Timonel Vol. 22

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Revista literaria del Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste AĂąo 6 | NĂşmero 22 | Febrero-marzo de 2017


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Contenido 3 Presentación 4

Álbum secreto| A l ejandro Avil é s

5 De luces y sombras| G abr ie l Za id 6 Viaje en motocicleta| Pat r ic i a C arr il l o C ol l ar d 8 Vientos de cambio| Ye se ni a L oza C ázar ez 10

Gloria Gervitz (Primera parte)| Jo sé M ar í a E spina s a

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Habitar en vano| Jo s ué C amacho

15 Desierto en fuga| E l izabe t h C aze s s ú s 16

Algunas obsesiones de un alma intelectiva | Moi sé s E l í a s Fue n t e s

18 Bajo la luna de Maud / Under the Maud Moon | G a lway K inne l l . Tra ducc ión de Ó s car Paúl C a s t ro 20

Noknoka | R afae l F é l i x

20 Don de lenguas | E dmund o L izar di 21

Poemas | Hé ctor C ompany

22 Los mundos creativos de Cecilia y María | A zuc e na M anjarr ez 24 Un acertijo entre vidas y una vida entre acertijos | Abne r C abra l 26 Diálogos sobre música. La tragedia de San Agustín | Ja s sef A l ejan dro Ba lde rrama 28 El realismo y la figuración: Tránsitos y ambigüedades | Dafne Cruz Porchini 31

Poemas | Páv e l A i spuro

32 Sobre el fuego como purificación del alma para el perdón de los pecados| L eonar d o Gonzá l ez Rome ro 34 La entrada a la vida de las Musas. El autor y la escritura, Ernst Jünger| Se rgio C eyca 35

Nocturno suicida, notas del investigador| C hr i s t i an Pe ña Luis Alderete. Arquitecto. Tijuana, B. C., México. Artista plástico multidisciplinario desde 1981, deja sus sueños por 30 años para estudiar y desarrollarse profesionalmente como arquitecto. En 2008 retoma la plástica. Ha participado en múltiples exposiciones en México, Estados Unidos y China. Su obra ha sido distinguida en numerosas publicaciones, concursos y bienales. Premios y reconocimientos recientes: 2015. Mención honorífica, dibujo; XX Bienal Plástica de Baja California, Instituto de Cultura de Baja California. 2013. Primer lugar, pintura; XIX Bienal Plástica de Baja California, Instituto de Cultura de Baja California. 2013. Seleccionado; «Blanco… y Vacío», Art Site of Chiayi. Taiwán, China.


pr e s e n tac ión

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E

n el presente número de Timonel compartimos el «Álbum secreto» de Alejandro Avilés, el poeta nacido en La Brecha, Guasave, Sinaloa, que además de sus aportes al periodismo, el magisterio, la cultura y la democracia en México, configuró una obra que se robustece con estos poemas póstumos. Gabriel Zaid señala en el pórtico de Un grito contra nadie. La obra de Alejandro Avilés, libro que publicó recientemente el Instituto Sinaloense de Cultura, que «La poesía de Alejandro Avilés da una impresión de suavidad (…). Esto refleja el carácter bondadoso y tranquilo del poeta, la fuerza no ostentosa de un hombre de bien». Damos gracias a su familia y a sus estudiosos por hacernos llegar estos materiales de un hombre que merece ser más atendido en Sinaloa. Timonel incluye un cuento y un poema de los ganadores del premio nacional de literatura Gilberto Owen 2015; la narradora Patricia Carrillo Collard, primera escritora sinaloense mujer en obtenerlo, que nos lleva a través de la vista de un video a «Un viaje en motocicleta» cuyo destino es impredecible; y el poeta Christian Peña, en cambio, nos lleva a otro viaje de la mano del hipotético investigador de la muerte del poeta Xavier Villaurrutia, y sus conclusiones son menos claras que el reporte médico que consignó el suceso. La cambiante obra Gloria Gervitz es estudiada por José María Espinasa en un ensayo que se detiene en la influencia de la cultura judía en sus versos. Y Moisés Elías Fuentes explora las obsesiones de Eduardo Ruiz —literatura y poder, los orígenes del mito vampírico, el

declive de la fe religiosa— en el libro Asunto de familia, que el ensayista y poeta publicó bajo el sello del Instituto Sinaloense de Cultura. En narrativa aparece un fragmento de novela de Josué Camacho, un narrador que explora la infancia y la adolescencia con una templanza que dota a sus personajes de cierta inmunidad ante los sinsabores de la vida. Y Leonardo González Romero nos regala un cuento sobre una tragedia doméstica que adquiere tintes religiosos. La poesía se extiende con poemas de Edmundo Lizardi, Pavel Aispuro, Rafael Félix y Héctor Company, y la traducción que hace Óscar Paúl Castro de «Under the Maud Moon» del poeta Galway Kinnell. Tres libros de Selva Almada, Georges Perec y Ernst Jünger son reseñados por Yesenia Loza Cázarez, Abner Cabral y Sergio Ceyca, respectivamente; los tres pertenecen al grupo 101 Libros que dirige el narrador Eduardo Ruiz. El joven guitarrista y crítico musical Jassef Alejandro Soto nos habla de las reservas de San Agustín cuando se trata de disfrutar la música. El número, ilustrado por Luis Alderete y patrocinado por el Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste, incluye dos textos de crítica de arte. Uno de Dafne Cruz Porchini, quien analiza una serie de obras realistas y figurativas de la colección del Museo de Arte de Sinaloa, a propósito de su vigésimo quinto aniversario; y otro de Azucena Manjarrez, que habla de los retos sociales y familiares que enfrentaron las artistas visuales Cecilia Sánchez Duarte y María Romero. Sean bienvenidos a sus páginas.

Papik Ramírez Bernal Director del Instituto Sinaloense de Cultura

Secretaría de Cultura

Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste

Mt r a . M arí a C ri st i na Ga rcí a C epeda Secretaria

Papi k R am í re z Be rnal Director General del Instituto Sinaloense de Cultura y Coordinadora del forca Noroeste

L ic. S aú l J uáre z Veg a Encargado de Arte y Cultura L ic. F r anci s co C orn e jo R odríg ue z Secretario Ejecutivo Mt ro. A n t on io C re stan i Director General de Vinculación Cultural L ic. A mal i a Galván Tre jo Directora de Vinculación con Estados y Municipios

Diseño Editorial

Lic . C h ri st oph e r A l e x te r A m ad or C e rvante s Director General del Instituto Sudcaliforniano de Cultura Lic . M anuel F el i pe Be jar ano G i a com án Director General del Instituto de Cultura de Baja California Lic . M ario Wel f o Á lvare z Belt r án Director General del Instituto Sonorense de Cultura Lic . P edro A r at h O choa Pal a cio Director General del Centro Cultural Tijuana

J e sú s R am ón I b arr a R am í re z Director de Literatura del isic E duard o R ui z Jefe del Departamento de Literatura J uan E sm e rio Navarro Jefe del Departamento Editorial del isic Wendy F él i x H e rre r a Coeditora M arí a S a st re M oreno Corrector M ari tza L ópe z L ópe z Cierre de edición

Timonel es una publicación trimestral del Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste. Es de distribución gratuita y los contenidos que aquí se publican son responsabilidad de sus autores. Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación deberá reproducirse total o parcialmente sin citar la fuente. Culiacán, Sinaloa, marzo de 2017. Correspondencia y colaboraciones dirigirlas a revistatimonel@ culturasinaloa.gob.mx


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Álbum secreto

Alejandro Avilés Lo que me importa

El asombro

No me importa que todo se detenga, que se derrumbe el sol y huya la vida. No me importa que solo quede el humo de lo que fue, y el polvo de las ruinas. Lo que me duele es que perdí en la noche aquella luz, aquella flor del día.

Usted me amaba un día; muchos días me persiguió su luz como la aurora. Inusitado amor el suyo, amor de transparencias, ojos como ventanas de alegría.

Al aire se anunciaron Al aire se anunciaron grandezas de tu Cielo, Claro Señor que alientas mi esperanza. Perdón por los extraños cultivos de silencio en la dolida oscuridad del alma.

Yendo hacia la vida No hacia afuera; hacia ti, hacia tu mirada camina el alma cabalgando estrellas. Hacia el milagro de un amor vivido hecho de asombros y de primaveras. Pues no pesaba el tiempo ni la sed lastimaba el labio trémulo. Y sólo a ti mis ojos se entregaban.

Alejandro Avilés. Poeta. Primer catedrático de la Escuela de Periodismo Carlos Septién, fue el quinto director de la institución. De 1948 a 1963 fue director de La Nación, órgano oficial del Partido de Acción Nacional. Estos poemas aparecen en Un grito contra nadie. La obra de Alejandro Avilés, coordinado por Fred Álvarez y Leopoldo González, isic, 2016.

Fue tal vez el asombro de la tarde que mira fenecer la luz del día. Ardiente asombro encandeció mi vida ante el enhiesto don de luz crecida. Asombro ardiente, deslumbrado, puro. No salgo de mi asombro todavía.

No hay filo que te corte No hay filo que te corte, flor de desesperanza, hilo ciego. No hay filo que te corte y yo te digo: te cortaré con fuego. Pero tú ya no puedes escucharme: entre nosotros algo pasó que propagó el silencio. Algo pasó, fanal de transparencia, que amortiguó mi reino. No hay filo que te corte y ya se apaga la consabida rosa en el espejo. No hay filo que te corte, flor tardía. Algo pasó como si hubieras muerto.


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De luces y sombras Gabriel Zaid La p oe s í a de A l e jan dro Avi l é s da u na i mpr e s ión de s uav i da d, p or e l c u i da d o de l a f orma ( au n q u e e s tá e n v e r s o l ib r e ) , p or e l ton o de l a vo z q u e hab l a e n pr im e ra pe r s ona y p or l o s s e n t i m i e n to s q u e e x pr es a . A de má s , a b u n da e n a dj e t i vo s c omo l e v e , t e n u e , s uav e , du l c e , t i e rno, i ng e n u o, i n o c e n t e , de l ica d o ; y fra s e s c omo « az oro a d ol e s c e n t e » , « ac e i t e de pi e da d » , « a l ro c e de u na s a l a s ».

Esto refleja el carácter bondadoso y tranquilo del poeta, la fuerza no ostentosa de un hombre de bien. Aunque vivía sumergido en las realidades humanas, como militante y periodista, nunca abandonó su ánimo generoso y constructivo. Por encima de las pequeñeces y el cinismo de la Realpolitik, se consagró a la promoción de la cultura como editor de revistas y suplementos, y como formador de escritores: en la práctica, en la cátedra y en la dirección de la escuela de periodismo Carlos Septién García. Su interés en la obra de los otros y su falta de codicia por la gloria personal eran admirables. Pero estaba muy consciente del mal y de las sombras. Una lectura más atenta de sus poemas descubre como tema repetido el dolor, «la desolación de lo vivido», la «raíz amarga» y hasta la «hermandad de odios». Rubén Darío dijo alguna vez que no hay «mayor amargura que la vida consciente»; y Alejandro Avilés, hablando de Palas Atenea (diosa que no nació de vientre materno, sino de la cabeza de Zeus), dijo que la conciencia nace como un «Tumor en el cerebro». Su último poema («La vida de los seres») tiene algo de dantesco, que recuerda los grabados de Doré y sus contrastes de luces y de sombras. Pero no describe un viaje al infierno donde están los otros, condenados por el poeta; ni hace una exhibición del propio infierno, como se volvió común desde el siglo xix. Expresa una compasión religiosa por la vida que sufre en «un planeta extraño», donde «la luz no sabe la sombra que proyecta sobre el mundo», hasta que «tiene frío y viene a cobijarse con la sombra». Esta aceptación de las luces y las sombras estaba en el talante del sembrador esperanzado, y sigue vivo en su obra.

Gabriel Zaid. Poeta y ensayista. Su libro más reciente es Cronología del progreso (2016).


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Viaje en motocicleta Pat r i c i a C a r r i l l o C o l l a r d Cuando presionó el botón de play, no sabía lo que iba a ver . No tenía ni idea . Todo había pasado tan rápido. Se sentía como en cámara lenta . El aire que l a rodeaba , sí, ese que se negaba a entrar a sus pulmones, era pesado, viscoso. Sus piernas y brazos trabajaban el doble llevándol a de un sitio a otro, aunque solo fuera de l a cama al sillón.

Marcus le había entregado las pocas pertenencias de Jimmy. Fue su compañero de viaje y se encargó de los detalles en México. Los detalles. Cómo usamos palabras que no dicen nada, para escabullirnos de la realidad, pensó. Se llevó una mano al cuello, en un vano intento por remover lo que la asfixiaba. El video lo filmó Jimmy con la Go Pro, la cámara que compró antes de partir a México. La había montado al casco de la moto con un aditamento especial y le había prometido que grabaría el viaje para que ella también lo disfrutara. Disfrutar el viaje, ella. Qué ironía. La escena en la pantalla desencadena el torrente de lágrimas que ha contenido con tanto cuidado. La rueda delantera de una moto. La de Jimmy. Rodando sobre una carretera sinuosa. La voz de Jimmy: «Ahí adelante va Marcus. Estamos regresando de Bahía de Banderas». Lo escucha y sus lágrimas se detienen, su corazón se echa a correr, desaforado, buscándolo. Buscando a Jimmy. ¿Cómo puede haberse ido? ¿Cómo? Si ella está escuchando su voz… Esa voz que sonríe, junto con sus ojos verdes, cuando él está contento. Hace un nuevo intento por tomar aire, se espanta las lágrimas con ambas manos y parpadea varias veces, enfocando la pantalla. La tira de asfalto es angosta. No se parece en nada a las carreteras de por acá. Ella nunca ha salido de los Estados Unidos. Nunca. El camino serpentea hacia uno y otro lado y la cámara la hace sentir que viaja en la moto con Jimmy. ¿Por qué no lo había hecho? Debió haber aventado todo al demonio. Debió haberlo acompañado. ¿Por qué había dejado escapar esa oportunidad? El camino se abre cada vez que entran a algún poblado. Jimmy recita los hombres: Rincón de Guayabitos, Las Varas, Lo de Marcos. Para ella son solo sonidos extraños. No le había tomado el gusto al español, como Jimmy, cuando lo estudiaron en la preparatoria.

