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Diego Rivera

P R E S I D E N C I A M U N I C I PA L D E G U A N A J U AT O


Diego Rivera

Directorio Directorio Dr. Eduardo Romero Hicks Presidente Municipal de Guanajuato

Comisión de Cultura, Educación y Deporte TEHUANA DOS 24.6 X 15 CM.

Profr. Sebastián Caldera Mendoza Presidente Profra. Silvia Irene Cuéllar Mata Vocal Arq. Salvador Flores Fonseca Secretario

Noviembre 2007 www.guanajuatocapital.gob.mx Publicación distribuida gratuitamente por la

Dirección Municipal de Cultura Calle 5 de mayo N° 1 Centro Histórico C.P. 36000 Guanajuato, Gto. (01 473) 73 274 91 y 73 401 36 direcciondeculturagto@hotmail.com

Compilación Jesús Antonio Borja Director Municipal de Cultura Diseño L y V Marmolejo Garduño Guanajuatocapital.com Deseamos agradecer de especial manera al Coleccionista de Arte Miguel Angel García Padilla por permitirnos usar los dibujos de Diego Rivera en la parte superior de cada página y que forman parte de su importante colección particular. Portada: V Marmolejo Garduño Imágenes: Detalle del Mural: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central de Diego Rivera


Diego de Guanajuato MUJER CON PAN 24.6 X 15 CM.

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Dado que este mes de noviembre se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Diego Rivera, conviene reconocer que debemos un mucho mayor trabajo de promoción y difusión de la obra del gigante pintor guanajuatense.

Es un buen momento para presentar parte de su espectacular y azarosa vida; es necesario conocer el significado de su obra; debemos aprovechar todo cuanto se ha escrito para un conocimiento pleno de lo que significa Rivera en la historia de la pintura mexicana y, para ello, es necesario reconocer su legado personal y artístico. En este sencillo cuaderno conmemorativo manifestamos nuestra admiración por el mejor pintor mexicano de todos los tiempos y buscamos promover y difundir la obra de Diego ante sus paisanos. Para la actual Administración Municipal dos vertientes nos son fundamentales: la preser vación, conservación y respeto de nuestras tradiciones, así como la promoción y reconocimiento a los artistas locales y, por supuesto, Diego Rivera es parte del patrimonio del cual los guanajuatenses nos debemos sentir orgullosos. Dr. Eduardo Romero Hicks Presidente Municipal

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MUJER CON REBOZO 24.6 X 15 CM.

Diego Rivera Lázaro Cárdenas

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Rivera es un indigenista orgulloso de nuestra cepa autóctona; su personalidad artística está impregnada de gran sensibilidad innovadora que se prodiga en expresiones de progreso y fraternidad humanas. Es un abanderado que con su pincel combatiente acompaña a las huestes de la Independencia y de la Reforma, reclamando la libertad de los esclavos, la libre expresión del pensamiento y la reivindicación del patrimonio nacional. En las paredes de los palacios de Cortés y de los virreyes, estampa los adelantos de nuestra cultura aborigen y anatematiza las crueldades de la Conquista, de la Inquisición y de las invasiones extranjeras. En sus murales es como un campesino que reclama su tierra; como un líder en las gestas del 1º. de mayo; pero es también un maestro que imparte cátedras en los corredores de los edificios públicos y en dondequiera que su talento se imprime, exige justicia para el esfuerzo humano productivo, condenado a las minorías exploradoras y estériles. En el anfiteatro de la Preparatoria, en Chapingo y en el Palacio de Bellas Artes, interpreta la creación del hombre brotando de la energía primaria, modelándose en él evolución biológica y social, y culmina augurando la victoria final de la ciencia y de la técnica en la cosecha pacifista de la futura edad atómica. Por esta valiosa contribución que para México y el mundo representa la obra pictórica de nuestro compatriota, uno mi adhesión al legítimo homenaje que sus amigos le tributamos.

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VENDEDORA DE FRUTAS 24.6 X 15 CM.

Diego Rivera y Chapingo Jesús Silva Herzog

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Conocí personalmente a Diego Rivera en los comienzos de 1924, cuando él y yo íbamos cada tercer día a la Escuela Nacional de Agricultura que acababa de ser trasladada a la hacienda de Chapingo. Diego iba a pintar y yo a dar un curso de Economía Política y Sociología del 4º año. El viaje lo hacíamos en el ferrocarril de México a Puebla. Durante el trayecto frecuentemente conversábamos con él, Gilberto Loyo y yo, discutiendo en ocasiones sobre los más variados temas: de arte, de historia, de problemas sociales, de filosofía, etcétera. Recuerdo una polémica sobre Platón y San Agustín. En ese año de 1924, Diego inició la hermosa y descomunal tarea de pintar la capilla anexa al edificio principal de la antigua hacienda. Muy a menudo el gran pintor comenzaba a trabajar a las 9 de la mañana y no se bajaba de los andamios, ni dejaba colores, ni pinceles, durante todo el día y toda la noche, hasta la mañana siguiente. En cierta ocasión, de seguro por falta de alimento y el enorme desgaste de energía, se cayó de la escalera, afortunadamente sin graves consecuencias. A mi parecer la capilla de Chapingo es la obra maestra de Rivera, tanto por la capacidad creadora como por las dificultades técnicas que fueron vencidas con éxito indiscutible. Una tarde, no recuerdo la fecha, visitó Chapingo el erudito y fino crítico de arte don Enrique Díez Canedo, a quien acompañamos Juan de Dios Bojórquez y yo. Díez Canedo, después de permanecer más de una hora mirando con la mayor atención los bellísimos frescos, hizo el breve comentario siguiente: “Esta es una nueva capilla sixtina”.

