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EL ÚLTIMO FERVOR "Volverás a tu patria. Y bueno. Observa alrededor, ¿para quién eres indispensable, por quién serás admitido como amigo?” Joseph Brodsky

—No sigas —me dice una voz lejana al otro lado de la línea; desde el país de hace veinte años. —¿Para qué agregar más confusión? Basta de dudas. Aportá afirmaciones, nitidez. Sin embargo pienso que es necesario regresar por las emociones. Por el miedo. Los sudores. Por las voces que se quedaron sin decir. Por todos los matices perdidos. —Cuando vuelvas —dice un poema de Joseph Brodsky —compra para tu cena/ algún vino dulce con qué brindar,/ luego mira a través de la ventana, y piensa quedamente:/ en todo esto es tuya, solamente tuya la culpa... —De acuerdo hermano. La señora Saveljeva no había pasado una buena noche. Finalmente ha llegado el 18 de febrero de 1964. El día de ese caso que hubiera deseado bien lejos suyo. Ni siquiera a su esposo Yuri, juez como ella, se lo ha comentado. El frío de la nevada que imagina afuera, la retiene un poco más bajo las frazadas. Pero en una hora deberá partir para el juzgado. Como todos los días. Y no ha dormido bien. Hay más cosas desde luego. No sólo ese juicio. Lo mira a Yuri que se ha dado vuelta en la cama. Parece no estar despierto. Como ella, vive dedicado a su carrera. Es el mejor servicio que se le puede prestar a la patria. Sacha, el mayor de sus hijos, se ha marchado. Heredó el temperamento vehemente de su padre. Irina no tardará en hacerlo. Lo sabe. Qué pueden entender. Qué. Igualmente pontifican. Hablan. Se pone lentamente el salto de cama cerrándolo hasta el cuello en un leve escalofrío. Entra al baño y se mira en el espejo. Tirita. Recorre su cara. Ese pliegue en el sector derecho, junto a la fosa de la nariz que le lleva a su vez la comisura de la boca en un rictus de crueldad que la obsesiona. Pasa la lengua desde el lado de adentro, abultando el sector. Lo alisa. Lo ve como era antes. Pero se siente ridícula en ese gesto simiesco. Abre el grifo, toma el cepillo dental. Y empiezan los movimientos veloces de todas las mañanas. Pónete, Brodsky, es un decir, que yo en aquel febrero del 64 tenía veinte años, casi como vos. Ahora que ya lo sabemos, que en el 63 te habían internado en una clínica y que en febrero del 64 te plantaron a la jueza Saveljeva enfrente. A nosotros nos quedaban apenas nueve años por delante y a algunos ni eso, los mataron antes. Por aquí la cosa también era negra, pero con algunos


matices diferentes. Había como una luz, algo brillaba. Y sobre todo había ganas de ver algo brillar. En qué íbamos a andar de veinte años si no en estrenar poses malditas. Mostrarle al mundo que estábamos en contra. Y sobre todo, buscando en qué poner lo que sobraba, la energía que lo diera vuelta todo. Algo más allá de la poesía. Que cambiara efectivamente las cosas. Como siempre, estábamos lejos de donde realmente ocurren los asuntos del mundo. Ya por el 64, la atmósfera rancia de lo que se estanca empezaba a envolverlo todo. El Che andaba haciendo las valijas. Y en breve nos iba a dar su bofetón equívoco. Equivocado a medias. Así se habla, así se muere. Siempre el pellejo atrás de las palabras. Hacete hombre nuevo primero. Sintiendo abajo el costillar de Rocinante, la adarga al brazo. La fuerza de las quijotadas no está precisamente en la razón, viejo. A quién no lo marcó el Che. Llaman a la puerta. La jueza Saveljeva sabe que es Piotr, que a su vez sabe que deberá esperar. Rápidamente toma a pequeños sorbos un poco más de té. Guarda dos o tres cosas desperdigadas encima de la mesa, en la sala. El frasco con los tranquilizantes; no debe olvidarlo. Mejor se toma uno ya mismo. Otro sorbo de té. El abrigo está en el perchero del pasillo, junto con el gorro de piel. Al llegar abajo, Piotr la está esperando como siempre junto a la puerta del coche, helándose. Hace tiempo que ya no le insiste que entre al edificio a protegerse del frío. Se ve saludada con la reverencia de siempre. Se oye contestarle desde lejos, desvinculada de su propia voz. Sube en el asiento delantero, junto a Piotr. Contesta abstraídamente el par de comentarios de siempre sobre el tiempo. Con mal pulso saca del interior de una carpeta celeste el grupo de hojas fotocopiadas. Enciende ansiosamente un cigarrillo. Intenta tirar el fósforo en el cenicero pero falla. Le ocurre la mayoría de las veces. Lee. Una nube de humo denso se intercala entre sus ojos y el texto que empieza a aparecer lentamente por detrás de la trama grisácea. "Estaba negro, no acusaba sombras, tan negro que no oscurecía"... Levanta la vista en un gesto de contrariedad. Tras la ventanilla, el día es plomizo y ha dejado de nevar. La gente lleva apuro por esas calles laterales de Moscú. El cigarrillo trepa hasta sus labios otra vez en un gesto controlado, intentando no despintarlos. Igualmente el rouge queda impreso en el filtro. Vuelve a bajar la vista hacia los papeles, resignadamente. Hace ya dos o tres semanas que están en su poder y no ha terminado de leerlos. Sobrevuela el texto con la mirada, decidida a detenerse en cualquier parte, sin orden. "Cuando vuelvas, compra para tu cena, algún vino dulce con qué brindar,/ luego mira a través de la ventana, y piensa quedamente:/ en todo esto es tuyú, totalmente tuya la culpa,/ y está bien. Agradezco. Gracias a Dios". (1961)


