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Los Señores del Inframundo

-LA PASIÓN MÁS OSCURADurante semanas, el guerrero inmortal Aeron ha sentido una invisible presencia femenina. Un ángel -un asesino de demonios- ha sido enviado a matarle. ¿O era a ella? Olivia clama que cayó de los cielos, entregando su inmortalidad por que no podía soportar herirle. Pero la verdad -caída o noOlivia supone un peligro para todos. Así que, ¿Cómo esta "mortal" con sus enormes ojos azules liberará la pasión oscura de Aeon? Ahora, con un caliente enemigo a su estela y su adorada compañera demonio decidida a alejar a Olivia de su vida, Aeron está atrapado entre el deber y el consumible deseo. Peor aún, un nuevo ejecutor ha siendo enviado a hacer el trabajo que Olivia no pudo hacer...

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Estimada lectora: Estoy encantada de presentar La Pasión más oscura, la quinta entrega de mi serie paranormal los SEÑORES DEL INFRAMUNDO. En una remota fortaleza en Budapest, doce guerreros inmortales -cada uno más peligrosamente seductor que el anteriorestán vinculados por una antigua maldición que ninguno ha sido capaz de romper. Cuando regresa un poderoso enemigo, recorrerán el mundo en busca de una reliquia sagrada de los dioses, una que amenaza con destruirlos a todos ellos. En esta historia Aeron, el guardián de Ira, por fin conoce a Olivia, el ángel que ha estado acechándole… eh, observándole detalladamente. Momento inoportuno, también. Finalmente está feliz con su vida, contento por mimar a su hija adoptiva ([toses] huevas del diablo [toses]), sin embargo, Olivia le tiene girando en espiral fuera de control, luchando contra una feroz necesidad de protegerla. Incluso de él mismo. Únete a mí en un viaje a través de este mundo misteriosamente sensual, donde la línea entre el bien y el mal se desdibuja y el verdadero amor se ve obligado a la última prueba. Y no te pierdas En la oscuridad, presentado a dos SEÑORES DEL INFRAMUNDO en formato electrónico por primera vez, además de divertido material extra. También, permanece atenta a La Mentira Más Oscura -la historia de Gideon- en julio de 2010, ¡como los riesgos más altos, la búsqueda más peligrosa y el romance más caliente! Deseándoos todo lo mejor, Gena Showalter

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CAPÍTULO 1

No parece importarles que se estén muriendo.

Aeron, un guerrero inmortal poseído por el demonio de Ira, estaba sentado en el borde del tejado de los apartamentos Bubajos en el centro de Budapest, mirando hacia abajo a los humanos que tan alegremente pasaban la tarde. Algunos estaban de compras, otros hablando y riendo, y unos pocos merendando mientras caminaban. Pero ninguno de ellos caía de rodillas y suplicaba a los dioses por más tiempo en esos débiles cuerpos. Ni tampoco estaban llorando porque no lo consiguieran. Desvió la atención de las personas a su alrededor. La luz de la callada luna derramada desde el cielo, mezclándose con el resplandor ámbar de las farolas y lanzando sombras en las vías pavimentadas. Los edificios se extendían por todas partes, algunos de los puntos más altos envueltos en toldos verde claro, el contraste perfecto para los árboles esmeralda que se alzaban en sus bases. Bonito, tanto como lo eran los ataúdes. Los humanos sabían que se estaban desvaneciendo. Demonios, crecían sabiendo que tendrían que abandonarlo todo y a todos los que amaban, y, sin embargo, como ya había observado, no exigían ni siquiera pedían más tiempo. Y eso... le fascinaba. Si Aeron supiera que pronto sería separado de sus amigos, los otros guerreros poseídos por demonios que había pasado los últimos miles de años protegiendo, habría hecho cualquier cosa -sí, incluso implorar- para cambiar su destino. Así que ¿por qué no los mortales? ¿Qué sabían ellos que él desconociera? —No se están muriendo —dijo su amigo Paris a su lado—. Viven mientras tienen la oportunidad. Aeron soltó un bufido. Esa no era la respuesta que buscaba. ¿Pero cómo podrían vivir mientras tuvieran la oportunidad cuando su “oportunidad” no era más que un mero parpadeo de tiempo? —Son frágiles. Se destruyen fácilmente. Como bien sabes. Cruel por su parte decirlo porque… ¿La novia? ¿Amante? ¿Hembra elegida? de Paris, lo que fuera, había sido recientemente asesinada a balazos delante de él. Aún así, Aeron no podía lamentar las palabras.

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Paris era el guardián de Promiscuidad, obligado a ir a la cama de distintas humanas cada día o se debilitaría y moriría. No podía permitirse el lujo de llorar la pérdida de una amante en concreto. Especialmente una amante enemigo, que fue lo que su pequeña Sienna había sido. Aeron odiaba admitirlo, pero en cierto grado, se alegraba de que la mujer estuviera muerta. Ella habría utilizado las necesidades de Paris en su contra y finalmente le habría arrastrado a la ruina. Yo, sin embargo, garantizaré su seguridad para siempre. Era una promesa. El rey de los dioses le había dado a Paris una elección: El retorno del alma de su mujer o la libertad a Aeron de un horrendo frenesí de sangre que constantemente bailaba con pensamientos de mutilación y asesinato por su mente. Pensamientos, estaba avergonzado de admitir, bajo los que había actuado. Una y otra vez. A causa de esa maldición, Reyes, el guardián del demonio de Dolor, casi había perdido a su amada Danika. De hecho, Aeron había estado preparado para abatir ese golpe mortal, la hoja afilada, levantada… cayendo hacia su bonito cuello. Pero justo antes del contacto, Paris había elegido a Aeron y la locura le había dejado al instante, perdonando la vida de Danika. Una parte de Aeron todavía se sentía culpable por lo que casi había ocurrido y sobre las consecuencias de la elección de Paris. Una culpabilidad que era como ácido en los huesos, devorándole. Ahora Paris sufría mientras él se deleitaba en su libertad. Eso no significaba, sin embargo, que le demostraría a Paris misericordia en este asunto. Quería demasiado a su amigo para eso. Más que eso, Aeron se lo debía. Y Aeron siempre pagaba sus deudas. De ahí la razón por la que se encontraban en este tejado. Cuidar de Paris, sin embargo, no era una tarea fácil. Durante las pasadas seis noches Aeron había acarreado aquí a su amigo en medio de incesantes protestas. Paris sólo tenía que elegir a una mujer, entonces Aeron procuraba y se aseguraba de que los dos estuvieran a salvo, mientras que tenían sexo. Pero cada noche, la elección se hacía más tarde. Y más tarde. Aeron tenía la sensación de que esta vez Paris y él se sentarían aquí y hablarían hasta la salida del sol. Si el guerrero ahora deprimido hubiera evitado a estos débiles mortales como hacía Aeron, ahora no desearía lo que no podía tener. No estaría desesperado por ello, negándoselo para toda la eternidad. Aeron suspiró. —Paris —comenzó. Entonces se detuvo. ¿Cómo debería continuar?—, tu lamento debe terminar. —Bien. Al grano, como él prefería—. Te debilita. Paris se pasó la lengua por los dientes.

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—Como si tú pudieras hablar de debilidad. ¿Cuántas veces has sido la perra de Ira? Incontables. ¿Y cuántas de esas incontables veces culpaste a los dioses? Sólo una vez. Cuando ese demonio te alcanza, pierdes todo el control de tus acciones. Así que no agregues la hipocresía a tu lista de pecados, ¿de acuerdo? No se dio por ofendido. Por desgracia, la afirmación de Paris era irrefutable. A veces Ira se hacía con el control del cuerpo de Aeron y volaba por la ciudad, golpeando a todo el mundo a su alcance, lastimándoles y hartándose de su terror. En esos casos, Aeron era consciente de lo que estaba sucediendo, aunque incapaz de detener la carnicería. No es que siempre quisiera detener la carnicería. Algunas personas merecieron lo que obtuvieron. Pero sí aborrecía perder el control del cuerpo, como si fuera simplemente una marioneta con hilos. O un mono que bailaban a una orden. Cuando se veía reducido a tal estado, despreciaba a su demonio, pero no tanto como se despreciaba a sí mismo. Porque con el odio, también experimentaba orgullo. Dentro de Ira. Arrebatarle las riendas de su control requería poder y el poder de cualquier tipo debía ser valorado. Calma. La competición de fuerza amor/odio le inquietaba. —Puede que no hayas querido decirlo, pero acabas de probar mi planteamiento —dijo, saltando de nuevo a la conversación—. La debilidad da origen a la destrucción. Sin excepciones. En el caso de Paris, acongojarse era simplemente otra palabra para distraerse. Y como distracción podría resultar fatal. —¿Qué tiene eso que ver conmigo? ¿Qué tiene eso que ver con los humanos de allí abajo? —señaló Paris. Gran retrato del tiempo. —Esas personas. Envejecen y se deterioran en un latido de tiempo. —¿Y? —Y déjame terminar. Si te enamoras de una de ellas, podrías tenerla durante la mejor parte de un siglo. Tal vez, si no enferma o no le ocurre un accidente. Pero será un siglo dedicado a verla marchitarse y morir. Y durante todo eso, sabrás que te espera una eternidad sin ella. —Qué pesimismo —Paris chasqueó la lengua, apenas la reacción que Aeron había esperado—. Lo ves como un siglo que pasas perdiendo lo que eres incapaz de proteger. Yo lo veo como un siglo que paso disfrutando de una gran bendición. Una bendición que te auxiliará el resto de la eternidad. ¿Auxilio? Absurdo. Cuando has perdido algo precioso, los recuerdos se convierten en un atormentador recordatorio de lo que nunca podrías tener de nuevo.

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Esos recuerdos añadidos a tus problemas, distrayéndote -a diferencia de Paris, él no envolvería la palabra en un bonito lazo- en lugar de fortalecerte. La prueba: Así es como se sintió acerca de Baden, guardián de Desconfianza y una vez su mejor amigo. Hace mucho tiempo, había perdido al hombre que había querido incluso más de lo que hubiera querido a un hermano de sangre, y ahora, cada vez que estaba solo, se imaginaba a Baden y se preguntaba sobre lo que pudo haber sido. No quería eso para Paris. Olvida la gran situación. Tiempo para ser un poco más implacable. —Si eres tan capaz de aceptar la pérdida, ¿por qué sigues llorando a Sienna? Un rayo de luz de la luna golpeó el rostro de Paris, y Aeron vio que tenía los ojos ligeramente vidriosos. Obviamente, había estado bebiendo. Una vez más. —No tuve mi siglo con ella. Aunque tuve algunos días —con tono lacónico. No te detengas ahora. —¿Y si hubieras pasado cien años con ella antes de morir, ahora estarías en paz con su muerte? Hubo una pausa. No lo había pensado. —¡Suficiente! —Paris estrelló el puño contra el tejado y el edificio entero se sacudió—. Ya no quiero hablar más de esto. Lástima. —La pérdida es pérdida. La debilidad es debilidad. Si no nos permitimos estar conectados a los humanos, no nos importará cuando nos dejen. Si endurecemos nuestros corazones, no desearemos lo que no podemos tener. Nuestros demonios nos enseñaron eso muy bien. Cada uno de sus demonios una vez habían vivido en el infierno, deseando la libertad, y juntos lucharon para su salida. Sólo, terminaron cambiando una prisión por otra, y la segunda había sido mucho peor que la primera. En lugar de soportar azufre y llamas como lo habían hecho antes, pasaron unos mil años atrapados en el interior de la caja de Pandora. Mil años de oscuridad, desolación y dolor. No habían tenido ninguna independencia, ni esperanza de algo mejor. Si esos demonios hubieran sido más fuertes, no habrían deseado ardientemente lo que les estaba prohibido y no habrían sido capturados. Si Aeron hubiera tenido una voluntad más fuerte, no abría ayudado a abrir esa caja. No habría sido entonces maldecido con alojar dentro de su propio cuerpo el

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mismo mal que él había desatado. No habría sido pateado de los cielos, el único hogar que alguna vez había conocido, para pasar el resto de la eternidad en esta caótica tierra donde nada permanecía igual. Él no habría perdido a Baden mientras peleaban con los Cazadores, despreciables mortales que aborrecían a los Señores, culpándoles por el mal del mundo. ¿Un amigo moría de cáncer? Por supuesto que los Señores eran los responsables. ¿Una adolescente descubría que estaba embarazada? Los Señores claramente habían golpeado de nuevo. Si hubiera sido más fuerte, él no hubiera sido atrapado en esa guerra una vez más, peleando, matando. Siempre matando. —¿Alguna vez has anhelado a una mortal? —Preguntó Paris, sacándole de sus oscuros pensamientos—. ¿Sexualmente? Una tranquila risa se le escapó. —¿Dándole la bienvenida a una hembra en mi vida un día, sólo para perderla al siguiente? No. Era más inteligente que eso. —¿Quién dice que tienes que perderla? Paris extrajo un frasco del interior de su chaqueta de cuero y tomó un largo trago. ¿Aún más alcohol? Sus pocas palabras de ánimo claramente no le habían hecho a su amigo ningún bien. Después de tragar, Paris agregó: —Maddox tiene a Ashlyn, Lucien tiene a Anya, Reyes tiene a Danika y ahora Sabin tiene a Gwen. Incluso la hermana de Gwen, Bianka la Terrible, tiene un amante. Un ángel con el que tuve que luchar en aceite, por lo que fuera. No hablaremos de esa parte. ¿Lucha en aceite? Sí. Mejor evitarlo. —Esas parejas se tienen el uno al otro, aunque cada una de esas mujeres tiene una habilidad que la distingue de los demás de su especie. Son más que humanas. Sin embargo, eso no significa que vayan a vivir para siempre. Incluso los inmortales podrían ser asesinados. Él había sido el encargado de recoger la cabeza de Baden, sin el cuerpo del guerrero. Había sido el primero en vislumbrar esa eternamente congelada expresión de shock. —Bueno, hola, solución. Encuentra una mujer con una habilidad que la distinga —dijo secamente Paris. Como si fuera tan fácil. Además… —Tengo a Legión, y ella es todo lo que puedo manejar en este momento.

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Se imaginó al pequeño demonio como una hija para él y sonrió. Cuando estaba de pie, ella sólo le llegaba a la cintura. Tenía escamas verdes, dos diminutos cuernos que habían brotado justo encima de su cabeza y afilados dientes que producían saliva venenosa. Las diademas eran su accesorio favorito y la carne fresca su comida favorita. Lo primero disfrutaba permitiéndoselo, lo segundo estaban trabajando en ello. Aeron la había conocido en el infierno. Bueno, tan cerca del abrasador foso como un hombre podría conseguir llegar sin derretirse dentro de sus llamas. Había estado encadenado al lado, por así decirlo, ebrio con esa maldita sed de matar, decidido a asesinar incluso a sus amigos, cuando Legión habían cavado su camino hacia él, su presencia de alguna manera aclarándole la mente, dándole la fuerza que más estimaba. Ella le había ayudado a escapar, y habían estado juntos desde entonces. Excepto ahora. Su preciosa niña había regresado al infierno, un lugar que ella despreciaba, y todo porque un ángel íntegro-para-los-dioses había estado vigilando a Aeron, acechando en las sombras, invisible, en espera de… algo. Qué, no lo sabía. Sólo sabía que esa intensa mirada no estaba sobre él ahora mismo, pero regresaría. Siempre lo hacía. Y Legión no podía soportarlo. Se echó hacia atrás y miró hacia el cielo nocturno. Las estrellas de esta noche eran vívidas, como diamantes dispersos en raso negro. A veces, cuando ansiaba incluso la ilusión de la soledad, se elevaba tan alto como las alas le llevaban y entonces caía, rápido y seguro, sólo desacelerando segundos antes del impacto. Cuando Paris engulló otro trago de su licor, el olor de la ambrosía flotó en la brisa, tan suave y dulce como el aliento de bebé. Aeron sacudió la cabeza. Ambrosía era la droga preferida de su amigo, la única cosa capaz de adormecer la mente y el cuerpo para los hombres como ellos, pero su uso se le estaba escapando de control, haciendo descuidado al una vez feroz soldado. Con Galen, líder de los Cazadores y un guerrero poseído por un demonio como ellos, vagando por las calles, necesitaba a su amigo lúcido como mínimo. Enfocado en el ángel, y bueno, él necesitaba a su amigo en plena forma para la lucha. Los ángeles, como él recientemente había aprendido, eran asesinos de demonios. ¿Este ángel le quería matar? No estaba seguro, y el consorte de Bianka, Lysander, no se lo diría. Sin embargo, la respuesta realmente no importaba. Planeaba destripar al cobarde, macho o hembra, en el momento que tuviera pelotas y se apareciera frente a él. Nadie le separaría de Legión. No sin sufrir por ello. Legión incluso podría estar ahora herida, mental y físicamente. Con ese pensamiento, las manos de Aeron se crisparon con tanta fuerza que los huesos casi se fracturaron. Los hermanos de su pequeña adorada disfrutaban burlándose de ella por su bondad y compasión. También disfrutaban persiguiéndola y los dioses sabían lo que le harían si realmente la cogían.

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—Por mucho que ames a Legión —comenzó Paris, otra vez arrastrando a Aeron del fango agudamente enmarañado de sus pensamientos. Lanzó una piedra al edificio frente a ellos antes de apurar el resto del frasco—, ella no puede satisfacer todas tus necesidades. Lo que significaba sexo. ¿Podrían abandonar este tema de una vez por todas? Aeron suspiró. No se había acostado con una mujer en años, quizá siglos. Ellas simplemente no valieron la pena del esfuerzo. A causa de Ira, su deseo de lastimarlas pronto pesaba más que el deseo de complacerlas. Además, tan tatuado y endurecido como era Aeron, tenía que pelear por cada migaja de afecto que recibía. Las mujeres se asustaban de él, y con razón. El ablandamiento le requería tiempo y paciencia que no tenía. Después de todo, había mil otras cosas más importantes que podía hacer. Cosas como el entrenamiento, la vigilancia de su casa, la protección a sus amigos. Permitirle a Legión cada capricho. —No tengo tales necesidades. —Y en su mayor parte, eso era cierto. Disciplinado como era, rara vez se entregaba a los placeres de la carne. El único momento en que lo hizo fue cuando estuvo solo—. Tengo todo lo que deseo. Ahora, ¿vinimos aquí a compartir nuestros sentimientos o a encontrarte una amante? Con un gruñido, Paris arrojó el frasco vacío donde había arrojado la piedra. Se estrelló contra la pared del edificio, las nubes de polvo y roca llenando el aire. —Un día, alguien te fascinará, te atraerá, te atrapará y la desearás con todas las células del cuerpo. Espero que te vuelva loco. Espero, al menos durante un tiempo, que ella se te niegue, llevándote a una alegre persecución. Tal vez entonces comprenderás un indicio de mi dolor. —Si eso es lo necesario para devolver el favor que me hiciste, entonces con mucho gusto aguantaré ese destino. Incluso ruego a los dioses por él. Aeron no podía imaginarse algún día queriendo a una mujer, inmortal o humana, tanto que desestabilizara su vida. No era como los otros guerreros, quienes constantemente buscaban compañía. Realmente era el más feliz cuando estaba solo. Mejor dicho, a solas con Legión. Además, era demasiado orgulloso para perseguir a alguien que no le devolvía su ardor. Pero había querido decir lo que dijo. Por Paris, soportaría cualquier cosa. —¿Has oído eso, Cronos? —Gritó a los cielos—. Envíame una mujer. Una que me atormente. Una que se me niegue. —Bastardo arrogante —Paris se rió entre dientes—. ¿Y si realmente te envía a esa hembra inalcanzable? Dioses, esa diversión le complacía. Se parecía mucho al viejo Paris. —Lo dudo.

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Cronos quería que los guerreros se centraran en derrotar a Galen. Lo cuál había sido su obsesión desde que Danika habían predicho que el rey dios iba a morir a manos de Galen. Como el Ojo-Que-Todo-Lo-Ve, las predicciones de Danika siempre eran exactas. Incluso las malas. Pero había un resquicio de esperanza: Esas visiones podrían usarse para conseguir el cambio. Al menos en teoría. —Pero ¿y si lo hace? —apremió Paris cuando el silencio se prolongó demasiado tiempo. —Si Cronos responde mi súplica, disfrutaré del viaje —mintió Aeron con una sonrisa—. Ahora, basta de mí. Vamos a hacer lo que vinimos a hacer aquí —se enderezó y miró hacia la calle, examinando al diluido gentío. Para conservar las vías, a los coches no se les permitía entrar en esta parte de la ciudad, así que todo el mundo tenía que ir a pie. Es por eso que había escogido este lugar. Sacar a una mujer de un vehículo en movimiento no era algo que disfrutara. De esta manera, Paris sólo tenía que hacer su selección y Aeron extendería las alas y dejaría volar al guerrero. Una mirada de los hermosos ojos azules del demonio, y la hembra elegida se detendría y jadearía. A veces una sonrisa era lo único que se necesitaba para convencerla de que se desnudara, allí mismo, en público, donde cualquier persona que acechara en los callejones podría mirar. —No encontrarás a nadie —dijo Paris—. Ya he mirado. —¿Qué pasa con… ella? —señaló a una regordeta, una rubia ligeramente vestida. —No —ninguna vacilación—. Demasiado… obvio. Aquí vamos otra vez, pensó con temor, pero hizo un gesto hacia otra mujer. —¿Y ella? —Ésta era alta y perfectamente curvilínea con un corto pelo rojo. Y estaba vestida de forma conservadora. —No. Demasiado masculina. —¿Qué diablos significa eso? —Que no la quiero. Siguiente. Durante la hora que siguió, Aeron señaló potenciales compañeras de cama y Paris las rechazó por diversas –ridículas- razones. Demasiado pura, demasiado arrugada, demasiado bronceada, demasiado pálida. El único rechazo que importaba era “la he tenido antes” y tantas como Paris había tenido, Aeron oyó mucho de eso. —Vas a tener que decidirte por una. Por qué no nos ahorramos la molestia, cierras los ojos y señalas. A quienquiera que estés apuntando será la ganadora. —He jugado a ese juego una vez antes. Terminó —Paris se estremeció—. No importa. No es bueno andar por ese camino de recuerdos en particular. Así que no. Simplemente no.

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—¿Qué pasa con…? —Sus palabras se detuvieron abruptamente cuando la mujer que había estado observando desapareció en las sombras. No se había desvanecido de la vista, como hubiera sido natural. Normal. Simplemente había dejado de existir, en un momento estaba, al siguiente se había ido, la sombra de alguna manera tiraba de ella como si hubiera sido sacudida por una correa. Aeron pegó un salto, las alas automáticamente empujando desde las aberturas de la espalda desnuda y expandiéndose. —Tenemos un problema. —¿Qué ocurre? —Paris, también se levantó de un salto. Aunque se tambaleó ligeramente por la ambrosía, todavía era un soldado y empuñaba un cuchillo. —La mujer de pelo oscuro. ¿La viste? —¿Cuál? Eso respondía la pregunta de Aeron. No, Paris no la había visto. Si lo hubiera hecho, el guerrero no habría necesitado preguntar de quién hablaba Aeron. —Vamos —Aeron arrastró los brazos alrededor de la cintura de su amigo y saltó desde el edificio. El viento azotó a través de los mechones multicolores de Paris, fustigando varias hebras contra su rostro mientras la tierra se alzaba cerca… todavía más…—. Buscamos a una mujer con el pelo negro largo hasta los hombros, recta como un alfiler, más o menos un metro setenta y cinco de altura, de unos veinte años, vestida de negro. Lo más probable es que sea más que humana. —¿Matarla? —Capturarla. Tengo preguntas para ella. —A modo de cómo había desaparecido de esa manera. Cómo por qué estaba aquí. Cómo para quien trabajaba. Los inmortales siempre tenían un orden del día. Justo antes de que golpeasen el hormigón y la piedra, Aeron batió las alas. Aminoró justo lo suficiente como para aterrizar en posición vertical con sólo una leve sacudida. Soltó a su carga y ellos al instante se bifurcaron en direcciones separadas. Después de miles de años de luchar juntos, sabían cómo proceder sin esbozar antes cada movimiento. Cuando Aeron corrió hacia el callejón de su izquierda, la dirección a donde la mujer se había dirigido, plegó las alas de nuevo bajo las aberturas. Vio varias personas, una pareja cogida de las manos, un vagabundo apurando una botella de güisqui, un hombre que paseaba a su perro, pero ninguna mujer de pelo oscuro. Llegó a una pared de ladrillo y se giró. Maldita sea. ¿Era ella como Lucien? ¿Capaz de transportarse rápidamente a cualquier lugar con sólo un pensamiento? Frunciendo el ceño, reculó con el gesto. Registraría cada callejón en la zona si fuera necesario. Sólo que, a medio camino, las sombras a su alrededor se espesaron,

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consumiéndole, ahogando el brillo dorado de las farolas. Miles de gritos apagados parecían filtrarse desde la oscuridad. Gritos torturados. Gritos angustiados. Se detuvo, para evitar chocar con algo –o alguien- y empuñó dos cuchillas. —¿Qué demonios fue…? Una mujer –la mujer- salió de las sombras, tan sólo a unos metros de distancia de él. Era la única luz en ese repentino y vasto espacio de oscuridad. Sus ojos eran tan negros como la penumbra a su alrededor, con los labios tan rojos y húmedos como la sangre. Era bonita, en una forma salvaje. Ira silbó dentro de la cabeza. Por un momento, Aeron temió que Cronos realmente le hubiera escuchado después de todo y hubiera enviado a una mujer para atormentarle. Pero mientras la miraba fijamente, no hubo calor en las venas, ninguna agitación en los latidos, como había oído a los otros Señores manifestar cada vez que uno encontraba una hembra que simplemente “tenía que tener”. Ella era como cualquier otra para él: Fácilmente olvidable. —Bueno, bueno, bueno. No soy una chica con suerte. Tú eres uno de ellos, un Señor del Inframundo, y vinisteis a mí —dijo ella, con una voz tan abrasiva como el humo—. Ni siquiera tuve que preguntar. —Soy un Señor, sí. —No había ninguna razón para negarlo. La gente del pueblo le conocía a él y a los otros de vista. Algunos hasta pensaban que eran ángeles. Los Cazadores los conocían de vista, igualmente, pero eran demasiado rápidos en rechazarles cómo demonios. De cualquier manera, la información apenas podría ser usada en su contra—. Y he venido a buscarte. Con su fácil confirmación, el rostro de ella reveló un toque de sorpresa. —Un gran honor, seguro. ¿Por qué estabas buscándome? —Quiero saber quién eres. Mejor pregunta: ¿Qué era? —Tal vez no soy tan afortunada como pensaba. —Esos exuberantes labios rojos se sumergieron en un mohín y fingió enjuagarse una lágrima—. Si mi hermano no me reconoce. Bien, ahora tenía parte de su respuesta: Era una mentirosa. —No tengo una hermana. Ella arqueó una ceja negra. —¿Estás seguro de eso? —Sí. —No había nacido de una madre y un padre; Zeus, Rey de los dioses griegos, simplemente le había dado la existencia. Lo mismo que a todos los Señores.

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—Terco —chasqueó la lengua, recordándole a Paris—. Debería haber sabido que nos pareceríamos. De todos modos, es tan agradable pillar finalmente a uno de vosotros a solas. ¿A quién he conseguido? ¿Furia? ¿Narcisismo? Tengo razón, ¿no? Admítelo, eres Narcisismo. Por eso es que llenaste tu cuerpo con tatuajes de tu propio rostro. Bonito. ¿Puedo llamarte Narci? ¿Furia? ¿Narcisismo? Ninguno de sus hermanos llevaba a esos demonios. Duda, Enfermedad, Miseria y muchos otros, sí, pero no esos. Él sacudió la cabeza, sólo para recordar que otros inmortales poseídos por demonios estaban allí fuera. Inmortales que nunca había conocido. Inmortales que se suponía debía encontrar. Como sus amigos y él habían sido los únicos en abrir la caja de Pandora, siempre habían asumido que eran los únicos maldecidos para alojar su maldad. Aunque Cronos había corregido recientemente esa falsa suposición, regalando a los Señores los pergaminos con los nombres de otros como ellos. Aparentemente, habían sido más demonios que guerreros, y con la caja desaparecida, los griegos, los dioses en el poder en ese momento, habían colocado a los demonios restantes dentro de los prisioneros inmortales del Tártaro. Un descubrimiento que no presagiaba nada bueno para los Señores. Como los antiguos centinelas de élite de Zeus, habían encerrado a muchos de esos prisioneros y los criminales a menudo vivían sólo para la venganza. Algo que Ira le había enseñado bien. —Hola —interrumpió la mujer—. ¿Hay alguien en casa? Parpadeó hacia ella, maldiciéndose. Había permitido ser distraído en presencia de un posible enemigo. Idiota. —Quién soy no es asunto tuyo. Esa era información que podría utilizarse en su contra. Sobre todo porque últimamente, Ira era tan fácil de provocar por la más inocente declaración pudiéndole enviar –y por consiguiente a Aeron- a esa locura asesina, poniendo a esta ciudad y todos sus ciudadanos en peligro. Culpó al ángel que le acechaba. Aunque no podía culpar al ángel cuando Ira comenzaba a gruñir dentro de la mente, arañándole el cráneo, desesperado por actuar. Para dañar. La capacidad más aguda del demonio era y siempre lo había sido, percibir los pecados de alguien cercano. Y los de esta mujer, pronto se dio cuenta, eran enormes. —Tomaré tu gesto repentinamente oscuro como un no. Tú no eres Narci y no hay nadie en casa. —Deja… de hablar… Se apretó las sienes, las frías cuchillas presionando contra la piel, tratando de detener el bombardeo mental que sabía iba a llegar, otra distracción que no podía

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permitirse. Inútil. La multitud de sus pecados reproduciéndosele en la cabeza a la vez, como películas en monitores separados. Ella recientemente había torturado a un hombre, le había encadenado a una silla y le prendió fuego. Antes de eso, había destripado a una hembra. Había engañado y robado. Había secuestrado a un niño de su hogar. Había atraído a un hombre a su cama y cortado la garganta. Violencia… tanta violencia… tanto terror, dolor y oscuridad. Él podía oír los gritos de sus víctimas, podía oler la carne quemada y saborear la sangre. Tal vez ella había tenido una buena razón para hacer esas cosas. Tal vez no. De cualquier manera, Ira quería castigarla, usando sus propios crímenes en su contra. Primero la encadenaría, después la destriparía, luego le cortaría la garganta y la incendiaría. Ese es el proceder del demonio de Aeron. Apaleaba a maltratadores, asesinaba a asesinos, así como también todo lo de en medio. Así que sí, a instancias de Ira, Aeron había hecho esas cosas. Muchas veces. Ahora, agarró con fuerza cada músculo del cuerpo, trabando los huesos en su lugar. Firme. No puedes perder el control. Tienes que permanecer cuerdo. Por los dioses, la necesidad de castigar… tan fuerte… una necesidad que le gustaba más de lo que debería. Como siempre. —¿Por qué estás aquí en Budapest, mujer? —Bien. Eso era bueno. Poco a poco él bajó los brazos. —Caray —dijo, ignorando la pregunta—. Eso fue una gran demostración de control. ¿Había sabido ella que su demonio quería hacerle daño? —Déjame adivinar —se golpeó ligeramente la barbilla con la uña—. No eres Narci, así que tienes que ser… Chovinista… Correcto otra vez, ¿no? Crees que una cosa bonita como yo no puede manejar la verdad. Error. Pero no importa. Guarda tus secretos. Te enterarás, sin embargo. Oh, sí, te enterarás. —¿Me estás amenazando, mujer? Otra vez ella le ignoró. —El rumor que corre por la calle es que Cronos os dio los pergaminos y planeáis usarlos para capturarnos. Para usarnos. Tal vez incluso matarnos. El estómago de Aeron tocó fondo. Uno, sabía de los pergaminos cuando él y sus amigos justo acababan de enterarse. Dos, sabía que estaba en esa lista. Lo cual significaba que esta mujer era de hecho una inmortal -y una criminal- y si era lo que creía, también estaba poseída por un demonio. Aeron no la reconoció, lo que significaba que sus amigos y él no habían sido los que debieron encarcelarla. Eso significaba que había llegado antes de tiempo a los cielos. Y eso significaba que era un Titán y una amenaza mayor, pues los Titanes eran mucho más salvajes que sus homólogos griegos.

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Peor aún, los Titanes ahora liberados estaban al mando. Ella podría tener ayuda divina. —¿Qué demonio llevas? —preguntó él, sin usar sus puntos débiles contra ella. Ella le ofreció una maliciosa sonrisa, en un duro tono claramente divirtiéndola. —Tú no compartiste esa información conmigo. ¿Por qué debería compartir algo contigo? Mujer exasperante. —Dijiste nos —miró por encima del hombro de ella, medio esperando que alguien le saltara encima y le atacara. Todo lo que vio fue oscuridad… y todo lo que oyó fueron más de esos apagados gritos—. ¿Dónde están los demás? —Infierno si lo sé —extendió los brazos, las manos hacia arriba y vacías, como si no creyera que él justificara el uso de un arma—. Yo voy por mi cuenta, como siempre, y esa es la manera en que me gusta. Probablemente otra mentira. ¿Qué mujer abordaría a un temible Señor del Inframundo, sin respaldo? No relajó la guardia cuando se encontró con su mirada. —Si estás aquí para guerrear con nosotros, debes saber… —¿Guerrear? —se echó a reír—. ¿Cuándo os podría matar a todos mientras dormís? No, sólo estoy aquí para entregar una advertencia. Llamad a los perros o borraré vuestra presencia de este mundo. Y si alguien puede hacerlo, soy yo. Después de las atrocidades que había visto en su mente, la creyó. Ella atacaba en la penumbra, un fantasma que no daba ningún aviso. Sin lugar a dudas, no había ningún crimen que ella encontrara demasiado vil. Eso no significaba que él prestaría atención a sus demandas. —Puedes creerte muy poderosa, pero no puedes derrotarnos a todos nosotros. La guerra es lo que obtendrás si continúas emitiendo tales advertencias. —Lo que sea, guerrero. Dije lo que quise decir. Mejor reza para que ésta sea la última vez que me ves. —Las sombras se espesaron de nuevo, envolviéndola y sin dejar absolutamente ninguna señal de su presencia. Hasta que, justo al lado de la oreja, él escuchó—. Oh, y una última cosa. Esta fue mi visita de cortesía. La próxima vez, no jugaré de forma agradable. Entonces el mundo a su alrededor se colapsó de nuevo enfocándose: Los edificios a los lados, las bolsas de basura tiradas sobre el cemento, el borracho pasando frío. Finalmente Ira se calmó. Aeron se mantuvo en estado de alerta, los ojos examinando, el cuerpo preparado. Escuchó, sólo oyó el pausado arrastre de su propia respiración, el golpeteo de los pasos humanos más allá del callejón y el canto de las aves nocturnas.

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Una vez más extendió las alas y se disparó en el aire, decidido a encontrar a Paris y regresar a la fortaleza. Los otros Señores tenían que ser avisados. Quienquiera que fuera la hembra sedienta de sangre, lo que fuera que pudiera hacer, necesitaban ocuparse de ella. Pronto.

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CAPÍTULO 2

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Aeron! ¡Aeron!

Ante la fortaleza, las botas de Aeron golpearon el balcón que llevaba a su dormitorio. Sacudido por la desconocida voz femenina, soltó a Paris. —¡Aeron! Ante el tercer grito femenino de terror y desesperación, ambos, él y Paris, se giraron a mirar hacia la colina bajo ellos. Los gruesos árboles acuchillaban el cielo, obstaculizando la visibilidad, pero allí, entre los moteados verdes y marrones, podía distinguirse una figura vestida de blanco. Una figura que se precipitaba hacia su hogar. —¿La Chica Fantasma? —preguntó Paris—. ¿Cómo se las ha ingeniado para atravesar nuestra verja con tanta rapidez? ¿Y a pie, nada menos? Aeron le había explicado lo sucedido con la mujer del callejón a lo largo del camino. —Esa no es ella —su voz era más elevada, rica y mucho menos confidente—. La verja… no lo sé. Hacía semanas, después de que él y Paris se hubieran recuperado de las heridas de batalla infringidas por los Cazadores, habían erigido una verja de hierro alrededor de la fortaleza. Aquella cancela se elevaba unos cuatro metros y medio de alto, estaba envuelta con alambre de espinos y tenía puntas bastante agudas de cristales rotos. También vibraba con bastante electricidad como para provocarle a un humano un ataque cardíaco. Cualquiera que intentara escalarla no viviría lo bastante para buscar otro lado. —¿Crees que ella es un cebo? —Paris inclinó la cabeza, su estudio de ella intensificándose—. Podría haber sido lanzada desde un helicóptero, supongo. Los cazadores eran conocidos por utilizar hermosas mujeres humanas para engatusar a los Señores a salir a campo abierto, distrayéndolos y capturándolos para torturarlos. Esa ciertamente parecía encajar en el cliché, poseyendo un largo y

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ondulado cabello color chocolate, piel tan pálida como una nube y un curvilíneo y etéreo cuerpo. Aeron no podía distinguir todavía sus rasgos, pero apostaba a que serían exquisitos. Las alas se plegaron en las aberturas cuando respondió: —Quizás. Malditos Cazadores y su perfecta coordinación. La mitad de sus amigos estaban fuera. Habían viajado a Roma para buscar el Templo de los Tácitos, las ruinas que recientemente se habían elevado del mar. Esperaban encontrar algo que los condujera a los desaparecidos artefactos divinos. Cuatro artefactos que, cuando se utilizaban juntos, conducirían entonces a la localización de la caja de Pandora. Los cazadores esperaban utilizar la caja para encerrar a los demonios de nuevo en su interior, destruyendo a los Señores, ya que el hombre no podía vivir sin el demonio. Los Señores simplemente esperaban destruirla. —Hay alambres sueltos ahí fuera —cuanto más hablaba Paris, más advertía Aeron un temblor en su voz. A causa de la Chica Fantasma, como la había llamado Paris, no había habido tiempo de llevarle a la cama de nadie en el pueblo, así que su fuerza se estaba drenando—. Si no tiene cuidado… Incluso si es un cebo, no se merece morir de esa manera. —¡Aeron! Paris apretó la barandilla del balcón y se inclinó hacia abajo para ver mejor. —¿Por qué te está llamando? ¿Y por qué estaba usando su nombre con tanta familiaridad? —Si es un cebo, los Cazadores estén probablemente ahí fuera ahora mismo, esperando por mí. Intentaré ayudarla y ellos atacarán. Paris se enderezó, el rostro repentinamente bañado por la luna. Se le habían formado ojeras bajo los ojos. —Voy a por los otros y nos encargaremos de ella. De ellos. Ya se alejaba antes de que Aeron pudiera replicar, atravesando el dormitorio a zancadas y las botas resonando contra el suelo de piedra. Aeron mantuvo su atención sobre la chica. A medida que continuaba su carrera ascendente, acercándose más y más a él, se dio cuenta que la tela blanca drapeada era en realidad una túnica. Y la espalda de esta, la cual no había sido capaz de ver antes, era de un rojo brillante. No llevaba zapatos, cuando sus pies desnudos resbalaron en una roca, cayó, y esa masa de cabello chocolate se extendió en cascada alrededor de su rostro. Había flores tejidas entre los rizos, algunas sin pétalos. También había ramitas, pero no creía que se

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las hubiese colocado allí intencionadamente. Las manos le temblaban cuando se levantó y apartó los mechones. Finalmente, las facciones quedaron a la vista, y cada músculo en el cuerpo saltó, tensándose. Ella era exquisita, tal como había supuesto. Incluso con los arañazos y los surcos de las lágrimas que lucía. Tenía unos enormes ojos azul cielo, una nariz perfectamente inclinada, mejillas y barbilla perfectamente esculpidas, ambas sólo un poco redondeadas, y perfectos labios que formaban un exuberante corazón. No la había conocido nunca antes o lo habría recordado, pero había algo casi… familiar en ella. Ella se tambaleó poniéndose en pie, haciendo una mueca y gimiendo, entonces comenzó a avanzar. Una vez más, cayó. Un doloroso sollozo se escapó de ella, pero con todo, insistió ascendiendo, bordeando hacia la fortaleza. Cebo o no, tal determinación era admirable. De algún modo, se las ingenió para eludir todas las trampas, rodeándolas como si supiese dónde estaban, pero entonces se golpeó con otra roca y se tambaleó hacia el suelo por tercera vez, permaneciendo abajo, temblando y llorando. Se le abrieron los ojos desmesuradamente cuando estudió su espalda. ¿Lo rojo… eso era… sangre? ¿Fresca, todavía húmeda? El metálico olor de ésta cabalgó en la brisa y entró en las fosas nasales de Aeron, confirmando sus sospechas. Oh, sí. Lo era. ¿Suya? ¿O de alguien más? —Aeron —ya no era un grito, sino más un patético sollozo—. Ayúdame. Las alas se expandieron antes de que pudiera pensar en algo. Sí, los Cazadores herirían a propósito al cebo antes de enviarle a la cueva de los leones, esperando ganarse la simpatía del objetivo. Sí, probablemente acabase con flechas y balas en la espalda -otra vez- pero no iba a dejarla ahí fuera, herida y vulnerable. No iba a permitir que sus amigos arriesgasen sus vidas para salvar -o destruir- a su pequeña visitante. ¿Por qué yo? Se preguntó mientras se lanzaba desde el balcón. Ascendió, se elevó hacia arriba antes de caer hacia ella. Zigzagueó para evitar convertirse en un objetivo, pero no se oyó el silbido de ninguna flecha ni el sonido de armas de fuego. De todos modos, en lugar de aterrizar al lado de ella, incrementó la velocidad, estirando los brazos y recogiéndola sin reducir siquiera la marcha. Quizás, ella tuviese miedo de las alturas y esa era la razón de su repentina tensión. Quizás, había esperado que la matase antes de alcanzarla y cuando había llegado a cogerla con fuerza, se había puesto rígida por el miedo. De todas formas, no le importaba. Había hecho lo que tenía que hacer. La había cogido. Ella comenzó a removerse débilmente contra el agarre, gruñendo ante el choque y el dolor.

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—¡No me toques! ¡Suéltame! Déjame ir, o te juro… —Estate quieta, o por los dioses, que te dejaré caer. La tenía cogida por el estómago, su cara apuntando hacia el suelo. De esa manera, ella podría ver desde qué altura caería. —¿Aeron? —estiró el cuello para verle. En el momento en que las miradas se encontraron, ella se relajó. Incluso sonrió lentamente—. Aeron —repitió con un suspiro de placer—. Tenía miedo de que no vinieras. Aquel placer, impoluto y sin toque de malicia, le sorprendió y confundió. Las mujeres nunca le miraban de esa manera. —Tus temores están equivocados. Deberías haber temido que viniera. Su sonrisa se desvaneció. Mejor. La única cosa que le molestaba ahora era el canal silencioso de su demonio. Como con la Chica Fantasma, las imágenes y la urgencia deberían haberlo bombardeado ya. Preocúpate de eso más tarde. Continuando con el zigzagueo, entró volando en su dormitorio, sin detenerse en el balcón como hacía normalmente. Necesitaba cubrirse lo más rápido posible. Sólo por si a caso. Pero, cuando retrajo las alas, estas golpearon ambos lados del umbral y el fuego se precipitó desde la parte superior de los arcos. Aeron ignoró el dolor cuando se posó deslizándose. Cuando se equilibró, se dirigió a la cama y depositó suavemente su carga sobre el colchón, boca abajo. Deslizó la punta de un dedo a lo largo de su columna y sus labios en forma de corazón se separaron en un agónico sollozo. Había esperado que hubiese estado empapada con la sangre de otro, pero no. Sus heridas eran reales. El conocimiento no le ablandaría. Probablemente, se habría infringido daño ella misma, o había permitido a los Cazadores que lo hicieran, sólo por la compasión que esto pudiese evocar. Ninguna compasión por mi parte. Solo irritación. Cuando se dirigió a su armario, plegó las alas a la espalda, pero rotas como estaban ahora, no cabrían bajo las aberturas. Eso sólo incrementó su irritación con ella. No tenía ropa y no quería dejar la habitación para buscar alguna, así que agarró dos de las corbatas que Ashlyn le había dado en caso de que quisiera “disfrazarse”. Volvió a zancadas hacia la cama. Ella había vuelto la cabeza hacia él, presionando la mejilla en el colchón, su mirada rastreando cada uno de los movimientos, como si no pudiera hacer menos que mirarle y no con repulsión como lo hacían la mayoría de las mujeres. Le observaba con algo parecido al deseo. Una actuación, seguramente.

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Y con todo, ese deseo… había algo familiar en ello. Algo inquietante. Eso era lo que había notado antes, pensó. Cuando ella dijo su nombre, ese mismo deseo había sido evidente, y profundo, sabía que lo había encontrado antes. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿De ella? Continuó mirándola, se percató que Ira todavía estaba en silencio. Esta era, supuestamente, la primera vez que había estado en su presencia, y con todo su demonio no le proyectó sus pecados a través de la mente. Eso era… extraño. Sólo había ocurrido una vez. Con Legión. El porqué, nunca lo entendió. Los dioses sabían que su pequeña había pecado. ¿Entonces por qué estaba sucediendo de nuevo? ¿Con un posible cebo nada menos? Esta mujer, ¿no había pecado nunca? ¿Nunca le había dedicado una palabra poco amable a otro? ¿Nunca había hecho tropezar a alguien deliberadamente o robado algo como un simple caramelo? Esos puros ojos azules decían que no. O, como Legión, ¿había pecado pero, por cualquiera que fueran los motivos, evitaban el radar de Ira? —¿Quién eres tú? Los dedos rodearon una de sus frágiles muñecas -umm, cálida y suave piel- y la anclaron a un poste de la cama con la corbata. Repitió la acción con la otra muñeca. Ni una sola vez protestó. Como si hubiera esperado -y aceptado ya- recibir tal trato. —Mi nombre es Olivia. Olivia. Un bonito nombre. Preciso. Delicado. En realidad, la única cosa que no era delicada en ella era su voz. Capa tras capa de… ¿Qué era? La única palabra que podía pensar que lo describía era honestidad, y tan pronto como fluyó de ella, le golpeó con fuerza. Apostaría, a que esa voz nunca había dicho una mentira. No podía hacerlo. —¿Qué estás haciendo aquí, Olivia? —Estoy aquí… estoy aquí por ti. Otra vez, la verdad… esta era una fuerza que flotaba hasta los oídos, a través del cuerpo y le dejaba asombrado. No había lugar a dudas. Ni una sola. Simplemente se vio obligado a creerla. Sabin, el Guardián de Duda, la abría adorado. Nada agradaba tanto al demonio del guerrero como echar abajo la confianza de otro. —¿Eres un cebo? —No. De nuevo, la creía. No tenía elección.

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—¿Estás aquí para matarme? —se enderezó y cruzó los brazos sobre el pecho, fulminándola con la mirada, esperando. Sabía lo fiero que se veía, pero de nuevo, ella no reaccionó como solían hacerlo las mujeres: temblando, cubriéndose y sollozando. Ella aleteó sus largas y negras pestañas, pareciendo herida de que él hubiese malinterpretado su carácter. —No, por supuesto que no —se detuvo—. Bueno, ya no. ¿Ya no? —Así que. ¿Alguna vez, quisiste matarme? —Una vez me enviaron a hacerlo, sí. Tal honestidad… —¿Por quién? —Al principio, fui enviada por el Único Dios Verdadero simplemente para observarte. Yo no quería asustar a tu pequeña amiga. Sólo estaba intentando hacer mi trabajo —frescas lágrimas llenaron los ojos, convirtiendo esos hermosos irises azules en pozos de arrepentimiento. No te ablandes. —¿Quién es el Único Dios Verdadero? Puro amor iluminó su expresión, ahuyentando momentáneamente el brillo de dolor. —Tu Dios, Mi dios. De lejos más poderoso que tus dioses, aunque mayormente se contenta con permanecer en las sombras y raramente se le reconoce. El padre de los humanos. El padre de los… ángeles. Como yo. Ángeles. Como yo. Cuando esas palabras le hicieron eco en la cabeza, Aeron abrió desmesuradamente los ojos. No era de extrañar que su demonio no pudiera sentir ninguna maldad en ella. Ni por qué su mirada le era tan familiar. Era un ángel. El ángel, en realidad. El único enviado a matarle, por su propia admisión. Aunque “ya no” planeaba acabar con él. ¿Por qué? ¿Y eso importaba? Esta delicada criatura había sido, en cierta ocasión, su designado verdugo. De repente quería reír. Como si ella pudiese haberlo dominado a él. No pudiste verla. ¿Habrías sido realmente capaz de detenerla, si hubiese ido a por tu cabeza? El pensamiento le golpeó y perdió la diversión. Ella era la única que le había estado vigilando todas aquellas semanas. Ella era la única que le había seguido, sin ser vista, ahuyentando a una afligida Legión.

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Lo cual traía la pregunta de por qué Ira no estaba reaccionando como siempre lo hacía Legión. Con temor e incluso agonía física. Quizás el ángel controlaba lo que sentían los demonios, consideró. Eso sería una habilidad práctica para poseer, manteniendo a sus víctimas ignorantes de su presencia -e intenciones. Esperó a que la brutal rabia le llenase. Rabia que él había prometido liberar sobre esta criatura una y otra vez si se revelaba ella misma. Cuando la rabia no apareció, esperó la resolución. Debía proteger a sus amigos a toda costa. Pero eso, también, parecía inesperadamente fuera de su alcance. ¿Qué conseguía a cambio? Confusión. —Tú eres… —El ángel que ha estado vigilándote, sí —dijo, confirmando sus sospechas—. O más bien, era un ángel —los párpados se cerraron, las lágrimas capturadas en las pestañas. La barbilla temblorosa—. Ahora ya no soy nada. Él la creía. ¿Cómo podía no hacerlo? Esa voz…En realidad, quería dudar de ella en algo, cualquier cosa, pero no podía conseguirlo. Aeron extendió una temblorosa mano. ¿Qué eres, un niño? Enderézate, hombre. Frunciendo el ceño ante su demostración de debilidad, estabilizó la mano y le apartó el pelo, cuidadoso de no tocar su piel herida. Pellizcó el recogido cuello de su túnica y lo rasgó fácilmente. El suave material se rompió con facilidad, revelando la extensión de su espalda. Una vez más, los ojos se le abrieron desmesuradamente. Entre sus omóplatos, donde deberían haber sobresalido las alas, había dos surcos de resquebrajada piel, los tendones destrozados hacia la columna, músculos desgarrados e incluso el sobresaliente hueso. Eran heridas salvajes, violentas y sin piedad, con la sangre todavía supurando de ellas. A él le habían arrancado sus propias alas una vez a la fuerza y había sido la herida más dolorosa de su muy larga vida. —¿Qué ocurrió? —la ronquedad de la voz le atravesó. —He caído —carraspeó, la vergüenza goteando de su tono. Enterró la cara en la almohada—. Ya no soy un ángel. —¿Por qué? No habiendo conocido nunca antes un ángel -bueno, además de Lysander, pero el bastardo no contaba porque se negaba a hablar a los Señores de cualquier cosa de importancia- Aeron no sabía mucho sobre ellos. Sólo sabía lo que Legión le había dicho y, por supuesto, había una muy buena posibilidad de que hubiese sido adornado por su odio hacia ellos. Nada de lo que había descrito encajaba con la hembra sobre la cama. Los ángeles, había dicho Legión, no tenían emociones, criaturas sin alma con un único propósito: la destrucción de su contraparte oscura, los demonios. También había

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clamado que, de cuando en cuando, un ángel sucumbía a los placeres de la carne, intrigados por los mismos seres que él -o ella- se suponía que aborrecían. Ese ángel sería echado de una patada directamente al Infierno, donde a los demonios a los que había vencido una vez finalmente se les permitiría una pequeña venganza. ¿Qué era lo que le habría sucedido a esta? Se preguntaba Aeron. ¿Un viaje al Infierno donde los demonios la habían atormentado? Posiblemente. ¿Debería desatarla? Sus ojos… tan ingenuos, tan inocentes. Ahora le decían ayúdame. Y sálvame. Pero más que nada, le decían sujétame y no me dejes ir nunca. Él había sido engañado antes por tal inocencia, pensó, deteniéndose antes de poder actuar. Baden, también había sido engañado y había muerto por ello. Un hombre inteligente aprendería primero un poco más de esta mujer, decidió. —¿Quién te arrancó las alas? —la pregunta emergió con brusquedad, y asintió con satisfacción. Ella tragó, estremeciéndose. —Una vez que me echaron… —Aeron, estúpido gilipollas —dijo una voz masculina, haciéndola callar—. Dime que no has… —Paris irrumpió en la habitación, pero se detuvo cuando descubrió a Olivia. Los ojos se estrecharon y se pasó la lengua sobre los dientes—. Así que, es verdad. Realmente saliste ahí fuera y la trajiste. Olivia se puso rígida, manteniendo la cara oculta de la vista. Los hombros empezaron a sacudirse como si estuviera sollozando. ¿Asustada por fin? ¿Ahora? ¿Por quién? Las mujeres adoraban a Paris. Concéntrate. Aeron no tenía que preguntar cómo Paris sabía lo que había hecho. Torin, el guardián del demonio Enfermedad, supervisaba la fortaleza y la colina sentado las veintiocho horas del día, nueve días a la semana -o así parecía. —Pensé que estabas reuniendo a los demás. —Torin me envió un mensaje y fui primero a él. —¿Y qué te dijo acerca de ella? —Al vestíbulo —dijo su amigo, indicando la puerta con una inclinación de la barbilla. Aeron negó con la cabeza. —Podemos hablar de ella aquí. No es un cebo. Otro golpe de la lengua sobre los lisos y blancos dientes.

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—Y yo pensaba que era estúpido en lo que se refería a las mujeres. ¿Cómo sabes qué es? ¿Te lo dijo y tú no pudiste hacer otra cosa excepto creerla? —el tono era de mofa. —Ella es un ángel, déspota. La que me ha estado vigilando. Eso borró el desprecio de la expresión de Paris. —¿Un ángel de verdad? ¿Del cielo? —Sí. —¿Como Lysander? —Sí. Muy lentamente, Paris la miró. Tan entendido en materia femenina como era -o solía serlo- probablemente sabría todo lo que había que saber del cuerpo de ella. El tamaño de sus pechos, la voluptuosidad de sus caderas, el largo exacto de sus piernas. Eso no molestó a Aeron. Ella no significaba nada para él. Nada, excepto problemas. —Independientemente de lo que sea ella —dijo Paris, menos enfadado de lo que había estado—, no quiere decir que no esté trabajando con nuestro enemigo. Tengo que recordarte que Galen, el mayor engreído del mundo, dice que él es un ángel. —Sí, pero él está mintiendo. —¿Y no podría hacerlo también ella? Aeron se restregó una mano por el rostro repentinamente cansado. —Olivia. ¿Estás trabajando con Galen para herirnos? —No —masculló ella y Paris tropezó hacia atrás, al igual que lo había hecho Aeron, agarrándose el pecho. —Mis dioses —jadeó su amigo—. Esa voz… —Lo sé. —Ella no es un cebo y no está ayudando a Galen —de hecho, ahora Paris hizo una declaración. —Lo sé —repitió Aeron. Paris sacudió la cabeza como si se aclarara los pensamientos. —Con todo. Lucien quería rastrear la colina en busca de Cazadores. Sólo por si acaso. Una de las muchas razones por las que Aeron siempre había seguido a Lucien. El guerrero era inteligente y cauteloso. —Cuando termine, convoca una reunión con todos los que estén aquí y háblales de la otra mujer. La del callejón.

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Paris asintió y de repente hubo un brillo en los ojos azules. —Vaya una tarde que has tenido hasta ahora, ¿eh? Me pregunto a quién conocerás esta noche. —Los dioses me ayuden si hay algún otro —murmuró. —No deberías haber desafiado a Cronos, amigo mío. El estómago de Aeron se encogió cuando su mirada volvió al ángel. ¿Realmente habría contestado el dios a su atrevimiento? ¿Debería ser Olivia quien lo condujese a una alegre persecución? Su corazón latía acelerado, se dio cuenta, y su sangre se estaba calentando. Apretó los dientes. No importaba que fuese o no ella. No podría tentarle, incluso ella, con esa cascada de cabello chocolate, tiernos ojos azules y unos labios en forma de corazón, fallaría. —No me arrepiento de mis palabras. Verdad o mentira, él no lo sabía. No había pensando que Cronos tuviese poder sobre los ángeles. Así qué, ¿cómo habría hecho el Rey de los Dioses para enviarla aquí? ¿O él no era el responsable? Quizás Aeron estaba equivocado y Cronos no tenía nada que ver con esto. De nuevo, eso no importaba. El ángel no sólo fallaría en tentarle, si no que se aseguraría de que ella se marchase antes de que tuviese tiempo para causarle un simple momento de preocupación. —Sólo para que lo sepas —dijo Paris—. Torin estuvo observando la colina con sus cámaras ocultas. Dice que ella se abrió paso excavando para salir de la tierra. Salir de la tierra. ¿Quería decir eso que ella había sido lanzada al Infierno y había sido obligada a buscarse la manera de salir? No podía imaginarse a la mujer de frágil apariencia capaz de tal cosa y sobrevivir, de hecho. Pero entonces recordó la determinación que había mostrado corriendo hacia la fortaleza. Quizás. —¿Eso es verdad? —la miró ahora con nuevos ojos. Con seguridad, tendría suciedad bajo las uñas y arañazos sobre los brazos. Además de la sangre, sin embargo, su túnica estaba absolutamente limpia. De hecho, cuando la miró, el desgarrón que había hecho al tejido se volvió a unir, al igual que hacía su cuerpo cuando era herido. Una pieza de ropa con propiedades generativas. ¿Nunca cesarían las maravillas? —Olivia. Responderás. Ella asintió sin mirar. Él oyó como se sorbía. Sí, estaba sollozando.

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Un dolor le floreció en el pecho, pero lo ignoró. No importa lo que es o lo que haya soportado. No te ablandarás. Ella asustó e hirió a Legión y se ha ido. —Un verdadero ángel, vivo —dijo Paris, claramente intimidado—. La llevaré a mi habitación, si quieres, y… —Está demasiado herida para cambiarla de cama —chasqueó Aeron. Paris le miró con extrañeza durante un momento, entonces sonrió abiertamente y negó con la cabeza. —No estaba evaluándola ni nada, así que deja ir tus celos. Eso no merecía una respuesta. Nunca había experimentado los celos y no iba a empezar ahora. —¿Entonces por qué estás ofreciendo llevarla a tu habitación? —Para así poder vendarle las heridas. ¿Quién es el déspota ahora? —Yo me ocuparé de ella. Quizás. ¿Podrían tolerar los ángeles la medicina humana? ¿O les haría daño? Él conocía bien los peligros de darle a una raza algo que le estaba destinada a otra. Ashlyn casi había muerto cuando bebió el vino destinado sólo para inmortales. Debería haber llamado a Lysander, pero el ángel guerrero de élite estaba actualmente viviendo en los cielos con Bianka y si había una manera de dar con él, a Aeron no se la habían dicho. Además, Lysander no le gustaba y no era de los que solía ofrecer información sobre su raza. —Quieres ser el único responsable, bien. Pero admítelo —Paris le dedicó otra sonrisa—. Estás sentando un reclamo sobre ella. —No. No lo hago. No tenía siquiera el más mínimo deseo de hacerlo. Era sólo que estaba herida y no podía ocuparse de sí misma, y por lo tanto, no estaba en condiciones de ser la compañera de cama de nadie. Y eso era todo lo que Paris quería de ella. Sexo. No importaba lo que dijera el guerrero. Además, ella había llamado a Aeron. Había gritado el nombre de Aeron. Sin inmutarse, Paris continuó: —Un ángel no es técnicamente humano, ¿sabes? Un ángel es algo más. Aeron apretó la mandíbula. De todas las cosas el hombre tenía que recordarle su conversación anterior. —Dije que no estoy haciendo reclamo alguno. Paris se rió. —Lo que tú digas, compadre. Disfruta de tu mujer.

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Las manos de Aeron se curvaron en puños, la risa de su amigo no era bienvenida ahora. —Ve y cuéntale a Lucien todo lo que hemos discutido y bajo ninguna circunstancia informes a las mujeres que tenemos aquí a un ángel herido. Correrán a mi habitación esperando conocerla, y ahora no es momento para eso. —¿Por qué? ¿Planeas salir con ella? Apretó con tal fuerza los dientes que temió que pronto no serían más que un recuerdo. —Planeo interrogarla. —Ah. Así que así es como lo llaman los chicos en estos días. Bien, diviértete — con eso, un sonriente Paris salió del cuarto. A solas una vez más con su carga, Aeron bajó la mirada hacia ella. Su silencioso sollozar había terminado, al menos y ella le miraba de nuevo. —¿Qué estás haciendo aquí, Olivia? —el decir su nombre no debería haberle afectado tanto, después de todo ya lo había dicho antes, pero lo hacía. La sangre se le calentó otro grado. Debían de ser aquellos ojos suyos… perforándole… Un tembloroso aliento escapó de ella. —Conocía las consecuencias, sabía que estaba entregando mis alas, mis habilidades, mi inmortalidad pero lo hice de todos modos. Es sólo… que mi trabajo había cambiado. Yo ya no daba alegría. Sólo muerte. Y odiaba lo que ellos querían que hiciera. No podía hacerlo, Aeron. Simplemente no podía. Su nombre en sus labios, pronunciado con tal familiaridad, también le afectó. Respiró con fuerza. ¿Qué le ocurría? Endurécete. Sé el frío y duro guerrero que afirmas ser. —Te observé —continuó—, como también a aquellos a tu alrededor, y me… dolió. Te quería, y quería lo que tenían ellos: libertad, amor y diversión. Quería jugar. Quería besar y tocar. Quería disfrutar de mí misma —su mirada se encontró con la suya, triste y rota—. Al final, sólo había una elección. Caer… o matarte. Decidí caer. Así que aquí estoy. Soy tuya.

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CAPÍTULO 3

Tuya. Ella no debería haber dicho eso. Olivia se congeló de horror, un pensamiento le estalló a través de la mente, más fuerte que ningún otro: simplemente lo había arruinado todo. Tendría que haber aliviado a Aeron al decirle la verdad. Después de todo, cada vez que se había acercado a él en las últimas semanas pasadas, la había amenazado con la agonía y la muerte. Que ella hubiera sido invisible no importó. Había sabido que ella estaba cerca. ¿Cómo? Aún no lo había descubierto. Tendría que haber sido imperceptible, tan insustancial como un fantasma de la noche. Y ahora que estaba aquí, en carne y derramando sus secretos, él probablemente la veía como una amenaza más. Probablemente la veía como a uno de sus enemigos. ¿Probablemente? Se rió sin humor. Lo hacía. Sus preguntas la habían azotado y cortado profundamente. Sip. Ella se había arruinado. Él no quería tener nada que ver con ella. Bueno, excepto para otorgarle esa agonía y muerte prometida. No te has abierto paso desde las profundidades del infierno para ser sacrificada en esta fortaleza. Había luchado a su manera para salir del infierno para tener una oportunidad con Aeron. A pesar de la probabilidad de fracaso. Puedes hacerlo. Lo había estado mirando subrepticiamente una y otra vez, sentía que le conocía muy bien. Era disciplinado, distante y brutalmente honesto. No confiaba en nadie más que en sus amigos. La debilidad no era un rasgo que tolerara. Y aún así, con los que amaba, era amable, cuidadoso y solícito. Colocaba el bienestar de ellos por encima del suyo. Yo quiero ser amada de esa misma manera. Si tan solo la hubiera visto antes de que fuera expulsada del único hogar que había conocido. Si tan solo la hubiera visto antes de que le hubiesen arrebatado su capacidad de volar. Antes de que la habilidad recién descubierta para la creación de armas aéreas le hubiera sido arrebatada. Antes de que la capacidad para blindarse contra el mal de este mundo le hubiera sido arrancada. Ahora…

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Era más débil que un ser humano. Después de haber confiado en las alas en lugar de las piernas a través de los siglos de su larga existencia, ni siquiera sabía cómo caminar correctamente. ¿Y si no podía hacer ni siquiera esto? Un sollozo se le escapó. Había abandonado su casa y a sus amigos por el dolor, la humillación y la impotencia. Si Aeron la echaba también, no tendría a dónde ir. —No llores —rechinó Aeron. —No puedo… evitarlo… —replicó entre estremecedores gemidos. Sólo una vez había derramado lágrimas antes y éstas habían surgido a causa de Aeron, así que se dio cuenta de que sus sentimientos por él, eclipsaban su sentido de auto conservación. La magnitud de lo que había hecho ahora gritaba con fuerza dentro de la cabeza. Estaba sola, atrapada en un cuerpo débil que no entendía, y dependiendo de la merced de un hombre quién a veces causaba caos mortales en un público desprevenido. Un público que ella, como portadora de la alegría, había tenido la responsabilidad de hacer feliz. —Inténtalo, maldita sea. —¿Puedes… tal vez… no sé… sostenerme? —dijo entre jadeos. —No —parecía horrorizado ante la idea—. Podrías simplemente desistir inmediatamente.De haber estado en casa, su mentor, Lysander, la habría estrechado y arrullado hasta que se calmara. Al menos, eso fue lo que pensó que haría, pero su teoría nunca había sido probada. Pobre, dulce Lysander. ¿Sabía que ella se había ido? ¿Sabía que nunca podría regresar? Sabía que estaba fascinada por Aeron, que ocupaba todos sus momentos libres en este plano para observarle en secreto, que no podía terminar la terrible tarea a la cual había sido asignada, pero Lysander nunca esperó que ella lo abandonara todo por este hombre. Para ser honesta, ella tampoco lo había sabido. No realmente. Tal vez sus problemas habían comenzado antes de que pusiera los ojos por primera vez sobre Aeron. Hacía unos pocos meses, el dorado le había aparecido en las alas. El oro era el color de los guerreros, un guerrero que ella nunca había deseado ser. A pesar de que había ascendido de categoría. Recordando su infelicidad, suspiró. Había tres castas de ángeles. La Elite de los Siete, como Lysander, trabajaban directamente con la verdadera Divinidad. Ellos habían sido seleccionados en el principio de los tiempos y nunca vacilaban en su función de entrenar a otros ángeles y monitorear lo sucesos malignos. A continuación estaban los guerreros. Ellos destruían a los demonios que lograban escapar de sus prisiones de fuego. Y por último se encontraban los portadores de alegría, lo que Olivia había sido una vez.

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Muchos de sus hermanos habían experimentado inmediatamente envidia cuando el oro había cubierto sus alas –nada malicioso, por supuesto- pero por primera vez en su existencia, estaba insegura acerca de su camino. ¿Por qué había sido elegida ella para este deber? Había amado el trabajo que tenía. Había amado susurrar afirmaciones hermosas en los oídos de los humanos, con lo que les daba confianza y placer. La idea de hacer daño a otro ser vivo, incluso a uno que se lo mereciera… la estremecía. Fue entonces cuando se encontró con los primeros pensamientos que provocaron su caída, ocasionaron que iniciara una nueva vida. Había tenido pensamientos inocentes, en realidad. ¿Qué pasaba si y tal vez…? Y cuando vio a Aeron todos esos pensamientos se intensificaron. ¿Qué pasaría si ellos pudieran estar juntos? Tal vez podrían vivir felices para siempre. ¿Cómo sería ser un humano? Así que por el momento, el Consejo Celestial Superior, una imponente masa compuesta por ángeles de las tres castas, la había llamado a la cámara del tribunal, había esperado ser castigada por su dificultad para destruir a Aeron. En lugar de eso, había recibido un ultimátum. Permaneció en el centro de la blanca y espaciosa habitación, con el techo abovedado y las paredes formando un círculo perfecto. Las columnas se extendían por todo alrededor, incluso la hiedra trepadora era de un rígido e inmaculado banco. Un trono se asentaba entre cada una de las columnas, de una forma majestuosa. —¿Sabes por qué estás aquí Olivia? —le preguntó una voz resonante. —Sí —a pesar de que temblaba, las alas nunca cesaron el grácil deslizamiento. Eran largas y majestuosas, las plumas de un glorioso blanco entremezclado con el dorado, que brillaba a la luz de la luna—. Para discutir el regreso de Aeron al Inframundo. —Hemos sido pacientes durante semanas, Olivia —la voz sin emoción hizo eco como un tambor de guerra en su cabeza—. Te hemos brindado oportunidades para demostrar tú valía. Y has fallado cada una. —No estoy destinada a hacer esto —respondió con voz temblorosa. —Lo estabas. Lo estás. No hay mejor manera de sembrar la alegría que salvar a los humanos del mal. Y eso es lo que podrás lograr al acabar esta tarea. Es tú última oportunidad. Termina con la vida de Aeron o vamos a terminar con la tuya. La amenaza del Consejo no había sido hecha con crueldad, lo sabía. Simplemente, era la costumbre en los cielos. Una sola gota de veneno podría arruinar un océano, por eso cada gota corrosiva tenía que ser eliminada antes del golpear de las olas. Sin embargo, ella había protestado de todos modos.

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—No podéis matarme sin la bendición de la Deidad Verdadera —y Él no se la daría. Él era todo ternura y amabilidad. Se preocupaba por los de su pueblo, todo su pueblo. Incluso de los ángeles descarriados. Sencillamente, Él era amor. —Pero podemos enviarte lejos, poniendo fin a la vida como la conoces —si el orador fuese mujer, su voz no habría sido menos aguda. Por un momento, Olivia había tenido problemas para recuperar el aliento, y las chispas de luz habían comenzado a bailar alrededor de los ojos. ¿Perder su hogar? Acababa de adquirir una nueva, y más grande nube. Había prometido hacerse cargo del turno de una de sus amigas portadora de alegría, para que pudiera irse de vacaciones y nunca había roto una promesa. Aún así, insistió. —Aeron no es malo. No merece morir. —Esto no es decisión tuya. Hizo caso omiso de una antigua ley y debe ser castigado por eso antes de que los otros piensen que también pueden hacer lo mismo sin consecuencias. —Dudo incluso que supiera lo que había hecho —ella extendió los brazos, rogando—. Si tan solo le permitierais verme y escuchar mi voz, yo podría hablar con él y explicarle… —Entonces estaríamos ignorando esa antigua ley. Cierto. La fe se basaba en el hecho de creer en lo que no se podía ver. Solo la Élite de los Siete tenía permitido revelarse en el plano mortal, como premio a las personas con esa fe. —Lo siento —dijo ella, inclinando la cabeza—. No debería haber pedido eso de vosotros. —Estás perdonada hija —le respondieron al unísono. El perdón era fácilmente conseguido aquí. Bueno, excepto cuando ignorabas los mandamientos. Pobre Aeron, pensó, pero todo lo que pudo decir fue: —Gracias. Solo que… Aeron la atrajo. Tenía todo el aspecto de un demonio con su carne tatuada, pero al verle por primera vez había despertado deseos en su interior que habían sido demasiado fuertes para ignorarlos. ¿Cómo sería tocarle? ¿Cómo sería ser tocada por él? ¿Conocería por fin la alegría que ella les había brindado a los demás? Al principio, esos pensamientos la habían avergonzado. Y mientras más conocía a Aeron, más fuerte era el deseo que sentía por él, hasta su caída, estar con él era en lo único que podía pensar. Por último, se había dado cuenta de que era aceptable sentirse fuertemente atraída hacia él, a pesar de su aspecto, a pesar de lo que el Consejo dijo, era hermoso y bueno. Y si él era honesto y bueno, ella podría hacer lo mismo, y ser honesta y buena,

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también. Más que eso, estaría bien porque él, protector como era, la mantendría a salvo. De los otros, y de ella misma. Y sin embargo, si él muriera, ella viviría el resto de la eternidad sin saber cómo… lo exquisito que habría podido ser la experiencia con él, en todos los sentidos. Se arrepentiría. Lloraría. Pero para salvarle, por su propia mano, significaba al menos, renunciar a todo lo que conocía, tal como el Consejo había proclamado. Además de perder su hogar y las alas, se quedaría atascada en un mundo dónde el perdón no se concedía siempre, la paciencia era rara vez recompensada y la rudeza era una forma de vida. —Es tu primer asesinato Olivia, así que entendemos tu renuencia. Pero no puedes permitir que eso te arruine. Debes estar por encima de ello o tendrás que pagar el precio de siempre. ¿Qué eliges? Ese había sido el último esfuerzo del Consejo para salvarla. Sin embargo, ella había levantado la cabeza y pronunció las palabras que habían estado dando vueltas en su interior durante todas esas semanas, las palabras que la habían conducido hasta aquí. Antes de que el miedo la hiciera cambiar de opinión. —Elijo a Aeron. —¿Mujer? La dura voz sacudió a Olivia de su pasado; era más profunda, más rica que la de cualquier otra persona y… necesaria. Ella parpadeó, su entorno enfocándose poco a poco. En una habitación que conocía de memoria. Amplia, con paredes de piedra cubiertas con imágenes en plata de flores y estrellas. El suelo era de madera oscura, brillante y estaba cubierto por una alfombra de suave color rosa. Había un vestidor, un tocador y una sala de estar para niñas. Muchos se habrían burlado del hecho de que este guerrero fuerte y orgulloso, poseía una sala femenina, pero no Olivia. El mobiliario simplemente demostraba la profundidad del amor de Aeron por Legión. ¿Tendría lugar en su corazón para alguien más? Su mirada cayó sobre él. Aún así estaba de pie junto a la cama donde estaba tendida, mirándola con… ninguna emoción, se dio cuenta, decepcionada. ¿Y quién podría culparle? ¡Qué espectáculo debería de presentar! Las lágrimas se le habían secado en las mejillas, por lo que sentía la piel tensa y caliente. El cabello le caía en enredos, y la suciedad rayaba la piel expuesta. Mientras tanto, él se veía hermoso. Era alto y musculoso, tanto que a ella se le hacía la boca agua, tenía los ojos violetas más asombrosos rodeados de largas pestañas negras. Su pelo oscuro estaba cortado casi hasta su cuero cabelludo, y se preguntó si los hilos entrecortados le pincharían la palma de la mano cuando los acariciara. No es que él fuera a permitirle acariciarlo.

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Estaba tatuado en gran medida, incluso en los planos perfectamente esculpidos de su rostro. Cada uno de esos tatuajes representaba algo horripilante. Apuñalamientos, estrangulamientos, quemaduras, sangre –mucha sangre- cada rostro esquelético grabado en pena. Sin embargo, en medio de toda la violencia estaban dos mariposas zafiro, una remontando las costillas y otra abriendo las alas su espalda. Los Señores, se había dado cuenta, solo tenían una mariposa como marca de su posesión demoníaca, y a menudo se había preguntado porque Aeron tenía una extra. No es como si su cuerpo albergara a dos demonios ni nada parecido. Más que todo, el despreciaba la debilidad. ¿Sería la mariposa un recordatorio de su locura? ¿Y los otros tatuajes, los violentos, otro recordatorio de las cosas terribles que su demonio le había obligado a hacer? En cuanto a Olivia, ¿por qué este hombre no le provocaba repulsa como les ocurría a los otros ángeles? ¿Por qué continuaba fascinándola? —Mujer —repitió impaciente. —¿Sí? —se las arregló para contestar. —No me estás escuchando. —Lo siento. —¿Quién me quiere muerto y por qué? En lugar de responder, ella le rogó: —¡Siéntate, por favor! Levantar la mirada solo me obliga a forzar el cuello. Al principio, no pensó que él le fuera a obedecer. Entonces, la sorprendió al acuclillarse, con expresión gélida. Finalmente, sus miradas se encontraron y ella pudo ver sus pupilas dilatarse. Extraño. Esto solía ocurrir cuando los humanos estaban felices. O enfadados. Y él no estaba de ninguna de las dos formas. —¿Mejor? —le preguntó él. —Sí. Gracias. —Bien, ahora respóndeme. Tal como un comandante. Sin embargo, a ella no le importaba. La recompensa era demasiado grande. Ahora podía beber de su maravillosa visión sin esfuerzo, mientras conversaba con él como había soñado hacer durante todas estas semanas. —El Consejo Celestial Superior te quiere muerto, por ayudar a un demonio a escapar del infierno. Él frunció el ceño. —¿Mi Legión?

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¿Su Legión? Olivia asintió con la cabeza, e hizo una mueca. El dolor no era algo que hubiera experimentado nunca antes –mental o físicamente- y no estaba segura de cómo lo estaba soportando. Con lucidez, por lo menos. O tal vez si lo sabía. Los seres humanos producían adrenalina y otras hormonas, y eso les adormecía un poco. Tal vez estaba produciendo también esas cosas, ahora era humana. Cada vez más, comenzó a sentirse placenteramente distanciada del nuevo cuerpo, del dolor y las emociones desconocidas. —No lo entiendo. Legión ya había salido arrastrándose hacia la libertad cuando nos conocimos. No hice nada para ganarme la ira de… nadie —la boca se apretó con la última palabra. —En realidad lo hiciste. Sin ti no habría podido salir a la superficie, ella estaba obligada a permanecer bajo tierra. —Aún no lo entiendo. Los parpados de Olivia, de repente se volvieron pesados y como si fueran de papel de lija, los ojos se le cerraron -¡Oh, debía discutir otra cosa!- por lo que se obligó a abrirlos de nuevo. —En su mayor parte, los demonios son capaces de dejar el infierno cuando son convocados a la tierra. Es una pequeña escapatoria que nosotros no detectamos hasta que es demasiado tarde. De todas formas, mientras están convocados, su vínculo con el infierno se rompe y se vinculan con la persona que les invocó. —Pero, de nuevo, yo no convoqué a Legión. Ella vino a mí. —Tal vez no la convocaste conscientemente, pero desde el momento que la aceptaste como tuya, fue como si lo hubieras hecho. Él flexionó y abrió las manos, un gesto que ella sabía que hacía cuando trataba de mantener las cosas bajo control. Quizás estuviera enfadado. —Ella tiene todo el derecho a caminar sobre la tierra. Yo soy un demonio, y lo he hecho durante miles de años sin castigo. Cierto. —Pero tu demonio está atrapado dentro de ti. Tú eres su infierno. Legión no tiene restricciones, es capaz de entrar y salir cuando le plazca. Lo que significa que ella no está en el infierno y eso desafía todas las reglas celestiales. Pudo ver que él se preparaba para discutir. Tal vez le ayudaría si le explicara los orígenes del infierno. —Los demonios más poderosos fueron una vez ángeles. Ángeles caídos. Ellos fueron los primeros en caer, en realidad, y sus corazones estaban ennegrecidos, limpios de cualquier bondad en ellos. Así que, pérdidas sus alas y poderes, fueron castigados a sufrir para siempre. Una tradición que ha continuado con su descendencia. No puede

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haber excepciones. Los demonios están ligados al infierno. Aquellos que logran romper ese vínculo, son asesinados. El rojo se filtró en el iris de sus ojos, haciéndolos brillar. —¿Estás tratando de decirme que como Legión no vive en el infierno debe morir? —Sí. —¿Y también qué ella una vez fue un ángel? —No. Una vez en el infierno, los demonios aprendieron a procrear. Y Legión es una de esas creaciones. —¿Y crees que debe ser castigada a pesar de que no ha causado ningún daño? —Yo no, pero sí. Sin embargo… —Ahora entiéndeme una cosa. No voy a permitir que nada le dañe —dijo con calma, pero no menos violento. Olivia permaneció en silencio. No iba a mentirle y decirle lo que quería oír. Que él y su Legión estaban a salvo, sus crímenes olvidados por aquellos en los cielos. Tarde o temprano, alguien vendría a hacer lo que ella no había podido terminar. —Ella no merece estar allí —gruñó él. —Esa no es tu decisión —el reproche salió de la boca, tan suavemente como pudo. Que las palabras fueran un eco de lo que el Consejo le había dicho le dejó un mal sabor de boca. Aeron respiro bruscamente, las fosas nasales dilatándose. —Tú caíste. ¿Por qué no fuiste arrojada al infierno? —Los primeros ángeles en caer le dieron la espalda a la única y verdadera Deidad, por su corazón ennegrecido. Yo no le di la espalda. Simplemente me limité a escoger un camino diferente. —Pero, ¿por qué fuiste enviada a mí ahora? ¿No como uno de los ángeles caídos, pero si cómo mi verdugo? Hace miles de años, yo hice cosas mucho más terribles que cualquier cosa que un pequeño demonio pudiera hacer para romper las reglas del infierno. Todos los que vivimos aquí, lo hicimos. —El Consejo acordó con los dioses que tú y tus hermanos eran los únicos capaces de vivir aquí, y quizás un día controlar el escape de los demonios. Cómo dije, tú eres su infierno, y vosotros ya habéis sido suficientemente castigados por vuestros crímenes. La victoria se asentó en sus facciones, cómo si él la hubiera atrapado en una mentira. —Ira se liberará en el momento de mi muerte, escapando de su llamado infierno. ¿Entonces qué? ¿Aún así piensas matarme?

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Sí tan solo esa escapatoria no se le hubiera negado... —Una vez se nos prohibió matar a los demonios de los Altos Señores, y eso es lo que es Ira. Luego ellos escaparon de las profundidades, lo que nos obligó a cambiar nuestras normas en consecuencia. Así que… también iba a matar a Ira. La admisión hizo que su expresión victoriosa se desvaneciera. —Tú caíste. Eso significa que no estabas de acuerdo con el edicto. Con matarme, a mi demonio y a Legión. —No es verdad —dijo ella—. Creo que debes ser salvado, sí. E Ira también, ya que el demonio es una parte de ti. ¿Si creo que a Legión debería permitírsele vivir en este mundo? No. Es una amenaza en potencia que ni siquiera conoces, y podría causar un daño incalculable. Caí porque… —Tú quieres ser libre para amar y divertirte —le dijo él, repitiendo sus palabras anteriores. Sólo que las suyas eran una burla—. ¿Por qué fuiste escogida para esta tarea? ¿Has asesinado antes? Ella tragó saliva, sin querer admitir cómo se habían desarrollado las cosas, pero sabía que le debía una explicación. —En la oscuridad. Reyes… visitaba los cielos muchas veces por su mujer, Danika. Lo vi una vez y le seguí hasta aquí, tenía curiosidad por la vida que un guerrero poseído por un demonio se había construido para sí mismo. —Espera —Aeron frunció el ceño hacia ella—. ¿Seguiste a Reyes? —Sí — ¿acaso no había dicho eso? —Pero seguiste a Reyes —la ira le irradiaba del cuerpo y del tono. —Sí —susurró ella, comprendiendo. De pronto deseo haberse guardado esa parte de la historia para sí misma. Sabía cuán protector era Aeron con sus amigos, y su disgusto hacia ella crecía con cada minuto—. Sin embargo, nunca le lastimé. Yo… yo pasé un tiempo transitando entre los dos mundos. —Esperando por ti, queriéndote—. Fui elegida por que yo, mejor que nadie, conocía acerca de su rutina. ¿O los ancianos habían sentido su deseo por él, y pensaron que si la eligieran para eliminar a Aeron, ese terrible deseo desaparecería, también? Se lo había preguntado a menudo. —Para que lo sepas, Reyes tiene una mujer —Aeron arqueó una ceja, alterando el tatuaje de las almas fantasmales de la frente. Almas que gritaban por la condenación—. Eso poco importa. Quiero saber cómo pensabas asesinarme. Ella habría formado una espada de fuego, tal como Lysander le había enseñado, y la habría llevado hacia su cabeza. Esa era la forma más rápida de dar muerte que un ángel podía ofrecer, le habían dicho. Era más rápido y misericordioso, hecho antes de que un pinchazo de dolor se pudiera sentir.

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—Hay muchas maneras —fue todo lo que dijo. —Pero ahora has caído sin poder completar tu misión —respondió Aeron, la voz tensa con el temor—. Enviarán a alguien más en tu lugar, ¿no? Finalmente él comenzaba a comprender. Ella asintió con la cabeza. El ceño fruncido dio paso a otro igual. —Como he dicho, no voy a permitir que Legión sufra algún daño. Ella es mía, y yo protejo lo que es mío. Oh, ser suya, pensó ella, el anhelo en su interior crecía con más fuerza causando un dolor persistente. Después de todo, esa era la razón por la cual estaba aquí. Era mejor vivir un solo momento con él que toda una vida con alguien más. Le hubiera gustado tener más de un momento, pero ese momento era todo lo que tenía. Cuando su sustituto apareciera, Aeron podría morir. El corazón se le hundió por un instante, pero la situación era tan simple como eso. Aeron estaría indefenso ante un oponente al que no podía ver, oír, ni tocar. Un oponente que sí podía verle, oírle y tocarle a él. Y, conociendo la justicia divina como la conocía, ese sustituto sería Lysander. Olivia había fracasado, por lo que su mentor podría ser considerado el responsable de su deficiencia. Lysander no dudaría en dar el golpe final. Él nunca lo hacía. Sí, era diferente ahora que se había vinculado con Bianka, la arpía descendiente del mismísimo Lucifer. Pero negarse a enfrentarse a Aeron, significaba que Lysander también tendría que caer. Tendría que renunciar a su para siempre con Bianka, y eso no era algo que fuera a hacer el guerrero de élite. Bianka se había convertido en su todo. —Gracias por la advertencia —Aeron se puso de pie. Si dijo algo antes de eso, ella se lo había perdido, tan distraída como estaba. ¿Qué estaba mal con ella? Había venido aquí por él, pero desde su llegada, en su mayoría había estado distraída con sus pensamientos. —No hay de qué. Pero hay algo que me gustaría a cambio. Yo… yo quisiera quedarme aquí —dejó salir las palabras—. Contigo. Incluso te puedo ayudar con tus deberes de limpieza, si lo deseas —muchas veces había observado a Aeron limpiar la fortaleza, quejándose con odio de esa tarea. Él se agachó para desatarle las muñecas. Con movimientos tan tiernos que le provocó eléctricas punzadas de dolor. —Me temo que eso no es posible. —Pero… ¿por qué? No voy a causar ningún problema. Lo prometo. —Ya has causado bastantes problemas.

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La barbilla le comenzó a temblar de nuevo. El entumecimiento emocional que había experimentado, comenzaba a desaparecer rápidamente. Él aún piensa deshacerse de mí. Miedo, confusión, desesperación, todos bombardearon en ella. Hundió la cara en la almohada, no queriendo ver a Aeron. Ya estaba en suficiente desventaja con él. —Mujer —gruñó él—. Te dije que no lloraras. —Entonces no hieras mis sentimientos —las palabras fueron amortiguadas por el algodón contra los labios… y sí, de las lágrimas también. Hubo un roce de ropa, como si él estuviera pasando su peso de un pie al otro. —¿Herir tus sentimientos? Deberías estar agradecida de que no te matara. Me causaste un dolor incalculable durante el mes pasado. Mi leal compañera no pudo permanecer conmigo y tuvo que regresar a un lugar que ella detesta. Un lugar en el que se merecía estar, pese a la afirmación de Aeron, pero que importaba, dijo como los Señores acostumbraban hacer. —Lo siento —y era de verdad. Pronto él perdería todo lo que amaba y no había nada que cualquiera de los dos pudiera hacer para evitar que sucediera. No pienses en ello o empezarás a llorar de nuevo. Él suspiró. —Acepto tus disculpas, pero eso no cambia nada. No eres bienvenida aquí. ¿La había perdonado? Finalmente, un paso hacia el buen camino. —Pero… —Has caído, pero sigues siendo inmortal. ¿No es así? —él no le dio tiempo para responder. Sus ropas habían sido reparadas, así que era razonable que pensara que ella también hubiese sido curada—. Estarás bien por la mañana. Y entonces, te quiero fuera de esta fortaleza.

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CAPÍTULO 4

Aeron iba y venía a lo largo del corredor. Lo había estado haciendo durante horas, pero no veía alivio en su futuro inmediato. Alguien tenía que vigilar al ángel. No por los intrusos sino por la intrusión de ella, por si acaso estuviera aquí para escabullirse y escuchar cosas que no debería. Una racionalización que no tenía mucho sentido, pero una a la que se apegaría. Sí, ella podría haber escuchado cosas que no debería como ángel, invisible y protegida, pero ahora era vulnerable y algún día podría ser capturada por los Cazadores y usada para lastimar a sus amigos. Cerró las manos en puños, y forzó a su mente a retirarse de esos pensamientos sobre ella siendo torturada y la muerte de ambos antes de que diera un puñetazo a la pared. O a un amigo. Además, cuando Olivia estuviera lo bastante bien, lo cual sería en cualquier momento, parte de él esperaba que ella tratara de escapar de la habitación para cazar a Legión. Incluso aunque Legión estuviera ausente, eso no era algo que Aeron fuera a permitir. No era que Olivia, caída como estaba ahora, pudiera hacer mucho daño durante su investigación. Aún así. Podría revelar sus descubrimientos a otro ángel, el que predijo que vendría, ese ángel podría tener la intención de ver el acto realizado. No durante mi turno, pensó él. Sus amigos habían ya tenido su reunión –había oído sus murmuraciones, luego sus risas, después sus pisadas al partir- pero no tenía idea de lo qué se había decidido. Nadie lo había visitado a él. ¿Dónde iban a buscar a la extraña mujer que se había encontrado en el callejón? ¿Había encontrado Lucien alguna señal de los Cazadores en la colina? Aeron no había cambiado de opinión; no creía que Olivía estuviera involucrada con ellos. Pero podrían haberla seguido hasta aquí. Los ataques furtivos eran su especialidad, después de todo.

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Y en realidad, una invasión sería el final perfecto para esta terrible noche. Medía hora antes, había convocado a Legión para advertirla de lo que estaba ocurriendo. Usualmente, sin importar la distancia entre ellos, ella oía la llamada y acudía. Esta vez no. Como Lucien, ella podía destellarse de una ubicación a otra con solo un pensamiento, pero no había aparecido. ¿Estaba herida? ¿Amarrada? Estaba tentado de convocarla formalmente, tal como ella le había enseñado –aunque hasta la explicación de Olivia, no había comprendido a lo que ella se refería- por eso no era algo que ella pudiera ignorar. Cuanto más consideraba la posibilidad, más creía que el ángel -caído o no- tenía que estar fuera de esta fortaleza antes de que Legión se sintiera lo bastante cómoda para regresar. Él recordaba su temor, la manera en que temblaba incluso al pronunciar la palabra ángel. Podría haberle pedido a Olivia que dejara de hacer lo que fuera que estuviera haciendo que lastimaba a la pequeña demonio y no a él. O a sus amigos, para el caso. Ellos nunca habían sentido a Olivia, de ninguna forma. Pero no se lo había pedido. Ella estaba sanando, y no quería molestarla. Especialmente cuando ella había hecho ya tanto por él. No te suavices. Así que dejó a Legión sola, también. Por ahora. No era que pudiera imaginarse a la frágil Olivia hiriendo a nadie. Incluso con su completa capacidad –independientemente de la que fuera. Si se hubiera desatado una lucha, Legión habría sujetado al ángel, aquellos colmillos envenenados profundamente incrustados en la vena de Olivia, en segundos. Esa es mi chica, pensó, sonriendo. Solo que su sonrisa no duró mucho. La idea de Olivia muriendo no le sentaba bien. No le había matado como se le había ordenado. No era que pudiera hacerlo, pero ni siquiera lo había intentado. Ni había herido a Legión, como probablemente hubiera deseado hacer. Solo quería experimentar las alegrías de la vida que claramente le habían sido negadas. No merecía morir. Por un momento, solo un momento, pensó en quedársela. Incluso tan tranquilo como estaba Ira a su alrededor, sin exigir que la castigara por algún crimen que hubiese cometido veinte años atrás, un día atrás, un minuto atrás, ella sería la compañera perfecta para él. Podría velar por sus necesidades, como Paris había dicho. Necesidades que él había proclamado no tener. Pero no podía negar ese instante en que había estado acuclillado junto a ella, algo se había agitado en su interior. Algo caliente y peligroso. Ella había olido a luz de sol y a tierra, sus ojos, tan azules y claros como el cielo de la mañana, le habían observado con confianza y esperanza. Como si él fuera un salvador más que un destructor. Y le había agradado. ¡Idiota! ¿Un demonio, conservando a un ángel? Difícilmente. Además, ella está aquí para divertirse y tú, mi amigo, estás tan lejos de la diversión como un hombre pueda estarlo.

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—Aeron. Finalmente. Noticias. Aliviado de sacar a Olivia de sus pensamientos, Aeron se giró y vio a Torin reclinándose sobre un hombro contra la pared, los brazos enguantados cruzados sobre el pecho y una irreverente sonrisa curvaba su boca. Como guardián de Enfermedad, Torin no podía tocar piel con piel a otro ser sin desatar una plaga. Los guantes los protegían a todos ellos. —Una vez más, un Señor del Inframundo tiene a una mujer encerrada en sus aposentos mientras intenta decidir qué hacer con ella. —Torin se rió por lo bajo. Antes de que Aeron pudiera replicar, en su cabeza comenzaron a destellarle imágenes. Imágenes de Torin alzando una daga, con expresión decidida, determinado. Esa daga descendía… apuñalando a su objetivo en el corazón… y emergía húmeda y roja. El hombre que había sido apuñalado, un humano, colapsó en redondo al suelo. Muerto. Tenía tatuada en la muñeca una figura de un ocho, el símbolo del infinito y la marca de un Cazador. Él no había herido a Torin, ni siquiera había amenazado con hacerlo. Los dos simplemente se habían cruzado en la calle, alrededor de cuatrocientos años atrás, cuando el guerrero había dejado la fortaleza para finalmente estar con la mujer que amaba, pero primero había divisado la marca y había atacado. Para Ira, el acto fue malicioso y sin provocación. Para Ira, el acto merecía castigo. Aeron había visto este particular evento muchas veces ya, y cada vez tenía que suprimir la urgencia de actuar. Ahora no era diferente. Realmente sentía los dedos curvándose alrededor de la empuñadura de su daga, la necesidad de apuñalar a Torin como él lo había hecho con el Cazador era fuerte. Yo hubiera actuado igual, le gritaba mentalmente al demonio. Hubiera matado a ese Cazador, maliciosamente y sin provocación. Torin no merece castigo. Ira gruñó. Calma. El brazo de Aeron cayó al costado, la mano vacía. —¿El demonio desea ir tras de mí? —preguntó Torin sin emoción. Sus amigos le conocían demasiado bien. —Sí, pero no te preocupes. Tengo al bastardo bajo control. Creyó escuchar al demonio bufar. Cuanto más negara a Ira, más crecería su deseó de castigar –hasta la necesidad de dominar a Aeron tan completamente, que él se quebraría. Sería entonces cuando volaría al pueblo, nadie estaría seguro, los más ligeros pecados se encontrarían con absoluta crueldad y brutalidad. Aquellas juergas de venganza eran la razón por la que Aeron se había tatuado como lo había hecho. Como era inmortal y propenso a sanar rápidamente, había tenido

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que combinar ambrosía deshidratada con la tinta para ser marcado permanentemente y había sido como inyectarse fuego directo en las venas. ¿Sin embargo, había servido de algo? Infiernos, no. Cada vez que se miraba en el espejo, le eran recordadas las cosas que había hecho y lo que haría de nuevo si no tenía cuidado. Pero más que eso, los tatuajes le aseguraban que las personas que había matado, los que no habían merecido morir, nunca fueran verdaderamente olvidados. Algunas veces eso ayudaba a aliviar la culpa. Y algunas veces ayudaba a que perdiera intensidad su irracional orgullo por la fuerza del demonio. —¿…seguro que tienes el control? —¿Qué? —preguntó, sacándose de sus pensamientos. Torin sonrió de nuevo. —Pregunté si estabas seguro de que tenías el control sobre tu demonio. Estabas parpadeando y tus ojos se están tornando rojos. —Estoy bien. —A diferencia de Olivia, no había completa verdad en su voz. La mentira estaba allí para que todos la oyeran. —Te creo. Realmente. Así que… ¿volvemos a nuestra conversación? —preguntó Torin. ¿Dónde se había desviado del tema? Oh, sí. —Estoy seguro que no viniste aquí para compararme con nuestros amigos emparejados. Difícilmente soy el tonto enamorado que eran todos ellos cuando trajeron a sus mujeres aquí. —Y así, te has cargado mis próximas tres bromas. No eres divertido. Exactamente lo que Aeron había pensado cuando Olivia había mencionado sus tres deseos. Habiendo confirmado el pensamiento, sin embargo, lo carcomía por dentro por razones que no podía explicar. —Torin. Tu propósito, por favor. —Bien. Tu ángel ya está causando problemas. Algunos de nosotros queremos deshacernos de ella, y otros queremos conservarla. Estoy en el Equipo de Conservar. Creo que tenemos que seducirla hacia nuestro lado antes de que hagas que nos odie a todos y decida ayudar a nuestro enemigo. —Mantente alejado de ella. —Aeron no quería al guerrero en ningún lugar cerca de Olivia. Y no tenía nada que ver con el cabello blanco, cejas oscuras y ojos verdes que parecían nunca tomarse nada en serio que tenía el hombre, asegurando que Torin no tenía que tocar a una mujer para ganarla. Torin puso los ojos en blanco.