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HOMBRE CON SOMBRERO 24.6 X 15 CM.

El Siglo de Diego Rivera Salvador Novo

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Nuestro siglo es el de Diego Rivera. En sus increíbles setenta años cabe nuestra historia, vuelta en sus manos pequeñas, raza, grito, color, pasión y dulzura; ídolo niño, mazorca y bandera, selva, nube, estrella. ¡Qué orgullo haber convivido su tiempo! ¡Haberle conocido, apenas ayer, aéreo como un colibrí gigantesco y contradictorio que inyectaba colores en los muros grises del Anfiteatro de la Preparatoria hasta hacerlos florecer en la gran primera lección de nuestra pintura! Y haber entonces advenido al privilegio de su intimidad cuando en Mixcalco 12 nacía la Picos, y luego la Chapo, en el hogar mas mexicano que pueda concebirse. Y presenciar en él el secreto de esta genial fecundidad que consiste en la alta vocación. Descansar el muro con el retrato, del caballete con el milagroso dibujo; ir de educación a Chapingo, a Nueva York, y poblar, en fin, el Palacio Nacional con la historia luminosa de México. Haber conocido a su Frida –esta niña mágica de Coyoacán-, y su casa azul y encantada, custodiada por ídolos y judas de cartón, a la cual llegaba un Diego filial y paternal a cantarle a la niña inmóvil y gloriosa en su retablo. Y celebrar ahora sus setenta años junto a su risa grande de gigante inmortal y generoso que llena un siglo y recoge y explaya ante la felicidad de los ojos y la sacudida del corazón de México.

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La voluntad de vivir... su aparición* Diego Rivera

Unos cuantos días después de que Lupe y yo pusimos casa fuimos al auditorio donde iba yo a empezar mi mural. Cuando estaba pintando, oí de repente, desde atrás de uno de los pilares coloniales de la espaciosa sala, la voz de una niña que no se veía. Gritó bromeando: MUJER TEHUANA -¡En guardia Diego, allí viene CON CANASTA 24.6 X 15 CM. Nahui! Nahui era el nombre indígena de una talentosa pintora que estaba posando para una de las figuras del Auditorio. La voz no dijo más; pero otra vez, cuando estaba trabajando con Nahui, la volví a oír: -¡Cuidado Diego, ahí viene Lupe! Una noche mientras pintaba en un lugar alto, subido en el andamio, y Lupe estaba sentada abajo tejiendo, se oyó un fuerte alboroto. Venía de un grupo de jóvenes estudiantes que gritaban y empujaban contra la puerta del auditorio. De repente la puerta se abrió, y empujaron adentro a una chiquilla que no parecía tener mas de diez o doce años. Estaba vestida como cualquiera otra muchacha de secundaria pero su modo de ser la hacía distinguirse inmediatamente. Tenía una dignidad y una seguridad poco comunes, y había en sus ojos un extraño fuego. Su belleza era la de una niña, pero sus pechos ya estaban desarrollados. Miró directamente hacia mí. -¿Le molesta si lo veo trabajar? -preguntó. -No, señorita; me encantaría –dije. Se sentó y me miró silenciosamente, los ojos fijos en cada movimiento de mi pincel. Después de algunas horas se despertaron los celos de Lupe y empezó a insultar a la muchacha. Pero la chica no le hizo caso. Esto, por supuesto, enfureció más a Lupe. Con las manos en jarras, Lupe caminó hacia la muchacha y la encaró agresivamente. La muchacha sólo se puso seria y le sostuvo la mirada a Lupe sin decir una palabra. Visiblemente sorprendida, Lupe se le quedó viendo un largo rato, sonrió después y dirigiéndose a mí dijo a regañadientes en un tono de admiración: -¡Mira a la muchacha! Tan chiquita y no les tiene miedo a las mujeres fuertes como yo. Me gusta de veras. La muchacha se quedó unas tres horas. Cuando se fue, sólo dijo: -Buenas noches. Un año mas tarde supe que ella era la escondida dueña de la voz que había salido de 7


