan, mas resta una cosa todavía: la gratitud que nunca muere. Desde aquí os digo de nuevo: ¡adiós, padre Ruiz! Luis Francisco Camacho A.

Hace dos años "Sí, hay que trabajar hasta el fin; morir no es dormir ni ser de piedra; morir tampoco es soñar; morir es llegar al Centro del Amor Infinito". Marco Fidel Suárez, Bajaba el río lentamente; el viento movía suavemente las ramas del vetusto sauce y bajo el arrugado tronco se oía ruido de voces; seis mancebos rezaban el santo Rosario que presidía un joven sacerdote para obtener del Cielo la perseverancia en su vocación sacerdotal y eudística.... El celoso sacerdote con la sonrisa en los labios y en frases emocionadas pintaba la grandeza de la vocación.... con qué entusiasmo les recordaba los llamamientos de Jesús.... «Venid y lo veréis....» Las nueve de la noche; atraviesan el Magdalena; la fe los sostiene, la esperanza los atrae y la caridad los impulsa; en mitad del río el fervoroso levita entona el Ave maris stella, y dominado por el fervor: «Miren, dice, casi pudiéramos coger las estrellas con la mano para ofrendarlas a María....» Avanza la noche y la pequeña comitiva penetra en las selvas del Carare; cuando la luna aparece en mitad del firmamento alumbrando el oleaje del río, acude el recuerdo del poeta: «El lago del desierto reverbera adormecido, nítido, sereno sus montañas pintando en la ribera y el lujo de los cielos en su seno». Corre el tiempo: la Aurora se avecina, y los jóvenes alternando con los pajarillos de la selva ensalzan las magnificencias del Señor.... Corren los trenes, pasan las horas, y los viajeros alcanzan la meta deseada.... un santuario donde mora Jesús, el Seminario de Usaquén, claustro de alegría donde se medita en un ideal sublime.. Esto ocurría el 19 de enero de 1938, hace precisamente dos años.... y el Maestro que los trajo a este dulce asilo, en donde se carga con el suave yugo de la Cruz de Cristo, se alejó para no dejarse ver más acá en la tierra; hace de ello precisamente dos años.... Durante el viaje decía con encanto a aquellos jóvenes que él guiaba con amor: «Me voy a ver el mar».... y lo cumplió, hace precisamente dos años, cuando murió como «un héroe, como un santo», cuando se fue a ver el mar sin playas de la eternidad, el 30 de enero de 1938, cuando entró triunfante a la gloria entonando el Ave maris stella, cuando ofrendó a María las estrellas de sus virtudes sacerdotales.... *** Padre Ruiz: hace precisamente dos años las montañas de tu tierra presenciaron tu heroico sacrificio; de ellas salió tu amado soñador — según nos contabas — con «el morral al hombro», y volvió, con la faja presidencial; tú también marchaste tras un ideal más sublime, el de ser sacerdote, y volviste a tus montañas sonriente con la misma potestad de Cristo; y en tus montañas también recibiste un día, hace


precisamente dos años, la corona del deber cumplido, y te fuiste, así coronado, a ver el mar de Dios, dejando a tus discípulos y fervientes seguidores un ejemplo que es preciso seguir sin vacilaciones.... «Ayer soñabas el sueño de la vida, hoy sueñas el de la otra vida aún más dichosa; moriste, pues, «para llegar al centro del Amor infinito....» Padre Ruiz: cincela nuestra vida; llévanos al mar profundo y ancho donde sólo se goza de Dios.... Padre Ruiz: «Ante la losa que el dolor de nuestra Congregación tiene aún cubierta de cendales; ante el claro por mucho tiempo inllenable que has dejado en las filas de nuestros escogidos; ante el vacío intelectual y moral que tu desaparición trae consigo, no es posible callar y es deber común nuestro deshojar en memoria tuya las flores que la alabanza, el dolor, la gratitud hagan brotar en nuestras almas». FAR

Padre Félix Antonio Ruiz Posada Los eudistas de hoy en su inmensa mayoría no lo conocimos. Muchos ni siquiera lo han oído nombrar. Otros hemos recibido ecos lejanos que nos hablan de su muerte heroica, de su temple de acero, de su contextura apuesta, de su personalidad avasallante. Al cumplirse los 50 años de su testimonio final queremos evocar su recuerdo. Lo hacemos reproduciendo de Los Sagrados Corazones de marzo de 1938 pp. 78-86, las palabras de dolor y admiración que entonces escribieron sus hermanos amén de otros cronistas. Había nacido en Bello, Antioquia en 1903. Pasó por el Juniorato de San Pedro y luego por San José de Usaquén. Contando apenas 23 años fue ordenado presbítero a finales de 1926. Vinieron luego sus 8 años de servicio en Pamplona, inolvidables para muchos. Jericó un año, dos en San Pedro como superior del Juniorato y luego a principios de 1938 su camino al mar. La despedida Pasó por Bello y fue a la casa humilde de Marco Fidel Suárez. Lo amaba como al más ilustre de sus paisanos y se puso a su escuela literaria forjándose a su ejemplo como muy castizo escritor. En el álbum de visitantes dejó estas frases que retratan la grandeza de su espíritu: ―¡Oh Suárez! sacudido de la adversa suerte me despido de mis montañas. Me voy a ver el mar amargo como tu vida, tempestuoso como tu carrera, hondo como el pensamiento tuyo vestido de azules lejanías, como el pabellón que glorificaste y ceñido de blancas y sonantes espumas inmaculadas como tu vivir austero y fecundo. Cuando vuelva, si Dios es servido, te hallaré en el bronce rodeado de jardines y de fuentes sonoras. .. pero en mi alma te llevo siempre como un blasón y

enseña del deber y de la verdadera gloria: servir a Dios y a Colombia. Enero 28 de 1938. Félix Antonio Ruiz. P.E.‖ Renunciando a un pasaje en avión que un amigo le ofrecía decidió bajar a Puerto Berrío para tomar allí un vapor. Desde el hotel Magdalena, el 29 de enero, escribió una carta al padre Agudelo en la que decía: ―Adiós. Me voy a ver el mar. Sentado sobre una piedra y salpicado de espumas amargas pero blancas me acordaré de S.R.‖ Como el vapor tardaba en pasar resolvió regresar el 30 de enero a Medellín para aceptar el viaje en avión. Los dejo con el relato del maquinista: "Apenas se vio herido dio una absolución general y luego le dijo al mismo Sánchez que le ligara la vena de la pierna que tenía despedazada porque sentía que se le iba toda la sangre y que así moriría antes de poder confesar a los heridos. Para ligarle la vena hubo Sánchez de cortar carne hasta descubrirla bien (esto con navaja de bolsillo) y luego la amarró con un cordón de zapatos. Luego dijo el padre que le arreglaran las entrañas regadas y en parte perforadas y que quedaban en el suelo llenas de hojas, de arenas y de carbón. El hombre quiso lavarlas pero el padre no consintió porque mientras tanto podían morir algunos sin confesión. Se las arreglaron pues tal como estaban, el padre mismo dirigió la maniobra; se hizo cortar un pedazo de la sotana para que se le fajara y luego dijo: ―ahora sí hijos traigan acá todos los heridos‖...y empezó a confesar a los que podían hacerlo, a absolver a los otros y, luego se puso a filosofar con los que quedaron intactos mostrándoles que poca cosa es la vida que se pierde así cuando menos se piensa… Cuando uno oye el modo como se conducía, le parece que el padre no debía sentir dolor, pero es el caso que confesó a los presentes que era tal su sufrimiento que hubiera preferido un golpe seco en la cabeza, pero que ya que Dios lo había querido de otro modo, así estaba bien".


Otros escritos sobre el P. Ruiz Bibliografía FÉLIX Ruiz, C.J.M. Jesucristo en la Literatura colombiana.— 1°. Serie. Medeliín. Tipografía Bedout, 1935.—Cerca de 100 autores con unas 200 composiciones.—400 páginas. Con anhelo aguardábamos este libro que sabíamos se estaba editando como tributo de un hijo de San Juan Eudes a Jesucristo, con ocasión de este II Congreso Eucarístico Nacional. Y nos llegó en el preciso momento en que se daba principio al grandioso homenaje. Leímos con ansiedad el marbete, y abrimos; habíamos adivinado: teníamos a la vista un precioso Álbum de trozos escogidos en prosa y en verso, todos de autores nacionales, todos en honor cíe] Redentor, cuyo rostro divino, dulce y majestuoso a la vez, atrae con mansedumbre y misericordia a los leprosos que, uno tras otro, vienen en dolorosa procesión a buscar fuerza y consuelo en Jesucristo. . . . Recorrimos luego, una en pos de otra, las páginas de la obra, y todas, una por una, con piadosa monotonía, las hallamos dedicadas a Jesucristo, cuyos pies enclavados, nos recuerdan insistentemente al volver de cada hoja, de qué manera nos espera Jesús a los leprosos del cuerpo y a los leprosos del alma (que ¡todos cuál más, cuál menos le hemos ofendido), para guiarnos desde la cruz por estos senderos cubiertos de abrojos..... El autor puede estar satisfecho y plenamente: el fruto de su trabajo da página, cada palabra, cada letra, las habrá recogido el Corazón eucarístico como otros tantos actos de amor hacia El, y los habrá reunido con aquellos que le ofrecía el que le amaba en cada uno de los bocados que comía estando a la mesa, y con cada uno de los pespuntes que con amor hacía en el alba aquella alma piadosa mientras medicaba sobre la primera misa de su hermano. .. .El trabajo se convertirá indudablemente en glorificación del Salvador y en beneficio de sus miembros—de sus miembros dolientes que recibirán agradecidos el alivio de una limosna, y el consuelo de un recuerdo y de una oración ferviente. La siembra fue generosa, y la cosecha será fecunda. Esos frutos lozanos recogidos con mano firme y cariñosa en el bello y abundoso jardín de la patria, permanecerán llenos de fragancia sobre los escritorios, en las mesas de las bibliotecas y en los pupitres de los adolescentes. Más de uno lo leerá y releerá en los momentos difíciles; en más de

una ocasión despreciará «el folletín descarado y el novelón barato» para comer con deleite espiritual el fruto que norabuena puso el padre Ruiz en nuestras maros. Homenaje a Cristo, obra de caridad para con sus miembros, y obra nemos a la vista; pero son también obra de patrotismo y de literatura sana y bienhechora. En ella aprenderán nuestros niños y jóvenes en dónde hay que buscar lo mejor de la inspiración, y cómo el contacto de Cristo y de sus misterios fue manjar sabrosísimo para casi todos nuestros escritores, grandes pre-;isamente oorque humillaron a los Dies del Salvador la grandeza de sus iotes. Algunos reparos teníamos que ha-:er; pero el autor solventó nuestras ibjeciones en el Prólogo. Deseamos sí que la segunda serie salga pronto a la luz y que venga con ilustraciones nacionales que recuerden los cuadros más célebres de nuestra pinacoteca y las imágenes más conocidas de nuestros santuarios. Bueno sería igualmente hallar en la nueva edición y en la segunda serie breve noticia biográfica y juicio suscinto sobre cada autor, cosa innecesaria talvez para los de casa pero muy útil para los de otro solar. P. A. B.

El Padre Ruiz y Don Marco Fidel Suárez Por Juan Manuel Saldarriaga Betancur Hacía tan hermoso como él recuerdo de las almas bellas LACORDAIRE Hay en la vida de los santos, de los héroes y de los genios un atractivo misterioso, un encanto seductor, una gloria inmarcesible que llena nuestras almas de fervor y de entusiasmo por la fuerza irresistible del ejemplo y las lleva al reconocimiento e imitación de sus virtudes. Los muertos se van pero nos queda su herencia de bien que como una huella da luz y de amor orienta a los hombres en su paso por la tierra. Marco Fidel Suárez fue uno de los hijos más ilustres de Colombia y una de las glorias literarias más puras de América. Su alma ardió como una lámpara votiva bajo el templo de la fe, sobre el altar de la república. Entre los colombianos que más han admirado y más se han asimilado el estilo de don Marco Fidel Suárez, está el Reverendo Padre Félix Antonio Ruiz. Conterráneo, del incomparable polígrafo de los "Sueños", el Padre Ruiz fue un sacerdote eudista que murió heroicamente, algunas horas después de la dolorosa tragedia de Cantarrana,


donde su fortaleza y heroísmo cristianos atestiguaron una vez más el desinterés y la abnegación del sacerdote católico y pusieron muy en alto el nombre colombiano. Cuando hablaba de don Marcos o de su obra se traslucía en su semblante y en sus palabras el intenso amor que le profesaba. Algo así como un parentesco espiritual parecía que ligaba aquellas dos vidas que nacieron para lo bello, para lo noble y para lo grande. Poseía la colección más completa de sus obras. Entre ellas un tomo de manuscritos, pues en sus viajes a Bogotá se había tomado la paciencia de encerrarse largas horas en la Biblioteca Nacional, copiando los datos y artículos que le faltaban para completar los escritos de don Marcos, dispersos en folletos y periódicos. Sobre su mesa de trabajo el Padre Ruiz conservaba un pequeño crucifijo de Tierra Santa que pendía del muro cuando el gran colombiano cerró sus ojos a la luz de este mundo para abrirlos al sol de las eternas venturanzas. Se lo había regalado la señora Soledad Suárez, amiga suya y hermana del ex-presidente de Colombia. "Acompañó a Fidelito en su última enfermedad —le dijo al entregárselo, guárdelo Padre, que en manos de un sacerdote queda muy bien". Junto con esa preciosa reliquia le regaló otras muchas que fueron donadas con destino a la Capilla de Nuestra Señora de las Angustias, en Bogotá. Suponemos que fue ella también quien le regaló unos preciosos manuscritos corregidos por el mismo Suárez, que el Padre Ruiz nos mostró a sus alumnos de Literatura y que conservaba con el cuidado y el cariño con que se guarda un cofre de familia. Cuando íbamos a su pieza lo primero que veíamos sobre la mesa eran los "Sueños" completos de don Marco empastados en cuero verde, ordenados con admirable sencillez, y sobre la blanca pared, a la izquierda de la entrada, tenía el retrato del "Soñador", que como él mismo nos decía "Soñó verdades que trastornan a los hombres". En sus paseos y amenas clases de Retórica nos refería anécdotas de su vida preclara y tormentosa. Don Marcos estaba para contraer matrimonio con una gran dama de la capital. Una tarde le dice con cierto tono imperioso y despectivo: "Marcos, yo me caso contigo pero con tal que no me traigas & doña Rosalía". Entonces don Marcos, con ese gesto severo de quien se siente vulnerado en los senos más recónditos del alma, descuelga su sobretodo, coge su sombrero y despidiéndose le dice: "Señorita, primero que usted fue mi madre" y salió precipitadamente de su casa. Ese golpe lo había herido en lo más profundo de su ser, en lo más querido de su corazón magnánimo: dulce panal de amor filial donde reposaba la "abejita adorada" de sus "Sueños". En otra ocasión, aludiendo a su salida de Antioquia en 1879, nos decía, agitando sus blancas y finas manos: "Aprendan, hombres: muchachos que salen de Antioquia con el morral a la espalda y vuelven de presidentes de la república". Cuando el joven Suárez llegó a Bogotá se colocó de escribiente en la: oficina de un personaje distinguido. Por la tarde, antes de retirarse, su benefactor se le acerca y le

dice en todo amistoso y familiar: Noto que usted desea comunicarme algo pero no se atreve a decírmelo. —¿Sí, respondió suplicante el joven escribiente: me podría prestar dos reales a cuenta de mi sueldo? —¿Pero, por qué no espera al fin de la semana, que se lo pague todo junto? —Señor, contesta tímidamente, es que todavía no me he desayunado. El oro ha sido siempre esquivo a la mano de los grandes hombres. Desde el Maestro adorable que no tuvo dónde reclinar la cabeza y que fue más pobre que las aves del cielo y que los lirios del campo, pasando por Miguel de Cervantes Saavedra, el manco glorioso a quien le quedó otra mano para escribir un libro inmortal y sin embargo pedía a su monarca urna colocación en el Nuevo Mundo para no morirse de hambre, hasta las 6 de la tarde de aquel día en que Marco Fidel Suárez no se había desayunado! Pero la nota que más acentuaba el padre Ruiz cuando nos hablaba del "viejito Suárez", como él lo llamaba, era la del infortunio: las persecuciones e injusticias de que fue víctima el "Presidente Paria". Como todos los grandes hombres pagó tributo a la humana ingratitud y padeció también aquello que Enrique Rodó llamó "la trágica expiación de la grandeza". Un escritor nacional, que fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, escribió un artículo en defensa del perseguido de las "Euménides" donde habla de los "perrazos del cinismo", donde describe ese "nudo de reptiles" que no temió clavar sus dientes viperinos en la cabeza de un anciano venerable . Mas la injusticia no se quedó impune. Pagaron su merecido. El "soñador" los azotó para la eternidad con el látigo inmisericorde de su estilo, crucificándolos después en el patíbulo de la ignominia. Los hizo inmortales, es cierto, pero con la triste y degradante inmortalidad de la infamia. El 6 de agosto de 1936, día en que Colombia celebraba el cincuentenario de la Constitución del 86, el Padre Ruiz —superior en ese entonces del Juniorato de San Pedro— nos llevó a visitar la floreciente población de Bello, su patria chica como también la del señor Suárez. Fuimos primero al hermoso Calvario que domina la población desde una colina adyacente. Una vez allí, frente al sobrio pero grandioso monumento del Cristo Crucificado, el Padre Ruiz dice a sus amados Junioristas: "Mientras allá se agitan las multitudes en manifestaciones tumultuosas creyendo que con eso honran a la patria, vamos nosotros a pedir ahora por Colombia, recordando las palabras de Donoso Cortés: Pueden más los que oran que los que combaten". Aquella plegaria humilde de un sacerdote y de unos niños inocentes que imploraban el auxilio divino para la patria amada, subió al cielo como un mensaje de esperanza.


Esa oración se unió a aquella otra que hacía diecisiete años, en el Primer Congreso Eucarístico de Bogotá, el señor Suárez había dirigido a Jesucristo y que teníamos ahí delante sobre el mármol: "Oh Dios de amor y de poder! Da tus pies a los colombianos que queremos llorar sobre sus llagas los errores pasados; de las llagas de tus manos derrama óleo divino- sobre las heridas de este pueblo; y en la llaga de tu corazón guarece las generaciones inocentes. No permitas que ningún colombiano sea siervo intelectual de enemigos -extranjeros tuyos". Por la tarde fuimos a visitar la cuna de Suárez. Con admiración y con respeto nos acercamos a ese relicario de la cultura nacional. Un techo pajizo, cuatro muros de bahareques divididos por tabique que separa la sala de un cuartico de suelo terroso y desigual, formaban la humilde choza donde nació el más clásico y el más cristiano de los escritores colombianos. Venid aquí vosotros los que os ufanáis de cunas proceras y de linajudas prosapias sin haber hecho nada personal; venid a aprender en esa humilde choza que el mérito intrínseco de los hombres no se finca en títulos pomposos, en pergaminos descoloridos por el tiempo cuando no deslustrados o carcomidos por la polilla de las acciones indignas sino en la virtud y santidad de nuestra vida en la energía de nuestra voluntad y en la entereza de nuestro carácter. Al entrar el padre Ruiz nos recordó las palabras del mismo don Marcos, cuando ceñido con la banda de los presidentes de Colombia vino a visitar su choza amada y al poner el pie -en el umbral se volvió a uno de sus ministros y le dijo sereno e imperturbable: "Aquí nací yo, señoría". Cuando estuvimos adentro el Padre escribió un pensamiento en el álbum que él mismo había regalado y nos invitó a que hiciéramos lo mismo. Luego pasamos al pequeño patio limitado por hileras de pencas. Sobre uno de los muros pudimos admirar una inscripción. La mano de Guillermo Valencia había escrito allí con un lápiz en caracteres claros la siguiente estrofa: Sí me lanzó la vida contra tu carro un día, mi ser ante tu genio siente un fervor profundo; aquí donde reposa el sitio de tu alma epifanía traigo la voz de un pueblo, quisiera la de un mundo! El Padre Ruiz la había hecho enmarcar para librarla de la acción demoledora del tiempo. Llegó la hora de partir. Difícil fue el despedirnos de aquella reliquia tan querida para nosotros. Cuando la perdimos de vista aún rumiaba aquel pensamiento en apariencia paradójico que había escrito en el Álbum un antiguo visitante: "La oscuridad fue siempre madre de la luz", pensamiento que San Agustín expresó muy bien cuando dijo: "Si quieres ser grande comienza por ser pequeño". Pongo aquí en seguida las palabras de despedida que el Padre Ruiz dejó escritas en el mismo Álbum, antes de irse a ver el mar......el mar sin riberas de la eternidad: "Oh Suárez! Sacudido de la adversa suerte me despido de mis montañas. Me voy a ver el mar, amargo como tu vida, tempestuoso como tu carrera, hondo como el

pensamiento tuyo, vestido de azules lejanías como el pabellón que glorificaste y ceñido de blancas y sonantes espumas, inmaculada como tu vivir austero y fecundo! Cuando vuelva, si Dios es servido, te hallaré en el bronce rodeado de jardines y de fuentes sonoras..... pero en mi alma te llevo siempre como blasón y enseña del deber y de la verdadera gloria: SERVIR A DIOS Y A COLOMBIA". Allá, en el seno de Dios se juntaron esas dos almas, en un abrazo eterno de amor, para pedir por esta patria colombiana que ellos enaltecieron y glorificaron con su vida y sus virtudes. Ahora, nosotros sus compatriotas, -elevemos un recuerdo a la memoria veneranda de esos dos hijos de la patria que tanto amaron, por ella sufrieron, por ella lucharon y por ella se sacrificaron. Paz a esas dos tumbas! Gloria a esos dos nombres ilustres! Gloria al Magistrado de la República, al soldado de la Patria, al defensor de la Iglesia, al escritor de corte Cervantino que en alas de su fe "ascendió a las moradas mismas del Omnipotente para trazar con la pluma de los Luises la figura de Jesucristo"; y gloria también a su más fervoroso admirador, gloria al sacerdote de Cristo, al mártir del deber que hizo de la energía un culto y pudo exclamar al final de su existencia, como resumen de su vida y de su obra: "Muero tranquilo porque he cumplido hasta el fin la misión sacerdotal".

Estuve en la choza de Suárez Por Juan Manuel Saldarriága Betancur Cariñoso recuerdo a la cuna del más ilustre hijo de mi amado .terruño. Agosto de 1935.

Félix Ruiz P. Eudista

AUTÓGRAFOS (El libro de donde tomamos estos autógrafos fue regalado por el P. Félix A. Ruiz, sacerdote Budista, conterráneo y fervoroso admirador de don Marcos. En la imposibilidad de transcribirlos todos, hemos copiado sólo los más bellos). Por más hondo que nazca el roble de las montañas siempre descuella sobre los arbustos y helechos que le rodean. Oh Soñador terrible y magnífico, qué realidades abrumadoras soñaste! Félix Ruiz C. J. M.


Soñador insigne, vidente desoído por tus compatriotas, perdona & los amigos sordos, a los -enemigos ciegos y, anegado en el Océano de amor indeficiente sálvanos del odio y de la locura soviética. Félix Ruiz C. J. M. Oh Suárez: en peregrinación de amor y de férvida admiración hemos venido un puñado de jóvenes a tomar lecciones de humildad y de grandeza, junto a la choza humilde que te vio nacer. Félix Ruiz C. J. M. Oh Suárez! Sacudido de la adversa suerte me despido de mis -montañas. Me voy a ver el mar, amargo como tu vida, tempestuoso como tu carrera, hondo como el pensamiento tuyo, vestido de azules lejanías como él pabellón que glorificaste y ceñido de blancas y sonantes 'espumas, inmaculadas como tu vivir austera y fecundo! Cuando vuelva, si Dios, es servido, te hallaré en el bronce rodeado de jardines y de fuentes sonoras... pero en mi alma te llevo siempre como blasón, y enseña del deber y dé la verdadera gloria: SERVIR A DIOS Y A COLOMBIA". Félix Ruiz C. J. M.

A mi maestro inolvidable, conterráneo y fervoroso admirador de don Marco Fidel, el R. P. Félix Antonio Ruiz, Eu-dista, quien me enseñó a amar al hijo de Rosalía, dedico este libro. El Padre Ruiz, mártir del deber en la doloroso tragedia de Cantarrana, cuya fortaleza y heroísmo cristianos enaltecieron una vez más al sacerdote de Cristo y pusieron muy en aito el nombre colombiano, se fue a ver el mar sin playas ni orillas de la eternidad, mar "amargo como la vida del señor Suárez, tempestuoso como su carrera, hondo como el pensamiento suyo, vestido de azules lejanías como el pabellón que glorificó y ceñido de blancas y sonantes espumas, inmaculadas como su vivir austero y fecundo". Si el gran sacerdote, que vivió en función de energía y de carácter, se asomara hoy desde los collados de la eternidad a las colinas de su montaña gloriosa, vería al soñador objeto de la gratitud y la admiración de sus conciudadanos, que realizan el único sueño que él no soñó, el sueño del desagravio, lo hallaría en el bronce rodeado de jardines y de fuentes sonoras. . .pero en su alma lo llevó siempre como blasón y enseña del deber y de la verdadera gloria: SERVIR A DIOS Y A COLOMBIA!

Prólogo a Viaje a la capital de la república Juan Manuel Saldarriaga Betancur Recordamos con cariño y gratitud a ese Suarista fervoroso que se llamó el R. P. Félix Antonio Ruiz, C. J. M., nuestro profesor de Literatura y de Retórica, cuando en clase nos decía emocionado: "Aprendan hombres: muchachos que salen de Antioquia a pie, descalzos, con el morral a la espalda y regresan de Presidentes de la República".

Biografía, Anecdotario Antología de Don Marco Fidel Suárez Dedicatoria

de

y

Juan Manuel Saldarriaga Betancur Don Marco Fidel Suárez


Don Marco Fidel Suárez

En: Revista los Sagrados Corazones, mayo de 1927 El Gran Colombiano ha muerto.

ESCRITOS

Al llamarlo así no nos mueve la lisonja que enmudece cabe las tumbas, sino la admiración punzada por el dolor que sentimos, viendo desaparecer de entre los mortales a ese varón, grande en la política, en la diplomacia, en las letras y grande como hombre de Cristo. Este es el- aspecto que más nos cautiva en Marco Fidel Suárez: su grandeza moral, porque no fue el justo de Horacio, impasible y escéptico, pero sí el cristiano bueno, chapado a la antigua, de mente luminosa y magnánimo corazón, puestos al servicio de cuanto emprendió y acabó en bien de la Patria y para la gloria de Dios, realizando la palabra divina: "El justo en su fe hallará vida" (1) . Hombre de Dios fue en todo el sentido de la expresión; pero ello -es verdad que la Persona del Verbo Encarnado-le robó lo más sublime de sus meditaciones y de sus afectos lo más acendrado, a tal punto que su pluma de oro siempre, apareció tajada en uno más puro que el de Tíhar con el discurso sobre "Jesucristo", canto de amor grande, sosegado, y con "El Sueño de Renán", reto valentísimo y epinicio al par, contra los noveleros secuaces del fraseólogo impudente que osó poner su boca en la divinidad del Hombrs-Dios; en aquel su elocuencia nos finge el Magdalena avasallador pero manso, y en este los fieros torrentes que bajan disparados de los nativos riscos y en el valle se remansan triunfadores de la montaña. En el campo de las letras apareció Suárez cuando el centenario de Bello, y bajo esa estrella desarrolló su actividad literaria, larga y fecunda, rindiendo culto de exquisita dilección —jamás idolatría— al gran educador de la nación chilena. De seguir su afición hubiérase dado por completo a la filología que se llevaba sus más fervorosos afectos; pero aquí mostró su grandeza de ánimo, dejando en segundo lugar la literatura, para entrarse por_ las arideces del Derecho de Gentes. Nuestra Patria era. a raíz de la Regeneración, heredad sin cercado o poco menos, y a fijar sus linderos se consagró Marco Fidel, por muchos años, reivindicando con la pluma las fronteras coloniales y asentándolas firme con diplomacia callada y tenaz, pero alta, que sacó a Colombia del plano inferior en que era tenida, para mostrarla ante las potencias, si débil, digna, y a las naciones hispanoamericanas como centro y alma de la "Armonía Boliviana" o "Paz perpetua en América" según llamaron en 1855 González Vigil y nuestro Ancízar, a este resto persistente del ensueño del Libertador. Y para plenitud de


merecimientos su vida pública la ;s~: ::: nunciar el primer puesto en gracia del buen suceso ae un c-or.v:-nio internacional, cuya aprobación ha desatado sobre nuestra tierra los raudales del dinero que mueve la máquina del progreso material, en hora mala acompañado del vértigo que nos posee, represalia del progreso moral postergado, cual si no fuera aire, luz y fragua de civilización bien entendida. Como político tuvo Suárez ardor de latino y paciencia de sajón.Desde sus sueños juveniles abrazó la política del doctor Núñez y la siguió, sostuvo y afianzó —sin perjuicio de dilatarla— hasta que la muerte le quebró la pluma entre las manos, abroquelado siempre en la fe religiosa, única poderosa a hacer de un hombre el servidor de sus semejantes, que suelen pagar con o-dio, ingratitud y .abandono. El héroe de la hazaña de reconciliación a hermanos divididos, cuando el arca salvadora del 86 amagaba hundirse, él, abandonado a vueltas de los años, por esos mismos, y por muchos calumniado, befado, saturado de oprobios, se retiró a su casa, a volver por sí —deber de los desamparados— y a dar voces de fraternidad y unión a todos sus compatriotas. Nunca se venció de malquerencias ni persecuciones, y especialmente en sus postreros años, cuando soportó envidias feroces y monstruosas ingratitudes disfrazadas con careta de probidad y decoro, hablaba a la nación entera, subyugando las mentes con la supremacía del saber y la -experiencia y los corazones con la aureola del martirio político. Quiera el cielo que aquella voz no sea sofocada por la algazara de las pasiones, y no permita que la tumba del grande hombre se convierta en pira de Memnón para el partido que lleva por emblema un girón de cielo azul, y por divisa: "Libertad en la Justicia".

Recuerdo de la primera comunión del P. Félix, enero 6 de 1910

La B.M. María Santa Eufrasia Pelletier fundadora del Buen Pastor En: Revista los Sagrados Corazones, agosto de 1934

Mulierem fortem quis inveniel; procul et de ultimis finibus pretium ejus. (Proverbios, XXXI, 10.)3

Cuando la Sagrada Escritura quiere en el Antiguo Testamento trazarnos el elogio de la mujer buena, nos pinta una esposa fiel y trabajadora que alegra al esposo, colmándole de hijos que rodeen su mesa como renuevos de olivo, y le enriquece conservando y aumentando los bienes de familia. Pero si buscamos en el Nuevo Testamento algo parecido, creo hallarlo en San Pablo, cuando llama a la virginidad cosa buena y estado dichoso. San Ambrosio hablando de este mismo asunto, se arrebata en alas de piadoso lirismo y exclama: "¿quién podrá comprender con torpe humano ingenio lo que está fuera de las leyes de naturaleza? La virginidad trajo su modelo del cielo, y por tanto, nada de raro que tenga manera de vida celestial la que sólo en los cielos halló esposo." y en verdad hermanos, que el mejor elogio para la Virginidad y también para la mujer que la práctica lo da el mismo Evangelio que se abre con el relato de la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de María la Virgen. Imitación de aquella virginidad fecunda y maternidad virginal es la vida de las almas que se consagran a Dios con los votos de religión, para no preocuparse sino de hacer nacer y crecer a Dios en las almas, ora de los niños, como las comunidades docentes, ya de los ancianos caducos, como las Hermanitas de los Pobres, o de aquellas otras almas de toda edad y condición, deshechos del vicio y asco de la sociedad como lo practican, y con voto especial, las religiosas hijas de la que hoy estamos por primera vez honrando en los altares en este Seminario de Nueva Pamplona. Por dichosa coincidencia, el último día de este triduo ha concurrido con la fiesta del Sacerdote católico ordenada por la Iglesia para el segundo Domingo de Pascua; y me parece dichosa coincidencia porque de la vida y ejemplos de la Beata Eufrasia Pelletier, alma sacerdotal en cuerpo de mujer, brota pujante una lección muy apropiada a los seminaristas, conviene a saber: la fortaleza cristiana, porque a nadie mejor que a ellos y en estos tiempos, les va dirigida la amonestación de San Pedro: "Resistite fortes in fide", resistid fuertes en la fe, abroquelados de vuestras convicciones religiosas, precepto divino que Lacordaire trasladó en la magia de su estilo, cuando escribió que el sacerdote ha de ser duro como el diamante y blando como el corazón de una madre. Así pues, hermanos, vamos en breves momentos a ver los principales rasgos de la vida 3

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas.


de nuestra Beata, y concluiremos haciendo algunas consideraciones sobre la virtud de fortaleza, que creo es el carácter dominante de la que en el mundo se llamó Rosa Virginia y en el claustro, María de Santa Eufrasia Pelletier. Nació Rosa Virginia a fines del siglo XXVIII (1796) en el mismo día que consagra la Iglesia a honrar la memoria de San Ignacio de Loyola, y en la Isla de de Noirmoutier bañada por las aguas del mismo mar que bate las costas de Cantabria, donde vio la luz aquel capitán de Carlos V y soldado de Cristo, con quien se me ocurre, tiene muchas afinidades espirituales nuestra Beata. Fue pues, su patria Francia, tierra singular en todas las manifestaciones del poder del hombre. La primera nación neo-latina que vio a sus reyes doblar la cerviz al yugo de Cristo; la que tuvo por maestros a Remegio, a Gregorio de Tours y a Alcuino; la que oyó predicar las cruzadas a Pedro el Ermitaño; la que dio vida y alientos sobrehumanos a Bernardo de Claraval; la que albergó en Avignón a los Papas desterrados; Francia, patria de Genoveva, de Clotilde y Juana de Arco; Francia madre y nodriza de los Oradores Sagrados; tierra de Vicente de Paúl, de Luisa de Marillac y de Juan Eudes, mi padre; Francia cuna de la que en Paray-le-Monial escuchó voces de renovación para el mundo envejecido; tierra de Carlos de Foucauld, de Psicari, de Lavigerie y del padre Damián, ángel de los leprosos; tierra que fue yunque donde se templaron las espadas de Pimodan y Lamaricere, y crisol donde se fundieron las plumas de Louis Vueillot y de Montalemberg. ¡Oh Francia que acogiste a Manuel José Mosquera desterrado moribundo, tierra que aprendí a amar desde mis niñeces en la virtud y en la ciencia de mis maestros, nunca pisaré las playas de tus mares, ni divisaré en lontananza las torres de tus Iglesias normandas o bretonas, ni tus góticas catedrales; ni contemplaré el sitio donde a la sombra de una encina juzgaba a su pueblo el Rey-Santo. Ni me arrodillaré cabe la roca que hollaron los pies de María Inmaculada; Francia, tierra de héroes, de sabios y de Santos, nunca te veré; pero basta con amarte y poder cumplir hoy deber de gratitud, celebrando con obscura pero ferviente voz las glorias de tu pueblo en la santidad de una de tus hijas. Esa la patria de nuestra fundadora; la época de su nacimiento, el final de aquel siglo que en los tiempos modernos vio la más recia acometida de Satán contra la Iglesia de Cristo; pero siglo que al caer en el abismo de la Eternidad, escuchó ya las voces de triunfo en los campanarios de las Iglesias vueltas al culto, en cuyos ámbitos resonaba, acallando la algarabía de la Revolución, el Te Deum, eco sempiterno del "portae inferí non prevalebunt4" que escucharon de labios de Jesús los doce pescadores junto al lago de Tiberíades. Por ausencia de sacerdotes, perseguidos entonces como fieras, la niña debió ser bautizada en el hogar, sin las ceremonias de la Iglesia. Estudió las primeras letras en una escuelita de Ursulinas, y hecha la primera Comunión, pasó a un internado en la ciudad de Tours, en donde con el exacto cumplimento de sus deberes y la frecuencia 4

Las puertas del Hades no prevalecerán.

de los Sacramentos se desarrolló su vocación religiosa. Una de las maestras le observó alguna vez que con el carácter que tenía no anunciaba tal vocación; pero la niña ingenua replicó: "religiosa seré aun cuando tenga que hacerme trizas para conseguir mi objeto". La observación de la maestra y la respuesta de la niña, recuerdan el pensamiento del orador que dijo: "En todo hombre hay materia para fabricar un facineroso o un Santo"... En nuestro caso iba a resultar una Santa y muy grande. A nuestra colegiala poco le atraía la vida meramente contemplativa, quería ella una orden en que santificándose a sí propia, pudiera hacer participantes de sus bienes a muchas otras almas, y por eso entró en el Noviciado del Refugio de Caridad de Tours. El Refugio, como sabéis, fue fundado en Francia a mediados del siglo XVII por San Juan Eudes, más afortunado en su obra que San Juan de Dios en España o San Carlos Borromeo en Italia. Consiguió nuestro padre dar forma perenne y benéfica a un Instituto de Religiosas que fuera de los votos ordinarios, hacen el cuarto de consagrar toda su vida a levantar del vicio a las mujeres caídas o a preservar de él a las que se hallan en peligro y quieran evitarlo, inspirado todo en las palabras del Buen Pastor que dijo: "No vine a llamar a los justos sino a los pecadores", y de acuerdo a su ejemplo, cuando perdonando a la pecadora de Magdala, la elevó por la penitencia y el amor a una grande santidad. Allí en el convento del Refugio de Tours, fue nuestra postulante un modelo de regularidad y fervor, pero de un fervor reposado y sesudo, no fervor improvisado por la sensiblería o embeleco, sino fervor avivado en un corazón muy puro, sostenido por una inteligencia clara y perspicaz, aposentado todo ello en un cuerpo sano y robusto. Por la corta edad debió Rosa Virginia hacer Noviciado doble hasta adquirir la edad requerida para pronunciar los votos. Ese tiempo lo empleó a santificarse más y más con la práctica de las reglas de San Juan Eudes que se preparaba a abrazar, y en formar su corazón y nutrir su inteligencia ávida de saber, con la lectura de las obras y vida de San Agustín, Santa Teresa y San Ignacio de Loyola. Todo el resto de su vida ocupada por el gobierno de la Orden, aprovechó los frutos de aquellas semillas que había sembrado con el brío de la juventud en su inteligencia, que como tierra fértil se proponía dar el ciento por uno al padre de familia. ¡jóvenes seminaristas!, no olvidéis este ejemplo, cuando os tiente la ligereza con lecturas frívolas si no perniciosas; nada sirve tanto como lo que se aprende en los primeros años si es bueno, pero nada perjudica así mismo tan irremediablemente si es malo o menos bueno. Profesó en septiembre de 1817 a poco fue nombrada directora de las "Conversas", y a la edad de 29 años, por unánime voz de sus hermanas, Superiora del Monasterio. Entonces, con autoridad que no había ambicionado ni buscado, pero que Dios le ponía entre las manos, dueña de todos sus talentos, radiante de bella juventud, amaestrada por experiencia en que el talento suplía los años, y visiblemente movida por Dios, acometió la obra que la iba a colocar entre los Patriarcas de la vida monástica al lado de Teresa de Ávila reformadora del Carmelo y del Angélico


restaurador del Cister en la tierra de Claraval. En la empresa no fueron sus móviles, no, la necia vanidad ni el prurito reformatorio con que individuos adocenados, una vez dueños de suspirado mandato, pretenden deslumbrar sin conocer el pasado ni consultar el presente. Su único fin fue la mayor gloria de Dios y su norma la voluntad del que todo lo puede. Consistió dicha reforma en hacer de las "Conversas", que lo quisieran, con el nombre de "Magdalenas" una verdadera comunidad religiosa, que con hábito propio, reglas especiales y rigurosa clausura permanecen bajo la dirección de las otras religiosas en sus mismos monasterios, mas sin poder nunca subir a la categoría de ellas ni en el hábito, ni en la conversación ni en los oficios. La vida religiosa que llevan las "Magdalenas" en sus comunidades formadas dentro de la otra comunidad, pone asombro a quien lee los anales de aquellas verdaderas imitadoras de la pecadora Magdalena, y son increíbles sus austeridades u objeto de risa para los mundanos que sí saben como las abejas, del acíbar sacan dulce miel, parecen ignorar que el Hacedor es poderoso a trocar el cieno en perfumes y en colores que vencen los cambiantes de la luz. Esa casa de Tours fue el ensayo genial, pero el incremento prodigioso a que hoy ha llegado la reforma de la Beata Eufrasia Pelletier lo tomó en Angers. Habiendo recibido la dirección de un Refugio que se llamaba el Buen Pastor, de tal suerte lo cambió que en el espacio de dos años contaba más de cincuenta novicias, y las divisiones de niñas, refugiadas, penitentes y la comunidad de Magdalenas; y a la muerte de la madre fundadora (1868) se acercaban a mil los moradores de esa cuna del nuevo Instituto. Aprobada en Roma por Gregorio XVI el año de 1835, reforma se extendió a toda Europa y al resto del mundo de suerte que cuando la Santa reformadora cayó en plena actividad a los 72 años (1868) contaba el Buen Pastor ciento diez casas y 2.500 religiosas de coro, y hoy, sin cumplirse todavía el centenario de la aprobación, los monasterios pasan de 330 esparcidos por toda la sobre haz de la tierra, sus religiosas de coro son más de 10.000, y las personas que en una u otra forma disfrutan los bienes de la vida religiosa dentro de aquellas colmenas de trabajo y oración, poco bajan de 100.000. Verdad, hermanos que tienen los números una cierta poesía como ha dicho Pió XI, y que una mujer, animada por el espíritu de Dios, hace prodigios!... Pero no nos quedemos en una admiración superficial; alleguémonos un poco más a nuestra Beata e inquiramos la causa del pasmoso desarrollo de su obra. Fue a mí parecer la fortaleza cristiana de aquella mujer extraordinaria. La teología nos dice que la fortaleza es virtud moral, porque ordena todos los actos del hombre al último fin, la bienaventuranza eterna, ajustándolos a la pauta que nos dejó el santo Job, cuando dice que la vida del hombre sobre la tierra, es verdadera malicia y combate sin tregua. Fortaleza le inculcaron en el hogar a Rosa Virginia un padre severo y una madre enérgica, quienes enseñaban con la manera de educar a los hijos que para tales tiempos

era preciso alistar a los niños a ser mártires. ¡Qué diferencia, hermanos, con nuestra época, cuando los peligros son iguales si no mayores y la regla de educación el capricho y antojo de los pequeños!... ¡Ah! Pobres padres los que no cumplen su deber de reprender y de castigar, algún día experimentarán que niños idolillos son a la postre jóvenes verdugos para ellos mismos y vergüenza de la sociedad. Pero sigamos. El dolor que es la verdadera turquesa donde se vacían los caracteres enérgicos, puso el sello a esta alma privilegiada. Primero la muerte se llevó a la hermana mayor; muy luego al padre y cuando Rosa Virginia estudiaba en Tours, a muchas leguas de su hogar, la muerte hirió en lo más vivo, arrebatando en pocos días a una madre joven y tiernamente amada... ¡oh! Dolor sobre todo dolor es este de perder a la madre en la plenitud de la vida, y angustia sin par debió sentir aquella niña cuando al volver a la casa en cambio de los tibios abrazos de su madre se abrazó con los fríos barrotes de una tumba; sí, amargura es esa amarguísima que Dios quiera ahorraros, niños queridos, pero que alcanzan a endulzar en los oídos y el corazón del huérfano las palabras de Jesús que dijo: "al que hace mi voluntad yo le doy hermano, hermana y madre." Estas las pruebas porque pasó aquella alma en el mundo, ¿las tendría también al entrar en religión? Decidme más bien vosotros si las cadenas que ciñen las manos y pies de un preso, ¿no le aprietan y le magullan hasta hacer saltar la sangre de las venas? Pues eso es el religioso o la religiosa, un encadenado por su propio querer con las cadenas de la Regla y un crucificado con los clavos de sus votos. Fuera de esas penas comunes a toda religiosa, tuvo que vencer resistencias de parientes y de amigos interesados que la solicitaban en otra comunidad; pero a todos ella desoyó por atender a su Dios. En la fundación y desarrollo de la Reforma le embargaron la vida, en un principio, y basta con nombrarlos, dolores como fueron las suspicacias de sus antiguas hermanas o hermanos, y la rutina invencible que se escondía tras la careta de celo por las tradiciones; y después, cuando decididamente propuso colocar su obra bajo la directa dependencia de Roma, la incomprensión, en feo maridaje con incurables resabios de Galicanismo sembraron de espinas su camino, mas sin conseguir debilitar ni abatir la voluntad. Y así en el lecho de muerte pudo decir a sus hijas: "haced como yo he hecho‖. Cierto que por mi sumisión al Papa y a Roma he tenido que padecer, pero muero dichosa por no haberme jamás desviado. ¡oh amada Roma! Allí está la luz verdadera, no hallaréis padre mejor que el Sumo Pontífice... ¡Ah lo que vale en una vida mantener la inteligencia libre de prejuicios, una inteligencia que imprima dirección firme y clara a nuestra voluntad. Cuando un hombre o una mujer logran con el ejercicio enfrenar, refrenar y sofrenar la sensibilidad, todo lo avasallan, rinden y sojuzgan a su querer a tal punto de que tarde o temprano el éxito mismo, esquivo como aquellas divinidades que honraban en recónditas grutas los antiguos, se matricula a sus órdenes.


Y si a más de ser hombre es santo, no solo encadena el éxito a sus designios, sino que hace milagros, como lo prueba nuestra Beata Fundadora con la prodigiosa difusión de su reforma, según ya lo habéis escuchado. Difusión que ha alcanzado hasta nosotros en Bogotá, Cali, y Barranquilla. Y yo no puedo olvidar que allá en la dulce tierra mía, junto a la orilla del riachuelo de nombre indígena que arrastra sus aguas sobre guijas de oro, nació y oyó la voz de Dios Emma Herrán, nieta de nuestros próceres, que arropada con el manto de reina y ceñida con el cíngulo de las Religiosas del Buen Pastor, desdeñó el mundo brillante que la asediaba, y atravesando los mares hasta tierra africana, terminó su vida en Meserghin, obrando prodigios como los obraba San Juan Bosco, que recuerdan unos y otros las maravillosas multiplicaciones con que el Divino Maestro saciaba a las multitudes fatigadas y hambrientas. Y he concluido. No me resta, Excmo. Y Rvmo. Señor, sino formular a vuestros oídos, aquí entre lo más escogido de vuestra grey, un deseo que sé es voto ardiente de vuestro corazón y designio de vuestra mente. Ya cuatro comunidades religiosas os deben, fuera de la benevolencia y amor que a todas prodigáis, os deben, digo el favor de haber entrado a trabajar en esta tierra bravía pero buena, áspera pero fértil. Haced también a medida de vuestra prudencia y consejo, que en alguna de las ciudades de la diócesis de Nueva Pamplona, se abra un Refugio, donde las ovejas heridas de la inconstancia o salpicadas por el lodo del camino, hallen Hijas del Buen Pastor, que les cicatricen las heridas y les laven los vellones, abriéndoles de nuevo las puertas del aprisco, para bien de esas almas, alegría muy intensa vuestra y de los hijos de Juan Eudes y hermanos de la Beata Madre María de Santa Eufrasia Pelletier y para la gloria del Cordero sin mancha Cristo Jesús.

Correo de Familia: Jericó

En: Revista los Sagrados Corazones, entre octubre de 1934 y febrero de 1936, bajo el pseudónimo de padre Casafús.

Jericó, Antioquia 1934 Reverendo padre Benjumea: Después de la carta que le envié aquí de Jericó ha habido materia para otra y hasta para muchas otras. Ayer se fueron los Seminaristas y quedó el caserón muy solo y hasta muy triste algo así como jaula sin pájaros o colmena abandonada. Junto a la puerta principal hay un tablero en el cual se le ocurrió a no sé quién escribir estos versos de Núñez: ―Al ausente le queda la esperanza y el recuerdo, el misterioso bien: adelante o atrás, la lontananza guarda siempre algún rayo del Edén‖. Todos hemos sentido poco más o menos lo mismo; pero sólo los poetas saben decirlo bien; de ahí el gusto con que los citamos, y no por necia pedantería.


Desde las fiestas del Cincuentenario hasta la salida tuvimos tristezas y alegrías que donde quiera son los hilos con que se va bordando nuestra vida en la tela de la diaria monotonía; pero en el Seminario, sin hastío ni cansancio, porque estamos en la casa de Dios, y viendo a estos muchachos que todos los días cantan en su vida inquieta y exuberante el «introíbo ad altare Dei». El dos de octubre, se nos murió Jesús Emilio Ortiz alumno de Filosofía. Era sin duda el más robusto y sano al parecer, sin embargo fue obra de cinco días. La muerte, mi querido Padre, es punto de reglamento, al que nunca se acostumbra uno. La tumba de Jesús Emilio nos quedó frente porque S. R. recuerda que el Seminario y el Cementerio están apenas tapia por medio al patio de recreo, y tan cerca que de todas partes y en todos los ejercicios podemos verla. Nosotros seguimos el reglamento, pero él cambió puesto de estudio y de clase y la inquietud del juego por la inmovilidad de la tumba, que es asiento a donde lo pasan a uno después del examen final de la vida. Todas las tardes tuvo Jesús Emilio, ahí en su última morada, la compañía y la voz amiga y entristecida de sus condiscípulos que iban a cantarle responsos…. Hoy que ya todos están lejos, me acerqué a la tumba y vi entre las flores marchitas una tarjeta.... la tomé por curiosidad y con tristeza leí estas dos estrofas de Gutiérrez González, escritas ahí por uno de sus compañeros: .... De la vida en la pendiente rápida comenzada dejaste tu labor, por eso dejas en los ojos lágrimas, por eso duelo tras de ti quedó. Bello es morir, cuando del vicio el hálito Nuestra conciencia no manchó jamás, Cuando podemos pura y sin obstáculo orgullosa la frente levantar. Jesús Emilio, adiós. . . . ! Padre, pensaba seguir: pero esto me salió melancólico y triste como este empedernido invierno de Jericó. Tal vez otro día le recuerde los lances de los exámenes y de la salida y le cuente la visita de nuestro M. Reverendo Padre General, junto con las ordenaciones de los Padres Vásquez y Betancur. Para eso se necesita hoja aparte y otro tono. De S.R. siempre afmo. en J. y M, Padre CASAFÚS

Jericó, el P. Ruiz es el segundo de la primera fila de derecha a izquierda. R P. Benjumea: Yo tenía pensado mandarle algo así como una crónica de vacaciones; pero ahora el público es tan exigente, debido a las «lecturas pintadas» (que dijo Pulgar), o a los muchos diarios anchos y largos, como sábanas pantagruélicas, que a uno le da canillera muy ligero y se amodorra y se retrae por no habérselas con lectores que tienen donde regodearse. Para salir del paso voy a copiarle aquí unos párrafos de cartas que me remitieron Anselmo y Petrochita (seminaristas, para servir a su Reverencia), con el aliciente, por su puesto de ir a dar a la Revista de los S.S Corazones, «Aun cuando sea en las páginas amarillas; pero eso sí que publiquen», me decía uno de ellos al despedirse. Ya ve su Reverencia la afición de la gente moza a esas endiabladas letras de molde. Anselmo es de un pueblo que su Reverencia debe conocer. Lea y lo verá. «......Aquí, en el Jardín, llama la atención a todos los que llegan el templo de pura piedra labrada y de estilo gótico. Y no vaya a salir ahora cualquier ocurrente ni zumbón de por ahí, con que el que no ha visto iglesia, ve un horno y se arrodilla. No, Padre. Eso sí que no. Los extranjeros que vienen a predicar o de paseo, se admiran, pero mucho, y lo comparan con todos los que han visto en Colombia, y aún más allá del mar.... Siempre le


encuentran sus peros al cielo raso y a las naves laterales; pero eso no quiere decir mayor cosa. Donde sí se quedan lelos y boquiabiertos, es en el altar mayor, de purito mármol de Carrara. Imagínese, Padre, que llena el altar todo el ábside como de 8 metros de ancho. Tiene, en primer lugar, la mesa del santo sacrificio, con el tabernáculo y gradas para cirios y flores. Luego, en un segundo cuerpo, el expositorio que es un trono pequeño, con gradas para subir y bajar sostenido por dos ángeles. En fin el resto cuerpo o retablo con cinco nichos para estatuas de tamaño natural: en estilo gótico todo y rematado por torrecitas primorosas, a quince metros del pavimento ¿Cómo le parece? Y eso que se me olvidaban los diez ángeles que sostienen las luces y las lámparas, las pilas de agua bendita. Nuestro Señor y el Bautista son también de mármol De manera que haga la cuenta: diez y seis personajes por todo, de puro mármol. ¡Ah si su Reverencia viniera y entrara por la puerta mayor a las 7 de la mañana cuando apunta el sol allá por el lado de La Polca, sobre el cerro de Bellavista!. .. . Esa luz que atropella a raudales por las vidrieras, y se quiebra en el mármol y lo abrillanta y se desparrama por todo el templo llenándolo de calladas vibraciones, le hace pensar a uno en Sinaí, pero un Sinaí mudo y silencioso, donde habita Jesús Sacramentado. ... A mí hasta ganas de llorar me da ver tan bonita la iglesia de mi pueblo. ...» Y no copio más, porque la carta de Anselmo es muy llena de retórica y de lirismos, pero de razón (como dicen en Santander y escribía Santa Teresa): porque, si con la iglesia no se entusiasma un seminarista, ¿para dónde y para cuándo lo deja? Valga la verdad, le entran a uno ganas de ir a conocer el templo del Jardín y de experimentar bajo sus bóvedas lo que dijo un autor francés hablando de las catedrales góticas: en ellas, todo, las almas y las piedras se elevan al cielo en oración. «¡Vaya, vaya, que no se arrepentirá, nos decía un amigo, para que mire esa iglesia que le costó 500.000 lares al P. Barrera y catorce años de trabajo! Y piense su Reverencia que no estamos en la Costa ni en una de nuestras ciudades servidas por trenes o carreteras; nada de eso. El Jardín es un pueblecito perdido en rincón de los Andes y a 200 leguas del mar, a donde todo, todo tiene que llegar a lomo de mula y si no a hombro de hombres. Así entraron las toneladas de mármol del altar, y las campanas, al son de la banda y con el niño Jesús a la cabeza......Vea, lo que es y lo que puede la fe de un pueblo, movida por un hombre de empuje». Si así es el asunto, dije yo y digo ahora para mi capote, cuando terminen las torres, les quedará faltando una cosa en el atrio. .. .¿A que no adivina?.... Pues, hombre, el busto del cura que se atrevió a empezar la obra, contra viento y marea, en un primer viernes, para más señas y con la confianza en el Corazón de Jesús, por todo recurso pecuniario. . . . -Lo que cuenta Petrochita de un paseo a Hato-viejo, como dice él y Dios le perdone, que aguarde, para otro número. Sin más por hoy, siempre affmo. P. CASAFUS

Jericó, al lado izquierdo el P. Ruiz entre sus alumnos. R.P Benjumea: En otras partes se celebra el mes de mayo con ofrendas lujosas, con cantos exquisitos y oratoria escogida. Aquí se deja todo, para el último día que es aniversario de la canonización de San Juan Eudes, patrono de este Seminario. Este año además de ser el décimo de la apoteosis de nuestro padre Fundador, se festejó por anticipado al R.P Superior, "Como se viene encima el Congreso Eucarístico y quién sabe qué más cosas, nos dijo él mismo, no permitiré que se meta ruido ni algazara con San Antonio, a quien este año le tocarán sus tres clases"... Nosotros nos resignamos... a dos veladas en lugar de una, y ¡qué veladas!. La primera cortica y la segunda larga, pero ninguna cansona, eso sí no no. La primera fue, pues, para ofrecer los votos y parabienes al R.P. Superior. Empecemos: cantada por los niños del Menor: letra sencilla, música muy bella y, unas voces finas, atipladas, ondulantes y argentinas... ¿Qué má se quiere?. ¡Sí, todo rebosaba en amor filial e inocente cariño al P. Superior!. En nombre del Seminario Mayor tomó la palabra el señor Diácono Desiderio Rafael Araque, y en discurso de tomo y lomo le dijo al padre lo que todos queríamos manifestarle...


Pero no paró ahí el asunto. Cerca al orador estaba un niño del Mayor -que allá también hay niños... de corazón- y sostenía una bandeja con algo que se arrebujaba entre azaleas, margaritones y bolas de nieve... ¿Qué será?... pero ¿qué será?...decíamos... Y la curiosidad, no creía a los ojos y los ojos no le persuadían al corazón: que aquello era... otro corazón: Entonces salió a cortar el pleito el señor Carlos González y, como poeta que es, ningún trabajo le costó. Oiga si no: Ofrecimiento Padre rector en este bello día, A todo amor filial propicia hora, No desdeñes la ofrenda encantadora. Toda plegaria, amor y melodía Obsequios no tenemos de valía, Ni han de hallarse mejor. Ella colora, Idealiza y con gracia dora Otra más bella rica y en poesía Gratos a tu enseñanza y tus favores Adornado de esencias y de flores Solo podemos ofrecerte un don: Tú lo conservarás, Padre querido, Oculto entre esa albura está dormido: Nosotros somos ese CORAZÓN!!!. Este acróstico que resultó soneto, gusto mucho y a mí me parece que por lo menos en parte llena el precepto aquel del cantor de Cigüeñas Blancas: "amo el soneto cual león de Nubia de ancha cabeza y resonante cola". El R.P Superior tomó el corazón, lo abrió y dentro había tarjeticas, muchas tarjeticas... leyó, todos leímos y cada una contenía lista de comunicación, rosarios y sacrificios hechos en el mes de mayo y ofrecidos todos por el padre que toda su vida la ha gastado en bien de los seminaristas... ―Oh, allí, allí, eso sí vale la pena", decía el padre Tressel, alborozado, feliz, casi orgulloso de que sus alumnos de teología hubieran tenido tan buena ocurrencia y tan fina. Estaban esperando turno los representantes del Menor, Ernesto Hernández con un discurso cortico y sentido, como en esa circunstancia conviene, y Marco Julio Arango, abrumado bajo un florero que soportaba todo un cerro de rosas, lirios y azucenas. El tal Marco Julio, estatura de "cubano", ojitos de candela, y diez años de edad, es ya bachiller de primero... al principio del año lloraba y maldecía que era una compasión. ¡Pero ahora, adiós penas! Y vive más contento que toche sobre racimo de plátanos maduros.

El R.P Superior aceptó el corazón, flores y felicitaciones, pero para elevarnos con todo eso a Dios, a quien nos llevan los días y los años. Sic transil gloria mundi5, pareció decirnos su respuesta impregnada en saludable melancolía. Nos hizo acordar también el padre de un pensamiento hondo y amargo del poéta latino: "multa ferunt anni venientes commoda secum. Multa recedentes adimunt6", que puede traducir todo alumno de tercer año, dondequiera que no se le haga el gesto a ese pozo de malicias y de buen sentido, que su reverencia sabe. Al día siguiente por la noche otra velada, con asistencia del M.I.Sr. Vicario, y de la flor y nata de la Clerecía y el Magisterio de la ciudad. ¡Quince números tenía el programa! No se imagine ahora que vamos a repasarlos todos. Imposible; nos quedaría esto más largo y enfadoso que el cuento del rebuzno… hubo discursos, recitaciones, lindas canciones y una discusión filosófica. Esta fue notable porque vimos y oímos a los alumnos de filosofía hablar, discutir y raciocinar en castellano acerca de Santo Tomás y sus doctrinas. Un silogismo bien hecho y representado con aplomo y gallardía nos trae siempre a la imaginación aquellas luchas de gladiadores romanos, cuando el reciario blandía, ágil y certero, el tridente contra el pecho del contendor que caía para no levantarse. El silogismo es también arma de tres picos que despedaza las algarabías del enemigo. Por alto echaría pestes Lutero contra esa arma de los escolásticos. Otro número lucido de los seminaristas del Mayor fue el canto que titula "Los cruzados Lombardos" o cosa así. De notas y de compás nada entendemos, pero algo se nos habrá pegado de culebra o de lobo, que son los animales más sensibles a la música. Porque con un cántico gozamos intensamente... Cuando volveremos a oír el "Prisión de amor", o el "Si yo te amo dulce madre". La polifonía a cuatro voces de los "Lombardos" nos hizo pensar en el mar; atropellada y borrascosa a veces, como las olas bravas; leve y lisonjera otras como las espumas que lamen el peñón o como la luz que riela sobre las ondas dormidas... Su reverencia que conoce el mar, compadezca a los que no hemos podido matar ¡ese antojo de toda la vida! Pero envídienos, ya que esa noche lo sentimos pasar en ráfagas de armonía. Uno de los discursos analizó a San Juan Eudes como apóstol de la Eucaristía creo que puede resumirse en este soneto con que remató la oración Carlos González: Jesum volo nihil amplius Salve, padre Juan Eudes, celoso misionero! Del santo sacramento mirífico cantor! Por mil prerrogativas te yergues el primero 5 6

Así pasa la gloria del mundo. De Horacio: Muchas ventajas traen consigo los años al llegar y al irse quitan muchas.


y todos te proclaman: Heraldo del Amor. Aún desde tu infancia la blanca Eucaristía Halló en tu pecho ardiente amor de serafín, Reconoció tu mente todo el dolor humano, Y en ademán de apóstol se levantó tu mano Mostrando en el Sagrario lumínico fanal... Leyó el mortal- la frase de letras luminosas:"TAN SOLO A JESÚS AMO, QUIERO A JESÚS NO MAS"!!! El Menor presentó dos sainetes. En el primero vimos las peripecias del sastre Melitón en la brega de hacerle unos calzones al Diablo, que también quiere entrar en la endiablada moda de usar ropas distintas de las que la naturaleza le asignó. Un enano chusquísimo, como dirían en Bogotá, cantaba a compás de la música, llevando la medida con los piececitos que parecían las patitas delanteras del canguro... el papel del diablo lo desempeñaba Bedoya. Sí conociera su Reverencia a Bedoya: un mono alto, garboso y zarco y haga de cuenta de que así... ¡No es! No creo yo que sea feo, a pesar de lo que dicen malas lenguas; pero es que, en el escenario, de cachos y cola, con esa cara colorada y unos ojos que echaban chispas, el caminadito maluco y uñas largas, largas, el personaje cambia mucho!! Los niños se torcían y retorcían de risa, y nosotros los viejos reíamos también con mucha gravedad y mesura... Al fin, después de una batahola endiablada y desastrada y de un zafarrancho vertiginoso, el Diablo salió por la chimenea, descornado, manco de rabo y sin calzones... El otro sainete titulaba: Acá falta un profesor. Don Ambrosio desesperado con su hijo Tolín. Este grandísimo almártaga, un verdadero mataperros (con perdón sea dicho) no quiere aprender sino boxeo y deportes y más deportes. Se presentan dos profesores. Don Timidito, aferrado a las tradiciones de autoridad y respeto. Tan flaco que la ropa le queda como colgada de un gancho, la vocecita en bemoles y así el resto…Tolín desde la primera clase empieza a entrenarse con el profesor y lo deja fuera de combate, le da knockout, lo desnuca, como tradujeron los chiquitos… Llega el otro profesor, don Francon Gracias, Muchas gracias: adalid de las ideas modernas y novísimas. Un gringo alto, tieso, imperativo, catastrófico. Estuvo en la guerra europea; pero ahora viaja de mucho casco, bastón y briches. Políglota consumado, habla una jerigonza endiablada, un champurriado desesperante... Está de acuerdo en todo con Tolin: se conchaban y, en un santiamén ponen a don Timidito como nuevo. Interviene don Ambrosio y desesperado manda a los dos candidatos al quinto rollo, y se queda con su angelito, que crece hecho un tatabro.., y todo por falta de un profesor. El sainete era para reír, claro está y con gana. Pero nos pareció que encarna una lección que se puede subrayar con provecho de todos.

Para concluir aparecieron en el escenario a hacer la autocrítica de la velada, los mismos que la habían abierto, en verso y canto accionado. La primera vez nos parecieron tímidos y amedrantaditos, a pesar de los lindos disfraces... la segunda si salieron con todo el inocente despejo de una alegre banda de condottieri7; que se habían ganado por asalto las simpatías de todo el auditorio... Cantaron sin escarceos, ni quiebres, gorgoritos ni arrumacos, que afean las más bellas voces, y embotan el sentimiento. Cantaron, como cantan los sinsontes sobre los hilos del telégrafo o el diostedé en el fondo de la selva; cantaron con el alma en los labios y en los ojos, y el corazón de los arpegios y arrullos de su garganta. Recordando estos dulces placeres, pensamos entonces y ahora, cuanto no gozarían el P. Morales y el P. González, quienes habían preparado todo aquel derroche de arte sencillo y de poesía. Hay qué saber de trabajo que cuesta amaestrar a los niños, nos decía un vecino en la velada, y lo largo y duro de esos tediosos ensayos y repeticiones. Pero en una noche de estas la alegría y los aplausos se conjuran para resarcir trabajo y desazones, con aprobación y elogios a quienes no los buscaban pero sí los merecieron de sobra. Bien por ellos y por sus artistas grandes y pequeños. Mi querido padre Director, ya llegó la carta aquella de Petrochita y otra de Anselmo que esperan turno. Ellos salen a vacaciones y se despiden de su Reverencia. También lo saluda y abraza pero no se despide el padre Casafús.

Revista Los Sagrados Corazones 7

Del italiano.


Reverendo padre Benjumea: Pongamos punto final por este año, a las crónicas, recuerdos o como se llamen esas especies sueltas que hemos ido embutiendo en las columnas del Correo de Familia. Vayan saliendo en primer lugar algunas noticias que se rezagaron, al correr de los días, no en el tintero ni en la arrugada cinta de una corona vieja que me regalaron (¡algo es algo!), pero en la memoria que, según dijo Marroquín, es la facultad que sirve para olvidar. En el año tejimos y enredamos la madeja de esta vida ordinaria y monótona del Seminario, pero tan sabrosa.... Cardemos ahora y recortemos los cabos y las puntas que se hayan escapado y haciendo una pelotica de esas con que juegan los muchachos en la calle o en el patio.. ¡pun! a las narices del pacífico lector o mejor, a las orejas para que se despabile y no duerma, como una tatacoa. *** No se hizo mención de la fiesta de San Juan Eudes, que celebraron, este año, en El Buen Pastor, de manera muy solemne, como remate de nuestro gran Congreso Eucarístico: Triduo de preparación predicado por un eudista, misa pontifical oficiada por el Exmo. Señor García, dirigida por el Dr. Germán Morales y cantada por los seminaristas de Jericó, panegírico del Santo y bendición solemne .... Todo en la linda capillita que ahora les tocará abandonar, según probabilidades, porque hay muchos hijos de la Viuda o paniaguados de la logia y parroquianos de la iglesia negra, reclamando colocación. (¡Oigan bien esto los cándidos que tienen las orejas tapadas con lana de balso o con pelusa de rejalgar!) ¡Allá ellos! si creen que la camisa de fuerza y el calabozo van a conseguir de almas caídas lo que logran sólo la gracia de Dios y la bondad de «Las Pastorcitas», como las llama cariñosamente el pueblo de Medellín. ¡Qué ambiente, padre Benjumea, el que se respira en esos monasterios! Capricho nuestra será o fantasía; pero, nos parece, que algo especial que no es ni francés, ni colombiano, ni alemán, ni nada mezquino y estrecho, sino un espíritu católico, apostólico, romano hinche y empuja la actividad de esas gloriosas hijas de San Juan Eudes y de la Beata Eufrasia, cuyo lema era «¡Un alma vale más que un mundo»! Para prueba: en cien años de vida, ¡330 casas, y en todo el mundo! ¡Oh! elocuencia de los números, etc., etc. *** Nuestras terciarias dirigidas por la Madre Camila Zuleta, tan modesta y tan activa, tuvieron asimismo la fiesta de Ntro. Padre, en la iglesia de San Juan de Dios, calle 50 con carrera 53, merced a la bondad del Sr. Capellán, padre Marulanda. En la misa,

acompañada por el P. Luis Eduardo Uribe, hizo de diácono el Dr. Guarín, santandereano y.... de Pangóte por más señas. Por la tarde, en esa misma iglesia, se abrió La adoración perpetua del Santísimo Sacramento, como allá en la Concepción de Bogotá o más allá en Pamplona donde las Madres Clarisas. Ese sí es un recuerdo digno del Congreso Eucarístico de Medellín. Si entrara su Reverencia, a cualquiera hora, vería postrados ante la Eucaristía, no sólo a la mujer humilde, al peatón y al obrero roto y grasiento, pero a las grandes señoras, a los industriales y banqueros confundidos allí con el polizonte y hasta con los rapaces de la calle, que también rezan, sin descuidar el cajón de cigarrillos y de chicles que les da la vida. Otro recuerdo dejó el Congreso a Medellín: la nueva nomenclatura de la ciudad. No sé si a su Reverencia le tocaría; pero antes era una hazaña orientarse en Medellín. Pedía uno tal dirección, demos por caso, al agente de policía.... Sacaba nuestro hombre una libreta y un lápiz enorme, con harta prosopopeya, empezaba a mascullar nombres. . . . Ayacucho, Palacé, Junín. Boyacá, Niquitao, Juanambú, Queseras del Medio... y por fin lo mandaba a una, en tono que no admitía réplica, para Caracas o a Carabobo, si bien le iba.... En resumidas cuentas, el pretendiente debía saberse de pe a pa las campañas libertadoras y otro poco de la geografía de América. Cosa muy patriótica; pero nada práctica. Ahora es ya sencillísimo: las carreras, partiendo la 50 del parque de Berrío, van en orden ascendente de oriente a oeste, y las calles, también desde la 50, y en el mismo orden, de sur a norte. Pueda ser que los números triunfen de la rutina, y la comodidad y la rapidez del prurito geográfico. *** En el seminario de Antioquia y Jericó se celebró también de la manera mejor el Congreso. Contribución al congreso de la parroquia, con un altar que mereció el primer premio propuesto al más artístico, premio cedido por cortesía al altar del batallón acantonado en esta plaza: bien lo merecen los queridos soldaditos y el gran caballero que es el Sr. Coronel Delfín Torres Duran. Pero regalando la palma se dobló el mérito ¿no es verdad? Y además una velada que se representó por dos veces: en Medellín una y aquí en el Colegio de San José la primera. Pero, siendo esas demostraciones casi tan efímeras como las flores que se riegan en la procesión o como los ángeles disfrazados, que luego salen por esas calles tirando piedra que ni el diablo, algunos feligreses del seminario propusieron dizque fundar (¡se ve que no han leído Las Fundaciones de la Madre Teresa de Jesús!) sí fundar una academia para perpetuar el recuerdo del Gran Congreso, y procurar ciertas ventajas en la formación, a los sacerdotes de mañana. El nombre proyectado para la anhelada academia debía ser el de un padre eudista que fundó este seminario y tan buen arador en sus buenos años, que recordaba a


Didon y al padre Ravignan.. . . Conque, ya me entiende, se iba a llamar aquel sueño de una noche, no sé si de invierno o de verano, Academia Padre Maturín. ¡Ah qué de recuerdos y de afectos no alborota ese mero nombre en el corazón y en la memoria de los que le amamos, con amor de niño, y le quisimos, con entusiasmo de muchacho volantón prendado de un ideal que nos enseñó a amar! ¡¡¿Cuándo nos consolaremos los Eudistas, y cuantos le conocieron, cuándo se consolarán de su pérdida?!! Para no olvidar su imagen ni sus obras, se colocó un retrato suyo, grande y precioso en la sala de recibo. Y ahí está y ahí quedará, Dios mediante, dando la bienvenida y la bien llegada a todos los que entran en el seminario de Antioquia y Jericó. En Las Angustias de Bogotá hemos visto otro retrato del padre Maturín. . . . Pero tan severo que nos recuerda lo que leímos, alguna vez del gran Corso que «en las arrugas de su ceño hacía temblar los destinos de Europa....» No. El de acá, es el padre Maturín sonriente y bondadoso. Pero esa sonrisa no es zalamería y esa bondad no ahogaba las indomables energías ni embotaba el recio temperamento del hombre de acción y de mando. La noche en que fue ofrecido aquel valioso obsequio por el Reverendo Padre Superior al Seminario, el alumno Germán Calle recitó la poesía de Julio Flórez Buscadores de orquídeas. Aquella que empieza: (¡Oigan muchachos!) ―Tac.. Tac.. Tac.. grita el hacha en la espesura. Tac-Tac-Tac sin cesar repite el eco Y se ahonda en el roble la cisura Mortal, al golpe despiadado y seco Del hacha reluciente y homicida, Que va agrandando con su filo el hueco De la espantosa y perfumada herida‖ Sin forzar mucho el pensamiento del poeta, se le puede aplicar al llorado padre toda la alegoría. Y hay versos que le cuadran muy bien, porque ―El que supo luchar con la borrasca, Y de los huracanes los bramidos Oyó y sintió los fieros aletazos, Yace por fin con su millón de nidos Inmóvil sobre el suelo hecho pedazos!‖ El recitador se conmovió y nos conmovió a todos, cuando exclama el poeta: ―¡Y oh padre ¡pensé en ti, roble fornido Del huerto de mi amor ¡Columna recia Del templo de mi hogar!. . ..

…………………………………….. Bajo el fragante lienzo del sudario Que te envuelve también, padre querido, Duermes como el roble centenario Bajo el manto balsámico y tupido!‖ El gesto de valor a toda prueba que el padre nos dio y de cariño entrañable al emprender ese postrer viaje, aun sabiendo que le costaría la vida, tal vez se traduce en el dejo melancólico del poeta al apostrofar a la muerte, repitiendo casi las palabras del rey Agag: Siccine separat amara mors? ―¡Pensé en ti, muerte, que tan presto acudes! ¡Pues que tornaste en míseras pavesas A aquel patriarca de ojos apacibles Por robarle y robarnos sus virtudes! Bondad, amor... ternura, todas esas Parásitas del alma inmarcesibles!‖ Padre Maturín, os dejamos la despedida que se lee grabada en las losas de las Catatumbas: “Ave, vale, et vive in Deo!” *** Y qué hubo de academia? No se escurra por la tangente.... dirá alguien.—¿Pues qué iba a haber? Pecador de mí, que me puse a empezarles a Uds., curiosos lectores, un cuento como el que endilgó Sancho a Don Quijote en aquella fría y menguada noche de los Batanes, del pastor Lope Ruiz, cuyas cabras no pudo pasar al otro lado del río ni en barca. Por algo decía y repetía el socarrón de Sancho que donde se piensa haber tocinos no se encuentran ni estacas. Y cuento acabado, porque el proyecto iría a dar, con todas sus excelencias, a la cueva de Montesinos, al pozo de Donato o a los remolinos del Cauca. ¡Y vengan el encantador Merlín o el gigante Malambruno a rehabilitarlo, si la creen tan hacedera esa fazaña o reservada para ellos! *** Esta casa de Jericó tiene unos paseos que ya le envidiarían muchas otras. Si quiere uno panoramas dilatados, de esos que fatigando los ojos deleitan el ánimo, infundiendo al mismo tiempo la melancolía de no poder volar.... se va a La Leona. Y ahí, desde un mirador de piedra, puede ver el Cauca traidor y turbio, el tren


empenachado de humo, y esas montañas arrebujadas en el peplo azul de las lejanías, que parecen un torbellino de rocas cristalizado por el grito de Dios, cuando separaba las aguas de las tierras. Y le sacarán de su ensueño esos pajarazos de acero de la Colombo-Alemana,tan airosos y tan rápidos que parecen desdeñar tanta belleza. Ahora, si le provoca subir, no hay más que agarrar picacho arriba hasta divisar los farallones y el San Fernando. Por esos guaicos y rodaderos no hay naranjas ni guayabas, henchidas de fideos bullentes; pero sí, moras a tutiplén y variedad de hongos, con que se hacen unos guisos y ensaladas que mal año para las ollas podridas que apetecía el Gobernador de La Barataria. Pero lo que más les gusta a los alumnos, sin duda, es el paseo al río Piedras, por el baño. Desde que suena la palabra «baño», aquello se mueve, se alborota, se vuelve y se revuelve, se agita, se electriza, hierve y se funde y difunde el entusiasmo, porque aquí contados son los amigos de aquel nefando refrán «la cascara guarda el palo» ... Las escaleras se hunden, los corredores se rajan y estremecen, cimbran los pilares de maquenque, las puertas crujen y chirrían, rechinan los baúles, ruedan jabones y espejos, se sacuden y chasquean chingues y toallas . . El mismísimo Turco, es decir el perro de la casa, sujeto muy pacífico y remolón, retirado de la vida pública desde cierto encuentro con Hitler (otro perro), cuando siente tales movimientos recobra bríos de juventud… perruna y salta y ladra, repartiendo caricias, quiera uno que no. Por fin, ya todos en el patio, se reza con devoción a la Virgen y salen todos en silencio edificante. A la cabeza va Turco, amedrentando gozques puntillosos y muchachitos de camisa rota y carita sucia. A orillas del río Piedras y luego dentro de sus pozos anchos y hondos, soleados y cristalinos, no hay muchacho de estos que se cambie por los bañistas de Biarritz o de la Costa Azul, con ruleta y todo; tanto así es lo que gozan. Y cuando el paseo es de todo el día, ¡Señor! se vuelven anfibios y casi les salen aletas, porque no hay quien los saque del agua. Las escamas se las hace el sol a todo su amaño, porque los quema y los tuesta y los pela que ni palos de «siete-cueros». Peligros no tiene este río, fuera de unas avenidas, crecientes o borrascas, cuando llueve por las cabeceras... Así ahora está lloviendo furiosamente por las alturas del capitolio, . de nuestra Patria, ¡y nosotros! muy echados al regosto en los remansos y espumas de la pereza o del optimismo beato. . . ¿Qué no? ¡Ya lo veredes dijo Agrajes! Y aun cuando tuviera peligros el río Piedras, a los niños, ¿qué con eso? ¡Ellos no saben, pobrecitos! lo terrible de una ahogada, ni han presenciado lo batahola trágica para sacar de las fauces del remolino al compañero, ni han visto quebrarse en la superficie implacable y muda las postreras burbujas del agonizante, . . ¡ni han contemplado esos inocentes, con ojos medrosos y parada la respiración, el cadáver amoratado y rígido entrar por la puerta que vio al niño salir con la sana alegría de los quince años! ¡Ni han escuchado cómo sollozaban los esquilones de las blancas

torrecitas sobre aquella desgracia del hogar! Dios los libre a ellos y a nosotros de tan amarga sorpresa, y que Él consuele a nuestros hermanos de aquella muy amada casa (alma mater) afligida con esa prueba terrible. *** Sigamos con el paseo general.... Sólo para el almuerzo y tomar el algo dejan los charcos. Entonces se desparraman en grupos reducidos, tal vez por aplicación mitigada de un refrán que hemos oído en otra parte y que dice: mientras menos cabras más leche. El bedel, sobrestante o cancerbero, despachando también las alforjas de repuesto, escucha, a veces, que Adrianito le grita a Anacleto: «vení p'acá vos hacéte aquí juntos». Respondemos de la autenticidad de esta barrabasada gramatical. Claro está que así no hablan sino los muchachos; pero aun cuando no sean sino ellos, les preguntamos con tristeza: Por qué estropear de esa manera, nuestra bella lengua, en la tierra de Suárez, de Isaza, de R. Vásquez, de Eastmann, de Uribe Uribe (que también fue gramático), de Januario Henao y del P. Félix Restrepo? Y cuenta que no somos de Arrancaplumas ni de la Patagonia. Pero, a pesar de eso o por eso mismo, lo decimos, aunque nos lluevan palos o piedras .... que poco le ofenden a un grillo escondido entre la yerba. ***

Reverendo Padre, rematemos ya esta cola de cometa y no le echemos más retazos a la capa. Hoy 18 de noviembre, se fueron nuestros seminaristas: dos recién ordenados de sacerdotes, los Padres Araque y Restrepo; seis subdiáconos, fuera de minoristas y tonsurados. En el menor acabaron unos setenta; de Bolívar nada menos hay como trece. Mal agüero. . . . digo el número, no las personitas que son excelentes, cada una en su especialidad. A la salida, ¡qué alegre bochinche! Siempre los que se van contentos y los que se quedan tristes . Tras de una puerta pudimos dar con el zorrastrón de Fray Far, que ahí se dejaba estar mirándolo todo y escuchando lo que le convenía oír, como hacen los sordos maliciosos. — Hombre, Fray Tomates, salga de ahí, le dijimos, agarrándole por la Cogulla. Ya se fueron los alumnos y Ud. no se despidió. — Eso poco importa. Quiera Dios que vuelvan como se van, y no se queden por allá hechos unos genízaros. — Cómo así genízaros, le replicamos medio picados por el terminacho ese. —Ahora verá empezó a decirnos el encapuchado. (El tono nos pareció raro en él y mirando de relance le nótanos los ojos húmedos y brillantes. .) la historia cuenta, padre Casafús, si mal no recuerdo, que cierto Sultán armaba su guardia real, con niños robados a las


familias cristianas, a los cuales se llamaba por antonomasia los genizaros y eran los defensores más fieles del monstruo ese. Algo así pasa ahora. Y si no miré a tantos alumnos de Jesuítas, Eudistas y Hermanos de las EE. CC., y a tantos mozos educados con los sudores de sacerdotes.... En la prensa, en el libro y en la enseñanza son los enemigos más encarnizados que combaten a la Iglesia y sus doctrinas y ministros. —Ah! genízaros, genízaros desalmados exclamamos, convencidos de que así es. Adiós mi Padre. Felices Pascuas de Navidad y un año nuevo de mucho trabajo, a ver si ayudamos en lo que se pueda, a hacerles rostro a los genízaros. Su affmo. en J. y M. PADRE CASAFÚS

Alumnos de Jericó 1934

El beato Antonio María Claret y el clero En: Revista los Sagrados Corazones, febrero de 1935.

