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DIPLOMADO EN DOCENCIA UNIVERSITARIA MÓDULO I Ensayo El vínculo maestro - alumno

DANIEL FLORES BUENO

Octubre 2011


El camino del olvido O Por qué no recordamos algunas lecciones y otras sí L.R no fue un gran profesor. Es difícil decirlo pero no es una afirmación gratuita. Es la constatación de haber olvidado todo lo que me enseñó en un semestre universitario. Después de terminar su curso sentí que no se había operado ningún cambio en mi visión del mundo. Era claro que había crecido por otras experiencias aprendidas ese año en la universidad, pero no por obra de LR, cuyo aporte fue mínimo. Su curso se llamaba Teoría de la Motivación y ese es otro de los motivos por los que LR sobrevive todavía en mi memoria. Durante mi época de estudiante en la década de los noventa y hasta el día de hoy me he preguntado varias veces cómo es posible que un maestro de teoría de la motivación fuera tan poco motivador. Es como si un maestro de natación no te enseñe a nadar. Esta constatación de esta experiencia me hizo pensar en varias preguntas que pudieran explicar qué había pasado, más allá de decir simplemente que el maestro no estaba lo suficientemente capacitado para la tarea. La primera pregunta que se me pasó por la mente fue si en realidad recordamos todo lo que nos enseñan en la vida. Es decir: Si todos los saberes transmitidos por nuestros maestros sobreviven en nuestra memoria. Tras breves segundos queda claro que olvidamos muchas cosas, pero al mismo tiempo que los cursos que nos motivan dejan una huella profunda en nuestras vidas y en nuestra memoria. Como dice Kein Bain en su extraordinario libro “Lo que hacen los mejores profesores universitarios” (Universitat de Valencia, 2007). “Nos inspiraban las clases de las estudiantes que hablaban no sobre lo mucho que tenían que recordar, sino sobre cuánto llegaron a entender (y, como, resultado recordaban).” La cita hace referencia a la elección de docentes que habían logrado operar un cambio profundo en la mente de sus alumnos. En el colegio tuve la suerte de conocer a uno de esos profesores. Se llama William Hurtado de Mendoza a parte de enseñar en el colegio era catedrático principal de la Universidad Agraria y autor de un libro traducido al inglés, alemán, francés, lituano y portugués. Fue mi profesor de literatura en secundaria. Su influencia fue tan grande que sin temor a equivocarme podría decir que elegí una carrera de letras gracias a él. No sólo me enseñó la historia de la literatura latinoamericana y universal, sino amar la lectura, analizar textos, resumirlos, apreciarlos de manera crítica y reseñarlos apostando por un enfoque creativo. Algo que trato de hacer en lo posible con sus respectivos riesgos, fallos y aciertos. Ese saber hacer que me dio Hurtado de Mendoza es algo que nunca olvidaré. Un saber que además está asociado a una curiosidad que mi profesor contribuyó a estimular. La pregunta es ¿Por qué LR no llegó a despertar esa misma pasión en mí? Podría ensayar dos razones. L.R estaba más interesado en depositar unos conocimientos en mi memoria, que en