Por momentos, la orilla de la carretera se pinta de colores, delineada con puestos de fruta y otras mercancías. «¿Qué tal lo que venden aquí, eh?» pregunta Jimmy. En los puestos, en estantes al aire libre, o colgados de alambres que van de un árbol a otro, hay racimos de plátanos amarillos, papayas, cocos. «Esas de allá son calabazas», dice Jimmy, señalando una fruta gruesa, larga y curva, del color de las calabazas que ella conoce. «Apuesto a que nunca habías visto algo como eso», bromea Jimmy, apuntando ahora hacia unas frutas ovaladas, enormes y verdes, cubiertas de pequeños picos. «Es la yaca. Por dentro es entre color mango y papaya, con una cosa blanca y pegajosa que le quitas para comer los frutos. Es algo extraña, pero sabe muy rica», sonríe Jimmy, con la voz. «Dulces. Baje la velocidad», traduce, de un letrero pintado a mano, al lado del camino. «Venden muchos dulces hechos con fruta. Calabaza enmielada, camote caramelizado. Creo que el que más me gustó fue la cocada», continúa platicando Jimmy. «Es coco rallado, hervido con agua de coco y mucha azúcar. Ya se me está antojando una», ríe. «Ahora haremos una parada para estirar las piernas y comer algo», le indica. Las motos salen de la carretera y se detienen al lado de un árbol frondoso. De las ramas cuelgan bolsitas de agua y Jimmy comenta que así espantan a las moscas. Ella no entiende a qué se refiere, pero no pone atención. Su cerebro tampoco funciona muy bien últimamente. Son tantas las cosas que no entiende ya. «Voy a apagar esto por un momento», dice Jimmy, y la pantalla oscurece por unos segundos. Cuando se enciende de nuevo, ella siente el asfalto pasando bajo la rueda delantera, la moto de Marcus adelante. «Solo puedo comer en un lugar así, bro, porque llevamos dos meses viviendo aquí», le dice Jimmy a Marcus. Y luego, como si le confesara a ella, añade: «Cuando recién llegamos pensé que me moriría de diarrea». En la moto delantera, Marcus hace un ademán con la mano. «No te rías, bro, no soy como tú. Parece que tienes los dentros de fierro». El camino sube la montaña reptando mientras las motos bailan. Se inclinan hacia un lado y hacia el otro, un lado y el otro. Ella observa, fascinada, la armonía entre Marcus y la moto. Hombre y máquina en


7 perfecta sincronía. Le maravilla la facilidad con que se deslizan sobre el asfalto, como si el recorrido no fuera toda una proeza. Le gustaría estar observando a Jimmy, en vez de a Marcus, pero por lo menos oye su voz. Las curvas se suceden unas a otras. El tráfico zumba en el sentido contrario en una procesión espeluznante. A ella le sudan las manos, se le inquieta el estómago. La voz de Jimmy, comentando sobre la vegetación, la obliga a enfocarse en el paisaje. El follaje es espeso, verde oscuro, verde claro, verde amarillo, verde, verde. Invade la carretera, la abraza. «Este es el huanacaxtle», dice Jimmy, pronunciando el nombre con reverencia. «Uno de mis árboles favoritos». Entre todo ese verde, los brazos desnudos de un árbol acarician el cielo. La promesa de vida se manifiesta en las vainas redondas que penden de sus ramas, en los nidos colgantes y alargados a los que da abrigo. «Al del tronco rojo le llaman Papelillo, porque se le hace una cáscara como de papel», continúa Jimmy. Las ramas de las palmeras y los distintos tipos de árboles se entrelazan con las enredaderas y los arbustos que nacen del suelo. «Mira esas lianas». Jimmy suspira. «Pensarías que Tarzán va a descolgarse de una de ellas en cualquier momento», bromea. Luego los árboles se doblan sobre la carretera, formando un techo viviente que resguarda del sol a las motos y a sus conductores. Las sombras de las hojas se escabullen sobre el camino. Manchones de luz sobre el asfalto. Rayos dorados atraviesan el follaje, sugiriendo una presencia divina. No es que ella sea una persona religiosa, no. Pero es lo que siente. Ahora entiende por qué Jimmy insistió tanto en hacer ese viaje. En sumergirse en ese lugar mágico. A la orilla de la carretera se observa una cruz blanca, acompañada de un puñado de flores amarillas. «Siempre ponen cruces o pequeños altares en el lugar donde fallece una persona», menciona Jimmy. «Los mexicanos son muy apegados a sus muertos», dice, a modo de explicación. Las motos siguen su camino, entre la raya amarilla y la raya blanca. Sobre la raya. Adentrándose en ese mundo verde que lo cubre todo. Emergen a una pequeña recta y cobran velocidad. El asfalto es un brochazo gris que se aleja bajo la moto. Ella siente que el aire le roza la piel. «¡Wuu, huuu!», grita Jimmy, entusiasmado. «Podría morirme ahora, bro, y moriría feliz». Las lágrimas la derrotan de nuevo, como una fuga discreta que poco a poco rompe la resistencia del dique. ¡Si solo supieras lo que te espera, Jimmy!, piensa, rompiéndose en mil sollozos. En el video, Marcus y Jimmy rebasan unos camiones, entre las curvas, y ella se atraganta con su propio aliento, aferrándose al borde del sillón en el que está sentada. ¿Cómo puedes temer por la vida de alguien que ya está muerto? Y pensar que a ella le había preocupado la inseguridad. Los robos, los secuestros, las desapariciones. Que Marcus y Jimmy se liaran sin sospecharlo con narcotraficantes, con policías corruptos. Se imaginó tantas cosas, escuchando las noticias que

circulan sobre México en la televisión, en las redes sociales, lo que se lee en los periódicos. Tantas cosas. Pero nunca esto. Ahora teme por la vida de Jimmy en cada curva, en cada rebase. La moto de Marcus, siempre en la delantera, le sirve de consuelo. Jimmy continúa comentando el viaje, comunicándose a ratos con Marcus por el intercomunicador que llevan instalado en los cascos, hablando con ella otras veces. Terminan las curvas, por el momento. Ella descansa de la tortura. La carretera se abre en un pequeño poblado y ella siente, por fin, que el aire le entra hasta los pulmones. «¿Qué tal esas curvas, eh? ¡De miedo! Pero vale la pena el camino…». Está charlando con él. Con Jimmy. Como lo hacían cuando volvía de sus recorridos, después de explorar un nuevo sendero. Como ya no podrán hacerlo nunca. Las motos pasan al lado de un letrero verde con letras blancas. Jimmy señala con la mano. «Chapalilla, así se llama este lugar. Faltan 176 kilómetros para llegar a la ciudad de Guadalajara. Mañana el avión y otra vez juntos, baby». Otra vez juntos… Las motos se detienen en un alto, una al lado de la otra. Los conductores apoyan las botas en el asfalto, extienden y flexionan los dedos de las manos, enfundados en los guantes negros. «Ya casi llegamos, hermano», dice Jimmy, volteando a ver a Marcus. «Necesito un baño, luego un par de cervezas para rematar el viaje». Marcus contesta que él invitará las cervezas. El semáforo se pone en verde y Marcus arranca. Él va siempre adelante. «Tengo muchas ganas de verte, chiquita». La frase retumba en los oídos de ella. Ganas de verte. Por un momento, no puede oír ni su respiración, ni el motor de la moto, acelerando, ni el aire que roza el casco de Jimmy y la cámara que lo corona. Su corazón late cada vez más despacio, al ritmo contrario de las motos, que van aumentando su velocidad. Detrás de Marcus, un perro cruza el camino. Jimmy grita. El perro se detiene. La moto lo esquiva con un chirrido feroz, pero el perro se mueve hacia el lado contrario al que esperaba el conductor. Ella se está mordiendo los labios, pero no se da cuenta. Jimmy pierde el control de la moto. El perro corre espantado. Se escucha un estruendo y luego el cielo azul. Azul, sin una sola nube. Un golpe seco y la pantalla vacía, negra. Como ella. Como su vida, ahora.

Patricia Carrillo Collard. Con Nadie que me comprenda ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2015. Este cuento pertenece a ese libro.


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Vientos de cambio* Yesenia Loza Cázarez Cuan d o l a paz y armon í a q u e ofr e c e n l a ru t i na y e l c onf ort de l dí a a dí a se v e n af e c ta da s , o c u rr e n cam b io s i mp ortan t e s e n l a s pe r s ona s . Sa l ir de aq u e l l o s pe ns am ie n to s y ac t i vi da de s a l o s q u e vi vi mo s ac o s tu m b ra d o s no e s una tar e a q u e de pe n da ú n icam e n t e de l va l or pe r s ona l , s i n o tamb i é n de l a inf l ue nc i a de vie n to s ex t e r ior e s . E x i s t e n vi e n to s tan f u e rt e s q u e e n l u gar de ro zarno s l a s me jil l a s c on u n débil s opl o arra s an c ompl e tame n t e c on n u e s t ra figu ra , sie nd o capac e s de c ol o carn o s e n s i t io s di f e r e n t e s a n u e s t ro l u gar de or ig e n prod uc ie nd o cambio s ra dica l e s e n n u e s t ra pe r s ona , tan to i n t e r ior c omo e x t e r iorme n t e .

¿Cuándo es el mejor momento para dejarnos llevar por el viento? Debería ser posible en diferentes tiempos a lo largo de nuestra vida. ¿Cuándo es el mejor tiempo para ello? Seguramente lo es la niñez y adolescencia, donde aún somos frágiles y al viento le resulta más fácil jugar con nuestra personalidad para forjarnos como la persona que finalmente llegaremos a ser. Pero, ¿qué ocurre cuando alguien que ha crecido entre vientos desérticos de repente se ve azotado por vientos marítimos, cuando los pensamientos y la forma de vida con los que convivimos siempre se ven interrumpidos por la invasión de estas nuevas ideas desconocidas y distintas a las que estábamos acostumbrados? Arrasadora y atrapante es la historia que nos presenta Selva Almada en El viento que arrasa: personajes cuyas personalidades se han visto forjadas por fuertes corrientes de aire que pueden compararse en magnitud e impacto, pero que varían en cuanto a la condición ambiental de donde surgieron. El gringo Brauer y el joven Tapioca, ambos unidos por un lazo de padre e hijo, pasan sus días en un taller, rodeados de grandes cantidades de automóviles sin funcionamiento, acompañados de la fuerte resolana y las altas temperaturas características de algunas provincias argentinas. El reverendo Pearson, un fiel seguidor de la religión que ha adoptado como su tarea esencial la predicación de la palabra, se encuentra de camino hacia un pueblo a cumplir su labor. Acompañado de su hija Leni, el evangelista se vio atorado en medio de su travesía por los desperfectos de su automóvil teniendo que recurrir a la ayuda de los expertos automotrices. Una soleada tarde y una lluviosa noche es lo que la naturaleza ofrece al encuentro de estos personajes, de estas corrientes de viento. La tarde que fuertemente iluminaba el paisaje es la que acompaña el encuentro entre nuestros personajes: sus primeros diálogos, reacciones y pensamientos, que en primera instancia serían cálidos y pasivos entre sí. A partir de esto nos es posible conocer las historias y personalidades de cada uno: los primeros en dar este paso son Leni y Tapioca, a quienes la similitud de edades unió y permitió que encontraran algo especial en el otro. Di-


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ferentes en cuanto a la formación que recibieron de sus padres, pero semejantes a partir de las inseguridades personales que sienten, generadas por el mismo encuentro y por la ausencia de una figura materna en la infancia de ambos. Con el avance de las horas y bajo las nubes empujadas por el viento tiene lugar la conversación entre el reverendo Pearson y Tapioca. El primero ve en el joven a alguien con potencial para acercar al camino de Dios. Discursos, reflexiones y debates internos son los que tienen lugar en la mente del chico quien, sorprendido y encantado por las lecciones aprendidas, comienza a forjar su propia postura ante una vida de la mano de Jesucristo. Por ser tan trascendentes las palabras del evangelista en el chico, se despierta en él la intriga por conocer más acerca del personaje del que le habían hablado, pero ahora quiere escucharlo a través de las palabras de su padre. Los ideales de Brauer difieren de los de Pearson y, por lo tanto, toma una postura de rechazo ante la idea de que su hijo se acerque al mundo religioso. Tapioca se encuentra confuso ante este choque de corrientes y lo aborda la voluntad de liberarse del calor de su hogar para buscar su propio camino guiado por las ideas que decida adoptar para sí mismo. Tapioca no es el único que comienza a contemplar la idea de revelarse ante su padre sino también Leni quien, a diferencia del chico, desea abandonar su vida nómada de viajes religiosos para formar un hogar propio. Todas estas ideas forjadas por los deseos internos de cada uno sobre cómo les gustaría vivir sus vidas tienen lugar solo en sus mentes, pero pronto se materializan en forma de palabras a través del discurso que tendrá lugar en el gran choque de vientos. Mientras que Leni y Tapioca se ven azotados por la ventisca de ideales, Brauer y Pearson se mantienen fijos en sus posturas y es que, entre más años de vida tienen las personas, es mucho más difícil que permitan que vientos exteriores entren por la puerta de la entrada y salgan por el patio trasero tras haber arrasado lo que hace tanto tiempo se formó en el hogar. El evangelista, tras su reflexión bajo los rayos del sol y el árido clima, decide proponerle al padre de Tapioca la posibilidad de llevárselo con él para que se integre a su papel como futuro cristiano, por lo que decide acercarse suavemente al mecánico para conversar. Los diálogos entre ambos son algo leves durante la tarde, donde hablan acerca de cómo va la reparación del automóvil y de lo curioso que es el paisaje donde se encuentran, pero después de este cruce de líneas se denota la actitud defensiva de Brauer ante Pearson tras conocer los fines con los que se ha acercado a su hijo. El evangelista percibe esto y reconoce que su tarea se verá afectada por la fuerte autoridad del padre de Tapioca y que es necesario tomar cartas en el asunto antes de que el coche esté listo para su partida.

La noche, oscura y lluviosa, es testigo de la tormenta que tiene lugar en el taller de Brauer. La primera llovizna refresca el tacto paternal que comparten Brauer y Pearson por sus hijos, entablan un diálogo tranquilo de recuerdos, risas y cervezas que mantienen a Tapioca y a Leni en un estado de confort. Esta comunión se ve interrumpida por la propuesta del evangelista que pide llevarse a Tapioca hacia su destino: rápidamente Brauer se rehúsa a ello y tiene lugar el choque de vientos frío y caliente para dar rienda suelta a una tormenta. Roces de palabras e impactos de golpes que terminan en prendas sucias por el enfrentamiento en el lodo despiertan los sentidos de los jóvenes y estos deciden hacer escuchar sus ideas ante los oídos de sus padres. En el encuentro de estas cuatro corrientes de aire es posible que una de ellas se vea influenciada por una más fuerte y se deje llevar hacia el sendero por donde ese viento va arrasando. ¿En qué momento los ardientes vientos del desierto se vuelven cálidos para tornarse fríos? ¿Cuando el viento del mar, paseante de las olas, se vuelve sedentario? Sin duda, ambos cambian con el encuentro: aquel que tiene cita con fuertes corrientes exteriores que provienen de diversas partes del mundo y aquellos cuya influencia es tan grata que nivela la temperatura y magnitud de nuestros soplos. Todos crecemos siguiendo una corriente maternal que nos cría, pero conforme crecemos nos vamos haciendo de alas para poder alcanzar el destino al que queremos llegar. ¿Cuándo podemos abandonar el nido en el que crecimos? Cuando sintamos que nuestras alas son lo suficientemente fuertes para sostenernos en el aire. ¿Cuándo debemos dejarnos llevar por el viento? Cuando este nos ofrezca las condiciones que necesitamos para volar. La escritura de Selva Almada, a través de los diálogos y de la descripción, es capaz de trasladar al lector a las provincias calurosas de Argentina; nos acompaña en el debate interno sobre las concepciones religiosas y los ideales de los personajes. De esta manera logra adentrarnos en el conflicto que tiene lugar en la historia, desde lo familiar hasta lo ideológico. El viento que arrasa es una novela que no solo nos acerca a sus personajes y su historia, sino que también logra envolvernos en un ambiente familiar bastante íntimo al que podemos entrar a través de nuestra propia experiencia personal. *El viento que arrasa, Selva Almada. Mardulce: Madrid. 2015.

Yesenia Loza Cázarez. Estudiante de Historia en la Universidad Autónoma de Sinaloa.


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Gloria Gervitz (Primera parte)

José María Espinasa De sde que el ext en so poema que hoy conocemos con el t í tulo ¿defini t ivo? de Migracione s , se empezó a publicar , en 1979, con Sha jar i t, Gloria Gervi tz ll amó l a at ención de los lectore s y cr í t icos de poe sía .

