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LOS NĂšMEROS DE LEVI Por Diego Arandojo

Ilustraciones por Mr Lec


Š copyright 2010 Incubico Ediciones www.incubico.arandojo.com.ar


MUERTE A LOS MÍSTICOS Soy infame. Perverso. Juego con la vida. Me burlo de los puros. Mi cuerpo es de ciervo. Pero si en un triángulo me convocáis seré vuestro Ángel. Tengo luz pero me alimento de sombras. Angustio a los amantes distanciados por los pecados. Yo siembro pecados. Aquí os dejo un obsequio. Leyendas o mitos. Sobre Eliphas Levi, gran señor, miserable espécimen de la humanidad. Él adquirió magia. Bebió de la yugular de Uriel. Estudió las artes que el Altísimo ha prohibido desde la Caída. Cuernos y relámpagos me conducen al cementerio. Allí hay corderos listos para ser inmolados. Profanad cada palabra santa. Tendréis mi vigilancia. Mi respeto. ¡Tres números! ¡Sólo tres! Furfur. Gran Conde del Infierno. Veintinueve Legiones.

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ELIPHAS 111 Era un niño ante los cielos y la tierra, ante los animales invertebrados y los vertebrados. Leía latín. Griego. Etrusco. Nació en París en el año 1810. Era inteligente, degradado por sus compañeros de escuela y también por sus padres. –Dios no es tres en uno, es uno multiplicado por su reflejo en el espejo de la muerte –comentaba mientras tomaba la sopa. Estas afirmaciones trajeron violencia paterna. –¡Maldito blasfemo! ¡Pagano! –gritaba la madre. Ella lo señalaba con sus manos. Pedía castigo. Para el infante cada puñetazo de su padre era iniciático. –El dolor me llevará ante Baal. Su Templo será el Mío. Conoceré los Placeres Supremos y el Néctar de los Dioses –susurraba entre escupitajos de sangre. Su nombre era Eliphas Levi. Durante algunos años (en su juventud) se dedicó al sacerdocio cristiano. Las damas de alcurnia veían en él un potente símbolo dual de carne–espíritu; era deseado para la cama y para llevar al teatro. Pero Levi poseía ojos trascendentales. Tenía en claro que la realidad era fantasía. Sólo los ángeles –que en su cosmogonía personal eran cuatro– poseían la verdad total de todo lo engendrado. Semejante elemento no podía sino ser depositado en un cáliz, codiciado por los templarios para sus ceremonias. –Los templarios del cáliz angelical me pertenecen. Yo tengo su Secreto, su Libro, su Cáliz –anunciaba ante los demás clérigos de la Hermandad del Cristo Redentor en Madagascar, donde vivía temporalmente. Por la noche recibía visitas de demonios, que en realidad eran sus cofrades que buscaban las reliquias que Levi tanto alardeaba poseer. –¡Dejadme dormir! ¡O haré que Asmodeo venga aquí y os arranque la piel! –amenazaba. El verano dificultaba sus estudios esotéricos. El sudor que se desprendía de sus pómulos manchaba las arcaicas hojas de manuscritos que compraba y recopilaba. Había engordado. Era un joven obeso. Su gnosis crecía al igual que su materia grasa. –Maldigo el calor, porque no es bienaventurado como el frío que mantiene despierto el odio de STNS666 en el último círculo del tártaro. ¡Padre abominable, congelado y déspota en tus pesadillas! Gritaba esas frases para asustar a curiosos. Las féminas incluidas. La pulsión. La noche de abril, una noche sin número, él sintió a ella. Unidos por el viento o la memoria fugaz de las bestias. La pudo ver. Sintió su calor. Su olor. –Se llama… Anna… Conocía muchas Anna, pero ninguna como aquella que le robó el futuro. Con una sola pulsión visual. Había sonido en la imagen que percibió. Acaso una carcajada. –Tengo que encontrarla. Pero los esfuerzos se fueron enterrando a medida que se hacía fuerte en el arte mágico. Cristo Rey y sus Discípulos quedarían enterrados en su corazón. Otros Seres Sacros ocuparían esos lugares. Y dibujó. Lo que veía. Líneas que fueron formas. Viñetas negras. Palabritas horrendas que se desprendían de las fauces de las cosas que iba garabateando. Cuando dejó Madagascar y regresó a Francia, supo que necesitaba Números. Ellos lo mantendrían sano. 5


