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UN FORJADOR DE LA CULTURA


UN FORJADOR DE LA CULTURA Entrevista por: Hernán Rodríguez Girón. Diseño de portada: David Gutierrez Vinueza Diagramación: David Gutierrez Vinueza Impresión: Universidad de Cuenca 2009 Cuenca - Ecuador


UN FORJADOR DE LA CULTURA

CUENCA 2009


Un Forjador de la Cultura

LA CULTURA A David Gutiérrez Avilés

La cultura es el resplandor de los pueblos, el Fuego eterno de su sangre y el silencio de sus almas.

Una mochila de sueños y de alas camino hacia el futuro. Alas y raíces de una pasión hecha canción.

El aroma familiar de los ayeres: sus voces y silencios de puntillas caminando sobre el alma como una flor de luz inextinguibles.

El ademán de un cielo en las pupilas y una rosa de sangre en el pecho. Un mundo como un nido de soles que renace cada día en nuestras manos.

Es una fiesta de liras y tambores en el presente, y una escalera de sol cada mañana.

Jorge Astudillo y A.

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PRESENTACIÓN He leído con emoción la entrevista realizada con originalidad y sutileza por Hernán Rodríguez Girón, a David Gutiérrez Avilés, con motivo de celebrar y ponderar su valor cultural a lo largo de toda su vida trabajando, jugando y soñando en la artesanía artística de la hojalatería y del cobre, taller de artesanía, que se encuentra dentro de las artes populares, y al que llegó, con el aprendizaje de sus mayores, con la experiencia, observación, experimentación y devoción de un hombre, cuyos valores éticos y estéticos se ponen de manifiesto con un denominador común que en él, desde su niñez brilló con luz propia: la honestidad, la humildad y la alegría que ilumina en su rostro, con una sonrisa sonora y franca, transparente y lúcida, como la voz de los maizales y trigales de El Valle donde nació. Allí le conocí junto a la figura patriarcal del profesor Luís Quintuña, quien nos educó con la moderna y sabia pedagogía del amor, la alegría, el trabajo y el temor de Dios. Luego le vi jugar y crecer por las lomas y la laguna de la hacienda donde iba con Luis Alberto de casería de garzas y, remataba su visita a mis padres, sus tíos: Víctor Fernando y Rosa Evangelina y jugando a los tres mosqueteros y haciendo esgrima con pedazos de carrizo con Rubén. Esta entrevista escrita con la pureza y la transparencia del caso, en que si es parte de artes populares, fluye con la lógica de un manantial, que a veces se ensancha y otras se adelgaza

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por la emoción de los recuerdos, de esta historia contada y, que va más de allá de una simple hojalatería como una fría artesanía, porque su trabajo, cuando modela la lata y el cobre en sus diferentes formas, en su inteligencia y su corazón, que utilizando como instrumentos sus manos prodigiosas, entran en el santuario de la artesanía artística, campo de tanta riqueza y variedad en el Azuay y en el Ecuador, una de las razones por las cuales los turistas nos visitan. David es un forjador de la cultura. Ernesto Cardenal dijo alguna vez con tanta claridad y precisión: “La Cultura es todo lo bello, lo bueno y lo útil que el hombre hace”. Los trabajos de David, no solo son útiles y buenos, tienen su gracia y su encanto en las aureolas y coronas realizadas en los campos de la Cristología y Mariología, las cruces sobre las casas adornadas de aves y de flores, lámparas, urnas, mesas forradas de lata y cercos de lata para los candiles en las iglesias, lámparas de querosene con las cuales los niños hacíamos los deberes en las noche de luna, faroles para las procesiones y misas de fiestas, canales, baldes, tarros para transportar la leche, los baldes para ordeñar las vacas, los faroles y petromax para las procesiones y para caminar por las noches en el campo… ¿Qué no hay un grado de belleza en todos esos trabajos que han sido y siguen siendo parte de nuestra cultura y de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestras vidas y gracias a estas artesanías artísticas disfrutamos de una emoción estética y, ellas fueron y deben seguir siendo parte importante de

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nuestras vidas en lo social en lo económico y en lo religioso?. ¿Por qué en lo social? Los candiles, faroles, alambiques, pailas, baldes… directamente servían al hombre, para diferentes labores cotidianas, gracias a las pailas y a los alambiques todos los azuayos nos hemos servido un draque (un trago), un canelazo… todas las fiestas del Azuay sean estas cívicas o religiosas, las hemos cantado, bailado y llorado con un draque (un trago) y con los potajes que se hacían y se hacen todavía en las pailas: fritada, tostado, morcillas, caldos de res paras las mingas… y, en lo religioso: la mayoría de las casas, sobre todo del campo, llevan cruces de lata con adornos de ángeles, flores y aves; las coronas y las aureolas de los santos, los candiles, las cruces y lápidas de los cementerios son una especie de oración de las manos largas incansables de David, sus trabajos son el milagro de sus manos, y a propósito, quiero recordar a Montaigne “Con las manos pedimos, llamamos, despedimos, oramos, suplicamos, preguntamos, admiramos, nombramos, confesamos, aplaudimos, bendecimos, trabajamos, exaltamos, regocijamos, callamos…”. David Gutiérrez se presenta en esta entrevista también estructurada y realizada, como un trabajador de la cultura popular. Y en la cultura en la que nos preocupamos ahora, es el conjunto de cosas, instituciones, ideas e imágenes que usan una sociedad determinada ya porque las haya inventado, porque las haya heredado o porque las haya adoptado de otras culturas; una cultura, citando a Octavio Paz.

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“Es ante todo un conjunto de cosas: arados, cucharas, campos de cultivo, jardines, cosas hechas por el hombre, cosas que el hombre hayas inventado: una silla, una taza; cosas que el hombre ha transformado: un pedazo de tierra, un río cuyo curso ha sido rectificado, cosas y seres que el hombre a domado: caballos, átomos, la corriente eléctrica…”. Cultura es todo lo que el hombre hace y dice con su inteligencia y con sus manos como un testimonio del tiempo y espacio que le tocó vivir, de tal manera que celebro y felicito al autor de esta entrevista por darnos una visión clara y certera del aporte cultural, artístico y humanístico de David Gutiérrez Avilés, que como bien subraya a uno de sus hijos, tiene y practica valores, por eso es un persona honesta, íntegra, una sonrisa sonora, inmensa que nace del corazón como una floración primaveral que sigue dando cariño, amor, sombra a sus hijos, quienes seguirán de alguna manera, como dice su hija Patricia, jugando en sus inmensas ollas de cobre, como lo hacían de niños. Que Dios te pague por tu trabajo noble, por tu calidad de padre, de hijo, de esposo, de amigo, y por esa sangre que nos une y nos ata como una aureola de recuerdos que se despiertan con sus risas que como las campanas del pueblo de El Valle siguen, seguirán llamando a sus hijos, amigos, compañeros de lagrimas y alegrías, unos encandecidos como él y otros que deben estar mirándole desde la loma del cielo. Jorge Astudillo y A.

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"Su dominio alcanza el medio siglo. Es un Tesoro Humano Vivo de la Ciudad Patrimonio Cultural Mundial de la Humanidad". Por Hernán Rodríguez Girón.

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uién es la o el artesano?. Mujer u hombre, es constructor primero de la comunidad y luego de la cotidianidad. Financista popular, está dispuesto siempre a dar crédito, porque para ella o él la palabra empeñada es más valiosa que cualquier contrato escrito. Pequeñas cadenas de fiadores se transforman en una red social, tejida por los artesanos. Al ser guardianes de la tradición, transmitida de una generación a otra, terminan transformándose en líderes formadores de nuevos artesanos, que son sus hijos o los hijos de otros, que por encargo o necesidad entregan a los maestros de los talleres la responsabilidad de criar a sus infantes y de enseñarles un oficio. Según la UNESCO, los artesanos (as) son Tesoros Humanos Vivos, concepto que los enmarca como “individuos que poseen en sumo grado las habilidades y técnicas necesarias para producir determinados elementos del patrimonio cultural inmaterial y que han sido seleccionados por los estados miembros en tanto que testimonios de sus tradiciones culturales vivas y del talento creativo de grupos, comunidades o individuos presentes en su territorio”. La hojalatería es un dominio del patrimonio inmaterial de Cuenca, puesto que sus exponentes poseen habilidades y técnicas que, si no son transmitidas de una generación a otra, desaparecen en las sombras.