Su intensidad y su complejidad lo volvían un texto singular en la lírica posterior a Poesía en movimiento, intensamente personal y con una vocación formal que, si bien conocía todos los signos y síntomas de la modernidad, no les rendía culto y se avocaba a una condición no tanto íntima —aunque también— sino interiorizada. Octavio Paz acaba de publicar (1976) Pasado en claro, su gran poema autobiográfico, en que miraba su vida y al voltear al pasado no se convertía en estatua de sal sino en luminosa transparencia. Gloria escribía una especie de «presente en claro» que le provocaba una «oscura transparencia», una crispada y no exenta de violencia condición del estar en el mundo no coincidente con su ser en ese/otro mundo. Me parece evidente —aunque me aprovecho de la perspectiva de más de cuarenta años transcurridos— que se trataba de un poema en marcha. Al revés de lo que señalan, y con no pocas razones, la mayoría de sus críticos, yo propongo no leer las sucesivas publicaciones como un solo texto, sino como estadios de la escritura, en que cada libro —Shajarit, Fragmento de ventana, Yikzor, Pythia y Migraciones— es un libro distinto aunque sea el mismo. Se suele decir que un poeta escribe siempre el mismo texto, y Gloria Gervitz tomó esta frase de forma literal. Los motivos son muy simples: la obsesión por el propio sentir, que no es lo mismo que los sentimientos que se viven. En cierta forma el poema es una epidermis, ese aparato sensible que es pura sensibilidad, la piel, pero que a la vez es un umbral con el mundo en su tocar las cosas y los cuerpos. En uno de los mejores ensayos que se han escrito sobre su obra, Blanca Alberta Rodríguez señala, al amparo de Menéndez Pidal, que esa poesía vive en sus variantes. Es cierto, y su sentido exige tal vez leerla así: como una escritura en permanente variación, que no se fija en un texto final de referencia, sino justamente en su «inestabilidad» física, como se dice en la ciencia. Si bien he leído, y con mucha atención y admiración las sucesivas ediciones, la lectura que hago en este texto está basada sobre todo en la edición de Migraciones del 2000. Suelo «trufar» mis libros con anotaciones, tarjetas y papelillos con observaciones de lectura, y me llama la atención que en ocasiones la violencia

interior, sobre todo la sexual, sea lo que resalta y en otras lo haga la musicalidad intensa del poema, su carácter de plegaria. Cuando la piel siente —una caricia, el frío, la humedad, una quemada— la reacción es inmediata y diría que preverbal: un grito, un gesto, rechazo o aceptación física. Solo cuando ese gesto se elabora se vuelve lenguaje y, por ejemplo, un grito se puede volver lamento o gemido, que se escande en construcciones de enorme complejidad. Dante ve a Beatriz y esa mirada es una manera de sentir; el ojo es piel, y la elaboración lleva años después a La divina comedia. Pero Gervitz no quiere abandonar su condición de grito, de reacción instintiva, sino entenderla en toda su extensión. Un poema como Migraciones presupone que todo se toca, ya sea con la mirada, con la escucha, con la respiración y, sobre todo, con la lectura. En el gesto de pasar la mano por la página hay una huella fósil de la certeza de que leer es tocar el texto, tocar su textura es entender su textualidad. De ahí la importancia de situar a esta escritora en el contexto de la cultura judía en nuestro país. La cultura judía en el México independiente (no se diga en el virreinal) es minoritaria demográficamente, pero su importancia es enorme, y las sucesivas migraciones ocurridas desde fines del siglo xix y hasta la primera mitad del xx hicieron aflorar en algunas zonas de la creación —la música, la pintura y la literatura— esa herencia, subrayadamente evidente en la autora que aquí nos ocupa. Y lo hace de tres maneras: una —resaltada por la propia autora al incluir glosarios en sus libros— la de la tradición, dogmas, costumbres y ritos; la segunda, menos evidente, pero tal vez más necesaria, la de una vivencia religiosa


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enraizada en esa tradición, misma que desemboca en la tercera: la de un ritmo interno del verso, la señalada condición de rezo, con su respiración versicular y a veces a manera de proverbios (es probable que algunas lecturas le hayan influido, por ejemplo Edmond Jabés). Una de las particularidades de la poesía de Gloria, y me parece como una elipse dibujada de libro a libro, es la de partir de un lirismo sensorial y sensual que se agosta en el camino de su cumplimento en la angustia de un onanismo crispado. Esa plegaria casi nunca es celebración y la niña que fue, parece decirnos —la autora tiene 37 años cuando se publica su primer libro—, ya solo puede ser vista con la hermosura que le da la nostalgia. La lírica en la medida en que recuerda disuelve la nostalgia, tiende a abolir el tiempo como ido, pasado, o —como lo llama admirablemente Proust— perdido. Para la poesía el tiempo nunca se pierde, no está entre sus cualidades pasar sino ocurrir. No hay, pues, nostalgia. Pero, ay, no hay tampoco futuro. La poesía no es un arte funerario, no al menos en Migraciones, y no embalsama momentos sino que los revive, o mejor: los vive, en plenitud, los encarna en palabras. Todo aquel que siente es un resucitado. Los distintos libros son «estados de ánimo» de un mismo poema, de una misma biografía, de allí su constante mutación, migración. Y son también recursos que el poeta tiene para efectuar una desposesión o despojamiento del poema, eso que, de manera más suave e intelectual, Paul Valéry llamó abandono. Porque, cuando se suele citar el dicho del poeta francés, se le entiende como un agotamiento del oficio, un cansancio incluso, pero no con la resonancia de la palabra abandono cuando alude a la experiencia amorosa. Un amor, pues, tampoco acaba nunca, se abandona. Me interesa resaltar esa curva que opera de Shajarit a las últimas versiones de Migraciones, para pasar de una poesía contaminada por la lectura de género que se hace de ella, sin duda apoyada en la rebeldía y en los rasgos feministas de la época, a una poesía femenina, sin géneros y sin generalidades, mucho más expresiva, casi en la orilla de lo celebratorio. La autora ha tenido cuidado de publicar en editoriales en las que pueda intervenir y sugerir elementos de la edición o incluso en ediciones de autor que le permiten hacer el libro tal como lo quiere e incluir o excluir fragmentos, o colaboraciones visuales de otros artistas. Y creo que en el diseño de la página busca romper la continuidad que parece connatural a su «presente en claro». A la poesía le in-

comoda la duración, pero a la vez la necesita y la busca (de allí la práctica del poema extenso en la literatura mexicana). ¿Por qué le incomoda? Se tiene la sensación equívoca de que la continuidad excluye la concentración, como si esta estuviera reservada al fragmento. Sobre todo cuando en ese poema extenso se ha dejado atrás, al menos en apariencia, la arquitectura que lo sostiene, para abandonarse a una condición fluvial. Eso es lo que la inserta en la tradición mexicana. La poesía de nuestro país tiene en su centro la dialéctica entre lo fugaz y lo permanente, lo que es y deja de ser, porque se va (pasa), y lo que, gracias a la poesía, ya no pasa y se mantiene permanente como ser. Esa fue la búsqueda, por ejemplo, de los Contemporáneos, desgarrados entre su necesidad de durar y su conciencia de lo efímero y volátil. La voz femenina en nuestra lírica, cuando se ha hecho oír, sobre todo después del 68, dice algo distinto: nada dura para siempre y esa es la cualidad que da fuerza al sentimiento amoroso. La mirada estrábica que mira con un ojo al pasado y otro al porvenir no sabe vivir el presente. El porvenir y lo ya pasado son insensibles; quiero decir, no solo no sienten ellos, no los sentimos nosotros. Para paliar eso, hacemos del recuerdo —o de la nostalgia— un sentimiento artificial y del presente el acto que los justifica en lugar de fundamentar el presente en el presente mismo. Por eso el poeta se escandaliza de la reiterada promesa de las utopías: el paraíso mañana. Entre el poeta y el profeta hay un abismo. Y, parece decirnos la poeta, toda promesa es falsa. La poesía es lo contrario de una promesa en la medida que instaura un contenido de la verdad distinto. La aparición del acento femenino fue muy plural. Por un lado la condición religiosa tradicional de la lírica femenina, con un abanico limitado entre el misticismo a lo Concha Urquiza o la religiosidad a la Enriqueta Ochoa, por otro se ve fertilizado por la influencia oriental en Elsa Cross, la judía en Seligson y Gervitz, e incluso una renovación del cristianismo panteísta en Elva Macías. Y, como eje central de esa renovación, la aparición de un erotismo a la vez sin inhibiciones y muy codificado. Todo ello mezclado en el crisol de las búsquedas de los años sesenta y setenta. La virtud de la poesía de Gervitz fue atreverse a encarnar la angustia de ese erotismo desde la propia sensibilidad femenina y no buscar coartadas para esa angustia en el sexismo dominante. El título menos «judío» de sus libros, Fragmento de ventana, sugiere en su escritura una condición de interioridad, no del cuerpo, sino de la casa. Se mira por la ventana ese mundo exterior al que se experimenta —se vive— fragmentado. Otra autora de raíces judías, Esther Seligson, publicó unos años antes de Fragmento de ventana su libro Tras la ventana, un árbol, que me parece expresa algo similar. La ventana es un marco, un encuadre, y por lo tanto deviene fácilmente una página. En la ventana, salvo si es la del tren, no se vive el exterior como continuidad sino como momento detenido, cualidad sobre todo del fragmento. La sucesión de las páginas es una forma en donde la continuidad y el fragmento se entrecruzan en un entendimiento propio del libro. La inclusión de colaboraciones visuales como parte de la escritura me parece una señal de la manera en que la autora entiende esa continuidad y esa duración del instante o del fragmento.

José María Espinasa. Editor, poeta y crítico literario. Su libro más reciente es Al sesgo de su vuelo.


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Habitar en vano

Josué Camacho Batalla Desde la infancia hasta hoy, cuando habitan en mí los fantasmas del pasado, me aferro a la vida, para no habitar en vano. Y temblando, con piernas desmoronadas, sangre en ebullición, ojos sal y cristales en la garganta, los afronto. Empieza la batalla entre demonios y ángeles, entre grillos que revuelven conciencia, felinas que rugen hasta reventar tímpano, hojas caídas, raíces hechas roca, mares de remordimientos, soplos de culpa. Y me escondo en trincheras y caigo y me enlodo y me empuerco y me arrastro a suelo y me pongo de pie y vuelvo a caer. Voy, vengo, me alimento del fango, envuelto en misterio, mutante, contradictorio y cuando el lodo cubre los poros de mi nariz, resurjo y me levanto del polvo, cual Adán, en busca de mi costilla. Hay un silencio en ellos, una rabia contenida. Sigilosos me observan, acechan, me rodean. Y cuando están frente a mí, pupila a pupila, se ven en el reflejo de mis ojos y gritan y rabian y sus rostros se desfiguran y se retuercen y rechazan mis ojos; porque al ver su reflejo en ellos, me ven a mí, a quien tanto esperaron. Soy yo y soy ellos.

Lágrimas recompensa: el árbol Tengo recuerdos muy vagos de la infancia, si acaso uno o dos; pero eso sí, muchas anécdotas que me ha contado mi madre. Me contó que estuve a punto de morir por neumonía cuando era casi

recién nacida. También que una vez me empaché por comer papel sanitario del cesto de basura y que desde chiquita fui llorona y miedosa. Yo la verdad no recuerdo. Mi recuerdo más inmediato de la infancia es cuando a mi hermana Dina y a mí nos cuidaba una señora que tenía un bote lleno de pesetas en la sala. Era un bote de esos de galletas que estaba repleto de monedas. En ese entonces yo tenía unos siete u ocho años y Dina tendría unos seis; las dos íbamos en la primaria. Antes rendía mucho el dinero, me acuerdo que con una peseta me compraba unas papitas fritas, una soda en bolsa y un hielito de limón. Y como yo no agarraba de una sino de a muchas pesetas, o por lo menos de lo que me parecía mucho al agarrar un puño, me la pasaba comprándole cosas a los demás chamacos de la escuela. Y me creí mucho porque los de mi salón me decían que si mis papás eran ricos. Y por dentro pensaba: «si ni papá tengo», y me daba risa. Total que yo no sé si la señora se dio cuenta o mi mamá era muy intuitiva, o las chiquillas chismosas de la escuela, no sé… pero un día que llegué de la escuela, contenta, como si nada, mi mamá le dijo a Dina que se fuera al patio y con tono de voz fuerte me dijo: «Tú no, necesito hablar contigo». Hablar: cómo no. Tremendos cintarazos que me metió. Si de hablar se trataba pudo haberse evitado los gritos. «¡Eres una inconsciente! ¡Qué vergüenza! ¡Seremos pobres pero no rateros!», me gritoneó. Al final, no sé si por pena, orgullo o castigo, mi mamá ya no nos llevó con la señora Adaia. En ese entonces mi mamá trabaja-


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Palabrerías sobre María Esa noche… quisiera tener recuerdos vagos de esa noche, pero no. Todo es tan claro. Ella dormía. Con miedo. Como todos los días. Miedo al encierro, al abandono, al candado cerrado. No recuerda qué soñaba precisamente en el momento en el que tomó conciencia y abrió los ojos. Todo era oscuridad. Siluetas tras la ventana. Volteó a ver a sus dos hermanos, a Dina, a Moisés. Dormían. De pronto el candado, el maldito candado queriéndose abrir. Brincó al escuchar el primer golpe, el segundo, el tercero, el cuarto intento. El candado se resistía. Ella se quedó paralizada. No pudo gritar, no pudo despertar a sus hermanos, no pudo pararse tras la puerta cazuela en mano y esperar a los invasores para sorprenderlos de un golpe al abrir la puerta, como en las películas. Se quedó ahí, paradita, con ojos perplejos, suplicando en silencio que se fueran las sombras. Y de pronto, ¡zas!, volaron las trizas. Y ella se quedó ahí, viendo dos siluetas entrar, sombras masculinas e imponentes. Y entró en pánico silencioso y todo pasó lento en sus oídos, ante sus ojos, su boca, su cuerpo. Todo fue callado, como un susurro lejano. Recuerda la cara de Dina en pánico a media luz, luchando por quitarse al hombre feo ese de encima, mientras ella paralizada no podía hacer nada, porque tenía al otro monstruo dentro de sí, y como un eco escuchaba sus gemidos, sentía su piel rasposa en la cara, su aliento a cebolla impregnando sus cabellos, y al fondo… Moisés, arrinconado, volteando hacia la pared. Lloraba. ba de noche, así que en vez de llevarnos a dormir con doña Adaia nos dejaba ahí en el cuarto en que vivíamos, encerrados, mi hermana Dina, mi hermano Moisés y yo; con el candado puesto por fuera para que no nos saliéramos. Para mí era un infierno. A pesar de ser la más grande, era la más miedosa y llorona. Me acuerdo que miraba que mi mamá comenzaba a maquillarse, se ponía rímel, polvo, sombras, labial y yo me quedaba atenta, viéndola y pensando: «Qué bonita mi mamá». Pero ya cuando la veía vestida, con las llaves y el candado en mano, era una lloradera y le imploraba que no se fuera, que me llevara con ella, que no nos encerrara con candado, le prometía que me portaría bien, pero que no nos encerrara. Una noche andaba de buenas y no puso el candado. Curiosamente esa noche no pude dormir. Muy de madrugada, cuando estaba apenas queriendo salir el primer rayo de sol, levanté a Dina y Moisés y les dije que fuéramos al parque que estaba a una cuadra de la casa. Muy monos nos salimos, mientras en la cuadra los vecinos seguían dormidos. Y ahí estuvimos, muy sonrientes, felices, columpiándonos en el parque, como si nunca lo hubiéramos hecho, sin malicia, sin horarios. Así me fue cuando regresamos. Mi mamá ya estaba en la casa y la multitud de vecinas chismosas estorbando en la entrada. Total que, cuando me vieron, todos se abalanzaron hacia nosotros y nos abrazaron, mientras nos comíamos unas donas que nos había regalado un señor que estaba en el parque. Eran de esas donas blancas, de las que venden en el otro lado, que son espolvoreadas y tienen mermelada en el centro. Me fue como en feria. Me fue peor que la vez que me cacharon robando pesetas, mi mamá me vio con unos ojos endiablados y me puso unos cintarazos que ni para qué contarlo. Y lloré, lloré muchísimo; de por sí siempre he sido bien llorona y luego con los chicotazos, fui un mar. ****

**** Yo no sé en qué andaría metida mi mamá, pero yo creo que los que nos pasó a mí y a Dina de chicas fue una venganza contra ella. Yo nunca quise decirle nada, tampoco Dina. Cuando vimos la cara de mi mamá al llegar al cuarto donde vivíamos, nos dio más miedo que el que ya habíamos enfrentado. Yo pensé que me volvería a cintarear por no haber cuidado a mis hermanos, pero solo se puso a gritar como loca que le habían robado, que alguien se había metido a la casa, que le habían alterado el candado. Mientras los vecinos corrieron a sus gritos, yo me eché a sus brazos, fue de las pocas veces en las que mi mamá fue cariñosa y me abrazó con tal fuerza que me hizo olvidar por un momento lo que había sucedido. Y me solté en llanto. Cuando mi mamá husmeó la casa, se dio cuenta de que no le habían robado nada, entonces nos preguntó si sabíamos quién había entrado, si nos habían hecho algo, si le habían dejado algún mensaje. Yo a todo dije que no: que no sabía quiénes eran, que habían entrado dos hombres y nos gritaron, que preguntaron por ella, pero hasta ahí. Dina dio la misma versión y Moisés todavía era chico, él solo pelaba los ojos. No sé si mi mamá haya sabido lo que nos pasó, porque no nos preguntó y nosotras nunca se lo dijimos. Ahora que lo pienso yo creo que mi mamá no andaba metida en algo decente, trabajaba de noche, se maquillaba a exagerar, cuidaba su cuerpo a la perfección, usaba ropa de moda. Algo que nunca olvidaré fue una tarde que fuimos a hacer la despensa: había un hombre misterioso que nos seguía, entonces mi mamá nos decía que no volteáramos, que corriéramos junto con ella. Pero yo era muy curiosa, yo sí volteé y lo vi. Era un hombre alto, con gabardina y zapatos de charol, usaba lentes, así que no pude verle los ojos, pero nos siguió varias cuadras, mientras mi mamá corría cuidándonos las espaldas. Ella cargaba el mandado. Cuando llegamos a la casa le pregunté: «¿Quién era, mamá?». «No sé, pero hay mucha gente mala allá afuera», contestó ella.


