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Teología i

Formación Pastoral Iglesia Metodista Libre Latinoamérica


Teología i

Ustedes estudian con diligencia las Escrituras porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor! Juan 5:39 NVI

FORMACIÓN PASTORAL Iglesia Metodista Libre Latinoamérica


Equipo Directivo Directora de área Dra. Delia Nüesch-Olver Equipo de Formación Pastoral Latinoamérica Dr. Paul Olver, Dr. Glenn Lorenz y Dr. Ricardo Gómez Coordinador de proyecto John Jairo Leal Rincón Equipo de Trabajo Beth Gómez, Jennifer Porras Pabón, Luis Fernando Pérez Rojas y Shirley Yomara Cadena Maldonado Diseñador Johan Ferney Ríos Arboleda

Permitimos a otros distribuir, remezclar, retocar y crear a partir de esta obra de modo no comercial, siempre y cuando nos den crédito y licencien sus nuevas creaciones bajo las mismas condiciones. Elaborado en Medellín, Colombia 2018


INTRODUCCIÓN La teología es el estudio acerca de la persona de Dios y sus relaciones con su creación. De ante mano debemos reconocer que es una tarea que nos desborda, pues como podrá el ser humano finito, limitado, entender a un Dios infinito y eterno. Sin embargo, el llamado de Dios a que lo conozcamos y entendamos que Él es Dios y que no hay otro fuera de Él. Así pues, nuestro esfuerzo en este módulo es dar a conocer lo que Dios nos ha revelado en las Escrituras sobre sí mismo. Para tal fin hemos decidido seguir mayormente la estructura del Libro de Disciplina en sus artículos de religión ¶101-131. Este material ha sido preparado por Luis Fernando Pérez Rojas, Shirley Yomara Cadena Maldonado y John Jairo Leal Rincón. Hemos usado y adaptado material de PIC y del Curso Omega para Plantadores de Iglesia Manual 2. Se sugiere que este módulo se enseñe usando la metodología de aula invertida porque es la que mejor ayuda a desarrollar los materiales y lograr las metas. En esta, los plantadores o pastores-estudiantes reciben los materiales previamente al encuentro (el tiempo presencial de clase), hacen la lectura comprendiendo el contenido y realizan todas las asignaciones dadas. En el encuentro se socializan los materiales, se profundiza en los contenidos, se revisan los ejercicios y se solucionan interrogantes que hayan surgido. Preferiblemente esta asignatura se debe realizar en grupo y bajo la supervisión de un formador debidamente avalado por la Iglesia Metodista Libre; para una excepción, por condiciones especiales, debe comunicarse con la persona a cargo en su iglesia, distrito o conferencia. Este material está dirigido tanto para personas que están en el proceso de Plantación de Iglesias Comunitarias, como para pastores en iglesia ya establecidas que están camino a la ordenación. El diseño del módulo presupone que cada lección de esta asignatura corresponde a 3 horas de encuentro de grupo (incluyendo un tiempo de descanso por lección); por ello es ideal seguir una de las siguientes modalidades para completar esta asignatura: Plan extendido: 12 encuentros semanales de 1 hora y media cada uno. Esta modalidad es ideal cuando un mismo grupo está realizando 2 o más asignaturas al mismo tiempo. En esta modalidad recomendamos que en una semana se revise la asimilación del contenido (use las actividades de evaluación llamadas “preguntas de reflexión” y “lecturas complementarias”), y en la siguiente revise el desarrollo de los ejercicios de evaluación personal y los planes de acción. Plan regular: La asignatura se puede completar en 6 encuentros semanales de 3 horas cada uno (una variante a esto son 2 encuentros semanales de 1 hora y media cada uno). Antes de cada encuentro usted deberá completar todas las actividades indicadas para la lección. Plan intensivo: La asignatura se puede completar en e1 encuentro de aproximadamente 18 horas. En esta modalidad se espera que el estudiante sea muy disciplinado de tal forma que, durante cada una de las 6 semanas previas al encuentro, lea completamente el contenido del manual, desarrolle las actividades de evaluación tocantes al pensamiento (preguntas de reflexión e informes de lectura) y evaluación personal. En el encuentro el formador indicará cuándo y cómo completar y reportar las actividades de evaluación llamadas planes de acción.


A lo largo de todos los manuales podrá encontrar algunos de los siguientes íconos. En ocasiones puede encontrar dos de estos íconos fusionados, esto implica que tiene el significado de los dos. A continuación se los presentamos con su significado:


CONTENIDO Sílabo ..................................................................................................................................................... 7 1 Introducción a la Teología ............................................................................................................... 9 • Introducción ......................................................................................................................................... 10 • ¿Qué es la Teología? ............................................................................................................................ 11 • Revelación general ............................................................................................................................... 14 • Revelación especial .............................................................................................................................. 15 • Revelación redentora ........................................................................................................................... 16 • La Escritura .......................................................................................................................................... 17 • Actividad de evaluación ....................................................................................................................... 22 2 La Santa Trinidad ............................................................................................................................ 23 • Introducción ......................................................................................................................................... 24 • Definición ............................................................................................................................................. 24 • Hay un solo Dios .................................................................................................................................. 25 • Dios creador ......................................................................................................................................... 26 • La Trinidad en el Antiguo Testamento ................................................................................................. 28 • La Trinidad en el Nuevo Testamento ................................................................................................... 29 • Actividad de evaluación ....................................................................................................................... 35 3 El Padre ............................................................................................................................................. 37 • Introducción ......................................................................................................................................... • Dios Padre en el Antiguo Testamento .................................................................................................. • Dios Padre en el Nuevo Testamento .................................................................................................... • Actividades de evaluación ...................................................................................................................

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4 El Hijo ................................................................................................................................................ 49 • Introducción ......................................................................................................................................... • Dios hombre ......................................................................................................................................... • Jesús, nuestro gran profeta ................................................................................................................... • Jesús, nuestro gran sumo sacerdote ..................................................................................................... • Jesús, nuestro rey eterno ...................................................................................................................... • Títulos de Jesús .................................................................................................................................... • Actividad de evaluación .......................................................................................................................

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5 La Persona del Espíritu Santo ......................................................................................................... 65 • Introducción ......................................................................................................................................... 66 • La persona del Espíritu Santo .............................................................................................................. 68 • La obra del Espíritu Santo en la Biblia ............................................................................................... 70 • La obra del Espíritu Santo en el creyente ........................................................................................... 73 • Actividad de evaluación ....................................................................................................................... 78 6 El Espíritu Santo y la Iglesia ............................................................................................................ 81 • Introducción ......................................................................................................................................... 82 • El Espíritu Santo y el comienzo de la iglesia ....................................................................................... 82 • El Espíritu Santo y las personas ........................................................................................................... 86 • El Espíritu Santo y la comunidad ........................................................................................................ 90 • Actividad de evaluación ....................................................................................................................... 95 Bibliografía ........................................................................................................................................... 96


Sílabo Sílabo Asignatura Teología I Descripción del curso Este curso articula las doctrinas de la fe cristiana respecto a la Trinidad. En lo posible, se expondrá en qué consiste la santa Trinidad, su unidad, pero a su vez, el misterio de las tres Personas. Objetivos generales Al concluir esta lección el estudiante: • Articulará las doctrinas de la fe cristiana con respecto a la Trinidad. • Reconocerá las herejías históricas y su influencia en nuestras creencias actuales. • Será consciente de las implicaciones que tiene comprender la Trinidad para su vida personal y ministerial. Evaluación • El estudiante llevará un diario, físico o digital, en el que responderá las preguntas que se presentan durante la lección y desarrollará las actividades de evaluación que se encuentran al final de cada lección. • El estudiante deberá elaborar un sermón.

Recursos cibergráficos ¿Quién es Dios? Introducción a la Teología https://www.youtube.com/watch?v=ou4VmhJr2d4&feature=youtu.be Nadie es más importante que papá https://www.youtube.com/watch?v=WJLYXXl31Bs ¿Quién es Jesucristo? Introducción a la Teología https://www.youtube.com/watch?v=kzz8LFGRmRY La iglesia llena del Espíritu Santo https://www.youtube.com/watch?v=axDlplpB8Yo

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Sílabo Criterios de evaluación – sermón Por favor escriba un sermón que trata la naturaleza trinitaria de Dios. El sermón puede centrarse principalmente en un miembro de la Trinidad, pero en algún momento debe describir la relación entre las tres Personas. Usted es libre de usar cualquier texto bíblico que quiera usar, pero necesita hacer un estudio y una exposición claros de cualquier texto primario que elija. Se revisarán las analogías y descripciones que use y cómo las usará, así que sea claro y preciso. Si la ilustración que utiliza tiene defectos, asegúrese de describir las limitaciones de la ilustración. Por ejemplo, si dice que la Trinidad es como un huevo, también debe asegurarse de describir cómo la Trinidad NO es como un huevo. El sermón se calificará según la claridad teológica, la simplicidad y la precisión, así como sobre la buena técnica para elaborar sermones.


Sílabo

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INTRODUCCIÓN A LA TEOLOGÍA

Propósito de la lección

Conocer en qué consiste la teología bíblica y cómo esta se encarga de interpretar la revelación de Dios.

Resultados de la lección

Al concluir esta lección el estudiante: • Comprenderá la diferencia entre teología sistemática y teología bíblica. • Identificará la revelación general y la revelación especial. A su vez, comprenderá sus funciones específicas. • Profundizará la seguridad de la Escritura como guía para la salvación.

Contenido

• Introducción • ¿Qué es la Teología? • Revelación general • Revelación especial • Revelación redentora • La Escritura • Actividad de evaluación


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Introducción a la Teología INTRODUCCIÓN

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os indígenas de los Andes, los incas, adoraban la Pachamama, en otras palabras, la madre tierra. La Pachamama fue la diosa de la fertilidad que tenía que ver con la siembra y la cosecha, ella encarnaba las montañas y causaba los terremotos. Además, los incas creían que era una deidad siempre presente e independiente que tenía su propio poder autosuficiente y creativo para sostener vida en esta tierra. Los santuarios de la Pachamama eran rocas sagradas, o los troncos de árboles legendarios. Algunos de sus artistas la imaginan como una mujer adulta con cosechas de papas y hojas de coca. Los cuatro principios sobre el origen de todas las cosas, según Quechua son: Agua, Tierra, Sol y Luna, sin embargo, afirman que la Pachamama es su primer origen. De igual manera que en otras culturas los incas también tenían sacerdotes que sacrificaban animales como llamas, cuyes y prendas elaboradas, en miniatura, quemadas para ella, pues es una diosa cruel con ganas de cobrar sus sacrificios. La Pachamama es la madre de Inti, el dios del sol, y Mama Killa, la diosa de la luna. Se dice que Pachamama también es la esposa de Inti, su hijo. Después de la conquista por España, que forzó la conversión al catolicismo romano, la figura de la Virgen María se unió a la de la Pachamama para muchos de los indígenas.

Esta ilustración nos deja ver la creencia que existe un ser divino mucho más grande que el ser humano, en todas las culturas y civilizaciones es común. Esto se debe, en parte, al hecho de que el ser humano razona buscando una explicación para la existencia de nuestro mundo; se llega a la conclusión que solo un ser superior al ser humano podría crearlo. El ser humano, intuitivamente, por su propia naturaleza religiosa, propende a buscar un ser que de algún modo es mucho más alto y superior a él. Comúnmente, las personas no buscan pruebas de su propia existencia, ni de la existencia de las cosas materiales porque las reconoce por sus sentidos. Aunque Dios es invisible en su persona, su existencia es tan evidente que los seres humanos por lo general no requieren pruebas para comprobar su existencia. La duda de la existencia de Dios es consecuencia de la perversidad del propio ser humano, de su ceguera espiritual. La evidencia de la existencia de Dios en la creación es tan clara que rechazarla es el fundamento de la condenación del mundo, que no ha escuchado el evangelio. Según Romanos 1:19-20, es porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó, porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas. La revelación de Dios mediante los profetas, antes de que la Palabra fuese escrita, y la revelación procedente de la Palabra, ha penetrado, en cierto grado, la conciencia total del ser humano hoy día. Aunque el mundo, en general, es ignorante de la revelación escritural, algunos conceptos de Dios han penetrado en el pensamiento de todo el mundo, de tal forma que la creencia en un ser superior es generalmente cierta, incluso entre los seres humanos a quienes no ha llegado directamente la Escritura (Chafer). Es aquí donde la teología tiene un papel fundamental.


Introducción a la Teología ¿QUÉ ES LA TEOLOGÍA? Al definir el término teología recurriremos a dos asuntos para hacerlo. En primer lugar al significado de la palabra y en segundo lugar al quehacer de la teología. La palabra teología proviene del griego “theos” que significa Dios, y “logos” que quiere decir “estudio”, “tratado” o “razón”; es decir, la teología es el estudio de todo lo concerniente a Dios. De ahí que la teología trata de responder preguntas como por ejemplo: ¿Quién es ese Dios que se estudia? ¿Cómo lo conocemos? ¿Cuál es el propósito de la teología? La teología es la ciencia de la revelación, es decir, descubre algo que está oculto para que se pueda ver y conocer. Ahora bien, a través de la historia la teología ha tenido varios quehaceres importantes: 1. La teología como explicación de la realidad física Siglos antes de la encarnación de Cristo ya se usaba el término “teología”. Los griegos llamaban “teólogos” a los poetas y a todo aquel que intentara explicar el origen del mundo. Estos basaban sus creencias de la creación del mundo en los mitos existentes. En cierto sentido, la fe cristiana y, por ende, la teología ofrece una explicación de la realidad física. No de cómo funciona esta realidad ni de los pasos que Dios usó para formar su creación, sino que fue Dios quien la creó de lo no existente. La teología asegura que fue Dios quien creó todo lo existente, es decir, muestra que Él está por encima de lo creado. Evidencia que la existencia tiene su inicio en Dios. Por esta razón, hay que tener cuidado con las “teologías” que pretenden explicar de manera detallada y estructurada cómo funciona cada aspecto de la creación teniendo como base las Escrituras. La teología afirma que todo lo que existe es creación de Dios, y que todo tiene su lugar en el plan de Dios (González & Maldonado, 2003, pp. 8-9). 2. Teología como sistematización de la doctrina La teología sistematizada intenta resumir y sintetizar los hilos principales de las afirmaciones teológicas. Desde los primeros años del cristianismo, la iglesia se vio en la necesidad de sistematizar puntos esenciales de la fe cristiana. Surgió la necesidad de responder adecuadamente a las herejías que surgieron en la iglesia naciente. Por esta razón, en los siguientes años fueron necesarios algunos concilios para establecer ciertos parámetros de fe basados en la Escritura. Orígenes, uno de los padres de la iglesia, fue el primero en sistematizar de manera formal la fe cristiana. Él abarcó desde la creación de todas las cosas hasta los últimos tiempos. Después de él, se han escrito cientos de libros de Teología sistemáticas que pretenden mostrar la doctrina cristiana como un todo ordenado y coherente (por lo menos para la estructura de pensamiento occidental). Tener las doctrinas bíblicas de manera ordenada y estructurada por temas nos ayuda a juzgar cualquier doctrina llamativa que emerge, sin embargo, también tiene sus peligros (González & Maldonado, 2003). Un peligro es acercarnos a la Biblia principal o únicamente por estas ca-

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Introducción a la Teología tegorías, divisiones o estructuras cuando no fue escrita para esto. Se corre el riesgo de olvidar que la Biblia nos muestra la historia de salvación y responde a necesidades específicas. A Dios, aunque queramos, no lo podemos encasillar y ni ajustar a nuestra comprensión limitada. Cada vez que intentamos sintetizar o definir algo sobre Él, lo estamos reduciendo a nuestra capacidad limitada. En este módulo, y en el de Teología II, no pretendemos hacer una sistematización de la Biblia. Antes bien, pretendemos mostrar una teología bíblica que tiene en cuenta a Dios en la historia y cómo Él se reveló a los seres humanos de maneras diferentes. En la teología bíblica la organizamos según los conceptos cronológicos y antecedentes históricos. Es decir, vemos cómo un concepto es ampliado o corregido a través de la historia de la salvación. En contraste con la teología sistemática que se organiza sobre temas específicos sin tener en cuenta los antecedentes históricos. 3. Teología como defensa de la fe y puente a los no creyentes Desde el inicio de la iglesia, la teología ha sido una manera eficaz de defender la fe. Los evangelios son muestra de ello. En ellos se muestra que Jesús era el mesías esperado por Israel, a pesar de que había muchos judíos incrédulos. De hecho, Esteban fue el primer mártir por hacer defensa de su fe en Cristo y desde ese momento Jesús se hizo evidente para los no creyentes. En los siglos siguientes, se hizo aún más urgente la necesidad de defender la fe ante los no creyentes, quienes criticaban, y se burlaban de los cristianos por no tener dioses visibles. Fue allí donde se usó la teología para defender la fe. Además, la teología también sirvió como estrategia para preparar el camino ante los no creyentes y así ellos pudieran escuchar el evangelio con mayor claridad. Algunos líderes, con grandes capacidades intelectuales, comenzaron a buscar puentes entre su fe y la cultura de ese momento. Fue allí, donde encontraron que el filósofo Platón se había referido al Ser Supremo. Este había expresado que por encima de todos los seres visibles hay un primer ser, infinito e inmutable, del cual todos los seres dependen para la existencia. Ese Ser Supremo era el mismo que los cristianos llamaban Dios. De esta manera, Justino Mártir, Clemente de Alejandría y Orígenes (líderes de la iglesia de los primeros siglos y a quienes se les llama “Padres de la iglesia”) defendieron la fe ante muchas falsas doctrinas, y construyeron puentes para una buena exposición de la fe ante los incrédulos. De ese modo, los cristianos mostraban que la fe no era irracional como se decía. Antes bien, dejaron en evidencia que su fe era real y dependiente totalmente de un único Dios, no de muchos dioses (González & Maldonado, 2003, págs. 11-12). 4. La teología como crítica de la vida y de la proclamación de la iglesia La teología ha sido la encargada de señalar las áreas en que no se está viviendo de acuerdo con la Palabra de Dios. Tiene como propósito la proclamación del evangelio. Afirma que las acciones diarias y el carácter deben reflejar la fe en Cristo. Por esta razón, la teología interpreta la Palabra de Dios y a su vez, examina la vida humana teniendo en cuenta sus debilidades, dolores, y penurias. La teología también se encarga de examinar lo que se está enseñando en la iglesia y confrontarlo con la verdad expresada en las Escrituras a fin de que sea fiel al evangelio.


Introducción a la Teología La teología analiza detalladamente el mensaje que la iglesia expresa para que sea acorde con la Palabra de Dios. Ilustremos esto con la conocida “teología de la prosperidad” y su interpretación de las Escrituras. En primera instancia, no es una “teología” porque no es un conjunto ordenado y estructurado de doctrinas respecto a la prosperidad. Es un movimiento de fe no una teología en sí. Es decir, esta “Teología” no toma en cuenta lo que dice el contexto global de las Escrituras sobre la prosperidad, sino que mal interpreta algunos pasajes específicos para apoyar su posición. Observemos la interpretación de Proverbios 18:21: “La muerte y la vida están en poder de la lengua; y el que la ama comerá de sus frutos”. Osteen interpreta que: “nuestras palabras llegan a ser profecías que se cumplen solas”. Sin embargo, en el contexto más amplio el proverbista expresa que: si con la lengua se siembra muerte, muerte se cosechará; si vida, con ella se nos pagará. Es decir si el hombre ofende o chismea de alguien, el hombre ofendido puede vengarse y hasta lo puede matar, por esta razón Santiago dice que la lengua es un fuego de maldad, llena de veneno mortal que enciende con una pequeña chispa un inmenso bosque (Stg. 3:1-8). Vale decir de nuevo, que la teología bíblica ayuda a evitar estos errores, porque se trabaja el texto en su contexto literario y bíblico siendo fiel al texto. Esta, y otras “teologías” modernas, requieren con gran urgencia el uso de la teología bíblica para la buena interpretación de las Escrituras en los sermones, lecciones y escritos. De igual manera, la teología examina las acciones de la iglesia, llamándola a ser coherente entre sus palabras y acciones. Una pregunta que nos ayuda en este punto es la siguiente: ¿Cómo refleja lo que que estoy haciendo y diciendo el evangelio de Jesucristo pide? Sin embargo, entender la teología simplemente como crítica del actuar de los creyentes y de la misma iglesia, tiene una debilidad. No dice nada a los que no son parte de la iglesia. De ahí que, la teología debe revisar la proclamación de la iglesia en su encuentro con el resto del mundo (González & Maldonado, 2003, págs. 13-14). 5. La teología como contemplación Acercarnos a la teología a través de la contemplación contrarresta la tendencia moderna de verla como cualquier otra disciplina. La teología como contemplación resalta el carácter devocional de la teología, es decir, va acompañada de la oración y la meditación de las Escrituras. Sin embargo, el peligro es irse al otro extremo de solamente orar y meditar sin hacer un estudio consciente y organizado. El individualismo a la hora de hacer teología ha tenido consecuencias graves, puesto que ha dado pie para visiones e interpretaciones privadas. Por ejemplo, se ha llegado al extremo de darle autoridad teológica a lo que una persona presenta como una “revelación”, “visión” o “mensaje de Dios”. En estos casos debemos tener claro que estas no son verdaderamente “revelación”, porque la revelación ya se completó a través de la obra de Jesús y lo que los escritores del Nuevo Testamento consignaron a cerca de ello. Como hemos visto, la teología y sus funciones se pueden entender de varias formas, pero en ninguna instancia estas se contradicen, sino que se complementan. A la teología le interesa la realidad humana, y esta afecta el quehacer teológico. Sin embargo, la

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Introducción a la Teología meta de la teología es el conocimiento acerca de Dios. Este se logra exclusivamente a la medida que él mismo se ha dado a conocer. Si Dios no se hubiera revelado no podríamos conocerlo (1Co. 2:11). La revelación es indispensable por las siguientes razones (Milne, 2008, pág. 34): • Somos seres creados y, por ende, totalmente dependientes de Dios para nuestra existencia. A diferencia de Dios que existe libremente de nosotros (Gn. 1:27). Es decir, Dios y el ser humano pertenecen a diferentes categorías del ser. Sin embargo, la diferencia no es absoluta porque el hombre fue creado a imagen de Dios; y Dios se comunica con los seres humanos (Gn. 1:28). Es decir, fuimos creados con el propósito de tener alguna relación y sensibilidad hacia Dios mismo. Además, Dios se encarnó, se hizo ser humano en Cristo (Jn. 1:14), y el Espíritu de Dios mora en los cristianos y los posibilita para tener una relación personal con Dios (Ro. 8:9-17). • Somos pecadores. Esta triste realidad, necesitaba con urgencia de la revelación de Dios donde es manifiesto su amor y misericordia para con el hombre. La caída dañó la realidad espiritual y moral del ser humano (Ro. 1:18; 1Co. 1:21; 2Co. 4:4; Ef. 2:1, 4:18). Dios se ha revelado de dos maneras: revelación general y revelación especial.

REVELACIÓN GENERAL Dios es el creador de todo cuanto existe, visible o no. Él se ha revelado al ser humano a través del tiempo y sin importar el lugar por medio de la majestad de las cosas creadas. La belleza inalterable e inimaginable de su creación, declara sin palabras su procedencia. Al contemplar tal solemnidad, inevitablemente surgen preguntas como las siguientes: ¿Quién diseñó lo que vemos? ¿Quién tuvo tanta creatividad para hacer todo diferente y maravilloso? ¿Quién perfeccionó cada detalle de la naturaleza? Frente a esto, Pablo expresó: “Porque las cosas invisibles de él [Dios], su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20). Es decir, la naturaleza habla de su creador, revela a Dios. En este sentido, el salmista expresó: “los cielos cuentas la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). Dentro de la revelación natural, se encuentra a Dios obrando como el creador de los cielos y de la tierra (Gn. 1:1); como quien provee y sustenta a los seres humanos (Gn. 8:22); como el dueño absoluto de toda la tierra (Sal. 24:1); como quien imparte justicia (Job. 36:37); como el que llena la tierra con su misericordia (Sal. 33:5), y finalmente, como el Dios de toda la historia, él es quien sostiene, dirige y determina los pasos de toda su creación (Sal. 33:10, 67:4;,90, 104, 107, 145, 147). Finalmente, podemos afirmar que Dios dejó la creación como testimonio para que los seres humanos lo busquen, todo lo creado da cuenta de la providencia y el cuidado de Dios. Por otro lado, Dios también nos dejó la conciencia que nos indica qué es bueno y


Introducción a la Teología qué es malo. “Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Ro. 2:15). Esto lo dijo Pablo refiriéndose a los gentiles. De igual manera, todo ser humano tiene un instinto para adorar. Lutero expresó que todo los seres humanos adoramos algo, ya sea a Dios o un ídolo. Como vimos al principio, los incas adoraban la Pachamama, la madre tierra, los aztecas al sol y hoy en Latinoamérica la Virgen María. De ahí que, no hay ningún pueblo que carezca de un sentido de acogimiento ante lo sobrenatural. Los chinos creen en los espíritus de los antepasados, los musulmanes en Allah, los de la india en muchos dioses y nosotros los cristianos en Cristo. Por esta razón, Calvino se refirió a “un sentido de deidad” el cual ha sido implantado en el corazón del ser humano (Milne, 2008). Así que, el ser humano no tiene excusa ante Dios porque la naturaleza misma, su conciencia y el instinto de adorar, revelan la existencia de un Dios. Todo ser humano tiene alguna idea o noción correcta o incorrecta acerca de Dios. De esta manera, la búsqueda de Dios es algo innato en las personas (Sal. 19:1; Ro. 2:15). En conclusión, el ser humano sabe que existe un Dios creador de todo lo visible e invisible, y la misma creación da testimonio de Él. Este Dios sustenta su creación, y esta refleja su bondad (Sal. 19:1). Además, Dios le ha dado la conciencia, la capacidad de discernir entre el bien y el mal (Ro. 1:20), a pesar de todo, el ser humano no busca a Dios (Ro. 1:24). Aunque a través de la revelación general sabemos que hay un Dios, tal conocimiento no salva, puesto que apenas sirve para dejar al ser humano sin excusa ante Dios.

REVELACIÓN ESPECIAL Como hemos visto, la revelación general resulta incompleta a causa de la magnitud del pecado que habita en el ser humano. De ahí que, nace la necesidad de una revelación salvadora, que provea los medios adecuados y necesarios para que el ser humano pueda restaurar su relación con Dios. En la revelación especial, Dios se da a conocer con claridad y plenitud teniendo como clímax la encarnación, resurrección y exaltación del Hijo de Dios (Jn. 1:1, 14). Bavinck ha definido la revelación especial como: “el acto consciente y libre de Dios por medio del cual se da a conocer al hombre, para que este llegue a ponerse en relación correcta con él [a través de Cristo]” (Donner, 2008, pág. 13). La revelación especial es a través de la encarnación de Cristo, esta es la suprema auto-revelación de Dios (Jn. 1:1, 14). En el milagro de la encarnación, Dios construyó un puente sobre el abismo (el pecado) que separaba al ser humano de su Creador. Jesús voluntariamente se ofreció, tomando la naturaleza de siervo y se manifestó como hombre para revelar al Padre (Fil. 2:7-8). Juan expresó: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18). De ahí que, Jesús es quien ha revelado a Dios, nos ha dado a conocer al Padre, porque no habló por su propia cuenta, sino que habló lo que el Padre mismo le mandó a decir

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Introducción a la Teología (Jn. 12:49). En Cristo: “Dios está presente en persona y su carácter y naturaleza esencial son revelados a nosotros” (Milne, 2008, pág. 40). Por esta razón, Jesús dijo: “el que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Él es la imagen de Dios, nos revela todo lo que alcanzamos a conocer y a entender de Dios. Él es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que Dios es (Heb.1:3). “En Jesús nos confrontamos con el corazón eterno de Dios. Jesucristo es, por tanto, el centro y la cumbre de toda la revelación divina” (Milne, 2008, pág. 40). Todo lo que Jesús hizo y enseñó se revela en la Biblia, ella es la que da testimonio del carácter y contenido de esta revelación especial (Donner, 2008). “Estas dos formas de revelación especial no pueden ser separadas. Cristo es la Palabra encarnada, se da a conocer por medio de la Palabra escrita de Dios: la Biblia” (Milne, 2008, pág. 40).