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—Idiota. Deberías estar agradeciéndomelo, no amenazándome. Vine a decirte que la escondieras. William está en mi equipo y quiere ser el que haga la seducción. William, un inmortal con adicción al sexo. Un inmortal con cabellos negros y ojos azules incluso más traviesos que los de Torin. Un guerrero que era alto, musculoso e indomable. Un guerrero cuyos únicos tatuajes estaban escondidos bajo sus ropas. Si Aeron recodaba correctamente, había una X sobre su corazón y un mapa del tesoro en su espalda. Un mapa del tesoro que cruzaba sus costillas y que bajaba alrededor de su cadera, finalmente terminando sobre su “zona divertida”. Realmente era un verdadero hombre atractivo –si las mujeres humanas podían creérselo- y era el epitome de la diversión. A Olivia probablemente le agradaría. ¿Por qué Aeron repentinamente quería estampar el rostro del hombre contra una pared, arruinando esa hermosa apariencia? Algo que nunca había querido hacer antes, a pesar de la intensa necesidad de Ira de castigar al hombre, romper su corazón en cientos de trozos de la misma manera que había hecho con cientos de mujeres. Sólo que Ira quería que Aeron utilizara una daga para ello. Aeron siempre se había resistido porque le agradaba William, quien podía no ser un verdadero Señor, pero con quien se podía contar durante una batalla. El hombre no tenía limitaciones cuando se debía matar. Sin Legión, estás buscando pelear. Eso es todo. Sí. Claramente estaba al límite. —Gracias, Torin, por la advertencia acerca de William —dijo, esperando haber sonado apropiadamente irónico—. Aunque Olivia no estará aquí lo suficiente para ser seducida por nadie. —Estoy seguro que William te diría que solo necesita unos cuantos segundos. No reacciones. Sin embargo, si William aparece, Aeron podría “accidentalmente” perder el control de Ira, permitiéndole al demonio hacer finalmente un acercamiento con el inmortal. Ira ronroneó de aprobación. —Oh, ey —dijo Torin, reclamando su atención—. Cambiando el tema de un adicto del sexo a otro, Paris quiere que te diga que Lucien le destelló al pueblo para encontrar una mujer. Lucien planea dejarle allí, así que no volverá hasta la mañana. —Bien. —Su alivio no tenía nada que ver con que Paris estuviera bien lejos de Olivia—. ¿Vio Lucien alguna señal de los Cazadores mientras estaba allí? —Nop. No en la colina y no en Buda. —Bien —repitió Aeron, volviendo a ponerse en movimiento. Iba de una esquina a la otra—. ¿Había allí alguna señal de la mujer de cabello negro?

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—No, pero Paris prometió seguir buscándola. Una vez que recuperara su fuerza, por supuesto. Y hablando de pérdida de fuerza, Paris mencionó que el ángel está herido. ¿Quieres que haga que alguien traiga a un doctor? “Traer” significaba “secuestrar” en esta casa. —No. Sanará por su cuenta. —Habían estado buscando un médico que contratar permanentemente desde hacía algún tiempo, pero no habían tenido suerte. Ahora era esencial, puesto que Ashlyn estaba embarazada. Pero nadie sabía si el bebé sería mortal o demonio, así que tenían que tener cuidado con a quien elegían. Los Cazadores, como recientemente habían descubierto, habían estado procreando inmortales con mortales durante años, produciendo niños mestizos con la esperanza de crear un ejército imparable. El bebé del demonio de Violencia sería un premio entre premios, alguien que todo Cazador estaría encantado de usar. Y en las manos del médico equivocado, los secretos de los Señores estarían de cualquier forma menos a salvo. Torin negó con la cabeza con simpatía, como si Aeron tuviera el juicio demasiado enturbiado como para pensar las cosas apropiadamente. —¿Estás seguro que ella sanará? Ha sido arrojada de los cielos. —Nosotros hemos sido arrojados de los cielos, sin embargo sanamos tan rápido como siempre. Incluso regeneramos miembros. Lo que Gideon, el guardián de Mentira, estaba en proceso de realización. El guerrero había sido capturado durante su última batalla con los Cazadores y torturado para sonsacarle información, información que no había dado. En venganza, los Cazadores le habían amputado ambas manos. Gideon estaba aún confinado en la cama y era una gran molestia para todos. —Buen punto —dijo Torin. El grito de una mujer provino repentinamente de la habitación de Aeron. Él dejo de pasearse y Torin se enderezó. Para el momento en que el segundo grito estalló, ambos estaban corriendo hacía la habitación, aunque Torin mantenía una buena distancia entre ellos. Aeron abrió la puerta de golpe, fue el primero en entrar. Olivia estaba en la cama, aún yaciendo sobre el estomago pero ahora sacudiéndose. Sus ojos estaban cerrados y a pesar de las sombras que sus pestañas arrojaban, él podía ver las ojeras que ahora se derramaban bajo ellos. El cabello oscuro estaba enmarañado alrededor de sus temblorosos hombros. Su túnica se había obviamente limpiado a sí misma, la mayoría de la sangre había desaparecido. Sin embargo, había dos nuevas manchas donde sus alas ya deberían haber comenzado a crecer nuevamente, ambas de brillante carmín y húmedas.

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Los demonios estaban tirando de ella. Olivia podía sentir sus garras clavándose en la piel, cortando, escociendo. Podía sentir la pegajosa secreción de sus escamas y la quemazón de su pútrido aliento. Podía oír el regocijo en sus carcajadas y deseaba vomitar. —Mira lo que encontré —dijo uno de ellos riendo. —Un lindo ángel, caída directamente en nuestros brazos —dijo otro riendo por lo bajo. Olor a azufre y podredumbre espesó el aire, y el hedor se le atascó en las fosas nasales al tratar de respirar. Ella simplemente había caído, las nubes abriéndose bajo los pies, arrojándola en espiral de los cielos, abajo… abajo, sin fondo a la vista, agitándose por algo, cualquier cosa para aferrar y detenerse… y cuando el fondo había finalmente aparecido, el suelo se había abierto también, las llamas del infierno tragándosela entera. —Una ángel guerrera, eso es. Tiene alas con oro. —Ya no. El tirón se volvió más fuerte, más violento. Ella pateó, golpeó y mordió, tratando de luchar para liberarse así huir y esconderse, pero había demasiados demonios a su alrededor, el irregular y rocoso panorama detrás de ellos no le era familiar, así que sus esfuerzos no dieron resultados. Los tendones que sujetaban las alas en su lugar comenzaron a desgarrarse; el ardiente dolor se extendió, consumiéndola hasta que cada pensamiento en su cabeza giró sobre la mejor manera de detenerlo: morir. Por favor. Déjame morir. Estrellas parpadearon sobre los ojos, repentinamente era la única cosa que podía ver. Todo lo demás se había tornado negro. Pero negro estaba bien, el negro era bienvenido. Aún así, una y otra vez las carcajadas y el tironeo continuó. Le inundó el mareo y la nausea comenzó a agitarse en el estómago. ¿Por qué no estaba muerta? Entonces una de las alas fue desgarrada completamente y ella gritó, ese ardiente dolor convirtiéndose en uno que ahora sabía que era verdadera agonía. Ni siquiera la muerte acabaría con esta clase de sufrimiento. No, éste la perseguiría a su próxima vida. La otra ala rápidamente siguió a la anterior, y gritó de nuevo, una y otra vez. Las garras continuaron desgarrándole las ropas, dañando más la piel y hundiéndose en las frescas heridas de la espalda. Finalmente, sí vomitó, vaciando el estomago de las celestiales frutas que había consumido justo esa mañana. —No eres tan bonita ahora, ¿verdad, guerrera? Las manos la apretujaron, tocándola en lugares que nadie la había tocado antes. Las lágrimas se derramaban a lo largo de las mejillas, y yació allí, impotente. Esto era.

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El final. Finalmente. Excepto, un único pensamiento emergió en ese mar de oscuridad: ella no había renunciado a su hermosa vida, solo para morir en el infierno sin haber conocido la alegría, sin pasar tiempo con Aeron. No. ¡No! Eres más fuerte que esto. ¡Pelea! Sí, sí. Ella era más fuerte que esto. Pelearía. Ella… —Olivia. La dura y familiar voz se arrastró hasta su mente, momentáneamente bloqueando las odiadas imágenes, el dolor y el pesar. La determinación. —Olivia. Despierta. Una pesadilla, pensó, con un pequeño vestigio de alivio. Sólo una pesadilla. Los humanos frecuentemente las tenían. Pero sabía que el asalto había sido mucho más para ella. Un recuerdo, una reproducción de su tiempo en el infierno. Se percató que aún estaba sobre la cama, la espalda incluso ahora le ardía, el resto de ella estaba magullado y agarrotado. Forzándose a relajarse, se obligó a abrir los parpados. Estaba jadeando, el pecho rápidamente alzándose y cayendo contra el colchón, el aire quemándole la nariz y garganta como si estuviera inhalando ácido. El sudor emanó de ella, ciñendo la toga al cuerpo. El bendecido entumecimiento que había experimentado antes había sido totalmente borrado; ella lo sentía todo. La muerte hubiera sido preferible, después de todo. Una vez más Aeron estaba acuclillado junto a la cama y mirándola. Un hombre – el llamado Torin, recordó- estaba junto a él y la observaba a través de sus encantadores ojos verdes. Demonio, pensó Olivia. Torin era un demonio. Igual que los otros. Los que le habían desgarrado las alas. Los que la habían tocado y se habían burlado de ella. Un punzante grito le salió de la garganta en carne viva. Ella quería a Aeron, solo a Aeron; no confiaba en nadie más. No quería ni siquiera que nadie más la mirara ahora mismo. Especialmente un demonio. Que Aeron estuviera poseído por Ira no tenía relación con la situación. Para ella, Aeron era simplemente Aeron. Pero en todo en lo que podía pensar cuando miraba a Torin era como escamadas manos le habían apretado los pezones y se habían hundido entre las piernas. Cómo aquellas manos hubieran hecho mucho más si no hubiera comenzado a luchar. Luchar. Sí. Ella movió la pierna, pero el tonto miembro cayó inserviblemente, los músculos demasiado tensos para funcionar apropiadamente. Impotente. De nuevo. Un sollozo se unió a su grito, ambos emanando de ella mientras trataba de salir gateando de la cama y arrojarse a los brazos de Aeron. Pero una vez más, el débil cuerpo se rehusó a cooperar. —Haz que se vaya, haz que se vaya, haz que se vaya —gritó, enterrando el rostro en la almohada. Incluso mirar al recién llegado le era doloroso. Ella podría haber

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conocido a Torin de vista, pero no le conocía de la manera que conocía a Aeron. No le anhelaba de la manera que anhelaba a Aeron. Aeron, quien podía hacer que todo fuera mejor, como hacía cada noche por su amigo Paris. Aeron, quien podía protegerla como hacía con su pequeña Legión. Aeron, quien era tan feroz que había asustado a las pesadillas hasta hacerlas irse. Fuertes manos se posaron en los hombros y la sostuvieron para que dejara de temblar. —Shh. Shhh, ya. Tienes que calmarte antes de que te lastimes aún más. —¿Qué sucede? —preguntó Torin—. ¿Qué puedo hacer para ayudar? No. No, no, no. El demonio estaba aun aquí. —¡Haz que se vaya! Tienes que hacer que se vaya. Ahora. Ahora mismo. —No voy a lastimarte, ángel —dijo Torin gentilmente—. Estoy aquí para… La histeria burbujeaba dentro de ella, cerca de consumirla y arrastrarla. —Haz que se vaya. Por favor, Aeron, haz que se vaya. Por favor. Aeron gruñó por lo bajo. —Torin, maldito seas. Vete de aquí. No va a calmarse hasta que lo hagas. Hubo un pesado suspiro, un matiz de tristeza, luego benditamente, sonaron pasos. —Espera —dijo Aeron y Olivia quiso gritar—. ¿Se destelló Lucien a los Estados Unidos como planeaba el otro día y consiguió el Tylenol para las mujeres? —Por lo que sé, sí —replicó Torin. ¿Estaban conversando? ¿Ahora? —¡Haz que se vaya! —gritó Olivia. —Tráeme un poco —dijo Aeron, imponiéndose a ella. La puerta se abrió. Finalmente, el demonio se estaba retirando, pero regresaría con la medicina humana. Olivia lloriqueó. Ella no podría pasar por esto de nuevo. Probablemente moriría solo del miedo. —Simplemente tíralo dentro de la habitación. —añadió Aeron, como si sintiera sus pensamientos. Gracias, dulce y misericordiosa Deidad del cielo. Al desplomarse Olivia en el colchón, la puerta se cerró. —Se ha ido —dijo Aeron suavemente—. Estamos sólo tú y yo ahora. Ella estaba temblando tan violentamente, que la cama entera se sacudía.

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—No me dejes. Por favor, no me dejes. —La súplica probaba justo cuán débil estaba actualmente, pero no le importaba. Le necesitaba. Aeron le retiró el cabello empapado de sudor de las sienes, su toque tan suave como su voz. Este no podía ser su Aeron, hablándole tan dulcemente, acariciándola tan tiernamente. El cambio en él era casi demasiado grande para ser creído. ¿Por qué había cambiado? ¿Por qué le estaba tratando a ella, a una virtual extraña, como habitualmente solo trataba a sus amigos? —Antes querías que te abrazara —dijo él—. ¿Aún lo deseas? —Sí. —Oh, sí. Cual fuera la razón del cambio, no importaba. Aquí estaba él, y le estaba dando lo que había deseado durante tanto tiempo. Muy lentamente, él se acomodó detrás de ella, cuidando de no empujarla. Cuando él estuvo estirado, ella se reclinó hasta que la cabeza descansó en el arco de su fuerte y cálido hombro. La acción lanzó más de ese debilitante dolor a través de ella, pero el estar así de cerca de él, finalmente tocándole, valió la pena. Esto era el porqué ella había venido aquí. Él envolvió un brazo por la parte baja de su espalda, poniendo especial cuidado de las heridas, y el cálido aliento descendiendo por su frente. —¿Por qué no estás sanando, Olivia? Ella amaba cuando pronunciaba su nombre. Como una plegaria y una súplica, envueltas en el mismo lindo paquete. —Te lo dije. Caí. Soy completamente humana ahora. —Completamente humana —dijo poniéndose rígido—. No, no me dijiste eso. Podría haberte traído medicinas mucho antes. Había culpa en su tono. Culpa y miedo. El miedo ella no lo entendía, pero preguntarle sería presionar demasiado. Y luego se olvidó de todo acerca de ello. En el centro de la habitación, una luz ambarina centelló. Esa luz creció… y creció… brillando tanto que tuvo que entrecerrar los ojos. Un cuerpo tomó forma. Un gran y musculoso cuerpo envuelto en una túnica blanca muy similar a la de ella. El cabello claro apareció luego, ondulado hasta los amplios hombros. Ella vio ojos como ónix líquido y pálida piel con el más ligero deje dorado. Lo último que irrumpió a su vista fueron alas de puro y brillante dorado. Quería saludarle pero solo pudo arreglárselas para hacer una vaga sonrisa. Dulce Lysander, estaba aquí para confortarla al menos, incluso como una invención de la imaginación. —Estoy soñando de nuevo. Sólo, que éste me gusta. —Shh, shh —susurró Aeron—. Estoy aquí.

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—Al igual que yo. —La mirada de Lysander recorrió los alrededores y los labios se curvaron con desagrado—. Desafortunadamente, esto no es un sueño. —Como siempre, dijo la verdad, la voz tan llena de certeza como la de ella. ¿Estaba ocurriendo de verdad? —Pero ahora soy humana. No debería ser capaz de verte. —En realidad, verle iba ahora en contra de las reglas. ¿A menos que su Deidad pensara en recompensarla? Dado que había dado la espalda a su herencia, eso era altamente improbable. Ahora él la miraba directamente a los ojos –directamente, parecía, a su alma. —He presentado una solicitud al Consejo en tu nombre. Ellos acordaron en darte una oportunidad más. Y así, ahora mismo, una parte de ti es aún angelical y permanecerá así durante los próximos catorce días. Catorce días en lo que podrás cambiar de opinión y reclamar tu legítimo lugar. Como un rayo, el aturdimiento se posó sobre ella, ardiendo e hirviendo. —No comprendo. —A ningún ángel caído se le había otorgado una segunda oportunidad. —No hay nada que comprender —dijo Aeron, aun tratando de tranquilizarla—. Te tengo. —Soy de los Siete, Olivia. Quería catorce días para ti, así que se te otorgaron catorce días. Para vivir aquí, para… disfrutar. Y luego, para regresar. —El tono ofendido de Lysander expresaba que su status debería explicarlo todo. No lo hacía, pero aún así la esperanza en su voz la entristecía. La única cosa de la que se arrepentía acerca de su elección era herir a este sorprendente guerrero. Él la quería, deseaba solo lo mejor para ella. —Lo siento, pero no cambiaré de opinión. Él parecía atónito. —¿Incluso cuando el inmortal sea apartado de ti? Ella apenas se las arregló para detener su horrorizado llanto. No estoy lista para perderle. Pero débil como estaba, no había nada que pudiera hacer para salvarle, y lo sabía. —Es por eso por lo que estás… —No, no. Cálmate. No estoy aquí para matarle. —La palabra “aún” no fue dicha, pero estaba presente igualmente—. Si decides quedarte, su nuevo ejecutor no será elegido hasta que tus catorce días hayan transcurrido. Entonces. Tenía garantizados catorce días con Aeron. Ni más, ni menos. Eso tendría que ser suficiente. Ella conseguiría tantos recuerdos, que durarían toda una vida. Si pudiera convencer a Aeron de que le permitiera permanecer aquí. Tan testarudo como era…

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Ella suspiró. —Gracias —le dijo a Lysander—. Por todo. No tenías que hacer esto por mí. —Y probablemente hubiese tenido que pelear con el Consejo despiadadamente por tal concesión, siendo uno de los Siete o no. Sin embargo, lo había hecho, sin vacilación, simplemente para que ella pudiera experimentar la alegría y la pasión que anhelaba, antes de reclamar su lugar en el cielo. No le diría que no podía regresar. Sin importar lo que sucediera. En catorce días, si regresaba, esperarían que matara a Aeron, lo sabía y aún no sería capaz de hacerlo. —Te quiero. Espero que lo sepas. Sin importar lo que suceda. —Olivia —dijo Aeron, claramente confundido. —Él no puede verme, oírme, ni siquiera sentirme —le explicó Lysander—. Se está dando cuenta que no estás hablando con él y piensa que estás alucinando por el dolor. —Su mentor dio un paso hacia la cama—. Debo recordarte que el hombre es un demonio, Liv. Él es todo contra lo que luchamos. —Como lo es tu mujer. Él cuadró los amplios hombros, y alzó la barbilla. Siempre su testarudo guerrero, su Lysander. Igual que Aeron. —Bianka no quebró ninguna de nuestras leyes. —Pero incluso si lo hubiera hecho, habrías querido estar con ella. Habrías encontrado una forma. —¿Olivia? —repitió Aeron. Lysander no le prestó atención. —¿Por qué elegirías vivir con él como humana, Olivia? ¿Simplemente por unos minutos en sus brazos? Eso no puede darte nada, salvo quebrarte el corazón y decepcionarte. Una vez más, había verdad no diluida en su tono. Las mentiras no estaban permitidas en el mundo de ellos, no, de él, pensó tristemente. Aún así, se rehusaba a creerle. Aquí, ella haría las cosas que desesperadamente deseaba hacer. No sólo viviría como una humana, sino que sentiría como una, también. La puerta de la habitación se abrió, salvándola de responder. Una pequeña botella plástica fue arrojada dentro. Aterrizó en el suelo a unos pocos centímetros de los pies en sandalias de Lysander. —Aquí están las medicinas —dijo Torin. La puerta se cerró antes de que Olivia pudiera soltar otro grito.

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Aeron intentó incorporarse, pero Olivia posó su peso más firmemente encima de él. —No —dijo ella, haciendo una mueca al tiempo que otro de aquellos ardientes rayos la atravesaba—. Quédate. Él podría haberla apartado, pero no lo hizo. —Necesito llegar a las pastillas. Ayudarán a aliviar tu dolor. —Más tarde —dijo ella. Ahora que se estaban tocando, ahora que sentía la calidez de su cuerpo, envolviéndola, acariciándola, no quería perderlo. Ni siquiera por un momento. Al principio, creyó que él no haría caso de su súplica, pero luego se relajó y tensó su agarre sobre ella. Olivia suspiró con satisfacción y encontró la mirada de Lysander una vez más. Él estaba frunciendo el ceño. —Este es el motivo —le dijo ella. Acurrucarse no era algo que los ángeles hicieran. Podrían, si lo quisieran, suponía, pero ninguno había estado nunca interesado. ¿Por qué lo harían? Eran como hermanos y hermanas para cada uno de ellos, el deseo físico no era parte de su carácter. —¿Qué motivo? —preguntó Aeron, de nuevo completamente confundido. —El que me agrades — contestó ella honestamente. Él se puso rígido, pero no replicó. Con los ojos entrecerrados, Lysander extendió las alas en un suave movimiento, el oro centellando a la luz de la luna. Una única pluma se deslizó hacia el suelo. —Te dejaré para que te recuperes, favorita, pero regresaré. No perteneces aquí. Al pasar los días, tengo el presentimiento de que tú también te percatarás de ello.

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CAPÍTULO 5

Esa primera noche, después de que Olivia terminara su extraña conversación consigo misma, finalmente volvió a dormirse, una vez más gimiendo y sollozando en su dolor, temblando y lastimándose aún más. La segunda noche, comenzaron los murmullos sobre los demonios. No me toques, sucio canalla. Sollozos, nauseas. Por favor, no me toques. La tercera noche, una mortal quietud la proclamó. Aeron casi prefería los ruegos. En todo momento, le secó la frente, le hizo compañía –incluso le leyó una de las novelas románticas de Paris, aunque ella permanecía no enterarse— y la obligaba a ingerir líquidos y pastillas disueltas por su garganta. No tendría la muerte de ella en su consciencia. Más que ello, la quería fuera de su vida –no importaba cuan fuerte reaccionaba su cuerpo cuando estaba cerca a ella. O cuando pensaba en ella. No había mentido. Una vez que estuviera curada, se iría. Más que nada debido a cómo su cuerpo reaccionaba. Peor, la manera en que su demonio reaccionaba. No hacia ella, sino por ella. Castiga, dijo el demonio por… ¿qué? ¿Centésima vez? Castiga a los que la hirieron. Durante la maldición de sangre de Aeron, el demonio le había hablado a él –en órdenes de una sola palabra— en adición a destellos de imágenes violentas en su mente. Durante los últimos tres días, sin embargo, el extenso discurso era el método de comunicación preferido de Ira, y Aeron no estaba del todo acostumbrado a éste. ¿Dónde estaba la paz que Olivia generaba? Tampoco estaba seguro por lo que Olivia había pasado cuando había sido arrojada de su hogar, y no podía permitirse descubrirlo. Podría no ser capaz de evitar que su demonio actuara. Apenas podía detenerlo ahora. Y si él supiera la verdad, podría no querer refrenar a su demonio. Si alguna vez hubiera un momento para disfrutar lo que Ira podría hacer… No pienses de esa manera. Aeron no quería suavizarse hacia Olivia más de lo que ya lo había hecho, y no la quería hundiéndose más profundamente en sus

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pensamientos y decisiones. Su vida tenía suficientes complicaciones. Y ella ya añadía más. Quería tener diversión. Como él le había asegurado, diversión no era una palabra con la que estuviera familiarizado, ni tenía tiempo para aprender. Y no estaba decepcionado con eso. La verdad. Quería amar. De ninguna manera él era el indicado para esa tarea. El amor romántico era algo que nunca ofrecería. Especialmente con alguien tan frágil como Olivia. Y tampoco estaba realmente decepcionado por ello. ¿Verdad? Ella quería libertad. Eso podía dárselo. En el pueblo. ¡Si mejoraba, maldita sea! Mejoraría, o por los dioses que él finalmente soltaría a su demonio, voluntariamente y sin restricción. Castiga. Castiga a los que la hirieron. ¿Por qué al demonio le agradaba ella? Y a Ira tenía que agradarle. Nada más explicaba la urgencia de golpear a seres que no se habían encontrado personalmente. Había tenido tiempo de pensar en ello, más bien demasiado tiempo, sin embargo ninguna respuesta se había materializado. Aeron se pasó la mano por el rostro. Debido a que se rehusaba a apartarse del lado de Olivia, Lucien había tenido que continuar velando por la salud de Paris y asegurándose de que el guerrero alimentara a su propio demonio apropiadamente. Torin, en cambio, había tenido que velar por las comidas de Aeron, trayéndole bandejas de comida a lo largo del día, pero nunca quedándose para charlar con él. Si Olivia estuviera por despertar y viese al hombre… No deseaba una repetición del terror que ella había manifestado antes. Desafortunadamente, las mujeres de la casa se habían enterado de la presencia del ángel y habían descendido en masa para darle la bienvenida. No era que les dejara pasar de la puerta. Sin saber cómo Olivia reaccionaría a ellas. Además, ninguna de ellas había sabido cómo ayudar al ángel. Les había preguntado. Bueno. Había gruñido. Aunque habría resistido nuevos ataques de terror de Olivia si eso significaba verla consciente de nuevo. ¿Por qué infiernos no despertaba? Y ahora, tan quieta como estaba… Él se acomodó sobre su costado, cuidadoso de no empujarla, y la miró fijamente. Por primera vez, ella no se acurrucó hacia él sino que permaneció como estaba. Su piel estaba fantasmalmente pálida, sus venas visibles y brillantes. Su cabello era un nido enmarañado alrededor de su cabeza. Sus mejillas estaban hundidas y sus labios encostrados donde se los había mordido. Sin embargo, seguía estando más allá de la belleza. Exquisita, incluso, de la manera protégeme—para—siempre. Tan así que su pecho se encogía ante la visión de ella. No por culpa, sino en una necesidad posesiva de ser el único en protegerla. Una necesidad que lo atravesaba profundamente.

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Tenía que curarse, y él tenía que deshacerse de ella. Pronto. —A este ritmo, va a morir —gruñó al cielo raso. Si estaba hablando con la Única Deidad de ella o con los dioses que él conocía, no estaba seguro—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Qué uno de los tuyos sufra inimaginablemente antes de perecer? Puedes salvarla. Mírate, pensó, disgustado con él mismo. Suplicando por una vida como los humanos nunca hacen. Eso no lo detuvo. —¿Por qué no lo harías? El más crudo vestigio de un… ¿gruñido? golpeó sus oídos. Aeron se tensó. Al asir una de sus dagas que había posado en su mesilla de noche, su mirada se paseó por la habitación. Él y Olivia estaban solos. Ningún ser divino había aparecido para castigarlo por su imprudente tono. Lentamente se relajó. La falta de sueño estaba afectándolo finalmente, supuso. La noche había sido larga desde el anochecer, la luz de la luna resplandecía por las puertas ventanas que dirigían a su balcón. Tan pacífica era la vista, tan fatigado estaba su cuerpo, que finalmente debería haber caído en el sopor. No lo hizo. No podía. ¿Qué haría si Olivia moría? ¿La lloraría como Paris lloraba a Sienna? Seguro que no. No la conocía. Muy probablemente, sentiría culpa. Mucha y mucha culpa. Ella lo había salvado, sin embargo él no habría hecho lo mismo por ella. No la mereces. La idea retumbó en su cabeza, y él parpadeó. No había pertenecido a Ira, el timbre era demasiado bajo, demasiado grave –y sin embargo, de alguna manera familiar. ¿Había Sabin, el guardián de Duda, regresado de Roma, y estaría atacando su autoconfianza como era el hábito no intencionado del guerrero? —Sabin —espetó, por las dudas. Ninguna respuesta. Es demasiado buena para ti. Esta vez, Ira retumbó dentro de su cabeza, rondando por su cráneo, repentinamente agitado. No era Sabin, entonces. Primero, Aeron no había oído el regreso de Sabin, y segundo, sabía que el guerrero no llegaría en otras pocas semanas. Además, no había un bajo tono de alegría en estas dudas, y el demonio de Sabin encontraba gran regocijo en extender su veneno. Entonces, ¿quién hizo ese comentario? ¿Quién poseía el poder de hablar dentro de su mente?

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—¿Quién está allí? —demandó. Eso no importa. Estoy aquí para sanarla. ¿Sanarla? Aeron se relajó solo un poco. Había un dejo de verdad en su voz, igual que lo había en la de Olivia. ¿Era este un ángel? —Gracias. Guárdate tus gracias, demonio. ¿Tal enfado procedente de un ángel? Probablemente no. ¿O era, quizás, un dios contestando a sus plegarias? No, no podía ser, decidió Aeron. Los dioses disfrutaban de su fanfarronería y habrían aprovechado la oportunidad para revelarse y exigir gratitud. Y si esta era la Deidad de Olivia, seguramente habría habido un zumbido de poder en el aire, al menos. En cambio, allí había… nada. Aeron percibió, olió y sintió nada. Tengo la más profunda fe de que cuando despierte, comenzará a verte por lo que realmente eres. Debido a la certeza del ser de que ella despertaría, a Aeron no le importó replicar al insulto. Estaba demasiado aliviado. —¿Y que soy? —No era que le importara. Pero en la respuesta, podría conocer quién era el vocero. Inferior, malvado, malicioso, tonto, estrecho de mente, arruinado, indigno y condenado. —Dime realmente cómo te sientes —replicó secamente, esperando que su sarcasmo escondiera sus acciones al tiempo que lentamente se alzaba sobre Olivia, usando su cuerpo para escudar el de ella. Malvado y malicioso –las creencias de los Cazadores. Sin embargo un Cazador habría atacado a Aeron antes de ofrecerle su ayuda. Incluso a su Cebo. De nuevo se preguntaba si este recién llegado era un ángel. A pesar de su enfado. Y claramente, su odio. Otro gruñido hizo eco. Tu insolencia solo prueba mi punto. La cual es la razón por lo que le permita llegar a conocerte como desea, por lo que tengo el presentimiento de que no le gustará lo que conozca. Solo… no la mancilles. Si lo haces, te enterraré y a todos aquellos a los que amas. —Nunca mancillaría a… Silencio. Está se está despertando. Para probar las palabras, Olivia gimió. En ese momento, el enorme de alivio que fluyó por él era irracional. Demasiado por alguien a quien no conocía y que no lloraría. Una cosa sí sabía: quien fuera el vocero, era de hecho poderoso, para sacar a Olivia de ese letal sopor tan rápidamente.

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—Gracias —dijo de nuevo—. Ella sufrió injustamente y… ¡Te dije que te mantuvieran en silencio! Si te atreves a disturbar su proceso de sanación, demonio… realmente, he tenido todo lo que puedo soportar de ti en una sola noche. Duerme. Aunque peleó contra ello, su cuerpo parecía incapaz de rehusar la orden y cayó contra el colchón, a unas pocas pulgadas de Olivia. Sus parpados se cerraron y el letargo se propagó por él, arrastrándolo pateando y gritando contra la oscuridad a la que le habría previamente dado la bienvenida. Aun así, esa oscuridad no podía evitar que buscara a Olivia y la atrajera hacia su costado. Donde ella pertenecía.

Con los ojos aún demasiado pesados como para abrirlos, Olivia estiró los brazos sobre la cabeza y arqueó su espalda, los nudos de sus músculos relajados. Taaannn bien. Sonriendo, aspiró un profundo aliento que le trajo la esencia a especia exótica y fantasías prohibidas. Su nube nunca había olido así de… sexy antes. Ni había estado así de cálida, casi tan decadente. Quería quedarse así por siempre, pero el ocio no era la forma de ser de los ángeles. Hoy visitaría a Lysander, decidió. Si no estaba fuera en una misión secreta como hacía generalmente, y si no se había encerrado con Bianka. Después de eso, se dirigiría a la fortaleza en Budapest. ¿Qué estaría haciendo hoy Aeron? ¿Sus contradicciones las fascinarían de nuevo? ¿La sentiría él otra vez, como no debería haber sido capaz de hacer, exigiendo luego que se revelara de modo que así pudiera matarla? Aquellas demandas siempre herían sus sentimientos, aunque no podía culparlo por su enfado. Él no sabía quién era ella o qué intenciones tenía. Quiero que me conozca, pensó. Ella era agradable, realmente lo era. Bueno, para otros ángeles, lo era. No estaba segura lo que un guerrero inmortal poseído por un demonio pensaría de la verdadera ella, su supuesta oponente. Solo que, Aeron no se veía para ella como un demonio. De ninguna manera. Él llamaba a Legión su “precioso bebé”, le compró tiaras y decoró su habitación para que encajara con sus gustos. Inclusive había logrado que su amigo y compañero de los Señores, Maddox construyera un diván que se ubicaba al costado de su cama y estaba tapizado con terciopelo rosa. Olivia quería su propio sillón de terciopelo en esa habitación. La envidia no se ve bien en ti, se recordó. Puede que no tengas un sillón de terciopelo, pero has ayudado a incontables personas a reír, disfrutar y conocer el amor en sus vidas. Sí, obtenía un gran monto de satisfacción de eso. Pero… ahora quería más. Quizás

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siempre había querido más, pero simplemente no se había percatado de ello hasta su “ascenso”. Tan codiciosa, pensó con un suspiro. El duro como una roca aunque suave colchón debajo de ella se movió y gimió. Espera. ¿Duro como una roca? ¿Se movió? ¿Gimió? Entrando en la lucidez, Olivia ahora no tenía ningún problema en abrir sus parpados. Se alzó ante la visión que contemplaba –o de lo que no contemplaba. La niebla color índigo del sol saliente y las amplias e hinchadas nubes no se las veía por ningún lado. En cambio, vio una habitación con paredes de irregulares piedras, un suelo de madera y muebles de madera de cerezo pulida. También vio un sillón chaise lounge de terciopelo rosa. El conocimiento la golpeó. Caído. He caído. Había descendido al infierno, y los demonios –no pienses en ellos. Ya, con ese pequeño recuerdo, su cuerpo había comenzado a temblar. Ahora estoy con Aeron. Estoy a salvo. Pero si verdaderamente era mortal, ¿por qué su cuerpo se sentía tan en forma? Otro conocimiento: porque no era verdaderamente humana. Catorce días, recordó decir a Lysander, antes de perder todas sus angelicales características. ¿Quería eso decir… ¿Podían sus alas haber…? Mordiéndose el labio inferior, temerosa de tener esperanza, llevó su mano hacia atrás y sintió su espalda. Lo que encontró hizo que sus hombros se derrumbaran con alivio y tristeza. Ninguna lesión permanente, pero sus alas no habían vuelto a crecer, tampoco. Tu elección. Tus consecuencias. Sí. Aceptaba eso. Era extraño, sin embargo. Este cuerpo sin alas le pertenecía. Un cuerpo que no viviría por siempre. Un cuerpo que sentía tanto lo bueno como lo malo. Y eso estaba bien, se apresuró a asegurarse. Estaba en la fortaleza de los Señores, y estaba con Aeron. Aeron, quien estaba debajo de ella. Cuán agradable. Hasta ahora su cuerpo solo había experimentado lo malo, y ella estaba más que preparada para lo bueno. Olivia se deslizó de encima de él y se volvió para estudiarlo. Aún estaba dormido, sus facciones relajadas, un brazo posado sobre su cabeza, el otro a su costado, donde ella había estado. Las comisuras de los labios de ella se elevaron en una sonrisa soñadora, y su corazón latió salvajemente. No llevaba camiseta, y el saberlo causó que el latido de su corazón se acelerara. Ella se había repantigado a lo largo de esa colorida expansión de su pecho, había yacido sobre esos pequeños y marrones pezones, esos acordonado músculos y ese intrigante ombligo.

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Desafortunadamente, llevaba los vaqueros. Sin embargo, sus pies estaban desnudos, y vio que hasta sus dedos estaban tatuados. Adorable. ¿Adorable? ¿Realmente? ¿Quién eres tú? La gente estaban siendo asesinadas en aquellos dedos. Aun así, ella quería deslizar la punta de sus dedos sobre ellos. Sí deslizó un dedo sobre la mariposa en sus costillas. Las alas se curvaban en puntiagudos ángulos, destruyendo cualquier ilusión de delicadeza. Ante su tacto, el aliento escapó por los labios de él, y ella se apartó hacia atrás. De ninguna manera quería ser atrapada molestándolo. Bueno, sin su permiso. La acción probaba más fuertemente lo que había querido decir, y se bajó de la cama completamente, cayendo sobre el suelo con un doloroso golpe. Cabello se desparramó sobre su rostro, y cuando apartó los mechones a un lado, se percató que había despertado a Aeron. Se estaba sentando, mirándola. Olivia tragó en seco y lo saludó con su mano tímidamente. —Uh, buenos días. Su mirada la recorrió, estrechándose. —Te ves mejor. Mucho mejor. —Su voz estaba ronca. Probablemente del sueño, y no de deseo como cada célula de su cuerpo esperaba—. ¿Estás curada? —Sí, gracias. —Al menos creía que lo estaba. Su corazón aún no se calmaba, su continúo latido errático era extraño para ella. Y había un dolor en su pecho. Nada terrible, como el dolor que había tenido en su espalda, pero extraño. Su estomago estaba inclusive agitado. —Sufriste por tres días. ¿Alguna complicación? ¿Alguna persistente punzada? —¿Tres días? —No se había dado cuenta de que había transcurrido tanto tiempo. Y sin embargo, tres días difícilmente parecían tiempo suficiente para que se sanara tan completamente—. ¿Cómo es que estoy completamente bien? Él gruñó. —Anoche tuvimos una visita. No me dio un nombre, pero me dijo que te sanaría, y supongo que mantuvo su palabra. Yo no le agrado. —Mi mentor —Por supuesto. Sanarla habría significado doblegar las reglas, pero Lysander había ayudado a generar esas reglas. Si alguien supiera la forma de sortearlas, era él. ¿Y un ángel al que no le agradaba Aeron? Lysander seguramente. Una vez más la mirada de Aeron la recorrió, como si buscara por heridas a pesar de la verdad en su afirmación. Sus pupilas dilatadas, devorando cada pulgada de ese adorable violeta. No con felicidad, si no con… ¿enfado? ¿De nuevo? Ella no había hecho nada para anular su anterior ternura. ¿Había dicho entonces Lysander algo que lo molestó?

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—Tu toga… —graznó él y se dio la vuelta rápidamente, dándole la espalda. Su segundo tatuaje de mariposa la saludó, y la boca se le hizo agua. ¿Cómo sabrían esas puntiagudas alas?—. Arréglala. Frunciendo el ceño, descendió la mirada. Sus rodillas estaban elevadas y su toga estaba recogida sobre su cintura, revelando las pequeñas y blancas bragas que llevaba. No podía estar enfadado acerca de ello. Anya, la esposa de Lucien y la diosa menor de la Anarquia, vestía mucho menos diariamente. Aún así, Olivia deslizó el suave y ligero material hasta sus tobillos. Podría haberse alzado y unirse a él sobre la cama pero decidió no arriesgarse a caer o al rechazo. —Ya estoy cubierta —dijo. Cuando él la miró, aquellas pupilas aún ampliadas, reclinó su cabeza hacia un lado, como si estuviera reproduciendo su conversación en su mente. —¿Por qué tienes un mentor? Bastante fácil de responder. —Como los humanos, los ángeles debemos aprender cómo sobrevivir. Cómo ayudar a aquellos en necesidad. Cómo luchar contra los demonios. Mi mentor era… es… el más grande de su clase, y yo fui bendecida al trabajar con él. —Su nombre —Las dos palabras cayeron como un azote, duro y seguro, cortando. ¿Por qué tal reacción negativa? —En realidad, creo que ya sabéis de él. Conoces a Lysander, ¿verdad? Las pupilas de Aeron finalmente se retrajeron, los iris violetas una vez más estaban visibles –y ahogándola en sus irresistibles profundidades. —¿El Lysander de Bianka? Ella sonrió ante la descripción. —Sí. Él también me visitó a mí. —La noche que creí que estabas hablando contigo misma —dijo, asintiendo. —Sí —Y planeaba regresar. Eso, ella no lo mencionó. Lysander la quería y no heriría a Aeron –aún— porque eso –de paso— la heriría a ella. Al menos, esa era la esperanza a la que se aferraba. Aeron frunció el ceño. —Las visitas angelicales tienen que detenerse, Olivia. Entre los Cazadores y nuestros demonios, tenemos suficiente de que ocuparnos. Incluso aunque Lysander te ayudó, incluso aunque yo esté agradecido, no puedo permitir la continua interferencia. Ella rió. No pudo evitarlo.

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—Buena suerte con ello. —Detener a un ángel era como querer detener al viento: en una palabra, imposible. Su fruncimiento se profundizó. —¿Tienes hambre? El cambio de tema no le molestó; en realidad le encantó. Él usualmente hacía lo mismo con sus amigos, moviéndose de un tópico a otro sin advertencia. —Oh, sí. Estoy muerta de hambre. —Entonces te alimentaré antes de llevarte al pueblo —dijo él, arrojando sus piernas por el costado de la cama y alzándose. Quieta, Olivia permaneció en el lugar, pero esta vez la inmovilidad era debida a que sus miembros se sentían como si estuvieron anclados a rocas. Primero, él era hermoso. Todo músculo y peligro y piel colorida que hacía la boca agua. Segundo… —¿Aun te refieres a echarme? —Por supuesto. No te atrevas a llorar. —¿Por qué? —¿Había Lysander dicho algo, como había ella sospechado? —Una mejor pregunta es: ¿Cuándo en algún momento insinué lo contrario? —Se dirigió a su baño y lo perdió de vista. Hubo un roce de ropas, y luego un sonido de agua golpeando contra porcelana. —Pero me sostuviste en tus brazos toda la noche — dijo ella—. Me cuidaste por tres días. —Eso tenía que significar algo. ¿No? En todo su tiempo con Aeron, nunca lo había visto con una mujer. Bueno, además de Legión, pero la pequeña demonio no contaba. Él nunca la había sostenido en sus brazos toda la noche. Así que su atención hacia Olivia era especial. ¿Verdad? No hubo contestación. Pronto, vapor y esencia a jabón de sándalo estaban vagando por la habitación. Él se estaba duchando, se percató, y su corazón una vez más tomó velocidad, incluso saltándose un latido entero. Él nunca se había duchado cuando ella había estado aquí anteriormente. Siempre había aguardado a que se retirara. Ver su cuerpo desnudo se había vuelto una obsesión. ¿Estaba tatuado allí, entre las piernas? Si así era, ¿qué diseño había elegido? ¿Y por qué deseo lamer ese diseño de la misma manera que deseo lamer las mariposas? Imaginándose haciéndolo, Olivia deslizó la lengua sobre sus labios antes de congelarse con asombro. Mala, niña traviesa. Tal deseo… Bueno, ya no soy totalmente un ángel, se recordó, y deseaba verlo –y saborearlo. Entonces lo vería –y esperanzadamente lo saborearía. Después de todo lo que había

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soportado, se merecía un pequeño placer. ¿O tal vez un gran placer? De cualquier forma, no iba a dejar esta fortaleza hasta que hubiera echado una ojeada. Decidida, Olivia se puso en pie finalmente. Sin sus alas para centrarla, no tenía ningún sentido del equilibrio, y rápidamente tropezó, agudos dolores explotaron en sus rodillas y la hicieron dar un respingo. El dolor, de todas formas, era soportable. Después de la extracción de sus alas, probablemente todo era soportable. De nuevo, se puso en pie. Y nuevamente volvió a caer. ¡Argh! Demasiado pronto, el agua se cerró. Hubo un golpe de cuerpo húmedo contra mármol, y luego un deslizamiento de algodón desde metal. ¡Date prisa! Antes de que sea demasiado tarde. Para equilibrarse, posó un pie al frente y otro atrás y extendió los brazos ampliamente. Lentamente se alzó en toda su altura. Se bamboleó a la izquierda, luego a la derecha, pero logró mantenerse de pie está vez. ¡Allá voy! Entonces Aeron emergió del baño, y decepción la sobrecogió. Había una toalla alrededor de su cadera y otra envuelta alrededor de su cuello. Demasiado tarde. ¡Doblemente argh! —Te duchaste muy rápido. Seguramente te faltó un lugar. — dijo ella. No le dedicó ni una mirada, sino que mantuvo su atención en el tocador en frente a sí. —No, no lo hice. Oh. —Ahora es tu turno —dijo él después de acomodar una camiseta encima del tocador. Usó la segunda toalla para secar el poco vello que tenía. ¿Antes lo había llamado hermoso? Debería haber dicho magnifico. —Mi toga me asea. —¿Sonaba tan sin aliento para él como lo había hecho para ella? Él frunció el ceño, aún sin enfrentarla. —¿Incluso tu cabello? —Sí. —Sus manos temblaban al tiempo que arrastraba la capucha sobre su cabeza, dándole tiempo para que hiciera su magia, y luego la retiró. Al caer la tela, ella deslizó una mano sobre sus ahora sedosos y suaves mechones. —¿Ves? Toda completa. Finalmente, él la recorrió con los ojos, la mirada deslizándose a lo largo de su cuerpo, deteniéndose en ciertos lugares, calentando su sangre, haciendo que su piel se erizara. Cuando sus ojos se encontraron, las pupilas de él estaban una vez más dilatadas, negro tapando al violeta.

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En serio, ¿qué estaba haciendo ella para causar tal enfado? —Sí lo hace —gruñó él. Se volvió sobre sus talones y caminó hacia adelante, entrando en su vestidor y desapareciendo de la vista. La toalla salió volando y aterrizó en un montículo sobre el suelo. Estaba desnudo de nuevo, pensó, olvidándose del enfado de él. Ahora es tu oportunidad. Sonriendo, Olivia se puso en movimiento. Logró dar dos pasos antes de tropezar y aterrizar sobre sus rodillas –para luego caer sobre su estomago, el aire escapando de sus pulmones. —¿Qué estás haciendo? Ella alzó la mirada, subiendo aún más. Allí estaba Aeron, en la puerta del vestidor, vestido con esa camiseta negra, ahora combinada con un par de jeans. También se había calzado un par de botas y las armas probablemente estaban amarradas por todo su musculoso cuerpo. Sus ojos entrecerrados, sus labios fruncidos. Frustrada de nuevo. Suspiró con desánimo. —En realidad, no importa —dijo él, claramente cansado de esperar por su respuesta—. Es hora de que nos vayamos. ¿Ahora? —No puedes llevarme al pueblo —se apresuró a decir—. Me necesitas. Él farfulló por un momento. —Difícilmente. No necesito a nadie. ¿Oh, de veras? —Enviarán a alguien más a realizar el trabajo que no pude hacer yo, ¿recuerdas? Como no pudiste sentir a Lysander cuando me visitó, tampoco serás capaz de sentir a otro ángel. Aeron cruzó los brazos sobre su monumental pecho, la misma imagen de la testarudez masculina. —Te sentí a ti, ¿no? Sí, lo hizo, y ella aún no había descubierto cómo lo había logrado. —Bien, como dije, no sentiste a Lysander. Yo, de todas formas, puedo ver ángeles. Puedo advertirte cuando otro se aproxime. —No era que ellos fueran a venir por él hasta que sus catorce días de suspensión de la pena terminaran –espera, ahora tenían once días de suspensión sobre la pena, puesto que ya habían transcurrido tres días — pero él no necesitaba saberlo. Él hizo un movimiento de mandíbula, interrumpiendo el flujo de imágenes grabadas allí. —Me dijiste que tenías hambre. Vayamos a encontrarte algo de comer.

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Otra vez cambió el tema. Esta vez, ella odio que lo hiciera, pero lo dejo pasar, sintiendo que seguir discutiendo era inútil. Además, tenía hambre. Se arrastró sobre sus rodillas, luego se alzó sobre sus pies. Un paso, dos… tres… Pronto estuvo frente a Aeron, sonriendo ante su éxito. —¿Qué fue eso? —preguntó él. —Caminar. —Te tomó demasiado tiempo. Soy oficialmente cincuenta años más viejo por ello. Ella elevó su barbilla, sin que su orgullo se viera vapuleado. —Bueno, no me caí. Él sacudió la cabeza —¿en desesperación?— y tomó su mano en la de él. —Vamos, ángel. —Caída –lo corrigió ella automáticamente. La sensación de sus dedos curvados alrededor de los suyos, cálidos y fuertes, la hicieron estremecerse. Una sensación que no tenía permitido disfrutar. Cuando él la arrastró hacia adelante, tropezó con sus propios pies. Agradecidamente, antes de que pudiera besar el suelo de nuevo, él tiró de ella hacia arriba y la atrajo hacia su costado, anclándola allí. —Gracias —murmuró ella. Ahora esto era vida. Ella se arrimó tan cerca de él como pudo. A través de los siglos había visto a los humanos sucumbir a sus deseos más bajos, pero hasta que ese dorado borde había aparecido en sus alas, no se había preguntado verdaderamente el por qué lo hacían. Ahora lo sabía: cada toque era tan delicioso como probablemente había sido la manzana de Eva. Ella deseaba más. —Eres una amenaza. — refunfuñó Aeron. —Una amenaza útil. —Tal vez, si ella se lo recordaba lo suficiente, él comenzaría a percatarse de que, de hecho, la necesitaba. Él no le ofreció una respuesta, pero la condujo a lo largo del corredor, manteniéndola en pie todo el tiempo. Incluso mejor, tuvo que llevarla en brazos por el tramo de la escalera. Algo que habría disfrutado mucho más si no hubiera estado tan distraída. Las paredes estaban decoradas con pinturas de los cielos –ángeles que reconocía volaban a través de las nubes— tanto como en el infierno. Esto último evitó estudiarlo, no queriendo recordatorios de su tiempo allí. También, decorando las paredes había pinturas de hombres desnudos, la mayoría recostados sobre camas de seda. Aquellos los miró con atención, un hecho que no la avergonzaba. Realmente. Incluso cuando tenía que lidiar con el babear. Toda esa

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piel… esa fuerza muscular… ese vigor. Que mal que ellos no estuvieran tatuados de la cabeza a los pies. —Anya ha estado haciendo algo de decoración. Deberías cubrirte los ojos —dijo Aeron, su profunda voz atravesándola ávidamente. —¿Por qué? —Cubrirse los ojos sería un crimen. Uno que seguramente insultaría a su Deidad, ¿no era su deber admirar sus creaciones? —Eres un ángel, por el amor de los dioses. No se supone que mires tales cosas. —Estoy caída —le recordó ella. De nuevo—. ¿Y cómo sabes lo que se supone que debo hacer? —Sólo… cierra los ojos. —Él bajó sus piernas, obligándola a ponerse en pie y sujetarla de nuevo al dar la vuelta a una esquina. Un grupo de voces repentinamente asaltó a sus oídos, y ella se puso rígida, tropezando, no estaba preparada para enfrentarse a nadie salvo a Aeron. —Cuidado — dijo él. Ella caminó más despacio. Las personas eran impredecibles, y sus amigos inmortales más que la mayoría. Peor, su cuerpo era ahora susceptible a todas las formas de lesión. Ellos podían torturarla, físicamente, mentalmente y emocionalmente, y ella no sería capaz de huir volando. En los cielos, todos amaban a todos los demás. No había odio, ni crueldad. Aquí, la ternura era frecuentemente un concepto. Los humanos usualmente se llamaban unos a otros por terribles nombres, tiraban abajo la mutua autoestima y de manera intencionada quebraban el orgullo de otro. Olivia hubiera estado más feliz pasando cada minuto de su humanidad a solas con Aeron. Sopesaste lo bueno contra lo malo, ¿recuerdas? Pensaste que la posibilidad de placer valía cualquier precio. Puedes manejarlo. Tienes que hacerlo. —¿Estás bien? —le preguntó. —Sí —Ella estaba decidida. Rodearon otra esquina, entrando en el salón comedor y Aeron se detuvo. Inmediatamente, las voces disminuyeron hasta apagarse. Olivia escudriñó rápidamente y vio que cuatros individuos estaban sentados a la mesa repleta de comida. Cuatro torturadores potenciales. El miedo se esparció dentro de su pecho, y tuvo problemas en retener el aliento. Antes de percatarse de lo que estaba haciendo, se había desasido del agarre de Aeron y deslizado detrás de él, escondiéndose de la vista. Para permanecer de pie, tuvo que posar sus palmas contra su espalda.

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—Por fin. Carne fresca de ángel — dijo una mujer con una ronca carcajada—. Estábamos comenzando a pensar que Aeron planeaba mantenerte oculta por siempre. No era que fuera a permitir tal cosa, ya sabes. Ya había sacado mi forzador de cerraduras y tenía una cita concertada para esta noche. ¿Una cita al estilo encantada—de—conocerte cita o al cómo—se—siente—la— punta—de—mi—daga? Probablemente la última. Olivia reconoció la voz ronca como la perteneciente a Kaia Skyhawk, la gemela de Bianka y la hermana mayor de Gwen. Ella era una ladrona y mentirosa Harpía, y un engendro de Lucifer. También estaba ayudando a los Señores en su búsqueda de la caja de Pandora, y destruiría cualquier cosa que viera como una amenaza. Como un ángel. Gwen, la menor Skyhawk, vivía allí con Sabin, aunque la pareja estaba actualmente en Roma, era lo último que Olivia había oído, igual que varios otros, buscando en uno de los recientes templos alzados de los Titanes por uno de los artefactos que había una vez pertenecido a Cronos. Tonto Cronos, quien los Señores asumían que era totalmente poderoso. Si tan solo supieran… —Si fuera tú mantendría la boca cerrada. —le advirtió el conocido como Paris a la Harpía. Olivia espió por encima de los hombros de Aeron. —¿Por qué? — preguntó Kaia, despreocupada—. ¿Piensas que Aeron me atacará? Deberías saber ya que me encanta luchar. En aceite. Los labios de Paris se fruncieron ante el recuerdo nada placentero de su propia experiencia en lucha en aceite. Con Lysander. Algo que a Olivia le hubiera encantado observar. —No, no creo que debieras callarte debido a Aeron. Creo que deberías callarte porque estás más guapa de esa manera. Hubo un bufido femenino, y Olivia sonrió en respuesta. Ya no más inundada con dolor y recuerdos, se dio cuenta, para su sorpresa, que su miedo a los demonios estaba desapareciendo. Tal vez realmente pudiera hacer esto. —Entonces, Olivia —dijo Paris—. ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor? Aunque no se movió de detrás de Aeron, contestó: —Sí, gracias. —Mmmm. Me encantaría darte algo por lo que realmente estés agradecida. —El que hablaba era William, se percató. Él era atractivo, de una forma traviesa, con cabello negro y ojos azules. También era un indomable libertino con un extraño sentido del humor que Olivia no siempre entendía.

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—Alguien necesita quitarte algo por el bien de las mujeres. —Esa afirmación provino de Cameo, la única mujer de los Señores. Bien, la única de la que los Señores sabían. Estaba poseída por Miseria, y todos los lamentos del mundo descansaban en su voz. Justo entonces, Olivia quiso darle a la mujer un abrazo. Nadie aquí lo sabía, pero Cameo siempre se quedaba dormida llorando. Le rompía el corazón. Tal vez… tal vez ellas podrían convertirse ahora en amigas, pensó, de nuevo se sorprendió por su aún desvaneciente miedo. —Ahora eso es inusual —dijo Aeron, una vez más tomando la mano de Olivia y arrastrándola con él al caminar hacia adelante. Cuando alcanzaron la mesa, él apartó una silla para ella. Ella mantuvo los ojos bajos al tiempo que negaba con la cabeza. —No, gracias. —¿Por qué? —No quiero sentarme sola. —No después de haber experimentado la felicidad de tenerlo a él como su colchón y luego como su bastón. Suspirando, él se desplomó sobre la silla. Luchando contra una sonrisa triunfal, Olivia se sentó sobre su regazo. Bueno, cayó sobre su regazo. Ya no siendo capaz de usarlo como bastón, no había tenido ningún ancla que la estabilizara. Él cuadró los hombros, pero no la reprendió. Ella no tenía idea lo qué todos pensaban de su actuación porque mantuvo los ojos bajos. Por el momento, estaba calmada y deseaba mantenerse así. —¿Dónde están todos los demás? —preguntó Aeron, iniciando de nuevo la conversación como si nunca se hubiera detenido. —Lucien y Anya están en el pueblo, buscando aún a tu Chica de las Sombras — respondió Paris—. Torin está en su habitación, por supuesto, observando el mundo y manteniéndonos seguros. Danika… —Aeron dio un respingo ante la mención del nombre de la muchacha, y Olivia le tomó las manos en consuelo. Claramente, aún se sentía culpable por casi matarla—. Danika está pintando algo, pero no nos dirá aun el qué, y Ashlyn está revisando los pergaminos que nos dio Cronos, tratando de recordar si alguna vez escuchó una conversación acerca de alguna de las personas allí enlistadas. Los pergaminos en cuestión documentaban a casi todos los que habían sido poseídos por uno de los demonios liberados de la caja de Pandora, por lo que Olivia sabía. Los ángeles habían mantenido un ojo sobre ellos a través de los siglos, así que sabía dónde vivían unos cuantos. ¿Sería sentenciada a muerte por sus propios pares si lo contaba? ¿Quebraría ello alguna antigua ley?

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—Dioses, Sexo. Deberíamos renombrarte Aburrido. Vayamos a lo bueno. Las presentaciones son prioritarias, ¿verdad? —puntualizó William—. En realidad, es simplemente cortés. —¿Desde cuándo te importa la cortesía? —ladró Aeron. —Desde ahora. Detrás de ella, escuchó rechinar a los dientes del guerrero. —Ella es Olivia. Es un ángel —dijo a nadie en particular. Su duro tono no invitaba a profundizar la conversación. —Un ángel caído —lo corrigió ella de todos modos. Divisó un cuenco de uvas y no pudo detener su chillido de deleite. Tres días sin comida pudieron con ella. Compartir y moderación, credos en base a los que había vivido toda su vida, la abandonaron al tiempo que tomaba el cuenco y lo presionaba contra su pecho. Una por una, a manos llenas, fue metiendo la deliciosa fruta en su boca, saboreándola, gimiendo de satisfacción. Pero demasiado pronto, el cuenco estuvo vacío y frunció el ceño –hasta que divisó un plato con rodajas de manzana. —Yummy. —Olivia se inclinó hacia adelante. Se hubiera caído hacia un costado pero las grandes manos de Aeron las tomaron por las caderas, asegurándola en el lugar y haciéndola estremecerse—. Gracias. —De nada —contestó él con voz ronca. Sonriendo, ella alzó el plato y volvió a sentarse en su regazo. Él se tensó al sentarse ella, y él le dio un codazo en la baja espalda, pero ella apenas lo notó. Las rodajas, también, fueron consumidas entre felices gemidos. La comida sabía incluso mejor como humana. Más dulce. Necesidad más que un concepto. Finalmente llena, alzó su mirada para ofrecerle a alguien la última rodaja que quedaba. Todos la estaban mirando fijamente, y la comida se sintió como plomo en su estomago. —Lo siento —dijo automáticamente. ¿Qué había hecho mal? —¿Por qué te estás disculpando? —preguntó Kaia. No había nada malicioso en su tono, solo genuina curiosidad. —Todos me estáis observando, así que creí… —Más que ello, Aeron estaba más tenso que antes. —Estoy con la Harpía —añadió William, alzando sus cejas—. Adoro a una mujer que le hace el amor a la comida. Ella no había hecho eso. ¿Lo había hecho? Kaia lo golpeó detrás de la cabeza.

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—Cállate, Don Juan. A nadie le importa tus opiniones. —A Olivia, le dijo, —En caso de que hayas tenido dificultad en comprender mi intención, te estoy observando fijamente porque tengo curiosidad sobre ti. Igual que Olivia tenía curiosidad sobre ella, se percató. Las Harpías solo podían comer lo que robaban, mentir desvergonzadamente y matar con abandono. En suma, eran la antítesis de los ángeles, sin embargo disfrutaban la vida al completo, lo que era por lo que Lysander había elegido estar con una. Pronto, yo también disfrutaré la vida al completo. —¿Conoces a Lysander, el hombre de mi hermana gemela? —le preguntó Kaia. —Sí. Muy bien. La Harpía posó sus codos sobre la mesa, haciendo traquetear los platos. —¿Es tan rígido como creo? —El disgusto yacía en su voz. —Probablemente más. —¡Lo sabía! Pobre B. —La simpatía oscureció sus facciones, pero rápidamente resplandeció—. Ya sé. Tú y yo podemos juntar nuestras cabezas, porque dos hermosas cabezas son siempre mejores que una, y planear maneras de hacer que se afloje un poco. Podemos incluso llegar a conocernos mejor. Las chicas de la casa tenemos que mantenernos unidas. —No es posible. Voy a llevar a Olivia al pueblo. —El agarre de Aeron, el que nunca había desaparecido, se tensó aún más—. No habrá planeamientos. No haréis que se suelte nadie. Definitivamente ningún llegar a conocerse mejor. Los hombros de Olivia se derrumbaron. ¿ Aeron había sido siempre tan severo y ella no lo había notado? ¿O era esta actitud en beneficio de ella? —¿Estás seguro que quieres deshacerte de mí? —preguntó ella—. Soy buena para ti, ¡lo prometo! —¿Debido a que puedes ayudarme? —Una pregunta cuando debería haber sido una afirmación. Ella quería sacudirlo, al hombre testarudo. —Sí. —Bien, tenemos suficientes ayudantes aquí, así que, sí, estoy seguro. —También puedo hacerte sonreír. Ese es mi trabajo, sabes. —Su antiguo trabajo, de todos modos, y uno en el que falló—. ¿Te gustaría sonreír? Él no vaciló. —No.

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—A mi sí —dijo William de pronto—. Me gustaría sonreír cuando esté en la cama y desnudo, así que digo que la mantengamos. Las uñas de Aeron se clavaron a través de su toga dentro de su piel, pero ella no protestó. Si lo hubiera hecho, él habría quitado sus manos, y a ella le gustaban donde estaban. —Como Kaia dijo, tu opinión no importa. —Además —añadió Kaia —. Dudo que el grandote sepa siquiera cómo sonreír. —Yo también lo dudo —dijo Aeron bruscamente, causando que todos rieran. —Seguro que lo haces, Señor Malhumorado. —Kaia apartó su brillante y rojo cabello sobre su hombro—. Escucha, no hay necesidad de que la lleves al pueblo. Flash informativo, voy a reiterar mi oferta y llegaré a conocerla. Estoy totalmente impresionada por el hecho de que haya sido echada de los cielos, y necesito todos los jugosos detalles. —Como yo —asintió Cameo para enfatizar su determinación—. Conocerla mejor, eso es. —También pueden incluirme a mí. —William le sopló un beso a Olivia, y las mejillas de ella se sonrojaron—. No hay necesidad de decir nada. Ya sé qué palabras están prohibidas en tu lengua. Detenme si estoy equivocado, pero llegar a conocerme mejor será para ti un placer. Aeron gruñó bajo en su garganta. —Ella no va a quedarse, y no habrá ningún placer. Como dije, la llevaré al pueblo y la dejaré allí. Hoy. —¿Pero por qué? —preguntó Olivia. Ella podía haber odiado sus deberes como un ángel guerrero y podía no haber matado nunca, pero eso no quería decir que fuera completamente una tonta—. Dijiste que no querías ningún ayudante más, pero te prometo, aquellos que tienes no podrán ayudarte con el próximo ángel que envíen a matarte. Ella esperaba que alguien hablara y estuviese de acuerdo con ella, pero nadie parecía importarle que un asesino celestial viniera a deshacerse de su amigo. Todos en la mesa, incluyendo a Aeron, probablemente asumían que el Señor era invencible. Así que por supuesto, el seguía siendo testarudo. —No me importa. Ella arrojó el plato de las manzanas allí donde lo había encontrado, haciendo traquetear los platos aún más de lo que lo había hecho Kaia. —Puedo ayudarte a derrotar a los Cazadores. —Verdad. —Olivia —dijo él, y ella no tenía que mirarlo para saber que había dirigido su mirada hacia el cielo raso y estaba rogando por paciencia. Excepto, si no estaba

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equivocada, el ruego que lo escucho murmurar fue por fuerza—. Somos demonios, y los demonios y los ángeles no se mezclan. Además, Legión no puede regresar hasta que te hayas ido. El único argumento que no podía rebatir en absoluto. —Pero… pero… estoy deseando tratar de llevarme bien con ella. —Si él sintió su pánico, no dio ninguna indicación de ello—. Y seré agradable con todos tus amigos, también. ¿Cómo podría no serlo? He renunciado a todo por salvarte. —Lo sé. —Las palabras fueron dichas en un gruñido. —Lo mínimo que puedes hacer es… —No te pedí que renunciaras a todo —dijo bruscamente—. Así que no. No hay “lo mínimo que pueda hacer”. Estás curada. Estamos a mano. No te debo nada. Cameo lo ignoró, posó sus codos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, más cerca de Olivia. —Olvídate de él. Simplemente no ha ingerido suficiente cafeína aún. Volvamos un poco hacia atrás. ¿Cómo puedes ayudarnos con los Cazadores? Finalmente. Interés, incluso si el tono de Cameo era más malhumorado que alentador. Olivia alzó su barbilla otro poco. —Por una única cosa, sé dónde se encuentran los otros inmortales poseídos por demonios. —Agradecidamente, ningún rayo la golpeó tras la confesión, y los ángeles no aparecieron con feroces espadas en alto—. Dijeron que estaban buscándolos, creo. Transcurrió un instante en un estupefacto silencio, todos los ojos fijos y puestos sobre ella. —Aeron —dijo Cameo. —No. No importa —proclamó con voz severa—. Tenemos los pergaminos para ello. —Sí, pero ellos dan los nombres, no las ubicaciones. —La mirada de la Señor femenina se tornó penetrante—. Sabin querrá hablar con ella a su regreso. —Una lástima. —Si ese estúpido de Sabin quiere hablar con ella, eso quiere decir que Gwennie también querrá. —Kaia repiqueteó sus uñas contra la superficie de la mesa—. Y como sabes, cachorro, te aseguro que mi hermana obtiene lo que quiere. Además, estoy a punto de morir de aburrimiento desde que nadie ha atacado la fortaleza como prometieron hacer. —Harpía —gritó Aeron—. No pongas a prueba mi paciencia. Me obedecerás en esto y dejarás que el ángel se vaya.

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—Los guerreros son tan adorables cuando creen que son duros y autoritarios. — El brazo de Kaia salió disparado, de nuevo traquetearon platos, y asió huevos a manos llenas. Huevos que luego lanzó a Aeron. Olivia los esquivó rápidamente, y los huevos golpearon a Aeron en el rostro. Sus labios se curvaron en una mueca al tiempo que se limpiaba el desastre amarillento. En lugar de volver a agarrarla, posó sus manos sobre los apoyabrazos de la silla. Kaia se reía tontamente como una escolar. —No actúes sorprendido por nuestra insistencia de que permanezca aquí. Paris me contó lo que le dijiste a Cronos la otra noche en la cima del techo. “Enviadme una mujer que me rechace” —se mofó ella. —¿Oh, sí? ¿Cuándo tuvisteis tiempo Paris y tú para hablar en privado? — preguntó William al tiempo que untaba con mantequilla un pudin de arándanos. Kaia se encogió de hombros, su mirada fija en Aeron. —Un par de noches atrás, estaba buscando un poco de diversión, y él se veía un poco frágil. —Otro encogimiento de hombros—. Después estuvo bastante conversador. Paris simplemente asintió confirmándolo. Cada vez que Olivia había visto al guardián de Promiscuidad, parecía triste. Justo entonces, se lo veía casi… feliz, aunque un poco cansado. Esa debía haber sido una gran charla. —Pero te ofrecí un lugar en mi cama —se quejó William a la Harpía. ¿Cama? Oh. Oh. Kaia y Paris habían aparentemente hecho más que hablar durante su conversación privada. —Apestas en Guitar Hero, así que me imaginé que eras malo con las manos. Además, alguien más que todos conocemos y amamos ha hecho un previo reclamo por ti. —¿Quién? —preguntó Olivia antes de poder evitarlo. Kaia la ignoró, continuando. —Por ello, elegí a Paris para que me mantuviera caliente la otra noche. Y no puedo esperar para darle a Bianka los más bajos y sucios detalles. —Oh, no. No, no, no. No puedes revelar información privada —escupió Paris. La Harpía sonrió perezosamente, malvadamente. —Sólo obsérvame. Quieres que tu pequeña demonio vuelva, Aeron—bo—barren, tendrás que ir al pueblo y jugar con ella allí. El ángel se queda. El calor del aliento de Aeron era como fuego en la nuca de Olivia. —Esta. Es. Mi. Casa. —Ya no.

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Kaia y William lo dijeron al unísono. Compartieron una sonrisa, aunque William aún se viera malhumorado por la elección de compañeros de cama de Kaia. —Sí —dijo Olivia, su barbilla ascendiendo otro poco—. Ya no. —Quería a Aeron aquí con ella, sí, pero aparentemente necesitaba tiempo fuera para reflexionar en cuán afortunado en realidad era de tenerla. Eso no era egoísmo por parte de ella, se dijo a sí misma. La verdad nunca era egoísta. Además, no debería tomarle más que unas pocas horas el percatarse simplemente cuánto la necesitaba y deseaba estar con ella. Él era inteligente. En su mayor parte. Por favor, haz que quiera estar conmigo. Una vez más las manos de Aeron se posaron sobre su cadera. Esta vez, él apretujó lo suficiente fuerte para hacerla jadear. —¿Sabes dónde se encuentra la caja de Pandora, Olivia? Por supuesto le había hecho la única pregunta para la que no tenía una respuesta. —Bueno… uh… no. —¿Sabes dónde están ocultas la Capa de la Invisibilidad y la Vara de Partir? Bueno. Dos preguntas. —No —admitió suavemente. Lo que sí sabía era que los Señores habían encontrado dos de los artefactos de Cronos: La Jaula de la de Coacción y el Ojo que Todo lo Ve. Lo que les faltaba, como Aeron había mencionado, era la Capa de la Invisibilidad y la Vara de Partir. Como la Única Verdadera Deidad no tenía necesidad de tales reliquias, su especie nunca los había buscado. Aeron la alzó sobre sus pies y la soltó. Olivia tuvo que aferrarse a la mesa para evitar caerse. También tuvo que presionar sus labios para evitar gemir con decepción. Tócame. —¿Aún la queréis aquí? —les preguntó a los otros, inalterable—. ¿A ella en vez de a mí? Uno por uno, ellos asintieron. Sin arrepentimiento. —Bien. —Se pasó la lengua por los dientes—. Es toda vuestra. Sacadle toda la información que podáis. Como dije, estaré en el pueblo. Que alguien me envíe un mensaje de texto cuando se haya ido. Sólo entonces regresaré.

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CAPÍTULO 6

Había una conspiración para enloquecerlo, pensó Aeron misteriosamente. Primero, sus amigos le habían sacado a patadas. En segundo lugar, su demonio le había gritado para quedarse. Para quedarse. Con Olivia. Un ser que Ira debería despreciar. Un ser que Aeron debería despreciar. En lugar de eso, comprendía el dilema de su demonio. Ella era encantadora. Esta mañana, cuando se había despertado y se había percatado de que ella estaba completamente curada, el deseo que había negado sólo algunos días atrás había cobrad vida. Desde entonces, se había negado a desvanecerse. Ella había caído al suelo, la túnica agrupada en su cintura, y sus bragas... mierda, sus bragas. Demasiado blancas demasiado puras. Hacían a un hombre querer desgarrarlas con los dientes y ensuciar la prenda un poquito. Había deseado arrancarle también la bata y devorarla. De alguna manera, alguna forma, había logrado detenerse. Quizás porque había comprendido y se había recordado, repetidas veces que Lysander había sido la voz que él había escuchado el día anterior. Así que Lysander había sido el que debió sanar a Olivia, el que la quería feliz e ilesa. —Inmaculada —masculló él. Y Lysander sería un terrible enemigo para tener. Los Señores podrían combatir a los Cazadores, sí. ¿Pero a los Cazadores y a un ejército de ángeles? Difícilmente. Así que Aeron finalmente se había mantenido lo suficientemente bajo control para dejar la cama sin caer sobre Olivia en una carrera desesperada por tocarla y saborearla. Finalmente, se había convencido de deshacerse de ella. Finalmente, dichosamente, había olvidado que había una erección palpitante entre sus piernas, mientras ella se contoneaba en su regazo y le hacía el amor a su comida. Sólo para hacer a Ira insistir en "más". —Me gustabas más cuando eras solamente una presencia. Un deseo —le dijo ahora al demonio.

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Un bufido fue la única respuesta. Al menos no hubo más súplica del demonio. Ira sólo se había aquietado algunos minutos antes, cuando comprendió lo que planeaba Aeron. Aeron se restregó la cara con tanta fuerza que sus callos rasguñaron sus mejillas. Estaba en el apartamento de Gilly en el pueblo. Uno espacioso de tres dormitorios en el lado más opulento. Gilly era una joven amiga de Danika quien ahora vivía en Budapest. Torin, su primera línea de defensa en la fortaleza, había cargado su apartamento con seguridad de tecnología avanzada, por si acaso los Cazadores alguna vez descubrían su conexión con los Señores. Si bien ella era completamente humana y tan inocente como una persona podría ser, un milagro por mérito propio, dado lo que Danika le había contado a los Señores sobre la afligida infancia de Gilly. Esos bastardos no dudarían en lastimarla. Ella estaba en la escuela, el instituto, eso es... e indudablemente feliz por la distancia entre ellos. Ella todavía no se encontraba a gusto alrededor de él. Comprensible. Aunque Gilly tuviera sólo diecisiete, había visto el lado oscuro de los hombres y había estado por su cuenta durante años. Le habían ofrecido una habitación en la fortaleza, pero ella había deseado un lugar para sí misma. Buena cosa, también. Ahora Aeron no tendría que vagar sin rumbo hasta la oscuridad; al menos podría convocar a Legión. Estaba de pie en el centro de la sala de estar, los sofás y sillas empujadas hacia atrás para hacer espacio al círculo de sal y azúcar que había espolvoreado justo delante de él. Iba a convocarla en una forma que ella no podría ignorar. Extendió los brazos y dijo: —Legión, Quinientos Dieciséis de la Croise Sombres de Neid y Notpe hocil — justo como Legión le había enseñado. Era su nombre, número, y título en una mezcla de lenguajes diferentes. Legión, cinco de los Cruzados Oscuros de Envidia y Necesidad. Si él no decía todo, accidentalmente podría llamar a alguien más. —Te ordeno que aparezcas delante de mí. Ahora. No hubo el relampagueo de luz que le gustaba utilizar a Cronos cuando se materializaba, ni se detuvo el tiempo. Un minuto Aeron estaba solo, al siguiente Legión estaba dentro del círculo. Simple, fácil. Ella colapsó en el suelo, jadeando, el sudor refulgiendo en sus escamas. —Legión—. Él se inclinó y la levantó, cuidadoso de no dejar que un solo grano de sal o azúcar la tocara. Se quemaría, le había dicho ella. Ira ronroneó, feliz otra vez. Inmediatamente Legión se acurrucó en sus brazos.

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—Aeron. Mi Aeron. La acción le recordó a Olivia. Dulce, hermosa Olivia, quien estaba ahora con Kaia, una arpía demente con un sentido del humor distorsionado y Cameo, una asesina cruel con una trágica voz. Él había dejado a William y a Paris, dos desenfadados adictos al sexo, fuera de la ecuación. Porque si no lo hacía podrían destruir el departamento de Gilly en un ataque de ira. Ira, no lujuria, sólo para ser claro. Si se atrevían a meterse con el ángel, estarían invitando a la furia de Lysander. Y era esa perspectiva, no el pensamiento de Olivia siendo atraída por alguno de sus amigos, lo que lo enfureció. Por supuesto. La pared de Gilly se vería mejor con algunos agujeros, pensó entonces. Le estaría haciendo un favor a la chica, ayudando a su decoración. Más, tan recelosa como era Olivia con los demás, nadie sino él mismo, eso era, no es que estuviera orgulloso sobre eso, podría no estar yéndole bien. Aun ahora podría estar escondida, llorando, rezando por su regreso. Sin duda alguna el sofá de Gilly sería mucho más cómodo si lo partiera en dos. Endurece tu corazón, como tú tan resueltamente le dijiste a Paris que podrías hacer. El estado de ánimo de Olivia no importaba. Sus lágrimas no importaban. En realidad, no la ayudarían. Dejaría la fortaleza mucho más rápido. Legión era la cosa más importante para él. La hija que secretamente había deseado pero que nunca había sido capaz de tener. No sólo porque nunca se había comprometido con ninguna mujer, sino porque sabía lo débiles que podrían ser los bebés. Convertirse en padre, algo que él mismo nunca había sido, no valía la agonía de observar a su propio hijo marchitarse y morir. Con Legión, él no tenía que preocuparse. Ella viviría por siempre. —¿Qué te pasa, niña hermosa? —preguntó él, llevándola para el sofá y cayendo en sus cojines. El olor a azufre se aferraba a ella, e Ira suspiró, claramente nostálgico. Una vez su demonio había odiado ese aroma. Pero ahora que el demonio conocía los horrores de la caja de Pandora, el infierno parecía el Paraíso. —Ellos cazzzándome—. Ella se frotó la mejilla contra su pecho, erosionando piel, y ronroneó—. Casi me consiguieron esssta vez. Su lengua bífida siempre hacía que se atorara y prolongara sus S, algo que él encontraba encantador. Cuando la había conocido por primera vez, aún hablaba como un bebé, usando los pronombres y tiempos equivocados. A petición de ella, habían estado dedicándose a su gramática, y él estaba muy orgulloso de su progreso. —Ahora estás aquí. Estás a salvo—. Él frotó los dos cuernitos encima de su cabeza, sabiendo lo sensitivos que eran y cuánto les gustaba eso—. No tienes que regresar.

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—¿El ángel muerto? —No exactamente —dijo él, evadiendo la pregunta por el momento. Se sentaron así, silenciosos, por varios minutos, mientras ella luchaba por el control de su respiración. Finalmente, se calmó y el ardiente calor de sus escamas se enfrió. Ella se enderezo y esa mirada roja miró alrededor. —Esssta no esss la casa — dijo ella, confundida. Aeron escudriñó sus alrededor, intentando ver el lugar como ella debía verlo. El mobiliario en un arco iris de colores: Rojo, azul, verde, púrpura y rosado. Un piso de madera cubierto con una alfombra de estampado con flores. Muros salpicados con retratos con diferentes tamaños de los cielos, regalos de Danika. —Estamos en el apartamento de Gilly. —Bonito — dijo ella, el temor en su voz inconfundible. Su sentido de feminidad había dejado de asombrarle. Cuando él regresara a la fortaleza, le daría una habitación para ella. Un cuarto que pudiera decorar como deseara. No estaba seguro cuanto más de rosa podría soportar en la suya. —Me alegro de que te guste. Podríamos estar aquí un tiempo. —¿Qué? —su temor fue reemplazado por furia mientras ella lo enfrentaba—. ¿Estás viviendo con Gilly ahora? ¿Esss ella a quien amasss? ¿O no? —No. Ella se relajó lentamente. —Está bien, puesss, pero quiero ir a casa ahora. La extraño. Yo, también. —No podemos. El ángel está allí. Legión se puso rígida, la furia volviendo. —¿Por qué ella essstá allí y no nosssotrosss? Excelente pregunta. —Está ayudando a los demás con los Cazadores. —No. No. Ayudo con Cazadoresss . —Lo sé, lo sé —Podría ser pequeña, pero era feroz. Y el asesinato era un juego para ella. Pero había resistido tanta lucha en su vida que Aeron deseaba sólo paz para ella ahora. No quería arrastrarla en otra batalla. No lo haría. Ella significaba demasiado para él. —Podemos estar aquí solos —dijo.

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—Estupendo. —Otra vez, ella se relajó contra él—. Nos quedaremos, pero ayudaré más que ella. U Olivia perdería la cabeza. Advertencia recibida. Hora de distraer a su querida pequeña. —¿Quieres jugar? Saltando, sonriendo abiertamente, se desenredó de alrededor de su cuello, reptando como una serpiente—. Sssi, sssi, sssi. Siempre lista para jugar, su Legión. A pesar de su perfeccionado discurso, ella no había perdido sus inocentes necesidades. —Escoge algo. Cualquier cosa que quieras. —Él se estiró para acariciarla, y su mirada cayó a su brazo. Había un solo parche de piel desnuda en su muñeca. Debería tener a una serpiente tatuada allí, para recordarle a Legión. Un tatuaje para recordarle lo bueno en su vida, en vez de lo malo. Sí, a le gustó esa idea. —Quiero jugar... a las Ropas Opcionales. También conocido como Desgarrar Todo lo que Aeron vestía. —Que tal si elegimos algo distinto. ¿Qué tal sobre el Salón de Belleza, como lo que jugamos hace una semana? Podrías pintarme las uñas. —¡Sí! —Legión batió palmas, su excitación palpable—. Voy a buscar el esssmalte de Gilly —Fuera de sí salió corriendo, desapareciendo a la vuelta de la esquina. —El cuarto de Gilly es el último a la derecha —la llamó él. Pasaría una hora o dos consintiéndola y luego patrullaría la ciudad en busca de cualquier señal de los Cazadores, así como también de la Chica de las Sombras. Después de lo que Legión había resistido en el infierno, le debía un pequeño recreo, malditos sus deberes. Debía. La sola palabra bombardeó a través de su cabeza, y maldijo. También le debía a Paris. A pesar de que había proclamado que no regresaría a la fortaleza hasta que Olivia se fuera, tenía que encargarse de Paris. Ese no era un deber al que renunciaría por ninguna razón, pero ya había dejado que Lucien se ocupara de las necesidades de Paris durante los últimos tres días. Suspiró, decepcionado de sí mismo. Solamente porque Lucien había hecho entrar al guerrero al pueblo no significaba que Paris hubiera escogido a alguien. Y aunque Paris podría haberse acostado con Kaia la otra noche, la fuerza que él hubiera obtenido de ella no duraría mucho. A pesar de sus sonrisas, se había visto fatigado para el desayuno. Como Aeron había descubierto, la fatiga era la primera señal de problemas.

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Aeron estaba dispuesto a apostar a que el guerrero no había estado con nadie desde Kaia. Y eso sólo no bastaría. Legión saltó de nuevo a la sala de estar, sosteniendo un recipiente púrpura de plástico y sonriendo ampliamente. —Tus uñas lucirán como arcoíris cuando haya terminado. Arco iris. Él supuso que eso era mejor que las llamaradas rosas brillantes que le había hecho la última vez. —Lo siento, cariño, pero nuestro juego tendrá que esperar. Necesito volver a la fortaleza y encargarme de algo, lo cual significa que necesito que te quedes aquí. El frasco cayó al suelo como un choque. —¡No! —No me iré por mucho tiempo. —¡No! Tú me convocassste. Dijissste que ibas a jugar. —Pero si Gilly regresa antes de que yo lo haga —continuó él, como si ella no hubiera hablado—. Por favor, por favor, por favor no intentes jugar con ella. ¿Vale? — La humana no sobreviviría—. Sólo tengo que agarrar algo. Mejor dicho, a alguien. Se una buena chica y espérame. Legión lo asaltó. Aplanó sus manos en su pecho, sus garras cortando más allá de su piel, sacando cuentas de sangre. —Yo iré, también. —No puedes, cariño. ¿Recuerdas? —Él se estiró y rascó la parte de atrás de sus orejas—. El ángel está allí. Ella ha perdido sus alas y es ahora visible, pero eso no la hace menos peligrosa para ti. Ella... El pequeño demonio brincó y se encaramó en su regazo, quedándose mirando arriba hacia él. Los ojos ya grandes se ampliaron. —¿Ella ya no tiene alasss? —No. No las tiene. —Ella ha caído ¿Entoncesss? —Sí. Otra vez, Legión batió palmas felizmente. —Oí que un ángel había caído, pero no sabía que era ella. ¡Pude haber ayudado a lastimarla! Pero puedo arreglarlo. Puedo sacarla de mi casa ahora. Puedo matarla. —No —dijo él, más ferozmente de lo que tenía intención.

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Ira reaccionó ferozmente, gruñendo dentro de su cabeza, gruñéndole a Legión por primera vez. ¿Por qué su demonio quería ser el que destruyera al ángel? No. Aeron negó con la cabeza. Eso tenía poco sentido, considerando el anterior deseo de Ira por "más". Quizá el demonio no la quería destruída por nadie. Una sospecha que aún tenía poco sentido, pero era un mejor ataque. ¿Por qué le gustaba al demonio? Más tarde. Aeron ahuecó la barbilla de Legión y la obligó a mantener su atención en él para saber que ella no estaba ya fantaseando sobre el asesinato. —Enfoca la atención en mí, cariño. Bien. Ahora. No puedes lastimar al ángel. Legión pestañeó ante él. —¡Puedo! Sssoy bastante fuerte, lo prometo. —Sé que puedes, pero no quiero que lo hagas. Se suponía que me haría daño, pero no lo hizo. —En lugar de eso, había abandonado todo por él. ¿Por qué? Se preguntó por milésima vez. ¿Qué clase de persona haría eso? Él se había mofado de ella más temprano cuándo le había recordado su sacrificio, pero verdaderamente, estaba fascinado y confundido. Y humillado. Ella no le conocía. O tal vez lo hacía, desde que lo había seguido durante semanas, pero eso hacía su decisión aun más extraña. Más que eso, no era digno de ser salvado. No por un ángel, todo lo que era bueno, correcto y perfecto. Y seguramente no por una mujer que él nunca se permitiría tener. —¿Asssí? —continuó Legión. —Así. A cambio, vamos a ser amables con ella. —¿Qué? ¡No! No, no, no —Si ella hubiera estado parada, pisotearía sus pies—. Puedo lastimarla si quiero. —Legión — dijo él, usando su tono más autoritario—. Ésta no es una negociación. La dejarás sola. Prométemelo. Ceñuda, ella saltó de su regazo y caminó de arriba abajo por la longitud de alfombra enfrente de él. —Sssólo quieresss que yo sssea sssimpática con tusss amigosss. Asssí que ella tiene que ssser tu amiga. Pero tú no puedesss ssser amigo de un desssagradable ángel. Las palabras no parecían ser dirigidas a él, así que no contestó. La dejó continuar despotricando, esperando a que se desahogara. —¿Esss bonita? Apuesssto a que ella esss bonita.

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Otra vez, Aeron guardó silencio. Legión, él sabía que era su protectora y le gustaba ser el centro de su mundo. Como no era raro entre los hijos con un solo padre, a ella no le gustaba que volviera sus atenciones a algún otro sitio. —A ti te gusssta ella —le acusó. Finalmente alzó la voz. —No. No es así—. Pero aun podía detectar la incertidumbre en su voz. Le había gustado tener a Olivia en sus brazos las últimas noches. Le gustó demasiado. Le había gustado tenerla sentada en su regazo en el desayuno. Le había gustado tener su perfume de cielo salvaje en su nariz. Le había gustado la suavidad de su piel y la pureza de sus ojos. Le había gustado su mansedumbre y su determinación. Le había gustado la manera en que ella le había mirado, como si él fuera en parte salvador, en parte tentación. —A ti te gusta ella — repitió Legión, y esta vez hubo tanta furia en sus palabras, que casi abrasó su piel. —Legión — dijo él—. Aun si me gusta otra mujer, eso no significa que te querré menos. Tú eres mi bebé, y eso nunca cambiará. El veneno goteó de sus dientes demasiado afilados, dientes que ella dejó al descubierto en un gruñido. —¡No soy un bebé! Y a ti no te puede gustar ella. A ti simplemente no puede gustarte. La mataré. ¡La mataré ahora mismo! —Con eso, Legión desapareció.

—¿

Qué estás pensando?

Olivia giró torpemente ante el espejo de cuerpo entero, asimilando las botas negras hasta las rodillas su falda tan corta que apenas cubría su trasero y el top sin mangas azul cerúleo que llevaba puesto. La tanga azul a juego, en la que ella se había metido, subía sobre la cintura de la falda. Hablaba de travesura. Nunca había revelado tanta piel antes. Ni aun para sí misma. Nunca había habido necesidad. Sin embargo, ella lo había pedido. —Hazme bella —le había dicho a Kaia en el momento que Aeron había salido en estampida de la fortaleza. —¡Oh, sorpresa! Un cambio de imagen al de una zorra. —Había respondido la harpía.

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Los otros dos guerreros, William y Paris, habían gemido. Paris incluso había canturreado “Aburr... ido” en voz baja antes de salir. William había tratado de quedarse para "ayudar" pero Kaia había amenazado con usar sus bolas como pendientes. Después de eso la arpía había atisbado a Olivia con diversión. —Quieres que Aeron se dé cuenta de su error, ¿Eh? —Sí, por favor. —Más que eso, había querido despojarse de su imagen angelical completamente. De una vez por todas. Había pensado, que quitándose la túnica, también podría eliminar su miedo y su incertidumbre. Había pensado, que al vestir el "atuendo de zorrita", también podría vestirse con una capa de confianza y agresión. Y cuando giró una segunda vez para echar un vistazo a su trasero, se dio cuenta de que había tenido razón. Bueno, se dio cuenta de que tenía razón, después de que se hubiese desvanecido su tambaleo. Afortunadamente estaba acostumbrándose a usar sus piernas, algo más y logró permanecer derecha. —Me gusta mucho — dijo ella, sonriendo abiertamente. Parecía una persona nueva. Aun parecía humana. Pero más que todo, se veía radiante, y en vista de que el brillo era como nadar en una fuente de poder. Soy fuerte. Soy bella. ¿Qué pensaría Aeron? en todo el tiempo, ella le había observado, nunca le había visto prestar ninguna atención específica a una fémina, además de a ella misma, las últimas noches y esta mañana. Así que no estaba segura de qué clase de mujer le atraía. Y era mejor de ese modo, supuso. No podía fingir ser algo que no era. De otra manera tendría todavía que estar en los cielos. Así que tenía que gustarle por ella misma. Lo cuál era lo que más quería. Si no podía hacerlo, bueno, entonces ni siquiera valía la pena su tiempo. Le gustarás. ¿Cómo podrías no gustarle? La confianza era agradable. —Esas son las prendas que hacen a un hombre implorar con seguridad — contestó Kaia. La pelirroja había pasado la última hora rebuscando entre su armario para vestir a Olivia exactamente bien—. Las robé de un pequeño lugar en la ciudad. Espera. —¿Estas prendas de vestir no han sido pagadas? —Así es. —¿En serio? —¿Por qué se sentía repentinamente más sexy? Se preguntó Olivia. ¿Estaba volviéndose tan mala como los demonios? Tal vez debería enviar a la tienda

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algo de dinero. Tú no tienes ningún dinero. Tal vez debería enviar a la tienda algo del dinero de Aeron. —Ahora siéntate — ordenó Kaia, dando una seña hacia la silla delante del espejo del tocador con una inclinación de su barbilla. Cameo gimió. —¿Aún no has terminado? —Ella estaba sentada sobre la cama, esperando impacientemente para que la sesión de caracterización de puta terminara—. Tengo tantas preguntas. Kaia se encogió de hombros. —Pregúntale mientras la maquillo. Olivia estaba posada sobre el lujoso cojín mientras ordenaba y Kaia agachada enfrente de ella. La arpía ya había escondido en la palma de la mano una brocha de sombras y un recipiente de polvo azul. Nunca había llevado maquillaje antes, no estaba segura de cómo se sentía sobre esa cantidad de color, pero no se quejó. Esta era una de las razones por las que ella estaba aquí, después de todo. Para experimentar todo lo que el mundo tenía que ofrecer. —Cierra los ojos —dijo Kaia. Cuando ella accedió, la brocha comenzó a bailar suavemente sobre sus párpados—. Toda tuya, Cameo. No necesitó ningún otro recordatorio. —Dijiste que sabes dónde se encuentran algunos de los inmortales poseídos por demonios. —dijo Cameo, poniéndose a trabajar en serio. —Sí. —Otra vez, ningún relámpago golpeó y ningún ejército angélico bajó en picado. —Aeron conoció a una chica la noche que te salvó. Ella estaba rodeada por sombras y gritaba, lo que quiera que eso signifique. ¿La conoces? Olivia asintió antes de que pudiera detenerse. —Quédate quieta — le dijo Kaia— ahora tengo que arreglarte los ojos. Parece como si te hubiese pegado. Aunque me gusta esa apariencia no creo que a Aeron le guste. —Lo siento. —Ella enderezó la columna, manteniendo su barbilla inmóvil—. Esa era Scarlet, hija de Rea. Oh, y por si no lo sabéis, Rea es la madre auto-proclamada de toda la tierra y la amargada esposa de Cronos. —¿Qué? — jadeó Cameo—. ¿La Chica Sombra una hija de los dioses? Y no solamente algunos dioses ¿Si no el rey y la reina de los Titanes? —Bueno, un dios. Cronos no es su padre. Rhea pasó tiempo prohibido con un guerrero Myrmidon cuando ella y Cronos comenzaron a pelear al principio.

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—¿Por qué se estaban peleando? —preguntó Kaia—. Tengo la impresión de que debería saber la respuesta, pero nunca me mantuve al día con la política divina. Era fácilmente explicable. —Cronos pensó en encerrar a sus hijos, los griegos, en el Tártaro porque su viejo Ojo-Que-Lo-Ve-Todo había pronosticado que usurparían su poder. Rhea solamente quería desterrarlos a la tierra. Pero él los encerró, de todas formas. Cameo masculló a un rápido “hmm“, antes de decir. —Así que esta Scarlet fue concebida... ¿Cuándo? Una voz tan amarga... El corazón de Olivia en verdad sangró, lastimándole aún más con cada palabra que pronunciaba la mujer. —Rhea tuvo su romance mientras deliberara formas de ayudar a los griegos a librarse del Tártaro y derrocar a Cronos. Su amante incluso la ayudó a promulgar ese plan y murió por sus esfuerzos. Sin embargo, los griegos fueron a la postre liberados. Rhea esperó continuar dominando, pero Zeus temió que ella más tarde auxiliaría a Cronos y la encerró justo al lado de su padre. Scarlet nació y se crió dentro de la prisión. Mientras ella había hablado, la brocha, la esponja y el pincel habían sido usados en su rostro, uno tras otro. El nerviosismo floreció, quemando su estómago. Rezó por no parecer a un payaso cuando terminara Kaia. —Así que esta Scarlet está poseída por... ¿Las sombras? —preguntó Cameo. —¿La oscuridad? Si es así, no estoy segura de cómo puede ser considerada malvada. Parecen regalos en vez de maleficios. Poder esconderse para siempre... golpear a tu enemigo sin ser visto... —Piensas en términos absolutos — aclaró Olivia—. Tu demonio, Miseria, no es necesariamente una maldición, tampoco, porque sin dolor no podría haber placer. Piensa en eso. Todo el mundo debe experimentar las emociones oscuras en algún nivel para apreciar lo que tienen. Tu demonio es simplemente el extremo de la emoción. Como es el caso con los otros Señores. Y con Scarlet. Pero el demonio que ella lleva no es ni oscuridad ni sombras. Lo que tiene en su interior es a Pesadillas. —Está bien, bueno —dijo Kaia—. Y yo que pensaba que aquí los chicos eran afortunados. Eso tiene que ser, como, el demonio más estupendo que alguna vez haya habido. ¿Pesadillas? ¿Estupendo? Difícilmente. —La oscuridad que Scarlet convoca es una ausencia completa de luz. Es un abismo dentro de ella, un agujero interminable de tristeza. Y dentro de esa tristeza yacen las mismas cosas que los humanos más temen.

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Hubo un susurro de ropa y ella se imaginó a Cameo cambiando de posición en la cama, inclinándose más cerca a ella. —¿Cómo sabes tanto acerca de esto? —Me he encontrado a muchos demonios durante siglos. Como una antigua portadora de alegría, vi cómo y por qué la influencia demoníaca ha arruinado vidas humanas. —Ohhh, fantástico. ¿Así que qué hiciste con esos demonios? —preguntó Kaia. —Comienza con cómo pateas traseros y termina con como enjugar la sangre. Adorable arpía, por verla tan fuerte. —No los combatía yo misma. Si mi sola presencia fallara, en hacerlos huir, tendría que conjurar a un ángel guerrero para despacharlos. —Retrocedamos un minuto —dijo Cameo—. Esa clase de experiencia no podía decirte donde estaba Scarlet y lo que ella podía hacer. Mierda. Las mejillas de Olivia se calentaron. —He estado observando a Aeron por algún tiempo y sabía que deseaba encontrarse con los demás de su especie. Me aseguré de estudiarlos de cerca. La más cercana de los cuales, simplemente paso a ser Scarlet. Hay algunos otros también dispersos, pero la mayoría están escondidos alrededor del mundo. —Interesantes. Ellos son... —No. Mi turno para hacer una pregunta — profirió Kaia—. ¿Así que es esta Scarlet del tipo bueno o del tipo ruin? Olivia consideró cuidadosamente su respuesta. —Supongo que eso depende de tu definición de lo bueno y lo malo. Ella se crió en una prisión, rodeada por criminales. Eso es todo lo que conoció antes de ser vinculada con su demonio y posteriormente enviada a la Tierra. Todo lo que ha hecho, lo ha hecho para sobrevivir. —Como lo hacemos nosotros —masculló Cameo. Lo que no era cierto para Olivia. Todo lo que recientemente había hecho, lo había hecho para satisfacer sus necesidades. Debería sentirse culpable por eso, pensó, pero... no se sentía así. En descubrir la ruta para su felicidad, sólo podía descubrir a Aeron. Ninguna "fuerza justa" en eso, su confianza recién descubierta empezó a hablar. Finalmente Kaia terminó de aplicarle el maquillaje, los brochazos cesaron. La arpía dio unas palmadas y silbó —Todo listo y demonios, soy buena.

