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Año 4 / Número 11 Septiembre / Diciembre Colotlán, Jalisco 2010

Revista cuatrimestral de divulgación académica y cultural del Cunorte


Presentación E

l cronista Genaro González dice en su artículo que Huejuquilla se encuentra "en la parte más al norte y sobre todo la más lejana respecto a la capital". Consultamos este dato con un periodista que conoce Jalisco como la palma de su mano y por lo gastado de la suela de sus zapatos. Reflexiona, ubica a otro municipio más alejado de Guadalajara por la cantidad de kilómetros, sin embargo, por la orografía y el estado de las carreteras del norte concluye: sí es válida esta afirmación. En realidad, la pregunta salía sobrando. El cronista lo dice como preámbulo para darle fuerza a la segunda parte de su concepto: "A pesar de estas enormes distancias, llevamos dentro de nuestro corazón un especial sentimiento de pertenencia, por lo que nos enorgullecemos de formar parte del hoy estado de Jalisco". En el Centro Universitario del Norte (CUNorte) nos sentimos orgullosos de conocer un poco más de Huejuquilla y de presentarlo a los lectores por medio del número 11 de la revista Niuki. En 15 textos, en realidad pocos para la riqueza histórica y cultural de este municipio norteño, pero suficientes para mostrar una buena radiografía de estos habitantes que mantienen un vínculo cercano con zacatecanos y duranguenses y que a la vez son, como lo dijera el cronista, muy jaliscienses. La arqueóloga Marie-Areti Hers trabajó los cerros del Pueblo y el del Huistle de 1974 a 1984, y gran parte de sus descubrimientos los plasma en el Museo Tatuutsima. Este número lo iniciamos precisamente con Areti, quien encuentra una hermandad entre los huejuquillenses de entonces con la cultura chalchihuites. El contorno caprichoso actual de los límites interestatales entre Jalisco y Zacatecas nada tiene que ver con la relación que mantuvieron estos pueblos en el pasado. En la búsqueda de temas y personas para Niuki no encontramos, no sin poca sorpresa, una monografía o un libro que compendie la historia de este municipio tras la conquista. No afirmamos que no exista, pero es un hecho que de

haberlo es casi imposible de encontrar hoy día. Por ello adquieren relevancia tres textos. En el primero, Genaro González nos recuerda que en este momento es aventurado precisar una fecha de la fundación de Huejuquilla, pero él rescata un escrito del Archivo General de la Nación con fecha de 1696, en el que se mencionan relevantes datos de los primeros habitantes. También publicamos de Limonar Soto la incomodidad de los indígenas de esta zona ante el poder español a finales del siglo XVIII. Y como tercer artículo importante les sugerimos leer un inventario de las dos iglesias en 1790, aproximadamente, por parte del doctor Arturo Camacho. Conocer o hablar de Huejuquilla y no saber de la Judea es un pecado, así que si usted es un "pecador", en Niuki encontrará un buen adelanto para cuando se anime a conocer de esta fiesta pagana. El que fuera director del periódico Mi Pueblo, Luis de la Torre, hace un análisis de la narrativa rural de este municipio, con mención especial de "Chepo" Ramírez y Manuel Caldera, y les ofrecemos una breve historia de la revista David, el medio de difusión de los cristeros. Es innegable la importancia de este pueblo en la Guerra Cristera. Historia bien documentada por Jean Meyer y otros estudiosos. Pero todavía hay historias por dar a conocer. Nosotros publicamos una sentida e inédita reflexión de Cristóbal Acevedo sobre su padre, el general Aurelio Acevedo, y publicamos algunas imágenes de cristeros que Manuel Caldera recopiló en los últimos años de su vida. En esta presentación les hemos dado suficiente motivo para que lean y guarden en su biblioteca el número 11 de Niuki. Sepan de antemano que el resto de los textos son igual de relevantes para usted, como lector, y también para los huejuquillenses porque son de los temas que los hacen ser muy jaliscienses. Pese a la distancia con respecto a la capital.

Maestro José Alberto Becerra Santiago Rector del Centro Universitario del Norte


Doctor Marco Antonio Cortés Guardado Rector General Doctor Miguel Ángel Navarro Navarro Vicerrector Ejecutivo Licenciado José Alfredo Peña Ramos Secretario General

Maestro José Alberto Becerra Santiago Rector Maestro José de Jesús Quintana Contreras Secretario Académico Maestro Alejandro González Mejía Secretario Administrativo Maestro Gabriel Pacheco Salvador Director de la División de Cultura y Sociedad Maestro Francisco Javier Romero Mena Director de la División de Ciencia y Tecnología

Editor / Licenciado Francisco Vázquez Mendoza Comité Editorial / Maestro José Alberto Becerra Santiago, Licenciado Pablo González García, Maestro José Alberto Castellanos Gutiérrez, Maestro José Claudio Carrillo Navarro, Doctora Ma. Teresa Prieto Quezada, Licenciado Francisco Vázquez Mendoza Septiembre / Diciembre 2010 En el marco del Sexto Encuentro de Especialistas de la Región Norte de Jalisco y Sur de Zacatecas

Diseño y Formación

Raúl González rgofreg@zurdo-labcreativo.com

Niuki / Revista cuatrimestral de divulgación académica y cultural. Centro Universitario del Norte. Kilómetro 191 carretera federal número 23. Santiago Tlaltelolco, Colotlán, Jalisco, México. Teléfonos 01 [499 99] 21 33, 01 [499 99] 20 110, 01 [499 99] 22 467, 01 [499 99] 22466 y 01 800 505 53 99. www.cunorte.udg.mx Correo electrónico niuki@cunorte.udg.mx ISSN: 1870-9613


7 / Un milenio de historia en la región de Huejuquilla Marie-Areti Hers 17 / Fundación de Huejuquilla el Alto Genaro González 25 / El Asalto a Huejuquilla. 1912 Manuel Caldera 31 / La resistencia indígena ante el poder español Limonar Soto 37 / La Judea en Huejuquilla el Alto Genaro González 49 / El fruto de sus fieles: dos iglesias de Huejuquilla y un inventario de 1790 Juan Arturo Camacho 55 / Mi padre: Aurelio Acevedo Robles Cristobal Acevedo 63 / David: Segunda época Antonio Sosa 67 / La narrativa rural en Huejuquilla Luis De la Torre 75 / ¿Emigrante yo? Ricardo Enrique Murillo 77 / Lidio Pacheco Hernández Antonio Arteaga 82 / Carlotita Vega Martha Rodríguez Landa y María de los Ángeles Rodríguez Landa La ilustración de la portada muestra un detalle del grabado rupestre que se encuentra en Atotonilco, y cuyo dibujo elaboró Marie-Areti. La foto de esta página es de Ernesto Lamas Mascorro. Agradecemos a todas las personas que colaboraron con imágenes: Marie-Areti, Genaro González Escalante, Limonar Soto Salazar, Silvestre Madera Ibarra, Archivo Manuel Caldera, Estela Ramírez Carrillo, H. Ayuntamiento de Huejuquilla, Casa de la Cultura municipal, Desiderio de la Torre Ávila, Francisco Vázquez, Ernesto Lamas Mascorro y Alejandro Sánchez Spinetti.

84 / Los arrieros del Norte de Jalisco en tiempos de la Revolución Javier Medina 86 / Músicos y canciones de Huejuquilla Francisco Vázquez, Elizabeth Morfín y Lidia G. Sánchez 88 / Pláticas de mi pueblo Javier Ramírez


Un milenio de historia en la región de Huejuquilla Marie-Areti Hers Stuts La ocupación chalchihuiteña: etapa particular de una larga historia aún por conocer

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l contorno caprichoso de los límites interestatales en el norte de Jalisco fue originado por las relaciones, en general muy conflictivas, entre lo que configuró la Frontera de Colotlán del lado jalisciense y el desarrollo de las grandes haciendas de lado zacatecano. En el caso particular de la región de Huejuquilla, los linderos correspondían a los pueblos de indios fronterizos flecheros de Huejuquilla, poblado por zacatecos, y de San Nicolás, Tenzompa, San Cristóbal – La Soledad, por huicholes; y del lado zacatecano a las haciendas de San Antonio de Padua y San Juan Capistrano. Tal trazo caprichoso y en muchos puntos todavía litigiosos, nada tiene que ver con la historia antigua. Por lo que aquí se hablará indistintamente de sitios arqueológicos ubicados en la parte occidental del municipio zacatecano de Valparaíso y del jalisciense de Huejuquilla. Los trabajos arqueológicos llevados a cabo en la región de Huejuquilla en las décadas de los setenta y ochenta por parte de un equipo de Bélgica, documentaron, de modo preliminar, una de las varias etapas de la ocupación humana y la cobertura obviamente no fue total. Los recorridos que llevamos a cabo cubrieron solamente una muestra de la variedad de entornos

naturales comprendidos entre Huejuquilla y Tenzompa, de norte a sur, y entre el rancho de Los Landa en la bajada que lleva a Huejuquilla hasta el Tulillo, del otro lado de la ancha barranca del río Atenco o Chapalagana. Durante numerosas temporadas realizamos recorridos de superficie en las cuencas de los ríos de Tenzompa, de Huejuquilla, y del Chapalagana mismo, antes de escoger el lugar donde centrar nuestras excavaciones, el Cerro del Huistle, a proximidad de Huejuquilla (figura 1). Más recientemente, proseguimos el estudio de varios sitios de arte rupestre en la comarca. En todo momento contamos con la invaluable hospitalidad de numerosas personas que nos guiaron, nos hospedaron, nos alimentaron, nos proporcionaron las remudas, y excavaron con nosotros. No podría citarlos a todos sin arriesgar cometer imperdonables omisiones. Solamente citaré a don Alejandro Huizar del poblado de San Diego. Nacido en tiempos de la Revolución y con largos años de andar solitario en calidad de vaquero de la antigua hacienda de San Juan Capistrano, don "Cando" era una de las personas que mejor conocía la comarca, los secretos de sus cerros, de sus rincones y manantiales, y también de sus hombres. Con infinita

Marie-Areti Hers Doctora en Arqueología e Historia del Arte. Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM. Dirigió el proyecto Sierra del Nayar de la Misión Arqueológica Belga.

Marie-Areti Hers Stuts. Premio Tenamaztle 2011

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Figura 1 Cerro del Huistle, en Huejuquilla el Alto. (Foto: Hers)

paciencia nos enseñó a andar a pie y a caballo, por veredas que, ya para estas fechas, se iban cerrando por desuso aún antes de la abertura de las brechas vehiculares que ahora comunican prácticamente toda la comarca. Como ninguno, don "Cando" conocía dónde encontrar los vestigios antiguos que sabía distinguir de los restos de las rancherías más recientes. Amante de los niños, de los caballos y de las estrellas e inseparable de su amado Cerro Calpulalta que domina la Sierra de Tenzompa, don Alejandro fue nuestro guía en todo el sentido de la palabra (Figura 2). Gracias a esta sabiduría de la cual aprendimos mucho y gracias también a la gran riqueza en vestigios arqueológicos de la región, pudimos trazar una imagen no demasiado borrosa de un período durante el cual la región estuvo involucrada en eventos y procesos que la comunicaron con un mundo muy ancho, desde el Centro y el Occidente del país, hasta parte de lo

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que es hoy el Suroeste de los Estados Unidos. Además de una serie de publicaciones, procuramos verter el fruto de estos estudios en el Museo Comunitario Tatuutsima de Antropología e Historia de Huejuquilla el Alto, instalado al lado de la presidencia municipal. Nos enfocaremos aquí en algunos de los aspectos del paisaje cultural de estos antiguos pobladores, de la manera en que humanizaron su entorno según sus necesidades prácticas y espirituales. El período del cual podemos hablar gracias a nuestros trabajos, corre a lo largo del primer milenio de nuestra era y corresponde a la ocupación chalchihuiteña. Para el largo período anterior a la era y el posterior, el medio milenio que transcurrió hasta la llegada de los españoles, aún no se han reunido informaciones satisfactorias. Lo único que podemos aseverar es que a todas luces la historia de la ocupación humana de la región, en tiempos prehispánicos, no fue la de


durante el primer milenio pertenecieron plenamente a lo que se ha definido para la arqueología de Zacatecas y Durango, como la cultura chalchihuiteña, con sitios emblemáticos como La Quemada, Alta Vista o La Ferrería, para citar los más conocidos. A estos chalchihuiteños de la región que nos ocupa los llamaremos huistleños, en referencia al sitio en el cual se llevaron a cabo amplias excavaciones. La ocupación chalchihuiteña, tal como fue documentada en las excavaciones en el Cerro del Huistle, puede dividirse en tres fases. Las dos primeras corresponden a lo que se llama la fase Canutillo para la región de Chalchihuites – Sombrerete, al norte de nuestra comarca, y la tercera a la fase llamada Alta Vista. No es aquí el espacio para resumir casi un milenio de historia. Abordaremos solamente algunos aspectos que nos permitan acercarnos en cierta medida al modo de pensar de estas antiguas poblaciones, a sus propias experiencias de vida.

Figura 2 Nuestro guía, Alejandro Huizar en un vado del Chapalagana. (Foto: Hers)

Cerro del Pueblo, Tenzompa: una ocupación densa una larga e ininterrumpida evolución, sino que conoció profundos cambios. Los que vivieron antes y después de los chalchihuiteños tuvieron modos de vida distintos a los chalchihuiteños. Cuando se establecieron los primeros contactos con los españoles y se constituyó la Frontera de Colotlán, los zacatecos aceptaron congregarse y fundar Huejuquilla y familias huicholas originarias de San Andrés y de Santa Catarina fundaron Tenzompa, San Nicolás y San Cristóbal, luego transferido a La Soledad. Un contexto macrorregional Por su patrón de asentamiento, su arquitectura, sus ritos funerarios, sus figurillas y sus tipos cerámicos, su lítica y su iconografía, por sus redes comerciales, es decir, por los más diversos aspectos de su cultura material, las comunidades que ocuparon la comarca de Huejuquilla

A semejanza del Cerro del Huistle, la meseta del Cerro del Pueblo, cercano a Tenzompa, se encuentra a proximidad de las tierras de cultivo y del agua perenne. Desde arriba se dispone de una vista amplia sobre los alrededores y la corona rocosa permite controlar el acceso, control que fue reforzado por un ancho muro del cual se conservan vestigios a lo largo de todo el borde. El suelo rocoso de la cumbre dejó a la vista los cimientos de piedra de construcciones probablemente de adobe, y numerosas plataformas de formas muy diversas. Este mismo suelo rocoso no es propicio para excavar pero, al mismo tiempo, nos ha permitido levantar el plano detallado de las construcciones (figura 3). Aparece así la imagen de un pueblo con una gran densidad y variedad de edificaciones, lo cual contrasta con el pueblo cercano de Tenzompa fundado por familias huicholas en tiempos coloniales, donde las casas están muy dispersas y sin orden aparente,

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Figura 3 Plano del Cerro del Pueblo, Tenzompa. (Ilustración: Misión Arqueológica Belga en la Sierra del Nayar)

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y más aún con las comunidades huicholas tradicionales que más que pueblos permanentes son centros ceremoniales. En este sitio, como en todos los asentamientos chalchihuiteños, aún en el caso de modestas rancherías, se observa que los pobladores contaron con el apoyo del trabajo colectivo para levantar terrazas, muros de contención y plataformas, nivelar el terreno, consolidar el borde de las desnivelaciones y controlar los deslaves. En el plano del Cerro del Pueblo se observa que este tipo de trabajo fue intenso y permitió la notable conservación de los vestigios, a diferencia de lo que pasa con los restos de ocupaciones mucho más recientes, las cuales sin estos tipos de dispositivos quedan borradas de la superficie en unas cuantas generaciones. Al examinar la diversidad de los vestigios, se reconocen una serie de patios bien delimitados reservados probablemente a los grupos

familiares que se congregaron en este lugar, y cerca de sus casas lo que parece ser las bases de los graneros. También se distinguen amplios espacios abiertos con unas cuantas construcciones mayores dedicadas a actividades colectivas. Algunas plataformas tienen una planta en 'T' que parece corresponder a un estrecho pórtico en la fachada y que se asemeja a la de las grandes salas de consejo de los sitios mayores, como las hay en La Quemada o en Cerro de Montedehuma. La vida azarosa de campesinos – guerreros A lo largo de las generaciones, el problema de la seguridad parece haber sido permanente. Los dispositivos defensivos presentes en el Cerro del Pueblo, a menudo llegan a extremos como en el caso de las pequeñas fortalezas dispuestas en los profundos cañones que se


Figura 4 Cerro de los Indios, El Zapote: bastión de la entrada. (Foto: Hers)

suceden a lo largo del curso del río Tenzompa (Figuras 4 y 5). Tales fortalezas, relativamente lejanas de las tierras de cultivo, pero muy bien protegidas, han de haber sido ocupadas durante las temporadas de secas, alternando con los ranchos abiertos cercanos a las tierras de cultivo de las temporadas de lluvia. Las actividades guerreras, en efecto, eran muy probablemente reservadas para los meses en que los ríos no estaban crecidos, las veredas transitables y las labores de la milpa en receso. El Cerro de los Indios, aguas abajo del poblado de El Zapote, es un buen ejemplo de estos dispositivos. Rodeado casi completamente por un meandro del río, los pocos accesos al estrecho filo rocoso han sido provistos de murallas, bastiones, contrafuertes que permitían controlar eficazmente el acceso y proteger así los habitantes de esta pequeña ranchería. Las casas ocupan los exiguos espacios planos que se crearon nivelando el terreno entre las peñas.

Así, recorriendo cerros y cañones encontramos una multitud de evidencias acerca de una vida marcada por la zozobra de la guerra, de los ataques mortíferos. Estos chalchihuiteños serranos a todas luces tuvieron que aprender a cultivar entre sus jóvenes las artes de la guerra y a tejer alianzas regionales indispensables a su defensa. Estas circunstancias, ligadas a sus condiciones de fronterizos, de colonizadores, marcaron profundamente la manera en que dieron sentido a su entorno natural, en transformar el escenario natural en uno donde se dramatizaran sus mitos cosmogónicos, donde la guerra se tornara sagrada, asunto tanto de los dioses como de los hombres. Santuarios en un cañón Para los huistleños, el cercano río de Huejuquilla no solamente era fuente de vida,

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Figura 5 Plano del Cerro de los Indios, El Zapote. (Ilustración: Misión Arqueológica Belga en la Sierra del Nayar)

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sino que era un espacio central para su vida religiosa y política, tal como lo atestiguan dos grandes conjuntos de grabados rupestres y los vestigios de algunos sitios distribuidos en lugares particularmente escabrosos. Este arte rupestre puede atribuirse a los huistleños porque algunos de los motivos representados están presentes en la cerámica fechada entre 550 – 600 y 850 – 900 de la era, es decir, en el período de mayor ocupación del Huistle y de la comarca en general. A la altura del Huistle, el curso del río se transforma en un cañón sinuoso cada vez más profundo. Da una vuelta hacia el norte en una sucesión de caídas abruptas antes de retomar el

rumbo Poniente en un cañón oscuro, profundo y estrecho (figura 6). Al salir de este primer trecho, el río está flanqueado en ambos lados por dos estrechas mesetas con vestigios de ocupación chalchihuiteña. La de la izquierda corresponde a uno de estos pequeños refugios familiares como los que ya se mencionaron. La de la derecha, el Cerro Atravesado, es más singular. Completamente rodeado de paredones verticales, el lugar es inaccesible, salvo por el lado oriental. Ahí, al pie del cerro, algunos peldaños excavados en la roca invitan a iniciar una escalada particularmente riesgosa sobre decenas de metros. Arriba, como ocurre en algunas de estas diminutas fortalezas, solamente quedan los vestigios de una construcción, saqueada por algún iluso buscador de tesoro. En la orilla, una serie de pozas han sido excavadas en la roca probablemente para poder almacenar agua. En la cumbre y al pie del cerro, se observan algunos tepalcates muy erosionados y puntas de proyectiles. Ambos sitios atestiguan lo azaroso que era la vida de los huistleños. Luego el río vuelve a encerrarse en un cañón. En las secas, sus aguas se sumen en la tierra para resurgir en Atotonilco, en una serie de manantiales de agua caliente, caer en el profundo y afamado Charco del Toro y seguir su curso hasta confluir con el Chapalagana. Aguas arriba de Atotonilco y en la confluencia se extienden sendos conjuntos de grabados. En ambos, los motivos más abundantes son los típicos guerreros chalchihuiteños que alzan sus altos escudos rectangulares, cuya particularidad principal es la de tener cada uno una decoración particular (figura 7). No se tratan de escenas de guerra y combate, sino al contrario, de las alianzas que aseguraban la protección mutua de los grupos, sin que por eso estos grupos declinaran su identidad propia. El énfasis en la singularidad de cada escudo nos indica que la solidez de estas alianzas dependía en gran medida de que los grupos aliados fueran distintos y, por ende, complementarios y, por tanto, necesitados unos de otros, en una compleja organización social basada en gran medida


en lazos de parentesco y/o en agrupaciones guerreras y religiosas. Sin embargo, estos santuarios de arte rupestre no solamente estaban destinados a consolidar la organización socio – política de los huistleños. También eran lugares donde se refrendaba el pacto con la divinidad. En efecto, en ambos conjuntos de grabados, la escena dominante se refiere al curso del águila solar. Aguas arriba, al este, es el sol en su curso ascendente hasta alcanzar el cenit (Figura 8). Aguas abajo, es el sol que se pone, el sol que penetra en el inframundo. De esta manera, todo el entorno natural se convierte en el protagonista central del drama cosmogónico: el oscuro cañón que corre de Este a Oeste donde el agua desaparece en las entrañas de las profundidades para resurgir con fuerza; figura la otra cara del curso solar, cuando el astro lucha en el inframundo. En la confluencia, abajo de donde se ve el águila cayendo, dos escenas de sacrificio humano aluden al pacto de reciprocidad entre los hombres y la divinidad para asegurar la continuidad del orden cósmico, en su movimiento vital. La violencia de los guerreros encontró así un cauce, se canalizó hacia la guerra sagrada para alimentar al sol, a la fuerza divina, la guerra para proveer de víctimas para el sacrificio, cuyos trofeos se exhibían en los tzompantli, en las estructuras de madera levantadas en las plazas del Huistle. En estos mismos conjuntos rupestres vemos representada otra actividad que permitía a los huistleños encauzar la violencia de sus guerreros, y dirimir los conflictos: el juego de pelota. Como se puede apreciar en los grabados, se trataba de un juego entre equipos pequeños de dos personas (figura 9). Y efectivamente, aguas abajo, en lo alto del Cerro Colomos que es una avanzada del Afiladero, en la parte más alta de la cumbre protegida por murallas y con una serie de pequeñas construcciones sobre los pocos espacios planos, al borde de un precipicio vertiginoso, encontramos una cancha de juego de pelota. La planta es sencilla, dos pequeñas plataformas alargadas y bajas, y las dimensiones

reducidas. Este tipo de cancha se encuentra en todo el territorio chalchihuiteño hasta su extremo norte en la Sierra Madre de Durango. El juego de pelota es uno de los elementos que se han reconocido como aportación mesoamericana, en tierras tan lejanas como el desierto de Arizona, en los sitios de la cultura hohokam y aún más al norte en la cultura Sinagua. Los huistleños, en la convergencia de dos mundos Destinado a recrear los mitos de origen y a refrendar las alianzas, tanto entre los hombres

Figura 6 Cañón del Súchite, Huejuquilla el Alto. (Foto: Hers)

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Figura 7 Grabados rupestres, Las Adjuntas: guerreros con escudos. (Foto: Hers)

Figura 8 Grabados rupestres, Atotonilco, detalle panel con รกguila. (Dibujo: Hers)

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Figura 9 Grabados rupestres, Las Adjuntas: juego de pelota. (Dibujo: Hers)

como entre el hombre y la divinidad, el gran santuario constituido por el cañón, los sitios arqueológicos mencionados y el arte rupestre nos remiten claramente al mundo mesoamericano. Viene a reforzar la identificación que se ha propuesto de los chalchihuiteños como los tolteca chichimecas. Cuando hacia el siglo noveno o décimo gran parte del territorio chalchihuiteño quedó abandonado, algunos grupos se fueron al norte, en tierras durangueñas donde pervivieron varios siglos más; otros se internaron sierra adentro. Otros más regresaron a las tierras de sus lejanos antepasados. Según su origen y lengua, unos participaron del poder en la Tula cosmopolita y otros establecieron los primeros pasos de lo que sería el imperio tarasco. Un panel más de los grabados nos presenta otra cara de la historia chalchihuiteña. En una superficie oscurecida por musgos, en un momento particular del día, se logra distinguir

el fino trazo de una escena que sintetiza en tres facetas el devenir de un grupo de huistleños (figura 10). Abajo se reconocen tres personajes que se encaminan hacia el norte, aguas arriba del Chapalagana cercano. El de adelante lleva el bastón de mando, guiando a los dos que lo siguen, tocando el hombro del anterior. Arriba, un personaje importante, visto de frente, con un faldellín y un tocado que parece ser astas de venado, de una mano blande un bastón y del otro sujeta por la cabeza a un personaje que parece a punto de caer. Se suceden así de abajo hacia arriba dos escenas que siguen las convenciones iconográficas tradicionales en Mesoamérica para evocar migración y conquista respectivamente. Más arriba, separado por un pliegue de la roca, un personaje de mayor dimensión toca la flauta. El motivo del flautista se encuentra en una serie de sitios más al norte, a lo largo de la Sierra Madre Occidental de Durango, y se

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chalchihuiteños construyeron con lo que ahora constituye el Suroeste de los Estados Unidos. Con estos apuntes, quisimos enfatizar cómo arte rupestre y vestigios arqueológicos constituyen en la comarca de Huejuquilla una inapreciable riqueza cultural, duradera pero a la vez frágil frente a los eventuales embates iconoclastas de la ignorancia. Es de esperar que las futuras generaciones sabrán reconocer su valor, estudiarla y protegerla.