14 **** No sé qué sucedió con Dina, siempre habíamos sido muy unidas, pero después de lo que nos pasó, cambió. Se hizo reservada, callada, casi no hablaba. De chicas, a pesar de su carácter tan pesado, éramos unidas. El cambio más notorio fue cuando yo llegué a los catorce años, ella tenía doce. Cambió mucho. Siempre me hacía menos, no solo en casa, también en la calle y en la escuela. No le gustaba que le hablara, me la topaba con sus amigas en el recreo y era como si no me conociera, como si yo le avergonzara. Y eso me hacía sentir mal, siempre me hacía llorar: en la escuela, en la casa, en la calle. De por sí era bien llorona y luego con las cosas tan feas que me decía y me hacía, más. Yo me sentía culpable, tenía la idea de que ella me guardaba rencor por no haberla defendido la noche que nos pasó aquello, pero nunca se lo pregunté, me daba terror. Y así fue hasta que me casé. Me acuerdo que cuando comencé a trabajar en la fábrica, ella estaba muy melosa conmigo, pero no porque me quisiera, sino porque yo comencé a comprarme ropa bonita y de moda, zapatos, pinturas, joyería de fantasía y ella encantada. Yo tenía 17 y ella 15. Entonces se ponía todo lo mío y se iba a fiestas con sus compañeras, pero la condición de mi mamá para que saliera era que yo la acompañara. Así que todo el camino y toda la fiesta, la señorita me ignoraba, hacía de cuenta que yo no existía. Y mi mamá lo sabía, pero no le decía nada. Me acuerdo que sus amigas le decían: «Ahí está tu hermana, atiéndela, no seas así». Pero ella solo volteaba y me miraba como si fuera un trapo, una apestada, un cerote en el piso. Aun así, yo nunca fui egoísta, contrario a ella, que cuando comenzó a trabajar no dejaba ni que le tocara un cepillo. Ella sí que era egoísta, me escondía todo, y se compró una bolsa grande en la que echaba todos sus cosméticos y los cargaba para todos lados con tal de no compartirlos conmigo. A mí me daba sentimiento porque yo tenía ya varios años trabajando para mantener la casa, todo mi sueldo se lo daba a mi mamá y ella lo administraba entre comida, mis taxis y las colegiaturas de Dina, porque ella sí estudió hasta la universidad, y yo le pagué todo. En cambio yo, solo terminé la primaria. **** El día más feliz de mi vida fue cuando Gabriel me pidió matrimonio. Recuerdo que fuimos a una comida china en la que él trabajó, los dueños lo estimaban y estuvieron de acuerdo con él. Por eso, cuando nos llevaron un postre cortesía de la casa no me extrañó, eran sus amigos; lo que sí me sorprendió fue ver un anillo en el centro del pastel. —¿Te quieres casar conmigo, mi italiana?— me preguntó Gabriel. Fue tanta mi emoción que no pude ya comer, se me quitó el hambre. Y así seguí sin hambre hasta el día de la boda. Me acuerdo que mi mamá me decía: «Tienes que comer». «Te vas a enfermar». «Andarás toda anémica». Pero yo no tenía hambre, además, ya me habían tomado las medidas del vestido de novia, y no quería por nada del mundo engordar. **** A Gabriel lo conocí en la iglesia. Me acuerdo que cuando empezó a ir, todas las chavalas con las que me juntaba andaban de voladas con él. Un domingo, al final de la misa, nos quedamos todo el grupo de jóvenes ahí, platicando. Y a mí, desde que lo vi, me gustó, pero era tímida y casi no hablé. Poco a poco se fueron

yendo los demás, hasta que nos quedamos él y yo. Esa tarde me acompañó a casa y a partir de ahí comenzó a buscarme, a invitarme a salir, a comer, al cine, a la playa, a bailar. Yo era su «italiana», él era el amor de mi vida. Para mi boda, tuve que usar un vestido improvisado y sencillo, no supe qué paso: a pesar de que no comía, las últimas semanas acumulé grasa y al final mi vestido de novia no me quedó. **** Cuando llegó el momento de irme, después de la fiesta, mi mamá estaba en berrinche. Durante todo el noviazgo no me dijo nada, al contrario, siempre estuvo animada; pero esa noche, andaba como ausente. Recuerdo que cuando agarré mi maleta, mi mamá me la quitó y mi hermana Dina se me puso en la puerta y me dijo: «No, tú no te vas». A mí me dio risa y a la vez nostalgia, siempre he sido bien llorona, así que las abracé y les dije que nunca las dejaría. Ahora que lo pienso, no sé si en verdad les pesaba mucho el que me fuera de la casa porque me extrañarían o porque se quedarían sin su minita de oro.

Josué Camacho. Narrador. Autor de la novela Habitar en vano.


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Desierto en fuga

Elizabeth Cazessús De Peninsular Los desterrados Fuimos desterrados por extranjeros amantes de otros mitos y otras tierras. No era nuestra anatomía lo que buscaban, no era el canto de la piedra ni la lengua volcánica,

ni el espacio extendido del arenal. Fuimos desterrados por ilusiones que viajaban en sergas de la imaginación de solitarios caballeros de gesta, náufragos y piratas que perdieron el timón. Fuimos desterrados por la grafía escrita en el aire. Y aquí estamos, californios descolonizados, colonizados sujetos por espinas de biznaga desde el tiempo de las migraciones. Aborígenes pupilas, tierra adentro mar adentro, cuerpo adentro… Aquí inicia el viaje ningún lugar, ningún tiempo lo define el adverbio.

Carta de naturalización Somos el instinto, el impulso lo salvaje, un puñado de piedras el eslabón pétreo, más allá el abismo la escaldada brutal de otro derrumbamiento el contenido temblor de la tierra desiertos arenales escarpados por el silencio la puerta de una bahía con los signos del despojo. Ángel/ luz La gravedad no es la tortura besando a la tierra. Lezama Lima

Eternidad Junto a la piedra viven las raíces de un mar sin fondo. Vive la luz en todas las escalas del tiempo que permanece. Yace sobre el agua de ese mar que no sabemos ni tocamos. Es la médula del sol, el límite de lo real, bajo la copa del cielo. Inaprensible por nuestras manos, insaciable para la memoria. La intangible abundancia genera el vacío donde gravitamos.

Elizabeth Cazessús. Poeta y perfomancera. Su libro más reciente es Mujer de sal.


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Algunas obsesiones de un alma intelectiva Moisés Elías Fuentes Tr e s s on l o s t e ma s c e n t ra l e s q u e o c u pan l a s pág i na s de l vol u m e n de e n s ayo s A sun t o de familia, a s a be r : l a l i t e ratu ra y e l p ode r , l o s or íg e n e s de l m i to vampí r ic o y l a de ca de nc i a de l a f e r e l ig io s a . Tres temas sin mayores derroteros, pero solo en apariencia, porque basta leer las primeras páginas del libro para constatar que el autor, Bernardo Ruiz, juega una broma: la relación entre literatura y poder tiene múltiples aristas, el mito vampírico no tiene origen, sino orígenes, y en el declive de la fe religiosa se atisban las sombras de otros declives, que no por nada el sugerente subtítulo del volumen declara: Breve listado de algunas obsesiones.1 Obsesiones que generan reflexiones, reflexiones que generan creación. Volumen parco, de poco más de doscientas páginas, como contraste Asunto de familia agrupa «obsesiones» que han acompañado al poeta y narrador nacido en la Ciudad de México en 1953 desde los inicios de su labor literaria; quiero decir, estos temas han ocupado tanto la creación como la reflexión literaria de Bernardo Ruiz, por lo que Asunto de familia no se corresponde con un trabajo producto de la inmediatez, sino de la dilucidación pausada pero constante. Dividido en tres partes bien diferenciadas en sus temáticas, el libro devela, en cada una, la evolución de los intereses intelectuales de Ruiz. La primera sección, «Asunto de familia», reúne los textos dedicados a la literatura y el poder; la segunda, «Con diversa mirada», convoca los trabajos sobre literatura fantástica y el origen del vampiro; la tercera, intitulada «El cuarto jinete», aborda la relación personal del autor con la fe religiosa. De las tres, la más extensa es la segunda. Sin embargo, la mayor extensión de esta no debe confundir al lector: cada sección desenvuelve reflexiones, observaciones y apuntes que contienen algo más que las ideas del autor, toda vez que implican para los lectores el constante reto de poner en juego sus propias reflexiones y observaciones. Así, en la primera sección, Ruiz desliza la siguiente reflexión: No es de lamentar, sin embargo, que el pesimismo conduzca a ningu-

1. Asunto de familia o Breve listado de algunas obsesiones fue editado en 2013 en la colección La Biblioteca de Babel del Instituto Sinaloense de Cultura, prologado por Brenda Ríos. Es de dicha edición que tomo las citas del libro reproducidas en este texto.

na parte. Tampoco el cinismo. Nada cuesta afirmar, por ejemplo, que la naturaleza del poderoso y la del narrador se asemejan: ambos viven de formular mentiras y expectativas. Mas no engañe la reducción al absurdo. Misión del narrador es lograr la verosimilitud. El interés del poder es su consolidación y perpetuación a todo precio.

Paradojas de la ficción, mientras la ficción literaria se funda sobre la base de una verosimilitud que implica movimiento y evolución constantes, la ficción del poder se erige sobre una perpetuidad que deriva en anquilosamiento y repetición. El príncipe de Maquiavelo ha perdido su habilidad para mentir de forma creíble y graciosa, y ha degenerado en un mitómano ramplón y patético. En otro de los apartados de la primera sección, Ruiz reflexiona acerca de El tambor de hojalata, la célebre novela en la que Günter Grass planteó la perturbadora y fascinante relación que se establece entre un niño que no quiere crecer y el totalitarismo nazi. La lectura de la novela lleva a Ruiz a reflexionar sobre cómo la obra literaria empuja al escritor a convertirse en crítico de sí mismo, es decir, a observarse desde afuera, tan inescrutable y al tiempo transparente como cualquier otro ser humano. La observación del escritor con su fuerza y su debilidad, conduce a Ruiz a la siguiente propuesta de lectura de la novela: En tanto esta dimensión fatídica alcanza su más enorme propensión, el lector descubre una serie de coincidencias entre la historia bíblica y el protagonista de la novela. El texto remite a escenas antiguas como el primer testamento para contrastar la repetitiva decadencia de los mundos en los que nos desenvolvemos. Y sería una narración fatídica de no existir dos grandes pilares para la anécdota: el amor infatigable del desolado Mazerath por la música, sea por el mero tamborileo de los dedos, sea por el sonido de su tambor, por una parte. Y, por la otra, el virtuosismo narrativo del protagonista, capaz de hablar de él mismo desde cualquier persona verbal, desde diversos puntos de vista.

Crítico tenaz del poder, no por ello Bernardo Ruiz es un adepto de la arbitrariedad; al contrario, al comulgar con un orden social basado en la igualdad, el escritor manifiesta su rechazo a la arbitrariedad como forma de ejercer el poder. A contracorriente de ciertos sectores de la intelectualidad, que ostentan una animadversión tajante al poder, en una actitud que más tiene de irresponsable y evasiva que de anarquista, Ruiz lo que rechaza es la inequidad y el desequilibrio como condiciones sine qua non que han propiciado el divorcio entre los que ejercen el poder y la sociedad para la que, se supone, trabajan. En la segunda sección, la más extensa como apunté antes, el poeta y ensayista se sumerge en la literatura fantástica y en una de sus locuciones más ambivalentes y seductoras: el mito vampí-


17 rico. Con prosa erudita y fluida, Ruiz realiza una introspección en los orígenes del vampiro y en la atracción que dicho mito ha desplegado sobre las más diversas expresiones culturales a lo largo de los siglos. En el ensayo-prólogo con que inicia la segunda sección, el escritor señala: Tan volátiles y frágiles como las alas tenues de la velada reina Mab —descritas por Mercucio en el primer acto de Romeo y Julieta— son los accesos al imperio de la literatura fantástica, puertas y pasadizos construidos desde el alba de la humanidad, colindantes con los sueños, las intrincadas hierofanías de los primordiales dioses, el horror y el miedo, y las imágenes siempre proteicas, cuya naturaleza anhelamos contemplar quienes, más allá de la mera ficción, aceptamos sin prejuicio la revelación de esas fantasmagorías —frutos preciosos de la Fantasía— capaces de superar los argumentos de la razón.

La literatura fantástica como experiencia que desata la sensualidad del alter ego, ese otro que soy y que al liberar, las posibilidades de su espíritu y de su cuerpo, me libera. Porque además la literatura fantástica es una experiencia tanto psíquica como corpórea, universo colectivo en que encontramos nuestra intimidad, toda vez que la fantasía nos pertenece a todos, mientras que en cada individuo incita éxtasis y arrebatos distintos. Poseedor de una erudición por demás apabullante respecto de la literatura fantástica, sin embargo, no es desde aquella que Bernardo Ruiz tiende su puente comunicativo con los lectores, sino desde la sensibilidad y la emoción. Así, el ensayista Ruiz no se aleja de los arrebatos lúdicos del lector Bernardo Ruiz: el erudito y el lector compaginan sus razones y entusiasmos y los devienen en experiencia intelectual y sensorial. Ajeno a la uniformidad, Ruiz prefiere la cohesión, de tal manera que el amplísimo tema del vampirismo lo desarrolla a partir de sus distintos orígenes, por un lado; y, por otro, a partir de la fascinación que muchos, muchísimos seres humanos de las más variadas clases y credos, profesamos por estas criaturas fantásticas: Pocas cosas en el mundo despiertan la curiosidad más que la imagen del vampiro. Más allá de si hay Dios y paraíso, si el demonio es el Mal, si los problemas del mundo tienen o no solución, la imagen del vampiro me acompaña desde la infancia como un ángel de la guarda, como una obsesión a cuya convocatoria se han ido aproximando un sinnúmero de fieles de todas las edades y de todos los lugares del mundo, o bien —y este ensayo lo muestra— como una vocación capaz solo de cumplirse en el rito que evoca al ghoul, al upiro, siempre.

A diferencia de las dos primeras secciones, la última, «El cuarto jinete», es breve, conformada solo por dos ensayos. Sin embargo, en compensación es una sección concéntrica, toda vez que la religión tiene una doble vertiente: es una realidad social, una entidad de la que irradia el poder, al mismo tiempo que es mito emergido para responder al por qué y al para qué de nuestras existencias. En el primero de los ensayos de «El cuarto jinete», Ruiz se ocupa de El fin de la infancia, novela publicada en 1953 por el físico matemático Arthur C. Clarke. Para ahondar en la novela del británico, el escritor mexicano expone primero tres postulados que formuló aquel sobre el quehacer del científico: 1. Cuando un científico distinguido, aunque viejo, afirma que algo

es posible, seguramente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado. 2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, dentro de lo imposible. 3. Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Los tres postulados tienen un dejo irónico en su contundencia: señalan los ineludibles límites de nuestra existencia humana, nuestras mezquindades y torpezas, pero a la vez señalan nuestra necesidad de superarlos, es decir, de superarnos. Ruiz apunta sin ambages: Depredadores por naturaleza, propiamente omnívoros, nos comportamos como un virus en su propagación. Tal forma de vida tiende a un límite y a una intempestiva caída cuando el virus carece de posibilidades de reproducirse en otros organismos. De modo que, incluso, debemos aprender a superar nuestros límites y buscar un equilibrio más acorde con el entorno que nos permitió generarnos.

Política, fantasía y religión encuentran al fin su espacio en Asunto de familia, y entonces advertimos su naturaleza humana: tres manifestaciones de nuestro pensamiento y nuestra imaginación para dar propósito y sentido a nuestra existencia. A su vez, el libro deja de ser un supuesto Breve listado de algunas obsesiones para develarse como un coherente y cohesionado recorrido por la evolución emocional e intelectual del autor, Bernardo Ruiz, quien se ha aventurado lo mismo en la narrativa que en la poesía, en el ensayo que en la edición, para forjar su personal equilibrio humano.

Moisés Elías Fuentes. Poeta y ensayista. Crítico literario en revistas y suplementos culturales de México, Nicaragua y España.


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Bajo la luna de Maud / 1 Under the Maud Moon

Galway Kinnell Traducción de Óscar Paúl Castro 1

1

On the path, by this wet site of old fires— black ashes, black stones, where tramps must have squatted down, gnawing on stream water, unhouseling themselves on cursed bread, failing to get warm at a twigfire—

En el sendero, a un costado de este húmedo sitio de fogatas olvidadas: ceniza negra, negras piedras, donde los trampas acaso acuclillados, sin poder calentarse al calor de una débil fogata, mastican entre las charcas el pan maldito que impide recibir la extremaunción.