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Lentamente, Olivia abrió los párpados. En el momento que encontró el espejo, se quedó sin aliento. Y ella se había creído radiante antes... La sombra azul complementaba el color de sus ojos, haciéndolos parecer eléctricos. El rímel negro le añadió tanta longitud a sus pestañas, que casi alcanzaron sus cejas, ofreciendo el marco perfecto. El sonrojo rosado en sus mejillas le daba un resplandor que sólo provocaba la cama y el lápiz labial rojo sangre les dio a sus labios un bésame vidriado. —No hay necesidad de ofrecer a tu primogénito en agradecimiento — dijo Kaia—. Sólo acepto contado. Ahora, si tuvieras como, podemos ir al pueblo, buscar a Anya, porque creo que está todavía allí, agarrar una cerveza y a un hombre. Y continuar tu mala-educación. Todavía encantada, Olivia se estiró y rozó la punta de un dedo sobre el medio anillo de negro debajo de sus ojos. Estaban ahumados, sensuales. Perfectos. Intenta resistirme ahora, Aeron, pensó ella. Te desafío. La confianza era más que agradable. La confianza era cambiadora de almas. —No puedes irte. —Protestó Cameo—. No he terminado mis preguntas. Kaia puso los ojos en blanco —Pues hazlas en la ciudad mientras bebemos hasta la inconsciencia. Tengo sed y Anya nos decapitará si no la incluimos. —Tienes una respuesta para todo —se quedó la Señora. —Lo sé ¿Verdad? ¿No es maravilloso? —Difícilmente. Mientras las dos bromeaban de un lado al otro, Olivia trazó entonces sus labios. Pronto conocería la sensación de los de Aeron. Otra vez, ningún "podría" en eso. Él no podría resistirla. Ella apenas se podía resistirse a si misma. ¿Serían sus labios duros o suaves? ¿Saqueadores o gentiles? No importaba, realmente. Los probaría, y eso era lo que deseaba más ardientemente. —¿Esssta esss ella? ¿Esss esssta? Bueno, ¿Adivina qué? Vasss a morir, ángel —. Una voz nueva, proclamó repentinamente y había suficiente odio en ella para asesinar a un ejército. Olivia se sacudió y se volvió, apenas logrando permanecer derecha. Un diminuto demonio estaba al otro lado del dormitorio, sus ojos rojos brillaban con malicia. Sus garras estaban alargadas y listas para el ataque, sus dientes afilados y al descubierto. Hasta sus escamas verdes parecían agudizadas, erizándose como pedazos de vidrio roto. Listas para cortar. Esta vez, ella no había caído en el infierno. El infierno había llegado a ella.

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¡No! Un grito se formó en su garganta, pero poco antes de que pudiera desplegarse, se mantuvo como un creciente nudo, así que lo que emergió fue un sonido ahogado. Cálmate, tranquila. Ella había captado un vislumbre de esta criatura unas pocas veces al seguir a Aeron y sabía quién era. Legión. No tienes que temer. Enderezando los hombros, intentó desplegar sus alas para equilibrarse, sólo para recordarse que ya no las tenía. Tragó saliva. —Hola, Legión. Mi nombre es Olivia. Yo, no quiero hacerte daño. —Lo sssiento, pero no puedo decir lo misssmo. —Ya, ya. —Cameo brincó en frente de Olivia, actuando como un escudo—. No habrá nada de eso. Aquí todos somos amigos. —Te mataré, también, si te metes en mi camino —gruñó Legión—. ¡Quítate! Esse ángel esss mío. Kaia presionó al lado de Cameo, las dos más que un escudo. Eran un muro. —Bueno, imagino que tendrás que matarme, también, entonces. Ellas estaban... ¿Protegiéndola? ¿Protegiéndola a ella? A pesar de su miedo, el pecho de Olivia se hinchó de placer. No la conocían, pero la trataban como una de los suyos. Como si ella ya tuviera un sitio. —¿Y? — demandó Kaia—. ¿Qué vas a hacer, chica demonio? —Acepto tu oferta. Te mataré, también. —Entonces Legión... desapareció. Está bien. Después de sus palabras, esa desaparición fue un alivio. Pero ¿Por qué lo haría? Ella reapareció entre las dos mujeres guerreras. Antes de que una u otra tuviera tiempo de desviarse o prepararse, ella les había mordido a ambas en el cuello. Ambas mujeres colapsaron en el suelo, retorciéndose y gimiendo de dolor. Olivia apenas tuvo tiempo de procesar lo que había presenciado. —¡Cómo pudiste hacer algo así! Pensé que eran tus amigas. No te habrían lastimado, sólo han querido salvarme. Esos ojos rojos se trabaron en ella, el odio intensificándose. —Aeron esss mío. No conseguirás tenerlo. —Bueno, me temo que no puedo estar de acuerdo contigo. —Aunque Olivia tembló, estaba sola, desarmada, indefensa e inestable, mantuvo su posición—. Aeron será mío. —De una u otra manera. Ella no mentiría sobre eso, ni siquiera para salvarse. Una lengua bífida barrió sobre esos dientes puntiagudos. —Vasss a pagar por essso, ángel. Con tu vida. Legión saltó sobre ella.

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CAPÍTULO 7

Siete días. Siete malditos días, y ni un resultado. Strider, guardián de Derrota, se secó la cara sudorosa con una toalla. Se apoyó contra la roca a su espalda y observó los alrededores. El sol brillaba con fuerza, más caliente aquí de lo que nunca había sido en Buda. Prístina agua bañaba suavemente esta isla cerca de Roma, el suave murmullo un bálsamo para los oídos. Todo lo que quedaba del Templo de los Tácitos era maltratadas columnas idénticas a la que tenía a su espalda -algunas caídas, algunas en pie- y un altar aún manchado y salpicado de carmesí. Había una vibración de energía en el aire. Energía que causaba que se le pusiera el pelo de punta. Y sin embargo, a pesar del altar y la energía, Strider sentía una extraña clase de parentesco con el lugar. Después de todo, un montón de gente le consideraba un tácito. Malvado e innecesario. No es que estuviera de acuerdo. Fue emparejado con Derrota y no podía perder un solo desafío sin sufrir por ello. ¿Dónde estaba el mal en eso? No era como si matara indiscriminadamente solo para ganar en un juego de la Xbox o algo semejante. De todos modos. La última vez que había estado aquí, los arqueólogos habían estado estudiando cada rincón y hendidura. Los Cazadores habían estado entre sus números, esperando encontrar uno de los poderosos artefactos de Cronos o incluso la propia caja de Pandora. Ya no estaban aquí. ¿Por qué? Aunque el templo había surgido del mar hacía solo unos pocos meses, los árboles ya habían crecido, altos, frondosos y verdes. Rodeaban el área donde el templo una vez se había erguido orgulloso, pero no acababan de tocar el templo. En realidad se arqueaban alejándose de él, como si temieran acercarse demasiado. En la última visita estos huesos no habían estado aquí. Huesos humanos. Los arqueólogos, lo más probable. Lo que los había matado, solo podía adivinarlo. No había rastro de carne o sangre. Sí, un animal podría haber devorado a tanta gente en el puñado de meses desde que había estado aquí, pero ¿no había ni rastro del festín? Bueno, además de los huesos. Una mancha de sangre por aquí, un trozo de carne podrida allá. Marcas de uñas donde los humanos habían luchado por la libertad. Huellas donde habían tratado de huir. No había.

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Por tanto. ¿Qué podría consumirlos tan limpiamente? Una criatura divina, eso era. Anya, diosa (menor) de la Anarquía, novia-incisiva-y-futura-esposa de Lucien horror de los horrores, la pequeña zorra traviesa había planeado una boda para sí misma- no sabía mucho sobre estos Tácitos, así que no podía confirmar su idea de que ellos habían convertido a los humanos en comida-de-pasarela. Los dioses nunca habían, bueno, hablado de ellos, dijo ella, así que no estaba segura de lo que podían hacer. Los dioses les habían temido, de todos modos. Sin embargo, Strider no se iba. Tenía que encontrar esos artefactos. Tenía que encontrar la caja de Pandora. Tenía que destruir a los Cazadores. Finalmente. Su vida dependía de ello. Infiernos, la paz de su mente dependía de ello. Cada día Derrota le hablaba un poco más alto dentro de la cabeza, así que cada día le recordaba más y más los primeros días de su posesión. Días que quería olvidar. Su demonio había estado rugiendo, un grito constante, la agotadora necesidad de desafiar a todos lo que encontraba dirigiéndose a él. Sin importar las consecuencias. ¿Matar a un amigo? Que así sea. Mientras ganara él. Se había odiado en aquel entonces. Sus amigos probablemente le odiaron, también. Bueno, no era cierto. Habían sido tan salvajes por sus demonios como lo había sido él con el suyo. Había tomado siglos aprender cómo controlarse. Aunque ahora tenían el control de sus mitades más oscuras, estaba acercándose a su pérdida. —Parece que alguien decidió tomar su descanso antes que el resto de nosotros — bromeó una áspera voz tras él. Strider se volvió. Gwen, una belleza pelirroja que era más fuerte y más cruel que cualquiera de los Señores, se acercaba a él, con una reluciente botella de agua en la mano. Se la tiró, y él la cogió fácilmente. En cuestión de segundos, había apurado la cosa entera. Dioses, el líquido frío se sentía bien mientras le humedecía la garganta seca. —Gracias. —No hay de qué. —Sonrió lentamente, y él supo exactamente el porqué Sabin se había enamorado de ella. Las pícaras mujeres mandaban—. Se la robé a Sabin. —He oído eso, esposa —dijo Sabin, rodeando la roca entre ellos. Aumentó la velocidad hasta que alcanzó el lado de Gwen, entonces le pasó un brazo por los hombros. Inmediatamente ella extendió la mano y entrelazó los dedos con los de él. Incluso apoyó la cabeza a su lado, confiando en que el hombre la sostuviera y mantuviera a salvo. Podrían disfrutar superándose el uno al otro, pero estaban unidos. Eso era evidente.

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Su emparejamiento había sorprendido inicialmente a Strider, la verdad fuera dicha. Después de todo, Gwen era hija de Galen y Galen era el líder de su mayor enemigo. Más que eso, Sabin era el guardián de Duda y Gwen había sido un tímido ratoncito la primera vez que se conocieran los dos. El demonio prácticamente se la había comido viva. Ahora, no había una mujer más confiada viva. Como los dos habían alcanzado este punto y hacer que las cosas funcionaran, Strider no estaba seguro. Solo estaba agradecido de no ser él el que estuviera en una relación comprometida. Le gustaban las mujeres -incluso las no- traviesas. Oh, le gustaban las mujeres. ¿Pero las relaciones? No tanto. Había tenido unas pocas novias durante los años, y al principio, lo había amado. Amado el compromiso, la exclusividad. Cuando descubrían su afición por ganar, sin embargo, la mayoría de ellas habían intentado hacerlo funcionar en su beneficio: “Apuesto que no puedes hacerme enamorarme de ti”. “Dudo que puedas convencerme de que estemos destinados a estar juntos para siempre”. Había jugado ese juego demasiadas veces antes, ganando corazones que ya no tenía ningún interés en ganar. Ahora, había disfrutado de ellos una vez, tal vez dos, bueno, quizá tres veces y entonces era adiós al viejo, hola al nuevo. —¿Qué es eso sobre descansar antes de tiempo? —Sabin dirigió a Gwen hacia el altar y apoyó la cadera contra la piedra. La guió hasta ponerla frente a él, de nuevo la envolvió con los brazos y la abrazó con fuerza contra el pecho, su cabeza descansando bajo la barbilla. Strider se encogió de hombros. —Estaba pensando. —En vez de examinar las piedras buscando símbolos o mensajes como le habían ordenado. Sabin había sido el líder de Strider toda su vida. Sí, Lucien había sido el comandante del ejército de élite cuando vivieron en los cielos, pero había sido Sabin al que Strider había mirado en busca de consejos y orientación. Todavía lo hacía. El hombre habría degollado a su propia madre si eso significaba que ganaría una batalla. No era que alguno de ellos tuviera una madre. Habían nacido completamente formados. Pero Strider valoraba ese tipo de compromiso. —¿He oído que alguien decía que era tiempo de descanso? —preguntó Kane, guardián de Desastre, con una sonrisa de las suyas mientras giraba en una esquina. Su pelo, que era una mezcla de marrón y verde, brillaba a la luz del sol ámbar. ¿Siempre había sido tan colorido? se preguntó Strider. Habían estado juntos siempre, pero Strider no creía haber visto nunca al hombre tan… feliz. Casi resplandeciente. Tal vez armonizaba con el templo.

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Una ráfaga de viento se alzó súbitamente entre los árboles. Una rama se desprendió y voló hacia los hombres. Por supuesto, se estampó contra la parte posterior de la cabeza de Kane. Acostumbrado a este tipo de catástrofes, ni siquiera ralentizó el paso. Tal vez el templo no armoniza con él. Strider se echó a reír. Ese no sería el último de los males de Kane, estaba seguro. Las rocas tendían a caer y el suelo tendía a agrietarse cuando el guerrero entraba en escena. Tras él, la grava crujía bajo unas botas y Strider se volvió de nuevo. Amun, Reyes y Maddox, los últimos del grupo, estaban acortando la distancia. —¿Descanso? —dijo Amun, la profunda voz casi tosca por falta de uso. Era moreno de pies a cabeza y como el guardián de Secretos, raramente hablaba, demasiado asustado de revelar las verdades devastadoras de las que los guerreros no serían capaces de recuperarse. Pero como recientemente había derramado muchos de esos secretos, de todos modos, para calmar a Gideon de la cólera, había sido un poco más locuaz. El cambio hacia bien al corazón de Strider. —Eso supongo —replicó. Sabin puso los ojos en blanco. —Mira lo que has comenzado. —¿Qué hay de malo en un descanso? Estoy cansado. Y los dioses saben que no estamos haciendo ningún progreso. —Maddox era, tal vez, su miembro más peligroso. O mejor dicho, había sido. Antes de haber conocido a su Ashlyn. Ahora, había una dulzura en los ojos violeta que ninguno de los otros Señores poseía. Lástima que esa dulzura solo se extendiera a la delicada Ashlyn. Maddox estaba emparejado con el demonio de la Violencia y cuando ese chico estallaba… Ouch. Strider había estado en el extremo receptor de la necesidad del hombre de herir y mutilar una vez o dos. Y sí, Strider había ganado, incluso entonces, repartiendo más golpes y cortes de los que había recibido. Simplemente no podía evitarlo. —Hemos buscando en el suelo, radiografiado las piedras esperando encontrar algo en su interior, y derramado nuestra propia sangre esperando invocar a los Tácitos con un sacrificio. —Reyes, tan moreno como Amun pero mucho más tenso, extendió los brazos, todavía cortados y sangrando de la última ofrenda. O de su auto tortura. Uno nunca sabía con Reyes—. ¿Qué nos queda por hacer? Todos miraron a Sabin. —Ellos fueron los que nos dijeron que Danika era el Ojo Que Todo Lo Ve. No entiendo por qué no nos ayudaran de nuevo —dijo el guerrero, su propia frustración clara.

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El Ojo Que Todo Lo Ve podría ver en el cielo y el infierno. Ella sabía lo que los dioses estaban planeando, lo que los demonios estaban planeando, así como los resultados de todos esos planes, pero no necesariamente en el momento adecuado. Los detalles llegaban a ella a borbotones, fuera de secuencia. Sabin giró en un círculo, hablando. —Todo lo que queremos saber es dónde están los otros dos artefactos. ¿Es eso mucho pedir? —Sólo ayudadnos, maldición —gritó Kane, metiéndose en el espíritu. —De lo contrario, destrozaré cada piedra en esta isla y las lanzaré al mar — añadió Maddox. —Y te voy a ayudar —prometió Strider—. Sólo mearé en ellas primero. Mientras la voz resonaba en las rocas, el aire parecía espesarse con el desafío. Los insectos en los árboles incluso se acallaron. —Whoa, tal vez no deberías haber amenazado con violar su propiedad — murmuró Reyes. Oopsie. A continuación, el mundo alrededor de ellos se desvaneció, dejando solo los pilares y el altar. Solo, cada uno de los pilares estaba de repente en posición vertical y el altar era ahora de mármol blanco reluciente limpio de escombros. Inseguros de lo que estaba pasando, cada uno de los guerreros se puso rígido, se enderezó y cogió un arma. Strider dominaba tanto las armas de fuego como los cuchillos, pero por lo general prefería cortar y picar. Hoy, sin embargo, haría uso de su Sig Sauer. Mantuvo la boca del cañón hacia abajo, pero eso no quería decir que fuera menos peligroso. Podía apuntar y disparar en menos tiempo que llevaba parpadear. —¿Qué está pasando? —susurró Gwen. —No lo sé, pero prepárate para cualquier cosa —advirtió Sabin. Cualquier otro guerrero habría empujado a la mujer tras la espalda para protegerla. No era así con Sabin. Hombres y mujeres siempre habían sido iguales para él, y aunque amaba a Gwen más que a su propia vida y quería protegerla más de lo que quería la victoria, todos los presentes sabían que Gwen era la más fuerte entre ellos. Había salvado ya a más de un Señor. Strider, sin embargo, se puso centímetros al frente, de ella, de todos. Ese sentido del desafío… Tenía que ser el que ganara a esta cosa. Su demonio ya estaba cantando. “Ganar… ganar… debes ganar… no puedes perder”.

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“Lo sé”, gruñó. “Lo haré”. Se giró, la mirada errante, buscando. Finalmente, vio a su presa. Un hombre enorme, no, esa cosa no podría ser llamada un hombre. Una enorme bestia se había materializado entre dos de los pilares. Incluso mientras el estómago de Strider se tensaba, tomaba medida de su presa. La bestia no estaba vestida, desde luego, no le hacía falta ropa. La piel era peluda como la de un caballo. Las serpientes bailaban y silbaban en la cabeza, los delgados cuerpos en calidad de cabello. Dos largos colmillos asomaban por encima del labio superior. Tenía manos humanas, pero los pies eran cascos. Los músculos se apiñaban en el torso, y los pezones estaban atravesados por dos anillos de plata de gran tamaño. Cadenas metálicas le rodeaban el cuello, las muñecas y los tobillos, y esas cadenas le mantenían atado a los pilares. —¿Quién eres? —demandó Strider. No necesitaba preguntar qué era la cosa. Feo como la mierda que lo cubría. No había esperado una respuesta, pero maldición si el silencio que siguió no le irritó. Entonces, al lado de la bestia, entre otros dos pilares, otro monstruo apareció, y Strider parpadeó ante la súbita incorporación. Este era varón, también, pero solo la mitad inferior de su cuerpo estaba cubierta por pelo rojizo. Su pecho era una masa de cicatrices. Él, también, estaba anclado al lugar por las cadenas. A pesar de todo. Esas cadenas no eliminaban la amenaza que irradiaba desde cualquiera de ellos. —Mis dioses. Mira —exhaló Kane, señalando. Una tercera bestia apareció, y esta era hembra. Como los hombres, tenía el torso desnudo. Los pechos eran grandes, con los pezones también perforados, aunque con diamantes en lugar de aros de plata. Una falda de cuero ceñía la cintura y muslos. Estaba de perfil, y Strider podía ver los pequeños cuernos sobresaliendo de la columna vertebral. Los cuernos era algo que realmente le gustaban, le daban a un hombre algo a lo que agarrarse cuando las cosas se ponían difíciles. El rostro, sin embargo, era picudo como el de un pájaro. ¿Así que cama con ella? No. Ella, también, era peluda y estaba encadenada. En una rápida sucesión, un cuarto y un quinto aparecieron, ambos tan altos y anchos como montañas vivientes. No tenían serpientes por cabello, sin embargo. Lo que tenían era peor. Uno era calvo, pero las sombras parecían rezumar del cráneo. Espesas y negras y pútridas. El otro tenía cuchillas. Pequeñas pero afiladas, claveteadas en el cuero cabelludo, cada una brillando con algo claro y húmedo. Los Tácitos.

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Sin lugar a dudas. Strider suspiró. Debían haber constituido los Invisibles, también. Porque maldición. “Ganar”. “No se ha lanzado ningún desafío todavía, idiota”. Gracias a los dioses, añadió, solo para sí mismo. ¿Sería capaz de vencer a estas cosas? La hembra se adelantó, sacudiendo las cadenas. Los Señores mantuvieron el terreno, lo que parecía complacerla. Sonrió, sus dientes demasiado blancos y afilados como navajas. Afortunadamente, no pudo llegar lejos, no podía alcanzarlos, atada a los pilares como estaba. —Una vez más, habéis oscurecido nuestra puerta. —La voz resonó con los gritos de miles de almas atrapadas en el infierno, tratando desesperadamente de escapar. Gritaban desde ella, haciendo eco en el templo, las lágrimas prácticamente le mojaron—. Y una vez más, os concedemos el honor de nuestra presencia. Pero no penséis, ni por un momento, que vuestras amenazas nos movieron. Profanad nuestro templo, ¿vale? Adelante. Sin embargo, os sugiero que digáis adiós a vuestra polla antes de hacerlo. “¡Ganar!” “No es un desafío, no un desafío, no un jodido desafío. Por favor no dejes que sea un desafío”. Tenía la sensación que la mujer quiso decir lo que había dicho. Si él sacaba al Monstruo Stridy hacer sus necesidades, perdería al Monstruo Stridy. Y no había mayor tragedia que esa. Pregunta a cualquier que hubiera estado con él. —Uh, nuestras disculpas —dijo Sabin en un esfuerzo por suavizar las cosas. —Aceptadas —respondió ella con facilidad. Esa facilidad parecía fuera de lugar. Malo. Maldición. ¿Dónde estaba Gideon cuando le necesitaba? Como guardián de Mentiras, ese chico sabía cuando alguien decía la verdad o no. Strider había estado receloso desde que las bestias habían aparecido, pero ahora se preguntaba, ¿cuál era su tortuoso plan? La pregunta lanzó directamente el recelo hacia el temor. —Ahora, la razón de nuestra aparición —continuó ella—. Vuestra determinación para derrotar a vuestro enemigo es admirable, y hemos optado por recompensaros por ello. ¿Una recompensa? ¿De esas criaturas? El estómago antes tenso ahora hizo una pequeña danza: giro, giro, nudo, giro, giro, nudo. Malo, pensó de nuevo. —¿Así que nos ayudareis? —preguntó Reyes. Incauto engañado—. ¿Ayudarnos a derrotar a los Cazadores de una vez? Una risa.

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—Como tú mismo has dicho, ya os hemos ayudado. Y lo hicimos sin pedir nada a cambio. —Su mirada, tan parecida a un agujero negro que ya se sentía como si estuviera cayendo, desplazado, aterrizó sobre él y lo inmovilizó en su lugar—. ¿No? Justo ahí, la comprensión despuntó. Cada vez que querías enganchar a alguien a la droga, les dabas una primera dosis gratuita. Su ayuda había sido la droga, y los Señores ahora eran adictos. Strider se dio cuenta que tendrían que pagar por cualquier ayuda. Y pagar muy caro. Ding, ding, ding. Finalmente, correcto. —Tal vez podamos ayudarnos los unos a los otros —sugirió Kane, con la tierra resquebrajándose bajo los pies. Saltó a un lado para evitar caer en su propio agujero negro. La barbilla de ella se alzó con desdén altanero. —No necesitamos nada de vosotros. —Ya veremos —dijo Sabin, sin preocuparse por el tono. Pero Strider podía ver los engranajes girando en la parte de atrás de la mente de su amigo—. ¿Sabéis donde está la Capa de Invisibilidad? ¿Y la Vara de Partir? —Sí. —Ella les ofreció otra sonrisa, esta vez como una pistola cargada y lista para disparar—. Lo sabemos. Sí, estoy enganchado. “¡Ganar!” repetía Derrota. Strider se lamió los labios de anticipación, los huesos ya tarareaban al pensar en la victoria contra los Cazadores. Finalmente, la Super Bowll de las victorias, aquí para tomarla. Una vez que tuvieran esos artefactos, podrían encontrar y destruir la caja de Pandora. Eso no destruiría a los Cazadores, por supuesto, pero arruinaría sus planes de usar la caja para sacar a los demonios de los Señores, matando a los guerreros. El hombre no podría vivir sin su demonio, ya no. Eran dos mitades de un todo, atadas para siempre. Derrota era tan parte de él como el Monstruo Stridy. Los demonios estaban igualmente atados, a pesar que no morirían si el hombre y el espíritu se separaban. Sin embargo, estarían enloquecidos, siempre ansiosos de alimentar sus depravadas necesidades pero incapaces de saciarse. Después de que los cazadores hubieran matado a Baden, el demonio de la Desconfianza había surgido de su cuerpo, torturado, gritando, destruyendo a todo el que se encontraba. Strider lo había visto, impotente. Peor aún, ese demonio estaba todavía allí fuera, aun causando estragos. Esa era la razón por la que los Cazadores ya no trataban de matarle a él y sus amigos. No querían liberar a los demonios que no podían ser capturados. Pero con la caja, podrían hacer ambas cosas.

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Sin embargo gracias a Danika, ahora sabían que los Cazadores tenían un nuevo plan de acción. De alguna manera, habían encontrado al demonio de la Desconfianza. Habían conseguido capturarlo y estaban tratando de forzarlo a poseer otro cuerpo. Si lo lograban… Strider se estremeció. No tendrían que esperar a la caja. Podrían matar a los Señores, colocar sus demonios dentro de los cuerpos de su elección y hacer lo que quisieran. Afirmaban que querían un mundo sin mal, pero ¿dirían lo mismo si tuvieran el control de todo ese mal? Infiernos, no. No era fácil renunciar al poder. Como él bien sabia. No había manera de que fuera capaz de renunciar al suyo. Le gustaba ganar, y no solo por su demonio. —Entonces ¿qué queréis de nosotros? —preguntó Sabin, cauto ahora—. ¿A cambio de esos artefactos? Strider casi sonrió. A Sabin no le gustaba la mala comunicación. Quería dejar los hechos establecidos de modo que todos supieran en lo que se estaban metiendo. La Tácita se echó a reír, y era un sonido mucho más cruel que antes. Tal vez porque esta vez, ella se burlaba con esa risa. —¿Crees que es así de simple? ¿Qué nos das una muestra y a cambio os daremos lo que más deseáis? Que equivocado estas, demonio. No sois los únicos que buscan lo que tenemos que ofrecer. Observa. Sobre el altar, el aire se espesó, coagulado, y los colores despertaron a la vida antes de unirse y formar lo que parecía ser una película de algún tipo. Strider se esforzaba por descifrar las imágenes, entonces se tensó cuando Galen apareció a la vista. Su pelo rubio, su hermoso rostro, sus emplumadas alas blancas. Como de costumbre, vestía una túnica blanca, como si realmente fuera un ángel en lugar del guerrero poseído por un demonio como el resto de ellos. Junto a él había una mujer alta y delgada. Era bonita con una especie de paso firme, rasgos afilados, pelo oscuro y piel pálida. La había visto antes, pensó, hojeando sus archivos mentales de la antigua Grecia, antigua Roma y todos los demás lugares en los que había estado a lo largo de su muy larga vida, pero estaba en blanco. Estudió minuciosamente tiempos más recientes, pero de nuevo… oh, mierda, no. Danika, se dio cuenta. Danika la había pintado. Un enemigo. Mierda, pensó de nuevo. Danika había pintado a esta mujer en un conjunto de escenas hacia veintitantos años, sin embargo no había cambiado en nada. No había ni una arruga sobre ella. No era humana, entonces. Hoy estaba vestida de cuero negro y atada a una mesa, pero no estaba luchando contra las ataduras. Había una determinación en su expresión, el seguimiento de su mirada… No. Seguramente no. No podía ser… No era posible… Pero mientras Strider

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observaba, vio a una criatura fantasmal saltar de un rincón de la habitación a otro. Sus ojos eran rojos, su cara esquelética, sus dientes largos y afilados. No había dudas, era un demonio. Un Alto Señor, como el mismo que poseía Strider. Strider dejó de respirar, cada músculo del cuerpo apretaba los huesos. —Baden —raspó Amun con esa voz sin usar de él, tanto deseo en su tono que realmente dolía oírlo. Había habido algo sobre Baden, algo que los atraía. Algo que todos necesitaban. Habían querido a Baden mas de lo que se querían a sí mismo. Más de lo que se querían los unos a los otros. Aun lo hacían, a pesar de su muerte. —De ninguna maldita manera. —Kane negó con la cabeza casi con violencia. Strider estaba de acuerdo. De ninguna maldita manera. Ese demonio no llevaba la esencia de su amigo. No podría, posiblemente. Pero había algo familiar en ese ser fantasmal… algo desgarrador. —Entra en ella —ordenó Galen—. Entra en ella y tu tormento finalizará. Finalmente tendrás un anfitrión. Finalmente serás capaz de sentir, de oler, de saborear. ¿No recuerdas lo maravilloso que es eso? Finalmente serás capaz de destruir, de triturar la confianza de los humanos como te propones hacer. Destruir la confianza de los humanos. Como desconfianza se proponía hacer. No, pensó de nuevo. El espíritu gimió y su velocidad aumentó. Claramente, estaba agitado. ¿Sabía lo que estaba pasando? ¿Quería otro anfitrión? ¿O simplemente estaba demasiado loco para entender? —Por favor —rogó la mujer—. Te necesito. Te necesito tanto. Eso era. Estaba dispuesta. Eso no significaba que ella supiera lo que le pasaría si conseguía lo que deseaba. Durante el primer siglo -al menos- no habría restos de la persona que era. Sería totalmente demonio y muchos, muchos humanos sufrirían a causa de eso. —Hazlo —continuó Galen—. Es lo que quieres. Lo que necesitas. Todo lo que tienes que hacer es tocarla y tendrás alivio. ¿Qué podría ser más fácil? ¿Podría entender el demonio? se preguntó de nuevo. Como guardián de Esperanza, Galen podía hacer que cualquier cosa o persona anhelaran un futuro que nunca hubieran querido sin su influencia. Incluso un demonio. Así era como había formado a sus Cazadores, convenciéndoles que el mundo sería un lugar mejor sin los Señores. Una utopía de la paz y la prosperidad. Mientras Galen canturreaba persuasivamente, incluso Strider se vio afectado. Él quería tocar a la mujer. Habría alivio… su futuro estaría asegurado… mejoría…

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El demonio corrió hacia la mujer, cambió de opinión, entonces se precipitó en la otra dirección. Oh, sí. Comprendía. No lo hagas, proyectó Strider. Quería a su amigo de vuelta, sí. Más que nada en el mundo. Y en cierto modo, el demonio de la Desconfianza era su amigo. Esencia de Baden o no. Pero no quería que su amigo fuera alojado en el cuerpo de su enemigo. —¡Hazlo! —gruñó Galen—. ¡Hazlo! Ahora. El espíritu dio vueltas por el techo de la habitación. Impaciente, Galen alzó las manos. —Muy bien. Olvídalo. Puedes pasar el resto de la eternidad de la manera que has pasado los últimos miles de años. Miserable. Hambriento. Vacío. Nos vamos. — Extendió la mano para liberar a la mujer de sus ataduras. Hubo otro gruñido, después un gemido, y entonces el espíritu se movió de nuevo como dardos de una esquina a otra, ganando velocidad, hasta no ser más que un borrón. Caía… caía… y finalmente se estrelló contra el estomago de la mujer. De no haber estado atada, se habría lastimado, tan intenso fue la súbita paliza. Paliza que aumentaba con cada segundo que pasaba. Ella gruñó y gimió, con espasmos en los músculos, sus facciones contorsionándose. Entonces comenzaron los gritos. No. Los dioses lo maldijeran, no. Strider casi cayó de rodillas. Galen sonrió con una malvada sonrisa de satisfacción. —Está hecho. Al fin. Ahora todo lo que tenemos que hacer es esperar y ver si sobrevive. La puerta de la habitación se abrió y un grupo de sus seguidores marcharon en su interior. Tal sincronización perfecta. Debían haber estado observando por monitores en las inmediaciones. —¿Regresamos al templo, Grandioso? —preguntó uno al frente. La respuesta de Galen se perdió mientras la visión vacilaba, entonces desapareció por completo. El tiempo pareció repentinamente suspenderse, atrapado en hilos de horror y conmoción. Sabin fue el primero en sacudirse. —¿Qué infiernos acaba de pasar? ¿Qué pasó? Las puertas del infierno se acababan de abrir, las repercusiones de lo que acababa de ver repentinamente reales. Si la mujer sobrevivía, los Cazadores estarían ahora saliendo por su sangre, como Strider había temido. Ya no se contentarían simplemente con herir a los Señores. Anhelarían muerte. Y si sus demonios eran liberados, esos demonios serian capturados, emparejados con alguien

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nuevo, y Galen podría construir un ejército demoniaco de inmortales todos bajo su mando. —Trae las imágenes de vuelta —ordenó Maddox—. Muéstranos lo que sigue a la posesión. —Tal tono no te hará ganar nada más que descontento, Violencia, puesto que tu enemigo quiere lo que tú quieres. La Vara de Partir—. La Tácita abrió los brazos, las uñas tan largas que se retorcían de vuelta a los dedos—. Nosotros elegiremos a quien otorgar una bendición. Maddox apretó la mandíbula antes de inclinar la cabeza. —Mis disculpas. —¿Qué queréis de nosotros? Nómbralo, y es tuyo. —A Strider no le importaba lo que deseaban. Se lo daría. Ella sonrió, como si no esperara nada menos. —Si deseas adquirir la Vara, nos traerás la cabeza de vuestro rey. Hubo otro golpe de horrorizado silencio. —Espera. ¿Quieres… la cabeza de Cronos? —Gwen echó una mirada sobre los Señores—. ¿El rey de los dioses? —Sí. —Ninguna vacilación. ¿Podría Strider darles eso? El rey de los dioses le había ayudado a ganar en varias batallas. El rey de los dioses estaba de su lado y haría cualquier cosa para destruir a Galen y los Cazadores. Así que… ¿matarle? ¿Matar al más poderoso inmortal que jamás viviera? Y si fallaba, ¿hacer un enemigo de él? —¿Cómo se supone que haremos eso? —exigió Kane. —Os dije que no sería sencillo. Pero a pesar que él es un dios, y destruirle probaría ser la más difícil tarea de vuestra existencia, es muy parecido a vosotros — replicaron los Tácitos—. Más de lo que os habéis dado cuenta. Usad el conocimiento en vuestra ventaja. Kane sacudió la cabeza, y un mechón de pelo le golpeó en el ojo. —Pero está en nuestro equipo. —¿Lo está? —Otra risa cruel—. ¿No crees que os matará en el momento que ya no os necesite? Además, si no nos traéis su cabeza, vuestro enemigo lo hará. Y recibirá nuestro premio. Los ojos de Strider se abrieron como platos, otra respuesta finalmente cayendo en su lugar. Por esta razón Galen trataría de conseguir la cabeza de Cronos. Esto era el porqué Danika había predicho lo que hizo.

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No podían permitirle a Galen ganarse el favor de estos seres. Las consecuencias podrían ser demasiado grandes, mucho más que cabrear a Cronos. Mierda. ¡Maldición! Joder. No había una palabrota que pareciera lo suficientemente fuerte. —¿Por qué lo queréis muerto? —preguntó Strider. Como Sabin siempre decía, el conocimiento era poder. Tal vez en la respuesta, pudieran encontrar la redención. Los dientes de la criatura rechinaron. —Nos ha hecho esclavos y no vamos a tolerar ese destino. Seguramente lo comprendéis. Lo comprendían, sí. Durante demasiado tiempo, habían sido esclavos de su demonio. Pero no había salvación en su respuesta. Estos seres estaban decididos. No se dejarían influenciar. ¿Qué pasaría si fueran liberados? ¿Vagar sin restricciones? Nada bueno, eso podía adivinarlo. —Necesitáis tiempo para pensarlo —continuó ella—. Tiempo os daremos. Y para probar nuestras magnánimas intenciones, incluso os daremos otro regalo. Disfrutad. Sé que nosotros lo haremos. Una misteriosa cara sonriente fue la última cosa que Strider vio antes de que él y los demás se vieran transportados a otro lugar, una jungla… con Cazadores repentinamente rodeándoles.

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CAPÍTULO 8

Olivia y Legión se movieron en círculo una alrededor de la otra. Cuando la pequeña demonio se abalanzó, Olivia saltó fuera de su camino, y Legión golpeó ruidosamente contra la pared. Ahora, Olivia estudiaba a su enemigo. Ella había visto este tipo de entidad -un sirviente, también conocido como un demonio subordinado-, derrotado antes. Todos los ángeles lo habían hecho, incluso aquellos cuyo único propósito era traer la paz y la alegría al mundo. Pero por supuesto, ella nunca había luchado contra uno por sí misma. Sin embargo, destruirles nunca había supuesto una gran batalla para los ángeles guerreros. No realmente. Ellos solamente habían estirado los brazos, haciendo aparecer las espadas de fuego. Una vez que esas llamas, que no habían sido creadas en el infierno, sino que en cambio habían brotado de la boca de su deidad, cuyo aliento, mucho más caliente que las llamas que todos los demonios amaban, hacían contacto con sus escamas, los demonios se desintegraban. Esto, bien, esto podría no ser algo así. Kaia y Cameo aun estaban en el suelo, todavía retorciéndose, su piel tenía ahora una ligera sombra verde. Como un ángel, Olivia podría haber sido capaz de aliviarlas, tomando su dolor sobre sí misma y despacharlo. Pero atrapada como estaba en este cuerpo endeble, no podía hacer nada. Nada excepto observar. Y luchar. Si esperaba sobrevivir, necesitaba aquello que nunca había experimentado o abrazado antes: furia. Eso era lo que fortalecía a los humanos, después de todo. ¿No era así? Parecían crecerse, destruir, vencer cuando ellos albergaban esa emoción. Así... ¿qué le hacía enfadarse? Su tiempo pasado en el infierno, definitivamente. Sin embargo, antes hubiera preferido arrancarse los ojos, Olivia permitió que los recuerdos sobre su estancia en el infierno le pasaran a través de la mente. Las llamas... el hedor... las manos errantes... Las nauseas le revolvieron el estómago, el miedo y la repugnancia se mezclaron con esa primera chispa de furia. Después de eso, el instinto se impuso y su impresión sobre el maltrato a Kaia y Cameo se añadió al combate, aletargando el miedo. Gracias a que sólo el miedo. —Morirásssss hoy, ángel.

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Las manos se cerraron en puños. Soy fuerte. —Nunca podrás estar con Aeron de la forma que deseas, demonio —dijo, sabiendo que la verdad en su voz tenía que ser desagradable para una criatura criada entre mentiras—. Te lo digo no para ser cruel, pero... —¡Cállate! ¡Cállate! —Legión extendió el brazo, las garras se desnudaron. Olivia arqueó la espalda, inclinándose fuera de su alcance. Sin las alas para equilibrarla, se tambaleó y casi se cae al suelo. —Aeron me ama. Me lo dijo. La mayoría de su furia se redujo, y no hubo nada que pudiera hacer con eso. La compasión era parte de ella, así como lo era la necesidad de dar felicidad antes que angustia. Deseaban lo mismo, ella y Legión. —Y es cierto. Él te ama, pero no te ama como un hombre ama a una mujer. Te ama como un padre ama a su hija. —No. —Un pisotón. Un siseo—. Me casssaré con él algún día. —Si ese fuera el caso, probablemente no habría entregado completamente mi forma de vida para venir aquí y salvarle. No habría querido estar con él —dijo tan amablemente como pudo. Herir emocionalmente al demonio no era su meta. Por alguna razón, a Aeron le gustaba la... cosa. Pero Olivia sabía cómo trabajaban los demonios y sabía que Legión la vejaría y debilitaría a menos que se hiciera entender—. Ya he dormido en su cama, acurrucada a su lado. Legión no la acusó de mentir. ¿Cómo podría? Los ángeles nunca tienen la necesidad y el pequeño demonio lo sabía. Más bien, ella se detuvo y miró estúpidamente a Olivia, su respiración estaba agitada, superficial. Más veneno goteó hacia abajo por sus colmillos. —Quieres lo que no puedes tener. Tú envidias, deseas ardientemente. Esa es tu naturaleza —dijo Olivia—, y entiendo esa naturaleza mejor de lo que lo hice nunca porque esa es la verdadera razón de que esté aquí. Yo envidio, deseo ardientemente. Pero de lo que no te das cuenta es que tu salida del infierno para estar con Aeron le ha sentenciado a muerte. Tú eres la razón de que se me enviara aquí. Tú eres la razón de que se me ordenara matarle. Tú eres la razón de que otro asesino sea enviado en mi lugar —hizo una aspiración—. Tú eres la razón por la que el morirá. —No. ¡No! Mataré al siguiente ángel igual que planeo matarte a ti ahora. Esa fue la única advertencia que tuvo Olivia. En un momento Legión estaba enfrente y el siguiente estaba encima de ella, y estaban cayendo... abajo, abajo. Olivia recibió lo más fuerte del impacto, el cráneo le crujió contra la repisa de la chimenea y el oxígeno se le escapó de golpe de los pulmones como un misil termo-dirigido. Brillantes luces titilaron ante los ojos. Pero no las suficientes para oscurecer los dientes descendiendo hacia su cuello.

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Lysander había comenzado a entrenarla para sus nuevos deberes de guerrero el mismo día que aquella pluma dorada apareció en las alas, así que Olivia sabía cómo trabar la palma de la mano en la barbilla de Legión y empujar, machacando juntos los dientes de Legión dolorosamente. Nunca había apreciado demasiado el pensamiento de luchar contra demonios. Especialmente cuando Lysander le contó que los guerreros tenían que alejarse completamente de sus tareas, dejando solo una endurecida determinación de derribar a su presa. ¿Podría hacerlo ella? Un golpe de frío se abrió camino por los dedos y se propagaba por los brazos... hacia el pecho... y ese frío entumecía más que el miedo esta vez, destruyendo lo poco que le quedaba de su furia, directamente con su compasión y su desagrado. Sí. Ella podría, se dio cuenta. Espantoso. Haz lo que debas hacer, una voz le susurró en la cabeza. Eres un ángel. Ella es un demonio. Deja que tus instintos te guíen. Deja a tu fe fluir sobre ti. Por un momento ella pensó que Lysander estaba a su lado. Pero entonces Legión gruñó, golpeando su sensación de alivio, y ya no importó. Olivia estaba preparada. Antes que usar emociones con las que no tenía experiencia ella permitió que aquello que le era más natural, la fe y el amor, la consumieran, como la voz le había indicado. Eso era verdadera fuerza. Con un movimiento rápido del brazo, lanzó a Legión a través de la habitación. El demonio golpeó con fuerza contra la pared y se deslizó al suelo. Durante todo el tiempo, aquellos ojos rojos permanecieron estrechados sobre ella. Arriba. Ahora. Olivia saltó hacia arriba y presionó la espalda contra la chimenea. La nueva posición limitaba el alcance de sus movimientos, pero necesitaba algo en lo que apoyarse cuando... Legión saltó hacia ella. Olivia esquivó y una vez más el demonio golpeó la pared. Mientras rebotaba hacia atrás, el yeso se espolvoreó en el aire, llenando la nariz de Olivia y haciéndola toser. A pesar de eso no dudó en lanzar la pierna y dar una patada a Legión en el culo. Fe, ella podía ganar esto. Amor, el bien contra el mal. El talón de Olivia se cortó de alguna manera al pasar a través de las escamas porque algo rojo rezumaba por el esternón del demonio. —No te permitiré herirme, demonio. —No serássssss capaz de detenerme. De nuevo Legión brincó. De nuevo se arrojó sobre Olivia, agarrándose como una enredadera. Los dientes chasqueaban y las uñas arañaban. Olivia dio puñetazos a la izquierda, a la derecha y hacia delante, poniendo una rodilla entre ellas para mantener

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cierta distancia, pero apenas logrando mantenerse derecha. Legión desvió su cabeza de lado a lado para impedir el impacto, pero no siempre tenía éxito. Un pómulo crujió. Su nariz se rompió. Al otro lado de la habitación, un cristal se hizo pedazos. Entonces una oscura figura alada estaba allí, la salvaje mirada buscando... aterrizando sobre las aun combatientes mujeres. Aeron. Sus ojos se encontraron, y el tiempo de repente parecía suspendido. Sus labios se retrajeron en una apretada mueca, y sus tatuajes estaban tan negros que parecían sombras sobre su piel. Una burbuja de excitación estalló atravesándola, y Olivia perdió el enfoque. Su mano se estrelló con la boca del demonio, un área que había estado evitando; Legión tomó ventaja absoluta y mordió, esos colmillos afilados como cuchillas cortaron profundamente, el denso veneno chorreaba directamente a las venas. Olivia gritó. El ardor, como ácido, sal y fuego... oh Deidad. La mano se estaba convirtiendo en ceniza, seguramente. Pero cuando miró hacia abajo, vio que la carne solamente estaba cortada y sangrando, un poco hinchada. —Olivia —gritó Aeron, precipitándose hacia ella. Las rodillas cedieron y se deslizó hacia el suelo, no era capaz de seguir manteniendo el peso. Se sujetó la mano en el pecho, respirando de repente con mucha dificultad. El dolor era demasiado intenso, como arrancarse las alas una vez más. Antes, durante la pelea, las estrellas habían brillado ante los ojos. Ahora ella veía puntos negros y eran mil veces peores. Crecían y se entrelazaban, arruinando su vista y dejándola en un negro vacío de soledad y dolor. —¿Qué le has hecho? —gruñó Aeron, atravesando la ilusión de soledad. Y a pesar de que estaba enfadado, ella dio la bienvenida a su intrusión. —Pro...protegerme a mí misma —logró decir Olivia a través de los temblorosos labios. —Tú no —dijo él, y esta vez su tono fue amable. Unos dedos encallecidos le acariciaban la frente, igual de amables, apartándola el cabello de la cara. A pesar de que la agonía aun estaba abrasando y chisporroteando en la mano, ella le ofreció una débil sonrisa. Aeron podía no querer que se quedara en la fortaleza, podía incluso haber huido de ella, pero en algún nivel él se preocupaba de su bienestar. Había pasado por encima de Kaia y Cameo y había venido directamente a por Olivia. La recién encontrada confianza no se había perdido. Hubo una gran cantidad de pasos. Entonces: —Aeron, mi Aeron. Ella no essssss nada. Déjala y...

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—La única que la va a dejar serás tú. Te dije que te apartaras de ella, Legión. Te dije que no le hicieras daño. —Las manos de Aeron se alejaron de Olivia y ella gimió, desolada—. Me has desobedecido. —Pero... pero... —Vete a mi habitación. Ahora. Hablaremos de esto más tarde. Silencio. Después un sollozo. —Aeron, por favor. —No discutas conmigo. Vete. —Un susurro de ropas. Él debía haberse alejado de ella—. ¿Qué te ha hecho Olivia? —La... mano —consiguió decir a través del castañeteo de dientes. Aún se sentía como si estuviera ardiendo, y a pesar de eso, estaba tan fría como el hielo—. Mordisco. Aquellos fuertes y encallecidos dedos volvieron a ella, esta vez le rodearon la muñeca y elevaron la mano. Probablemente para inspeccionar la herida, pero no importaba. La acción aumentó la velocidad de circulación de la sangre, lo cual incrementó la intensidad del dolor, y ella gimoteó. —Haré que mejore —prometió él. —A los otros les mordió primero. Ayúdales a ellos, después a mí. Él no contestó. En vez de eso, adaptó los calientes labios alrededor de la herida y empezó a chupar. En esto, él no era suave. Se le arqueó la espalda y otro grito desgarrado salió de ella. Intentó arrancarse de un tiró del agarre, pero él la sujeto con fuerza, chupando, chupando, y después escupiendo. Chupando, chupando, escupiendo. Gradualmente el dolor menguó. El calor se enfrió y el hielo se derritió, y ella descendió rápidamente hacia el suelo como una muñeca. Sólo entonces Aeron se detuvo. —Ahora cuidaré de los demás —dijo, con voz ronca. El negro se desvaneció de su visión, y miró de forma borrosa como él caminaba rápidamente hacia Cameo y le dedicaba el mismo tratamiento, chupando el veneno de la herida en el cuello y escupiéndolo. Cuando la guerrera finalmente se calmó, suspirando de alivio, él volvió su atención a la Harpía. Mientras estaba escupiendo el último bocado, la puerta de la habitación estalló abriéndose y dos guerreros se apresuraron dentro. Paris y William. Los dos buscaron por la habitación, con las armas sacadas. Paris empuñaba algún tipo de pistola. William, dos espadas. —¿Qué está pasando? —Preguntó Paris—. Torin nos envió un mensaje diciendo que habías atravesado la ventana de Kaia. —Gran coordinación —replicó Aeron secamente.

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—¿Qué? —dijo William, todo inocencia—. Te hicimos un favor, tomándonos nuestro tiempo. Pensamos que estabas jugando a pervertidos juegos sexuales. —¡Mataré... a esa... jodida perra! —una ceñuda Kaia se puso pesadamente en pie—. Me mordió. ¡Me mordió, joder! —Yo me ocuparé de ella. —Aeron se levantó también. La expresión era sombría pero no menos decidida—. No tú. Kaia apuntó con un dedo hacia su pecho y se puso de puntillas, pero incluso así aun no se colocaba a la altura de nariz contra nariz. —No, tú la vas a mimar como haces siempre. —Yo me ocuparé de ella —repitió firmemente. —Un momento. Me he perdido una lucha de cuatro monadas. Después me encuentro que alguien ha sido mordido. —La atención de William se desvió hacia Olivia, que aun estaba tumbada en el suelo—. Por favor decidme que nuestra pequeña y dulce ángel fue la mordedora. Eso me hará desearla aun mucho más. Aeron gruñó bajo en la garganta, acortando la distancia y agachándose al lado de Olivia. —Aléjate de aquí, Willy. No eres deseado ni necesitado. —Estoy en desacuerdo —dijo William malhumoradamente. —Antes de permitir que Aeron te mate, voy a explicar lo que sucedió mientras salimos. —Cameo se frotó la cara con una mano antes de extender el brazo impacientemente. William arqueó una ceja. Un ceñudo Paris avanzó rápidamente hacia delante, agarrándola de la mano y arrastrándola hacia arriba. —Gracias —murmuró ella con una irritada mirada sobre William. Él se encogió de hombros. —No eres mi tipo, así que no siento la necesidad de ayudarte. Ella puso los ojos en blanco. —Todas las mujeres son tu tipo. Esto debería haber hecho que todos en la habitación se rieran, pero como la voz de Cameo era trágica, todos se encogieron de miedo. Aeron cogió en brazos a Olivia. Buena cosa. Toda la energía la había abandonado. Le temblaban los músculos, recordándole las réplicas de un terremoto. Sin decir nada a los demás, que no se habían ido como planearon, él la transportó hacia el pasillo. —Cada vez que me encuentro contigo estás herida —dijo Aeron.

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Cierto, pero ella no le iba a pedir que se alejara. —Supongo que debo darte las gracias por salvarme. —¿Supones, ángel? —bufó él. Bien. Nada de suposiciones, pero no había forma de que lo admitiera. La había llamado ángel. Otra vez. Lo que significaba que la veía como había sido una vez, no como era ahora. Él necesitaba darse cuenta que ella había dejado la dulzura atrás con la túnica. —Con esa actitud —dijo ella— no tendrás agradecimiento de mí. Nunca. No hubo respuesta. Ella combatió una ola de decepción. —¿Entonces? —apremió ella. —¿Entonces qué? Hombre imposible. —¿Asumes ahora que soy débil y fácilmente rompible? De nuevo él no respondió. Lo que significaba, que sí, el lo creía. Ella frunció el ceño. Tanto como él odiaba la debilidad, ella nunca sería capaz de conseguir meterse en su cama, desde luego, con él dentro y desnudo, si esto continuaba. Tenía que encontrar una forma de probarle lo fuerte que en realidad era. Las palabras fe y amor una vez más le vinieron a la mente. Dudaba que él estuviera preparado para cualquiera de ellas, pese a todo. Y además, ella no le amaba. ¿No? No lo sabía. Lo que sentía por él era diferente de lo que hubiera sentido antes por cualquiera, pero nunca había amado a nadie en el sentido romántico. Todo lo que realmente sabía acerca de este tipo de amor era que significaba estar dispuesto a morir por la otra persona. Como Ashlyn lo estaba por Maddox. Como Anya casi siempre lo estaba por Lucien. ¿Estaba ella preparada para morir por Aeron? No. No lo creía. No había ofrecido ese tipo de compromiso al Consejo cuando tuvo la oportunidad, algo que podrían haber considerado. El sacrificio siempre conseguía una recompensa. —¿A dónde me llevas? —preguntó, cambiando de tema. Aun estaba aturdida para entender las cosas. Más que eso, Legión estaba en su habitación y Olivia no estaba preparada para otro enfrentamiento. Si era hacía allí hacia donde se dirigía, entonces... —A mi habitación —dijo, y su estómago se encogió. Ugh. Lo estaba haciendo. —Pero...

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—Legión no está allí. Como siempre, me ha desobedecido. La he sentido dejar este plano de existencia. Los ojos de Olivia se abrieron con sorpresa. Sabía que estaban unidos, pero eso era... wow. —¿Estás así de conectado a ella? Él asintió. Quizás Legión tenía razón. Quizás ella estaba destinada a estar con Aeron. El pensamiento fue como otra inyección de ácido en las venas de Olivia. Ella misma quería ser más que una conocida para Aeron, más que una amiga. Deseaba ser su amante. Nunca había estado más claro que ahora, en este momento mientras sus fuertes brazos la rodeaban y la mantenían cerca. Mientras su corazón latía fuertemente contra la oreja y su cálido aliento recorría la piel. Pero no le compartiría con Legión, no importaba lo mucho que le deseara. No tienes que hacerlo. Eres una mujer segura, agresiva ahora, y persigues lo que quieres. Era verdad. —Siento que te hiriera —dijo Aeron con voz ronca, sorprendiéndola—. Ella es solo una niña, y yo... —Espera. Voy a pararte ahí. —Sin embargo a ella le gustaría escucharle disculpándose—. Legión no es una niña. No es mucho más joven que tú. Por un momento, él solo pestañeó hacia ella. —Pero es tan inocente. ¿Inocente? Ahora fue Olivia quien bufó. —¿Qué clase de vida has llevado para considerar a ese pequeño demonio inocente? Sus labios se crisparon mientras aporreaba un tramo de escaleras. Su peso parecía no molestarle. —Es sólo... su ceceo, imagino. Y su alegría al acicalarse y jugar a princesas. —Ella ha estado toda su vida en el infierno, rodeada de maldad, de almas siendo torturadas en cada esquina. Por supuesto que acicalarse es divertido para ella, pero eso no significa que su mente sea la de una niña. Ella te ama Aeron. —O eso dijo. ¿Moriría Legión por él?—. Ella te quiere de la forma que una mujer quiere a un hombre. —No había duda sobre eso. Él se detuvo en mitad de otro pasillo, un pie en el aire. Inclinó la cabeza hasta que sus miradas se trabaron juntas, sus iris violetas salvajes. —Estás equivocada. Me quiere como a un padre. —No. Planea casarse contigo.

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—No. —Sí. Me escuchas y sabes que digo la verdad. Un músculo de su mandíbula latió. —Si lo que dices es cierto... —Lo es. De nuevo, escucha la verdad en mi voz. Aeron tragó, sacudió la cabeza como para desalojar su afirmación. Al menos no trató de negarlo esta vez. —Hablaré con ella, le diré que una relación romántica es imposible. Ella entenderá. Sólo un hombre podría engañarse a sí mismo de esa manera. Él volvió a moverse, en silencio ahora. Delante de su puerta, empujó con el hombro hacia el interior. Olivia se tensó, pero en efecto, Legión no estaba a la vista. Suspiró con alivio mientras Aeron la dejaba encima del suave colchón. —Aeron —dijo, aun no preparada para que se fuera y sospechando que esa era su intención. —Sí —él permaneció en el sitio, suspendido sobre ella, pasando una mano por su cabello. Ella casi ronroneaba mientras se inclinaba hacia su toque. —No era mi intención antes. Cuando dije que no te lo agradecería. Te estoy verdaderamente agradecida por tu ayuda. ¿Qué estás haciendo? Él nunca te verá como una amante potencial si tú le recuerdas constantemente tu naturaleza angelical. —Sí, bueno. —Claramente incómodo, tosió mientras se enderezaba—. ¿Estás herida en algún otro lado? —no esperó la respuesta, pero lanzó una mirada sobre toda su longitud. Quizás esa era la primera mirada completa hacia su nueva ropa, porque de repente su mandíbula cayó—. Estás... estás... Quizá su potencial estado de amante no estaba en peligro después de todo. Segura de ti misma. —¿No es bonito? Kaia me ayudó. Agresiva. Se pasó las manos hacia abajo sobre los pechos, estómago y caderas, deseando que fuera él quien la tocara. Se le puso carne de gallina. Oh, eso era una sorpresa. Se sentía bien. Muy, muy bien. Tenía que recordar tocarse a sí misma así otra vez. —Preciosa —dijo él con voz espesa, caliente—. Sí.

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—¿Qué te parece mi maquillaje? —Cuando elevó la mirada hacia la cara, ella se pasó un dedo sobre los labios—. Espero que Legión no lo haya embadurnado. —Es... agradable. De nuevo su voz espesa y caliente. ¿Eso era bueno o malo? ¿Importaba? Ella le deseaba, decidió ir tras él. Lo tendría. Lamiéndose los labios, y saboreando el coco, mmmmm, se incorporó, sosteniendo el peso en un codo y alargando la mano hacia Aeron. Colocó la palma sobre las palpitaciones de su corazón. Parte de ella se ruborizó ante tanto atrevimiento, gritándole que diera marcha atrás. Otra parte se pavoneaba, gritando que se apresurase adelante. Para conseguir una gran alegría, se recordó a sí misma, a menudo tienes que dar un paso fuera de tu zona segura. Así que da un paso ya. —Puedes besarme si quieres. —Por favor, por favor deja que eso sea lo que quiere. Por un momento él dejó de respirar. Al menos su pecho detuvo su movimiento. Una llama brotó en sus ojos, dilatando sus pupilas, y sus músculos se crisparon bajo su toque. —No debería, No deberías. Eres un ángel. —Caído —le recordó. De nuevo—. Pude haber muerto el otro día. Pude haber muerto hoy. En ambos casos yo habría muerto sin saborearte. Sería una lástima, ya que realmente es todo lo que alguna vez desee. —No debería —repitió él, inclinándose, inclinándose. Lamentablemente, se detuvo justo antes del contacto. Ella intentó no gritar de frustración. ¿Cuán cerca había llegado a conseguir finalmente su deseo? —Dime porqué. —Así ella podría hacer desaparecer cada una de las razones. —No necesito la distracción. —Al menos no se apartó—. No necesito una mujer. No necesito nada. No había manera de refutar eso. Nunca un hombre había sido más firme acerca de permanecer solo. Así que, en vez de discutir, ella simplemente dijo: —Bien, yo necesito esa distracción —y deslizó la mano hacia su cuello. Ella no daría un paso fuera de su zona segura, ella correría. Decidida, le empujó de un tirón hacia abajo. Podría haberse resistido. Podría haberla detenido. No lo hizo. Se permitió a sí mismo caer encima de ella. Permanecieron así durante un largo tiempo, simplemente

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mirándose uno al otro, su cuerpo inmovilizaba el de ella debajo, ninguno de ellos capaz de respirar. —Aeron —dijo ella al fin con la voz áspera. —¿Sí? —No sé qué hacer —admitió, con toda el ansia que sentía flotando en las palabras. —Puede que esté loco, pero tengo que conseguir esto —contestó él, y reclamó su boca con la suya.

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CAPÍTULO 9

Ella era débil, prácticamente humana. Peor que humana, se recordó a sí mismo Aeron cuando entrelazaron sus lenguas, aunque no podía obligarse a que le importara. Más tarde lo haría. Más tarde se arrepentiría, pero por ahora, lo único que quería era… a ella. Olivia. Una mujer que su pequeña Legión despreciaba, una mujer que acababa de conseguir que le palmeara su culo, aunque, si era honesto, admitiría que había estado manteniéndose firme hasta que la había distraído, y una mujer que sacaría a patadas de la fortaleza muy pronto. La forma en que calmaba y hechizaba a Ira le inquietaba, sacándole fuera de juego. Incluso ahora, el demonio ronroneaba, disfrutando de lo que estaba ocurriendo. Ansioso por lo que se avecinaba. Tonto. Olivia era una distracción que no podía permitirse. No había mentido sobre eso. No podía perder el tiempo preocupándose por ella, salvándola cuando se metía en problemas, y lo haría. Ella no sería capaz de ayudarse a sí misma. La mujer estaba decidida a tener “diversión”, por el amor de los dioses. Cualquier otro hombre hubiera estado dispuesto a ayudarla con eso, pensó después, las manos cayeron al lado de las sienes de ella y apretaron la sábana. Mira a William. Sexo-feliz William. Bastardo. Mía. El ángel es mío. ¿Ira? ¿Sentando una demanda? Risible. No es tuya, y ciertamente no es mía. Pero, oh, cómo deseaba lo contrario. En su ropa nueva, ella había expuesto deliciosa piel y peligrosas curvas. Las cuales, ambas, eran pecados por derecho propio, pura tentación que ningún hombre desearía resistir. Ni siquiera él. Ella había querido un beso y había habido algo en su interior que le había exigido dárselo. Por una vez, no había tenido la fuerza para apartarse. Sólo había sido capaz de presionar sus labios juntos, abrir sus dientes con la lengua, y tomar. Tomar su dulzura, tomar su inocencia. Tomar todo lo que pudiera del beso.

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E infierno santo, el sabor de ella era… sabía a uvas, dulce, simplemente un poco ácida, cuando su lengua buscó tentativamente la suya. Sus pezones estaban duros y cada pocos segundos se arqueaba hacia arriba rozando su núcleo en contra de su erección. En contraste, sus manos se deslizaban por su recortado pelo y se mantenían suaves, un beso suave. Sería una amante tierna, tal como siempre había preferido. Nunca había entendido porqué algunos de los otros guerreros gravitaban hacia las mujeres que arañaban, mordían e incluso golpeaban durante el más íntimo de los actos. Nunca había querido hacer eso mismo. ¿Por qué llevar la violencia del campo de batalla al dormitorio? No había ninguna razón bastante buena. No para él. Las pasadas amantes de Aeron, las pocas que se había permitido, habían esperado más intensidad de la que había estado dispuesto a dar. Probablemente porque se parecía a un motero, era un declarado guerrero y asesino, y nada le echaba para atrás. Pero no les había permitido empujarle para ir más rápido o más duro. Uno, era demasiado fuerte y ellas demasiado débiles. Las podía romper con demasiada facilidad. Dos, más duro y más rápido podía haber excitado a su demonio y Aeron se negaba a participar en un trío con una criatura que a veces no podía controlar. Una vez más, podía romper a sus parejas, transformándose de amante a castigador. Excepto… si fuera completamente honesto consigo mismo, si hubiera un deseo, por pequeño que fuera, para empujar a Olivia a pasar los límites, a lanzarla sobre el borde de su propio sentido de control, tanto era así que ella atacaría, imploraría y haría cualquier cosa necesaria para alcanzar su clímax. El ronroneo de Ira aumentó de volumen. ¿Qué estaba mal con él? ¿Qué estaba mal con su demonio? Con tanta interacción, Aeron debería haber temido herir a Olivia más de lo que alguna vez había temido lastimar a otra. No lo haría. Profundizó el beso, tomando más de lo que ella probablemente estaba dispuesta a dar. Sí. Más. La voz de Ira era un susurro, pero todavía le sacudió devolviéndole a la realidad. Levantó la cabeza de Olivia. No estoy avanzando en el deseo de matar. Debes estar tranquilo. ¡Más! A pesar de que el demonio siempre había estado silencioso alrededor de Legión, su bebé le calmaba de la misma manera que lo hacía Olivia, Ira nunca había querido besarla. ¿Por qué estaba respondiendo de esa manera a Olivia, entonces? ¿A un ángel?

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Tenemos que ir más despacio, le contestó él, sin saber qué más decir. Como un niño petulante al que se le negaba su comida favorita, el demonio lloriqueó. Más cielo. Por favor. ¿Más… cielo? Los ojos de Aeron se ampliaron. Por supuesto. Para Ira, Olivia debía representar un lugar al que el demonio nunca habría sido bienvenido, haciendo lo inalcanzable aparentemente alcanzable. Aunque, para ser honesto, Aeron nunca había sospechado que el demonio deseara visitar la casa de los ángeles. Los ángeles y demonios eran enemigos, después de todo. Y tal vez estaba equivocado, pero nada más, explicaba el… afecto que el demonio sentía por ella. —¿Aeron? —Sus párpados se abrieron en grietas, sus pestañas gruesas y negras, el marco perfecto para esos magníficos ojos azules. Sus labios eran húmedos y rojos y los lamió lentamente—. Tus ojos… tus pupilas… no estás enfadado. ¿Qué le pasaban a sus pupilas? —No, no estoy enfadado —¿Por qué creía que lo estaba? —Estás… excitado, ¿verdad? —Esos labios se curvaron en una lasciva sonrisa, salvándolo de tener que contestar—. Así que ¿por qué te detienes? ¿Lo estoy haciendo mal? Dame otra oportunidad, por favor, y prometo que aprenderé la manera. Retrocedió un poco más y parpadeó hacia ella. —¿Éste es tu primer beso? Lo había sabido. No sé qué hacer, había dicho ella antes. Pero la verdad realmente no le había golpeado hasta ahora. ¿Los ángeles permanecían totalmente inocentes, incluso en eso? No era de extrañar que Bianka hubiera elegido quedarse en el cielo con Lysander. Eso era…embriagador. Olivia asintió con la cabeza. Luego, sorprendentemente, le ofreció otra sonrisa. —¿No pudiste distinguirlo? ¿Pensaste que tenía experiencia? No del todo, pero no quería estropear su excitación. Además, le gustaba su falta de experiencia casi demasiado. Le gustaba ser el primero, el único. Le gustaba la posesividad ahora inundándole y consumiéndole. Una posesión que estaba mal en muchos niveles. —Tal vez deberíamos… —Hacerlo otra vez —se apresuró ella—. Estoy de acuerdo.

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La inocencia y el entusiasmo, envuelto en un paquete tan bonito. Oh, sí. Embriagador. —No es lo que iba a decir. Tal vez deberíamos parar. Antes de que él la introdujera a mucho más que un beso. Antes de que se introdujera, y a Ira, en el cielo. Un cielo que nunca querrían dejar. —Sólo ésta vez —añadió ella, como si él no hubiera hablado—, me pondré arriba. Siempre he querido probar eso. Bueno, desde que te conocí. Era más fuerte de lo que parecía y logró empujarle de espaldas, el frío algodón presionaba en su piel desnuda. Sin esperar permiso, se sentó a horcajadas en su cintura. La falda era tan corta que rodó hasta sus muslos y le dio un atisbo prohibido da sus bragas. Esta vez eran azules, como la camisa, y diminutas. Pero muy diminutas. Se le hizo la boca agua y se encontró con las manos sobre las rodillas, empujándolas más lejos y frotándola contra su erección antes de que pudiera detenerse. Dulce cielo. Maldición, maldición, maldición. Cielos. No debería estar haciendo eso. Más. Gimiendo, ella inclinó la cabeza hacia atrás, y la longitud de su sedoso pelo le cosquilleó en el estómago. Sus pechos arqueados hacia adelante, sus pezones todavía duros y visibles a través de la camisa. Claramente, no llevaba sostén. Eso no le gustó. Su mirada se encontró con la suya, quemándole hasta el alma. —No estaba bromeando cuando te dije que necesitaba una distracción. El ataque de Legión me recordó lo que los otros demonios me hicieron. Y quiero olvidarlo, Aeron. Tengo que olvidarlo. —¿Qué te hicieron? —se encontró preguntando, a pesar de que una vez se había dicho a sí mismo que no le importaba saberlo. Algo de la neblina-de-pasión la abandonó, embotando esos preciosos iris, y ella sacudió la cabeza. —No quiero hablar de eso. Quiero un beso. Se recostó hacia abajo, pero él volvió la cabeza. —Dímelo. Enterarse era repentinamente más importante que encontrar placer. —No. —Sus labios hundidos en un puchero. —Habla. Sabría la verdad y la vengaría. Tan simple como eso.

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Ira gruñó de acuerdo. Un gruñido escapó del ángel, sorprendiéndoles a ambos. —¿Quién hubiera pensado que un hombre preferiría conversar que hacer… otras cosas? Sus dientes rechinaron. Terca mujer. —Aunque nos besemos, no foll… dormiré contigo —dijo él. La advertencia de Lysander eligió ese momento para hacerse eco en su cabeza. No la mancilles. O te enterraré y a todos los que amas. Se puso rígido. ¿Cómo podía haber olvidado esa amenaza? —No te pedí que durmieras conmigo, ¿verdad? —Que recatada y correcta sonaba su voz—. Como dije, sólo quería otro beso. Tal vez eso era cierto. Tal vez no lo era. Sí, su voz afirmaba que lo era, pero se rehusaba a creerlo. No quería creerlo. No era que alguna vez admitiese tal cosa en voz alta. Si durmiera con ella como ella claramente anhelaba, esperaría más de él. Las mujeres siempre esperaban más, las complaciera o no. Y más que no podía darle. No sólo por el poderoso mentor de ella. Las complicaciones, se recordó él. No las necesitaba. ¡Más! —Si te beso otra vez —dijo, pensando, cállate, cállate maldición—, no te abrazaré después. —Un beso no era “más”, se dijo. Un beso no era algo que mancillaba. Un beso era simplemente un beso, y ella estaba encima de él, por el amor de los dioses—. No cambiará nada entre nosotros. —Mejor que entendiera eso ahora—. Además, esperaré que me digas qué te hicieron. ¿Negociando? ¿En serio? Un medio para resistir. —Soy una segura, agresiva mujer, así que estoy de acuerdo que no cambie nada entre nosotros —dijo con un casual… ¿forzado? encogimiento de hombros—. Abrazarse no es una prioridad máxima, de todos modos. ¿Pero hablar de lo que pasó? No puedo prometerlo. ¿De verdad a esa segura y agresiva mujer no le importaba apretarse a su lado y abrazarle una vez que sus labios se separaran? ¿Realmente le quería para un beso y nada más? Eso le encantaba. De verdad. Eso no le defraudaba. Ni siquiera un poco. —Ahora mismo, sólo quiero usar tu boca y tu cuerpo —añadió sonrojándose. No estaba tan segura como parecía, ¿posiblemente?—. Pero no te preocupes. Sólo me rozaré contra ti un poquito. Así que si hemos terminado con ésta conversación, me gustaría llegar a ello. A pesar de su decepción, uh, deleite absoluto, porque estuviera dispuesta a darle un beso sin esperar nada más, un fuego se desencadenó en su sangre, atrapando y

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propagándose. Pronto sus venas eran como ríos de lava, cada músculo tenso y listo, ardiendo. ¿Usar su cuerpo? Por favor, por favor, por favor. ¡Dije más! ¡Qué extraña mezcla de inocencia y hedonismo que era ella. ¡Qué extraña mezcla de oposición y entusiasmo que era él. Debía ponerle fin a eso, antes de que las cosas se salieran de control. Control. Maldita sea. Tenía que ejercitarlo y actuar racionalmente, en vez de hablarse a sí mismo y de estar con ella. En realidad, necesitaba disuadirse, y a su demonio, una última vez y después irse. —Como me recordaste, pudiste haber muerto hoy —dijo él misteriosamente. Bien. Nada le alteraba más que pensamientos de muerte—. Te quiebras con facilidad. ¿Así qué? —¿Así qué? Él sólo podía negar con la cabeza. Al igual que a los humanos que siempre observaba, a ella no parecía importarle. No estaba de rodillas, rogando por más tiempo, y obviamente no tenía planes de hacerlo. Apretó la mandíbula dolorosamente. Debería implorar. —¿Ya terminamos de hablar? —Preguntó ella, volviendo a encenderse su rubor—. Si no, supongo que podría tocarme un poco más. Antes me gustó. Tal vez me guste más. —Sin esperar su respuesta, ahuecó sus pechos y gimió—. Oh, sí. Me gusta. Tal vez no estaba ruborizada, después de todo. Simplemente estaba sonrojada por el placer. Él tragó saliva. —No, no hemos terminado de charlar. ¿Por qué no tienes miedo de morir? —Todo y todos tienen un fin —dijo, sin dejar el acto carnal—. Quiero decir, serás asesinado pronto, y aunque detesto la idea, no me verás llorar por eso, tampoco. Sé lo que pasará, y acepto lo que no puede ser cambiado. Estoy tratando de vivir mientras pueda. Mientras podamos. Insistir en lo malo que es destruye todo indicio de alegría. Él sintió un tic en el músculo bajo su ojo. —No voy a ser asesinado. Ella se calmó, algo del destello desapareció de su expresión. Él trató de no apenarse por la pérdida. —¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —dijo—. No serás capaz de vencer al ángel enviado para matarte. —Dime algo más, entonces. Renunciaste a tu inmortalidad por diversión e inmediatamente corriste hacia mí. Eso significa que esperas que te suministre esa

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diversión. ¿Por qué harías eso, renunciar a tanto y confiar en mí tan excesivamente si voy a ser destruido? Ella le ofreció una sonrisa triste. —Prefiero estar con alguien poco tiempo que sin nadie. Su afirmación le recordó lo que Paris le había dicho la otra noche, y se enfadó. No estaba equivocado en eso. Lo estaban ellos. —Hablas como un amigo mío. Un hombre muy tonto. —Entonces, soy tonta por no haberle eligiendo en tu lugar. Más vale un tonto que juega al juego que uno, que no otro que se mantiene al margen. Él enseñó los dientes en una mueca. Ni siquiera pienses en estar con alguien más, quería rugir él. Ira, también erupcionó. No por Olivia, sino por Paris. El demonio transmitió imágenes de la cabeza del guerrero en una bandeja, menos su cuerpo. Aeron al instante se serenó. Oh, no, no lo harás. Te olvidarás de Paris. Ella es mía. No, mía, le espetó él, y luego se dio cuenta de lo que había hecho. Quiero decir, no pertenece a ninguno de los dos. Ya te he dicho eso. ¿Ahora cerrarás la boca por favor? —¿Terminamos de hablar? —Una de las puntas del dedo de Olivia trazó la llanura de su estómago e hizo círculos en su ombligo—. ¿O vamos a hacer ésta conversación más interesante? —Se mordió el labio inferior, considerándolo—. Oh, ya sé lo que podemos discutir. ¿Pueden las personas realmente morir de placer? Oh, infierno, no. No había preguntado eso. No la mancilles. —Nunca lo sabremos. Se incorporó, teniendo la intención de apartarse de su lado y dejarla allí. Sola. Excitada, pero sola. El deseo de asesinar a su amigo no había hecho nada para atemperar su necesidad, ni tampoco el recordatorio de la amenaza de Lysander. Retirarse era su única opción. —Bueno, puede que tú no, pero te prometo que yo lo averiguaré. Se quedó paralizado. ¿Hasta dónde llegaría ese ángel para descubrir la verdad? Mientras la pregunta flotaba en su mente, su polla pulsó. Su imagen extendida, su propia mano entre las piernas, los dedos hundiéndose profundamente, le consumía. Queridos… dioses… —No. Te comportarás —graznó las palabras—. Ahora, tengo que irme.

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¡Quieto! Ordenó Ira. Los dioses le ayudaran, lo hizo. Se quedó. Tan fácilmente como si hubiera sido encadenado a la cama, su lucha había terminado antes de que tuviera tiempo para endurecerla. —Muy bien. En realidad desearía… No. ¡No! —Repitió ella con más fuerza—. Puedes irte cuando hayamos terminado. Sólo entonces. —Los brazos de Olivia serpentearon alrededor de su cuello, sus manos firmes en contra de su pelo, las uñas hundiéndose en el cuero cabelludo—. Ahora sé que hacer. —Empujó la boca a la suya y la lengua inmediatamente se sumergió de lleno. Oh, sí. Un rápido aprendizaje. Sus labios ladeados sobre los de él, sus dientes raspaban. El calor… la humedad. Consumía, destruía su resolución. Todo lo que necesitaba, todo lo que ansiaba. Expulsando cada pensamiento, pero uno en particular: Terminar. Sí. ¡Sí! Más. Ella gimió, y él se tragó el decadente sonido. Y cuando se frotó contra él, pudo sentir lo húmeda que estaba, incluso a través de sus pantalones. Su gentileza, desaparecida. Su indecisión, abolida. Se arqueó para encontrarla. Cuando eso no era suficiente, la asió de su culo y la obligó a moverse más rápido, más fuerte. Más profundo. —Quiero tocarte por todas partes —jadeó ella mientras aceleraba—. Quiero saborearte por todas partes. —Yo primero. Yo… No, no, no, no. No la mancilles, no la ensucies. Ella mordió su camino hacia la barbilla, luego bajó, chupando su cuello para aliviar el escozor. Sí, por favor. Ensúciala todo el día, toda la noche. Más, exigió de nuevo Ira. Más. Sí. Más. ¡No! Maldita sea. Amenázala, Ira. Eso me hará huir de la habitación, sin duda. Más. ¿Es la única palabra que sabes? Más, maldita sea. Aeron gruñó. Nadie quería cooperar hoy. —¿Por qué yo?

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Volteó a Olivia, fijándola debajo de nuevo, queriendo detener esa locura, pero lamiendo el hueco entre su cuello y el hombro en su lugar. Ese pulso martilleante parecía demasiado delicioso como para ignorarlo. Hombre insensato. Demonio estúpido. Hembra bella. Las manos buscaban por su propia voluntad, amasó sus pechos. Maldito error. Eran perfectos, sus pezones más duros de lo que había creído. Mantén la conversación. Aparta las manos. —Debo ser todo lo que tu clase desprecia. Después de todo, sus malas acciones estaban delineadas sobre su cuerpo para que todo el mundo las viera. —Eres tanto la bondad que conozco y la emoción que necesito. —Envolvió sus piernas alrededor de él, cerrando cualquier atisbo persistente de distancia—. ¿Qué es lo que no te gusta de eso? Mierda, mierda, mierda. Otro perfecto ajuste. —No soy bueno. —No comparado con ella. Ni comparado con nadie, en realidad. Si supiera la mitad de las cosas que había hecho o la mitad de lo que haría, correría huyendo de él—. ¿Cómo puedo estar con alguien como tú? Eres un ángel. — Un ángel que le tentaba como ninguna otra. Cielos. —He caído. ¿Te acuerdas? Y estoy un poco cansada de oírte decir mi clase y alguien como yo. Es irritante. ¿Y sabes lo difícil que es irritar a un ángel? ¿Incluso a uno caído? —Sus manos recorrían su espalda, a lo largo de las ranuras que ocultaban sus alas. Sondeó el interior, encontrando las delicadas membranas—. Lo siento si mi castigo daña tus sentimientos, pero… No. ¡No lo siento! —Le acarició. Un rugido de gozo entreabrió sus labios. Él tuvo que alcanzar la parte superior y agarrar el cabecero para evitar arañar o golpear algo, tan borracho le volvió la repentina afluencia de placer. Condenado. Estaba condenado. Ahora ya no había resistencia alguna. El sudor perlaba su piel, y su sangre se calentó aún otro grado. Nunca nadie había… Esa era la primera vez que alguien… ¿Cómo había sabido ella hacer eso? —Otra vez —ordenó él. Más, estuvo de acuerdo Ira. Una vez más las puntas de los dedos de Olivia rozaron sus alas escondidas. Otra vez rugió por el éxtasis, incapaz de recobrar el aliento. Con ese primer toque, sus pensamientos se habían astillado. Con el segundo, se había ajustado, un eco de su necesidad.

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Terminar. ¿Más que un beso? Demonios, sí. Se lo daría. Más, más, más. Olivia alzó la cabeza y dio un golpecito con su lengua en uno de los pezones. —Mmm, siempre he querido hacer eso. Lamió otra vez. Y otra vez. Pero pronto eso no fue suficiente, y mordisqueó duramente el pequeño brote con los dientes. Aeron la dejó morderlo. Algo que nunca le había permitido hacer a otra mujer. Estaba demasiado perdido para detenerla, y en parte no quería detenerla. Una parte de él, como su demonio, sólo quería más. Infiernos, todo él lo quería. El control estaba condenado. Sus atenciones se volvieron hacia su otro pezón. No hubo lamida esa vez, sólo mordedura. Se sorprendió al encontrarse recostándose por la picadura, anticipándose, ansioso. Para su sorpresa, la acción no era un recordatorio de las juergas de venganza de Ira, como siempre había asumido que sería. Ni siquiera era un recordatorio de su primera vez con una mujer, como había asumido también. Una vez que prefería olvidar. Era una declaración de la intensa, incontrolable excitación de su compañera. Y aún quería más. Más rápido. ¡Más! Soltó el cabecero y rodó una vez más, colocando a Olivia encima. Ella bajó por su estómago, las uñas rascando en su piel, sus pantalones raspando, resonando en sus oídos. Él agarró el borde de su camisa y tiró del material por encima de la cabeza, liberando esos magníficos pechos. Sólo los había tocado antes, la camisa era una barrera odiaba, pero ahora veía los pezones como ciruelas escarchadas. Hambriento, estaba hambriento. Intercambió su mirada antes de elevarla, devorándola. Su estómago era maravillosamente suave. Oh, sí, suave, pensó mientras extendía sus dedos sobre su piel caliente. Sus manos tatuadas eran casi obscenas sobre tan delicada mujer, pero no podía obligarse a apartarse. ¿Dónde está tu preciada fuerza ahora, eh? Desaparecida, al igual que su sentido del control. Sus dedos alrededor de los suyos y ella se quedó mirando el contraste que hacían. La inocencia y la maldad. —Hermoso —jadeó ella. ¿Pensaba así?

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—Voy a ponerle un piercing, creo —dijo ella, trazando un dedo alrededor de la mano. Su mirada se disparó a su rostro glaseado de pasión. —¿Ponerle un piercing? —A mi ombligo. —No. —Pura. Una preciosa joya centelleando sobre su piel atraería constantemente sus ojos. Se le hizo agua la boca. Hizo que quisiera su boca allí. Entonces moviéndose más abajo. Ensuciándola—. No vas a hacer eso. Eres un ángel. —Caído. —Su sonrisa era lenta y malvada—. Pensé que habíamos terminado de hablar. Especialmente desde que estábamos haciendo algo que me gustaba mucho, mucho y quiero hacerlo de nuevo. Probarte. Se escabulló hacia atrás en sus piernas y lamió el ombligo, la lengua formaba remolinos en algunos de sus tatuajes. Gimiendo, Aeron se relajó sobre el colchón. Esa traviesa lengua estaba caliente, sus dientes afilados, pero maldición si ya no era adicto a su sensación. Más. La súplica fue suya esa vez. Tal vez todas lo habían sido. Hasta… que sus dedos trabajaron en el botón de sus jeans y la realidad se entrometió. Terminarás. No lo podía permitir, se recordó. Había demasiado en juego. Odiada realidad. Racional. Ser racional. La agarró por las muñecas para detenerla. —¿Qué estás haciendo? —¿Ese tono de torpeza le pertenecía a él? —Quiero ver tu… —Se humedeció los labios, las mejillas ruborizadas otra vez— tu pene. Él casi se atragantó con la lengua. Pura. Racional. —Después quiero chuparlo —añadió ella con un ligero temblor de las palabras. Queridos… dioses… pensó de nuevo. Alguien tenía que decirle a Lysander que ella ya estaba a medio camino de perderse, de la manera más deliciosa, y no sería culpa de Aeron si completaba el trabajo. —No me harás eso. ¡Gilipollas! Mira. Su demonio sabía una palabra más.

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Ella deslizó una de las puntas de los traviesos dedos hasta el estómago y alrededor de su pezón, su mano estaba temblando igual que su voz. —Pero yo quiero. Lo quiero a toda costa. —Eres un ángel —le recordó a los dos por milésima vez, sacudiendo la cabeza para dar énfasis. Podía ser un asesino, pero no era un corruptor. Podrías serlo. ¿El demonio? Dioses, quería serlo. —No —dijo él, una vez más para beneficio de todos. Él, Olivia e Ira. Ahora regresa a tu esquina, le gritó al demonio. No eres bienvenido aquí nunca más. A pesar de que Ira se había portado lo mejor posible. —¡Argh! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? He caído. —Sí, pero no voy a ser responsable de tu ruina. Entornando los ojos, ella le dio un puñetazo en el pecho. —Muy bien. Como una mujer segura de sí, agresiva, sé que puedo encontrar a alguien más. Te quería a ti, pero como he aprendido en los últimos días, no siempre conseguimos lo que queremos. William coqueteó conmigo, creo, y está claro que le gusta tener… ya sabes. Sexo. Cuando ella se levantó, como si verdaderamente pensara seguir adelante con su amenaza, y tal vez lo hiciera, la decidida gatita salvaje, a pesar de que había vacilado en la palabra sexo, lo que demostraba que no estaba tan segura y agresiva como quería creer, un gruñido de rabia surgió de él y la agarró por el brazo. La tiró de espaldas sobre el colchón. William no la tocaría. Nunca. Cuando ella dejó de rebotar, la cubrió completamente con su peso. —Sólo porque no te deje hacerme cosas a mí no significa que no te las haré a ti. Ya estoy arruinado. Mientras hablaba, deslizó la mano por encima de su muslo. Suave… caliente… Mía. Otro reclamo de Ira, pero no podía protestar en ese momento. Automáticamente sus rodillas se separaron. ¿Cálida? No. Caliente. Excavó a través de la ropa interior hasta su centro. Era perfecta y mojada, goteando. Su pulgar, sacudiéndose ahora, presionó en su dulce punto.

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—Sí —jadeó ella—. Sí. Eso es tan bueno… justo lo que había imaginado… —Sus ojos se cerraron y le clavó las uñas en la espalda. Lejos de sus alas, pero incluso eso era un estímulo para él. Tenía la intención de facilitar un dedo dentro de ella, pero su grito de asombro… alabanza… caricia… Su deseo una vez más estaba subiendo en espiral a nuevas alturas, y empujó en su interior. Ten cuidado. A ella no parecía importarle, sin embargo. No, parecía disfrutar. —Sí. —Un gemido esa vez. Su rodilla se frotó contra su cadera—. Más. Indefenso excepto para obedecer… -¿siempre sería así con ella?- hundió un segundo dedo. Ella se retorció y movió agitadamente y él pensó que incluso podría haber sacado su sangre. Su polla no estaba libre, gracias a los dioses, o en ese momento, habría golpeado dentro de ella. O mejor dicho. Su polla no estaba libre, malditos dioses, o en ese momento habría golpeado dentro de ella. Dentro de ella. Quería tanto estar en su interior. Después de eso, después de que ella se corriera en sus brazos, gritando, rogando y alabando su nombre, tenía que librarse de ella. Causaba demasiados problemas, ofuscando su sentido común, distrayéndole. Intacta, se recordó. Llévala al pueblo intacta. Consérvala, se quejó Ira. Ya te dije que te callaras, le espetó. No necesitaba luchar con su demonio, así como con sus propias necesidades. ¿Y por qué Ira era tan locuaz?, se preguntó de nuevo. Por una mujer, nada menos, en vez de castigar a alguien. Sí, ya había sacado en claro que al demonio le gustaba lo que Olivia representaba. El cielo. Sin embargo, ese era el obstáculo. Pero esa insistencia… ¿Era el demonio más como él de lo que se había dado cuenta? A ambos les gustaba y odiaba lo que hacían, cómo mataban. Siempre había asumido que el demonio disfrutaba del furor de la sangre y del resultado obtenido. Pero ¿y si Ira siempre había estado tan impotente como Aeron? ¿Tan desesperado por la absolución? —¿Aeron? —Sí —dijo, la voz de Olivia colándose en su cabeza. —Te detuviste —dijo a través de su jadeante respiración—. Necesito más. Continúa, por favor. Volvía su sentido del decoro. Fascinando. Pero no quería oírla pedirle más, sólo debilitaba su determinación. Y no quería escuchar a Ira, tampoco.

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Les silenció de la única manera que podía. Presionó la boca en Olivia y la besó. Quería las cosas suaves, tanto como fuera capaz, tanto como pudiera manejar, pero ella no quería nada de eso y se levantó a su encuentro, danzando su lengua con la suya, sus dientes deslizándose contra los suyos. Pronto se retorcía contra él de nuevo, gimiendo. Incluso alcanzando entre sus cuerpos, excavando dentro de sus pantalones y agarrando su polla. Él siseó de placer, de dolor. No era gentil en eso, tampoco, y aunque no conocía la manera, sus movimientos eran un poco bruscos, su toque era tan bien recibido que se encontró moviéndose hacia su agarre. Duro, rápido e incontrolable. Un golpe sonó en la puerta. Él no se calmó. No podía. Ella había manoseado la rendija a la cabeza de su polla, extendiendo la humedad, y en el lapso de unos segundos, se había catapultado más allá del punto de retorno. La realidad no se entrometería en esa ocasión. —No te detengas —le dijo a ella. —Es tan… sólo un poco… más… —Su agarre se tensó—. Aeron. Él volvió a sacudirse por el placer. Tuvo que evitar un rugido cuando otro golpe sonó. —¡No te atrevas a parar! —gritó Olivia, y luego su lengua estaba de regreso dentro de su boca, las uñas por todo el cuerpo, con las rodillas sujetando sus costados. Dentro y fuera él bombeó sus dedos. Ella apretó aún más, tirando de su piel, por los dioses, el ardor era bueno. Tan malditamente bueno. Y cuando su pulgar encontró de nuevo su clítoris, ella gritó, alto y extenso y con tanto placer que una ola de orgullo le inundó, y con el orgullo llegó su liberación. Una liberación tan completa que no le importó lanzar a chorro su semilla por todo el estómago. No le importó gritar obscenidades y agarrar con la mano libre el cabecero y agrietar la madera. No le importó que lo que había hecho le pudiera condenar a los ojos de Lysander. Un tercer golpe resonó, Aeron se derrumbó encima de Olivia, su fuerza completamente agotada. Jadeando, sudando, comenzó a rodar a su lado para no aplastarla. —Está bien —dijo ella al cabo de un momento, hundiéndose en el colchón—. Ahora puedo tachar ese punto de mi lista de Tareas Pendientes. Buen trabajo, y gracias. Sé que otros hombres disfrutan abrazando, pero creo que has mencionado antes que no quieres hacer eso, así que… Descartado, pensó él, abriendo los ojos. Como si nada. Infierno. No. Estaba inclinándose hacia ella, con la intención de atraerla a sus brazos y obligarla a abrazarle, cuando otro golpe resonó. Frunciendo el ceño, frustrado,

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apartó la sábana a su alrededor, se puso en pie de un salto y se dirigió a la puerta. Alguien estaba a punto de morir.

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CAPÍTULO 10

¿

Quién estaba ahí?

Un desnudo Aeron tiró de la puerta para abrirla y Olivia le miró descaradamente. Una hermosa mariposa volaba en la parte superior de su espalda, y la había tocado. De hecho, su piel tenía verdugones y sangraba dónde lo había arañado. Tal vez eso debía haberla avergonzado. Pero no era así. Estaba orgullosa. Le había marcado. Marcado al hombre con su deseo. Y él le había respondido: había llegado al orgasmo. Quería hacerlo otra vez. Quería más. Todo hasta el final. Estúpidos intrusos. ¿Quién estaba allí y qué quería? Si no era de vida o muerte, Olivia esperaba que se cayeran por las escaleras más tarde. El pensamiento violento, no propio de ella, la detuvo. O tal vez, esa violencia no era indiferente para ella. Después de todo, era una nueva y mejorada persona. Y la nueva y mejorada Olivia podría, podría, podría conseguir hacer cambiar de opinión a Aeron acerca del placer de abrazar sutilmente a otro. Y, para ser honesta, abrazar sonaba cada vez más delicioso a cada segundo. El calor, la fuerza y su atractivo sexual, todo envuelto alrededor de ella. Tal vez la próxima vez. Si era que había una próxima vez. Él se había mostrado muy seguro de que eso sólo sucedería una vez. —¿Qué? —ladró Aeron. Su gran cuerpo bloqueaba su vista, por lo que Olivia no podía ver quién era. —Escuché algunos gritos. —Cameo se hizo a un lado para echar un vistazo al interior de la habitación y Olivia finalmente contestó a su pregunta. La guerrera observó el desorden en Olivia y su boca cayó abierta con el asombro. Olivia sólo le sonrió y saludó. No se sentía avergonzada de lo que había pasado con Aeron. Bueno, no mucho. Era todo júbilo. Había renunciado a todo lo que una vez había conocido para estar allí y experimentar las glorias de la carne, por lo que las inhibiciones no eran toleradas.

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Además, a lo largo de los años, había visto a los humanos cometer todo tipo de cosas. Sexo, drogas. Mucho bien, mucho mal. Lo que había hecho era hermoso. No había ninguna vergüenza en ello. —Te ves bien —le dijo Olivia. —Tú también. —La voz de Cameo no sonó tan dolorosa, por lo que Olivia pensó que tal vez podría haber oído una risa baja. —Mírame, Cam —dijo Aeron, claramente irritado por alguna razón—. ¿Por qué estás aquí? Cameo contrajo los labios y le enfrentó. —Torin vio algunas imágenes que grabó la noche anterior y alcanzó a ver a Pesadillas. Hasta donde sabe, entró al edificio, pero nunca salió. —¿De qué estás hablando? —Tu Chica Sombra. Olivia nos dijo que está poseída por el demonio de las pesadillas. De cualquier manera, vamos a ir a la ciudad a, uh… —Su mirada deliberadamente se posó sobre Olivia—… para charlar con ella. ¿Estás dentro o fuera? Aeron se endureció y se hizo el silencio. Luego dijo: —Dentro. —Y miró por encima del hombro a Olivia—. No te pongas cómoda. Vienes con nosotros. Ya que estemos ahí, vamos a buscar un lugar donde puedas quedarte en lo que decides dónde quieres vivir permanentemente. ¿Qué? ¿Aún planeaba deshacerse de ella? ¿Después de todo lo que habían hecho? Claro, le había dicho que eso no cambiaría nada, pero eso había sido antes de que todo cambiara. Ese poco tiempo de placer no sería suficiente para ella. Aférrate como antes, a ésta cama. Puede ser así otra vez. —Lo siento, pero no puedo. Probablemente casi me moriría otra vez —dijo ella, y casi sonrío cuando sus ojos se agrandaron. El hombre tenía serios problemas acerca de los pensamientos de su muerte, esperando en cada esquina—. Creo que me quedaré aquí. —Y te va a gustar le proyectó ella. Algunas personas no sabían lo que necesitaban para alcanzar la felicidad. Era evidente que Aeron era una de esas personas. Sólo tenía que enseñarle, como ya había planeado. Él se masajeó detrás del cuello. —Hablemos de esto Olivia. No puedes quedarte aquí. No importa lo que pasó entre nosotros. —Está bien. —Ella tiró de sus piernas a un lado de la cama y se puso de pie, arrastrando la sábana con ella. —¿Entonces vas a la ciudad conmigo? —preguntó, obviamente sospechoso.

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Enojado y aliviado. Qué extraña combinación de emociones. —Por supuesto que no. —Colocó un pie enfrente del otro, mientras que sus rodillas temblaban con dificultad, pero se las arregló para hacerlo. Sin caer. Pasó junto a Aeron, oh, dulce Deidad, su calor, su fuerza, y sonrió mientras hacía lo mismo con Cameo, quién le guiñó un ojo. Se detuvo en el pasillo cuando un pensamiento se le ocurrió. Echando un vistazo a Aeron por encima del hombro, le dijo: —Voy a explorar tu fortaleza. Ah, y, Aeron. Cuando no puedas encontrar a Pesadillas, cuyo nombre es Scarlet, por cierto, no regreses a desquitar tu mal humor conmigo. Al menos que quieras besarme, eso estaría mejor. Sería aceptable. No esperó su respuesta, ya pasaba serpenteando en la esquina. —Olivia —le llamó él. Ignorándolo, siguió adelante. Tenía la sensación de que quería discutir con ella. Su cuerpo aún vibraba con los hilos de placer que él le había dado y la discusión lo arruinaría todo. —Oliva. Estás prácticamente desnuda. ¿Desnuda? Se calmó, bajó la mirada hacia la sábana envuelta alrededor de sus pechos desnudos y tragó saliva. Parcialmente desnuda estaba bien cuando estaba con Aeron, pero probablemente no tan bien cuando anduviera entre los otros. Y eso no tenía nada que ver con una falta de confianza, estaba segura. Estar con Aeron le había ayudado a borrar el recuerdo de lo que había sucedido en el infierno, sí. Pero luego, nada sobre las dos experiencias era similar. Aeron había buscado el placer; los demonios el dolor. Aún así. Ver la lujuria en otros ojos, podría hacer regresar los recuerdos con ímpetu. Con un suspiro, se apresuró a regresar a la habitación, pasando por alto a Aeron y su enfurecida expresión sin comentarios. Cameo ya se había alejado. Olivia dejó caer la sábana, agarró la camisa y tiró de la tela sobre su cabeza. Afortunadamente, aún llevaba la falda y las bragas. —Mejor —dijo ella con un guiño. —No, no lo está. No para lo que vamos a hacer. Y sí, estoy diciendo que vas a venir conmigo. Cerró la distancia entre ellos, se puso de puntillas y le besó la mejilla. —Te veo más tarde. Y por favor ten cuidado. —Y dejó la sala serpenteando de nuevo. —Olivia.