(Conferencia dada en el Centro Josefino de Jericó) Muy Ilustre Sr. Vicario. Venerables sacerdotes, Señoras, Señores: El 24 de febrero de este año, fue leído ante el Padre Santo y el Colegio Cardenalicio el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos que autoriza la beatificación del siervo de Dios Antonio María Claret y Clará. Al día siguiente, la multitud de peregrinos, congregada en la basílica de San Pedro, pudo invocar al nuevo Beato, cuando descorriéndose el velo de la gloria de Bernini, apareció triunfadora la figura del santo sacerdote, en medio de resplandores no soñados por la fantasía y en instantes de dicha incomparable que acelera el ritmo del corazón y arrasa los ojos en lágrimas suavísimas y plácidas como la gloria ultrarerrena entrevista por aquellos ventanales. Y esa voz de glorificación pronunciada allá en Roma se expande por toda la tierra y es triunfo iniciado bajo las bóvedas que alzaron al cielo Bramante y Buonarrotti va recorriendo todo el orbe y se repite en incontables lugares a la vez. ¿Cómo explicar que esa débil voz dada por un anciano y esa glorificación de un hombre lleguen a ser universales?. . .. En verdad que esa voz la dio el Soberano del reino más pequeño de la tierra, y que Antonio María Claret fue un pobre mortal: pero ese anciano, cuyo dominio temporal puede medir los pasos de un niño, es monarca espiritual de 300 y más millones de fieles y aquel misionero fue héroe que alcanzó en vida la victoria de la santidad. Por eso triunfa hoy dondequiera que sus hijos han plantado la tienda del apóstol y erigido el ara santa del sacrificio. Debo esta noche, por envidiable suerte mía y muy fina atención de los RR. PP. Misioneros, exponer aquí ante vosotros, lo que a mi parecer constituye la causa principal de esa victoria, quiero decir el apostolado sacerdotal que desempeñó nuestro Beato en toda su vida y en dondequiera que la Divina Providencia guió sus pisadas. Me dan osadía para este empeño, vuestra benevolencia y mi condición de hijo de San Juan Eudes, gran sacerdote en el siglo de todas las grandezas de Francia. No creo, en efecto, menguar el nombre ni la gloria de mi padre con elogiar la santidad de Claret; por el contrario, me parece que juntando en el recuerdo esas dos almas gemelas, no en el tiempo ni en el espacio, mas sí en el amor, que es eterno, la gloria de San Juan Eudes se remesa y abrillanta, porque Antonio María Claret fue secuaz suyo en la devoción al Inmaculado Corazón de María, en el cual aprendieron ambos a dos las excelencias del sacerdocio católico y de ese mismo Corazón tomaron por consigna para su vida el perfeccionamiento de la clase sacerdotal. Voy pues a deciros, si no lo lleváis a mal, lo que es el sacerdocio católico conforme a las ideas expuestas por el Beato Claret en sus libros y luego probaré a mostraros


como el mismo Beato ofrendó lo mejor de su vida al clero depositario y guardián de ese sacerdocio. La nobleza y excelencia del sacerdocio no la vamos a aprender en la conducta de las tribus salvajes de nuestra América, que reverenciaban como personas sagradas a sus mohanes y hechiceros; ni entre los galos y celtas, que, en la paz y en la guerra, obedecían a sus druidas coronados de yedra; ni quiera entre griegos y romanos, que, con ser pueblos de refinada cultura, acataban a sus augures y pitonisas, como intermediarios entre los hombres y la divinidad; podemos aún dejar en silencio la conducta que observaba para con sus profetas y videntes el pueblo de Israel iluminado por los relámpagos del Sinaí. Escuchemos empero cómo define San Pablo la dignidad sacerdotal cuando escribe a los Hebreos: «Todo pontífice o sacerdote salido de entre los hombres es como su apoderado en las cosas que tocan a la divinidad para ofrecer los dones y sacrificios por el pecado. Debe, además el sacerdote tener corazón capaz para compadecerse de las ignorancias y yerros de sus hermanos, pues que él mismo está revestido de flaqueza, y a la vez que intercede por ellos lo hace por sí mismo. Ni toma para sí nadie este honor sino el que es llamado por Dios como Aaron.» De las palabras de San Pablo se desprende que el sacerdote se llega a la divinidad la cual le escoge y aparta de entre los hombres, con quienes ha de comunicarse sin embargo, por un corazón blando y compasivo para no merecer el reproche dirigido a los sacerdotes de la antigua ley cuando Jesucristo, entristecido por la dureza y altanería que gastaban con el pueblo, les dijo: la misericordia quiero y no víctimas ni sacrificios. Pero, qué mucho, que San Pablo dé esta definición del sacerdote, cuando Jesucristo en sus palabras y en sus ejemplos, sublimó el sacerdocio católico por encima de todas las dignidades de la tierra. Al despedirse de sus discípulos en el monte de la Ascensión les ordenó: «Id por el mundo entero a predicar el evangelio a toda criatura.» Parad, Señores, la consideración en este contraste: cuando nace el Salvador vaticinado por los profetas, ángeles del cielo anuncian la feliz nueva a los pastores en las campiñas de Belén, y cantando: ―gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad‖ se remontan de nuevo a los cielos; mas cuando, consumada la Redención, vuelve Jesucristo al Padre, no son ya ángeles sino hombres los encargados de ir a llevar la buena nueva a todas las naciones: ―Predicad el evangelio a todas las gentes‖. Tres excelencias soberanas hay en esta misión confiada a .los sacerdotes de la nueva ley. En su empresa de confundir los errores y persuadir la verdad, tendrán como instrumento la palabra, que es entre las manifestaciones de la inteligencia y del amor la que se lleva la palma, pues manejada por un hombre convencido y denodado ejerce tal señorío sobre nuestros semejantes que un autor griego dijo con razón: ―El don de la palabra es el soberano de las almas‖. Con su palabra irresistible anunciarán esos heraldos de Dios una doctrina nueva y singular. Tan nueva que nadie hasta entonces había hablado de amor y de perdón, a la

manera de aquellos hombres que morían, como el diácono Esteban, las rodillas en tierra y las manos al cielo, amando y perdonando a sus verdugos; y una doctrina tan singular, que, antes nunca oída ni siquiera en los jardines de Academo o en los pórticos de Atenas, es ahora comprendida y amada de los humildes y pequeñuelos que se apretujan para escuchar al Maestro, que enseña a !a vera de los caminos, sobre los collados o junto al mar de Tiberíades los misterios de Dios en la forma más bella y atrayente. Predicarán a toda criatura, a todos los hombres de toda tribu, nación y lengua hasta que se complete el número de los escogidos. Cómo cuadran al predicador del Evangelio las palabras con que el Rey David anunciaba la dominación del Mesías: «En sus días y a su voz se levantarán la justicia y la paz colmada. ... y dominará de un mar a otro mar y desde el gran río hasta los confines últimos de la tierra. A sus pies se prosternarán los etíopes y sus enemigos lamerán la tierra. De Tartéside y de las islas lejanas los reyes acudirán con presentes y los de Arabia y de Sabá le rendirán tributo y vasallaje: todos los reyes de la tierra se inclinarán a su paso y le acatarán todas las naciones porque librará al pobre de los poderosos y socorrerá a los miserables y desvalidos». Rumiando estas promesas magníficas que se han cumplido en la propagación del Evangelio por el clero católico, comprende uno cuánta verdad encierra aquella respuesta dada por San Basilio al Prefecto de Capadocia que le amenazaba con el destierro-: «El destierro, exclamó con noble desdén, cómo temerlo.... El cristiano se considera peregrino en todas partes y sabe que toda la tierra es de Dios». Noble y excelente el sacerdocio católico por la vocación divina que exige y por la misión así mismo celestial que presupone, llega en toda propiedad e términos a la categoría de sublime, si atendemos a la primera persona que lo ejerció sobre la tierra, el Verbo divino, quien es principio y fuente del sacerdocio que desempeñamos nosotros sus escogidos. Prueben allá los teólogos y exégetas la realidad y la realeza del sacerdocio de Jesucristo; a nosotros nos basta, para nuestro intento, recordar los hechos atestiguados por el Evangelio. Con treinta años de vida laboriosa y oculta se prepara el Salvador al ministerio de la vida pública; saliendo de las aguas del Jordán le vemos practicar rigurosa penitencia, predicar a las muchedumbres alimentándolas milagrosamente, catequizar a los niños, procurar la santificación de los días santos y el respeto en el templo, curar a los enfermos, resucitar a los muertos; y le vemos, en fin, solazarse con dulce amistad en Betania y en Cafarnaúm o zaherir con ironía matadora e invectivas inigualadas en literatura alguna a sus enemigos, cuyos golpes y acechanzas esquiva hasta tanto que llegue la hora del sacrificio supremo. Pero de los lances de la vida apostólica del Salvador, ni en el sermón de montaña que se llama «La cartamagna del cristianismo», ni en la resurrección de Lázaro cuando la divinidad aterradora con su poder al servicio del amor, en ninguno, repetimos, se


nos revela tan sacerdote el Hijo de Dios como en las relaciones personales con los doce apóstoles. Ora cuando entrándose por las pesquerías del Lago se llega hasta la orilla donde se quiebra la resaca e interpelando a los marineros les habla de la pesca de almas,. . . y Simón y Andrés, Juan y Santiago, dejadas las redes, le siguen; ora cuando al mediodía cruzando los caminos polvorientos, se acoge fatigado al techo de la aduana y trabando con el publicano aborrecido en Israel, sabrosa plática, se lleva consigo a Leví; nunca tan sacerdote como al instruir a los doce a la sombra de los sicómoros, acerca del reino de los cielos, o cuando descansando junto al pozo de frescas aguas les muestra los campos de maduras espigas incontables como las almas con que han de henchir los graneros del padre celestial, o cuando reunidos a la mesa de la última cena les ordena sacerdotes y les encarga el sacrificio perenne para el rescate de las almas. Sí, podemos decirlo a boca llena, los que militarnos bajo las banderas de Vicente de Paúl, de Juan Eudes y de Antonio María Claret, la obra primordial de Jesús en su vida pública fue la dirección del primer Seminario en que educó a 12 seminaristas, rudos y toscos pero de alma generosa y fecundas energías, bien así como los robles de nuestras montañas tienen áspera la corteza y retorcidos brazos, pero recatan en sus grietas dulcísimos panales. *** Hemos recordado estas ideas familiares a algunos de vosotros a fin de que podamos admirar mejor la carrera apostólica de Claret, ofrendada en gran parte al sacerdocio católico. Ordenado de sacerdote el año de 1835, le tocó vivir en una época de incesantes revueltas políticas, causadas ya por intereses dinásticos, a la muerte del malhadado rey. Fernando VII, ya por los amagos de las logias masónicas, siempre en acecho de turbaciones para proseguir su obra de destrucción contra la Iglesia de Dios. Sólo la vieja monarquía castellana, armada sobre las hazañas de la cruzada ocho veces secular, y blindada en todos sus flancos por la fe impenetrable de sus reyes y guerreros, de sus fundadores y apóstoles, de sus poetas y artistas, pudo con tales calamidades internas resistirlos embates de la Revolución que sacudió por entonces todos los tronos de Europa sepultando algunos en la ruina definitiva. Nuñez de Arce en.estrofas dolientes, cinceladas y sonoras como los bronces de las viejas catedrales nos pintó aquella época maldecida. Escuchad: «Hijo del siglo, en vano me resisto A su piedad ¡Oh Cristo!.... Su grandeza satánica me oprime. Siglo de maravillas y de asombros, levanta sobre escombros

un Dios sin esperanza, un Dios que gime. Y ese Dios no eres tú: no tu serena faz, de consuelos llena, alumbra y guía nuestro incierto paso. Es otro Dios incógnito y sombrío su cielo es el vacío, sacerdote el Error, ley el Acaso. ¡Ay!, no recuerda el ánimo suspenso un siglo más inmenso, más rebelde a tu voz, más atrevido; entre nubes de fuego alza su frente, como Luzbel potente: pero también, como Luzbel, caído. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------Como la nave sin timón y rota, que el ronco mar azota, incendia el rayo y la borrasca mece en piélago ignorado y proceloso, nuestro siglo coloso con la luz que le abrasa resplandece. ¡Y está la playa mística tan lejos!.. . . a los tristes reflejos del sol poniente se colora y brilla. El huracán arrecia, el bajel arde, y es tarde, es ¡ay! muy tarde para alcanzar la sosegada orilla. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto que tu poder no ha muerto! salva a esta sociedad desventurada, que bajo el peso de su orgullo mismo rueda al profundo abismo, acaso más enferma que culpada. Si en esta confusión honda y sombría es, Señor, todavía raudal de vida tu palabra santa,


di a nuestra fe desalentada, incierta: ¡anímate y despierta!..,, como dijiste a Lázaro: ¡levanta! Y la fe que no poseía el desolado cantor de la duda, llenaba el alma ardiente de Claret. Las grandes almas se prueban en las situaciones desesperadas, y lo que para otros es anestesia del ánimo apocado o cómodo manto de la pereza, a ellos les sirve de incentivo y acicate para procurar la gloria le Dios cuando más briosos se encuentran los enemigos. Tiempo de revueltas tiempo de desmoralización que cunde en todas las clases sociales. Claret que hubiera querido marcharse a remotas misiones o entrar en la Compañía de Jesús, cuando vio que Dios no le llamaba por ese camino, siguió la senda que naturalmente solicitaba sus pasos: Cataluña y las islas Afortunadas, que entonces sí sacaron verdadero su nombre, disfrutaron las primicias de su celo. No me toca decir de sus misiones al pueblo. Veía con dolor el santo misionero qué mal se conservan la fe y las buenas costumbres en los pueblos, si no hay sacerdotes doctos y santos que mantengan la obra que de paso realiza el predicador apostólico. Por eso su empeño en dar retiros a los sacerdotes y en cultivar las vocaciones de los seminaristas Los trabajos que dedicó a estas almas flor y nata de la sociedad cristiana y esperanza mimada de la Iglesia, están reunidos en un libro de oro que tituló El Seminarista Instruido. Recorriendo las páginas de esa obra y saboreando su doctrina espiritual, que es a manera de codiciado licor servido en fino cristal, no sabe uno que admirar más, si el espíritu de observación y de regla con que dispone toda la trama del día del seminarista o la piedad viva y palpitante que desata por toda ella al soplo de su amor a Dios y a las almas. No puedo dejar de daros una muestra de esa obra. Oíd esta comparación: «El joven seminarista es como una bola sobre un plano inclinado, si no halla una mano poderosa que le sostenga, va rodando hasta el más profundo abismo: esta mano poderosa es la presencia de Dios y la cuerda con que se sostiene es la religión, que por esto se llama religión, como si dijéramos cosa atada a Dios» (I - p. 198). Esto por lo que toca al espíritu general Si quisiéramos examinar los detalles, es tal la exactitud que procura en el reglamento, tanta la minuciosidad con que fija hasta los últimos puntos de la vida del seminarista, sin dejar resquicio o escape para el capricho o la indisciplina, que me atrevería a comparar su sistema, en alguna manera, con el modo de la industria moderna en el beneficio de las aguas corrientes. Los arroyos y quebradas que vemos por los caminos, embellecen la tierra, recrean al viajero y sirven al labriego para regar los campos y abrevar los ganados; mas si un industrial orna aquellas corrientes desordenadas y las aprisiona en firmes y prolongadas acequias o en recias tuberías de hierro, tendremos que esas aguas, en parte inútiles antes, cuando no dañinas, se truecan en calor y luz y fuerza, y vida y movimiento que podemos regular a nuestro antojo. Algo así, me parece, sucede con las desordenadas

actividades del niño: sometidas a la seriedad y constancia de un reglamento enérgico, aplicado por sabios y prudentes directores como los que formó Claret con su fecundo magisterio A los sacerdotes, por su parte, no perdía ocasión de amonestarles y corregirles con la suavidad de un hermano y la insistencia de un amoroso padre. A uno de sus hijos escribía: «Tengo tanto cariño a los sacerdotes que se dican a las misiones, que les daría la sangre y la vida, les lavaría los pies y se los besaría mil veces, les haría la cama, les guisaría la comida y me quitaría el bocado para que ellos comiesen. Cuando considero que ellos trabajan por Dios para que sea más y más conocido y amado y para que las almas se salven, yo no sé lo que siento. Ahora mismo que esto escribo he tenido que dejar la pluma para acudir a mis ojos. ¡Hijos del Inmaculado corazón de mi queridísimo Madre! Quiero escribiros y no puedo, por tener los ojos bañados en lágrimas». Tanto en España como en Cuba fueron inapreciables los frutos de renovación que obtuvo en las tandas de ejercicios dadas al clero. En Madrid en 1875 se juntaron hasta 500 sacerdotes presididos por 4 obispos. Epílogo y remate de todos sus retiros a sacerdotes, era la ceremonia que nunca omitió de besar los pies uno a uno a todos los congregados. Si hubo quienes permanecieron sordos a sus palabras y consejos, nadie olvidó en toda la vida aquel rasgo de humildad heroica. *** Cuenta la historia que los antiguos creían en la existencia, allá en la remota Arabia, de una ave que al morir, por virtud maravillosa revivía de las cenizas. Esa que fue mera fabula y fantasía de poetas, viene a realizarse con sorprendente verdad en la vida de algunos santos, los cuales al morir dejan vivo su espíritu y sus virtudes en sus hijos, formados a su ejemplo y para perpetuar sus empresas. Claret, misionero como no lo tuvo igual el siglo XIX, apóstol de los seminarios, publicista, consumado director de conciencias, figura también con gloria entre los patriarcas de la vida religiosa y reclama, por derecho propio, su puesto, al lado de Ignacio de Loyola, de Vicente de Paúl, de Juan Eudes, de la Salle y de Juan Bosco, para no mentar sino algunos en los tiempos modernos. En 1849 echó los cimientos de la Congregación de misioneros, Hijos del Inmaculado Corazón de María, esparcidos hoy por toda la tierra en 210 fundaciones, con un número que pasa de 3.000 miembros, cuando apenas han corrido 12 lustros desde la muerte del santo Fundador. Colombia, muchas veces desventurada y algunas próspera, esta tierra donde ― en surco de dolores el bien germina ya‖, nuestra patria aquí tendida a la cabeza del continente suramericano en espera de los destinos superiores que el porvenir le reserva, cuenta entre los dones que de Dios ha recibido desde que se consagró a su


divino Corazón, el de albergar en su territorio a los hijos de Claret. A ellos ha confiado con acierto y con fino amor la custodia del Templo del Voto Nacional, dominado por la imagen del Redentor, que, apoyado en la cruz, apacigua los ánimos que otrora ensangrentaron el territorio nacional y detiene la nueva revolución que hoy amenaza nuestro patrimonio espiritual. Incontables son los bienes que los Misioneros del Inmaculado Corazón de María derraman por todo el ámbito de la Nación; mas yo quiero hacer hincapié en uno que vale tal vez más que todos los otros y que la ignorancia o la mala voluntad les han negado en repetidas ocasiones. Al poniente de nuestra tierra, al pie de las estribaciones de la Cordillera Occidental y arrulladas por el mar de Balboa duermen bajo tupido manto de selva las comarcas del Chocó. Esas regiones que en la Conquista recibieron los pasos de Andagoya, de Ciezo de León y de Pizarro y en la República han sido cuna de literatos y de héroes, provocan hoy la codicia y desvelo de naciones extrañas, por sus riquezas que recuerdan el Golconda legendario o la California del Norte. Allá los Misioneros, Hijos de Claret, en nombre de Colombia, conservan la religión y la lengua y enardecen los rescoldos del amor patrio aun cuando sucumban ignorados en la lucha titánica y desigual. Yo, sacerdote colombiano, cotejando ese cúmulo de merecimientos con ingratitudes monstruosas, quisiera llegarme esta noche en espíritu a cada una tumbas ahogadas ya por la selva, y bajo la humilde cruz del Misionero grabar este grito del héroe antioqueño y que parece la consigna de esos valientes apóstoles: «Si es imposible vencer, podemos morir!....» Agosto 13 de 1934.

Obispos de Nueva Pamplona

En: Revista los Sagrados Corazones, entre febrero y septiembre de 1935.

Pamplona septiembre 1933. El P. Ruiz en la primera fila el tercero de derecha a izquierda. Estos apuntes sobre los Obispos de la Diócesis de Nueva Pamplona, cuyo centenario de erección se cumple el 16 de Septiembre de 1935, son un recuerdo agradecido a esa tierra que recibió las primicias de nuestro sacerdocio, y también—¿por qué no?. .— un estímulo para que otros, con documentos que allá sobran y en debida forma, hagan cosa digna de tan gloriosa conmemoración. La Diócesis de Nueva Pamplona, que lleva el título de San Pedro Apóstol, fue creada por el Papa Gregorio XVI en bula del 16 de septiembre de 1835, La misma bula establecía el Capítulo Catedral y nombraba Deán al Presbítero Dr. José Elias Puyana (más tarde Obispo de Pasto), quien organizó el Seminario y fue su primer Rector en el local que había sido convento de franciscanos. Han ocupado la sede pamplonesa siete obispos; conviene a saber:


1—Monseñor José Jorge Torres y Stans (1772—1853) 2—Monseñor José Luis Niño (1812—1864) 3—Monseñor Bonifacio Toscano (1810—1896) 4—Monseñor Indalecio Barreto(1818—1872) 5—Monseñor Ignacio Antonio Parra (1820—1908) 6—Monseñor Evaristo Blanco (1855—1915) 7—Monseñor Rafael Afanador y Cadena, nacido en 1871. I-

MONSEÑOR JOSÉ JORGE TORRES Y STÁNS (1772—1853)

Monseñor José Jorge Torres y Stans nacido de madre irlandesa en Cartagena, se educó en Bogotá en el Colegio del Rosario y fue ordenado en 1796. Administrando varias parroquias abrazó con entusiasmo la causa de la independencia. Fue nombrado obispo de Pamplona en 1836 y consagrado en Bogotá por el santo Arzobispo Mosquera. Cuando en 1850 se desencadenó la persecución contra la iglesia, bajo la presidencia de José Hilario López, monseñor Torres y Stans protestó enérgicamente y su conducta fue aprobada por la Santa Sede, que en un breve elogio su egregia virtud y fortaleza en defender los derechos de la religión. Condenado al destierro, dirigió el 1°. de enero de 1853 una tierna pastoral de despedida a sus fieles y sacerdotes. Entre otras cosas les decía: «Obedezco con sumisión a la potestad que me manda salir de sus dominios, pero primero he hecho el sacrificio a Dios de cuanto soy y puedo ser, antes de faltar a la fe y obediencia de la Santa Madre Iglesia de quien soy el mínimo ministro. Si mi cuerpo se ausenta, mi espíritu queda en vuestras manos, mi corazón en vuestros pechos y mi vigilancia y cuidados sobre vuestras necesidades espirituales.» El día de Reyes salió el anciano y humilde prelado, que contaba 81 años, de su ciudad episcopal, entre las lágrimas de los católicos, camino de Venezuela, porque le era imposible pensar a su edad y con tantos achaques en trasladarse a Roma para donde había salido ya su metropolitano el señor Mosquera. Al cabo de 17 días de camino hecho unas veces a caballo y otras en silla de mano llegó a San Antonio de Táchira. Conmovedor fue el espectáculo qué se ofreció al atravesar la frontera al santo pastor: del lado acá, bañados en lágrimas le despedían sus fieles y en la ribera opuesta los católicos venezolanos le recibían con júbilo y respeto como a confesor de la fe. A pesar de los solícitos cuidados, de las atenciones y agasajos que le prodigaron las autoridades y todos los católicos, murió el santo obispo a los tres meses de llegado, el 9 de abril de 1853. Bien podía repetir las palabras de San Gregorio: «Dilexi iustitiam et odivi iniquitatem propterea morior in exilio» «Amé la justicia y aborrecí el vicio, por eso muero en el destierro.» Aunque era fiesta nacional en la hermana república de Venezuela, los preparativos de regocijo se cambiaron en duelo y la población entera se cubrió de luto.

Los restos de monseñor Torres y Stans fueron trasladados a Colombia en 1873 y reposan en la sacristía de la catedral de Nueva Pamplona. Cristo vence en el corazón del niño, que con paso vacilante por sus pocos años, se adelanta ante el cortejo real, para alfombrar con las corolas de las flores la vía triunfal del Rey del Amor. Cristo vence en el corazón del niño y de la niña que corren a alistarse en la legión infantil del Prisionero del Sagrario. Cristo vence en el corazón del adolescente del varón, del anciano, de la joven, de la matrona y de la viejecita de plateados cabellos, que con ardor cristianamente bélico, engrosan las filas del gigantesco ejército de !a caridad, la Acción Católica social. Cristo vence en el corazón de todos, y Él reina por la Eucaristía, vence y reina en el corazón, y desde ese trono, erigido por manos levíticas de un celoso orfebre de almas, desde esa atalaya de amor, emprende su vía triunfal, su marcha imperial, precedido de Juan Eudes, el heraldo de su amor, y de Teresita de Jesús, la dispensadora de sus misericordias, y en medio de los acordes musicales, de los ruidosos truenos de los cohetones, del apacible susurro de las plegarias, y del dulce y deífico palpitar delos corazones de un pueblo cristiano que se guarece con filial confianza, bajo la egida del Soberano Señor de Cielos y tierra. «Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera» en el corazón de los humildes, en el corazón de las ovejas de esta partecita del rebaño del Señor. II-

MONSEÑOR JOSÉ LUIS NIÑO (1812-1864)

Nació este prelado, mártir también de la fe, en Santa Rosa de Viterbo, del departamento de Boyacá. Como sacerdote trabajó con grande celo por la cristiana educación de los niños y de la juventud, convencido de que en ella está el porvenir venturoso o desgraciado de la sociedad. El 20 de Abril de 1856, fue nombrado por el Excelentísimo Señor Delegado Apostólico Mr. Lorenzo Barili, Administrador apostólico de la Diócesis de Nueva Pamplona, huérfana de Pastor, por muerte del señor Torres y Stans acaecida tres años antes. Su primer cuidado fue reorganizar el Seminario cuyas tareas se abrieron el primero de junio, bajo la dirección del Dr. Eulogio Tamayo Luego reorganizó también la división de la Diócesis en vicarías foráneas a cuya cabeza colocó a los sacerdotes más dignos de su clero. Promovió por todas partes la fundación de escuelas y la predicación de la palabra divina para la reforma de las costumbres, muy estragadas a causa de la reciente persecución religiosa. Preconizado Obispo el 27 de mayo del mismo año (1856), se hizo consagrar por el arzobispo de Mérida el día del Santísimo Rosario y en la misma Iglesia de San Antonio del Táchira, junto a las cenizas de su santo predecesor: donde se había extinguido


aquella antorcha de la fe, renacía otra vez por especial providencia de Dios. Al día siguiente hechas las solemnes honras fúnebres a Monseñor Torres y Stans salió a visita pastoral por toda la Diócesis, animado sólo de un deseo, la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por donde quiera pasó haciendo el bien, como el divino Maestro. Tema ordinario de su predicación era este pensamiento que estampó en una de las cartas pastorales: «La religión es la base de la moral, la moral la base de la ley y de la sociedad y el indiferentismo socava en sus fundamentos el edificio social y prepara en nuestra Patria la anarquía.» En 1858 con motivo del establecimiento de un colegio laico y protestante por Victoriano Paredes en Piedecuesta, dirigió a los fieles una célebre pastoral acerca de la obligación que tienen los padres de educar a sus hijos según las leyes de la Iglesia. En 1860 envió al padre Santo, Pio IX, una carta de protesta contra los atropellos de que era víctima por parte del gobierno italiano. El manso Pontífice le contestó agradeciendo en lo íntimo del alma aquella manifestación de filial amor, y exhortándole también a pedir por la paz de la Iglesia y conversión de sus perseguidores. Como se negara el señor Niño a aceptar los decretos en materia de cultos y bienes de la Iglesia, Mosquera «el autócrata feroz» le condenó a destierro. Pasó a San Antonio del Táchira, en Venezuela, donde lleno de amargura y abatido de cruel enfermedad, murió el 12 de Febrero de 1864. Sus cenizas reposan en la sacristía de la Catedral.

Pamplona. El P. Ruiz el segundo de la primera fila de derecha a izquierda.

III-

MONSEÑOR BONIFACIO A. TOSCANO (1810—1896)

Nació así mismo este Prelado en la tierra de Boyacá (Sogamoso), el día 3 de junio de 1810. Estudió en Bogotá y se graduó en la Universidad Tomística de Jurisprudencia y Ciencias Políticas con tal brillo que llegó a ser uno de los mejores abogados de su tiempo y ocupó repetidas veces el puesto de Representante y Senador de la República. Habiendo contraído matrimonio enviudó y abrazó la carrera eclesiástica, hasta ordenarse de sacerdote de manos de Monseñor Mosquera el año 1848. En la Arquidiócesis de Bogotá administró varias parroquias, y estando de canónigo del Capítulo Metropolitano fue promovido a la Sede Episcopal de Pamplona y consagrado por Monseñor Herrán, en 1866. Posesionado de la diócesis dedicóse con todo el empeño de su alma a la restauración de la disciplina eclesiástica y de las buenas costumbres muy quebrantadas por las desgracias de aquellos malos tiempos. Su principal cuidado fue la buena marcha del Seminario Conciliar, cuya dirección entregó al Dr. Antonio María Colmenares en asocio de un neo-sacerdote recién llegado de Roma, y luego Obispo de Panamá, el Dr. José Alejandro Peralta. Algún tiempo después por motivo de una epidemia de que murieron varios alumnos y enfermaron los directores, trasladó el Seminario, con la venia de la Santa Sede, a la población de Floridablanca, en las cercanías de Bucaramanga. En 1870, cuando el Concilio Vaticano, tuvo la inmensa dicha Monseñor Toscano de postrarse a los pies del Vicario de Cristo, Pió X, y de asistir a la canonización de los mártires del Japón. De regreso a la Diócesis en compañía del ya citado Dr. Peralta, dirigió al padre Santo, en nombre del Capítulo Catedral y del clero y fieles, una fervorosa protesta contra la violenta ocupación de Roma por los piamonteses. En 1874, después de reiteradas súplicas, se le aceptó la renuncia que hizo del episcopado; pero la Santa Sede, en prueba de la estimación y aprecio que le dispensaba le confirió el título de Obispo de Centuria «Inpartibus». Años después, obligado por su mucha pobreza ingresó de nuevo al Capítulo Metropolitano de Bogotá de cuyo Arzobispo, Monseñor Arbeláez, fue Vicario General algún tiempo. Luego pasó al Capitulo Catedral de Tunja, donde fue Deán y a la avanzada edad de 86 años murió en la Villa de Leiva el año de 1896. Como Prelado, el señor Toscano dejó muy gratos recuerdos por su amabilidad y trato exquisito. El Congreso honró su memoria con un decreto que lleva la firma del Presidente de la República don Miguel Antonio Caro.


IV-

MONSEÑOR INDALECIO BARRETO (1818—1872)

Nació en Somondoco, tierra de esmeraldas, del departamento de Boyacá. Estudió en Tunja y luego en el colegio de San Bartolomé de Bogotá; ordenóse de sacerdote en 1842 y se doctoró en Sagrada Teología en 1845. Desempeñó varios curatos de la Arquidiócesis en donde su principal cuidado fue siempre la instrucción de la niñez: si la parroquia, cuando él llegaba no tenía escuela primaria, a la semana siguiente se abría costeada por sus propios recursos así en el pueblo como en los campos. Fue Secretario del Ilustrísimo Señor Herrán y del santo Obispo Riaño; Vice-Rector de la Universidad Central de Bogotá y catedrático de Filosofía en el Colegio del Rosario. Era hombre muy docto y orador elocuente, que defendió con gran denuedo los derechos de la Iglesia en varias asambleas y en la Cámara de Representantes, donde hizo brillar todos sus conocimientos y sentir la entereza de su carácter sagrado. Desempeñó la rectoría del Seminario Conciliar de Bogotá y acompañó como auxiliar al Señor Arzobispo Arbeláez. hasta que en 1874 fue preconizado para regir la Diócesis de Nueva Pamplona. Mas, desgraciadamente, apenas llegado a la Capital de su Diócesis, se le agravó una enfermedad que sufría de tiempo atrás, y a pesar de los muchos esfuerzos para salvar tan preciosa existencia, murió en la hacienda de la «Vega» el 20 de Marzo de 1875.

Pamplona. El P. Ruiz en el extremo izquierdo de la primera fila

V-

MONSEÑOR IGNACIO ANTONIO PARRA (1820—1908) Obispo de Nueva Pamplona de 1876 a 1908. (No se encontró el número de Los Sagrados Corazones en el cual se publicó esta biografía).

VI-

MONSEÑOR EVARISTO BLANCO (1855—1915)

Nació en San Miguel (Santander) el 25 de octubre de 1855 y desde niño se distinguió por el aprovechamiento en las clases por aquella docilidad y simpatía naturales que le ganaron el corazón de sus condiscípulos y maestros y anunciaban en él al santo sacerdote y al gran caballero que fue. Estudió en el seminario de Pamplona bajo la dirección del Dr. Peralta hasta terminar la Filosofía. Luego pasó a Bogotá a concluir los estudios de ciencias sagradas, en el Seminario de aquella capital, encomendado por entonces al sabio y santo sacerdote Bernardo Herrera Restrepo. Tanto allí como en Pamplona fue siempre alumno distinguido por su preclara inteligencia, la constante aplicación al estudio y magníficas prendas morales. Recibió las órdenes sagradas de manos del Ilustrísimo Señor Arbeláez y ordenado sacerdote el 10 de noviembre de 1881 regresó a ponerse a la disposición de su Prelado, Monseñor Ignacio Antonio Parra. Como primer cargo desempeñó la vicerrectoría del Seminario, donde halló vasto campo para derramar sus conocimientos, que eran grandes, y para ejercer su celo apostólico y caridad con los alumnos que se preparaban a ser milicia escogida del Señor. Administró luego las parroquias de Tequia, San Andrés y Málaga, dejando dondequiera recuerdo imperecedero por su habilidad e inagotable amor a las almas. En Málaga fundó para la educación de la juventud el Colegio de San José, y poco después a ruego los bumangueses, y por orden de su Prelado Monseñor Parra, el León XIII, que, como vimos, sirvió de base al que hoy regentan los padres jesuítas, con el nombre de San Pedro Claver. El 20 de marzo de 1895 se creó la nueva Diócesis del Socorro. Para primer obispo fue escogido el Dr. Evaristo Blanco, quien por su vasta ilustración, espíritu apostólico, santa firmeza y exquisito don de gentes, merecía ocupar puesto entre los príncipes de la Iglesia. Recibió la consagración episcopal en la Iglesia San Laureano de Bucaramanga, el 8 de septiembre de 1885. De su administración en la recién fundada Diócesis, baste decir que dejó allí huellas luminosas de progreso, de sanas costumbres, de paz y de caridad, y en todos los corazones, inolvidables recuerdos por aquella bondad de padre que no podía ser indiferente a las desgracias espirituales o temporales del último de sus hijos. En abril de 1899 se trasladó a Roma para hacer la visita ad limina y rendir homenaje al Vicario de Cristo en la tierra. Con esta ocasión tomó parte en el Concilio Plenario de la América Latina, convocado allí por el padre Santo para tratar de la disciplina


eclesiástica y de todo lo concerniente a la fe y costumbres en las remotas cristiandades de nuestra América. Tan buena impresión produjo en la Corte pontificia y en sus hermanos de episcopado el señor Blanco, que poco después de regresar a la Diócesis, recibió el nombramiento para el Arzobispado de Popayán; pero su invencible modestia y el perjuicio grande que hubieran sufrido multitud de obras iniciadas y adelantadas en provecho de su grey, lograron cambiar la decisión de la Curia Romana. Muerto en 1908 el Ilustrísimo señor Parra, las miradas de todos los fieles y la voluntad del Supremo Pastor se fijaron en el señor Blanco, quien no pudo rehusar y se encaminó a tomar posesión de una Diócesis donde era ya estimado de todos. El 27 de agosto hizo su entrada en Pamplona, y allí durante el corto episcopado que el Señor le concedió, desplegó las mismas cualidades que ya le conocemos. Activo y laborioso disponía de tiempo para todo: confesaba, predicaba, hacía y recibía las visitas que su dignidad le imponía, contestaba las cartas de su propio puño y letra y dictaba algunas clases en el Seminario, objeto principal de todos sus desvelos. Tenía la piadosa costumbre de celebrar los aniversarios de su bautismo, sacerdocio y consagración episcopal con un retiro de tres días que remataba por la confesión general; sobremanera edificante, pues se le veía derramar lágrimas como a un niño. Esta profunda piedad e intenso amor a Nuestro Señor le franqueaban todas las puertas y le ganaban los corazones, aun los más empedernidos; sólo eso explica el que pudiera convertir a los masones del Socorro. Como orador, el Ilustrísimo señor Blanco poseía el espíritu del Señor y era su elocuencia grave y sencilla, sin artificios retóricos ni pompas literarias; pero palpitaba siempre en sus pastorales y escritos periodísticos el apóstol intransigente con el mal en todas sus manifestaciones. El lema de su escudo era: «Fortitudo mea et refugium meum», es decir, una ilimitada confianza en el divino Maestro y amor tiernísimo a la Virgen María He aquí una muestra de la pastoral que dirigió a los fieles, cuando en el pueblo de Rionegro de su Diócesis, manos impías destrozaron a machetazos una veneranda imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, como para repetir el mismo sacrilegio cometido en la propia Catedral: «Profundamente amargado nuestro corazón por el nuevo y gravísimo ultraje irrogado a la Santísima Madre de Dios y también madre nuestra, en su advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá, precisamente cuando aún está vivo el recuerdo ingrato de la primera ofensa, causada en nuestra Sede Episcopal, no hemos podido resistir al deseo vehemente de pedir como Pastor de la grey doblemente escandaliza una reparación de aquel horrible sacrilegio, y un desagravio para con la beatísima Madre, puesto que corresponde a los hijos leales compensar a sus padres, en la mejor manera posible, de las ofensas que los malos hijos les han audazmente causado». Tan galano escritor era, cuando lo quería, y tan profundo y atinado, que se cita de él este rasgo: le decía en cierta ocasión el Director de la «Unidad Católica»: «¿Ilustrísimo Señor, qué hacemos de editorial?—Siéntese doctor y escriba», replicó el Obispo.

Y escribió el Director y llevó a la imprenta el artículo, meses después vino reproducido, en puesto de honor, por La Cruz, notable revista española. Tan robusta era la salud de Monseñor Blanco y tan severo el régimen de su vida, que todos le auguraban un largo pontificado como el de su ilustre antecesor; pero Dios en sus inescrutables designios, abrevióle la carrera acá abajo para anticiparle la recompensa en el cielo. Atacado por la epidemia de tifo que afligió a Pamplona en 1915, entregó el Santo Obispo su alma al Señor el día 15 de septiembre del mismo año. Hasta en los últimos momentos dio pruebas de la piedad ardorosa de su alma y de profunda fe: la última comunión la recibió de rodillas en el lecho de muerte. Su fallecimiento ocasionó un duelo como no lo ha tenido la Diócesis de Pamplona, porque a más del cariño universal que había sabido granjearse, le veían desaparecer cuando puede decirse que apenas empezaba a producir los sazonados frutos de su fecunda labor. Fue sepultado el día 17, después de lo oración funebre pronunciada por el doctor Rosario Carvajal, al pie del solio bajo la arcada oriental del presbiterio. Citemos aquí unas palabras de un gran católico y atildado escritor: «A esa tumba irán los huérfanos, las viudas y los desamparados de la fortuna a empapar con lágrimas de gratitud las baldosas que la cubren. Allí irán las generaciones presentes a pagar deuda de honor a la memoria del esclarecido Doctor D. Evaristo Blanco y a patentizar con la observancia cristiana que la enseñanza del Pastor perdura». Recordando lo que hemos oído contar a sus alumnos y a sus amigos, nos atrevemos a intentar algo así como un retrato del Prelado a quien no conocimos: Era Monseñor Blanco de arrogante figura y continente majestuoso, diestro y atrevido jinete, apasionado de la música y de las bellas letras; de clarísima inteligencia, carácter impetuoso y corazón de niño; de amorosa piedad y exquisito don de gentes. Reunía el santo Prelado, por modo singular, todas las cualidades de un príncipe de la Iglesia, que en palacio hacían pensar en Monseñor Dupanloup, y en sus pastorales y en el pulpito recordaban al Cardenal Arzobispo de Poitiers. Bien pudo repetir de sí mismo las palabras del Apóstol: «Ómnibus omnia sum, ut omnes facerem salvos: me hice todo a todos para salvarlos a todos». (I Cor IX-22). VII-

MONSEÑOR RAFAEL AFANADOR Y CADENA, a. q. D. g (Nacido en 1871)

Nació el actual Pastor de la Diócesis de Nueva Pamplona en Barichara (Departamento de Santander), el 4 de agosto de 1871, y recibió en el santo bautismo los nombres de Domingo Rafael. Desde sus tiernos años reveló clara inteligencia y constante aplicación al estudio; pero la escasez de recursos le obligó a dar de mano a los libros, para ayudar a las subsistencia de la familia: Dios empero, que velaba sobre aquella vocación, llevó de


párroco al doctor Antonio María Gómez, quien, prendado de la buena índole del jovencito y conociendo sus íntimos anhelos, lo colocó de Director de una biblioteca popular, donde, atendiendo a la gente, no perdía momento para instruirse en los mismos libros que manejaba. Conseguidos algunos recursos pudo entrar al Colegio Universitario del Socorro, y luego, auxiliado por una persona caritativa, pasó al Seminario de Tunja. Allí bajo la dirección de los RR. PP. Lazaristas cursó durante 4 años las ciencias sagradas y se formó en una sólida piedad sacerdotal. Ordenado ya de diácono y erigida la diócesis del Socorro, fue encargado por Monseñor Evaristo Blanco de la Prefectura general del Seminario. El 3 de julio de 1898 recibió la ordenación sacerdotal, y el mismo día en que cumplió los 27 años, cantó primera Misa asistido por su bienhechor el doctor Antonio María Gómez. Sirvió de coadjutor en la parroquia de Charalá hasta 1.902; vice-rector luego del Seminario, fundador del Colegio de Vélez, párroco de esta misma población y por tres años, hasta 1912 de la de San Gil. En 1913 encargóle Monseñor Toro la Rectoría del Seminario, puesto que le conservó Monseñor Arenas, nombrándole además Vicario General de la Diócesis. Fallecido inopinadamente el Obispo de Pamplona, Monseñor Evaristo Blanco, fue escogido para sucederle el doctor Rafael Afanador y Cadena, en el consistorio del 5 de junio de 1916, El 3 de Septiembre del mismo año fue consagrado Obispo en la Basílica Primada de Bogotá, y al dirigirse por vez primera a sus fieles les dijo: «Nuestro buen Dios, que de la nada ha sacado una multitud incontable de seres, que con un poco de barro formó la creatura más perfecta de las que pueblan la tierra, y que al fundar la portentosa obra de su Iglesia, dejando a un lado el eficaz ministerio de los ángeles, echó mano de los pobres pescadores de Galilea, rústicos en su mayor parte e ignorantes, llama ahora al menor de sus siervos, al desempeño de altísima misión y se digna asociarlo por el ministerio de su Vicario en la tierra al núcleo de los pastores que rigen la Iglesia colombiana» . . . Desde el primer día de su labor se propuso el nuevo prelado atender ante todo al Seminario, a la educación cristiana de la juventud, a combatir la mala prensa, a dar al culto grande esplendor, a la santificación e ilustración del clero, confiado sólo en el auxilio de Dios, como lo reza el lema de su escudo «Facmecum signum in bonam, obra Señor algún prodigio en mi favor» Ps. 85 v 17 Y a fe que Dios le ha concedido realizar en gran parte aquel programa, porque con su cooperación principalísima se han fundado en la Diócesis 3 colegios de Hermanos de las Escuelas Cristianas, se ha evangelizado a los infieles del Sarare por religiosas colombianas y la buena prensa ha tomado en manos de los sacerdotes un incremento tal que puede servir de modelo al resto del clero colombiano, por lo briosa y elegante. En la administración temporal de su diócesis ha desplegado Monseñor Afanador talento de verdadero hacendista y de hombre de empresa. Fuera de otras obras, la reconstrucción de la Catedral, varios cuerpos de edificio, añadidos al Seminario y el

aumento de las rentas eclesiásticas muy disminuidas antes, respaldan de sobra esta afirmación. En el actual estado de cosas lleno de zozobra para la Iglesia, porque parece anunciar el desmoronamiento de una obra de concordia y de armonía entre la potestad civil y la eclesiástica, le ha tocado a Monseñor Afanador subir al Calvario antes que a nadie. Ha visto caer villanamente asesinados a tres (3) de sus sacerdotes, dos de ellos en odio de la fe; e hijos desnaturalizados le han denostado y perseguido en la prensa y en el parlamento; pero él, paciente y sufrido sigue haciendo el bien y pidiendo perdón para aquellos mismos que le ofenden «porque no saben lo que hacen». El 26 de junio de 1932 consagró Monseñor Afanador la diócesis de Nueva Pamplona al Sacratísimo Corazón de Jesús. He aquí unas palabras de la bellísima carta en que anunció a sus hijos aquella fecha de imborrable recuerdo; «No vacilamos por tanto en decretar una consagración oficial de nuestra diócesis al Sacratísimo Corazón de Jesús, a fin de que ella quede en adelante más y más protegida por la Infinita bondad, y para que los diocesanos todos tengan un motivo más de confianza al acercarse a Jesucristo para pedirle filialmente la cesación de los males que afligen a la Iglesia y a Colombia». Jericó, octubre 1934.

Pamplona. El P. Ruiz en el extremo izquierdo de la segunda fila.


Las reliquias que pertenecieron a Marco Fidel Suárez En: Revista los Sagrados Corazones, julio de 1935.

San Juan Eudes tenía una verdadera pasión por las reliquias de los santos. Para sus fundaciones conseguía cuantas podía haber a las manos; las hacia honrar en todas las fiestas principales y compuso un oficio para celebrar su memoria en determinado día del año litúrgico. "De cuantos tesoros poseemos en la tierra, dice nuestro Santo Fundador, después de la Eucaristía y de las Sagradas Escrituras, el principal son las reliquias de los Santos..." Esto como introducción al título que hemos puesto arriba y al catálogo que se puede leer enseguida, donde constan algunas de las reliquias con que se honró y se santificó ese hombre bueno y sufrido católico sin distingos ni tapujos, amador ferviente de Cristo y de su Patria, que se llamó Marco Fidel Suárez de cuya muerte se cumplieron ocho años en abril último. Hombre bueno, "vir bonus", que decían los romanos, fue don Marco Fidel, a todo lo largo de su vida, en servicio de la República, que hoy se va sintiendo presa de las tempestades que él anunció como piloto experimentado. Pero dichoso él que ya acabó la amarga travesía de la vida y llegó al deseado puerto; mas no a manera de viajero cómodo y despreocupado sino como trabajador infatigable, que hasta el fin blandió esa pluma terrible y magnífica en defensa de la Religión, de la Patria y de los afectos de su corazón. "Tenemos que crucificarnos a nuestra pluma", dijo un apologista francés del siglo pasado. En Colombia contados lo habrán hecho con la abnegación de Suárez. Durante los cinco postreros años de su vida desplegó una actividad literaria agobiadora para un joven: pero que él llevó ya más que sexagenario con un desenfado y un brillo único entre nosotros. Esos Sueños, escritos en forma dialogada como los tratados de Marco Tulio, y con el estudiado desorden de los Ensayos de Montaigne, perdurarán en nuestra literatura mientras se hable el castellano y mientras haya que defender la Religión muchas veces perseguida y siempre vencedora. El remate del primer sueño que encierra el plan de los 172 que publicó hasta que la muerte le quebró la pluma entre las manos, es como sigue. Aquí lo ponemos a ver si quieren los lectores de nuestra Revista gustar cada mes alguna muestra de las Paginas Religiosas de Suárez: "Sí, hay que trabajar hasta el fin. Morir no es dormir ni ser de piedra; morir tampoco es soñar; morir es llegar al centro del amor infinito que hecho hombre trabajó y escogió un monte de la tierra para redimir a su criatura desde lo alto de un patíbulo. Ese centro del amor infinito lo es también de la atracción universal, cuyos efectos son esta música

de las esferas, estas armonías de luz, tenues reflejos del Eterno, señales transitorias de Dios, que es a un mismo tiempo atracción, amor, misericordia y justicia". Así trabajó hasta el fin y así acabó ese católico ejemplar y devoto, como lo prueban las reliquias, que con tan fino cariño regaló su hermana la señorita Soledad, al autor de estas líneas, con destino a la capilla de Nuestra señora de las Angustias. Es el más precioso regalo pero no el primero que nuestra iglesia deba a la familia Suárez. El marco primitivo que tuvo el cuadro milagroso de Nuestra Señora, lo donó don Marco Fidel Suárez por mano de una persona cuyo nombre no recordamos ahora. En manos de un sacerdote santandereano, vimos alguna vez una reliquia de San Vicente de Paul, que en vida le ofreció el mismo don Marco; y además el Cristo recortado de una estampa y adorado con hojitas de helecho que tenía Suárez sobre su pupitre se seminarista. En nuestra mesita de trabajo conservamos un precioso crucifijo de Tierra Santa, pequeñito, en cruz de olivo con incrustaciones de nácar y de marfil. "Acompañó a Fidelito en su última enfermedad, nos decía su hermana al regalárnoslo; guárdelo, padre, que en manos de un sacerdote queda muy bien". Y hoy recordando esto con cariño y con gratitud le enviamos desde las páginas de la Revista a la señorita Soledad y por ella a toda la familia del ex-presidente de Colombia, testimonio de agradecimiento y personalmente reanudamos la promesa de nunca olvidarlo delante de Dios, ni sus ejemplos y virtudes en nuestra vida. Catálogo de las reliquias a que se refiere el artículo anterior N.B. 1) Con testimonio auténtico, una reliquia de San Ignacio de Loyola en óvalo sencillo. 2) Las demás, por falta de documentos que las autentifique, se conservan en relicarioscajas, en el oratorio privado de la casa Provincial. 3) Los números no están en las reliquias: 1- cruz. S. Petri apos, óvalo sencillo. 2- colum. S. Pauli apost, óvalo sencillo. 3- s. Aloysi Gonz, óvalo sencillo. 4- ex ossilbus s. Placidi m, óvalo con vidrio prismado. 5- ex ossibus s. Petri Claver, óvalo rodeado de piedras verdes. 6- sta. M.M. Alacoque, óvalo sencillo. 7- ex indum b. Magd. Sofía, óvalo sencillo. 8- s. Theresiae v, óvalo sencillo. 9- recorte de madera en forma de corazón que representa la ciudad de Jerusalén, (no hay explicación). 10- sta. Juana Francisca de Chantal, una conchita con tela y adorno de vestido. Círculo doble (concéntricos) guarnecido de terciopelo.


11- madera del avellano donde se apareció el Sagrado Corazón a Santa Margarita María el 27 de diciembre de 1673. Una cruz en fondo de terciopelo café; en el centro un corazón. 12- Medida de brazo de n. Madre Santa Teresa de Jesús, y tocada a su santo corazón; una cinta rojo claro dentro de una corona. 13- del avellano: una cruz guarnecida de celuloides en fondo verde. 14-pañito tocado al virginal cuerpo de la Sierva de Dios María de Jesús, carmelita descalza de Toledo: en un papelito. 15- reliquia de la Cruz de Santa Rosa de Lima: una cruz en círculo guarnecido de celuloide. 16- s. Juan de la Cruz: lienzo tocado a su cuerpo: en una conchita; óvalo aterciopelado. 17- sta. Margarita María: óvalo aterciopelado rojo. 18- sta. Teresa de Jesús, vestido en conchita: círculo aterciopelado. 19- Señor Ezequiel Moreno; retrato y vestido en escudo losange. 20- sta. Margarita María, óvalo aterciopelado azul claro. 21- facsímil de la Cruz del Salvador a que se refiere el documento a que se alude más abajo.( n 9). Hojitas y documentos 1-Illmo Señor Ezequiel Moreno, Obispo de Pasto: retrato y vestido: dos ejemplares. 2-Una hojita doble de la Porciúncula así dispuesta: en la portada una alegoría que recuerda como S. Francisco obtuvo la indulgencia de la Porciúncula. En la segunda página cinco hojitas del rosal milagroso con este sello circular: Deus meus et omnia. En la tercera página un círculo en el centro se lee: Porciuncula Caput Ord. FF. Minorum. En la circunferencia formando triangulo: arriba: una porción de la capilla de la porciúncula, cuna de la Orden seráfica: a la izquierda: parcela de la celda en donde murió San Francisco; a la derecha: partícula del púlpito en que San Francisco y los obispos publicaron la indulgencia de la Porciúncula. 3-El P. Alberto Rodríguez, S.J. en un ángulo: Ex reliquiis servi Dei. 4-Una hojita de Santa Teresita. 5-Madera del avellano de la aparición. 6-En sobre: cubre-copón de la capilla del señor Suárez; sirvió los últimos años de su vida.

7-Recuerdo de tierra santa dispuesto así: un cartón en cuadro con varios adornos. Al verso se lee: Recuerdo al inolvidable Maestro Excelentisimo doctor don Marco F.S. Lazaro Espejo Santa Marta Enero 24 de 1919. 8-Una hoja rectángulo con esta leyenda: “imago triunphalis Tituli vivificae Crucis D.N. Jesu Christi qualis hodie Romae apud Cistercienses Basilicam intra S. Crucis in Jerusalem seu intra Capellam Sacrarum Reliquiarum conspiscitur, cujus Tituli veritatem atque inventionem Bulla Alex Papae VI dat Romae die 29 Julii anno 1496 plenissime testatur. Characteres autem in Fabre tunc temporis sculptos ut vides vetustas paulatim laesit sed hebraicas magis”. Encima se ve la imagen muy borrosa. 9-Testimonio del Abad de Santa Cruz por el cual se asegura que el clavo que arriba se nombró tocó al verdadero que se conserva en dicha iglesia…. Firmado, D. Placidus Magnanensi Abbas .


Rudimentos de Declamación En: Revista los Sagrados Corazones, entre julio y diciembre de 1935, bajo el pseudónimo de Fray Far. A un seminarista: A ti, querido seminarista, que te has echado la sotana con tanta decisión y alegría, y que ya sueñas hacer mucho bien a las almas, desde la cátedra sagrada, te dedico estos "Rudimentos de Declamación" No van dirigidos a ningún maestro -¿ni quién tal pensó?- sino a ti, principiante y bisoño, pero entusiasta, eso sí, en el arte difícil de la palabra. Son meros apuntes que te ofrezco recogidos acá y allá, como complemento al libro de retórica que se da en algunos seminarios. Hicieron el gasto de la materia, entre otros Gastué, Maruri y Monsabré. También me atreví a asomarme a un tratado (¿cuál será?) de este autor que ahora agota la paciencia de los muchachos en clase y en vida remató a Catilina y a tantos otros. Quisiera yo que al leer estas muestras de aquellos autores te encariñaras con ellos y no pararas hasta conseguirlos y aprovecharlos, ni más ni menos que, cuando te regalan una brizna de miel de abejas te quedas preguntando, ¿no es verdad? Por los panales y la colmena. Perdona, en fin que esta muestrecita te la haya servido en plato de palo y no en fina porcelana, como hubiera sido mi gusto. Que aproveches alguna cosa y adelantes para gloria de Dios y bien de las almas te desea tu vigilante y maestro de otros años. Fray Far. Como dice Cicerón que la acción es la elocuencia del cuerpo, vamos a ver unas breves nociones de cómo se debe gesticular y pronunciar para que podamos administrar siquiera de una manera conveniente, ese que San Agustín llama ―sacramento de la palabra divina‖. No será sino imitación, en la medida de nuestras fuerzas, de la confesión de San Pablo: ‗me hice todo para todos a fin de ganarlos todos a Cristo‘, o eco de su terrible amenaza, que, hoy más que nunca, debe estremecer al sacerdote: vae mihi si non evangelizavero: ay de mí si no predico. Las manos Empecemos por la parte que en el hombre, después de la lengua y los ojos, tiene un poder mayor para trasmitir a sus semejantes todas las emociones que se agitan en el alma.

Los gestos de la mano se dividen en gestos menores y gestos mayores. Gestos menores son los que se hacen con los dedos y con la palma. Gestos mayores , aquellos en que juega todo el brazo. Tan expresiva es la mano bien manejada, que no hay exageración en afirmar que las manos hablan. Dice Quintiliano: sus movimientos son incalculables y tan variados casi como la modulación de las palabras: porque si las otras partes del cuerpo ayudan a hablar, las manos por sí solas hablan o poco menos; piden, prometen, llaman, rechazan, expresan la tristeza, la duda, la confesión, el arrepentimiento, medida, abundancia, número y tiempo. ¿No tienen ellas acaso el poder de excitar, de calmar, de suplicar, de aprobar, de admirar, y de expresar el pudor de la inocencia? Hacen de adverbios y hasta de pronombres para designar lugares y personas. De suerte que entre la prodigiosa variedad de las lenguas que marcan las fronteras de los pueblos, las manos constituyen un lenguaje común a todos los hombres. Los dedos articulan Los dedos, respecto de la mano, son lo que los labios a nuestra laringe: como esta mide el soplo en su duración e intensidad, aquellos recortan o prolongan en su medida el impulso de la mano. Para dar una articulación correcta a los dedos, hay que evitar los siguientes defectos: No se les debe mantener enfilados, uno tras otro como dientes de serrucho; ni apretados unos contra otros; ni tiesos y estirados ni arqueados en forma de gancho ni abiertos y extendidos como pata de gallina. No; la posición correcta de los dedos es la siguiente: un poco entreabiertos, separados ligeramente y vueltos hacia adentro con suavidad y gracia, como buscan el cáliz los pétalos de las rosas, o como si se tratara de sostener en la cuenca de la mano un leve copo de espuma, o un pajarillo hurtado del nido. ¿Cómo se cierra la mano? Cerrar la mano haciendo que los dedos toquen la palma, es de mal gusto, porque se muestra al público el puño, lo cual no es ni bueno ni bello; basta hacer que los dedos suavemente enfilados se acerquen, sin tocar, hacia el dedo pulgar que permanece recto. Hay un gesto de la mano que, a decir de Quintiliano, conviene mucho al lenguaje modesto, y consiste en hermanar suavemente los dedos por las extremidades y llevando la mano al rostro o al pecho se la desgonza luego con suavidad. Así debió ser la acción de Demóstenes al dar principio al exordio tan tímido y recatado de su discurso a favor de Ctesifonte, o bien la de Marco Tulio cuando decía: ―si alguna gracia y talento tengo yo, ciudadanos, y mejor que nadie sé cuan pequeños son‖...


¿Cómo se la abre? Hay cinco modos de abrirla y son: 1) la manera más sencilla y natural de abrir la mano al hablar, se hace dejando que los dedos se desplieguen todos a la vez para tomar su posición normal como si la palabra al brotar pareciera encerrada en ellos y se desparramara suavemente. 2) se puede dejar también en libertad los tres dedos inferiores, manteniendo unidos el índice y el pulgar, gesto que se llama de Fenelón y que mucho conviene para los relatos sencillos y exposiciones metódicas. 3) se deja en libertad el índice al mismo tiempo que se pliegan suavemente hacia la palma los otros tres. 4) y 5) se puede también juntar pulgar y anular, y meñique, gestos de muy variada significación según lo pida el discurso. Dedo índice El índice, como su nombre lo dice, sirve para mostrar o señalar, y es el que regula todos los ritmos que ejecuta, en callada pero elocuente melodía la mano del orador. El índice rechaza, censura, desaprueba, enumera y cuenta. Si lo alzáis hacia arriba volviéndolo suavemente hacia la espalda afirma con gran poder; si lo inclináis hacia la tierra, obliga y acusa; en la disputa se alza amenazante a tiempo que el anular y el cordial se juntan al pulgar. Pulgar e índice reunidos Dos gestos fáciles y elegantes a la vez se obtienen con el pulgar y el índice: 1) Juntando pulgar e índice, afirma Quintiliano, y dejando en libertad los otros tres, e imprimiendo a la mano una ligera vibración, se aprueba, se relata, se distingue y enumera. 2) "También, continúa Quintiliano tenían los griegos en sus disputas filosóficas y debates del ágora, este otro: replegando los tres inferiores se sueltan los otros dos, sea con una mano, sea con las dos", como si amenazaran al contrincante, como el toro con los cuernos. Pulgar y cordial En los exordios y enumeraciones tranquilas se puede juntar pulgar y cordial, al mismo tiempo que la mano va y viene en suave ondulación al ritmo del cuerpo; pero hay que tener en cuenta que si se repite mucho, se hace inelegante y cansón.

Las palmas de la mano Las palmas de la mano son el centro de donde parten y a donde convergen todos los gestos en las seis posiciones siguientes: 1) Levantada hacia el cielo; 2) vuelta hacia la tierra;3) doblada hacia nosotros, una contra otra; 4) hacia adelante; 5) hacia afuera, y 6) echada hacia atrás. Desarrollo de las posiciones de las palmas 1) Levantada hacia el cielo; para levantar las manos hacia arriba se las alza con toda naturalidad, dejando que los codos busquen su centro natural, que es junto al pecho. Ese es gesto ante todo de la petición, de la humildad que implora y recibe. Puede también servir para mostrar la energía y el esfuerzo. La derecha sola y desplegada a la altura de los ojos da la expresión conmovedora del que contempla o suplica a Dios rendidamente. 2) vuelta hacia la tierra, para inclinar la mano hacia la tierra, basta echar hacia afuera un poco el codo y doblar suavemente la mano por las coyunturas que la ligan al antebrazo. Así colocada sirve para indicar llanuras, montes, océanos, los cielos, y, cuando parten las dos en simultánea, vivaz elación, remedan el vuelo de la aves. Cuando se las detiene y se las deja como suspendidas sobre alguien, denotan autoridad, benevolencia o poder; asimismo, en esa posición: amparan, escudan, bendicen y alientan, simbolismos todos de la imposición de las manos, gesto familiar a los seminaristas y sacerdotes. Por el contrario, si una de las dos en movimiento nervioso se mueve de arriba abajo, acusa, reprende o castiga, bien así como látigo justiciero o la vengadora espada de la autoridad. 3) Doblada hacia nosotros; hacia adentro la una contra la otra. Nada más natural que esta posición de las manos: parece como si se amaran, porque se miran, se buscan, se juntan, y entrelazan para el trabajo, para el descanso y para la oración. En los momentos de trágica desesperación se abrazan y luego se apartan, como traduciendo las desgarraduras del corazón. De ahí el sinnúmero de gestos que en la oratoria se combinan en la posición de las manos, de frente al orador y una contra otra. Parten silenciosas, se miran inmóviles y calladas cuando la admiración interior para su arranque, ora se agitan y se saludan, ora se paran en seco y vuelven a juntarse para separarse de nuevo y de nuevo confundirse, al compás de la llama interior que, por ellas, persuade, apura, ruega o se desespera. 4) Hacia adelante; es el gesto natural del hombre que rechaza, que se defiende o siente temor; la diestra sola, puesta frente al oyente, expresa la lealtad, la autoridad confiada y firme, o provoca, en noble desafío, los sentimientos generosos del auditorio.


5) Hacia afuera; esta es posición un tanto violenta y que expresa con toda la fuerza del lenguaje mudo, el terror, la repulsión y el asco; sólo se permite cuando un grave peligro amenaza al hombre o le tortura un espectáculo doloroso. 6) Echada hacía atrás. Rara vez se permite en la cátedra sagrada este gesto que más conviene a la oratoria profana. Se usa; pero bien se puede prescindir de él, reemplazándolo con el anterior mitigado, cuando se hacen reminiscencias o alusiones ignoradas a la asamblea que nos escucha.

Dos condiciones principales de los gestos

Tres son las posiciones en que pueden hallarse los brazos cuando el orador empieza a hablar: 1) si está sentado, naturalmente buscan los brazos de la silla y a ellos se amoldan: 2) si de pie, o los deja caer a lo largo del cuerpo, o 3) los apoya por la palma de la mano sobre la baranda de la tribuna o frontal del púlpito. Consideremos solamente al orador de pie. En esta actitud, y echado, uno de los pies un poco adelante, puede trazarse un cuadrilátero ideal que será el campo de los movimientos. Punto de arranque: así colocados los brazos, todo movimiento que intenten debe partir, no del hombro, ni del brazo mismo, sino de las manos. ¿Hasta dónde?- no debe pasar, por regla general, el gesto de los brazos, ni más abajo del pecho, ni más arriba de los ojos. Dice, sin embargo, Barón: "prohíben las reglas alzar el brazo arriba de la cabeza; mas, si la pasión lo arrebata, no hay miedo: más sabe la pasión que las reglas en este caso"; y hay que notar que en esto de conveniencias y calculada moderación, la oratoria cristiana es mucho más tolerante que lo eran los antiguos, y bien se explica por el fuego interno de pasión que sólo tiene la caridad cristiana.

1) Que sean redondos. Dice Santo Tomás que la forma más perfecta es la redonda o esférica. Y en la oratoria el gesto del brazo debe siempre tener a imitar curvas armoniosas y ondulantes: si se alza, imite una curva, si se baja, no sea perpendicular ni a plomo; si muestra el horizonte, mares o llanuras, parezca descorrer una cortina que los velara a los ojos del espectador. Puede observarse que los maestros en el arte de la pintura y la escultura persiguen siempre en los gestos y actitudes las curvas armoniosas. Pero qué mucho si el Hacedor en nuestro mismo cuerpo así lo está enseñando: más bello es un rostro mientras más se acercan las sonrojadas mejillas a la forma redonda y los brazos y las manos y los miembros inferiores más perfectos son, según la estética, a medida que en mayor grado realizan la comba perfecta. Por eso dice, circunscribiéndonos a la oratoria, el P. Monsabré: ―la curva del gesto es lo más agradable que haya a los ojos, por eso mucho cuidado con ir a hacerlo en línea recta, o sembrando vuestra declamación de ángulos más o menos abiertos‖. Que los gestos ya partan de la baranda de la tribuna, ya del pecho, ya de la espalda o de la cabeza; que se dirijan arriba, abajo, adelante o de lado, redondeadlos siempre cuanto podáis: ganarán en soltura y gracia, en elegancia y atractivos. 2) No quebrar los gestos. El gesto iniciado debe desarrollarse en toda su amplitud hasta el límite prescrito y en seguida la mano debe volver a su posición natural, mas no de un tirón, ni como quien da un mandoble o un hachazo, sino deshaciendo el mismo camino que llevó, en ondulaciones y suaves giros hasta reposar. Cada brazo debe conservar su campo propio y nunca el buen orador se corta el cuerpo es decir que ni la derecha pase a la izquierda, ni ésta al lado de aquella; hay como una línea imaginaria en mitad de nuestro cuerpo que les sirve de valla en todos sus movimientos.

Los brazos

La voz y la mano

De ordinario se acciona con la mano derecha; mas si se las emplea ambas hay que evitar los defectos siguientes: 1) que no partan al mismo tiempo; 2) que al señalar no se detengan al mismo nivel, y 3) no agitarlas simultáneamente como si fueran aspas de molino. Parta primero la derecha, con suavidad airosa: luego la izquierda sígala también pero con la modestia y recato de la doncella que acompaña a su señora, y así, ora suben, ora se dilatan, ya se juntan, ya bajan, siempre para producir ese ritmo lleno de suavidad y unción que remeda el posarse de las aves marinas o las garzas de nuestros ríos que, sin precipitación ni brusquedad abaten el vuelo plegando suavemente las alas. Dice Shakespeare: "sed siempre moderados en los gestos y aun cuando más apasionados estéis, guardaos siempre dueños de vuestros movimientos".

En el orador las manos son servidoras prontas de la voz, pero siempre servidoras. De manera que nunca la mano debe iniciar en la declamación; sólo le es dado mostrarse cuando el fuego interior, que la voz no es capaz de expresar por sí sola, exige manifestarse también por su medio. Pero una vez iniciada la marcha del discurso, debe el gesto de la mano preceder inmediatamente a la palabra, y sobra decir que el gesto debe ser vivo o reposado, amplio o restringido, según el tono del discurso y corresponder el gesto a lo nombrado para no caer en el defecto de aquel actor que en los juegos olímpicos perdió el premio por señalar la tierra cando invocaba a Júpiter, y el cielo, al apostrofar a la tierra.

Gestos mayores o juego de los brazos


Seamos siempre personales Dijo en una ocasión Wagner a un discípulo: ―Sigue siempre mis preceptos, pero ante todo no me imites‖ y esto que parece paradoja como suena, en la oratoria tiene su cabal cumplimiento: estudiemos las reglas, observemos a los maestros pero adaptemos dichas reglas y observaciones a nuestro modo de ser. ¿Por qué no hay dos personas iguales en mostrar el cariño, el dolor, la alegría o la cólera?... Porque no hay dos almas iguales en sus manifestaciones y las pasiones nuestras exigen una manera también nuestra de manifestarse; por eso seamos siempre nosotros mismos, pero nosotros mismos corregidos y pulidos por el trabajo y la paciencia tenaz. La voz Ya dijimos algo sobre la manera de accionar, añadamos unas breves nociones para conocer el preciosísimo órgano de nuestra voz, que sobrepuja en fuerza y variedad a todos los instrumentos músicos, cuando se la sabe manejar. El aparato vocal Consta de tres clases de órganos: 1) los pulmones y la caja torácica, que son como el fuelle; 2) las cuerdas vocales y la laringe constituyen el aparato de fonación; 3) la parte para articulación compuesta de los labios, la lengua, los dientes, y la faringe, que miden la intensidad y duración de los sonidos, que emite el pulmón, se impresionan en las cuerdas vocales y brotan al exterior medidos y proporcionados por los instrumentos de articulación. Clases de voz Hay tres clases principales: la de barítono, la de tiple y las voces apagadas o sordas. ¿Cómo manejar la voz? Pueden reducirse a dos reglas los preceptos que dan los autores para manejar bien la voz: 1) naturalidad en el tono, y 2) variedad en las inflexiones. 1) Parece tan fácil a primera vista, esto, de la naturalidad en el tono, pero la experiencia confirma que es lo que más trabajo cuesta a los oradores. Sería pues el ideal llevar a la tribuna o a la cátedra sagrada el tono de la conversación familiar. Por eso aconsejan los preceptistas, empezar con hacer alguna advertencia o aviso y entrar en materia con las mismas modulaciones.

El tono conversado conviene siempre: lo cual no quiere decir que el orador no se haga oír; pero que tampoco empiece por un tono muy alto; porque es hecho de experiencia que quien empieza gritando, se cansa y fatiga muy ligero, y antes que él, los oyentes. Mas si con una voz clara pero mansa como tímida da principio al discurso, todos le prestan atención y es dueño de su auditorio. El arte consiste en no dejar escapar aquella fácil conquista, si pone interés en lo que dice, por la buena redacción y disposición en las ideas y por la variación del tono en cuanto a la voz. En esta materia dice Quintiliano que "a los oradores les perdonaría él, cualquier vicio, menos cantinela o sonsonete como de muchacho de escuela, que él llama "inutilius (vitium) et foedius", vicio inútil y chocante hasta no más. En su libro de retórica cuenta el V.Padre Granada esta anécdota: salía de oír predicar a un sacerdote que les había espetado el sermón como niño que recita la lección, cuando a vuelta de una esquina topó con dos mujercillas de la calle que reñían y se echaban vergüenzas a la cara, variando los tonos y la intensidad según eran más o menos ofensivas las palabrotas: ―si aquel predicador, dijo a su acompañante el Venerable, supiera imitar a estas, a fe que nada le faltaría para una verdadera pronunciación‖. 2) Y es que en verdad el tono varía según los afectos que nos animen; así, dice Cicerón, el tono de la ira es penetrante, vivo, cortador; el de la compasión y tristeza, flexible, lleno, interrumpido y lloroso: el del temor, bajo y vacilante; el de la violencia, áspero, vehemente, amenazador y precipitado; el del placer, claro, tierno, acariciador; y en fin el del hombre oprimido tiene no se qué de grave y de uniforme". Pero sí debemos modular la voz según la pasión que nos anime y corregir sus defectos es ridículo pretender cambiar la que nos cupo en suerte. Así, quedaría muy mal el que teniendo voz chillona quisiera ahuecarla para producir terror; como al contrario, haría reír, quien estando dotado de una voz estentórea, imitara, para expresar cariño y ternura, la atiplada de las mujeres y los niños. Seamos siempre naturales, no pretendamos cambiarnos en otros, y para no dar en extremos siempre viciosos, reténganos en un justo medio el ne quid nimis8 o el non omnia possums omnes9. El cultivo de la voz Personas hay que de nacimiento tienen una voz sonora y timbrada de esas que ya en el mero, saludo sorprenden y ganan las simpatías. Así del padre Lacordaire, se cuenta que se complacía en divertir a los amigos, luciendo los primores de su voz con el planteo y demostración de problemas de matemáticas. También he leído que cuando estuvo Aristides Briand en los Estados Unidos, si bien hablada en francés a auditorios 8 9

Nada con demasía. No todos lo pueden todo.


que poco o nada entendían esa lengua, a cada paso le cortaban el discurso con los aplausos.... Aquella voz era un disco.... Y todos aplaudían la música. Pero si la naturaleza no ha sido generosa, con muchos, no por eso hay que desfallecer porque como dijo Virgilio (Geórgicas I-145-6):labor omnia vicit improbus 10 , que en materia de elocuencia está bien abonado por ejemplos insignes. Todos los alumnos conocen la historia de Demóstenes y el trágico Talma tenía, cuando joven, voz cavernosa y desapacible más con el ejercicio diario, llegó a ser el artista a quien Napoleón prometió y luego proporcionó un escenario de reyes. Si los profanos, las cantatrices y cuantos se ganan la vida con la garganta nos dan este ejemplo por qué no haremos, siquiera algo, cuando estamos empeñados en ganar almas para Dios? Cómo respirar La respiración perfecta es la que llaman abdominal, es decir, aquella en que el pulmón que es a manera de esponja, se infla hasta tocar por su parte inferior las costillas bajas y levanta al mismo tiempo las que guarnecen la caja torácica. El aire se debe adsorber y expeler siempre por la nariz, jamás por la boca. Esto último si se hace, además de afear grandemente la parte más noble y bella del hombre es causa de que los conductos nasales, por falta de ejercicio, se obstruyan y, para leer en público o declamar, la fatiga será doble. Perjudican la voz 1) El comer precipitado y masticar defectuoso. Por eso cuentan de Gladstone, el tribuno inglés del siglo XIX que cada bocado lo masticaba hasta 30 veces ―para tener alientos, decía él, de pulverizar mejor los argumentos de sus contrarios‖. Y no hay extravagancia ni exageración, porque nada destempla tanto la voz y la desanima como la mala digestión y las irregularidades del estómago. 2) Las bebidas alcohólicas, queman las cuerdas vocales y las insensibilizan unas veces, y otras les dan ese timbre tembloroso tan peculiar de los borrachos. 3) El tabaco y todos los excitantes perjudican ora la garganta, ora las fosas nasales. 4) Las frutas agrias o dulces que no están en sazón oxidan la voz, por decirlo así. 5) Los gritos destemplados, el cantar con exceso, leer o declamar al aire libre, exponerse a las corrientes de los vientos de lluvia, etc. lo evitan siempre quienes aprecian en lo que vale el inapreciable órgano de la voz. Especialmente, durante el cambio de voz, forzarla, sea para reír con exceso, sea para cantar o leer, estropean para toda la vida, voces que con el natural reposo llegarían a ser instrumento irreemplazable en una cátedra o en un coro. 10

El trabajo ímprobo todo lo vence.

Cuidado de los órganos de la voz 1) El pulmón. Para que los pulmones se desarrollen y pueda el orador almacenar aire suficiente se dan estos consejos: a) si se habla estando sentado y aun cuando no se hable el busto consérvese recto, las piernas un poco abiertas y las posaderas bien a plomo sobre el asiento para que así, libre y desembarazado, el fuelle de la voz absorba y distribuya el aire, ni más ni menos que como en el motor de los carros sucede con la gasolina. b) estando de píe, la posición que se aconseja es la del soldado, firme y con la cabeza levantada (sin petulancia, pero con dignidad) para mirar de lleno a los oyentes y que también ellos contemplen cómo se inflama con el fuego interior la figura del que habla con convicción, sacando más que nunca cierto lo que dijo el poeta del rostro del hombre: os homini sublime dedit (natura)11. Jamás debe el que hable en pie inclinarse para leer ni siquiera apoyar el libro sobre el abdomen, posiciones que entorpecen el libre juego del pulmón. Pero ante todo, acostumbrémonos para que el pulmón no sufra, a la aspiración profunda y abdominal, que ya vimos en qué consiste y que es la natural, como puede observarlo quien contemple un niñito dormido en la cuna o los pichones en el nido. 2) De las cuerdas vocales y de la laringe también dijimos ya como se les debe ahorrar cualquier esfuerzo inútil, sea por la edad, sea por el cansancio. Anotemos tan solo el desgaste necio que hacen de su voz y también, por lo común, de la paciencia del vecino, aquellas personas que en los ferrocarriles y carros públicos pretenden llamar la atención con sus historias, casi siempre enfadosas para los pasajeros. Cuando viajamos, más vale observar el paisaje y las gentes, hablando con nosotros mismos, que ya vendrá ocasión de aprovechar el trabajo de aquellos momentos de silencio. Así paseaba todos los días en su carro automóvil Monseñor Bernardo Herrera Restrepo. 3) Los dientes. Cervantes dijo que "en muchos más se ha de estimar un diente que un diamante" y cuánta razón tuviera, lo saben los oyentes a quienes se habla con dentadura postiza o con una boca mal guarnecida. Y el orador lo experimenta porque el papel de los dientes cuando se habla en público, es reforzar y pulir, por decirlo así, el sonido que se emite y atajar las traidoras ráfagas de aire frío. N. B. estos apuntes están sacados de Gondal, Leguvé, Maruri y Monsabré. .

11

La naturaleza dio al hombre un rostro sublime.


Jesucristo en la Literatura Colombiana Julio de 1935, Tipografía Bedout.

J.V. y M

Nuestro Amo Sacramentado en el Segundo Congreso Eucarístico Nacional Santo y seña

Medellín – 1935

Compilación hecha por Félix A. Ruiz –Padre Eudista-

Sí, hay que trabajar hasta el fin. Morir no es dormir ni ser de piedra; morir tampoco es soñar; morir es llegar al centro del Amor infinito, que hecho Hombre trabajó y escogió un monte de la tierra para redimir a su criatura desde lo alto de un patíbulo. Ese centro del Amor infinito lo es también de la atracción universal, cuyos efectos son esta música de las esferas, estas armonías de luz, tenues reflejos del Eterno, señales transitorias de Dios, que es a un mismo tiempo atracción, amor, misericordia y justicia. MARCO FIDEL SUÁREZ

Prosa y Verso

A beneficio de los leprosos de Colombia

El Compilador


Introducción Para la celebración del Año Santo promulgado con motivo del XIX, centenario de la Redención, habíamos pensado coleccionar algunas producciones de nuestra Literatura patria sobre Jesucristo. Lo que no pudimos realizar entonces, por falla de tiempo, creemos haberlo conseguido en parte con esta compilación que hoy ofrecemos al público. *** El intento de nuestro trabajo ha sido glorificar a Jesucristo, a quien está oficialmente consagrada Colombia. Y nos parece que no podíamos aprovechar mejor oportunidad que ésta del II Congreso Eucarístico Nacional, que ha de constituir una manifestación espléndida de fe y de espontáneo fervor al Rey de los corazones, en el misterio augusto de la Eucaristía. Es lo único que ha podido darnos atrevimiento para poner manos inexpertas en lo mejor de nuestra Literatura. Sí, en lo mejor. Hay que decirlo sin ambages, y con orgullo. Nuestros grandes poetas y prosadores, han ofrendado al Redentor las mejores inspiraciones de su mente y los más encendidos afectos de su corazón. Baste decir que aquí van —en verso— cantos por lo menos de cinco vates coronados—de laurel unos y otros de espinas; y en la Prosa hay discursos, por ejemplo, el de Concha, sobre la Autoridad o los de Gómez Restrepo a Jesucristo, que bien podría firmarlos un prelado de la Iglesia; y oraciones, como la de Suárez, digna, no ya de un obispo, sino de un padre de los primeros siglos, y escrita sin embargo con la pluma de uno que vivió y murió enzarzado en la política veleidosa y cruel. *** Sentimos no haber podido consultar las obras de la Madre Castillo, de D. Juan Bautista de Toro y de Monseñor Mosquera, que encierran verdaderas joyas para nuestro propósito. Eso en los escritores de la Colonia o del siglo pasado; porque en cuanto a los recientes, ya no fue ausencia de los libros o periódicos sino el exceso de material o la premura del tiempo la causa de que no vayan aquí artículos, como uno que recordamos del malogrado Saavedra Galindo, y fragmentos del gran Tribuno Conservador. Por eso nos prometemos, si Dios es servido, continuar el trabajo en una segunda serie donde hallarán su puesto otras producciones o autores dignos de figurar como los que ya quedan coleccionados. ***

Nos anticipamos a prevenir dos reparos que quizás se nos hagan. El primero, la mucha extensión de algunas composiciones. Así será. Sabemos que D. Juan Valera exige como primera condición de una antología el que sea breve y exquisita. Hemos arreglado una compilación y no una antología entiéndase bien; y nadie nos perdonaría, v. g. que recortáramos la oración a Jesucristo o la Epopeya de la Espiga, así como se le reprocharía a un fotógrafo que exhibiera en las vitrinas el Tequendama trunco o el Galeras sin su airón de llamas y de humo. El segundo puede ser en cuanto a las tendencias literarias, o al mérito mayor o menor de los autores. Hemos catalogado las poesías no por escuelas ni cronológicamente, pero acomodándolas a un plan más elástico, que consistió en atender sólo a la idea predominante en cada una. Ahora, si de méritos se objeta, nos parece que, además de ser esto del mérito literario bastante subjetivo, uno sí hay que reconocerles a las obras por nosotros catalogadas, conviene a saber, el sentimiento, que, en el arte, es más de la mitad para la perfección. Que haya nombres humildes junto a otros que son gloriosos y continentales, como ahora se dice, tampoco lo negamos. Pero bien, así como en nuestros parques y jardines, al lado de las bellísimas rozagantes y avasalladoras, despliegan las humildes batatillas sus efímeros tules, no es agravio, pensamos, para los grandes y los consagrados de la fama, ir confundidos con los que empiezan ricos en promesas para el porvenir. Si tal cual tropiezo causaren a algunos lectores expresiones menos exactas en doctrina o atrevidas en la forma, sepan ellos y crean que si no las cercenamos fue por la imposibilidad de hacerlo, sin deslustrar varias piezas, en ningún modo porque nos solidaricemos con lo que haya de disonante. Creemos sí, que, tratándose de producciones de autores laicos, en su gran mayoría, conviene atenderse más bien al propósito general sin reparar en expresiones aisladas, intolerables, por supuesto, en obras de aquellos que se obligan por estado a poseer el lenguaje riguroso en materias sagradas. Con esta salvedad a nadie le sorprenderá que al formar la compilación hayamos tenido el propósito de ofrecer un libro de lectura deleitosa., sana y sólida a los niños y a los jóvenes. En nuestros años de magisterio hemos palpado dos verdades en esta materia. De un lado el servicio que se presta a los estudiantes encariñándolos con la belleza realizada por medio de la palabra y de la pluma, en asuntos dignos, que ennoblecen y levantan el ánimo infundiendo bríos en la lucha por el bien y la verdad. De otro, las ruinas irreparables que causan en esas mismas inteligencias y corazones tiernos, los libros malos, verdaderos salteadores de las almas juveniles. Por muy bien pagados nos damos, si logra nuestro trabajo apartar de manos de uno siquiera de esos inocentes el folletín descarado o el novelón barato y procaz que estraga los corazones y anubla las inteligencias. Ojalá nos conceda Jesucristo, que tanto amó a los jóvenes y a los niños, el favor de contribuir a la realización de la palabra de


S. Juan Bosco:" Sembrad, sembrad en el alma de los niños que algo quedará"; o por lo menos, el provocar confesiones gloriosas como aquella de uno que fue niño piadoso, adolescente descarriado y por fin convertido a Dios, hasta poder exclamar desde la cátedra de N. Señora de París: "Señor mío Jesucristo, hoy me; llego a Vos, a esta figura divina que es cada día el objeto de mi contemplación, a vuestros pies sacrosantos, que he besado tantas veces, a vuestras amables manos que no han cesado de bendecirme a vuestra cabeza coronada de espinas y de gloria, a esta vida cuyo perfume aspiré desde la cuna, que mi adolescencia desconoció y mi juventud recuperó, y que mi edad madura adora y anuncia a toda criatura, oh Padre, oh Maestro, oh Amigo, oh Jesús".12 Cuántos de nuestros jóvenes hay nacidos de hogares cristianísimos, que han echado por malos caminos ―llevados de doctrinas varias y peregrinas, olvidando que Jesucristo es ayer, hoy y siempre el mismo en los siglos de los siglos" como lo atestigua San Pablo, el convertido de Damasco. (Heb. XIII, .8-9). Para las ilustraciones escogimos algunos cuadros de artistas inmortales que tomaron la vida de Jesucristo por motivo de su soberana inspiración. Hubiéramos preferido—no por ciego nacionalismo sino para hacer la ofrenda más de acuerdo con los fines del Congreso Eucarístico—reproducir algunos cuadros de Vásquez y de Cano, que conocemos, y un Ecce Homo de pincel extranjero imitado por el cucuteño Salvador Moreno. Pero tuvimos que resignarnos a un mero propósito, en espera de anhelada realización cuando las circunstancias nos lo permitan. *** Creemos que nadie lleve a mal hayamos puesto un apéndice consagrado a la memoria de N. S. Fundador, San Juan Eudes, glorificado entre otros colombianos eminentes, por Monseñor Rafael María Carrasquilla. Cuanto allí se dice mira a nuestro Padre, pero asimismo redunda por el tono y por el objeto en gloria del Corazón de Jesucristo, de cuyo culto litúrgico fue él "Padre, Doctor y Apóstol," según testimonio del P. Santo al Beatificarlo en 1909. Dejamos constancia de nuestra gratitud a todos los que nos ayudaron, sea con el ejemplo, como el P. Ruano S. I. de feliz memoria en Colombia, sea con sus consejos, como nuestro hermano el P. González, o con trabajo material y bien generoso por cierto. No recordamos en cuál vida de santo leímos cómo recomendaba él a su hermana empeñada en labrarle el alba de la primera misa, que convirtiera cada pespunte dado sobre la tela en un acto de amor a Jesús Sacramentado. Seguros estamos que los seminaristas que nos ayudaron, cumplieron los deseos del santo, al compás del nervioso aleteo de la Remington. Dios les pagará a todos, nosotros no podemos sino agradecerles. 12

Lacordaire, Conferencias.

Para el aguinaldo de los leprosos dedicamos el producto de nuestro trabajo. Reafirmamos nuestro propósito consignando aquí un recuerdo doloroso, lejano, pero no amortiguado por los años. Viajábamos alguna vez en el tren de Girardot. Al llegar a la estación donde desemboca el camino de Agua de Dios, muchos pasajeros bajaron para descansar o comprar alguna cosa. De repente corrió una voz de alarma: "llegan los leprosos, se salieron los leprosos" En efecto algunos de aquellos desgraciados acosados por el hambre y la necesidad, se habían fugado del leprosorio e imploraban la caridad pública —Ni uno de los viajeros quedó fuera; todos se lanzaron aterrados al tren, cerrando con estrépito las portezuelas—Luego, medrosamente, con sigilo se entreabrían éstas, y manos nerviosas arrojaban una moneda o un bocado que aquellos infelices se disputaban sobre el suelo. Pobres leprosos, pobres los marcados con el estigma que la sociedad aborrece y rechaza de su seno. Sin embargo, ¡fueron ellos amigos predilectos de Jesús en su vida mortal, a través de los campos y ciudades de Palestina! Para ellos, para esos "moradores de la Ciudad del Dolor", para los condenados al "presidio de inocentes'', para esos "muertos del cementerio de enterrados vivos, pedimos en este Congreso Eucarístico Nacional, un recuerdo de sus compatriotas, una palabra de consuelo, una limosna... ¡¿Quién será capaz de negarla?! Félix Ruiz P. E. Jericó, Julio 3 de 1935.


Contenido JESUCRISTO

A Jesucristo ¡Oh Dios de amor y de poder! Da tus pies a los colombianos que queremos llorar sobre sus llagas los errores pasados; de las llagas de tus manos derrama óleo divino sobre las heridas de este pueblo; y en la llaga de tu corazón guarece las generaciones inocentes. No permitas que ningún colombiano sea siervo intelectual de enemigos extranjeros tuyos. Al darte en comunión eucarística en esta semana dichosa, tus sacerdotes repiten miles y miles de veces que eres Cordero de Dios que quita los pecados del mundo y lo pacifica. Danos, pues, la paz, la paz que es don tuyo y prenda de civilización terrenal y de eternal ventura. Marco Fidel Suarez

A Jesucristo — Guillermo Valencia Consumatum est — Manuel María Madiedo Una visita al Cristo de San Pedro (Antioquia) José Martín Múnera, Pbro. Corazón abierto — Mario Valenzuela El Señor de los Milagros — Lumaro Franco El Crucifijo de Lamartine — Antonio José Restrepo Agonía — Francisco Rodríguez Moya Jesús — Alfonso Villegas Arango El Cristo de Holbein — J. B. Jaramillo Mesa A Jesús Crucificado — J. M. García de Tejada Mi Cristo — Eusebia Robledo Los tres Ladrones — Enrique Álvarez Henao El Crucifijo de Año Nuevo — Excmo. Sr. Luis Calixto Leiva El Crucifijo del Jesuíta — Teódulo Vargas S. J Ecce Homo — G. Manrique Terán Viernes Santo — D. M. Velásquez A Jesús Crucificado — Rafael Agudelo EUCARISTICAS La Eucaristía y la América Latina — Bernardo Merizalde La Epopeya de la Espiga — Aurelio Martínez Mutis Nocturno Sacramental — Severo Escobar Rojo A Jesús Sacramentado — Juana Carou Corazón Eucarístico — Mario Valenzuela S. J. Ante el Sagrario — Jorge Bayona Posada Comunión — José María Ospina La Comunión al campo — J. Rafael Faria, Pbro. Ante el Sagrario — Vicente Casas Castañeda A Jesús Sacramentado — Vicente Casas Castañeda Mensajera de Amor — Francisco Antonio Balcázar Agnus Dei — Alfredo Gómez Jaime La Espiga — L. E. Calderón Flórez Al Corazón de Jesús en la Eucaristía — Ruperto S. Gómez Dios en la Hostia — Belisario Peña Silencio de Jesús Profanado — Belisario Peña


Himno Eucarístico — Teódulo Vargas, S. J Jesús Sacramentado — H. Holguín y Caro Tarsicio — J. Rafael Faria Pbro. Salutaris Hostia — Tomás Carrasquilla PRIMERA COMUNIÓN Primera Comunión — Ricardo Carrasquilla A mi Hija — José Manuel Marroquín En una Comunión — Antonio Gómez Restrepo Primera Comunión — José Asunción Silva A mi Hija — José Manuel Marroquín Cantiga — Rafael Pombo Mientras mi Hija duerme — Juan de Dios Bravo A una niña en su Primera Comunión — Silveria Espinosa de Rendón Primera Comunión — Enrique Wenceslao Fernández En la Primera Comunión de una Niña — Carlos E. Mesa Gómez, C.M.F. Remordimiento — César Contó SACERDOTALES Grito del Corazón — J. Rafael Faria, Pbro. Despedida del Seminario — J. Rafael Faria, Pbro. Al Señor Doctor Don M. M. P. — Belisario Peña La primera Misa — Mario Valenzuela, S. J M¿ Sotana — Jesús Jaimes, Pbro. En el Ara — José Eustasio Rivera La .primera Misa en Colombia — Carlos Julio Suárez El Sacerdote — J. Rafael Paría, Pbro. Sus Ojos — J. Rafael Paría, Pbro. Su Corazón — J. Rafael Paría, Pbro. La Misa Nueva — José Joaquín Casas La Ovejita — J. Rafael Paría, Pbro. La Casa del Cura — Rafael Pombo AFECTIVAS Resurrección — Ricardo Nieto A Jesús Crucificado — Luis E. Yepes Y. Pbro. Eudista La Caída — Ricardo Nieto

Quejas ante Jesús Sacramentado — Mario Valenzuela Venite Ad Me — Miguel Antonio Caro Memento niei — Jorge Bayona Posada Himno al Sagrado Corazón — J. Rafael paría, Pbro. Ante el Sagrario — Silveria Espinosa de Rendan Entra Jesús — (De la Unidad Católica de Pamplona) Como las Hojas — Ricardo Nieto Sicut Navis — Ricardo Nieto Hacia Jesús — Ricardo Nieto Jesús — Ricardo Nieto Oración al Nabí — Francisco Jaramillo Medina Rayo de Luz — José Rafael Troconis, S. J. El Regreso — José Joaquín Casas Plegaria a Jesús — Ricardo Castillo En mi Lecho de Flores — Luis E. Yepes Y. Pbro. Eudista NAVIDEÑAS Nochebuena — Adolfo León Gómez Belén — J. Rafael Faría, Pbro. Gloria in Excelsis — Mario Valenzuela, S.J. Noche Triste — Fidel Cano Al Niño Dios — Mario Valenzuela, S. J. Navidades — Fidel Cano Pesebre Santafereño — Ruperto S. Gómez Oro Incienso y Mirra — Emilio Suárez Muritto La Leyenda del Pastor — Juan de Dios Bravo VILLANCICOS Deliquios del Divino Amor — Madre Francisca Josefa del Castillo Canción de Noel — Eduardo Castillo El Portal de Belén — José Joaquín Ortiz El Niño Jesús — Mario Valenzuela, S. J. Duerme Jesús — J. Rafael Faría, Pbro. Villancico — Jorge Arturo Delgado, Pbro. Villancicos — Ruperto S. Gómez


PARÁFRASIS Esperanza — Víctor M. Londoño El Gallo — Jesús Jaimes A Jesús y los Niños — Mario Valenzuela María Magdalena — Hetísario Peña El. Viernes Santo — Julio Arboleda La Gallina — J. Rafael Paría, Pbro. Eli, Eli Lamma Sabacthani — Julio Florez Nazareno — Tomás Márquez La Samaritana — Emilio Robledo Hostia — Jesús Jaimes A SOCIALES Leño Sacro — Alfredo Gómez Jaime La Tragedia Divina — Rafael Pombo En el Calvario — Mario Valenzuela Ante la Hostia — Enrique W. Fernández Jesús Sacramentado y la Iglesia — Eduardo Ospina, S. J Zarzas — J.V. Jaramillo Mesa El Trono y la Cruz — Carlos Arturo Torres Jesucristo — Guillermo Valencia Cristo — Diego Uribe Venga ,a Nos el tu Reino — Ricardo V. Pinzón Plegaria del Siglo XX — Héctor H. Hernández, Pbro. Ite Ad Iesum — Luis Enrique Forero El Caballero de Emaús — Guillermo Valencia La Redención — Enrique W. Fernández En el Ara — Manuel de Jesús Grillo M LITÚRGICAS La Campanita del Altar — Antonio Útero Herrera La Lámpara del Templo — Luis María Mora LEYENDAS La Parábola del Leproso — Ricardo Nieto Lágrima Divina — Luis Enrique Forero Traición — Diego Uribe

Bíblicas — J. Rafael Maya Lágrimas de Oro — Ricardo Nieto Rosal Divino — Julio Flórez En la Cruz — Adolfo León Gómez Jesús — Ismael Enrique Arciniegas Beso por Beso — Carlos Mazo HIMNOS POPULARES Dedicatoria del Himno Oficial del II. Congreso Eucarístico Nacional — Próspero Pardo Himno Oficial del II Congreso Eucarístico Nacional — Próspero Pardo Viacrucis — J. Jaimes A. Pbro. Himno de la Pasión — J. Jaimes A. Pbro. Himno al Señor de los Milagros — Himnos del I Congreso Eucarístico Nacional — Francisco José Vergara Canción Eucarística — Jesús Jaimes A. Pbro. EN LA PLAYA Derniers Rayons! -- Jorge Wils Pradilla El Viático — José Joaquín Ortiz El Primer Viático en Aeroplano — Jorge Arturo, Delgado El Santo Viático — Miguel Antonio Caro Tres Viáticos — Mario Valenzuela, S. J. ORATORIA SAGRADA Jesús el mejor de los Amigos Oración Gratulatoria — Joaquín García y Benítez Obispo de Santa Marta Oración — Señor Doctor Jorge Murcia Riaño Pío X y la Eucaristía — Monseñor Rafael Ma. Carrasquilla Ultima Comunión del Libertador — Rafael Ma. Carrasquilla Jesucristo Remedio de las Calamidades Públicas — El Corazón de Jesucristo — Luis Pérez Hernández Pbro. Eudista Saludo al Señor de los Milagros — Daniel Jordán, Pbro. La Doctrina de Cristo y los Santos — Carlos Cortés Lee Elogio de la Sagrada Teología — Carlos Cortés Lee Cristo Regenerador de la Sociedad — Carlos Cortés Lee COSTUMBRISMO


Una Procesión de Corpus — Tomás Carrasquilla Ultima Comunión de Regina — Tomás Carrasquilla El Viático — Francisco de Paula Rendan En el Páramo — Samuel Velásquez El Cáliz de la primera Misa — Rafael García Herreros ORATORIA ACADÉMICA El Viacrucis del Soldado — Josué Acostó, R. Pbro. Discurso — Doctor José Vicente Concha Christus Regnat Christus Imperat — Antonio Gómez Restrepo La Cruz en la Historia de la Humanidad — José Ignacio Vernaza Oración a Jesucristo — Marco Fidel Suárez Discurso a Cristo Rey — Antonio Gómez Restrepo La Vida de Jesucristo es un Contraste Seguido de las Aspiraciones del mundo — Marco Fidel Suárez APOLOGÉTICA Palabras de Salvación — Marco Fidel Suárez Jesucristo — Félix Henao Botero Las Siete Palabras del Redentor en la Cátedra de la Cruz — Marco Fidel Suárez La Fe en Jesucristo — Marco Fidel Suárez Jesucristo y la Radiodifusión— Félix Henao Botero Los tres Montes de la Civilización — Marco Fidel Suárez El Taller de Nazaret — Marco Fidel Suárez La Eucaristía Inspiradora de Heroísmo — Antonio Gómez Restrepo La Eucaristía como fuente de Inspiración — Félix Henao Botero, Pbro. Entronización del Corazón de Jesús en la Mansión de los Presidentes de Colombia — Marco Fidel Suárez Paralelo entre el Apóstol del Amor Divino y el Apóstata Renán — Marco Fidel Suárez APÉNDICE Cartas — Eugenio Andrade Una Semana Santa en Girón — Josué Acosta R. Pbro.