desarrollar mi comprensión de las teorías de la motivación y su conexión con mi realidad. El gran educador Paulo Freire llama a este método el modelo bancario. Craig Nelson, profesor de Biología en la Universidad de Indiana apoda a los alumnos que siguen este patrón de estudiantes bulímicos. Una vez resuelto el examen limpian o vacían su memoria para el siguiente curso. La otra posibilidad tiene que ver con la idea de que para L.R la docencia era un trabajo a tiempo parcial y por horas. Me refiero a que L.R no se preocupó por construir un vínculo maestro-alumno que vaya más allá de una relación a destajo. Una relación imperecedera del cual nos habla León Tratemberg en el libro Psicoanalisis y Educación y posteriormente desarrolla Daniel Dreiffuss y Odette Vélez en El Poder de Educar: Una mirada al vínculo pedagógico. Una relación de confianza entre el docente y el pupilo que puede ser de ayuda para establecer qué errores se está cometiendo de ambos lados y buscar las formas de solucionarlo. Ken Bain dice que incluso los más destacados maestros tienen sus días malos, pero la diferencia es que piensan constantemente cómo mejorar su trabajo como educadores, y ese vínculo maestro- alumno puede ser clave para resolver los baches propios de la vida cotidiana de un docente. La comunicación franca y sincera siempre se agradece. ** La segunda pregunta planteada fue ¿por qué el profesor de teoría de la motivación no llegó a motivarme? ¿En que fallé yo como estudiante y L.R como maestro? Porque sin duda la culpa no la tuvo la teoría de la motivación. Muchas deben ser las respuestas, incluso nos acercaríamos más a la realidad a través de un enfoque interdisciplinario, pero me he tomado la libertad de ensayar a algunas aproximaciones que den alguna luz al respecto. Para comenzar escribo en Google las palabras: Motivación y Maslow, para ver qué dicen al respecto la teoría de la motivación y el impacto que puede tener en la vida de un estudiante. Lo primero que encuentro es la famosa pirámide. La miro un rato para desentrañar alguna respuesta que explique por qué un curso de teoría de la motivación falló en motivarme. La pirámide sólo dice que en la parte inferior están las necesidades básicas o fisiológicas – gracias a dios satisfechas en ese entonces- y luego va ascendiendo por las necesidades de seguridad, social, reconocimiento y autorrealización. Las tres últimas insatisfechas si soy honesto conmigo mismo. A partir de esta constatación puedo imaginar que a mi profesor pudo desarrollar estrategias creativas para satisfacer algunas de estas necesidades. Por ejemplo crear grupos de trabajo que nos permitiera conocernos mejor a los alumnos que asistíamos a su clase- Curiosamente tampoco recuerdo a ningún compañero de ese salónalgunas dinámicas en donde compitiéramos por conseguir el reconocimiento de ser el grupo con el mejor trabajo o participación. Asimismo desarrollar en los momentos aparentemente triviales una relación de confianza con los alumnos como dice Max Van Manen en El tacto de la enseñanza (Paidos Ibérica,1998), que pudieran ser aprovechados para educar. “Es esta capacidad de ver las posibilidades pedagógicas en los incidentes ordinarios, y convertir aparentemente los incidentes sin importancia en significación pedagógica, lo que


promete el tacto en la enseñanza”, ha dicho Max van Manen en El tacto en la enseñanza: el significado de la sensibilidad pedagógica. Otra barrera que impidió que el profesor no se pudiera conectar conmigo y mis compañeros fue su incapacidad para hacer que lo abstracto de las lecturas tuviera una conexión concreta con nuestras vidas de estudiantes de tercer ciclo. Como dije al comienzo no recuerdo que el profesor desarrollara dinámicas en donde la teoría de la motivación pudiera ponerse a prueba en la práctica. Que motivador hubiera resultado salir a las calles y realizar un experimento o una encuesta sobre aquellos aspectos que motivan a diversos públicos con respecto a diversas realidades. Este obstáculo habla de una falta de habilidad social del docente y su poca empatía. El dictado de clase y la realidad que vivíamos sus alumnos eran dos realidades que discurrían por caminos diferentes. El profesor estaba más preocupado por desarrollar un silabó que por lograr motivar a sus alumnos a comprarse el curso. Los alumnos por nuestra parte estábamos más preocupados en aprobar que en aprender. Esta constatación me hace recordar un caso contrario que ocurrió en la misma época. Me refiero a la historia del profesor Cebrecos, un maestro de filosofía que me enseñó en los noventa y del cual guardo gratos recuerdos. Este tenía una fina capacidad para establecer puentes entre lo abstracto y lo concreto. Organizó debates, puso muchos ejemplos, hizo muchas preguntas y siempre estimuló a los estudiantes a plantearle preguntaran. Hasta el día de hoy rememoro el mito de la caverna, un diálogo en donde Platón explica su teoría del idealismo como una visión del mundo y su conexión con su epistemología. Todavía sobrevive en mí la pregunta lanzada en clase por mi profesor de filosofía hace más veinte años: ¿qué conocemos: la rosa o la idea de la rosa? Un acertijo que luego me llevó a leer la novela de Umberto de Eco. El gusto por la filosofía ya existía Cebrecos aportó para que ese gusto se acrecentara.

