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John Grisham

Tiempo de matar

Traducci�n de Enric Tremps T�tulo original: A time to kill

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Tiempo de matar

A Ren�e, mujer de ins�lita belleza, amiga absolutamente leal, cr�tico compasivo, madre ciegamente enamorada, esposa perfecta

UNO De los dos fan�ticos sure�os, el menor y el menos corpulento era Billy Ray Cobb. A los veintitr�s a�os hab�a cumplido ya una condena de tres en la penitenciar�a estatal de Parchman por posesi�n de drogas con intenci�n de traficar. Era un granuja flacucho y de malas pulgas que hab�a sobrevivido en la c�rcel a base de asegurarse un suministro regular de drogas, que, a cambio de protecci�n, vend�a, y a veces regalaba, a los negros y a los carceleros. En el a�o transcurrido desde que lo pusieron en libertad gan� dinero y su peque�o negocio de narcotr�fico le hab�a convertido en uno de los racistas sure�os m�s pr�speros de Ford County. Era en hombre de negocios con empleados, obligaciones y contratos; todo menos impuestos. En el concesionario Ford de Clanton se le conoc�a como el �nico individuo en los �ltimos tiempos que hab�a pagado al contado una camioneta nueva. Diecis�is mil d�lares contantes y sonantes por una lujosa Camioneta Ford de color amarillo canario, personalizada y con tracci�n en las cuatro ruedas. Las caprichosas llantas cromadas y los neum�ticos todo terreno eran producto de un intercambio comercial y la bandera rebelde que colgaba de la ventana posterior la hab�a robado a un compa�ero borracho en un partido de f�tbol de Ole Miss. Su camioneta era la propiedad que m�s enorgullec�a a Billy Ray. Sentado sobre la cola de la caja, tomaba una cerveza, se fumaba un porro y contemplaba a su amigo Willard, que disfrutaba de su turno con la negrita. Willard era cuatro a�os mayor que �l y unos doce a�os m�s atrasado. En general, era un individuo inofensivo que nunca hab�a tenido un empleo estable, pero tampoco ning�n l�o grave. Alguna noche en la comisar�a despu�s de una pelea: nada digno de menci�n. Se autodefin�a como talador de �rboles, pero el dolor de espalda sol�a mantenerlo alejado del

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bosque. Se hab�a lastimado la espalda en una plataforma petrol�fera de alg�n lugar del Golfo y hab�a recibido una generosa recompensa de la empresa, que perdi� cuando su ex esposa lo dej� sin blanca. Su vocaci�n primordial consist�a en trabajar de vez en cuando para Billy Ray Cobb, que pagaba poco pero era generoso con la droga. Por primera vez en muchos a�os, Willard la ten�a siempre a mano. Y siempre la necesitaba. Le ocurr�a desde que se hab�a lastimado la espalda. La ni�a ten�a diez a�os y era peque�a para su edad. Se apoyaba sobre los codos, unidos y atados con una cuerda de nil�n amarillo. Ten�a las piernas abiertas de un modo grotesco, con el pie derecho atado a un v�stago de roble y el izquierdo a una estaca podrida de una verja abandonada. La cuerda le hab�a lastimado los tobillos y ten�a las piernas empapadas de sangre. Su rostro estaba hinchado y sangriento, con un ojo abultado y cerrado y el otro medio abierto, por el que ve�a al hombre blanco sentado en la camioneta. No miraba al que ten�a encima, que jadeaba, sudaba y echaba maldiciones. Le hac�a da�o. Cuando termin�, la abofete� y se ri�. El otro individuo tambi�n se ri� y ambos empezaron a revolcarse por el suelo junto a la camioneta, como si estuvieran locos, soltando gritos y carcajadas. La ni�a volvi� la cabeza y llor� quedamente, procurando que no la oyeran. Antes la hab�an golpeado por llorar y gemir, y hab�an jurado matarla si no guardaba silencio. Cansados de re�rse, se subieron a la caja de la camioneta, donde Willard se limpi� con la camisa de la negrita, que estaba empapada de sudor y sangre. Cobb le ofreci� una cerveza fr�a de la nevera e hizo un comentario relacionado con la humedad. Contemplaron a la ni�a, que sollozaba y hac�a extra�os ruidos discretos hasta que se qued� tranquila. La cerveza de Cobb estaba medio vac�a y bastante caliente. Se la arroj� a la ni�a. Le dio en el vientre, que cubri� de espuma, y sigui� rodando por el suelo hasta acercarse a un mont�n de latas vac�as, todas procedentes de la misma nevera. Le hab�an arrojado a la ni�a, entre carcajadas, una docena de latas a medio consumir. A Willard le resultaba dif�cil alcanzar el objetivo, pero los disparos de Cobb eran bastante certeros. No es que les gustara desperdiciar la cerveza, pero era m�s f�cil dominar las latas con un poco de peso, y les divert�a enormemente ver c�mo se desparramaba la espuma. La cerveza caliente se mezclaba con la sangre y le corr�a por el cuello y la cara hasta un charco junto a su cabeza. La ni�a permanec�a inm�vil. Willard pregunt� a Cobb si cre�a que estaba muerta. Cobb abri� otra cerveza y le respondi� que no lo estaba, porque, para matar a un negro, generalmente no bastaba con unas patadas, una paliza y la violaci�n. Se necesitaba algo m�s, como un cuchillo, una pistola o una cuerda, para deshacerse de un negro. A pesar de que nunca hab�a participado en ninguna matanza, hab�a vivido con un mont�n de negros en la c�rcel y lo sab�a todo acerca de ellos. No dejaban de matarse entre s�, y siempre utilizaban alg�n tipo de arma. Los que s�lo recib�an una paliza o eran violados, nunca mor�an. Algunos de los blancos apaleados y violados hab�an fallecido. Pero nunca un negro. Ten�an la cabeza m�s dura. Willard parec�a satisfecho. Willard pregunt� a su compa�ero qu� pensaba hacer ahora que hab�an acabado con la ni�a. Cobb dio una calada al porro, tom� un sorbo de cerveza y respondi� que todav�a no hab�a acabado con ella. Se ape� de un brinco y cruz� haciendo eses el peque�o claro en el bosque, hacia el lugar donde la ni�a estaba atada. Le chill� y ech� maldiciones para despertarla antes de verter la cerveza fr�a sobre su cara mientras re�a como un loco. Ella vio que daba la vuelta al �rbol y se deten�a para mirarla fijamente entre las piernas. Cuando comprob� que se bajaba los pantalones, lade� la cabeza y cerr� lo ojos. Volv�a a hacerle da�o. Mir� hacia el bosque y vio algo: a un hombre que corr�a como un loco entre la maleza y los matorrales. Era su pap�, que, dando gritos, corr�a desesperadamente para salvarla. Lo llam�, pero �l desapareci�. Se qued� dormida. Cuando despert�, uno de los individuos estaba acostado bajo la caja de la camioneta y el otro bajo un �rbol. Ambos dorm�an. Ten�a las piernas y los brazos paralizados. La sangre, la cerveza y la orina se hab�an mezclado con el polvo para formar una pasta pegajosa que sujetaba su peque�o cuerpo al suelo, que cruj�a cuando se mov�a y contorsionaba. Debo escapar, pens�, pero con el mayor de los esfuerzos s�lo logr� moverse unos cent�metros a la derecha. Sus pies estaban atados tan arriba que sus nalgas apenas tocaban el suelo. Las piernas y los brazos, entumecidos, se negaban a moverse.

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Mir� hacia el bosque en busca de su padre y lo llam� sin levantar la voz. Esper� y volvi� a quedarse dormida. Cuando despert� por segunda vez, ambos individuos estaban levantados y dando vueltas. El m�s alto se le acercaba haciendo eses, con un peque�o cuchillo en la mano. La agarr� del tobillo izquierdo y atac� furiosamente la cuerda hasta cortarla. A continuaci�n le solt� la pierna derecha y la ni�a se dobl� en posici�n fetal, de espaldas a ellos. Cobb arroj� una cuerda por encima de la rama de un �rbol e hizo un nudo corredizo en un extremo de la misma. Agarr� a la ni�a por la cabeza, le coloc� la cuerda alrededor del cuello, cogi� el otro extremo de la misma y se dirigi� a la cola del veh�culo, donde Willard fumaba un nuevo porro con una sonrisa en los labios por lo que Cobb estaba a punto de hacer. Cobb tens� la cuerda y le dio un brutal tir�n, arrastrando el peque�o cuerpo desnudo hasta detenerse bajo la rama. Puesto que la ni�a tos�a y jadeaba, tuvo la amabilidad de aflojar un poco la cuerda para concederle unos minutos de gracia. La at� al parachoques de la camioneta y abri� otra lata de cerveza. Permanecieron sentados en la cola del veh�culo mientras beb�an, fumaban y contemplaban a la ni�a. Hab�an pasado la mayor parte del d�a junto al lago con unas chicas a las que supon�an presa f�cil, pero resultaron ser intocables. Cobb hab�a sido generoso con las drogas y la cerveza, y, sin embargo, las chicas no correspondieron. Hab�an abandonado el lago frustrados y conduc�an sin rumbo fijo cuando se encontraron casualmente con la ni�a. Andaba por un camino sin asfaltar con una bolsa de v�veres cuando Willard le dio en la nuca con una lata de cerveza. --�Piensas hacerlo? --pregunt� Willard con los ojos empa�ados e irritados. --No. Dejar� que lo hagas t� --titube� Cobb--. Ha sido idea tuya. Willard le dio una calada al porro y escupi�. --No ha sido idea m�a. T� eres el experto en matar negros. Hazlo t�. Cobb desat� la cuerda del parachoques y dio un tir�n. La ni�a, que ahora los observaba atentamente, qued� cubierta de peque�os fragmentos de corteza de olmo. Tosi�. De pronto, oy� algo: un coche cuyos tubos de escape hac�an mucho ruido. Ambos individuos se volvieron para observar el camino en direcci�n a la lejana carretera mientras blasfemaban y se mov�an de un lado para otro. Uno de ellos golpe� la caja de la camioneta y el otro se acerc� corriendo a la ni�a. Tropez� y cay� cerca de ella. Sin dejar de blasfemar, la agarraron, le retiraron la cuerda del cuello, la arrastraron hasta la camioneta y la arrojaron sobre la caja. Cobb la abofete� y amenaz� con matarla si no se quedaba quieta y guardaba silencio. Dijo que la llevar�a a su casa si no se mov�a y obedec�a, pero que, de lo contrario, la matar�a. Cerraron las puertas y salieron a toda velocidad. Regresaba a su casa. Perdi� el conocimiento. Cobb y Willard saludaron con la mano a los ocupantes del Firebird de sonoros tubos de escape cuando se cruzaron en el estrecho camino. Willard volvi� la cabeza para asegurarse de que la negrita permanec�a oculta. Llegaron a la carretera y Cobb aceler�. --�Y ahora qu�? --pregunt� Willard intranquilo. No lo s� --respondi�, indeciso, Cobb--. Pero hemos de hacer algo antes de que me deje el veh�culo lleno de sangre. F�jate en ella, sangra por todas partes. --Arroj�mosla desde el puente --propuso orgullosamente Willard despu�s de vaciar su lata de cerveza. --Buena idea. Una idea excelente --dijo Cobb al tiempo que daba un frenazo--. Dame una cerveza. Willard se ape� obedientemente y se dirigi� a la caja en busca de dos latas. --Incluso la nevera est� manchada de sangre --coment� despu�s de que reemprendieran la marcha. Gwen Hailey intuy� algo horrible. Normalmente habr�a mandado a uno de sus tres hijos a la tienda, pero su padre los hab�a castigado a limpiar de malas hierbas el jard�n. No era la primera vez que Tonya iba sola a la tienda, situada apenas a un kil�metro y medio de la casa. Nunca hab�a tenido percance alguno. Pero, transcurridas un par de horas, Gwen mand�

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a sus hijos en busca de su hermanita. Supon�an que se habr�a quedado a jugar en casa de los Pounder, que ten�an muchos hijos, o que tal vez habr�a ido un poco m�s all� de la tienda para visitar a su mejor amiga, Bessie Pierson. En la tienda de ultramarinos, el se�or Bates les dijo que hab�a estado all� hac�a una hora. Jarvis, el hijo mediano, encontr� una bolsa de v�veres en el camino. Gwen mand� un recado a su marido a la f�brica de papel, subi� al coche acompa�ada de su hijo Carl Lee y empez� a recorrer los caminos cercanos a la tienda. Llegaron hasta un viejo asentamiento en la plantaci�n de Graham para consultar a una t�a. Se detuvieron en los almacenes Broadway, a un par de kil�metros de la tienda de Bates, donde un grupo de negros les dijeron que no la hab�an visto. Recorrieron todos los caminos en un radio de cinco kil�metros cuadrados alrededor de la casa. Cobb no encontraba, al pasar, ning�n puente en el que no hubiera negros pescando. En todos ellos hab�a cuatro o cinco hombres de color con sombreros de paja y ca�as de pescar, y, bajo los mismos, grupos semejantes con sus correspondientes ca�as y gorros, sentados sobre unos cubos, que s�lo se mov�an para ahuyentar alguna mosca o mosquito. Ahora ten�a miedo. No pod�a contar con la ayuda de Willard, Puesto que �ste no dejaba de roncar, y deb�a decidir �l solo c�mo deshacerse de la ni�a para que nunca pudiera contar lo ocurrido. Willard hab�a perdido el conocimiento mientras Cobb conduc�a fren�ticamente por caminos y carreteras en busca de alg�n puente o terrapl�n desde donde pudiera arrojar a la ni�a sin ser visto por media docena de negros con sombreros de paja. Mir� por el retrovisor y vio que intentaba levantarse. Dio un frenazo y la ni�a se precipit� contra la parte frontal de la caja, debajo de la ventana. Willard cay� del asiento al suelo, donde sigui� roncando. Cobb los maldijo a ambos. El lago Chatulla no era m�s que un cenagoso estanque artificial de escasa profundidad, rodeado de terreno pantanoso a lo largo de su kil�metro y medio de longitud. Estaba situado en el extremo sudoeste de Ford County. En primavera se distingu�a por constituir la mayor masa l�quida de Mississippi. Pero a finales de verano, despu�s de una prolongada sequ�a, el sol hab�a calentado el agua y el lago estaba casi seco. Sus orillas se acercaban entre s�, separadas por un charco casta�o rojizo de escasa profundidad. Estaba alimentado por innumerables torrentes, riachuelos, charcas e incluso un par de corrientes lo suficientemente caudalosas para merecer el apelativo de r�os. Gracias a la existencia de tantos afluentes, numerosos puentes rodeaban el lago. La camioneta amarilla circulaba fren�ticamente por la zona, en busca de un lugar adecuado donde deshacerse de su pasajera. Cobb estaba desesperado. Conoc�a otro puente estrecho y de madera. Sobre Foggy Creek. Al acercarse, vio un grupo de negros con sus ca�as. Sali� por un camino lateral y par� el veh�culo. Abri� la puerta posterior de la caja, tir� de la ni�a y la arroj� por un peque�o barranco cubierto de espinos. Carl Lee Hailey no se apresur� en regresar a su casa. Gwen era bastante asustadiza y lo hab�a llamado en numerosas ocasiones a la f�brica, cuando cre�a que los ni�os hab�an sido secuestrados. Marc� la hora de salida en su tarjeta y tard� la media hora habitual en llegar a su casa. Empez� a inquietarse al acercarse y ver un coche de polic�a aparcado frente a la puerta. Hab�a tambi�n numerosos coches pertenecientes a parientes de Gwen alrededor de la casa, y un veh�culo que no reconoci�, con ca�as de pescar que sal�an de sus ventanas y no menos de siete sombreros de paja acomodados en el mismo. �D�nde estaban Tonya y los chicos? Cuando abri� la puerta, oy� a Gwen que lloraba. A su derecha, en la peque�a sala de estar, hab�a un corro de gente alrededor de una peque�a figura acurrucada en el sof�. La ni�a estaba cubierta de toallas h�medas y rodeada de parientes que no dejaban de llorar. Al acercarse al sof� ces� el llanto y le abrieron paso. S�lo Gwen permaneci� junto a la ni�a, sin dejar de acariciarle suavemente el cabello. Se arrodill� junto al sof� y toc� el hombro de su hija. Le habl� y ella intent� sonre�rle. Su rostro ensangrentado estaba cubierto de cortes y contusiones. Ten�a ambos ojos cerrados por la hinchaz�n y sanguinolentos. A Carl Lee se le llenaron los ojos de l�grimas al contemplar el cuerpecito de su hija envuelto en toallas y cubierto de sangre de la cabeza a los pies.

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Pregunt� a Gwen qu� hab�a ocurrido. Ella empez� a estremecerse entre sollozos y su hermano la condujo a la cocina. Carl Lee se puso de pie, se dirigi� a los presentes y exigi� que le contaran lo ocurrido. Silencio. Lo pregunt� por tercera vez. Entonces se acerc� el agente Willie Hastings, uno de los primos de Gwen, y le cont� que unos individuos que pescaban en Foggy Creek hab�an visto a Tonya en el suelo. La ni�a les dio el nombre de su pap� y la trajeron a casa. Hastings dej� de hablar y baj� la cabeza. Carl Lee lo miraba fijamente, a la espera de que prosiguiese. Todos los presentes se aguantaban la respiraci�n, con la mirada en el suelo. --�Qu� ha ocurrido, Willie? --exclam� Carl Lee, sin desviar los ojos del agente. Hastings habl� despacio y, mirando fijamente por la ventana, repiti� lo que Tonya le hab�a contado a su madre sobre los blancos de la camioneta, la cuerda, los �rboles, y el da�o que le hab�an hecho al acostarse sobre ella. Hastings dej� de hablar cuando oy� la sirena de la ambulancia. Todo el mundo sali� respetuosamente al porche, desde donde observaron a los enfermeros que se acercaban a la casa con una camilla. Se detuvieron frente a la puerta cuando �sta se abri� y Carl Lee sali� con su hija en brazos. Le susurraba al o�do palabras tiernas mientras un torrente de l�grimas rodaba por sus mejillas. Se acerc� a la parte posterior de la ambulancia y entr� en ella. Los enfermeros cerraron la puerta y separaron suavemente a la ni�a de sus brazos. DOS Ozzie Walis era el �nico sheriff negro de Mississippi. En los �ltimos tiempos hab�a habido otros, pero en aquellos momentos era el �nico. Era algo de lo que se sent�a muy orgulloso, puesto que el setenta y cuatro por ciento de la poblaci�n de Ford County era blanca y los dem�s sheriffs negros lo hab�an sido de condados donde la poblaci�n negra era mucho m�s numerosa. Desde la reconstrucci�n, ning�n negro hab�a sido sheriff en un condado blanco de Mississippi. Se hab�a criado en Ford County y estaba emparentado con la mayor�a de los negros, as� como con algunos blancos. Despu�s de abolirse la segregaci�n a finales de los a�os sesenta, ingres� en el primer curso mixto del Instituto de Clanton. Quer�a jugar a f�tbol en el cercano Ole Miss, pero ya hab�a dos negros en el equipo, as� que tuvo que iniciarse en Alcorn State, donde jug� como defensa para los Rams, pero una lesi�n en la rodilla le oblig� a regresar a Clanton. Echaba de menos el f�tbol, pero disfrutaba con su cargo de sheriff, especialmente durante las elecciones, cuando recib�a m�s votos de la poblaci�n blanca que sus rivales blancos. Los ni�os blancos lo admiraban porque para ellos era un h�roe, una estrella del f�tbol a quien hab�an visto por televisi�n y cuya fotograf�a aparec�a en las revistas. Sus padres lo respetaban y votaban por �l porque era un polic�a severo que no hac�a distinciones entre los gamberros blancos y negros. Los pol�ticos blancos le brindaban su apoyo, pues, desde que ocupaba el cargo de sheriff, el Departamento de Justicia no hab�a tenido que inmiscuirse en los asuntos de Ford County. Los negros lo adoraban por tratarse de Ozzie, uno de los suyos. En lugar de ir a cenar, esper� en su despacho a que Hastings regresara de la casa de Hailey. Ten�a a un sospechoso. Billy Ray Cobb no era desconocido del sheriff. Ozzie sab�a que traficaba, pero no lograba atraparlo. Tambi�n sab�a que Cobb era capaz de cometer barbaridades. Su ayudante llam� a todos los agentes y, cuando se presentaron en su despacho, Ozzie les orden� que localizaran a Billy Ray Cobb pero que no lo detuvieran. Hab�a doce agentes en total, nueve blancos y tres negros, que se dispersaron por el condado en busca de una caprichosa camioneta Ford amarilla con una bandera rebelde en la ventana posterior. Cuando regres� Hastings, se dirigieron juntos al hospital de Ford County. Como de costumbre, Hastings conduc�a y Ozzie daba �rdenes por radio. En la sala de espera del segundo piso se encontraron con el clan Hailey: t�as, t�os, abuelos, amigos y desconocidos api�a-

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dos en el peque�o aposento, y algunos en los pasillos. Se o�an susurros y un discreto llanto. Tonya estaba en el quir�fano. Carl Lee estaba sentado en un ordinario sof� de pl�stico en un oscuro rinc�n de la sala, con Gwen a su lado y los ni�os junto a ella. Ten�a la mirada fija en el suelo, sin prestar atenci�n alguna al resto de la gente. Gwen apoyaba la cabeza sobre su hombro y sollozaba. Los ni�os estaban r�gidos, con las manos sobre las rodillas, y de vez en cuando miraban a su padre como a la espera de alg�n comentario tranquilizador. Ozzie se abri� paso entre la gente, al tiempo que estrechaba la mano de algunos, daba unos golpecitos en la espalda de otros y susurraba que atrapar�a a los culpables. --�C�mo est�? --pregunt�, despu�s de agacharse frente a Carl Lee y Gwen. Carl Lee ni siquiera lo vio. Gwen se ech� a llorar con mayor fuerza y los ni�os dieron bufidos y se enjugaron las l�grimas. Ozzie acarici� la rodilla de Gwen y se incorpor�. Entonces, uno de sus hermanos acompa�� al sheriff y a Hastings al pasillo, lejos de la familia. Estrech� la mano de Ozzie y le agradeci� que hubiera venido. --�C�mo est� la ni�a? --pregunt� el sheriff. --No muy bien. Est� en el quir�fano y seguramente tiene para rato. Tiene huesos rotos y contusiones m�ltiples. Ha recibido una buena paliza. Tiene rozaduras de cuerda en el cuello, como si hubieran intentado colgarla. --�La han violado? --pregunt�, seguro de conocer la respuesta de antemano. --S�. Le ha contado a su madre que se turnaban y le hac�an mucho da�o. Los m�dicos lo han confirmado. --�C�mo est�n Carl Lee y Gwen? --Muy afectados. En estado de shock. Carl Lee no ha dicho palabra desde que llegamos. Ozzie le asegur� que no tardar�an en encontrar a los responsables y que, cuando lo hicieran, los encerrar�an en lugar seguro. El hermano de Gwen le sugiri� que, por su propia seguridad, los metieran en otra c�rcel. A cinco kil�metros de Clanton, Ozzie indic� un camino sin asfaltar. --Para aqu� --le dijo a Hastings, que sali� de la carretera para detenerse frente a un remolque abandonado. Era casi de noche. Ozzie cogi� la porra y golpe� violentamente la puerta de la vieja caravana. --�Abre la puerta, Bumpous! Tembl� el remolque y Bumpous corri� al cuarto de ba�o para arrojar al retrete un porro reci�n liado. --�Abre, Bumpous! --exclam� Ozzie sin dejar de golpear. S� que est�s ah�. Si no abres, derribar� la puerta. Bumpous abri� y Ozzie entr� en el remolque. --Es curioso, Bumpous, siempre que vengo a verte huelo algo extra�o y oigo que alguien acaba de tirar de la cadena del retrete. V�stete, tengo un trabajo para ti. --�De qu� se trata? --Te lo explicar� en la calle, donde pueda respirar. Ponte algo y date prisa. --�Y si me niego? --Estupendo. Ma�ana hablar� con las autoridades carcelarias. --Tardar� s�lo un momento. Ozzie sonri� y se dirigi� al coche. Bobby Bumpous era uno de sus favoritos. En los �ltimos dos a�os, desde que hab�a salido en libertad condicional, hab�a ido generalmente por el buen camino, a excepci�n de alguna movida ocasional para ganarse un par de pavos. Ozzie, que lo vigilaba como un halc�n, estaba al corriente de sus transacciones, y Bumpous lo sab�a. Por consiguiente, siempre estaba dispuesto a echar una mano a su amigo: el sheriff

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Walls. Lo que Ozzie se propon�a, a la larga, era utilizar a Bumpous para atrapar a Billy Ray Cobb por tr�fico de drogas, pero, de momento, eso habr�a que posponerlo. Al cabo de unos minutos sali� del remolque, todav�a arregl�ndose la camisa y abroch�ndose los pantalones. --A qui�n busca? --pregunt�. --A Billy Ray Cobb. --Eso es f�cil. No me necesita. --Calla y esc�chame. Quiero que t� lo encuentres y pases un rato con �l. Hace cinco minutos su camioneta fue vista en Huey's. Inv�tale a tomar una cerveza. Juega con �l al billar, a los dados o a lo que te d� la gana. Averigua lo que ha hecho hoy, con qui�n ha estado y d�nde. Ya sabes que le gusta charlar, �de acuerdo? --De acuerdo. --Llama a mi despacho cuando lo encuentres. Ellos me lo comunicar�n. No estar� lejos. �Comprendes? --Desde luego, sheriff. Pan comido. --�Alg�n problema? --S�. Estoy sin blanca. �Qui�n va a pagar los gastos? Antes de marcharse, Ozzie le entreg� un billete de veinte d�lares. Los polic�as emprendieron el camino de Huey's, junto al lago. --�Est� seguro de poder confiar en �l? --pregunt� Hastings. --�En qui�n? --En ese Bumpous. --Claro que conf�o en �l. Ha demostrado ser muy responsable desde que le dieron la condicional. Es un buen chico que procura ir por el buen camino. Est� siempre dispuesto a ayudar al sheriff y har�a cualquier cosa que le pidiera. --�Por qu�? --Porque el a�o pasado lo atrap� con doscientos ochenta gramos de marihuana. Hac�a un a�o que hab�a salido de la c�rcel cuando cog� a su hermano con veinticinco gramos y le dije que le esperaba una condena de treinta a�os. Pas� toda la noche llorando en la celda. Al d�a siguiente, estaba dispuesto a hablar. Me dijo que el suministrador era Bobby, su hermano. Entonces lo solt� y fui a ver a Bobby. Mientras llamaba a la puerta o�a c�mo tiraba de la cadena del retrete. No me abr�a la puerta y la derrib�. Lo encontr� en pa�os menores, en el cuarto de ba�o, intentando desatascar el retrete. Estaba todo lleno de marihuana. No s� la que hab�a tirado, pero una buena parte flotaba en el agua. Le met� tanto miedo que se me� en los calzoncillos. --�Bromea? --No. Se me� encima. Fue todo un espect�culo verle con los calzoncillos meados, un desatascador en una mano, un pu�ado de marihuana en la otra y el ba�o inundado por el agua del retrete. --�Qu� hizo entonces? --Dije que lo matar�a. --�C�mo reaccion� �l? --Se ech� a llorar. Lloraba como un beb�. Lloraba por su mam�, por la c�rcel y por todo lo imaginable. Prometi� no volver a meter nunca la pata. --�Lo detuvo? --No, fui incapaz de hacerlo. Le habl� muy severamente y volv� a amenazarle. Le conced� la condicional en su propio cuarto de ba�o. Desde entonces trabajo muy a gusto con �l. Al pasar frente a Huey's vieron la camioneta de Cobb en el aparcamiento de gravilla, junto a otra docena de camionetas y veh�culos con tracci�n en las cuatro ruedas. Aparcaron tras una iglesia negra, en una colina cercana a Huey's, desde donde vislumbraron perfectamente el tugurio, o antro, como prefer�an llamarlo cari�osamente sus parroquianos. Otro coche patrulla estaba oculto tras unos �rboles, al otro lado de la carretera. Al cabo de unos

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momentos, lleg� Bumpous a toda velocidad y entr� en el aparcamiento. Despu�s de dar un frenazo, con el que levant� una enorme nube de polvo y gravilla, retrocedi� hasta detenerse junto a la camioneta de Cobb. Ech� una ojeada a su alrededor y entr� tranquilamente en Huey's. Al cabo de treinta minutos comunicaron a Ozzie desde su despacho que el informador hab�a localizado al sospechoso, un var�n blanco, en Huey's, un establecimiento situado en la carretera trescientos cinco, cerca del lago. Pocos minutos despu�s, hab�a otros dos coches de polic�a ocultos en los alrededores. Esperaban. --�Por qu� est� tan seguro de que es Cobb? --pregunt� Hastings. No lo estoy. Es s�lo una corazonada. La ni�a ha dicho que era una camioneta con llantas cromadas y neum�ticos todo terreno. --Eso lo limita a unos dos mil veh�culos. --Tambi�n ha dicho que era amarilla, parec�a nueva y llevaba una bandera en la ventana posterior. --Eso lo reduce a unas doscientas posibilidades. --Puede que no tantas. �Cu�ntos de ellos son tan depravados como Billy Ray Cobb? --�Y si no ha sido �l? --Ha sido �l. --�Y de lo contrario? --Pronto lo sabremos. Habla por los codos, especialmente cuando ha bebido. Esperaron durante dos horas, mientras observaban el ir y venir de las camionetas. Camioneros, taladores, obreros y labriegos aparcaban sus veh�culos todo terreno y entraban en el local para tomar una copa, jugar al billar o escuchar m�sica, pero sobre todo en busca de alguna mujer f�cil. Algunos sal�an para entrar en Ann's Lounge, que estaba al lado, donde paseaban unos minutos antes de regresar a Huey's. Ann's Lounge era m�s oscuro, tanto por dentro como por fuera, y no ten�a pintorescos anuncios luminosos de cerveza ni m�sica en directo como Huey's, por lo que �ste era el preferido de los lugare�os. Ann's era conocido por el tr�fico de drogas, mientras que Huey's lo ten�a todo: m�sica, mujeres, buenos ratos, m�quinas para jugar al p�quer, dados, baile y abundantes peleas. Una de las refriegas lleg� hasta el aparcamiento. Un grupo de exaltados sure�os se ara�aban y pateaban al azar, hasta que se cansaron y volvieron a entrar en el local para seguir jugando a los dados. --Espero que no haya sido cosa de Bumpous --coment� el sheriff. Los retretes de la casa eran peque�os y asquerosos, por lo que la mayor�a de los clientes hac�an sus necesidades en el aparcamiento. Esto era particularmente cierto los lunes, cuando la cerveza a diez centavos atra�a a la chusma de cuatro condados y todos los veh�culos del aparcamiento recib�an por lo menos tres riegos. Aproximadamente una vez por semana, gente que iba de paso se asustaba por lo que ve�a en el aparcamiento, y Ozzie se ve�a obligado a detener a alguien. De lo contrario, los dejaba tranquilos. Ambos locales infring�an numerosas leyes. Permit�an el juego, las drogas, el whisky clandestino, los menores de edad, se negaban a cerrar a la hora establecida, etc�tera. Poco despu�s de ser elegido por primera vez, Ozzie cometi� el error, debido en parte a una precipitada promesa durante la campa�a, de cerrar todos los tugurios del condado. Fue una equivocaci�n terrible. Aument� enormemente la delincuencia en el lugar, la c�rcel estaba abarrotada y se multiplicaron los sumarios en el juzgado. Los fan�ticos sure�os iban en caravana a Clanton y aparcaban en la plaza alrededor del edificio judicial. Eran varios centenares. Todas las noches invad�an la plaza, beb�an, peleaban, tocaban m�sica a gran potencia y chillaban obscenidades a los aterrados ciudadanos. Por las ma�anas, la plaza, cubierta de latas y botellas de cerveza, parec�a un campo de batalla. Cerr� tambi�n los antros de los negros, y en un mes se triplicaron los robos y ataques con arma blanca. Hubo dos asesinatos en una sola semana. Por �ltimo, con la ciudad sitiada, un grupo de concejales se reuni� en secreto con Ozzie para suplicarle que permitiera el funcionamiento de los tugurios. �l les record� discretamente que, durante la campa�a, hab�an insistido en que los cerrase. Admitieron haberse equivocado y le rogaron que cambiara de actitud. Sin duda le apoyar�an en las pr�ximas elecciones. Ozzie cedi� y la vida de Ford County volvi� a la normalidad.

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A Ozzie no le gustaba que aquellos establecimientos florecieran en su condado, pero estaba plenamente convencido de que los buenos ciudadanos estar�an mucho m�s seguros mientras los tugurios permaneciesen abiertos. A las diez y media, el sheriff recibi� una llamada por radio desde su oficina para comunicarle que el informador estaba al tel�fono y deseaba verle. Ozzie dio su posici�n y, al cabo de un minuto, vieron c�mo Bumpous sal�a del local y se dirig�a a su veh�culo haciendo eses. Giraron los neum�ticos, se levant� una nube de polvo y Bumpous aceler� en direcci�n a la iglesia. --Est� borracho --dijo Hastings. Entr� en el aparcamiento de la iglesia y dio un frenazo a pocos metros del coche patrulla. --�Hola, sheriff! --chill�. --�Por qu� has tardado tanto? --pregunt� Ozzie despu�s de acercarse a la camioneta. --Usted me ha dicho que dispon�a de toda la noche. --Lo encontraste hace dos horas. --Cierto, sheriff, �pero ha intentado alguna vez gastarse veinte d�lares en cerveza a cincuenta centavos la lata? --�Est�s borracho? --No, s�lo me divierto. �Puede darme otros veinte? --�Qu� has averiguado? --�Sobre qu�? --�Cobb! --Ah, s�, est� ah�. --�Ya s� que est� ah�! �Algo m�s? Bumpous dej� de sonre�r y ech� una ojeada al tugurio. --Bromea sobre el tema, sheriff. Lo cuenta como un chiste. Dice que por fin ha encontrado a una negra que era virgen. Alguien le ha preguntado qu� edad ten�a y Cobb ha respondido que unos ocho o nueve a�os. Todo el mundo se ha re�do. Hastings cerr� los ojos y baj� la cabeza. Ozzie cruji� los dientes y desvi� la mirada. --�Qu� m�s ha dicho? --Est� muy borracho. No recordar� nada por la ma�ana. Ha dicho que se trataba de una negrita muy mona. --�Qui�n estaba con �l? --Pete Willard. --�Est� tambi�n ah�? --S�, lo est�n celebrando juntos. --�D�nde est�n? --A la izquierda, junto a las m�quinas tragaperras. --De acuerdo, Bumpous. Te has portado muy bien --sonri� Ozzie--. Ahora l�rgate. Hastings llam� al despacho del sheriff para comunicar los dos nombres. El telefonista transmiti� el mensaje al agente Looney, que estaba aparcado frente a la casa del juez Percy Bullard. Looney llam� a la puerta y entreg� al juez dos declaraciones juradas y dos �rdenes de detenci�n. Bullard firm� las �rdenes y se las devolvi� a Looney, quien le dio las gracias antes de marcharse. Al cabo de veinte minutos, el agente entregaba a Ozzie detr�s de la iglesia los documentos firmados. A las once en punto, la orquesta ces� de tocar a media canci�n, desaparecieron los dados, la gente dej� de bailar, pararon las bolas en las mesas de billar y alguien encendi� las luces. Todo el mundo miraba fijamente al corpulento sheriff, que cruzaba lentamente la pista de baile seguido de sus hombres en direcci�n a una mesa junto a las m�quinas tragaperras. Cobb y Willard estaban sentados con otros dos individuos, rodeados de latas vac�as de cerveza. Ozzie se acerc� a la mesa y sonri� a Cobb.

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--Lo siento, se�or, pero aqu� no se permite la entrada a los negros --exclam� Cobb. Y los cuatro soltaron una carcajada. Ozzie no dej� de sonre�r. --�Os est�is divirtiendo, Billy Ray? --pregunt� el sheriff cuando cesaron las risas. --Hasta hace un momento. --Eso parece. Lamento estropearos la fiesta, pero t� y el se�or Willard vais a venir conmigo. --�Ad�nde? --pregunt� Willard. --A dar un paseo. --No pienso moverme de aqu� --afirm� Cobb al tiempo que sus otros dos compa�eros de mesa se levantaban para reunirse con los dem�s espectadores. --Est�is los dos detenidos --dijo Ozzie. --�Tiene �rdenes de detenci�n? --pregunt� Cobb. Hastings sac� los documentos y Ozzie los arroj� sobre las latas de cerveza. --S�, tenemos �rdenes de detenci�n. Y, ahora, levantaos. Willard miraba angustiado a Cobb, quien tom� un sorbo de cerveza y dijo: --Yo no pienso ir a la c�rcel. Looney le entreg� a Ozzie la porra m�s larga y oscura jam�s utilizada en Ford County. Willard estaba muerto de miedo. Ozzie la levant�, dio un porrazo sobre la mesa y las latas de cerveza se esparcieron en todas direcciones desparramando espuma. Willard se incorpor� de un brinco, junt� las manos y se las ofreci� a Looney, que esperaba con unas esposas. Lo sacaron del local para llevarlo a un coche patrulla. Ozzie se golpe� la palma de la mano izquierda con la porra sin dejar de sonre�r a Cobb. --Tienes derecho a guardar silencio --dijo--. Todo lo que digas ser� utilizado contra ti ante los tribunales. Tienes derecho a un abogado. Si careces de medios, el tribunal nombrar� uno de oficio. �Alguna pregunta? --S�. �Qu� hora es? --Hora de ir a la c�rcel, fanfarr�n. --Vete a la mierda, negro. Ozzie lo agarr� por el cabello, lo levant� de la silla y le empuj� la cara contra el suelo. Apoy� una rodilla en su espalda, le coloc� la porra bajo la barbilla y tir� de la misma mientras presionaba con la rodilla. Cobb gimi� hasta que la porra empez� a estrujarle la laringe. Despu�s de colocarle las esposas, Ozzie lo arrastr� por el cabello a trav�s de la pista de baile, lo sac� al aparcamiento y lo meti� en la parte trasera del coche junto a Willard. Pronto se divulg� la noticia de la violaci�n. La sala de espera y los pasillos del hospital estaban cada vez m�s abarrotados de amigos y parientes. Tonya hab�a salido del quir�fano y su estado era cr�tico. Ozzie se acerc� al hermano de Gwen en el pasillo y le comunic� las detenciones. S�, eran ellos, estaba seguro. TRES Jake Brigance volte� por encima de su esposa y arrastr� los pies hasta el peque�o cuarto de ba�o, a pocos metros de la cama, donde palp� en la oscuridad en busca del chirriante despertador. Lo encontr� donde lo hab�a dejado y lo par� inmediatamente de un manotazo. Eran las cinco y media de la madrugada. Mi�rcoles, quince de mayo. Permaneci� unos momentos en la oscuridad, con la respiraci�n entrecortada y el coraz�n acelerado mientras contemplaba los n�meros fluorescentes que brillaban en la esfera de aquel reloj que tanto odiaba. Cada ma�ana, cuando tocaba, estaba a punto de fallarle el coraz�n. De vez en cuando, unas dos veces al a�o, lograba empujar a Carla fuera de la cama

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y ella lo paraba antes de meterse de nuevo bajo las s�banas. Pero en la mayor�a de las ocasiones su esposa se negaba a colaborar. Cre�a que estaba loco por levantarse tan temprano. El despertador estaba en la repisa de la ventana, de modo que Jake tuviera que moverse un poco antes de silenciarlo. Una vez levantado, Jake se hab�a prohibido a s� mismo volver a acostarse. Era una de sus normas. En otra �poca lo ten�an sobre la mesilla de noche y a menor volumen. Pero Carla sol�a pararlo antes de que Jake despertara. Entonces se quedaba dormido hasta las siete o las ocho y le fastidiaba el d�a entero. Le imped�a llegar a su despacho a las siete, que era otra de sus normas. En cambio, situado en el cuarto de ba�o el despertador cumpl�a su cometido. Jake se acerc� al lavabo y se roci� el rostro y el cabello con agua fr�a. Encendi� la luz y se mir� horrorizado al espejo. Su lacio cabello casta�o sal�a disparado en todas direcciones y sus entradas hab�an crecido por lo menos un par de cent�metros durante la noche. O puede que tuviera la frente m�s abultada. Ten�a los ojos hinchados, empa�ados y lega�osos. Una arruga de la manta le hab�a dejado una cicatriz roja en la mejilla izquierda. La toc�, la frot� y, a continuaci�n, se pregunt� si desaparecer�a. Con la mano derecha se ech� atr�s el cabello e inspeccion� sus entradas. A los treinta y dos a�os no ten�a ning�n cabello blanco. Las canas no eran su problema. Lo que le preocupaba era la calvicie incipiente que Jake hab�a heredado de ambos lados de la familia. Su ilusi�n habr�a sido una frondosa cabellera que empezaba a dos cent�metros de sus cejas. Carla le aseguraba que todav�a ten�a mucho cabello. Pero poco durar�a al ritmo con que iba desapareciendo. Su esposa tambi�n le dec�a que era tan apuesto como siempre, y �l se lo cre�a. Le hab�a dicho que las entradas le daban un aire de madurez, esencial para un joven abogado. Tambi�n se lo cre�a. Pero, �y los abogados viejos y calvos, o incluso los que eran calvos sin ser viejos? �Por qu� no pod�a volver a tener cabello cuando le salieran arrugas, con unas patillas canosas y aspecto de hombre maduro? Jake se hac�a estas preguntas en la ducha. Se duchaba, se afeitaba y se vest�a con rapidez. Ten�a que estar en el caf� a las seis de la ma�ana: otra de sus normas. Encend�a las luces, abr�a y cerraba cajones y daba portazos con el prop�sito de despertar a Carla. �ste era su ritual matutino durante el verano, cuando ella no trabajaba como maestra. Le hab�a explicado muchas veces que durante el d�a pod�a recuperar el sue�o perdido y que era conveniente que pasaran juntos aquellos primeros momentos de la jornada. Ella protestaba y se cubr�a la cabeza con las s�banas. Despu�s de vestirse, Jake se arrojaba sobre la cama y la besaba en la oreja, en el cuello y por toda la cara hasta que ella acababa por darle un empuj�n. Entonces retiraba las s�banas de un tir�n y se re�a cuando Carla temblaba acurrucada y suplicaba que le devolviera las mantas. Jake, con las mantas en la mano, admiraba sus piernas morenas, elegantes, casi perfectas. Su voluminoso camis�n no cubr�a nada por debajo de la cintura y a su mente acud�a un sinf�n de pensamientos lujuriosos. Aproximadamente una vez por mes, aquel ritual iba a m�s. Carla no protestaba y retiraban juntos las mantas. En dichas ocasiones, Jake se desnudaba todav�a con mayor rapidez y quebrantaba por lo menos tres de sus normas. As� fue concebida Hanna. Pero no aquella ma�ana. Cubri� a su esposa, la bes� con ternura y apag� las luces. Carla respir� hondo y se qued� dormida. Al fondo del pasillo, abri� cuidadosamente la puerta de la habitaci�n de Hanna y se arrodill� junto a ella. Ten�a cuatro a�os, era hija �nica y lo seguir�a siendo. Estaba en la cama rodeada de mu�ecas y animales de peluche. La bes� suavemente en la mejilla. Era tan hermosa como su madre y ambas eran id�nticas tanto en su aspecto como en sus actitudes. Ten�an unos ojos grandes de color gris azulado, capaces de llorar inmediatamente si era necesario. Peinaba su cabello oscuro del mismo modo, que les cortaba el mismo peluquero y en las mismas ocasiones. Incluso vest�an iguales. Jake las adoraba. Eran las dos mujeres de su vida. Despu�s de dar un beso de despedida a su hija, se dirigi� a la cocina para preparar un caf� a Carla. Por el camino, abri� la puerta del jard�n a su perra Max, que, mientras hac�a sus necesidades, aprovechaba para ladrar al gato de la se�ora Pickle, su vecina.

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Poca gente atacaba el d�a como Jake Brigance. Se dirig�a a paso ligero al portal�n del jard�n y recog�a los peri�dicos matutinos para Carla. Estaba todav�a oscuro. El cielo despejado auguraba la llegada del verano. Escudri�� la oscuridad de un lado a otro de Adams Street y, a continuaci�n, se volvi� para admirar su casa. Hab�a dos edificios de Ford County en el Registro Nacional de Lugares de Inter�s Hist�rico, y uno de ellos era la vivienda de Jake Brigance. Pagaba una enorme hipoteca, pero val�a la pena: se sent�a muy orgulloso de su casa. Era de estilo victoriano, construida en el siglo diecinueve por un ferroviario jubilado que falleci� en la primera Nochebuena en su nuevo hogar. La fachada era enorme, con un aguil�n central y un amplio porche delicadamente cubierto por un peque�o p�rtico bajo el aler�n. Las cinco columnas sobre las que descansaba eran cil�ndricas, de color blanco y azul pizarra. En cada una de ellas hab�a un dise�o floral esculpido a mano: narcisos, lirios y girasoles. Una afiligranada verja un�a las columnas. En el primer piso, tres ventanas daban a una peque�a terraza, a la izquierda de la cual se levantaba una torre octogonal con vidrieras por encima del aguil�n y coronada por una c�pula de hierro labrado. Debajo de la torre y a la izquierda del p�rtico se extend�a una ancha terraza con una verja ornamental, donde �l y Carla aparcaban el coche. El muro de la fachada estaba adornado con guijas, conchas, escamas de pescado, diminutos copetes y min�sculos husillos. Carla hab�a llamado a un decorador de Nueva Orleans, y la mariposa hab�a elegido seis colores originales, en tonos predominantemente azul, teca, melocot�n y blanco. El trabajo dur� dos meses y le cost� a Jake cinco mil d�lares, sin contar las muchas horas que �l y Carla pasaron encaramados en escaleras y limpiando cornisas. Por consiguiente, aunque algunos de los colores no le entusiasmaban nunca se hab�a atrevido a sugerir una nueva decoraci�n. Como toda estructura victoriana, la casa era gloriosamente �nica. Estaba dotada de un calor agradable y provocativo que emanaba de su porte alegre, ingenuo, casi infantil. Carla deseaba adquirirla desde antes de casarse, y cuando por fin falleci� su propietario de Memphis y se cerr� la finca la compraron muy barata porque nadie la quer�a. Hab�a pasado veinte a�os abandonada. Pidieron un mont�n de dinero prestado a tres bancos de Clanton y pasaron los tres a�os siguientes sudando sobre su nuevo enclave para devolverlo. Ahora la gente la admiraba y tomaba fotograf�as de ella. El tercer banco de la ciudad hab�a financiado el coche de Jake: el �nico Saab de Ford County. Que adem�s era rojo. Sec� el roc�o del parabrisas y abri� la puerta. Max todav�a ladraba y hab�a despertado a todo un ej�rcito de arrendajos que viv�a en el arce de la se�ora Pickle. Los p�jaros lo desped�an con su canto y �l les devolv�a una sonrisa y un silbido. Sac� el coche a la calle haciendo marcha atr�s. A dos manzanas gir� hacia el sur por Jefferson, que despu�s de otras dos manzanas desembocaba en Washington Street. Jake se hab�a preguntado muchas veces por qu� en todas las peque�as ciudades sure�as hab�a calles llamadas Adams, Jefferson y Washington, pero ninguna Lincoln ni Grant. Washington Street iba de este a oeste, al norte de la plaza de Clanton. Puesto que Clanton era la capital del condado, contaba con una plaza ancha y larga y, en el centro de la misma, se encontraba, naturalmente, el Palacio de Justicia. El general Clanton hab�a planificado meticulosamente la ciudad y en el jard�n del Palacio de Justicia hab�a unos enormes robles cuidadosamente alineados. El Palacio de Justicia de Ford County, construido despu�s de que un incendio provocado por los yanquis destruyera el anterior, estaba plenamente en su segundo siglo de existencia. Su fachada miraba con desaf�o hacia el sur, como para decirles discreta y eternamente a los norte�os que le besaran el trasero. El edificio era antiguo y se�orial, con columnas blancas a lo largo de la fachada y postigos negros en sus docenas de ventanas. Hac�a mucho tiempo que el ladrillo rojo original hab�a sido pintado de blanco, y todos los a�os los boy scouts agregaban una gruesa capa de esmalte, que constitu�a su tradicional proyecto veraniego. Varias emisiones de bonos a lo largo de los a�os hab�an permitido realizar ampliaciones y renovaciones. Los parterres que lo rodeaban estaban limpios y cuidados. Un equipo de presos los dejaban impecables dos veces por semana. En Clanton hab�a tres caf�s, dos para blancos y uno para negros, todos en la plaza. No era ilegal ni inusual que los blancos comieran en Claude's, el caf� de los negros situado en el lado oeste. Y los negros que quisieran comer en el Tea Shoppe, situado en el lado sur, o

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en el Coffee Shop de Washington Street no corr�an peligro. Sin embargo no lo hac�an, a pesar de que ya en los a�os setenta se les hab�a comunicado que ten�an derecho a ello. Jake com�a carne asada en Claude's todos los viernes, al igual que la mayor�a de los liberales blancos de Clanton. Pero seis ma�anas por semana acud�a fielmente al Coffee Shop. Aparcaba su Saab frente a su despacho en Washington Street y caminaba tres puertas m�s all� hasta el Coffee Shop. El local abr�a una hora antes y cuando �l llegaba estaba ya muy concurrido. Las camareras se apresuraban sirviendo caf�s y desayunos sin dejar de hablar incesantemente con los mec�nicos, granjeros y polic�as que frecuentaban el establecimiento. No era un lugar de reuni�n de funcionarios, que m�s tarde acud�an al Tea Shoppe al otro lado de la plaza, donde discut�an la pol�tica nacional, el tenis, el golf y la bolsa. En el Coffee Shop se hablaba de pol�tica local, de f�tbol y de la pesca de la lubina. Jake era uno de los pocos funcionarios a los que se permit�a frecuentar el Coffee Shop. Gozaba de aceptaci�n y popularidad entre los obreros, la mayor�a de los cuales hab�an pasado en alg�n momento por su despacho para formalizar un testamento, una escritura, un divorcio, resolver alg�n problema jur�dico o solucionar cualquier dificultad. Le tomaban el pelo y contaban chistes de abogados corruptos, pero no le importaba. Durante el desayuno le ped�an que explicara decisiones del Tribunal Supremo, adem�s de otras particularidades jur�dicas, y daba muchos consejos legales gratuitos. Jake sab�a c�mo prescindir de los detalles superfluos para entrar en el meollo de la cuesti�n. Sus interlocutores lo apreciaban. No siempre estaban de acuerdo con �l, pero invariablemente recib�an respuestas sinceras. A veces discut�an, pero nunca se guardaban rencor. Entr� en el local a las seis y tard� cinco minutos en saludar a todo el mundo, estrechar manos, dar golpecitos en la espalda y piropear a las camareras. Cuando se sent� a la mesa, su chica predilecta, Dell, le hab�a servido ya el caf� y su desayuno habitual de tostadas, mermelada y farro. Dell, que sol�a llamarle cari�o y encanto, le acariciaba la mano y en general lo trataba con mucha deferencia. Con los dem�s clientes era indiferente y malhumorada, pero a Jake le dispensaba un trato especial. Desayun� con Tim Nunley, un mec�nico de la Chevrolet, y dos hermanos llamados Bill y Bert West, que trabajaban en una f�brica de zapatos al norte de la ciudad. Agreg� tres gotas de tabasco al farro y lo mezcl� concienzudamente con un poco de mantequilla. A continuaci�n cubri� la tostada con un cent�metro de mermelada casera de fresa. Cuando lo tuvo todo preparado, prob� el caf� y empez� a comer. Apenas hablaban y cuando lo hac�an era para comentar la pesca de la rueda. En una mesa cerca de la ventana, a poca distancia de Jake, tres ayudantes del sheriff charlaban entre s�. El m�s corpulento, el agente Prather, volvi� la cabeza y le pregunt� en voz alta: --Oye, Jake, �no defendiste a Billy Ray Cobb hace unos a�os? Se hizo inmediatamente un profundo silencio en el caf�, con todas las miradas fijas en el abogado. Desconcertado, no por la pregunta, sino por la reacci�n que hab�a provocado, Jake trag� el farro que ten�a en la boca mientras intentaba recordar el nombre. --Billy Ray Cobb --repiti� en voz alta--. �De qu� se trataba? --Droga --respondi� Prather--. Lo cogimos vendiendo droga hace unos cuatro a�os. Estuvo recluido en Parchman y sali� el a�o pasado. --No, yo no lo defend� --record� Jake--. Creo que le represent� un abogado de Memphis. Prather parec�a satisfecho y volvi� a concentrarse en sus tortas. --�Por qu�? --pregunt� Jake despu�s de una pausa--. �Qu� ha hecho ahora? --Lo detuvimos anoche por violaci�n. --�Violaci�n? --S�, a �l y a Pete Willard. --�A qui�n violaron? --�Recuerdas a un negro llamado Hailey al que salvaste de una acusaci�n de asesinato hace unos a�os?

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--Lester Hailey. Claro que lo recuerdo. --�Conoces a su hermano Carl Lee? --Por supuesto. Lo conozco bastante bien. Conozco a todos los Hailey. He representado a la mayor�a de ellos. --Pues se trata de su hija menor. --�Bromeas? --No. --�Qu� edad tiene? --Diez a�os. Jake se qued� sin apetito al tiempo que el ambiente del caf� volv�a a la normalidad. Jugaba con su taza mientras escuchaba la conversaci�n, que pasaba de la pesca a los coches japoneses y de nuevo a la pesca. Cuando los hermanos West se marcharon se traslad� a la mesa de los polic�as. --�C�mo est�? --pregunt�. --�Qui�n? --La hija de Hailey. --Bastante mal --respondi� Prather--. En el hospital. --�Qu� ocurri�? --No conocemos todos los detalles. No ha podido hablar mucho. Su mam� la mand� a la tienda. Viven en Craft Road, detr�s de la tienda de ultramarinos de Bates. --S� donde viven. --De alg�n modo la subieron a la camioneta de Cobb, la llevaron a alg�n lugar del bosque y la violaron. --�Ambos? S�, varias veces. Adem�s la patearon y le dieron una terrible paliza. Algunos de sus parientes no la reconoc�an de lo deformada que estaba. --Es para ponerse enfermo --dijo Jake mientras mov�a la cabeza. --Desde luego. Lo peor que he visto en mi vida. Intentaron matarla. La dejaron por muerta. --�Qui�n la encontr�? --Unos cuantos negros que pescaban en Foggy Creek. Vieron que se arrastraba en medio del camino. Ten�a las manos atadas a la espalda. Logr� decir unas palabras, les comunic� el nombre de su padre y la llevaron a su casa. --�C�mo supisteis que hab�a sido Billy Ray Cobb? --La ni�a le dijo a su mam� que se trataba de una camioneta amarilla con una bandera rebelde en la ventana posterior. Con eso le bast� a Ozzie. Lo ten�a todo calculado cuando la ni�a lleg� al hospital. Prather procuraba no hablar demasiado. Le gustaba Jake, pero era abogado y se ocupaba de muchos casos penales. --�Qui�n es Pete Willard? --Un amigo de Cobb. --�D�nde los encontrasteis? --En Huey's. --L�gico --coment� Jake mientras se tomaba el caf� y pensaba en Hanna. --Lo pone a uno realmente enfermo --susurr� Looney. --�C�mo est� Carl Lee? Prather se limpi� la miel del bigote. --No lo conozco personalmente, pero nunca he o�do nada malo de �l. Siguen en el hospital. Creo que Ozzie ha pasado la noche con ellos. Por supuesto los conoce muy bien, conoce a toda esa gente. Hastings est� de alg�n modo emparentado con la ni�a.

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--�Cu�ndo tendr� lugar la vista preliminar? --Bullard la ha fijado para la una de esta tarde. �No es as�, Looney? Looney asinti�. --�Se ha fijado alguna fianza? --Todav�a no. Bullard esperar� hasta la vista. Si la ni�a muere, se enfrentar�n a un caso de asesinato, �no es cierto? Jake asinti�. --No les conceder�n la libertad bajo fianza si se trata de un asesinato, �verdad, Jake? -- pregunt� Looney. --Puede concederse, pero nunca he visto que ocurriera. Estoy convencido de que Bullard no fijar� ninguna fianza si se trata de asesinato y si lo hiciera ser�a superior a lo que ellos puedan permitirse. --�Cu�nto les puede caer si la ni�a se muere? --pregunt� Nesbit, el tercer agente. --Pueden condenarles a cadena perpetua por violaci�n --explic� Jake mientras los agentes escuchaban--. Pero supongo que tambi�n les acusar�n de secuestro y agresi�n grave. --Ya lo han hecho. --Entonces pueden caerles veinte a�os por secuestro y veinte por agresi�n grave. --Bueno, �pero cu�nto tiempo pasar�n en la c�rcel? --pregunt� Looney. --Podr�an conseguir la condicional en trece a�os --respondi� Jake despu�s de reflexionar unos instantes--. Siete por violaci�n, tres por secuestro y tres por agresi�n grave. En el supuesto de que los hallen culpables de los tres cargos y reciban la condena m�xima. --�Qu� ocurrir� con Cobb? Tiene antecedentes. --S�, pero no se le considera delincuente habitual a no ser que tenga dos condenas previas. --Trece a�os --repiti� Looney, al tiempo que mov�a la cabeza. Jake mir� por la ventana. La plaza empezaba a cobrar vida con la llegada de camionetas cargadas de frutas y verduras que aparcaban alrededor del Palacio de Justicia y con la presencia de los agricultores y sus monos descoloridos. Ordenaban meticulosamente sus cestas de tomates, pepinos y calabacines sobre la puerta de la caja y el cap� de sus camionetas, y, junto a las flamantes y polvorientas llantas, colocaron sand�as de Florida antes de reunirse alrededor del monumento a Vietnam, donde se sentaban en unos bancos a chismorrear mientras cortaban y mascaban virutas de Red Man. Jake pens� que probablemente hablaban de la violaci�n. Le dio un abrazo a Dell, pag� la cuenta y, moment�neamente, pens� en regresar a su casa para asegurarse de que Hanna estaba bien. A las siete menos tres minutos abri� la puerta de su despacho y encendi� las luces. A Carl Lee le result� dif�cil dormir en el sof� de la sala de espera. Tonya estaba grave pero estable. La hab�an visto a medianoche, despu�s de que el m�dico les advirtiera de que no ten�a muy buen aspecto. Estaba en lo cierto. Gwen hab�a besado el peque�o rostro vendado mientras Carl Lee permanec�a al pie de la cama, sumiso, inm�vil, incapaz de hacer nada m�s que mirar en blanco a la criatura rodeada de m�quinas, tubos y enfermeras. Despu�s, a Gwen le administraron un sedante y la llevaron a casa de su madre en Clanton. Los hijos regresaron a su casa con el hermano de Gwen. A la una, cuando todo el mundo se hab�a marchado, Carl Lee segu�a, solo, en el sof�. Ozzie lleg� a las dos con caf� y unos bu�uelos y le cont� a Carl Lee todo lo que sab�a acerca de Cobb y Willard. El despacho de Jake estaba en uno de los edificios de dos plantas situados a lo largo del lado norte de la plaza, con vistas al Palacio de Justicia y a poca distancia del Coffee Shop. Hab�a sido construido por la familia Wilbank en la d�cada de 1890, cuando era propietario de Ford County, y en el mismo siempre hab�a ejercido como abogado alg�n miembro de la familia Wilbank desde su construcci�n hasta 1979, a�o de la expulsi�n de Lucien Wilbank del Colegio de Abogados. El edificio contiguo en direcci�n este lo ocupaba un agente de se-

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guros al que Jake hab�a llevado ante los tribunales por rechazar una reclamaci�n de Tim Nunley, el mec�nico de la Chevrolet. Hacia el oeste se encontraba el banco que hab�a financiado el Saab. Todos los edificios de la plaza eran de dos plantas a excepci�n de los bancos. El del edificio contiguo, construido tambi�n por los Wilbank, era s�lo de dos plantas, pero el de la esquina sudeste ten�a tres pisos, y el m�s nuevo, en la esquina sudoeste, ten�a cuatro. Jake trabajaba solo y llevaba haci�ndolo desde 1979. Lo prefer�a, sobre todo porque no hab�a ning�n abogado en Clanton lo bastante competente como para trabajar con �l. Hab�a algunos buenos abogados en la ciudad, pero la mayor�a trabajaban en el bufete Sullivan, situado en el edificio del banco de cuatro pisos. Jake lo odiaba. Todos los abogados detestaban el bufete Sullivan; a excepci�n de los que trabajaban en �l. Eran ocho en total, los ocho mequetrefes m�s ostentosos y arrogantes que Jake hab�a conocido en la vida. Dos de ellos eran licenciados de Harvard. Sus clientes eran los grandes granjeros, los bancos, las compa��as de seguros, los ferrocarriles y, en general, todos los ricos. Los otros catorce abogados del condado deb�an contentarse con las migajas y representaban a los seres humanos con alma y coraz�n palpitante, la mayor�a de los cuales ten�an muy poco dinero. �stos eran los �abogados callejeros�, los que desde las trincheras ayudaban a las personas que ten�an problemas. Jake se sent�a orgulloso de ser un abogado callejero. Su despacho era muy amplio. S�lo utilizaba cinco de las diez salas del edificio. En la planta baja hab�a un recibidor, una gran sala de conferencias, una cocina y un trastero de menores dimensiones. En el primer piso se encontraba su enorme despacho y otro m�s peque�o al que se refer�a como �sala de guerra�: no ten�a ventanas, tel�fonos ni distracci�n alguna. Quedaban tres salas vac�as en el primer piso y dos en la planta baja. En otra �poca hab�an sido ocupadas por el prestigioso bufete de los Wilbank. El despacho de Jake en el primer piso, el principal del edificio, era inmenso, con techo de roble de tres metros del suelo, tambi�n de roble, una enorme chimenea y tres mesas: su propio escritorio, una peque�a mesa de conferencias en una esquina y un pupitre de cierre enrollable en otra bajo el retrato de William Faulkner. El antiguo mobiliario de roble ten�a casi un siglo de existencia, al igual que los libros y estanter�as que cubr�an una de las paredes. La vista de la plaza y del Palacio de Justicia era impresionante y se pod�a disfrutar plenamente saliendo al peque�o balc�n, que colgaba sobre la acera junto a Washington Street. El despacho de Jake era, sin lugar a dudas, el m�s hermoso de Clanton. Incluso sus ac�rrimos enemigos del bufete Sullivan lo reconoc�an. A pesar de su opulencia y dimensiones, Jake s�lo pagaba cuatrocientos d�lares mensuales de alquiler a su propietario y ex jefe, Lucien Wilbank, expulsado del Colegio de Abogados en mil novecientos setenta y nueve. Durante varias d�cadas, la familia Wilbank hab�a mandado en Ford County. Eran gente orgullosa, rica, destacada en la agricultura, la banca, la pol�tica y especialmente en la abogac�a. Todos los hombres de la familia Wilbank eran abogados, licenciados en las prestigiosas universidades de la costa este. Hab�an fundado bancos, iglesias, escuelas, y algunos ocupaban cargos p�blicos. Durante muchos a�os, el bufete Wilbank & Wilbank hab�a sido el m�s poderoso y prestigioso al norte del Mississippi. Entonces lleg� Lucien, el �nico var�n en su generaci�n de la familia Wilbank. Ten�a una hermana y varias sobrinas, pero lo �nico que se esperaba de ellas era que encontrasen un buen marido. Todos ten�an grandes expectativas respecto de Lucien cuando era ni�o, pero a los ocho a�os ya estaba claro que no era como los dem�s Wilbank. Hered� el bufete en 1965, cuando su padre y su t�o fallecieron en un accidente a�reo. A pesar de que ya ten�a cuarenta a�os s�lo hac�a unos meses que hab�a acabado sus estudios de derecho por correspondencia. De alg�n modo, logr� ingresar en el Colegio de Abogados. Se hizo cargo del bufete y los clientes empezaron a desaparecer. Las empresas importantes, como compa��as de seguros, bancos y terratenientes acudieron al reci�n fundado bufete de Sullivan. Sullivan hab�a sido socio minoritario en el bufete de los Wilbank hasta que Lucien lo despidi� y �ste se march� con los dem�s abogados j�venes del bufete y la mayor�a de los clientes. Entonces Lucien despidi� al resto del personal: asociados, secretarias y administrativos; a excepci�n de Ethel Twitty, secretaria predilecta de su difunto padre.

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Ethel y John Wilbank hab�an estado muy unidos a lo largo de los a�os. En realidad, ella ten�a un hijo menor muy parecido a Lucien que se pasaba la mayor parte de la vida ingresado en diversos manicomios. Para bromear, Lucien se refer�a a �l como a su hermano retrasado. Despu�s del accidente a�reo, el hermano retrasado apareci� en Clanton y empez� a contarle a todo el mundo que era hijo ileg�timo de John Wilbank. Ethel se sent�a humillada, pero no pod�a controlarlo. Clanton estaba lleno de habladur�as. El bufete de Sullivan acudi� ante los tribunales en representaci�n del hermano retrasado para reclamar parte de los bienes de la familia. Lucien estaba furioso. Durante el juicio, Lucien defendi� vigorosamente su honor, su orgullo y el nombre de la familia. Tambi�n defendi� vigorosamente los bienes de su padre, heredados en su totalidad por Lucien y su hermana. Durante el juicio, al jurado no le pas� inadvertido el extraordinario parecido entre Lucien y el hijo de Ethel, que era varios a�os menor. El hermano retrasado estaba sentado estrat�gicamente lo m�s cerca posible de Lucien. Los abogados de Sullivan le hab�an ense�ado a caminar, hablar, sentarse y comportarse como Lucien. Incluso lo vistieron como �l. Ethel y su marido negaron que el chico tuviera parentesco alguno con los Wilbank, pero el jurado no comparti� su opini�n. El tribunal lo declar� heredero de John Wilbank y le concedi� un tercio de sus bienes. Lucien blasfem� contra el jurado, abofete� al pobre muchacho y no dej� de dar gritos mientras lo sacaban de la audiencia para llevarlo a la c�rcel. La decisi�n del jurado fue revocada y anulada por un tribunal de apelaci�n, pero Lucien tem�a la posibilidad de otro juicio si alg�n d�a Ethel cambiaba su versi�n de los hechos. De ah� que Ethel siguiera en el bufete de los Wilbank. Lucien estaba satisfecho cuando se desintegr� el bufete. No era su intenci�n practicar la abogac�a al estilo de sus antepasados. Quer�a ser abogado criminalista y los clientes del antiguo bufete eran estrictamente corporativos. �l quer�a ocuparse de violaciones, asesinatos, abusos de menores y, en general, de los casos desagradables que a nadie apetec�an. Quer�a ser un abogado liberal y defender los derechos civiles. Pero, por encima de Lucien quer�a ser radical, defensor extremista de casos y cosas que llamaran mucho la atenci�n. Se dej� crecer, la barba, se divorci� de su esposa, reneg� de su iglesia, vendi� su participaci�n en el club de campo, se afili� a las organizaciones antirracistas NAACP y ACLU, dimiti� del consejo de administraci�n del banco y, en definitiva, se convirti� en el justiciero de Clanton. Acus� de segregaci�n a las escuelas ante los tribunales, al gobernador a causa de la c�rcel, a las autoridades municipales por negarse a pavimentar las calles donde viv�an los negros, al banco por no tener ning�n cajero de color, al Estado por mantener vigente la pena capital y a las f�bricas por negarse a reconocer las organizaciones laborales. Defendi� y gan� muchos casos penales, y no s�lo en Ford County. Creci� su reputaci�n y el n�mero cada vez mayor de seguidores entre los negros, los blancos pobres y los pocos sindicatos existentes al norte del Mississippi. Cayeron en sus manos algunos casos muy lucrativos de accidentes personales y muertes evitables. Logr� establecer acuerdos muy ventajosos. El bufete, es decir, �l y Ethel, no hab�a sido nunca tan pr�spero. Lucien no necesitaba el dinero. Hab�a nacido rico y era algo en lo que nunca pensaba. Ethel se ocupaba de la contabilidad. La abogac�a era su vida. Al no tener familia, se entreg� plenamente al trabajo. Lucien practicaba apasionadamente su profesi�n quince horas diarias, siete d�as por semana. No ten�a otros intereses... aparte del alcohol. A finales de los a�os sesenta descubri� su afinidad con Jack Daniel's. A principios de los setenta era un borracho y cuando contrat� a Jake en 1978 estaba plenamente alcoholizado. Pero nunca permit�a que el alcohol perturbara su trabajo: aprendi� a beber y trabajar simult�neamente. Lucien estaba siempre medio borracho y en esas condiciones era un abogado muy peligroso. Audaz y corrosivo por naturaleza, era aut�nticamente aterrador cuando hab�a bebido. En la Audiencia ridiculizaba a los abogados de la oposici�n, insultaba a los jueces, intimidaba a los testigos y, a continuaci�n, se disculpaba ante el jurado. No sent�a respeto por nadie y no ten�a miedo a nada. Se le tem�a porque era capaz de decir y hacer cualquier cosa. La gente se le acercaba con cautela. A Lucien, consciente de ello, le encantaba. Cada vez era m�s exc�ntrico. Cuanto m�s beb�a, m�s demente era su conducta y m�s habladur�as provocaba, y ello le impulsaba a seguir bebiendo.