REVELACIÓN REDENTORA Dios se reveló en su máxima expresión con la vida, muerte, resurrección y exaltación de Cristo. Sin embargo, a causa de la naturaleza pecaminosa del ser humano “la revelación especial en Cristo y la Escritura no es suficiente para darnos un pleno y satisfactorio conocimiento de Dios” (Milne, 2008, pág. 41). Dado que todo ser humano tiene una tendencia a resistir a Dios y una inclinación evidente hacia el pecado, no es posible que por su propio deseo se acerque a Dios. Un ejemplo de esto fueron los judíos, ellos conocían las Escrituras, quizá muchísimo más que nosotros y también conocieron a Jesús, incluso físicamente, pero no le aceptaron. “Si vamos a conocer verdaderamente a Dios entonces la revelación debe redimir a la vez que informar, al mismo tiempo que enseñar” (Milne, 2008, pág. 41). La revelación progresiva es muestra de la gracia de Dios para nuestras vidas. En este sentido la revelación progresiva implica varios momentos: 1) la revelación general a través de la naturaleza y la conciencia. 2) La revelación especial, Dios mismo se revela a través de la Palabra encarnada y 3) La Escritura donde el centro de la revelación radica en la muerte de Cristo por nuestros pecados (1Co. 15:3). Pero, hasta aquí solo hay una revelación en conocimiento; por esto, era necesaria una revelación que hiciese efectiva la grandeza de la muerte de Cristo en nuestras vidas. Solo es el Espíritu Santo quien nos lleva a Cristo, “Y, cuando él venga, convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Jn. 16:8). Milne afirma: El Espíritu Santo hace efectiva la redención de Cristo, sometiendo nuestra voluntad rebelde y abriendo nuestros ojos ciegos para que podamos creer en el evangelio y así permitirnos entrar al reino de Dios y conocerlo verdaderamente (Jn. 3:1; 15:26; 1Ts. 1:5; Tit. 3:5) (2008, pág. 41). El Espíritu Santo nos lleva de un mero conocimiento del plan de salvación a creer en la obra de Cristo, hace viva nuestra fe a través de la experiencia personal. Solo el Espíritu Santo hace que nos encontremos con el Cristo Resucitado y oigamos la voz del Padre a través de la Escritura.


Introducción a la Teología LA ESCRITURA La Biblia es la Palabra escrita de Dios, inspirada únicamente por el Espíritu Santo. Da testimonio inequívoco de Jesucristo, la Palabra viva. Atestiguada por la iglesia primitiva y concilios posteriores, es el informe fidedigno de la revelación de Dios, completamente verdadera en todas sus afirmaciones. Ha sido fielmente preservada y demostrada su verdad en la expresión humana. Las Escrituras han venido a nosotros a través de autores humanos, que escribieron, movidos por Dios, en las lenguas y formas literarias de sus tiempos. Dios continúa hablando, por la iluminación del Espíritu Santo, por medio de esta palabra, a cada generación y cultura. La Biblia tiene autoridad sobre toda la vida humana. Ella enseña la verdad acerca de Dios, su creación, su pueblo, su único Hijo y el destino de toda la humanidad. También enseña el camino de salvación y la vida de fe. Nada que no se encuentre en la Biblia ni pueda probarse por ella ha de ser requerido como artículo de fe ni como algo necesario para la salvación (Libro de Disciplina, 2015, ¶108). La revelación especial se ha dado por medio de la Palabra encarnada y la Palabra escrita. La Escritura es la Palabra escrita de Dios, y a través de esta trasmite su voluntad al ser humano (Jn. 10:35; 2Ti. 3:16). Dios, a través de años de historia, ha conservado su Palabra por medio de su divina providencia para todas las generaciones (Hch. 7:38; Ro. 15:4; 1Co. 10:11). La Biblia nos muestra quién es Jesús, qué hizo y cuál era su enseñanza. Por lo tanto, la Escritura es la base para conocer a Dios y la norma para toda predicación y enseñanza acerca del Dios trino. La Biblia es la forma material de la revelación divina y especial. Esto tiene tres implicaciones importantes (Milne, 2008, págs. 45-47): 1. La condescendencia de Dios Como se ha expresado anteriormente, a Dios lo podemos conocer en la medida que Él se ha dado a conocer. Él, se rebajó a nuestra condición para comunicarse con nosotros y mostramos el camino. Es como la historia de un indígena motilón que después de haber recorrido unos buenos kilómetros para llegar a su casa después de cazar, se sentó a descansar y observó un montón de hormigas que trataban de construir un hogar. Él había querido ayudarlas a hacer una buena casa, como las casas de los motilones, así que comenzó a cavar en la tierra. Pero debido a que él era tan grande y tan poco familiar, las hormigas habían tenido miedo de él y habían huido. Entonces, milagrosamente, el motilón se convirtió en hormiga. Él pensaba como hormiga, tenía aspecto de hormiga, y hablaba el idioma de las hormigas. Vivía con las hormigas, y ellas llegaron a confiar en él. Un día el motilón les dijo que no era realmente una hormiga, sino un motilón, y que en una ocasión había tratado de ayudarles a mejorar su casa, pero que las había asustado. Las hormigas dijeron: ¿No nos engañas? ¿Aquel eras tú?, y se burlaron de él, porque no tenía el aspecto de aquella cosa inmensa y terrible que anteriormente había movido la tierra.

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Introducción a la Teología Pero en ese momento él fue convertido en un motilón y comenzó a mover la tierra y darles la forma de una casa de los motilones. Aquella vez las hormigas lo reconocieron y le dejaron hacer su trabajo, porque sabían que él no les haría daño. Por eso, según la historia, las hormigas tenían montículos que se parecerían a las casas de los motilones (Olson, 2007). De igual manera, Dios se ajusta a nuestra cultura y lenguaje, aún a nuestra capacidad de comprensión, para que podamos conocerlo y relacionarnos con Él. Calvino expresó: “Como las nodrizas con las criaturas, Dios acostumbra a “balbucear” en cierta medida al hablar con nosotros” (1Ts. 2:7). Por consiguiente, Dios ha hablado por medio de la Palabra escrita. Dios ha utilizado la cultura y el lenguaje humano con el fin de comunicarse con nosotros y así poder establecer una relación. Esto constituye la posibilidad de la revelación verbal. Es evidente que los autores bíblicos comunicaron la verdad de Dios a través de los recursos disponibles. El Dios creador puede comunicarse al nivel del ser humano y hablarles por medio de su lenguaje. El Dios que ha creado la boca, se comunica con sus criaturas (Sal. 94:9). 2. Verdad analógica Dios para darse a conocer al ser humano utiliza la analogía, en otras palabras una semejanza por medio de la cual algo que pertenece a una esfera de la experiencia y el lenguaje del ser humano, se usa para explicar algo de otra esfera. Dios elige aquellos elementos conocidos por el ser humano que pueden servir como analogías para poder comunicarse de manera clara. Dios se conoce así mismo y nos conoce a nosotros, él sabe qué y cómo puede revelarnos algo de manera que comprendamos (Dt. 29:29). Así que, la Escritura es la expresión material de esta auto-revelación de Dios. Por ejemplo, Dios utiliza la figura de la madre terrenal para dar su mensaje de compasión y misericordia: “¿Puede acaso una mujer olvidarse del niño que cría, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella lo olvidara, yo no me olvidaría de ti” (Is. 49:15). Sin embargo, la cosa o imagen con la que se realiza la analogía no refleja plenamente la verdad total de lo que se quiere comunicar. El lenguaje se queda corto para expresar la verdad de Dios. Así que el lenguaje de la Biblia sigue siendo humano, por tal razón, no se puede comunicar toda la verdad de Dios, ni mucho menos entenderse. No obstante, el lenguaje humano es un medio totalmente adecuado para comunicarnos la verdad de Dios. Debido a esto, podemos decir que las afirmaciones de la revelación especial a través de la Biblia, cuando se reciben como palabra fidedigna de Dios, trasmiten un verdadero y confiable relato de Dios y sus propósitos. 3. El propósito de Dios con la Escritura Dios en su sabiduría nos suministra la Escritura como un relato escrito donde Él se revela. Tener la revelación de Dios por escrito tiene las siguientes ventajas: • Alcanza durabilidad. Se reducen los errores de memoria y las alteraciones accidentales o deliberadas a lo largo de un periodo prolongado.


Introducción a la Teología • Puede diseminarse universalmente por medio de la traducción y la reproducción. • Posee los atributos de pureza y fijeza. • Tiene la finalidad y calidad normativa que otras formas de comunicación no logran. Bases para aceptar la Biblia como palabra escrita de Dios Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento afirman que son la Palabra de Dios. Una manera de expresar la convicción de que la Biblia es Dios mismo hablando, la encontramos en el Antiguo Testamento. Dios en su pacto con Israel, da Palabras escritas que forman los acuerdos bilaterales con el pueblo (Ex. 24:4, 7, 31:18, 32:16, 34:1, 28; Dt. 4:13, 10:4). Además, observamos que se escriben los mandamientos concretos del pacto en “el Libro del Pacto” (Ex. 24: 4,7). A menudo Dios da repetidas instrucciones a Moisés para que ponga por escrito algunos acontecimientos que el pueblo no podía olvidar en ninguna circunstancia (Ex. 17:14, 34:27; Nm. 33:2). De ahí que, Moisés escribió una copia de la ley y la entregó a los sacerdotes (Dt. 31:9). Además, Moisés escribió un cántico que enseñó al pueblo (Dt. 31:22). También la Biblia registra que Josué escribió en el libro de la ley (Jos. 24: 26). Esto deja al descubierto que la Palabra de Dios fue cuidadosamente registrada por personas. Observamos en la antigüedad la costumbre de escribir todos los acuerdos y estipulaciones de los reyes con sus súbditos. Al igual que registrar los eventos históricos más importante relacionados con la ley (Dt. 1-11, 31:9). Esto también se aprecia en la Biblia. Por dar un ejemplo: “Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo” (Ex. 17:14 cf. Nm. 33:2). Sin embargo, hay casos donde la Biblia actualmente no contiene el documento al cual se alude, pero sí había certeza de su existencia en el momento que se cita (1S. 10:25). El concepto de Jesús del Antiguo Testamento Jesús mismo le otorgó autoridad al Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento fue la Biblia de Jesús. Él la leía, la meditaba, la memorizaba y la enseñaba (Mr. 1:22; Mt. 4:4; Lc. 2:41-52). Jesús se refería a ella con respeto y la tenía como la Palabra de Dios. No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt. 4:2, 19:4; Mr. 7:11-13; Jn. 10:34). Jesús reconoció la autoridad y utilidad de la Escritura y recomendó escudriñarla porque en ella está la vida eterna y ella da testimonio de Él (Jn. 5:39). Por esta razón, “Jesús siendo Dios encarnado, ejerció su autoridad de Dios mismo, pero en ningún momento enfrentó su autoridad personal a la autoridad de la Escritura” (Milne, 2008, pág. 48). Además, expresó su inspiración divina (Mr. 13:36). El mismo Jesús reconoció la división de la Escritura judía para argumentar que la ley, los profetas y los salmos hablaban de su ministerio mesiánico (Lc. 24:25-27, 44; Mr. 7:6, 12:10). A través de la Escritura, Jesús pudo reconocer el sufrimiento que tendría que enfrentar cumpliendo su rol de Mesías. La Escritura le ayudó a comprender el plan de Dios para traer salvación a los seres humanos. Esto le impulsó a seguir obediente a la voluntad del Padre sometiéndose a la muerte en la cruz (Mt. 26:24). De ahí podemos concluir que Jesús aceptaba el Antiguo Testamento como Palabra de Dios, como la revelación de Dios en la historia donde estaban escritos sus propósitos y anunciaba su venida.

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Introducción a la Teología El concepto apostólico del Antiguo Testamento El Nuevo Testamento contiene gran cantidad de citas, ecos y alusiones al Antiguo Testamento. Los apóstoles citaron el Antiguo Testamento para mostrar el cumplimiento de la Escritura en Jesús (Hch. 2:15, 25-28, 34-35). Es decir, toda la teología del Nuevo Testamento encuentra su base en el Antiguo Testamento. Toda enseñanza y acción de los apóstoles se desprenden de la autoridad del Antiguo Testamento. Los apóstoles no estaban creando una nueva religión, sino que estaban anunciando el cumplimiento correcto de la Escritura (Hch. 2:16-35, 3:22-25; 4:11, 7:253, 13:29-37; Ro. 1:2; Ga. 3:16-18). “Los apóstoles estaban preocupados por mostrar las formas en que la vida y la misión de Jesús cumplían las esperanzas de salvación del Antiguo Testamento” (Milne, 2008, pág. 50). Por otro lado, el concepto de pecado, sacrificio, pacto y ley no se explican en el Nuevo Testamento, sino que se construye sobre estos conceptos que están explicados claramente en el Antiguo Testamento (Ro. 2:1729, 3:23; Heb. 9:14-26). Es decir, daban por sentado que la audiencia tenía claro algunos conceptos y por ello, no los volvieron a ampliar en el Nuevo Testamento. De ahí podemos concluir que, los apóstoles reconocían la Escritura como Palabra escrita de Dios, que es útil para “enseñar, redargüir, corregir y para instruir en justicia con el propósito de que el hombre de Dios esté preparado para toda buena obra” (2Ti. 3:16-17). Las palabras y enseñanzas de Jesús Jesús como la Palabra encarnada de Dios sabía que sus palabras eran espíritu y vida (Jn. 6:63). Las palabras de Jesús tenían autoridad y poder para perdonar pecados y para sanar (Mr. 2:5). Jesús muestra que sus palabras tenían poder y autoridad sobre la naturaleza y la muerte (Mr. 4:41, 5:41). Además, Jesús afirmó que sus palabras no pasarían y que por sus palabras seríamos juzgados (Mr. 13:31). En este mismo sentido, los apóstoles reconocieron la autoridad y el poder de Jesús para calmar el mar (Mr. 4:42), para resucitar (Jn. 11:43) y alimentar a una multitud (Mr. 6:41-44). Los apóstoles reconocieron la autoridad divina de Jesús en muchos eventos (Heb. 10:35; 1Co. 7:10, 11:23). Los apóstoles, Pedro y Santiago, son fieles reproductores de sus enseñanzas del sermón del monte en sus cartas, al igual Pablo en sus escritos. Las palabras y acciones de Jesús están investidas de autoridad divina; los cuatro evangelios nos muestran esto. La autoridad especial de los apóstoles La misma potestad que Jesús tenía como Dios, se las impartió en la gran comisión a sus discípulos (Mt. 28:17-19). De igual manera, les proporcionó el bautismo en el Espíritu Santo que los invistió de poder para ser testigos de Cristo en todas las naciones (Hch. 1:8). El Espíritu Santo guiaría a los discípulos en sus enseñanzas y su testimonio (Jn. 14:26, 15:26, 16:13). Las enseñanzas de Jesús que transmitieron sus discípulos fueron respaldadas por milagros, prodigios y señales (Hch. 5:15). Esto les daba la confianza que sus enseñanzas y sermones eran proclamadas por medio del Espíritu Santo y que no dependían de ellos (1P. 1:12; 1Co 1:10). Cuando los discípulos predicaron sobre Cristo no lo hicieron por medio de sabiduría de hombres sino bajo el poder de Dios. Muestra de la autoridad con que contaban los apóstoles, fueron las cartas que escribieron, pues eran sustitutos de su autoridad (2Ts. 3:6-12). La iglesia temprana reconoció la autoridad de los apóstoles y obedeció a sus enseñanzas porque tenían la autoridad de Dios.


Introducción a la Teología Inspiración de la Escritura El término “inspiración” se refiere a la forma en la cual Dios mismo se da a conocer al ser humano a través de palabras humanas registradas en la Escritura. El término “inspiración” utiliza la imagen de Dios mismo exhalando el aliento, su palabra que se materializa en la Escritura. El Espíritu Santo guió y supervisó a los autores humanos para que sus escritos se convirtieran en una expresión normativa en lenguaje humano de la revelación de Dios mismo. Esta auto-revelación es la forma en que Dios se da a conocer al ser humano y se constituye como la Palabra de Dios al ser humano. Al ser Palabra de Dios, inspirada por Él mismo, contiene autoridad exclusiva para hablar sobre quién es Él y mostrar su voluntad. Expresar que la Escritura es “inspirada” en términos sencillos, quiere decir que es la auto-revelación misma y autoritativa de Dios. En otras palabras sería la autobiografía autorizada de Dios para que la lean los seres humanos. La Escritura por su inspiración divina produce es sí misma autoridad que confirma el Espíritu Santo (Milne, 2008). La inspiración significa que Dios inspiró y supervisó a los escritores bíblicos para que registraran cada palabra que tenemos en la Escritura y usó sus talentos y recursos literarios para trasmitir el mensaje de Dios de manera dinámica e impactante. Pablo nos presenta la idea de la inspiración: “toda la Escritura es inspirada por Dios” (2Ti. 3:16). Es decir, toda la Escritura es dada por el aliento de Dios. El término aliento hace eco a una metáfora muy familiar en el Antiguo Testamento para hablar de la acción de Dios por medio de su Espíritu (Gn. 2:7; Job 33:4, Sal. 33:6). Lo anterior, ya establece el carácter de la Escritura, es de origen divino. Así que, toda la Escritura es producto de la exhalación de Dios y Él continúa hablando, por la iluminación del Espíritu Santo, por medio de la Biblia, a cada generación y cultura. Por tanto, aunque escrita por medios humanos, la Biblia es el mensaje de Dios para la humanidad, más que un mensaje del ser humano a su prójimo. La doctrina de la inspiración, precisamente por ser sobrenatural, presenta algunos problemas para la comprensión limitada del ser humano (ver módulo de interpretación bíblica página 14). La Seguridad de la Escritura para Salvación En la Escritura encontramos de manera fidedigna, la guía precisa para llevarnos a la salvación. Es decir, todas las afirmaciones que presenta la Biblia acerca de la obra de Cristo para salvación son verdaderas y dignas de toda confianza, lo cual establece un contraste con las palabras humanas que sí fallan, palabra escritas como textos considerados como sagrados en donde se deben cumplir ciertos requisitos o hacer determinados ritos para la salvación La Biblia no lleva a conclusiones erróneas para salvación porque es el testimonio de Dios escrito por Él mismo. La Biblia son las Palabras de Dios y dignas de confianza que apuntan a Cristo como salvador. Por lo tanto, no nos lleva a errores o conclusiones erradas sobre la salvación. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento señalan la obra de Cristo para salvación, no hay otro camino por el cual el ser humano pueda ser salvo (Hch. 4:12 cf. Jn. 5:24-27; 2Ti. 1:9-10). A través del sacrificio de Cristo en la cruz es que el ser humano es limpiado de pecado, es exclusivamente a través de

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Introducción a la Teología Cristo que las personas obtienen la salvación. Las personas del Antiguo Testamento miraban hacia el futuro de donde venía su salvador y las personas que vivimos después del sacrificio de Cristo miramos hacia atrás en donde encontramos a nuestro salvador. Todo señala la obra de Cristo para salvación a través de la fe y por gracia.

ACTIVIDAD DE EVALUACIÓN En su cuaderno de notas (físico o digital) responda las siguientes preguntas: • ¿Qué es la teología? • ¿Qué diferencia hay entre la teología sistemática y la teología bíblica? • Teniendo en cuenta las cinco funciones de la teología a lo largo de la historia, ¿Cuál cree que es la más urgente de recuperar hoy? • ¿A qué hace referencia la revelación general y la especial? ¿Qué las diferencia? ¿Cuál es la función de cada una de ellas? • ¿Por qué es importante la revelación redentora y cuál es su propósito? • ¿Por qué es importante entender que Dios ha utilizado todo el contexto del ser humano para revelarse? • ¿Cuál es la razón por la cual aceptamos como Palabra de Dios tanto el Antiguo como Nuevo Testamento? • ¿Qué propósito había en poner por escrito las palabras de Dios? • ¿Qué significa que la Escritura es inspirada por Dios? • ¿Por qué en la Biblia encontramos la seguridad que nos lleva a la salvación y no en otros escritos considerados como sagrados?


Introducción a la Teología

2 LA SANTA TRINIDAD Propósito de la lección

Comprender en qué consiste la santa Trinidad y cómo hacer frente a las herejías emergentes.

Resultados de la lección Al concluir esta lección el estudiante: • Comprenderá en qué consiste la santa Trinidad.

• Identificará las tres personas que pertenecen a la santa Trinidad. • Tomará conciencia de la necesidad de hacer frente a las herejías con respuestas bíblicas.

Contenido

• Introducción • Definición • Hay un solo Dios • Dios creador • La Trinidad en el Antiguo Testamento • La Trinidad en el Nuevo Testamento • Actividad de evaluación


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La Santa Trinidad INTRODUCCIÓN

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a enseñanza bíblica de la Trinidad es un misterio; un misterio que podemos enunciar pero que no podemos explicar. Sin embargo, comprender en qué consiste el misterio de la Trinidad nos ayudará a conocer más a Dios. A través de los siglos muchos cristianos han reflexionado en este tema, entre ellos Agustín de Hipona, uno de los grandes teólogos cristianos de la historia, de quien existe una historia, no sabemos si real o ficticia, según la cual:

Un día caminaba por la orilla del mar mientras que pensaba mucho en Dios, y cómo comprender la doctrina de la Trinidad. Cuando a lo lejos vio a un niño jugando en la arena de la playa. El niño corría hacía el mar, llenaba un balde con agua del mar, y volvía a donde estaba antes y vaciaba el agua en un hoyo. El niño hacía eso una y otra vez. Esto le dio curiosidad a Agustín, así que se acercó al niño y le preguntó: “¿Qué haces?” El niño dijo: “Estoy sacando toda el agua del mar para colocarla en este hoyo”. Agustín le dice: “¡Eso es imposible!”. La respuesta del niño fue: “Más difícil es que llegues a entender el misterio de la Santísima Trinidad” (Sosa, 2015). Ciertamente la enseñanza bíblica de la Trinidad es compleja: nuestro Dios es “tres personas distintas y un solo Dios verdadero”. Este concepto es imposible de comprender para nosotros, y sin embargo es más importante de lo que pensamos.

DEFINICIÓN La teología es la encargada de establecer un diálogo entre la revelación de Dios y la realidad humana. Revelar es descubrir algo que estaba oculto para que pueda ser conocido. Dios mismo se ha revelado, se ha dado a conocer por medio de la Escritura, ella es su propia revelación. Por lo tanto, es el único medio por el cual podemos comprender un poco la majestad y la complejidad de Dios. La Biblia presenta a Dios como tres personas, pero a su vez estas tres son un solo Dios: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Comúnmente llamada la Trinidad. Este término no aparece en la Biblia, sin embargo, es bíblico en el sentido que reúne toda la enseñanza de la Biblia sobre Dios. El concepto de la Trinidad de Dios es mucho más claro en el Nuevo Testamento. Allí encontramos a los apóstoles expresando el concepto del Dios trino (Mt. 3:16-17, 28:19; Lc. 10:2; Mr. 1:10-11; Jn. 3:34; 1P. 1:2). De igual manera, Pablo a menudo expresó en sus cartas la forma trina de Dios (2Co. 1:21-22; Ga. 4:4-6; Ef. 1:3-14; 2Ts.2:13-14; Tit.3:4-6). La iglesia naciente se vio en la necesidad de definir su doctrina por las constantes herejías contra la divinidad. De ahí que, el primero en usar el término Trinidad fue Tertuliano en el año 215 d.C. Tertuliano afirmó que los tres son uno, por el hecho de que los tres proceden de Uno por unidad de substancia (Fabra, 2015).


La Santa Trinidad El Libro de Disciplina 2015 en ¶101, afirma sobre la doctrina de la santa Trinidad:

Hay un solo Dios El Antiguo Testamento deja claro que solo hay un Dios y fuera de Él no hay nadie (Dt. 4:35; 39, 32:39; 1S. 7:22; Is. 44:6-8, 45:21; 1Ti. 2:15). Para el pueblo de Israel, la unidad de Dios es fundamental: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt. 6:4). Esta verdad era totalmente descabellada y chocante para las naciones vecinas puesto que adoraban a muchísimos dioses (Milne, 2008).

Dios en el pacto que hizo con el pueblo de Israel, le exige serle fiel y adorarle únicamente a Él porque no comportiría su gloria con nadie (Ex. 20:3-4; Dt. 28:15-68). No obstante, el pueblo no obedeció y en innumerables ocasiones es llamado al arrepentimiento por medio de los profetas (Ex. 32:1-35; Jos. 24:14-23; 1R. 18:21; 2R. 1:2). En el libro de Reyes se encuentran cantidad de referencias al tema de la idolatría que tristemente fue patrocinada por los mismos reyes. El autor del libro hace énfasis en que cada nuevo rey que surgió hizo lo malo ante los ojos de Dios, y muestra que curiosamente aquellos que sí hicieron lo bueno ante sus ojos, no quitaron los lugares altos de idolatría (1R. 14:24, 21:2, 22:52; 2Cr. 33:2; 1R. 15:14, 2Cr. 20:33). Como consecuencia lógica de haber fallado al pacto con Dios, los profetas anunciaron que serían llevados a esclavitud por causa de la idolatría (2R. 24:20-25). La advertencia de la esclavitud no fue escuchada y como resultado, el pueblo se encontró fuera de su tierra y lejos del templo. El tiempo del exilio, ayudó para que el pueblo, junto a los líderes religiosos, cayeran en cuenta de que el estar ahí era producto de adorar a otros dioses, fallando al pacto hecho por el único Dios real (Ex. 20:3-4; Dt. 13:3). El tiempo que el pueblo pasó en cautividad ayudó para ser purificados y así eliminar radicalmente la idolatría a los dioses paganos. Por esta razón, se hizo un especial énfasis en la unidad de Yahvé (Dt. 6:4). Yahvé es un término que viene del verbo hebreo ser, que significa: quien fue, es y será (Ex. 3:14). Este verbo al traducirlo al español, se trascribe como Yahvé. A Él debían lealtad, así que la lealtad es el corazón del pacto. El pacto era tan importante que se repetía dos veces al día por todo el pueblo al orar la

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La Santa Trinidad Shemá: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es…” (Dt. 6:4). Los israelitas aprendieron que debían adorar a Dios exclusivamente y por tal razón, tomaron decisiones drásticas que les llevó a expulsar las mujeres extranjeras de la comunidad (Dt. 7:3 cf. Esd. 9:2, 10:1-10). Aunque el Antiguo Testamento es enfático en que hay un solo Dios, deja ver “indicaciones de una plenitud en la Divinidad que prefiguran la enseñanza trinitaria” (Milne, 2008, pág. 99). Teniendo en cuenta que la Escritura es una revelación progresiva y que el contexto del Antiguo Testamento era una época politeísta, es decir, los pueblos adoraban muchos dioses, quizá no era el mejor tiempo para revelar la Trinidad. Por esta razón, fue necesario que Dios primero purificara a su pueblo de las costumbres de la época para darse a conocer clara y directamente. Por ejemplo, Abraham salió de una cultura idólatra, sus padres servían a dioses extraños (Gn. 11:27 cf. Jos. 24:2). Tal vez servían a Moloc Baal, un dios extraño que tenía la cabeza de becerro, al cual se le sacrificaban los recién nacidos (Cf. Jr. 19:5-6; Ez. 20:24-26). A las familias de los recién nacidos se les tenía prohibido llorar por ellos. Esta costumbre inmersa en la cultura de Abraham, quizá lo llevó a ver el sacrificio de Isaac de una manera típica de la época, donde no se tenía en cuenta sus sentimientos como padre (Gn. 22:2). Este relato del sacrificio de Isaac cumple la función de hacer un sustituto entre los hijos primogénitos por un animal (Gn. 22:13; Ex. 13:2, 34:19-20; Jr. 19:5-6). Es decir, un cambio en la costumbre de esa época, el animal tomaba el lugar del hijo y se sacrificaba. Aquí observamos, matices de la obra de Cristo sustituto de la humanidad y, por ende, matices de la Trinidad de Dios (Jn. 1:19-51).

