Issuu on Google+

Curupay 12 DE OCTUBRE DÍA DEL RACISMO

CURUPAY revista espontánea. Política, social y cultural. Año I, Nº2 Octubre de 2011 Precio del ejemplar: a colaboración Léala y pásela

¿Quién dijo que la cultura no tiene olor? por Manuel Allasino El 12 de octubre no es una fecha más en el calendario, depende quién escriba se manifestarán distintas posturas. En Argentina los defensores del “Día de la raza”, son los mismos que defienden el genocidio perpetrado por el esclavista Julio Argentino Roca, son los mismos que durante la última dictadura sufrida por nuestro país, coreaban aquella absurda frase “por algo será” ,que repetían como loros, para explicar y justificar lo inexplicable e injustificable, como fue la desaparición de decenas de miles de compatriotas y hasta el secuestro de más de 500 bebes, que felizmente, ya más de un centenar han sido recuperados. Otra postura es el cuestionamiento de la celebración del 12 de octubre como el “Día de la raza”, y conmemorar el 11 de octubre como “el último día de la libertad americana”. Desde Curupay estamos con ésta postura, y además preferimos conmemorar el 12 de Octubre como el PRIMER DIA DE RESISTENCIA ante ese ultraje, ante esa ocupación criminal que fue la Conquista. No hay olvido, porque existen olores, huellas, evidencias, testigos, realidades y documentos que denuncian con claridad todo lo ocurrido. Quién se puede animar a decir que la cultura no tiene olor, cuando huele a indio mutilado, a ríos infectados, a negros secuestrados y torturados. De un tiempo a esta parte, desde distintos ámbitos educativos, centros culturales, consejos deliberantes, secretarías de culturas municipales, sindicatos y del Congreso de la Nación, se comenzó a cuestionar la celebración del “Día de la Raza” y cada vez es mayor el consenso que no acepta celebrar con júbilo esa invasión. Sin embargo, a pesar de ese cambio positivo, en la actualidad los pueblos originarios siguen sufriendo el racismo y la negación por parte del Estado de sus derechos. Cada vez que los derechos de los pueblos originarios confrontan contra intereses económicos, ya sea del Estado o de particulares, la respuestas es siempre la misma, la violencia y negación de derechos para los pueblo originarios. Un ejemplo de ello, es lo ocurrido con la comunidad QOM en Formosa. A pesar de todo, los pueblos indígenas avanzan en organización, visibilización y fortalecimiento de su principal

reclamo: territorio. Es una lucha desigual, porque se enfrentan a empresas mineras, petroleras, sojeras y turísticas. A medida que el modelo extractivo pretende expandirse en Argentina, los pueblos originarios se erigen en actores protagónicos de la resistencia. La acción directa (marchas, piquetes) se complementa con la vía política y judicial.  En el Primer Congreso del Movimiento Campesino Indígena (MNCI) realizado en septiembre de 2010, se llegó a la reflexión de que: “Como los pueblos indígenas de todo el país no obtenemos justicia, nos organizamos, movilizamos y luchamos poniendo el cuerpo, aunque nos cueste la vida”, conclusión que late para ésta fecha más que nunca. Desde Curupay festejamos y acompañamos la lucha y el olor de la cultura de los pueblos originarios, justamente para terminar con ese racismo, con esa discriminación, entendiendo que no es una lucha fácil pero teniendo muy en claro que “la única batalla que se pierde es la que se abandona”.

Cuento “Piedras pintadas”