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Entre 1966 y 1978, Lucien contrat� y despidi� a once colaboradores. Contrat� negros, jud�os, hispanos, mujeres, y ninguno de ellos pudo soportar el ritmo que les exig�a. En el despacho era un tirano que no dejaba de rega�ar y chillar a sus j�venes colaboradores. Algunos duraron menos de un mes. Uno de ellos aguant� dos a�os. Era dif�cil aceptar la locura de Lucien. �l era lo suficientemente rico para ser exc�ntrico, pero no sus colaboradores. Contrat� a Jake en 1978, reci�n salido de la facultad. Jake era de Karaway, una peque�a ciudad de dos mil quinientos habitantes, a treinta kil�metros de Clanton. Era un devoto presbiteriano de buenas costumbres, conservador, con una esposa atractiva que deseaba tener hijos. Lucien lo contrat� con la esperanza de corromperle. Jake acept� el empleo con grandes reservas, s�lo porque no ten�a otra oferta cerca de su casa. Al cabo de un a�o, Lucien fue expulsado del Colegio de Abogados. Fue una tragedia para los pocos que lo apreciaban. El peque�o sindicato de la f�brica de zapatos al norte de la ciudad hab�a convocado una huelga. El sindicato hab�a sido organizado y representado por Lucien. La f�brica empez� a contratar nuevos obreros para reemplazar a los huelguistas y se desencadenaron escenas de violencia. Lucien se uni� a los piquetes para alentar a su gente. Estaba m�s borracho que de costumbre. Un grupo de esquiroles intent� cruzar la l�nea y se organiz� una pelea. Lucien, que dirig�a el ataque, fue detenido y encarcelado. El tribunal lo conden� por agresi�n y desorden p�blico. Apel� y perdi�, present� un nuevo recurso y volvi� a perder. A lo largo de los a�os, Lucien hab�a despertado el recelo del Colegio de Abogados. Ning�n abogado del Estado hab�a sido objeto de tantas cr�ticas como Lucien Wilbank. Ninguna de las amonestaciones privadas, amonestaciones p�blicas ni suspensiones del cargo hab�an surtido efecto alguno. El Tribunal de Quejas y la Junta Disciplinaria actuaron con rapidez. Se le expuls� del Colegio de Abogados por comportarse de un modo impropio de un colegiado. Apel� y perdi�, present� otro recurso y tambi�n perdi�. Estaba desolado. Jake se encontraba en el despacho de Lucien, el grande del primer piso, cuando lleg� una comunicaci�n de Jackson seg�n la cual el Tribunal Supremo hab�a ratificado la expulsi�n. Lucien colg� el tel�fono y se dirigi� al balc�n que daba a la plaza. Jake lo observaba atentamente, a la espera de una perorata. Pero Lucien no dijo nada. Descendi� lentamente a la planta baja, se par� para observar a Ethel, que estaba llorando, abri� la puerta, mir� a Jake y dijo: --Cuida de este lugar. Hasta luego. Corrieron a mirar por la ventana y vieron c�mo se alejaba velozmente en su viejo Porsche destartalado. Durante varios meses no se supo nada de �l. Jake trabajaba laboriosamente en los casos de Lucien, mientras Ethel evitaba el caos en la oficina. Algunos casos se resolvieron, otros se entregaron a otros abogados y otros acabaron ante los tribunales. Al cabo de seis meses, cuando Jake regres� despu�s de una agotadora jornada en la Audiencia, se encontr� a Lucien dormido sobre la alfombra persa del despacho principal. �Lucien! �Est�s bien? --pregunt�. Lucien se levant� de un brinco y se sent� en el gran sill�n de cuero tras el escritorio. Estaba sobrio, moreno y relajado. --Jake, amigo m�o, �c�mo est�s? --pregunt� cari�osamente. --Bien, muy bien. �D�nde has estado? --En las Islas Caimanes. --�Qu� hac�as? --Beber ron, descansar en la playa y perseguir a las j�venes ind�genas. --Parece divertido. �Por qu� lo has dejado? --Acab� por aburrirme. --Me alegro mucho de verte, Lucien --dijo Jake despu�s de sentarse al otro lado del escritorio.

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--Yo me alegro de verte a ti, Jake. �C�mo van las cosas por aqu�? --Mucho ajetreo. Pero supongo que bien. --�Solucionaste lo de Medley? --S�. Pagaron ocho mil. --Eso est� muy bien. �Estaba satisfecho? --S�, creo que s�. --�Fue a juicio el caso de Cruger? --No, contrat� a Fredrix --respondi� Jake despu�s de bajar la mirada--. Creo que el juicio se celebrar� el mes pr�ximo. --Deb� haber hablado con �l antes de marcharme. --Es culpable, �verdad? --S�, muy culpable. No importa qui�n lo represente. La mayor�a de los reos son culpables. No lo olvides --dijo Lucien antes de acercarse al balc�n para contemplar el Palacio de Justicia--. �Qu� planes tienes, Jake? --Me gustar�a quedarme donde estoy. �Y t� qu� planes tienes? --Eres un buen hombre, Jake, y quiero que te quedes. Yo, no lo s�. Hab�a pensado en trasladarme al Caribe, pero no lo har�. Es un buen lugar para ir de vacaciones, pero aburre. En realidad no tengo planes. Puede que viaje. Que gaste un poco de dinero. Sabes que tengo una fortuna. Jake asinti�. Lucien dio media vuelta y agit� los brazos. --Quiero que te quedes con todo esto, Jake. Quiero que te quedes aqu� y mantengas alg�n tipo de bufete en funcionamiento. Trasl�date a este despacho y utiliza este escritorio que mi abuelo trajo de Virginia despu�s de la guerra civil. Qu�date con las fichas, los casos, los clientes, los libros y todo lo dem�s. --Eres muy generoso, Lucien. --La mayor�a de los clientes desaparecer�n. No es culpa tuya: alg�n d�a ser�s un gran abogado. Pero la mayor�a de mis clientes est�n conmigo desde hace muchos a�os. --�Y el alquiler? --pregunt� Jake, que prefer�a no conservar a la mayor�a de sus clientes. --P�game lo que puedas permitirte. Al principio tendr�s dificultades econ�micas, pero saldr�s adelante. Yo no necesito el dinero, pero t� s�. --Eres muy amable. --En realidad soy un buen tipo. Rieron ambos forzadamente. --�Qu� hacemos con Ethel? --pregunt� Jake, despu�s de dejar de sonre�r. --Depende de ti. Es una buena secretaria que ha olvidado m�s derecho del que t� puedas llegar a aprender. S� que no te gusta, pero no te ser� f�cil sustituirla. De todos modos, desp�dela si quieres. No me importa --dijo Lucien mientras se dirig�a hacia la puerta Ll�mame si me necesitas. Estar� por ah�. Quiero que te traslades a este despacho. Fue de mi padre y, antes, de mi abuelo. Guarda mis trastos en una caja; alg�n d�a los recoger�. Cobb y Willard despertaron con jaqueca y los ojos hinchados e irritados. Ozzie les hablaba a voces. Estaban ambos en una peque�a celda individual. Separada por barrotes, hab�a otra celda a la derecha en la que presos estatales esperaban su traslado a Parchman. Una docena de negros apoyados en las rejas observaban a los dos blancos, que se esforzaban en desempa�arse los ojos. A la izquierda hab�a otra celda, tambi�n llena de negros. Ozzie les chill� para que despertaran y no armasen ruido, con la amenaza de encerrarlos con los otros prisioneros. El rato m�s tranquilo de Jake era desde las siete hasta las ocho y media, cuando llegaba Ethel. Utilizaba celosamente su tiempo. Cerraba con llave la puerta principal, hac�a caso omiso del tel�fono y se negaba a atender al p�blico. Organizaba meticulosamente su jornada. A las ocho y media tendr�a bastante material dictado para mantener a Ethel callada y ocupada hasta el mediod�a. A las nueve estaba en el Juzgado o entrevistando a alg�n cliente. No aceptaba llamadas hasta las once, hora en que respond�a a todos los mensajes de la ma�ana. Nunca dejaba llamadas pendientes: otra de sus normas. Jake trabajaba met�dica y

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eficazmente, sin perder el tiempo. �stas no eran costumbres adquiridas en su relaci�n con Lucien. A las ocho y media, Ethel efectuaba su habitual y ruidosa entrada. Preparaba caf� y abr�a la correspondencia, como lo hab�a hecho en los �ltimos cuarenta y un a�os. Ten�a sesenta y cuatro a�os y aparentaba cincuenta. Estaba gordita, sin ser obesa; bien conservada, pero poco atractiva. Mientras le�a la correspondencia de Jake, deglut�a ruidosamente una grasienta salchicha y un bizcocho que se tra�a de su casa. Jake oy� voces. Ethel hablaba con otra mujer. Consult� su agenda; no ten�a ninguna cita hasta las diez. --Buenos d�as, se�or Brigance --dijo Ethel por el intercomunicador. --Buenos d�as, Ethel --respondi� Jake a sabiendas de que prefer�a que se la llamara se�ora Twitty. As� era como la llamaban Lucien y todos los dem�s. Pero Jake la llamaba Ethel desde que no estaba Lucien. --Hay una se�ora que desea verle. --No tiene cita concertada. --Lo s�, se�or. --D�gale que vuelva ma�ana a las diez y media. Ahora estoy ocupado. --S�, se�or. Pero dice que es muy urgente. --�Qui�n es? --exclam�. Siempre era urgente cuando se presentaban sin previo aviso, como cuando se acude a la funeraria o a la lavander�a. Probablemente alguna duda urgente sobre el testamento del t�o Luke o sobre la vista que tendr�a lugar tres meses despu�s. --Una tal se�ora Willard --respondi� Ethel. --�Cu�l es su nombre de pila? --Earnestine Willard. Usted no la conoce, pero su hijo est� en la c�rcel. Jake recib�a sus visitas a la hora concertada, pero los que llegaban sin previo aviso eran harina de otro costal. El se�or Brigance est� muy ocupado, les dec�a la secretaria, pera puedo darle hora para pasado ma�ana. Esto impresionaba a la gente. --D�gale que no me interesa. --Insiste en que necesita un abogado. Su hijo tiene que presentarse ante el juez a la una de esta tarde. --D�gale que hable con Drew Jack Tyndale, el abogado de guardia. Es bueno y gratuito. --Se�or Brigance --dijo Ethel despu�s de transmitir el mensaje--, insiste en que quiere contratarlo a usted. Alguien le ha dicho que usted es el mejor criminalista del condado -- agreg� en un tono evidentemente jocoso. --D�gale que es cierto, pero que no me interesa. Ozzie espos� a Willard y lo condujo a lo largo del pasillo hasta su despacho, en la parte frontal de la c�rcel de Ford County. Le quit� las esposas y le orden� que se sentara en una silla de madera, en el centro de la abigarrada habitaci�n. Ozzie se instal� en el sill�n, al otro lado del escritorio, y contempl� al acusado. --Se�or Willard, �ste es el teniente Griffin de la polic�a de tr�fico de Mississippi. Aqu� est� el detective Rady de mi departamento, y �stos son los agentes Looney y Prather, a quienes ya conoci� anoche, aunque dudo que lo recuerde. Yo soy el sheriff Walls. Willard movi� temerosamente la cabeza, para verlos a todos. Estaba rodeado. La puerta estaba cerrada. Cerca del borde del escritorio del sheriff hab�a dos magnet�fonos. --Deseamos formularle algunas preguntas, �de acuerdo? --No lo s�. --Antes de empezar, quiero asegurarme de que conoce sus derechos. En primer lugar, tiene derecho a guardar silencio. �Comprende?

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--S�. --No tiene que decir nada si lo prefiere, pero si lo hace todo lo que diga podr� ser utilizado contra usted ante los tribunales. �Comprende? --S�. --�Sabe leer y escribir? --S�. --Bien, entonces lea y firme esto. Dice que se le han notificado sus derechos. Willard firm� y Ozzie puls� el bot�n rojo de uno de los magnet�fonos. --�Comprende que este magnet�fono est� grabando? --S�. --�Y que hoy es mi�rcoles, quince de mayo, ocho cuarenta y cinco de la ma�ana? --Si usted lo dice... --�Cu�l es su nombre completo? --James Louis Willard. --�Apodo? --Pete. Pete Willard. --�Direcci�n? --Carretera seis, apartado de correos catorce, Lake Village, Mississippi. --�Qu� calle? --Bethel Road. --�Con qui�n vive? --Con mi madre, Earnestine Willard. Estoy divorciado. --�Conoce a Billy Ray Cobb? Willard titube� y se contempl� los pies. Sus botas se hab�an quedado en la celda. Sus calcetines blancos estaban sucios y no cubr�an los dedos gordos de sus pies. Pregunta inofensiva, pens�. --S�, lo conozco. --�Estuvo ayer con �l? --S�. --�D�nde estuvieron? --Junto al lago. --�A qu� hora salieron? --A eso de las tres. --�Qu� veh�culo conduc�a? --Yo no conduc�a. --�En qu� veh�culo viajaba? Titube� y se contempl� de nuevo los pies. --Creo que no tengo nada m�s que decir. Ozzie puls� otro bot�n y par� el magnet�fono. --�Ha estado alguna vez en Parchman? --suspir�. Willard movi� la cabeza. --�Sabe cu�ntos negros hay en Parchman? Willard movi� nuevamente la cabeza. -- Unos cinco mil. --�Y sabe cu�ntos blancos? --No. --Aproximadamente mil. Willard dej� caer la cabeza. Ozzie dej� que reflexionara unos instantes y gui�� el ojo al teniente Griffin.

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--�Puede imaginar lo que har�n esos negros a un blanco que ha violado a una ni�a negra? Silencio. --Teniente Griffin, cu�ntele al se�or Willard c�mo tratan a los blancos en Parchman. Griffin se acerc� al escritorio, se sent� al borde del mismo y mir� a Willard. --Hace unos cinco a�os, un joven blanco de Helena County, junto al delta, viol� a una ni�a negra. Ten�a doce a�os. Lo esperaban cuando lleg� a Parchman. Sab�an que llegaba. La primera noche, unos treinta negros lo ataron a un bid�n de ciento veinticinco litros y se subieron al mismo. Los carceleros miraban y se re�an. Nadie compadece a los violadores. Recibi� el mismo tratamiento todas las noches durante tres meses hasta que lo mataron. Lo encontraron castrado, dentro del bid�n. Willard se estremeci�, ech� la cabeza atr�s y suspir� mirando al techo. --Esc�chame, Pete --dijo Ozzie--, no es a ti a quien queremos. Queremos a Cobb. Lo persigo desde que sali� de Parchman. No voy a permitir que se me escape. T� nos ayudas a condenar a Cobb y yo te ayudar� tanto como pueda. No te hago ninguna promesa, pero el fiscal y yo estamos muy unidos. T� me ayudas a condenar a Cobb y yo te ayudar� con el fiscal. Cu�ntanos lo que ocurri�. --Quiero un abogado --dijo Willard. --�Qu� puede hacer un abogado? --refunfu�� Ozzie, al tiempo que dejaba caer la cabeza--. �Sacarte a los negros de encima? Intento ayudarte y t� te haces el listillo. --Tienes que escuchar al sheriff, hijo. Intenta salvarte la vida --dijo amablemente Griffin. --Es posible que s�lo tengas que cumplir unos pocos a�os en esta misma c�rcel -- agreg� Rady. --Es mucho m�s seguro que la de Parchman --coment� Prather. --T� tienes la �ltima palabra --dijo Ozzie--. Puedes morir en Parchman o quedarte aqu�. Incluso considerar� la posibilidad de otorgarte ciertos privilegios si te portas bien. --De acuerdo --respondi� Willard despu�s de agachar la cabeza y frotarse las sienes. Ozzie puls� el bot�n rojo. --�D�nde encontraron a la ni�a? --En un camino sin asfaltar. --�Qu� camino? --No lo s�. Estaba borracho. --�D�nde la llevaron? --No lo s�. --�Eran s�lo usted y Cobb? --S�. --�Qui�n la viol�? --Ambos. Billy Ray fue el primero. --�Cu�ntas veces? --No lo recuerdo. Fumaba hierba y beb�a. --�Ambos la violaron? --S�. --�D�nde la dejaron? --No lo recuerdo. Juro que no lo recuerdo. Ozzie puls� otro bot�n. --Pasaremos esto a m�quina y lo firmar�s. --Sobre todo, no se lo diga a Billy Ray --suplic� Willard mientras mov�a la cabeza. --No lo haremos --prometi� el sheriff. CUATRO

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Percy Bullard estaba inquieto y nervioso en el sill�n de cuero, tras el enorme y desgastado escritorio de roble de su despacho en la parte posterior de la Audiencia, donde se hab�a congregado una multitud curiosa por el caso de violaci�n. En la peque�a sala contigua, los abogados charlaban sobre ello alrededor de la cafetera. La peque�a toga negra de Bullard estaba colgada en un rinc�n, junto a la ventana que daba al. norte por Washington Street. Las zapatillas deportivas del cuarenta que llevaba puestas apenas tocaban el suelo. Era un individuo bajo y nervioso, a quien preocupaban las vistas preliminares y dem�s audiencias rutinarias. A pesar de sus trece a�os en la sala, nunca hab�a aprendido a relajarse. Afortunadamente no ten�a que ocuparse de los casos importantes, que eran competencia del juez territorial. Bullard era s�lo juez del condado y hab�a alcanzado ya su cima. El se�or Pate, anciano oficial del juzgado, llam� a la puerta. --�Adelante! --orden� Bullard. --Buenas tardes, se�or juez. --Cu�ntos negros hay ah�? --pregunt� escuetamente Bullard. --Ocupan media sala. --�Esto significa un centenar de personas! M�s de los que acuden a un buen caso de asesinato. �Qu� quieren? El se�or Pate movi� la cabeza. Deben de suponer que hoy vamos a juzgar a esos muchachos --dijo Bullard. --Supongo que s�lo est�n preocupados --coment� apaciblemente el se�or Pate. --�Preocupados por qu�? No voy a dejarlos en libertad. Esto no es m�s que la vista preliminar --dijo--. �Est� aqu� la familia? --agreg� despu�s de una pausa y de mirar por la ventana. --Creo que s�. He reconocido a algunos parientes, pero no conozco a los padres de la ni�a. --�Se han tomado precauciones de seguridad? --El sheriff ha dispuesto a todos los agentes y reservistas en las inmediaciones de la Audiencia. Todo el mundo ha pasado por un control de seguridad en la puerta. --�Se ha encontrado algo? --No, se�or. --�D�nde est�n los chicos? --Los tiene el sheriff. Llegar�n dentro de un momento. El juez parec�a satisfecho y el se�or Pate dej� una nota escrita a mano sobre su escritorio. --�Qu� es esto? --La solicitud de un equipo de televisi�n de Memphis para filmar la vista --suspir� el se�or Pate. --�C�mo! --exclam� Bullard enrojecido de ira mientras se mec�a furiosamente en su sill�n--. �C�maras --chill�-- en mi sala! �D�nde est�n? --agreg� despu�s de romper el papel y arrojarlo en direcci�n a la papelera. --En la rotonda. --Ord�neles que salgan del Palacio de Justicia. El se�or Pate se retir� inmediatamente. Carl Lee Hailey estaba sentado en la pen�ltima fila, rodeado de docenas de amigos y parientes, en los bancos acolchados a la derecha de la sala. Los de la izquierda estaban vac�os. Los agentes armados que circulaban por la Audiencia miraban con nerviosismo y aprensi�n al grupo de negros y, en especial, a Carl Lee, que estaba inclinado con los codos sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo. Jake mir� por la ventana a la fachada posterior del Palacio de Justicia, al otro lado de la plaza, que daba al sur. Era la una de la tarde. Como de costumbre, no se hab�a molestado en almorzar y, a pesar de que no ten�a nada que hacer en la Audiencia, le apetec�a tomar el

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fresco. No hab�a salido del despacho en todo el d�a y, si bien los detalles de la violaci�n no le interesaban, tampoco quer�a perderse la vista. La sala deb�a estar abarrotada de gente, porque no quedaba lugar para aparcar en la plaza. Un enjambre de periodistas y fot�grafos esperaban �vidamente junto al portal�n de la Audiencia, por donde Cobb y Willard entrar�an en el edificio. La c�rcel estaba a dos manzanas de la plaza por la carretera, en direcci�n sur. Ozzie conduc�a el coche en el que se trasladaba a Cobb y a Willard. Precedido de un coche patrulla y seguido de otro, sali� de Washington Street para entrar en el corto camino que acababa bajo el balc�n del Palacio de Justicia. Seis agentes escoltaron a los acusados entre los periodistas por la puerta de la Audiencia y subieron por la escalera posterior, que conduc�a a un peque�o cuarto adjunto a la sala. Jake cogi� su chaqueta y, sin hablar con Ethel, cruz� apresuradamente la plaza. Subi� corriendo por la. escalera, avanz� por un pasillo y entr� en la sala por una puerta lateral en el momento en que el se�or Pate anunciaba la llegada del se�or juez: --Lev�ntense. Su se�or�a entra en la sala. Todo el mundo se puso de pie. Bullard ocup� la presidencia y se sent�. --Si�ntense --orden� entonces el oficial del juzgado--. �D�nde est�n los acusados? �D�nde? Tr�iganlos a la sala. Cobb y Willard salieron esposados del peque�o cuarto contiguo. Iban sin afeitar, sucios, con la ropa arrugada y aspecto confuso. Willard mir� al gran grupo de negros, pero Cobb les dio la espalda. Looney les quit� las esposas y les indic� que se sentaran junto a Drew Jack Tyndale, su abogado de oficio, frente a la larga mesa de la defensa. Al lado hab�a otra larga mesa utilizada por el fiscal del condado, Rocky Childers, quien permanec�a sentado tomando notas para darse importancia. Willard mir� por encima del hombro, para ver una vez m�s al grupo de negros. En la primera fila, a su espalda, se encontraba su madre junto a la de Cobb, ambas acompa�adas de agentes de polic�a para su protecci�n. Willard se sent�a seguro rodeado de agentes. Cobb se neg� a volver la cabeza. Desde el fondo de la sala, a veinticinco metros de distancia, Carl Lee levant� la cabeza para ver las espaldas de los individuos que hab�an violado a su hija. Eran un par de desconocidos barbudos, sucios y desali�ados. Se cubri� el rostro y agach� la cabeza. Detr�s de �l hab�a unos agentes, con la espalda contra la pared, que observaban todos los movimientos. --Esc�chenme --empez� a decir Bullard con fuerte voz. Esto es una vista preliminar, no un juicio. El objeto de la vista preliminar consiste en determinar si existen suficientes pruebas de que se ha cometido un delito para someter a los acusados a un juicio. Se puede incluso prescindir de esta vista a petici�n de los acusados. --Con la venia de su se�or�a --dijo Tyndale despu�s de ponerse de pie-- deseamos que se celebre la vista. --Muy bien. Aqu� tengo unas declaraciones juradas del sheriff Walls en las que se acusa a ambos reos de secuestro, agresi�n grave y haber violado a una hembra menor de doce a�os. Se�or Childers, puede llamar a su primer testigo. --Con la venia de su se�or�a la acusaci�n llama al sheriff Ozzie Walls. Jake estaba sentado en la tarima del jurado, junto a otros abogados, todos los cuales fing�an estar ocupados en la lectura de documentos importantes. Despu�s de prestar juramento, Ozzie se sent� en la silla de los testigos, a la izquierda de Bullard y a poca distancia de la tarima del jurado. --�Puede decirme su nombre? --Sheriff Ozzie Walls. --�Es usted el sheriff de Ford County? --S�. --Ya s� quien es --susurr� Bullard mientras hojeaba el sumario.

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--D�game, sheriff, �recibi� su departamento una llamada ayer por la tarde relacionada con la desaparici�n de una ni�a? --S�, alrededor de las cuatro y media. --�Qu� hicieron ustedes? --El agente Willie Hastings se desplaz� al domicilio de Gwen y Carl Lee Hailey, padres de la ni�a desaparecida. --�D�nde se encuentra dicha residencia? --En Craft Road, detr�s de la tienda de ultramarinos Bates. --�Qu� descubri� el mencionado agente? --En el domicilio se encontr� con la madre de la ni�a, que era quien hab�a llamado, y, a continuaci�n, sali� a dar vueltas con el coche en busca de la ni�a. --�La encontr�? --No. Cuando regres� a la casa, la ni�a estaba all�. La hab�an encontrado unos pescadores y la hab�an llevado a su casa. --�En qu� estado estaba la ni�a? --Hab�a sido violada y azotada. --�Estaba consciente? --S�. Pod�a hablar o susurrar un poco. --�Qu� dijo? --Con la venia de su se�or�a --exclam� Tyndale, despu�s de levantarse de un brinco-- reconozco que los comentarios son admisibles en una vista preliminar, pero esto es el comentario del comentario de un comentario. --Protesta denegada. Si�ntese y cierre la boca. Prosiga, se�or Childers. --�Qu� dijo? --Le cont� a su mam� que hab�an sido dos blancos, con una camioneta amarilla y una bandera rebelde en la ventana posterior. Esto fue pr�cticamente todo. No pod�a decir gran cosa. Ten�a la mand�bula fracturada y el rostro magullado. --�Qu� ocurri� a continuaci�n? --El agente llam� a una ambulancia y la llevaron al hospital. --�C�mo est� ahora la ni�a? --Dicen que el pron�stico es grave. --�Qu� ocurri� entonces? --Con la informaci�n de la que dispon�a en aquel momento ten�a a un sospechoso. --�Qu� hizo? --Localic� a un confidente, un confidente fiable, y lo mand� a un tugurio junto al lago. Childers no ten�a tendencia a extenderse en los detalles, especialmente ante Bullard. Jake lo sab�a, y tambi�n Tyndale. Bullard mandaba todos los casos a juicio, de modo que la vista preliminar era una mera formalidad. Independientemente de lo que tratara el caso, los hechos, las pruebas y todo lo dem�s, Bullard ordenaba que el acusado se sometiera a juicio. Si las pruebas no eran suficientes, ser�a el jurado y no Bullard quien lo absolviera, ten�a que ser reelegido, pero no el jurado. A los votantes les inquietaba que un delincuente saliera en libertad. La mayor�a de los defensores del condado prescind�an de la vista preliminar ante Bullard. Pero no Jake. Para �l supon�a la mejor oportunidad de examinar con rapidez el caso de la acusaci�n. Tyndale raramente prescind�a de las vistas preliminares. --�Qu� tugurio? --Huey's. --�Qu� averigu�? --Dijo que oy� a Cobb y a Willard, los dos acusados aqu� presentes, que se vanagloriaban de haber violado a una ni�a negra. Cobb y Willard intercambiaron miradas. �Qui�n era el confidente? No recordaban gran cosa de Huey's.

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--�Qu� encontr� usted en Huey's? --Detuvimos a Cobb y a Willard y examinamos la camioneta registrada a nombre de Billy Ray Cobb. --�Qu� descubrieron? --La remolcamos a nuestras dependencias y la hemos examinado esta ma�ana. Hay manchas de sangre. --�Algo m�s? --Hemos encontrado una peque�a camiseta empapada de sangre. --�A qui�n pertenece la camiseta? --Pertenec�a a Tonya Hailey, la ni�a violada. Su padre, Carl Lee, la ha identificado esta ma�ana. Al o�r su nombre, Carl Lee se incorpor� en su asiento. Ozzie le mir� fijamente. Jake volvi� la cabeza y se percat� por primera vez de su presencia. --Describa la camioneta. --Una camioneta Ford amarilla, nueva, de media tonelada, con grandes llantas cromadas y neum�ticos todo terreno. Lleva una bandera rebelde en la ventana posterior. --�Qui�n es su propietario? --Billy Ray Cobb --respondi� Ozzie al tiempo que se�alaba a los acusados. --�Corresponde a la descripci�n de la ni�a? --S�. --D�game, sheriff --dijo Childers despu�s de una pausa y de revisar sus notas--, �qu� otras pruebas tiene contra los acusados? --Esta ma�ana hemos hablado con Peter Willard y ha firmado una confesi�n. --�Qu� has hecho? --exclam� Cobb al tiempo que Willard se acobardaba y miraba a su alrededor en busca de ayuda. --�Orden! �Orden en la sala! --chill� Bullard mientras golpeaba la mesa con su martillo. Tyndale separ� a sus clientes. --�Ha comunicado sus derechos al se�or Willard? --S�. --�Los ha comprendido? --S�. --�Ha firmado a tal efecto? --S�. --�Qui�n estaba presente cuando el se�or Willard ha hecho su declaraci�n? --Yo, dos agentes, Rady, el detective de mi departamento, y el teniente Griffin del Departamento de Tr�fico. --�Tiene la confesi�n? --S�. --Por favor, l�ala. Todo el mundo permaneci� inm�vil y silencioso mientras Ozzie le�a la breve declaraci�n. Carl Lee miraba desinteresadamente a los acusados. Cobb miraba fijamente a Willard, que se limpiaba los zapatos. --Gracias, sheriff --dijo Childers cuando termin� Ozzie--. �Ha firmado el se�or Willard la confesi�n? --S�, ante tres testigos. --Se�or�a, la acusaci�n ha concluido. --Se�or Tyndale, puede interrogar al testigo --exclam� Bullard. --De momento no tengo ninguna pregunta, se�or�a.

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Buena jugada, pens� Jake. Desde un punto de vista estrat�gico, era preferible que la defensa no hablara durante la vista preliminar. Que se limitara a escuchar, tomar notas, dejar que el taqu�grafo escribiera las declaraciones y mantener la boca cerrada. �Por qu� preocuparse cuando ser�a un jurado el que juzgar�a el caso? Y no permitir en modo alguno que declarasen los inculpados. Su declaraci�n no cumplir�a ning�n prop�sito y les perjudicar�a durante el juicio. Jake sab�a que no declarar�an, porque conoc�a a Tyndale. --Llame a su pr�ximo testigo --orden� el juez. --Esto ha sido todo, se�or�a. --Bien. Si�ntese. Se�or Tyndale, �tiene alg�n testigo? --No, se�or�a. --Bien. La sala considera que existen pruebas suficientes de que los acusados han cometido numerosos delitos, y ordena al se�or Cobb y al se�or Willard que ingresen en la c�rcel a la espera de la decisi�n de la Audiencia del condado, cuya pr�xima sesi�n est� prevista para el lunes veintisiete de mayo. �Alguna pregunta? --Con la venia, se�or�a, la defensa solicita que se fije una fianza razonable para estos acu... --dijo Tyndale mientras se levantaba lentamente. --Olv�delo --le interrumpi� Bullard--. La libertad bajo fianza queda denegada a partir de este momento. Tengo entendido que el estado de la ni�a es grave. En el caso de que falleciera, habr�a evidentemente otros cargos. --En tal caso, se�or�a, solicito que se revise la solicitud de libertad bajo fianza dentro de unos d�as con la esperanza de que el estado de la ni�a mejore. Bullard observ� atentamente a Tyndale. Buena idea, pens�. --Concedido. Se revisar� la libertad bajo fianza en esta sala el pr�ximo lunes veinte de mayo. Hasta entonces, los acusados quedan bajo la custodia del sheriff del condado. Se levanta la sesi�n. Bullard dio unos golpes de martillo sobre la mesa y se retir�. Los agentes rodearon a los acusados, los esposaron, salieron de la sala en direcci�n a los calabozos, bajaron por la escalera, pasaron frente a los periodistas y se dirigieron al coche patrulla. La vista, que dur� menos de veinte minutos, era t�pica de Bullard. La justicia ten�a que ser �gil en su sala. Jake vio c�mo el p�blico sal�a silenciosamente por las enormes puertas de madera del fondo de la sala mientras charlaba con los otros abogados. Carl Lee no parec�a tener ninguna prisa y le hizo una se�a a Jake para que se reuniera con �l. Lo hicieron en la rotonda. Carl Lee, que quer�a hablar con el abogado, se hab�a disculpado de sus parientes y les hab�a prometido reunirse con ellos en el hospital. �l y Jake descendieron por la escalera circular hasta el primer piso. --Lo lamento sinceramente, Carl Lee --dijo Jake. --S�, yo tambi�n. --�C�mo est� la ni�a? --Sobrevivir�. --�Y Gwen? --Bien, supongo. --�C�mo est�s t�? --Todav�a no lo he digerido --respondi� mientras caminaban lentamente hacia el fondo del Palacio de Justicia--. Hace veinticuatro horas todo era perfecto. Y ahora f�jate en nosotros. Mi peque�a est� en el hospital, llena de tubos y agujas. Mi esposa est� como loca, mis hijos, aterrados, y lo �nico en lo que yo logro pensar es en coger a esos cabrones por mi cuenta. --Ojal� pudiera ayudarte, Carl Lee. --Lo �nico que puedes hacer es rezar por ella, rezar por nosotros. --S� que es duro.

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--T� tambi�n tienes una hija, �no es cierto, Jake? --S�. Siguieron caminando en silencio. --�D�nde est� Lester? --pregunt� Jake para cambiar de tema. --En Chicago. --�Qu� hace? --Trabaja en una empresa metal�rgica. Tiene un buen empleo. Se cas�. --Bromeas. �Lester casado? --S�, con una blanca. --�Una blanca! �C�mo se le ha ocurrido casarse con una blanca? --Ya conoces a Lester. Siempre ha sido un negro pretencioso. Ahora est� de viaje. Llegar� esta noche. --�Para qu�? Se detuvieron junto a la puerta trasera del Palacio de Justicia. --�Para qu�? --insisti� Jake. --Asuntos de familia. --�Est�is fraguando algo? --No. S�lo quiere ver a su sobrina. --No os calent�is demasiado. --Para ti es f�cil decirlo, Jake. --Lo s�. --�Qu� har�as t� en mi lugar, Jake? --�A qu� te refieres? --Tienes una hija peque�a. Suponte que estuviera en el hospital, apaleada y violada. �Qu� har�as? Jake mir� por la ventana, sin saber qu� responder. Carl Lee esperaba. --No cometas ninguna estupidez. Carl Lee. --Responde a mi pregunta. �Qu� har�as? --No lo s�. No s� que har�a. --Deja que te lo pregunte de otro modo. Si se tratara de tu hija, los culpables fueran un par de negros y pudieras echarles la mano encima, �qu� har�as? --Matarlos. --Por supuesto, Jake --sonri� Carl Lee antes de soltar una carcajada--, claro que lo har�as. Y a continuaci�n te buscar�as a un buen abogado para que demostrara que estabas loco, como lo hiciste t� en el juicio de Lester. --No dijimos que Lester estuviera loco, sino que Bowie merec�a que lo mataran. --Lograste que no le condenaran, �no es cierto? --Desde luego. --�Es �ste el lugar por donde entran en la Audiencia? --pregunt� Carl Lee despu�s de acercarse y contemplar la escalera. --�Qui�n? --Esos chicos. --S�. Generalmente suben por estas escaleras. Es m�s r�pido y seguro. Aparcan junto a la puerta y suben con rapidez. Carl Lee se acerc� a la puerta posterior y contempl� la terraza por la ventana. --�En cu�ntos casos de asesinato has intervenido, Jake? --Tres. El de Lester y otros dos. --�Cu�ntos eran negros?

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--Los tres. --�Cu�ntos has ganado? --Los tres. --Nadie puede negar que sabes defender a los negros que pegan tiros. --Supongo. --�Est�s listo para otro? --No lo hagas, Carl Lee. No vale la pena. �Qu� ocurrir� si te condenan y te mandan a la c�mara de gas? �Qu� ocurrir� con tus hijos? Esos desgraciados no se lo merecen. --Acabas de decirme que t� lo har�as. --En mi caso es distinto --respondi� Jake mientras caminaban juntos hacia la puerta--. A m� probablemente no me condenar�an. --�Por qu�? --Soy blanco y este condado es blanco. Con un poco de suerte, todos los miembros del jurado ser�an blancos y, naturalmente, se compadecer�an de m�. No estamos en Nueva York ni en California. Se supone que un hombre debe proteger a su familia. El jurado lo comprender�a. --�Y en mi caso? --Ya te he dicho que no estamos en Nueva York ni en California. Algunos blancos te admirar�an, pero la mayor�a querr�a verte colgando de una soga. Ser�a mucho m�s dif�cil evitar que te condenaran. --Pero t� podr�as lograrlo, �no es cierto, Jake? --No lo hagas, Carl Lee. --No tengo otra alternativa, Jake. No podr� dormir hasta que esos cabrones est�n muertos. Se lo debo a mi ni�a, me lo debo a m� mismo y se lo debo a mi gente. Tengo que hacerlo. Abrieron las puertas, recorrieron la corta distancia que les separaba de Washington Street bajo la terraza y llegaron frente al despacho de Jake. Se dieron la mano. Jake prometi� pasar al d�a siguiente por el hospital para saludar a Gwen y a la familia. --Otra cosa, Jake, �vendr�s a verme a la c�rcel cuando me detengan? Jake asinti� sin pensarlo. Carl Lee sonri� y se alej� en direcci�n a su camioneta. CINCO Lester Hailey se hab�a casado con una sueca de Wisconsin que, si bien te�ricamente todav�a lo amaba, �l empezaba a sospechar que la novedad que para ella hab�a representado el color de su piel se estaba desvaneciendo. Le aterrorizaba Mississippi y, a pesar de que Lester le hab�a asegurado que no correr�a peligro alguno, se hab�a negado rotundamente a acompa�arlo. No conoc�a a su familia, que a su vez tampoco ard�a en deseos de conocerla a ella. No era inusual que los negros del sur se trasladasen al norte y se casaran con una blanca, pero hasta entonces ning�n Hailey lo hab�a hecho. Hab�a muchos Haileys en Chicago, la mayor�a parientes, y todos casados con negras. La familia no estaba impresionada con la esposa rubia de Lester. Se traslad� a Clanton, solo, en su nuevo Cadillac. En plena noche del mi�rcoles lleg� al hospital y se encontr� con algunos primos, que le�an revistas en la sala de espera del segundo piso. Le dio un abrazo a Carl Lee. No se hab�an visto desde Navidad, cuando la mitad de los negros de Chicago se hab�an desplazado a sus casas en Mississippi y Alabama. --�C�mo est�? --pregunt� Lester despu�s de salir al pasillo para alejarse de los dem�s parientes. --Mejor. Mucho mejor, Puede que este fin de semana regrese a casa.

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Lester se sinti� aliviado. Cuando sali� de Chicago once horas antes estaba a las puertas de la muerte, seg�n el primo que lo hab�a llamado para sacarle de la cama con un susto terrible. Encendi� un Kool bajo el letrero de PROHIBIDO FUMAR y mir� fijamente a su hermano mayor. --�Est�s bien? Carl Lee asinti� y mir� a lo largo del pasillo. --�C�mo est� Gwen? --M�s loca que de costumbre. Est� en casa de su madre. �Has venido solo? --S� --respondi� Lester a la defensiva. --Me alegro. --No te pases de listo. No me he pasado el d�a conduciendo para o�r hablar mal de mi esposa. --De acuerdo, de acuerdo. �Todav�a tienes gases? Lester sonri� y a continuaci�n solt� una carcajada. Desde que se cas� con la sueca, siempre ten�a el est�mago lleno de gases. Su mujer preparaba comidas cuyos nombres ni siquiera pod�a pronunciar y que le sentaban como un tiro. A�oraba los bretones, los guisantes, el abelmosco, el pollo frito, el cerdo asado y el tocino. En el tercer piso encontraron una peque�a sala de espera con sillas plegables y una mesilla. Lester trajo dos tazas de caf� de la m�quina, agreg� leche en polvo y revolvi� con el dedo. A continuaci�n escuch� atentamente a Carl Lee, quien le cont� todos los detalles de la violaci�n, la detenci�n y la vista preliminar. Lester encontr� unas servilletas de papel e hizo un plano del Juzgado y de la c�rcel. Hab�an transcurrido cuatro a�os desde que lo hab�an juzgado por asesinato, y no le result� f�cil dibujarlos. S�lo pas� una semana en la c�rcel antes de que le concedieran la libertad bajo fianza y no hab�a vuelto a visitar el lugar desde que lo declararon inocente. En realidad, se hab�a trasladado a Chicago poco despu�s del juicio. La v�ctima ten�a parientes. Hicieron planes y m�s planes hasta bastante despu�s de la medianoche. Al mediod�a del jueves, Tonya abandon� la Unidad de Vigilancia Intensiva, siendo trasladada a una habitaci�n individual. Su estado fue calificado de estable. Los m�dicos se tranquilizaron y la familia le trajo caramelos, juguetes y flores. Con la mand�bula fracturada y la boca llena de pr�tesis, todo lo que pudo hacer con los caramelos fue mirarlos. Se los comieron sus hermanos. Los familiares no se mov�an del lado de su cama y le cog�an la mano, como para protegerla y darle �nimos. La habitaci�n estaba siempre llena de amigos y desconocidos, que la acariciaban con ternura y le dec�an lo encantadora que era, trat�ndola todos como a alguien muy especial, alguien a quien algo horrible hab�a ocurrido. Las visitas entraban por turnos, del pasillo a la habitaci�n y de regreso al pasillo bajo la atenta vigilancia de las enfermeras. Le dol�an las heridas y, a veces, lloraba. Cada hora, las enfermeras se abr�an paso entre los visitantes para administrar un analg�sico a la paciente. Aquella noche, todo el mundo guard� silencio en la estancia cuando la televisi�n de Memphis hablaba de la violaci�n. Mostraron im�genes de los dos blancos, pero la ni�a no pudo verlas con claridad. El Palacio de Justicia de Ford County se abr�a a las ocho de la ma�ana y se cerraba a las cinco de la tarde; todos los d�as a excepci�n de los viernes, que se cerraba a las cuatro y media. A las cuatro y media del viernes, Carl Lee estaba escondido en el retrete del primer piso cuando se cerr� el Juzgado. Durante una hora permaneci� sentado en el water sin decir palabra. No se o�a a ning�n ujier. Nadie. Silencio. Cruz� el vest�bulo a media luz hasta la puerta trasera y mir� por la ventana. Nadie a la vista. Permaneci� un rato a la escucha. El edificio estaba desierto. Dio media vuelta para examinar el largo pasillo, la rotonda y la puerta principal, a sesenta y cinco metros de distancia. Estudi� el edificio. Las dobles puertas traseras daban a un amplio vest�bulo rectangular. Al fondo, hab�a unas escaleras a la dere-

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cha y otras id�nticas a la izquierda. El vest�bulo se estrechaba para convertirse en pasillo. Carl Lee se puso a hacer el papel del acusado. Apoy� la espalda contra la puerta posterior, camin� diez metros a la derecha hasta la escalera, subi� diez pelda�os para llegar a un peque�o rellano, gir� noventa grados a la izquierda tal como Lester le hab�a indicado, y, bajando otros diez, lleg� al calabozo. Era un cuarto peque�o, con s�lo una ventana y dos puertas. Abri� una de ellas y entr� en la enorme sala de la Audiencia, con sus hileras de bancos acolchados. Se acerc� y se sent� en la primera fila. Al examinar la sala se percat� de que delante ten�a una baranda, o barra, como la hab�a llamado Lester, que separaba el �rea p�blica de la del juez, el jurado, los testigos, los abogados, los acusados y los funcionarios. Camin� por el centro de la sala hasta la puerta posterior y la examin� detenidamente. El mi�rcoles le hab�a parecido muy diferente. Regres� al calabozo y abri� la otra puerta, que conduc�a a la parte de la sala donde se celebraba el juicio. Se sent� junto a la larga mesa que Lester, Cobb y Willard hab�an ocupado. A la derecha hab�a otra larga mesa: la que correspond�a a la acusaci�n. Detr�s de las mesas hab�a una hilera de sillas de madera y, a continuaci�n, la baranda, con puertas de vaiv�n a ambos extremos. El sill�n del juez estaba situado en un lugar alto y se�orial al fondo del estrado, con el respaldo contra la pared y bajo un retrato descolorido de Jefferson Davis, que presid�a la sala con el ce�o fruncido. El palco del jurado estaba junto a la pared, a la derecha de Carl Lee y a la izquierda del juez, bajo los retratos amarillentos de otros olvidados h�roes de la Confederaci�n. Frente a este palco, estaba la tarima de los testigos, junto al estrado, aunque a menor altura. A la izquierda de Carl Lee, en el lado opuesto al del jurado, hab�a un largo mostrador rectangular cubierto de grandes carpetas rojas para los sumarios, que sol�a estar lleno de abogados y funcionarios durante los juicios. Detr�s del mismo, al otro lado de la pared, estaba el calabozo. Carl Lee se qued� inm�vil, como si estuviera esposado, cruz� lentamente la puerta de vaiv�n, entr� por la que daba al calabozo, descendi� a continuaci�n los diez pelda�os de la estrecha y l�gubre escalera, y se detuvo. Desde el rellano vislumbraba la puerta posterior de la Audiencia y la mayor parte de la entrada entre la puerta y el vest�bulo. A la derecha, al pie de la escalera, hab�a una puerta que daba a un abarrotado trastero. Cerr� la puerta y lo examin�. El cuartito daba la vuelta bajo la escalera. Estaba oscuro, polvoriento, lleno de cubos y escobas, y raramente se utilizaba. Abri� ligeramente la puerta y mir� hacia la parte superior de la escalera. Pas� una hora m�s merodeando por el edificio. La otra escalera posterior conduc�a a otro calabozo, situado detr�s del palco del jurado. Cuando subi� por la escalera hasta el tercer piso, se encontr� con la biblioteca jur�dica del condado y dos salas de deliberaci�n, tal como Lester se lo hab�a contado. Subi� y baj� repetidas veces, para seguir los movimientos que efectuar�an los hombres que hab�an violado a su hija. Se sent� en el sill�n del juez y examin� sus dominios. Subi� al palco del jurado y se meci� en una de sus c�modas sillas. Se instal� en la silla de los testigos y se acerc� al micr�fono. Eran ya las siete y hab�a oscurecido cuando Carl Lee abri� una ventana del retrete junto al trastero de la escalera y salt� sigilosamente a los matorrales para perderse en la oscuridad. --�A qui�n lo vas a denunciar? --pregunt� Carla mientras cerraba la caja de una pizza de treinta cent�metros y llenaba los vasos de limonada. Jake se mec�a suavemente en el banco de mimbre de la entrada contemplando c�mo Hanna jugaba a la comba en la acera. --�Est�s ah�? --insisti� Carla. --No. --�A qui�n lo piensas denunciar? --No pienso hacerlo. --Creo que deber�as hacerlo. --Yo creo que no. --�Por qu� no? La mecedora se aceler� y Jake derram� parte de la limonada.

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--En primer lugar --respondi� lentamente--, no estoy seguro de que se est� planeando un delito. El hombre se expres� como lo har�a cualquier padre porque piensa lo mismo que cualquiera en su situaci�n. Pero no creo que, en realidad, se proponga cometer un delito. En segundo lugar, su conversaci�n conmigo fue confidencial, como si se tratara de un cliente. A decir verdad, creo que me considera su abogado. --Pero, aunque fueras su abogado, si tienes conocimiento de que se planea un delito tu obligaci�n es denunciarlo, �no es cierto? --S�. Si estuviera seguro de que se lo propone. Pero no lo estoy. --Creo que deber�as denunciarlo --insisti� Carla. Jake no respondi�. De nada habr�a servido. Comi� su �ltimo bocado de pizza y procur� hacer caso omiso de su esposa. --T� quieres que Carl Lee lo haga, �no es verdad? --�Que haga qu�? --Que mate a esos chicos. --No, no lo quiero --respondi� sin convicci�n--. Pero si lo hiciera no se lo reprochar�a. Porque yo har�a lo mismo. --No vuelvas a empezar. --Lo digo en serio y t� lo sabes. Lo har�a. --Jake, no ser�as capaz de matar a un hombre. --De acuerdo. Lo que t� digas. No pienso discutir. Ya lo hemos hablado. Carta chill� a Hanna que se retirase de la calzada y se sent� junto a su marido mientras mov�a los cubitos de hielo en el vaso. --�Lo defender�as? --Eso espero. --�Le declarar�a culpable el jurado? --�Lo har�as t�? No lo s�. --Bueno, piensa en Hanna. Contempla a esa ni�a encantadora que juega a la comba. Eres su madre. Ahora piensa en la ni�a de los Hailey, en el suelo, apaleada, cubierta de sangre, suplicando que su mam� y su pap� la ayuden... --�C�llate, Jake! --Responde a mi pregunta --sonri�--. T� eres el jurado. �Votar�as para condenar al padre? Carla dej� el vaso en la repisa de la ventana y, de pronto, se interes� por sus u�as. Jake sonri� victorioso. --Vamos, eres miembro del jurado. �Culpable o inocente? --Siempre parece que forme parte de alg�n jurado. O, de lo contrario, me sometes a un interrogatorio. --�Culpable o inocente? --Ser�a dif�cil declararle culpable --respondi�, al tiempo que lo miraba fijamente. Sonri� y dio el caso por concluido. --Pero no s� c�mo se las arreglar�a para matarlos si est�n en la c�rcel. --Es f�cil. No est�n siempre en la c�rcel. Van al Juzgado y se les traslada de un lado para otro. Recuerda a Oswald y Jack Ruby. Adem�s, saldr�n en libertad si se les concede la fianza. --�Cu�ndo puede ocurrir eso? --El lunes se revisar� el caso. Si se les concede la libertad bajo fianza no volver�n a la c�rcel. --�Y de lo contrario? --Permanecer�n encerrados hasta que se celebre el juicio.

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--�Cu�ndo se celebrar�? --Probablemente a finales de verano. --Creo que deber�as denunciarlo. Jake se levant� de un brinco y fue a jugar con Hanna. SEIS K. T. Bruster, o Gato Bruster, como popularmente se le conoc�a, era, que �l supiese, el �nico negro tuerto y millonario de Memphis. Propietario de una cadena de locales topless en la ciudad, que operaba legalmente, ten�a, adem�s, edificios de pisos de alquiler, que tambi�n operaban legalmente, y dos iglesias en el sur de Memphis, que funcionaban igualmente con toda legalidad. Era benefactor de numerosas causas para negros, amigo de los pol�ticos y un h�roe para su gente. Para Gato era importante conservar la popularidad, porque se le volver�a a acusar, juzgar y, con toda probabilidad, declarar inocente por los miembros de su comunidad, la mitad de los cuales eran negros. Las autoridades no hab�an logrado condenarle por actividades tales como la venta de mujeres, coca�na, art�culos robados, tarjetas de cr�dito, bonos alimentarios, alcohol de contrabando, armas y artiller�a ligera. El ojo que le faltaba lo hab�a perdido en alg�n arrozal de Vietnam. Hab�a ocurrido el mismo d�a de 1971 en que su compa�ero Carl Lee Hailey recibi� un balazo en la pierna. Carl Lee lo llev� dos horas a cuestas hasta que encontraron ayuda. Despu�s de la guerra regres� a Memphis y trajo consigo un kilo de hach�s. Con los beneficios adquiri� un peque�o antro en South Main y estuvo a punto de morirse de hambre hasta que gan� una prostituta jugando al p�quer con un chulo. Le prometi� que podr�a abandonar la prostituci�n si estaba dispuesta a bailar desnuda sobre las mesas de su local. De pronto, ten�a m�s clientela de la que pod�a atender, de modo que compr� otro local y trajo m�s bailarinas. Se abri� un lugar en el mercado y al cabo de dos a�os estaba forrado de dinero. Hab�a situado su despacho encima de uno de sus locales, junto a South Main, entre Vance y Beale, en la zona m�s conflictiva de Memphis. En el letrero se anunciaban �senos y cerveza�, pero eran muchas m�s las cosas que se vend�an tras las opacas ventanas. Carl Lee y Lester llegaron al local, llamado Az�car Moreno, el s�bado alrededor de las doce del mediod�a. Se colocaron junto a la barra, pidieron cerveza y contemplaron los senos. --�Est� Gato? --pregunt� Carl Lee al barman cuando �ste se acerc�. El empleado refunfu��, regres� al fregadero y sigui� lavando vasos mientras Carl Lee lo observaba bebiendo cerveza y mirando, a veces, a las chicas que bailaban. --�Otra cerveza! --orden� Lester sin dejar de contemplar a las bailarinas. --�Est� aqu� Gato Bruster? --volvi� a preguntar Carl Lee con firmeza, cuando el barman se acerc� con la bebida. --�Qui�n pregunta por �l? --Yo. --�Y bien? --Gato y yo somos buenos amigos. Luchamos juntos en Vietnam. --�Su nombre? --Hailey. Carl Lee Hailey. De Mississippi. El barman desapareci� y, al cabo de un minuto, apareci� de nuevo entre dos espejos detr�s de la barra. Hizo una se�a a los Hailey para que le siguieran por una peque�a puerta frente a los servicios y, luego, por una puerta cerrada con llave que daba a la escalera. El despacho era tenebroso y chabacano. La moqueta era de color dorado, las paredes rojas y el techo verde. Finos barrotes de acero cubr�an las ventanas oscurecidas y, para mayor seguridad, unas gruesas y polvorientas cortinas moradas colgaban del techo hasta el suelo a fin de ahogar cualquier rayo de luz que pudiera filtrarse a trav�s del cristal ahumado. Un pe-

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que�o e ineficaz candelabro de espejos giraba lentamente en el centro de la sala, a escasa distancia de sus cabezas. Dos gigantescos guardaespaldas, con id�ntico traje negro y chaleco, despidieron al barman, indicaron a Lester y Carl Lee que se sentaran y se quedaron a su espalda. Los hermanos miraban el mobiliario mientras B. B. King cantaba suavemente desde un est�reo oculto. --Muy agradable, �no te parece? --dijo Lester. De pronto, Gato apareci� por una puerta oculta tras el escritorio de m�rmol y cristal, se acerc� a Carl Lee y empez� a darle abrazos. --�Amigo m�o! �Amigo m�o! �Carl Lee Hailey! --exclam�--. �Me alegro mucho de verte, Carl Lee! �Me alegro mucho de verte! �C�mo est�s, amigo m�o? --No puedo quejarme, Gato, no puedo quejarme. �Y t�? --�Fant�stico! �Fant�stico! �Qui�n es �ste? --pregunt� al tiempo que --estrechaba vigorosamente la mano de Lester. --Es mi hermano, Lester --respondi� Carl Lee--. Vive en Chicago. --Encantado de conocerte, Lester. Este grandull�n y yo somos �ntimos amigos. �ntimos amigos. --Me ha hablado mucho de ti --dijo Lester. --Vaya, vaya, Carl Lee. Tienes muy buen aspecto --exclam� Gato a su amigo--. �C�mo va la pierna? --Muy bien, Gato. Duele un poco a veces, cuando llueve, pero bien. --Estamos muy unidos, �no es cierto? Carl Lee asinti� y sonri�. --�Os apetece tomar algo? --No, gracias --respondi� Carl Lee. --Para m� una cerveza --dijo Lester. Gato chasque� los dedos y desapareci� uno de los guardaespaldas. Carl Lee se dej� caer en su silla y Gato se sent� al borde del escritorio, con los pies colgando como un ni�o en el muelle, al tiempo que sonre�a a Carl Lee, quien se sent�a cohibido con tanta admiraci�n. --�Por qu� no te trasladas a Memphis y vienes a trabajar para m�? --pregunt� Gato. Carl Lee se lo esperaba. En los �ltimos diez a�os no hab�a dejado de ofrecerle empleos. --No, gracias, Gato. Me siento feliz donde estoy. --Y yo me siento feliz por ti. �Qu� se te ofrece? Carl Lee abri� la boca, titube�, se cruz� de piernas y frunci� el ce�o. --Necesito un favor, Gato. S�lo un peque�o favor. --Cualquier cosa, amigo m�o, cualquier cosa � respondi� Gato, con los brazos abiertos. --�Recuerdas los M--16 que us�bamos en Vietnam? Necesito uno cuanto antes. --Es un arma muy poderosa --respondi� Gato cruzando los brazos--. �Qu� tipo de ardillas te dedicas a cazar? --No se trata de cazar ardillas. Gato mir� a los dos hermanos atentamente. Sab�a que la raz�n no era de su incumbencia. Se trataba de algo grave, ya que, de lo contrario, Carl Lee no estar�a all�. --�Semi? --No. La aut�ntica. --Hablas de mucho dinero. --�Cu�nto? --�Sabes que es totalmente ilegal? --Si la pudiera comprar en Sears, no estar�a aqu�.

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--�Cu�ndo la necesitas? --sonri� nuevamente Gato. --Hoy. Lleg� la cerveza y se la sirvieron a Lester. Gato se instal� tras su escritorio, en su silla de capit�n de pl�stico color naranja. --Mil pavos --dijo. --Los tengo. Gato estaba ligeramente sorprendido, pero no lo manifest�. �De d�nde hab�a sacado ese negro pueblerino de Mississippi un millar de d�lares? Se los habr�a prestado su hermano. --Mil d�lares para cualquier otro, amigo m�o, pero no para ti. --�Cu�nto? --Nada, Carl Lee, nada. Te debo mucho m�s de lo que se puede pagar con dinero. --Estoy perfectamente dispuesto a pagar lo que sea. --No. Ni lo menciones. El fusil es tuyo. --Eres muy amable, Gato. --Puedo darte cincuenta. --S�lo necesito uno. �Cu�ndo podr� recogerlo? --Deja que lo averig�e. Gato llam� por tel�fono y susurr� algunas frases. Una vez dada la orden, colg� el auricular y dijo que tardar�a aproximadamente una hora. --Esperaremos --dijo Carl Lee. Gato se retir� el parche del ojo izquierdo y se limpi� la �rbita vac�a con un pa�uelo. --Tengo una idea mejor --dijo, mientras les hac�a una se�a a sus guardaespaldas--. Traed mi coche. Iremos a recogerlo. Siguieron a Gato por una puerta secreta y a lo largo de un pasillo. --Yo vivo aqu� --coment� Gato--. �sa es la puerta de mi piso. Suele haber algunas mujeres desnudas. --No me importar�a echar un vistazo --exclam� Lester. --No te molestes --agreg� Carl Lee. M�s adelante, Gato les mostr� una brillante puerta met�lica de color negro, al fondo del pasillo. Se detuvo como para admirarla. --Aqu� es donde guardo el dinero. Hay un vigilante d�a y noche. --�Cu�nto? --pregunt� Lester mientras sorb�a su cerveza. Gato lo mir� fijamente y sigui� avanzando por el pasillo. Carl Lee mir� a su hermano con el ce�o fruncido y movi� la cabeza. Cuando llegaron al fondo del pasillo subieron por una estrecha escalera que conduc�a al cuarto piso. Estaba oscuro y, en alg�n lugar de la pared, Gato encontr� un pulsador. Esperaron en silencio unos segundos hasta que se abri� la pared y apareci� un brillante ascensor enmoquetado en rojo y con un letrero de PROHIBIDO FUMAR. Gato puls� otro bot�n. --Hay que subir por la escalera antes de coger el ascensor para bajar --coment� sonriente--. Razones de seguridad. Asintieron ambos, admirados. Cuando se abrieron las puertas del ascensor estaban en el s�tano. Uno de los guardaespaldas esperaba junto a la puerta abierta de una impecable limusina blanca y Gato invit� a sus hu�spedes a dar un paseo. Avanzaron lentamente entre una hilera de Fleetwoods, limusinas, un Rolls Royce y diversos veh�culos europeos de lujo. --Son todos m�os --dijo con orgullo. El conductor toc� la bocina y se levant� una gruesa puerta que daba a un callej�n de una sola direcci�n. --Conduce despacio --orden� Gato al chofer junto al que iba otro guardaespaldas--. Quiero mostraros algunas cosas.

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Carl Lee hab�a hecho la visita unos a�os antes, la �ltima vez que hab�a estado con Gato. Hab�a un mont�n de chozas miserables a las que el gran hombre se refer�a como pisos de alquiler, y antiguos almacenes de ladrillo con las ventanas oscurecidas o tapiadas sin indicaci�n alguna de lo que se guardaba en su interior. Hab�a una iglesia, magn�fica, y, a pocas manzanas, otra. Dijo que los curas tambi�n le pertenec�an. Hab�a docenas de tabernas en las esquinas, con las puertas abiertas y grupos de j�venes negros que beb�an cerveza sentados en bancos. Mostr� con orgullo un edificio destruido por las llamas cerca de Beale y relat� con gran fervor el caso de un competidor, que hab�a intentado abrirse paso en el negocio del topless. Dijo que no ten�a competidores. Y estaban los locales nocturnos, con nombres de �ngeles, La Casa del Gato y Para�so Negro, donde los hombres pod�an encontrar una buena copa, buena comida, buena m�sica, mujeres desnudas y, seg�n �l, tal vez algo m�s. Los locales nocturnos le hab�an convertido en un hombre muy rico. Ten�a ocho en total. Los visitaron todos. En el fondo de un callej�n sin salida desprovisto de nombre, cerca del r�o, el chofer gir� bruscamente entre dos almacenes de ladrillo y avanz� por la callejuela hasta un portal�n que se abri� a la derecha. A continuaci�n pasaron por una puerta junto al muelle y la limusina desapareci� en el interior del edificio. Se detuvo y el guardaespaldas se ape�. --No os mov�is --dijo Gato. El maletero se abri� y volvi� a cerrarse. En menos de un minuto, la limusina circulaba nuevamente por las calles de Memphis. --�Qu� os parece si vamos a almorzar? --pregunt� Gato, y, antes de darles la oportunidad de responder, orden� al chofer--: Al Para�so Negro. Llama para decirles que vamos a almorzar. El mejor filete de Memphis --agreg�-- en uno de mis propios locales. Claro que ning�n dominical lo reconoce. Las cr�tica me margina. �Qu� os parece? --Parece discriminaci�n --dijo Lester. --S�, estoy seguro de que lo es. Pero no lo utilizar� hasta que se me acuse de algo. --�ltimamente no he le�do nada sobre ti en los peri�dicos, Gato --coment� Carl Lee. --Han transcurrido tres a�os desde mi �ltimo juicio. Evasi�n de impuestos. Los federales tardaron tres semanas en juntar pruebas y el jurado, despu�s de veintisiete minutos de deliberaci�n, volvi� con la palabra m�s hermosa de nuestro idioma: �inocente�. --Yo tambi�n la he o�do --dijo Lester. Un portero esperaba bajo la marquesina de la sala de fiestas, y un grupo de guardaespaldas, distintos de los de antes, acompa�aron el gran hombre y a sus invitados a un reservado alejado de la pista de baile. Un equipo de camareros sirvi� las bebidas y la comida. Lester empez� a beber whisky y estaba borracho cuando lleg� el filete. Carl Lee beb�a t� helado y hablaba con Gato de an�cdotas de la guerra. Cuando acabaron de comer, se acerc� un guardaespaldas y susurr� algo a Gato. --�Vuestro coche es un Eldorado rojo con matr�cula de Illinois? --pregunt� Gato con una sonrisa. --S�, pero lo hemos dejado aparcado en el otro lugar. --Ahora est� aqu�, y en el maletero... --�Qu�? --exclam� Lester--. �C�mo...? Gato solt� una carcajada y le dio una palmada en la espalda. --No te preocupes, amigo m�o, no te preocupes. Todo est� resuelto. Gato lo puede todo. Como de costumbre, Jake trabajaba el s�bado por la ma�ana, despu�s de desayunar en el Coffee Shop. Los s�bados disfrutaba de la tranquilidad de su despacho, sin tel�fonos ni Ethel. Se encerraba con llave, hac�a caso omiso del tel�fono y elud�a a los clientes. Ordenaba los ficheros, le�a las �ltimas decisiones del Tribunal supremo y organizaba la estrategia si ten�a alg�n juicio en perspectiva. Los s�bados por la ma�ana era cuando se le ocurr�an sus mejores ideas. A las once llam� a la c�rcel.

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--�Est� el sheriff? --pregunt�. --Voy a ver --respondi� el telefonista. --Sheriff Walls --se oy� por la l�nea al cabo de unos momentos. --Ozzie, soy Jake Brigance. �C�mo est�s? --Muy bien, Jake. �Y t�? --Muy bien. �Vas a quedarte todav�a un rato en tu despacho? --Un par de horas. �Qu� ocurre? --Nada importante. Pero me gustar�a hablar contigo un par de minutos. Estar� ah� dentro de media hora. --Te estar� esperando. Jake y el sheriff se gustaban y respetaban mutuamente. Jake le hab�a hecho pasar un mal rato en varias ocasiones cuando le interrogaba en el juzgado, pero Ozzie lo consideraba parte de su trabajo y nada personal. Jake apoyaba a Ozzie en las campa�as electorales, que Lucien financiaba, y al sheriff no le importaban algunas preguntas comprometedoras y comentarios sarc�sticos en los juicios. Le gustaba ver a Jake en acci�n. Y disfrutaba tom�ndole el pelo sobre �el juego�. En 1969, cuando Jake era un novato quarterback en el Karaway, Ozzie era la estrella del Clanton. Los dos rivales, sin haber perdido ning�n partido, se enfrentaron para la final de la copa en Clanton. Durante cuatro prolongados cuartos, Ozzie aterroriz� la defensa del Karaway, dirigido por un en�rgico pero agotado quarterback novato. Ya avanzado el �ltimo cuarto, y con una ventaja de 44--0, Ozzie le rompi� la pierna a Jake en una entrada. Ahora hac�a a�os que amenazaba con romperle la otra. Le acusaba de cojear y le preguntaba por la pierna. --�Qu� te preocupa, amigo? --pregunt� Ozzie en su peque�o despacho. --Carl Lee. Estoy un poco preocupado por �l. --�En qu� sentido? --Escucha, Ozzie, lo que hablemos aqu� ha de quedar entre nosotros. No quiero que nadie se entere de esta conversaci�n. --Parece que va en serio, Jake. --Efectivamente. Habl� con Carl Lee el mi�rcoles, despu�s de la vista. Est� como loco y lo comprendo. Yo tambi�n lo estar�a. Hablaba de matar a esos muchachos y parec�a decirlo en serio. Me ha parecido que deb�as saberlo. --Est�n a salvo, Jake. No podr�a llegar hasta ellos aunque se lo propusiera. Hemos recibido algunas llamadas, por supuesto an�nimas, con toda clase de amenazas. Los negros est�n muy enojados. Pero los muchachos est�n a salvo. Tienen una celda s�lo para ellos y tomamos muchas precauciones. --Carl Lee no me ha contratado, pero he representado a todos los Hailey en un momento u otro y estoy seguro de que, por alguna raz�n, me considera su abogado. Considero que es mi responsabilidad comunic�rtelo. --No estoy preocupado, Jake. --Me alegro. Perm�teme que te pregunte algo. Yo tengo una hija y t� tambi�n, �no es cierto? --Yo tengo dos hijas. --�En qu� piensa Carl Lee? Me refiero como padre negro. --En lo mismo que pensar�as t�. --�Y qu� es eso? Ozzie se apoy� contra el respaldo de la silla y se cruz� de brazos. --Se pregunta si su hija est� bien --respondi� al cabo de unos momentos-- me refiero f�sicamente. Si sobrevivir� y, en el caso de que lo haga, con qu� secuelas. �Podr� tener hijos? Tambi�n debe de preguntarse por su estado mental y emocional, y en c�mo la afectar� lo ocurrido durante el resto de su vida. En tercer lugar, quiere matar a esos cabrones. --�Lo har�as t�?