detrás del pilar y que se llamaba Frida Kahlo. Pero no me imaginé que un día llegaría a ser mi esposa. Seguí trabajando en el mural de la Escuela Nacional Preparatoria. La escuela estaba en una antigua construcción barroca erigida en la primera mitad del siglo XVIII, la superficie en la que trabajaba era la arqueada pared frontera. En la parte ALBAÑIL CON CUCHARA de abajo, en el centro, había un 24.6 X 15 CM. antiguo órgano de viento; incorporé tanto el arco como el órgano al diseño de mi mural: al primero dándole, mediante la repetición, la sugerencia de un arco iris de colores y la disposición de las figuras alegóricas que se levantaban simétricamente a ambos lados de la pared; al último confundiendo sus líneas con el piramidal Árbol de la Vida que dibujé en el centro. El tema del mural era la Creación, a la que simbolicé como algo eterno y como el centro de la historia humana. Más específicamente, presentaba una historia racial de México a través de figuras que representaban todos los tipos que habían entrado a formar parte de la corriente en sangre mexicana, desde los indígenas autóctonos hasta los actuales mestizos de español e indio. En el Árbol de la Vida había cuatro animales simbólicos en los que se podían reconocer los rasgos del león, del buey, el caribú y el águila. En su ápice estaba el torso de un hermafrodita con los brazos estirados a izquierda y derecha. A la derecha, al pie del árbol, estaba sentado un macho desnudo, dando la espalda al espectador, conversando con la Sabiduría y la Fábula. Detrás de ellos estaban las figuras sedentes de la Poesía, la Pasión, la Tradición y la Tragedia. En un plano ligeramente más alto un grupo de figuras de pie representaba la Prudencia, la Fuerza, la Justicia y la Conciencia. Sobresaliendo como la figura mas elevada, la Ciencia. A la izquierda del árbol aparecía una mujer sentada, para la que posó Lupe: Estaba escuchando a la Música, que tocaba una doble caña dorada, y mirando a la Danza. Sentada a un lado de la Música estaba la Canción, para la que también había servido de modelo Lupe, vestida con una falda púrpura y un chal rojo, y directamente detrás de estas dos estaba la Comedia. Las tres virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, y encima de ellas la Sabiduría, completaban las figuras del lado izquierdo. El “arco iris” de formas humanas estaba cerrado por la mitad de un círculo azul debajo de la

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clave del arco, desde la que salían tres rayos de luz que se materializaban en manos que señalaban hacia abajo y hacia los lados del mural, hacia la tierra, y que representaban la energía solar, fuente de la vida de todo. El mural cubría unos cuatrocientos pies cuadrados. Cada figura tenía doce pies de alto. El procedimiento que empleé fue el antiguo de la cera a la encáustica. Trabajé constantemente durante un año hasta la primavera de 1922. Pero, a pesar de que en mi interpretación de la Creación mostraba evidente progreso, quedé insatisfecho con el trabajo que había ejecutado. Me parecía demasiado metafórico y subjetivo para las masas. En mi siguiente mural, empezado el 1923, en el patio de la Secretaría de Educación, me acercaría más a mis propósitos. Mientras trabajaba en el mural de la Escuela Nacional Preparatoria, Lupe empezó a preocuparse cada vez más de cual iría a ser la reacción de su familia cuando se supiera de nuestra unión ilegítima. Así que un día, para tranquilizarla, accedí a su deseo de que nos casaríamos por la iglesia. Acababa de regresar esa mañana de Puebla, una plaza fuerte de la Revolución. El Partido comunista de esa ciudad estaba formado un frente unido en esa población con las fuerzas de Calles y Obregón en contra de los secuaces reaccionarios del general De la Huerta. Con un listón rojo en el sombrero y calzado con botas altas llevé a Lupe, vestida con un vestido común y corriente en lugar de las tradicionales galas, ante el párroco. Este era por coincidencia el mismo padre Servine que había dirigido el Liceo Católico donde yo estaba estudiando cuando era niño. Al padre Servine apenas le parecía creíble que nos quisiéramos casar en serio. No teníamos ni los anillos que cambiarnos ni las arras rituales, sin embargo, de los bolsillos de los testigos, nos las arreglamos para conseguir no sólo una cantidad suficiente de monedas chicas de plata, sino también dos anillos de bisutería, uno de cobre, el otro de cuerno. Ambos parecían simbolizar adecuadamente nuestra grotesca unión. El mismo año que terminé el mural de la Escuela Nacional Preparatoria di uno de los pasos más importantes de mi vida, me hice miembro del Partido Comunista. Entonces, junto con mis amigos pintores David Alfaro Siqueiros y Xavier Guerrero como coeditores, empecé a escribir para el Machete, el periódico oficial del Partido Comunista Mexicano, y seguí haciéndolo hasta mi expulsión del Partido.


Mi esposa Un poco antes de que me fuera a Cuernavaca, ocurrió uno de los sucesos más felices de mi vida. Un día estaba trabajando en uno de los más altos frescos de la Secretaría de Educación, cuando oí a una niña que me gritaba: - ¡Diego, por favor, baja de ahí! ¡Tengo algo importante que tratar contigo! Volví la cara y miré desde lo alto de mi andamio. Abajo, en el suelo, estaba una muchacha de unos dieciocho años, tenía un bonito cuerpo nervioso y un rostro delicado. Su cabello era largo; negras y gruesas cejas se juntaban en su entrecejo. Parecían las alas de un pájaro negro; sus negros arcos enmarcaban dos extraordinarios ojos cafés. Cuando descendí del andamio, me dijo. -No vine aquí por divertirme. Tengo que trabajar para ganarme la vida. He hecho algunas pinturas que quiero que las vea profesionalmente. Quiero una opinión absolutamente sincera, porque no puedo darme el lujo de seguir en esto sólo por satisfacer mi vanidad. Quiero que usted me diga si cree que puedo llegar a ser una artista suficientemente buena como para que valga la pena que siga adelante, he traído aquí tres de mis pinturas. Quiere usted venir a verlas? -Sí- le dije, y la seguí hasta el cubículo debajo de una escalera en el que había dejado las pinturas. La muchacha volvió cada una de ellas, recargándolas en la pared, para que pudiera verlas.