La jueza piensa que ese joven, tres años atrás, cuando escribió esos versos, tenía veinte años. Cómo es posible, se dice. El recuerdo le trae a Sacha, de la misma edad. Hace ya semanas que no tiene noticias. Por dónde andará. Le molesta llegar cada vez al mismo sitio. Ahí donde combaten su amor de madre y el respeto por la patria. Precisamente a través de Sacha había conocido los versos de Brodsky. ¿Qué necesidad hay de proclamar tanta negrura? También hay verdes, trigos. ¿Qué era este país en 1910? Digamos, por poner una fecha. ¿Qué era del abuelo de Brodsky? ¿De sus propios abuelos en el siglo XIX? ¿Por qué Brodsky, que sin duda tiene el don de la palabra, no la usa en favor del pueblo? ¿Por qué agregar más confusión? Llega al juzgado casi sobre la hora del comienzo. Saluda a los ordenanzas al entrar. En la antesala, como siempre, están las ediciones de Pravda e Izvestia esperándola. Se sienta en el borde de un sillón sin siquiera quitarse el abrigo que asume pliegues caprichosos. Siente el calor del ambiente gratamente calefaccionado. Se da cuenta de que no lee. Ni siquiera se detiene en los titulares. Deja el diario con un gesto de fastidio. Lo arruga levemente en la esquina inferior de la hoja impar. Se incorpora y entra al recinto donde ya están el joven Brodsky, su abogado y la pequeña Natasha, la escribiente que desde hace dos años trabaja con ella. A la izquierda, los nueve miembros del jurado se paran bruscamente y se inclinan. Buenos días, excelencia, la saluda con su habitual reverencia Rubatrov, ya encorvado, giboso casi, a quien ha encontrado cada mañana al llegar, desde hace veinte años. Todo está en su sitio, como siempre. Rubatrov conoce sus manías. El cenicero a la derecha, con los fósforos que invariablemente olvida, en el cajón del escritorio. Las cortinas semi descorridas. Y la botella de agua mineral, con un vaso, en la mesita cercana. En medio del escritorio, encima de varias carpetas, hay una que dice: "Joseph Brodsky, parasitismo y cosmopolitismo". La jueza Saveljeva saluda secamente al entrar y luego, con un gesto cariñoso, acaricia el cabello de Natasha. Deja el abrigo a Rubatrov junto con los guantes y el gorro. Se sienta controlando sus movimientos ansiosos. Busca esconder la irritación por encontrar la sala instalada antes de llegar. La puntualidad ha sido siempre una pelea con ella misma. Y cuanto más lucha, más ansiedad le provoca. —Bien —dice —vamos a comenzar. ¿Qué profesión tiene, señor Brodsky? —Escribo poesía. Traduzco. Yo creo... —No nos interesa lo que usted "crea". Siéntese bien. No apoye la espalda en la pared. Mire a los miembros del jurado. Responda a la Corte con precisión. ¿Tiene un trabajo regular? ¿Sí o no?—. Culminó con un golpe seco de la birome contra el escritorio, en un gesto de crispación contenida. Se quedó mirando fijamente al acusado. —Yo creía que era un trabajo regular. —Responda con precisión. —Yo escribía poesía, pensaba que mis poemas se editarían. Yo creo...