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--Es f�cil decir que lo har�a, pero un hombre no sabe de lo que es capaz. Creo que les ser�a mucho m�s �til a mis hijos en mi casa que en Parchman. �T� qu� opinas, Jake? --Supongo que m�s o menos lo mismo. No s� lo que har�a. Probablemente volverme loco. Pero puede que me propusiera seriamente matar a los responsables --agreg� despu�s de contemplar fijamente el escritorio durante unos segundos--. Ser�a dif�cil conciliar el sue�o pensando que todav�a viv�an. --�C�mo reaccionar�a el jurado? --Depende de qui�n formara parte del mismo. Si encuentras el jurado adecuado, sales en libertad. Si lo elige el fiscal, acabas en la c�mara de gas. Depende exclusivamente del jurado y en este condado se puede elegir a la gente adecuada. Todo el mundo est� harto de violaciones, robos y asesinatos. S� que los blancos lo est�n. --Todo el mundo lo est�. --Me refiero a que un padre que se tomara la ley por cuenta propia gozar�a de muchas simpat�as. La gente no conf�a en nuestro sistema jur�dico. Creo que yo lograr�a, por lo menos, hacer dudar al jurado. Convencer a uno o dos de sus miembros de que el cabr�n merec�a morir. --Como Monroe Bowie. --Exactamente. Como Monroe Bowie. Era un miserable negro al que hab�a que matar, y Lester fue declarado inocente. A prop�sito, Ozzie, �por qu� crees que Lester ha venido de Chicago? --Quiere mucho a su hermano. Tambi�n le vigilamos. Finalmente cambiaron de tema y Ozzie le pregunt� por la pierna. Se dieron la mano y Jake se retir�. Regres� directamente a su casa, donde Carla lo esperaba con una lista. No le importaba que trabajara los s�bados por la ma�ana a condici�n de que regresara a las doce y, a partir de entonces, obedeciera m�s o menos sus �rdenes. El domingo por la tarde acudi� un gent�o al hospital y sigui� a la peque�a Hailey, a quien su padre empujaba en una silla de ruedas a lo largo del pasillo, por la puerta y hasta el aparcamiento, donde la levant� suavemente para colocarla en el asiento delantero del veh�culo. Sentada entre sus padres, con sus tres hermanos en el asiento posterior, se alej� del hospital. Abandonaron la ciudad con deliberada lentitud, en direcci�n al campo, seguidos de una procesi�n de amigos, parientes y desconocidos. La ni�a iba erguida en el asiento delantero, como una persona mayor. Su padre guardaba silencio, su madre lloraba, y sus hermanos estaban r�gidos y callados. Otro grupo de gente les aguardaba en la casa, y se form� un corro delante de la puerta cuando llegaron los coches y aparcaron en el jard�n. Todo el mundo guard� silencio cuando el padre subi� los escalones con su hija en brazos, entr� en la casa y la coloc� sobre el sof�. Estaba contenta de estar en casa, pero harta de espectadores. Su madre le hac�a caricias en los pies mientras primos, t�os, t�as, vecinos y conocidos se acercaban para acariciarla tambi�n y sonre�rle, algunos con l�grimas en los ojos y sin decir palabra. Su padre sali� al jard�n para charlar con el t�o Lester y otros hombres. Sus hermanos estaban en la abigarrada cocina devorando un mont�n de comida. SIETE Rocky Childers era fiscal de Ford County desde tiempos inmemoriales. Cobraba cinco mil al a�o, y ese trabajo, que ocupaba la mayor parte de su tiempo, le destru�a toda posibilidad de ganarse una clientela como abogado. A los cuarenta y. dos estaba profesionalmente quemado, atrapado en un callej�n sin salida: su �nico horizonte era ser elegido regularmente cada cuatro a�os. Afortunadamente, su esposa ten�a un buen empleo que les permit�a conducir Buicks nuevos, pagar las tarifas del club de campo y, en general, exhibir la ostentaci�n propia de los blancos educados de Ford County. En su juventud, tuvo ambiciones pol�ticas, pero los votantes lo hab�an disuadido, teniendo que resignarse a quemar su carre-

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ra acusando a borrachos, ladronzuelos y delincuentes juveniles y a soportar los insultos del juez Bullard, a quien despreciaba. De vez en cuando hab�a un poco de emoci�n, cuando individuos como Cobb y Willard met�an la pata, y Rocky, como autoridad competente, se ocupaba de la vista preliminar y las sucesivas hasta que el caso pasaba a la Audiencia Territorial y al verdadero, al aut�ntico fiscal del distrito, el se�or Rufus Buckley de Polk County. Buckley hab�a sido quien hab�a arruinado la carrera pol�tica de Rocky. Normalmente, una solicitud de libertad bajo fianza carec�a de importancia para Childers, pero este caso era un poco distinto. Desde el mi�rcoles, hab�a recibido docenas de llamadas telef�nicas de negros que aseguraban ser votantes registrados y a quienes preocupaba enormemente que a Cobb y Willard se les concediera la libertad. Quer�an que permaneciesen en la c�rcel al igual que los negros cuando se met�an en alg�n l�o, que siempre esperaban detenidos hasta el juicio. Childers hab�a prometido hacer todo lo que estuviera en su mano, pero les explicaba que el juez del condado, Percy Bullard, era quien ten�a la �ltima palabra, y su n�mero de tel�fono estaba en la gu�a. En Bennington Street. Todos hab�an prometido asistir a la vista del lunes para vigilarlos, tanto a �l como a Bullard. A las doce y media del lunes, el juez llam� a Childers a su despacho, donde lo esperaba en compa��a del sheriff. El juez estaba tan nervioso que no pod�a permanecer sentado. --�Cu�nto quiere de fianza? --pregunt� inmediatamente el juez. --No lo s�, se�or�a. No he pensado mucho en ello. --�No cree que ya va siendo hora de que lo haga? --exclam� sin dejar de pasear entre su escritorio y la ventana. Ozzie se divert�a en silencio. --No lo creo --respondi� sin levantar la voz--. La decisi�n es suya. Usted es el juez. --�Gracias! �Much�simas gracias! �Cu�nto piensa pedir? --Siempre pido m�s de lo que espero recibir --contest� tranquilamente Childers, enormemente divertido por la neurosis de su se�or�a. --�Cu�nto es eso? --No lo s�. No he pensado mucho en ello. --�Usted qu� opina, sheriff? --pregunt� Bullard, terriblemente sulfurado, con la mirada fija en Ozzie. --Yo sugerir�a unas fianzas bastante altas. A esos muchachos les conviene permanecer en la c�rcel, por su propia seguridad. Los negros est�n inquietos. Puede que les ocurra algo si salen en libertad. Es preferible que las fianzas sean altas. --�Cu�nto tienen? --Willard est� sin blanca. Cobb no se sabe. El dinero de las drogas es dif�cil de contabilizar. Puede que logre reunir veinte o treinta mil. He o�do decir que ha contratado a un abogado famoso de Memphis. Hoy tendr�a que estar aqu�. Debe de tener alg�n dinero. --Maldita sea, por qu� no me entero yo de esas cosas. �A qui�n ha contratado? --A Bernard. Peter K. Bernard -- respondi� Childers--. Me ha llamado esta ma�ana. --Nunca he o�do hablar de �l --exclam� Bullard con aire de superioridad, como si llevara en la mente una especie de registro judicial de todos los abogados. El juez contempl� los �rboles a trav�s de la ventana mientras el sheriff y el fiscal se gui�aban mutuamente el ojo. Las fianzas ser�an exorbitantes, como siempre. A las financieras les encantaba Bullard por sus desmesuradas fianzas. Observaban con deleite c�mo las familias desesperadas reun�an e hipotecaban todo lo que pod�an para pagar el diez por ciento que cobraban por depositar la fianza. Bullard fijar�a una fianza muy elevada y la har�a a gusto. Le favorec�a pol�ticamente fijar fianzas muy cuantiosas y retener a los delincuentes en la c�rcel. Los negros se lo agradecer�an, lo cual era importante a pesar de que el condado era en un setenta y cuatro por ciento blanco. Les deb�a algunos favores a los negros. --Fijemos cien mil para Willard y doscientos mil para Cobb. Eso podr� satisfacerles. --�Satisfacer a qui�n? --pregunt� Ozzie. --Pues a la gente, a esos de la calle. �Est� usted de acuerdo?

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--Me parece bien --respondi� Childers--. �Y la vista? --agreg� con una sonrisa. --Habr� una vista, una vista imparcial, y a continuaci�n fijar� las fianzas en cien y doscientos. --Supongo que querr� que pida trescientos por barba para que su decisi�n parezca razonable --aventur� Childers. --�Me importa un r�bano lo que pida! --grit� el juez. --A m� me parece justo --dijo Ozzie mientras se dirig�a a la puerta--. --�Piensa llamarme a declarar? --pregunt� a Childers. --No, no le necesitamos. No tiene sentido que la acusaci�n llame a nadie en una vista tan imparcial. Abandonaron el despacho del juez, dejando a Bullard muy agitado. �ste cerr� la puerta con llave, sac� una botella de un cuarto de vodka de su malet�n y dio un buen trago. El se�or Pate esperaba junto a la puerta. Al cabo de cinco minutos, Bullard entr� en la sala, que estaba abarrotada de gente. --�Lev�ntense para recibir a su se�or�a! --exclam� el se�or Pate. --�Si�ntense! --chill� el juez antes de que tuvieran tiempo de levantarse--. �D�nde est�n los acusados? �D�nde? Trajeron del calabozo a Cobb y a Willard, quienes se sentaron junto a la mesa de la defensa. El nuevo abogado de Cobb sonri� a su cliente cuando le retiraron las esposas. Tyndale, abogado de oficio de Willard, no le prest� atenci�n alguna. Los negros que hab�an acudido el mi�rcoles estaban de nuevo en la sala, acompa�ados ahora de algunos amigos. Observaban atentamente a los dos blancos. Lester los vio por primera vez. Carl Lee no estaba en la sala. Desde el estrado, Bullard cont� a los agentes de polic�a: nueve en total. Todo un r�cord. Cont� a los negros: centenares de personas agrupadas, con la mirada fija en los dos violadores sentados entre sus abogados junto a la mesa de la defensa. El vodka le hab�a sentado bien. Tom� otro sorbo de lo que parec�a agua fr�a en un vaso de pl�stico y sonri� ligeramente. Sinti� un ardor que le descend�a hacia el est�mago y se le subieron los colores a las mejillas. Lo que deber�a hacer ser�a ordenar la retirada de los agentes de polic�a y entregar a Cobb y a Willard a los negros. Ser�a divertido y se har�a justicia. Imaginaba a aquella negra horda caminando por la sala mientras los hombres descuartizaban a los muchachos con navajas y machetes. Entonces, cuando hubieran terminado, volver�an a reunirse para abandonar pac�ficamente la sala. Sonri� para sus adentros. --Hay un cuarto de litro de agua fr�a en el caj�n de mi escritorio --susurr� al se�or Pate, despu�s de llamarle para que se acercara al estrado--. S�rvame un poco en este vaso de pl�stico. El se�or Pate asinti� y se retir�. --El objeto de esta vista es el de considerar la solicitud de libertad bajo fianza --declar� en voz alta-- y mi intenci�n es que sea breve. �Est� lista la defensa? --S�, se�or�a --respondi� Tyndale. --S�, se�or�a --dijo el se�or Bernard. --�Lista la acusaci�n? --S�, se�or�a --respondi� Childers sin levantarse. --Bien. Llame a su primer testigo. --Se�or�a --dijo Childers--, la acusaci�n no llamar� a ning�n testigo. Su se�or�a conoce perfectamente los cargos contra estos acusados, puesto que su se�or�a presidi� la vista preliminar el mi�rcoles pasado. Tengo entendido que la v�ctima ha regresado a su casa y, por consiguiente, la acusaci�n no anticipa nuevos cargos. El lunes se solicitar� que la Audiencia Territorial formalice contra ambos acusados los cargos de violaci�n, secuestro y agresi�n. Dada la naturaleza violenta de dichos delitos, la edad de la v�ctima y los antecedentes penales del se�or Cobb, la acusaci�n solicita que no se rebaje en un solo centavo la fianza m�xima.

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Bullard casi se atraganta con su agua fr�a. �Qu� fianza m�xima? No exist�a tal cosa. --�Qu� cantidad sugiere, se�or Childers? --�Medio mill�n por barba! --declar� con orgullo el fiscal antes de volver a sentarse. �Medio mill�n! Inconcebible, pens� Bullard. Dio un buen trago y mir� fijamente al fiscal. �Medio mill�n! Conmoci�n en la sala. Mand� al se�or Pate a por m�s agua. --Puede proseguir la defensa. El nuevo abogado de Cobb se levant� ceremoniosamente. Se aclar� la garganta y se quit� las aparatosas gafas de concha. --Con la venia de su se�or�a. Me llamo Peter K. Bernard, soy de Memphis, y he sido contratado por el se�or Cobb para representarle... --�Est� usted debidamente colegiado para ejercer en Mississippi? --interrumpi� Bullard. La pregunta cogi� a Bernard desprevenido. --Bueno... No exactamente, se�or�a. --Cuando dice �no exactamente�, �se refiere a algo distinto a no? Varios abogados que estaban en el palco del jurado intercambiaron risitas. Era uno de los trucos predilectos de Bullard. Odiaba a los abogados de Memphis y exig�a que se asociaran a un colegiado local antes de aparecer en su sala. En otra �poca, cuando �l ejerc�a como abogado, un juez de Memphis lo hab�a expulsado de la sala por no estar colegiado en Tennessee. Disfrutaba de su venganza desde el d�a de su elecci�n. --Se�or�a, no estoy colegiado en Mississippi, pero lo estoy en Tennessee. --Eso espero --coment� el juez, con las consiguientes risitas disimuladas en el palco del jurado--. �Est� usted familiarizado con las normas de Ford County? --pregunt�. --Creo que s�, se�or�a. --�Tiene una copia de las mismas? --S�, se�or�a. --�Y las ha le�do atentamente antes de aventurarse a entrar en mi sala? --S�, se�or�a. --�Ha comprendido la norma n�mero catorce cuando la ha le�do? Cobb mir� a su nuevo abogado con suspicacia. --Debo confesar que no la recuerdo --afirm� Bernard. --Lo supon�a. La norma catorce establece que los letrados colegiados en otros estados deben asociarse a un colegiado local antes de aparecer en este Juzgado. --S�, se�or�a. A juzgar por su aspecto y ademanes, Bernard era un abogado sofisticado, o por lo menos se le conoc�a como tal en Memphis. No obstante, estaba siendo totalmente degradado y humillado por la mordacidad de un juez de una peque�a ciudad sure�a. --�Y bien? --exclam� el juez. --S�, se�or�a, creo haber o�do hablar de dicha norma. --�Entonces d�nde est� su letrado local? --No lo tengo, pero me propon�a... --�Es decir que usted se ha trasladado desde Memphis, ha le�do atentamente las normas y ha hecho caso omiso de las mismas? Bernard baj� la cabeza y fij� la mirada en un cuaderno en blanco que ten�a sobre la mesa. --Con la venia de su se�or�a --declar� Tyndale, despu�s de levantarse lentamente--, para que conste y a efectos exclusivos de esta vista, me declaro letrado asociado del se�or Bernard.

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Bullard sonri�. Astuta jugada, Tyndale, astuta jugada. El agua fr�a le calentaba por dentro y se sent�a relajado. --Muy bien. Llame a su primer testigo. --Con la venia de su se�or�a --dijo Bernard muy erguido, con la cabeza ladeada--, en nombre del se�or Cobb llamo a su hermano, el se�or Fred Cobb. --Sea breve --susurr� Bullard. El hermano de Cobb prest� juramento y se dispuso a declarar. Bernard tom� la palabra y empez� un largo y detallado examen. Iba bien preparado. Adujo pruebas de que Billy Ray Cobb ten�a empleo remunerado y ten�a propiedades en Ford County, donde se hab�a criado y donde viv�an sus parientes y amigos, y, por lo tanto, no ten�a ninguna raz�n para huir. Era un buen ciudadano profundamente arraigado, con mucho que perder si se daba a la fuga. Un hombre en quien se pod�a confiar que apareciese ante el tribunal. Un hombre merecedor de una fianza moderada. Bullard ech� un trago, dio unos golpecitos con la pluma sobre la mesa y examin� los rostros de los negros entre el p�blico. Childers no formul� ninguna pregunta al testigo. Bernard llam� a la madre de Cobb, Cora, quien repiti� lo que su hijo Fred hab�a dicho acerca de su hijo Billy Ray. Logr� derramar un par de l�grimas en un momento dif�cil y Bullard movi� la cabeza. Entonces le toc� el turno a Tyndale, que sigui� los mismos pasos con la familia de Willard. �Medio mill�n de d�lares de fianza! Menos ser�a poco y a los negros no les gustar�a. Ahora el juez ten�a otra raz�n para odiar a Childers. Pero le gustaban los negros, porque la �ltima vez lo hab�an elegido. Obtuvo el cincuenta y uno por ciento de los votos en todo el condado, pero la totalidad de los votos negros. --�Algo m�s? --pregunt� cuando termin� Tyndale. Los tres abogados se miraron inexpresivamente entre s� antes de mirar al juez. --Con la venia de su se�or�a --dijo Bernard, despu�s de ponerse de pie--, me gustar�a resumir el caso de mi cliente respecto a la concesi�n de una fianza moderada... --Olv�delo, amigo. Ya he o�do bastante de usted y de su cliente. Si�ntese. Por la presente, fijo una fianza de cien mil d�lares para Pete Willard y de doscientos mil para Billy Ray Cobb. Los acusados permanecer�n en prisi�n preventiva hasta que logren satisfacer la fianza. Se levanta la sesi�n. Acto seguido se retir� a su despacho, donde vaci� la botella de cuarto de litro y abri� otra. Lester se sent�a satisfecho de las fianzas. La suya hab�a sido de cincuenta mil por el asesinato de Monroe Bowie. Claro que Bowie era negro y las fianzas sol�an ser m�s bajas en estos casos. El p�blico se dirigi� hacia la puerta posterior de la sala, pero Lester permaneci� en su lugar. Observ� atentamente c�mo esposaban a los dos blancos y los conduc�an a la puerta del calabozo. Cuando desaparecieron, se cubri� el rostro con las manos y rez� una breve oraci�n. Entonces escuch�. Jake se asomaba por lo menos diez veces diarias al balc�n para observar el centro de Clanton. A veces fumaba unos cigarros baratos y soltaba bocanadas de humo en Washington Street. Incluso en verano dejaba abiertas las ventanas del despacho principal. El ruido de la ajetreada peque�a ciudad le hac�a compa��a mientras trabajaba silenciosamente. A veces le sorprend�a el estruendo procedente de las calles que rodeaban el Palacio de Justicia y en otras ocasiones se asomaba al balc�n para comprobar por qu� estaba todo tan callado. Poco antes de las dos de la tarde del lunes veinte de mayo sali� al balc�n y encendi� un cigarro. Un profundo silencio llenaba el centro de Clanton, Mississippi.

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Cobb fue el primero en bajar cautelosamente por la escalera, con las manos esposadas a la espalda, seguido de Willard y del agente Looney. Diez pelda�os hasta el rellano, gir� a la derecha, y diez pelda�os m�s hasta el primer piso. Otros tres agentes esperaban junto al coche patrulla aparcado a la puerta mientras fumaban cigarrillos y observaban a los periodistas. Cuando Cobb lleg� al pen�ltimo escal�n, con Willard tres pelda�os a su espalda y Looney a uno del rellano, se abri� inesperadamente la peque�a puerta del trastero sucio y olvidado y el se�or Carl Lee Hailey emergi� de la oscuridad con un M--16 en las manos. Abri� fuego a bocajarro. Los r�pidos estallidos del fusil ametrallador llenaron el edificio y ahogaron su silencio. Los violadores quedaron paralizados y, a continuaci�n, chillaron al recibir el impacto de las balas; Cobb recibi� un balazo en el est�mago y otro en el pecho, y Willard en la cara, el cuello y la garganta. Intentaron en vano retroceder, tropezando entre s�, esposados e indefensos, mientras su piel y su sangre se desparramaban. Looney recibi� un balazo en la pierna, pero logr� subir hasta el calabozo, donde se refugi� agachado mientras o�a los gemidos de Cobb y de Willard y la risa hist�rica del negro. Las balas rebotaban en las paredes de la estrecha escalera y, al mirar hacia el rellano, Looney pod�a ver la sangre y la carne que lo salpicaban todo y descend�an por los pelda�os. Las breves y veloces r�fagas de siete a ocho disparos del M--16 retumbaban eternamente por todo el edificio. Por encima del ruido de los disparos y de las balas que rebotaban de las paredes de la escalera se o�a claramente la risa aguda de Carl Lee. Cuando acab�, arroj� el fusil a los cad�veres y ech� a correr. Entr� en los servicios, trab� la puerta con una silla, salt� por la ventana a los matorrales, anduvo tranquilamente por la acera, lleg� hasta su camioneta y regres� a su casa. Lester qued� paralizado al o�r los primeros disparos, que sonaron estrepitosamente en la sala de Audiencias. Las madres de Willard y de Cobb empezaron a chillar y los agentes corrieron hacia los calabozos, pero sin aventurarse a salir a la escalera. Lester escuch� atentamente por si sonaban disparos de pistola, pero no los hubo y abandon� la sala. Al o�r el primer tiro Bullard agarr� la botella y se refugi� bajo la mesa, mientras el se�or Pate cerraba la puerta con llave. Cobb, o lo que quedaba de �l, acab� por posarse encima de Willard. La sangre entremezclada en el de abajo y as� sucesivamente, hasta quedar empapado el rellano inferior. Jake cruz� corriendo la calle para dirigirse a la parte posterior del Palacio de Justicia. Prather estaba agachado junto a la puerta, pistola en mano, enojado con los periodistas que empujaban. Los dem�s agentes permanec�an atemorizados al pie de la escalera, cerca de los coches patrulla. Jake se dirigi� a la puerta principal, custodiada por otros agentes que evacuaban a los funcionarios y al p�blico de la Audiencia. Apareci� un mont�n de personas en la escalera frontal. Jake se abri� paso entre la muchedumbre, lleg� a la rotonda y se encontr� con Ozzie, que no dejaba de gritar en todas direcciones ordenando a la gente que se retirara. Hizo una se�a a Jake y cruzaron juntos el vest�bulo en direcci�n a la puerta posterior, donde media docena de agentes pistola en mano contemplaban silenciosamente la escalera. Jake sinti� n�useas. Willard casi hab�a logrado llegar al rellano. La parte frontal de su cabeza hab�a desaparecido y su cerebro parec�a gelatina que le cubr�a el rostro. Cobb hab�a conseguido darse la vuelta y absorber las �ltimas balas en la espalda. Ten�a la cara hundida en el vientre de Willard y sus pies junto al cuarto pelda�o. La sangre no dejaba de manar de los cad�veres y cubr�a por completo los seis �ltimos escalones. El charco carmes� avanzaba r�pidamente hacia los agentes, que retroced�an paso a paso. El fusil, tambi�n cubierto ya de sangre, estaba entre las piernas de Cobb y el quinto pelda�o. Todos los presentes guardaban silencio, magnetizados por la visi�n de la sangre que no dejaba de brotar de los dos cuerpos muertos. El profundo olor a p�lvora impregnaba la escalera y se extend�a hasta el vest�bulo y la rotonda, donde los agentes conduc�an todav�a al p�blico hacia la puerta principal. --Jake, es preferible que te marches --dijo Ozzie con la mirada fija en los cad�veres. --�Por qu�?

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--L�rgate. --�Por qu�? --Porque hemos de tomar fotograf�as, recoger pruebas y cosas por el estilo, y t� no tienes nada que hacer aqu�. --De acuerdo. Pero no se te ocurra interrogarle sin que yo est� presente. �Comprendido? Ozzie asinti�. Dos horas despu�s de tomar las fotograf�as, limpiarlo todo, recoger pruebas y retirar los cad�veres, Ozzie sali� seguido de cinco coches patrulla. Hastings, que conduc�a el primer coche, se dirigi� hacia el campo en direcci�n al lago, por delante de la tienda de ultramarinos de Bates hasta llegar a Craft Road. Los �nicos coches aparcados frente a la casa de los Hailey eran el de Gwen, la camioneta de Carl Lee y el Cadillac rojo con matr�cula de Illinois. Ozzie no esperaba ning�n problema. Los veh�culos de la polic�a se detuvieron en fila frente al jard�n y los agentes se apostaron tras las puertas abiertas de los coches mientras el sheriff se dirig�a solo a la casa. Se detuvo. Se abri� lentamente la puerta y apareci� la familia Hailey. Carl Lee se acerco al borde de la terraza, con Tonya en brazos. Mir� al sheriff, que era su amigo, y a la hilera de coches de los agentes. A su derecha estaba Gwen y a su izquierda sus tres hijos, el menor de los cuales sollozaba discretamente, pero los dos mayores se manten�an erguidos y orgullosos. A su espalda estaba Lester. Ambos grupos se observaron mutuamente, cada uno a la espera de que el otro tomara la iniciativa, todos con el deseo de evitar lo que estaba a punto de ocurrir. El �nico ruido era el del suave llanto de la ni�a, su madre y el menor de los hijos. Los ni�os hab�an intentado comprender lo ocurrido. Su pap� les hab�a contado lo que acababa de hacer y el porqu�. Eso lo hab�an comprendido; lo que no entend�an era por qu� iban a detenerlo y llevarlo a la c�rcel. Ozzie dio una patada a una porquer�a en el suelo, con una mirada ocasional a la familia y a sus hombres. --Ser� mejor que me acompa�es --dijo por �ltimo. Carl Lee asinti� ligeramente, pero no se movi�. Gwen y el hijo menor empezaron a llorar con gran desconsuelo cuando Lester cogi� a la ni�a de los brazos de su padre. Entonces, Carl Lee se agach� frente a los tres muchachos y les explic� de nuevo en un susurro que deb�a marcharse, pero que no tardar�a en regresar. Les dio un abrazo y todos echaron a llorar, agarrados fuertemente a �l. A continuaci�n bes� a su esposa y baj� por la escalera para reunirse con el sheriff. --�Quieres esposarme, Ozzie? --No, Carl Lee. Sube a mi coche. OCHO Moss Junior Tatum, subjefe de polic�a, charlaba tranquilamente con Jake en las dependencias de Ozzie mientras otros agentes, reservistas, ayudantes y carceleros reunidos en una abigarrada sala adjunta esperaban la llegada del nuevo preso. Dos de los agentes miraron a trav�s de las persianas a los periodistas y c�maras que esperaban en el aparcamiento, entre la c�rcel y la carretera. Hab�a furgones de las televisiones de Memphis, Jackson y Tupelo aparcados en distintas direcciones entre la muchedumbre. Descontento con la situaci�n, Moss se acerc� pausadamente a la acera para ordenar que la prensa se agrupara en cierta �rea y moviese los furgones. --�Va a hacer alguna declaraci�n? --grit� un periodista. --S�, muevan los furgones. --�Puede decirnos algo acerca de los asesinatos? --S�, dos personas han muerto. --�Puede darnos alg�n detalle?

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--No. No estaba presente. --�Tienen a alg�n sospechoso? --S�. --�De qui�n se trata? --Se lo dir� cuando hayan movido los furgones. Se movieron inmediatamente los veh�culos y se agruparon las c�maras y los micr�fonos cerca de la acera. Moss dio �rdenes e instrucciones hasta que se sinti� satisfecho. Despu�s se acerc� a la muchedumbre mascando tranquilamente un palillo y con ambos pulgares en los pasadores delanteros de su cintur�n, bajo la protuberante barriga. --�Qui�n lo ha hecho? --�Lo han detenido? --�Est� involucrada la familia de la ni�a? --�Est�n ambos muertos? --Uno por uno --sonri� Moss, mientras mov�a la cabeza--. S�, tenemos a un sospechoso. Est� detenido y llegar� dentro de un momento. Mantengan los furgones alejados. Eso es todo. Dicho esto, Moss entr� de nuevo en las dependencias policiales mientras le segu�an haciendo preguntas que no se molest� en responder. Regres� a la atestada sala. --�C�mo est� Looney? --pregunt�. --Prather est� con �l en el hospital. Est� bien; s�lo tiene un rasgu�o en la pierna. --Claro, eso y un ligero ataque de coraz�n --sonri� Moss. Los dem�s se rieron. --�Ah� llegan! --chill� uno de los funcionarios. Se asomaron todos a las ventanas conforme una procesi�n de luces azules entraba lentamente en el aparcamiento. Ozzie conduc�a el primer coche, con Carl Lee, sin esposas, sentado junto a �l. Hastings saludaba a las c�maras desde el asiento posterior mientras el veh�culo avanzaba entre la muchedumbre y junto a los furgones hasta la parte trasera del edificio, donde Ozzie aparc�. Los tres entraron tranquilamente en las dependencias policiales. El sheriff entreg� a Carl Lee a un carcelero y sigui� por el pasillo hasta su despacho. Jake estaba all�, esper�ndolo. --Podr�s verle dentro de un momento, Jake --dijo Ozzie. --Gracias. �Est�s seguro de que ha sido �l? --S�, estoy seguro. --�No habr� confesado? --No, no ha dicho pr�cticamente nada. Supongo que ha recibido instrucciones de Lester. --Ozzie, esos periodistas quieren hablar contigo --dijo Moss despu�s de entrar en su despacho--. Les he dicho que los ver�as dentro de un minuto. --Gracias, Moss --suspir� Ozzie. --�Alguien lo ha visto? --pregunt� Jake. --S�, Looney puede identificarle --respondi� Ozzie mientras se frotaba la frente con un pa�uelo rojo--. �Conoces a Murphy, ese peque�o tullido que se ocupa de la limpieza de la Audiencia? --Claro. Es muy tartamudo. Lo ha presenciado todo. Estaba sentado en la escalera este, exactamente enfrente de donde ha ocurrido. Estaba almorzando. Se ha llevado tal susto que ha pasado una hora sin poder hablar --dijo Ozzie antes de hacer una pausa y mirar fijamente a Jake--. �Por qu� te lo cuento? Qu� importa? Tarde o temprano lo averiguar�. �D�nde est� mi hombre? --En el pasillo del calabozo. Han de hacerle fotograf�as y todo lo dem�s. Tardar�n unos treinta minutos. Ozzie sali� del despacho y Jake llam� por tel�fono a Carla para recordarle que viera las noticias y las grabara.

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--No voy a responder a ninguna pregunta --declar� Ozzie ante los micr�fonos y las c�maras--. Hemos detenido a un sospechoso. Su nombre es Carl Lee Hailey y es de Ford County. Pesan sobre �l dos acusaciones de asesinato. --�Es el padre de la ni�a? --S�, lo es. --�C�mo sabe que ha sido �l? --Somos muy listos. --�Alg�n testigo presencial? --Ninguno, que sepamos. --�Ha confesado? --No. --�D�nde lo han encontrado? --En su casa. --�Ha sido herido un agente de polic�a? --S�. --�C�mo est�? --Bien. Est� en el hospital, pero no corre ning�n peligro. --�Cu�l es su nombre? --Looney. Dewayne Looney. --�Cu�ndo tendr� lugar la vista preliminar? --No soy el juez. --�Tiene alguna idea? --Puede que ma�ana, tal vez el mi�rcoles. Basta de preguntas, por favor. Esto es todo lo que puedo decirles en estos momentos. El carcelero retir� la cartera, el dinero, el reloj, las llaves, el anillo y el cortaplumas de Carl Lee e hizo un inventario que el detenido fech� y firm�. En una peque�a sala contigua lo fotografiaron y le tomaron las huellas digitales, tal como Lester se lo hab�a contado. Ozzie lo esper� junto a la puerta y le condujo a un peque�o cuarto al fondo del pasillo, donde se somet�a a los borrachos a la prueba del alcohol�metro. Jake estaba sentado junto a una peque�a mesa, al lado del aparato. Ozzie les dej� a solas. Uno a cada lado de la mesa, abogado y cliente se observaban atentamente. Sonrieron ambos con admiraci�n, pero sin decir palabra. Hac�a cinco d�as que hab�an hablado por �ltima vez, el mi�rcoles, despu�s de la vista preliminar al d�a siguiente de la violaci�n. Carl Lee estaba ahora m�s sereno. Ten�a el rostro relajado y la mirada clara. --Jake, cre�as que no lo har�a. --Realmente, no. �Lo has hecho? --Sabes que s�. --�C�mo te sientes? --sonri� Jake, despu�s de asentir y cruzarse de brazos. Carl Lee se relaj� y se acomod� en su silla plegable. --Me siento mejor. No estoy satisfecho de todo lo sucedido. Preferir�a que no hubiera ocurrido. Pero tambi�n me gustar�a que mi hija estuviera bien. No ten�a nada contra esos muchachos hasta que se metieron con mi hija. Ahora han recibido lo que ellos empezaron. Lo lamento por sus madres; y sus padres si los tienen, cosa que dudo. --�Tienes miedo? --�De qu�? --De la c�mara de gas, por ejemplo. --No, Jake, para eso te tengo a ti. No pienso ir a ninguna c�mara de gas. Te he visto salvar a Lester; ahora s�lvame a m�. Puedes hacerlo, Jake. --No es tan sencillo, Carl Lee.

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--�C�mo no? --Uno no puede matar a varias personas a sangre fr�a, decirle al jurado que se lo merec�an y esperar que se le declare inocente. --Lo lograste con Lester. --Pero cada caso es distinto. Y la gran diferencia aqu� es que t� has matado a dos chicos blancos y Lester mat� a un negro. Una diferencia enorme. --�Tienes miedo, Jake? --�Por qu� tendr�a que tener miedo? No soy yo quien puede acabar en la c�mara de gas. --Parece que no est�s muy seguro de ti mismo. �Ser�s imb�cil?, pens� Jake. �C�mo pod�a sentirse seguro de s� mismo en semejante trance? Los cad�veres todav�a no estaban fr�os. Claro que se sent�a seguro de s� mismo antes de la matanza, pero ahora era distinto. Su cliente se enfrentaba a la c�mara de gas por un crimen que admit�a haber cometido. --�De d�nde sacaste el fusil? --De un amigo de Memphis. --�Te ha ayudado Lester? --No. Sab�a lo que me propon�a y quiso ayudarme, pero no se lo permit�. --�C�mo est� Gwen? --Muy trastornada en estos momentos, pero Lester est� con ella.. No sab�a nada. --�Y tus hijos? --Ya sabes c�mo son los ni�os. No quieren que su pap� est� en la c�rcel. Est�n apenados, pero se les pasar�. Lester cuidar� de ellos. --�Va a regresar a Chicago? --De momento no. Jake, �cu�ndo vamos al Juzgado? --La vista preliminar probablemente tendr� lugar ma�ana o el mi�rcoles. Depende de Bullard. --Es el juez? --Lo ser� en la vista preliminar, pero no en el juicio, que tendr� lugar en la Audiencia Territorial. --�Qui�n es el juez de la Audiencia Territorial? --Ornar Noose, de Van Buren County, el mismo que juzg� a Lester. --Me alegro. Es un buen juez, �no es cierto? --S�, es un buen juez. --�Cu�ndo se celebrar� el juicio? --A finales de verano o principios de oto�o. Buckley insistir� en que se celebre cuanto antes. --�Qui�n es Buckley? --Rufus Buckley. El fiscal del distrito. El mismo que acus� a Lester. �No lo recuerdas, un tipo alto, con una voz potente...? --S�, s�, ahora lo recuerdo. El gran malvado de Rufus Buckley. Lo hab�a olvidado. �No es un tipo bastante mezquino? --Es un buen tipo, muy bueno. Es corrupto y ambicioso, y se tragar� esto a causa de la publicidad. --T� le has vencido, �no es cierto? --S�, y �l me ha vencido a m�. Jake abri� su malet�n y sac� una carpeta. En su interior hab�a un contrato para servicios jur�dicos, que examin� aunque se lo hab�a aprendido de memoria. Sus honorarios se basaban en las posibilidades del cliente, y las de los negros eran generalmente escasas, a no ser

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que tuvieran alg�n pariente pr�ximo y generoso con un buen empleo en Saint Louis o Chicago. Sol�an ser pocos. En el caso de Lester hab�a un hermano en California que trabajaba en Correos, pero no hab�a querido o no hab�a podido ayudar. Ten�a algunas hermanas dispersas por diversos lugares, si bien pasaban sus propios apuros y lo �nico que pudieron ofrecer a Lester fue apoyo moral. Gwen ten�a muchos parientes que no se met�an en l�os, pero tampoco eran pr�speros. Carl Lee era propietario de algunas tierras alrededor de la casa, y las hab�a hipotecado para ayudar a Lester a saldar la cuenta de Jake. Le hab�a cobrado cinco mil d�lares por su defensa en el juicio por asesinato, la mitad por anticipado y la otra mitad a plazos a lo largo de tres a�os. Jake detestaba hablar de honorarios. Era la parte m�s dif�cil de su profesi�n. Los clientes deseaban saber inmediatamente y por anticipado cu�nto les cobrar�a, y sus reacciones eran siempre distintas. Unos se asustaban, otros se limitaban a poner mala cara, y alguno que otro abandonaba enojado el despacho. Alguien negociaba la minuta, pero la mayor�a pagaba o promet�a hacerlo. Mientras examinaba el contrato, pensaba desesperadamente en unos honorarios razonables. Hab�a abogados que aceptar�an el caso pr�cticamente gratis. S�lo por la publicidad. Pens� en las tierras de Carl Lee, en su empleo en la f�brica de papel, en la familia, y, por fin, dijo: --Mis honorarios ser�n diez mil. --A Lester le cobraste cinco mil. Jake se lo esperaba. --Contra ti pesan tres acusaciones. Lester s�lo ten�a una. --�Cu�ntas veces puedo ir a la c�mara de gas? --Tienes raz�n. �Cu�nto puedes pagar? --Mil al contado --respondi� con orgullo--. Y pedir� todo lo que pueda por mis tierras y te lo entregar�. --Tengo una idea mejor --dijo Jake despu�s de reflexionar unos instantes--. Pong�monos de acuerdo en cuanto a la cantidad. Me pagas ahora los mil y firmas un pagar� por el resto. Cuando hipoteques las tierras, saldas la cuenta. --�Cu�nto quieres? --pregunt� Carl Lee. --Diez mil. --Te pagar� cinco mil. --Puedes pagar m�s. --Y t� puedes trabajar por menos. --De acuerdo, lo har� por nueve. --En tal caso, puedo pagarte seis. --�Ocho? --Siete. --�Lo fijamos en siete mil quinientos? --S�, creo que podr� pagarlos. Depende de lo que me presten por las tierras. �Quieres que te pague mil ahora y te firme un pagar� por seis mil quinientos? --Eso es. --De acuerdo, trato hecho. Jake rellen� los espacios en blanco del formulario y del pagar�, y Carl Lee firm� ambos documentos. --Dime, Jake, �cu�nto le cobrar�as a alguien que tuviera mucho dinero? --Cincuenta mil. --�Cincuenta mil! �Hablas en serio? --Por supuesto. --Oye, eso es mucho dinero. �Te los ha pagado alguien? --No, pero tampoco he visto a mucha gente con tanto dinero acusada de asesinato.

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Carl Lee quer�a informaci�n acerca de su fianza, el tribunal, el juicio, los testigos, qui�n formar�a el jurado, cu�ndo podr�a salir de la c�rcel, si Jake podr�a acelerar el juicio, cu�ndo podr�a revelar su versi�n y otras muchas cuestiones. Jake le dijo que dispondr�an de mucho tiempo para hablar. Prometi� llamar a Gwen y a su jefe en la f�brica de papel. Cuando se march�, encerraron a Carl Lee en la celda adjunta a la de los presos estatales. Un furg�n de la televisi�n imped�a la salida del Saab y Jake pregunt� por el propietario del mismo. La mayor�a de los periodistas ya se hab�an marchado, pero quedaban algunos por si ocurr�a algo. Era casi de noche. --�Pertenece usted a la oficina del sheriff? --pregunt� un periodista. --No, soy abogado --respondi� tranquilamente Jake procurando mostrarse desinteresado. --�Es usted el defensor del se�or Hailey? --Efectivamente, as� es --respondi� Jake, despu�s de volverse para mirarle fijamente, mientras otros escuchaban. --�Est� dispuesto a responder a unas preguntas? --Puede preguntar, no le garantizo que responda. --�Le importar�a acercarse? Jake se acerc� a los micr�fonos y las c�maras, como si le causaran una molestia. Ozzie y sus subordinados miraban desde el interior. --Le encantan las c�maras --dijo el sheriff. --Como a todos los abogados --agreg� Moss. --�C�mo se llama usted? --Jake Brigance. --�Es usted el abogado defensor del se�or Hailey? --As� es --respondi� escuetamente Jake. --�Es el se�or Hailey el padre de la ni�a violada por los hombres que han muerto hoy? --Correcto. --�Qui�n ha matado a esos dos hombres? --No lo s�. --�Ha sido el se�or Hailey? --Le he dicho que no lo s�. --�Qu� cargos se han presentado contra su cliente? --Ha sido detenido por los asesinatos de Billy Ray Cobb y Pete Willard. Oficialmente no se ha presentado ning�n cargo contra �l. --�Anticipa que se acusar� al se�or Hailey de los dos asesinatos? --Sin comentario. --�Qu� le impide comentar? --�Ha hablado con el se�or Hailey? --pregunt� otro periodista. --S�, hace un momento. --�C�mo est�? --�A qu� se refiere? --Bueno, quiero decir que c�mo se encuentra. --�Se refiere a si le gusta estar en la c�rcel? �pregunt� Jake, con una ligera sonrisa. --S�. --Sin comentario. --�Cu�ndo aparecer� ante el juez?

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--Probablemente ma�ana o el mi�rcoles. --�Se declarar� culpable? --Claro que no --sonri� Jake. Despu�s de una cena fr�a, sentados en el sof�--columpio de la entrada, contemplaban el rociador y hablaban del caso. Los asesinatos eran noticia en todo el pa�s, y Carla hab�a grabado todos los noticiarios que hab�a podido. Dos cadenas cubr�an los acontecimientos en directo a trav�s de sus filiales en Memphis, y las cadenas de televisi�n de Memphis, Jackson y Tupelo mostraban la entrada de Cobb y Willard en el Juzgado rodeados de agentes de polic�a, y, al cabo de unos segundos, cuando los sacaban de la Audiencia envueltos en s�banas blancas. Una de las emisoras transmiti� el ruido de los disparos al tiempo que mostraba a los agentes que corr�an para refugiarse. La entrevista de Jake hab�a tenido lugar despu�s de las noticias de la tarde, por lo que tuvieron que esperar, con el grabador preparado, a las noticias de las diez, y ah� estaba Jake, cartera en mano, esbelto, sano, apuesto, arrogante y enojado con los periodistas por la molestia que le causaban. �l cre�a que ten�a muy buen aspecto por televisi�n y estaba emocionado de haber salido en la pantalla. Hab�a salido brevemente en otra ocasi�n, despu�s de que se declarara a Lester inocente, y los clientes del Coffee Shop le hab�an tomado el pelo durante seis meses. Estaba contento. Le encantaba la publicidad y esperaba tener mucha m�s. No se le ocurr�a ning�n tipo de caso, de circunstancias ni de situaciones que pudiera generarle m�s publicidad que el juicio de Carl Lee Hailey. Y la absoluci�n de Carl Lee Hailey por el asesinato de los dos j�venes blancos que hab�an violado a su hija a cargo de un jurado enteramente blanco en una zona rural de Mississippi. --�Por qu� sonr�es? --pregunt� Carla. --Por nada. --Claro. Est�s pensando en el juicio, las c�maras, los periodistas, la declaraci�n de inocencia, y en c�mo saldr�s del Juzgado con el brazo sobre el hombro de Carl Lee, acosado por las c�maras y por la prensa y rodeado de gente que te felicita. S� exactamente lo que piensas. --�Entonces por qu� me lo preguntas? --Para comprobar si lo confiesas. --De acuerdo, lo confieso. Este caso podr�a hacerme famoso y reportarnos un mill�n de pavos a la larga. --Si lo ganas. --Claro, si lo gano. --�Y si lo pierdes? --Lo ganar�. --�Y de lo contrario? --Piensa en plan positivo. Son� el tel�fono y Jake habl� durante diez minutos con el director, propietario y redactor �nico de The Clanton Chronicle. Volvi� a sonar y charl� con un periodista del peri�dico matutino de Memphis. Cuando colg�, llam� a Lester y a Gwen antes de telefonear al encargado de la f�brica de papel. A las once y cuarto son� de nuevo el tel�fono y Jake recibi� la primera amenaza de muerte, evidentemente an�nima. Alguien le llam� hijo de puta amante de los negros que no sobrevivir�a si el negro sal�a en libertad. NUEVE

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El martes por la ma�ana despu�s de los asesinatos, Dell Perkins sirvi� m�s caf� y farro que de costumbre. Todos los clientes habituales y algunos adicionales hab�an llegado temprano para leer los peri�dicos y hablar de los cr�menes que hab�an tenido lugar a menos de cien metros de la puertas del Coffee Shop. Claude's y el Tea Shoppe tambi�n se llenaron antes que de costumbre. La fotograf�a de Jake apareci� en primera plana del peri�dico de Tupelo, y en la portada de los peri�dicos de Memphis y de Jackson aparec�an las fotos de Cobb y Willard antes del tiroteo y, a continuaci�n, del momento en que se llevaban los cad�veres a la ambulancia. No hab�a ninguna fotograf�a de Carl Lee. Todos los peri�dicos hablaban detalladamente de lo sucedido en Clanton en los �ltimos seis d�as. Era de dominio p�blico que el autor de los asesinatos era Carl Lee, pero se rumoreaba tambi�n sobre la participaci�n de otros pistoleros. En una mesa del Tea Shoppe incluso se lleg� a hablar de una pandilla de negros locos que hab�a intervenido en el ataque. Sin embargo, los polic�as que frecuentaban el Coffee Shop atajaron discretamente los rumores y los mantuvieron bajo control. El agente Looney era uno de los habituales y hab�a preocupaci�n en cuanto a sus heridas, al parecer m�s graves de lo que se hab�a dicho al principio. Permanec�a en el hospital y hab�a identificado al autor de los disparos como hermano de Lester Hailey. Jake lleg� a las seis y se sent� con unos granjeros cerca de la puerta. Salud� con la cabeza a Prather y a otro agente, que fingieron no verle. Se les pasar� cuando Looney salga del hospital, pens�. Se hicieron algunos comentarios sobre la fotograf�a de primera plana, pero nadie habl� de su nuevo cliente ni de los asesinatos. Jake detect� cierta frialdad en algunos de los habituales. Desayun� con rapidez y se march�. A las nueve, Ethel lo llam�. Bullard estaba al tel�fono. --Hola, se�or juez. �C�mo est� usted? --Fatal. �Representa a Carl Lee Hailey? --S� se�or. --�Cu�ndo quiere que se celebre la vista preliminar? --�Por qu� me lo pregunta a m�? --Buena pregunta. El caso es que en alg�n momento de ma�ana por la ma�ana se celebrar�n los funerales y creo que ser�a preferible esperar a que hayan enterrado a esos cabrones, �no le parece? --S�, se�or juez, buena idea. --�Qu� le parece ma�ana a las dos de la tarde? --Perfecto. --Jake --dijo el juez, despu�s de titubear unos instantes--, �estar�a dispuesto a prescindir de la vista preliminar y mandar directamente el caso a la Audiencia Territorial? --Se�or juez, sabe perfectamente que nunca prescindo de la vista preliminar. --S�, lo s�. Hab�a pensado que quiz� lo har�a como favor especial. No voy a presidir el juicio y no siento ning�n deseo de verme involucrado en �l. Nos veremos ma�ana. Al cabo de una hora, se oy� de nuevo la voz de Ethel por el intercomunicador. --Se�or Brigance, aqu� hay unos periodistas que desean verle. --�De d�nde? --pregunt� Jake encantado. --De Memphis y de Jackson, creo. --H�gales pasar a la sala de conferencias. Me reunir� con ellos en un momento. Se arregl� la corbata, se pein� y mir� por la ventana para ver si hab�a alg�n furg�n de la televisi�n. Decidi� hacerles esperar y, despu�s de un par de llamadas innecesarias, baj� sin prestar atenci�n alguna a Ethel y entr� en la sala de conferencias. Le pidieron que se sentara a un extremo de la mesa por cuestiones de luz. Decidido a controlar la situaci�n, se neg� a hacerlo y, en su lugar, se sent� de espaldas a una hilera de vistosos textos jur�dicos.

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Colocaron delante de �l los micr�fonos, ajustaron las luces de las c�maras y, por fin, una atractiva periodista de Memphis, con l�neas anaranjadas en la frente y bajo los ojos, se aclar� la garganta y empez� a hablar. --Se�or Brigance, �representa usted a Carl Lee Hailey? --S�, as� es. --�A quien se ha acusado de los asesinatos de Billy Ray Cobb y Pete Willard? --Correcto. --�Y Cobb y Willard estaban acusados de la violaci�n de la hija del se�or Hailey? --Correcto. --�Niega el se�or Hailey haber matado a Cobb y a Willard? --Se declara inocente de los cargos. --�Se le acusar� de haber disparado contra el agente Looney? --S�. Anticipamos una tercera acusaci�n de agresi�n grave contra el agente de polic�a. --�Piensa alegar que no estaba en posesi�n de sus facultades mentales? --No estoy dispuesto a hablar de la defensa en estos momentos porque todav�a no se han formalizado los cargos. --�Quiere decir que existe la posibilidad de que no se formalicen? Una buena baza, que Jake esperaba. La Audiencia formalizar�a o no los cargos, y el jurado no se seleccionar�a antes del veintisiete de mayo, cuando se reuniera el Tribunal Territorial. De modo que los futuros miembros del jurado circulaban ahora por las calles de Clanton cuidando de sus tiendas, trabajando en las f�bricas, limpiando la casa, leyendo peri�dicos y discutiendo si deb�an o no formalizarse los cargos. --Efectivamente, creo que existe la posibilidad de que no se formalicen. Depende del Tribunal Territorial, o mejor dicho, as� ser� despu�s de la vista preliminar. --�Cu�ndo tendr� lugar la vista preliminar? --Ma�ana, a las dos de la tarde. --�Supone que el juez Bullard remitir� el caso al Tribunal Territorial? --Es l�gico suponerlo --respondi� Jake, convencido de que a Bullard le encantar�a la respuesta. --�Cu�ndo se reunir� el Tribunal Territorial? --Se constituir� un nuevo tribunal el lunes por la ma�ana. Podr�a examinar el caso el lunes por la tarde. --�Cu�ndo podr�a celebrarse el juicio? --En el supuesto de que se formalicen los cargos, podr�a celebrarse a finales de verano o principios de oto�o. --�En qu� Juzgado? --En la Audiencia Territorial de Ford County. �Qui�n ser�a el juez? --Su se�or�a Omar Noose. --�De d�nde procede? --De Chester, Mississippi. Van Buren County. --�Quiere decir que el juicio tendr� lugar aqu�, en Clanton? --S�, a no ser que se opte por un lugar alternativo. --�Piensa solicitar que se celebre en otro lugar? --Buena pregunta, pero no estoy dispuesto a responderla en estos momentos. Es prematuro hablar de la estrategia de la defensa. --�Qu� inter�s podr�a tener en solicitar otro lugar? Elegir otro condado con mayor predominio de negros, pens� Jake, pero respondi�: --Las razones habituales: la publicidad anterior al juicio, etc�tera. --�Qui�n decide si el juicio debe celebrarse en otro lugar? �

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El juez Noose. Goza de absoluta discreci�n. --�Se ha fijado alguna fianza? --No, ni es probable que se haga hasta que se formalicen los cargos. Tiene derecho a una fianza razonable en estos momentos, pero es costumbre en este condado que en los casos de asesinato no se fije la fianza hasta despu�s de formalizados los cargos en la Audiencia Territorial. Entonces ser� el juez Noose quien fije la fianza. --�Qu� puede decirnos del se�or Hailey? Jake se relaj� y reflexion� unos instantes, mientras las c�maras segu�an filmando. Otra buena baza, con la maravillosa oportunidad de sembrar unas semillas. --Tiene treinta y siete a�os. Est� casado con la misma mujer desde hace veinte a�os. Cuatro hijos: tres varones y una ni�a. Una persona agradable y sin antecedentes. No ha tenido nunca ning�n problema con la justicia. Condecorado en Vietnam. Trabaja cincuenta horas semanales en una f�brica de papel en Coleman. Paga sus cuentas y es propietario de un peque�o terreno. Va a la iglesia todos los domingos con su familia. Se ocupa de sus asuntos y espera que no se metan con �l. --�Nos permitir� hablar con �l? --Claro que no. --�No es cierto que hace algunos a�os su hermano fue juzgado por asesinato? --S�, pero se le declar� inocente. --�Fue usted su abogado? --S�. --Usted ha defendido varios casos de asesinato en Ford County, �no es cierto? --Tres. --�Cu�ntos fueron declarados inocentes? --Todos --respondi� lentamente. --�No tiene el jurado distintas opciones en Mississippi? --pregunt� la periodista de Memphis. --Efectivamente. Cuando la acusaci�n es de asesinato, el jurado puede hallar al acusado culpable de homicidio, con su correspondiente condena de veinte a�os, o de asesinato con alevos�a, en cuyo caso el jurado debe elegir entre la pena de muerte y cadena perpetua. Tambi�n es posible que el jurado lo declare inocente --sonri� Jake ante las c�maras--. Siempre en el supuesto, claro est�, de que se formalice la acusaci�n. --�C�mo est� la peque�a Hailey? --Est� de nuevo en su casa. Sali� del hospital el domingo. Se espera que se recupere. Los periodistas se miraron entre s�, en busca de m�s preguntas. Jake sab�a que �ste era el momento peligroso, cuando se les acaban las preguntas y empezaban a tocar temas delicados. Se puso de pie y se abroch� la chaqueta. --Muchachos, agradezco vuestra visita. Estoy a vuestra disposici�n, pero la pr�xima vez avisadme con un poco de tiempo y estar� encantado de hablar con vosotros. Le dieron las gracias y se retiraron. A las diez de la ma�ana del mi�rcoles, en un funeral doble y sencillo, los sure�os enterraron a sus muertos. El pastor de la iglesia de Pentecost�s, reci�n ordenado, se esforz� desesperadamente en pronunciar unas palabras de consuelo ante el peque�o grupo y los dos ata�des cerrados. El funeral fue breve y con algunas l�grimas. Las camionetas y sucios Chevrolets avanzaron lentamente tras el coche mortuorio, que abandon� la ciudad en direcci�n al campo: Aparcaron tras una peque�a iglesia de ladrillo rojo. Los cad�veres se depositaron uno a cada extremo del diminuto y descuidado cementerio. Despu�s de unas palabras adicionales de consuelo, se dispers� el grupo. Los padres de Cobb se hab�an divorciado cuando era ni�o, y el padre vino desde Birmingham para asistir al funeral. A continuaci�n desapareci�. La se�ora Cobb viv�a en una bonita casa blanca cerca del asentamiento de Lake Village, a diecis�is kil�metros de Clan-

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ton. Sus otros dos hijos se reunieron con sus primos y amigos en el jard�n, bajo un roble, mientras las mujeres consolaban a la se�ora Cobb. Los hombres hablaban en general de los negros mientras mascaban jazm�n y beb�an whisky, expresando su nostalgia por la �poca en que los negros estaban en su sitio y no se sal�an de �l. Ahora, el Gobierno y los tribunales los cuidaban y proteg�an, sin que los blancos pudieran hacer nada para evitarlo. Uno de los primos conoc�a a alguien que sol�a participar activamente en el Klan y tal vez lo llamar�a. El abuelo de Cobb hab�a formado parte del Klan mucho antes de morir, explic� el primo, y cuando �l y Billy Ray eran ni�os les hablaba de los negros que hab�an colgado en los condados de Ford y Tyler. Eso es lo que deber�an hacer con ese negro, dijeron, pero nadie se ofreci� voluntario. Acaso el Klan se interesara. Hab�a un cabildo junto a Jackson, cerca de Nettles County, y autorizaron al primo para que se pusiera en contacto con �l. Las mujeres prepararon la comida. Los hombres comieron en silencio antes de regresar al whisky a la sombra del �rbol. Alguien mencion� que la vista preliminar del negro tendr�a lugar a las dos de la tarde. Se encaminaron hacia Clanton. Hab�a un Clanton anterior a los asesinatos y otro posterior a los mismos, y deber�an transcurrir varios meses antes de que ambos se parecieran. Un tr�gico y sangriento suceso, que hab�a durado menos de cincuenta segundos, convirti� la apacible ciudad sure�a de ocho mil habitantes en La Meca de los periodistas, corresponsales, equipos de televisi�n y fot�grafos, algunos de las ciudades cercanas y otros de los medios de comunicaci�n nacionales. Las c�maras y los informadores de televisi�n tropezaban entre s� en las aceras de la plaza conforme preguntaban a los transe�ntes por en�sima vez qu� impresi�n les hab�a causado el caso de Hailey y c�mo votar�an si formaran parte del jurado. No hab�a un veredicto claro en la calle. Los furgones de la televisi�n segu�an a los coches de los informadores en busca de pistas, historias y entrevistas. Al principio, Ozzie era uno de sus objetivos predilectos. Al d�a siguiente del asesinato lo entrevistaron media docena de veces, pero entonces encontr� otras cosas de qu� ocuparse y deleg� las entrevistas en Moss Junior, a quien le encantaba dialogar con la prensa. Era capaz de responder a veinte preguntas sin divulgar un solo detalle. Contaba tambi�n muchas mentiras, que los ignorantes forasteros eran incapaces de distinguir de la verdad. --�Hay indicios de la participaci�n de otros pistoleros? --S�. --�Caramba! �Qui�nes? --Tenemos pruebas de que el ataque fue autorizado y financiado por extremistas ex Panteras Negras --respondi� Moss Junior con una expresi�n perfectamente sobria. La mitad de los periodistas titubeaban o lo miraban desconcertados, mientras los dem�s repet�an sus palabras y escrib�an afanosamente. Bullard se negaba a salir de su despacho y no aceptaba llamadas. Se puso de nuevo en contacto con Jake para suplicarle que prescindiera de la vista preliminar. Jake volvi� a negarse. Los periodistas esperaban en la antesala del despacho de Bullard, en el primer piso del Juzgado, pero el juez estaba a salvo con su vodka tras la puerta cerrada con llave. Hubo una solicitud para filmar el funeral. Los Cobb hab�an accedido a cambio de unos honorarios, pero la se�ora Willard se neg� a dar su autorizaci�n. Los periodistas se apostaron frente a la funeraria y filmaron lo que pudieron. A continuaci�n siguieron la procesi�n hasta el cementerio, filmaron el entierro y siguieron a los acompa�antes a la casa de la se�ora Cobb, donde el mayor de sus hijos, Freddie, los insult� y les oblig� a retirarse. El mi�rcoles, el Coffee Shop estaba silencioso. Los clientes habituales, incluido Jake; observaban a los desconocidos que hab�an invadido su santuario. La mayor�a llevaban barba, hablaban con un acento diferente y no com�an farro. --�No es usted el abogado del se�or Hailey? --pregunt� uno de ellos desde el otro lado de la sala. Jake sigui� preparando su tostada, sin decir palabra. --�Oiga! �Lo es o no lo es? --�Y si lo fuera? --replic� Jake.

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--�Se declarar� culpable? --Estoy desayunando. --�Lo har�? --Sin comentario. --�Por qu� sin comentario? --Sin comentario. --�Pero por qu�? --No puedo hablar mientras desayuno. Sin comentario. --�Puedo hablar con usted m�s tarde? --S�, p�dale hora a mi secretaria. Cobro sesenta d�lares por hora de charla. Los clientes habituales lo abuchearon, pero los forasteros permanecieron imp�vidos. Jake concedi� una entrevista gratuita al peri�dico de Memphis para el mi�rcoles, y, a continuaci�n, se encerr� en la sala de guerra para preparar la vista preliminar. Al mediod�a visit� a su famoso cliente en la c�rcel. Carl Lee estaba tranquilo y relajado. Desde su celda ve�a el ir y venir de los periodistas en el aparcamiento. --C�mo te sienta la c�rcel? --pregunt� Jake. --No est� mal. La comida es buena. Como con Ozzie en su despacho. --�C�mo? --S�. Y adem�s jugamos a cartas. --Bromeas, Carl Lee. --No. Tambi�n veo televisi�n. Anoche te vi en las noticias. Quedaste muy bien. Voy a hacerte famoso, Jake, �no es cierto? Jake no respondi�. --�Cu�ndo voy a salir yo por televisi�n? Despu�s de todo fui yo quien cometi� los asesinatos, y t� y Ozzie os hac�is famosos. El cliente sonre�a, pero no el abogado. --Hoy, aproximadamente dentro de una hora. --S�, ya me he enterado de que �bamos al Juzgado. �Para qu�? --La vista preliminar. No tiene mucha importancia, o por lo menos no deber�a tenerla. En este caso ser� distinto a causa de las c�maras. --�Qu� tengo que decir? --�Nada! Ni una palabra a nadie. Ni al juez, ni al fiscal, ni a los periodistas; a nadie. Nos limitaremos a escuchar. Escucharemos al fiscal y averiguaremos c�mo prepara el caso. Se supone que disponen de un testigo ocular y puede que declare. Ozzie declarar� y le hablar� al juez del arma, las huellas, Looney... --�C�mo est� Looney? --No lo s�. Peor de lo que supon�an. --No sabes cu�nto lamento haber herido a Looney. Ni siquiera lo vi. --Pues se proponen acusarte de agresi�n grave por haberle disparado. En todo caso, la vista preliminar es una mera formalidad. Su finalidad es simplemente la de que el juez determine si hay pruebas suficientes para remitir el caso a la Audiencia Territorial. Bullard siempre lo hace, de modo que es una simple formalidad. --�Entonces por qu� se hace? --Podr�amos prescindir de ella --respondi� Jake al tiempo que pensaba en todas las c�maras que dejar�an de verle--. Pero prefiero no hacerlo. Es una buena oportunidad de evaluar el enfoque de la acusaci�n. --En mi opini�n, Jake, no deben faltarles pruebas, �no crees? --Estoy de acuerdo. Pero limit�monos a escuchar. �sa es la estrategia de una vista preliminar. �Te parece bien? --No tengo ning�n inconveniente. �Has hablado hoy con Gwen o con Lester? --No, les llam� el lunes por la noche.

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--Ayer estuvieron aqu�, en el despacho de Ozzie. Dijeron que hoy vendr�an al Juzgado. Creo que todo el mundo estar� hoy en el Juzgado. Jake se march�. En el aparcamiento se cruz� con algunos periodistas, que esperaban la salida de Carl Lee de la c�rcel. No hizo ninguna declaraci�n, ni tampoco a los que le esperaban en la puerta de su despacho. Estaba demasiado ocupado para responder preguntas, pero era muy consciente de las c�maras. A la una y media fue al Juzgado y se refugi� en la biblioteca jur�dica del tercer piso. Ozzie, Moss Junior y los agentes vigilaban el aparcamiento, secretamente enojados por la presencia de fot�grafos y periodistas. Era la una cuarenta y cinco, hora de llevar al preso al Juzgado. --Parecen un pu�ado de buitres a la espera de echarse sobre un perro muerto junto a la carretera --observ� Moss Junior despu�s de mirar entre las persianas. --Es la gente peor educada que he visto en mi vida --agreg� Prather--. Se niegan a aceptar un no como respuesta. Esperan que la ciudad entera est� a su servicio. --Y aqu� s�lo est� la mitad; la otra mitad est� en el Juzgado. Ozzie no hab�a dicho gran cosa. Un peri�dico le hab�a criticado por el tiroteo, sugiriendo que las medidas de seguridad alrededor del Juzgado eran deliberadamente relajadas. Estaba harto de periodistas. El mi�rcoles les hab�a ordenado salir de sus dependencias en dos ocasiones. --Tengo una idea --dijo. --�Qu�? --pregunt� Moss Junior. --�Est� Curtis Todd todav�a en la c�rcel? --S�. Hasta la semana pr�xima. --�No crees que es m�s o menos parecido a Carl Lee? --�A qu� te refieres? --Pues a que es tan negro como Carl Lee, y aproximadamente del mismo peso y talla que �l. --�Y qu�? --exclam� Prather. --V�monos. Traed a Carl Lee y a Curtis Todd --orden� Ozzie--. Llevad mi coche a la puerta trasera. Que venga Todd aqu� para recibir instrucciones. Al cabo de diez minutos se abri� la puerta principal de la c�rcel y un grupo de polic�as acompa�� al preso por la acera. Dos agentes le preced�an, otros dos le segu�an, y andaban dos m�s, junto al negro, uno a cada lado de aquel individuo con gafas de sol y esposas, que no estaban cerradas. Cuando se acercaron a los periodistas, las c�maras empezaron a filmar y a tomar fotograf�as. --�Se declarar� culpable? --�Se declarar� inocente? --�Piensa declararse culpable o inocente? --Se�or Hailey, �alegar� enajenaci�n mental? El preso sonri� y prosigui� su lento paseo hasta los coches patrulla que lo esperaban. Los agentes sonrieron de mala gana e hicieron caso omiso de la muchedumbre. Los fot�grafos se esforzaban por conseguir la foto perfecta del vengador m�s famoso del pa�s. De pronto, ante la atenta mirada de toda la naci�n, rodeado de agentes de polic�a y con docenas de informadores pendientes de cada uno de sus movimientos, el preso ech� a correr y se dio a la fuga. Volte�, salt�, se contorsion� y escabull� velozmente por el aparcamiento, cruz� una zanja, atraves� la carretera y se ocult� entre unos �rboles. Los periodistas chillaban desconcertados y, al principio, algunos incluso corrieron tras �l. Curiosamente, los polic�as regresaron a sus dependencias y cerraron las puertas, dejando a los buitres con un palmo de narices. En el bosque, el preso se quit� las esposas y se fue andando a su casa. Curtis Todd hab�a sido puesto en libertad condicional con una semana de antelaci�n. Ozzie, Moss Junior y Carl Lee salieron apresuradamente por la puerta posterior y viajaron hasta el Juzgado por una calle secundaria, donde esperaba un grupo de agentes para escoltar al preso.

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--�Cu�ntos negros hay ah�? -- pregunt� Bullard al se�or Pate. --Una tonelada. --�Maravilloso! Una tonelada de negros. �Supongo que debe de haber otra tonelada de fan�ticos blancos? --Unos cuantos. --�Est� llena la sala? --Abarrotada. --�Santo cielo, y es s�lo una vista preliminar! �exclam� Bullard, al tiempo que vaciaba una botella de un cuarto de vodka y el se�or Pate le entregaba otra. --Tranquil�cese, se�or juez. --Brigance. Todo es culpa suya. Pod�amos haber prescindido de esta vista si �l lo hubiera querido. Se lo he pedido dos veces. Sabe que remitir� el caso a la Audiencia. Lo sabe. Todos los abogados lo saben. Pero ahora me veo obligado a enfurecer a todos los negros por no ponerlo en libertad, y a todos los fan�ticos blancos por no ejecutarlo hoy mismo en la sala. Brigance me las pagar�. Lo hace por las c�maras. Yo he de ser reelegido, pero �l no, �verdad? --No, se�or juez. --�Cu�ntos polic�as hay ah�? --Muchos. El sheriff ha llamado a los reservistas. Su se�or�a no corre ning�n peligro. --�Y los periodistas? --Ocupan las primeras filas. --�Sin c�maras! --Sin c�maras. --�Ha llegado Hailey? --S�, se�or�a. Est� en la sala con Brigance. Todos est�n listos, a la espera de su se�or�a. --De acuerdo, vamos --dijo el juez despu�s de llenarse el vaso de vodka puro. Al igual que en la �poca anterior a los sesenta, la sala estaba meticulosamente segregada, con los blancos y los negros separados por el pasillo central. Hab�a polic�as solemnemente apostados a lo largo del pasillo y alrededor de la sala. Hab�a un grupo de blancos ligeramente borrachos cerca del estrado que causaba cierta preocupaci�n. A algunos se les reconoci� como hermanos o primos del fallecido Billy Ray Cobb, y se les vigilaba atentamente. Los dos primeros bancos, el de la derecha delante de los negros y el de la izquierda delante de los blancos, estaban ocupados por dos docenas de periodistas. Varios de ellos tomaban notas mientras otros dibujaban al acusado, a su abogado y, por �ltimo, al juez. --Van a convertir a ese negro en un h�roe --dijo uno de los fan�ticos blancos lo suficientemente alto para que lo oyeran los periodistas. Cuando Bullard lleg� al estrado, la polic�a cerr� la puerta posterior. --Llame a su primer testigo --orden� en direcci�n a Rocky Childers. --La acusaci�n llama al sheriff Ozzie. El sheriff prest� juramento y se dispuso a declarar. Con toda tranquilidad, describi� detalladamente el escenario del tiroteo, los cad�veres, las heridas, el fusil, las huellas dactilares del fusil y las del acusado. Childers present� una declaraci�n jurada, firmada por el agente Looney ante el sheriff y Moss Junior como testigos, en la qu� se identificaba a Carl Lee como autor de los disparos. Ozzie ratific� la firma de Looney y ley� la declaraci�n. --Sheriff, �tiene conocimiento de que existan otros testigos oculares? --pregunt� Childers sin entusiasmo. --S�. Murphy, el encargado de la limpieza. --�Cu�l es su nombre de pila? --Nadie lo sabe. Se le conoce simplemente como Murphy.