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Según Ana Abad, en su libro “La hojalatería: arte, oficio y realidad”, publicado en la serie Cuadernos de Cultura Popular no. 22 del CIDAP, “los hojalateros son quienes plasman con su trabajo las costumbres y hábitos de la vida cotidiana de la gente y los cambios que van produciéndose en la comunidad, muchas veces marcados de acuerdo a las piezas y utensilios que van construyendo o dejan de hacerlo”. Tesoro Humano Vivo de Cuenca, José David Gutiérrez Avilés, que integra en su nombre de pila la genealogía de Cristo, artífice de lo cotidiano, a sus 73 años hace un ejercicio de la memoria y vuelve a vivir en su mente tiempos pretéritos como si fueran presente, con un dialecto coloquial y ameno, que emplea en todo momento el diminutivo. Sus manos son grandes. Vestido con traje casual, responde a las preguntas en la sala de su casa, junto a sus queridos alambiques, sus pailas de cobre y bronce, sus jarras de hojalata. Condecorado por la Junta Provincial de Defensa del Artesano del Azuay el 4 de Noviembre del 2000 y por la Ilustre Municipalidad de Cuenca con la presea “Gaspar Sangurima” el 3 de Noviembre del 2002. Hombre auténtico, de las entrañas del pueblo, la presente entrevista son apenas pinceladas del gigantesco retrato que se podría pintar con su vida. Su voz, unida a la de otras voces, podría contar millones de historias para con ellas construir

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la verdadera historia. O como dice José Ignacio López Vigil, para comunicarnos e integrarnos, haciendo que el valor de la palabra sea recuperado, porque “lo más liberador es la palabra. Nos hacemos hombres y mujeres cuando hablamos. Aprendemos a pensar hablando. Somos, cuando decimos qué somos”. He aquí la palabra de José David.

SUS PRIMEROS AÑOS Hernán Rodríguez.- ¿Cuál es su nombre? José David Gutiérrez Avilés. HR.- ¿En qué fecha nació usted? David Gutiérrez.- El 27 de marzo de 1935. HR.- ¿Cuántos hermanos tiene? David Gutiérrez.- No, no los tuve. Perdí uno apenas había nacido. Soy hijo único. HR.- ¿Cómo se llamaban sus papás? David Gutiérrez.- Simón Alberto Gutiérrez Astudillo y mi mamá Delfina Avilés Astudillo. HR.- ¿Dónde vivían?, ¿en dónde quedaba la casa de sus padres? David Gutiérrez.- Yo nací en la parroquia El Valle, sector La

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Victoria. Terminada la primaria en la escuela Tomás Rendón vine al centro urbano de Cuenca porque iba a estudiar en el Técnico Salesiano. Quedé huérfano de padre, entonces tenía la necesidad de aprender un oficio. HR.- ¿A qué edad? David Gutiérrez.- Terminada la primaria a los 12 años. HR.- ¿Vino a Cuenca a estudiar? David Gutiérrez.- Exacto. Me matriculé, pero no alcancé a graduarme, porque me di cuenta que mi mamá era pobre. No íbamos a salir adelante, perdí la matrícula y me dediqué a aprender un oficio. HR.- ¿En qué circunstancias queda huérfano de padre? David Gutiérrez.- En el tercer grado, a la edad de 9 años. HR.- ¿Cómo era su vida en El Valle? David Gutiérrez.- Nos dedicábamos a la agricultura. Mi madre era muy buena, se sacrificaba bastante. Eso me dio que pensar, el que no podíamos salir adelante. A lo mejor hasta me equivoqué, no sé. HR.- De su época de escuela ¿a qué maestro recuerda con más aprecio?

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David Gutiérrez.- Yo tenía un gran profesor que después fue el director de la escuela, Luis Alberto Quintuña. En aquellos tiempos él no era profesor titulado, después hubo la normal con los años. El aprendió a ser maestro con un profesor Escandón. Por las noches el profesor Escandón le daba clases y así progresó. Fue un excelente profesor, nos enseñaba con mucho cariño y amor. Nunca he vuelto a ver un profesor así. Después como él no era titular, querían que abandone la enseñanza. Vino un director provincial de Quito, de apellido Miño y vio lo valioso que era. Le invitó a un taller a participar y fue el mejor alumno. En vista de eso le nombraron director de la escuela Tomás Rendón de El Valle. Era un señor muy sacrificado. El nos enseñó muchas cosas, el catecismo, la agrimensura, porque él era agrimensor, música, tocaba el órgano. Todas esas cosas. Muchos aprendieron, pero como yo no tenía esa vocación. Mi profesor tenía carisma con los niños de escasos recursos. Los lunes baño, luego almuerzo. Salíamos al río Malhuay a bañarnos. Nos enseñó a nadar. Nos cortaba a todos el pelo. Fue un excepcional profesor. El mismo extraía las muelas a los niños que las tenían cariadas. No he vuelto a ver otro profesor así. Nos enseñaba a sembrar en su propiedad, como hacer los surcos, a qué distancia; era completo. HR.- ¿Recuerda usted un compañero de esa época, algún niño amigo entrañable?

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David Gutiérrez.- Sí, compañeros y vecinos, Leopoldo Vanegas Cobos y Aurelio Vanegas Cobos, se hicieron profesores. Creo que Leopoldo continúa todavía como profesor de la Escuela Luis Cordero o se jubiló. HR.- ¿Era muy difícil salir a Cuenca cuando usted vivía en El Valle? David Gutiérrez.- Larguito era. HR.- ¿Cuánto tiempo se hacía? David Gutiérrez.- Generalmente una hora y media. HR.- Usted vino a Cuenca a terminar el colegio, pero no se graduó. David Gutiérrez.- No.

MATRIMONIO Y FAMILIA HR.- ¿En qué año se casó? David Gutiérrez.- En 1955. HR.- ¿Cómo se llama su esposa? David Gutiérrez.- Laura Mercedes Durán Guerrero. HR.- ¿Cuáles son sus hijos? David Gutiérrez.- Julia, Margarita, Alberto, Marcelo, Marco, Juan, René y Patricia. De los cuales Alberto, Marco y René viven en el exterior y Patricia vive en Loja.

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HR.- ¿Cómo se considera José David Gutiérrez como papá? David Gutiérrez.- Contento. Doy gracias a Dios porque me ha tocado una muy buena familia. Mis hijos, mis hijas, mi hijo Alberto, quería que estudie pero no pudo, estuvo hasta tercer año en arquitectura. Se casó pronto. Me dijo papá no quiero ser una carga, me voy, reside en Nueva York. Mi hijo Marcelo se gradúo de bachiller y posteriormente en la Universeidad del Azuay como Ingeniero Comercial. Marco también se fue a New York. Me quedó Juan. El andaba desde pequeñito, todos andaban conmigo. Me iba a hacer los alambiques en las vacaciones, cuando había más trabajo. Repara por un lado por otro, en Sanahuín, en Taqui Culebra, en Pijilí, en Santa Isabel. Me llevaba a los chicos porque ellos querían irse. Pero Juan tenía más contacto. Él desde la escuela, segundo, tercer grado, andaba atrás de mí. Yo les daba para que hagan unas chauchas para comprar zapatos, para cualquier cosa que ellos necesitaban. Les daba el material y hacían. El único que siguió la profesión mía a fondo es Juan. René también le dio largo pero se fue a Canadá donde su esposa tenía la residencia. Mi hija Julia terminó la secundaria en el Colegio Herlinda Toral y trabajaba en Artepráctico. Margarita culminó sus estudios en el Colegio Herlinda Toral y se graduó en la Universidad del Azuay como bibliotecaria. Así mismo, Patricia se gradúo en el colegio Garaicoa y alcanzó su título en la Universidad del Azuay como Psicóloga Clínica. HR.- ¿Su vida conyugal, con su esposa…? David Gutiérrez.- Sí, no hemos tenido mayores cosas…

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HR.- ¿Se llevan bien…? David Gutiérrez.- Nos hemos llevado bien. Una pequeña discusión como terapia a veces, pero no más. Ella es muy buena madre, buena esposa. Ahora pasamos ella y yo. HR.- ¿Dónde han vivido? David Gutiérrez.- Cuando me casé vivía en la Condamine, donde es el taller de mi hijo un poco más abajo. Hay un salón al ladito. Ahí arrendé un cuarto unos 4 años. Arrendé en San Roque, donde Arturo “El Tocho” Quezada, después me pasé a vivir en la calle Tarqui. Mi suegro se compró esta propiedad donde vivimos actualmente. HR.- ¿Esto era un enorme campo? (Calle Nicolás Sojos y Juan Bautista Vázquez) David Gutiérrez.- Campo, sí HR.- ¿No existían las avenidas, nada…? David Gutiérrez.- Yo vivía en una casa hacia la esquina. HR.- ¿Cuántos años vive aquí? David Gutiérrez.- 25 años. HR.- Ha visto el progreso de todo este sector David Gutiérrez.- Sí, no había las avenidas Alfonso Moreno Mora, Nicolás Sojos, Juan Bautista. Se fueron abriendo después, paso a paso.