Las tres eran retratos de mujeres. Conforme las veía, una por una quedé inmediatamente impresionado. Las telas revelaban una desusada energía de expresión, delineación precisa del carácter y verdadera severidad. No mostraban ninguno de los trucos que en nombre de la originalidad marcan por lo g e n e r a l l o s t r ab a j o s d e l o s VENDEDOR DE principiantes ambiciosos. Tenían una ALCATRACES 24.6 X 15 CM. honestidad plástica fundamental y una personalidad artística propia. Comunicaban una sensualidad vital, complementada por un despiadado aunque sensible poder de observación, Era obvio para mí que esta muchacha era una auténtica artista. Indudablemente advirtió el entusiasmo en mi cara, porque antes de que pudiera yo decir nada me hizo una admonición en un brusco tono defensivo: -No he venido a buscarlo en busca de cumplimientos. Quiero la crítica de un hombre serio. No soy ni una enamorada del arte ni una aficionada. Soy simplemente una muchacha que necesita trabajar para vivir. Me sentí profundamente conmovido y admirado por esta muchacha. Me tuve que esforzar para no elogiarla tanto como deseaba. Pero no pude ser completamente insincero, Me quedé confundido por su actitud.¿Por qué, le pregunté, no confiaba en su juicio? ¿ No era ella misma quien había venido a pedirlo?. -El problema es - Me contestó – que algunos de sus buenos amigos me han aconsejado que no de mucha importancia a lo que usted dice. Dicen que si es una muchacha la que pide a usted su opinión, y que si no es absolutamente horrible, está usted dispuesto a ser de lo más extremoso con ella. Bueno; yo sólo quiero que me diga una cosa: ¿Cree usted realmente que deba seguir pintando, o debo dedicarme a otra cosa? -En mi opinión, y sin importar lo difícil que pueda ser para usted, debe seguir pintado, le contesté en seguida. -Entonces seguiré su consejo. Ahora le quisiera pedir otro favor. He hecho otras pinturas que me gustaría que usted viera. Puesto que los domingos no trabaja usted, ¿podría venir a mi casa el domingo a verlas? Vivo en Coyoacán, Avenida Londres 126. Me llamo Frida Kahlo. En el momento en que oí su nombre me acordé de mi amigo Lombardo Toledano, cuando era director de la Escuela Nacional Preparatoria, se había quejado conmigo de lo intratable que era una muchacha de ese nombre. Era quien dirigía, según él, una banda de delincuentes juveniles que 9


ISTMEÑA 24.6 X 15 CM.

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armaban tales alborotos en la Escuela, que Toledano había pensado dejar la dirección por culpa de ellos. Lo recordaba señalándomela una vez después de haberla dejado en la oficina del rector para que la regañara. Entonces surgió otra imagen en mi memoria: la de una chiquilla de doce años que había desafiado a Lupe, siete años antes, en el Auditorio de la Escuela donde yo había estado pintando murales...

Dije: -Pero usted es… Me contuvo rápidamente, casi poniéndome la mano en la boca: tal era su ansiedad. Sus ojos adquirieron un brillo diabólico. Amenazadora, me dijo: -Si, ¿y que? Yo era la muchacha del auditorio; pero eso no tiene nada que ver con lo de ahora. ¿Quiere usted venir de todas maneras conmigo? Tuve grandes dificultades para no contestar: “¡Más que nunca!” Pero si mostraba mi entusiasmo tal vez no me habría permitido ir. De manera que sólo contesté: -Sí. Luego, después de rehusarse a que le ayudara yo a cargar sus pinturas, Frida se marchó, con las grandes telas oscilando bajo sus brazos. El siguiente domingo estaba yo en Coyoacán, buscando en la Avenida Londres el numero 126. Cuando toque a la puerta, oí que alguien silbaba La Internacional encima de mi cabeza. Vi a Frida en lo alto de un gran árbol; estaba vestida de overol y empezaba a bajar. Riendo alegremente, me cogió de la mano y me llevó por toda la casa, que parecía estar vacía, hasta su cuarto. Hizo desfilar ante mí todas sus pinturas. Estas, su cuarto y su chispeante presencia me llenaron de una alegría maravillosa. No lo sabía yo entonces, pero Frida ya se había vuelto lo más importante de mi vida. Y lo seguiría siendo, hasta el momento de su muerte, veintisiete años después. Unos cuantos días después de esta visita a su casa besé a Frida por primera vez. Cuando terminé mi trabajo en el edificio de la Secretaría de Educación comencé a cortejarla en serio. Aunque ella sólo tenía dieciocho años y yo más del doble, ninguno de los dos se sintió ridículo. Su familia también pareció aceptar lo que estaba ocurriendo. Un día su padre, don Guillermo Kahlo, que era un fotógrafo excelente, me llevó aparte. -Veo que está usted interesado en mi hija, ¿eh?- me dijo.