2


Curupay - Octubre 2011

pág. 2

Cuento

Piedras pintadas por Santiago Oliva Yo soy Naguán Eara, sacerdote de las madrugada sería entregada a los dioses. cuevas de Inti Huasi, maestro del curupay. Volví hacia el atardecer, trayendo Mi ascendiente, Ambula, expulsó en la huevos de ñandú y un poco de labiada batalla de Totoral a los invasores del oeste; fresca. La ingesta de curupay me había algunos de mis hermanos demostraron su recuperado levemente de la enfermedad. jerarquía guerreando contra los clanes Cuando entré a la cueva, la nena se enemigos; mi padre, el cacique Macha, escondía detrás de unas rocas. Puse las estaqueó los pies de tres sanavirones antes cosas en el suelo y fui hacia ella. Corté un de morir en la pelea. Quince lunas han mechón de su pelo amarillo y lo empapé con pasado desde que vinieron los hombres la grasa del mortero. Ella tiritaba mientras yo blancos del oriente. Mi esposa duerme con recorría su boca con mis dedos; mientras yo ellos. Mis hijos están en la tierra con el la desnudaba y le abría las piernas; mientras cráneo roto. Llevo cinco tardes oculto en las yo veía su sexo tierno, lampiño. El rencor me grutas de Ongamira. Los pumas, los alentaba a penetrarla, a sentir, a gozar de lo hombres, los perros me acechan. Soy un empapado de sus entrañas, pero algo me cobarde. hizo comprender que era inocente y que su Un gemido natural me despertó esta llanto denotaba la existencia de un pueblo mañana: decenas de hombres con hachas tan sensible como el nuestro. golpeaban los curupayes de la quebrada. Las vainas de los árboles fueron Por la mañana regresó el malestar a mi incendiadas en piras terribles. Ellos veían al cuerpo. Otra vez las erupciones infectas y la demonio arder; nosotros, una bruma fiebre. La nena, a la que empecé a llamar devorándose todo. Volví corriendo hasta mi Sumac, estuvo dándome en la boca el cueva y saqué las semillas de la bolsa para brebaje preparado en las vasijas. Al fin me s e m b r a r l a s e n l a t i e r r a d e l o s recuperé un poco y pude ver que sus manos comechingones. Hacía mucho tiempo que también estaban repletas de manchas. El no lloraba: los doce clanes de mi pueblo frío del otoño se apoderaba de mi escondite están siendo rebajados por la barbarie; los mientras la niña transpiraba y tosía. La subí morteros astronómicos ya no reflejan las a mis brazos, cruzamos juntos la hondonada constelaciones; el espíritu de mi árbol nos de los chañares y llegamos a las cercanías abandona. Si esta nueva raza fuera de su aldea. El viento hacía flotar pétalos de superior, hubiera sido yo el primero en lapacho púrpura en el aire. Cuando los entregarme. hombres blancos nos vieron, dejé a la niña Llegaron un día sobre huemules en el suelo y corrí para no ser atrapado. enormes, matando sin mostrar la cara, arrasando contra los dioses. Quisieron Fueron pasando algunas jornadas obligarnos a hablar la lengua de los pacíficas desde que devolví a Sumac, e quechuas. Quisieron obligarnos a vender la incluso pensé que el fin de la violencia era tierra como si fuesen nuestros los ríos y las montañas. Nosotros creímos poder atacarlos en grupo pero ellos empezaron a arrojar bolas de fuego. Uno de mis hijos, Citón, murió aplastado por una madera en llamas. Kanguay, mi esposa, fue una de las capturadas por el invasor. Esa noche, aislado de mis hermanos, tuve que refugiarme herido en esta cueva de piedras pintadas.

posible. Pero anoche, en el faldeo del cerro negro, los invasores fueron sorprendidos por mis hermanos y llevados con lanzas venenosas hasta el despeñadero. Sin embargo, esto no sirvió para nada, porque inflamó el odio de los hombres blancos, que desde el alba vienen descuartizando a quienes se les oponen y repartiendo entre los prisioneros colchas infectadas con viruela. Los comechingones mueren por las sierras con los cuerpos ulcerados y la cabeza en delirios. La madrugada del salto, el cacique Mila vino a mí para encontrar una cura a la peste, pero en mi rostro se repetían las manchas y las erupciones. Me dijo que si ya era imposible huir de la muerte y la esclavitud, los comechingones saltarían al vacío desde la cumbre alunada. Yo sabía que la viruela no iba a matarme, porque conozco el lugar donde me espera el asesino, pero a ellos no puedo salvarlos: la fiebre se los lleva como el arroyo crecido. Esa noche se agitaban las piedras del cielo. Un gas helado y lleno de humedad unía a los hombres con las colinas. Los pájaros de carroña llevaban días intuyendo la carne. Desde la cumbre plateada de un cerro donde solía pasearme con mi hija, decenas de comechingones se preparaban para morir. Algunos me pidieron perdón; otros, solo me rogaron que los protegiese. Caminé durante algún tiempo para no escuchar el impacto de sus cuerpos estrellados. Conlara, un joven amigo de Citón, fue el segundo que vi correr hacia el precipicio.

El calor de mi cuerpo aumentó con el paso de las tardes. Unas manchas rojas empezaron a invadir mi cara y mis manos; en los amaneceres suelo convulsionar de fiebre; dentro de mi garganta siento dolores agudos. Ayer, mientras buscaba hierbas para curarme, oí que alguien suspiraba detrás de un algarrobo. Era una niña invasora, acaso la hija del verdugo de Citón. Tendría unos nueve u ocho años de edad, la piel llena de pecas y el cabello marrón claro. Pensé violarla hasta destrozarle las vísceras, arrancarle uno por uno los dedos, devolverla en pedazos a sus malditos progenitores. La niña me admiró con terror, trató de huir pero le cerré el paso y la recogí para encerrarla en mi gruta. En la

por Kontainer La acción no debe ser una reacción sino una creación


Curupay