El Congreso Eucarístico de Buenos Aires y .Colombia —Antonio Gómez Restrepo Las Obras de un Santo — R. M. Carrasquilla San Juan Eudes — Luis Pérez Hernández P La Epopeya del Santo — Jesús Jaimes A. Pbro. A San Juan Eudes — César Londoño F


Jesucristo en

la Literatura colombiana

Crucifijos

--Verso--

Compilaci贸n hecha por F茅lix A. Ruiz ---P. Eudista---


A JESUCRISTO

y cuando hundirse el universo debe, por él su Dios para salvarlo ha muerto!

Colgado estás del áspero madero, cual lábaro de paz en las alturas; dislocadas las finas coyunturas, pidiendo amor con grito lastimero.

Manuel María Madiedo UNA VISITA AL CRISTO DE SAN PEDRO (Antioquia)

Veinte siglos así! Y hasta el postrero sol que ilumine ignotas desventuras, remachadas tus férreas ligaduras, te ofrecerás al universo entero.

¡Jesús de los Milagros, padre mío, recuérdame un momento, por piedad! rumíate de aqueste peregrino que fue tuyo también ayer no más.

Plúgote así para que el hombre insano torne al bien, sus oráculos inciertos ¡deje, y no tema tu cautiva mano. Para que por ciudades y desiertos hallarte pueda el pecador humano, los amorosos brazos siempre abiertos........

0020 Jesús de los Milagros, hoy regreso v a tu puerta golpea mi bordón, que, a pesar de mis culpas, ya te quiero, Ir quiero más aún en mi dolor. Guillermo Valencia

CONSUMMATUM EST

Señor, que mis luceros se apagaron la brisa mi vergel no refrescó, que mi boca sedienta se ha tostado, que el pájaro cantor se me murió.

Tiembla la tierra.... y a la faz del día cubre la noche con su horror el suelo, y hondo rumor de misterioso duelo a Dios, el mundo conturbado envía.

Me conoces? Yo soy el mismo que en la ruta polvosa se alejó, y retorno de todos los caminos de la vida, saciado de amargor.

Llanto, alarido, miedo y agonía lanza el abismo de Satán al cielo, del templo del Señor rásgase el velo y un dardo rompe el seno de María. La eternidad inmensa se conmueve, de la muerte se agita el gran desierto, . y el querubín ni a respirar se atreve....

De tu cruz al pie mismo fue mi cuna cuando suave la mano la meció de mi madre, recuerdas la ternura con que el sueño tu sombra vigiló? Y en las vueltas sin, fin de mi sendero proyéctase tu sombra sin cesar, y del futuro en el confín incierto destácase tu sombra y nada más.

Todo está en luto y confusión cubierto....

Ser hijo de la cruz es mi destino.


De mi vida el fracaso vendrá ya? Morir no es pues lo que le urge al trigo si quiero del barbecho hacer trigal. Maestro perseguido y enclavado tu aparente fracaso me pasmó: que llevaba en sus hondas los pecados sin fin de todo el mundo. A la voz del ministro en los altares vi bajar a torrentes cual lluvia de consuelo sobre la multitud abigarrada, en lágrimas bañada, los favores del cielo. Después te vi, oh Cristo! pasear por las calles, como un rey en los hombros de sus fieles vasallos; y al son de músicas triunfales iba cristiano el pueblo musitando preces; en piadosa comitiva las voces de los niños resonaban argentinas y puras, y el pueblo repetía muchas veces el himno de su amor y su creencia, cuyos ecos cruzados por los valles, los collados, las llanuras, y subiendo potentes las alturas llevaban a los cielos un volcán de plegarias y de anhelos. Y después en las manos del augusto Pontífice, te vi, Señor, sobre tu pueblo amante un reguero dejar de bendiciones; y entonces vi con emoción profunda en lágrimas ardientes bañados muchos ojos de las dichosas gentes

que postradas de hinojos tu piedad imploraban en favor de sus buenos corazones. Vencido por tu amor, oh Cristo Santo! caí también de hinojos y rendido adoré tu realeza........ En medio de un pueblo confundido lleno de amor y de entusiasmo ardido quise entonar un canto. Pulsé mi lira y registré mis notas, alcé mis ojos por mirar los tuyos, y al ver en ellos tu profunda angustia y la herida sangrienta de tu pecho, en lágrimas deshecho, rompí mi lira, y por el suelo frío rodaron los pedazos y de sus cuerdas rotas volaron por los aires ayes tristes que fueron repitiendo por doquiera la voz que de tus labios se escapara al verme prosternado ante tu ara: "Ingrato pecador, por qué me heristes?" Y clavando la frente contra el suelo, mil veces imploré perdón del cielo. San Pedro, mayo 4 de 1932. Lumaro Franco

EL CRUCIFIJO (De Lamartine) Tú, a quien yo he recogido sobre su boca lívida, Con su postrer aliento y su postrer adiós, Dos veces santo símbolo, don de una mano trémula, imagen de mi Dios; Sobre tus pies que adoro, cómo he vertido lágrimas


Desde que a mí pasaste, emblema del dolor, Del seno de una víctima, aún perfumado y húmedo, de su último estertor!

Tomando el Crucifijo mi espíritu sacó: "Recuerdos y esperanzas, te doy en este lábaro, Lleva con él tu Dios!"....

La antorcha funeraria chisporroteaba lánguida; De muerte el sacerdote rezaba la oración, Dulce cual de una madre la plañidera cantiga de nívea cuna al son.

Oh! sí: tú irás conmigo, sagrada herencia fúnebre! De entonces acá diez veces el árbol que planté En su ignorada huesa, cambió sus hojas pálidas; Y tú, mi llanto ves.

La luz de la esperanza bañaba en rayos fúlgidos Aquellos mustios ojos y amarillenta faz; Allí el dolor impresa dejó su gracia mística, la muerte, majestad.

Aquí sobre este pecho, áh! donde es todo efímero, Jamás el negro olvido manchó tu limpidez, Y en el marfil bruñido, de mis constantes lágrimas honda la huella es.

El viento que mecía su cabellera undívaga, Mostrábame a intervalos sus ojos y su tez, Como se ve en la noche flotar sobre una lápida la sombra de un ciprés.

Del alma que se aleja, oh confidente último! Acércate a mi oído, ven a decirme a mí, Lo que ella te decía cuando su voz ya túrbida Llegaba solo a tí.

Pendiente un brazo estaba del triste lecho fúnebre, El otro sobre el pecho yacía sin vigor, Como buscando pío para besarla ávido, la imagen del Señor.

En esa hora solemne en que recoge tímida El alma de sus alas el nítido vellón, Dejando a la materia en su flaqueza rígida Sorda al postrer adiós.

Sus labios se entreabrían para estrecharla.... míseros! Su alma en aquél beso el inundo abandonó, Como un perfume santo que el fuego quema alígero Y el aura arrebató........

Entonces, cuando incierta nuestra alma en el crepúsculo, Cual fruto que del ramo su peso desprendió, Suspensa está, y vacila sobre el- obscuro féretro A cada pulsación;

Ahora todo duerme en esa boca gélida; El corazón sin vida ya no1 volvió a latir, Y de esos muertos ojos el abatido párpado Por siempre irá a dormir.

Entonces, que sollozos ni misteriosos cánticos Despiertan nuestro espíritu que en sueño eterno está, Allí sobre esos labios ya por la muerte inmóviles, Prenda de eterna paz;

De pie, sobrecogido de misterioso pánico, No osaba aproximarme al sacro talismán, Como si de la muerte la majestad terrífica En Él se viera ya.

Para alumbrar las sombras de aquel estrecho tránsito, Por levantar al cielo sus ojos sin fulgor, Responde! que le dices consolador magnánimo, A el alma en su aflicción?

No osaba!........ El sacerdote de aquel silencio extático,

Tú sí morir supiste! Y tus divinas lágrimas


AGONÍA

De la sagrada oliva bañaron la raíz, En la terrible noche que el cielo oyó sin lástima Tu súplica infeliz.

La opaca lejanía que enturbia la neblina forma un paisaje vago de funeral encanto; y una melancolía sutil y peregrina va destilando en mi alma la paz del Viernes Santo.

Desde la cruz tus ojos sondaron ese incógnito Misterio de la muerte, de inmensa magnitud; Naturaleza toda vistió ropajes lúgubres, El sol perdió su luz. Dejaste de una madre de tu enseñanza el término, Mi amoroso halago y fiel solicitud, Amigos en la tierra como fecundos gérmenes, Tu cuerpo al ataúd. Por esa muerte tuya concede que mi ánima En tu divino seno se aduerma a descansar Y cuando mi hora llegue, ah! de la tuya acuérdate Tú, fuerte al expirar. Yo buscaré la huella donde su boca lívida Sobre tus pies desnudos lanzó el adiós fatal, Y mi alma será guiada por su alma en vuelo plácido De Dios al mismo altar. Dado me sea entonces sobre mi lecho fúnebre, Que una mujer, imagen del ángel del dolor, De mi marchito labio recoja siempre límpida La herencia de mi amor! Sostenía en su camino, endulza su hora postrera Y, consagrada prenda de caridad y fe, Del que tocó ya el puerto al que aún batalla náufrago, Pasa y consuelo sé! Hasta que de los muertos rompiendo la honda bóveda La voz del Cielo clame: "No más esclavitud! Despierten los que hubieron mi nombre y cruz por égida Suya es mi eterna luz. Antonio José Restrepo

Yo estoy ya fatigado de haber amado mucho. Yo, a solas y en silencio, sobre mis penas lloro . Te llamo a ti, Conciencia! Dolor, a ti te escucho! Y el formidable drama del Cristo rememoro: Allá tras de los siglos su desnudez sangrienta, inmensamente pálida sobre el Calvario veo; así, cargado todo de injurias y de afrenta, es como yo he sabido querer al Galileo. En el oscuro fondo de las pupilas secas se copian los espacios profundos y remotos una humedad ya lívida resbala en las muñecas al apretar los clavos sobre los puños rotos. Encima de las torres de la1 ciudad deicida su látigo de fuego descarga el rayo airado; sagrado horror conmueve la tierra estremecida y el cielo se estremece con un horror sagrado. Porque, una faz cuajada de sangre y de tristeza quedose frente a frente del infinito muerta; porque sobre sus hombros doblada la cabeza, tiene una boca pálida que agonizó entreabierta. Por eso, sí, por eso se nubla el horizonte, Jerusalén se ahoga y el orbe se derrumba; los cedros milenarios se abaten sobre el monte, los muertos, espantados se escapan de la tumba. Salvajemente negra la inmensidad vacía, como una enorme bestia, rebrama, trueno a trueno, y en tenebrosas ráfagas inunda la agonía


doliente, triste y muda del triste Nazareno!

hay un atardecer de la Judea!

Sobre la muchedumbre que le insultó cobarde, rueda un fatal prodigio que todo lo doblega, y un rayo moribundo del astro de la tarde reflejos de oro trémulos sobre su barba riega.

Ancha herida de bordes encarnados finge su pecho de atracción serena un gajo de claveles inviolados prendido sobre un ara de azucena.

Señor: yo he recogido de mi alma .entre el pantano un raimo de ilusiones deshechas y marchitas; lo eleva hasta tus llagas mi pecadora mano, por ver —Crucificado!— si así me resucitas.

Simula, en rizos de matiz dorado, su melena de fértiles ondajes, claro de luna en el trigal segado, rayo de; sol dormido en los ramajes.

Francisco Rodríguez Moya

JESÚS Subió a la cumbre del Calvario un día Jesús de Nazaret: sobre su frente en vez de la diadema refulgente una corona de dolor traía.

Trágica flor de pétalos marchitos, la boca, en rictus de pavor abierta, interroga los anchos infinitos, lívida, grave, desolada, muerta! El Cristo del perdón, el de la gruta, el del pesebre de perfumes vagos, de veste como el mármol impoluta, el presentido de los Reyes Magos;

Ya no más la parábola vertía su boca que era de verdad la fuente: pero su rostro pálido y doliente de Dios aún la majestad tenía.

el mismo de Belén, copo de espigas humedecido en cálices de rosas, nardo ,que florecieron las fatigas del patriarca de barbas espumosas;

Alza al morir los ojos hacia el Cielo pidiendo alivio a su pesar sombrío; y al ver la inmensa bóveda tranquila, fijó la vista tímida en el suelo ¡e hizo brotar la noche en el vacío cuando entornó la celestial pupila!

el mismo de Ezequiel y de Isaías, el de los salmos de David poeta, el Cristo de las altas profecías en el verbo de llamas del profeta;

EL CRISTO DE HOLBEIN

el amigo de Marta y de María, el maestro de la Samaritana, que en parábolas de sabiduría glorificó la cúpula cristiana;

Rígido, inmenso de mudez sagrada, Yace, tras el dolor de la odisea, y en el marchito azul de su mirada

el Cristo, el Cristo de llagado tronco, que a través de los tiempos apagados, doma el inmenso torbellino bronco

Alfonso Villegas Arango


A JESÚS CRUCIFICADO (Del Portugués)

de los siglos que crujen despeñados!

(De "Alma Helénica")

Ese Cristo yacente, sugestivo, desangrado, de lívidos colores, que luce en el semblante pensativo leve matiz de amarillentas flores,

A vos corriendo voy, brazos sagrados, En la cruz sacrosanta descubiertos, Que para recibirme estáis abiertos Y para no castigarme estáis clavados.

es el ungido que en el sacro monte derramó el corazón en armonías que subieron, en luz, al horizonte y cayeron al mar en pedrerías;

A vos, ojos divinos, eclipsados, De tanta sangre y lágrimas cubiertos, Que para perdonarme estáis despiertos, Y por no confundirme estáis cerrados.

el romero de todas las ciudades que bendijo el amor y conmovido domó la tempestad de Tiberíades; ciñó su labio al músculo podrido;

A vos, clavados pies para no huirme; A vos, cabeza baja por llamarme; A vos, sangre vertida por ungirme;

hizo crujir el látigo estallante sobre la faz del mercader sicario y el cadáver de Lázaro triunfante rescató de las brumas del sudario;

A vos, costado abierto, quiero unirme; A vos, clavos preciosos quiero atarme Con ligadura dulce, estable y firme.

el Cristo del dolor, atormentado ante el hosco traidor de boca impura, dolorido en el éxodo cansado de la trágica calle de amargura;

MI CRISTO Yo tengo un Crucifijo que ha velado el sueño sepulcral de mis mayores después de recibir el beso helado en la hora final de los dolores, de aquellos viejos del vivir honrado, de aquellos viejos del obrar tan bueno, del bien sentir y del pensar sereno.

el mismo que en el Gólgota, sereno, crucificado, inmóvil, moribundo, sato por los ámbitos el trueno que hizo crujir las vértebras del mundo! Rígido, inmenso de mudez sagrada, yace, tras el dolor de la odisea, y en el marchito azul de su mirada hay un atardecer de la Judea.

Durmió con el abuelo, aquel patriarca que recordaba las edades viejas, llenas de fe, de místicas consejas, cuando en alas de limpias oraciones volaban hasta Dios los corazones. J. B. Jaramillo Mesa Sobre los labios de mi padre, el día

J. M. García de Tejada


de su santa agonía, tembló a impulsos del ardiente beso, del beso amable del amable anciano que se fue en dulce y apacible calma, que tuvo el corazón que tuvo el alma más blancos, más, que su cabello cano. Después con él en el sepulcro yerto, y cual lo hiciera con el viejo abuelo, se reclinó, y a mi adorado muerto, le habló del goce perennal del cielo. Ay! Adorado Crucifijo amable, Crucifijo adorado y adorable, que en la tumba dormiste con aquella de tierno corazón, de alma tan bella cuyo recuerdo besaré de hinojos, y regarán con lágrimas mis ojos........ Crucifijo adorado, me respondes? Dime Tú lo que hablaste en la serena tranquilidad de la morada yerta, con la que fue tan buena, con mi querida madrecita muerta........ Amado Crucifijo, reliquia que venero, cuéntame por piedad lo que te dijo aquella que pasó por el sendero de la vida fugaz dando alegrías, haciendo caridad a manos llenas, regando el bien y mitigando penas, no es verdad mi adorado Crucifijo, que allá dentro la tumba silenciosa, mi madre cariñosa minuto por minuto me bendijo? No es verdad que en un diálogo muy tierno, con ella hablaste del vivir eterno, de la dicha inmortal, de la ventura que goza arriba el alma que fue pura? Yo creo, de mi amor en el exceso,

que tu imagen, Oh Cristo, no ha sentido, un más encantador, más puro beso, que el beso enternecido que amorosa te dio cuando moría la inolvidable viejecita mía! Te ruego mi adorable Crucifijo, que cuando muera yo, sobre mi pecho te reclines así como lo has hecho con todos mis mayores, después de recibir el beso helado, en la hora final de los dolores de aquellos viejos del vivir honrado, de aquellos viejos del obrar tan bueno, del bien sentir y del pensar sereno.

LOS TRES LADRONES

Eusebio Robledo

Época fue de grandes redenciones: el mundo de dolor estaba henchido y en el Gólgota, en sombras convertido, se hallaban en sus cruces tres ladrones. A un lado, en espantosas contorsiones, se encontraba un ratero empedernido; en el otro, un ladrón arrepentido, y en el medio, el robador de corazones. De luto se cubrió la vasta esfera: Gestas, el malo, se retuerce y gime; Dimas, el bueno, en su dolor espera. Y el otro, el de la luenga cabellera, que sufre, que perdona y que redime, se robó al fin la humanidad entera! Enrique Alvarez Henao


EL CRUCIFIJO DE AÑO NUEVO

Esta de inmenso amor exigua ofrenda. ¿Exigua? no; de Ofir humilla el oro; Es de gloria inmortal divina prenda; Es el don más preciado— Imagen de tu Dios Crucificado!

Por el radiante pórtico del año, hasta mí llega la imagen sacrosanta de Cristo Redentor; Él es fin y principio, Dios-Hombre, Alfa y Omega: el libro de la Vida y el código de Amor;

Este es el rostro que serena el cielo, Estos los brazos que los astros mueven; Estas las llagas del dolor consuelo; Este el costado abierto de do llueven Deleites a raudales, Cual de urna de alabastro y de corales.

Esfuerzo en el combate, solaz en la ardua brega, reparo en la fatiga, frescura en el ardor, corona del que lucha, fanal del que navega —:con rumbo a eternas playas— los mares del dolor! Qué guardas en tu seno, año que alegre empiezas: pesares o alegrías, consuelos o tristezas, la muerte o la esperanza, la espina o el laurel?........

Y si es también imagen del valiente Que así se vence, al mundo y al infierno, Y en pos siguiendo de Jesús paciente, A la afrentosa Cruz se liga tierno Y en sus brazos se inmola, ¡Tu imagen es, nuevo hijo de Loyola!

No importa: de las manos de un Dios crucificado todo nos llega puro, fragante y consagrado: la esponja del absintio o el grumo de la miel! Excmo. Sr. Luis Calixto Leiva -1934

"A cuantos hubo el Hacedor previsto Para reinar en la gloriosa altura, Los llamó a ser imágenes de Cristo Y a sufrir sus tormentos y amargura Y ¡ay del cristiano ingrato Que en sí no ostente el divinal retrato!"13

EL CRUCIFIJO DEL JESUÍTA A SANTIAGO ARROYO EL DÍA QUE HIZO SUS VOTOS DE RELIGIOSO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

¡Tú lo ostentas!........ Si en noche tenebrosa Por recia mar tu corazón navega, Y la onda airada del dolor te acosa, La Cruz abraza y con tu llanto riega, Y hallarás para tu alma Viva luz, santo gozo, estable calma.

Homines mundo crucifixos et quibus ipse mundus sit crucifixus, vitae nostrae ratio nos esse postulat. (Summa et scopus Constitutionum Societatis Jesu).

Hoy que con triple misterioso clavo Te aferras de la cruz en la aspereza, Y de Jesús imitador y esclavo Renuncias libertad, placer, riqueza, Inmolándote ¡oh fuerte! En perenne holocausto hasta la muerte, Acepta y guarda como gran tesoro

Si acerbo desengaño, mustio tedio, Helada ingratitud, odios insanos Tu pecho oprimen con tenaz asedio, Corre, corre a estos brazos soberanos, 13

San Pablo, Ep. ad Rom. c. VIII


Y en todo afán ayuda Te dará el Corazón que no se muda. Como al sentir la tímida paloma El rayo que arrojóle mano astuta, De la albarrada al hueco el vuelo toma, Vuela, alma herida, a la encantada gruta Que abrió lanza atrevida Para ofrecerte en la aflicción guarida. Mírala siempre con amor profundo, ¡Oh vaso de elección! y vivo celo Tu noble pecho abrasará, que al mundo Despierte, alumbre y le derrita el hielo Con el amor que inflama Y en torrentes de vida se derrama. *** ¿Qué veo?........ ante mis ojos se esclarece El porvenir........ya apóstol te contemplo; Ya enhestada en tu mano resplandece La insignia redentora; ya en el templo Tu labio se despliega En voz tan dulce que hasta el alma llega. Mueves guerra al infierno; muchedumbres Tornas a Dios; en la nublosa mente Derramas lluvia de celestes lumbres; Y al escuchar tu voz, la torva frente Humilla el error ciego, Lava el crimen de lágrimas el riego. Tu bondad hace de consuelo acopio Para todas las penas, anhelante En el ajeno bien busca el bien propio; Que tu celo ardoroso, más radiante Que el puro astro del alba, Salvando a los demás a ti te salva. La faz tostada por el sol ardiente

Y en la diestra el bordón del peregrino, Discurres sin cesar de gente en gente, De la ley santa anunciador divino Y el bien, la virtud brota Doquier se estampa tu sandalia rota. Y en afán, y. en fatigas, y en ultrajes Luchando brazo a brazo y pecho a pecho Llevas la luz del Cielo a los salvajes Hasta muerto quedar, pedazos hecho, Sin nombre, cruz ni tumba, Do el viento helado del desierto zumba. Así, tras día largo y trabajoso, Al morir de la lumbre vespertina, Gimiendo el aura entre el follaje umbroso, Cansado labrador la frente inclina, Bañada en sudor noble, Sobre el tronco musgoso de alto roble. Santiago, esto serás: tan altos dones Gozarás si la Cruz amares tanto, Si fueren sus afrentas tus blasones; Serás mártir sublime, apóstol, santo; Serás otro Bobola, Otro Javier, otro ínclito Loyola. *** Ella será en las penas tu consuelo, En las dudas tu sabia consejera, En la acción y palabra tu modelo, En el viaje mortal tu compañera: ¡Llévala, pues, contigo Como el más fiel y regalado amigo! Llévala de la mar por la llanura, Del guerrero a los móviles aduares, Del criminal a la mazmorra oscura, Del salvaje a los bosques seculares, Del pobre al vil tugurio;


Llévala de tus triunfos como augurio.

Y con pavor el delincuente aguarda).

Llévala, mediadora soberana, A do entre hermanos la discordia prenda: Do el sacro hogar disuelva furia insana, Sin que a la prole su llorar defienda; Do cual hórrida nube De muerte henchida, la venganza incube.

¡Preséntala a tu madre Cuando el dolor su corazón taladre! Cuando yazga en el lecho moribunda Con su lánguida mano la sostenga, Y tras la niebla que su vista inunda, La última mirada en ella tenga, Clamando: "¡Oh Dios! ten fijo Que te di mi ser todo al darte mi hijo!"

Llévala del enfermo al triste lecho, Del dolor en los últimos destrozos, A verle en ella derramar deshecho Su postrimero llanto entre sollozos, Y entre el llanto, la carga Soltar gozoso de la culpa amarga. Llévala del cadalso a las sangrientas Gradas, y ponla sobre el labio inerte Del que sufre del crimen las afrentas: Si la humana justicia le da muerte, Esta imagen querida En el suplicio le dará vida. Vaya contigo al campo de batalla A combatir por una y otra hueste, Disputando entre el hierro y la metralla Su botín a la cólera celeste; Y allí el perdón extienda, Lauro común en la mortal contienda. Relumbre en el naufragio, a los fulgores Del rayo cuando rompe y atropella La nave en caos de gritos y de horrores. Y si el mástil cayó, por mástil ella Al cielo se levante, Mostrándolo, cual puerto, al navegante. Preséntala de lo alto mensajera........ (El tiempo vuela, y en llegar no tarda La hora que el justo como premio espera

Y porque el hijo en tan solemne instante Cuando debe a la madre restituya, Sé tú entonces para ella padre amante........ Da nueva vida a quien te dio la tuya; Mándale alzar el vuelo, Y a quien te dio la tierra dale el cielo. *** ¡Oh, cuan bella en el nítido horizonte Se alza la nube!........ pero en su albo seno Duerme el rayo que pronto valle y monte Hará temblar con pavoroso trueno ¡Ya la tormenta estalla! ¿Quién a su ímpetu fiero pondrá valla? Tal hoy de tu vivir la flor temprana Con risueña frescura lozanea; Pero ¡ay! marchita morirá mañana Para que pasto al desengaño sea: Que en nuestro seno duermen Larvas traidoras de la muerte germen. ¡Sí, morirás!........ mas triunfador guerrero, Sobre el rico montón de tus, despojos; Y de la Cruz armado, placentero Verás la eternidad ante tus ojos: Si Cristo fue tu gloria, Te dará entonces la final victoria.


VIERNES SANTO

¡Y gozarás aunque luchando mueras! Que al dar la vida entre congojas tantas, Tus suspiros, tus lágrimas postreras Recogerán sus llagas sacrosantas Y harán que, sin recelo Dormido aquí, despiertes en el Cielo.

Coronado de espinas y azotado, Cargado con la cruz, desfalleciente, Arrastran al Calvario al inocente A morir—siendo Dios—crucificado. Por redimir al mundo del pecado Quiso pasar por loco y delincuente, Y ser ante la turba irreverente Por el infame Judas entregado.

Acepta, pues, y guarda cual tesoro Esta de inmenso amor exigua ofrenda. ¿Exigua? no; de Ofir humilla el oro; Es de gloria inmortal divina prenda; Es el don más preciado— Imagen de tu Dios Crucificado!

Y entre burlas, blasfemias y baldones Lo cuelgan en la cruz entre ladrones. Y el Salvador en el suplicio horrendo, Teódulo Vargas, S. J

ECCE HOMO Era el níveo fantasma de una etérea sonrisa que cruzó el firmamento como un loto de luz, que llevaba lo blanco por argente divisa y esculpió su palabra sobre el yerto abenuz.

Al ver la redención ya consumada, Al padre grita en su postrer mirada: En tus manos mi espíritu encomiendo!

A JESÚS CRUCIFICADO

Y su boca de asceta que el Amor diviniza fue cuajando de lumbre virginal el capuz, cabalgó sobre el lomo sideral de la brisa y dejo en el espacio suspendida una cruz.... Y pasaron los tiempos ... y pasó la victoria de la Gran Tribu Tétrica.... Coronado de Gloria se alejó el Gran Arpegio de los pueblos de Helí. Y murieron los hijos del audaz Macedonio, y murieron Aníbal, y Nerón, y Petronio, Y murieron los tiempos.... y no muere el Rabí! G. Manrique Terán

Son para Ti Señor en esta hora todas las vibraciones de mi lira: tu dolor siente y afligida llora, siente en tu amor y tu fanal se inspira; son para ti, Señor, las emociones que agitan mi existencia transitoria, el enjambre de vivas ilusiones, mis muertas esperanzas, la victoria ganada de la vida en el combate luchando a brazo abierto en sus abismos, de mi dolor el furibundo embate, de mi pasión los rudos cataclismos, la grata suavidad de mis amores, y de mis sueños el inmenso arcano, que a virtud de tu amor y tus dolores haces brotar las ideales flores en el tazón del pensamiento humano.

D. M. Velásquez.


No quiero contemplar tu faz airada entre los rayos del altivo monte, prefiero ver serena tu mirada bañando con su luz el horizonte; ni temo el fulminar de las centellas que arrojan tus manos indignadas, porque sollozo cuando miro en ellas, los clavos que las llevan desgarradas; que en la mitad del corazón hundida llevo, Señor, de tu piedad la daga, y al penetrar del tuyo por la herida mi alma en la fuente de tu amor se embriaga y entre tus llagas llora conmovida........ Si descifrara el corazón humano el misterio que encierra tu martirio no te mirara como ajado lirio prendido de un patíbulo villano; viera por qué, Señor, aprisionadas están tus manos para la venganza y del madero vil desenclavadas cuando miras tus almas angustiadas para encender la luz de su esperanza; Viera por qué tus pies, hendidos, yertos, con hierro cruel al leño suspendidos son de tu candad dos signos ciertos; "pues para perdonar están despiertos y para castigar están dormidos........" Viera por qué, Señor —me ahoga el llanto— cuando Longinos su lanzada hunde en ese corazón divino y santo. Naturaleza entera no se funde en una sola masa inmensurable. Por qué las leyes siguen en el espacio inmenso e insondable, y a los astros sus órbitas les bastan, y no, hambrientas furias, se persiguen, se buscan y se aplastan?

Por qué del sol la atmósfera encendida de los mares las aguas no convierte en infinitas llamas destructoras, que vayan por el mundo abrasadoras como una inmensa ola enfurecida— sembrando estragos y dolor y muerte? Porque aunque eres Señor, el Poderoso Rey de la inmensidad, del orbe entero, eres Jesús mansísimo y piadoso, y antes de descender de ese madero tener quisiste tu costado herido y que de allí brotara el tesoro escondido de tus últimas gotas purpurinas, mezclado con las aguas cristalinas que tu amoroso corazón llorara........ Allí pongo, Señor, en esa herida, mi alma, mi corazón, mis ilusiones, el ancianito qué me dio la vida, la ancianita querida que me enseñó sus santas oraciones; la esposa que me diste dulce y pura la deposito en esa llaga santa para que la conserves su ternura como la sabia guardas a la planta; y mis hijas, Señor—las florecillas perfuman y adornan mi existencia— allí quedan también, que su inocencia para tí guarden puras y sencillas. Maestro, mi- Señor, con noble anhelo guardo allí de mi Patria la Bandera, consérvala, Señor, siempre altanera, puro el girón que recortó del cielo por seguir el zafir de tus pupilas, para que así las colombianas filas sólo ante ti dobleguen su cimera; su pliegue rojo con tu sangre toca,


y conserva su cinta de topacio que de los astros el fulgor evoca, para que al ondear en el espacio el tricolor glorioso de la impiedad abata las legiones, y altivo y noble, y fuerte y poderoso, haga gritar al universo entero prosternado a los pies de tu madero: Viva Colombia la nación de Cristo, que viva Cristo Rey de las naciones, y a todos los humanos corazones que viva JESUCRISTO. Por último, Señor, ya que mi canto no pudo alzarse hasta tus llagas santas deja que moje tus divinas plantas con las humildes perlas de mi llanto. Rafael Agudelo

Eucarísticas


LA EUCARISTÍA Y LA AMERICA LATINA Poesía compuesta en avión y recitada por su Autor en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires el día de la Raza.

I Arrullan a la América los mares, casta virgen de regios atavíos; y las ninfas entonan los cantares al son de murmurar de fontanares y los plácidos ecos de los ríos. El cóndor de los aires soberano hiende orgulloso el éter; de gorjeos se puebla el continente americano; las sienes rozan del picacho cano de tersas nubes blandos aleteos. Bajo el de frondas delicado encaje de misterios ignotos, se percibe la rústica morada en que el salvaje de la noche gentil en el boscaje la amarga historia de su vida escribe.

Oh América! el Esposo por los mares avanza; toma los virgíneos velos; ramos ciñan tus sienes de azahares: otro tálamo habrá en sus nuevos lares y fúlgidos diamantes en los cielos. Ya se escucha el ladrar de los mastines; ya relincha el bridón de sangre ibera; ya brillan los cristianos paladines con arneses y cotas, espadines y de Castilla la triunfal bandera. Sobre mullida alfombra de verdura y en el altar de cármenes floridos, el Esposo de célica hermosura bajo el azul turquí de la natura tejió de amores los nupciales nidos. La América vencida y vencedora, Raza joven indómita y bravía, tras rosicleres de fugaz aurora, de rodillas en éxtasis adora al sol de la fulgente Eucaristía. III

Plumas de guacamayos en la frente que a la tierra se inclina del proscrito, el indio escancia del dolor la fuente, y en sus nostalgias en el pecho siente anhelos de volar a lo infinito.

En templos se transforman las cabañas; y al ofrendarle en el altar los dones se desangran, cual madres, las montañas, y del gualdo metal de sus entrañas se forjan los riquísimos copones.

Si apunta el sol entre celajes rojos o a los hombres la luna el rostro besa, el indio cae ante el Criador de hinojos; y en flores se convierten los abrojos y disipan las Hadas su tristeza.

Los arbustos le ofrecen el rosario de verdes hojas, flores policromas resinas a los blancos incensarios, maderas sin rival a los sagrarios, blandos nidos a místicas palomas. Si del néctar le niega los caudales al colibrí galana florecilla,

II


ricas esencias brinda por raudales a la abeja que amasa en los panales al buen Rabí la cera de castilla. Mariposa de espléndida hermosura de Colombia, mi patria, la esmeralda, en la custodia de Jesús fulgura así el cocuyo, que a la noche oscura ornamenta de lúcida guirnalda. De la soberbia cordillera andina en los primeros estériles pajales, cascadas brotan de nutricia harina que será consagrada, Hostia divina, del cielo trigo, bien de nuestros males. Ostentan en los campos las doradas viñas, de hermosas gemas el venero; y en los lagares místicos prensadas son dulces ambrosías, trasformadas en la divina sangre del Cordero. El gusano de seda con finura la aurífera casulla del divino culto entreteje; lampos de blancura da al corporal la flor de contextura de tenues hebras de valioso lino. Los montes se despliegan suavemente y abren sendero al cura de la aldea; campanarios doquier alzan la frente; de sur a norte en todo el Continente la Hostia santa en el altar blanquea. IV Repúblicas de América proceras ante el Dios Eucarístico, en las zonas de los mares sin fin, las cordilleras y las pampas, arriad vuestras banderas;

deponed los escudos y coronas. Católicos de todas las naciones que vivís en la América Latina, humillad los heráldicos pendones y a Jesús de fervientes corazones construid un altar en la Argentina. Resucitad, señores de Quesadas, Valdivias y Corteses y Castillas, Godoyes y Mendozas; las espadas del tiempo en el crisol purificadas ante Jesús quebradlas de rodillas. Vuestras mercedes, vástagos de reyes, de gentileza prez, legisladores de las colonias, jueces y virreyes, adorad al Autor de justas leyes y al supremo Señor de los señores. Los de la testa bélica ceñida de épicos hechos, bajad de las carrozas, y al que muriendo, sin morir, da vida, vuestra corona en flores convertida desgranad, como pétalos de rosas. Al cantar el clarín de la victoria de la Hostia Eucarística el proceso, dirá que, henchida de celeste gloria, la epopeya más grande es de la historia de la Argentina el inmortal Congreso. V Si corren las ovejas a los sones del toque pastoril; surcando mares hendiendo los espacios, las Naciones acudieron con hombres a millones a proclamar al rey de los altares.


Cual de las flotas las nevada velas o nubes de palomas, a los trinos de, las aves, alígeras gacelas los nenitos, enjambres de ovejuelas, corrieron a los ágapes divinos. El universo es místico santuario dedicado a la santa Eucaristía: la tierra el ara, América el sagrario, Buenos Aires el cáliz, relicario de oro fulgente y rica pedrería. VI Oh Pan que goces del Edén alcanzas al que te coma y sus esencias libe! Qué son las tempestades y asechanzas si el Rey de los amores y esperanzas en el recinto de las almas vive? Estrella de los cielos desprendida, encarnada en el buen samaritano, en ondas bañas de fulgor la vida, y tus manos de Dios curan la herida del afligido corazón humano. Cima que lindes a la tierra marcas y en la que nunca el vendaval azota, vida de vidas, muerte de las Parcas, Hostia que el piélago de Dios abarcas; así a la esencia de la mar la gota. No te vayas, Jesús, a extraños suelos; hay leña en el hogar y luz divina; fuera cubren los campos fríos hielos qué bien hemos de estar bajo los cielos del florido Tabor de la Argentina. No oyes, Señor, el eco gemebundo de tantas viudas, huérfanos? La guerra en lágrimas anega el nuevo mundo

y agota en dos países el jocundo pensil de flores de la madre tierra. Liga a los pueblos en amor cristiano, como se unieron, sin pesar campañas, Simón Bolívar, Marte colombiano, a Sanmartín, el Rey americano, y entrambos al león de las Españas. A la madre que dio vida e historia a los países de habla castellana cúbrela con el manto de la gloria, y otórgales cual signo de victoria, férvida unión Hispano-Americana. Danos panes, Jesús, de los trigales, Bálsamos que mitiguen los dolores, vino de uvas, miel de tus panales, la paz a las Naciones boreales y el amor al Amor de los amores. Bernardo Merizalde Prefecto Apostólico de Tumaco

LA EPOPEYA DE LA ESPIGA Junto al brocal del pozo, al que en un día de ya remotos años, Jacob, el padre de la grey Judía, llevó a beber sus prósperos rebaños, sentóse a descansar Jesús. El oro de la tarde caía lentamente; era el paisaje místico y sonoro, y había, cabe el amplio sicómoro, blanda esencia de mirra en el ambiente. El copioso sudor de la jornada humedeció las sienes del Rabino, que traía la veste desgarrada por todas las tristezas del camino.


El cántaro en el hombro, la negrura del ébano en los ojos fascinantes, senos garridos como erectos pomos, tez morena y contornos ondulantes bajo la vestidura de tintes policromos, de la ciudad cercana, una mujer llegó por el sendero. Jesús, ingenuo en su inocencia aldeana, le pidió de beber. Con el austero ceño que marca el ancestral desvío, responde: "Cómo pides Tú, judío, a mí, que soy mujer samaritana?" . Y Él le dice: si supieras quien es el que te implora, no ya esquiva, más humilde y ansiosa le pidieras, y Él te daría entonces agua viva". —"Pero el pozo, Señor, es muy profundo; sacarla no podrás". Jesús responde: "El que bebe en tu fuente, sitibundo otra vez estará; mas el que bebe del agua que en mi símbolo se esconde y luz y gracia llueve, sed no tendrá jamás: sus compasivas ondas habrán de refrescar al mundo más que la linfa azul de tu cisterna, y haré en el alma un pozo de aguas vivas que bulla y salte hasta la vida eterna". La hija de Samaria regresó, pensativa y solitaria, con rumbo a la ciudad. En los más hondos pliegues del corazón llevaba impresa la voz divina, los cabellos blondos y las pupilas de Jesús. Espesa bruma se alzaba ya; la golondrina sacudió el vuelo en busca de sus lares; el opio de la hora vespertina aquietaba los rústicos pinares. Era el cielo cordial bruñido espejo; teñido por el último reflejo

crepuscular, el monte de Garizim, enhiesto en lejanía sobre la mancha de la duna, era un copón enorme de oro viejo en la liturgia de la noche. Una religiosa emoción estremecía la inmensidad; al ras del horizonte la luna aparecía nimbada de blancuras; la tierra estaba de rodillas: era la comunión primera que el Redentor le daba en las alturas! Pequeña en sus nacientes albores, la doctrina de la idea cristiana, esparció en Palestina bajo el madero de la Cruz; y pronto vieron crecer su juventud lozana Siria y Corinto y Efeso y el Ponto y la villa imperial. Rojo delirio de odio sangriento suscitó el cristiano; florecieron las palmas del martirio en el Circo Romano; mas no pudo vencer el blando imperio del Apóstol, ni el tigre neroniano, ni la ergástula infame de Tiberio ni el sañudo puñal de Domiciano. Huyó entonces la Iglesia perseguida, entre las Catacumbas la asechanza, y para hallar la ruta de la Vida, llevó la triple lámpara encendida de la fe, del amor, y la esperanza. Esos obreros, en la cripta oscura, bañados por la lumbre indeficiente del Pan que fortifica y que depura labraron lentamente la cristiana asombrosa arquitectura, tal como bajo el sol resplandeciente urdiendo va la abeja con orgullo


su panal millonario y escondido, el gusano de seda su capullo y el laborioso pájaro su nido! Mas no fue mucho trasformar la Historia venciendo al hombre, al César y al abismo, que el campeador.! oculto bajo un velo, era quien es tres veces grande: el mismo que hecho voz, nube, claridad o vuelo se mostró diademado por su gloria, a Elias, en la cumbre del Carmelo, a Francisco, en la cueva del peñasco, a Constantino, en la mitad del cielo y a Saulo en el camino de Damasco! En la ciudad latina la Cruz enseñorea; y desde entonces por doquier asoma entre un jirón de incienso, la prístina luz hecha Carne que al alzar blanquea, desde San Pedro, en la opulenta Roma, hasta el templo de paja campesina de la más pobre y apartada aldea. El sacro asilo en que encerrarse pudo toda su majestad y poderío no es el templo cismático, desnudo como un desierto, silencioso y frío; perenne realidad de la piscina de Siloé, tras impalpable bruma, curas, redimes, hablas y destellas; hoguera que abrasaste a la divina Santa Teresa de Jesús; colina de ensueño y santidad, donde perfuma todo el concierto de las cosas bellas; ágape inmenso de las almas; suma de lirios y carámbanos y estrellas! en Tí hay miel de bucólicos placeres, delicias hondas y escondidas; eres dulce como la fuente que murmura, como la fugitiva rondinela, como la piel vivaz de la gacela,

como el tomillo en flor de la espesura. Te adoro, sí: cuando la sed oprime la caravana de mi ensueño, y gime mi alma en medio al arenal insano, eres como el arroyo cristalino a donde llega el pobre peregrino a beber en el cuenco de la mano! Cuando el niño discurre, viene el buen Dios a visitarlo, el día de la primera comunión.... el nombre más dulce que podría en sus delirios inventar el hombre! Fiesta olorosa a helécho y malvasía, fiesta a que me llevó la madre mía, cuyo recuerdo, en medio de la bruma, ya en horas de tormenta, ora en la calma, es un bosque de lirios que perfuma y abre un surco de auroras en mi alma! En la hora postrera, al ausentarse el hombre de la vida, va el grupo familiar a la ribera para la inaplazable despedida; llega el Viático; al punto ordena y forja viento manso y sutil, azul profundo; echa pan eucarístico en la alforja, le da brújula y remo al moribundo, y mientras los pañuelos doloridos dicen adiós desde el confín lejano en medio de sollozos y alaridos, él, con segura mano suelta su esquife entre el brumaje denso, deja las playas rudas e intranquilas y al gran viaje se va, con el inmenso sol de la eternidad en las pupilas! Por una oveja que perdió, el cayado del Redentor con sangre se empurpura; la eterna cárcel perdonó al culpado y El se quedó por siempre encarcelado, piadoso con la humana desventura; es ternura de madre su ternura,


NOCTURNO SACRAMENTAL

y como el propio corazón materno, que es fuente santa, generosa y rica, indivisible en su unidad y eterno más crece cuanto más se multiplica! La hostia es la epopeya de la espiga la blanca animación del asfódelo, el más feliz descanso a la fatiga y la más pura síntesis del cielo. Río. inmortal que nuestra sed mitiga; soplo enorme de Dios a cuyo rastro el astro hecho humildad baja a la hormiga, y ella se encumbra convertida en astro! Sobre Colombia, exangüe y dolorida, el Corazón de Jesucristo impera, por caminos de gloria, hacia la Vida El llevará la tricolor bandera. Ya la paz, como aurora bendecida, presagia los orientes del futuro. El átomo de arena funda la inmensidad. Todo se ordena y se eslabona en la ascendente escala que va hasta el infinito. El grano oscuro que de la tierra en el riñon resbala, presto será retoño esmeraldino, después diadema de oro en el maduro penacho de la mies; ya en el molino caerá como finísima cascada para trocarse en pan; y en la sagrada Misa, mientras la voz del campanario suelta en ondas solemnes su armonía, será trigo hecho Dios en el santuario cuando sube la blanca Eucaristía! Aurelio Martínez Mutis

Hostia buena, Hostia mansa flor de trigo, rosa blanca, fuente viva, fuente santa de alegrías, pan sin mancha! Las caricias y embelesos de mi madre que, sonriendo cuando piensa que ya duermo, como un ángel a mi lecho se encamina, y en secreto deshojando con anhelo en mi frente y en mi cuello los racimos suculentos de la parra de los besos de su boca, sube al Cielo la plegaria de misterio que las madres siempre elevan al Dios bueno por las almas de los seres que durmieron en sus brazos, y sedientos abrevaron en las aguas de sus senos. Las ternuras y los rezos de esa madre que venero yo te ofrezco, Hostia buena, Hostia mansa flor de trigo, rosa blanca! Las espigas de mis sueños y las uvas de mis versos, la tristeza del desierto que recorro —mudo y yermo— por do marchan, en silencio, fatigados, los camellos de mis ansias; donde fieros muchos lobos, lobos negros! una tarde devoraron un viajero que buscaba........


que buscaba la onda pura que a su pecho retornara los deseos de la vida........ El cadáver siempre fresco, de un cariño ya pretérito que los fríos del invierno sepultaron bajo el hielo........ bajo el hielo de las grandes amarguras, yo te ofrendo Hostia buena, Hostia mansa flor de trigo, pan sin mancha! El idilio de las aves de mi huerto, que saludan la mañana con sus himnos de contento yo te ofrezco, Hostia buena, Hostia mansa, fuente viva, fuente santa de alegrías, rosa blanca! Las romanzas y canciones de las brisas y los vientos en la fronda de los viejos y olvidados limoneros —que plantaron los abuelos con sus manos desgarradas por la lucha y por el tiempo— yo te ofrendo, Hostia buena, Hostia mansa, carne pura, luz del ara! Ojos vivos y traviesos, tan azules como el cielo, son los ojos dulces ojos! de una rubia, que es mi sueño: y te ofrendo

la luz pura de esos ojos, Hostia buena, Hostia mansa, fuente viva, fuente santa de alegrías, pan sin mancha! Sé piadosa, flor de ensueño, con la rubia de mi afecto. No permitas que los cuervos —que ya rondan sus aleros— martiricen inclementes las palomas de ese templo, Hostia buena, Hostia mansa, flor de trigo, rosa blanca. Severo Escobar Rojo

A JESÚS SACRAMENTADO Muerta he de estar, Amor de mis amores, muerta he de estar y en polvo convertida, y mis cenizas, Vida de mi vida, han de cantar tus glorias y loores. Y de mi ser los átomos perdidos vagarán por el ancho firmamento y a tu Sagrario volarán rendidos a adorarte en tu augusto Sacramento. Muerta he de estar. Señor, materia inerte será mi corazón ceniza fría, y esta ceniza que formó la muerte te adorará, Señor, de noche y día. Y en mi cadáver y en mi cuerpo frío del santo fuego que mi pecho inflama, Tú podrás contemplar, Dulce Amor mío, la huella que dejó su ardiente llama. Y hallarás el recuerdo peregrino del fuego divinal que arde en mi pecho,


en esa huella do tu amor divino dejó a mi pobre corazón deshecho.

y a tu Sagrario llevarán rendidas de mi cadáver el humilde canto.

Muerta he de estar, Señor, y mis despojos mezclados con la tierra de la fosa y las frías cenizas de mis ojos te enviarán mirada cariñosa.

Alma no tiene, Dueño idolatrado, el sol fulgente que en el cielo brilla, y sin cesar te adora, Dueño amado, canta tus glorias y ante Tí se humilla.

Que de mi cuerpo la ceniza helada doquiera que repose a su manera, aunque esté convertido en polvo y nada, te adorará, Señor, cuando me muera.

Alma no tiene la fragante flor que ostenta su fragancia en el jardín, y al exhalar su delicado olor, te adora cual ardiente serafín.

Muerta he de estar, divino Jesús mío, y sin cesar te adoraré, Señor, de mis restos el polvo helado y frío te cantará eternal himno de amor.

Así mis restos en la oscura fosa, sin derramar fragancia ni fulgor bajo la fría y olvidada losa, te cantarán tu gloria y tu loor.

Y hasta los fuegos fatuos que mis huesos produzcan en el campo funerario serán, dulce Amor mío, santos besos que mis labios envían al Sagrario.

Y Tú que ves, Señor, lo que escondido existe para el hombre en este suelo verás mi cuerpo en polvo convertido, que te adora, Señor, como en el cielo.

En su fragancia la silvestre flor que nazca donde está la sepultura de mis cenizas frías al calor, te llevará mis besos de ternura.

Juana Carou

CORAZÓN EUCARIST1CO (Traducción)

Y del aire las alas al tocar mis restos fríos mi ceniza helada al volver el Sagrario a acariciar, te llevarán los besos de mi nada.

¡Oh Corazón que lates En esa Hostia escondido! Aquí de amor herido Descúbrete mi fe.

Y hasta las bellas gotas de rocío que besan la corola de las flores, que nazcan do reposa el cuerpo mío convertidas en mágicos vapores,

"No hay, no, quien me consuele" Tal es tu amarga queja; Si tu piedad me deja, Tu alivio yo seré.

Con las alas del viento confundidas, entrarán en tu templo sacrosanto

De hoy más, si me recibes Seré tu compañero;


Contigo vivir quiero, Ser víctima de amor.

Así mi corazón. Por Ti ¡Dios mío! palpita puro sobre el mal sombrío que entre mi alma con el Bien se aúna,

Como hijo y para siempre Mi corazón te entrego: De tu divino fuego abrásele el ardor.

Y de mi vida en el negror, destella como del cielo en la cortina bruna la abrasadora chispa de una estrella!

A mi inocencia inerme Doquier peligro asoma, Yo, tímida paloma, ¿Cómo escapar sabré?

COMUNIÓN

(A mi madre Dña. Teresa Puerta v. de O.)

Tu corazón me brinda De salvación la puerta, En esa herida abierta Que por mi amor lo fue.

El templo está vestido de gasas y de rosas, en el altar las luces sus lenguas de oro agitan, y aladas oraciones cual blancas mariposas entre los labios —flores— con inquietud palpitan.

En esa herida escóndeme, Do rosas de amor crecen Do candidos florecen Lirios de castidad.

El órgano sonoro va desgranando sones que tienen el perfume de los recuerdos vivos; están arrodillados de fe los corazones; están las roanos juntas, los ojos pensativos.

¿Quién no amará a quien ama? ¿Quién no querrá este amigo Tener, y en tí y, contigo Nido de caridad?

Perfume religioso se esparce por las naves, potente da su grito sonoro el campanario, las almas van volando como invisibles aves, y el sacerdote entreabre la puerta del Sagrario. Mario Valenzuela S. J.

ANTE EL SAGRARIO Por sobre el agua transparente y pura y el turbio aceite, solitaria flota de roja luz la parpadeante gota que brilla en medio de la nave oscura. Y esa llama temblante e insegura que a cada instante al parecer se agota, constante vierte claridad ignota ante el Supremo Bien hecho blancura.

Tranquilo muestra al pueblo la Luz eterna y bella —sus lenguas las bujías abaten como palmas— la Hostia hacia los pechos desciende como estrella y alumbran sus reflejos el reino de las almas. En esa Hostia pura quedó bendito el trigo y preso se hizo el siempre Señor de inmensidades; Aquél que de los niños fue dulce y buen amigo, Aquél que con su acento calmó las tempestades. Aquél que con su frase —espada luminosa— postró bajo sus plantas a reyes y naciones; que con sus ojos —cielos de lumbre misteriosa—

Jorge Bayona Posada


de luz, de paz y fuego llenó los corazones.

después me vi en un bosque, perdido del camino.

Aquél a cuyas plantas hermosa pecadora dobló la frente altiva y oyó la voz serena que de los labios sumos cayó perdonadora al corazón enfermo de amor de Magdalena,

Y sé que aún mi Madre eleva a Ti sus preces, pidiéndote que veles sobre la vida mía, y que al pedirte llora porque como otras veces yo vuelva a tosí altares do reina la alegría.

Aquél que en los Olivos sudó y oró ferviente cuando libó las heces del cáliz de amargura y en tanto que su sangre goteaba de su frente caía la paz del cielo como infinita albura.

Es esa viejecita que te habla entristecida por mis dolores rojos, por mis sangrientos males, queriendo con su llanto curar toda mi vida y hacer que broten flores de luz en mis zarzales.

Aquél que cuando estaba pendiente en el Calvario, bajo los rayos finos de su melena blonda, al padre pidió en nombre del pueblo sanguinario y era su voz enjambre por el Edén en ronda.

Tal vez por ella he vuelto, Señor, a tus altares, como en los días lejanos en que feliz he sido. Despunta sus espinas, acaba sus pesares, y ayúdame a ser bueno por lo que fuiste herido.

Después sobre sus hombros doblóse su cabeza, y al elevarse el alma del Dios Crucificado, la tarde se hizo noche, la luz se hizo tristeza; pero surgió en las sombras un astro de belleza cuando una rosa viva brotó en aquel costado.

Pon Tú sobre mi Madre tu omnipotente mano; Tu mano poderosa como no lo es ninguna: es esa viejecita cuyo cabello cano alumbra como alumbran las hebras de la luna.

A tus altares iba Señor de inmensidades, cuando en los días lejanos de mi amorosa infancia mi Madre, por librarme tal vez de las maldades, llevóme a donde tienes sacramental fragancia. Y junto a Ti postrados —las dos almas en una— mi Madre me enseñaba divinas oraciones tan blancas cual son blancos los rayos de la luna, tan dulces como es dulce la miel de tus perdones. Pero esos días huyeron como se van las horas, como se van las aves, como se van las flores, como se van las nubes sutiles, voladoras, como se van las fuentes dejando sus rumores. Después, qué hubo en mi vida? Señor una tormenta! qué fue de mi existencia? Señor, un torbellino! En una mar hálleme, rabiosa y turbulenta,

Envuélvela en tu manto, arrópala en tu lumbre y sé -para con ella lo que conmigo ha sido, y llévala a tu Trono, allá junto a tu cumbre, y ayúdame a ser bueno por lo que fuiste herido. Despunta mis pesares, acaba con mi duelo, cobija con tu Sangre mi ser desventurado, y envíame una gota purísima del Cielo Por la herida sagrada de tu abierto Costado. Que vuelvan a mi alma, Señor, las alegrías que se tornaron rojas cuando me hirió el pecado; que vuelvan a mi vida los ya lejanos días, cuando (mi Madre oraba por las virtudes mías, conmigo, en los altares del Dios Sacramentado. José María Ospina


LA COMUNIÓN AL CAMPO Señor, cuando te muevo a la distante campesina choza, y miro lo que llevo, y las finezas que a tu mano debo, radiante fe mi espíritu alboroza. Medito en el sublime rapto de amor que te movió a encarnarte por salvar al que gime; y adoro tu ternura que redime, y que en cárcel de amor quiso encerrarte. Señor, en tí yo creo: ¡Palpitante a mi pecho te avecinas con ávido deseo! ¡Y me asombro y confundo cuando veo que en tu humilde lecho te reclinas! ¡Quién dichoso pudiera amarte tanto como tú mereces! ¡Con dádiva sincera, con fiel corresponder yo bien quisiera retornarte el amor que tú me ofreces! Mas ¡cuán poco te amo! por eso con ardor a las criaturas en mi socorro llamo; y venir les conjuro a mi reclamo con todos sus encantos y ternuras. Al rosal pido ansioso encienda más sus vividos colores; y al café generoso a tí vuelva más blando y amoroso el albor perfumado de sus flores. El guamo corpulento

haga más fresca para tí su sombra; el rumoroso viento exhale más balsámico su aliento; y tupa el césped de verdor su alfombra. El orumo ondulante, y los ceibos de cúpula; atrevida, y el pardillo arrogante a los vecinos cielos den amante aviso de tu rústica salida. La dadivosa caña adorno y prez del opulento valle, —que manso arroyo baña— endulce pronto la jugosa entraña, y ante ti curve el engrosado talle. Por ti su fruto fino de cuajado verdor da el aguacate; y al tardo peregrino le brinda tu bondad para el camino la fuerte solidez del cañahuate. El plátano sonante desenvuelve con dócil embeleso su abanico ondeante, y en gesto de alabanza suplicante abaja para tí su lauto peso. La yuca agradecida abre cual quitasol su verde copa, y tiembla conmovida al sentir que tu planta bendecida resbala por el musgo que la arropa. Mira, ya amarillea el arvejal regado por las lluvias, y finge cuando ondea de tus niños graciosos de Judea lindo montón de cabecitas rubias.


El guácimo florido, que la frescura de sus ramos yergue sobre el hato garrido, descuelga a tu pasar el muelle nido, del azulejo vespertino albergue. Que tu diestra bendiga con fecunda caricia la dorada promesa de la espiga, que un dulce sueño de ambición abriga: ¡sentirse en fibra tuya transformada! ¡Ay! Y lamento en vano el racimo no ver fresco y maduro el pámpano lozano de la fragante vid. ¡Fuera mi mano tu futura sangre lagar puro! Rayo de sol ardiente del tártago cobije la maceta, que próvida reviente, y la escondida lámpara alimente, nuestro amor por ti prenda discreta. Ríndate su tesoro el maíz de simétricas ajorcas, que con gentil decoro recata en grácil clámide de oro el vetado marfil de sus mazorcas. Así, Señor, yo llamo, y pido con ardor a las criaturas, suplan lo que no amo, y vengan dócilmente a mi reclamo con todos sus encantos y ternuras. Y siento que tu mano las bendice con júbilo, en retorno; que brota más ufano

el próspero verdor, y medra el grano, y florece de amor todo el contorno. A mí también se extienda tu mano y bendición, humilde pido; y en cambio de mi ofrenda tu dadivoso amor benigno atienda mis clamores y acalle mi gemido. J. Rafael Faría, Pbro.

ANTE EL SAGRARIO Oye, Señor: cuando a tus plantas llego, Del mundo y sus flaquezas me desligo, Y en mudo arrobamiento te bendigo Con dulce llanto, con piadoso ruego. De tu mirada en el divino fuego Hallo descanso y bienhechor abrigo; No eres mi juez, Señor, eres mi amigo, Toma mi corazón, yo te lo entrego. Lejos de tí, perdido en mi locura, Erré buscando en la quietud terrena El bien que sólo tu amistad procura. ¡Oh Dios, no guardes con tu siervo encono, Que humilde aceptaré la mayor pena Si en tus manos mi espíritu abandono! Vicente Casas Castañeda


A JESÚS SACRAMENTADO

AGNUS DEI

Sólo tú no desdeñas, Jesús mío, Amigo ser del pobre atribulado, Que de una cruz humilde y resignado Arrastra el peso entre el dolor y el frío.

Vibran las graves músicas del coro con sublime nostalgia de martirios; en el florido altar, los litargirios brillan doquiera en constelado lloro.

Mísero soy: las penas y el hastío Mi enfermo corazón han traspasado; ¡Escóndeme, Señor en tu costado! ¡Tu amor imploro, en tu bondad confío!

Paladines del místico decoro, galanes de las rosas y los lirios, con sus rubios fulgores, son los cirios tropel temblante de luceros de oro. Tiempo es de alzar; sonó la campanilla; oscura mies, la multitud se humilla entre un sordo aleteo de oraciones.

En mi espantosa desnudez no tengo Otro caudal que el de mi acerbo llanto De cuyas sales saturado vengo.

¡Y es la Hostia blanca dirigida al cielo, alba gaviota que remonta el vuelo sobre una tempestad de corazones!

¡ Qué amarga fue sin tu sostén mi vida, Señor! pero en mi duelo, en mi quebranto Te bendicen los labios de mi herida.

Alfredo Gómez Jaime Vicente Casas Castañeda

MENSAJERA DE AMOR

LA ESPIGA Parpadea la luz: temprano efluvio Embalsama la hora matinal, Y de la mies sobre el prodigio rubio Se alza un vuelo profuso y musical.

Ya que del bronce el vesperal tañido La tarde anuncia y la oración del día, Corre a ver a Jesús, pobre alma mía, Lejos del fausto y del mundano ruido.

En el vaivén del piélago ambarino Cada erecta amapola de coral Vibra como un deseo purpurino, De la ubérrima entraña del trigal.

Allí te aguarda, solo y escondido, Quien es fuente de luz y de alegría; Penetra en su vivienda, en El confía, Y deja allí mi corazón herido. Canta un himno de amor; benigno acento Acompañe el divino arrobamiento De dos cautivos al lograr su anhelo;

Tras el rudo suplicio de la era, Espiga milagrosa, quién creyera Cuando laboras de la vida en pos

Cierra luego la puerta del Sagrario, Y antes que te despierte el campanario La llave esconde en un rincón del Cielo.

Que bajo el cielo bienhechor, tu grano Es pan del cuerpo en el festín humano Y........¡Pan del alma en el altar de Dios!

Francisco Antonio Balcázar

L. E. Calderón Flórez


AL CORAZÓN DE JESÚS EN LA EUCARISTÍA

DIOS EN LA HOSTIA

Lejos de Vos, oh Corazón divino, Mi propia dicha con afán busqué, Y sólo agreste zarza en el camino Entre vistosas flores encontré.

No entiende la razón el hondo arcano De cómo en el vital germen primero Del rubio trigo, estuvo verdadero Tanto innúmero grano en solo un grano.

¡Necio! lejos de Vos ¿qué hallar podría Sino el vicio, los dardos del dolor, De la amargura triste la agonía, Desengaños, y lágrimas, y horror?

Nada hay grande o pequeño: al ojo humano es breve disco el sol, punto el lucero; Y el átomo en sí abrevia un mundo entero, La gota de rocío un océano.

Y Vos, divino Corazón, en tanto Me llamabais amante y fraternal. Postrado a vuestros pies, de amargo llanto Ved cuál brotan mis ojos un raudal.

Si en lo mínimo está criatura entera; Y lo inmenso, del cielo en el abismo, Punto es sin extensión, cual si no fuera, ¿Por qué el Dios infinito, sin guarismo, Estar como pequeño no pudiera, Múltiple en apariencia, en ser, el mismo?

Es llanto de pesar, tal vez tardío; Mas Vos sois el santuario del amor, Sois de piedad inagotable río, De la prole de Adán el Redentor.

SILENCIO DE JESÚS PROFANADO

¡Derramad, derramad sobre mi frente, Oh Corazón, vuestra divina luz, Y, contrito mi pecho delincuente, Bañaré con mis lágrimas tu Cruz!

Cuando exhausto, Jesús, con grande acento, Desligó el alma del mortal vestido, Se apagó el sol, y el orbe estremecido Quiso arrojar al hombre de su asiento Ruperto S. Gómez

Cuando el odio brutal brama violento, Y se escarnece a Tí, Dios escondido, Ni sol sin luz, ni mundo sacudido Gritan contra el horrible atrevimiento. Y tú también, ¡oh mi Jesús, callando En místico silencio sufrir quieres De plantas viles el ultraje infando........! ¡Ah, lo entiendo, Señor: en la Hostia eres El Dios de amor, y quien se arroba amando Ni pregunta al sayón ¿Por qué me hieres? Belisario Peña


HIMNO EUCARISTICO A Jesús, a mi Dios y Bien amado Humilde prisionero aquí en mi pecho Con cadena de amor le tengo atado, Con ansias vivas, con abrazo estrecho. Festéjale, alma mía, Y rompa en himno ardiente tu alegría. La tierra abrióse al verte agonizante, ¡Oh Rey de la gloria, y gloria de los cielos! De guardar tus despojos anhelante. ¿Qué haré yo cuando oculto tras los velos De la Hostia, Dios vivo, En mi pecho asombrado te recibo? Yo suspiraba en lúgubre vacío, Envuelto entre las sombras de la muerte; Mas en mí penetraste, Dueño mío, Y un torrente de luz me inundó al verte; Y tal es mi contento, Que las delicias del Edén ya siento. No es la lluvia tan dulce al mustio campo ni la fuente al sediento peregrino, Ni al orbe, tras la noche, el roseo lampo Del astro rey que emprende su camino, Cual tras llorada ausencia, Es para mí tu divinal presencia. Voy a Ti y a mí vienes. ¡Oh! ¡qué encuentro! Y ambos corremos al ansiado abrazo, Y ambos nos confundimos en un centro, Como se juntan con ignoto lazo Las notas de la lira Y las fragancias que el vergel espira. Hácese uno el Creador con la criatura El mísero mortal con el Eterno, La terrena fealdad con la hermosura

Que a los astros asombra! En ritmo alterno. La nada a Dios asciende, Y ¡oh pasmo! hasta la nada Dios desciende. ¡Endiosado ya estoy! En leve calma Tú en mí vives, yo en ti.... Tu aliento santo, Brisa del paraíso, embriaga mi alma. Y hasta finjo sentir con suave encanto En mi pecho mezquino Tu palpitar ¡oh Corazón divino! Dentro de mí resuena tu palabra, Cual de Sión en la sagrada cumbre: Y con acento que la dicha labra Me invitas a imitar tu mansedumbre Y la humildad que encumbra Con la fe ciega que la mente alumbra. Si al seno descendiste de María, Reina fue al punto del sidéreo espacio; Si a la caverna de Belén umbría, Tornóse ufana en celestial palacio; Si a este valle de abrojos, Huerto florido enamoró tus ojos. Visitaste del báratro el abismo, Y tu mirada convirtióle en cielo. ¡Tú eres, Señor, eternamente el mismo! De mi espíritu, pues, derrite el hielo, Y ya que en mí te humillas, Resplandezcan en mí tus maravillas! No te alejes de mí; que a toda hora Tu ser sienta en mi ser, oiga tu acento, De Ti viva, y tu imagen bienhechora Alumbre como sol mi pensamiento; ¡Que tuyo siempre sea, Y unido a Ti la eternidad me vea! Quisiste en el pesebre ser mi hermano,


En la cena, maná que mi hambre apaga, En la cruz, mi rescate soberano, En la gloria mi eterna y dulce paga. A bondad tan inmensa ¿Qué le daré, mi Dios, en recompensa?

¡Oh vivir junto a Tí! Cual la sencilla Lámpara tenue que callada brilla Entre las sombras de tu templo santo; Y mientras rueda en su bullicio el mundo, Sólo contigo en éxtasis profundo ¡Darte mi amor y mi abundoso llanto!

¿De ser mi alma tu esposa no blasona? Adórnala con ropas de justicia, Con joyas de virtudes, con corona De gracias a que goce la delicia De tu amor, cuya llama Da muerte y vida al corazón que inflama.

H. Holguín y Caro

TARSICIO Por las soberbias calles de la pagana Roma discurre un jovencito de angélica expresión. Es su dulce semblante espejo a donde asoma con límpido reflejo su virgen corazón.

Así, al nacer y al declinar el día, Te elevaré de gratitud mi canto, Que uniéndose a la angélica armonía Suba al trono de Dios tres veces santo, Do, viendo su hermosura, Beba yo de tu amor en la onda pura.

Sus ojos no miraban lo que al redor tenía, y sus oídos eran extraños al rumor; a un secreto impulso su ser obedecía, en escondida llama quemábase su amor.

Mas ¿cuándo de tus brillos coronado, Eterno Sol, contemplaré tu lumbre? ¿Y en sublime deliquio arrebatado Seguro gozaré tu dulcedumbre? Descoge ya tu vuelo, ¿Qué tardas, alma mía? ¡al cielo, al cielo!

Las tiernas manecitas cruzadas sobre el pecho velaban un tesoro con receloso afán........ Allí encontró descanso, cual sobre blando lecho, el Pan de los invictos, el consagrado Pan. Teódulo Vargas, S. J.

JESÚS SACRAMENTADO ¡Oh! ¡vivir junto a Ti, siempre a tu lado Descanso hallar y conversar contigo; Ser de tu amor y tu bondad testigo, Tú, ¡de bondad y amor nunca olvidado! En tu bendito corazón sagrado Poner la frente y encontrar abrigo, Como la puso tu mejor amigo, Tu dulce Juan, tu compañero amado!

Sereno lo llevaba a la guarida inmunda que de esforzados mártires honrábase prisión; mas desatar debía su faz meditabunda en sanguinarias hienas de sangre la pasión. Su recatado porte, sus castos resplandores al odio del pagano voraz pábulo dan. ¿Acaso, le preguntan, al Dios de los traidores ocultas temeroso? ¿Acaso un talismán? "Dejadme, voy de prisa", respóndeles temblante, y en flébiles sollozos anúdase su voz. ―¡Queremos, dicen, verlo! ¡Entrégalo al instante!"


SALUTARIS HOSTIA

y avanzan insolentes con altivez feroz . Y escarnecer pretenden al niño, que infelice con tímidas excusas rehuye consentir. Y airados tal le increpan: "A tu Señor maldice, y rinde tu secreto, o apróntate a morir!"

No importa que a tu frente circundada con el nimbo de mística blancura arroje el mundo vil, en su locura, escupas de mentira envenenada.

"Sufrir quiero la muerte, contesta el noble infante; morir son mis anhelos y unirme con mi Dios. ¡Herid, ceder ignoro; herid mi pecho amante, que así menos retarda la unión entre los dos!"

Que a la mies por el cielo destinada para elevarse en hostia hasta la altura, mejor que el sol, la grana y la madura la tierra putrefacta y fermentada.

Y cual hambrientos lobos sobre él se precipitan, mas su aferrada prenda no logran arrancar. En vano veinte brazos su cuerpecito agitan.... ¡Tarsicio permanece cual roble secular!

Hostia eres tú, y en vuelo de querube, como propiciación del sacro Moria, como preces de lirio, al cielo sube.

Le hieren, le maltratan con golpes inhumanos, le arrastran por el suelo con ímpetu brutal, le bañan en su sangre.... ¡Son sus esfuerzos vanos! ¡Sus fuerzas centuplica aliento celestial! Mas dé improviso sienten que los repele un brazo, y la cobarde chusma dispérsase doquier, como tímidos ciervos que al felino zarpazo dispáranse veloces con trémulo correr. Un centurión cristiano de apuesta bizarría al expirante mártir recoge con piedad; mas él sólo ambiciona la dulce compañía de su Jesús amado en paz de eternidad. Del apacible mármol bajo el amparo mudo el sueño de los justos durmió el claro doncel; sobre su humilde fosa con burilado rudo este noble epitafio grabó tosco cincel: "Con enseñado empeño tentar quiso el malvado que infiel abandonara Tarsicio a su Señor. Pero él antes su vida sacrificó abnegado que a enardecidos perros sacrificar su amor". J. Rafael Faría, Pbro.

¡Ni a tu haz de leña alcanzará la escoria, porque este incendio que te esfuma en nube al mismo fango lo convierte en gloria! Tomás Carrasquilla


PRIMERA COMUNIÓN Ven hija a los brazos de tu tierna madre Hija del corazón, hija querida; Ven y derrama en su amoroso seno El puro llanto que en tus ojos brilla.

Primera Comunión

Para estampar mis labios en tu frente De leve gaza y de jazmín ceñida, Deja que a impulsos del respeto santo A tus plantas me postre de rodillas: Hoy es tu corazón el templo vivo, Donde humildoso y escondido habita Quien las estrellas con su aliento apaga, Quien con su aliento las estrellas cría. Deja que llore de placer, no enjugues Las lágrimas que inundan mis mejillas; El llanto alivia el alma, cual la lluvia Plantas y flores por el sol marchitas. El cielo está de fiesta; de tu guarda El Ángel Santo con amor te mira, Y siembra en tu camino frescas flores, Y los abrojos cuidadoso evita. Cual bandada de candidas palomas Que llegan a una fuente cristalina, Entre la niebla matinal envueltas, Y ávidas beben en las puras linfas; Todas de incienso entre la vaga nube, Llegasteis al altar, cuando exponía El Sacerdote al Celestial Cordero, Que los pecados con su sangre quita. Los ángeles, velados con sus alas, En copas de diamante recogían

(A María Josefa)


A MI HIJO

Vuestras preciosas lágrimas, tributo De viva fe, de amor dulces primicias; Y la reina del cielo con su manto A la infernal mirada os escondía.

En su Primera Comunión Por vez primera ahora Mueve, hijo de mi amor, tímida planta Al convite real do se atesora, En cálida Hostia santa, El solo Dios a quien tu padre adora.

Conserva intacta la imperial corona: Sus delicadas hojas se marchitan Con el soplo del mal; presto, muy presto Entre sus flores brotarán espinas; Mas bendice el dolor que el alma eleva Y acepta el cáliz que el Señor te brinda. Guarda como perfume delicioso Guarda el recuerdo de tan santo día;

Amor omnipotente En seno le estrechó de Virgen pura; Y milagroso amor ora consiente Trocarle la figura En pan de vida al ánima inocente.

Y la gracia de Dios enlazar quiera Este con el postrero de tu vida; Y cuando el santo Viático te anuncie La luz perpetua la inefable dicha,

El Dios que fulminando, Terrible dio en Sinaí muestras de ira, Aquí preso en cadenas de amor blando Se querella y suspira, De amor llagado, a amores convidando.

Entrégale a la muerte esa corona, Sin que una sola flor esté marchita; Y que con ella tu cadáver orne, Y que sus sienes virginales ciña.

No escuchas cómo clama Por entrañarse en tí, por endiosarte? Levanta el corazón. El alma inflama! No dejes de tí parte Que no abrase de amor la activa llama.

Ven a los brazos de tu dulce madre, Y a mis brazos también hija querida; Ven y derrama en nuestro amante seno El puro llanto que en tus ojos brilla.

Qué tardas? Ya se inclina Entre nubes de incienso hacia tí el Verbo, Ya con brazos abiertos se avecina, Corre, sediento ciervo, Y harta la sed en fuente cristalina……….

Ven como sueles, respetuosa y tierna, Póstrate a nuestras plantas de rodillas: Hija del corazón hija del alma, Seas mil veces del Señor bendita! Ricardo Carrasquilla

Oh pecho bienhadado, Trono de gracia donde Dios se encierra En delicias de amante con amado! Hoy ante tí la tierra, Ante tí el universo está postrado. Y de ángeles el coro,


PRIMERA COMUNIÓN

Bate, depuesto el alto señorío, Trémulas alas incensarios de oro; Y también yo, Dios mío, Cuál de mi hijo en el pecho, cuál te adoro! Loor eternamente A Tí, pascual Cordero sin mancilla, Vivo Amor, Llama oculta, Sol ardiente Velado en nubecilla Para entregarte al hombre delincuente. Salve! Mil veces ciento Gloria y Hosanna a Tí Víctima pura! Cielos, bajad: que al Dios que os da sustento En mi hijo su criatura, Plugo hoy poner la gloria de su asiento.

Belisario Peña

Todo en esos momentos respiraba una pureza mística; las luces matinales que alumbraban la ignorada capilla, los cantos religiosos que pausados hasta el cielo subían, el aroma suave del incienso al perderse en espiras las voces ulteriores de otro mundo sonoras y tranquilas, los dulces niños colocados junto al altar de rodillas y hasta los viejos santos en los lienzos de oscura vaga tinta, bajo el polvo de siglos que los cubre mudos se sonreían.

EN UNA COMUNIÓN

José Asunción Silva

A MI HIJA

Entre el humo de místico incensario En rapto inmenso de su amor divino, Bajó el eterno sobre el pan y el vino Y llenó con sus glorias el santuario.

En su Primera Comunión Cual corona viviente que la ciñe Y cual tiernos renuevos de un olivo, En derredor contemplo de mi mesa Los frutos de mi amor, mis dulces hijos.

Santuario? No! Retiro solitario, Como el pesebre de Belén, mezquino; Y allí, cual Rey entre sus siervos, vino Y en cada corazón, hizo un sagrario.

Tal es la bendición que prometiste Al que te teme y anda en tus caminos, Dios de bondad. Mas ¡oh largueza suma! Tal promesa cumplir en mí has querido.

Lucen en el altar lirios y rosas, Símbolo de las almas ardorosas Que ató el amor con celestiales lazos, Castas palomas que con blando vuelo Van a saciar su generoso anhelo Del Buen Pastor en los abiertos brazos.

Antonio Gómez Restrepo

En mí, infeliz, en mí, que mereciera A la manera ser de árbol maldito Que se arranca y se pisa antes que el fruto Pendiente de sus ramas se haya visto. ¿Qué volveré al Señor por don tan alto?


¡Oh! ¡sea el nombre del Señor bendito! Yo con amor a repetir su nombre Y a bendecirle enseñaré a mis hijos.

Que en inefable unión, en abrazo íntimo, Hoy tu inocente corazón enlazas Al santo Corazón de Jesucristo,

Pero si todo lo que el hombre puede, Si el tesoro de amor con que tú mismo Enriqueciste el corazón, no alcanza A ser de tal merced un pago digno;

¡Oh! guarda, por mi amor, guarda en tu seno Cual perfume costoso y exquisito Esa inocencia que hace las delicias Del que te vino a ver Huésped divino.

¿Qué gracias podré darte, yo cuitado Hoy que, abriendo tus manos, oh Dios mío, Has dejado caer sobre mi casa El mayor de tus dones infinitos?

Sí, guárdala por siempre, si no quieres Que envidie para ti tu padre mismo La suerte de tu hermana, de aquel ángel Que arrebató el Señor a mi cariño.

Si la corona de la gloria ciñe Las sienes de un mortal; si su heroísmo Se ensalza, o su virtud; o si del genio Sobre su frente se refleja el brillo,

Segura más que tú, ve ella en el puerto Hervir del mundo el mar embravecido, Y mira sin sentirlos sus halagos, Y mira sin temerlos sus peligros.

Las madres le señalan: "¡feliz, dicen, Feliz el vientre que llevó tal hijo!" Y de los padres es la envidia el padre Que en tal prole se ve reproducido.

Menos feliz que tú, dejó la tierra Sin haber en su seno poseído El tesoro sin fin que hoy guarda el tuyo Y te envidian los cielos, amor mío.

¿Y qué valen al cabo las preciadas Coronas que da el mundo? ¿Qué el prestigio De un nombre que hoy resuena, y que mañana Hasta del mármol borrará el olvido? ¡Feliz de veras, sí, feliz un padre, Feliz de veras y de envidia digno, Cuando un humano ser mira en su prole Transfundido en un Dios, cual yo le miro! ¡Transfundido en un Dios! ¡Arcano Sumo! Oh Cristo, tú eres Dios, y de Dios vivo Eres el Hijo, y si contigo se une, El cristiano se torna en otro Cristo. Y tú, prenda de mi alma, hija querida,

José Manuel Marroquín

CANTIGA Para la Primera Comunión de unos niños "Dejad que los niños Se acerquen a mí, Porque es de los tales El reino sin fin". —Así se dignaron Tus labios decir, Oh Pastor divino De humano redil!


MIENTRAS MI HIJA DUERME

Y como es eterna Y se ha de cumplir La menor palabra Que dijiste aquí, Y como (Aunque oculto Al sentido ruin Que sólo al verte hombre No dudó de ti) Quedaste en la tierra Llamando al gentil Y dando consuelos A todo infeliz; Y aún en más palpable Especie sutil Con tu cuerpo y sangre Nos sabes nutrir:

Se ha dormido soñando en que mañana contigo encontraráse en los altares; que con nívea corona de azahares y una veste muy blanca se engalana. Que tu mano munífica desgrana regalos y consuelos a millares, y que, Dios de los cielos y los mares, un beso posas en su sien temprana. Tú, que sabes mejor lo que ella sueña, lo que su mente angelical diseña y qué es una ilusión aquí en la vida, Más que nunca defiéndele sus pasos más fuertemente estréchala en tus brazos y ampárala, Señor........ Está dormida!

—Permite, oh buen Padre! Al labio infantil, Llegarse a tu místico Excelso festín; Deja que libemos El sacro elixir, Que embriaga de Cielo, Que nos une a tí, Y en la tierra, un día Nos da tan feliz Que en lo alto envidiarnos Podrá el Serafín. Y pues tú añadiste Que ―Boca pueril Perfecta alabanza Sabe proferir‖ Alma y voz de niños Danos siempre así, Con que bendecirte Mil siglos y mil.

Juan de Dios Bravo

A UNA NIÑA EN SU PRIMERA COMUNIÓN Uno en pos de otro rápidos pasaron Los años de tu infancia placentera Y hoy brilla, en fin, el más hermoso día De los que has visto, niña, en tu existencia. Ese vestido blanco y ese velo Y esa guirnalda que en tu frente llevas, Vendrán a recordarte a cada instante Que has recibido la divina prenda Del infinito amor de un Dios que quiso Quedarse por tu bien aquí en la tierra.

Rafael Pombo

Pura está tu alma, oh niña! en este día, A los ojos de Dios amable y bella, Y limpio el corazón donde reposa Del mismo Dios la Majestad Suprema. Tú no comprendes hoy, y en este mundo


Nunca comprenderás cuánta riqueza, Cuánta beldad y cuan inmensa dicha Lleva consigo el alma que se acerca Libre de mancha a la augusta fuente De gracia, de salud, y vida eterna. Dios ha bajado a tu dichosa alma Y le ha ofrecido la eternal diadema; Y el velo y la alba túnica que vistes Simbolizan la gracia y la pureza, Que reciben las almas candorosas Cuando el convite de su Dios aceptan. ¡Dichosa tú si la conservas siempre Como los dones de la santa diestra Del Eterno Señor que se ha dignado Venir a tu alma por la vez primera! Dichosa tú si de hoy en adelante Te conservas tan pura y tan modesta Como el hermoso lirio de los campos Como la humilde y tímida violeta. Ya sean cortos los años de tu vida O ya el cielo prolongue tu existencia, Nunca te olvides, niña, de este día En que de nuevo tu existencia empieza: Guarda los dones que el Señor te ha dado, Guárdalos, sí, con vigilancia extrema Porque ellos y sólo ellos pueden darte Gloria y honor y dicha verdadera. Y cuando ya al través de largos años Estas líneas acaso otra vez leas, Pregúntate a ti misma si has cumplido Los votos que hoy has hecho y las promesas. Vuelve a buscar la túnica que hoy vistes Y el velo con que cubre tu cabeza, Y la guirnalda de lucientes flores Que hoy has llevado a la divina fiesta;

Y si has cumplido todos tus deberes, Y si libre de manchas te conservas, Bendice la bondad del Dios del Cielo Su inagotable amor y su terneza, Y ofrécele vivir como cristiana Hasta llegar a su eternal presencia. Silveria Espinosa de Rendan

PRIMERA COMUNIÓN Recitación de una niña I Al rayo del alba salté de mi lecho Y acudo a pediros ¡oh Virgen María! Dejéis al Dios Niño venir a mi pecho Y hacer una sola su sangre y la mía. Mi pecho es morada de lirios y rosas, Es isla secreta de limpios corales; En él no han nacido las yerbas viciosas, En él no han soplado los vientos glaciales. Ningún otro huésped en él ha morado, Es huerto por nadie jamás antes visto Pues yo, como novia, con tierno cuidado Cerré sus mansiones que hoy se abren a Cristo. II ¡Oh Madre de mi madre, oh fuente de alegría! Sed de divinos goces el corazón me abrasa, ¡Dejad que el niño vuestro venga a la casa mía Y me convide al Cielo que es vuestra santa casa! Y no temáis, Señora, que mi alma sin malicias Tienda al divino infante cautivadores lazos: Si recelas que olvide por mí vuestras caricias, Entrad voz en mi pecho con él en vuestros brazos. Enrique Wenceslao Fernández


EN LA PRIMERA COMUNIÓN DE UNA NIÑA

REMORDIMIENTO

Ven Jesús a mi huerto: las flores Se entreabrieron sedientas de Ti; De este día en los frescos albores Ven, derrama rocío y calores, Jesús, ven a mí.