-Sí- le contesté-; de otra manera no estaría yo viniendo hasta Coyoacán para verla. -Es un demonio- dijo. -Lo sé. -Bueno; yo ya le advertí- me dijo, y se fue. Poco después nos casamos en una ceremonia civil. La boda se celebró en el antiguo Palacio Municipal, ante el Alcalde de Coyoacán, un rico comerciante en pulque. Al principio el Alcalde quería casarnos en la Sala de Juntas del Consejo Municipal. -Esta unión es un acontecimiento históricoalegaba. Los kahlo lo convencieron, sin embargo, de que una cámara legislativa no es un lugar adecuado para una boda. Nuestros testigos fueron Panchito, un peluquero; el doctor Coronado, un médico homeópata (que daba consultas y medicinas a los ricos por un peso y a los pobres por nada) y el viejo juez Mondragón, de Coyoacán. El juez, un pesado hombre barbado, había sido compañero mío en la Escuela de Bellas Artes. A la mitad de la ceremonia don Guillermo Kahlo se levantó y dijo: -Señoras y caballeros, es verdad que no estamos haciendo una comedia? -Al papá de Frida le pareció muy divertido nuestro matrimonio. En la fiesta de bodas que hubo después Lupe apareció entre los invitados. Celosa como siempre hizo una escena, puso como nueva a Frida y salió violentamente de la casa. Años después, Lupe llegó a conocer a Frida a fondo y a quererla muchísimo. La Tragedia Un incidente ensombrecerá siempre mis felices recuerdos de Detroit, Frida fue quien lo padeció principalmente.


Tres años antes, en México, Frida había sido víctima de un horrible accidente de tránsito. El camión en el que iba chocó con un tranvía. Sólo cinco pasajeros escaparon con vida. Frida fue rescatada literalmente hecha pedazos. La columna vertebral, la pelvis y el brazo izquierdo se le fracturaron. La pierna derecha se le quebró en once lugares, y lo que es peor, una varilla de acero le atravesó el cuerpo de parte a parte, lesionándole la matriz. Los doctores no se explicaron como pudo sobrevivir. Pero no sólo sobrevivió, sino que

volvió a ser la misma de siempre. Sin embargo, a causa del accidente no podría nunca tener un niño, y los doctores le advirtieron que ni intentara concebir. Para Frida este fue un terrible golpe psicológico. Desde la edad de doce años, cuando era una salvaje y precoz niña de escuela, había estado obsesionada con la idea de tener un MUJERES DESCANSANDO 24.6 X 15 CM. h i j o c o n m i go. C u a n d o s e l e preguntaba cual era su más grande ambición, respondía a sus confundidos profesores y compañeros de escuela. -Tener un hijo de Diego Rivera tan pronto lo convenza para que coopere. Frida no desistió por las advertencias de los doctores. Cuando estábamos en Detroit, quedó embarazada. Su embarazo fue penoso. Las muchas mujeres con las que Frida había hecho amistad en Detroit, que habían llegado a quererla, hicieron todo lo que pudieron para ayudarla a tener un niño. A pesar de los mejores cuidados, sufrió, sin embargo, un torturante aborto. Se puso tan enferma que le prohibí para siempre que volviera a concebir. Pero el deseo de Frida de tener un hijo era tan fuerte que la indujo a arriesgar la vida tres veces más en otros tantos embarazos. Cada uno de estos terminó en una penosa pérdida. Pero ninguno fue realmente tan triste como el primero de Detroit. La tragedia de Frida –porque así consideraba ella su experiencia- le inspiró la pintura de una tela en que representaba un aborto y expresaba las sensaciones y emociones que esto suscita. También pintó un cuadro en que representaba su propio nacimiento. Inmediatamente después empezó a trabajar en una serie de obras maestras que no tenían precedente en la historia del arte -pinturas que exaltaban las virtudes femeninas para resistir la verdad, la realidad la crueldad y el sufrimiento-. Ninguna mujer había puesto una poesía tan agónica en la pintura como Frida lo hizo en aquel tiempo en Detroit. Durante el período de convalecencia de Frida dediqué la mayor parte de mi tiempo a tratar de ayudar a los emigrantes mexicanos, de los cuales vivían por entonces en Detroit varios cientos, bajo la constante amenaza de ser deportados. Los americanos oriundos del lugar expresaban a voces su resentimiento contra esos extranjeros que recibían cheques de los servicios de asistencia de la ciudad. Sus propios necesitados, decían, ya eran una carga bastante pesada durante ese tiempo de bancarrota universal.

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Había algunos, entre mis compatriotas, que pensaban que en México las cosas estaban mejor. Soñaban con nostalgia en establecer colonias agrícolas al sur del Río Bravo. La tarea que me impuse fue convencerlos, mediante una serie de conferencias, de que su regreso a México no resolvería sus problemas; ROSTRO MUJER O REBOZO de que habiéndose arraigado en los 24.6 X 15 CM. Estados Unidos deberían actuar junto con los demás estadounidenses para lograr una mejoría de su situación económica. Desgraciadamente, fracasé en mi propósito. De manera que para que no pensaran que estaba exagerando las dificultades de la colonización para no ayudarlos, les di casi todo el dinero que había ganado con la pintura de los frescos del Instituto de Arte. Con ese subsidio regresaron a México y establecieron tres colonias. Sólo subsistió una, establecida cerca de Acapulco. Unos años después sus miembros pagaron mis atenciones de una manera singular. Triunfo y angustia