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HR.- ¿Cuántos nietos tiene? David Gutiérrez.- Tengo 18 nietos. HR.- ¿Alguno que sea el preferido? David Gutiérrez.- Todos. Ahora tengo el último, pequeñito, de 2 años 6 meses, es hijo de Patricia que vive en Loja. HR.- ¿Y bisnietos? David Gutiérrez.- Bisnietos tengo una, por ahí anda en una foto, hermosa. Tengo dos nietos que se criaron aquí, porque los papás se fueron a Nueva York, mi hijo el Alberto y la esposa, se quedaron ellos conmigo. La esposa vino a los seis años. Acabaron de estudiar la secundaria y se fueron a completar sus estudios en Estados Unidos. Luis Alberto se casó allá con una ecuatoriana, de él tengo una bisnieta.

RECUERDOS DE CUENCA HR.- ¿Cómo era Cuenca en los 50', 60'? David Gutiérrez.- Terminaba en la Convención del 45 y por abajo igual, la parte de la Lea (actual avenida Huayna Cápac) eran propiedades, incluyendo el Seguro. Íbamos a bañarnos en la Empresa Eléctrica, en la unión de los dos ríos. La hacienda de Florencia Astudillo que ahora es un parque. Pedíamos permiso al mayordomo para ir enderezando.

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HR.- ¿Todo eso eran propiedades agrícolas? David Gutiérrez.- Así es. HR.- ¿Este rato ya es ciudad? David Gutiérrez.- Ya es ciudad, ha progresado, ha cambiado tanto. Por San Roque había el caserío siguiendo la avenida Loja. De ahí para adentro eran bosques de eucalipto. HR.- ¿Era la vida menos agitada o tenía su nivel de problemas? David Gutiérrez.- Siempre había su nivel de problemas. Pero lo que uno puede valorar es que la alimentación era más sana. Sin químicos. Todo eso influía bastante para la salud. Yo soy poco enfermizo. HR.- ¿El aire era más limpio? David Gutiérrez.- Más limpio, menos contaminación. Ahora uno sale al centro y vuelve con la nariz molestada, con dolor. Ya estoy aquí acostumbrado, hay menos contaminación. Cómo aprendió el oficio HR.- ¿Cómo aprende la hojalatería, quienes son sus maestros? David Gutiérrez.- Aprendí la hojalatería porque quería trabajar. En El Valle trabajaba en la agricultura. Ayudaba para ganarme algo. Mamá estaba sola pero no quería que yo trabaje, aunque para mí eso era una urgencia. Quería apren-

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der mecánica y mi tía, Virginia Avilés, habló con Emilio “El Shuro” Maldonado. No había vacantes. Él le dice aguántese unos días doña Virginia. Pero insistí. Había unas vacantes en el municipio, que en aquellos tiempos quedaba en la avenida 12 de Abril, del Puente Roto para abajo. Hubo un aluvión y se fue esa parte. Compañeros míos de escuela ya estaban ganando dinero. Mis ansias de ganar me hicieron pensar en entrar al municipio a trabajar. Ellos, mis amigos, me pedían, vamos. Le conté esto a mi tía, pero ella me dijo no, hoy te buscamos para que aprendas un oficio, pero no vas a estar de peón. Se acordó de un tío, primo de mi mamá y de mi tía Virginia, Carlos Astudillo Avilés. El tenía su taller en la calle General Torres, junto a la actual posada San Francisco. La siguiente tienda era de mi maestro, frente con frente al mercado. Esa casa hasta ahora es de la curia. Me dijo mi tía, hasta que haya una vacante ándate donde don Astudillo, trabaja allí y yo acepté. Llegué allí, donde mi pariente. Yo era del campo, un poco corrido, pero él me dio una acogida muy buena, como un familiar. Me puse a trabajar, ayudándole en algunas cosas. Eran de fama los candiles de hojalata, porque no había la luz eléctrica en los campos. Ese fue mi primer trabajo. Después los baldes, las cantarillas, los barriles. Mi maestro fue uno de los primeros que hizo cantarillas para la leche. Salí adelante. Había otro operario, era mayor pero egoísta. Le observaba porque tenía curiosidad de ver lo que hacía y se me quedaba. El bebía y era negociante en Santa Isabel, los sábados se iba allá, a vender ropa y venía con gra-

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nos. Los lunes y martes ya no venía al taller. Durante ese lapso yo hacía lo que él sabía hacer. Después se fue y me quedé ayudando a mí maestro, que me tuvo mucha confianza, porque yo manejaba el dinero que él conseguía vendiendo los materiales para hojalatería a los demás compañeros. Vendía estaño, plomo, zinc galvanizado, remaches, tijeras. El maestro se iba y me dejaba a mí el poder, a que haga. Me tenía confianza. Yo nunca le perjudiqué un céntimo. El de repente encontraba por allí dinero, me decía darás barriendo por allá. Me iba a barrer y encontraba unos sueltitos. Los cogía y hacía un montón. Le decía a mí maestro, esto estaba por allá. Con los años me contó, muchacho yo te hice muchas pruebas, pero nunca tocaste un centavo. Te quiero mucho, te estimo. Quédate en el taller, te voy a dar por obra a que ganes más. Yo venía de El Valle a las seis de la mañana, a veces a las cinco y media. Trotábamos hasta Chilcapamba, de Chilcapamba al Vergel y del Vergel al taller. Éramos tres amigos los más puntuales. Un muchacho Panamá ya fallecido que era marmolista, Luis Valarezo, Humberto Bautista y yo. Cogíamos a otro muchacho en Chilcapamba, hacíamos una hora, bien rapidito. De tarde lo mismo. Cuando trabajaba por obra sabía estar hasta tarde. Los otros también. Nos comunicábamos. Hoy día vamos a velar. Don “Shuro” Maldonado tiene que entregar un carro mañana. También les daba a ellos por obra, a destajo. Ellos se quedaban hasta las nueve y media de la noche. Hasta esa hora te esperamos David o nos esperas. Bajaba, ellos vivían en el barrio obrero, en la

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calle que va subiendo la escalinata, la Honorato Vázquez, esa era nuestra partida. Pegábamos un trote para tomarnos una cola en Chaguarchimbana, en la tienda del Mayor Lucero. Allí tomábamos una colita Victoria. Otra en Chilcapamba y de allí a casa. Llegaba a las diez y media - once de la noche. Al día siguiente, de mañana, ya debía estar en el taller. Esa era la ruta de nosotros. HR.- ¿Cuánto le pagaban por este trabajo? David Gutiérrez.- La primera semana que llegué a trabajar me dijo, toma para el jabón y me dio 1 sucre. Era bastante plata. Un sucre para el jabón. Cuando empecé a ganar por obra, obtenía 9 o 10 sucres por semana. Era alentador. Ingresé a la escuela de los chóferes, mi maestro falleció. Aún no me graduaba en la escuela de los chóferes, sexta promoción del Sindicato, se muere mi maestro. Las hijas, sus herederas, me dicen compre usted el taller “Davicho”. No tenía plata, ellas me fiaron y me vendieron el taller. No había mucha herramienta, era la ilusión. Al mes de comprar el taller, como la tienda era de la curia y apenas había muerto mí maestro, un doctor Peralta pagó tres meses anticipados de arriendo al obispo, para ocupar la tienda. Cuando yo quise alquilar me dijeron ya no hay como. HR.- ¿De qué año estamos hablando? David Gutiérrez.- 1951.