Para leer más Braniff, Beatriz. (Coord.) La Gran Chichimeca: el lugar de las rocas secas. Milano y México, CONACULTA y Jaca Book, 2001. Carot, Patricia y Marie-Areti Hers, “La gesta de los tolteca chichimecas y de los purépechas en las tierras de los Pueblo Ancestrales”, p. 47-82. En Carlo Bonfiglioli, Arturo Gutiérrez y María Eugenia Olavaria (Eds.) Las Vías del Noroeste,1: una macrorregión indígena americana. México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Figura 10 Grabados rupestres, Las Adjuntas: panel de la migración, la conquista y el flautista. (Dibujo: Hers)

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inscribe en un conjunto de imágenes y datos arqueológicos que han permitido documentar las estrechas relaciones que los chalchihuiteños establecieron con comunidades hohokam, del desierto de Arizona, antepasados de los grupos Pueblo actuales y en particular de ciertos clanes hopos, cuya tradición oral de asombrosa profundidad conserva la memoria de un origen muy lejano en el sur. En esta confluencia entre arqueología y tradición oral indígena podemos proponer como lectura de este panel: “migramos al norte y conquistamos, nosotros los del clan de la flauta”; o “migramos al norte, conquistamos nuevas tierras y llegamos a la tierra de los de la flauta”. En todo caso, reconocemos una clara referencia al duradero puente que los

Universidad Nacional Autónoma de México, 2006. Fauconnier, Françoise y Paulina Faba, “Las Adjuntas: arte rupestre chalchihuiteño y cosmovisión huichola”, p. 475536. En Carlo Bonfiglioli, Arturo Gutiérrez, Marie-Areti Hers y María Eugenia Olavaria (Eds.) Las vías del Noroeste II: Propuestas para una perspectiva sistémica e interdisciplinaria. México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México. Hers, Marie-Areti, “El museo Tatuutsima de Huejuquilla el Alto, Jalisco”, p.111-130. En Andrés Fábregas Puig, Mario Nájera Espinoza y Cándido González Pérez (Eds.) La tierra nómada, Seminario Permanente de Estudios de la Gran Chichimeca. Guadalajara, Universidad de Guadalajara, Universidad Autónoma de Aguascalientes, Universidad Autónoma de Zacatecas, El Colegio de San Luis, El Colegio de Michoacán, El Colegio de Jalisco, 2006.


Fundación de Huejuquilla el Alto

Genaro González Escalante

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a fundación de pueblos, presidios y villas en la época de la Colonia respondía a distintas necesidades, según el momento en que se vivía. Algunos de ellos tenían que ver con fijar un punto de resguardo que les diera la suficiente seguridad como para continuar su camino, sobre todo los que se relacionaban con “el camino de la plata”. Otras fundaciones se relacionaban en mayor medida con la pacificación en la región de la nación chichimeca, ya que por lo extenso del territorio los españoles se veían en la necesidad de crear lugares de resguardo. Particularmente, la fundación del pueblo de Guaxuquilla se dio por la ubicación del lugar respecto a su cercanía con los “indios ladinos” que habitaban la zona del Nayar, los cuales siempre se resistieron a cualquier conquista. Aunado a lo anterior, estos nuevos lugares sirvieron de frontera al ser sometidos los naturales de Tenzompa, La soledad, San Nicolás y Guaxuquilla. Referirnos a una fecha específica de fundación de Huejuquilla la Alta es aventurarnos en la historia, ya que hasta este momento desconocemos de un acta específica de fundación expedida por la Corona Española. Lo que sí podemos retomar como un texto histórico que nos puede acercar a una

posible fecha, es un documento en resguardo del Archivo General de la Nación que hace referencia a una “disputa de tierras entre San Nicolás de Acuña y Huejuquilla el Alto sobre el pueblo de San Antonio De Padua, frontera de San Diego de Huejuquilla”, sobre tierras que tenían en su posesión desde su fundación. Dicho documento está fechado en el pueblo de “San Diego de Huexuquilla” el día trece de enero de mil seiscientos noventa y seis y responde a una comparecencia de los naturales de este pueblo ante el Capitán Pedro de la Thorre Ganvoa, protector y Capitán a guerra de la frontera de Huejuquilla. Ante este protector acuden naturales de este pueblo y de nación zacatecos, los cuales pretenden que se les retribuyan las tierras que durante muchos años estuvieron arrendadas al dueño de la hacienda de San Antonio. En dicha comparecencia se comprometen a decir la verdad sobre este asunto “según derecho y más nos convenga”, puesto que es primordial para ellos la recuperación de las tierras, que un poco después de que se les otorgaron fueron arrendadas y difícilmente se las querían regresar. En esta acta, los que comparecen hacen referencia a los documentos que les entregaron por mandato de Miguel Caldera unos años atrás,

Genaro González Maestro y Cronista de Huejuquilla el Alto

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los cuales marcaban los límites territoriales del pueblo de Guaxuquilla. Todos los que acudieron ante el Capitán Pedro de la Thorre coinciden en que El Capitán Miguel Caldera fue la persona que fundó el pueblo de Huejuquilla, aunque no se especifica la fecha exacta. El Capitán Miguel Caldera era hijo de Pedro Caldera, español que procedía de Castilla y de una india de origen chichimeca. Se cree que nació en Zacatecas en el año de 1548 y murió en San Juan del Río en 1597. Su infancia la pasó en el convento de los franciscanos en Zacatecas. Al crecer, su interés mayor estuvo relacionado con la carrera de las armas, por lo que con tan solo 20 años se enlistó en el ejército como soldado raso, casi a la par de la guerra chichimeca. Se le podía definir como “alto de cuerpo, bien dispuesto, natural de las minas de Zacatecas”. Para el año de 1582, un 14 de marzo, el Capitán Miguel Caldera y sus veinte soldados se presentan en la ciudad de México ante el principal escribano de su Majestad para prestar sus servicios pagados para la guerra chichimeca. Una de las funciones del escribano era describir a los soldados que se enlistaban con la intención de conocer más sobre ellos: “El propio Miguel Caldera no mostraba señales visibles, aunque había sufrido heridas”. “Quince de los soldados fueron descritos como naturales de la ciudad de México, uno venía de Portugal y cuatro eran españoles”. Cabe hacer mención que uno de los soldados enlistados con el Capitán Miguel Caldera era de “piel notablemente oscura (posiblemente un mulato), era el mismo que llevaba un tatuaje: un corazón azul “pintado” en el brazo derecho”. En la comparecencia de los naturales del pueblo de Guaxuquilla, ante el Capitán Pedro de la Thorre, todos hacen mención de dos esclavos mulatos que lo acompañaban a él; posiblemente sea uno de los que se enlistaron en la ciudad de México. Al ser aceptado el Capitán Miguel Caldera y sus veinte hombres como soldados para la pacificación de las tierras chichimecas, se adentraron en el territorio con la intención de

apaciguar a los naturales y mantener la paz en la región. El conocimiento de la zona de Zacatecas, Jerez y Colotlán le permitía moverse con mayor facilidad por estas tierras inhóspitas. Estas correrías seguramente lo llevaron a tratar de apaciguar a los indios del Nayar, por lo que la zona de Huejuquilla era un paso obligado hacia estos lares. En el regreso de uno de sus viajes hacia estos lugares, se encontró con un grupo de naturales en las márgenes del río Atenco, a los que convenció de asentase en la parte alta. De los extractos del documento investigado presentamos tres momentos distintos que nos dan un poco de luz para entender mejor este proceso de fundación. El primero de ellos nos muestra de manera clara la fecha del documento, la persona que ordena el documento y, sobre todo, quiénes fueron las personas que se presentaron a comparecer ante el protector de la región. Además de ello, da cuenta del problema que los llevó a la pérdida de los documentos de fundación:

Detalle de una ilustración prehispánica localizada en el Museo Tatuutsima. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

En el pueblo de San Diego de Huexuquilla, y frontera, en trese dias de henero de mil y seiscientos y noventa y seis años, ante mí el Capitán Pedro de la Thorre Ganvoa, protector y Capitán a guerra de dicha frontera y su jurisdisión, se presentaron los contenidos. —Diego Domingo, Gobernador Autual, Don Alonso Elías, Graviel Juan, Alcalde actual; Juan Alonso, Nicolás Martín, Yndios principales de nasión sacatecos y naturales de este pueblo y frontera de San Diego de Huexuquilla, (con)paresemos ante vuestra merced, según derecho y mas nos convenga y desimos, que el año de sincuenta y ocho poco mas o menos, dieron los indios enemigos de nasión tobosos en este pueblo y rio de Atenco, por donde empesaron a matar muchos naturales y menoscabando dicho poblado,

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El primero por la izquierda es "Pepe" Rentería y Juan Pérez al centro, brindando durante una nevada. (Década de 1960) Cortesía de Silvestre Madera Ibarra

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asta con quemar las casas y xacales y llegaron a este nuestro pueblo de Guexuquilla que dista de Atenco, quatro leguas y dándonos de improviso, nos mataron mucha gente y nos quemaron nuestros xacales, donde en uno de ellos teníamos nuestros papeles de nuestro resguardo y preminencias, con asiento de dicho nuestro pueblo y referido Atenco, que nos huvo y nos adquirió el Capitán Miguel Caldera quien nos governo y nos remitió ávidos por su Excelencia el Señor Virrey que era en la ocasión de la Ciudad de México, consediendonos como fronterizos a

este pueblo y cavesera de Atenco y Tenzompa, que lo hizo en nombre del Rey Nuestro Señor como Capitán General señalándonos las tierras de que nos hiso merced en nombre de su Magestad y en atensión de haver quedado algunos viejos en dichos nuestros pueblos, con acuerdo y memoria de las noticias que huvieron de nuestros antepasados, de donde consta la fundación de dicho nuestro pueblo y pueblos, sirviéndose vuestra merced de resivirnos ymformasión de lo aquí espresado y dada en la forma que baste devolvernos originalmente la que dieron


para en guarda de nuestro derecho y resguardo, por lo qual y lo demás que ase o pueda aser que havemos aquí por espresado a nuestro favor. En la segunda parte se percibe el juramento de uno de los naturales que comparecieron ante Pedro de la Thorre y Ganvoa y que los señalamientos que hace dan cuenta de que el Capitán Miguel Caldera es quien convence a los naturales para que se asienten en la parte alta, lo que hoy es Huejuquilla: …y lo firmo ante mí y los testigos de mi asistencia, con quienes actuo por no haver escribano público, ni

real en dicha frontera.- Pedro de la Thorre y Ganvoa.- Pedro Carrillo Davila.- Testigo, Simon Gonzales de Requena.- Juan de la Thorre Ganvoa.- en dicho día, mes y año, dicho arriba, yo el Capitán Pedro de la Thorre y Ganvoa, Capitan Protector, a Paz y a Guerra de estas fronteras de Guexuquilla y Tensompa, habiendo visto el aucto y nombramiento de ynterprete y aseptasión echa por el dicho Pedro Carrillo Davila, ynterprete que estando presente y los testigos de mi asistencia, pase a rrevisarle el juramento a Juan Nicolas, yndio natural,

Vista panorámica de Huejuquilla. Cortesía de Genaro González Escalante

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El Charco del Toro. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

estando presente le rresivi dicho juramento que iso por Dios Nuestro Señor y una señal de una cruz, en forma y conforme a derecho, so cargo del qual prometió desir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado y siéndole leído el pedimento que es en principio de estas diligencias y dado a entender por dicho ynterprete, y enterado de él, dixo: que lo que save es y tiene por noticia, que saliendo el Capitán, Miguel Caldera de las partes del Naiarit, y asentado su real, junto al río que dicen Atenco, cogió un natural llamado en su lengua mitala que después de christiano se llamo Francisco y le pregunto que nación era la suia, que donde vivía, y él respondió que era yndio zacateco y que sus compañeros

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vivian en dicho río de Atenco, le requirió dicho Capitán Miguel Caldera y acariño y agasajo, dándole una frasada y un sombrero, porque fuera a llamar a su Capitán, y le dixera; el no venia a pelear ni a serles mal si a que se reduxeran al conocimiento de Dios y vivieran en nuestra santa fes católica y servicio del Rey Nuestro Señor lo qual executo dicho Mytala, yendo a presiensia de su Capitán y disiendole lo que le havia pasado con el sobre dicho Capitán, Miguel Caldera, el qual capitán llamado en su idioma Cuinali, oyendo lo que le havia dicho él sobre dicho Mitala, juntó su gente y se fue con todos ellos ha ver al sobre dicho Miguel Caldera, el qual así que los vido, los rresivio como no venían a serles


mal ni a inquietarlos, sino a que se reduxeran a nuestra fee cátholica y servisio del Rey Nuestro Señor, lo qual ciendo dicho capitán Cuinali, dio a entender a sus compañeros, los cuales sin repugnansia alguna ni controversia, abrasaron y vinieron a lo que dicho capitán les dio a entender, lo cual entendido por el sobre dicho Miguel Caldera, los comenso a agasajar y dar frasadas y sombreros y paño y cuentas y otras cosas que trai, estuvieron todo aquel día los dichos naturales zacatecos con el sobre dicho Capitán Miguel Caldera asta otro día que despidiéndose de ellos les prometió asisitirles, enviarles ministros y los dexo a el amparo y gobierno de Don Diego Somoni, natural que en la ocasión era capitán en el pueblo de Colotlan, el que tuvo el cuidado y gobierno de dichos naturales, hasta que después los sometieron al generalato del Río Grande que en la ocasión era general Francisco de Ordiñola, quien envio a llamar a el Capitán de los zacatecos Cuinali y dio siertos papeles que el Capitán Miguel Caldera havia enviado de México… En esta tercera parte se puede percibir el momento en que Juan Nicolás, indio natural, menciona de manera explícita como se dio el proceso en que el Fraile Miguel Clérigo escogió el lugar en que debería permanecer para siempre el nuevo asentamiento. …que el dicho Juan Nicolas no se acuerda y que los papeles se conservaron asta que entraron los tobosos en esta frontera el año de mil seisientos y sincuenta y siete, poco

mas o menos y que como quemaron los xacales en dicho pueblo, se les quemaron y que se acuerda después de haver tomado dicha posesión y pasados algunos días, les envio el General un Ministro Capellan suio llamado Miguel, Clerigo; el qual llego arriba del pueblo que es oi de Guexuquilla en un ojo de agua y dice que despachando Atenco, uno de dos mulatos que traia llamo a dichos naturales, quienes luego vinieron y el dicho Clerigo Miguel, les dixo: Como el guardian Ordiñola lo enviava para consolarlos y baptisarles sus hijos y que Ysieran una Yglesia, lo qual abrasaron todos con amor y que mandándoles traer dos maderos grandes, sus mulatos formaron una cruz yacarada, dicho clérigo Miguel subió a cabaio a quien siguieron todos los naturales, y que vino como un tiro de arcabus, donde está la iglesia que es oi, y allí fixo el madero de la santa cruz y les señalo donde havia de hacer su iglesia y en el dixho lugar ysieron una enrramada y selebro el santo sacrificio de la misa y aquel día y otro que estuvo dicho clérigo, baptiso toda la mas gente que componia dicha nasión, y acabando de hacer lo dicho; y haver vendesido la tierra se volvió y que nunca más lo vieron… El lugar del asentamiento escogido por el Fraile Miguel Clérigo no fue el definitivo, ya que algunos años después se tomó la decisión de trasladar el asentamiento un poco más abajo del arroyo aprovechando la dotación de doce solares, los cuales se distribuyeron en torno a la nueva plaza y que es como se conoce en la actualidad.

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El Asalto a Huejuquilla. 1912*

Manuel Caldera Robles

E

n la mañana del 8 de diciembre de 1912, tres balazos anunciaron la presencia de unos cien rebeldes al mando de Antonio Herrera, quien pedía la rendición del pueblo. Se decía subalterno de Francisco del Toro, comisionado por Orozco (Jr.) para hacer la campaña en Jalisco, y airadamente fue contestada la petición sugiriéndole además que se situara a tres leguas de distancia. Ante la negativa, Herrera irrumpe en el pueblo, pero es violentamente rechazado. En su huída uno de los mejores elementos es alcanzado por las balas y su cuerpo es arrastrado por su encabritado caballo. Los cabecillas, con el grueso de rebeldes, habían concentrado sus fuerzas en la Hacienda de San Juan Capistrano del estado de Zacatecas, mientras tanto el pueblo organizaba sus escasos recursos. Conocen la realidad de sus limitaciones: los hombres, el parque y las armas son insuficientes, pero también saben que el temple y el coraje valen más que las metrallas. La mayoría de las familias salen a las rancherías cercanas a guarecerse. Los fortines se habían reagrupado: 85 elementos formaban la defensa del pueblo, 20 rurales del 15º cuerpo, 10 infantes y 35 vecinos voluntarios se distribuyeron en puntos estratégicos desde la madrugada del

14 de diciembre de 1912. Poco tiempo después, procedentes de Mezquitic, se reforzaron con 20 rurales más. Después de una larga espera, casi a las tres de la tarde, se divisa al enemigo por el Poniente, dividiéndose en fracciones trazando un hermético anillo casi por encima de las cabezas expectantes de los vecinos, que contemplaban la escena que sobrepasa en mucho a lo calculado. Siete reses y 20 cabras fueron insuficientes para dar de comer a los rebeldes un día anterior en la hacienda de San Juan. A las cuatro de la tarde el enemigo intenta su primer ataque, pero es rechazado con algunas pérdidas. El anillo envolvente se cierra decidido y el tiroteo se vuelve ensordecedor. Del grueso de los orozquistas se desprende un grupo fuertemente protegido, son los cabecillas "Che Ché" Campos, Benjamín Argumedo, Luis Caro, Evaristo Pérez, Antonio Núñez, Antonio Herrera, Evaristo Luna, Jesús Ortega, Mariano Jiménez (el indio Mariano), que alcanzan la puerta de la casa del cura Macías, cerca del arroyo que divide el pueblo y establecen ahí momentáneamente su cuartel. Las horas de la noche avanzaban y en continuo combate el círculo de fuego también

Manuel Caldera Ingeniero y Periodista. Integró la Sociedad de Geografía y Estadística de Jalisco. Fue miembro del periódico Mi Pueblo

Campanario del Santuario del Divino Preso, donde aún se aprecian las marcas del tiroteo durante el asalto de 1912. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

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Algunas imágenes, como esta, que aparecerán en las siguientes páginas pertenecen al último período de investigación de Manuel Caldera. La mayoría de ellas son fotografías de cristeros. Cortesía Archivo Manuel Caldera

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avanzaba lento hasta casi estrangular a la defensa e incendiando a su paso, mientras otros dinamitaban fortines o derribaban puertas a hachazos. Varios caballos y rebeldes yacían tirados por las empinadas calles, que amontonados por los vecinos eran como trampas mortales para el enemigo que bajaba a fuerza de carrera. 30 muertos y 19 heridos rebeldes eran el saldo a la medianoche. Las partes rendidas enfurecían al jefe rebelde que lanzaba vituperios y órdenes a gritos. A las siete de la mañana se sabía de sólo ocho bajas en la defensa. Entre avances y retrocesos transcurrieron las horas del domingo 15 con respuestas cada

vez más débiles por parte de la defensa. Urgía tomar una rápida determinación. A las 5 de la tarde, en casa de Trinidad Caldera se reúnen Miguel Romero, el hombre más rico de la región, Jesús Madera y Refugio Jaime. El parque se agota rápidamente y las esperanzas de auxilio oportuno se esfumaban también. A pesar de la situación deciden romper el sitio arriesgando la vida perseguidos en largo trecho. A las 7 de la noche la defensa no contaba con un solo tiro. Medio pueblo ardía en llamas, las espesas humaredas protegieron el abandono de los fortines. El enemigo se dio al pillaje y a la embriaguez, buscaban petróleo o algún combustible para continuar su exterminio, cumpliendo órdenes de los cabecillas que no alcanzaban a entender los hechos. Más de 100 bajas causadas por aquel pueblo en apariencia insignificante, más otros tantos heridos, contra no más de diez bajas en los defensores. Entre las trepidantes llamas sólo se oían los aguardentosos gritos de viva Orozco y la correspondiente injuria como respuesta. En la mañana del 16, en pleno saqueo y jolgorio, con los primeros rayos del sol, un repique de campanas anunciaba la presencia del auxilio federal y una bandera nacional se colocaba en la corona rocosa del Cerro del Temachaco. Los colorados no dieron crédito al anuncio en sus empeños de rapiña e incendio. Cerca de 400 hombres del 26º y 38º Cuerpo Rural de Zacatecas, al mando de Cándido Aguilar y el general Santos Bañuelos, respectivamente, y el joven Pánfilo Natera, comandaban el auxilio. En una batalla a quemarropa, los revoltosos dejan esparcidos por las calles mercancías de todo tipo, entre muertos, heridos y caballos y más de mil 500 cabras dispersas por el rancho de San José. Más de 200 bajas entre muertos y heridos sufrió el enemigo contra solo 12 de la heroica defensa en más de 30 horas. Salieron los rebeldes en vergonzosa huída con rumbo incierto como su intención. El pueblo quedó atrás enterrando sus muertos y desenterrando sus vivencias. Cada esquina, cada muro,


cada árbol, cada gente habla de su historia; mil anécdotas se encuentran mezclándose sin definición de límite, realidad y fantasía. En cada cantera que levanta para reconstruir sus muros recuerda que en el acontecer de su historia, no es este el primer dramático episodio y presiente que no será el último. No pasarán muchas lunas para que esta y otras épocas convulsas vuelvan a dejar su imborrable huella forjando así la idiosincracia de un pueblo, que como las rocas que lo circundan, han precisado su arista, dando la cara al embestir del tiempo. La prensa de Guadalajara y la ciudad de México, como El Imparcial, Gil Blas, El País, El Correo de Jalisco, El Diario de Occidente, La

Libertad y otros diarios de Durango y Zacatecas se ocuparon ampliamente del suceso calificando a su gente de valientes a toda prueba en la "heroica defensa de Huejuquilla", etcétera. Sin embargo, la noticia no llegó al grueso de los pueblos; tenía que ser un cantor del pueblo, uno de aquellos que percibieron el olor de la pólvora, uno de esos trovadores natos de crónica rimada en cuyo canto largo y lento, en música de adusto estilo campirano, estampara la médula histórica del acontecimiento. Don Lidio Pacheco, prolífico cantor del municipio, quien con su arpa supo lanzar acordes de sabor a cosa vieja, a óxido y herrumbre, con ternura y suavidad "Las mañanas de Huejuquilla".

Cortesía Archivo Manuel Caldera

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LAS MANANAS** DE HUEJUQUILLA Diciembre catorce de mil novecientos doce para terminar, sábado en la tarde los de Huejuquilla comenzaron a pelear.

Llegó "Che Ché" Campos con toda su gente que parecía un general. Los afortinados haciéndoles fuego no los podían retirar.

Álvarez contesta con su arma en la mano "¡No te asustes compañero! Rompemos el sitio yo le entro adelante y aunque nos quiten el cuero".

Los afortinados1 no eran ni noventa la guerra se principió. A pesar del parque que les fue muy poco veintiséis horas duró.

Los afortinados que estaban arriba era de dar compasión. Les prendieron fuego cayeron abajo toditos hechos carbón.

(Estribillo)

Llegó "Che Ché" Campos2 con toda su gente que parecía un general. Con seiscientos hombres sitiaron la Villa y hasta gente les sobró.

Ya los orozquistas iban con sus jefes a ver qué eran lo que hacían que bombas y parque se les acababa y nada que se rendían

(Estribillo)

Romero asustado4 salió de su casa se fue con Don Trinidad llegando le dijo: "ya somos perdidos sabe Dios cómo nos irá".

Cuarenta rurales veinticinco chacos, eran la federación, para mil seiscientos de los orozquistas era de dar compasión. 3

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Adios Huejuquilla la calle de arriba5 se te acabó tu alegría. Quedaste ya en ruinas para todo el tiempo pues así te convendría. El lunes por cierto6 que llegó el auxilio que quemados los hallaron. Fueron muchos muertos de los dos partidos y unos sobre otros quedaron. Decía "Che Ché" Campos a sus compañeros: "¡Válgame Dios qué hacemos! Llegó un cabecilla de los afamados llamado Santos Bañuelos".7

(Estribillo) Don Miguel Romero como era hombre rico mil pesos le prometió. Adiós "Che Ché" Campos feliz Argumedo8 que ayer la plaza tomó. Adiós Huejuquilla mi país primero, quedaste ya en ruinas para todo el tiempo por caprichos de Romero. Vuela palomita vuela palomita despídete de la orilla, estos son los versos de las mañanitas del pueblo de Huejuquilla. ¡Ay Dios del cielo!9 ten compasión, detenlos a todos de tu Santa Mano y échanos tu bendición.


Notas * En Microhistoria de un pueblo levantisco. Huejuquilla el

6. El País, diario de Mexico —diciembre de 1912—. "El

Alto, Jalisco. Trabajo presentado para su ingreso a la Sociedad

Sr. gobernador de Jalisco comunica que el jefe político de

de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, s.l., octubre

Colotlán le dice que el ataque a la plaza de Huejuquilla

de 1987, mcs., inédito. pp. 33 - 36.

efectuada el 14 de actual, a las 5 de la tarde, fue sostenida con toda energía por la escasa defensa y que la madrugada

** En Mi Pueblo. Mezquitic, Jal. Año II, T. I, núm. 10, febrero

del 16 llegaron fuerzas rurales del 26 y 38 cuerpos al mando

de 1979, pp. 4 - 5, 8.

del general Cándido Aguilar, Santos Bañuelos y Castellanos, reanudándose el combate por algunas horas que causó la

1. Los afortinados eran 40 rurales, 10 gendarmes y 35 vecinos

fuga de los revoltosos hacia Valparaíso, Zacatecas. El número

voluntarios, que se distribuyeron en siete puntos estratégicos

de muertos entre los rebeldes fue de 100 y de otros tantos

del pueblo.

heridos".