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--Bien. �Ha hablado usted con �l? --No, pero lo ha hecho el detective de mi departamento. --�Qui�n es el detective de su departamento? --El agente Rady. Rady prest� juramento y se dispuso a declarar. El se�or Pate fue en busca de otro vaso de agua para su se�or�a. Jake tomaba montones de notas. No pensaba llamar a ning�n testigo y opt� por no formular ninguna pregunta al sheriff. De vez en cuando, los testigos de la acusaci�n se confund�an al prestar declaraci�n en la vista preliminar, y Jake los interrogaba para dejar constancia de las discrepancias. Durante el juicio, si volv�an a mentir mostraba la declaraci�n de la vista preliminar para confundirlos. Pero no por el momento. --D�game, �ha tenido usted la oportunidad de hablar con Murphy? --pregunt� Childers. --�Qu� Murphy? --Un tal Murphy, encargado de la limpieza. --�Ah, �se! S� se�or. --Me alegro. �Qu� ha dicho? --�Acerca de qu�? Childers lade� la cabeza. Rady era nuevo y ten�a poca experiencia como testigo. Ozzie cre�a que �sta era una buena oportunidad para que practicara. --�Acerca del tiroteo! D�ganos lo que le ha contado acerca del tiroteo. --Su se�or�a, protesto. S� que en una vista preliminar es admisible repetir la declaraci�n oral de otra persona, pero ese tal Murphy est� disponible. Trabaja aqu�, en este Juzgado. �Por qu� no se le permite que declare personalmente? --Porque tartamudea --respondi� Bullard. --�C�mo? --Tartamudea. Y no estoy dispuesto a perder media hora oy�ndole tartamudear. Protesta denegada. Prosiga, se�or Childers. A Jake le costaba dar cr�dito a sus o�dos. Bullard mir� de reojo al se�or Pate, que fue en busca de otro vaso de agua fresca. --Ahora, se�or Rady, cu�ntenos, �qu� le dijo Murphy acerca del tiroteo? --No es f�cil comprenderle, porque est� muy excitado, y cuando se excita empeora su tartamudeo. Me refiero a que siempre tartamudea, pero... --�Lim�tese a contarnos lo que le ha dicho! --exclam� Bullard. --De acuerdo. Ha dicho que vio a un hombre negro que disparaba contra los dos muchachos blancos y contra el agente de polic�a. --Gracias --dijo Childers--. Ahora d�ganos: �d�nde estaba cuando tuvo lugar el tiroteo? --�Qui�n? --�Murphy! --Sentado en las escaleras de enfrente del sitio donde se efectuaron los disparos. --�Y lo vio todo? --Eso dice. --�Ha identificado al autor de los disparos? --S�, le hemos mostrado fotograf�as de diez hombres negros y ha identificado al acusado, el que est� sentado en el banquillo. --Muy bien. Gracias. Se�or�a, he terminado. --�Alguna pregunta, se�or Brigance? --pregunt� el juez. --No, se�or�a --respondi� Jake al tiempo que se levantaba. --�Alg�n testigo? --No, se�or�a. --�Alguna solicitud, moci�n, cualquier cosa?

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--No, se�or�a. Jake era demasiado astuto para solicitar la libertad bajo fianza. En primer lugar, no servir�a de nada. Bullard no la conceder�a trat�ndose de asesinato. En segundo lugar, pondr�a al juez en un aprieto. --Gracias, se�or Brigance. Este tribunal considera que existen suficientes pruebas para retener al acusado y transferir el proceso a la Audiencia de Ford County. El se�or Hailey permanecer� detenido bajo la responsabilidad del sheriff y no se le otorga ninguna fianza. Se levanta la sesi�n. Carl Lee fue r�pidamente esposado antes de que se lo llevaran de la sala. El �rea posterior del Juzgado estaba acordonada y vigilada. Las c�maras captaron brevemente al acusado, entre la puerta y el coche patrulla que lo esperaba. Estaba de nuevo en su celda antes de que los espectadores hubieran abandonado la sala. Los agentes ordenaron a los blancos de un lado que salieran primero, seguidos de los negros. Los periodistas solicitaron la presencia de Jake y se les dijo que se reunieran en la rotonda al cabo de unos minutos. Les hizo esperar, para pasar antes por el despacho del juez y felicitarle. A continuaci�n se dirigi� al tercer piso para consultar un libro. Despu�s de que se vaciara la sala y de que hubieran esperado bastante, entr� en la rotonda por la puerta posterior y se coloc� ante las c�maras. Alguien le acerc� un micr�fono con unas letras rojas. --�Por qu� no ha solicitado la libertad bajo fianza? --pregunt� un periodista. --Se har� m�s adelante. --�Alegar� el se�or Hailey enajenaci�n mental? --Ya les he dicho que es prematuro hablar de este tema. Ahora debemos esperar la decisi�n de la Audiencia Territorial; puede que no se formalice la acusaci�n. Si se formalizan los cargos, empezaremos a organizar la defensa. --El se�or Buckley, fiscal del distrito, ha declarado que no anticipa ninguna dificultad para que se le condene. �Alg�n comentario? --Me temo que el se�or Buckley suele precipitarse indebidamente. Es una estupidez comentar el caso antes de que haya sido considerado por la Audiencia Territorial. --Tambi�n ha declarado que se opondr�a en�rgicamente a cualquier solicitud para que el juicio se celebrara en otro lugar. --Dicha solicitud todav�a no se ha presentado. En realidad no le importa d�nde se celebre el juicio. Lo har�a en el desierto siempre y cuando estuvieran presentes los medios de comunicaci�n. --�Cabe deducir que existe antagonismo entre usted y el fiscal del distrito? --Puede interpretarlo as�, si lo desea. Es un buen acusador y respetable adversario. Pero habla fuera de lugar. Respondi� a unas cuantas preguntas m�s de �ndole diversa y se excus�. A altas horas de la noche del mi�rcoles, los m�dicos operaron a Looney y le amputaron el tercio inferior de la pierna. Llamaron a Ozzie por tel�fono y �ste se lo comunic� a Carl Lee. DIEZ Rufus Buckley hoje� los peri�dicos del jueves por la ma�ana y ley� con inter�s los relatos de la vista preliminar de Ford County. Le encant� comprobar que los periodistas y el se�or Brigance hab�an citado su nombre. Los comentarios despectivos quedaban ampliamente compensados por la aparici�n de su nombre en los peri�dicos. No le gustaba el se�or Brigance, pero estaba encantado de que lo hubiera mencionado ante las c�maras y los periodistas. Durante dos d�as, Brigance y el acusado hab�an sido el centro de atenci�n; ya era hora de que hablasen del fiscal del distrito. En su opini�n, Brigance no deber�a criticar a nadie por anhelar la publicidad. Lucien Wilbank era quien hab�a marcado la pauta sobre la ma-

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nipulaci�n de la prensa durante los juicios y con anterioridad a ellos, y Jake hab�a aprendido bien la lecci�n. Pero Buckley no le guardaba rencor, sino todo lo contrario. Le encantaba la perspectiva de un juicio conflictivo y prolongado, que supondr�a su primera oportunidad de darse realmente a conocer de un modo significativo. Esperaba con impaciencia el lunes, primer d�a del calendario judicial de las sesiones de verano en Ford County. Ten�a cuarenta y un a�os; cuando, nueve a�os antes, sali� elegido por primera vez era el fiscal de distrito m�s joven de Mississippi. Ahora estaba en el primer a�o de su tercera legislatura y sent�a la llamada de sus ambiciones. Hab�a llegado el momento de ocupar otro cargo p�blico, por ejemplo el de fiscal general, o, posiblemente, el de gobernador. Y de all� al Congreso. Lo ten�a todo planeado, pero no era lo suficientemente conocido fuera del vig�simo segundo distrito judicial: Ford, Tyler, Polk, Van Buren y Milburn. Era preciso que le vieran y oyeran. Necesitaba publicidad. Lo que m�s falta le hac�a era poder condenar a alguien por asesinato en un juicio pol�mico, conflictivo y con mucha publicidad. Ford County estaba inmediatamente al norte de Smithfield, capital de Polk County, donde Rufus resid�a. Se hab�a criado en Tyler County, cerca de la frontera de Tennessee, al norte de Ford County. Durante las elecciones presum�a de una media del noventa por ciento de condenas y de haber conseguido m�s penas capitales que cualquier otro fiscal del Estado. Era clamoroso, afectado e irritante. En su cargo representaba al pueblo del Estado de Mississippi y era preciso reconocer que se tomaba muy en serio sus obligaciones. El pueblo detestaba la delincuencia, �l detestaba la delincuencia, y, juntos, pod�an eliminarla. Era de lo m�s grandilocuente cuando hablaba al jurado. Pod�a declamar, predicar, influir, suplicar, implorar. Era capaz de inflamar al jurado hasta tal punto que sus miembros estaban impacientes por retirarse a deliberar, rezar una plegaria, emitir el voto y regresar a la sala para sentenciar al acusado a la horca. Sab�a hablar como los negros y como los fan�ticos blancos, con lo cual satisfac�a a la mayor�a de los jurados del distrito vig�simo segundo. �stos le hab�an sido siempre favorables en Ford County. Le gustaba Clanton. Cuando Rufus lleg� a su despacho en la Audiencia de Polk County, le encant� encontrarse con un equipo de televisi�n en la sala de espera. Consult� su reloj y les dijo que estaba muy ocupado, a pesar de lo cual iba a concederles unos minutos para contestar algunas preguntas. Les hizo pasar a su despacho y se instal� c�modamente en el sill�n de cuero giratorio, tras su escritorio. El periodista era de Jackson. --�Se�or Buckley, siente usted compasi�n por el se�or Hailey? Sonri� con seriedad, evidentemente concentrado. --Sin duda. Siento compasi�n por cualquier padre cuya hija haya sido violada. Con toda certeza. Pero lo que no puedo condonar, ni nuestro sistema puede tolerar, es que alguien se tome la justicia por cuenta propia. --�Tiene usted hijos? --S�. Un hijo menor y dos hijas, una de ellas de la edad de la hija de Hailey, y me sentir�a mal, muy mal si a una de ellas la violaran. Pero confiar�a en que nuestro sistema jur�dico se ocupara debidamente del violador. Hasta tal punto conf�o en el sistema. --En tal caso, �anticipa que se le declarar� culpable? --Ciertamente. Por regla general logro que se condene al acusado cuando me lo propongo, y en este caso intento conseguirlo. --�Solicitar� la pena capital? --S�. Parece un caso claro de asesinato premeditado. Creo que la c�mara de gas ser�a el castigo apropiado. --�Pronostica que el acusado ser� sentenciado a la pena de muerte? --Por supuesto. Los jurados de Ford County siempre han estado dispuestos a sentenciar a la pena de muerte cuando correspond�a y se lo he solicitado. Los jurados son muy buenos en dicho condado. --El se�or Brigance, abogado defensor, ha declarado que la Audiencia Territorial podr�a no formalizar la acusaci�n.

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--El se�or Brigance no deber�a ser tan iluso --respondi�, con una carcajada--El caso se presentar� el lunes ante el tribunal y por la tarde se habr�n formalizado las acusaciones. Se lo prometo. Cr�ame, �l lo sabe perfectamente. --�Cree que el juicio se celebrar� en Ford County? --No me importa d�nde se celebre. Lograr� que se condene al acusado. --�Anticipa que la defensa se base en la enajenaci�n mental? --Anticipo todas las posibilidades. El se�or Brigance es un excelente abogado criminalista. No s� qu� estrategia piensa utilizar, pero no coger� al Estado de Mississippi por sorpresa. --�Cabe la posibilidad de que se negocie el veredicto? --No soy partidario de la negociaci�n de veredictos. Tampoco lo es el se�or Brigance. No espero que suceda. --El se�or Brigance afirma que no ha perdido nunca un caso de asesinato contra usted. La sonrisa de su rostro se esfum� inmediatamente. Apoy� los codos sobre la mesa y mir� fijamente al periodista. --Cierto. �Pero a que no ha mencionado los atracos a mano armada y hurtos de mayor cuant�a? He ganado una buena parte de ellos. El noventa por ciento, para ser exactos. Desconectaron la c�mara y el periodista le dio las gracias por su atenci�n. Buckley le respondi� que hab�a sido un placer y que estaba a su disposici�n. Ethel subi� penosamente por la escalera y se detuvo frente al enorme escritorio. --Se�or Brigance, anoche mi marido y yo recibimos una llamada obscena, y ahora acabo de contestar la segunda, aqu� en el despacho. Esto no me gusta. --Si�ntese, Ethel --dijo Jake, al tiempo que se�alaba una silla--. �Qu� han dicho? --No eran realmente obscenidades. M�s bien amenazas. Me han amenazado porque trabajo para usted. Me han dicho que lamentar�a trabajar para un amante de los negros. Las llamadas al despacho han amenazado con da�arle a usted y a su familia. Tengo miedo. Jake tambi�n estaba asustado, pero fingi� no estarlo por Ethel. El mi�rcoles hab�a llamado a Ozzie para denunciar las llamadas recibidas en su casa. --Cambie su n�mero de tel�fono, Ethel. Yo pagar� los gastos. --No quiero cambiar de n�mero. Tengo el mismo desde hace diecisiete a�os. --Pues no lo haga. Yo he cambiado el m�o y es muy f�cil. --Yo no estoy dispuesta a hacerlo. --De acuerdo. �Desea algo m�s? --Creo que no deber�a haber cogido este caso. Creo... --�No me importa lo que crea! No le pago para que opine sobre mis casos. Si deseo saber lo que piensa, se lo preguntar�. Hasta entonces, guarde silencio. La secretaria dio un bufido y se retir�. Jake llam� de nuevo a Ozzie. --Lucien ha llamado esta ma�ana --dijo Ethel al cabo de una hora, por el intercomunicador--. Me ha pedido que haga copias de algunos casos recientes y quiere que usted se los lleve esta tarde. Dice que han transcurrido cinco semanas desde su �ltima visita. --Cuatro semanas. Copie los casos y se los llevar� esta tarde. Lucien pasaba por el despacho o llamaba una vez al mes. Le�a los casos y se manten�a al corriente del movimiento jur�dico. Ten�a poco m�s que hacer, aparte de beber Jack Daniel's y jugar a la bolsa, ambas cosas desaforadamente. Era un borracho que pasaba la mayor parte del tiempo sentado a la entrada de su enorme casa blanca sobre la colina, a ocho manzanas de la plaza y con una vista general de Clanton, copa en mano leyendo sumarios. Hab�a envejecido desde su expulsi�n del Colegio de Abogados. La doncella que trabajaba permanentemente en su casa, desempe�aba tambi�n las funciones de enfermera y le

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serv�a las bebidas en la entrada desde el mediod�a hasta la medianoche. No sol�a comer ni dormir; prefer�a mecerse hora tras hora. Se supon�a que Jake deb�a visitarle por lo menos una vez al mes. Dichas visitas correspond�an a cierto sentido de la obligaci�n. Lucien era un anciano enfermo y amargado que blasfemaba contra los abogados, los jueces, y, especialmente, el Colegio de Abogados. Jake era su �nico amigo, la �nica persona dispuesta a escucharle y a la que pod�a retener el tiempo suficiente para soltar sus sermones. Aunque tambi�n ten�a la molesta costumbre de introducir en sus discursos consejos no solicitados sobre los casos de Jake. Sab�a mucho acerca de sus casos, si bien Jake desconoc�a c�mo se las arreglaba Lucien para disponer de tanta informaci�n. Raramente se le ve�a en el centro o en cualquier otro lugar de Clanton, a excepci�n de la tienda de licores del barrio negro. Jake aparcaba el Saab detr�s del sucio y abollado Porsche, y le entregaba las copias de los casos a Lucien, sin saludos ni cumplidos. Se sentaban en los sillones de mimbre de la terraza, desde donde se ve�a el piso superior del Juzgado por encima de los dem�s edificios, casas y �rboles de la plaza. Lucien le ofreci� un whisky; luego, vino; y, a continuaci�n, una cerveza. Jake lo rechazaba todo. A Carla no le gustaba que bebiera y Lucien lo sab�a. --Te felicito --dijo en esta ocasi�n. --�Por qu�? --pregunt� Jake. --Por el caso Hailey. --Por qu� merezco que se me felicite? --Algunos de mis casos fueron importantes, pero ninguno tanto como �ste. --�Importante en qu� sentido? --Publicidad. Divulgaci�n. �se es el quid de la cuesti�n para los abogados, Jake. Si eres desconocido, te mueres de hambre. Cuando la gente tiene problemas llama a un abogado, y se dirige a alguien de quien haya o�do hablar. Si trabajas para el pueblo debes venderte al p�blico. Evidentemente es distinto si trabajas para alguna gran empresa o compa��a de seguros, donde cobras cien d�lares por hora sin moverte de tu despacho, diez horas diarias, aplastando a los indefensos y... --Lucien --interrumpi� Jake--, hemos hablado de esto muchas veces. Hablemos del caso Hailey. --De acuerdo, de acuerdo. Apuesto a que Noose se negar� a que el juicio se celebre en otro lugar. --�Qu� te hace suponer que yo pensara solicitarlo? --Ser�as est�pido si no lo hicieras. --�Por qu�? --�Simple estad�stica! En este condado s�lo hay un veintis�is por ciento de negros. Cualquier otro condado del distrito vig�simo segundo cuenta con por lo menos un treinta por ciento. Esto significa, potencialmente, m�s negros en el jurado. Si logras trasladar el juicio tienes m�s oportunidades de que en el jurado haya alg�n negro. Si se celebra aqu�, te arriesgas a que todos los miembros del jurado sean blancos y, cr�eme, he visto bastantes jurados blancos en este condado. Piensa que te bastar�a con un solo negro qu� estuviera en desacuerdo para lograr que se anulara el juicio. --Pero entonces volver�a a celebrarse. --Y t� volver�as a sembrar la discordia. Y despu�s de tres juicios desistir�an. Un jurado en discordia equivale para Buckley a perder el juicio. Se dar� por vencido despu�s de tres juicios. --De modo que me limito a decirle a Noose que quiero que el juicio se celebre en otro lugar, donde pueda conseguir alg�n negro en el jurado. --Puedes hacerlo si lo deseas, pero yo no lo har�a. Alegar�a los pretextos de costumbre sobre la publicidad con anterioridad al juicio, los prejuicios de la comunidad, etc�tera, etc�tera.

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--Y crees que Noose se lo tragar�. --No. Este caso es demasiado importante y lo ser� todav�a m�s. La prensa ha intervenido, se ha iniciado ya el juicio. Todo el mundo ha o�do hablar de �l, y no s�lo en Ford County. No encontrar�s a nadie en este Estado sin una idea preconcebida de culpabilidad o inocencia. �Qu� sentido tendr�a trasladarlo a otro condado? --�Entonces por qu� solicitarlo? --Porque cuando condenen a ese pobre hombre necesitar�s algo en qu� basar el recurso de apelaci�n. Podr�s alegar que no ha recibido un juicio imparcial debido a que se rechaz� tu solicitud para que se celebrara en otro lugar. --Gracias por darme �nimos. �Crees que hay posibilidad de trasladarlo a otro distrito, por ejemplo del delta? --Olv�dalo. Puedes solicitar un cambio de lugar, pero no especificar un sitio determinado. Jake no lo sab�a. Siempre aprend�a algo cuando visitaba a Lucien. Asinti�, seguro de s� mismo, y observ� al anciano con su larga barba sucia y canosa. Jam�s hab�a descubierto en Lucien el menor tropiezo con ning�n punto de la ley penal. --�Sallie! --llam� Lucien, al tiempo que arrojaba los cubitos de hielo a los matorrales. --�Qui�n es Sallie? --Mi criada --respondi� en el momento en que una negra alta y atractiva abr�a la puerta corrediza y sonre�a a Jake. --�S�, Lucien? --pregunt� la doncella. --Mi vaso est� vac�o. Se acerc� con elegancia y cogi� su vaso. Ten�a menos de treinta a�os, buen tipo, atractiva y muy oscura. Jake le pidi� un t� granizado. --�De d�nde la has sacado? --pregunt�. Lucien permaneci� con la mirada fija en el Palacio de Justicia. --�De d�nde la has sacado? --insisti� Jake. --No lo s�. --�Qu� edad tiene? Lucien no dec�a palabra. --�Vive aqu�? Silencio. --�Cu�nto le pagas? --�Y a ti qu� te importa? M�s de lo que t� le pagas a Ethel. No s� si sabes que tambi�n es mi enfermera. Claro, pens� Jake con una sonrisa. --Apuesto a que hace muchas cosas por ti. --No es de tu incumbencia. --No crees que tengo muchas posibilidades de que declaren inocente a mi cliente, �verdad? Lucien reflexion� unos instantes. La doncella--enfermera regres� con el whisky y el t�. --No. Ser� dif�cil. --�Por qu�? --Parece que fue premeditado. Y, a mi parecer, bien organizado. �No es cierto? --Efectivamente. --Estoy seguro de que alegar�s enajenaci�n mental. --No lo s�. --Debes hacerlo --afirm� categ�ricamente Lucien--. No hay otra posibilidad de defensa. No puedes alegar que se tratara de un accidente. Ni tampoco que disparase contra esos muchachos esposados y desarmados con un fusil en defensa propia. �Cierto? --Claro.

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--�Tampoco pretender�s organizar una coartada y contarle al jurado que estaba en su casa con su familia? --Por supuesto que no. --�Entonces qu� otra defensa te queda? �Debes alegar que estaba loco! --Pero, Lucien, no lo estaba, y no voy a encontrar ning�n psiquiatra que lo afirme. Lo organiz� meticulosamente, hasta el �ltimo detalle. --�sa es la raz�n por la que est�s metido en un buen l�o, hijo --sonri� Lucien al tiempo que se llevaba el vaso a la boca. Jake dej� el t� sobre la mesa y se meci� suavemente. Lucien paladeaba el momento. --�sa es la raz�n por la que est�s metido en un buen l�o --repiti�. --�Qu� me dices del jurado? Sabes que le tendr�n compasi�n. --He ah� la raz�n por la que debes alegar enajenaci�n mental. Debes ofrecerle una salida al jurado. Debes brindarles la oportunidad de que lo declaren inocente, si desean hacerlo. Si sienten compasi�n por �l y quieren declararle inocente, debes facilitarles una defensa que les permita hacerlo. No importa que crean o no en la patra�a de la enajenaci�n. A la hora de deliberar da lo mismo. Lo importante es que el jurado disponga de una base legal para declararle inocente, en el supuesto de que deseen hacerlo. --�Querr�n hacerlo? --Algunos lo querr�n, pero Buckley presentar� un caso muy convincente de asesinato premeditado. Es un buen fiscal. Despojar� al jurado de su compasi�n. Cuando Buckley acabe con �l, Hailey no ser� m�s que otro negro a quien se juzga por haber matado a un blanco --dijo Lucien, mientras mov�a el hielo en el vaso y contemplaba el l�quido casta�o--. �Y qu� me dices del agente de polic�a? La pena por agredir a un funcionario del orden p�blico con intento de matar es cadena perpetua sin remisi�n de condena. �Qu� dir�s al respecto? --No hab�a premeditaci�n. --Magn�fico. Les parecer� muy convincente cuando ese pobre individuo entre cojeando en la sala y muestre su mu��n. --�Mu��n? --S�. Mu��n. Anoche le amputaron la pierna. --�A Looney! --S�, al que el se�or Hailey dispar�. --Cre� que se recuperaba. --Se recupera. Pero con una sola pierna. --�C�mo te has enterado? --Tengo mis fuentes. Jake se dirigi� al fondo de la terraza y se apoy� en una columna. Se sent�a d�bil. Lucien le hab�a despose�do una vez m�s de la confianza en s� mismo. Era un experto en encontrar fallos a los casos que ten�a entre manos. Para �l era como un deporte y, generalmente, ten�a raz�n. --Esc�chame, Jake, no pretendo ser catastrofista. Es posible ganar el caso; improbable, pero posible. Puedes sacarlo en libertad y es necesario que lo creas. Pero no te conf�es demasiado. De momento ya has hablado bastante con la prensa. Ret�rate y ponte a trabajar. Lucien se dirigi� al fondo de la terraza y escupi� a los matorrales. --Recuerda siempre que el se�or Hailey es culpable, culpable a m�s no poder. La mayor�a de los acusados de delitos graves lo son, pero especialmente �ste. Se tom� la justicia por cuenta propia y asesin� a dos personas. Lo organiz� todo meticulosamente. Nuestro sistema legal no tolera los justicieros independientes. Ahora bien, t� puedes ganar el caso y, si lo logras, se habr� hecho justicia. Pero si lo pierdes tambi�n se habr� hecho justicia. Supongo que se trata de un caso bastante extra�o. Ojal� fuera m�o. --�Hablas en serio?

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--Por supuesto. Es el sue�o de un abogado. Si lo ganas ser�s famoso. La estrella de estos confines. Podr�as hacerte rico. --Voy a necesitar tu ayuda. --Cuenta con ella. Necesito algo que hacer. Despu�s de la cena, y cuando Hanna estaba dormida, Jake habl� a Carla de las llamadas recibidas en el despacho. Anteriormente, durante uno de los juicios por asesinatos, hab�an recibido una extra�a llamada, pero sin amenazas; s�lo gru�idos y jadeos. Ahora era distinto. Mencionaban los nombres de Jake y de la familia, y promet�an vengarse si a Carl Lee se le declaraba inocente. --�Est�s preocupado? --pregunt� Carla. --A decir verdad, no. Probablemente son chiquillos, o amigos de Cobb. �Tienes miedo t�? --Preferir�a que no llamaran. --Todo el mundo las recibe. Ozzie, a centenares. Bullard, Childers, todo el mundo. No me preocupan. --�Y si empeora la situaci�n? --Carla, jam�s pondr�a a mi familia en peligro. No merece la pena. Me retirar� del caso si creo que las amenazas son aut�nticas. Te lo prometo. Carla no estaba impresionada. Lester cont� nueve billetes de cien d�lares y los deposit� majestuosamente sobre el escritorio de Jake. --Aqu� s�lo hay novecientos --dijo Jake--. Acordamos que ser�an mil. --Gwen necesita dinero para ir a la compra. --�Est�s seguro de que no es Lester quien necesita whisky? --Vamos, Jake, sabes que no le robar�a a mi propio hermano. --De acuerdo, de acuerdo. �Cu�ndo ir� Gwen al banco para que le preste el resto? --Ahora mismo voy a entrevistarme con el banquero. �Atcavage? --S�, Stan Atcavage, en la pr�xima puerta, el Security Bank. Buen amigo m�o. Fue quien prest� el dinero para tu juicio. �Llevas la escritura? --En el bolsillo. �Cu�nto crees que nos dar�? --No tengo ni idea. �Por qu� no vas y lo averiguas? Lester se retir� y, al cabo de diez minutos, Atcavage llam� por tel�fono. --Jake, no puedo prestar dinero a esa gente. No te lo tomes a mal, s� que eres un buen abogado, no he olvidado mi divorcio, pero, �qui�n pagar� si lo condenan a muerte? --Gracias. Por Dios, Stan; si no paga te quedas con la tierra, �no es cierto? --Exacto, con una choza en medio. Cuatro hect�reas con �rboles, matorrales y una vieja casa. Justamente lo que desea mi nueva esposa. Compr�ndelo, Jake. --Es una bonita casa y est� casi pagada. --Es una choza, una bonita choza. Pero no tiene ning�n valor, Jake. --Algo debe de valer. --Jake, no la quiero. Y el banco tampoco la quiere. --En otra ocasi�n les concediste un pr�stamo. --Pero entonces �l no estaba en la c�rcel. Se trataba de su hermano, �lo recuerdas? �l trabajaba en la f�brica de papel. Ten�a un buen empleo. Mientras que ahora est� de camino a Parchman. --Gracias, Stan, por tu voto de confianza.

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--Vamos, Jake, conf�o en tu habilidad, pero eso no basta para prestar dinero. Si alguien puede lograr que lo declaren inocente, �se eres t�. Y espero que lo consigas. Pero no puedo hacer este pr�stamo. Los auditores pondr�an el grito en el cielo. Lester lo intent� en el Peoples Bank y en el Ford National, con los mismos resultados. Deseaban que su hermano fuese declarado inocente, pero, �qu� ocurrir�a si no lo hac�an? Fant�stico, pens� Jake. Novecientos d�lares por un caso de asesinato. ONCE Claude nunca hab�a tenido en su caf� cartas con el men� impreso. Al principio no se lo pod�a permitir y, ahora que pod�a, la mayor�a de sus clientes sab�an perfectamente lo que serv�a. Para el desayuno preparaba de todo a excepci�n de arroz con tostadas, y sus precios variaban. Los viernes asaba espalda y costilla de cerdo, y todo el mundo lo sab�a. Durante la semana ten�a algunos clientes que no eran negros, pero los viernes al mediod�a la mitad de ellos eran blancos. Claude hab�a descubierto desde hac�a mucho tiempo que la carne asada gustaba tanto a los blancos como a los negros; s�lo que no sab�an c�mo prepararla. Jake y Atcavage se instalaron en una peque�a mesa cerca de la cocina. Claude les sirvi� personalmente dos platos de costillas de cerdo con col ali�ada. --Te deseo suerte --le dijo a Jake al o�do--. Espero que lo saques de la c�rcel. --Gracias, Claude. Ojal� estuvieras en el jurado. --�Puedo hacerme voluntario? --pregunt� Claude, con una carcajada. Mientras se com�a las costillas le ech� un rapapolvo a Atcavage por negarse a conceder el pr�stamo. El banquero se mantuvo en sus trece, pero se ofreci� para prestar cinco mil si Jake los avalaba. Jake explic� que eso no ser�a �tico. En la acera se hab�a formado una cola de gente que se esforzaba por mirar a trav�s de las letras pintadas en los cristales. Claude no dejaba de recibir �rdenes, dar �rdenes, cocinar, contar dinero, dar voces, blasfemar, recibir a unos clientes y despedir a otros. Los viernes se conced�an veinte minutos a los clientes a partir del momento en que se les serv�a la comida, transcurridos los cuales, Claude les ped�a, y a veces exig�a, que pagaran y se marcharan para seguir vendiendo asado. --�Menos hablar y m�s comer! --chillaba. --Todav�a me quedan diez minutos, Claude. --S�lo siete. Los mi�rcoles serv�a pescado y conced�a treinta minutos a causa de las espinas. Los blancos no acud�an los mi�rcoles, y Claude sab�a por qu�. Preparaba el pescado seg�n una receta secreta muy grasienta que dec�a haber recibido de su abuela. La comida era pesada, pegajosa, y trastornaba el vientre de los blancos. No afectaba a los negros, que devoraban el pescado todos los mi�rcoles. Cerca de la caja hab�a dos forasteros que observaban temerosamente a Claude mientras dirig�a las operaciones. Periodistas probablemente, pens� Jake. Cada vez que Claude se les acercaba y los miraba, cog�an obedientemente una costilla y la mord�an. No hab�an probado antes aquel tipo de comida y era evidente para todo el mundo que proced�an del norte. Hab�an pedido ensaladas de la casa, pero Claude se enoj� con ellos y les dio a elegir entre comer carne asada o largarse. A continuaci�n hab�a comunicado a la clientela, a voces, que esos est�pidos pretend�an comer ensaladas. --Aqu� tienen su comida. C�manla cuanto antes --orden� al servirles. --�Sin cuchillos? --pregunt� uno de ellos. Claude levant� la mirada al cielo y se alej� farfullando. Uno de ellos reconoci� a Jake y, despu�s de mirarle fijamente unos minutos, se acerc� a su mesa y se agach�. --�No es usted el se�or Brigance, el abogado del se�or Hailey?

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--S�. �Qui�n es usted? --Roger McKittrick, trabajo para The New York Times. --Encantado de conocerle --sonri� Jake con mayor amabilidad. --Cubro el caso Hailey y me gustar�a hablar con usted en alg�n momento. A decir verdad, cuanto antes. --De acuerdo. Hoy es viernes y, por la tarde, no estoy demasiado ocupado. --Entonces podemos vernos esta tarde. --�Le parece bien a las cuatro? --Magn�fico --respondi� McKittrick, al tiempo que ve�a a Claude que se acercaba desde la cocina--. Hasta luego. --Bien, amigo --exclam� Claude--. Su tiempo ha concluido. Pague la cuenta y l�rguese. Jake y Atcavage terminaron en quince minutos, y quedaron a la espera del ataque verbal de Claude. Se lamieron los dedos, se limpiaron los labios y comentaron lo tiernas que estaban las costillas. --Este caso te har� famoso, �verdad? --pregunt� Atcavage. --Eso espero. Aunque, evidentemente, no voy a hacerme rico. --En serio, Jake, �no servir� para consolidar tu reputaci�n? --Si gano tendr� m�s clientes de los que pueda atender. Claro que ser� �til. Me permitir� elegir los casos y los clientes. --�Qu� supondr� en lo que concierne al dinero? --No tengo ni idea. No hay forma de pronosticar qu� o a qui�n puede atraer. Tendr� m�s casos para elegir y esto significa m�s dinero. Podr� dejar de preocuparme del coste de la vida. --No puedo creer que eso te inquiete. --Esc�chame, Stan, no todos estamos forrados de dinero. Una licenciatura en derecho ya no es lo que sol�a ser; ahora somos demasiados. Catorce en esta peque�a ciudad. Incluso en Clanton la competencia es excesiva: pocos buenos casos para tantos abogados. Todav�a es peor en las grandes ciudades, y de las facultades cada d�a salen m�s licenciados, muchos de los cuales no encuentran trabajo. Todos los a�os pasan una decena de j�venes por mi despacho en busca de trabajo. Un gran bufete de Memphis despidi� a unos cuantos abogados hace unos meses. �Te lo imaginas? Como si fueran obreros de una f�brica los pusieron de patitas en la calle. Supongo que acudieron a la oficina de empleo y se unieron a la cola, junto a los obreros de la construcci�n. Ahora ya no se trata s�lo de secretarias o camioneros, sino de abogados. --Lamento haber tocado el tema. --Por supuesto que me preocupa el coste de la vida. Mis gastos ascienden a cuatro mil al mes y trabajo solo. Esto equivale a cincuenta mil anuales antes de ganar un centavo. Algunos meses son buenos; otros, duros. Es imprevisible. No me atrever�a a pronosticar lo que puedo ganar el mes pr�ximo. De ah� que este caso sea tan importante. Nunca habr� otro que se le parezca. Es el mayor. Ejercer� como abogado el resto de mi vida y nunca se me acercar� de nuevo un periodista de The New York Times en un caf� para pedirme una entrevista. Si gano, me convertir� en la estrella de esta zona del Estado. Podr� olvidarme de los gastos. --�Y si pierdes? Jake hizo una pausa y mir� a su alrededor, en busca de Claude. --La publicidad ser� abundante independientemente del resultado. Tanto si gano como si pierdo mi reputaci�n se ver� favorecida. Pero me doler�a mucho perder. Todos los abogados del condado desean secretamente que me hunda. Quieren que lo condenen. Tienen envidia; temen que me haga demasiado famoso y les robe los clientes. Los abogados son muy envidiosos. --�T� tambi�n?

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--Por supuesto. Piensa en el bufete de Sullivan. Siento desprecio por todos y cada uno de sus abogados, pero s�lo les envidio hasta cierto punto. Me gustar�a tener algunos de sus clientes, sus contratos, su seguridad. Saben que todos los meses recibir�n un buen cheque, lo tienen casi garantizado, y todas las navidades una buena prima. Administran dinero s�lido, consolidado. No me vendr�a mal la novedad. Mis clientes, en cambio, son borrachos, gamberros, hombres que maltratan a sus esposas, esposas que maltratan a sus maridos, accidentados, y todos ellos con poco o ning�n dinero. Adem�s, nunca s�, de un mes para otro, cu�nta gente aparecer� en mi bufete. --Jake, me encantar�a seguir con esta conversaci�n --interrumpi� Atcavage--pero Claude acaba de consultar su reloj y nos est� mirando. Creo que han concluido nuestros veinte minutos. La cuenta de Jake era veinti�n centavos superior a la de Atcavage y, puesto que hab�an comido exactamente lo mismo, decidieron plante�rselo a Claude. Muy comprensible, les aclar�: Jake hab�a comido una costilla m�s que Atcavage. McKittrick era correcto y preciso, meticuloso e insistente. Hab�a llegado el mi�rcoles a Clanton para investigar e informar sobre lo que en aquel momento se consideraba el asesinato m�s famoso del pa�s. Despu�s de hablar con Ozzie y Moss Junior, ambos le hab�an sugerido que charlara con Jake. Habl� con Bullard --a trav�s de la puerta-- y el juez tambi�n le aconsej� que se dirigiera a �l. Hab�a entrevistado a Gwen y a Lester, pero no le hab�an permitido ver a la ni�a. Acud�a con la clientela habitual al Coffee Shop y al Tea Shoppe, as� como a Huey's y Ann's Lounge. Hab�a hablado con la ex esposa de Willard y con su madre, pero la se�ora Cobb no conced�a entrevistas. Uno de los hermanos de Cobb estaba dispuesto a hablar por dinero. McKittrick se hab�a negado. Hab�a estado en la f�brica de papel para hablar con los compa�eros de Hailey, y en Smithfield para entrevistar al fiscal. S�lo se quedar�a unos d�as m�s en la ciudad y regresar�a para el juicio. Era oriundo de Texas y, cuando le conven�a, hablaba con un deje sure�o que gustaba a los locales y, as�, se le abr�an con mayor facilidad. De vez en cuando, incluso utilizaba expresiones sure�as que lo distingu�an de los dem�s periodistas, los cuales pronunciaban al estilo preciso y acelerado del norteamericano moderno. --�Qu� es eso? --pregunt� McKittrick, al tiempo que se�alaba el centro del escritorio de Jake. --Un magnet�fono --respondi� Jake. McKittrick coloc� su propio magnet�fono sobre la mesa mientras examinaba el de Jake. --�Puedo preguntarle por qu�? --Puede. Estamos en mi despacho, es mi entrevista y puedo grabarla si lo deseo. --�Anticipa alg�n problema? --Procuro evitarlo. Detesto que se me cite err�neamente. --No tengo fama de citar err�neamente a nadie. --Me alegro. En tal caso, no le importar� que ambos grabemos la conversaci�n. --Usted no conf�a en m�, �no es cierto, se�or Brigance? --Claro que no. Y, a prop�sito, me llamo Jake. --�Por qu� no conf�a en m�? --Porque es periodista, de un peri�dico de Nueva York, en busca de una historia sensacionalista, y, si es como me lo imagino, escribir� un art�culo moralista, bien documentado, en el que nos presentar� a todos como fan�ticos racistas e ignorantes. --Se equivoca. En primer lugar, soy de Texas. --Trabaja para un peri�dico de Nueva York. --Pero me considero sure�o. --�Cu�nto tiempo hace que se march�? --Unos veinte a�os. Jake sonri� y movi� la cabeza, como para indicar que hab�a transcurrido demasiado tiempo.

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--Adem�s, no trabajo para un peri�dico sensacionalista. --Veremos. Todav�a faltan bastantes meses para el juicio. Tendremos oportunidad de leer sus art�culos. --Desde luego. Jake puls� el bot�n de grabaci�n de su magnet�fono y McKittrick el suyo. --�Puede Carl Lee Hailey recibir un juicio imparcial en Ford County? --�Por qu� no? --respondi� Jake. --Porque es negro, ha matado a dos hombres blancos y el jurado estar� compuesto por blancos. --Lo que pretende decir es que el jurado lo formar� un pu�ado de blancos racistas. --No, no es eso lo que he dicho ni lo que he sugerido. �Qu� le hace suponer que pienso que ustedes son un mont�n de racistas? --Estoy convencido de que lo piensa. Nos tienen estereotipados, y usted lo sabe. McKittrick se encogi� de hombros y escribi� algo en su cuaderno. --�Est� dispuesto a responder a mi pregunta? --S�. Puede recibir un juicio imparcial en Ford County si aqu� es donde se celebra el juicio. --�Desea usted que se celebre aqu�? --Estoy seguro de que procuraremos celebrarlo en otro lugar. --�D�nde? --No depende de nosotros. La decisi�n es del juez. --�De d�nde sac� el M--l6? --No lo s� --respondi� con una carcajada, mientras miraba el magnet�fono. --�Se formalizar�a la acusaci�n si fuera blanco? --Es negro y todav�a no se ha formalizado. --Pero en el supuesto de que fuera blanco, �habr�a acusaci�n oficial? --En mi opini�n, s�. --�Lo hallar�an culpable? --�Le apetece un cigarro? --dijo Jake, al tiempo que abr�a un caj�n del escritorio, cog�a un Roi--Tan, lo desenvolv�a y lo encend�a con un mechero de gas. --No, gracias. --No, no lo hallar�an culpable si fuera blanco. En mi opini�n. No en Mississippi, ni en Texas, ni en Wyoming. En Nueva York, no estoy seguro. --�Por qu� no? --�Tiene usted alguna hija? --No. --Entonces no lo comprender�a. --Creo comprenderle. �Ser� condenado el se�or Hailey? --Probablemente. --�De modo que el organismo no es tan imparcial para los negros? --�Ha hablado con Raymond Hughes? --No. �Qui�n es? --Se present� a las �ltimas elecciones para sheriff y tuvo la mala suerte de enfrentarse a Ozzie Walls. Es blanco. Evidentemente, Ozzie no lo es. Si no me equivoco, obtuvo el treinta y uno por ciento de los votos. En un condado con el setenta y cuatro por ciento de blancos. �Por qu� no le pregunta al se�or Hughes si el organismo trata a los negros con imparcialidad? --Me refer�a al organismo judicial.

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--Es lo mismo. �Qui�n cree que compone el jurado? Los mismos electores que votaron por Ozzie Walls. --Si un blanco no ser�a condenado y el se�or Hailey probablemente lo sea, expl�queme c�mo trata el organismo a ambos con imparcialidad. --No lo hace. --No estoy seguro de comprenderle. --El organismo es un reflejo de la sociedad. No siempre es imparcial, pero es tan justo como en Nueva York, Massachusetts o California. Es tan justo como parciales pueden ser los emotivos seres humanos. --�Y cree que el se�or Hailey recibir� aqu� un trato tan imparcial como el que recibir�a en Nueva York? --Lo que digo es que hay tanto racismo en Nueva York como en Mississippi. Observe nuestras escuelas p�blicas: no hay en ellas segregaci�n. --Por orden judicial. --Por supuesto, pero �qu� ocurre con las �rdenes judiciales en Nueva York? Durante muchos a�os, los sure�os fuimos el blanco de las exigencias y desprecio de los mojigatos del norte, que insist�an en la abolici�n de la segregaci�n. La hemos llevado a cabo y no ha sido el fin del mundo. Pero ustedes han olvidado convenientemente sus propias escuelas y barrios, sus propias irregularidades electorales, sus propios jurados y consejos municipales exclusivamente blancos. Sin embargo, nosotros hemos aprendido, y, aunque el cambio es lento y doloroso, por lo menos lo intentamos. Ustedes todav�a se limitan a se�alar con el dedo. --Mi intenci�n no era la de repetir la batalla de Gettysburg. --Lo siento. --�Qu� defensa piensa utilizar? --En estos momentos a�n no lo s�. Cr�ame, es demasiado pronto. Ni siquiera ha sido acusado oficialmente, todav�a. --�Lo ser�, evidentemente? --Evidentemente a�n no lo sabemos. Es muy probable. �Cu�ndo saldr� este art�culo? --Probablemente el domingo. --No importa. Nadie lee aqu� su peri�dico. S�, se formalizar�n los cargos. McKittrick consult� su reloj y Jake par� su magnet�fono. --Le aseguro que no soy un malvado --dijo McKittrick--. Tomemos una cerveza juntos y concluyamos esta conversaci�n. --Entre nosotros, no bebo. Pero acepto su invitaci�n. La primera iglesia presbiteriana de Clanton estaba exactamente frente a la primera iglesia metodista, y ambas a muy poca distancia de la iglesia anabaptista. La anabaptista ten�a m�s feligreses y m�s dinero, pero los presbiterianos y los metodistas terminaban antes su celebraci�n dominical y ganaban a los anabaptistas en su carrera por ocupar las mesas de los restaurantes. Cuando a las doce y media llegaban los anabaptistas y se ve�an obligados a hacer cola, los presbiterianos y los metodistas com�an despacio y los saludaban con la mano desde las mesas. Jake estaba contento de no ser anabaptista. Adem�s de ser excesivamente severos, no dejaban de insistir en la ceremonia vespertina de los domingos, que a Jake siempre le hab�a desagradado. Carla hab�a sido educada como anabaptista, Jake como metodista, y, despu�s de negociar un compromiso durante el noviazgo, se hicieron presbiterianos. Estaban satisfechos de su iglesia y de sus actividades, en las que habitualmente participaban. Todos los domingos sol�an sentarse en el mismo banco, con Hanna dormida entre ambos, y hac�an caso omiso del serm�n. Jake contemplaba al predicador y se imaginaba a s� mismo frente a Buckley, en la Audiencia, ante una docena de ciudadanos respetuosos de la

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ley, con el pa�s entero a la espera del desenlace. Por su parte, Carla decoraba mentalmente el comedor mientras fing�a escuchar el serm�n. Jake capt� algunas miradas durante la ceremonia y supuso que los dem�s feligreses se sent�an orgullosos de contar con una celebridad en la cofrad�a. Hab�a tambi�n algunos rostros desconocidos, que correspond�an a antiguos cofrades arrepentidos o a periodistas. Jake no estaba seguro hasta que uno de ellos persisti� en mirarle fijamente, y entonces comprendi� que eran todos periodistas. --Me ha gustado mucho su serm�n, reverendo --minti� Jake cuando dio la mano al pastor en la puerta del santuario. --Me alegro de verle, Jake --respondi� el reverendo--. Toda la semana le hemos visto por televisi�n. Mis hijos se emocionan cada vez que aparece en la pantalla. --Gracias. Recen por nosotros. A continuaci�n se fueron en coche a Karaway para almorzar con los padres de Jake. Gene y Eva Brigance viv�an en la antigua casa de la familia, rodeada de dos hect�reas de bosque, a tres manzanas de la calle mayor en el centro de Karaway y a dos manzanas de la escuela a la que Jake y su hermana asistieron durante doce a�os. Estaban ambos jubilados, pero eran lo suficientemente j�venes para desplazarse todos los veranos por el continente con un remolque habitable. Sal�an el lunes siguiente hacia Canad� y no pensaban regresar hasta principios de septiembre. Jake era su �nico hijo. Su hermana, mayor que �l, viv�a en Nueva Orleans. La comida de los domingos en casa de Eva era t�picamente sure�a: carne frita y verdura fresca hervida, rebozada, al horno y cruda, panecillos y bizcochos caseros, dos salsas, sand�a, mel�n, macedonia de melocot�n, tarta de lim�n y galletas de fresa. Poco era lo que se com�a, y Eva y Carla envolv�an cuidadosamente todas las sobras para llev�rselas a Clanton, donde duraban una semana. --�C�mo est�n tus padres, Carla? --pregunt� el se�or Brigance, mientras distribu�a los panecillos. --Muy bien. Ayer habl� con mi madre. --�Est�n en Knoxville? --No. Se han trasladado ya a Wilmington para pasar el verano. --�Pens�is ir a verles? --pregunt� Eva, al tiempo que serv�a el t� con una tetera de cer�mica de cinco litros. Carla mir� a Jake, que mojaba habas en el plato de Hanna. No deseaba hablar de Carl Lee Hailey. Desde el lunes no se hab�a hablado de otra cosa en la mesa y Jake no estaba de humor para responder a las mismas preguntas. --Esa es nuestra intenci�n. Depende del trabajo de Jake. Puede que este verano est� muy ocupado. --Eso he o�do --dijo Eva en un tono inexpresivo, como para recordarle a su hijo que no hab�a llamado desde el d�a de los asesinatos. --�Tienes alg�n problema con el tel�fono, hijo? �pregunt� el se�or Brigance. --S�. Hemos cambiado de n�mero. Los cuatro adultos com�an con lentitud y delicadeza mientras Hanna contemplaba los pasteles. --S�, lo s�, eso fue lo que nos dijo la telefonista. Ahora vuestro n�mero no figura en la gu�a. --Lo siento. He estado muy ocupado. No he tenido un instante de reposo. --Eso hemos le�do --dijo su padre. Eva dej� de comer y se aclar� la garganta. --�Crees, Jake, que puedes evitar realmente que lo condenen? --Me preocupa tu familia --agreg� su padre--. Este caso podr�a ser muy peligroso. --Les dispar� a sangre fr�a --dijo Eva. --Hab�an violado a su hija, mam�. �Qu� har�as t� si alguien violara a Hanna?

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--�Qu� significa violar? --pregunt� Hanna. --No importa --intervino Carla--. �Os importar�a cambiar de tema? Mir� fijamente a los tres Brigance, que volvieron a concentrarse en la comida. La nuera hab�a hablado con su sensatez habitual. Jake sonri� a su madre, sin mirar al se�or Brigance. --Prefiero no hablar del caso, mam�. Me tiene harto. --Supongo que tendremos que enterarnos por los peri�dicos --dijo el se�or Brigance. A continuaci�n hablaron de Canad�. Aproximadamente a la hora en que los Brigance acababan de comer, la congregaci�n de la capilla del Monte Sion se mec�a y danzaba, estimulada por el glorioso frenes� que el reverend�simo Ollie Agee infund�a en sus feligreses. Los di�conos bailaban. Los mayores cantaban. Las mujeres se desmayaban. Hombres maduros chillaban y levantaban los brazos al cielo ante el terror divino que reflejaba la mirada de los menores. Los miembros del coro hac�an girar la cabeza y se abalanzaban unos sobre otros y se zarandeaban hasta desplomarse y repetir a gritos distintas estrofas de una misma canci�n. El organista tocaba un tema, el pianista, otro, y el coro cantaba lo que le daba la gana. El reverendo brincaba en el p�lpito con su larga toga blanca de borde purp�reo, sin dejar de chillar, rezar, invocar a Dios y sudar. El bullicio crec�a y decrec�a, aumentando, al parecer, cada vez que alguien se desplomaba y disminuyendo con la fatiga. Despu�s de muchos a�os de experiencia, Agee conoc�a el momento preciso de sumo furor, cuando el delirio ced�a ante el cansancio y la cofrad�a necesitaba un descanso. En aquel momento preciso saltaba sobre el p�lpito y lo golpeaba con la fuerza del Todopoderoso. Paraba inmediatamente la m�sica, cesaban las convulsiones, despertaban los desmayados, los ni�os dejaban de llorar y todo el mundo ocupaba obedientemente su lugar en los bancos. Hab�a llegado el momento del serm�n. Cuando el reverendo estaba a punto de empezar, se abri� la puerta posterior y entraron los Hailey en el santuario. La peque�a Tonya cojeaba, cogida de la mano de su madre, y seguida del t�o Lester. Avanzaron-- lentamente por el centro de la iglesia, para instalarse en uno de los primeros bancos. El reverendo hizo una se�a con la cabeza al organista, que empez� a tocar suavemente y al que se uni� el canturreo del coro, cuyos miembros se balanceaban. Los di�conos se levantaron y empezaron a moverse con el coro. Para no ser menos, los mayores se pusieron de pie y comenzaron a cantar. Entonces, por si faltara poco, la hermana Crystal se desmay� violentamente. Su desmayo fue contagioso, y las dem�s hermanas empezaron a caer como moscas. Los mayores cantaban con mayor vigor que el coro, lo cual estimul� a los cantantes. Puesto que el �rgano no se o�a, el organista aument� el volumen del instrumento. El pianista decidi� intervenir, con la interpretaci�n de un himno diferente al que tocaba el organista. El organista hac�a retumbar su �rgano. El reverendo Agee salt� del p�lpito y se acerc� danzando a los Hailey. Todos le siguieron; el coro, los di�conos, los mayores, las mujeres, los peque�os que lloraban: todos tras el reverendo para saludar a la peque�a Hailey. A Carl Lee no le preocupaba la c�rcel. La vida era m�s agradable en su casa, pero dadas las circunstancias, la c�rcel le parec�a tolerable. Las dependencias eran nuevas y se hab�an construido con dinero federal, de acuerdo con el decreto de los derechos de los presos. La comida la preparaban dos corpulentas negras, que sab�an c�mo cocinar y c�mo extender cheques sin fondos. Ten�an derecho a la libertad condicional, pero Ozzie no se hab�a molestado en comunic�rselo. Presos de confianza serv�an la comida a unos cuarenta reclusos, trece de los cuales pertenec�an a Parchman, donde no hab�a lugar para ellos. �stos se manten�an a la espera, sin saber si al d�a siguiente emprender�an el temido viaje a la extensa granja cercada del delta, donde la comida no era tan buena, ni las camas tan blandas, el aire acondicionado inexistente, los mosquitos descomunales, copiosos y malvados, y los servicios sucios y escasos.

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La celda de Carl Lee estaba junto a la celda n�mero dos, en la que esperaban los presos estatales. Salvo dos excepciones eran todos negros y, sin excepciones, violentos. Sin embargo, todos tem�an a Carl Lee, que compart�a la celda con dos rateros, quienes no s�lo le ten�an miedo, sino que incluso estaban aterrorizados de su compa�ero de celda. Todas las noches, los carceleros le llevaban al despacho de Ozzie, donde cenaba en compa��a del sheriff, y ambos miraban las noticias. Era una celebridad, lo cual le satisfac�a casi tanto como a su abogado y al fiscal. Deseaba hablar con los periodistas sobre su hija y las razones por las que no deber�a estar en la c�rcel, pero su abogado se lo imped�a. Despu�s de la visita de Gwen y Lester, el domingo por la tarde, Ozzie, Moss Junior y Carl Lee se escabulleron por la puerta trasera para ir al hospital. Fue idea de Carl Lee y a Ozzie no le pareci� que hubiera nada de malo en ello. Looney estaba a solas en una habitaci�n privada cuando llegaron. Carl Lee ech� un vistazo a su pierna y lo mir� fijamente. Se dieron la mano. Con l�grimas en los ojos y la voz entrecortada, Carl Lee le dijo lo mucho que lo sent�a, que no ten�a intenci�n de da�ar a nadie a excepci�n de los dos j�venes, y que ojal� pudiera reparar el da�o que le hab�a causado. Looney acept� sus disculpas sin titubeo alguno. Jake esperaba en el despacho de Ozzie cuando regresaron sigilosamente a la c�rcel. Ozzie y Moss Junior se disculparon y dejaron al reo con su abogado. --�D�nde has estado? --pregunt� Jake con suspicacia. --He ido a visitar a Looney al hospital. --�C�mo! --�Hay algo de malo en ello? --Me gustar�a que me consultaras antes de hacer otras visitas. --�Qu� tiene de malo visitar a Looney? --Looney ser� el principal testigo de la acusaci�n, cuando intenten mandarte a la c�mara de gas. Eso es todo. No est� de nuestra parte, Carl Lee, y cualquier conversaci�n con �l deber�a tener lugar en presencia de tu abogado. �Comprendes? --A decir verdad, no. --Me cuesta creer que a Ozzie se le haya ocurrido algo semejante --susurr� Jake. --Ha sido idea m�a --confes� Carl Lee. --S� se te ocurren otras ideas, te ruego que me las comuniques. �De acuerdo? --De acuerdo. --�Has hablado con Lester �ltimamente? --S�, hoy ha estado aqu� con Gwen. Me han tra�do golosinas y me han contado lo de los bancos. Jake estaba dispuesto a jugar duro respecto a sus honorarios; no pod�a en modo alguno representar a Carl Lee por novecientos d�lares. Tendr�a que dedicarle al caso los tres pr�ximos meses, por lo menos, y novecientos d�lares no llegaba siquiera al salario m�nimo. No ser�a justo para �l, ni para su familia, que trabajara gratis. Carl Lee tendr�a que conseguir de alg�n modo el dinero. Ten�a un mont�n de parientes. Gwen pertenec�a a una familia numerosa. Tendr�an que sacrificarse, tal vez vender algunos coches o un poco de terreno, pero Jake recibir�a sus honorarios. De lo contrario, Carl Lee tendr�a que buscarse otro abogado. --Te dar� la escritura de mi propiedad --dijo Carl Lee. --No quiero tu propiedad, Carl Lee --respondi� Jake, conmovido--. Quiero dinero. Seis mil quinientos d�lares. --Mu�strame c�mo hacerlo y lo har�. T� eres el abogado, organ�zalo. Cuentas con mi pleno apoyo. --No puedo trabajar por novecientos d�lares, Carl Lee --replic� Jake, a sabiendas de que estaba vencido--. No puedo permitir que este caso me deje en la bancarrota. Soy abogado. Se supone que debo ganar dinero. --Jake, te lo pagar�. Te lo prometo. Puede que tarde alg�n tiempo, pero te lo pagar�. Conf�a en m�.

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No si te condenan a muerte, pens� Jake. --El Tribunal Territorial se re�ne ma�ana y se ocupar� de tu caso --dijo Jake para cambiar de tema. --�Eso quiere decir que ma�ana ir� al Juzgado? --No. Significa que la Audiencia formalizar� los cargos. El Juzgado estar� lleno de curiosos y periodistas. El juez Noose vendr� para inaugurar la temporada de sesiones jur�dicas de verano. Buckley circular�, soltando humo, en busca de los objetivos de las c�maras. Es un d�a importante. Por la tarde Noose iniciar� un juicio por robo a mano armada. Si ma�ana eres encausado, tendremos que presentarnos ante el juez el mi�rcoles o jueves para la formalizaci�n de los cargos. --�Para qu�? --La formalizaci�n de los cargos. En los casos de asesinato, la ley obliga al juez a leer los cargos en audiencia p�blica, ante Dios y el pueblo como testigos. Le dar�n mucha importancia. Nosotros alegaremos que eres inocente y Noose fijar� la fecha del juicio. Pediremos una fianza moderada y el juez la denegar�. Cuando mencione la fianza, Buckley empezar� a dar gritos y a gesticular. Cuanto m�s pienso en �l, mayor es el odio que me inspira. Se convertir� en un terrible engorro. --�Por qu� no me conceder�n la libertad bajo fianza? --En los casos de asesinato, el juez no est� obligado a concederla. Puede, si lo desea, pero no suelen hacerlo. Y, aunque Noose te la concediera, no podr�as permitirte la fianza, de modo que no te preocupes. Permanecer�s en la c�rcel hasta el juicio. --�Sabes que me he quedado sin trabajo? --�Desde cu�ndo? --Gwen fue a la f�brica el viernes para recoger la paga y se lo dijeron entonces. Una buena faena, �no te parece? Supongo que piensan que no volver�. --Cu�nto lo siento, Carl Lee. Realmente lo lamento. DOCE El ilustr�simo Omar Noose no hab�a sido siempre tan ilustre. Antes de convertirse en juez territorial del distrito vig�simo segundo era un abogado de escaso talento y pocos clientes, pero muy h�bil en la pol�tica. Cinco legislaturas en el Senado de Mississippi lo hab�an corrompido y le hab�an ense�ado el arte de la manipulaci�n y el fraude pol�ticos. El senador Noose no dejaba de prosperar como presidente de la Junta de Finanzas del Senado, y pocos se preguntaban en el condado de Van Buren c�mo se las arreglaban �l y su familia para vivir de un modo tan opulento con un sueldo estatal de siete mil d�lares anuales. Al igual que la mayor�a de los miembros de la C�mara de Mississippi, se present� a unas elecciones m�s de la cuenta y, en verano de 1971, sufri� la humillaci�n de ser derrotado por un rival desconocido. Al cabo de un a�o, falleci� el juez Loopus que le precedi� en el cargo, y Noose logr� que sus amigos del Senado persuadieran al gobernador para que lo nombrara a �l durante el resto de aquella legislatura. Y as� fue como el ex senador Noose se convirti� en juez territorial. A continuaci�n, gan� las elecciones de 1975, las de 1979 y las de 1983. Arrepentido, reformado y humillado por la vertiginosa p�rdida de poder, el juez Noose se concentr� en el estudio de las leyes y, despu�s de unos principios dif�ciles, se acostumbr� a su nuevo cargo. Su salario de sesenta mil d�lares anuales le permit�a ser honrado. Ahora, con sus sesenta y tres a�os, se hab�a convertido en un juez venerable, respetado por la mayor�a de los abogados y por el Tribunal Supremo del Estado, que raramente alteraba sus veredictos. Era discreto pero amable, paciente pero riguroso, con una nariz monumental, muy larga y puntiaguda, que serv�a de trono a sus gafas de montura negra octagonal que llevaba siempre puestas pero nunca utilizaba para leer. Dicha nariz, unida a su cuerpo alto y desgarbado, una frondosa cabellera canosa y desordenada, y su chirriante voz, hab�an dado pie al apodo de Ichabod, que los abogados susurraban en secreto. Ichabod Noose. Ilustr�simo Ichabod Noose.

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Subi� al estrado y el numeroso p�blico se puso de pie, al tiempo que Ozzie farfullaba rutinariamente el texto oficial reglamentario con el que se inauguraban las sesiones de verano del Tribunal Territorial de Ford County. Despu�s de que un pastor local pronunciara una larga y afiligranada oraci�n, los presentes tomaron sus asientos. Los miembros potenciales del jurado llenaban un lado de la sala. El resto lo ocupaban acusados y denunciantes acompa�ados de parientes y amigos, periodistas y curiosos. Noose exig�a que todos los abogados del condado asistieran a la ceremonia de inauguraci�n, y los letrados, perfectamente ataviados y con aspecto importante, ocupaban el palco del jurado. Buckley y su ayudante D. R. Musgrove estaban sentados junto a la mesa de la acusaci�n, en espl�ndida representaci�n del Estado. Jake estaba solo en una silla de madera, junto a la barandilla. Los secretarios y dem�s funcionarios del Juzgado, desde el mostrador donde se guardaban las carpetas rojas de los sumarios, observaban atentamente como todos los dem�s a Ichabod, quien se instalaba en su sill�n del estrado, se arreglaba la toga, ajustaba sus horribles gafas y miraba por encima de las mismas a la concurrencia. --Buenos d�as --chirri� en voz alta el juez, antes de acercarse el micr�fono y aclararse la garganta--. Siempre es agradable estar en Ford County para la inauguraci�n de las sesiones del mes de mayo. Veo que la mayor�a de los abogados se han dignado asistir a la reuni�n y, como de costumbre, pedir� a la se�ora Clerk que tome nota de los letrados ausentes para ponerme en contacto con ellos personalmente. Tambi�n veo a una cantidad considerable de miembros potenciales del jurado y agradezco a cada uno de ellos su presencia en la sala. Soy consciente de que no han tenido otra alternativa, pero su asistencia es fundamental para nuestro proceso jur�dico. Dentro de unos instantes seleccionaremos a un gran jurado y a continuaci�n elegiremos los jurados para esta semana y la pr�xima. Creo que cada letrado dispone de una copia de la orden del d�a; comprobar�n, por lo tanto, que es bastante densa. Mi calendario indica que se han programado por lo menos dos juicios diarios durante esta semana y la pr�xima, pero tengo entendido que en la mayor�a de los casos criminales se negociar�n las declaraciones de inocencia o culpabilidad. No obstante, son muchos los casos que debemos resolver y solicito la cooperaci�n diligente de los letrados. Despu�s de seleccionar al gran jurado, de que empiece a desempe�ar sus funciones y de que empiecen a formalizarse las acusaciones, fijar� fechas para los procesos y comparecencias. Repasemos r�pidamente los casos, primero los penales y a continuaci�n los civiles, despu�s de lo cual podremos prescindir de la presencia de los letrados para seleccionar el gran jurado. Veamos: �El Estado contra Warren Moke. Robo a mano armada.� El juicio se celebrar� esta tarde. --El ministerio fiscal del Estado de Mississippi est� listo para el juicio, su se�or�a -- anunci� ostentosamente Buckley para impresionar al p�blico, despu�s de levantarse con deliberada lentitud. --Tambi�n la defensa --dijo Tyndale, abogado de oficio. --�Qu� duraci�n anticipan que tendr� el juicio? --pregunt� el juez. --Un d�a y medio --respondi� Buckley. Tyndale asinti�. --Bien. Elegiremos el jurado esta ma�ana y el juicio empezar� a la una de esta tarde. �El Estado contra William Daal. Seis cargos de falsificaci�n.� El juicio se celebrar� ma�ana. --Se�or�a --respondi� D. R. Musgrove--, habr� negociaci�n en este caso. --Bien. �El Estado contra Roger Hornton. Dos cargos de hurto de mayor cuant�a. � El juicio se celebrar� ma�ana. Noose prosigui� con la lista de los casos, con la misma reacci�n por parte del fiscal y de la defensa. Buckley se levantaba para declarar que la acusaci�n estaba lista para el juicio, o Musgrove comunicaba respetuosamente a la sala que la declaraci�n de culpabilidad o inocencia estaba sujeta a negociaci�n. Los defensores se levantaban y asent�an. Jake no ten�a ning�n caso durante las sesiones del mes de mayo y, a pesar de que procuraba parecer aburrido, le gustaba o�r la lista de los juicios, porque as� averiguaba qui�n se ocupaba de los mismos y lo que hac�a la competencia. Eso le brindaba tambi�n la oportunidad de exhibirse ante algunos de los ciudadanos. La mitad de los miembros del bufete de Sullivan estaban presentes, sentados ostentosamente en primera fila del palco del jurado, con aspecto tam-

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bi�n hastiado. Los m�s veteranos de la empresa no hac�an acto de presencia, y ment�an al juez Noose alegando que se hab�an visto obligados a asistir a un juicio en el Tribunal Federal de Oxford, o tal vez en el Supremo de Jackson. Su dignidad les imped�a codearse con simples letrados, y, para satisfacer a Noose, mandaban a los abogados m�s j�venes del bufete, quienes solicitaban la continuaci�n, postergaci�n, aplazamiento o revisi�n de todos los casos civiles de los que se ocupaban a fin de prolongarlos eternamente y no dejar de cobrar por horas a sus clientes. Se ocupaban de la defensa de compa��as de seguros, que por regla general prefer�an no someterse a juicio y sufragar los gastos de maniobras jur�dicas cuyo �nico prop�sito era el de evitar que los casos acabaran ante un jurado. Habr�a sido m�s justo y m�s barato pagar una compensaci�n razonable y evitar los conflictos legales organizados por empresas parasitarias como Sullivan & O'Hare, pero las compa��as de seguros y sus asesores jur�dicos eran extremadamente idiotas, lo cual permit�a que abogados independientes como Jake Brigance se ganaran la vida con los litigios contra las mismas, lo que acababa por costarles mucho m�s caro que si hubieran ofrecido una compensaci�n justa desde el principio. Jake odiaba a las compa��as de seguros, a sus abogados y especialmente a los m�s j�venes del bufete Sullivan, todos los cuales eran de su edad y estaban perfectamente dispuestos a degollarlo a �l, a sus compa�eros, a sus superiores o a cualquiera a fin de convertirse en decanos de la empresa, ganar doscientos mil d�lares anuales y no verse obligados a asistir a la sesi�n inaugural de la Audiencia. Jake sent�a un odio particular por Lotterhouse, o L. Winston Lotterhouse, seg�n figuraba en los documentos, un cretino de cuatro ojos licenciado en Harvard y caso cr�nico de arrogancia que estaba a punto de convertirse en decano de la empresa, para lo cual llevaba ya un a�o apu�alando por la espalda a todo el mundo, indiscriminadamente. Estaba afectadamente sentado entre dos colegas de su empresa con siete sumarios en las manos, de cada uno de los cuales percib�a cien d�lares por hora mientras permanec�a as�, sentado en la Audiencia. Noose empez� a leer la lista de los casos civiles. --Collins contra Royal Consolidated General Mutual Insurance Company. Lotterhouse se levant� lentamente. Los segundos se convert�an en minutos. Los minutos en horas. Y las horas en honorarios, primas, bonificaciones y ascensos. --Con la venia de su se�or�a, la vista de este caso est� prevista para el pr�ximo mi�rcoles. --Eso ya lo s� --respondi� Noose. --Me temo, su se�or�a, que debo solicitar un aplazamiento de la vista. Debido a una confusi�n en mi agenda, durante el mi�rcoles en cuesti�n he de asistir a una vista preliminar en el Tribunal Federal de Memphis, que el se�or juez se ha negado a aplazar. Lo lamento much�simo. He presentado un recurso esta ma�ana para solicitar el aplazamiento. Gardner, abogado de la acusaci�n, estaba furioso. --Con la venia de su se�or�a, hace dos meses que se ha fijado la vista de este caso. El juicio deb�a celebrarse en febrero y falleci� un pariente de la esposa del se�or Lotterhouse. Se asign� una fecha en el mes de noviembre y falleci� un t�o del letrado. Se determin� otra fecha en el mes de agosto y tuvo lugar otra defunci�n. Supongo que debemos estar agradecidos de que en esta ocasi�n no haya muerto nadie. Se oyeron risitas en la sala y Lotterhouse se ruboriz�. --Todo tiene un l�mite, se�or�a --prosigui� Gardner--. El se�or Lotterhouse preferir�a aplazar este juicio eternamente. El caso est� listo para juicio y mi cliente tiene derecho a que se celebre. Nos oponemos rotundamente al aplazamiento. --Con la venia de su se�or�a --respondi� Lotterhouse, mientras sonre�a al juez y se quitaba las gafas--, si me permite que me explique... --No, no se lo permito --interrumpi� Noose--. Basta de aplazamientos. El juicio se celebrar� el pr�ximo mi�rcoles. No se conceder�n m�s pr�rrogas. Aleluya, pens� Jake. Noose sol�a ser condescendiente con los abogados de Sullivan. Pero esta vez no trag�. Jake sonri� maliciosamente a Lotterhouse.

