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estaba colina abajo, a unos doscientos metros de donde se erguía la casa. A partir de los diez años, nos permitían hacer el recorrido solos, cruzar la pequeña verja de la propiedad, caminar los cincuenta pasos que llevaban a una pequeña calle empedrada donde los vendedores montaban bicicletas desvencijadas con cajas llenas de coloridas botellas de líquidos dulces con sabor a menta, uva y fresa que luego vertían sobre hielo granizado para hacer yun-yun, nuestra versión local del Icee. Eso era antes de que nos preocupáramos por gérmenes o virus estomacales, o por qué tipo de agua utilizaban para hacer los grandes bloques cuadrados de hielo. Íbamos a la playa cada día, en general sin supervisión, practicando snorkel horas y horas con nuestros primos, peinando la playa en busca de cristal marino para agregar a la colección que Nina había comenzado años atrás. Luego los pondríamos en jarrones de vidrio gigantes, llenos hasta el borde, que servían como para dar un énfasis decorativo sobre los sencillos muebles de ratán. Fue lo más libre que me he sentido nunca, con mi pelo suelto sus rizos naturales, rebotando como mi espíritu, invulnerable. La casa no tenía aire acondicionado, y a veces el viento la dejaba sin electricidad varios días de golpe, y todo lo que teníamos para guiarnos de noche eran linternas de gas. No había lujo, solo tranquilidad. Nuestras comodidades eran sencillas. Yo comía mangos frescos y caminaba por el mar, lamiéndome los labios para combinar sus jugos dulces con el agua salada del océano. Papin, el pescador de la zona, nos traía ostras frescas en una canasta hecha de hojas de palmera. Su canto potente, “ostiones, ostiones, ¿quién quiere ostiones?!” podía oírse desde más allá del árbol de uva de playa, la única fuente de sombra disponible cuando nuestra piel comenzaba a quemarse bajo el sol tropical. Las comíamos con jugo fresco de lima y un chorro de tabasco.

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