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ELIPHAS 303 Eliphas Levi. Sacerdote imposible. Dibujante de lo oculto. Mientras disfruta de sus veintidós años sabe que la muerte está en cada esquina de París. Corre el siglo XIX, y las virtudes del renacimiento han perecido para abrazar a un modernismo infame. Calles y avenidas con cadáveres voladores, gemidos invisibles y dragones que realizan magia negra en las cornisas. Todo es áspero. Iniciado en los misterios gnósticos, Eliphas traba relación con Anna K, mística rusa que visitó Francia con la idea de crear un Mesías Gólem. El amor es un átomo que penetra los poros de estos jóvenes, incendiando sus almas en pasiones desmedidas. Se pasan semanas enteras encerrados en minúsculas habitaciones, en los peores hoteles de la ciudad. El tufo a humedad, a estertor y miseria, incentiva esta pasión alocada. Las fuerzas oscuras gobiernan las noches parisinas. Hay truenos en cielos despejados, monedas de oro tiradas en las esquinas, pero que nadie se atreve a tocar. Eliphas –inspirado por el opio– tatúa en la espalda de su desnuda Anna K, los versos de Los Doce Apocalipsis. Está poseído por un ente que gobierna su mano. Al día siguiente, cuando despierta, encuentra a su amante muerta. Un charco de sangre cubre el piso. Eliphas da vuelta el cadáver y encuentra la cifra 303 pintada en cada córnea. El terror le hace abandonar el cuerpo, no sin antes copiar los versos apocalípticos que la noche anterior había impreso sobre su venerada compañera. La miseria le pisa los talones. Vive de la mendicación. Dibuja retratos por unas monedas. El frío del invierno consume su cuerpo, preparándolo para el sueño eterno. No cree en nada ni nadie, pero aquel mismo ente que le dictó sus Doce Apocalipsis reaparece bajo la forma de una hermosa jovencita, de cabello platinado y vestido blanco. Un hada en medio de la muerte. –Padre… no duerma… Abra esos ojos, esos portones en donde está tallada la más brutal de las verdades –menciona, con fuerza y convicción, la chica. Eliphas siente como si le metieran veneno en la sangre. Se retuerce, pero la chica lo calma con suaves caricias. Es la madre que siempre quiso tener. –Vomite su odio… Abrace el final de un mundo, y el despertar de otro –manifestó la chica. Arrugado, estropeado, controlado, y ya liberado, Eliphas Levi se incorpora, cerrando sus puños. Su cara es la determinación en persona. Abre la boca, lanzando un grito que hace explotar varias ventanas en la cercanía. La adolescente lo mira, orgullosa. –Soy el Diluvio Universal, el Arca que contiene los cadáveres de todas las especies animales –dice, con voz múltiple, desdoblada, Eliphas. La adolescente se arrodilla. –Bajemos el Edén a la Tierra y contaminémoslo con nuestra sabiduría –menciona la muchacha, mientras sus ojos se cubren de lágrimas. Eliphas la hace levantarse y le da un beso profundísimo. Un beso que ofendió a un Dios demasiado agobiado, a un Hijo olvidado en una cruz y a una Madre solitaria, extraviada en el pasado. Una semana después, Levi encuentra la capilla perfecta para realizar su congregación. Son unas ruinas alejadas de la gran ciudad, ideales para generar el culto. La adolescente provee el dinero necesario, y se realiza la operación inmobiliaria. La primera noche que pasan allí, hacen el amor de la manera más salvaje que pueda existir. Sus cuerpos se trenzan en el deseo, devorados por el fuego arcaico. –Ahora debo recibir la Gran Oración Secreta –dice Eliphas, mientras se levanta del lecho, en donde reposa su amante. 7


Se sienta frente a su escritorio. Busca una pluma, y comienza a escribir. –Puedo escuchar a los arcángeles. Están llorando –dice, emocionadísima, la jovencita desde la cama. Eliphas apenas sonríe. Continúa escribiendo.

