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SANTIAGO LEMOINE

MEDIA LUZ

Estamos los dos en la pequeña cocina. Estoy sentado entre la puerta y la heladera, mi espalda contra un pedacito de pared, mi nalgas sobre una banqueta. Puedo imaginar esa banqueta sin ningún problema. Un almohadón azul, sostenido –en un ángulo apenas oblicuo– por cuatro patas finas de metal. Es una banqueta bajita, pero mis pies no llegan al suelo. Ella está parada, dándome la espalda y enfrentando el fregadero de la cocina y la mesada de mármol falso. Las paredes y el piso están cubiertos de azulejos parduscos. Justo en frente de mí, enmarcados por sus piernas, veo cajones de color blanco y amarillo pálido. Ahora que lo pienso, organizo los cajones de mi cocina exactamente de la misma forma en que solía hacerlo ella, aunque ella tenía una gran cantidad de utensilios de cocina extremadamente precisos, como la herramienta específica para quitarle el carozo a las aceitunas, el pedazo de madera utilizado para darle forma a los gnocchi, y un objeto metálico y afilado diseñado para hacer algo extravagante con los huevos duros. Entonces, veo los cajones. También veo las alacenas sobre su

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