Yo tu ley desprecié: lánceme ciego por la senda tortuosa de los vicios: sucio busqué el placer, y he visto luego abiertos a mis pies mil precipicios.

Ven tus sienes de lirio y de rosa Con guirnalda, feliz ceñiré; Mi querido serás; yo tu esposa; A tu lado contenta y dichosa Por siempre estaré. Casto amor ¡dulce unión, en mi vida Como hoy gozo, no quiero gozar; Hoy me encuentro dichosa escondida De tu pecho es la mística herida, Casto palomar! Se ha cumplido el más férvido anhelo Que en mi vida pudiera sentir: Ataviada de cándido velo, Al Señor de la tierra y el cielo Vengo a recibir. Ven, descubre, Jesús, tu presencia, Ven amado, no quieras tardar; Late el pecho con dulce violencia.... Presto ven, que a mi pecho la ausencia Le es duro llevar. Tú bien sabes, Señor, que es mi vida Para Ti; que a tu amor me entregué; A tus brazos me llego rendida........ Tú bien sabes, Jesús, consumida De amor moriré... Carlos E. Mesa Gómez C. M. F.

Tú del bien y del mal la ley eterna revelaste al humano entendimiento y diste al hombre aquella voz interna que hace temblar con su indignado acento. Yo cegué mi razón: de la conciencia quise acallar el ominoso grito cuando, haciendo a tus leyes resistencia los placeres buscaba en el delito. Hoy esa voz potente se levanta y en el fondo de mi alma, horrenda ruge y es voz atronadora, voz que espanta cual bramido del mar que airado muge. Yo oigo esa voz cuando en el claro día todo bañado en luz se ostenta el cielo, la sigo también cuando la noche umbría cubre la tierra con su denso velo. Doquier escucho aquella voz severa que en mi oído resuena pavorosa, y en el recuerdo del crimen por doquiera como un espectro lívido me acosa........ Perdóname, Señor! Yo me arrepiento! Tú conoces las penas que me oprimen ¡Haz que el dolor profundo que ahora siento vuelva a mi alma la paz y borre el crimen! César Contó


Sacerdotales


GRITO DEL CORAZÓN (En boca de un seminarista) Señor, oye el que exhala mi pobre corazón ansioso grito: a flor de tierra mísero resbala, y débil siente el ala capaz de remontarlo al infinito. Inquieto se desvía de consagrarse a ti en cabal entrega y anhela vanamente cada día, con estéril porfía, una dicha soñada que no llega. Señor, al escrutarse, siente mi corazón ser un abismo que con ningún amor puede llenarse, ni en su anhelo saciarse si tú, Dios, no lo llenas de ti mismo En ti tan sólo estable reposo ha de encontrar. ¡Ay! ¡cuánto es cierto que si sale de ti, sólo le es dable fundarse en lo mudable, ceñirse a lo fugaz, amar lo incierto! Brindarle la criatura no puede ser sino halago tornadizo; hecho para gozar de tu hermosura, completa paz y hartura sólo podrá alcanzarle quien lo hizo. Señor, si pongo esmero en amar la criatura, sufro pena; cuanto con más ardor pido y requiero, cuanto más de ella espero, menos me puede dar, menos me llena.

Si llamo, no responde; si responde, no sé si con mentira; si con afán la busco, se me esconde; la dicha no sé dónde pueda tener a la que mi alma aspira. ¿A qué necio, engañarme con el brillo falaz de lo ilusorio, amando lo que puede traicionarme? Señor, ¿por qué olvidarme de lo eterno y seguir lo transitorio? ¿Por qué gustar la intensa hiel de un vano y penoso sacrificio que mi afán y mi llanto no compensa? ¿Por qué sin recompensa han de quedar mi amor y mi servicio? ¿Por qué crudo tormento sufrir con quien mis ansias no comprende, ni es capaz de acallar mi sufrimiento? ¿Por qué, cobrado aliento, el tardo corazón, no se desprende? Lejos de ti no hallo el tranquilo descanso con que sueño; en el ardor de mi esperanza fallo, y tristemente encallo en el logro imposible de mi empeño. Fuera de ti no encuentro sino duda, quebranto y agonía. Dulce dueño de amor, sé tú mi centro, y encontraré aquí adentro un tesoro de calma y alegría. Señor, oye el que exhala mi pobre corazón ansioso grito. Si a flor de tierra mísero resbala, Cura su débil ala y da que se remonte a lo infinito. J. Rafael Faría, Pbro.


DESPEDIDA AL SEMINARIO Oh tutelar asilo, no mires el quebranto de mi marchito canto y de mi tosca lira; el latir hervoroso de mi ternura mira. A cantar tu decoro y prestigio me adelanto; por tí mi pecho con amor suspira; descúbreme tu encanto, mi amor piadoso enciende, mi rudo labio inspira. ¡Oh de virtudes templo! El día de mañana tu protección temprana y tu paterna egida he de trocar doliente por azarosa vida. Pues ya el alado tiempo con su rigor me afana, y me muestra la hora entristecida en que a tu faz galana habré de dar por siempre mi triste despedida. Cuando el invierno asoma, piante golondrina acongojada trina y llena de temores deja la oscura grieta que fue nido de amores. Así, con amargura, de ti, mansión divina, los muros abandono protectores, pues mi pecho adivina que al faltarme tus mimos, me cercarán dolores. Ruedan en ti los años sin que cansancio advierta la juventud despierta; y la niñez ruidosa disfruta en tu regazo tutela cariñosa. Tú dejas en mi alma latente y descubierta la herida que entreabre sigilosa amor, siempre que acierta a penetrar al hondo con flecha poderosa. En tus fecundas aulas con próvida paciencia brindas a inteligencia

riquísimo venero rigiendo sus conquistas con laborioso esmero. En la encendida fragua de la virtud y ciencia, al golpe de tu amor suave y certero, fórjase la conciencia, témplase el corazón, se acendra el hombre entero. De tu vieja capilla en tosco relicario se oculta en el sagrario la víctima más pura, panal rico y sabroso de célica dulzura. ¡Postrado cuántas veces al pie de tu santuario, en secreto coloquio de ventura, ferviente y solitario, gusté de sus consuelos, gocé de su ternura! Aquel campo figuras de tierras generosas y en nutrir presurosas, que recibe en su suelo humilde semillita que nutre con desvelo; germen que robustece y a las aves ganosas de remontarse en animoso vuelo, en sus ramas frondosas reparo les dispensa para lanzarse al cielo. Oh de virtudes templo! El día de mañana tu protección temprana y tu paterna egida he de trocar doliente por azarosa vida. Pues ya el alado tiempo con su rigor me afana, y me muestra la hora entristecida en que a tu faz galana habré de dar por siempre mi triste despedida. Como recorre el campo sutil abeja inquieta que con pasión secreta se acerca fugitiva, de amores requiriendo las flores donde liba, hasta que dulce néctar su turbación aquieta;


así de tu virtud que me cautiva requiriendo discreta las mieles y el aroma por siempre mi alma viva!

Penetra del misterio en los arcanos; Prevén ya el trono en que el Señor habite; Lávate aún más las inocentes manos. J. Rafael Faría, Pbro.

AL SEÑOR DOCTOR DON M. M. P. En la celebración de su Primera Misa Hoy sacerdote eterno Te consagra el Señor: así lo jura El que existe, y extiende su gobierno A todo lo que pasa y lo que dura. Tu nueva realeza Te ha sublimado a tanto poderío Que, do no puede más naturaleza, Principia allí a nacer tu señorío. Sobrehumano heroísmo, Del mundo vencedor en las peleas, La vara fue que te allanó el abismo Cegado por las olas Eritreas. A salvo ya en la orilla, Y aligerado del terreno acervo, Entra al festín, y ocupa la áurea silla, Que eres ya amigo del que fuiste siervo. Subir te veo al ara Con el pan que por ti será Hostia viva: Temor y asombro tu ademán declara; Vela tus ojos la modestia esquiva. De pureza y decoro Te viste el alba con candor de nieve; Sacra veste refleja en visos de oro Cada latir que el corazón te mueve. Apréstate al convite;

Y mientras se desriza Sobre el ara el incienso en humo pardo, Al agua que en tus manos se desliza Mezcle su aroma de Magdala el nardo. Taya es la milagrosa Virtud de la palabra veneranda, Huí! al trigo noble, a la uva ruborosa Mudar su esencia en la divina manda. Al qué de luz vestido Deslumbrando con gloria está en los cielos Tendrás sumiso aquí, Dios escondido De candor y de púrpura con velos. ¿Sientes el soplo blando De las auras de Horeb, y la divina Paz suave que las viene acompañando? Es El, es el Señor que se avecina........ Con la milicia pura De celestes ejércitos en coro, Con todos cuantos seres son tu hechura, Hostia viva y vivífica, ¡te adoro! ¡Pan de los escogidos, Víctima do se encierra, compendiada En materia tan leve a los sentidos, Toda la creación divinizada! ¡Salve Cáliz fulgente Que entre grupos de gloria y de querubes, Viendo ante tí en el polvo toda frente, El humano rescate a pagar subes! Levita, mal reprimes


Con leve sollozar el curso al llanto, ¿Quién no vierte en instantes tan sublimes Las lágrimas de amor que expresan tanto?

Caridad que te abrasa el alma entera. Sufre, lucha, ora, esparce la semilla, Tiende tus redes en el mar, y espera,

Patente el infinito Que ante ti tienes en la mano estrecho, Levante el alma, de miseria el grito Y hiere, por indigno, hiere el pecho.

Espera a tus fatigas, Tras laboriosas horas, las mercedes: Tu granero henchirán áureas espigas, Y rica pesca colmará tus redes.

¿Dónde humana bajeza En sí de Dios hospedará el abismo? Tu nada el conocer te da grandeza: Abismo de humildad cava en ti mismo.

No te ufanes: la yedra No sin arrimo se alzará trepante; Ni es tuyo el esplendor, que no a la piedra, Debe a la luz sus iris el diamante.

Y ya que necesitas La inmensidad en tu alma, al amor llama: Sólo él capacidades infinitas Puede abrir en los ánimos que inflama.

De Dios en nombre ahora, Pastor y padre y príncipe felice, En muestra del poder que en ti ya mora, Alza la diestra cándida y bendice.

i Oh efectos llameantes! ¡Oh pasmo que del cuerpo te enajena! ¡Oh eternidad vivida en sólo instantes! ¡Oh alma insaciable que te sientes llena!

¡Oh mar que nos separa! ¡Oh montañas excelsas cuanto impías! Sin vosotras, yo allá ¡cómo mezclara Con las paternas lágrimas las mías!

Goza ahora, y aprende Que lo que ínsito Dios te comunica Sólo el amor con humildad lo entiende, Sólo el amor con lágrimas lo explica. Triunfa la fe! radiosa En tí brillando la verdad se mira; ¿Podrá ese gozo que de tí rebosa Ser hijo del engaño y la mentira? No: cállese la impía Temeridad de la soberbia ciega. Si el sol brilla en zenit, ¿quién niega el día? Si en tí sientes a Dios, ¿quién te lo niega? Siénteslo en la sencilla

Belisario Peña

LA PRIMERA MISA Por el pueblo tus manos, Ven, sacerdote del Señor, levanta Y ofrece sobre el ara sacrosanta Digno holocausto al Dios de los cristianos. ¿Por qué trémulo, apenas Osas mover la planta? ¿Por qué cuando tu frente Sobre el altar se inclina, Tu corazón anonadado calla, Y no puede tu lengua balbuciente Para salvar la inmensurable valla,


Pronunciar la palabra omnipotente?

MI SOTANA

¿No dio el Señor al eco de tu boca, Poder más grande que a Moisés un día Cuando a su voz la mar su seno abría Y se trocaba en manantial la roca?

Preguntad a los pájaros que vuelan preguntad a los pájaros que cantan si su vestido de plumaje vario más que las frondas y el espacio no aman.

¿Tu diestra no ha vestido, Más que la de Josué, de fortaleza Para que en bien del pueblo preferido Detenga el sol que a declinar empieza?

Decid al lirio que impoluto ciñe más blanca que la nieve tenue falda, preguntad a los cielos si su manto con el movible de los mares cambian; interrogad la tierra de los bosques, interrogad la de húmeda labranza, y escucharéis en su rumor de hojas que con el cielo el devantal no cambian: preguntad a la noche cuando sola, como la viuda de la luz se espacia, llorosa y triste, y silenciosa y grave con su manto de sombras y de lágrimas.

¡No temas! llega de la gracia al trono, Y al humo del timiama, De místicas antorchas a la llama, A la voz de los Ángeles, que al lado Sus alas pliegan ante el Dios del cielo, Hoy tu oración unida Levante en fin su vuelo Con la Hostia que presentas confundida, Y llegue reverente Al escabel del padre Omnipotente, Y pida confiada Sin tasa dones al Monarca Sumo, Que él con placer la mira, por el humo Del Divino holocausto sombreada.

A todos preguntad ... a los luceros, interrogad a las esquivas garzas, y todos os dirán que aman sus plumas y todos os dirán que aman sus faldas. Mas preguntadme a mí si la que llevo, ésta que de los hombres me separa la que me hace de Cristo su soldado, preguntad si no quiero mi sotana!!....

¿Aún tiemblas? Ay! es justo que se asombre El alma y desfallezca Si está aguardando que a su voz de hombre El Señor de los cielos obedezca. Mario Valenzuela, S. J.

Podrá la estrella la inconsútil veste mostrar más bella, vagarosa y blanda......... podrán las flores afrentar su urdimbre podrán aves y cielos humillarla más no querrán sus túnicas lujosas con la pasión con que amo mi sotana. Porque así negra, sin adornos, pobre responde a los anhelos de mi alma porque ceñida así sobre mi cuerpo me parece tener plumones de águila porque a veces y a solas cuando veo


su corte extraño, su belleza rara me parece que estoy con el vestido que llevan en el cielo nuestras almas; porque esta pieza que distingue un culto tiene su historia esclarecida y clásica; ella sufrió con los cristianos mártires ella sangre y dolor tiene en su cauda le dio su lobreguez el subterráneo, el severo perfil desdichas tantas, y ella al salir de las prisiones hizo la luz en las tinieblas de las almas. Tuvo alas y voló, bajó a la tierra y a doquiera llevó la bienandanza, ella empolló en las rocas altaneras esa inmortal generación de águilas, que no descenderá de las alturas mientras vaya Jesús sobre sus alas. Bandera siempre invicta, nunca rota cruza serena y dulce entre las balas, como esta tricolor que nos cobija como esta tricolor de nuestra Patria. Miradla entre la lucha confundida, sombra parece que hacia el cielo se alza, sombra sutil de sauce centenario a la que llegan como en lluvia balas. Engañadora sombra.... si la hieren, en vez de sangre por la herida mana, como al golpear el eslabón la piedra, en raudales de luz que humilde guarda. Oh! que se canse el enemigo! nunca verá a sus pies la sombra doblegada........ porque invicto y eterno es Jesucristo y sombra de Jesús es la sotana. Allá en la soledad de la parroquia como la golondrina que de pajas formando está el nidal de sus ensueños así se muestra laboriosa y cauta. Es la vida y amor de aquel rebaño en la puerta del templo, es la plegaria en la choza del pobre una sonrisa,

al lado del que sufre una esperanza, cercada de los niños una madre, diosa cuando los crímenes desata! Cuando siente Jesús el ruido sordo que forma al acercarse la sotana que de latidos en su casto pecho allá en la soledad de su morada!........ Quizá le va a mostrar a las ovejas quizá le va a entregar a los que le aman, tal vez le lleva a la modesta choza, para alentar en la partida una alma. Tal vez alguna dulce confidencia, tal vez le viene a hacer una plegaria. Yo por eso cariño le tributo y por nada en el mundo la cambiara; porque es llave de célicos consuelos, porque encierra mi vida en esperanzas. Otros quieran sus armas y trofeos... Yo no cambio mi hábito por nada, que aunque gloria y honores den aquellos... hasta el cielo me eleva mi sotana... Quizá sobre mis hombros desmerece, quizá sobre mi carne se rebaja; su lobreguez exige un rayo oculto, un nimbo esplendoroso dentro del alma, y... yo no guardo más que mis pecados que oscurecen la luz de mi esperanza... Pero no importa, no, Jesús lo quiere, y Él hace de la noche la alborada, Si no añado un blasón a mi bandera, la rociarán de mi dolor las lágrimas... ¡Oh!, qué bello es llevar esta librea más que la veste de los lirios larga, como la piel del cervatillo lisa, como gaviota de la mar sin alas.


Nunca de ella mi cuerpo se despoje, jamás mi corazón quiera otras galas... Vivo, vaya conmigo hasta la muerte y ya muerto, me sirva de mortaja.

A nuestra patria llegan, de Dios cual mensajero, bajeles tremolando la cruz del Redentor; ya saltan en la playa los rudos marineros y un himno en ella entonan postrados, al Señor.

EN EL ARA

Alégrate, ¡oh Colombia! Clavada ya en tu suelo la cruz bajo sus brazos te quiere cobijar; por vez primera pronto verás al Dios del cielo en tu confín tu planta benéfica posar.

Trémulo el viejo cura, el copón de oro Tomó con reverencia del sagrario; Alzóse la espiral del incensario Mientras un himno resonó en el coro.

¡Oh sol esplendoroso! detente en tu carrera y cubra densa nube tu brillo y resplandor; que aquí la luz divina va ya por vez primera a iluminar los pueblos con célico fulgor.

Cesó el murmullo místico, sonoro Que entonaba un salterio funerario, Y ofrendaron al Mártir del Calvario Las almas, preces, las pupilas lloro.

Bajo el ramaje verde que adula el bajo viento, besando el mar humilde del sacerdote el pie, por vez primera, de olas y de aves al concento, alzarse la Hostia santa mi patria absorta ve.

Luego siguió un silencio misterioso; Inclinóse el anciano tembloroso Y cuando al cielo alzó las manos puras, Apareciendo el sol de la mañana Bañó de resplandores dos blancuras: La Hostia Consagrada y la cabeza cana.

Entonces de Colombia formaste un templo santo que tiene, oh Dios, por bóveda su cielo de turquí; rumores de cascadas por armonioso canto; los Andes, por el ara, dónde adorarte a Ti;

Dr. Pedro Velásquez H.

José Eustasio Rivera

Sus atrios, las llanuras sin lindes de ambos mares, y su mullida alfombra, palmeras y bambú; su incienso, los perfumes de bosques seculares; su Rey, su Soberano, su Dios.... tan sólo Tú!

(Ficción poética}

Mas tú, Satán, en tanto con tu rencor eterno en suelo colombiano no des ni un paso más; que el santo de los santos, triunfante del averno te arroja de mi patria ¡atrás Luzbel, atrás!

Allá en remota playa mecida por las ondas, orlada de palmares y bosque tropical, mientras la brisa tenue suspira entre las frondas y riela en mar sereno la lumbre matinal;

Ya sobre el patrio suelo se eleva la hostia pura; ya tíñense los cielos de grana y arrebol: descíñete, oh Colombia, tu manto de amargura; ya en tu horizonte raya de la justicia el sol.

LA PRIMERA MISA EN COLOMBIA


¡Oh gloria de mi patria! ¡oh Dios de lo criado! mientras el Ande excelso sobre su base esté; mientras se eleve el monte de nieve coronado, los hijos de Colombia conservarán su fe. Venid, pues, al recinto del místico santuario; bebed en esa fuente de la verdad la luz; venid, la fortaleza buscad en el sagrario para librar las rudas batallas de la cruz. Colombia.... cuántas veces con ímpetu vehemente de Lucifer el rayo contra ella se lanzó; mas su ímpetu bravío para ilustrar su frente poder tan sólo tuvo; para vencerla no. También hoy rugen sordas las iras del infierno y lánzanse furiosas cual hórrido aquilón. ¿Mas decaerán sus fuerzas? ¿o en su rencor eterno te arrancarán, oh patria, tu fe del corazón? ¿Y el templo que hoy a Cristo glorioso se levanta será quizás un día pagoda de Luzbel? ¿Y el monstruo del averno para su inmunda planta nuestros altares santos pondrá por escabel? ¡No! fiel será mi patria, pues tú, oh Jesús, no mueres, Y tú desde el sagrario sabrásla proteger; desde ese trono humilde, mas divinal, donde eres su protección, su gloría, su amor y su poder. Sí, tú eres el escudo, la gloria verdadera y arnés para tus fieles soldados, oh Señor. Soldados que ostentamos tu nombre y tu bandera del mundo en los combates por tu inmortal honor. ¡Escúchelo el infierno! Colombia, sí, se goza de verte, oh Dios amado, de verte, oh Dios, reinar. Por eso tú a Colombia tomaste hoy por carroza que te pasee en triunfo, y al Ande, por tu altar.

¡Oh sí! Mi dulce patria por su Señor te aclama: los hijos de su seno te quieren por su Rey; el adalid valiente su capitán te llama y siempre en nuestro suelo dominará tu ley. Carlos Julio Suárez

EL SACERDOTE TRÍPTICO I

SUS MANOS Manos puras que tocan lo más casto: el cáliz de oro, el níveo corporal; cándidos lirios, deleitable pasto do sestea el Cordero virginal. Llaves que encierran dadivoso abasto de gracias y riqueza celestial; suaves vendas que curan del nefasto crimen la herida y ponzoñoso mal. Manos ungidas, humildoso lecho, do nace, para darse a nuestro pecho, quien rige el sol y enciende las estrellas. Manos benditas, alas que hasta el cielo hacen subir con apacible vuelo al que en su muerte se cobija de ellas.

II SUS OJOS Guardianes del decoro del santuario, celosos vigilantes de Israel; lámparas refulgentes del sagrario,


LA MISA NUEVA

en amor consumidas ante él. Nuncios que al cielo conducís a diario el anhelo de paz del pueblo fiel; abejas oficiosas del breviario, donde libáis la cuotidiana miel.

"Terra nostra dabit fructum suum" Ps. 84-13

¿Por qué de seda y oro y vírgenes guirnaldas, cual pudibunda novia hoy la iglesia del pueblo se engalana?

No codiciéis la gloria de la fuente, que retratarse el astro refulgente sobre sus ondas trémulas ha visto.

¿Por qué desde la aurora, de gozo desveladas, parece que retozan, parleras como nunca, las campanas?

¡Tan sólo es de vosotros el prestigio de copiar, extasiados, el prodigio de la hostia blanca convertida en Cristo!

Hay arcos y festones en ventas y posadas, y el tunjo de la pila bate a los vientos banderola blanca.

III SU CORAZÓN

Por lomas y veredas afluyen a la plaza, con trajes domingueros las vecinas del pueblo y los patriarcas.

Traslado del divino. Puro y fragante vaso de caridad sublime, que vierte con presteza bálsamo de ternura y óleo de fortaleza sobre toda laceria que solloza a su paso.

Y en sus vivaces gestos y en sus rollizas caras el júbilo se pinta de quienes horas de emoción aguardan.

Confortante reparo del espíritu laso, al que agobia el pecado y roe la tristeza; seda que el roce apaga de la humana aspereza, oponiendo a su choque suavidades de raso.

Al son de los repiques, que el pecho le entusiasman, de alegre corro en medio un barbiblanco viejecito exclama:

Porque sabe del hombre lo frágil y lo vano, y amasado se siente del mismo lodo humano, inspira a los que yerran bendecida confianza.

"De la parroquia es hijo el que hoy la misa canta: ¡qué honor pa too su pueblo! ¡Benditas de su madre las entrañas!

Piadosamente rico de divina opulencia, doquier-suave perfume-desparrama su esencia, y, lo mismo que el pan, para todos alcanza. J. Rafael Faría, Pbro.

"Viviera la dijunta! de gusto aquí llorara........


Agora desde el cielo al hijo la casulla le prepara. "Vecinos! ¡Aleluya! Rumbosas fiestas haiga; es tiempo, como dicen, de la casa tirar por la ventana. "Ya Dios de entre nosotros ministro escoge y llama; ya yo muero contento; ya dio primicia pa' el altar mi casta". Y dicho así se enjuga con las rasposas mangas; y el rústico auditorio; a su orador, con vítores aclama. En esto........ ¡traaash!........ la atmósfera un cohete azota y rasga; retumban sus tres truenos, y tres cachumbos luminosos bajan.

la archifamosa banda por cuyo nombre en fiestas logra este pueblo tan brillante fama, Con plenitud de artistas, muy tiesos hoy sin ruana, a todo cobre y bombo rompe a tocar su favorita marcha. Hacia la puerta, ansiosas confluyen las miradas; allí seis señorones irguen del palio las radiantes varas. Bajo él, la clerecía de venerables canas; el párroco hoy estrena sobrepelliz de canutillo y randas. Y en medio ¡ved! descuella, como entre cedros palma, el joven sacerdote orgullo de su nombre y su comarca.

En frente a una casona de esquina, antigua y maja, que en sus facciones todas bien muestra ser, aunque modesta, hidalga,

Con gravedad modesta los claros ojos baja para ocultar que de ellos a punto están de rebosar las lágrimas,

Con su cenefa de ocre y su cornisa arcaica y su zaguán baldío que un San Cristóbal de retablo ampara, Se forman los vecinos en dos hileras largas, y el camellón de en medio riegan de flores y aromosas ramas.

Aún en sus manos brilla la unción que le consagra por siempre sacerdote según el orden de la augusta alianza.

De súbito, un redoble:

¡Oh electo! ¡Oh venturoso!

"Es él?........" Hondo murmullo por el concurso pasa, cual vibra alada nota sobre las cuerdas trémulas del arpa.


La víctima sin mancha por tí, por mí, por todos ofrece: por tu pueblo y por tu patria.

que doble vida entraña y en la rural escuela su mal vestida sucesión desbastas.

Vén ya, tú que el Altísimo a sus misterios llama: del caro pueblo tuyo tiende a los besos las ungidas palmas.

Bermejo caserío ya cunde en la planada; el ángelus entona la torre nueva, pronunciando el alba.

Tu pueblo la primicia de la reciente gracia, tu bendición más íntima con el fraterno título reclama;

Así, mostrando el cielo la tierra tú engalanas, y, apóstol, apercibes para grande la pequeña patria.

Bendícele, primero que al alto oficio vayas allá donde entre espinas Cristo, cargado con la cruz, te aguarda;

Muy presto al ver tus sienes cubrirse ya de escarcha exclamarán las gentes: ¡Edad no tiene para tantas canas!

Allá donde el apóstol el pie con sangre estampa, y escucha por saludo rugir sobre su frente las borrascas.

Yo entonces de este día las venturosas auras respiraré en memoria, dulce solaz de mi vejez cansada....

Ya en mísera aldehuela perdida en la montaña, donde rapaz colono dejó entre escombros su memoria infanda

¿Será tu joven diestra, que al ósculo me alargas la que piadosa suelte a la insondable eternidad mi barca?

De ariscos feligreses la condición amansas, y el débil municipio, esbozo de república, restauras.

¿Será? ........ Yo la bendigo, . la mojo con mis lágrimas, como si ya, rendido, mi último adiós en ella suspirara.

Al hosco carbonero, que de la especie humana es unidad perdida, buscas ansioso por la sierra brava;

¡Oh! vé y anuncia a muchos la fe que alienta y salva; la fe de los que lloran; la augusta religión de la esperanza!

La unción y el Pan les llevas

José Joaquín Casas


por la que está perdida! LA OVEJITA No dejes que se pierda tu ovejita, Pastor fino y amante; mira que de tu amor y de tu cita anda lejos y errante. Se alejó de tu mano que apacienta con desdeñosa marcha no sabiendo del rayo y la tormenta, ni de hielos y escarcha. El verdor engañoso de otro pasto la deslumbró y sedujo; creyó que en tu redil no hubiese abasto, y el afán la condujo. Juzgó inútil tu voz, tedioso y vano del pastor el oficio. ¡Y ahora puede el lobo echarle mano con asalto propicio! Buscó su libertad;; grave tu yugo halló y dura tu carga; y en castigo la asedian cual verdugo, hambres y sed amarga.

Urge que por montañas y llanuras la busques y la encuentres, y en un nuevo brotar de tus ternuras a tu redil la entres. Cuando apartes de ella los abrojos y las duras espinas, y mire que renacen en tus ojos las caricias divinas; Cuando la seda de tu mano amiga la saque de su asombro y sienta que es descanso a su fatiga el lecho de tu hombro; Cuando guste la miel tan exquisita que de tu labio fluya, Pastor fino y amante, la ovejita ¡retornará a ser tuya! J. Rafael Faría, Pbro.

LA CASA DEL CURA

Más que perversa fue inconstante y frágil, y sesgó de tu lado. ¡Ay! ¡uno siempre para el mal es ágil, y para el bien pesado!

Allá en mi Nueva Granada, viajero, tienes posada, bien segura: hay una casa de todos: la del cura.

Ella su errado afán llora en secreto, y ya el pesar la asalta; mas la agobia quizás un indiscreto recelo de su falta.

Pobre o rico, enfermo o sano, muéstrelo grande o villano su figura sabe que es casa de todos la del cura.

¡Oh fiel Pastor que cuidas tus ovejas hasta darles la vida, y las que están a buen recaudo, dejas

Viejo, huérfano, mendigo, todo el que anda sin abrigo ni ventura, tiene la casa de todos:


la del cura. Nido y migaja de pan allí el ave, sin afán, se procura que al fin es casa de todos la del cura. Vé a la casa del poblado y, de la torre al costado, con lisura, busca la casa de todos, la del cura. Sobre el techo el aire mece árbol que a todos ofrece su frescura; porque es la casa de todos la del cura.

Afectivas

Una cruz sobre la puerta dice a todos: "siempre abierta, siempre pura, esta casa es la de todos: la del cura". No verás allí esplendor, que oro no alivia dolor, ni es ventura; pero es la casa de todos la del cura. Rafael Pombo


RESURRECCIÓN

A JESÚS CRUCIFICADO

Mi alma llegó hasta El. Clavó sus vagos ojos de ensueño y de piedad sobre ella........ y eran los ojos de Jesús dos lagos donde tiemblan los oros de una estrella.

Buscando una guarida para esconder mis íntimas congojas, me fui por la subida que marcan huellas rojas a donde dicen que al cuitado alojas.

Jesús habló. Su voz era tan suave como el cántico dulcísimo de una ave. Estaba mi alma temblorosa y muda. —Acércate, le dijo con voz grave « y ella contestó: —¡Sí estoy desnuda!........

Y hálleme en una altura sin flores, sin cultivos, sin morada, y ya mi desventura creí consumada cuando encontré una cruz ensangrentada.

Honda quietud en derredor: el cielo de un amarillo pálido, tenía la apariencia de místico asfódelo. Estaba mi alma temblorosa y fría como una flor de pétalos de hielo.

Los ajos, hechos río de aguas amargas como el mar profundo, levanté, Dueño mío, y vi, meditabundo, tus brazos extenderse a todo el mundo.

. —Vén, exclamó Jesús, quedo, muy quedo, y ella contestó: —Señor, no puedo, estoy también cual Tú crucificada........

Subíme hasta tu pecho de mi inmenso dolor por la escalera, sentí tu abrazo estrecho... Contra el frío de afuera presentí los ardores de una hoguera.

Eres Tú de mi amor único dueño, pero mira, Señor, mira este leño a que me tiene la pasión clavada!

Hallé la puerta franca de un hogar anegado en clara lumbre. Caverna roja y blanca, ¡qué nueva dulcedumbre cobija tu recóndita techumbre!

Una franja de luz tino el Oriente...... Y una gota de sangre, de repente descendió sobre el alma adolorida. Y Jesús exclamó: —Yo soy la fuente de la Verdad, del Bien y de la Vida!

Al misterioso roce del fuego de un amor nunca sentido, el frío disipóse de mi pecho aterido y di mi pena a sepulcral olvido.

Tornóse el alma esplendorosa y bella vio otra vez los pastores y los magos; una onda de luz cayó sobre ella. Y eran los ojos de Jesús dos lagos donde tiemblan los oros de una estrella. Ricardo Nieto

¡Amor! yo ya no quiero dejar abandonado el dulce asilo;


-para el mundo me muero, me pierdo y aniquilo........ ¡Así tan sólo viviré tranquilo! Luis E. Yepes Y. Pbro. Eudista

LA CAÍDA Yo también como Saulo iba sobre el corcel de la locura hacia Damasco, la ciudad distante. Y era mi corazón cual una tumba! Noche de tempestad. Cruzan los rayos la solitaria bóveda nocturna, y una corneta fúnebre en la selva males sin, cuento en derredor anuncia. Cae el caballo aquí, sigue adelante, y se interna en la hórrida espesura mientras el viento entre las ramas secas como un gato fantástico maúlla. Detrás de las encinas y los pinos, envueltas en sus largas vestiduras, siete damas esperan silenciosas al caballero de la frente bruna. Entre la sombra brillan sus pupilas fosforescentes como el agua turbia de los pantanos, y sus manos secas viejas raíces de álamos simulan. Esta erguida se llama la soberbia, esta otra se llama la lujuria, aquélla exangüe y pálida, la envidia, y otra obesa y sin ojos es la gula. En sus bocas sangrientas se adivina, como en el cráter del volcán, la obscura

palpitación de gérmenes podridos que en su fondo fatídico se incuban...... Cae un rayo. El caballo se encabrita. Otro rayo después........ En la espesura se extingue el eco ronco y lastimero como si se perdiese entre una tumba. —Saulo!........ Saulo!......... La voz era tan suave como el rumor lejano de una música que flota entre las alas de la brisa -en la callada soledad nocturna........ Y mis ojos se abrieron. Y mis manos al oír esa voz, se hicieron, súplica, y mis labios dijeron: "Jesús mío, habla a tu siervo que tu siervo escucha!... Ricardo Nieto

QUEJAS ANTE JESÚS SACRAMENTADO Herísteme, Señor: de amor el dardo Entró en mi pecho y lo rasgó potente, Y brota ya de la incurable herida De fuego abrasador ancho torrente. Herísteme, y al golpe irresistible En un punto perdí cuanto tenía, amigos y parientes y fortuna Y del paterno techo la alegría. Herísteme, y me ataste con cadenas Que el mundo entero a quebrantar no alcanza; Herísteme, Señor y me arrancaste, Ultimo humano bien, aun la esperanza.


MEMENTO MEI

Herísteme con hierro tan agudo Que, a dividir el alma penetraste Y cogiendo con mano poderosa Mi propia voluntad, te la llevaste.

Pendes de cuatro clavos punzadores que tus manos y pies lentos desgarran, como cuatro evangelios de dolores que, indiferentes, tu suplicio narran.

Págame, pues; mi corazón herido Del que le hirió la curación reclama; Págame, pues, Señor: pábulo dame Para ésta que prendiste voraz llama.

La corona sus zarpas clava hondas en tu frente que doblan las fatigas, y la sangre, al manchar tus crenchas blondas finge flores de púrpura entre espigas.

Mas ¡ay! que Tú también herido fuiste; Tu corazón llagué, yo no lo niego; También tú me reclamas, y me muestras Herida, espinas, cruz y ardiente fuego.

Entreabre tus pupilas el espanto, el infinito se refugia en ellas y al disolverse tu dolor en llanto son tus divinas lágrimas estrellas.

Triunfa otra vez: tus ansias y mis ansias Satisfechas serán, lo son hoy mismo. Oh Corazón! Mi corazón se hunde Para siempre de amor en ese abismo.

Tu cruz un árbol finge en que su rastro dejó la senectud, y en él, prendido tu cuerpo, es como un lirio de alabastro que el viejo tronco hubiera florecido.

Mario Valenzuela

VENITE AD ME

Tus manos en violenta crispatura, se diluyen en largos hilos rojos que recorren tu pálida escultura lentamente........ lo mismo que mis ojos!

Qué importa que la oveja acongojada En noche y soledad vague perdida?........ Su amante corazón sus pasos cuida Y por Tí, Buen Pastor, será salvada.

Mi fe, en mi corazón adormecida se asoma a mis pupilas para verte a Tí, que eres el dueño de la vida, presa de los espasmos de la muerte!

Oigo tu voz que al ánima cansada Con alivio dulcísimo convida: Yo sé que eres la fuente de la vida Que a la infancia nos vuelve inmaculada. Tú permites que humilde peregrino Que tu nombre invocó, de angustias lleno, Al caer en el áspero camino Recobre, al despertar, candor sereno Purificado por tu amor divino, Y en paz descanse en tu adorable seno. Miguel Antonio Caro

Señor! que a tu patíbulo sagrado, símbolo de baldón, escarnio y mofa, llegue hasta penetrar en tu costado la oración angustiada de mi estrofa . Dame luz para hallar sobre la vida el tuyo entre los múltiples caminos, y una fe tan profunda cual la herida


que abrió en tu pecho el arma de Longinos.

De amor de cielo embriaga mi ser todo Vivífico licor.

Que yo, extraviando tus divinos dones, me fui tras de quiméricos halagos, en pos de fuegos fatuos, de ilusiones, soñando con la estrella de los Magos.

Cuántas penas, Jesús, cuántas heridas Sufrió tu corazón; ¡No sea inútil, Señor, a los mortales Tan generoso don!

Y al buscar un descanso a la aspereza final del fatigoso derrotero, ha encontrado tan sólo mi cabeza las piedras angulosas del sendero........ Dame, Señor, tus divinales bienes y arranca de mi senda las espinas, cual quitó las clavadas en tus sienes la banda de piadosas golondrinas.

¡Atrás sueños del mundo, Jesús mío, Tú sólo reinarás! Tú me eres todo. Que en mi pecho impere Jesús y nadie más. Oh amante Corazón, fuente de vida, De amor haznos vivir; Que de tu amor henchidos nos sea dado En tu abrazo morir.

Da a mis pies, a mi pecho y a mis manos con tus rayos de amor, sabiduría, y haz que vea en tus criaturas mis hermanos como el dulce poeta de la Umbría.

Ardiente foco de encendidos dones Inflama mi interior, Y al orbe entero yerto y aterido Abrasa en tu calor.

Y haz que yo escuche en mi postrer instante cuando traslinde la sinuosa brecha lo que oyó de tu labio agonizante el que murió clavado a tu derecha.

J. Rafael Faría, Pbro.

ANTE EL SAGRARIO Jorge Bayona Posada

HIMNO AL SAGRADO CORAZÓN (De S. Juan Eudes) Salve a Ti, del dolor víctima santa, De los mártires Rey, Sea tu cruz, amor, centro y corona Para toda tu grey. Divino Corazón, de amor llagado, Hiéreme con tu amor!

Mientras más me castigas, más te amo, y mientras más me afliges, más te quiero, y mientras más me quitas, más espero, y más y más tu aprobación reclamo. Mientras más desolada, más te llamo, aunque te muestres más y más severo y aunque sólo por Ti de angustia muero, sólo a tus pies mis lágrimas derramo. No me ocultes más tiempo tu presencia, no aumentes con tu enojo mis dolores, no dejes sin tu amparo mi existencia, porque a pesar de todos los rigores


con que me aflige aquí tu Providencia, tú eres mi Dios y todos mis amores. Silveria Espinosa de Rendón

ENTRA JESÚS Entra, Jesús, el día ya declina, el astro rey hacia el ocaso inclina su brillante fulgor; no pases adelante, que anochece, toma un descanso que el amor te ofrece. Entra en casa, Señor! Entra en casa, Señor, y si cerradas hallas tantas moradas, que un asilo a Dios quieren negar, olvida entre nosotros su desvío, mientras tengamos casa, Jesús mío! Tú tendrás un hogar. Entra, Señor, mas no como mendigo, nuestro Rey, nuestro Padre, nuestro Amigo, nuestro Todo serás; que si el error levanta sus banderas, en este hogar Tú reinas y Tú imperas, y homenajes y amor encontrarás. Entra, Señor, aquí todos te amamos, y pues Rey te aclamamos, de esta humilde mansión; hoy nuestros corazones se han ligado y de su amor un Trono te han formado, coloca en él, Jesús, tu corazón. Colócalo, Señor, y no receles, somos vasallos fieles, no encontrarás aquí ningún traidor; antes morir queremos que dejarte, antes morir queremos que negarte,

divino Rey de amor. Si el mundo y los suyos te persiguen, y si a este umbral quizá llegar consiguen a Ti no llegarán; que sabrán defenderte nuestras vidas; los filos de sus armas deicidas no tu pecho, los nuestros herirán. Entra, Señor, estemos siempre unidos mezclados, enlazados, confundidos, de ese pecho al calor; viviendo todos de tu misma vida como vive adherida la enredadera al tronco bienhechor. Juntos así el destierro cruzaremos, juntos así contigo gozaremos las dichas que nos des; y si el dolor empaña nuestros ojos, juntos también pondremos sus despojos como perlas humildes a tus pies. Entra, Señor, ya izamos tu bandera; entra, Señor, y manda, reina, impera en este pobre hogar; pobre y desconocido, pero con tu presencia enriquecido, pero feliz, porque Te sabe amar. (De la Unidad Católica de Pamplona)

COMO LAS HOJAS Como vine me iré: calladamente..., en silencio y en paz, sin otra huella que la que deja en la fugaz corriente el fulgor tembloroso de una estrella. Como vine me iré: calladamente...


SICUT NAVIS

En silencio me iré: como he venido........ sin esfuerzo mayor que el de una pluma al caer a la tierra desde un nido, o el que hace alegre al brotar la espuma, en silencio me iré: como he venido........

Señor, hoy o mañana........El barco está ya listo y sólo espera tu orden para poder zarpar; las gentes del contorno atónitas me han visto cogiendo de la playa las redes y las velas tendidas a secar.

Pensé tan poco sobre el mundo un día que fuera de mi amor y mis canciones ninguna cosa en el hogar había: si hasta llegué a pensar en ocasiones que era un poco de niebla que ascendía!

Señor, cuando Tú quieras. A dónde irá la nave? Lo ignoro, mas tus brazos abiertos siempre están.... Luché. Sufrí. Mi vida fue igual a la del ave errante y solitaria que cruza por las olas que vienen y que van.

Cuando lleguen las ráfagas de octubre partiré con las hojas desprendidas con que la tierra su pesar encubre; me fugaré como ellas a escondidas. Quién sus veredas y su amor descubre?

A dónde?........ A la lejana estrella que titila en el espacio inmenso?........ Al Sur o Septentrión? No sé, mas mi esperanza en Ti se halla tranquila, yo sé que he de encontrarte en medio de la nube o en la constelación.

A Jesús buscaré. "Cuánto has tardado!" me dirá con ternura el Nazareno. Y yo entonces humilde, arrodillado, en voz baja diré: "Mucho he pecado, pero cerca de Tí me siento bueno!"

Azul el mar tranquilo; azul también el cielo; la lona empieza a inflarse con un leve rumor........ Señor, cuando Tú mandes, agitaré el pañuelo a los que deja el barco sobre la playa negra del Mal y del Dolor!

"Dame un poco de paz y un rinconcito a tus plantas, Señor, nada más quiero" ... Y El entonces al verme tan contrito, en el palacio azul del infinito será el dulce Pastor y yo un cordero........

HACIA JESÚS EL ALMA

En silencio me iré sin que ninguna alma o cosa me hubiera torturado. Escogeré para partir alguna noche en que alumbre mi dolor la luna, dejando el viejo portalón cerrado. Habéis oído en el reloj la una?....

—Señor, voy hacia Ti, yo soy tu oveja que entre las zarzas se quedó perdida; mira, Señor, la sangre de mi herida; oye, Señor, de mi dolor la queja.

Ricardo Nieto

—Cuando tu mano de pastor nos deja cuan amarga y cruel es nuestra vida! y cómo llora el ánima afligida cuando el rebaño del amor se aleja! —Pobre alma que cruzó valles y montes,

Ricardo Nieto


y dejó en los brumosos horizontes sus ideales y sus ritos muertos!

unir mi pensamiento copio una enredadera, y besarte los pies, y rimar tu alabanza Oh Capitán eterno de la eterna esperanza!

—Hoy mueve a Ti sus miembros fatigados Si están tus brazos para el Mal cerrados En cambio están para el Perdón abiertos!

Señor en este siglo de mentira, quiero buscar tus hondas fuentes; buscarte a Ti, venero.

JESÚS

Dame a beber el agua de tu sabiduría; dáme a libar la miel de esa santa alegría

—Pobre alma, te conozco!.... Si eres mía. y una tarde lejana te perdiste, y desde entonces, solitaria y triste, con los ojos nublados te seguía.

con que embriagaste aquellos pescadores sentidos, que fueron tus apóstoles y tus favorecidos,

No escuchaste mi voz que te decía ante la muda tentación: resiste! Por qué, alma ingrata, de mi lado huiste si Yo soy la Esperanza y la Alegría?

que bajo tus parábolas se vistieron de luz y que te acompañaron de Betania a la Cruz.... Echa sobre mis ojos un resplandor divino como el que hiriera a Pablo de Tarso, en el camino.

Ven a mis brazos, triste peregrino, que regresas cansado del camino a refugiarte entre mi pobre manto.

Y por tus sacros clavos y por tu cruel corona; por tu pasión y muerte, por tu dolor, perdona

Soy el Amor que en místico derroche hace de estrellas florecer la noche con la inefable santidad del llanto.

a los que te maldicen con jacobina rabia, a los que por honrarte, desvirtúan la sabia Ricardo Nieto

ORACIÓN AL NABI Señor, un recio estío barrió mi vida toda y hoy el invierno en ella, uno a uno, acomoda los gélidos toisones de su piel sacudida. Señor, la muerte misma llevo yo entre mi vida! Ahora nada quiere mi corazón cansado, colmo no sea un hálito del tuyo dimanado. Ahora sólo quiero a tu cruz de madera

moral de tus preceptos.... al que te niega en vano entre el rumor de un siglo mecánico y liviano. Perdona al judaizante que sus agios escuda con el afán del pobre y el honor de la viuda. Perdona al envidioso que su saliva enfila inútilmente al monte de la nieve tranquila. Perdona, ¡oh Cristo a Judas!, que aún existe aquí en la rasada tierra, para venderte a Tí. Perdona a los Escribas, como a los Fariseos que aún portan blancas túnicas y macabros deseos;


su luz esparce aquella ardiente hoguera. a Caifás, que nunca faltó entre los humanos; a Pílalos, que sigue lavándose las manos........ Francisco Jaramillo Medina

RAYO DE LUZ ........"Y resplandece, clarísima luz pura que jamás anochece". Fray Luis de León

Náufrago en la tormenta, sumido en negra noche temo hundirme; ya mi batel violenta la mar con golpe firme y en las olas ¡ay! siento sumergirme. ¿Qué luz suave y tranquila abriendo el seno de la noche oscura tal suavidad destila, que se torna en dulzura de mi pecho la amarga desventura? ¡Cómo se alienta el alma al ver lucir tu lumbre misteriosa y recobra la calma aunque triste y medrosa se halle entre la borrasca tenebrosa! ¡Oh luz divina y rara que del pecho de Cristo brota ardiente, que por lucir más clara con la lanza inclemente rompióle el pecho a mi Jesús pendiente! Y luego porque el brillo mi flaca vista con su ardor no hiera tras un velo sencillo que sus rayos tempera

¡Oh luz de oculto fuego que amor enciendes con tu rayo suave, abrásame, te ruego, porque nada me agrave que de tu amor el fuego menoscabe! ¡Oh si siempre mis ojos con esta dulce luz se recrearan! Ah! cómo los enojos que la vida acibaran en blandos gozos presto se tornaran! Soltadme, oh criaturas, dejad que dentro el pecho de mi amado guste de sus dulzuras, y de todo olvidado, de su amor en el mar quede anegado. No importa que me hiera de aceradas espinas la corona que aquél pecho lacera; el dolor galardona las ansias que el amor siempre ambiciona. ¡Ay! ciegos los mortales buscan lejos de ti la paz perdida; del mundo en los eriales no se encuentra la vida, que en tu pecho, Señor, está escondida. ¡Luz que los cielos llenas, Vida que anima los celestes coros, si rotas mis cadenas cesaran ya mis lloros y gozar yo pudiera tus tesoros........! José Rafael Troconis, S. ].


EL REGRESO

EN MI LECHO DE FLORES

Aquí, del tabernáculo a la puerta, Me postro en mi dolor, como un mendigo Que en las ternuras de su dulce amigo Lleva en el pecho la esperanza cierta.

Con fardo de dolores y en un río de lágrimas deshecho, amor de los amores, llégueme hasta tu pecho y hállelo convertido en blando lecho.

He aquí la casa al desdichado abierta, Do en caricia el perdón trocó el castigo; Do saludables bálsamos y abrigo Encuentra el alma desgarrada y yerta.

Con muy sentidas voces tu Corazón me habló, Dueño adorado: "Yo soy........ No me conoces? perdono tu pecado, tiempo hace que lo tengo ya olvidado..

Mira, Señor, el llanto en que me inundo: Ansioso anduve tras mentidos bienes, Y hoy vuelvo a Tí, cansado y moribundo.

No llores, hijo mío........ Descansa aquí, mi corazón te entrego, defiéndete del frío con su divino fuego y el hambre con su néctar sacia luego.

Los brazos abres, a mi encuentro vienes, Y cuando ingrato me desdeña el mundo, Tú con amor retornas mis desdenes. José Joaquín Casas

PLEGARIA A JESÚS Cómo pude dejar la regalada paz de tu seno y con fatal desvío huir de tu redil, oh dueño mío, como pobre ovejuela descarriada?

Ovejita, no llores, yo en fuga al lobo sanguinario puse; te vuelvo mis amores, no temas te rehúse mi cayado, que a salvo te conduce. Estás debilitada? No importa! Vas conmigo........Yo te llevo sobre mí a la majada: verás cómo te cebo con los regalos de mi pasto nuevo!

Tarde, tal vez, retorno a la majada, mas te traigo en ofrenda mi albedrío, y un alma que a pesar de su extravío, aún está de tu amor embalsamada.

Así me hablaste, oh Dueño! Sacóme tanto amor de mi sentido.. Después........ sintiendo sueño y arrullado al latido del dulce Corazón quedé dormido.

Tuya es, mi bien. La herida dolorosa que le abrió tu saeta, es una rosa llena de suaves mieles derretidas........ Oh amor de mis blandísimas querellas: quien conoció el dulzor de tus heridas no halla gozo y deleite sino en ellas. Ricardo Castillo

Y soñé que a la gloria, amor, sobre los hombros me llevabas,


y, siendo la victoria tan tuya, me premiabas y de dichas sin fin me coronabas!........ Luis E. Yepes Y. Pbro. Eudista

Navide単as


NOCHEBUENA

El cielo en sus ojitos resplandece, agítase en sus manos la alegría, y la sonrisa, en ritmo de armonía, en su boca de púrpura florece.

Nochebuena, nochebuena, pasada en Agua de Dios olvidando el infortunio y haciendo burla al dolor!

Bien haces en holgarte, hermoso niño, tremolar de tus manos el armiño, y ojos y labios en abrir ufanos.

Melancólico el bambuco dice con su dulce voz ¡Sí que está lejos el mundo, sí que está cercano Dios!

Después........ la hiel amargará tu boca, se nublarán tus ojos........ y con loca sevicia un clavo aquietará tus manos.

Esta noche es nochebuena, noche de dicha y amor........ ¡ Qué triste está la Alegría y qué contento el Dolor!

J. Rafael Faría, Pbro.

GLORIA IN EXCELSIS

Y ambos bailan el bambuco y entonan una canción medio triste, medio alegre, que llega hasta el corazón.

Los ángeles en los campos el himno del cielo entonan: los ecos de las montañas gloria y ventura pregonan. Gloria in excelsis.

Y dicen con el poeta del destierro y el dolor "Adiós, adiós, patria mía aun no puedo odiarte, adiós!"

De quién, pastores, se anuncia con esos cantos la gloria? O qué triunfador merece esos gritos de victoria? Gloria in excelsis.

Me arrojaste de tu seno; mal me pagaste mi amor; "Adiós, adiós, patria mía aun no puedo odiarte, adiós!" Adolfo León Gómez

BELEN Suavidad de azucenas embellece el portal de Belén. Tierno yacía sobre pajas Jesús, que de María las constantes pupilas embebece.

Anuncian el nacimiento del que rescata el cautivo, y agradecidos bendicen al enviado del Dios vivo. Gloria in excelsis. Todos, todos, sin demora, al pobre portal corramos, y allí adorando al Mesías también nosotros digamos: Gloria in excelsis.


NOCHE TRISTE

Al ver el humilde techo que darte albergue consigue, el alma vuela a tus plantas, a voz apenas la sigue. Gloria in excelsis.

(En la Navidad de 1904) Noche Buena, noche santa, fresco oasis de mi vida! En este año como siempre tu dulzura me convida a sentarme a descansar

Cuando absortos contemplamos tu abatimiento profundo, a la del ángel unimos nuestra voz, oh Rey del mundo: Gloria in excelsis.

Bajo el árbol cariñoso que a tu influjo nace y crece, Y revístese de hojas y fecúndase y florece, y regala con sus frutos a los niños del hogar.

Viéndote que enamorado vienes do el amor te envía, de hoy más nuestro amante empeño será cantar noche y día: Gloria in excelsis.

Y en este año, como siempre, presuroso a tu reclamo, noche buena y santa, acudo, porque te amo y porque amo a los seres inocentes que hallan gozo y dicha en tí; Ay! y sueño con la calma. Con la plácida ventura que en tus horas tuvo mi alma, cuando niño, cual los niños que te esperan, me sentí!

Los espíritus dichosos que en el cielo te alabaron, al mirarte entre los hombres, a cantar nos enseñaron: Gloria in excelsis.

Ya me tienes bajo el árbol que a tu influjo se engalana; a su sombra, cual cansado peregrino estoy sentado vengo en busca de la fuente de venturas que en ti mana; ,'beber quiero de, ese dulce, cristalino manantial.

Dejad, pastores, las chozas y repetid sus acentos, y el eco de tiernas flautas haga, decir a los vientos: Gloria in excelsis.

Noche buena, noche santa fresco oasis de mi vida, oye: traigo el alma herida, y llagada está mi planta y reseca mi garganta............

De los humildes pastores no vano será el ejemplo, y el mismo himno jubilosos cantaremos en tu templo: Gloria in excelsis.

Una gota, no más que una de tu célico cordial! una hora, no más que una, de frescor bajo tu sombra, de quietud para mi planta sobre el césped que te alfombra! Mario Valenzuela, S. J.

una onda, no más que1 una de tu límpido raudal! Mucho pido, noche buena, noche santa, noche fría? Menos dame, mucho menos, harto menos todavía........ no de dichas —ya imposibles— que pasaron como el viento,


es la horrible sed que siento; no descanso, tregua pido; no salud, alivio imploro; no las risas argentinas te demando, del contento, sino el libre, suelto lloro que descarga al corazón. Un instante, un solo instante de su fardo de aflicción! Noche buena, noche santa, siempre alegre y hoy tan triste! Otro tiempo cuántas veces, Junto al árbol que fecundas y engalanas y enriqueces venturoso tú me viste Velar solo la cosecha con que sueña la niñez! Ay! el ruido de la savia de la vida, por las ramas cariñosas de ese árbol escuchar me parecía, los fulgores de la vida, de tus luces en las llamas el ensueño me fingía........ y que un muerto estoy velando me parece en esta vez! Quizás ecos de mi alma, de mis íntimos pesares, creo ahora entre las hojas de este árbol percibir los suspiros postrimeros que exhalaron mis hermanos los sollozos que aún resuenan en sus huérfanos hogares, el son triste que por ellas despidieron las campanas, los adioses que al morir nos dieron los ancianos venerables y queridos y los flébiles gemidos que tornaron a los cielos de los niños pequeñuelos acabando de venir! Y entre todas esas voces de dolor,—como ellas triste, pero más cruel que todas—, un silencio estoy oyendo que a mis súplicas y afanes hace tiempo se resiste y esta noche me parece que algo al fin me está diciendo: el silencio de un ausente a quien siempre inútilmente mi alma espera sin cesar! Esta noche más que nunca por su vuelta al Cielo clamo

esta noche más que nunca con dolor y amor le llamo, y esta noche me parece que, sintiendo al fin el frío de la ausencia , su alma viene, y se posa en una rama de ese árbol que él conoce —que tal vez recuerda y amay murmura entre sollozos: "Esta noche, padre mío no te puedo, no, olvidar" Todo canto en esta noche buena y santa, ser debiera como salmo de la vida, como voz de primavera, Como música de amor, que en las almas infundiera regocijos y esperanzas, energías ,y valor; mas quien lleva el alma herida por la muerte y por la ausencia, dar no puede de esos cantos que festejan la existencia.... Entonad vosotros, niños, ¡los de gozo, los de vida y apartad vuestros oídos de mis ayes de dolor. Fidel Cano

AL NIÑO DIOS INFANCIA divina del dueño que adoro, amable inocencia, mi amor, mi tesoro. Cuando débil se hace su poder se aumenta, cuanto más se abate más grande se ostenta. Oh nuncios divinos, tended acá el vuelo, mirad entre fajas al dueño del cielo. Con cuánta clemencia sus lágrimas claman, que por vez primera


por mí se derraman.

de Dios la delicia".

Oh! cuánto me enseñas, silencio elocuente: profundas lecciones de un Dios obediente.

Aquél que el orgullo abate y humilla, al alma bendice humilde y sencilla,

Rebeldes pasiones, por qué alzáis el grito? ved cómo obedece un Dios infinito.

Y cuanto a los grandes y sabios encubre, a los pequeñitos Jesús lo descubre.

A sus plantas llego dócil a postrarme: ya de su ley santa no sabré apartarme.

Tu error reconoce, oh ciencia mundana; depón ante el Niño tu arrogancia vana.

Mi razón humillo cuando le contemplo, y su ley abrazo gustoso a su ejemplo.

Cuando él así quiere en niño tornarse, ¡qué extremo de orgullo por grande estimarse!

Lección que embelesa, para mí oportuna, "Si no te haces niño como yo en la cuna,

Hechizos que llevan los años primeros, candor, inocencia, y labios sinceros:

"tu orgullo funesto de mí te separa, el gozo del cielo no a tí se prepara.

Virtudes tan caras al Niño divino, reinad en mi pecho, regid mi destino.

"Cercadme de niños, inocentes, bellos. Del cielo se adueñan los que son como ellos. "Sin doblez, sin odio, sin hiél, sin malicia, esos niños forman

Mario Valenzuela, S. J


NAVIDADES (Visita tenemos)

De como Dios ama la humana pobreza, De como Dios quiere que el pobre sea amado;

Cristo en su lecho de pajas, oh niños, Piadosos y amantes habéis visitado Contad con que pronto la tierna visita Vendrá, agradecido, Jesús a pagaros.

Al ver almas puras, que así comprendíais El íntimo espíritu del dogma cristiano, Jesús complacido quedó de vosotros Y quiso el obsequio desde hoy retornaros.

Hoy viene! vestíos de gala en su obsequio Con flores y músicas salid a encontrarlo; Servidle a la mesa sabrosos manjares, Y vinos añejos verted en su vaso.

Por eso hoy de pobres se llena esta casa: La corte de Cristo, vestida de harapos, La invade, la anima, la alegra, la honra; El Rey de los pobres la trueca en palacio.

Mas, cuenta, no sea que al ver cómo viene El Huésped divino, lleguéis a engañaros! Del alma los ojos abrid para verle, Que sólo con esos podréis contemplarlo.

Ya viene! vestíos de gala en su obsequio, Con flores y música salid a encontrarlo, Servidle a la mesa sabrosos manjares Y vinos añejos vertid en su vaso!

Creéis por ventura, que llega cubierto De espléndida veste, de fúlgido manto; Seguido de larga, magnífica corte; En carro de fuego por ángeles guiado? Contad con que trae ceñida la frente Con áurea corona, y el cetro en la mano? Pues, niños, entonces la augusta visita Os deja por siempre, por siempre esperando! Sabéis como viene? Modesto y humilde, Sin fuerzas ni aliento, vestido de harapos, Sin más compañía que niños y pobres, Doliente y enfermo, sin capa, descalzo. Al veros anoche llegar reverentes, ¡Oh niños queridos! al mísero establo Do quiso la carne vestir de los hombres Y a cuestas echarse los duelos humanos; Al ver cual doblabais rodillas y frentes En torno a su cuna —que es símbolo santo—

Fidel Cano

PESEBRE SANTAFEREÑO Era el templo una enramada De hoja de palma cubierta: Daba la anchurosa puerta Para una plaza ovalada. En los ceibos que hay en ella Mucho candil se veía, Y cada luz parecía Brillar a modo de estrella. En el centro, cuatro hogueras De secos troncos ardían Y por doquiera se oían Tamboriles y castrueras. Y entretanto la campana Resonando a toda prisa, Llamaba la gente a Misa


De la choza más lejana.

Ya el piar de los polluelos.

Iban ligeros paisanos: Llevaban con gentileza Penachos en la cabeza, Ramos con luz en las manos.

Ya el mugido de los toros, Ya el relincho del caballo, Ya el canto agudo del gallo, Ya el chillido de los loros.

Pendiente al izquierdo lado El carcax; y el arco rudo Sobre su pecho desnudo, Graciosamente terciado.

Mas de repente al Portal Desciende linda criatura. "Salve a Dios en el altura"! Canta una voz celestial.

Cuando del templo al umbral Con mis paisanos llegué, Estático me quedé: Veíase el hermoso portal. En el fondo y a los lados Montes, valles y cascadas; Pastores con sus manadas En frescos y verdes prados. Aquí entre hermosos laureles, Subir las lomas se veían Tres monarcas que regían Altos y hermosos corceles. Allá esbirros con espadas Degollando mil infantes Y a sus plantas, suplicantes Las madres desconsoladas. A las doce hacia el altar Luis Beltrán se encaminó, Y la música empezó Por el templo a resonar. En el coro los chicuelos, Al son de alegres carracas, Ya imitaban guacharacas

ORO INCIENSO Y MIRRA I PAISAJE En pos de una estrella que el cielo abrillanta Con luz que ilumina tortuosos caminos, Van los tres viajeros como peregrinos Y conquistadores de una tierra santa. Nada los detiene, nada los espanta; En ellos se cumplen sagrados destinos, Y van, cual navegan audaces marinos, Buscando riberas do poner su planta. Oyen en la tierra voces de pastores, Se oyen en la altura celestes cantores Y al fin se detiene la luz que los guía. Suspenden su paso, se encienden sus ojos, Llegan al Dios Niño, se postran de hinojos........ Y sonríe amorosa la Virgen María.

Ruperto S. Gómez


II ORO "Vengo de apartadas e ignotas regiones De mis ricas minas a ofrecerte el oro; Pero estoy seguro que no hay más tesoro Para tí, que el oro de los corazones. Que vengan de toda la tierra legiones A rey proclamarte con canto sonoro; Que todas las gentes en aunado coro Lleguen a adorarte rey de las naciones".

Cesaron sus himnos los rudos pastores, Callaron de pronto celestes cantores, Porque estaba triste la Virgen María. IV INCIENSO "Señor: a tus plantas coloco el incienso; Incienso es plegaria que hasta el cielo sube Y allá en las alturas convertido en nube Extiende a tus plantas escabel suspenso.

El aire cruzaban con mágico vuelo Ángeles bajados del azul del cielo Y sobre el Pesebre la estrella esplendía.

Mi amor por ti es grande, muy grande, muy denso; Quisiera allá arriba trocado en querube Que con ese incienso mi alma coadyuve Para ovacionarte como a Dios inmenso".

Se oyen en la tierra himnos de pastores, Se oyen en la altura celestes cantores Y sonríe triunfante la Virgen María.

Hasta Dios subieron limpios corazones Con el blanco incienso de las oraciones. La aurora a lo lejos anunciaba el día.

III

Cantaron sus himnos los rudos pastores, Templaron sus arpas celestes cantores........ Y oraba sonriendo la Virgen María.

MIRRA "Amarga es la Mirra, Señor, cual la muerte, Ella representa mortificaciones Mas yo te la ofrezco; de las oblaciones La más dolorosa me impuso la suerte. Mas nunca pudiera, oh Niño, ofrecerte Esta que es emblema de crucifixiones, Si yo no supiera que tribulaciones Del Hijo del Hombre, al hombre hacen fuerte". Pasó por los cielos nube de tristeza Y quedó en silencio la naturaleza. La estrella en la altura, triste, no lucía;

Emilio Suárez Murillo

LA LEYENDA DEL PASTOR (De Juan Aicard) Después que inútilmente, allá en la hospedería La Virgen y su esposo quisieron reposar, hallaron la guarida desmantelada y fría, donde Jesús al ¡mundo dignóse visitar. Tan pronto hubo nacido, la nueva misteriosa —por boca del arcángel que con asombro ven— oyeron los pastores, y en marcha presurosa


arriaron sus rebaños con rumbo hacia Belén. Allí sobre su lecho de mal mullida paja el dueño de los mundos el Soberano Rey, recibe las ofrendas del pobre que trabaja y el vaho acariciante del apacible buey. Y así dijo el más pobre de todos y sencillo: —Si el Niño no llorara, ni lo tomase a mal, le tocaría un aire con este caramillo con que en la noche endulzo las penas del erial. Mas en aquel instante los Magos del Oriente antes de que la Madre pudiera responder, entraron adorando con pecho reverente al que radiosa estrella les anunció al nacer.

Villancicos

Vestidos con sus mantos azules y granates, que ostentan de la aurora la esplendorosa luz, a su vez cada uno de aquellos tres magnates, incienso, mirra y oro le ofrecen a Jesús. Cual todos deslumbrados del oro a los reflejos El pobre pastorcillo se hallaba en un rincón pero la Virgen Madre le dijo: —estás muy lejos para que escuche el niño tu prometido son. Sobrecogido entonces y con andar turbado avanza, hasta muy cerca del Salvador quedar; y allí, como en el campo paciendo su ganado, tomada melodiosa principia a desgranar. Brillantes las pupilas, clavadas sobre el Niño, las notas más sentidas muriendo de ansiedad, arranca al instrumento con sin igual cariño, cual si estuviese solo bajo la inmensidad. Y en tanto que allí todos, henchidos de terneza, escuchan silenciosos al rústico pastor, Jesús tiende los brazos, y alzando la cabeza, le ríe dulcemente con infinito amor! Juan de Dios Bravo.


DELIQUIOS DEL DIVINO AMOR

CANCION DE NOEL

El habla delicada del Amante que estimo, miel y leche destila entre rosas y lirios.

Nochebuena!.,...... Nochebuena! sobre el lino del mantel, cerca de la copa llena de rosas, está la cena de Noel.

Su meliflua palabra corta como rocío, y con ella florece el corazón marchito.

Está el vino Moscatel todo espumoso y dorado, el gordo pavo trufado y los buñuelos en miel.

Tan suave se introduce su delicado silbo, que duda el corazón si es el corazón mismo. Tan eficaz persuade que, cual fuego encendido, derrite como cera los montes y los riscos. Tan fuerte y tan sonoro es su aliento divino, que resucita muertos y despierta dormidos.

No oyes, soñador, un coro bajo la noche, y también en tu espíritu sonoro?........ Son las campanas de oro de Belén. Bajo la noche nevosa de diciembre, el Niño Rey mullidamente reposa —tan frágil como una rosa— entre la muía y el buey. Llévale a Jesús, poeta tu alma en ofrenda de amor, bajo la noche discreta........ Tu alma, como de poeta es un alma de pastor.

Tan dulce y tan suave se percibe al oído, que alegra de los huesos aún lo más escondido. Madre Francisca Josefa del Castillo

También como los pequeños tú tienes necesidad de juguetes y de ensueños..... Qué importa si son risueños que no sean realidad! No oyes, soñador, un coro bajo la noche y también en tu espíritu sonoro?........


Son las campanas de oro de Belén.

correr apresurados doblando ante El sumisos la rodilla. Eduardo Castillo

EL PORTAL DE BELÉN Cuando en el cielo de Belén hermoso despuntó pura y bella una, antes nunca vista clara estrella de la callada noche en el reposo; su rayo luminoso en un portal humilde penetrando, dejó ver, las tinieblas disipando, no en cuna de oro y sobre piel de armiño, sino en musgos y encima de una piedra, recién nacido un niño. Por sobre el sesgo rayo de la luna de ángeles una tropa descendía, que en torno mirto y hiedra y flores olorosas esparcía; y un armónico coro, visto por los pastores, cantaba los loores del Hombre Dios sobre sus arpas de oro, y alzándose a los cielos repetía: Gloria a Dios en el alto firmamento! Paz en la tierra al hombre! Y el himno celestial lejos llevaba en sus alas después el raudo viento del Tabor y del Líbano a las cumbres de grato aroma y de fragancia llenas, y más lejos volando resbalaba sobre el mar de Cartago y el de Atenas. Entonces juntamente ¡oh maravilla! Se vio a los infelices ganaderos y a los sabios altivos del Oriente

La humilde pastorcilla de flores recogidas en el campo gozosa trae débil canastilla que se derrama ya de puro llena. Míranse en ella unidos a las rosas los globos de la pálida azucena, y el turquesado lirio y el Jacinto y el soberbio clavel en sangre tinto. Un corderillo, limpio como el campo de la nieve otra ofrece, que lavó en el torrente del Desierto, de vellón oloroso porque dormía donde el nardo crece; oirá rendida trae un ramo de manzanas, aún cubierto de gotas de rocío........ En el azul riquísimo del cielo brillan con nueva lumbre las estrellas; más armonioso se oye el son del río; con más blando rumor sus alas bellas bate en la verde grama, o entre las flores de tupida rama, el murmurante céfiro de estío; y de perfumes a los aires sube como de un holocausto la ancha nube. Al cántico de triunfo en que consuenan las santas liras de oro en el portal dichosos los pastores así responden en humilde coro: Como caída del alto cielo bella, purpúrea, fragante flor entre zarzales e inmundo suelo así ha nacido el SALVADOR!


Oh! que ese musgo blando te sea Oh! que las auras te den calor! Y el sol no queme si centellea, Tu faz de nieve REY y SEÑOR!

y me ha robado el corazón. Con tanta dicha la Madre la lengua tiene embargada, y fija en él su mirada con divina animación pues le ha robado el corazón.

No en cuna de oro, ni en blanco lino ni en el suave, blando plumón, sino entre musgos duerme el que vino a libertar nuestra nación. Doblad, oh rosas, vuestro capullo sobre su cuna como un dosel! Batid, oh céfiros, con blando arrullo la que aspira nardo y clavel!

De tierno llanto bañadas las conmovidas mejillas, ante él está de rodillas un venerable varón pues le ha robado el corazón.

Fuentes, vosotras el ronco estruendo de vuestras ondas de plata, alzad! El son querido del que durmiendo está tranquilo, reduplicad!

Con tiernos ojos el niño a cada instante me mira; luego de mí los retira con señales de aflicción; ay! que me partes el corazón.

Oh! qué ese musgo blando te sea! Oh! qué las auras te den calor! Y el sol no queme si centellea, Tu faz de nieve, REY y SEÑOR! José Joaquín Ortiz

EL NIÑO JESÚS Niño tierno y hermoso, más que la luz delicado, en un portal he encontrado: ay, pobre!, qué compasión! y me ha robado el corazón. Pobres pañales le envuelven en vez de las ricas fajas, y yace en ásperas pajas, en vez del muelle plumón.

No así lo hagas, dulce Niño, qué? mi vestido te asusta? Pues dime cómo te gusta, dímelo sin dilación. ay! que me partes el corazón. Yo iré a comprarlo a la aldea, y daré paga doblada; y además de mi manada el más preciado vellón; mas no me partas el corazón. Mario Valenzuela, S. J.


DUERME, JESÚS

Bajo esta envoltura de carne rosada que a mortales ojos no le dice nada, bajo esos cendales de inmortalidad:

No temas te despierte de tu tranquilo sueño; ¡oh niño de mi alma! puedes seguir durmiendo.

Irradia del Velo la fe que ilumina, la esperanza cierta que nos encamina y la hoguera ardiente de la caridad.

En tanto yo te arrullo, ¡oh celestial portento! En tanto tus bellezas y encantos más contemplo.

VILLANCICOS Venid pastorcillos, Venid sin tardanza Que hay luces y cantos Que Belén se abrasa.

Puedes, si así te place seguir en tu silencio; que yo a tu linda madre diré cuanto pretendo.

Oíd: por las nubes Los ángeles cantan En coros divinos Al son de sus arpas

Aun así dormido, dulcísimo lucero, sabrás lo que te pido, sabrás lo que yo quiero.

El Dios esperado Por santos Patriarcas En portal humilde De nacer acaba.

¡Apenas te despiertes, tu madre que está oyendo, sabrá sacarte al punto un dulce ¡sí! sonriendo!

VILLANCICO

Lo adoran la Virgen Y el santo Patriarca, La Virgen lo cubre De rústicas pajas.

En Belén, pastores, ya nació el Pequeño de ojitos de cielo y rostro de luz, que agita los brazos con tímido empeño cual si se esforzara por formar la cruz.

El buey y la mula De hinojos lo alaban Y con resoplidos Calientan las auras.

Su madre María con plácido ceño lo arrulla diciendo: duérmete, Jesús, duérmete tranquilo, mi señor y dueño, mi prenda adorada, mi divina luz.

Oh Niño! La pobre De aquella majada Rendida te ofrece Su miel y cuajadas.

J. Rafael Faría, Pbro.

Jorge Arturo Delgado, Pbro.


Y para tu cuna, Lucero del alma, De sus corderillos Blanquísima lana. Salten de contento Valles y montañas, Alegres murmuren Fuentecillas claras; Agiten alegres Las brisas sus alas, Que el Señor del Cielo De nacer acaba.

Paráfrasis

Tus ojos son soles Que al mirar abrasan Y tus dos mejillas Dos rosas tempranas; Tu llanto parece Rocío del alba, Que le da la vida A la flor que baña. Las palomas tienen Niditos de pajas, Mullidos plumones Y tupidas alas; Y tú desnudito Una piedra helada; Deja que caliente Tus divinas plantas! Ruperto S. Gómez


ESPERANZA Jesús, agonizante sobre la roca, en vano por los cielos insomnes busca una estrella amiga; el murmullo agorero de la noche mitiga el clangor de las trompas en el valle lejano. Erguido en las tinieblas, un viejo pretoriano la postrera congoja de Jesús investiga; en palabra tortuosa, que el dolor atosiga balbuce el Nazareno al adusto romano: "Atardece a mis ojos la esperanza remota; del acíbar de muerte que tu espíritu encierra he bebido en la copa de mi Padre. Se agota La esperanza que mana de mis labios heridos, y a mí, de los confines lejanos de la tierra, llegarán en rebaño todos los afligidos". Víctor M. Londoño

EL GALLO "Y cantó el gallo" (San Marcos) En casa de Caifás pasa la escena: El humilde Jesús sufre y medita, En tanto que al calor Pedro tirita, Pedro, el valiente apóstol de la Cena! El tribunal de crímenes se llena, La calumnia y el odio están de cita; Abajo la maldad que libre grita Y arriba la virtud que se condena. Y en esa noche que el rubor provoca De la ley, la conciencia y el derecho, Ninguno a la protesta abre la boca;


Tan sólo con valor yergue su pecho Para afrentar a la Razón ya loca Un gallo que despierta a su despecho........

JESÚS Y LOS NIÑOS

Jesús Jaimes A.

osó vilipendiarte la ilusoria piedad de la avaricia que envenena las almas viles de piedad desnudas; pero Jesús te ensalza: doble gloria eterniza tu nombre, Magdalena! Te alaba Cristo, y te escarnece Judas.

Cuan dichosos los niños que nacieron Cuando Jesús sobre la tierra anduvo! Que en sus brazos amantes se mecieron. A quienes El en sus rodillas tuvo!

EL VIERNES SANTO

Con qué amor en sus tiernas cabecitas Puso el tierno Señor sus blandas palmas, Canal de bendiciones infinitas Que del alma de un Dios van a las almas!

Tristemente reposaba la natura soñolienta: ya su luz amarillenta trémulo el sol reflejaba,

Venturosos mil veces los oídos Que sus dulces palabras escucharon Y, pegados al pecho, los latidos Del Corazón Amante atestiguaron!

Tiñendo la parda arena con su pálida vislumbre, y del Gólgota la cumbre, de erizados pinos llena.

Envidiados los ojos que aprendieron En los ojos de un Dios lo que es cariño, Los que el fuego y la luz así bebieron En los ojos de un Dios que se hizo niño!

El mar no besa la playa, y, ya en plena marea, cual espejo que argéntea, sus tersas olas explaya. Mario Valenzuela

MARÍA MAGDALENA Cuando postrada ante Jesús, los bellos pies divinos al pecho recogías, y con hilos de lágrimas vertías de nardo y de jazmín esencia en ellos; y a enjugarlos tendiste esos cabellos que fueron redes de oro en otros días, do con lazos de amor prender solías de amadores lascivos torpes cuellos,

Y ni las alas movía la inconstante mariposa, ni la mosca bulliciosa turbar el aire se oía. En el desierto arenoso duerme el León: cabe el Nilo el repleto cocodrilo halla calor y reposo. No cae la hoja marchita del árbol; todo en el mundo en un silencio profundo

Belisario Peña


tranquilamente dormita.

ante el muerto Creador.

Y sobre el Gólgota guarda tres maderos, que ha clavado, el pretoriano soldado descansando en la alabarda.

Del mundo dolor en pos, fijos los enjutos ojos, María ve los despojos de su hijo y de su Dios.........

En el del medio, a lo lejos, se ve brillar mansamente una luz que hacia el oriente manda plácidos reflejos.

Tú allí, junto al crucifijo, María!........ Tú al fin lloraste, y tus lágrimas mezclaste con la sangre de tu hijo.

De súbito nueva luz el cóncavo cielo hiende, y cual corona desciende sobre la infamante cruz.

Allí le oíste decir que Juan tu hijo sería, y un Hombre pudo a María ya cual Madre bendecir.

Se entra el sol al mar profundo; pero entre la noche oscura, que da vasta sepultura entre sus alas al mundo,

De Juan hermano soy yo........ Madre! cuan dulce es el nombre conque Dios, llamarte al hombre al morir le permitió!

Brilla como un meteoro la cruz en que está fijado el que muriendo ha salvado al hombre de eterno lloro.

Madre! Oh madre! para mí de Jesús la gracia alcanza: yo busco fe y esperanza, caridad y amor en Ti!

Su noble rostro, marchito, que inefable luz circunda, despide un rayo que inunda todo el espacio infinito; Y por doquiera que están los justos, el corazón les advierte en conmoción la caída de Satán. Los ángeles del Señor bajan desde el alto cielo, y se humillan en el suelo

Julio Arboleda

LA GALLINA

A J. Joaquín Casas Jerusalén, ¡cuántas veces quise congregar a tus hijos como la gallina los polluelos bajo sus alas. S. Mateo, 23-37

En pradecillo de tupida grama con sus pollos retoza una gallina; éste, torpe, la estorba si camina; listo, aquél, en su dorso se encarama.


Ella hacia todos su atención derrama; a todos guarda de invasión dañina; y al sacar la enterrada golosina con claro cacareo los reclama. Del frío vesperal luego previendo el cercano rigor, con afán listo los fue bajo sus alas recogiendo. ¡Qué amante ejemplo de ternura he visto! suspirando pensé. ¡Ya bien comprendo por qué con ella se compara Cristo! J. Rafael Faría, Pbro.

ELI, ELI LAMMA SABACTHANI Bañada en sangre la radiosa frente En la cruz infamante el Cristo expira Y al expirar, la ya desfalleciente Cabeza, roja como el sol poniente, Sobre los hombros dislocada gira. Ha llamado a su padre y lo ha llamado Con el más hondo y penetrante grito;....... Pero la voz del Gran Crucificado, Al volar a los cielos se ha apagado En la sorda mudez del infinito........ Son las tres de la tarde; el firmamento Calla, y el sol con su rayo moribundo Bajo las nubes que desgarra el viento, Ilumina el cadáver macilento Y exangüe ya del Redentor del mundo. Julio Flórez


NAZARENO

paró su planta débil y reposó doliente junto a Sicar, orillas de cristalina fuente.

Vino sobre el oriente como el sol. En la calma fresca de la montaña su voz se diluía como un sueño........ Su voz se enredaba en el alma como una melodía........ Miraba como una (mansa fuente, y sus manos que al Dolor coronaron de olivos y de rosas, -al cardo y la azucena trocaban en hermanos cuando, al dar bendiciones, como dos alas blancas iban hacia las cosas. Perfumó de tristeza los corazones. Hizo de las humanas llagas rosales entreabiertos; dirigió hasta los muertos el flujo de su hechizo. y abrieros sus sonrisas a la vida los muertos. Camino de la loca Ciudad, triste y sediento -de martirio, de luz y amor las manos llenas, le vieron sobre el lomo de una borrica. El viento desataba el manojo de sol de sus melenas.

Soplaba sobre el mundo la tibia primavera: Maduras ya las mieses de la Divina Era fingían en sus hojas, columpiadas al viento, la hoz que iba a cegarlas; sutil y blando aliento de amor, se difundía por el quieto horizonte y por la blanca testa del celebrado monte. Jesús, viajero entonces hacia la Galilea, después de hacer milagros en tierras de Judea,

El mullido retrete del regazo cansado la cabeza no admite del discípulo amado, y los pies que corrían tras la oveja extraviada reposan a la orilla de la fuente sagrada, en tanto que a la sombra de la viña lozana las ánforas descansan de la Samaritana. Jamás en las cisternas del Eval, silenciosas bañáronse unas crenchas (más negras y olorosas, ni en el inmóvil espejo de la onda que oscila se copió más brillante ni más limpia pupila que la de aquella hebrea de belleza pagana y de apretadas curvas y de boca de grana.

Iba a la cruz. Más tarde, cuando el cielo de hinojos le vio morir, sangriento, sobre el oscuro monte, cubriéndose la tierra de terror, pareció que al cerrarse sus ojos se habían robado toda la luz del horizonte ...

LA SAMARITANA

Por las crespas guedejas de su cabeza rubia, corre el sudor en perlas de diamantina lluvia: en su labio, tostado por el árida brisa del desierto arenoso, no se cuaja la risa; mas en El se dibuja de la sed el martirio como en cáliz abierto de requemado lirio.

Por los claros minúsculos de su nítido velo cerníase la angustia del pasado desvelo. Tomás Márquez

A la mujer esquiva, ya el ánfora repleta, dijo de esta manera el Divino Profeta: EL —Dame a beber del agua de tu cántara llena para calmar mis ansias y mitigar mis penas. ELLA —Bajo los anchos pliegues de tu manto adivino el andar misterioso de severo Rabino; el dorado cabello que en tus sienes orea


me está diciendo que eres nacido en Galilea, y en tu voz apagada por árida sequía, oigo la voz odiosa de la raza judía. Allá sobre la cumbre del Garizim, no viste como en ruinas el templo de Manases es triste? y el mural arruinado por Juan el Asmodeo no te repite el eco del odio al Fariseo? Por qué pues le demandas a mujer enemiga calmar las amarguras de tu honda fatiga, con el agua que esta sabrosa fuente mana? No sabes por ventura que soy Samaritana? EL —Si supieras los dones de la mansión eterna quizá no me negaras agua de tu cisterna; si vislumbrar pudieras quien es el que con pena "dame a beber" te dice "de tu cántara llena", le brindaras el agua con sonrisa festiva, y él en cambio te diera de su fuente agua viva. ELLA —Profunda es la cisterna y no veo en tus manos para vaciarla, cubo como el de mis hermanos. Jacob que, es nuestro padre, legónos esa fuente, y allí se apacentaron sus greyes y su gente; él mismo bebió de ella; con afanes prolijos guardóla siempre limpia para darla a sus hijos, y si no eres Elias aquél hombre divino, de dónde el agua viva sacarás, oh Rabino? EL —Todo aquél que del agua de tu fuente se abreve volverá a estar sediento; quien de mi ánfora pruebe colimará su deseo: para siempre extinguida

la sed, verá en el viaje por la terrena vida. Cuando enciende el estío su brasero caldeado sobre la gris arena del arenal tostado, ni has visto cómo hunde el sediento camello para tomar el agua desde el brocal, su cuello? Escucha: sobre el terso cristal del pozo mío la brisa nunca sopla del ardoroso estío; en él se abrevan todos los humanos sedientos; jamás su linfa agotan los rudos elementos. Quien tome el agua viva que salta de mi fuente tendrá bienes eternos como ondas el torrente. Toma del agua fresca que mi boca te ofrece y sabrás, que tomándola, nunca el hombre perece. ELLA —Señor! Quiero de esa agua, tan límpida y perenne: con ella darás fuerzas a la mujer que tiene que llevar a Samaría para colmar su diario, muchas ánforas llenas por Un solo denario: Y en cambio, os lo prometo, será mi amor sin tasa y haré que te amen todos los hombres de mi raza. EL —Yo brindo amor al prójimo y amor al enemigo; predico la abstinencia y anuncio el gran castigo a los que no se niegan, ni dan de su riqueza, ni alivian las torturas de la ajena pobreza; ya todos los judíos y los samaritanos sois hijos de mi Padre; vosotros sois hermanos. Yo soy el Pozo Eterno donde la caravana se abreva de los hombres: mi fuente se engalana con los verdes sarmientos de una vid, que destila el licor de los fuertes; en mi senda se enfila la legión triunfadora de los próximos días;


Yo soy el anunciado por viejas profecías. Emilio Robledo

HOSTIA En la fiesta de la presentación del Niño

Como si vieran lo que yo he visto Entre las nubes de este misterio. Voy a contarlo, porque de entonces Sé lo que agrada al Señor de obsequio; Vi que en los brazos del sacerdote Cubrió una nube del Niño el cuerpo;

Bajo la sombra de un templo antiguo, Centro de un pueblo que anda disperso, Una pareja presenta un Niño Como no han visto tierra ni cielo.

Vi que su sangre gota por gota En cáliz de oro iba cayendo, Hasta que exangüe como una víctima, Como un cadáver quedó su cuerpo;

Prestóle el trigo su suave tinte, Su dulce encanto dióle el lucero, Tino su boca sangriento ocaso Y aurora misma doró el cabello.

La nube blanca tornóse un círculo, Oculto el Niño quedó un momento. Y fue un sol blanco la ofrenda entonces Que enviaba rayos al orbe entero;

Cuando sus ojos miran abajo Sorprende un gesto de desconsuelo, Mientras irradia su faz divina Cuando sus ojos miran al cielo.

Como algún centro de red inmensa Al que los seres todos se unieron Cantando el himno del Sacrificio Con resonancia que abrió los cielos,

Es pobre el niño; si fuera rico Diera de ofrenda blancos carneros: Y apenas lleva, llenos de angustia, Dentro de un cesto dos pichonzuelos.

El padre Eterno sonrió a la ofrenda Había un arco en el firmamento, Mientras se iban avergonzados Y las palomas y los corderos........

Algo hay extraño; que otra pareja, A los que impuso su carga el tiempo, Hablan al niño como a Profeta Que ha mucho esperan con vivo anhelo. Lloran los viejos........ La madre, en tanto, Muestra, ocultando, dolor inmenso: Que no han podido los ojos nunca Negar al mundo lo que hay adentro. Algo hay extraño........Las palomitas Como que quieren alzar el vuelo;

Jesús Jaimes A.


LEÑO SACRO Oh! mortal, soy un símbolo: yo abarco Con dos líneas cruzadas El destino del hombre; yo sustento Sobre mi extraña contextura frágil El cadalso de un Dios. Con tardo vuelo Llegan a mí las aves del martirio A posarse en mis hombros de esqueleto.

Sociales

Soy un signo que aleja la locura; Un leño florecido de esperanza Sobre el árida roca del desierto; Soy el ánfora firme Que sostiene el bajel de los ensueños En medio de la turbia marejada Que salpica de lodo al pensamiento! A donde quiera que giréis los ojos Por el vasto horizonte, Veréis alzarse mi perfil escueto: Ya sobre la morada de los hombres, O la gigante mole de los templos, Ya en el fondo turquí del infinito Marcando el sur, formada de luceros! En las humanas pompas Brillo también; la espada del guerrero Lleva mi efigie; la imperial corona Me forma pedestal; y sobre el pecho De bravos y gentiles caballeros, Soy una flor de gloria que se abre Como un emblema del honor y el mérito! Oh! mortal, yo me alcé sobre tu cuna, Y en el albor de maternales besos, Como paloma al extender sus alas Acaricié tu frente Con la primera bendición, y luego, Dulce guardián de tu niñez tranquila


Calmé tus ansias y velé tu sueño.