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A continuación del asunto del Hotel Reforma una salud delicada me impidió pintar murales durante varios años. En la biografía que escribió sobre mi (Diego Rivera: His Life and Times, Nueva York, 1939), Bertram Wolfe pretende ver en este periodo de languidez una especie de exilio artístico en el que hubiera yo incurrido debido a mi credo político; pero su interpretación no está de acuerdo con los hechos. El fresco de la Escuela de Medicina para el que se me había contratado no lo pinte debido a mi enfermedad de los ojos; pero el encargo nunca fue revocado. Otro encargo que se me había hecho para una serie de frescos en los corredores del Palacio Nacional también se pospuso, pero no se invalidó, y en 1942 empecé a hacer el trabajo. Durante esos años de mala salud fui absorbido apasionadamente por una actividad artística menos exigente: hacer bosquejos de distintos aspectos de la vida mexicana. Muchos de estos bosquejos se convirtieron en dibujos y acuarelas. Y, lo que es aún más importante, me estimularon a la observación más próxima que nunca de la vida de mis paisanos. Todavía estoy usando, tanto por lo que hace a los temas como a la técnica, los experimentos que hice en aquel entonces. Fue por esos días cuando Frida me demostró su amor hacia mí más allá de toda duda. Estábamos almorzando un día en el Restaurante Acapulco de

la ciudad de México, cuando cuatro asesinos, pagados por el general reaccionario Saturnino Cedillo, caminaron hacia nuestra mesa. Cedillo había ordenado la ejecución de todos los partidarios revolucionarios del general Cárdenas. Cuando los asesinos sacaron sus pistolas con toda calma y me apuntaron con ellas tuve la seguridad de que había llegado mi fin. Rápida como una flecha, Frida saltó de su silla y se puso delante de mí. Les gritó a los pistoleros que le dispararan a ella primero si se atrevían. Para provocarlos, los llamó cobardes y les dijo prácticamente todas las groserías de su amplio vocabulario. Sus gritos histéricos hicieron que se levantaran todas las personas que había en el restaurante. Los cuatro asesinos permanecieron inmóviles, como congelados, con las pistolas en las manos, como estatuas de sí mismos. Al fin volviendo a la realidad por el creciente alboroto que se hacia en su derredor, salieron corriendo apresuradamente hacia la calle. Unos días después cuando trataban de escapar por la frontera norte hacia los Estados Unidos, los cuatro fueron muertos a tiros. Sin embargo, cuando hubo pasado la reacción ante este hecho del que apenas escapamos con vida, Frida se puso muy enferma y nerviosa y le vino una fiebre muy alta. Cuando se recuperó volvió a su pintura, ahora con grave intensidad. Porque estaba preparándose para su primera exposición en Nueva York, que sería unos cuantos meses más tarde. Antes de salir para Nueva York, llevándose consigo lo mejor de su trabajo reciente, le di, entre otras cartas de presentación, una para Claire Boodh Luce, esposa del magnate periodístico que había sido recientemente embajador en Italia. Yo me había imaginado que Frida encontraría en la señora Luce una persona interesente, pero no se entendió con ella. La encontró fría, vidriosa e impenetrablemente defensiva. Sin embargo, la señora Luce le pidió que hiciera una pintura para ella, y Frida la hizo. Aparentemente, no le gustó el trabajo a la señora Luce porque lo regresó a Frida unas cuantas semanas después de haberlo recibido. Pero la frialdad de la señora Luce no fue compartida por los críticos de arte, y la exposición de Frida en Nueva York fue calurosamente aclamada. Yo le sugerí que en lugar de regresarse a México se fuera a París y completara su triunfo. Frida estaba renuente y temerosa. Para convencerla, argumenté que se debe aprovechar toda oportunidad que contiene una promesa de


satisfacción o placer. Estaba completamente seguro de que sería bien recibida en París. Así fue como en 1939 Frida se fue a París y lo conquistó. Cuando más rigurosos eran los críticos, mayor era su entusiasmo. El elogio de dos personas en especial doró la aureola de la felicidad de Frida. Uno fue Vasily Kandinsky, probablemente el más grande precursor del abstraccionismo moderno; el otro fue Marcel Duchamp, uno de los maestros del expresionismo abstracto. Kandinsky quedó tan conmovido con las pinturas de Frida, que delante de todos, en la sala de la exposición, la alzó en brazos y la besó en las mejillas y los párpados mientras corrían por su rostro lágrimas de conmovida emoción. Hasta Picasso, el difícil entre los difíciles, canto loas a las cualidades artísticas y personales de Frida. Desde el momento en que la conoció hasta el día en que ella volvió a su patria Picasso estuvo bajo su hechizo. En unas cuantas semanas, Frida conquistó el mundo del arte parisiense de una manera más completa de lo que habían logrado, después de años de lucha, pintores más famosos. Su triunfo se derramó sobre el mundo de la moda. Esa temporada Schiaparelli presentó La Robe Madame Rivera, interpretación parisiense del hermoso estilo de traje mexicano de Frida, y la cubierta del más leído de los magazines de alta costura aparecía en los puestos con una fotografía de la mano derecha de Frida, junto a un elegante joyero que contenía cuatro de sus piedras favoritas. En medio de toda esta preocupación por las novedades, por las repentinas chucherías a la moda, era difícil creer que Europa se bamboleaba al borde de otra guerra mundial.