DIOS CREADOR La Biblia comienza dando por sentado la existencia de Dios. Él ya existía antes de la creación del mundo (Ef. 1:4). Dios por su libre voluntad dispuso toda su creatividad para crear el universo (Ex. 35:31-35). Con su palabra creó de la nada el universo entero, es decir, no existía nada excepto Él (Gn. 1:2; Jn. 1:1-3). El Salmo 33 expresa: “por la palabra del SEÑOR fueron creados los cielos, y por el soplo de su boca, las estrellas. … porque él habló, y todo fue creado; dio una orden, y todo quedó firme” (vv. 6, 9). El apóstol Pablo también expresó que: “por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él (Col. 1:16). Las Escrituras contradicen radicalmente los diferentes mitos sobre de la creación, puesto que niegan que la tierra ya existía y que los dioses derivan de ella. La Biblia enfatiza que Dios es Dios sobre cielo, tierra, mar y todo lo existente, no hay nada ni nadie más grande que Él. Dios creó al ser humano a imagen y semejanza suya y lo hizo corona de su creación. El ser humano fue puesto para gobernar la tierra en representación de Dios. Él observó la obra de sus manos y la calificó como “buena en gran manera” (Gn. 1:31). El término bueno, en hebreo es “ṭob”, que va más allá de bueno, es algo valioso, bello, hermoso, precioso y agradable. La creación del universo es buena por su voluntad, nadie le obligó, es una demostración del amor universal de Dios que creó todo el universo por el poder de su palabra. Estos recursos naturales reflejan el carácter de Dios (Magallanes, 2005). Comprender a Dios como creador tiene implicaciones prácticas para nosotros:


La Santa Trinidad 1. No debemos rechazar el mundo físico porque Dios lo creó y es bueno. 2. El universo es muestra del amor de Dios con sus criaturas. 3. Somos administradores de los recursos que Dios creó. Recordemos que Génesis 1 tiene como propósito mostrarnos al Dios creador, un Dios vivo que da vida de la nada a su creación, es decir, nada existe si Él no lo crea, nada tiene vida si no es por Él (Jn. 1:3). La creación misma tiene vida porque Dios a través de su Palabra le da vida (Neh. 9:6). Es el mismo Dios quien sopló aliento de vida al ser humano para que fuera un ser viviente (Gn. 2:7; Job 33:4). Él es la fuente de la vida: “porque en ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz” (Sal. 33:6). Dios es aliento de vida y por Él los seres humanos volvemos a la vida y resucitaremos para vida eterna (2R. 4:18-36; Mr. 5:39-42; Jn. 3:16, 10: 28-30, 11:25; 1P. 5:10; Ap. 11:11). Dios no solamente da vida, sino que sustenta la vida. Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? (Mt. 6:26). Aún las aves son sustentadas por Dios, ¿cuánto más lo no hará con sus hijos? En palabras de Milne: Dios ha creado el universo de la nada y, por lo tanto, en cada momento “cuelga” suspendido, por así decirlo, sobre el abismo de la no existencia. Si Dios llegara a retirar su Palabra sustentadora, entonces todo ser, espiritual o material, instantáneamente caería en la nada nuevamente y dejaría de existir. La continuidad del universo de un momento al siguiente es, pues, un milagro tan grande y una obra tan completa de Dios como lo fue su creación al principio. En este sentido profundo, todos vivimos cada instante solo por la gracia de Dios (2008, pág. 111). El Dios creador es el verdadero Dios. No hay nadie que pueda reclamar este título de creador, sino quien da vida y sustenta toda su creación. Este Dios creador de todo el cosmos, es el Dios que llamó a Abrahán para que fuera una nación (Gn. 14:19; Jr. 10:16). A esta nación, es decir Israel, Moisés les expresó: A ti se te ha mostrado todo esto para que sepas que el Señor es Dios, y que no hay otro fuera de él …Reconoce y considera seriamente hoy que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y que no hay otro. Dt. 4:35 En este mismo sentido, Dios le dice al pueblo de Israel: Ustedes son mis testigos —afirma el Señor—, son mis siervos escogidos, para que me conozcan y crean en mí, y entiendan que yo soy. Antes de mí no hubo ningún otro dios, ni habrá ninguno después de mí. Yo, yo soy el Señor, fuera de mí no hay ningún otro salvador. Is. 43:10-11 Dado que Dios fue quien creó absolutamente todo lo existente, es el único que tiene derecho a exigir fidelidad y adoración exclusiva. Ningún dios hecho por manos de hombre, de madera, piedra, plata, o barro puede reclamar adoración porque no crearon el mundo; además, no hablan, no escuchan, ni oyen (Dt. 4:28; Sal. 115:14; 135). Lo que hace a alguien merecedor de adoración, es que sea superior y que de él dependa total-

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La Santa Trinidad mente su existencia, es decir, que sea su creador. El único digno de ello, es Dios porque fuimos hechos a su imagen y semejanza. Lo absurdo de la idolatría, es que quien hizo al dios de madera, metal o bronce termina arrodillándose y adorando la creación de sus propias manos. Todo lo contrario, la verdadera adoración es donde lo creado se doblega ante su Creador (Sal. 148). El pueblo de Israel entendió plenamente la exclusividad de Dios después del exilio: Así dice el Señor, el Señor Todopoderoso, rey y redentor de Israel:“Yo soy el primero y el último; fuera de mí no hay otro dios. ¿Quién es como yo? Que lo diga. Que declare lo que ha ocurrido desde que establecí a mi antiguo pueblo; que exponga ante mí lo que está por venir, ¡que anuncie lo que va a suceder! No tiemblen ni se asusten. ¿Acaso no lo anuncié y profeticé hace tiempo? Ustedes son mis testigos. ¿Hay algún Dios fuera de mí? No, no hay otra Roca; no conozco ninguna”. Este es el Dios verdadero que luego se encarna en Jesús para mostrarnos el camino. Por esa razón, Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino es por mí” (Jn. 14:6). El apóstol Pablo un doctor en la ley y estudioso de las Escrituras, reconoció que Jesús era el verdadero Dios y mesías anunciado del Antiguo Testamento: De modo que, en cuanto a comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es absolutamente nada, y que hay un solo Dios. Pues, aunque haya los así llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra (y por cierto que hay muchos “dioses” y muchos “señores”), para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos. 1Co. 8:4-6 Finalmente, podemos concluir que el Dios verdadero es el creador de todas las cosas visibles e invisibles, Él es el único Dios y está en todo su derecho en exigir adoración de los seres humanos porque somos su creación. La imagen se postra ante su hacedor. Anteriormente, mencionamos que la santa Trinidad se encuentra a través de toda la Escritura. Así iniciaremos mostrando la santa Trinidad en el Antiguo Testamento.

LA TRINIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO En primer lugar, los primeros matices de la Trinidad aparecen en Génesis 1: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza...”, “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó…” (Gn. 1:26-27). Nótese que Dios se expresó en plural “hagamos” y “nuestra”, es decir, hay más de uno. El término hebreo para referirse a Dios es “elohim” plural, es decir, “Dioses” pero se usa con el verbo en singular “creó”, como si se tratara de un solo Dios. La traducción literalmente sería: Dioses creó al hombre. No hay una concordancia entre el sujeto y el verbo. En este mismo sentido sigue el texto, “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó…”, aquí observamos que la imagen de Dios


La Santa Trinidad es una, pero que a la vez es plural. De igual modo, en el Antiguo Testamento encontramos ocasiones en que Dios se refiere a sí mismo en términos plurales (Gn. 1:26, 3:22, 11:7; Is. 6:8, 53:1). También, por medio del Nuevo Testamento podemos notar que, Juan en su evangelio identifica a Jesús en la visión del profeta Isaías (Jn. 12:41). Luego, encontramos referencias al Ángel del Señor que se identifica con el mismo Dios, aunque es distinto de Él (Ex. 3:1-6; Jue. 13:2-22). Observemos: Estando allí [Moisés], el ángel del Señor se le apareció entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés notó que la zarza estaba envuelta en llamas, pero que no se consumía, así que pensó: “¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la zarza”. Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza... No te acerques más —le dijo Dios—. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre. Ex. 3:1-6 De igual manera, encontramos también el Espíritu de Dios que se mueve sobre las aguas (Gn. 1:2). También, el Espíritu Santo es una característica de los ungidos de Dios: Sansón, Saúl, David, etc. (Jue. 13:25; 1S. 10:10, 16:13). En diferentes partes del Antiguo Testamento encontramos referencia al Espíritu de Dios (Neh. 9:20; Sal. 51:11; 139:7; Is. 63:10-14). En el Antiguo Testamento encontramos matices de la Trinidad, pero no es un concepto que se desarrolla de manera plena. Adicional, según Milne (2008, pág. 90). En el Antiguo Testamento también, En el Antiguo Testamento también se habla de la sabiduría de Dios, particularmente en Proverbios 8, como una expresión personalizada de Dios al mundo, y de la Palabra de Dios, la declaración creativa de Dios (Sal. 33:6,9 cf. Gn.1:26). También existen profecías que se identifican al largamente esperado Mesías con Dios mismo (Sal. 2; Is. 9:6).

LA TRINIDAD EN EL NUEVO TESTAMENTO La enseñanza de la Trinidad es posible verla con mayor claridad en el Nuevo Testamento. Sin embargo, no deja de ser un misterio. Dios, el Verbo se hace carne y habita entre los seres humanos, Él existía desde el principio y todas cosas fueron hechas por Él (Jn. 1:1, 14). Juan continúa mostrando a Jesús como Cordero de Dios y al Espíritu Santo como Dios (Jn. 1:29-34). Jesús en el evangelio de Juan, constantemente se identifica con el “Yo Soy” (Jn. 4:26, 10:11, 11:25 cf. Ex. 3:14). Además, dijo que: “Mi Padre aún hoy está trabajando, y yo también trabajo” afirmando así que Él era Dios mismo (Jn. 5:17-8, 10:30-33). Aquí observamos al Padre y al Hijo, pero la Trinidad es revelada más claramente cuando Jesús anunció que sus discípulos serían aborrecidos por el mundo (Jn. 15:18-16:14). Este pasaje es revelador, veamos la razón: “Cuando venga el Consolador, que yo [Jesús] les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí (Jn. 15:26). Ahí vemos la santa Trinidad que se sigue mencionando a lo largo del texto. De ahí que, la doctrina de la Trinidad se vincula con la vida y obra de Jesús como Milne (2008, pág. 90) acota:

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La Santa Trinidad La enseñanza de la trinidad aparece para adaptarse al impacto de la vida y el carácter de Jesús, a sus afirmaciones y milagros, y sobre todo a su resurrección y ascensión, los apóstoles se vieron impulsados cada vez más a adorarlo como Dios... La realidad y la actividad del Espíritu Santo entre ellos era claramente la presencia de Dios mismo. En consecuencia, el carácter trinitario que Jesús les presentó (Mt. 28:19) determinó su propia comprensión del asunto. Dios Señor era uno solo, pero distinguible en tres: Dios el Padre, el Hijo y Espíritu Santo. Los nombres de Jesús que prueban que es Dios A través de las Escrituras observamos diversos pasajes que hablan de los nombres dados a Jesús. A continuación, exploraremos los que más luz nos dan en torno a su divinidad como Dios. En una posterior lección abordaremos otros nombres. • Emanuel: el Antiguo Testamento anunció la venida de Jesús. Isaías lo profetizó así “Por eso, el Señor mismo les dará una señal: La doncella concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamará Emanuel” (Is. 7:14). El nombre Emanuel significa “Dios con nosotros”. • Alfa y Omega: alfa y omega son la primera y última letra del alfabeto griego, y, respectivamente, simbolizaban el comienzo y el final. Cuando Jesús usó ese nombre para sí mismo, dio a entender que Él es el principio que nunca tuvo principio y el final sin final. Todas las cosas provienen de Él y van hacia Él. La Biblia nos dice que Jesús es, fue y será (Is. 41:4 cf. Ap. 1:8). • Cordero de Dios: este título se refiere al sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, donde Dios aceptaba la sangre de animales como expiación por el pecado (Jn. 1:29, 36). ¡La sangre de Jesús hizo expiación del pecado! • Gobernador de la Creación: Cristo existió antes de la creación del mundo y es el soberano de ella (Ap. 3:14). • Señor: el término “Señor” se usaba exclusivamente para Jehová en el Antiguo Testamento, pero después se usó en relación a Jesucristo, lo que demuestra su divinidad. Como los primeros cristianos sentían libertad de adorar a Jesús, Él se convirtió en su Señor, y ellos lo consideraban uno con Jehová. Creyeron en su divinidad y la defendieron cuando surgieron herejías sobre su naturaleza. El Espíritu Santo es Dios El Espíritu Santo no es una fuerza, ni un poder ni una influencia que fluye de Dios, sino que es Dios mismo. La doctrina de la Trinidad sostiene que Dios el creador, Jesús el redentor y el Espíritu Santo que mora en los creyentes son Dios. En Hechos, se habla que Ananías mintió al Espíritu Santo haciendo referencia a Dios: —Ananías —le reclamó Pedro—, ¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno? ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres, sino a Dios! Hch. 5:3-4 En varios pasajes bíblicos, se le atribuyen al Espíritu Santo atributos divinos que solo tiene Dios el Señor. A continuación, exploraremos algunos de ellos:


La Santa Trinidad • El Espíritu Santo es omnisciente: Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. 1Co. 2:10-11 • El Espíritu Santo es omnipresente: “¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu?¿A dónde podría huir de tu presencia?” (Sal. 139:7). • El Espíritu Santo es omnipotente: “No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los gentiles lleguen a obedecer a Dios. Lo ha hecho con palabras y obras, 19 mediante poderosas señales y milagros, por el poder del Espíritu de Dios…” (Ro. 15:18-19). Los evangelios muestran que el Hijo expulsó demonios a través del Espíritu (Mt. 12:28); que los pecadores nacen de nuevo y entran al reino de Dios por el Espíritu (Jn. 3:3, 5); y fue el mismo Hijo quien resucitó de los muertos por el poder del Espíritu “Y, si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes” (Ro. 8:11). Teniendo en cuenta que solo Dios puede dar vida entonces, el Espíritu Santo es Dios. • El Espíritu Santo es eterno: “Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Heb. 9:14). • El Espíritu Santo es inseparable, distinguible y coeterno: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo siempre están en armonía. El Espíritu permite el acceso al Padre de acuerdo con Efesios 2:18. El Padre, que es amor, se acerca a la humanidad sumida en el pecado cuando envía a su Hijo. El Hijo tomó la naturaleza humana, sufrió, murió y fue resucitado para salvar y redimir a la humanidad. El Espíritu Santo ofrece el medio para que los pecadores puedan aceptar su plena salvación en Cristo por gracia a través de la fe. Juntos, como un solo Dios, elaboraron este plan. Juntos decidieron sus diferentes roles y la forma de obrar. Lo hicieron en una sola esencia. Son tres personas, pero un solo Dios.

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La Santa Trinidad La Trinidad es el nombre teológico para hablar sobre la misteriosa unión y la unicidad de Dios en tres personas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Comprender la Trinidad es algo sumamente complejo, por tal motivo, se ha tratado de ejemplificar con realidades muy cercanas a los seres humanos. 1. El agua. Es una sola, pero tiene tres estados: líquido, sólido y gaseoso. 2. El huevo. Es un solo huevo, pero tiene tres partes: la cáscara, la clara y la yema. 3. Un padre o madre. Es una sola persona, pero puede cumplir tres diferentes roles al mismo tiempo: hermano, padre e hijo; o hermana, madre e hija. Debemos tener claro que, estas ilustraciones tienen sus limitaciones, lo que prueba que el lenguaje humano tiene grandes limitaciones a la hora de explicar este grandioso misterio de Dios. Por ejemplo, ni los estados del agua, ni las partes de un huevo son una persona, y si un huevo es fertilizado, la cáscara y la clara se convierten en simples residuos. Igual que, toda el agua que se evapora no vuelve a caer, solo 80 %. Por otro lado, con la ilustración del padre también se presenta una dificultad. Un padre puede tener más de tres roles, pero, si una persona tiene múltiples personalidades, la sociedad a menudo la diagnosticará como esquizofrénica. La Trinidad está conformada por tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios, a través de la historia, se ha revelado en tres etapas diferentes, esto no indica superioridad de uno e inferioridad de otro. Dios el Padre es la Persona que nos ha creado y que nos juzga. Jesucristo, el Dios Hijo, es el verbo de Dios hecho hombre para darnos la salvación. El Espíritu Santo es quien representa personalmente al Padre y al Hijo aquí en la tierra. A través del Espíritu, el Padre y el Hijo hacen su obra en las vidas de la humanidad. Estas son las tres etapas por las cuales Dios ha escogido revelarse a nosotros, pero esto no significa que Dios se haya revelado a sí mismo completamente en estas tres formas. Dios todavía es un gran misterio para su creación. La teología de la Trinidad que se ha mantenido y enseñado por un largo tiempo consiste en “una sola sustancia divina, tres personas divinas”. Esta fórmula puede ser confusa si no se entiende correctamente, porque puede sonar como si la iglesia adorara a tres dioses. La palabra “sustancia” no contiene la idea común de un cuerpo sólido que posee un peso y una talla. Por el contrario, la palabra sustancia tiene que ver con la naturaleza esencial del objeto, sin ninguna connotación material. Para la mente humana, la doctrina de la Trinidad es algo que parece imposible de comprender completamente. Wesley sabía muy bien esto, por eso expresó que el misterio no reside en la existencia de tres Personas, sino que yace en que las tres personas son una. Él descarta cualquier esfuerzo humano por entender un misterio divino. Es por esto, la necesidad y urgencia de no confundir a las tres Personas entre sí, pero tampoco separarlas de tal forma que creamos en tres dioses diferentes. La iglesia naciente, fue la encargada de desarrollar una diferenciación en la unicidad de Dios, no descartando la unidad del Ser divino. La manera en la que se pudo entender un


La Santa Trinidad poco más esta disyuntiva, consistió en tener como base la forma como se desarrolló el concepto de persona. Cuando la iglesia primitiva hablaba de una persona, en cuanto a la persona de Cristo, no se refería a un individuo con identidad separada, sino a “aquel cuya integridad se completa en el otro”. Es decir, cuando se referían al Padre, al Hijo y al Espíritu, significaba que cada uno encontraba su origen e identidad en el otro”. Esto implica que, no se puede ser padre sin tener un hijo, de manera que el Hijo de Dios es quien hace que el Padre sea Padre, al igual que, no puede ser hijo sin tener un Padre, así que es el Padre quien da al Hijo su título de Hijo. Pero, nuevamente nos vemos limitados por el lenguaje para describir la unidad del Espíritu con el Padre y el Hijo en este sentido lógico. La iglesia primitiva concluyó que el Hijo no es todo lo que existe de Dios, pero que todo lo que Dios es reside en el Hijo. Se puede decir lo mismo del Padre y del Espíritu. Lo dicho anteriormente, es sumamente importante porque nos ayuda a entender un poco más a Dios y la salvación. Esto significa que Dios no es una voluntad solitaria cuya característica principal es la omnipotencia. Al contrario, Dios es un ser cuya esencia es el amor interpersonal. El amor consiste en una relación entre personas. Esto significa que amor no es solamente algo que Dios hace. Es lo que Dios es: “Dios es amor” (1Jn. 4:8,16). En resumen, la explicación de Wesley parece ser la más honesta y razonable. Expresa que, de una u otra manera, podemos aceptar la verdad de la existencia de Dios en tres Personas y que, cada una de estas personas tiene una naturaleza esencial y completa su existencia al relacionarse con las demás. La explicación de cómo Dios es tres en uno sigue siendo un misterio que se continúa analizando y debatiendo. Quizás la analogía más cercana a la raza humana sea el matrimonio, puesto que es una unidad; el esposo y la esposa llegan a formar una sola carne (Gn. 2:23 cf. Mt. 19:5). Son dos personas distintas; sin embargo, dentro del convenio sagrado del matrimonio, se convierten en una sola carne, complementándose el uno al otro de una manera que solo se logra estando en el vínculo del matrimonio. Sin embargo, debemos reconocer los límites de las ilustraciones y del lenguaje, además, lo limitados que somos para comprender el misterio de Dios. La forma en que usamos la palabra “Dios” En nuestra sociedad el término “Dios” se ha vuelto de uso común y casi que se ha convertido en cliché. Es quizá la palabra más mal utilizada en toda la historia de la raza humana. Por tal razón, es vital concientizarnos del significado real de esta palabra. Al pronunciar el nombre “Dios” estamos aludiendo al esplendor de la divinidad del Dios que es Triuno. Es decir, cada vez que se menciona la palabra “Dios” estamos aludiendo a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Debemos tener cuidado de pensar que cuando usamos la palabra “Dios” nos referimos exclusivamente al Padre, porque tanto Jesús como el Espíritu Santo son divinos y son un solo Dios. En la Trinidad no hay ninguna clase de subordinación; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la misma esencia divina, pero que se pueden distinguir por sus funciones. Una manera común de distinguir las funciones de las tres personas de la Trinidad es te-

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La Santa Trinidad ner al Padre como creador, al Hijo como redentor y al Espíritu Santo como santificador. Sin embargo, Pablo nos muestra algo diferente, él atribuye: la elección al Padre (Ef. 1:4, 5, 11), la redención al Hijo (Ef. 1:3, 7, 8), y la garantía de la salvación al Espíritu Santo (Ef. 1:13, 14) (Milne, 2008). Las funciones nos dejan distinguir la Trinidad, no obstante, debemos recordar que: Estas distinciones no deben oscurecer la verdad fundamental de la unidad divina por la cual las tres personas están implicadas en la actividad de cada una; por ejemplo, aunque la creación puede atribuírsele especialmente al Padre (Gn. 1:1), se puede asociar con el Hijo (Jn. 1:3), y con el Espíritu (Is. 40:13) (Milne, 2008, pág. 91)

De ahí que, al hablar de Jesús hablamos implícitamente del Padre y del Espíritu Santo, y al hablar del Espíritu Santo estamos hablando del Padre y del Hijo. Aunque entender la santa Trinidad es difícil, la aceptamos por medio de la fe y reconocemos que sigue siendo un misterio que quizás comprenderemos cuando estemos con el Dios Trino. “La tri-unidad de Dios es el secreto de su belleza. Si negamos esto, tenemos un Dios sin resplandor, sin gozo y sin humor”. Finalmente, recordemos que: “El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas tres personas son una sola en eternidad, deidad y propósito, de infinito poder, sabiduría y bondad” (Libro de Disciplina, ¶101, 2015). Alguien en cierta ocasión le preguntó a Daniel Webster, el orador, cómo un hombre de su inteligencia podía creer en la Trinidad. “¿Cómo puede un hombre de su calibre mental creer que tres es equivalente a uno?”, le interrogaron. Webster contestó: “No pretendo conocer completamente las matemáticas celestial ahora”. Continuó: “creemos en la doctrina de la Trinidad no porque la podamos entender, sino porque así la Biblia nos enseña sobre ella, y porque el Espíritu mismo da testimonio en nuestros corazones que es así”.


La Santa Trinidad ACTIVIDAD DE EVALUACIÓN Durante la historia del cristianismo han surgido diversas herejías sobre la Trinidad. A continuación, presentaremos una tabla donde podrá identificar el nombre, un breve resumen, y los problemas que esta herejía plantea. Teniendo en cuenta lo visto en esta lección, y con la ayuda del siguiente vídeo: ¿Quién es Dios?: Introducción a la Teología https://www.youtube.com/watch?v=ou4VmhJr2d4&feature=youtu.be Haga defensa del concepto Trinitario. Trate de ser lo más claro, coherente y conciso posible. Puede acudir a referencias bíblicas, ayudas en línea, diccionarios teológicos, etc. Gráfico 2.1

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3 EL PADRE Propósito de la lección

Comprender la importancia y la necesidad de entender a Dios como Padre dentro de la Trinidad, reflexionando sobre nuestro entendimiento del mismo en la sociedad actual.

Resultados de la lección

Al concluir esta lección el estudiante: • Comprenderá la función de un padre en el Antiguo Testamento. • Reconocerá a Dios como Padre a través de la historia del pueblo de Israel. • Tomará conciencia de la necesidad de entender a Dios como Padre en la actualidad.

Contenido

• Introducción • Dios Padre en el Antiguo Testamento • Dios Padre en el Nuevo Testamento • Actividades de evaluación


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El Padre INTRODUCCIÓN

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emos visto que hay tres Personas en la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que ellas son un solo Dios. No debemos, ni podemos, separar a las tres personas de la Trinidad, pero podemos observar las características de cada una de ellas. En este mismo orden, el Padre se designa como la primera Persona sin rebajar de ninguna manera la maravillosa deidad de la segunda y la Tercera Persona. Así que pensando en esa perfecta unidad de la trinidad, observaremos las características de la primera Persona: Dios Padre. El concepto de Dios Padre fue cuestionado en el siglo primero por Marción, que expresó que el Antiguo Testamento hablaba de un Dios sangriento, y propuso que el Dios del Antiguo Testamento no era el mismo que el Dios Padre de Cristo. Así que Marción fue considerado hereje y expulsado de la iglesia porque no podía ver al Dios Padre de Cristo en el Antiguo Testamento. Hoy en día a algunos les pasa lo mismo. En muchas ocasiones la mala lectura e interpretación de la Biblia ha hecho que no veamos al Dios de amor en el Antiguo Testamento. De igual manera las mala experiencias con nuestro padre terrenal ha dejado algunas marcas en nosotros y esto ha tratado de desdibujar el rostro de Dios Padre. Por dar un ejemplo de esto mencionaré un testimonio real que les contaré a continuación. Jorge y María nacieron en un hogar pudiente, fueron felices en un determinado tiempo de su infancia, ellos gozaban del amor de sus padres. Pero al pasar el tiempo, ellos descubrieron que la relación de sus padres no iba muy bien. La relación de sus padres se deterioró tanto que su papá cuando llegaba borracho a la casa, gritaba y golpeaba a su mamá. Ellos trataban de calmarlo pero su papá también los golpeaba. Esto sucedió vez tras vez; cada fin de semana llegaba borracho, gritaba y golpeaba a su mamá y de paso a ellos por tratar de defenderla. Jorge y María tras la impotencia de no poder hacer nada, comenzaron a guardarle rencor y odio a su padre. Tiempo después su padre los abandonó y no volvió a responder por ellos, desde ese día no volvieron a ver a su padre. El rostro del padre de amor se desdibujó. Así que, Jorge nunca habla mucho de él, al igual que María, pero cuando lo hace, su cara pierde emoción, su rostro se transforma, sus cejas se arrugan, muestra unos ojos oscuros y sin vida, y una mano que se empuña.

Como la historia de Jorge y María son muchas en Latinoamérica. Este tipo de experiencia no nos permite entender claramente a Dios como Padre. La mala experiencia de haber tenido un papá que golpeaba a nuestra mamá y nos maltrataba, hace desdibujar el rostro de Dios como Padre. De ahí que a veces no podemos ver a Dios como Padre, o lo vemos como ese Padre lejano y despreocupado de nosotros. A continuación presentaremos a Dios como Padre. “No podemos saber todos los motivos por los que nuestro Padre permite que nos pasen cosas malas, pero, como hizo Jesús, podemos confiar en Él en esos momentos difíciles” (Keller, Dioses que Fallan, 2015, pág. 32).


