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la sábanas, y de vez en cuando una brisa imaginaria sopla por la ventana y las agita. Los muros son –o tratan de ser– blancos. No los han pintado en un largo tiempo, a estos muros. No es que se noten manchas específicas, pero tienen una suerte de tono amarillento. Apenas si hay alguna decoración alrededor. Un crucifijo hecho de madera pálida sobre el cabezal de la cama, de líneas simples y definidas; una naturaleza muerta insulsa sobre la pared opuesta; un televisor junto al cuadro. A diferencia de los recuerdos vacíos de la naturaleza muerta, me acuerdo muy bien del televisor. A pesar de parecer increíblemente grande y pesado, está ligado a la pared gracias a una compleja colección de tubos negros, piezas metálicas y tornillos. Del otro lado de la habitación, la mujer tiene a su alrededor un despliegue similar. Hay máquinas, todas ellas blancas, todas ellas extrañamente silenciosas, y una gran cantidad de cables, tubos y caños entrelazados a su alrededor, sin forma o intención clara. Casi parecen una nube rodeando su cabeza. Algunos tubos cuelgan y terminan conectados a su cuerpo. Ahora sus ojos están abiertos, pero sigue callada y quieta. Giro mi cabeza y veo un viejo episodio de los Tres Chiflados en el televisor. El volumen está apagado. Veo a Shemp en un tren, enamorándose de una canario de tamaño humano. La vuelvo a mirar a ella, pero no me muevo. No es la ventana la que me provoca vértigo y náusea; es la nube de cables a su alrededor, el olor intrínseco y pungente de la maquinaria, de la cama, de la almohada, de su propio cuerpo. No me puedo acercar, y es una suerte, porque no sé si quiero. Ahora me doy cuenta de que no hay ningún problema con la ventana, así que camino unos pasos –así de grande es la habitación, supongo–, uno, dos, tres pasos hacia la abertura en frente de mí.

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