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En ese momento, no sabía que estaba embarazada, ni que la hija a la que daría a luz siete meses más tarde nacería con un trastorno genético terminal, dándole al propósito mismo un sentido enteramente nuevo y muy definitivo. ¿Soy la bisabuela estoica y fuerte, matriarca de mi familia materna, enviudada a los 55, primera mujer en su ciudad de Santiago, República Dominicana, en conseguir su licencia de conducir? Obstinada, decidida, con una mirada de determinación poco común para una mujer de su época y lugar. ¿O es parte de mí mi abuela dócil, callada, esposa gentil y leal, vestida de forma sencilla, con pocas joyas, quien nunca condujo un auto en su vida? Ella también era Claudina. Me llamaron así por ella. Ella fue llamada así por su abuela. Las que estaban en el medio se llamaban María. Así se hacían las cosas en la familia de mi madre. Claudina. María. Claudina. María. Y después estoy yo, Claudina María. Llevo el peso de ambos nombres. ¿Soy mi madre? Elegante, “petite-Marie”, como solían llamarla algunos de sus amigos, ojos verdes, sensible, con una debilidad por las joyas, telas finas, y cosas bellas. Gentil, obediente, siempre al servicio de mi padre. Quizá sea las dos, o tal vez incluso las tres –y no es coincidencia que mi nombre sea el de ambas. Claudina y María. Me ha llevado cuarenta y cinco años darme cuenta, y aún no he terminado, ¿pero acaso alguno lo logra? Viajábamos a Sosúa cada verano, conduciendo cuatro horas hacia el norte desde Santo Domingo, nuestra ciudad natal, y nos quedábamos allí durante semanas, o incluso meses. La playa

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