*** ¿Cómo motivar? Esa es la clave de la conexión que establecemos con los alumnos. Sobre todo cuando nos tocan grupos humanos que parecen resultar inconmovibles o con poca capacidad de asombro. Está claro que no existe una receta. Varía según los grupos humanos a los que nos enfrentamos. En los cinco años de experiencia como docente universitario he observado que los alumnos están muy motivados por la nota. Una dinámica en la que esté de por medio un punto a favor de esa nota puede movilizarlos. También los motiva competir contra sus compañeros, demostrar que son mejores o que pueden argumentar con mayor solvencia. Sin embargo, los experimentos de Edward L. Deci y Richard de Charms ambos autores citados en el libro de Ken Bain contradicen mi hipótesis y me abren los ojos sobre esta estrategia. Ambos señalan que si a una motivación intrínseca se le potencia con una recompensa extrínseca, cuando desaparece esta última con ella se esfuma la motivación intrínseca. “En otras palabras, si la gente ve determinada conducta como un medio para


conseguir cierta recompensa o para evitar un castigo, entonces se dedicarán a estas actividades sólo cuando «deseen las recompensas y cuando crean que las recompensas llegarán tras el comportamiento».” La idea es que los alumnos mantengan esa motivación que genere un aprendizaje profundo no solo por la nota sino por entender, aprender a analizar situaciones, desarrollar herramientas intelectuales que les pueda servir en la vida. Peter Drucker en su libro La Sociedad Post Capitalista habla sobre el concepto de conocimiento como aquel que nos permite la mejora contínua de un proceso. Para el creador del término sociedad del conocimiento, este último no se mide por su cantidad sino por su impacto y productividad. Drucker dixit: “El rendimiento que un país o una empresa obtiene sobre el conocimiento tiene que ser un factor determinante de su competitividad.” Gracias al profesor se construye este conocimiento y la motivación está relacionada a la operatividad que da esta información para enfrentarse a los desafíos profesionales. Keni plantea al respecto la necesidad de desarrollar una clase dialógica a base de preguntas. Para el autor estas tienen un papel esencial en los procesos de aprendizaje y modificación de los modelos mentales con los que vienen los alumnos. Método socrático le decían antes. Los científicos de la cognición piensan que no podemos aprender hasta que no llegue la pregunta adecuada: “si la memoria no hace la pregunta no sabrá donde indexar la respuesta”, dice Bain para luego agregar: “sólo cuando la memoria genera preguntas estará preparada para cambiar sus estructuras de conocimiento”. Julio Villanueva Chang, educador de formación y Director de la revista Etiqueta Negra dice en su ensayo Apuntes sobre el oficio del cronista que las mayores certezas están siempre en las preguntas. Mi madre que es educadora me contó una historia sobre motivación que ella recuerda como una de las más entrañables. Siendo profesora de cuarto grado necesitaba enseñar a multiplicar a sus alumnos. Ese año le tocó un salón que no respondía a sus expectativas. Para remediar esto se le ocurrió comprar una bolsa de caramelos con los que podía enseñarles a multiplicar y convertir lo abstracto en concreto y de paso regalarles unas golosinas. La consigna era utilizar los caramelos como elementos concretos que podían ser utilizados para sumar. Mi madre me cuenta que a la fecha luego de más de treinta años de ocurrido este hecho se ha encontrado con algunos de esos alumnos que ayer fueron niños y lo primero que recuerdan es aquella experiencia de los caramelos, las sumas abreviadas gracias a los caramelos y como gracias a este ejercicio entendieron mejor la lógica de la multiplicación. En mi experiencia docente he tratado de contar con materiales que pueden ir desde papelógrafos, hasta utilizar una película como un disparador para entrar en un tema. También puede ser una noticia o un debate en torno a un caso real asociado a un tema desarrollado en clase. La motivación va amarrada a la creatividad y al nivel de empatía que se establece con el salón. Son un desafío constante para el docente.