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HR.- ¿Era el taller del señor Maldonado? David Gutiérrez.- No. De Carlos Astudillo. HR.- ¿El fallece ese año? David Gutiérrez.- Sí. Yo estaba en el curso de los choferes, un poquito más también, porque me abreveté en el 54. HR.- ¿Cómo chofer profesional? David Gutiérrez.- Sí. HR.- ¿Pero en 1951 usted asume su taller? David Gutiérrez.- Sí. Me fui a la calle Juan Jaramillo, a la vuelta. HR.- ¿Usted pasa de la tienda de la Curia a la Juan Jaramillo? David Gutiérrez.- A la vuelta, donde es el orfanato Valdivieso. Traigo a mi mamá de El Valle. Saqué el brevete, andaba lechuseando. Iba a trabajar con la compañía Conaca de Manabí, en Portoviejo. No llegué a concretar, ya estaba casado. HR.- Cuando se pasa al nuevo taller, ¿cómo respondió la clientela? David Gutiérrez.- Tenía mucha clientela de la gente de Jima y de Tarqui, por los barriles y las cantarillas. Abrí con mala voluntad el taller. Estaba en la época de hacer profesión con el volante, irme a la costa, a trabajar en Conaca. Había un

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compañero que trabajaba allá de mecánico. Era uno de los que corría conmigo las mañanas. El me iba a llevar, pero no fue así. Vino con vacaciones dos meses a Cuenca y me buscó. Hay una posibilidad de que te vayas con nosotros allá. Estoy trabajando allá y pagan bien. No necesariamente vas a ir de chofer, sino a la mecánica. El trabajaba en la mecánica, como maestro principal automotriz de la compañía. No me fui, son cosas del destino. Mi esposa me dice ábrete el taller, aquí. Fue cuando pasamos por la tienda desocupada en La Condamine, donde ahora está el taller. Entré a preguntar, valía 60 sucres el mes. Otra más allá, también 60 sucres. Pero la primera era un poquito más grande y me quedé allí. Le dije a mi esposa que nos quedamos hasta que los muchachos culminen las vacaciones y luego nos vamos. Un miércoles contraté la tienda y un jueves estaba arreglando las herramientas y la gente pasaba dejando seña a que haga los trabajos. Me quedo, ya no me voy. Allá en Manabí me iban a pagar 900 sucres al mes, según decía este muchacho y en Cuenca un chofer ganaba 300 al mes. Era bueno. Pero con el taller sacaba más de 900 al mes. Al siguiente mes ya tenía más trabajo. Me quedé. Agradecí al muchacho y él me dijo que cuando quiera irme que no tenga recelo. Llámame, mándame una carta o habla con mis hermanos. Comunícate. Te vas conmigo. Pasó. Eso sucedió. HR.- ¿Cuántos años se dedicó usted a este oficio? David Gutiérrez.- Desde esa temporada.

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HR.- ¿Estamos hablando de 19…? David Gutiérrez.- 1955. HR.- ¿Desde el 1955 hasta…? David Gutiérrez.- Perenne. HR.- ¿Desde 1955 en el taller de La Condamine? David Gutiérrez.- En La Condamine desde 1955. HR.- ¿Hasta…? David Gutiérrez.- Hasta la fecha, ya son unos dos años que no me voy. Se quedó mi hijo en el taller, Juan. Yo tuve un problema de la columna y después se me reventó un tendón. Hasta ahora tengo ese problema. HR.- Su maestro hojalatero, ¿cómo le recuerda? David Gutiérrez.- Era bravo, pero muy bueno conmigo. HR.- ¿Era mal genio? David Gutiérrez.- Sí, bastante. Conmigo no se portaba mal. Pero había chicos que, como antes se trabajaba con fragua, ponían el cautín a que se caliente y debías ser pilas. El cautín no tenía que hacerse rojo, sino soldarlo un poco caliente para que coja el estaño. Si se hizo rojo ya no coge el estaño. Había tres o cuatro guambras y uno era el que estaba soplando, ¡ya se había fundido un trozo de cautín!. Ese maestro cogía el cautín…. Era muy cascarrabias. Era muy bueno conmigo.

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Pero yo también era pilas. Una vez preguntaba, me explicaba y sí después yo la dejaba pasar, tenía justa razón de protestar.

LA HOJALATERÍA HR.- ¿Qué es lo que se puede hacer con la hojalatería? David Gutiérrez.- Muchas cosas. HR.- ¿En aquella época no había plástico? David Gutiérrez.- No. Teníamos trabajo que nos restaba, al menos yo. Una temporada, antes de ponerme hacer a fondo los alambiques, tenía que forrar carros. Se hacían las carrocerías de madera y yo sabía forrarlas, redondeando los cocos para hacerlos cóncavos. Todo eso a puro golpe. Esas carrocerías eran la moda, pero desaparecieron. Vinieron las de hierro. Hacía bastantes canales y bajantes, pero las bajantes se empezaron a eliminar porque llegaron los tubos de PVC, los baldes y todas esas cosas. Empezó a mermar el trabajo porque llegaron los plásticos. Muchas cosas se han agotado. HR.- ¿Qué variedad de servicios podía prestar usted como hojalatero? David Gutiérrez.- Apenas abrí el taller en El Vado, aparte de las cantarillas soldaba radiadores, tanques, muchas cosas. Había un compañero que era de El Valle, Víctor Qhizpe, tenía su taller en lo que ahora es la Plaza del Farol. Había las

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casas al otro lado. Ahí tenía su mecánica. Muchas cosas han desaparecido. Pero con la hojalatería, hay un sinnúmero de cosas para hacer, de trabajos que uno va renovando. Se hacían jarritas, eran pan caliente para vender, los candiles, las petromax, faroles para brindar la luz. Son cosas que van pasando. HR.- ¿Cuáles eran sus herramientas?, ¿cuál le gustaba más o se sentía más cómodo? David Gutiérrez.- Antes todo era manual. Cuando entré al taller, mi primer aparato de fuego fue la fragua de carbón. Después vino el soplete de gasolina. Ahora se tiene la suelda autógena. La tecnología cambió. Hoy con una soldadora autógena obtiene la temperatura capaz de fundir cualquier metal. Para soldar la primera culebra usé leña en la fragua. Mi esposa era mi oficial. Se obtuvo la braza con la que se calentaba el material y se iba chorreando. Después el carbón era más manejable. HR.- ¿Se sentía más cómodo con la fragua? David Gutiérrez.- Sí, porque la fragua era manejable…. HR.- ¿Contacto más directo con el material? David Gutiérrez.- Con el material y un poquito más de técnica, porque si se descuidaba un poco, se fundía. Con la autógena, bueno, lo mismo, porque sí se le apega un poco se hace un hueco. Hay que guardar la distancia, la temperatura. Ahora

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han desaparecido las fraguas. El trabajo con los alambiques, no me avanzaba. Tenía en Taqui Culebra, en Chaucha, Sanahuín, Pasaje, Mollepongo. HR.- ¿Tenía que llevar a todos esos lugares la fragua? David Gutiérrez.- Claro, llevaba la fragua. HR.- ¿Cuánto pesaba? David Gutiérrez.- No era muy pesada, sino incómoda. Llevaba las fundas de las herramientas a lomo de mula y la fragua iba encima, parecía cañón. HR.- ¿Toda una aventura? David Gutiérrez.- Toda una aventura, hacíamos 3 días de camino. HR.- ¿Por ejemplo, para ir a Sanahuín? David Gutiérrez.- 3 días. HR.- ¿Y a Taqui Culebra? David Gutiérrez.- Igual, tres días. A Chaucha dos, a lomo de mula. ¡Pero qué caminos!, ¡eran horribles!, pasaba lloviendo en esas cordilleras. Para bajar a Los Bancos. Ahora despareció la montaña, está hecha una polvareda. Volví a Taqui Culebra hace algún tiempo, era muy diferente. Había un tramo que hacíamos tres horas, no podía hacerse menos, en tes kilómetros. Era un sueño, con carabina porque