El sólo bienes da porque es amor" —Ay! verdad es; mas cuando el mal hiciste la fuente abriste en que brotó el dolor.

Mañana, cuando mueras, fe seguiré piadosa hasta el asilo En que reposen tus cansados restos; Y, grabada en la piedra silenciosa, Escudo funerario de tu cuerpo, Como una madre extenderé los brazos Llenos de amor para estrecharte en ellos.

Tú enriqueciste sus fecundas venas al conrer ciego del deleite en pos; y pronto fue la tierra un mar de llanto, y creció tanto que llegó hasta Dios.

Alfredo Gómez Jaime

LA TRAGEDIA DIVINA Furiosos los judíos contra el Justo Que Mesías y Ungido audaz se llama, Juran borrar su vida y nombre y fama, Y vindicar de Dios el nombre augusto.

Suspende ya tu loco devaneo, abre a la gratitud el corazón; del pesar ya no esquives la amargura, y la dulzura siente del perdón.

Pronto lo entrega un mal amigo; el susto Dispersa a los demás; el pueblo clama Que muera en cruz, que aún al ladrón infama, Y al popular clamor el juez da gusto.

No sólo del perdón: la hiel gustada por los labios de un Dios no sabe a hiel. Si una gota de amor los tuyos toca, halla tu boca en el acíbar miel.

Y vendido, y clavado, y escupido Muere, bebiendo hiel entre agonías, El impostor, y juegan su vestido.

Mario Valenzuela

ANTE LA HOSTIA

Mas, ah! cúmplense así las profecías Letra por letra, y, si antes no creído, Ya todos ven que Aquel es el Mesías. Rafael Pombo

EN EL CALVARIO Hombre detente; sol y tierra y luna a su Dios llora mientras gozas tú. Mientras gozas no más? Con tus placeres el verdugo eres que le da esa cruz. —No me hizo Dios para vivir llorando.

El habita en la dicha inaccesible, mas de sus ondas se dejó sorber y por amor de tí por horas largas aguas amargas se dignó beber.

De rodillas cayó la muchedumbre! Pintada luz desciende por la ojiva; Como alas de ángel tiembla fugitiva, la onda de humo en el girón de lumbre; Y lanza el bronce hasta remota cumbre Su ronca voz hiriente, imperativa, Cuando el sol de las almas la Hostia viva Se alza bajo la cóncava techumbre. El pueblo, en tanto que sus ojos vela, Dobla, cual selva al huracán, la frente,


Y a Dios su culpa y su dolor revela;

Señor, y cuántas veces de alcázar eminente en Roma el rayo alado a su extinción voló; pero brilló en sus ojos, iluminó su frente, y fijo en su corona mil brillos le prestó.

Y alada sube la oración ferviente, Como nube de pájaros que vuelan Cuando apunta la luz en el oriente.

JESÚS SACRAMENTADO Y LA IGLESIA

De cien persecuciones el aquilón sombrío desencadena ciego frenético furor; mas quiebra ante sus plantas el ímpetu bravío y llévala en sus alas cual carro vencedor.

¡La Iglesia! al divisarla con extasiado encanto ¿qué corazón no siente sus fibras palpitar? ¿qué pecho no prorrumpe en ardoroso canto al verla por el mundo .magnífica pasar?

También hoy sordo ruge, y espíritus extraños concentra para el choque de lucha desigual, también convertiráse como en pasados años en carro que conduzca su séquito triunfal.

En torno acompañando su espléndido camino, del mundo lo más noble bañado en su luz va, cuanto hay en las alturas de santo y de divino: ¡que un cielo hay en la tierra, y entre su pecho está!

Caerán si te abandonan, Jesús, las monarquías; y el cetro con las ruinas veráse confundir: porque sin Tí son formas inertes, y vacías de espíritu que anime su lánguido existir.

¡Oh! sí, de un Dios la lumbre reflejan sus pupilas, de un Dios los pensamientos sus pensamientos son; sí, Tú que en el Sagrario, Jesús, mi Dios, te asilas, eres su misma vida, su propio corazón!

Mientras tu Iglesia santa, severa, imperturbable, bebiendo de tu cáliz la vida perennal, tomando de tu esencia su fuerza incontrastable, cual polvo mirarálas que esparce el vendaval.

Eres su misma vida, su corazón, su esencia, tu Cáliz eucarístico su vida hace crecer, y su vivir sostiene ,por íntima influencia tu Ser omnipotente con divinal poder.

De sus pasadas luchas en las terribles horas Tú fuiste de la Iglesia la vida y el poder, y Tú desde ese trono sacramental do moras serás siempre su vida, su misterioso ser.

Iglesia sacrosanta, mi mente en tí medita, para quien Cristo es vida y Cristo Corazón; y al ver que Cristo vive dentro tu ser palpita paréceme de Cristo secunda Encarnación!

Señor ¡si el orbe todo por Rey te coronara! si comprendiera el mundo, Jesús, que estás aquí, para ofrecerle vida, la vida verdadera, corriera a tus altares, postrárase ante Tí!

Los siglos, cual revuela la brisa peregrina, revuelan adulando su encantadora faz, reciben los aromas de su virtud divina y siguen, perfumados, el vuelo pertinaz.

Y al proclamarte hallara la fuente de su gloria, y hallara al abrazarte el centro del amor, tuviera al defenderte al Dios de la victoria, tuviera al conservarte la vida y el valor.

Enrique W. Fernández


Colombia, patria mía, que de Jesús ostentas del orbe entre los pueblos el más alto pendón, acércate a su pecho porque su vida sientas: ¡sin Cristo las naciones no tienen corazón!

Levanta, pecador, yo te perdono J. B. Jaramillo Mesa (De "Bronce Latino")

EL TRONO Y LA CRUZ

Tu vasto territorio por su Señor le aclame, tus nobles ciudadanos proclámenle por Rey, tu Ejército invencible su Capitán le llame, dirija tu carrera de tu Jesús la ley!

Lanzan los triunfadores del presente al que elabora el porvenir su insulto, pero la historia trueca reverente en altar el desdén, la afrenta en culto.

Fulgure en tu bandera su Corazón divino, como entre rojas nubes el sol crepuscular, y llegúense las brisas del suelo granadino, del alma mensajeras, sus pliegues a besar.

Florencia a Dante de su seno aparta, a Catón befa y escarnece Roma y cuando Atenas piensa y lucha Esparta, en impuro festín canta Sodoma.

Entonces, Patria ¡mía, al pie de tu bandera verásnos prosternados en santa adoración: ¡el Dios de las batallas en tí desde ella, impera! ¡el Dios de los altares es ya tu corazón! Eduardo Ospina S. J.

ZARZAS Dijo el ateo al Crucifijo: vengo del lodo, con los pies ensangrentados, a poner a tus plantas lo que tengo: decepciones, martirios y pecados. Torno a Tí de la orgía crapulosa donde el vino destila su veneno, y otra vez mi oración como una rosa deshojo ante tus llagas, Nazareno!

Tal nuestro mundo es, tal es la suerte que loca, al genio en su demencia nombra, al que da vida, arrójalo a la muerte, al que da luz arrójalo a la sombra. Pero el futuro incorruptible ha visto al fin donde está el bien, donde lo malo y a la víctima excelsa llama Cristo y al corrompido rey Sardanapalo. Por eso el Mártir de esperanza lleno, y ante el desdén universal tranquilo, su vida y su labor, alto y sereno, dedica al tiempo como el viejo Esquilo.

Rasga la sombra de mi escepticismo Rabí, riega tu luz sobre mi abismo, ya que de nuevo mi plegaria entono,

Sed, pues, de los que luchan y meditan y padecen y ascienden en secreto, pensad que un mismo día absorto ha visto erguirse dos figuras el imperio: una en árbol de afrenta, la de Cristo, otra en solio triunfal, la de Tiberio.

De mis crímenes rompe la cadena y dime cual dijiste a Magdalena:

Al lado del poder se alza la idea, frente al tirano, el Mártir solitario,


y junto al lauro de oro de Caprea, la corona de espinas del Calvario. Carlos Arturo Torres

JESUCRISTO Es el Profeta joven: como dorada lluvia tiembla su pelo dócil, fluye su barba rubia. El sabe lo que dice la voz de las colmenas y ama los canes tristes como las azucenas; y son sus ojos grandes, melancólicos, vagos, y en su fondo reflejan como místicos lagos el divino silencio de las noches tranquilas; y, cual besos que mueren, sus absortas pupilas aprisionan la calma del azul horizonte; son sus manos delgadas copio lirios de monte; por su voz habla el eco de un arrullo divino y en vez de lauros lleva la toca del Rabino. Es triste cuando vaga cual un pastor extraño en busca de la oveja perdida del rebaño, y cuando gime a solas por el amigo muerto; es triste cuando, extinta la luz en el desierto, con la cabeza baja y los ojos cerrados, medita entre una fila de camellos cansados. Si entre las negras frondas del olivar espeso el de Kerioth le besa con su marchito beso, sabiendo que su soplo sobre el Ungido vierte la hez de la perfidia y el valió de la muerte; cuando la vieja mano de Dios le desasiste, en el postrer instante de su dolor, es triste! Y si a la tibia sombra de la copada higuera sentado por las tardes, al pueblo que lo espera le dice la parábola, y en delicioso abrigo bajo la vid en fruto, de Lázaro, su amigo, a María, la tierna, y a Marta, la sentida, enseña a amar el alma y a despreciar la vida;

cuando, caudillo inerme de la legión futura de mártires,, levanta la mística figura, sobre el paciente lomo de la borrica tarda, y en medio de las voces del pueblo que le aguarda entra a Salem, de gozo y angustias el alma llena; cuando en las horas grises de la última cena no ya la pecadora su casto pie le enjuga y mientras Juan —el virgen— comparte su lechuga el Rabí, desolado por la melancolía es dulce, es dulce, es dulce! La blanca Eucaristía palpita entre sus manos; con la mirada alumbra los tintes nebulosos de tímida penumbra que va llenando en olas aquel sereno asilo, y, destrozado mártir al parecer tranquilo, sobre el terso cristal de su memoria la pena sin orilla de su futura historia, y oye vibrar el beso del hombre que le entrega y la cobarde excusa de Kefas que le niega, y, como los retumbos de sorda catarata, los bárbaros aullidos del pueblo que le mata mientras el ancho margen de la ventana Hebrea recorta azules franjas del éter de Judea, que está diciendo al mártir de faz entristecida: "Cómo puede ser dulce, fácil, ideal la vida!" Contéstame: qué trágico calzó mejor coturno que aquel Crucificado de rostro taciturno que erguido sobre el Gólgota, desde la cruz pasea los ojos por su caro país de Galilea que no verá en el tiempo, y en lánguido desmayo se va muriendo exangüe. Cuando vestía el sayo de punzador ultraje, cuando cargó la carga de su futura gloria, cuando probó la amarga bebida el labio virgen, dolorido y sangriento y oyó que su lamento se perdía en el viento fue el trágico sublime! La flor de los dolores regó desde ese instante sus cálidos olores


y como banda nívea de cisnes familiares al arenal sin límites huyeron a millares las vírgenes de Cristo que en su mansión de palma hallaron lo que Grecia no pudo hallar: el alma.

Mira: se borra tu divina huella; a los golpes del fuerte que lo hiere sucumbe el débil con dolor profundo!........ Guillermo Valencia

CRISTO

De la justicia se eclipsó la estrella! La fuerza impera, y el derecho muere! Oh! Cristo! Oh! Cristo!, abandonaste al mundo?

I Y cerré el libro, al terminarlo. Era la triste historia de la especie humana, la mancha de la inmensa caravana tras la sombra fugaz de una quimera!........ Cerré los ojos, y miré doquiera: luchas, odio, ambición, sangre que mana! Y entre gemidos de dolor, lejana la roja luz de secular hoguera!........ Esclavos, oprimidos, opresores, gotas de miel, oleadas de amargura, muchas espinas, entre pocas flores!........ Y en el desfile a que en silencio asisto, allí, a lo lejos, en la noche oscura, astro que rasga la tiniebla, Cristo!........ II Tú que al vencido de la vida: "Avanza" —Le dijiste;-— tras lóbregas edades, guía de las humanas libertades, astro de redención y venturanza!........ Tú que en la tempestad, fuiste bonanza y en las sombras un haz de claridades, y entonaste en el mar de Tiberiades el himno del amor y la esperanza!........

Diego Uribe

VENGA A NOS EL TU REINO Me llenaréis de alegría en la mañana y en la tarde. (Salmo LXIV-9)

Con creciente fervor pido, Dios mío, ese reino que ofreces a los buenos; soy un doliente soñador que marcha entre los hombres, aturdido y ciego. No sé de qué regiones encantadas proscrito por tu ley, cansado vengo, ni en que remota estrella se quedaron los de mi antigua edad, caros afectos. Si erré, Señor! para aplacar tu ira doblo la frente sobre el duro suelo.. . Tendrás piedad, y mis oscuras faltas perdonará tu corazón inmenso. Siento en mi ser el ansia incontrastable de gustar la dulzura de tu reino, de ver tu rostro y confundir mi alma en tu amor, en tu paz, en tu silencio. Y algo más pido a tu bondad: que pueda descansar en la gloria de tu seno, esta santa mujer que me acompaña al través de la vida y del invierno.


la mente de los pueblos no ilumina, y de incierta esperanza tras la cumbre, en sepulcral quietud, sin fuerza, sin calor y sin virtud, la humanidad se duerme en la sentina de asquerosa y abyecta podredumbre.

Aquí, puse el amor que tu me diste en cosas nobles y lejanas; ……luego, herido por las mofas inclementes, volví mis pasos al altar del Sueño. . Ora voy hacia Tí; y en el camino desvanecidas ilusiones dejo, y mis quejas amargas, condensadas en la cadencia triste de mis versos.

La noche está ya encima. Qué de errores apagan de la fe los resplandores! qué de tormentas braman! Ya flaquea, cual cedro descuajado por el Noto, la sociedad entera! Ya flamea sobre el mundo la enseña de Satán; y de tronos se siente el terremoto y de pasiones ruge el huracán!

Serenamente espero que me llames para cerrar los ojos soñolientos; ya estoy cerca de Tí;... ya está mi alma suspensa en los umbrales del misterio.... Ricardo V. Pinzón

PLEGARIA DEL SIGLO XX ¡Vuélvete a mí, Señor, no me abandones! si grande soy, ante tus pies postrado más grande seré aún, y mis pendones no el humo de mis fábricas será: que el signo de tu cruz al viento izado y tu sangre brotando entre oraciones, la vida a mis arterias volverá. De Emaús los discípulos un día, cuando partir te vieron, ya próxima la noche obscura y fría, "quédate con nosotros!" te dijeron; "el sol declina; de los altos montes la noche ya desciende"; y esa misma plegaria de mi pompa en los anchos horizontes ferviente se desprende y te envuelve en la hostia solitaria. Mira que el sol declina: ya de la fe la esplendorosa lumbre

Quédate con nosotros! Oye el grito que yo, siglo de luces y tinieblas desgarrador te lanzo al infinito. Tú que de mundos los espacios pueblas, cuya mirada al sol presta su luz, -Tú que tu vida por el hombre diste cuando bajo tu cruz se retorció expirante el paganismo y en tu costado, sobre ella, hiciste cuna para mecer el cristianismo, escucha mi clamor, mi queja triste: No me dejes rodar hasta el abismo! Quédate con nosotros! En las leyes y en el seno de todas las naciones; en la frente y corona de los reyes; en los vates que entonan tus canciones; en la escuela, la cátedra y la prensa; en todo corazón y en toda mente; doquiera el hombre redimido piensa; doquiera el hombre redimido siente. Desde la hostia, de tu amor asiento, Do prisionero ocultas tu esplendor,


vuelva a escuchar tu acento el mundo que te invoca en su estertor. Rey de los reyes! Ante Tí me postro y en tierra prosternado el triste rostro, fe te pido y amor. Reina, Señor, en todas las naciones! Vuélvete a mí, Señor, no me abandones! Héctor H. Hernández, Pbro.

ITE AD JESUM En el místico altar solitario, Bajo pobre dosel, encubierto, Con el pecho divino entreabierto, Hace un cielo Jesús del Sagrario Y un oasis en medio al desierto. Los que lloran perdidos encantos, Los que anhelan divinos ensueños, Que depongan allí sus empeños, Que se acerquen allí con sus llantos Que se eleven con El en sus sueños. El ha visto el dolor y ha llorado, El oyó maldecido su nombre, El sintióse también olvidado, Y al pensar en las penas del hombre La traición soportó resignado. El fue niño y sufrió lo que el niño, Por amarnos sintió nuestra muerte, Y al quedarse su párpado inerte Se escondió bajo el pan sin aliño, Para así acompañar nuestra suerte. Y fue huérfano y pobre en el mundo Siendo dueño del ruñar y los cielos, Y al mirarse en la cruz moribundo, Consentido cariño profundo, Bajo el ala acogió sus polluelos.

Y su cuerpo les dio por comida, Y su sangre fecunda en bebida, Por arrullos cantarles de gloria, Por consuelo su eterna memoria, Por perpetuo rescate su vida. El nos llama con célicos modos; Con sus ojos de amante, velados, Con sus labios de mártir, llagados, El nos dice: Venid a Mi todos Los que vais por la vida cansados. Luis Enrique Forero


EL CABALLERO DE EMAUS Y aconteció que al declinar el día caminaban los dos tímidamente hacia la polvorosa lejanía de Emaús que en el límite surgía como un dardo de piedra reluciente. Y evocaban con dejo compasivo del buen Maestro la final escena: su dolor, su desmayo fugitivo, y el anuncio que el Hijo de Dios vivo hizo al grupo feliz de Magdalena. Y he aquí que por el árido sendero súbito se acercó, sin ser oído de los dos, un extraño compañero; y era el mismo Jesús, como un viajero que cruzase país desconocido. Y díjoles: "¿Qué pláticas son estas que entre vosotros concertáis andando, y estáis tristes?" "Tú sólo de las fiestas —dice Cleofás— retornas ignorando el prodigio de cosas manifiestas? ¡mal peregrino!" Y el Señor responde: "¿Qué cosas?" Y ellos: "Pues el Nazareno cuya gloria sin par ya nada esconde, de Jesús el Rabino y el Profeta, grande entre todos y entre todos bueno. Del mismo que llevaron al suplicio los príncipes del templo y fariseos y recibió condenación de muerte; que en nosotros prendía los deseos de ir tras su huella; del caudillo fuerte, del Salvador del pueblo. Mas ahora todo acabó y es el tercero día


del suceso. También mujeres nos dejaron angustia aterradora al relatar que del sepulcro había desaparecido el cuerpo, y sobre el canto vieron visiones de ángeles ceñidos en túnicas de pliegues luminosos, que les trocaron en placer el llanto diciéndoles que vive. Presurosos al oírlas, los nuestros a porfía arrancaron, y Juan llegó primero y sólo halló la cavidad vacía, ¡pero no vieron al Señor! Severo les dijo entonces El: "Oh, raza impía tarda de corazón, a la fe dura. ¿Ignoráis el profetice relato para Israel y su triunfal historia? ¿Cómo se cumpliría el gran mandato en Cristo, sin la Cruz y sin la Gloria? Y, cual leyendo un historiado muro, expuso ante sus almas asombradas el libro divinal de infracto sello: desde Moisés, en el pasado oscuro, hasta el hombre de pieles de camello. Y fue puntualizando en el Mesías, en Sí mismo el anuncio milenario que cifraban las arduas profecías, y les mostró, por fin, sobre el Calvario al Varón de Dolores de Isaías........ Y entre el blando coloquio sin testigos —extintas ya las ráfagas postreras— bajo el murmurio de los cabrahígos

y el moroso vaivén de las palmeras, llegaron a Emaús los tres amigos. Y El hizo amagos de seguir. Con viva inquietud le detienen y a su frente le hace sentar la humilde comitiva: parte el pan —la mirada pensativa— y ellos le reconocen de repente. Y ante sus ojos, de pavor turbados, Jesús desapareció mientras decían: "¿No nos estremecimos inflamados cuando al venir, sus labios inspirados los misterios recónditos abrían?" Y esos que en el coloquio vespertino en su ruda ignorancia montañesa no advirtieron el hálito divino, lo hallaron en el aire peregrino con que partiera el pan sobre la mesa. ¡Oh pulcritud! ¡Oh sello soberano que un ademán efímero eternizas! ¡Oh distinción que al mísero gusano alas viste! ¡Oh signo sobrehumano, tú la divinidad exteriorizas! Guillermo Valencia

LA REDENCIÓN Cual fruto carcomido Por el gusano hambriento, Marchita su frescura, Sin jugo y sin olor; El mundo miserable Lanzaba hondo lamento Sin luz en el espíritu, Sin fe en el corazón. La humanidad enferma, De vicios enervada


En piélagos de sangre Buscaba la salud; El Dios de las conquistas, Que al débil anonada, Veló con sus pendones El firmamento azul. Las águilas de Roma, Cruzando por los mares, Dominan con sus alas Del mundo la ancha faz; Son Dioses los deleites, Los templos, lupanares, La fuerza es el derecho Y el bien, la utilidad. Placer de los sentidos Licencias del deseo, Festín de liviandades, De gula y embriaguez Espíritus en ruina ¡Oh Cristo en quien yo creo! Fue el cuadro tenebroso Que viste tú al nacer. Te dieron las montañas Sus vírgenes olores; Su arrullo, los torrentes, Las aves, su canción; El hombre imagen tuya Y amor de los amores, Ni quiso ver tu cuna Ni quiso oír tu voz. Cerró de tus hogares, La puerta a tu gemido, No viendo en niño pobre Generación de Dios; La túnica del loco Te dio como vestido;

De burlas y de espinas Tu frente coronó. Tú das la vida al mundo Y el mundo te da muerte, Tú bajas de los cielos A renovar la luz, Y el hombre, del espíritu Los ojos cierra al verte Y busca las tinieblas Y teme la salud.... Camino del Calvario, Exangüe y macilento Y entre iracunda plebe Te arrastran ¡Oh Jesús! El pueblo, de tu sangre Divina está sediento: La túnica te rompen, Te enclavan a la Cruz....... ¡Hay lúgubre tristeza, Solemne espectativa En cuanto el cielo abarca, En cuanto alumbra el sol; Luzbel siente una sombra Sobre su frente altiva, Resuena en los sepulcros Incógnito rumor! ¡La tierra estremecida, Muestra su seno abierto Y la asombrada muerte Alza la fría sien........! ¡Allá, sobre un peñasco, Cristo descuella muerto! Y en noche de vergüenza Se oculta todo el ser. ¡Oh vates inspirados! Tañed vuestros laúdes,


Cantad los inmortales Poemas de la Cruz; La humanidad es libre, Renacen las virtudes, Los hombres son hermanos ¡Resucitó Jesús!

Quién a tocar se atreve con sus indignas manos El cuerpo inmaculado que se inmoló en la cruz? Es uno, que se inmola también, por sus hermanos, No indignas, sino blancas cual lirios son sus manos, Porque entre lirios sólo se apacentó Jesús.

La ciencia se avigora, El arte resplandece, Dilata el pensamiento La salvadora fe; Y en el herido seno Del corazón florece La vivida esperanza, Nuestro seguro bien.

Es uno que solloza con todos los que lloran Es uno que prodiga bondades por doquier: A El acuden todos los que piedad imploran, Sus voces son arrullos que rinden y enamoran........ Pero.... ¿quién es —decidme— tan misterioso ser? Es un joven levita de corazón ardiente, De alma sencilla y pura, tan blanca como un lis; Es grande.... y es humilde; es débil.... y es valiente; Porque ha sufrido mucho tiene mustia la frente Y extenuados los miembros cual Francisco de Asís.

Los hombres son iguales, El niño se levanta De la cruel coyunda Que su derecho ató; Reliquia es el anciano Y la mujer es santa, Cual manantial perenne De vida y bien y amor.

Por él, bajo las naves severas del santuario, Resuenan los acordes de un cántico triunfal; Por él, vierte raudales de amor el incensario Y desgranan los bronces del viejo campanario Sus notas armoniosas de límpido cristal....... Enrique W. Fernández

EN EL ARA Se oye bajo las bóvedas severas del santuario La orquestación solemne de un cántico triunfal ... Torrentes de perfume derrama el incensario Y desgranan los bronces del viejo campanario Sus notas armoniosas de límpido cristal. Todo es color y luces, plegarias y armonía.... Se extiende por los ámbitos un nítido rumor Es la piedad ferviente de un pueblo que confía, Cuando del ara surge cual sol, la Eucaristía Que manos temblorosas sostienen con amor.

Manuel de Jesús Grillo M.


LA CAMPANITA DEL ALTAR Recatada allá en la orilla De una grada del altar, Como siempre te descubro, reverente campanilla, Aguardando silenciosa el momento de sonar.

Litúrgicas

Llega en tanto y acaricia tu contorno reluciente, Cual radiosa mensajera de las cumbres del oriente, La irisada y sutil hebra Que desciende por la ojiva Y en tu tersa superficie redorada su luz quiebra; Semejando desde lejos Sus magníficos reflejos Aureola de tus sienes y fulgente llama viva De un amor que desbordara de tu seno fervoroso En presencia del sublime tabernáculo precioso. Oh devota campanilla, Centinela del altar! Quién trocara su destino con el tuyo sin mancilla, Y por siempre al pie de Cristo se quedara en tu lugar! Pero quién sino tu sola; qué mortal cual tú, sería De Jesús Sacramentado tan perfecta compañía? Tú no sufres, Tú no lloras, Tú no luchas, campanita; Ni favor, ni fortaleza, ni piedad del cielo imploras: Sólo amor a Dios le ofreces, Y ante el ara permaneces Cual si orases en un éxtasis beatífico que incita A pensar en la ventura y en los goces sin mudanza De la vida de los justos en la bienaventuranza. Campanita que de hinojos Te consagras al Señor! Quién al verte no imagina que Jesús con dulces ojos, En retorno a tus finezas te contempla con amor? Y quién no oye como un eco de celestes arpas de oro


O no afirma que preludias de los Ángeles el coro, Cuando se alza el velo santo Y en honor de la Hostia pura Surge clara y argentina tu voz dulce como un canto?........ Oh bien haya tu salmodia Cuando brilla la custodia Coronada de esplendores y radiante de hermosura Al Dios vivo aprisionando con un lazo tan estrecho Como el lazo de los fieles que lo acogen en su pecho! Pero suena, campanita, Suena, suena sin cesar Que el supremo instante llega en el cual tu voz bendita Es la única que acierta; sus loores a expresar! Ya balbuce el celebrante, de emoción el alma llena, Tembloroso y con sigilo, las palabras de la Cena, Ya se trueca el presbiterio En cenáculo divino; Sobrecoge a los mortales la grandeza del misterio; Y doblando la rodilla Todo ser la frente humilla, Y enmudece ante el Eterno, que desciende al pan y al vino. Mas tu voz, oh campanita, se escucha por momentos, Y resuenan en el alma tus melódicos acentos! Oh solemne voz querida! Oh suave y tierno son! Delicioso y deleitable ritmo santo que convida.

La infinita ofrenda augusta que legar quisiste al hombre? Y el incruento sacrificio, que hallo digno de ofrecerte, No me eleva hasta ti mismo con el precio de tu muerte? Oh infinito amor de Cristo Que a los hombres busca así!........ Con tu amor mi amor enciende, y perdóname si asisto A tu Mesa, tan indigno como soy, Señor, de ti! Oh Jesús ya estás conmigo! y aunque nada sé decirte Y aunque nada acierto ahora ni a ofrecerte ni a pedirte, No me dejes, Dueño mío; Ni jamás de ti me aparte El que ciego juzgo a veces y tiránico albedrío! No me dejes, que te adoro; Y ya el célico, alto coro, Por su reina presidido, viene a mí para ensalzarte! Y a tus plantas, como siempre, con delicia resonando De tu dulce campanita sigue en mi alma el eco blando! Bondadosa campanita! Yo te he visto penetrar En la estancia silenciosa donde apenas tu visita En la faz de un moribundo puede un rayo hacer brillar. Y yo he visto que al influjo de tu voz consoladora, Cuando lejos se oye apenas, en el lecho se incorpora, Y animándose un instante Mueve el labio tembloroso Con sus últimas plegarias el piadoso agonizante;

A ensalzar a Jesucristo y a ofrecerle el corazón! Oh Jesús a Ti me llama y en tu nombre solicita Para ti mi vida y mi alma tu preciosa campanita; Y no puedo al dulce encanto Resistir, aunque me asombre Mi honda nada en tu presencia, oh Señor, tres veces Santo!.

Y yo he visto cuál revive Cuando en su alma a Dios recibe; Como oscila el mustio pecho menos lento y fatigoso, Y fulgura en la mirada, cual relámpago de vida, Una ráfaga que alumbra la postrera despedida!

Mas qué temo? No va unida Con mi amor y con mi vida

Cuál me atraen y subyugan, deliciosa campanilla! Tus encantos, tu ternura, tu piedad, tu fe sencilla!


Podrá haber quien no te quiera? Los perversos corazones, Al mirar tus atractivos, depondrán su saña fiera? O quizá surgirá un día Contra ti la furia impía?........ Ay quién sabe!........ Pero en tanto, sigue, sigue con tus sones! Sigue, sigue, que me impulsas a imitar tu noble ejemplo, Y mi espíritu fascinas cada vez que te contemplo!

LA LAMPARA DEL TEMPLO Cuando se va el incienso Y acalla el coro sus sonidos graves, Y el astro en las alturas ya no brilla, Medio alumbrando las profundas naves Queda en el templo humilde lamparilla. Y durante la noche Que contornos ni límites precisa Y gruta y bosque de misterios puebla, Aquella tenue lámpara indecisa Batalla sin cesar con la tiniebla. Sus tímidos fulgores Juegan en el altar con viso vario Y cuando está en mudez el mundo entero Iluminan a trechos el santuario En donde está el Divino Prisionero. Allí, Señor, tú moras Por indecible e inexplicable arcano, Allí esplende la gloria de tus cielos; Allí reparte pródiga tu mano Millares de esperanzas y consuelos. En ese humilde asilo Tu te recatas en brillante sombra; Ah, Tú que tienes por dosel las nubes! Allí ante majestad que no se nombra

Antonio Otero Herrera

Velan de amor temblando los querubes. Con esplendor muy débil Fabricaron los hombres el palacio Donde escuchas angélicos concentos; Tú que le diste estrellas al espacio Y vuelas en las alas de los vientos. Oh Rey de lo Creado! Cuanto existe en el mundo y tiene nombre Obedece a tu Verbo santo y vivo Y por el ser rebelde, por el hombre, Siempre en las aras estarás cautivo. A tu terreno alcázar Recinto inagotable de tus dones, Al par que dé las flores los aromas, Acuden las humanas oraciones Como inmensos enjambres de palomas. Allá la voz del niño Que trino de ave huérfana parece; Y la prez del anciano, noble y bella, Y la tierna plegaria que florece En el pecho vivaz de la doncella. Cuando a la media noche La luz diviso que te está alumbrando En el augusto templo, casi oscuro, De los olivos en el huerto orando De rodillas mirarte, me figuro. En esa horrenda noche, Víspera del martirio más cruento, Solo quedaste, bajo incierta lumbre, Solo con tu divino pensamiento, Solo con tu infinita pesadumbre. Oh Dios! Como ese vaso Que su temblante resplandor envía A la sombra del templo solitario


Arda mi corazón de noche y día Al sol de caridad de tu santuario. Luis María Mora

Leyendas


LA PARÁBOLA DEL LEPROSO

LAGRIMA DIVINA (Jesús y Juan en el Cenáculo)

Jesús marchaba hacia Belén......:. el día tras los montes lejanos entre nubes de sangre se extinguía; y la misericordia de sus oros regaba en los oscuros olivares y entre los gigantescos sicómoros.

—Qué te aflige? Maestro. Por qué triste Aparece tu frente soberana? Temes, Señor! Te abruma ese mañana Que ayer en el Tabor nos predijiste?

Y detrás de Jesús, la muchedumbre caminaba doliente y silenciosa, mientras el sol en la lejana cumbre deshojaba sus pétalos de rosa.

—Triste, muy triste estoy hasta la muerte —Cuéntame qué te pasa. Aquí a tu lado El discípulo está que Tú has amado, Padeciendo también lloroso al verte. \ Te acuerdas de tu Madre, de María........ Y tiemblas al pensar en sus dolores Cuando la dejas sola, y mudo llores En el tormento atroz de tu agonía?........

De Belén a las puertas un leproso, al contemplar la multitud, lloroso, sus brazos extendió, como esas ramas de los árboles viejos que el tiempo cubre de úlceras y lamas.

Ella será mi Madre y yo su hijo Yo cuidaré de su inocente vida Cuando llegue la amarga despedida. Jesús, enternecido, nada dijo.

Juan, al verlo, quitándose el abrigo piadosamente lo alargó al mendigo; y Pedro —Padre del linaje humano— exclamó sollozando: "Te bendigo", y sus sandalias entregó al anciano.

—Qué ves, Señor, surgir en el futuro: Quizá la ingratitud de tus amados, O el desprecio que pongan olvidados Sobre tu amor los hombres? Yo te juro

Jesús entonces se acercó, y gozoso, con íntimo fervor, con embeleso estrechando en sus brazos al leprosodejó en sus llagas el clavel de un beso.

Que habré de ser hasta morir constante. —Otros dolores me atormentan, otros: Uno me hará traición entre vosotros!........ Judas miraba a Cristo en ese instante.

La multitud se estremeció........Moría la tarde en los oscuros horizontes y con sus besos de piedad cubría la frente pensativa de los montes. Ricardo Nieto

Las sombras se agolpaban presurosas, El silencio tendió lento sus alas Y la estrellas estrenando galas Se asomaron al cielo esplendorosas. El Cenáculo un cielo parecía


Jesús dejó rodar meditabundo Una lágrima tierna sobre el mundo Y esa lágrima fue la EUCARISTÍA.

Recobrará tu religión su imperio.

Luis Enrique Forero

TRAICIÓN I Con voz entrecortada y temblorosa: —Señor, dijo el traidor al Nazareno, Con mi traición no correrá a torrentes La sangre humana en el nativo suelo; No poblarán los ámbitos del aire Los gemidos de viudas y de huérfanos; Con mi traición sucumbirá el tirano, Y volverá su libertad a un pueblo. Y Jesús el de blonda cabellera Y pupilas azules como el cielo: —Deja, le dijo, que la sangre corra, Y que pueblen el aire los lamentos, Y que la libertad surja radiante, Tinta de sangre, pero no de cieno!

Y Jesús el de blonda cabellera Y pupilas azules como el cielo: —Deja, le dijo, que la guerra estalle Con su trágico y fúnebre cortejo De combates, cadáveres y heridos Silbar de plomos y chocar de aceros; Y que mi religión surja radiante, Tinta de sangre pero no de cieno! III Después con las miradas en la altura, Y de tristeza dulcemente lleno, Exclamó: De mi paso por la tierra. Solo una herida irrestañable llevo: No el látigo que hiriera mis espaldas; No lo duro y pesado del madero; No del Calvario las amargas horas; No la esponja de hiél que me ofrecieron; No la acerada lanza de Longinos, Que dio una rosa a mi costado abierto........ Lo que no se ha borrado todavía, Y aún me quema cual candente hierro, Fue el beso del Traidor........ en los Olivos....... La caricia de Judas........ en el Huerto.

II Con voz entrecortada y temblorosa —Señor, dijo el traidor al Nazareno, Con mi traición se entregará vencido El que pretenda derrocar tu templo; Con mi traición se evitará la guerra Con su trágico y fúnebre cortejo De combates, cadáveres y heridos, Silbar de plomos y chocar de aceros; Con mi traición se elevará tranquila La sagrada oración en los conventos, Se adorará tu nombre en los altares,

Diego Uribe

BÍBLICA Una tarde Jesús por la campiña transitaba, después de haber comido con Marta y con María bajo el palio fecundo de una viña. Le seguían los! Apóstoles. Moría la tarde sobre el llano. En el confín Betania parecía


envuelta en los fulgores del ocaso una Sultana que al azul rendía la cabellera de encendido raso. Jesucristo y los suyos dialogaban. Al fin llegaron con tranquilo paso a la orilla del mar. Blancas espumas irisaban la arena de la playa; sobre la mar, como flotantes brumas se apiñaban las sombras, y mirando que el último fulgor del sol desmaya Jesús el brazo hacia la orilla enarca en señal de mandato. Ellos, resueltos saltan, ligeros, a la frágil barca y se deslizan, con los remos sueltos. El horizonte con rumores vagos presagia la borrasca. Jesús duerme. Sueña tal vez con los dormidos lagos de Nazaret, cuando al caer la tarde explicó la parábola sencilla del buen Pastor, a las sumisas gentes arrullado al vaivén de la barquilla. Los Apóstoles tiemblan. La tormenta sus borrascas de luz y agua desata; "el trueno sordo con fragor revienta" la nave en el turbión se desbarata. Salvadnos, oh Señor, que perecemos! Claman ellos, Señor! Y en vano ensayan la indómita pujanza de los remos, contra el mar. Un abismo se abre, luego sobre un monte de espuma el barco flota. Jesús con la cabeza entre las manos duerme; la racha su cabello azota; en vano le despiertan sus hermanos; en vano le suplican, pavoridos conjurar de las ondas los estragos,

porque El, indiferente, sigue soñando con los mansos lagos arrullado al vaivén de la barquilla * *Aquí el poeta contradice el relato evangélico. Por eso va esta composición entre las Leyendas.

Era otra tarde; estaba en Nazaret. La florida orilla del lago se estremece. Claro lampo de luz salpica las espumas blondas. Es que El se acerca ya, con la oprimida planta que domará mágicamente los revueltos cristales de sus ondas. Las ráfagas de luz ciñen la frente del Nazareno. Entre la brisa hay una esencia de floridos olivares. Muere la luz, y surge, allá, la luna sobre un monte lejano de palmares. Jesús, en medio de las ondas, ora; tiene una veste blanca; su figura irradia. El astro desde oriente dora el valle en calma y bajo la espesura de las verdes riberas se estremece. Súbito, al ampo claro de un relente, el lago se abre, se ilumina, y crece. Jesús entonces, con su gesto suave, alza a los cielos la serena frente que cubren rizos de guedejas blondas; se cierne sobre el lago como un ave y se queda mirando dulcemente e1 naufragio de luz bajo las ondas. J. Rafael Maya


LAGRIMAS DE ORO

creyó ver un rosal lleno de rosas que iba sobre las piedras caminando.

Una noche Jesús meditabundo, Con sus ojos tan grandes y tan tristes, Entre las sombras contemplaba el mundo. La obscuridad en torno se extendía Como una mancha de carbón, y el cielo Un inmenso sudario parecía.......

EN LA CRUZ Dicen que cuando Cristo agonizaba, llegó del Occidente, en medio de las auras vespertinas a posarse en la Cruz ensangrentada, un enjambre de errantes golondrinas.

Y, al contemplar la ingratitud humana Más negra que la noche, más obscura Que la tiniebla espesa, Suspiró con dolor, con amargura, Inclinó sobre el pecho la cabeza.

Y cuando el populacho enfurecido colmó al Mártir de escarnios y salivas y el sol horrorizado cerró los ojos y enlutó sus galas, las aves compasivas, en torno al moribundo revolando, de sus sienes divinas sacaban con los picos las espinas y enjugaban la sangre con las alas.

Y lloró........ lloró mucho........ lentamente. Jesús abrió los ojos, Esos ojos tan grandes y tan tristes Que parecían llorar eternamente. Y al mirar la bóveda sombría Semejante a un obscuro terciopelo, Se secaron sus lágrimas........ ¡Había Un reguero de estrellas en el cielo!

ROSAL DIVINO Cabizbajo el Señor, Gólgota arriba, la cruz al hombro, mudo y sin aliento hacia el final de sus angustias iba cayendo aquí y allá; todo sangriento. Oculto Judas, en aquel momento miraba en cautelosa expectativa desfilar la siniestra comitiva por el largo camino polvoriento. Y al contemplar del Mártir las espinas en fiera trabazón y las preciosas úlceras como flores purpurinas, Judas cayó de hinojos sollozando,

Julio Flórez

Ricardo Nieto

En memoria de aquello, desde entonces cuando en cruz de dolores clava la humanidad, ingrata siempre, los que por su bien son luchadores, el Mártir del Calvario les envía consuelos y esperanzas, cual bandada fugaz de golondrinas, a arrancarles del alma las espinas. Adolfo León Gómez


JESÚS

Vuelve Jesús la celestial cabeza, Que taladran los áridos abrojos, Y dice con acento de tristeza Retratada en el fondo de sus ojos:

Uno de aquellos que a Jesús hería con blasfemias después de flagelarlo, arrancóle un puñado de cabellos en tibia sangre y en sudor bañados; Y dijo alzando los crispados puños: "Voy a ofrecerlos a Caifas"! El manto de la noche envolvía tierra y cielo........ y el hombre caminaba apresurado.

—"Un solo beso me robó la calma, En una noche lúgubre y sombría, Y un solo beso me consuela el alma Porque es el beso de la Madre mía". Carlos Mazo

De pronto se detuvo como presa de una visión deslumbradora y pálido y amedrentado vaciló........ Tenía un haz de resplandores en la mano. Ismael Enrique Araniegas BESO POR BESO Caminaba Jesús entristecido, Curvadas las espaldas bajo el peso Que la traición de un hombre envilecido Sobre ellas puso con infame beso. De repente, convulsa, sollozante, Entre la turba criminal e impura Se acerca al Nazareno agonizante una mujer transida de amargura. Era ella la Virgen dolorida, Era ella, la Madre que buscaba Un pedazo de su alma y de su vida, Que el hombre sin piedad le arrebataba Lo ve, y el corazón hecho pedazos, Con un ansia de amor intensa y loca, Lo estrecha desolada entre sus brazos Y estampa un beso en la sedienta boca.


Dedicatoria del

HIMNO OFICIAL DEL II CONGRESO EUCARISTICO NACIONAL Cantemos Jubilosos etc. …………………………………… Mi canto Encáustico a Ti, Señor, entrego; y en tanto que a tu gloria lo ofrendo en alabanza, en tu abierto costado pide asilo mi ruego en busca de un refugio de amor y de esperanza. Por eso a Ti se llega rni planta ensangrentada, por entre los eriales de la existencia adversos, y «mientras que la tarde se hace en mi jornada te ofrezco, reverente, las rosas de ¡mis versos.

Himnos populares

A Ti, sacrificado entre inconscientes mofas! A Ti, que a los humildes ensalzas y das galas, mi pequeñez se atreve a enviarte mis estrofas, porque la Fe me diste para ponerles alas. Deja abrevar mi alma sedienta y solitaria, en tu misericordia, Señor, que nunca agotas, y que la Pecadora contrita de Samaria del 'milagroso cántaro me dé a escanciar las gotas. Por tus clavos punzantes, por tu aguda corona, por los siete dolores de la Madre adorada, por tu amor a los tristes, mis pecados perdona, por Magdala, que un día también fue perdonada! Que yo también perdono a los que sus agravios lanzaron inhumanos, contra mi pedio un día, pues Tú ¡me lo enseñaste con tus piadosos labios cuando "¡Padre, perdónalos........!" dijiste en tu agonía. Una ilusión que nace, y otra ilusión que muere; un sueño que se extingue cuando la duda labra; el ideal, marchito........ Por eso mi alona quiere el bálsamo que mana, Señor, de tu palabra.


Y así colmo las olas del mar de Tiberíades aplacaste y las aguas tornáronse tranquilas, aplaca mis tormentas, y que mis soledades ilumine, piadosa, la luz de tus pupilas.

bajo un dosel de alas, tus propios cielos sean azul arco triunfal. III

Salvarme Tú lo puedes, y a Ti mi alma implora si por la vida sigo con vacilante paso, un día, cuando llegue la Muerte, redentora, permite que repose, Señor, en tu regazo!

HIMNO OFICIAL DEL II CONGRESO EUCARISTICO NACIONAL

Loemos las espigas que bajo el sol glorioso con esplendor los campos prolíficos nos dan: sembremos la semilla, que el trigo generoso es Hostia en los altares y en los hogares pan.

CORO

IV

Cantemos, jubilosos por una eternidad, del Pan Eucarístico la gloria y majestad!

Los Cielos y la tierra te rindan siempre palmas, de orbes y naciones munífico Señor. ¡Alienta nuestra vida, conforta nuestras almas, y vierte en nuestro pecho el Cáliz de tu amor!

Próspero Pardo

I Rendidos adoremos la Hostia Inmaculada ¡Oh Dios del Universo, Cordero de Israel! En tierra la rodilla y el alma prosternada, que nuestros corazones te sirvan de escabel.

V Jesús Sacramentado, purísimo Cordero! Por tu Carne y tu Sangre y por tu Redención: Sobre Colombia toda y sobre el mundo entero perdure por los siglos tu eterna bendición!

II Que los floridos prados te den todas sus galas: la vid, tu roja sangre —Divino Manantial— y. para que Tú pases

Próspero Pardo Enero de 1935


VIA-CRUCIS Letra de J. Jaimes A. Pbro. CORO En pos vengamos Del Dios de amor, Y confiados digamos: ¡Piedad, piedad, Señor! SOLOS 1* ESTACIÓN

En frente está la madre del Cordero: Ya no es su faz la hermosa que ella vio........ ¡Oh qué pesar, que trance amargo y fiero! Y de ese mal la causa he sido yo........ 5* ESTACIÓN

Jesús es ayudado por el Cireneo El hombro ya le presta el Cireneo; Así será más largo su penar........ ¡Oh cuanto yo con mi Jesús deseo La ruda cruz de mi pasión llevar! 6* ESTACIÓN

Jesús es condenado a muerte

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Yo con el juez que te condena a muerte, Dulce Jesús, mi voto di también; Mas ten piedad, y en mi postrera suerte No vengador, mas perdonando ven,

¡Velo feliz el que copió el doliente Rostro amoroso de mi Redentor! ¡Y más feliz mil veces el creyente Que fijo ya lo lleva en su interior!

2* ESTACIÓN

7* ESTACIÓN

Jesús es cargado con la cruz

Jesús cae por segunda vez

La grave cruz, ignominiosa y fiera Yo te la eché sin compasión, Jesús; ¡Cuando era yo quien soportar debiera La afrenta vil y el peso de esa cruz!

Vuelve a caer. La tierra se conmueve, Pero jamás mi duro corazón. El cruel furor de los azotes llueve Y yo, infeliz, no siento compasión.

3* ESTACIÓN

8* ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

Jesús consuela a las piadosas mujeres

Dios de poder, contemplóte caído; Mis culpas son el peso abrumador, Mas yo también, de la inconstancia herido. En tierra estoy ¡levántame, Señor!

¡Oh no lloréis ya más por mis dolores, Llorad más bien por vuestras culpas hoy; Juntad al llanto amargo, pecadores, Este raudal de sangre que yo os doy.

4* ESTACIÓN

Jesús se encuentra con su Madre


9* ESTACIÓN

14* ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez

Jesús es sepultado

Ya del lugar de su suplicio en frente, Tercera vez se rinde el Salvador. Que beba yo, concédeme, oh doliente, Hasta la hez, el cáliz del dolor.

Ya el noble muerto sepultado ha sido, Todos venid su tumba a venerar; Prometed a la Madre, que el olvido Nunca podrá esta tumba penetrar.

10* ESTACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras Tended, tended, oh ángeles, las alas Sobre el sagrado cuerpo del Señor: Que es mi pasión de liviandad, mis galas, Lo que a Jesús inclina a su rubor.

HIMNO DE LA PASIÓN Música de Pergolesi.-—Letra de J. Jaimes A. Pbro. CORO

¡Oh pueblo cruel! ¡Oh turba de inhumanos! Crimen sin par vosotros consumáis: Clavos ponéis a las divinas manos Que siempre al don abiertas encontráis,

Cuando un Dios vierte su sangre Por el pobre pecador, ¡ Quién habrá que no derrame Una lágrima por Dios! Y pues es por nuestras culpas Que este Dios va a padecer, Aprendamos por sus penas A vivir sólo por EL.

12* ESTACIÓN

SOLOS

11* ESTACIÓN

Jesús es enclavado

Jesús muere en la cruz Muere Jesús el mundo se desata Todo a la vez en grito de pavor! Mi alma tan solo al beneficio ingrata No llora, no, la muerte del Criador. 13* ESTACIÓN

Jesús es bajado de la Cruz Va a descender. Ya todo es consumado; Ya del amor se inauguró la ley: Costó al pastor la sangre del costado; Toca llorar a la culpada grey.

Al jardín de las Olivas A ver vamos su aflicción: Cuál se turba, teme, ruega, Quiere y no, su Corazón! Que se aleje el cáliz pide; Pero al fin triunfa el amor: Se doblega al sacrificio Por salvar al pecador. Le aprisionan y le azotan. ¡Nunca el hombre fue más cruel! Sus espaldas despedazan, ¿Tal furor, decid, por qué?


Ah! las víctimas buscadlas En nosotros, cruel legión; ¡Por nosotros, pecadores, Tanta sangre corre hoy! "Ellos no saben lo que hacen, Padre, dadles perdón". ¿Es así como el cristiano Sufrir sabe al ofensor? Ya de espinas la corona Su cabeza viene a herir. ¿Qué le falta a nuestro Jefe? Qué -le resta por sufrir? Desfallece en los suplicios, De dolores el hombre es. Y vivimos en delicias, Entregados al placer! Pero ¿qué gritos se escuchan? "Si eres el Hijo de Dios Ven, desciende del suplicio, Te juramos sumisión". Pueblo ingrato! Si El quisiera, Se pudiera libertar; Pero no, que amor lo lleva, Y hasta el fin Jesús irá. Al Calvario sube Cristo, Sobre los hombros, la Cruz; Ya pendiente de ella oigamos La venganza de Jesús: De la Cruz, lecho doliente, Todavía no bajéis; Aguardad que consumado Todo esté divino Rey. Según la promesa vuestra De atraer todo hacia vos En esa cruz levantado,

Atraednos, oh Señor. Mas ya muere. La natura Llora a gritos a su Autor; Piedras, astros, tierra, cielo, Todo expresa su dolor. Y mi espíritu tan sólo Insensible quedará? ¿Será roca no vencida En el llanto universal?

HIMNO AL SEÑOR DE LOS MILAGROS de San Pedro (Antioquia) CORO De rodillas, Señor, de rodillas e inclinada hasta el polvo la frente, hoy venimos a ti, Dios clemente con amante y con fiel corazón. ESTROFAS Aquí estamos, Señor, aquí estamos, anegados en llanto los ojos, que se acaben, Señor tus enojos, pues que somos tus hijos al fin; que se acaben, Señor, tus enojos, pues que somos tus hijos al fin. Por tu amor alentados venimos que, si tú eres Señor dé Señores también eres, Jesús, Dios de amores, infinito en amar y en sufrir. Imposible, Señor, imposible


que desoigas las preces ahora de este pueblo que cree y te adora en el santo misterio de amor.

Descendió del Paraíso; Por amarnos nacer quiso De una Virgen celestial; Y viviendo entre nosotros, Y dejando su doctrina, Cerró con llave divina Su existencia temporal.

Nuestras almas amantes bendice que, si ingratos tus hijos pecamos ya postrados perdón imploramos, nuestras preces escucha, oh Señor!

(Coro)

Oh! si un tiempo, Señor, te olvidara por el mundo su amor y sus glorias, lamentando tan tristes memorias hoy humilde te pido perdón.

III

HIMNO DEL PRIMER CONGRESO EUCARISTICO NACIONAL (Traducción del Breviario) CORO Adoremos el Divino Sacramento del Altar.

Tan divino Sacramento Inclinados veneremos Viejos ritos olvidemos Estos nuevos al seguir, Y dejando los sentidos En su noche tenebrosa La Fe sola victoriosa Hoy enséñenos aquí.

CANCIÓN EUCARÍSTICA

ESTROFAS

Con motivo del II Congreso Eucarístico Nacional

I Adoremos el misterio De aquella carne gloriosa, Y de la sangre preciosa, De mi Redentor Jesús Que por lavar el pecado La derramó sin medida, Y nos mereció la vida Muriendo sobre la cruz. II El que, por amor llevado,

Francisco José Vergara Pbro.

CORO Rompamos el silencio Que circunda el altar: ¡Gloria al Dios escondido! ¡Viva el Rey de la paz! (Coro)

ESTROFAS I


Hace cuatro siglos Que cruzó, las aguas Y llegó a las cumbres De nuestras montañas Este Peregrino Que busca las almas Como oro los hombres. ¡Con mayores ansias! II Cuando el Granadino Levantó la espada Proclamando suya La inmensa Sabana, El también su signo De conquista alzaba: ¡De la Eucaristía La bandera blanca! III Y se fue a los bosques En pos de la Raza, Oveja perdida Que ha mucho buscaba; ¡Y fue suya toda! Que se la ganaba Como hacen las madres: ¡A fuerza de amarla! IV Lloró con el Indio, Enjugó sus lágrimas, Se quedó a su lado, (La torre lo canta), Y cuando a sus pechos Educó esta raza

Rompió las cadenas Y fundó la patria! V ¡Oh Dios escondido Que Fray de las Casas Sembró como un germen En nuestra Sabana; Tus raíces forman Una inmensa trama, Y de espigas tuyas Se dora la Patria! VI Hoy somos felices Al ver que adelantas Con pasos reales Por nuestras comarcas; De nuevas mercedes Es prenda tu marcha; ¡Vence, reine, impera Oh dulce Monarca! VII Hay sobre la tierra Que amamos y que amas Un presagio triste Que invade las almas...... En el horizonte El sol ya se apaga........ ;Jesús, "no nos dejes"! ¡Jesús, "no te vayas"!

Jesús Jaimes A. Pbro.


DERNIERS RAYÓNS! Silencio........ soledad........ débil esquila la calma turba; en el confín lejano ruge la tempestad: la luz vacila, y se acercan un niño y un anciano. Al paso desigual viene adelante trayendo la linterna el monacillo, que anuncia con el bronce al caminante ser del Señor humilde lazarillo.

En la playa….

Solícito pastor, con él el Cura a paso largo hacia el cortijo avanza, llevando entre sus manos con ternura la Vida y el Amor y la Esperanza........ Dobla la esquina, y a compás resuena el andar del anciano en la hojarasca: —es preciso abreviar porque ya truena y llega con las sombras la borrasca........— Mas —¿qué importan la noche, la espesura, ni el recio vendaval, si el moribundo la senda logra proseguir segura con el divino Redentor del mundo........?— Jorge Wills Pradilla

EL VIATICO Por la calle sin arcos ni guirnaldas, Casi solo, entre velos encubierto A un arrabal de la ciudad desierto, Pasa del mundo el Dios, el Padre, el Rey. Por qué los hijos suyos si le aman Inmensa corte en derredor no forman?...... Por qué la inmunda senda no transforman


con flores y guirnaldas en Edén?........

Como una extensa plácida bahía Donde dejara el sol manchas de siena.

Es un padre que va donde su hijo. Agonizando está sobre la paja; Es el Creador que a visitarlo baja Del alto cielo en que entre gloria está........

Y allá lejos oculta por la bruma Que el limpio espejo por doquier empaña Yérguese altiva tolda de campaña Cual níveo copo de ligera espuma.

Y le lleva los últimos consuelos. El Pan sagrado Viático de Vida: Agua para su boca aridecida, Para su mente atormentada, paz.

II Vibra el éter de pronto, y rauda avanza Por la tranquila soledad del cielo, Un ave mensajera de consuelo Portadora de célica esperanza.

Con su presencia limpia y santifica La fétida morada que es su abrigo, El ósculo le da del viejo amigo, Y de padre la tierna bendición.

Es un ligero monoplano. Llega Cual de Noé la bíblica paloma Y cuando el sol rendido se desploma, Sus blancas alas temblorosa pliega.

Antes quizá que las escasas flores Que deshojadas yacen a la puerta Se hayan secado, el pobre hallará abierto, Del claro cielo la feliz mansión. José Joaquín Ortiz

EL PRIMER VIATICO EN AEROPLANO I En una calma plácida........serena Se desgarra la tarde en occidente, Mientras que tinta en sangre en el poniente, El sol desparramaba su melena. La noche se avecina; hondo mutismo Desciende mansamente de la altura Y llena el mar, el monte y la llanura Difundiéndose luego en el abismo. El desierto del Sahara, mar de arena, A lo lejos sus olas extendía

La luz se va esfumando en el poniente Entre las sombras de la noche umbría Pero qué importa si ha encendido el día Un nuevo sol venido del oriente?........ Jesucristo está allí! Hostia sagrada, Viene como alimento del viandante, Que exangüe le reclama agonizante Para emprender la postrimer jornada. Llega hasta la tolda del soldado Como llega la luz a la espesura, Y el consuelo a la humana desventura, Y Jesús a las puertas del amado. III Después........ el monoplano está tendido Del solitario Sahara sobre el suelo........ Mas en divino monoplano, al cielo Voló ya libre el alma del soldado. Jorge Arturo Delgado


EL SANTO VIATICO (De Prati)

II

Tú Señor de la vida y rey del cielo! A tal punto tu amor por mí se aviva, que cubriendo tu faz místico velo permites que en mi seno te reciba?

—Madre! hay viaje mayor, más de una luna. Voy a cruzar el mar en un velero al capricho del viento y la fortuna; y entre la muerte y yo, solo un madero.

Gracias te rindo! Deteniendo el vuelo aún el ánima alienta fugitiva........ Tú, esta mísera planta, asida al suelo, puedes dejar morir o hacer que viva.

—No temas, hijo, no, posibles daños; bizcocho y oro llevas en el arca, y vas con un piloto que en veinte años siempre libró de zozobrar su barca.

Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío! Mas si debo partir a ti confío mi huérfana familia en su abandono.

—Bien bogaba el bajel, pero tropieza, en escollo hasta aquí desconocido; del piloto es inútil la destreza, salvóme Dios, a débil tabla asido.

Amoroso los pasos encamina a esta hija tierna, débil, peregrina, y perdóname a mí cual yo perdono!

III Miguel Antonio Caro

TRES VIÁTICOS I MADRE! me voy en viaje de ocho días: es por tierras sin hombres ni camino. No te quiero ocultar mis agonías, al hambre tengo horror y al asesino. —No tienes que temer, dulce hijo mío, que no te he abandonado a dura suerte; pan y vianda tendrás, y te confío a un compañero valeroso y fuerte. —Bueno era el socio, activo, fiel, sereno, más de una vez libróme de la muerte;

mas sucumbió del áspid al veneno, y sólo por milagro vuelvo a verte.

Madre! siento llegar el viaje largo, el viaje de que el hombre jamás vuelve. Teme el labio aceptar el trago amargo, frío pavor el corazón envuelve. —No des, hijo, lugar a hosco tormento, porque el pan del Altar irá contigo; un Dios será en el viaje tu sustento, un Dios que lleva en brazos a su amigo. Alegre voy, que si en oscura vía del gran traidor me espera la asechanza, Cristo es mi luz, su Corazón mi guía, y su invencible brazo mi pujanza. Mario Valenzuela, S.J.


JESÚS EL MEJOR DE LOS AMIGOS SERMÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO PREDICADO EN LA IGLESIA DE LA CANDELARIA DE BOGOTÁ, EL DÍA 17 DE ENERO DE 1887. Memoriam fecit miriabilium suorum misericors et miseratur Dominus: escam dedit timentibus se. Ps., ex.

Santo Tomás de Aquino, en uno de los himnos del Santísimo Sacramento, tiene estos cuatro versos por los cuales un célebre poeta francés afirmaba que cambiaría gustoso todas sus obras.

Oratoria sagrada

Se nascens dedit Socium. Convescens in edulium, Se moriens in pretium, Se regnans dat in praemium.

Al nacer Jesús se nos dio por compañero, al cenar con sus discípulos por alimento, cuando expiró en la cruz, por rescate; y reinando en el cielo se nos da por recompensa. ¡Magníficas palabras que compendian toda la obra de nuestra redención! Jesucristo nuestro amigo, nuestro alimento, nuestro Salvador, nuestra gloria: he ahí las finezas del amor divino; Jesús niño en el pesebre, hombre en el cenáculo, muerto en la cruz, resucitado y glorioso a la diestra del Padre, ¿no es éste el Evangelio todo? O queréis la vida del Salvador vinculada a ciertos lugares queridos para todo cristiano? Pues oíd estos cuatro nombres que os traerán a la memoria toda la narración evangélica: Belén, el Cenáculo, el Calvario, el Cielo. Mas hay una de estas cuatro fases de la historia del Salvador que resume las otras tres: porque en el Sacramento del Altar Jesús se nos da por amigo como en el pesebre, por nosotros se inmola del propio modo que se sacrificó en la cruz; y finalmente es prenda de la gloria que en la eternidad nos espera. El tabernáculo es imagen de Belén, copia del Calvario, anticipación del Cielo. Con razón que el salmista viendo en espíritu profético la Sagrada Eucaristía dijese que el Señor había hecho memoria en todas sus obras admirables al dar alimento a las almas que le temen. Quién tuviera, para hablaros de estas cosas, el amor a Jesucristo en que ardía el corazón de la Santísima Virgen. Podría yo entonces haceros ver con los ojos de la fe en aquel tabernáculo al Divino Niño envuelto en pañales y reclinado en el pesebre; os haría asistir en espíritu al pavoroso espectáculo de la cruz, y os haría comprender


cómo el Santísimo Sacramento es para las almas santas preludio de la felicidad eterna. Mas ya que no es dado a labios terrenos anunciar dignamente las maravillas celestiales, que la Virgen María nuestra Madre dé eficacia a mis palabras y docilidad a vuestros corazones. I Dios no creó al hombre, hermanos míos, para que viviese aislado de sus semejantes, sino para que unido con ellos formasen todos una familia, presidida por nuestro común padre que está en los cielos. Para obligar al hombre a la sociedad hizo que cada individuo no pudiese existir sin el auxilio ajeno, y a fin de hacernos grato aquel comercio dictado por la necesidad, puso afectos en el corazón humano. Formó desde luego la familia, dispuso que los vínculos del cariño ligasen a los ya enlazados por los vínculos de la sangre. Pero la familia por numerosa que sea es siempre círculo muy estrecho de afecciones si la comparamos con el linaje humano, y por eso Dios hizo nacer en nuestros corazones la amistad, sentimiento más amplio por su objeto que el amor de familia, más desinteresado que él, puesto que el verdadero amigo se liga al amigo sin más condición que la de ser correspondido fielmente. Afecto es la amistad tan natural al corazón del hombre, que cuando está privado de la vista y trato de sus prójimos se aficiona a la compañía de los seres sin razón que le rodean, y de un célebre escritor moderno habréis leído vosotros que en las prisiones de Spielberg domesticó una araña con la cual se pasaba las larguísimas horas de soledad conversando en interminable monólogo. Mas ¿cómo explicarnos que siendo tan necesaria la amistad y viviendo rodeados de hombres, sea tan difícil encontrar un amigo? La Sagrada Escritura así lo afirma, al aconsejarnos que seamos corteses con todos, pero no tomemos por íntimo consejero nuestro sino a uno entre mil; y cuando dice que el amigo- es tesoro rarísimo no compa rabie a ningún peso de oro ni de plata. Y esto consiste en las cualidades que ha menester aquel a quien damos nuestro afecto. Es menester primeramente que sea digno de nuestro amor, y sin que pequemos de soberbios, podemos asegurar que tal hombre se halla raras veces en el mundo. El pecado original degradó nuestra naturaleza, pero no disminuyó nuestra ansia por amar y poseer la verdad, la belleza, el bien; y de aquí resulta que el hombre decaído es poca cosa para su mismo amor. Tenemos que aspirar a objeto más elevado y buscar la amistad de Dios, que por ser infinito puede satisfacer unos corazones que siempre quieren más de lo que alcanzan. Pero si el amigo ha de ser mayor que nosotros, se nos ha de parecer también; que la grandeza inspira siempre temor y el temor no se aviene con la familiaridad y la íntima confianza. Es cierto que Dios es semejante a nuestras almas, como que fuimos creados a semejanza del Ser divino; pero entre su naturaleza y la nuestra media una distancia infinita; y así los hebreos al oír la voz del Altísimo, en vez de gozar deliciosamente, decían a Moisés: "Háblanos tú, no nos hable el Señor, no

sea que muramos". 14 El Verbo al revestirse de la naturaleza humana sin perder la divina, se hizo semejante en todo a nosotros, con excepción del pecado, y después de ser nuestro Redentor, Maestro y modelo, se nos ofrece por amigo, digno de nuestros corazones porque es Dios, igual a nosotros porque es verdadero hombre. Pero en Jesucristo, con toda su infinita bondad, aun en medio de sus mayores humillaciones y oprobios, se traslucían los resplandores de la divinidad. No osaban, dicen ciertos pasajes del Evangelio, "no osaban los discípulos interrogarle". Y San Pedro, el más ardoroso en sus afectos entre los Apóstoles del Salvador, se vio impulsado por el respeto a decirle: "Apártate, Señor, de mí, que soy hombre pecador".15 Jesús quería tener con nosotros amistad más íntima y familiar, como la del hermano con el hermano, la del esposo con su esposa, la de la hija con su madre; y no contento con esconder en la cruz su divinidad, estableció el Santísimo Sacramento, para ocultarnos también su humanidad sacratísima y no dejar pretexto a nuestra timidez cuando pretendiera alejarnos de él. Necesitamos también estar seguros del amor que el amigo nos profesa, y de que nuestra compañía no le fastidia ni le cansa. ¿Será preciso que os pruebe cuánto nos ama Jesucristo? ¿Ya perdisteis el recuerdo del pesebre, de la huida a Egipto, de la misteriosa vida de Nazaret? ¿Ya no tenéis presentes el huerto, el pretorio, la cruz? Pues mirad que con eso basta; aquel tabernáculo, allí está porque son delicias suyas habitar con los hijos de los hombres; desde allí nos llama con suavísimo acento: "venid a mí todos los que tenéis trabajos y gemís, bajo el peso de vuestras miserias y yo os recrearé".16 Jesús nunca se fastidia con nuestra compañía; ¿qué digo? la desea sin cesar, la busca; gime y llora dentro del tabernáculo cuando nos olvidamos de visitarle y recibirle. Me parece, siempre que abro la puertecilla del sagrario para dar la comunión a los fieles, que oigo la palpitación acelerada del Corazón de Jesús que late como el de quien va a encontrarse con una persona amada después de larga ausencia. Y si me demoro en abrir creo escuchar la voz de mi Señor que me dice como el esposo de los Cantares: "Ábreme para ver aquella hermana mía, Esposa mía, inmaculada mía, que me aguarda, mira que está llena de rocío mi cabeza y del relente de la noche mis cabellos".17 Exod,, XX, 19 Luc., V, 8 16 Mt., XI, 28 17 Cant., V, 2. 14 15


Jesús no es para nosotros como aquellos amigos de que habla la Sabiduría que sólo lo son cuando les tiene cuenta y no perseveran en el tiempo de la tribulación; compañeros en la mesa, y que en el día de la necesidad ya no se dejan ver. Mientras más acongojado y desposeído nos vea, más nos ama y gusta de hallarse con nosotros; y si no siempre nos concede los bienes terrenos que deseáramos es por temor de que una condescendencia con nosotros en el tiempo, le prive de vernos a su lado en la eternidad. Otras fases nos faltan en el estudio de las cualidades del verdadero amigo. Los afectos humanos cuanto se reparten se debilitan: no es posible amar a diez con la misma ternura, con el mismo afecto Con que amamos a uno. Para que la amistad llegue a su punto más alto no hemos de profesarla sino a un hombre solo; pero esas aficiones exclusivas amezquinan la voluntad, secan el alma. ¿Cómo hacer para no amar sino a uno, amándolos a todos? Privilegio es éste de la amistad con Jesucristo: somos de él solo para cumplir el mandato: Ipsi solí servies, y con Jesús, y en Jesús y por Jesús amamos a todos los prójimos según el precepto evangélico de la caridad fraternal. ¿Y de qué nos sirve que el amigo tenga todas las cualidades ya dichas si no podemos verle a menudo, si no logramos gozar de su trato siempre que nos venga en voluntad? Cierto que Dios está en todas partes y siempre cerca de nosotros, Dominus prope est que dice la Escritura: más aún: está en nuestro propio ser como lo testifica San Pablo: en Dios vivimos, nos movemos y somos;18 pero en fin, tan carnal es el hombre que no estima sino lo que le llega por los sentidos, y está pronto a olvidar lo que no ve. Por eso Jesucristo, después de volver al seno de su padre y nuestro Padre, se quedó allí en la hostia consagrada, para que lo visitemos cuando nos plazca; nuestros ojos lo vean, lo palpen nuestras manos, lo gusten nuestros labios. Semejante intimidad con Dios, que el hombre más audaz en sus conceptos no habría osado imaginar, no es sino el principio de las maravillas ideadas por la amistad divina. El privilegio concedido a San José de tener al Niño Dios en los brazos, aquel sueño de San Juan reclinado sobre el pecho del Salvador va a quedarse atrás: ya no le basta a Jesús estar cerca de nosotros, necesita estar con nosotros y como si todavía fuera poco, dispone que nosotros en él estemos y en él permanezcamos. El que coma mi carne y beba mi sangre, mora en mí y yo moro en él. Y es tan estrecha aquella unión del hombre con su Creador que San Cirilo le aplica para describirla unas palabras de San Pablo, dichas por el Apóstol con motivo harto diverso: Así como un poco de levadura, dice el santo padre citado, fermenta toda la masa; así una partícula del pan celestial diviniza todas las facultades de nuestro ser. 18

Act., XVII, 28.

Sólo un inconveniente podríamos hallarle al modo como Jesucristo se nos comunica en el sacramento de amor; y es que nosotros creemos en el misterio de la real presencia por la fe; y la fe es una virtud; quien dice virtud dice violencia contra nuestras inclinaciones, y esa violencia incesante se aviene mal con el abandono que exige la amistad. Mas vosotros sabéis por experiencia que si la fe es virtud, si en un principio requiere energía de la voluntad para adquirirla, después se connaturaliza con nosotros, y ya no creemos en sus verdades sino que las sentimos. Tanto esfuerzo necesito para creer que mi Dios está allí vivo en la custodia como para creer que vosotros estáis aquí en torno de esta cátedra. Siendo vos, Jesús mío, tan excelente amigo ¿por qué halláis tan pocos que de veras os amen? II ¡Jesucristo nuestro rescate! Se moriens dat in pretium. No voy a hablaros del misterio de la redención y de sus beneficios, ni del sacrificio de la cruz, ni a demostraros que la misa es la inmolación incruenta de la misma víctima del Calvario, porque cualquiera de estos puntos reclamaría un largo sermón; voy solamente a señalaros algunos de los aspectos en que el sacrificio conmemorativo del altar aventaja al sacrificio absoluto del Calvario^ Cristo se inmoló para alcanzar el perdón de la humanidad caída, y la pasión y muerte del Redentor no fueron castigo para él, sino rescate para el hombre. Y sin embargo, ¡Cuánto hubo en el Calvario capaz de irritar al Todopoderoso y hacer descargar los rigores de su justicia! La muerte misma de Jesús es el crimen mayor que han visto los siglos. Y luego aquella hazaña impía de los soldados romanos y el rencor de los judíos, no extinguido ni aun en presencia de la muerte y la obstinación del mal ladrón, y........ Por eso el Viernes Santo fue mezcla pavorosa de señales de misericordia y de señales de la ira divina. Un ladrón muere blasfemando y otro alcanza ilimitado perdón: los príncipes del pueblo insultan al Salvador agonizante y Jesús pide indulgencia al padre ,para ellos; Longino le traspasa el corazón después de muerto, y el Centurión se aparta golpeándose el pecho a fuerza del arrepentimiento y el dolor. Allí quedó rescatado el mundo, pero quedó reprobado el pueblo hebreo. El sol eclipsado, las piedras hendidas, el velo del templo que se rasga ¿no son síntomas de la indignación divina? No así, hermanos míos, en el altar. No se in mola aquí Jesucristo a poder de un crimen de los judíos sino por un acto de meritoria piedad de un sacerdote. Allá fue forzoso mezclar el castigo al perdón, aquí la misericordia campea sola; allá expira Cristo entre las amarguras de la muerte aquí se sacrifica impasible y glorioso. Aquella fue escena de pavor y de luto; aquí nada hay que no sea dulcísimo al corazón cristiano.


Creo que nada habría más difícil para un hijo de Jesucristo que asistir al sacrificio del Calvario. De mí sé deciros que no amo por desgracia a mi Señor sino con un amor sobrado, imperfecto y tibio; y sin embargo, salvo que recibiera una gracia tan eficaz como la que llevó a San Juan al pie de la cruz, jamás me resolvería a contemplar a mi divino Maestro agonizante en los tormentos sin poder darle alivio, ver aquellos divinos ojos eclipsados por la vecindad de la muerte, escuchar el penosísimo estertor de Jesús y ver a María Santísima en sus inenarrables dolores. El mayor milagro de aquel día fue el de que la Virgen, San Juan y Santa María Magdalena no expirasen de dolor en el Calvario. El principal mérito de la vida y muerte de Jesucristo fue lo que se humilló por nosotros y esta es doctrina de San Pablo. Pero es mayor la humillación del Salvador en la misa que en la cruz. Entonces escondió su divinidad y tomó forma de esclavo, ahora oculta también su humanidad y toma apariencia de pan; entonces, sacerdote y víctima a un tiempo, se inmoló por sus propias manos; ahora se ofrece por manos de un sacerdote pecador y miserable; entonces la naturaleza conmovida dio testimonio de su divinidad; ahora nada viene a recordar a los sentidos la majestad de Dios. El sacrificio de la cruz no fue presenciado sino por un reducido grupo de los amigos de Jesús; al de la misa todos podemos concurrir; el del Calvario se realizó una sola vez; el del altar se celebra sin cesar desde hace veinte siglos en todas las regiones del globo. Hermanos! decidme cómo podéis privaros voluntariamente de asistir a la sagrada misa todos los días; decidme cómo podéis estar en ella fríamente y sin respeto. III Voy a explicaros ahora cómo el Santísimo Sacramento es prenda y preludio de aquella recompensa que nos aguarda más allá de la muerte. Dos son, como enseña la teología católica, las felicidades del cielo: una esencial, que consiste en la eterna posesión de Dios; accidental otra, formada por goces especiales del entendimiento, la voluntad y los sentidos. Esta gloria sin aquella se trocaría en infierno, porque cuanto no sea Dios es incapaz dé llenar la eternidad; la felicidad esencial sólo bastaría y sobraría para constituir el cielo. Ahora bien: en la gloria esencial hay dos cosas: la posesión de Dios y el placer de poseerlo; podemos estar unidos a Jesús sin verle, como la Santísima Virgen en los meses en que le llevó en su seno; sin reconocerle, como los discípulos en el camino de Emaús. En la Sagrada Eucaristía, en la comunión sobre todo, poseemos al mismo Dios, al mismo Verbo encarnado de que disfrutan los ángeles y santos y si no gozamos en la unión divina es porque nos lo impide este cuerpo de muerte en que vivimos aprisionados. Mas ¿habrá prenda de que le veremos allá como el tenerle unido

a nosotros aquí? Si Jesús, que sin cesar nos busca en la tierra, siempre nos ha encontrado dóciles a su voz, ¿podremos temer que él se haga sordo cuando lleguemos a golpearle a la puerta del cielo? El que siempre ha estado con su Dios en la Eucaristía, el que muere abrazado de Jesucristo a quien recibió por viático cuántos motivos no tiene de esperar un juicio de misericordia, cuando el Juez es el mismo amigo íntimo en cuyos brazos pasa del tiempo a la eternidad! Nuestro cuerpo, santificado diariamente con la recepción del cuerpo de Cristo, ¿podrá ir a arder interminablemente en el infierno? No, mil veces no, y quien lo afirma es el Redentor mismo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vivirá eternamente y le resucitaré yo en el último día."19 No sólo recibimos en la Eucaristía lo que forma la esencia del cielo, sino que gustamos en ella por vía de anticipación, de algunas gotas de ese cáliz de delicias con que habremos de embriagarnos en la gloria. En la bienaventuranza el entendimiento humano adquiere extraordinaria luz para conocer a Dios y ardores incomprensibles para amarlo, y entrambas cosas, conocimiento y amor son producidas por la sagrada comunión. ¿En qué consiste que las sectas cristianas, que creen en muchos de nuestros dogmas, que tienen como nosotros las Escrituras sagradas, no hayan producido nunca teólogos en el sentido verdadero de la palabra? Porque un teólogo es un hombre que penetra hasta el fondo de la verdad cristiana, y se apodera de las enseñanzas de la fe, y las explica hasta donde son accesibles a la mente humana, y las demuestra y las defiende y forma con ellas un solo y admirable cuerpo de doctrina. Los protestantes han producido y producen aún grandes literatos, poetas, novelistas y dramaturgos insignes, sabios que son honra de su siglo; pero ni un solo teólogo que merezca ese dictado. ¿Qué pueden ellos oponernos a santo Tomás y a San Buenaventura, a Petavio y a Suárez? Y si no tienen teología dogmática, ¿tienen mística, tienen ascética? ¿Dónde están sus escritores como San Juan de la Cruz o Santa Teresa? Un crítico inglés moderno que es con razón universalmente celebrado, parangona en uno de sus ensayos a la reformadora insigne del Carmelo con una mujer loca y visionaria, reputada profetiza entre los protestantes, para hacer resaltar la diferencia entre las dos: sólo que atribuye las extravagancias de la una y los sublimes escritos de la otra a la diferencia de razas y de climas. ¿Por qué, vuelvo a preguntar, por qué las sectas cristianas no tienen teología? Porque esta ciencia requiere para adquirirla como es debido algo más que talento, algo más que perseverantes estudios, necesita luces de lo alto que purifiquen el corazón e iluminen la mente y esas luces se adquieren con la recepción digna y frecuente del 19

Juan VII, 55.


Sacramento del altar. Os nombré hace un momento a Santo Tomás de Aquino. ¿Habéis observado la coincidencia de que el mayor entre los doctores de la Iglesia sea el cantor y el poeta de la Sagrada Eucaristía? ¿De dónde sino de aquella fuente de luz pudieron sacar doctrinas de verdad hombres que nunca las aprendieron en los libros ni de boca de los maestros: un San Félix de Cantalicio consultor de los teólogos de su tiempo y que no sabía leer; una Santa Catalina, humilde religiosa a cuyos consejos se atemperaron alguna vez los vicarios de Jesucristo mismo. Por lo que hace a los efectos de la comunión sobre la voluntad para encenderla y hacerla gustar de antemano algo de las dichas celestiales, no he menester citaros a los santos, y me basta apelar a vuestra propia experiencia. Todos habéis comulgado muchas veces, y a menos de haberlo hecho sin disposición alguna, habéis sentido crecer vuestro amor a Jesucristo, nacer en vuestras almas levantadas inclinaciones al bien, debilitarse los perversos instintos de la naturaleza caída. Y si esto hacen nuestras comuniones tan tibias, ¡qué no alcanzarán las fervorosísimas de los Justos! San Francisco Javier se siente tan inundado de celestiales goces en las inhospitalarias playas del Indostán que se mira obligado a clamar a Jesucristo que no le dé más consolaciones, que suspenda sus divinos regalos. Al que nunca ha comulgado es difícil convencerle de la presencia real; al que ha recibido, siquiera una vez en su vida fervorosamente a Jesús, no hay más que decirle: mira, escucha, siente a tu Señor alojado dentro de tu pecho, su voz con ninguna voz se confunde, sus caricias son caricias divinas, su presencia difiere en infinito grado de toda otra presencia. Hermoso es, me diréis acaso, el incrédulo, tener a Jesús por amigo, por manjar, por rescate y por corona, y que todo se halle junto en el Sacramento del altar. Pero, ¿quién me asegura a mí que no creo ni en la Escritura ni en la Iglesia, esa real presencia de Cristo en la Eucaristía? Os lo demuestra la razón, y se vale para ello de esos mismos e cuelas cristianas, y conservó el celibato clerical y fue más fecundo que nunca en admirables frutos de santidad que ensayaban en vano poseer el mundo que había renegado de la Eucaristía. Y si hoy algunas naciones latinas han caído más abajo en algunos aspectos que sus hermanas del Norte, es porque las \primeras están en lo político y social gangrenadas por una incredulidad más envilecedora, más degradante que la herejía y el cisma. Resumamos lo dicho. Jesús es nuestro amigo: amémosle con todo el corazón, con toda el alma; es alimento nuestro: recibamos a menudo el celestial maná de su cuerpo y su sangre; nuestro rescate: vivamos como hombres libres sin volver a dejarnos ligar por las ataduras del pecado; nuestra recompensa: no dejemos perder la gloria que nos está reservada. La comunión frecuente y digna santifica al individuo, engrandece a las naciones.

Felices nosotros si unidos a Jesús aquí en la tierra, logramos hacer el bien de nuestra patria temporal mientras llega el instante de qué se nos abran de par en par las puertas de la eterna!....

ORACIÓN GRATULATORIA Pronunciada por el Ilustrísimo y Reverendísimo señor Joaquín García y Benítez, obispo de Santa Marta (21 de Nov. 1927) La Iglesia católica celebra hoy por segunda vez, en el esplendor de su liturgia, la fiesta de Jesucristo Rey, y la república conmemora y renueva el voto nacional elevado al Corazón de Cristo hace veinticinco años, para pedirle la paz y la bienandanza de la patria. Un sublime dogma y un grandioso hecho histórico constituyen, por lo tanto, el alma y la razón de la imponente ceremonia que ahora presenciamos. Anhelo mío era permanecer silencioso y absorto contemplando y meditando el profundo simbolismo de estos sagrados ritos, adorando a Dios y uniendo mis plegarias a las que han venido a elevar, en noble coro, todos los prelados de Colombia, el excelentísimo señor presidente de la república, los ministros del despacho ejecutivo, los miembros del congreso nacional, los altos representantes del poder judicial y del ejército, y los millares de creyentes que están aquí representando a todos los ciudadanos de nuestra amada patria. Pero mis venerables hermanos en el episcopado desearon que yo fuera, en esta hora, vocero y heraldo de la conciencia nacional, que hoy quiere y debe decir muy alto la adoración que la república rinde oficial y colectivamente a Jesucristo nuestro Rey, la gratitud que Colombia guarda hacia el Corazón de Cristo, por el bien inapreciable de la paz, y el voto que el país renueva por boca de las altas autoridades civil y eclesiástica. Obedeciendo, pues, a un deseo que para mí es mandato honroso, intentaré desentrañar brevemente de cuanto estamos viendo y oyendo, enseñanzas fecundas para nuestro provecho espiritual y el bien futuro de la patria.


Nuestra fe en Dios y nuestro amor a la patria no han menester honda atención para encontrar el vínculo que une la realeza y el señorío de Cristo, con el manso reinado de la paz. Lo que parece unido por un mero acercamiento o coincidencia ajena a todo cálculo, lo está en realidad por el lazo que liga la omnipotencia del amor divino con las mercedes que ella otorga a quienes se las piden; por el vínculo que ata las noblezas y excelencias de la vida a Aquel que es el dueño y distribuidor de todas ellas. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Rey de los mundos y de las conciencias, porque es creador, y sostén y fin de cuanto existe; porque al asumir la naturaleza humana ha extendido a ésta el acto infinito de su persona divina, entregándole así el mayorazgo y la primogenitura de la inmortalidad, del poderío y de la gloria. Por lo tanto, su cetro no fue alcanzado cual los cetros distribuidos entre los señores de la tierra, mediante luchas destructoras o sangrientas injusticias; ni es él un haz de cetros segados por mano cruel y afortunada en las conquistas de la fuerza bruta;, no! El señorío de Cristo no es la suma de poderes arrebatados a príncipes vencidos, ni el esplendor de su gloria es brillo derivado; Jesucristo es Rey como el sol es luz, por sí mismo; por lo que es en sí: de allí que su imperio sea de paz, y sea el Rey manso en su camino y suave en su dominio", como dice la Escritura. Jesucristo es para todo hombre que viene al mundo, la verdad, la vida, el camino y la hermosura. Por eso ilumina las inteligencias, las une, las vivifica y las conduce al amor, y como la paz, en el lenguaje de la fe cristiana, no es otra cosa que un sublime florecimiento del amor, Nuestro Señor es el único que puede decir en verdad:—Os doy la paz, la paz mía, no la que con ese mismo nombre y engañosa promesa suelen llamar y fabricar los hombres. Jesucristo es la justicia y la omnipotencia; por eso, ora sea la paz tranquilidad del orden basado en la justicia, ora alcance a ser tan sólo un equilibrio de fuerzas contendoras o tregua entre el vencedor y los vencidos, no pueden emanar sino del rey supremo, que es la norma y la ley de las conciencias, el distribuidor de las victorias, "El que rompe los broqueles y las armas", e impone la calma y el sosiego en las naciones, lo mismo que en el mar, con un mero mandato y leve señal de su mano omnipotente! Sí! Jesucristo es, como lo dice el profeta Isaías, "el príncipe de la paz"; la única fuente de la armonía espiritual, el Rey que acaudilla a las almas y a los pueblos, convirtiendo el mundo en redil de amor y trocando "el cetro de hierro de su justicia" en suave y amable cayado de pastor!