El Padre DIOS PADRE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO En el Antiguo Testamento los pueblos estaban organizados por clanes o tribus, cada clan tenía un “padre” que se desempeñaba como el líder, el protector y preservador de la tribu. De esta manera, el significado de la palabra hijo no consiste únicamente en lo genético, sino en la pertenencia a dicho clan. En la cultura oriental no se podía concebir que una tribu o clan no tuviera a alguien como “padre” (Wright, 1981). De ahí que, se creía que los vínculos de parentesco debían incluir la obligación de defender el honor familiar ante una afrenta (Chavalas, M. Matthews, V. & Walton, J., 2006). Este “padre”, aparece también como el pariente redentor en el Antiguo Testamento y se puede traducir como “pariente”, “cercano”, “libertador”, “rescatador”, “el que responde por otro” (Lv. 25:25-34), y hasta “vengador de sangre” (Nm. 35:19-27). El pariente redentor era un pariente cercano que tenía como responsabilidad cumplir la función de un padre, brindar protección y velar por la preservación de la tribu ante la posible destrucción por parte de otros clanes. En este mismo sentido, Dios Padre aparece como pariente redentor para el pueblo de Israel. Cuando los israelitas sufrían a causa de la dura esclavitud, bajo el poder de los egipcios, ellos clamaron a Dios, Él les escuchó y recordó el pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob (Ex. 2:23). Al Dios acordarse del pacto que hizo con Abraham, entra a cumplir la función del pariente redentor del pueblo de Israel y sale en su defensa (Gn. 15:13-16). Dios se revela a Moisés como un Dios comprometido con su pueblo, cumple la función del pariente cercano de Israel que quiere protegerle y preservarle ante la destrucción que están sufriendo a manos de los egipcios. Observemos como Dios le hace entender a Moisés que él es el pariente redentor de Israel: Yo, por mi parte, endureceré su corazón para que no deje ir al pueblo. Entonces tú le dirás de mi parte al faraón: “Israel es mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo para que me rinda culto, pero tú no has querido dejar ir a mi hijo. Por lo tanto, voy a quitarle la vida a tu primogénito”. Ex. 4:21b-23 En este pasaje observamos a Dios como Padre que identifica a Israel como objeto de su amor redentor. Nótese el énfasis que hace el texto al repetir en 3 ocasiones la palabra “hijo”, es decir, Faraón está oprimiendo al hijo de Dios. Dios como Padre no va a permitir que su hijo siga siendo maltratado, si Faraón no deja ir al hijo de Dios, Dios matará a los hijos de Faraón. El término “primogénito” no quiere expresar la idea de “único”, más bien contiene la idea del comienzo de un clan más grande. Es así que, más adelante, otros pueblos podrán llegar a ser también los hijos de Dios por medio de la adopción. Dios como pariente redentor pretende defender el honor del pueblo de Israel y enfrentarse con el Faraón para defender a sus hijos. Además, les recuerda la promesa hecha a Abraham, la cual implicaba entregarles la mejor tierra. Fue Moisés el encargado de comunicarle al pueblo dicho mensaje:

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El Padre Así que ve y diles a los israelitas: “Yo soy el Señor, y voy a quitarles de encima la opresión de los egipcios. Voy a librarlos de su esclavitud; voy a liberarlos con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia. Haré de ustedes mi pueblo; y yo seré su Dios. Así sabrán que yo soy el Señor su Dios, que los libró de la opresión de los egipcios. Y los llevaré a la tierra que bajo juramento prometí darles a Abraham, Isaac y Jacob. Yo, el Señor, les daré a ustedes posesión de ella”. Ex. 6:6-8 Aquí observamos a Dios como Padre que protege y preserva a su hijo primogénito de las manos del Faraón, Dios actúa como pariente redentor de un pueblo esclavo. En este mismo sentido, Moisés le presenta al pueblo a Dios como Padre: “eres hijo del Señor tu Dios... Eres un pueblo consagrado al Señor tu Dios; el Señor te ha elegido entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva” (Dt. 14:1-2). Como se aclaró anteriormente, el término hijo no es exclusivo del que es compatible genéticamente, sino por la relación al clan. Ser hijo también implicaba realizar el mismo trabajo y vocación que el padre, es decir, el oficio o vocación pasaba de generación en generación. Dios eligió al pueblo de Israel como hijo, como un pueblo apartado y santo para que reflejara la filiación divina. Israel, como primogénito, tenía la responsabilidad de traer a otros pueblos a la cobertura del Padre (Is. 43:7). Dios, como Padre de Israel cumplió su promesa, los sacó de la tierra de esclavitud y les entregó la tierra prometida. Notemos que Dios como Padre, en amor y cuidado hacia su hijo, como todo un buen proveedor se encarga de darle la tierra para que ellos vivan y disfruten de la mejor tierra como heredad (Nm. 13:27). Pero, Israel no cumplió, fue tras otros dioses y como resultado fue llevado nuevamente a cautiverio. Sin embargo, la infidelidad del pueblo no invalidó la fidelidad de Dios como Padre. Así que, Dios como Padre, redentor y responsable de la familia vuelve a intervenir para rescatarlo. Él como Padre le expresa al pueblo exiliado su sentimiento, su deseo de protegerlos y preservarlos: Pero ahora, oh Jacob, escucha al Señor, quien te creó. Oh Israel, el que te formó dice: No tengas miedo, porque he pagado tu rescate; te he llamado por tu nombre; eres mío. Cuando pases por aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando pases por ríos de dificultad, no te ahogarás. Cuando pases por el fuego de la opresión, no te quemarás; las llamas no te consumirán. Pues yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador. Yo di a Egipto como rescate por tu libertad; en tu lugar di a Etiopía y a Seba.


El Padre Entregué a otros a cambio de ti. Cambié la vida de ellos por la tuya, porque eres muy precioso para mí. Recibes honra, y yo te amo. No tengas miedo, porque yo estoy contigo. Te reuniré a ti y a tus hijos del oriente y del occidente. Les diré al norte y al sur: “Traigan a mis hijos e hijas de regreso a Israel desde los rincones más lejanos de la tierra. Traigan a todo el que me reconoce como su Dios, porque yo los he creado para mi gloria. Fui yo quien los formé”. Is. 43:1-7 NTV El pasaje muestra claramente a Dios como un Padre que ama a su hijo, que se preocupa por su primogénito a pesar que Él ha sido infiel al pacto. Dios como Padre le expresa su amor y misericordia al pueblo; a pesar que ellos han fallado, su amor es inamovible y eterno (Jer. 31:3). De esta manera, Dios Padre también desea que todos le reconozcan porque Él los ha creado. Dios quiere ser el Padre de todas las naciones. Por otro lado, el papel de un padre también consistía en instruir al hijo, esto también lo hizo Dios como Padre de Israel. La instrucción en el Antiguo Testamento empezaba en el seno de la familia, por esto, en Proverbios se encuentran varios ejemplos de la figura de un padre exhortando a su hijo. El padre es visto como autoridad para enseñar e instruir al hijo basado en el amor: “hijo mío, escucha los avisos de tu padre, no rechaces las instrucciones de tu madre” (Pr. 1:8). “Hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis mandatos...” (Pr. 2:1). “Hijo mío, no olvides mi instrucción, conserva en la memoria mis preceptos” (Pr. 3:1). Toda la instrucción del padre era para que el hijo aprendiera a vivir, para que tuviera una buena relación con Dios y con el prójimo. Así también, Dios como Padre instruye a su hijo para que le vaya bien en la vida: Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto: para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones, si guardas sus preceptos o no. Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná que tú no conocías ni conocieron tus padres para enseñarte que el ser humano no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios. Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies en estos cuarenta años, para que reconozcas que el Señor tu Dios te ha educado, como un padre educa a sus hijos; para que guardes los preceptos del Señor tu Dios, sigas sus caminos y lo respetes. Dt.8:1-6 Aquí observamos, que Dios desea instruir a su pueblo con una profunda ternura y amor de Padre, y espera que sus hijos respondan en amor, obedeciendo sus preceptos. Él ha creado diferentes situaciones para que todos sus hijos podamos tomar decisiones y superarlas, de tal forma que logremos un crecimiento, pero no implica, en ninguna medida, dejar de depender plenamente en Él. Dios como Padre los sostuvo con maná,

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El Padre les sacó agua de la roca, les envió codornices, hizo que su vestido no se desgastara, todo para que ellos aprendieran a depender y confiar en Él. En ese mismo sentido, Dios como Padre expresa: Desde que Israel era niño, yo lo amé; de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más lo llamaba, más se alejaba de mí... Yo fui quien enseñó a caminar a Efraín; yo fui quien lo tomó de la mano. Pero él no quiso reconocer que yo le cuidaba. Lo atraje con cuerdas de ternura, lo atraje con lazos de amor. Le quité de la cerviz el yugo, y con ternura me acerqué para alimentarlo... ¿Cómo voy a dejarte, Efraím?, ¿cómo entregarte, Israel?... Mi corazón está trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. Os. 11:1-8, cf. Jer. 31: 20 Este pasaje deja al descubierto que Dios amó a Israel desde que era niño y por eso lo redimió de la esclavitud. Israel fue librado porque Dios le amó, ellos no hicieron algún mérito para que los amara. Así como el hijo no necesita hacer ningún mérito para que el padre le ame, tampoco Israel lo necesitó (Dt. 7:8). El texto bíblico deja al descubierto un tono de intimidad, los sentimientos no se pueden ocultar ante tanto amor. El amor de un Padre es el amor perfecto, puesto que con gran paciencia enseña a caminar, instruye, corrige y lleva al hijo tomado de su mano indicándole el camino que debe seguir para que no se caiga y se lastime, ni se extravíe. Sin embargo, aunque sus hijos se desvíen del camino, Él los sigue amando y los corrige porque los ama, no es un Padre permisivo, mucho menos alcahuete. Siempre busca el bienestar de sus hijos y los atrae con ternura, con lazos de amor hacía Él (Pr. 3:12). En el texto afloran los sentimientos de inmensa ternura y compasión del Padre hacia su hijo. Sin embargo, el lenguaje se queda corto para describir el inmenso amor del Padre, por tal razón, se acude a la metáfora de una madre: Pero dice Sion: “el Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”. “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque una de ellas llegara a olvidarse, yo no te olvido”. Is. 49:14-15 De ahí que el salmista puede expresar: “aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en sus brazos” (Sal. 27:10). Todos los sentimientos buenos que afloran en el ser humano al ser padre o madre, se le pueden atribuir a Dios. Dios usa un tono de ternura y amor inamovible con su pueblo, les muestra un amor inmerecido y totalmente incondicional a pesar de su pésimo comportamiento. Aun el amor de un padre y una madre se quedan cortos para conocer el amor de Dios para con su pueblo, Dios los ama a pesar que ellos se van conscientemente tras otros dioses. El Antiguo Testamento usa dos metáforas para hablar de la relación de Dios con su pueblo, la primera es siendo Dios el Padre y su pueblo, los hijos. La segunda, es la figura del matrimonio. Allí Dios expresa su amor, enojo y dolor por la infidelidad de su esposa, su pueblo (Os. 1-3). Finalmente, podemos concluir que el lenguaje se queda corto para expresar el amor de Dios a su pueblo, por esta razón, Dios mismo se encarna para morir en la cruz del calvario y mostrarle el único camino al Padre (Jn. 3:16; Mt. 26:28).


El Padre Dios PADRE EN EL NUEVO TESTAMENTO En el Nuevo Testamento también observamos a Dios como Padre, pero esta vez, el Padre envía a su hijo lejos de él, donde vive, sufre y muere como todos los seres humanos, pero que fue sin pecado (Jn. 1:14 cf. 1:29). En el momento del bautismo y la transfiguración es el mismo Padre que hace alarde de su Hijo amado en quien se complace (Mt. 3:17, 17:5). Jesús mostró celo y amor por las cosas de su Padre, alrededor de los 12 años ya subía a Jerusalén para celebrar la pascua como un judío piadoso (Dt. 16:6). Un día Jesús se quedó en el templo y sus padres no se dieron cuenta. Ellos volviendo al templo lo encontraron allí. Al verlo María le reprocha: “hijo ¿Por qué nos has hecho así? He aquí a tu padre...” (Lc. 2:48). Y Jesús le responde con una pregunta: “¿Por qué me buscas? ¿No sabes que en la casa de mi Padre me es necesario estar?” (Lc. 2:49). A los 12 años Jesús es consiente y reconoce a Dios como Padre. Además, pone la voluntad del Padre celestial por encima de la voluntad de padre legal. El Padre celestial lo envió y a él debe obedecer (Jn. 5:30, 12:49). Sin embargo, lo primero que Jesús debía saber era que es Hijo amado, en quien el Padre se complace (Mt. 3:17). Nótese que Jesús no ha iniciado su ministerio, no ha hecho nada cuando Dios Padre ya expresa su amor por él. Dios lo ama porque es su hijo, no por lo que pueda llegar a hacer. Dios el Padre ama al Hijo, y al ser humano, por eso envía a su hijo a la tierra a buscar al hijo perdido (Jn. 3:16 cf. Lc. 19:10). Al igual que Jesús nos amó y dio su vida por nosotros (Jn. 15:13). Jesús ilustra el amor tan grande del Padre celestial con la parábola del “hijo perdido” donde el padre movido a misericordia sale a recibir al hijo sin ningún tipo de reproche (Lc. 15:1-32, 19:10). Además, no le importa correr hacia el hijo perdido y echarse sobre su cuello y besarlo de la emoción de tenerlo nuevamente en casa (Lc. 15:20). De igual manera no le importa entregar el mejor vestido, el anillo, el calzado y matar el becerro gordo para recibir al hijo que derrochó toda su herencia. El padre está dispuesto a perdonar, a proveer e invertir sus recursos para darle al hijo perdido, su estatus como hijo y no dejarlo como jornalero (Lc. 15:19). Notemos que el padre repartió toda su herencia entre los dos hijos. Así que la herencia ha sido reducida, pero que ahora nuevamente ha declarado al hijo perdido heredero de lo que ha quedado de la riqueza familiar. Así le sucede a todo el que cree que el Padre envió a su Hijo y le recibe. El que cree y le recibe tiene el derecho de ser adoptado como hijo de Dios y heredero junto con Cristo (Jn. 1:12 cf. Ef. 1:5, 11). Sin embargo, su amor no llegó solo hasta su muerte, sino que Jesús mismo y el Padre envían al Espíritu Santo como garantía de nuestra herencia. Jesús recurrió de nuevo a la metáfora del padre terrenal para revelar una verdad muy profunda, si los padres siendo malos saben dar buenas cosas a sus hijos cuando la piden, cuanto más el Padre celestial que es más que bueno, dará el Espíritu Santo a los que lo pidan (Lc. 11:13). Ahí nuevamente observamos la ternura del Padre dando a su hijo necesitado. Podemos imaginar sus manos abriéndose para dar todo don perfecto que desciende de arriba (Stg. 1:17). El Padre celestial lleno de amor y ternura envió al Espíritu Santo para que nos consuele

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El Padre y nos guíe a Jesús, donde Jesús mismo nos muestra el amor del Padre (Jn. 15:25), y el Espíritu santo nos capacita para vivir en santidad (Ro. 8:26). El amor de la Trinidad se hace evidente, puesto que el Padre ama e instruye (Dt. 8:5), y envía a Jesús quien también nos ama e instruye (Jn. 14:20-24). De igual manera, el Padre y Jesús nos aman, y envían al Espíritu Santo que nos ama e instruye, enseñándonos todas las cosas y recordándonos las enseñanzas de Jesús (Jn. 14:26, Ro. 5:5). El Espíritu Santo enseña y guía a los creyentes a toda verdad (Jn. 16:13), Él nos permite clamar: ¡Abba Padre! y Él mismo nos asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Ro. 8:15-16). Toda la misión de Dios es basada en el amor y la enseñanza (1Jn. 47-9; Ap. 3:20). A lo largo del Evangelio de Juan podemos ver la relación del Padre con el Hijo y de estos con el Espíritu Santo, es decir, se ve presente la Trinidad en amor que busca al ser humano. Jesús en su vida terrenal siempre habló del Padre celestial. Él enseñó a orar al Padre de manera que podamos tener una relación cercana y estrecha con Él, sujetando nuestra voluntad a la suya, y pidiendo que venga su reino a la tierra. El resto de la oración es un pedido de alimento, protección y sostén de un hijo a su padre. Dios es nuestro Padre celestial que se preocupa no solamente por sus hijos sino por toda su creación (Mt. 6:913, Lc. 11:2-4). Y él desea que los seres humanos se reconcilien con Él (Ro. 5:10-11, Col. 1:21-23). Dios como el Padre celestial en su amor nos adopta como sus hijos y se involucra en la providencia. Dios como Padre se involucra en la providencia Debemos examinar en detalle la revelación que hemos recibido sobre la providencia de Dios como Padre. Cuando observamos su providencia, vemos que su bondad y su poder obran en favor de su creación. Él preserva, acompaña y dirige el universo y todos los seres creados, incluyendo el ser humano. Sin embargo, debemos diferenciar el trato que Dios tiene con el universo y el trato que tiene con el ser humano, pues este fue creado a su imagen y semejanza. El ser humano está hecho a la imagen de Dios, esto implica que es un ser en relación, es decir, necesita estar en constante relación con Dios su Padre, sus semejantes, con la naturaleza y consigo mismo. Es por esto que, se hizo necesario que Dios se comunicara con el ser humano, y este supiera cuándo Dios le está hablando. Naturalmente, solo tiene vida espiritual cuando está en una relación directa con Dios, pero tiene algo innato dentro del ser humano que le da testimonio de un creador. Por lo tanto, Dios como Padre del ser humano no lo trata de la misma forma que al resto de su creación. El ser humano es único y especial ante Dios, es el objeto de su amor personal. Cuando Dios creó la naturaleza, la luz, el firmamento, la vegetación lo hizo a través de su palabra. Su palabra dio vida y creó, ante su palabra lo que no existía llegó a existir. Pero, al sexto día Dios dijo: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza... Y creó Dios al ser humano a su imagen…” (Gn. 1:26). El ser humano no fue el resultado de una palabra dicha por Dios, él fue hecho con sus propias manos, con amor de Padre. Es el único que fue creado por las manos de Dios mismo. Dios moldeó su cuerpo físico y luego sopló en él aliento de vida para convertirlo en un ser viviente (Gn. 2:2-7).


El Padre Después de que Dios formó al ser humano a su imagen, no lo trató como un ser sin voluntad propia, antes, le dio la libertad de obedecer o desobedecer. El ser humano fue dotado de autonomía para elegir, y Dios, su creador en amor lo trató como un ser libre. Muestra de esto, fue mostrarle qué había en el huerto algo que le haría daño, pero a su vez, darle la posibilidad de elegir. “Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás” (Gn. 2:16,17). Dios le dio la libertad de comer o no, en amor le advirtió qué perdería con esa decisión y cuáles consecuencias traería para su vida. El ser humano decidió desobedecer a Dios, no creyó en su palabra, pero sí en la voz de alguien más. Como muestra del amor y gracia del Señor para la humanidad decidió expulsarlos del huerto y continuó con el plan que ya se había previsto, desde antes de la fundación del mundo, para darnos salvación a través de su Hijo amado (Gn. 3:15 cf. Ef. 1:4). En la historia de la caída del ser humano, Dios muestra su gran amor, Él mismo es quien sale a buscar al ser humano que estaba escondido de su presencia. El ser humano había desobedecido, sin embargo, Dios es quien sale en su búsqueda. Así vemos a Dios actuar a través de la historia, sus hijos le desobedecen, pero es Él quien sale a su encuentro. Dios Padre nos amó tanto que no escatimó a su Hijo amado para salvar a una humanidad que continuamente reemplaza su amor por otros dioses. Dios como Padre nos busca, se acerca a nosotros por su amor (Jn. 3:16-17). Lo más maravilloso es saber que ese Dios que nos ama intensamente, también es el dueño absoluto de todo lo que existe. Dios preserva toda su creación, Él tiene el control de todo, Él es el único que tiene el poder y toda la inteligencia para sustentarnos y amarnos de tal forma. Nada escapa del control de Dios, y el ser humano cometió un error gravísimo al pensar que podía controlar las cosas. Es muy fácil, hoy día tratar de controlar, dirigir y depender solamente de nosotros, desechando a Dios y tomando dioses que fallan indiscutiblemente. Aunque tratemos de controlar todo, no podremos hacerlo porque el Dios Todopoderoso, que vive, piensa e interviene personalmente en el mundo, es quien controla todas las cosas. Dios hace más que simplemente preservar su creación, él la ama y la restaura. En su obrar providencial, Dios Padre dirige la humanidad y la historia hacia un propósito final que Él mismo controla. Tal control no debe confundirse con manipulación. Toda la historia sucederá tal como Dios la ha planeado, pero no ha programado cada segundo de la vida individual de cada ser humano. Dios obra en la historia para llevarnos a una eternidad con Él. Dios Padre invita al ser humano a ser parte de su plan, que se cumple en y a través de Jesucristo (Mt. 26:26). El Espíritu Santo nos guía hacia la voluntad de Dios para nuestra vida personal. Su voluntad es que cada uno llegue al lugar que Él ha preparado para nosotros. Cristo abrió el camino para que lo sigamos y cualquiera puede hacerlo. Ya ha conquistado la ley del pecado y la muerte, y ya está glorificado (Hch. 7:55-56). Él está preparando una restauración completa de todas las cosas para nosotros y el próximo evento que Dios ha revelado, que puede suceder en cualquier momento, es el regreso de Cristo a la tierra para buscar a su pueblo.

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El Padre El padre y el hijo perdido (Lc. 15:15-32) En la historia del hijo perdido, el padre espera el regreso de su hijo extraviado, cuando lo ve cerca, sale a su encuentro y abre los brazos para recibirlo en su hogar. Igualmente, nuestro Padre Dios espera que volvamos a casa y se regocija cuando lo hacemos. El Padre nunca toma la decisión de renunciar al hijo ni le obliga a regresar. Por el amor y la misericordia del padre, el hijo sabe que puede regresar. No fue forzado de ninguna manera; el hijo entró en razón y regresó por decisión propia. Se humilló a sí mismo, pidió perdón y fue aceptado en la familia otra vez, con todos los derechos y los privilegios de un hijo. En cierto sentido, todos somos hijos de Dios porque Él nos creó; sin embargo, no somos parte de su familia por nuestra propia rebeldía. Si no regresamos, moriremos en la basura que ofrece el pecado y no en casa. Es por esto, que Jesús nos llama a regresar al hogar, donde el Padre nos espera para recibirnos y darnos la bienvenida. En la parábola de la oveja perdida, el pastor, después de contar su rebaño, se da cuenta que le falta una oveja y sale a buscarla. La encontró y la trajo de regreso al redil. Esta es una analogía de nuestro gran pastor, que busca a los que aún están perdidos. Igualmente, la parábola de la moneda perdida se refiere a aquellos que, a pesar de que están en el hogar y se encuentran cómodos, están perdidos porque no son parte del plan y la voluntad de Dios. En la actualidad, muchos están perdidos dentro de las iglesias a las que asisten todos los domingos, pero no conocen a Dios personalmente como su Padre celestial. Otros no conocen a Dios como Padre porque la figura de su padre terrenal ha sido un obstáculo para mirar a Dios Padre. Dios los busca y, si ellos lo llaman, Él los encontrará. Lo que debemos preguntarnos es: ¿Dónde está usted? ¿Está perdido y lejos de Dios? o ¿Está perdido y dentro de la casa como hijo mayor? El hijo mayor (los fariseos, Lc. 15:2) criticaba al Padre por lo que estaba haciendo y no entró a la fiesta. O ¿Está disfrutando del gozo del Padre en su presencia? ¿Hay algo que le impide acercarse a Dios como Padre? ¿Qué es? Tome un tiempo para pensar dónde está y si hay algo que le impide conocer y acercarse a Dios como Padre. Cuando abrimos nuestro corazón ante Él, con mansedumbre y quebrantamiento, nos volvemos personas moldeables y permitimos que su Espíritu traiga sanidad sobre nuestras heridas y nos guíe. Comenzamos a ver y cercarnos a Dios como Padre, a tener hambre y sed de Él y lo que Él considera correcto. Él deja escritos sus mandamientos en nuestro corazón. De esa forma, sabemos cómo debemos vivir y obrar, ya que estamos llenos de su Espíritu. Si es necesario tome un tiempo para perdonar a su papá terrenal. Así como Jorge y María quebrantaron su corazón y le pidieron a Dios que implantara en sus corazones una confianza reconfortante en su amor paternal (Keller, La Oración, 2016). Con gozo perdonaron a su padre terrenal por todo el daño que les había causado. Ellos recibieron sanidad en sus corazones y comenzaron a ver y acercarse a Dios como su Padre. Recuerde que no podemos saber todos los motivos por los que nuestro Padre permite que nos pasen cosas malas, pero, como hizo Jesús, podemos confiar en Él en esos momentos difíciles” (Keller, Dioses que Fallan, 2015, pág. 32). La paternidad de Dios nos enseña que Dios conoció de antemano a todos los creyentes:


El Padre Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Ro. 8:28-29 Dios ha escogido a todas y cada una de las personas para que sean parte de su familia y ofreció esa posibilidad a través de su Hijo Jesucristo. Él sabe quiénes aceptarán su invitación y quiénes la rechazarán, pero este conocimiento previo no ha cambiado su voluntad ni sus planes. Su invitación es para todos, en eso consiste la gracia anticipante. Incluso le da a todo ser humano la capacidad de escoger aceptar su voluntad y su plan en Cristo o rechazar su invitación. Él no fuerza a nadie para que tome una decisión; eso es lo que llamamos gracia libre. ¿No es grandioso saber que Él ama a todos por igual y tiene el mismo plan para todos? Por lo tanto, Jesús murió por todos los pecadores para que tengan la posibilidad de ser salvos. Dios siempre muestra un corazón paternal para con todas sus criaturas. Cuando Jesús murió y derramó su sangre, hizo que la salvación estuviera disponible para todas y cada una de las personas del mundo. El Padre no atrae a las personas con una gracia irresistible, sino que los atrae por su amor, y ellos pueden aceptar su invitación o rechazarla. La gracia consiste en que Dios hace un ofrecimiento al ser humano, aunque este no lo merece ni puede ganarlo, proviene solo del amor y la misericordia de Dios. ¿Cómo podemos decir que ama a las personas si deliberadamente niega su misericordia y gracia a algunos sin razón? Todos los pecadores somos iguales. ¿En función de qué podría tomar esa decisión? Iría en contra de todo lo que Dios ha revelado sobre sí mismo, en especial, cuando consideramos la cruz. La verdad es que: “…tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3:16). La invitación se hace a todos los seres humanos y cada uno decide aceptarla o no. Invitación a la intimidad con Dios como Padre Imagine si nunca hablara con alguien a quien supuestamente ama. La persona no le creería cuando le dice “te amo”. En el amor hay comunicación y entendimiento para así establecer una verdadera comunión. Todas las personas tienen la capacidad de comunicar sus pensamientos y sentimientos de diferentes formas. Del mismo modo, Dios nos ha dado a cada uno la capacidad de responder a su amor. Podemos hablarle con nuestra voz, pero también podemos hablarle desde nuestro corazón y mente sin decir una palabra, en silencio. Dios ha tomado la iniciativa de hablarnos, es Dios el que nos busca y nos habla y, por gracia, somos capaces de responderle. Sabemos que nacemos pecadores y alejados de la comunión con Dios, pero, a través de la obra salvadora de Jesús en la cruz, podemos acercarnos confiadamente a Él y tener una relación con Él y hablarle. Dios Padre espera que nosotros nos acerquemos a Él como un hijo pequeño se acerca a su padre terrenal. El niño pequeño se acerca y le habla a su padre con toda naturalidad porque sabe que su padre siempre tiene los brazos abiertos para Él, pues el padre lo ama. Su relación

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El Padre está mediada por el amor, la ternura y confianza de acercarse a Él sin ser rechazado. De esta misma manera, Dios desea que sus hijos se acerquen con naturalidad y confianza al Padre celestial en oración. La oración encuentra un sentido en la presencia de Dios y reconforta el corazón de sus hijos al encontrar esperanza y experimentar la llenura del Espíritu Santo. En palabras de Keller: La prueba infalible de la integridad espiritual, afirma Jesús, es la vida privada de oración. Muchas personas oran cuando se sienten obligadas por las expectativas culturales o sociales, o quizás por la ansiedad que les causan las circunstancias perturbadoras. Aquellos que tienen una genuina relación viva con el Padre, en cambio, tendrán un deseo interno de orar y por eso orarán aunque nada externo los presione a hacerlo. Incluso buscarán orar durante los tiempos de aridez espiritual, cuando no haya recompensa social o vivencial (Keller, 2016, p. 28).

ACTIVIDADES DE EVALUACIÓN 1. Medite y reflexione sobre las siguientes dos preguntas: • ¿Cómo explicaría el amor que Dios tuvo por el pueblo de Israel? ¿A qué se debe tal amor? ¿Por qué cree que Dios no desechó al pueblo de Israel? • En el Antiguo Testamento se presenta a Dios como Padre, quien protege, dirige y corrige a sus hijos, ¿cómo lo ha visto obrar en su vida de esta manera? 2. Múltiples estudios muestra que la forma en que vemos o nos relacionamos con nuestro padre terrenal, afecta la forma en que nos relacionamos con nuestro Padre celestial. Escuche el postcast “Nadie es más importante que papá”, por Jorge Cota, y reflexione en las preguntas. https://www.youtube.com/ watch?v=WJLYXXl31Bs • ¿Qué fue lo que más le impactó sobre el postcast? ¿Aprendió algo nuevo? • ¿A qué cree que se debe este alarmante problema? • Reflexione sobre cómo se ha distorsionado la imagen de Dios por la falta de padres que cumplan son su deber. ¿Cree que sí influye la forma de ver al padre terrenal en la forma de relacionarme con Dios? • Piense en qué implicaciones tiene para la sociedad la forma como se ha tomado el papel de un padre. Luego, teniendo en cuenta que Dios es el Padre por excelencia, medite sobre una forma de compartirle a alguien sobre ese Padre que lo es todo y lo llena todo.


El Padre

4 EL HIJO Propósito de la lección

Comprender la persona y la obra de la segunda persona de la Trinidad, el Hijo.

Resultados de la lección Al concluir esta lección el estudiante: • Comprenderá la persona y obra del Hijo.

• Identificará las herejías más comunes sobre la persona y obra de Cristo. • Tomará conciencia de la necesidad de una cristología conforme a las Escrituras.