I stop, gather wet wood, cut dry shavings, and for her, whose face I held in my hands a few hours, whom I gave back only to keep holding the space where she was,

Me detengo, reúno leña húmeda, corteza seca, y por ella, cuyo rostro sostuve entre mis manos algunas horas y que dejé solo para seguir sosteniendo el vacío que habitaba,

I light a small fire in the rain.

enciendo una pequeña fogata bajo la lluvia.

The black wood reddens, the deadwatches inside begin running out of time, I can see the dead, crossed limbs longing again for the universe, I can hear in the wet wood the snap and re-snap of the same embrace being torn.

La oscura leña arde, adentro los relojes de la muerte comienzan a quedarse sin tiempo, puedo ver los miembros muertos, entreverados, suplicando una vez más al universo, y escucho en la leña húmeda el crujido intermitente que separa una vez más el mismo abrazo.

The raindrops trying to put the fire out fall into it and are changed: the oath broken, the oath sworn between earth and water, [flesh and spirit, broken, to be sworn again, over and over, in the clouds, and broken again, over and over, on earth.

Las gotas de la lluvia intentan apagar el fuego, caen en él y se transforman: se rompe una promesa, la promesa hecha entre la tierra y el agua, [entre la carne y el espíritu, se rompe, solo para ser ofrendada de nuevo una y otra vez en las nubes, y para ser rota de nuevo una y otra vez en la tierra.

Óscar Paúl Castro. Poeta y traductor. Autor de los libros de poemas Puzzle (2013) y Poemas para leer en un camión sin aire acondicionado (2014). Ha publicado traducciones en las revistas TextoS, Punto de Partida, en el Periódico de Poesía de la unam, Espiral, Acequias.


19 2 I sit a moment by the fire, in the rain, speak a few words into its warmth— stone saint smooth stone — and sing one of the songs I used to croak for my daughter, in her nightmares. Somewhere out ahead of me a black bear sits alone on his hillside, nodding from side to side. He sniffs the blossom-smells, the rained earth, finally he gets up, eats a few flowers, trudges away, his fur glistening in the rain. The singed grease streams out of the words, the one held note remains —a love-note twisting under my tongue, like the coyote’s bark, curving off, into a howl.

2 Me siento un momento al lado de la fogata, bajo la lluvia, pronuncio unas palabras hacia el corazón del fuego: piedra santa lisa piedra, y canto una canción que solía desentonar para mi hija cuando tenía pesadillas. En algún sitio, lejos de donde estoy, un oso negro yace en lo alto de una loma, oteando el aire. Percibe el aroma de las plantas floreciendo y el olor de tierra mojada, finalmente se levanta, mordisquea algunas flores y se aleja pesadamente, su pelaje resplandece bajo la lluvia. La grasa quemada rezuma de mis palabras, mas la única nota sostenida permanece: una nota de amor que se tuerce debajo de mi lengua, como el ladrido del coyote que al final se curva, transformándose en aullido. 1 Del libro The book of nightmare (1971). Galway Kinnell. Poeta. Premio Pulitzer y premio nacional del libro con Charles Wright.


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Noknoka*

Rafael Félix No tengo ojos No estoy para tangos ni milongas Y he quedado paralítico del nervio ciático Y condenado a trabajos forzados. No está el horno para bollos bien bollones Mando saludos al Mar Muerto Donde emerge —los lunes— una sirena zombie. ¡Ah, Rafaelito! Nunca te dijeron Que los hombres Si abren la boca No pueden ya cerrarla. * Hablador, parlanchín; en lengua mayo-yoreme

Rafael Félix. Poeta. Su libro más reciente (colectivo) es Canto a la sombra del venado muerto (Instituto Municipal de Cultura Culiacán, Colección Palabras del Humaya, 2012).

Don de lenguas

Edmundo Lizardi Toda mujer que se precie de serlo debe siempre tener al alcance de la mano un poeta que le endulce el oído y le deje su aliento de corsario constelado de historias enredado en el pelo bajando de la nuca por la espalda del cuello al pecho... Hombre con Don de Lenguas, políglota a su modo, cabrón de seductoras jergas que, entre menos se entienden, más se sienten... Toda mujer que se precie de serlo debe tener al alcance de su tacto un hombre de palabra. Un mago que despierte al gusanito de la gruta encantada que sueña con dos alas: Mariposas danzantes sus caderas, un beso que la nombra y la disuelve la sílaba que canta. Edmundo Lizardi. Poeta, narrador y periodista. Ha publicado los libros de poesía Y después del crepúsculo (1980), Mar en sombra (1986), Azuvia (1988), Preludio de las islas (1999), y el libro de periodismo Crónicas fronterizas (1995).


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Poemas Héctor Company AZALEA Respiras hondo y resurge tu Ser, caminando entre tus dunas. Los labios brillan sobre la luz y el lago refrescante calma tu amor. Las notas repican en el chelo y su calidez revive con tu piel. Tú, tu nombre ahogado en su palpitar, designa tu destino. Desde la ventana el pájaro empieza su cantar. Canta, ríe y sonríe. Luz.

Francígena Fugaz e intensa como ella misma. Porque así deben ser, a veces, las particularidades etéreas y efímeras. Me dejas un sabor dulce en el hondo de la conciencia. El caminar sobre ti abre una llama a la humanidad, siempre recíproca, porque si no, te mueres. Tú escondes mucho en el baúl injerte a la sombra. La sombra se desliza en las hojas, en las rocas, en el sentir metamórfico y caprichoso del silencio. Fugaz e intensa, llegando al clímax cuando penetras en la raíz del verdadero sentido. Explosiones de endorfinas sudando piel con piel, resbaladizas, y por supuesto con el grito. Francígena, te veré en el futuro, amor correspondido y cadenciando en pausa, finita. Héctor Company. Músico y escritor a sus horas. Esta es su primer colaboración en Timonel.


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Los mundos creativos de Cecilia y María* Azucena Manjarrez H a bi tar e l m u n d o de l art e h e cho p or m uj e r e s

la cocina». Fue ahí donde el coraje dominó su vida. Recuerda:

e n S ina l oa aú n s ig u e s i n s e r u na tar e a fác i l . N o s e t rata de hac e r u na n u m e ra l i a para s a be r c uán ta s de e l l a s han o c u pa d o l a s s a l a s de e x -

Yo era el niño-niña de mi padre. Pero cuando llegó mi regla fui desterrada de su territorio y me mandó con mi madre. Me dolió mucho que me alejara de su lado. Yo navegué muchos años con esa sensación de coraje. Sabía que el mundo de las mujeres era débil, frágil, sumiso, permisivo.

p o s ic ion e s , n i de hab l ar de t e ma s di s cr i m i nato r io s , s i n o de a q u e l q u e han t e n i d o q u e s ort e ar para de s arrol l ar s e e n l a cr e ac ión .

Las artistas sinaloenses han tenido que enfrentarse a sí mismas y desarrollar sus propias luchas como las de María Romero Salas y Cecilia Sánchez Duarte que aunque no pertenecen a la misma generación, se han identificado por combatir con temáticas que inquietan e incluso por enfrentar al mundo masculino. En el primero de los casos, ella siempre concibió como débil, frágil, sumiso, permisivo, el mundo femenino al que no quería pertenecer. Se rehusó, le dolió, le provocó un resentimiento profundo haber sido «arrojada» a él. Las mejores historias las había tenido al lado de su padre, donde los roles eran totalmente opuestos. Sabía que en el espacio masculino la vida era menos pesada, que en este mundo sí había poder y mantener esa posición era lo que quería para sus días. La infancia de María estuvo enteramente marcada por el trabajo duro. Su padre siempre estaba rodeado de hombres, pero también de María, María la que era feliz sin complejos y con muchos sueños, que empezaron a romperse cuando el tiempo la convirtió en una adolescente. Un día lo constató. Se dio cuenta de que sus pechos habían crecido y que su menstruación había llegado. La miró a los ojos y le dijo: «Perdón, no me había dado cuenta de que ya eras una señorita, vete con tu mamá a * Cecilia Sánchez Duarte y María Romero han

desarrollado luchas distintas para habitar el mundo del arte .

Separada de su «espacio», tuvo que enfrentarse a otra rutina que la llevó a emprender una nueva lucha: la protagonizada por las mujeres destinadas a estar a cargo del hogar, la cocina, los hijos, la limpieza. Ella se las ingeniaba para zafarse de ese rol. Eso no fue fácil, mucho menos cuando dice haber cargado con un complejo de «fea». Desde la primaria estuvo rodeada de niñas bonitas que, en su momento, fueron reinas de belleza. Me afectaba mucho el rollo de la mujer sinaloense; de ser de muy buena nalga y chichi, yo carecí siempre de todo ello. Estaba realmente jodida. Sabía que nunca iba a ser bonita pero sí libre de pensamiento, y cabrona.

Esta situación cambió hasta que, en sus tiempos de preparatoria, llegó a sus manos el libro La emancipación de la mujer de Lenin y vivió con él un proceso de liberación. Se integró a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad. Ahí se quedó con el olor de las pinturas. Se maravilló con los colores y encontró una vía para seguir su lucha y manifestar sus corajes y recuerdos, que pueden ser identificables en su obra. Ella empezó a tomar la figura de la mujer, el sufrimiento, los golpes dados por la vida para encontrarse, pero también para que otros se encontraran en ellas y, ante esto, surgiera una influencia cercana a la pintora mexicana Frida Kahlo, de quien acepta haber tenido cierta influencia. María hace piezas bordadas en las que están presentes temáticas estrictamente ligadas a su vida; entre ellas su devoción por Jesús Malverde, Lupita, la Novia de Culiacán, los recuerdos de sus padres y parte del entorno de los sinaloenses.


23 En una situación similar se inscribe el trabajo de Cecilia Sánchez Duarte, quien siempre tuvo claro que podía desafiar ese estigma de «sufridas» que persiguió a las artistas de su generación. Paradójicamente lo hizo impulsada por la figura fuerte y un tanto machista de su padre, el exgobernador de Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis. De parte de él siempre tuvo la incitación a vivir libre de las ataduras de una pareja, a formarse en las filas universitarias y a ser independiente, mientras que su madre era de la idea de que formara una familia y que fuera dentista para poder sostenerse. Cargada de estas imágenes, decidió romper el esquema tradicional de la mujer nacida en el Culiacán de 1958, que seguía destinada a lo que el hombre decidía. Afortunadamente solo vivió once años aquí. Sería en la Ciudad de México donde, a diferencia de la provincia, las mujeres ya emprendían luchas férreas y el lugar donde se formó como pintora, grabadora, activista y protagonista de los nacientes movimientos feministas, que incluso la llevaron a ser parte de grupos que lucharon por la igualdad entre hombres y mujeres a través del arte, realizando participaciones en el Centro Cultural de La Misión en San Francisco, California; en el Self-Help Graphics and Art en Los Ángeles; en el Centro Cultural La Peña, en Texas; en el Woman’s Caucus for Art-WCA y en la Asociación Feminista Swan en Australia. Desde sus inicios en el arte, se propuso hablar de la condición de la mujer sin caer en el panfleto ni en la complacencia. Sus bases ideológicas gestadas en el seno familiar, en la Universidad Autónoma de México donde estudió sociología y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, la llevaron a fortalecer la idea de que el arte tenía un sentido más profundo. Fueron muchos ideales y luchas las que fueron permeando su personalidad: la de una mujer que considera que hay personas conformistas y otras que persiguen sus sueños. Se decidió por lo segundo. Rememora: Yo crecí en un ambiente de machos. Mi padre era una persona fuerte, machista, pero que nos ofreció muchas oportunidades. Siempre quiso que estudiáramos una carrera. Crecí en un ambiente libre, entre gente que leía, recuerdo que en sus últimos años de vida estudiaba física cuántica. Yo creo que si hubiera sido de manera contraria y muy a pesar de que mi padre hubiera sido gobernador, mi vida no hubiera sido de esta manera. Todo se mama. Uno tiene el poder de cambiar su realidad. Yo no me quería casar, y

nadie decía que tenía que hacerlo, no era muy importante. Recuerdo que mi padre me decía: «Para qué te casas», y mi mamá, todo lo contrario. Eso reforzó mi feminismo y activismo en el arte.

Por lo tanto sus temas siempre tenían que ver con las situaciones que vivían las mujeres, cobijada por el feminismo en que militaba y que en México desarrolló junto a un grupo de feministas que abrazaron la bandera de los ideales como un estilo y forma de vida. Menciona: Cada vez que yo iba a trabajar con grupos de mujeres en Texas y Estados Unidos, era obvio que nuestro pasado pesaba. En México venimos de dos raíces muy difíciles; los españoles y los indígenas eran déspotas, y las mujeres no tenían participación social. Es un mal que nos aqueja. No es lo mismo un país de migrantes a un país que fue acostumbrado a servir y dar tributo. Así las feministas empezamos mal. Es una carga muy fuerte en Estados Unidos, crisol de culturas emprendedoras, que no tiene una religión ni pasado en común,

Una artista combativa se enfrentaba más al rechazo y a los problemas, pero por el lado contrario las propuestas tomaron más fuerza. En este caso, después de muchos años de vivir de esta manera, Cecilia se mantuvo fiel a su idea de ser artista feminista y no detenerse. Su trabajo siempre tuvo una trascendencia personal, mas no sexual. No se debe pretender tomar roles masculinos para hablar de este tipo de temas. Emprendió una lucha social que se vio reflejada en su pintura, grabados, dibujos y performances.

Azucena Manjarrez. Historiadora de arte y periodista cultural. Coautora de Las artes visuales en Sinaloa: del paisaje decimonónico a la irreverencia de las vanguardias; y coordinadora del libro Arte contemporáneo en Sinaloa. Recuento de años 2005-2011.


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Un acertijo entre vidas y una vida entre acertijos

Abner Cabral

Obra s que , previo a comenzar su lectura formal se nos pr e sen t en con una in t ención lúdica , no son ninguna novedad; un cambio de regl a s a l a costumbr e de leer de pr incipio a fin cualquier libro con l a cert eza de que todo lo que hay por de scubr ir en él e stá prot egido por l a line alidad a l a que e stamos acostumbrados de sde que de scubrimos los primeros cuen tos de l a infancia .