2. Jesús "Che Ché" Campos militó en el Partido Liberal

Candido Aguilar, general veracruzano desde los 22 años de

floresmagonista constituido desde 1905, pero a la caída

edad. Al triunfo de la revolución maderista recibió el mando

de Porfirio Díaz se alió a Pascual Orozco, quien después de

de 38º Regimiento de Caballería. Fue uno de los generales

aliarse al antirreeleccionismo de Madero, por desavenencias

revolucionarios que escoltaron a Madero a la Cámara de

políticas pretendió evitar o desprestigiar su triunfo.

Diputados para ser investido como Presidente de la República el 6 de noviembre de 1911, en donde a la vez figuraba como

3. Los "rurales", conocidos con este nombre desde 1869,

jefe de la gloriosa escolta el después rebelde Pascual Orozco.

fueron organizados por la Secretaría de Gobernación para

A fines de 1913, estaba como jefe de la Primera División en

perseguir las gavillas de malhechores que merodeaban por

la zona petrolera de Tuxpan, Veracruz. Impidió el desembarco

las serranías del país desde las guerras de Reforma. La prensa

de tropas norteamericanas al mando del almirante Fletcher.

maderista restaba importancia a los grupos orozquistas, sin

Carranza lo ascendió a brigadier, después fue divisionario.

embargo, Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila,

Ocupó los cargos de gobernador de su Estado, fue secretario

declaraba en 1912 que Durango y Zacatecas estaban

de Relaciones Exteriores a los 30 años y por último senador

infestados de gavillas orozquistas y que los más temibles eran

de la República por Veracruz. Murió en 1960

los de "Che Ché" Campos y Benjamín Argumedo. 7. El general Santos Bañuelos comandaba el 26º Cuerpo 4. Miguel Romero era el más acaudalado del pueblo,

Rural, con el cabo 2º Pánfilo Natera. Juntos combatieron a

habiendo iniciado su fortuna en las minas de Bolaños. Se

Huerta tomando Zacatecas el 6 de junio de 1913. Para el 10

estableció en Huejuquilla en donde no gozó de todas las

del mismo mes, Natera fue ascendido a brigadier y general en

simpatías. Por su iniciativa se pidió anticipadamente refuerzos

jefe de la famosa División del Centro. Posteriormente, Santos

a los cuerpos rurales que defendieron la plaza. En Las

Bañuelos fue gobernador del Estado de Zacatecas.

Mañanas se le hace responsable de la tragedia considerando algunos que si no hubiera habido defensas del gobierno,

8. Benjamín Argumedo, el "León de la Laguna", fue de

el pueblo no hubiera sido atacado. Junto con Don Trinidad

imprecisas convicciones revolucionarias. Maderista en 1910,

Caldera, hombre de reconocida solvencia moral y económica

orozquista en 1911, huertista en 1913, zapatista en 1914,

en la región, formaron el grupo que rompió el sitio y regresó

villista y confeccionista en 1915. Por esto fue conocido en la

después con el auxilio.

región norteña como "El Resellado". Sus "mañanas" narran cómo, "liado como un cohete", bajó la sierra de Durango

5. La "calle de arriba" famosa como escenario de

como trofeo por sus enemigos para ser fusilado en 1916.

borracheras, balaceras, pleitos y tragedias sólo suspendió su alegría por unos meses, mientras se reinstalaban dos viejas

9. Este estribillo, de dramatismo ingenuo y desgarrador del

cantinas que los "colorados" quemaron después de agotar

mexicano de entonces, se repite cuatro veces en el corrido.

sus mercancías.

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La resistencia indígena ante el poder español: el caso de Huejuquilla a finales del siglo XVIII Limonar Soto Salazar

A

ltaneros, desobedientes y poco fieles son algunos de los calificativos que se encuentran en la correspondencia emitida por las autoridades virreinales, al referirse a los indígenas que habitaban las sierras localizadas entre Colotlán y el Nayar. Se trata de una visión que tenían los funcionarios al servicio de la monarquía española, la cual nunca logró tener un pleno control sobre esta región del Occidente mexicano. Sin embargo, también habrá que ponderar que no se trataba simplemente de gente sin fidelidad, con desobediencia y altanería, sino que era una resistencia indígena al sojuzgamiento, que a lo largo del periodo Colonial se manifestó de forma constante en estas latitudes de la Sierra Madre Occidental, en ocasiones con movimientos armados, con altercados con representantes de la autoridad o simplemente con el descontento ante la presencia y apropiación española de sus tierras. Elías Amador en su obra, El Bosquejo histórico de Zacatecas, al referirse sobre los acontecimientos dados a finales del siglo XVIII en torno a la comarca zacatecana, nos dice que fueron años de pocos hechos. Sin embargo, menciona que en la región de Colotlán y de Nayarit había visos de una rebelión indígena, misma que no tuvo la fuerza que otros hechos de rebeldía habían

acontecido en estas latitudes; hasta la información sobre este asunto por parte del historiador decimonónico. Al respecto, habrá que señalar que durante el periodo Colonial fue una constante la manifestación de la resistencia indígena hacia la monarquía española, la cual tuvo entre algunos de sus motivos la defensa de sus derechos sobre la tierra, así como reacciones a los abusos y malos tratos que se efectuaban hacia los indígenas por parte de autoridades y de particulares españoles. En este escrito se aborda el caso que Elías Amador cita, mismo que tuvo como escenario central la localidad de Huejuquilla, la cual se encuentra en una región que se caracterizó históricamente por haber mostrado una vivaz reticencia al yugo español, al grado de convertirse en significativas rebeliones. Aquí se presenta un caso, que si bien no llegó a una rebelión en forma, es una muestra de la resistencia al poder español. El contexto En las postrimerías del siglo XVIII, aunque no se realizaron movimientos armados en los pueblos indígenas situados al norte de Jalisco y sur de Zacatecas, sí se experimentaron

Limonar Soto Investigador del Centro INAH Zacatecas. Maestro de asignatura en el CUNorte

"Indios Bárbaros". Obra anónima. Cortesía de Limonar Soto Salazar

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momentos álgidos en razón de la defensa de la tierra por parte de los naturales de varios pueblos indígenas, como lo ha identificado Paulina Ultrera Villagrana en su investigación relativa a la defensa indígena de sus comunidades. Efectivamente, en los últimos años de esta centuria se acrecentó el interés de españoles o criollos por apropiarse o poblar tierras bajo la jurisdicción colotlense. En las siguientes líneas se presenta el caso de un descontento manifestado por los pobladores de Huejuquilla hacia el año de 1794. Sus causas fueron la reticencia al poblamiento de españoles en sus tierras, así como el mal trato que recibían por parte de algunas autoridades. Gran parte de la información presentada se recupera de un legajo en resguardo del Archivo General de la Nación que contiene mandatos, informes y correspondencia, documentación que en mayor parte atiende este caso de Huejuquilla. Visos de rebeldía en Huejuquilla A finales de enero de 1794, el capitán Ignacio Martínez de Murguía recibió la orden por parte de Simón de Herrera, gobernador de Colotlán, para trasladarse al pueblo de Huejuquilla con la misión de informarse acerca de algunas manifestaciones de rebeldía hechas por sus habitantes en contra de las autoridades españolas de aquella población. El gobernador le encomienda haga conocer a los habitantes de Huejuquilla de los perjuicios que atraerán irremediablemente a su pueblo si no viven en el orden y sujeción que corresponde, cosa contraria serían objeto de acciones judiciales y de castigo; castigos que el mismo virrey de la Nueva España les impondría. El proceso de indagación: testimonios sobre la rebeldía El 12 de febrero, el capitán Martínez de Murguía se encuentra en Huejuquilla donde comenzó a recopilar testimonios que dan cuenta

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de una amenaza contra los españoles y las milicias asentadas ahí. En esta actividad le sirven de compañía y de fedatarios los hermanos José Ignacio y Camilo Moreno, vecinos de Colotlán. Uno de los principales declarantes fue el teniente veterano José Ribera, autoridad de las milicias en Huejuquilla, quien informó que al volver a su cuartel encontró a varios naturales en forma de tumulto y a quienes les pidió que se retiraran del lugar, cosa que no hicieron a pesar de haberlo solicitado en tres ocasiones. Añadió en su declaración que el alguacil indígena Juan Bautista le expresó que la razón de manifestarse afuera del cuartel se debía para exigir la razón del por qué estaba preso Juan de Dios Meza y expresarle su descontento contra un soldado con quien habían tenido altercados. Entre la amenaza de tumulto sobresalieron los indios Juan Dionisio y Pablo Torres, quienes fueron apresados por el motivo de alentar a sus compañeros a no diluir la manifestación hasta ver satisfecha su demanda. En este mismo tenor, el teniente solicitó al gobernador indígena de Huejuquilla que le entregara en calidad de presos varios indígenas que con anterioridad habían dado muestra de rebeldía, petición que el gobernador se negó a obedecer. Como respuesta a las exigencias de los naturales de Huejuquilla, el teniente Rivera se limitó a participarles que no tenía para ellos ninguna respuesta con respecto a la prisión de Juan de Dios Meza, sólo cumplía ordenes superiores, que en todo caso sería el mismo gobernador de Colotlán, quien en una visita que llegara a realizar en Huejuquilla, les daría las razones. Como único resultado de este encuentro fue el acrecentamiento de la molestia por parte de los indígenas hacia los milicianos presentes en su localidad. El proceso de recabar información a través de testimonios continuó con el requerimiento de otros vecinos de Huejuquilla, particularmente de soldados milicianos. Entre estos se citó y presentó declaración el cabo veterano Matías Pizarro, quien confirmó la citada amenaza de tumulto que se dio en torno al cuartel de la milicia


San Luis de Colotlán, de Pedro Antonio Trelles. (1783) Cortesía de Limonar Soto Salazar

en Huejuquilla, de igual forma ratificó que los indios Juan Dionisio y Pablo Torres eran de los principales instigadores del descontento, incluso agregó que llegó a escuchar que si no se condescendía a lo que los indígenas querían, ellos tenían arcos y flechas con que lograr su intento. Otro dato relevante que aportó fue que un indio de nombre Juan Leonardo le platicó que no estaban contentos con la repartición hecha de solares a los españoles porque esto era echarles fuera de su casa e introducir en ella gente que no necesitaban. Otro testimonio fue el del cabo Manuel Frausto quien asentó que una noche vio a seis indios a caballo y con armas dando vueltas, aunque ignoraba cuáles eran sus intenciones. Asimismo, en un arroyo cercano a Huejuquilla, el cabo vio a los indios Nicolás Abad y José Antonio haciendo flechas, a quienes una mujer les preguntó para qué las fabricaban, respondiendo estos que “son para las costillas de los soldados”, lo cual escuchó el cabo y al preguntarles él directamente le respondieron que aquellas flechas las

hacían para la caza de jabalíes en aquellos pasajes. En este tenor de la fabricación de armas, se encuentra el testimonio de un comerciante local, quien en su tienda escuchó a una mujer decir que los indios están en las barrancas fabricando cantidad de cargas de flechas y aun ensayándose para la guerra en las noches de luna. En términos generales, los testimonios aseveraban una latente rebelión indígena en Huejuquilla y sus alrededores, varias declaraciones coincidían sobre la fabricación de flechas, además de constantes situaciones ríspidas verbales entre los milicianos y los habitantes del pueblo. Sobre los cabecillas de la amenaza de rebelión, las diversas declaraciones identifican a Juan Dionisio, Bartolo Caldera, José Caldera y Juan de Dios Meza, José García y Francisco Morales, todos indígenas de Huejuquilla. Incluso aseveraban que estos líderes realizaban reuniones secretas, algunas de ellas haciéndose acompañar del gobernador de San Andrés Cohamiata. Sobre este aspecto de la anexión de pueblos al conflicto

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Soldado del regimiento de pardos. Anónimo. (Siglo XVIII)

movimiento secreto de tumulto o sublevación. Esto resulta de particular importancia dado que es un soldado el que niega la amenaza real de sublevación.

Cortesía de Limonar Soto Salazar

El informe final ante el gobernador de Colotlán

de Huejuquilla también se incluyeron, a través de otras declaraciones, a los pueblos de La Soledad y Santa Catarina. Finalmente, en esta relación de testimonios se agrega uno que no coincide con lo aportado por ningún otro. Se trata del testimonio del soldado miliciano Rafael de Acevedo, quien dijo que varios de los indios de este pueblo le han comunicado no hallarse contentos por las intenciones que tienen los españoles en posesionarse de solares en sus tierras, pero esto no se lo expresaron con palabras ofensivas, ni evidenciaron manifestarse contrarios a cualquier autoridad, pues todo su argumento se centra en que Dios los ha de amparar y que en su divina majestad tienen puesta toda su confianza. Algo relevante en esta declaración es que le da importancia al problema de la propiedad de la tierra, con respecto a rechazar los indígenas el avecindamiento de españoles y adquisición de sus tierras. Además, a pesar de la reticencia, nunca ha observado algún

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Llevadas a cabo las diligencias para conocer sobre el conflicto en Huejuquilla y teniendo en cuenta una serie de declaraciones, de las cuales la mayoría hacen patente un descontento entre los naturales del pueblo y otras poblaciones de las cercanías, el capitán Ignacio Martínez Murguía realizó una serie de acciones encaminadas a apaciguar los sobresaltados ánimos en Huejuquilla. Tales acciones las detalló en una carta hecha en Fresnillo a finales de febrero y dirigida al gobernador de Colotlán. Martínez Murguía detalla que habló de frente a los naturales de Huejuquilla, en cuyo mensaje les dijo de la obligación que todos los vasallos tienen de obedecer ciegamente las superiores ordenes que se les dirigen, dado que su finalidad es para la conservación de la paz y tranquilidad, así como el evitar todo perjuicio que pudieran sufrir los pueblos. Expuesto el mensaje, el capitán mencionó que los indígenas mostraron en su semblante, acciones y palabras una evidente obediencia. Sin embargo, esta muestra de lealtad no le dio satisfacción e incluso en la carta declaró que teme que sea falsa aquella obediencia y que llegaran a faltar a ella para rebelarse y efectuar una guerra a los soldados y vecinos españoles. Esta inquietud la fundamenta por los recelos hacia los soldados, los testimonios sobre la fabricación de flechas y los rumores sobre la realización de juntas secretas entre los indígenas. Ahora bien, se observa cómo en el informe del capitán Martínez Murguía se presenta un planteamiento ambiguo, dado que reconoce la existencia de una lealtad, pero no deja de dudar de ella. La base de su duda la establece al mencionar que los indígenas estaban mezclados


con mulatos, quienes se caracterizan según él por ser de naturaleza revoltosa. Sobre este argumento no necesariamente se debe entender en una mezcla racial, sino más bien en la interacción o amistad entre los naturales de Huejuquilla y gente mulata. Otro elemento que agregó es la afición que tienen los naturales por las bebidas embriagantes, especialmente el consumo de mezcal, lo que los hace proferir palabras y actitudes agresivas, todo esto según el capitán. En estos argumentos se identifican estigmas que aplicaban los españoles hacia grupos que tenían bajo su dominio. De tal suerte que es insistente el tema del alcohol como el origen de todos los males tanto en lo individual como en lo colectivo, concepción negativa del europeo con respecto al indígena. Sin embargo, habrá que tomar en cuenta que el uso de bebidas embriagantes solían ser parte de rituales religiosos, actos sociales, e incluso de la alimentación. Propuesta de solución El capitán Martínez de Murguía agregó en su informe varias propuestas para obtener un apaciguamiento de los ánimos en Huejuquilla. Las que enseguida se enlistan: Primero. Que el pueblo de Huejuquilla sea gobernado por un sujeto de respeto, con aptitud, desinterés y prudencia. Segundo. Un replanteamiento de los votos o evaluación del pueblo con respecto al proceder del gobernador y justiciales, enfocado a que participen sólo hombres viejos de reconocida aptitud, esto en número de 12. Evitando la costumbre de hacer participar a todo el pueblo, dado que esto promueva la divergencia de ideas y resolutivos. Tercero. La contribución alternada de un piquete de soldados milicianos por parte de la compañía de Colotlán junto con la del valle de Valparaíso, para que sirvan de guarnición en el cuartel de Huejuquilla.

Estas medidas las ve el capitán como las necesarias para un mejor gobierno del pueblo de Huejuquilla y sus habitantes, así como intimidar cualquier intento de rebeldía. De igual forma facilitaría la posesión de solares y avecindamiento de españoles al crear las condiciones de paz y obediencia de los naturales. Epílogo El caso del descontento popular acontecido en Huejuquilla también llegó hasta la misma instancia del virrey, Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, segundo conde de Revillagigedo, quien fue informado por el gobernador de Colotlán, Simón de Herrera. La autoridad máxima del virreinato tuvo conocimiento de todo el procedimiento aquí reseñado: las investigaciones realizadas por el capitán Ignacio Martínez de Murguía, el descubrimiento de varios indígenas que promovían la rebelión, así como las medidas de apaciguamiento. Para el virrey existe una grave falta de subordinación de los naturales del pueblo de Huejuquilla hacia las autoridades, pero no ve el porque temer una sublevación. En este tenor, el mismo virrey observa que las investigaciones fueron parciales dado que no incluyeron ningún testimonio indígena, sólo gente opuesta a ellos. Ahora bien, lo que más llamó la atención del virrey y sus funcionarios fue el problema suscitado por la adquisición de solares por parte de españoles, incluso en estas instancias del gobierno virreinal se recurría a la revisión de la legislación indiana con respecto a la prohibición de que vivan españoles en los pueblos de indios, para que con ello se justificara la ocupación de tierras por españoles. El debate sobre la posesión de los solares continuó en los años siguientes, así mismo no dejó de diluirse la amenaza de una rebelión, como así se dio en el año de 1800, cuando los wixarika fueron de nueva cuenta señalados como participes en la rebelión del Nayar de principios del siglo XIX.

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Bandera de la Nueva España. Cortesía de Limonar Soto Salazar

Referencias Amador, Elías. Bosquejo histórico de Zacatecas, T. 1, p. 568.

capitán de la Segunda Compañía del Cuerpo de Dragones

Aguascalientes, Talleres tipográficos Pedroza, 1943.

Provinciales de la frontera de San Luis Colotlán, comisionado para averiguar quienes son los seductores e inquietadores de

Para una información más detallada sobre el historial

la paz en el pueblo de Huejuquilla.

de conflictos e insubordinación indígena en la región de Colotlán se sugiere el libro El gobierno de frontera de San

Un solar es una medida agraria colonial y que hoy equivale

Luis de Colotlán y sus milicias en la colonia, de José Antonio

a 0.17 hectáreas. En otros términos de la época un solar

Gutiérrez, publicado en 2010 por la Universidad Autónoma

equivalía a 50 varas por 50, una vara medía 836 milímetros.

de Aguascalientes, el Municipio de Colotlán y el Centro Universitario del Norte de la Universidad de Guadalajara.

Vignaux, Hélène, “Alcoholismo entre indios y negros en el Nuevo Reino de Granada durante el periodo colonial”, pp.

Ultrera Villagrana, Paulina. “Obstinado legalismo o defensa

62 y 72. En Mezclado y sospechoso, movilidad e identidades.

indígena de la tierra: Tlalcosahua y Huejucar siglo XVIII”, p.

España y América (siglos XVI-XVIII).

86. En Andrés Fabregas Puig, Mario Alberto Nájera Espinoza y

Madrid, Casa Velázquez, 2005.

José Francisco Román (Coords.) Regiones y esencias, estudios sobre la Gran Chichimeca.

De la Recopilación de Leyes de Indias se citan específicamente

México. Seminario Permanente de Estudios de la Gran

el Título 3º, Ley 6ª , relativos a la reducción de pueblos de

Chichimeca, 2008.

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Archivo General de la Nación, Indiferente General, caja 0071, Expediente 26, Año de 1794, 37 fojas. Expediente

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sobre la información de José Ignacio Martínez de Murguía,

En Genaro García. Tumultos y rebeliones acaecidos en México. México, Secretaría de la Reforma Agraria, 1981.

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La Judea en Huejuquilla el Alto

Genaro González Escalante

H

ablar de Huejuquilla es hacer referencia al primer municipio del Estado, ya que por su situación geográfica se encuentra en la parte más al norte y sobre todo la más lejana respecto a la capital. Todo es cuestión de ver el mapa y mirar de arriba hacia abajo. Aun así, a pesar de estas enormes distancias, llevamos dentro de nuestro corazón un especial sentimiento de pertenencia, por lo que nos enorgullecemos de formar parte del hoy estado de Jalisco. Huejuquilla proviene del toponímico de origen náhuatl “huexoquillan”, cuyas raíces tienen su origen en las siguientes terminologías: huexotl (sauce), quilitl (verde) y tlan (lugar), y las cuales permiten que se interprete como “junto a la verde sauceda". Desde tiempos de la Colonia y anteriores, estas tierras estuvieron habitadas por zacatecos, huicholes y en menor medida por coras. Desafortunadamente, algunos de estos pueblos desaparecieron por alguna u otra razón, pero los huicholes y coras, aferrados a estos lares en su devenir histórico, mantuvieron su permanencia y es, gracias a ellos, a quienes debemos en gran medida lo que somos, ya que todo pueblo adquiere su propia identidad en base a la conservación y realización de sus tradiciones.

En Huejuquilla aún persisten algunas tradiciones surgidas en aquella época de la Colonia, cuyas festividades nacieron en los tiempos de la Conquista de la región, la cual no sólo se dio por la vía de las armas, sino también por la vía espiritual. Estas manifestaciones se arraigaron y se quedaron para siempre en la vida cotidiana de cada uno de los pueblos de la Sierra Madre Occidental, incluido el nuestro. Hoy día podemos dar cuenta de la fiesta de la Santa Cruz, el Paseo de la Virgen de María Auxiliadora por cada una de las rancherías del municipio y, sobre todo, de la Judea. Algunas otras como “la traída del señor de Tenzompa” han desaparecido y se han olvidado con el tiempo. La Judea era la fiesta más representativa de Huejuquilla el Alto, ya que no sólo se realizaba en la cabecera municipal, sino que se celebraba en algunas otras comunidades, como las de Tenzompa, Los Adobes, La Soledad, San Antonio de Padua, por mencionar algunas. Las anteriores celebraciones tienen la característica de que cada una de ellas se hacía de manera muy particular y contaba con rasgos propios por lo que, en este escrito, se hará referencia únicamente a la de la cabecera municipal. Esta tradición se realiza durante los días

Genaro González Maestro y Cronista de Huejuquilla el Alto

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mayores de la Semana Santa, dando comienzo el miércoles con la “calentona” y terminando el sábado por la noche con la quema de Judas. Durante cuatro días, cada uno de los personajes participantes desempeña, a su máxima expresión, el papel que les ha tocado jugar en tan emotiva celebración. El pueblo espera con ansia el sonido propio y característico del cuerno de la Judea: es la señal de que los judíos tendrán participación un año más, habrá fiesta nuevamente. Antes del amanecer se escuchará ese sonido tan pintoresco que surge en el “cerro del Barrabás”, el cual nos remite a un profundo llorido o lamento; éste se convierte en un exhorto a la población para participar en la Judea. A continuación nos adentraremos un poco más en esta festividad pagana, entendiéndose el término como aquellas manifestaciones que surgieron de manera espontánea, como consecuencia de los intercambios culturales acaecidos entre los diversos pueblos. Antecedentes de la Judea Judea es un pueblo perteneciente a la provincia de Jerusalén. Dentro de esta región del mundo se suscitó uno de los acontecimientos más importantes para la humanidad, ya que sirvió como parteaguas en la historia del mundo moderno. Uno de los personajes más reconocidos a nivel mundial, sin lugar a dudas, es Jesús de Nazaret, quien vivió y murió convencido de su forma de ser y de pensar. Desde su nacimiento y hasta su muerte fue un hombre controvertido: seguido por todo un pueblo, venerado y al mismo tiempo condenado; convencido por su carisma, considerado un líder, pero también perseguido por las autoridades civiles y militares de la época. Judea se encontraba gobernada por los romanos, bajo el mandato de Poncio Pilatos y con apenas 25 años de tener un cierto control de la zona, ya que el Imperio Romano no dominaba en su totalidad estas tierras. Caifás era el gran sacerdote y político que controlaba el templo en

donde se llevaba a cabo la recolección de los impuestos que el pueblo debía pagar. Para Jesús esta práctica era incorrecta, el templo para él era el lugar de oración, de regocijo espiritual y no un lugar de ultraje o de robo. Jesús no se quedó ahí solamente, sino que “desafió” a las autoridades al desencadenar un disturbio en el templo al diferir que este fuera un sitio de intercambio de dinero y de ladrones. Continúo un peregrinar a lo largo y ancho de Galilea y Judea donde predicó su palabra a los creyentes: acompañado por sus discípulos fue seguido por multitudes, hacedor de milagros, esperado por fervientes, tanto en sinagogas como al aire libre, lugares donde la muchedumbre se congregaba para escuchar su palabra. Jesús se reunió en el huerto donde reconoció a quien lo traicionaría por medio de un beso; Judas sería este personaje traidor quien, de alguna manera, marcó el inicio del final de la vida de Cristo. Zacarías, por su parte, predijo en su momento que algún día entraría el mesías montado en un burro, por lo que algunos historiadores creen que Jesús lo hizo intencionalmente, ingresando el Domingo de Ramos y provocando un mayor descontento de las autoridades. Estos desacuerdos de Jesús con las prácticas de Caifás trajeron como consecuencia que Cristo se convirtiera en el enemigo principal del sacerdote y político, el controlador de los impuestos. Al ver Caifás que sería difícil enfrentar a un enemigo con muchos seguidores decide juzgarlo por blasfemia, pero este juicio no solamente lo tenía que realizar él, así que decide llevarlo ante los tribunales romanos, en donde dio un giro ya que la palabra blasfemia, que era un cargo judío, no funcionaba ante los romanos, por lo que fue cambiado por sedición y traición ante Pilatos. La muchedumbre, quizá enviada por Caifás para presionar a Pilatos, pide que Jesús sea crucificado, ya que había sido encontrado inocente. Ante tanta presión del pueblo, Pilatos realiza una jugada maestra al involucrar a un prisionero encarcelado por asesinato y quien era