Contenido

• Introducción • Dios hombre • Jesús, nuestro gran profeta • Jesús, nuestro gran sumo sacerdote • Jesús, nuestro rey eterno • Títulos de Jesús • Actividad de evaluación


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El Hijo INTRODUCCIÓN

C

. S. Lewis fue un hombre lleno de amigos, libros y alumnos. Nació en 1898, y en 1925 ya enseñaba filosofía y literatura en la universidad de Oxford. Hasta su muerte en 1963 fue un profesor distinguido, autor de célebres ensayos, cuentos y libros de texto. Lewis dominaba el arte de argumentar. Lewis era ateo porque cuando era niño perdió a su madre. Él sentía el universo como un espacio terriblemente frío y vacío, donde la historia humana era en gran parte una secuencia de crímenes, guerras, enfermedades y dolor. Él expresaba: “Si piden que crea que todo lo creado es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria”. Pues, si hubiera un Dios, el mundo creado, no sería un mundo tan débil, imperfecto y lleno de dolor como el que vemos. En 1917 se incorporó al frente francés de la Primera Guerra Mundial. Un año más tarde cayó enfermo y fue enviado al hospital de Le Tréport, donde permaneció por tres semanas. En ese tiempo Lewis leyó por primera vez un ensayo del escritor cristiano Chesterton. Nunca había oído hablar de él ni sabía qué pretendía con sus escritos. Lewis expresó del libro: “no pude entender demasiado bien por qué me conquistó tan inmediatamente. Se podría esperar que mi pesimismo, mi ateísmo y mi horror hacia el sentimentalismo hubieran hecho que fuera el autor que menos me gustara. Al leer a Chesterton, como al leer a MacDonald, no sabía dónde me estaba metiendo”. Sus libros y autores preferidos no compartían su visión de la vida, él expresó: “George MacDonald había hecho por mí más que ningún escritor, pero era una pena que estuviese tan obsesionado por el cristianismo. Era bueno a pesar de eso. Chesterton tenía más sentido común que todos los escritores modernos juntos..., desdeñando, por supuesto, de su cristianismo. Johnson era uno de los pocos autores en los que me daba la impresión de que se podía confiar totalmente, pero curiosamente tenía la misma chifladura pues creía en Dios, en Jesús que al parecer era el mito, pues nunca existió. Sin embargo, Lewis vuelve a leer a Chesterton: Después leí “El Hombre Eterno” de Chesterton, y por primera vez vi toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que parecía tener sentido (...). No hacía mucho que había terminado de leer el libro, cuando me ocurrió algo mucho peor. A principios de 1926, el más convencido de todos los ateos que conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las pruebas de la historicidad de los evangelios eran sorprendentemente buenas. “Es extraño”, continuó, “esas majaderías de Frazer sobre el Dios que muere. Extraño. Casi parece como si realmente hubiera sucedido alguna vez”. Para comprender el fuerte impacto que me supuso tendrías que conocer a aquel hombre (que nunca había demostrado ningún interés por el cristianismo). Si él, el cínico de los cínicos, el más duro de los duros, no estaba a salvo, ¿a dónde podría volverme yo? ¿Es que no había escapatoria?” (José Ramón Ayllón, s. f.).


El Hijo Lewis nos describe su situación con una imagen: “La zorra había sido expulsada del bosque filosófico y corría por campo abierto “con todo el dolor del mundo”, sucia y cansada, con los sabuesos pisándole los talones. Y casi todo el mundo pertenecía allí: Platón, Dante, MacDonald, Herbert, Barfield, Tolkien, Dyson, la Alegría. En ese tiempo siente entonces que su dios filosófico, cae y el Dios vivo empieza a agitarse y a levantarse, se quita el sudario, se pone en pie y se convierte en una presencia viva. Dios se limita a decir: “Yo soy el Señor”. Lewis expresa: “sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba del trabajo filosófico, el acercamiento continuo, forzoso, de aquél con quien, tan encarecidamente, no deseaba encontrarme. Al final, aquél a quien temía profundamente cayó sobre mí y ese día cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, oré. Hasta entonces yo había supuesto que el centro de la realidad sería algo así como un lugar. En vez de eso, me encontré con que era una Persona”. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, y cuando llegamos al zoológico, sí, acepté y tuve el encuentro con el resucitado, el Dios que había sufrido y muerto por mí (José Ramón Ayllón, s.f.). A lo largo de la historia muchas personas han tenido el encuentro con el resucitado y todavía lo siguen teniendo hoy. La encarnación del Hijo de Dios es fundamental para la fe cristiana. Él ha hecho posible la comunicación del ser humano con Dios y nos ha dado nueva vida. Nosotros como Iglesia Metodista Libre creemos que: Dios mismo se encarnó en la persona de Jesucristo para reconciliar a la humanidad con Dios. Concebido por el Espíritu Santo, nacido de la Virgen María, Él reunió en sí la deidad de Dios y la humanidad del ser humano. Jesús de Nazaret era Dios en carne humana, verdadero Dios y verdadero hombre. Él vino para salvarnos. Por causa nuestra el Hijo de Dios sufrió, fue crucificado, muerto y sepultado. Derramó su vida en sacrificio puro por nuestros pecados y transgresiones. Confesamos con gratitud que él es nuestro Salvador, el único mediador perfecto entre Dios y nosotros. Jesucristo fue levantado victorioso de entre los muertos. Su cuerpo resucitado se hizo más glorioso sin el obstáculo de las ordinarias limitaciones humanas. Así ascendió al cielo. Allá está sentado a la diestra de Dios Padre como nuestro Señor exaltado donde intercede por nosotros hasta que todos sus enemigos sean puestos bajo su completa sujeción. Él volverá a juzgar a todas las personas. Toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre (Libro de Disciplina, ¶103, 2016).

DIOS HOMBRE Jesús es Dios Hombre. No es solamente un Dios con cuerpo humano ni un hombre divinizado. Todo lo que es Dios, también lo es Jesús, y todo lo que es el ser humano, también lo es Jesús. Jesús es totalmente Dios y totalmente ser humano; Él es Dios y ser humano al mismo tiempo. Ahora bien, es importante señalar que Jesús no existía desde siempre con una naturaleza humana (Jn. 1:1-4, 1:14). El Hijo de Dios siempre estuvo con el Padre y es eterno en la esencia de la Deidad. Ha existido eternamente con

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El Hijo el Padre y es conocido en el Antiguo Testamento como el Mesías esperado por Israel, y en el Nuevo Testamento como Cristo. Fue el Ungido desde siempre en la Trinidad para cumplir su rol salvador como el Dios-Hombre para venir a la tierra. La Biblia misma nos enseña sobre la venida del Mesías, nos muestra cómo Él sería el siervo sufriente de Jehová que asumiría la forma de un ser humano y ejecutaría el plan de Dios. El nombre “Jesús” significa “Salvador” y describe el motivo por el cual nació, vivió, murió, resucitó y regresó a reinar como Rey de Reyes y Señor de Señores. Mateo enfatiza este propósito: “…Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). En este mismo sentido, Lucas afirma que la salvación es exclusivamente por Jesús (Hch. 4:12) y Juan reconoció las palabras de Jesús de Nazaret que dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie llega al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Si Dios no se hubiera hecho carne, no habría salvación para la humanidad (Heb. 5:7-10). Su título oficial es Jesucristo. Significa “el Ungido”, “el Mesías”, “el Libertador”. El profeta Isaías anunció su venida en dos ocasiones: “Por eso, el Señor mismo les dará una señal: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamará Emanuel” (Is. 7:14) y: Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo; la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Se extenderán su soberanía y su paz, y no tendrán fin. Gobernará sobre el trono de David y sobre su reino, para establecerlo y sostenerlo con justicia y rectitud desde ahora y para siempre. Esto lo llevará a cabo el celo del Señor Todopoderoso. Is. 9:6-7 También, Juan el Bautista reconoció su llegada: “Aquí tienen el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29, 36). Jesús se encarnó para restaurar lo que se perdió con el pecado de Adán. Jesús al hacerse humano, se identificó con nuestra humanidad, nuestra naturaleza. A través de su humanidad fue perfeccionado como el autor de la salvación (Heb. 5:9-10). Jesús, vino a restaurar lo que se perdió con la caída y lo hizo cumpliendo el papel de profeta, sacerdote y rey. Es nuestro profeta porque nos da a conocer la voluntad del Padre (Jn. 5:30). Es nuestro Sumo sacerdote porque cumple el papel de interceder ante el Padre por nosotros (1Jn. 2:1) y es nuestro rey porque nos sometemos a su señorío guardando sus mandamientos (Jn. 14:21-24; Mt. 7:24-28). Además, vemos que Jesús no solo es Dios, sino que también fue ser humano, y sus actos son del Dios-Hombre. Estos oficios de Cristo como profeta, sacerdote y rey no se aplican solo a su rol de Dios ni solo a su rol del ser humano; más bien, son obras del Dios-Hombre. Se han cometido muchos errores al interpretar que ciertas obras eran solo de Jesús como Dios o solo de Jesús como ser humano. La realidad es que ambos aspectos de Jesús obran juntos y siempre están presentes. Antes de pasar a analizar cada oficio, veamos lo que la Biblia dice sobre la humanidad de Jesús. Juan dice: “y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”


El Hijo (Jn. 1:14) y, según Hebreos: “…Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo” (Heb. 2:14). Jesús tenía un cuerpo humano y un alma humana siendo así plenamente humano. Sin embargo, su naturaleza humana no era pecaminosa porque fue concebido del Espíritu Santo. Hay que diferenciar entre la naturaleza humana y el pecado. La naturaleza humana fue creada sin pecado, Adán y Eva fueron humanos sin pecado antes de la caída. Después de la caída la naturaleza humana es dañada por el pecado. Observemos que la tentación de Adán y Eva fue externa: un fruto codiciable a sus ojos (Gn. 3:1-6), al igual que, la tentación de Jesús fue externa: Satanás tienta a Jesús con algo codiciable (Mt. 4:1-11). Después de la caída del ser humano, la fuente de la tentación es la naturaleza interna: cada uno es tentado de su interior (Stg. 4:1). Antes de terminar el tema debemos abordar el asunto del alcance de su humillación. Leamos las palabras del apóstol Pablo al respecto: La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza  Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.  Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como ser humano, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Fil. 2:5-8 Al analizar estos versículos podemos identificar los siguientes aspectos: 1. Renuncia: Jesús nunca se aferró a su derecho a ser Dios; más bien, escogió convertirse en ser humano. 2. Vaciamiento o “kénosis”: Jesús no se preocupó por su reputación, sino que se vació de la gloria de Dios y se auto-limitó para cumplir la voluntad de Dios en la tierra. Nunca dejó de ser Dios, pero escogió el rol de Dios-Hombre. 3. Jesús asumió la función de siervo: se hizo ser humano y murió en la cruz. En eso vemos la perfección de la humillación de Jesús; se convirtió en el representante de los pecadores, al punto de la muerte en la cruz. La “kénosis” o el despojo de su gloria, no implicó simplemente convertirse en ser humano, sino convertirse en el Dios-Hombre. El plan de Dios siempre fue que el Dios-Hombre fuera nuestro profeta, sacerdote y rey.

JESÚS, NUESTRO GRAN PROFETA Los profetas del Antiguo Testamento eran los únicos que podían decir “el Señor ha dicho así…”. De igual manera, Jesús como profeta fue quien dijo: “Ciertamente les digo…” (Jn. 10:1,7). Es por eso que todo debe medirse con la verdad expresada en las enseñanzas de Jesús. Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron la venida de Cristo, en quien se cumplirían todas las profecías. Los profetas tenían varias funciones, observemos algunas a continuación:

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El Hijo • Eran quienes daban un mensaje en nombre de Dios. • Eran personas llamadas exclusivamente por Dios. • Eran los encargados de llamar al arrepentimiento a las personas para que volvieran a Dios. • Por medio de los profetas, el pueblo se comunicaba con Dios. Así como Moisés cumplió el rol de profeta al anunciar el mensaje que Dios envió al Faraón, así mismo Cristo cumplió el rol de profeta cuando nos reveló el mensaje de la salvación de Dios por su Palabra y su Espíritu. Jesús no solo proclamó el mensaje, sino que también lo puso en práctica a través de su obediencia a la voluntad de Dios. En el Evangelio de Juan, Jesús es citado como “Logos”, “el Verbo” o “la Palabra viva de Dios” Él anunciaba o profetizaba la voluntad del Padre. Al igual que Él profetizó su muerte y después lo hizo. Jesús, el Hijo eterno de Dios, siempre ha sido el vocero de Dios, fue el vocero de Dios en la creación, ya que vemos que, cuando Dios dijo: “Que exista...”, Dios el Hijo era la Palabra pronunciada por medio de la cual se crearon todas las cosas. Todo lo que Él dice sucede. Cuando Dios expresó su palabra a través de los profetas del Antiguo Testamento, esa Palabra que ellos trasmitieron fue la Palabra de Dios. Era el Verbo hablando y obrando, y todo ocurrió según las profecías. Pedro en su primera carta afirma: Los profetas, que anunciaron la gracia reservada para ustedes, estudiaron cuidadosamente esta salvación. Querían descubrir a qué tiempo y a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando testificó de antemano acerca de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que vendría después de estos. 1P. 1:10-11 Los profetas no decían lo que se les venía a la mente. No, el Espíritu de Cristo estaba presente en ellos y hablaba a través de ellos. La encarnación, cuando la Palabra se hizo carne, fue la mayor obra profética del Hijo de Dios. En cumplimiento de la promesa, Jesús vino y nos permitió conocer verdaderamente quién es Dios y lo que es capaz de hacer (Jn. 1:18). Sucedieron milagros y una virgen concibió al Hijo de Dios, uno de los mayores milagros de todos los tiempos (Mt. 1:25; Lc. 2:7; Ga. 4:4). Cuando las personas veían a Jesús, estaban viendo a Dios mismo (Jn. 14:9). Jesús no se había convertido en Dios, sino que era Dios encarnado (Jn. 1:14). En el Evangelio de Juan, Jesús deja en claro que sus obras eran las obras del Padre (Jn. 5:17-20). Todo lo que hacía Jesús, el Dios-Hombre, era lo que Dios mismo hacía a través de la Palabra viva (Jn. 5:19-22). Lo que había sido anunciado y prometido fue hecho realidad por el gran “Yo soy”, fue Dios que se agachó para lavarnos los pies (Jn. 1:31-20). Jesús hablaba con la autoridad de Dios porque Él era la Palabra de Dios y, cuando hablaba los demonios tenían que huir (Mr. 5:1-20), los enfermos se sanaban (Mr. 1:40-45), y daba vida a los que estaban muertos en sus pecados (Jn. 10:10b). En el momento que menos pensemos, le escucharemos con gran poder y autoridad (Ap. 22:12), y todos seremos transformados (1Co. 15:52) y tendremos cielo nuevo y tierra nueva (Ap. 21:1-2).


El Hijo En todo lugar donde se predica la Palabra de Dios, su presencia y su poder se hacen presentes (Mt. 28:18-20). Es Dios la Palabra viva, quien habla y obra. Cuando las personas responden y obedecen, suceden milagros, al igual que sucedía cuando Jesús estaba presente en forma humana. El libro de Hechos es un testimonio del ministerio continuo del Jesús viviente. La Palabra viva sigue cumpliendo su ministerio a través de su iglesia. Hechos de los Apóstoles en realidad narra los hechos de Jesús a través del Espíritu Santo. Las Escrituras son las Palabras de Cristo. No son solo palabras, sino que es Jesucristo vivo que nos habla hoy. Cada vez que nosotros, como hombres o mujeres de Dios, comunicamos su mensaje, Él se hace presente para hablar y obrar. Podemos afirmar que Jesucristo es Dios por las siguientes razones: 1. Hizo cosas que solo Dios podía hacer: perdonar pecados, trabajar en el día de reposo y resucitar (Mr. 2:5-8; Jn. 5:17-18, 11:43). 2. Existía antes que Abraham, es decir, Jesús existía desde la eternidad (Jn. 8:58). 3. Jesús expresó que Él debía ser honrado igual que el Padre y que al creer en Él tendrían vida eterna (Jn. 5:23-24). 4. Jesús afirma que conocerlo a Él es conocer al Padre (Jn. 8:19). 5. Jesús dice que debemos creer en Él al igual que creemos en el Padre (Jn. 14:1). 6. Jesús declaró que verlo a Él equivalía a ver al Padre (Jn. 14:9). 7. Jesús recibe adoración al igual que Dios. Esto era una blasfemia para los judíos, que no creyeron en Cristo como hijo de Dios (Mt. 8:2, 14:33, 28:17). 8. Pablo enseña que Jesús es Dios (Fil. 2:9-11; Tit. 2:13). 9. Juan el Bautista declaró que Él escuchó la voz del cielo que dijo: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco” (Jn. 1:33, Lc. 3:22). Al igual que, Pedro, Juan y Jacobo (Lc. 9:35). El mismo Dios presentando y dando testimonio de su Hijo. 10. Pedro usó el título “Hijo del Dios viviente”, dando a entender que Jesús era uno con Dios (Mt. 16:15-17). 11. Tomás confesó abiertamente: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Jn. 20:28). 12. Jesús declaró ser “la vida”, es decir vida eterna (Jn. 11:25, 14:6). 13. Solo Dios puede juzgar a sus criaturas, y Jesús dijo que Él era el gran Juez que se menciona en Joel y en Juan (Jl. 3:12; Jn. 5:27). 14. Dios es el gran Pastor de sus ovejas (Sal. 23), y Jesús utilizó ese título para revelar que Él es el gran pastor y siempre lo ha sido y que daría su vida por las ovejas (Jn. 10:11). 15. Jesús es el Jehová eterno, nuestro Dios (Jn. 1:1). Es Emanuel, que significa “Dios con nosotros” (Mt. 1:23, Is. 7:14).

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El Hijo Como el gran profeta, Jesús no solo dijo ser Dios, Él probó que lo era. Su venida, su muerte, su resurrección y su ascensión prueban que Él es quien dijo ser. Además, prometió regresar de manera visible, donde “todo ojo le verá” (Ap. 1:7). En el Antiguo Testamento un profeta solo era genuino si sus profecías se cumplían, igualmente, Jesús cumplió al darnos redención a través de su muerte. El primer anuncio de su muerte fue cuando Dios dijo: “Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón (Gn. 3:15). Jesús ya murió y resucitó, es decir, su profecía sí se cumplió. Él anunció esta profecía a través de su Espíritu y así predijo el evento de la cruz. Sin embargo, no todos lo reconocieron como profeta y, en su tierra natal, no pudo obrar muchos milagros a causa de la falta de fe en sus palabras (Mt. 13:57-58). Fueron muchas las veces que Jesús anunció su segunda venida. Ahora esperamos el cumplimiento de su promesa: “Miren viene en las nubes, y todos lo verán con sus propios ojos…” (Ap. 1:7). ¿Qué verán todos con sus propios ojos? Lo que verá lo podemos observar en Apocalipsis 19:10-13,16 que expresa: ¡Adora solo a Dios! El testimonio de Jesús es el espíritu que inspira la profecía. Luego, vi el cielo abierto; y apareció un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia dicta sentencia y hace la guerra. Sus ojos resplandecen como llama de fuego, y muchas diademas ciñen su cabeza. Lleva un nombre escrito que nadie conoce sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: el Verbo de Dios. […] Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores”. Ap. 19:10-13,16

JESÚS, nuestro GRAN SUMO SACERDOTE En el Antiguo Testamento fue necesario la intervención de los sacerdotes, ellos eran los encargados de ofrecer los sacrificios exigidos por Dios para la expiación de los pecados propios y de todo el pueblo. El sacerdote debía ser de la tribu de Leví, una tribu apartada solamente para el servicio al Señor. En el Nuevo Testamento se presenta a Jesús como el Gran Sumo Sacerdote. Jesús es quien presenta la ofrenda ante Dios, pero a diferencia de los sacerdotes del Antiguo Testamento, Jesús se presentó a sí mismo como el sacrificio perfecto, santo y sin mancha. Ya no necesitamos más sacerdotes, solo Jesús puede perdonaros, librarnos y limpiarnos de todo pecado. Todos los sacerdotes y sacrificios empleados en el Antiguo Testamento servían para señalar la venida del Cordero de Dios, el Gran Sumo Sacerdote (Heb. 5:9). El libro de Hebreos afirma: Entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. […] ¡Cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que


El Hijo conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente! Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida... Hb. 9:12,14-15. Jesús representa al sumo sacerdote que se consagra a sí mismo para realizar la obra de la expiación aquí en la tierra. Por el camino nuevo y vivo que él nos ha abierto a través de la cortina, es decir, a través de su cuerpo; y tenemos además un gran sacerdote al frente de la familia de Dios. Acerquémonos, pues, a Dios con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe, interiormente purificados de una conciencia culpable y exteriormente lavados con agua pura. Heb. 10:20-22 En Juan 17:1-5, Jesús ora por sí mismo al Padre. Reconoce la autoridad que el Padre le ha dado para impartir vida eterna. Él sabía que su gloria, la del Padre y del Espíritu Santo pronto se manifestarían. El problema del pecado se resolvería de una vez y para siempre (Heb. 7:27). Jesús sería resucitado y glorificado en su ascensión y, asumiría el control a la derecha del Padre (Hch. 7:56). Después de todo, Dios había esperado ese momento (Gn. 3:15). Eso explica la mención al gozo puesto delante de él (Heb. 12:2). Esta sección de Juan, es una oración muy íntima a su Padre; lo que han acordado está por cumplirse. Toda autoridad le ha sido dada a Jesús como el Gran Sumo Sacerdote. Jesús también oró por sus discípulos (Jn. 17:6-19). Jesús deja claro que ellos le pertenecen a Él y al Padre, y que tanto Él como el Padre participan en esta obra sacerdotal. Jesús ora para que el Padre proteja a sus discípulos, ya que sabe lo que tendrán que enfrentar (Mt. 26:31; Jn. 18:1-11). Solo Judas escogió seguir su propio camino (Mt. 27:1-5); los demás, a pesar de sus errores (Jn. 18:25-27), se quedaron junto a Él hasta el final (Jn. 21:1519). Ahora, Jesús, el Hijo, le pide a Dios el Padre que los santifique en la verdad, diciendo: “y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Jn. 17:19). El verbo “santificar” usado allí significa “consagrar”, “dedicar”, “tratar con santa reverencia”, “purificar”. La santificación es un acto definitivo que el Padre debía obrar en ellos. En este mismo sentido, Pedro dijo que los corazones de todos los creyentes eran purificados por la fe (Hch. 15:8-9). Ser santos era una experiencia que solo podía suceder por el poder de Dios. Los discípulos por sí mismos no podrían hacerlo. La santificación se hizo posible por la verdad. Jesús es esa Verdad; lo que Él prometió se cumplió. Juan el Bautista también profetizó sobre la venida de Jesús, cuando dijo: “…Pero está por llegar uno más poderoso que yo, a quien ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego” (Lc. 3:16). Esa es la Verdad que había sido profetizada. Los discípulos recibirían poder, pero también serían pulidos y limpiados de todo pecado, y serían hechos santos por la obra de Dios. No nos libramos del pecado a medida que maduramos, sino que ya hemos sido santificados. Ese es el enfoque de la oración sacerdotal.

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El Hijo Al santificarse a sí mismo, Jesús declaró que Él siempre había sido santo. Al morir en lugar de los pecadores, Él les permitió participar en su santidad y les concedió vida eterna. Era necesario que esto ocurriera antes de que ellos fueran al mundo porque, aunque ya los había comisionado, les dijo que esperaran hasta recibir poder de lo alto (Hch. 1:8). Como bien sabemos, esta oración fue contestada en el día de Pentecostés (Hch. 2). Jesús también oró por todos los creyentes (Jn. 17:20-24). Pidió que todos los creyentes fueran uno, al igual que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno. Dios quiere que compartamos todo lo que Jesús es para nosotros: vida eterna, amor eterno, luz eterna, poder eterno y pureza eterna. Lógicamente, no podemos participar de estas cualidades en el mismo grado que las posee Dios, ya que nunca seremos pequeños dioses, pero las tendremos en nuestro corazón en cierta medida porque seremos limpios y puros, y caminaremos en su luz y seremos purificados continuamente por su sangre. Por esta razón Pedro expresó: “Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (1P. 1:15-16). Nadie puede escapar de este mandamiento, Jesús a través de su muerte, nos dio la posibilidad de ser santificados en Él mismo. Él nos dice que seamos santos, Jesús ya hizo todo lo que se necesitábamos para acercarnos al Padre. Es después de que somos santificados por Jesús, que podemos crecer en santidad. Las personas santas crecen en su consagración y en su estilo de vida santo. Los que están bajo el poder de la naturaleza pecaminosa no pueden ser santos, porque la Biblia enseña que: “…La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:7-8).

JESús, nuestro REY ETERNO En el Antiguo Testamento observamos a Dios delegando la autoridad a Adán y Eva. Luego, observamos a los reyes de Israel que reciben la autoridad de gobernar sobre la nación de Israel. El rey era el encargado de hacer el oficio de Dios, es decir, gobernar, juzgar e impartir justicia al pueblo; además, era el encargado de hacer cumplir el pacto. En el Nuevo Testamento, Jesús nació para ser rey de los judíos (Mt. 2:2), pero él rehusó los intentos de las personas para hacerle rey terrenal con poder terrenal militar y político (Jn. 6:15). Por esa razón los fariseos preguntaban cuándo había de venir el reino de Dios (Lc. 17:20). A través de la vida y las obras de Jesús el reino ya había llegado, pero que los fariseos no se habían dado cuenta. De ahí que Jesús respondió que el reino de Dios no vendría con advertencia porque el reino de Dios ya estaba entre nosotros (Lc. 17:21). Él es en realidad el verdadero rey del nuevo pueblo de Dios. Por eso no quiso reprender a sus seguidores cuando le aclamaban en su entrada triunfal a Jerusalén: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!” (Lc. 19:38; cf. vv. 39-40; Mt. 21:5; Jn. 1:49; Hch. 17:7) (Grudem, 1994).


El Hijo El reino de Dios se ha acercado con Jesús como rey del nuevo pueblo de Dios. Jesús en el sermón del monte nos dio las leyes de su reino (Mt. 5-7). Además, expresó que nos convertimos en ciudadanos del reino con el nacimiento de lo alto (Jn. 3:3). El rey Jesús nos da una nueva identidad y nos convertimos en embajadores del reino de Dios en la tierra, para ayudar a los hombres a que se reconcilien con Dios (2Co. 5:17-21). Recibimos su sello, el poder del Espíritu Santo para vivir por Él y seguirlo. El Espíritu Santo es quien expulsa las tinieblas de nosotros y anula el poder del pecado sobre nuestra vida. Él se convierte en el Señor de nuestra vida y la gobierna con justicia, por eso nos convertimos en sus siervos y discípulos. Este reino es el reino de Dios-Hombre, no solo por Jesús el hombre. Cuando Jesús resucitó, lo hizo como el Dios-Hombre eterno (Jn. 20:27). Jesús viene a vivir y reinar en nuestros corazones y vidas. Nos convertimos en coherederos con Él y participamos en su vida santa y eterna ahora (Ef. 1:13-11). Además, nos convertimos en proclamadores de su reino y esperamos la instauración definitiva de su reino en la segunda venida. En la instauración definitiva del reino no habrá llanto ni dolor, él enjugará todo lágrima y la muerte ya no reinará sobre los seres humanos (Ap. 21:4). El rey tendrá un dominio absoluto sobre todos los pueblos, naciones y lenguas, todas estas se arrodillarán y lo confesarán como rey (Fil. 2:10-11). Su reino es un gobierno eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás (Dn. 7:14). Así que nuestro rol como discípulos del rey Jesús es anunciar proféticamente su venida, vivir una vida en obediencia a los mandatos del rey Jesús y sacrificarnos gozosamente para servirlo. La iglesia es la expresión del reinado universal de Jesucristo, la manifestación concreta del reino de Dios. La iglesia es el poder del Espíritu proclamando salvación en Cristo y plantando semillas del reino. Cada persona perteneciente a la iglesia, el cuerpo de Cristo, siempre está dando su vida completamente por la obra del Señor, sabiendo que su labor en el Señor no será en vano (1Co. 15:58), y Él seguirá edificando su iglesia y extendiendo su dominio y su reino a través de nosotros.

TÍTULOS DE JESÚS • El Mesías “Christos” se asociaba con Jesús como nombre propio. Significa el “Ungido, el Poderoso y Libertador”. • El Hijo del Hombre Jesús usó este título para sí mismo, lo que demostró su humanidad y también la posibilidad de sufrimiento. Él se identifica con los seres humanos en los sufrimientos y tentaciones (Heb. 2:18, 5:7-10). Dios es un Dios que sufre juntamente con nosotros. Por otro lado, usó el título para hacer referencia al Hijo del hombre en el libro de Daniel; aquel Hijo del hombre al que le fue dado dominio, gloria y reino sobre todas las naciones, su dominio es un dominio eterno que nunca pasará y su reino uno que no será destruido (Dn. 7:13-14).