El ejemplo más fácil de recordar sería una de las mayores impulsoras de la renovación literaria: Rayuela, de Julio Cortázar, novela que invita a seguir el trayecto usual, cortar la lectura a medio camino, saltar de capítulo en capítulo siguiendo el orden del «tablero de dirección», o tirar todo lo anterior por la borda y leer en la secuencia que a uno le parezca más convincente. Georges Perec, un curioso personaje francés que, aunque de fama menos deslumbrante que Cortázar, poseía tanto ingenio como este último, tiene una propuesta más sutil. La vida instrucciones de uso comienza con un indicio, una clave, si se quiere, de lo que se avecina. Lo primero que Perec permite descubrir es la peculiar complejidad que tienen los puzzles, es decir, los rompecabezas, acertijos más laboriosos que ingeniosos usualmente pensados para infantes, ancianos y como manera de sobrellevar aquellas tardes pesadas e interminables de fin de semana en las que parece no haber nada interesante que hacer, además de embotar la mente con los ojos perdidos en el cielo y la lenta dispersión de las nubes. Como detalle a destacar, es interesante el uso de la palabra «puzzle» en lugar de la traducción literal a la burda composición en español de «rompecabezas»; el término en inglés tiene su propia carga, no por nada es tan determinante el uso del adjetivo «puzzling» para designar a un fenómeno complicado de descifrar o comprender. Menos determinante y rotundo sería calificar al mismo hecho de «rompecabezante». Los puzzles auténticos, como los considera el autor, no son la simple fragmentación de un paisaje, sino enigmas que se pueden ver desde muchas perspectivas y en los que es posible confundir alusiones, detalles y lugares; se podría decir que, en ellos, es el misterio de

tratar de solucionarlos lo que importa, no la solución misma. Así, Perec resalta el marco de referencia que ayudará a explicar la entretejida construcción que es toda la obra. Las páginas se nutren de las experiencias de los habitantes de un edificio departamental en el decimoséptimo distrito de París. Entre la multitud de personajes que protagonizan alguno de los capítulos, sobresalen algunos que se repiten en más de una ocasión, y entre ellos hay uno que llama la atención por su interés tan peculiar por los ya mencionados puzzles. Percival Bartlebooth es un hombre con tanto dinero como tiempo libre, además de soledad, a su entera disposición. Gracias en buena


25 parte a todo esto, se impone la misión de encauzar su vida a la creación de puzzles, labor que le llevaría, en sí misma, la totalidad de su vida adulta. La travesía de Bartlebooth termina siendo un misterio que trata de resolverse a sí mismo sin saber siquiera lo que es un misterio: Bartlebooth trata de construir una especie de obra maestra, aprende a pintar en acuarela, se moviliza entre numerosos puertos a lo largo y ancho del planeta para retratarlos, realiza rompecabezas a partir de sus creaciones y los disuelve en un acertijo en blanco, todo esto sin ambiciones de grandeza, para ilustrar por lo menos una versión resumida de la vastedad del mundo. Sus maquinaciones lo llevan a trazar un plan que involucra la participación de múltiples personajes: el puzzle se vuelve un punto en común entre diversos agentes, toda una vida, lo que también puede ser entendido como una metáfora del contenido del libro a gran escala, la aglomeración de individualidades que componen una obra monumental. Los personajes de Perec dan cuenta de todas las mínimas e impresionantes vicisitudes que suman una vida, aunque tenga esta mucho por recorrer aún. Son retratos en una galería sin temática unificadora que los reduzca a vacíos comunes. El discurrir de las horas, días, meses y años de cada uno de los actuales o antiguos habitantes del edificio tiene su propia paleta de colores; son todos un mundo por sí mismos, tal como se dice que cada cabeza es un mundo. Aunque aquí tal vez sería más oportuno decir que cada cuerpo es un mundo, no solamente el cuerpo físico, también el cuerpo histórico del individuo; las pistas y memorias que han dejado huella en su realidad inmediata a través del tiempo. Como en ellos, la existencia individual se alimenta de infinitas particularidades: desde los primeros y poco conscientes tropiezos de la primera infancia, pasando por las tribulaciones de la juventud y los aciertos y desconciertos de la prolongada edad adulta, hasta la a veces dichosa y casi siempre melancólica mirada hacia atrás en que consiste en tantas ocasiones la vejez. A pesar de la apreciable diversidad, también es perceptible algo inmediatamente común que existe entre las diferentes «novelas» dentro del libro: su intensidad. No importan los extremos a los que haya llegado la vida de cada uno de los personajes, ya sea en su reclusión enfocada al ejercicio disciplinado de sus intereses, o en una interminable consecución de hazañas y viajes a través del orbe: la pasión por vivir y experimentar nunca desaparece; cuando mucho, algunos llegan a un estado de reposo semejante a una jubilación de la experiencia y el riesgo, pero no sin haberse expuesto antes a aquello que les da sentido, sus amores y sus locuras, con una dedicación desbordante y sin descanso. Por esto tiene importancia la repetición constante de nuestra rutina diaria, los huecos de supuesta libertad que son concedidos de vez en cuando por las instituciones educativas y laborales, dando espacio a aventuras de variada envergadura y tono. Las pasiones y los roces que nos hacen vociferar de gozo o de frustración, recordando la poca preparación o disposición que se tiene para ser parte del colectivo imperceptible pero socialmente insistente del ciudadano maduro y responsable. Los incidentes catastróficos, los accidentes, las graves enfermedades, la desdicha o incluso la muerte de personas cercanas, acontecimientos que parecen desgarrar la cómoda realidad que se creía tan inamovible. Los recuerdos que dan lugar a una genealogía personal, a una historia a la cual volver, a la que le sea posible ser abierta al mundo de nueva cuenta, ya no como tránsito, sino como relato. La profusión descriptiva de las habitaciones y su contenido, de las listas de lugares y cifras, con tanto detalle que en ocasiones las letras dan lugar a las imágenes, ejemplos de crucigramas,

carteles, señales, símbolos e ilustraciones, la mención de todos los elementos de un lugar o situación no obedece a una intención barroca: los objetos que rodean a los personajes y llenan inmuebles que habitan hablan acerca de quiénes son esos individuos, en qué han perdido el interés y lo que los entretiene, los vuelve más tangibles porque es en la acumulación de artículos necesarios y ya no tan necesarios donde los recuerdos toman forma: ya no son únicamente perorata dudosa: las pertenencias, los archivos personales son indicación de antecedentes, de personas con algo memorable que contar. El libro es también una denuncia a la casualidad: todas las historias en él narradas son los pasos para la solución de un problema que va más allá del texto, el acertijo no es ninguna metáfora o comentario con pretensiones poéticas, en realidad está presente en la estructura de la novela. Aun así, lo que sí funciona como metáfora es la intención que se puede desentrañar de la presencia de este enigma, la conexión última que logra este algoritmo da cuenta de una frágil relación que existe entre todos los habitantes del edificio. No es ningún secreto que todos los personajes están de una manera u otra vinculados al conjunto habitacional de la calle Simon-Crubellier, pero lo que sí es posible que escape a la imaginación de aquellos que tengan los pies y los ojos muy firmemente posados sobre la tierra es la maravilla con que Perec trata los desvaríos de la existencia, que no son obra de la voluntad divina ni impulso de los astros. Es planteamiento esencial de la posmodernidad el derrumbar todo lo que se considera cierto y establecido, pero La vida instrucciones de uso no confirma la futilidad de utilizar un orden que dé sentido a un todo, lo que hace es explicar por qué buscar causas y efectos es un pasatiempo tan laberíntico: no es que los acontecimientos no tengan fundamento o propósito, sino que la miríada de sucesos que, encadenándose, llevaron al acontecer de cualquier cosa es tan vasta que es absurdo tratar de dar con un principio unificador, lo que no quiere decir que no pueda haber una manera de encontrar sentido tanto en la vida individual como en la colectiva, tal como lo encuentra Perec con los relatos particulares y con el acertijo que los pone a todos en el mismo tablero. Pero esta búsqueda de sentido puede resultar peligrosa, ya que en ella es posible consumirse, tal como le pasa a Bartlebooth y su búsqueda que, desde que comienza, ya ha fracasado. Los demás personajes no buscan comprender la imagen completa, pero no por falta de ambición o intelecto: ellos asumen, aunque no se den cuenta de ello, su papel como parte del puzzle que los conecta sin excluir a nadie; son parte del proceso de globalización que apenas asomaba en los años próximos a la publicación de la obra, pero que Perec percibía en los extraños resquicios que suelen ser llamados casualidad. La vida instrucciones de uso no indica, por más irónico que parezca, una secuencia de cómo se ha de proceder para tener éxito y satisfacción personal. La vida es un juego que nos arroja a ser parte de cientos de puzzles, no importa si se es un médico retirado, un corredor de autos, un trapecista obsesivo, un pintor exitoso, una empresaria a pequeña escala, una pieza en forma de cruz, una en forma de muñeco, una que parece no encajar en ningún rincón. En esta partida, madre de todas las partidas y jugadas, todos ganan, todos pierden, pero más importante aún, todos juegan.

Abner Cabral. Estudiante de la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma de Sinaloa.


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Diálogos sobre música

La tragedia de San Agustín

Jassef Alejandro Balderrama

El maestro y el discípulo discutían sobre juicios de estética musical. El discípulo preguntó: —¿Qué es lo bello en la música, la pasión o la templanza? El maestro tomó el rostro de aquel que amaba como a un hijo y le respondió: —Hijo mío, no busques repetir la tragedia de San Agustín. El discípulo, desconcertado, le preguntó: —¿Qué es la tragedia de San Agustín? —San Agustín fue un hombre que creía en la matemática, en la música, pero su alma tierna de hombre le jugaba sucio: rompía su juicio científico y se sometía a la simpleza del placer al oír los corales ambrosianos. Se sometía a las impurezas de las sensaciones delicadas que entraban por sus oídos. San Agustín vivió en contradicción entre la frialdad de la pureza matemática de la música y su terrible consecuencia: la necesidad de sentir placer a través de la música imitando la saciedad de bestias bramantes.

El maestro y el discípulo caminaron juntos hasta las plateadas playas (parecían costas de la luna) que rodeaban su abadía. La arena tan blanca como el pecho orgulloso de un lipizzano curaba las heridas en los pies de dos seres errantes. El benevolente viento de Céfiro recorría y limpiaba cualquier rastro de lágrima o gota de sudor de anteriores desventuras. El maestro buscó un peñasco alejado y al encontrarlo, se dispuso a escalar y, al llegar a la cima, gritó al viento del oeste: —¡Tú, hermosa criatura que te llamas humano, eres el ser que más se contradice! Por un lado buscas cuantificar las sensaciones pero eres ciego, sordo y mudo si crees que con los números lograrás domar a la bestia del placer. Si San Agustín pudo separar la ciencia musical en su Tratado de música y el placer que le causaba la música en sus confesiones, donde nos dice que mientras escribía sobre la matemática en sus años de anciano e intentaba despojar a la música de placer, él no sentía placer pecaminoso al hacerlo. O sí sentía ganas de enumerar y despojar los placeres


Diálogos sobre música

que sentía al oír los coros en su escrito, próximo a su bautismo. Pero qué legado tan turbio nos dejaste, pero qué legado tan humano nos dejaste. El maestro se recostó en la punta del peñasco a llorar mientras el discípulo aguardaba impaciente. La noche cayó y una estrella tan brillante como el sol le habló al maestro, quien se perdió en sus pensamientos. —Yo soy ese que llamas ser contradictorio, hermano. Pero yo te digo que no hay tragedia en la contradicción. Si así lo fuera, seríamos seres monótonos. Si yo busqué separar la luz de la buena modulación de lo simple del placer, lo hice pensando en los seres que no saben que hay objetividad en lo subjetivo. ¿O acaso no hay nada más subjetivo que la objetividad? —Yo escribí sobre la escuela de Pitágoras y sus esferas celestes; quería oír la música perfecta, esa que es inaudible para los que no tienen paz interior, esa música y armonía que mantienen al cosmos en equilibrio. —Tú mismo, hermano, has logrado oír tu música interior, la cual solo es audible en este peñasco. Como consecuencia, oyes mi voz, que es música cósmica. El maestro replicó: —Tú, estrella del firmamento tan solitaria pero que sin embargo hablas de camaradería entre el placer y la ciencia, no busques redimir tus errores en los hombres de nuevas épocas posteriores a la tuya. No intentes justificar tu falta de subjetividad en la objetividad o viceversa. Qué cálido es hablar del cosmos cuando formas parte de él, pero tú mismo dices que eres música cósmica y, sin embargo, no tienes oídos para oír tu propia música cósmica. Eres un ser de luz que flaquea ante los que te recordamos cómo la música te sedujo. Y tú, furioso con tu humanidad, escribías mal de

los tañedores. Los catalogabas como seres un poco más arriba de los ruiseñores porque al menos los tañedores aprendían su canto de un maestro y no por instinto como el ruiseñor. Decías que el arte que es imitado no es arte y que, como el tañedor imitaba al maestro, este no era artista. Pero ahora dices que aprendiste de las estrellas tu música cósmica; ¿eso no te hace un tañedor? Ves como tu misma ciencia te traiciona y te hace un ser más humano, incluso ahora que no tienes un cuerpo. La estrella del firmamento cae despojada de luz en el horizonte y la noche perdió a su estrella más brillante. El joven aprendiz subió de prisa a la punta del peñasco pero una luz lo cegó. Aun así, dijo: —Maestro: usted ahora es parte de las esferas celestes. Entiendo que es el fin de nuestras venturas. Pero antes que usted forme parte del firmamento quiero decirle algo para los futuros maestros y aprendices que usted guiará por el camino con su magnífica luz. Sepa que usted sube ante los astros no como estrella decorativa para alguna bóveda celeste, sepa que usted no es una estrella que complementa a una nueva constelación; usted es una estrella para los hombres que estamos aquí abajo. Eso, a diferencia de sus nuevas hermanas, no lo hará estar arriba sino abajo, con nosotros, los humanos. Los días pasaron y nadie nunca más supo de la suerte de aquel maestro y aquel aprendiz que caminaron por las costas de la abadía.

Jassef Alejandro Balderrama Jiménez. Estudiante de Guitarra Clásica de la Escuela Superior de Música del isic.

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El realismo y la figuración: Tránsitos y ambigüedades Dafne Cruz Porchini La c ol e cc ión de l Mu s e o de A rt e de S i na l oa ( ma s i n ) 1 a l be rga una se r ie de obra s q u e at e s t ig uan t r e in ta a ñ o s de t ran s ic ión de l art e mode rno a l c on t e mp oráne o, vi s ta a t rav é s de l a s obra s de n o ta bl e s cr e a d or e s pl á s t ic o s c omo Ru f i n o Tamayo, M an u e l F e l gu é r e z , Enr iq u e Eche v e rr í a , L i l i a C arr i l l o, J o s é L u i s C u e va s , Rod ol f o N ie to, Pe dro C orone l , A l be rto G i ron e l l a , A rna l d o C oe n y V ic e n t e Rojo, e n t r e mu cho s o t ro s .

Este texto1expone una revisión somera de las propuestas abstractas predominantes en el arte mexicano de la segunda mitad del siglo xx, las cuales hicieron énfasis en la necesidad de una experimentación plástica y visual. Como usualmente se ha dicho dentro de la historiografía del arte mexicano, el lenguaje pictórico no-figurativo marcó ciertamente la entrada del arte mexicano a la escena artística internacional, rompiendo tácitamente con la hegemonía impuesta por la todavía llamada «Escuela Mexicana de Pintura». En torno al desarrollo de la corriente abstracta en México, en el lapso de las décadas de 1950 a 1970, cabe decir que, dada la irrupción tardía de las vanguardias en México, muchos artistas se negaron a abandonar totalmente el lenguaje figurativo en su tradición más arraigada; o bien, pintores como Manuel Felguérez o Lilia Carrillo decidieron ser mucho más radicales. Así, los acercamientos artísticos abstractos para la década de los sesenta fueron diversos y recurrieron a su vez a otras vertientes, las que produjeron interpretaciones más subjetivas. Por ejemplo, Octavio Paz habló de la transformación de lenguajes pictóricos en la que era posible advertir ciertos elementos perdurables, tales como «el gusto por la pincelada brutal, el amor por las formas desgarradas, la violencia en el color, los contrastes sombríos, la ferocidad»,2 al tiempo que legitimó el papel de los jóvenes artistas en el desarrollo artístico-cultural del país, quienes, aseveró, se distinguieron por su curiosidad y su instinto «rodeados por la incomprensión general pero decididos a restablecer la circulación de las ideas y las formas, se atrevieron a abrir las ventanas».3 Dentro de un entrecruce claramente generacional, Rufino Ta1 Este texto apareció en el Catálogo razonado de la colección. Museo de Arte de Sinaloa. XXV Aniversario, Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto Sinaloense de Cultura, Museo de Arte de Sinaloa, 2016. 2 Octavio Paz, «El precio y la significación», en Los privilegios de la vista II. Arte de México, (edición del autor); México, Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 325. 3 Octavio Paz, «El espacio múltiple: Manuel Felguérez», en Los privilegios de la vista II. Arte de México, p. 373.