La mala suerte que siempre acechaba a la pobre de Frida volvió de nuevo, Frida se enfermó de repente y tuvo que ser llevada a un hospital. Aunque sus muchos amigos la consentían, ella estaba en un grito por regresar a su casa, y tan luego como se encontró en condiciones de viajar cambio su cama de convaleciente por CONVERSADORES una litera de barco. Llegó a México 24.6 X 15 CM. terriblemente enferma, sufriendo el recurrente dolor de su viejo accidente. Yo nunca fui -acaso el lector se aburra de que lo repita- un marido infiel, ni siquiera con Frida. De la misma manera que con Angelina y con Lupe, me consentí mis caprichos y tuve mis deslices. Ahora, conmovido por la condición tan extremadamente delicada de Frida, empecé a hacer el inventario de mí mismo como compañero conyugal. Encontré muy poco que se pudiera decir a mi favor. ¡Y sabía, sin embargo, que no podía cambiar!. Una vez, habiendo descubierto que me entendía con su mejor amiga, Frida me había dejado, sólo para regresar con su orgullo un tanto disminuido pero con un no disminuido amor. La quería demasiado para quererle causar sufrimientos y para evitarle tormentos futuros decidí separarme de ella. Al principio me limité a sugerir la idea del divorcio, pero como las sugestiones no dieron resultado planteé abiertamente el problema. Frida que para entonces había recuperado la salud, contestó calmada que prefería soportar cualquier cosa antes que perderme por completo. La situación entre nosotros se hizo cada vez peor. Una noche, actuando impulsivamente, le telefoneé para suplicarle que consintiera en el divorcio y, en mi ansiedad, fabriqué un estúpido y vulgar pretexto. Mantuve una larga y descorazonada discusión, tanto que impulsivamente me agarré del más rápido camino para conseguir mi fin. Funcionó. Frida declaró que ella también quería un inmediato divorcio. Mi “victoria” pronto se volvió pesadumbre para mi corazón. Habíamos estado casados trece años. Todavía nos queríamos. Yo simplemente quería estar en libertad de cortejar a cualquier mujer que se me antojara. Frida no se oponía a mi infidelidad, Lo que no podía entender era que escogiera mujeres indignas de mi o inferiores a ella. Sentía que era una humillación personal para ella el que la abandonara por una mujer cualquiera. ¿Dejarla trazar la línea no era, sin embargo, permitirle delimitar mi libertad? ¿O era yo simplemente la víctima depravada de mis 13 propios apetitos? ¿Y no era tan sólo una


propios apetitos? ¿Y no era tan sólo una consoladora mentira pensar que el divorcio pondría fin a los sufrimientos de Frida? ¿No sufriría más aún? Durante los dos años que vivimos separados Frida produjo sus mejores trabajos, sublimando la angustia en su pintura... Y luego, debido a que ciertos sucesos en que se vio envuelta aunque de una manera TEHUANA indirecta, se puso débil y enferma de 24.6 X 15 CM. nuevo. Ahora relataré estos sucesos tal como fueron, aunque no siempre en la secuencia en que ocurrieron. Con Frida, por segunda vez

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Tuve muy poco tiempo para pensar en el artículo, porque esa misma tarde recibí noticias de que Frida estaba muy mala. Todo lo demás se me borró de la mente y me apresuré a buscar el consejo de nuestro buen amigo el doctor Leo Eloesser. El Doctor Eloesser era muy conocido en California, tanto por su gran habilidad profesional como por el servicio gratuito que daba a los pobres. Me aconsejó que me las arreglara para que Frida pudiera ir a San Francisco. Hasta le telefoneó él personalmente, informándole que no le parecía bien el tratamiento médico que estaba recibiendo en México. Cuando llegó Frida a San Francisco tenía un dolor tan terrible que apenas se podía mover. El doctor Eloesser inmediatamente la internó en el St. Luke Hospital, donde gracias a sus atenciones Frida se recuperó rápidamente. Cuando se pudo levantar de nuevo, el doctor Eloesser aconsejó un cambio de ambiente como siguiente paso del tratamiento. Apoyó la decisión que Frida tomó de visitar Nueva York, que guardaba para ella muchos recuerdos agradables y donde tenía muchos amigos. Las emociones de Nueva York la distrajeron de su infelicidad, y cuando regresó a San Francisco parecía ser la misma de antes. Le pregunté al doctor Eloesser que creía él que la estuviera enfermando y qué se podía hacer para mantenerla en buen estado de salud. Las tensiones y esfuerzos de los últimos meses habían pesado mucho sobre ella, pero ya había pasado, salvo una: nuestra separación. El doctor Eloesser me explicó que nuestra separación la había afectado gravemente y que podría pesar sobre ella con las consiguientes malas consecuencias. Al oír esto decidí tratar de persuadir a Frida para que se casara conmigo de nuevo. Debido al amor que le tenía, ya le había rogado varias veces que se volviera a casar conmigo, pero sin éxito.