Por eso, en la sagrada liturgia, lo mismo que en la vida y en la historia, El aparece y domina como rey, llevando a la paz por compañera, convirtiéndola en heraldo y precursora que lo anuncia, o dejándola en pos de sí como memoria e inconfundible huella de sus divinos pasos. Por eso las profecías que anunciaron al Salvador, la noche y el portal en que nació Jesús, la historia que El llena con su nombre y señorío, el mar que El domina con su palabra, y la conciencia que El purifica con su amor, respiran la paz, la bonanza y el sosiego. Donde está Jesucristo, está la paz; y donde Jesucristo no impera, no hay sino desolación y desconcierto, odios, revolución y ruinas. Mas es preciso tener en cuenta que el dominio de Cristo no derrama sus gracias sobre los individuos y los pueblos, si éstos no lo reconocen, lo desean, lo anhelan, lo piden, lo imploran y le abren paso mediante el libre y sincero vasallaje de la fe y del amor. A cumplir con esa sublime ley de la oración y la plegaria que rige las supremas relaciones entre Dios y sus criaturas, se ha encaminado el voto nacional que hemos hecho los colombianos para impetrar del cielo el regalo de la paz, síntesis y prenda de todos los bienes de la república cristiana. Hace veinticinco años que Colombia, enlutecida y desangrada por las contiendas fratricidas, se postró de hinojos ante el Corazón de Cristo, se consagró a Él por boca de todos sus obispos, por labios de su primer mandatario y por la augusta voz de la ley emanada del congreso nacional, como un grito de la patria en agonía. Hace veinticinco años que Colombia prometió al Corazón de Cristo levantarle un templo nacional: nacional porque lo habíamos de edificar todos los colombianos; nacional porque había de echar sus fundamentos en Bogotá, corazón y cerebro de Colombia; nacional porque él debía hablar en nombre de todos los departamentos del país en cada una de sus piedras y en cada uno de sus altares; porque su cúpula había de ser el símbolo de nuestro cielo azul y libre, y sus campanas habían de ser el bronce y el acero hechos lengua dulce y sonora que elevara al cielo la plegaria de la paz y llevara a todos los corazones colombianos la invitación para que nos volviésemos a dar el abrazo de hermanos, de hijos de una misma madre, de dueños de una misma historia, de conquistadores de un mismo porvenir y de ciudadanos de una misma patria. Así la plegaria nacional revistió los caracteres de una súplica eficaz. Jesucristo, que prometió escuchar la oración que le hicieran dos o tres creyentes congregados en su nombre, no pudo desoír el coro de cinco millones de creyentes que le pedían la paz; el


corazón de Cristo, que no desdeña nunca oír el reclamo de una madre acongojada, escuchó la oración de nuestra patria, madre acongojada que mostró al Señor el hogar enloquecido por el odio y las contiendas de los hijos, sus campos cubiertos de malezas, sus ciudades y sus aldeas y sus montañas y sus mares trágicamente enrojecidos en la noble sangre de su raza: y su bandera, su joven y magnífica bandera, clavada al pie de mil toldas de guerreros, cual águila aprisionada en red sacrílega urdida por sus propios hijos, y de la que intentaba librarse con desesperado y trágico aleteo para volar a defender el nido amenazado! El Corazón de Cristo oyó nuestra súplica sincera, nacida de la tribulación, convertida en ley y esculpida en la gigantesca y granítica belleza de ese templo del Voto Nacional! Oh, patria! Los pastores que apacientan dentro de tus fronteras el rebaño de Cristo, han venido a decirte al oído y al corazón que hay paz en toda la inmensa extensión de tus dominios: desde Santa Marta, donde empezó la jerarquía católica en tu suelo; desde Cartagena, la ciudad heroica que guarda las venerables reliquias de San Pedro Claver; desde La Goajira, donde los hijos de Francisco realizan el doble portento de enseñar la fe cristiana y formar el sentimiento patrio, hasta el último río que no seca sus aguas para mantener intocable y vivo tu derecho en el Putumayo, el Caquetá' y el Amazonas; desde el Golfo de Urabá hasta el Aráuca, el Sarare, el Meta, el Guaviare y el Vaupés; desde el noble y franco pueblo de Santander hasta el suelo glorioso de Pasto y Popayán; en Antioquia, la tierra de la fe y del trabajo, en el Valle del Cauca, donde se abre digno camino a tu entrada en el océano de Balboa; en Caldas, donde está la escuela de la lucha y del esfuerzo; en Boyacá, donde se guarda el campo y la raza de tu epopeya y el santuario de tu Reina, Nuestra Señora de Chiquinquirá; en el Tolima y el Huila, donde tienes las reservas de tu opulencia; en Cundinamarca, donde está el símbolo y el corazón de tu grandeza; en tu cielo, en todos tus ríos, tus islas y tus mares hay paz, ¡oh patria! Bendice, pues, a Dios y reconoce que ello es un regalo de su mano y es la respuesta a tu plegaria. Nosotros, los pastores de tu pueblo, volveremos a seguir esparciendo en tus dominios la luz de la fe, regando la sal de la justicia cristiana, y derramando el aceite de la paz en todo el engranaje de tu organismo político y social. Ilustrísimo señor y venerable hermano20, que en nombre y representación de nuestro amadísimo primado, rodeado de vuestros colegas en el episcopado 20

El Ilustrísimo señor Manuel José Caycedo, arzobispo de Medellín.

dignamente presidido por el representante de nuestro pontífice supremo, vais a pronunciar la fórmula solemne de consagración al Corazón de Cristo, tomad al par que nuestra voz, nuestros corazones agradecidos y entusiastas para decir a Jesucristo que lo reconocemos y proclamamos como a nuestro único rey soberano, de cuya mano misericordiosa hemos recibido el inefable don de la paz; de esa paz que, como flor delicadísima del vergel divino no puede tener por hortelano al hombre sino a Dios. Y, a vos, excelentísimo señor presidente, os acompañamos con respeto y hondamente conmovidos, en la noble acción que vais a ejecutar; al renovar el voto nacional en forma tan solemne, vos lo aprestigiáis con vuestros propios méritos de caballero que sabe de fe, de justicia y de valor cristianos ; y al hacerlo en vuestro carácter de primer mandatario de la república, lo hacéis con alma, sinceridad y corazón dignos de la patria, en cuyo nombre os vais a postrar ante vuestro Dios y vuestro Rey! Permitidme, señor, os suplique pidáis al Corazón de Cristo, en nombre de Colombia, que El perfeccione y concluya la obra de su amor; que en la nueva etapa de vida libre y pacífica comenzada hoy, nos dé siempre el valor de confesar ante el cielo y ante el mundo que lo reconocemos como única fuente de paz y de armonía; que de Él esperamos el divino remedio para los nuevos males, las nuevas inquietudes sociales, y que de su mano esperamos, para nuestra vida, la justicia; para nuestro porvenir, el triunfo; para la iglesia y el estado, la fecunda unión y el mutuo apoyo; constancia, esfuerzo y heroísmo para seguir trabajando por el engrandecimiento de la patria mientras tengamos vida pata servir a ella, y que al morir, Él nos dé la posesión de la otra patria, la eterna, en donde nos uniremos para siempre en el océano infinito de la paz y caridad de Cristo.


ORACIÓN

PRONUNCIADA EN LA FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y DEL APOSTOLADO EN SAN IGNACIO EL 30 DE JUNIO DE 1929 POR EL SR. DR. JORGE MURCIA RIAÑO Abissus abissum invocat in voce aeta ractarum tuarum. Un abismo llama a otro abismo con el clamor de sus cataratas. (Ps. XLI, v. 8). Excelentísimo señor: 21 Señor Ministro:22 El libro de los Salmos es el libro de la Biblia poético por excelencia. No existe colección de cantos en ninguna literatura que contenga un caudal tan abundante y tan regalado de poesía como esos ciento cincuenta poemas. Si belleza es amor, como dijo Dante, ¿dónde más belleza que en esos himnos, en esas odas, ora de una grandiosidad épica, ora de una sencillez que no tiene poco de bucólica y en los que desde el versículo inicial del primer salmo hasta la doxología final del último no se persigue otro objeto, ni se trata otro asunto, ni palpita otro espíritu que Dios, la aspiración del alma a Dios, la íntima unión del hombre con Dios, Suma belleza y Sumo Amor? Ningún poeta como David ha sentido tan hondamente de Dios, de la naturaleza y delhombre; ninguno como él tuvo el corazón cortado según el corazón de Dios. Hombre prodigioso por las facultades de su espíritu y por una vida llena de azares y de glorias; descendiente de Judá y con la fe profunda en el Cristo que debía nacer de su estirpe; músico y vate, profeta y rey querido de su pueblo, cuando pulsa David su arpa bajo la inspiración del Dios que le mueve, todo lo agranda y lo eleva, todo lo embellece y diviniza; sus cantos flotan sobre todo lo humano sin dejar el sello de lo humano, y baja a informarlos el espíritu divino, fundiéndose en ellos la más alta luz de la tierra y la luz que Dios, por el ministerio del poeta, se digna comunicar a los mortales. David es ante todo un lírico extraordinario; el "músico de la eternidad en las cosas del tiempo", como bellamente lo apellidó Lacordaire. Mas, debiendo prestarse su voz, según los designios del Altísimo, a ser la voz de todos los que gimen, alaban, adoran, o invocan, no debía sujetarse a la unidad de asunto y de tiempo que suponen la epopeya y el drama; ni debía discurrir con la frialdad de un filósofo al enseñar los preceptos de la Ley; debía ser, como dice-san Jerónimo, el Simónides, el Píndaro, el Horacio y el Catulo de 21

22

El Excmo. Sr. Paolo Giobbe Sr. José J. García, Ministro de Comunicaciones.

las generaciones cristianas cuyos cánticos inmortales resonaran en todas las latitudes y a través de todas las edades, para ser la forma y el eco de todos los afectos y sentimientos de la humanidad para con Dios.23 Entre esos cánticos maravillosos hay once que algunos atribuyen a los hijos de Coré, familia levítica que había logrado una importancia especial en tiempo de David; son esos salmos quizás los más bellos del Salterio, desde el punto de vista literario. El primero de esa serie, o sea el salmo 41, expresa los sentimientos de un piadoso siervo de Dios que se halla desterrado lejos de Sión y del tabernáculo y que pide con insistencia la gracia del retorno. Alterna en este salmo el sentimiento de un vivo pesar con el de una firme confianza: "Como el ciervo suspira por las fuentes de agua viva, así os desea mi alma, oh Dios! Mi alma siente la sed del Dios fuerte y vivo; ¿cuándo iré yo y compareceré a su presencia? Mis lágrimas son día y noche mi sustento, cuando se me dice siempre: ¿Dónde está tu Dios?.... Mi alma está en turbación, por esto me acordaré de Vos desde la región del Jordán y desde el grande hasta el pequeño Hermón.... Esta será mi oración al Dios de mi vida: Vos sois mi defensa; ¿por qué me habéis olvidado? y ¿por qué he de andar triste, mientras mi enemigo me aflige?.... ¿Por qué estás triste, alma mía? ¿por qué me llenas de turbación? Espera en el Señor, yo le alabaré todavía, a El que es mi Salvador y mi Dios". ¿No escucháis aquí, hermanos míos, el grito de la humanidad sedienta de la luz y del amor divinos? Mas, hay en este salmo un versículo, obscuro a simple vista y que parece sin relación alguna con los afectos expresados en el resto del cántico, es el verso que he citado al comienzo de esta oración: "Un abismo llama a otro abismo con el rumor de sus cataratas". Yo me atrevo a pensar, sin embargo, que es éste uno de aquellos pasajes en que Dios ha vaciado algo de lo que llama san Pablo profunda Dei, secretos y misterios de los que Dios revela solo un aspecto, una faceta que se ofrece brillante a los ojos atónitos del lector, quedando en la penumbra otros aspectos y en una obscuridad que se adivina, pero no se declara, aquello que Dios se reserva para iluminarlo en sucesivas revelaciones o dejarlo, para nuestra confusión y pasmo en los profundos abismos de su sabiduría. Siguiendo las normas de la sagrada hermenéutica y teniendo en cuenta que al predicador como al moralista y al alma devota les es concedida, en materia de exégesis, una libertad mucho más amplia que al teólogo o polemista, yo creo que puede sacarse provecho espiritual interpretando el versículo citado, en la siguiente forma: El abismo del Corazón de Dios llama al abismo del corazón del hombre con el clamor incesante de sus torrentes de amor. Y este sentido me parece que concuerda con todo el 23

Gomá-Fillion, El nuevo Salterio


contexto. El desterrado de Sión, en el que se ve figurado el hombre que suspira por la patria de los cielos y por el eterno tabernáculo, siente, en medio de la tristeza que embarga su alma, la voz rumorosa con que el abismo del amor divino llama al abismo del amor humano. Con la ayuda del Espíritu Santo y de la Bienaventurada Virgen María, voy a hacer un sencillo análisis del pensamiento que acabo de expresar, para concluir que en esas palabras misteriosas del salmista se alcanza a divisar prefigurado el adorable Corazón de Jesucristo. Y a quien le pareciera arbitraria mi interpretación, yo le respondería con Santo Tomás: "Cierto es que no todos los salmos son mesiánicos en el sentido bíblico de la palabra; pero no es menos cierto que en todos ellos está Cristo"; y aduciría también en mi favor esta regla admirable que da san Agustín: "La interpretación más provechosa de los salmos consiste en su aplicación a Jesucristo". Tratemos primero de sondear el abismo del corazón humano. Aunque el hombre no es sino una criatura pequeñísima en el universo, su corazón, sin embargo, es un piélago inmenso e insondable. Con razón dijo un poeta: En la roca pendiente sobre el abismo, cruza el hombre los brazos y entra en sí mismo, y, duda, al ver el alma y al ver el mundo, cuál de los dos abismos es más profundo.... (4) ¡Qué misterios, en efecto, los que encierra este pobre corazón! En él vemos como una síntesis de todo el hombre, y a él atribuímos cuanto de bueno o malo tenga el individuo. Hay en este a-bismo en primer lugar muchas tinieblas. "Solo sé que nada sé", dijo un sabio, ¿Qué diremos los que no lo somos? La ignorancia es una herencia dolo-rosa de la humanidad. Para saber algo habernos menester de mucho estudio y de muchos y constantes esfuerzos. En el orden natural qué restringido y limitado es el campo de nuestros conocimientos. Sin hablar de los misterios de la naturaleza con que tropezamos a cada paso, cuántas du(4) Federico Balart, "Dolores". das, cuántas vacilaciones, cuántas incertidumbres nos asaltan de continuo a causa de que ignoramos-cuál sea en tal determinado caso la mejor decisión que debamos tomar, el resultado final de esta o-aquella determinación, las consecuencias que nos traiga este o aquel suceso próspero o adverso. Más limitado es aún el campo de nuestros conocimientos sobrenaturales. Qué sabemos nosotros de Dios y de la eternidad, del estado de nuestra alma y de su predestinación? Es aquí sobre todo donde la herencia es más dolorosa, porque al fin y al cabo la nesciencia de lo que es caduco y transitorio no nos causa sino un daño

relativamente pequeño, al paso que nos importa sobremanera estar informados acerca de lo que es eterno y no termina jamás. Cuántas tinieblas igualmente envuelven con frecuencia nuestro corazón en el orden moral. Es esta la consecuencia ordinaria de la flojedad del espíritu en resistir el violento empuje de las pasiones, la insensibilidad resultante de la falta de reacción contra ellas. El corazón entonces se endurece, se ciega, cor excaecatum, como dice la Escritura, se hace frío e insensible y llega casi a perder las nociones del bien y del mal. Mas, aun en los casos en que no se desciende a ese estado de degradación, ¿qué digo? aun en personas que han subido a un alto grado de virtud, se encuentra siempre en el fondo del corazón un germen maléfico, un movimiento inicial que incita a las mayores ruindades. Con razón dijo Jeremías: "Perverso y falaz es el corazón de todos los hombres, e impenetrable; quién podrá conocerle?" 24 . Así se explican la humildad profunda y la compasión inmensa de los santos. En medio de los grandes prodigios con que el Señor los regala, recuerdan las miserias de su corazón, y a la vista de los infelices caídos, piensan que ellos hubieran podido caer a un abismo todavía más hondo. Con cuánta frecuencia el egoísmo y el orgullo nos ciega también, y ora nos reputamos perfectos o mejores que los demás, cuando en realidad tenemos el corazón lleno de muchas maldades; ora imaginamos que en nuestras obras estamos buscando solamente la gloria de Dios y el bien de nuestros semejantes, cuando en verdad lo que perseguimos es nuestro propio honor y nuestra personal comodidad; ora, en fin, creemos que el móvil que nos impulsa a ejecutar tal o cual acto es un motivo honesto, cuando, por el contrario, lo que hay en el fondo no es más que el desahogo de una vil pasión: la repugnante avaricia, la ambición insaciable, el delirio de grandeza, la sed de honores, los miserables celos, la ruin envidia, la vergonzosa sensualidad, la satánica venganza. ¡Tristes legados de la prevaricación primera! El abismo de nuestro corazón no solamente está lleno de tinieblas, tenebrae super faciem abyssi, sino que está lleno también como el océano de aguas salobres y agitadas. ¿Quién podrá medir la intensidad, quién podrá contar el número de los dolores que hacen sangrar nuestro corazón en todas las edades de la vida? Un sedimento de amargura hay en el fondo de nuestro ser; como la ignorancia así el sufrimiento es un legado de la humanidad caída. En lo más recóndito del corazón hay una fuente que no se seca nunca, que tiene necesidad de manifestarse, busca la vía de las pupilas y se revela con el llanto. El niño todavía ignorante de los misterios de la vida gime y llora, 24

Jer. XVII, 9.


el joven llora, el adulto, el anciano llora también y hasta el agonizante saluda a la muerte con la última lágrima del dolor. Y ¿quién podrá explicar la inquietud perenne de nuestro corazón? Irrequietum est cor nostrum, exclama San Agustín. Ya es la complexión física excesivamente nerviosa; ya el ¡temperamento moral inclinado a la timidez, al temor o a la tristeza; ya el predominio de la imaginación o del sentimiento; ya la debilidad orgánica o la plétora de vida que producen una emotividad morbosa; ya las preocupaciones del presente, los recuerdos del pasado, las incertidumbres del porvenir; ora la diaria brega por ganar el pan, a veces a costa de muchos sudores y de muchas lágrimas; ora las ansiedades del espíritu, las desolaciones interiores, la lucha con los enemigos del alma, el pensamiento de la eternidad........todo, todo produce una continua agitación en el corazón de la humanidad entera. Con sobrado motivo decía hace poco un ilustre orador de Nuestra Señora de París: "Buscaríase en vano un rincón de la tierra bajo el sol en que los hombres no se agiten impacientes por lo que son y por lo que tienen, aspirando con ardor y aún con violencia a otra cosa, aun cuando no sepan propiamente a qué aspiran; lo que prueba al menos-que el reposo seguro y definitivo no está en este mundo".25 Mas.... detengámonos un instante, hermanos míos. Del fondo de este abismo de tinieblas, de agitación y de amargura surge una voz incesante y clamorosa, es voz de hambre y de sed infinitas, es voz que pide luz y que mendiga amor. Abyssus abyssum invocat, es un abismo que está llamando a gritos a otro abismo. Este corazón tan pobre, tiene una riqueza: puede amar, y amar con una intensidad insospechable; este corazón que encierra tantas bajezas y ruindades es susceptible de una elevación incomprensible, y puede albergar sentimientos tan nobles y tan puros que envidiarían los mismos ángeles; este corazón de barro puede llegar a unirse al Corazón de Dios. II Lleguémonos ahora a las márgenes del otro abismo y esforcémonos por rastrear siquiera los sublimes misterios que contiene, ya que no nos es dado medir la anchura ni la longura, la alteza ni la profundidad de este piélago infinito. El corazón es a los ojos de la ciencia el órgano principal de la circulación de la sangre, y la sangre es la primera y más necesaria condición de nuestra vida. Este es en el organismo humano el papel propio y la función exclusiva del corazón, no tiene otra. 25

Hay, sin embargo, y se manifiestan en el corazón una serie de fenómenos cuyo mecanismo es ya muy conocido, que justifican perfectamente la universalidad y constancia del lenguaje de los hombres al tomar el corazón como un símbolo, y que establecen entre él y nuestros sentimientos, naturales y muy íntimas relaciones. Tan fundado en la naturaleza es este emblema que el comienzo de su empleo se pierde en la noche de los tiempos. Pero hay algo más significativo todavía: Dios mismo, ser simplicísimo y puramente espiritual, al hablar en los libros santos de sus perfecciones y de sus afectos para con sus criaturas, como sintetizándolos en una sola palabra, habla de su Corazón. ¡El Corazón de Dios! ¿Habéis pensado alguna vez en el alcance y profundidad de esta expresión? Si el corazón ha sido reputado siempre como el centro y el reflejo de la vida, en Dios, uno y trino, ¿cuál de las tres personas podría ser considerada como el centro de la vida eterna e inmutable de la augusta Trinidad? Sin duda, la segunda que es la imagen sustancial de la primera persona y con ella el principio sustancial de la tercera. El Unigénito del Padre, en el que Este tiene puestas todas sus complacencias y en el que se concentra todo su amor, bien puede llamarse el CORAZÓN DE DIOS; el que ama hasta la entrega de sí mismo para reparar la divinidad ofendida y salvar a la humanidad extraviada, bien merece que se le apellide por antonomasia el CORAZÓN DE DIOS; el que no se contenta con ser la fuente de la vida sobrenatural de las almas, sino que en un ímpetu de su amor infinito envía al Espíritu divino como savia vital que sostenga y acreciente la vida potente y sonora, voz inefable y eterna, voz dulce como el trinar del ave, tierna y afable como el arrullo maternal, majestuosa y solemne como el oleaje del océano, llena de ardor y de vida como un viento de verano. Es la voz del abismo del amor divino que llama también al abismo del amor humano. Y fue aquél el primero en dejar sentir su llamamiento, guia ipse prior dilexit nos26 antes de que nosotros necesitáramos de Él y lo invocáramos, antes de que nosotros existiéramos, ya Él nos amaba desde toda la eternidad. Espectáculo sublime es éste sin duda, hermanos míos, de dos abismos que se llaman con incesante grito! Mas.... ¡oh portento nunca soñado! VERBUM CARO FACTUM EST27. El Verbo se ha hecho carne, el Corazón de Dios se ha unido en unidad substancial al corazón del hombre, el abismo del amor divino se ha compenetrado y fundido con el abismo del amor humano, y ante los ojos atónitos de los cielos y la tierra se ha dejado ver el arcano de la gracia, a la manera que envía el corazón la sangre vivificadora a todas las partes del organismo humano, ese ser tiene derecho a llamarse y ser llamado el CORAZÓN DE DIOS!

P. Sansón I/Inquiétude humaine, p. 45. 26 27

I Jo. IV, 10 Jo. I, 14.


En este abismo no hay sombra de tinieblas sino irradiación de luz; no hay escombros de muerte sino plenitud de vida. In ipso vita erat et vita erat lux28. En él no hay miseria ni debilidad sino riqueza y poderío. Omnia per ipsum facta sunt 29 . Investigabiles divitiae ejus30. Ipsi honor et gloria et potestas in saecula31. En él no hay agitación ni inquietud sino paz y bonanza. Ipse est pax32. En él no hay un átomo siquiera de amargura sino manantial de felicidad y de alegría. Gaudio et laetitia impletum est. Este es el abismo al que llama el abismo del corazón humano con la voz dolorida de sus lamentos y con las cataratas de sus lágrimas. Mas, él tiene también una voz aún más de los arcanos: el Corazón adorable de Nuestro Señor Jesucristo. Profundum abyssi quis dimensus est?33. ¿Quién podrá sondear la profundidad de este abismo? "La inmensa distancia, dice Lacordaire, que hay entre el cielo y la tierra, entre Dios y el hombre, solo la puede llenar el corazón. El corazón es el principio, el medio y el fin de todas las cosas. Quien ama vive, quien ama se sacrifica, quien ama se satisface; una gota de amor puesta en el platillo de una balanza, aun cuando en la otra se ponga por contrapeso el mundo entero, la arrastrará hacia sí con la violencia con que una tempestad lleva por los aires una brizna de yerba".34 Este razonamiento tiene toda su fuerza cuando se aplica al Corazón del Dios-Hombre. Él es el que ha llenado en verdad la infinita distancia que existe entre el cielo y la tierra, entre Dios y el hombre. Él es, en toda su plenitud, el principio, el medio y el fin de todas las cosas. Una sola gota de su amor infinito puesta en la balanza de la justicia eterna ha pesado más que todos los mundos y que todo el caudal de las maldades humanas. En Él se concentran todas las complacencias del Altísimo, todas las adoraciones de los ángeles, todas las alabanzas de los santos. Él es el eje al rededor del cual gira la historia de los siglos. Él es la palanca que sostiene y el motor que mueve todo el universo. Él es el que guarda todos los misterios de Dios y todos los misterios del hombre. Él es la luz del mundo, la luz verdadera que ilumina los abismos de nuestro corazón lleno de tinieblas y de sombras de muerte: illuminat his qui in tenebris et in umbra mortis sedent 35. En Él se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios.36 Él es el camino Jo. I, 4. Jo. I, 3. 30 Eph. III, 8 31 Apoc. V, 13 32 Eph. II, 14 33 Eccli., I, 2. 34 Sermones, XXV. 35 Lúe. I, 70 36 Col. II, 3. 28 29

real, la verdad por esencia y la plenitud de la vida. 37 Él es el sol que a través de las edades alumbra con vivos resplandores a la Iglesia y caliente y vivifica a sus miembros. Él es la copa en que vertió la humanidad toda la hiel de sus dolores y miserias, y en la que se mezclaron las heces del temor y de la angustia, de la ingratitud y el abandono, de la desolación y la tristeza. Él es la fuente cristalina donde sacian su sed las almas puras. Él es la antorcha que guía a los doctores en sus investigaciones altísimas. Él es el resorte que mueve a los confesores de la fe, la fragua en que se templan las almas de los mártires, la hoguera que inflama los corazones apostólicos, el imán que atrae a los que andan descarriados, la dorada meta de todos los que luchan por adquirir la santidad. Él es, en fin, el símbolo acabado del Amor. En efecto: Dios es amor. Crea por amor. Como todo lo ha creado para El, todo lo encamina hacia el amor infinito. La religión cristiana es el retorno a Dios por medio del amor a Cristo. En Cristo se concentra todo el culto católico, de la misma manera que en el Corazón Sagrado de Jesús, todo el amor divino. Luego podemos concluir que en la devoción a este adorable Corazón se halla la cifra y el compendio de todas la vida cristiana. Errante peregrino que lejos de la patria de los cielos gimes muchas veces en tus horas de angustia, escucha la voz de este abismo del Corazón de Cristo que llama al abismo de tu miseria con la voz incesante de sus torrentes de amor. "Venid a mí todos los que estáis fatigados y llenos de amarguras y yo os consolaré.38 Fueron esas dos voces las que escuchó Margarita María cuando escribió aquellas páginas maravillosas que intituló: LOS ABISMOS, y en que se revela a la vez la sicóloga admirable que había sondeado las entrañas del corazón humano y la confidente privilegiada de Jesús que había profundizado el abismo de su Corazón divino. Pero, alegraos aún más, vosotros, apóstoles de la oración y el desagravio. Sabed que el símbolo acabado del Amor, es también un emblema de Victoria. Cristo es el supremo triunfador; pero sus triunfos no son causados por la fuerza de las armas, sino por el poderío invencible de su amor, lo que equivale a decir que triunfa siempre con el arma que lleva escondida dentro del pecho: su Sagrado Corazón. Como triunfó por él del demonio y de la muerte, así continúa triunfando de sus enemigos en todos los tiempos y en todas las latitudes. El grito del apóstata Juliano se va repitiendo de siglo en siglo. Cada centuria al expirar, cada reino al fenecer, cada poderío al venir a tierra bien debieran exclamar: Venciste Corazón de Cristo. Sus victorias son incontables como las arenas del mar. No es menester volver los ojos al pasado para recordar una historia que os es bien conocida: la historia de sus triunfos en diez y nueve siglos. Basta lanzar la vista al presente. Jesús, el de Belén y Nazareth, el manso y el humilde

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Joan. XIV, 6. Joan. XIV, 6.


Jesús que sanó tantas heridas y enjugó tantas lágrimas, Jesús el que se trasfiguró en el Tabor y el que sollozó en Betania, Jesús el que se entregó como alimento en el Cenáculo y como víctima en el Gólgota, vive aún, lleno de majestad en lo más alto de los cielos, y oculto, pero victorioso, en la Eucaristía y en el Evangelio, en la persona de su Vicario y en su cuerpo místico: la Iglesia Católica. Y su Corazón sigue triunfando. Quien recorra hoy el mundo desde las legendarias regiones del Oriente por en medio de los civilizados pueblos europeos hasta las modernas sociedades de América, no puede menos de experimentar la sensación de que el único realmente victorioso es Cristo Jesús. Acrecentamiento del prestigio del Papado ante gobiernos y pueblos en un siglo de indiferencia y materialismo; aumento extraordinario de embajadas y legaciones de los países más poderosos de la tierra ante el Jefe de la Iglesia; restitución al Pontífice romano de su soberanía temporal; reanudación de relaciones diplomáticas entre Estados que ayer no más renegaban de Cristo y el soberano inerme del Vaticano; extensión prodigiosa de las misiones entre infieles, e intensificación del espíritu apostólico; desarrollo y esplendor de las obras de la Acción Católica; vibrantes profesiones de fe en congresos eucarísticos internacionales; solemnes manifestaciones de disciplina, de caridad y de ardor juvenil en jornadas sociales; acercamiento de las iglesias cismáticas a la verdadera Iglesia de Jesucristo; prodigios ininterrumpidos de Lourdes; conmoción universal de las almas al dulce conjuro de la virgen-cita de Lisieux; templos grandiosos, soberbias basílicas nacionales e internacionales erigidas en honor del Corazón de Cristo Rey; conversiones ruidosas y totales de hombres prestantísimos por su ciencia o su posición social; gloriosos martirios en Rusia, en Palestina, en China y en México; triunfo en esta última nación y en otras varias de la fuerza moral sobre la fuerza de las armas; explícito reconocimiento de la soberanía del divino Corazón por millones de hogares de toda raza y lengua, por centros científicos y sociedades industriales y, lo que es aún más importante, por pueblos enteros encabezados por sus gobernantes, ¿no son todos estos hechos y mil más, que pudiera recordar, las letras de un alfabeto misterioso con que está escrito como en los alcázares moriscos: "Sólo Dios es vencedor?". Nuestro pueblo tiene la gloria de haber reconocido, en más de una ocasión, pública y oficialmente a Jesucristo como su único Rey. Hace precisamente un año que una numerosa representación de colombianos, encabezada por el representante oficial de la Nación, depuso solemnemente el pabellón de la República en el santuario de Paray-leMonial, allí mismo donde Cristo Jesús corriera el velo del arcano y dejara ver aquel Corazón que ha amado tanto a los hombres y de los cuales se ve tan mal correspondido. El que tuvo la honra inmerecida y la dicha sin igual de ser entonces el portavoz de la patria ante ese adorable Corazón, hoy quiere ser también el eco de los dos abismos que se llaman. Oíd, hermanos, la voz del Corazón divino: "Si supieseis

cuan sediento estoy de verme amado nada descuidaríais en orden a lograrlo".39 Oye ahora, Señor, la voz de nuestros corazones: Como los atenienses levantaron en lo más alto de la Acrópolis un templo a la Victoria Áptera o sea a la victoria sin alas, para indicar que el triunfo no se alejaría ya de Atenas, así nosotros queremos hacer de nuestro corazón un templo donde resida el tuyo, victorioso sí, pero sin alas para que allí se quede siempre y no vaya a volar nunca, dejando vacío este pobre nido de su amor.

PIÓ X Y LA EUCARISTÍA

El Nombre de Jesús quiere decir Salvador: El Verbo de Dios se hizo hombre para redimir las almas, para llevarlas al cielo; y con ese mismo fin instituyó su Iglesia. Sangre generosa de los mártires, escritos de Agustines y Crisóstomos, conservación de la cultura antigua en los monasterios benedictinos, épicas guerras contra el Sarraceno, imperio de los Inocencios y Gregorios sobre príncipes y pueblos, gloriosas universidades medioevales, renacimiento de las artes y las letras, misiones entre infieles, pompas del culto, lienzos de Rafael, estatuas de Buonarroti, soberbias catedrales cuyas flechas suben al firmamento, no son sino simples medios para alcanzarles a, los hombres santidad en la existencia presente, perpetua bienaventuranza en la futura. Determinó Pío X ir directamente a las almas para infundir en ellas la vida de la gracia y acrecentársela con alimento espiritual, con Jesucristo, pan vivo bajado del cielo; pan del entendimiento, porque Él es verdad por esencia; de la voluntad, porque es santidad infinita. El que viene a mí, dice Jesús, no tendrá sed. Mas Él quiso alimentarnos de otra manera, más íntima, más afectuosa, a modo de las madres, que con su propia sustancia forman y nutren a sus hijos. Bríndanos el manjar de la inmortalidad en su carne, que es verdaderamente comida, en su sangre, que es verdaderamente bebida; en la inefable Eucaristía, esfuerzo supremo del amor infinito que dispone de poder ilimitado; compendio de las maravillas divinas. Este es por excelencia el pan nuestro, sobre sustancial, como lo llama un evangelista; de cada día, como otro lo apellida; aquél en cuya fracción perseveraban unánimes los fieles de la Iglesia primitiva, el origen de la constancia de los mártires, de la pureza de las vírgenes, de la sabiduría de los doctores, de la caridad que todo lo da, de la paciencia que todo lo sufre, de la fortaleza que todo lo supera. La comunión cotidiana fue práctica constante de la Iglesia, en los siglos de persecución, en los tiempos de las herejías, en las incursiones de los bárbaros, siempre, hasta que la reforma protestante extinguió, aún en corazones católicos la sed de poseer a Jesucristo; hasta que vino a completar la obra nefanda el hipócrita y helado jansenismo, que enseñaba ser la comunión premio de la santidad adquirida, y no, como dice la Iglesia, medio para adquirir la santidad. 39

Palabras de Nuestro Señor a Santa Margarita María.


Refloreció por obra de Pío X la comunión frecuente, la diaria, y se llenó de convidados el banquete del padre de familia, sin exigir banquete nupcial, que consiste en la blancura de la gracia y en la rectitud de la intención. El segundo de estos requisitos no existe en las personas esclavas del mundo, empapadas de su espíritu, imbuidas en sus máximas, envenenadas con sus lecturas, pasatiempos, modas y espectáculos. Gloria a Pío X el Papa de la Eucaristía! ¿Habéis meditado en lo que es un niño cristiano de siete años? es una alma creada con infinito amor por el soplo de los labios divinos, con la sangre de Jesucristo rescatada, limpia de mancha original por el sagrado bautismo; alma en que mora Dios y en que Dios se complace; hermana de los Ángeles; luz que se refleja y transparenta a través del cuerpo, como el sol por las nubecillas de verano; el modelo que el Salvador nos propuso para entrar al reino de los cielos. Dejad a los niños que vengan a mí, mandó El a sus apóstoles, y permitió que los pequeñitos le rodeasen, subiesen a sus rodillas, tocaran sus vestidos, y los acarició y los bendijo. No hay palabras para expresar el gozo del Corazón de Jesús cuando se une todos los días a esos corazones sin culpa grave, frescos como un lirio recién abierto, ingenuos como corderos, simples como palomas. Y ellos estaban también alejados de la Eucaristía, porque se pretendía que conociesen mejor la grandeza del Huésped divino, que se acercasen con más respetó a la mesa del altar. Ah, cuando los adolescentes alcanzan mayor discernimiento, saben también en ocasiones violar los mandatos celestiales; y el porte reposado de los adultos a veces no se adquiere sino a costa del candor y la inocencia. Si el evangelio ha dicho que cuanto se haga en pro de los párvulos es como si se hiciese en favor de Jesús mismo, cuál será la corona de Pío X que les dio la gracia de comulgar a millones de niños y le entregó a Cristo esos millares de corazones infantiles?

Monseñor Rafael María Carrasquilla

(De la oración fúnebre sobre Su Santidad Pío X)

ULTIMA COMUNIÓN DEL LIBERTADOR Aceptó Bolívar la hospitalidad regia que le brindó un caballero español, Joaquín de Mier en su quinta de San Pedro Alejandrino. Los días siguientes fueron los más amargos. Persuadirse un hombre, y ¡qué hombre! de que su vida fue inútil, de que aró en el mar es leer en la propia alma la terrible inscripción que grabó el Alighieri en los dinteles del averno: Lasciati ogni speranza. Y para un corazón amante no hay dolor como el verse traicionado y abandonado de sus amigos. Jesús Nuestro Señor fue de lo único que se quejó en su pasión: "Judas, y con un beso entregas al hijo del hombre?........" El augusto enfermo comprendió que estaba llegando para él la hora de la liberación. Cristiano había vivido. Cristiano quiso morir. El Ilustrísimo Don José María Estévez, Obispo de Santa Marta,, lo confesó y le dio la absolución, que desliga en el cielo lo que el sacerdote desata aquí en la tierra. Al salir del aposento el Obispo exclamó conmovido: "Alma grande, generosa y santa destinada para el cielo". En una de las noches siguientes se administró al Libertador el Sagrado Viático llevándolo de Mamatoco, aldea vecina, a San Pedro Alejandrino. Era el Rey de los siglos, inmortal e invisible a cuyo nombre se dobla toda rodilla en los cielos, la tierra y los infiernos, que iba a visitar y consolar a una de sus criaturas predilectas: era el Rey de la Gloria que sudó sangre en Getsemaní a fuerza de tedio y tristeza, traicionado por un discípulo, abandonado de los demás, befado y escupido en el pretorio, crucificado entre dos ladrones. En aquel tránsito de Jesús Sacramentado no hubo más arcos triunfales que las ramas entretejidas en el estrecho sendero ni más flores que las desprendidas de los árboles al soplo de la aura vespertina; ni otras luces que las estrellas y los menguados cirios a través de los opacos faroles de la iglesia; ni otra música que la de las hojas al ser movidas por la brisa. El moribundo hizo la profesión de la fe, la misma que había aprendido de boca de su piadosa madre cuarenta años antes, perdonó a sus enemigos; besó con fervor el Crucifijo, y finalmente, recibió entre los labios trémulos y exangües el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Rafael María Carrasquilla (De la Oración fúnebre sobre Bolívar, su obra póstuma)


JESUCRISTO REMEDIO DE LAS CALAMIDADES PUBLICAS Discurso del Sr. Cura Párroco de Girón. Pasó Jesús a la ribera del mar de Galilea, y subiendo a un monte sentóse en él. Y se llegaron a él muchas gentes trayendo consigo mudos, ciegos, cojos, baldados y otros muchos dolientes, y los pusieron a sus pies y los curó. Por manera que las gentes estaban asombradas viendo hablar los mudos, andar los cojos, y ver los ciegos; y glorificaban al Dios de Israel. Mas Jesús convocados sus discípulos, dijo: me causan compasión estos pueblos, porque tres días hace ya que perseveran en mi compañía y no tienen que comer; y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino. Pero sus discípulos le respondieron: cómo podremos hallar en este desierto bastantes panes para saciar tanta gente? Jesús les dijo: ¿cuántos panes tenéis? Respondieron: Siete panes con algunos pececillos. Entonces mandó a la gente que se sentase en tierra. Y Él, cogiendo los siete panes y los peces, dio gracias al cielo, los partió y dio a sus discípulos y los discípulos los repartieron al pueblo. Y comieron todos y quedaron satisfechos.

Milagros, señores, acaba, pues, de recoger una cosecha abundantísima de limosnas para sus pobres, de simpatías para Girón y de corazones para Él. Ha realizado, pues, una vez más su nombre: este es de veras el Señor de los Milagros. Y lo que más nos consuela a nosotros sus ministros, que en esta campaña no hemos retrocedido ante ningún sacrificio, es que en esta gira hemos logrado despertar, no la vana filantropía que sólo ve en el pobre a un ser doliente de la sociedad, sino la caridad genuinamente cristiana que tras el pobre ve a Jesucristo. Ved aquí, señores, la explicación del buen éxito de nuestro correría. Yo me atrevo a pensar que Girón quizás no sabe bien qué tesoro guarda en su templo magnífico. Nosotros los que hemos recorrido el valle haciendo guardia de honor al Divino Limosnero y que hemos visto el entusiasmo delirante con que las multitudes lo acogen y la fe con que se postran a su paso y la confianza con que lo invocan y el espíritu de sacrificio con que corren a besar sus pies, hemos podido valorar un poco más el precio de esta bendita reliquia.

Como en las riberas del mar de Galilea, no hace todavía un mes, junto a las orillas del Río de Oro y de la quebrada de "Las Nieves" el Señor de los Milagros tuvo que exclamar también conmovido: me da lástima esta ciudad despedazada por las furias de las aguas. Ya hace siglos me acompaña y si ahora la abandono va a perecer de miserias y de hambre.

Hoy, pues, debe Girón, por gratitud a su Divino Benefactor, hacerle el voto solemne de alejar de su bendito santuario todo lo que pueda atraer de nuevo calamidades a la ciudad: recordad que los ámbitos de esta plaza han retumbado con esta palabra que han repetido los misioneros: "La justicia es la que engrandece las naciones, pero el pecado hace desdichados a los pueblos".

Y El que hubiera podido, con su Omnipotencia divina, o detener las aguas enfurecidas, o darles milagrosamente pan, techo y vestidos a sus pobres de Girón, no quiso descolgar sus brazos de la cruz y obrar el milagro que todos a una le pedían, y prefirió, en el colmo de su amor a Girón, dejarse llevar en piadosa peregrinación para ir, como Mendigo Divino, a pedir de pueblo en pueblo y de campo en campo y de casa en casa, una limosna para sus pobres por amor de Dios....

También tenéis la doble obligación de mirar con gratitud hacia Piedecuesta y Florida cuyos hijos, al conjuro de la palabra sacerdotal, se pusieron de pie y con gentileza exquisita y caridad cristiana, llenaron para vosotros las manos del Señor de los Milagros. Él ha de ser en adelante y para siempre el lazo de unión entre estos tres pueblos hermanos que deben ir acordes en trabajar por el engrandecimiento santandereano.

Y como en otro tiempo por Palestina, anduvo por el ubérrimo valle de Soto, haciendo el bien. Y recorrió las carreteras, y los caminos de las veredas y las calles de Piedecuesta y Florida entre lluvia de flores y vítores entusiastas. Y aún llegó hasta los apacibles cementerios a consolar a los muertos en la paz del Señor. Y en esa gira, nunca soñada por nosotros ni por nadie, logró ver colgados de los brazos de su cruz las dádivas generosas que trae para sus hijos menesterosos y los corazones de las muchedumbres que lo agasajaron con tanta piedad y delicadeza. El Señor de los

Aún más, al ver los múltiples y benéficos resultados de esta gira caritativa habéis de pensar más cuidadosamente en lo que para los pueblos vale, el sacerdote católico, representante de Jesucristo en medio de ellos. Ya veis cómo nuestra religión, que no parece pensar más que en las cosas del cielo, se preocupa también por las de la tierra. Yo me permito ahora, en representación de todos mis feligreses, y en mi propio nombre, ofrecer una sincera y efusiva manifestación de gratitud a mis hermanos sacerdotes que han sido el alma y el brazo de todos estos triunfos. ¡Qué el Señor de los Milagros os pague! Que este pueblo agradecido y noble vea en vosotros a los


SALUDO AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

representantes del que ha sabido multiplicar las limosnas como en otro tiempo los panes para que centenares de hijos de esta parroquia no mueran de hambre. Y vosotros hijos de Girón, abanderados de la pobreza, que sufristeis la acometida violenta de las aguas, consolaos porque, con las manos llenas, el Señor de los Milagros os dice: los que sufrís y estáis agobiados de penas venid a Mí que Yo os aliviaré. Y vosotros los ricos de Girón nunca olvidéis que sois los tesoreros de los pobres; no perdáis de vista los nobilísimos ejemplos que algunos de vuestros vecinos os han dado socorriendo con mano larga a los pobres y, sobre todo, recordad —son palabras de Bossuet—que para no ser forasteros en la Iglesia de Cristo, habéis de consolarlo en la persona de sus pobres. Una vez más permitidme deciros: triunfante y glorioso sacamos de su santuario al Señor de los Milagros, y ahora más triunfante, más glorioso y cargado de dádivas y de corazones y agobiado de amor y simpatías, lo depositamos de nuevo sobre el altar de vuestros pechos agradecidos!

Dirigido por el párroco de Florida el día de la entrada triunfal. Divino Señor: Esta parroquia de Florida se ha levantado hoy en masa al conjuro del más noble sentimiento y aquí la tienes completamente rendida, dándote el saludo del cariño y de la adoración, colocando tu efigie tan diminuta como omnipotente en el corazón del templo para marcar la visita más honrosa que hasta ahora ha recibido, y, sobre todo, brindándote abiertos de par en par los corazones, y las inteligencias, y las manos generosas: los corazones para que sean asilo donde te unjas la sangre con los paños del amor, las inteligencias para que sean la cumbre donde claves como faro de nuestra vida tu cruz con los dogmas que vienes predicando, y las manos pobres pero generosas para enjugarte las lágrimas que nuevamente arrancó el agua turbulenta que socavó casas y murallas seculares de tu villa y llegó a herir almas y enfermar espíritus con la flecha de la desgracia y también para llenar las tuyas que vienen buscando pan y abrigo para las ovejuelas que dejaste balando a las orillas del Río de Oro. Nosotros, ¡oh Señor de los Milagros! vemos brillar, enredadas en la corona que tortura tu pensamiento, las ideas sublimes, los dogmas que vienes predicando en tu peregrinación y sentimos lo que guardas dentro del pecho sangrientamente. Sí, oímos la palabra que se congeló en tus labios moribundos, abarcamos en toda su extensión lo que significas, comprendemos lo que vales. Eres, primero que todo, Dios; por lo cual no nos causan extrañeza ni la forma en que te representas ni las apariencias de anonadamiento que traes. Sabemos que es de tu Providencia valerse de lo débil para desconcertar a los fuertes y usar de lo pequeño para confundir la soberbia y la henchida estulticia de los hombres. Y precisamente esta forma humilde demuestra tu divinidad: en el nichecito de dorado colonial despliegas tu omnipotencia y contemplas muchedumbres y generaciones de rodillas y en adoración. Jamás un hombre muerto y representado en esa forma lastimera y de ignominia podrá producir tan maravillosos efectos. Eres también la reliquia más preciosa de todo este valle ubérrimo, el cual forma noblemente los campos de tu dominio señorial, y ha encerrado su tradición en los triángulos de tu cruz, y cifra en tú crucifijo su' mayor ornato y la presea más poderosa, y ve en tu faz divinal el sol que nunca tiene ocaso para sus necesidades y dolores.


Y ahora te presentas a nosotros en esta piadosa peregrinación como mensajero de caridad. Oh! tu petición es irresistible, la limosna que exiges se sale de las manos. Es que Tú eres el padre, el fundador, el maestro y el ejemplo de la caridad, virtud eminentemente social, vínculo de los pueblos, alma de las poblaciones civilizadas. Ella cae de tus labios como el mandamiento nuevo y fundamento de la nueva ley: Mandatum novum do vobis........ut diligatis invicem sicut dilexi vos. Y qué bien se exhibe en tu madero, pues te apresuras a enseñárnosla con las obras, dando hasta el alma, hasta la última gota de sangre, y soportando el conjunto de todos los dolores para redimir al género humano y librarnos de la desgracia espiritual. Conocemos además lo que nos enseñas en el libro de Tobías: que es mejor dar limosnas que guardar tesoros de oro, porque la limosna libra de la muerte y ella es la que purga los pecados y hace que hallemos misericordia y la vida eterna. De ahí, ¡oh Señor!, que acudamos con el samaritano, a derramar el óleo de nuestra ternura sobre las desolaciones que dejaron las aguas airadas en la ciudad de tu santuario. Y a fin de que la caridad sea perfecta y cobre mérito y te agrade, lo queremos hacer única y exclusivamente por cariño a Ti, que eres el centro del amor al prójimo. Ah! qué violenta fue la acometida torrencial contra los muros de tu villa y cómo clavó en los espíritus y en los cuerpos las garras de la congoja y de las pérdidas. La magnitud de la catástrofe la traes reflejada en tus pupilas muertas. Sí, abriste los ojos divinales y los párpados se te volvieron a juntar de dolor........ Y si no pusiste remedio inmediato fue para sacar bienes del mal, y entre ellos contar el milagro de tu visita y los milagros de nuestra caridad. ¡Cuan rico e inagotable eres en enseñanzas, las cuales se desprenden de tus labios así como la sangre gotea de tu cuerpo macerado! Comprendemos igualmente lo que tu crucifijo representa para el entendimiento y para el corazón. Al frente de la Iglesia, el signo de redención; delante de nuestros ojos, motivo de gratitud; en todo momento, nuestro mejor amigo. Tú, que habías podido satisfacer por los pecados de todos los hombres con un mero suspiro de tu pecho o con una sola gota de tu sangre, escogiste la cruz, el tormento más ignominioso y cruel, para consumar tu proyecto de Redentor. Hijo de Dios, viniste a la cruz a dar el alma en rescate de muchos y de todo el mundo, como lo enseñan los evangelios de San Mateo y San Juan, y a romper el pergamino en que el pecado nos desterraba del cielo y nos condenaba a la miseria espiritual. Cuando así, pendiente entre el cielo y la tierra, pudiste exclamar: "Todo está consumado", perfeccionaste el sacrificio que dio al padre la satisfacción digna y reconquistó las almas, a quienes santificas con los méritos de tu pasión mediante la recepción de los sacramentos.

El crucifijo es, por lo tanto, el signo de la redención, porque en la cruz te constituiste en vencedor del pecado; por lo cual el alma envilecida si quiere ennoblecerse no lo consigue sino de hinojos y colocándose bajo tus pies enclavados para recibir el baño regenerador de tu sangre infinitamente fecunda. ¡Oh! nunca el delito esparciría sus negras sombras en las conciencias si en los momentos de tentación fijáramos con atención los ojos del cuerpo y los del alma en tu crucifijo. ¡Imposible ceder a tu vista, retablo divino de sufrimientos! Careceríamos de entrañas humanas si nos unciéramos al pecado, contemplando que deforme y sobre dos maderas trabadas estás gratuitamente y sólo para librarnos de la culpa y de sus consecuencias. Tú que eres el más bello entre los hijos de los hombres, el esplendor eterno del Padre, con tu cuerpo dislocado, con tu cabeza de inteligencia soberana sometida a cerco taladrante de espinas, con tus ojos cerrados para no ver nuestros pecados y llenos en cambio de dulcísima tristeza en señal de reproche, con tus pies detenidos para no huir de nosotros, con las manos torturadas en forma indecible para no castigarnos, con la boca cerrada para no maldecirnos, y con el corazón abierto para darnos refugio y brindarnos tu doble amor, de Dios y de Hombre. Por eso eres motivo grandioso de gratitud ante nuestros ojos. Si la patria honra y respeta los instrumentos de victoria y los patíbulos de los héroes, con razón infinita debemos honrar y respetar tu cruz, instrumento de una victoria universal y eterna, patíbulo de Ti, Héroe-Dios, ante el cual toda comparación de humanos es profanación. Si la gratitud de los pueblos defiende la memoria de sus ilustres representantes grabando en el bronce sus hechos culminantes, la gratitud cristiana no tiene para Contigo otra expresión más adecuada que la del Crucifijo, el cual, extendido sobre las ciudades colgante en las salas de los hogares o pendiente del cuello de los cristianos, es el monumento, sobre todos los existentes y posibles, más que bello, sublime, expresivo y de gratitud. Tan cierto será que tu cruz se erige en el universo como el signo más grandioso y venerando, cuando antes de tu muerte Cicerón la llamó tronco vilísimo y Tito Livio madero infame. Al llegar a esta idea haznos comprender que nuestra gratitud resultaría vana si se contentara con el culto externo, por afectuoso que fuese, ya que la perfección no se alcanza si no te reproducimos en nuestras personas, cumpliendo la recomendación del apóstol de que los que viven ya no vivan para sí, o sea para sus gustos y pasiones, sino para Aquél que por ellos murió. Y en esta tarea, que es a un tiempo de santificación personal y de gloria para Dios, nos sostiene el atractivo de encontrar en Ti el mejor amigo. En efecto, te dejaste clavar en la cruz por ser nuestro amigo y para continuar siéndolo en su estado acorde con la


vida terrena, la cual es de sufrimientos, y ni un. momento dejas caer de tus labios la frase comprometedora: "Ninguno tiene mayor caridad para con sus amigos que el que da la vida por ellos". Dos son los amos crueles que disponen de nuestro tiempo: el pecado y el dolor; y contra ellos no existe otro refugio de consuelo ni otro remedio que Tú, crucificado. El pecador al comprender su triste situación se pone a repetir los versos de la Iglesia que llenan el alma de consuelo: O Crux, ave, spes única, fons salutis, salve oh cruz! esperanza única, fuente de la salud. El dolor, cuyas penas son el patrimonio más crecido de la vida, no posee otro camino racional y glorificante que el de la cruz, donde nos esperas como Varón de dolores que, inocente, sufriste toda clase de tormentos, y, poderoso guardas el consuelo cabal para cada persona y para cada estado, y donde nos abres el corazón a fin de que guareciéndonos en él, aprendamos a sufrir resignadamente para no llegar al colmo eterno del dolor, que es el infierno, sino a término feliz, a saber, la ascensión de los que saben sufrir. Y efectivamente en todo el universo cristiano eres el confidente de los pesares, el consolador que no engaña, el que tiene frente divina para reclinarse en la nuestra agonizante y agitada, corazón abierto para recibir como en cáliz divino nuestras almas a la hora de la muerte. Tal es el premio que te pedimos y esperamos merecer con tu gracia abundante y eficaz. Mientras tanto continúa manteniéndonos a tus pies como soldados y amigos y cumpliendo tu promesa de atraernos a todos una vez exaltado en el leño. Y ahora permanece por breves días entregado a la adoración de esta parroquia: y abre los oídos, los mismos que oyeron las súplicas de los ciegos y leprosos y el llanto de la viuda de Naín y de las hermanas de Lázaro, para que recojan nuestras cuitas, peticiones y necesidades; y despliega los párpados para que te compadezcas de las gentes que en el desierto que se han fabricado padecen hambre de verdad, de virtud y de cultura, para que nos inundes de luz, ah! de esa luz que nos revela tus dogmas y nos coloca a mil codos sobre las miserias y pequeñeces, y para que mires este pueblo con esos ojos que se te llenaron de lágrimas al posarse sobre la ciudad deicida; y retén las manos clavadas por tu misericordia sin límites para que el pueblo no sea azotado por tu justicia, pero suéltalas para barrer al contumaz perseguidor de tu dogma y de tu moral y para que siembres la parroquia de milagros, que sean monumento perenne de tu visita y realización de tu nombre. Las almas de este rebaño vendrán en estos días como enjambres de abejas pobres pero generosas a fabricar a tus pies el panal sabroso de la caridad para con tus hijos de Girón, y subirán como ciervos heridos y sedientos a curarse en la fuente de tu corazón y a beber el agua que salta hasta la vida eterna. Daniel Jordán, Pbro.

EL CORAZÓN DE JESUCRISTO Es el símbolo de amor Si comprendemos bien el alcance de la doctrina de la Iglesia acerca de la unión hipostática, ¿nos atreveremos a pensar que había de vacilar la fe, al ver sobre el altar católico el Corazón de Jesucristo? ¡No! Si me es lícito expresarme así diré que mucho más presurosa había de ser la adoración de los creyentes ante ese misterioso e incansable y noble y escondido distribuidor de la vida en Jesucristo como en todo hombre: el corazón! No nos impone la fe en fórmula dogmática ni en conclusión desprendida de los símbolos católicos el aceptar que el corazón sea órgano del amor como los sabios dicen lo es el cerebro para el humano pensamiento. Ella deja la ciencia desenvolverse libremente; tan sólo enseña que el alma humana como espíritu que es, se zafa, en las actividades de su vida propia, de la esclavitud a la materia. Sea o no el corazón al amor lo que es el pensamiento al cerebro, éste y aquél, como toda carne, pueden caer bajo el dominio humillante del gusano en el sepulcro, dejando libre al alma, que más ágil pasa sola al otro lado de la tumba para conocer mejor a Dios, y amarlo u odiarlo eternamente y ser así definitivamente feliz o desgraciada aun antes de volver a unirse al cuerpo en la resurrección universal. Si no podemos llamar al corazón humano, en un sentido estricto y propio, órgano en que el espíritu fabrica sus amores, no hay quien impida que, en el orden de los símbolos y en algo indefinible, él sea emblema, eco, señal, heraldo y trono del amor! Si no es por orden de las cosas, será por tiranía! Pero el hecho es que el amor ha plantado sus reales en el corazón y lo ha hecho proclamar por todo el mundo y en todos los tiempos, trono suyo, exclusivamente suyo. Uno y otro —amor y corazón— pasan por el dominio de las almas envueltos en una misma y regia púrpura y tienen juntos como retiro de una sola majestad esa noble cavidad del pecho donde en alboroto confundido brinca la sangre como torrente hirviendo y rojo por la vida y el amor. Y así late y seguirá latiendo el corazón humano, marcando el ritmo del vivir y del amar; señalando con el mismo golpe firme el principio y el vigor de la existencia y la


llegada y la constancia del amor; indicando con su solemne languidez la vecindad de la muerte y la cercanía del olvido, del odio o de la inconstancia en los afectos. Un día, llegando Jesús a Cafarnaúm, se le acercaron los que cobraban el impuesto en nombre del César. Para no escandalizar negándose a pagarlo, el Señor mandó a Pedro que echara la red y abriera el pez que cierta y milagrosamente había de caer en ésta. Allí encontró Pedro la moneda del tributo. En otra ocasión para responder a una pregunta capciosa que le hicieron sobre la legitimidad del impuesto, Jesús, señalando una moneda, sin tocarla, preguntó: —¿Qué imagen e inscripción veis allí? Y le contestaron sin vacilar: —Lleva la efigie y la inscripción del César. Cuando se le pregunta a la Iglesia si es lícito o no entregar el corazón al amor como a su dueño y señor, ella, sin tocarlo, es decir sin hacerlo objeto de sus dogmas o de su doctrina, responde interrogando: "¿Qué nombre y qué vestigio lleva grabado el corazón del hombre? Y en voz pronta, universal y misteriosamente acorde, contesta la humanidad: "Lleva el nombre y la huella del amor". En el milagro del pez y la moneda del tributo, parece que el dominio del César Romano se infiltraba hasta en las profundidades del mar; así, en el misterio de la vida y del amor, parece que éste, ahonda su dominio y tiene su trono por fuerza o por milagro en el corazón del ser creado a imagen y semejanza del Señor de los cielos y la tierra. Así se ve al amor, convertido en emperador del mundo espiritual, tener en cada corazón de hombre una moneda noble como el oro o vil como el estaño, pero convertida por augusta efigie e imborrable firma, en el único valor que apropia, traslada, rinde y enajena lo que hace vivir a toda idea, lo que da prestigio a toda fuerza, lo que conquista el mundo y arrebata el cielo. Me convenzo cada vez más de que el lenguaje de los hombres aclara, y complica al mismo tiempo el misterio del amor. Parece que éste se alberga y enreda la inquietud de sus ardores, sin, saberse cómo ni por qué, en el latir de aquel músculo secreto e intocable que ensancha y recoge el caudal de nuestra sangre sin dejarla huir ni retenerla prisionera; que se mueve sin alejarse; que palpita sin descanso y que, así como palpita dentro del pecho humano, parece estar prendido en el centro del palacio del alma como fuego que sólo se consume con la vida y en el que se abriga y calienta la luz blanca pero fría del pensamiento.

No cabe, pues, oscuridad en la conciencia cristiana cuando se trata de examinar el lenguaje universal y perpetuo de los hombres. Y este es el que ha sido apropiado por la lengua de la fe para expresar las maravillas del Corazón de Jesucristo. Cuando el error quiso profanar la santidad del amor divino y fijar a éste fronteras y limitarle el número de las ovejas en el redil del cielo, y trepar a la Cruz para cerrar hacia arriba los brazos del Crucifijo y blasfemar de lo grande de ese amor tan amplio como el abrazo que ofrece el Salvador desde el madero de su pasión, sólo entonces, digo, bajó a la arena Jesucristo mismo y entró en la fila de sus amantes y de sus soldados y abriéndose el pecho puso su corazón como señal de triunfo y como blanco de todos los dardos y de todas las blasfemias de sus nuevos enemigos. Y después de hablar El mismo en defensa de los fueros de su amor por los hombres, dijo los secretos de su Corazón, primero a San Juan Eudes y después a Santa Margarita María. Estos dos nombres representan en la historia del más reciente y victorioso combate de Jesucristo, en diferente manera, la más egregia prerrogativa que Dios concede a sus amantes: la de ser los instrumentos de la omnipotencia del amor. Juan Eudes con su pujante apostolado conocido hoy por quienes leen la historia sin prejuicios y oyen la palabra del Papa; Santa Margarita María con sus diálogos extraordinarios y divinos con Jesús, prendieron el incendio que ya no se puede apagar y del que es, chispa también nuestro fervor enardecido. Ese siglo diez y siete, en la patria de Juana de Arco y en los anales del amor divino, parece tener el estrépito del camino de Damasco del que salió el apóstol más audaz y laborioso; parece tener extendido sobre su cielo un símbolo de púrpura más noble que el símbolo del lienzo en que San Pedro vio en el retiro de Jope la apremiante vocación del mundo pagano a la cena del Pan y a las excelencias del perdón cristiano. El Corazón de Jesús habló por sí mismo tan alto como los concilios y tan recio como los mártires y es así como la idea cristiana triunfó por medio de sus portentosos heraldos, el amor cerró su era y proclamó su última victoria desplegando a todo cielo su bandera: el Corazón. Y a ver si la bandera del Rey Omnipotente no ha de tener significado cuando lo tienen aún las de los pueblos que a pesar de sus culpas clavan en sus pendones la majestad real de su patria y de su vida! Primer fundamento que tributamos al dulce y amable Corazón de Jesucristo. ¿De cuál amor? Símbolo y emblema y trono del amor. ¿Pero de qué amor?


Cual sea ese amor lo podemos decir en cierto modo.... Cuánto es y hasta dónde va su misterio, nadie lo ha podido decir con palabras humanas. En el Corazón de Jesucristo hay latidos de un ritmo indefinible, hay en él una fuerza espiritual, omnipotente por lo infinita; sopla allí como en un abismo el huracán del amor hecho locura y culpable de todo el exceso del sacrificio con que Jesús nos quiso redimir; allí están en cuna todas las misericordias y todos los designios del amor nacieron para acabar en nuestro provecho; en una palabra, con tal pujanza sopla allí el amor que parece ser el vendaval del odio como en sublime arrobamiento lo definió Buenaventura, el Serafín de los doctores: "Señor! me has amado tanto, que por amarme has llegado a odiarte!...."40 Lanza más atrevida que la de Longino—la fe —nos lleva muy adentro por la santidad de ese retiro en cuyos más secretos repliegues encontramos entre los vestigios de la eternidad y escondidas a la justicia, o inventadas por la misericordia, las voluntades del amor, de ese Emperador del mundo espiritual que por redimir la tierra desbarató los cielos! Allí palpita y bulle la vida del amor más sublime y misterioso: la de la Augusta Trinidad. Si es lícito emplear comparaciones para hablar de esa majestad, diré que se parece todo aquello al retiro inaccesible donde el cóndor se guarece con las alas plegadas, con las garras suavizadas por el amor del nido, pero con el recuerdo y el poder latentes de lo que pudo hacer de montaña en montaña, por encima de las nubes y en desafío al sol! En una palabra, en el Corazón de Jesucristo se ve el nombre y la huella del amor infinito con que el Verbo ama a su Padre, con el que el Verbo y el padre exhalan el hálito del Espíritu Santo, con el amor con que la Santísima Trinidad ama al hombre, y del amor de hombre con que Jesucristo nos quiso amar para enseñarnos a amar con corazón amplio e infinito! No se va de mi mente el consejo de Santo Tomás de Aquino: "Cuando habléis de la vida íntima de Dios, de sus atributos y misterios, decid siempre, cómo no es Dios, 40

Súmulas amoris, Capítulo I.

cómo no son sus maravillas, porque ni aquí en la tierra, ni allá en el cielo, podréis saber o decir cómo es de verdad y de toda precisión la Majestad del Señor!" Por eso no se me abre otro camino que el señalado por la fe: ir por la zona de misterio en la cual se desenvuelve también el amor de que es capaz el hombre, y echar en Dios las grandezas purificadas que encuentran en la tierra y decir: así no es Dios porque es todo eso, pero negado todo lo infinito y hechas infinitas todas las noblezas humanas. Así nos han enseñado a hablar y a meditar los enamorados de las cosas divinas; aquellos, cuyo a-mor se anticipó a la muerte para abrir el cielo, y a quienes por amoroso y voluntario descuido, Dios dejó trepar a un Tabor muy alto y pasajero en los ardores luminosos de los éxtasis. Cotejemos la sospechada grandeza del Creador con la realidad que poseemos: contemplemos al amor humano, ese que es puro y santo y casto y noble y digamos "al infinito de esa excelencia está la del amor de Dios". El amor es un empuje que mueve y abrasa: es la esencia de una vida que, albergada dentro del alma como raíz, revienta afuera en flores y en perfume. Él es una inquietud de la razón pero no es en sí ni idea ni raciocinio; es un afán libre, pero que, llegado a su última nobleza, carece de libertad voluble y engañosa; es un desbocarse del alma, ciego y sin prudencia en el camino, pero que va derecho al bien o a la luz de alguna hoguera. El amor humano cae del alma y cuelga de ella llevándola consigo hacia lo amado, a modo de dulce peso espiritual, nacido del connubio de la mente con el bien. El amor es de quien ama la más inajenable propiedad, lo más íntimo, lo más confundido con el propio ser y lo que sin embargo hace esclava de otra al alma que lo lleva en sí como el hierro enrojecido lleva el fuego. El amor busca un bien que está afuera, cerca o lejos, y hacia él se mueve totalmente y por él lo sacrifica todo! Rey del mundo interior y alto, cuando deja su trono para emprender la conquista de lo amado, dominadoramente revuelve, anima, ordena y empuja el cortejo que le sirve de rodillas, o sean todas las noblezas espirituales del hombre, y conmueve a su paso, desde el pensamiento que vive tan alto, hasta la tierra que pisan los pies que la llevan; desde la arteria en que apresura y alborota los caudales de la sangre hasta el rubor que lo anuncia sobre la pureza de la frente. El amor es sutil, invisible e intocable: no sopla ni siquiera como la brisa: es poderoso y más fuerte que la muerte: sostiene todos los bríos; vence todo cansancio; derriba toda muralla; está a la base o en el término de todo heroísmo y de toda conquista; es el fundamento de la paternidad humana como pretexto de la omnipotencia creadora, es por ello la fuente perenne de la vida; y balancea las cunas y llena el vacío de los


sepulcros; hace continuos los intervalos del tiempo, igualando así a la eternidad; es eje, y hace girar sobre sí todo el rodaje de las pasiones y la vida. Por ser amados darían su prestigio los favorecidos por el dinero, y darían su gloria los que la conquistaron con las armas o el talento y ni siquiera el ser más degradado de la tierra vende por monedas la verdad y el abrigo' del amor! Puede concebirse y encontrarse el amor humano en acecho y vela de bienes conmutables, perecederos y hasta ilícitos; ha existido y existe así entre los paganos por ideas o por costumbres; pero lo que no puede concebirse ni existir es un amor que en su acto verdadero no sea un misterio, una nobleza y un remedo de lo más grande que existe entre las grandezas de Dios! Poniendo así los dos abismos uno frente al otro, la fe cristiana ennoblece e ilumina grandemente el misterio del amor, pues ella nos enseña que Dios es amor y que de Él viene y al suyo se parece el que con ese mismo nombre se llama y prende sus incendios en la tierra. En fin, más que toda lucubración, más que todo raciocinio, nos .darán conocimiento del amor, el sentir su fuego, el ver sus obras y el palparlo en las realidades en que junto a nosotros vive. Todo hombre puede ver el desfile en que se muestra el amor: ora sale de augusto recinto nupcial, ora del rincón en que lo corteja la amistad, ya de los combates a que lo llamó a gritos el heroísmo en defensa de la patria, ya de la suave, silenciosa, abnegada y siempre abierta mansión que tiene en todo corazón de madre. Vengan pues todos ellos uno a uno: súmense en conjunto, fúndanse con el amor que hierve en las multitudes incontables de los Tronos, de las Dominaciones y las Potestades, y aun haciendo lo imposible, suprimido el pecado de Luzbel, échese en la balanza que va a dar la prueba, el amor perdido del demonio y de todos los millones de amantes que con él dejaron de amar para irse a fundar en los infiernos el dominio del odio; nada, nada pesará todo ese amor amontonado si en el otro platillo cae una sola chispa del amor de Jesucristo. En todas esas formas, desde el sacrificio de la vida que es el término supremo, hasta el encanto de la cuna, que es la más noble expansión del a-mor y a veces el refugio de todos los demás amores que huyen en bandadas con el tiempo, en todas esas formas, digo, el amor humano ante el amor de Dios, si es incendio se vuelve cenizas, si es concierto se vuelve silencio, si es nobleza se vuelve imagen y si es verdad no es sino un destello desprendido del amor de Jesucristo. Debemos entregar nuestro pobre corazón al Corazón de Jesús,, para que El ablande nuestra dureza, caliente nuestra frialdad, nos infunda su sangre y nos dé la amplitud que cabe en un corazón estrecho pero capaz de latir al unísono con el de Dios mismo según la unidad que Jesús pidió a su padre reinara entre Él y sus amantes. Luis Pérez Hernández (Pbro. Eudista.)

LA DOCTRINA DE CRISTO Y LOS SANTOS. Y ahí está la historia de la Iglesia. Ahí están esos millones de santos para probar la eficacia de esta doctrina. De ella nacieron, con ella se alimentaron y crecieron. A Jesús abrazaron, pero a Jesús todo entero. Nuestro siglo no quiere aceptar a Jesucristo sino parcialmente: cada cual toma de Él lo que le place. Unos admiran la alteza de los dogmas cristianos y confiesan de grado que ellos constituyen un adelanto inmenso sobre las ideas filosóficas y religiosas de los paganos, pero no pasan de ahí; otros se contentan con alzar a las nubes la moral del Evangelio, como la más pura, como la fuente de todas las libertades públicas y la mejor salvaguardia de la dignidad humana; pero no hay para qué hablarles de misterios, porque son enemigos jurados de la metafísica y tienen horror a todo lo que sale de los límites de lo experimental y positivo; otros, finalmente, aceptan uno y otro, sólo que la economía de la gracia y de los sacramentos, del culto y de la jerarquía, les parece un accesorio de poca monta: quisieran un cristianismo depurado de todo eso, una moral fundada en las solas fuerzas de la naturaleza. j Pero todos estos son empeños temerarios, porque en la doctrina de Jesús todo se armoniza: el dogma, la moral, los medios de santificación. Quitado uno de estos elementos, bambolean y caen por tierra los otros. Si falta la fe, carece el hombre de motivos suficientemente fuertes para obrar el bien, y sobre todo, el bien en grado superior, sobreponiéndose al ímpetu de sus pasiones; si se desprecia la gracia, carece de fuerzas para realizar sus propósitos y cae en la desesperación y el desencanto. El hombre no se levanta a su verdadera perfección sino por Jesucristo. Cuando se mutila a Cristo, se menoscaba la perfección humana. Los sistemas no cristianos, a lo sumo alcanzan a producir obras defectuosas, o que no exceden de lo vulgar, hombres a quienes les falta algo en el corazón o en la cabeza, como dijo un incrédulo, al paso que el cristianismo íntegro ha producido esos rispos inmortales de belleza que se llaman Pablo de Tarso, Teresa de Jesús, Luis Gonzaga, Francisco de Sales y mil más. Y ¿quién podrá dignamente ponderar la fecundidad prodigiosa de la enseñanza de Cristo? Semejante al grano de mostaza, de que brota árbol corpulento, debajo de apariencias sencillas que no espantan a las inteligencias más medianas tiene profundidad tanta, se presta a tal variedad de aplicaciones, encierra tanta copia de conclusiones que con hacer tantos siglos que la humanidad más culta viene estudiándola, sondeándola, exponiéndola, no ha llegado ni llegará jamás a agotarla. La palabra de Jesús es hondísima, cada inteligencia se sumerge allí hasta donde quiere y puede; es un río que tiene lagos profundos y cascadas sonantes y apacibles remansos: allí nadan los elefantes, y los tiernos corderillos encuentran donde bañarse y apagar su sed. Ni es esto maravilloso. Cuanto una inteligencia es más alta, tanto es más comprensiva su palabra, expresión de su pensamiento. De los ángeles enseña Santo Tomás que abarcan con un solo concepto o, como si dijéramos, con una sola mirada,


lo que un hombre de sumo ingenio no puede conocer sino por partes y mediante una larga cadena de raciocinios. Por eso los grandes talentos son eminentemente sintéticos, ven las cosas desde muy alto y su palabra revela más de lo que dice, cautiva más por lo que sugiere que por lo que manifiesta expresamente. Pues si la palabra humana tiene ya esta fecundidad y lleva en ocasiones tal cúmulo de ideas condensadas que van a hacer explosión y a germinar en los que las reciben, cómo será la palabra del que es Palabra y Concepto de Dios? Carlos Cortés Lee (De "Homenaje a Jesucristo")

ELOGIO DE LA SAGRADA TEOLOGÍA De la palabra de Cristo ha nacido en primer lugar la teología católica. Sí, la teología. Al oír esta palabra, muchos se encogen de hombros pensando que esa es una mera antigualla, que sí pudo alimentar las interminables disputas de la escuela o ejercitar la sutileza de los doctores de la Edad Media, hoy no tiene valor alguno. Pero no, la teología es el fruto de la palabra de Dios y de la razón humana; es el pensamiento de Dios interpretado por el hombre que lo ha estudiado con amor, con reverencia y aplicado a él sus más poderosas facultades, sus esfuerzos más generosos. La humanidad no ha sido ingrata al don del cielo, lo ha acogido con regocijo y sin olvidarse de que el escudriñador de la majestad se verá oprimido por la gloria, ha juzgado que era muestra de agradecimiento examinar y profundizar hasta donde le fuese posible la doctrina que le vino de lo alto. Y el resultado ha sido tal, que aun cuando uno no fuera cristiano, no podría menos de admirar un cuerpo de doctrina tan completo y tan sabiamente organizado, ni dejar de extasiarse ante el edificio que sobre la fe ha levantado la razón contemplando su magnificencia, su elevación, la proporción de sus partes, lo acabado y primoroso de sus detalles y ornamentos. Podrá el hombre desechar los principios de esta ciencia, pero habrá de quedar pasmado ante la sagacidad, penetración y firmeza de razonamiento que demuestran sus cultivadores, y no podrá negar que la teología católica es el campo en que el ingenio humano ha dado más alta muestra de su capacidad y que ella es la más suntuosa fábrica intelectual que levantaron las manos de los hombres. Única e idéntica a sí misma, la teología se reviste de formas diversas: ya se muestra sencilla, clara, asequible en las homilías con que los pastores apacientan a los fieles; ya armada de irresistibles argumentos se revuelve contra los adversarios de la Religión, confunde los errores, pulveriza las objeciones, o bien apoyándose en las verdades que

ellos admiten, o poniendo en claro cómo cuanto a-legan en contra, carece de fundamento. Unas veces se contenta con exponer los dogmas y corroborarlos con los testimonios de la Escritura y de la Tradición, en estilo fácil y abundante, que arrastra en sus ondas los tesoros de la erudición y de la crítica; otras asume casi la apariencia de las ciencias exactas, seca en el estilo, vigorosa en la argumentación, descarnada en las pruebas que se encadenan con método estricto, ajustada al rigor de la dialéctica; y armada así como de escalpelo y microscopio, se entra por los más escondidos senos de la enseñanza revelada, la desmenuza, la desenvuelve y saca conclusiones que forman todo un sistema científico; define, divide, demuestra sus tesis, redarguye a los contrarios. Esta ciencia sagrada no permanece jamás estacionaria: sin mudar en el fondo ni apartarse de la fe, es progresiva, se desarrolla, se modifica, se transforma conforme adelantan las otras ciencias con quienes está en íntima relación. Segura de hallarse en posesión de la verdad infalible, no teme la investigación, antes ahonda en ella cada día más; acepta cuanto viene del campo de experimentación o del campo de la filosofía, porque los resultados de las ciencias de observación, como sean comprobados, y las conclusiones del raciocinio, como nazcan de premisas ciertas y por riguroso discurso, lejos de menoscabar, vendrán, como vinieron siempre, a corroborar sus propias afirmaciones. Mientras que las falsas religiones se desmoronan cuando se les aplica la crítica científica, esta última aún manejada por manos nada amigas, no ha logrado hacer mella en la doctrina de Cristo; por lo cual la iglesia no teme la ilustración, antes la promueve y ha sido la creadora y fautora de todas las instituciones destinadas a propagarla, desde la escuela primaria hasta la universidad. Y que la razón humana bajo la tutela de la fe, lejos de enflaquecerse, ha cobrado nuevos bríos y ganado en audacia y elevación, lo patentiza la superioridad de la sabiduría cristiana, señaladamente en las disciplinas filosóficas y jurídicas, en las ciencias políticas y sociales. El elemento cristiano es hoy la luz y la sal de la cultura del mundo y anda tan mezclado con ella que nadie sería capaz de separarlo, como tampoco de señalar el límite hasta dónde llega la acción de las verdades reveladas, pues esa acción se extiende más allá de las fronteras de la Iglesia y de las comuniones cristianas y alcanza aún a los que no» conocen la revelación o la repudiaron. La atmósfera espiritual está impregnada del pensamiento de Cristo; la palabra de Cristo es el pan cuotidiano de un sinnúmero de almas. ¿Dónde sino en el Evangelio están los manantiales de este río de la elocuencia cristiana que recrea y fecundiza las almas en todas las regiones del globo, de esa elocuencia que habla todas las lenguas, así las más cultas como las más bárbaras, que conmueve todos los corazones, que resuena en los palacios de los reyes y va en boca del misionero a ilustrar y consolar al labriego, a ganar el corazón del salvaje en su desierto ; de esa elocuencia que cuando la antorcha de la cultura clásica se extinguía, hizo revivir en Juan Crisóstomo los acentos de Demóstenes, qué pareció resucitar a Cicerón en la


persona de Cipriano, y que rotos ya los clásicos moldes de las lenguas antiguas, tomó a las modernas en su cuna y las pulió y las hermoseó y les imprimió su sello» de espiritualidad y elevación? Carlos Cortés Lee (De "Homenaje a Jesucristo")

CRISTO REGENERADOR DE LA SOCIEDAD El cristianismo, es pues, por excelencia, una religión popular. Tanto más cuanto por otra parte, Jesucristo, en quien se compendia toda la religión del cristiano es, según hemos visto, el ideal puro del hombre, a quien no falta ninguna de las notas ¡de la genuina naturaleza humana, al mismo tiempo que muestra en su persona lo divino en forma humana, la verdad invisible de Dios hecha visible a los mortales, de modo que verle a Él es ver a su Padre. Su vida es el modelo acabado de la vida humana dignificada y esclarecida por la presencia y el amor de Dios. Por eso quien le contempla, siente despertar en sí los gérmenes de todo bien, y cuanto más se acerca a Él por la imitación, es no sólo más cristiano, sino más hombre, porque corresponde mejor a la primitiva idea del hombre en la mente de Dios. Mas no para aquí la eficacia de las palabras de Nuestro Señor. Ella no se ha sentido tan sólo en los individuos, ni en el campo de la especulación. Qué de instituciones no han brotado y brotan de ella todos los días! La civilización cristiana no es sino el florecimiento lento de la semilla evangélica; las libertades modernas en lo que tienen de bueno, de allí arrancan; la sociedad y la familia, las ciencias y las artes, se han modificado por ella y de su savia se nutren todas aquellas virtudes que recrean y embalsaman al mundo cristiano, diferenciándole hondamente del antiguo. Nuestro Señor no procedió como los reformadores humanos: no incitó a la rebelión, no provocó trastornos sociales, ni se propuso derrocar el orden establecido, para fundar por fuerza una nueva sociedad sobre las ruinas de la antigua. Eso habría sido indigno de Dios. Eso por lo demás, no toca sino a la superficie de las cosas. La obra de la fuerza (y hablo no sólo de la fuerza de las armas, sino de la de las pasiones) lleva en su seno con el riesgo de la exageración y del exceso, el germen de su muerte y el principio de las reacciones infalibles. Jesucristo procedió como Dios: comenzó su

obra en las inteligencias y en los corazones; arrojó en el seno de las antiguas sociedades, corroídas por la triple concupiscencia, la levadura saludable de sus enseñanzas y de sus medios de santificación: depositó en unas pocas palabras comunes, lúcidas y sencillas, las simientes de un nuevo orden de cosas y dejó que esas cimientes se desarrollaran a favor del tiempo y bajo la acción del Espíritu Santo. ¡Y qué transformación! El mundo antiguo que consideraba la pobreza como ingens vitium, se vio reemplazado por un mundo nuevo que ve en el pobre un objeto de veneración, porque es imagen de Cristo, que se hizo pobre que evangelizó a los pobres y murió por ellos. De ahí todas las obras de la misericordia cristiana que no pudo imitar Juliano, ni podrán jamás contrahacer los filántropos anticristianos. La misma Roma que vio a sus emperadores poner en una nave los mendigos de la ciudad para echarla a pique en el mar, vio a Gregorio Magno ayunar y hacer penitencia cuando supo que había un pobre en Italia a quien no habían alcanzado sus limosnas. Y de entonces acá, ¡cuántas manos delicadas de nobles matronas y doncellas se han creído honradas curando las llagas nauseabundas de los pobres de Cristo! La esclavitud, que constituía el cáncer más odioso del mundo pagano y que sus mismos filósofos, como Aristóteles, justificaban en teoría, quedó arruinada en principio por el cristianismo para ir desapareciendo poco a poco, hasta el punto de que hoy no podemos comprender aquellas sociedades antiguas en que había miles de esclavos por cada hombre libre, teniendo éste derecho, de darles la muerte y aún de ordenar que ellos se la dieran recíprocamente, sólo para entretenimiento y solaz de sus comensales que yacían muellemente recostados en sus triclinios de oro, coronados de rosas y resplandecientes los cabellos con el malobatro sirio. ¿Y qué diremos de la regeneración y ennoblecimiento de la familia, de la fundación de una vida social digna del hombre en el justo equilibrio de la autoridad y de la libertad? La familia descansa en el concepto del matrimonio, en la dignidad de la mujer. La baja estimación que de ella hacían los paganos, la tenía envilecida y abatida. Mas desde que el cristianismo venera al Señor en su Madre Virgen y enseña la igualdad esencial entre el varón y la mujer, a pesar de sus desigualdades fisiológicas e intelectuales; desde que las mujeres por el voto de virginidad alcanzan una sobrehumana elevación y a ejemplo de María ejercen para con las almas una maternidad espiritual, llevándolas a Jesucristo, desde entonces la mujer quedó emancipada y se mostró como virgen, como esposa, como madre, en una dignidad que el paganismo no llegó a sospechar. Hiciéronse imposibles la poligamia y el divorcio que son ruina de las familias, quebrantóse el poder de la sensualidad y las naturales relaciones del hombre y de la mujer quedaron santificadas y espiritualizadas. Carlos Cortés Lee (De "Homenaje a Jesucristo")


UNA PROCESIÓN DE CORPUS Una señora definía al párroco de este modo: "tiene a Dios padre en todo el cuerpo, a Cristo en el corazón y al Espíritu Santo en la cabeza". Como en todo se iba a lo esencial, ponía en el culto al Santísimo Sacramento todos sus empeños. Y decían las gentes: "por más que bregue por ocultar su santidad, se le sale en cuanto toma en sus manos la Hostia Consagrada. Cuando lleva el Santísimo Sacramento, todo él se vuelve custodia". En efecto, aquella cara descolorida y fea se transfiguraba. La festividad del Corpus Christi la había disciplinado a su manera, y el pueblo todo le ayudaba en la tarea. Nada de bandas estruendosas; para las salmodias medio gregorianas de aquel rito magno, bastaba un armonio. Para eso se le había encargado de poco peso y fácil transporte, y dos montañeros endomingados de negro alzaban con él cual si fuese una mesa cualquiera. Nada de ninfas en la procesión, nada de niños con estandartes, ellas regarían la vía antes que los ciriales apareciesen en el atrio; ellos se pondrían junto a sus altares respectivos.

Costumbristas

Son las dos de una tarde luminosa. Aquella plaza de cumbre perfila su Iglesia y casi toda la techumbre de sus casas en pleno firmamento. Ni giros de aves oscuras, ni cendales de nubes maculan el azul infinito. La comisión ordenadora ha terminado su cometido. La plaza está como si fuera el templo. Las tiendas están cerradas: cerrados y desiertos los balcones. Por las ocho bocacalles, por las aceras, por la plaza, yace el pueblo de rodillas. Cada cual puede girar en sus puestos sin levantarse un momento. Salen. Músicos y armonio enfilan por la vía; enfilan las cruces y los ciriales; luego el guión. Cuando está distanciado, surge en el pórtico la Sacramental, Augusta Exposición y entra en la vía. La oración de las campanas resuena en la majestad del silencio. Parecen ahí nacidos los palmares que han plantado los campesinos; parecen ahí nacidos los arcos de guaduas y de chusques que han erigido a su Dios. Se deposita en el primer altar, se deposita en el segundo. El palio, aquel palio magnífico, desproporcionado a los recursos y al culto del lugar, y que tiene una historia en sus anales, se mueve lentamente. Por entre tanto follaje resplandecen sus varas y los piñones que las remanían flamean al sol como cirios encendidos. Ondula la blanca sedería y cabrillean el brocado y el oro de sus recamos y guarniciones. Por delante del tercer altar han pasado músicos, cruz y ciriales; el palio se aproxima. Los niños de los estandartes, allí arrodillados, han perdido su devoción y se comunican en secreto. En el cuadro de un postigo sin vidrio se ha posado el turpial, aquel turpial tan conocido, tan arisco, tan rabioso que sabe salir a encerrarse en su jaula, que se burla de gatos y gavilanes. Vuela del postigo al pasamanos del barandaje. ¿Qué vendría a hacer el pajarito? Está inquieto, asustado; mas no por el gavilán, porque no estaría allí. Es el altar uno como pértigo de musgo; rematan sus columnas en matorrales de


orquídeas; se alza en el centro un pedestal, entre dos cardos enormes que levantan esa flecha rojiza y resistente. A tiempo que el párroco se destaca con la Majestad, vuela el turpial a una orquídea; avizora hacia arriba, avizora hacia abajo. Apenas está la custodia en el pedestal, vuela al espigón del cardo, se aferra a una rama, entreabre las alas, entreabre la cola, agitado y vibrante, y rompe en un trino que se oye claro a pesar de las campanas. Uno de los sacerdotes hace seña a los músicos, y el rito es rezado, murmurado........ Y el turpial se columpia en su rama y modula y gorgorea y ajusta todos sus motivos y afina todas sus cadencias y sigue y sigue. El rezo termina, y el turpial sigue cantando ante aquel auditorio sobrecogido. De pronto calla, y torna a su casa por donde ha venido. ¿Levantóse alguna leyenda sobre este caso? No. El mismo párroco se opuso. Una vez en la iglesia y la Majestad velada, habló muy conmovido del suceso: no fueran a inventar milagros ni simplezas, ni lo metieran a él en el asunto. Allí no había nada milagroso, fuese acto providencial o del acaso. Aunque no era dogma, por cierto tenían muchos santos, que toda la creación adoraba a su Creador. Bien claro lo expresaban salmos y cánticos de la Iglesia. Tal vez por esto no salió aquello del curato; mas, en el pueblo muchos convenían en que el párroco había conjurado al turpial y el turpial le había obedecido. ¿Qué trabajo le daba al señor cura? Entre chuscos y cándidos formaron la historia, que se contaba en secreto. Eso era un pacto. En la mañana del lunes precedente subía el cura. Venía de auxiliar un moribundo. El turpial estaba desayunando en un matorral de cebada, nacido en un tiesto, en el balcón de la casa escalonado más abajo. El cura le dijo: "Cuídate harto, negrito pechiamarillo; ensaya todo lo que sepas, porque el jueves tienes que venir a tu esquina a echarle un cántico al Señor." El pájaro sacudió la cabeza en señal de asentimiento. Esto es rigurosamente histórico. Tomás Carrasquilla (De "Dominicales")

ULTIMA COMUNIÓN DE REGINA A las siete tañían a rogativa. Tristes, insistentes, como una obsesión de amargura, sonaban en el ambiente de la mañana las vibraciones del bronce. Sobre el vecindario todo, cerníase la imagen de Regina; en el colegio, en aquel matalotaje de grandes y pequeños, de niños y de hombres más de un mozo llevaba en la fantasía el hechicero rostro, la dulzura de aquella sonrisa y ese aire de gracia e inocencia; las gentes graves oscilaban entre el temor y la esperanza. Horrible incertidumbre! Principiaba el castigo por las víctimas más preciosas ? Era esta sola la hostia propiciatoria que pagaba por el pueblo entero? Desde el pulpito, en medio del panegírico y del llanto, anunció El Dotorcito, para después de la misa, la administración de El Dolatro. A son de música y bajo palio, sale a visitar el Dios Sacramentado. Tan insólita pompa sobrecoge al concurso; lloran los ancianos, fascínanse los niños; se derriten las velas al viento de la calle, las gallinazas huyen de los techos; mandan los naranjos sus soplos perfumados. Es como un corpus dedicado a Regina. En el zaguán, regado de pétalos y de hojas, asoma doña Antonia; al ver la cruz y ciriales, retrocede asustada. Calla la música, agólpase el gentío, se colma la casa, rezan en coro, suenan las campanillas. Todos quieren entrar hasta la alcoba. Regina contesta el Sí Creo con acento reposado y recibe con unción la forma consagrada. Nadie nota en su rostro vislumbres de temor. Pasa la ceremonia. Por los ámbitos de la casa flotan átomos de misterio. La enferma, sin perder completamente la noción de la realidad, desvanecíase, entre tanto, como en un ensueño de angustia y de fatiga. Los fenómenos de la anemia la trastornaban; sus facultades conscientes, tan pronto fulguraban intensas y precisas, tan pronto se obscurecían en el letargo. Sufría, no obstante, sufría horriblemente: miedo, sobresalto, la amargura de su vida que se le hacía dulce al dejarla; el padre ausente a quien no diría adiós; el horror a lo insondable; el fantasma de Marcial, ahora más amado y. poderoso. Todo, todo tenía que dejarlo y no se resolvía. Pedíale a San José la buena muerte. Ay, qué horrible era la tristeza de entristecerse! Así pasó un día y otro y otro. La trinca de Galeno, constituida en enfermeros, apelaba a los mil expedientes de la terapéutica. A cada síncope encomendaba El Dotorcito aquella alma para él tan querida; y a ser posible, más de una vez le hubiese aplicado la extremaunción. En la mañana del cuarto día, a eso de las nueve, después de un sueño largo y al parecer tranquilo; después de una tregua de la ciencia, abrió Regina los ojos, animada y sonreída. Por los circunstantes pasó la esperanza. Laura le dio alimento, y ella le dijo al oído: —Quedémonos solas y cierre la puerta. —Sí que estás aliviada, mi reina —le dice Laura al cumplir lo ordenado.