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Lo ignoró, su atención clavada en las muchas puertas ante ella. Asechó la cabeza en la primera, insegura de lo que iba a encontrar. Por supuesto. Una sala de entrenamiento. Tendría que haber adivinado, pero tantas veces como secretamente había estado allí, su atención se había centrado en Aeron. —Olivia —la llamó, pero al mismo tiempo sonaba resignado—. Bien. Quédate. Lo que sea. No me importa. Mentiroso. Al menos esperaba que estuviera mintiendo. La segunda habitación, vio, estaba vacía. De la tercera, oyó voces flotando antes de llegar al umbral. Sin permitirse ser disuadida por el miedo o la incertidumbre, se asomó dentro. Era un dormitorio, como el de Aeron, sólo que ahí no había color rosa ni encaje. Paredes oscuras, muebles de metal en lugar de madera, y de todas las cosas, un karaoke en una esquina. Una mujer estaba sentada al lado de la cama, leyendo a un hombre que descansaba sobre el colchón. Olivia debió haber hecho ruido, ya que el hombre levantó la mirada y ésta cayó sobre ella. Él trató de levantarse, pero la mujer protestó. —Gideon, ¿qué estás haciendo? ¡Acuéstate! Gideon. Oliva atormentó a su cerebro. ¿El guardián de Mentira? —Estoy descansando —graznó—. Estamos solos. Oh, sí. Realmente era el guardián de Mentira, incapaz de decir una sola verdad sin sufrir un dolor severo. También se veía muy, pero muy lindo, con el pelo azul, sus ojos eléctricos y una ceja perforada. Pero claramente había sido herido con gravedad. Vendajes blancos estaban envueltos alrededor de sus muñecas dónde sus manos deberían haber estado. Confiado. Agresivo. —Perdón por interrumpir. Yo sólo… estaba por los alrededores. —La verdad—. Soy Olivia —dijo agitada. A pesar de que ese demonio le erizaba los pelos tal como había hecho Torin, no gritó ni corrió huyendo de sí misma. Antes había estado herida y perdida en los horribles recuerdos. Ahora, su cuerpo estaba fuerte, o tan fuerte como un humano podía ser. Podía manejar esa situación—. Estoy con Aeron. Lo cual no era mentira. Era una de las razones por las que había ido allí. Acababa de besarlo mientras estaban acostados en la cama y oh, su corazón aún tenía que entender sobre eso. Ella Nunca lo había visto hacer eso con ninguna otra mujer. Al igual que su mente se había sumergido en lo que había pasado. Wow. Simplemente… wow. Mientras su cuerpo era duro como una roca, su boca era suave como un pétalo de rosa. Sus manos se habían movido sobre toda ella, se había frotado a sí misma en su grande erección y esos grandes dedos habían empujado en su interior. El placer… el calor… nunca había experimentado nada igual.

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Ahora sabía. Una realmente podría morir de placer. Él sabía a menta, dulce y picante; juntos habían sido el afrodisíaco perfecto, abrumando sus sentidos. Finalmente, se había convertido en su única fuente de supervivencia. —Eres el ángel —le dijo la mujer con una sonrisa de bienvenida, tirando de sus pensamientos. —Sí. Caído, pero sí. Gideon se relajó contra las almohadas. —Hermoso. —No le prestes atención. Está malhumorado por el aburrimiento. Soy Ashlyn, por cierto. —Ashlyn tenía el cabello dorado, al igual que sus ojos, y lucía tan delicada como un iris—. La esposa de Maddox. —Maddox, el guardián de Violencia. —Un hombre gigante con el cabello negro, ojos violetas como los de Aeron y un temperamento aparentemente indomable. —¿Estáis casados? —En nuestra ceremonia privada —dijo Ashlyn con un rubor. Se puso de pie—. No es tan malo como piensas, te lo prometo. —Sus manos se posaron suavemente sobre su vientre redondeado—. Es un encanto una vez que llegas a conocerlo. Olivia no pudo evitarlo. Se adelantó y puso sus manos sobre el vientre de Ashlyn. Las mujeres embarazadas siempre habían podido con ella, porque siempre sabía que nunca podría tener hijos, otro de sus deseos secretos. Los ángeles eran creados, no nacían, aún en el caso de que hubiera experimentado deseo físico por otro de su especie, nunca habría concebido. Pero ahora era humana… tal vez tendría una posibilidad. ¿Con Aeron? Una chica podía tener esperanzas. Por un momento, se imaginó a los niños que podrían tener. Quizás no nacieran con todos esos tatuajes, por supuesto, y eso sería una vergüenza, pero podrían tener esos hermosos ojos violetas e incluso sus alas. Todo el mundo debería experimentar el placer de volar, aunque fuera sólo una vez. Tal vez sus hijos incluso podrían tener las agallas y determinación de Aeron, y al mismo tiempo el encanto de ella. Suspiró, volviendo la atención a la tarea que tenía entre manos. —Son fuertes, tus gemelos —dijo ella, sabiendo la bienvenida de la madre a las nuevas noticias—. Fuego y hielo. Tendrás tus manos ocupadas manteniéndolos fuera de problemas, pero serás más feliz por ello. La mandíbula de Ashlyn cayó y por un largo rato, simplemente parpadeó ante Olivia. —¿G… gemelos? ¿Cómo puedes saber que estoy esperando gemelos?

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Oh, no. ¿Había arruinado la sorpresa, no era así? —Percibir lo que crece en el vientre de una mujer es un regalo que todos los ángeles poseen. —Eso… eso no puede ser. —Su piel estaba más pálida con cada segundo, incluso comenzaba a tintarse de verde—. Sólo hay un ser dentro de mí. Es decir, estoy avanzando con normalidad, ¿no? ¿Cuánto tenía que decirle? Quizás sólo lo suficiente para calmarla. —No. Estás progresando lentamente. Tus hijos son inmortales y requieren un tiempo de gestación más largo. Pero no te preocupes. Como me prometiste, ahora te prometo. Tanto tu hijo como tú hija están sanos. —¿Un hijo? ¿Una hija? Genial. Había arruinado otra sorpresa. Con mano temblorosa, Ashlyn se apartó un mechón de su cabello del color de la miel de su rostro y lo enganchó detrás de la oreja. —Necesito descansar. Necesito llamar a Maddox. Yo… yo… —Su mirada salvaje volvió a Gideon—. ¿Te importaría mucho si…? —Sí —dijo él sonriendo—. Me importaría mucho. Ella exhaló pesadamente. —Gracias. —Como si estuviera perdida en trance, la preciosa Ashlyn salió de la habitación, sin dirigir otra mirada a Olivia. —Lo siento —dijo Olivia. Por más de una razón. Ahora estaba a solas con Mentira. Una situación en la que nunca había pensado encontrarse a sí misma. Sin embargo, lesionado como estaba, no podía dejarlo—. ¿Te gustaría, uh, que continuara con la lectura? —le preguntó. Sin esperar una respuesta, levantó el libro que Ashlyn había dejado a atrás, ohhh, una novela romántica, ¡que decadente! y tomó el asiento de la mujer. —Me encantaría que leyeras para mí —dijo—. Tú voz no es… espeluznante. Lo que significaba que no lo deseaba. Rechazada. Abanicó las páginas del libro, haciendo todo lo posible para ocultar su decepción. —Lo que estás escuchando es una parte de la verdad. No hay nada que pueda hacer al respecto. Bueno, excepto mentir, pero eso no es algo que quiera hacer. Es horrible. Además, es demasiado complicado. Los sentimientos lastiman y estalla una pelea. —Sí, no sé nada de eso. Mentir es impresionante —dijo él, pero ella sabía que estaba de acuerdo con ella. No había envidia en su voz—. Querría… nada. No quiero nada.

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Pobre tipo. Debía de querer muchas cosas. —Así que, ¿aún quiere que me vaya? —Sí. —Excelente. —Un progreso—. ¿Puedo empezar a leer ahora? —Sí —dijo de nuevo—. Prefiero no hablar. Oh. Ninguna novela de romance para él entonces. —¿Sobre qué? —Acerca de ti. No tengo ningún deseo de saber por qué estás aquí. —Entonces, ¿puedes ayudarme? —preguntó con optimismo. ¿Del miedo a su necesidad? Y tan rápido. Tal vez demostrando su desesperación para tener éxito. —Seguro. ¿Por qué no? Eligiendo ignorar su mentira, tal vez pensaba que no podría ayudarla, pero se sorprendería, le habló sobre su decisión de caer, lo que esperaba ganar y los progresos que había hecho con Aeron. Era muy agradable tener un espectador imparcial para hablar. Alguien que no la iba a juzgar. —Así que ¿lo amas, entonces? —le preguntó el guerrero. Y ella sabía qué quería decir el amor. Amor. ¿Acaso amaba a Aeron? —Sí. No. Tal vez. —Aún no lo sabía—. Pienso en él todo el tiempo. Quiero estar con él, me entrego plenamente a él. Ya sabes, sexualmente —añadió con rubor en caso de que no entendiera. Confianza—. Aunque dijo que nunca tendría sexo conmigo. —Pedazo de mierda listo, nuestro Aeron. —Gideon formó una lenta sonrisa, pero malvada y sensual debido a ello—. Escucha, aquí un consejo poco útil. No consideres entrar a su habitación ésta noche, y no hagas mucho ruido para que no te mate, pensando que eres el enemigo. Oh, y no vayas desnuda. —Excelente sugerencia, gracias —le dijo, animándose. Levantó sus pies sobre la cama. Aún llevaba las botas y el cuero negro brillaba a la luz—. A los hombres les gusta la desnudez, me he dado cuenta. Pero Aeron no quería que nadie más viera mis… pechos. La nueva y mejorada ella aún podía sentirse avergonzada, se dio cuenta. —Qué equivocada estás. Oh, y ¿Olivia? En esa posición no puedo ver tu ropa interior —dijo claramente divertido. Confianza, tú tienes confianza. —¿Te gustan?

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Parpadeó sorprendido, evidentemente esperaba que cambiará de posición. —Las odio. —¿En serio? —Eso no era embarazoso, decidió; le entregó poder—. ¿Quisieras tenerlas como recuerdo? Desde que pienso seguir tu consejo y meterme en la cama de Aeron, ya no voy a necesitarlas más. Gideon se echó a reír. —Nop. No me gustaría. Odiaría tenerlas como recuerdo. Y no sólo porque estoy seguro de que Aeron estaría encantado de saber que tengo las bragas de su novia. La novia de Aeron. Una mentira dese el punto de vista de Gideon, pero por ello podría haberse fundido en un charco. —Entonces, son tuyas. Te las daré antes de irme. Eso le valió otra carcajada. —No me gustas nada muchacha. En absoluto. Ella estaba radiante. —Lo mismo digo. Ahora que te he hablado de mí, háblame de él. Aeron. Quiero decir, sé quién es, pero no sé nada de su pasado. Quiero entenderlo. Llegar a él. Ayudarlo a dejar de preocuparse por mi próxima muerte. —Y aceptar la suya. —De ninguna manera. —Lo que significaba que sí. Gideon se movió sobre la cama. Un mechón de pelo azul se había atorado en la cabecera y tiró de su movimiento. Hizo una mueca y extendió la mano, pero fue incapaz de alcanzar una sola hebra con las muñecas vendadas. Su gruñido frustrado la impulsó a entrar en acción. Ella bajó las piernas y se inclinó hacia adelante y suavemente alisó el cabello para dejarlo libre. —¿Mejor? —No —murmuro con brusquedad. —Bien. Me gusta el azul, por cierto. Tal vez tiña el mío. —Empujó el pensamiento a la parte posterior de su mente, para examinarlo más tarde. Junto con un piercing en el ombligo. Ahora quería aprender sobre Aeron. Quién había sido y lo que lo había formado. —Olvida a Aeron… ¿dónde quieres que empiece? —Sé que los guerreros fueron expulsado del cielo en la antigua Grecia. Escuché las historias acerca del tormento que causaron, los seres humanos inocentes asesinados, tortura, asalto, saqueo, destruyendo todo lo que entraron a su paso, y así sucesivamente.

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Él se encogió de hombros. —Has escuchado mal. Teníamos le control de nuestro demonios y perdimos la sed de sangre. Y cuando finalmente perdimos el control, la culpa de lo que habíamos hecho, bueno, fue mínima. La culpa. Era una terrible carga que llevar. Y por todo lo que había visto de esos Señores, llevaban mucho más de lo que una persona podría soportar. Se merecían la paz, ella decidió. De una vez por todas. —Aeron no era un guerrero —continuó Gideon—. Y aún así sus acciones, incluso cuando no se justificaban, no lo atormentaron, aunque siempre estuve seguro de que él odió un poco lo que hizo y se amaba a sí mismo por ello. Aún así hizo la menor parte del trabajo, haciendo que el resto de nosotros nos sacrificáramos para proteger el rey dios. Olivia rápidamente tradujo lo que Gideon dijo. Aeron a veces había amado demasiado su trabajo y se había odiado por ello, pero también había amado a sus amigos, por lo que había cumplido con su trabajo, también, librándolos de la carga, lo que probablemente había sido tortuoso para él. La culpa, pensó de nuevo. Incluso entonces, había cargado montones de ella. Había disfrutado hiriendo a otros, y lo más probable era que se considerara tan malo como ellos. Antes de que él muriera, antes de que ella muriera, le enseñaría que era de otra manera. No era malo. Era protector. No era de extrañar que el pensamiento de su muerte le preocupara. A sus ojos, había fracasado en protegerla. El dulce, querido hombre. —Por favor, continúa —le suplicó. Gideon asintió con la cabeza. —Todas esas muertes nunca le afectaron haciéndole ver la fatalidad en cada esquina. Entonces, cuando nuestro odiado enemigo, Baden, no fue decapitado, Aeron vio que los inmortales podían vivir para siempre. Eso no le asustó. Bien, entonces. Las muertes que había realizado en el cumplimiento de su deber, le habían dado una sana apreciación de la mortalidad, especialmente cuando su querido amigo fue decapitado. Ahora esperaba que todos a su alrededor murieran, sabiendo que no había nada que pudiera hacer para detenerlo, no podía hacer nada para protegerlos, justo como ella se había imaginado. Para un hombre que valoraba la fuera y el poder, la indefensión debía de molestarle mucho. Sería por eso que se mantenía alejado a sí mismo de los demás excepto de Legión. Mientras menos gente le importara, de menos gente se tendría que preocupar por mantener a salvo.

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Entonces, ¿cómo se había colado Legión más allá de sus defensas? Más que eso, ¿cómo había escapado Legión a la necesidad de reprensión de su demonio? El pequeño demonio apenas había vivido una vida libre de culpa. Mira lo que la criatura le había hecho a la inocente de Olivia. —En cuánto a Legión —dio Gideon, quién parecía leerle los pensamientos—. Creo que secretamente, Aeron nunca deseó tener una familia propia. Y Legión no le da eso. Entonces. Aeron secretamente deseaba una familia, justo como lo hacía, y Legión le proveía de ello. Algo. Yo podría convertirme en su familia, pensó Olivia. No era que quisiera ser la madrastra de Legión, peor por quedarse con Aeron, incluso podría soportar tan atroz título. —No veo el entusiasmo en tus ojos ángel, y estoy contento por ello. Deberías saber que, incluso en el cielo, él prefería una mujer salvaje, y puedo sentir que, en el fondo, eres tan salvaje como podrías ser, sin importar lo que claramente que no te hayas convencido de lo contrario. Aunque Aeron piensa que sabe lo que quiere, te lo aseguro, no es lo que necesita. Oh… no, pensó, de pronto abatida. Aeron prefería a las mujeres dóciles, pero Gideon pensaba que necesitaba a alguien salvaje. Gideon también pensaba que no importaba lo que hiciera o dijera, Olivia no era salvaje en su corazón y nunca lo sería. —¿Por qué me alertas para alejarme? Sólo hace unos minutos me dijiste cómo seducirlo. —Mi muchacha, Aeron merece un pequeño tormento de vez en cuando. Oh. Un poco de entretenimiento. Eso era lo que Gideon consideraba de ella. Estaba equivocado. Tal vez había sido suave antes, o había fingido ser, pero cuanto más tiempo pasaba en esa fortaleza, más aprendía de sí misma. Gentileza era todo lo que había tenido en su vida. Lysander había sido amable con ella. Los otros ángeles habían sido amables con ella. Y ella había sido amable con ellos. En los brazos de Aeron, había cobrado vida a las sensaciones. Quería más, algo más rudo y caótico, sin control. Quería algo salvaje. Algunas veces él había tratado de frenar las cosas. Había tratado de suavizar las cosas, demostrando lo que Gideon había dicho acerca de que prefería la gentileza. O él creía que así era. Te rogó que acariciara sus alas, se acordó, y esas caricias habían sido cualquier cosa menos tiernas.

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Aún así. No había querido que se perforara el ombligo. ¿Qué pensaría cuando en realidad lo hiciera? ¿Cuando se hiciera un tatuaje como también pensaba hacer? Tal vez una mariposa. ¿Será que ya ni siquiera quisiera besarla? —Ésta conversación oficialmente me deprime —dijo—. No es que no me guste conversar contigo. Me has dado los detalles que necesitaba, y estoy agradecida, pero creo que voy a comenzar a leerte ahora, si está bien. Necesito una distracción antes de que asome la cabeza a la cocina y pruebe cada botella del mueble bar. —Eso era lo que muchos seres humanos hacían cuando recibían noticias que no les gustaban. —No es que podamos hacer ambas cosas —dijo él, y le indicó una serie de botellas encima de su cómoda. —¿En serio? —Ansiosa, Olivia se puso de pie, cruzó la habitación y tomó una de las muchas botellas llenas con las que podría celebrar. El líquido se agitaba en el interior y diferentes esencias volaron a su nariz. Manzana, pera, limón. Oscuras especias. —Siempre lo he llamado jugo de la risa —dijo ella—. Y siempre he querido probarlo. —Ahora no es tu oportunidad. No te atrevas a verter nada en mi garganta. —Será un placer. —Después de inclinar la botella sobre los labios de Gideon mientras él bebía trago tras trago, vació el resto del contenido en sí misma y casi se asfixió, no sabía tan maravilloso como esperaba, reclamó su asiento y abrió el libro, sin prestar atención a la página. Las palabras estaban ligeramente borrosas. —Se agarró los pechos y los apretó —leyó. Interesante—. Tal como lo había hecho antes. Sus pezones latían aún más, deseando el toque de sus manos. Un gemido escapó de ella. Normalmente se habría odiado por hacer ese sonido, pero ahora, en ese momento, estaba embargada por la pasión. Conozco ese sentimiento, pensó Olivia. Lamentablemente no lo conocería de nuevo. Comenzó otra botella.

Aeron se abrió paso en la fortaleza, sus manos cerradas en puños apretados. No asomó la cabeza por la cocina a pesar de que se estaba muriendo de hambre. Comenzó a subir las escaleras. —¿Dónde vas? —le preguntó Cameo al pasar junto a él. —A buscar a Olivia —le contestó. No la besaría como había estado anhelando hacer durante las últimas horas,

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pensando en ella en lugar de buscar a Pesadillas. Preocupándose de si estaba obsesionado con ella de la misma manera en que había estado obsesionado con la muerte de Danika, en otro tiempo. Sólo que no quería matar a Olivia. Quería poner fin a lo que habían comenzado en su cama. Sí, ambos habían llegado al orgasmo, pero no se había hundido en su interior. No había tomado todo de ella. Aún. Ya la había manchado, decidió, al derramar su semilla sobre su vientre. Ya se había ganado la ira de Lysander. No era que eso importara más. No era que el ángel aún no hubiera venido echando fuego contra él. Así que, ¿qué otro daño podría provocar el amor a su causa? Y justamente, su visión cambió. Más bien, le preguntaría a ella cuando la encontrara, si podría desnudarla. Y ahí vamos otra vez. Pensando en ella, en lugar de cuidar de los negocios. No ayudaba que su demonio no se callara aún. Si escuchaba la palabra más otra vez, estallaría en una locura de sangre, propia de las suyas. Concéntrate. Pregúntale a ella. Sí. Eso era lo que haría. No la desnudaría. A menos que su ropa estuviera muy apretada, entonces le estaría haciendo un favor, eliminándola para ayudarle a respirar. Concéntrate, maldita sea. Pregúntale. A. Ella. Había predicho que sería incapaz de encontrar a la chica sombra. Pesadillas. Scarlet. Como sea. Y había tenido razón ¿Cómo sabía que la chica aparentemente desaparecería sin dejar rastro? Al parecer la necesitaba, después de todo, pensó con el ceño fruncido. Sin embargo, eso no quería decir que debía de mantenerla. Definitivamente no. Tomarla, sin embargo… Lanzó su puño contra la pared. —Wow. ¿Te gusta mucho en verdad? —Dijo Cameo, incrédula—. Quiero decir, sé que estás jugando con ella, pero nunca te había visto tan excitado por una mujer. —No quiero hablar de ella. —Bien. No. —Pero si insistes… no la entiendo y eso me vuelve loco. —Rara vez compartía sus problemas con sus amigos. Tenían bastante con qué lidiar. Pero en ese momento, no sabía qué más hacer. Necesitaba ayuda. Antes de que se perdiera por completo a sí mismo. Se detuvo en el rellano y Cameo le siguió. Luego se frotó una mano por el rostro. —Me hace sentir cosas que no había sentido antes y querer cosas que tampoco

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había sentido. Cronos tiene que estar dándome una lección. Es la única explicación para el efecto que tiene sobre mí. —Ninguna otra mujer había llegado a vincularse con él de esa manera—. Nunca debí enfrentarme al rey de los dioses para que me mandara una mujer para perseguirla. Salvo que apenas he tenido que perseguirla, por lo que no puede ser que Cronos me la haya enviado. Dioses, esto no tiene sentido. Algo tiene que estar mal en mí. Cameo le palmeó el hombro, su expresión comprensiva en medio de la miseria grabada en su rostro. Abrió la boca para responder, peor el eco de un sollozo femenino la interrumpió. Compartieron una mirada confusa antes de que Aeron se pusiera en movimiento de nuevo. Reconoció el timbre rico, sexy e incluso triste en la voz, pero el sonido no venía de su habitación sino de la siguiente puerta. Risas masculinas le siguieron, y frunció el ceño. Gideon. Riendo. Una emoción, después de tanto dolor que Gideon había sufrido. Sin embargo, no se sentía emocionado. Aeron se apresuró a rodear la esquina y entrar en el dormitorio de su amigo. Ahí estaba Olivia, tendida junto a Gideon, con la cabeza enterrada en su hombro mientras su cuerpo se estremecía. Gideon, el insensible bastardo, seguía riendo. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó, apresurándose hacia adelante. Y no, no eran celos lo que recorría sus venas como fuego. Era rabia. Rabia de que Olivia estuviera molestando a su amigo herido. Sí. Rabia. Con Olivia. No quería apuñalar a Gideon con una de sus dagas—. Que alguien me lo explique antes de que haga algo que podamos lamentar. Mía gruñó su demonio. Eso estaba mejor que más, supuso él. —¿Aeron? —Olivia le miró brevemente antes de volver los ojos llorosos lejos de él. Incluso levantó los brazos y los envolvió alrededor del cuello de Gideon, sosteniéndose como si en ello le fuera la vida. Sus lágrimas le empapaban la camisa y su cuerpo temblaba violentamente otra vez—. Oh, genial. Ahora está enfadado. —Si le haces daño… —gruñó Aeron. O bien, bien. Quería apuñalar a Gideon. Nunca había herido a uno de sus amigos a propósito. ¿Había peleado contra ellos? Sí. Golpear sus cabezas contra las paredes no era más que una forma sana de disipar el calor. Sabin incluso una vez le había apuñalado por la espalda, literalmente, eso no había apagado el calor, pero encendió su ira, y se había comprometido a nunca hacer que sus amigos sintieran ese tipo de traición. Sin embargo, ahora no se creía capaz de detenerse. Y no podría culpar a su demonio, tampoco. No había imágenes viles en su mente, ni deseos de castigar a algún

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pecador. Ahí sólo había ira ciega. No debes preocuparte por ésta mujer, te desharás de ella en la primera oportunidad, se recordó, a pesar de que la recogió en sus brazos. Sus sollozos se intensificaron y trató de aferrarse a Gideon. Aeron se sacudió perdido. —¡Gideon! Contéstame. ¿Qué pasó? ¿Qué hiciste con ella? —Todo. Ella no es más que una feliz borracha. —Gideon le dio una sonrisa de disculpa. ¿La dulce y pura Olivia, borracha? Peor aún ¿alguien a parte de Aeron la había dañado? Rabia. Sí. Una difusión de emociones oscuras. Sorpresa, también. Y los celos que ya no podía negar. —Oh, Aeron —dijo Olivia entre hipos jadeando, finalmente tomando la decisión de buscar consuelo en él en lugar de su amigo—. Es tan terrible. No tengo alas y tú estás decidido a echarme a la calle, sola y desesperada. Legión fue tan mala, y por unos minutos, estuve enfada. Nunca había estado molesta antes. No realmente. No me gusta. Y sé que podría ayudarte a ti y a los demás más de lo que piensas, pero tú no quieres mi ayuda. Tal vez Lysander tenga razón. Tal vez deba regresar a casa. Recordó lo sangriento que había sido cuando la había encontrado. La cantidad de dolor que había padecido cuando Legión la mordió. La culpa reemplazó cualquier otra emoción en su interior. Él debió… Espera. ¿Irse a casa? —¿Puedes volver? —le preguntó asombrado. —Mmm, mmm. —Se sorbió la nariz—. En catorce… no, diez días. He perdido la cuenta. Me dijiste que estuve enferma por tres días ¿no es cierto? Pero si regreso me veré obligada a matarte. Es la única manera en la que me aceptaran de nuevo. Así que si regresaba a casa, aún tendría que matarlo. O tratar. Podía vivir con eso. Esperaba que así fuera. Ella estaría fuera de su alcance, lejos de su oscura influencia y su hiriente urgencia, sin sufrir daños. —Puedo cuidar de mí mismo, Olivia —dijo y ella se deshizo en una nueva ronda de sollozos. —No siempre podrás, Aeron. Alguien debería protegerte de la misma manera en que proteges a los demás. Así era como ella lo mataría, pensó. A través de sus lágrimas y su bondad. Ya sentía una aguda punzada en su pecho. Siempre había sido el protector, el único para mantener a los demás a salvo. Que alguien más quisiera cuidar de él era casi irresistible. —Descansa un poco —le dijo aún sonriendo a Gideon antes de salir de la

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habitación. Fue entonces cuando escuchó los gemidos de Ira en su cabeza, tan molesto como Olivia estaba. Mía. Herida. Mejor. Estoy haciendo mi mejor esfuerzo. —No soy capaz de arreglar cualquier cosa en la lista, pero si finalmente me dices qué fue lo que te hicieron, puedo hacerlo mejor. ¿Sabes cómo? Olivia frotó ligeramente su frente contra su barbilla. —Con un beso. —Sí. —Su agarre se apretó. Dioses, el estaba de dadivoso—. Dime. Se sorbió la nariz. —No, no quiero. —¿Se lo dijiste a Gideon? —No. Así que. Incluso borracha, no había ninguna posibilidad de que lo revelara. Podía presionarla, pero no lo hizo. No más lágrimas. Por favor, dioses, no más lágrimas. En el dormitorio, la ayudó a meterse en la cama. Ella le miró, entornando los ojos. —¿Quieres tener sexo ahora? —Preguntó ella, después del hipo—. Creo que le di mis bragas a Gideon, así que estoy lista para ello. —¿Le diste tu ropa interior a Gideon? ¿Y la aceptó? —incrédulo, Aeron luchó contra el impulso de comprobar bajo su falda, a continuación, luchó contra el impulso aún más fuerte de regresar a la habitación de Gideon y finalmente atacarlo. —Lo hice, y él lo hizo. ¿Entonces vamos a hacer esto o no? Por desgracia, estaba tentado. Incluso con los ojos hinchados y la cara manchada, lucía encantadora, y encamable. Su cuerpo aún la anhelaba, y jamás nadie había necesitado más consuelo. No era que supiera algo acerca de confortar a alguien. Pero merecía algo mejor que una primera vez borracha. —Duerme, Olivia. En la mañana… —Entonces ella, ¿y él? sólo tendría nueve días para asegurarse de que regresara a casa—. Tendremos mucho que discutir.

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CAPÍTULO 11

Legión luchó contra las lágrimas mientras corría a través de los fuegos y gritos del infierno. Una vez fue su hogar, ahora era su odiado refugio. Estaba a cuatro patas, galopando como un animal rastrero, una posición que conocía bien. La mantenía cerca de la tierra, lo que no era nuevo, e incrementaba su velocidad. Además, era la única posición permitida para alguien como ella. Si se pusiese en pie y caminara, cada Gran Señor al alcance se vería obligado a castigarla por tal imprudencia. Y hablando de Grandes Señores, estaban todos a su alrededor, torturando las almas humanas que habían sido enviadas aquí para pudrirse eternamente. Se estaban riendo, amando cada pedacito de sangre, dolor y vómito. A Aeron no le importaba que estuviese aquí, un lugar que él sabía que despreciaba. Ya no. ¿Cómo podría? Él había protegido al ángel. Su enemigo. De este modo, había salvado, y peor aún, consolado a ese ángel. ¿Por qué? ¿Por qué no trató de proteger a Legión? ¿Por qué no la había salvado y consolado a ella? Las lágrimas empezaron a caer, y envenenadas como estaban, hicieron escocer sus escamas. Cuando llegó a una alcoba de piedra oculta de las sombras, se detuvo, se levantó y apretó su espalda contra una pared irregular salpicada de sangre. Tenía problemas para retener el aliento, y su corazón -que ahora estaba partido a la mitad, maldito Aeron por eso- palpitaba con fuerza. La longitud de su larga lengua bífida emergió, y se secó algunas lágrimas. Mientras que el ácido veneno habría puesto a cualquier otro de rodillas, sollozando y pidiendo misericordia, a ella apenas le escoció. Había deseado con tantas ganas que el ángel muriera a causa de ese veneno… pero no había ocurrido. Aeron había estado completamente decidido a salvarla, y lo que Aeron quería, Aeron encontraba una manera de conseguirlo. Siempre. ¿Qué iba a hacer? La primera vez que había visto a Aeron, encadenado y hambriento de sangre, lo había amado. Había estado luchando contra esa hambre, incluso se había odiado por ello, y nunca antes había encontrado a alguien que prefiriera salvar a destruir. Ella había pensado: él puede salvarme.

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En un sólo latido de corazón, había decidido vivir con Aeron. Casarse con él. Dormir en su cama cada noche y despertar a su lado cada mañana. En cambio, él había obligado a su amigo Maddox a construirle una cama para ella sola. Aún así, había querido ser todo para él. Había sabido que todo lo que necesitaba era tiempo. Sin embargo, el tiempo era un lujo que ella ya no tenía. No podría regresar a su casa porque él había invitado al ángel a quedarse. Ese estúpido y feo ángel, con su largo y rizado cabello, y su piel pálida como una nube. Legión -y cada demonio, la verdad- no podía permanecer en la presencia de tal bondad por mucho tiempo. Dolía. Dolía realmente. De alguna manera, corroía todo lo que ellos eran, destruyéndoles poco a poco. Sin embargo, Aeron no hería, pensó sombríamente. ¿Cómo pudo? Le había dado la bienvenida a la perra. Quizás Ira había vivido entre humanos durante demasiado tiempo para reaccionar ante el ángel como debería hacerlo un demonio normal. Quizás Ira estaba enterrado demasiado profundamente en el interior de Aeron. De cualquier manera, a Aeron debería haberle importado el dolor de Legión. Pero no había sido así. Como si él ya no se preocupara por ella. La había alejado. —¿Qué sucede, dulce niña? Legión jadeó ante la repentina intrusión, mirando con los ojos muy abiertos al recién llegado. No lo había oído aproximarse, y aún así, estaba frente a ella, como si simplemente se hubiera materializado. O hubiese estado esperando, invisible, desde el principio. Un temblor bajó por su columna vertebral. Hubiese gateado lejos pero la roca tras ella la detuvo. Malo, malo, malo. Esto era muy malo. Una visita a la que no podía esperar sobrevivir. —¡Déjame en paz! —se las arregló para decir a través del repentino nudo en su garganta. Un nudo que contenía mil gemidos. — ¿Me conoces? —preguntó suavemente, en absoluto ofendido. O eso parecía. Oh, sí. Lo conocía. De ahí los gemidos. Era Lucifer, hermano de Hades y príncipe de la mayoría de los demonios. Era maligno. Verdadera, pura maldad. Dulce niña, la había llamado. ¡Ja! La apuñalaría por la espalda en el momento en que se alejara de él, y se reiría mientras lo hacía. Sólo por “diversión”, como diría Anya. Tragó saliva. —¿Y bien? —él chasqueó los dedos y al siguiente instante los dos estaban de pie en el centro de su salón del trono. En lugar de piedra y mortero, los muros del palacio de Lucifer estaban compuestos del crepitar de las llamas. —Es una pregunta simple. ¿Me conoces? —Yo…Yo sí. Síiii…—Legión había estado aquí sólo dos veces antes, pero la primera vez, durante su nacimiento en este reino, había sido suficiente para

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convencerla de que jamás querría regresar. La segunda vez, fue traída aquí por castigo. Castigo que había ganado por negarse a torturar a un alma humana. —Concéntrate. —dijo Lucifer bruscamente. Parpadeó y se obligó a concentrarse. Columnas de humo negro flotaban desde el suelo, las paredes e incluso desde el trono que estaba sobre una tarima, encrespándose alrededor de ella como los dedos los condenados. Había gritos atrapados en esas nubes de humo, y esos gritos se mofaban de ella. Tan fea, decían. Tan estúpida. Tan innecesaria. No querida. No deseada. —Te he hecho otra pregunta, Legión. Contestarás. Aunque ella quería mirar a cualquier sitio menos a él, se obligó a encontrar su mirada con la suya. Lucifer era alto, de pelo negro brillante y ojos de color oroanaranjado. Era musculoso, como Aeron, y atractivo -pero no tan atractivo como Aeron- a pesar de que el infierno siempre estaba apostado en su expresión. ¿Qué le había preguntado? Oh, sí. ¿Qué estaba mal con ella? —Yo…—¿Qué debería decirle? Una mentira, definitivamente, pero algo que él creyera. —Yo ssssólo quería jugar un juego. —Un juego, ¿eh? —sus labios se curvaron lenta y perversamente, mientras paseaba a su alrededor, acercándose, estudiándola, midiéndola y encontrándola claramente deficiente. —Tengo una mejor idea. De alguna forma el calor de su aliento llegó a la parte de atrás de su cuello, y se estremeció. Al menos no la apuñaló como había temido. — ¿Síiiii? —Vamos a negociar, tú y yo. Su estomago se retorció en cortantes nudos. Sus negociaciones eran famosas, ya que siempre terminaban a su favor. Así es como se había escapado del infierno durante un año para vivir sin traba alguna en la Tierra. Había negociado con la Diosa de la Opresión, la misma responsable de velar porque las murallas que rodeaban esta prisión subterránea fueran sólidas e impenetrables. La misma que les había permitido escapar a muchos de los Grandes Lores. La misma que había muerto entonces, y cuyos huesos usaron para construir la caja de Pandora. —¿No? —dijo, y aunque había pretendido decirlo como una declaración, surgió como una pregunta. De nuevo frente a ella, él chasqueó la lengua.

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—No tengas tanta prisa. Ni siquiera has oído lo que tengo que ofrecer. No sería bueno para ella, eso podía adivinarlo. —Yo dddddebería irme. —Todavía no. —Se dio la vuelta sobre sus talones, y se deslizó hacia su trono donde se sentó, calmado, seguro de sí mismo. El humo lo alcanzó, rodeándolo, y las llamas lo siguieron pronto bailando a su alrededor como si fueran felices sólo por estar cerca de él. Legión trató de cambiar el peso de un pie al otro, sólo para darse cuenta de que habían sido pegados en el lugar. No habría escapatoria. No hasta que terminara con ella. Aún así, no entró en pánico. Había sido golpeada antes y había sobrevivido. Había sido llamada por nombres terribles y se había reído. Había sido lanzada a pozos aparentemente interminables y pateada en campos de hielo, incapaz de transportarse a sí misma a otro lugar. —Puedo ayudarte a conseguir algo que quieres. —Dijo Lucifer. —Algo por lo que harás cualquier cosa por poseer. ¡Ja! No había nada que él pudiera ofrecerle por lo que… —Puedo ayudarte a conquistar el corazón de Aeron. Por un momento, se olvidó de respirar. Sólo cuando sus pulmones y garganta empezaron a arder, escaldándola, se obligó a abrir la boca y aspirar aire. El podría… ¿Qué? —Como a ti te gusta espiar los acontecimientos de aquí para los Señores del Inframundo…—ahí, al final, la amargura había llenado su tono. —A mí me gusta espiar los acontecimientos de la superficie. Sé qué estas enamorada de Aeron, guardián de mi querido Ira. Al oír su burla, ella levantó la barbilla. —Él me ammmma también. Me lo dijjjjjjjo. Lucifer arqueó una ceja. —¿Estás segura de eso? Estaba muy enfadado porque tú heriste a su precioso ángel. La palabra precioso utilizada para describir ese asqueroso ángel provocó que centellearan manchas rojas ante sus ojos. Ella era la preciosa de Aeron. Ella. Nadie más. Lucifer agitó la mano regiamente, y el aire alrededor de Legión se espesó, se agitó, y brillaron motas de polvo. Los colores cobraron vida. Entonces Aeron estaba ahí, inclinándose y levantando suavemente la muñeca del ángel a su boca. Succionó el veneno que Legión le había inyectado, el flexible cuerpo de ella estaba tranquilo. Ver su boca en esa desagradable intrusa hizo que el rojo aumentara y la rabia la inundara. Rabia, odio y determinación.

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—¿Cómo me ayudarás? —se encontró preguntando. La escena desapareció y volvió su mirada de nuevo a Lucifer. Quizás negociar con él no sería tan malo. Quizás sería la que sacara ventaja. Era inteligente. Ingeniosa. ¿Oh no? —Seamos realistas. —Dijo él, su mirada deslizándose sobre su escamado cuerpo. —Eres tan fea como puede serlo una criatura. Su boca se abrió mientras ola tras ola de dolor la golpeaban, y trató de dar marcha atrás, queriendo esconderse. Ella no era fea. ¿Verdad? Era diferente de Aeron, sí. Era diferente del ángel, también. Pero eso no significaba que fuera fea. —Casi puedo oír los pensamientos en tu cabeza. Permíteme hacerles frente. Sí, ciertamente eres fea. En realidad, decir que eres fea es ser amable. Casi no puedo soportar mirarte. De hecho, para asentar mi estomago voy a tener que mirar por encima de tu hombro mientras terminamos esta conversación. Entonces, era fea. Espantosa. Un monstruo. El propio diablo ni siquiera podía soportar mirarla. Las lágrimas llenaron sus ojos. —¿Entonces como me ayudarás? —preguntó de nuevo. Él bajó la vista hacía sus amarillentas y curvadas uñas, como si no le importara. —Yo, como el ser poderoso que soy, puedo hacerte bonita. —¿Cómo? —insistió ella. —Para empezar, te daría una cabellera sedosa. De cualquier color que tu desearas y mucho mejor que la del ángel. Te daría suave y cremosa piel. Una vez más, de cualquier color que tú desees. Te daría ojos seductores que ningún hombre pueda resistir. Un cuerpo alto y delgado con grandes senos. Los hombres se vuelven locos por esos, ya sabes. Y mientras que una lengua bífida tiene su utilidad en la cama, probablemente me desharía de ella. Tu seseo es irritante. ¿Podía hacerla bonita? ¿Lo suficientemente bonita para conquistar a Aeron? La esperanza floreció en su pecho; la sola idea de estar por fin con el hombre de sus sueños -viviendo como marido y mujer- fue despojando una reserva tras otra. —¿Qué quieres a cambio? —Oh, eso. —Dijo él, encogiéndose de hombros como si no tuviera importancia. —Lo único que quiero es poseer tu nuevo cuerpo. Ella frunció el ceño. —No entiendo. ¿Cómo puedo conquisssstar a Aeron ssssi no sssoy… yo? ¿Cómo puedo conquisssstar Aeron si tú eresss yo? Él se pellizcó el puente de la nariz. —Veo que además eres estúpida lo que significa que tendremos que arreglar eso también. No quise decir que fuese a poseer tu nuevo cuerpo de inmediato, mí decidida amiga. Se me permitiría hacerlo sólo si tú fallas en conquistarlo.

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Su ceño se intensificó. ¿Ser bonita no significaba que automáticamente lo conquistaría? El silencio de ella le hizo sacudir la cabeza. —Está claro que desglosar lo que quiero decir como si le estuviera hablando a un niño no funcionó. ¿Qué más puedo hacer? Sus mejillas ardieron, y no tenía nada que ver con el fuego que los rodeaba. No era estúpida o un niño. ¡Maldito fuera él! —Estásss tratando de confundirme a propóssssito. —De hecho, no. No quiero que me vengas llorando después. Así que escucha atentamente. Te daré nueve días para seducir a Aeron. Yo diría que todo lo que tienes que hacer es obtener su declaración de amor, pero ya la tienes. Lo que no tienes es su atracción sexual, y eso es lo que realmente quieres. Así que mételo en tu cama, por su propia voluntad y ganarás nuestro trato. Podrás conservar tu nuevo cuerpo y vivir feliz para siempre. Sin mi interferencia. Todo sonaba justo, maravilloso y perfecto. Todo excepto el tiempo. — ¿Por qué sólo nueve días? —¿Importa el motivo? No va a cambiar nada sobre el trato. Resistencia. Por supuesto que el motivo importaba. —Dímelo. —Insistió. —Bien. El nueve es mi número favorito. Una mentira, definitivamente. Podría presionar pero… ¿Era tan importante saber la verdad como obtener la oportunidad en aquello que ella más deseaba? No. —¿Y si fallo? —preguntó. Le había dicho lo que quería, sí, pero ella necesitaba cada detalle. —Bueno…—Las puntas de sus dedos trazaban círculos en el brazo de su trono. —Si fallas en seducirlo hasta tu cama, para follar no para dormir, en el tiempo asignado, debes permitirme poseer tu cuerpo, como dije. Por tanto tiempo como yo lo desee. Allí estaba. El detalle final. A él le estaría permitido controlarla por “tanto tiempo” como él lo deseara. En otras palabras, para siempre. Pero por qué querría él… La respuesta la golpeó con fuerza y ella jadeó. Lucifer la veía como un boleto para escapar del infierno. Porque Legión no estaba vinculada al infierno, sino a Aeron, se le permitía abandonar este lugar. A Lucifer no. Estaba atrapado aquí.

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Si ella le permitía poseerla, entonces sería libre de irse. Lo que él quisiera, lo harían. Ella sería consciente, sí, pero sus deseos dejarían de importar. Si fuera tan simple como tomar control de su cuerpo y usarlo para escapar, Lucifer no perdería el tiempo negociando con ella. Pero los demonios no podían controlar cuerpos, humanos o de cualquier tipo, sin permiso. Incluso los Demonios de la caja de Pandora habían necesitado la bendición de los Dioses para poseer a los Señores. —Todo se reduce a si crees o no que puedes tener éxito. —Dijo Lucifer. —¿Lo crees? Yo ciertamente lo creo, lo que me hace sentir tonto por ofrecer este trato. Quizás no debería haberlo hecho. —Con un fluido movimiento, se puso de pie. —Quiero decir, hay otros, demonios más débiles, puedo… —Essspera. —Se apresuró a decir ella. —Ssssssólo espera. Lentamente, se recostó de nuevo. No podía dejar pasar esta oportunidad. El ángel, que era incapaz de decir una mentira, le había dicho que Aeron la veía como una niña. Que Aeron se consideraba a sí mismo una figura paterna para ella. Eso nunca cambiaría, a menos que hiciera algo drástico. —Los términossss deben ser aclaradosss. —¿No lo están ya? —No de mi parte. Él se agarró el pecho con una mano. —¿No confías en mí? Negó con la cabeza. Un acuerdo era vinculante, incluso para las criaturas como ellos. Una vez que los dos estuvieran de acuerdo, estaría atrapada, el trato sería una entidad viva dentro de ella. No podría cambiar de idea. Si fallaba, debía concederle lo que le había prometido, sería incapaz de detenerse a sí misma. —Me siento herido. Pero muy bien—dijo—. Declara exactamente lo que esperas de mí. Si no lo hacía, no recibiría más que eso, pero seguramente sí menos. —Tengo que ser más hermosa que el ángel, con pálidos cabellos, dorados, ojos marrones y grandes senos. —Todo lo contrario a la pequeña perra—. Quiero los nueve días enteros, sin ninguna discontinuidad temporal. —Mientras hablaba, su excitación crecía. Realmente iba a hacerlo. Realmente iba a tratar y a ganar el corazón de Aeron—. Y quiero estar despierta cuando esté con él. —Maldita sea. —Dijo Lucifer con un brillo de diversión en esos ojos de fuego—. Me atrapaste con eso. Planeaba ponerte en coma hasta que el tiempo acabara.

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Y ella había impedido que hiciera eso. Se sentía muy orgullosa de sí misma en este momento. ¿Ves? no era estúpida, después de todo. —Tampoco puedes matarlo. Si el muerrrre antes de que el tiempo se acabbbbe, el trato muerrre también. —De acuerdo. ¿Son esas tus únicas demandas? —preguntó, siempre el señor indulgente. —No quiero hablar sessseando, commmmo tú dijisssste. Quiero aparecer por primerrrra vez ante Aeron, no a medio camino a travésss del mundo, ssssolo como yo sssoy, y entonces, quiero cambiar de cuerrrpo en frente de él. —De esa forma él no pensaría que era un Cebo o una Cazadora ni trataría de deshacerse de ella antes de que pudiera seducirlo. —Muy factible. ¿Eso es todo? Ella tragó saliva, considerándolo, y luego asintió. Una vez más, él se puso de pie. Extendió sus brazos, el fuego saltaba de las yemas de sus dedos. —Entonces, está acordado. Tendrás todo lo que nombraste. Pero si fallas en atraer a Aeron, Señor del Inframundo, y Guardián del demonio de la Ira, a tu cama y dentro de tu cuerpo dentro de esos nueve días, regresarás a esta sala del trono, donde darás voluntariamente tu consentimiento para que yo tome posesión de tu cuerpo. Asintió de nuevo. —Dilo. —Exigió él, ya no era el hombre amable y benévolo que había pretendido ser. —Estoy de acuerdo. En el momento en que las palabras salieron de su boca, un dolor agudo la atravesó. Gruñendo, se dobló a la mitad. No podía respirar, se estaba desvaneciendo, todos los músculos que poseía se contraían con espasmos. Pero tan rápidamente como había surgido el dolor tomó vida el trato en su interior, cuando pasó, se enderezó. —Y así será. —Dijo Lucifer. Entonces le dirigió la misma sonrisa que le había concedido la primera vez que la trajo aquí. Perversa. Satisfecha—. ¿Olvidé mencionar que cuando falles, mi primera tarea será ordenar la muerte de cada uno de los Señores del Inframundo y liberar a sus demonios?

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CAPÍTULO 12

Mientras

la noche daba paso al amanecer, los ciudadanos comenzaban a

despertar y emerger para comenzar el día, Aeron acechaba por las calles, con Paris a su lado, ambos permaneciendo en las sombras, en silencio. Acaso Paris, que no había vacilado en la elección de compañero esta vez -¿significaba eso que finalmente se estaba recuperando de Sienna?- iba tan perdido en sus pensamientos como lo iba Aeron mientras se dirigían de nuevo hacia la fortaleza. Olivia había llorado al dormir, y él la había sostenido durante aquellas lágrimas. Cuando finalmente cayó inconsciente, había volado al apartamento de Gilly, pensando que las cosas serían más fáciles así. Si ella no podía hablar con él, no podría tentarle para que olvidara su propósito. Pero no la había dejado de inmediato. Paris había necesitado tiempo con su elección, así que Aeron se había acurrucado al lado del ángel. Una vez más, descubrió que le gustaba sostenerla. Lo cual era una razón más para finalmente deshacerse de ella. Pero mientras caminaba dejándola atrás, pretendiendo hacerlo permanentemente, ya no estaba tan seguro de querer deshacerse de ella. No es que alguna vez hubiera estado seguro, pero maldición, su resolución había sido sacudida. Verla en los brazos de Gideon había dado vida a una racha posesiva que no había sabido que poseía, los incidentes anteriores con William y Paris insignificantes en comparación. La idea de Olivia vagando por esos caminos, determinada a tener “diversión”, sola, tan fácil de desplumar… Apretó los dientes, algo común cuando pensaba en ella. Un hombre pasó, reclamando su atención. Un humano. Veintitantos. Grande. Al instante Ira comenzó a gruñir, ansioso por la libertad, transmitiendo imágenes de carnosas manos batiéndose y conectando con la cara sollozante de una mujer. “Maltratador”, Aeron se dio cuenta mientras Ira le destellaba más de esas imágenes a través de la mente. “Eres una inútil”, le gustaba gritar al hombre, escupiendo saliva por la boca. “No estoy seguro de por qué me casé contigo. Eras una vaca gorda entonces y eres una vaca gorda ahora”.

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Por una vez, Aeron no trató de contenerse. ¿Qué pasa si Olivia hubiera sido el blanco de esa furia? ¿Y si lo hubiera sido Legión? Permitió que Ira tirara de las cuerdas sin oponer resistencia, amando a su demonio más de lo debido, sin la mancha de la culpa, se giró sobre los talones, corrió hacia delante y cerró la distancia entre él y el hombre. Un hombre que jadeó cuando Aeron le agarró y le hizo girar. —¿Qué infiernos? —Aeron —llamó Paris, cansado. Aeron le ignoró. —No me gustas, mierdecilla insignificante. ¿Por qué no tratas de golpearme a mí? El hombre palideció, temblando. —No sé quién eres o lo que crees que estás haciendo, pero mejor sal de mi vista, imbécil. Turista, pensó, o le habría reconocido. —¿O qué? —Aeron sonrió lenta, cruelmente—. ¿Me llamarás por otro mal nombre? Hubo un gruñido bajo en la garganta del hombre. Tenía un cuchillo en el bolsillo, comprendió Aeron de repente. Quería apuñalar a Aeron en el estómago, en el cuello, y verle morir desangrado. Sin previo aviso, Aeron golpeó. El puño derecho conectó con la nariz del hombre. Hubo un gruñido, un aullido de dolor. La sangre salpicó. No se detuvo, balanceó la otra mano. El puño izquierdo conectó con la boca del hombre, rompiéndole el tejido. El aullido se convirtió en grito. Aeron no había acabado. “No se puede pelear justamente”. Tiene que doler. Ira tenía todo el control. Sin embargo, a Aeron no le importaba. Mientras el hombre trataba de orientarse, tratando de forcejear para liberarse, Aeron le dio un rodillazo en la ingle. Su oponente se dobló, expulsando aire por los labios empapados de carmesí. Sin piedad. Ese hijo de puta nunca la había mostrado. Aeron le pateó el hombro, y él voló hacia atrás. Después de eso, estaba demasiado dolorido para permanecer de pie o incluso defenderse. Se quedó mirando a Aeron a través de los ojos llenos de lágrimas. —No me hagas daño. Por favor, no me hagas daño. —¿Cuántas veces te dijo tu esposa algo parecido a ti? –Aeron cayó de rodillas, a horcajadas sobre la cintura del hombre.

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Tirando de una reserva de fuerza que probablemente no había sabido que poseía, el hombre de la cara blanca trató de deslizarse hacia atrás. Aeron simplemente apretó el agarrón de las piernas, manteniendo al bastardo en su lugar. —Por favor. —La voz del hombre era débil, desesperada. Aeron golpeó una y otra vez, una lluvia de golpe tras otro. La cabeza de hombre batía a izquierda y derecha con cada nuevo impacto. Más sangre salpicó. Los dientes incluso salieron volando como si fueran trozos de caramelo. La piel se partió y los huesos se rompieron. Pronto, no hubo gruñidos, ni jadeos. Una mano le dio palmaditas en el hombro. —Le has castigado. Ya puedes parar. —dijo Paris a sus espaldas. Aeron se detuvo. Estaba jadeando, con los nudillos palpitantes. Demasiado fácil. Aquello había sido demasiado fácil. El hombre no había pagado lo suficiente por los daños que había infringido. Pero tal vez aprendió una lección, dijo una voz razonable dentro de la cabeza de Aeron. Ya que la razón había regresado, el control debía ser suyo una vez más. —Vamos a casa —sugirió Paris. Casa, no. No estaba preparado para regresar a su habitación, para ver la cama donde había besado y tocado a Olivia. Sin embargo, Aeron se levantó. Le dio una patada final al hombre en el estómago antes de enfrentarse a su amigo. —Necesito algo de tiempo. Solo. Pasó un momento en silencio, Paris estudiando su dura expresión. Finalmente, asintió. —Muy bien. Tal vez lo uses para descomprimirte, porque maldición. —Eso planeo. Incluso después de que Paris se alejara, Aeron se quedó en su lugar, tratando de rehacerse. Tengo el control, se recordó, incluso a pesar que todavía no lo quería. Tengo el control. Ira continuaba merodeándole por la mente, trabajando en un frenesí y lista para la próxima víctima. Necesitaba a Legión. O a Olivia, pensó entonces. El corazón comenzó a golpear por un motivo diferente, y le tomó un minuto darse cuenta de por qué. La excitación mezclada con el pesar golpeaba a través de él exactamente como los puños habían golpeado al ser humano. Olivia no se había despertado mientras él la dejó en la habitación de invitados de Gilly. No se había

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despertado cuando le había dado a Gilly instrucciones de llamarle en el momento que ella lo hiciera. No, había permanecido en la cama, adorablemente extendida, con el pelo enredado a su alrededor, roncando delicadamente. Luchar contra el impulso de acurrucarse a su lado de nuevo había resultado casi imposible. Pero no lo hizo. Se había dirigido a reunirse con Paris. Tal vez debería volver a por ella, pensó, dirigiéndose en dirección del apartamento de Gilly antes de poder detenerse. Miró hacia el cielo, esperando orientación. Nunca llegó a ver las estrellas. En cambio, vio blancas alas emplumadas y aterrizando. Galen. Líder de los cazadores. Falso ángel. Bastardo. Automáticamente Aeron empuñó las dos espadas y se internó en lo profundo de las sombras. No debería haber venido a la ciudad sin un arma de fuego, pero había estado tan preocupado por Olivia que no había pensando agarrar ningún extra. Galen estaba encaramado en lo alto de un edificio, esas alas extendidas mientras examinaba las calles. Si sabía que Aeron estaba abajo, mirándole, no dio muestras de ello. Todo mientras Ira aullaba en la cabeza de Aeron. El guerrero había cometido demasiados pecados para que el demonio los procesara, la necesidad de matar simplemente inundó a Aeron. Control. Control absoluto. No podía perder esta vez. Galen se enderezó de forma inesperada. Aeron se apretó contra el muro del edificio detrás de él, seguro de haber sido visto pero no queriendo alejarse. Tal vez esa noche pondrían fin a esto. Finalmente. Galen saltó, cayendo… cayendo… Sus alas se extendieron más, se agitaron una vez, y aterrizó suavemente, a varios metros de distancia de Aeron. Aeron se tensó. No podía matar a Galen sin graves consecuencias, pero podría torturar al bastardo antes de apresarle. Y entonces le torturaría de nuevo después. Pasó un momento, después otro, Galen simplemente plegó las alas en la espalda y esperó. Nunca se acercó. Cada fibra del ser de Aeron quería dar un salto adelante y atacar. Los ataques por sorpresa eran su fuerte, después de todo, pero se contuvo. A veces la batalla no era el mejor curso de acción en una guerra. A veces simplemente observando y aprendiendo se obtenían beneficios bastante mayores. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Qué hacia Galen en Budapest? Había venido aquí antes, por supuesto, pero recientemente se había ido para luchar contra un contingente de Señores que habían atacado una instalación en Chicago donde estaban criando y educando niños mestizos. Mitad humanos, mitad inmortales. A todos ellos les habían enseñado a odiar a los Señores.

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Ahora esa escuela estaba en ruinas, los Señores habían liberado a los niños y les habían encontrado hogares amorosos. Casas que habían esperado que los Cazadores nunca fueran capaces de localizar. ¿Estaba aquí Galen por venganza, entonces? “Castigar”, dijo Ira. “Todavía no”. —Por fin —dijo Galen, su rica voz llenando el silencio. Aeron escaneó el área, pero no vio a nadie acercarse. Por lo tanto, ¿para quién hablaba Galen? ¿Para sí mismo? ¿O…? Un par de piernas aparecieron unos metros por delante de Galen. Sólo, que esas piernas no estaban unidas a un torso. ¿Qué infiernos? La pregunta apenas se había formado antes de que una cintura apareciera, después hombros, brazos -y allí en el interior de la muñeca derecha, había un símbolo de Infinito, la marca del verdadero y dedicado Cazador- y por último, un rostro. Entonces un hombre estaba allí, completamente formado, sosteniendo un ligero pedazo de tela oscura. No era un fantasma, entonces, pues no había un contorno brillante a su alrededor. Solo un hombre, tan real como era Aeron. Pero, ¿cómo había...? Tela. La palabra resonó en la mente de Aeron, seguida por otra. Invisible. Los ojos se le desorbitaron de temor y asombro. Tela. Capa. La... ¿Capa de Invisibilidad? —Cogeré esto. —Galen confiscó la capa y la dobló una vez, dos veces. En lugar de que debido a eso la tela se redujera engrosándose, cada doblez la disminuía en tamaño y anchura, y pronto pareció que el guerrero sostenía un simple cuadrado de papel. Oh, sí. Eso no podía ser más que la Capa de Invisibilidad. Galen se metió el artefacto en la túnica, aun así Aeron extendió la mano automáticamente. Detente. Espera. El brazo cayó a un lado. Información primero, artefacto segundo. —Aquí hay cámaras —dijo el humano—. No las he encontrado, pero sé que los demonios mantienen la ciudad bajo vigilancia. —No te preocupes. —Galen se echó a reír, satisfecho—. Han sido incapacitadas. Oh, de verdad. ¿Cómo? Las cámaras no habían sido desactivadas. Torin le habría mandado un mensaje de texto. ¿Quizás alguien había pirateado el sistema, y estaban ahora repitiéndose en un bucle? Eso había pasado en una de las películas que Paris le había obligado a ver. ¿O podría haber fuerzas más poderosas en ello? Cronos a veces ayudaba a los Señores, por lo que era razonable que otro dios pudiera ayudar a los Cazadores.

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—¿Has confirmado que tienen un ángel entre ellos? —preguntó Galen. —Sí, pero no parece tan poderosa como tú. —Pocos ángeles lo son. ¿Y la mitad de sus tropas está desaparecida? —Sí. Otra carcajada de Galen. —Muy bien. Ahora reúne a los demás y quedaos ocultos hasta que vuelva. Algunas de nuestras tropas desaparecieron ayer, e incluso nuestra hermosa reina les ha perdido de vista. Una vez les encontremos, atacaremos. Y esta vez, no mostraremos piedad. “¡Castigo!” Resonó Ira de nuevo. —¿Sin piedad? Pero pensé… Galen sacudió la cabeza. —Dile a los demás que nuestro experimento fue un éxito. La sonrisa del hombre fue lenta pero no menos satisfecha. —Sin piedad, entonces. Esas alas blancas se dispararon, batieron, después se detuvieron. Galen frunció el ceño. —Mi hija. Quiero que la dejéis sola y viva. —Con eso, dio un salto al aire. Su sorprendente preocupación por Gwen no le salvaría, meditaba sombríamente Aeron, lanzándose él mismo al aire. Las alas estaban completamente curadas y no tendría problemas siguiendo… Galen desapareció, allí un momento, fuera al siguiente. “¡CASTIGO!” Maldita sea, Aeron echaba chispas interiormente. No puedo. La Capa se había ido, fuera de su alcance, y Galen con ella. Lo único que quedaba por hacer era desenterrar más información. No es que eso le redimiera por este fracaso. Estrechó la mirada sobre el ser humano bajo él. El hombre merodeaba por los alrededores de los edificios y los vehículos aparcados, siempre escaneando lo que le rodeaba. Aeron le siguió. Finalmente su presa entró en el recientemente remodelado Club Destiny -ahora bajo una nueva administración y renombrado The Asylum- y no salió. ¿Era allí donde habían establecido un campamento los Cazadores? Imposible. Algunos de los Señores eran muy aficionados a las fiestas de allí, así que Torin había instalado cámaras de seguridad en el interior. Tendrían que haber recogido la presencia de su enemigo. Pero…

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Tal vez no era imposible. ¿Tal vez la alimentación de la cámara había sido distorsionada, como lo había sido en las calles? Otras preguntas comenzaron a jugar a través de su mente. ¿Qué experimento había sido un éxito? ¿Dónde habían ido las tropas de Galen? ¿Quién era su “reina”? Con Ira todavía gritándole en la cabeza, exigiéndole actuar, sacó el móvil y mandó un sms a Torin. Convoca una reunión. Dos horas. Tenía unas pocas cosas de las que preocuparse primero. A saber, Olivia. Si ella tenía las respuestas, se las sacaría. Mientras tanto, ella podría calmarle como había planeado originalmente. He descubierto algo. Incluso vi a Galen con la Capa, los dioses la maldigan, de Invisibilidad. Torin, que parecía no dormir nunca, respondió instantáneamente. Que sea una hora. Si lo que sabes es más importante que nuestro enemigo tenga un artefacto, tengo que escucharlo lo ANTES posible. Hecho. Aeron se guardó el teléfono y se giró sobre los talones para regresar al apartamento de Gilly, despertar a Olivia si tenía que hacerlo y exigirle esas respuestas. Pero a mitad de camino, una alta figura amenazadora le detuvo en seco. Cronos, el rey de los dioses, estaba frunciendo el ceño. Como siempre, llevaba una larga túnica blanca y los pies envueltos en sandalias. Sus dedos de los pies eran visibles, con las uñas amarillentas y curvadas. Sin embargo, Aeron no pudo dejar de notar que jamás antes le había parecido tan joven. Su pelo ya no lucia hebras de color gris, sino que era espeso y de color arena. Su cara estaba casi sin arrugas, sus ojos de un marrón más brillante del que estaba acostumbrado Aeron. ¿Qué había provocado el cambio? —Mi Señor —dijo, cuidando de mantener la irritación para sí mismo. El dios raramente aparecía cuando era convocado, pero no le importaba hacer visitas en los momentos más inoportunos. Ira, todavía preparado y listo, no reproducía imágenes dentro de la mente de Aeron, pero desde luego, nunca lo hacía con este dios. Como había ocurrido cuando vio a Galen, con demasiados pecados para procesar, se limitaba a experimentar una abrumadora oleada. No para matar esta vez, sino, curiosamente, para robar todo lo que el dios poseía. Una urgencia que no entendía, y que no había sido capaz de descifrar. —Me has decepcionado, demonio. ¿No lo hacía siempre? —Este no es lugar para tal discusión. Los Cazadores… —Nadie puede vernos u oírnos. Me he asegurado de ello. ¿Al igual que otro dios se había asegurado que los Cazadores no fueran visibles? se preguntó de nuevo.

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—Entonces por favor. Dime por qué te he decepcionado. No puedo vivir otro momento sin saberlo. Esos ojos marrones se estrecharon. —Tu sarcasmo me desagrada. Y como sabía muy bien, cosas malas pasaban cuando el dios rey estaba disgustado. Como la mente de Aeron y su demonio volviéndose locos de sed de sangre y las vidas de sus amigos colocadas en peligro. —Mis disculpas. —Inclinó la cabeza para ocultar el odio que sin duda le brillaba detrás de las pestañas. —¿Hace falta que te recuerde que la muerte de Galen es tan importante para ti como para mí? Sin embargo has permitido que el ángel te distraiga. —¿No era eso lo que querías? —no podía dejar de preguntar. Cronos hizo un gesto en el aire con la mano. —¿Crees que presté atención a tu ridícula suplica? No quiero que te distraigas, así que ¿por qué iba yo a enviar a una mujer para asegurarme que lo estás? Se había preguntado lo mismo. —Olvídate de ella. —Lo intento —dijo él, con las manos cerradas en puños. “Aguanta”, espetó Ira. —Inténtalo más —ordenó Cronos. —Sólo estará aquí otros diez… no, nueve días. —Con la mañana aproximándose, había perdido un poco más de tiempo de estar con ella. Lo cual era una buena cosa. Sí, buena—. Y entonces volverá a los cielos. —Donde pertenecía. Él se aseguraría de ello. Una punzada de tristeza le golpeó, pero la ignoró. Igual que ignoró el lloriqueo de Ira. Cronos parecía solo un poco apaciguado ante las palabras. —Si no lo hace, yo… —¿Tú qué? —Otro hombre apareció de repente sin previo aviso. Este era alto y musculoso, con el pelo claro y los ojos oscuros. Como Galen, tenía alas. Solo, que las suyas eran de oro macizo. Lysander. Aeron solo había visto al ángel guerrero unas pocas veces, y como con Olivia, no tenía imágenes de vilezas dentro de la cabeza, no había necesidad de castigar de ninguna manera. Sin embargo, eso no significaba que a Aeron le gustara el bastardo.

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“Es demasiado buena para ti”, había dicho Lysander. “no la mancilles. Si lo haces, te enterraré y a todos aquellos que amas”. Aeron no había percibido al ángel a ningún nivel, ni entonces ni ahora, y odiaba lo indefenso que de pronto le hizo sentir. Lysander podría haberle cortado la garganta y él no habría sido capaz de defenderse. Olivia había tenido razón. Cronos palideció hasta un tono poco favorecedor de blanco. —Lysander. —Dáñala —dijo Lysander, lanzando miradas entre ellos—, tócale un solo pelo de la cabeza, y te destruiré. —¡Como te atreves a amenazarme! —Cronos mostró los dientes en una mueca, el color regresó rápidamente con su furia—. Yo, que soy todopoderoso. Yo, que soy… —Un dios, sí, pero puedes ser asesinado. —Lysander rió sin humor—. Sabes que nunca hago amenazas vanas. Oyes la verdad en mi voz. Lastímala, y tu ruina se llevará a cabo por mi mano. Silencio. Espeso, pesado. —Haré lo que quiera —dijo Cronos finalmente—, y no me detendrás. —sin embargo, contrariamente a sus palabras, desapareció. Aeron luchó por orientarse. El dios rey nunca se había echado atrás ante nada. Que lo hiciera ahora, ante un ángel… no presagiaba nada bueno para Aeron, que era mucho menos poderoso. —En cuanto a ti. —Lysander extendió la mano y una espada compuesta únicamente de fuego apareció repentinamente. La punta de la espada apuntó el cuello de Aeron antes de que pudiera parpadear. La carne chisporroteó, aunque con los ojos entrecerrados: —¿Se trata de… manchar? —No tienes ni idea de las ganas que tengo de matarte —dijo el ángel—. Fríamente, sin piedad. —Pero no lo harás. De lo contrario, el ángel ya habría golpeado. Eran claramente iguales en ese sentido. Cuando estaba justificado, los guerreros actuaban sin dudarlo. No se detenían a conversar. —No, no lo haré. A Bianka no le gustaría. Ni a Olivia. —Bajó la espada y desapareció—. La quiero de vuelta, pero a ella… le gustas. —El disgusto opacó su

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verdadera voz—. Por lo tanto, vivirás. Por ahora. Pero quiero que la hagas miserable, para que odie esta vida mortal, y quiero que lo hagas mientras la mantienes a salvo. —De acuerdo. —¿Tan fácil? —Esos ojos oscuros se abrieron como platos—. ¿No quieres conservarla? ¿Quería…? Sí. En ese instante, ante la idea de perderla de una vez por todas, admitió que parte de él, efectivamente, quería quedarse con ella. Al menos por un rato. Quería ayudarla a divertirse, quería ver su sonrisa y escuchar su risa. Quería abrazarla otra vez. Besarla de nuevo. Tocarla. Finalmente hundirse en ese dulce cuerpecillo. Pero no lo haría. Estaría mejor en el cielo, y el podría regresar a la vida que se había hecho. Una vida sin complicaciones. O preocupaciones. Bueno, excepto los intentos que llegaban para acabar con su vida. Si se quedaba en la tierra, seria humana. Frágil. Pronto se marchitaría y moriría. Y él solo sería capaz de mirarla. Eso era algo que jamás se permitiera hacer. No lo era para nadie. Especialmente no con ella. “Mía”, gruñó Ira. —No —se forzó a decir tanto a Ira como a Lysander. No más ignorar o aceptar los reclamos del demonio. Era demasiado peligroso—. No quiero quedarme con ella. —A diferencia del ángel, podía mentir sin pestañear. —¿Sin embargo deseas… mancillarla completamente? Apretó los labios en una línea terca. No estaban teniendo esta conversación. El cuerpo ya reaccionaba ante la idea de acostarse con ella, endureciéndose en todos los lugares correctos. —Puedo ver que lo haces. Muy bien, entonces. —O tal vez la estaban teniendo—. Relaciónate con ella de… esa manera, si es lo que ambos deseáis. No te castigaré por eso, ya que nadie sabe mejor que yo que cuando una mujer se empeña en la seducción es irresistible. Y nadie conoce a Olivia mejor que yo. Si no experimenta todo — Lysander, el ángel terrible se sonrojó—, no te dejará. Así que. Después del acto, hazla miserable como te dije. Convéncela de que te deje sin dañarla físicamente, y haré mi mejor esfuerzo para convencer al Consejo Superior Celestial de perdonaros a ti y tu amigo demonio. Lysander sería el mejor teniendo éxito. No había duda en la mente de Aeron. Lo que significaba que Aeron y Legión estarían vivos, y Olivia siempre estaría protegida. Olivia, a quien Lysander conocía mejor que nadie. Esa afirmación despertó más emoción que cualquier otra, incluso la de ser perdonado. Él debería ser el que la conociera mejor. —Gracias —se forzó a decir. Divertido. Las palabras sonaban como si hubieran sido empujadas a través de cuchillas.

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Lysander retrocedió, un paso, dos. —Me iré ahora, pero no sin darte primero información que hace tanto tiempo ansias, ya que no puedes proteger a mi pupila de la manera que lo necesita si no sabes lo que está pasando a tu alrededor. —No esperó respuesta de Aeron. Pero claro, Aeron no tenía ninguna. Si hablaba, podría sacar accidentalmente a Lysander de su propósito en lugar de instarle a continuar—. A menudo has preguntado por qué Cronos se niega a dañar a Galen él mismo. La razón es simple. Cronos y su esposa, Rea, se aborrecen mutuamente. Han tomado lados opuestos en tu guerra y han prometido no capturar o matar a ningún Señor por sí mismos. Es su manera de mantener la lucha de alguna manera limpia, supongo. Rea es, por supuesto, el escudo de Galen y su informante. Eso era. Un dios estaba ayudando a los Cazadores. Y no cualquier dios, sino la reina de los titanes. Deberían haberlo sabido, deberían haberlo adivinado. Aeron la había conocido una vez, cuando los titanes acababan de derrotar a los griegos y tomaron los cielos. Le habían convocado, con la esperanza de que les suministrara información sobre los Señores. Rea había parecido tan vieja como Cronos lo pareció una vez, con pelo plateado y piel arrugada. Había radiado tal frialdad y odio, que Aeron se había sorprendido, aunque en ese momento había estado más preocupado por las noticias sobre el cambio en la guardia celestial que por una solitaria mirada de una diosa fría. —Te dejo un poco más de información —dijo Lysander—, pero esta te ayudará más que otra cualquiera. Cronos y Rea son como tú. ¿Cómo él? —¿Qué quieres decir? —Son dioses, sí, pero también son Señores. Ella está poseída por el demonio de la Discordia y él… él está poseído por Codicia.

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CAPÍTULO 13

Olivia gimió. Le palpitaban las sienes y sentía el cerebro como si lo hubiesen rociado de gasolina y le hubieran prendido fuego. No obstante, parpadeó abriendo los ojos, decidida a descubrir porque se encontraba mal; las lágrimas se formaron inmediatamente, ardiendo más que la cabeza. Y ahora, cuando la comprensión se filtraba a través de ella, se dio cuenta de que sentía la boca como si hubiese sido rellenada con púas y algodón. Se lamió los labios, confusa, preocupada. —Eso es, buena chica —dijo Aeron. Aunque las palabras eran positivas, él sonaba hastiado. Incluso molesto. Y ruidoso—. Despierta. Vamos, Olivia. Puedes hacerlo. —Silencio. —A través de una brumosa neblina, se las ingenió para centrarse en él. Estaba inclinado hacía ella, con ambas manos extendidas. En una, descansaban dos pequeñas píldoras. En la otra había una taza con algo oscuro y vaporoso—. Por favor. —Necesito que te tomes estas y bebas esto. Al menos esta vez había susurrado. Como ángel, sus sentidos no estaban sintonizados con este plano y nunca había olido realmente lo que los humanos cocinaban, bebían o lo que se rociaban por todo el cuerpo. Pero ahora podía oler y ese líquido oscuro era divino. Similar a fuerza comprimida, prometiendo un fresco comienzo, quizás incluso una total sanación del cuerpo. Café, sabía que así lo llamaban los humanos. No le sorprendía que recorrieran largas distancias y que estuvieran dispuestos a entregar cada centavo que llevaran en los bolsillos por un simple trago de esto. —¿Qué es eso? —logró decir con ronquera, señalando las píldoras con un movimiento de barbilla. ¡Error! El meneo envió una ola de malestar a través de ella. —Simplemente tómatelas. Harán que te sientas mejor. Esta vez, él no había susurrado y ella se cubrió los oídos.

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—¿Tienes un tono más bajo? ¿Podrías utilizarlo, por favor? Él aferró las pastillas y suavemente las depositó en su mano. —Deja de jugar. No tenemos mucho tiempo. —¡Shh! Háblale así a Livvie, y a ella no le importará aplastarte las cuerdas vocales si no bajas el tono. —¿Por qué deseaba de nuevo a este hombre? —Arriba. Ahora. Se incorporó cautelosamente y se restregó los ojos. El todavía ardiente cerebro casi estalló y ella gimió. Aeron le dedicó un impaciente ceño. No, impaciente no. La emoción en ese ceño era oscura, sí, pero lo que él sentía era más duro. ¿Más apurado? ¿Le había afectado que ella gimiera? Quiso acicalarse. Se atusó el pelo, sólo para darse cuenta de que la rizada masa le caía en incontables enredos sobre los hombros. Las mejillas llamearon mientras tiraba hacia arriba de la capucha de la túnica. O lo intentó. Frunciendo el ceño, bajó la mirada. Un top azul, falda negra corta. Por qué estaba…, su nueva imagen de mujerzuela, recordó ella. Oh, claro. Pero eso no explicaba el dolor de cabeza. Alzó las pestañas y se encontró con la penetrante mirada de Aeron. —¿Estoy herida? Él bufó. —Mínimamente. Bebiste demasiado, y ahora estás pagando el precio. Ese no era el único precio que estaba pagando. Un terrible recuerdo de la otra noche la inundó repentinamente. Después de esa primera botella de zumo de risita tonta, que a ella claramente no le había afectado así, había experimentado un terrible sentido de pérdida. Después de la segunda botella, un aplastante sentido de depresión la había asaltado y había sollozado incontrolablemente. Gideon la había abrazado y había llorado sobre él. Acerca de Aeron. Mortificante. Aeron le alzó la mano hacia la boca. —Tómate las píldoras, pero no las mastiques. ¿Entendido? Trágalas enteras. ¿Podría hacerlo? En este mismo instante se veían tan grandes como los gajos de una naranja. El brazo le temblaba mientras con dos dedos cogía las píldoras y se las metía en la boca. Intentó tragarlas. Falló. Agh. ¡El sabor! Su rostro se arrugó en repulsión. —Bebe. Eso ayudará. —Le sostuvo la humeante taza en los labios y la inclinó.

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Olivia hizo una mueca. Aunque el líquido olía maravillosamente, éste sabía igual que una mezcla de ácido y tierra. ¿Cuán delicada parecería si escupía todo sobre la cama? —Traga —ladró mientras dejaba la taza a un lado. Ella lo hizo. Con dificultad. Las píldoras se deslizaron hacia abajo por la garganta, raspando en el recorrido, igual que hizo aquel asqueroso café. Cuando dejó de estremecerse, le fulminó con la mirada. —¡No te atrevas a hacerme eso otra vez! Él puso los ojos en blanco y se colocó en cuclillas. —Te lo hiciste tú misma cuando permitiste que Gideon te emborrachara. ¿Cuántas veces iba a recordarle su estupidez? —Ahora, necesito que te levantes. Livvie. Tenemos algo que hacer. Ahora mismo lo único que ella quería era volver a la cama. De hecho, cayó de espaldas sobre el colchón y miró hacia el techo. Había un póster de una mujer en bikini, con piel dorada, las mejillas sonrojadas. El largo pelo rubio volando al viento. Olivia frunció el ceño, la confusión volviendo a ella. Eso no había estado anteriormente en el dormitorio de Aeron. Ella examinó el resto de la habitación, pero no reconoció nada. Había un aparador color nogal con un jarrón de cristal que relucía por la luz que se filtraba a través de las cortinas, cuadros de flores de diferentes colores sobre las paredes y una preciosa alfombra beige en el suelo. —No se parece a tu cuarto —dijo ella. —Porque no lo es. Su ceño se intensificó. —Entonces… ¿De quién es? —Tuyo. Te quedarás aquí con Gilly, en la habitación de invitados. ¿Conoces a Gilly? —no le dio oportunidad de contestar—. Tanto Paris como William se han quedado antes aquí, de ahí el póster. De todas formas, tú te quedarás hasta que decidas volver a los cielos. De pronto lo comprendió. Él estaba tan desesperado por deshacerse de ella, que la había traído a la ciudad mientras dormía. Oh, eso hería. —¿Olivia? Lucha por superar el dolor. —Sí, conozco a Gilly —dijo con voz temblorosa.

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Conocía a la chica mejor que cualquiera de los Señores, de hecho. Gilly era joven, dulce y había vivido una vida trágica hasta llegar aquí, sus padre la habían herido de muchas formas distintas. Durante algún tiempo, Oliva había sido la responsable de llevar alegría a la vida de Gilly. Por eso, cuando Gilly se escapó de casa, ella había guiado a la adolescente a Los Angeles. A un nivel que Olivia ni siquiera había entendido, había sabido que Gilly encontraría la salvación allí. Lo que ella no había sabido fue que esa salvación sería Danika y los Señores del Inframundo. Su Deidad trabajaba de formas misteriosas. —Pero —continuó—, no volveré a los cielos. La determinación brilló en los ojos de Aeron, pero todo lo que dijo fue: —Hablaremos de eso después. Ahora mismo, como te dije, tenemos trabajo que hacer. Tienes tiempo para una ducha rápida, pero tendrá que ser una multitarea. Tengo preguntas para ti, así que hablaremos mientras te aseas. Él no esperó su respuesta, sino que la levantó en brazos y la cargó al cuarto de baño. No hubo tiempo para disfrutar del paseo. La bajó, cortando todo contacto, se inclinó y manipuló los grifos de la bañera. Tenía un bonito culo, observó ella, moldeado por los ajustados vaqueros. Y por “bonito” quería decir: “tan exquisito que se le encogía el estómago”. El agua caliente manó de repente de la alcachofa, haciendo que apartara la vista alarmada. Cuando se dio cuenta de que lo había hecho “¡Necesitaba más!” él ya se había enderezado. Cuán decepcionante. O quizás no. Ese agua prometía fuerza, vitalidad y… cerró los párpados a medias. ¿Diversión, en torno a dos? Posiblemente. Su primera ducha, y Aeron sería un observador. Esperanzadamente, él no sería capaz de mirar sin tocar. La mañana de repente estaba teniendo un mejor comienzo. El deseo tembló a través de ella. Él se volvió y aunque era tan alto como siempre, parecía más grande, más amenazador. Sus ojos brillaban con ese intenso violeta, los lúgubres tatuajes y el pulso en su cuello martilleando salvajemente. Llevaba una camiseta negra y pantalones negros -ambos fácilmente desprendibles- y podía ver el abultamiento de las armas en su cintura y tobillos. Tan hermoso, pensó, el corazón latiendo acelerado. Quería acariciarle otra vez. Quería recorrer con los labios todo su cuerpo. Especialmente entre sus piernas. Cuando ella le había agarrado allí, había palpado una gota de humedad. ¿Qué sabor tendría esa gota? Él tragó. ¿Había sentido la dirección de sus pensamientos?

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—Sabes cómo ducharte, ¿verdad? Tú… desnud… —la voz se quedó atascada en la palabra— …métete bajo el agua y enjabónate de la cabeza a los pies. —¿Vas a unirte a mí? —Se quitó la camiseta por encima de la cabeza, dejando que el material flotara al suelo. Revelar el cuerpo debería haberla hecho sentir incómoda, suponía, pero quería que él la viera y la deseara, justo como lo hacía ella. Insoportablemente. Además se sentía confiada, agresiva y ahora que sabía qué clase de placer podían darse el uno al otro, haría cualquier cosa, es decir cualquier cosa, para recibirlo—. ¿O solo vas a mirar? Si ese es el caso, puedes mirarme hacer esto. Se ahuecó los pechos de la manera en que de repente se imaginó que él los cubriría, incapaz de detenerse a sí misma. Oh, sí. Eso se sentía bien. Sus ojos se ampliaron, parecía engullirla, el aire en el baño cambió. Cargado con electricidad. —No hagas eso. —Ronco, estrangulado. —¿Por qué no? —Porque tú Deidad debería ser recompensada por crearlos. —Sacudió la cabeza, aunque la mirada entornada no la dejó—. Quiero decir, porque yo… Maldita seas. Y maldito sea yo. Debería ser castigado. Estos pensamientos en mi mente… ¿Eran como los de ella? —¿Aeron? —rogó ella. —Acabo de caer en la cuenta de que nunca los besé —pronunció con una voz áspera cargada con la misma electricidad que saturaba el aire—. Y dioses, mujer, eso es un crimen. —Bésalos ahora. —Por favor. —Sí. —Se inclinó hacia ella, la cabeza bajando, las pupilas dilatándose y esta vez ella sabía que era más deseo que cólera. Los perlados pezones, esperando… expectantes… pero justo antes de tomar contacto, él se contuvo, enderezándose y gruñendo. Ella dejó escapar el aire que no sabía que había estado conteniendo. Él casi… Dulce Deidad. Realmente casi la había besado ahí. —Aeron. —El dolor que tal conocimiento evocó… Hazlo. No pares ahora. —No. —¿Por qué? —¡Porque sí! —Sabía que ella lo anhelaba, que lo necesitaba y todavía se lo negaba. Porque sí. ¡Bastardo!—. Lo harás sola.

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Pasó junto a ella y salió del cuarto de baño, cerrando la puerta de golpe detrás de él, dejando solamente una pequeña grieta de luz. Tan cerca… Podría haber gritado, repentinamente tenía la piel demasiado tirante. En vez de eso, se quitó el resto de las ropas y entró en la bañera. En el momento en que la primera cascada la golpeó, deseó haber gritado. Cualquier cosa para aliviar algo la tensión que se construía en su interior. La tensión que le provocaban las suaves caricias del agua. Trató de no pensar en nada, pero una serie de palabras se lo impidieron. Beso. Pechos. Cuerpos. Moviéndose. Amasando. ¡Agh! —No te oigo enjabonarte —espetó Aeron. —Vete a la mierda —le devolvió, una expresión que había oído utilizar a los humanos con aquellos que los irritaban. Y oh, Aeron la había irritado. Beso. Pechos. Cuerpos. Moviéndose. Amasando. Deslizándose. Tomando. —Olivia. ¿Una advertencia? —¡Cierra la boca, demonio! —Temblando, se esparció unos chorros del jabón con aroma a rosas en las manos y finalmente empezó a asearse. Incluso eso la molestaba, duplicando la tensión. ¿Cómo se había desentendido él de algo así de intenso tan rápidamente? ¿Sin besarla? Beso. Pechos. Cuerpos. Moviéndose. Amasando. Deslizándose. Tomando. Poseyendo. Lamiendo. Chupeteando. Ella pronto reventaría. Distracción. Sí, eso era lo que ella necesitaba. —¿Paris y William han utilizado este jabón? Y sí, ahora puedes hablar. —No lo sé y no me importa. No deberías estar pensando en ellos. Más aún, yo soy el que hace las preguntas aquí. ¿Cómo sabes que fallamos en capturar ayer a Scarlet? —Te lo dije. Sé un montón de cosas que pueden ayudarte, pero tú pareces no estar en absoluto interesado en aprenderlas. —Bueno, ahora estoy interesado, así que empieza a hablar. ¿Hay algún otro inmortal poseído por un demonio en la ciudad? Confianza, se recordó a sí misma. —¿Crees que es así de fácil? —Agresiva—. ¿Tú ordenas y yo obedezco? Una pausa, un vacilante: —¿Qué quieres?

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¡Alivio! —Empezaremos con una disculpa. —Yo… lo siento. Ofrecida a regañadientes, que pago más encantador. —No —contestó ella finalmente—. No hay ningún otro inmortal poseído por un demonio en la ciudad. —De acuerdo entonces. Necesito que me lleves a donde se ubique Scarlet. —No, lo siento. —Olivia se retorció y giró bajo el chorro del agua, las burbujas bajando y recorriéndola el cuerpo. Beso. Pechos… Agh—. No voy a hacer eso por ti. —Lo harás. Otra exigencia, pronunciada con tal determinación… determinación que debía haberle parecido molesta más que atractiva. La tensión acumulándose… otra vez… —¿Por qué estás tan ansioso por mi ayuda ahora? —Quiero que veas la clase de vida que llevo. Quiero que veas las luchas, la sangre y el dolor. Quiero que veas que no me importa nadie excepto mis amigos, mi Legión y que heriré a cualquiera –cualquiera- que les amenace. ¿Cualquiera, incluso Olivia? ¿Aún cuando había elegido ayudar a Olivia ayer y despachar a Legión? Indudablemente. Adiós, tensión. Hola, vacío. Sus frías y duras palabras habían sido más efectivas que la amenaza. —De acuerdo —dijo. Si quería pasar el resto de su vida mostrándola esas cosas, le dejaría hacerlo. ¡Y ella le devolvería el favor! Le mostraría exactamente que se estaba perdiendo si ella se marchaba. Como los pechos por los que debería ser “castigado” al no prestarles atención. El disfrute de la boca que tan desesperadamente quería chuparle. Tensión… peor que antes… Respirar, ella necesitaba respirar. Manipuló los grifos hasta que cerró el agua, el aire que le envolvía la enfrió instantáneamente. Solo que, eso no sirvió para aliviar sus necesidades. Las pequeñas gotas explotaron sobre la empapada piel y gimió. No más. Quizás pudiera darse alivio a sí misma, pensó, intrigada. Aeron había usado sus dedos… y ella misma se metió los dedos… Se lamió los labios, el corazón martilleando de nuevo. Él no tenía que saberlo. Volvería a abrir el grifo, fingiría necesitar más enjabonado y… —¿Lista? —le preguntó él. Ella se tensó. —Yo…yo solo…

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—Olivia, creo que mencioné que voy corto de tiempo. Cierto. No estaría vivo durante mucho más. El recordatorio la calmó, enfriando su deseo como el aire no lo había hecho. Había creído aceptar su inminente muerte. ¿Pero nueve demasiado cortos días? Eso era difícilmente tiempo suficiente para experimentar todo lo que quería experimentar con él. Especialmente con lo obstinado que era. Tendrás que hacer que sea suficiente. —De acuerdo —dijo ella con un suspiro, y salió de la bañera. Ir con él ahora también les concedería más tiempo juntos. Y suponía que nunca le torturaría con lo que nunca tendría, pensó amargamente, lamentaba abandonar una venganza tan dulce. Supuso que le habría ofrecido sus pechos, y lo que podría hacerle con la boca –y cualquier cosa que quisiera-, sin restricción. Entre ofrecimientos, podría proteger a Aeron, como había jurado hacer, de cualquier persona o cosa que le amenazara. —¿Va todo bien? —preguntó, confundido. Había un cepillo de dientes sobre el borde de la ducha, junto con un tubo de pasta de dientes de menta. Habiendo visto a los humanos llevar a cabo esa tarea mil veces, sabía qué hacer y se las arregló para cepillarse los dientes sin incidentes. —De acuerdo, te enseñaré donde vive Scarlet. Con los dientes frescos y limpios, agarró el cepillo de la encimera. Las cerdas se engancharon en varios nudos, haciendo una mueca, no se detuvo hasta que tuvo el pelo desenredado. —¿Qué te hizo cambiar de idea? —La sospecha destilaba de cada palabra. —Discutir contigo es una pérdida valiosa de tiempo. —Era cierto, aunque un tanto engañoso. —Una hembra racional. ¿Quién lo habría supuesto? Ella tiró el cepillo en el lavabo. —Un insensible hombre que no conseguirá un beso si continúa por ese camino. —Otra vez, la verdad. Y asombrosa. Ese vengativo lado de ella… le gustaba. El silencio la saludó. ¿Quería decir eso que él ansiaba otro beso? A pesar de su nueva afinidad por atormentarle, intentó no esperar con demasiada intensidad. —No he herido a Legión, ya lo sabes —dijo—. Aún cuando ella me hirió. —En realidad, ángel, ella sufre cada vez que estás cerca. O lo hacía, cuando tenías las alas. Pero yo nunca sufrí, ni tampoco los otros guerreros y somos tan demoníacos como lo es Legión. ¿Por qué será? ¿Lo hacías a propósito?

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—Por supuesto que no. Aunque es cierto que los demonios odian estar alrededor de los ángeles, habéis logrado humanizar a los vuestros. Al menos un poco. —Ahora. Basta de hablar sobre Legión, si bien había sido Olivia quien había sacado ese tema esta vez—. ¿Quieres saber cómo capturar a Scarlet o no? —Lo siento —murmuró él—. Sí. Quiero saberlo. Luchó por no sonreír. Otra disculpa. A regañadientes, pero igual de dulce. —Aquí está lo que yo sé. A causa de que está poseída por Pesadilla, se debilita durante las horas diurnas. —Mientras hablaba, Olivia se estudió en el empañado espejo. Tenía ojeras y las mejillas estaban un poco hundidas. Deseaba que Aeron la viera en su mejor momento, no así, pero no podía hacer nada—. En ese aspecto es como los vampiros. Duerme durante el día, su cuerpo es demasiado frágil incluso para caminar. Aeron se tomó un momento para absorber lo que ella estaba diciendo. —Entonces, la capturaremos hoy, mientras está durmiendo. —¿Por qué la urgencia? ¿Y qué planeáis hacer con ella? —Los Cazadores están en la ciudad. Hemos encontrado su escondite y ahora sabemos que están siendo ayudados por Rhea, la diosa reina. Queremos hacerle algunas preguntas a Scarlet y evitar que ella ayude a los Cazadores. —Podía haberte dicho que estaban en la ciudad, pero te negaste a escucharme. —Lo sé, lo sé y también me disculpo por eso. ¿Qué sabes sobre Rhea? Otra disculpa suya. El hombre merecía una recompensa. —Sé que se llama a sí misma Madre Tierra y que está ayudando a los Cazadores —dijo Olivia, a pesar de que todo en lo que podía pensar era en darle la recompensa a Aeron—. Sé que se vio debilitada en el interior del Tártaro, todos los Titanes lo estaban, así es como los griegos fueron capaces de conseguir que el demonio Discordia la poseyera. —No puedo creer que tuviera la información al alcance de las manos todo el tiempo —murmuró él—. ¿Si su demonio la ha poseído, ella murió? ¿Cómo nosotros? —Sí. —¿Por qué está ayudando a los Cazadores? —Por la misma razón que Galen está guiándoles. Piensan mataros y salvarse, después usar a vuestros demonios para su propio beneficio. En el caso de Rhea, asumiendo el control de los cielos y destruyendo a Cronus de una vez por todas. Si él tenía más preguntas y estaba segura que así era, no se permitió preguntar. ¿Planeaba acudir a su otra fuente, lo que fuera o quién fuera? Y él tenía una fuente. Eso era evidente. No había sido bien informado antes. Si lo fuera, no necesitaría a Olivia y ella odió esa idea.

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—Gracias por la información —dijo bruscamente. —De nada. —Presiónale. Siéntete confiada. Sé agresiva. Demuéstrale que te necesita para más respuestas como esas—. Acepto el pago en forma de besos. Y de todas formas, creo que yo te debo dos. Te disculpaste por tu insensibilidad después de todo. Aeron se aclaró la garganta. —Sí, bueno, nunca dije que te pagaría. O aceptaría el pago. Nosotros, uh, debemos irnos. Hombre decepcionante. —Solo déjame —Olivia echó un vistazo a la toalla. Si lo hacía, se estaría ofreciendo, y ella nunca se había ofrecido realmente. Se mordió el labio. A los hombres les gustaban las mujeres desnudas. Los hombres tenían problemas para resistirse ante mujeres desnudas. Así que nada de toalla, musitó ella, casi tarareando con anticipación. Tensión… —No importa —dijo con voz gutural—. Estoy lista. Arqueando la espalda para levantar el pecho -a él le gustaban sus pechos- agarró el pomo de la puerta y la abrió completamente. Confianza. Aeron estaba inclinado contra la pared y le daba la espalda. Los brazos cruzados sobre el pecho. Desafortunadamente, él todavía estaba vestido. Se agresiva. Solo tenían que cambiar eso. Desnuda y mojada, caminó frente a él, el corazón latiendo más fuerte y más rápido que cuando había considerado acariciarse a sí misma. Cuando le echó un vistazo, se quedó con la boca abierta. Las ventanas de su nariz se dilataron. Sus pupilas prácticamente estallaron, el violeta de los iris completamente oscurecido. Olivia casi gimió. Bien, bien. Gideon había tenido razón. A Aeron le gustaba mirar a una mujer desnuda. Empuja más duro. El dolor… necesitaba que él apaciguara el dolor… —¿Qué piensas de mi conjunto? —preguntó ella, girándose. Estrangulados sonidos salieron de su boca. Quizás no volviera a llevar nunca ropas. —Ahora soy humana y los humanos siempre exigen pago por sus servicios. — ¿Podía él oír la excitación y el nerviosismo en su voz?—. Así que, si quieres más información de mí, y créeme, tengo mucha que ofrecer, tendrás que ganártela. —¿Cómo? —La palabra fue un gruñido, pero ese gruñido no estaba teñido de cólera—. ¿Con esos besos que mencionaste?