Ahora el doctor Eloesser venía en mi ayuda. Nuestra separación, dijo con verdad, estaba produciéndonos un mal efecto a los dos. Por lealtad, le advirtió a Frida que aunque yo la quería ahora más que nunca y aunque deseaba ardientemente que volviera conmigo, debía darse cuenta de que yo era un “coqueto” incorregible y que nunca cambiaría en ese aspecto. Algunos hombres, le explicó, eran sencillamente incapaces de fidelidad sexual y, por conocimiento médico que tenía de mí, podía afirmar de una manera definitiva que yo era uno de ellos. La franqueza del doctor Eloesser complicó en cierto modo mi tarea de ganarme a Frida de nuevo. Pero cuando al fin aceptó, fue con una conciencia clara de lo que podía esperar. Por su parte, puso algunas condiciones: que ella se sostendría a sí misma con el producto de sus propias obras; que yo pagaría la mitad de los gastos de nuestro hogar, no más, y que no tendríamos relaciones sexuales. Al explicar la razón de esta última estipulación dijo que de sólo imaginarse a todas mis demás mujeres no podía materialmente hacer el amor conmigo, porque en cuanto empezaba yo a cortejarla se producía una barrera psicológica. Me sentía tan feliz de recuperar a Frida que acepté todas sus condiciones, y el día que cumplí cincuenta y cuatro años , el 8 de diciembre de 1940, Frida y yo nos casamos por segunda vez. Su muerte Para mí, el acontecimiento mas conmovedor de 1953 fue la exposición individual de Frida, que tuvo lugar en la ciudad de México durante el mes de abril. Todo el que asistía a ella no podía menos que admirar el gran talento de Frida. Hasta yo me quedé impresionado cuando vi todo su trabajo junto. Los arreglos habían sido hechos por muchos amigos como un homenaje personal. En aquel entonces Frida estaba postrada en cama –unos cuantos meses después se le tendría que amputar una pierna-, y llegó en una ambulancia, como una heroína, en medio de sus admiradores y amigos. Frida se sentó en la sala, callada y feliz, satisfecha de ver el número de personas que la estaban honrando tan calurosamente. No dijo prácticamente nada, pero después pensé que se debe haber dado cuenta de que estaba diciéndole adiós a la vida. El siguiente mes de agosto reingresó al hospital para que le cortaran la pierna a la altura de


la rodilla. Los nervios se habían muerto y la pierna se había gangrenado. Los doctores le habían dicho que si no practicaban esa operación el veneno se extendería a todo su cuerpo y la mataría. Con un valor característico en ella, les dijo que le hicieran la amputación tan pronto como fuera posible. Esta operación fue la decimocuarta que sufrió en dieciséis años. A causa de la pérdida de su pierna Frida se sintió profundamente deprimida. Ya ni siquiera quería que le contara mis aventuras amorosas, que tanto le había divertido oír después que nos volvimos a casar. Había perdido la voluntad de vivir. Frecuentemente durante la convalecencia, su enfermera me hablaba por teléfono para decirme que Frida estaba llorando y diciendo que se quería morir. Inmediatamente dejaba yo de pintar y corría a la casa para consolarla. Cuando Frida reposaba tranquila de nuevo, regresaba a mi trabajo y me ponía a pintar el tiempo necesario para recuperar los días perdidos. Algunos días estaba tan cansado que me quedaba dormido en mi silla, en lo alto del andamio. Finalmente le puse a Frida una ronda de enfermeras para que la atendieran en sus necesidades. El costo de esto, unido a otros gastos medicinales, era superior a lo que estaba ganando con pintar murales, de manera que para completar el dinero que necesitaba me puse a pintar acuarelas. A veces hacía sin esfuerzo dos acuarelas grandes en un día. En mayo de 1954 Frida parecía estarse reanimando. Una desapacible noche de junio

insistió en concurrir a una manifestación, y cogió una neumonía. La encamaron por tres semanas más. Cuando casi se había repuesto, se levantó una noche de julio, y contra la órdenes del doctor, tomó un baño. Tres días después empezó a sentirse violentamente enferma. Me senté en su cama hasta las dos y media de la mañana. A las cuatro se quejó de NIÑA DEL ISTMO un agudo dolor. Cuando el doctor 24.6 X 15 CM. llegó, al romper el alba, descubrió que había muerto poco antes de una embolia pulmonar. Cuando entré en el cuarto para verla, su rostro se veía tranquilo y más hermoso que nunca. La noche anterior me había dado un anillo que había comprado de regalo por nuestros veinticinco años de casados, para cuyo aniversario faltaban todavía diecisiete días. Le pregunté por qué me lo daba tan anticipadamente y me respondió: -Porque siento que te voy a dejar muy pronto. Pero aunque sabía que se iba a morir, debe de haber estado luchado por la vida. De otro modo, ¿por qué habría de haberse visto obligada la muerte a sorprenderla robándole el aliento mientras dormía? De acuerdo con sus deseos, su féretro se envolvió con la bandera comunista mexicana, y fue velada así con gran ceremonia en el Palacio de Bellas Artes. Funcionarios reaccionarios del Gobierno mexicano pusieron el grito en el cielo contr a este despliegue de un símbolo revolucionario, y nuestro buen amigo el doctor Andrés Iduarte, director del Instituto Nacional de Bellas Artes, fue cesado de su puesto por haberlo permitido. Los periódicos amplificaron el ruido y se oyó éste en todo el mundo. Yo era indiferente a todo eso: el día 13 de julio de 1954 fue el día más trágico de mi vida. Había perdido para siempre a mi amada Frida. Cuando hice mi testamento dejé la casa de Coyoacán al gobierno para que sirva de museo a aquellas pinturas mías que eran propiedad de Frida. Hice solamente una estipulación: que se me reservara un rincón para mí solo, para cuantas veces me sintiera en la necesidad de regresar a la atmósfera que recreaba la presencia de Frida. Una vez fuera de Coyoacán, me vi envuelto en el loco desgarramiento de los clubes nocturnos. Los odio, y sin embargo, no podía soportar permanecer solo con mis pensamientos.

* Tomado de ¡Siempre! Núm. 95, 11 de diciembre de 1963, pp. III-VIII.

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Diego, orgullosamente de Guanajuato


Diego Rivera