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Palabras previas

Las desgracias no se cuelan en los hogares por la puerta trasera, se van fraguando día a día... muestran sus matices al amparo de algún corazón sumiso e indefenso que en la mayoría de los casos sólo entiende de súplicas tras aceptar un sinfín de insultos y golpes brutales procedentes de la mente perturbada que amparada en sus vicios amamanta la tragedia. ¡No todas las puertas conducen a la salida! Por eso, esta vida, nos obliga a rebelarnos, nos enseña a tragarnos el miedo... Son muchos motivos por los que hay todavía quien cree que en la fuerza de un puño se esconde la razón.


I Amanece... La campiña, de terrones y olivares, escucha por sus esquinas murmullos que el pueblo esparce; murmullos que no se ocultan enmascaran las verdades con un presagio asomado al filo de la catástrofe. Ya se acerca la tragedia con un zumbido de enjambre; un latir endemoniado emana, sin resignarse, arrasando como el río si se aleja de su cauce. Ya se acerca la tragedia por una senda de sangre. Voces claras e inmaduras, beben del eco insaciable... se convierten, de inmediato, en cómplices inmorales. Cómplices, pues su saliva hierve y salpica desastres.


Los cuervos revolotean, su presa ya estรก al alcance; al acecho, van luciendo el luto de su plumaje y encandila su reflejo como el rayo cuando parte por la mitad al firmamento con su grieta calcinante. En su intento persuasivo no escatiman facultades; para que los corazones se cieguen con su mensaje exponen su manifiesto de manera muy brillante, de esa forma la conquista serรก casi inevitable. Ensucian puerta por puerta conscientes de la barbarie; embadurnan las memorias con tertulias de unos trances que abren en canal, primero, y descuartizan mรกs tarde. Hรกbiles depredadores acechan, sin derrumbarse, con garras ensangrentadas deseosas de clavarse.


Esperan que, quien escuche su lamento agonizante: apunte, sin miramientos, con el índice señale como si fuese un fusil dispuesto para el combate, y sin escrúpulo alguno -la conciencia inalterable-, sin despertar sentimientos compasivos y cabales destierre el remordimiento, se vacíe de coraje al apretar el gatillo poniendo fin al culpable. Plegarias de mercaderes cobijan en su equipaje: dolor, lágrimas, suspiros, intrigas, tristes romances... en el menor de los casos de verdad poco probable. Verdad que atraganta al pueblo, pues ignora el mal que imparten las alforjas embusteras del astuto caminante.


El pueblo, que tanto sabe, apenas suele quejarse... aunque esté en primera fila no descubre al comediante, se mantiene en su butaca contemplando el desenlace sin apreciar que la obra es un verdadero fraude. El pueblo, que tanto sabe, hace mal en confiarse... sólo si escucha lamentos zarandea su estandarte o si la herida es profunda y la hemorragia abundante. Demagogias adulteran a unos ingenuos mortales que nunca ven más allá de la sombra de su imagen. Cuando, del rosal, la espina encuentra donde posarse causando el escalofrío de la angustia insoportable


con un lamento que hiela y que al mismo tiempo arde: mil palabras envenenan aunque las miradas callen. La crueldad atraviesa, con su cuchillo implacable, por cien sitios diferentes al más insignificante; y en la lápida entreabierta, por siempre, podrá hospedarse el pretérito imperfecto del corazón más gigante. Los atuendos de luto serán prendas confortables. Un momento es suficiente para que todo se acabe... Mientras, la luna, se esconde con su disfraz de cobarde, aturdida porque ha visto que el murmullo que se esparce ya teje un manto de pena oscureciendo el paisaje.


Mientras, la luna, se esconde... y es que no quiere acordarse de aquellas noches eternas cuando cuajaron sus carnes: las hembras con su impotencia, los varones con donaire; amamantados del pecho grieteado de esa madre que con fatigas les dio paso a un mundo miserable, donde nada es de verdad, y si acaso se comparte es por ansia de encontrar un camino confortable donde los sue単os se cumplan sin muchas calamidades. Ya amanece la campi単a, rojiza como el vinagre. Amanece entre terrones una laguna de sangre.



ROMANCE DE LAS VOCES NEGRAS