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—Eso era el honorario de hace cinco minutos y tú te negaste a pagar. Por lo tanto, mi precio ahora ha subido. Si quieres saber todo los demás, tendrás que calentarme con tu cuerpo. Estoy fría. Estoy tan caliente, estoy en llamas. Él tragó saliva. Enderezándose. Le recorrió todo el cuerpo con la mirada, demorándose en los pechos, entre los muslos. Su respiración se hizo entrecortada, poco profunda… —Infierno santo. Muriendo. Me estoy muriendo. Yo también. —Aeron. Dámelo. Tócame. —No… no hay tiempo. —Haz tiempo —dijo ella y cerró la distancia entre ellos… Debes…tocar… Podría haberla apartado del camino y no habría sido capaz de detenerle, pero no lo hizo. Sus grandes manos se asentaron en la cintura con sus dedos presionándola fuertemente. ¡Por fin! —No debería —dijo él—. Yo me decía que no debería, a pesar de que él no vaya a… —¿Él? —Más—. ¿Quién no va a qué? Al principio, no dio ninguna respuesta, no respondió. —El demonio… el mío —dijo finalmente en un tono duro, los dedos se extendieron para cubrir más terreno. La tocó bajando por la espalda hasta el trasero. Quemándola—. No quiere… hacerte daño. Por una vez, no tengo que preocuparme. ¿“El”, no, “Él”? ¿Confusión al aplicar un pronombre personal? ¿A quién le importaba? ¡Continúa! —Así que ¿por qué no deberías estar conmigo? —Si hubiera esperado disuadirla de este camino, nunca debería haberla introducido a la pasión. Su error, y uno del que se aprovecharía totalmente—. No hay ningún obstáculo. —Los obstáculos… —Él titubeó torpemente en la palabra, con la mirada fija en sus labios—. Somos… Ella le apoyó las palmas de las manos sobre el pecho, dispuesta a escucharle recitar de un tirón una lista completa de problemas. Tal como probablemente había sido su intención. Su corazón estaba golpeteando más duro y rápido que el de ella. Una

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buena señal. Queriéndolo aún más duro, incluso más rápido, ella arqueó la parte inferior del cuerpo apoyándose en él y gimió. Oh, sí. —¿Te gustaría obtener respuestas, verdad, Aeron? ¿Eso es importante para ti? Por tu bien y el de tus seres queridos. Simplemente págame. Él se lamió los labios, dejando un brillo reluciente de humedad. Probarlo un poco, eso es todo lo que ella necesitaba… —¿Quién hubiera pensado que un ángel sería tan manipulador? —preguntó con voz ronca. —He caído —le recordó. Una vez más—. Ahora, basta de hablar. Paga. —Sí… Se inclinó al mismo tiempo que ella se izaba sobre las puntas de los pies. Los labios se aplastaron juntos, y en un principio, él no respondió. Ella tuvo que forzar su lengua más allá de los apretados dientes, pero en el momento que entró en contacto, gimió y asumió el control. Oh, él asumía el control. Sus brazos como bandas alrededor de la cintura y la levantaron. Tuvo que enroscar las piernas en él y trabar los tobillos, de lo contrario simplemente se habría quedado colgada. La nueva posición era deliciosa, exactamente lo que había necesitado, poniendo su dolorido centro sobre la dura y gruesa punta de su erección. Una erección que observó más allá de la cintura de sus pantalones. Estúpidos pantalones. Su cabello, cortado tan cerca de su cuero cabelludo, le cosquilleó las palmas cuando lo frotó de arriba a abajo. Una de sus manos le ahuecó la base del cuello y ladeó la cabeza en ángulo para un mayor contacto. Contacto que sintió en cada centímetro de piel, en cada célula que le corría por las venas, en todos los huesos pidiendo a gritos más. —Llevas demasiada ropa —le dijo entre profundos jadeos. —No bastante —devolvió el disparo. Posó los labios en su clavícula y chupó. Aún más abajo. Lamió un pezón, cumpliendo finalmente con la promesa de besarla ahí y ella gimió. Con la otra mano masajeó el pecho abandonado—. No creo que una armadura me proteja de tu atracción. Que admisión tan dulce. —Deberíamos ir más despacio. ¿Qué? ¡No! —Más deprisa —ella le mordió la oreja, obteniendo un gruñido. Una vez más chupaba el otro pezón, un mordisquillo la hizo quedarse sin aliento, entonces gimió cuando él lamió donde había mordisqueado. Se arqueó contra él, frotándose tal y como a ella le gustaba.

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—Voy a mojarte. —¿Y eso es una mala cosa? —preguntó él. Mala cosa, mala cosa. Las palabras le hicieron eco en la cabeza, y recordó cómo había tratado de lamerle el pene la última vez que se habían besado así, pero no la había dejado. Había pensado que era demasiado pura. Dejó caer las piernas, los pies golpeando la suave alfombra. Él frunció el ceño. —¿Qué estás… Se dejó caer de rodillas, tirando fuertemente de sus pantalones hasta que su pene saltó libre. Grueso, largo, tan magníficamente duro. —Olivia… —Un gemido, como si ella le torturara—. No deberías. Se le hizo la boca agua cuando presionó la mejilla en la suave carne satinada. Caliente, dejando huella. Él introdujo los dedos en su pelo. Se apartó ligeramente, abrió completamente la boca y entonces le succionó. Su grosor le forzó la mandíbula, un ajuste incómodo, pero el sabor del dulce salobre la emocionó. —Estaba equivocado. Deberías —graznó—. En realidad deberías. Arriba y abajo le montó con la boca, con las manos le acariciaba su pesado saco. Ella le disfrutaba, disfrutaba haciendo esto, destruyendo su resistencia, espoleándole a un entusiasta abandono. Pero no la dejó llevarlo hasta el final. Demasiado pronto, le agarró por los hombros y tiró de ella hacia arriba. —No más. El sudor brillaba en su rostro cuando la inclinó y la apretujó contra la pared. Sin una palabra, él seguidamente cayó de rodillas. Sus fuertes manos le separaron las piernas, y entonces él estaba allí, lamiéndola, chupándola, devorándola. Ella necesitaba un ancla, pero no pudo encontrar ninguna mientras con las manos recorría arriba y abajo la pared que tenía detrás. Mientras movía la cabeza de un lado al otro. Mientras que el pelo le hacía cosquillas en la espalda. Todo era tan estimulante. Y estaba cerca… tan cerca… sólo necesitaba… Él se incorporó, jadeando, lamiendo la humedad que ella había dejado en su rostro, los ojos entrecerrados, líquidos. —Quiero tomarte… no puedo tomarte… saborearte tanto… necesito más… no puede haber más… Más. Sí. —Aeron.

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Él negó con la cabeza, todo indicio de capitulación desaparecía, sólo para ser reemplazado por la determinación. Él metió la mano entre sus cuerpos y se acarició la erección. La otra mano la agarró por la cintura. —No puedo… no puedo… tengo que recordar… —¿Qué? ¿Recordar qué? ¿Vas a… vamos a… Por favor, por favor, por favor. —No puedo. —Se calmó. El crujido de los pantalones era el único sonido en el cuarto, una maraña desordenada, tal como ella quería estar con él—. No puedo. Vamos a… —Otro gruñido. Apartó la mano lejos de ella para restregarse con saña el rostro. Cuando esa mano descendió, revelando sus rasgos, ella vio el cambio en ellos. De decidido a enfurecido—. La mayoría de los seres humanos tienen que merodear insatisfechos. Si quieres ser un ser humano, debes saber qué se siente. ¿Insatisfecha? Ella prefería morir. —Enséñame la próxima vez. Por favor, Aeron —le necesitaba demasiado ahora— . Por favor. Arqueó las caderas, de atrás a adelante, esta vez acomodando su húmedo centro contra el acero caliente de su pene en libertad, un pene que había probado. Ella se deslizó hacia abajo, arriba, hacia abajo otra vez. Oh, Deidad. El placer… incomparable. Abrasador, excitante… prohibido. Debía ser lo mismo para él, porque una vez más se disparó a la acción. La cogió del culo y la golpeó contra ese pene. Una vez tras otra, una y otra vez. Ni una sola vez la penetró, pero eso no le importó a su implorante cuerpo. Lo que estaba haciendo era demasiado bueno, electrizante, y pronto los dos estaban gimiendo, jadeando en exceso, temblando. Incluso el beso se salió de control, con las lenguas batiéndose en duelo, rodando juntas, los dientes golpeando, raspando. Le arañó con las uñas las alas escondidas, ¿demasiado salvaje? Gideon le había dicho que Aeron necesitaba a una mujer salvaje, pero esto podría ser demasiado, demasiado rápido para su guerrero y no quería alejarle. A pesar de que casi le costó los últimos restos de cordura, Olivia moderó el tacto, apartando las uñas de la espalda, lejos de las sensibles aberturas. —¿Qué estás haciendo? —chasqueó él. —Disfrutándote —respondió—. O lo hacía, hasta que abriste la boca. Frunció el ceño, apartó la cara de ella para poder mirarla a los ojos. —Bueno, empieza a disfrutar de nuevo. —Me encantaría —se mordió el labio inferior y se arqueado contra él—. Pero primero quiero tu pene dentro de mí.

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Él dejó escapar un sonido estrangularlo. Una vez más ella se arqueó. La punta de su pene se frotó contra el clítoris, y se quedó sin aliento. Él siseó. Tan bueno. Taaaan bueno. Inclinó la cabeza hacia atrás y el húmedo cabello se meció, una vez más cosquilleándola la piel. Tan cerca, pensó ella. Tan cerca de esa cumbre de placer donde la había propulsado la última vez que se habían besado así. La cumbre que aliviaría la tensión que seguía construyéndose en su interior, todavía torturándola. —Aeron, Aeron. Sólo un poco más —jadeó—, y puedo… —No. ¡No! —La soltó de repente y sin previo aviso, por lo que ella perdió el equilibrio. Cayó al suelo y perdió el aliento. Eso no mitigó la pasión. Ni alivió su dolencia—. No puedo. Se pasó una temblorosa mano por la boca, como si se limpiara su sabor, ocultando brevemente las líneas de tensión apostadas allí. Luego se sujetó los pantalones con dedos temblorosos. —Nada de clímax —dijo en ese tono duro que ella despreciaba. Enojado, en lugar de lleno de deseo. —Yo… yo no lo entiendo. Su fija mirada se posó sobre ella, su expresión como el granito. —Te lo dije. Los humanos experimentan a menudo anhelos no correspondidos. Quieres ser un humano a toda costa, los podrás resistir, también. Ahora vístete. Como también te dije, tenemos un lugar a dónde ir.

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CAPÍTULO 14

Strider chocó con el suelo cuando una bala pasó silbando junto a su hombro. —Lo siento —murmuró Gwen con una mueca. Su pelo rojo recogido en una coleta y sus ojos dorados-plata estaban reluciendo—. Tengo problemas para canalizar mi lado oscuro -su Arpía- así que pensé que sería mejor llevar un arma. Un arma que nunca había usado antes. Un Cazador Muerto, especialmente si él se hubiese crecido. Maldita sea, eso había estado cerca. Casi asesinado por fuego amigo. Y entonces las cosas realmente se habrían puesto feas. Si bien, ella no había tenido la intención de golpearle, su demonio lo habría visto como un reto. Gwen habría ganado, y él se estaría retorciendo en el suelo durante días, perdido en la agonía. Como había perdido un reto hace unas semanas con los Cazadores -porque Gwen y Sabin había dejado escapar a su padre, algo que él todavía estaba tratando de perdonarles -las consecuencias del fracaso estaban vívidas en su mente, y no tenía ganas de repetir la experiencia. —Sólo quita el dedo del gatillo —le dijo a ella—. No sabemos dónde escaparon y se escondieron los Cazadores y no saben dónde estamos. Los disparos podrían delatar nuestra posición. —Hecho.

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Sacudiendo la cabeza, Strider se enderezó. Miró a su alrededor. Exuberantes, recios árboles le rodeaban y la mayoría de los otros que habían estado en el templo con él -y que, como él, habían sido trasladados a… dondequiera que el infierno estuvieran. Cerca de agua, como antes, era todo lo que sabía. Él podía oír el arrullo del mar a pocos metros de distancia, la arena dorada resplandecía a sus pies y se aferraba a su piel. Amun y Maddox estaban explorando en busca de señales de los enemigos. Evidentemente la idea de un “regalo” de los Tácitos había sido mezclarlos a ellos y a dieciséis Cazadores armados en un lugar misterioso. Todos habían estado aquí veinticuatro horas, habían resistido un completo tiroteo, una lucha por la seguridad de entender las cosas, y ahora esto. Esperando. Buscando. Era como las luchas de boxeo que a Strider le gustaba ver en la televisión: Los Señores en una esquina, los Cazadores en la otra. ¿Así que cuando sonaría la maldita campana? Pronto, si él se salía con la suya. Su teléfono sonó, llamando su atención y dando señal de éxito. En un área al menos. —¡Sí! —Dijo él, golpeando el tronco de un árbol por la emoción—. Mi texto finalmente le llegó a Lucien. Había estado tratando de ponerse en contacto con sus amigos en Buda durante la mayor parte de las veinticuatro horas, sin suerte. Ya sea que las poderosas criaturas se habían negado a dejarle establecer contacto o las torres repetidoras eran pocas y distantes entre sí. Su dinero estaba en las criaturas. Él necesitaba que Lucien les proyectara más armas y munición. De ninguna manera dejaría este lugar hasta que todos los Cazadores fueran capturados. O muertos. Él no era exigente. Ahora que el texto había llegado, las líneas de comunicación abiertas, ¿significaba que los Tácitos estaban sacando las manos de la batalla? Sólo unos segundos después, su teléfono sonó de nuevo. Levantó la pantalla para leer la respuesta de Lucien. Trato de proyectarme hacia ti. Algo me está bloqueando. Maldición. Las manos todavía dentro, pero no como una restricción. Él transmitió la mala noticia a los demás, esparcidos a su alrededor, y gimieron. —Estaremos bien —dijo Sabin—. Si nada más, Gwen puede desgarrar a través de ellos como un cuchillo a través de seda. Strider sabía que la declaración no era el alarde exagerado de un marido atontado, sino la verdad. Cuando su lado oscuro la superaba, Gwen podría inmovilizar a un ejército inmortal por su cuenta. Los humanos serían un juego de niños. —Sólo si mi Arpía decide mostrarse —refunfuñó ella—. Espera. No sólo por ello. Lo hará. Yo la obligaré.

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Cuando se trataba de Sabin, ella haría cualquier cosa para protegerle. Un hecho que todos en ese pequeño campamento sabían íntimamente, después de haber sido destrozados por las garras de su Arpía una o dos veces durante el entrenamiento. No te preocupes, escribió él, volviendo su atención hacia el teléfono. Tenemos éste. La buena noticia es, que Galen está aquí en Buda y no en el grupo. Sorprendente, ya que él había visto a Galen en esa visión. ¿Estáis bien para continuar? Estaremos bien. Pero debo advertirte, que ese bastardo de alguna manera puso sus manos sobre la Capa. Podría estar en la fortaleza, y nunca lo sabríamos. ¡Mierda! Esto iba de mal en peor. Galen tenía un artefacto, y uno poderoso en lo que a eso se refiere. Tan pronto como esto hubiera terminado, Strider haría lo que fuera necesario para robarla. Mientras tanto, le llegó el turno para dejar caer una bomba. Al parecer Esperanza ha sido un chico ocupado. Tengo que advertirte que Galen ha sabido anexar el demonio de la Desconfianza con uno de sus soldados. Una hembra. Creemos que ahora estará desesperada por sangre. Al principio, Lucien no respondió. Probablemente estaba luchando contra el shock como hacían Strider y los demás. Desconfianza, lo único que quedaba de Baden, se encontraba ahora en manos del enemigo. ¿Aún necesitaba Galen la caja de Pandora? Se preguntó ahora. Con la caja, él podría congregar a todos los demonios a la vez, sin tener que buscarlos más tarde. Así que sí, probablemente. Finalmente, entró un nuevo texto. Esto es malo. Muy malo. Y creo que sólo va a empeorar. Aeron ha convocado una reunión. Encontró algo. Te informaré cuando sepa de qué se trata. Mientras tanto, tened cuidado. Tú también. Una rama se quebró. Todo el mundo se tensó, la mitad de inmediato con sus armas apuntando en la dirección del ruido y la otra mitad en la dirección contraria, por si acaso. Amun y Maddox atravesaban el monte a zancadas, y todo el mundo se relajó. Amun arrastraba a un hombre, un humano, detrás de él. Con la expresión ceñuda, él tiró el cuerpo inmóvil en el centro del campo. Mientras Maddox ataba al hombre, Amun hizo señas con lo que habían aprendido. Strider siempre había admirado la capacidad de Amun de absorber los recuerdos. Claro que lo dejaba con una nueva voz en su cabeza cada vez que lo hacía, pero parecía un pequeño precio a pagar por conocer los pensamientos de todos a su alrededor. Mientras él había tomado sólo una nueva cosecha de recuerdos, sin embargo, Strider sabía que pasaría mucho tiempo antes de oír hablar de nuevo a su amigo.

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—Los Cazadores instalaron un campamento cerca de un kilómetro y medio al norte de nosotros, y este tipo estaba de guardia. Su plan es esperar a que les ataquemos en su propio terreno, donde es más fácil herirnos sin dejar de estar atrincherados —dijo Sabin, interpretando. Entonces se rió sin humor—. Todos vimos a Desconfianza fusionarse con esa hembra. No tratarán de herirnos. Buscarán nuestras cabezas. —Mejor aún —dijo Strider, guardándose su teléfono—, Galen está en Buda, y tiene la Capa de Invisibilidad. Durante varios segundos prolongados, el silencio dominó en el círculo. Entonces sintió las vibraciones de su enfado al considerar las consecuencias. Después escuchó sus maldiciones en voz baja. —Obviamente no podemos quedarnos aquí mucho más tiempo, pero igual de obvio, no podemos permitir que esos hombres se vayan. Maddox nos puede llevar a su campamento, y lucharemos contra ellos en su propio terreno como querían —Sabin se puso en pie con las manos apretadas en puños—. Sólo, que no le gustarán los resultados. No mostraremos piedad. No tomaremos prisioneros. En medio de murmullos de acuerdo, Strider y los otros se pusieron en pie. Los cuchillos estaban ocultos en las palmas de Kane y Reyes. Las armas sujetas por Gwen y por él mismo. No, no, no. Él cruzó la pequeña distancia para situarse frente a ella y le quitó la Sig Sauer modificada de sus dedos. —Me quedaré con esto —dijo él. —Bien —Ella sonrió tímidamente, y luego agitó la punta de los dedos con garras—. Me irá mejor sin ello, de todos modos. —A todos nos irá mejor. Sabin la abrazó con fuerza. —Te ayudaré a convocar a tu Arpía después que Maddox nos dé una cierta dirección. ¿Maddox? Maddox se dirigió al centro del grupo y se arrodilló en la arena. Él delineó un círculo desdibujado. —Estamos en otra isla. Nosotros estamos aquí, y ellos están aquí —Sus dedos bailaban a través de los granos dorados—. Los Tácitos deben haberles dado fortificaciones extra, porque me encontré con trampas de acero aquí, aquí y aquí. Amun hizo señas. Una vez más, Sabin tradujo para Maddox y Reyes, quienes no habían pasado los últimos miles de años con el guerrero silencioso. —El durmiente de ahí —dijo él, señalando al inmóvil Cazador—, estaba patrullando el perímetro de su campamento con otros tres.

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—Si nos separamos, podemos rodearles y cercarles, otro guerrero sacará a cada uno de los guardias restantes, mientras que los otros no dejan espacio para que corran y se escondan. A Strider nada les gustaría más que matarlos él mismo, uno por uno, pero no había tiempo. —Excelente —dijo Sabin con un gesto de la cabeza. Él delineó donde iría cada cual—. No me importa si tienes que deslizarte sobre tu estómago. No dejes que te vean. Nos están esperando, como dijo Amun, así que cuanta mayor sorpresa logremos, mejores serán nuestras posibilidades de éxito. Y una vez que espíes su campamento, no te muevas hasta que escuches mi señal. Quiero enviar a mi demonio sobre ellos antes de que ataquemos —Duda podría incluso convertir al más valiente de los guerreros en un bebé que se chupaba el dedo—. Muévete tan rápidamente como puedas. Llegaremos a ellos antes de que se den cuenta que hemos eliminado a uno de los suyos. Si no lo han hecho ya. Sonriendo burlonamente, Strider asintió y se fue. En la mayoría de los casos, le gustaba esta parte de su vida. Le encantaba el desafío de la batalla, amaba el arrebato de la victoria. La adrenalina siempre bombeando a través de sus venas, conduciéndole más rápido, haciéndole más fuerte. Como ahora. Eludió ramas de árboles y saltó por encima de las piedras, a la vez que se fusionaba con las sombras. Necesitas un triunfo, lloriqueó su demonio. Algunos Señores podían oír claramente a sus demonios, y algunos simplemente sentían los deseos de su otra mitad. Strider sólo lo oía antes y después de una batalla. Tal vez fuera porque era cuando Derrota era el más fuerte y el más preocupado. Te conseguiré uno. Lo prometo. ¿Seguro? ¿Qué eres, Duda? Sí, estoy seguro. De vez en cuando, el sol se asomaba a través del dosel de las copas de los árboles derramándose sobre el suelo como un foco. Por costumbre, él giraba hasta que de nuevo se encontraba con las sombras. Lamentablemente, no era uno de los que debían encontrarse con un guardia. Por último, sin embargo, llegó a su destino y desaceleró. Tuvo cuidado de evitar cualquier cosa que pudiera crujir bajo sus botas. Entonces, al oír el murmullo de voces desconocidas, se tumbó según lo ordenado y avanzó poco a poco y con dificultad bordeando el campamento de los Cazadores. Lo único que vio fue un muro de rocas, pero había aberturas entre varias de esas rocas con cañones de fusiles asomando de ellas. Entonces oyó los susurros. —Rick no ha regresado todavía. —Sólo se retrasa cinco minutos. —Tal vez se perdió.

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—Por favor. Los Señores del Inframundo están ahí fuera. Rick ya está muerto. —Sí, tienes razón. Sé que la tienes. Ellos no tienen principios morales, ninguna conciencia, por lo que matar a un hombre inocente no les afectaría. Pero, maldita sea, en realidad me gustaba. ¿Inocente? Por favor. —No deberíamos esperar a que ellos vengan. Nosotros deberíamos atacarles a ellos. Obviamente tenemos a uno o dos dioses de nuestro lado. Nuestro escondite apareció de la nada. Nuestras armas y trampas, también. ¿Por qué si no nos habrían traído aquí con los Señores, si no fuera para destruirles finalmente? Buena pregunta. Estos Cazadores se suponía que eran un regalo, sin embargo, habían sido armados y protegidos. O tal vez la batalla era el regalo. No para los Señores, sino para los Tácitos. Tal vez disfrutaban viendo el derramamiento de sangre. Un hombre debió haberse levantado, porque de pronto Strider podía ver la parte superior de la cabeza. —Cerrad vuestras putas bocas, todos vosotros. Estamos lidiando con demonios, la plaga de nuestras vidas. Tenemos que estar alertas. Fanáticos, pensó Strider con disgusto. Querían culpar a alguien de sus problemas. Comprensible, suponía él, aunque equivocado. Los humanos tenían libre albedrío. La mayoría de las veces ese libre albedrío era la fuente de sus problemas. Ellos decidían lo que iban a comer, lo mucho que bebían y con quien se iban a dormir. Decidían de todos modos si tomar o no drogas o meterse en un coche destinado a estrellarse. —¿Y si… y si son demasiado fuertes y morimos aquí? —Ellos quieren venganza por lo que le hicimos a Mentira, lo sé. Nos cortarán las manos como le cortamos a él las suyas. Strider mostró una sonrisa. Duda estaba haciendo su trabajo. En cualquier momento Sabin haría… El silbido Sabin hizo eco. Ding, ding. Y ahí estaba, por fin, la campana de inicio. Strider saltó sobre sus pies, los cañones de sus dos armas extendidos. Los apuntó a las aberturas entre las rocas y apretó los gatillos al mismo tiempo. Pop, pop. Los gritos estallaron. Por el rabillo del ojo, vio a Reyes salir desde detrás de un tronco corriendo a toda velocidad y trepar el muro, lanzando un cuchillo por el camino. Hubo otro grito. Maddox corrió a toda prisa, igualmente, saltando por encima de la pared con un solo salto, los disparos sonando. Sólo que Maddox no había llevado un arma, se dio cuenta

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Strider con el estómago apretado. Él era el blanco, usando su cuerpo como una distracción. Sabin rápidamente se unió a él y Kane trató de hacer lo mismo -hasta que una bala rebotó de algún modo en una roca y se incrustó en su hombro. Kane maldijo en voz fuerte y largamente mientras Strider rodeaba el muro, desactivando tantas armas como pudo encontrar en los agujeros. Luego una ráfaga de viento con olor a limón alborotó el cabello de Strider, y se calmó. Gwen, pensó. Y, efectivamente, divisó el borrón de su pelo cuando ella se lanzó desde lo alto del muro y cayó dentro del círculo. Sabin claramente había cumplido con su promesa. Strider la siguió tras sus talones, quedándose en el borde de la cornisa más alta con el arma preparada, por si acaso. Él no debería haberse tomado la molestia. La Arpía chilló, garras rastrillando, afilados dientes mordiendo. Los hombres gritaban y se desplomaban. Unos cuantos trataron de correr, trepar por las rocas. No llegaron muy lejos. Tan pronto como las diminutas alas en la espalda le permitieron moverse, fácilmente les atrapó y rompió sus cuellos. Y así como así, el enemigo fue vencido. Sí. ¡Sí! Derrota cantó en su cabeza. Demasiado fácil, pensó él. No siquiera había sudado. No es que se quejara. Mucho. Cuanta más dura sea conseguir la victoria, mejor será el arrebato de después. En ocasiones, si la victoria era lo suficientemente dulce, su demonio se retorcía de placer durante días enteros. Maldita excitación, era mejor que el sexo. Mejor que cualquier cosa, en realidad. Sólo había experimentado tal cosa dos veces, pero ansiaba la próxima vez como una droga. Reyes y Maddox estaban sangrando profusamente, mientras serpenteaba a través de los cuerpos, pateando las armas. A unos metros de distancia, fuera del cercado, Strider oyó el crujido de rocas y el chasquido de una rama. Se volvió con la pistola moviéndose con él. Se relajó cuando vio a Kane apoyándose contra el tronco de un árbol, tratando de excavar la bala de su hombro. Desastre había tenido que repararse de catástrofes similares una y mil veces antes, así que él sabía cómo hacerlo. Junto a él estaba Amun, inclinado y retorciéndose. El tipo grande nunca se debería haber unido a la refriega. Había permanecido claramente al margen, los recuerdos que había robado de los Cazadores ya le alcanzaban, exigiendo su atención. —Gwen —llamó Sabin. Una vez más, la atención de Strider viró. Una jadeante Gwen estaba presionada contra las rocas. La sangre cubría su cara y manos. Todos los guerreros se habían alejado de ella. Todos menos Sabin. Él era el único capaz de calmarla cuando su lado oscuro se apoderaba de ella.

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Cuando Sabin se acercó a ella, Strider se unió a los otros en revisar a los humanos caídos. La mayoría estaban sin vida, en silencio. Unos pocos se quejaban. Rápidamente apuntó y disparó, poniendo fin a su sufrimiento. A excepción de uno. Se puso de cuclillas a su lado. Había algo en el hombre… No, chico. Algo sobre el chico que le hizo detenerse. Y al detenerse, la reacia compasión surgió a la vida. Ese chico le miraba con ojos vidriados, percatándose de quién era y frunció el ceño. —Bastardo —escupió él, regando sangre de su boca—. No creas que esto es el fin. Me levantaré de la tumba si es necesario. Te destruiré. Ese odio parecía equivocado en alguien tan joven. El niño no podría tener más de veinte años y tenía el pelo y los ojos oscuros, recordándole a Reyes cuando había vivido en los cielos. Tenía cortes por toda su cara y agujeros en el hombro izquierdo y el estómago de los cuales estaba brotando sangre a borbotones. Ellos habían decidido matar a estos Cazadores, optando por no tomar ningún prisionero, pero Strider se encontró de pronto lamentando esa decisión. Lo que no tenía sentido. Si el niño hubiera podido, habría destripado a Strider sin dudarlo. Aun así. Su fuerza haciendo frente a Derrota era humillante. Con un suspiro, Strider se quitó la camiseta, rasgó la tela en dos trozos y usó uno de ellos para atar el hombro el chico. —¿Qué demonios estás haciendo? —molió él. —Salvarte la vida. —¿Cuando acabas de intentar ponerle fin? No. Claro que no. No quiero ser salvado por un demonio —Intentó deslizarse, pero estaba demasiado débil y tembloroso para moverse más que unos pocos centímetros. —Es una lástima —Strider usó el otro trozo para aplicar presión en el estómago—. Nunca doy a los Cazadores lo que quieren. Hubo una tensa pausa. A continuación, un débil: —Esto no cambiará nada. —Bien. No quiero que te hagas una idea equivocada. Finalmente el chico se dio por vencido y simplemente se quedó allí tendido mientras Strider le vendaba. Lo cual era una buena cosa. El demonio había comenzado a ver su interacción como un reto. —Así que, ¿qué te hemos hecho para ganarnos tu odio eterno? Los párpados que se habían cerrado a la deriva se abrieron de golpe. —Como si no lo supieras —fue la gruñida respuesta. Strider puso los ojos en blanco.

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—Lo que sea, amigo. Para que lo sepas, no podemos estar en todas partes a la vez, y tenemos suficientes problemas con nuestras propias vidas. No hay manera de que pudiéramos haber hecho lo que sea que creas que les hemos hecho a tus seres queridos. —Mi nombre no es amigo, imbécil. Amable de su parte ignorar todo lo que Strider le había dicho. —Bueno, pensé que era mejor que llamarte Agujeros. —Vete al infierno. —He estado allí, de hecho. El chico se pasó la lengua por los dientes. —Muy bien. ¿Quieres saber el nombre del hombre que un día te destruirá? Es Dominic. Mi nombre es Dominic. —En realidad, no recuerdo haberte preguntado el nombre. Y realmente no me importa —dijo Strider, y era verdad—. Ahora que he salvado tu apenado culo, puedes entregar un mensaje por mí. Dile a Galen que sabemos sobre la chica. La chica poseída por el demonio, por si necesitas más aclaración. Ya pálido, Dominic se volvió blanco como la tiza. —No sé… de qué estás… hablando —La pérdida de sangre le hacía jadear. Sí. Claro. Múltiples sombras de repente cayeron sobre el humano caído, y Strider levantó la vista. La mayoría de los otros se habían acercado y les rodeaban. Ni uno solo se quejó de su desobediencia. La compasión nublaba sus rasgos de la misma manera que nublaba los suyos. Volvió su atención hacia el chico. —Y hazte un favor —dijo él, terminando el trabajo de los parches—. Cuando regreses a dondequiera que esté tu escondrijo, échale un largo vistazo a tu líder. Sé que esas alas le hacen parecer un ángel como dice ser. Pero ¿sabes qué? Es igual que nosotros, poseído por un demonio. Sólo que su demonio viene a ser Esperanza. ¿Por qué crees que te sientes tan optimista sobre el futuro cada vez que estás en su presencia? ¿Por qué crees que experimentas esa aplastante decepción cada vez que lo dejas? Eso es lo que hace, ¿sabes? La fuente de su fuerza. Fortalece a la gente y las destruye. —No. No… te equivocas… Los párpados de Dominic se cerraron. Esta vez, no los abrió. Había líneas de tensión y dolor alrededor de los ojos y la boca, y ya estaban formándose huecos en las mejillas. Necesitaba una transfusión, pero sin suministros médicos, tal cosa era imposible.

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—Envía un mensaje de texto a Lucien y dile que pruebe otra vez a emitirse aquí desde dondequiera que esté. La mano de Strider se apretó con fuerza. No quería que este imbécil muriera. No después de todo su duro trabajo. Hubo un movimiento de ropas cuando Gwen hizo lo que le había pedido. Unos segundos más tarde, ella dijo: —¡Sí! Él lo hizo. Está en el templo y va a seguir nuestros hilos espirituales para alcanzarnos. Lucien había estado en todo el mundo y podría transmitirse a cualquier lugar que deseara. Aunque él no sabía improvisar exactamente dónde estaba alguien al que rastreaba. Él tenía que seguir las huellas de energía que dejaban en el plano espiritual. Strider ahuecó la mandíbula del humano y la sacudió. —Abre los ojos, Dominic. Pasó un momento. Nada. La sacudió de nuevo. Dominic se quejó. —Abre. Los. Ojos. Se aseguró a inyectar suficiente furia y amenaza en su tono para despertar hasta un muerto. Dominic había amenazado con levantarse de la tumba. Ninguna ocasión como ahora para demostrar que hablaba en serio. Los párpados del chico finalmente se levantaron. —¿Qué quieres? —fue la atontada respuesta. Su respiración era más forzada, llegando en cortas ráfagas. —Tan pronto como llegue, uno de nuestros hombres te llevará a un hospital. Vas a vivir. Y vas a entregar ese mensaje que te di. Oh, sí. ¿Quieres saber el nombre del tipo que te salvó? Es Strider. También lo consideraría un favor personal si le dices a Galen que voy por él. Y, como Galen, Strider no mostraría ninguna piedad. Galen había cometido un error al emparejar a Desconfianza con uno de sus soldados, porque ahora, Strider podría matar a Galen. Y podía vincular a Esperanza con alguien de su elección. Derrota se echó a reír de alegría. Que comience el juego. Sí, pensó desagradablemente Strider. Que comience el juego.

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CAPÍTULO 15

Aeron salió disparado atravesando el aire, con Olivia aferrada entre sus brazos. Ella tenía los brazos extendidos, y el aire sacudía su pelo en todas direcciones. Cada pocos segundos, suspiraba brevemente y él se la imaginaba sonriendo. Seguramente echaría de menos volar. —¿Te diviertes? —no pudo evitar preguntar. Ella no respondió. Había estado en silencio desde que dejaron el apartamento de Gilly. Evidentemente, estaba irritada con él. La había dejado necesitada, después de todo, llevándola al borde del placer y luego parando antes de que ella pudiera caer. Había sido un loco. ¿Por qué si no iba a haberle prometido mostrarle la dura realidad de su vida? ¿Tarde o temprano? Era algo que no podía hacer si la satisfacía cada vez que ella le sonreía. Y que le rogaba con dulzura. Y que le tocaba. Maldito loco. Su rabia le molestaba, y estaría mintiendo si lo dijera de otra manera, pero alentarla sería lo mejor. Para ambos. Cuando ella se rindiera, Legión podría volver. Lysander se aseguraría de que Aeron y Legión fueran perdonados, o al menos lo intentaría. Aeron no había obviado la implicación. Todavía. Sería agradable tener a Olivia... No. No. Nada más importaba. Ni Olivia, ni construir ningún tipo de vida con ella.

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El pensamiento en sí era paradójico. Si ella se quedaba, él no tendría vida. Sólo un puñado de días. De repente podía oír... Sus cejas se fruncieron con confusión... ¿Estaba Ira... sollozando? Escuchó con más atención. Por todos los dioses, el demonio estaba sollozando. ¿Por qué no podían tener a Olivia? Entonces ambos estaban locos. Cuando llegaron a la fortaleza, aterrizó en los escalones frontales y la dejó sobre sus pies, con la puerta principal justo delante. De ninguna manera iba a llevarla a su propia habitación de nuevo. Obviamente, no podía tener en los alrededores una cama y a Olivia sin perder el sentido común. —Vamos. Tomó su mano y la llevó hacia el vestíbulo. Una vez más, ella llevaba su largo vestido blanco. Un vestido que hacía bolsas sobre ella, escondiendo todas esas pecaminosas curvas. Él había volado a la fortaleza y había recuperado la prenda antes de volver con ella y traerla allí. Un viaje de ida y vuelta que había sido necesario para su propia supervivencia. La mujer era el peligro encarnado. Cuando salió de aquella ducha húmeda, desnuda y claramente ansiosa por él, casi se muere de placer, en ese momento y ese lugar. Y la única cosa de la que se arrepentiría por su muerte era que no podría volver a verla así otra vez. Sus pechos eran pequeños pero firmes, y sus pezones eran de un exquisito color ciruela. Su piel era como una mullida nube mezclada con crema y salpicada de ambrosía. Y todo ese cabello color chocolate rizándose en su cintura... Mejor para mí cuando lo sujete en mis puños, pensó él. Cosa que casi había hecho pero, de alguna manera, no hizo. Ella había gemido y suplicado por más. Infiernos, Ira había gemido y se había retorcido y le había suplicado por más. Y él había estado muy cerca de ceder por ambos. Pero entonces Olivia le había besado con suavidad y él se sintió decepcionado y enfadado, y esa volátil combinación afortunadamente le había devuelto a la realidad. A pesar de todo, no había sido ni decepción ni rabia lo que sintió. Debería haber estado lleno de alegría, pero se encontró preguntándose si su deseo por él había disminuido. Si ella quería a alguien más. Alguien como Paris o William, y los había nombrado a ambos mientras se duchaba, con sus manos acariciando su propio cuerpo lentamente. Con ese pensamiento, había anhelado tenerla completamente fuera de control de nuevo, por su causa, hundiendo esas uñas en su espalda, hincando los dientes en su cuello. ¿Qué estaba mal con él?

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—¿Has oído eso? —preguntó Olivia, sacándolo de sus oscuros y sensuales reflexiones. Ella deslizó sus manos apartándose de él —Mía, rugió Ira, ya no llorando sino reclamando de nuevo— y se detuvo. Se dijo a sí mismo que rechazaría esas declaraciones a partir de ahora, pero no podría obligarse a hacerlo. Loco. —¿Oír el qué? Él también paró y escuchó. Aparte del continuo crecimiento de su demonio, sólo le recibió el silencio. Frunciendo el ceño, Aeron la encaró. Como siempre que la miraba, su corazón se aceleró. —No oigo nada. —Pero la voz —giró en círculos, recorriendo el vestíbulo con la mirada—. Me dice que sostenga tus pelotas con una mano y que envuelva mi puño en tu polla con la otra. ¿Era posible que ella oyera a su demonio y...? Espera. ¿Qué? —¿Una voz te está diciendo que te líes conmigo? No era Ira, entonces. El demonio no había dicho nada tan específico. Afortunadamente. —Sí. —¿Es esto un intento por seducirme? Esa tramposa y deliciosa hembra, que llevaba escasa ropa, le había hecho preguntas traviesas y había salido del baño completamente desnuda. —Se supone que... —¡No! ¡Esto no me gusta! —Le interrumpió—. Oigo las palabras, las pienso, pero no me pertenecen. Sé que eso no tiene sentido, pero no sé otra manera de describirlo. Tras él, sonidos de pasos resonaron. Se dio la vuelta. Torin estaba a mitad de camino bajando las escaleras, bajando los escalones de dos en dos. Hoy llevaba un suéter negro de cuello vuelto, guantes oscuros y pantalones que arrastraban tanto por el suelo que ni incluso aunque se sentara y sus calcetines cayeran bajo sus tobillos, ni un centímetro de su piel quedaría a la vista. —Delicioso —Aeron oyó murmurar a Olivia—. Podría comerte entero. —Tienes que dejar de decir cosas así, Olivia. Aeron la miró de reojo; sólo para permanecer quieto, apretar los dientes y maldecir entre dientes. Ella no le estaba mirando como esperaba; estaba mirando a Torin como si fuera un trozo de carne y ella estuviera hambrienta.

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Mía, advirtió Ira. Aeron tensó la mandíbula con repentina irritación, por Torin. No era como si le importara por quién sentía deseo Olivia. Era sólo que ella había abandonado la inmortalidad por él, y le quería a él para que la proveyera de diversión, le quería para darle la bienvenida en su cuerpo; no debería ser tan voluble. —Uh, ¿perdón? —un confuso Torin se detuvo al final de la escalera. Aeron estudió a su amigo, tratando de verle como Olivia lo hacía. Más allá del contraste entre el pelo blanco y la cejas negras, esa suave y bronceada piel —y sin tinta—, y vale, puede que de esos penetrantes ojos verdes, tampoco era tan atractivo. Además, era un par de centímetros más bajo que Aeron y no tan voluminoso. —Ignórame —suplicó Olivia, rezumando horror—. Por favor. No sé qué me pasa. Al parecer, Torin estaba tratando de no sonreír. —Me alegro de que ya no me tengas miedo. Aeron deseó poder decir lo mismo. —Vamos a empezar la reunión. —seguramente ese tono de voz, casi un gruñido, no era suyo. —Me temo que es demasiado tarde. Torin apoyó un hombro contra la barandilla, la imagen de un macho domesticado. Excepto por el malvado brillo de sus ojos. —Se han ido todos. —¿Qué? —No eres el único con grandes noticias. Lucien se fue a Roma después de que Sabin y los otros supieran que Galen había triunfado en aprisionar a Desconfianza en uno de sus soldados. Una mujer. Aeron arrastró una mano por su pelo afeitado. ¿Desconfianza, la Desconfianza de Baden, estaba ahora dentro de un Cazador? Sabía que Galen esperaba hacer algo así, pero el saberlo todavía le aturdía. ¡Inaceptable! Castigo. Dijo Ira de acuerdo. Ninguna imagen sacudió su mente, pero Aeron no se sorprendió. Empezaba a acostumbrarse a la presencia vocal de su demonio. —Hay que hacer algo sobre eso, pero tenemos que dar pasos cautos. Hoy supe que Rhea, la esposa de Cronos, está ayudando a los Cazadores. Torin se quedó absorto con esas palabras y palideció. —Estás de broma, ¿verdad?

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—Ojalá. Olivia apretó la mano de Aeron, cruzando sus dedos. La rabia de Ira se desvaneció, dejando a Aeron con un gatito mimoso. Prefería la rabia. —Si hay algo que pueda hacer para ayudaros, decídmelo, por favor —dijo ella—. Ni siquiera os haré pagar. Su intento de confortarlo era... reconfortante. ¡Maldita sea! Ahora era como Ira. Mimoso. Y no le gustaba. Pero le gustaba ella. Más de lo que debería. Se había acostumbrado a embotellar sus emociones, ignorándolas para poder enfocarse en lo que era necesario hacer, pero ella se negaba a aceptar nada excepto su completa capitulación. Quizá fuera eso por lo que... la comprensión le golpeó con fuerza. Mierda. Eso era. Por eso siempre había preferido a las mujeres amables. Bueno, no las había preferido, sino que había temido a las otras, a las mujeres fuertes. Las mujeres amables no amenazan con romper la botella que contiene todas esas agitadas emociones. Las mujeres fuertes podrían reducir esa botella a trozos, obligándolo a sentir. —¿Qué? —Preguntó Torin, ladeando la cabeza. —Nada —mintió. De ninguna manera admitiría una debilidad así—. Mira. Volviendo con los Cazadores. Rhea los está escondiendo de nosotros mientras están en la ciudad. Los labios de Torin se retrajeron sobre sus dientes. —Primero averiguamos que Galen dirige a los Cazadores, y ahora que un Titán les está ayudando. Si hay más sorpresas, no quiero saberlas. —De hecho, Cronos... —Acaba de visitarme —interrumpió Torin—, pero convenientemente no mencionó nada de esto. Sencillamente nos ha ordenado poner nuestros culos en movimiento para encontrar a Scarlet, que es donde están los demás. Buscándola. Nos amenazó con lo de siempre de muerte y destrucción si no la encontramos. Hoy. El rey dios estaba ciertamente de ronda, primero visitando a Aeron y luego a Torin. Pero, ¿por qué era tan importante para él encontrar a Scarlet? ¿Para asegurarse de que Rhea no la encontraba primero? Los dedos de Olivia apretaron los suyos cuando se centró en Torin. —Parece que puedo ayudar, después de todo. Aeron quiere que te enseñe dónde está ella, y yo he accedido a hacerlo. Torin la estudió de cerca. —Yeah, Cameo mencionó algo sobre que tú conocías a la chica. Cuando mencionó el nombre de Cameo, su expresión se suavizó.

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Interesante. ¿Era cierto, como varios de los guerreros sospechaban, que esos dos estaban enredados? No podían tocarse uno al otro así que, si eran amantes, tenían que haber encontrado otras maneras de darse placer mutuamente. Aeron no podía imaginar el ser incapaz de tocar y saborear a Olivia. No podía... enfocarse, evidentemente. —Díselo. —le dijo a Olivia, obligándose al volver al tema. Ella cuadró hombros y reveló el lugar. Así de rápido, así de fácil. Como si lo fuera. —Enviaré un mensaje a todos. —dijo Torin, el alivio saliendo de las palabras. No preguntó cómo es que Oliva lo sabía, ni la acusó de estar tratando de engañarle. Incluso sin ese tono de verdad en su voz, habría confiado en el juicio de Aeron. —No. No les digas donde está ella. —dijo Aeron. Miró de reojo a la ventana más cercana. Las cortinas estaban corridas, pero todavía había una diminuta rendija de espacio entre los dos paneles, permitiendo que un leve indicio de luz se filtrara. La oscuridad tardaría todavía unas horas en caer, lo que significaba que Scarlet estaría durmiendo. —Diles que vuelvan a casa. Olivia y yo nos ocuparemos de Pesadillas. Con los Cazadores en Buda y en posesión de un artefacto, quiero cuantos guerreros sea posible aquí durante todo el tiempo. —Hecho. Como sea, ¿hay alguna posibilidad de que te convenza para que lleves a uno o dos guerreros contigo? Los refuerzos son algo bueno con lo que contar. —No necesitaré ninguno. Ella estará durmiendo hasta la puesta de sol y no será un problema. ¿Verdad, Olivia? El ángel asintió de mala gana. Evidentemente no le gustaba compartir información con nadie más que él, pero lo estaba haciendo. Por Aeron. Quizá él pudiera perdonarla por el desliz de hacía un momento. Ira se quedó en silencio, por primera vez sin objetar sobre la idea del perdón, un concepto que normalmente confundía al demonio. —Oh, y sé que no quieres que te lancen más sorpresas, pero todavía hay una cosa más que tengo que contarte sobre tu colega Cronos —dijo Aeron—. Resulta que tenemos más en común que nuestro mutuo disgusto por Galen. Torin frunció el ceño. —No entiendo. La única forma amable de decirlo era decirlo rápido. —Está poseído por el demonio de la Codicia.

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Al principio, la boca de Torin se abrió. Luego sus ojos se abrieron. Luego retrocedió, golpeando el escalón final y casi cayendo. —¿El rey dios está poseído por un demonio? ¿Cómo puedes...? —Lysander me hizo una visita —como él, Torin ya sabía que los ángeles no podían mentir—. Cronos estaba atrapado en el Tártaro cuando abrimos la caja, así que tiene sentido. —Wow. Sólo wow. —Suelta un “oh, mierda” y tendrás mi primera reacción. —¿Cuándo te visitó Lysander? —Preguntó Olivia—. ¿Qué más dijo? ¿Me mencionó? Sé que me mencionó. Antes de que Aeron pudiera responder, ella añadió: —¿Y tú querías tener sexo antes de irnos? —Negó con la cabeza, como si no estuviera segura de haberse escuchado correctamente—. ¿Acabo de preguntarte si querías tener sexo conmigo? Lo había hecho, y el cuerpo de él había reaccionado en consecuencia. Él asintió porque no confiaba en poder hablar. El horror que había escuchado en su voz un rato antes se desbordaba en sus rasgos. —Pero no lo dije. Quiero decir, que lo dije, y quiero hacerlo, pero esa no era yo. La voz... La sonrisa de Torin fue gatuna y cremosa. —¿Estás hablando con Aeron o conmigo? —Conmigo —ladró Aeron. —Contigo, por supuesto —dijo ella al mismo tiempo. —¿Qué? —gritaron Aeron e Ira al unísono. ¡Mía! Torin se rió, el muy bastardo. —Ojalá pudiera, ángel, pero realmente te mataría con mi placer. Sus mejillas se ruborizaron, dándole a su piel un brillo luminoso. Los dientes de Aeron se apretaron de nuevo. —Será mejor que le digas a esa voz suya que cierre la boca. ¿Estaba alguien hablando a través de ella? Lysander ciertamente tenía el poder para hacerlo, pero el ángel guerrero no diría ese tipo de cosas. Sabin podría hacerlo también, pero él no estaba allí.

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¿A quién dejaba eso? ¿Cronos? ¿Rhea? ¿Pero por qué habría de ser uno de ellos? Los hombros de Oliva se tensaron, su mentón elevándose del modo que ahora sabía que significaba que su lado terco salía a relucir, y miró arriba hacia él. —Quizá ahora no haya sido la voz. Quizá era yo. No eres tan divertido como pensé que serías. Ni siquiera sabes cómo darme un buen orgasmo. Torin ladró otra carcajada, y fue el turno de Aeron para sonrojarse. —Podría haberte dado uno si hubiera querido. —Sí, claro —bufó ella—. Demuéstralo. ¡Si! Un gruñido surgió del fondo de su garganta y dio un paso hacia ella, inclinándose para quedar nariz contra nariz. ¿Darle un orgasmo? No había nada que deseara más. —Si no tienes cuidado, vas a... —Aeron, Aeron —llamó una voz familiar. Aeron se incorporó de golpe como si hubiera sido pillado haciendo algo que no debería. De hecho, lo estaba haciendo. Legión estaba allí. ¿Cómo podía haberse olvidado de ella? ¿De su seguridad? Debería haber estado buscándola en lugar de responder a las provocaciones de Olivia. —Me voy a mi habitación a invocar a Cronos otra vez antes de que empiece la lucha libre en el barro —dijo Torin—. Quizá se muestre, quizá no. Si lo hace, le preguntaré por qué no está anotado en los rollos y si puede bloquearnos de los Cazadores. Ya te diré cómo ha ido. Os veo luego, chicos. Oh, y, Olivia. Buena suerte con esa voz. Con un guiño en su dirección, se giró sobre sus talones y volvió a subir las escaleras. Toca lo que es mío y pagarás con... ¿Quieres dejar de amenazarle? Le espetó Aeron a su demonio. No puede oírte. Pero no dejes de reivindicarlo, casi añadió. Estaba tan loco. Un segundo después, Legión apareció por la esquina más alejada, con unos salvajes ojos rojos. Se detuvo en cuanto vio a Aeron, y siseó cuando vio a Olivia, y luego siguió avanzando hasta que los enfrentó a ambos. Estaba jadeando, sudando. Instintivamente, él se colocó delante de Olivia. —¿Qué pasa? —preguntó, con la culpabilidad consumiéndolo. Si se había hecho daño por su culpa... —Todo irá... mejor... pronto...

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En el momento en que la última palabra salió de su boca, sus rodillas colapsaron y cayó al suelo. Aeron se agachó, alcanzándola antes de que se golpeara y posándola en el suelo. Era tan pequeña, que apenas notaba su peso. —Aeron —dijo con un suspiro de alivio, justo antes de enroscarse sobre sí misma con un gruñido de dolor. —Legión —dijo él, sintiendo pánico—. Dime qué está... Otro gruñido. Cada músculo que ella tenía empezó a contraerse y a relajarse, contraerse y relajarse. Su cuerpo parecía estar... ¿creciendo? No era posible. O no debería serlo. Mientras miraba, sus brazos, sus piernas y su torso se alargaron. Incluso sus escamas empezaron a caer como gotas, dejando a su paso una piel dorada. A pesar de todo, pronto los gruñidos se convirtieron en interminables gritos. Y con la boca tan abierta, él pudo ver que sus dientes estaban encogiendo, y que su lengua bífida estaba uniéndose. Después, una melena dorada salió de su cuero cabelludo y grandes pechos rellenaron su tórax. —¿Qué demonios está pasando? —Se está convirtiendo en... humana —susurró Olivia. Sus palabras, mucho más suaves que las de él, incluso parecían rivalizar con las suyas en impresión y horror. Sin saber qué mas hacer, Aeron se levantó y dobló la esquina. Cuando llegó a uno de los salones, agarró una sábana que colgaba de un sofá. Su mente se agitó con tantas preguntas, que ni siquiera podía procesar lo que estaba pasando. Legión. Humana. ¿Por qué? ¿Cómo? A su lado una vez más, arrojó la sábana sobre su piel desnuda. Ella había dejado de crecer, por lo menos. Y también había dejado de convulsionarse y de gritar. Las lágrimas humedecían sus mejillas y su labio inferior temblaba. Miró hacia arriba con unos oscuros y líquidos ojos, sin rastro del rojo demoníaco. —Aeron —dijo en un suspiro—. Estoy... tan... feliz de... verte. Ya no sonaba como una niña, no quedaban rastros de su ceceo. A pesar de que sus palabras eran vacilantes, como si no supiera muy bien cómo utilizar su lengua, sonó como una adulta, su voz rica y ronca. Asombrado, se arrodilló a su lado y le apartó el pelo de la frente. —Dime cómo ha pasado esto —dijo con tanta amabilidad como le fue posible. No quería asustarla. Ella alzó un tembloroso brazo y arrastró los dedos sobre sus labios, su mandíbula.

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—Tan hermoso, mi Aeron. Por primera vez desde que conocía a Legión, quiso apartarse de su abrazo. La quería, realmente lo hacía, pero la adoración en su nueva cara, adoración que había visto miles de veces antes y una vez ambicionó, ahora estaba... mal. Porque, sin el brillo rojizo en sus ojos, veía la advertencia sensual que atesoraban. Por todos los dioses. Era un festín para los ojos, más atractiva incluso que Olivia. Su piel era como miel, sus ojos como la canela y sus labios rojos como la grana. Su nariz era pequeña e insolente, y sus cejas estaban perfectamente arqueadas. No había ni un defecto en ella. Pero... La sangre no se calentó, sus dedos no hormiguearon donde la había tocado y el pensamiento de retirar la sábana para observar sus curvas le resultaba francamente repugnante. Preferiría sacarse los ojos. Y mientras a Ira le gustaba esa chica cuando a él le gustaba la antigua Legión, el demonio estaba ahora tranquilo, sin reivindicar su reclamo. —Sólo hay una manera de que esto haya ocurrido —dijo Olivia con tanto terror que el estómago de Aeron se contrajo—. Ha hecho un trato con Lucifer. ¿Un pacto con el diablo? ¿Para qué? Ella ya poseía todo lo que su corazón pudiera desear. —¿Es eso cierto? Y, si lo era, ¿qué significaba para ella? ¿Y para él? ¿Qué podía haberle pedido Lucifer como pago? Ira se puso en movimiento, retorciéndose dentro de su cabeza. No había imágenes resaltando, por lo menos, pero el demonio estaba repentinamente intranquilo, como si no le gustara lo que estaba pasando. Legión miró a Olivia. —Por supuesto que eso no es... verdad. Nunca haría... algo tan despreciable. —Mientes —replicó Olivia—. Puedo oír la falsedad en tu voz. Él no podía, pero podía oír la verdad en la voz de Olivia. A pesar de todo. No sabía a quién creer. A Legión, a quien quería. O a Olivia, por quien estaba hambriento pero no podía poseer. Con precaución, Legión se sentó y la sábana cayó hasta su cintura. Aeron apartó la mirada al momento, pero no antes de haber captado un vistazo de sus perlados pezones. Quiso frotarse las córneas con una lija. ¿Es que nunca se acabaría ese día?

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Olivia observó cómo Legión extendía un brazo, lo examinaba, y luego extendía el otro para examinarlo igual. Se ahuecó los pechos, apretó sus pezones y jadeó asombrada. —Soy magnífica. —dijo con excitación. Sus palabras surgían con mayor fluidez ahora, con más facilidad a medida que hablaba. Debía estar acostumbrándose a su nueva lengua. Su mirada se elevó, con la satisfacción por sí misma acumulada allí cuando se cruzó con la mirada de Olivia. —Soy mil veces más atractiva que tú. Quizá lo era. Y no era que a Olivia le importara. Ni mucho menos. ¿Qué pesaría Aeron sobre eso? Él tenía cuidado de no mirar a Legión, cuidado por no tocarla. Besa la parte de atrás de su cuello... lámelo... y que Legión vea que lo haces. Olivia dejó de respirar. Ahí estaba otra vez. La voz. La tentación. Incluso cuando Aeron la había arrastrado de vuelta a esa fortaleza, la había estado atormentando, instándola a hacer todo tipo de cosas... todas diseñadas para atraer a Aeron a la cama con ella. Acariciar su pene, desnudarse y bailar para él, incluso flirtear con sus amigos para volverlo loco de celos. Nada de lo cual debería haberle molestado. Excepto que los deseos no salían de ella. Sí, quería acariciar su pene, y sí, quería desnudarse para él. Como demostraba el hecho de que se había acercado a él desnuda la última vez. Y si, incluso le gustaba la idea de sus celos. Pero cuando la voz provocaba esos deseos, quedaban pedazos de oscuridad en su alma. Podía sentirlos. ¿Cómo estaba pasando eso? ¿Qué estaba pasando? Aeron se aclaró la garganta, sacándola de sus pensamientos. —Vamos a conseguirte algo de ropa, Legión. —Me gusta estar desnuda. —dijo ella con un puchero. —Mala suerte —aún evitando mirarla, le tendió una mano—. Agárrate y te ayudaré a levantarte. —No. Mirando a Olivia, se levantó, arrojó sus brazos alrededor del cuello de Aeron y se presionó contra la dureza en su cuerpo. —Quiero que me cargues. Él hizo una mueca, pero la cogió en brazos. —De acuerdo. Olivia, ven con nosotros. Por favor. No esperó a que respondiera, sino que caminó hacia los escalones.

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De ninguna manera ella le habría dejado a solas con la demonio—convertida— en—humana, pero estaba satisfecha con que él quisiera su compañía. Hasta que, a mitad de camino hacia su habitación, ella oyó Tócale el culo... e incluso se encontró sus dedos a centímetros de su trasero antes de darse cuenta de que los había movido. Frunció el ceño y obligó a su brazo a volver a su costado, pero era demasiado tarde. Otro pedazo de oscuridad ya había surgido. ¿Qué ocurriría si esa oscuridad la consumía? Para, gritó dentro de su cabeza. Quien quiera que seas, o lo que quiera que seas, para, por favor. Legión descansó la cabeza en el hombro de Aeron, volviendo la vista a Olivia, y acarició el contorno de su espalda. —Tan fuerte. —ronroneó ella. Los ojos de Oliva se estrecharon mientras la rabia inundaba cada átomo de su ser. Es mío para acariciar. Mío para que lo alabe. Haz algo. Tú mereces a Aeron, y Legión no. Demuéstraselo a él. Ponte ante él, arrodíllate, abre sus pantalones y mete su polla en tu boca. Ella tropezó con sus propios pies, la rabia desvaneciéndose rápidamente y dejando sólo desesperación. ¿Qué ocurriría si la oscuridad la consumía?, se preguntaba. Con este nuevo impulso, la respuesta se deslizó a su lugar. Ya no sería capaz de distinguir sus propios deseos y emociones de los de esa voz. Lo que la voz dijera, eso sería lo que ella querría hacer. Desesperadamente. Resiste . No podía dejar que eso pasara. —Quiero hablar contigo... en privado —continuó Legión, y esa breve pausa al final no tenía nada que ver con su lengua y todo que ver con una insinuación sensual— . Manda lejos al ángel feo. —Para ya —ladró él, para luego decir más tranquilo—. Tienes que parar. Finalmente el orgullo de sí misma desapareció de ella y se convirtió en una acuosa mirada hacia Aeron. —¿Ya no me quieres? —Claro que te quiero, pero eso no significa... No podemos... ¡Maldita sea! Sorteó la esquina, atravesó el recibidor y prácticamente sacó la puerta de quicio de un golpe. Dejó a Legión de pie y salió de la habitación. —Coge cualquier cosa mía que quieras, sólo vístete —no esperó a que le respondiera, sino que cerró la puerta de un golpe seco y se giró hacia Olivia—. Háblame de su trato con Lucifer. Arrodíllate...

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—¡No! —un paso, dos, ella se alejó de él. —Olivia —dijo Aeron, frunciendo el ceño—, para. Bésalo, y luego... en algún lugar, en cualquier lugar... Su atención fue a sus labios, y ella lamió los suyos. Un beso, tan inocente. Tan necesario. Debo... resistir... —Detente —ladró él otra vez. Ella tragó saliva. —¿Detener qué? A través de la puerta, pudo oír a Legión pateando por el lugar, arrojando cosas al suelo y murmurando algo sobre los “estúpidos ángeles” —Uno, negar mi orden y dos, tratar de seducirme. —¿Por qué debería tratar de seducirte? No es como si fueras bueno de alguna manera en eso de acostarnos. En el momento en que las palabras salieron de ella, presionó la mano sobre su boca. De verdad. ¿Cómo había pasado eso?, se preguntó de nuevo. Esa no había sido su provocación, sino la de la voz. Aeron se encrespó. —¿Que no soy bueno? Te di un orgasmo la primera vez que... ¡a la primera, maldita sea! Sus ojos se abrieron cuando la comprensión la golpeó. Otro peligro que la voz representaba: le gustaban los resultados. Aeron apenas tenía control sobre su rabia, y el pensamiento de hacerle perder el control, decidido a demostrar cómo de bueno era dándole placer, le emocionaba. ¿Resistir? Quizá no era una idea tan buena. ¿De verdad? Bueno, si ese es el caso, Aeron cederá a la voz, no tu. ¿Es eso lo que quieres? Finalmente. Un pensamiento racional. El pensamiento agrietó parte de la oscuridad, permitiendo que la luz se filtrara al interior. —¿Qué vas a hacer con tu pequeña amiga demonio de ahí? —preguntó ella, volviendo al único asunto que importaba en ese momento. Aeron arrastró la mano por su repentina expresión exhausta. Había estado haciendo mucho eso últimamente. —No sé qué hacer con ella. —Para hacer un trato de esta magnitud, debe haber prometido algo realmente grande. —¿Como qué?

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Olivia se encogió de hombros. —Sólo ella sabe la respuesta. Bueno, Lucifer también, pero te garantizo que no nos lo dirá. —¿Cómo sabes que ella negoció con Lucifer y no con Hades? ¿Importa el negociante? —Sí, el negociante importa, pero ahora mismo Hades está encerrado y es incapaz de hacer pactos así, así que no tienes que preocuparte por él. Cuando los Titanes escaparon de su prisión inmortal y derrocaron a los Griegos varios meses atrás, Hades estaba incluido en sus víctimas. A Lucifer, a pesar de todo, los Titanes le dejaron en paz. Se necesitaba a alguien para hacerse cargo del inframundo, suponía ella. Incluso alguien tan vil como el diablo, el creador del mal. Mejor él que el loco de Hades, sin embargo. Frota tu cuerpo contra el suyo... —¡Basta! —más de eso, y ella golpearía su cabeza contra la pared hasta desmayarse. No más oscuridad, sin importar lo mucho que le gustaran los resultados. —No voy a hacerlo, aunque quiera, así que cállate. —¿Hacer qué? —No importa. Bueno, mira, hasta que no sepas más sobre el resultado del pacto de Legión, no confiaré en ella. Puede haber compartido secretos, prometido matar a uno de tus amigos. Él negó con la cabeza, repentinamente seguro. —Ella no haría eso. Me quiere. Su fe en un demonio conspirador era irritante. ¿Por qué no podía sentirse de esa manera respecto a Olivia, un antiguo ángel que jamás había mentido? ¿Por qué trataba él constantemente de alejarla? La puerta de la habitación se abrió de repente, y Aeron tropezó hacia atrás. Legión le cogió con una risa ronca. Él se enderezó rápidamente y se giró. Ella llevaba una de sus camisetas y un par de sus pantalones de deporte, y ambos le quedaban grandes. —¿Estás contento ahora? —Preguntó ella, girando sobre la punta de sus pies—. Esto es... todo lo que pude encontrar. Pero... ¿sabes qué es lo divertido? Todavía... tengo buen aspecto. En su exuberancia, las pausas vacilantes volvieron a su hablar. Él se alejó de ella y se acercó a Olivia. Olivia puso sus palmas en sus omóplatos para impedirle escapar, con el corazón acelerándose. Contacto.

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—Olivia y yo tenemos que ir a la ciudad. Tú tienes que quedarte aquí. Y me refiero a ahora. No vayas a ningún sitio. Necesito hablar contigo cuando vuelva. Su sonrisa de sirena desapareció con rapidez. —¿Qué? No. Mierda, no. Yo voy... contigo. —Tú te quedas, y no hay discusión sobre eso. Con una expresión petulante, dio un pisotón. —¿Entonces por qué... te llevas al ángel feo? ¡No soy fea! —La necesito —fue todo lo que dijo Aeron, pero aún había acero en su voz. Acero hirviendo. El aliento siseó entre los dientes de Legión mientras nivelaba su mirada con la de Olivia, quien seguía mirando por un costado de Aeron. Había más odio en sus ojos del que Olivia había visto jamás. —Tócale, y yo... te mato. ¿Enten...dido? Parecía que cuánto más intensas eran sus emociones, más problemas tenía para hablar. —No le harás daño. Sin ceder ni un centímetro, Aeron pasó un brazo rígido alrededor de la cintura de Oliva, sus dedos clavándose en la parte baja de su espalda. —No habrá más amenazas. ¿Has entendido? No lo toleraré. Legión apretó los labios, y pasó un momento en silencio. Luego sonrió. Una sonrisa demasiado dulce y forzada. —Lo que... tú digas, Aeron. Te quiero y... sólo quiero que seas feliz. Una mentira. Oliva lo oyó en la corriente subterránea de la voz del demonio. No era sobre el amor del demonio por Aeron, sino sobre su promesa de dejar a Olivia en paz. Tendría que estar en guardia, ya que había visto a demonios en acción y conocía de primera mano cómo de insidiosos eran, y cuánta destrucción podían provocar. —Inténtalo —dijo ella, y si el desafío vino de ella o de la tentadora voz, no lo supo. Tampoco es que le importara—. Porque planeo hacer mucho más que simplemente tocarle. De verdad. Aeron se giró, clavándola en el sitio con una penetrante mirada. Sus pupilas estaban dilatadas, como lo hicieron cuando la besó en lo de Gilly, su pecho moviéndose arriba y abajo como si apenas pudiera coger aliento. —Ni. Una. Palabra. Más. De. Ninguna. De. Vosotras —dijo con rabia.

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Bésale... Por una vez, no se resistió. Maldita fuera la oscuridad, ella acortó la distancia entre ambos, se elevó sobre la punta de sus pies y plantó sus labios contra los suyos. Legión necesitaba saber que Olivia estaba tan determinada como ella a ganar a ese hombre. A tenerle de todas las formas imaginables. Su lengua presionó en el interior de su boca, pero sólo brevemente. Sólo lo suficiente para probar un poco. Él abrió la boca, claramente queriendo más, lo que la sorprendió y alentó su deseo, pero se obligó a enderezarse y a dar media vuelta. —Vamos, Aeron —dijo—. Tenemos cosas que hacer. Juntos. Sin mirar hacia atrás ni a Aeron y a la ahora maldita Legión, salió paseando como si no temiera enfrentarse al resto del día.

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CAPÍTULO 16

—No puedo ver nada —murmuró Aeron una hora más tarde—. Está demasiado oscuro. —Una oscuridad no natural, eso era. No había ni una mota de luz, y la linterna que había traído con él no iluminaba nada, simplemente desaparecía en la densa apertura de las tinieblas. —La noche en que Lysander apareció ante mí, me dijo que permanecería siendo un ángel en todos los sentidos que importaban hasta que mi tiempo transcurriera — dijo Olivia—. Creo que puedo… —Shhh. Voz interior. —No quería que ella se volviera un objetivo. De hecho, la idea lo enfurecía, pero sólo se tenía a él para culpar. No debería haberla traído aquí, fuera Pesadilla una amenaza o no. Él sólo… no había querido dejarla a menos de una notable distancia de Legión. O de una distancia considerable de tocar a Torin. Y él le había prometido mostrarle a Olivia las duras realidades de su vida. Soy tan tonto. Un tonto ahogándose en una tormenta causada por él mismo. Deseo por Olivia —el cual comprobó, no había disminuido. Solo había crecido. Una pseudo-hija, celosa y sedienta de sangre decidida a acabar con su ángel —lo cual estaba comprobado. Una promesa de convencer a dicha ángel que volviera a casa — comprobado, incluso aunque ahora se odiara por esa promesa. ¿Enviarla lejos, sin saber jamás cómo le iría? ¡Tortura! —Ella está durmiendo —dijo Olivia, y eso, también, fue dicho en voz alta. —Puede despertar —dijo rechinando los dientes. Nunca le había importado la oscuridad, pero a medida que descendía los escalones y los conducía a lo largo de las paredes de la casa de Scarlet, la que simplemente resultaba ser una cripta subterránea en el cementerio local, tropezando con… ¿mobiliario? ¿Ataúdes? Y sin tener idea de lo

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que los esperaba más adelante, la posibilidad de conducir a Olivia a una matanza le causaba oleadas de miedo que se mezclaba con su enfado. ¿Cómo podía protegerla de esta manera? —Ella no despertará, lo prometo. De cualquier forma. Como mi tiempo no ha expirado aún, quizás pueda… Al tiempo que las palabras de Olivia salían, él se detuvo, pivoteó. Ella chocó contra él y ¡puf! Incluso aunque él la sintió solo brevemente, saboreó el contacto. Suave, cálida. Estimulante. Eso era todo lo que su cuerpo necesitaba para estar listo. De nuevo. Mía, dijo Ira. Lo sé. Me lo has dicho. Una y otra desquiciante vez. Y Aeron lo había dejado, había dejado de preocuparse. Porque… No. No vayas allí. Un momento transcurrió en silencio, sus respiraciones eran el único sonido. El aire era fétido, denso por el tiempo, empolvado y mortuorio, pero estaría contento de esperar aquí por siempre. Aquí, ella estaba a salvo. Aquí, ellos estaban juntos. —¿Puedas qué? — preguntó finalmente él. —Esto. —Rayos de luz oscilaron. Él parpadeó, se frotó los ojos. Los rayos estaba en realidad destellando de la piel de ella, se percató, entremezclándose y creciendo en intensidad. Creciendo tanto que pronto estaban apartando las sombras y le hacían llorar los ojos. —¿Cómo…? Ella sonrió lentamente, su hermoso rostro iluminado, brillando como la estrella más pura, esas oscuras pestañas enmarcando aquellos ojos azul cielo. Podría haberla besado hasta sacarle el aliento. No te atrevas. ¿Pero ahora que conocía su sabor, ahora que había sentido su roce contra él, ahora se suponía que se resistiera? Legión. Lysander. Libertad. Oh, sí. Podría haber maldecido. —Los humanos se encontraron algunas veces atrapados en la oscuridad, y yo he tenido que mostrarles la salida. —Olivia cambió su peso de un pie a otro, y gesticuló detrás de él con una inclinación de la barbilla—. Scarlet está justo al dar vuelta a la esquina. Puedo sentirla. —Gracias —Con movimientos rígidos, Aeron se obligó a apartarse. Sus ojos inmediatamente lamentando el perderla. Ira, también gruñía en protesta.

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Calma. Estamos aún aquí con ella. Aeron se dirigió a lo largo del correcto y sucio camino y pronto, se encontró apostado en una habitación temporal. Picos emanaban de varios lugares del suelo, destellando agudamente y anclados firmemente.. Entre ellos, había cables con los que tropezar, y al final de la habitación, resguardado por toda la zona de diversión, había un ataúd. ¿Por qué un ataúd? ¿Porque ella podía encerrarse para protegerse mejor? Inteligente mujer, si eso era. Él asió una daga y acortó la distancia, sorteando los picos. Olivia se mantuvo pegada a sus talones, cada paso mesurado. —Cuidado —murmuró él—. Quédate detrás de mí. —Abrió la tapa, esperando una lucha. Nop. Como Olivia había dicho, Scarlet dormía pacíficamente, completamente inconsciente de su intrusión. Él la estudió. Sedoso cabello negro enmarcaba su aparentemente delicado rostro. No se había visto delicada antes, cuando ella lo había arrinconado en el callejón. Sus pestañas eran más largas de lo que se había percatado, como abanicos de plumas alcanzando sus pómulos. Tenía una pequeña nariz, y sus labios eran más rojos que antes. Vestía una camiseta y jeans, ambos negros, y armas estaban amarradas por todo su cuerpo. No se desarmaba, ni siquiera para dormir. Interesante. Incluso él se quitaba sus dagas antes de trepar a su cama. Las mantenía cerca, por supuesto, pero no sobre él. Relajándose, su mirada cambió. Las paredes estaban sucias, igual que el suelo, y había dagas atisbando por varias ubicaciones. Cualquiera que cayera, contra la pared o sobre el suelo, tropezaría directo contra su muerte. Pesadilla podría haber establecido trampas en la entrada o incluso en los peldaños que dirigían hasta aquí abajo, pero no lo había hecho. ¿Por qué? Quizás había sabido que la inequivocable penumbra habría asustado a la mayoría de las personas — la mayoría inocentes. Pero los que persistían, los que continuaban, tendrían claramente más siniestras intenciones. Quizás aquellas eran las únicas personas que ella quería herir. Si ese era el caso, eso significaría que asesinaba discriminadamente. Eso significaría que había una línea que ella no cruzaría. O quizás simplemente le gustaba que los asesinatos fueran hechos cerca, así la primera cosa que vería cuando se despertara sería sangre y muerte. De cualquier forma, la mujer iba en serio cuando se trataba de protegerse. Casi esperaba que se alzara y lo atacara. Él necesitaba una batalla. Sus nervios estaban al límite y el derramamiento de sangre lo habría calmado. Demasiadas cosas estaban ocurriendo, cambiando. Demasiadas cosas estaban saliendo mal.

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El demonio de Baden había encontrando un nuevo anfitrión, gracias a Galen. Descubrir que Cronos y Rhea estaban poseídos. Todo con Olivia, por supuesto, y las traviesas vestimentas de ella y sus consumidores besos, con su irresistibles sugerencias (justo entonces, casi perdió la voz) y su intento de seducción de otro hombre, todo lo que eran como fósforos en las leñas de su excitación. Y celos. Y enfado. Sí, necesitaba matar a alguien hoy. Y si todo eso no era suficiente para enfrentar, Legión lo miraba de la manera que él quería que Olivia lo mirara. Ella había hecho un pacto con el creador de maldad, y evidentemente le había mentido sobre ello. Y al final, justo antes de dejarla atrás, ya no hubo duda sobre ello. ¿Qué iba a hacer con ella? ¿Cómo se suponía que iba a manejarla? Aún la amaba como a una hija, aún planeaba mantenerla en su vida. De ninguna manera la abandonaría. Eso solo que… debía haber una solución. No pienses en ello ahora. Tienes un trabajo por hacer. El trabajo. Cierto. Entonces. Volviendo a Scarlet, el problema actual. ¿ Galen sabía acerca de ella? —Solía vivir en una iglesia — dijo Olivia culpablemente, antes de que él pudiera decirle que tenía que irse—. Pero eso no funcionó para ella. ¿Por qué la culpa? ¿Debido a que lo había conducido a él aquí? Probablemente. Cuidado. No podía permitir que la culpa de ella avivara la suya. —Creo que te pedí que estuvieras callada. —Te lo dije. No va a despertar. —¿Cómo lo sabes? —Pregunta tonta. Olivia lo sabía todo, o a veces lo parecía. Lo que significaba que Sabin iba a amarla. Información era el mejor amigo del hombre. Gracias a la Única Verdadera Deidad de Olivia, ella desaparecería antes de que el guerrero regresara. Aeron odiaría tener que apuñalar a su amigo por interrogar a su mujer. Ante la idea, Ira rió con regocijo. Bueno, quizás odiaría apuñalar al guerrero. Estaba en deuda con Sabin, después de todo. ¡Y ella no es tu mujer! —No te preocupes. No importa. Tenemos que darnos prisa antes de encontrarnos con otros visitantes. —¿Cómo quienes? —Como Cazadores. —Oh. Aeron podría haber ansiado una batalla contra Pesadilla, pero no con el ejército de Galen. No quería que Olivia se viera involucrada en algo como eso. Le mostraría los horrores de su vida de otra manera. Desde una distancia segura.

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La cripta de Scarlet era una buena distancia del Asylum, así que eso era un punto a su favor. —… tan oscuro — dijo repentinamente una voz no familiar, las palabras haciendo eco desde los escalones de concreto de arriba y alcanzando al pequeño encierro. —Mi linterna no funciona. —No puedo ver nada. —Mantente caminando hacia adelante, ¡maldición! Bien, infierno. Este día podía, de hecho, ponerse peor. Los Cazadores estaban aquí, tal como él había temido. ¿Lo había seguido alguien? ¿Usado la Capa de Invisibilidad? ¿Estaba observándolo alguien, amenazando a su mujer, incluso ahora? Las manos de Aeron se cerraron en puños. Escudriñó la cripta de nuevo, pero no vio nada fuera de lugar. Contempló a Olivia, quien aún estaba centellando pero frunciendo el ceño ahora. Luego miró a Scarlet, quien aun estaba durmiendo. Después de eso, la entrada. Ese oscuro y abierto espacio era la única salida de allí. Y para alcanzarlo, tendrían que correr directo a través de los humanos. Los muy probablemente armados humanos. Aquellos humanos no podían ver a través de la oscuridad, por otra parte, Aeron tampoco sería capaz, sin la luz de Olivia. Pero con su luz, todos serían capaces de ver a todos los demás. Había solo una única cosa por hacer. Solo una opción que mantuviera a Olivia a salvo. Aeron puso una daga en la mano de ella. —Mantenla presionada contra la garganta de la muchacha — susurró él—. Si se mueve incluso un poco, no vaciles en cortarla. Sin darle una oportunidad de replicar, asió a Olivia de la muñeca y la metió dentro del ataúd junto a Scarlet. La durmiente mujer permaneció exactamente como estaba, pero Olivia jadeó. Inmediatamente él posó una mano sobre la boca de ella y negó con la cabeza. Ella tragó de miedo, pero asintió al entender lo que él quería de ella. Silencio. —Apaga la luz. De nuevo, ella asintió, y el resplandor de su piel se atenuó… disminuyó… y desapareció completamente. Las sombras debían haber estado esperando que tal cosa ocurriera, porque corrieron hacia adelante, encerrando cada pulgada de espacio con esas sofocantes tinieblas.

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—¡Mierda! Observa por dónde vas. —Lo siento. Las voces estaban más cerca. Grande como era Aeron, sabía que no encajaría adentro del ataúd para actuar como escudo de Olivia. No sin aplastarla. En vez, posó su mano sobre el hombro de ella —o lo que pensaba que era su hombro. Sacó esa ahora ardiente mano porque en realidad había ahuecado su hermoso pecho. Y su pezón se había instantáneamente endurecido. Mía. Proteger. Con cuidado esta vez, lo intentó más alto. Hombro. Bien. Temblando. Nada bien. Eso significaba que ella estaba tan excitada —como distraída—por el error tal como él. O asustada. Él prefería la idea de excitada. Claramente, él era el distraído. Saltando a la acción, la presionó a acostarse y que se mantuviera quieta. Agradecidamente, no se resistió. Si hizo como él le ordenó y posó la punta de la daga en la garganta de Scarlet, no lo sabía. Solo para estar segura, ahuecó su otra mano sobre el… rostro de Pesadilla. Bien. Todavía estaba quieta, su aliento cosquillando su piel, cálido, incluso. Él no había visto ninguna trampa alrededor del ataúd, así que caminó hacia el extremo del frente del ataúd, apartado de la entrada al corredor. Ni una vez quitó su toque de ninguna de las mujeres. Quería que Olivia supiera que estaba aquí, que la protegería. Siempre. Hubiera cerrado la tapa, pero quería acceso en caso de que la muchacha, de hecho, despertara. —Espera — dijo uno de los hombres—. Detente. —¿Qué? —Aire. ¿Sientes la brisa? —Debemos estar cerca de una abertura. Aún más cerca. Hubo un cambio de sitio de pies. Múltiples pasos. El temblor de Olivia aumentó, y él le dio un apretón de ánimo. —Tiene que ser una habitación. —Una pausa. Un crujido—. Sí. ¡Sí! Hay demasiado espacio para que esto sea un pasillo. —Ella no puede estar aquí. No habría encontrado la forma de entrar. —Está poseída por el jodido demonio de Pesadilla. Por supuesto que habría encontrado la forma. Simplemente… siente alrededor. Estará dormida. Si encuentras piel cálida, solo comienza a disparar. ¿Cómo sabían tanto? ¿Se lo había contado Cronos a su esposa? O de nuevo, ¿había alguien hecho uso de la Capa y escuchado conversaciones privadas?

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—Infiernos, no. Nada de disparar. Nos dispararíamos entre nosotros. —Eso es mejor que permitir que el demonio salga libre. Hubo un latido de un silencio estupefacto al tiempo que el otro Cazador absorbía el deseo de muerte del hombre. —Mejor la apuñalamos, o me voy de aquí — soltó alguien finalmente—. No me inscribí en una misión suicida. —Entonces apuñálala, maldición, pero asegúrate de que la incapacitas así podremos llevárnosla sin temer que esté lo suficientemente fuerte para atacar. Cada mal sueño que alguna vez hemos tenido es culpa suya. Cada cosa mala que hemos pasado es por su mano. Más movimiento de pies. Aeron se tensó, esperando. Si alguno de ellos lograba alcanzar al ataúd, él tendría que… Un hombre gritó. —¿Qué infiernos…? Otro grito. Un gorgoteo. Seguido de otro y otro. No habría nadie que lograra alcanzar el ataúd. Las trampas de Pesadilla se encargarían de ello. Varios de los Cazadores descargaron sus armas, a pesar de su temido amistoso fuego, pero la oscuridad escondía el resplandor del poder. Una de esas balas golpeó contra el hombro de Aeron, empujándolo hacia atrás. Se agarró a sí mismo al tiempo que algunos gritos humanos más atravesaban el aire. Aunque no quería que Olivia quedara atrapada con la mujer, incapaz de protegerse a sí misma, tampoco la quería herida. Empujó la tapa del ataúd hasta cerrarla. —¿Qué sucedió? —Apuñálala —logró decir alguien entre toses. Otro grito, este mezclándose con la elevada oleada de gemidos de dolor y la vagueante esencia de sangre fresca. —Retirada — dijo alguien respirando con dificultad—. Re… ¡Argh! Hubo incluso más movimientos de pies, pero el número había disminuido severamente. Y entonces, al tiempo que abundaban más gritos y gemidos, el movimiento terminó completamente. Finalizado. Acabado. Era la batalla que él quería, ansiaba, sin embargo no tuvo que alzar ni un solo dedo para ganar. Esperó hasta que el silencio reinó antes de abrir de nuevo la tapa y decir, —Luz.

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Inmediatamente Olivia obedeció. Una vez más esa casi enceguecedora luz resplandeciendo de ella, creciendo, y conquistó la oscuridad, y él vio que ella estaba pálida pero no herida. Scarlet aún no se había movido. —Aeron, yo estaba tan… —Olivia se sentó y se volvió hacia él. Su expresión inmediatamente se volvió aguda—. Estás herido. Él descendió la mirada a su herida. Había un agujero en su hombro, carmesí emanaba de él, bajando por la cordillera de su estomago, cada gota absorbida por la cintura de sus pantalones. Ahora que su preocupación por Olivia había desaparecido, y su adrenalina había decrecido, se percató de que dolía. Fuego se desparramó, rápidamente, seguramente, como si sus venas bombearan gasolina en vez de sangre. No importaba. —Estaré bien —él dijo—. Me han herido de peores formas, así que no hay nada de qué preocuparse. —No puedo evitarlo. —Mordiéndose el labio inferior, alzó la mano y deslizó sus dedos sobre su mandíbula—. Estoy preocupada. El toque tenía la intención de confortarlo. Pero como siempre, sentirla a ella lo atormentaba. Necesitaba más. Ira necesitaba más, zumbando dentro de su cabeza. Ahora no es el momento. Cuerpos y más cuerpos ensangrentados se apilaban unos encima de otros, las dagas sobresalían de cada uno de ellos. Algunos habían caído boca arriba y otros, boca abajo. Cada uno había muerto. Él tendría que agradecer a la muchacha por sus habilidades de decoración. Estas, en vez de él, habían salvado la vida de Olivia. No sabía si alguno de los Cazadores había logrado escapar de esta habitación del terror, pero no iba a esperar para ver si regresaban con refuerzos. Después de ayudar a Olivia a ponerse en pie —¡mierda! y causar que su herida se abriera—alzó a Pesadilla en sus brazos como había querido hacer antes de ser interrumpidos. —Mantente cerca —él dijo—. Sólo pisa donde yo piso. —Lo haré. Él logró llegar a la entrada, sorteando cuerpos a lo largo del camino, haciendo una mueca al tiempo que el fuego en su interior se intensificaba. Duele, lloriqueó Ira. Sus labios se fruncieron. ¿Tú, también? Malo. Iremos a casa. Descansa. No había rastros de sangre en las escaleras, ni siquiera un poco. Lo que significaba que ninguno había logrado salir. Excelente. Excepto… para el momento en que alcanzó la cima de las escaleras, estaba temblando. Debilitándose. Sus ojos estaban observando alrededor, creando una bruma en todo lugar que mirara.

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Ira gimió. El fuego finalmente murió…sólo para ser remplazado por un frío helado. —¿Aeron? Él se ralentizó, sus movimientos perezosos, sus pies tropezando uno con otro. —Busca en mi bolsillo trasero. Agarra mi teléfono. —A este ritmo, no tendría la fuerza suficiente para volar con las dos mujeres hacia la fortaleza. —¿Qué te ocurre? —preguntó Olivia, haciendo lo que le había pedido—. ¿Es por tu herida? ¡Me dijiste que no me preocupara! Él ignoró la pregunta y la preocupación. No quería mentirle —de nuevo—y decirle que todo iba a estar bien, pero tampoco tenía una respuesta. Ni él ni Ira habían reaccionado nunca así a un simple disparo. —¿Sabes mandar un mensaje de texto? —Rodearon una esquina. —No. He visto a humanos hacerlo, pero nunca lo he intentado. —¿Qué hay de hacer una llamada? —Arriba, finalmente pudo ver la luz del sol buscando su camino hacia el interior de la cripta. Sudor cubría cada pulgada de él, sin embargo ello no hizo nada para derretir el hielo. Sus movimientos eran más lentos, arrastrándose. —No —ella dijo—. Lo siento. Maldición. Si soltaba a la muchacha, no sería capaz de recogerla de nuevo. Eso, lo sabía. Maldición, maldición, maldición. Había solo dos posibilidades que explicaban su reacción, se percató. Los Cazadores habían usado algún tipo de balas especiales o él no se había recobrado de su último ataque, como había asumido. Ninguna presagiaba nada bueno para él. Afuera —finalmente, benditamente—buscó Cazadores que estuvieran esperándolos. No vio nada, pero no estaba seguro si eso era porque no estaban allí o porque su visión continuaba desvaneciéndose. Al menos nadie saltó sobre ellos. Volando o no, no iba lograr llegar a casa. Buscó en los alrededores una vez más, esta vez buscando por un lugar en donde esconderse. Allí, a unas pocas yardas más adelante, había una alta lápida, flores de cada color posadas a su alrededor, formando una escondida trasalcoba. —Por aquí. —Avanzando pesadamente hacia adelante, más débil con cada paso. Olivia envolvió su brazo alrededor de la cintura de él, actuando como su muleta. —Aquí. Apóyate en mí.

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Él no quería, era embarazoso que lo necesitara, era incluso más embarazoso que en realidad le agradara tener a alguien que se ocupara de él, pero con su ayuda, pudo lograrlo. —Gracias. Él trató de bajar a Scarlet, pero sus rodillas se rindieron y ambos simplemente cayeron hacia adelante. Ella golpeó el suelo bruscamente, y él junto a ella. Ni un gemido salió de ella. Ni tampoco de Ira. El demonio estaba ahora en silencio. Misteriosamente callado. Aeron rodó hacia su lado. Olivia, a la que vio, estaba ocupada acomodando las flores, para escudarlos de ojos curiosos. —Buena… chica —le dijo. La sonrisa que ella le dirigió era toda valentía y voluntad de hierro. Causó que su corazón saltara un maldito latido. Y estaba viendo cosas que no estaban allí o las mariposas estaban realmente flotando alrededor de su cabeza. Las ardillas, también, estaban sentadas a sus pies y las aves revoloteaban por el césped a su alrededor. Todos ellos observándola, como si estuvieran esperando por su atención. Seguramente estaba alucinando. Lo que significaba que estaba incluso peor de lo que había creído. Ya que sabía que no iba a poder leer los números de su teléfono, le dijo a Olivia qué marcar. —Sonando —dijo ella, y presionó el dispositivo contra su oído. —Torin —dijo él tras la contestación de su amigo—. Sigue la señal. Ven a… buscarnos. No escuchó la respuesta del guerrero. Una oscuridad muy similar a la que había sufrido dentro de la cripta se cerró a su alrededor, en este momento, solo podía darle la bienvenida.

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CAPÍTULO 17

Después de que Olivia desgarrara una tira de tela del bajo de su túnica y la envolviese alrededor del hombro de Aeron, retiró una de las espadas de la funda anclada a su tobillo. Lo protegeré. Sin importar lo que me cueste. Tal como él había hecho por ella. Se agachó enfrente de él, esperando a que sus amigos llegaran. O a los Cazadores. Si alguien además de un Señor se acercaba, no dudaría en atacar. Nunca se había sentido más como un guerrero, con más confianza en sí misma, y más asustada—por el hombre a su lado. Le habían disparado anteriormente; Ella lo había visto. Había sido apuñalado, golpeado y cortado con cuchillos y flechas. Pero no había reaccionado así. No se había puesto pálido, no había gemido y no había temblado. No había continuado sangrando y debilitándose. Pasó un minuto tras otro, y no hubo cambio en él. ¿Dónde estaban en el nombre del cielo esos Señores? Deberían darse prisa, y no sólo por el bien de Aeron. Si esperaban demasiado tiempo, llegaría el crepúsculo y Scarlet se despertaría. Y ella estaría muy, muy enfadada. Nadie sobreviviría. Al menos esa voz tentadora se había callado en el momento que había dejado la fortaleza, y había dejado de instarla a hacer esas cosas viles —maravillosas—. Parecía haberse calmado, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Los animales se

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congregaban a través de las flores y los arbustos, quizá estaban atrayendo la atención de los transeúntes. ¿Estaban intentando llegar a ella? ¿O a Aeron? No recordaba haberles visto nunca antes acercándose a Aeron, pero no podía imaginarse por qué la buscarían las ardillas, los conejos, las aves, los gatos y hasta un perro. —Largo, —les susurró ella, no queriendo que salieran heridos en caso de que estallase una pelea. No se movieron. No, avanzaron acercándose. Hacia ella. Así que ella era la atracción. ¿Por qué? —Tenéis que iros ya… El sonido de una rama rota, la hizo callar. El perro gruñó y los gatos sisearon, pero ninguno escapó. Se agacharon, listos para saltar al ataque. Sus labios se apretaron, cada músculo en su cuerpo se congeló. Incluso dejó de respirar. ¿Quién estaba aquí? ¿Los Señores? ¿O los Cazadores? La mano que sostenía la espada tembló. Por Aeron, pensó ella, preparándose como los animales. Se alegró de que se hubiesen obstinado en quedarse con ella. Dos hombres salieron del follaje y al principio, no los reconoció. Estaba demasiado preparada, demasiado decidida a salvar a este hombre... ¿Qué amaba? pero justo mientras se lanzaba sobre uno de ellos, el perro dio un salto hacia adelante, adelantándose en alcanzar el blanco. —¡Ey! Apártate de mí, perro sarnoso, —dijo él entre dientes. Ella reconoció la voz —era William— pero no tuvo tiempo de bajar la espada, debido al impulso que llevaba. Poco antes del contacto, una dura mano se envolvió alrededor de su muñeca, sacudiéndola con fuerza hacia un lado antes de inmovilizarla. —Alto allí, Liv, —dijo él con una risa. Su voz, también le era familiar. Paris—. Puedo llamarte Liv, ¿verdad? Deja caer la espada para mí, ¿sí? El alivio martilleó a través de ella y soltó el arma. —¡Ahora ordénale a este perro mestizo que me suelte! —gritó William. —Son amigos míos, — le dijo ella al perro—. Ya estoy a salvo. El perro quitó los dientes del tobillo de William y cada uno de los animales se hizo a un lado como si eso fuera todo lo que habían estado esperando. La certeza de su seguridad. Qué adorables pequeños. —Gracias, —dijo ella con gratitud.

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—Esa ha sido una gran bienvenida, William, —dijo Paris con otra risa—, deberíamos poner este espectáculo en la calle. —La preocupación iluminó su hermoso rostro cuando vio a Aeron. Se inclinó, deslizó los brazos debajo del guerrero todavía dormido y lo levantó sobre su hombro—. ¿Cuánto tiempo ha estado así? —Demasiado tiempo. William cojeó hacia Scarlet e hizo lo mismo, sólo que la acunó en sus brazos como si ella fuera un precioso tesoro. —Por lo menos yo obtengo el paquete bonito. —Sí, buena suerte con ella, —contestó Paris—. Y diría que yo recibí la mejor parte de este trato. Al parecer está poseída por Pesadillas. William puso los ojos en blanco. —¿Y esa es una mala cosa? —Si tienes aprecio por tus pelotas, entonces sí, diría que es una mala cosa. —Ven con papi, —dijo William, sosteniendo a Scarlet más cerca. Olivia escuchó su broma, su cabeza yendo de uno a otro. —Suficiente. Los Cazadores estuvieron aquí, lo sabéis. Éste es un lugar peligroso. Más que eso, algo está mal con Aeron. Le quiero en la cama. —Aparcamos por allí. —Paris hizo un ademán con la cabeza. Finalmente— .Vamos. Juntos atravesaron los arbustos, y cada hombre se mantuvo alerta. En el intervalo de un solo segundo, era como si fueran personas diferentes. Ocultos, habían bromeado uno con el otro y se habían metido con ella por querer acostarse con Aeron. Ahora, eran soldados, endurecidos, capaces de cualquier cosa. Muchas veces, había observado el mismo cambio en Aeron. Hasta ahora, no lo había apreciado verdaderamente. Aeron. Valiente, herido, Aeron. Cuando sus nueve días pasaran rápidamente y él fuera alejado de ella, ¿dónde iría? ¿Qué haría? Dudaba que estos hombres la invitaran a quedarse con ellos. ¿Y ella querría que lo hicieran? Aeron ya no estaría allí, su recuerdo tentándola desde cada rincón. Por segunda vez, Olivia se encontró alterada por la corta cantidad de tiempo que ella y Aeron tenían. Tal vez había una forma de salvarlo. Tal vez había una forma para que estuvieran juntos para siempre. Sí. Seguramente. Su Deidad era el creador del amor. En verdad, su Deidad era amor. Él querría que dos personas que se querían estuvieran juntas. ¿Verdad? Pero todavía no estaba segura más allá de cualquier duda de que amara a Aeron.

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Lo admiraba, sí. Él la había despertado y deseaba ardientemente su toque, oh, sí. ¿Pero morir en su lugar? Se preguntó otra vez. Y de nuevo, no estaba segura. Había dado todo para estar con él —todo excepto su vida. ¿Podría hacerlo? Más, al morir por Aeron, también tendría que morir por Legión. Porque ella sabía, sabía, que Aeron no sería feliz sin la pequeña –ahora grandetirana. Y si Aeron viviese, ella quería que fuera feliz mientras lo hiciera. Con todo, el pensamiento de morir por semejante mentirosa y confabuladora pequeña diablilla no estaba bien. ¡Más que eso, Aeron tenía que amar a Olivia. Ahora mismo, no había duda de que no lo hacía. Olivia suspiró mientras subía en la SUV. Aeron fue colocado a través del asiento trasero, y ella le acunó la cabeza en su regazo. Paris tomó el volante y William se dejó caer pesadamente en el asiento del pasajero con Scarlet todavía en sus brazos. Su primera vez en un coche, algo que ella había esperado con anticipación, pero ahora no le importó. Su mente daba vueltas. La muerte no era algo que alguna vez hubiera considerado para sí misma. No realmente. Era solo que siempre había estado y había sabido que siempre estaría. Ahora podía morir. Sin salvar a nadie, sino simplemente porque, por ejemplo, un coche la atropellara. ¿Cómo se sentiría entonces? No lo sabía. Todo lo que sabía era que morir, sin experimentar todo lo que quería, era aborrecible. ¿Pero entonces? Estar sin Aeron lo sería mucho más. Ella había visto a miles, millones, de humanos morir. Ninguna de esas muertes alguna vez la había afectado, pues simplemente habían sido parte del ciclo de la vida. Cada comienzo tenía un fin. Quizá por eso era que al principio no se había acongojado por el pensamiento de perder finalmente a Aeron. Sería simplemente otra muerte en una larga línea de muertes que había presenciado. Ahora, la de él era personal. Le conocía íntimamente, lo había besado y lo había saboreado. Había experimentado el último placer con él. Había pasado la noche en sus brazos, enroscada a su lado. Él la había protegido. Podría haber trepado dentro de ese ataúd él mismo, pero no lo había hecho. Él la había metido adentro, asegurándose de que ella permaneciera ilesa en vez de él mismo. Por consiguiente, él había estado estando dispuesto a morir por ella. ¿Por qué? Otra vez, no se hacía ilusiones de que él la amara. Dejó escapar otro suspiro y deslizó la palma a lo largo de su cuero cabelludo. Tan corto como era su pelo, los picos le hicieron cosquillas en la piel. Más tarde, convocaría a Lysander.