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Dos de los casos civiles de Jake fueron aplazados para las sesiones de agosto. Cuando Noose termin� con la lista de los casos civiles orden� que se retiraran los abogados y centr� su atenci�n en los miembros potenciales del jurado. Habl� de la responsabilidad del gran jurado, su importancia y su funci�n. Explic� la diferencia entre el mismo y los jurados de los juicios, de igual importancia pero con menores exigencias temporales. A continuaci�n formul� un sinf�n de preguntas, en su mayor�a exigidas por la ley, y todas ellas relacionadas con la capacidad para formar parte de un jurado, entereza f�sica y moral, exenciones y edad. Algunas eran obsoletas, pero obligatorias en t�rminos de antiguas normativas: --�Est� alguno de ustedes habituado al juego o se emborracha con regularidad? Se oyeron carcajadas, pero ninguna respuesta. Se concedi� autom�ticamente la exenci�n a los mayores de sesenta y cinco a�os. Noose otorg� tambi�n el descargo habitual por enfermedad, premuras y dificultades, pero disculp� s�lo a unos cuantos de los que lo solicitaron por razones econ�micas. Era divertido ver c�mo se levantaban uno por uno para explicar sumisamente al juez por qu� unos d�as en el jurado causar�an un da�o irreparable a su explotaci�n agr�cola, a su comercio o a su trabajo. Noose adopt� una actitud severa para hablarles de la importancia de su responsabilidad civil frente a los pretextos insustanciales. De un total de unos noventa participantes potenciales, dieciocho ser�an seleccionados para el gran jurado y entre los dem�s se elegir�an los jurados para los. juicios. Cuando Noose finaliz� su cuestionario, el oficial del juzgado sac� dieciocho nombres de una caja y se los entreg� a su se�or�a, que empez� a llamarlos uno por uno. Al o�r su nombre, cada uno de los elegidos se levantaba para acercarse lentamente al estrado y sentarse en una de las sillas acolchadas del palco del jurado. En el palco hab�a un total de catorce sillas, doce para los miembros del jurado y dos para los suplentes. Cuando el palco estuvo lleno, Noose llam� a otras cuatro personas que se instalaron en sillas de madera frente a sus colegas. --P�nganse de pie y presten juramento --orden� Noose, al tiempo que la secretaria del juzgado se colocaba delante de ellos con un peque�o libro negro en la mano. --Levanten la mano derecha --dijo la secretaria--. �Juran o prometen solemnemente desempe�ar con lealtad sus obligaciones como miembros del gran jurado: escuchar y decidir sobre todos los asuntos y temas que se les presenten con la ayuda de Dios? --S�, lo juro --se oy� a coro. A continuaci�n se sentaron y qued� constituido el jurado. De los cinco negros que formaban parte del mismo, dos eran mujeres. Entre los trece blancos, en su mayor�a agricultores, hab�a ocho mujeres. Jake reconoci� a siete de los dieciocho. --Damas y caballeros --empez� a decir Noose, como de costumbre--, han sido ustedes elegidos y han prestado juramento como miembros del gran jurado de Ford County, del que formar�n parte hasta la constituci�n del pr�ximo gran jurado en agosto. Quiero hacer hincapi� en que sus obligaciones no exigir�n un tiempo excesivo por su parte. Se reunir�n todos los d�as de esta semana y a continuaci�n unas horas al mes hasta septiembre. Su responsabilidad consiste en revisar casos criminales, escuchar a los encargados de hacer cumplir la ley y a las v�ctimas, y determinar si existen o no bases razonables para creer que el acusado ha cometido el delito del que se le acusa. En tal caso, levantar�n cargos, que son una acusaci�n formal contra el inculpado. Son ustedes dieciocho, y cuando por lo menos doce de ustedes crean que debe formalizarse la acusaci�n, quedar�n instituidos los cargos correspondientes. Gozan ustedes de un poder considerable. La ley les permite investigar cualquier acto criminal a cualquier ciudadano sospechoso de haber cometido un delito, a cualquier funcionario p�blico, y, en definitiva, a cualquier persona o situaci�n que huela a chamusquina. Pueden reunirse cuando lo deseen, pero normalmente lo har�n a petici�n del se�or Buckley, fiscal del distrito. Tienen autoridad para ordenar que un testigo declare ante ustedes, y tambi�n para que les permita examinar sus libros y documentos. Cuando deliberen lo har�n completamente en privado, sin que se tolere la presencia del fiscal del distrito, de ninguno de sus ayudantes ni de ning�n testigo. El acusado no est� autorizado a presentarse ante ustedes. Est� espec�ficamente prohibido divulgar cualquier cosa que se diga o que ocurra en la sala de deliberaciones. --Se�or Buckley, tenga la bondad de ponerse de pie. Gracias. �ste es el se�or Rufus Buckley, fiscal del distrito. Reside en Smithfield, Polk Country. Ser� en cierto modo su su-

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pervisor cuando deliberen. Gracias, se�or Buckley. Se�or Musgrove, ayudante del fiscal del distrito, tambi�n de Smithfield. Ayudar� al se�or Buckley mientras ustedes sean miembros del jurado. Gracias, se�or Musgrove. Estos caballeros representan al Estado de Mississippi, y presentar�n los casos ante el gran jurado. --Un �ltimo detalle. El anterior gran jurado de Ford County se constituy� en febrero y el portavoz fue un var�n blanco. Por consiguiente, de acuerdo con la tradici�n y las directrices del Departamento de Justicia, nombrar� a una mujer negra como portavoz de este jurado. Veamos. Laverne Gossett. �D�nde est� usted, se�ora Gossett? Ah, ah� est�. Tengo entendido que es usted maestra de escuela, �no es cierto? Me alegro. Estoy seguro de que sabr� desempe�ar sus nuevas obligaciones. Ahora ha llegado el momento de empezar a trabajar. Tengo entendido que les esperan m�s de cincuenta casos. Les ruego que sigan al se�or Buckley y al se�or Musgrove por el pasillo hasta la sala que utilizamos para el gran jurado. Gracias y buena suerte. Buckley abri� fastuosamente la comitiva para conducir a su nuevo gran jurado. Al cruzar el vest�bulo salud� a los periodistas con la mano y, de momento, se abstuvo de hacer comentarios. Al llegar a la sala que se les hab�a asignado, se sentaron alrededor de dos largas mesas plegables. Entr� una secretaria con varias cajas de sumarios. Un anciano oficial del Juzgado, medio tullido, medio sordo y con un uniforme descolorido, se coloc� junto a la puerta. Quedaba garantizada la seguridad de la sala. Buckley cambi� de opini�n: se disculp� ante el jurado y se reuni� con los periodistas en el vest�bulo para confirmarles que aquella misma tarde se presentar�a el caso de Hailey. Aprovech� para convocar una conferencia de prensa a las cuatro de la tarde en la escalinata frontal del Palacio de Justicia, una vez formalizadas las acusaciones. Despu�s de almorzar, el jefe de polic�a de Karaway se sent� junto a un extremo de la larga mesa y hoje� con nerviosismo sus sumarios ignorando a los componentes del gran jurado, que esperaban ansiosos su primera causa. --�Declare su nombre! --exclam� el fiscal del distrito. --Nolan Earnhart, jefe de polic�a de Karaway. --�Cu�ntas causas tiene? --Cinco de Karaway. --Oigamos la primera. --Bien, veamos --tartamude� en un susurro el jefe de polic�a, mientras consultaba sus documentos--. El primer caso es el de Fedison Bulow, var�n negro, de veinticinco a�os, atrapado con las manos en la masa en el interior de Griffin's Feed Store de Karaway a las dos de la madrugada del doce de abril. Se dispar� la alarma silenciosa y lo detuvimos en el interior de la tienda. La caja hab�a sido forzada y hab�a desaparecido cierta cantidad de fertilizante. Encontramos el dinero y la mercanc�a en un coche registrado a su nombre aparcado detr�s de la tienda. Hizo una declaraci�n de tres p�ginas en la c�rcel y aqu� tengo copias de la misma. Buckley dio un tranquilo paseo por la sala y sonri� a todos los presentes. --�Y lo que usted pretende es que este gran jurado formalice una acusaci�n de allanamiento de un edificio comercial y otra de robo, contra Fedison Bulow? --pregunt� Buckley, para echarle una mano. --S� se�or, eso es. --Se�ores del gran jurado, tienen derecho a formular todas las preguntas que deseen. �sta es su audiencia. �Alguna pregunta? --S�. �Tiene antecedentes? --pregunt� Mack Loyd Crowell, camionero en paro. --No --respondi� el jefe de polic�a--. �ste es su primer delito. --Buena pregunta, que siempre deben formular, porque en el caso de que el acusado tuviera antecedentes tal vez habr�a que formalizarle la acusaci�n como delincuente habitual -- aclar� Buckley--. �Alguna pregunta m�s? �Ninguna? Bien. Ahora es cuando alguien debe proponer que se formalice la acusaci�n contra Fedison Bulow.

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Un silencio llen� la sala. Los dieciocho fijaron la mirada en la mesa, a la espera de que otro hiciera la propuesta. Buckley esper�. Silencio. Mal asunto, pens�. Un gran jurado indeciso. Un pu�ado de almas t�midas, con miedo a abrir la boca. Liberales. �Por qu� no pod�a haberle tocado un gran jurado sediento de sangre, ansioso por acusar a cualquiera de cualquier cosa? --Se�ora Gossett, �le importar�a hacer la primera propuesta, ya que es la portavoz del jurado? --Hago la propuesta --declar�. --Gracias --respondi� Buckley--. Ahora votemos. �Qui�n vota a favor de acusar formalmente a Fedison Bulow de allanamiento de un edificio comercial y de robo? Levanten la mano. Se levantaron dieciocho manos y Buckley se sinti� aliviado. El jefe de polic�a present� los otros cuatro casos de Karaway. En todos ellos los inculpados eran tan culpables como Bulow, y las acusaciones se formalizaron por unanimidad. Buckley ense�� gradualmente a los miembros del gran jurado la forma de operar. Hizo que se sintieran importantes, poderosos y responsables del enorme peso de la justicia. Empez� a despertarse su curiosidad: --�Tiene antecedentes? --�Qu� condena corresponde a este delito? --�Cu�nto tiempo cumplir�? --�Cu�ntos cargos podemos formalizar contra el inculpado? --�Cu�ndo se celebrar� el juicio? --�Est� ahora en libertad? Despu�s de cinco casos, con todos los cargos formalizados por unanimidad, y habiendo despertado en el gran jurado el anhelo de enfrentarse al pr�ximo, Buckley decidi� que el estado de �nimo era propicio. Abri� la puerta y, mientras observaba a los periodistas, hizo una se�a a Ozzie, que hablaba tranquilamente en el vest�bulo con uno de sus ayudantes. --Empiece por Hailey --susurr� Buckley cuando se cruzaron en la puerta. --Damas y caballeros, �ste es el sheriff Walls. Estoy seguro de que la mayor�a de ustedes lo conocen. Les va a presentar varios casos. �Cu�l es el primero, sheriff? El sheriff escudri�� entre sus documentos, sin hallar, al parecer, lo que buscaba. --Carl Lee Hailey --dijo por fin. Los miembros del jurado volvieron a sumirse en el silencio. Buckley los observaba atentamente para medir sus reacciones. La mayor�a de ellos miraban de nuevo fijamente la mesa. Nadie habl� mientras Ozzie examinaba sus documentos, antes de disculparse para ir en busca de otro malet�n. No se hab�a propuesto empezar por el caso de Hailey. Buckley presum�a de interpretar los sentimientos de los miembros del jurado, de observar sus rostros y saber exactamente lo que pensaban. Durante los juicios no dejaba de observarles y se hac�a permanentemente el pron�stico de lo que cada uno de ellos estaba meditando. Interrogaba a los testigos sin dejar de mirar un solo momento al jurado. A veces se pon�a de pie durante el interrogatorio, delante del palco del jurado, y observaba las reacciones en sus rostros a cada una de las respuestas del testigo. Despu�s de centenares de juicios, ten�a mucha habilidad para interpretar los sentimientos del jurado, y comprendi� inmediatamente que iba a tener problemas con respecto a Hailey. Los cinco negros adoptaron una actitud tensa y arrogante, como si esperaran con anhelo el caso y la inevitable discusi�n que provocar�a. La se�ora Gossett, portavoz del jurado, ten�a un aspecto particularmente devoto mientras Ozzie farfullaba y consultaba sus documentos. La mayor�a de los blancos permanec�an impasibles, pero Mack Loyd Crowell, personaje rural de edad madura, parec�a tan ensoberbecido como los negros. Apart� la silla, se puso de pie y se dirigi� a la ventana que daba a la parte norte del patio. Buckley no lograba adivinar su pensamiento, pero sab�a que Crowell era un problema.

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--Sheriff, �de cu�ntos testigos dispone para el caso Hailey? --pregunt� Buckley, con cierto nerviosismo. --S�lo yo --respondi� Ozzie cuando acab� de escudri�ar sus documentos--. Podemos obtener otro si es preciso. --Bien, bien --dijo Buckley--. H�blenos del caso. Ozzie se acomod� en su silla, cruz� las piernas y dijo: --Por Dios, Rufus, todo el mundo conoce el caso. Hace una semana que nos lo muestran por televisi�n. --Lim�tese a facilitarnos las pruebas. --Las pruebas. De acuerdo. Hoy hace una semana que Carl Lee Hailey, var�n, negro, de treinta y siete a�os, dispar� contra un tal Billy Ray Cobb y un tal Pete Willard, causando la muerte de ambos, y contra el agente del orden p�blico DeWayne Looney, que sigue en el hospital con la pierna amputada. El arma utilizada fue un fusil ametrallador M--16, il�cita, que pudimos recuperar y cuyas huellas dactilares coinciden con las del se�or Hailey. Tengo una declaraci�n jurada del agente Looney en la que afirma que el autor de los disparos fue Carl Lee Hailey. Los hechos fueron presenciados por un testigo ocular, Murphy, el tullido encargado de la limpieza del Palacio de Justicia, que es muy tartamudo. Puedo traerlo si lo desean. --�Alguna pregunta? --interrumpi� Buckley. El fiscal del distrito observaba con inquietud a los miembros del jurado, quienes a su vez miraban nerviosos al sheriff. Crowell estaba de pie, de espaldas a los dem�s, mirando por la ventana. --�Alguna pregunta? --repiti� Buckley. --S� --respondi� Crowell, despu�s de darse la vuelta para mirar fijamente al fiscal y a continuaci�n a Ozzie--. Esos muchachos contra los que dispar� hab�an violado a su hija menor, �no es cierto, sheriff? --Estamos casi seguros de que as� fue --respondi� Ozzie. --�No es cierto que uno de ellos hab�a confesado haberlo hecho? --S�. Crowell cruz� lentamente la sala, altivo y resuelto, hasta llegar al extremo de las mesas, desde donde mir� fijamente a Ozzie. --�Tiene usted hijos, sheriff? --S�. --�Alguna hija menor? --S�. --Supongamos que alguien la violara y lograse atrapar al autor. �Qu� har�a? Ozzie hizo una pausa y mir� angustiado a Buckley, que ten�a el cuello completamente rojo. --No tengo por qu� responder a esa pregunta --dijo Ozzie. --�Eso cree? Usted se ha presentado ante este gran jurado para declarar, �no es cierto? �No es usted un testigo? Responda a mi pregunta. --No s� lo que har�a. --Vamos, sheriff. Responda con sinceridad. Diga la verdad. �Qu� har�a? Ozzie estaba avergonzado, confundido y enojado con aquel desconocido. Deseaba expresarse con sinceridad y explicar detalladamente que le encantar�a castrar, mutilar y acabar con la vida de cualquier pervertido que tocara a su hija. Pero no pod�a hacerlo. El gran jurado podr�a estar de acuerdo y negarse a formalizar los cargos contra Carl Lee. �l no quer�a que lo acusaran, pero sab�a que era necesario. Dirigi� una sumisa mirada a Buckley, quien ahora, sentado, sudaba. Crowell se concentr� en el sheriff con el celo y fervor de un abogado que hubiera descubierto una mentira evidente en la declaraci�n de un testigo.

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--Vamos, sheriff --insisti�--. Le escuchamos. Cu�ntenos la verdad. �Qu� le har�a usted al violador? Vamos. Hable. Buckley se hallaba al borde de la desesperaci�n. Estaba a punto de perder el mayor caso de su maravillosa carrera, y no en el juicio, sino en la sala del gran jurado, en la primera vuelta, ante un camionero en paro. --El testigo no tiene por qu� responder --farfull� el fiscal, despu�s de levantarse. --�Usted si�ntese y cierre el pico! --exclam� Crowell con la mirada fija en Buckley--. No puede darnos �rdenes. Podemos formalizar una acusaci�n contra usted si lo deseamos, �no es cierto? Buckley se sent� y mir� inexpresivamente a Ozzie. Crowell era un importuno. Demasiado astuto para formar parte de un gran jurado. Alguien deb�a de haberle sobornado. Sab�a demasiado. Ten�a raz�n: el gran jurado pod�a formalizar una acusaci�n contra cualquiera. Crowell se retir� de nuevo junto a la ventana y los dem�s continuaron observ�ndole hasta que dio la impresi�n de haber terminado. --�Est� completamente seguro de que lo hizo, Ozzie? --pregunt� Lemoyne Frady, prima lejana ileg�tima de Gwen Hailey. --S�, estamos seguros --respondi� pausadamente Ozzie, sin dejar de mirar a Crowell. --�Y de qu� pretende que lo acusemos? --pregunt� la se�ora Frady, con evidente admiraci�n por el sheriff. --Dos cargos de asesinato y uno de agresi�n contra un agente del orden p�blico. --�Qu� condena le corresponder�a? --pregunt� otro negro llamado Barney Flaggs. --La pena por asesinato es la c�mara de gas. La condena por agredir a un agente de polic�a es cadena perpetua sin libertad condicional. --�Y es eso lo que usted quiere, Ozzie? --pregunt� Flaggs. --S�, Barney, creo que este gran jurado debe formalizar los cargos contra el se�or Hailey. Estoy convencido. --�Alguna pregunta m�s? --interrumpi� Buckley. --No se precipite --exclam� Crowell, despu�s de dejar de mirar por la ventana--. Creo que pretende hacernos tragar este caso apresuradamente, se�or Buckley, y lo considero un agravio. Quiero hablar un poco m�s del tema. Usted si�ntese y, si le necesitamos, se lo comunicaremos. --�No tengo por qu� sentarme, ni permanecer callado! --chill� Buckley furioso, mientras le se�alaba con un dedo. --S�, tiene que hacerlo --respondi� sosegadamente Crowell, con una amarga sonrisa--. Porque de lo contrario podemos ordenarle que se retire, �no es cierto, se�or Buckley? Podemos ordenarle que abandone esta sala y, si se niega a hacerlo, recurriremos al juez. �l le ordenar� que se ausente, �verdad, se�or Buckley? Rufus permaneci� inm�vil, sin habla y aturdido. Sent�a que se le revolv�a el est�mago y le flaqueaban las rodillas, pero estaba paralizado. --De modo que si desea o�r el resto de nuestras deliberaciones, si�ntese y cierre el pico. Buckley se sent� junto al oficial del juzgado, que ahora estaba despierto. --Gracias --dijo Crowell--. Quiero formularles a todos una pregunta. �Cu�ntos de ustedes har�an, o desear�an hacer, lo que ha hecho el se�or Hailey si alguien violara a su hija, o tal vez a su esposa, o quiz�s a su madre? �Cu�ntos? Levanten la mano. Se levantaron siete u ocho manos y Buckley agach� la cabeza. --Lo admiro por lo que hizo --prosigui� Crowell con una sonrisa--. Necesit� muchas agallas. Desear�a tener el valor de emularlo; Dios sabe que querr�a hacerlo. Hay momentos en la vida en que hay que hacer lo que hay que hacer. Este hombre merece un trofeo, no una acusaci�n. Cuando voten --dec�a pausadamente mientras caminaba alrededor de las mesas, satisfecho de la atenci�n que le prestaban--, quiero que piensen en una cosa. Quiero que piensen en esa pobre ni�a. Creo que tiene diez a�os. Intenten imaginarla ah� tumbada, con las manos atadas a la espalda, llorando y suplicando que su padre la ayude. Y pien-

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sen en esos canallas, borrachos, drogados, que la violaban, apaleaban y pateaban uno tras otro, repetidamente. Santo cielo, incluso intentaron matarla. Piensen en sus propias hijas. Imag�nenlas en la situaci�n de la peque�a Hailey. ��No les parece que recibieron simplemente su merecido? Deber�amos estar agradecidos de que hayan muerto. Me siento m�s seguro s�lo al pensar que esos cabrones ya no est�n entre nosotros para violar y asesinar a otras ni�as. El se�or Hailey nos ha hecho un gran favor. No le acusemos. Mand�mosle a su casa, junto a su familia, como corresponde. Es un buen hombre que ha cometido una buena acci�n. Cuando Crowell acab� de hablar, regres� junto a la ventana. Buckley le observaba atemorizado y, cuando estuvo seguro de que hab�a terminado, se puso de pie. --�Ha concluido? --pregunt�. Silencio. --Bien. Damas y caballeros del gran jurado. Me gustar�a aclararles algunas cosas. La funci�n del gran jurado no consiste en juzgar el caso. Eso corresponde al jurado del juicio. El se�or Hailey ser� sometido a un juicio justo ante doce miembros imparciales de un jurado, y si es inocente ser� puesto en libertad. Pero no es competencia del gran jurado determinar su inocencia o culpabilidad. Lo que ustedes deben decidir, despu�s de escuchar la versi�n de las pruebas presentadas por la acusaci�n, es si existen bastantes posibilidades de que se haya cometido un delito. Me permito sugerirles que Carl Lee Hailey ha cometido un delito. A decir verdad, tres delitos. Ha matado a dos hombres y herido a un tercero. Disponemos de testigos presenciales. Buckley se animaba y recuperaba la confianza en s� mismo, al tiempo que paseaba alrededor de las mesas. --La obligaci�n de este gran jurado es la de formalizar la acusaci�n y, si el se�or Hailey dispone de una defensa v�lida, tendr� oportunidad de presentarla durante el juicio. Si tiene una raz�n leg�tima para haber hecho lo que hizo, que la explique durante el juicio. Para eso sirven los juicios. El Estado le acusa de un crimen, y el Estado debe demostrar durante el juicio que lo ha cometido. Si el se�or Hailey puede alegar algo en defensa propia y logra convencer al jurado durante el juicio, se le declarar� inocente, se lo aseguro. Mejor para �l. Pero no es la funci�n de este gran jurado decidir hoy que el sector Hailey debe ser puesto en libertad. Habr� otra ocasi�n para ello, �no es cierto, sheriff? --Cierto --asinti� Ozzie--. El gran jurado debe formalizar la acusaci�n si se presentan pruebas. El jurado del juicio no le condenar� si el Estado no logra demostrar su culpabilidad, o si cuenta con una buena defensa. Pero eso no debe preocupar al gran jurado. --�Alguna otra pregunta por parte del gran jurado? --pregunt� Buckley, atribulado--. Bien, necesitamos una propuesta. --Propongo que no se le acuse de nada --exclam� Crowell. --Secundo la propuesta --susurr� Barney Flaggs. A Buckley le temblaban las rodillas. Intent� hablar, pero de su boca no emergi� ning�n sonido. Ozzie disimul� su alegr�a. --Tenemos una propuesta secundada --declar� la se�ora Gossett--. Los que est�n a favor que levanten la mano. Se levantaron cinco manos negras, junto a la de Crowell. Seis votos. La propuesta hab�a fracasado. --�Qu� hacemos ahora? --pregunt� la se�ora Gossett. --Que alguien proponga que se formalicen las dos acusaciones de asesinato y la de agresi�n contra un agente del orden p�blico --dijo r�pidamente Buckley. --Lo propongo --respondi� uno de los blancos. --Lo secundo --dijo otro. --Los que est�n a favor que levanten la mano --orden� la se�ora Gossett--. Cuento doce manos. Los que se oponen a la propuesta; cuento cinco que con la m�a hacen seis. �Qu� significa eso?

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--Significa que se ha formalizado la acusaci�n --respondi� Buckley con orgullo, al tiempo que recobraba el aliento y su rostro recuperaba el color habitual--. Vamos a tomarnos diez minutos de descanso --dijo a los miembros del gran jurado, despu�s de susurrar algo al o�do de una secretaria--. Nos quedan todav�a unos cuarenta casos, de modo que les ruego que no tarden en regresar. Me gustar�a recordarles algo que el juez Noose les ha dicho esta ma�ana. Estas deliberaciones son sumamente confidenciales. No deben revelar a nadie lo dicho en esta sala... --Lo que intenta decirnos --interrumpi� Crowell--, es que no le contemos a nadie que por un voto ha estado a punto de no conseguir las acusaciones. �No es cierto, Buckley? El fiscal abandon� apresuradamente la sala y dio un portazo. Rodeado de docenas de c�maras y periodistas, Buckley mostr� las acusaciones formales en los pelda�os delanteros del Palacio de Justicia. Predic�, conferenci�, moraliz�, alab� al gran jurado, sermone� contra el crimen y quienes se toman la ley por cuenta propia, y conden� a Carl Lee Hailey. Estaba listo para el juicio. Para enfrentarse al jurado. Garantiz� que se le condenar�a. Garantiz� la pena capital. Se mostr� odioso, ofensivo, arrogante, farisaico. Era �l mismo. El tradicional Buckley. Algunos periodistas se retiraron, pero prosigui� con su discurso. Se alab� a s� mismo, alarde� de su pericia en la sala y de su media de noventa, o, mejor dicho, de noventa y cinco por ciento de condenas. Otros periodistas se retiraron. Se desconectaron otras c�maras. Alab� al juez Noose por su sabidur�a e imparcialidad. Aplaudi� la inteligencia y sagacidad de los jurados de Ford County. El fiscal fue quien m�s resisti�. Todos los dem�s se hastiaron y lo dejaron solo. TRECE Stump Sisson era el brujo imperial del Klan en Mississippi y hab�a convocado una reuni�n en una peque�a caba�a, situada en un lugar remoto de los bosques de Nettles County, trescientos cincuenta kil�metros al sur de Ford County. No hab�a t�nicas, ritos ni discursos. El peque�o grupo de miembros del Klan discut�a los sucesos de Ford County con un tal Freddie Cobb, hermano del fallecido Billy Ray Cobb. Freddie hab�a llamado a un amigo, quien a su vez se hab�a puesto en contacto con Stump, para que organizara la reuni�n. �Hab�an acusado oficialmente al negro? Cobb no estaba seguro, pero hab�a o�do decir que el juicio se celebrar�a a finales de verano, o principios de oto�o. Lo que m�s le preocupaba eran los rumores de que el negro alegar�a enajenaci�n mental y se le declarar�a inocente. No era justo. Aquel negro hab�a matado a su hermano a sangre fr�a, con premeditaci�n. Se hab�a escondido en un trastero, a la espera de su hermano. Se trataba de un asesinato a sangre fr�a y ahora se hablaba de declararlo inocente. �Qu� pod�a hacer el Klan al respecto? Hoy en d�a, los negros cuentan con amplia protecci�n: el NAACP, ACLU, otro sinf�n de grupos de defensa de los derechos civiles, los tribunales y, adem�s, el Gobierno. Diablos, los blancos no tienen ninguna oportunidad, a excepci�n del Klan. �Qui�n, aparte del Klan, estaba dispuesto a manifestarse y defender los derechos de los blancos? Todas las leyes favorec�an a los negros, y los pol�ticos liberales amantes de los negros no dejaban de elaborar nuevas leyes contra los blancos. Alguien ten�a que defender sus intereses. De ah� que hubiera llamado al Klan. �Est� el negro en la c�rcel? S�, y lo tratan a cuerpo de rey. Walls, el sheriff de aquel condado, tambi�n es negro y le tiene mucha simpat�a. Le concede privilegios especiales y protecci�n adicional. El sheriff es un tema aparte. Alguien hab�a dicho que Hailey podr�a salir en libertad bajo fianza esta semana. Era s�lo un rumor. Ojal� fuera cierto. �Qu� nos dice de su hermano? �Viol� a la ni�a? No estamos seguros, probablemente no. Willard, el otro individuo, hab�a confesado, pero no Billy Ray. No le faltaban mujeres. �Por qu� se iba a molestar en violar a una ni�a negra? Y, en el caso de que lo hubiera hecho, �qu� importaba? �Qui�n es el abogado del negro? Brigance, un chico de Clanton. Joven, pero bastante bueno. Tiene muchos casos penales y una buena reputaci�n. Ha ganado varios casos de

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asesinato. Les ha contado a los periodistas que el negro alegar�a enajenaci�n mental y lo declarar�an inocente. �Qui�n es el juez? Todav�a no se sabe. Bullard era el juez del condado, pero alguien hab�a dicho que no presidir�a el juicio. Se hablaba de trasladarlo a otro condado, de modo que no hab�a forma de saber qui�n ser�a el juez. Sisson y sus compinches escuchaban atentamente a aquel fan�tico ignorante. Les hab�a gustado lo del NAACP, y lo del Gobierno y los pol�ticos, pero tambi�n hab�an le�do los peri�dicos y visto la televisi�n, y sab�an que su hermano hab�a recibido lo que se merec�a. Pero, �de manos de un negro! �Era impensable! El caso resultaba aut�nticamente prometedor. Con el juicio a varios meses vista, dispon�an de mucho tiempo para organizar una rebeli�n. Podr�an manifestarse durante el d�a alrededor del Palacio de Justicia con sus t�nicas blancas, sus gorros puntiagudos y la cara cubierta. Pronunciar�an discursos ante sus simpatizantes y se exhibir�an frente a las c�maras. A la prensa le encantar�a; los odiar�a a ellos, pero se deleitar�a con los disturbios y los altercados. Por la noche, podr�an intimidar a la poblaci�n con cruces ardientes y amenazas telef�nicas. Los objetivos ser�an f�ciles y, adem�s, les coger�an desprevenidos. La violencia ser�a inevitable. Sab�an c�mo provocarla. Eran plenamente conscientes de la reacci�n que provocaban las t�nicas blancas cuando se exhib�an ante grupos de negros enojados. Ford County pod�a convertirse en su campo de pr�cticas para jugar al escondite, a la busca y captura y a los ataques por sorpresa. Dispon�an de tiempo para organizarse y llamar a camaradas de otros estados. �Qu� miembro del Klan se perder�a una oportunidad tan maravillosa? �Y los nuevos reclutas? Aquel caso pod�a alimentar las hogueras del racismo y lograr que los que odiaban a los negros dejaran de ocultarlo para lanzarse a la calle. Escaseaban los socios en la organizaci�n. Hailey se convertir�a en su nueva consigna b�lica, su contrase�a. --Se�or Cobb, �puede conseguirnos los nombres y direcciones del negro, su familia, su abogado, el juez y los miembros del jurado? --pregunt� Sisson. --De todos menos de los miembros del jurado --respondi� Cobb, despu�s de reflexionar sobre su misi�n--. Todav�a no han sido elegidos. --�Cu�ndo tendr� la informaci�n? --Yo qu� s�. Supongo que cuando se celebre el juicio. �En qu� est�n pensando? --No estamos seguros, pero es probable que el Klan tome cartas en el asunto. Necesitamos ejercitar un poco los m�sculos y �sta podr�a ser una buena oportunidad. --�Puedo ayudar? --pregunt� Cobb con gran inter�s. --Por supuesto, pero debe afiliarse al Klan. --Ahora ya no existe en nuestro condado. Dej� de hacerlo hace mucho tiempo. Mi abuelo formaba parte del mismo. --�Quiere decir que el abuelo de la v�ctima era miembro del Klan? --S� --respondi� Cobb, con mucho orgullo. --En tal caso, debemos intervenir. Los presentes movieron la cabeza con incredulidad y prometieron vengarse. Le explicaron a Cobb que, si encontraba otros cinco o seis amigos de ideas afines dispuestos a afiliarse, celebrar�an una gran ceremonia secreta en los bosques de Ford County, con una enorme cruz ardiente y toda clase de ritos. Entonces quedar�an incorporados como miembros de pleno derecho del Ku Klux Klan. Filial de Ford County. Y todos acudir�an para ridiculizar el juicio de Carl Lee Hailey. Armar�an tal revuelo en Ford County durante el verano, que a ning�n miembro del jurado en su sano juicio se le ocurrir�a votar inocente al negro. S�lo ten�a que reclutar a media docena de individuos y lo nombrar�an jefe de la filial de Ford County. Cobb dijo que ten�a suficientes primos para formar el grupo. Abandon� la reuni�n intoxicado por la emoci�n de formar parte del Klan al igual que su abuelo.

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Buckley estaba ligeramente desincronizado. Las noticias de la tarde no mencionaron su conferencia de prensa de las cuatro. Jake cambi� de canales en el televisor en blanco y negro de su despacho y ech� a re�r cuando las cadenas nacionales, as� como las emisoras de Memphis, Jackson y Tupelo, se despidieron sin haber mencionado el dictamen de procesamiento. Imaginaba a la familia Buckley en su madriguera, pegada al televisor, a la espera de que apareciera su h�roe en pantalla mientras �l les ordenaba guardar silencio. Y cuando llegaron las siete, despu�s del �ltimo parte meteorol�gico, el de Tupelo, se retiraron todos y le dejaron a solas en su sill�n reclinable. Tal vez a las diez, dijo. Con toda probabilidad. A las diez, Jake y Carla estaban acostados y abrazados en la oscuridad del sof�, a la espera de las noticias. Ah� estaba, por fin, en los pelda�os del Palacio de Justicia, con los autos de procesamiento en la mano y vociferando como un predicador callejero mientras el presentador del canal cuatro explicaba que se trataba de Rufus Buckley, el fiscal del distrito que se ocupar�a de la acusaci�n de Carl Lee Hailey ahora que se hab�an dictado contra �l autos de procesamiento. Tras enfocar brevemente a Buckley, la c�mara mostr� una maravillosa panor�mica del centro de Clanton antes de volver al presentador, quien concluy� con un par de palabras sobre el juicio a finales de verano. --Es ofensivo --dijo Carla--. �Por qu� ha convocado una conferencia de prensa para dar a conocer los autos de procesamiento? --Es el acusador. Nosotros, los abogados defensores, somos los que odiamos la prensa. --Me he dado cuenta. Mi �lbum se est� llenando de recortes de peri�dicos. --No olvides sacar copias para mam�. --�Se las firmar�s? --S�lo si me paga. Las tuyas las firmar� gratis. --De acuerdo. Y si pierdes te presentar� una minuta por cortar y pegar. --Perm�teme que te recuerde, querida, que nunca he perdido un caso de asesinato. Tres a cero; es un hecho. Carla puls� el control remoto y el hombre del tiempo permaneci� en pantalla pero sin voz. --�Sabes lo que m�s me desagrada de tus casos de asesinato? --pregunt�, al tiempo que separaba con los pies los cojines que cubr�an sus piernas finas, bronceadas y casi perfectas. --�La sangre, la carnicer�a, el horror? --No --respondi� mientras se soltaba el cabello, que le llegaba a la altura de los hombros, para desparramarlo sobre el brazo del sof�. --�El menosprecio por la vida, por insignificante que sea? --No. Llevaba puesta una de sus viejas camisas a rayas y empez� a jugar con los botones. --�La terrible perspectiva de un inocente en la c�mara de gas? --No --dijo mientras se desabrochaba la camisa. Los destellos azulados del televisor iluminaban la oscura habitaci�n como una luz estrobosc�pica, al tiempo que la presentadora sonre�a en la pantalla para despedirse de los telespectadores. --�La preocupaci�n por una joven familia cuando el padre entra en la Audiencia para enfrentarse a un jurado? --No. La camisa estaba desabrochada y, bajo la misma, brillaba una fina franja de seda blanca que contrastaba con su piel morena. --�La latente falta de equidad de nuestro sistema judicial? --No. Levant� una pierna bronceada y casi perfecta hasta dejarla reposar suavemente sobre el respaldo del sof�.

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--�La falta de �tica y de escr�pulos en las t�cticas utilizadas por la polic�a y la acusaci�n para condenar a los inocentes? --No --respondi� a la vez que se soltaba la franja de seda entre unos senos casi perfectos. --�El fervor, el furor, la intensidad, las emociones incontroladas, la lucha del esp�ritu humano, las pasiones desatadas? --Caliente, caliente --dijo Carla. Sobre l�mparas y mesillas cayeron pantalones y camisas al tiempo que sus cuerpos entrelazados se hund�an en los almohadones. El antiguo sof�, que los padres de Carla les hab�an regalado, se mec�a y chirriaba sobre el suelo de madera. Era un mueble robusto, acostumbrado a mecerse y chirriar. Max, la perra callejera, corri� instintivamente por el pasillo para custodiar la puerta de Hanna. CATORCE Harry Rex Vonner era un guarro de abogado especializado en divorcios escabrosos que siempre ten�a a alg�n desgraciado en la c�rcel por demoras en los pagos de la pensi�n. Era ruin y rencoroso, y muy popular entre las parejas de Ford County que deseaban divorciarse. Era capaz de conseguir los hijos, la casa, la granja, el v�deo, el microondas y todo lo dem�s. Un rico agricultor lo ten�a permanentemente contratado para evitar que lo hiciera su esposa vigente en el pr�ximo divorcio. Harry Rex transfer�a sus casos penales a Jake y Jake mandaba sus divorcios escabrosos a Harry Rex. Eran amigos y les desagradaban los dem�s abogados, especialmente los del bufete Sullivan. --�Est� Jake? --grit� en presencia de Ethel el martes por la ma�ana despu�s de irrumpir en el vest�bulo. Empez� a subir por la escalera mientras la desafiaba con la mirada para que no se atreviera a abrir la boca, y ella, demasiado sensata para preguntarle si lo esperaba, se limitaba a asentir con la cabeza. En m�s de una ocasi�n le hab�a soltado alguna palabrota. Le hab�a soltado palabrotas a todo el mundo. Hac�a retumbar la escalera con sus pasos y jadeaba cuando lleg� al enorme despacho. --Buenos d�as, Harry Rex. �Vas a quedarte sin respiraci�n? --�Por qu� no te instalas en un despacho de la planta baja? --pregunt�, con la respiraci�n entrecortada. --Necesitas ejercicio. De no ser por estas escaleras, pesar�as m�s de ciento treinta kilos. --Gracias. A prop�sito, ahora vengo del Juzgado. Noose quiere verte, a ser posible a las diez y media. Desea hablar de Hailey contigo y con Buckley para fijar las fechas del proceso, el juicio y dem�s tr�mites. Me ha pedido que te lo diga. --De acuerdo. Ah� estar�. --�Supongo que has o�do lo del gran jurado? --Por supuesto. Aqu� tengo una copia del auto de procesamiento. --No, no --sonri� Harry Rex--. Me refiero al voto del jurado. Jake qued� paralizado, con la mirada fija en su compa�ero. Harry Rex se mov�a por el condado en c�rculos oscuros y silenciosos como los de una nube. Era una fuente inagotable de chismes y rumores, y se enorgullec�a de divulgar s�lo la verdad en la mayor�a de los casos. Era el primero en saberlo casi todo. La leyenda de Harry Rex hab�a empezado veinte a�os antes, con su primer juicio ante un jurado. La empresa ferroviaria a la que hab�a demandado por millones de d�lares se negaba a pagar un c�ntimo y, despu�s de tres d�as de juicio, el jurado se retir� a deliberar. Los abogados de la empresa ferroviaria empezaron a intranquilizarse al ver que el jurado no regresaba r�pidamente con un veredicto favorable a su causa y, al entrar en el segundo d�a de deliberaciones, ofrecieron veinticinco mil d�lares a Harry Rex para zanjar el pleito. Con incre�ble aplomo, los mand� al diablo. Su cliente quer�a el dinero y tambi�n lo mand� a fre�r esp�rragos. Al cabo de unas horas, el jurado, hastia-

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do y fatigado, regres� a la sala y emiti� un veredicto por ciento cincuenta mil d�lares. Despu�s de despedirse con un gesto obsceno de los abogados de la empresa ferroviaria y saludar con desprecio a sus clientes, Harry Rex se dirigi� al bar del Best Western, donde invit� a todos los presentes. Durante la prolongada velada, cont� con todo detalle c�mo hab�a instalado micr�fonos en la sala del jurado y sab�a exactamente lo que en ella se dec�a. Se divulg� la noticia y Murphy encontr� unos cables ocultos entre los tubos de la calefacci�n de la sala del jurado. El Colegio de Abogados investig� el caso, pero no descubri� nada. Desde hac�a veinte a�os, los jueces ordenaban a los oficiales del Juzgado que inspeccionaran la sala del jurado cuando Harry Rex estaba de alg�n modo vinculado al caso. --�C�mo sabes lo del voto? --pregunt� Jake con suspicacia, pendiente de cada una de sus palabras. --Tengo mis fuentes. --�Y c�mo fue el voto? --Doce contra seis. Con un voto menos, no tendr�as esos autos de procesamiento en la mano. --Doce contra seis --repiti� Jake. --Poco le falt� a Buckley para que le diera un s�ncope. Un individuo llamado Crowell, que, a prop�sito, es blanco, se hizo cargo de la situaci�n y casi convenci� a suficientes miembros del jurado. para que no acusaran formalmente a tu cliente. --�Conoces a ese Crowell? --Me ocup� de su divorcio hace un par de a�os. Viv�a en Jackson hasta que su primera esposa fue violada por un negro. Ella se volvi� loca y se divorciaron. Entonces ella cogi� un cuchillo de cocina y se cort� las mu�ecas. A continuaci�n, �l se traslad� a Clanton y se cas� con un put�n verbenero de un pueblo cercano. El matrimonio dur� un a�o. Subyug� por completo a Buckley. Le orden� que se sentara y cerrara el pico. Ojal� hubieras podido verlo. --Parece que lo hayas visto. --No. S�lo tengo una buena fuente de informaci�n. --�Qui�n? --Por favor, Jake. --�Has vuelto a instalar micr�fonos en la sala? --No. Me limito a escuchar. Buena se�al, �no te parece? --�Qu�? --El voto tan justo. Seis entre dieciocho votaron para que lo soltaran. Cinco negros y Crowell. Es un buen indicio. Con un par de negros en el jurado lograr�s que no se pongan de acuerdo. �No es cierto? --No es tan f�cil. Si el juicio se celebra en este condado es bastante probable que todos los componentes del jurado sean blancos. Aqu� es com�n que esto ocurra y, como bien sabes, son todav�a muy constitucionales. Adem�s, ese tal Crowell parece haber salido de la nada. --Esa fue tambi�n la impresi�n de Buckley. Tendr�as que ver a ese imb�cil. Pasea por el Palacio de Justicia como un pavo real, dispuesto a firmar aut�grafos despu�s de su aparici�n anoche en la pantalla. Nadie quiere hablar del tema, pero �l se las arregla para introducirlo en todas las conversaciones. Es como un chiquillo que quiere llamar la atenci�n. --Ten cuidado. Puede ser tu pr�ximo gobernador. --No si pierde el caso de Hailey. Y lo perder�, Jake. Escogeremos un buen jurado, doce buenos y leales ciudadanos, y entonces los sobornaremos. --No te he o�do. --Siempre funciona. Cuando pasaban unos minutos de las diez y media, Jake entr� en el despacho del juez, situado en la parte posterior del Palacio de Justicia, y estrech� tranquilamente las manos de

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Buckley, Musgrove e Ichabod. Lo estaban esperando. Noose le indic� que tomara una silla y se instal� tras su escritorio. --Jake, tardaremos s�lo unos minutos. Me gustar�a firmar el auto de procesamiento contra Carl Lee Hailey a las nueve de la ma�ana. �Alg�n inconveniente? --No, ninguno --respondi� Jake. --Nos ocuparemos tambi�n de otros autos de procesamiento y a las diez empezaremos un juicio por robo. �De acuerdo, Rufus? --S�, se�or�a. --Bien. Ahora hablemos de la fecha del juicio del se�or Hailey. Como ustedes saben, el pr�ximo per�odo de sesiones de este Juzgado empieza a finales de agosto, el tercer lunes, y estoy seguro de que entonces habr� tantos casos pendientes como ahora. Debido a la naturaleza de este caso y, francamente, a la publicidad, creo que ser�a sensato celebrar este juicio lo antes posible. --Cuanto antes --agreg� Buckley. --Jake, �cu�nto tiempo necesita para preparar la defensa? --Sesenta d�as. --�Sesenta d�as! --exclam� con incredulidad Buckley--. �Por qu� tanto tiempo? Jake no le prest� ninguna atenci�n y observ� a Ichabod que, despu�s de ajustarse las gafas, consultaba su agenda. --�Es previsible que se solicite otro lugar donde celebrar el juicio? --pregunt� el juez. --S�. --No importa --dijo Buckley--. De todos modos lograremos que lo condenen. --Reserva tus comentarios para las c�maras, Rufus --se limit� a decir Jake sin levantar la voz. --Mira quien habla --replic� Buckley--. A ti parece que tambi�n te gustan las c�maras. --Por favor, caballeros --intervino Noose--. �Qu� otras solicitudes anteriores al juicio podemos esperar por parte de la defensa? --Habr� otras --respondi� Jake, despu�s de unos momentos de reflexi�n. --�Le importar�a hablarme de ellas? --pregunt� el juez, ligeramente irritado. --Se�or�a, me parece prematuro hablar en estos momentos de la defensa. Acabamos de recibir el auto de procesamiento y no he tenido todav�a oportunidad de hablarlo con mi cliente. Evidentemente, hemos de ponernos a trabajar. --�Cu�nto tiempo necesita? --Sesenta d�as. --�Bromeas! --exclam� Buckley--. �Es un chiste? Por lo que concierne a la acusaci�n p�blica, se�or�a, el juicio podr�a celebrarse ma�ana. Es absurdo esperar sesenta d�as. Jake empez� a indignarse, pero no dijo nada. Buckley se acerc� a la ventana mientras murmuraba con rabia para sus adentros. --�Por qu� sesenta d�as? --pregunt� Noose, mientras consultaba su agenda. --Podr�a ser un caso muy complicado. Buckley solt� una carcajada, sin dejar de mover la cabeza. --�Podemos anticipar que la defensa alegue enajenaci�n mental? --pregunt� el juez. --S�, se�or�a. Y necesitaremos tiempo para que un psiquiatra examine al se�or Hailey. Entonces la acusaci�n querr�, evidentemente, que le examinen sus peritos. --Comprendo. --Adem�s, puede que debamos resolver otros aspectos procesales. Se trata de un caso importante y quiero estar seguro de que disponemos de tiempo para prepararlo adecuadamente. --�Se�or Buckley? --dijo el juez.

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Lo que sea. A la acusaci�n p�blica no le importa. Podr�amos ir a juicio ma�ana. Noose tom� nota en su agenda y se ajust� las gafas, que colgaban de la punta de su nariz convenientemente sujetas por una peque�a verruga. Debido al tama�o de la nariz y a la extra�a forma de su cabeza, su se�or�a usaba unas gafas especiales con patas m�s largas de lo normal, que no utilizaba para leer, sino con el �nico prop�sito de disimular, en vano, el tama�o y forma de su nariz. Jake siempre lo hab�a sospechado, pero le hab�a faltado valor para comunicar a su se�or�a que esas absurdas gafas hexagonales de tono anaranjado alejaban precisamente la atenci�n de todo lo dem�s para centrarla en su nariz. --�Cu�nto cree que durar� el juicio, Jake? --pregunt� Noose. --Tres o cuatro d�as. Pero podr�an necesitarse tres d�as para elegir el jurado. --�Se�or Buckley? --Parece m�s o menos correcto. Pero no entiendo por qu� se necesitan sesenta d�as para preparar un juicio de tres d�as. Creo que deber�a celebrarse antes. --Tranquil�zate, Rufus --dijo sosegadamente Jake--. Las c�maras seguir�n ah� dentro de sesenta d�as, o aunque hubieran transcurrido noventa. No te olvidar�n. Puedes conceder entrevistas, convocar conferencias de prensa, pronunciar sermones y lo que se te antoje. De todo. Pero deja de preocuparte. Tendr�s tu oportunidad. A Buckley se le subieron los colores al rostro, entorn� los ojos y dio tres pasos en direcci�n a Jake. --Si no me equivoco, se�or Brigance, has concedido m�s entrevistas y aparecido ante m�s c�maras que yo en la �ltima semana. --Lo s�, y est�s celoso, �no es cierto? --�No, no estoy celoso! No me importan las c�maras... --�Desde cu�ndo? --Caballeros, por favor --interrumpi� Noose--. Este caso promete ser largo y apasionado. Conf�o en que mis letrados act�en como profesionales. El caso es que mi agenda est� muy congestionada. Las �nicas fechas libres son las de la semana del veintid�s de julio. �Alg�n problema? --Podemos celebrar entonces el juicio --dijo Musgrove. --Me parece bien --sonri� Jake mirando a Buckley mientras consultaba su agenda de bolsillo. --Bien. Todas las solicitudes y temas procesales deber�n resolverse antes del lunes, ocho de julio. La confirmaci�n del auto de procesamiento tendr� lugar ma�ana a las nueve. �Alguna pregunta? Jake se puso de pie, estrech� las manos de Noose y de Musgrove y se retir�. Despu�s de almorzar visit� a su famoso cliente en el despacho de Ozzie, junto a la c�rcel. A Carl Lee le hab�an entregado en su celda una copia del auto de procesamiento y deseaba formular algunas preguntas a su abogado. --�Qu� significa asesinato en primer grado? --El peor. --�Cu�ntos hay? --B�sicamente tres: homicidio, asesinato y asesinato en primer grado. --�Qu� significa homicidio? --Veinte a�os. --�Y asesinato? --Entre veinte a�os y cadena perpetua. --�Y asesinato en primer grado? --La c�mara de gas. --�Qu� significa agresi�n grave contra un agente del orden p�blico? --Cadena perpetua. Sin remisi�n de condena.

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--Es decir: que tengo dos condenas a la c�mara de gas y una de cadena perpetua --dijo Carl Lee, despu�s de examinar atentamente el auto de procesamiento. --Todav�a no. Primero tienes derecho a un juicio que, por cierto, se celebrar� el veintid�s de julio. --�Faltan todav�a dos meses! �Por qu� tanto tiempo? --Porque lo necesitamos. Primero debemos encontrar a un psiquiatra que certifique que estabas loco. Entonces Buckley ordenar� que te manden a Whitfield para que te examinen los doctores que trabajan para el Estado, y ellos dir�n que no estabas loco cuando cometiste el delito. Presentaremos un recurso, Buckley presentar� otro, y habr� un mont�n de vistas. Necesitamos tiempo. --�No podr�a celebrarse antes el juicio? --No nos interesa. --�Y si me interesara a m�? --replic� Carl Lee. --�Qu� ocurre, grandote? --pregunt� Jake, al tiempo que lo observaba atentamente. --Tengo que salir de aqu� cuanto antes. --�Pero no me hab�as dicho que la c�rcel no estaba tan mal? --Es cierto, pero debo regresar a mi casa. Gwen se ha quedado sin dinero y no encuentra trabajo. Lester tiene problemas con su esposa. No deja de llamarle, de modo que no tardar� en abandonarnos. Detesto tener que pedir ayuda a la familia. --Pero te ayudar�n, �no es cierto? --Algunos. Ellos tambi�n tienen problemas. Tienes que sacarme de aqu�, Jake. --Esc�chame, a las nueve de la ma�ana se confirmar� tu auto de procesamiento. El veintid�s de julio es la fecha que se ha fijado para el juicio y no se cambiar�, de modo que olv�dalo. �Te he contado en qu� consistir� la confirmaci�n del auto de procesamiento? Carl Lee movi� la cabeza. --Durar� menos de veinte minutos. Nos presentaremos ante el juez Noose, en la sala principal de la Audiencia. Formular� algunas preguntas, primero a ti y luego a m�. Leer� en p�blico el auto de procesamiento y te preguntar� si has recibido una copia. Entonces te preguntar� si te declaras culpable o inocente. Cuando respondas inocente, anunciar� la fecha del juicio. T� te sentar�s, y Buckley y yo entablaremos una fuerte discusi�n sobre la libertad bajo fianza. Noose la denegar� y volver�s a la c�rcel, donde permanecer�s hasta el juicio. --�Y despu�s del juicio? --No, no estar�s en la c�rcel despu�s del juicio --sonri� Jake. --�Prometido? --No. No te lo puedo prometer. �Alguna pregunta acerca de ma�ana? --No. Dime, Jake, �cu�nto dinero te he pagado? Jake titube� y tuvo un mal presentimiento. --�Por qu� me lo preguntas? --S�lo pensaba. --Novecientos m�s un pagar�. Gwen ten�a menos de cien d�lares. En la casa hab�a cuentas pendientes y escasa comida. El domingo, durante la visita a su marido, hab�a pasado una hora llorando. El p�nico formaba parte de su vida, de su personalidad, de su constituci�n. Pero Carl Lee sab�a que estaban sin blanca. Los parientes de Gwen ser�an de poca ayuda: tal vez unas verduras del huerto y un poco de dinero para leche y huevos. Cuando alguien fallec�a o estaba en el hospital, se pod�a confiar plenamente en ellos. Eran generosos y estaban dispuestos a sacrificar su tiempo para llorar, compadecer y dar el espect�culo. Pero cuando lo que se necesitaba era dinero, hu�an como conejos. La familia de Gwen era bastante in�til y la de Carl Lee no era mucho mejor. Quer�a pedir cien d�lares a Jake, pero decidi� esperar a que Gwen se quedara sin un centavo. Entonces ser�a m�s f�cil.

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Jake hojeaba su cuaderno, a la espera del sablazo. Los clientes penales, especialmente si eran negros, siempre ped�an que les devolviera parte de lo que le hab�an pagado. Dudaba llegar a cobrar m�s de novecientos d�lares y no estaba dispuesto a devolver un centavo. Adem�s, los negros siempre se cuidaban entre s�. Los parientes lo ayudar�an y la iglesia contribuir�a. Nadie morir�a de hambre. --�Alguna pregunta, Carl Lee? --dijo al cabo de un rato, despu�s de guardar el cuaderno y el sumario en su malet�n. --S�. �Qu� puedo decir ma�ana? --�Qu� quieres decir? --Quiero contarle al juez por qu� mat� a esos chicos. Hab�an violado a mi hija. Merec�an morir. --�Y quieres cont�rselo ma�ana al juez? --S�. --�Y crees que te soltar� cuando se lo hayas contado? Carl Lee se qued� callado. --Esc�chame, Carl Lee, me has contratado como abogado. Y lo has hecho porque conf�as en m�, �no es cierto? Y si quiero que digas algo ma�ana, te lo comunicar�. Si no lo hago, ten la boca cerrada. En julio, cuando se celebre el juicio, tendr�s oportunidad de contar tu versi�n de los hechos. Entretanto, ser� yo quien hable. --Tienes raz�n. Lester y Gwen subieron a los ni�os y a Tonya al Cadillac rojo para dirigirse a la consulta del m�dico en el edificio anexo al hospital. Hab�an transcurrido dos semanas desde la fecha de la violaci�n. A pesar de que cojeaba ligeramente, Tonya quer�a correr por la escalera con sus hermanos, pero su madre la llevaba sujeta de la mano. Las piernas y las nalgas ya casi no le dol�an, la semana anterior los m�dicos hab�an retirado los vendajes de sus mu�ecas y tobillos, y las heridas cicatrizaban satisfactoriamente. Llevaba todav�a gasa y algod�n entre las piernas. Despu�s de desnudarse en una peque�a sala, se sent� junto a su madre sobre una mesa acolchada. Su madre la abrazaba e imped�a que se enfriara. El m�dico le examin� la boca y la barbilla. La cogi� de las mu�ecas y los tobillos para comprobar c�mo estaban. A continuaci�n la acost� sobre la mesa y palp� entre sus piernas. La ni�a ech� a llorar y se abraz� a su madre, que se agach� para recibirla. Volv�a a dolerle. QUINCE A las cinco de la madrugada del mi�rcoles, Jake tomaba caf� en su despacho y contemplaba el oscuro patio del Palacio de Justicia a trav�s de la cristalera de su balc�n. Despu�s de pasar una mala noche, hab�a abandonado el calor de la cama varias horas antes de lo habitual para buscar desesperadamente un caso de Georgia, que cre�a recordar de la facultad, en el que el juez hab�a concedido la libertad bajo fianza a un reo acusado de asesinato, sin antecedentes, con propiedades en el condado, trabajo fijo y numerosos parientes en las cercan�as. La b�squeda fue vana. Encontr� un mont�n de casos en el Estado de Mississippi, recientes y bien argumentados, unos claros y otros ambiguos, en los que el juez hab�a ejercido su poder discrecional para negar la libertad bajo fianza. �sa era la ley y ahora Jake la conoc�a al dedillo, pero necesitaba alg�n argumento para enfrentarse a Ichabod. Estaba aterrorizado ante la perspectiva de solicitar la libertad bajo fianza para Carl Lee. Buckley empezar�a a chillar, sermonear y citar aquellos maravillosos casos, mientras Noose escuchaba con una sonrisa para denegar finalmente la solicitud. Jake recibir�a un pisot�n en la cola en la primera escaramuza. --Hola, encanto, hoy has venido muy temprano --dijo Dell a su cliente predilecto mientras le serv�a el caf�.

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--Por lo menos he venido --respondi� Jake, que no hab�a aparecido regularmente por el caf� desde la amputaci�n. Looney era un personaje popular y entre los clientes hab�a cierto resentimiento para con el abogado de Hailey. Consciente de ello, Jake procuraba ignorarlo. A muchos les disgustaban los abogados que defend�an a alg�n negro acusado de matar a unos blancos. --�Tienes un momento? --pregunt� Jake. --Por supuesto --respondi� Dell antes de sentarse a su mesa y mirar a su alrededor. A las cinco y cuarto de la madrugada el caf� estaba casi vac�o. --�Qu� se dice por aqu�? --Lo de siempre. Hablan de pol�tica, de la pesca y de la agricultura. Nada cambia. Hace veinti�n a�os que trabajo aqu� y siempre sirvo la misma comida, a la misma gente, que habla de lo mismo. --�Nada de nuevo? --Hailey. Se habla mucho del tema. A excepci�n de cuando hay alg�n desconocido presente; entonces, se habla de lo habitual. --�Por qu�? --Porque si das a entender que sabes algo del asunto, empieza a seguirte alg�n periodista formul�ndote un mont�n de preguntas. --�Tan mal est�n las cosas? --Todo lo contrario. Es una maravilla. Nunca hab�a ido mejor el negocio. Jake sonri� y agreg� mantequilla y tabasco al farro. --�Qu� opinas t� del caso? Dell se rasc� la nariz con unas u�as postizas rojas y muy largas, y sopl� su taza de caf�. Era famosa por su sinceridad, y Jake esperaba que le respondiera sin tapujos. --Es culpable. Mat� a esos chicos. No tiene vuelta de hoja. Pero ten�a el mejor pretexto que he conocido en mi vida. Cuenta con ciertas simpat�as. --Supongamos que formas parte del jurado. �Culpable o inocente? Dell mir� hacia la puerta y salud� con la mano a un cliente. --Mi instinto es el de perdonar a alguien que mate a un violador. Especialmente a un padre. Pero, por otra parte, no podemos permitir que la gente coja una arma y administre su propia justicia. �Puedes demostrar que estaba loco cuando lo hizo? --Supongamos que puedo. --En tal caso votar�a inocente, aunque estoy convencida de que no estaba loco. Jake cubri� una tostada con mermelada de fresa y asinti�. --�Pero qu� me dices de Looney? --pregunt� Dell--. Es un buen amigo m�o. --Fue un accidente. --�Y con eso basta? --No, no basta. El fusil no se dispar� accidentalmente. El impacto de bala que Looney recibi� fue accidental, pero dudo de que esto constituya una defensa v�lida. �Le condenar�as por haber disparado a Looney? --Tal vez --respondi� pausadamente--. Ha perdido una pierna. �C�mo pod�a estar enajenado cuando dispar� contra Cobb y Willard, pero no cuando lo hizo contra Looney?, pens� Jake sin expresarlo. Decidi� cambiar de tema. --�Qu� se chismorrea sobre m�? --Lo mismo, m�s o menos. Alguien preguntaba por ti hace unos d�as y otros dijeron que no ten�as tiempo para nosotros, ahora que eres c�lebre. He o�do algunos rumores acerca de ti y el negro, pero muy discretos. No te critican en voz alta. No se lo permitir�a. --Eres un encanto.

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--Soy una zorra malhumorada y t� lo sabes. --No. Intentas parecerlo. --�T� crees? Obs�rvame. Se levant� para acercarse a la mesa de unos agricultores que hab�an pedido m�s caf�, y empez� a chillarles. Jake acab� de desayunar solo y regres� a su despacho. Al llegar Ethel a las ocho y media, un par de periodistas deambulaban por la acera junto a la puerta cerrada. Cuando Ethel abri� la puerta aprovecharon para entrar en el edificio y exigieron ver al se�or Brigance. Ella les respondi� que se marcharan, pero insistieron. Jake oy� la discusi�n, cerr� su puerta con llave y dej� que Ethel solucionara el problema. Desde su despacho vio un equipo de televisi�n en la parte posterior del Palacio de Justicia, sonri� y experiment� una maravillosa subida de adrenalina. Se vio ya en las noticias de la noche, caminando con aire decidido, severo, serio, seguido de periodistas que pretend�an entablar un di�logo sin que �l les brindara comentario alguno. Y esto era s�lo la confirmaci�n del auto de procesamiento. �C�mo ser�a el juicio! C�maras por todas partes, periodistas formulando preguntas, art�culos de primera plana, incluso quiz� la cubierta de alguna revista. Un peri�dico de Atlanta lo hab�a denominado el asesinato m�s sensacional del sur en los �ltimos veinte a�os. Habr�a aceptado el cas� pr�cticamente gratis. Al cabo de unos momentos interrumpi� la discusi�n del vest�bulo, salud� amablemente a los periodistas y Ethel se retir� a la sala de conferencias. --�Podr�a responder a unas preguntas? --pregunt� uno de ellos. --No --respondi� atentamente Jake--. Tengo una reuni�n con el juez Noose. --�S�lo un par de preguntas? --No. Pero dar� una conferencia de prensa a las tres de la tarde. Jake abri� la puerta y los periodistas le siguieron a la calle. --�D�nde tendr� lugar la conferencia? --En mi despacho. --�Con qu� objeto? --Discutir el caso. Jake cruz� lentamente la calle para acercarse al Palacio de Justicia sin dejar de responder preguntas. --�Estar� presente el se�or Hailey? --S�, acompa�ado de su familia. --�Tambi�n la ni�a? --S�, tambi�n la ni�a. --�Responder� el se�or Hailey a alguna pregunta? --Tal vez. Todav�a no lo he decidido. Jake se despidi� y entr� en la Audiencia, mientras los periodistas se quedaban en la acera charlando sobre la conferencia de prensa. Buckley entr� en el Juzgado por la enorme puerta principal sin charanga alguna. Esperaba encontrarse con un par de c�maras y le disgust� descubrir que se hab�an agrupado en la parte posterior del edificio para ver al acusado. De ahora en adelante entrar�a por la puerta trasera. El juez Noose aparc� junto a una boca de riego frente a la oficina de correos, cruz� la plaza a grandes zancadas y entr� en el Palacio de Justicia. Tampoco llam� la atenci�n, a excepci�n de las miradas de algunos curiosos. Ozzie ech� una ojeada por las ventanas de la fachada de la c�rcel y vio una aglomeraci�n de gente en el aparcamiento, a la espera de Carl Lee. Pens� en la posibilidad de hacerles otra jugarreta, pero opt� por no hacerlo. En su despacho se hab�an recibido dos docenas de amenazas de muerte contra Carl Lee, y Ozzie se tomaba algunas de ellas en serio. La mayor�a eran simples amenazas generales, pero otras eran espec�ficas, con fechas y lugares. Y eso que s�lo se trataba de la confirmaci�n del auto de procesamiento. Pens� en el

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juicio y le susurr� algo a Moss Junior. Rodearon a Carl Lee de agentes uniformados y le condujeron por la acera, entre los periodistas, hasta un furg�n alquilado al que subieron seis agentes adem�s del conductor. Escoltado por los tres mejores coches de polic�a, el furg�n se dirigi� velozmente al Juzgado. Noose hab�a programado una docena de autos de procesamiento para las nueve de la ma�ana, y cuando se sent� en su sill�n del estrado empez� a repasar los sumarios hasta encontrar el de Hailey. Al observar la primera fila de la sala, vio a un sombr�o grupo de sospechosos personajes, todos ellos recientemente inculpados. En un extremo hab�a un detenido esposado, con un agente a cada lado, al que Brigance hablaba en voz baja. Deb�a tratarse de Hailey. Noose cogi� la carpeta roja de un sumario y se ajust� las gafas para que no perturbaran su lectura. --El Estado contra Carl Lee Hailey, caso n�mero 3889. Ac�rquese, se�or Hailey. Despu�s de que le retiraran las esposas, Carl Lee se acerc� con su abogado al estrado, donde levantaron la cabeza para mirar a su se�or�a, que examinaba en silencio y con nerviosismo el auto de procesamiento del sumario. Creci� el silencio en la sala. Buckley se levant� y se acerc� lentamente a pocos metros del acusado. Los dibujantes esbozaban la escena. Jake dirigi� una mala mirada a Buckley, que no ten�a por qu� acercarse al estrado durante la confirmaci�n del auto de procesamiento. El fiscal vest�a su mejor traje de poli�ster negro con chaleco. Todos y cada uno de los pelos de su enorme cabeza hab�an sido meticulosamente peinados y fijados. Ten�a el aspecto de un evangelista televisivo. --Bonito traje, Rufus --susurr� Jake al o�do de Buckley despu�s de acercarse. --Gracias --respondi� el fiscal, desprevenido. --�Luce en la oscuridad? --pregunt� Jake antes de regresar junto a su cliente. --�Es usted Carl Lee Hailey? --pregunt� el juez. --S�. --�Es el se�or Brigance su abogado? --S�. --Tengo en mis manos un auto de procesamiento dictado contra usted por el gran jurado. �Ha recibido usted una copia del mismo? --S�. --�Lo ha le�do? --S�. --�Ha hablado del mismo con su abogado? --S�. --�Lo comprende? --S�. --Bien. Por imperativo legal, debo leerlo ante el p�blico de la sala --dijo Noose, antes de aclararse la garganta--: �Los componentes del gran jurado del Estado de Mississippi, debidamente elegidos entre un grupo de ciudadanos respetables y de buena conducta de Ford County, en el mismo Estado, nombrados bajo juramento y encargados de instruir en nombre de dicho condado y Estado por la autoridad otorgada por el Estado de Mississippi, bajo juramento dictan que Carl Lee Hailey, domiciliado en el condado y Estado antes mencionados, y en el distrito judicial de esta Audiencia, quebrant� deliberada e intencionalmente el c�digo penal con alevos�a, intencionalidad y premeditaci�n al matar y asesinar a Billy Ray Cobb, un ser humano, y a Pete Willard, un ser humano, y disparar con intenci�n de matar contra DeWayne Looney, agente del orden p�blico, en contravenci�n del c�digo de Mississippi y contra la paz y dignidad del Estado de Mississippi. Auto de procesamiento. Firmado por Laverne Gossett, portavoz del gran jurado.� �Comprende los cargos que se le imputan? --concluy� Noose, despu�s de recuperar el aliento. --S�.