—Sí, estoy muy bien, porque voy a morirme —No diga eso! —Sí, Laura, no ve que tan contenta estoy? Me voy al Cielo. Ayer.,...... no sé cuándo, sufría, sufría mucho; pero hoy........ me siento tan feliz! Y en efecto su voz desfallecida y quebrantada tenía un no sé qué de efusión y de transporte. —Y nos dejas solas en la vida! ¿De qué les he servido? ¡De tormento!........ Ya se acaba esto, y yo las acompaño desde el Cielo. No llore, Laura: yo le cuento........He pedido a la Virgen y San José, para que me ayuden, y me han oído. He visto una flor tan linda........ si pudiera decirle cómo es! Creo que me la mostraron, para que saque por ella lo que es el Cielo. —Llámeme a mi mamá para que me eche la bendición. Tragándose las lágrimas diósela doña Antonia, por ella y por don Guillermo. Pidió Regina que le trajesen la niña y le entrasen los muchachos. Aquel organismo inerme, anulado de un golpe, tenía ya agotadas las raíces de la vida. A las siete de aquella noche, ya en agonía, aun intentaban los últimos esfuerzos. A la una la sacaron expirante de un baño. En brazos de Laura, que acababa de enjugarla, se quedó a poco como un niño que se duerme. Tomás Carrasquilla (De "Salve Regina")

EL VIATICO Desmídanse madre e hija el hilachoso traje campesino; barren los acomedidos, tronchan flores a diestra y siniestra y riegan con los pétalos el suelo; colocan macetas en las botellas de agua de florida, a las que la habilidosa Jacinta había metamorfoseado en floreros, despicándolas por medio de frotamientos de cabuya e inmersiones en agua fría. Levántase el curtido velo de linón, poniéndose a Nuestra Señora de Balvanera a la vista de la multitud que se queda lela contemplándola. Y no era para menos. La Virgen se destaca allá encajada en la cueva de gigante roble, amazona en el águila; con aquel rostro que remeda un clavo romano, circundado por óvalo de oro, y en el regazo el Niño jugando con el mundo. Viste la mesa blanco paño, guarnecido de pajarracos bordados con hilo colorado. Pasan al rincón del moribundo el sangriento crucifijo tallado en madera, y el San Isidro labrador —su abogado— pintura al óleo como la Virgen, de gorra en la cabeza, al hombro la azada, de blusa y en pernetas. "El vaso", llamado así por ser único en la casa, que ostenta en relieve la corona de Cario Magno y los bustos de Napoleón y de Eugenia, lleno de agua bendita, es colocado en el altar

con la flor de muerto que ha de servir de hisopo; a su lado la vela bendita, la taza de pucha y el plato su compañero, tan pintarrajeado; la taza con agua del chorro y el plato con una miga de masa de maíz. El pañolón de raso que Jacinta compró a una señora muy su amiga, dándole en pago dos reales de pandequeso cada domingo, tapa con sus tornasoles de cuello de palomo las repugnancias del lecho. La sobrecama de vistosas guacamayas sirve de cortina en la puerta del cuarto. Luce la cruz, protectora de la casa, floreada guirnalda; la cancilla del corral, floreado arco, y unos regatonazos anchan el zig-zag del camino. La campanilla es el heraldo que anuncia la llegada del Huésped por quien aquella casa viste de gala. Desgórranse los hombres, echan las mujeres sobre la cabeza pañolones, pañuelos y delantales. Caen todos de rodillas. Reina religioso silencio. El sacerdote, alto, seco, encorvado, pálido como los cirios del tabernáculo, se apea de la mansa muía; las huesosas manos sobre el pecho, en el suelo la mirada y envuelto en el blanco almaizal, avanza sereno. Murmura en latín, y luego, levantando la voz, traduce al romance: "La paz sea en esta casa y en todos sus moradores". Posa el relicario bordado de oro en el improvisado altar, a su lado el cirio de cera blanca que le alumbró en el camino; oye al enfermo en confesión y rociándole con la flor de muerto, el agua lustral del cristianismo, exclama suplicante en la lengua madre: "Rocíame, Señor con el hisopo y seré purificado! Lávame y quedaré más blanco que la nieve"! Diserta con sencilla elocuencia sobre la grandeza del sacramento de la Eucaristía. "Los otros sacramentos son santos, dice, paseando la mirada dulce y apacible, por el auditorio; éste contiene al autor de la santidad, que es Cristo Nuestro Señor........" Dirigiéndose al moribundo, cuya respiración parece soplo de fuelle roto, y que le mira con indecible angustia interrógale con gesto imponente y voz de metal: "Creéis en Dios padre Todopoderoso?........" "Si creo" Responde en coro la multitud con fervoroso acento, y el enfermo, con débil movimiento de cabeza. Terminada la protestación de fe, acerca el sacerdote el Cristo a los renegridos labios del enfermo, que le besa reverente, y tomando del relicario la sagrada Hostia, la levanta lentamente, clavando en ella la mirada con profunda humildad, diciendo: "Ecce agnus Dei........" "Creéis que por las palabras que Jesucristo dijo en la última cena, y cualquier sacerdote rectamente ordenado, por pecador e indigno que sea, dice, se convierte la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo, y la sustancia del vino en su sangre?" El "sí creo" de la postrada multitud resuena como un rugido.


Todas las cabezas se doblan. Perdona el moribundo a todos los que le han hecho mal o se lo han deseado; implora el perdón del cielo y de los hombres, y más con el alma que con los labios repite con el sacerdote: "En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu". Recibe en la seca lengua al Dios que le consuela. Alentándole con palabras cariñosas, anuncia el sacerdote que le va a aplicar el sacramento de la Extrema-unción, "dispensador de la salud del alma y del cuerpo", y cambiando estola blanca, símbolo de pureza, por la morada, emblema de penitencia prepárase para las unciones, llevando la yema del dedo a la ampolla de plata que contiene el aceite sacro; pero comprendiendo que la agonía toca a su fin, se limita a la señal de la cruz en la frente, y conjura suplicante a los santos de la corte celestial........ Dóblase el enfermo dando un ronquido y dejando rodar dos lágrimas. "Se jué, se jué! Jesús! Jesús!" gritan a una Jacinta y ña Joba. . El sacerdote, extendiendo, como para bendecirlo, las descarnadas manos sobre el moribundo, que exhala débil suspiro, exclama con acento sombrío: "Vuela, alma cristiana, y que tengas asiento en la paz de la santa Sión". El murmullo de un responso anuncia a los circunstantes que todo ha terminado. Francisco de Paula Rendan (De "Inocencia")

EN EL PARAMO Voló un chico a la ciudad, dio cuenta en casa de don Basilio del estado de su madre y suplicó que le ayudaran a conseguir un sacerdote. Hallado que fue, doña Celsa y Regina, movidas por el inmenso cariño que profesaban a sus amigos del Tablazo, se fueron allá en son de paseo a ver de arreglarles algo la casa para recibir al Santísimo. Entre tanto, salía el cura de la ciudad, caballero en una bestia de don Basilio; cubierto con una ruana, solamente por el cuello dejaba ver la blancura de un paño cuyas extremidades caían por delante de él en la cabeza de la montura. El niño que lo había llamado iba cerca, el sombrero en una mano y en la otra una farola con luz adentro; un muchacho comedido, cuatro varas más adelante, tocaba una campanilla. Las gentes caían de rodillas y se quedaban de una misma posición hasta que el sacerdote doblaba una esquina. Dejó las calles y entró al camino. Nuestro Amo! gritan los niños que juegan en el sendero y se arrodillan; las madres vuelan a las puertas arrojando puñados de flores al camino y doblan la cabeza; un hombre que arrea sus bueyes cargados de leña, interrumpe una maldición que había

principiado y sigue: alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar! Ti-lín, ti-lín! suena la campanilla; el chico del farol no se cansa de correr; el sacerdote inclinado va rezando, rezando. Una mirla desde un alambre del telégrafo pone los ojos en plano y rompe después en un himno salvaje. En este momento el sol descorre las nieblas de la mañana y sobre un pedestal de montañas azules, en la cordillera central, aparece alto, magnífico y silencioso el nevado del Ruiz, presentando al santo de los santos su insólita blancura. La música del río sube al camino; el sol es el cirio que tiende su luz ante aquél que le dio tanta; de los hogares se alzan, como oraciones azules, cendales de humo que el viento desparrama a su antojo; el gallo erguido en un bardal desata su finísimo flautín; las vacas que entregaban en chorros de vida la nieve de sus ubres, al caer la lechera de rodillas vuelven la cabeza y con los ojos humildes miran y miran, remascando siempre, pasar al que va en busca de un alma dolorida. A la derecha, la cordillera de los Andes en el fondo luminoso y transparente del cielo destaca su sinuosa crestería como una serie de castillos negros; más acá el Cauca tendido en una llanura verde brilla como un camino de plata cincelada. El páramo del Ruiz sigue descubierto. El sol lo baña por el flanco derecho y apenas un rayo suave, tibio, pasa por delante de él tocándolo dulcemente como larga tangente de oro que va a quebrarse en el nevadito de Santa Isabel, colocado a la izquierda del gigante; un poco más acá el cráter de antiguo volcán se levanta con sus paredes negras chorreadas de madejas blancas, semejantes a la barba de la estatua de Moisés; aquélla boca silenciosa abierta en cuadro parece el capricho de un dios que hubiese dado cuatro sablazos uniformes al rededor del cono, y luego hubiera botado lejos de ahí el picacho que formaba el remate; ahí se ve, en vez de la antigua cimera de fuego, uno como bocado de nieve que la roca no ha podido triturar; al monstruo que un día hizo temblar la tierra, lo ahogaron los siglos derrumbándole bloques de agua por aquella garganta de piedras. Al pie de las dos alturas se ve una sábana de azul profundo salpicada de carámbanos que en el invierno llegan hasta muy cerca de acá donde principian el movimiento y la vida, acá donde las plantas se desentumecen y extienden los brazos, dejando caer la túnica de musgo que llevan sus raquíticas compañeras allá en la' altura, donde se andan rastreros y enclenques el frailejón, la estrella de la reina y el espino de oro, como una familia de esquimales, muy cobijados eso sí con unas como capas de terciopelo. Ya el sol baña en luz toda la montaña y suaviza con ligero tinte de oro pálido aquel deslumbramiento de blancura que fastidiaba los ojos! Oh mole inmaculada que das vértigos al cóndor y que haces doler en los hombres la conciencia de infinita pequeñez!........ ¡Oh eres muy baja! valiente altura! Gran estruendo es el vuelo de una mariposa! Sí, muy baja eres ahora que pasa por delante de ti el de vida la nieve de sus ubres, al caer la lechera de rodillas vuelven la


cabeza y con los ojos humildes miran y miran, remascando siempre, pasar al que va en busca de una alma dolorida. A la derecha, la cordillera de los Andes en el fondo luminoso y transparente del cielo destaca su sinuosa crestería como una serie de castillos negros; más acá el Cauca tendido en una llanura verde brilla como un camino de plata cincelada. El páramo del Ruiz sigue descubierto. El sol lo baña por el flanco derecho y apenas un rayo suave, tibio, pasa por delante de él tocándolo dulcemente como larga tangente de oro que va a quebrarse en el nevadito de Santa Isabel, colocado a la izquierda del gigante; un poco más acá el cráter de antiguo volcán se levanta con sus paredes negras chorreadas de madejas blancas, semejantes a la barba de la estatua de Moisés; aquélla boca silenciosa abierta en cuadro parece el capricho de un dios que hubiese dado cuatro sablazos uniformes al rededor del cono, y luego hubiera botado lejos de ahí el picacho que formaba el remate; ahí se ve, en vez de la antigua cimera de fuego, uno como bocado de nieve que la roca no ha podido triturar; al monstruo que un día hizo temblar la tierra, lo ahogaron los siglos derrumbándole bloques de agua por aquella garganta de piedras. Al pie de las dos alturas se ve una sábana de azul profundo salpicada de carámbanos que en el invierno llegan hasta muy cerca de acá donde principian el movimiento y la vida, acá donde las plantas se desentumecen y extienden los brazos, dejando caer la túnica de musgo que llevan sus raquíticas compañeras allá en la' altura, donde se andan rastreros y enclenques el frailejón, la estrella de la reina y el espino de oro, como una familia de esquimales, muy cobijados eso sí con unas como capas de terciopelo. Ya el sol baña en luz toda la montaña y suaviza con ligero tinte de oro pálido aquel deslumbramiento de blancura que fastidiaba los ojos! Oh mole inmaculada que das vértigos al cóndor y que haces doler en los hombres la conciencia de infinita pequeñez!........ ¡Oh eres muy baja! valiente altura! Gran estruendo es el vuelo de una mariposa! Sí, muy baja eres ahora que pasa por delante de ti el que de un soplo puede desparramarte en granizos; con toda tu majestad, el alma abrasada de mística ilusión cree verte girar, como un esclavo de rodillas, siguiendo el curso que lleva tu Señor; mientras El pase, no echarás sobre tus hombros el nebuloso manto de armiño........ Y allí está como la virginidad de las montañas, desafiando con su excelso blancor a todas las negruras del espíritu. La campanilla seguía sonando........ Samuel Velásquez (De "Al pie del Ruiz")

EL CÁLIZ DE LA PRIMERA MISA (Rasgo histórico de un padre Eudista) Había sido todo el anhelo de su vida. Desde la primera comunión no pensaba sino en eso: en ser sacerdote. Al fin ese año pudo venir al seminario: un tío suyo, don Julián, se había ofrecido a pagar la pensión. Arregló su atadito con ocho días de anticipación, y acompañado de algunos amigos de su madre que venían a vender granos a la ciudad, con ellos se vino al seminario. Ya estaba en camino hacia la meta de su vida. Fueron felices los primeros días de estancia en los claustros. Pero, tal vez Dios no lo quería allí, de un momento a otro recibió la noticia de la muerte casi repentina de su tío, y de que no le había dejado nada para su sostén en el seminario. Pocos días después el padre superior hubo de decirle que tendría que retirarse del plantel pues no se daban becas en el primer curso. Adiós ilusiones, adiós ideales acariciados durante años: ya no sería sacerdote. Otra vez a romperse sus pies de adolescente por el recio camino lleno de guijas, otra vez al pueblo sin lograr sus anhelos. *** Daban las diez de la noche. El dormitorio en una penumbra de recogimiento albergaba a treinta niños. De vez en cuando rompían el silencio un ronquido, una palabra enredada de algún chico dormido, soñando el primer sueño con su dulce madre. Allá en el fondo, en una piececita hecha de canceles, estaba el vigilante corrigiendo tareas en latín primer curso. ¡40 tareas! Los que no han tenido que leer cuarenta u ochenta páginas mal escritas todas las noches, no saben lo santamente atroz que es ese oficio con una buena dosis de sueño y de cansancio. Es verdad que sólo un año de ordenado tenía aquel vigilante y que sentía todavía el placer del trabajo. Cada vez que llegaba a su pieza el carrado de ochenta tareas, cuarenta de latín y cuarenta de aritmética, sentía un gusto escondido, el gusto y el placer de ganarse honradamente su cielo. Ya terminaba. Faltaba solo un cuaderno. Después, a dormir hasta las cuatro. Lápiz rojo en ristre empieza a leer. "A la rosa de los niños: rosae puerorum. El maestro de los esclavos: magister servorum". Era la tarea de Carlos. Todo muy bien menos la última frase que faltaba voluntariamente: Dios es bueno para los moradores del seminario. De repente, en el extremo del dormitorio, se oye un ruido, algo como un sollozo profundo, inmenso, que al instante es ahogado entre las almohadas. El vigilante se levanta y con pisadas suaves, como las de una madre cuando el hijo está dormido, se acerca a la cama de donde partió el sollozo. Es el puesto de Carlos. El niño trata de disimular, y se mete entre la boca las frazadas para acallar sus gemidos. —¿Qué tiene, niño, está malo?


—No, padre, no es nada........ —¿Y por qué está llorando? —Porque mañana me voy........ Y un nuevo sollozo rompió la última frase. El padre, sin saber qué hacer, pues no estaba acostumbrado a eso, le dijo: —Bueno mijito, duérmase ahora y mañana arreglamos. Y el chico hundió la cabeza en lo más hondo de sus almohadas a llorar........ sus anhelos rotos, sus ilusiones perdidas. Ya no sería sacerdote- Al día siguiente a traer leña como antes, allá en su lejano poblado. Mientras tanto el vigilante con pie inseguro y pausado se iba retirando a su pieza. Dentro roncaban los demás, y afuera palpitaban los astros. El padre estaba profundamente conmovido con la tristeza del muchacho. Sentóse de nuevo a su mesa de trabajo y se puso a pensar. Un seminarista menos, un sacerdote menos; un sacerdote menos, cuánta gloria a Dios, cuánto bien a las almas disminuido. Un sacerdote menos, una hostia menos en el mundo. Y aquel pensamiento le trajo el de su misa, la suya propia de todos los días. Ella era su centro; al levantarse era su único pensamiento, y entre el día en medio del sofoco de las clases, era su sostén. Y pensando en el divino sacrificio, pensó en su cáliz, el cáliz de oro que sus hermanos, en nombre de su madre muerta le habían regalado. Era un bellísimo cáliz gótico, siglo XIV, de oro cincelado. Una idea inmensa y angustiosa se le ofreció al instante. Ese cáliz valdría $ 300, más o menos, la pensión de un alumno durante cuatro años. ¿Por qué no darlo por ese joven? Fue recia la lucha. El cáliz de la primera misa es quizá lo que más ama el sacerdote, es su única riqueza. Y sobre todo para él pobre vigilante, que no tenía nada más, era horrible la lucha interior. Dentro de doce años ese niño sería sacerdote y levantaría el cáliz de la salud eterna al Padre; valía la pena hacer el sacrificio. Al fin se impuso la generosidad a los más legítimo de la naturaleza. Al día siguiente, después de levantar por última vez la Sangre de Cristo en su cáliz amado, lo llevó al padre ecónomo e hizo el contrato. El niño podía permanecer cinco años más en el seminario a cambio de su cáliz. Después, en el seminario mayor sería fácil conseguirle una beca. *** Nueve y media de la noche. Afuera llueve. Adentro, en el recinto del dormitorio, un aire templado y fresco convida al sueño. Todos duermen y sueñan. Los unos con sus madrecitas lejanas, los otros en guerras, los otros........

Y Carlos, a quien le ha comunicado el padre superior que una persona ha pagado su pensión por cinco años, sueña también. Sueña que está diciendo la Santa Misa y que ofrece la Sangre de Cristo en un bello cáliz de oro cincelado. Mientras tanto el padre vigilante va rezando quedamente por entre las líneas iguales de lechos blancos. Rafael García Herreros C. J. M.

EL VÍA-CRUCIS DEL SOLDADO El viernes de la tercera semana de cuaresma en una iglesia desierta........Un ruido de unos enormes zapatos herrados........ Un soldado sube por la nave central, hace genuflexión militarmente, luego, en posición oblicua hacia la primera Estación del "Vía-Crucis" se arrodilla y creyéndose solo se dispone a hacer su Vía-Crucis en voz alta sin devocionario. 1* Estación.—Jesús es condenado a muerte. Ah! estos canallas! Pasar a un hombre por el Consejo de Guerra porque ha curado enfermos........ Y ese sinvergüenza de Pilatos, que escucha a esa tropa de endemoniados y que condena a muerte a Jesús, sin que Él hubiera hecho nada........ ¡Cobarde!........ ¡Tres veces cobarde!......... "Padre Nuestro"........ 2* Estación.—Jesús carga con su cruz. No se contentan con matar a un inocente, es preciso obligarle a cargar el instrumento de su suplicio. Ah! bandidos........ Cuan malos eran en ese entonces! Después de todo ¿somos acaso mejores hoy día?....Oh, mi buen Jesús! Cómo se os maltrata!........"Padre Nuestro"........ 3* Estación.—Jesús cae por primera vez. Ah, ya lo creo! con una cruz como esa, que pesaba por lo menos doscientos kilos........y después de todo lo que le habían hecho sufrir........Qué desgracia! Ah! si yo hubiera estado en su lugar, ah no........yo no hubiera podido llevarla....:... lo que es a mí me hubieran tenido que fusilar allí mismo........ "Padre Nuestro"........ 4* Estación.—Jesús encuentra a su Madre, ¡No faltaba más! Si mi pobre madre me viera algún día así caminando hacia el patíbulo, ah! no. Mi corazón se rompería de dolor. Yo le diría que se fuera. Sufría horriblemente.... "Padre Nuestro".... 5* Estación.—Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la cruz. A lo menos he aquí un hombre bueno. Sin embargo, yo en su lugar hubiera obrado mejor. En primer lugar yo


no hubiera refunfuñado........ Él toma la puntica de la cruz; yo por mi parte hubiera dejado la puntica al buen Jesús y hubiera cargado con la más pesada........No. Yo la hubiera llevado solo....."Padre Nuestro"........ 6* Estación.—Una mujer enjuga el rostro de Jesús. He aquí otra que no es miedosa. Bravo! por las mujeres. Exactamente como las Hermanas del Hospital que se ríen del cólera y de la peste. Eso sí me gusta, y bien merecida tiene la Verónica una Cruz de Honor........ Y, decir que se las persigue y se las expulsa de mi patria........ como se quiere hacer con Vos, mi Jesús. Ah! Qué desgracia!........"Padre Nuestro"........ 7*, 8* y 9* Estación.—Por estar yo demasiado retirado, no me fue, posible oír la oración del bravo militar. Qué lástima! 10* Estación.—Jesús es despojado de sus vestiduras. Eso sí es ya el colmo. Había que hacer avergonzar al pobre Jesús ¡hato de desalmados!........Y no le dejan nada encima........ Qué mal os había hecho? Si hubiera envenenado a todo un regimiento, no lo hubieran castigado tan cruelmente.... Ah! condenados fariseos! "Padre Nuestro"........ 11* Estación.—Jesús es crucificado. Ah! bandidos........ ¿Qué más queréis hacerle al inocente Jesús? Falta rematarlo de una lanzada........ Sois unos perros........ Cómo os compadezco, mi buen Jesús!........ "Padre Nuestro"........ 12* Estación.—Jesús muere por nuestro amor. Lo que más me calienta es que Él nada les había hecho a esos salvajes, sino beneficios. Conmigo hubiera sido a otro precio. Cualquiera se defiende. Y, ¿quién lo podía mejor que Él? Era Dios omnipotente........ Cuando los derribó en el huerto, ha debido dejarlos clavados en tierra para siempre! Pero el señor cura nos ha dicho que si sufrió fue porque lo quiso, pues era Dios........ "Padre Nuestro"........ 13* Estación.—Jesús es bajado de la Cruz. ¡Pobre mujer! ¿Cómo no se murió de pesar? ah, si algún día me llevaran en un estado semejante a mi buena madre........ Moriría sin duda de dolor...."Padre Nuestro"........ 143Estación.—Jesús es colocado en el sepulcro. Ya todo terminó! Y si todo fue por nuestros pecados es preciso, indudable, que el pecado sea una cosa bien mala........ Sin embargo, mi Dios, yo sí que les hubiera hecho pagar caro su atrevimiento! Y ahora mi amigo, procura no pecar más, pues son tus pecados los que mataron a tu Dios... padre Nuestro"........ Y el soldado, rodilla en tierra, saludó militarmente el Tabernáculo y salió luego del templo, sin haber notado que lo estaban oyendo. Josué Acostó. R., Pbro.

Oratoria Académica


DISCURSO

del doctor José Vicente Concha Presidente del Senado en el Primer Congreso Eucarístico de Colombia —El Gobierno civil recibe su autoridad de Dios— Ilustrísimo Señor Arzobispo Primado, Ilustrísimos Señores, Reverendísimos Señores, Señoras, Señores: Cuando antiguos y tradicionales imperios, naciones orgullosas y caducas, abrumadas por el mismo inmenso peso de su material poderío, por las armadas con que cubren la extensión de los mares y ponen pavor en los pueblos, por las innúmeras legiones con que hacen temblar la tierra, por los tesoros que celosas acumulan para alimentar el incendio devastador que preparan, cuando esas naciones que así parecen haber llegado a la cúspide de todas las grandezas, a la apoteosis de la fuerza, sienten temblar el cielo bajo sus pies, comprenden que los elementos acumulados en sus manos de nada sirven para remediar el cáncer social que las devora, y llega a sus oídos el sordo rugir de los miserables y de los oprimidos contra el cual nada pueden ni las armas, ni las cadenas, que amenaza con el estrépito del trueno y de la tempestad que se avecina, devorar todo lo existente, derrocar el orden que impera, arrasar el capital y las clases poderosas, destruir la riqueza e implantar sobre el trono de antiguas y soberbias dinastías el cetro de la muchedumbre airada, ebria de sangre, esos imperios que parecían repetir el satánico desafío de los que pensaron escalar los cielos con la torre de la confusión, se estremecen de angustia, se sienten vencidos, y los que habían proclamado la proscripción o el olvido del santo nombre de Dios, y los que desconocían el primero de los deberes del hombre, soñando en la infatuación de su orgullo, ser como dioses, caen de rodillas ante el supremo Hacedor, doblan la humillada cerviz, y alzando la cruz menospreciada sobre sus cabezas, imploran con reverencia la protección de la mano omnipotente, ante la cual son manos infantiles las de todos los magnates y poderosos de la tierra. Los Congresos Eucarísticos, que en los últimos tiempos vienen celebrándose en las primeras capitales del viejo y del nuevo mundo, y ante los cuales se abren con reverencia y veneración las puertas de las mismas grandes metrópolis en que fue crimen de lesa majestad un día el culto del Augusto Sacramento, no otra cosa son que una de las manifestaciones de ese imponente renacimiento de la fe; el clamor, con estertórea voz, de millones de hombres que olvidados de Dios acaso durante las generaciones enteras, reciben de un golpe el rayo de luz que ilumina su ceguedad, abren los ojos ante las crecientes amenazas de una civilización que quiso renegar de su origen, y no hallan otro dique contra el mar que brama embravecido ante las agrietadas murallas sociales, que el de la religión de que ayer hacían mofa, que perseguían con encono, cuya desaparición profetizaban alborozados y que resurge ahora como planta

inmortal por todas partes, con creciente vigor, sobre las ruinas de una ciencia falaz y envanecida, sobre los despojos de un libertinaje que lleva al despotismo, sobre los triunfos maldecidos de los intereses materiales, que condenaron a la desnudez, al hambre, al frío y al desamparo a las incontables muchedumbres de la humanidad desheredada. Pretendieron pensadores que se llamaban políticos, hombres que se denominaban de estado, hacer de la religión y de los deberes de la criatura para con su Criador materia extraña a los intereses de la sociedad; creyeron que a ésta no incumbía sino el cuidado de los bienes materiales; pretendieron establecer un divorcio entre el cuerpo y el espíritu -—esa unidad prodigiosa e inmortal— y soñaron con un estado que prescindiera de Dios; que alejara su nombre de la Escuela y lo borrara de los labios del niño, que encerrara el culto de la divinidad dentro de los estrechos muros del hogar y del templo y le negara el amplio pabellón de los cielos, cuyos portentosos luminares anuncian las glorias de su Hacedor; quisieron que la fe se escondiera como nocivo secreto en el corazón, y cuando lograron que las generaciones crecieran en semejante atmósfera, se muestran atónitos de que los hombres se consideren como meros juguetes del azar de que crean que ninguna inteligencia superior se ocupa de los intereses humanos, que todo perece con la muerte, que los débiles no tienen amparo, que no hay recompensas para los sacrificios que se hacen por el bien público, que a ningún fin se encamina la existencia, que la muerte conduce a la nada!........ Destruida así la idea religiosa se derrumban las sociedades en el caos; los apetitos y las pasiones sin barrera, se abren paso por el camino del crimen; la pobreza y los dolores sin consuelo desprecian y violan las leyes; el egoísmo sórdido y suspicaz, suplanta todas las más hermosas virtudes, y de un solo golpe el hombre, rey de la naturaleza creada, queda equiparado a la fiera irracional, no ya libre, sino encadenado, por el cruel y sanguinario instinto sin más ley que la de sus feroces apetitos, sin más norma que la de sus zarpas afiladas. Pero son precisamente las sociedades que disfrutan del preciado don de la libertad legítima o las que aspiran a ser libres, las que han menester más, si así pudiera decirse, de la religión y se debe afirmar con verdad, que no existe libertad política en pueblo irreligioso, porque la igualdad y la justicia que merezcan ese nombre, no pueden vivir donde el cristianismo no impere. Fue Cristo quien trajo al mundo con su doctrina la libertad espiritual; fue El, quien derribó las barreras que dividían a la humanidad en dos castas de amos y de siervos; fue El quien dijo las sublimes palabras: "hombres sois hermanos"; fue El quien redimió a la mujer y la convirtió de esclava e instrumento vil de concupiscencias, en tronco augusto de la familia, piedra angular de la nueva sociedad; y fue Cristo, por último, quien al declarar la igualdad esencial de los hombres, creó el derecho, fundó la justicia y abolió para siempre los privilegios, alma de todas las organizaciones del paganismo. Y es por ello por lo que la religión que refiere a Dios y a Él sólo todos los


homenajes que antes se rendían a los representantes coronados de la fuerza, del poder y de la riquezas, hace libres a los hombres. La religión es la gran fuerza moral que cimenta profundamente las bases de la libertad legítima: la benevolencia, la justicia, el respeto de la dignidad humana. Porque no es el espíritu de la libertad, como comúnmente se cree, el de un celo escrupuloso y excesivo por nuestros propios derechos, ni la voluntad resuelta de no permitir que nos opriman los demás: es algo más alto, más noble, más generoso: es también, y principalmente el respeto del derecho ajeno, es la voluntad de no permitir que a nadie se oprima, de impedir que a alguien por débil e inerme que sea, se infiera injuria; y tal es la enseñanza evangélica, sublime que ordena al hombre querer para sus semejantes lo que quiere para sí mismo. Es también la religión una necesidad social porque domina y purifica el corazón humano, porque ahoga las malas pasiones, porque sujeta los instintos depravados del hombre caído. Y de esa manera coopera por modo decisivo en la guarda del orden social, en la prevención del delito, en el respeto a la autoridad y a la ley, como protege y defiende los derechos que el estado está obligado a defender, a la vez que hace innecesario el permanente uso de la fuerza como medio de conservar la tranquilidad general. Decrezcan o desaparezcan las ideas religiosas, cristianas de una sociedad, y menester será que el gobierno redoble sus mandatos, aumente soldados y gendarmes, abra cárceles por doquiera y dicte, en fin medidas que coarten la acción libre de los ciudadanos todos. La religión que tantas veces retiene, sin recursos de fuerza, el brazo armado por la venganza, alzado ya para herir; que ahoga los ímpetus de la codicia y hace respetar lo ajeno; que reprime en los pechos la hirviente pasión del bruto sin apelar a las prisiones, a las cadenas ni a la espada, protege de esa suerte también la libertad social de que es ella misma alma y el más seguro de los garantes. Grave, grandísimo error es, pues, querer divorciar la libertad de la religión, y a ésta del estado, al cual no pocos pretenden que ha de reservarse únicamente lo que toca con los intereses materiales, lo que se refiere a la parte animal del individuo. El estado, por el contrario, abarca todo el ser del hombre: el ser inteligente, social, moral y religioso, y está llamado a proteger todos los grandes intereses de la humanidad y procurar su progreso. Es legítima la acción del Estado, cuando vela sobre la pureza y la santidad del hogar, cuando garantiza la indisolubilidad del vínculo conyugal, cuando cuida de la inteligencia y la educación del niño, secundando la acción de la Iglesia; cuando sustenta y apoya las instituciones de beneficencia y extiende por todos los medios a su alcance la fecundante acción de la caridad; cuando reprime con mano firme los atentados contra las creencias de todo un pueblo; cuando persigue el desenfreno moral y la corrupción de las costumbres; cuando procura proscribir los vicios que dañan a la sociedad, que debilitan los sentimientos morales y religiosos y degradan el carácter de una nación.

El Gobierno es una institución venerable y nobilísima, un instrumento de inmenso poder moral, que en todas las épocas de la historia ha contribuido grandemente a crear el carácter de las naciones. Su verdadero espíritu, puesto que su autoridad se deriva de Dios, es el mismo con que Dios reina: una apreciación amplia y serena del bien general; las leyes no han de ser sino las aplicaciones especiales de los grandes principios de justicia y de bondad, atributos esenciales del Autor del mundo. El gobierno, ante todo, obra sobre los hombres más que por las coacciones materiales de la fuerza, por los principios morales y religiosos; es una institución grande y nobilísima que concentra los poderes de una sociedad para que proteja sus más preciosos intereses; los religiosos, los de la familia, los de la inteligencia: el arte, la caridad, las buenas costumbres, el trabajo, la industria. Sólo cuando se forma el Gobierno una idea baja y mezquina, es cuando se puede contraponer su labor a la religión, que ha 'de iluminar la existencia, que interviene en la vida toda, que es ley para el magistrado, principio de obediencia para el ciudadano, freno para las pasiones que afligen y ponen en peligro a la sociedad. El Estado dirige las facultades del hombre, sus esfuerzos, sus conquistas en riqueza o inteligencia, de manera de formar una sociedad pura, noble y feliz. La religión abarca el bien del presente y del porvenir, coincide con el Estado en el espíritu y en sus fines, con la sola diferencia de que los de aquélla son más vastos y extendidos. No hay entre ellos la pugna que se ha querido establecer: no tienen objeto y campo de acción separados; su objeto común es el hombre; la dicha y virtud de este son su fin último, y es natural que para alcanzar ese fin se ayuden recíprocamente, aúnen sus medios y cooperando en armónico esfuerzo, coronen la obra de la perfección social de la criatura humana. Cuando una sociedad está convencida de esas grandes verdades ha de consagrarlas en sus instituciones políticas, asegurando a los ciudadanos todos los beneficios de la instrucción religiosa y del culto público a Dios y bien puede considerar un pueblo que ha conquistado el mayor de todos los bienes cuando el edificio de sus leyes se levanta sobre las amplias e inconmovibles bases de la fe, porque sobre ese pueblo se cernirá el espíritu de Dios y en medio de los mayores cataclismos, de tremebundas tempestades flotará sobre las ruinas y escombros, sobre la sangre y las lágrimas y la desolación, la unidad nacional cuya alma verdadera es la unidad religiosa. *** Hace poco tiempo celebraba Colombia el primer centenario de su independencia, la fecha en que iniciaron sus progenitores la vida de autonomía de la Patria. A una sola voz, a un solo entusiasta grito de apoteosis y de admiración, con magna pompa, festejaron los pueblos su advenimiento a la vida de nación y rindieron homenaje solemne de gratitud a los próceres y libertadores que sacrificando su propia sangre y vida, consagraron la República libre como los mártires del circo consagraban la idea cristiana. Desde las más empinadas cordilleras hasta las orillas que golpea el océano el


pabellón nacional, sacudido por las brisas alborozadas parecía saludar la tierra libre. Era aquello inmenso y ensordecedor hosanna al reinado de la libertad, protesta ardiente de adhesión a sus principios, himno de triunfo entonado a la República por el pueblo todo. La Iglesia, egida generosa a través de los siglos de la verdadera libertad, protectora en medio de las mayores vicisitudes de la Historia, de los pequeños, de los humildes y de los oprimidos, presidió aquellas solemnidades alzó la potente voz de sus majestuosos himnos hasta el cielo, tributó singulares honores a los próceres de la nación, albergó en sagrado panteón sus despojos y consagró en mármol y en bronce los nombres de los libertadores. Hoy, en esta hora de luz y de grandes y felices augurios para la República, la Nación en avasallador oleaje, corre a postrarse a los pies de Jesucristo del Libertador verdadero, del que emancipó no un solo pueblo, no una sola raza, no una sola comarca, en determinada hora de los tiempos, sino de la humanidad entera que redimió con la verdad, rompiendo las cadenas forjadas por los siglos, bajo cuyo peso habían gemido por centenares las generaciones de los hombres. En esta hora de sublime renacimiento, el Estado, por boca de sus legisladores, representantes genuinos del pueblo, como por medio de sus Magistrados, se ha asociado también a la magna protestación de fe, y unidos .han flotado por todo el territorio de Colombia, donde el tricolor amado de la República, el pendón gualda, y blanco del sublime Cautivo, Vicario de Cristo en la tierra, que más poderoso que el gran Monarca, dueño del antiguo imperio de los dos mundos, no oye jamás callar la oración en sus dominios, que circundan el globo, y en donde la lamparilla de la fe encendida ante la Eucaristía, forma inmensa cadena de fuego inextinguible, faro que ilumina a la humanidad en su difícil peregrinación. Plegué al cielo que esta majestuosa armonía ;y esa unánime manifestación de los sinceros sentimientos religiosos del pueblo colombiano, sea como la rica semilla esparcida por el viento en campo ubérrimo; que fructifique en las conciencias y dé por cosecha opima en ellas el acuerdo de los entendimientos y de las voluntades, hermanas en una misma Patria; que extinga hasta los* últimos rescoldos de odios y rencores; que traiga a las almas y al país entero la paz que Cristo quiso legar al mundo, y que así Colombia, la madre de nuestros antepasados y la nuestra propia, templada como finísimo acero al fuego de los grandes principios morales, disciplinada por sus mismos dolores y quebrantos del pasado, vigorosa por la libertad, por la justicia y por el amor al Derecho, sea fuerte y respetada de uno a otro mar, y levante con legítimo orgullo la limpia bandera en el concierto de las naciones, no temerosa ya de vil insulto, no fácil presa de la codicia de los poderosos. Y entonces nuestros huesos y los de nuestros hijos, ya en la morada del descanso final se estremecerán de gozo ante la patria así engrandecida por haber vuelto sus ojos con fe firme a la Infinita Bondad.

CHRISTUS REGNAT CHRISTUS IMPERA! Señores: El ánimo se regocija al considerar la magnificencia de esta manifestación católica, espontánea y sincera, como surgida de las entrañas mismas del pueblo colombiano. Apenas se inició la idea, corrió por toda la república, inflamando los corazones, como llama que1 prende avivada por el viento, en bosque tropical. Por más que extraños agoreros se anticiparon a deslizar mañosamente interpretaciones siniestras, el criterio nacional no se equivocó; los hombres se pusieron en pie, como ejército pacífico y formidable, y las almas femeninas, impulsadoras de toda obra grande, de toda idea pura, se constituyeron en angélicos heraldos de este homenaje de amor, y pusieron sus manos a la tarea, para preparar ofrendas, delicadas como sus afectos, aéreas y sutiles como sus ensueños: obras maestras que producen el telar y la aguja, cuando los mueve y dirige el arte inspirado por el amor. Sólo tocando las fibras íntimas y vitales de un pueblo, se consigue levantarlo, sin esfuerzo, en movimiento unánime de entusiasmo o de adoración. Entre nosotros, cuando una voz autorizada y sincera habla al sentimiento religioso del pueblo colombiano, se oye allá en el fondo de las capas sociales, algo como el rumor de muchas aguas, que se congregan y ascienden con majestuoso empuje, prontas .a responder al llamamiento. Quizá haya espíritus escépticos o devorados por el fanatismo antirreligioso, que sonrían de compasión o se indignen ante este homenaje desinteresado al augusto misterio, que es como el sol que da calor y vida a la Iglesia católica. Ay del que no entienda lo que es el amor puro, el impulso ascendente de una alma hacia la morada de la eterna belleza; la inmolación de lo material y corpóreo en aras de lo espiritual y suprasensible, el coloquio íntimo de Dios con la criatura en el centro del alma, allí donde se desvanecen y borran las imágenes terrestres y sólo se oye el rumor de la fuente de aguas vivas que da saltos hacia la vida eterna. Siempre sintió la humanidad nostalgia del cielo y anheló por entrar en relación directa con el Ser Supremo. Los antiguos aproximaron el olimpo a la tierra « hicieron que las diosas se prestaran risueñas a los ansiosos abrazos de los hombres. La religión cristiana despobló los bosques y los ríos de sus faunos y de sus náyades y redujo el Olimpo de los poetas a sus reales y modestas dimensiones. Pero encendió en las almas un amor inextinguible de Dios, superior a todos los dolores de la tierra; vencedor de los más atroces tormentos, inspirador de los más heroicos sacrificios. El sostuvo a los anacoretas de los primeros siglos que en sus chozas de palma levantadas en las orillas del Nilo, maceraban sus carnes y domaban el cuerpo rebelde hasta hacerlo casi extraño a las más imperiosas necesidades de la naturaleza. Ellos, en medio de las cálidas


noches, levantaban sus frentes demacradas y espiaban el curso de los astros, que con sus centelleos parecían iniciarlos en los secretos de la ciencia divina. Ese amor de Dios anima como fuego vital a la penitente y exangüe doncella que, tras largas noches de oración y de cilicio, ve de pronto iluminarse la soledad de su celda y siente los pasos del Esposo celestial, que llega sonriente y le ofrece, como arras de sus místicas bodas, las llaves de su corazón, que son también las de las puertas de los cielos. El convierte a las Hijas de San Vicente en heroínas del sacrificio y las conforta en medio de los horrores del hospital o del campo de batalla, mostrándoles en visión anticipada de la gloria futura, cómo cada llaga curada por ellas se convierte allá arriba en una estrella de su corona, cada espina punzante es una flor de aroma inmarcesible y cada lágrima de arrepentimiento arrancada al pecador es un sol más espléndido que el que cada día amanece sobre las criaturas. El esclarece el entendimiento del filósofo que escruta los misterios de la creación y le presenta, en síntesis sublime, la Suma de los conocimientos humanos, el poema de la razón iluminada por la fe. El inspira al artista y los desnudos muros del convento de San Marcos de Florencia se cubren con las puras e ideales creaciones del Beato Angélico; se levantan al cielo las agujas de las catedrales góticas, como flechas de amor que parten de la tierra para buscar la meta más allá de las nubes; recorre Dante, conducido por Beatriz, las regiones beatíficas hasta llegar a la presencia de la Trinidad; escucha Palestina resonar en su mente un mundo de armonías, no sospechado por los antiguos y en que los trenos de dolor se mezclan con los raptos de elación jubilosa; y entona San Francisco de Asís su himno Frate Solé, que es como un vibrante abrazo de amor dado por el hombre al inmenso coro de sus hermanas, las criaturas. La escuela positivista, que tanto auge tuvo en la segunda mitad del siglo pasado, cifró su orgullo, no en convertir a los hombres en semidioses sino en convencerlos de su radical incapacidad para traspasar la esfera de lo sensible y se esforzó en cerrar todas las rendijas por donde el espíritu pudiera pretender escaparse para buscar ambiente más sano y restaurador. Pero cómo puede conformarse el hombre con verse reducido a la condición de esclavo de la fatalidad, encerrado en estrecha prisión y sin otro empleo que el de palpar los muros que lo oprimen, con prohibición severa de tratar de saber si detrás del sombrío techo de bronce, sopla un aire vivificante, alumbra y calienta un sol benigno y sonríen de noche las estrellas de la esperanza? Cómo es posible que una ciencia sin entrañas, apoyándose en datos tan precarios como el descubrimiento de un cráneo en determinada capa geológica o la interpretación más o menos atrevida de los textos antiguos, pretenda que la humanidad reniegue de todo socorro divino, y se presente, sola y desnuda, en ;las puertas pavorosas de la eternidad? Grandes inteligencias fueron víctimas de esta dirección sistemáticamente exclusivista; de esta mutilación del espíritu, de esta confianza ciega en la infalibilidad de la ciencia positiva; y sus vidas nos ofrecen provechosos ejemplos. Cuando Taine, ese formidable laborador intelectual, digno por su sinceridad y honradez de haberse formado en es-

cuela más amplia e idealista, se hallaba próximo a la muerte, Monseñor d'Hulst, su personal amigo preguntóle: no aceptáis la posibilidad siquiera de que al lado de la ley de necesidad, exista una ley de amor? Y el desencantado pensador le contestó: ¡No! Yo me represento la naturaleza como una mujer admirable, vestida de telas suntuosas y que marcha indiferente, aplastando con la orla de su traje hormigas que ella no alcanza a ver. Soy una de esas hormigas; voy "a ser aplastado". Siniestro y áspero criterio a que puede llegar un espíritu sometido a una disciplina implacable, capaz de producir la anestesia del sentimiento y el aniquilamiento de los más vivaces instintos del hombre; pero que presentado, como norma moral, a la humanidad que sufre de insaciados anhelos, despertaría en ella la más negra desesperación o la lanzaría por el camino del epicureísmo fácil y muelle, ese que en sus postreros años aconsejaba Renán a la juventud: coronémonos de rosas antes de que se marchiten; embriaguémonos como la víctima que quiere llegar inconsciente a los horrores del suplicio. En todos los momentos decisivos de la existencia la fe en Cristo es una guía, un apoyo y un consuelo. Pero todavía puede concebirse que durante los años de su peregrinación terrena, el hombre, distraído con los accidentes de la marcha y con los espectáculos que cautivan a los sentidos, se olvide del mundo sobrenatural y no vuelva a dirigir sus miradas a la cruz del Redentor. Pero cuando llega la hora suprema en que se rompe el puente que conduce del tiempo a la eternidad; y el alma se encuentra temblorosa en presencia del abismo insondable, entonces sólo hay un Ser que pueda interponerse entre la tierra y el cielo y acercarse a la criatura como supremo consolador, para decirle: Yo también sufrí, yo también morí; ten confianza en mi corazón; reclina tu frente sobre mi pecho para exhalar más dulcemente el último suspiro. Cuando el Señor en el trance de la agonía, exclamó: padre mío, por qué me has desamparado? compendió en ese grito toda la desolación de la humanidad expirante: y desde entonces una gota de bálsamo celeste, hace menos cruel el postrer desgarramiento y la luz de la esperanza colmó las negruras en que antes se hundía la incierta y débil mirada de los moribundos. La Eucaristía mantiene la unión viva y constante entre Cristo y su Iglesia. En las otras comuniones cristianas, cuan lejana y remota se ve la figura del Redentor, sentado a la diestra del Padre, entre los inmarcesibles resplandores del cielo! En la religión católica, Cristo vive y actúa en medio de nosotros^ comunicándose directamente con las almas que le ofrecen su amor. De aquí la inmensa vitalidad, la inagotable actividad del catolicismo, que es un foco de calor y de luz; una fuerza creadora siempre en acción. Si la creencia en la Eucaristía desapareciera, la catolicidad sería en breve un mundo muerto, en el cual se descubrirían como recuerdos de otros tiempos, cráteres de volcanes extinguidos, mares de nieve, gigantes olas congeladas, como mudos testigos de la animación que ardía en su seno.


Refiere el Conde d' Haussonville que hablando un día con Taine de los portentos de abnegación y de amor realizados por las congregaciones religiosas y principalmente por las Hermanas de la Caridad, el gran positivista se irguió de pronto y oprimiendo el brazo de su ilustre interlocutor, le dijo, con el acento de una profunda convicción: "Sabéis de dónde sacan ellas la fuerza para realizar tales obras? La sacan de la Eucaristía!". Confesión admirable hecha en la ancianidad por el mismo que escribió en la juventud aquella célebre frase: "el vicio y la virtud son productos, como el azúcar y el vitriolo". Taine no creía, pero comprendía: ojalá muchos que no creen imitaran a ese grande entendimiento y comprendieran algo de las maravillas del mundo de la gracia! Es la Sagrada Eucaristía un acto de puro amor: las imágenes sensibles desaparecen; y sólo queda una tenue apariencia de forma material, la hostia blanca y transparente, que nada dice a los ojos y endiosa a las almas. La religión que cree en este misterio de amor y hace de él el centro de su vida afectiva, el corazón que difunde la sangre por todo el organismo, es, aun humanamente considerada, una religión sublime; la fuente de idealismo más trasparente y pura que ha refrescado nunca las arideces de la tierra. Desde comienzos de este siglo, los espíritus observadores han anotado un despertar del sentimiento religioso en medios sociales y científicos, donde antes reinaba el hielo de la indiferencia; y un renacimiento de la filosofía idealista. Frente al altar, donde se erguía la ciencia experimental como soberana absoluta y despótica se han levantado otras aras, a donde acude una muchedumbre ansiosa de «escuchar más altas revelaciones; y en lugar de los Haeskel y de los Drapper, orgullosos promovedores de conflictos entre la ciencia y la fe, sabios independientes como Jammes, Boutroux, Bergsón y muchos más estudian desapasionadamente el problema religioso, encuentran las raíces indestructibles que el sentimiento de lo divino tiene en lo más íntimo del ser humano y declaran que la ciencia y la fe se mueven en esferas distintas pero no opuestas ni rivales. En Francia, los pensadores que aman la patria y la raza, se esfuerzan por volver a los principios tradicionales, que son parte integrante del alma nacional; y uno de sus más excelsos escritores, Paul Bourget, se ve conducido, por el delicado estudio de los fenómenos sociológicos y de los problemas morales, a la afirmación católica, franca y explícita. En los países sajones, el movimiento católico es cada día más intenso; y es un hecho notable que varios de los Grandes Congresos Eucarísticos se han celebrado en naciones oficialmente sometidas a la religión de Lutero, y que los cañones de la poderosa escuadra inglesa han hecho la salva al Santísimo Sacramento, en las aguas por tantos títulos gloriosas, de la vieja Malta, generosa hospedadora de San Pablo. Un renombrado escritor francés, no ha mucho convertido, Charles Morice, dice en libro reciente: "Periódicamente, en el curso de la historia, la luz católica parece extinguirse, para reavivarse luego: es un flujo de tinieblas, que pronto retrocede delante de un reflujo de luz. Estas grandes mareas intelectuales condicionan la evolución del mundo. A cada despertar, el sol católico se levanta más brillante, así como la noche

viene luego más pesada y profunda. Hoy asoma una aurora de un brillo nunca igualado. Podemos anunciar que una fase gloriosa comienza en la historia de la civilización católica". Pronto se cumplirán cuatro siglos del día en que un humilde religioso español levantó por primera vez, en esta amada sabana de Bogotá, la Hostia consagrada, delante de un pequeño grupo de fieles. Ni un solo día, desde entonces, ha dejado de celebrarse el sacrificio incruento en estas regiones, conquistadas irrevocablemente para la fe de Cristo. Y hoy, se agolpa en la ciudad, enorme multitud, venida de todos los puntos de la república, para presenciar la salida del Señor en procesión grandiosa y única: Por cada soldado español, de los que oyeron la primera misa de Fray Domingo de las Casas, acuden hoy miles de ciudadanos libres de Colombia. El país siente crecer de día en día su amor por la paz, y comprende que en su conservación está la clave de los grandes problemas nacionales. Pero hay varias especies de paz. Una es la que reinó en el imperio del mundo cuando Augusto cerró el templo de Jano: esa representa la tranquilidad pública; la seguridad social; la riqueza y la abundancia. A ella debemos aspirar como ciudadanos. Pero hay otra, sin la cual no pueden vivir las sociedades; es aquélla de que habló Jesucristo a los Apóstoles, cuando les dijo: Mi paz os doy; mi paz os dejo! y es la que debemos buscar como cristianos, para extinguir los odios, acallar las malas pasiones, purificar el ser interior, a fin de que sea digno templo del Espíritu Santo. Que salga pues, el Rey de la paz a recorrer sus dominios; y que salga en triunfo más espléndido que el que se tributa a los caudillos vencedores, a quienes se otorgan aplausos tanto más vivos cuanto mayor sea el número de cadáveres que cubran el campo del exterminio: porque los trofeos de ese triunfador, cándido y manso, son almas rescatadas; odios fenecidos; lágrimas enjugadas; torturas convertidas en alegrías. Que salga, sí; pero no en ovación transitoria, como el Señor el domingo de ramos, sino en homenaje que sea la afirmación de su perpetua soberanía. Ni cómo pensar que este cristiano pueblo fuera capaz de sustituir las palmas de hoy por un cetro de caña y de conducir nuevamente al Redentor hacia el Calvario, para obligarlo a exclamar, en su infinita mansedumbre: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"? No, no cabe ni suponerlo siquiera. Christus regnat; Christus imperat. Y ese reconocimiento solemne de su soberanía social, este homenaje de fe y de amor, será fecundo en bienes para Colombia. Las oraciones que hoy se elevan al cielo bajarán convertidas en lluvia de bendiciones, porque Cristo corresponde, como padre y como rey, a los pobres tributos de las criaturas, Veremos prácticamente el influjo decisivo de las fuerzas morales en la marcha progresiva de un pueblo; la eficacia sobrenatural de! sentimiento religioso, que se manifiesta en todos los órdenes de la vida; y es civilización y es cultura, y es arte; ennoblece los hogares, dignifica las sociedades y deja sus huellas hasta en la materia insensible. Durante largos años hemos entonado el Miserere del


arrepentimiento y hemos llorado como Jeremías sobre las ruinas. Hoy, cuando parece levantarse una nueva Colombia, joven y vigorosa, libre y cristiana, entonemos, en coro unísono, un hosanna, que repercuta fuera de los patrios linderos y llegue, como mensaje de amor, hasta la morada del augusto Jerarca de la Iglesia, a-migo de Colombia, oveja pequeñuela, pero fiel, de la inmensa grey de Cristo. He dicho. Antonio Gómez Restrepo

LA CRUZ EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD Señores Ilustrísimos, Señoras, Señores: Un clamor impreciso, salido de labios juveniles, que fue difundiéndose por todos los ámbitos de la República y llenando los más apartados confines hasta convertirse en una sola voz formidable y potente que se elevó hasta el cielo, plegaria mañanera que golpeando en los corazones como una salutación amiga hizo palpitar de gozo a los creyentes, dulcificó las horas amargas de los que imploran en silencio, hinchó de alegría el alma de los Levitas e hizo alzar su diestra para bendecir a los Prelados; un arrojo de niños que vino a convertirse en fuerza de gigante, he ahí lo que significa el Congreso Eucarístico, para cuyo realce han venido a esta capital los creyentes de todos los lugares de la nación colombiana y que nos ha unido en Cristo con esa .cadena milagrosa con que la fe ata las almas hasta, hacerlas traspasar los valles y montañas como justamente puede repetirse esta vez con el salmista. Yo asciendo la montaña de la historia y desde ella contemplo a grandes síntesis lo que el poder de la Iglesia ha delineado en el horizonte de los siglos. Egipto, él país de las dinastías seculares, petrificado ya como el duro perfil de sus pirámides y muerto cual sus arenales, por donde sólo atraviesan hoy los tardos camellos de los musulmanes, personificación de algo que fue; Grecia, con sus mármoles y su Olimpo, envuelta en; la penumbra del olvido, no borrada por la mano del tiempo, merced al soplo cuasieternal de sus cinceles y al preclaro renombre de sus héroes; un imperio vastísimo que iba desde las campiñas soleadas del Pin-cio hasta donde los soldados del César querían poner sus plantas y Fenicia y Cartago y Cadmea y Tebas, y tantos otros pueblos y reinos .como se han ido borrando hasta en esas mismas páginas de la historia.

Mientras tanto, la Iglesia ha invadido todos esos pueblos, reedificado ciudades indestructibles sobre sus ruinas y llenando con su doctrina las aspiraciones más exigentes de los espíritus sedientos de luz. Y cómo nació! En un establo humildísimo en donde sólo había un niño entre unas humildes pajas, rodeado de su madre, de un santo, un buey y un jumento. Una estrella guió hacia el humilde portal a tres reyes y unos pastores, y tras esos tres reyes y esos pastores, a tres reinos, y tras esos tres reinos al reino escogido de Judea y tras el reino escogido de Judea al reino del Calvario, formado al principio de solo una reina y doce Apóstoles y tras el reino del Calvario la humanidad entera. Qué grande es el prodigio, cuan excelso el milagro! Y esto se hace con sólo la doctrina, sin desenvainar una espada para el combate, con sólo el divino poder del Evangelio. Y esto hace apenas veinte siglos, y en veinte siglos tiene ese reino los súbditos por millones de millones y seguirá creciendo hasta cubrir el universo todo y formar otro universo. Porque este reino del Calvario no queda en pirámides, ni en mármol, ni en hazaña, solamente, él tiene su continuación en otro reino que es el eterno reinado de las almas. Pero antes de llegar al eterno reinado de las almas la Iglesia tendrá que vencer al mundo. Cuan larga será la lucha, qué combates tan singulares. Ayer fue muriendo el mismo genitor del bien y notad el misterio, un rey que para reinar tiene que inmolarse por su reino; luego, en pos de su holocausto millones de mártires que empapan con su sangre las arenas de los circos paganos y derrumban con sus sacrificios y con el poder de una oración de afirmaciones extrañas que principia: "Padre nuestro que estás en los cielos", la máquina política más grande que ha existido en los siglos y toda la sabiduría de Atenas y la opulenta Alejandría. Después el poder se revela en otra forma: hay que enseñarle a la fuerza como se vence con ella, y las naves cristianas cunden en los mares de Lepanto el poderío sarraceno antes vencido en parte por los cruzados. Y ya tenéis los dos modos de triunfar de la Iglesia: vencida y venciendo. Viene luego la lucha más colosal, la lucha de las ideas contra las ideas, cuando los apóstatas con Lutero a la cabeza querían herirla con un arma que ella conocía desde Judas —La Iglesia no ignora ningún enemigo—. Sigue después la libertad armada, en nombre del derecho contra el derecho, conflicto enorme entre las carcomidas dinastías europeas, ola de sangre que ahoga a los- déspotas hasta fundar la República, esa selva humana, en donde, por raro privilegio todos sus árboles son de la misma estatura y sólo se diferencian por la excelencia de sus frutos. Pero en esta vez la lucha ha cambiado y de la catapulta y la cimitarra se pasa al sofisma, a la duda, a la incredulidad, al periódico, a la cátedra, al libro. Lucha más elevada, más estratégica, pertinaz y disolvente, en que las fuerzas tienen que multiplicarse por la calidad. Es la lucha del día, la invasión de los nuevos sarracenos, la lucha en que vivimos, la en que tenemos que triunfar. Pero triunfaremos porque la verdad es nuestra y nuestro porvenir lo alumbra un resplandor glorioso en forma de cruz.


Pensemos en lo que es América y lo que en la Iglesia de Cristo significa. Un día Fray Juan Pérez de Marchena, prior de Santa María de la Rábida, oyó de labios de un hombre una historia de esperanzas al parecer irrealizables y escuchó absorto cómo ese hombre, que era la verdad de su siglo, trataba de abrirse camino en busca de un mundo. Y el buen fraile, que notaba la falta que hacía el peso de otro mundo en los brazos abiertos de la cruz, encaminó al visionario ante la católica reina, y ésta, que vio, como entre un espejismo de gloria al sol iluminando eternamente la cruz de la corona de Castilla, ofreció al visionario las joyas de sus nupcias reales para realizar su pensamiento. Al través del océano, zozobrando con el peso de tanta osadía, aparecen tres carabelas como si fuesen tres almas que camino emprendieron a las ignotas riberas de otro mundo, viva imagen de lo que puede la fe y el convencimiento de una verdad. Esas naves, que venían zozobrando con el poso de tanta osadía Traía la una al Genovés Colombo y todas ellas el pendón de Cristo. Lo demás vosotros lo sabéis. Al grito de Tierra! Europa desembarcó en la América, y lo primero que los tripulantes de aquellas naves hicieron fue bautizar la costa con el nombre del Salvador y levantar en alto los pendones de Cristo y de Castilla; y levantando en vilo del medio de los mares el continente americano la cruz también se alzó con los conquistadores, y en cambio de las riquezas que éstos venían a buscar nos legaron el tesoro más preciado que legarse pueda: las enseñanzas del Evangelio. Viene después la epopeya de la libertad, en la cual cada hombre de América fue un héroe y en que Bolívar, el genio de la guerra, destacó su figura por encima de la mole gigantesca de los andes para que el mundo contemplara al gemelo de Napoleón. Y cayó el trono de los Fernandos en América y se abatieron los leones de Castilla, y hechos girones fueron los estandartes de la invencible tierra del Cid. Pero la cruz siguió reinando, y en medio del sordo rugido de las últimas cargas en Boyacá, el padre de la Patria decía: Apresurémonos a dar gracias a la divina Providencia por el beneficio de la victoria que nos ha dispensado". Es así como se ha formado el alma de este pueblo, es así como viene( desde allá, del otro lado de los mares, de la madre que lo tuviera en el grado más alto y ponderado, pues hay quien afirma, con toda la autoridad de los siglos en su abono, que' si la cruz se hubiese separado de España habría desaparecido su alma épica para quedar solamente su nombre escrito en el mapa de Europa. Eso mismo os digo yo de América, y en especial de Colombia: el día en que la cruz nos abandone nosotros no significaremos nada en la historia del nuevo mundo. De los conquistadores a la República no hay, pues, sino una sola recta: la religión de Cristo. Lo demás ha sido desviado y fracturado en mil pedazos. Solamente las dos concepciones, la que nos trajeron con la cruz y la que nosotros fundamos con la República, subsisten hoy. La celebración del primer Congreso Eucarístico así lo está evidenciando. Es la fe que nos tiene congregados en torno del lábaro bendito, como los hijos en torno de la madre; es Colombia creyente que hace esta ostentación de amor a su Creador, cuando

lista a sellar la hora de sus desgracias se prepara definitivamente a seguir por la ruta de la paz. Y al correr de los años, cuando de los que hoy nos hemos congregado aquí no quede ni el polvo en esta tierra, llegarán las nuevas generaciones y, así como ayer nuestra vida independiente partió de Boyacá, nuestra vida regular partirá de esta hora. Porque, si no, decidme: Cuándo se vio en nuestra patria que todas las agrupaciones políticas tuvieran una sola aspiración, la paz, y en aras de ella todo lo sacrifican?........ A quien se atreva a negar este favor de lo Alto puede afirmársele con el convencimiento de los hechos. Analizando, pues, el proceso de nuestra civilización en el curso de los siglos vemos que la Iglesia ha sido el arca sagrada de todas nuestras tradiciones. Por eso la fe y la República le rinden hoy un tributo de adoración, tributo que se han apresurado a patentizar todas las mentes preclaras de nuestra Patria, quienes han realzado estas pompas eucarísticas y hecho ostentación de su amor a Cristo. Que se alcen bien nuestras voces, que formen un solo coro jubiloso para que puedan oírse hasta en los más apartados confines de Colombia y que su eco repercuta del otro lado de los mares para que sea oído por el dulce llavero de armiño que en estos momentos nos escucha y por ese mundo pagano que aún flota en la vieja Europa y por desgracia en algunos pueblos de América. Este himno de nuestra fe en torno de la cruz será escuchado por los adversarios de Cristo, como oyeran estupefactos los hijos de la medialuna la más tierna y dulce de las plegarias cristianas, la salve, que los cruzados cantaban de rodillas en los arenales de Siria cuando imploraban del cielo el triunfo de la cruz. Salve oh Cruz! trono de amarguras del Señor, mano que bajó de los cielos para llevarnos hasta Dios, única esperanza de nuestras almas, oye los latidos del enorme corazón de esta Patria que palpita de júbilo y te rinde un tributo de pública adoración. Sólo para Ti queremos ser grandes en los destinos de América, para tí sola, emblema de la paz interior que es el reinado de la paz universal. Guíanos, pues, hoy como ayer, mañana como siempre para que en el inmarcesible tricolor de nuestra bandera veamos aunada esta suprema síntesis: Jesucristo—La República. José Ignacio Vernaza


JESUCRISTO ORACION PRONUNCIADA EN LA SEGUNDA ASAMBLEA GENERAL DEL CONGRESO EUCARISTICO DE BOGOTA Ilustrísimo señor Arzobispo Primado, Excelentísimo señor Presidente, ilustrísimos señores, señores: La persona de Jesucristo, Dios y Hombre, se presenta de tal modo a la inteligencia humana, que la santifica y sosiega. Desde que nuestra mente medita en la Deidad la percibe como grandeza soberana, esto es, como Ser infinito, porque según la expresión de Fray Luis de Granada, nada hay grande si tiene límites. La Divinidad de Cristo sacia así nuestros más hondos anhelos; y al mismo tiempo su naturaleza humana, a la cual se une el Ser infinito, concreta esta idea agobiadora en un hombre más levantado en perfecciones que todas las criaturas, en un hombre que es nuestro hermano y nuestro amigo, a quien podemos hablar y de quien podemos esperar, no frívolos favores sino beneficios de bien incomparable. Del mismo modo, la persona de Jesucristo armoniza con nuestro corazón y con sus aspiraciones y necesidades. El distintivo de nuestro ánimo son las tres pasiones de que habló el Apóstol del amor divino cuando dijo que en el mundo es todo concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. La conciencia propia y el trato con nuestros semejantes nos dicen que efectivamente la vida es una feria donde de ordinario se piensa y se obra al impulso del amor de los deleites, del amor al dinero con que aquéllos se obtienen y del orgullo o prurito de superioridad. A poco que se medita en estos tres estímulos se reconoce que ellos son desordenados, pues el placer no puede ser fin de nuestra actividad, una vez que¡ aumentado indefinidamente daña la naturaleza; ni el oro es un bien cuando sobrepuja a la satisfacción de nuestras necesidades; ni la soberbia puede jamás' justificarse puesto que se opone a la igualdad esencial de las almas. Jesucristo, en :su nacimiento, en su vida y en su muerte, es el contraste de aquellos tres desórdenes, Varón de dolores. Él lo fue desde que empezó a respirar en un pesebre desmantelado y frío, hasta que expiró en una cruz, sufriendo todas las penas, excepto el remordimiento. Su pobreza fue tal, que viviendo de su trabajo de obrero o de las tareas de su predicación, careció de cuna, de techo, de mortaja y de sepulcro. Manso y humilde de corazón, se anonadó a sí mismo dándose obediente hasta la muerte, y muerte de esclavo. De suerte que la vida de Jesús es un tejido de austeridades, privaciones y abatimientos, con los cuales acude como Maestro y Redentor a vencer la soberbia, la codicia y la concupiscencia de los mortales, brillando sí su Ser divino aun en medio de aquellos sacrificios, pues cuándo ayuna en el desierto los ángeles le sirven; cuando cruza los

caminos de su patria, sin más bienes que una túnica, alimenta con unos pocos panes a millares de hombres, y cuando expira entre malhechores la tierra tiembla y las astros se oscurecen. Esas virtudes de Jesucristo purifican y enaltecen la naturaleza, humana. En primer lugar la austeridad de nuestro Señor exalta el dolor, que no siempre es un mal, sino un grande elemento en la vida. La placidez del ánimo y el contento, que lo posee cuando sus actos son ordenados, son un mal cuando no corresponden a ese orden; y el sufrimiento ¡o sea la victoria de la voluntad sobre el dolor, es fuego que templa y crisol que purifica. El martirio, que es un dolor heroico al, servicio de la verdad o la justicia, es fecundo en dicha porque produce gloria. Cristo, rey de los mártires, es modelo y causa de magnanimidad de eso que hoy se llama elevación de carácter. Al someterse el Dios Hombre a la muerte, nos dio de ella la verdadera idea, presentándola como el fin de una. existencia preparatoria y como la puerta que da entrada a la inmortalidad; nos enseñó también a vencer esa cruel enemiga, pues cuando ella sume en la fosa de un sepulcro nuestra dicha, entonces Él nos levanta el corazón, recordándonos que es muerte de, la muerte y que San Pablo le llama el Dios de la esperanza; y nos enseñó asimismo a recibirla y soportarla y a beber su amargo cáliz, verificando el poema sublime que comienza: "Ven muerte, tan escondida", como cuando el padre Francisco Suárez acabó diciendo: "Oh! qué dulce es morir!". En segundo lugar, la humildad de Cristo engrandece a sus imitadores, pues al propio tiempo que ellos se tienen en nada y menos que nada cuando se comparan con aquel modelo infinito, resultan grandes por su conformidad con la voluntad divina, es decir, por la obediencia y la ley de Cristo y por el cumplimiento del deber. ¿Quién es más humilde que Pablo, siervo de sus hermanos y obediente en las cadenas? Y sin embargo, aquel Vaso de elección puesto por el cielo 'para evangelizar el paganismo, al someter éste a la gloria de Dios, conquista para sí inmortal corona. ¿Quién más pequeño que Francisco, obligando al hermano a que le huelle la cerviz? Y no obstante, aquel pobre religioso granjea tantos méritos al moralizar y convertir generaciones depravadas, que todos le enaltecen como Serafín humanado y bienhechor de nuestra especie. Jesús, enseñando la humildad, rectificó la idea de la gloria. Esta es idolatría cuando tiene por fin al mismo individuo y cuando hace nacer en los otros la adulación y la lisonja, y entonces produce ¡sin falta una reacción de abatimiento sacando verdadero el oráculo divino: "Quien se ensalza se humilla". Pero cuando el cristiano, apartando los ojos de su nada, los eleva al Dios de la Majestad, único objeto digno de adoración y rendimiento; cuando pone por fin de sus esfuerzos la gloria del Creador, cual lo hizo el gran Capitán de la Compañía de Cristo, entonces a vueltas de esta gloria, le viene a él mismo, sin quererlo y sin buscarlo, la honra de poderse llamar hombre de Cristo y su fiel discípulo.


Finalmente, la pobreza de Aquel que fue más pobre que las aves del cielo, educa al hombre haciéndole ver las riquezas como ídolos indignos de sus desvelos; pero al mismo tiempo ese despojo voluntario enriquece al individuo, pues le da los medios de servir a la sociedad de sus hermanos. Por eso la pobreza del Evangelio ha sido desde el principio fuente de civilización material, promulgando los últimos tiempos del Imperio degenerado, puliendo y enseñando a los bárbaros que bajaban de Escandinavia o de las llanuras del Ponto, secando a la cultura los pantanos de Germania, conquistando y colonizando las tierras del Nuevo Mundo, y hoy mismo proveyendo a las necesidades sociales por medio de La Salle o de Don Bosco. La pobreza evangélica de los imitadores de Jesús acarrea a la larga inmensa copia de prosperidad y bienestar. Un caballero español, doctor de la Universidad de París, movido por la gracia de Dios, emprende viaje' a civilizar las tierras del Himalaya y el Ganges, y después de recorrer treinta mil leguas obrando milagros y haciendo bienes incalculables, muere muerte solitaria en una de aquellas costas: pero las huellas de ese apóstol son tan luminosas y sus expediciones han sido tan benéficas y admirables, que mucho tiempo después, al pasar los marinos de Inglaterra frente al promontorio donde murió aquel héroe, detenían sus navíos y hacían resonar las soledades del mar de la India, saludando a Javier con los honores de Almirante. También el héroe santo de Loyola, después de consagrarse a Dios, anda como pobre peregrino de lugar en lugar, frecuentando los hospitales, mezclado con los niños en las escuelas, encarcelado a veces por la perversidad de los hombres; pero su obra humilde se desenvuelve presto tan fecunda y tan valiente, que cuando aquel santo se dormía en el Señor, pudo legar a sus hijos por testamento estas palabras: "Os dejo un mundo". De modo que Dios Hombre, como ejemplar y como maestro, corrige en el hombre aquellas tres concupiscencias, pero sin abatirlo, antes por el contrario convirtiendo la sensualidad en heroísmo, la codicia en beneficencia y la soberbia en engrandecimiento, mediante la gloria del Creador. Así es que Cristo, mandándonos ser perfectos como su padre celestial, realiza en medio de los hombres una como fábrica de modelos de pobreza, austeridad y humildad, que mantienen levantada la idea de la perfección y exaltan el blanco a que tiran los esfuerzas de la virtud. Cuando por esas calles va una de esas criaturas que han hecho pacto con la castidad, con las privaciones y con el abatimiento, conduciendo filas de huérfanos, o pidiendo la limosna hostiaria para los desamparados, o en busca de enfermos o llevando a las escuelas la enseñanza, o regresando de los desiertos donde truecan al salvaje en ciudadano y convierten en poblaciones las selvas, cuando esto vemos, podemos pensar que esas modestas criaturas por un lado imitan a Jesucristo y por otro están dando a los hombres la voz de Excelsior para que se perfeccionen y adelanten. Iluminada así nuestra raza por el ejemplo y la doctrina de Cristo, exaltada así en presencia del pesebre y de la cruz, ¡qué campos tan vastos S& abren en el orbe y en los siglos para buscar la perfección bajo los destellos de aquel luminar infinito! ¡Cuán

elevado modelo, cuan poderoso estímulo los que llevan al hambre en pos de su glorioso fin! Esta esfera que rueda en el espacio, húmeda de lágrimas y sangre, arropada con las cenizas de la muerte, según la expresión de Juan Pablo Richter, ¡cómo se ilumina y refresca bajo las huellas de Cristo, que con su obra de Libertador divino hace recordar aquellas palabras inspiradas: Tenebrae transierunt et lumen verum iam lucet. Pasó la noche, ya está alumbrando el verdadero sol! Ante todo, en presencia de Jesús, el paganismo con sus tinieblas y su crueldad, con sus perfidias y concupiscencias, es vencido por la ley de la hermandad cristiana. A poco vivir experimentamos que sin el influjo de Cristo es muy cierto que el hombre es lobo para el hombre, y muy verdadero aquello que dijo el padre Rivadeneira, que el hombre vive entre enemigos. Ante este hecho, el individuo llevado de sus instintos, o se encoge de hombros, despreciando a los demás y repitiendo como el otro: "Mientras más conozco a los hombres, más estimo a mi perro"; o adopta por partido la misantropía menos fea que aquel, desprecio indiferente, pero más amarga para el que la padece y más dañina para la sociedad. Pero por encima del escepticismo que desprecia y de la misantropía que odia y se querella, se levanta la ley de la caridad, sobrenatural, porque excede a la naturaleza, basada en la redención de Cristo, que ha establecido la fraternidad de los hombres, corroborada por el reconocimiento de que las injusticias ajenas son imágenes reducidas de nuestras propias injusticias. Y por sobre este concepto de la caridad y de la tolerancia ¿e escucha, confirmándolo, aquella conmovedora palabra de nuestro Salvador: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen". La caridad es el mandamiento nuevo, ratificado de un modo particular por Jesucristo en el momento en que, instituyendo la Sagrada Eucaristía, se dio por alimento a los hombres, es toda la realidad de su naturaleza divina y humana, en toda la plenitud de su persona infinita. En este misterio de los misterios, en este sacramento de los sacramentos, se ostenta de un modo pasmoso, aterrador, el abismo del amor divino. ¿Qué diríamos, en verdad, si viviendo un pobre Lázaro a la vera de un camino, bajo una triste enramada, soportando el frío del invierno y los soles del verano, sintiendo la espada de sus dolores y el dolor de verse abandonado y solo, qué diríamos ¡si a Bonaparte le hubiera venido en voluntad el día siguiente de su coronación, ir a visitar a aquel pobre, y bajando de su imperial carroza, entrar en su tugurio y saludarle con estrecho abrazo y amorosos ósculos, y no sólo alimentarlo y asearlo, sino permitir que su propia sangre fuera transfundida en las venas de aquel desgraciado? ¿Qué diríamos al escuchar esta maravillosa historia de amor? Seguramente no la creeríamos. Pero si ella hubiere acaecido, ella sería nada, comparada con el amor de Jesucristo que se une sustancialmente al hombre, porque entre éste y Jesús va la diferencia infinita que media entre Dio\s y nuestra miseria, mientras que entre el Emperador y el leproso no hay en resumidas cuentas otra diferencia personal e intrínseca sino la salud, diferencia que


dura apenas lo que tardan los obreros del sepulcro en empezar a devorar de un mismo modo al ungido de la gloria y al esclavo del infortunio. El nuevo testamento de la caridad de Jesucristo, sellado con su pasión y garantido con su presencia real, diviniza en cierto modo las relaciones entre los hombres. De la cruz, símbolo de ese sacrificio y de ese sacramento, brota el raudal de la misericordia que disipa la ignorancia, rompe las cadenas y ampara, alivia o consuela las desgracias; esa caridad es, dígase lo que se quiera, la única solución que puede ofrecerse al pavoroso problema de la distribución de los frutos del trabajo y a la formidable colisión de intereses y pasiones entre las clases sociales. De allí mismo fluye la idea de la justicia, fuente del derecho y la libertad, base del orden público y clave de las relaciones entre los individuos, entre el individuo y el Estado, y entre los diversos Estados que forman la sociedad de las naciones: fuera de esa justicia cristiana, en los pueblos que la repudian, no existe sino el influjo póstumo de sus antiguan, inspiraciones y tanteos estériles, como el de la paz universal, que resulta completamente irónica e invertida, cuando trata, de guiarse por un faro distinto de la estrella de Belén. Jesús, influyendo sobre el mundo por medio de su Evangelio, de su Iglesia, y de su presencia real, redime perennemente. A El, crucificado en desnudez, lastimosa, acude el pobre que carece de pan y abrigo. A El, puesto entre infames, afrentado y calumniado, vuelve los ojos el que se siente injustamente perseguido o convertido en ludibrio de los hombres. A El, coronado de espinas, se dirige el que padece los dolores de la mente, el recuerdo del bien perdido, la viudez amarga, la comprensión del propio mal, la comprensión de la injusticia ajena. A esas manos clavadas, pide alivio aquel que no puede obrar porque se le desconoce su derecho. A esos pies adheridos a un madero, pide libertad aquel que sabe "cuan, áspera es de subir la escalera de un amo". A El, descoyuntado y hecho retablo de heridas y de sangre, se dirige el que siente las enfermedades de este cuerpo, pasto ahora de pasiones y mañana de gusanos. Y a El acude el que acaba, porque El, a fin de completar su redención, quiso también ser moribundo y enseñar a morir. El Verbo humanado es cabeza de su Iglesia, formada de todos los que están unidos por la doctrina de Jesucristo, por la participación de ¿u gracia en los sacramentos y por la obediencia a su infalible Vicario. Esa Iglesia santa comprende las naciones, abraza los siglos y resiste el oleaje del tiempo y el oleaje dé la injusticia. En su centro está Cristo crucificado, difundiendo de sus llagáis los favores de su redención y de su providencia: en las de sus pies recibe el llanto de los pecadores, que se regeneran por el arrepentimiento; de las llagas de sus manos corren todas las bendiciones y todos los consuelos; y en la de su costado se recuesta la pureza y se duerme la inocencia de los párvulos que sueñan con el cielo al sentir palpitar el corazón de Dios. La santidad en sus multiformes manifestaciones es obra de Jesucristo. Él es quien da a los mártires una fortaleza tan grande que los hace superiores a los tormentos e iguales en heroísmo a Pablo con los niños Justo y Pastor, a la viuda Felicidad con el soldado

Sebastián, a Esteban diácono con Cipriano pontífice, al canciller Tomás Moro con los negritos de los lagos africanos. La austeridad de los anacoretas, la pureza de los monasterios, el éxtasis de la contemplación que anticipa el cielo, de Él provienen. Suyas son las inspiraciones de la ley divina expresada por la pluma con que Luis de la Puente pintó con transparencia y sencillez insuperables los misterios de la Pasión; o el estilo con que San Juan de la Cruz escribió pensamientos de profundidad celestial; o por aquél que sirvió a Kempis para formar ese místico oráculo por cuyo medio la Providencia habla a cada corazón la voz que él necesita. La santidad activa y social de la beneficencia tiene a Jesús por guía en todas las circunstancias y situaciones, para vencer al bárbaro, para mitigar al encomendero, para ahuyentar al pirata, para civilizar al salvaje, para contrarrestar en estos tiempos de corrupción y crueldad de los enemigos de la inocencia. Todos los esfuerzos del hombre dirigidos su prosperidad y perfeccionamiento convergen hacia Cristo de un modo más o menos directo o indirecto, tal qué con razón puede El ser considerado como eje del verdadero progreso. Su palabra, verbo eterno de verdad, es luz de las ciencias. Ella inspiró a San Pablo y le abrió los cielos para que contemplase, los misterios 'e la redención. Iluminó a. San Agustín dándole la ciencia de la gracia e inspiráronle la divina filosofía de la historia, donde después trazó Bossuet la sociología de los siglos. Su fe aplicada a los pensamientos gigantescos de Aristóteles, les presto alas, sobre las cuales el de Aquino ascendió a angélicas alturas. También fue suya la inteligencia del descubridor del cálculo más sublime, comparado con la variedad de su saber al atleta que con férreo brazo era capaz de conducir un carro de ocho caballos de frente; entendimiento portentoso que después de lustrar los cielos de la sabiduría, cedió la palma del pensamiento más admirable al humilde carmelita Juan de Yepes........ Muchos descubrimientos científicos son palmas que tapizan el viacrucis. Newton y Leibniz, maestros de la ciencia matemática, fueron hombres de Cristo. Galileo, Copérnico y Pascal, le ofrendaron sus conquistas sobre las leyes de la naturaleza. Cuando Colón, después de navegar por un mar desconocido y por un mar de angustias e incertidumbres, alcanzó al fin la mayor dé las dichas, al golpe que ésta dio en su corazón cayó de rodillas en la arena y adoró a Jesús. El que en su escritorio descubrió nuevos luceros, era cristiano observante; y aquel numen contemporáneo que ha merecido ser llamado generis humani defensor, aquel descubridor de la vida microscópica, educada por él para la beneficencia, también confesó solemnemente la verdad cristiana. En todos los tiempos de la era de Cristo, inclusive los que corren, Cristo ha tenido fieles entre los fundadores de imperios, entre los defensores de la libertad, entre los grandes legisladores y aun entre aquellos que parecen tocados por la mano de Dios para transformar las naciones, como hombres fatales, por medio de la guerra. Así vemos en torno de El a esos instrumentos de la Providencia en variedad grandiosa,


desde García Moreno, que fue mártir suyo, y desde Guillermo I, que con devoción edificante hacía profesión de fe al manifestar sus victorias, hasta el inmaculado Washington, que en su testamento político recomendaba a sus conciudadanos la lealtad a Cristo, hasta aquel ejemplar sobresaliente del género humano que, después de conmover la Europa, pereció cautivo "doblegando la cerviz al deshonor del Gólgota". La belleza inefable de Jesús, el purísimo ideal de su doctrina y ejemplos, y lo grandioso de la historia de su Iglesia, elevan tanto las bellas artes y la literatura, que en ninguna parte brillan lo bello y lo sublime como alrededor de su patíbulo. El gibelino, que peregrinando por los reinos de la muerte, cantó los eternos dolores; el gran trágico que esculpió con vigoroso estilo las desgracias humanas; y aquél que alcanzó entre todos los autores la plana de la popularidad, escribiendo la comedia de risa y lágrimas que representa nuestra vida diaria, todos tres siguieron a Cristo y expiraron en su seno. El más bello asunto de los pinceles es la vida de sus discípulos y su propia imagen, que en el martirio o en la gloria hace que el lienzo y la tierra cobren existencia casi celestial. Su faz divina vence en hermosura infinita la belleza sensual del Apolo y su agonía majestuosa eclipsa la desesperación del Laoconte. Muchos de los edificios santificados con su real presencia o donde se predica su palabra son el sumo posible de la belleza y vencen a las Pirámides y a las torres de la arquitectura comercial, que son poco en comparación de las catedrales de la Edad Media, o de aquellas que se elevan sobre la metrópoli de los mares o sobre la capital del mundo cristiano. El arte de los sonidos, a cuyo poder percibe el alma ráfagas instantáneas de una dicha ultraterrena, formó para Cristo sus más escogidas creaciones: a El adora esa musa divina cuando canta los misterios del juicio final, cuando expresa el dolor de la Madre de Dios en el Calvario, cuando implora la misericordia del cielo en nombre de la penitencia, y citando hace pasar sobre la tierra, cuna y sepulcro de la raza humana, el réquiem sempiterno, voz de la muerte, confundida con la voz del ángel que guarda las promesas de la resurrección. Jesucristo es rey de las naciones, que le reconocen como causa principal de su cultura y prosperidad, menos en aquellos días en que la locura ofusca los entendimientos, alterando la idea de la justicia y velando los rayos de la evidencia; su evangelio es célula portentosa a cuyo derredor se forma el organismo de la libertad y el derecho, así como todo el sistema de la legislación. La igualdad y la fraternidad, que en boca de ateos se reducen a ironía sangrienta, son plantas que no pueden vivir lozanas sino en el huerto del padre celestial. Por eso los pueblos, en los días de sus grandes expansiones, de sus empresas gloriosas, invocan al Dios crucificado como a Dios de los ejercitas y su cruz es el emblema del honor sobre el pecho de los héroes, así como su imagen es símbolo de paz y alianza, colocada sobre la cima de los Andes y bendiciendo los mares y los continentes. Su influjo trasciende al género humano, no sólo porque éste es el objeto de la expansión de su doctrina y de su Iglesia, sino porque Cristo es en los tiempos el centro de donde corren las edades modernas y a donde se dirigieron los vaticinios y

presentimientos de las antiguas edades. Cristo es el Mesías de los profetas y al mismo tiempo el justo descrito por Platón, y tal vez el Niño Divino que cantó Virgilio al predecir los tiempos de justicia que habían de descender a la tierra al revolver de los cielos. Así es que el Dios Hombre, es la piedra angular de la historia, como le llama el, más vacilante de sus enemigos, y en Él se cumple la palabra del Apóstol: "Jesucristo hoy, y ayer, y en todos los siglos". El caminante que anda por las sendas de nuestras montañas madruga a veces en medio de la espléndida noche, y al levantar los ojos siente, ante su nada y ante los arcanos del tiempo, melancólicas fruiciones en que se mezclan el silencio que suena en sus oídos y los destellos de aquellos "piélagos de lumbre". Entonces, si de aquella contemplación lo sacan el osto y el ascenso de la refulgente estrella del Pastor, puede recordar a Cristo, que también supera en luz a todo el universo de las seres y que dijo de sí mismo: "Yo soy la raíz y el linaje de David, yo soy la estrella resplandeciente de la mañana". Cristo ilustra, pues, nuestro entendimiento y educa y reforma nuestro corazón, enalteciendo de esta suerte todas las potencias humanas; es la causa más fecunda de civilización, bajo el concepto de las ciencias, de las artes y de las virtudes; es cabeza y vida de su Iglesia, así como salud de las sociedades y la base más sólida de los Estados y su mejor pacificador y maestro; domina el orbe y es el centro de la historia y el foco y núcleo de los tiempos; de su persona divina irradian lo verdadero, lo bello y lo bueno en misteriosa trilogía, infinitamente más fecunda que la trilogía hegeliana. Tal le podemos contemplar con los ojos de la fe, radiante de eterna belleza, admirable de juventud inmarcesible, en medio de las muchedumbres sobre las laderas de los collados o a las orillas de los lagos, resplandeciente de lumbre celestial, como en el Tabor podemos oír, pronunciando palabras de vida eterna, en estilo divino, propio suyo, llamando a los pequeñuelos con lenguaje tan dulce cómo la voz de la Providencia, fundida con lo más puro del amor maternal; predicando su ley en forma tan clara y tan concisa, tan profunda, como no la tuvo la sabiduría griega; o empleando palabras mucho más vivas y enérgicas que las de Sófocles y Eurípides para abatir a los fariseos, a los que exaltaban la ley y la virtud en el acto de violarlas. A Él. a ese Dios y Rey de nuestras almas, a ese hermano adorado y amigo dulcísimo, venimos porque estamos trabajados y abrumados, porque deseamos trocar el yugo que nos agobia por su yugo llevadero y suave y porque en medio de esta noche social, El es el camino, la verdad y la vida. Él sabe que hoy en el mundo, Colombia, aunque incipiente y lacerada, es de los pocos pueblos que le confiesan, pues se consagró a su Corazón, ha reconocido legalmente su soberanía y hecho de este Congreso Eucarístico un acontecimiento nacional. ¡Oh Dios de amor y de poder! Da tus pues a los colombianos que queremos llorar sobre sus llagas los errores pasados; de las llagas de tus manos derrama óleo divino sobre las heridas de este pueblo; y en la llaga de tu corazón guarece las generaciones


inocentes. No permitas que ningún colombiano sea siervo intelectual de enemigos extranjeros tuyos. Al darte en comunión eucarística en esta semana dichosa, tus sacerdotes repiten miles y miles de veces que eres Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo y lo pacífica. Danos, pues, la paz, la paz que es don tuyo y prenda de civilización terrenal y de eternal ventura. He dicho. MARCO FIDEL SUAREZ

DISCURSO A CRISTO REY A la llegada de su estatua,, pronunciado por el doctor Antonio Gómez Restrepo en la estación del tren de la sabana. (Bogotá 1931). En los tiempos antiguos cuando las ciudades se defendían al abrigo de las murallas y torreones, al presentarse por primera vez un monarca o al entrar un conquistador, el jefe de la plaza abría de par en par las ferradas puertas y entregaba la llave al huésped victorioso. Hoy, la capital de la república, no teniendo puertas de bronce que abrir ni llave de oro que entregar, abre las puertas de todos los corazones y ofrenda la llave de su voluntad para recibir esta visita de un Rey de paz, que no llega como conquistador a un país enemigo, ni como monarca a una región desconocida de sus dominios, porque esta antigua ciudad de Santafé le pertenece desde hace Cuatrocientos años. De ella y de toda la nación que es hoy república de Colombia, tomó posesión el día mismo en que Jiménez de Quesada,, señaló, con su .espada invicta, el recinto de la futura ciudad, pues al lado del estandarte de Castilla, símbolo de imperio y de dominación, se ofreció a las miradas atónitas de las tribus indígenas el Cristo de la conquista, toscamente trazado sobre burdo lienzo. Entonces los pobres habitantes de estas regiones, sumidos en las tinieblas de un culto idolátrico y adoradores de deformes deidades, pudieron contemplar con asombro la imagen de un Dios revestido de forma humana, y que extendía sus brazos, no para fulminar rayos destructores, sino para abarcar a todos los hombres en abrazo de amor, y que en el momento de expirar en la cruz, pedía misericordia para sus verdugos. Semejante espectáculo no lo habían soñado nunca aquellos seres primitivos, nacidos bajo la ley del rigor y la venganza; así lo que no habría logrado la espada sola del conquistador, lo alcanzó la cruz de Cristo, y en poco tiempo, toda la población del Nuevo Reino estuvo unida bajo el símbolo de una misma fe; la dureza de la conquista

tuvo un lenitivo en la dulzura de la predicación evangélica, en su doctrina de fraternidad y sus celestiales esperanzas; y desde ese momento empezó el reinado espiritual de Cristo sobre este pueblo, que nunca ha renegado de él, que nunca, ni en los instantes más aflictivos, ha dejado de tener puesta su esperanza en él; que por su fe ha batallado y ha sufrido y ha inscrito al frente de su canon constitucional el reconocimiento solemne de que la religión católica es esencial elemento del orden social; que en medio de los rápidos cambios de una nacionalidad joven, sobre la cual tienen las novedades tan peligrosa atracción, ha mostrado inquebrantable firmeza en su adhesión a la creencia tradicional. Si tendemos la vista por el panorama de nuestra historia, nos sorprende el cúmulo de mutaciones que se advierten en el curso de nuestra vida nacional: transformaciones políticas, cambios de constituciones, de leyes, de costumbres. Y en esa evolución constante, en ese flujo y reflujo de opiniones, de modas, de tendencias, siempre ha permanecido firme, en el centro de la nacionalidad, como columna de diamante, en torno de la cual ha girado toda nuestra vida social, la cruz de Cristo, que plantaron los conquistadores, que besaron al morir los mártires de la patria, que ha inspirado las más hermosas manifestaciones del pensamiento y del arte colombianos. Hacia ella han ascendido, con vuelo de águila, los cantos de nuestros poetas; ella ha iluminado con reflejos de belleza ideal los lienzos de nuestros pintores; ella ha dado místicas resonancias a las sinfonías de nuestros músicos. Contra ella se han estrellado inútilmente los ímpetus revolucionarios, que a manera de olas embravecidas, han tenido que retroceder, sin dejar otro recuerdo que jirones de espumas, como testimonio de la rabia imponente de la fuerza bruta vencida por el poder inefable del espíritu. Y ay del país si esta fe se hubiera debilitado o hubiera huido de nuestra sociedad! Porque allí donde la influencia de Cristo se amortigua, se forma un vacío inmenso, que llenan tumultuosamente la barbarie, disfrazada con los arreos de la civilización, y la tiranía cubierta con los andrajos de la libertad. Ejemplo elocuente nos ofrece Rusia, esa gigantesca aglomeración de pueblos, a los cuales daba cohesión la religión cristiana, fervorosamente profesada, y que hoy derribados los altares de Cristo, rinde culto idolátrico a las cenizas de Lenin, el organizador de aquella monstruosa tiranía, más cruel que la de los Zares, pues no se limita, como ésta, a la esfera política, sino que penetrando en el campo social, ha hecho del pueblo ruso una grey esclava, sin derechos civiles, sin autonomía individual, reduciéndolo casi a la condición automática de los enjambres que pueblan una colmena. La humanidad entregada a sí misma tiende fácilmente a la barbarie. Así, cuando terminó la guerra de las naciones, que tan tremendos estragos produjo y que pareció conmover los cimientos de la civilización europea y aún ponerla en peligro de zozobrar, varios grandes estadistas ingleses, nada místicos por cierto, lanzaron un manifiesto al mundo para proclamar la necesidad de un remedio supremo que pudiese aliviar tan mortales dolencias. Y sabéis cuál era ese remedio? Quizá una liga de


pueblos, un concierto económico, una transformación de la vida política y social? No! Lo que ellos proclamaron altamente, fue la urgencia de que el mundo volviera a Jesucristo para que sobre los millones de cadáveres y el océano de sangre en que se. ahogaba Europa, se levantara un signo de paz, un iris de esperanza, algo que hiciera recordar a los hombres que son hijos de un mismo padre. Hoy llega aquí Jesucristo como Rey pacífico en medio de un pueblo que ama la paz, así la de las conciencias, como la pública y social; y el regocijo que causa este suceso, el entusiasmo maravilloso que despierta en todas las clases sociales, es un fausto augurio de que la providencia reserva días bonancibles a este país, como compensación de las graves inquietudes que, a manera de negros nubarrones, se han cernido sobre su cielo. Un pueblo que rinde culto a un ideal no tiene por qué desfallecer; aun en los instantes de dura prueba, tendrá siempre delante de los ojos, para disipar las sombras del desaliento, la columna luminosa que guiaba a los israelitas y reanimaba su esperanza, en las ávidas etapas del desierto cuando las áridas rocas no dejaban brotar ni un hilo de agua, y de la tierra estéril no se levantaba la consoladora promesa de una espiga. Vuelve, Señor, los mansos ojos a este pueblo que te recibe con voces de hosanna y cubre de flores las calles que tu imagen va a recorrer. No repetirá esta ciudad la triste escena de la voluble Jerusalén que el domingo de ramos te recibió en triunfo y pocos días después te crucificó en el Calvario; no cambiará los ramos de olivo por el cetro de caña y la corona de espinas. Este pueblo te ha sido fiel en lo pasado; lo es en lo presente, y seguirá siéndolo en lo futuro. Aquí lo tienes unido y compacto. Aquí están las clases laboriosas, los honrados obreros que recuerdan con orgullo que tú pasaste tus primeros años en el taller de un artesano y pusiste tus divinas manos en los instrumentos del trabajo; aquí los enjambres juveniles, que se apiñan en torno tuyo ansiosos de libar la miel de tus celestiales doctrinas; aquí los soldados de la república, que rinden las armas a tu paso, armas que (así lo esperamos en la bondad del Cielo) no tendrán nunca que dispararse contra pechos de hermanos, y sólo servirán como ahora sirven, para hacer respetar el orden y la majestad de la patria; aquí tus ministros, animados de celo apostólico y de espíritu de caridad muy distintos, por tanto, de aquel sacerdocio farisaico que hizo de la soberbia una virtud y te mandó a la muerte en nombre de una ley que no comprendía; aquí los altos magistrados de la república que no son, como el Procónsul romano, agentes implacables de la fuerza de un poder extraño, sino legítimos representantes de una nación soberana e independiente, que estima la libertad como uno de los dones más preciosos que Dios concedió a los hombres y a los pueblos; y aquí, finalmente un magnífico coro, digno representante del sexo femenino, que tiene derecho a ocupar puesto de honor en todo lo que a Cristo se refiere, porque, cuando los discípulos huían sólo un grupo de mujeres lo siguió por la vía dolorosa y lo acompañó en el Calvario, desafiando con sus lágrimas el furor de la plebe sanguinaria; fue una mujer la que acudió antes que nadie al sepulcro para regarle con su llanto y ungir el cuerpo del Maestro con aromas, correspondiéndole el valioso

privilegio de ser la primera en anunciar al mundo que un Dios se había levantado de las entrañas de la tumba. Y si este concurso es inmenso, hay otro invisible, más grande todavía: porque podemos creer piadosamente que aquí se agrupan las cristianas generaciones que nos precedieron, que nos legaron con su sangre una secular tradición religiosa y duermen el sueño eterno al amparo del signo redentor. Y al par con las sombras venerables de nuestros padres y abuelos, contemplamos aquí visiones risueñas del porvenir, y podemos imaginar que en cada una de las frescas flores que adornan y perfuman la ciudad, está presentado uno de los millares de niños que sonríen en la cuna y en cuyas frentes luce el signo del cristianismo, como una esperanza y una promesa de que las nuevas generaciones emularán a las antiguas en su fidelidad al Redentor del mundo. Llega, Señor, que esta sociedad necesita una palabra de aliento, una señal de consuelo. Hay almas a donde en muchos años no ha entrado un rayo de luz; que andan inciertas y solitarias por la tierra. La colectividad entera sufre inquietudes y zozobras, reveladoras de una peligrosa depresión de los ánimos, producida por la ruina de las ilusiones en una prosperidad y bienandanza que parecían muy próximas y que ahora se ven en lejana perspectiva. Bien sabemos que tu reino no es de este mundo y que los bienes temporales no, forman parte de tu herencia. Pero sabemos que tienes poder de calmar las tempestades cuando los hombres se vuelven a ti para exclamar con angustia: "Señor, sálvanos, que perecemos!" Y conocemos también el influjo poderoso de las fuerzas morales para devolver a los pueblos la confianza en la acción eficaz y bien intencionada, contener el desaliento y disipar las nubes del pesimismo. Así como el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas en los primeros tiempos de la creación y de los horrores del caos hizo surgir la luz y toda la espléndida armonía del universo, de la misma manera, puede, en horas en que el mundo se agita en confusión y parecen amenazadas de disolución las antiguas estructuras políticas y sociales, soplar sobre ese nuevo caos, para resoplar la armonía perturbada y encender en los espíritus la luz de la esperanza. Uno de tus adversarios que consagró su gran talento de escritor a tratar de despojarte de tu aureola divina, aunque no de tu grandeza humana, exclama en un arranque de sinceridad, semejante a la confesión del centurión romano en la hora en que expiraste: "Mil veces más vivo, mil veces más amado después de tu muerte que durante los días de tu paso por la tierra, tú eres de tal manera la piedra angular de la humanidad, que arrancar tu nombre de este mundo, equivaldría a conmoverlo hasta sus cimientos". Y en esta vez dijo una gran verdad Ernesto Renán. Porque si Cristo desapareciera, se extinguiría lo único vivo que se levanta en la vasta necrópolis de la historia, el único ser contemporáneo de todos los siglos, que para cada nueva generación tiene la palabra salvadora, la fórmula de redención. Sería como si el sol desapareciera del firmamento, y con él la luz, el calor, la energía vital; extinguiéndose toda la hermosura de la naturaleza y toda la alegría de la existencia.