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Le preguntaría sobre todo esto, y también por qué había visitado antes a Aeron. Él no podría mentirle. Y si lo que decía era malo, destruyendo su esperanza de un futuro con este asombroso hombre, ella haría... ¿qué? Tragó saliva. —No deberíamos dejar a Gilly en ese apartamento, —dijo William repentinamente, sacando a Olivia de sus pensamientos—. No con nuestros enemigos zumbando alrededor como moscas. —Uno, tenemos que llevar a Aeron a casa. Dos, ella está mejor allí, desvinculada de nosotros. —Paris movió el espejo retrovisor, su mirada comprobando la parte de atrás y lo que tenía ante sí—. Los Cazadores no tienen ni idea. William golpeó una mano en el salpicadero entre ellos. —No estoy de acuerdo, sexo. Sabían de Scarlet, ¿y qué contacto habíamos tenido con ella? casi ninguno. ¿Qué tanto hemos tenido con Gilly? Más de la cuenta. Y con Rea en el Equipo Mudo, no podemos dejar a Gilly allí afuera por su cuenta. Además, Aeron es inmortal. Él la cuidará. Así que otra vez, no podemos dejarla allí afuera por su cuenta. —Qué mierda. Tienes razón. —Siempre la tengo. —La recogeremos de camino a la fortaleza. —Estará en el colegio, —dijo William, y Paris maldijo mientras hacia una vuelta ilegal, los neumáticos rechinaron Olivia pensó en quejarse. Quería a Aeron seguro y atendido tan pronto como fuera posible, pero los hombres tenían razón. Gilly era humana y necesitaba protección. —Mierda, —repitió Paris—. Ella está en la Escuela Internacional Americana de Budapest, y eso está ubicado en el Campus Nagykovacsi. Creo. Una distancia bastante considerable la que tenemos que recorrer. —Lo vale. Había una ternura extraña en la voz de William cuando habló de la chica. Sin embargo, ella era demasiado joven para él. Demasiado joven para cualquiera de los hombres en la fortaleza. Si Olivia tuviera que advertirle al guerrero que se alejara, a él no le gustarían sus métodos. Requerirían un cuchillo y una pequeña bolsa plástica. ¿Abrazando la vida guerrera que una vez tan fácilmente descartaste? —Dudo que ella esté encantada de vernos, —dijo Paris. —Habla por ti mismo. Anya dice que ella está enamorada de mí. —William sonó orgulloso acerca de eso.

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—Es sólo una niña, — le recordó Olivia. Y no me importa si se me considera o no una guerrera, realmente cogeré uno de los cuchillos de Aeron.... William se retorció en su asiento para mirarla de frente, apenas perturbando a Scarlet. Sus labios estaban levantados en una traviesa sonrisa. —Lo sé, pero cuando se trata de mi atractivo, encontrarás con que la edad no importa. El género, tampoco. Soy irresistible. —¿Cuáles son tus intenciones hacia ella? Él puso los ojos en blanco. —No tengo intenciones. Me gusta ser admirado, y a ella le gusta admirarme. Esa es la extensión de eso. —Bueno. —Olivia no oyó la mentira en su voz. Aún. No correría ningún riesgo. No con el bienestar de Gilly—. Ella ha llevado una vida difícil. El marido de su madre... le hizo cosas. Quizá no debería derramar los secretos de Gilly, pero sabía cómo supuraban los recuerdos dentro de la chica. Finalmente sacarlos a la luz podría ser el primer paso para curarse—. Se lo dijo a su madre, pero la mujer se negó a creerle. Incluso la acusó de intentar destrozarle su nueva y maravillosa vida. —Lo sabemos, —dijo Paris cuidadosamente—. Danika nos lo contó. —A mí no. —William volvió la mirada al frente, pero no antes de que ella viera momentáneamente furia absoluta y sin diluir en su cara—. ¿Cómo sabes tú eso? —Una vez me asignaron para cuidarla. El resto del viaje se realizó en un tenso y aprensivo silencio. Finalmente serpentearon a través de un barrio, un suburbio, las casas completamente maravillosas y acogedoras. Verdes y frondosos árboles rodeaban el área, bordeando la colina y ascendiendo majestuosamente. El coche se detuvo en el aparcamiento, y Paris le echó a William un vistazo. —Solo me llevará un minuto. Cuida del equipaje. Sin previo aviso, y moviéndose tan rápidamente que no hubo nada que Paris pudiera hacer, William echó a Scarlet en el regazo del demonio, ya no lo bastante cuidadoso. —Sólo me llevará un minuto. Tú asustas a Gilly, yo no. Hoy no. —No asusto a las mujeres. Las deleito. Además, tú no estás en la lista de permisos, y yo sí. William puso los ojos en blanco —una de sus acciones favoritas, aparentemente— y salió del vehículo.

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—Como si eso me detuviera. ¿Has visto mis ojos? Son eléctricos. Las mujeres echarán un vistazo y estaré automáticamente en su lista. —Deja de alabarte a ti mismo y date prisa. —le dijo Olivia justo mientras cerraba la puerta de golpe. Él la saludó con una abierta sonrisa. Ella observó como entraba en el colegio, los dedos arrastrándose sobre la frente caliente de Aeron. No se estaba recuperando, además comenzaba a agitarse ligeramente. Tenía la frente perlada de sudor, y sus dientes se hundían en su labio inferior. Sin saber qué más hacer, comenzó a cantar. Canciones dulces de paz y salud. Algunos acordes formando un himno, Aeron pareció calmarse, su tensa expresión relajándose un poco. —Mis dioses, —susurró Paris con voz entrecortada. Su voz decayó hasta silenciarse, y ella se le quedó mirando. —¿Qué? ¿Qué pasa? Aeron comenzó a moverse agitadamente otra vez. —¡No te detengas! —Dijo Paris—. Es hermoso. Mis oídos ya son adictos y necesitan más. —Oh. Gracias. —Olivia se lanzó a otra serenata. Afuera, podía ver toda clase de animales saliendo del bosque y acercándose al vehículo. Otra vez, Aeron se calmó y ella podría haber llorado de alegría. ¿Podría morir por él? Su dedo trazó uno de los tatuajes de esqueleto en su pómulo. Tal vez.

William

estaba en la oficina central del colegio, esperando a Gilly. La

recepcionista ya la había llamado. Como le había dicho a la mujer que su nombre era Paris Lord, ella había llamado a la chica sin incidentes. El problema de la lista, estaba resuelto. Ella era pequeña y curvilínea, a mitad de los treinta con una melena castaña lisa y ojos cafés —ojos que estaban ahora en el proceso de desnudarlo. Algo rutinario. Uno de los que él generalmente disfrutaba. Ahora no tanto. Él solo quería llevarse a Gilly de este infierno. Le gustaba su pequeño e inteligente trasero, y no descansaría hasta que estuviera a salvo.

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No había tenido idea de que ella hubiera llevado una vida tan terrible, y estaba avergonzado de sí mismo. Él conocía a las mujeres. Podía descubrirlas en el intervalo de un rápido vistazo. ¿Así que por qué no se había dado cuenta de que Gilly sufría? ¡Su maldita madre y su supuesto padrastro! Dos personas que se suponía que la protegerían. Bueno, William estaba con ahora ella y se aseguraría de que nada como eso le ocurriera de nuevo. Estaba tentado de cortarles la garganta a su madre y a su padrastro. Tal vez entregarle sus cabezas para Navidad o algo por el estilo. —¿Es usted el padre de Gilly? —preguntó la recepcionista. Ella había dejado su puesto en el escritorio y ahora estaba parada frente a él al otro lado del mostrador. Mierda. No la había visto u oído moverse. Ese nivel de distracción era peligroso. —Hermano, —contestó él, un poco irritado de que se viera lo suficientemente viejo para tener una hija de diecisiete años. ¡Sí, estaba rozando los dos mil, pero no tenía una arruga, maldita sea! —Oh. Eso está bien. —Sonrió ella y deslizó una hoja de papel en su camino—. Si a usted alguna vez le gustaría discutir su currículo, aquí está mi número. Llámeme en cualquier momento. —Definitivamente estaré en contacto. —Él, también, sonrió abiertamente, aunque la de él fue forzada. Se metió el papel en el bolsillo, sabiendo que no lo usaría. —La educación es muy importante. Eso le ganó una risita, y él intento no encogerse. Mujeres. Eran a la vez una bendición y una maldición. Sexo, lo amaba. Sexo, lo necesitaba, lo deseaba ardientemente. El sexo con la mujer equivocada lo había aprisionado. El sexo con las diosas que lo visitaron en prisión lo había pateado fuera de los cielos. Sin embargo, eso no había reducido su lívido. En realidad, nada detenía su libido. Ni siquiera la maldición suspendida sobre su cabeza. Un día, una mujer de gran belleza y poder le tentaría. Un día, esa mujer lo persuadiría a amarla. Un día, esa mujer lo esclavizaría. Y entonces, esa mujer lo mataría. Ya había sido profetizado. Tal vez —quizá— está bien, probablemente no en realidad— quizá podría haber evitado a las hembras en su totalidad y haberse salvado del problema de semejante sentencia de muerte. Pero ni siquiera eso lo habría salvado. Eso, también, era parte de la profecía. Evitar a las mujeres y el sexo era simplemente condenarse a una muerte mucho más rápida y dolorosa. La única manera de detener a la mujer anónima y romper la maldición se había escrito en un libro. Un libro que era casi imposible de descifrar, así que a él le había

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faltado encontrar la respuesta. Además, la jodida diosa menor de Anarquía estaba en posesión de ese libro, devolviéndole página a miserable página. Habría odiado a Anya por semejante cosa si no la hubiera querido tan condenadamente. Habían pasado cientos de años en el Tártaro como vecinos de celda. Su ingenio había sido la única cosa que lo mantuvo cuerdo. —¿William? —Se oyó repentinamente la voz ronca de Gilly. Él se volvió y allí estaba ella, parada al final de un largo corredor. Era esbelta, cabellera oscura, ojos oscuros, y más... informada de lo que nadie a su edad alguna vez debería estar. Esa debería haber sido la pista número uno, pensó. Tal vez lo había sentido, pero no había querido confesarlo. Ella llevaba pantalones vaqueros y una camiseta, y zapatos de lona que tenían un dispositivo rastreador escondido en las suelas, no es que ella lo supiera. Su pelo estaba peinado hacia atrás en una cola de caballo, sin una mota de maquillaje en su cara. Eso no parecía molestar al muchacho junto a ella. Él clavaba los ojos en ella como si estuviera hipnotizado. Pero al haberla oído decir el nombre de William, ese chico había fruncido el ceño. Y cuando siguió la línea de su mirada y divisó a William, su ceño fruncido se hizo más hondo y palideció. ¿Novio? ¿O novio potencial? Alguien tendría que ponerle un alto a eso. Ella era demasiado joven, con un pasado demasiado traumático. Necesitaba estar sola. Hasta que tuviera por lo menos cuarenta. —Hey, cariño, —dijo William con un movimiento de la mano. Sonriendo abiertamente, ella se apresuró y se lanzó a sus brazos. Él la abrazó contra él antes de coger sus muñecas y empujarla suavemente hacia atrás. Podía disfrutarla, podría querer lo mejor para ella, pero no quería alentar su enamoramiento. —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Ella. El chico con quien había estado se relajo detrás de ella. Él era alto para un adolescente, le llegaba a William a la oreja, con pelo castaño y ojos azules. —¿Y tú eres? —Exigió William de manera informal. —C-Corbin, señor. —¿Qué clase de nombre es Corbin señor? Y si tú alguna vez lastimaras a Gilly, juro a los dioses que personalmente haré... Gilly golpeó el hombro de William. —Alto. Cori es mi amigo. Simplemente quería asegurarse de que yo llegara bien a la oficina.

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—Bueno, eso es admirable, —dijo William, sin quitar nunca su mirada del chico—. Con tal de que la protección fuera tu única meta. Corbin tiró del cuello de su camisa. —¿Eres su... novio o algo? —Hermano, —dijo William mientras Gilly decía: —Sí. Su mirada finalmente volvió de golpe a ella, y arqueó una ceja. —¿Sí? Era hora de charlar. Sin embargo, tendría que ser después. Oír la palabra había causado que algo se apretara en su pecho. Primero aclararía el significado de esa rigidez. —¿Así que, por qué estás aquí? —preguntó ella nuevamente, sus mejillas enrojeciéndose. No le gustaba haberla avergonzado, pero no podía evitarlo. —Aeron ha sido herido. Hay problemas en la ciudad, y te queremos en la fortaleza con los demás hasta que sea segura otra vez. —¿Aeron? —preguntó Corbin. —Otro hermano, —le informó William. Los ojos del muchacho se ampliaron. —¿Cuántos tienes? —Bastantes, —contestó Gilly con un suspiro cansado—. ¿Así que estarás allí, Liam? ¿En la fortaleza? Liam. Su apodo para él. Una vez le había gustado. Ahora lo veía como la palabra cariñosa que se suponía que era. Oh, sí. Hablarían. Maldita su belleza irresistible. —Sí, estaré allí. Así que vamos a casa, cariño. Aeron está en el coche y necesita algo de atención médica. A pesar de su miedo por los Señores, ella palideció de preocupación, agarró su mano y le guió fuera del edificio. —Adiós, Cori, —dijo ella por encima del hombro. —Adiós, —contestó el chico, y hubo un pequeño borde en el sonido. William echó un vistazo al Escalade pero no podía ver a Olivia a través de la ventana tintada, sin mencionar el atroz número de ciervos que ahora rodeaban el vehículo. Sin embargo, no tuvo que verla para saber que si fracasaban en llevar a Aeron a la fortaleza ileso, el ángel, con toda su bondad, entraría en erupción en un caldero hirviente de furia femenina. Estaba allí en sus ojos, una agitación, una pasión

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imparable sólo esperando a hervir de rabia contenida. Algo de lo que ella probablemente no se daba cuenta de que era capaz, pero William comprendió eso porque, a diferencia de su despiste con Gilly, había captado los sueños de Olivia, miedos y necesidades en el momento en el que la había visto. Aeron era su todo. Si el guerrero muriese, ni siquiera los dioses serían capaces de detener su furia.

CAPÍTULO 18

Olivia se sentó en el borde de la cama de Aeron, su cadera presionaba la de él. Legión se sentó en el otro lado, su cadera presionaba la de él. En su preocupación por él, habían trabajado juntas para desnudarle. Olivia no se había permitido mirar su pene, no importaba cuántas veces la voz le hubiera dicho que lo hiciera. Oh, sí. La voz de la tentación había regresado. Débil como estaba Aeron, cualquier mirada por su parte habría sido un error. Estaba tan débil, de hecho, que no se había movido ni una vez. Había dejado de gemir, aunque ella no estaba cantando, y no creía que fuera una buena señal. Su herida todavía estaba filtrando, y aunque el trozo de su túnica envuelto alrededor de su hombro era auto-limpiable, no podía seguir el ritmo del flujo y estaba empapado. Su piel tatuada estaba fría y húmeda y no caliente con sudor. Para calentarle habían colocado mantas a su alrededor, pero no había afectado a su temperatura que caía en picado. Como último recurso, se habían sentado junto a él, esperando que su calor corporal fuese la cura mágica. —¿Qué le hiciste? —exigió Legión mientras sus ásperas manos le acariciaban. —Nada —respondió Olivia, aunque no podía apartar la culpa de su tono. Debería haber hecho más por él—. Fue tiroteado por los Cazadores. —Porque tú no lo protegiste. Abofetéala.

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Ignorar la voz ya no era difícil, su preocupación por Aeron eclipsaba todo lo demás. —¿Qué podía haber hecho? —La pregunta provocó una nueva ola de tormento. —Podrías haber tomado la bala por él. Yo lo habría hecho. Sí, Legión probablemente lo habría hecho. Soy un fracaso como novia. No era que fuera su novia. Pero quería serlo, por lo tanto debería haber actuado como tal. —Incluso si sobrevive a esto. —Que lo haría, no estaba dispuesta a aceptar nada menos—, él morirá en pocos días gracias a ti. Oh, Deidad. El dolor se unió al tormento. —¡Mentirosa! —Aunque la palabra fue un gruñido, Legión se inclinó y besó suavemente la frente de Aeron—. ¿Has oído esto, querido? Tu ángel es una mentirosa. No morirás jamás. No te dejaré. Empújala y reclama a tu hombre. Una vez más ignoró fácilmente la voz y la oscuridad que venía con ella. —En nueve días, un ángel asesino le atacará. Ese asesino cogerá su cabeza. Gracias a ti. Porque no te quedaste en el infierno donde perteneces. —Ahora su tono era de rabia. Legión se enderezó, retorciéndose hacia ella, dejando los dientes al descubierto con una furiosa mirada. Una vez más, sus ojos brillaban con ese rojo de demonio. —Otra palabra y te apuñalaré mientras estás durmiendo. —¿Mientras estoy durmiendo junto a Aeron? —La burla era toda suya, y no podía lamentar haberla dicho. —¡Zorra! —Uh… oh. Pelea de gatas —dijo una voz divertida desde la puerta. William. Si sólo hubiera sido William quien la fascinara, pensó entonces. La habría seducido aquel primer día, y dado que su capacidad de atención sólo duraba unos días, fácilmente podría haberle dado el final de sus dos semanas de duración. Por otra parte, probablemente hubiera tomado su cabeza si se le ordenaba, por lo que no habría sacrificado su futuro por un poco de tiempo con él en el primer lugar. Donde Aeron era desinteresado, William era egoísta, un rasgo que habría sido irritante en cualquier otro. William lo llevaba bien, eso era seguro. Tenía un hombro presionado en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho.

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—Sentimos haber tratado de apuñalarte cuando llegamos a casa —le dijo a Legión. Él y París se habían quedado completamente sorprendidos cuando habían visto a la extraña hembra volando por las escaleras y gritando el nombre de Aeron. Le habían atacado al suelo. Sólo la explicación de Olivia sobre quién era, y cómo había conseguido esa forma, les había detenido a darle un golpe mortal. Debería haberme quedado callada, pensó ella. No era que le hubiese hecho ningún bien. Torin, que tenía ojos y oídos en todo el castillo, al parecer, había confirmado rápidamente su historia. —No puedes culparnos, sin embargo —continuó William suavemente—. El cambio es alucinante. Además, pensé que habíamos llegado a nuestro límite de mujeres bonitas hace mucho tiempo y no podría tener la suerte de conseguir otra. Ugh. Flirteando. ¿William nunca paraba? La única vez que no lo había oído coquetear fue de regreso a la fortaleza. Gilly había tratado de llamar su atención, pero él había estado en un extraño silencio. —Bueno, no es como si representes una lucha real para mí —se quejó la chica demonio, probablemente encantada a pesar de sí misma. —Hieres mi honor. —Se aferró el pecho—. Vamos a tener que luchar de nuevo más tarde y ver realmente quién sale ganando. Prefiero pelear desnudo. ¿Y tú? —Dijiste que ibas a hablar con los otros —terció Olivia, moviéndose hacia adelante—. ¿Alguien tiene alguna idea de qué puede estar mal con Aeron? —Eso es realmente el por qué estoy aquí —dijo William, aceptando el cambio de tema sin protestar—. Torin cree que ha sido envenenado. Veneno. Eso tenía sentido. Y considerando a la gente en las altas esferas que conocían los Cazadores, apostaría que el veneno fue enviado del cielo. Veneno humano, como el alcohol humano, no le habría afectado tan severamente. —¿Tiene Torin un remedio? —preguntó ella con optimismo. William dio una sacudida grave de la cabeza. —Tiene a las mujeres buscando en los pergaminos antiguos que tiene Reyes, así que les daría unas horas antes de que empieces a aterrorizarte. ¿Horas? ¿Tenía Aeron tanto tiempo? Tragó saliva, las lágrimas ardiendo en los ojos. Quizás era hora de cambiar de tema de nuevo. Si sufría una crisis, no sería de ayuda para nadie. —¿Cómo está Scarlet? —preguntó con voz temblorosa. —Encerrada y todavía durmiendo. Cosita mona —añadió en el último momento. —Debería volver con ella.

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—Bueno, creo que ella es fea —resopló Legión—. Al igual que el ángel. —Caído. —Olivia no se molestó en mirarla, en lugar de eso mantenía su enfoque hacia William—. Esa cosita mona podría matarnos a todos aquí. Diles a los Señores y a las mujeres que permanezcan despiertos, si es posible. En el momento de acostarse, Scarlet puede invadir sus sueños, incluso cuando está durmiendo. Pensarán que lo que está pasando en esos sueños es real, y sus cuerpos reaccionarán en consecuencia, por lo que cualquier lesión que obtengan en el sueño será real. Espera. Aeron… dormido… pesadillas… ¿Scarlet había atacado a Aeron? Olivia tuvo que ahogar un grito ante la idea. Tenía que despertarlo. Pronto. William frunció los labios. —¿No pudiste hablarnos de esa pequeña joya antes de que la trajéramos aquí? —¿Habría importado? ¿Salvado a Aeron? Soy una novia aún peor de lo que había pensado. —No —dijo él con un suspiro—. Probablemente no. ¿Decía la verdad o estaba tratando de eximirla de culpabilidad? —Ah, y hablando de pesadillas —añadió él—, hay animales alrededor de la fortaleza, al igual que alrededor del coche en la escuela de Gilly y en el cementerio. ¿Quieres explicarme eso? —Ojalá pudiera —respondió Olivia, de repente agradecida y deseosa de ayudarle en cualquier cosa que necesitara—. Desde que salí de esa cripta, que me han estado buscando y no sé por qué. —Lo último que había hecho era llamar a su luz interior y… Y allí estaba la respuesta. Su luz interior. Por supuesto. Habían sentido esa luz, y ahora buscaban la fuente. Se lo explicó a William. —Un truco genial, aunque en realidad alucina a todos. Y por todos me refiero a todo el mundo. Lucien transmitió al resto de los hombres aquí. Ya sabes, los que se encontraban en Roma. Y aquí hay un pequeño bocado de chismes. —Sonriendo, se frotó las manos—. Transmitirle enfermó a Reyes y mientras que vomitaba, tuvo que luchar contra las aves y roedores. —Lo siento. —Claro que sí. Legión le disparó un ceño fruncido. —Eres una alborotadora. Nada va bien cuando estás cerca. —¡Oh, cállate! —Chasqueó Olivia—. Deberíamos estar pensando en maneras de ayudar a Aeron. O, al menos, encontrarle un médico. —No necesita un médico. Sólo me necesita a mí. Y voy a estar allí para él.

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Legión comenzó a quitarse el vestido que había encontrado mientras Olivia y Aeron habían estado luchando por sus vidas. Un vestido apenas inexistente con la clara intención de rivalizar con el traje de puta de Olivia. Olivia la miró boquiabierta. —¿Planeas estar allí para él deslumbrante mientras duerme? —Correcto. Desnuda, completamente imperturbable, Legión pellizcó las cubiertas alrededor de Aeron y las apartó, claramente con la intención de hacer lo que había reclamado. —Bueno, eso va a tener que esperar. Legión, dulce, necesito que vengas conmigo —dijo William con una señal de su dedo. Frunciendo el ceño, ella se detuvo, y movió sus enormes tetas. —¿Por qué? —¿Por qué? —preguntó él, como si no lo hubiera pensado hasta ese momento. —Sí, ¿por qué? —Oh, bueno, tengo que presentarte a los guerreros que han estado fuera de la ciudad. De esa manera, no tratarán de atacarte cuando vengas a ver a Aeron. Y lo harán. Verle y atacarte, quiero decir. Lo estaba inventando sobre la marcha, sospechó Olivia, tratando de darle algo de tiempo a solas con Aeron. Podría haberle abrazado. —Pero no puedo dejarle —se quejó Legión. —Sólo será un momento. —Él sonrió con una sonrisa bellamente practicada—. Lo prometo. —Está bien —refunfuñó Legión, pasándose el vestido por la cabeza y alisando el material blanco de sus caderas peligrosamente curvadas. Le susurró a Olivia—: Si lo tocas, ¡te comeré los ojos frente a ti y tendrás que mirar sin poder detenerme! Olivia no señaló el error en su plan mientras los dos salían del dormitorio y cerraba la puerta detrás de ellos, William le guiñó un ojo por encima del hombro. Sin saber cuánto tiempo duraría ese indulto, no perdió el tiempo acostándose al lado de Aeron. Bésale… Cuando las cosas se calmaran, iba a averiguar quién estaba invadiendo su cabeza y por qué. No iba a darle un beso, pero rezaría. Mientras acariciaba la mano por el pecho de Aeron, ella cerró los ojos.

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—Querida Deidad Divina. Voy a Ti ahora, como una humilde sierva que te ama. Éste hombre, no es malvado, a pesar del mal dentro de él. Tiene buen corazón. Es considerado. Es capaz de afecto y lealtad sin límites. Esas son las mismas cosas que Tú más valoras. Debe morir, lo sé. Pero no ahora. No así. Tú, que puedes obrar cualquier cosa, incluso la peor de ellas, por nuestro bien, puedes sanarle, haciéndole incluso más fuerte. Tú, quien hace mucho tiempo conquistaste la muerte, puedes salvarle. Por favor, escúchame. Por favor, ayúdame. —¿Por qué te haces esto a ti misma, Olivia? Va a morir con el tiempo, de todos modos. Lysander. Había sido incluso más rápido de lo que esperaba. ¡Gracias, gracias, mil veces gracias! La voz, Tentación, iba a llamarla, gritó con frustración. Él no. Cualquiera menos él. No puedo soportar a ese bastardo. —Entonces vete —le espetó ella, la sospecha aflorando. Tentación claramente odiaba a su mentor, un ángel, y los únicos seres que odiaban a los ángeles, eran demonios. Eso significaba que Tentación era un demonio. Lo haré. Pero no ahora, más tarde, cariño. Cuando regresara ese demonio, y lo haría, no tenía ninguna duda, sería más precavida. —¿Olivia? —dijo Lysander. Abrió los ojos un poco. Efectivamente, su mentor estaba a un lado. Alto, imponente, pulsando con el poder. Sus alas doradas arqueadas sobre los hombros, y su túnica balanceándose en sus tobillos. ¿Qué le había preguntado en primer lugar? Oh, sí. ¿Por qué te haces esto a ti misma? —Aeron no merece morir así. —Muchos no se merecen la muerte que viene por ellos. Se acurrucó al lado de Aeron, en calidad de su escudo, como una novia adecuada debe hacer. —Se te dio una segunda oportunidad con tu Arpía. Merezco una segunda oportunidad con Aeron. —¿Y cuando su tiempo haya terminado, pedirás una tercera? Contestar como él deseaba sería mentir. —¿Qué haces aquí, Lysander?

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Un músculo se marcó en su mandíbula. —Estoy aquí para decirte que tu oración fue escuchada. Estoy aquí para decirte que Aeron será sanado, pero que debes hacer un sacrificio a cambio, como es nuestra costumbre. Sacrificio. Sí, eso era por lo general la forma de las cosas. Desde el principio del tiempo, el sacrificio, la prueba del amor puro, había sustentado siempre el poder de influir en su Deidad, y cambiar el mundo. —Acepto. Por lo tanto, puedes hacer lo que te hayan enviado a hacer e irte. Él se quedó inmóvil. —¿No te importa saber lo que vas a perder? —No. —¿Está segura? Bueno, no importa. Te lo diré, de todos modos. Perderás tu Voz de la Verdad. Ya no se creerán todo lo que dices. Te enfrentarás a la duda. Ya no reconocerás una mentira en el momento que sea dicha. Y si decides volver a los cielos y ser el ángel que tratabas de ser, no recuperarás tu Voz de la Verdad. Se habrá ido para siempre. Automáticamente, su mano buscó la garganta. ¿Perder su verdad? Prefería perder las manos, como había hecho Gideon. ¿Cómo iba a hacer frente a Aeron dudando de ella, cuando sabía en su alma que lo que decía era verdad? Su mirada se fijó en él. Tan inmóvil, tan pálido. Tan demacrado. —Piénsalo cuidadosamente —dijo Lysander—. Cada hora, cada minuto, el camino que tienes se revela más en curvas peligrosas. ¿Y sabes lo que veo al final de ese camino, no importa la dirección que tomes? ¿Sabes lo que te espera allí? Muerte, Olivia. Tu muerte. ¿Y para qué? Unos días más con él. Unos días más con un hombre que hizo un trato conmigo. —¿Qué… qué trato? —Le prometí que si él podía convencerte para regresar a los cielos, trataría de convencer al Consejo que le perdonara la vida al igual que a su compañero demonio. Su boca titubeó abriéndose y cerrándose. En shock, sí, de que Lysander estuviera dispuesto a luchar contra el Consejo cuando se había negado siempre a sus ruegos para hacerlo, pero sobre todo herida. Eso explicaba tanto. La visita secreta de Lysander a Aeron. Por qué Aeron no le había dado ese último orgasmo. Por qué había querido que ella le viera luchar, mostrándole la dureza de su vida. No significaba nada para él. No realmente. ¿Cómo podría, si estaba tan ansioso por usarla como moneda de cambio? Y, sin embargo, seguía siendo un hombre al que ella admiraba. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para salvar a alguien que amaba. Para salvar a Legión.

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Si sólo pudiera haber sido uno de sus seres queridos. —Si vuelvo contigo, ¿puedes garantizar que vivirá? —gruñó ella. —Puedo intentarlo. —Lo que no sonaba como una garantía para ella—. Lo importante aquí es que él llegó a un acuerdo —agregó Lysander antes de que ella pudiera responder—. Estaba dispuesto a separarse de ti para salvarse. El dolor se expandió, consumiéndola, ahogándola. —¿Eso cambia tu opinión acerca de ésta curación? —Preguntó Lysander en voz baja—. Esperanzadoramente. ¿Éste sacrificio? —No —respondió ella sin dudarlo. Aeron había puesto el bienestar de Legión por encima del de ella, sí, pero ella lo esperaba. Lo que no esperaba era perderlo antes de que su tiempo hubiera terminado. A pesar de todo, no podría perderle—. Todavía deseo hacer éste pacto. La tristeza llenó los ojos de Lysander. —Entonces, que así sea. Como la última palabra le dejó, sus cuerdas vocales se cerraron. Por un momento, no pudo hablar en absoluto. Ni siquiera gorjear o boquear o respirar. Arañó su garganta, su mente opacándose como el hielo y el fuego fundiéndose en su sangre. —Pasará —dijo Lysander, de repente delante de ella y acariciando su sien. Era lo que había hecho siempre que ella había fracasado en llevarles alegría a sus custodios humanos. Ofrecerle consuelo. Siempre había querido lo mejor para ella, y claramente ahora, también. No era un hombre malo, y haría bien en recordarlo. Tal como había prometido, el oxígeno finalmente comenzó a filtrarse por su garganta y dentro de sus pulmones. El fuego se alivió, el hielo se derritió. La niebla se disipó. Agradecida, succionó una respiración tras respiración. —¿Podría Aeron haber hecho lo mismo por ti? —preguntó Lysander—. No, no contestes. Simplemente piensa en todo lo que te he dicho. Asintió con la cabeza. Era incapaz de hacer nada más. —Mantente preparada, dulce Olivia. Aeron podría muy bien ser herido así otra vez. Me temo que Rhea le ha dado a los Cazadores el agua de los cinco ríos del Reino de Hades. Olivia se estremeció. Tal agua usada como un arma significaba una muerte segura. Un sorbo, un toque, y adiós para siempre. Incluso el alma se marchitaba. La única manera de combatir el vil veneno era beber del Río de la Vida. Un río que ni siquiera sabía cómo encontrar. —Han estado haciendo sus propias balas y cada una de esas balas contiene una sola gota de esa agua. —Se retiró un pequeño frasco de su túnica—. Aeron necesita

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sólo una gota de éste para curarse. El resto escóndelo. Por si acaso. Úsalo con cuidado, sin embargo, cuando se acabe no recibirás más. ¿Río de la Vida? Con manos temblorosas, ella reclamó el vial. —Pero no pienses, ni por un momento, que esto le salvará después de que su cabeza sea cortada. Y lo será, Olivia. Un asesino vendrá. Su mirada cayó. Lysander la conocía bien, había estado pensando en ese asunto. No importaba. Negó con la cabeza, arrojando lejos su decepción y renovando su determinación. Simplemente encontraría otra manera. —Pensé que te referías a la petición al Consejo para él. —Y así lo haré. Conocemos los resultados que tal petición ejercerá. Él no lo tendrá. Fueron indulgentes contigo, ya que eres uno de nosotros. Él es un demonio. No habrá clemencia. ¿Podría decirle algo? —Me preocupas, Olivia. —Suspiró Lysander—. Te dejaré con tu tarea.

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CAPÍTULO 19

Gideon, guardián de Mentira, daba vueltas sobre la cama. Sus boxers estaban pegados a la piel empapada de sudor, con las manos vendadas, o la falta de ellas, latiendo dolorosamente. La sangre se había perlado sobre las vendas y todo lo que había sanado, eso no había ocurrido en las últimas semanas. ¿Unas cuantas antes o después? Estaba dormido, pero todavía consciente, lo cual era extraño como la mierda, y atrapado en la oscuridad más espesa que alguna vez hubiera atravesado. Una vez más extraño, si no técnicamente cierto. No para su demonio, en todo caso. La oscuridad dentro de la caja de Pandora había sido exactamente así, sofocante y enloquecedora. Algo que Mentira no había dejado de gritar al entrar en el extraño reino, gritos que se confundían con las capas de la oscuridad. Miles y miles de gritos discordantes, cada uno más torturado que el anterior. Arañar su salida resultó imposible. —Gideon. Gideon, amigo, despierta. Se supone que no debes dormir. Oyó la voz de Paris, quería obedecer, pero de nuevo, no podía. La oscuridad era demasiado empalagosa, enrollada en torno a él, sosteniéndole con fuerza, casi ahogándole. Y entonces se ahogó, perdiendo el hilo de la conciencia por completo. No podía respirar… La penumbra se separó, y tomó un ávido aliento, sólo para gatear retrocediendo. Oh, infiernos, no. ¡Araña! No te calmes, le dijo su demonio. ¡No te calmes! Jadeando, tratando de no chillar como un gatito, se pegó contra la pared. La monstruosa araña le siguió, esas ochocientas patas clavándose en el suelo, los ojos pequeños y brillantes prácticamente mirando en su alma. Enemigo, dijo Mentira. Lo que significaba, amigo.

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No lo creo. Mierda, mierda, mierda. Cada neurona que poseía, y todas se encontraban atrapadas en esa bruma-de-mierda de pánico, de repente le hicieron saber, con clarísimo detalle, que sería la cena de esa criatura. Prefería morir abrasado. Prefería ser ahorcado. Diablos, prefería ser destripado. —Seré tan apetitoso —dijo con desesperación. La verdad era que sabría como la mierda, pero entonces, ni siquiera en sus sueños podía decir lo que quería decir. Al menos, no lo creía. Nunca lo había probado. Y no lo haría. Las consecuencias podrían ser tan devastadoras como cuando lo hacía en la vida real. Dolor, dolor y más dolor. Los recuerdos de su último enredo con la verdad estaban frescos en su mente. Hacía unas semanas, le había dicho a un Cazador lo que sentía realmente, odio, y lo que quería hacerle realmente, dañar, mutilar, matar. Todo porque él, que podría detectar una mentira a unos pocos miles de kilómetros de distancia, había sido engañado al creer que Sabin, guardián de Duda, estaba muerto, asesinado a manos del Cazador. Tonto de él. Pero a medida que el dolor le atormentaba, había pensado qué es un poco más y se había ofrecido voluntariamente a la tortura para salvar a sus amigos de tener que soportarla. Ahí fue cuando perdió sus manos por una sierra para metales. Ahora eran muñones con un par de dedos. Incluso en sus sueños. Por lo tanto, no podría defenderse adecuadamente contra el Sr. Hambre, que todavía lo estaba mirando como si fuera un trozo de carne mientras tropezaba de un rincón de la habitación de sus sueños a otro. Los rincones se acercaban a él, reduciendo el espacio. Diablos. No. —¡Acércate! —¡Aléjate!—. Quieres hacer esto. —No quieres hacer esto. No te calmes, repetía Mentira. No había tiempo para analizar el extraño comportamiento de su demonio. Una de esas patas peludas le golpeó. La punta era afilada, como una cuchilla y le cortó en el muslo. Tal vez que esa punta había sido sumergida en veneno, ya que el escozor que estalló después le hizo caer de rodillas, causando que sus músculos bloquearan en sus huesos, casi partiéndole por la mitad. —Hazlo otra vez—jadeó. ¡Cállate, sólo cállate! Rara vez despreciaba a su demonio. Muchos días, incluso le gustaba el bastardo. Se alegraba de ser un soldado más fuerte, más duro por el pequeño diablo. Pero ahora no. Quería maldecir a esa condenada araña al infierno eterno. ¿Por qué tenía tanto miedo a las arañas?, no lo sabía. El miedo siempre se había limitado a estar ahí.

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Otro golpe de esa pata. Otro corte, esa vez en la espalda mientras trataba de girar alejándose del impacto. El escozor se dispersó con rapidez, sus músculos retorciéndose. Los huesos de su brazo se rompieron en ese momento. —Otra vez —repitió, la palabra saliendo como una flecha entre sus dientes apretados—, otra vez. ¡No te calmes! La araña se calmó, inclinando su repugnante cabeza hacia un lado. Vigilándole, estudiándolo. ¡Maldita sea! No podía alejarse, ahora estaba encerrado en este lugar. —¡Quédate! —¡Vete! El espesor de su aliento, golpeando contra las paredes demasiado cercanas, hacía eco. —¿Por qué dices lo contrario de lo que tu expresión me dice que quieres decir? La voz salió de la nada. O tal vez estaba hablando la araña. Aunque habría pensado que una araña tan fea sería macho, y esa voz había sido pura feminidad. Familiar en cierta manera. Suave, pero fuerte. Relájate, dijo esa voz. Mentira suspiró con satisfacción. —¡Quédate! —le gritó Gideon a la bestia. No sería conducido con engaños a la pasividad, como su demonio. Lentamente, muy lentamente, la araña se desvaneció, brillando fuera de la vista. Otro truco. Tienes que… Una mujer salió de las tiniebla resultantes. Era alta y delgada, con el negro pelo largo hasta los hombros que no tenía ni un solo rizo o indicio de onda. Había algo tan familiar en su rostro, como lo había habido en su voz. ¿Quién era ella? Tenía unos ojos como de terciopelo negro, una regia nariz y los labios tan rojos que eran como miles de diminutos pulidos rubíes que habían sido apretujados y cortados en un corazón. Tenía los pómulos bien definidos, con el mentón obstinado, pero por los dioses, era encantadora. Una reina guerrera. Su corazón continuó su frenético ritmo, incluso Mentira articuló otro de esos suspiros. El pánico lo abandonó, dejando tras de sí una fascinación al rojo vivo. ¿Un truco? ¡A quién le importaba! Su mente había utilizado sin duda sus más profundas fantasías para crearla. El sudor se secó en su cuerpo, y el hielo dejó su sangre mientras un consumidor fuego le traspasaba como lava, formando ampollas por todo lo que tocaba.

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Desesperado por extender su mano, tocarla, acariciar su rostro y pasar los dedos por su pelo. Para saber si era tan suave y sedoso como pensaba que sería. —¿Por qué dices lo contrario de lo que quieres decir? —preguntó ella de nuevo. —No lo sé —dijo. Lo que quería decir que lo sabía, de hecho, sabía la respuesta. Podría haber mentido en más detalles, permitiéndole a ella descifrar la verdad, pero un solo pensamiento le había detenido. ¿Y si ella era un señuelo, una hembra enviada para ayudar a destruirlo? ¿Eran ahora los Cazadores tan poderosos que podrían invadir los sueños? Posiblemente. Torin le había visitado antes y le había dicho que en Galen tenía un artefacto, que el traidor había unido con éxito al demonio de Desconfianza con una mujer de cabello oscuro y… ¿Una mujer de cabello oscuro? Se puso rígido. ¿Cómo la que estaba mirando? —Ven al calabozo —dijo ella—. Solo. —¿Quién no eres? —preguntó. —¿Quién no eres tú? —replicó ella. El silencio se deslizó entre ellos, y la cólera llenó esos oscuros ojos. La cólera y también esa revuelta curiosidad. —Ven al calabozo o traeré de vuelta a la araña. —Con eso, ella desapareció. Los párpados de Gideon se abrieron de golpe, su mente consciente propulsada de ese estado de sueño como si se hubiera montado en un cohete. —Gracias a los dioses —dijo un frenético Paris—. Por fin. Gideon estaba jadeando. A diferencia de su sueño, su sudor no se había secado. Se vertía por el, bañándolo. Como en su sueño, sin embargo, el brazo, el muslo y la espalda palpitaban, sangrando por donde habían sido cortados. —¿Qué pasó? —preguntó con voz temblorosa—. Pequeño, un bicho sin pelo… —Pesadilla, como me temía. La luz del sol poniente se colaba por la única ventana en su habitación, pero la luz del techo estaba encendida, iluminando a su amigo. El pelo de Paris era multicolor, y cada uno de los tonos lucía brillantemente. Tenía la piel pálida, sin embargo, mantenía el brillo de una perla. Ahora, Gideon podrían haber actuado como un gatito, ya que Paris se parecía a uno, pensó con los primeros hilos de humor regresando. —Te quedaste dormido antes de que pudiéramos decirte que no lo hicieras debido a nuestra nueva invitada.

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La muchacha. —¿Quién no es nuestra invitada? —Su nombre es Scarlet, y es un Señor del Inframundo. O Señora, supongo. ¿Realmente habían encontrado a uno de los eslabones perdidos y la habían traído aquí? —¿De quién no es guardiana? Se habría frotado una mano por la cara para eliminar los restos de sueño, pero no podía. Paris se dio cuenta de su necesidad y le secó los ojos con el borde de la manga. —Pesadillas, al parecer. Bonita cosa, si te gusta ponerte de mal humor, pero es evidente que ella está tan loca como los Cazadores. Pesadillas. Por alguna razón, la palabra por sí sola fue casi suficiente para darle a su demonio un orgasmo. Y Gideon, bueno, de pronto se preguntaba por qué la muchacha le había parecido tan familiar. Quédate, quédate, quédate, Mentira exigió dentro de su mente. —Olivia nos ayudó a capturarla, y está encerrada en el calabozo —continuó Paris. —Está herida, ¿verdad? —preguntó, arrojando sus debilitadas piernas por el borde de la cama. —¿Qué haces, hombre? Gideon logró ponerse de pie, balanceándose, pero por suerte no se cayó, su mirada pasó rápidamente por su cuerpo. Todavía llevaba los boxers, estaba sucio por el sudor y probablemente olía. No era vanidad lo que lo impulsó con paso inseguro hacia el baño, se dijo, sino un sentido de cortesía. No había razón para torturar a la chica, Scarlet, había afirmado Paris, cuando ella aún no había hecho nada malo. Bueno, más o menos. Sus heridas más recientes, chorreaban sangre por todo el limpio suelo. ¿Culpa de ella? Aeron, extraordinario limpiador de la casa, se enfadaría, una perspectiva que le hacía temblar los labios. Al menos, eso sería divertido ver. Aeron con una fregona. Un clásico. Todos los Señores se habían asignado tareas domésticas. Algo fantástico para sus amigos, claro, pero lo de Gideon era destacar como gorrón. Un título que había usado una vez con orgullo. Entonces Paris le había concienciado a ayudarle con las compras. Habían cogido turnos, cada uno iba a la tienda de comestibles una vez por semana, Paris, a principios de la semana y Gideon al final.

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Se preguntó si alguien más se había hecho cargo de la tarea desde su lesión y si era así, lo que tendría que hacer en lugar de eso una vez que se recuperara completamente. Probablemente ayudar a Aeron con el servicio de criada. Sus labios dejaron de temblar. —Bueno, ¿qué te ha hecho ella? —preguntó Paris avanzando hacia él y actuando como su muleta el resto del camino al baño. Una vez allí, Paris incluso abrió el agua. Muy caliente, como a Gideon le gustaba—. Mencionaste a un pequeño, bicho sin pelo, y tengo que decirte que no tengo ni idea de lo que eso significa. Con un poco más de ayuda, Gideon logró desnudarse. Dio un paso bajo el chorro. Nunca había sido modesto y sabía que Paris, que había estado con miles y miles de mujeres, e incluso ocasionalmente hombres con los años, no le importaría. Durante mucho tiempo, simplemente se quedó inmóvil, los talones apoyados en la pared frente a él, el brazo roto palpitando mientras el agua se vertía sobre él, quemando su cara y cuerpo. Entonces la muñeca buena fue capturada, su vendaje doblado hacia arriba y una barra de jabón colocada encima de ella. —No, gracias —murmuró él. ¿Cómo iba a ingeniárselas? —Vivirás —murmuró Paris de nuevo—. No contestaste a mi pregunta. ¿Qué te hizo ella con esos bichos? —Nada —dijo, queriendo contarlo todo. —Ya lo sé. Empieza a hablar. Mientras se frotaba él mismo con el jabón lo mejor que podía, teniendo en cuenta que estaba sin manos y reducido a usar sólo su brazo derecho, explicó en la forma de hablar de Gideon. Su significado fue claro, Despierta, llegué a la fiesta con mi bicho favorito, incluso sin tener que recurrir a la verdad. —Sabes lo que esto significa, ¿verdad? —preguntó Paris con gravedad. —Sí. —No. ¿Qué demonios? Su cerebro debía estar confuso. Todo lo que podía pensar era que Scarlet sabía cómo conjurar a los insectos, pero incluso, un niño de tres años de edad, podría haber averiguado eso a esas alturas. —Ella sabía lo que más te asustaba. La única conclusión lógica es que la mujer puede sentir nuestros miedos más profundos y nos los puede mostrar cuando estamos durmiendo. Por lo tanto, pesadillas. Genial. Exactamente lo que se había estado perdiendo en la vida. —No voy a hacerle una visita. Eso obtuvo un No, gracias de Mentira.

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—Espera. —Serás capaz de disuadirme de ello, así que no me callaría si fuera tú. —Le tomó un poco de tiempo, pero se las arregló para apagar el agua—. No me alcances una toalla. Paris gruñó y le lanzó una mullida toalla de baño. Gideon no atinó, sus protuberancias vendadas no eran suficientemente rápidas. Se inclinó y tras varios intentos, logró levantar el material. Su brazo palpitaba. ¡Estúpidos huesos rotos! Trató de secarse con la toalla, realmente lo intentó, pero no hizo muy buen trabajo. Finalmente Paris le arrebató la toalla y le palmeó para secarle. —Eres peor que un bebé, ¿lo sabías? —No me traigas un poco de ropa. Sacudiendo la cabeza, Paris desapareció en la habitación. Un cajón de la cómoda se abrió, se cerró de golpe, luego otro, y después volvió de nuevo al cuarto de baño, sosteniendo un par de pantalones cortos y una camiseta. Gideon había salido ya de la ducha. Podría haberse vestido, pero habría requerido el resto de su energía. —No voy a dejarte hacerlo. Otra sacudida de esa cabeza. —Si vas a pasarte a verla, por lo menos llévate algunas armas. —Paris tiró de la camiseta sobre su cabeza y le ayudó a pasar los brazos hasta el final. Sólo se encogió una vez. —Me gusta. —Seguro. Dioses, eso era vergonzoso. Estando tan indefenso. Su amigo era tan práctico al respecto, sin embargo, algo del escozor se alivió. Paris puso los ojos en blanco mientras sostenía los pantalones cortos para que Gideon diera un paso dentro. —Sólo porque está encerrada no quiere decir que sea inofensiva. Su mirada cayó intencionadamente en la herida aún sangrante en el muslo de Gideon. Gideon se encogió de hombros. —¿Podrías haber escogido algo más masculino para mí? —preguntó con disgusto mientras se miraba de arriba a abajo.

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Si esperaba impresionar a Scarlet, que no lo quería, se aseguró a sí mismo, fallaría. Una camiseta blanca demasiado pequeña para él y grises pantalones cortos de correr. Fabuloso. Paris se cruzó los brazos sobre el pecho. —¿Así que estás pensando en ir sin mí? —No. —Solo, había dicho ella. Si llevaba un amigo, ella podría sellar sus bonitos labios, y no lo toleraría. Quería respuestas, maldita sea. A saber: ¿cómo diablos le conocía? Tampoco se opondría a escucharla disculparse por cortarle. —Gideon —advirtió Paris. —Ella no está encerrada, ¿no? —Se dirigió pesadamente hacia el dormitorio, renunciando a su hombro—. Estaré en peligro todo el tiempo. —Frustrante como el culo. Bueno, pero ten cuidado —dijo Paris. —No lo haré. Después de dos sinuosos pasillos y un tramo de escaleras, tuvo que apoyarse contra la pared para mantenerse en pie. Por el camino, había despedido a varios de sus amigos, cada uno había intentado ayudarle a volver a su habitación. Les había ahuyentado tan amablemente como era posible. Ellos estaban preocupados por él, y los quería por ello. No era que alguna vez pudiera decírselo. Te odio, era lo mejor que podía hacer. Pero no retrocedería por ello. Se obligó a ponerse en movimiento. Cuando cruzó el umbral del calabozo, el aire cambió por completo. Ahora estaba sucio, embarrado de sangre, sudor e incluso orina. Los Cazadores habían sido torturados allí, una y otra vez. Cómo de asqueada debía estar la chica. Tal vez acurrucada en un rincón, temblando. Llorando. ¿Qué haría él si ese fuera el caso? Probablemente saldría corriendo y gritando, caviló. Lo único peor que las arañas eran las lágrimas femeninas. Enfrentándose con temor, giró en la esquina del final. Al fin ella apareció a la vista, y él se calmó. La conciencia le consumió. Lo primero que notó: No estaba llorando. Ni estaba asustada. Lo segundo: Era mucho más hermosa en persona de lo que había sido en su sueño. Se agarraba a los barrotes, esperando, con una expresión vacía. —Viniste —No parecía sorprendida, sino resignada. —No, no lo hice. Como si estuviera en trance, acortó la distancia entre ellos, el aroma de las flores nocturnas de repente llenaba su nariz. Respiró profundamente. Lo mismo hizo Mentira.

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Su mirada lo recorrió, midiéndole, catalogando cada uno de sus defectos. —Tal vez no deberías haberlo hecho. Una vez más le llamó la atención lo familiar que le parecía, su voz y su rostro, pero todavía no sabía dónde la había conocido. —No me digas por qué. Sus ojos negros se entornaron. —Dime que soy bonita. Engreída, ¿verdad? Pues bien, no conseguiría lo que quería de él. —Eres fea. Una parte de él esperaba que ella se horrorizara. No lo hizo. En esa misma voz resignada, dijo: —Dime que soy inteligente. —Eres una estúpida. Poco a poco sus labios se curvaron en una sonrisa. —Bueno, bueno, bueno. Mentira. Realmente eres tú. Por fin estamos juntos otra vez.

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CAPÍTULO 20

Una gota de agua golpeó los labios Aeron, fresca y hormigueante, antes de deslizarse sobre la lengua, cayendo por la garganta hasta el estómago, absorbiéndose allí, entonces entrando en su torrente sanguíneo y viajando a cada uno de sus órganos. En el momento del contacto, su corazón comenzó un latido perfecto, sus pulmones se llenaron de más oxígeno del que jamás habían tenido y su piel llegó a la temperatura ideal, ni demasiado caliente ni demasiado fría. Repentinamente podía oír el piar de los pájaros fuera de su ventana, el baile del viento tras la línea de árboles que rodeaban la fortaleza. Incluso podía oír a sus amigos en las habitaciones de encima y por debajo de él, discutiendo lo que debía hacerse con Scarlet, sobre los Cazadores y lamentando su enfermedad. Y la nariz… Respiró profundo, atrapando el olor de la corteza, las hojas cubiertas de rocío, sudor, el jabón de limón que Sabin usaba, la loción para después del afeitado de Paris y su favorito personal… cielo salvaje. Olivia. Olivia estaba allí con él. Quizá por eso Ira estaba ronroneando tan contento. Aeron levantó sus párpados, y de inmediato lamentó la acción. Tanta luz. La luz de los focos en el techo, la luz del cuarto de baño. Las paredes, que había pensado alguna vez que fueran en plateado claro con piedra desmenuzada, brillaban como si las piedras hubieran atrapado de alguna manera un arco iris. —Estás vivo —dijo Olivia con palpable alivio. Había algo diferente en su voz, pensó mientras su mirada la buscaba. Seguía siendo hermosa, mas ahora podía escuchar los matices sutiles, un bajo raspeo, elevada sensualidad, pero todavía diferentes. Estaba sentada en el borde de su cama, los ojos

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azul cielo mirando hacia abajo. Su pelo oscuro estaba enredado a su alrededor enmarcando la delicadeza de sus facciones. La túnica blanca que la había obligado a vestir sin importar cuánto tiempo la encortinara, libre de arrugas y suciedad. Su piel era… su aliento se quedó atrapado. Majestuosa. Esa era la única palabra para describirla. Majestuosa. No, no la única palabra. Perfecta, también. Podría estar mirándola durante horas, días. Para siempre. Era pura, blanca crema. Quería tocarla. Tenía que sentir lo suave que era. Lo cálida que era. Tenía que saber que estaba sana y entera y que había escapado sin sufrir daño. Escapar. La palabra le atormentó. Recordó que habían estado dentro de esa cripta, y que había recibido disparos. Había llevado a Pesadilla al cementerio, caído de rodillas, esperando a sus amigos, pero no recordó nada después de eso. Apretó las sábanas en sus puños. Las respuestas primero, después podía darse el gusto de un único toque. ¿Único? Concéntrate. —¿Qué sucedió? —Extraño. La voz de Olivia no era la única que había cambiado. La suya nunca había sonado tan suave o fuerte. Ella le ofreció una sonrisa temblorosa. —Pensamos que te habíamos perdido. Te dispararon y la bala fue rociada con veneno inmortal, matándote lentamente. Sí, eso tenía sentido. Una bala no le habría afectado de esa manera, pero esa le había debilitado insoportablemente. —¿Y cómo he llegado hasta aquí? —Paris y William llegaron y nos trajeron. —¿Algún problema? —¿Con los cazadores? —Negó con la cabeza, esa nube de cabello danzaba sobre los hombros—. Ninguno. Incluso recogimos a Gilly en el camino de regreso aquí, pero nunca los encontramos. Era sólo cuestión de tiempo, sin embargo. Tan cerca como estaban, y con el éxito de la posesión de su demonio, atacarían pronto. —¿Cómo está París? —Está bien, fuerte y encargándose de sí mismo ahora. O les había engañado a todos para que pensaran así. París era hábil en ocultar sus acciones, o la falta de ellas, detrás del humor y sonrisas. Lo más probable era que estuviera bebiendo ambrosía y descuidando las necesidades de su cuerpo.

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—¡No voy a decir eso! —dijo Olivia repentinamente. Aeron frunció el ceño. —¿Decir qué? —Lo siento. —Los hombros de ella cayeron—. La voz ha vuelto, diciéndome que le hiciera todo tipo de cosas a tu cuerpo. Le he llamado Tentación, y estoy bastante segura de que es un demonio. ¿Un demonio? Ninguno que él conociera, lo que podía significar que alguien más de los nombrados en los manuscritos se escondía en la ciudad. Sino ¿por qué atormentar a Olivia? ¿Y con pensamientos sexuales, de todas las cosas? Cualquiera que fuera la razón, no lo toleraría. Castigo, dijo Ira. Aeron se alegró de que el demonio se hubiera recuperado, también. Y sí. Quería castigar a los que los habían herido. Sólo tenía que… —Oh, no —dijo Olivia con un movimiento de su hermosa cabeza—. Puedo ver los pensamientos girando detrás de tus ojos. Nos preocuparemos por el demonio más tarde. Es irritante, eso es todo. Ahora mismo, estoy más preocupado por ti. Dulce, querida Olivia. Su protectora, algo que nunca había pensado que necesitaría. Algo que nunca había esperado que quisiera. Pero lo quería, desesperadamente. Lo necesitaba, sin duda. Sin embargo, tenía que convencerla para regresar a los cielos. En… ¿cuánto tiempo? Miró a la ventana, las cortinas separadas enmarcando una luna menguante. —¿Cuánto tiempo dormí? —La mayor parte del día y de la noche. Todavía estás desnudo, si no te habías dado cuenta. —Un rubor tiñó sus mejillas—. No es que eso sea importante ahora mismo. La mayor parte del día y de la noche. Lo que significaba que la mañana llegaría demasiado pronto. Lo que quería decir que tenía ocho días para convencer a Olivia de regresar a casa. Ocho días para salvarse a sí mismo y a Legión. Ocho días para resistirse a ella. No duraría. Un único toque no iba a ser suficiente, admitió eso ahora. Quería más. Tendría más. Más, se hizo eco Ira. Sí, más. No iba a detenerse. No esa vez. Egoísta por su parte, sí, pero egoísta sería. Podría haber muerto allí. Morir sin avisar. Sin saber lo que era hundirse dentro de ella, sintiéndola apretarse alrededor de su polla, arañando su espalda, jadeando su nombre.

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Cuando lo supiera, dejaría de preguntarse, dejaría de desear. Podría continuar como antes. Y ella habría tenido su diversión. Podía volver a casa satisfecha. ¿Egoísta? ¡Ja! Era un obsequiador. —¿Cómo me curé? —preguntó él. Mejor pregunta: ¿perdería el brío a medio camino? No quería que ella dejara esa cama hasta que alcanzara la cumbre dos veces. Por lo menos. Se lo debía. Su broma sobre su falta de destreza todavía picaba. La mirada de Olivia se apartó de él. —Un antídoto. ¿Por qué no podía mirarle a los ojos? —¿Un antídoto angelical? —Sí. —Señaló la ampolla azul brillante sobre su mesita de noche—. El agua del Río de la Vida. Una gota, y la muerte es ahuyentada. No era de extrañar que sus sentidos se hubieran intensificado. —Una vez que se nos acabe —continuó—, no recibiremos más. Lo que es una lástima. Lysander me dijo que los Cazadores tienen muchas, muchas más de esas balas envenenadas. —¿Cuánto tiempo durarán los efectos? Habría esperado que Ira echara humo al ser alimentado con una sustancia celestial. En lugar de eso, el demonio ronroneó un poco más fuerte, como si lo considerara un gran regalo. En un instante, Aeron creyó comprender. Legión representaba el infierno y Olivia el cielo. Lo último ya se lo había imaginado, pero lo primero… Ahora se daba cuenta que Ira había perdido su hogar. Ambos hogares. Los Altos Señores que una vez habían sido ángeles, Olivia había dicho, antes de caer del cielo. Hogar número uno. Y aterrizar en el infierno. Hogar número dos, aunque Ira no lo había considerado como tal hasta que lo comparó con la caja de Pandora. El cielo y el infierno, pensó otra vez, sin saber cómo se había perdido antes esa conexión. Olivia y Legión. Dos mitades de un todo, igual que lo eran él e Ira. Hablando de… —¿Dónde está Legión? —preguntó, mirando alrededor de la habitación buscándola. —William está distrayéndola, pero no estoy segura de cuánto tiempo durará. — Olivia trazó un dedo a lo largo de su esternón—. Tu ritmo cardíaco está mejorando. Es fuerte. Su piel se encendía donde se conectaban.

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Más. Sus orejas se crisparon al escuchar una conversación unas habitaciones por encima. Sabin y su grupo habían regresado del Templo del los Tácitos. Muchos de ellos resultaron heridos, pero estaban recuperándose. Tan pronto como estuvieran mejor, asaltarían El Refugio y destruirían a los Cazadores que residirían allí. Nadie iba a venir a ver cómo estaba, así que, no había nada que Aeron pudiera hacer por el momento. Excepto Olivia. —Como has señalado, todavía estoy desnudo —se encontró diciendo—. ¿Estás preparada para divertirte? Primero, su mandíbula cayó. Luego la cerró con un chasquido. Después cayó otra vez. No dispuesto a esperar que se adaptara a sus intenciones, ningún tiempo más de espera, Aeron extendió la mano y ahuecó la base de su cuello, atrayéndola hacia abajo hasta que estuvo prácticamente encima de él. Su aliento se detuvo, y la suavidad de sus pechos presionó en el pecho. Sí, tendría a esa mujer. Esos pechos también. El dulce punto esperanzadoramente húmedo por él, incluso ahora, definitivamente. —¿Qué… qué estás haciendo? —La entrecortada pregunta calentó su cuerpo y alma, porque había deseo en cada palabra. —Tomarte. Al fin. Levantó la cabeza y encajó sus labios juntos. Ella no se resistió, ni siquiera por un momento. No, se abrió para él, reuniendo su lengua con la de él. Podía saborear la frescura del agua que ella le había dado, así como la canela de su aliento. Las manos temblorosas aplanadas en él, y su corazón aumentó en velocidad, compitiendo por encontrarse. Su piel estaba caliente y no cálida, y lo quemaban a la perfección. Los sedosos rizos le hicieron cosquillas. Ancló su mano libre bajo su trasero y tiró de ella el resto del camino encima de él. Sus cuerpos se ajustaron conjuntamente, sus piernas se abrieron automáticamente, acunándole a la perfección. Él gimió. Sí… sí… ¡Sí! Ira estuvo de acuerdo. —No —jadeó ella, y se retorció apartándose. Incluso gateó desde la cama y se puso en pie sobre las temblorosas piernas, casi cayéndole encima. Tanto él como el demonio quisieron rugir. En su lugar, Aeron reacomodó su peso sobre los codos y la observó. Calma.

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—Me deseas. Lo sé. —Dioses, podía oler su excitación en ese momento, su intoxicante almizcle femenino. —Sí, pero no te permitiré despertar mis pasiones y luego dejarme antes de que pueda terminar. —Apretó la túnica en un puño, acumulando la tela inadvertidamente y mostrando un indicio de esas hermosas pantorrillas. Pantorrillas que él lamería. —Olivia, yo… —No —dijo de nuevo, girando para apartarse. Dos veces se tropezó con sus propios pies cuando se dirigió a su tocador. Allí, apoyó los codos en la superficie y se sostuvo la cabeza entre las manos—. No puedo soportarlo. ¿Estaba llorando…? Aeron se tragó el repentino nudo de la garganta y se levantó. Eso no. Cualquier cosa menos eso. Estaba tan desnudo como ella había prometido, su erección ondeando con orgullo. —Te deseo. No voy a negárnoslo otra vez. Esto te lo juro, Olivia. —¡Oh, cállate! Parpadeó. ¿No estaba haciendo ningún progreso, entonces? ¿Y si sus acciones lo habían echado todo a perder? —Márcame —era todo lo que se le ocurrió decir. Con un beso. Por favor. —No —murmuró—. La voz. Tentación. Quiere que me levante la túnica y muestre que no llevo nada debajo. ¿No lo quería ella también? Aeron se humedeció los labios y se acercó. Nada, ni siquiera una de las bombas de los Cazadores, podría haberle mantenido alejado después de saber eso. —Voy a averiguarlo por mí mismo. Olivia se quedó sin aliento cuando él puso sus ahora temblorosas manos en sus caderas. Su cabeza se alzó y se retorció para mirar hacia él. Sus ojos eran enormes, llorosos, y su corazón se sacudió en su pecho. —¿Qué… qué estás haciendo? —Averiguarlo, como te dije. —Primero jugó con sus pechos, ahuecándolos, tamborileando los pezones, hasta que ella tembló. Luego se dejó caer de rodillas, sus manos sin dejar nunca su delicioso cuerpo, sino deslizándose hacia abajo—. Querías divertirte, así que te doy diversión. —No… no hagas esto si vas a detenerte a mitad de camino. He pasado por mucho en los últimos días y yo…

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—No lo haré. —El olor de su excitación era más fuerte, una noche bochornosa que quería perderse en su interior—. Nada podrá detenerme ahora, ángel. Nada. Lentamente, muy lentamente, levantó el dobladillo de la túnica. Ni una sola vez ella protestó, ni siquiera cuando la piel de gallina brotó a lo largo de sus piernas. Sus suaves, firmes piernas, una mezcla de miel y vainilla. Cuando reveló su trasero y vio que no llevaba bragas, su polla se sacudió reaccionando. Hermoso. Incluso sus alas le dolieron desde el interior de las rendijas. Mía. En realidad, es mía. Apiñó el material alrededor de la cintura, manteniéndola prisionera contra la cómoda y dejando la parte inferior del cuerpo desnudo. La ahuecó, extendiendo los dedos por las deliciosas mejillas. Una vez más ella se quedó sin aliento. Entre cada uno de sus dedos, depositó un beso. —¿Más? —preguntó él. —Sí —dijeron ella e Ira al unísono. La besó en la parte inferior y se encontró con la más suave piel que la Deidad, su Deidad ahora, también, porque se dio cuenta que siempre adoraría al responsable de crearla, probablemente jamás hubiera creado. —Aeron —dijo ella en otro de esos etéreos agarres. —Abre las piernas para mí. —Agarró los muslos y los acompañó en la acción, incluso empujó los pies separándolos con las rodillas. Su sangre era como fuego, su necesidad afilándose hasta un punto de cortar—. Ahora inclínate. Todo lo que puedas. Sólo hubo una pequeña pausa antes de que ella accediera. Por un momento, sólo un momento, lo único que podía hacer era mirarla. Tan bonita. Tan dulce. Tan sonrosada. Tan húmeda. Para él y sólo para él. Incluso la idea de compartir con su (una vez más ronroneante) demonio era aborrecible. Pero lo haría. Tomaría a esa mujer de cualquier manera que pudiera conseguirla. —Voy a saborearte ahora. Inclinó la cabeza y la tomó completamente, oyendo a lo lejos una palmada de carne sobre la madera. —¡Aeron! Su mirada se levantó. Ella había acomodado sus manos sobre el espejo frente de ella y aplanado su sien en el tocador. Sus párpados estaban apretados, su respiración poco profunda y sus dientes mordisqueando sus labios. —No… pares —le rogó ella.

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No lo hizo. Deslizó la lengua por su feminidad otra vez, demorándose en su clítoris, dándole golpecitos, chupándolo. Eso era ambrosía. Ella. Suave y sexy… suya. Aceptando lo que le hacía, gustándole. Aunque quería abrasarla, no se permitió apresurarse. Había tomado ese camino con ella antes. Esa vez, iba a saborearla. Esa vez, iba a aprender todo acerca de ese hermoso cuerpo. —Voy a… Aeron… —Buena chica. Movió la lengua más rápido, más duro contra ella. Sus caderas se arquearon hacia delante y hacia atrás y cuando encontró su apertura, empujó profundamente en el interior. Ella gritó, estremeciéndose con su liberación. No sabía cuánto tiempo, minutos, horas, días, habían pasado antes de que ella se calmara lo suficiente para que él pudiera inclinarse y besar, y lamer, las pantorrillas que había admirado antes de levantarse y rendir el adecuado homenaje a la parte baja de su espalda. Había dos surcos, y mientras arremolinaba su lengua en ellos, sus manos se deslizaron subiendo… subiendo… y le ahuecó los pechos de la manera que sabía que a ella le gustaba. Ambos pezones estaban todavía gloriosamente duros, como pequeñas perlas, y los hizo rodar entre sus dedos. Más. —Estoy lista —dijo Olivia entre jadeos—. Ven a mi interior. —Todavía no. —Estaba húmeda, sí, pero quería que goteara. La quería más que preparada. Era virgen, y se lo haría lo más fácil posible para ella. Su primera vez había sido con una diosa menor griega. Una de las tres Furias. Megaera, “la celosa”, como había sido llamada a menudo. Su modo de amar había sido violento y doloroso, y aún otra razón por la cual había evitado siempre a las mujeres que preferían una mano fuerte de sus amantes. Con Olivia, sin embargo, no era que prefiriese a las mujeres suaves sobre las salvajes, o a las mujeres salvajes sobre las suaves. Era que prefería a Olivia. Mientras se levantaba, trazaba su lengua sobre las cordilleras de su columna, tenía cicatrices donde debían haber estado sus alas, y, las besó, también, lavándolas con sus atenciones, todo eso mientras deslizaba su túnica sobre su cabeza. El sedoso pelo cayó en cascada por los hombros y espalda, incluso ocultando sus pechos de la vista del espejo. Tenía que ver esos pechos, pensó, apartando el pelo a un lado. A través del cristal, esos escarchados pezones surgieron a la vista. Los pellizcó, y ella dejó caer la cabeza sobre su hombro, cerrando los ojos hasta media asta. La longitud gruesa de su erección presionada entre el trasero, desesperado por el contacto, y siseó entre dientes.

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No habría más si seguía saboreando eso. Abajo, la mano fue hacia abajo, hasta que alcanzó la cima de sus muslos. Sus dedos excavaron a través del fino penacho de oscuros rizos y en ese caliente, húmedo montículo. Uno, dos, los empujó dentro de ella. Ambos gimieron. Aeron le dio un beso en la curva de su cuello, mirándose todo el tiempo. Qué espectáculo que eran. Su cuerpo tatuado de oscuro detrás de ella. Su tono más suave, una nube tintada retorciéndose ante él. Con mucho, la visión más erótica que había visto nunca. No. Espera. Sus brazos se remontaron, con una mano le agarró la cabeza para bajarla en ángulo por un beso, la otra le estrechó el culo. Esa fue la visión más erótica que había visto nunca. —Estoy lista, te lo juro. Casi… casi… Introdujo un tercer dedo dentro de ella, estirándola, extendiendo esa brillante humedad. Y cuando se encontró con la prueba de su virginidad, se detuvo, deleitándose en el sentido de posesividad inundándole, mía, toda mía, y entonces amablemente se abrió paso. Mía. Un grito de Ira. Mía. Una insistencia. Ella se puso tensa, incluso calmada contra su boca. —Aeron. Prefería hacerle daño con los dedos que con su polla. —Lo siento. Dolor. Sentir bien. Lo juro. Sonaba como un hombre de Neandertal, pero no podía formar oraciones correctas. Olivia era suya. Completamente suya. Su mente estaba atrapada en ese hecho, y sólo en eso. Cuando ella se relajó, él reclamó su boca, jugando con su lengua, alimentándose de su beso, y pronto empezó a retorcerse en su contra una vez más, perdida en el placer. Pronto estaba goteando, como él había anhelado. Ahora estaba lista. A pesar de que odiaba soltarla, incluso por un momento, lo hizo para agarrar su polla. La palpitante longitud prácticamente saltó por su toque, con hambre de más, mucho más, tanto que temió derramarse en el primer contacto. Distracción. Se mordió la lengua hasta que probó la sangre, y la hirviente necesidad fue templada.

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Logrado. Con ternura, empujó a Olivia de nuevo sobre la cómoda con la mano libre, el pecho contra la madera, entonces, equilibró la punta de su erección en su apertura. —¿Aún preparada? —Ahora, Aeron. ¡Hazlo ahora! Centímetro a centímetro, se condujo a su interior, permitiéndole acostumbrarse a su tamaño antes de darle más. Todo el tiempo ella jadeaba, gemía y le rogaba. Ira, también. Finalmente, estuvo dentro hasta la empuñadura, con los ojos ofuscándose con la fuerza de su necesidad por golpear y golpear y nunca parar. —Aeron —gimió, y sabía que era otro ruego. La sacó, casi del todo, antes de volver a hundirse dentro. Dejó escapar una maldición, ella había arqueado sus caderas hasta encontrarle, y el pensamiento racional huyó, algo dentro de él se rompió. Una correa de algún tipo. Una correa de su freno. Así como así, se perdió. Perdido el control, perdido quién era, perdió todo excepto la necesidad de llenar a esa mujer con todo lo que era. Dentro y fuera golpeó en su interior, tal como había deseado. Decidido, conducido, poseído por mucho más que un demonio. Estaba agarrando sus caderas, probablemente magullándola, seguramente aplastando sus huesos, pero no podía evitarlo. Era salvaje, fiero, existía sólo para ese momento. Esa mujer. En ese momento, ella era su todo. Era tan parte de él como Ira. No podría vivir sin ella. No viviría sin ella. —Aeron. —Ya no jadeaba, gritaba—. No pares, no pares, no te atrevas a parar. Más. ¡Más! En su mente, una sola palabra se hizo eco. Mía. Mía, mía, mía. Lo había oído mil veces antes, pero ahora lo estaba gritando: ¡Mía, mía, mía!, y el sonido estaba llenando sus oídos, corriendo a través de él, calentándole otro grado, marcándole, destruyendo quien había sido, lo que había sido, y luego construyéndolo, en algo nuevo, fino y recto, en el hombre que siempre había querido ser. Su hombre. Y fue entonces cuando mía se desvaneció y otra palabra tomó su lugar, más fuerte, mucho más necesaria. Tuyo. Quería pertenecerle, ser de ella. Para ser todo lo que alguna vez hubiera soñado, para cumplir cada deseo que alguna vez hubiera tenido. —Aeron —dijo sin aliento. Tuyo. Tendría que haberlo visto venir, debería haber sabido lo que ella estaba empezando a significar para él, pero su resistencia le había cegado. Ahora, reducido a su yo más bajo, estaba en carne viva, vulnerable, operando a un nivel visceral. Era suya, y él era de ella.

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Separó más sus piernas y ella cayó un poco, profundizando en sus empujes. La brecha de la cómoda le permitió rodearla para alcanzarla y acariciarla donde necesitaba. Con un grito, ella erupcionó, y cuando esas exuberantes paredes interiores le aferraron, Aeron se precipitó sobre el borde, la semilla caliente lanzada a chorro dentro de ella. —Aeron —gritó ella. Tuyo. Se derrumbó sobre ella, jadeante, y se dio cuenta que había un fallo en su plan de sólo una vez. Una vez nunca sería suficiente. No para él, y no para su demonio. Necesitaban más, posiblemente no podrían estar satisfechos hasta que la hubieran tomado de todas las maneras imaginables. Y podrían. Podría. Sin temor. Había perdido el control, pero Ira no la había atacado. Había perdido el control, pero no la había herido. Ella había sido irresistible antes, pero ahora… Necesitaba estar con ella o su vida no estaría completa. Necesitaba hacer el amor con ella todas las noches y despertar cada mañana, para hacer el amor otra vez. Tenía que mimarla y darle lo que deseaba. Como diversión. Como alegría. Como pasión. Como a él. —Olivia —dijo, las sílabas quebrándose, pero aún así una promesa suya, una promesa para todos los más que deseara. ¿Para siempre? ¿Qué estás haciendo? ¿En qué piensas? No puedes hacer esto. El pecho escurridizo por el sudor presionó su espalda, y se obligó a alzarse. Ira gimió. —Aeron —dijo ella. Luego—. ¡Aeron! No, ese último grito no había pertenecido a Olivia. Se giró, al igual que su ángel, y se tensaron al mismo tiempo. William y una bonita rubia, Legión, se recordó, sorprendido de nuevo por el cambio en ella, estaban en la puerta abierta. Aeron sacó a sus alas de su escondite y las envolvió en torno a Olivia, escudándola de la vista. Mientras tanto, William retuvo al demonio humanoide, aunque tan fuerte como él era, ella lo estaba arrastrando hacia adelante, su asesina mirada fija en el ángel.

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CAPÍTULO 21

Olivia no podía creer lo que acababa de suceder con Aeron, ni lo que estaba sucediendo con Legión ahora. Desnudez. Sexo. Placer. Felicidad. Esperanza. Todo junto. Temblando, se agachó a recoger su túnica y tiró la tela sobre su cabeza. Afortunadamente, las alas de Aeron la mantuvieron oculta todo el tiempo. Cómo le hubiera gustado tener su resplandor. Para descubrir si Aeron estaba tan afectado como ella se sentía. El sexo era… mucho más de lo que nunca hubiera podido imaginar, y había imaginado mucho, después del primer orgasmo que él le había regalado. El placer, la satisfacción, el poder de saber que estaba conduciendo a alguien fuera de sí mismo. La cercanía, el compartir, el dar, el tomar. Cada minuto era un milagro. Había vivido durante siglos. ¿Por qué no había estado haciendo eso durante todo ese tiempo? Aunque, sospechaba que no sería lo mismo con cualquier otro hombre. Sólo con Aeron. Su Aeron. El hombre que le causaba dolor… su sueño. Los chillidos agudos y alterados de Legión la regresaron al presente. —¡Perra! ¡Puta! ¡Te voy a matar! Tentación burbujeó dentro de la cabeza de Olivia. Había estado silencioso durante el acto, después de haber conseguido lo que quería. ¿Por qué había regresado? William aún tenía control sobre Legión, pero su agarre podría fallar en cualquier momento. Olivia esperaba que así fuera. Alguien tenía que poner en su lugar a Legión y estaría más que encantada de hacerlo. Quería su resplandor ¡maldita sea! —Vístete —le dijo Olivia a Aeron, odiando que otra mujer, especialmente esa, lo viera así. Todos esos tatuajes deberían ser suyos, y sólo de ella, para admirarlos. Visualmente o de otra manera. Deseaba poder lamerlos.

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La próxima vez. ¿Habría una próxima vez? Su expresión era dura, ilegible, cuando él se metió en sus pantalones y los ató a su cintura. Debido a que sus alas se habían expandido, no podía ponerse la camisa. Al menos lo había impulsado a vestirse en el acto. Él caminó hacia adelante y envolvió a Legión por la cintura para asentarla en su costado como un saco de patatas. La agitación de la demonio nunca cedió. —¡Suéltame! ¡Déjame ir por ella! —Puedes irte —le dijo Aeron a William—. Yo me encargaré de esto. Había cortes en el rostro y los brazos de William, y todos sangraban. El guerrero asintió con la cabeza, sus labios contorsionados de diversión. —Buena suerte, amigo mío. Ah, y para que lo sepas, han convocado una reunión. Sala de entrenamiento, en diez minutos. —Con eso se dirigió al pasillo, cerrando la puerta tras él y silbando por lo bajo. Aeron llevó su bulto hacia la cama y lo tiró sobre el colchón. Ella rebotó arriba y abajo y trató de trepar fuera, su mirada aún cerrada y cargada contra Olivia. —Quieta —ladró él. Legión se quedó inmóvil, mirando hacia él, hasta que evidentemente el sentido de su propia auto conservación se arraigó en ella e hizo que suavizara sus facciones. Sin embargo, el sentido de auto conservación fue rápidamente seguido por la determinación, y se instaló en el borde de la cama, con los codos detrás de ella, los pechos empujando hacia delante y las piernas sobre el suelo extendidas y listas para envolverse alrededor de él. —¿Quieres unirte a mí? —preguntó ella con voz ronca. Oh, no, ella no lo había hecho, el temperamento de Olivia se encendió cuando gritó su propia negación. ¡Suficiente! Se abalanzó hacia adelante, pasó a Aeron sin decir palabra, y se detuvo frente a Legión. Antes de que ninguno de ellos supiera lo que iba a hacer, golpeó a Legión en la boca. La cabeza de Legión giró hacia un lado, partiendo su labio inferior, que ya comenzaba a sangrar. Los nudillos de Olivia ardían, pero le dio la bienvenida al ardor. Trata de besarlo ahora. Manos duras y calientes se asentaron sobre sus hombros y le dieron la vuelta. Aeron no la estaba mirando a ella, sino que miraba por encima de su hombro a Legión. —Quédate ahí. La orden fue recibida con un gruñido, pero Legión obedeció.

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Aeron finalmente posó su mirada sobre ella. La sorpresa comenzaba a girar en esos hermosos lirios violetas, disipando la furia. —Nunca creí que tuviera que decirte que te comportaras. Ella levantó la barbilla. —No voy a soportar que diga cosas tan viles. —No tendrás que hacerlo. —Una vez más su mirada se trasladó hacia Legión—. ¿Entendido? El apoyo la sorprendió. ¿Estaba él… acaso eligiéndola sobre Legión? Por un momento, Olivia no podía respirar. Apenas podía mantenerse en pie. Sin embargo, no tenía tiempo de disfrutar de esa maravillosa sensación. Aeron se movió alrededor de ella como si ya la hubiera olvidado y se agachó frente a Legión. —No hay necesidad de herir a mí… al ángel. Te quiero —dijo—. Lo sabes. —Su tono ahora era suave, cuidadoso—. Dime que lo sabes. —Lo sé. —Todo el enojo había también sido drenado de Legión, levantó la mano y le ahuecó la mandíbula, tirando de él hacia abajo para un beso—. También te quiero. Aeron se quitó sus manos de encima con un tirón suave pero firme. —No te amo de esa manera. Te quiero como a una hija. Dime que sabes eso. Primero la ira se restableció en las facciones de la demonio. Luego el shock. Entonces el miedo. Todo en el lapso de un segundo. Su barbilla temblaba y lágrimas de absoluta miseria llenaron sus ojos. —Pero soy bonita. —Ya lo eras antes. Pero eso no va a cambiar en nada lo que siento. Legión sacudió su cabeza en negación. —No. Tienes que estar conmigo. Tienes que… —Eso no va a suceder, bebé. Varias gotas se escaparon, rodando por sus mejillas. —¿Esto es… esto es por el ángel? —Olivia no tiene nada que ver con lo que siento por ti. Olivia pronto deseó estar en algún lugar, cualquier otro lugar. No debía estar allí. No debía ser testigo de ese momento privado. Sí, eso es lo que haría. Iría a cualquier otro lugar. Con las rodillas golpeando entre sí, caminó hacia la puerta. Alto. ¿A dónde vas? Tentación. ¿Cuándo la dejaría ese demonio en paz? —Estás mintiendo —escupió Legión—. Tú la amas. Su mano se congeló en el pomo.

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Silencio. La respuesta… tenía que saber. Entonces… —Legión —dijo Aeron con un suspiro. La decepción atragantó a Olivia, aún así no podía encontrar la fuerza para salir. Tal vez él… —No puedes amarla —gritó la demonio—. Tienes que amarme a mí. —Te quiero. Ya te lo dije. Aprieta el estómago... Díselo. Di las palabras. —¡No! Tienes que amarme como a una mujer, tienen que encontrar placer en mi cuerpo. De lo contrario… —¿De lo contrario? —preguntó él con dureza. Olivia se tensó. Oh, Deidad. El chantaje. Había olvidado el trueque que Legión había hecho con Lucifer. Miedo, tenía tanto miedo. Se dio la vuelta y apoyó su espalda sobre la madera, temblando. Eso, más que cualquier otra declaración, tenía que oírlo. —Díselo —ordenó ella—. Merece saberlo. —Dímelo —repitió Aeron. Legión tragó saliva. —Si fallo en seducirte en ocho días, Lucifer… él… él poseerá mi nuevo cuerpo y lo usará para matarte a ti y a tus amigos. No. ¡No! La mirada de Aeron voló rápidamente a Olivia, sin saber, sin comprende la confesión de Legión. —Físicamente no puede abandonar el infierno. No puede… —Puede. Si la posee, puede hacer cualquier cosa —chilló Olivia, sus manos cerrándose sobre su garganta. El horror no duró mucho. La sangre fría en sus venas, adormecía esa emoción. Había estado tan cerca del paraíso, sólo para ser arrojada en el infierno—. Puede procrear con cualquier persona de su elección, asumir el control de los Cazadores, influir en los seres humanos y volverlos en tu contra. Incluso puede entrar al reino de los ángeles y masacrar a mi gente. La columna de Aeron se puso rígida como el acero. —¿Por qué querría hacer algo de eso? —¿Por qué otra cosa? Poder. Libertad. Rencor. Desprecia a todos los ángeles. Se suponía que debían seguirlo al caer, pero eligieron quedarse con la Única Verdadera Deidad. Su destrucción es lo que Lucifer más anhela. Con los demonios de los Señores vagando por la tierra, tendrá la mejor oportunidad para ello.

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Basta de tonterías. Cállate, demandó Tentación. Olivia lo ignoró, sólo para abrir y cerrar en desconcierto, un momento después. Él. Ella se había dado cuenta que la voz pertenecía a un varón, y que ese varón ahora quería que Aeron ganara, y más específicamente, que Legión fracasara. Ese varón quería evitar que Legión lograra convencer a Aeron para acostarse con ella. No era un demonio, después de todo. Lucifer, se dio cuenta. Lucifer era su Tentación. No tenía que dejar el infierno para emitir su voz a cualquier lugar o susurrar a una persona en particular. Sólo tenía que conectarse a un alma abierta a la corrupción. Adiós, adiós, bendecido entumecimiento. El horror volvió, junto con el miedo, todo mezclado con la vergüenza. ¿Cómo no podía haberlo sabido? ¿Cómo pudo perder de vista la verdad? Ángel estúpido. —¿Por qué hiciste tal trato? —demandó él. Las lágrimas seguían fluyendo por las mejillas de Legión. —Quería ser bonita. Ser lo que tú necesitabas. Pensé que si te conseguía, te olvidarías del ángel. Pensé que te haría feliz. Aeron restregó una mano por su rostro, raspando con las uñas, dejando manchas rojas. —¿Tienes idea de lo que has hecho? ¿Tienes idea de lo que has puesto en marcha? Legión asintió con la cabeza, su barbilla temblorosa. —Lo siento. Lo siento mucho. Hizo una pausa y luego un triste: —También yo. Con esas palabras, Olivia lo supo. Lo sabía. Él había tomado una decisión. Aeron dormiría con Legión. Entraría en su cuerpo de la misma manera que había entrado en el de Olivia. Para salvar a su pequeña demonio de la posesión. Para mantener a sus amigos a salvo de Lucifer. Para evitar que los Cazadores se hicieran con la victoria. Las lágrimas llenaron sus ojos, pero parpadeó para echarlas atrás. Con ese acto, Aeron demostraría que lo que había hecho con Olivia no significaba nada. Con ese acto, ella se iría. Él debía saber que se iría. ¿Ese conocimiento haría la decisión más fácil para él? Se preguntó con una amarga sonrisa. De ninguna manera podía quedarse allí, sabiendo que él se metería en la cama con otra mujer. No importaba la razón.

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Al parecer, Olivia tenía su propia decisión que tomar. Se iría, no había más preguntas para eso. Pero, ¿volvería a los cielos, posiblemente salvando la vida de Aeron, o se iría a otra parte de la tierra? Ahora, los más probable era, ¿cómo podría regresar a casa? Cambió de opinión, los humanos importaban de todas maneras. Sería miserable ahí arriba, incapaz de llevar felicidad a nadie, menos aún a sí misma. Sería inútil. Si cambiaba de opinión, ya no podría volver a caer. No, sería condenada a muerte o echada al infierno para siempre. No había otra opción para un ángel que se había perdido en el camino dos veces. Pero ¿cómo podría permanecer allí y vivir consigo misma, sabiendo que había podido salvar a Aeron y no lo había hecho? ¿A pesar de que salvarlo significaba que debía dejarlo estar con otra mujer? ¿Era realmente tan desinteresada? No, no lo era. Debería haberlo matado cuando tuvo la oportunidad y haber salvado a cada una de ellos de ese dolor. Una risa amarga comenzó a resonar en su cabeza y se le escapó. Aeron se levantó, tieso y descoordinado. —Tenemos un poco de tiempo. No tenemos que tomar esa decisión ahora mismo. Así que, no tenía la intención de dormir con Legión en ese momento. Al menos, eso fue un pequeño consuelo. —Gracias —dijo Legión, agradecida, satisfecha y avergonzada al mismo tiempo—. Te lo prometo. Yo no… Él se volvió, interrumpiéndola, y Olivia se lo comió con la mirada. Su belleza masculina, su poder. No, no era tan desinteresada, pero estaba enamorada, se dio cuenta. El amor. La palabra hizo eco en su mente. Lo amaba. Total, entera, plena y completamente. Era la razón por la cual su corazón latía, la fuente de su energía. Moriría por él. Era tan fuerte y valiente, fiero y cuidadoso. Se daba, sin interesarse por sí mismo. ¿Cómo podría no amarlo? Se quedaría con él hasta que se acostara con Legión. Entonces… entonces regresaría a los cielos. Se aseguraría de que Lysander cumpliera con su parte del trato y pidiera por la vida de Aeron al Consejo. Aún así. Eso no garantizaría su cooperación. Bueno, entonces sólo tenía que encontrar otra manera. Qué diferencia haría unos días más, pensó con tristeza. Había ido allí resignada a que la muerte de Aeron estaba próxima, feliz por el tiempo que podrían tener y determinada a disfrutar de la experiencia como una humana lo haría. Sin embargo,

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había pasado tiempo con el guerrero, y todo había cambiado. Ya no podía soportar la idea de la muerte de él. De que su fuerza y coraje fueran extinguidos. —No te preocupes, Aeron —dijo, encuadrando los hombros—. Pronto me iré, tú y Legión estareis a salvo —prometió desde su alma. Legión se asombró con su respuesta. Lucifer chilló un sonido profano en su cabeza. Los labios de Aeron se estiraron en una mueca, sus dientes apretados, sus ojos rojos, brillando. Los ojos de un demonio. —Dije que tenemos tiempo. No tenemos que preocuparnos por esto ahora. Por lo tanto, te quedarás. Ahora basta de esto, tengo una reunión a la que acudir. Voy a dejaros a las dos aquí, espero que os comportéis. ¿Entendido? No os gustará lo que ocurrirá si os lastimais la una a la otra, lo prometo. —No esperó sus respuestas para salir de la habitación. A diferencia de William, no cerró suavemente la puerta detrás de sí. La hizo sonar, y los cuadros en las paredes vibraron. Después de todo, ella agonizó sobre ello, se dio cuenta y decidió, un poco de compasión –y un beso de despedida- no habría estado mal. —Bueno —dijo Olivia, perdida. Todavía le dolía por la posesión de Aeron. Aún sentía la humedad que él había dejado atrás. Sin embargo, pronto estaría con esa mujer como había estado con ella. —No me quedaré aquí contigo —arremetió Legión. —Ya somos dos. Me voy. Riendo, Legión se sacudió para levantarse. —¿Ya te vas a los cielos? —Aún no. Voy a escuchar lo que se diga en la reunión. Su sonrisa se desvaneció, pero su mirada fue hacia la puerta. —Tus oídos probablemente son tan débiles, que necesitarás a alguien para interpretar sus murmullos. No respondió esperando odiar a la mujer, pero no podía. El odio requería energía, y no le quedaba nada de sobra. Además, esa mujer habría podido ser su hijastra si las cosas hubieran progresado como había querido. Pero más que eso, Legión había hecho lo necesario para ganarle a su hombre. Al igual que Olivia lo había hecho. Sólo que Legión había ganado.

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Era agradable estar en casa, pensó Strider, mirando alrededor de la sala de entrenamiento. A todos los hombres y mujeres reunidos allí. Los tres mil de ellos, al parecer. Excepto por Gideon, quién, de acuerdo con las gallinas chismosas y William, el gallo chismoso, como felizmente le solía decir, estaba en la cárcel haciendo amablemente del nuevo prisionero. Los guerreros, con sus grandes y duros cuerpos, parecían consumir cada pulgada del espacio, saturando el aire con testosterona. Las mujeres encaramadas sobre los sofás y las sillas, obligando a los hombres a permanecer de pie contra la pared. Los que no, estaban ocupados haciendo otra cosa. Lucien y Sabin estaban jugando una partida de billar y hablando entre sí, probablemente tratando de arreglar las cosas antes de hablar con el grupo. William estaba delante de la televisión, jugando un videojuego. Aeron y Paris estaban en el rincón más alejado, y pasándose una botella de ida y vuelta. Ambos se veían miserables. Especialmente Aeron. Su expresión estaba tallada en granito, lívido granito, y sus tatuajes se marcaban contra su pálida piel. Y sus ojos… eran el infierno. Estaban rojos como su demonio. ¿Aún no se había curado de la bala envenenada? ¿O era por algo más personal? Strider había estado en casa sólo por un día, pero ya había oído de los problemas del hombre con su ángel, de tres fuentes diferentes. Cameo, Kaia y Legión, una increíble mejorada Legión. Las tres habían sido fuentes de información muy contradictoria. A Cameo le gustaba Olivia, hablando acerca de lo sabia y servicial que era. Kaia habló de lo deliciosamente traviesa que era Olivia en realidad. Y Legión pensaba que era una perra que asesinaría a Aeron mientras dormía. Kaia pensaba que Aeron se casaría con la chica. Cameo pensaba que Aeron la echaría y nunca la volvería a ver. Y Legión pensaba que era una perra y una asesina, eso era todo lo que Legión había dicho. Oh, espera. También le había preguntado si podía matar a la perra y asesina. Cuando se rehusó, había amenazado con hacer pagar a alguien, hacerlo sentir como un prisionero. —Estoy esperando —les llamó Strider—. No me gusta esperar. Lucien y Sabin pusieron fin a sus juego, asintieron con la cabeza el uno al otro como si hubieran llegado a un entendimiento y se trasladaron al frente de la sala. Las conversaciones cesaron hasta llegar al silencio. Ambos hombres anclaron sus brazos a la espalda, sus piernas separadas. Estaban listos para actuar. Buena cosa. Los demás en la sala estaban tensos y preparados para recibir las noticias. —Convocamos ésta reunión para que cada grupo esté al tanto de lo que está ocurriendo en Roma y Buda —comenzó Sabin—. Yo primero. Los Tácitos quieren que les entreguemos la cabeza de Cronos, pero ese hecho les haría libres, y si son liberados… —Se estremeció—. No necesito deciros la maldad que desatarán.

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—Sin embargo… —dijo Lucien, tomando la palabra donde Sabin la había dejado—. Han lanzado sus apuestas, y bueno, también han solicitado a los Cazadores que le traigan la cabeza de Cronos. Cualquiera que tenga éxito al hacerlo, los Cazadores o nosotros, le será entregado el cuarto y último artefacto. La Vara de Partir. Nadie sabía lo que hacía. No realmente. Aunque fuera un artefacto inútil, Strider hubiera masacrado a un ejército completo con tal de obtenerla. Si hubiera la más mínima posibilidad de que fuera poderosa, y lo era, no debería caer en manos enemigas. —Pero Cronos es un dios —dijo Maddox. Y todos ellos se habían levantado en contra de los dioses antes. Eso era por lo que estaban ahí, en lugar de en los cielos. Era por lo que estaban poseídos por demonios—. No podemos enfrentarlo. —A pesar de lo sombrío del tema, el hombre no se podía ver más feliz. ¿Por qué? Más tarde. Los dioses siempre habían sido más poderosos que ellos, capaces de golpearlos con un solo movimiento de sus caprichosas manos. —Pero también está poseído —dijo Cameo—. Su demonio debe tener algún punto débil. Todos lo tenemos. Oh, la agonía en su voz. Strider estaba demasiado ocupado para procesar sus palabras. —Su demonio es Codicia. —Eso había sido dicho por Aeron, y la agonía en su voz era mil veces peor que la de Cameo. Santo infierno, Strider quería arrancarse las orejas y… espera, espera, espera. Retrocede. Lucien ya le había dicho eso, pero Cameo acababa de señalar un buen punto. Todos los demonios tenían una debilidad. Esa debilidad hacía a los guerreros vulnerables. La suya era perder y luego el coma seguiría a ello. Entonces cualquiera podría atacarlo y no sería capaz de protegerse. —¿Cuál sería la debilidad de Cronos? Esa clase de información sería muy importante para un pelea… no era que tuviera planeado pelear, pero un hombre siempre debía estar preparado. Por el rabillo del ojo, vio a Amun haciendo señas con las manos. —¿Qué hay de la pintura de Danika? —Tradujo Strider—. ¿La que predijo que Galen tomaría la cabeza de Cronos? —agregó por sí mismo—. Sé que estamos esperando poder cambiar el curso de lo que ella vio, pero tal vez la manera de cambiar las cosas no es matar a Cronos nosotros mismos. Tal vez deberías redoblar nuestros esfuerzos para matar a Galen.

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—Pero Galen tiene la Capa —dijo Reyes, avanzando hacia el sofá, para levantar a Danika, sentarse y tirar de ella a su regazo—. Incluso podría ser más difícil de destruir que a un dios. —Galen tiene la Capa —repitió Aeron—. ¿Por qué no ha actuado en contra nuestra? Sus tropas han estado aquí durante un tiempo. Así que de nuevo, ¿por qué no nos ha atacado? Maddox se encogió de hombros. —Tal vez esperaba que su pequeño experimento Desconfianza, tuviera éxito. Y ahora que se ha… —Tenemos que golpear primero —dijo Aeron—, y cogerlos desprevenidos. Podríamos cortar sus filas significativamente, comprar tiempo para nosotros mismos para averiguar qué hacer con Desconfianza e incluso sacar por la fuerza a Galen de su escondite. Eso sería una buena razón, ¿o era su sed de sangre de vuelta? Además de eso, sus ojos destellaban de rojo, sus manos apretadas y su postura rígida. —¿No lo sabrían? —Preguntó Reyes—. ¿Y si nos están esperando para atacarnos? Los soldados en la isla habían estado esperándolos. Ese podría ser el nuevo modus operandi de los Cazadores. Además, muchos de esos guerreros aún se estaban recuperando de la última batalla. No estaban tan fuertes, y su fuerza sería algo necesario para la victoria en una batalla de esta magnitud—. Y no olvidemos que tienen a Rhea de su parte. No sé como eso podría ayudarlos. —No es cierto —dijo Torin, hablando por primera vez. Había colocado un altavoz y un monitor en la sala para estar presente en la reunión sin tener que entrar en un lugar tan saturado de gente—. He hablado con Cronos. Estará distraído con su amada esposa durante todo el día. Es por lo que les pregunté a Lucien y Sabin para convocar ésta reunión ahora. Cualquier cosa que hagamos hoy, lo haremos sin interferencia divina. Del rey o la reina. Nadie iba a interferir, pero nadie iba a ayudarles, tampoco. Un murmullo creció entre la multitud, y entonces una sola palabra comenzó a hacer eco en los labios de todos. —Sí. —No podemos dormir de todos modos —dijo Maddox—. No con Pesadillas en la fortaleza. Por cierto, ¿cuándo vamos a deshacernos de ella? No tenía una respuesta para ello. Sin embargo, en cuanto a lo otro, se decidió rápidamente. Esa noche, atacarían.

