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estoica, su pelo blanco sujetado por un moño alto, vestido largo y sencillo, probablemente negro, aunque no puedo estar segura porque la foto no es en color. De todas formas creo que siempre vestía de luto, los colores del duelo: negro, blanco, gris, o morado. Lo vestía por su marido, aunque llevaba muerto veinte años. Mi abuela Claudina, o Lela para sus seis nietos, está a su derecha, su pelo gris elegantemente peinado hacia atrás en un corte carré al estilo de los años ‘50, pulcramente laqueado. Mi madre está sentada a su izquierda, con un brillante vestido de noche de espalda descubierta y su brazo a mi alrededor, con cuatro años. Le brillan los ojos, su color verde no se aprecia en la foto en blanco y negro, pero su aspecto es elegante, como de costumbre. Yo no sonrío, parezco seria, y miro directamente a la cámara, con una expresión que parece decir "¿dónde estoy?" o aún mejor, "¿quién soy?". Olvidé quien era hace un tiempo. O quizá elegí olvidar, enterrando dolor, pérdida y un profundo sentimiento de abandono bajo una fachada de logro académico, trabajo estable, MBA, matrimonio, hijos, divorcio, vida nueva. Como un camaleón, me adapté a situaciones nuevas y escondí la vulnerabilidad, un rasgo nunca del todo aceptado en mi familia. Nina misma solía decir “deja esas lágrimas para cuando me muera”, como si llorar representara una fractura, una debilidad de carácter que debía ser envuelta en un caparazón más duradero. Tres hijos propios y años de terapia me han enseñado que la actitud de “endurecerse” sea tal vez nuestra falta de voluntad para afrontar nuestros miedos más profundos. En 2002, embarazada de mi segunda hija, escribí en un diario que había pertenecido a mi abuelo “Quiero saber quién soy realmente. ¿Por qué estoy acá? ¿Cuál es mi propósito?”.

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