Permitidme una reminiscencia personal, inspirada por una coincidencia de fechas. Hoy hace un año me encontraba en la ciudad santa de Jerusalén, y conservo, junto con muchos dulces recuerdos, el muy sugestivo del contraste que allí se ofrece al viajero todos los días. De una parte vense grupos de hebreos, llegados de diversos países, y pegados al muro de las lamentaciones, único resto que aún queda del templo que edificó Salomón, llorando con melancólicos y dolientes gemidos, la muerta nacionalidad, la gloria extinguida, las esperanzas siempre renacientes y siempre engañadas; y de otra parte en la colina del Calvario, millares de peregrinos cristianos, que entonan himnos de júbilo y besan con transportes de amor encendido, un sepulcro vacío, por cuya posesión han luchado secularmente pueblos y razas, y cuya contemplación produce la emoción más honda aun en pechos indiferentes, porque se siente y se palpa que allí está el eje de la historia; que aquella losa sagrada es el punto central de mundo. El nuevo hebreo es símbolo de la letra que mata, el sepulcro de Jesús lo es del espíritu que da la vida. Cuando el Satán que pinta Milton en el "Paraíso Perdido", escapado de los abismos infernales, se lanza a los espacios en busca de la tierra, morada feliz del primer hombre, ve de pronto salir el sol, en todo el esplendor de su belleza, y entonces, en un acceso de envidia y de odio contra todo cuanto representa vida y alegría, exclama enfurecido: ―¡Oh sol! Yo te aborrezco!‖ El pueblo fiel al ver aparecer la mansa figura del Salvador, en actitud de bendecir al mundo, exclama, en rapto de entusiasmo y amor: "¡Oh sol de caridad y de dulzura, yo te adoro!"

LA VIDA DE JESUCRISTO ES UN CONTRASTE SEGUIDO DE LAS ASPIRACIONES DEL MUNDO Excmos. Señores, Ilustrísimos Señores, Señores: La desproporción que suele notarse entre la conducta de algunos hombres y su suerte es un enigma que atormenta la razón. ¿Por qué hay buenos que viven y mueren abatidos, mientras que muchos malos somos o parecemos dichosos? Algunos pensadores tratan de responder esta pregunta con reflexiones filosóficas; pero la verdad es que sus esfuerzos no logran aquietar el corazón en presencia de aquella desigualdad, tan ordinaria como incomprensible. Sin embargo, aunque las cavilaciones parecen de lámpara para iluminar completamente aquel arcano, la historia sí ofrece un dato capaz de ilustrarlo y de podarle su ramaje de desconsuelo y de zozobras; porque el más grande de las acontecimientos que ha

presenciado el mundo es precisamente un caso de aquella desproporción entre los merecimientos de la persona que lo realizó y las consecuencias inmediatas de un suceso, en el campo de lo que llamamos prosperidad o infortunio aparentes. Quiero decir (y perdonad, señores, mi osadía) que la Encarnación o humanización del Verbo eterno, consustancial con Dios y unido a nuestra naturaleza para salvarnos, es un hecho soberano e infinito. Quiero decir que los fieles cristianos lo reconocemos así al confesar nuestra fe y al disfrutar los bienes que de ese hecho resultan. Y también me atrevo a pensar que en cierto modo lo reconocen algunos historiadores racionalistas cuando notan que el nacimiento de un niño el año cuarenta y dos del reinado de Augusto, en un establo de Judea, en suma pobreza y en las circunstancias más humildes, alteró la carrera del género humano y transformó su historia. Esos autores reconocen, en efecto, que aquel hecho modificó las aspiraciones espirituales de los hombres, exaltando los fines de su actividad, infundiéndoles nuevos gérmenes de virtud y trocando el sistema de la justicia. Sí; de esa manera lo observan algunos católicos, en forma tan imparcial y tan exigida por la evidencia, que al apuntar el caso, hasta se abstienen, como avergonzados, de analizar la historia del verbo Divino. (Thomas K. Cheyne, "The historians History‖ II 169) De manera que la venida de Dios y su unión con nuestra naturaleza es el acontecimiento de los acontecimientos y el hecho que colma, a los ojos de la Iglesia y de todos los que tienen buena vista y buena fe, los senos del tiempo y la extensión del mundo. Nuestro Señor Jesucristo, sujeto de aquel acto soberano, al nacer, vivir, morir, resucitar y triunfar, pudo salvarnos con el valor infinito de una sola de sus lágrimas o del menor de sus sufrimientos, en el océano de ellos que formó su existencia terrenal ; pero también dicen algunos que hubiera podido revestirse de grandeza humana, siempre que ésta fuera compatible con la virtud y la inocencia. Pudo ostentar, por ejemplo, el denuedo de aquel rey de Hungría, deudo de Santa Isabel, que desnudando su espada delante de un ejército rebelde, y preguntando con estentóreo grito quién osaba resistirle, y penetrando solo por entre numerosas filas, llegó hasta la tienda del tirano y le aplicó ejemplar castigo. Habría podido también su Omnipotencia hallar un mundo nuevo y soportar que unos ingratos le impidieran desembarcar en la mejor de sus islas, para pagarles luego esa injusticia con advertirles que no emprendieran una próxima navegación porque se anegarían sin falta como sucedió para castigo de los culpados. Y pudo hacer eso, como lo hizo el gran cristiano que sabemos, y soportar en seguida una tempestad de sesenta días, entre las centellas que alumbran el horizonte y entre las congojas de los marinos abandonados de toda esperanza. Así mismo habría sido capaz el Santo de los Santos, al igual de un hombre muy sabio y muy bueno de estos tiempos, de acometer con tenacidad y desinterés la empresa de librar muchas playas de la tierra delas pestes y contagios que las cubrían de cadáveres.


Y coronar esa obra rompiendo la guadaña gigantesca de la muerte con el poder de la vida invisible, descubierta y cultivada por el genio y la virtud, a quienes servían un microscopio y un sueldo de pocos francos. En el círculo, pues, de aquello que llamarnos gloria y grandeza los mortales, alucinándonos con brillos fugaces y deleznables dimensiones, Cristo Dios pudo situarse en :el plano de Andrés II, de Cristóbal Colón o de Luis Pasteur, como dueño de ciencia, caridad y valentía acrisoladas, aunque meramente naturales. Pero no lo hizo así, porque la porción que escogió como Hombre-Dios fue precisamente opuesta a aquellas hazañas, una vez que la que se apropió fue la riqueza en la pobreza, el bienestar en el sufrimiento y la gloria en la humillación, según la palabra de Bossuet. Cristo, en efecto no tuvo una piedra para reclinar su cabeza; no poseyó otros bienes que el vestido que le tejió su Madre y que le despedazaron sus verdugos; en su vida preparatoria vivió del trabajo de sus manos, y en su vida pública la beneficencia proveyó a su sustento cuando El remplazó aquel ejercicio con el de médico divino y celestial maestro; y en sus discursos, en sus parábolas, en los brotes de su energía divina, la codicia era el blanco de sus anatemas, y la abnegación el objeto de sus enseñanzas. Su compañía fue el dolor, asociado a sin igual paciencia; de sus manos brotaba la salud, y de sus labios el perdón; generoso, perseguido y calumniado, recibió en recompensa de sus beneficios los azotes y la cruz que los romanos habían aprendido para los esclavos en las leyes de Cartago; en su vida se labraron todas las penas, y su muerte fue tan valerosa y tan humilde, que arrancó a Juan Jacobo la confesión de su divinidad al compararla con la muerte del filósofo que ha personificado las humanas vanaglorias. Ninguna muerte puede aparearse con la suya, colmada de dolor y al mismo tiempo de amor, y capaz por eso de oscurecer el cielo y conmover los montes. También halló Jesucristo su gloria en el abatimiento, abrazándose con la cruz y sobrellevándola obediente, sin cobardía ni jactancia, como ejemplo de magnanimidad sobrehumana. En medio de su humildad, el perdón y el amor fueron resumen de su doctrina y testamento en que se fundieron su Evangelio y su Eucaristía: su Evangelio, oráculo que resuena para siempre sobre el mundo; su Eucaristía que perpetúa su habitación en la tierra, alimentando a los hombres con la sustancia de Dios y reemplazando los holocaustos de la ley cansada. Veamos, pues, señores, como es cierto, con certeza irrefragable, que aquel Nacimiento acaecido en tiempo de Augusto es el más grande de los hechos históricos; y reconozcamos en él un soberano ejemplo de desigualdad entre el mérito y el éxito inmediato, lo cual resuelve el problema que apuntamos al principio. Un grande orador, que ha embelesado al pueblo cristiano de nuestros tiempos nos ha dejado de la obra expiatoria del Redentor un cuadro tan tierno como exacto, en esta forma: "Excepto los sufrimientos que resultan del desenfreno de las pasiones. Jesucristo sufrió todos los dolores posibles, según Santo Tomás. Le hicieron sufrir,

dice este santo, los gentiles y los judíos, los hombres y las mujeres; le hicieron sufrir los príncipes, los grandes y el pueblo; le hicieron sufrir los tumultos y los individuos; sus discípulos y todos los que lo conocían; padeció en su reputación a causa de las blasfemias que se proferían contra Él; padeció en su honor por las afrentas de que era objeto; en sus bienes viéndose despojado hasta de sus vestiduras; en su alma por la tristeza y el tedio que experimentó; sufrió en el cuerpo con las heridas y los golpes; en su cabeza por la corona de espinas, en sus pies y manos por los clavos que los traspasaron, en su rostro por las bofetadas que le dieron. Padecieron también todos sus sentidos: el tacto con los azotes, el gusto con la hiel y vinagre, el olfato por el ambiente del lugar en que fue crucificado, el oído con los insultos de los verdugos, la vista con el espectáculo de la Madre y el Discípulo". (Marchal, "Esperanza", XXVI) Este cuadro concuerda con el que trazó siglos antes Isaías Profeta, al decir: "Lo hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos hacia Él. Miráosle despreciado y convertido en el ludibrio de los hombres. Varón de dolores, se reservó todo lo que es padecer. El mismo tomó sobre sí nuestras penas y cargó nuestros infortunios. Por nuestra causa fue llagado, y despedazado por nuestras maldades; nuestro castigo recayó sobre El, y con sus cardenales fuimos curados. Fue sacrificado y no abrió la boca para quejarse. Conducirlo han a la muerte sin resistencia suya, como va la oveja al matadero, y guardará silencio ante sus verdugos como cordero que permanece mudo cuando lo esquilan" (Isaías). La vida de nuestro Salvador anunciada, realizada, sellada con el martirio, glorificada por la resurrección, y delatada en bendiciones en los días que precedieron a su tránsito, no presenta, pues, un ápice de grandeza terrena, por justa e inocente que esta pudiera ser, sino que por modo contrario es un contraste seguido respecto de las aspiraciones y bienandanza del mundo. Pero cabalmente por esa forma ante nuestros ojos y ante nuestras necesidades una gloria más clara que la luz del cielo y más sólida que el firmamento. En cuanto pueda pensarlo una hormiga dotada de ser espiritual, aunque animada de corazón insano, el lote de nuestro Salvador, su parte y su cáliz estuvo bien que fueran el cáliz más amargo, la porción más humilde y la herencia más pobre, para que así viniera, en pos de esas tres cosas, la reacción de una gloria que ha vencido al mundo. Después de todos esos padecimientos, humillaciones y privaciones, procede muy bien, y en la forma más ordenada y más bella, la victoria de la humanidad, de la mortificación y la pobreza, entre los destellos de un Tabor que ilumina perpetuamente al mundo entre los fulgores de una Ascensión perenne, que inspira la musa de los artistas y colma la dicha de los santos. Sobre el monte en que rindió su vida, clavadas sus manos a la cruz de su amor; sobre la altura en que brilló su gloria, dominando con su majestad el universo, Cristo recibe de sus fieles efusiones de amor y de esperanza. Oh Señor! Oh Dios soberano y justo! qué nombre te daremos desde este valle oscuro y lacrimoso? Eres nuestro padre y al


mismo tiempo nuestro Hermano, como Dios y como Hombre eres nuestro Rey y el dueño de nuestro porvenir; eres nuestro Libertador y el amparo de nuestros hijos inocentes y de nuestra patria imperecedera, cuyas ramas, guarecen a la posteridad, aunque sus hojas que son sus ciudadanos, se marchiten y caigan incesantemente. Y dilatando los corazones para que abarquen a los demás hombres, todos debemos hallar en el tuyo sacrosanto la sangre que nos vivifica, que impulsa nuestras palpitacines y que ha de sellar nuestro destino! Obra como esta, de tamaño infinito y de capacidad inmensa, la consumó ya el Señor; pero al mismo tiempo la prosigue por medio de una facultad propia de su Omnipotencia y que consiste en ir suscitando sin cesar imitadores suyos. Los humanos se llevan al sepulcro su genio, su esfuerzo y todo lo personal de su existencia; sus proezas se desvanecen así, su gloria se trueca literalmente en puñados de ceniza, y todo su poder viene a caber en una estrecha fosa. A nadie sino a la muerte pasa la gloria mundana, aunque ésta trate de sobornar a la memoria para que la proteja; a ninguno sino a los gusanos se transmite el legado de los llamados inmortales, cuyas obras de inteligencia y valor se convierten en alimento de aquellas larvas. Pero Dios-Hombre sí tiene la virtud de que sus atributos sus obras, sus milagros, su evangelio de verdad y de justicia, eso no se eclipsa, ni se destiñe, ni se desvanece, ni pasa a ser posesión de la muerte ni se asocia al interés ni se confedera con la ignorancia y la pasión, sino que forma un patrimonio inmarcesible en manos de Jesús y en las obras de sus discípulos. Ellos, al cabo de siglos, hacen resonar el órgano de la redención, con voces que nunca se amortiguan, con armonías que jamás se apagan, a los pies de la Santidad personificada, y ante los ojos que envuelven en luz el universo.

APOLOGETICA PALABRAS DE SALVACIÓN Esta última (la enseñanza católica) se resume en la doctrina cristiana, formulada por la Iglesia y revelada en el Evangelio, particularmente en otro cuadro que se desenvolvió en Jerusalén, el año 35 de Cristo, desde un balcón de la torre Antonia bajo los rayos de un sol de primavera, que a las tres horas se trocó en tarde de tinieblas. Allí y entonces Dios-Hombre se ofreció al mundo como Varón de dolores, como Rey de sufrimiento, coronado de juncos espinosos, cubierto de andrajos de púrpura y llevando una caña como cetro. La doctrina de ese Hombre Dios y Rey del mundo se cifra en las palabras más sublimes, más profundas y más concisas que jamás resonaron ni resonarán sobre este suelo; pues dicen: "Yo soy el camino, la verdad y la vida", que es tanto como decir: la luz, la ley, y la doctrina verdadera me pertenecen y son las únicas que salvan al género humano. "Venid a mí todos los que estáis trabajados y agobiados, que yo os aliviaré", palabras que equivalen a estas: las dificultades, problemas y peligros que oprimen al hombre y a los pueblos y que en lo futuro los atormentarán, sólo los puedo yo resolver y conjurar, porque soy Dios del trabajo, de la caridad y la pobreza. "Tomad mi yugo sobre vuestros hombros, porque mi yugo es suave y mi carga ligera", mandato de amor y de sabiduría que nos enseña no haber obligaciones tan dulces como las del Evangelio, de sabor celestial, en tanto que las de la falsa sabiduría y de la violencia -inhumana son amargas como la muerte. Marco Fidel Suárez (De "El Sueño de Palmira")

Marco Fidel Suárez Del discurso ofrecido a San Francisco de Asís con ocasión del séptimo siglo de su glorioso tránsito.


JESUCRISTO Ecce Agnus Dei, ecce qui tollis pecata mundi. (S. Juan en el desierto) Para conocer el Corazón de Cristo y estudiar su magnífica caridad, es preciso ir hasta su cuna y contemplarlo niño; hasta la noche de la Cena y admirarlo Eucaristía; hasta el Calvario y escuchar sus plegarias. BETHLEHEM Nace niño, nace pobre, nace odiado, nace lejos de Jerusalén que albergaba en aquellos días los representantes de la dispersión: los que habitaban bajo las palmeras de la Arabia y sacudieron sus sandalias para emprender la marcha cuando temblaban las primeras estrellas; los del Egipto milenario bañado por un río fecundado en cuyas linfas se copiaban el enigma de la efigie y las artistas impolutas de las pirámides; los Elamitas y Partos; los Tirios y Sidonios mercaderes de oficio; los Damasquinos de tez cobriza y ojos azules; los Helenos de alma nítida y concepciones metafísicas; los toscos Galileos; los ribereños ingenuamente altivos; los que en Corinto y en Éfeso y en Roma y en las Galias pronunciaban el nombre santo de Jehová con la cara vuelta al Occidente. En el Pesebre cantan los ángeles, medita la Virgen, José contempla, los pastores ofrecen los rebaños más pingües. El Niño sonríe y llora. Sonríe ante los cándidos agasajos, sonríe porque su misión traerá la redención que es alegría espiritual, sonríe porque el Cielo entona himnos que alegran las alturas y anuncian las paz a los hombres de buena voluntad. Llora al ver esa cadena de incomprensiones, de miseria morales que tejerán los hombres ante el portal de Belén. Humilde, indefenso, sencillo, perseguido, se ofrece como holocausto. La cuna del Niño son unas rocas frías, le acompañan y recalientan dos animales, mientras las aves desgranan sus gorjeos en las cercanías y se percibe el eco remoto y tímido de las trompetas que anuncian la sagrada oración a Elohim desde los pórticos. El Corazón de Cristo Niño es tierno y por eso se conmueve, es compasivo y por lo mismo quiere enseñar sufriendo, es abnegado y por lo tanto no formula un sollozo, es sacrificado y esa es la razón para que acepte un martirio lento que empieza en un idilio aparente y termina en una tragedia real. Nos ama en el pesebre y su primer amor tiene sentido de holocausto, nos ama en el pesebre y su carne mortal es el ropaje con que se atavía para mostrarnos cómo la humildad es el arma contra la soberbia y cómo la sencillez de corazón es un pedestal indispensable para ascender en raudo vuelo místico hasta la Divinidad. Nos ama en el Pesebre con amor infinito; divinamente humano y humanamente divino, a fin de

captarse la adoración indispensable y la confianza saludable. Corazón de Jesucristo Niño, yo te adoro! EL CENÁCULO La Pascua era la fiesta principal de los hebreos; reuníanse en el hogar; el jefe de la familia pronunciaba los salmos de la cautividad en memoria de los días en que Israel purgaba su pecado en las márgenes de los ríos de Babilonia y colgaba las cítaras de los sauces mientras juraban al Dios de Jacob no olvidarse jamás de Jerusalén. Un amigo del Maestro, discípulo suyo, tal vez, preparó con manos solícitas todo lo necesario para la noche sagrada. Pedro ayudaba con el ardor acostumbrado, mientras que Juan atendía preferentemente a las viandas para Jesús. Se acercó el Salvador. Su plática de aquella noche, la plática postrera nos la ha dejado escrita el Apóstol Virgen, con lujo de detalles, quien acercándose al pecho del Maestro, palpó todo el fuego de su amor a los mortales. Tomó Jesús el pan, lo bendijo y lo repartió a sus discípulos diciéndoles: "Tomad y comed, este es mi cuerpo, tomad y bebed, esta es mi sangre". Quedaba realizado el vaticinio de Malaquías que anunciaba el sacrificio único, la oblación pura, la hostia pacífica. Juan, el asceta del desierto, llamó a Jesucristo Cordero de Dios; Juan, el Evangelista, cantó en el Apocalipsis la apoteosis del Cordero, y Jesús Nuestro Señor convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, en una inmolación que no pudo soñar el paganismo grosero, que desearon los profetas y de la cual somos herederos los cristianos. Tomás de Aquino no vacila en afirmar que el milagro de la Cena es mayor, en el orden del poder, que la misma creación porque si las cosas surgieron de la nada mediante el FIAT creador, el pan y el vino se transustancializan en Dios. Mientras el Corazón de Cristo latía de amor por los hombres, mientras en su infinita ternura se quedaba con ellos, mientras amonestaba a los Apóstoles a la unión íntima como la suya con el Padre, mientras les daba el ejemplo de humildad en el lavatorio de los pies, mientras los exhortaba a permanecer en su amor, un discípulo adocenado cometía el sacrilegio en su corazón y se lanzaba a la calle con los ojos saltados de las órbitas, con el alma hecha un volcán y se presentaba al Sanedrín en donde dialogaban los sacerdotes fastuosos y soberbios y les proponía la venta del Maestro. Jesucristo entre tanto amonestaba a los once, les dejaba la prenda de su amor, les consagraba sacerdotes y les constituía herederos de su obra. Unos provincianos humildes, sin conocimientos de las letras griegas, de los matemáticos egipcios, de los códigos romanos, de la diplomacia de las cortes, pero generosos e ingenuos, eran los escogidos para regar por todos los confines la nueva de la gracia y de adoctrinar a las muchedumbres en el amor, para el amor, por el amor.


En aquella hora de místicos arrebatos, bajo las lámparas encendidas, aislados de las maquinaciones de la Sinagoga, lejos del bullicio de las oblaciones múltiples, Jesucristo Sacerdote consumó la primera oblación, instituyó el Sacramento, y abolió la liturgia de la vieja ley. En Roma temblaba el capitolio y las pitonisas auguraban una era contra los dioses de barro; en los atrios del templo, los rabinos distendían los pergaminos sagrados, los levitas sacrificaban corderos y becerros; pero en la hora de la salud, todo aquello quedaba reducido al polvo del olvido habiendo pronunciado Jesucristo las palabras sacramentales del infinito poder e infinito amor: "Haced esto en memoria mía". En el Pesebre te adoramos Corazón de Cristo Niño; en la noche de la Cena, te adoramos Corazón de Cristo Eucaristía! EL GOLGOTA La tarde estaba en tinieblas. Una multitud abigarrada, ávida de espectáculos, se apretujaba contra el madero de la cruz. Por los senderos venía jadeante el viejo sacerdote apoyado en el brazo del escriba incipiente; los legionarios echaban suertes sobre las vestiduras, las caravanas se arrodillaban ante los montículos por la oscuridad creciente, los enemigos pasaban envueltos en sus mantos de pliegues sonoros y de colores de primavera, una mujer sollozaba al pie de la Cruz, la penitente caía desmayada, el discípulo entraba en el éxtasis de la contemplación, mientras los apóstoles se escondían en el cenáculo con el corazón frío y la esperanza diluida. Dicta el Corazón de Cristo su testamento piadoso: "Perdónales padre porque no saben lo que hacen" Contempla Jesús desde lo alto del suplicio las maldades de los tiempos, la traición de los apóstoles, los pecados de la historia, las debilidades de los modernos Pilatos y exclama conmovido: "Perdónales padre porque no saben lo que hacen". Continúa: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". De sus labios brotan esas palabras como la síntesis de su misericordia, como el reflejo de su bondad. Había perdonado a Magdalena, a la Samaritana, a Zaqueo, a la mujer adúltera, a Pedro, a los hebreos y continúa perdonando. En el piélago de su ternura mira en torno de la Cruz y al escuchar el dolor de María y el dolor del discípulo consagra la maternidad espiritual. Luego exclama: "SITIO", tengo sed. Es la segunda vez que pronuncian sus labios aquella palabra; la había dicho primero bajo los sicómoros que daban sombra amable al pozo de Jacob y ahora tiene el mismo sentido espiritual. A aquel pueblo le había saciado la sed con la roca del desierto, con la fuente de Sicar, con los pozos de Abraham y cuando Jesús agoniza, un inmundo brebaje le ofrecen los soldados. SITIO, sed de salvar almas, de dar mi Corazón al que sufre, de ser el amigo de la humanidad, de abrir las puertas de la gloría para que pasen, a través de mi costado, puerta de mi amor, todos los arrepentidos.

Todo está consumado: naciste en una cueva, tomaste el camino del desierto, llevaste vida oculta en Nazareth, las multitudes oyeron tus palabras, te odiaron las jerarquías sacerdotales, y ahora como epílogo de sus maldades, se quedan los hebreos sin el cetro temporal y sin la Hostia pacífica. Diste la vista a los enfermos, el habla a los mudos, el movimiento a los paralíticos, el perdón a los arrepentidos, la paz a las conciencias, la gloria al Padre, la doctrina de la salud a la humanidad y ahora todo está consumado. En la Cruz, el Eterno Sacerdote es también la eterna víctima; el Corazón de Cristo palpita débilmente como presagio de la agonía. La muerte llega hasta el Calvario y la vida muere para rescatarnos de la muerte. Tú eres, Señor, la vida de la gracia, la puerta del Cielo, antorcha de las conciencias, el oasis de las almas tristes, holocausto y propiciación, el Redentor Crucificado. Tu Corazón ama y su amor es el martirio. Tu Corazón ama y su lenguaje es el perdón. Tu Corazón ama y lo exprime la lanza del soldado para que la humanidad se dé cuenta de que la piscina de las misericordias queda abierta para todos los mortales. En Belén adoramos a un Niño, en la Cena adoramos al Cordero, en la Cruz adoramos al Sacerdote. Cristianos! Queréis conocer el Corazón de Cristo? En Belén está su primer coloquio; queréis amar el Corazón de Cristo? En la Cena nos dejó el testamento de su amor; queréis adorar el Corazón de Cristo? La Cruz es el testamento del perdón! El perdón es amor, el amor es sacrificio. Pero ignorábamos que Dios quisiera ser la Víctima y es también el Sacerdote. Corazón de Jesús! toma nuestros homenajes y preséntalos al Padre. Gloria a Dios que quiso ser Niño en Belén, Hostia el Jueves Santo, Sacerdote en el Calvario. Félix Henao Botero, Pbro.


NUESTRA REDENCIÓN LUCIANO A mi turno te preguntaré yo, pues, y preguntaré a Donato si me permiten exponer tímidamente unas tenues ideas sobre el tema de nuestra redención y de los influjos de ella sobre cada uno de nosotros, sobre el mundo y sobre la especie humana. Me lo permiten?........ DONATO Yo por mi parte, no hay duda. JUSTINO Y yo por la mía, tampoco. LUCIANO Pues ello es que en la vida de nuestro Salvador, que es decir en el Evangelio se cuenta que alguna vez os de su pueblo trataron de darle muerte arrojándolo por un precipicio; y que otra u otras veces en Jerusalén hubo el intento de apedrearlo, géneros ambos de muerte que habrían desfigurado su cuerpo divino. La muerte que Él se reservó y permitió que le fuese aplicada fue la crucifixión, la cual es el más doloroso de los martirios, pero también la forma que respetó la integridad de su ser físico, dejando a la vez intacto en ese ser el símbolo de sus enseñanzas, de sus ejemplos y de su obra salvadora Crucificado así sobre el Calvario, Él se presenta al universo, a los hombres del oriente y del occidente, a las naciones de todas las latitudes, y también a los siglos pasados que anunciaron su venida y trazaron anticipadamente su persona y su obra, así como a los siglos venturos para quienes su acción de Dios y Hombre va a ser fuente perenne de contradicción victoriosa y de libertad divina. Crucificado así, pronuncia siete frases que compendian su doctrina, y que Son: los deberes del hombre para con los otros hombres bajo la forma de la caridad que perdona a los verdugos y que abraza al criminal arrepentido en medio también de tormentos indecibles: los deberes domésticos y los deberes de la amistad, bajo la forma de despedida de su Madre y de su discípulo: y las palabras referentes a su misma persona, bajo la forma de oración que se exhala en su abandono, en su sed de padecer por el hombre y en la contemplación de su obra consumada y de su premio de gloria y de descanso sempiterno. He allí en esas cortas frases el sistema divino de la caridad y la rehabilitación, de los deberes domésticos y amistosos, y de la vida espiritual del hombre que habla con Dios, y que obedece y merece para siempre. DONATO Bueno don Luciano; eso no me suena mal.

LUCIANO Pero a mí sí, porque me da miedo; aunque con la salvedad que dije arriba continuaré. Pero no fueron solamente esas siete frases las que compendiaron y cifraron la doctrina de nuestro Salvador, Dios y Hombre; fueron también sus acciones y ejemplos cuando se sentó, no en la cátedra de Moisés, ni en la de Sócrates, ni en la Plutarco, sino en una cátedra tan nueva y misteriosa como el suplicio de la Gruz, crucero de ignominia y de martirio, pero crucero más luminoso en la eternidad que las cuatro luces de esa constelación brillante que alegra nuestras noches de Mayo. Esa es la cátedra nueva que ilumina al mundo universo, que alumbra los senos de la historia judaica y profana, y que destella para siempre sobre los espacios y los tiempos en que va a desenvolverse el mérito y el pecado, el esfuerzo y las caídas, las luchas por el bien y por la abominación, en ese curso indefinido que formará la vida de la raza humana. Esa es la cátedra donde el Maestro Sumo entre los soberanos y el Actor Divino cuyas acciones poseen más poder docente que todos los maestros y todos los inspirados, da tres lecciones objetivas de inmenso valor y que consisten: en su Pobreza expresada por su desnudez y por la túnica que al pie de su patíbulo juegan los sayones; en su Austeridad y sufrimiento, expresados por los dolores de la crucifixión, que es el más doloroso de los suplicios; y en su Humildad, expresada por la obediencia y anonadamiento en que se ofreció a vista de Dios padre y de los hombres. He allí los tres capítulos de la doctrina nueva dictada por el Maestro Divino, por el Doctor incomparable, sobre una cátedra inaudita y por el método de las palabras más concisas y de las objetivas enseñanzas más perfectas. JUSTINO Ahora diré yo también que eso no me desagrada. LUCIANO Pero nadie había hablado así, ni había obrado de esa manera; y como esto supera a todo lo humano, porque excede a la obra y al pensamiento más excelsos, las consecuencias son claras. Ese Profesor de la Verdad y de la virtud sobrehumanas es nuestro Dios y nuestro Rey. Su doctrina es la que necesita nuestra especie. La Pobreza contra la avaricia, contra la codicia y el lujo es la verdadera moral. La Abnegación soldada con el valor y con la penitenciales condición de la vida humana verdadera. La Humildad, que se anonada y al mismo tiempo respeta la dignidad del hombre, es la cifra de las relaciones sociales. Estas tres cosas son el motivo, el objeto y el fin de la existencia y del progreso. No lo


son el oro convertido en ídolo, ni la disipación convertida en afán incesante, ni la soberbia que abate a los demás e irrespeta en ellos la imagen de Dios. Es natural que Júpiter, Afrodita y Mammón sigan guerreando contra el Maestro Divino, contra el Profesor celestial que en cátedra nueva y con nuevos ejemplos les conculcó sus ídolos y holló sus dominios. Es natural que contra el Santo de los Santos sigan en persecución permanente aquellas inspiraciones y que por eso Luciano el de Samosata llame al Redentor sofista crucificado, y que Juliano el Apóstata salga de Atenas a señalarlo con el nombre del Galileo, y que Voltaire, al mismo tiempo que pide a Dante un lugar más en el centro helado de sus círculos, lo llame el Infame. Eso es natural, así como lo es también que las sociedades secretas, después de fingir, ocultar y simular durante mucho tiempo, rompan al fin el disfraz y se despojen de la careta para declarar guerra seguida a Nuestro Señor, a su doctrina y a su Iglesia. Perdonen el atrevimiento y los deslices en que abundará éste que no es sueño dentro de mis delirantes ensueños. Marco Fidel Suárez (De el "Sueño de San Javier").

LA FE EN JESUCRISTO Único Remedio de las necesidades sociales DONATO A mí me sirve mucho para confirmar mi fe y para enardecer mis afectos el oráculo de la Sibila que trae Fray Luis de Granada en el Símbolo de la fe, donde pone la transcripción de aquella profecía de San Agustín con estas palabras: "Darán a Dios bofetadas con sus malvadas manos,, y con su boca sucia escupirán en Él salivas ponzoñosas, y Él entregará sencillamente sus espaldas a los azotes, y recibiendo pescozadas callará porque nadie le conozca; y con corona de espinas será coronado, y en lugar de manjar le darán hiel y en su sed le darán vinagre. Con tal mesa como ésta le servirán cuando le hospedaren. Y tú, gente ignorante, no conociste a tu Dios. Y el velo del templo se romperá, y en mitad del día se hará una noche tenebrosa, que durará por espacio de tres horas, y morirá muerte; y en tres días dormirá su sueño; y entonces resucitará de los muertos, y volverá a la luz, mostrando el primero a los resucitados el principio de la resurrección". JUSTINO Y a mí me aviva también el pensamiento la manera como Porfirio, enemigo jurado del cristianismo, expone el sentir de Platón acerca del Verbo Divino, lo que también hallamos en el mismo libro de Granada, así: "Del sumo bien nace una Mente, que es

Hijo de Dios por una manera que ninguno de los mortales podrá entender y que esta mente tiene ser por sí misma, como Dios todopoderoso; que ella es silla, origen, fuente, principio y reino de todas las cosas, ítem que es la primera hermosura y origen de todas las hermosuras, y dechado y espejo de ellas; y que por ellas son hermosas y buenas todas las cosas que hizo. Y además de esto, dice que este Verbo fue eternamente engendrado de todos los siglos." (Granada. R. I, 536, 546, 639) LUCIANO Lo que es a mí, el concepto de lo infinito me inspira actos de fe en presencia de Dios Crucificado. Me acuerdo a veces de aquella palabra de la oración fúnebre de Yolanda de Monterby: "No tiene longitud aquello que alguna vez termina" y la relaciono con las expresiones que los dos Luises dieron a la misma idea: "Todo lo que es menos que Dios es pequeño. Nada hay grande si tiene fin". Ahora bien: el mortal que piensa en esto, sintiendo la pesadumbre de sus penas y la pesadumbre del universo bajo la mirada de Dios, puede decir en sus desvelos: este doliente esqueleto nada es; esta esfera de la tierra, objeto de las ambiciones y guerras del hombre, es pequeñísima, es nada por la misma razón; los luceros que vi al anochecer tampoco son cosas, porque tienen límite; los cometas son mucho menos, porque, según dicen, cabrían como las cenizas de Aníbal en el hueco de la mano; ni la esfera del sol tiene más ser que el límite que le imprime su contorno; ni las estrellas, ni las nebulosas, ni los universos que vivan y brillen en los abismos de los espacios, tienen verdadera grandeza, porque al fin han de ser limitados. Pero como la mente que nos anima no se calma en sus anhelos y aspiraciones sólo Cristo la puede satisfacer, porque es Dios Infinito y su Eucaristía vence los misterios del número, del espacio y del tiempo. Así puede un hombre desentenderse de esos arcanos y, sin pensar en la nada de las criaturas, decir a Jesús con san Francisco: ¡Oh Dios mío y todas las cosas! Así puede un alma llamarle Bondad infinita, capaz de socorrernos, providencia infinita que nos guía, amor infinito que nos recibe en el seno de su misericordia. GROCIO No me desagrada eso que han dicho, y creo que esos argumentos pueden servir a los legos para pensar en la divinidad de Nuestro Señor en un campo separado de las ciencias sagradas, y por lo mismo más acomodado a las circunstancias de un hombre seglar. Pero todavía hay consideraciones más eficaces y más oportunas en la actualidad, pertenecientes a esa especie de argumentos menos inaccesibles a los laicos. Miren ustedes, por ejemplo, que si se atiende a la historia y a la experiencia cotidiana, el sentimiento más natural entre los hombres no es la caridad sino la aversión, por lo cual la primera tiene que calificarse, y así la califica la moral cristiana, como virtud


sobrenatural, derivada de la gracia divina. La fraternidad entre los hombres por ponderada que sea, el mito más imposible, a no ser que se funde sobre una base religiosa, cual es la paternidad de Dios, y esto es lo que han dicho públicamente en estos días varios gobernantes del Imperio Británico, dirigidos por Lloyd George, en una alocución enviada a sus conciudadanos de todas las partes del mundo. DONATO ¡Qué raro, Señor! El Presidente Paria al posesionarse el siete de Agosto de 1918, según dice el señor Luciano Pulgar, expresó esa idea de la fraternidad humana fundada necesariamente en Dios como padre. GROCIO Sigamos. La caridad, necesariamente sobrenatural, la fraternidad derivada sin falta de la paternidad de Dios, quien las enseña y las lleva a la práctica es Jesucristo, cuya doctrina se nos muestra en todo tiempo como causa de esas virtudes y como fuente del bienestar moral que ellas traen. Miren también que al par que crece la población de la tierra, recrecen las dificultades para vivir; que al compás que se desenvuelve la industria, sube la riqueza, pero en mayor grado la pobreza; que las comodidades y placeres se van desenvolviendo con los descubrimientos, pero que a la vez se atizan la desesperación y la envidia; que las invenciones multiplican los placeres, pero no disminuyen los dolores más profundos, que son los de orden moral; y que la distribución de los frutos del trabajo es cada día más difícil y peligrosa, porque es un problema que parece tan agobiador como los problemas aforos de las matemáticas. En presencia de estos peligros surge la ciencia del sabio y la fuerza1 del gobierno, pero vacilantes y cada día en bancarrota más declarada. Empero, ante ellos se presenta también el Salvador de los hombres como Dios del dolor, del dolor, que la aguijada que obliga al hombre a llevar derecho el surco hacia la verdadera vida; como Dios de la pobreza, que al fin puede hallar una medida apartada de la opulencia y de la miseria; como Dios del trabajo, como Dios obrero, que en el panegírico de San Francisco por Bossuet nos da la solución que el socialismo no dará jamás. Marco Fidel Suárez (De "El Sueño de Renán")

JESUCRISTO Y LA RADIODIFUSIÓN

Bellísima Alocución Religiosa del Presbítero Félix Henao Botero "Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad! Ese canto sagrado resonó como una invitación del cielo a participar de la paz inalterable y del regocijo sin zozobras de la Patria eterna. Gloria a Dios! A Dios que hizo la inteligencia humana para estos portentosos descubrimientos que suprimen la distancia. A Dios a quien adoró Barnly, el gran católico francés, precursor de Marconi, el gran italiano creyente. A los que hizo el éter para que rodasen por él los pensamientos, las alegrías, las tristezas, los afanes y los anhelos de la humanidad. A Dios para quien todo es presente, todo actual, todo pequeño, todo mutable, excepto su Divinidad. En las alturas! La voz de la montaña, voz de creyentes, de porfiados, de hogares, de aliento y de esperanza, se oirá también por esta nueva ventana que hoy bendecimos con las preces y ceremonias de la liturgia católica. En los pueblos de la cordillera y en las ciudades de las playas, en los caseríos tranquilos y en el bullicio de las grandes avenidas, en los barcos que cruzan el mar y en los vehículos que pasean las gentes o llevan el progreso, en los hogares y en las plazas públicas, "Ecos de la Montaña", ha de ser oída como se oye un son lejano, sonoro y tranquilizador. Jesucristo amó siempre las alturas. Sobre una montaña oró y ayunó para prepararse a la conquista del mundo; en otra colina, lejos de Corozaín la mercantil y de Tiberíades voluptuosa, enseñó las bienaventuranzas; en el monte Tabor se transfiguró con asombro de los discípulos y terror del Maligno; predicó diversas ocasiones en la altura del templo, en el atrio elevado de los gentiles, en la cima de Sión; cuando multiplicó los panes ascendió desde el mar y se internó una gran distancia a través de las áridas cumbres que rodean el lago de Genezareth; desde el monte Escopo enseñó el Padrenuestro, que es la plegaria universal y eterna; en la colina de Sión instituyó la Eucaristía; murió en el promontorio del Calvario, ascendió en el monte Olivete y subió a los cielos por su propia virtud y poder. Y desde estas estaciones radiodifusoras el nombre del Señor es lanzado a los cuatro vientos para espiritualizar el afán del día y sosegar las luchas de los hombres. Como en Betlehem, casa del pan, así desde este micrófono, suspendido acá arriba, se dé el mensaje divino: "gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad". América latina fue evangelizada por los discípulos del Cristo; Colombia fue hecha república por próceres cristianos; el mundo le debe a Jesucristo la Redención; la Iglesia católica es la soberana maestra de los pueblos; la idea cristiana no tiene par ni tuvo antecedentes: Betlehem fue el punto de partida de la reconciliación sobrenatural; el Calvario fue el supremo amor de Dios a sus criaturas, amor que se hizo blanca Eucaristía y pan de los peregrinos de la vida.


¡Paz a los hombres de buena voluntad! A los gobernantes que entienden el mando como un vehículo para procurar el bien común; a los periodistas que amen la verdad sobre las conveniencias; a los estudiantes que preparan el alma en la meditación de las ciencias divinas y humanas; a los campesinos que el sol quema y Dios bendice; a la mujer que interpreta la vida como yugo suave y carga ligera; a los niños que cantan los himnos de Dios cuando amanecen las aves o se duermen las estrellas; a los obreros que aman más sus deberes que los halagos; a los sacerdotes cuya siembra espiritual alienta el Espíritu Santo; a los enemigos de Jesucristo, para quienes sonó un día un lenguaje demasiado divino para ser humano: ¡el perdón! . j Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad. Félix Henao Botero. Pbro.

TRES MONTES DE LA CIVILIZACIÓN La civilización universal, dígase lo que se quiera, a despecho de la indiferencia, a despecho de preocupaciones rezagadas, y a despecho de las logias, reposa hace veinte siglos en la luz y en los impulsos que despiden los tres Montes soberanos, donde habla la palabra eterna, y que son: El Sinaí de la ley moral, cuyos ecos se difunden por todos los mares y tierras de nuestro planeta; el Calvario donde entre los raudales de la sangre de Dios Hombre brotó la fuente de la caridad en favor del género humano, para su redención eterna y para su bienestar terreno; y el Vaticano, desde el cual brilla perennemente la luz que perpetúa aquellas otras dos revelaciones, promulgadas la una entre rayos y la otra entre ejemplos y palabras de divino sacrificio. . Iluminadas así las tres partes del Antiguo Mundo por aquellos tres Montes, focos de verdad y de salud, colocados en las alturas que miran a la cuna del género humano al continente donde las tinieblas abren paso a la luz creciente de las misiones, y a los pueblos europeos donde viven las más excelsas manifestaciones de la humana cultura, podrá esta América nueva y hermosa no participar de aquellos raudales de luz, de sabiduría y de salvación? Imposible! Porque sobre las cumbres nevadas que dominan sus inmensos Andes, y sobre los ríos que fertilizan sus inmensas pampas, tienen que brillar también y palpitar la luz de la revelación cristiana y el pábulo de la moral evangélica. El Cristo consolador de las naciones antiguas, debe ser el Cristo de la paz en estas alturas de nosotros y en estas llanuras opulentas, como se han adelantado a reconocerlo Chile y la Argentina, sobre la cima de sus montañas limítrofes, y como debemos testificarlo las demás repúblicas de Colón, desde el Estrecho meridional orlado de nieves azules, hasta los campos de Alaska donde se yergue el monte San Elías. Marco Fidel Suárez (De "El Sueño de Cartagena")

EL TALLER DE NAZARET El taller del artesano, el obrador del artista, que aplicando la mente y el brazo a los instrumentos, los instrumentos a la máquina y la máquina a la madera y al metal, los transforma en provecho social y propio, es especie de templo. Sí, .porque es refugio de paz, techo de inocencia, de bienestar asilo, de ahorro causa y elemento primordial de libertad verdadera. Suave es mirar esas colmenas en que el comino y el cedro despiden aromas y destacan cintas de carey al recibir el corte del cepillo, el golpe de la azuela y el vaivén de la sierra forman atmósfera olorosa, y el ruido que hace no es tumulto ni causa ansiedad, si no que combina algo como himnos y promesas de buena dicha. Lo mismo es el contemplar la fragua, que convierte los pedazos de hierro en rieles color de rosa, sobre las cuales el martillo produce ruidos blandos y opacos, que contrastan con el ruido seco que brota del yunque limpio. La cerrajería fue arte que ennoblecieron los falsos dioses; y entre las tradiciones de la Iglesia, ese arte disputa a la carpintería el soberano honor de haber sido ejercitado por las manos de Dios verdadero. En efecto, algunos expositores del Evangelio, citados en la Biblia de Vence, dicen que el obrador de San José, donde trabajó y sudó el Hijo de Dios, tenía banco y también fragua. Oh taller sacrosanto, donde la Señora escogida podría tener de auxiliares a Santa Teresa y a Doña Isabel; donde el esposo artesano podría ser a-tendido por Carlomagno y el Cid; y donde el Señor de lo creado no pudo ser sino que fue, adorado por los ángeles! Oh clase obrera! Oh trabajadores de todos los tiempos, que a veces no estimáis la nobleza insuperable de vuestro oficio! Marco Fidel Suárez (De "El Sueño de Antioquia")

LA EUCARISTÍA INSPIRADORA DE HEROÍSMO Religiosos de otras razas nos han dejado también admirables ejemplos. ¿No recordáis, señores, ese acto heroico de que fueron testigos, no hace muchos años, nuestros llanos orientales? Agonizaba un pobre enfermo en una choza solitaria; y no quería expirar sin recibir el viático, supremo consuelo del cristiano moribundo. Envió un mensaje a los padres de la misión francesa; y uno de ellos se puso en marcha, en una tarde inclemente, en que caía sobre la tierra una manga de agua, que convertía en ríos los arroyos. Una de esas alborotadas corrientes detuvo el paso del religioso. Su compañero le pintó el inminente peligro de aventurarse en la impetuosa corriente; pero el sacerdote contestó a todas las observaciones que no tenía corazón para dejar morir en el abandono a un semejante suyo que pedía los auxilios espirituales. Picó la


cabalgadura, que entró con temor en las aguas; por un breve rato se vio el jinete luchar con las olas, que al cabo, con bárbaro empuje, lo derribaron y envolvieron, hundiéndose el sacerdote con su mística carga. La Hostia Consagrada se deshizo en el río, consagrando con su divino contacto aquellas olas que envolvieron en sábanas de espumas, como en un lienzo santificado, el cuerpo de aquel mártir del deber. Llamábase el padre Paillier: era natural de Francia; y merecía un monumento que recordara su sacrificio, tanto más heroico cuanto más ignorado. (Del discurso del doctor Antonio Gómez Restrepo en la sesión del Congreso Misional, el día 21 de agosto de 1925).

LA EUCARISTÍA COMO FUENTE DE INSPIRACIÓN La Eucaristía creó la paz y las preces de las catacumbas; dio fortaleza y suave amor a las doncellas romanas que trocaron los damascos y los mármoles por la sombra de las palmeras y el agua del oasis que recogían en la cuenca de la mano; puso hondura y placidez teológica en las páginas de Cirilo, de Jerusalén; dictó a San Buenaventura tiernas meditaciones, en el "Itinerario de la mente de Dios"; dialogó con el máximo genio de todos los siglos, Santo Tomás de Aquino en la sutilísima verdad de la transubstanciación y realizó el milagro de que el Ángel de las Escuelas fuera la perenne cátedra católica a través de sofismas y tiempos y la verdad teológica hecha himno en el más profundo de los cantos litúrgicos: "Tantum Ergo". Por la Eucaristía creó Rafael Sanzio el "Ecce Pannis Angelorum", cuadro superior a la Gioconda en maestría y a las Inmaculadas de Murillo en arrebato genial. La santa Eucaristía dio alas al Dominechino para perpetuar su nombre en ese lienzo, luz y sombras, psicología y fe, tierra y cielo, que se llama la Comunión de San Jerónimo. El Sacramento de Amor arrojó luz de inspiración en aquel cuadro de Rubens que guarda avaro el Museo del Prado Matritense en donde la Iglesia desliza por el seno de las nubes en cuadriga veloz, escoltadas por querubines de fuego, y eleva en las manos, que se juntan para la plegaria, la hostia del Nuevo Testamento. Sin la Eucaristía no habría catedrales, ni ermitas, ni misioneros y apóstoles, maestros ni madres abnegadas, jóvenes valerosos contra los apetitos, ni doncellas recatadas. La Eucaristía acompañó la despedida de Colón, se inmoló en los mares de los navegantes y fue el sacrificio que desterró las inmolaciones sangrientas del azteca y del inca; de chamíes, mayas, araucanos, chibchas y charrúas. Santa Fe fue creada cuando el fraile arengó, -con el Santísimo Sacramento en sus manos marchitas, a los ejércitos de Federmán, Belalcázar y Gonzalo Jiménez de Quesada, listos a quedar en la lid por querellas de fueros y banderas.

La Eucaristía dio paz a los últimos instantes de Bolívar y Santander, Nariño y Caldas; fue adorada por Sucre y por Andrés Bello. Arrancó apologías de recio carácter y profunda Teología, a Caro; convirtió de la herejía a la luz revelada al sabio escritor José M. Samper y se hizo canto de la América Latina al Dios de Colombia por la Oración a Jesucristo del máximo antioqueño; y dulce episodio en "Oh salutaris hostia", del maestro Carrasquilla. Que Antioquia repliegue sus alas de acero y se recoja interiormente unos días para preparar el advenimiento triunfal del Señor que en las montañas de Sión se hizo Eucaristía. Tres veces las legislaturas colombianas han rendido adoración a Jesucristo y Antioquia lo invoca todos los años con sus comicios. A la voz de los prelados que invitaban al homenaje nacional en Medellín, siguió el eco unánime de la prensa de la capital antioqueña. Y desde el uno al otro confín de la República, la radio, los rotativos, los pulpitos y las cátedras, congregan el alma nacional para las festividades de agosto. En esa fecha de amor y de espíritu, Jesucristo descenderá del recato de los sagrarios, a mezclarse con el clamor de las muchedumbres que entonarán los himnos y plegarias y comulgarán en plazas y avenidas el cuerpo de Jesucristo y su sangre redentora. Félix Henao Botero, Pbro.

ENTRONIZACIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS EN LA MANSIÓN DE LOS PRESIDENTES DE COLOMBIA LUCIANO.—Bueno, pues, sea como ustedes indican. Narremos algunas cosas que se hicieron en mi gobierno, y empezando por el principio, digamos que el palacio presidencial fue solemnemente consagrado al Corazón de Jesús, siguiendo la costumbre católica. Allí, en el salón principal, está expuesta la imagen del Salvador del mundo, Señor de los hombres y Rey de las naciones, iluminada su persona divina por la luz que sale de su pecho. Un artista inspirado pintó esa luz con destellos de aurora y con la lumbre de las primeras estrellas que brotan en el cielo, cuyo azul colocó -en aquellos ojos que iluminan el universo y en la corona que consuela los dolores de la especie humana. El cuadro debiera bajarse un poco para que todos lo pudieran mirar, y aun debiera mostrarse en lugar bien público, para adoración de Dios y honra del artista. La imagen fue entronizada por monseñor Enrique Gasparri, nuncio de su Santidad, caballero de Cristo, heraldo de caridad pontificia, cuyo nombre no se borra de mi corazón porque monseñor lo escribió allí muy bien escrito.


JUSTINO.—Si quieres que te diga, empezando por el principio, tú erraste y probablemente abriste la llave de tus desventuras desde que alcanzaste la entronización de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el salón principal del palacio de la carrera. ,No supongan que yo pueda improbar ese acto, que como particular y en mi casa propia también he realizado, con júbilo propio y de los míos. Pero lo que me parece es que debiste prescindir de obrar, de ese modo en casa ajena, aun cuando ella sea la casa de la República, con razón tanto más considerable, cuanto ni entonces ni después nadie te puede asegurar que la sagrada Imagen haya de permanecer en los tiempos venideros allí donde tú la hiciste colocar. Eso encendió la aversión de muchos, eso te graduó de fanático y de hipócrita. LUCIANO.—No me pesará nunca de haber obrado así. La República está consagrada al Corazón de Jesús, de lo cual se burla la ignorancia fanática; pero esa consagración es una gloria muy alta y una acción que concuerda con la conducta de las grandes naciones. Ningún pueblo más grande que el pueblo romanó y ningún pueblo más religioso puesto que sellaba siempre con la intervención de sus deidades todos los grandes actos de su república o de su imperio. Estar consagrada una nación al Corazón de Cristo, es estar consagrada a la Caridad Divina, al Amor Infinito, al Espíritu de Dios que creó y anima el universo y en quien está la razón de la justicia, de la libertad y de la prosperidad de los pueblos. Si la República está consagrada a ese Numen Infinito, protector de ella y de todas sus criaturas, qué de malo tiene colgar en el salón del palacio presidencial, su imagen adorable, pintada por un artista distinguido, en forma por cierto hermosísima y genial, y que fue lástima no haberla exhibido oportunamente en lugares más visibles todavía? Ahora, que yo hubiera obrado por móviles hipócritas, todo eso y más puede suponer la cavílante malevolencia. A mí me basta que ese día hubiera oficiado en aquel salón, convertido ocasionalmente en capilla, el Excmo. Sr. Enrique Gasparri, Nuncio Apostólico y modelo de amistad y caridad; y que en su séquito hubiera estado entre otros sacerdotes, Monseñor Carrasquilla, maestro de la juventud y decoro del Estado y de la Iglesia. Con eso me basta; con eso tengo para que no se me dé un ardite de locas suposiciones. Marco Fidel Suárez (De loe Sueños del Fracaso y de García Moreno).

PARALELO ENTRE EL APÓSTOL DEL AMOR DIVINO Y EL APOSTATA RENÁN JUSTINO.—Con vuestro permiso, venerado maestro, voy a agregar un corto pensamiento. Como algunos de nuestros paisanos exaltan a Renán hasta igualarlo con los evangelistas, será bueno establecer a nuestro turno ese mismo parangón entre el enemigo de Jesucristo y el discípulo amado del Señor. Este evangelista sería el más vecino de Renán, en caso de que la tesis del Doctor Rábano fuera aceptada por el género humano. Comparemos, pues, a San Juan con el autor de la Vida de Jesús. El apóstol del amor divino, reposó sobre el Corazón sacratísimo del Salvador: el apóstol de la blasfemia, niega a este Corazón la nota de divino. El uno acompañó a su Maestro hasta la cruz y mereció que el Señor le dejara por herencia el cuidado de su Madre y el honor de ser de ella hijo adoptivo: Renán insulta al Salvador hasta posponerlo a los otros crucificados e injuria a su Madre y a su discípulo hasta atribuirles, entre otras personas, el haber podido divulgar supercherías. San Juan narra la generación eterna del Verbo dejando atrás el vuelo de Platón: el impío niega el Verbo y no atina a elevarse un palmo sobre la tierra, a la cual lo atan sus ideas y sentimientos sensuales. El uno padeció martirio y sufrió destierro por la fe de su Señor: el otro cifró el plan de su vida en el "comamos y bebamos que mañana moriremos". Los cielos se abrieron a la mente del apóstol, quien trazó los misterios del reino de Dios y de la vida de su Iglesia en el libro que cierra el nuevo Testamento: para la mente de Renán no hay el menor rastro de inspiración y de fe, sino apenas la negación y la burla. San Juan, en edad nonagenaria, después de cumplir la misión de hijo adoptivo de María, apacienta su grey en Efeso en forma dulcísima y paternal, recorriendo los campos, como dice una tradición, sobre mansa cabalgadura, acariciado de tiernas aves y repitiendo la palabra "Filioli mei": Renán cifra su apostolado en la intentada ruina de la fe, en la extinción que pretende de la luz divina, y condensa sus aspiraciones en vivir contento, saboreando un potaje de su invención, al son del rabel, con que acompañaban sus


canciones los epicúreos de la media edad y que Renán pulsaba con uñas monstruosamente crecidas. Marco Fidel Suárez (De "El Sueño de Renán")

CARTAS de don Eugenio Andrade, Contralor de la República, a su hijo Bernardo, misionero colombiano en China.

I Bogotá, 20 de octubre.

Crónicas y cartas

Amadísimo Bernardo, hijo de mi corazón y de mi alma: Hoy, día venturoso en que celebramos el 239 aniversario de tu feliz nacimiento, y cuando cruzas tú el océano en busca de la realización de tus divinos anhelos, te dirijo estas mis primeras letras después del momento dulcemente amargo en que por última vez te estreché contra mi corazón al separarnos en Cachipay, quizás para siempre en esta vida, según lo decías tú al darnos, lleno de admirable valor, tu tierna y amorosa despedida. Lágrimas en abundancia hemos ofrendado a tí, bondadoso e incomparable hijo, en testimonio de nuestro acendrado amor; ofrenda que hemos presentado al mismo tiempo como debido tributo a nuestro amadísimo Salvador, tu divino modelo, por el singularísimo beneficio de concederte la gracia que tanto ambicionabas, de seguir muy de cerca sus huellas de divino Pastor de las almas, a toda costa, aun del sacrificio de la vida. Cuan grandes y admirables prodigios obra en las almas la gracia divina cuando el amor de Dios se adueña por completo del corazón de los hombres. ¡Bendito sea el Señor! A mi regreso de Cachipay, esta semana tuve la fortuna de recibir tu telegrama fechado el 13, en Barranquilla, avisándonos que esa tarde te embarcarías en Puerto Colombia y enviándonos tu último adiós antes de abandonar la patria. Ya puedes suponer hasta dónde penetrarían en nuestras almas tan dulces, tiernas y dolorosas palabras. Pero si tu ausencia nos dejó en la más honda amargura, el Señor se ha dignado colmarnos de dulcísimos consuelos al ver que te hallas ya en camino de ver convertidos en realidad tus anhelos de hacerte siervo de tu Jesús en la China, y al considerar el bien que, con el favor divino puedas realizar en beneficio de los infieles, no menos que las gracias que


todos los tuyos hemos de derivar de tu abnegado sacrificio. Quiera el cielo que obtengas así que tus hermanitos todos escojan la mejor parte, o sea la vida religiosa. El 23, cumpleaños de tu mamacita, estará Eugenio con nosotros en Cachipay; celebrará la santa Misa y nos dará la sagrada Comunión. Entonces serán para ti nuestros mejores pensamientos. Todos bien, te saludan y te envían sus afectos. Recíbelos también de tu amante padre que te abraza y bendice y pide tus oraciones. Eugenio II Bogotá, 8 de noviembre. Amadísimo Bernardo: Este correo, excepcional, por cuanto me ha traído, con motivo de mi próximo cumpleaños, tus gratísimos cariños, me ha llenado de alegría y agradecimiento para el Ser Supremo que se ha dignado otorgarme el beneficio imponderable de hijos como tú. Cuántos sentimientos ha despertado en mi alma la vista de tu amada efigie, frente al bello paisaje de tu "Patria adorada, región del sol querida", circundados de caracteres chinos para mí indescifrables. Bien se ve en tu mirada que moras en los Estados Unidos, mas tu corazón y pensamientos están fijos en la lejana patria adorada donde el Señor te llama y te tiene sin duda preparado vasto campo para tu santificación, llevando con toda suerte de sacrificios al Corazón de nuestro Divino Salvador, las almas de los pobrecitos infieles. Cómo te envidio, hijo de mi alma, mas son pocos aquellos a quienes el Divino Maestro hace partícipes del celo tan grande de su santísimo Corazón, por el bien de los hombres; y a quienes da asimismo, las gracias excepcionales para seguir de cerca sus huellas de buen Pastor y Conquistador de las almas. Bendigo sin descanso la Misericordia del Señor que se ha dignado escogerte para tan sublime misión. ¡Quién tuviera la dicha de estar a tu lado! Tu padre que te abraza con todo su ser y se encomienda a tus oraciones. Eugenio

UNA SEMANA SANTA EN GIRÓN Quién tuviera el lirismo de Gabriel y Galán o el realismo admirablemente descriptivo de Eustasio Rivera, para cantar y describir una semana santa en esta parroquia tres veces centenaria y profundamente saturada del añejo cristianismo español. *** Han sonado ya, majestuosas y sonoras, las campanas en la torre parroquial derramando sobre la ciudad tranquila sus notas tristes. En el amplio y magnífico templo, acompañados por las notas graves y solemnes del órgano, han retumbado los anuncios proféticos y el sacerdote, marcando con la ceniza a las multitudes, les ha

recordado, severo, que polvo son y en polvo se han de convertir. El miércoles de ceniza ha abierto, pues, los días de penitencia. A las puertas y balcones de las casas coloniales se asoma curiosa la gente: del templo salen, a medio día, los nazarenos, formando una gran cruz, vestidos de morado, ceñidos con ancho cinturón de áspera cerda, con guantes y medias negras. Llevan, uno un crucifijo pequeño; otro, un cirio, y el tercero, el conocido esquilón de plata, vestigio de la opulencia parroquial de pasadas edades. Se postran en el atrio frente al templo: tres veces suena el esquilón y otras tres rezan el credo. Recorren, en seguida, entre el respetuoso silencio de todos, las calles principales desafiando los rigores de un sol abrasador que se ceba en aquellos penitentes vestidos con vestido sofocante. Así anuncian los días duros de la cuaresma. Todos los viernes por la noche, los parroquianos silenciosos, recogidos, se dan cita en el templo. Los nazarenos llevan el estandarte morado, la cruz parroquial y los ciriales—joyas de plata que brillan a la luz temblorosa de los cirios—y la imagen del amable Nazareno que recorre las naves del templo con la cruz a cuestas. Terminado el solemne viacrucis, que el corista acompaña con el canto solemne del Miserere, la feligresía escucha atenta la predicación cuaresmal. *** Por fin vuelve a oírse el alegre repique de los bronces sonoros que anuncian gozosos el domingo de ramos. En el evocativo rincón colonial de Las Nieves la muchedumbre bulliciosa ostenta en las manos flexibles palmas que agitadas murmuran como cuando las azotaba el viento en el risco lejano. Rompen el desfile triunfal la cruz y los ciriales y lo cierra la imagen del Salvador, montado en mansa burrita, y, al son de las marchas alegres de la banda, llegan al templo cuya puerta se abre a los golpes de la cruz parroquial como se abrió, para los pecadores, el cielo con la cruz redentora del Cristo. El martes santo, varios sacerdotes sentados en los confesonarios, dejan caer sobre centenares de almas la gracia del perdón, y en la mano de los nazarenos, el "cartel de confesión" que les da derecho a entrar a la casa de reuniones y a las rondas del templo donde se disciplinan como los solitarios de la Tebaida. *** El miércoles santo, a las siete de la mañana, la muchedumbre curiosa está en el espacioso atrio esperando el majestuoso desfile: la numerosa y respetable comunidad de nazarenos, con su estandarte morado, sale de la casa de reuniones hacia el templo. Van por el centro de la calle, formados de a dos en fondo y en silencio conventual. Momentos después, aquellos penitentes de puntudas cofias, en orden riguroso, suben a la mesa del comulgatorio y reciben en sus almas al Nazareno sacramentado. *** Ya la noche ha extendido su manto negro sobre la ciudad. En el templo están encendidos los quince cirios simbólicos del tenebrario que se destaca en el fondo morado del altar escueto de adornos. Cuando los acólitos comienzan, al fin de los salmos, a apagar las velas, empiezan los nazarenos a entrar a las rondas oscuras y


mientras resuenan, en el recinto sagrado, las tristes lamentaciones, ellos van desmoldando sus broncíneas espaldas. Apenas suena la señal que da el esquilón el primer día y la lúgubre matraca los otros dos, el director de culto musita una oración alusiva a la flagelación del Señor, y entonces llueven sobre las espaldas desnudas de los piadosos nazarenos los terribles e incontables azotes. ¡Y no es mera ceremonia! Las carnes crujen de veras bajo la atroz disciplina que, a veces, hace brotar la sangre. Entonces cree uno ver, en aquella obscuridad, a los ángeles de la noche ignominiosa del Pretorio recogiendo en cálices de oro esas gotas de sangre para presentarlas como agradable desagravio ante el trono de Dios. Algún curioso un poco incrédulo entró a esas rondas una noche y salió con los nervios crispados y con la convicción de que sí hay fe sincera en el pueblo creyente. *** Hoy, junto ,a los nazarenos morados, se destaca un grupo de nazarenos blancos. El esquilón y las campanas han enmudecido después del gloria. Al sanctus y a la elevación, el templo retumba con ruido ensordecedor: tres nazarenos, convenientemente distanciados, que siguen con solícita atención los movimientos litúrgicos, dan las señales con la matraca. Es ésta una caja de madera, de unos cincuenta centímetros de larga por unos treinta de ancho, bien barnizada, suspendida al hombro izquierdo con vistosa faja, Apoyada por debajo a la cintura y sostenida por arriba con la mano izquierda mientras la derecha hace funcionar su estrepitoso mecanismo. *** La gran comunión general ha terminado. Seis nazarenos vestidos de blanco suben al presbiterio llevando el palio morado; adelante van ya otros seis, blancos también, llegando la cruz parroquial y los ciriales y el estandarte blanco. Entre nubes de incienso, al son del canto del Pange lingua y con el ruido ensordecedor de las matracas, el Señor ha sido colocado en el monumento, altar profusamente iluminado y cubierto de flores y de frutas que despiden exquisito perfume. Por turno riguroso, junto con la muchedumbre inacabable, adorarán allí a Jesucristo, hasta el día siguiente, los nazarenos y los caballeros que nombra la alcaldía municipal. Rastro de las costumbres coloniales. Por algunas horas se ha corrido el velo ante el monumento amado, en cuya adoración se palpa la fe del pueblo en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Va a comenzar el lavatorio. Doce niños, lozanos como las frutas del monumento, harán de apóstoles y subirán en seguida, al paso de la Cena. La misma flexible imagen que cabalgó en la burrita el domingo, presidirá aquella mesa simbólica que los demás niños miran con explicable envidia. La procesión, como las precedentes y las que seguirán, desfila en orden perfecto. El párroco, desde el presbiterio, va leyendo el programa del desfile y a cada vez va dando una señal la matraca. Penitentes armados con livianas cruces de madera ordenan la procesión que se mueve lenta y majestuosa por las calles aseadas. Pasó la solemne Hora Santa de la media noche. El viernes santo ha amanecido: las mujeres visten de luto riguroso; también los cachacos; los campesinos

van con su camisa blanca y pantalón de manta. La función litúrgica de la mañana se desarrolla con el mismo orden y la misma imponente solemnidad que la de ayer. Los nazarenos blancos llevan hoy pañuelo negro que les cubre los hombros y el pecho, y guantes negros. Al medio día el templo se llena de nuevo de almas que asisten compungidas al solemne viacrucis preparatorio para el desenclavamiento. A las tres de la tarde no cabe una persona más en el recinto sagrado. Allá en el presbiterio, entre el boscaje de sauces melancólicos, se destacan el Crucificado, la Dolorosa y el Discípulo amado. Pasado el sermón, al son del lúgubre canto del coro, se juntan los ruidos sordos de los martillazos, y en brazos de los "santos varones" baja al sepulcro de cristal el santo cuerpo. Momentos después un desfile apretado, silencioso, inacabable, recorre las calles de la ciudad acompañando al santo Sepulcro, mientras los niños, al son acompasado de la banda, van cantando: En pos vengamos del Dios de amor, y confiados digamos ¡piedad, piedad, Señor! Al dejar el santo Sepulcro en la apacible y enlutada Capilla de Las Nieves, los niños cantan la última estación: Ya el noble muerto sepultado ha sido, todos venid su tumba a venerar; prometed a, la madre que el olvido nunca podrá esa tumba penetrar. Son¡ las once de la noche. En la plaza principal, sombreada de árboles y palmeras, resuenan las notas lúgubres de la banda que toca fúnebre marcha, y sobre las piedras se escucha el retintín de las barras: los nazarenos, bárbaramente ayuntados por gruesos y pesados troncos verdes en que se crucifican, con sendos cirios encendidos en las manos y con barras de hierro a modo de crueles grilletes en los pies, hacen el último solemnísimo viacrucis. Los preside el paso de la gran cruz en que pende la blanca sábana y escoltado por San Juan y la Dolorosa. Esta macabra escena nocturna del viernes santo lo remonta a uno a las tristes catacumbas de los primeros siglos y le conmueve las fibras más hondas del corazón que se agita presa de religioso espanto, mientras brillan a la tenue luz de los cirios los ojos llorosos de la silenciosa multitud. Ya amanece el domingo. Todo ha cambiado: el templo viste de oro; las campanas; repican entusiastas; hay en todos los semblantes la alegría confiada de la esperanza cristiana y parece que del templo y de las casas y de los árboles y de todas partes sale espontáneo el grito triunfal: ¡Aleluya! ¡Aleluya! Mientras se sostenga y siga prosperando en su espíritu cristiano la respetable hermandad de nazarenos; mientras en Girón se celebre la Semana Santa con esa paz, piedad y unción cristianas, el amable Nazareno será el Rey indiscutible y el Pastor amado de nuestra cristiana parroquia. Josué Acosta R., Pbro.

EL CONGRESO EUCARISTICO DE BUENOS AIRES Y COLOMBIA Cuatro días duró oficialmente el Congreso. Por las mañanas había misa pontifical en Palermo; y por la tarde, los saludos de los delegados extranjeros; conferencia de un Prelado y bendición con el Santísimo Sacramento. Durante el día trabajaban las


secciones particulares en diversos templos. Como es sabido, los Congresos Eucarísticos tienen por objeto, no solamente hacer manifestaciones públicas y grandiosas de devoción a la Eucaristía, sino tratar de temas religiosos, teológicos y morales, relacionados con el misterio central del culto católico. En numerosas secciones se dividió el Congreso de Buenos Aires, desde la sacerdotal en donde el Cardenal Pacelli pronunció sabias oraciones en latín, hasta la muy importante y numerosa de universitarios y la de señoritas, en donde gentiles oradoras hicieron preciosas y efusivas disertaciones. La juventud tomó parte trascendental en el Congreso; distinguidos estudiantes de medicina, de derecho, de ingeniería, hicieron pública manifestación de fe y todas las jóvenes elegantes de la sociedad bonaerense adoptaron el traje blanco con velo del mismo color, para asistir, no sólo a las ceremonias religiosas, sino a los actos sociales. El programa oficial había fijado un término brevísimo de tres minutos para los saludos protocolarios de los delegados extranjeros. Como el gobierno me había honrado con el título de Delegado-ad-honorem de Colombia, tocóme hablar desde el templete de Palermo, después del Cardenal de Polonia, de los Prelados que representaban a Alemania y a Austria y de otras insignes personalidades. Ciñéndome estrictamente a lo establecido en el programa, dije más o menos lo siguiente: Hoy como en los días en que bajó el Espíritu Santo sobre los apóstoles, se hablan aquí las lenguas más diversas; pero todos entienden un idioma común: el de la fe cristiana, el que resonó en los labios de los discípulos del Señor, y hoy vibra desde las alturas del Vaticano. Haciendo uso de la lengua imperial que nos trajo España; de la hermosa lengua de Cervantes que ayer no más ha resonado aquí en los labios augustos del Representante del Sumo Pontífice, vengo a mi turno a presentar en nombre del gobierno de Colombia mi ferviente saludo a la gran nación Argentina y a su ilustre Jefe; y en representación del católico pueblo de mi patria a rendir un tributo de admiración a este homenaje eucarístico, único hasta hoy en los anales de la Iglesia latino-americana; grande por el intento; magno por la ejecución y sublime por las manifestaciones de piedad y fervor que estamos presenciando. La Argentina, nación célebre por la riqueza y fecundidad de su suelo y el desarrollo de su comercio y de su industria; magnífica por el brillo intelectual de sus pensadores, poetas y artistas; ha encendido un faro de luz espiritual que irradia sobre todo el continente americano y envía sus reflejos hasta lejanos extremos del mundo civilizado. Buenos Aires es actualmente un foco potentísimo de fulgor sereno y apacible, a donde convergen las miradas de todo el orbe cristiano. Es muy digno de atención el hecho de que los grandes Congresos internacionales que ha visto la América se hayan efectuado en dos de las más renombradas metrópolis de la riqueza, de la industria y del comercio, Chicago y Buenos Aires, como si la Providencia hubiera querido que al humo acre de los altos hornos, símbolo del

progreso material, se mezclara, para purificarlo, el de los miles de incensarios que se agitan al viento en homenaje a la Sagrada Eucaristía. La Argentina, que ostenta en su pabellón los colores del cielo, esos mismos con que pintó Murillo los mantos y las túnicas de sus Vírgenes inmaculadas; la Argentina, que ve levantarse sobre su horizonte la Cruz del Sur, como signo de predestinación, tiene grandes destinos que cumplir: en lo material, con su sorprendente progreso; en lo moral, con su tradicional propaganda de altos ideales de paz y de justicia internacional; en lo religioso, con el noble ejemplo de fe que está dando ante la faz del mundo. Que esos prósperos destinos tengan cada día más cumplida realización, bajo el amparo de Cristo, que desde lo alto de los Andes bendice a las dos grandes naciones que allí lo colocaron como símbolo de concordia y fraternidad, son los votos que hago en nombre de la República de Colombia, que siente legítimo orgullo al ver que un pueblo de su misma estirpe, asciende con serena majestad, a la altura de las grandes naciones modernas. Entre los actos del Congreso, hubo dos, que dejaron recuerdo imborrable en cuantos los presenciaron. Uno fue la comunión infantil. Ciento veinte mil niñas, vestidas de blanco formaron una inmensa cruz a los pies de la cruz gigantesca que señoreaba el parque de Palermo. Parecía como si una enorme floración de lirios hubiera aparecido milagrosamente en homenaje a Jesús Sacramentado. Cinco cardenales y más de doscientos sacerdotes distribuyeron la comunión. Allí mismo se sirvió el desayuno, en orden ejemplar a aquel ejército de lindas criaturas, en cuyos rostros sonrientes parecía lucir un reflejo de luz celeste. El otro acto a que me refería no se efectuó en Palermo, sino en la Avenida de Mayo, en el corazón de Buenos Aires. Extiéndese esta espléndida vía desde el suntuoso Palacio del Congreso, hasta la Casa Rosada, residencia oficial del Presidente de la Nación; es un bulevar que rivaliza con los mejores de París. En las noches del Congreso lucía una iluminación fantástica: encajes de luz, graciosos arabescos, bañaban con claridad meridiana la Avenida. Allí se efectuó lo que se llamó concentración de hombres. Cinco altares se habían levantado en el fondo de la Plaza de Mayo. Desde las diez de la noche empezó a confluir un verdadero río humano: colegios, asociaciones, grupos de caballeros, colectividades obreras. La Avenida desbordaba: doscientos mil hombres se habían ido acumulando allí. Se oía por donde quiera el himno eucarístico. A las doce empezaron las misas y las comuniones. Y entonces se desarrolló de pronto una ola de fervor místico, que pasó sobre aquel bosque espeso de cabezas inclinadas e invadió hasta los balcones en donde se apiñaban miles de espectadores muchos de ellos simplemente curiosos; otros indiferentes. Y se vieron escenas dignas de la Iglesia primitiva: caballeros, militares, hombres de todas clases tocados de súbito fervor entraban en filas, o descendían de los balcones, para confesarse en mitad de la Avenida, rodeados de público, de pie, abrazados al sacerdote y una vez dada la absolución, corrían a recibir el Pan


Eucarístico. Hubo conversiones asombrosas; primeras confesiones de hombres y de mujeres que jamás habían entrado en la iglesia. Yo supe cosas conmovedoras. A las tres de la mañana continuaba distribuyéndose la Comunión, y la multitud no se retiró sino con las primeras luces del alba. Es este uno de los rasgos característicos del Congreso; de Buenos Aires. Esos arranques de arrepentimiento; esas confesiones en público, ese arrobamiento colectivo, parecían necesitar para desarrollarse las criptas penumbrosas de las vetustas basílicas, la laberíntica oscuridad de las Catatumbas. En cambio, ahora se manifestaban bajo la claridad deslumbrante de la luz eléctrica, en una avenida mundana, entre gentes formadas en el ambiente profano de una metrópoli moderna. Pero el momento de mayor emoción fue para mí, el de la bendición Papal. Era un día de sol; no había una mancha en el cielo. La concurrencia era más extraordinaria que nunca. Monseñor Napal desde su observatorio, indicaba a las multitudes las vías por donde debían acercarse y las detenía cuando era imposible avanzar