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El Hijo • El Hijo de Dios Este título se usaba para Israel, pero en el Nuevo Testamento se empleó para Jesús, teniendo en cuenta que Él había venido como cabeza de un nuevo Israel, la iglesia. También significaba que el Padre y el Hijo eran uno solo en esencia: Dios. Jesús había venido para ser el primer ejemplo de una nueva clase de pueblo de Dios. Tenían que ser un pueblo santo; entonces, Él santificó a la humanidad para que pudieran llevar vidas santas. • Yo soy Jesús usó este título para sí mismo muchas veces, lo que demostró que Él es el Dios eterno. Este nombre se usaba solo para Jehová y habría sido una blasfemia usarlo para cualquier otra persona. Al llamarse a sí mismo “Yo soy”, Jesús declaró que como el “Logos”, “la palabra”, Él siempre había estado presente en Dios (Jn. 1:1). • Jesús, el ser humano perfecto Muchos confunden la naturaleza del ser humano con la naturaleza pecaminosa. La naturaleza humana es buena, Dios la creó; sin embargo, cuando el ser humano pecó su naturaleza fue contaminada con la naturaleza pecaminosa. El hecho que Jesús haya venido en carne humana, es decir, de una mujer virgen, no quiere decir, que fue pecador. Algunos se preguntan: ¿Por qué un nacimiento virginal? El nacimiento virginal era absolutamente necesario para que se cumpliera la profecía anuncia por el profeta Isaías (Is. 7:14). De ahí que, es base para nuestra creencia y doctrina cristiana (Lc. 1:26-35). Sabemos que Jesús fue tentado y que podría haber fallado pero que fue sin pecado. De esa forma, estuvo en condiciones de ofrecerse como nuestro sustituto y sufrir en nuestro lugar y así reconciliarnos con Dios. Jesús tenía todo lo necesario y entregó su vida santa y sin pecado como ofrenda sobre el altar de Dios para la expiación de nuestros pecados. Nadie más tenía la capacidad para hacer esto porque, excepto Adán, todos nacieron con naturaleza pecaminosa (Ro. 5:12,19), en Jesús, Dios se manifestó en la carne (Jn. 1:14). Jesús vino para instaurar una nueva creación y todos los que creen en Él pueden convertirse en nuevas criaturas (2Co. 5:17-21). Los seres humanos no reciben boletos para entrar al cielo cuando reciben a Cristo; más bien, Él los cambia completamente. Él imparte su vida, amor, poder y pureza, y los hace personas nuevas. Ya no son pecadores, sino un pueblo que está conectado con Dios y comparte su naturaleza. Sus cuerpos mismos serán cambiados a semejanza de su cuerpo glorioso y vivirán por siempre con Jesús en el mundo restaurado por Cristo. Ahora son el pueblo de Jesús, el pueblo de Dios. Él vino a mostrarnos cómo es el “nuevo ser humano” y a hacer posible que nos parezcamos a Él. Jesús hace posible la restauración de la imagen distorsionada de Dios en el ser humano, la restaura cuando una persona nace de nuevo en Cristo. Dios planeó todo esto para el ser humano antes de la caída y Cristo cumplió ese plan a través de su obra en la cruz y su resurrección de los muertos. • Él es el Cristo, el libertador poderoso Fue el maravilloso poder de nuestro Dios creador el que resucitó a Jesús de los muertos. El Hijo de Dios tuvo que hacerse ser humano y sufrir como un pecador por nuestros pecados. Vino a morir en nuestro lugar. Él vino en forma humana, lo que demuestra que la naturaleza humana no es pecaminosa, ya que el ser humano fue creado santo, pero


El Hijo permitió que la naturaleza pecaminosa hiciera parte de él cuando cedió a la propuesta de la serpiente, Además, Jesús como hombre, santificó al ser humano para que pueda vivir en santidad y obediencia durante toda su vida. Jesús no tenía la naturaleza pecaminosa de Adán, ni fue moldeado en iniquidad como todos los seres humanos, lo que prueba que el pecado es ajeno a la naturaleza humana. En su sufrimiento, Jesús demostró la gloria de Dios a la humanidad. También cumplió con los requisitos de la ley; la muerte es el castigo por el pecado. En Jesús “Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo mismo” (2Co. 5:19). Jesús no actuó por cuenta propia; el Dios Trino estaba en pleno acuerdo y fue motivado por el amor. Otro propósito de la vida de Jesús en la tierra fue destruir el poder del diablo como lo había prometido (Gn. 3:15), perdonar la culpa del ser humano, justificarlo y hacerlo santo ante Dios. Esto lo logró pagando el precio con su propia muerte, el poder del pecado fue destruido, nos dio libertad y abrió el camino de los seres humanos ante Dios. Con su resurrección de los muertos, tomó el control pleno de toda la historia de la salvación. Jesús estuvo dispuesto a morir y recibir maldición para que pudiéramos ser libres de todo pecado. Como resultado, ahora somos bendecidos cuando creemos, porque la maldición ha sido eliminada y tenemos libertad. Jesús sufrió al grado máximo por nosotros. Como hemos visto, Jesús es el Hijo de Dios y estuvo dispuesto a pasar toda esta humillación que lo llevó a la muerte. • El Siervo de Dios Isaías presenta al Mesías como el siervo y vocero de Dios (Is. 49:1–57:21). Isaías habla como el misionero del Dios eterno y se dirige a todas las naciones. Israel en su momento recibió de Dios la responsabilidad de alcanzar a todos los pueblos, tanto lejanos como cercanos, con la Palabra de Dios, pero fracasaron en la tarea. Isaías profetiza mucho más de lo que sabe, ya que para él la imagen de Jesús es muy clara. El profeta habla de Jesús como llamado desde el vientre materno. El versículo 1 anuncia el nacimiento milagroso del Hijo de Dios. En el versículo 2, Isaías dice que la boca del Mesías es como una espada filosa con palabras que dañan y sanan. Esta es la liberación prometida del Dios eterno: nos muestran la llegada de la salvación y la anulación de la ira de Dios (Is. 51:1-23). Allí Jesús es representado como un Sacerdote que sufrió por los pecados de todo el mundo. Él es quien presenta el sacrificio y Él mismo es el sacrificio. Es anunciado con tanta claridad como si fuera por alguien que está parado junto a la cruz de Jesús. Este pasaje conecta con el episodio donde Jesús lava los pies de los discípulos (Jn. 13). Jesús se humilla y toma el rol de un esclavo. Se pone el delantal de siervo y se agacha para lavar los pies de sus discípulos. Intenta imaginar la situación: Dios, el creador, está arrodillado ante su creación, mientras que ellos están ocupados buscando reconocimiento y estatus. Eso no es todo, Judas está preparándose para traicionarlo. Después de imaginar esta situación, pregúntese lo siguiente: ¿Ama a Jesús lo suficiente para permitirle que lo limpie y luego coloque una toalla en sus manos para que sea su esclavo y le sirva a este mundo pecaminoso, necesitado y perdido?

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El Hijo Jesús nos purifica a pesar de que merecemos ser condenados. Jesús siempre obra con amor y misericordia. Él quería que sus discípulos supieran que Él era el Dios-Hombre; sin embargo, solo lo consideraban el Mesías que establecería el reino nacional judío y gobernaría desde Jerusalén. Los pasos de la humillación que lo convirtió en el Dios-Hombre: 1. De divino a Dios-hombre. 2. De la gloria de la humanidad creada a la afrenta de la cruz. Ya hemos hablado de su renuncia a sí mismo, que estuvo seguida de su despojo de la gloria de Dios. 3. Dios se hizo siervo y vino a llevar la cruz para salvar a los pecadores. Jesús fue un ejemplo de cómo seguir la voluntad de Dios cuando dijo: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). ¿Quién quiere elegir la cruz a los treinta años de edad? Jesús renunció a todos sus derechos y se humilló para convertirse en un ser humano que salvaría al mundo. Sin embargo, escogió auto subordinarse y hacerse obediente hasta la muerte. Finalmente, su humillación culminó cuando fue colgado como representante de los pecadores en una cruz bajo maldición. Aunque era el Dios-Hombre, Jesús escogió sufrir como un ser humano común, esto se puede evidenciar en los siguientes aspectos: • No nació en una casa, sino en un pesebre maloliente. • Fue circuncidado al octavo día de su nacimiento en el templo de Jerusalén, con lo que cumplió los requisitos de la ley, incluso en la infancia. • Fue tentado en todas las formas y así se puede identificarse con todas las pruebas que podamos enfrentar. La vida que vivió fue santa y ese es su plan para sus nuevas criaturas. • Jesús tuvo hambre, sed y cansancio en muchas ocasiones, pero nunca dejó que estos deseos lo dominaran. Más bien, Él los controló y así nos enseñó dominio propio. • En sus tiempos de agonía, Jesús siempre confió en que el Padre lo acompañaría, lo guaría y le daría poder. Él nos anima a hacer lo mismo; a que, en lugar de cuestionar, aceptemos por fe la voluntad revelada de Dios. La vida de Jesús reveló que la aflicción es parte de la vida humana y no es un sentimiento pecaminoso. Él mismo sintió aflicción en muchas ocasiones, Él lloró por la muerte de su amigo Lázaro (Jn. 11:35), lloró por la destrucción que vendría a la ciudad de Jerusalén (Lc. 19:14), y también lloró cuando estaba orando en el Getsemaní (Mt. 26:38). Luego, Jesús fue traicionado por Judas. Eso también fue parte de su humillación, ya que pudo sentir lo que es el quebranto de corazón. Jesús sintió la agonía de la negación de Pedro y el dolor del abandono de sus discípulos cuando los necesitaba. Aquí podemos decir que Él es un Dios que sufre juntamente con nosotros, Él no es un Dios inmune al sufrimiento, no está mirando como observador inconmovible, alejado del sufrimiento de los seres humanos. De ahí que se identifica con nuestro


El Hijo dolor y sufre con nosotros. Esto lo entendió C.S. Lewis que comprendió que cuando su madre había muerto Dios había sufrido con él, Dios había estado allí consolando su corazón, aunque él no lo sabía. En sus últimas horas, Jesús no pensaba en sí mismo, sino en nosotros. Mientras estaba en la cruz, le prometió vida eterna al ladrón y le encomendó a Juan el cuidado de su madre. Después de esto, sintió una soledad total, pues había llegado a morir en nuestro lugar. Imagine lo que estaba pensando en esos últimos momentos. Contra toda expectativa, la vida de Jesús termina con las palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Jesús murió y su cuerpo fue llevado a un sepulcro. Los soldados recibieron instrucciones de sellar la piedra del sepulcro, ya que el sumo sacerdote se había enterado que Jesús había anunciado su resurrección. El Cristo resucitado La resurrección de Jesús es un hecho. La presenciaron más de quinientos testigos (1Co. 15:6). Piense en cómo cambiaron sus discípulos una vez que lo vieron resucitado. La resurrección de Jesús prueba que Él es la fuente de vida y que puede dar vida eterna a todos los creyentes (1Co. 15:14-20). Dios el Padre está plenamente satisfecho con la obra expiatoria de Jesús en la cruz y con su resurrección y ascensión. Su obra está consumada. Jesús ascendió al cielo con su cuerpo humano glorificado y, cuando regrese, nosotros seremos transformados y glorificados como Él. En este momento, Él reina sobre su reino y está sentado a la derecha de Dios, un lugar de autoridad y poder (Hch. 7:56). Jesús nos ha encargado que le contemos al mundo su buena noticia, mientras Él vuelve de nuevo para juzgar a vivos y muertos. En su regreso, habrá una separación entre los santos y los impíos, y Él establecerá el nuevo cielo y la nueva tierra, donde reinará por la eternidad, allí no habrá llanto, ni dolor. Sin embargo, el sufrimiento Dios lo usa para acercarnos a Dios. Lewis reflexionando sobre el dolor, escribió: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor; el dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo”. El expresó que: “El dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un instrumento terrible. Puede conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero también puede ser la única oportunidad del malvado para corregirse. El dolor quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde” (Lewis, 1977). Además, Dios utiliza el sufrimiento para traernos madurez (Heb. 5:8) y para producir sus buenos propósitos en nosotros (Ro. 8:28), Pablo expresó: “considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros” (Ro. 8:18 cf. 2Co. 4:17).

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El Hijo ACTIVIDAD DE EVALUACIÓN Durante la historia del cristianismo han surgido diversas herejías sobre la persona y obra de Cristo. En el gráfico 4.1 podrá identificar el nombre de algunas de ellas; teniendo en cuenta lo visto en esta lección, y con la ayuda del siguiente vídeo: ¿Quién es Jesucristo? Introducción a la Teología https://www.youtube. com/watch?v=kzz8LFGRmRY, y otros materiales que quiera consultar (referencias bíblicas, ayudas en línea, diccionarios teológicos, etc.), complete el cuadro añadiendo un breve resumen que describa de qué se trataba cada enseñanza, los problemas que planteó, una argumentación de defensa del concepto bíblico y cómo se evidencia en la actualidad esa herejía. Trate de ser lo más claro, coherente y conciso posible. Gráfico 4.1


El Hijo

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LA PERSONA DEL ESPÍRITU SANTO

Propósito de la lección

Comprender la persona del Espíritu Santo como es descrito en las Escrituras.

Resultados de la lección Al concluir esta lección el estudiante: • Comprenderá la persona del Espíritu Santo.

• Será consiente de la presencia activa del Espíritu Santo a través del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y en la iglesia. • Identificará algunos errores de compresión sobre el Espíritu Santo.

Contenido

• Introducción • La persona del Espíritu Santo • La obra del Espíritu Santo en la Biblia • La obra del Espíritu Santo en el creyente • Actividad de evaluación


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La Persona del Espíritu Santo INTRODUCCIÓN

M

e llamo Ahmad, a la edad de diecisiete años dejé el pequeño pueblo donde nací y viajé a la ciudad de Casablanca para continuar con mis estudios secundarios, vivir con mi tío y ayudarle en sus negocios. Allí me amoldé a lo que la mayoría hacía. No era muy difícil encontrar mujeres y hombres de la calle. Yo entablé amistad con esta clase de gente y pronto llegué a ser uno de ellos. Fracasé en mis exámenes y coseché lo que había sembrado. Un día, la esposa de mi tío encontró en mi mesa una foto donde aparecía con unas chicas. Mi tío le escribió a mi padre pidiéndole que viniera pronto. Cuando llegó, este me preguntó dónde había estado pasando el tiempo. “Jugando al fútbol” le dije. Él me mostró la foto con las chicas y exclamó: “¡Vete, hijo perverso! ¡No eres digno de tenerme como padre!” Abandoné la casa y caminé sin rumbo por las calles. Uno de mis viejos amigos me preguntó qué me había ocurrido. Le conté lo sucedido y le dije que no tenía nada para comer ni donde quedarme esa noche. Entonces me dijo: “no te preocupes yo sé que debes hacer, ven conmigo para que conozcas al líder de nuestra pandilla y trabajes con nosotros”. Logró convencerme, ya que yo no tenía ni comida ni empleo. El líder de la pandilla me enseñó a robar. Lo hice durante siete meses y así obtuve suficiente dinero para comer, fumar y beber. Pero la policía descubrió nuestro escondite y una vez más me encontré en la calle. Entonces, junto con un amigo, trabajé como cargador en el mercado de verduras. Un día le sacamos a una señora la cartera de su canasta. Nos detuvieron y nos llevaron a la estación de policía. Confesamos que habíamos tomado el dinero y devolvimos lo que nos quedaba. Cuando el oficial preguntó a esta mujer si quería acusarnos formalmente, ella respondió: “No. Quiero perdonarlos porque Jesús me perdonó a mí y perdona los pecados de todos”. Estas palabras salieron con amor y gozo, y tocaron mi corazón con un efecto perdurable. ¿Quién es Jesús? ¿Por qué perdona? Ese día pude ver en aquella mujer algo diferente, pero no sabía qué era, con el tiempo pude comprender que era porque el Espíritu de Dios estaba en ella, era una mujer llena del Espíritu Santo. Durante ese tiempo muchas preguntas sin respuesta pasaron por mi mente. Desde ahí el Espíritu Santo comenzó a trabajar en mí. Esta mujer me perdonó pero la ley no perdona como Jesús. Me condenaron a siete meses en la cárcel. Mi padre sabía que yo estaba allí. Cuando me dieron la libertad fue a recibirme. Con lágrimas en los ojos, le pedí que me perdonara y él lo hizo. Al año siguiente, mi padre me matriculó en una escuela coránica, es decir una escuela religiosa donde me enseñaban el Corán. Accedí por complacerlo. En ese tiempo, leí muchos libros de historia, especialmente acerca de la ocupación romana del norte de África. Comprendí que antes que llegara el islam, la religión de nuestros antepasados había sido el cristianismo. Los ejércitos musulmanes habían obligado a las personas a aceptar su religión, y por eso nosotros la tenemos ahora. Esto lo usó el Espíritu Santo para inquietarme más por Jesús. Mi corazón se llenó de dudas y dejé de rezar porque ello nunca me había dado satisfacción espiritual. Por esta razón me consideraron irreligioso, así que tuve que abandonar la escuela.


La Persona del Espíritu Santo Poco después regresé a Casablanca por invitación de mi tío. Ahí conocí a un hombre llamado Kamel, oriundo del Medio Oriente y dueño de un restaurante. Una vez, le pregunté su opinión con respecto a la religión y me respondió: “¿Sabes, Ahmad?, soy cristiano y no musulmán como supones”. “Pero, eres árabe le dije. ¿Acaso entre los árabes hay cristianos?” Me respondió: “se te olvida que en la zona del Medio Oriente hubo muchas tribus y reinos cristianos. Ustedes aquí en el norte de África piensan que solo los europeos son cristianos, pero esa no es la verdad”. Entonces me entregó un Nuevo Testamento para que lo leyera. Esta conversación la guió el Espíritu Santo y usó a este hombre para que me diera la verdad revelada en la Biblia. Cuando llegué a casa, me encerré en mi cuarto y empecé a leerlo. Lo primero que me impactó fue el hecho de que el evangelio estaba en árabe y que su mensaje era válido para todo el mundo y para todas las razas. Supe con seguridad que Jesús había dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). Muchas frases del Nuevo Testamento acerca del amor de Cristo me habían conmovido. Por medio de ellos, mis ojos fueron abiertos a la verdad de Dios y comencé estudios bíblicos con un hermano en Cristo. Una noche después de la cena, asistí a una reunión, sin darme cuenta que un vecino enviado por mi tío me estaba siguiendo. Cuando regresé, mi tío me atacó y a la mañana siguiente, con el vecino, me llevó al centro de policía. El oficial preguntó qué había robado, ya que el robo es la queja más común que reciben. No ha robado nada respondió mi tío, pero lo que ha hecho es mucho más grave y debe saberse en público. Ha negado su religión. Yo desearía que más bien hubiera robado algo; eso no sería nada en comparación con esto. Mi tío, desilusionado, animó a los vecinos para que me despreciaran e insultaran. Mi único consuelo era el que provenía de las palabras del evangelio. Unos días después fui convocado a comparecer ante un consejo compuesto por mi padre, mi tío, un vecino, tres líderes religiosos y algunas otras personas. Oré antes de entrar allí para que Dios me diera valor y Él me recordó: “cuando los arresten y los sometan a juicio, no se preocupen de antemano por lo que van a decir. Solo declaren lo que se les dé a decir en ese momento, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo” (Mr. 13.11). Uno de los líderes religiosos empezó la reunión dirigiéndose a mí: “escucha, amigo mío, no aceptes otra religión. No seas tentado a cambiar, porque las consecuencias son muy graves”. Esperé a que finalizara y les contesté: “Escuchen, mis amigos. Han oído hablar de Jesús y de sus milagros: sanó a los enfermos, calmó la tormenta, levantó a los muertos, vivió una vida sin pecado, murió en la cruz, fue levantado de entre los muertos, ascendió al cielo y va a regresar. ¿Quieren creer en Él?” Todos me miraron asombrados, mientras que el líder religioso me abofeteó, regañándome enfurecido: “¿Cómo puedes abandonar la religión de tus padres y tus abuelos?” A esto le respondí: “La fe no se recibe como herencia de los padres, es el resultado de la obra del Espíritu Santo” (Wootton, 1992). En este testimonio observamos a la tercera persona de la Trinidad trabajando en un musulmán que llegó a los pies de Cristo. Conocer la tercera persona de la Trinidad es fundamental en la doctrina cristiana. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dan testimonio del Espíritu Santo. En la Iglesia Metodista Libre afirmamos que:

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La Persona del Espíritu Santo El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Procediendo del Padre y del Hijo, él es uno con ellos, la eterna Deidad, igual en divinidad, majestad y poder. Él es Dios actuando en la creación, en la vida y en la iglesia. La encarnación y ministerio de Jesucristo fueron consumados por el Espíritu Santo. Él continúa revelando, interpretando y glorificando al Hijo. El Espíritu Santo es el administrador de la salvación planeada por el Padre y provista por la muerte, resurrección y ascensión del Hijo. Él es el agente activo en nuestra convicción, regeneración, santificación y glorificación. Él es la esencia misma del Señor, siempre presente con nosotros, morando en el creyente, asegurándolo y capacitándolo (Libro de Disciplina, ¶105, 2015). De esta manera, reconocemos que el Espíritu Santo es Dios y que la santa Trinidad es una. Sin embargo, podemos distinguir la función del Espíritu Santo en la Trinidad. Al hablar del Espíritu Santo, Jesús mismo utilizó la metáfora del viento con el fin de comunicar su mensaje. No podemos ver el viento, pero sí vemos evidencia de su poder cuando las cortinas se mueven, las hojas crujen y las partículas flotan en el aire. No podemos ver el viento; sin embargo, lo sentimos en nuestro cuerpo. No podemos ver el viento; aun así, oímos su rugido, o los sonidos que hacen las puertas y las ventanas cuando el viento las abre y las cierra. No podemos ver el viento, pero no podemos negar su presencia y su movimiento. Jesús usó la metáfora del viento para describir la presencia y el obrar del Espíritu (Jn. 3:5-8), y de ese modo ayudar a Nicodemo a hacer una poderosa conexión con su estudio previo de las Escrituras hebreas. En hebreo, la palabra que se traduce como “espíritu” es “rúakj”. Esta palabra significa “aliento”, “espíritu” o “viento”. Jesús ayuda a Nicodemo a comprender las formas en las que Dios y el Espíritu obran. Como miembro del pueblo elegido de Dios con acceso al Antiguo Testamento, Nicodemo debería haber podido reconocer los efectos de la presencia y la obra del Espíritu en la vida y el ministerio de Jesús.

LA PERSONA DEL ESPÍRITU SANTO La Biblia expresa que el Espíritu Santo es Dios, por tanto, Él es eterno. Podemos observar que cuando fue formada la tierra, Él Espíritu estaba presente, Él se movía sobre las aguas (Gn. 1:2 cf. Heb. 9:14). Él participó en toda la obra creadora (Job 33:4 cf. Sal. 33:6). Él es omnisciente porque todo lo examina hasta las profundidades de Dios (1Co. 2:10-11). Él es omnipresente, su presencia está en todo momento y en todo lugar, Dios mismo se hace presente. David comprendía muy bien esto y preguntó: “¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia?” (Sal. 139:7). David por experiencia, sabía la respuesta a estas preguntas: ¡A ningún lugar! El Espíritu no es restringido por limitaciones físicas o geográficas, pues es Dios. El Espíritu de Dios no es una fuerza impersonal flotando por el mundo. El Espíritu es una persona que se relaciona con la humanidad y que da testimonio del amor y la san-


La Persona del Espíritu Santo tidad de Dios. Desafortunadamente, con la caída de Adán y Eva, el ser humano escogió no tener una relación personal con Dios. De ahí que el corazón humano se corrompió irremediablemente con pecado (Gn. 3). Los hombres y las mujeres le dieron la espalda a Dios. Ellos contendieron o discreparon con el Espíritu. Endurecieron sus corazones al testimonio omnipresente del Espíritu y siguieron el camino de la violencia (Gn. 4). Esto afligió el corazón Dios (Gn. 6:6). Así que, Dios dijo: “Mi espíritu no permanecerá en el ser humano para siempre, porque no es más que un simple mortal; por eso vivirá solamente ciento veinte años” (Gn. 6:3). Notemos que Dios se dolió en su corazón, pues Él es una persona. Entendamos por persona alguien que se reconoce como un ser distinto de los demás, que es consciente de lo que ocurre en su propio interior, que percibe y reflexiona lo que pasa en su torno y que es dueño de sus actos (Lacueva, 1998). La Biblia nunca habla del Espíritu Santo como de una influencia de poder misterioso ni como una fuerza que Dios ejerce en la persona. Siempre lo describe como una persona. Observemos que él como toda persona tiene sentimientos. Pablo nos exhorta a no contristar al Espíritu Santo (Ef. 4:30 cf. Gn. 6:3). De igual manera él como persona tiene voluntad, pues Él reparte los dones a cada uno como Él quiere (1Co. 12:11). En esa misma línea Él es inteligente, pues examina todo, hasta las profundidades de Dios (1Co. 2:10-11). Pero Él no se queda con lo examinado, sino que nos enseña (Jn. 14:26), nos guía (Ro. 8:14) e intercede y nos ayuda en nuestras debilidades (Ro. 8:26). El Espíritu Santo es un ser relacional, pues habla a las personas (Hch. 1:16; 11:12; 28:26), exhorta a los cristianos (Hch. 20:22), da intencionadamente (Hch. 2:4), ayuda a decidir ciertos asuntos en cuanto a la manera de vivir la fe (Hch. 15:28). Además da órdenes a sus seguidores para que realicen (Hch. 8:29), al igual que llama a los líderes y los envía como misioneros (Hch. 13:2, 4) y también prohíbe que los cristianos hagan o entren a ciertas ciudades (Hch. 16:6). Todo esto es prueba de que el Espíritu Santo es una persona. Esto no lo puede hacer una fuerza o energía. Además, nosotros no podemos mentirle a una fuerza o energía (Hch. 5:3), no podemos tentar a una fuerza o a algo que no sea persona (Hch. 5:9). De igual manera no podemos resistir a una fuerza o energía porque ningún ser humano ha podido resistir una fuerza que viene con poder hacia él. ¿Quién ha podido resistir un rayo que viene con todo su poder? ¿Quién ha podido resistir ha podido resistir un fuerte voltaje de la electricidad? Pero al Espíritu Santo que es una persona sí lo podemos resistir (Hch. 7:51). Hasta aquí hemos dicho que el Espíritu Santo es Dios, es eterno y no ha sido creado, ni mucho menos subordinado al Hijo como algunos lo han dicho. Hemos dejado en claro que el Espíritu Santo es divino y es una persona que siente, se duele, tiene voluntad y hace todo lo que hace una persona. Es una persona que se relaciona con los seres humanos y les enseña, los dirige, les exhorta, les da órdenes, etc. De ahí que podemos decir que el Espíritu Santo no es ninguna fuerza, energía o una cosa impersonal, al contrario, hemos visto que el Espíritu Santo es una persona que nos lleva a las profundidades de Dios.