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mayo se convirtió en la encarnación y el resumen de todas las tendencias internacionales, además de ser una figura referencial para los artistas considerados emergentes en ese tiempo. El artista oaxaqueño consideró irrenunciable la presencia de la «anécdota» dentro de la pintura y defendió que esta no debía eliminarse radicalmente, al tiempo de abogar por una pintura totalmente humanista, como en la obra Diamantes (s. f.) en la que Tamayo evidencia el dominio del oficio a través de la calidad areniza y el empleo de colores sutiles y profundos, además de mostrar su compromiso con la materialidad y factura misma del grabado. En un ambiente artístico determinado por la Guerra Fría, es importante destacar, el arte abstracto en México también operó como una escapatoria para crear una nueva realidad. Por ello, es necesario señalar que no todos los planteamientos de la abstracción en México deben tomar como punto de partida —o genealogía— la Ruptura. Es, entonces, fundamental remitirse a otro hito historiográfico: la organización de la muestra Tendencias del arte abstracto en México, realizada a finales de 1967, en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (muca). Esta exposición cobró cierta notoriedad por agrupar tanto a jóvenes artistas mexicanos como a artistas internacionales que estaban realizando obra no-figurativa. El eje curatorial pareció integrar un grupo de artistas que «ya sea de manera radical o tímida, se alejaba del naturalismo», distinguiendo y mostrando cierta tensión entre «fondo y superficie, signos que quedan apresados en una atmósfera expresiva que salvo excepciones no desea abrazar el plano concreto y puro, sin desviaciones que regresen a lo real imaginario».4 Sin embargo, en el catálogo de la exposición, el escritor y crítico de arte Luis Cardoza y Aragón sostuvo que «el arte abstracto pertenece al pasado»; sentencia que, tal como dice Rita Eder, fue una manera de «finiquitar la polémica de grupos encontrados y quizás de descalificar la abstracción como signo de innovación».5 Como artífice de la fortuna crítica de aquel entonces, el escritor Juan García Ponce representó también un cambio generacional puesto que empezó a centrar su atención en los jóvenes pintores, a lo que además añadió la amistad personal. En su célebre libro Nueve pintores mexicanos (1968), García Ponce exaltó la individualidad creadora y la pluralidad de propuestas artísticas de un grupo que irrumpió con fuerza en la escena artística mexicana, mismo que empezó a rebelarse en contra del nacionalismo ideológico imperante. Pintores como Manuel Felguérez, Lilia Carrillo, Alberto Gironella, Vicente Rojo y Arnaldo Coen, entre otros, habían decidido apostar por la exaltación, por la búsqueda personal y la introspección estética y, gracias a ello, García Ponce los aglutinó en «la tradición de la Ruptura». El texto de García Ponce ciertamente encontró eco en el prólogo de Octavio Paz a Poesía en movimiento, antología de poesía mexicana en donde se destacaba la individualidad del creador así como sus valores universales y modernos.6 Lo anterior también 4 Rita Eder, «Variaciones. La pintura en México en los años cincuenta y sesenta», en Desafío a la estabilidad. Procesos artísticos en México 1952-1967, Rita Eder (ed.), (catálogo de la exposición); México, unam-Museo Universitario Arte Contemporáneo-Turner, 2014, p. 160. 5 Ibíd. 6 Jaime Moreno Villarreal, «Juan García Ponce. El juego de la contemplación», en Juan García Ponce. Trazos y encuentros, (catálogo de la exposición); México, inba-Museo del Palacio de

funcionaría como contexto a los jóvenes artistas para desmarcarse de la cultura oficial del Estado y seguir apostando por una mirada innovadora. Ante este panorama, la pintura abstracta empezó a tomar distintos derroteros, donde coexistieron varias vertientes como el expresionismo lírico, las lecturas informalistas, el geometrismo, etcétera; tendencias que se reflejaron en la variedad de formatos como la pintura, la escultura y el grabado, tal como puede advertirse en el acervo de este museo. Cabe mencionar que la pintura abstracta en México también combinó una serie de elementos surreales y una voluntad de síntesis de la forma con resonancias figurativas. Por ejemplo, en las dos obras de Alberto Gironella, El espejo y Recordando a España (s. f.), vemos que persiste en el autor un leitmotiv que podría ser traducido como una nostalgia por el lugar de origen paterno. En la primera obra, el artista español constata una particular fijación presente en todo su quehacer artístico: la representación de la Reina Mariana, que aquí la vemos silueteada en el papel. Gironella demuestra aquí la maestría de sus obsesiones trastocadas en metamorfosis donde terminó haciendo una especie de deconstrucción. El perfil de la figura femenina parece diluirse en el soporte, con algunos rasgos dibujísticos y manchones de color. Con obras semejantes a El espejo, Gironella consolidó su denominación de «pintor de desafíos y profanaciones», tal como fue calificado por Cardoza y Aragón.7 En Recordando a España, se distingue una particular síntesis de trazos monocromos cuasi cubistas —a la Cézanne— que reconfiguran visualmente una antigua ciudad española, quizás en la región de Cataluña. La pintura también destaca por la representación de estructuras diminutas, tales como los molinos al fondo y un par de cúpulas, mientras que al centro se localiza un toro. Allende el tema, la paleta de color adquiere gran preeminencia dentro de la obra gracias a la utilización cromática de tonos amarillos y anaranjados, mismos que conviven con el equilibrio formal y el orden geométrico —casi arquitectónico— que da cuenta de la fase constructiva de Gironella.8 Justamente, en la transición hacia la pintura no-figurativa, es importante mencionar la postura combativa de José Luis Cuevas, quien rechazó de manera contundente las expresiones del arte abstracto. Su dibujo Auguste Bolte (1980) forma parte de una serie dedicada al personaje central del relato satírico publicado por Kurt Schwitters en 1923, a quien Cuevas le rinde un especial homenaje a través de la ironía caricaturizada de un mundo ilógico, grotesco y absurdo. En un gesto contrario a los pintores abstractos, Cuevas recurrió a un dibujo neofigurativo que manifestó su gusto por la miseria humana a través de nuevas formas y trazos. Ya lo había dicho Cardoza y Aragón: «Cuevas se expresa cabalmente, inconfundiblemente, con manchas magistrales, con líneas desgarradoras. Sus datos se concentran en desnudez y tensión. Tenebroso, lúcido, delicado».9 Tal como se caracteriza en esta obra, Cuevas concibió estas figuras con enorme expresividad y una tensión de corte trágico. Siguiendo el desarrollo de la pintura abstracta dentro de la coBellas Artes, 2005, p. 38. 7 Luis Cardoza y Aragón, Pintura contemporánea de México, 2.a reimp.; México, Era, 1995, p. 72. 8 Rita Eder, Gironella; México, unam-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1981, p. 65. 9 Luis Cardoza y Aragón, Pintura contemporánea de México, p. 67.


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En el mismo contexto, Manuel Felguérez se inclinó más hacia la radicalización en cuanto a formas y materiales y llevó los efectos pictóricos a construcciones plástico-geométricas dentro de un espacio (re)inventado. García Ponce calificaba así su producción: Felguérez parte siempre de una necesidad innata de organizar formas, de crear nuevos ritmos mediante el trazo de la pincelada o el contraste de los colores, sin traicionar jamás su fidelidad original al poder de la materia».12

En Sin título, el artista zacatecano trasluce el lugar para la investigación del espacio múltiple, donde de manera integral y racional conjuntó la pintura, la escultura y la gráfica. En este tipo de composiciones, Felguérez siempre destacó los ritmos geométricos y los colores, pero también la tactibilidad de la materia. Este artista siempre hizo énfasis en su carácter escultóricoconstructivista que lo llevó a experimentar también en el arte público. Al jugar con la misma figura geométrica, el artista aprovecha para contraponerla, fragmentarla y multiplicarla con relieves policromos, elaborando nuevas construcciones visuales: Cada forma es el punto de partida hacia otra forma: espacio productor de espacios. El artista disuelve así la separación entre el espacio bidimensional y el tridimensional, el color y el volumen.13

lección del masin, quiero destacar en particular la obra de Lilia Carrillo, quien además fue una fuerte precursora de la llamada Ruptura. A los colores y el ambiente onírico que utilizó en su pintura —determinada sin duda por el informalismo gestual parisino de los años cincuenta— se añaden signos que recreó sobre superficies obscuras autónomas, poblado de sombras como ella misma las denominó. En obras como Sin título y Sombras (ambas de la década de los años sesenta), se observa notoriamente una abstracción lírica que fue capaz de recrear atmósferas delicadas y etéreas, donde las formas de carácter inasible hablan de un mundo interior difícil de descifrar y en constante conflicto con la figuración. García Ponce señaló al respecto: ...su pintura habla siempre del lenguaje llano y directo, aun en medio de sus sutilezas, de los verdaderos poetas, aquel que se basta a sí mismo para penetrar la apariencia y abrirla entre nosotros, para ser arte verdadero, orden y revelación, revelación de un orden...10

Enrique Echeverría, considerado una de las figuras más discretas de la Generación de la Ruptura, se convirtió en un ejemplo contundente de la subjetividad artística creadora. En Joven en azul (a Ester) (1959), la figura humana ubicada en el centro opera únicamente como pretexto o motivo para explorar el cromatismo de los tonos azules, mientras que los contornos son delineados suavemente por toda la superficie pictórica. En la pintura Cosas en el jardín, Zacamolpa (1962), el color se torna más expresivo a través de gruesas pinceladas que denotan una individualidad muy clara. Investigador de la forma, las composiciones de Echeverría son esquemáticas al utilizar planos de color muy acentuados que se hacen todavía más visibles gracias a los empastes, que también muestran la marca de la espátula, además de plasmar algunas figuras geométricas de pequeño tamaño que logran un gran contraste dentro de la obra. Dentro de esta variedad de planteamientos muy individuales, Pedro Coronel y Rodolfo Nieto aprendieron a combinar el lenguaje abstracto con algunas formas reconocibles a través de explosiones de color y elementos esquemáticos

Por su parte, Mariana Frenk se refirió a su obra y figura de la siguiente manera: Lilia Carrillo es hoy día una de las pintoras más importantes del país […] un excelente dominio del oficio le ayuda a plasmar con su lirismo de altos vuelos su mundo, mundo de una gracia un tanto melancólica de frágil y leve belleza.11

10 Juan García Ponce, Nueve pintores mexicanos; México, unam-Pértiga, 2006, p. 50. 11 Citado en Jaime Moreno Villarreal, Lilia Carrillo. La constelación secreta; México, cnca-Era, 1993, p. 131.

12 Citado en Juan García Ponce, Trazos y encuentros, p. 43. 13 Octavio Paz, «El espacio múltiple: Manuel Felguérez», pp. 373-374. Dafne Cruz Porchini. Maestra en Historia del Arte. Ha publicado en varios catálogos nacionales y extranjeros de arte, así como publicaciones especializadas. Entre sus exposiciones curadas están: Imágenes del mexicano (Palacio de Bellas Artes, Bruselas, 2010); Dessins mexicains du XXme siecle (Instituto Cultural Mexicano, París, 2010), entre otros.


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Poemas

Páv e l A i s p u r o Elegía

Oda descompuesta

El eco de tu muerte aún taladra el hueco, oquedad donde cultiva germen de sangre, un dolor que encuadra,

Quieta y callada, solícita… necesaria, Aunque tu callar no adoleces, fecundar en silencio es tu noble empeño. Quizá condimento de noches frías, o sopor de éter de los cálidos días, o de plañideras alegrías, o sangre nutricia en que despeño mi vena endurecida. Así emitas con tu cuerpo mutismos insondables, o licenciosa algarabía, o escándalo, vil letanía. Si en mis manos retozas, punzando con brasa el recuerdo, digitas el olvido entre arterias nerviosas, violenta es tu entrega, laudatoria, cuando pasiva te despierto, y sueñas entre mis brazos, la inasible melodía. Tu cuerpo, analogía sublime que emula el canon de belleza victoriana, y si te siento mi amante te punzo sincero, y si te sueño mi hermana te estrujo sin miedos, y si tu espera paciente incita a mi vuelo, atiendo afanoso remonto deseo, y nos fundimos mientras nos damos, a erigir consonancias que distingan el hondo bajo fondo, del azul y sus espejos. Así, tierno en arrebato, ciego en deseo, obnubilado por esa luz que preciso siempre a mi lado, ya que el latido sigue inclinado al necio, ya que mi timbre carece de acento, ya que mi beso no acierta destino alado, ya que la oda no llegó a ser, ni silva ni madrigal, ya que me he quedado, sin verso blanco, ni décima, ni es canción, porque el dejo este, tan imbécil, no lo supo dejar, no lo pudo disfrazar, porque si no eres nervio que orna al decoro, y si tu brazo no devela los designios, o si tu intérprete no traduce la sordina del mar, o mis botones deshojados, o los posos del café, no me importa, porque aun ajado seguiré, estrechando la orilla de tu centro, mordiendo los linderos de tu llama, asido al grito, como náufrago que canta, su humano memorial con amnesia selectiva.

de aquel tu regazo tu cruel partida. Y exijo tu recuerdo porque no atisbo, zurcir en mi cuerpo esta impía herida, proclive al desvelo, un pie al abismo. Dime tú, que moras bajo la tierra, cómo trago hiel de árido mutismo. Siento que me deja, y que se aferra, la certeza de no llorar con tu voz, y la muerte insensible que me aterra cuando toma hasta tus restos, pan y arroz, y sólo el vacío por alimento, la huella en el fango que encarnas feroz. reverbera en mi estúpido tormento, el resquemor ácido en la garganta. El vibrato sentido de tu aliento canción pura que devela y espanta. Zandunga soledad las cuerdas del sol, dejaste impreso adalid que decanta, trémolo insondable para mi crisol, y tu heredad montada en sublime voz. Desnudo duelo traducido a español a náhuatl, zapoteco, tu triste adiós. La impostergable hora que te fecunda con la simiente redentora de dios, te vuelva aire, en vuelo que difunda la memoria al arte, en tu talento, yo me quedo en tu sombra que circunda.

Pável Aispuro. Poeta. Premio Nacional de Poesía Salvador Díaz Mirón.


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Sobre el fuego como purificación del alma para el perdón de los pecados Leonardo González Romero Y me pongo a pensar, en consecuencia, si no seremos más que lo intangible sólo intervalos de la realidad. Fernando Pessoa

No existen los buenos augurios, escuché que decía mi madre. Cuando las cosas se nos manifiestan de manera incomprensible, en su momento, pues ya después llegaremos a entender, es porque algo malo va a suceder; no tenemos derecho a ver el futuro, pero tenemos derecho a saber que hay uno. Por eso no los entendemos cuando los vemos; sirven sólo para estar preparados, no prevenidos. Esa noche la cena era distinta, no había focos pero había velas. Apenas lograba apreciar el rostro de mi madre que hablaba, dirigiéndose a todos y a la vez a nadie, como si nos contara algo sin importar si le prestábamos atención o no, como si hablara para ella misma pero al mismo tiempo para todos, evocando un recuerdo que le había dejado marcada el alma con una herida de dolor y trauma que se sentía como el hierro al rojo que se usa para señalar el ganado. Así se sentía ella, como ganado marcado con un suceso que dejó a toda la familia (también señalada, separada) con el amargo recuerdo y la brutal conciencia de lo frágil de la vida. A mi madre nunca le había gustado estar sola. Recuerdo las veces que me reprochaba que llegara tarde de la escuela, pues debía durar más tiempo sin compañía en la casa, a merced de su soledad. Una soledad que la ponía a resucitar recuerdos ya muertos, asesinados voluntariamente para permitirse la dicha de la tranquilidad. Aquel día, decía ella, fue el único día en que de verdad le temí a Dios, y es que uno sólo teme a Dios si en su conciencia pesa la culpa y a mí me embargaba un arrepentimiento que me obligaba a arrodillarme. Ella nunca había robado, pero ese día, más que por necesidad por malicia, una malicia que, creo yo, tenemos todas las personas, se había traído de la iglesia una imagen de un santo que ni sabía quién era, probablemente San Judas Tadeo, pero por el cual sentía un deseo de posesión tan grande que sin darse cuenta ya iba a medio camino rumbo a la casa, apretando en su mano a un encomendado del señor que la iba a proteger como protegía a todos los que poseen una imagen igual. Me repetía en la mente que no estaba mal, decía mirando fijamente la llama de la vela, como si en ella se viera a sí misma corriendo por la calle con el puño cerrado, cerniéndose sobre un pecado para el que no estaba preparada, que Diosito no iba a castigar a una niña que lo único que quería era tener algo santo con ella, algo sagrado; sin embargo, casi para llegar a la casa, sentía que esa imagen me quemaba la mano y me dejaba la marca de aquel San Judas o San Francisco o San Martín o quién sabe cuál habrá sido, formando su figura en mi palma derecha. La solté y, sin llorar, porque Dios no quiere a los llorones, corrí hasta la casa

persignándome y rezando, como si con eso fuera a curar todos mis males, con esa fe infinita que tenemos de niños. No recuerdo quién, quizá Arturo, que se sentía tan lejano, tan separado del grupo, aunque apenas había que estirar el brazo para alcanzar a tocar su rostro, preguntó si las imágenes esas las vendían o estaban ahí para que la gente las tomara. Ni sé, le respondió mi madre, pero yo sentía que me la había robado, y ese mismo sentimiento me hacía temer por un castigo brutal y despiadado que me iba a acabar consumiendo el alma. Dice mi madre que al llegar a la casa no supo si las voces que se escuchaban eran de gente o provenían de su conciencia. Yo me pasé derechito al cuarto. Nos decía a todos: por poquito y me tropiezo con los escalones, pero llevaba demasiada prisa como para andarme cayendo. No supe cómo interpretar esto último, se me vino a la cabeza la idea de que mi madre creía en cierto control que nosotros mismos tenemos sobre el universo: «Llevaba demasiada prisa como para andarme cayendo», como si los actos accidentales se pudieran evitar con la simple voluntad. Eso contradecía todas sus creencias religiosas y su completa dependencia de un dios, así que mejor no dije nada. Ya casi iba a entrar al cuarto, dijo, cuando de repente escucho el grito de mi amá: Voy a lavar manteles al río, me dijo con esa voz firme, fuerte y clara, que aún sin un hombre en la casa mantenía por el buen camino a los diez hijos, una voz que esbozaba ternura cuando quería mostrar ternura, pero con la capacidad de generar terror en los ojos de todos sus hijos si se llegaba a enterar de que uno andaba robando cosas ajenas; me encargó que doblara la ropa de todos mis hermanos y se fue sin mirarme. Qué bueno que no la miró, pensé yo, recordando todas aquellas veces en que, con sólo mirarme, mi madre ya sabía, con lujo de detalles, lo que pasaba. A lo mejor fue a la tercera taza de canela, o tal vez a la cuarta, cuando volvió la luz: se fue de inmediato. Se armó un pequeño barullo en aquella mesa vieja, que ha sobrevivido veinte años y dos muertes, provocado por la conmoción y la decepción. Sin embargo, mi tía y mi madre, ambas partícipes de aquella historia vieja que en esa noche se nos revelaba, miraban la única vela que quedaba encendida, separadas de ese momento en que se dividía en nosotros, los jóvenes, lo ajeno y lo propio: quizá como a manera de autodefensa decidíamos alejarnos y despejarnos un poco de aquella historia que se nos narraba como una visión profética, pero nuestro ritual de descanso no les servía a ellas, quienes no po-