Máscara de Cuero de Cochino lista para usarse en La Judea de 2010. Cortesía de Genaro González Escalante

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llamado Barrabás. Aun así, la gente pide que sea sacrificado el “rey de los judíos” y soltado el ladrón. Pilatos es convenido del poder del pueblo y se lava las manos declarando a Jesús inocente, pero también lo condena a morir crucificado a petición de la muchedumbre. Tras seis horas de permanecer en la cruz fue declarado muerto. Con este hecho surgiría una de las formas de vida mas aceptadas por la humanidad. A partir de aquí se convertiría esta muerte en una religión esparcida por todo el mundo hasta el día de hoy. A nuestro país arribaría en el año de 1521 con la llegada de Hernán Cortés a las costas de la Vera Cruz. Por cierto, Pilatos fue enviado a Roma para ser enjuiciado por este hecho, pero Tiberio, quien gobernaba el Imperio, murió y por lo tanto no fue juzgado, pero se cree que se suicidó en el año 37 después de Cristo. Por su parte, Caifás se retiró a una granja a las afueras de Jerusalén donde posteriormente murió. Hechos históricos Hernán Cortes arribó el año de 1521 a las costas de la Vera Cruz. Con este hecho comienza la época de Conquista, la cual se dio en dos sentidos: en lo militar y en lo espiritual. Posteriormente a la conquista del Valle Central, vendría, tras la ambición de poder y de riqueza, la conquista de nuevos territorios, mediante lo cual se lograba tener el control de estos y el respeto de los demás conquistadores. Motivados por algunas leyendas, como “el lugar de las amazonas”, y tras la búsqueda de nuevos caminos hacia el Pánuco, fue posible que se llegara a estas tierras del Occidente de México, que a la postre llevaría el nombre de territorio de la Nueva Galicia. A la llegada a estos territorios, la fundación de pueblos y villas fue trascendental ya que permitió crear nuevos asentamientos, y sobre todo que estos servirían, a su vez, de puntos de partida hacia la conquista de otras tierras o lares. La ciudad de Compostela, en el actual estado de Nayarit, sirvió de base durante algunos

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años, y era desde donde se partía hacia puntos inexplorados, sobre todo lugares ubicados hacia el norte, la Sierra Madre Occidental y la Mesa Central. Algunas de las expediciones que se adentraron en ese tiempo por estos territorios fue la de Pedro Almides Chirinos, quien “en el año de 1531 cruzó toda la sierra pasando primero por las ruinas de La Quemada y después por Huazamota y Huaynamota para reunirse en la costa con Nuño Beltrán de Guzmán”. Después de varios años de incertidumbre respecto a su fundación y tras correr el año de 1542, por fin se funda en el Valle de Atemajac la ciudad de Guadalajara, la cual se convertiría en la base final de las expediciones y desde luego en la capital del recién creado territorio de la Nueva Galicia. En esta nueva capital estarían asentados los dos poderes: el militar y el eclesiástico, que controlarían en su totalidad estas nuevas tierras. La zona de La Sierra Madre Occidental sería un punto de interés para ambos poderes, y tras varios intentos de conquista siempre tuvieron sonados fracasos, ya que los pueblos asentados en este territorio del Gran Nayar y algunos otros aledaños, nunca permitieron estar bajo el control total de los españoles. Estos pueblos mostraron su descontento a través de varias rebeliones, en distintas épocas, desde la Guerra del Mixtón allá por los años cuarenta (1541) hasta la rebelión tepehuana en 1616, que por cierto era apoyada por el pueblo Cora, quienes finalmente caerían bajo el yugo español a través de acuerdos con el Tonatí en el año 1722. Fueron varias las incursiones de religiosos a la zona, entre otras, la de los frailes francisanos Andrés de Medina y Andrés de Ayala, quienes serían terriblemente masacrados y merendados en una de sus incursiones. Por su parte, la audiencia de Guadalajara no cesaba en su intento por controlar la zona, y tras el correr de los años 1710 y 1711 realizó el último intento franciscano de evangelización por parte del misionero Fray Antonio Margil de Jesús, quien por cierto “partió de Huejuquilla hacia la puerta del Gran Nayar”. Podríamos enumerar algunas causas,


tanto internas como externas, para que la zona cayera en manos de los españoles, entre otras: los últimos intentos de evangelización por parte de los Franciscanos. Ciertos problemas que tenía la Audiencia de Guadalajara con la orden Franciscana, al no estar de acuerdo éstos en algunos tratos dados a los indios parcialmente conquistados. La inclusión de la orden Jesuita en las labores de evangelización y de la conquista espiritual. La muerte del Tonatí o indio Nayarit en el año de 1624. Además de algunas causas externas que tuvieron que ver cómo: el interés que tenían los franceses e ingleses por el territorio de la Nueva España, lo que obligó a los españoles a ampliar su dominio político – geográfico, requiriendo

por lo tanto de presidios y defensas militares que, junto con la fundación de misiones, facilitara la última incursión española en la zona. De esta manera, las puertas estaban abiertas para toda incursión dentro de este territorio, sobre todo la del clero, ya que tendrían todas las facilidades para llevar a cabo su misión evangelizadora. La primera de las prácticas que pusieron en funcionamiento fue la de fundación de conventos. En 1649 se fundó el convento de San Diego de Alcalá, el cual contaba con hospital. Como éste, fueron varios los que se construyeron a lo largo y ancho del territorio del Gran Nayar. Otras de las estrategias que ponían en práctica era la de destruir todo aquello que no tenía nada que ver con la vida cristiana. En 1737,

Cuero de Cochino y Judíos con jarales previo a la sacada de Barrabás. Cortesía de Genaro González Escalante

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Participación de los Judíos en el Viacrucis a finales de los años setenta. Cortesía de Genaro González Escalante

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el padre José Arlegui cita un informe en donde describe la destrucción de un centro ceremonial huichol ubicado en las cercanías del pueblo de Tenzompa, por lo que se infiere que el corredor Huejuquilla – Tenzompa fue controlado y cristianizado tempranamente por los españoles. Tras el control y la cristianización de la zona, los frailes se vieron en la necesidad de echar mano de todas las “argucias” posibles para lograr que los indios de la zona aceptaran sin miramientos las nuevas formas de personas, las nuevas formas de ver la vida, las nuevas formas de idolatría. Una de las prácticas más comunes que les permitió el adoctrinamiento de los pueblos fue

sin lugar a dudas “el teatro”, con él lograron lo que jamás imaginaron: convencer a los pueblos indios del bautismo y sobre todo la conversión a una religión extraña para ellos. Aparentemente, el clero estaba convencido del sometimiento de los pueblos del Gran Nayar, pero tras una nueva religión viene una nueva interpretación, por lo que los coras y huicholes, parientes cercanos, les bastó interpretarla desde su muy particular forma de vida, consiguiendo que cada uno de estos grupos pusiera su granito de arena para vivirla e interpretarla a su muy particular idiosincrasia. El pueblo Cora quizá sea el que la interpretó un poco más apegada al cristianismo porque son más los elementos católicos que participan en sus celebraciones. Por su parte, los huicholes lo llevan más hacia el sentido de relacionar estos elementos con la vida misma, es decir, con la naturaleza. Estos dos pueblos celebran en Semana Santa “La Judea”, cada uno con su muy particular forma, aunque con algunos elementos que coinciden entres sí, como son los judíos. En Huejuquilla, que es un pueblo mestizo, como lo llaman ellos, aún se conserva esta tradición. Esta cuenta con elementos propios que surgieron a través del tiempo y que han servido para identificarla como hasta el momento la conocemos. Muchos de estos rasgos coinciden con algunos de los coras y huicholes, entre los cuales podemos mencionar a los judíos, las máscaras propias de la Semana Santa, y las pinturas que se utilizan en la celebración y que permiten el borrado de los cuerpos o de la personalidad misma. La Judea de Huejuquilla se acerca un poco más a la celebrada en Jesús María, Nayarit, ya que son más los elementos que coinciden entre ambas, por lo que trataremos de describir un poco el sentido de esta. Antes de continuar, quiero mencionar que a pesar de todos los sucesos históricos que se presentaron en la zona, para el año de 1587 ya se mostraba lo que parece ser el antecedente de la tradición de “los borrados” y desde luego que muchos años después, en 1745,


Jácome Doye, un misionero de Santa Teresa, relata que “hacía un año se celebró por primera vez la Semana Santa en ese lugar y en el mes de septiembre la fiesta de San Miguel”. Estos datos históricos solamente nos llevan a pensar lo difícil que sería afirmar una fecha exacta de inicio de La Judea en la zona, por lo que aquí nos aventuraremos a reconocer solamente que esta festividad tiene sus orígenes en la época colonial. Judíos en Huejuquilla. Personajes y materiales que se utilizan en La Judea Personajes: Judíos, Cuero de Cochino, Barrabás, Judas, Muerte, Toreador.

capitanes de los judíos desenvuelven una cadena y una mantilla de color rojo, además alguno de ellos carga una cuerda negra de crines de caballo, que al igual que el chirrión del Cuero de Cochino simboliza la gran serpiente, el espíritu del mal que devora a los hombres y que al levantarse de la tierra nace la milicia infernal, de seres humanos que se transforman en demonios. Para los judíos es indispensable borrarse o pintar su cuerpo ya que esto significa que están tratando de cambiar su apariencia humana para tomar la figura diabólica. Son los judíos ahora los dueños absolutos del pueblo, son la autoridad en el mismo, son

Sacando a Berrabás el Viernes Santo. Sangre Nueva Cortesía de Genaro González Escalante

Materiales: Pinturas de tierra, chirriones, máscaras, garrotes, pitos de carrizo, cuernos, cartoncillo, mechero, calzón blanco, camisa de color, tepe curado, huaraches, naranjas o piedras, cadena, mantilla, soga, hacha, tablillas, baraja, mano de madera y canasta. Desarrollo de La Judea: Para que esta festividad se pueda celebrar es necesaria la participación de la comunidad misma; sin ella sería imposible. La cooperación permitirá solventar los distintos gastos que se generan durante estos cuatro días y sin ella no sería posible su realización. Muy temprano suena el cuerno en el cerro del Barrabás, es la hora de sacar los arreos de donde estuvieron guardados por un año, es tiempo de vivir nuevamente la tradición. Los personajes comienzan a llegar a la plaza al escuchar el cuerno en el jardín, cada uno de ellos se enfundará en su indumentaria, la cual permitirá transformar su personalidad durante estos días. Al “borrarse” (pintarse) formarán parte del ejercito siniestro que controlará la vida del pueblo mismo. De manera ordenada, los judíos saldrán a la calle acompañados de un “cuero de cochino”, el cual tiene la encomienda de controlar al ejército y permitir un orden tras el correr por las calles. Estos buscarán que la gente no cometa desordenes en el pueblo durante estos días. Los

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quienes establecen el gobierno absoluto de La Judea. Los judíos o demonios deben llevar, hasta sus últimas consecuencias, todos los horrores prohibidos durante todo el año. De alguna manera controlan todas las actividades cotidianas que se llevan a cabo en el pueblo mismo. Es por eso que no está permitido que los novios se agarren de la mano, que las mujeres tejan, ordeñen o expurguen a sus hijos, además no se pueden bañar ni lavar en el río, hacer trabajar a las bestias o realizar cualquier trabajo por insignificante que este sea. Los judíos, como activos demonios, recorren las calles en busca de infractores, ejerciendo su dominio despótico, no dando cuartel ni pidiéndolo, celebrando el triunfo de los espíritus del mal. Tras el peregrinar de un día se llega la hora de la comida y el tiempo de descanso para aquel ejercito maligno, es la hora de ofrecerles un pequeño bocado que calme su hambre y que controle sus ansias. La tarde ha caído y se ha llegado por fin la hora de salir del pueblo, de dirigir nuestras miradas hacia las faldas del cerro del Temachaco, es tiempo de ir en busca del Cuero de Cochino, es hora de invitarlo a la fiesta, de que se una a la celebración, que traiga consigo ese chirrión que contamina a los hombres y que los convierte en seres demoniacos. La apuesta es difícil, la aceptación es prolongada, la respuesta se convierte en ira y en odio. Por fin decide participar y formar parte de la ceremonia a través de engaños, el camino está listo para recorrerlo, es tiempo de recorrer las calles del pueblo para terminar por fin en la plaza. Los toreadores, ataviados con sombrero de soyate, mezclilla y un palo, se arman de valor para enfrentar al Cuero de cochino. Un trago de “tepe” curado servirá para aminorar el dolor producido por los chirrionazos que les manda este personaje tan singular, ataviado con una máscara de cuero crudo, adornada con cuernos de venado y sentada en un sombrero. Los judíos salen al encuentro del Cuero de Cochino, este es fácilmente burlado al aceptar jugarse el chirrión con otro, las cartas están

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en la mesa, sobre la franela roja; los látigos en resguardo de los Judíos quienes lo entregarán al vencedor. La gente firmemente dirige su mirada al juego, los judíos se impacientan al desconocer quién será el ganador, el cuerno espera anunciar el momento. Por fin se ha decidido el ganador, se escucha el cuerno, las matracas suenan fuertemente en sus oídos, se encuentra aturdido, la defensa es la mejor acción, es tiempo de echar mano del chirrión y defenderse de aquellos toreadores que intentan burlarse de él. El recorrido comienza, la gente acompaña a los Cueros de Cochino y a los Toreadores, cada uno de ellos echados a su suerte: mientras que uno se defiende, el otro trata de esquivar los golpes, los cuales, con simplemente tocar el cuerpo del toreador producirán en él serias laceraciones. La plaza se encuentra llena de gente a la espera de que llegue el contingente venido del cerro. La tarde servirá de escenario a esta celebración… El jueves termina. Es la hora de recoger las máscaras y todos los arreos que se han utilizado en La Judea, es tiempo de guardarlos y dejarlos listos para el día siguiente. Otro día comienza. Son las siete de la mañana, el cuerno se escucha en el jardín y nuevamente se reúnen los Judíos del día anterior, es tiempo de pintarlos, de borrar su personalidad; es la hora de participar de forma anónima. Este día, Viernes Santo, tiene la particularidad de que surge un nuevo personaje, el Barrabás. Durante toda la mañana, mientras los Judíos corren por la calle, este nuevo ser se borra todo su cuerpo con pinturas de tierra y con la característica especial de sus diseños. Antiguamente prevalecían los círculos en el cuerpo del Barrabás, los cuales significaban el renacer de la vida misma. En la actualidad se tiene mayor libertad en cuanto esto, aunque se insiste en hacer las cosas lo más tradicional posible. Se escucha el cuerno que entra al jardín de la plaza por una de las esquinas que llevan al río, es la hora de sacar a Barrabás; los Judíos regresan cargados de jarales, los cuales servirán para esconder las piedras que tomarán los


Barrabás y Muerte. Personajes típicos del Viernes Santo. (En recuerdo de Toño "la Zorra") Barrabás huye de los Judíos y se refugia en el cerro. Cortesía de Genaro González Escalante

Barrabás para defenderse de los Judíos. Uno a uno, borrado y con su mechero de colores puesto en la cabeza, cubierto con una cobija y acompañado de los pintores, saldrá a la plaza, por fin tendrá la libertad que tanto esperó y que le ha ofrecido el pueblo judío. Al llegar a la plaza sentirá esa libertad, renacerá en este mundo para tener una vida propia. Es tiempo de revolcarse en los jarales a manera de parto, es la hora de defenderse de sus agresores, es tiempo de salir de ahí y de partir hacia las afueras del pueblo, es tiempo de remontarse al cerro del Barrabás, lejos de la gente. El pueblo no se ha quedado ahí con las manos cruzadas, decide ir por él, a como dé lugar los Judíos lo bajarán del cerro para que participe en la celebración de Semana Santa. Defendiéndose con piedras y con lo que tiene a la mano agrede a los Judíos que acuden al lugar donde él se encuentra. Por fin y después de un rato es engañado y llevado a donde el pueblo lo espera con ansia para que, en forma de burla, torearlo y jugar con él durante un rato. El tiempo ha transcurrido y es el momento de dirigir los pasos hacia la plaza, es la hora de disfrutar de los platillos típicos de Semana Santa.

Por la tarde, como todos los años, los Barrabás se han toreado en torno a la plaza principal; el día está por concluir y desde luego las actividades de la Judea correspondientes al Viernes Santo. El día sábado transcurre en santa calma ya que las actividades de Semana Santa dan inicio a partir de las seis de la tarde, éstas giran en torno a la “quema de Judas”, el cual caracteriza a un personaje del pueblo. El Judas es un mono de papel con incrustaciones de pólvora a manera de juegos pirotécnicos, al cual se le prende fuego en la plaza después de haberlo paseado por las calles del pueblo con acompañamiento de música de viento. En este recorrido se da a conocer a la población al traidor, a aquel que de alguna manera, durante todo un año, realizó actos bochornosos para la vida civil de la comunidad y que en estos momentos de celebración tiene que pagar sus faltas cometidas. El testamento será el único documento que permitirá conocer los deseos del Judas, los cuales estarán dirigidos a la población en sí. “El reino de lo sagrado ha concluido. Las legiones infernales se desvanecen. La Judea llega a su culminación y, por lo tanto, en ese sentido los símbolos creados por un pueblo”.

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El Viernes Santo aparece un nuevo personaje en la Judea: Barrabás. Por la mañana, los Judíos regresan cargados de jarales, los cuales servirán para esconder las piedras que tomarán los Barrabás. Uno a uno, borrado y con su mechero de colores sobre su cabeza saldrá a la plaza, por fin tendrá la libertad que tanto esperó y que le ha ofrecido el pueblo judío. Las fotos de la página anterior y de esta corresponden a esos momentos de la Judea celebrada en el 2010 y una imagen (abajo) es de finales de los setenta. Cortesía de Genaro González Escalante

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El fruto de sus fieles: dos iglesias de Huejuquilla y un inventario de 1790 Juan Arturo Camacho Becerra

L

as ciudades y los pueblos que actualmente conforman la región norte de Jalisco comparten una historia fundacional: la bonanza del Real de Bolaños durante la segunda mitad del siglo XVIII; el acoso del bandolerismo después de la Independencia; el florecimiento agrícola de Santa María de los Ángeles en el mediodía del porfiriato, y el abandono paulatino de su población en la segunda mitad del siglo XX. La conquista espiritual en los llanos y valles del actual Jalisco se originó con la llegada de los franciscanos en la década de 1530. Antonio Tello señala que fueron los frailes Andrés de Córdoba, Juan de Padilla y Antonio de Segovia los fundadores del convento de la Asunción de la Virgen el año de 1531, en el pueblo de Tetlán. Su incursión alcanzó la región Cazcana hasta el Teúl y Tlaltenango. La llegada de los religiosos a los actuales diez municipios del norte jalisciense se produjo después de la guerra del Mixtón; según el fraile Tello, fue Antonio de Segovia quien solicitó a fray Miguel de Bolonia que visitara los pueblos afligidos por el conflicto: “Desde este pueblo de Juchipila administraba más de cincuenta leguas de largo y cuarenta de ancho, a todos los indios que en ella se contenían… porque de allí iba a Nochistlán,

Xalostotitlán, Theocaltich, y todas aquellas provincias y volvía por Xalpa, el Teúl, Tlaltenango, Sierra de Tepec hasta llegar a Zacatecas”. El mismo cronista nos ilustra al aclararnos que todo aquello, para el tiempo en el que escribió, ya estaba convertido en tres guardianías: “Xuchipila, El Teúl y Chimaltitán, esta en la sierra de Tepec, y hoy es administrado por los religiosos de la provincia de Zacatecas”. La conquista avanzó y se consolidó por esta región de Jalisco hacia finales del siglo XVI, principalmente por la acción de los franciscanos, que para el mes de septiembre de 1580 ya habían bautizado y establecido doctrina en Chimaltitán, y por el apoyo del virreinato a la marcha civilizadora conocida como Diáspora Tlaxcalteca. Un cronista anterior a Tello, Alonso de la Mota Escobar, nos habla de las intenciones de la empresa fundacional: “Se pobló este pueblo de Colotlán el año de ochenta y nueve, a fin de que los indios chichimecos idólatras, tan agrestes en su trato, tuvieren vecindad con gente política y de buen ejemplo… que de esta suerte se iría industriando gente tan inculta y que tanto carece de cualquiera industria humana, como es la de estos chichimecos, porque con la ropa que nacen, con esa se abrigan todo el discurso de su

Juan Arturo Camacho Doctor en Historia del Arte. Académico del Colegio de Jalisco. Presidente del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (CECA)

Campanario de la iglesia de San Diego de Alcalá. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

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vida, y ninguna cosa alcanzan para comer que no sea todo por punta de arco y flecha”. A partir de entonces Colotlán y Chimaltitán se convertirán en los centros religiosos de la región, el primero apoyará la catequización en Santa María de los Ángeles, Santiago Tlaltelolco, Huejucar y Mezquitic, entre otras poblaciones y la parroquia de Chimaltitán. Por lo que respecta a Huejuquilla, los franciscanos establecieron el convento de la Purificación hacia el año de 1649; fray Juan de Ramos construyó la primera capilla dedicada a San Diego. No tenemos una fecha exacta del inicio de la construcción del templo parroquial, por lo que suponemos que ocurrió en la primera mitad del siglo XVIII. En 1820, tanto la iglesia parroquial como la sacristía y la casa cural estaban arruinados, sin ninguna esperanza de reparación, según lo creía el cura Luis Mena, debido sobre todo al desinterés que mostraban los pobladores en la reparación del edificio. Por lo que solicitó al obispo permiso para vender bienes pertenecientes a las cofradías y el dinero emplearlo en la reconstrucción de la iglesia parroquial. La obra iniciada por el padre Mena habría de durar por el resto del siglo. A finales del siglo XIX se construyeron la cúpula, la torre y la portada de estilo ecléctico; en la portada se combinan elementos renacentistas como son los almohadillones y la balaustrada que separa la puerta de la ventana del coro; al orden clásico pertenecen las pilastras rematadas con capiteles jónicos y al neogótico las ventanas simuladas y la ventana del coro que encontramos en el segundo cuerpo. Su interior conservó la original planta de cruz latina. Santuario del Divino Preso Una devoción común en el norte de Jalisco es la que se profesa a Jesucristo en los sufrimientos previos a su muerte; la imagen de Jesús Nazareno, llamada de nuestro padre Jesús o del Divino Preso, son las advocaciones principales. En Huejuquilla, originalmente la imagen

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del nazareno estuvo en la iglesia principal y se veneraba con el nombre del Divino Preso. La capilla se comenzó a construir en abril de 1832, bajo los auspicios del “muy esforzado” párroco Encarnación Arellano, quien había logrado poner “en movimiento la obra tan deseada y tan allegada a los ojos de Dios como es la capilla del Santo Divino Preso que nunca se había podido conseguir”. En 1833, varios vecinos de Huejuquilla dieron una cabeza de ganado mayor, así como cincuenta y cuatro cabras, a Encarnación Arellano, para que los administrara como mayordomo, cuidando además del dinero del gobierno. El fin de tal donación era lograr la ornamentación de la iglesia del Divino Preso. A pesar de estas eventuales cooperaciones por parte del pueblo, la riqueza no era precisamente lo más abundante entre los habitantes de Huejuquilla, por lo tanto en 1834, el cura Arellano pidió licencia al obispo para que los curas de las poblaciones más cercanas recogieran limosna para la prosecución de la obra, por lo que al año siguiente esta pudo ser consagrada. La portada es de estilo neoclásico, enmarcada con pilastras dóricas y columnas rematadas con capiteles jónicos, el arco de la puerta principal es muy similar al de la iglesia de Guadalupe en Bolaños, formado por el encuentro de líneas curvas y rectas. El altar principal es de cantera labrada en estilo neogótico. En los muros se encuentran pintadas escenas de la pasión de Cristo, desde su bautizo en el río Jordán hasta su muerte y resurrección; son de estilo popular, de brillante colorido y emotiva expresión. Parte de la historia de esos periodos se narra en los inventarios y reportes de visitas realizados a lo largo del siglo de las luchas, en esta apartada región del arzobispado de Guadalajara, más cercana a Zacatecas que a la sede catedralicia, en la antigua gobernación de San Luis de Colotlán, tierra habitada por indios flecheros y nómadas. El inventario de Huejuquilla debió haber sido redactado entre 1790 y 1800, así lo sugiere el uso de expresiones como la siguiente: “Un


Imagen del Cristo del Divino Preso, obra escultórica de Jesús Castillo. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

ornamento aforrado en capichola de color de rosaseca”; o la clasificación de castas presente en la siguiente disposición: “Si en un bautismo de indio, es padrino uno de razón, paga según arancel”. Otra prueba de haber sido escrito por las fechas señaladas, además de la caligrafía, es el relato que aparece con el título de Arancel en servicio de este convento, en el que se da cuenta de las relaciones económicas entre la iglesia y los grupos sociales de la población: “Cada familia, así de indios como de vecinos, tienen obligación de dar una saca, o media anega de maíz... Cada tenanche, y oficial una gallina. Cada pueblo siembra al convento media anega de maíz, se les da la semilla, y otra media para que coman...y lo que ordinariamente traen es pollos, huevos, maíz, y algunos reales”.