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--�Comprende que si se le declara culpable podr� ser sentenciado a muerte en la c�mara de gas del penal estatal de Parchman? --S�. --�Se declara culpable o inocente? --Inocente. Noose repas� su agenda bajo la mirada atenta del p�blico de la sala. Los dibujantes se concentraban en los protagonistas, incluido Buckley, que se hab�a unido a ellos y colocado de perfil para salir m�s favorecido. Estaba ansioso por decir algo. Miraba con ce�o a la espalda de Carl Lee, como si estuviera impaciente por crucificar al asesino. Se acerc� ostentosamente a la mesa donde se encontraba Musgrove y susurraron algo aparentemente importante. Cruz� la sala y habl� al o�do de una de las secretarias. A continuaci�n regres� al estrado, donde el acusado permanec�a inm�vil junto a su abogado, consciente de la exhibici�n de Buckley y procurando desesperadamente ignorarla. --Se�or Hailey --declar� Noose--, su juicio se celebrar� el lunes veintid�s de julio. Todas las mociones y asuntos relacionados con el mismo deber�n presentarse antes del veinticuatro de junio, y ser incorporados al sumario antes del ocho de julio. Carl Lee y Jake asintieron. --�Tienen algo que a�adir? --S�, se�or�a --respondi� Buckley, levantando la voz para que le oyeran incluso los periodistas desde la rotonda--. La acusaci�n se opone a cualquier solicitud de libertad bajo fianza para este inculpado. --Con la venia de su se�or�a --replic� Jake con los pu�os cerrados, haciendo un esfuerzo para no gritar--, el acusado no ha solicitado la libertad bajo fianza. El se�or Buckley, como de costumbre, confunde el procedimiento. No puede oponerse a una solicitud que no ha sido formulada. Esto es algo que debi� haber aprendido en la facultad. --Con la venia de su se�or�a --prosigui� Buckley ofendido--, el se�or Brigance siempre solicita la libertad bajo fianza y estoy seguro de que tambi�n lo har� hoy. La acusaci�n se opondr� a dicha solicitud. --�Por qu� no espera a que la formule? --pregunt� Noose, un tanto irritado. --De acuerdo --respondi� Buckley mientras miraba a Jake con fuego en la mirada. --�Piensa solicitar la libertad bajo fianza? --pregunt� el juez. --Pensaba hacerlo en el momento apropiado, pero antes de que tuviera la oportunidad ha intervenido el se�or Buckley con sus bufonadas... --Olv�dese del se�or Buckley --interrumpi� Noose. --Comprendo, se�or�a; simplemente est� confundido. --�Libertad bajo fianza, se�or Brigance? --S�, pensaba solicitarla. --Lo supon�a y ya he reflexionado si concederla en este caso. Como bien sabe, su concesi�n es plenamente discrecional por mi parte y nunca la concedo en casos de asesinato. No me parece oportuno hacer una excepci�n en este caso. --�Quiere decir que ha decidido denegar la libertad bajo fianza? --Exactamente. --Comprendo --respondi� Jake, al tiempo que se encog�a de hombros y dejaba el sumario sobre la mesa. --�Desean a�adir algo? --pregunt� Noose. --No, se�or�a --respondi� Jake. Buckley movi� la cabeza en silencio. --Bien. Se�or Hailey, por la presente se le ordena permanecer bajo custodia del sheriff de Ford County hasta el d�a del juicio. Puede retirarse. Carl Lee regres� a la primera fila, donde un agente lo esperaba con las esposas en la mano. Jake abri� su malet�n y guardaba el sumario y dem�s documentos cuando Buckley lo agarr� del brazo.

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--Esto ha sido un golpe bajo, Brigance --dijo entre dientes. --T� te lo has buscado --respondi� Jake--. Su�lteme el brazo. --No me ha gustado --dijo el fiscal, al tiempo que lo soltaba. --Peor para ti, gran hombre. No deber�as hablar tanto. Por la boca muere el pez. Buckley, que le llevaba siete cent�metros y pesaba veinticinco kilos m�s que Jake, estaba cada vez m�s irritado. Su discusi�n hab�a llamado la atenci�n y se acerc� un agente de polic�a para colocarse entre ambos. Jake le gui�� el ojo a Buckley y abandon� la sala. La familia Hailey, encabezada por el t�o Lester, entr� a las dos de la tarde en el despacho de Jake por la puerta trasera. Jake se reuni� con ellos en un peque�o despacho de la planta baja, junto a la sala de conferencias. Al cabo de veinte minutos, Ozzie y Carl Lee entraron tranquilamente por la puerta trasera y Jake les acompa�� al despacho, donde Carl Lee se reuni� con su familia. Ozzie y Jake abandonaron la sala. La conferencia de prensa hab�a sido meticulosamente organizada por Jake, que se maravillaba de su habilidad para manipular a los periodistas y de su disposici�n a ser manipulados. �l se sent� a un lado de la larga mesa con los tres hijos de Carl Lee a su espalda. Gwen estaba sentada a su izquierda y Carl Lee a su derecha, con Tonya sobre sus rodillas. La �tica jur�dica imped�a revelar la identidad de las ni�as v�ctimas de violaci�n, pero el caso de Tonya era excepcional. Su nombre, rostro y edad eran sobradamente conocidos a causa de su padre. Hab�a sido ya exhibida al mundo y Jake quer�a que se la viera y fotografiara con su mejor vestido blanco de los domingos y en brazos de su padre. Los componentes del jurado, quienesquiera que fuesen y dondequiera que vivieran, la ver�an en la pantalla. Los periodistas que no cab�an en la abarrotada sala llenaban el pasillo y la recepci�n, donde Ethel les ordenaba de mal talante que se sentaran y no la molestasen. Un agente de polic�a vigilaba la puerta principal y otros dos la trasera. Detr�s de la familia Hailey y su abogado, el sheriff Walls y Lester no sab�an d�nde ponerse. Colocaron una bater�a de micr�fonos delante de Jake y enfocaron y dispararon las c�maras al amparo de los c�lidos focos. --Debo hacer unos comentarios preliminares --empez� a decir Jake--. En primer lugar, ser� yo quien responda a todas las preguntas. No debe dirigirse ninguna pregunta al se�or Hailey ni a ning�n miembro de su familia. Si se le formula alguna pregunta, le indicar� que no la responda. En segundo lugar, me gustar�a presentarles a su familia. A mi izquierda se encuentra su esposa, Gwen Hailey. A nuestra espalda est�n sus hijos Carl Lee, Jarvis y Robert. Detr�s de los muchachos se encuentra el hermano del se�or Hailey, Lester Hailey. Sentada sobre las rodillas de su pap� --agreg� despu�s de una pausa, mientras sonre�a a la ni�a--, tenemos a Tonya Hailey. Y ahora responder� a sus preguntas. --�Qu� ha ocurrido en la Audiencia esta ma�ana? --Se ha formalizado el auto de procesamiento contra el se�or Hailey, se ha declarado inocente y se ha fijado el juicio para el veintid�s de julio. --�Ha habido un altercado entre usted y el fiscal del distrito? --S�. Despu�s de la confirmaci�n del auto de procesamiento, el se�or Buckley se me ha acercado, me ha cogido del brazo y parec�a dispuesto a atacarme cuando ha intervenido un agente del orden p�blico. --�Cu�l ha sido la causa? --El se�or Buckley tiene tendencia a desmoronarse a poca presi�n que se haga sobre �l. --�Son ustedes amigos? --No. --�Se celebrar� el juicio en Clanton? --La defensa solicitar� un cambio de lugar, pero la decisi�n corresponde al juez Noose. Ning�n pron�stico. --�Puede explicarnos c�mo ha afectado lo ocurrido a la familia Hailey?

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Jake reflexion� unos instantes mientras las c�maras filmaban, y mir� a Carl Lee y a Tonya. --Tienen ante ustedes a una hermosa familia. Hace un par de semanas su vida era simple y agradable. Dispon�an de un trabajo en la f�brica de papel, unos ahorros en el banco, seguridad, estabilidad, iban a la iglesia todos los domingos y se amaban entre s�. Entonces, por razones que s�lo Dios conoce, dos golfos borrachos y drogados cometieron un acto horrible y violento contra esta ni�a de diez a�os. El suceso nos conmovi� y nos provoc� n�useas. Arruinaron la vida de esta ni�a, as� como la de sus padres y dem�s parientes. Fue demasiado para su padre. Enloqueci�. Perdi� los estribos. Ahora est� pendiente de juicio, con la perspectiva de que lo condenen a la c�mara de gas. Se han quedado sin trabajo. Sin dinero. Sin inocencia. Los hijos se enfrentan a la posibilidad de crecer sin su padre. Su madre debe encontrar un trabajo para mantenerlos, y se ver� obligada a suplicar y pedir dinero prestado a parientes y amigos para sobrevivir. Para responder a su pregunta: la familia est� arrasada y destruida. Gwen empez� a sollozar en silencio y Jake le ofreci� un pa�uelo. --�Insin�a que la defensa alegar� enajenaci�n mental? --Efectivamente. --�Puede demostrarlo? --La decisi�n corresponder� al jurado. Nosotros presentaremos expertos en el campo de la psiquiatr�a. --�Ha consultado ya con dichos expertos? --S� --minti� Jake. --�Puede facilitarnos sus nombres? --No. Ser�a inapropiado en estos momentos. --Circulan rumores de amenazas de muerte contra el se�or Hailey. �Puede confirmarlos? --Las amenazas se suceden contra el se�or Hailey, su familia, mi familia, el sheriff, el juez, y pr�cticamente todos los vinculados al caso. No s� lo serias que son. Carl Lee dio unos golpecitos a Tonya en la pierna, con la mirada perdida en la mesa. Parec�a asustado y como anhelante de compasi�n. Resultaba lastimoso. Sus hijos ten�an tambi�n el aspecto de estar asustados, pero, tal como se les hab�a ordenado, se manten�an firmes, sin atreverse a mover un pelo. Carl Lee, el mayor, de quince a�os, estaba detr�s de Jake. Jarvis, el mediano, de trece, estaba detr�s de su padre. Y Robert, de once, detr�s de su madre. Los tres vest�an trajes id�nticos de marino, con camisa blanca y una peque�a pajarita roja. El traje de Robert hab�a pertenecido a Carl Lee y despu�s a Jarvis antes de que �l lo heredara, y parec�a un poco m�s usado que los otros dos. Pero estaba limpio, bien planchado y perfectamente almidonado. Los chicos ten�an un aspecto elegante. �C�mo podr�a cualquier jurado votar para que esos muchachos vivieran sin su padre? La conferencia de prensa fue todo un �xito. Tanto las cadenas nacionales como las emisoras locales transmitieron fragmentos de la misma en las noticias de la tarde y de la noche. Los peri�dicos del jueves publicaron fotograf�as de la familia Hailey y su abogado en primera plana. DIECIS�IS La sueca hab�a llamado varias veces durante las dos semanas de estancia de su marido en Mississippi. No confiaba en �l cuando estaba ah�. Ten�a antiguas novias de las que le hab�a hablado. Cada vez que llamaba, Lester no estaba en casa y Gwen ment�a dici�ndole que hab�a ido de pesca o a cortar le�a para comprar v�veres. Gwen estaba harta de mentir, Lester de ir de parranda, y tambi�n estaban hartos el uno del otro. Cuando el viernes son� el tel�fono antes del amanecer, contest� Lester. Era la sueca.

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Al cabo de dos horas, el Cadillac rojo estaba aparcado junto a la c�rcel. Moss Junior acompa�� a Lester a la celda de Carl Lee. Los dos hermanos susurraban mientras los dem�s internos dorm�an. --Debo regresar a mi casa --susurr� Lester, entre t�mido y avergonzado. --�Por qu�? --pregunt� Carl Lee, como si se lo esperara. --Ha llamado mi esposa. Si no vuelvo al trabajo ma�ana por la ma�ana, me echan a la calle. Carl Lee asinti�. --Lo siento, hermano. Lamento marcharme, pero no tengo otra alternativa. --Lo comprendo. �Cu�ndo volver�s? --�Cu�ndo quieres que vuelva? --Para el juicio. Ser� muy duro para Gwen y para los ni�os. �Podr�s estar aqu� entonces? --Sabes que s�. Incluso podr� tomarme unas peque�as vacaciones. Aqu� estar�. Sentados al borde del catre de Carl Lee, se miraban en silencio. La celda permanec�a oscura y tranquila. Las literas situadas frente al catre de Carl Lee estaban desocupadas. --Hab�a olvidado lo desagradable que es este lugar --dijo Lester. --Espero no seguir aqu� mucho tiempo. Despu�s de ponerse de pie y darse un abrazo, Lester llam� a Moss Junior para que le abriera la celda. --Me siento orgulloso de ti, hermano --dijo Lester antes de emprender camino a Chicago. La segunda visita que recibi� Carl Lee aquella ma�ana fue la de su abogado, que se reuni� con �l en el despacho de Ozzie. Jake ten�a los ojos irritados y estaba quisquilloso. --Carl Lee, ayer habl� con dos psiquiatras de Memphis. �Sabes a cu�nto ascienden sus honorarios m�nimos para evaluarte de cara al juicio? �Te lo imaginas? --�Se supone que deber�a saberlo? --pregunt� Carl Lee. --Mil d�lares --exclam� Jake--. Mil d�lares. �De d�nde vas a sacar mil d�lares? --Te di todo el dinero que ten�a. Incluso te ofrec�... --No me interesa la escritura de tu propiedad. �Sabes por qu�? Porque nadie quiere comprarla y, si no puedes venderla, no sirve para nada. Debemos conseguir el dinero, Carl Lee. No para m�, sino para los psiquiatras. --�Por qu�? --�Por qu�! --repiti� Jake con incredulidad--. �Por qu�? Porque me gustar�a evitar que acabaras en la c�mara de gas, que se encuentra a s�lo ciento cincuenta kil�metros de aqu�. No est� muy lejos. Y para lograrlo, debo convencer al jurado de que no estabas en plena posesi�n de tus facultades mentales cuando disparaste contra esos chicos. Yo no puedo decirles que estabas loco. T� no puedes decirles que estabas loco. Debe hacerlo un psiquiatra. Un experto. Un doctor. Y no trabajan gratis. �Comprendes? Carl Lee se apoy� sobre las rodillas y observ� una ara�a que avanzaba por la polvorienta alfombra. Despu�s de doce d�as en la c�rcel y dos apariciones ante el juez estaba harto del sistema jur�dico. Pensaba en las horas y minutos anteriores al asesinato. Sin duda, los muchachos merec�an morir. No se arrepent�a de lo hecho. �Pero hab�a pensado en la c�rcel, la pobreza, los abogados o los psiquiatras? Tal vez, pero s�lo de refil�n. No eran m�s que molestias inevitables, que deber�a soportar temporalmente hasta que lo pusieran en libertad. Consumado el hecho, ser�a procesado, exonerado y puesto en libertad. Ser�a f�cil, al igual que la experiencia de Lester, casi desprovista de dolor. Pero ahora las cosas funcionaban de otro modo. Se conspiraba para que permaneciera en la c�rcel, para convertir a sus hijos en hu�rfanos. Parec�an haber decidido castigarle por hacer algo que �l consideraba inevitable. Y, ahora, su �nico aliado le ven�a con exigencias

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que no pod�a satisfacer. Su abogado le ped�a lo imposible. Su amigo Jake estaba enojado y le hablaba a gritos. --Consigue el dinero --exclam� Jake, de camino a la puerta--. P�deselo a tus hermanos, a la familia de Gwen, a tus amigos, a la iglesia; pero cons�guelo. Y cuanto antes. Jake dio un portazo y abandon� la c�rcel. La tercera visita de Carl Lee aquella ma�ana lleg� poco antes del mediod�a, en una larga limusina negra con chofer y matr�cula de Tennessee. Despu�s de maniobrar en el peque�o aparcamiento, se detuvo ocupando el espacio de tres coches. Se ape� el corpulento guardaespaldas negro que iba al volante, abri� la puerta a su amo y ambos entraron en la c�rcel. --Buenos d�as --dijo la secretaria, que hab�a dejado de mecanografiar para mirarles con suspicacia. --Buenos d�as --respondi� el m�s bajo, con un parche en el ojo--. Me llamo Gato Bruster y deseo hablar con el sheriff Walls. --�Puede decirme cu�l es el prop�sito de su visita? --S� se�ora. Est� relacionada con el se�or Hailey, residente en sus impecables dependencias. El sheriff oy� su nombre y asom� la cabeza por la puerta de su despacho para recibir a su infame visitante. --Se�or Bruster, soy Ozzie Walls. Se dieron la mano mientras el guardaespaldas permanec�a inm�vil. --Encantado de conocerle, sheriff. Soy Gato Bruster, de Memphis. --S�. Le conozco. Lo he visto en las noticias. �Qu� le trae a Ford County? --Un gran amigo m�o est� metido en un buen l�o. Se trata de Carl Lee Hailey, y he venido para ayudarle. --�Qui�n es �se? --pregunt� Ozzie mirando al guardaespaldas. Ozzie media metro noventa y era por lo menos diez cent�metros m�s bajo que el guardaespaldas, que deb�a de pesar unos ciento treinta y cinco kilos concentrados, sobre todo, en los m�sculos de sus brazos. --�ste es el peque�o Tom --respondi� Gato--. Para abreviar, le llamamos simplemente peque�o. --Comprendo. --Es una especie de guardaespaldas. --No ir� armado? --No, sheriff, no necesita ning�n arma. --De acuerdo. �Por qu� no pasan usted y el peque�o a mi despacho? Cuando entraron, el peque�o cerr� la puerta y se qued� junto a ella, mientras su jefe se sentaba frente al sheriff. --Puede sentarse si lo desea --dijo Ozzie. --No, sheriff, siempre se queda junto a la puerta. Es fiel a su adiestramiento. --�Como una especie de perro polic�a? --Exactamente. --Bien. �De qu� quiere hablar? Gato cruz� las piernas y coloc� una mano cargada de diamantes sobre la rodilla. --El caso es, sheriff, que Carl Lee y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Luchamos juntos en Vietnam. Fuimos v�ctimas de una emboscada cerca de Da Nang, en el verano del setenta y uno. A m� me dieron en la cabeza y, a los pocos segundos, le alcanzaron a �l en la pierna. Nuestra patrulla desapareci� y esos orientales de mierda nos utilizaban como blanco. Carl Lee se arrastr� hasta m�, me carg� sobre sus hombros y corri� entre los

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disparos hasta una cuneta junto al camino. Permanec� agarrado a su espalda mientras �l se arrastraba a lo largo de m�s de tres kil�metros. Me salv� la vida. Le concedieron una medalla. �Lo sab�a? --No. --Es cierto. Pasamos dos meses juntos en un hospital de Saig�n, en camas contiguas, y a continuaci�n abandonamos Vietnam. No tengo intenci�n de regresar. Ozzie escuchaba atentamente. --Y, ahora que mi amigo tiene problemas, quiero ayudarle. --�Fue usted quien le suministr� el M--16? --Claro que no --sonri� Gato, al tiempo que el peque�o gru��a. --�Desea verle? --Por supuesto. �As� de f�cil? --S�. Si el peque�o deja la puerta libre, ir� en busca de �l. El peque�o se hizo a un lado y, al cabo de dos minutos, Ozzie regres� con el preso. Gato le recibi� con gran algarab�a, abrazos y palmadas. Carl Lee mir� de reojo a Ozzie, quien se dio por aludido y sali� del despacho. A continuaci�n, juntaron dos sillas y empezaron a hablar. --Estoy muy orgulloso de ti por lo que has hecho �dijo Gato--. Realmente orgulloso. �Por qu� no me dijiste para qu� quer�as el arma? --Simplemente no lo hice. --�C�mo ocurri�? --Como en Vietnam, salvo que no devolv�an los disparos. --Es el mejor sistema. --Supongo. Pero ojal� no hubiera ocurrido. --�No tendr�s remordimientos? Carl Lee se meci� en su silla y contempl� el techo. --Volver�a a hacer exactamente lo mismo, de modo que no tengo remordimientos. Pero ojal� no se hubieran metido con mi ni�a. Preferir�a que nada de eso hubiera ocurrido. --Claro, claro. Debe de ser duro para ti estar aqu�. --No estoy preocupado por m�. Lo que me inquieta es mi familia. --Claro, claro. �C�mo est� tu esposa? --Bien. Sobrevivir�. --Le� en los peri�dicos que el juicio se celebrar� en julio. �ltimamente la prensa se ha ocupado m�s de ti que de m�. --S�, Gato, pero a ti nunca te condenan. En mi caso, no estoy tan seguro. --Tienes un buen abogado, �no es cierto? --S�. Es bueno. Gato se levant� y, mientras paseaba por el despacho, se dedic� a admirar los trofeos y certificados de Ozzie. --�sta es la raz�n principal de mi visita, amigo m�o. --�A qu� te refieres? --pregunt� Carl Lee sin estar seguro de lo que su amigo se propon�a, pero convencido de que no hab�a venido en vano. --�Sabes, Carl Lee, a cu�ntos juicios me han sometido? --Parece que uno tras otro. --�Cinco! Me han juzgado cinco veces. Los federales. El Estado. La ciudad. Por drogas, juego, soborno, armas, corrupci�n, prostituci�n. C�tame otro delito: tambi�n me han juzgado por �l. �Y quieres que te diga una cosa, Carl Lee?: siempre he sido culpable de todo ello. Cada vez que me han sometido a juicio, era m�s culpable que el demonio. �Sabes cu�ntas veces me han condenado? --No.

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--�Ninguna! No me han condenado una sola vez. Cinco juicios y cinco veces declarado inocente. Carl Lee sonri� con admiraci�n. --�Sabes por qu� no pueden declararme culpable? Carl Lee lo sospechaba, pero movi� la cabeza. --Porque tengo al abogado criminalista m�s astuto, ruin y corrupto de la regi�n. Enga�a, juega sucio y la polic�a lo odia. Pero yo estoy aqu�, en lugar de en la c�rcel. Hace lo que sea necesario para ganar un caso. --�Qui�n es? --pregunt� Carl Lee con anhelo. --Lo has visto muchas veces por televisi�n, entrando y saliendo del Juzgado. Cada vez que alguien importante del bajo mundo tiene problemas, est� ah�. Defiende a los narcotraficantes, a los pol�ticos, a m�; a todos los delincuentes importantes. --�C�mo se llama? --Se ocupa s�lo de casos penales; principalmente droga, soborno, extorsi�n y cosas por el estilo. �Pero sabes cu�les son sus casos predilectos? --�Cu�les? --Asesinato. Le encantan los casos de asesinato. No ha perdido nunca ninguno. Se ocupa de todos los importantes en Memphis. Recuerda cuando cogieron a aquellos dos negros, que hab�an arrojado a un individuo desde el puente al Mississippi. Los atraparon con las manos en la masa. Hace cosa de cinco a�os. --S�, lo recuerdo. --Hubo un juicio muy espectacular, que dur� dos semanas, y salieron en libertad. �l era su abogado. Los sac� de la c�rcel. Ambos, inocentes. --Me parece que recuerdo haberlo visto por televisi�n. --Claro que lo viste. Es muy astuto, Carl Lee. Te aseguro que nunca pierde. --�C�mo se llama? --Bo Marsharfsky --declar� solemnemente Gato con la mirada fija en el rostro de Carl Lee, despu�s de dejarse caer en su silla. Carl Lee levant� la mirada, como si recordara el nombre. --�Y bien? --Pues que quiere ayudarte, amigo m�o --respondi� Gato despu�s de colocar una mano con ocho quilates sobre la rodilla de Carl Lee. --Tengo ya un abogado al que no puedo pagar. �C�mo voy a permitirme otro? --No tienes que pagarle, Carl Lee. Ah� es donde intervengo yo. Lo tengo permanentemente en n�mina. Me pertenece. El a�o pasado le pagu� alrededor de cien mil d�lares s�lo para que me evitara problemas. T� no tienes que pagar nada. De pronto, despert� en Carl Lee un enorme inter�s por Bo Marsharfsky. --�De qu� conoce mi caso? --Lee los peri�dicos y ve la televisi�n. Ya sabes c�mo son los abogados. Ayer pas� por su despacho y estaba examinando un peri�dico con tu fotograf�a en primera plana. Le habl� de nosotros y se excit� como un loco. Dijo que deb�a ocuparse de tu caso. Le respond� que yo intervendr�a. --�Y �sta es la raz�n de tu visita? --Exacto, exacto. Dijo que sab�a exactamente a qui�n recurrir para sacarte de la c�rcel. --�Por ejemplo? --Doctores, psiquiatras y gente por el estilo. Los conoce a todos. --Cuestan dinero. --�De eso me ocupo yo, Carl Lee! �Esc�chame! Yo pagar� todos los gastos. Tendr�s el mejor abogado y los mejores m�dicos del mercado, y tu viejo amigo Gato saldar� la cuenta. �No te preocupes por el dinero!

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--Pero ya tengo un buen abogado. --�Qu� edad tiene? --Supongo que unos treinta a�os. --Es un ni�o, Carl Lee --respondi� Gato, al tiempo que levantaba con asombro la mirada--. Hace s�lo cuatro d�as que sali� de la facultad. Marsharfsky tiene cincuenta y se ha ocupado de m�s casos de asesinato que los que tu muchacho ver� jam�s. Es tu vida lo que est� en juego, Carl Lee. No la dejes en manos de un novato. De pronto Jake era excesivamente joven. Pero, durante el juicio de Lester, todav�a lo era m�s. Y gan�. --Esc�chame, Carl Lee, he participado en muchos juicios y esa basura es muy t�cnica y compleja. Basta que alguien cometa un error para que te condenen. Si a ese joven se le pasa algo por alto, eso puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. No puedes permitirte tener ah� a un jovenzuelo con la esperanza de que no meta la pata. Un error --dijo Gato al tiempo que chasqueaba los dedos de un modo espectacular--, y acabas en la c�mara de gas. Marsharfsky no comete errores. --�Estar�a dispuesto a trabajar con mi abogado? --pregunt� Carl Lee, acorralado, en busca de un compromiso. --�No! De ning�n modo. No trabaja con nadie. No necesita ayuda. Tu muchacho ser�a un estorbo. Carl Lee apoy� los codos sobre las rodillas y se contempl� la punta de los pies. Le resultar�a imposible conseguir los mil d�lares para el m�dico. No comprend�a por qu� lo necesitaba, puesto que no se hab�a sentido en ning�n momento enajenado, pero evidentemente era indispensable. Todo el mundo parec�a creerlo. Mil d�lares para un m�dico barato. Y Gato le ofrec�a lo mejor del mercado. --Sentir�a hacerle eso a mi abogado --susurr� Carl Lee. --No seas est�pido --exclam� Gato--. Quien debe preocuparte es Carl Lee, y no ese chiquillo. No es el momento de preocuparse por las susceptibilidades de los dem�s. Es un abogado; olv�dalo. Lo superar�. --Pero ya le he pagado... --�Cu�nto? --pregunt� Gato mientras hac�a una se�a al peque�o. --Novecientos pavos. El peque�o sac� un fajo de dinero, Gato separ� nueve billetes de cien d�lares y los meti� en el bolsillo de la camisa de Carl Lee. --Y aqu� tienes algo para los ni�os --agreg�, al tiempo que sacaba un billete de mil d�lares y se lo colocaba tambi�n en el bolsillo. A Carl Lee se le aceler� el pulso s�lo de pensar en el dinero que le cubr�a el coraz�n. Sinti� c�mo se mov�a en su bolsillo con una ligera presi�n en el pecho. Deseaba contemplar el billete de mil d�lares y agarrarlo con fuerza en la mano. Comida, pens�, comida para los ni�os. --�Trato hecho? --sonri� Gato. --�Quieres que despida a mi abogado y contrate al tuyo? --pregunt� cuidadosamente. --Por supuesto, por supuesto. --�Y t� te ocupar�s de todos los gastos? --Claro, claro. --�Y este dinero? --Es tuyo. Av�same cuando necesites m�s. --Es extraordinariamente generoso por tu parte, Gato. --Soy un buen tipo. Ayudo a dos amigos. Uno me salv� la vida hace muchos a�os y el otro me evita problemas graves cada dos a�os. --�Por qu� est� tan interesado en mi caso?

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--La publicidad. Ya sabes c�mo son los abogados. F�jate en el revuelo que ese chiquillo ha organizado ya en los peri�dicos. Es el sue�o de un abogado. �Trato hecho? --S�. Trato hecho. Gato le dio una cari�osa palmada en la espalda y se acerc� al tel�fono del escritorio de Ozzie. --Cobro revertido con el 901 566 9800 --dijo, despu�s de marcar unos n�meros--. Llamada personal de Gato Bruster con Bo Marsharfsky. En el vig�simo piso de un edificio del centro de la ciudad, Bo Marsharfsky colg� el tel�fono y pregunt� a su secretaria si estaba preparado el comunicado para la prensa. Ella se lo entreg� y el letrado lo ley� atentamente. --Me parece bien --dijo--. Entr�guelo inmediatamente a ambos peri�dicos. D�gales que utilicen la fotograf�a del archivo, la m�s reciente. Hable con Frank Fields, del Post. D�gale que lo quiero ma�ana en primera plana. Me debe un favor. --S� se�or. �Y las emisoras de televisi�n? --pregunt� la secretaria. --Entr�gueles una copia. No puedo hacer ninguna declaraci�n ahora, pero celebrar� una conferencia de prensa en Clanton la pr�xima semana. Lucien llam� por tel�fono a las seis y media de la ma�ana del s�bado. Carla permaneci� hundida bajo las s�banas e hizo caso omiso del tel�fono. Jake extendi� el brazo hacia la pared y palp� la l�mpara hasta dar con el auricular. --Diga --logr� pronunciar d�bilmente. --�Qu� est�s haciendo? --Dorm�a hasta que son� el tel�fono. --�Has visto el peri�dico? --�Qu� hora es? --Ve a buscar el peri�dico y ll�mame cuando lo hayas le�do. Se cort� la comunicaci�n. Jake contempl� el auricular y lo dej� sobre la mesilla. A continuaci�n, se sent� al borde de la cama, se frot� los ojos e intent� recordar la �ltima vez que Lucien lo hab�a llamado a su casa. Deb�a de ser importante. Prepar� un caf�, solt� al perro y, en pantal�n corto y camiseta, se dirigi� apresuradamente al portal�n del jard�n, donde los tres peri�dicos matutinos hab�an ca�do a escasos cent�metros uno de otro. Los abri� sobre la mesa de la cocina, junto a su taza de caf�. Nada en el peri�dico de Jackson. Nada en el de Tupelo. El titular de The Memphis Post hac�a referencia a matanzas en el Pr�ximo Oriente, y entonces lo vio. En la segunda mitad de la primera plana vio su fotograf�a, con la leyenda: �Sale Jake Brigance.� Junto a la misma, hab�a una fotograf�a de Carl Lee y, a continuaci�n, la foto de un rostro que hasta entonces nunca hab�a visto. Debajo del mismo aparec�an las palabras: �Entra Bo Marsharfsky.� El titular anunciaba que el conocido abogado criminalista de Memphis hab�a sido contratado para representar al vengador. Jake estaba aturdido, d�bil y confundido. Deb�a tratarse de un error. El d�a anterior hab�a estado con Carl Lee. Ley� lentamente el art�culo. Los detalles eran escasos y se limitaba a enumerar los principales �xitos de Marsharfsky, quien promet�a celebrar una conferencia de prensa en Clanton. Dec�a que el caso presentar�a nuevos retos, etc�tera, y que ten�a fe en los jurados de Ford County. Jake se puso silenciosamente un pantal�n caqui almidonado y una camisa. Su esposa segu�a oculta en alg�n lugar bajo las s�banas. Se lo comunicar�a m�s tarde. Cogi� el peri�dico y se dirigi� a su despacho. No ser�a prudente pasar por el Coffee Shop. Junto al escritorio de Ethel, ley� nuevamente el art�culo y contempl� su fotograf�a en primera plana. Lucien le ofreci� unas palabras de consuelo. Sab�a qui�n era Marsharfsky, a quien se conoc�a como el Lince. Era un elegante brib�n, astuto y sutil. Lucien lo admiraba.

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Moss Junior condujo a Carl Lee al despacho de Ozzie, donde Jake lo esperaba con el peri�dico. El agente se retir� inmediatamente y cerr� la puerta. Carl Lee se sent� en el peque�o sof� de pl�stico negro. --�Has visto esto? --pregunt� Jake, al tiempo que le arrojaba el peri�dico. Carl Lee le mir� fijamente, sin prestar atenci�n alguna al peri�dico. --�Por qu�, Carl Lee? --No tengo por qu� darte explicaciones, Jake. --Claro que debes hacerlo. No has tenido agallas para llamarme y cont�rmelo como un hombre. Has dejado que me enterase por los peri�dicos. Exijo una explicaci�n. --Me ped�as demasiado dinero, Jake. No dejabas de quejarte. Aqu� estoy yo, metido en la c�rcel, y no has dejado de atormentarme sobre algo que no puedo solucionar. --Dinero. �Si no puedes pagarme a m�, c�mo te las arreglar�s con los honorarios de Marsharfsky? --A �l no tengo que pagarle nada. --�C�mo! --Lo que has o�do. No me cuesta nada. --No me dir�s que trabaja gratis. --No. Le paga otro. --�Qui�n? --exclam� Jake. --No puedo dec�rtelo. No es de tu incumbencia, Jake. --�Has contratado al abogado criminalista m�s famoso de Memphis y otra persona paga sus honorarios? --Efectivamente. Debe de tratarse del NAACP, pens� Jake. Pero no, no contratar�an a Marsharfsky. Tienen sus propios abogados. Adem�s, es demasiado caro para ellos. �De qui�n podr�a tratarse? Carl Lee cogi� el peri�dico y lo dobl� meticulosamente. Se sent�a inc�modo y avergonzado, pero la decisi�n ya estaba tomada. Hab�a pedido a Ozzie que llamara a Jake para comunic�rselo, pero el sheriff no quiso inmiscuirse. Deb�a haber llamado, de acuerdo; sin embargo, no estaba dispuesto a disculparse. Observ� su fotograf�a en primera plana. Le gust� lo de vengador. --�Y no vas a decirme de qui�n se trata? --pregunt� Jake, m�s sosegadamente. --No, Jake, no voy a dec�rtelo. --�Lo hablaste con Lester? --No --respondi�, al tiempo que lo volv�a a mirar fijamente--. No es su juicio, ni es de su incumbencia. --�D�nde est�? --En Chicago. Se march� ayer. La decisi�n est� tomada, Jake. Veremos, dijo Jake para sus adentros. Lester no tardar�a en averiguarlo. --Eso es. Estoy despedido. Sin m�s --dijo Jake, despu�s de abrir la puerta. Carl Lee miraba fijamente la fotograf�a, sin decir palabra. Carla desayunaba y esperaba. Hab�a llamado un periodista desde Jackson preguntando por Jake y le hab�a hablado de Marsharfsky. No intercambiaban palabras, s�lo gestos. Jake se sirvi� un caf� y sali� al patio posterior, donde, entre sorbos, se dedic� a observar los descuidados setos que rodeaban el alargado jard�n. Un caluroso sol calentaba el c�sped y secaba el roc�o, levantando una humedad pegadiza que se adher�a a su camisa. La hierba y los setos estaban a la espera de su aseo sema-

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nal. Despu�s de quitarse las zapatillas, camin� descalzo por el c�sped mojado hasta una jofaina quebrada que serv�a de piscina para los p�jaros, junto al trasegado mirto que era el �nico �rbol del jard�n. Carla sigui� sus pasos y se detuvo junto a �l, que la cogi� de la mano con una sonrisa en los labios. --�Est�s bien? --pregunt� Carla. --S�, estoy bien. --�Has hablado con �l? --S�. --�Qu� te ha dicho? Jake movi� la cabeza, sin responder. --Lo siento. Jake asinti�, con la mirada fija en la jofaina. --Habr� otros casos --dijo Carla, con escasa convicci�n. --Lo s�. Jake pens� en Buckley, e imagin� sus carcajadas. Pens� en los clientes del Coffee Shop y se prometi� no volver a pisar el establecimiento. Pens� en las c�maras y en los periodistas, y se le form� un nudo en el est�mago. Pens� en Lester, su �nica esperanza de recuperar el caso. --�Te apetece desayunar? --pregunt� Carla. --No, gracias. No tengo hambre. --M�ralo por el lado positivo. Ahora no tendremos miedo al contestar al tel�fono. --Creo que voy a cortar el c�sped --dijo Jake. DIECISIETE El Consejo de Ministros, constituido por un grupo de sacerdotes negros, hab�a sido fundado con objeto de coordinar las actividades pol�ticas de las comunidades negras de Ford County. Raramente se reun�a durante la legislatura, pero en los a�os en que hab�a elecciones celebraba una reuni�n semanal los domingos por la tarde para entrevistar a los candidatos, discutir su pol�tica y, sobre todo, determinar la benevolencia de cada uno de ellos. Se hac�an trazos, se elaboraban estrategias, se intercambiaba dinero. El consejo hab�a demostrado que pod�a responder con el voto de los negros. Los donativos y las ofrendas a las iglesias negras aumentaban enormemente durante las elecciones. El reverendo Ollie Agee hab�a convocado en su iglesia una reuni�n especial del consejo el domingo por la tarde. Finaliz� el serm�n temprano y, a las cuatro, cuando sus feligreses ya se hab�an marchado, Cadillacs y Lincolns empezaron a llenar el aparcamiento. Las reuniones eran secretas y a las mismas s�lo asist�an los sacerdotes que pertenec�an al consejo. Hab�a veintitr�s iglesias negras en Ford County y veintid�s de sus miembros estaban presentes cuando el reverendo Agee inaugur� la sesi�n. La reuni�n ser�a breve, puesto que algunos sacerdotes, y en particular los de la Iglesia de Cristo, deb�an celebrar poco despu�s sus servicios vespertinos. El objeto de la reuni�n, explic�, era el de organizar apoyo moral, pol�tico y financiero para Carl Lee Hailey, miembro destacado de su parroquia. Era preciso crear un fondo que permitiera asegurar la mejor defensa jur�dica. Se crear�a otro fondo para ayudar a su familia. El propio reverendo Agee dirigir�a la colecta de fondos, y cada sacerdote ser�a responsable, como de costumbre, de su propia congregaci�n. A partir del siguiente domingo se har�a una colecta especial por la ma�ana y otra por la noche. Agee administrar�a el dinero para la familia a su discreci�n. La mitad de lo recaudado se destinar�a a la defensa jur�dica. El tiempo era importante: faltaba s�lo un mes para el juicio. Era preciso recoger el dinero r�pidamente, cuando el tema era candente y la gente se sent�a generosa.

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El consejo coincid�a un�nimemente con el reverendo Agee, que insisti� adem�s en que el NAACP interviniera en el caso Hailey, a quien no se someter�a a juicio si fuera blanco. No en Ford County. S�lo se le juzgaba por ser negro, y �se era un tema en el que deb�a intervenir el NAACP, a cuyo director nacional se hab�a dirigido ya un llamamiento. Las ramas de Memphis y de Jackson hab�an prometido su ayuda. Se convocar�an conferencias de prensa. Se celebrar�an manifestaciones. Tal vez se boicotear�an los negocios de los blancos; t�ctica popular en aquel momento, cuyos resultados eran asombrosos. Conven�a actuar inmediatamente, cuando la gente estaba dispuesta a cooperar y a ofrecer dinero. Todos los sacerdotes estuvieron de acuerdo y se dispersaron para regresar a sus iglesias respectivas. Debido en parte a la fatiga y en parte a la verg�enza, Jake durmi� durante el servicio religioso. Carla prepar� unas tartas y tomaron un largo desayuno con Hanna en el jard�n. Decidi� no leer los peri�dicos del domingo, despu�s de ver en primera plana del segundo fasc�culo de The Memphis Post una p�gina entera dedicada a Marsharfsky y a su famoso cliente. El caso Hailey presentaba el mayor de los retos, dec�a. Se debatir�an importantes temas jur�dicos y sociales. Promet�a una defensa innovadora y alardeaba de no haber perdido un caso de asesinato en doce a�os. Ser�a dif�cil, pero confiaba en la sensatez e imparcialidad de los jurados de Mississippi. Jake ley� el art�culo sin comentario alguno y lo arroj� a la papelera. A pesar de que Jake ten�a trabajo, Carla sugiri� una merienda en el campo. Cargaron el Saab con comida y juguetes y se dirigieron al lago. Las aguas casta�as y cenagosas del lago Chatulla hab�an vivido su �pice anual y en pocos d�as empezar�an su lenta retirada hacia el centro del estanque. El nivel del agua atra�a una flotilla de lanchas, balsas catamaranes y botes. En la ladera de una colina, Carla coloc� dos. gruesos edredones en el suelo, junto a un roble, mientras Jake descargaba la comida y la casa de mu�ecas. Hanna organiz� su familia numerosa de animales y autom�viles sobre uno de los edredones, y empez� a darles �rdenes. Sus padres la escuchaban con una sonrisa en los labios. Su nacimiento hab�a sido una horrible y angustiosa pesadilla, despu�s de s�lo seis meses y medio de embarazo, con s�ntomas y pron�sticos enormemente preocupantes. Jake hab�a permanecido once d�as junto a la incubadora de la UCI, mientras aquel hermoso y diminuto cuerpecito purp�reo de kilo y medio se aferraba a la vida con la ayuda de un batall�n de m�dicos y enfermeras que vigilaban los monitores, ajustaban tubos y agujas y mov�an la cabeza. Cuando estaba a solas, acariciaba la incubadora y se secaba las l�grimas de las mejillas. Dorm�a en una mecedora cerca de su hija y so�aba con una hermosa ni�a de ojos azules y cabello casta�o que jugaba con mu�ecas y dorm�a sobre sus hombros. O�a incluso su voz. Al cabo de un mes, las enfermeras sonrieron y los m�dicos se relajaron. A lo largo de una semana, se retiraron gradualmente los tubos. Su peso alcanz� los tres kilos, y los orgullosos padres la llevaron a su casa. Los m�dicos sugirieron que no tuviesen otro hijo a no ser que lo adoptaran. Ahora era una ni�a perfecta y, cuando o�a su voz, todav�a le brotaban unas l�grimas. Comieron y rieron mientras Hanna instru�a a sus mu�ecas sobre las normas de higiene. --�sta es la primera vez que te relajas desde hace dos semanas --dijo Carla cuando ambos estaban tumbados sobre el edred�n. Catamaranes multicolores zigzagueaban por el lago, eludiendo las veloces lanchas de esquiadores semiborrachos. --El domingo pasado fuimos a la iglesia --respondi� Jake. --Y no dejabas de pensar en el juicio. --Todav�a lo hago. --Pero ya no es de tu incumbencia. --No lo s�. --�Cambiar� de opini�n? --Puede que lo haga si Lester habla con �l. Es dif�cil saberlo.

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Los negros son imprevisibles, sobre todo cuando tienen problemas. En realidad no puede quejarse. Tiene el mejor abogado criminalista de Memphis y le sale gratis. --�Qui�n paga sus honorarios? --Un viejo amigo de Carl Lee, de Memphis; un individuo llamado Gato Bruster. --�Qui�n es? --Un tipo muy rico. Chulo, traficante, ladr�n y delincuente. Marsharfsky es su abogado. Son un par de malhechores. --�Te lo ha contado Carl Lee? --No, no quiso cont�rmelo y se lo pregunt� a Ozzie. --�Lo sabe Lester? --Todav�a no. --�Qu� quieres decir? �No pensar�s llamarle? --S�, pensaba hacerlo. --�No crees que esto es ir demasiado lejos? --No lo creo. Me parece que Lester tiene derecho a saberlo, y... --Entonces Carl Lee deber�a cont�rselo. --Deber�a, pero no lo har�. Ha cometido un error y no se da cuenta de ello. --Pero es su problema, no el tuyo. Por lo menos ha dejado de serlo. --Carl Lee est� demasiado avergonzado para cont�rselo a Lester. Sabe que Lester se enojar� y le dir� que ha cometido otro error. --De modo que debes ser t� quien se inmiscuya en sus asuntos familiares. --No. Pero creo que Lester debe saberlo. Estoy segura de que se enterar� por los peri�dicos. --Puede que no --respondi� Jake, con poca convicci�n Creo que a Hanna le apetece un zumo de naranja. --Creo que lo que pretendes es cambiar de tema. --El tema no me preocupa. Quiero recuperar el caso y me propongo lograrlo. Lester es el �nico que puede conseguirlo. Carla entorn� los ojos y �l percibi� su mirada mientras contemplaba una balsa que se embarrancaba en el lodo de la orilla cercana. --Jake, esto no es �tico, y t� lo sabes --dijo en un tono sosegado, aunque firme y no desprovisto de sarcasmo. --No es cierto, Carla. Soy un abogado muy �tico. --Siempre has hablado de �tica. Pero ahora utilizas artima�as para conseguir el caso. Esto no es �tico, Jake. --Recuperar, no conseguir. --�Cu�l es la diferencia? --Intentar conseguir un caso no es �tico. Pero nunca he visto que estuviera prohibido recuperarlo. --No est� bien, Jake Carl Lee ha contratado a otro abogado y ya es hora de que lo olvides. --�T� crees que a Marsharfsky le importa la �tica? �C�mo crees que ha conseguido el caso? Su cliente nunca hab�a o�do hablar de �l. Se ha propuesto conseguir el caso y lo ha logrado. --�Y eso justifica que ahora hagas t� lo mismo? --Recuperar, no conseguir. Hanna pidi� galletas y Carla hurg� en la cesta. Jake se apoy� en un codo e hizo caso omiso de ellas. Pensaba en Lucien. �Qu� har�a en su situaci�n? Probablemente, alquilar�a un avi�n, volar�a a Chicago, se reunir�a con Lester, le dar�a alg�n dinero, lo traer�a a casa consigo y lo convencer�a para que persuadiera a Carl Lee. Asegurar�a a Lester que Mars-

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harfsky no pod�a ejercer en Mississippi y que, de todos modos, por su condici�n de forastero los fan�ticos del jurado no confiar�an en �l. Llamar�a a Marsharfsky, lo acusar�a de utilizar artima�as para conseguir el caso y le amenazar�a con denunciarle por su falta de �tica en cuanto pusiera pie en Mississippi. Movilizar�a a sus colaboradores negros para que llamaran a Gwen y a Ozzie y los persuadieran de que el �nico abogado con alguna posibilidad de ganar el caso era �l. Por �ltimo, Carl Lee se dar�a por vencido y lo llamar�a. Eso ser�a exactamente lo que Lucien har�a. He ah� la �tica. --�Por qu� sonr�es? --pregunt� Carla. --Pensaba en lo agradable que es estar aqu� contigo y con Hanna. Deber�amos hacerlo m�s a menudo. --Est�s decepcionado, �no es cierto? --Por supuesto. Nunca habr� otro caso como �ste. Si lo ganara, me convertir�a en el abogado m�s famoso de la regi�n. Nunca tendr�amos que volver a preocuparnos por el dinero. --�Y si lo perdieras? --Entonces, al menos habr�a participado en la partida. Pero no puedo perder lo que no tengo. --�Avergonzado? --Un poco. Es duro de tragar. Todos los abogados del condado se r�en del tema, a excepci�n, posiblemente, de Harry Rex. Pero lo superar�. --�Qu� debo hacer con los recortes de peri�dicos? --Gu�rdalos. Puede que todav�a completes la colecci�n. La cruz era peque�a, de dos metros setenta de longitud por metro veinte de anchura para que cupiera en una camioneta de caja larga sin llamar la atenci�n. Se sol�an utilizar cruces mucho mayores en los rituales, pero las de menor tama�o eran preferibles para las incursiones nocturnas en zonas residenciales. No se utilizaban con frecuencia, o por lo menos no con la frecuencia deseada por sus constructores. A decir verdad, hac�a muchos a�os que no se hab�an utilizado en Ford County. La �ltima hab�a sido clavada en el jard�n de un negro acusado de violar a una mujer blanca. Pocas horas antes del amanecer del lunes, se levant� la cruz de la camioneta con silencio y rapidez y se insert� en un agujero de veinticinco cent�metros de profundidad reci�n cavado en el jard�n de la singular casa victoriana de Adams Street. A los pocos segundos de arrojar una peque�a antorcha al pie de la cruz, estaba toda en llamas. La camioneta desapareci� en la oscuridad de la noche y se detuvo en una cabina telef�nica de las afueras de la ciudad para llamar a la polic�a. Al cabo de unos momentos, el agente Prather se person� en Adams Street y vio inmediatamente la cruz en llamas en el jard�n de la casa de Jake. Se acerc�, aparc� detr�s del Saab, llam� a la puerta y esper� mientras contemplaba las llamas. Eran casi las tres y media. Llam� de nuevo. La calle estaba a oscuras y silenciosa, a excepci�n del resplandor de la cruz y de los estallidos de la madera que ard�a a quince metros de distancia. Por fin, Jake abri� la puerta y qued� paralizado junto al agente mientras contemplaba at�nito el espect�culo. Estaban ambos estupefactos, no s�lo por la cruz ardiente, sino por su significado. --Buenos d�as, Jake --dijo finalmente Prather, sin alejar la mirada de las llamas. --�Qui�n ha sido? --pregunt� Jake, con la garganta seca y carrasposa. --No lo s�. No se han identificado. S�lo han llamado para comunic�rnoslo. --�Cu�ndo han llamado? --Hace quince minutos. Jake se pas� la mano por el cabello con el prop�sito de impedir que volara a merced de la suave brisa. --�Cu�nto tiempo quemar�? --pregunt�, consciente de que Prather sab�a tan poco como �l sobre cruces en llamas.

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--Qui�n sabe. Probablemente est� empapada, de petr�leo. Huele como si lo estuviera. Tal vez arda durante un par de horas. �Quieres que llame a los bomberos? Jake mir� de un lado a otro de la calle, y comprob� que todas las casas estaban oscuras y silenciosas. --No. No es preciso despertar a todo el mundo. Dej�mosla que arda. �Crees que puede causar alg�n desperfecto? --Es tu jard�n. Prather permanec�a inm�vil, con las manos en los bolsillos y la barriga por encima del cintur�n. --Hac�a mucho tiempo que no se ve�a algo parecido por estos entornos. La �ltima que recuerdo fue en Karaway, en mil novecientos sesenta... --Mil novecientos sesenta y siete. --�La recuerdas? --S�. Yo estudiaba en el instituto. Nos acercamos en coche para ver c�mo ard�a. --�C�mo se llamaba aquel negro? --Robinson, un tal Robinson. Se le acusaba de haber violado a Velma Thayer. --�Lo hizo? --pregunt� Prather. --As� lo crey� el jurado. Est� machacando algod�n en Parchman hasta el fin de sus d�as. Prather parec�a satisfecho. --Voy a llamar a Carla --susurr� Jake antes de desaparecer, para regresar al cabo de un momento acompa�ado de su esposa. --�Santo cielo, Jake! �Qui�n ha hecho eso? --Qui�n sabe. --�Es el KKK? --pregunt� Carla. --Es de suponer --respondi� el agente--. No conozco a nadie m�s que se dedique a quemar cruces. �Y t�, Jake? Jake movi� la cabeza. --Estaba convencido de que hab�an abandonado Ford County hac�a muchos a�os --dijo Prather. --Parece que han regresado --agreg� Jake. Carla estaba paralizada de terror, con la mano sobre la boca y el rostro enrojecido por el resplandor de las llamas. --Haz algo, Jake. Ap�gala. Jake contemplaba la hoguera y, una vez m�s, mir� de un lado a otro de la calle. Los estallidos eran cada vez m�s sonoros y las llamas anaranjadas se elevaban en la oscuridad de la noche. Moment�neamente, tuvo la esperanza de que se extinguiera con rapidez, con ellos tres como �nicos testigos, y que se limitase a desaparecer sin que nadie en Clanton lo supiera. Pero, de pronto, su propia estupidez le provoc� una sonrisa. Prather refunfu��, evidentemente cansado de permanecer all� de pie. --A prop�sito, Jake, preferir�a no sacarlo a relucir, pero, seg�n los peri�dicos, se han equivocado de abogado. �No es cierto? --Probablemente no saben leer --susurr� Jake. --Seguramente. --Dime, Prather, �sabes si hay alg�n miembro activo del Klan en este condado? --Ninguno. Hay algunos en el sur del estado, pero ninguno por aqu�. Por lo menos que yo sepa. El FBI nos ha dicho que el Klan es algo del pasado. --No parece muy reconfortante. --�Por qu� no?

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--Porque si esos individuos son miembros del Klan, no son de por aqu�. Han venido de lugares desconocidos. Eso indica que se lo toman en serio, �no te parece, Prather? --No lo s�. Me parecer�a m�s preocupante que personas de la regi�n trabajaran con el Klan. Podr�a significar que vuelve a instalarse el Klan en la zona. --�Qu� significa la cruz? --pregunt� Carla, dirigi�ndose al agente. --Es una advertencia. Un aviso para que uno deje de hacer lo que est� haciendo, o, de lo contrario, la pr�xima vez quemar�n algo m�s que un trozo de madera. Hace mucho tiempo que lo utilizan para intimidar a los blancos que sienten simpat�a por los negros y los derechos civiles. Si los blancos no dejan de simpatizar con los negros, recurren a la violencia: bombas, dinamita, palizas e incluso asesinato. Pero cre�a que esto formaba parte del pasado. En vuestro caso, es su forma de advertir a Jake que se mantenga alejado de Hailey. Pero, puesto que ha dejado de ser su abogado, no s� lo que significa. --Voy a ver c�mo est� Hanna --dijo Carla antes de entrar en la casa. --Si tienes una manguera, la apagar� con mucho gusto --declar� Prather. --Buena idea --respondi� Jake--. Sentir�a que la viesen los vecinos. Jake y Carla se quedaron junto a la puerta en albornoz, viendo c�mo el agente rociaba la cruz en llamas. La madera siseaba y humeaba en contacto con el agua, que cubr�a la cruz y sofocaba las llamas. Despu�s de rociarla durante quince minutos, Prather enroll� cuidadosamente la manguera y la coloc� detr�s de los matorrales del parterre, junto a la puerta. --Gracias --dijo Jake--. Procuremos que esto quede entre nosotros, �de acuerdo? --Desde luego --respondi� Prather mientras se secaba las manos en los pantalones y se arreglaba el sombrero--. Cerradlo todo con llave y, si o�s algo, llamad a la comisar�a. Durante unos d�as mantendremos los ojos bien abiertos. Sali� en marcha atr�s a la calle y condujo lentamente por Adams Street hacia la plaza. Jake y Carla se sentaron en la mecedora y contemplaron la cruz humeante. --Me da la impresi�n de estar viendo un antiguo ejemplar de la revista Life --dijo Jake. --O una p�gina de un libro de texto de la historia de Mississippi. Tal vez deber�amos comunicarles que te han echado. --Gracias. --�Gracias? --Por ser tan directa. --Lo siento. Preferir�as que dijera despedido, despachado, o... --Basta con que digas que ha encontrado otro abogado. Est�s realmente asustada, �no es cierto? --Sabes perfectamente que estoy asustada. Aterrorizada. Si son capaces de quemar una cruz en nuestro propio jard�n, �qu� puede impedirles incendiar la casa? No vale la pena, Jake. Quiero que seas feliz, que tengas �xito y todo lo dem�s, pero no a costa de nuestra seguridad. No hay caso que lo merezca. --�Te alegras de que me despidiera? --Me alegro de que encontrara otro abogado. Puede que ahora nos dejen tranquilos. Jake la tom� por los hombros y la sent� sobre sus rodillas. El sof� se mec�a suavemente. Carla estaba hermosa a las tres y media de la madrugada, con su albornoz. --�No volver�n? --No. Ya han terminado con nosotros. Descubrir�n que me he retirado del caso y llamar�n para disculparse. --No tiene ninguna gracia, Jake. --Lo s�. --�Crees que se divulgar� la noticia? --No durante la pr�xima hora. Cuando abra el Coffee Shop a las cinco, Dell Perkins conocer� todos los detalles antes de servir la primera taza de caf�.

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--�Qu� piensas hacer con eso? --pregunt� Carla al tiempo que se�alaba la cruz ahora apenas visible bajo la media luna. --Se me ocurre una idea. La podr�amos trasladar a Memphis y quemarla en el jard�n de Marsharfsky. --Me voy a la cama. A las nueve de la ma�ana, Jake hab�a acabado de dictar su instancia para retirarse como defensor del caso, que Ethel mecanografiaba afanosamente, cuando la llam� su secretaria por el intercomunicador: --Se�or Brigance, un tal se�or Marsharfsky al tel�fono. Le he dicho que estaba reunido y ha respondido que esperar�a. --Hablar� con �l --dijo Jake, al tiempo que levantaba el auricular--. Diga. --Se�or Brigance, le habla Bo Marsharfsky, de Memphis. �C�mo est� usted? --De maravilla. --Me alegro. Estoy seguro de que habr� visto los peri�dicos del s�bado y domingo. �Los reciben en Clanton? --S�, y tambi�n tenemos tel�fonos y servicio de correos. --�De modo que ha visto los art�culos sobre el se�or Hailey? --S�. Redacta usted muy bien. --No tendr� en cuenta su comentario. Quer�a hablar del caso Hailey, si dispone de un momento. --Me encantar�a. --Seg�n tengo entendido, el c�digo de Mississippi exige que los letrados de otros estados se asocien con un letrado local para aparecer ante los tribunales. --�Quiere decir que no est� colegiado en Mississippi? --pregunt� Jake, con incredulidad. --Pues... no. --Olvid� mencionarlo en sus art�culos. --Tampoco tendr� en cuenta este comentario. �Exigen los jueces la asociaci�n con un letrado local en todos los casos? --A veces, pero no siempre. --Comprendo. �Y el juez Noose? --A veces. --Gracias. De todos modos, acostumbro a hacerlo cuando tengo alg�n juicio en otro lugar del pa�s. Suelen sentirse mejor con uno de los suyos sentado junto a m�. --Muy amable por su parte. --Supongo que no estar�a dispuesto a... --�Debe de estar bromeando! --exclam� Jake--. Acaba de arrebatarme el caso y ahora pretende que le lleve el malet�n. Est� usted loco. Por nada del mundo vincular�a mi nombre al suyo. --Esc�cheme, pat�n... --No, esc�cheme usted, lince. Puede que le sorprenda, pero en este Estado tenemos un c�digo �tico y jur�dico que no permite solicitar casos ni clientes. Ayuda ilegal a un litigante, �ha o�do hablar de ello? Claro que no. Pero es un delito en Mississippi, como en la mayor�a de los estados. Tenemos normas �ticas que proh�ben seguir a las ambulancias y solicitar clientes. Le hablo de �tica, se�or lince, �me comprende? --No busco los casos, jovencito. Vienen a m�. --Como el de Carl Lee Hailey. Pretende hacerme creer que encontr� su n�mero en las p�ginas amarillas. Seguro que tiene un anuncio de p�gina entera junto a los abortistas. --Me ha sido recomendado.

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--Claro, por un chulo. S� exactamente c�mo lo ha conseguido. Un caso evidente de solicitaci�n. Puede que lo denuncie al Colegio de Abogados. O, mejor a�n, tal vez solicite al gran jurado que investigue sus m�todos. --Claro, tengo entendido que usted y el fiscal del distrito son �ntimos amigos. Buenos d�as, letrado. Marsharfsky pronunci� la �ltima palabra antes de colgar el tel�fono. Jake tard� una hora en tranquilizarse, pero sigui� con el informe que estaba redactando. Lucien se habr�a sentido orgulloso de �l. Poco antes del almuerzo, Jake recibi� una llamada de Walter Sullivan, del bufete de Sullivan. --�Jake, amigo m�o, c�mo est�s? --Encantado de la vida. --Me alegro. Esc�chame, Jake, Bo Marsharfsky es un viejo amigo m�o. Hace a�os defendimos a un par de banqueros acusados de fraude. Adem�s, ganamos el caso. Es un gran abogado. Se ha asociado conmigo como letrado local para el caso de Carl Lee Hailey. S�lo quer�a que lo supieras... Jake dej� caer el auricular y sali� de su despacho. Pas� la tarde en el jard�n de la casa de Lucien. DIECIOCHO Gwen no ten�a el tel�fono de Lester. Tampoco lo ten�a Ozzie, ni nadie. La telefonista dijo que hab�a dos p�ginas de Haileys en la gu�a de Chicago, por lo menos una docena con el nombre de Lester y bastantes con las iniciales L. S. Jake pidi� los n�meros de los cinco primeros y los llam� uno por uno. Eran todos blancos. Entonces llam� a Tank Scales, propietario de uno de los antros negros m�s respetables del condado, conocido como Tank's Tonk, que sol�a frecuentar Lester. Tank era cliente de Jake, y a menudo le facilitaba informaci�n confidencial sobre diversos negros, sus actividades y su paradero. Tank pas� por el despacho de Jake el martes por la ma�ana, cuando se dirig�a al banco. --�Has visto a Lester Hailey en las �ltimas dos semanas?--pregunt� Jake. --Desde luego. Ha estado varias veces en mi local jugando al billar y tomando cerveza. He o�do decir que regres� a Chicago el pasado fin de semana. Supongo que es cierto, porque no lo he visto desde entonces. --�Qui�n le acompa�aba? --Estaba casi siempre solo. --�No vino nunca con Iris? --S�, un par de veces, cuando Henry no estaba en la ciudad. Me pone nervioso que venga con ella. Henry tiene malas pulgas. Acabar�a con ambos si supiera que salen juntos. --Hace diez a�os que lo hacen, Tank. --Lo s�. Tiene dos hijos de Lester. Todo el mundo lo sabe menos Henry. Pobre Henry. Alg�n d�a lo averiguar� y tendr�s otro caso de asesinato. --Esc�chame, Tank, �puedes hablar con Iris? --No viene muy a menudo. --No es eso lo que te pregunto. Necesito el tel�fono de Lester en Chicago y sospecho que Iris debe de tenerlo. --Estoy seguro. Tengo entendido que le manda dinero. --�Puedes conseguirlo? Tengo que hablar con Lester. --Por supuesto, Jake. Si Iris lo tiene, lo conseguir�.

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El mi�rcoles, el despacho de Jake hab�a recobrado la normalidad. Empezaron a aparecer de nuevo los clientes. Ethel era particularmente amable, o todo lo amable que puede ser una vieja gru�ona. �l ejerc�a con normalidad su profesi�n, pero no lograba ocultar su dolor. Elud�a el Coffee Shop por las ma�anas, y, en lugar de asistir personalmente al Juzgado, mandaba a Ethel para que se ocupara de las gestiones necesarias en la Audiencia. Se sent�a avergonzado, humillado y perturbado. Le costaba concentrarse en otros casos. Pens� en tomarse unas largas vacaciones, pero no pod�a permit�rselo. Andaba escaso de dinero y no se sent�a motivado para el trabajo. Durante la mayor parte del tiempo que pasaba en el despacho, se dedicaba a contemplar la plaza y el Palacio de Justicia. No dejaba de pensar en Carl Lee, sentado en su celda a la vuelta de la esquina, y se preguntaba mil veces por qu� lo hab�a traicionado. Hab�a insistido demasiado en el dinero, sin tener en cuenta que otros abogados estaban dispuestos a ocuparse gratuitamente del caso. Odiaba a Marsharfsky. Recordaba las muchas veces que lo hab�a visto entrar y salir de los juzgados de Memphis, proclamando la inocencia de sus lastimosos y oprimidos clientes, as� como los malos tratos que hab�an recibido. Narcotraficantes, chulos, pol�ticos corruptos y grandes estafadores. Todos ellos culpables, merecedores de largas penas, o incluso de la muerte. Era yanqui y hablaba con un acento desagradable de alg�n lugar del medio oeste. Irritar�a a cualquiera al sur de Memphis. Hab�a cultivado sus dotes histri�nicas. �La polic�a de Memphis ha cometido terribles abusos contra mi cliente�, Jake le hab�a o�do chillar docenas de veces ante las c�maras. �Mi cliente es completa, total y absolutamente inocente. No deber�a ser sometido a juicio. Es un ciudadano ejemplar que paga sus impuestos.� �Y sus cuatro condenas anteriores por extorsi�n? �Cargos ama�ados por el FBI. Acusaciones falsas tramadas por el Gobierno. Adem�s, ha pagado su deuda. En esta ocasi�n es inocente.� Jake lo odiaba y cre�a recordar que hab�a perdido tantos casos como hab�a ganado. El mi�rcoles por la tarde, Marsharfsky no hab�a hecho acto de presencia en Clanton. Ozzie hab�a prometido comunic�rselo a Jake, si aparec�a por la c�rcel. El Tribunal Territorial permanecer�a en sesi�n hasta el viernes y, por deferencia al juez Noose, Jake deb�a reunirse con �l brevemente para explicarle las circunstancias en las que hab�a abandonado el caso. Su se�or�a presid�a un caso civil y era probable que Buckley estuviera ausente. Lo estaba, con toda seguridad. No se le ve�a ni o�a. Noose sol�a hacer un descanso de diez minutos alrededor de las tres y media, y precisamente a aquella hora entr� Jake en la antesala de su despacho por la puerta lateral. Nadie lo hab�a visto. Esper� pacientemente junto a la ventana a que Ichabod abandonara el estrado para dirigirse a su despacho. Al cabo de cinco minutos, se abri� la puerta y apareci� su se�or�a. --�Jake, c�mo est�? --pregunt� el juez. --Muy bien, se�or�a. �Dispone de un minuto? --Por supuesto, si�ntese. �Qu� le preocupa? --dijo Noose mientras se quitaba la toga, la arrojaba sobre una silla, apartaba de un manotazo los libros, sumarios y tel�fono del escritorio, y se tumbaba sobre el mismo--. Es mi espalda, Jake. Los m�dicos me aconsejan que descanse sobre una superficie r�gida siempre que pueda --agreg�, despu�s de doblar las manos sobre la barriga, cerrar los ojos y respirar hondo. --Lo comprendo, se�or�a. �Prefiere que me retire? --No, no. �Qu� le preocupa? --El caso Hailey. --Lo imaginaba. He visto su solicitud. Ha encontrado otro abogado, �no es cierto? --S�, se�or�a. Me ha cogido completamente por sorpresa. Confiaba en representarle en julio durante el juicio. --No tiene por qu� disculparse, Jake. Se le conceder� permiso para retirarse del caso. No es culpa suya. Ocurre con mucha frecuencia. �Es Marsharfsky su nuevo abogado? --S�, se�or�a. Es de Memphis. --Es de suponer que con ese nombre tendr� un gran �xito en Ford County.