33 dían simplemente desprenderse de un recuerdo: ellas no eran ajenas a ese entrañable suceso. No se esperó a que todos guardáramos silencio, aún se oían quejas por la falta de electricidad o risas irónicas por la desgracia cuando mi madre retomó el discurso con esa voz impecable que llevaba años susurrando y gritando, como si se hubiese estado moldeando justo para ese momento. Yo empecé con los pantalones, dijo, pero apenas tenía el primero en las manos, me sentía observada, vigilada, y no de un lado, de todos, como si en cada pared de la habitación se escondieran cien personas. Seguí doblando la ropa, pantalón por pantalón, pero esa sensación ya me había sacado las lágrimas, ya estaba doblando los pantalones llorando, y me acuerdo de ese momento y no me da risa, ni vergüenza, lo recuerdo y lo único que puedo sentir o, más bien, volver a sentir, es el miedo. Aún hoy, pensando en ese día, siento esos ojos mirándome y recuerdo el instante en que me percaté de que esas miradas no eran de demonios ni fantasmas, esos ojos que parecían invisibles, o por lo menos muy escondidos, estaban justo a la vista de todos, eran los ojos de Jesús y los doce apóstoles, eran los ojos de José y la Virgen María, los del Santo Niñito de Atocha, de San Francisco de Asís, San Judas Tadeo, pero sobre todo, como mirándome con vergüenza, decepción y furia, los ojos de Cristo en la cruz, cubierto de sangre, con la corona de espinas que él tenía pero que yo sentía penetrándome hasta el alma misma, con esos clavos que a él lo retenían en la cruz y a mí me retenían ahí, inmóvil, como petrificada, como si la crucificada fuera yo y Cristo mismo caminara por toda la habitación. Yo intenté seguir doblando la ropa, de manera mecánica, tratando de ocupar mis manos en algo pero sin apartar la vista de los ojos tristes y llenos de ira de Jesús en la cruz. Sin embargo, y a pesar de estar la habitación completamente iluminada, en la pared a mi derecha, pegada a la cama en la que yo, sentada, seguía haciendo el encargo de mi amá, apareció una sombra, una sombra sin razón de estar ahí, sin nada entre el foco y la pared que se interpusiera en el camino de la luz hacia ésta, una sombra que materializaba terroríficamente ese castigo que llevaba esperando, con un miedo incomparable, esa mañana: la purificación por mi pecado. Dice mi madre que ya estaba imaginando a la sombra abalanzarse sobre ella cuando esta se fue haciendo más y más pequeña, introduciéndose poco a poco debajo de la cama, perdiéndose en esa línea que separaba la luz de la oscuridad. No pude más, decía, salí corriendo del cuarto con un miedo que tan sólo podría comparar con el de alguien que ha estado a punto de morir, aunque yo no me sentía a punto de morir, sino a punto de pasar la eternidad siendo atormentada por ese infinito castigo que me correspondía; lo primero, y probablemente lo único, que se me ocurrió al salir del cuarto fue subirme a la azotea: era durante mi infancia el lugar más seguro que poseía. No pasó una hora cuando escuché los gritos de la vecina preguntando por mi amá, No está, le grité desde arriba, anda en el río lavando manteles, ¿Tú qué haces allá arriba?, me dijo sorprendida, como si se le hubiera aparecido un espíritu, Ándale, bájate de ahí y ve a buscar a tu mamá para que le digas que venga porque tu amá Mela se está quemando.

En ningún momento yo dudé que esto fuera verdad y me bajé lo más rápido que pude de la azotea, hasta el miedo se me resbaló, o creo que en ese momento se me olvidó. Corriendo por la calle como una loca o una poseída, yo llevaba los huaraches a punto de romperse, pero lo que más roto tenía era el alma, pues aunque no fueran esas las palabras, lo que yo tenía claro era que mi amá Mela estaba muerta, ¿cómo salvas a un quemado? Ya me quedaba claro por qué aquella noche mi mamá y mi tía miraban tanto la vela encendida y yo no podía sino pensar en el fuego como purificador de las almas y en los rituales religiosos para limpiar los pecados de las personas, incinerándolas vivas. Al llegar con mi abuela, lo primero que hizo mi madre fue soltarle de golpe la información, sin miramientos, sin sentimientos, Mi amá Mela se está quemando, le dijo, y una vez más, como si esto viniera de familia, mi abuela tomó lo que le dijo mi madre como una verdad absoluta y brutal, Llévate esa canasta de ropa con tu tío Mundo y déjasela encargada, le dijo a mi madre y, como guiada por el mismísimo Espíritu Santo, mi abuela partió, no corriendo, porque a esa edad ya nadie corre, pero caminaba con una firmeza y determinación, quizá nacida de la tragedia, que hacía parecer que sus pies no tocaban el piso, con una gracia sólo propia de los ángeles. Yo tomé la canasta de los manteles y me fui corriendo, dijo mi madre, llegué a la casa de mi tío Mundo y se la dejé a su esposa: Ya me voy, es que mi amá Mela se está quemando, le dije sin medir la magnitud de mis palabras y lo que semejante oración le podría causar a alguien de su edad; corrí sin detenerme siquiera para agarrar aire, llevaba la prisa de quien va a salvar a alguien de la muerte. Al llegar vi la bola de gente aglomerada alrededor del cuerpo quemado y entre todo ese caos vi, llorando, sentada en una silla, a mi madre. Que Dios me perdone, pero quizá lo que pensaba mientras corría desde la casa de mi tío era que tenía que ver el cuerpo de mi bisabuela quemado, que tal vez la sombra era una señal, un presagio sobre ese evento, y quería comprobar si la silueta de la sombra de mi recuerdo correspondía con aquel cuerpo desdichado, purificado, pero en aquel momento en que vi a mi madre, que acababa de perder a la abuela que durante toda su vida había sido su madre, quería estar con ella y no separármele nunca, temiendo que en cualquier momento las llamas fueran a arrebatarme, también, a mi madre. Ya nunca vi el cuerpo calcinado de mi amá Mela, y probablemente eso fue lo mejor, pues aún hoy la herida de ese recuerdo me sigue doliendo. Dicen que alimentaba el fuego del brasero echándole aire con un pedazo de cartón, que una chispa le alcanzó el rebozo, que como ya estaba viejita nadie alcanzó a escuchar sus gritos hasta que salió a la calle envuelta en una llamarada que iluminaba hasta las casas. Yo sí la vi, dijo mi tía, quien hasta aquel momento había permanecido callada y a quien, incluso, no se le había mencionado en la historia, Tenía la cara roja y se veía aguada, como la carne molida, de su cuerpo se desprendía un ligero vapor, pues el Güero Arroyo, pobrecito, Dios lo haya perdonado, pero lo primero que se le ocurrió al pendejo fue echarle un balde de agua, y lo que el fuego aún no quemaba, el agua hirviendo lo hizo. Yo me acerqué buscando su mirada pero nunca la encontré, ella observaba el cielo y de su boca salía un gemido, pero no era un gemido de dolor, sino de alivio, como si ya todo hubiera terminado.

Leonardo González Romero. Estudiante de bachillerato en el CETIS 107. Ha participado en talleres de escritura y ha coordinado el cineclub en el Centro Cultural Regional del Noroeste.


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La entrada a la vida de las Musas El autor y la escritura, Ernst Jünger

Sergio Ceyca

Pues aprender algo sobre el mecanismo de su creación particular, ¿no era acaso aprender el mecanismo del destino? Malcolm Lowry Ernst Jünger nació en Alemania a finales del siglo xix y vivió más de cien años en los que soportó la violencia de las dos guerras mundiales y en los que fue testigo de la Guerra de Vietnam. Es importante resaltar los tres hechos porque, desde joven, Jünger se unió a la Legión Extranjera y se enlistó al estallar la Primera Guerra Mundial. De este último hecho dejó como testimonio Tempestades de acero. Posteriormente, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, es marcado en él un desencanto por todo lo que tuviera que ver con lo militar; a partir de este alejamiento, Jünger se acerca a la experimentación con las drogas, principalmente el lsd, y escribe Visita a Godenholm, cuya publicación coincide con Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley. Finalmente, al morir en 1998, acababa de convertirse a la fe católica. Por tanto, no fue un hombre intolerante que no se tragara sus palabras ni que no se cuestionara lo que tenía por concebido sobre su vida, la sociedad y la realidad: fue quizás esta libertad la que lo llevó a reflexionar sobre su experiencia a través de textos fragmentarios, igual que lo hicieron antes que él filósofos alemanes como Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche. El resultado fue su libro El autor y la escritura. Antes de hablar del libro, quizá sería conveniente explicar qué podría considerarse literatura fragmentaria. Roberto Juarroz comenta, en su texto La literatura fragmentaria, que ésta «pretende responder a la naturaleza misma de la vida y del mundo interior del hombre. Fragmentar alude, aun etimológicamente, a ruptura, partición, fractura, quiebra. El pensar y la realidad no constituyen fluencias homogéneas, sino crispados procesos donde priman las intermitencias, los saltos y los sobresaltos». Podría decirse que el término «literatura fragmentaria» alude a aquellos libros donde se reúnen aforismos, sentencias, máximas, proverbios, refranes, adagios, cuentos, poemas y cualquier idea que pase espontáneamente por la cabeza del autor y que, posteriormente, él o alguien en su lugar, decida reunirlos para publicarlos en conjunto pero sin unirlos en un solo discurso largo, quizás en el orden en que los escribió o en otro que descubra al releerlos. No se trata de los diarios o bitácoras de los autores. Algunos casos famosos podrían ser El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, atribuido a Bernardo Soares, y Aforismos de Lichtenberg. Entre estos fragmentos podemos descubrir que Jünger es alguien preocupado por las consecuencias que el acto creativo puede desencadenar en la vida cotidiana tanto de sus creadores como de la sociedad. Él no cree que sea un acto inocente. Al individuo interesado en la creación, en lo no útil de la vida, le llama «el entendido de las Musas». Desde el inicio del libro, escribe sobre las disyuntivas que se le atravesarán a esta persona, empezando por las decisiones que habrá de tomar: «cada cual se encuentra una vez en la encrucijada, pero no cualquiera como Heracles. Hacia este lado, el sendero lleva al mundo económico, con cargos y tareas, con deberes y utilidades, y hacia el otro, hacia el mundo del juego, con su esplendor y su belleza, con terror y peligro. La elección cala profundamente en la naturaleza».

Pero incluso aunque el hombre elija la vida de las Musas, esto sólo representa el inicio de una serie de disyuntivas, problemas y situaciones incómodas a las que, como autor, deberá irse enfrentando con el tiempo: las presiones familiares, primero por el lado de los padres, para abandonar ese camino que socialmente se considera inútil y utilizar sus talentos para actividades que tengan fines (no importa que le guste tocar música, mientras lo haga en las fiestas del pueblo); y posteriormente en la familia que genera el individuo: la esposa, los hijos. Y eso para empezar. Poco a poco, estas anotaciones o fragmentos nos demuestran que Jünger no apuesta por la literatura de moda ni por la literatura comprometida políticamente; cree que el éxito es quizá peor que el fracaso («¿por qué se quejan tantos de ser menospreciados?, peor aún es lo contrario», dice el escritor), teme de la violencia de la crítica artística despiadada y está seguro de que el arte que se quiera involucrar con las altas esferas del poder o con la economía se volverá estéril: para él, el arte debe apelar a la soledad atemporal, a todo aquello que traspasa las épocas y las fronteras y que, para eso el artista, o el entendido de las Musas, debe ser lo más sincero posible: «aquí tenemos la función y la tarea del autor: hacer surgir del mundo histórico y natural un tercer mundo que, si bien está contenido en ambos, permanecería en él oculto hasta el juicio final». Además, aunque al principio del libro asegura que su intención no es que sus reflexiones tengan un carácter pedagógico, se pueden encontrar en sus páginas disertaciones sobre el lenguaje y sobre los estilos literarios que pudieran ser de interés o utilidad para cualquier joven escritor. Por ejemplo, ofrece una diferencia entre aquello que consideramos grotesco y lo que consideramos bizarro; o enumera las características que considera que debe tener cualquier cosa que se quiera tomar por obscena. Tampoco sobran las anécdotas sobre el mundo literario y editorial, como de los comentarios que hacen sobre su obra, o aquella parte donde comenta que hay personas que parece que sólo leen libros para enojarse. Al contrario de otros libros que he leído de este género, como Un ciego en la ventana de Juan Antonio Masoliver Ródenas, Jünger no incluye poemas o relatos cortos, tampoco describe anécdotas de su vida cotidiana, sino que se atiene sólo a la reflexión: el lector difícilmente alcanza a ver qué hay detrás de dichas reflexiones. Un tipo de lectura así nos puede ofrecer otra manera de ver la obra de un filósofo y mostrarnos que todas las ideas que conforman un texto largo nacen de ideas sueltas, partes que pueden irse uniendo y relacionando para encontrar un nuevo discurso que las una. Su lectura puede ser lenta, reflexionando cada fragmento leído, en lugar de un avance constante sin pausas casi hasta el final, como suelen ser otro tipo de lecturas.

Sergio Ceyca. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha trabajado como periodista en medios digitales y como editor en El Colegio de Sinaloa.


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Nocturno suicida, notas del investigador

Christian Peña Todo lo que la noche dibuja con su mano de sombra. X.V. 1.En la escena del crimen, en la hora en que la muerte sale a escena, hay algo que no acaba de cuadrarme. Sin importar lo que se lee en el acta, no creo que el infarto haya sido la causa: el corazón, a menudo, es una falsa pista. Me detengo en medio de la habitación, enciendo una lámpara y entre libros y fotos empolvadas monto un teatro de sombras. Dibujo en la pared con la sombra de las manos todo lo que la noche no me dice. Reconstruyo la escena, lo imagino: un traje, una corbata, el doble nudo Windsor del que pende el ahorcado, un banquillo en el piso, una patada, y los brazos que oscilan en medio del vacío. Es sólo una sospecha: todo lo que la noche, mis manos y una lámpara convierten en misterio; todo lo que la noche esconde tras la muerte. Inventar en la noche sombras en las paredes, eso hago, a eso me dedico. La mano con que escribo estas notas es la sombra de un arma; mi anular y meñique simulan el gatillo. Todo lo que el silencio confiesa a quien lo lee. Mi sombra está de pie con el arma en la mano y apunta a mi cabeza.

Christian Peña. Poeta. Estos poemas pertenecen al libro Expediente X.V. (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2015). Recientemente ganó el premio Ignacio Manuel Altamirano 2017.

Todo lo que la noche me orilla a interrogar. Lo que hay en mi cabeza sabe su propia muerte: todos somos culpables de la noche.


A b n e r C a b ra l A l e jan dro Av i l é s G a b r i e l Z a id A z u c e na M anjarr e z C hr i s t i an Pe ña Dafn e C ru z P orch ini E dm u n d o L i zar di E l i zabe t h C az e s s ú s G a lway K i nne l l Hé c tor C ompany Ja s s e f A l e jan dro Ba l de rrama J o s é M ar í a E s pi na s a J o s u é C amacho L eonar d o G onzá l e z Rom e ro Moi s é s E l í a s F u e n t e s Ó s car Paú l C a s t ro Pat r ic i a C arr il l o C ol l ar d Páv e l A i s p u ro R afa e l F é l i x S e rg io C e yca Y e s e n i a L o za C ázar ez