Inventario de los ornamentos y vasos sagrados, y demás bienes de la iglesia del pueblo de Huejuquilla Plata labrada. Primeramente un copón con su tapa y cruz. Más dos cálices con sus patenas, y dos cucharitas. Más unas vinajeras con su plato. Más una concha para bautizar. Más unas crismeras, con sus ampolletas, y su tapa. Más una lámpara con vaso de vidrio. Más un incensario con su naveta, y cuchara. Más un adural (sic) con su cruz en bolsa de tela verde y terciopelo. Más un vaso de óleos de enfermos, con su tapa y cruz. Más unos rayos de una imagen pequeña de la Soledad. Más una espada de Dolores. Más una custodia con sus vidrieras, y una perilla aparte con cuatro sirenas. Más dos candeleros que pesan cinco marcos, y tienen el escudo de las Llagas. Más una diadema de San Diego. Mas unos rayos grandes de Nuestra Señora de la Soledad.

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Detalle del altar del Santuario del Divino Preso. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

Iglesia. Primeramente un tabernáculo dorado con su lienzo de la Purificación y su sagrario. Más dos imágenes pequeñas de talla, una de Nuestra Señora de la Soledad, y otra de Nuestro Padre San Francisco. Más una imagen de talla de un crucifijo. Mas otra de otro crucifijo pequeño. Más un lienzo de Jesús Nazareno. Más un lienzo grande de San Diego. Más otro lienzo de Nuestro Padre San Francisco, con el ángel de la Redoma. Más un cuadro de Ánimas en su altar. Más una imagen grande de talla de San Diego. Más una imagen grande de la Soledad con diadema, o rayos de plata. Más una imagen grande de talla de Jesús Nazareno. Más otra de San Juan Evangelista. Más otra pequeña de Santa Rosalía. Más otra con su corona de plata de la Purísima Concepción, en su altar. Más otra de lo mismo

de la Resurrección. Más otra de lo mismo, en sus andas, de San Diego. Más otra de lo mismo, pequeña de San Antonio en su altar. Más dos aras. Más dos campanas, y un esquilonsillo. Más una cruz alta de madera, y dos ciriales. Más dos campanillas de altar. Más dos candeleros de estaño. Más cuatro óleos de azófar. Más doce blandones de madera dorados. Más un lienzo de tres cuartas de Nuestra Señora de la Soledad. Más un lienzo pequeño de Nuestra Señora dando el pecho al Niño Jesús. Más un lienzo de San Antonio, grande. Más una alfombra de doce varas de jerga. Más se puso una mesa de tres varas y tercio de largo, una vara de ancho, una vara y cuarta de alto, en el altar mayor. Más una tarima de cuatro varas de largo, y vara y media de ancho. Más dos vasos de vidrio, para la lámpara.


Más una linterna grande de hoja de lata para cuando sale el Santísimo o el Santo Óleo. Ornamentos blancos. Primeramente una casulla de paño de Segovia, con estola y manípulo de los Padres Conquistadores, orleada la casulla con todo el Ave María de letras coloradas, y se guarda para veneración. Más un ornamento de primavera, que consta de casulla con su estola y manípulo, frontal, paño de cáliz, bolsa de corporales, todo guarnecido con galón de oro falso. Mas un ornamento de damasco amarillo que consta de casulla, estola, manípulo, bolsa de corporales, paño de cáliz, aforrado en capichola de color de rosaseca, guarnecido con sevillaneta de oro falso. Más un ornamento de raso, o dos ases, blanco y encarnado ya viejo con sevillaneta de oro y plata falso, que consta de casulla de damasco amarillo, con estola, manípulo, bolsa y paño de cáliz. Más una casulla de damasco amarillo aforrada en piquín azul, guarnecida con galón fino de oro, en la estola, y manípulo, fleco de oro, consta de paño de cáliz y bolsa de corporales. Más una capa de damasco amarillo aforrada en piquín azul, guarnecida con galón fino de oro, y el copillo con fleco de oro. Mas un almaizal de damasco aforrado en piquín azul, con galón de oro. Más una cruz manga de damasco, guarnecida con galón y fleco de oro, con cuatro borlas. Más un frontal de damasco con galón y fleco de oro fino. Más un palio de damasco aforrado en mitán anteado, guarnecido de galón de oro con fleco de seda en las caídas. Más un guión de damasco con su hierro en que está armado. Más una muceta de damasco aforrada en piquín azul, guarnecida con galón fino de oro; la dicha muceta tiene estola con fleco de oro. Más en el sagrario hay pabellón, y cortina de damasco con galón, y fleco fino de oro con sus cordones, y borlitas de oro la dicha cortina.

estola, manípulo y cenefa de brocatel la casulla. Más una casulla, estola, manípulo, paño de cáliz, y bolsa de corporales, de damasco mandarín. Más tres hopas encarnadas para los acólitos. Más una cortina de teletón, que está en el sagrario. Más una capa vieja. Ornamentos morados. Primeramente una casulla de raso de China con estola, manípulo, paño de cáliz, y bolsa de corporales de abufa (sic). Más un frontal de raso de China con frontalera, y caída de raso verde guarnecido. Más una cruz manga de lo mismo con guarnición de plata. Más una capa de raso de China. Más un viso azul de lampazo con su cruz de listón de tela claveteada con tachuelas doradas, y guarnecida con listón encarnado.

Virgen de los Dolores. Cortesía de Ernesto Lamas Mascorro

Ornamentos encarnados. Primeramente un ornamento de damasquillo de China, que consta de casulla, estola, manípulo, capa, y bolsa de corporales. Más una casulla de damasco con

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Ornamentos verdes. Primeramente casulla con su estola, manípulo, paño de cáliz, y bolsa de corporales. Ornamentos negros. Primeramente un paño de tumba de saya viejo. Más otro de cuatro varas nuevo. Más una casulla de raso liso, con estola, manípulo, paño de cáliz, bolsa de corporales, forro de tafetán de Bengala, y guarnición de oro falso. Más un frontal de capichola nuevo de las Ánimas. Más una casulla de damasco, guarnecida con galón de plata fino, y en la estola, y manípulo fleco de plata: tiene también la dicha casulla, paño de cáliz, y bolsa de corporales. Más un frontal de damasco, guarnecido con galón fino de plata, y fleco de plata, con cuatro borlas grandes. Más una capa de raso liso son su estola, guarnecida de galón de oro, y el capillo con fleco y su borla. Ropa blanca. Primeramente una palia vieja labrada de amarillo y verde con sus puntas. Más cuatro purificadores. Más otras tantas hijuelas. Más cuatro cíngulos. Más siete corporales. Más dos amitos. Más una alba de pita. Más tres de ruán razonables. Más dos cornualtares. Más tres palias. Más unos manteles de ruán con encaje angosto. Mas otros manteles de las Ánimas. Más seis varas de cotense. Alhajas diferentes de la iglesia. Primeramente un velo de depósito, de felpa encarnada. Más un hierro de hacer hostias. Más dos misales. Más un manual de Betancour. Más un par de vinajeras de vidrio con su plato. Más un canon con cinco divisiones con su llave. Más un palio de raso de China con sus varas de madera. Más una capa que tiene San Diego puesta en su derenario (sic). Más una soga de Jesús Nazareno de seda. Más un frontal de guadamenil (sic) encarnado con su bastidor. Más un frontal de lienzo plateado de Ánimas. Más un órgano. Arancel en servicio de este convento. Primeramente la cofradía del Santo Cristo de

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Dolores paga la fiesta misa y sermón, once pesos. Trae la cera, y se la vuelven. Item. El día de Santa Ana pagan las indias la fiesta con misa y sermón, once pesos. Item. Todos los casados por las dos funciones de Nuestra Señora de Guadalupe, y Santa Bárbara, deben de dar a doce por tenerlo así jurado. Item. La Semana Santa la cofradía de el Santo Cristo paga el sermón del Descendimiento, seis pesos. Item. El del Mandato pagan entre todos los pueblos seis pesos. Item. El de la Pasión, la dicha cofradía de el Santo Cristo, seis pesos. Item. El sermón de la Soledad la madre mayor, y las demás madres, seis pesos. Item. Cada familia así de indios como de vecinos tienen obligación de dar una saca, o media anega de maíz. Item. Todos los viernes pide el fiscal limosna para el convento. Item. Todos los pueblos en sus funciones ajustan cuentas de las hermandades, y una vaca dan por el trabajo, y a las vísperas tapalolisti, y cada tenanche, y oficial una gallina. Cada pueblo siembra al convento media anega de maíz, se les da la semilla, y otra media para que coman. Item. Las otras votivas, a cuatro y a tres pesos, y lo que ordinariamente traen es, pollos, huevos, maíz, y algunos reales. Item. Por un bautismo cuatro reales. Item. Por un casamiento con información, presentación, arras, cera, y misa de velación, cuatro pesos, y los de la cabecera dos gallinas de presentación. Item. Todos los entierros son altos, con cruz alta, ciriales, incensario, capa, doblés, o repiques y tienen obligación de dar una candela de a dos reales, solamente. La Semana Santa, y en tiempo de fiestas suelen traer pescado. En tiempo que dura la ordeña, que es desde agosto, hasta noviembre, es costumbre que cada cofradía, y hermandad, cedan al convento dos vacas paridas que están ordeñando todo el dicho tiempo. Item. Dan correos cuando se ofrece, y una o dos mulas, para Zacatecas, San Luis, o Sombrerete. Item. Cuando el padre se va le dan todo avío de bestias, y mozos. Item. Si en un bautismo de indio es padrino uno de razón paga según arancel. Lo mismo si el indio de servicio es padrino de uno de razón.


Mi padre Aurelio Acevedo Robles

Cristóbal Acevedo Martínez Aurelio Acevedo fue un importante e interesante líder cristero en la zona de Huejuquilla y Valparaíso. Él hizo la revista David de 1936 a 1939 y en una segunda etapa de 1952 a 1968. Jean Meyer le dedicó su libro, La Cristiada, debido a los contactos y la gran cantidad de información que puso en sus manos. En el 2004 su hijo Cristóbal escribió la Autobiografía de Aurelio Acevedo; gracias a la generosidad del autor les presentamos la introducción de este libro aún sin publicar.

C

omo hijo de Aurelio tenía yo muchas preguntas (que crecían con el tiempo) sobre el proceso de la vida social de él y de la familia. Sabía cosas, pero no las entendía o no estaban en el corazón. Para superar esta situación (y para comprender otras muchas dimensiones de mi vida) necesitaba analizar la trayectoria de ARA, descubrir su proceso, su despliegue, sus etapas. No se trataba sólo de datos, no se trataba de fechas, no se trataba de información, sino de procesos que se digieren, procesos que amorosamente, morosamente, uno simplemente los trae a la vida. Creo que se trata de rumiar una vida. Eso es lo que he tratado de hacer con este trabajo sobre los escritos autobiográficos de Aurelio Acevedo Robles. Desde niño sabía que lo de la Guerra Cristera era un secreto… y era secreto lo de las

armas (una ametralladora y una pistola 45 que había en casa), y, sobre todo, lo de las balas, de rifle y de pistola 45, en muchas cajas. Era secreto que mi padre había sido general, ¡pero manifiestamente odiaba a los militares! Yo no entendía el secreto de por qué había en casa muchas fotos de cristeros vivos, muertos y decapitados, con las que nos espantábamos de chiquillos. No entendía, ni a mis 13 años, por qué yo me llamaba Cristóbal Acevedo, pero era hijo del señor Aurelio Robles. Que mi papá (señor Robles y también señor Acevedo) fuera perseguido por el "gobierno" creaba un ambiente de clandestinidad que debió ser muy natural y hasta emocionante para el escuincle. Yo me pregunto por qué mi padre se tenía que esconder para trabajar, y escondía lo que trabajaba. En tiempos de la Segunda Guerra

Cristóbal Acevedo Doctor en Filosofía

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"Estoy con el apuro de escribir la historia de la cristiada, que nos falta muchísimo; y de no hacerlo yo se queda en el tintero". (Carta de ARA a su hijo Cristóbal, del 16 de mayo de 1955). "¿Qué le parece la idea de que yo escriba un libro? Es idea del padre Nicolás Valdés, mi secretario. Dice que está demostrado que la Zona de Quintanar fue algo así como la muestra de lo que debió ser todo el país". (Carta de ARA a José Heraclio García Landa, del 13 de mayo de 1969)

Mundial había que apagar las luces de la casa, en los simulacros de bombardeo, y él pegaba cartoncillo en las puertas para que no se viera que usaba la luz. ¿Los simulacros no funcionaban con él que había vivido la guerra en las trincheras? ¿La angustia del alimento para la numerosa familia no le daba respiro? A mi se me enredaban, en aquellos tiempos, los cristeros con la guerra mundial. En el mundo, lo natural es que hubiera guerra. Después a mi padre le fascinaban las aventuras en monitos de la guerra y posteriormente los episodios televisivos de los comandos gringos en la Segunda Guerra Mundial. Su pasión era, por tanto, la guerra de guerrillas. También le fascinaban, para nuestro total gozo, las aventuras de Tarzán. ¿Por qué? Estos hechos, estas preguntas, estos estigmas, estas inquietudes creaban, con el tiempo, unos imposibles. Imposible juntar un dato con otro, un dato con un recuerdo, etcétera. Y tiene uno que vivir de imposibles… El señor Robles es un imposible; porque no era tal, sino Acevedo; pero el Acevedo era imposible que existiera o subsistiera en la vida diaria. El fantasma de un Estado militar perseguidor, o su contraparte, una vida atenazada por posibles fuerzas que se desencadenarían y…, estaba a la base de mis vivencias y sobre todo de mis preguntas. El que no acepte los imposibles no va a ser nadie, ni a saber nada de la vida… ¡Qué duro es aprender esto! Como hijo de Aurelio tenía muchas preguntas que hacer sobre la vida del pasado,

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y no sabía formular ninguna. Esto parece otro imposible. Mi padre hablaba en murmullos, que no debíamos oír, por días enteros, con amigos desconocidos. Muchas sombras murmurantes tengo en mi recuerdo. Charlaban hasta tres días seguidos, sin dormir. El dialogar de las sombras. La vida es un secreto, como el pasado y la historia, que se rumora (Juan Rulfo, o Comala son vecinos de ARA en la región jalisciense, pero del mismo ambiente rural). El conflicto entre lo citadino y lo rural (como lo nacional y lo lugareño) subyace a la vida de ARA y a la vida toda de la familia. Es un verdadero trauma para la vida de todas las generaciones: todas y en todas partes. Este conflicto, sin embargo, es imposible evitarlo. Aunque uno nazca en la ciudad siempre habrá campos y de él viviremos. Somos de una nación pero pertenecemos a un terruño. Porque todos estamos hechos de campo y monte, con ciudad y calles, de naturaleza y orden, de tierra y mezcla. Este conflicto no se resuelve decidiéndose y creyéndose citadino, y no campesino. Uno está hechos de los dos, siempre. Es imposible, pues, creerse de un solo lado. Como hijo de Aurelio tenía muchas preguntas que hacer sobre el mismo Aurelio. ¿Y cómo hacer las preguntas si la vida es pregunta? Se cuenta que cuando habían nacido los tres primeros hijos, un hermano de mi padre, José Antonio (él mismo nos lo contó) los llevaba al parque España (de la ciudad de México) donde se sentaba en una banca mientras los críos jugaban. ARA llegaba y los veía desde el otro lado del


"Yo entonces nombré Episodios a cada asunto que escribí. Luego, pensé que yo podría seguir escribiendo mi libro de historia Cristera, así, en forma de Episodios, aunque después le diera forma a todos para hacer un todo solo y escogiendo el mejor orden o momento para cada cosa; de esto tengo ya decenas". (Carta de ARA a José Heraclio García Landa, del 29 de octubre de 1967)

jardín; después de un largo tiempo de observación se atrevía a pasar junto y frente a ellos. Y al tercer pase les dirigía la palabra. Lo que sucedía a ARA en su psicología nadie lo sabe, pero es obligación de hijos adivinar los vericuetos y los laberintos de su verdad, aunque parezca imposible. Se cuenta que un pariente nuestro, ¿o el mismo Aurelio?, habló con un militar y que éste platicaba que no podían dar con un tal Cristóbal por el que ofrecían 5 mil pesos y cuyos rasgos coincidían con los de mi padre. Los folletos que publicaba mi padre no podían enseñarse a la gente en general… en estas experiencias se aprende el peso de la palabra, el dolor de la palabra, el secreto de toda vida y de toda historia. Pero siempre había un resabio de cosas no terminadas, no entendidas, no asimiladas. En algún momento, quizá, se metía, sin quererlo, un sentimiento vergonzante. Los demás no tenían estas complicaciones. En la cabeza también se atragantan las ideas. Siempre en la vida hay un algo imposible. Como hijo de Aurelio tenía muchas preguntas que hacer sobre Aurelio, el cristiano. Él era un cristiano atormentado por el uso de las armas. Un cristiano que tuvo que hacer la guerra y en ella tenía que matar. Amar al prójimo y matar, eso, señores lectores, es imposible. –¿Matar en nombre de la religión?, ¿como cristiano?, ¿por cristiano? –Matar, ¿en nombre de Dios o de Cristo?, ¿en nombre de la iglesia cristiana?, ¿en nombre de la iglesia católica? –Matar, ¿en nombre de los curas, pero no de la iglesia?, ¿en nombre de la jerarquía, pero no de la iglesia?, ¿en nombre de los curas rebeldes, pero no de los "normales"? –¿La guerra era la sombra maligna de una iglesia estatal o de un estado eclesial? ¿La Liga era un remedo imposible de Estado?, ¿quería la Liga ser Estado? ARA sería

Aurelio Acevedo. Cortesía: Archivo Manuel Caldera

el primero en reírse de la posibilidad. –¿Se puede ser fiel a la vida desde la guerra? –¿Se puede ser fiel a una iglesia sin los curas? –¿No es vocación satánica el amor a la guerra en las religiones? La respuesta es imposible y hay mil respuestas, y ninguna deja quieto el corazón. Y la teoría que explique la Cristiada es "mucho más imposible". Adivino que la experiencia que ARA tuvo de la Liga no fue lo central en su vida. "A Aurelio Acevedo y a los compañeros de la imposible fidelidad". No… ¡pues sí! Cuando la fidelidad es imposible, ¿es posible ser alguien? ¡Para ser alguien hay que seguir lo

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Cortesía: Archivo Manuel Caldera

imposible! Así sucede a veces en la historia. Estoy seguro, (Jean) Meyer, que no le hubiera gustado a ARA esa dedicatoria. Seguro. O, quizá, con su hermosa sonrisa de "yo no fui", se hubiera retirado a rumiar en silencio el "torito". Si ganabas la guerra eras enemigo de la patria, si perdías la guerra no eras un buen cristiano. El problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado es tan escandaloso como ese misterio de Cristo: "Dios, hecho carne". O se es Dios o se es carne; toda carne es "humana, demasiado humana". Si eras fiel a tus guerrilleros, no eras fiel a la Liga; y si al revés, pues menos. Eso constituía, en ARA, su permanente gesto atormentado que sólo aparentaba preocupación. Sus silencios que se le pegaban como lapas en la ropa y cuerpo. Su complicadísima vida de amistades: obispos, curas, religiosos, dirigentes de esferas burguesas, rancheros, multitud interminable de parientes, y cristeros por arriba, por

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abajo y por en medio. ¡A todos había que ayudar! ¿O nos ayudaban? Cuando todo es imposible, en ese preciso instante se abre un nuevo mundo que no había existido jamás. Y por siempre ya estará ahí. Jamás hablé con mi padre de su vida. Y creo que ninguno de mis hermanos. Lo imposible se junta con el jamás. O, ¡bueno..!, con el nunca..; que no sé por qué, pero como que suena más suavecito que ese jamás, tan cortante y tajante. Aunque quisiéramos no se puede, no se podía… Si no has estado en medio de esas imposibilidades que sucedieron en la Cristiada, ¿de qué hablas?, ¿para qué hablas? El único acompañante de un buen cristero es otro cristero o el silencio. Aunque no se crea: hay silencios y silencios. Otra vez Juan Rulfo. ¡Qué bien manejaba el silencio esa gente para estar hablando siempre! Todo cristero muere mascullando silencios.


Es imposible existir sin silencios. Los silencios carcomen el alma, y los mismos resuenan en horizontes de larga vida. Sin mascullar silencios no se entiende nada de de los cristeros. Cada vez que hablo de mi padre en público o entre amistades se produce un silencio… muy silencioso; y muy decidir y muy doloroso. Las complicidades se siguen por herencia. Yo ya descubrí que el silencio de mi padre es un alarido en sus escritos. Y son para mí. Me los escribió, todos, a mí. Sin el silencio para con nosotros no hubiera escrito como escribió. Todo esto era el secreto, punzante, que acicateó la mente para escribir la vida entera de ARA. Nada más para… saber poner el tiempo con el hecho, con la anécdota, con el recuerdo; emparejaditos, para que sea sabrosa la historia que vivimos. Se trata de poner sólo un poco de sal a esa historia que está ahí, pero que se atraganta y… pues no sabe… Yo me enamoré del tiempo y de la historia y desde entonces me llevo la vida bien cargada de humanidad; la de cualquiera, la de cualquier tiempo, la de los simples; y pues, la de los complicados. ¡Cuidado que son complicados los testigos de la imposible fidelidad! Y es que ante lo imposible sólo queda ser testigos, como quien dice, espectadores, pero no desde fuera, sino agarrados, bien agarrados por la historia. Lo imposible, pues, sólo se mira, pero con ese mirar que deja la vida al mirar. Sólo así se es testigo de la imposible fidelidad. Léase esta historia con ese mirar. Tuve el privilegio de recibir cartas de mi padre desde los 15 años. Mi percepción de él pasó, del padre que cargaba la conciencia para el deber, al padre que participaba ideales y preocupaciones, y muy al final participaba sus sueños y aspiraciones, sus proyectos que lo sujetaban a este mundo con pasión y entusiasmo. Muchas cartas y muchas de sus narraciones nos hablan de su trayecto psicológico, pero los hechos, los hechos del pasado, los hechos de la cristiada eran el paraíso perdido y constantemente, frenéticamente recuperado. ¿Se debe ser fiel a los hechos por encima de la vida? ¿Al revés? ¡Imposible

aquello, y esto! Nadie podía acompañar a ARA en su memoria. Estábamos condenados ambos a la soledad. Cada hijo lo puede decir, incluso cada cristero de alguna manera lo vivió. El diálogo de silencios no es la tumba. El diálogo de silencios es la vida inconmensurable. Sólo eso. Pero reconocía esa vida… el trauma cristero no debería haber existido jamás (ni en los cruzados). Y ya no existirá más. Esa fue su necesidad. Porque detrás de todo lo imposible hay una necesidad. ¿Verdad, Jean Meyer? La densidad de los años 1926 – 1929 tiene el peso de la vida eterna. Algo así como el Edén o el Paraíso Perdido: siempre poseído, nunca agotado; siempre buscado y anhelado. ¿Puede haber algo más imposible que el Paraíso Perdido o el Edén? Mira que llevamos siglos queriendo atraparlos y… nada. Jamás, Imposible, Nunca y ahora Nada Van con mayúsculas para que suenen a gente. Ya suena mucho lo imposible. Pero, no crean, se llaman las "arras", "la probadita del cielo": eso fue la Cristiada. Mi padre diría "una chulada". Lo que en todo cristiano es la vida eterna, lo que hay de Dios aquí en este mundo, es para ARA la Cristiada. La realización del Reino de Dios sucedió en ese tiempo: 1926 – 1929. Lo imposible no es hacerlo, sino que dure. Y es que el mundo volvió a comenzar. Lo que sea la vida cristiana, lo que deba ser la vida cristiana, lo que siempre será la vida de un cristiano será como lo fue la Cristiada… Así pensó ARA. Pero, ¿el ideal puede ser una guerra de armas y balazos? Es estremecedor: "No vine a traer la paz, sino la guerra". ¿Podrá, caro lector, entender que la Cristiada no fue la guerra, sino la vida que se propició entre los cristeros? Por eso, sólo ellos entienden su cuento. La Cristiada todos la ven frente a Calles y el Gobierno. No. Hay que verla "pa' dentro". Entonces se ve que la guerra era de cada quien para ser en el mundo este. ¡Y qué de cosas decía ARA que sucedían allá "adentro"! Le llaman moralidad y eso suena muy

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desprestigiado. Meyer tenía razón: suena bien llamar a eso, "la imposible fidelidad". Es más y mejor que moralidad; porque luego, luego, todos piensan en moralina. Y eso sí no se vale. Para que no suene a nada perverso hablemos de la ética: la eticidad cristera de ARA. El modo de ser (el ethos griego) es lo importante, no la manera de hacer las cosas (las mores romanas): la moralina. Perdonen ustedes, ya me salió lo doctor y lo filólogo que traigo. Todos tenemos una Cristiada Como los de mi generación, que de 1968 en adelante, se nos abrió nuestro pedacito de cielo, ideal saturado de realidad. Después, por allá por 1982 – 1983 (en realidad desde 1976), la "ignominia de la rendición": supresión de nuestras tareas formativas nuevas y de todo lo que oliera a liberación. ¡Con la falta que nos hace ahora! Y se repitió la frustración allá por 1988. La Cristiada no es lo imposible, como la Teología de la Liberación no es lo imposible, sino querer que dure toda la vida. Eso sí no se puede, que dure y que sea para todos, eso sí es un imposible. Jean Meyer tiene razón, pero da coraje. Pero, ¿se es fiel a lo real o a lo ideal? Otro esguince (imposibilidad) entre lo que es y lo que debe ser, lo que es y lo que fue, es, a estas alturas de la sociedad: ¿¡el querer un rey o un presidente!? Y ARA se echó la puntada de elegir un rey. Igual que echar un volado entre una religión o una patria, entre una religión y una cultura. ARA tuvo un rey como ideal y proyecto, como compromiso y como responsabilidad. Y ARA tuvo una negación: de "un" gobierno y sobre todo de "unas" leyes. Pero, por favor, no se negaron nunca las leyes y los gobiernos. Es más, nunca se quiso poner un gobierno eclesiástico. Aunque quizá hubo por ahí algunos despistados que lo quisieron (¿la Liga?). Sin duda ninguna ARA fue un Quijote del Reino de Dios; más exactamente: un Quijote de Cristo Rey. ¡Hazme el favor! El Quijote existió cuando se empezaron a terminar los reyes, y más antes los caballeros.