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CAPÍTULO 22

Gideon podía oír a los guerreros arrastrando los pies por encima de él. Sus pasos eran molestos, y creyó incluso detectar el clic de las armas siendo aseguradas y cargadas, el silbido de metales siendo enfundados. No le importó. No se movió. Casi un día entero había pasado desde que había entrado en el calabozo. Después de que Scarlet le hubiera hecho el anuncio, Mentira, por fin estamos juntos, siseó una maldición contra él, y le dijo: —Y ahora que sé que eres tú, puedes irte. —Y entonces se giró dándole la espalda, se acostó en su catre y lo ignoró, tarareando en voz baja como si no le importara. Se había quedado dormida al amanecer, nada de lo que él había hecho, o gritado fue capaz de espabilarla, y sólo había despertado hacía unos minutos cuando el sol se había puesto otra vez. Ella se había sentado con un grito de asombro, su mirada frenética. Cuando le detectó, la fiereza la había dejado, reemplazándola por el enfado y el resentimiento, ninguna de las cuales entendió, y ella se dejó caer de nuevo contra el colchón. —No puedo quedarme aquí todo el día, lo sabes —dijo él. Torin, quien lo observaba desde las muchas cámaras colocadas allí abajo, debió haber sentido lástima por él porque hacía mucho tiempo que Enfermedad le había traído una silla. Una silla que había empujado lo más cerca posible de la celda de Scarlet. Sus largas piernas estaban extendidas, los tobillos apoyados en las barras. —Vete. Oír su voz después de todo ese silencio era como encontrar una piscina de ácido con los Cazadores ya dentro de ella: un conjunto impresionante. Incluso se estremeció. Gracias a los dioses que nunca sería capaz de admitir eso en voz alta, sin embargo. Bochor-noso. —¿Qué, ahora me ignoras? —se quejó ella. Sería lo correcto, dado lo mucho que ella lo había ignorado.

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—Sí. Te ignoro. Cada célula de su cuerpo estaba en sintonía con cada movimiento que ella hacía, así que incluso aunque le hubiera gustado darle lo que se merecía, no podía. Vergonzoso. Los hombres debían estar al cargo, y las mujeres debían estar agradecidas por su atención. Los hombres tenían que dar órdenes y las mujeres tenían que obedecer. De acuerdo, está bien. Nunca lo había deseado antes pero lo deseaba completajodida-mente ahora. No ayudaba que Mentira fuera una maldita masilla en sus manos, tranquilas ahora, incluso tarareando en voz baja en la apreciación, sólo feliz de estar cerca de ella. Otra racha de silencio reinó, y sabía que le estaba castigando. Por qué, sin embargo, no lo sabía. No había sido él quien la había aprisionado. Claro que tampoco iba a dejarla en libertad, pero le daba apoyo a su razón, por el amor de los dioses. Ella se hubiera escapado. Scarlet, en realidad le gustaba ese nombre. Le pegaba. Se adaptaba a la curva de sus malvados labios, a la facilidad con la que le flagelaba y a la oscuridad de su personalidad, ella se pasó una mano por su rostro. —Simplemente vete, vale. He terminado contigo. Al fin. Más conversación. Se quedaría allí para siempre, pensó, sólo para estar cerca de ella. ¡Lo que no tenía ningún maldito sentido! —Mi nombre no es Gideon. Así. Simple. Fácil. Y esperando que ella comenzara a revelar información personal acerca de sí misma a cambio. Al igual que cómo lo conocía. Al igual que cómo la conocía, pero no la recordaba. —¿En serio? —fue todo lo que dijo ella. ¿Lo sabía? ¿Cómo? Dudó que se lo dijera, así que no se tomó la molestia en preguntar. —Sé mucho sobre ti. Como que no puedes entrar en los sueños de otras personas. —¡No me digas! No era tan simple. No era tan fácil. —Realmente odiaría si dejases en paz a mis amigos. —Bien, entonces. Considéralo hecho. Les molestaré toda la noche, sólo para hacerte feliz. Él miró hacia el techo por un momento, rezando por paciencia divina. —Hazlo por favor.

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Maldita sea. Rara vez pensaba que sólo podía hablar con mentiras, pero ahora mismo estaba irritado como el infierno. —¿O te gustaría más si sólo me concentro en ti? —No. Sí. Aunque quería que sus amigos pudieran descansar en paz, esa no era la verdadera razón por la que quería que esa mujer permaneciera fuera de sus sueños. La quería para sí. Toda ella. Incluso su capacidad. Sólo hasta que resolviera eso. Aún así, eso no tenía sentido. No era un hombre posesivo. Más que eso, no tenía por qué ser posesivo con esa mujer. —Lo siento —dijo ella, haciéndolo sonar como todo lo contrario—. No puedo prometer eso. —Ellos no considerarán drogarte. —¿Qué tipo de drogas? ¿Puedo pedir Vicodin? Así que le gustaban las drogas humanas. No podía culparla. Había accedido durante un hora o veinte. No era que le afectaran mucho, pero un poco era mejor que nada. —¿Cómo sabes que me gustaban tanto las arañas? —Uf, eres hablador. Si te cuento algo, ¿te callarás? Tomaré tu silencio por un sí. ¿Cómo sé que te gustaban las arañas? Porque entro en la mente de una persona y siento cosas. Así es cómo lo supe. Ahora cállate para siempre. Verdad. Su demonio reconocía la verdad como si se tratara de un único Cazador en una alineación con los Señores. Su demonio generalmente lo odiaba, usualmente le disgustaba, aunque Gideon siempre lo saboreaba. Ahora, el demonio se mantuvo tranquilo y feliz. No importaba lo que brotara de la boca de la hermosa muchacha. —¿Cómo no supiste mi nombre? —Veo que la negociación no es una habilidad que poseas. —Ella golpeó la pared y el polvo se emplumó a su alrededor—. Entonces, ¿qué? ¿Vas a irritarme hasta que te diga todo lo que sé? No quería admitir que sólo quería estar con ella, así que levantó las manos vendadas y las agitó. —Hay tanto que podría estar haciendo ahora mismo. Como luchar con mis amigos. —Las lesiones no detendrían a un verdadero guerrero. ¡Ay! —Sí, porque a un verdadero guerrero le gusta meterse en el camino de todos y realmente ayuda al enemigo.

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—Un verdadero guerrero tiene éxito a pesar de su desventaja. —Soltó un bufido—. Dije desventaja y tú no tienes manos. Sí. Divertido. —Si no tuviese todos mis dedos, seguramente no estaría volviéndote loca. —Perro ladrador, poco mordedor. Creo que entras en esa triste, triste categoría. ¿Cuál es tu problema? quería exigirle, pero las palabras que surgieron fueron algo como: ¿Por qué no tienes un problema conmigo? y no quería oírle decir: Estúpida pregunta. Tengo un problema contigo. Él diría: Bien, no quiero saber lo que es, y ella diría: Bueno, porque no tenía intención de decírtelo. Había tenido intercambios similares en el pasado. Ya se sentía frustrado, confuso, curioso, ansioso, y cada emoción le empujaba más cerca y más cerca del borde. Un borde que siempre le empujaba a decir cosas que no quería decir y hacer cosas que no podía invertir. —¿Cómo perdiste las manos, de todos modos? —Eso se lo preguntó a regañadientes, como si no le gustara querer saberlo. Su curiosidad le complació, y él perdió una parte de su frustración. —Las manos, bueno, no desaparecieron a través de la tortura. —¿Te quebraste? —Por supuesto. Había orgullo en su tono. No se había quebrado. No había derramado un solo secreto. —Tal como sospeché. Él apretó la mandíbula. De alguna manera sabía que él era Mentira. Lo había sabido todo el tiempo. También sabía que no podía decir la verdad, aunque, continuamente fingía tomar sus palabras en sentido literal. ¿Para cabrearle? ¿Por qué estaba furiosa con él? Una rabia que todavía no entendía. —¿Lo hicieron los Cazadores? —le preguntó ella. —No. —¿Cómo va, por cierto? ¿La guerra con ellos? Así que sabía de eso, también, cuando nunca había oído hablar de su participación. ¿Cómo? En realidad, ella sabía más de lo que debería. —Estamos perdiendo. —Ganamos, pero a duras penas. Dos artefactos contra uno. La liberación de todos esos niños enanos que los Cazadores habían creado a través de medios horrible. El descubrimiento de su escondite Buda. No era que pudiera explicarle eso a Scarlet—. Puesto que no pareces conocerme, me pregunto si no has venido aquí por mí.

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—Como quieras —masculló—. Mira, le dije a tu amigo que sólo quería que me dejarais sola. Sabía que estabais buscándome. Quería que lo dejaras. Eso es todo. No. Eso no era cierto. No podía ser. Sólo que no lo podía probar. Mentira aún no estaba ayudando. —¿Cómo no me conoces? ¿Cómo siento como no te conociera cuando te he conocido antes? Su mirada se fijó en él, entornándose y una vez más se llenó de enojo. —¿No me recuerdas? —Está bien. Enfado no era una palabra suficientemente fuerte. Indignación se acomodaba mejor—. ¿No recuerdas los detalles? —No. —Mentira, mentira. No debería haber tenido que recordárselo, maldita sea—. Sí. Pero no la podía haber conocido. No habría olvidado a una mujer como ella. Bella, salvaje, depredadora. Desafiante, dura pero en cierta forma vulnerable. Sí, había estado con muchas mujeres en los últimos años. Sobre todo de una noche. Las mujeres no regresaban por más, cuando el hombre con quien estaban constantemente les decía lo feas y estúpidas que eran. O cuando el hombre no hablaba en absoluto. Y no, no recordaba todas las caras, pero como ya había razonado, esa no era una mujer a la que habría olvidado. —Fuimos amantes —dijo él tratando de continuar—, y se acabó. —¡Ja! —Su mirada se volvió hacia él y se demoró, estudiándolo de arriba abajo—. No estoy segura de aprobar el envase, así que no, no fuimos amantes. —No estoy seguro de saber lo que quieres decir —dijo, porque lo sabía. A ella no le gustaba su aspecto. Apretó sus puños—. Para tu información, soy tan feo que ellas vienen a mí. Había algo presumido en sus ojos cuando ella dijo: —Sí. Lo sé. Eso es lo que acabo de decir. Él se pasó la lengua por los dientes. Soy sexy, ¡maldita sea! Sí, su aspecto no era el estándar. Pelo azul, algunos piercing. Tatuajes, aunque no en la escala de Aeron. El pequeño estaba cubierto. Gideon, al menos, tenía el suyo y la tinta bajo control. Había elegido diseños que significaban algo para él. Un par de ojos negro le miraban cada vez que cerraba los ojos. Un par de encarnados… labios… se puso derecho con una sacudida, mirando fijamente a Scarlet. ¿Quién tenía los ojos negros? ¿Quién tenía los labios encarnados? —¿Qué? —gruñó ella—. Sé que soy hermosa, a diferencia de ti, pero vamos. Muestra algunos modales, por el amor de los dioses.

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Durante el tiempo que podía recordar, había tenido imágenes en su mente. Ojos negros, labios rojos, incluso una frase en la que sólo pensaba durante el momento más oscuro de la noche: SEPARARSE ES MORIR. Y flores de color rojo brillante curvadas debajo de ellas. En su mente, había visto esas palabras y las flores envueltas alrededor de la cintura de una mujer. Su corazón se aceleraba cada vez que pensaba en ello, así que se había tatuado las palabras, y sí, las flores, también en la cintura. Femenino en él, y algo sobre lo que muchas personas le gastaban bromas, pero no le importaba. —No quiero ver la parte baja de tu espalda —le dijo él crudamente. Ella se quedó completamente inmóvil, ni siquiera se atrevía a respirar. —No sólo no, como el infierno, no. —No estoy dispuesto a implorar. —Tenía que verlo. Tenía que saberlo—. No te he visto antes. No sé que tienes un tatuaje de flores ahí. —Lo tenía, sabía que lo tenía. —Te equivocas. No lo tengo. Mentira, sin duda. —No lo pruebes, entonces. —No tengo que hacerlo. ¡Ahj! Frustrante mujer. Se puso en pie. Había estado sentado mucho tiempo, sus músculos le dolían en señal de protesta y las rodillas le temblaban. —¿Qué? ¿No te sales con la tuya así que te vas? Bien. Enfádate como un niño. Primero quería que se fuera y ahora se cogía un berrinche porque pensaba que él se iba. Mujeres. Con las muñecas vendadas era muy difícil agarrarse el dobladillo de la camiseta, pero después de varios minutos de agonía, se las arregló para hacerlo. Levantó el material y se volvió, ofreciéndole a Scarlet su espalda. Al principio, ella no mostró ninguna reacción. Entonces oyó una brusca respiración, un susurro de ropas y el golpe de pasos. Unos cálidos dedos encontraron su piel, y tuvo que morderse el labio inferior para contener su gemido de placer. Ella tenía la piel callosa, ¿de utilizar armas? Y erosionaba deliciosamente mientras delineaba cada palabra, cada pétalo. Podría haber tenido una cuchilla oculta, podría haberlo apuñalado mientras estaba distraído, pero a él no le habría importado menos. Ella lo tocaba. Era más excitante, más… todo que estar dentro de otra mujer. —Separarse es morir —susurró ella con voz entrecortada—. ¿Sabes lo que significa? —Sí. No me lo digas.

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Por favor, dioses, por favor. —Yo… yo…—Su mano se apartó. Un paso, dos, ella aumentó la distancia entre ellos. Gideon se dio media vuelta. Por un momento, se olvidó de los barrotes y se estiró para alcanzarla. Sus heridas golpearon el metal, y se estremeció. La expresión de Scarlet era vacía mientras se apartaba de su alcance. —No me lo digas —le ordenó él. —Ya te dije que te fueras, Gideon. Gideon. Por primera vez, había usado su deslizó a través de él, quemando cada uno acelerado corazón. Porque… porque… aunque dicho su nombre durante su conversación, no decirlo.

nombre. Le afectó profundamente. Se de sus órganos, especialmente a su esa era la primera vez que ella había era la primera vez que le había oído

Justo en ese momento lo supo, supo, que había oído decirle su nombre antes. En algún lugar, alguna vez. Ella había gritado su nombre con pasión, había susurrado su nombre con súplica. Había gruñido su nombre con cólera, había gritado su nombre con dolor. Él había estado con ella. —Demonio —dijo él, deseando poder decir su nombre en su lugar. Ella debió haber oído las alborotadas emociones en su voz, porque por una vez, no hizo un comentario sarcástico. —Sólo vete, Gideon, como te pedí que hicieras al principio. Por favor. Por favor. Dudó que esa fuera una palabra que ella dijera a menudo. Pero entonces, sonaba a punto de llorar y no le parecía una mujer a quien le gustara llorar delante de un hombre. Nunca, por nada. Excepto, que lo había hecho antes. Lo sabía. Había llorado y él la había abrazado. ¿Cuándo? ¿Dónde? La única vez posible habría sido mientras había vivido en los cielos. Desde que ella había sido poseída por uno de los demonios de Pandora, había estado prisionera en el Tártaro. No la había encerrado, ¿pero podría haberla visto allí cuando había depositado a otros presos? ¿Podría haber hablado con ella? ¿Cómo podían haber tenido una relación, sin embargo, y no recordarla? ¿Podría alguien haberle borrado su memoria? Los dioses eran capaces de tales cosas. Los dioses eran capaces de todo tipo de cosas crueles. Pero eso planteaba la cuestión de por qué alguien habría querido borrarle la memoria. ¿Qué podría ganar con tal acción? ¿Prevenir?

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—¿No tienes un hombre? —Su voz era tan bruta, tan ronca, que quien lo oyera pensaría que estaba recuperándose de una infección severa de garganta. Un marido, sin embargo, habría querido a Gideon fuera de escena. —No —susurró, su tono tan triste que trajo lágrimas a sus ojos. Su tono tan triste que rivalizaba con Cameo, el mismo sufrimiento—. No. —¿Ningún padre? —Mi padre está muerto. —Se tumbó en el catre, mirando al techo—. Fue hace mucho, mucho tiempo. ¿Verdad? ¡Maldita sea, demonio! Ayúdame. —¿Ninguna madre? —Mi madre me odia. Él sólo tendría que tomar sus palabras como un evangelio. —¿Hay alguien que quiera verte… feliz? —Por favor que entienda que quiero decir desgraciada. En vez de responder, ella rodó de lado, dándole la espalda. —Si te digo lo que quieres saber, ¿me dejarás sola? No pretendo negociar contigo ésta vez, Gideon. Si lo hago, y no te vas… No quería irse. Ahora, más que nunca quería quedarse. Pero tenía que saber la respuesta. Quizás le ayudara a atar los cabos de ese misterio. —No. Dímelo y me quedaré. Una pausa. Entonces. —Te mentí antes, cuando fingí no reconocerte. Lo hice, desde el principio lo hice. Separarse es morir —gruñó—. Fueron las palabras que una vez le dijiste… a tu esposa.

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CAPÍTULO 23

Aeron

permaneció en el balcón junto a su habitación, agarrándose a la

barandilla, mirando al cielo de color añil. Era la elección más difícil que jamás había tenido que tomar, decidir entre la vida de Legión y la de Olivia. Si elegía a Olivia, tal y como había querido con tanta desesperación —y todavía quería— Legión habría sufrido eternamente. Sus amigos estarían en peligro. Por parte de Lucifer, como poco. Eligiendo a Legión, la habría salvado a ella y a sus amigos, y Olivia podría volver a casa ilesa. Tal y como la había obligado a hacer una vez. Justo cuando había aprendido a no lamentarse por eso. Cuando Ira estaba protestando por no hacerlo. Consérvala. Por favor. La necesitamos. Bloquea eso. No escuches. Una petición para él mismo. Si Legión hubiera aparecido en ese momento, podría haberla sacudido. La posición en la que le había dejado... las cosas que tendría que hacer... hacerle a ella, a Olivia... Sus uñas crecieron un poco en su palma, y el metal protestó, arqueándose fuera de lugar. A pesar de todo, ¿qué era lo peor? Las cosas que no podría hacerle a Oliva. Nunca más. No más hacer el amor. Y eso es lo que había sido. Hacer el amor. No quería que hubiera sido así, había tratado de resistirse, pero al final incluso su cuerpo lo había sabido. Estar con Olivia estaba bien. Era perfecto. Pero ahora, él no podría conservarla. Incluso si enviarla a casa no fuera una situación de vida o muerta, ninguna mujer se quedaría con él sabiendo que pronto dormiría con alguien más. Y lo haría. La bilis se le subió a la garganta. No permitiría que Legión fuera poseída. No permitiría que el destructivo Lucifer llegara a este plano. En algún momento, Olivia me dará las gracias por esto. Al menos, eso es lo que se decía a sí mismo en un intento de consolarse. Si ella permanecía allí, sería humana. Se marchitaría y moriría y el tendría que verlo, incapaz de salvarla. Era un panorama que siempre le había frustrado. Una perspectiva que siempre le había horrorizado y sin embargo, en ese momento, habría dado cualquier cosa por pasar más tiempo con ella. No puedo perderla, Debemos. Le hubiera gustado sostenerla, allí al final de su romance, mientras su mente se envolvía con pensamientos de estar juntos para siempre. Ahora tenía que

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vivir el resto de su vida sin ella, sabiendo que estaba ahí fuera, que sería siempre incapaz de verla, oírla u olerla. ¡No! ¿Cómo iba ahora a acostarse con Legión cuando Olivia era la única hembra a la cual respondía su cuerpo? Rió con amargura. Había pasado de no tener novias, arrogantemente seguro de que no necesitaba o quería una, a básicamente tener dos. Una a la que no deseaba. La otra estaba preparada para dejarlo. Volveré pronto, había dicho Olivia. Entró en pánico instantáneamente. No puedo perderla ahora, había pensado. Así que le había dicho que tenían tiempo y que ella iba a quedarse. Todo lo que había hecho era prolongar lo inevitable, haciendo que la ruptura fuera más dolorosa cuando finalmente pasara. ¡Pero no le había importado una mierda! —Aeron —suplicó una suave voz tras él. Cielo. Suspiró Ira. Permanece fuerte. Resiste. No se permitió darle la cara, pero respondió. —Aquí fuera. Suaves pasos resonaron, y luego Olivia estaba tras él, observando la llegada de la noche, su salvaje esencia envolviéndole. Olerla sin tocarla era una tortura. Una tortura que se merecía. —¿Dónde está Legión? —preguntó él, esperando que la chica irrumpiera por la puerta en cualquier momento. —Durmiendo. ¿Sin la presencia de Aeron? —Eso no suena como ella. Olivia encogió un delicado hombro. —Por si te interesa saberlo, la drogué. ¡Y no me arrepiento! Sus labios templaron. Dioses, ama... admiraba a esa mujer. La sonrisa, tan pequeña como había sido, desapareció. Una de las visiones de Ira apareció repentinamente en su cabeza; era de Olivia y Legión escabulléndose por los pasillos de la fortaleza, caminando de puntillas, incluso apartándose a empujones. Legión llevaba una botella de vino, Olivia llevaba dos copas. Evidentemente, habían ido a la cocina. Y por el alcohol, de entre todas las cosas. Pero, ¿dónde más habían ido y por qué? Alcanzaron la habitación de él y Oliva dijo: —Un brindis por tu éxito.

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—Eso es —dijo Legión con aires de suficiencia—. Mi éxito. Te dije que Aeron era mío y que nunca sería tuyo. Otra vez, Aeron quiso sacudirla. —Y tenías razón. El color desapareció de las mejillas de Oliva mientras vertía las bebidas. Dándole la espalda a Legión, rasgó una minúscula pieza de la manga de su túnica. Entonces echó esa pequeña pieza de tela en una de las copas. —Duerme —susurró mientras se disolvía el material, y luego se giró hacia Legión con una sonrisa forzada—. Sé cuando he sido derrotada. El demonio reclamó el vaso con avaricia e, incluso antes de haber dado el último trago de su vino, empezaron a vacilarle los pies. Sus ojos enfrentaron los de Olivia. —Algo va... mal... —Claro que va. ¿De verdad pensaste que no iba a drogarte el vino? —Zorra —dijo Legión con dificultad, mientras sus rodillas cedían. Golpeó el suelo roncando. La túnica de Olivia evidentemente podía hacer más de lo que Aeron había creído y, en ese momento, debía haber estado relleno de un deseo de drogar a Olivia. Pero para su total asombro, Ira estaba... encantada con sus acciones. El “Cielo” sólo había jugado con el “Infierno”, y el demonio sólo quería abrazar al ganador del juego. —¿Estás enfadado conmigo? —preguntó Olivia, sacándolo de sus extravagantes pensamientos. —Agradecido. Estaba demasiado alterado para tratar con Legión ahora mismo. Demasiado alterado para pensar sobre la chica a la que había considerado una hija. Cambia de tema. Ahora. —Hay algo diferente en tu voz. Me di cuenta antes, pero ahora es incluso más obvio. Le había hablado de Legión, pero no había sentido compulsión por creerla. —Si —fue todo lo que ella dijo—. Hay algo diferente. —¿Qué? —preguntó él, a pesar de que pensaba saber la respuesta. Ella debía estar perdiendo sus habilidades de ángel cuanto más tiempo pasara allí. ¿Cómo reaccionarían sus compañeros ángeles ante eso cuando volviera a casa? No le gustaba el pensamiento de que ellos rehuyeran a una hembra tan preciosa.

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Ella se encogió de hombros otra vez, pero esta vez su piel acarició la de él. Él cerró los ojos por un momento, saboreando la suavidad. Y cuando una fría brisa barrió a través del balcón, elevando su aire y arrojando las hebras contra su pecho desnudo, pensó que la poca cordura que le quedaba sería arrasada. Mía. Tuya. Nuestra. Para siempre. Los llantos venían del demonio, de él. Nunca. Un espantoso recordatorio. Cuando abrió los ojos, volvió a mirar al cielo. —Solías vivir allí arriba —dijo con voz ronca. —Sí. —¿Cómo era? —Vivimos en las nubes, que son más de lo que te imaginas —su cariño era evidente—. Tienen habitaciones y, cualquier cosa que ordenemos, ellas la producen. Estamos escondidos del resto del mundo, pero todavía podemos ver lo que pasa a nuestro alrededor. Como a los ángeles que pasan volando, o a los guerreros acorralando a los demonios. Podemos ver tormentas pero no nos pueden tocar. Podemos ver las estrellas, resplandeciendo muy cerca, pero no nos queman. Palpable excitación por parte del demonio. Sí, sí. —Y renunciaste a todo eso. Por él. Por diversión. Se sentía humillado. Culpable. Avergonzado. La mayoría de las veces, sólo le había dado sufrimiento y preocupación. Pero también estaba... satisfecho. —Sí. —dijo ella otra vez, simplemente. Entonces, sintiéndose incómoda, cambió de tema. —¿Por qué tienes dos mariposas tatuadas? Siempre me lo he preguntado. —La de mi espalda es la marca de mi demonio, y la de mis costillas es de mi propia creación. Siempre quise ver, quise saber la estrecha cornisa sobre la que camino. —No creo que alguna vez necesitaras ayuda visual. Nunca pareces olvidarlo —la tristeza había reemplazado el afecto—. Basta de rememorar. Sé que te diriges a la batalla esta noche. Un recordatorio aleccionador. —Correcto. No preguntó cómo es que ella sabía sobre la batalla. Podía adivinarlo. Legión y ella le habían espiado. Por eso habían salido de su habitación. —Quiero ir contigo —dijo ella—. Si vuelvo a casa ahora, podré acompañarte y los Cazadores no sabrán que estoy allí. Podré protegerte, como un escudo. Sería capaz de...

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—¡No! —Se aclaró la garganta y mostró más gentileza—. No. La barandilla se quejó de nuevo, doblándose, y liberó sus dedos uno a uno. De nuevo pensó No puedo perderla. De nuevo Ira gimió. —No es necesario. Todavía tenían tiempo, maldita sea. —De cualquier manera tengo que irme, ¿por qué no ahora? ¿Por qué no ayudarte mientras? En cualquier otro momento, habría admirado esa determinación. Ahora se giró hacia ella, gruñendo. —¿Por qué querrías ayudarme? ¿Por qué no me estás gritando? ¿Por qué no estás despotricando sobre lo que voy a hacer? Eso sería algo más sencillo con lo que lidiar. En lugar de eso, ella le miró con ojos tranquilos. —No tengo necesidad de recurrir a esas emociones. Soy un ángel. —Caído —corrigió él tristemente, y entonces parpadeó. Era la primera vez que reconocía la diferencia y, oh, la ironía golpeaba hondo. Hubo una pausa, un suspiro pesaroso. Y luego: —No lo seré durante mucho tiempo. Mía. Se le echó encima, cerrando la distancia entre ellos, haciendo puños de su túnica y sujetando la tela contra la barandilla para que ella no pudiera escapar. ¿Es que no le importaba que fueran a separarse? ¿No le importaba que nunca volvieran a estar juntos de nuevo? ¿Que nunca más volverían a hacer el amor? ¿Que él pronto fuera a hacer algo vil e imperdonable? —Déjame ir, Aeron. Todavía tranquila. Nunca, pensó él. Nunca, pensó Ira. No podemos pensar así. —¿Te tratará tu gente diferente cuando... vuelvas? Incluso decirlo era decirlo, pero necesitaba recordárselo. —No volverás a ser la que una vez fuiste.

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—Me darán la bienvenida a casa —ella negó con la cabeza y más de esos sedosos zarcillos bailaron sobre él—. Con excepción de nuestro Consejo, serán muy tolerantes. Muy pacientes. —Lysander no me encaja como una de esas cosas. Ella sonrió con ironía. —Bueno, él no es el típico ángel. Esa sonrisa... necesitaba más. Tenía que tener más. Tantas como fuera posible, hasta que... —Quedan siete días. Las palabras salieron como un graznido. Estúpido. Él todavía presionaba sus pechos juntos, sentía sus pezones erguidos, y tan sólo con eso se endureció, preparado. —Prométeme que te quedarás seis. La calma finalmente la abandonó, amenazando tormenta. —¿P-Por qué? —Sólo prométemelo. Por favor. Por favor, repitió Ira, tan apesadumbrada como Aeron. ¿Quién habría pensado que serían reducidos a esto? —No puedo —dijo ella—. Lo siento. Ella miró hacia otro lado, sobre su hombro. Pero no antes de que él viera las lágrimas inundando sus ojos. Lágrimas que le desarmaron... que le castraron. Alzó la mano y acunó la parte de atrás de su cuello, obligándola a mirarle, a ver su deseo... y una determinación que ciertamente rivalizaba con la suya. —¿Eso es un quizá? Una risa temblorosa escapó de ella. —No. Eso es un no. Yo hice eso. La hice reír. —¿Qué puedes prometerme? A esas alturas, aceptaría lo que fuera. —Un... un día —ofreció ella temblando. Un día. Un día no era suficiente. Puede que la eternidad no fuera suficiente. Su agarre sobre ella se apretó. —Te quedarás hasta que vuelva de la ciudad. Incluso si eso es un poco más de veinticuatro horas. Por favor.

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—¿Por qué es tan importante para ti? —preguntó ella, dejando asomar la primera pista de esa agitada tempestad. Porque te necesito. Porque te quiero. Porque odio la idea de estar alejado de ti. Porque si sólo estuviéramos tú y yo, y mis decisiones no afectaran a nadie más, moriría de buen grado sólo por estar otro minuto entre tus brazos. —¿Te quedarás? —Insistió él, ignorando su pregunta—. Si creo que hay una oportunidad de que te vayas, no seré capaz de concentrarme. Nunca había manipulado a nadie antes. Declaraba hecho, para bien o para mal, sin que le preocuparan los resultados. Ahora... —Seré un blanco más fácil, y puede que resulte herido de nuevo. Así que dímelo. Dime que te quedarás. Ella se lamió los labios, y sus hombros se hundieron. —Yo... De acuerdo. No era suficiente. —Dilo. —Sí —susurró ella—. Me quedaré hasta que vuelvas de la ciudad. Sin esa capa de verdad en su voz, no sabía cuando ella le mentía o no. Pero eligió creerla, porque no podía soportar la idea de su ausencia. —Ahora que ya hemos aclarado eso, ¿me dejarás ir? Mientras hablaba, posó sus manos en su pecho, no apartándolo sino trazando sus tatuajes. Mmm. Ira suspiró. Podía no querer desearlo en ese momento, pero evidentemente le quería. —¿Por qué me deseas? —Preguntó él, otro fiero recordatorio de los obstáculos entre ellos—. ¿Por qué me elegiste? Siendo tan bella, tan inteligente, tan dulce, podías haber tenido a cualquiera. A alguien que no estuviera cubierto con las imágenes de sus pecados. —Porque sí. —una respuesta rebelde, a pesar de que no retrocedía. —¿Por qué? Él la agitó, desesperado por la verdad por razones que no le importaba considerar. —Por favor, Oliva. Dime. Quizá fue el por favor lo que la conmovió. Quizá fue la violencia de sus acciones. De cualquier manera, ella gritó:

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—Porque no eres lo que crees que eres. No eres lo que todos creen. Puede que hayas provocado incontables muertes, pero amas con más intensidad que nadie que jamás haya conocido. Te entregas sin pensar en tu propia felicidad —ella rió, y sonaba tan amarga como la suya había sonado—. Divertido, ¿no? Las cualidades que me atrajeron a ti ahora me alejan de ti. Quédate. Anuló el ruego antes de que escapara. ¿Que amaba con más intensidad? Por los dioses, que lo haría. Ahora, en ese momento, antes de que el tiempo le traicionara. Sin avisar, unió sus bocas, incapaz de refrenarse, empujando su lengua en el interior. Ella abrió sin protestar, aceptando su brutalidad con entusiasmo. Eso era bueno. No tenía control, y se alegraba de eso. Sólo tenía un principio, Olivia, y odiaba el final, perderla. Y esa pérdida... dioses. Perderla le mataría. No, pensó luego. Su beso lo haría. Se dio cuenta de que su muerte yacía en este encuentro de almas y, de nuevo, se sentía satisfecho. Saboreó, reclamó y conquistó sin reservas. Dio y tomó. Si ese fuera el final, moriría como un guerrero. —Te haré mía, mujer. Tironeó de su túnica hasta subirla a la cintura. Sus piernas, desnudas. Su centro, suyo. Todavía no llevaba ropa interior, y el conocimiento casi le tiró al suelo. Un día la quiso en una cama. Quiso quitarle las ropas despacio, tomándola lentamente. Saboreando cada secundo, cada suspiro. Ahora, simplemente la quería a ella. La urgencia cabalgó sobre él cuando alcanzó el botón de sus pantalones, tratando de abrir... estaba atascado, así que los rasgó. Su polla saltó libre. —Espero que estés preparada para mí, Olivia. ¿Preparada para él? Olivia pensó que estaría preparada para este hombre cada minuto de cada día durante el resto de su vida. Estaba mirándola hacia abajo como si ella fuera necesaria para su supervivencia. Como si viviera sólo porque ella lo hacía. Y esa sería la última vez que experimentara una visión así. La tristeza amenazó con abrumarla, pero la fuerza de su deseó venció de nuevo. Ya se revolcaría en su propia miseria más tarde. Pero por ahora, estaba en brazos de Aeron. Su cuerpo estaba ardiendo por él. Estaba húmeda, temblando y dolorida. Por esto había renunciado a sus alas, después de todo. Esto era por lo que había renunciado a la eternidad. Y allí estaba, suyo para tomarlo. No importaba lo que sucediera después, siempre tendría esto. —Olivia —dijo él, su nombre una súplica gutural. —Estoy preparada. Lo prometo.

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Acunó su trasero, la elevó y, mientras ella enlazaba sus piernas alrededor de su cintura, él se condujo a su interior, hasta la empuñadura. Ella se quejó, incapaz de estrangular el sonido. Siendo grande como era, la estiraba, pero tan dolorida como debía estar, considerando que habían hecho esto no hacía mucho, su placer era incomparable. —Te necesito. Empujaba dentro y fuera. —¡Sí! — sus uñas se clavaron en su espalda, arañando. No había restricciones, no para ella. Necesitaba esto. Necesitaba que este recuerdo la mantuviera cálida por las noches. —Así. Con más y más fuerza él golpeó en su interior. Era el cielo y el infierno. Tan bueno, tan cerca el final. Que dure para siempre, rogó, pero sabía que no era un ruego que sería tenido en cuenta. La barandilla se movió con ellos, quejándose, hasta que finalmente cedió. Más que derrumbarse, cayeron... cayeron... Aeron nunca ralentizó su empuje. A ella le encantaba, se deleitaba, el viento azotando a su alrededor. Libertad, amor y placer, todo junto. Sin miedo ni arrepentimiento. Aeron la mantendría a salvo. Y lo hizo. Justo antes de que se golpearan, él se retorció y sus alas se expandieron, haciéndolos deslizarse hasta frenar lentamente. La depositó suavemente en el suelo, continuando aquellos embates, nunca cesando. Ella mantuvo las piernas cerradas a su alrededor, aceptándolo, arqueándose hacia él, desesperada, ansiosa y perdida. El sol siguió bajando, hermoso y rosado, y cualquiera que mirara hacia abajo sería capaz de verlos. No le importaba. Su necesidad era demasiada. —Olivia —jadeó. —Aeron. Sus miradas se encontraron, sus iris violetas eran salvajes. Su expresión era tensa, salvaje, sus labios se afinaron y sangraron donde ella debió haberle mordido. Había algo tan embrujadoramente hermoso sobre él cuando estaba así. Algo tan salvajemente tierno. —Eres mía —masculló entre dientes. Más que nada, ella quiso decir “Tuya”. Hasta que él se entregara a Legión. Entonces, como la chica había dicho, Aeron sería suya. Para. Es suficiente. Ella tenía el ahora, ese momento.

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A pesar de percibir sus pensamientos y querer apartarlos, él bajó la cabeza y la besó de nuevo, éste aún más maravillosamente vicioso que el último, su lengua apuñalando la suya, sus dientes chocando contra los suyos. Tanta pasión... Ella arañó, mordió y gritó, precipitándose sobre el borde de la cordura, cayendo de nuevo, esta vez cayendo en una espiral, gritando, aferrándose a su amante, con cada músculo de su cuerpo contrayéndose con deliciosos espasmos. Allí. Oh, sí, allí. Él golpeó justo allí, y su orgasmo se remontó más alto. No podía ver, sus párpados estaban cerrados con firmeza, pero podía sentirle estremecerse sobre ella. Le oía rugir su nombre. Cuando él colapsó sobre ella, su peso la aplastó, pero le amaba demasiado para reprochárselo. Si sólo pudieran quedarse así para siempre, perdidos en el aquí y el ahora. —Olivia —graznó él. Lentamente ella parpadeó. Aeron la estaba mirando, con los rasgos al desnudo de alguna manera. Abierto, necesitado. —No lo digas —dijo ella. Si planeaba decirle que eso no cambiaba nada, ella lo sabía y no necesitaba que él hundiera el puñal más profundo en su pecho. Si planeaba pedirle que se quedara, incluso aunque él tuviera que estar con Legión, aunque sólo fuera una vez, estaría tentada a hacerlo. Incluso a pesar de que el Concilio enviara a alguien a matarlo. Incluso aunque las imágenes de él con el demonio la persiguieran para siempre. No importaba la manera de hacer las cosas, ambos estaban condenados. —Tengo que hacerlo —su voz era gutural—. Quiero que sepas... —Uh, Aeron —dijo alguien—. Odio interrumpir, pero es la hora de irnos. Pillados otra vez, pensó ella suspirando. ¿Nunca se les permitiría disfrutar el resplandor que los humanos alababan tanto? Excepto que, en esa ocasión, se alegraba de la interrupción. Se escabulló de debajo de Aeron y se puso en pie, alisando su túnica hasta sus tobillos. —Ve —dijo sin mirar hacia abajo hacia él—. Como prometí, estaré aquí esperando. Y entonces nos diremos adiós.

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CAPÍTULO 24

Las tres de la madrugada. La luz de la luna ya no era tan brillante, y las calles estaban desiertas. Las tiendas estaban cerradas, y los humanos de fiesta por fin habían dejado El Refugio. Las luces estaban apagadas, ni un solo movimiento en su interior. A un centenar de metros de distancia, Aeron estaba agachado junto a Strider en un oscurecido rincón. El guerrero sostenía un control remoto y un diminuto vehículo de cuatro ruedas con una cámara aún más diminuta unida a su techo. Aparentemente, esa cámara podía atravesar la oscuridad, filmar caras y cuerpos tan claramente como si estuvieran bañados con la luz del sol. Torin siempre encontraba los juguetes más geniales. La prueba estaba en la amplia sonrisa de Strider cuando lanzó el vehículo hacia adelante. El resto de los hombres estaban esparcidos por todo el edificio. Un edificio que una vez habían ayudado a restaurar, un edificio que estaban a punto de destruir. Algunos estaban encima del tejado, los cañones de sus armas apuntando hacia abajo. Otros estaban en la calle como Aeron, escondidos en diferentes lugares. Aeron levantó el monitor portátil que le permitiría a él y a Strider ver a través de la lente de la cámara. Y, efectivamente, los edificios y caminos que había recorrido desde su creación eran visibles. Asombroso. —Preparados. —le dijo a Derrota. —Estamos listos para ti, Willie —dijo Strider en su auricular. Aeron llevaba un casco auricular, igualmente, y oyó la respuesta de William. —Dioses, no puedo creer que dejara a Anya convencerme para esto. Voy a entrar. Unos segundos más tarde, William abandonó su puesto y dobló una esquina. Sus ropas estaban desarregladas, y agarraba una botella de whisky. No se parecía a sí mismo, su pelo oscuro ahora blanqueado, sus penetrantes ojos azules escondidos tras lentillas oscuras. Y su rostro… de alguna manera, había vuelto su piel rugosa y cambió la forma de sus rasgos. Cada paso que daba parecía como si fuera a caerse, pero se las arregló para entonar una canción de amor mientras caminaba hacia adelante. Bastardo burlón. No era que supiera que pensaba traicionar a Olivia.

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Dulce Olivia. Mía, declaró su demonio. Nuestra. No. Casi hizo pedazos el dispositivo que sostenía. De nadie. Ni de Ira y seguramente tampoco suya. Excepto… ¿Cómo se suponía que iba a seguir sin ella? Ella era la luz, y la felicidad. Era el amor, y la dicha. Lo era… todo. —Tú conmigo, ¿Ira? —murmuró Strider. La pregunta llegó justo a tiempo, trayéndole hasta el presente. Vio cómo William tropezaba, según lo previsto, y se estrellaba contra la puerta principal del club. Distracción. Cristales rotos cuando él cayó. Yació allí un momento, murmurando como un borracho. El camión teledirigido corrió sobre los pedazos de cristal, deslizándose dentro del edificio inadvertidamente. No tomó mucho tiempo para que llegara una marea de hombres armados y se dirigieran rápidamente hacia el inmortal. —¿Qué haces? —¡Dios, apesta! —Sacadlo de aquí y limpiad esto. ¡Ahora! Dos de los guardias pescaron a William toscamente y lo levantaron sobre sus pies. —¡Eh! señores —él arrastró las palabras en un terrible acento británico—, ¿es aquí donde dan la fiesta? ¡Oh, mirad eso! Un arma. Qué machote tan sangriento. Aunque creo que debería advertir a los ángeles de la colina. No se puede incitar al crimen, ya sabes. —¿Jefe? —Dijo uno de los hombres que sujetaba a William—. No le podemos dejar vagabundear. Ha visto demasiado. —Primero, no soy tu jefe —dijo William, luego frunció el ceño y se agarró el estómago—. Segundo creo que voy a vomitar. El hombre al mando, Dean Stefano, la mano derecha de Galen, se dio cuenta Aeron, aún cuando Ira rondaba por su cabeza, listo para herir, matar, volvió su atención a William antes de volverse a los pedazos rotos de la puerta. —Haz que parezca que fue asaltado. Y lejos del edificio. No quiero a nadie metiendo las narices por aquí. Una fría, completamente indiferente sentencia de muerte para un hombre que ellos asumían era humano. Humanos, los mismos seres que supuestamente se esforzaban por proteger. Aunque Stefano era un frío, indiferente hombre. Culpaba a los

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Señores, y en particular a Sabin, por el suicidio de su esposa, y no descansaría hasta que todos estuvieran muertos. Castiga… En el pasado, Aeron habría amado secretamente la orden del demonio y se habría odiado por ella. Por mucho que la víctima se merecía lo que él repartiera. Pero ya no se castigaría más. La pérdida de Olivia era motivo para enfurecerse. ¿Destruir a alguien malvado? Un motivo de alegría. Y lo haría. Se divertiría. Pronto. Los dos guardias tiraron con fuerza del ahora protestón William hacia fuera. —¿Qué está pasando? Dejadme ir y... —Cállate, cabrón, o te corto la lengua. Fue entonces cuando William empezó a sollozar como un niño. Si Aeron no le hubiera conocido mejor, habría pensado que el guerrero estaba asustado de verdad. Pero lo sabía mejor. Todo eso era parte del papel que William se había ofrecido voluntariamente a ejecutar. Y por voluntariamente por supuesto significaba ceder a las amenazas de Anya de quemar su libro si no cooperaba. Habían esperado que no llegaran a eso, lo que estaba a punto de suceder, pero en lo más hondo todos sabían que pasaría. William no podría liberarse y correr, eso podría despertar sus sospechas, poniéndolos en guardia. Tendría que aceptar todo lo que le dieran y dejar que los hombres se alejaran después. Los guardias doblaron una esquina y se precipitaron por un callejón de atrás, fuera de la vista. A pesar que Aeron ya no podía verles, podía oír lo que estaba ocurriendo a través de su auricular. Cuando llegaron a su destino, sus pasos amainaron hasta detenerse. —No tenía intención de hacer daño —lloriqueó William. —Lo siento, amigo, pero ahora eres una responsabilidad. A continuación se produjo un deslizamiento de metal contra cuero, seguido por el desgarrón de la carne y músculo. Un gruñido. Otro rasgón, otro gruñido. William acababa de ser apuñalado. Dos veces. Aeron se estremeció con simpatía. Para aceptar todo lo que te daban, dejando a tu enemigo confiado, requería agallas, las tripas de William estaban probablemente derramadas por todo el pavimento. Habría sobrevivido, sin embargo, y sería capaz de devolver el favor. A todos ellos. Oyó crujir la ropa, y luego un golpe. William debía haber caído al suelo y colapsar como si estuviera muerto. El ruido de pasos comenzó otra vez, y luego los dos

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guardias, sonriendo por un trabajo bien hecho, estaban una vez más girando la esquina. Volvían adentro. Strider mantuvo escondido el capacitado coche de Stefano y los trabajadores, incluso ahora que estaban poniendo tablas en el agujero. Finalmente, acabaron. —Jodidos —se quejó William al oído—. Esos dos son míos. Fueron a por mis dulces, inocentes pequeños riñones. No había nada dulce o inocente en William. Ni siquiera sus riñones. —Sólo unos minutos más —prometió Aeron. —Quiero a dos guardias en ésta puerta hasta mañana —ladró Stefano—. El resto de vosotros volved a lo que estabais haciendo. Y joder, que alguien contacte con Galen. Mejor le decimos lo que pasó antes que lo escuche de alguien más. Los dos que habían apuñalado a William asintieron con la cabeza y reclamaron sus puestos. Así que Galen no estaba allí. Decepcionante. Mientras Aeron observaba, el resto de los Cazadores salieron del vestíbulo, atravesaron el club y fueron por un pasillo. Strider se quedó mirando el monitor mientras maniobraba el vehículo silenciosamente detrás de ellos. En ese pasillo había varias puertas. Una, le mostró la cámara, llevaba a una habitación donde unos pocos Cazadores se relajaban delante de un televisor. En el segundo cuarto, unos pocos estaban observando pantallas y cliqueando en consolas de ordenadores, tal como hacía Torin. En la tercera, extendidas una cama tras otra cama. Varios Cazadores estaban claramente durmiendo en ellas. Stefano entró en la cuarta, una habitación vacía. No había gente ni muebles. Sólo había una alfombra. Una alfombra que había sido apartada a un lado para revelar un oscuro, abismal vacío. Un vacío por el que descendió Stefano. Un túnel subterráneo. ¿Cavando un camino a la fortaleza? ¿Planeando moverse por su interior, para nunca tener que lidiar con las trampas en la colina? —Tenemos la posición de su escondite —dijo Strider con aire satisfecho. Hora de moverse. Para Aeron al menos. —¿Ya sabes por dónde ir? —preguntó Strider. —Sí. —Cuando observaba el monitor, había memorizado el camino. Strider le palmeó el hombro. —Que los dioses estén contigo, amigo mío.

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—Y contigo. —Aeron se puso en pie. No se había puesto una camisa porque había sabido que volaría. Con una sola orden mental, hizo aparecer sus alas libremente de sus ranuras. Agradecidas por la libertad, se extendieron en toda su longitud. —Buena suerte, amigo —dijo Paris. —Ten cuidado —hicieron eco algunos de los otros. —Si algo me pasa —dijo él a nadie en particular—, aseguraos de que Olivia vuelve a casa sin ningún daño. Aeron no esperó a sus respuestas, ya que se disparó al aire. Castiga… Ascendió alto… más alto… moviéndose tan rápidamente que no sería más que un borrón para cualquier cámara de la zona. Incluso para la que pudiera atravesar las sombras. Finalmente, se niveló y sobrevoló. Castiga… Debajo de él estaba el club. Buscó en la oscuridad, pero no había Cazadores en la azotea, y no podía ver a los Señores que conocía esparcidos cerca. Esa noche, la victoria sería suya. Castiga… Es un placer. —Descendiendo ahora. Abajo, se dejó caer, el viento azotaba su piel, las alas plegadas a sus costados, aumentando su impulso. Cuando llegó al edificio, se niveló y explotó a través de los listones de madera que justamente habían sido levantados. Trataron brutalmente a sus alas, cortándolas y rompiéndolas, aunque también derribó a los guardias. Aeron no se detuvo, voló a través del vestíbulo, la pista de baile, y luego el pasillo. Los Cazadores habían oído la colisión más reciente y empezaron a ponerse en acción, aunque lo hacían detrás de él, demasiado lentos para atraparlo. Sólo cuando llegó a la habitación con la alfombra finalmente se detuvo. Ira se echó a reír, las imágenes centellearon por la mente de Aeron. Los pecados de sus objetivos. Las palizas, apuñalamientos, secuestros. Tanta violencia, tanto odio. Esos hombres merecían lo que obtuvieran. —¡Demonio! —¡Detenedle! Él escondió sus alas, o lo intentó. Una vez más estaban demasiado destrozadas para encajar en sus ranuras. No importaba. Se dirigió hacia la alfombra recolocada

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justo cuando los Cazadores llegaron a la puerta. Una bala le atravesó la espalda, pero no desaceleró. Se limitó a girarse mientras caminaba, retirando una pistola de la funda de las axilas y disparando, enviando a varios hombres a agacharse para cubrirse. Un respiro temporal. Retiró la gruesa, colorida alfombra. —¡Bastardo! —Otra bala pasó zumbando detrás de él y se estrelló contra su costado. Devolvió el fuego. En medio de los nuevos disparos, oyó a sus amigos golpeando en el edificio. Pronto había gruñidos y gritos. Cristales destrozados. No había tiempo para regocijarse. Otra bala le alcanzó, esa vez en el muslo, haciéndole caer de rodillas. —Un poco de ayuda —apretó él en su auricular. Continuó disparando, volviendo a enviar a los Cazadores a esconderse. No los podría detener mucho más tiempo. El cargador de la pistola estaba vacío. Mierda. Tiró la pieza, ahora inútil al suelo. Castiga. Más. ¡Más! —Casi llegamos —jadeó Strider cuando el tiroteo comenzó de nuevo. Aeron sacó una segunda arma mientras que su amigo llegaba. En unos momentos, los cuerpos empezaron a caer, inmóviles, después Strider se asomó adentro. La sangre le salpicaba el rostro, aunque sus ojos brillaban intensamente y una sonrisa le levantaba las comisuras de sus labios. —¡Saca a todo el mundo! —Le dijo Aeron—. Está a punto de estallar. Strider asintió con la cabeza y salió gritando dando aviso a sus compañeros guerreros. Aeron tiró con fuerza del picaporte de la puerta del túnel, que no se movió. Aunque el brazo le palpitaba, temblando, apretó el gatillo de su arma una y otra vez hasta que el metal se astilló separándose. —¡Ahora! —gritó Strider resonando a través de sus auriculares. Aeron no se permitió revolcarse en el dolor que sentía, dolor que pronto se intensificaría. No se permitió reconocer el letargo de las drogas ni siquiera cuando avanzaban por su torrente sanguíneo. Cortesía del veneno de los Cazadores, estaba seguro. Simplemente agarró una granada de la bolsa en la cintura y tiró de la clavija con los dientes. La tiró por la puerta abierta, múltiples armas dispararon al mismo tiempo, golpeando, golpeando, salpicando su cuerpo con agujeros, y, tomando aire a la fuerza se mantuvo sobre sus piernas, dejando caer la granada. Ira articuló otra de esas risas alegres.

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¡Castiga! ¡Boom! La explosión resultante de aire lo envió a estrellarse contra el techo. Cuando se calmó, cogió otra granada, quitó el seguro, y la dejó caer por el vacío que había creado. ¡Boom! La madera y fragmentos de vidrio se remontaron en todas direcciones, cortándole, hiriéndole, dejándole fuera del camino. Aún así, perseveró. Sus alas estaban ahora tan destrozadas que apenas podía agitarlas, pero se las arregló para continuar subiendo más alto. A una distancia segura, se detuvo. Revolotear, sin embargo, resultó imposible. Cuando se detuvo, revisó con la mirada el área circundante. Columnas de humo negro escudaban el edificio. Pero a través de ellas, podía ver crepitar las llamas doradas lamiendo su camino hacia el cielo. Ningún humano podría haber sobrevivido a ese tipo de carnicería. Él, sin embargo, no quería dejar nada al azar. Cogió la tercera granada y acercándose al edificio la dejó caer. ¡Boom! Una vez más, recibió disparos hacia arriba. Las recientes llamas hicieron contacto, chamuscando su piel. Giró en el aire, dejando que la espalda tomara la mayor parte de los daños antes de girar de nuevo, cambiando de dirección y finalmente cayendo, golpeando el suelo donde había esperado primero con Strider. Su amigo ya estaba allí. —Podría besarte —fue lo primero que le dijo el guerrero—. Aunque pareces una mierda. Aeron se hubiera reído, pero había inhalado humo y la garganta estaba en carne viva e hinchada. Apenas respiraba. Sus ojos estaban llorosos por la quemadura, y no tenía la fuerza para deslizar las gotas fuera. —Estoy seguro que quieres un informe —agregó Strider, ayudándole a levantar—. William logró cortar las gargantas de los chicos que le segaron las tripas. Paris recibió un balazo en el estómago, y Reyes tiene golpes en la rótula. No están muy bien, así que Maddox y Amun les está ayudando a ir a casa. Exactamente donde tú necesitas estar. Lucien va a quedarse atrás para acompañar a las almas muertas al infierno, y Sabin va a quedarse con él por si acaso tiene que dejar atrás su cuerpo. O por si hay sobrevivientes. Si el túnel es lo suficientemente profundo, esos que corrieron pudieron haberse protegido de la explosión. Y ya sabes cómo le gusta a Stefano correr. El mareo corrió a través de él, suave al principio, luego rugiente, inundándole, y si no fuera por el brazo de Strider reptando en su cintura, se habría caído. Peor, la oscuridad estaba envolviéndole.

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—Usaron balas envenenadas, definitivamente —dijo Strider, reflejando sus anteriores pensamientos—. Como las que casi te mataron. ¿Cómo sobreviviste? ¿Qué hiciste? Tendríamos que haber preguntado antes, pero con todo lo que estaba pasando… Los pensamientos Aeron se fragmentaron, aunque sabía que tenía que decirle algo a su amigo. Algo vital. Algo sobre la vida y la muerte. Sí. Eso era. ¡Vida! —Los hombres… balas… morir… necesito… agua —consiguió decir. —No lo entiendo. Mierda, mierda, mierda. Si se desmayaba antes de que explicara lo que se necesitaba, sus amigos sufrirían. Podrían morir antes de que despertara o le explicaran a Olivia. —Río. Bebida. —¿Tienes sed? —Agua. Hombres. Necesitar. Beber. Agua. Vida. —Aeron, no lo entiendo —dijo Strider, claramente frustrado—. ¿Los hombres a quienes han disparado necesitan agua? ¿Cómo va a salvarles el agua? —El agua de la vida. Sólo necesitan… un poco. Olivia. Olivia… sabe. —Y entonces la oscuridad le arrastró por completo.

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CAPÍTULO 25

Olivia camina de arriba para abajo por los límites de la habitación de Aeron. Legión todavía dormía, aunque había estado refunfuñando la última hora por lo que Olivia sabía que se despertaría en cualquier momento. ¿Y eso no sería un placer? No puedes darte por vencida, estaba diciendo Tentación; Lucifer. Había estado farfullando durante horas. Debes ganar a Aeron. Permitiendo que un príncipe de las tinieblas ganara, también. Nunca. Eso era algo contra lo que había luchado toda su vida. La victoria era lo único que realmente importaba, incluso a costa de su propia felicidad. Y ese era exactamente el precio que tenía. Su felicidad. Él te necesita. Cállate. Será desgraciado sin ti. Y él se merecerá cada pedacito de ese sufrimiento. Deidad Santa, ¿en qué se estaba convirtiendo? Ese tipo de actitud no le sería de mucha utilidad en los cielos. Sí, los ángeles eran tolerantes y pacientes, como le había dicho a Aeron, pero eso no significaba que les gustara en lo que se había convertido. Si te vas, nunca tendrás permiso para saborearle otra vez. Se le escapó un gemido. Ella quería golpear la pared. Eres un ladrón, un mentiroso y un destructor. Déjame en paz. O por mi Deidad, le pediré que envíe a Lysander a las profundidades del infierno para silenciarte. Los dos sabemos que la solicitud será concedida. No debes asociarte con los ángeles. Ya no eres un ángel. Lo seré. Lucifer gritó con frustración, pero no dijo una palabra más.

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—Tu voz es tan molesta —murmuró Legión mientras se levantaba. Se frotó el sueño de los ojos. Debió haber olvidado cómo se había quedado dormida, porque no saltó ni atacó. O eso, o era que no le preocupaba el desquite ahora que sabía que Olivia se marcharía—. ¿Dónde está Aeron? La cólera se drenó tan rápidamente cuando la preocupación se extendió por ella, Olivia detuvo su vanidad y se dejó caer en la silla, frente a la cama. —Está asaltando un campamento de los Cazadores. ¿Estaría bien? Había dejado las puertas del balcón abiertas para que él pudiera volar directamente a esa habitación. Aunque siempre era lo que hacía, todavía no había llegado. Legión bostezó. —Oh. Bueno. Entonces, pronto estará en casa. Mi hombre mata rápidamente. Su hombre. Sí. Ahora lo era. Una vez más, Olivia quería dar puñetazos contra la pared. Un agujero dejaría algún recuerdo suyo. Un recordatorio que, sin embargo, podrían arreglar cuando se fuera. Eso no era ahora lo importante. Una brisa fresca había entrado bailando por la puerta abierta, hacía algunos minutos había sentido algo siniestro en el aire. ¿Un signo de la presencia de Lucifer, tal vez, o algo más? Unos oscuros indicios de humo hicieron que le picara la garganta y le escocieran los ojos. Tal vez la batalla ya había estallado. ¿Se había acabado? ¿Estaba herido Aeron? Lamiéndose los labios, envolvió los temblorosos dedos alrededor de la ampolla que había deslizado en el bolsillo de la túnica. El Río de la Vida. Levantó el frío cristal y estudió el remolinante líquido azul. Sólo había usado una gota, y había muchas más. ¿Necesitaría otra gota esa noche? ¿Más de una gota? Si era así, ¿cuánto tiempo duraría el contenido? —¿Qué es eso? —preguntó Legión con un bostezo. Olivia ya no tenía que decir la verdad, así que podría haber mentido a Legión y mantener el agua curativa en secreto. Pero no iba a estar mucho más tiempo, y quería que los Señores tuvieran acceso al contenido. Le explicó lo que era mientras se acercaba con desgana a la chica. Cuando le tendió la mano, el precioso vial descansaba en su mano, y le dijo: —Toma. Quiero que lo tengas. —Diablos, no. —Con una mueca, el demonio apartó la mano. La ampolla golpeó contra el colchón, y Olivia ancló los puños en su cintura.

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—¡Legión! —Tu Río de la Vida arruina nuestro sistema de agua. Ni siquiera podemos darnos un baño si una sola gota de esa basura ha contaminado uno de los cinco arroyos. —Qué triste para ti. Sólo asegúrate de que los Señores lo usan con moderación. Mientras más dure, más veces podrás revivir a Aeron del borde de la muerte. —¿Eso puede salvar a Aeron? —La aversión de Legión se disipó, ya que apretó el vial entre sus dedos, y después lo estrelló entre sus pechos—. Lo usaré con moderación. Lo prometo. Olivia le creyó. Si alguien cuidaría de la salud de Aeron y se aseguraría de que el guerrero fuera el primero, era Legión. Debería haber sido yo. Se trasladó a la terraza, pero se quedó en el interior, apoyando la cabeza en el marco de la puerta. La luna seguía estando alta, todavía dorada, aunque las estrellas se ocultaban detrás de esa película humeante. Ya no podía ver las luces de la ciudad, sólo los árboles y la colina. Su preocupación aumentó. Necesitas una distracción. —¿Por qué amas a Aeron? —le preguntó antes de poder detenerse. Una pausa, y luego: —Juega conmigo. Se asegura que sea feliz. Me protege. Legión probablemente no se dio cuenta, pero sonaba a la defensiva. Las bisagras chirriaron cuando la puerta del dormitorio se abrió repentinamente, y Olivia se volvió, de pronto el corazón golpeando contra sus costillas. —¿Aeron? Nadie respondió, porque no había nadie. Y ahora con la puerta abierta de par en par, podía ver también que el pasillo estaba vacío. La brisa había debido ser más fuerte de la que había pensado. ¿Cuándo regresaría? Las otras, las mujeres, estaban acampadas en el ático con Gwen, la esposa de Sabin, actuando como su protectora. Por si alguien cavaba el suelo, había explicado Torin. Algo que Olivia no había entendido, aunque él había mencionado un mensaje de texto. De todos modos, le gustó Gwen, desde la primera vez que la había visto, asustada de estar allí, odiando lo que era. Ahora Gwen estaba segura. Feliz. Como quiero estarlo yo. Había agradecido la oferta de la mujer para unirse a ella y a las demás, pero Olivia no había querido dejar a Legión dormir desamparada. Y cuando Gwen se había

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ofrecido a llevar al demonio al nivel superior, debería haber cedido, pero de nuevo, dijo que no. Esa era su última noche en la fortaleza. No había querido pasarla con un grupo de mujeres que conocía, pero quienes en realidad no la conocían. La habrían interrogado sobre Aeron, y simplemente no podía lidiar con eso ahora mismo. Además, Torin, observaba cada centímetro de ese lugar. Habría sonado una alarma si alguien aparte de un Señor se acercara. Con un suspiro, se dirigió a la puerta y la cerró, y luego caminó tranquilamente de vuelta a la entrada de la terraza. Su mirada se fijó en Legión por el camino. La demonio seguía tumbada en la cama, pero ahora estaba estudiando sus uñas, como si no pudiera creer lo bonitas que eran. ¿Dónde se habían quedado? —Si amas a alguien —dijo Olivia—, queréis ser felices. ¿Cierto? —Uh, sí. Esa es la razón por la que voy a dormir con Aeron. Nos hará felices a los dos. ¿Había sido Olivia alguna vez tan ingenua? —No le harás feliz. Piensa en ti como en una hija. Obligándole a hacer esto, le destruirás. Vas a mantenerlo revolcándose en la culpa, como hacen sus tatuajes, un recordatorio constante de lo que es, de lo que ha hecho y de lo que nunca podrá tener. Esas uñas rasgaron la ropa de cama. —¿Y tú crees que puedes hacerle feliz? —Sé que puedo —dijo suavemente. O sabía que podría. La forma en que él le había hecho el amor esa última vez… eso no había sido sobre el placer. Eso había sido sobre la unión de las almas. Una promesa de lo que nunca podría ser—. Me necesita. Hubo una carcajada muy masculina detrás de ella. —Bien, bien. Un Señor Demonio enamorado de un ángel. No puedo creer en mi suerte. Los ojos de Olivia se ampliaron mientras giraba. No reconoció la voz, no era Lucifer, sin embargo, tampoco vio a nadie en la habitación. Genial. Otro atormentador invisible. ¿Quién era esa vez? ¿Era su venganza por todas las veces que había espiado a Aeron en secreto? —¿Quién dijo eso? —preguntó Legión. —¿Lo oíste? Unas fuertes manos de pronto se cerraron sobre los hombros de Olivia, empujándola fuera y obligándola a encarar el cielo. Antes de que tuviera tiempo de resistirse, esas manos la empujaron por encima de la barandilla que había reparado en la ausencia de Aeron, y se encontró cayendo, abajo, abajo.

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Por primera vez en su vida, caer la aterrorizaba. —El agua —le gritó a Legión—. No te olvides del… Habría dicho más, pero algo duro fue sujetado contra su boca. Algo incluso más duro serpenteó alrededor de su cintura, sacudiendo su espalda contra una sólida pared. Se estabilizó, empezando a levantarse más alto, todavía más alto. Un hombre, se percató ella. Un hombre la abrazaba. No Aeron ni Lysander. La amenaza se vertía a través de él. Utilizando toda la fuerza que poseía, luchó por su libertad, arañando en la piel que no podía ver, pero que ahora podía sentir, pateando las piernas acomodadas sobre las suyas. —No haría eso si fuera tú —dijo él. La voz de la habitación. —¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? Ellos penetraron a través de una capa de nubes, ocultándolos a la vista. —Me hieres, en serio. Pensé que mi reputación me precedía. Galen, se dio cuenta ella. El mayor enemigo de Aeron. Había encontrado la Capa de Invisibilidad; Aeron se lo había dicho a Torin. Así era como había entrado en la fortaleza sin ser detectado. Así era como se había colado en el dormitorio de Aeron. Así era como iba a arruinar lo que a ella le quedaba de vida. Torin no tenía cámaras en las habitaciones, pero había cámaras fuera de esas zonas y les habrían captado saltando y volando. Cualquiera que observara el dispositivo creería simplemente que ella había vuelto a los cielos. A menos que Legión le contara lo que había ocurrido en realidad, Aeron asumiría que Olivia le había mentido. Pensaría que le había dejado sin despedirse. La sangré se le congeló en las venas. Debía convencer a Galen para regresar. —No estoy segura de lo que esperas lograr, pero te prometo, que no obtendrás lo que deseas. Aeron no se preocupa por mí. —No como ella soñaba, esperaba—. Ha dejado que me vaya. —Lo dudo mucho, pero no eres la razón por la que estaba en la fortaleza. Eras simplemente un último recurso. —¿Y qué esperas lograr? Sus brazos se tensaron alrededor de ella. —¿De verdad crees que voy a contarte todos mis secretos? —¿Vas a hacerme daño? Dímelo, al menos. —¿Y estropear la sorpresa? —Se rió entre dientes—. No. Mejor te lo muestro. Sus alas chasquearon cerrándose, y comenzaron a caer…

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Aeron se despertó con un sobresalto. En un momento se había perdido en el abrasador dolor que le traspasaba, sus órganos quemándose hasta las cenizas, y a continuación fue arrollado por una fría lluvia. Una lluvia que había reconocido al instante. El Río de la Vida. Olivia estaba allí, y lo había sanado una vez más. Excepto que, cuando enfocó, vio que era Legión quien gravitaba sobre él, y luchó contra una ola de decepción. —Funcionó. —Sonrió ella, toda blancos y perlados dientes y felicidad—. Realmente funcionó. A pesar de que realmente quería preguntar sobre su ángel caído, no podía. No sin causar todo tipo de problemas. —¿Y los demás? —Su voz era más áspera que de costumbre, y no debido a los daños causados por la inhalación de humo. El agua lo había sanado. Aunque los pensamientos de Olivia siempre le llenaban de necesidad. —¿A quién le importa? Ya sabes —agregó Legión, trazando un dedo por la línea de su esternón. Sus pestañas bajaron a media asta, aunque él todavía podía ver sus ojos. No estaban vidriosos de deseo. No, era la determinación la que se arremolinaba en sus profundidades—. Ahora que te has curado, tenemos algunos asuntos pendientes que atender. Él la agarró por la muñeca y mantuvo su mano a raya. —¿Los otros, Legión? ¿Cómo están? Con un suspiro, ella hizo un gesto apartando su preocupación. —Todavía están enfermos. ¿De acuerdo? ¿Está bien? Pero mejorarán por sí solos. Estoy segura de ello. No con esas balas chorreando veneno en sus sistemas. —¿Me estás diciendo que no han recibido el Río de la Vida? Quizás ahí es donde estaba Olivia ahora, ocupándose del bienestar de sus amigos. Cómo le gustaba a ella. Cuidado, siendo útil. —No, no lo han recibido. —Hubo una creciente rigidez en los rasgos de Legión— . Ahora, sobre ese asunto pendiente… Maldita sea. Iba a interrogarle. —¿Tiene Olivia el vial?

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Renunciando finalmente a sus intentos de seducción, Legión apartó la mirada. Al menos no había estallado en cólera porque había mencionado ese, hermoso, perfecto, nombre. —No —dijo ella—. Porque lo agotamos. Lo siento. Difícilmente. La última vez que lo había usado, había habido suficiente para salvar a un ejército entero. Aeron se sentó y se pasó una mano por la cara. Entonces. Si Olivia no tenía el agua, eso significaba que la tenía Legión, precisamente se lo había dado a él y ella era la única allí. Pero ¿por qué Legión estaría…? La respuesta se deslizó en su lugar, y frunció el ceño. Por supuesto. Estaba guardando el resto para él. —¿Por qué no me cambio por algo más cómodo? —sugirió ella. Después de todo, no terminaba con la seducción. Se estremeció. —Dame el agua, Legión, y deja de intentar acostarte conmigo. Sé que tenemos que hacerlo, simplemente no ahora. Ira se avivó dentro de su cabeza, estirándose y bostezando. —No, yo… —Legión. Prescindo de mi vida para salvar la tuya. Lo menos que puedes hacer es darme el agua. Frunciendo el ceño, ella cruzó los brazos sobre su amplio pecho. —Lo haces sonar como si yo estuviera… no sé, arruinándote. Él alzó una ceja, su silencio fue suficiente respuesta, y la cólera de ella aumentó. Cualquier vida sin Olivia ciertamente estaría arruinada. Legión es tu malcriada hija. Niña ya no parecía apropiado. No puedes odiarla. Bien. —Dame el agua o al final te daré la zurra que te mereces. Ahora Ira ronroneó. ¿Al demonio le había gustado la idea de castigarla? Nunca antes la había tenido. —Bien —gruñó ella, y se sacó la ampolla de entre los pechos—. Sólo dales una gota a cada uno. No más. Debido a que no sería necesaria más que una gota, él dijo: —Te lo prometo. —Y agarró el brillante frasco azul, el cristal tan frío que parecía congelado. Se empujó para levantarse y se miró el cuerpo.

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Todavía estaba empapado de sangre y hollín, cubierto de la cabeza a los pies. Sus vaqueros estaban desgarrados y no llevaba camisa. Aceptable. —Quédate aquí. —Con cada paso hacia la puerta, su sangre fluía más rápido y su fuerza se intensificaba. —Si vas a buscar al ángel —dijo Legión apretadamente—, debes saber que se fue. El ronroneo se desvaneció. Aeron se detuvo y se volvió. —¿Se fue? ¿A otra habitación? —No. Dejó la fortaleza. No. No. No lo habría hecho. Había prometido quedarse hasta que él regresara y hablaran. Ira permaneció mortalmente callado. —No me crees, ya veo. —Suspiró Legión y se dejó caer de nuevo contra el colchón—. Saltó desde el balcón y se fue volando. Ni siquiera me dijo que te dijera adiós. Lo que es grosero, si me preguntas, pero dudo que lo hagas. —añadió con un gruñido. ¡No! Su protesta se hizo eco con la del demonio. Salió de la habitación y bajó al vestíbulo. Legión debía haberle seguido, porque de repente estuvo junto a él, su mano descansando en la suya, tratando de tirar de él para detenerle. Sus pasos nunca desaceleraron. —¡Olivia! —llamó él. ¡Cielo! —Te lo dije. Se fue. Se ha ido para siempre. Se libró de su agarre y su mano se apretó en un puño. Olivia no era una mentirosa. A pesar de que su voz ya no poseía ese aro de verdad, no habría mentido. No estaba en su naturaleza. Lo sabía. La conocía. Algo debió haber pasado. El qué, no lo sabía, pero lo averiguaría. —¡Olivia! Ira gimió. La encontraremos. Detuvo al primer guerrero que encontró, Strider, y tiró la ampolla de agua en sus manos, lanzando también instrucciones, pero no se desaceleró en su búsqueda para encontrar a su ángel.

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—Aeron —dijo Legión, una modalidad desesperada en la palabra—. Por favor. Ibas a perderla de todos modos. Y tú, mejor que me devuelvas esa botella en el momento en que termines, Strider, o ¡me aseguraré de que nunca tengas hijos! Aeron regresó precipitadamente a su habitación y se colocó las armas. —No importa si iba a perderla o no. —Olivia, la única mujer que él se percató siempre perseguiría, que el orgullo y las circunstancias fueran condenados, estaba allí fuera—. Es mía. Nuestra —añadió antes de que Ira pudiera protestar—. Y no descansaremos hasta que regrese.

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CAPÍTULO 26

Bofetada. Le partieron el labio. Puñetazo. El aire abandonó sus pulmones. Chasquido. Un duro puño golpeó en su brazo inferior, rompiendo los huesos. Olivia permaneció muda ante todo, sufriendo, pero no pudo evitar que las lágrimas nadaran en sus ojos. La tortura había comenzado hacía una hora. Una eternidad. Sus muñecas estaban atadas a los brazos de una pequeña silla de madera; estaba golpeada, sangrando y destrozada. Su cabello estaba empapado de las muchas veces que el hombre llamado Dean Stefano había mantenido su cabeza dentro del agua, impidiéndole respirar, obligándola a succionar bocado tras bocado de líquido. Ahora esas gotitas de agua helada la cubrían, manteniéndola despierta, asegurando que ella sintiera cada mordisco de dolor. No es tan malo como el infierno, se dijo ella. Sobrevivirás. Debes sobrevivir. —Galen me dejó a cargo de tu cuidado —dijo Stefano, con la cara manchada de hollín y parches de piel ampollada—, pidiendo específicamente que te interrogara. Y lo haré. Te lo prometo. Tus amigos me hicieron esto, para que veas. Me quemaron a mí y lo que se había convertido en mi hogar. Apenas pude escapar y les debo una. O dos. Ella apartó la mirada de sus salvajes ojos. Estaba en un almacén de algún tipo. Un almacén con un suelo de cemento y paredes de metal. El cuarto que ahora ocupaba ella era pequeño. Había una mesa con cuchillos apilados en lo alto que esperaba que el bastardo comenzara a usar en cualquier momento. Había una palangana de agua lo suficientemente profunda como para ahogarla dentro, lo que casi había estado cerca, más personal del que pudo contar y la silla en la que estaba sentada. —¿Lista para hablar ahora, ángel? —su voz de pronto sonó tranquila. Nada que ver con el hombre cruel que era. Si sólo le dijera lo que quería saber, salvaría a los Señores de la agonía de perder una guerra, pensó, luego se mordió la lengua. No. ¡No! Galen debe estar cerca. Su

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demonio, Esperanza, debía estar jugando con ella, pues ese pensamiento no le había pertenecido. Permanece fuerte. —Todo lo que tienes que hacer es decirme donde han escondido los Señores la Jaula y esto se detendrá —Stefano le ofreció una sonrisa amable—. Seguro que quieres eso. ¿Quería que se detuviera? Sí. ¿Quién no? Pero una vez que ella le dijera lo que quería saber, la mataría. No olvides ese hecho. Ella apretó los labios en una línea testaruda. Él recogió una pluma que había caído al suelo cuando Galen se deshizo de ella aquí y acarició la punta a lo largo de su mandíbula. —La Jaula. ¿Dónde está? Dímelo. Por favor. No quiero hacerte más daño. Sabes lo que tienes que hacer, de pronto una voz gruñó a través de su cabeza. No era Lucifer, ni Galen. La tercera ese día. Esta vez, ella luchó contra un sollozo de alivio. Lysander. Estaba aquí. Ella no podía verlo, no podía sentirlo, pero sabía que estaba allí. Ella ya no estaría sola en esto por más tiempo. —Ángel —espetó Stefano. Directamente frente a ella, su mano rizada en un puño, preparándose para golpear su ya destrozado brazo. La pluma había flotado al suelo y ahora se burlaba de ella con su suavidad—. Habla. —No… no sé dónde está —dijo ella con voz áspera. Una mentira. Nunca había pensado que estaría agradecida por la habilidad de decirlas, pero ahora lo estaba. Por supuesto, eso significaba que el humano podría elegir no creerla. Olivia. Di las palabras, y te llevaré a casa. Oh, ella sabía que podía irse. Sabía que podía volver a los cielos como estaba previsto y escapar de esto. De todo esto. El dolor, la humillación. Pero le había hecho una promesa a Aeron, y era una promesa que tenía la intención de mantener. Ella tenía que despedirse. Debía despedirse. —Lo sabes —dijo Stefano—. Vagaste por esa fortaleza durante semanas sin que nadie supiera que estabas allí. Tienes que haberla visto. Olivia, por favor. Regresa conmigo. No soporto verte así. No puedo soportar esta sensación de impotencia, de saber que puedo salvarte, pero ser incapaz de actuar. —No puedo —le dijo ella. Stefano le dio un puñetazo en el brazo, tal como ella había sabido que haría, y un pequeño grito, finalmente encontró el camino libre. Las estrellas titilaron en su visión, el mareo se precipitó en la cabeza, crujiendo de una sien a la otra. ¡Olivia!

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—No puedo —dijo ella de nuevo, sin aliento. Bofetada. —Puedes —respondió el humano, pensando que había hablado con él—. No me crees capaz de lo que puedo hacerte y te haré y eso hiere mis sentimientos. El escozor dentro de su ya cortada boca se propagaba. Olivia, gruñó Lysander de nuevo. Esto es una locura. Nada vale la pena esto. Ven a casa. Por favor. No puedo ayudarte más hasta que lo hagas tú. —Tu esposa… no hubiera… querido esto —Esta vez estaba hablando con Stefano e ignorando a Lysander. Se alegraba de que estuviera allí, sí, pero no quiso entrar en esta materia. A través de su espionaje, Olivia supo que Darla, la mujer en cuestión, se había suicidado. A causa de Sabin, guardián de Duda, y Stefano —los dos hombres que la habían amado. Ella se había encontrado en medio de una competición de guerra entre ellos, con la muerte como única escapatoria. Stefano entornó los ojos, escudando la oscuridad de su iris. —Ella fue engañada. Los demonios la persuadieron con engaños para simpatizar con ellos —Él se inclinó, apoyando las palmas de las manos en los brazos atados — sobre su hueso roto— y presionó—. Si hubiera estado en su sano juicio, hubiera querido que hiciera más. Otro grito se le escapó. El dolor fue tan agudo, que viajó atravesando todo el cuerpo antes de llegar al estómago y arder. ¡Olivia! —Aeron también me odiará más que nunca cuando le envíe uno de tus dedos — dijo Stefano, tan calmado como cuando la había acariciado con la pluma—. Entonces vendrá por ti. Acabará muriendo por ti. ¿Es ese un precio que estás dispuesta a pagar? Dime dónde está la Jaula, y le perdonaré la vida. Ahí estaba otra vez. Esa esperanza de un futuro mejor. Si ella le decía a Stefano lo que quería saber, ella sería libre, volvería con Aeron, y podrían estar juntos para siempre. Podían hacer de nuevo el amor, e incluso formar una familia. ¿Sabía Galen que su hombre estaba haciendo una proposición para encontrar las respuestas que buscaba? ¿Acaso le importaría? ¿Se daba él cuenta de lo que su cercanía le estaba haciendo? Olivia, maldita sea. No tienes que decírselo y no tienes que soportarlo. Sólo vuelve a casa. Ella respiró, dentro y fuera. Luchando contra sí misma, sus deseos. Luchando contra esa absurda esperanza. Luchando contra el dolor. Abrió la boca. Lo que pensaba decir, nunca podría saberlo. Stefano la golpeó y ella no pudo formar ni una sola palabra… se desvanecía… hundiéndose… perdiéndose dichosamente…

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Va a llevar un rato y podría no funcionar.

Aeron estudió a su amigo, apenas capaz de detenerse por coger esos enormes hombros y sacudirlo. Los desparejados ojos de Lucien, uno marrón y otro azul, lo miraban con una inflexible determinación. —No me importa cuánto tiempo lleve. Sólo hazlo. Él quiso sacudirse a sí mismo también por no pensar en esto antes. Aquí todos pensaban que Olivia había regresado a los cielos, como Legión había afirmado. Infierno, todos habían visto el vídeo que las cámaras de Torin habían grabado. En uno se la veía saltando desde el balcón de su dormitorio. La escena se reproducía a través de su mente constantemente. Ella había estado de pie en su habitación, mirando a la noche. Se había tensado, volviéndose. Luego se había girado otra vez, caminando hacia fuera, su boca moviéndose como si hablara con alguien —Legión dijo que había estado murmurando sobre su excitación en reunirse con sus amigos— pero había sido terror lo que sangró por su expresión. Después, había saltado. Cayendo, cayendo, hasta empezar a elevarse. Sin alas. ¿Cómo pudo volar sin sus alas? ¿Por qué estaba asustada? Los otros asumieron que el terror derivaba de lo desconocido, de preguntarse cómo la recibirían los ángeles. Aeron tenía una idea mejor. Olivia no temía eso. Ella le había dicho que los ángeles perdonaban —pasivo, había sido su palabra— y que le darían la bienvenida con los brazos abiertos. La única conclusión racional es que Legión estaba mintiendo. Una vez más. Lo que significaba que Olivia había sido secuestrada, como él había supuesto en primer lugar. Y sólo había una manera en que pudo haber pasado. Galen. Galen había utilizado la Capa de Invisibilidad. Sálvala. Castígale. Que el demonio quisiera salvar primero y castigar después demostraba la profundidad de su afecto. Aeron había rastreado toda la ciudad de Buda. Había asaltado edificios, aterrorizado y asesinado a ciudadanos. Oh, sí había matado, y felizmente, también, sin ningún rastro de culpabilidad, para descubrir que muchos Cazadores todavía permanecían cerca. Nunca podría borrarse la sangre de sus manos. Pero no había ningún signo de Olivia. Ningún indicio de su perfume. Ningún rumor, ningún avistamiento. Él. Estaba. Desesperado. Y cada vez más. —Vamos. No hay mejor momento para empezar. Él condujo a Lucien por el pasillo hacia su habitación, donde abrió la puerta.

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Legión, quien de nuevo descansaba en la cama, se sentó. La sábana cayó hasta la cintura, mostrando sus pechos desnudos. —Por fin. ¿Estás listo para hacer esto o qué? Él la ignoró —como había hecho desde que le lanzó el vial a Strider— tan enfadado con ella que ya no sabía cómo tratarla, y se apartó, permitiéndole a Lucien que entrara dentro de la habitación. Legión lanzó un suspiro de frustración. —¿Compañía? ¿Ahora? Ira le siseó. Aeron tuvo la sensación de que al demonio todavía le gustaba ella, como a él, a pesar de su rabia, porque no había deseos de lastimarla. Pero Ira ya no se calmaba con ella. Le había destruido su pedazo de “cielo”, y ninguno de ellos podía olvidarlo. Lucien tuvo cuidado de no echar una mirada hacia la cama. Se detuvo en el centro de la habitación y giró lentamente. Estaba allí para bloquear el rastro del espíritu de Olivia —un rastro que podría seguir hasta dondequiera que ella estuviera retenida. Aeron rizó las manos en puños. —Dioses —dijo Lucien con asombro en su voz clara—. Ella tiene el espíritu más puro que jamás haya visto. Aeron no lo podía ver, pero lo podía sentir, y asintió. —Lo sé. —¿Quién? —preguntó Legión con una mueca. Otra vez él la ignoró. Le quedaban seis días para estar con ella, aunque en ese momento no estaba seguro de poder hacerlo, ni siquiera para salvar a sus amigos. —Lo seguiré tan lejos como pueda —le dijo Lucien—, y si yo… —Cuando —corrigió Aeron, formando un gruñido en su garganta. Ella está bien. Ella debe estar bien. El guerrero asintió con la cabeza. —Cuando la encuentre, volveré por ti. Con eso, Lucien desapareció en el reino espiritual para seguir su rastro. Dioses, se sentía impotente. Quería —necesitaba— estar por ahí fuera, buscándola activamente. Pero su primer intento no había dado ningún resultado, y en el fondo sabía que un segundo tampoco lo daría. Galen se la podía haber llevado a cualquier sitio, y Lucien la alcanzaría mucho más rápido. Si Aeron salía ahora de la fortaleza, entonces Lucien tendría que buscarle, una vez que el guerrero descubriera su ubicación.

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—¡Aeron! —Legión se puso de pie, frunciéndole el ceño mientras se agarraba la sábana alrededor—. Se trata del ángel, supongo. Bueno, ella se ha ido. Déjala. Estamos mejor sin ella. ¿Por qué no te das cuenta? —No estamos mejor sin ella —gritó él, sin ser capaz de moderar su ferocidad. La enfrentó, inmovilizándola con la fiereza de su mirada. ¿Por qué no podía ver ella lo mucho que necesitaba a Olivia?—. Ella es mejor que cualquiera de nosotros. La incredulidad brilló en sus ojos como las lágrimas. —No la creí, pero tenía razón. Tú… la amas. Aeron no se molestó en contestar. Si lo admitía, incluso a sí mismo, que amaba a Olivia, no sería capaz de dejarla marchar cuando llegara el momento. La conservaría, sin importar las consecuencias. —Dime lo que pasó cuando se fue. ¡Dime la verdad, maldita sea! Ella abrió la boca. Para mentir. Él lo supo; Ira lo sintió. —No lo hagas. Con cualquier otro, el demonio le habría molestado sin cesar con todos sus pecados. Los pecados de Legión nunca le habían preocupado antes a Ira, no los había tenido en cuenta, pero tan cabreados como estaban con ella, la situación había cambiado. —La verdad, maldición. Sólo la verdad. Después de todo lo que he hecho por ti, ¿no merezco algo mejor? —Tú… tienes razón. Yo… lo siento. Sólo pensé… pensé que sería más fácil para ti si creías que ella estaba… dispuesta a dejarte. No. Joder, no. Un grito brutal, de él, de Ira. —Así que Galen… —La tiene. Sí. Lo siento, Aeron. Lo siento mucho. Ver sus sospechas confirmadas... bueno, fue como sacarle el corazón del pecho y retorcérselo. Su hermosa Olivia estaba ciertamente con su enemigo, probablemente sufriendo insoportablemente, la piedad no era algo que el ejército de Galen practicara. Inclinó la cabeza hacia atrás y rugió. —Aeron. Dime qué puedo hacer para… —¡Silencio! —Cuando él la miró encolerizado, se mordió el interior de la mejilla hasta que probó la sangre—. Has herido a una mujer que entregó su vida para salvarnos. A nosotros. No sólo a mí, sino también a ti. Ella es la razón por la que todavía estás aquí. —Lo siento —repitió Legión entrecortadamente, apartando su mirada y bajándola al suelo—. De verdad.

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—No importa. Eso no nos devolvería a Olivia. Castígala. Pidió Ira de forma tan decidida que le empujó. A pesar de que el demonio había estado bordeando ya esa dirección. Ella nos traicionó. Ten cuidado. ¿No sería mejor salvar a Olivia? Preguntó Aeron. La cólera se transformó en tristeza. Cielo. Tomaría eso como un sí. Sacando a Legión de su mente, Aeron rebuscó en el armario y empezó a prepararse para el regreso de Lucien, atándose tantos cuchillos y armas como su cuerpo pudiera mantener. Por si acaso, él también tomó lo que quedaba del Río de la Vida. La mitad de la botella. Strider no había seguido muy bien sus instrucciones, pero un poco era mejor que nada. Con suerte, Olivia no necesitaría nada. Pero si Galen la había herido, no habría un agujero donde el bastardo pudiera esconderse o un pedazo de tela tras el que pudiera escudarse. Al final, Aeron lo encontraría. Venganza. Sí. La venganza sería suya.

¿

Qué he hecho? Pensó Legión, horrorizada, cuando Aeron salió de la cámara

que había decorado para divertirla. Él estaba sufriendo. Y ella era la causa. Él tenía razón. Sólo la había tratado con amabilidad, y ella le había reducido a esto. Él tenía los ojos tristes, su voz sazonada con desesperación. Tenía el estómago revuelto con náuseas. Ella hubiera hecho cualquier cosa, cualquier cosa, para hacerle sentir mejor. Tal vez… tal incluso hacerse a un lado para que al fin pudiera estar con Olivia de nuevo. No. No pienses eso. Debido a que ella había hecho ese pacto miserable con Lucifer, su curso estaba establecido —igual que el de Aeron. Sin embargo tenía que haber algo más que pudiera hacer. Algo que le haría feliz de nuevo. Algo así como… La respuesta la golpeó, y ella cerró los ojos. No, no, no, pensó. Así que, la única manera. Por Aeron. Con manos temblorosas, se puso la ropa. Un par de pantalones y una camiseta que le había prestado Danika. Ella podría recuperar al ángel. No para estar con Aeron, sino para que al fin él pudiera despedirse. Legión no podía seguir los rastros del

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espíritu como Lucien, pero podía sentir a sus hermanos. Así es como había encontrado a Aeron el día que se conocieron. Ella había sentido cerca a su demonio. También podía sentir a Galen. Nunca debí dejarlo ir con el ángel. A pesar de la Capa ocultándole, le había sentido en el momento en que entró en esta habitación. Ella no había dicho nada, demasiado ocupada con la esperanza que él destruiría a su competencia. Soy una chica mala, mala. Encuéntrale. Sí. Está bien. Eso es lo que haría. Se presentaría ante Aeron tanto con Olivia como con Galen. Y luego Aeron la amaría otra vez.

—¡

Déjame solo, niña!

—No soy una niña —Gilly se puso las manos en las caderas, la imagen del rencor femenino. Rencor femenino juvenil—. Necesitas que alguien se encargue de tus heridas. —Mis heridas —le dijo William con el ceño fruncido—, se están curando bien. Desde el momento en que había regresado a la fortaleza, atravesado con cortes, ella se había estado preocupando de él. Sí, a él le gustaba. ¿Qué hombre no disfruta siendo atendido? Pero el hecho de que tuviera que seguir recordándose que Gilly era demasiado joven para él lo estaba volviendo loco. No debería tener que recordarse que las prefería mayores, mujeres más sofisticadas. No debería tener que recordarse que incluso prefería las mujeres casadas. Dioses, amaba a las mujeres casadas. Las que tenían el corazón destrozado, también. Eran presas fáciles. En realidad, cualquiera con baja autoestima era un afrodisíaco para él. Les apasionaba, viéndolas florecer bajo su adulación. Pero ¿la pequeña adorable Gilly? No. No, no, no. Estaba fuera de sus límites. Siempre. No importa su edad. Con todas las mujeres con las que había estado —y sí, habían sido miles— sabía que no se jugaba con los juguetes en su propia casa. Eso era una complicación demasiado grande. Tú jugabas con los juguetes de otros en sus casas. —¿Por qué estás siendo así? —ella se apartó un oscuro mechón de pelo detrás de las orejas. Una oreja delicada. Un oreja para acariciar. ¡Idiota! —Vete —dijo él con más dureza de lo que había previsto. Ella se sobresaltó, y luego un manto de dolor cayó sobre su hermoso rostro. —¿Y a donde? Las otras chicas están con sus novios, y no me gusta andar con los solteros.

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Uh, hola. —Estoy soltero. —Sí, pero tú no eres como ellos —dijo ella, mirándose sus zapatos. Eso era cierto. Él era mucho más guapo e inteligente. Probablemente un poco más letal, también. —Gilly —dijo él en un suspiro—. Creo que es hora de que tengamos una charla. He notado que tienes algunos sentimientos… hacia mí. No te culpo. Demonios, te felicito por tu inteligencia y aguda apreciación de la belleza. Pero somos amigos, tú y yo, y eso es todo lo que alguna vez seremos. —¿Por qué? —Esos grandes ojos con sus pestañas demasiado largas se levantaron, inmovilizándole en su lugar, dándole ideas que no debería estar teniendo. Como enseñarle a ella que el placer no tenía por qué ser feo. Eres peor que un idiota. Él se aseguró de moderar su tono. —Porque eres demasiado joven para estar con un hombre y comprender lo que eso significa. Ella se rió con amargura. —He sabido durante años lo que eso significa. Ahí estaba de nuevo, una confirmación verbal de las cosas que se le habían hecho. Las cosas que nunca debería haber hecho. —Quienquiera que estuviera contigo, estaba equivocado—dijo él firmemente—. Muy, muy equivocado. Un rubor floreció en sus mejillas, y él no estaba seguro de si el color nació por la vergüenza, el bochorno o el alivio de que alguien reconociera los malos tratos que había recibido. Ella no sabía que él estaba al corriente sobre su padrastro, y no iba a decírselo, ella sólo sabía que William le culpaba por haberla herido. Lo cual era cierto. Su padrastro debería ser fusilado. Y destripado. Y después colgado. Y luego quemado en la hoguera. Y William se encargaría de ello. De hecho, esa sería su próxima misión. A la madre no le iría muy bien, tampoco. —No estoy mal contigo —susurró ella. Dioses, ella lo estaba matando. —¿Por qué quieres estar colgada a mi alrededor, de todos modos? —Él no le diría lo que planificaba. Podría tratar de detenerle—. ¿Qué me hace diferente a los demás? Ella se lamió los labios, la punta rosada de su lengua escondiéndose antes que él le hubiera dado un buen vistazo. —Bueno, no fumas.

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¿Eso es lo que encontraba atractivo? —Ni los otros hombres. Pero a diferencia de ellos, he pensado adquirir el hábito —Y lo haría de inmediato—. ¡Y no usaré filtro! Ella se cruzó los brazos sobre el pecho y tamborileó con las uñas. —Es más que eso. Eres hermoso, como ya me has dicho. —Como siempre, no puedo negarlo. —Modesto, también —agregó ella secamente. Él era lo que era. Conocía su atractivo y no se avergonzaba en admitirlo. —La apariencia no lo es todo, sin embargo. Especialmente desde que soy tan superficial como un charco de lluvia. Uso a las mujeres, Gilly. Me acuesto con ellas y después las dejo, aunque quieran más de mí. Odiaba empañar sus ilusiones acerca de él, pero tenía que hacerlo. Uno de ellos tenía que ser inteligentes sobre esto. Ella se mostró indecisa, una vez más apartando la mirada. —Yo sabía todo eso. He oído hablar de ti. —¿A quién? —quien chismorreara sobre él necesitaba ser… —Anya. Zurrada. Con fuerza. —Cualquier cosa que ella te diga, recuerda que es una mentirosa. —Ella dijo que puedes hacer que una mujer olvide sus problemas. Hasta tal punto que la mujer es más feliz cuando la dejas que cuando la encontraste, sin importar el corazón roto que dejas atrás. Oh. —Bueno, por una vez dijo la verdad —su tacto era mágico— Pero, escucha. En pocos años, llegará el hombre adecuado y te hará más feliz —Claro, que ese hombre tendría que conocer las normas de William y ganar su aprobación, pero ya saltarían ese obstáculo cuando llegaran—. En cuanto a mí, no soy ese hombre. No soy el correcto para nadie a largo plazo. Una vez más, el dolor ensombreció su cara. —Pero… —No. No va a pasar, Gilly. Ni ahora ni nunca. Ella tragó saliva, tratando visiblemente de recuperar la compostura. —Bien —dijo ella por fin—. Te dejo solo. Como prefieras —Fiel a su palabra, salió del dormitorio, dando un portazo tras ella.

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Desafortunadamente, ella dejó el dulce aroma de vainilla en su estela, provocando a su bastardo olfato. William se puso en pie. Le dolían las costillas, las heridas ya estaban en el proceso de curación, pero tenía que salir de aquí antes de seguirla. Cuanto más distancia entre él y Gilly, mejor. Además, tenía para comprar cigarrillos. Tal vez ayudara a Aeron a encontrar a su ángel —a quién le importaba si era o no encontrada— y luego, cuando estuviera a plena capacidad, rastrearía y mataría a la familia de Gilly. Un buen plan, se dijo, pero entonces ¿por qué de repente él se sintió tan… incompleto?

Una esposa, pensó Gideon, aturdido. Había tenido una esposa. Una esposa que no recordaba. ¿Cómo era posible? Después del anuncio de Scarlet, simplemente había salido torpemente del calabozo. No había sabido qué decirle. No sabía si podía creerla, Mentira no le dio ni una jodida ayuda. Todo lo que él había sabido era que no quería dejarla, pero él había prometido hacerlo, así que lo hizo. Aunque, se había quedado cerca, en el hueco de la escalera. Esperando, pensando, titubeando, esperanzado que ella le llamaría. No lo hizo. Ahora, horas más tarde, ella estaba durmiendo y él se dirigía… a algún sitio. Levantó la mirada, pretendiendo hacer un seguimiento de su entorno, cuando se topó con un igualmente distraído Strider. —Mira por dónde vas, hombre —dijo su amigo con una sonrisa—. ¿Y no deberías estar en tu habitación? Tenía el hombro apoyado contra la pared como soporte, estaba jadeando y sudando. No había comido en mucho tiempo, y se estaba debilitando cada segundo. —Probablemente no. No necesito ayuda. La preocupación asomaba en la sonrisa de Strider. —Déjame. Un fuerte brazo estrechó su cintura y Gideon desvió su peso. —No gracias, enemigo. —De nada. Por el camino, Strider le contó sobre el bombardeo del Refugio y su victoria. Eso explicaba el brillo feliz en los ojos del guerrero. Pero había algo más en sus ojos. Algo fuera de lugar. Algo… oscuro, inquietante.