—Le repito que no nos interesa en lo más mínimo lo que usted crea. Responda por qué no trabaja. —Dos libros con mis traducciones han sido publicados en Moscú. —¿Cuánto tiempo ha trabajado en ellos? —Aproximadamente... —No nos interesa aproximadamente... —Cinco años. —Mientras tanto ¿dónde trabajaba? —En una fábrica y también en expediciones geológicas... —¿Cuánto tiempo trabajó en una fábrica? —Un año. —¿Y en qué especialidad? —Como fresador. —¿Y cuál es entonces su verdadera profesión? —Yo soy poeta. Poeta y traductor. —¿Quién le ha dicho que usted es poeta? ¿Quién le ha dado el derecho de llamarse poeta? —Nadie. ¿Quién me ha dado el derecho de llamarme hombre? —¿Dónde ha aprendido eso? —¿Cómo? —Ser poeta. Usted ni siquiera intentó visitar nuestras universidades para educarse... para aprender cosas... —No creí... no creí que se pudiese estudiar para poeta... —¿Y cómo se llega a serlo entonces? ¿De dónde viene el conocimiento? —Creo que... de Dios. —¿Tiene alguna súplica que hacer al juzgado? —Quisiera saber por qué fui arrestado. —Eso es una demanda y no una súplica. —En tal caso no tengo ninguna súplica. El efectivo repliegue del verano boreal, todos los años le causa la misma desazón a la ex jueza Saveijeva. Fue en octubre del año pasado, 1986, que ese señorito recién arribado, ese Gastrov, le pidió su renuncia. Todo por la mentira de su casi ceguera. Ese maravilloso pretexto. Qué tendrían que ver sus ojos con la función que ha desempeñado toda la vida. Ellos lo sabían; sacarla de allí era condenarla a morir. Y los viejos ni siquiera pueden fantasear con la venganza. Gastrov ganaba. Así le pagaban cuarenta años de servicio a su patria. También Irina y su marido habían retornado a Moscú por la misma razón. Todo un conjunto de gente nueva empezaba a desplazar a los viejos. También a los buenos. Claro que de eso no hablaba con Irina. Ni siquiera se trata de un pacto explícito. Sólo es un espacio que se respetan madre e hija. Ayer, como todos los jueves, Irina había estado en su casa a leerle las novedades de la prensa. Seguramente por piedad pasó por alto lo que la radio en ese momento estaba diciendo; Joseph Brodsky había obtenido el premio Nobel de literatura. Subió el volumen sin reprimir un gesto airado. El locutor dio una gacetilla breve en la que se recordaba el juicio del 64 y la expulsión de la


Unión Soviética en 1972. Y hasta leyó: “Después de tantos inviernos me es indiferente qué o quién/ esté parado en el rincón, detrás/ del postigo de la ventana/ y en el cerebro la nota "do" celestial no suena,/ sino solamente el crujido. La vida, a la que,/ como a un objeto regalado, no se le miran los dientes,/ enseña sus dientes en cada encuentro. / Del hombre entero les quedará sólo la parte,/de la oración. Del habla, en general. La parte del idioma”. Y siguió el segundo movimiento de la sinfonía número treinta y tres de Mozart. —Joseph Brodsky... —suspiró con aire neutro. Se reclinó en el sillón sin relajarse. Sus versos seguían hechos de la misma desazón, pensó. Sin embargo no era lo mismo. Recuerda su impresión veintitrés años atrás. ¿Sería el paso del tiempo? ¿O quizá el nuevo curso de las cosas? Acaso simplemente la vida. Tal vez estaba en mejores condiciones de entender esa negrura. Vaya ironía. Ella tampoco estaba entendiendo el país que empezaba. Y pensamientos oscuros le llegaban cada tanto. Ese crujido del "do".

Joseph Brodsky fue condenado a cinco anos de trabajo forzado en Siberia y en 1972, »los 31 anos. tuvo la posibilidad de emigrar. En 1987 recibió el Premio Nobel de Literatura.

El último fervor  
El último fervor  

El último fervor – publicado en: Jam session en la Posta del Ángel, Nivo Pérez, Montevideo, 1990 – Premio Municipal de Literatura. —No sig...

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