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La Persona del Espíritu Santo LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO EN LA BIBLIA La obra del Espíritu Santo la podemos observar tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamente. En el Antiguo Testamento observamos al Espíritu actuando en personas específicas que Dios llamaba para determinadas labores, y en el Nuevo Testamento después de la ascensión de Jesús es derramado para todo el que cree en Él. El Espíritu en el Antiguo Testamento En el Antiguo Testamento encontramos ciertos personajes que evidenciaron tener el Espíritu. Entre ellos, encontramos a Moisés (Nm. 11:17), los artesanos que construyeron el templo (Ex. 35:30-35), los jueces (Jue. 1:10, 13:25;) y los profetas (Is. 61:1). Estar llenos del Espíritu Santo implicaba: • Aptitudes y conocimiento especial: la presencia del Espíritu en los hombres que diseñaron y supervisaron la construcción del tabernáculo les dio un extraordinario e instantáneo don de conocimiento, sabiduría y habilidades. “Y lo he llenado del Espíritu de Dios, de sabiduría, inteligencia y capacidad creativa” (Ex. 31:3, 28:3; 35:30–36:2). • Sabiduría para juzgar: Moisés necesitó asistencia para presidir sobre el pueblo de Israel. El Espíritu fue distribuido sobre 70 ancianos de las doce tribus de modo que pudieran discernir y resolver justamente las disputas entre la gente (Nm. 11:25). • Fuerza y carisma extraordinarios para liderar: durante el período de los Jueces, Israel tuvo que atravesar repetidos ciclos de invasiones extranjeras debido a su infidelidad hacia Dios. A pesar de esto, cada vez que el pueblo se arrepentía y clamaba por liberación, Dios derramaba su Espíritu en la vida de una persona que se levantaba para liderar al pueblo y restaurar su libertad (Jue. 3:10, 11:29, 13:25 cf. 1S.16:13). • Conocimiento profético y el llamamiento a predicar la palabra de Dios: a partir de la división de los dos reinos, Israel y Judá, el pueblo de Dios comenzó una rebelión persistente y cada vez más intensa. La Palabra de Dios fue ignorada e incluso extraviada durante un tiempo. Dios derramó su Espíritu en ciertos individuos y así los llamó para hablar al pueblo en su nombre. “Esa voz me dijo: ‘Hijo de hombre, ponte en pie, que voy a hablarte’. Mientras me hablaba, el Espíritu entró en mí, hizo que me pusiera de pie, y pude oír al que me hablaba” (Ez. 2:1-2). A pesar de que los israelitas eran el pueblo elegido por Dios, solamente una pequeña minoría experimentó la presencia del Espíritu. La mayoría de las personas intentaron cumplir las leyes de Dios sin éxito alguno. Sus corazones estaban divididos y eran infieles a Dios. Aún así, Dios tenía un plan para redimir a su pueblo e incluía el regalo de su Espíritu a todo el que pusiera su fe en Él. Así que, Dios prometió su Espíritu: Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes. Ez. 36:26-27


La Persona del Espíritu Santo En este mismo sentido, el profeta Joel expresó: Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los ancianos y visiones los jóvenes. En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas. Jl. 2:28-29 El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento En el Nuevo Testamento el Espíritu es derramado sobre aquellos que ponen su fe en Jesucristo y que caminan en obediencia en su amor. La presencia del Espíritu en la vida de una persona le permite servir a Dios de una manera constante y poderosa. Seguir a Dios es tener una relación con Él, y el Espíritu es quien guía a las personas a Jesús y las ayuda en el caminar diario. Algunas versiones de la Biblia en español, traducen “nacer de nuevo” para referirse al nuevo nacimiento. El nuevo nacimiento se describe como la milagrosa transformación que tiene lugar cuando las personas ponen su fe en Jesucristo. Jesús también empleó otra manera para referirse a este evento “nacer de lo alto” (Jn. 3:3). Este nacimiento ocurre por la obra del Espíritu Santo en la vida de una persona. En el Evangelio de Juan, se marca un permanente contraste entre dos reinos: el reino divino, que está en lo alto, y el reino mundano o carnal, que está abajo. A diferencia del nacimiento físico y natural, en el nacimiento que viene de lo alto no hay ningún tipo de intervención humana. Es un regalo dado por la gracia de Dios, se recibe por la fe en Cristo a través de la obra de su Espíritu en nuestros corazones. El nacimiento humano ocurre de manera visible y natural, pero el nacimiento espiritual sucede en el momento de arrepentimiento, fe y rendición ante Dios. El Espíritu y el nacimiento de Jesús En Lucas 1, se registra que el Espíritu Santo descendió sobre dos mujeres, María y Elizabeth. María fue una joven virgen elegida por Dios para engendrar a su Hijo, Jesucristo. El poder de Dios, que va mucho más allá de nuestra mente y comprensión, obró a través del Espíritu Santo e hizo posible la concepción de Jesús en la matriz de María (Lc. 1:29-37). La segunda mujer fue Elizabeth, prima de María y madre de Juan el Bautista. María fue a visitar a Elizabeth y al acercarse María, el Espíritu Santo llenó a Elizabeth, la cual comenzó a hablar con gran gozo proféticamente sobre el niño que María llevaba en su vientre (Lc. 1:41-45). E igualmente, el hijo que tuvo Elizabeth, Juan el Bautista, fue lleno del Espíritu Santo para cumplir su misión (Jn. 1:23). Antes de esto, su padre, Zacarías también fue lleno del Espíritu Santo. Estando Zacarías en la ceremonia de circuncisión de su hijo, vino sobre él el Espíritu Santo y profetizó sobre el ministerio de su hijo (Lc. 1:67-79). Más adelante en Lucas, encontramos a Simeón. Se dice que él había estado caminando en el Espíritu por muchos años. Simeón había recibido una promesa del Espíritu, no moriría sin antes ver al Mesías. Movido por el Espíritu, Simeón fue al templo el día que Jesús iba a ser circuncidado. Él reconoció al bebé de ocho días como el Salvador del mundo y se dirigió a sus padres con un mensaje profético (Lc. 2:25-36).

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La Persona del Espíritu Santo Algunas observaciones importantes: • El Espíritu Santo es dado a hombres y mujeres, sin importar la edad. • El Espíritu es dado por Dios y según la directiva de Dios. • No hay evidencia de ningún conocimiento previo por parte de los receptores de la maravillosa llenura del Espíritu. • Fue un regalo que les trajo gran alegría y les permitió reconocer y celebrar la intervención de Dios en el espacio y el tiempo humano. • Algunos de estos individuos recibieron el Espíritu Santo para un acontecimiento específico, como María, o para dar mensajes proféticos, como Elizabeth y Zacarías. Juan y Simeón, dedicados siervos del Señor, aparentemente sostuvieron una relación personal y perdurable con el Espíritu. El Espíritu Santo en el ministerio de Jesús La presencia del Espíritu y su poder eran pruebas fundamentales de la autenticidad de un profeta de Dios. Por esta razón, cuando llegó el tiempo donde Jesús comenzó su ministerio público, el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de una paloma (Lc. 3:22). Después de esto, el Espíritu llevó a Jesús al desierto por 40 días (Lc. 4:1) y Jesús regresó “lleno del Espíritu”. Fue el Espíritu Santo quien lo preparó para comenzar su ministerio y su peregrinación hacia la cruz (Lc. 4:14). Estando Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyó lo siguiente: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor. Lc. 4:18-19 El Espíritu Santo en la enseñanza de Jesús Juan el Bautista aclaró que él bautizaba con agua, pero que Jesús bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego (Lc. 3:16). El bautismo que Juan hacía tocaba solo la parte externa de las personas, pero el bautismo que Jesús haría llegaría hasta el corazón. En Jesús se comenzó a cumplir la promesa que el Espíritu sería derramado sobre todos los que creyeran (Jl. 2:28). Es tal la magnitud de esta promesa que aún aplica para nosotros hoy. Solo el Espíritu Santo puede transformar los corazones de piedra para que sean corazones de carne que latan con el deseo de obedecer y de amar al Señor (Ez. 36:26-28). Jesús animó a los creyentes a esperar y a pedir la llegada del Espíritu Santo como un regalo de parte de Dios: “Pues, si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc. 11:13). Jesús también aseguró que el Espíritu Santo nos enseñaría y nos ayudaría a hablar con claridad y valentía ante las autoridades cuando Él ya no estuviera (Lc. 12:11-12). Esta verdad la observamos en el testimonio de la introducción y todavía está en vigencia para todos hoy.


La Persona del Espíritu Santo Así como Jesús expresó los beneficios de la venida del Espíritu Santo, también dejó en claro qué sucedería si le rechazaban o negaban. “Y todo el que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del hombre será perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón” (Lc. 12:10). En toda la Biblia se habla de un solo pecado imperdonable, la blasfemia contra el Espíritu Santo. Jesús pronunció esta declaración en respuesta a la acusación de los fariseos que Él expulsaba a los demonios gracias a Beelzebú, el príncipe de los demonios. Implícitamente, lo que ellos hicieron fue acusar al Espíritu Santo de no ser Santo. ¡El Espíritu Santo es el Espíritu Santo de Dios! Ya que tenían el Antiguo Testamento, no tenían ninguna excusa válida para no reconocer el poder y la presencia del Espíritu Santo. Al rechazar al Espíritu, ellos rechazaron al Hijo y al Padre. “Cuídense de la levadura de los fariseos, o sea, de la hipocresía” (Lc. 12:1). Una persona no comete blasfemia accidentalmente; es un rechazo y una negación voluntaria y desafiante del Espíritu de Dios. Algunas observaciones importantes: • El Espíritu Santo fue derramado sobre Jesús. Lo guió, lo acompañó y le dio poder. • El ministerio de Jesús marcó el comienzo del prometido derramamiento del Espíritu. • Los creyentes deben pedir y esperar recibir el regalo del Espíritu de Dios. • El Espíritu Santo ayuda a los creyentes en tiempos de persecución y tribulaciones enseñándoles y capacitándolos para dar testimonio de Jesús con valentía. • El temor del Señor es el principio de la sabiduría. La falta de ejecución de esta sabiduría puede llevar al rechazo del Espíritu y a acusaciones blasfemas de su persona y obra. • La blasfemia contra el Espíritu Santo es el único pecado imperdonable. Notemos que los que lo rechazan son los fariseos que conocen el mover del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento.

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO EN EL CREYENTE La primera obra del Espíritu Santo cuando creemos en Cristo es sellarnos (Ef. 1:13b-14). Este sello confirma nuestra salvación. La presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas se llama “sello” porque confirma y garantiza que somos hijos de Dios y co-herederos con el Señor Jesucristo (Jn. 7:37-39, Ro. 8:9-16; 2Co. 1:2122). Así el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios y Él nos une al cuerpo de Cristo, su iglesia. Sin embargo, observemos la obra del Espíritu Santo de manera más detenida. El Espíritu Santo, el consolador La presencia personal del Espíritu es un regalo del Padre y fue Jesús quien lo pidió por nosotros (Jn. 14:16-17). Tanto el Padre como el Hijo desean que el Espíritu sea

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La Persona del Espíritu Santo parte de nuestras vidas. Jesús utilizó un término único para el Espíritu “parákletos”. Esta palabra se traduce como “Ayudador”, “Consolador”, “Consejero” o “Intercesor”. Este nombre para el Espíritu es utilizado solamente por Jesús en el Evangelio de Juan (14:16, 14:26, 15:26, 16:7). Este nombre dado al Espíritu indica su función; el Consejero debe estar con los creyentes para asistirlos mientras ellos siguen a Dios. La palabra “parákletos” es utilizada una vez más por Juan, al referirse a Jesús como nuestro Abogado o Consejero. Jesús intercede en nuestro favor ante el Padre (1Jn. 2:1). Otro nombre que Jesús usa para el Espíritu es “Espíritu de verdad”. Este título es utilizado por Jesús durante su discurso en el aposento alto (Jn. 14: 17, 15:26, 16:13) y por Juan en su primera epístola (1Jn. 4:6). Este nombre no solo significa que el Espíritu es veraz, sino también que el Espíritu representa y enseña la verdad. No hay engaño en Él. En su epístola, Juan hace la distinción entre el Espíritu Santo de la verdad y el espíritu del engaño. Rechazar la verdad de Dios es rechazar al Espíritu; rechazar al Espíritu es rechazar la verdad de Dios. El mundo no está buscando al Espíritu ni reconoce al Espíritu. Esta es la triste verdad y pone a la luz la gracia y la misericordia de Dios al enviar a su Hijo y a su Espíritu a un mundo que no les da la bienvenida. También desafía a la iglesia a orar y ser sabia al relacionarse con el mundo. Jesús afirmó que el Espíritu habita en los creyentes, es decir, “permanece” en nosotros. Este término no solamente se usa para hablar de la presencia del Espíritu, sino también de Jesús y Dios que habitan en los creyentes y así ellos pueden permanecer (Jn. 15). El Espíritu mora en nosotros; esa es la verdadera comunión. Al Jesús morar en nosotros implica que tendremos una relación personal e íntima, como resultado de ser nacido de nuevo, nacido de lo alto. Al morar el Espíritu Santo en nosotros, esto es lo que da testimonio ante el mundo del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. Recordemos el testimonio de Ahmad, él vio algo diferente en esa mujer que expresó: “¡Quiero perdonarlos porque Jesús me perdonó!” Una mujer llena del Espíritu de Dios. El Espíritu Santo, el maestro Los discípulos habían experimentado la presencia física de Jesús durante su ministerio público, pero no se quedaría con ellos. ¿Cómo continuarían aprendiendo? ¿Cómo podían asegurarse que recordarían correctamente las palabras y las lecciones que Jesús les había enseñado? La palabra “inspirado” significa literalmente “soplado por Dios”. El viento/el aliento del Espíritu sopló en las vidas de los discípulos de Jesús. De forma similar, el Espíritu asiste al pueblo de Dios en el presente. Nadie estudia la Biblia en soledad; el Espíritu está presente. Es importante recordar esta verdad y, en humildad, reconocer y solicitar la ayuda del Espíritu cuando se estudia la Palabra de Dios. A través de los siglos, los creyentes han dado testimonio de la asistencia divina en momentos críticos donde la Palabra de Dios fue traída a la memoria (Jn. 14:26). Los que enseñan y predican la Palabra de Dios piden la unción del Espíritu, es decir, su presencia, dirección e inspiración espiritual para que Él hable a través de sus labios. El Espíritu Santo, el testigo El Espíritu no solo nos recuerda y nos enseña, sino que también testifica y da prueba de la persona de Jesús (Jn. 15:26-27). Jesús también anunció cómo el mundo habría


La Persona del Espíritu Santo de rechazar tanto al Hijo como al Padre (Jn. 15:18-25). Él les dijo a sus discípulos que ellos también serían rechazados por el mundo debido a su vínculo con Jesús. ¡Qué gran consolación y exhortación fue para los discípulos saber que no quedarían solos como los únicos testigos de la verdad de Jesucristo! El Espíritu Santo también continuaría dando testimonio al mundo de la verdad del Padre y del Hijo. El testimonio del Espíritu no excusa al pueblo de Dios de su responsabilidad de dar testimonio público de la verdad del evangelio. Los creyentes debemos trabajar en conjunto con el Espíritu para proclamar la verdad de Jesucristo. El Espíritu Santo, el estándar de la verdad En sus declaraciones finales, Jesús habla de la función que el Espíritu tiene en el mundo. El Espíritu representa la verdad, y bajo esta, el mundo será condenado y su error será revelado (Jn. 16:711). Será declarado culpable. Jesús no está diciendo que el mundo se arrepentirá como resultado de esta revelación. En ciertos momentos, la reacción del mundo será un rechazo directo y violento hacia la verdad. Pero gloria a Dios, porque esta luz provocará una revelación repentina y una convicción de pecado que salvará a ciertas personas del mundo. Puede ser un marido que deja de engañar a su esposa, un hijo rebelde que regresa a su casa, una mujer que pide perdón por lo que dijo sin pensar, un contador que devuelve el dinero que había robado, y un pecador que se arrepiente y vuelve a Cristo. Así como le pasó a Ahmad, que estaba perdido en los vicios de la vida pero el Espíritu Santo trabajó en él y reveló la verdad de Cristo en su corazón y creyó en Él y estuvo dispuesto a mantener su fe. En el Evangelio de Juan, la fe es el elemento esencial de la salvación. El no creer es pecado y rebelión contra Dios. Justicia es creer en Jesús y vivir según sus normas. Jesús vivió una vida ejemplar al mostrarnos cómo amar a Dios con todo nuestro corazón, ser, fuerzas y mente; y cómo amar al prójimo como a nosotros mismos. Las personas serán condenadas por haber rechazado a Jesús y haberse negado a andar por el camino de la justicia (cf. Jn. 12:31, 14:30). El Espíritu Santo, guía y glorifica El Espíritu de la verdad guiará o enseñará a los creyentes la verdad de Dios y del Hijo (Jn. 16:13-14). Juan asegura esta asistencia divina para los creyentes en su primera epístola. Los creyentes serían capaces de reconocer la enseñanza falsa y poner a prueba a los espíritus con la ayuda del Espíritu Santo (1Jn. 4:1). Pablo afirmó la enseñanza de Jesús en su primera carta a la iglesia de corintio: Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido. Esto es precisamente de lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales. 1Co. 2:12-13 El Espíritu glorificará al Señor al darlo a conocer a los creyentes y al dar testimonio de la verdad del Dios en el mundo.

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La Persona del Espíritu Santo La obra del Espíritu Santo en un nuevo estilo de vida Pablo fue llamado a predicar el evangelio a los gentiles. Las prácticas religiosas de los pueblos gentiles estaban caracterizadas por la idolatría y la prostitución religiosa. Pablo predicó a Cristo, su crucifixión, muerte y resurrección. Predicó al único y verdadero Dios. Enseñó a los gentiles sobre el regalo de Dios, el Espíritu Santo, quien enseñaría y guiaría a estos nuevos creyentes para que crecieran en madurez espiritual, caminaran en obediencia santa y estuvieran preparados para el servicio en la iglesia. Remítase a las actividades de evaluación al final de esta lección y realice el punto 1. El fruto del Espíritu en el creyente Pablo enfatizó en toda su enseñanza y predicación que aquellos que ponen su fe en Jesucristo reciben la salvación y las bendiciones del evangelio. Solo por fe podemos recibir estos regalos, así como el don del Espíritu Santo (Ga. 3:14). Cuando Pablo habla acerca de la transformación que ocurre en el nuevo nacimiento, él se refiere a una relación. Una nueva relación con Dios se ha formado, es decir, nos convertimos en hijos del Rey. Observemos lo que Pablo escribió: Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ‘¡Abba! ¡Padre!’ Así a través de Dios ya no eres más un esclavo sino un hijo y por tanto un heredero. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y, como eres hijo, Dios te ha hecho también heredero”. Ga. 4:6-7 A partir de la nueva relación con Dios se empieza un proceso donde la “la fe que actúa mediante el amor” nos va transformando (Ga. 5:6). Este es el amor por Dios, por Jesús y por el prójimo. La presencia del Espíritu en la vida de cada creyente crea una nueva manera de relacionarse con Dios y con otros, la cual se caracteriza por el fruto del Espíritu. Cabe destacar que ese “fruto” es de una naturaleza singular. La expresión de este fruto en la vida del creyente es tan maravillosa, tan rica y tan hermosa que requiere una lista de palabras para describirlo. El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Ga. 5:22-23). Todas las cualidades de este fruto serán vistas particularmente en la relación y la interacción del creyente con su comunidad. La naturaleza pecaminosa que dominaba nuestra vida antes de Cristo está crucificada; esa naturaleza se ha muerto (Ga. 2:20, 5:24). El creyente puede ahora vivir en el Espíritu, día a día, y momento a momento. Los creyentes que viven en el Espíritu viven para complacer al Espíritu; no viven para sí mismos. El que vive para la gloria y para el agrado del Señor cosecha una bendición eterna (Ga. 6:8). Características de vivir en el Espíritu Pablo explica detalladamente la necesidad de la salvación y el poder de la obra sacrificial de Cristo en la vida de aquellos que ponen su fe en Él. En el capítulo 7 de Romanos, el apóstol ilustra la inclinación de la humanidad hacia la rebeldía. Esto se convierte en un conflicto interno dentro de la vida del creyente que desea obedecer. Aun así, el creyente tiene asistencia divina por medio de la poderosa presencia y el compañerismo del Espíritu Santo. El vivir en una dependencia dinámica con el Espíritu es totalmente diferente a vivir en la esclavitud de la naturaleza pecaminosa. Hay una transformación radical que ocurre en la mente de los que ponen su fe en Cristo.


La Persona del Espíritu Santo El Espíritu Santo asiste constantemente a los creyentes para que sigan siendo fieles en su caminar con Dios. La vida en la carne y sus deseos no tendrán más dominio sobre aquellos que fijan su mente en el Espíritu. Pablo concluye con esta maravillosa exhortación: Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta. Ro. 12:1-2 Gráfico 5.1 Formas de vivir contrapuestas en Romanos 8:1-27

Volamos al testimonio de Ahmad, cuando estaba allí parado dando testimonio de Cristo y fue golpeado por el líder religioso, él expresó: Mi oración es que mis hermanos musulmanes reconozcan personalmente que la salvación se encuentra en Cristo y que Él es realmente el Hijo de Dios. Llegará el día cuando, por la influencia del Espíritu Santo, muchas personas reconocerán que Cristo es el Salvador del mundo.

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La Persona del Espíritu Santo ACTIVIDAD DE EVALUACIÓN Teniendo en cuenta la obra del Espíritu Santo, complete la siguiente tabla.


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El ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

Propósito de la lección

Conocer la vitalidad de la obra del Espíritu Santo en la iglesia.

Resultados de la lección

Al concluir esta lección el estudiante: • Comprenderá la necesidad del Espíritu Santo para ejecutar la misión. • Identificará la obra del Espíritu en su vida y el ministerio.

Contenido

• Introducción • El Espíritu Santo y el comienzo de la iglesia • El Espíritu Santo y las personas • El Espíritu Santo y la comunidad • Actividad de evaluación


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El Espíritu Santo y la Iglesia INTRODUCCIÓN

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uan Wesley fue una persona como nosotros. Un hombre que anhelaba vivir en santidad para huir de la ira venidera. De ahí que se unió a un club santo para asegurar su santidad. En 1734, Juan, escribió una carta dirigida a su padre en donde expresó: “mi único objetivo en la vida es asegurar la santidad personal, porque sin ser yo mismo santo no puedo promover la verdadera santidad en otros” (Snyder, 2016, pág. 16). Más tarde escribió que estaba preocupado por su propia alma, las buenas obras, visitar a los presos y familias pobres, ayudar económicamente e iniciar clases para niños pobres; todo esto era una expresión del deseo de buscar la santidad. Sin embargo, Juan Wesley no tenía lo que vio en los moravos. Este grupo que viajaba a Georgia evidenciaban en su vida la llenura del Espíritu Santo; la humildad, la mansedumbre y la paz aún en medio de la tormenta, fueron señales que cautivaron a Wesley. Al volver a Inglaterra Wesley se mantuvo en contacto con los moravos, y en una de sus reuniones tuvo la experiencia del corazón ardiente de Aldersgate. Después de esa experiencia del corazón ardiente, Wesley como tizón prendido llevó a su comunidad a un avivamiento. Wesley evidenció la llenura del Espíritu Santo no solo en un puñado de experiencias individuales y en el avivamiento espiritual de la iglesia; él también tuvo el testimonio de la transformación de la sociedad: el contrabando disminuyó, muchos dejaron de golpear a sus esposas y muchos llegaron a conocer a Dios. Algunos de los historiadores dicen que a través del ministerio de Juan Wesley, sus ayudantes y convertidos y el Gran Despertar sobre Inglaterra que resultó, Inglaterra fue librada del terrible baño de sangre que caracterizó la Revolución Francesa que ocurrió dos años antes de la muerte de Wesley. Todo esto sucedió porque una persona como nosotros fue investida con el poder del Espíritu Santo.

EL ESPÍRITU SANTO Y EL COMIENZO DE LA IGLESIA En los últimos días antes de su ascensión, cuando Jesús estaba enseñando, el Espíritu Santo seguía presente, obrando en la vida de Jesús y su ministerio (Hch. 1:2). Después de la resurrección, Jesús aseguró a los discípulos que pronto serían bautizados con el Espíritu (Hch. 1:5). Jesús les dijo a los discípulos que ellos también recibirían el poder del Espíritu para dar testimonio al mundo entero del mensaje del evangelio (Hch. 1:8). Mientras esperaban el Espíritu de la promesa, ellos permanecieron juntos en oración (Hch. 1:14), hasta que fue derramado el Espíritu Santo sobre cada uno de ellos (Hch. 2:4). El Espíritu Santo fue derramado con el propósito de empoderarlos para ser testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra (Hch. 1:8). Así que el Espíritu habilita en los creyentes para que den testimonio del evangelio de Jesucristo por todo el mundo. Este principio está en el libro de disciplina que expresa:


El Espíritu Santo y la Iglesia El Espíritu Santo es derramado sobre la Iglesia por el Padre y el Hijo. Él es la vida y el poder testificador de la Iglesia. Él otorga el amor de Dios y hace real la soberanía de Jesucristo en el creyente de modo que sus dones de la palabra y del servicio alcancen el bien común y edifiquen a la Iglesia. En su relación con el mundo él es el Espíritu de verdad, y su instrumento es la palabra de Dios (Libro de Disciplina 2015, ¶107). El Espíritu es derramado sobre los creyentes Lucas utilizó varias palabras y frases de manera indefinida para describir la entrada del Espíritu Santo en la vida de un creyente. Una persona puede “recibir” el Espíritu o “ser bautizada” con el Espíritu. Además, podemos decir que el Espíritu “es derramado” sobre el creyente. Estas expresiones esencialmente describen el mismo acontecimiento, recibir por primera vez el don del Espíritu Santo. Sin embargo, Lucas utiliza la expresión “ser llenos del Espíritu” de una manera más indeterminada, como una primera, segunda, etc., experiencia con el Espíritu. Por ejemplo, en Hechos 2:4 dice: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo…” haciendo referencia a los 120, y en Hechos 4:31 leemos “...y todos fueron llenos del Espíritu”, sabemos que por lo menos Pedro y Juan se encontraban presentes en los dos casos. Algunos hermanos han indicado que la señal de que una persona ha sido bautizada con el Espíritu Santo es hablar en lenguas. Sin embargo, esta creencia no es correcta. Si bien es cierto que posiblemente todos los que recibieron el don del Espíritu Santo el día de pentecostés hablaron en lenguas, debemos observar lo que Pablo expresó: A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás. A unos, Dios les da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otros, por el mismo Espíritu, palabra de conocimiento... a otros, el discernir espíritus; a otros, el hablar en diversas lenguas; y a otros, el interpretar lenguas. 1Co. 12:7, 10 Notemos que todas las personas tienen el Espíritu Santo pero no tienen la misma manifestación de los dones. De ahí que en el pasaje de Hechos, el hablar en lenguas es muy importante para comunicar las maravillas de Dios a las naciones reunidas en Jerusalén. ¿Cuál era el bien de los demás? Que los no creyentes conocieran las maravillas de Dios en su idioma, de manera que entendieran las buenas noticias de Jesús como salvador. El Pentecostés se trató de la acción sobrenatural del Espíritu para llamar la atención de la gente y eliminar la barrera del idioma de tal forma que todos los que estaban reunidos en Jerusalén escucharan el mensaje del evangelio. En el día de Pentecostés el Espíritu Santo fue derramado (Hch. 2:2-4). Tres fenómenos sucedieron cuando se derramó el Espíritu: pudo oírse algo como una gran ráfaga de viento, se vieron lenguas como de fuego, y se pudo comprender el mensaje en distintos idiomas. El ruido como el de una ráfaga de viento fue evidencia del Espíritu, rúakj. El fuego es un símbolo de la presencia de Dios en toda la Biblia (Ex. 3:1-5). Y el fuego también purifica, pues ellos iban a ser bautizados con el Espíritu y con fuego (Mt. 3:11). Hubo un cuarto fenómeno: Pedro recibió poder para ponerse de pie y predicar a la multitud con valentía, claridad, elocuencia y fervor. Este es el mismo Pedro, el pescador que había negado a Cristo tres

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El Espíritu Santo y la Iglesia veces y que había perdido la fe al caminar sobre el agua hacia Jesús. Él seguía siendo el mismo Pedro en el exterior, pero, en el interior estaba lleno del Espíritu Santo. La declaración profética de Jesús se había cumplido (Hch. 1:8 cf. 2:5). Pedro concluyó su mensaje con las buenas noticias de que todos los que se arrepienten de sus pecados y son bautizados en el nombre de Jesucristo, reciben el don prometido del Espíritu (Hch. 2:38-39). La iglesia recibió poder en el día de Pentecostés. El Espíritu comenzó a equipar, movilizar y dirigir a la iglesia para permitirle dar un testimonio audaz de su fe en el Cristo resucitado, formar comunidades unidas y llenas de amor, y permanecer firme al enfrentar persecución (Hch. 2:43-47, 4:32-37). Algunos miembros de la comunidad recibieron liderazgos para guiar, por el Espíritu, a la comunidad a los propósitos de Dios; algunos de estos fueron: 1. Pedro: lleno del Espíritu, recibió poder para predicar en público y refutar falsos argumentos y acusaciones usando la Escritura (Hch. 2:14-42). La vida y el ministerio de Pedro después de Pentecostés revelan que había estado con Jesús y había aprendido del mejor maestro. Al defender su fe en Jesucristo ante el sanedrín, Pedro declaró: “nosotros somos testigos de estos acontecimientos, y también lo es el Espíritu Santo que Dios ha dado a quienes le obedecen” (Hch. 5:32). Curiosamente, esta declaración fue hecha después de la muerte de Ananías y Safira, quienes habían sido parte de la comunidad de creyentes, pero no obedecieron al Señor. Lo que significa que, la sola asociación con los creyentes no implica una vida en el Espíritu. Durante la primera parte de su ministerio, Pedro se concentró en predicar a los judíos de Jerusalén. No obstante, más adelante, durante una visión en la azotea, el Espíritu Santo le encomendó a Pedro que predicara a los gentiles, comenzando con Cornelio (Hch. 10). 2. Esteban: fue uno de los diáconos de la iglesia primitiva. Los diáconos fueron seleccionados para supervisar la distribución de alimentos. Fueron escogidos por ser hombres llenos del Espíritu y de sabiduría. Esteban se convirtió en el primer mártir de la iglesia porque proclamó audazmente la historia redentora de Dios desde su promesa a Abraham hasta la muerte y resurrección de Jesucristo. Refiriéndose a los acusadores de Esteban, Lucas escribió, “no podían hacer frente a la sabiduría ni al Espíritu con que hablaba” (Hch. 6:10). 3. Felipe: el evangelista, fue guiado por el Espíritu para ir hacia el sur, por el camino del desierto, y acercarse a un etíope eunuco. El etíope estaba leyendo Isaías mientras viajaba en su carroza camino a su casa. Felipe lo condujo a Cristo y lo bautizó. Luego de esto, el Espíritu se llevó repentinamente a Felipe para que él pudiera ir a predicar en otras ciudades (Hch. 8:4-40). 4. Pablo: como misionero de la iglesia, mostró la dirección, la enseñanza y el poder transformador del Espíritu Santo. Pablo fue lleno del Espíritu después de un encuentro personal con Jesucristo, lo cual hizo que se arrepintiera completamente (Hch. 9:18). Luego de esto, fue bautizado con agua y comenzó a predicar el evangelio de inmediato. Recibió su llamado para ser misionero cuando el Espíritu Santo guió al liderazgo de la iglesia en Antioquía para que lo enviaran, a él y a Bernabé, en un viaje misionero (Hch. 13:2-4). Incluso después de que los judíos en


El Espíritu Santo y la Iglesia Antioquía incitaron una persecución en contra de Pablo y sus compañeros, “ellos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo” (Hch. 13:52). La dirección del Espíritu fue tan decisiva para Pablo que él estaba dispuesto a volver a Jerusalén después de su tercer viaje misionero, aun después que el Espíritu le había revelado que le esperaban tiempos difíciles y que sería encarcelado (Hch. 20:21-24). 5. El Concilio de Jerusalén: fue el órgano que se usó para tomar decisiones frente al difícil tema del cristianismo de los gentiles. Tuvo la autoridad para supervisar la integridad doctrinal, ética y social de la iglesia. Este organismo puso su confianza en la dirección y la ayuda del Espíritu Santo para tomar decisiones fundamentales. “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hch. 15:28). Ahora observemos las características de un liderazgo guiado por el Espíritu son: • Valentía y poder para predicar y defender el evangelio. • Capacidad para estudiar, recordar, proclamar y aplicar las Escrituras a situaciones actuales. • Sensibilidad para seguir al Espíritu y transportarse a los lugares que el Espíritu indica. • Fervorosa confianza en Dios cuando se enfrentan a persecución. • Continúa proclamación del mensaje del evangelio a pesar de la amenazas de muerte. • Sabiduría para vivir, hablar y obrar. • Dependencia diaria en la plenitud del Espíritu. El Espíritu Santo capacita y coloca a los líderes elegidos por Dios como pastores sobre los creyentes: “tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre” (Hch. 20:28). Los creyentes fueron llenos del Espíritu Dios levantó líderes, evangelistas y misioneros llenos del Espíritu y capacitados para el ministerio público. Sin embargo, la llenura del Espíritu Santo fue algo para todos los creyentes, no solo para un grupo de líderes. Observemos que todos fueron llenos del Espíritu Santo: • Todas las personas que estaban reunidas en Pentecostés fueron llenas (posiblemente los 120). • Los creyentes que se juntaron en oración con Pedro y Juan: “todos fueron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno” (Hch. 4:31). • Los samaritanos a los que Felipe les compartió el evangelio. Luego de recibir las noticias Pedro y Juan fueron a ellos, les impusieron las manos y oraron y recibieron el Espíritu Santo (Hch. 8:14-17). • De igual manera después de la conversión de Pablo, la persecución de los cristianos disminuyó. El Espíritu Santo animó a los creyentes, y hubo nuevas personas que se convirtieron y se agregaron a la iglesia fortalecidas por el Espíritu Santo (Hch. 9:31).