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--S�, se�or�a --respondi� Jake, mientras pensaba que era casi tan folkl�rico como Noose--. No est� colegiado en Mississippi --agreg�. --Esto es interesante. �Est� familiarizado con nuestros procedimientos? --No s� si ha intervenido en alg�n caso en Mississippi. Me ha dicho que normalmente se asocia con un letrado local cuando act�a en los pueblos. --�En los pueblos? --Eso dice. --Pues espero que lo haga si piensa aparecer en mi sala. He tenido algunas experiencias desagradables con abogados forasteros, especialmente de Memphis. --S�, se�or�a. El juez respiraba con dificultad y Jake decidi� retirarse. --Se�or�a, debo marcharme. Si no nos vemos en julio, lo haremos durante las sesiones de agosto. Cuide de su espalda. --Gracias, Jake. Cu�dese. Jake casi hab�a alcanzado la puerta posterior del peque�o despacho cuando se abri� la puerta principal y apareci� el letrado L. Winston Lotterhouse acompa�ado de otro sat�lite del bufete Sullivan. --Hola, Jake --dijo Lotterhouse--. Ya conoces a K. Peter Otter, nuestro �ltimo asociado. --Encantado de conocerte, K. Peter --respondi� Jake. --�Interrumpimos algo importante? --No, ya me marchaba. Su se�or�a est� descansando la espalda. --Si�ntense, caballeros --dijo Noose. --A prop�sito, Jake, creo que Walter Sullivan ya te ha comunicado que nuestro bufete asumir� la representaci�n local de Carl Lee Hailey. --Me he enterado. --Lamento que te haya ocurrido precisamente a ti. --Tu dolor es sobrecogedor. --Es un caso interesante para nuestro bufete. Como bien sabes, no solemos ocuparnos de casos penales. --Lo s� --respondi� Jake, con el deseo de que se le tragara la tierra--. Debo marcharme. Ha sido un placer charlar contigo, L. Winston. Encantado de conocerte, K. Peter. Saludad en mi nombre a J. Walter, F. Robert y los dem�s muchachos. Jake sali� por la puerta trasera del Juzgado y se maldijo a s� mismo por asomar la cara donde pod�an abofete�rsela. Corri� hacia su despacho. --�Ha llamado Tank Scales? --pregunt� a Ethel mientras sub�a por la escalera. --No, pero el se�or Buckley lo espera. Se detuvo en el acto. --�D�nde me espera? --pregunt�, sin mover la mand�bula. --Arriba, en su despacho. Se acerc� lentamente al escritorio de la secretaria, se inclin� sobre el mismo hasta acercarse a pocos cent�metros del rostro de ella y le lanz� una furibunda mirada. Ethel hab�a pecado y lo sab�a. --No recuerdo haber concertado una cita --mascull�. Segu�a sin mover la mand�bula. --No lo hab�a hecho --respondi� la secretaria. No se atrev�a a levantar la mirada del escritorio. --Tampoco sab�a que ese tipo fuera el propietario de este edificio. Ethel permaneci� inm�vil, sin responder. --Ni que tuviera la llave de mi despacho. Empez� a temblarle el labio y a sentirse indefensa.

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--Estoy harto de usted, Ethel. Harto de su actitud, de su voz y de su desobediencia. Harto de c�mo trata a la gente y harto de todo acerca de usted. --Lo siento --dijo Ethel, con l�grimas en los ojos. --No, no lo siente. Usted sabe, y siempre ha sabido, que nadie, nadie en el mundo, ni siquiera mi esposa, puede subir por esta escalera y entrar en mi despacho cuando yo no estoy. --Ha insistido. --Es un imb�cil. Cobra para atosigar a la gente. Pero no en este despacho. --No grite. Puede o�rle. --Me importa un r�bano. �l sabe que es un imb�cil. �Le gustar�a conservar su empleo, Ethel? --pregunt� Jake, despu�s de acercarse todav�a m�s, hasta que casi se tocaban sus narices. La secretaria asinti�, incapaz de decir palabra. --Entonces haga exactamente lo que le dir�. Suba a mi despacho, lleve al se�or Buckley a la sala de conferencias, donde me reunir� con �l, y que no vuelva a repetirse. Ethel se sec� el rostro y subi� a toda prisa por la escalera. Al cabo de unos instantes,, el fiscal del distrito esperaba en la sala de conferencias, con la puerta cerrada. Jake tomaba zumo de naranja en la peque�a cocina contigua, mientras evaluaba a Buckley. Beb�a despacio. Al cabo de quince minutos, abri� la puerta y entr� en la sala. Buckley estaba sentado a un extremo de la larga mesa y Jake se instal� en el extremo opuesto. --Hola, Rufus, �qu� quieres? --Tienes unas dependencias muy agradables. Dicen que pertenec�an a Lucien. --Efectivamente. �Qu� te trae por aqu�? --S�lo quer�a hacerte una visita. --Estoy ocupado. --Y tambi�n quer�a hablar del caso Hailey. --Llama a Marsharfsky. --Esperaba con ilusi�n la batalla, especialmente contra ti. Eres un respetable adversario, Jake. --Me siento halagado. --No me interpretes mal. No me gustas. Desde hace mucho tiempo. --Desde Lester Hailey. --Si, supongo que tienes raz�n. Ganaste, pero jugaste sucio. --Gan�, eso es lo que cuenta. Adem�s, no jugu� sucio. Te sorprend� desprevenido. --Jugaste sucio y Noose hizo la vista gorda. --Como quieras. T� tampoco me gustas. --Me alegro. As� me siento mejor. �Qu� sabes acerca de Marsharfsky? --�Es �sa la raz�n de tu visita? --Podr�a ser. --No lo conozco, pero aunque fuera mi padre no te dir�a nada sobre �l. �Quieres algo m�s? --Debes de haber hablado con �l. --Hemos intercambiado unas palabras por tel�fono. No me digas que te preocupa. --No. Es s�lo curiosidad. Tiene una buena reputaci�n. --Efectivamente. Pero no habr�s venido para hablar de su reputaci�n. --No, claro que no. Quer�a hablar del caso. --�Sobre qu�?

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--Las posibilidades de que se le declare inocente, las defensas factibles, si estaba realmente enajenado y cosas por el estilo. --Cre� que hab�as garantizado que se le condenar�a. �Lo recuerdas? Frente a las c�maras. Cuando se promulg� el auto de procesamiento. En una de tus conferencias de prensa. --�Echas ya de menos las c�maras, Jake? --Tranquil�zate, Rufus. Me he retirado del juego. Las c�maras son todas tuyas, por lo menos tuyas y de Marsharfsky, sin olvidar a Walter Sullivan. A por ellas, tigre. Si en alg�n momento te he privado de las candilejas, lo lamento profundamente. S� lo mucho que te duele. --Acepto tus disculpas. �Ha venido Marsharfsky a la ciudad? --No lo s�. --Prometi� una conferencia de prensa para esta semana. --�Entonces has venido para hablar de su conferencia de prensa? --No. Quer�a hablar del caso Hailey, pero evidentemente est�s demasiado ocupado. --Efectivamente. Adem�s, contigo no tengo nada de que hablar, se�or gobernador. --Esto me ofende. --�Por qu�? Sabes que es cierto. Llevar�as a tu propia madre ante los tribunales por un par de titulares en los peri�dicos. --Me encantar�a que siguieras en el caso, Brigance �dijo Buckley, despu�s de levantarse de la silla y empezar a pasear por la sala, al tiempo que elevaba el volumen de su voz. --Tambi�n a m�. --Te ense�ar�a un par de cosas sobre la acusaci�n de asesinos. Ten�a realmente muchas ganas de colocarte en tu lugar. --No se puede decir que hayas tenido mucho �xito en el pasado. --�sa es la raz�n por la que te quer�a en este caso, Brigance. Sent�a un verdadero anhelo por enfrentarme a ti --exclam� el fiscal, con su tradicional rostro encendido. --Habr� otras ocasiones, gobernador. --Deja de llamarme eso --chill�. --Pero es cierto, �verdad, gobernador? �sa es la raz�n por la que buscas las c�maras con tanto anhelo. Todo el mundo lo sabe. Ah� va el viejo Rufus en busca de los objetivos, preparando el terreno para convertirse en gobernador. Claro que es cierto. --Hago mi trabajo. Acuso a los delincuentes. --Carl Lee Hailey no es un delincuente. --Observa y ver�s como lo destruyo. --No ser� tan f�cil. --Obs�rvame. --Necesitas doce sobre doce. --No importa. --�Como con el gran jurado? Buckley qued� paralizado. Entorn� los ojos y mir� a Jake con el ce�o fruncido. Tres monumentales surcos se formaron en su frente descomunal. --�Qu� sabes acerca del gran jurado? --Lo mismo que t�. Un voto menos y te quedas con un palmo de narices. --�No es cierto! --Vamos, gobernador. No hablas con un periodista. S� exactamente lo que ocurri�. Lo supe a las pocas horas. --Se lo contar� a Noose. --Y yo a los peri�dicos. Ser� una buena propaganda antes del juicio. --No te atrever�as.

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--Ahora no tengo por qu� hacerlo. Me han despedido del caso, �no lo recuerdas? �sa debe ser la raz�n por la que has venido, �no es cierto, Rufus? Para recordarme que t� sigues en el caso, pero yo no. Meter un poco de sal en la herida. De acuerdo, lo has logrado. Ahora te pido que te retires. Conviene que vigiles al gran jurado. O puede que te encuentres. con alg�n periodista cerca de la Audiencia. L�rgate. --Con mucho gusto. Lamento haberte molestado. --Yo tambi�n. --Te he mentido, Jake --dijo Buckley desde el umbral de la puerta--. Estoy content�simo de que est�s retirado del caso. --Sab�a que ment�as. Pero no creas que puedes olvidarte de m�. --�Qu� quieres decir? --Adi�s, Rufus. El gran jurado de Ford County no hab�a dejado de trabajar, y el jueves de la segunda semana hubo de ocuparse de dos acusados contra los que se hab�a levantado auto de procesamiento. Uno de ellos era un negro que hab�a apu�alado a otro negro durante el mes de abril en un tugurio; en Massey's. A Jake le gustaban los ataques con arma blanca porque cab�a la posibilidad de que se declarara inocente al acusado: lo �nico que necesitaba era un jurado de blancos fan�ticos a quienes no importaba en absoluto que los negros se apu�alaran entre s�. No hac�an m�s que divertirse en su antro predilecto cuando las cosas se salieron de quicio y uno de ellos recibi� un navajazo, pero no falleci�. Ning�n da�o, ninguna condena. Era semejante a la estrategia que Jake hab�a aprendido con Lester Hailey. El nuevo cliente le hab�a prometido mil quinientos d�lares, pero antes deb�a saldar la fianza. El otro acusado era un joven blanco al que hab�an detenido con una camioneta robada. Era la tercera vez que lo cog�an con un veh�culo robado y no hab�a forma de evitarle siete a�os en Parchman. Ambos estaban en la c�rcel, lo cual brindaba a Jake la oportunidad de hablar con Ozzie mientras cumpl�a con la obligaci�n de visitarles. Ya avanzada la tarde del jueves, encontr� al sheriff en su despacho, rodeado de montones de papeles en el escritorio y en el suelo. --�Est�s ocupado? --pregunt� Jake. --No, s�lo papeleo. �Has vuelto a ver alguna cruz en llamas? --No, gracias a Dios. Con una basta. --No he visto a tu amigo de Memphis. --Es extra�o --dijo Jake--. Supon�a que a estas alturas habr�a venido por aqu�. �Has hablado con Carl Lee? --Todos los d�as. Est� cada d�a m�s nervioso. El abogado ni siquiera lo ha llamado, Jake. --Me alegro. Me gusta que sufra. No siento compasi�n por �l. --�Crees que ha cometido un error? --S� que lo ha cometido. Conozco a esos fan�ticos blancos de nuestro condado, Ozzie, y s� c�mo se comportan cuando forman parte de un jurado. �Crees que se dejar�n impresionar por la labia de un forastero? --No lo s�. T� eres el abogado. No dudo de tus palabras, Jake. Te he visto actuar. --Ni siquiera est� colegiado en Mississippi. El juez Noose se la tiene jurada. Odia a los abogados de otros estados. --�Bromeas? --No. Ayer habl� con �l. --�Quieres verle? --pregunt� cautelosamente Ozzie. --�A qui�n? --A Carl Lee.

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--�No! No tengo ninguna raz�n para verle --respondi� Jake, dando una ojeada a su malet�n----Tengo que ver a Leroy Glass. Agresi�n grave. --�Representas a Leroy? --S�. Sus padres han venido a verme esta ma�ana. --S�gueme. Jake esper� en la sala de toxicoan�lisis, mientras uno de los presos de confianza iba en busca de su nuevo cliente. Leroy vest�a el uniforme habitual carcelario de Ford County, color naranja fosforescente. De su cr�neo emerg�an en todas direcciones muelles rosados y de su nuca colgaban dos largas y grasientas mazorcas. Unas zapatillas de terciopelo verde lima proteg�an sus negros y apergaminados pies del sucio lin�leo. No llevaba calcetines. Junto al l�bulo de su oreja derecha arrancaba una antigua y siniestra cicatriz que le cruzaba la mejilla hasta conectar n�tidamente con la ventana derecha de su nariz. Demostraba sin lugar a dudas que los navajazos y pu�aladas no le eran desconocidos. La luc�a como una medalla. Fumaba Kools. --Hola, Leroy, soy Jake Brigance --dijo el abogado, al tiempo que le indicaba que se sentara en una silla plegable junto a la m�quina de Pepsi--. Su mam� y su hermano me han contratado esta ma�ana. --Encantado de conocerle, se�or Jake. Un preso de confianza esperaba junto a la puerta mientras Jake formulaba preguntas. Tom� tres p�ginas de notas relacionadas con Leroy Glass. Muy importante, por lo menos en aquel momento, era la cuesti�n del dinero. M�s adelante hablar�an de la reyerta. Jake tomaba--nota de los n�meros de tel�fono de t�as, t�os, hermanos, hermanas, amigos y cualquiera que pudiera prestarle dinero. --�Qui�n le ha hablado de m�? --pregunt� Jake. --Le he visto por televisi�n, se�or Jake. A usted y a Carl Lee Hailey. Jake se sent�a orgulloso, pero no sonri�. La televisi�n era s�lo parte de su trabajo. --�Conoce a Carl Lee? --S�, y tambi�n a Lester. �No es cierto que fue usted quien le defendi�? --S�. --Yo y Carl Lee est�bamos en la misma celda. Me trasladaron anoche. --Vaya casualidad. --S�. No es muy hablador. Me dijo que usted era muy bueno como abogado, pero que hab�a encontrado otro en Memphis. --Es cierto. �Qu� piensa de su nuevo abogado? --No lo s�, se�or Jake. Esta ma�ana se quejaba porque su nuevo abogado no ha venido a verle todav�a. Dec�a que usted siempre le visitaba y hablaban del caso, pero su nuevo abogado, con un nombre estrafalario, a�n no le ha hecho una sola visita. --Le contar� algo si promete no repet�rselo a Carl Lee --dijo Jake, con dificultad para disimular su satisfacci�n. --De acuerdo. --Su nuevo abogado no puede venir a verle. --�No? �Por qu� no? --Porque no est� colegiado para ejercer como abogado en Mississippi. Es un abogado de Tennessee. Le expulsar�n de la sala si comparece sin que nadie lo acompa�e. Me temo que Carl Lee ha cometido un gran error. --�Por qu� no se lo cuenta? --Porque ya ha prescindido de mis servicios. No puedo darle consejos. --Alguien deber�a hacerlo. --Ha prometido no hacerlo, �de acuerdo? --De acuerdo. No lo har�.

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--�Prometido? --Se lo juro. --Bien. Ahora debo marcharme. Me reunir� con el representante de la financiera por la ma�ana y puede que en un d�a o dos le saquemos de aqu�. Ni palabra a Carl Lee, �de acuerdo? --De acuerdo. Tank Scales estaba apoyado contra el Saab en el aparcamiento cuando Jake sali� de la c�rcel. Al acercarse el abogado, pis� una colilla y se sac� un papel del bolsillo de la camisa. --Dos tel�fonos. El de arriba es el de su casa y el otro el del trabajo. Pero no le llames al trabajo si no es imprescindible. --Muy bien Tank. �Los has conseguido de Iris? --S�. No quer�a d�rmelos. Anoche pas� por mi local y la emborrach�. --Te debo un favor. --Tarde o temprano me lo cobrar�. Eran casi las ocho y hab�a oscurecido. La cena estaba fr�a, pero era lo normal. Por esa raz�n le hab�a comprado un microondas. Carla estaba acostumbrada a que llegara tarde y a tener que calentar la comida, y no se quejaba. Cenaban cuando regresaba, tanto si eran las seis como las diez. Jake cogi� el coche para dirigirse a su despacho. No se atrev�a a llamar a Lester desde su casa, donde le oir�a su esposa. Instalado junto a su escritorio, contempl� los tel�fonos que Tank le hab�a facilitado. Carl Lee le hab�a prohibido llamar a su hermano. �Por qu� deb�a hacerlo? �Equivaldr�a a solicitar el caso? �Cometer�a una transgresi�n �tica? �Ser�a inmoral llamar a Lester para contarle que Carl Lee lo hab�a despedido para contratar a otro abogado? No. �Y responder a las preguntas de Lester sobre el nuevo abogado? Tampoco. �Y expresar su preocupaci�n? Tampoco. �Y criticar al nuevo abogado? Probablemente tampoco. �Ser�a inmoral alentar a Lester para que hablara con su hermano? No. �Y convencerle para que prescindiera de los servicios de Marsharfsky? Probablemente. �Y que lo contratara de nuevo a �l? Desde luego. Eso supondr�a una grave infracci�n �tica. Lo mejor ser�a llamar a Lester para hablar de Carl Lee y dejar que la conversaci�n evolucionara libremente. --Diga. --�Puedo hablar con Lester Hailey? --S�. �Qui�n le llama? --pregunt� una voz femenina con acento sueco. --Jake Brigance, de Mississippi. --Un momento. Jake consult� su reloj. Las ocho treinta. Deb�a de ser la misma hora en Chicago. --�Jake! --�C�mo est�s, Lester? --Muy bien, Jake. Cansado, pero bien. �Y t�? --Encantado de la vida. Esc�chame, �has hablado con Carl Lee esta semana? --No. Me march� el viernes y he estado haciendo dos turnos desde el domingo. No he tenido tiempo para nada. --�Has visto los peri�dicos? --No. �Qu� ha ocurrido? --No vas a cre�rtelo, Lester. --�De qu� se trata, Jake? --Carl Lee ha prescindido de mis servicios y ha contratado a un famoso abogado de Memphis. --�C�mo! �Bromeas? �Cu�ndo?

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--El viernes pasado. Supongo que despu�s de que te marcharas. No se molest� en comunic�rmelo. Me enter� por el peri�dico de Memphis el s�bado por la ma�ana. --Est� loco. �Por qu� lo ha hecho, Jake? �A qui�n ha contratado? --�Conoces a un individuo llamado Gato Bruster, de Memphis? --Por supuesto. --Es su abogado. Gato paga la minuta. Vino el viernes desde Memphis y visit� a Carl Lee en la c�rcel. Al d�a siguiente vi mi fotograf�a en el peri�dico y le� que me hab�a despedido. --�Qui�n es el abogado? --Bo Marsharfsky. �Es bueno? --Es un brib�n. Defiende a todos los chulos y narcotraficantes de Memphis. --Parece de origen polaco. --Lo es. Creo que procede de Chicago. --S�, hay muchos polacos por aqu�. �Habla como ellos? --Como si tuviera la boca llena de mantequilla. Causar� sensaci�n en Ford County. --Est�pido, est�pido, est�pido. Carl Lee nunca ha sido demasiado inteligente. Siempre he tenido que pensar por �l. Est�pido, est�pido. --S�, ha cometido un error, Lester. T� sabes c�mo es un juicio por asesinato porque lo has vivido en tu propia carne. Comprendes lo importante que es el jurado cuando abandona la sala para retirarse a deliberar. Tu vida est� en sus manos. Doce personas de la regi�n que luchan y discuten acerca de tu caso, de tu vida. El jurado es lo m�s importante. Hay que poder hablar al jurado. --Tienes raz�n, Jake. Y t� sabes hacerlo. --Estoy seguro de que Marsharfsky sabe hacerlo en Memphis, pero no en Ford County. No en las zonas rurales de Mississippi. Esa gente no confiar� en �l. --Tienes raz�n, Jake. No puedo creer que lo haya hecho. Ha vuelto a meter la pata. --Lo ha hecho, Lester, y estoy preocupado por �l. --�Has hablado con �l? --El s�bado pasado, despu�s de leer el peri�dico, fui a verle inmediatamente. Le pregunt� por qu�. Y no supo responderme. Estaba avergonzado. No he hablado con �l desde entonces. Pero tampoco lo ha hecho Marsharfsky. Todav�a no ha aparecido por Clanton y tengo entendido que Carl Lee est� disgustado. Que yo sepa, esta semana no se ha hecho nada relacionado con el caso. --�Ha hablado Ozzie con �l? --S�, pero ya conoces a Ozzie. No dir� gran cosa. Sabe que Bruster y Marsharfsky son unos bribones, pero no presionar� a Carl Lee. --Santo cielo. No puedo creerlo. Es un est�pido si cree que esos blancos fan�ticos escuchar�n a un mamarracho de Memphis. Diablos, Jake, no conf�an en los abogados de Tyler County y son vecinos. Santo cielo. Jake mir� el tel�fono y sonri�. Hasta ahora ninguna infracci�n de la �tica. --�Qu� puedo hacer, Jake? --No lo s�, Lester. Necesita ayuda y t� eres el �nico a quien prestar� atenci�n. Ya sabes lo testarudo que es. --Lo mejor ser� que le llame. No, pens� Jake, le ser�a m�s f�cil a Carl Lee negarse por tel�fono. Era preciso que los hermanos se vieran cara a cara. Un desplazamiento desde Chicago le causar�a un buen impacto. --No creo que llegues muy lejos por tel�fono. Ha tomado ya una decisi�n. S�lo t� puedes hacerle cambiar de opini�n y no lo lograr�s por tel�fono.

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--�Qu� d�a es hoy? --pregunt� Lester despu�s de una pausa, mientras Jake esperaba ansioso. --Jueves, seis de junio. --Vamos a ver --susurr� Lester--. Estoy a diez horas de viaje. Trabajo ma�ana en el turno de las cuatro a la medianoche y, de nuevo, el domingo. Podr�a salir ma�ana a medianoche y llegar a Clanton a las diez de la ma�ana del s�bado. Y marchar me de Clanton el domingo por la ma�ana para estar de regreso a las cuatro. Son muchas horas en coche, pero puedo hacerlo. --Es muy importante, Lester. Creo que merece la pena desplazarse. --�D�nde estar�s el s�bado, Jake? --Aqu�, en mi despacho. --De acuerdo. Ir� a la c�rcel y te llamar� si te necesito. --Me parece bien. Otra cosa, Lester. Carl Lee me dijo que no te llamara. No se lo menciones. --�Qu� le digo? --Dile que has llamado a Iris y ella te lo ha contado. --�Qu� Iris? --Por Dios, Lester. Hace a�os que todo el mundo lo sabe. Todo el mundo menos su marido; y lo descubrir�. --Espero que no. Habr�a otro asesinato. Y t� tendr�as un nuevo cliente. --Por favor. No logro conservar los que tengo. Ll�mame el s�bado. A las diez y media, comi� la cena recalentada en el microondas. Hanna estaba dormida. Hablaron de Leroy Glass y del joven blanco de la camioneta robada. Tambi�n de Carl Lee, pero no de Lester. Carla se sent�a mejor y m�s segura, ahora que Carl Lee Hailey ya no ten�a nada que ver con ellos. No hab�an recibido m�s llamadas, cruces ardientes ni malas miradas en la iglesia. Le aseguraba que habr�a otros casos. Jake apenas hablaba; se limitaba a comer y sonre�r. DIECINUEVE El viernes, poco antes de que el Juzgado cerrase, Jake llam� a la secretaria para preguntarle si se celebraba alg�n juicio. Le respendi� que no y que Noose ya se hab�a marchado. Buckley, Musgrove y todos los dem�s, tambi�n. No quedaba nadie en el Juzgado. Con esta seguridad, Jake cruz� sigilosamente la calle, entr� por la puerta posterior de la Audiencia y avanz� por el pasillo hasta las oficinas de las secretarias. Mientras galanteaba con ellas, localiz� el sumario de Carl Lee, se aguant� la respiraci�n y lo hoje�. �Magn�fico! Lo que supon�a. Ninguna adici�n en toda la semana a excepci�n de su solicitud para dimitir como representante del acusado. Marsharfsky y su representante local no hab�an tocado el sumario. No se hab�a hecho nada. Despu�s de galantear un poco m�s con las secretarias se retir� de la oficina. Leroy Glass segu�a en la c�rcel. Se le hab�a concedido una fianza de diez mil d�lares, pero su familia no pod�a conseguir los mil d�lares necesarios para que una financiera pagara el resto de la fianza, y no le quedaba m�s remedio que seguir compartiendo la celda de Carl Lee. Jake ten�a un amigo en una financiera que se ocupaba de sus clientes. Cuando quer�a que alguien saliera de la c�rcel y el riesgo de que se fugara era m�nimo, se le facilitaba la fianza. Aceptaba que los clientes de Jake pagaran a plazos; por ejemplo, el cinco por ciento de entrada y el resto a plazos mensuales. Si Jake se propon�a sacar a Leroy Glass de la c�rcel conseguir�a inmediatamente su fianza. Pero lo necesitaba dentro. --Lo siento, Leroy. Estoy negociando con el representante de la financiera --explic� Jake a su cliente en la sala de toxicoan�lisis. --Pero usted asegur� que me sacar�a.

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--Su familia no tiene el dinero de la fianza, Leroy. Yo no puedo pagarlo. Le sacaremos, pero tardaremos unos d�as. Quiero que salga para que vuelva a trabajar y pueda pagar mis honorarios. --De acuerdo, se�or Jake, haga lo que pueda --dijo Leroy, aparentemente satisfecho. --Dicen que aqu� la comida es bastante buena --brome� Jake con una sonrisa. --No est� mal. Pero no tan buena como en casa. --Pronto saldr� --prometi� el abogado. --�C�mo est� el negro al que di el navajazo? --No estoy seguro. Ozzie dice que sigue en el hospital. Moss Tatum afirma que lo han dado de alta. No s�. Creo que su herida no es demasiado grave. Por cierto --agreg� Jake, que no lograba recordar los detalles--, �qui�n era la mujer? --Una que iba con Willie. --�Qui�n es Willie? --Willie Hoyt. --�se no es el individuo a quien apu�al� --dijo Jake, despu�s de reflexionar unos instantes para recordar los cargos. --No, �se era Curtis Sprawling. --�Quiere decir que se peleaban por una mujer que iba con otro? --Eso es. --�D�nde estaba Willie? --Tambi�n se peleaba. --�Contra qui�n? --Otro individuo. --�O sea que los cuatro se peleaban por la mujer que iba con Willie? --Eso es. Por fin lo ha comprendido. --�Qu� provoc� la pelea? --Su marido hab�a salido de la ciudad. --�Est� casada? --Efectivamente. --�C�mo se llama su marido? --Johnny Sands. Cuando se va de la ciudad, suele haber pelea. --�Por qu�? --Porque ella no tiene hijos, no puede tenerlos y no le gusta estar sola. �Me comprende? Cuando su marido se marcha, todo el mundo lo sabe, y si ella aparece por el tugurio, seguro que habr� pelea. Menudo juicio, pens� Jake. --�Pero no me hab�a dicho que lleg� con Willie Hoyt? --pregunt� el abogado. --S�, pero eso no impide que todo el mundo se le acerque para ofrecerle una copa e invitarla a bailar. Es irresistible. --Una se�ora hembra, �eh? --Est� muy buena, se�or Jake. Tendr�a que verla. --Lo har�. Cuando declare en la sala. Leroy dirigi� la mirada a la pared, con una sonrisa en los labios y sue�os lujuriosos por la esposa de Johnny Sands. No le importaba la perspectiva de veinte a�os en la c�rcel por haber apu�alado a alguien. Hab�a demostrado su valor en la lucha cuerpo a cuerpo. --Esc�cheme, Leroy, �no habr� hablado con Carl Lee? --Claro que hablamos. Estoy todav�a en su misma celda. No dejamos de hablar. Es lo �nico que se puede hacer. --�No le habr� contado lo que hablamos ayer? --Por supuesto que no. Le dije que no lo har�a. --Me alegro.

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--Pero no me importa decirle, se�or Jake, que est� bastante preocupado. No sabe nada de su nuevo abogado. Est� muy disgustado. Tuve que morderme la lengua para no cont�rselo, pero no lo hice. Le cont� que usted era mi abogado. --Eso est� bien. --Respondi� que usted era un buen abogado en cuanto a pasar por la c�rcel, hablar, ocuparse del caso y todo lo dem�s. Que hab�a hecho bien al contratarlo. --Pero no soy lo suficientemente bueno para �l. --Creo que Carl Lee est� hecho un l�o. No sabe en qui�n confiar ni est� seguro de nada. Es un buen tipo. --Bien, pero no le cuente lo que hemos hablado, �de acuerdo? Es confidencial. --De acuerdo. Pero alguien deber�a hacerlo. --No me consult�, ni a m� ni a nadie, antes de prescindir de mis servicios para contratar a un nuevo abogado. Es un hombre adulto y ha tomado una decisi�n. Debe enfrentarse a las consecuencias --dijo Jake, antes de acercarse a Leroy y bajar el tono de su voz--. Y le dir� algo m�s, pero no se lo repita. Hace media hora he visto su sumario en el Juzgado y he comprobado que su nuevo abogado no se ha ocupado del caso en toda la semana. Ni un solo dato adicional. Nada. --V�lgame Dios --exclam� Leroy con el cepo fruncido, al tiempo que mov�a la cabeza. --As� es como act�an los famosos --prosigui� el abogado. Mucha palabrer�a, mucho ruido y pocas nueces. Aceptan m�s casos de la cuenta y acaban perdiendo m�s de los que ganan. Los conozco. No dejo de observarlos. Por lo general, su reputaci�n es inmerecida. --�Es �sa la raz�n por la que no ha visitado a Carl Lee? --Por supuesto. Est� demasiado ocupado. Tiene otros muchos casos importantes. Carl Lee no le preocupa. --Eso no est� bien. Carl Lee merece algo mejor. --�l fue quien tom� la decisi�n. No le queda m�s remedio que atenerse a las consecuencias. --�Cree que lo condenar�n, se�or Jake? --No me cabe la menor duda. Acabar� en la c�mara de gas. Ha contratado a un abogado famoso que no tiene tiempo de ocuparse de su caso ni de visitarlo en la c�rcel. --�Quiere decir que usted podr�a salvarlo? Jake se relaj� y cruz� las piernas. --No, eso es algo que nunca prometo. Un abogado tiene que ser imb�cil para prometerle a su cliente que se le declarar� inocente. Puede haber imprevistos en el juicio. --Carl Lee dice que su abogado prometi� en los peri�dicos que se le declarar� inocente. --Es un insensato. --�D�nde has estado? --pregunt� Carl Lee a su compa�ero de celda cuando el carcelero cerr� la puerta. --Hablando con mi abogado. --�Jake? --S�. Leroy se sent� al otro lado de la celda, frente a Carl Lee, que le�a un peri�dico. Dej� de leer, dobl� el peri�dico y lo abandon� sobre su catre. --Pareces preocupado --dijo Carl Lee--. �Malas noticias sobre tu caso? --No. S�lo que no puedo conseguir la fianza. Jake dice que se solucionar� en unos d�as. --�Ha hablado de m�? --No. S�lo un poco. --�S�lo un poco? �Qu� ha dicho? --S�lo ha preguntado c�mo estabas.

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--�Eso es todo? --S�. --�No est� furioso conmigo? --No. Puede que est� preocupado por ti, pero no furioso. --�Por qu� est� preocupado por m�? --No lo s� --respondi� Leroy, al tiempo que se tumbaba en su catre, con las manos cruzadas tras la nuca. --Vamos, Leroy. Sabes algo que no me cuentas. �Qu� ha dicho Jake sobre m�? --Me ha dicho que no pod�a contarte lo que hab�amos habla do. Dice que es confidencial. �No te gustar�a que tu abogado repitiera lo que le cuentas? --No he visto a mi abogado. --Ten�as un buen abogado hasta que decidiste prescindir de sus servicios. --Ahora tengo un buen abogado. --�C�mo lo sabes? Nunca lo has visto. Est� demasiado ocupado para venir a hablar contigo y, si est� demasiado ocupado, no tiene tiempo para trabajar en tu caso. --�C�mo lo sabes? --Se lo he preguntado a Jake. --�S�? �Y qu� te ha dicho? Leroy guard� silencio. --Quiero saber lo que te ha dicho --exigi� Carl Lee despu�s de acercarse para sentarse al borde del catre de Leroy y mirar fijamente a su compa�ero de celda, de menor corpulencia. Leroy decidi� que estaba asustado y ahora ten�a un buen pretexto para cont�rselo todo a Carl Lee a fin de evitar que le agrediera. --Es un brib�n --dijo Leroy--. Es un soberano brib�n que se aprovechar� de ti. No le importas t�, ni tu caso. S�lo le interesa la publicidad. No ha trabajado en tu caso en toda la semana. Jake lo sabe, ha visto tu sumario esta tarde en el Juzgado. Ni rastro del famoso abogado. Est� demasiado ocupado para salir de Memphis y ocuparse de ti. Hay demasiados bribones importantes a los que debe cuidar en Memphis, incluido tu amigo el se�or Bruster. --Est�s loco, Leroy. --De acuerdo, estoy loco. Ya veremos qui�n alega enajenaci�n mental. Veremos cu�nto trabaja en tu caso. --�Desde cu�ndo te has convertido en un experto? --T� me preguntas y yo te respondo. Carl Lee se acerc� a la puerta de la celda y agarr� fuertemente los barrotes con sus enormes manos. El espacio hab�a empeque�ecido a lo largo de tres semanas, y cada vez le resultaba m�s dif�cil pensar, razonar, organizar y reaccionar. No lograba concentrarse en la c�rcel. S�lo sab�a lo que le contaban y no ten�a en qui�n confiar. Gwen pensaba de modo irracional. Ozzie no se compromet�a. Lester estaba en Chicago. La �nica persona en quien confiaba era Jake, pero, incomprensiblemente, �l ahora ten�a otro abogado. Lo hab�a hecho por el dinero. Mil novecientos d�lares al contado, suministrados por el mayor macarra y narcotraficante de Memphis, cuyo abogado se especializaba en la defensa de chulos, camellos, asesinos y delincuentes en general. �Representaba Marsharfsky a alguna persona honrada? �Qu� pensar�a el jurado cuando viera a Carl Lee sentado junto a Marsharfsky? Evidentemente, que era culpable. De lo contrario, �por qu� contratar�a a un famoso brib�n de la gran ciudad como Marsharfsky? --�Sabes lo que dir�n los blancos fan�ticos del jurado cuando vean a Marsharfsky? -- pregunt� Leroy. --�Qu�? --Pensar�n: ese pobre negro es culpable y ha vendido su alma para contratar al mayor brib�n de Memphis a fin de que nos diga que es inocente. Carl Lee murmur� algo entre los barrotes. --Te van a crucificar, Carl Lee.

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Moss Junior Tatum estaba de guardia a las seis y media de la ma�ana del s�bado cuando son� el tel�fono en el despacho de Ozzie. Era el sheriff. --�Qu� haces despierto a estas horas? --pregunt� Moss. --No estoy seguro de estar despierto --respondi� el sheriff--. --Oye, Moss, �recuerdas a un viejo predicador negro llamado Street, el reverendo Isaiah Street? --No creo recordarlo. --Claro que lo recuerdas. Predic� durante cincuenta a�os en la iglesia de Springdale, al norte de la ciudad. Fue el primer miembro del NAACP en Ford County. Ense�� a todos los negros de la regi�n a manifestarse y a boicotear, all� por los a�os sesenta. --S�, ahora le recuerdo. �No lo cogi� en una ocasi�n el Klan? --S�, le dieron una paliza e incendiaron su casa, pero nada grave. En verano del sesenta y cinco. --Cre� que hab�a muerto hace unos a�os. --No, hace diez a�os que est� medio muerto, pero todav�a se mueve un poco. Me ha llamado a las cinco y media y me ha tenido una hora al tel�fono. Me ha recordado todos los favores pol�ticos que le debo. --�Qu� desea? --Vendr� a las siete para ver a Carl Lee. Desconozco el motivo de su visita. Pero s� atento con �l. Inst�lalos en mi despacho y d�jales que hablen. Yo vendr� m�s tarde. --De acuerdo, sheriff. En su apogeo, durante los a�os sesenta, el reverendo Isaiah Street hab�a sido la fuerza motriz del movimiento de derechos humanos en Ford County. Hab�a acompa�ado a Martin Luther King por Memphis y Montgomery y organiz� manifestaciones y protestas en Clanton, Karaway y otras ciudades al norte de Mississippi. En verano del sesenta y cuatro recibi� a estudiantes del norte y coordin� sus esfuerzos para registrar electores negros. Algunos se hospedaron en su casa durante aquel memorable verano, y todav�a le hac�an visitas de vez en cuando. No era un radical. Era discreto, compasivo, inteligente, y se hab�a ganado el respeto de todos los negros y de la mayor�a de los blancos. La suya era una voz tranquila y sosegada en un ambiente de odio y controversia. En 1969 organiz� extraoficialmente la abolici�n de la segregaci�n en la escuela p�blica, consiguiendo que en Ford County se llevara a cabo sin casi ning�n problema. En el setenta y cinco, un s�ncope paraliz� el costado derecho de su cuerpo, pero le dej� la mente intacta. Ahora, a sus setenta y ocho a�os, caminaba despacio, orgulloso, serio y tan tieso como pod�a, con la sola ayuda de un bast�n. El agente lo acompa�� al despacho del sheriff, donde tom� asiento. No quiso caf� y Moss Junior fue en busca del acusado. --�Est�s despierto, Carl Lee? --susurr� a su o�do para no levantar a los dem�s presos, que empezar�an a pedir el desayuno, medicinas, abogados, representantes financieros y visitas femeninas. --S�, he dormido muy poco --respondi� Carl Lee, incorpor�ndose inmediatamente. --Tienes visita. Vamos --agreg� Moss, al tiempo que abr�a silenciosamente la celda. Carl Lee hab�a conocido al reverendo hac�a muchos a�os, cuando pronunci� una conferencia ante los alumnos del �ltimo curso de la escuela negra de East High. Despu�s, tuvo lugar la abolici�n de la segregaci�n y la escuela se convirti� en un instituto mixto. No hab�a visto al religioso desde que sufri� su ataque. --�Carl Lee, conoces al reverendo Isaiah Street? --pregunt� educadamente Moss. --S�, nos conocimos hace muchos a�os. --Bien, cerrar� la puerta y les dejar� solos. --�C�mo est� usted, reverendo? --pregunt� Carl Lee, sentado junto a �l en el sof�. --Muy bien, hijo, �c�mo est�s t�?

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--Bien, dadas las circunstancias. --Sabr�s que yo tambi�n estuve en la c�rcel. Hace muchos a�os. Es un lugar terrible, pero supongo que necesario. �C�mo te tratan? --Bien, muy bien. Ozzie deja que haga lo que se me antoje. --Claro, Ozzie. Nos sentimos muy orgullosos de �l, �no es cierto? --Desde luego. Es un buen hombre --respondi� Carl Lee mientras observaba al fr�gil y d�bil anciano con su bast�n. Su cuerpo estaba decr�pito y cansado, pero su mente era clara y su voz poderosa. --Tambi�n nos sentimos orgullosos de ti, Carl Lee. No soy partidario de la violencia, pero supongo que a veces tambi�n es necesaria. Cometiste una buena acci�n, hijo. --Desde luego --dijo Carl Lee, inseguro de la respuesta apropiada. --Supongo que te preguntar�s por qu� estoy aqu�. Carl Lee asinti� y el reverendo golpe� ligeramente el suelo con su bast�n. --Me preocupa que no salgas airoso del juicio. La comunidad negra est� preocupada. Si fueras blanco, lo m�s probable ser�a que te declararan inocente. Violar a una ni�a es un crimen horrible. �Qui�n puede recriminar al padre que corrige una maldad? Siempre y cuando el padre sea blanco, est� claro. Un padre negro evoca los mismos sentimientos entre los negros, pero hay un problema: el jurado ser� blanco. Por consiguiente, un padre negro y un padre blanco no cuentan con las mismas oportunidades ante el jurado. �Comprendes lo que te digo? --Creo que s�. --El jurado es de suma importancia. Culpable o inocente. Libre o encarcelado. Vivo o muerto. Todo ello puede decidirlo el jurado. Es un sistema fr�gil el que deja la vida en manos de doce personas comunes, que no comprenden las leyes y que se sienten intimidadas por el proceso. --Desde luego. --El hecho de que un jurado blanco te declare inocente despu�s de haber matado a dos hombres blancos, ser� m�s positivo para la comunidad negra de Mississippi que cualquier otro acontecimiento desde la integraci�n de las escuelas. Y no s�lo en Mississippi, sino en cualquier lugar donde haya negros. Tu caso es muy famoso y son muchos los que lo observan atentamente. --Me limit� a hacer lo que deb�a. --Exactamente. Hiciste lo que cre�ste justo. Fue justo; aunque feo y brutal, fue justo. Y la mayor�a de la gente, tanto negra como blanca, est� convencida de ello. �Pero te tratar�n como si fueras blanco? He ah� la cuesti�n. --�Y si me condenan? --Tu condena supondr�a otro bofet�n para nosotros: s�mbolo de un racismo profundo, de antiguos odios y prejuicios. Ser�a un desastre. Es preciso que no te condenen. --Hago lo que puedo. --�Est�s seguro? Hablemos, si no te importa, de tu abogado. Carl Lee asinti�. --�Lo conoces? --No --respondi� Carl Lee, al tiempo que agachaba la cabeza y se frotaba los ojos--. �Lo conoce usted? --S�. --�Cu�ndo lo conoci�? --En 1968, en Memphis. Yo estaba con el doctor King. Marsharfsky era uno de los abogados que representaban a los basureros en huelga. Le pidi� al doctor King que abandonara Memphis, porque, seg�n �l, agitaba a los blancos, incitaba a los negros e imped�a el progreso de las negociaciones. Era soberbio y abus�n. Insult� al doctor King; por supuesto en privado. Est�bamos convencidos de que traicionaba a los obreros y recib�a dinero, bajo mano,

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de las autoridades municipales. Estoy seguro de que ten�amos raz�n. Carl Lee respir� hondo y se frot� las sienes. --Le he observado a lo largo de los a�os --prosigui� el reverendo--. Se ha hecho famoso defendiendo pistoleros, ladrones y chulos. Logra que algunos de ellos salgan en libertad, pero son todos culpables. No hay m�s que ver a uno de sus clientes para darse cuenta de que es culpable. Eso es lo que m�s me preocupa de ti. Me temo que te considerar�n culpable por asociaci�n. --�Qui�n le ha dicho que viniera a verme? --pregunt� d�bilmente Carl Lee, todav�a m�s encogido y con los codos sobre las rodillas. --He charlado con un viejo amigo. --�Qui�n? --S�lo un viejo amigo, hijo, que est� preocupado por ti. Todos lo estamos. --Es el mejor abogado de Memphis. --Esto no es Memphis. --Es un experto en derecho penal. --Tal vez porque �l es un delincuente. De pronto, Carl Lee se levant�, cruz� la sala y se detuvo de espaldas al reverendo. --Me sale gratis. No me cuesta un centavo. --Sus honorarios carecer�n de importancia cuando te hayan condenado a muerte, hijo. Transcurrieron unos momentos sin que nadie dijera palabra. Por �ltimo, el reverendo apoy� el bast�n en el suelo y, con un esfuerzo, se puso en pie. --Ya he dicho bastante. Te dejo. Buena suerte, Carl Lee. --Agradezco su inter�s y su visita --dijo Carl Lee mientras le estrechaba la mano. --S�lo quiero que tengas en cuenta una cosa, hijo. Tu caso ya es bastante dif�cil. No lo empeores con un brib�n como Marsharfsky. Lester sali� de Chicago poco antes de la medianoche del viernes para dirigirse hacia el sur. Iba solo, como de costumbre. Poco antes, su esposa hab�a emprendido viaje al norte para pasar una semana en Green Bay con su familia. �l ten�a mucho menos apego por Green Bay que ella por Mississippi, y ninguno de ellos sent�a el menor deseo de visitar a la familia del otro. Los suecos eran buena gente y lo habr�an tratado como miembro de la familia si �l se lo hubiera permitido. Pero eran distintos, y no s�lo por el color de su piel. Lester se hab�a criado con blancos en el sur y los conoc�a. No le gustaban todos, ni lo que generalmente sent�an por �l, pero por lo menos los conoc�a. Sin embargo, los blancos del norte, y especialmente los suecos, eran diferentes. Sus costumbres, su forma de hablar, su comida y casi todo lo dem�s le resultaba desconocido, y nunca podr�a sentirse a gusto con ellos. Habr�a divorcio. Probablemente, aquel mismo a�o. La prima mayor de su esposa se hab�a casado tambi�n con un negro a principios de los a�os setenta, y hab�a llamado mucho la atenci�n. Lester era un simple capricho del que su mujer ya hartado. Por suerte, no hab�a hijos de por medio. �l sospechaba que ella ten�a un amante. Lester tambi�n manten�a relaciones extramatrimoniales, e Iris hab�a prometido casarse con �l y trasladarse a Chicago cuando lograra deshacerse de Henry. Ambos lados de la Interestatal 57 ten�an el mismo aspecto pasada la medianoche: luces aisladas de peque�as granjas desparramadas por el campo y alguna que otra ciudad como Champaign o Effingham. El norte era donde viv�a y trabajaba, pero no era su casa. Su casa era donde su mam� se encontraba, en Mississippi, aunque nunca volver�a a vivir all�. Demasiada ignorancia y demasiada pobreza. No le importaba el racismo, que no era tan exacerbado como en otra �poca, y al que ya estaba acostumbrado. Nunca dejar�a de existir, pero cada vez era menos tangible. Aunque los blancos eran todav�a los propietarios y quienes lo controlaban todo, la situaci�n no era insoportable, por m�s que a�n no se viese la hora del cambio. Lo que le resultaba intolerable era la ignorancia y la extrema pobreza de muchos

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negros, sus miserables chabolas, el elevado �ndice de mortalidad infantil, el enorme desempleo, las madres solteras y sus hijos hambrientos. Era deprimente hasta �l punto de la desesperaci�n, y desesperante hasta el punto de abandonar Mississippi, como otros muchos millares que hab�an emigrado al norte en busca de trabajo, cualquier trabajo con un salario decente que mitigara el dolor de la pobreza. Regresar a Mississippi era al mismo tiempo agradable y deprimente. Era agradable reunirse de nuevo con la familia, y era deprimente reencontrar su pobreza. Aunque no todos eran tan pobres. Carl Lee ten�a un buen trabajo, una casa limpia e hijos bien vestidos. Su caso era excepcional, y ahora corr�a peligro de perderlo todo por dos asquerosos blancos borrachos de baja estofa. Los negros ten�an una excusa para ser despreciables, pero para los blancos no la hab�a. Gracias a Dios que hab�an muerto. Se sent�a orgulloso de su hermano mayor. Seis horas despu�s de salir de Chicago, apareci� el sol cuando cruzaba el r�o en Cairo. Al cabo de dos horas volvi� a cruzarlo en Memphis. Sigui� hacia el sudeste en direcci�n a Mississippi y, despu�s de una hora, circulaba alrededor del Palacio de Justicia de Clanton. Hac�a veinticuatro horas que no dorm�a. --Carl Lee, tienes visita --dijo Ozzie, a trav�s de los barrotes de la puerta. --No me sorprende. �De qui�n se trata? --S�gueme. Creo que es preferible que vayas a mi despacho. Esto puede durar un rato. Jake paseaba por su despacho a la espera de que sonara el tel�fono. Las diez. Lester deb�a estar en la ciudad, si hab�a venido. Las once. Jake se dedic� a repasar antiguos sumarios y redactar unas notas para Ethel. Mediod�a. Llam� a Carla y minti� sobre una cita con un nuevo cliente a la una, que le impedir�a almorzar en casa. Se ocupar�a m�s tarde del jard�n. La una. Encontr� un antiguo caso de Wyoming, en el que se hab�a declarado inocente a un individuo despu�s de ajusticiar al violador de su esposa. En 1893. Copi� el caso y, a continuaci�n, lo arroj� a la papelera. No, no parec�a apropiado. Ech� una siesta en el sof� del despacho. A las dos y cuarto son� el tel�fono. Jake se incorpor� de un brinco y se acerc� al aparato con el pulso muy acelerado. --�Diga! --Jake, soy Ozzie. --�Qu� ocurre, Ozzie? --Es preciso que te persones en la c�rcel. --�Por qu�? --pregunt� Jake, haci�ndose el inocente. --Te necesitamos aqu�. --�Qui�n me necesita? --Carl Lee quiere hablar contigo. --�Est� ah� Lester? --S�, �l tambi�n quiere hablar contigo. --Estar� ah� dentro de un momento. --No me he movido de ah� en cuatro horas --dijo Ozzie, al tiempo que se�alaba la puerta de su despacho. --�Haciendo qu�? --pregunt� Jake. --Hablando, discutiendo, chillando... Hace unos treinta minutos que se han tranquilizado los �nimos. Carl Lee me ha pedido que te llamara. --Gracias. Entremos. --Ni so�arlo. No pienso entrar ah�. No es a m� a quien han llamado. Debes afrontarlo a solas. Jake llam� a la puerta.

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--�Adelante! Abri� lentamente y entr� en el despacho. Carl Lee estaba sentado detr�s del escritorio y Lester acostado en el sof�. --Encantado de verte, Jake --dijo Lester despu�s de levantarse para darle la mano. --El placer es m�o, Lester. �Qu� te trae por aqu�? --Asuntos de familia. Jake mir� a Carl Lee, se acerc� al escritorio y le tendi� la mano. El reo estaba claramente irritado. --�Me hab�is mandado llamar? --S�, Jake, si�ntate. Es preciso que hablemos contigo --respondi� Lester--. Carl Lee tiene algo que decirte. --D�selo t� --replic� Carl Lee. Lester suspir� y se frot� los ojos. Estaba cansado y frustrado. --No pienso decir una palabra m�s. Esto es entre vosotros dos --dijo al tiempo que cerraba los ojos y se relajaba en el sof�. Jake estaba sentado en una silla plegable apoyada contra una pared frente al sof� y miraba atentamente a Lester sin dirigir la mirada a Carl Lee, quien se mec�a suavemente en el sill�n de Ozzie. Carl Lee no dec�a nada. Lester no dec�a nada. --�Qui�n me ha mandado llamar? --pregunt� Jake, enojado, despu�s de tres minutos de silencio. --He sido yo --respondi� Carl Lee. --Bien, �qu� quieres? --Quiero poner mi caso nuevamente en tus manos. --En el supuesto de que yo quiera aceptarlo. --�C�mo? --exclam� Lester, despu�s de incorporarse y mirar fijamente a Jake. --No se trata de un regalo que uno ofrece o retira a su antojo. Es un contrato entre t� y tu abogado. No act�es como si me hicieras un gran favor --dijo Jake levantando la voz, claramente irritado. --�Est�s dispuesto a ocuparte de mi caso? --pregunt� Carl Lee. --�Intentas contratarme de nuevo, Carl Lee? --Eso es. --�Por qu�? --Porque Lester insiste en que lo haga. --De acuerdo, entonces tu caso no me interesa �respondi� Jake, al tiempo que se levantaba para dirigirse a la puerta--. Si Lester me ha elegido a m� pero t� prefieres a Marsharfsky, qu�date con Marsharfsky. Si eres incapaz de pensar por cuenta propia, es a �l a quien necesitas. --Espera, Jake, tranquil�zate --dijo Lester junto a Jake, en el umbral de la puerta--. Si�ntate, si�ntate. No te recrimino que est�s furioso con Carl Lee por prescindir de tus servicios. Cometi� un error. �No es cierto, Carl Lee? Carl Lee se limpiaba las u�as. --Si�ntate, Jake, si�ntate y charlemos --suplic� Lester, mientras le conduc�a a la silla plegable--. Bien. Ahora hablemos de la situaci�n. Carl Lee, �quieres a Jake como abogado defensor? --S� --asinti� Carl Lee. --Bien. Ahora, Jake... --Dime por qu� --dijo Jake, dirigi�ndose a Carl Lee. --�C�mo? --Dime por qu� quieres que me ocupe de tu caso. Cu�ntame por qu� prescindes de los servicios de Marsharfsky. --No tengo por qu� dar explicaci�n alguna.

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--�S�! S� debes hacerlo. Por lo menos me debes una explicaci�n. Hace una semana decidiste prescindir de mis servicios y no tuviste el valor de llamarme. Tuve que enterarme por el peri�dico. A continuaci�n le� sobre tu nuevo abogado de altos vuelos, que, evidentemente, no ha encontrado el camino de Clanton. Ahora vuelves a llamarme y esperas que abandone todo lo que tenga entre manos con la perspectiva de que vuelvas a cambiar de opini�n. Expl�cate, por favor. --Expl�cate, Carl Lee. Habla con Jake --dijo Lester. Carl lee se inclin� al frente y apoy� los codos sobre la mesa. --Estoy muy confuso --dijo entre las palmas de las manos, que le cubr�an el rostro--. Este lugar me vuelve loco. Tengo los nervios destrozados. Estoy preocupado por mi hija. Estoy preocupado por mi familia. Estoy preocupado por mi pellejo. Todo el mundo me dice que haga algo distinto. Nunca he estado en una situaci�n parecida y no s� qu� hacer. S�lo puedo confiar en la gente. Conf�o en Lester y conf�o en ti, Jake. Es lo �nico que puedo hacer. --�Conf�as en mis consejos? --pregunt� Jake. --Siempre lo he hecho. --�Y conf�as en que me ocupe de tu caso? --S�, Jake, deseo que te ocupes de mi caso. --De acuerdo. Jake se relaj� y Lester se acomod� en el sof�. --Debes comunic�rselo a Marsharfsky --agreg� Jake--. Hasta que lo hagas, no podr� trabajar en tu caso. --Lo haremos esta tarde dijo Lester. --Bien. Cuando hay�is hablado con �l, llamadme. Hay mucho por hacer y el tiempo vuela. --�C�mo arreglaremos lo del dinero? --pregunt� Lester. --Los mismos honorarios. Las mismas condiciones. �Est�is de acuerdo? --Me parece bien --respondi� Carl Lee--. Te pagar� como pueda. --Hablaremos de ello m�s adelante. --�Y los m�dicos? --pregunt� Carl Lee. --Llegaremos a alg�n acuerdo. No s� c�mo. Pero se solucionar�. Lester emiti� un fuerte ronquido, y su hermano sonri� y solt� una carcajada. --Estaba seguro de que lo hab�as llamado, pero �l jura que no lo hiciste --dijo Carl Lee. Jake forz� una sonrisa, pero no aclar� nada. Lester era un convincente mentiroso, lo cual hab�a sido muy �til durante su juicio por asesinato. --Lo siento, Jake. Estaba equivocado. --No es preciso que te disculpes. Tenemos demasiado que hacer para andarnos con cumplidos. Junto al aparcamiento de la c�rcel, a la sombra de un �rbol, un periodista esperaba a que ocurriera algo. --Disc�lpeme, �no es usted el se�or Brigance? --�Qui�n desea saberlo? --Me llam� Richard Flay, de The Jackson Daily. Usted es Jake Brigance. --�S�. --Ex abogado defensor del se�or Hailey. --No. Defensor del se�or Hailey. --Ten�a entendido que el se�or Hailey hab�a contratado a Bo Marsharfsky. A decir verdad, �sta es la raz�n de mi presencia. --He o�do decir que Marsharfsky har�a acto de presencia esta tarde. --Si lo ve, d�gale que ha llegado demasiado tarde.

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Lester durmi� como un tronco en el sof� de Ozzie. El agente de guardia lo despert� a las cuatro de la madrugada del domingo y, despu�s de tomarse un caf� solo en una taza de pl�stico, emprendi� el camino de regreso a Chicago. Por la noche del s�bado, �l y Carl Lee hab�an llamado a Gato a su despacho de la sala de fiestas para comunicarle el cambio de opini�n de Carl Lee. Gato estaba ocupado y se mostr� indiferente. Dijo que se ocupar�a de llamar a Marsharfsky. No se mencion� el dinero. VEINTE Poco despu�s de que Lester se marchara, Jake se acerc� medio dormido al portal�n con el albornoz puesto para recoger los peri�dicos. dominicales. Clanton estaba a una hora al sudeste de Memphis, a tres horas al norte de Jackson, y a cuarenta y cinco minutos de Tupelo. En las tres ciudades se publicaban peri�dicos con gruesos suplementos dominicales, distribuidos en Clanton. Jake se hab�a suscrito a todos ellos y ahora se alegraba de haberlo hecho, porque Carla dispondr�a de abundantes recortes para su �lbum. Abri� los peri�dicos y empez� a escudri�ar sus columnas. Nada en el peri�dico de Jackson. Esperaba que Richard Flay hubiera escrito algo. Debi� haberle dedicado m�s tiempo cuando habl� con �l junto a la c�rcel. Nada en Memphis. Nada en Tupelo. No le sorprendi�, aunque ten�a la esperanza de que, de alg�n modo, hubiese corrido ya la voz. Tal vez el lunes. Estaba harto de ocultarse, de sentirse avergonzado. Hasta que la noticia apareciera en los peri�dicos y la leyesen los clientes del Coffee Shop, y los feligreses de la parroquia, y los dem�s abogados, incluidos Buckley, Sullivan y Lotterhouse, hasta que todo el mundo supiera que se ocupaba de nuevo del caso, se mantendr�a discretamente alejado del p�blico. �C�mo deb�a comunic�rselo a Sullivan? Carl Lee llamar�a a Marsharfsky, o al macarra, probablemente al macarra, quien comunicar�a la noticia a Marsharfsky. �Qu� clase de declaraci�n har�a Marsharfsky a la prensa? A continuaci�n, el famoso abogado llamar�a a Walter Sullivan para darle la maravillosa noticia. Esto ocurrir�a el lunes por la ma�ana, a lo m�s tardar. Pronto se divulgar�a la noticia en el bufete de Sullivan, y desde decanos hasta pasantes se reunir�an en la sala de conferencias decorada en caoba para maldecir a Brigance y sus t�cticas inmorales. Los abogados m�s j�venes intentar�an impresionar a sus jefes citando normas y art�culos del reglamento �tico que Brigance probablemente hab�a infringido. Jake odiaba a todos y cada uno de ellos. Mandar�a una carta breve y concisa a Sullivan, con una copia para Lotterhouse. No llamar�a ni escribir�a a Buckley. Quedar�a at�nito al leer el peri�dico. Bastar�a con hacerle llegar una copia de la carta que remitir�a al juez Noose. No le conceder�a el honor de escribirle personalmente. Jake tuvo una idea, titube� y llam� a Lucien. Pasaban algunos minutos de las siete. Contest� su enfermera--doncella--camarera. --�Sallie? --S�. --Habla Jake. �Est� Lucien despierto? --Un momento --respondi� mientras se daba la vuelta para entregarle el tel�fono a Lucien. --Diga. --Lucien, soy Jake. --Bien, �qu� quieres? --Buenas noticias. Carl Lee Hailey me ha vuelto a contratar. He recuperado el caso. --�Qu� caso? --�El caso Hailey! --Ah, el del vengador. �Lo has recuperado? --Desde ayer. Tenemos mucho que hacer.

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--�Cu�ndo se celebrar� el juicio? �En julio? --El veintid�s. --Falta poco. �Qu� es lo primero? --El psiquiatra. Uno barato que est� dispuesto a declarar cualquier cosa. --Conozco al individuo adecuado --respondi� Lucien. --Perfecto. Manos a la obra. Te llamar� dentro de un par de d�as. Carla despert� a una hora razonable y se encontr� a su marido en la cocina, con los peri�dicos abiertos encima y debajo de la mesa del desayuno. Prepar� caf� y, sin decir palabra, se sent� frente a �l. Jake le sonri� y sigui� leyendo. --�A qu� hora te has levantado? --pregunt�. --A las cinco y media. --�Por qu� tan temprano? Es domingo. --No pod�a dormir. --�Demasiada emoci�n? --El caso es que estoy emocionado --respondi�, despu�s de bajar el peri�dico--. Muy emocionado. Qu� l�stima no poder compartirlo. --Lamento lo de anoche. --No tienes por qu� disculparte. S� c�mo te sientes. Tu problema consiste en s�lo ver el lado negativo de las cosas; nunca el positivo. No tienes idea de lo que este caso puede hacer por nosotros. --Jake, tengo miedo. Las llamadas telef�nicas, las amenazas, la cruz ardiente. Aunque el caso valiese un mill�n de d�lares, �merecer�a la pena si algo ocurriera? --No ocurrir� nada. Recibiremos algunas amenazas y nos mirar�n fijamente en la iglesia y por la ciudad, pero nada grave. --No puedes estar seguro de ello. --Lo discutimos anoche y no me importar�a repetirlo ahora. Pero estoy bastante seguro. --Estoy impaciente por o�rtelo decir de nuevo. --T� y Hanna os traslad�is a casa de tus padres en Carolina del Norte hasta despu�s del juicio. A ellos les encantar� y no tendremos que preocuparnos del Klan ni de ning�n aficionado a quemar cruces. --�Pero todav�a faltan seis semanas para el juicio! �Pretendes que nos quedemos seis semanas en Wilmington? --S�. --Quiero a mis padres, pero esto es absurdo. --Apenas los ves y ellos apenas ven a Hanna. --Y nosotras apenas te vemos a ti. No pienso ausentarme seis semanas. --Hay mucho que hacer. Pienso dedicarme enteramente al caso hasta despu�s del juicio. Trabajar� por la noche, los fines de semana... --�Hay algo de nuevo en ello? --No os prestar� atenci�n alguna porque me dedicar� enteramente al caso. --Ya estamos acostumbradas. --�Me est�s diciendo que puedes soportarlo? --sonri� Jake. --Puedo soportarlo. Lo que me asusta son esos locos que deambulan por ah�. --Cuando esos locos se pongan serios, ceder�. Abandonar� el caso si mi familia corre peligro. --�Me lo prometes? --Claro que te lo prometo. Pero mandemos a Hanna a casa de tus padres. --Si no corremos peligro, �por qu� quieres mandar a alguien?

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--Por mayor seguridad. Se lo pasar� de maravilla en casa de los abuelos. Y a ellos les encantar�. --No durar� una semana sin m�. --Y t� no durar�as una semana sin ella. --Cierto. Olv�dalo. Hanna no me preocupa, siempre y cuando pueda estrecharla entre mis brazos. Acababa de hacerse el caf� y Carla llen� las tazas. --�Hay algo en el peri�dico? --No. Pens� que tal vez el peri�dico de Jackson publicar�a alguna cosa, pero supongo que ocurri� demasiado tarde. --Puede que tu sincronizaci�n est� ligeramente oxidada despu�s de una semana de descanso. --Espera a ma�ana por la ma�ana. --�C�mo lo sabes? --Te lo prometo. --�Vas a ir a la iglesia? --pregunt� Carla, mientras buscaba en la prensa las secciones de modas y cocina. --No. --Por qu� no? Vuelves a ser responsable del caso. Eres de nuevo una estrella. --S�, pero nadie lo sabe todav�a. --Comprendo. El pr�ximo domingo. --Por supuesto. En Mount Hebron, Mount Zion, Mount Pleasant, Brown's Chapel, Green's Chapel, Norris Road, Section Line Road, Bethel Road, God's Temple, Christ's Temple y Saints' Temple, circulaban los cepillos y las bandejas, y se dejaban junto al altar y las puertas con el prop�sito de recaudar fondos para Carl Lee Ha�ley y familia. En muchas de las iglesias utilizaban como cepillos las enormes cestas de Kentucky Fried Chicken. Cuanto mayor era el cepillo, o la cesta, menores parec�an las ofrendas individuales que ca�an al fondo del mismo, con lo cual el sacerdote se sent�a perfectamente justificado al ordenar que se pasara de nuevo entre la congregaci�n. Se trataba de una colecta especial, independiente de las aportaciones habituales, que en casi todas las iglesias iba precedida de un conmovedor relato de lo ocurrido a la encantadora peque�a Hailey y de lo que les suceder�a a su padre y parientes si no se llenaban los cepillos. En muchos casos se mencionaba el sagrado nombre del NAACP para que los feligreses abrieran generosamente sus carteras y monederos. Surti� efecto. Se vaciaron los cepillos, se cont� el dinero y la operaci�n se repiti� durante las ceremonias vespertinas. Por la noche del domingo, cada p�rroco junt� y cont� las colectas para entregar un elevado porcentaje de las mismas al reverendo Agee al d�a siguiente. �l guardar�a el dinero en alg�n lugar de su iglesia y buena parte del mismo se utilizar�a para ayudar a la familia Hailey. Todos los domingos por la tarde, de dos a cinco, los presos de la c�rcel de Ford County eran trasladados a un extenso patio cercado despu�s de cruzar una peque�a calle que daba a la parte trasera. En dicho patio se permit�a la entrada de un m�ximo de tres parientes o amigos de cada preso durante una hora a lo sumo. Hab�a un par de �rboles, algunas mesas deterioradas y un cuidado tablero de baloncesto. Agentes con perros vigilaban atentamente al otro lado de la verja. Gwen y los ni�os hab�an adoptado la costumbre de abandonar la iglesia despu�s de la bendici�n para dirigirse a la c�rcel. Ozzie permit�a a Carl Lee entrar un poco antes en el �rea de recreo a fin de que pudiera hacerse con la mejor mesa, la que ten�a cuatro patas y estaba a la sombra de un �rbol, donde se sentaba a solas y contemplaba las refriegas del campo de baloncesto a la espera de su familia. No era baloncesto a lo que jugaban, sino una mezcla de rugby, lucha libre, judo y baloncesto. Nadie se atrev�a a arbitrar. Si no hab�a

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sangre, no hab�a falta. Y, sorprendentemente, no hab�a peleas. Pelearse significaba la incomunicaci�n inmediata y quedarse sin tiempo de ocio durante un mes. Las visitas eran escasas: algunas novias y esposas sentadas sobre el c�sped con sus compa�eros cerca de la verja, contemplando en silencio el tropel del baloncesto. Una pareja pregunt� a Carl Lee si pod�a utilizar su mesa para comer. �l movi� la cabeza negativamente y se instalaron en el c�sped. Gwen y los ni�os llegaron antes de las tres. El agente Hastings, su primo, abri� la verja, y los ni�os echaron a correr para reunirse con su padre. Gwen coloc� la comida sobre la mesa. Carl Lee era consciente de la mirada de los menos privilegiados y le satisfac�a provocar su envidia. De haber sido blanco, o menos corpulento, o de estar acusado de un delito de menor gravedad, tal vez le habr�an pedido que compartiera su comida. Pero era Carl Lee y nadie lo miraba demasiado tiempo. Cuando el juego recuper� su furor y violencia, la familia comi� en paz. Tonya se sentaba siempre junto a su padre. --Esta ma�ana han empezado una colecta para nosotros --dijo Gwen, despu�s del almuerzo. --�Qui�n? --La iglesia. El reverendo Agee ha dicho que todas las iglesias negras del condado har�n colectas cada domingo para nosotros y los gastos de abogado. --�Cu�nto? --No lo s�. Ha dicho que se repetir�a todos los domingos hasta el d�a del juicio. --Es un detalle maravilloso. �Qu� ha dicho sobre m�? --Se ha limitado a hablar del caso en general. Ha dicho lo caro que ser�a y que necesit�bamos la ayuda de todas las iglesias. Ha hablado de la generosidad cristiana y todo lo dem�s. Dice que eres un h�roe para tu pueblo. Vaya agradable sorpresa, pens� Carl Lee. Esperaba cierta ayuda de su iglesia, pero no financiera. --�Cu�ntas iglesias? --Todas las negras del condado. --�Cu�ndo nos dar�n el dinero? --No lo ha dicho. Despu�s de separar su parte, pens� Carl Lee. --Muchachos, llevaos a vuestra hermana a jugar junto a la verja. Vuestra mam� y yo tenemos que hablar. Tened cuidado. Los ni�os cogieron a su hermana de la mano y obedecieron a su padre. --�Qu� dice el m�dico? --pregunt� Carl Lee mientras contemplaba a sus hijos, que jugaban a lo lejos. --Se recupera satisfactoriamente. Su mand�bula se va curando. Puede que dentro de un mes le retire la pr�tesis. Todav�a no corre ni salta, pero pronto lo har�. A�n le duele. --�Y... lo otro? Gwen movi� la cabeza, se cubri� los ojos y ech� a llorar. --Nunca podr� tener hijos --respondi� con la voz entrecortada, mientras se frotaba los ojos--. El m�dico dice... Gwen se interrumpi�, se frot� la cara e intent� proseguir, pero empez� a sollozar y ocult� el rostro en una servilleta de papel. Carl Lee sinti� n�useas y se cubri� la cara con la palma de las manos. --�Qu� dice? --pregunt� entre dientes, con l�grimas en los ojos. --El martes me dijo que el da�o era excesivo... �respondi� Gwen cabeza en alto, con un esfuerzo para controlar las l�grimas--. Pero quiere mandarla a un especialista de Memphis --agreg� mientras se secaba las mejillas --h�medas con los dedos. --�No est� seguro?