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me gustaba la caza. Subía casando y ya estaba arriba. Ahora ya todo es polvo, cooperativas, no hay nada de montaña. Seco. HR.- ¿Si volviera a nacer, volvería a ser hojalatero? David Gutiérrez.- Sí, me encantaría. Es la profesión que me ha gustado, aunque al principio era la mecánica. Muchas cosas se han aliado, la mecánica… muchas cosas. HR.- ¿Cree que la hojalatería tiene futuro? David Gutiérrez.- No hay para hacer lo que antes se hizo, trabajos utilitarios. Pero hay otras cosas, como el arte. La cuestión es que hay que sobrevivir. No hay un futuro-futuro. La construcción de alambiques era más que un trabajito, una industria. Uno hacía el alambique, pero tenía para vender las culebras, o los repuestos. Tenía anotadas todas las medidas para cualquier pedido. Fue una industria. La cañicultura era buena, ahora ya no hay, no va a volver. HR.- ¿Hace alguna diferencia entre un maestro hojalatero y la persona que se dedica a bajantes o canales? David Gutiérrez.- Es una gran diferencia. En el gremio dicen que somos hojalateros. Se graduaron, está eso de moda. Pero para graduarse hacen una canal y la rama de la hojalatería abraza mucho. De juego en juego, de curiosidad en curiosidad, entre compañeros, como se hace esto, como se hace lo otro y no saben. Alguna vez estuve de perito en la Junta y daba

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pena. No sabían hacer una regadera, solo canales. Ni ellos mismo hacían la canal, porque ahora se corta una cinta, se la divide, cuanto de alto, cuanto de base, se va a la dobladora y le dan doblando, en la mecánica. Después entre ellos dicen soy hojalatero, pero no. Respeto mucho, pero la hojalatería son muchas cosas. Para trazar un alambique me acordaba siempre de mi maestro de escuela, Luis Alberto Quintuña. Hay que coger un compás, usar la geometría con la que yo trabajo bastante, entonces. Me dan pena muchos chicos que no saben eso. A algunos les dejaron aplazados por eso. HR.- ¿Le recomendaría a un joven de hoy que siga esta profesión? David Gutiérrez.- No sé. HR.- ¿Ha tenido muchos aprendices? David Gutiérrez.- Si. Tenía un chico que ganaba en aquel tiempo 60 sucres a la semana y se fue para ganar el básico al mes, que no representaba lo que ganaba conmigo, más de 200 sucres. Se fue a ganar el básico que eran 110 o 120. Me siento contento porque paso solo planchado decía él, porque nuestro oficio era solo estar sucio. Después volvió a querer aprender, pero ¿quién le iba a recibir?, yo ya no. No muchas gracias. HR.- ¿Usted fue el formador de toda una generación de hojalateros? David Gutiérrez.- De todos los que tienen un taller al lado

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del mío. Allí aprendió mi cuñado. Él le llevó a un hermano, Miguel Durán. Segundo Durán mantuvo su taller por muchos años, luego tuvo un problema de la columna, se separó. Vendió el taller a su hermano Miguel que mantiene el taller hasta la actualidad. Volvió a abrir después y vendió ese taller al hijo, que tiene junto a mi taller, Wilson Durán. Otro muchacho más abajo, Raúl Merchán, guambrito era de cumbe, había estado trabajando en las obras públicas. El papá era mi cliente, de cantarillas, de barriles, de todo eso. Un día llegó a pedirme que le enseñe el oficio. No quiero dije. Otro día insistió, no sea malito hágame este favor. Este es mi chiquito que está trabajando abriendo zanjas, con las botas enlodado. Recordé que yo tuve esa ansia de entrar a trabajar por ganar alguna cosa. Le digo, ya, déjale. Salió un gran muchacho, excelente, hábil. El me dice, quiero estudiar. Tienes la noche para estudiar y hablé en el Antonio Ávila con Germán Astudillo y Astudillo, primo mío, que fue diputado. Le matriculamos y el guambra acabó de estudiar y tiene su taller. Raúl Merchán. Buen muchacho, honrado, inteligente. También tuve un aprendiz Manuel Lozano, quien trabajo mucho tiempo y hoy tiene su taller propio. HR.- ¿Ha tenido buenos aprendices aparte de Juan? David Gutiérrez.- En realidad, he tenido aprendices buenos buenos y no muy buenos, de todas maneras les ayudaba hasta donde podía.

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HR.- ¿El fruto de su trabajo se reparte en todo el Austro? David Gutiérrez.- Sí, hay mucha gente que me conoce. Igual por la zona de Manabí. HR.- ¿Usted promocionaba directamente sus productos? David Gutiérrez.- No, lo que pasaba conmigo era que siempre he tenido el taller donde está. HR.- ¿Ya le conocían…? David Gutiérrez.- Trabajaba allí. A veces ocupaba la vereda para hacer una olla o adentro las piezas. Como esa es una parte de mucho tráfico, entonces todo el mundo conocía. HR.- ¿Cuál fue su trabajo más caro? David Gutiérrez.- En cuestión de alambiques, una que otra paila. A veces un alambique llegaba a costar 14.000 sucres, pero las pailas de cobre eran baratas. No se utilizaban mucho, pero había bastante trabajo. Ahora un alambique puede llegar a costar una barbaridad. HR.- ¿Cuánto? David Gutiérrez.- Uno de los que estoy hablando, que se cobraba 14.000 sucres, ahora puede estar en los 8.000 dólares, pudiendo variar de acuerdo al espesor del material.

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SUS COMPAÑEROS HR.- ¿A qué compañeros de oficio recuerda?, ¿formó algún gremio, asociación? David Gutiérrez.- Ingresé al gremio de hojalateros en el 60 y algo más, por ahí tengo los papeles. Pero luego el gremio se disolvió. Volvieron a reunirse. Nuestro líder era Manuel Lazo, hacía pailas, alambiques, tenía el taller por el lado de los hermanos. Hasta ahora vive el maestro José Guartambel, que trabajaba frente a La Merced, en la casa de La Alianza Obrera. Otros compañeros eran Julio Muñoz, Octavio Jiménez, Alberto Jiménez. Alberto Jiménez se retiró del gremio y se fue al gremio de mecánicos. Muchos se han separado Pepe Argudo, Carlos Campoverde, también trabajaba en los alambiques. Otra que fue del gremio, pero que ya no estaba cuando yo ingresé, fue Honorato Peralta, que tenía su taller en la calle del Batán donde tenía una fábrica de chocolates. En el 77 saqué la calificación artesanal por mis propios derechos. Abrí antes de la expedición de la Ley de Defensa del Artesano. Me salí del gremio. Manuel Lazo renunció y no volvió más. Después se quedó un maestro Daniel Condo, que tenía su taller en la calle Sucre, en la casa de la Sociedad Obrera de La Salle. Después de él nadie quería hacerse cargo del gremio. Entró mi cuñado Segundo Durán. Después me nombran a mí de presidente, pero no teníamos sede. Me dio pena cuando llegué al gremio, no teníamos donde sesionar. Se pedía en la Casa del Obrero. Había que estar parado has-

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ta que salgan de clase las chicas que estudiaban en la academia. Viendo eso, sabíamos que había ahí unos cuartos en la Federación de Artesanos. Hasta ahora tenemos al gremio allí. Empezamos a gestionar. Puse unas cuotas más fuertes. Eso valió para comprar un escritorio, sillas para tener donde sentarnos. Nos pasamos a la Federación, en la parte alta, hicimos las mingas los domingos, con barretas, picos, cinceles y en una cocina que había sido de los Hermanos, iniciamos la sede. Después se desocupó un cuarto abajo. Nos querían mucho los de la Federación. Por eso pasamos al cuarto de abajo y terminamos adquiriendo el espacio. HR.- ¿Está hablando de la Federación de Artesanos? David Gutiérrez.- La Federación de Artesanos en la calle General Torres. Hice allí algunos amigos, de la Asociación de Joyeros un señor Ayora, buena gente. Me enviaron de representante a la Federación Provincial. Me mantuve algún tiempo allí, se aprende bastante, me encantaba. Pero se abandonaba mucho la casa. Por cada sesión pasan dos, tres días o más. Era comprometido, más el gremio, los congresos por un lado, por otro.