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Con el de La Mancha caducó el proyecto de tener reyes. Y mira que todavía andan por ahí. Con el ideal de la Cristiada se quería acabar con los dictadores y tiranos; caducó el tener caudillos y próceres. En esto se superó a la Revolución. Lo comunitario (lo solidario) era el proyecto real de los cristeros. Bueno, hasta donde yo lo entiendo. Nunca hubo a nivel social mejor Quijote ni mejor Dulcinea y, obviamente, ni mejor Sancho, que la Cristiada. Y "la Cristiada" de 1611 de Fray Diego de Hojeda es del tiempo del Quijote. No en balde hay siempre una confusión entre lo real y lo verdadero. Lo real de la realidad es lo ideal en ARA. ¡Igualito que Don Quijote! Esa es su ética. Su moralidad. Su Cristo Rey. ARA fue apasionado porque veía en la figura ideal de Cristo Rey el modelo que quería para la sociedad. Lo de rey le da una densidad de real-idad que amarra a la tierra con los ideales. Hay personajes quijotescos, pero la Cristiada fue un hecho quijotesco, y eso es muy serio. ARA es fiel a lo real. En su casa tenía un hermoso volumen, grande, de "El Quijote", con las imágenes de Gustavo Doré. Los teólogos llaman a esto muy sabiamente "los aplazamientos del Reino". Cuando ya está ahí, cerquita, juntitos, sabrosito, pues… resulta que no, que todavía no; y así van diciendo toda la vida. Ganas de fregar. De jugar con los imposibles. ¡Así de grandotota es la vida! Siempre hay nuevos horizontes que siempre suenan, ¡tercos!, a increíbles. Pero no, son solo imposibles. Y lo imposible significa: lo posible negado, pero ¡qué tal si significa lo posible ahí (in, en, im) en la Cristiada! Lo "in-posible" existe. La Cristiada (los años 1926 – 29) era otra vida que siempre aparecía como la ideal, la verdadera, la valiosa, la que cuenta, la que por ser de Dios es la más perfecta. Lo demás ya no tiene color, ya no tiene sabor ni se paladea por sí mismo. Toda la mente de ARA gira en expansión, a partir de la Cristiada. Los frustrantes arreglos le dan, a todos estos sentimientos, una mayor verosimilitud religiosa: "No es mi voluntad sino la de Dios". Los arreglos son como la consagración divina, de parte del mismo Dios, de lo hecho por


El grupo que acompañaba a Carmen Robles Cortesía: Archivo Manuel Caldera

los cristeros en ese tiempo. Estoy convencido de que los escritos de ARA hablan, siempre, en este sentido. La prueba de que los arreglos son divinos es que fueron odiados por los mismos cristeros. No era un hecho humano, razonable, luego era divino. ¡Ah qué cosas tan imposibles, que, sin embargo, se viven! Se viven y no se entienden. Y uno está sujeto a esas cosas. No sé porque se atragantan, pero se saborean. Cuando apareció David en 1952, pienso, se acabaron muchos, pero muchos secretos; desaparecieron muchas sombras y fantasmas, muchas cosas tomaron cuerpo y ya no atemorizaban. Con los años y con David lo imposible empezó a aparecer como bello. David fue un exorcismo. O, ¡para qué usar palabrotas!, es mejor decir un encantamiento, y es todavía un encanto. ¡La historia escondida comenzó a saberse! El milagro de ARA no fue ser cristero sino hacer hablar a los cristeros. Hubo libertad para la

palabra, para el recuerdo y para la mente. Es la única manera de que los imposibles sean humanos. No hacer, sino recordar es el único cielo para los despistados. Pero hacer y recordar es cielo humano. Los cristeros se liberaron de los demonios, si es exorcismo. Pero si los cristeros se quedaron re-te-encantados, si hablamos de hechizos o encantamientos: un destello de luz y de curación había surgido. La aparición de David ejerce en el mismo ARA una cura, una terapia maravillosa. Los cristeros se curaron con la revista David. Se realiza en ella un tratamiento psicológico, pero con lo real, con la verdadera historia cristera; la verdadera realidad es la que mejor cura. La vida cristera se acarició, se la pegaban ellos a la cara, como abrazo apretado. Pero yo no lo entendía, hasta que me puse a acariciar el tiempo. Y el tiempo sólo es querencia si es narración o relato. Para eso escribo esto. Cuando, con la muerte de ARA se acabó

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la revista David, muchas personas me querían hacer el continuador. Y eso sí fue un imposible; de los otros imposibles, de los duros; de los que son contra "toda" razón. Si lo hubiera hecho yo, hubiera sido una mentira pelada. Yo nací en 1937, el mismo día que tronó el equipo directivo de la Liga. Y era fiesta de Cristo Rey. Como que Cristo Rey daba un palo de real-ismo o de real-idad. Eso de hacer David no se pudo realizar más que con el alma arrimada, apretadiza a los cristeros. Si no naciste ahí, con ellos, en sus tiempos, no se puede hablar. Si no viviste la Cristiada, ¿cómo hablar de ella? Por eso, mejor que hablen ellos. Y así es como siguió el padre Nicolás Valdés, que había estado de secretario de ARA. Ahí, pegadito a él. Y así es como se puede hablar de ARA: con sus palabras, con sus narraciones, con sus relatos, con sus cuentos, con sus platicadas. A mi no me salió otra biografía, sino la autobiografía; escrita obviamente por él, y los suyos. Yo nada más puse orden cronológico. La mitad entre la posible fidelidad y la imposible fidelidad es: ¡estar en ascuas! No encuentro otro modo de pensar eso tan terrible que puso el amigo Meyer: "Testigos de la imposible fidelidad". ¿Hubo alguien más fiel que ARA? Sólo la lucha por ser fiel es lo que cuenta. ¿Los cristeros fueron fieles en lo imposible? ¿Sólo fueron fieles a sí mismos? ¿Sólo fueron fieles a Dios y no a la Iglesia, ni a la Nación, ni a la patria ni al tiempo? El que es testigo es porque estuvo ahí, en la encrucijada que Meyer llama imposible fidelidad. La revista David, por consecuencia, estuvo siempre en ascuas; si no, pues no. El despiste de ARA es que no se dio cuenta que su David fue la mejor batalla cristera, no la de 1926 – 29. La memoria es el tiempo redentor. La redención dura mientras se recuerda el acto redentor. Lo saben los cristeros. Me gusta llamar ARA a mi padre. Su

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imprenta y editorial, que fueron su tarea vitalicia, se llamaron ARA. Además ahí está eso de REY (por Reyes, cambiado el Robles). Y está el Robles que todo mundo conoció. Se escribe con erre, de rey y de real-idad. Aurelio Acevedo es el hombre y ARA es el hombre cristero. Creo que era mucho más cristero que guerrero, o político, o impresor; el nombre, sintetizado en ARA, carga con todo lo subversivo. ARA es el perseguido, el orgulloso, el problemático, como todos los cristeros. Porque, ¡cuidado que nos metieron en problemas para entenderlos! Sí, "testigos, los cristeros, de la imposible fidelidad". ¡El silencio y el griterío de los testigos de la imposible fidelidad! Eso es David: la obra gritona, la obra alarido, de ARA y de los cristeros. El que no escucha los gritos de David no pertenece de la imposible fidelidad. Es la única forma de pertenecer a ese grupo de testigos. Mi trabajo ofrece a quien lo lea un camino de lectura de David. Al que no le gusten las ascuas que no lea la vida de ARA ni tampoco a David. Hablar esta historia secreta es la mejor curación para los males que son silencios. (¿Me entienden, familia?) Pero el silencio siempre ha sido una batalla, una lucha, una guerrilla. ¡Y un grito! Ese silencio gritón de mi padre es ahora el que me ensordece. ¡Ah! Los imposibles… los imposibles. Sin querencia estos relatos no sirven. Y querencia es arraigo a lo real. Por eso sólo se pudo hacer este trabajo en la tierra de Aurelio, en Zacatecas, con la gente, en las casas y los caminos (no en las carreteras) de Potrero de Gallegos, Huejuquilla y Valparaíso; y Laguna Grande y La Macita y Monte Escobedo y Colotlán y Temastián y… con personas que tienen mucho de todos aquellos que ya murieron, pero que se nos siguen metiendo hasta el corvejón. ¿Así se dice?


David: Segunda época

Antonio Sosa Escobedo Este texto es un extracto de la tesis de licenciatura en comunicación Desde la trinchera de la prensa, de la Universidad de las Américas, en Puebla. Antonio nos habla de algunas de las características técnicas de la revista David en su segunda época, la que va de 1952 a 1968.

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espués de trece años de ausencia, Aurelio Acevedo decide continuar con la publicación de David. Tal y como lo afirmaba en el artículo del ejemplar número 186 firmado por C.A.M: “Un día volvió a surgir David. Para continuar en forma pacífica y organizada (los cristeros nunca dejaron de luchar por ello) la lucha por el reinado social de Cristo. Y para reivindicar la verdad del Movimiento y la memoria de los caídos. Esta vez ya no era el luchador David, era el dulce canto de las grandezas de Dios. El David de los salmos” (David segunda época no. 18: p: 20). El inicio La revista David fue creada como el boletín de la “Legión de Cristo Rey y Santa María de Guadalupe”, el 19 de diciembre de 1951. Esta organización pretendió continuar con los mismos lineamientos de la Liga Defensora en su modalidad combativa, pero ahora con el fin de

reivindicar el nombre de los cristeros. Su organización interna estaba conformada por un comité directivo en la ciudad de México y un subcomité en cada estado de los que tomaron parte en la lucha cristera. Esta organización no fue política ni religiosa, su único fin fue el de reunir viejos combatientes cristeros. La primera edición de David segunda época explicaba: “Como lazo de unión vuelve a publicarse David, el inolvidable boletín que en una época fuera el órgano oficial del movimiento cristero” (David segunda etapa, no. 22). David segunda etapa, catalogado en el fondo Aurelio Robles Acevedo (Maldonado 1988), se convirtió en una publicación mensual de formato tipo revista y con diferente organización del contenido en su anterior. Esta nueva etapa de David se comenzó a editar en agosto de 1952, en el aniversario del primer movimiento cristero. Durante quince años, mes con mes, publicó un total de 185 números, donde se escribió

Antonio Sosa El autor es nieto de Aurelio Acevedo

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lo que se consideraba la verdad del movimiento y la memoria de los que lucharon y dieron vida por el mismo. Como lo afirmó Jesús Pablo Tenorio en David especial no. 186: “Mes a mes el periódico recorría como una savia siempre nueva las arterias de los viejos camaradas, amigos de lucha, soldados de la misma causa, que en muchos lugares del país estaban pendientes de este signo de amistad viva que mensualmente les traía los recuerdos de aquellos años difíciles, en los que ellos vivieron una juventud gloriosa”. La elaboración En cuanto a su formato, la cabecera cambió de diseño, en el encabezado se imprimía Órgano Oficial de la Legión de Cristo Rey y Santa María de Guadalupe, Veteranos de la Guardia Nacional (cristeros). Las medidas de la revista fueron aproximadamente de 15 centímetros de ancho por 20 de largo y constaba de 8 páginas. El primer lema utilizado se introdujo a un lado de la cabecera hasta el número 11, citando “y la sangre de los mártires es siempre semilla fecundada de nuevos cristianos”, más adelante se fue modificando esa cita a un lema ubicado debajo de la cabecera; así se mantuvo hasta el último número pero con diferentes lemas que fueron desde: "Viva Cristo Rey el Papa Rey" (del número 12 al 27), y que cambió hasta el número final 185 a “Dios Patria y Libertad”, y con la información siguiente en la cabecera: Revista mensual ilustrada, Òrgano Oficial de la Legión de Cristo y Santa María de Guadalupe, Veteranos de la Guardia Nacional (cristeros). La distribución de los textos estuvo en función de las columnas y artículos. Las principales columnas en esta segunda época fueron: ”De mi correspondencia”, “Memorias del Padre Arroyo”, “In memoriam”, “A nuestros muertos”, “Piquetitos”, etc. Su distribución se realizó vía correo contando con su apartado postal (31080, Mateo Herrera 45, México 19, D.F.), donde los suscriptores mandaban su depósito por ejemplar, números atrasados y suscripción

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anual. La edición mensual constaba de hasta 5 mil ejemplares, de los cuales se mandaban 2 mil a suscriptores y el resto para encuadernación en tomos (G. Acevedo, conversación personal, mayo de 1999). La realización de la revista fue exclusiva de su editor y con la ayuda de su familia, como según afirmó Nieves Acevedo, hija de Aurelio Acevedo: “El David desde sus inicios lo hacíamos entre todos los hermanos. Se empalmaba, doblaba o cosíamos, engrapábamos y luego hacían los paquetes de 50, 100, 200, 300 o cinco diez y veinte; se mandaban a la República y yo los llevaba al correo. Se hacían como 5 mil con su dinero, porque antes de morir escribía, a las orillas del periódico, un recado a los lectores pidiendo ayuda porque su mujer estaba en el hospital y entraba ella y salía él, y yo no tenía con qué, de todos modos no le daban mucho dinero, era muy poquito lo que recibía, como 500 pesos cuando mucho, pero nunca se dejaba de mandar la revista, aunque pagaran muy esporádicamente. Yo creo que en una mano me sobran dedos para decir los que pagaban honradamente” (N. Acevedo. Conversación personal, abril 1999). La revista se mandaba a las principales ciudades y rancherías de la República que tomaron parte en la guerra como Guadalajara, Guanajuato, Aguascalientes, Puebla, Nayarit, Sinaloa, Durango. La distribución se hizo por suscripciones y se llevaba un control de cada uno de los miembros (David segunda época, no. 105 abril de 1961). En cuanto al proceso de encuadernación, este era realizado por toda la familia Acevedo. Se mandaba el original a un linotipo en la colonia Guerrero, que fabricaban la matriz original a imprimir. Ya impresos los ejemplares se acomodaban en diferentes paquetes y se doblaban por separado. Para los suscriptores, en un principio se añadía un sobre en el cual se escribían los datos, más adelante se obtuvo un adressógrafo, con el que se imprimían las placas con el destino. Ya empacados los ejemplares se llevaba al correo donde era registrado como carga de segunda


clase y valuado según el peso de los paquetes a enviar. Guadalupe Acevedo, hija de Aurelio explicaba: “Comencé a trabajar con mi padre desde los nueve años, acomodando paquetes y más grande llevando al linotipo los originales” (G. Acevedo, comunicación personal, mayo 1999). La revista se dividía en secciones informativas, comenzando con un artículo central donde el mismo editor analizaba la situación mundial o nacional, así como homenajes a hombres ilustres. En su interior se encontraban principalmente ensayos o recopilaciones de narraciones mandadas por los colaboradores de David. La columna de “Nuestros Muertos” estaba dedicada a dar homenaje a los hombres que perdieron la vida por la lucha. Así como la sección titulada “De mi correspondencia”, donde Acevedo exponía las diversas peticiones que le llegaban. También los artículos de doctrina con artículos de fondo, de catecismo y educación cristiana. Además de los artículos se incluían corridos e himnos que fueron utilizados durante la guerra, así como oraciones a la Virgen de Guadalupe y resúmenes de convenciones cristeras, con información gráfica de los protagonistas de la guerra. Por otro lado, con el fin de conservar cada ejemplar mensual, Acevedo comenzó la encuadernación de números retrasados. Los empastados se hacían con dos años de publicación, es decir, con 24 números y forrados con una portada ilustrada con la imagen de la lucha bíblica entre David y Goliat. El principal objetivo de encuadernar los ejemplares fue el de conservar cada número y a partir del número 56, marzo 22, de 1957, se puso a la venta los tomos a precio de 36 pesos por tomo. Más adelante Acevedo empastó más tomos y la cifra aumentó a 10 años por cada tomo, esto con el fin de dejar archivados todos los ejemplares y heredar la trayectoria de David, tanto sus hijos como a la historia de México. En los últimos números de David se publicó la lista de "La Zona Quintanar, sangrante por la Fe". El número de diciembre de 1967, último

realizado por Aurelio Acevedo, terminaba esa lista. Y como lo afirma Tenorio (David, no. 186 p. 299): ”Parece que Dios quería que no quedara trunca esa lista”. Al morir Aurelio Acevedo, sus hijos en un principio quisieron continuar con la edición de la publicación en memoria de Acevedo (sólo hicieron un número especial al editor, el 186), pero prefirieron darle la oportunidad al padre Valdés, por ser alguien que quizá tuvo un mejor conocimiento de los acontecimientos históricos. Cristóbal Acevedo Martínez, hijo de Aurelio Acevedo, afirma: “Mi padre unió a mucha gente, nadie más tenía ese carisma y esa gracia de a gente muy amargada, muy difícil, cerrada y tradicionalista, saberles sacar escritos pues él lo sabía hacer. Y dentro de los cristeros se sabía que sospechaba que había muchas diferencias, lo cual no me escandalizó ni mucho menos, lo veo como muy natural; precisamente esas diferencias, con falta de conocimiento, no las podía yo manejar, y podía resultar contradictorio y contraproducente seguir una publicación así". (C. Acevedo, conversación personal, abril 1999). El contenido del número especial, el 186, fue realizado principalmente por Cristóbal Acevedo, en ese número se incluyó la biografía de Acevedo Robles, así como cartas de condolencia de Jean Meyer, Juan Pablo Tenorio y la hija mayor de Acevedo, María del Carmen. En cuanto a la posibilidad de continuar la publicación, Acevedo Martínez afirma: “Revisé el archivo de mi padre y empecé a encontrarme con muchos documentos que estaban tachados a veces simplemente así, y con anotaciones de que este está diciendo mentiras y con anotaciones más duras de crítica. Traté de contrastar algunos de los escritos que le llegaban, como eran de gente muy sencilla, tenían una terrible redacción, de sintaxis, de lenguaje y él los corregía, pero empecé a sentir que yo no tenía la capacidad de corregir aquello, porque no tenía conocimientos profundo de los hechos”. (C. Acevedo, conversación personal, abril 1999).

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La narrativa rural en Huejuquilla

Luis De la Torre Ruiz No se puede hablar de la narrativa en Huejuquilla El Alto, Jalisco, sin hablar de Manuel Caldera, y no se puede hablar de Manuel sin hablar de José Ramírez, "Chepo"

M

anuel Caldera Robles nació en Valparaíso, Zacatecas, pero adoptó como propio al pueblo de Huejuquilla, de donde era su padre don Trinidad Caldera Aguilar. Su madre, Soledad Robles Velasco, era de Mezquitic, Jalisco, así que, por sus lazos familiares, Manuel compenetró su vida regionalmente en lo que es la parte norte de la Zona Norte de Jalisco y Poniente de Zacatecas. Caldera hizo la escuela primaria en Valparaíso; la secundaria y la preparatoria en la Escuela Vocacional en Guadalajara, habiendo estado antes dos años en el Seminario de Zacatecas; en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara culminó la carrera de Ingeniero Mecánico Electricista. Estudió para maestro normalista federal y obtuvo la capacitación correspondiente a mandos intermedios en la Escuela Normal de Guadalajara. Realizó estudios preparatorios de ejecutivo de alta dirección, en la UNAM, de psicología de educación abierta y desarrollo humano en el Tecnológico de Estudios Superiores.

En 1984 asistió a un curso de programas de educación en Cuba. Fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco desde 1985. Sus últimos años estudia pintura y llega a realizar exposiciones colectivas e individuales. Como se verá por su currícula, Manuel era un hombre de estudio, su afán de saber lo mantuvo despierto hasta el último instante de su vida. Este hombre era telúrico, telúrico en el sentido del temblor que le producía su tierra en cuanto a la profundidad de sus raíces hundidas en esa misma tierra accidentada física y socialmente. El ingeniero Caldera no ejerció su profesión. No sentía que la carrera que había elegido fuera idónea a una inquietud social que lo empujaba al servicio de la educación. Por eso buscó titularse de maestro, para verse en un aula rodeado de chiquillos anhelantes de conocimientos, niños de su pueblo adoptivo hijos de compadres y paisanos que conformaban la muy particular familia que habita ese pueblo trazado en dos

Luis De la Torre Fue director del periódico Mi Pueblo. Cartonista del diario Excélsior.

José "Chepo" Ramírez y su esposa doña Victoria Carrillo Pacheco. Cortesía de Estela Ramírez Carrillo

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líneas paralelas: la Calle de Arriba y la Calle de Abajo. Los años que dedicó a la educación primaria en Huejuquilla, en la década de los cincuenta, fueron años de identificación y de inquietud por conocer el pasado de tan peculiar “pueblo frontera”, así como el sitio que ocupa ese entorno geográfico en la historia del Occidente de México con la presencia de Fray Margil de Jesús durante la Colonia, la adhesión al Federalismo, la heroica resistencia como pueblo leal a la Revolución maderista y la capital y decidida participación en la Guerra Cristera. En algo influyó su primo, el doctor Fernando Robles Romero, cronista de Mezquitic, miembro del Instituto Tello, para que Manuel se aficionara a la historia y encaminara todos sus estudios a la capacitación y al quehacer historiográfico. Acumulaba conocimientos, pero no se atrevía a escribir. La palabra escrita era para él todo un reto. Tampoco el ambiente en que se desenvolvía, entre Guadalajara y Huejuquilla, era nada estimulante para un ejercicio intelectual exigente y sugestivo. El tiempo se deslizaba con la pasmosa lentitud de la nada. A finales de diciembre de 1978 llegó a sus manos Mi Pueblo, un modesto periódico regional editado en la ciudad de México con destino al vecino pueblo de Mezquitic y sus alrededores. Algo así andaba buscando él. Un espacio donde publicar la información y los hallazgos de sus pesquisas tras la microhistoria. Y de inmediato envió su primera colaboración: “Adiós Huejuquilla, la Calle de Arriba”. Al ver desplegado su artículo en las páginas centrales del número 8 de Mi Pueblo, Manuel debió sentir el gozo de ver publicado su emotivo y documentado trabajo sobre la toma de Huejuquilla por los orozquistas. Sin embargo, al correr de la lectura de su propio texto, no fueron pocos los sobresaltos que contuvieron su ánimo. Ciertamente el escrito era legible y la sintaxis aceptable. El contenido se había respetado y en nada distorsionaba el hilo del relato, pero “¡Por Dios! ¡Me lo han corregido!”.

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Una carta de protesta a la redacción del periódico no se hizo esperar. Manuel reclamaba que se le hubiera metido mano a su escrito y hacía notar que el mismo había sido publicado en cuadernos del Instituto Tello, tal cual, sin que se le hubieran tocado una coma. Mi Pueblo le contestó que era política editorial corregir todos los textos que llegaran para su publicación. Manuel, un poco a regañadientes, continuó enviando colaboraciones que le seguían siendo corregidas en la redacción como “Las mañanas de Huejuquilla”, “Alabado era el Señor”, “Antigua Caja Real de Bolaños”. Luego envió un texto con la siguiente anotación: “Les envío este escrito que obedece a una grabación que hice de la plática con un paisano. La he transcrito tal cual. Se los mando para que ustedes le hagan las correcciones que acostumbran y crean pertinentes”. “La muerte de Expedito López” era el título del artículo. Al leerlo publicado en el número 18 de Mi Pueblo, Manuel se quedó paralizado. No se le había corregido ni una coma, y lo que es más, se habían respetado íntegramente las palabras “gruesas” así como vocalizaciones y giros del habla campesina como ai, pos, pa, orita, trai, traiba, quihubo, onde, oscurito y cincuenta más que irían apareciendo en las siguientes transcripciones. — Manuel, le decíamos, ese es el tono que anda buscando Mi Pueblo. Todos vamos a aprender de ahí. — ¿Es algo rulfiano? — De ninguna manera. Rulfo ya creó un mundo ideal que va de Comala a Luvina. Digamos que ése autor es un genio aparte, inventor de una lengua y, ciertamente, dueño de un oído muy fino con el que captó que la clave de una buena narración está en el lenguaje. Aquí, en esta ocasión, estamos frente a un narrador nato que responde a una manera de ser del todo natural y auténtica. La grabación obedecía al encuentro de Manuel con José Ramírez Aguilar, “Chepo”, un hombre excepcional y sencillo a la vez, con una capacidad extraordinaria para conservar al


Vista panorámica de Huejuquilla. Cortesía de Casa de la Cultura de Huejuquilla

detalle lo que bien había guardado su memoria prodigiosa. No está inventando, está recordando y su idioma es el de su tierra, el de Huejuquilla y su comarca, el mismo lenguaje que se habla en haciendas y rancherías, en barrancas y páramos. Al percatarse de su descubrimiento, Manuel ya no dejó en paz a “Chepo” Ramírez. Y a aquella venturosa grabación siguieron tantas como fue posible sentarse a platicar con quien era un venero inagotable de anécdotas, todas vividas por este personaje en un reciente pasado donde la violencia y la muerte aparecen como destino inexorable. Siguiendo el hilo de las pláticas con "Chepo", Manuel se puso a escribir. A vuelta de tres o cuatro años, Mi Pueblo había publicado una docena de bellos y sorprendentes relatos firmados por José Ramírez y Manuel Caldera. El encuentro con una literatura directa, veraz, cadenciosa y estremecedora, estaban llenando páginas de sabrosa lectura.