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El Espíritu Santo y la Iglesia • Pedro compartió las buenas nuevas de Jesucristo en el hogar de Cornelio, que era romano y gentil. Después de recibir el Espíritu Santo, fueron bautizados con agua. El Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje. Los defensores de la circuncisión que habían llegado con Pedro se quedaron asombrados de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los gentiles, pues los oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Hch. 10:44-46 • Cuando Pablo llegó a Éfeso, se encontró con doce hombres que habían recibido el bautismo del arrepentimiento en agua, pero nunca habían escuchado sobre el Espíritu Santo. Pablo les impuso las manos y oró para que recibieran el Espíritu Santo. Cuando Pablo les impuso las manos: “el Espíritu Santo vino sobre ellos, y empezaron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hch. 19:6). A partir de lo anterior podemos decir que: • Todos los creyentes deben ser llenos del Espíritu Santo. • A veces hay evidencia exterior de esta llenura: hablar en lenguas, la profecía, discernimiento, etc.; sin embargo, la evidencia más importante es el amor (1Co. 13:1-8 cf. Ro.5:5). • No hay un orden entre el bautismo con agua y con el Espíritu. • El Espíritu Santo anima a la iglesia, nos enseña, nos dirige y nos concede valentía para dar testimonio de Jesucristo. • Es importante enseñar a los creyentes sobre el Espíritu Santo y estimularlos a ser llenos tal como Pablo lo hizo (1Co. 12-14).

EL ESPÍRITU SANTO Y las personas El Espíritu Santo fue el promotor e impulsador del surgimiento de la iglesia. Sin embargo, su ministerio continúa vigente en la vida de cada creyente de manera particular. Este ministerio comienza incluso desde antes que nos arrepintamos y rindamos nuestra vida a Dios, y continúa por toda la vida. Ahora bien, el ministerio previo del Espíritu no se limita a los creyentes sino que trabaja en toda la humanidad pero se hace efectivo en aquellos que responden con fe a su invitación. La obra del Espíritu Santo en el mundo En lo referente al mundo, y más específicamente a las personas que no creen en Jesús, la obra del Espíritu Santo consiste en alertar las mentes humanas. Les lleva a tomar conciencia de la condición perdida en la que se encuentran (cf. Hch. 16:14). El Espíritu Santo lleva a las personas para que reconozcan su pecado y confiesen el nombre de Jesucristo (Jn. 15:26; Hch. 5:32). Jesús mismo afirmó el ministerio específico del Espíritu Santo:


El Espíritu Santo y la Iglesia Y, cuando él venga, convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio; en cuanto al pecado, porque no creen en mí; en cuanto a la justicia, porque voy al Padre […]; y en cuanto al juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Jn. 16:8-11 En el texto bíblico anterior, se mencionan algunas declaraciones específicas sobre el ministerio del Espíritu Santo. A continuación, las exponemos: • Convence a las personas de la realidad de su pecado. Les muestra que, si no creen en Jesucristo, el sacrificio de Cristo no tiene sentido para ellos. • Convence a las personas de la veracidad de las palabras dichas por Cristo. Puesto que es así, que la resurrección y ascensión cobran el significado verdadero (cf. Ro. 1:4). • Crea consciencia que las acciones que se tomen, sean buenas o malas, traen consecuencias. Tales acciones serán expuestas en el juicio final. Es el Espíritu Santo quien empieza el proceso que lleva a una persona a entregarse a Cristo. Él convence de pecados, de quién es Cristo y del irremediable juicio que se enfrentará. La obra del Espíritu Santo en el pecador arrepentido La obra del Espíritu Santo también consiste en regenerar a los a que se arrepienten de sus pecados y llegan a creer en el Señor Jesucristo. La regeneración es un término normalmente empleado para referirse a los cambios de la naturaleza del pecador a través de la impartición de la vida divina; en general, se habla de un “nuevo nacimiento”. Jesucristo eligió la imagen del nacimiento para ilustrar el cambio que el Espíritu produce en un individuo cuando este se convierte: “yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios —respondió Jesús— […] lo que nace del Espíritu es espíritu” (Jn. 3:5). Pablo, asimismo, atribuye la regeneración al Espíritu Santo cuando dice: “Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo” (Tit. 3:5). Las Escrituras enseñan que nadie puede entrar en el reino del Dios hasta que nazca de nuevo por medio del Espíritu Santo. Esta nueva vida que el Espíritu Santo imparte a la persona que cree y se arrepiente es la vida de Dios mismo. Sin duda, el nuevo nacimiento es un misterio, El viento sopla por donde quiere […]. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu (Jn. 3:8). No nos corresponde a nosotros comprender el método por el cual el Espíritu de Dios produce este milagro de una nueva creación. Sin embargo, sí podemos conocer los efectos del nuevo nacimiento a medida que el Espíritu Santo nos da testimonio de nuestra regeneración: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16; cf. Ga. 4:6 y 1Jn. 3:24).

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El Espíritu Santo y la Iglesia La obra del Espíritu Santo en el cristiano El Espíritu Santo realiza una obra continua en los que han creído en Cristo. Es Él quien los santifica y capacita para el servicio. La santificación es la obra de Dios por medio de la cual el Espíritu renueva la imagen de Dios en su pueblo. Esta obra empieza con la regeneración, pero continúa por toda la vida mediante la llenura del Espíritu Santo. A esto, Pablo y Pedro lo describen como “la obra santificadora del Espíritu” (2Ts. 2:13; 1P. 1:2) lo que implica los siguientes aspectos: • La separación del mundo y una dedicación a Dios (Col. 3:2,3). • La limpieza de pecado (Hch. 15: 8,9; Ro. 6:19; 1Jn. 1:5–2:1; Sal. 51). • La llenura y presencia continua del Espíritu en nosotros (Hch. 2:1-4; Ef. 5:18; Jn. 14:16,17). Jesús expresa la gran importancia de recibir poder como requisito para el servicio de cualquier creyente: “Pero, cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos” (Hch. 1:8). Una y otra vez, en la iglesia del Nuevo Testamento, vemos que la obra de Cristo avanzaba a medida que los cristianos personalmente eran llenos y fortalecidos por el Espíritu Santo (Hch. 2:1-47, 4:8-14; 4:31). La experiencia de la iglesia a lo largo de las eras ha confirmado aún más que esto es imprescindible. Mandato de ser llenos del Espíritu El apóstol Pablo en la carta a la iglesia de Éfeso les escribió que no se emborracharan con vino, porque eso les arruinaría la vida. Más bien, debían ser llenos del Espíritu Santo (Ef. 5:18). Aquí el apóstol Pablo no está dando una sugerencia o consejo, no es algo opcional por si quieren hacerlo. Al contrario, el verbo “sed llenos” está en modo imperativo, es decir, es una orden, un mandato para ejecutar. Es un mandato directamente del corazón de Dios para todos los cristianos. No podemos ignorar este mandamiento tan importante porque significaría no ejecutar los deberes éticos del contexto, es decir, no imitar a Dios como hijos amados (Ef. 5:1). Pablo nos exhorta a imitar al Dios encarnado, a caminar como él lo hizo e incluso entregar nuestras vidas si es necesario por amor a él (Ef. 5:2). Jesús, en su vida y ministerio, fue ejemplo de la llenura y dependencia total del Espíritu Santo (Lc .4:1,18, 4:14, 10:21). Además, Jesús enseñó sobre el Espíritu Santo en muchas ocasiones (Lc. 11:13, 12:10, 12:12; Jn. 17), hasta les dio órdenes por medio del Espíritu a sus discípulos para que no se fueran de Jerusalén (Lc. 24:49; Hch. 1:2, 4). El libro de Hechos nos muestra que los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo para ser testigos (Hch. 2:4 cf.1:8). En este mismo sentido, Pedro fue lleno del Espíritu Santo para llevar el mensaje de Dios al Pueblo y ser testigo de Jesús en Jerusalén (Hch. 2:14-39, cf. 4:8). Ante la persecución y las amenazas de los gobernantes, los discípulos oraron para recibir valor y predicar la Palabra de Dios y fueron nuevamente llenos del Espíritu Santo (Hch. 1:14 cf. 4:31). Es interesante observar que los discípulos fueron llenos nuevamente del Espíritu, en contraste con Ananías y Safira que fueron llenos de Satanás (Hch. 5:3). De ahí que, el apóstol Pablo inspirado por el Espíritu Santo da el mandamiento de ser llenos por el Espíritu. Recordemos que Pablo fue lleno del Espíritu Santo cuando Ananías, el discípulo de Jesús, le impuso las manos (Hch. 9:17). Lucas también expresa que


El Espíritu Santo y la Iglesia los líderes de la iglesia le impusieron nuevamente las manos y lo enviaron al trabajo misionero (Hch. 13:1-2). Es decir, fue lleno nuevamente del Espíritu Santo para predicar con valentía y autoridad (Hch. 13:9). En contraste, Pablo usa las mismas palabras que usó Pedro para referirse a Barjesús, que estaba: “lleno de todo engaño...hijo se Satanás” “llenó de Satanás” (Hch. 13:10 cf. 5:3). De lo anterior podemos concluir que, si no nos llenamos de Dios, es posible que nuestro corazón pueda ser lleno de alguien más. Así que, “la plenitud del Espíritu no es opcional, sino obligatoria para el cristiano” (Stott, 1977, pág. 55). El mandamiento de ser llenos del Espíritu Santo es para todos los creyentes, al igual que, la prohibición de no emborracharse con vino. El mandamiento no es para unos pocos ni exclusivamente para los líderes y pastores de la iglesia, sino que es para todos, es un mandato universal como lo expresa Stott: La plenitud del Espíritu Santo no es privilegio solo de algunos, sino deber de todos. Al igual que el mandato a la sobriedad y al dominio propio, este mandato de buscar la plenitud del Espíritu está dirigido sin excepción a todo el pueblo de Dios (1977, pág. 55). Aunque Pablo nos manda a ser llenos del Espíritu Santo, no podemos olvidar que consiste en dejar que el Espíritu Santo nos llene. Para gozarnos en su plenitud debemos entregarnos sin reservas. Sin una entrega total no podemos ser llenos. Esto tampoco significa que somos agentes puramente pasivos en la llenura de la plenitud del Espíritu. De la misma forma que, seríamos activos si nos emborracháramos “llenos de vino”, de igual manera somos activos cuando somos llenos por el Espíritu Santo (Stott, 1977). Por consiguiente, si nos vamos a llenar de la fuente de agua viva, lo debemos hacer continuamente. Cada día debemos entregarnos sin reservas a la búsqueda de Dios, así como lo hizo Pedro y Pablo, y ser llenos continuamente del Espíritu Santo. Pablo, conociendo bien la importancia de ser continuamente llenos del Espíritu Santo, enfatizó el ser “sellado” y “lleno” del Espíritu. Dos veces en la carta hace referencia que los creyentes han sido sellados con el Espíritu Santo (Ef. 1:13; 4:30). Dios lo acepta y coloca sobre él, el sello del Espíritu, para autenticarlo, señalarlo y asegurarlo como de los suyos. Sin embargo, aunque todos los creyentes son “sellados”, no todos permanecen “llenos”, porque el ser sellado es algo que sucedió en algún momento, pero el ser lleno es, o debiera ser, en el presente y de manera continua (Stott, 1977). La clave para permanecer llenos es una vida constante de búsqueda de Dios en oración, ayuno, lectura de su Palabra y una vida de constante memorización y reflexión de su Palabra. Pablo expresa que la Palabra de Dios more en abundancia en nosotros (Col.3:16). La vida llena del Espíritu Una de las razones por las que la iglesia no crece es que no permitimos que el Espíritu Santo nos llene completamente. Debemos dejar que el Espíritu nos llene y cambie nuestro carácter con sus frutos. No solo esto, el Espíritu Santo nos cambia a través de su palabra y nos prepara para el ministerio dándonos sus dones espirituales. Entonces, los dones del Espíritu se deben usar en el contexto de una vida llena del Espíritu. Hay tres errores que debemos conocer, evitar y rechazar:

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El Espíritu Santo y la Iglesia 1. Es incorrecto creer que hablar en lenguas es la señal de estar llenos del Espíritu Santo. Es cierto que hay tres partes en Hechos donde los discípulos hablaron en lenguas estando llenos del Espíritu Santo (Hch. 2:4, 10:44-46, 19:6), pero también pasó lo contrario. Hay muchas otras partes en las que los discípulos no hablaban en lenguas. Cuando en el resto del Nuevo Testamento se dice que debemos estar llenos del Espíritu, nunca se dice que debamos hablar en lenguas. 2. Es incorrecto creer que en la salvación recibimos a Jesús y más adelante recibimos al Espíritu Santo. De nuevo, si bien esto parece cierto en Hechos 8:16; 10:44-46; y 19:6, no se enseña como norma en el Nuevo Testamento. Al parecer, en estos tres casos, se muestra la venida del Espíritu para que los apóstoles sepan que la salvación es para todos: judíos (2:1-4), samaritanos (8:16) y gentiles (10:44-46). El último caso muestra que lo más normal es recibir el Espíritu Santo al momento de la salvación. El Espíritu está presente desde nuestra salvación para limpiarnos y renovarnos. Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo, el cual fue derramado abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Tit. 3:5-6 3. Es incorrecto creer que el Espíritu Santo no es una persona, sino un poder. Hay varios lugares en las Escrituras en que el Espíritu Santo es descrito como Dios (Mt. 28:19; 2Co. 12:14; Tit 3:4-6). Las Escrituras enseñan que recibimos el Espíritu Santo en la salvación (Tit. 3:5-6). Si continuamos viviendo en pecado como cristianos, esto entristece al Espíritu de Dios, que habita en nosotros (1Co. 2:10– 3:3). El Espíritu obra en nosotros y siembra el deseo de vivir una vida sin pecado (Stg. 4:5). Entonces, debemos permitir que el Espíritu nos llene y cambie nuestro carácter, nuestra mente y nuestro ministerio.

EL ESPÍRITU SANTO Y LA COMUNIDAD Hemos visto que el Espíritu fue el promotor e impulsador de la iglesia, y que el Espíritu es iniciador y sustentador de la obra en cada creyente de manera individual. Ahora necesitamos recordar que el Espíritu trata no solo, ni principalmente, con los individuos de la iglesia sino que trata con toda ella como una comunidad. Es el Espíritu Santo quien da vida a la iglesia, quien la sostiene y capacita para realizar la tarea encomendada por Dios. (1Co. 12:13). La iglesia es capacitada con diversos dones y talentos para el servicio de sí misma y la sociedad (1Co. 12:4-11; Ga. 5:22-23). El Espíritu Santo ejerce su gobierno sobre la iglesia dirigiéndola en la voluntad de Dios y permitiéndole recordar y entender toda verdad (Hch. 13:2-4, 15:28; Jn. 14:26, 16:13; 1Jn. 2:20-27). Los dones del Espíritu fueron dados para la edificación del cuerpo entero y no para el placer, la ventaja o la ganancia personal. Los dones espirituales El Espíritu Santo da a conocer y glorifica al Padre y al Hijo. Una de las maneras asombrosas que el Espíritu capacita a la iglesia para su misión en el mundo es la dádiva de


El Espíritu Santo y la Iglesia dones espirituales. Hay cuatro pasajes en las cartas de Pablo que incluyen listas específicas de estos dones y ministerios. Pedro también mencionó los dones espirituales, pero los simplificó al dividir los dones en dos categorías: dones para predicar y dones de servicio. La palabra griega que se traduce como “don” es “carisma”. El adjetivo “carismático” proviene de esta palabra. Pablo utiliza una palabra adicional, “fanérosis”, que se puede traducir como “regalo” o “manifestación” (1Co. 12:7). Los dones revelan la presencia del Espíritu de Dios que obra en y a través de nosotros de modo que el cuerpo de Cristo, la iglesia, sea edificado espiritualmente. A continuación, presentamos un cuadro con las listas de dones mencionados en la Biblia.

Estas listas abordan diferentes tipos de dones. La lista de Romanos 12 se suele describir como una lista de “funciones” (Ro. 12:4) y usa palabras de acción. La lista de Efesios 4 se puede clasificar como una lista de “ministerios” (Ef. 4:12) e identifica a los líderes de la iglesia. La lista de 1 Corintios 12 es llamada una lista de “manifestaciones” (1Co. 12:7) y se refiere a eventos milagrosos.

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El Espíritu Santo y la Iglesia En 1 Corintios 12:4-6, podemos ver un énfasis en esta clasificación: Ahora bien, hay diversos dones (Ro. 12:6), pero un mismo Espíritu. Hay diversas maneras de servir (Ef. 4:11), pero un mismo Señor. Hay diversas funciones (1 Co. 12:8-10), pero es un mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. En la introducción de cada lista se detalla su uso específico. La lista en Romanos 12 presenta dones que todo cristiano puede tener. Romanos 12:6 indica que todo cristiano tiene uno de los dones de la lista de Romanos 12. Estos dones son permanentes en la vida del cristiano. La lista de Efesios 4:11 presenta dones que Dios les dio a las personas (Ef. 4:8). Las personas son líderes que Dios puso para el crecimiento de la iglesia. Esos dones son de larga duración, pero no son permanentes y pueden cambiar. La lista de 1 Corintios 12:8-10 presenta manifestaciones milagrosas de la presencia y el poder de Dios (1Co. 12:7). El Espíritu decide a quién y cuándo conceder estos dones (1Co.12:11). Son dados para situaciones específicas y pueden no ser permanentes, aunque Dios puede elegir enviar una manifestación a un individuo más de una vez. Por lo tanto, es sabio motivar a los cristianos a identificar las “funciones” que poseen (Ro. 12:6-8). Cada uno debe aceptar el ministerio que Dios le ha encomendado (Ef. 4:11), siempre que la iglesia reconozca su liderazgo (1Ti. 4:14 y 2Ti. 1:6). El cristiano debe reconocer que solo puede practicar el ministerio que le ha sido encomendado una vez que la iglesia reconozca el don de Dios en él. Además, el cristiano debe practicar las “manifestaciones” que Dios le dé (1Co. 16:12). La iglesia no debe fomentar una manifestación específica, sino la identificación y práctica de una o más “funciones” (1Co. 12:31 y 4:1). Es interesante observar que el amor no es uno de los dones. El amor por Dios y por el prójimo debe estar presente siempre, motivando y dirigiendo el uso de los dones de acuerdo con la dirección del Espíritu Santo. Los problemas surgen cuando los creyentes se consideran los “dueños” de los dones. La exclusividad, superioridad, desorden, desacato y egoísmo son las actitudes que señalan la presencia de la naturaleza carnal. La iglesia debe estar atenta e identificar cualquier indicio donde sea la carne quien motive y use alguno de ellos. Pablo se refirió a esta confusión y uso erróneo de los dones en su primera carta a la iglesia de Corinto. Para ayudarles a entender la necesidad y el valor de cada persona y su don, Pablo utilizó una comparación. Él comparó la iglesia con el cuerpo humano. Cada parte del cuerpo humano es importante. Cada parte, grande o pequeña, visible e invisible, tiene un propósito. El cuerpo depende de la presencia y de la función de todas las partes para ser saludable. Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y, si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él (1Co. 12:26). Es por esto que, se hace necesario un cuidadoso estudio de 1 Corintios 12–14. Tristemente, la misma discordia, orgullo y preferencia por un don, en lugar de otros, continúan causando problemas en algunas congregaciones de la actualidad. La enseñanza de Pablo es clara y concisa:


El Espíritu Santo y la Iglesia Ahora bien, hay diversos dones, pero un mismo Espíritu. Hay diversas maneras de servir, pero un mismo Señor. Hay diversas maneras de servir, pero un mismo Señor. Hay diversas funciones, pero es un mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás. A unos Dios les da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otros, por el mismo Espíritu, palabra de conocimiento; a otros, fe por medio del mismo Espíritu; a otros, y por ese mismo Espíritu, dones para sanar enfermos; a otros, poderes milagrosos; a otros, profecía; a otros, el discernir espíritus; a otros, el hablar en diversas lenguas; y a otros, el interpretar lenguas. Todo esto lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina. 1Co. 12:4-11 Los dones fueron diseñados para ser compartidos y utilizados para beneficio mutuo. El Espíritu equipa a los creyentes para ministrar a través de actos de servicio, enseñanza, proclamación de la Palabra, discernimiento, sabiduría espiritual, fe, confianza, compasión y evangelización. Los dones del Espíritu son una enorme bendición, pero la iglesia debe tener cuidado de no dirigir toda su atención hacia sí misma. Las palabras de Jesús en Hechos 1:8 continuarán recordando a los creyentes que el poder del Espíritu en acción significa mucho más que el gozo y el estímulo de la iglesia. También existe para fortalecer y capacitar a la iglesia para que dé testimonio de su fe en Jesucristo con valentía a todo el mundo. Aún más, la obra del Espíritu es personal e íntima, pues Él, el Consolador, habita en cada creyente. Los creyentes experimentamos un nacimiento espiritual, una nueva vida donde el fruto del Espíritu va creciendo y nuestra dependencia de Dios va a ser cada más mayor. El fruto del Espíritu Por otra parte, al hablar del Espíritu Santo y la comunidad, debemos ser conscientes que sucedía en la época bíblica y sucede en la actualidad, que muchas comunidades cristianas perdían la cabeza por los dones y se olvidaban del camino más excelente. Una de las más grandes obras del Espíritu en la comunidad de creyentes es su fruto. Al hablar del tema de los dones a la problemática iglesia de Corinto el apóstol Pablo termina diciendo: “Ustedes, por su parte, ambicionen los mejores dones. Ahora les voy a mostrar un camino más excelente” (1Co. 12:31). Entonces nos presenta el camino superior a los dones. La vida en la iglesia cristiana no se trata de un festival de talentos sino de una comunidad que testifica con sus relaciones sobre la vida impartida por Dios. En 1 Corintios 13 se nos presenta la inutilidad de los dones, cualquiera sea su naturaleza, si no se ejercen dentro de la vida correcta. Ahora bien, no se trata de escoger entre amar o tener dones. Se trata de que ambos son importantes, porque ambos son provisiones espirituales para que la iglesia cumpla su propósito. Por eso Pablo dice: “Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales…” (1Co. 14:1). Debemos darnos cuenta que el imperativo de dones espirituales ejercidos dentro del marco del fruto espiritual no es algo limitado a la iglesia de Corinto. Cuando Pablo escribió a los romanos sobre los dones (Ro. 12:3-8), continuó su carta hablando del

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El Espíritu Santo y la Iglesia amor “El amor sea sin fingimiento…” (Ro. 12:9). Así pues que tenemos un imperativo bíblico en este asunto. Al hablar del fruto del Espíritu estamos haciendo referencia a lo mencionado por el mismo apóstol Pablo al escribir a los gálatas, En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros. Ga. 5:20-23 En este pasaje se les recuerda a los destinatarios la importancia de vivir vidas guiadas por el Espíritu. Pero esto no es un asunto con implicaciones a nivel meramente individual sino con profundas repercusiones en la comunidad eclesial de la que se es parte. Una iglesia llena de dones pero sin el fruto del Espíritu puede dejar de ser un pedacito del cielo en la tierra para convertirse en un anticipo de las ascuas del infierno. Justamente esto era lo que estaba sucediendo en la iglesia de Galacia: “Pero, si siguen mordiéndose y devorándose, tengan cuidado, no sea que acaben por destruirse unos a otros” (Ga. 5:15). Así pues que una de las obras del Espíritu Santo en la iglesia es llenarla de su fruto para que esta pueda ser fiel a su naturaleza y a su misión. La misión de Dios Al ser llenos con el Espíritu Santo, Él nos capacita para ser testigos y ejecutar la misión de Dios. Note que Jesús les dijo a los discípulos que no se fueran de Jerusalén hasta que no recibieran el Espíritu Santo (Hch. 1:4, cf. Lc. 24:49). Del mismo modo que Jesús fue lleno del Espíritu Santo para cumplir con su misión, nosotros debemos ser llenos para ejecutar la misión. El Espíritu une la misión de Jesús con sus discípulos. El Espíritu Santo es el motor de la obra misionera, el que empodera al pueblo de Dios para ser testigo de Jesús en todo lugar. De la misma manera, todo impulso misionero en Hechos se cumple por medio de la dirección del Espíritu Santo (Hch. 1:8; 2:4; 5:32; 8:26-29, 39; 10:19, 44; 11:12; 13:2, 4; 16:6-10 etc.). Este impulso misionero fue el que inició en Jerusalén, pasó a Judea, luego a Samaria y hasta el fin de mundo (Hch. 9:2; 19:9, 23; 22:4; 24:14, 22). El Espíritu Santo formalizó la inclusión de los marginados al pueblo de Dios, ejemplo fue el eunuco y los gentiles. Además, el Espíritu Santo guió el concilio del edicto de Jerusalén para los gentiles (Hch. 15:28). “El don del Espíritu Santo lleva a los discípulos a la obra misionera que no habían planificado. No es un proyecto de los seres humanos sino un plan de Dios que se llevará a cabo por medio del Espíritu Santo” (Davies, 1998, pág. 264). De ahí que, para realizar la misión de Dios debemos estar llenos del Espíritu Santo, ardiendo en su presencia. En este mismo sentido, Wesley expresó: “si el predicador está ardiendo, los demás vendrán para ver el fuego”.


El Espíritu Santo y la Iglesia ACTIVIDAD DE EVALUACIÓN Escuche el siguiente sermón: “La iglesia llena del Espíritu Santo” por Diego Cardona https://www.youtube.com/watch?v=axDlplpB8Yo Tome apuntes del sermón y escriba las formas en que le habla a su realidad y la realidad de su iglesia. Termine en oración.

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