LOS ALAMBIQUES HR.- ¿Qué significa para usted la hojalatería…? David Gutiérrez.- Perdone, antes de eso quería conversarle. No me quedé solo ahí. Tenía amigos, un muchacho Barros,

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que empezó a destilar aguardiente en El Valle, de panela, de azúcar. Alguien había traído un alambique pequeñito, Manuel Guzmán, amigo, vecino, un alambiquecito que tenía un Giordano Torres en Santa Isabel. Torres vende el alambique a Guzmán y él viene a hacer aguardiente de panela en El Valle. Viendo ese alambique, Barros me pide que le haga uno más grande. Le hice, pero como no conocía mucho de alambiques, él me indicó todo, Barros que había trabajado con Guzmán, tenía un alambique de cobre. Al separarse de él, Barros me pide que le haga un alambique. Yo no conocía mucho como del sistema, como ya le dije había visto piecitas que me traían a soldar pero nada más. Me dice, yo tengo las medidas y me las trae. Me cogió como novato, tuve que hacer la culebra. Fabriqué mi primer alambique de zinc, para que cueste barato, de zinc 1/64, delgadito, del mismo material con el que hacía canales y la culebra la hice con tubos cuadrados. La olla se adaptó en un tanque cortado a la mitad y le puse una sombrilla, como si fuera una cantarilla. Allí acomodé el capitel, el brazo, la culebra y un tubo. Al mes de ese trabajo, causé la admiración de otros porque producía buen trago, pero no duraba mucho, se perforaba rapidísimo. El fermento es muy poderoso, muchas sales, el alambique se rompía. Manuel Guzmán, que tenía el alambique chiquito, al ver lo que el otro había mandado hacer, le pregunta ¿dónde?, donde don David Gutiérrez. ¿Le conoces?, claro, es mi vecino. El fue a mi taller. Me dice, oiga don David usted le hizo al Barros un alambique. Sí. Hágame uno a mí, pero de cobre, porque

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el zinc se huequea. El no quiso uno más grueso, ni de otro material, sino de cobre. Acepté y construí otro para este señor, en cobre y le salió muy bien. Con el segundo alambique en cobre, la gente que le compraba Guzmán el aguardiente en su fábrica, veían el proceso, le ayudaban y averiguaban quién había construido el alambique. Llegaban a mi taller en Cuenca a pedir que les dé haciendo uno. Como había ganado experiencia, sin nadie que me enseñe. Mi maestro sabía, pero no completos, solo orejas, reemplazos de partes, pero como era muy gordo no salía a ninguna parte a pesar de que le querían llevar a Sanahuín, para que haga alambiques. El nunca quiso irse. Yo sí me empeñé en fabricarlos. En El Valle hice 28 alambiques de cobre en una temporada. Destilaban panela. Después vino gente de Santa Ana y como destilaban aguardiente de contrabando se refugiaban en el cerro, bien escondidos. Yo fui allá, otras veces acá en Cuenca, en El Valle y así. Hasta que arreglé unos toneles ha pedido de Gonzalo Vega Vela en la cabecera de Léntag. “El Lomón” se llama esa parte. Me fui a soldar los toneles y veo el alambique, uno grande. Como funcionaba. Fue para mí una escuela, estaba allí para cambiarle unas piezas, el capitel. Necesitaba ver bien como era. Pasé dos meses haciendo esos trabajos. Gonzalo Vega abrió otra hacienda en Mollepongo y me llevó para que haga otro alambique. Uno íntegro. Para entonces yo era un experto. Al regresar a Cuenca se han llegado a enterar y en la embotelladora conversaban sobre mí, cómo, quién, cuál hace, cuál alambique es mejor. Gonzalo Vega ya les había

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sugerido, vayan donde Gutiérrez, que es bueno, honrado. Antonio Abad de Girón me mandó hacer una pieza, él les contó a otros. Llegaron a saber en Taqui Culebra. Me fui para allá. Había un alambique. Mi llegada fue como si llegara Taita Dios, por la distancia que era. La gente cuando se hacía un hueco en el alambique tenía que poner harina, o estiércol de ganado. Acabé el alambique que encargaron, durante el día y por las noches con candil me dedicaba a parchar otros que me traía la gente allá, yo les acomodaba. Hice un horror de clientes. Después fui por el Cajas, por Migüir, por Río Blanco. HR.- ¿Siempre fabricando alambiques? David Gutiérrez.- Sí. El señor Ricardo Saldaña, que vive hasta hoy, me llevó abajo, al plan de Chacayacu, para hacer otro alambique. Ellos le conversaron a un amigo, Jacinto Cordero Tamariz. Era 1961, justo cuando cayó Velasco Ibarra. Pasamos toda la noche toqueando, uno que otro trago, oyendo en la radio el derrocamiento de Velasco Ibarra. A los 4 o 5 años, Jacinto Cordero se había comprado un alambique gigante, hecho en Francia y lo tenían en Balao para hacer “Mallorca”, era de un gringo Morla. Me tocó deshacer ese alambique, lavarlo y volverlo a armar. Esa fue mi rutina. Se formó la cooperativa que arruinó la hacienda de Cordero y con la parte de terreno que le quedaba se puso a producir alcohol para la empresa HG. Entonces modifiqué el alambique para que alcance a destilar hasta los 95 grados, para cosméticos. Todos esos experimentos me sirvieron, pero con sacrificio.

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HR.- ¿Todo este trabajo lo fue desarrollando con la experiencia? David Gutiérrez.- Con la experiencia. HR.- ¿Nadie le enseñó? David Gutiérrez.- No. HR.- ¿Con la observación? David Gutiérrez.- Con la observación. Viendo las necesidades. Salía bajo el aguardiente y debía sacarlo más alto. Ponía un pedazo de columna y otro más. Puse llaves al alambique, para chequear a qué altura salía el destilado, a cuantos grados. HR.- ¿De qué está compuesto un alambique? David Gutiérrez.- A mi me gustó trabajar el cobre, es el material más bondadoso, maleable. Uno lo domina y hace lo que quiere. El zinc también, pero prefiero el cobre para los alambiques y las pailas. Ahora se ven muy pocos alambiques, la caña desapareció. Los cañicultores ven que no es rentable. Han pasado a otro tema. HR.- ¿Hasta qué grado alcohólico se puede obtener con uno de sus alambiques? David Gutiérrez.- Hasta los 95 grados. HR.- ¿Pureza total? David Gutiérrez.- Total, sí.

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HR.- ¿Qué partes componen el alambique? David Gutiérrez.- El caldero o la olla principal, la columna. Otra parte que viene arriba, el cuello cisne y baja la culebra que se llama cabezote o rectificador con tres bombas para poder refrigerar, se elimina el vinillo que regresa a la olla, hierve de nuevo y sale. En el Oriente tenían solo el cuello de cisne, sin agua encima. Tenían que resacarle. Para evitar eso hice las bombas. Dio un resultado excelente. HR.- ¿Se obtiene alcohol por evaporación? David Gutiérrez.- Por evaporación, viene el brazo, el serpentín o la culebra, sumergido en agua fría entrando y saliendo. Eso es lo que mantiene la condensación. HR.- ¿Sus calderos, sus alambiques, qué temperatura pueden soportar? David Gutiérrez.- No hay problema, si está con líquidos no le pasa nada. Si se queda sin líquido, se funde rápido. HR.- ¿Viene a ser consumido por el fuego? David Gutiérrez.- Sí, pero el cobre es el material más bondadoso que puede haber existido. Ahora se hace de acero inoxidable, mucho más duro.