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ELIPHAS 906 Los números están vacíos. Carecen de espíritu. El sacerdote sigue durmiendo en la recámara de la capilla, mientras la luz de la luna hace refulgir su calva. El aire tiene olor a tierra seca, y anuncia los Doce Apocalipsis por venir. En el patio central de la capilla los alumnos van formando un círculo. Cada uno protege una palabra de la Gran Oración Secreta, aquella que atacará el corazón del Todopoderoso. Eliphas Levi despierta. Aunque es de madrugada, para él es el amanecer. Camina por su recámara. Por un segundo ha olvidado que es sacerdote, que una vez besó al Cristo, y creyó todo lo que decían las escrituras. Se despabila rápidamente. Ya recuerda quién es realmente. Se ducha y luego se viste con el hábito negro. Prepara sus instrumentos, los que guarda prolijamente en una cartuchera. Dirige su mano hacia la puerta y la abre. Ante sí encuentra a una bella joven desnuda, en cuyos senos están tatuados los himnos de la Locura y la Serenidad. –Padre, lo estamos esperando –dice la jovencita, mientras conduce a Levi a través de los incontables túneles de aquella capilla. Al salir al patio central, los alumnos hacen una reverencia y se postran, dejando al descubierto sus espaldas llenas de llagas y recientes cortes. Levi se aproxima, tapándose la boca a causa del hedor nauseabundo que emerge de las heridas. –Ya podemos recitar la Gran Oración –gritan al unísono, con voces tan férreas que estremecen a los Arcontes que vigilan el cielo nocturno. –Háganlo. Recítenla de acuerdo al orden que establecimos en las clases –comenta el sacerdote. Uno por uno se van levantando y recitan la palabra asignada. La Gran Oración Secreta comienza a encadenarse en el aire, hasta formarse del todo, como un trueno congelado que vuela hasta quedarse en lo alto de la capilla. Levi abre su cartuchera. Saca la daga que forjó especialmente para esta velada. Va degollando a los discípulos. Ninguno se resiste. El trueno se libera y suena, haciendo temblar las entrañas de la capilla. La jovencita desnuda bebe cuidadosamente cada gota de sangre que sale de los cadáveres. La luna se vuelve roja. Hay sonidos lúgubres llegando rápidamente desde las constelaciones. –Que comience el primero de los Doce Apocalipsis –grita Levi, mientras guarda su daga. De pronto, se oye el bramido de muerte de cientos de miles de personas, ahogadas en un súbito incendio que carcome sus hogares. El viento trae lamentos y miedo. Muchísimo miedo. Levi toma asiento al lado de la bella muchacha. Un círculo de sangre yace a su alrededor. –Contigo, esposa mía, veremos el esqueleto del Todopoderoso. Prepárate para entrar en un lugar donde nadie ha estado antes –expresó el sacerdote, apretando la mano izquierda de la jovencita. Una ráfaga de vísceras invisibles, densas y mugrientas, abrazaron el cuerpo de la pareja. Se vieron grandes sombras repletas de números, mientras la Tierra agonizaba, y se acercaba el segundo Apocalipsis. –Déjanos entrar… estás débil… –dijo Levi, hablándole cara a cara al Espíritu Santo, que estaba delante de él. La tríada se hizo carne. Fueron tres niñas blancas, vestidas con retazos del árbol de la sabiduría, aquel que quedó olvidado en el Edén. Temblaban. El dolor se les salía por los 10


labios. –Por favor… no lo hagas –rogó una de ellas, la que representaba al Hijo Encarnado. –Muchos han soñado con este día… muchos han dado su vida por la Verdad Última, aquella que tú, tríada infame, mantienes para ti solo… Repugnante egoísta, nos creaste a imagen y semejanza, pero ocultaste tus secretos… Nos diste la muerte como castigo… Pero hoy verás que estamos más allá de eso… Estamos sobre ti… –dijo, triunfal, el sacerdote Eliphas Levi, y acto seguido besó a la jovencita desnuda a su lado. Los dos cuerpos se fundieron en un gran macho cabrío de seis cuernos, infame pero bello. Robusto monstruo que avanzó, lanzando furibundos vahos de su nariz, hacia la tríada de niñas y las devoró una por una. El tercer Apocalipsis fue desencadenado. El cuarto, el quinto y los demás se sucedieron como capas de la destrucción definitiva. Después hubo silencio. El Cielo fue un cementerio, y los ángeles caían como suaves plumas sobre la Tierra. Levi y su flamante esposa, a la que bautizó con la cifra 906, reinaron allí en lo alto, abriendo las puertas del placer a todos aquellos que lo desearan, sin restricciones. El hombre había conquistado la verdadera libertad.

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Los Números de Levi