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Y la mañana sigue su camino hacia el mediodía, y yo releo mi historieta o recorro en silencio la biblioteca de mi padre, o examino mis tesoros una y otra vez, y ella me cuenta algunas historias, o tal vez canta otra canción y lentamente prepara el desayuno para todos, hasta que es hora de saltar sobre el sofá cama y de decirle a mi padre y hermano que ya es tiempo de despertarse, de despertarse por favor, que el sol ya está alto en el cielo, y que el café caliente ya está sobre la mesa. -Estamos parados en fila, de acuerdo a nuestra altura. Siempre fui bastante bajo; estoy segundo, detrás de un chico al que nadie aprecia demasiado. Puedo ver a través de las barras negras del portón de entrada. Forman un diseño extraño, esas barras. Veo filas y filas de padres y niñeras saludando. Pequeñas cabezas indistinguibles del otro lado del portón, ambos lados buscando un rostro familiar. Tengo una barra de chocolate derritiéndose en mi mano derecha, pero en este mismo momento ni siquiera puedo pensar en comérmela. Siento un nudo apretado en la garganta. Nuestra fila espera entre dos palmeras gigantes. Y estoy preocupado. Mi madre me dijo que no podría pasar a buscarme por la tarde, y que esta vez pasaría mi abuela. Mi corazón late rápido, y puedo sentir lágrimas saladas en los ojos, entonces pretendo bostezar, una y otra vez. Mis compañeros encuentran a sus familiares entre la multitud fuera y piden permiso para reunirse con ellos, y nuestra fila va perdiendo su forma. Pasan los minutos y somos menos –estoy contando cada segundo en mi cabeza–, hasta que quedamos sólo un par de chicos y nuestra maestra. Giro la cabeza para todos lados. Trato de mantener la calma. Fijo la vista en la calle, más vacía a medida que los alumnos se escapan a través del portón gigante.

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