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SUS MANOS HR.- ¿Qué significan para usted sus manos? David Gutiérrez.- Unas máquinas. Se tiene hasta el tacto para virar una culebra o lo que sea. Antes hacía unas formaletas, ahora hay viradoras. Antes hacía formaletas con las hojas de los resortes de los carros. Al tamaño que necesite, hasta ahora tengo algunas por ahí. Se llenaban de brea. Tenían un candado. Metía allí el material, lo sujetaba y con una buena palanca iba enrollando el tubo. Esa era la técnica. Eso hacía en Cuenca, pero allá en la montaña era bastante duro. HR.- ¿Todo con las manos? David Gutiérrez.- Una habilidad tremenda. En la montaña el yunque era una buena piedra, de esas morochas. Los mazos se hacían de madera. La herramienta para virar la culebra había que mandar a cortar a los hombres de allí, midiendo un palo que sea redondito, de 1,00m o 1,20m de largo, para en eso enrollar. Se llenaba de brea o arena al tubo para que no se venga a corrugar. Esa era la situación del trabajo. Me queda ese placer, jamás me di por vencido. Me proponía hacer algo y lo hacía. Donde Cordero, para el alambique de 90 grados, llegué a levantar una torre de 4.50m, desde el asiento de la olla hasta arriba, para obtenerle el grado necesario. Para que no azore, porque ese era el problema ya que hervía y salía azorado, le hice a baño maría. Había asientos de hierro fundido de 2” de grueso y los adapté a la olla. Hice

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un cilindro para que calce. Inventé un sifón al que llegaba el vapor, se condensaba y quedaba. Me dio buen resultado. HR.- ¿Cuál sería una expresión que resume su vida? David Gutiérrez.- Lo que más aprecié, me llegó a gustar tanto, fue el trabajo en cobre, los alambiques. Me superé con tal cariño, que logré hacer muchas cosas. Conseguí amigos que me recuerdan, les recuerdo, como la familia Cordero. Gente que venía de Paute, como Cornelio Vintimilla. De todos ellos me acuerdo mucho. Fue toda una satisfacción, el producto de estos trabajos era más remunerado que cualquier otro. Me iba a trabajar en la montaña, a veces sacrificado, pero como era joven me encantaba ver los paisajes. Salía al pajonal y empezaban los venados a cruzarse, los conejos, la naturaleza bella, llegaba a un arroyo y esa agua hermosa, sin contaminación. Todo eso fue algo bello. Gracias a mi profesión salí a conocer toda la zona del occidente del Azuay, parte del Oriente, fui hasta hace unos seis años para hacer un trabajito en El Pangui. Tengo muchos clientes en el Oriente, hacía evaporadores, alambiques en Guayshimi, antes que se dé el conflicto entre Ecuador y Perú. Conocí Paquisha, Machinaza. HR.- Muchas gracias David Gutiérrez.- Yo le agradezco a usted, muy amable, por haber sido benevolente, por escucharme. Cuenca, domingo 14 de diciembre de 2008 (16h30)

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QUÉ PIENSA SU FAMILIA Laura Mercedes Durán Guerrero, Esposa (73 Años) HR.- ¿Qué significa para usted la vida junto a su esposo, la profesión que él tiene, el hogar que han formado? Laura Durán.- Siempre la vida fue dura, pero ahí le hemos dado. Junto al trabajo, a formar la familia que hemos tenido, que es grande, 8 hijos. Muy sacrificada su educación. Siempre les he dado una educación completa. Creo que unos dos o tres no acabaron la universidad, por lo que partieron. Uno se casó muchacho, estudiando arquitectura, otro administración. Faltando unos dos años se fueron a los Estados Unidos y se quedaron allí. HR.- ¿Usted en algún momento llegó a compartir la profesión de hojalatero con su esposo? Laura Durán.- Sí, le ayuda a trabajar. HR.- ¿Cómo recuerda esos momentos? Laura Durán.- Difíciles, porque el taller si es duro. Pero aprendí a cortar con tijeras, a hacer baldes, argollas y a soldar. HR.- ¿Y eso tenía que compartir con la formación de los niños? Laura Durán.- Sí y después de mis hijos, tenía a mi cargo

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a mi suegra. Ella vivió conmigo toda la vida, desde que me casé, porque él era hijo único. La vida seguía tan dura. Me abrí un negocio, iba a traer ropa de Quito, Guayaquil, con el primero de mis varones, porque tengo cinco. Las dos primeras son mujeres. El más grande de los varones me acompañaba. Entonces se aflojaba un poquito, ayudaba con algo, porque solo del taller no era suficiente. Dicen que la vida antes era barata, que por eso se hacían bastantes hijos. Pero era dura, durísima. Para dar 2 reales o 4 reales a mis hijos tan duro que era. Para sacar fiambres de todos los días. Pero con el negocio ya era otra cosa. HR.- ¿Cómo se conocieron? Laura Durán.- Mi mamita tenía un negocio junto al taller de mi marido. Yo le ayuda a vender, ahí nos conocimos, fue el destino. Yo soy nacida en Baños, mi papá era Reinaldo Durán Calderón, mi mamá era Florinda Guerrero Saldaña. Vine a la edad de 5 años a Cuenca. Ellos tenían negocios de terrenos. Mi papá se empleo en el banco La Previsora. Allí se jubiló y murió. HR.- ¿Su esposo como le enamoró? Laura Durán.- Antes con mucho respeto. Entre los jóvenes de ahora ya es de frente. HR.- ¿Qué le decía, le invitaba? Laura Durán.- No, en la casa. Antes eran muy tímidos para

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decir te invito a un baile o al cine. Imagínese. Nuestros padres como para que nos manden, eso era ya el crimen más grande. No. Se iba a la casa. Mi papá le tenía mucha voluntad, pero mi mamá no le podía ni ver. El tenía que entrar en la casa de ley y mi papá decía, venga el rato que quiera. Se alzaba del taller, a veces cuando no se iba a El Valle a verle a la mamá, entraba en la casa. Así era nuestro enamoramiento, en la casa. HR.- ¿Tienen 18 nietos, algún preferido? Laura Durán.- A todos les quiero, pero tengo a dos que crié y nacieron en mi poder. Viven en los Estados Unidos, tengo la bisnieta del primer nieto. Mijo se fue dejando al unito en segundo grado, recién entrado. La otrita quedó en el Kínder y mi nuera volvió a los siete años. Mis guaguas eran todo. HR.- ¿Cómo ve usted a su marido?, ¿qué diría de él? Laura Durán.- Buen padre, esposo, por eso ajustamos 53 años de matrimonio, vamos a los 54. Como todo el mundo, a veces hay sus cosas pequeñas, pasajeras. Siempre nos hemos aguantado todo, pobrezas y tantas cosas. HR.- ¿La suya fue una buena vida? Laura Durán.- Sí, porque mientras más pobres, hemos sido más felices. Rodeados de mis 8 hijos y mi suegra, eran 9 y con nosotros 11. Tengo la mesa de recuerdo. Ellos no quieren que abra la mesa, todos llenos y ahora no hay nadie.

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Julia Gutiérrez, hija (54 años) Papá, el maestro de revestido de serenidad y cariño, ha demostrado en sus obras el esfuerzo y sus actitudes de paciencia, prudencia y silencio. Hoy comprendo la maravilla de tenerte a mi lado, motivándome con tu sonrisa, que es la oración de un trabajador autentico. Te amo, ¡oh mi papá querido! Margarita Gutiérrez, hija (52) HR.- ¿Qué significa para usted la profesión de su papá? Margarita Gutiérrez.- Es un orgullo y una bendición la profesión de mi padre. HR.- ¿Usted aprendió hojalatería? Margarita Gutiérrez.- No, que pena. A las mujercitas nos tenían alejadas, no así a mis cinco hermanos. Todos tienen habilidad manual, inteligencia, facilidad para el arte y las artesanías. Las mujercitas como que hemos estado de lado, pero tampoco somos inútiles, tenemos en la sangre esa herencia. Lo más valioso en mi caso son mis tres niños, cada uno es hábil, en especial mi hija que ha heredando la habilidad de su abuelo. Un orgullo grande de ella este rato es tener su galería de arte, donde fue el taller de mi padre.

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Alberto Gutiérrez, hijo (50 años) David Alberto, de 8 hijos, el tercero y primer varón en el amor de mis padres. José David es un personaje único, quien dijo ¡no al tener! Y ¡viva el ser humano! teniendo como base el amor, la caridad, la solidaridad por los demás. Quiero darle gracias a la vida por haberme dado como regalo el mejor padre, quien compartió su conocimiento, su amistad, ¡maestro con mano firme y corazón tierno! Durante mi niñez y mi adolescencia, vi a mi padre trabajar, forjar, dar forma a los metales duros y nobles, para dar uso a sus necesidades. Todas sus obras fueron vistas y tocadas, pero solo por él, sentidas con el corazón, eso fue arte, esa es cultura artesanal, dejando como un legado artístico a las nuevas generaciones. En la vida de mi padre, como ser humano, hay dos días importantes, el ayer y el mañana, pero ¡hoy! deja que la magia de su habilidad y su conocimiento sea su mejor praxis, su sonrisa el mejor regalo, sus ojos el mejor destino y su felicidad el mejor deseo de tus hijos.