A la aportación de Ramírez – Caldera pronto se sumaron otros narradores no tan prolíficos, pero igualmente enriquecedores de lo que podría definirse como narrativa huejuquillense. Don Isauro Landa Rentería nos hizo llegar desde Arizona un casset con el primero de sus relatos: “Un señor de aquellos”, donde describe fluida y sencillamente, en un solo gesto, la personalidad de don Trinidad Caldera, padre de Manuel. Enseguida se publicaron varios textos más que con generosidad nos hacía llegar don Isauro en deliciosas grabaciones: “Aquel diciembre 14, doce para terminar”, una visión panorámica, casi cinematográfica, de la toma de Huejuquilla desfilando con luz y sonido ante los asombrados ojos de un niño. “Las dos veces que vi a Néstor Ulloa”, el primer impacto de estar frente a un mito revolucionario y la irónica situación de contemplar su muerte absurda en el rodar de una calavera convertida en nido de avispas.

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"La Muerte anda rondando". Fotografía de Alejandro Sánchez Spinetti

“Apolonio Mejía a la hora de la muerte”, la curiosidad incontenible del jovencito que quiere ver de cerca el rostro del valiente que van a fusilar. Del fondo turbio o cristalino de la intención del muchacho emerge la muerte anunciada sin provocar un gesto de miedo o cobardía. “Apolonio retrocedió hasta el tronco del mezquite. Como tenía el pelo lacio y le caía un mechón en la frente, nomás hizo un movimiento de cabeza para echárselo a un lado y se puso firme. Se oyó un solo tronido. Cinco fusiles dispararon al mismo tiempo”. “Los últimos villistas de Guaynamota”, la muerte cruel y vengadora cae sorpresivamente sobre el cabecilla que acampa en su huida en un recodo de la sierra. “Con razón somos tan famosos los de Huejuquilla”, divertida experiencia de un adolescente pacífico entre los coletazos del derrotado villismo. Lástima que el encuentro con este excelente narrador, lleno de anécdotas y vivencias puramente huejuquillenses, haya llegado al final de su vida.

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A ese muestrario podemos agregar cuatro relatos de Juan Francisco Ruiz, un mezquiticense avecindado en Huejuquilla que escribió “La pistola”, algo que podría ser un cuento de antología. Un tenaz relato que habla del amor propio, la razón, el derecho y la dignidad de la persona ante la prepotencia del poder judicial que sólo se desquebraja ante otro poder: el militar. “Nomás su calavera encontramos” es un relato donde la muerte artera de un tío de Juan Francisco, al que veneraba como a su padre, fuera la causa de que abandonara su pueblo natal para siempre. “La de malas”, lo imponderable, lo difícil de definir como suerte o fatalismo. La muerte en defensa propia y la muerte como desgracia indecible. “Pa qué me vine, pues”, dejar sus lares, su individualidad, sus puestas de sol y sus arroyos cristalinos para ir a dar con sus huesos a la gran ciudad donde no era nadie. Y aun podrían haberse dado en Huejuquilla otros escritores como Rodolfo Jaime González con sus “Domingos de ayer”, que describe desde el amanecer: “Desde atrás de aquellos cerros, más allá del rancho de Margarita viene escabulléndose la oscuridad de la madrugada, como que viene perdiendo lo negro haciéndose parda, buscando a ras del suelo donde esconderse, al pie de la Mesa de las Cuevas y en lo profundo de la barranca del Salto, mientras la luz del alba se ha ido corriendo por la Sierrita, más allá de la Mesa de los Caballos y de la Mesa de Pinos, ai por la Mesa del Cristo y la Mesa de las Piedras. En “Figuras y comparsas de la Pasión”, Rodolfo Jaime nos hace oír “… el sonido del cuerno se acercaba y se alejaba por el aire y uno pensaba: ahorita andan los 'judíos' por la calle del Santuario. Ya doblan para la calle de mi tío don Felipe Vega. Ya van bajando por el callejón de doña Elena Ya viene el gentío subiendo la calzadita del arroyo…”. Y como cronista e investigador del acontecer histórico de su pueblo, este enamorado de su pueblo se adentra en la microhistoria: en “Nuestras vidas son los ríos” y “Huejuquilla en el siglo XVIII” hace una incursión al San Diego de Huejuquilla considerado como


“pueblo frontera” durante los siglos del virreinato. Indudablemente que se trata de un paisano culto y consciente que quién sabe por qué artes se negó a desarrollar sus facultades de escritor. Pero en fin, estos son prospectos de un panorama de narradores huejuquillenses de mayor envergadura. Y todavía encontramos en Ricardo Enrique Murillo, un huejuquillense migrante en Chicago, esa vena de narrador creativo que emana de la tierra. Entre algunos de sus cuentos que alcanzó a publicar Mi Pueblo se distingue “Plúmbago Marrufo”: “Ahora Plúmbago Marrufo estaba fumando un cigarro tras otro en un rincón de nuestra cocina. En la lejanía de las calles se escuchaba el galope de los caballos. Era un galope tupido, acelerado, galope que el viento traía y llevaba haciendo que Marrufo y mi padre bajaran el tono de sus palabras”. Ojalá Ricardo Enrique haya continuado y aun publicado su producción literaria que bien puede catalogarse como huejuquillense. Pero volvamos a la autoría de José Ramírez y Manuel Caldera. Durante dos décadas Mi Pueblo fue publicando cada encuentro de este binomio que estaba recuperando literariamente tanto el habla del pueblo como su memoria histórica. La selección de esos relatos dio material para integrar tres libros: Pueblos del viento Norte, Pláticas de mi pueblo y 1926, Ecos de la Cristiada, cada uno de ellos grato, sorprendente, conmovedor. En “Maclovio murió joven e indultado”, Ramírez le cuenta a Caldera: “Se llamaba Maclovio. Lo llevábamos prisionero. Esa noche dormimos en El Carrizalito, a campo abierto, cuando se vino una agüita muy mojadora. Unas gentes nos prestaron su jacal. Ahí estábamos. El muchacho se salía a hacer de las aguas y se volvía a meter. Era en la pura sierra, entre el pinal. El prisionero tenía su oportunidad, pero el hombre de que se apendeja se apendeja ¿a qué volvía? Yo en una salida de esas me habría pelao por sí o por no. Pero yo creo que pensaba que al último las cosas le iban a salir bien, pero pos no, no fue así”. Enseguida, paso a paso, va a venir la

muerte estremecedora que deja al narrador trabado de coraje e impotencia. La gracia y el humor aparecen con cierto devaneo en “Un semidiós de los wirrarica”: “El agüita siguió como tres días con sus noches. Diario amanecía igual, las remudas ya temblaban de frío. Pa que don Jesús y don Eliseo no se aburrieran, las muchachas de don Margarito les cantaban canciones. Don Eliseo era buen tipo. Siempre bien parao, bien parecido el hombre. Se ladiaba el sombrero y se le quedaba viendo a la muchacha que se soltaba el pelo y levantaba la voz bien entonadita. Sus pechos lucían redondos y temblorosos”. “Los lodazales aquellos tuvieron la culpa” es un relato divertidísimo, verdaderamente maestro en cuanto a la acción y el ritmo de los diálogos. Realismo nada mágico que se recrea con el modo más simple de ser y sentir campesinos, cuando el campesino era feliz con la parte del mundo que estaba al alcance de su mano: “Mariana y yo llevábamos dos años de novios. Yo trabajaba en el rancho de su papá. Él era rico, paraba cuarenta yuntas, tenía engorda de marranos y siempre había cazos y cazos de chicharrones. Don Eugenio me quería bien, me tenía mucha confianza, más que a su hijo Pedro. Doña Santos, la mamá, también me consentía mucho. Cuando se iba por varios días a San Juan, me dejaba encargado de la troje, del maíz y de todo. Dejaba a Mariana en compañía de su hermana Inés pa que le ayudaran en el quehacer a la mamá. Cuando yo estaba desgranando maíz en la parte alta de la troje, Mariana subía recién bañada, con el pelo largo y suelto que le llegaba hasta por acá. Inés se hacía distraída y nos dejaba a solas un buen rato. A mi me volvía loco el olor de Mariana. La abrazaba y la besaba. Platicábamos de cosas y hasta de casorio”. La muerte violenta de un hermano al que se admira produce un dolor tan profundo que paraliza toda emoción y suspende gesticulaciones y pensamientos. La mirada perdida y el llanto ahogado. Todo el ser parece flotar en un ambiente denso que hace ambigua la sensación de

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Fotografía de Alejandro Sánchez Spinetti

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existir, hasta que se llega al límite y el dolor contenido estalla en un grito de rabia y maldiciones: Un relato intenso es ese que lleva un título muy largo: “Que del cielo venga tu premio… y no tarde, desgraciado”; “El cuerpo de Aureliano estaba en una cama de carrizos. Tenía un balazo en el pescuezo que le había destrozado las venas gruesas. Otro le despedazó el hueso de la mandíbula. Las balas eran de 45. Le dejaron tales boquetones que la sangre caía a chorritos en bacinicas de peltre bajo la cama. Caía uno tras otro, se cortaba, seguía un goteadero y volvía a chorrear. De rato nomás unas gotas gruesas. Yo parado enfrente sin poder creerlo, sin hacer ni pensar nada o pensando mucho. Sentía una cosa muy fea pero nomás miraba. Al rato no me

aguanté y empecé a llorar y a decir chingaderas. Gritaba mentadas y malhayas mientras se oía el rumor de las mujeres rezándole al difunto”. “Era como los gatos…”. Aquí la muerte espera su turno. Deja vivir hasta que llega el momento. Se está tantas veces tan cerca de ella que parecería que no se lo van a llevar nunca. Por eso lo de “siete vidas”, como los gatos. La Muerte dejó de tentar a Expedito López y cargó con él. “Como a la media noche íbamos con el cortejo del cuerpo que llevaban en una parihuela. Unos hombres se turnaban para cargarlo, uno por delante y otro por atrás. Las mujeres alumbraban el camino con manojos de ocote. Iban sus familiares y mucha comitiva. Íbamos mucha gente, unos a pie, otros en burro y atrás, como


cincuenta hombres de a caballo. Al pasar por el Vallecito, don Modesto, su suegro, empezó a cantar el Alabado. Oiga, si viera cómo se enchina el cuero. Nomás se oía la aulladera de perros por todo el rancho. Ah, de veras, cómo se hace triste cuando cantan el Alabado, y más en esas barrancas donde retumban las voces. Oiga, es un cántico lóbrego. Todos entonábamos siguiendo a don Modesto: El sol se vistió de luto / la luna se oscureció / las piedras se dividieron / cuando Jesús expiró / Alabemos y ensalcemos / en el árbol de la cruz / donde fue crucificado / nuestro Divino Jesús”. Manuel Caldera, impulsado por el estímulo que significaba llevar a la letra de molde las pláticas con Ramírez, hizo más entrevistas y escribió más confiado sobre hechos y personajes huejuquillenses. Hurgó en la historia del pueblo y había acumulado datos y documentos suficientes para escribir “Huejuquilla, historia de un pueblo levantisco”, pero se vio lento, como si la vida lo fuera a esperar indefinidamente. Pero bueno. Cosas del temperamento. Por eso cobra más valor lo logrado con ese quehacer de recopilador y gambusino de la narrativa, tras la veta de plata que significa el descubrimiento de una voz como la de "Chepo" Ramírez. El afortunadísimo encuentro de esta pareja nos hereda un legado literario sorprendente que va más allá del ámbito regional. El gusto y la convicción con que Manuel cultivó durante años la plática con quien tenía el don de la palabra y la memoria a la altura del arte, produjo un jirón literario que ya lo quisieran para un

domingo tantos consagrados en el Olimpo intelectual mexicano. Con estos relatos la narrativa rural se engarza una joya que de ser apreciada por los pontífices de la crítica luciría espléndida en la secuela literaria de la Revolución y sin desmerecer para nada junto a los textos de los autores más prestigiados de la literatura sobre el campo mexicano, como el sinaloense Ramón Rubín, los michoacanos José Rubén Romero y Xavier Vargas Pardo, el del Cañón de Yahualica, Tomás Mojarro, Antonio Estrada, de Durango, y el teulense-tapatío Luis Sandoval Godoy. Toda esta experiencia nos viene a dar la certeza de que el arte de escribir, si no pensamos en las vacas sagradas ni en los genios reales de nuestra literatura, está a flor de tierra, de esta tierra semidesértica que comprende lo que iba a ser la Antigua Toledo y que hoy se perfila sinuosamente como Zona Norte de Jalisco. El campo es generoso. La yerba silvestre, cultivable. Los cultivadores podrían ser los maestros, pero parece que éstos están muy ocupados en conseguir plazas y ventajas sindicales; los cronistas, pero a éstos les gana la indolencia y el aburrimiento; los dirigentes de Casas de la Cultura, pero éstos van de paso. Ni saben lo que hizo el de la administración anterior ni tienen idea para hacer algo durante su breve paso por el Ayuntamiento. Queda una esperanza. La Universidad descubre la inteligencia del pueblo. CUNorte tiene en sus aulas y en su entorno un campo prodigioso para la narrativa, que de ser bien cultivado seguro que dará cosechas de gran reserva.

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¿Emigrante yo?

Ricardo Enrique Murillo Enrique es un orgulloso migrante en Chicago. Ha mantenido relación con su pueblo por medio de la escritura: publicó algunos textos en Mi Pueblo y ahora sus artículos aparecen en La Voz del Norte y en el sitio www.myhuejuquilla.com

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uejuquilla es un pueblo muy bonito", dicen amistades que han estado ahí, vacacionando, y es cierto. De solo recordar los días en que el camión coronaba el Cerro del Temachaco y se veía, de pronto, el caserío, se le agolpaban al huejuquillense las emociones en el corazón. Ahora ando por acá, en Estados Unidos. Ya me referí al hecho de que mi padre me marcó el camino y, mas que ser campesino, obrero, ganadero, terrateniente o comerciante (oficios que el huejuquillense allá hereda o a los que puede aspirar), soy emigrante. Yo no escogí el término que llevo. Difiero del estudiante que elige el titulo universitario de su predilección. He vivido acá por casi tres décadas y siempre he tenido la idea de regresar. Por mucho tiempo me resistí a aceptar el adjetivo “emigrante” aunque vivo como emigrante, pienso como emigrante, actúo como emigrante, amo como emigrante. Es una estado de vida que se ha convertido en mi identidad.

Al principio, nuestros gobiernos nos ponían en la categoría de los autoexpulsados, los inconformes, los foráneos, los sin derechos (técnicamente, los fuera de la Ley). Luego empeoró la economía nacional y la emigración aumentó, y se inventó el termino "hijos ausentes" para congraciarse con nosotros. Ahora hay personas establecidas que emigran hasta de la capital. Hay personas que cruzan la frontera volando para reunirse con familiares y amistades. Hay personas que se trasladan a la urbes anglosajonas para tomar un curso, para comprar lo nuevo o, sencillamente, para pasear. Esto también es emigrar, y al ser la emigración de hoy tan masiva y multifacética, hemos llegado a ser una sociedad binacional. A ambos países los une la interdependencia comercial y los separa la problemática fronteriza. Es una relación que fluctúa entre el amor y el odio. En Mexico, la frase “hijos ausentes” es ya

Ricardo Enrique Murillo Emigrante huejumexico@ yahoo.com.mx

Portales de la presidencia municipal. Fotografía de Alejandro Sánchez Spinetti

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una expresión obsoleta. Desde que se propaló la comunicación electrónica, los familiares se relacionan a través de la frontera con más frecuencia que los parientes de allá, entre un rancho y otro. Se puede hablar de hijos emigrantes, mas no ausentes, porque las economías de los pueblos demuestran que los emigrantes están siempre presentes. Lo que le suceda al emigrante en el exterior repercute inmediatamente en el pueblo. Todo mundo conoce al menos tres frases en inglés. Todo mundo usa una prenda americana o más en su vestimenta diaria. Algún objeto que ha llevado el emigrante a su regreso adorna el patio o la casa de su propiedad o de sus padres. El o la joven no ha pisado suelo ajeno y ya está al tanto de las modas. En este sentido, se puede

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decir que, incluso, quienes nunca han salido de ahí son binacionales. Mismo don Luis de la Torre me dijo en el 2003, en la ciudad de Mexico, que el periódico Mi Pueblo prácticamente había agotado el tema de la Cristiada. A su juicio, ya entonces merecían más atención la trayectoria emigrante y la influencia que le emigración había ejercido en nuestros pueblos. La doctora Patricia Zamudio escribió una tesis sobre este aspecto de la vida huejuquillense, y su enfoque fue la mujer. Esperemos que más personas, como ella, sigan explorando las causas y los efectos de esta movilización. Ojalá que ustedes expresen sus experiencias, sus opiniones y su sentir. Saludos, bienestar, hasta pronto.


Lidio Pacheco Hernández

Antonio Arteaga Aquí, la historia de don Lidio Pacheco, autor de más de mil canciones. Todo un legado musical

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don Lidio Pacheco Hernández, el “Agustín Lara” de Huejuquilla El Alto, Jalisco, no le ha hecho justicia la Revolución. Nació allá por el año de 1886 en el municipio más alejado de la capital jalisciense y fue testigo vivo de las cruentas y fratricidas Revolución Mexicana y Guerra Cristera, cuyos eventos plasmó en sus memorias hechas canción. Dicen los que le conocieron que nunca se separaba de su arpa, con la cual compuso alrededor de mil canciones, como "La Pavita", la cual Antonio Aguilar se la acreditó como propia. "Valentín de la Sierra", compuesta originalmente por Chimano Noriega, posteriormente Lidio le modificó unos versos y esta última versión fue la que traspasó fronteras y se convirtió además en un éxito cinematográfico, con el mismo charro zacatecano. Este es un modesto homenaje a quien en vida le cantó al amor, a la vida, a la alegría y a las tristezas de su gente y de la región que se resiste a perder lo mejor de sus costumbres y tradiciones, pese al paso del tiempo. Entrevistada en su casa de Guadalajara,

la señora Ofelia Arellano Pacheco, nieta de Lidio Pacheco, relata cómo su madre Petra le contaba que su abuelo componía la letra y música de sus canciones, y lo más maravilloso y sorprendente es que él nunca estudió música, pero tenía un buen oído y facilidad para componer, incluso, dice, los que conocían algo de eso lo comparaban con Agustín Lara; su estilo era totalmente campirano, componía maravillas de una flor, de un árbol, de un paisaje, de una mujer, etc. Lidio Pacheco procreó con su esposa, María del Tránsito Miramontes, siete hijos: Dimas(+), Higinia(+), Inés, Baldomero(+), Petra(+), Sofía y Aurelio. Sus ancestros y él mismo fueron toda su vida agricultores, “porque allá el que no siembra no vive, tenían todo lo que obliga el rancho”, agrega doña Ofelia con una mirada de nostalgia, que dirige al arpa en la que se inspiraba su abuelo. Recuerda que al igual que sus hermanos Malaquías, Carlos y Natalia, ella recibió el ejemplo de trabajo y la historia de vida de Lidio de voz de sus padres, Hilario Arellano Cimentel y

Antonio Arteaga Director del periódico La Voz del Norte En la página anterior: Paseo al Cerro de Barrabás en 1925. El primero por la derecha, de pie con violín, es Cándelo García. El segundo, sentado con guitarra, es Manuel España. Y el tercero, de pie con arpa, es Agustín Pacheco, hermano de Lidio. Cortesía de Casa de la Cultura de Huejuquilla

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Petra Pacheco Miramontes, el primero nacido en la Boquilla y su madre en La Ciénega de los Pacheco, ranchos huejuquillenses. ¿Dónde están los originales de las canciones compuestas por don Lidio? En realidad son muy pocos, porque más bien se transmitían de unos a otros, incluso allá en Huejuquilla hay canciones que se cantan entre los mismos habitantes que no están en ningún lado. Pero sí, están tres cuadernos si se les puede llamar así. Los tiene la tía Sofía Pacheco, ella es la quinta de los hijos de Lidio Pacheco. "La Biblioteca de Huejuquilla tiene el nombre de mi abuelo", dice Doña Ofelia. "Mi abuelo tendría unos cinco años cuando los generales, con su regimiento, llegaban a la casa de mis bisabuelos y se lo sentaban en las piernas y así los oía hablar de todos los trajines de la Revolución". De acuerdo con la investigación de don Manuel Caldera (publicada en el periódico regional Mi Pueblo y seleccionada después en el libro Pueblos del viento norte), la canción de "Valentín de la Sierra" la compuso el también músico huejuquillense, Chimano Noriega, en la cual más bien se hacía mofa de Valentín Ávila; posteriormente, la letra se va modificando hasta que el protagonista aparece como un hombre valiente y arrojado. En esta segunda etapa es que aparece la mano de Lidio Pacheco. Otra modificación a la letra de la canción, esta ya más reciente y tal vez provocada por un error de tipo del teléfono descompuesto, es cuando se menciona en una de las estrofas que los alzados operaban por la Hacienda de Holanda, cuando en realidad se refería a la Hacienda de Los Landa, la cual aún existe allá con rumbo a la comunidad de Tenzompa. La señora Ofelia Arellano muestra orgullosa, en su casa, el instrumento musical con el que se inspiró su abuelo para componer centenares de canciones en Huejuquilla el Alto, Jalisco. Entre el amplísimo repertorio de don Lidio saltan a la mente canciones como "La Pavita", "No llores madre", "Chinita del alma", "Chula la mañana", "Las conchitas", y muchas más.

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¿Sabía usted que… aún existe el pino donde colgaron a Valentín de la Sierra en el “Rancho el Chamuscado”, propiedad de don Teófilo Reyes, municipio de Valparaíso, Zacatecas, y actualmente propiedad, aunque intestada, de los hijos de don Teófilo? "Don Lidio no pudo acreditar ninguna de las mil canciones que se afirma que compuso, pero éstas han trascendido más allá de la frontera, específicamente en San Diego, donde son muy conocidas por la comunidad latina; además, en Huejuquilla hay cintas grabadas con las composiciones de mi abuelo". La señora Ofelia Arellano, nieta del conocido cantautor huejuquillense, comenta que poco antes de morir (hace unos 35 años) él trató de acreditar los derechos de sus canciones en la capital tapatía e incluso pensó hacerlo en la ciudad de México, "pero en aquellos tiempos no había oficinas aquí y el DF estaba demasiado lejos", refiere y al momento se lamenta de que la heredad de su abuelo no ha sido reconocida. Lidio Pacheco murió a la edad de 85 años. Como todo compositor fumaba y tomaba con cierta frecuencia. Su muerte acaeció en el rancho de La Ciénega de Pacheco, ubicada a media hora de la cabecera municipal. Aunque en la mayoría de sus canciones demostraba ser liberal, en otras mostraba, al igual que ahora, el rostro humano y materialista de la gente de su tiempo, que sitúa todo en torno al dinero y a las cosas mundanas, prueba de ello está la canción "Dinero, cómo eres bonito", he aquí unas de sus estrofas: "Todos los hombres que tienen dinero y son hombrecitos de buen proceder, viven felices y nada les falta. Tienen buena casa y bonita mujer, pero el dinero todo se ha perdido. Nosotros los pobres no lo hemos de hallar, por eso vivimos tristes y afligidos. Pobres de nosotros quién nos ha de amar".


Entre otras de sus canciones están "La güerita", "El arroyito", "La jardinera", "No le hace que seas trigueña" y muchas mas que seguramente fueron creadas bajo la inspiración de un trago de mezcalito y un cigarro de hoja. Muchas de sus canciones están ahí, quietas en el tiempo, impresas en el cuaderno de apuntes de don Lidio que aún conserva con mucho celo su hija Sofía. Ella vive en Huejuquilla. "Él tenía un espíritu aventurero y quería conocer los Estados Unidos. Se fue un tiempo y allá compuso varias de sus canciones que hablan de sus andanzas y aventuras. Cuando viajó ya estaba casado. De sus descendientes hay hijos y nietos con sensibilidad musical, quienes heredaron algunos dotes como es el caso de su hijo Aurelio, el menor de la familia, quien tiene

facilidad para tocar guitarra y cantar. También Baldomero era bueno, pero ya no está con nosotros", lamenta Ofelia. El arpa que ella conserva no es la original. Aquella arpa dicen que en una ocasión se le cayó del caballo y se destrozó, "pero mi tío abuelo le hizo otra que es la que alcancé a rescatar", manifiesta la señora Ofelia con un tono de orgullo en su voz. Este es un breve texto en honor de un buen compositor. Hombre de arpa, de aquellos tiempos de Huejuquilla, pero que compuso canciones que traspasaron fronteras y que todavía hoy gustan. ¿Por qué las autoridades poco o nada han hecho por hacer justicia a este hombre que dejó un legado a la posteridad?