**** ¿Qué recordaré de de aquí a veinte años de Roles y Actitudes, la unidad 1 del diplomado de Docencia Universitaria? Es una pregunta que me he hecho a propósito de este ensayo. Sin lugar a duda las dos dinámicas realizadas fueron reveladoras. Una toma de distancia para ver y compartir con otros docentes aquellas preocupaciones sobre la docencia y la elección de esta carrera. En ese sentido la pregunta planteada sobre por qué elegimos la docencia como una forma de vida fue significativa. Esa sesión fue un trabajo de creación colectiva del conocimiento y al mismo tiempo una experiencia y como tal se cargó de significado. Tal es así que recuerdo la participación de los grupos y como juntos fuimos construyendo un consenso de lo que significa enseñar y ser docente: Todo aquello que tenemos en común todos. Tal como sentir una pasión por lo que hacemos, enseñar una materia que dominamos, entender que enseñar es también aprender de los alumnos, establecer un nexo de confianza con estos, sentir satisfacción por dar y compartir conocimiento, involucrarse, lograr construir un conocimiento con todos los alumnos según sus fortalezas o debilidades. La otra dinámica que difícilmente olvidaré tenía un carácter lúdico y que hoy a la distancia la valoro mucho más pues me resultó reveladora. Me refiero a aquella en donde los maestros nos volvíamos por minutos alumnos y nos encargamos de retratar una caricatura de un salón desconectado de un profesor. A partir de la teatralización van saliendo de manera inconscientes problemas y errores que alguna vez hemos cometido. Por eso el valor de este acto cuya catarsis nos permite redimirnos en el futuro. Una idea que se reforzó con la lectura más significativa de las entregadas: Me refiero a Una mirada al vínculo maestroalumno de León Trahtemberg en donde se desarrollan cinco puntos clave que me gustaría citar textualmente por el valor que representó para mí la primera vez que leí el texto: 1.-Las humanidades no dependen de los contenidos de las asignaturas sino de la relación profesor-alumno. 2.- La idea de que la pedagogía la necesitamos los maestros no los alumnos 3.- La educación escolar y podría incluir la superior privilegia el saber y no el ser. 4.- Uno no solo aprende cuando tiene motivos para hacerlo. La motivación de la mayor parte del aprendizaje no radica en la mera curiosidad intelectual, sino que se arraiga en las relaciones interpersonales en las que el estudiante se juega su aceptación y pertenencia, su aprobación y prestigio. Su autoestima y respecto a sí mismo: su éxito e independencia. 5.- Es posible modificar comportamiento de individuos y grupos.

**** Este ensayo comenzó con un recuerdo que gracias a este ejercicio de reflexión me ha enseñado algo. L.R en el fondo puede ser cualquiera de nosotros los profesores y en lo personal confieso que alguna vez en los inicios de mi carrera lo he sido. Preocupado por


cumplir con un silabó he cometido errores ya señalados a lo largo de estas cinco páginas. El ejercicio también ha servido para investigar cuánto se ha producido sobre el tema. Ese ha sido otra revelación. En la biblioteca de la UPC por lo pronto hay una biografía escaza sobre docencia universitaria que debería incrementarse. Un libro que ha sido clave para mí y que recomendaría se incluya en la bibliografía del próximo curso de Roles y Actitudes es el de Ken Bain, “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, lo mismo que Calidad del aprendizaje universitario de John Biggs. La tercera conclusión es que la docencia universitaria si bien tiene algunos puntos en común con la docencia escolar es otra realidad. Esto me da pie a hablar del otro gran protagonista de esta historia sobre el que los maestros e investigadores deberíamos saber más. Me refiero a los alumnos. En el texto de Bain se construye conocimiento sobre la base de una copiosa investigación acerca de las prácticas de los maestros que desarrollaron un aprendizaje profundo. Me atrevo a plantear que falta investigar cuáles son las mejores prácticas que desarrollan los mejores alumnos. Allí podría nacer la pregunta que se me pidió formular en este ensayo. ¿Cómo diseñar y planificar una investigación científica sobre las mejores prácticas de los alumnos universitarios? ¿Cómo seleccionar la muestra? ¿Cómo comenzar por definir que es ser un buen estudiante? Además se podría investigar sobre cómo mejorar las dinámicas con ayuda de estos alumnos y cómo lograr que estos alumnos puedan jugar en algún momento el rol de un alumno monitor. Un alumno que podría servir a sus propios compañeros para mejorar sus prácticas, estimular su curiosidad y junto al profesor lograr que aquellos alumnos que vienen con carencias metodológicas, emocionales y cognitivas puedan superar sus problemas. Los maestros debemos partir de esa premisa. Sacar lo mejor de nuestros alumnos nos ayudará a sacar lo mejor de nosotros mismos. Una investigación que podría ser un complemento perfecto al texto de Ken Bain y un primer intento en el Perú por tener una mirada panóptica del fascinante mundo de la enseñanza universitaria.

El vínculo maestro-alumno  

Un ensayo que se pregunta por qué recordamos a algunos maestros y sus enseñanzas y a otros no.

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