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Nosotros podremos cambiar de sueños, objetivos pero jamás cambiaremos el ser tus amigos, por su alma noble y generosa. Te quiero papá Marcelo Gutiérrez, hijo (48 años) HR.- ¿Qué significa su papá y su trabajo? Marcelo Gutiérrez.- Me viene a la mente la enseñanza más grande de él: trabajo, honestidad, responsabilidad. Él lo ha demostrado a lo largo de toda su vida, especialmente dentro de su profesión. Para mí eso es lo más grande y lo más grato. Saber que hasta el día de hoy sigue guiándonos. Nos enseñó que la felicidad es un querer lo que se tienen y alcanzar lo que se quiere. HR.- ¿Cómo es su relación con sus hermanos? Marcelo Gutiérrez.- Muy buena. Toda la vida nos hemos llevado bien, sin problemas mayores, que no sean pequeñas riñas de muchachos. Éramos 5 varones, soy el segundo. Pero si hacemos un balance hasta creo que nuestra relación es muy buena. HR.- ¿Usted aprendió el oficio? Marcelo Gutiérrez.- Todos de una u otra manera hemos estado inmiscuidos en el oficio de mi padre. Cuando mucha-

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chos en vacaciones íbamos a ayudarle siempre. Primero mi hermano mayor, después yo y así el resto. Nos gusta mucho todo lo que son trabajos manuales. Siempre hemos hecho un poquito de repujado, dibujo, pintura. Es un poco genético también. Marco Gutiérrez, hijo (45 años) Papá, entre muchas cosas tuyas, aprendí que: El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento, es la humildad. Lo mucho se vuelve poco, con solo desear un poco más. Dar ejemplo no es la mejor manera de influir en los demás, es la única manera. Hay dos clases de hombres: los que viven hablando de las virtudes. Y los que como tú, se limitan a tenerlas. Tu hijo, Marco. Juan Gutiérrez, hijo (43 años) HR.- ¿Qué significa para ustedes el patrimonio intangible que les hereda su papá?

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Juan Gutiérrez.- Creo que es como usted dice un patrimonio intangible, en realidad significa todo y un poco más de sentimiento, lo que es mi papá. Más que un maestro ha sido un excelente amigo, porque todas las cosas me enseñó sin taparlas. Me ha transmitido todo y eso es en realidad lo que hace un maestro. HR.- ¿Cómo era aprender con su padre? Juan Gutiérrez.- Papá ha tenido mucha paciencia. HR.- ¿Sí era pilas? Juan Gutiérrez.- Gracias a Dios heredé, es algo genético. Aprendemos rápido todo lo que se relaciona con la hojalatería, pero mi papá como persona, excelente, mucha paciencia. No es de mal carácter, siempre nos trató de enseñar de buena manera. HR.- ¿Qué rama de la hojalatería desarrolla ahora? Juan Gutiérrez.- Yo sé todas las técnicas que papá me transmitió y he evolucionado un poquito en todo lo que es cincelado, tallado. Hemos salido de la línea que era lo utilitario, que se ha visto desmejorada con lo que es pedidos, hay mucha competencia con el plástico. Entonces optamos con mi hermano René, que hace cuatro años ya no está en el país, hacer artesanías decorativas. Hemos ido tratando de modernizarnos y hacer algo exclusivo. En esas cosas nos hemos ido

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incursionando en el arte. Ya cuando uno es maestro y domina las técnicas, empieza a entrar en el arte. HR.- ¿Cree que la hojalatería tiene futuro? Juan Gutiérrez.- Gracias a Dios sí, hay buen futuro. Al menos yo estoy muy bien, tengo trabajo todo el tiempo, estoy haciendo cosas que me encantan y no tengo competencia. Entonces por ese lado es muy bueno. HR.- ¿Este es un legado histórico? Juan Gutiérrez.- Sí, soy la cuarta generación y en realidad, es un legado que no se puede abandonar, es una parte de la historia, no solo dentro de la familia Gutiérrez, sino que somos parte de la historia de Cuenca. René Gutiérrez, hijo (40 años) HR.- ¿Qué significa su papá y su trabajo? René Gutiérrez.- Para mí el trabajar forjando el cobre ha sido una experiencia linda, he trabajado en lo que me gusta y he aprendido de mi padre. Ha significado aprender muchas cosas, mañas, trucos, detalles de la hojalatería, los mismos que me hubiese costado mucho aprender solo, por ejemplo: saber donde se debe golpear para ondear, precauciones para soldar, con el fin de que el trabajo sea de mejor calidad.

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HR.- ¿Cómo era aprender con su padre? René Gutiérrez.- Me daba más confianza, no tenía temor a equivocarme como suele suceder con otras personas, que quizá te hacen sentir mal, sentía confianza para preguntarle y mi padre tenía la paciencia y la capacidad para explicarme. Hasta ahora, cuando estoy en mi trabajo recuerdo las enseñanzas y palabras de papá, la astucia y la constancia para encontrar una solución a las cosas y no dejarse vencer. HR.- ¿Qué rama de la hojalatería a desarrollado usted? René Gutiérrez.- La línea decorativa, tratando de rescatar lo tradicional, hacer braceros, cantarillas, balanzas, alambiques pequeños. HR.- Un mensaje final a su padre René Gutiérrez.- A mi padre, por su apoyo, su amor y su comprensión, siempre he valorado tus palabras y tus conocimientos hacia mi transmitidos, gracias por cada una de las ricas bendiciones que me envías. Tu hijo René. Patricia Gutiérrez, hija (36 años) Papá, para mí ha sido y es la inspiración de ser un mejor ser humano cada día, de tener sueños, metas pero nunca perder la esencia de ser persona, grandes virtudes me enseño con su

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ejemplo, humildad, sencillez, honestidad, generosidad, siempre abierto y mirando lo bueno de los demás. Cuando niña, para mí, el trabajo de papá se traducía en grandes ollas de cobre donde nos metíamos a jugar largas horas con mis primos, unas veces era una nave, otros escondites o la casita, en todos los casos un espacio de juego; cuando crecí me fui dando cuenta que se traducía en esfuerzo, constancia, alcanzar metas, aportar a sustentar un hogar , al pasar los años he admirado en mis hermanos Juan y René como plasman, con sus manos y creatividad, arte en el cobre, para mi es motivo de un sano orgullo, al igual que mirar florecer las diversas habilidades artísticas en mis sobrinos. Por todo esto, gracias papá.

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Al mĂŠrito Artesanal, otorgado por la Junta Provincial de Defensa del Artesano del Azuay. Cuenca, Noviembre 5 del 2000

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…”Las artesanías: el arte de hacer lo útil bello, es creación que singulariza particularmente a los azuayos desde tiempos ancestrales. Nuestros aborígenes trabajaron maravillosamente la lítica, la cerámica, los metales, la textilería… La cultura hispánica aportó nuevos materiales y técnicas y esa herencia acumulada ha sido cuidadosamente mantenida y cultivada de generación en generación. Así llegamos al nombre de David Gutiérrez Avilés, quien trabaja cotidianamente en cobre y otros metales para el mercado y preferentemente para quien ha hecho una solicitud expresa. En su persona el Municipio premia la vocación artesanal de la ciudad y del campo, en tanto prestigio nos ha dado y que en ciertos momentos históricos, ha aportado también a la generación de ingresos para todo el Ecuador”… Tomado del “Discurso de agradecimiento al Municipio de Cuenca por la concesión de premios”. Juan Cordero Iñiguez, 3 de noviembre del 2002

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Un Forjador de la Cultura, se termin贸 de imprimir en los Talleres Gr谩ficos de la Universidad de Cuenca en febrero del 2009, en el Rectorado del Dr. Jaime Astudillo Romero.



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