Libreta de apuntes de Lidio Pacheco. Actualmente bajo custodia de Ema Pacheco Duarte. Cortesía de Francisco Vázquez

En las siguientes páginas: Imagen de quien, presumiblemente, fuera Valentín Ávila. Personaje descrito en el corrido de "Valentín de la Sierra" Cortesía de Desiderio De la Torre Ávila

Acta de nacimiento de Valentín Ávila. Cortesía del H. Ayuntamiento de Huejuquilla

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Carlotita Vega

Martha Rodríguez Landa y María de los Ángeles Rodríguez Landa Si se habla de educación, Carlotita es una referencia en este pueblo a lo largo del siglo XX. Su escuela estaba en su propia casa donde llegó a tener hasta 80 alumnos. También preparó niños para el catecismo

Martha y María de los Ángeles Rodríguez Ambas son Doctoras en Educación

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ino a cumplir una misión en la tierra: Servir a los demás Carlotita Vega fue huejuquillense de corazón, ya que nació el 4 de noviembre de 1912 en el Potrero de Gallegos, municipio de Valparaíso, Zacatecas. Hija de Felipe de Jesús Vega Pérez, de oficio carpintero, y Ma. Guadalupe Gallegos Gallegos, la tercera de catorce hermanos (cinco hombres y nueve mujeres). Debido a los conflictos bélicos ocasionados por la Revolución Mexicana, su infancia la vivió en diferentes lugares: Mezquitic, Jalisco; San Juan Capistrano, Zacatecas; San Juan Peyotan, Nayarit; y por último llegó a Huejuquilla donde vivió desde su infancia hasta su muerte (2009). Su amor por la docencia se manifestó desde los 14 años de edad, dando clases de catecismo en la parroquia y más tarde los padres de familia, viendo su vocación de maestra y capacidad para educar, le pidieron que enseñara a leer y escribir a sus hijos. El sacerdote en turno la apoyó para que iniciara sus clases consiguiéndole un viejo pizarrón. Consolidó un grupo numeroso de niños

hasta que llegó el colegio Díaz López, a quien hizo entrega de los alumnos. Fue así como inició esa aventura que llevaría a cabo hasta los últimos años de su vida, sin ninguna preparación de maestra ya que contaba únicamente con tercero de primaria, lo cual no fue impedimento para realizar su labor educativa con todo lo que ello implica. Carlotita fue una maestra empírica, sabía de didáctica y pedagogía sin haber pasado por las aulas de una Escuela Normal. Tiempo después le solicitaron sus servicios en la comunidad de San Antonio de Padua, municipio de Valparaíso, en donde laboró por doce años. Posteriormente trabajó en la comunidad de Los Adobes por seis años y nuevamente regresa a la cabecera municipal dedicándose a algunas actividades religiosas, entre ellas, al catecismo de los niños. Cuando parecía que su labor de profesora había terminado, algunos padres de familia empezaron a llevarle niños que tenían problemas para aprender a leer y a escribir y dificultades para entender las matemáticas. Los padres afirmaban que ni en el colegio ni en la escuela oficial


aprendían y Carlotita, con sus métodos, hacía que aprendieran. Fue así como le empezaron a llevar todos los niños con problemas de aprendizaje y de conducta, a quienes ponía al corriente hasta cuarto grado, para luego integrarlos a la primaria e hicieran quinto y sexto grado para que obtuvieran su certificado. Es admirable la labor que realizaba porque sin tener conocimientos sobre las teorías pedagógicas y sin haber leído a Bruner, Piaget, Ausubel y Vigotsky hacía uso del constructivismo dejando que los niños manipularan objetos y en el caso de las matemáticas utilizando como material didáctico piedritas y pedazos de madera de los desperdicios de la carpintería de su padre; para que aprendieran el volumen utilizaba el aserrín. Como en el sistema lancasteriano, se apoyaba con monitores identificando a los alumnos más listos para que le ayudaran con los que tenían más problemas. Afirmaba que las matemáticas eran tan fáciles, que solamente había que enseñarles a los alumnos a través de juegos, utilizando el cálculo y el razonamiento. Planteaba los ejercicios matemáticos de acuerdo al contexto donde los niños se desenvolvían: los problemas a resolver eran relacionados con los mandados que realizaban los alumnos al ir a la tienda, al vender el ganado y todo lo relacionado con la cosecha. Respecto al método para la enseñanza de la lecto–escritura utilizaba el sonido de las letras y las sílabas (método onomatopéyico y silábico). Llegó a tener 80 alumnos, de los cuales atendía 40 por la mañana y 40 por la tarde, de primero a cuarto grado. Los alumnos egresados de la escuela de Carlotita iban muy preparados sabiendo perfectamente la gramática, la aritmética, la geometría y las normas de urbanidad con su metodología empírica, pero muy de acuerdo con la pedagogía operatoria. Dejó su escuelita en el año de 1987, la cual siempre estuvo en su casa, debido a que su familia ya no le permitió por su edad avanzada, sin embargo, siguió preparando niños para el catecismo hasta 1992, porque se jactaba diciendo

que los niños eran toda su vida. Además de maestra también tenía aptitudes persuasivas, ayudaba a los alumnos a resolver sus problemas emocionales y de conducta. Aprendió de su bisabuelo a hacer remedios caseros que sí funcionaban dándole el alivio y una mejor calidad de vida a las personas. Hacía gelatina de las patas de borrego para problemas mentales, amargos para la bilis, vino de nogal para engrosar la sangre, etcétera. Sin duda, Carlotita era una mujer excepcional ya que en su época ella y su hermanas Chilo y Concha eran las únicas que sabían hacer pasteles para bodas y quinceañeras, así como laboriosos y creativos deshilados que también se daba su tiempo de enseñar a quien quisiera aprender. Para ella, la unión de la familia era fundamental, por eso cada año, cuando sus papás vivían, hacían una reunión familiar el 12 de octubre, fecha en que celebraban su aniversario de bodas. Al fallecer sus padres la familia siguió reuniéndose, ofreciendo una misa para los finados a la que acudían más de setenta personas, todos ellos de familia directa. Aunque nunca fue casada y tampoco tuvo hijos biológicos, su corazón de madre fue bendecido con siete hijos de una hermana que falleció y una ahijada a quien también crió desde los tres años. Carlotita Vega, una extraordinaria maestra con un gran espíritu de servicio y una vocación inquebrantable, que dejó huella en nuestro pueblo, que enseñó a leer y a escribir a muchos niños que ahora son hombres y mujeres; ella siempre presumía con orgullo que había tenido por alumnos a siete sacerdotes y quince religiosas, que seguramente tomaron como ejemplo su entrega y amor hacia las personas. Por todo esto y mucho más se puede afirmar que Carlotita vino a este mundo a cumplir una misión y fueron muchas las personas que se vieron beneficiadas no sólo en lo académico, sino con sus consejos y apoyando siempre en lo que se le solicitó. Su vida llegó a su fin en el 2009, a una edad de 97 años, pero su obra permanecerá por muchos años más.

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Los arrieros del Norte de Jalisco en tiempos de la Revolución

Javier Medina Loera Primero fueron los tamemes, luego llegó la época de los caballos, las mulas y los asnos. El transporte de carga siempre existió en esta región. Medina hace un resumen de este tema, y se detiene en la Revolución

Javier Medina Es periodista. Nació en Temastián. Premio Nacional de Periodismo 1991. Premio Despertador Americano 2001.

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os caballos, mulas y asnos de los españoles, que durante los años treinta del Siglo XVI empezaron su conquista en el hoy territorio del norte de Jalisco, sustituyeron a los tamemes, único medio de transporte de la época prehispánica. Pronto los indios se aficionaron a estos animales porque no sólo les servían para la guerra, sino también para relevarlos del pesado servicio de transporte. El sistema de la arriería se organiza aquí a mediados del Siglo XVI, en plena Guerra Chichimeca, provocada en gran medida por los abusos de los conquistadores. Al descubrirse las primeras minas se abrieron los caminos de la plata. Los asaltos de indígenas no se hicieron esperar, y estos primitivos caminos, muy vulnerables, se convirtieron en campos de batalla. La pacificación, a cargo del capitán

mestizo Miguel Caldera, trajo consigo la fundación de los primeros asentamientos de españoles. Los presidios y pueblos defensores llegaron a ser la base de la estrategia militar y la protección del tráfico de los caminos: Fresnillo en 1568, Jerez en 1570 y Colotlán en 1590. La arriería en la Revolución Al desatarse el movimiento armado de 1910, los arrieros de aquí poseían una experiencia de 350 años en revoluciones. Su oficio había nacido precisamente en medio de la guerra del Siglo XVI, pero luego, ya muy entrada la época Colonial, vinieron otras rebeliones indígenas y después, en el Siglo XIX, las guerras de Independencia y de Reforma, cuando también salieron a los caminos, aunque con muchos


riesgos y dificultades. Así las cosas, nada nuevo vino a traer a los arrieros norteños la inseguridad predominante en los aciagos tiempos de la Revolución. Para entonces ya sabían qué hacer o qué no hacer. En 1911 se formó en Colotlán una brigada de voluntarios para defender la plaza “de los revoltosos y bandidos”, como se calificaba entonces a los revolucionarios. Abundaban los ataques a los pueblos. Nadie entendía cómo un gobierno tan sólido como el porfiriano era incapaz de contener la ola de violencia, después de haber garantizado la seguridad de pueblos y caminos durante tres décadas. Los atacantes fueron primero maderistas, luego carrancistas y villistas. Las cosas empeoraron sobremanera cuando a las calamidades provocadas por el hombre, siguieron las naturales. Como consecuencia de la escasez de lluvia en 1915, vino el Año del Hambre en 1916 (también llamado por aquí el Año de la Necesidad). Sobre este Año de la Necesidad dijo desde Totatiche, donde se encontraba oculto en ese tiempo, el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez: “… Los caminos son inseguros: al pasar yo por el rancho del Venadero, cerca de Aguascalientes, me avisaron que el día anterior un poco más adelante habían matado unos nueve salteadores a dos arrieros, para cogerles los burros; de esto hablaban por todas partes”. Entonces, ante aquella terrible hambruna e inseguridad para salir a buscar comida, la gente llegó a comerse hasta las suelas de los huaraches, al tiempo que reaparecían numerosos gavilleros, ávidos de robar todo aquello que tuviera algún valor. Era entonces muy peligroso salir a los caminos en busca de alimentos. Muchos fueron a comprar maíz a Ameca y hasta El Grullo, y volvieron sin maíz, sin burros y sin dinero, porque ya para llegar a estos pueblos, los asaltaban. Pero puede más la necesidad que el miedo. Se organizaron grupos de hasta 20 hombres, armados en su mayoría, desafiando todos los peligros y con hatajos de 80 o 100 burros, para traer maíz de Zacatecas, Aguascalientes,

Durango y otros lugares. En tan críticas circunstancias los arrieros de la época revolucionaria recurrieron al sentido de solidaridad para protegerse de los maleantes, igual que lo hicieron siglos atrás en otros conflictos armados, pero sin dejar de encomendarse a la protección divina, a su patrono San Pedro. La Sombra de San Pedro, guía y guardián de los caminantes, dice entre otras súplicas: “… De un asalto en el camino en una hora desastrada cúbreme Pedro divino con tu sombra tan sagrada. Cuando yo al camino salga y me asalte el malhechor allí tu sombra me valga en el nombre del Señor”. Don Isauro y los villistas En cada uno de los pueblos del norte jalisciense hubo arrieros que padecieron en carne propia la inseguridad de la guerra. Uno de ellos fue don Isauro Rentería Landa, de Huejuquilla el Alto, a quien tuve la fortuna de entrevistar en los años ochenta, cuando ya rebasaba él los 90 años de edad. Mi libro Los últimos arrieros, que aparecerá próximamente, contiene entrevistas como las de don Isauro, quien narra sus encuentros con soldados villistas, de los que por fortuna salió ileso, cuando viajaba a llevar y traer mercancías entre su natal Huejuquilla y la ciudad de Zacatecas. Entre los oficiales villistas había de todo, unos con ideales positivos (el propio padre de don Isauro era capitán villista) y otros con mala entraña, asesinos y ladrones. Entonces, los arrieros de Huejuquilla y de todo el norte de Jalisco tuvieron que vencer el miedo y salir a los caminos, como lo hacen ahora los norteños y en general muchos mexicanos, que no obstante la inseguridad que priva en carreteras y también en las ciudades y en los pueblos, tienen que salir de sus casas para satisfacer sus necesidades.

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Músicos y canciones de Huejuquilla

Francisco Vázquez Mendoza, Elizabeth Morfín y Lidia G. Sánchez En el 2005 se editó el CD Corridos cristeros y algo más. Un canto a Huejuquilla el Alto. En esta historia musical, el grupo Alborada es el extremo de una larga cadena que inició a principios del siglo XX. El CD recupera cinco corridos cristeros y seis canciones con historias cotidianas de esta región norteña de Jalisco

Francisco Vázquez Es Periodista. Editor de Niuki Elizabeth Morfín Psicóloga. Lidia G. Sánchez Psicóloga.

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ste pueblo tiene mucha historia”. Esta frase que se escucha por aquí y por allá, en Huejuquilla del Alto se sacude el tufo de lugar común. Ahí está su magnífico museo prehispánico para envidia de cualquier pueblo de Jalisco, o su protagonismo en la Guerra Cristera ampliamente documentado. En cuanto a la música, Huejuquilla también tiene cosas que contar en distintos tonos. En la primera mitad del siglo XX coincidieron creadores e intérpretes, que tras culminar la faena diaria del campo salían a la calle a divertir —y al mismo tiempo a divertirse— a los hombres y mujeres de esta comunidad y región que hace frontera entre Jalisco, Zacatecas y Durango. Hombres líricos que componían una canción en minutos y músicos que la aprendían al vuelo; o mismas personas que le ponían la música a la de ya, a letras creadas minutos antes. Todo era coloquial. Todo se daba en la calle, generalmente acompañados con alcohol para aligerar los sentimientos. Eran tiempos en que pocos sabían leer y

escribir, y en el que el tema de los derechos de autor era ciencia ficción. El CD Corridos cristeros y algo más tiene ese objetivo: recordar esta parte de la historia. Salvador Novo definió a los corridos como “la literatura del pueblo”. Andrés Henestrosa afirma, “es el vehículo de que el pueblo se vale no sólo para expresarse, es también su órgano periodístico”. Nuestro proyecto comenzó con un tema particular: rescatar corridos con temática cristera. Sin embargo, en el proceso se determinó hacer una combinación entre la Cristiada (5 canciones) y las historias cotidianas de un pueblo, Huejuquilla, y su región (6 melodías). Este CD rescata la figura de hombres sencillos con aportaciones para su pueblo. El sentimentalismo de Lidio Pacheco, la picaresca de Chimano Noriega, la presencia de los Covarrubias y Silvano Ortiz. Esto, con la presencia simbólica de quien fuera un virtuoso del arpa, don Rosendo Ruiz. Y todo lo anterior sazonado por el grupo Alborada, dos de cuyos


Algún tiempo después de la grabación de este material, el grupo Alborada se desintegró. Cortesía de Francisco Vázquez

integrantes tienen enterrado su cordón umbilical en Huejuquilla y uno más tuvo el gusto de tocar con don Rosendo, en el ocaso de su vida. Mauro Ruiz es delgado, moreno, con el pelo cano. De lunes a viernes es un aplicado jardinero en la colonia Chapalita. Desde las 6 de la mañana ya está podando flores, arreglando jardines, y en su colonia de Polanco es un referente social por los más de 20 años que lleva lidereando el trabajo laico en la parroquia. Él salió de Huejuquilla el Alto para hacer vida en Guadalajara, tras una estancia en Estados Unidos. Su padre, don Rosendo Ruiz, le heredó el gusto por la música y la jardinería. Cruz Ruiz Ibarra también es de Huejuquilla, de la misma familia musical de los ruices. Toca el acordeón y lo que le da para la papa es la carpintería; en tanto que Refugio Cervantes la hace de albañil. Su hermano Juan, el que viene a completar la formación del grupo, dedica todo su tiempo a la

música. Toca el requinto en distintos grupos o solo en restaurantes y fiestas. Este es el Alborada. Un grupo que toca en fiestas en el barrio de Polanco y sus alrededores. Entonan boleros, norteñas, corridos y hasta viejas canciones de rock. Ellos han sido los que, de manera generosa, interpretan las 11 melodías del disco Corridos cristeros y algo más. Un canto a Huejuquilla el Alto. Vale una aclaración. Esta historia tiene mucho de oral, por ello, ante las afirmaciones encontradas que a lo largo de este trabajo fuimos recogiendo, decidimos no dar autoría en algunas canciones. Si alguien tiene algo documentado que aportar, estamos a sus órdenes para que, en un futuro, este trabajo sea mejor. Un agradecimiento al PACMYC, al CONACULTA, a la Secretaría de Cultura de Jalisco y especialmente al CUNorte. Y muchas, pero muchas gracias a la infinidad de personas que nos encontramos en el camino. Por aquí seguimos.

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Reseña

Pláticas de mi pueblo Relatos publicados en el periódico Mi Pueblo (1978-1998) Javier Ramírez Romo

Javier Ramírez Profesor docente del CUNorte

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oable labor la de los hacedores del periódico Mi Pueblo que se propusieron rescatar en este libro, Pláticas de mi pueblo, el espíritu de su pueblo como un permanente fluir de la memoria, una larga elegía por una tierra y un pueblo que ya fue y, sin embargo, aún vive a través de sus relatos, de sus “pláticas”. Pláticas de mi pueblo tiene su origen y razón de ser en gente de corazón, que platicando dan a conocer una serie de sucesos acaecidos durante la Guerra Cristera y el rescoldo. Hablamos de narraciones rescatadas de manera oral que casi siempre resultan difíciles de mantener en terrenos de buena factura, que se prestan a deslizamientos hacia lo meramente banal, hacia lo descriptivo o hacia la excesiva complacencia. Labor plausible la de don Luis de la Torre y Manuel Caldera, que en su quehacer periodístico realizado durante más de veinte años con su periódico MI Pueblo —publicación emblemática de la región Norte de Jalisco y Sur de Zacatecas—, rompieron definitiva y meritoriamente el silencio ciertamente y, por boca de algunos hombres todavía ligados al orgullo del terruño, recopilaron estos textos; pasajes que al margen de errores gramaticales, ortográficos, de sintaxis y pretensiones estéticas y arte literario, importan mucho

por cuanto contienen tradiciones y datos históricos de una región olvidada, la de los “Pueblos del viento norte”; lenguaje geográfico dentro de un tiempo y un espacio específicos. Estamos ante narraciones a las que se cuidó meticulosamente de no alterar sus significados y significantes, los modismos, coloquialismos y mexicanismos de la región. Pláticas de mi pueblo es un libro valioso y valiente. Pese a las limitaciones estéticas de algunos de estos relatos, su valor resulta estimable, ya que las narraciones orales, así como las costumbristas o regionales, habían quedado rezagadas hasta cierto punto por las vanguardias literarias. Y se habla de valor porque, aparte de ser en ciertos casos crónicas particulares de provincia, dan razón de ceremonias, arraigadas costumbres (el rapto de la novia o la mujer deseada, por ejemplo), usos y formas de gobierno que, en letras de estos autores del nativo solar, guardan el eco de su primitivo espíritu. Estamos ante un punto de partida por demás interesante, un punto de partida común: el que los autores hablen con sus propios medios de expresión y que su meollo principal sea el del sello cultural de donde parten. Narraciones transcritas y recreadas sobre la base de anécdotas o


"Hotel Mezquite" Fotografía de Alejandro Sánchez Spinetti

pláticas de algunos de los actores o participantes de esta gesta armada; personajes llenos de rencor y de nostalgia, que evidencian un gran apego al terruño, y en cuyos destinos no siempre brilló el sol esplendoroso. Una manera de recrear la memoria que guarda aún un sentimiento y un acervo de tradiciones originales; modos que deben de interesar también a filólogos y lingüistas. "Cayó todo balaceado por entre unas peñas. A cada fregadazo nomás pujaba. Estaba muriéndose. Se quejaba. '¡Hay Diosito de mi vida!' Y yo viendo todo aquello. ¡Ah chingao! ¡Cómo se hace triste! Luego Isabel, cuando oyó que todavía se quejaba, le dijo a Rafail: — Voy a darle el tiro de gracia pa que no esté penando. Bajó hasta donde estaba el herido, le puso el rifle en la cabeza y… ¡Dios nos favorezca!" (pág. 13)

Es sabido que los escritores profesionales, así como los historiadores que se han ocupado de La Cristiada y sus reminiscencias, poco o casi nada se han valido de la referencia oral. La oralidad es la que ahora se ofrece de manera textual; mediante pláticas o relatos que aspiran a descubrir ante los ojos del lector, hombres, juicios y acontecimientos descuidados por estos investigadores. Un mundo delineado por los mismos protagonistas, narraciones referidas de manera oral desde su personal perspectiva y, en otros casos, redactadas por ellos mismos. Historias o aventuras transcritas y recreadas sobre la base de anécdotas o pláticas en las que se evidencia un gran apego al suelo regional; sujetos en cuyo destino no siempre brilló el sol esplendoroso. Pueblos y personajes que, cigarro en boca, suspiran en sus pláticas. Imágenes, miradas al horizonte y añoranzas de tiempos que ahondan el alma al recordar el pasado. Testigos y protagonistas que se sinceran en sus recuerdos y con sus pláticas nos llevan a lo largo y ancho

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de escenarios agrestes, bucólicos o montañosos y ganaderos. Caleidoscopio de pueblos y aldeas de Jalisco, Zacatecas o Nayarit, donde discurrieron, fanfarronearon y ofrendaron su vida los, para unos, fanáticos de Cristo Rey; para otros, mártires de La Cristiada. Actores que inventan y crean leyendas. Ingenuidad, historias contadas sin retórica, que nos invitan a ejercer y ejercitar la mirada al pasado reciente. Esto es lo valiosos de este libro, esto es lo que le da una significación especial al trabajo realizado por Luis de la Torre y Manuel Caldera, quienes apoyándose en un rico material oral y en diversas entrevistas, reconstruyen ese pasado inmediato que de muchas maneras se ve figurado en Pláticas de mi pueblo. Memoria de la vida, o vida de la memoria. Todos los textos son producto de lo que se conserva en esta misma memoria. Normas de vida moral y de conducta social que los hombres del campo enseñaban a sus hijos. Mérito aparte el del memorioso huejuquillense, José Ramírez, que le dio tono y lenguaje a algunos de los relatos antologados. Don "Chepo" fue capaz de recordar los más crudos hechos de La Cristiada y el rescoldo, y sus tiernos amores de adolescencia con el humanismo de las grandes conciencias y la voz de un idioma que responde a los ciclos de la tierra y del Credo. Pláticas de mi pueblo es un libro viejo y

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actual que se inscribe en la corriente narrativa costumbrista, de la Revolución y en la de la rebelión cristera, reconocida por su valor literario. Es un libro sabroso que se lee de un tirón, y que, como la vida, toca solamente algunos temas, todos ellos capitales. Es un libro de tono oral y de interés histórico, en sus páginas se separan los personajes, la intimidad, la lucha por la vida, la injusticia y los balazos. Los textos que lo componen son, más que cuentos, relatos y crónicas; viñetas y artículos periodísticos que tienen como protagonistas a hombres y mujeres del segundo tercio del siglo XX. Es una obra que recoge algunas de las historias más representativos publicadas en el periódico Mi pueblo: descripciones ricas en recuerdos paladeados y recogidas con amor y respeto. Algunos de sus párrafos resultan estampas finas y elegantes. Relatos que en algunos casos afortunados llegan a alcanzar una tensión que gana en dramatismo. Mujeres de vidas platicadas, de voces profundas, las de la tierra y el trabajo repetitivo, las que no se escuchan, voces de viudas, de madres de testigos; de maestras valientes que tuvieron el coraje de denunciar a sus captores, aquellos que la costumbre pretendía convertir en maridos; de novias que esperan y resisten y mueren. Al invitar a leer estos relatos, nos proponemos deshilvanar las frágiles cuerdas que separan


mitos y realidades; iluminarlos con lunas llenas, imaginarlos y analizarlos, gozarlos; soñar con tener un ángel de la guarda que empeñe sus alas para saldar sus cuentas en aras de la verdad. A fin de cuentas, lo que se percibe en las historias de Pláticas de mi pueblo es la vida cotidiana, narrada de la mejor manera en que les fue posible hacerlo, por los actores más representativos de estos pueblos. Es la puesta al día, con veracidad, con humor (¿negro?) e incluso con patetismo, pero siempre con su verdad más íntima y esmerada, de uno de los conflictos que enlutó muchos hogares y cuya herencia se prolongó por varios años más. Ésta es la lección profunda del libro, un texto de desgracias, cuyas historias se escriben para que no se borren ciertas huellas. Eso sí, hay un inagotable afán de vida en un camino tortuoso, difícil y casi siempre desalentador; pero eso es lo que pasa con la vida, que por supuesto dista de ser fácil. Es evidente que el legado de Pláticas de mi pueblo requiere de una atenta lectura para comprenderlo. El libro nos ofrece la oportunidad de revisar nuestras historias locales, para, si nos atrevemos, reconocer entre el polvo del pasado cercano esas banderas de la intolerancia, el encono, la ignorancia y la injusticia, en una época que se nos aparece difusa. En Pláticas de mi pueblo la injusticia se

hace presente en casi todos sus relatos. Pláticas, gestos mudos, testimonios desnudos, porque aún no ha mermado la cólera de pueblos humillados y de gente que dejó salir lágrimas y protestas ante tanto atropello. Todas esas experiencias dejaron huella; relaciones humanas mostradas en su desnudez más completa, sin convenciones de ninguna especie; la guerra tiene esa virtud: desnuda al hombre en su mundo para verlo en su propia esencia, desnudo, sin adornos, directo, patético, elevado y sucio a la vez… No descartamos que para muchos lectores interesados en el tema cristero y sus repercusiones haya poco de novedoso en Pláticas de mi pueblo, pero no es esto lo que importa, sino la manera en que se va entramando la información, las historias y esas anécdotas otrora dispersas. En sus páginas encontramos un inagotable afán de vida. Hablamos de relatos que nos revelan las diferentes facetas del ser humano, un ser tan complejo en el que se evidencian sus numerosas actitudes familiares en defensa del honor, la hombría según lo interpretaban y/o entendían los habitantes de esta región del país de los años treinta hasta pasada la primera mitad del siglo XX; son los elementos de historias que todavía se platican en las casas y las plazas barridas por ese viento norte. Ésta es la lección profunda del libro.

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Esta publicaci贸n es una edici贸n conjunta entre el H. Ayuntamiento de Huejuquilla el Alto y el Centro Universitario del Norte de la Universidad de Guadalajara.



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