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odas las grandes innovaciones se imponen y avanzan a una velocidad superior a la que corre la sociedad para imponerle normas y leyes que regulen su uso o actividad. Sucedió lo mismo con el automóvil que llegó a nuestras tierras sin que existiera la menor legislación relativa a su aplicación. Y aún peor. Tenía un ejército de detractores que se le oponían desde las más variadas posiciones. Algunos, argumentando objetivas falencias de infraestructura y otros, con prejuicios sociales que sostenían que el automóvil era indigno de ser usado por “la gente decente de hábitos señoriales”. Inclusive, desde el Consejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires, algunos legisladores propusieron elevar los derechos aduaneros hasta hacer prohibitiva la adquisición de estas máquinas.

Uno de los primeros objetivos del Automóvil Club Argentino (ACA) fue enfrentar estos argumentos para impulsar la idea de que el automóvil era un necesario y eficiente medio de transporte y no un objeto de lujo. Los primeros automóviles circulaban sin ningún tipo de identificación, pero a medida que el parque automotor fue creciendo algunas ciudades reglamentaron el uso de chapas identificadoras. La Municipalidad de Buenos Aires impuso patente y chapa de numeración. Eran de hierro enlozado, de fondo negro con números blancos, y medían 30,5 cm de ancho por 12 cm de alto. Por su parte, el número medía 7,5 x 7,5 cm. Las patentes se dividían entre aquellas de uso oficial y particular. Dalmiro Varela Castex resultó un personaje fundamental en los comienzos del automó-

Autohistoria 24 04 2017  

Autohistoria, la revista digital de los autos históricos argentinos. Edición nº 24, abril 2017

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