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—Eso no es genial, pero ¿qué pasa con lo que no está preocupándote? Strider miró sobre su hombro, y luego examinó el pasillo, asegurándose que estaban solos. Lo estaban. Aun así, él permaneció en silencio hasta que llevó a Gideon a su habitación y lo puso sobre la cama. Él se sentó en la silla que Ashlyn —y luego la dulce Olivia— había ocupado una vez, apoyó los codos en las rodillas y se inclinó hacia delante, dejando caer la cabeza en sus manos. —Esto está así. Nos encontramos con los Tácitos. Son malos, amigo. De lo peor. Saben dónde está el cuarto artefacto, y están dispuestos a dárselo a cualquier que les lleve la cabeza de Cronos. Incluso a los Cazadores. —Así que no lo haremos… —No, no lo haremos. ¿Te acuerdas de la pintura que Danika hizo de Galen? Mierda. Sí, se acordaba. En ella, Galen había cogido la cabeza de Cronos. —Si eso se hace realidad —continuó Strider—, los Tácitos, quienes son sumamente poderosos, serán liberados de la dominación de Cronos, y podrán hacer cualquier cosa que quieran. Como, no sé, comerse a todos los humanos del planeta. Noté que prefieren una dieta rica en órganos. —Eso es impresionante. —Convoqué a Cronos, con la esperanza de hablar con él sobre esto, para ver si había alguna forma de destruir a los Tácitos antes que Galen se pusiera creativo con su espada, pero me ignora. Torin lo convocó, también. Nada. Y atento a esto. Acabo de toparme con Danika. Acababa de terminar su pintura más reciente. El temor se rizó atravesando a Gideon. Por lo general, Strider saboreaba el próximo reto. Ahora sólo parecía enfermo. —No quiero saber. —Cambiarás de idea cuando oigas esto. Era de Cronos y su esposa, Rhea. Oh, sí. ¿Alguien te contó que Rhea está ayudando a los Cazadores? De todas formas, ellos estaban con Lysander, Cronos humeando y Rhea vitoreando. Conoces a Lysander, ¿verdad? Es el ángel que convive con Bianka. —No —Sí. —No es grandioso, ¿verdad? —Dijo Strider—. ¿Y qué pasa si Cronos está cabreado con Lysander y Rhea está encantada con él? El ángel en realidad no nos preocupa. Bueno, tu demonio realmente lo entenderá. Eso es mentira. El ángel nos concierne a lo grande. —Por favor, no sigas, entonces. No te apresures con los detalles. Quiero decir, me encanta que lo prolongues.

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Lo cual estaba haciendo probablemente porque no quería soltar la mala noticia a todos y necesitaba darse valor. Aun así. Gideon no podía aguantar mucho más. Strider levantó la mirada con expresión sombría. —Aeron estaba allí, en la pintura. Lysander tenía su cabeza.

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CAPÍTULO 27

Fue el dolor lo que la despertó. Olivia abrió los ojos lentamente. Bip, bip. Al principio, la habitación estaba borrosa, como si alguien la hubiera embadurnado con aceite. Pero luego, poco a poco, la claridad descendió. No completa claridad —sus ojos estaban hinchados— pero la suficiente para ver que aún estaba en el almacén, aunque en otra habitación. Ésta tenía camillas de hospital. Ella tenía puesta una intravenosa, y los electrodos cubrían su pecho, monitoreando el latido de su corazón. Su brazo fracturado no estaba enyesado, notó, pero estaba esposado al cabecero de la cama. —¿Lysander? —Incluso pronunciando esas pocas silabas causaba en su garganta nada salvo agonía. Lagrimas inundaron sus destrozados ojos. No hubo respuesta. Lo intentó de nuevo. —Lysander. De nuevo, nada. Había desaparecido, de nuevo. No la habría ignorado, ese no era su estilo. Le habría gritado un poco más y ahora mismo, ese griterío sería bienvenido. Estaba sola y asustada. No, sola no, se percató al tiempo que su mirada escudriñaba el resto de la habitación. Junto a ella había un hombre también en una camilla. Un hombre que ella no reconocía. Era joven, quizás en sus veinte, y había moretones debajo de sus ojos. Sus mejillas estaban ahuecadas y su piel un poco cetrina. Él la estaba observando. Cuando se percató de que había sido descubierto, se ruborizó y dijo: —Uh, hola. Me alegro de ver que estás despierta. Mi nombre es Dominic. —Olivia — respondió ella automáticamente. Ow. Eso había dolido incluso más.

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—Suenas terrible. —Remordimiento y culpa emanaban de él—. Se supone que nosotros somos los buenos chicos, sabes. Stefano me contó que eres la novia de Ira, pero no me importa. No debiste haber sido lastimada de esta manera. Ningún humano debería ser lastimado de esta manera. Ella no tuvo que preguntar quién era “nosotros”. Los Cazadores. Su mirada vagó sobre el cuerpo del muchacho, buscando por heridas. Él estaba sin camiseta y había vendajes alrededor de su hombro y cintura. El que estaba alrededor de su cintura estaba manchado por sangre seca. Él vestía un par de pantalones sueltos. —¿También… te hicieron daño? Él pareció no haberla escuchado, demasiado perdido en sus propios pensamientos. —Ellos me contaron que nuestro líder también es un demonio. —Al salir la última palabra, comenzó a toser. Toser tan fuertemente, que escupió sangre. Cuando finalmente se calmó, agregó—. Debería haberles creído. Después de lo que te hicieron, debería haberles creído a ellos. Ellos. ¿Los Señores? No podía sentir ninguna mentira en su tono, pero por otra parte, no podía sentir la verdad, tampoco. De cualquier forma, sabía bien profundo en sus huesos que él no iba a vivir por mucho más. Odiaba que fuera a morir así, aquí dentro. Como ella también probablemente haría. No. No. No debería pensar así. Ella era una mensajera de alegrías, sí, pero eso no quería decir que estuviera indefensa. Había resistido a los fuegos del infierno. Había soportado que le arrancaran sus alas del cuerpo. Podía escapar de esto. Escaparía de esto. Dominic se sentó, se tambaleó un poco y se frotó las sienes. Cuando se estabilizó, sacó las piernas por el costado de la camilla y se alzó. —Cuidado —logró decir ella en un graznido. De nuevo, él pareció no escucharla. —Ellos me encontraron en las calles. Era un ladrón y un prostituto, y me dijeron que no era culpa mia. —Había vergüenza en su voz, la vergüenza era mucho más grande de lo que había sido su remordimiento—. Me dijeron que era la culpa de ellos. Los Señores. Que el demonio de Derrota se estaba alimentando de mí y de mis circunstancias. Les creí porque era más fácil que culparme a mí mismo. —Mintieron — dijo ella. Él estaba haciendo su última confesión, y eso casi la hacía sollozar. La muerte no debería molestarla. Nunca lo había hecho antes. Pero ahora ella sabía la finalidad de ello. Este niño, por eso que era, debería haber tenido una oportunidad para vivir una larga y feliz vida. En cambio, había conocido solo pesar y arrepentimiento.

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Un tembloroso paso, dos, logró dar la vuelta a la camilla, aproximándose a la de ella. —Sé que mintieron. Ahora. Los Señores, me enviaron de nuevo. Me liberaron. No querían hacerlo, pero lo hicieron. Derrota lo hizo, y había compasión en sus ojos. La vi. La maldad no siente compasión, ¿verdad? —No. —Lo estudié a él, ¿sabes? Más que a los otros. Quería matarlo por mí mismo, pero él me salvó. Y Stefano, lo que te hizo a ti… —Dominic negó con su cabeza, frunciendo el ceño—. No hay ninguna compasión en el acto de golpear a una mujer indefensa. Galen estaba enfadado cuando se enteró, pero el “ángel” no castigó a Stefano por sus acciones. ¿Galen, enfadado por su maltrato? Sorprendente. Cuando Dominic finalmente la alcanzó, él le ofreció una pequeña sonrisa que logró ser triste y feliz al mismo tiempo. —Esos bastardos nunca pensaron que te ayudaría. —Él sacó una de las cuerdas de sus pantalones y al final de ella colgaba un delgado trozo de metal—. Estaban equivocados. A través de los años, he aprendido a siempre estar preparado para todo. Los ojos de ella se abrieron de par en par al tiempo que él trabajaba en las esposas que la mantenían cautiva. Los ojos también se le llenaron nuevamente de lágrimas. El dolor era insoportable, casi enviándola de nuevo a ese bienvenido oscuro vacio. Agradecidamente, el metal chasqueó antes de que ella cayera, liberándola, aliviando algo la agonía. —Gracias. Él asintió. —Tenemos diez minutos. Quizás. Siempre viene alguien por aquí para ver cómo estás. —Al tiempo que él hablaba, le ayudaba a sentarse—. Además, se suponía que debía llamar a Galen cuando despertaras. Por supuesto, no lo haré. —Con apenas una pausa, agregó—. A la puerta, vamos a girar a la izquierda. Vamos a caminar pasando todas las otras entradas, y esperanzadamente mi cuerpo bloqueará el tuyo. Hay hombres aquí, solo unos pocos, pero incluso aunque son personal médico, no vacilarán en dispararte si se dan cuenta de quién eres y que estás libre. Insegura, Olivia posó su peso sobre su pie izquierdo, luego sobre el derecho. Se sostuvieron. Un suspiro de alivio abrió sus labios —y esto la hizo encogerse. Sus labios estaban agrietados y la acción, pequeña como había sido, abrió las abrasiones. —No puedo irme sin la Capa — dijo ella—. ¿Dónde está…? —Imposible. Galen la mantiene con él todo el tiempo. La única manera de obtenerlo es confrontándolo, y tú no sobrevivirás si lo haces.

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Dominic tenía razón. Ella no tenía la fuerza para derrotar a Galen. Pero no podía dejar la Capa en su posesión. Alguien más podía ser raptado por él. Y lo sería. Galen no dudaría, y podría no ser tan… indulgente con la próxima persona. —Vamos —dijo Dominic, y con su brazo alrededor de la cintura de ella, la dirigió hacia la puerta. —¿Dónde está Galen ahora? —Oh, no. Sé lo qué estás pensando, pero ya te lo dije. No podemos hacerlo. Simplemente no hay manera. —Tengo que intentarlo — dijo ella, dejando que su determinación emanara de ella. Él se quedo quieto, cerró los ojos. Podía sentir su corazón golpeando contra sus costillas, errático, demasiado fuerte. —Él está aquí. Esperando. Impaciente. —rió amargamente—. Traté de despertarte más pronto, pero estabas dormida profundamente. Si ella se iba, Galen dejaría este almacén y nunca volvería, sabiendo que ella podía traer a los Señores aquí. Ya no sabría dónde encontrarlo, y ese sería un objetivo al que no renunciaría. —Quiero que te vayas sin mí — dijo ella. Le dio indicaciones para llegar a la fortaleza—. Los Señores te localizaran una vez que llegues a la colina. Pregunta por Aeron y cuéntale… —No. —Dominic negó con la cabeza—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No puedes derrotar a Galen. Te matará antes de partir con esa Capa. Estoy muriendo, de cualquier forma, y no me importa hacerlo aquí o en algún otro lugar. Pero tú… No. — Dijo de nuevo—. No te dejaré. No moriré sabiendo que no hice nada para ayudarte. Ella abrió la boca para protestar, para decirle lo que fuera necesario para convencerlo de hacer lo que ella quería pero el sonido de fuertes pasos y un grito distante la detuvieron. Dominic se tensó. —Está volviendo para comprobar tu estado — susurró él, horrorizado—. Mierda. Mierda. —La empujó contra la puerta y la presionó contra la pared, donde se esconderían cuando la puerta se abriera. —No puedo irme sin la Capa. Simplemente no puedo. De nuevo, Dominic cerró los ojos, como si estuviera sopesando sus opciones. Solo le llevó un segundo, un segundo que pareció durar una eternidad, pero cuando los abrió, había más resolución en su expresión de la que había visto ella alguna vez en alguien previamente.

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—La Capa estará en su bolsillo. Como se pliega, se encoge. Es gris y suave. Agárrala y corre. No mires atrás. Solo corre. ¿De acuerdo? Como el de él, el corazón de ella estaba golpeando contra sus costillas. El sudor estaba emanando de su piel, sus miembros estaban temblando y su boca seca. —¿Qué hay de ti? —Él clamó estar listo para morir, pero ella no estaba lista para verlo hacerlo. Era un buen chico que había visto demasiadas cosas malas en su corta vida. Él merecía un “vivieron felices por siempre”. —Yo me ocuparé de Galen. ¿De acuerdo? —Sacó la otra cuerda de sus pantalones y había una daga unida a ésta. Sus nudillos se volvieron blancos al aferrar la empuñadura—. Simplemente busca en sus bolsillos, agarra lo que puedas y corre. Bolsillos. Galen vestía una toga como la de Olivia, así que sabía que tenía tres bolsillos. Dos a la derecha y uno a la izquierda. Sería imposible revisar los tres al mismo tiempo. Aún así, ella dijo: —Está bien —y rezó porque escogiera correctamente. La puerta se abrió, y Galen ingresó. Se detuvo en el centro de la habitación, la cabeza girando de izquierda a derecha para inspeccionar las camillas vacías. Ella no pensó en sus siguientes acciones, simplemente se propulsó contra él y deslizó sus manos a lo largo de sus costados, dentro de dos de sus bolsillos. Él maldijo y trató de apartarla. Quizás Lysander estaba ayudándola, después de todo, porque Galen no tuvo éxito. Su brazo roto punzaba, sus dedos estaban hinchados e hizo más lenta su reacción ante órdenes mentales, pero asió todo lo que tocó, giró y corrió. Simplemente corrió. Justo como Dominic había querido. Unos dedos se enredaron en su cabello y tiraron, pero ella se mantuvo en movimiento. Traspasó la puerta, a medias esperando que unas fuertes manos la aferraran por los hombros o se enredaran en su cabello de nuevo, pero eso nunca sucedió. En cambio, escuchó un grito, un rugido de dolor, y supo que Dominic había apuñalado ya a Galen. Una puñalada no detendría al inmortal por mucho tiempo. A través de las puertas abiertas de las otras habitaciones, varios hombres se precipitaron hacia el corredor. Ante sus confundidas y asustadas miradas de sorpresa, ella aumentó su velocidad y bajó la mirada hacia su botín. Allí, en el centro de su palma, había un cuadrado de tela gris. Alivio. Excitación. Sí, ella experimentó ambos. Le dieron fuerza. Olivia dejo caer todo lo demás, no eran importantes ahora mismo, y sacudió la tela. Debida a su falta de atención, ella se chocó contra una solida pared de hombre.

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La acción la hizo estremecerse, le dolió, pero no lo bastante como para evitar que continuara sacudiendo la tela al tiempo que caía. Justo cuando el hombre se inclinaba para aferrarla, ella envolvió la Capa alrededor de sus hombros. Un minuto podía ver sus miembros, al siguiente ya no. Ni siquiera respires. Quédate quieta. Todos los hombres giraron, frunciendo el ceño, buscándola. Dispararon a donde ella había estado, pero ya se había movido. Se presionó contra la pared, y ellos finalmente corrieron pasándola, gritando por ayuda. Galen salió de la habitación, la sangre emanando de su abdomen. Estaba frunciendo el ceño y arrastrando a un inconsciente —por favor, permite que esté vivo— Dominic por detrás de él. —¿Dónde fue ella? —exigió él. —No lo sé. —Simplemente desapareció. Galen se pasó la lengua sobre los dientes. Dejo caer a Dominic, quien ni siquiera emitió un jadeo. —No pudo ir muy lejos. Esta herida. Separaos y moveros hacia la guarida de los demonios. Allí es donde ella se dirige. Si sentís cualquier cosa que no podáis ver, disparad. Si sentís a una mujer jadeando pero no podéis verla, disparad. ¿Entendido? Se acabó el juego limpio. Ella tiene algo que me pertenece. Sin embargo, no pongáis los pies en la colina. Los Señores os verán y aún no estoy listo para ello. Un coro de síes sonó, y los hombres se fueron. Galen se quedó parado por un largo momento, apretando su mandíbula, respirando profundamente. Olivia ni siquiera se atrevía a dar una exhalación; simplemente contuvo la respiración y esperó. Finalmente, él se retiró, siguiendo a sus hombres. Ella avanzó de puntillas y posó sus dedos en el cuello de Dominic. No había pulso. Le tembló la barbilla, y las lágrimas una vez más inundaron sus ojos. Él había estado listo para morir, incluso lo había deseado, pero aún así le rompía el corazón. Él nunca conoció la alegría. Debería haber conocido la alegría. Reza por su alma. Luego. No puedes ayudar a nadie si también muere. Olivia se incorporó, las lágrimas deslizándose pos sus mejillas como lluvia. Apenas podía ver frente a ella, pero avanzó, tomando el mismo camino que Galen. El corredor conducía a un área vacía, pero esa área vacía llevaba a una entrada cerrada. ¿La salida? Muy probablemente. La grieta entre las puertas dobles revelaba un torrente de la luz del sol.

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Tragando, alzó su mano herida y empujó los paneles. El aire cálido la envolvió instantáneamente. Y bastante seguro, el sol estaba resplandeciendo brillantemente sobre un atestado aparcamiento. Demasiado brillante para su ahora sensible visión. Aun así, parpadeó contra aquellos rayos al tiempo que caminaba con dificultad. Hasta que un sonriente Galen se interpuso en su camino. Sus alas estaban ampliamente extendidas, y ella se estaba moviendo demasiado rápido como para detenerse. Chocó contra él y se inclinó hacia atrás, cayendo contra la pared de metal del almacén. —Pense que te quedarías atrás para revisar al muchacho —dijo él, ampliando su sonrisa—. Tus amigos causaron su muerte, sin embargo aún piensas en regresar a ellos. Tan decepcionante. Tan predecible. ¡Bastardo! Él arremetió contra la pared, y Olivia rodó saliendo del camino, agarrando tantas piedras como podía. Ella se alzó sobre sus pies, cuidándose de no hacer otro sonido, y Galen terminó golpeándose contra el edificio. Él se enderezó. —No importa. Puedo ver la huella de tus pasos. Ahora es simplemente cuestión de seguirte. Gracias por el aviso. Ella zigzagueó de izquierda a derecha, su mirada moviéndose continuamente, buscando por un camino seguro. Solo tierra y grava la recibían. Lo que significaba que en cualquier lugar que pisara, él continuaría viendo sus huellas. Y lo hacía. La estaba siguiendo. —Escapa de mí, e iré tras Aeron la próxima vez. Le arrancaré la cabeza mientras tú observas, impotente. Se estaba burlando de de ella, tratando de engañarla para que se rindiera. Lentamente, paso a agonizante paso, Olivia retrocedió. Aún así, Galen la siguió. Ella miró sobre su hombro. A unas cien yardas había un área concurrida, con una calzada de mucho tráfico y un montón de edificios. Los Cazadores habían probablemente elegido la ubicación como una manera de esconderse a plena vista, pero lo que no habían tenido en cuenta era que sería también mucho más fácil para sus prisioneros el esconderse. Todo lo que tenía que hacer era lograr llegar allí, y luego estaría segura. Nunca sería capaz de atraparla. Problema: él era rápido, más rápido que ella, y no estaba herido. Si corría, él la atraparía. Vale el riesgo. Haciendo uso de una reserva de fuerza que no sabía que poseía, ella giró alrededor y corrió hacia adelante. Hubo un crujido de grava, y supo que Galen estaba aún tras ella. Todo su cuerpo gritaba en protesta cada vez que arrojaba una pierna frente a la otra, pero solo aumentó su velocidad.

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Casi allí… Galen aferró la Capa y tiró de ésta. Bramando, ella aferró la tela en un puño con su mano libre para mantenerla a su alrededor, rodeó una esquina y chocó contra un grupo de peatones. Dos cayeron hacia atrás al tiempo que su hombro y brazo eran revelados. Jadeando, Olivia volvió a acomodar la tela a su alrededor, luego se aplastó contra la pared más cercana. Arrojó su mano llena de piedras a un poste. Pop, pop, pop. Ella observaba, esperanzadamente, como Galen la pasaba dirigiéndose al poste, continuando por donde él creía que ella había ido. Tan cerca. Pero ella lo había hecho. Realmente lo había hecho. La ardiente respiración salía y entraba de su nariz, abrasándole la garganta y pulmones. El sudor emanaba obscenamente ahora, y probablemente olería. Sus miembros estaban temblando una vez más. Lamentablemente, no podía ir a la fortaleza. Los hombres de Galen habrían rodeado el lugar para cuando ella llegara. No podía llamar a Aeron para que la recogiera porque no sabía su número. Tenía que hacer algo, ir a algún lado; no podía quedarse aquí. Usando la pared para enderezarse, se inclinó hacia adelante, rodeando varias esquinas, dejándose perder en las diferentes multitudes y locaciones. Finalmente, divisó un ensombrecido y vacío callejón y se sentó. Error. En el momento en que su cuerpo se detuvo, supo que no sería capaz de obligarse a volver a la acción. Sus músculos se apretaron a sus huesos, y cada chispa de energía se desvaneció. —Lysander — murmuró ella. Esperó. Una vez más no recibió respuesta. Sola. Una idea terrible. Esta no era la mejor ubicación para esconderse. Alguien podría tropezar con sus invisibles piernas. Más que ello, los Cazadores probablemente estarían buscando en todos los callejones cuando ella fallara en alcanzar la fortaleza. Pero… Descansaría los ojos, pensó. Solo un poco. También recuperaría el aliento. Luego volvería a alzarse y se pondría de nuevo en movimiento. Excepto, que debía haberse quedado dormida, porque cuando finalmente abrió los ojos, aún incapaz de moverse, vio que el sol se había puesto y la luna estaba resplandeciendo hermosamente. Su dolor se había incrementado, su resolución finalmente se tambaleó. No podía hacerlo. No podía continuar. La muerte sería bienvenida. No lucharía. Ella… —Olivia — dijo una voz de hombre, sobresaltándola—. Vamos, cariño. Sé que estás aquí. El rastro de tu espíritu termina aquí, salvo que no puedo verte. —Un segundo después, un cuerpo se materializó. Lucien. Lo reconoció, aunque nunca habían sido apropiadamente presentados, y sabía que cargaba con el demonio de la Muerte. Cuan apropiado. Podría escoltarla… —No voy a herirte. Quiero ayudarte. Aeron te está buscando.

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Aeron. La muerte podía joderse. Con una temblorosa mano que se sentía como si piedras la mantuvieran en el lugar, la alzó y deslizó la Capa por sus hombros. —Aaaqui. Estoy aquí. Los ojos de Lucien se abrieron de par en par cuando apareció repentinamente. —Oh, cariño. Lo siento tanto. Todo estará… —Él negó con su cabeza—. No hay tiempo de explicar lo que está ocurriendo. Hay un alma en el almacén en el que fuiste torturada, y necesito escoltarla al más allá. —Su nombre es Dominic — dijo ella en esa feroz voz suya—. Me salvó. Se gentil con él, por favor. —Lo seré. —Lucien desapareció. Ella se envolvió en la Capa lo mejor que pudo, esperando. Lucien reapareció con Aeron. Todos los otros pensamientos se desvanecieron. Aeron. Inesperado. Bienvenido. —Creí que estabas… el alma… —Eso es lo siguiente que voy a hacer. Te veo en la fortaleza — dijo Lucien, y una vez más desapareció. —Oh, bebé — dijo Aeron gentilmente al tiempo que se acuclillaba junto a ella. A pesar de la gentileza, podía oír la preocupación y su furia en su voz. Pero él estaba aquí, estaba a salvo después de la anterior batalla. —¿Qué te hicieron? Como Lucien, ella no tenía tiempo para explicaciones. —Ellos están aquí afuera, buscándome. Esperando junto a la fortaleza. Él se tensó inmediatamente, su mirada escudriñando el área. —Nadie está cerca a nosotros. Estás a salvo. Y llamaré a Torin y le advertiré lo que está sucediendo. Se ocupará de cualquiera que haya en el área antes de que lleguemos allí. —Con una tierna expresión, sacó un frasco de su bolsillo y lo sostuvo contra los labios de ella—. Bebe, nena, bebe. Ella negó con la cabeza. No había necesidad de desperdiciar una gota en ella. Se iría a casa pronto y… Determinado, él abrió los labios de ella y vertió un poco del contenido. El frío líquido se deslizó por su garganta, más que un sorbo, y le sentó maravillosamente en su estomago. En segundos, ese líquido estaba inundando el resto de ella, dándole fuerza, paz. El dolor la abandonó completamente, dejándole un frío zumbido de placer en su lugar. Hombre testarudo.

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—No deberías haberme dado tanto. —Incluso su garganta estaba curada, las palabras la abandonaron suavemente. —Te lo daría todo. Qué cosa más dulce para decir. Dulce y equivocada. Ella no quería oír cosas como esas. No ahora. Haría que el dejarlo fuera mucho más difícil. —¿Cómo me encontraste? Los ojos de él se estrecharon. —Sabía que no te irías sin decirme adiós, así que hice que Lucien buscara el rastro de tu espíritu. Lo que significa que vio dónde habías estado, qué caminos habías tomado. Nunca me perdonaré por todo el tiempo que nos llevó localizarte. Y mataré a ese jodido bastardo de Galen así sea la última cosa… —Aeron —lo interrumpió ella. No lo dejaría ponerse en peligro por ella—. Solo abrázame. Sus brazos se posaron debajo de sus rodillas y a su espalda, y la alzó, acurrucándola contra su pecho. —Cuando lleguemos a casa, vas a contarme todo lo que te han hecho. También debes decirme lo que los demonios te hicieron esa primera noche. —Con cada palabra, su voz se endurecía—. Y luego voy a encontrar a Galen y a los demonios y les regresaré el favor. Nadie lastima a mi mujer y vive.

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CAPÍTULO 28

Aeron recostó a Olivia sobre su cama tan suavemente como pudo. La hinchazón había desaparecido, sus cortes y sus huesos se habían curado, pero él no correría ningún riesgo. Legión estaba ausente, y él, estaba contento por ello. No sabía dónde estaba; sólo sabía que no podría lidiar con ella en este momento. Su querida Olivia… cuando la había encontrado… Su mano se convirtió en un puño. Ira gritaba por venganza y Aeron quería dársela. Ahora. Sin esperar. Él quería que Lucien lo transportara a donde fuera que Olivia había sido retenida y simplemente empezar la matanza. De hecho, el “querer” era más una necesidad, como comer o respirar. Pero los cobardes ya habían escapado, el almacén estaba vacío. Eso era todo lo que Lucien le había dicho antes de llevarlo al callejón. No era como si a su demonio le importara. Olivia había sido claramente golpeada, atormentada. Lucien le había dicho que su energía había estado de un rojo brillante por el dolor y el miedo. A Aeron no le importaba lo que tuviera que hacer para encontrar a Galen. Lo haría y finalmente, mataría al bastardo. Lenta y dolorosamente, dijo Ira. Lenta y dolorosamente, él estuvo de acuerdo. Primero, sin embargo, pelearía contra esa oscura urgencia y tendría su prometida charla con Olivia. Su comodidad, sus necesidades, venían antes que todo. Y además, el no podría castigar a Galen adecuadamente hasta que no supiera exactamente lo que el gilipollas le había hecho a su mujer. El iba a castigarlo adecuadamente. Cálmate. Por Olivia. Aeron se agachó junto a la cama y Olivia rodó hacia su lado, manteniendo el contacto visual. —Yo hubiese entendido si te hubieses ido… a casa durante el interrogatorio de Galen —dijo. De hecho, el hubiese preferido que ella lo hiciera. El hubiese preferido perderla para siempre jamás que saber que había sufrido.

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—No quería irme. Aún. Tenía que estar segura de que tenías esto—. Ella levantó un pequeño pedazo doblado de un material gris—. Es la Capa de Invisibilidad. Por un momento, él solo pudo parpadear atónito. Entonces, sacudió la cabeza y rió. Parecía ser la primera en todo. Esta diminuta mujer, este ángel caído, había hecho lo que un ejército de inmortales no había sido capaz de hacer. Ella había robado el tercer artefacto bajo las narices de los Cazadores, y en el proceso, había derrotado a Galen. Su pecho se hinchó de orgullo. Recompensa. Primero, el demonio había querido castigar a Legión, ahora Ira quería darle un premio a Olivia. Estamos en la misma página, demonio. —Gracias. No es como si esa pequeña palabra expresara la profundidad de mi gratitud pero gracias de todas formas. —De nada. Entonces, ¿Qué piensas sobre él? Me refiero al artefacto. —Parece muy pequeño —Lo estudió desde cada ángulo. Muy inocuo, también—. ¿Cómo…? —¿Cómo cubre un cuerpo entero? Se expande a medida que lo desdoblas. No quería dejarla, ni por un segundo, pero tenía que asegurarse de que la Capa estaba a salvo. —Volveré en un minuto —dijo y ella asintió. Le besó la frente, luego se levantó con reticencia prácticamente corriendo a toda velocidad. El primer guerrero con el que chocó fue… Strider. De nuevo. Aeron empujó el material a sus manos y dijo. —La Capa de Invisibilidad. Dásela a Torin para que la custodie. Gracias. —Allí estaba. Hecho. Ya no era su problema. Y entonces estaba fuera, encaminándose hacia su habitación. Strider lo atrapó justo antes de llegar a la puerta, agarrándolo del brazo y tirando de él para que se detuviera. —¿Cómo conseguiste esto? —Después. —Bien. Las preguntas sobre la Capa están en lista de espera. De todas formas, tenemos cosas más importantes que discutir. —Después. —Sólo le quedaban cinco días con Olivia, si podía convencerla de quedarse. Si no… Diablos, no. La convencería. Era un guerrero. Actuaría como uno. Victoria, al costo que fuera. Cielo, cueste lo que cueste.

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Dos contra uno. Le gustaban sus probabilidades. Entonces, cuando su tiempo se acabara, entonces finalmente tendría su venganza. —Esto no puede esperar —insistió Strider. —Pues que mal. —Sus dedos se curvaron sobre el tirador de la puerta. Su amigo le dio otro tirón. Aeron se dio la vuelta frunciendo el ceño. —Suéltame, hombre. Estoy ocupado. —Por noticias como las que traigo, necesitas hacer tiempo para mí. Porque, aquí vamos. Estás a punto de perder tu cabeza. Literalmente. Quería soltártelo delicadamente, pero fuiste demasiado imbécil. El se paralizó. —¿A qué te refieres con perder mi cabeza? ¿Cómo lo sabes? —Danika pintó una nueva imagen. En ella, tu cabeza era separada de tu cuerpo. ¿Iba a morir? Hasta el momento, las pinturas de Danika nunca habían sido erróneas. Los Señores habían querido cambiar algunos de sus resultados, pero jamás habían sabido si podían o no hacerlo. Lo que quería decir que era más que probable que muriera. Esperó que la rabia lo llenara. No lo hizo. Esperó que la tristeza lo abrumara. No lo hizo. Esperó tener la urgencia de caer de rodillas, llorar y suplicar por más tiempo antes de que lo reclamaran. De nuevo, nada sucedió. Había vivido por miles de años. Y ahora, habiendo encontrado a Olivia, había llevado una vida plena y gloriosa. Porque había amado. A sus amigos, definitivamente. A su hija sustituta, Legión, a pesar de sus recientes acciones. Pero más que todo, a Olivia. El la amaba. Ya no podía negar esa emoción. Ella era suya. Ella era de Ira. Su razón de ser. La fuente de su felicidad. Su obsesión. Su cielo. Él la hubiese perseguido alrededor del mundo entero, sólo por unos pocos minutos más de su tiempo. Minutos. Quizás eso era todo lo que tenían ahora, meditó, más que los días por lo que pensó que pelearía. Ella era su todo, y él no iba a desperdiciar el tiempo que les quedaba lejos de ella. Finalmente, entendió a los humanos. Ellos no suplicaban por más tiempo porque querían aprovechar lo que les quedaba disfrutando el uno del otro. No deseando lo que pudo haber sido. Ira debió haberlo entendido, también. El demonio no estaba llorando, no estaba demandándole que cambiase su destino. Sin el ángel, ellos no tenían nada. Y, mientras completaran su misión—la destrucción de Galen—podían morir felices. —Aeron. ―lo llamó Strider.

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Se obligó a volver al presente. —¿Quién toma mi cabeza? —Aún tenía que estar con Legión. Eso no podía cambiar. No permitiría a sus amigos lidiar con un desastre de su creación sin él, pero se ocuparía de eso una vez Olivia se fuera y hubiese sido vengada. Y entonces, entonces podría morir en paz. De todas formas, era mejor así. El no quería vivir sin su Olivia. Ahora no tendría que hacerlo. —Lysander. Creo. Cronos y Rhea están ahí. He hablado con los otros y ellos decidieron… —Luego —dijo. Lo que los otros especularon no importaba ahora mismo. Si no tenían hechos, no tenían nada que el necesitara—. Dímelo después. Aprecio la advertencia, pero como ya dije, ahora estoy ocupado. Se hizo camino de regreso a su habitación y cerró la puerta, manteniendo su mirada en la de Strider hasta que la madera los separó. En cualquier otro momento, la confusión y preocupación de Strider lo hubiesen hecho reír. Llamaron a la puerta. —Aeron. Vamos, hombre. —Vete o te juro por los Dioses que te corto la lengua y la clavó en mi pared. Se ganó un gruñido por eso. —Cállate la boca, Ira. Estoy tratando de ignorar el reto en tu tono, pero no está funcionando. Ahora escucha. No podemos perderte. No podemos pasar por algo como eso de nuevo. Simplemente no podemos —Mientras hablaba, Strider golpeaba la puerta—. Recuerdas como fue después de Baden. No iba a ir allí. Aeron abrió la puerta, le dio un golpe en la cara a su amigo y cerró de nuevo. Un segundo después, Strider abrió la puerta, golpeó a Aeron dos veces, sonriendo dulcemente, si bien un poco tristemente, y cerró de nuevo. —Gané. Y sobre lo otro, tienes treinta minutos y entonces cada uno de nosotros entrará a esa habitación para hablar contigo. —Sí —desafortunadamente. Resonó el eco de sus pisadas. Tras él, Aeron oyó a Olivia sentarse. —¿De qué estaba hablando? ¿Perderte? ¿Y por qué os estabais pegando? Ante el sonido de su voz, Ira dejo escapar un suspiro de contento. Lentamente, Aeron se dio la vuelta y la enfrentó. Preocuparla no era algo que se fuera a permitir, así que le ofreció una amplia sonrisa, una que esperaba cubriera todo

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lo que sentía por ella. Quizá lo hizo. Sus ojos se abrieron y se lamió los labios nerviosamente. —Ignóralo. Creo que está sufriendo de daño cerebral —Lo que no era necesariamente mentira. Aeron siempre había considerado al guerrero un poco trastornado—. Además, tenemos asuntos sin terminar. Nunca te he tenido en una cama, y realmente te quiero en una. ¡Sí! Al principio, ella no reaccionó. Entonces, antes de que el pánico floreciera en su pecho por la idea del rechazo… ¡No!... ella alcanzó el cuello de su túnica y tiró de ella. El material se separó, revelando esos hermosos pechos con sus rosados y perlados pezones, su suave estómago y esas largas y perfectas piernas. —Me gustaría. Sí, Sí. Un temblor viajó a lo largo de su cuerpo, su miembro llenándose, endureciéndose. El se acercó a ella, acechándola, desnudándose en el camino. Un proceso que incluía patear sus botas fuera, tropezándose con ella porque se negaba a detenerse ni un solo segundo. Esto era lo que necesitaba. Cuando la alcanzó, estaba tan desnudo como ella. El trepó sobre su exquisito cuerpo, situando algo de su peso sobre ella. Perfecto. Calor, demasiado calor. Ambos dejaron escapar la respiración en un siseo. Ella cerró los ojos y se arqueó contra él mientras sus manos se aferraban a su espalda. Su cuello estaba expuesto, su pulso martilleando salvajemente. Sus labios estaban abiertos y su cabello era un lío alrededor de sus hombros. La pasión nunca había parecido más exquisita. El debió haber pasado cada minuto de su media hora dándole placer hasta que perdiera la razón. Lamiéndola, probándola, succionándola. Debió haber empezado por los dedos de sus pies e ir subiendo hasta su boca. Debió haberse entretenido sobre sus muslos y senos. Pero no lo hizo. No podía. Tenía que estar dentro de ella, no podía pasar otro minuto sin estar unido total y completamente con ella. —Cierra los tobillos sobre mi espalda —ordenó. Ella no dudo. Obedeció instantáneamente. En el momento en el que ella estuvo abierta, él empujó hacia dentro. Profundo, tan profundo. Tan profundo como podía. Un gemido escapó de ella, porque no era fácil ajustarse a él. Su segunda acometida fue un poco más suave, sin embargo, y la tercera un deslizamiento entusiasta. —Aeron —jadeó ella. Mía.

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Nuestra. Aprende a compartir, Ira, yo he tenido que hacerlo. Apoyó las manos en sus sienes y la levantó, sólo un poco, bebiendo de ella mientras se movía dentro y fuera, dentro y fuera. No hubiese podido moverse ni aunque Galen irrumpiera en la habitación y le pusiera una pistola en la cabeza. Esta mujer lo complacía, lo frustraba, lo extasiaba, lo enojaba… le pertenecía. Como él le pertenecía a ella. Él quería marcarla, de modo que ella jamás lo olvidara. Él quería borrarse a sí mismo de su memoria, de modo que ella jamás lo recordara. No quería que ella sufriera cuando se separaran. Quería que ella encontrara a alguien más, tanto como quería asesinar a ese alguien. Pero más que todo, quería que fuera feliz. Que sonriera. Que se divirtiera. Diversión. Sí. Eso es lo que le daría hoy. Diversión. —¿Te dije alguna vez por qué es malo ser un pene? —preguntó, ralentizando sus embestidas. Sus ojos se abrieron con un parpadeo. La pasión aun brillaba en esos profundos ojos de cielo, pero mezclada con una repentina confusión. —¿Qu…qué? Paris le había contado un montón de chistes a lo largo de los años, pero el sólo recordaba este. Nunca había sido capaz de sacar a la fuerza cosas de su mente. —¿Por qué es malo ser un pene? Retorció las caderas en su deslizamiento interior, acertando en un nuevo punto sensible de ella. Un lloriqueo de placer separó sus labios. —No. No, pero ahora mismo no importa. Quiero que tú… —Es malo ser un pene porque hay un hueco en tu cabeza. Sus labios temblaron mientras se aferraba a él. —Nunca lo pensé de esa forma. —Bueno, la cosa empeora. Tu dueño está siempre estrangulándote. El temblor se convirtió en una media sonrisa. Sus rodillas se tensaron contra sus caderas y se mordió el labio inferior. —¿Qué más? —Te encoges con el agua fría. Hubo una risita estrangulada. —Y estás obligado a andar con dos cojones.

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La risita se convirtió en una carcajada en toda regla. Dioses, amaba el sonido de su risa. Era pura y mágica, lo lavaba como una caricia, un postre para sus oídos. Se sentía como un rey, porque había sido el que causó esa reacción en ella. —Bueno, tu pene puede andar conmigo cada vez que quiera. Ahora fue él quien se rió por lo bajo. Lo deseaba. Oh, como lo deseaba. —Bebé, dulce bebé —dijo—. Mi niña. Nuestra. Aprende a compartir. El torció las caderas de nuevo, ella cerró los ojos de nuevo y gritó. Ella se cogió a la cabecera de la cama, apretando sus senos contra su pecho y se encontró con él embestida a embestida. El sentido común se escabulló, y la necesidad de culminación asumió el mando. Sí, sí, tan bueno… Su cuerpo lo apretó, húmedo, caliente y suave como la seda. Rápido y más rápido él empujó dentro de ella, incapaz de ralentizar, incapaz de saborear. Tenía que oír sus gritos de abandono. Tenía que chorrear su semilla dentro de ella. Tenía que marcarla tal y como había deseado. Pronto, ella estuvo agitándose bajo él. Pronto ella estuvo gritando su nombre una y otra vez. Ella era todo lo que él podía ver, todo lo que podía escuchar, todo lo que podía oler, y quería que durase para siempre. Pero mientras más empujaba en su interior, más se acercaba al final. Sus músculos se tensaron, su sangre se calentó hasta hervir, hasta quemarlo, arruinándolo para cualquier otra cosa. Para cualquier otra persona. Esto era. Todo por lo que él existía. Todo lo que su demonio ansiaba. —Te amo —rugió, al borde de caer. Sólo con eso, ella llegó al orgasmo también, sus músculos contrayéndose alrededor de su miembro, las manos en su espalda, las uñas cavando profundamente. Incluso se inclinó hacia arriba y mordió el cordón de su cuello. Quizás le sacó sangre. No lo sabía, no le importaba. Sólo sabía que su cuerpo seguía arremetiendo contra ella, acelerando y apretándose un poco más, su demonio ronroneando y murmurando, tan perdido como él. Y cuando Olivia finalmente se estabilizó, cuando el finalmente recuperó el aliento, colapsó sobre ella antes de rodar hacia un lado. Inmediatamente ella se acurrucó a su lado, los minutos pasaron en silencio. Nunca un orgasmo había sido tan intenso, tan consumidor. Había querido marcarla, pero fue él quien había sido marcado. Ella estaba sobre todo él, dentro de él, su todo. Su respiración. Con ella, él estaba en calma, el demonio estaba en calma, y la vida era todo lo que alguna vez había soñado. —Eso fue… eso fue… —ella suspiró contenta. Una de las yemas de sus dedos trazó un corazón sobre su pecho. —Asombroso —dijo—. Tú eres asombrosa.

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—Gracias. Tú también lo eres. Pero… pero… ¿Es en serio lo que dijiste? Pisa con cuidado. Si le decía la verdad, ella podría decidir quedarse, incluso aunque él tenía que estar con Legión, incluso aunque su final estaba cerca, obligándola a presenciar tanto su traición como su muerte. Obligándola a vivir sin él si… cuando… la visión de Danika se hiciera realidad. —Sí —dijo. Luego maldijo en voz baja. Aún así, el arrepentimiento no llegaría. Ella merecía saberlo. Ella era más para él que sexo. Ella era más para él que, bueno, que cualquier cosa—Te amo. —Oh, Aeron, Yo te… —No digas una palaba más, Olivia —. Un hombre gruñó desde el centro de la habitación. Ante la interrupción, Ira gruñó de furia. Aeron se puso rígido, buscando ya sus espadas que descansaban en la mesita de noche. No se relajó cuando vio que era Lysander, con las alas doradas extendidas y su túnica blanca brillando a la luz de la luna. ¿Quién toma mi cabeza? —le había preguntado a Strider. Lysander. Creo. —Lysander —jadeó Olivia, sosteniendo la sabana sobre sus pechos —. ¿Qué estás haciendo aquí? —Silencio —ordenó. —No le hables de esa forma —Aeron se puso de pie, tirando de un par de pantalones y dijo—. Dinos qué es lo quieres y vete—. No estés aquí por la razón que creo que estás. Aún no estoy listo. Lysander encontró su mirada y pronunció las palabras que Aeron temía oír. —Quiero tu cabeza. Y no me iré hasta que la haya tomado.

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CAPÍTULO 29

Finalmente, Legión, encontró a Galen. Estaba en un sórdido pub de Londres. Lo había seguido por todas partes, desde Buda a Bélgica, de ahí a Holanda y ahora a Londres. El cobarde había volado hasta aquí y estaba bebiendo un vaso de whisky en un rincón lleno de sombras. Podía oler la ambrosía que él ya había consumido; reconocía la dulce esencia porque Paris siempre olía igual, y sabía que Galen estaría borracho muy pronto. Sólo tenía que esperar. Estaba demasiado impaciente para esperar. Con una mirada se barrió su propio cuerpo. Sólo llevaba puestos una camiseta de manga corta y unos vaqueros. Eran sencillos pero limpios. Y aunque no se revelaban, sus pechos eran tan grandes que tensaban el material. Varios hombres se habían dado cuenta ya y silbaron mientras ella caminaba por ahí. Aparentemente, no les había prestado atención. Interiormente, se había emocionado por verse como algo más que fea, repugnante o mejor dicho, como algo que se tolera. Se detuvo frente a la mesa de Galen, y él miró hacia arriba tras el oscuro escudo de sus pestañas. —Vete. Tranquila. El instinto la impelía a atacar primero y preguntar después. Resiste. Galen se deleitaba al engañar a los Señores, enviando Cebos para distraerlos antes de actuar. Hoy, ella sería su cebo. —Eres hermoso. —dijo, y lo era. Con esos cabellos claros y sus ojos azul pálido, con sus facciones perfectas y su boca sensual, era el sueño de cualquier mujer. Pero había ayudado a destruir la vida de Aeron, y por eso pagaría. —Te quiero. —Muerto, pero no añadió esa parte. Él arqueó una ceja. —Por supuesto que lo haces. No puedes hacer nada para evitarlo. Nadie puede. —sonaba casi... molesto por ello. —Aquí tienes una pequeña noticia para ti. No importa lo que te haga sentir, con esperanzas hacia el futuro, una boda, bebés, no vas a conseguir eso de mí. —Y al final, él se había terminado burlando—. Ahora, lárgate como te he dicho. Estoy aquí por paz y tranquilidad.

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Era el segundo hombre que la echaba desde su transformación. No pudo evitarlo, le dio un bofetón. La cabeza de él se volvió a un lado, y un hilillo de sangre se le formó en la comisura de la boca. Supongo que soy más fuerte de lo que suponía, murmuró ella con aires de suficiencia. Bien. Cuando él la miró por segunda vez, su expresión estaba iluminada por el interés. —¿Por qué hiciste eso? —Tal vez porque no me has oído cuando te he dicho que te quería. —¿Y pensaste que abofeteándome me ganarías? —Aún estás aquí, ¿no? Él la estudió antes de pasar su mirada por el bar. —¿Así que dónde me quieres? —En el baño. —Sin testigos. No para lo que ella había planeado. —Y, por cierto, no quiero casarme contigo y tener tus bebés. Vamos a tener sexo y te va a gustar. —Un poco de carácter, ¿no? —No tienes ni idea. ¿Entonces lo hacemos o no? Esos exuberantes labios temblaron. —Vamos a ver si lo entiendo. ¿Vamos al baño, te voy a follar y a ti ni siquiera te importa saber mi nombre? —De hecho, lo preferiría si pudieras mantener tu estúpida boca cerrada. —Vaya. El odio se le estaba escapando. —Bueno, bueno. Tú podrías ser mi alma gemela. —Se puso de pie al momento siguiente, arrastrando la silla sobre el pegajoso suelo. No dijo otra palabra mientras se ponía en movimiento, le pasó un brazo alrededor de la cintura y la acercó a él. Había una mujer en el baño, lavándose las manos, y Galen la empujó fuera sin preámbulos. —Oye. —Gritó la chica con irritación. Suavizó la mirada cuando la posó sobre él—. Oye. — seductor ahora. —Quédate fuera o muere. —Le dijo rotundamente. Y cerró la puerta de golpe y se dio la vuelta para enfrentarse a Legión. Ella temblaba, no podía evitarlo. Había tanto calor en la mirada de él que se había quedado momentáneamente y estúpidamente conmocionada. Era lo que había querido de Aeron. Lo que nunca había conseguido. Un paso, dos, él se aproximó a ella. Retrocedió. Ataca ahora. Mátalo. Pero no lo hizo. —¿Asustada? —preguntó sedosamente—. Deberías estarlo.

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Ella levantó la barbilla y miró detrás de sí, y vio la esquina y el espejo. Su reflejo la aturdió. El cabello dorado le caía suplicando las manos de un hombre. Los grandes ojos oscuros llenos de anhelo. ¿Anhelo? ¿Ella lo quería? ¿A él? ¿Cómo podía querer a Esperanza? Era su enemigo. El enemigo de Aeron. Unas manos fuertes le rodearon la cintura y la levantó robustamente. Contuvo el aliento mientras le devolvía la atención a él. Ya le estaba quitando el botón de los vaqueros. El botón cedió fácilmente y empezó a masturbarla entre las piernas. Él se rió entre dientes. —No llevas bragas. Estás ansiosa por mí. Su diversión la irritó, incluso aunque su deseo alcanzó otra cota. Eso no era por él, se dijo. Se negó a creerlo. Quería tener sexo, esa era una de las razones por las que había negociado por ese cuerpo. Sin embargo había esperado estar con Aeron. Sin embargo, puede que él nunca la hubiera querido de esa manera. No realmente. —¿Quién ha dicho que esté ansiosa por ti? Eres mono, sí, pero sólo estás siendo el sustituto de alguien más. —Verdad. Una verdad que le gustaba a ella. Podía usarlo. Tener el sexo que ella quería y después matarlo. Los ojos de Galen se redujeron a pequeñas rendijas. —¿Es eso cierto? —Aquí vas de nuevo, hablando otra vez. Pensé que te había dicho lo mucho que lo odiaba. —Tú eres la única que debería vigilar su boca. —Con un gruñido, le rasgó la camiseta. Tampoco llevaba sujetador. Él no le pidió permiso, sino que la guió hacia él y se llevó el pezón de a la boca. Una boca que estaba caliente como el fuego y que la hacía gemir. De placer. Esto era... maravilloso. Sí. Sí, tendría el sexo que quería. Eso lo distraería de forma que pudiera ser más fácil para ella el matarlo. Eso era todo el razonamiento que necesitaba para abrir las piernas y tirar de él. La erección en los pantalones de él la golpeó en su dulce centro, y ella gritó. Maravilloso no era la palabra. Perfección lo era. ¿Cómo de mejor hubiera sido con Aeron, entonces? Aeron. No quería pensar en él ahora. Sólo quería sentirse bien. —Más. —Se encontró ordenando. Se arqueó contra él, frotándose. Tenía la piel sensible y crecía por momentos. Había un dolor en su interior, un calor como el que había visto en los ojos de él. Ambos lo estaban construyendo.

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—¿Ni siquiera quieres preliminares? —Galen se bajó los pantalones, liberando su erección. Era grande. Deliciosamente grande. Los demonios a menudo tenían sexo mientras estaba estaban en el infierno, con otros o con las almas de los condenados, así que sabía que grande era preferido a ridículamente pequeño. —¿Qué son preliminares? —De verdad. No tenía ni idea. Él se rió de nuevo. —Me gustas, mujer. De verdad. —Intentó besarla, pero ella giró la cabeza. Él siguió el movimiento, y ella volvió la cabeza de nuevo. —Nada de besos. —Jadeó ella. Quería, de verdad, quería hacerlo pero besarlo lo mataría antes de que hubiera terminado con él. Ella podía probarlo. Acomodó los tobillos en la parte inferior de la espalda de él, instalándose, obligándole a moverse contra ella. Mente... nublada... cuerpo.... ardiendo... —Bésame. —Ordenó él. —No. —Bésame. —¡No! —¿Por qué no? No es como si fuera algo especial. —¡Deja... de hablar! —Gruñó ella. El gruñido de él fue como una caricia. —Bien, ¿quieres un polvo rápido? Pues eso todo lo que conseguirás. —Se agarró la base de la erección y apuntó entre las piernas de ella, y después empujó hacia delante, al interior de ella. Ella gritó de dolor pero desapareció tan pronto como se produjo, dejándole una sensación de absoluta posesión. —Más. Él la embistió, llenándola, y era embriagador. No era de extrañar que toda clase de seres hicieran esto a menudo. —¿Virgen? —Alcanzó a murmurar él, claramente sorprendido. Maravilla de las maravillas, pareció como si su expresión se suavizara. —No es asunto tuyo. Termina. —Él le enseñó los dientes, pero empezó a bombear adentro y afuera. El estiramiento y la plenitud se incrementaron, empujándola hacia... algo. Pronto empezó a agitarse contra él, desesperada por algo, dispuesta a matar a todos en aquel edificio si no lo conseguía. —Deprisa. —Dioses, te sientes bien.

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Ella lo agarró, precipitándose hacia... finalmente hacia... la deriva, con la cabeza dándole vueltas, flotando, viendo parpadeantes estrellas en los ojos. Todos los músculos de ella tomaron medidas drásticas, dejarse ir, escurriéndose otra vez. Fue poderoso, se movía, y muy pronto se desvaneció. Dejándole las entrañas destrozadas. Parpadeó. Estaba jadeando. Galen estaba en su interior, aún moviéndose dentro y fuera. Un placer absoluto consumía cada centímetro del rostro de él. Debía de estar cerca del final, como ella lo había tenido. Y no podía permitirlo, pensó. No merecía sentirse así. Incluso aunque la hubiera hecho sentirse mejor de lo que se había sentido ella antes. Incluso aunque había hecho que el sexo fuera su nuevo juego favorito y había planeado tenerlo tan a menudo como fuera posible. —Galen. —Dijo, la mirada sorprendida de él se unió a la de ella. Un temblor se instaló en ella, encendiendo fuego a su sangre. Qué extraño. Pero no había tiempo para disfrutar de otra ronda—. Nos veremos en el infierno. Con eso, hundió los dientes en su cuello, enterrándolos mientras él rugía. Un rugido que nacía del dolor en lugar de la finalización. Él la empujó, intentando apartarla, pero ella se sostuvo firmemente, bombeando profundamente su veneno en las venas. Sólo cuando la última gota la abandonó, levantó la cabeza y le sonrió. Estaba pálido, casi verde. —¿Qué me has... hecho? —Las rodillas de él cedieron y se desplomó en el suelo. En silencio, ella se puso sobre sus pies y se vistió. Le temblaban las rodillas todo el tiempo. Una parte de ella quería quedarse, hacer que se sintiera a gusto, pero no podía olvidar quién era y lo que era, no otra vez. Esto tenía que ser hecho. Por Aeron. Le debía mucho, como mínimo. —Había planeado llevarte a mi hombre y dejar que te matara él, pero esto es mejor. Que tengas una buena vida, —Dijo, luego le sopló un beso a Galen—. No es que vaya a durar mucho tiempo.

Aeron

miró a Lysander. La amenaza de decapitación había sido emitida, la

determinación del ángel era inquebrantable. —Olivia. —Dijo. No se movió del lado de la cama, Ira y él estaban extrañamente tranquilos—. Vuelve a casa. Ahora. Por favor. —No, no. —Ella le echó los brazos alrededor de la cintura, presionando la mejilla contra su espalda. La cálida humedad de sus lágrimas lo escaldó. —No lo hagas. Por favor, no lo hagas.

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—No le has causado nada más que dolor, demonio. —Gritó Lysander—. No la has visto torturada por la mano de sus enemigos. Yo sí. No le suplicaste que regresara a casa para librarse del dolor. Yo sí. ¿Y por qué ella me niega? Por una promesa que te hizo a ti. Porque ella quería decir adiós. Otra vez, a ti. No te daré más tiempo para engatusarla y sacarle otra promesa. No te daré otra oportunidad para burlarte del pacto que hiciste conmigo. Esto se termina ahora. Hoy. En un momento las manos de él estaban vacías, al siguiente sostenía una espada de fuego. Una espada que giraba y que soltaba crepitantes chispas de la llama. Todavía no, gritó Ira. Todavía no. Tenemos que castigar a Galen primero. —¡Lysander, no! —lloró Olivia. Al darse cuenta de que no la llevaría a ninguna parte con Aeron, intentó ponerse delante de él—. La espada, no. Cualquier cosa menos la espada. Te lo suplico. Recuperándose de la fuerza de su culpabilidad, Aeron la empujó hacia la cama y extendió las alas en toda su longitud. Quería estaba batalla fuera de la habitación y lejos de Olivia. Y habría una batalla. No se iba a echar simplemente y morir. Aún no, como su demonio le había recordado. Todavía tenía muchas cosas que hacer. —Me quieres. —Le dijo al ángel guerrero—. Entonces, ven y cógeme. —Con eso, se lanzó por la ventana, rompiendo el cristal con la fuerza de su impulso antes de volar alto en el cielo. De camino, dejó caer sus dagas, viéndolas golpear contra el suelo sin causar el menor daño. Olivia amaba a Lysander. No importaba lo que fuera, incluso para salvarse a sí mismo, Aeron no mataría al guerrero. Eso heriría a Olivia y Aeron había prometido entonces que nunca más lo haría. Sin importar las consecuencias. Lysander se apresuró a seguirlo. Él lo supo porque Olivia gritó. —No, Lysander. ¡No lo hagas! Regresa. Odiaba que se preocupara, que se desesperara. Después, si aún vivía, tendría que calmarla. Le daría cualquier cosa que deseara. También encontraría la forma de salvar a Legión de la posesión de Lucifer sin tener que tocarla. Tenía que hacerlo. No podía darse a otra mujer salvo a Olivia. No se hacía ilusiones sobre esto ahora. Se había quedado por él. Había sufrido la brutalidad de los Cazadores por él. No la castigaría por ello. La recompensaría. Siempre. Aeron se giró en el aire, y efectivamente, Lysander estaba con el ceño fruncido a tan sólo unos metros de distancia. Ya no tenía la espada, sus manos estaban vacías pero en forma de puños. En el momento en que sus miradas se encontraron, ambos tranquilos, en el aire, sin estar del todo a una corta distancia.

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—No tiene por qué ser así. —Dijo Aeron. —No pude ser de otra manera. Tú dices que la amas, —gruñó el ángel—. Y aún así la mantendrías aquí mientras yaces con otra. Arruinarías su espíritu. —¡Había planeado dejarla ir primero! ¿Pero alguna vez habría sido capaz de hacerlo?. Había querido matar algo antes que considerarlo. Y cuando ella había querido marcharse, él la había convencido para que se quedara un poco más. A pesar del peligro. No, nunca habría sido capaz de dejarla ir. Y tampoco habría podido acostarse jamás con Legión. Habría llegado a esa conclusión finalmente. Lysander sólo se había limitado a acelerarlo. —Sólo estaré con ella. —Dijo con una orgullosa inclinación de barbilla. —¿Y eso merece la pena permitir que ella se siga poniendo el peligro? ¿Sabes lo que le hicieron los Cazadores? Él sacudió la cabeza, en el estómago se le hizo un doloroso nudo. —No. pero la vi, vi los resultados finales, y esa imagen me perseguirá durante toda la eternidad. —¡No es suficiente! Escucha. Y entérate. Stefano la golpeó tanto con el puño cerrado como con la mano abierta. Le rompió los huesos. Trató de ahogarla. A ella, que no tiene ni un hilillo de maldad en su interior. ¿Y los demonios, esos con los que ella luchaba para llegar hasta ti? La tocaron en lugares donde sólo un amante debería hacerlo. Pero ella lo soportó todo. Por ti. Al oír eso, Aeron extendió los brazos, levantó la cabeza a la parte más alta del cielo y rugió. Rugió con una furia tan potente como nunca antes había conocido. Él sabía que Olivia había sido herida, como había dicho, lo había visto. Había estado furioso entonces. Pero ahora, teniendo los detalles delante de él, cortantes como una hoja... esa rabia se intensificó. Creció. Ella era tan delicada, tan frágil. Podía haber muerto, sola y humana. Destrozada por el dolor. Castigo. —Stefano lo pagará. Por mi mano. —Objetivo, cambiado. Resultado final, el mismo. Otro voto. Él ya había decidido matar a todo aquel que estuviera involucrado, pero esto... Stefano sería llevado al borde de la muerte una y otra vez, y revivido sólo para volver a empezar de nuevo—. Los demonios, también. ¡CASTIGO! —Tuve que dar un paso atrás y observar cómo sucedía todo esto, impotente para evitar lo que estaba sucediendo. —Algo de la rabia del propio Lysander pareció enfriarse.

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—Intenté negociar contigo. Traté de ayudar a tu causa, incluso distrayendo a los dioses que te tenían contra las cuerdas. Pero ya no. Sentirás el dolor por mi mano. Sufrirás lo mismo que mi Olivia ha sufrido. Se formaron puntos rojos en la visión de Aeron. —No es tu Olivia. Es mía. Nuestra. Nuestra para proteger. Nuestra para recompensar. —¿Hasta cuándo? —Para siempre. —¿No lo entiendes? —Gritó Lysander—. No puedes darle el para siempre. Si decides no irte a la cama con la demonio Legión, sólo con Olivia, entonces Lucifer vendrá por ti. No hay más vueltas que dar. Tus amigos morirán, uno por uno. Sus demonios no serán capaces de derrotar a su señor. Eso es lo que es Lucifer para ellos. Su Señor. Las mujeres serán las siguientes. ¿Crees que tu mujer, tu mujer humana, será pasada por alto? Sólo tu muerte puede arreglar los problemas que has causado. Alas se agitaron, sonó un grito de guerra, y entonces Lysander estaba allí, toda la distancia entre ellos conquistada. Ellos colisionaron, rodando por el aire. Puños cayendo sobre él a la vez que martilleaba puñetazos al ángel defendiéndose. Había gruñidos y gemidos, explosiones de aire. Las piernas enredadas, dando patadas. Llegaron a estar tan absortos que se olvidaron de batir las alas y empezaron a caer hacia el rocoso acantilado para darse un gran golpe. Justo antes del contacto, Aeron se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y agarró el pelo del ángel, empujando con las alas con todas sus fuerzas. Los dos se precipitaron de nuevo al cielo. Lysander dio un tirón para quedarse libre y golpeó a Aeron en la boca. El dolor explotó a través de sus dientes y encías, la sangre le corrió por la garganta. Como en ángel volvió de nuevo, Aeron le dio una patada en el estómago, propulsándolo hacia atrás. Habían llegado a la fortaleza, el ángel se estrelló contra una pared. Las piedras se derrumbaban y el polvo flotaba a su alrededor. A través del polvo, el ángel salió disparado hacia delante, golpeando a Aeron y enviándolo precipitadamente al suelo. Esta vez, no lo cogió y fue golpeado con todas sus fuerzas. El oxígeno lo abandonó, nada más que un dulce sueño. Uno pocos huesos incluso se separaron. Se puso en pie rápidamente, se encogió sobre sus tobillos y se impulsó, regresando al aire. Una de sus alas estaba rota. Otra vez, pensó, ignorando el dolor que gritaba a través de él. ¿Dónde estaba Lysander? Su mirada circuló por la zona, pero él... Un fuerte peso lo pateo por la espalda, haciéndolo girar a través del aire. Sabía que Lysander estaría esperándolo para darle un puñetazo en el momento en el cayera. Y cuando ese inevitable momento de calma llegó, él pegó primero, haciendo contacto en un lado de Lysander. Tal vez, rompiéndole un riñón.

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Eso habría hecho caer a cualquier otro. El ángel meramente gruñó. Pero no lo atacó de nuevo. Permaneció en su lugar, con las doradas alas deslizándose suavemente arriba y abajo. —¿Quieres salvar a Olivia, a Legión y a tus amigos? Aeron también permaneció en su lugar, dolorido, sudando. — Sí. —más que nada. —Bueno, pues la única manera de hacerlo es morir. Por supuesto que Lysander diría eso. —El pacto de Legión... —Es invalidado si mueres antes del tiempo asignado. Eso era parte de sus términos. Anulado. Anulado con su muerte. Sería libre. Sus amigos podrían vivir sin la amenaza que ahora ella representaba. Pero... —¿Olivia? —Preguntó a través del súbito nudo en la garganta. —Podrá regresar a casa sin la culpabilidad de saber que has herido a alguien que amabas por ella. Sin la carga de preguntarse si un día estarás resentido con ella. Sin la vergüenza de dejarte atrás, si decide que algún día tú estarás resentido con ella. Sin ser capturada una vez más por tus enemigos. Sin miedo a ser forzada a matarte. Ella haría cualquier cosa por Aeron. Él lo sabía. Soportaría cualquier dificultad, cualquier dolor físico o mental. Y eso era lo que su vida le traería. Dolor. Sin importar lo que hiciera, como viviera, sólo le traería dolor. Palabra clave: viviera. No podía hacerle eso. No podía darla esa elección. Ella no debería tener que soportar nada, aun si estaba dispuesta o no. Sin él, ella podría vivir sin culpabilidad y vergüenza. Sin dolor. Y eso fue lo que lo consiguió. La idea de que su vida fuera lo que ella se merecía: feliz, libre, a salvo. —¿Vamos a morir? —Preguntó Ira, sabiendo, como siempre hacía, la dirección de los pensamientos de Aeron. —Yo sí. —¿Y yo? —Tú continuarás. —Enloquecido, pero Aeron no le recordó eso al demonio. —Para castigar. —Fue una declaración, no una pregunta. —Sí. Para castigar. —Rezó para que recordara esto una vez se separaran—. Ellos le hicieron daño. Así que morirían. Así de simple.

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—Gracias por todo. —Ahora a por el resto—. ¿La protegerás?—Le preguntó a Lysander—. ¿Siempre? — Siempre. — ¿Y mi demonio? Si el ángel le decía... —Tu demonio continuará. Ahora que Galen tiene a Desconfianza, por lo tanto, para equilibrar la balanza, capturaré a Ira y se la entregaré a Cronos. Ya he hablado con el Rey de los Dioses, y ha elegido un cuerpo. Un cuerpo que le pertenece y que será capaz de vigilar, garantizando ella no ayuda a tus enemigos o lastima a tus amigos. El pánico floreció. —¿Ella? —No sería ni Olivia ni Legión. Seguramente. —No son ni Olivia ni Legión. —Le aseguró Lysander, sintiendo claramente sus pensamientos—. No te preocupes por eso. Legión regresará a casa. Y como te he dicho, cuidaré de Olivia, ahora y siempre. —Ira tiene una misión que cumplir. ¿Puedes garantizar que Cronos...? —Siento la naturaleza de la misión, y me aseguraré de que sea completada. De una manera que encontrarías muy satisfactoria. Muy bien, entonces. Aunque odiaba no participar en la próxima masacre, eso es lo que haría. —Tengo una última petición antes de que te permita acabar con mi vida. Un asentimiento. —Dime. —Olivia anhela diversión. Necesita divertirse. Antes de que la última palabra hubiera abandonado la boca de Aeron, Lysander había comenzado a sacudir la cabeza. —Esa necesidad se deriva de su asociación contigo. Una vez que te hayas ido... —¡Promételo o la lucha continúa! —En esto, tampoco se iba a doblegar. Lysander frunció el ceño. —Lo haré lo mejor que pueda. —¡Eso no es suficiente! —Gritó—. Tú vives con Bianka, una arpía. Sé que la brujita es la diversión encarnada. —Sí, —dijo Lysander, y había orgullo en su tono. El mismo orgullo que probablemente exhibía Aeron en el suyo cuando hablaba de Olivia—. Muy bien. Me aseguraré de que pasen tiempo juntas.

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Todos los detalles estaban cubiertos, entonces. La muerte, pensó después. Aquí estaba, mirándole a los ojos. Finalmente lo había atrapado, y él estaba dispuesto. No habría resistencia de su parte. Una vez más, esperó a que las emociones lo consumieran, pero otra vez se mantuvieron ausentes. Le hubiera gustado decirle adiós a Olivia, recordarla que la amaba. Pero ella intentaría sacárselo de la cabeza. Lo sabía, del mismo modo que sabía que se desmoronaría. Esto tenía que ocurrir ahora. Aeron respiró hondo, cogió... cogió..., entonces, mientras lo echaba lentamente, expandió los brazos. —Hazlo. Cógeme la cabeza. Lysander se limitó a mirarlo, inclinando la cabeza con curiosidad, como si no esperara que Aeron lo cumpliera. —¿Estás seguro? —Sí. El ángel extendió un brazo y la espada de fuego apareció de nuevo. —¡No!, —gritó Olivia desde debajo de ellos—. ¡No! ¡Aeron! ¡Lysander! ¡No, por favor! ¡No! Aeron no quería que ella viera esto, pero era demasiado tarde para pedirle a Lysander que se fueran a otro lugar. La espada de fuego ya se estaba arqueando hacia él. Adiós, Aeron. Dijo Ira en voz baja. Sintió el chisporroteo del primer contacto, y luego no supo nada más.

Olivia, gritó, gritó y gritó. Aeron. Muerto. Ido para siempre. El hermoso cuerpo del guerrero sin vida, había caído desde el cielo. Una caída que parecía durar eternamente, lenta y agonizante, burlándose de ella y darle esperanza de que quizá, quizá, se posaría en la tierra suavemente y que estaría bien. Ella sólo tenía que acercase a él... —Por favor. —Sollozó, corriendo desde su habitación hacia fuera. Pero en el fondo, ya lo sabía. Acercarse a él no haría ninguna diferencia. Aeron. Muerto. Ido para siempre.

Legión se destelló de vuelta a la fortaleza para decir a Aeron lo que había hecho cuando sintió que su vínculo con él se rompía. Y lo supo. Sabía. La única cosa que podría su enlace.

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La muerte. Ella estaba viva, así que eso quería decir... —¡No! ¡No! ¡Nunca! —Sacudió la cabeza violentamente—. ¡Aeron, Aeron! —sin el vínculo ella tampoco podría permanecer allí. Tendría...—. ¡No! —gritó aunque sintió como tiraban de ella desde la fortaleza de vuelta al infierno. Mientras las llamas la envolvían, oyó el grito de Lucifer que hacía eco al suyo propio. —¡No!

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CAPÍTULO 30

Olivia lloró hasta que no le quedaron más lágrimas, con el cuerpo de Aeron entre los brazos. Apenas se dio cuenta de que el sol cayó y se levantó otra vez. Apenas notó que los amigos de Aeron descendieron. Al ver lo que le había pasado al guerrero, Strider cayó de rodillas y aulló. Torin había llorado. Lucien había esperado para escoltar su alma pero nunca fue convocado y nadie sabía por qué. Maddox había rugido en busca de respuestas, y la mayoría de los otros se habían quedado mirando en estado de conmoción e incredulidad, pálidos, temblando. Incluso Gideon se había tropezado al salir y, oh, sus lágrimas la habían destrozado. Pero la reacción que más la había matado, la única que la había roto y la dejó en carne viva, fue la de Sabin. —Él, no —dijo con voz entrecortada—. No, este hombre. Llévame a mí en su lugar. Un sentimiento en el que ella también se regodeaba. Como ella, se negaban a dejar la colina. Cameo intentó convencerla de que se levantase, de que dejara ir a Aeron, para que los otros pudieran cogerlo y despedirse de él. Ella se negó. Incluso la empujó fuertemente sus brazos lejos de ella. Al final, la dejaron sola, pero sabía que se quedarían cerca, vigilando, esperando su turno. Eso no podía ser el final, pensó, aturdida. Simplemente no podía ser. Ningún inmortal podía recuperarse de una decapitación. Lo sabía. Pero eso sólo no podía ser el final. Aeron no podía descansar en paz. Las palabras flotaron en su mente una vez, luego una segunda y una tercera. Aeron no podía morir solo. Aeron no podía descansar en paz. En todos los niveles, esa muerte estaba mal. Innecesaria, sin sentido. Aeron no podía descansar en paz y no lo haría. Una repentina esperanza floreció desde la oscuridad de su alma, y aunque requiriera toda la fuerza que poseía, Olivia, finalmente liberaría al guerrero —no, lo retendría, nunca le dejaría ir— y ella misma se levantó del suelo. Oh, no. No descansaría en paz, se prometió.

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—Olivia, —dijo uno de los amigos que esperaban, acercándose a ella, proyectando tanto pesar, tanta pena y tanto dolor. Ignóralo. Cerrando los ojos, extendió los brazos y alzó la cabeza al sol reluciente. Actúa. —Estoy lista para regresar a casa. Para reclamar mi lugar legítimo en el cielo. Para ser el ángel que fui creada para ser. Instantáneamente fue alzada hacia el cielo, unas alas le brotaron de la espalda como una gloriosa ola. Las curvó alrededor de sí y las miró, conmocionada al no ver hilos de oro. Ya no era una guerrera. Que gracia. Ya no era una guerrera y nunca en su vida había estado más decidida a luchar por algo. Aeron no descansaría. Lysander estuvo a su lado un segundo más tarde, con la expresión tan torturada que parecía sufrir algún dolor físico. —Lo siento, Olivia, pero tenía que hacerse. Era la única manera. Había un verdadero remordimiento en su voz, ella asintió reconociéndolo. —Tú hiciste lo que tenías que hacer, al igual que lo haré yo. No le dio tiempo a que la preguntara. No, ella se dirigió a la Cámara del Tribunal, lista para enfrentarse al Consejo.

Aeron abrió lentamente los ojos. El primer pensamiento que le vino fue: ¿cómo había sido capaz de hacerlo? Frunciendo el ceño, levantó la mano y, maravilla de las maravillas, tenía ojos, nariz y boca. Tenía la cabeza pegada al cuerpo, pero extrañamente no había costras en su cuello, ni tatuajes en sus brazos, se dio cuenta conmocionado cuando vio la lisa y bronceada piel. Frunciendo el ceño intensamente, se incorporó. No experimentó mareos, ni dolor, sólo una brisa fresca se envolvió a su alrededor como si lo abrazara en señal de bienvenida. Su mirada se le movió sobre el cuerpo. Intacto. Ileso. Estaba acostado sobre una tarima de mármol, y llevaba puesto una túnica blanca igual a la de Olivia. Sus piernas también carecían de tatuajes. ¿Cómo era posible? ¿Cómo nada de eso era posible? Lysander no había fallado. Él había sentido la quemadura. ¿Entonces qué había ocurrido? ¿Y dónde estaba? Estudió su entorno. Había una bruma en el aire como si estuviera atrapado en un sueño. No había casas, ni calles, sólo columnas de alabastro tras columnas de alabastro con hiedra cubierta de rocío que subía por todos lados.

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¿El cielo? ¿Había alguna manera de que fuera un ángel? Se llevó las manos a la espalda. No. No había alas. La decepción lo envolvió. Siendo un ángel, habría sido capaz de buscar a Olivia, estar con ella. Olivia. Dulce, dulce Olivia. El pecho le dolía y le picaban las manos por querer tocarla. La echaría de menos cada día de su... ¿vida? ¿Muerte? Completamente y sin decrecer. ¿Dónde estaría ella ahora? ¿Qué estaría haciendo? —Aeron. La profunda voz lo golpeó y sacudió la cabeza con reconocimiento y conmoción. A pesar de los miles de años que habían pasado desde la última vez que había oído aquel áspero tono, sabía a quién pertenecía. Baden. El que fuera una vez su mejor amigo, pero hacía siglos que había fallecido. Aeron se puso en pie y se dio la vuelta, si estar seguro de lo que encontraría. ¿Cómo...? Baden estaba a sólo unos pocos metros de distancia. Aeron luchó contra la conmoción. Su amigo estaba igual que cuando estaba vivo. Alto, musculoso, con un brillante pelo rojo que le enmarcaba la cara, ojos castaños y piel de un bronceado oscuro. Como Aeron, estaba vestido con un vestido blanco. —¿Cómo estás tú... cómo estamos nosotros...? —Ni siquiera encontraba encontraba la forma de preguntar, tan grande era su asombro. —Has cambiado. Mucho. — sonrió Baden, revelando unos rectos dientes blancos y, en lugar de responder, deslizó la mirada sobre Aeron—. Por los Dioses, te he echado de menos. Y entonces corrieron uno hacia el otro, envolviendo los brazos a su alrededor. Aeron lo agarró fuerte. Nunca creyó que volvería a ver a ese hombre. Sin embargo, ahí estaba, sujetándose a su mejor amigo. —Yo también te he echado de menos. —Atinó a decir mientras se le formaba un nudo en la garganta. Pasó un largo rato antes de que se retiraran. Aeron todavía no se podía creer lo que estaba sucediendo. Que él estaba aquí, con Baden. Tocándolo. Viéndolo. La última vez que habían estado juntos, antes de que Baden fuese decapitado, Aeron había querido echar al hombre a las llamas. O más bien, Ira había querido hacerle eso. Baden había incendiado un pueblo entero, convencido de que ellos habían planeado asesinarlo, y el demonio de Aeron había querido hacérselo pagar de la misma manera, fuego por fuego, incluso aunque la culpabilidad había asolado a Baden, quizá tanto como para depositar su “confianza” en Hadiee, el Cebo que lo llevó a su muerte. Ahora Aeron sentía... nada salvo parentesco. No había amenazas de ningún tipo. No había urgencia en tomar un bando. Tampoco había imágenes dentro de su cabeza. Ni gritos en sus oídos. De hecho, no sentía a Ira en absoluto.

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Eso no tenía sentido. Aún tenía cabeza así que Ira aún tenía que estar en su interior, ¿no? —¿Dónde estamos? —Preguntó—. ¿Y cómo es que estamos aquí? —Bienvenido a la otra vida, amigo mío. Creado por Zeus después de nuestra posesión, sólo en caso de que los demonios nos mataran. No quería que nuestras almas contaminadas pudieran llegar a él. Y sí, sé que habría sido estupendo saber que había un lugar para quedarnos, pero ese viejo bastardo nunca soltó una palabra. —Baden se dio media vuelta y señaló con la mano sus alrededores. —Yo los llamo Bad's Land1, ¿lo pillas?, Baden. —Sí, lo pillo. —Sigues sin sentido del humor, por lo que veo. Tendremos que trabajar en ello. De todas formas, sé que no hay mucho que ver y que el lugar es aburrido como una mierda, pero es mejor que la alternativa. ¿La alternativa? —Entonces ¿de verdad estoy muerto? —Eso me temo. Sus hombros cayeron, un gesto insignificante para la sensación de pérdida que lo invadió. No habría manera de buscar a Olivia, entonces. Y sin Ira, se dio cuenta con una aguda inhalación. El demonio se había desligado de él cuando murió. Estaba solo. Verdaderamente solo, por primera vez desde hacía siglos. Estaba... triste. Sí, triste. Al final, ellos habían llegado a un acuerdo. —¿Somos tú y yo los únicos aquí? —No. Hay otros pocos, pero se mantienen alejados de mí. No sé por qué. Si soy dulce como una galleta de azúcar. No es que haya disfrutado de una últimamente. —Se quejó Baden—. Pandora, sin embargo... —Se estremeció—. Ella también vive aquí aunque no guarda las distancias. Por desgracia. Una vez más, Aeron luchó contra la conmoción. Pandora. La mujer a la que habían puesto a cargo de la dimOuniak, la caja de la que habían escapado todos los demonios que habían capturado a los Señores. La mujer que se había burlado de él y de sus amigos por su elevado estatus, recordándoles una y otra vez que los Dioses los habían ignorado. Una vez él la había despreciado. Ahora... habían pasado tantos años desde que había pensado en ella, que no podía sacar a relucir el odio. ¿Sin embargo, estaba contento de saber que ella estaba allí y cerca? Diablos, no.

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la Tierra del Mal Un juego de palabras con su propio nombre, de Bad, Baden.

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—¿Por qué no la mataste? — preguntó—. Otra vez. —Él no es lo suficientemente fuerte. —Dijo una voz femenina detrás de ellos. Se volvieron al unísono. Pandora estaba apoyada contra una de las columnas, con los brazos cruzados sobre el pecho. El verla, a pesar de haber sido advertido de su presencia, fue como si le dieran un puñetazo en la cara con un puño americano. Aeron la recorrió con la mirada. Al igual que Baden y él, era alta y musculosa, aunque a una escala mucho menor. El pelo castaño le llegaba a la barbilla y le enmarcaba a cara. Un rostro demasiado duro para ser hermoso. Sus ojos eran dorados. Demasiado dorados. Demasiado brillantes. De otro mundo. Y estaban llenos de desdén. La misma mirada que ella siempre les lanzaba en los Cielos. Ah. Ahí estaba su antiguo sentido de la repugnancia, pasando sobre él, llenándolo. Incluso en la muerte iba a tener enemigos, por lo visto. —Debe de ser mi cumpleaños. —Dijo ella con una cruel sonrisa—. Uno por uno los hombres que me enviaron aquí han decidido venir a divertirme. —Te equivocas. El regalo es mío. Ahora tu tormento eterno se acaba de asegurar. Ella dio un paso hacia él... ¿para atacar?... pero se detuvo y le ofreció otra sonrisa. —Así que... ¿cómo está Maddox? Muriendo, espero. Maddox fue el que la mató. El guerrero se había perdido en su demonio, Violencia, y la había apuñalado, una y otra vez. —Vas a quedar decepcionada al saber que está bien. Hasta está esperando un hijo. El aliento se quedó atrapado en la garganta de ella. —¿Está esperando ahora? ¡Qué maravilla! —Exhaló, y al soltarlo pareció que una presa se rompió en su interior—. ¡Ese hijo de puta! ¡No merece ser feliz! Él me mató, permitió que la caja fuera robada y ahora nadie sabe dónde está. Es nuestro billete para salir de aquí, pero no. Ni siquiera yo la puedo encontrar. ¿Él lo ha arruinado todo y ahora sus sueños se van a hacer realidad? ¿Crees que no sabía que siempre quiso una familia? ¡Lo sabía! ¡Pero se suponía que debía morir! Él fue el único que... —Oh, te estás pasando. —Baden le arrojó una mirada a Aeron de ves-lo-que-hetenido-que-soportar—. Dioses. Eres tan puta ahora como lo eras entonces. Silencio. Jadeó. Los ojos de ella se estrecharon sobre el pelirrojo. —¿Te sientes invencible ahora que tienes un amigo para protegerte? —No creo. Soy invencible de cualquier manera. Ellos continuaron discutiendo, pero Aeron se alejó de ellos, su atención se quedó en la apasionada frase de Pandora. Encontrando la caja, la dimOuniak, ¿se librarían de

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ese reino? Verdadero o falso, no lo sabía. ¿Qué era lo que sí sabía? Si podía escapar, podría buscar a Olivia, como había querido. ¿Sería ella capaz de verlo? Sí o no, no le importaba. Él sería capaz de verla. Esa caja es mía.

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CAPÍTULO 31

Olivia se puso ante el Alto Concilio Celestial, con la vida y la muerte en sus manos por segunda vez. Durante días había expuesto su caso, negándose a ceder o a abandonar, pero ellos habían continuado rechazándola demasiado satisfechos con el resultado. Aeron había muerto, como ellos querían, y Legión había regresado al infierno. Su hogar. Algo que Lysander no le había explicado completamente a Aeron. Ella extendió los brazos, las alas, y se volvió, dejando que la vieran. Todo de ella. La sangre de Aeron había sido limpiada de su vestido, pero no de sus manos. No había dejado que sus manos rozaran siquiera el material. Quería que todos los responsables vieran lo que habían logrado. Su mirada se cruzó con la de todos los miembros, encaramados en lo alto de sus tronos. Todos eran hermosos, cada uno de ellos. Fuertes, orgullosos y puros. Se sentían justificados. Se sentían exonerados. No se inmutaron bajo su inquisidora mirada. No vaciles. Sé segura y agresiva. —Por castigarlo a él, —dijo ella—. Me habéis castigado a mí. Eternamente. Caí, sí, pero me habéis permitido regresar. Soy una vez más como vosotros. Un ángel. Eso significa que mi alma es tan pura como la vuestra. Por lo tanto os pregunto, ¿qué he hecho para merecerme este castigo? Finalmente, se levantó un murmullo. La esperanza floreció otra vez. —¿Qué quieres decir? —preguntó uno de los hombres. —Permitirte que regreses aquí no ha sido un castigo, sino un privilegio. —Amo a Aeron. No puedo ser feliz sin él. —Puedes. —Dijo una de las mujeres—. Sólo necesitas tiempo para... —¡No! Nada de tiempo. Merezco ser feliz como he hecho a miles de otros y ya os he dicho lo que esto conlleva.

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Esta vez no hubo murmullos. Sólo silencio. Un pesado silencio. Un derrotado silencio. Ella no dobló la cabeza ni pidió perdón por su imprudencia. No daría marcha atrás. No sobre esto. Si ellos no le devolvían a Aeron, ella moriría con él. No moriría solo. Segura de sí misma. —Si dejáis las cosas como están, un buen hombre muerto, entonces no seréis mejores que aquellos de los que protegéis a los humanos. —Serían como los demonios. No lo dijo pero su significado estaba claro. —Los buenos hombres mueren todo el tiempo, Olivia. Ese es el precio del libre albedrío. —Otra de las mujeres, con el tono más suave, mostrando una pizca de compasión. Agresiva. —Nosotros castigamos a Aeron por sus elecciones. ¿Por qué no podemos recompensarlo también? Porque eso es lo que realmente nos distingue. Nuestra compasión, nuestra bondad. Nuestro amor. El amor que él ha demostrado de una humillante extensión. Dio su vida por la mía. ¿Ese sacrificio no compensa su crimen? ¿No ha probado más allá de la sombra de toda duda que es digno de redención? Murmullos otra vez. Y entonces, finalmente, un suspiro. —Tal vez algo se pueda arreglar...

Los días pasaron en una rápida sucesión, desembocando unos en otros. Aeron pasaba el tiempo con Baden. Hablaban, reían, gritaban y se ponían al día, todo esto mientras intentaban diseccionar la ubicación de la Caja de Pandora. Su determinación por encontrar la caja era más fuerte ahora que nunca. No para detener a los Cazadores, aunque eso sería un extra maravilloso, sino por Olivia. Se encontró con que no necesitaba dormir ni necesitaba comer. Se limitaba a existir en esa ilimitada blancura, con su determinación inquebrantable. Hasta ahora, había desarrollado unas pocas buenas teorías. La caja estaba escondida en un plano oculto a la vista. Tal vez igual de real que éste, pero sin que nadie fuera capaz de mirar en su interior. O puede que estuviera enterrada en el fondo del mar. Quien la hubiera cogido, sin embargo, y por qué, era algo que no se imaginaban. —Quiero regresar desesperadamente. —dijo Baden mientras caminaban a través de la bruma. De esta manera tenían sus mejores ideas—. De vez en cuando, aleatoriamente, tenemos visiones de la vida de abajo, pero nunca son suficientes.

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—¿Qué has visto? —Unas pocas batallas de Sabin contra los Cazadores antes de que se trasladara a Budapest. Vuestra fortaleza. La explosión que os reunió de nuevo a todos. Cada una de las mujeres que os han ayudado. Lucien es un cabrón con suerte. Su mujer es mi favorita. —Probablemente deberías ofrecerle tus condolencias si alguna vez conoces a Anya. Baden se echó a reír. —Una agitadora, ¿no? Pero entonces, ¿no lo son todos? —A medida que su diversión desaparecía, le dio una palmada a Aeron en la espalda—. Creo que lo que más echo de menos es la suavidad de una mujer. ¿Pensando en Hadiee? —¿Por qué lo hiciste? —Finalmente Aeron le preguntó lo que había querido hacer durante siglos—. ¿Por qué permitiste que los Cazadores te cortaran la cabeza? Su amigo se encogió de hombros. —Estaba cansado, tan cansado de estar mirando siempre por encima del hombro, sospechando de todo y de todos. Incluso empecé a dudar sobre ti. —¿De mí? —De todos vosotros, en realidad. —Baden suspiró—. Lo odiaba. Odiaba estar esperando a que cayerais sobre mí aun cuando en mi corazón sabía que eso no pasaría jamás. —Tenías razón. Nunca te haríamos daño. —Todos querían a ese hombre con ferocidad. A pesar de su demonio, Baden había sido el único con el que cada hombre contaba. El único al que acudían por orientación y apoyo. —Y entonces vino la mujer. —Continuó su amigo—. Sospechaba que era un Cebo, pero lo peor de todo es que esperaba que lo fuera. Así que lo hice. La escolté a su casa, dejé que me sedujera, incluso aunque sabía que los Cazadores se mostrarían. Me sentí... aliviado cuando finalmente se aproximaron. Ni siquiera luché contra ellos. Como él últimamente se negaba a luchar Lysander. —¿Estás contento con la manera en que terminaron las cosas? —Para ser honesto, no lo sé. Pandora es todo lo que tengo para divertirme y como has visto, ella no es muy graciosa. Eso no había quien lo negara. —Hablando de Pandora, parece haber desaparecido. Alcancé a verla un momento cuando llegué al principio.

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—Esa es la forma en que trabaja. Te da unos pocos días de paz, tregua que te proporciona un falso sentido de seguridad, entonces, ataca. Pero basta de hablar de ella. ¿Por qué lo has hecho tú? —Preguntó Baden, echándole una mirada—. ¿Por qué permitiste que te mataran? Y sí, sé que permitiste que te mataran. Eres demasiado buen soldado para haber sido cogido de otra manera. Aeron suspiró, un cansado sonido imitación del de Baden. —Todos estos años he luchado fieramente contra la muerte, pero al final, tenías razón. Yo, también, le di la bienvenida. No porque estuviera cansado sino porque quería salvar a mi mujer. —Ah, una mujer. La perdición de todos nosotros. Háblame sobre ella. Aún no he tenido un vistazo. —Baden se frotó las manos, lleno de anticipación—. Quiero saber qué tipo de criatura cautivó a un hombre tan receloso. —Sí Aeron yo también quiero escuchar eso. Aeron se quedó en silencio. —¿Has oído eso? —se dio la vuelta y buscó como un loco con la mirada a la mujer que anhelaba más que a su propia vida. No encontró ni rastro de ella. —Sí, lo he oído. —Dijo Baden, frunciendo ahora el ceño—. Una voz femenina, ¿no? Entonces, no estaba loco. —¿Olivia? —Gritó. Había jurado que su corazón habían empezado a latirle en el pecho—. ¡Olivia! A unos metros de distancia, el aire comenzó a brillar, destellantes manchitas sobre un lienzo de perla, y el conjunto tomó forma. Rizos negros. Brillantes ojos azules. Piel inmaculada. Labios en forma de corazón. Círculos rosas pintados en sus mejillas y gloriosas alas blancas se extendían detrás de ella. Alas. Ángel. Había regresado a casa. —¿Puedes verme? —Desesperado, empezó a moverse—. ¿Puedes ver a los muertos? —Oh, sí. Puedo verte. Cuando se acercó a ella, las fuertes bandas de sus brazos la rodearon y la levantaron. Se agarró a ella como nunca se había aferrado a otra, girándola. Aquí, ella estaba aquí. Con él. Nunca la dejaría ir. La cabeza de ella cayó hacia atrás y se rió con despreocupado abandono. Esa risa... cómo calmaba su alma. —Olivia. —Desesperado por probarla, atrapó sus labios. Ella los abrió voluntariamente, con entusiasmo, y él se alimentó de cada beso de ella, saboreándola entera. La calidez de su cuerpo, la dulzura de sus curvas. Suya. Y sólo suya.

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—Aeron. Hay tantas cosas que tengo que contarte. Temblando, la puso en el suelo y el cogió el rostro, sin perder el contacto en ningún momento. —Cariño, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Cómo es que estás aquí? Y veo que eres un ángel, otra vez. —Mi ángel. —Sí. Uno que trae alegría, ya no soy una guerrera. —Tú siempre has sido mi alegría pero cómo... no lo entiendo. Ella le sonrió y le pasó los dedos por la cara, como si tampoco pudiera dejarle ir. —Mi Deidad es el creador de la vida y Él me ha ofrecido una nueva. A la vez que el Alto Consejo Celestial me ofreció devolverme mi antiguo trabajo, a pesar de que dicen que ahora soy más adecuada para la clase guerrera. A partir de ahora, voy a ser quien te traiga la alegría a ti. Se dieron cuenta de que no podrías ser feliz sin mí y yo no lo sería sin ti. Él todavía no podía concentrarse en esos detalles. —¿Por qué les importa? Ellos fueron los que querían verme muerto en primer lugar. —Tú lo sacrificaste todo. Por mí. Mi Deidad reconoció tu sacrificio y pidió que te recompensaran. Él te devolverá a tu cuerpo, lo sanará y podrás regresar a la fortaleza. Podremos estar juntos. —Juntos. —Él quería caer sobre sus rodillas en agradecimiento. Quería gritar y bailar. Sólo podía maravillarse. Olivia era suya. Su mirada se convirtió en pregunta, insegura. —¿Eres feliz con esto? —Más feliz de lo que jamás he sido, cariño. Tú eres todo lo que quiero, todo lo que necesito. Otra sonrisa floreció. —Yo siento lo mismo. —Esa sonrisa se atenuó un poco. —Ira... tu demonio no puede serte devuelto, me temo. Lo intenté. Pero ya ha encontrado a otro. —¿Quién? —Una mujer llamada Sienna Blackstone. Una mortal, asesinada por arma de fuego. Pero Cronos salvó su alma y la mantiene con él. La Sienna de Paris. De todos los resultados... ¿qué significaría esto para el pobre Paris? Podía tener a su mujer de vuelta, después de todo, al parecer, pero estaría loca

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por Ira durante unos cuantos años venideros. Ella sólo existiría para la venganza sobre aquellos que pecaron. Aeron haría todo lo posible por facilitar su transición. Y esperaba que el demonio lo reconociera. Todavía tenían un trabajo que hacer, después de todo. Castigar a Stefano. También a los demonios que la hirieron. —¿Seré mortal? —preguntó. No es que le importara. Estaría con Olivia. ¿Qué importaba si el cuerpo envejecía? —No. Serás inmortal, igual que antes. De hecho, tu cuerpo será restaurado a lo que fue en su creación. Estarás sin tus tatuajes, sin mariposas. Sin tus alas. —otra vez pareció insegura—. ¿Está todo bien? —¿Bien? Es magnífico. —Sonriendo ahora, la atrajo por segunda vez. ¿La vida podía ser mejor? Puede que no. Ella no parecía estar tan feliz como debiera estarlo—. ¿Qué ocurre? —Preguntó. —Legión. Volvió al infierno, atada a las llamas una vez más ya que su unión contigo quedó destruida. El hielo se cristalizó en las venas de él, sin interrupciones de ninguna clase. Eso era lo que Lysander había querido decir con sus palabras, “ella ha vuelto a casa”. Debería haberlo sabido, o sospechado al menos. —Lucifer está enfadado con ella, la dejó en su cuerpo humano y los demonios la atormentan sin cesar. Galen la está buscando y creo... creo que se aventuraría al infierno por ella. Quiere matarla porque aparentemente ella intentó matarlo a él. Aeron puso los ojos como platos. ¿Legión trató de asesinar a Galen? Demasiadas cosas habían pasado desde su muerte. —No puedo dejarla allí. —A pesar de todo lo que había ocurrido, él quería a la pequeña demonio. —Lo sé. Por eso he hablado con el Consejo sobre mis nuevas funciones. Como tu portadora de alegría, les expliqué que necesitas a la demonio en tu vida o sino esa vida no sería completa. Ellos estuvieron de acuerdo en que si decidías ir a por ella, dejarían que se quedara contigo, porque ella está soportando un infierno que tendrá la duración de miles de vidas. A su rescate, sin embargo, se le asignará un ángel guardián para asegurarse de que no perjudique a los seres humanos. —Sí, sí, acepto en su nombre. — Legión odiaba a los ángeles, pero tendría que adaptarse. Tendría que acostumbrarse a su Olivia, de todas formas—. Sí. —dijo de nuevo. Ni siquiera tenía que pensar en ello—. Tú, Olivia, eres más increíble de lo que me di cuenta. Hiciste esto, y nunca podré agradecértelo lo suficiente. —Hizo llover pequeños besos sobre el rostro de ella—. Me has dado todo. —Así como tú me lo has dado a mí. —Voy a pasar el resto de mis días asegurándome de que te diviertas.

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—Todo lo que necesito es tu amor. Aeron le dio otro suave pero penetrante beso, y tan pronto como se perdieron en él, las manos volaron sobre el otro, ansiosas, listas para más, decididas... —Uh, chicos. —La voz de Baden acabó con la ilusión de privacidad y ambos se giraron a él. Saludó a Olivia—. Hola. Odio romper esto, porque vaya, pero ¿qué pasa conmigo? Quiero estar en esta acción. Quiero volver a mi cuerpo. —Lo siento. —Dijo ella—. No hiciste ningún sacrificio. Me temo que tendrás que quedarte aquí. Pesar y dolor contaminaron la recién descubierta paz de Aeron. Acababa de encontrar a Baden, ¿y ahora se suponía que tenía que abandonarlo? Los hombros de Baden se hundieron. —¿Hay algo...? —No. —Intervino Olivia en voz baja—. Lo siento. Ya estás muerto. No hay sacrificio que puedas hacer. —Encontraré la manera de sacarte, —prometió Aeron—. Pandora mencionó la caja. Nunca voy a dejar de buscarla, lo juro por mi vida. Su amigo asintió, pero había tristeza en su voz cuando dijo: —Te voy a echar de menos. —Y yo a ti. —Lágrimas quemaban en sus ojos. Baden sonrió aunque hasta eso era triste. —Dile a Torin que me debe una espada. Dile a Sabin que no he olvidado que hacía trampas al ajedrez. Y dile a Gideon que quiero una revancha. Él sabrá lo que quiero decir. —Recitó un mensaje para todos los guerreros y maldición si no rompió el corazón de Aeron. Al final, sus lágrimas fluían libremente. —Hasta que nos volvamos a encontrar, Aeron. —Lo haremos. Nos encontraremos de nuevo. —Nunca perderé la esperanza. —Sin una palabra más, Baden se giró y caminó, paso a agonizante paso. Tan mal que Aeron quiso gritarle que se detuviera, pero justo cuando abrió la boca para hacerlo, sin poder aguantar la pena, el guerrero desapareció en la bruma. —Lo siento. —Dijo Olivia acariciándole el pecho. Aeron puso bruscamente los brazos en la espalda de ella, apretándola fuertemente. —Esto no es el final. Te lo juro.m—Hundió la cara en el hueco del cuello de ella. No podía pagarle todo lo que había hecho por él.

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—Te amo. Tanto. —Yo también te amo. —Voy a hacerte feliz. De todas las cosas que he jurado, esta es la más importante. Ella se puso de puntillas y lo besó. —Y me has hecho feliz. Ahora, vamos a casa. Hay mucha gente ansiosa por verte. —Primero, y no puedo creer que esté diciendo esto, pero vamos a volar mi habitación. Necesitamos un buen reencuentro. Luego nos encontraremos con los otros. Eso le valió una carcajada. —De acuerdo. Ahora yo tengo alas y tú no. supongo que yo voy a ser la encargada también de nuestras actividades más... ilícitas. Así que puedes considerarlo hecho. Mirar por tu felicidad es mi trabajo, después de todo. —Eso es algo por lo que voy a estar eternamente agradecido. Se besaron de nuevo antes de volver a casa.

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Showalter gena señores del inframundo 05 la pasion mas oscura  
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