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--Noventa por ciento de probabilidades. Pero cree que deber�a examinarla otro m�dico de Memphis. En principio debemos llevarla dentro de un mes. Gwen cogi� otra servilleta de papel y se sec� el rostro. Le entreg� otra a su esposo, quien se frot� inmediatamente los ojos. Junto a la verja, Tonya escuchaba a sus hermanos que discut�an sobre cu�l de ellos ser�a polic�a y cu�l preso. Ve�a c�mo sus padres hablaban, mov�an la cabeza y lloraban. Sab�a que no estaban bien. Se frot� los ojos y ech� tambi�n a llorar. --Las pesadillas empeoran --Gwen rompi� el silencio--. He de dormir con ella todas las noches. Sue�a con hombres que la acechan en el bosque, o escondidos en los armarios. Despierta gritando, empapada en sudor. El m�dico dice que debe ver a un psiquiatra. Dice que, si no, seguramente empeorar�. --�Cu�nto costar�? --No lo s�. Todav�a no lo he llamado. --Debes hacerlo. �D�nde est� el psiquiatra? --En Memphis. --Me lo figuraba. �C�mo la tratan los ni�os? --Son maravillosos. La tratan como a alguien muy especial. Pero les dan miedo las pesadillas. Tonya despierta a todo el mundo con sus gritos. Los ni�os se le acercan e intentan ayudarla, pero tienen miedo. Anoche, para que volviera a dormirse, los ni�os tuvieron que acostarse en el suelo junto a su cama. Est�bamos todos a su alrededor con las luces encendidas. --No hay que preocuparse por los ni�os. --Echan de menos a su pap�. --No tardar� mucho en regresar --respondi� Carl Lee, con una sonrisa forzada. --�Realmente lo crees? --Ya no s� qu� creer. Pero no pienso pasar el resto de la vida en la c�rcel. He contratado de nuevo a Jake. --�Cu�ndo? --Ayer. Ese abogado de Memphis no vino a verme una sola vez, ni siquiera me llam�. He prescindido de sus servicios para contratar de nuevo a Jake. --Pero dijiste que Jake era demasiado joven. --Estaba equivocado. Es joven, pero es bueno. Preg�ntaselo a Lester. --Se trata de tu juicio. Carl Lee paseaba lentamente por el patio, sin alejarse nunca de la verja. Pensaba en aquellos dos muchachos, muertos y enterrados en alg�n lugar, con sus cuerpos en estado ya de descomposici�n y sus almas ardiendo en el infierno. Antes de morir hab�an conocido a su peque�a hija, s�lo brevemente, y en menos de dos horas hab�an destrozado su delicado cuerpo y perturbado su mente. Tal hab�a sido la brutalidad de su agresi�n que nunca podr�a tener hijos; tan violento su encuentro, que ahora los ve�a al acecho en los armarios. �Lograr�a alg�n d�a olvidarlo, bloquearlo, borrarlo de su mente, para llevar una vida normal? Tal vez el psiquiatra lo conseguir�a. �Le permitir�an los dem�s ni�os ser normal? No es m�s que una negrita, pensar�an probablemente. Una negrita bastarda, por supuesto, la hija ileg�tima de alguien; como todas. La violaci�n no era nada nuevo. Los recordaba en el Juzgado. Uno, soberbio, el otro, temblando. Los recordaba en la escalera, cuando esperaba para ejecutarlos. Sus miradas de horror cuando sali� con el M--16 en las manos. El ruido de los disparos, los gritos de socorro, sus gemidos cuando ca�an juntos, uno sobre otro, esposados, chillando y contorsion�ndose, sin ir a ning�n lugar. Record� su propia sonrisa, incluso su risa, cuando los vio luchar con la cabeza medio destrozada, cuando sus cuerpos dejaron de moverse y ech� a correr. Sonri� de nuevo. Estaba orgulloso de lo que hab�a hecho. Mayor hab�a sido su trastorno despu�s de matar al primer enemigo en Vietnam. La carta a Walter Sullivan iba directa al grano: �Se�or J. Walter:

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Cabe suponer que el se�or Marsharfsky ya le ha comunicado que Carl Lee Hailey ha prescindido de sus servicios. Evidentemente, su colaboraci�n como letrado local ha dejado de ser necesaria. Que pase un buen d�a. Atentamente, JAKE. � Remiti� una copia a L. Winston Lotterhouse. La carta a Noose era igualmente concisa: �Ilustr�simo se�or Noose: Le ruego tome nota de que he sido contratado por Carl Lee Hailey. Preparamos el juicio para el veintid�s de julio. Tenga la bondad de registrarme como abogado defensor. Atentamente, JAKE. � Remiti� una copia a Buckley. Marsharfsky llam� a las nueve y media del lunes. Despu�s de observar durante dos minutos c�mo parpadeaba el piloto del tel�fono, Jake levant� el auricular: --Diga. --�C�mo se las ha arreglado? --�Con qui�n hablo? --�No se lo ha dicho su secretaria? Soy Bo Marsharfsky y quiero saber c�mo se las ha arreglado. --�Arreglado para qu�? --Para apropiarse de mi caso. Conserva la calma, pens� Jake. Es un agitador. --Si mal no recuerdo, fue usted quien me lo arrebat� a m�. --Jam�s lo hab�a visto antes de que me contratara. --No tuvo necesidad de hacerlo. �No recuerda que mand� a su macarra? --�Me acusa de apropiarme indebidamente de casos? --S�. Marsharfsky hizo una pausa y Jake se prepar� a recibir insultos. --�Sabe lo que le digo, se�or Brigance? Que est� usted en lo cierto. Me apropio de casos todos los d�as. Soy un profesional de la apropiaci�n. �sa es la raz�n por la que gano tanto dinero. Si hay un caso penal importante, procuro agenci�rmelo. Y utilizo el m�todo que sea necesario. --Es curioso: eso es algo que no mencion� en el peri�dico. --Y si quiero el caso Hailey lo conseguir�. --Venga a vernos. Jake colg� el tel�fono y se ri� durante diez minutos. Encendi� un cigarro barato y empez� a preparar la solicitud de transferencia del juicio a otra localidad. Al cabo de dos d�as llam� Lucien dando instrucciones a Ethel para que Jake fuese a verle. Era importante. Hab�a alguien en su casa a quien Jake necesitaba conocer. Se trataba del doctor W. T. Bass, psiquiatra retirado de Jackson. Conoc�a a Lucien desde hac�a muchos a�os y hab�an colaborado en un par de casos de supuestos enajenados mentales. Ambos estaban todav�a en el penal de Parchman. Su jubilaci�n se adelant� un a�o a la expulsi�n de Lucien del Colegio de Abogados, y la causa principal de su retiro fue la misma, a saber, su gran afici�n al Jack Daniel's. De vez en cuando visitaba a Lucien en Clanton y, con mayor frecuencia, Lucien lo visitaba a �l en Jackson. Gustaban de visitarse porque disfrutaban cuando los dos estaban borrachos. Sentados en el portal, esperaban la llegada de Jake.

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--Lim�tate a decir que estaba enajenado --orden� Lucien. --�Lo estaba? --pregunt� el doctor. --Eso no importa. --�Qu� es lo que importa? --Lo que importa es facilitar un pretexto al jurado para que lo declare inocente. Si estaba loco o no, les dar� lo mismo. Pero necesitar�n un pretexto para declararlo inocente. --Ser�a conveniente reconocerlo. --Puedes hacerlo. Puedes hablar con �l tanto como se te antoje. Est� en la c�rcel, a la espera de charlar con alguien. --Tendr� que verle varias veces. --Lo s�. --�Qu� ocurre si no creo que estuviera enajenado cuando efectu� los disparos? --Que no declarar�s en el juicio, no aparecer� tu nombre ni tu fotograf�a en los peri�dicos ni te entrevistar�n por televisi�n --dijo Lucien antes de hacer una larga pausa para tomar una copa--. Lim�tate a hacer lo que te digo. Habla con �l y toma un mont�n de notas. Hazle preguntas est�pidas. T� sabes como hacerlo. Y declara que estaba loco. --No estoy seguro. No ha funcionado muy bien en ocasiones anteriores. --Oye, t� eres m�dico, �no es cierto? Entonces, act�a con soberbia, vanidad, arrogancia. Cond�cete como se supone que debe hacerlo un m�dico. Declara tu opini�n y desaf�a a cualquiera a que la ponga en duda. --No lo s�. No funcion� en el pasado. --Lim�tate a hacer lo que te digo. --Lo he hecho en dos ocasiones anteriores y est�n ambos en Parchman. --Eran casos perdidos. Hailey es distinto. --�Tiene posibilidades de salvarse? --Escasas. --No me has dicho que era distinto? --Es un hombre honrado, con buenas razones para matar. --�Entonces por qu� sus posibilidades son escasas? --La ley dice que sus razones no son lo suficientemente poderosas. --Visi�n l�gica de la ley. --Adem�s, es negro y este condado es blanco. No conf�o en esos fan�ticos de por aqu�. --�Y si fuera blanco? --Si fuera blanco y hubiese matado a dos negros que hubieran violado a su hija, el jurado le otorgar�a una medalla. Bass vaci� la copa y la llen� de nuevo. Sobre la mesa de mimbre que les separaba hab�a un cubo con hielo y una botella de tres cuartos. --�Qu� me dices de su abogado? --pregunt� el m�dico. --Estar� aqu� de un momento a otro. --�Trabajaba para ti? --S�, pero creo que no llegaste a conocerle. Entr� en la empresa unos dos a�os antes de que yo me marchara. Es joven, poco m�s de treinta a�os. Limpio, agresivo y tenaz. --�Y trabajaba para ti? --Eso he dicho. Tiene mucha experiencia en la sala para su edad. �ste no es su primer caso de asesinato, pero, si no me equivoco, ser� el primero en el que alegue enajenaci�n. --Eso me consuela. No quiero que alguien me formule un mont�n de preguntas. --Admiro tu confianza en ti mismo. Espera a conocer al fiscal del distrito. --Esto no me gusta. Lo hemos probado dos veces y no ha funcionado.

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--Eres el m�dico m�s modesto que he conocido en mi vida --dijo Lucien, al tiempo que mov�a con asombro la cabeza. --Y el m�s pobre. --Pues tienes que ser soberbio y arrogante. Eres el experto. Act�a como tal. �Qui�n va a cuestionar tu opini�n profesional en Clanton, Mississippi? --La acusaci�n tendr� sus peritos. --Tendr� un psiquiatra de Whitfield que examinar� al acusado unas horas, ir� al juicio y declarar� que el reo es la persona m�s cuerda que ha visto en su vida. Nunca ha visto a un acusado legalmente enajenado. Para �l todo el mundo es cuerdo. Todo el mundo goza de una perfecta salud mental. Whitfield est� lleno de gente cuerda excepto en lo que se refiere al dinero del Gobierno: entonces, la mitad del Estado est� loco. Lo pondr�an de patitas en la calle si empezara a declarar que los acusados est�n legalmente enajenados. De modo que ya sabes a qui�n te enfrentas. --�Y el jurado me creer� autom�ticamente? --Hablas como si �sta fuera la primera vez. --Lo he hecho dos veces, recu�rdalo. Un violador y un asesino. Ninguno de ellos estaba enajenado, a pesar de lo cual yo declar� que s�. Y ambos est�n encerrados donde les corresponde. Lucien tom� un prolongado trago y observ� el l�quido casta�o en el que flotaban unos cubos de hielo. --Has dicho que me ayudar�as. Dios sabe que me debes un favor. �Cu�ntos divorcios te he resuelto? --Tres. Y cada vez me he quedado sin blanca. --Te lo merec�as. Era cuesti�n de ceder o ir a juicio, donde se habr�an discutido abiertamente tus costumbres. --Lo recuerdo. --�Cu�ntos clientes, o pacientes, te he mandado a lo largo de los a�os? --No los suficientes para pagar mi pensi�n matrimonial. --�Recuerdas la acusaci�n de estupro por parte de aquella mujer cuyo tratamiento consist�a predominantemente en sesiones semanales sobre el sof�? Los abogados de tu seguro m�dico se negaron a defender el caso y recurriste a tu buen amigo Lucien, que lo solucion� por cuatro cuartos sin entrar en la sala. --No hab�a testigos. --A excepci�n de la propia implicada. Adem�s de los antecedentes judiciales de tus esposas, cuyos divorcios se hab�an fundamentado en tu adulterio. --No lograron demostrarlo. --No tuvieron oportunidad de hacerlo. No quer�amos que lo intentaran, �recuerdas? --De acuerdo, basta, basta. He dicho que te ayudar�a. Pero, �y mis credenciales? --�No dejas nunca de preocuparte? --No. Me pongo nervioso s�lo de pensar en los juzgados. --Tus credenciales son impecables. Ya te han aceptado anteriormente como perito ante los tribunales. Deja de preocuparte. --�Y esto? --pregunt� el doctor al tiempo que mostraba la copa a su compa�ero. --No deber�as beber tanto --respondi� modestamente Lucien. El m�dico dej� el vaso sobre la mesa y empez� a soltar carcajadas. Se dej� caer de la silla, se arrastr� por el suelo hasta el borde de la terraza y, aguant�ndose el est�mago, se convulsion� de risa. --Est�s borracho --dijo Lucien mientras iba a por otra botella.

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Cuando una hora despu�s, lleg� Jake, Lucien se balanceaba suavemente en su enorme mecedora de mimbre. El m�dico dorm�a sobre el columpio situado al fondo de la terraza. Los pasos de Jake sobresaltaron a Lucien. --Jake, muchacho, �c�mo est�s? --farfull�. --Muy bien, Lucien. Veo que no te van mal las cosas �dijo al contemplar una botella vac�a y otra casi por terminar. --Quer�a que conocieras a ese individuo --declar� Lucien, mientras intentaba incorporarse. --�Qui�n es? --Nuestro psiquiatra. El doctor W. T. Bass, de Jackson. Buen amigo m�o. Nos ayudar� con Hailey. --�Es bueno? --El mejor. Hemos trabajado juntos en varios casos de enajenaci�n. Jake dio unos pasos en direcci�n al columpio y se detuvo. El doctor estaba tumbado de espaldas, con la camisa desabrochada y la boca completamente abierta. Emit�a potentes ronquidos acompa�ados de otros sonidos guturales que parec�an gorgoteos. Alrededor de su nariz revoloteaba un moscard�n del tama�o de un pajarito, que se retiraba a la parte superior del columpio con cada estrepitosa exhalaci�n. Un rancio vaho emanaba de su garganta con los ronquidos, impregnando el fondo de la terraza de una especie de niebla invisible. --�Es m�dico? --pregunt� Jake, despu�s de sentarse junto a Lucien. --Psiquiatra --respondi� Lucien con orgullo. --�Te ha ayudado con eso? --pregunt� Jake se�alando las botellas. --Yo lo he ayudado a �l. Bebe como un cosaco, pero siempre est� sobrio en el Juzgado. --Menos mal. --Te gustar�. Es barato. Me debe un favor. No costar� un centavo. --Ya empieza a gustarme. --�Te apetece una copa? --pregunt� Lucien, con el rostro tan rojo como los ojos. --No. Son las tres y media de la tarde. --�En serio? �Qu� d�a es hoy? --Mi�rcoles, doce de junio. �Cu�nto hace que est�is bebiendo? --Unos treinta a�os --ri� Lucien mientras hac�a sonar los cubitos de hielo en el vaso. --Me refiero a hoy. --Desde la hora del desayuno. �Qu� importancia tiene eso? --�No trabaja? --No, est� jubilado. --�Se jubil� voluntariamente? --Te refieres a que si lo expulsaron, por as� decirlo? --Eso es; por as� decirlo. --No. Todav�a est� colegiado y sus credenciales son impecables. --Su aspecto es impecable. --Lo hundi� la bebida hace algunos a�os. La bebida y las pensiones matrimoniales. Me ocup� de tres de sus divorcios. Lleg� a un punto en el que todos sus ingresos eran absorbidos por las pensiones matrimoniales y el mantenimiento de sus hijos, y entonces dej� de trabajar. --�C�mo se las arregla? --Logramos, es decir logr�, esconder un poco de dinero. Se lo ocult� a sus esposas y a sus voraces abogados. En realidad disfruta de una posici�n bastante acomodada. --Parece c�modo.

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--Adem�s, trafica con un poco de droga, pero s�lo con una clientela adinerada. En realidad no se trata de droga, sino de narc�ticos que puede recetar legalmente. Lo que hace no es ilegal; simplemente, poco �tico. --�Qu� est� haciendo aqu�? --Viene a verme de vez en cuando. Vive en Jackson, pero detesta el lugar. Le llam� el domingo, despu�s de hablar contigo. Quiere ver a Hailey cuanto antes. A ser posible, ma�ana. El m�dico gru�� y se gir� de costado, provocando un movimiento repentino del columpio. Se movi� varias veces, sin dejar de roncar. Estir� la pierna derecha, toc� con el pie una gruesa rama de un matorral, el columpio se sacudi� de lado y el buen doctor cay� al suelo de la terraza. Hizo una mueca y tosi� cuando se golpe� la cabeza contra el suelo de madera, con el pie derecho enredado en la cuerda del columpio, y a continuaci�n sigui� roncando. Jake empez� a acerc�rsele instintivamente, pero se detuvo cuando comprendi� que segu�a ileso y dormido. --�D�jalo! --orden� Lucien entre carcajadas, al tiempo que arrojaba un cubito de hielo, que casi le dio al m�dico en la cabeza. El segundo cubito aterriz� exactamente en la punta de su nariz. --�Un disparo perfecto! --exclam� Lucien a carcajada!�Despierta, borracho! Jake empez� a descender por los pelda�os en direcci�n a su coche mientras o�a las carcajadas e insultos que su ex jefe dirig�a al doctor W. T. Bass, psiquiatra, testigo de la defensa. El agente DeWayne Looney abandon� el hospital con muletas y, acompa�ado de su esposa y de sus tres hijos, se dirigi� en coche a las dependencias de la polic�a, donde el sheriff, los dem�s agentes, reservistas y un grupo de amigos lo esperaban con un pastel y peque�os regalos. De ahora en adelante trabajar�a como telefonista, con el mismo rango y salario. VEINTIUNO El sal�n de congregaciones de la iglesia de Springdale hab�a sido limpiado a fondo, as� como sus mesas y sillas plegables, perfectamente ordenadas alrededor de la estancia. Era la mayor iglesia negra del condado y se encontraba en Clanton, raz�n por la cual el reverendo Agee hab�a considerado necesario que se celebrara all� la reuni�n. El motivo de la conferencia de prensa era dar a conocer su apoyo a un miembro de la comunidad que hab�a actuado con justicia y, en consecuencia, anunciar la fundaci�n del Fondo de Defensa Legal de Carl Lee Hailey. El director nacional del NAACP estaba presente con un cheque de cinco mil d�lares y la promesa de cantidades m�s importantes en el futuro. El director ejecutivo de la sucursal de Memphis trajo otros cinco mil, que deposit� ostentosamente sobre la mesa. Estaban sentados junto a Agee, tras dos mesas plegables, en compa��a de todos los miembros del consejo. Ante ellos doscientos feligreses negros abarrotaban la sala. Gwen estaba muy cerca de Agee. Un grupo de periodistas con sus correspondientes c�maras, m�s reducido de lo que se esperaba, filmaba los acontecimientos desde el centro de la sala. Agee, estimulado por las c�maras, fue el primero en tomar la palabra. Habl� de los Hailey, de su bondad e inocencia, y del bautismo de Tonya cuando ten�a s�lo ocho a�os. Habl� de una familia destruida por el racismo y por el odio. Sollozos entre el p�blico. De repente, se puso furioso. Atac� al sistema judicial y su deseo de acusar a un hombre bueno y honrado que no hab�a hecho nada malo; un hombre a quien, de haber sido blanco, no se le juzgar�a; un hombre a quien s�lo se hab�a acusado por ser negro, y eso era lo verdaderamente lamentable de la acusaci�n y persecuci�n de Carl Lee Hailey. Encontr� su ritmo, el p�blico lo acompa�� y la conferencia de prensa adquiri� el fervor de un acto de fe. Habl� durante cuarenta y cinco minutos.

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No era f�cil seguir sus pasos. Sin embargo, el director nacional no titube�. Pronunci� una diatriba de treinta minutos contra el racismo. Aprovech� la oportunidad para divulgar estad�sticas nacionales sobre el crimen, las detenciones, las condenas y la poblaci�n carcelaria, hasta llegar a la conclusi�n de que el sistema judicial estaba controlado por blancos que persegu�an injustamente a los negros. A continuaci�n, en un asombroso alarde de racionalidad, traslad� las estad�sticas nacionales a Ford County y declar� que el sistema era inapropiado para ocuparse del caso de Carl Lee Hailey. Le sudaba la frente bajo los focos de las c�maras de televisi�n y creci� su entusiasmo. Su furor super� al del reverendo Agee, e hizo temblar los micr�fonos con los pu�etazos que daba sobre la mesa. Exhort� a los negros de Ford County y de Mississippi a que contribuyeran con donativos hasta el l�mite de sus posibilidades. Prometi� congregaciones y manifestaciones. El juicio ser�a un grito de guerra para todos los negros y oprimidos. Contest� a todas las preguntas. �Cu�nto dinero esperaban recoger? Por lo menos cincuenta mil. La defensa de Carl Lee Hailey ser�a cara y acaso no bastase con cincuenta mil, pero recoger�an tanto como pudieran. Sin embargo, quedaba ya poco tiempo. �A qu� se destinar�a el dinero? Gastos jur�dicos y los propios del litigio. Se necesitar�an muchos abogados y m�dicos. �Intervendr�an los abogados del NAACP? Por supuesto. El departamento jur�dico de Washington trabajaba ya en el caso. La unidad de defensa penal se ocupar�a de todos los aspectos del juicio. Carl Lee Hailey se hab�a convertido en su m�xima prioridad y todos los recursos disponibles se dedicar�an a su defensa. Cuando termin�, el reverendo Agee tom� de nuevo la palabra y le hizo una se�a al pianista. Empez� la m�sica. Se pusieron todos de pie, cogidos de la mano, e interpretaron apasionadamente �Venceremos�. Jake se enter� de lo del Fondo de Defensa por el peri�dico del martes. Hab�a o�do rumores sobre la contribuci�n especial del consejo, pero le hab�an dicho que el dinero era para ayudar a la familia. �Cincuenta mil para gastos legales! Estaba enojado, pero interesado. �Volver�an a prescindir de sus servicios? �Qu� ocurrir�a con el dinero en el supuesto de que Carl Lee se negara a contratar a los abogados del NAACP? Faltaban cinco semanas para el juicio, tiempo m�s que suficiente para que pudiera llegar a Clanton el equipo de defensa penal. Hab�a le�do acerca de ellos: un equipo de seis especialistas en asesinatos que circulaba por el Sur para defender a los negros acusados de cr�menes nefastos y famosos. Se les conoc�a por el apodo de �escuadr�n de la muerte�. Eran unos abogados muy inteligentes, de mucho talento y excelente formaci�n, dedicados a rescatar a los asesinos negros de las c�maras de gas y sillas el�ctricas en la zona meridional. S�lo se ocupaban de asesinatos y eran excelentes profesionales. El NAACP les preparaba el terreno recaudando fondos, organizando, a los negros y generando publicidad. El racismo era su mejor y a veces �nica defensa, y a pesar de que perd�an muchos m�s casos de los que ganaban, su historial no era malo. Todos los casos que defend�an estaban en principio perdidos. Su objetivo era el de convertir al acusado en m�rtir antes del juicio con la esperanza de que no hubiera unanimidad en el jurado. Ahora vendr�an a Clanton. Hac�a una semana que Buckley hab�a presentado la solicitud correspondiente para que los m�dicos estatales reconocieran a Carl Lee. Jake solicit� que el reconocimiento se efectuara en Clanton, preferiblemente en su despacho. Noose deneg� la solicitud y orden� al sheriff que trasladara a Carl Lee al hospital psiqui�trico estatal de Mississippi, en Whitfield. Jake solicit� que se le permitiera acompa�ar a su defendido y estar presente durante el reconocimiento. Una vez m�s, Noose deneg� la solicitud. El mi�rcoles por la ma�ana, temprano, Jake y Ozzie tomaban caf� en el despacho del sheriff, a la espera de que Carl Lee acabara de ducharse y se cambiase de ropa. Whitfield estaba a tres horas de camino y deb�a llegar a las nueve. Jake le dio las �ltimas instrucciones a su cliente. --�Cu�nto durar� esta operaci�n? --pregunt� Jake a Ozzie. --T� eres el abogado. �Cu�nto crees que durar�? --Tres o cuatro d�as. Has estado antes ah�, �no, Ozzie? --Por supuesto, hemos tenido que llevar a muchos locos.

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--Pero nada parecido a esto. �D�nde lo alojar�n? --Tienen toda clase de celdas. El agente Hastings entr� tranquilamente en el despacho, medio dormido, comiendo un bu�uelo del d�a anterior. --�Cu�ntos coches vamos a utilizar? --pregunt�. --Dos --respondi� Ozzie--. Yo conducir� el m�o y t� el tuyo. Pirtie y Carl Lee viajar�n conmigo, y Riley y Nesbit contigo. --�Armas? --Tres escopetas en cada coche. Abundante munici�n. Todo el mundo con chalecos antibalas, incluido Carl Lee. Prepara los coches. Me gustar�a salir a las cinco y media. Hastings farfull� algo y se retir�. --�Anticipas alg�n problema? --pregunt� Jake. --Hemos recibido algunas llamadas. Dos en particular mencionaban el desplazamiento a Whitfield. Hay mucho camino de un lugar a otro. --�Por d�nde ir�is? --La mayor�a de la gente ir�a por la interestatal veintid�s, �no crees? Puede que sea m�s prudente viajar por carreteras secundarias. Probablemente nos dirigiremos hacia el sur por la catorce hasta la ochenta y nueve. --Parece una ruta improbable. --Bien. Me alegro de que est�s de acuerdo. --No olvides que se trata de mi cliente. --Por ahora. Carl Lee se zampaba unos huevos y unas galletas mientras Jake le anticipaba lo que pod�a esperarse durante su estancia en Whitfield. --Lo s�, Jake. Quieres que me haga el loco, �no es cierto? --re�a Carl Lee. A Ozzie tambi�n le parec�a gracioso. --Hablo en serio, Carl Lee. Esc�chame. --�Por qu�? T� mismo me has dicho que no importa lo que diga o haga en ese lugar. No declarar�n que estuviera enajenado cuando efectu� los disparos. Esos m�dicos trabajan para el Estado, �no es cierto? �Qu� importa lo que diga o haga? Han tomado ya su decisi�n. �No es verdad, Ozzie? --No quiero inmiscuirme. Yo trabajo para el Estado. --T� trabajas para el condado --dijo Jake. --Nombre, n�mero y rango. Es todo lo que me van a sacar --declar� Carl Lee mientras vaciaba una peque�a papelina. --Muy gracioso --respondi� Jake. --Est� perdiendo el juicio, Jake --agreg� Ozzie. Carl Lee se insert� dos pajas en la nariz y empez� a caminar de puntillas por la habitaci�n, mirando al techo y haciendo como si cogiera algo con la mano por encima de su cabeza, que guardaba en la papelina. Dio un salto y fingi� coger otra cosa. Tambi�n la guard� en la papelina. Hastings regres� y se detuvo en el umbral de la puerta. Carl Lee lo mir� con los ojos desorbitados y volvi� a coger algo por encima de su cabeza. --�Qu� diablos est� haciendo? --pregunt� Hastings. --Cazando mariposas --respondi� Carl Lee. Jake cogi� su malet�n y se dirigi� a la puerta. --Creo que deber�ais dejarle en Whitfield --dijo, antes de salir y dar un portazo. Noose hab�a decidido que la vista para estudiar la solicitud de transferencia del juicio a otra localidad se celebrar�a el veinticuatro de junio en Clanton. La vista ser�a prolongada y

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rodeada de abundante publicidad. Jake hab�a solicitado la transferencia, y ten�a el deber de demostrar que Carl Lee no recibir�a un juicio justo e imparcial en Ford County. Necesitaba testigos. Personas que gozaran de credibilidad social dispuestas a declarar que un juicio justo no era posible. Atcavage hab�a dicho que tal vez lo har�a como favor, pero quiz� el banco no querr�a que se involucrara. Harry Rex estaba encantado de cooperar. El reverendo Agee hab�a dicho que estaba dispuesto a declarar, pero eso era antes de que el NAACP anunciara que sus abogados se ocupar�an del caso. Lucien no gozaba de credibilidad y Jake no hab�a pensado seriamente en pedirle que declarara. Por su parte, Buckley presentar�a una docena de testigos respetables: funcionarios elegidos, abogados, hombres de negocios y tal vez alg�n sheriff, todos los cuales declarar�an que hab�an o�do hablar vagamente de Carl Lee Hailey y que sin duda pod�a recibir un juicio justo en Clanton. Personalmente, Jake prefer�a que el juicio se celebrara en Clanton, en su Audiencia, al otro lado de la calle de su despacho, en presencia de su gente. Los juicios eran haza�as tediosas, tensas y agotadoras. Ser�a agradable librar la batalla en su propia arena, a tres minutos de su casa. En los descansos, podr�a trabajar en su despacho, investigar, preparar a los testigos, o, simplemente, relajarse. Podr�a comer en el Coffee Shop, en Claude's, o incluso almorzar en su propia casa. Su cliente permanecer�a en la c�rcel de Ford County, cerca de su familia. Adem�s, estar�a, desde luego, mucho m�s expuesto a los medios de negros, especialmente en los casos penales y, en particular, si el acusado era negro. No eran tan propensos a condenar. Ten�an menos prejuicios. Tambi�n los prefer�a en los casos civiles. Simpatizaban con el oprimido frente a las grandes corporaciones o compa��as de seguros, y eran m�s generosos con el dinero de los dem�s. Por regla general, eleg�a para el jurado a todos los negros que encontraba, aunque en Ford County eran escasos. Era esencial que el juicio se celebrara en otro condado con mayor porcentaje de negros. Un solo negro pod�a impedir la unanimidad del jurado. Una mayor�a podr�a, tal vez, conseguir que lo declararan inocente. Dos semanas en un motel y trabajar en otro Juzgado no era una perspectiva agradable, pero las peque�as incomodidades se ve�an ampliamente compensadas por la necesidad de rostros negros en el jurado. Lucien hab�a investigado a fondo el cambio de lugar. Aunque a rega�adientes, Jake obedeci� sus instrucciones y fue a verle puntualmente a las ocho de la ma�ana. Sallie sirvi� el desayuno en el portal. Jake tom� caf� y zumo de naranja; Lucien, whisky y agua. Durante tres horas cubrieron todos los aspectos del cambio de lugar. Lucien ten�a copias de todos los casos del Tribunal Supremo en los ocho �ltimos a�os y hablaba como un catedr�tico. El alumno tom� notas y discuti� un par de puntos, pero, en general, se limit� a escuchar. Whitfield estaba a pocos kil�metros de Jackson, en una zona rural de Rankin County. En la puerta de la verja, dos guardias discut�an con periodistas mientras esperaban. La llegada de Carl Lee estaba prevista para las nueve; eso era todo lo que sab�an. A las ocho y media llegaron dos coches de polic�a con distintivos de Ford County, y pararon junto al portal�n. Los periodistas y c�maras se acercaron inmediatamente al conductor del primer coche. Ozzie llevaba la ventanilla abierta. --�D�nde est� Carl Lee Hailey? --pregunt� excitado uno de los periodistas. --En el otro coche --respondi� tranquilamente Ozzie, al tiempo que le gui�aba el ojo a Carl Lee, en el asiento trasero. --�Va en el segundo coche! --grit� alguien. Y todos corrieron hacia el veh�culo de Hastings. --�D�nde est� Hailey? --preguntaron. --Es �se --respondi� Pirtle, en el asiento delantero, se�alando a Hastings, que iba al volante. --�Es usted Carl Lee Hailey? --exclam� uno de los periodistas. --S�.

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--�Por qu� va al volante? --�C�mo va vestido de uniforme? --Me han nombrado agente de polic�a --respondi� Hastings con toda seriedad. Se abri� el portal�n de la verja y los dos coches entraron a toda velocidad. Despu�s de fichar a Carl Lee en el edificio principal, lo trasladaron junto con Ozzie y los dem�s agentes a otro edificio, donde lo instalaron en una celda, o habitaci�n, como all� la llamaban. Tras cerrar la puerta, Ozzie y sus ayudantes hab�an cumplido su misi�n y regresaron a Clanton. Al t�rmino del almuerzo, lleg� un funcionario de bata blanca, carpeta en mano, y empez� a formular preguntas. Empezando con la fecha de nacimiento, le pregunt� a Carl Lee por todos los sucesos y personas significativas en su vida. El interrogatorio dur� dos horas. A las cuatro, dos guardias esposaron a Carl Lee y lo condujeron en un coche de golf a un moderno edificio de ladrillo, a un kil�metro de su habitaci�n. Lo acompa�aron al despacho del doctor Wilbert Rodeheaver, jefe de personal, y esperaron en el pasillo junto a la puerta. VEINTID�S Hab�an transcurrido cinco semanas desde el tiroteo en el que hab�an perecido Billy Ray Cobb y Pete Willard. Faltaban cuatro semanas para el juicio. Ya no quedaba una sola habitaci�n en ninguno de los tres moteles de Clanton a partir de la semana anterior a la del juicio. El Best Western, mayor y m�s bonito que los dem�s, hab�a atra�do a los periodistas de Memphis y Jackson. El Clanton Court, con el mejor bar y restaurante, hab�a sido reservado por corresponsales de Atlanta, Washington y Nueva York. En el East Side Motel, dif�cilmente calificable de elegante a pesar de que las tarifas del mes de julio, curiosamente, hab�an doblado, no quedaba tampoco una sola habitaci�n libre. Al principio los lugare�os hab�an sido amables con los forasteros, la mayor�a de los cuales eran mal educados y hablaban con un acento extra�o. Pero algunas de las descripciones de Clanton y sus habitantes no eran exactamente halagadoras, y la mayor�a honraba ahora el c�digo secreto del silencio. Un bullicioso caf� se sum�a instant�neamente en el silencio cuando entraba un desconocido. Los vendedores de la plaza ofrec�an escasa ayuda a las personas que no reconoc�an. Los empleados del Juzgado hac�an o�dos sordos a preguntas repetidas un millar de veces por vociferantes entrometidos. Incluso a los corresponsales de Memphis y de Jackson les resultaba dif�cil extraer algo nuevo a los lugare�os. Estaban hartos de que los describieran como retrasados, fan�ticos y racistas. Hac�an caso omiso de los forasteros, en quienes no pod�an confiar, y se ocupaban de sus asuntos. El bar del Clanton Court se convirti� en centro de reuni�n de los periodistas. Era el �nico lugar de la ciudad donde pod�an encontrarse con un rostro sonriente y una buena conversaci�n. Sentados a las mesas bajo un enorme receptor de televisi�n, comadreaban acerca de la peque�a ciudad y el juicio venidero. Comparaban notas, relatos, pistas y rumores, y beb�an hasta emborracharse porque no hab�a otra cosa que hacer en Clanton cuando ca�a la noche. Los moteles se llenaron el domingo por la noche, veintitr�s de junio, pocas horas antes de la vista para evaluar la solicitud de cambio de lugar. A primera hora del lunes por la ma�ana se reunieron en el restaurante del Best Western para tomar caf� y especular. Aquella vista supon�a la primera escaramuza importante y, probablemente, el �nico acontecimiento procesal antes del juicio. Se, rumoreaba que Noose estaba enfermo y que, como no deseaba presidir la sala, solicitar�a al Tribunal Supremo el nombramiento de otro juez. Era un simple rumor sin fundamento, dec�a un corresponsal de Jackson. A las ocho cargaron sus c�maras y sus micr�fonos para dirigirse a la plaza. Un grupo se instal� frente a la c�rcel y otro detr�s del Juzgado, pero la mayor�a se dirigi� a la sala. A las ocho y media estaba llena. Desde el balc�n de su despacho, Jake contemplaba el bullicio alrededor de la Audiencia. Ten�a el pulso m�s acelerado que de costumbre y un cosquilleo en el est�mago. Sonri�. Estaba listo para Buckley y para las c�maras de televisi�n.

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Noose mir� m�s all� de su nariz, por encima de las gafas, de un lado a otro de la abarrotada sala. Todo el mundo estaba en su lugar. --Se ha presentado ante esta sala --comenz� a decir--, una solicitud del acusado para transferir el juicio a otra localidad. La fecha fijada para este juicio ha sido lunes, veintid�s de julio. Seg�n mi calendario, dentro de cuatro semanas. He fijado una fecha l�mite para la presentaci�n de mociones y su resoluci�n, y creo que �stas son las dos �nicas fechas concernientes al juicio hasta su celebraci�n. --Su se�or�a est� en lo cierto --grit� Buckle medio levantado, desde su mesa. Jake levant� la mirada y movi� la cabeza. --Gracias, se�or Buckley --respondi� escuetamente Noose--. El acusado ha informado debidamente a la sala que se propone alegar enajenaci�n mental. �Ha sido sometido a un reconocimiento en Whitfield? --S�, se�or�a, la semana pasada --respondi� Jake. --�Presentar� tambi�n a su propio psiquiatra? --Por supuesto, se�or�a. --�Ha sido reconocido por el mismo? --S�, se�or�a. --Bien. Asunto resuelto. �Qu� otras mociones se propone presentar? --Con la venia de su se�or�a, nos proponemos presentar una solicitud para que se convoque a un n�mero de miembros potenciales del jurado superior al de costumbre. --La acusaci�n se opondr� a dicha solicitud --chill� Buckley, despu�s de incorporarse de un brinco. --�Si�ntese, se�or Buckley! --orden� severamente Noose, al tiempo que se quitaba las gafas y miraba fijamente al fiscal. Tenga la bondad de no volver a levantarme la voz. Claro que se opondr�. Se opondr� a todas las solicitudes que presente la defensa. Es su obligaci�n. Pero no vuelva a interrumpir. Cuando se levante la sesi�n, tendr� amplias oportunidades de actuar para las c�maras. Buckley se desplom� en su silla y ocult� su rostro ruborizado. Noose nunca le hab�a levantado la voz. --Prosiga, se�or Brigance. A Jake le asust� la agresividad de Ichabod. Parec�a enfermo y cansado. Tal vez a causa de la tensi�n. --Puede que presentemos algunas objeciones por escrito anticipadas a posibles pruebas. --�Mociones in limine? --S�, se�or�a. --Las resolveremos durante el juicio. �Algo m�s? --Eso es todo por ahora. --Bien, se�or Buckley, �piensa la acusaci�n presentar alguna moci�n? --No se me ocurre ninguna --respondi� sumisamente el fiscal. --Bien. Quiero asegurarme de que no habr� ninguna sorpresa desde ahora hasta el d�a del juicio. Estar� aqu� una semana antes del juicio para ocuparme de cualquier proleg�meno. Espero que las mociones se presenten cuanto antes para poder atar los cabos sueltos bastante antes del veintid�s. Noose hoje� el sumario y estudi� la solicitud de Jake para celebrar el juicio en otra localidad. Jake le hablaba al o�do a Carl Lee, cuya presencia no era necesaria en la vista, pero �l hab�a insistido. Gwen y sus tres hijos estaban sentados en la primera fila, detr�s de su padre. Tonya no estaba en la sala. --Se�or Brigance, su solicitud parece estar en orden. �De cu�ntos testigos dispone? --Tres, se�or�a.

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--Se�or Buckley, �a cu�ntos testigos piensa llamar? --Veintiuno --respondi� Buckley con orgullo. --�Veintiuno! --exclam� el juez. --Pero es posible que no sea necesario llamarlos a todos --agreg� sumisamente Buckley, con una mirada de reojo a Musgrove--. En realidad, estoy seguro de que no los llamaremos a todos. --Elija a sus cinco mejores testigos, se�or Buckley. No quiero estar aqu� todo el d�a. --S�, se�or�a. --Se�or Brigance, usted ha solicitado que el juicio se celebre en otra localidad. Es su solicitud. Prosiga. Jake se puso de pie y cruz� lentamente la sala, por detr�s de Buckley, hasta colocarse junto a la peana situada frente al palco del jurado. --Con la venia de su se�or�a, el se�or Hailey ha solicitado que su juicio se celebre en una localidad ajena a Ford County. La raz�n es evidente: la publicidad del caso impedir� un juicio imparcial. Los ciudadanos de este condado se han formado ideas preconcebidas de la culpabilidad o inocencia de Carl Lee Hailey. Se le acusa de haber matado a dos hombres, ambos nacidos en este condado, donde todav�a residen sus familias. No eran famosos en vida, pero ciertamente lo son despu�s de la muerte. Hasta ahora, pocos conoc�an al se�or Hailey fuera de su comunidad. Ahora, todo el mundo en este condado sabe qui�n es, conoce a su familia, a su hija, lo que le ha ocurrido, y conoce la mayor�a de los detalles de sus presuntos cr�menes. Ser� imposible encontrar doce personas en Ford County que no hayan prejuzgado ya este caso. Este juicio deber�a celebrarse en otro lugar del Estado, donde los habitantes no est�n tan familiarizados con los hechos. --�D�nde sugiere? --interrumpi� el juez. --No recomendar�a ning�n condado en particular, pero tendr�a que ser lo m�s lejano posible. Tal vez en Gulf Coast. --�Porqu�? --Es evidente, se�or�a. Est� a seiscientos kil�metros de este condado y estoy seguro de que sus habitantes no saben tanto como los de aqu�. --�Cree que la gente del sur de Mississippi no ha o�do hablar del caso? --Estoy seguro de que han o�do hablar del mismo. Pero est�n mucho m�s lejos. --Pero tambi�n disponen de receptores de televisi�n y de peri�dicos, �no es cierto, se�or Brigance? --Sin duda. --�Cree que en alg�n lugar de este Estado podr�a encontrar doce personas que no hubieran o�do hablar del caso? Jake consult� sus notas. O�a el rasgueo de los dibujantes a su espalda y, de reojo, vio c�mo Buckley sonre�a. --Ser�a dif�cil. --Llame a su primer testigo. Harry Rex Vonner prest� juramento y subi� al estrado. La silla de madera destinada a los testigos cruji� y chirri� bajo su enorme peso. Sopl� en el micr�fono y un fuerte zumbido llen� la sala. Mir� a Jake, sonri� y asinti�. --�Cu�l es su nombre? --Harry Rex Vonner. --�Y su direcci�n? --Ochenta y cuatro noventa y tres, Cedarbrush, Clanton, Mississippi. --�Desde cu�ndo vive en Clanton? --Toda la vida. Cuarenta y seis a�os. --�Profesi�n?

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--Soy abogado. Hace veintid�s a�os que estoy colegiado. --�Conoce a Carl Lee Hailey? --Lo he visto una sola vez. --�Qu� sabe acerca de �l? --Se supone que abati� dos hombres a disparos, Billy Ray Cobb y Pete Willard, e hiri� a un agente de polic�a, DeWayne Looney. --�Conoc�a a alguno de esos muchachos? --No personalmente. Ten�a referencias de Billy Ray Cobb. --�C�mo se enter� del tiroteo? --Pues, si mal no recuerdo, ocurri� un lunes. Yo estaba en el primer piso de este Juzgado, consultando unas escrituras en el Registro de Propiedad, cuando o� los disparos. Sal� al pasillo y comprob� que se hab�a organizado un gran revuelo. Pregunt� a un polic�a y me dijo que los chicos hab�an muerto cerca de la puerta trasera del Juzgado. Me qued� un rato y pronto empez� a circular el rumor de que hab�a sido el padre de la ni�a violada quien hab�a efectuado los disparos. --�Cu�l fue su reacci�n inicial? --De estupefacci�n, como la mayor�a de la gente. Pero tambi�n qued� estupefacto cuando o� hablar por primera vez de la violaci�n. --�Cu�ndo se enter� de la detenci�n del se�or Hailey? --Aquella misma noche. Sali� por todas las cadenas de televisi�n. --�Qu� vio por televisi�n? --Todo lo que pude. Las emisoras locales de Memphis y Tupelo dieron la noticia. A trav�s de la televisi�n por cable, vi tambi�n las noticias de Nueva York, Chicago y Atlanta. Casi todas las cadenas dieron la noticia del tiroteo y la detenci�n, acompa�ada de filmaciones en el Juzgado y en la c�rcel. Fue algo sensacional. Nunca hab�a ocurrido algo tan espectacular en Clanton, Mississippi. --�C�mo reaccion� cuando se enter� de que el padre de la ni�a era el presunto autor de los disparos? --No me sorprendi�. Creo que todos supon�amos que hab�a sido �l. Me llen� de admiraci�n. Soy padre y simpatizo con lo que hizo. Todav�a lo admiro. --�Qu� sabe referente a la violaci�n? --�Protesto! --grit� Buckley, despu�s de incorporarse de un brinco--. �La violaci�n no viene al caso! Noose se quit� las gafas y de nuevo mir� enojado al fiscal. Transcurrieron los segundos y Buckley agach� la cabeza. Se movi� nervioso y se sent�. Noose se inclin� hacia delante y le mir� fijamente. --Se�or Buckley, no me levante la voz. Si se repite, le aseguro por Dios que le acusar� de desacato. Puede que est� en lo cierto, que la violaci�n no venga al caso. Pero ahora no se celebra el juicio. �No se ha percatado de que esto no es m�s que una vista preliminar, de que no est� ante un jurado? Protesta denegada. Y ahora no se mueva de su silla. Comprendo que es dif�cil ante semejante p�blico, pero le ordeno que permanezca en su esca�o a no ser que tenga algo realmente importante que decir. En cuyo caso, est� autorizado a levantarse y, con cortes�a y sin levantar la voz, puede expresar lo que le preocupe. --Gracias, se�or�a --dijo Jake, mientras sonre�a a Buckley--. Pues bien, se�or Vonner, como iba diciendo, �qu� sabe referente a la violaci�n? --S�lo lo que he o�do. --�Y qu� ha o�do? Buckley se puso de pie e hizo una reverencia como la de los luchadores japoneses. --Con la venia de su se�or�a --dijo con dulzura y sin levantar la voz--. En este punto, y con la venia de la sala, deseo protestar. El testigo puede declarar s�lo respecto a lo que conoce de primera mano, pero no repetir lo que otros le han contado.

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--Muchas gracias, se�or Buckley --respondi� Noose, con la misma delicadeza--. Tomo nota de su protesta, que queda denegada. Se�or Brigance, le ruego que prosiga. --Gracias, se�or�a --dijo Jake antes de dirigirse de nuevo al testigo--. �Qu� ha o�do respecto a la violaci�n? --Que Cobb y. Willard agarraron a la peque�a Hailey y se la llevaron a alg�n lugar del bosque. Estaban borrachos. La ataron a un �rbol, la violaron repetidamente e intentaron ahorcarla. Incluso orinaron sobre ella. --�C�mo ha dicho? --pregunt� Noose. --Que se le mearon encima. Se form� un bullicio en la sala ante tal revelaci�n. Jake no estaba enterado, tampoco lo estaba Buckley, ni, evidentemente, lo sab�a nadie, a excepci�n de Harry Rex. Noose movi� la cabeza y dio unos ligeros golpes sobre la mesa. Jake tom� unas notas, maravillado del conocimiento esot�rico de su amigo. --�D�nde se enter� de lo de la violaci�n? --Por toda la ciudad. Es de dominio p�blico. Los polic�as contaban los detalles al d�a siguiente por la ma�ana en el Coffee Shop. Todo el mundo lo sabe. --�Es de dominio p�blico en todo el condado? --S�. No he hablado con nadie desde hace un mes que no conociera los detalles de la violaci�n. --Cu�ntenos lo que sepa acerca del tiroteo. --Como ya les he dicho, ocurri� un lunes por la tarde. Los muchachos estaban en este Juzgado, seg�n tengo entendido para asistir a la vista en la que hab�an solicitado la libertad bajo fianza, concluida la cual los agentes los esposaron para conducirlos a la escalera posterior. Cuando bajaban por la escalera, sali� el se�or Hailey de un armario con un M--16 en las manos. Ambos murieron y DeWayne Looney recibi� un balazo. Tuvieron que amputarle parte de la pierna. --�D�nde tuvo lugar eso exactamente? --Debajo de donde nos encontramos ahora, junto a la puerta trasera del Juzgado. El se�or Hailey estaba escondido en el trastero, sali� y abri� fuego. --�Cree que esto es cierto? --S� que lo es. --�C�mo se ha enterado? --Un poco por aqu�, un poco por all�. Circulando por la ciudad. En los peri�dicos. Todo el mundo lo sabe. --�D�nde ha o�do que se hablara de ello? --En todas partes. En los bares, las iglesias, el banco, la tintorer�a, el Tea Shoppe, los caf�s, la bodega. En todas partes. --�Ha hablado con alguien que crea que el se�or Hailey no mat� a Billy Ray Cobb y Pete Willard? --No. No encontrar� a nadie en este condado que crea que no lo hizo. --�Ha decidido la mayor�a acerca de su inocencia o culpabilidad? --Todos y cada uno de ellos. En este caso no hay indecisos. Es un tema candente y todo el mundo se ha formado una opini�n. --En su opini�n, �podr�a recibir el se�or Hailey un juicio imparcial en Ford County? --De ning�n modo. Entre los treinta mil habitantes de este condado, ser�a imposible encontrar tres personas indecisas en un sentido u otro. El se�or Hailey ya ha sido juzgado. No hay forma de encontrar un jurado imparcial. --Gracias, se�or Vonner. He terminado, su se�or�a. Buckley se pas� la mano por la cabeza, para asegurarse de que todos sus pelos estaban en su lugar, y se acerc� decididamente al estrado. --Se�or Vonner --declam�--, �ha prejuzgado usted a Carl Lee Hailey?

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--Maldita sea, por supuesto. --Tenga la bondad de moderar su lenguaje --dijo Noose. --�Y cu�l ser�a su veredicto? --Se�or Buckley, perm�tame que se lo explique de este modo. Y lo har� con la lentitud y el cuidado necesarios para que incluso usted lo comprenda. Si yo fuera el sheriff, no lo habr�a detenido. Si estuviese en el lugar del gran jurado, no habr�a dictado auto de procesamiento contra �l. Si fuera juez, no lo juzgar�a. Si fuera fiscal, no lo acusar�a. Si formase parte del jurado, votar�a para que le ofrecieran la llave de la ciudad y una placa para colgar de la pared. Y lo mandar�a a su casa, junto a su familia. Adem�s, se�or Buckley, si alguien violara a mi hija, ojal� yo tuviese las agallas de hacer lo mismo que hizo �l. --Comprendo. �Cree usted que la gente deber�a llevar armas y saldar sus diferencias a tiros? --Creo que los ni�os tienen el derecho de no ser violados y sus padres el de protegerlos. Creo que las ni�as son algo especial, y que si un par de drogatas ataran a mi hija a un �rbol y la violaran repetidamente, estoy seguro de que me pondr�a furioso. Creo que los padres buenos y honrados deber�an gozar del derecho constitucional de ejecutar a cualquier pervertido que tocara a sus hijos. Y creo que es un mentiroso cobarde quien afirme que no querr�a matar al individuo que hubiera violado a su hija. --�Mod�rese, se�or Vonner! --exclam� Noose. Buckley tuvo que hacer un esfuerzo, pero conserv� la calma. --Parece que este caso le afecta de un modo muy apasionado. --Es usted muy perspicaz. --�Y a usted le gustar�a que se declarara inocente a Carl Lee Hailey? --Pagar�a por ello, si pudiera. --�Y le parece m�s probable que lo declaren inocente en otro condado? --Creo que tiene derecho a un jurado formado por personas que no conozcan todos los detalles del caso antes de que empiece el juicio. --Usted lo declarar�a inocente, �no es cierto? --Eso he dicho. --Y, sin duda, habr� hablado con otras personas que tambi�n lo declarar�an inocente. --Por supuesto. --�Hay personas en Ford County que votar�an para declararle culpable? --Evidentemente. Much�simas. No olvidemos que es negro. --En sus conversaciones por el condado, �ha detectado una mayor�a clara en un sentido u otro? --No. Buckley escribi� algo en su cuaderno. --Se�or Vonner, �son usted y el se�or Brigance �ntimos amigos? Harry Rex sonri� y mir� sugestivamente a Noose. --Soy abogado, se�or Buckley, mis amigos son muy escasos. Pero �l se cuenta entre ellos. S� se�or. --�Y le ha pedido �l que viniera a declarar? --No. Hace unos momentos pasaba por casualidad por esta sala y me he tropezado con esta silla. No ten�a ni idea de que esta ma�ana celebraran ustedes una vista. Buckley dej� caer el cuaderno sobre la mesa y se sent�. A Harry Rex se le concedi� permiso para retirarse. --Llame a su pr�ximo testigo --orden� Noose. --El reverendo Ollie Agee --dijo Jake.

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El oficial del Juzgado fue en busca del reverendo a la antesala y lo acompa�� junto al estrado. Jake se hab�a entrevistado con �l el d�a anterior en la iglesia, con una lista de preguntas. El pastor quer�a declarar. No hab�an hablado de los abogados del NAACP. Era un excelente testigo. Su profunda y potente voz no necesitaba micr�fono para llenar la sala. S�, conoc�a los detalles de la violaci�n y del tiroteo. Eran feligreses de su parroquia. Hac�a muchos a�os que los conoc�a, eran casi como parientes, y hab�a estado y sufrido con ellos despu�s de la violaci�n. S�, hab�a hablado con innumerables personas desde el suceso y todo el mundo ten�a una opini�n de culpabilidad o inocencia. Hab�a hablado del caso Hailey con los otros veintid�s pastores negros, que formaban parte del consejo. No, no hab�a nadie indeciso en Ford County. En su opini�n, no podr�a celebrarse un juicio imparcial en dicho condado. Buckley le formul� una sola pregunta: --Reverendo Agee, �ha hablado con alguien dispuesto a votar para que se condenara a Carl Lee Hailey? --No, claro que no. La sala concedi� permiso al pastor para que abandonara el estrado y fue a sentarse entre dos hermanos del consejo. --Llame a su pr�ximo testigo --dijo Noose. --El sheriff Ozzie Walls --anunci� Jake, al tiempo que sonre�a al fiscal. Buckley y Musgrove juntaron inmediatamente sus cabezas y se hablaron al o�do. Ozzie deb�a estar de su parte: la parte de la ley y el orden; la de la acusaci�n. Su funci�n no era la de ayudar a la defensa. Eso demuestra que no se puede confiar en los negros, pens� Buckley. Se ayudan entre s� cuando saben que son culpables. Jake indujo a Ozzie a hacer un repaso de la violaci�n y de las personalidades de Cobb y Willard. El relato era mon�tono y repetitivo, y Buckley quer�a protestar, pero no le apetec�a ser nuevamente humillado. Jake intuy� que el fiscal no se mover�a de su silla, e insisti� en los detalles m�s macabros de la violaci�n hasta que, por �ltimo, a Noose se le agot� la paciencia. --Le ruego que prosiga, se�or Brigance. --S�, se�or�a. Sheriff Walls, �detuvo usted a Carl Lee Hailey?. --S�. --�Cree usted que ha matado a Billy Ray Cobb y a Pete Willard? --S�. --�Ha hablado usted con alguien en este condado que crea lo contrario? --No. --�Es del dominio p�blico en este condado la convicci�n de que el se�or Hailey mat� a esos muchachos? --S�. Todo el mundo lo cree. Por lo menos todas las personas con las que yo he hablado. --D�game, sheriff, �circula usted por el condado? --Por supuesto. Mi trabajo consiste en saber lo que ocurre. --�Y habla con mucha gente? --M�s de la que quisiera. --�Ha hablado con alguien que no haya o�do hablar de Carl Lee Hailey? --Una persona tendr�a que ser sorda, muda y ciega para no saber nada sobre Carl Lee Hailey --respondi� lentamente Ozzie, despu�s de una pausa. --�Ha hablado con alguien que no tuviera una opini�n sobre su culpabilidad o inocencia? --No existe tal persona en este condado. --�Podr�a recibir aqu� un juicio imparcial? --No lo s�. Lo que s� s� es que es imposible encontrar doce personas que no lo sepan todo acerca de la violaci�n y del tiroteo.

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--He terminado --dijo Jake, dirigi�ndose a Noose. --�Es �ste su �ltimo testigo? --S�, se�or�a. --�Desea interrogar al testigo, se�or Buckley? El fiscal movi� la cabeza negativamente sin moverse de su asiento. --Bien --dijo el juez--. Nos tomaremos un peque�o descanso. Ruego a los letrados que vengan a mi despacho. Estall� el bullicio en la sala en el momento en que los abogados siguieron al juez y al se�or Pate por la puerta adjunta al estrado. Noose cerr� la puerta de su despacho y se quit� la toga. El se�or Pate le trajo una taza de caf� solo. --Se�ores, estoy pensando en dictar una orden de secreto sumarial hasta que se haya celebrado el juicio. Me preocupa la publicidad y no quiero que sea la prensa quien juzgue el caso. �Alg�n comentario? Buckley parec�a p�lido y trastornado. Abri� la boca, pero no emergi� de ella ning�n sonido. --Buena idea, se�or�a --afirm� dolorosamente Jake--. Hab�a pensado en solicitar dicha orden. --Estoy seguro de ello. Me he percatado de que rehuye la publicidad. �Qu� opina usted, se�or Buckley? --�Para qui�n ser� vinculante? --Para usted, se�or Buckley. A usted y al se�or Brigance les estar� prohibido hablar con la prensa de cualquier aspecto del caso o del juicio. Ser� vinculante para todo el mundo, por lo menos para todo el mundo bajo la jurisdicci�n de este Juzgado: abogados, funcionarios, oficiales del Juzgado, el sheriff. --�Por qu�? --pregunt� Buckley. --No me gusta la idea de que ustedes dos juzguen el caso a trav�s de la prensa. No soy ciego. Ambos luchan por las candilejas y no quiero imaginarme c�mo ser� el juicio. Un circo, eso es lo que ser�. No un juicio, sino un circo --dijo Noose antes de dirigirse a la ventana, refunfu�ar algo, hacer una pausa y seguir refunfu�ando. Los abogados se miraron entre s� y, a continuaci�n, al hombre que segu�a hablando entre dientes en la ventana. --Dicto orden de secreto sumaria, vigente desde este mismo momento y hasta la terminaci�n del juicio --prosigui� el juez. El quebrantamiento de esta orden se considerar� como desacato. No se les permite hablar de ning�n aspecto de este caso con los periodistas. �Alguna pregunta? --No, se�or�a --se apresur� a responder Jake. Buckley mir� a Musgrove y movi� la cabeza. --Ahora regresemos a la sala. Se�or Buckley, usted me ha dicho que dispone de m�s de veinte testigos. �Cu�ntos necesita en realidad? --Cinco o seis. --Eso ya est� mejor. �Qui�nes son? --Floyd Loyd. --�Qui�n es? --El supervisor del primer distrito, Ford County. --�Cu�l es su testimonio? --Ha vivido aqu� cincuenta a�os y hace unos diez que ocupa el cargo. En su opini�n, un juicio imparcial es posible en este condado. --�Supongo que nunca ha o�do hablar del caso? --pregunt� Noose con sarcasmo. --No estoy seguro.

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--�Qui�n m�s? --Nathan Baker. Juez de paz, tercer distrito, Ford County. --�El mismo testimonio? --Pues, b�sicamente, s�. --�Qui�n m�s? --Edgar Lee Baldwin, ex supervisor de Ford County. --�Nose dict� auto de procesamiento contra �l hace unos a�os? --intervino Jake. Jake no hab�a visto nunca a Buckley tan ruborizado. Abri� su enorme boca de par en par y se le empa�aron los ojos. --No le condenaron --exclam� apresuradamente Musgrove. --No he dicho que lo hubieran hecho. S�lo que se hab�a dictado auto de procesamiento contra �l. �No fue el FBI? --Basta, basta --interrumpi� Noose--. �Qu� nos contar� el se�or Baldwin? --Ha vivido aqu� toda la vida. Conoce a la gente de Ford County y cree que el se�or Hailey puede recibir un juicio imparcial --respondi� Musgrove mientras Buckley permaneci� sin habla, con la mirada fija en Jake. --�Qui�n m�s? --El sheriff Harry Bryant, de Tyler County. --�El sheriff Bryant? �Qu� va a contarnos? --Su se�or�a --respondi� Musgrove, que hablaba ahora en nombre de la acusaci�n--, proponemos dos teor�as opuestas a la solicitud de cambio de localidad. En primer lugar, creemos que es posible celebrar un juicio imparcial aqu� en Ford County. En segundo lugar, si la sala opinara que aqu� no se podr�a celebrar un juicio imparcial, la fiscal�a cree que la enorme publicidad ha llegado a todos los miembros potenciales del jurado en este Estado. Los mismos prejuicios y opiniones, a favor y en contra, que existen en este condado est�n tambi�n presentes en los dem�s condados. Por consiguiente, de nada servir�a celebrar el juicio en otro lugar. Disponemos de testigos para apoyar esta segunda teor�a. --Sorprendente concepto, se�or Musgrove. No creo haberlo o�do nunca. --Yo tampoco --agreg� Jake. --�De qu� otros testigos disponen? --Robert Kelly Williams, fiscal del distrito noveno. --�D�nde est� eso? --En el extremo sudoeste del Estado. --�Ha hecho este enorme desplazamiento para declarar que todo el mundo, en sus remotos confines, ha prejuzgado ya el caso? --S�, se�or�a. --�Qui�n m�s? --Grady Liston, fiscal del distrito catorce. --�El mismo testimonio? --S�, se�or�a. --�Es eso todo? --Disponemos de unos cuantos m�s, se�or�a, pero sus declaraciones ser�an bastante parecidas a las de los dem�s testigos. --Bien, �entonces podemos limitar sus pruebas a dichos seis testigos? --S�, se�or�a. --Oir� sus pruebas. Conceder� cinco minutos a cada uno para resumir sus conclusiones y dictar� sentencia en el plazo de dos semanas. �Alguna pregunta? VEINTITR�S

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Era doloroso negarse a hablar con los periodistas. Siguieron a Jake hasta la acera opuesta de Washington Street, donde se disculp� sin comentario alguno y se refugi� en su despacho. Un denodado fot�grafo de Newsweek logr� penetrar en el edificio y pidi� a Jake que posara para una fotograf�a. Quer�a uno de esos retratos importantes de mirada severa, con gruesos libros de cuero de tel�n de fondo. Jake se arregl� la corbata e invit� al fot�grafo a entrar en la sala de conferencias, donde pos� en silencio, como obedeciendo la orden del tribunal. El fot�grafo le dio las gracias y se march�. --�Puede concederme unos minutos? --pregunt� Ethel con suma cortes�a cuando su jefe se dirig�a a la escalera. --Desde luego. --�Por qu� no se sienta? Tenemos que hablar. Por fin se larga, pens� Jake al tiempo que se sentaba junto a la ventana. --�De qu� se trata? --De dinero. --Usted es la secretaria legal mejor pagada de la ciudad. Recibi� un aumento hace s�lo tres meses. --No se trata de mi dinero. Por favor, esc�cheme. No tiene suficiente dinero en el banco para pagar las cuentas de este mes. Estamos casi a finales de junio y los ingresos brutos son de mil setecientos d�lares. Jake cerr� los ojos y se frot� la frente. --F�jese en estas facturas --dijo Ethel, con un pu�ado de documentos en la mano--. Sumara un total de cuatro mil d�lares. �C�mo se supone que debo pagarlos? --�Cu�nto hay en el banco? --El saldo del viernes era de mil novecientos d�lares. Esta ma�ana no se ha ingresado nada. --�Nada? --Ni un c�ntimo. --�Qu� ha ocurrido con los honorarios del caso Liford? Son tres mil d�lares. --Se�or Brigance --respondi� Ethel al tiempo que mov�a la cabeza--, el sumario todav�a no est� cerrado. El se�or Liford no ha dado su conformidad. Usted ten�a que llev�rselo a su casa. Hace tres semanas, �no lo recuerda? --No, no lo recuerdo. �Qu� ha ocurrido con el anticipo de Buck Britt? Son mil d�lares. --Nos dio un cheque sin fondos. El banco nos lo devolvi� y hace dos semanas que est� sobre su escritorio. Usted ya no atiende a sus clientes --suspir� Ethel, despu�s de una pausa No contesta a sus llamadas y... --�No me sermonee, Ethel! --Y lleva un mes de retraso en todo. --Basta ya. --Desde que se hizo cargo del caso Hailey. Es lo �nico en lo que piensa. Est� obsesionado y nos va a hundir. --�Nos? �Cu�ntos salarios ha dejado de cobrar, Ethel? �Cu�ntas cuentas vencidas e impagadas? D�game. --Varias. --�Pero no m�s que de costumbre? --S�, �pero qu� ocurrir� el mes pr�ximo? Todav�a faltan cuatro semanas para el juicio. --Cierre el pico, Ethel. Lim�tese a cerrar el pico. Si la presi�n es excesiva para usted, l�rguese. Y si es incapaz de mantener la boca cerrada la pondr� de patitas en la calle. --�Le gustar�a despedirme, no es cierto? --Me importa usted un r�bano.

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Era una mujer fuerte y dura. Catorce a�os con Lucien hab�an reforzado su coraza y endurecido su conciencia, pero no dejaba de ser una mujer y, en aquel momento, empez� a temblarle el labio y se le humedecieron los ojos. Agach� la cabeza. --Lo siento --susurr�--. S�lo estoy preocupada. --�Qu� le preocupa? --Bud y yo. --�Qu� le ocurre a Bud? --Est� muy enfermo. --Eso ya lo s�. --Su tensi�n sangu�nea es inestable. Especialmente despu�s de las llamadas telef�nicas. Ha tenido tres ataques en los �ltimos cinco a�os y estamos a la espera del pr�ximo. Tenemos mucho miedo. --�Cu�ntas llamadas? --Varias. Han amenazado con incendiarnos la casas o hacerla volar. Siempre nos dicen que saben d�nde vivimos, y que si Hailey es absuelto incendiar�n la casa o colocar�n dinamita bajo ella cuando durmamos. Nos han amenazado un par de veces con matarnos. Simplemente, no vale la pena. --Tal vez deber�a dimitir. --�Y morirnos de hambre? Sabe perfectamente que Bud no trabaja desde hace diez a�os. �D�nde iba yo a encontrar otro empleo? --Esc�cheme, Ethel, yo tambi�n he recibido amenazas, pero no las tomo en serio. He prometido a Carla que abandonar� el caso antes de poner en peligro a mi familia. Eso deber�a tranquilizarla. Usted y Bud procuren relajarse. No deben tomarse en serio las amenazas. El mundo est� lleno de locos. --Eso es precisamente lo que me preocupa. Hay gente bastante loca para cometer alg�n disparate. --No se preocupe demasiado. Le dir� a Ozzie que vigile su casa m�s de cerca. --�Lo har�? --Por supuesto. Han estado vigilando la m�a. Le doy mi palabra, Ethel; no tiene de qu� preocuparse. Probablemente, no son m�s que j�venes gamberros. --Disc�lpeme por llorar y por lo muy irritable que he estado �ltimamente --dijo mientras se secaba los ojos. Hace cuarenta a�os que est� irritable, pens� Jake. --No se preocupe. --�Qu� hacemos con esto? --pregunt�, se�alando las facturas. --Conseguir� el dinero. Olv�delo. Willie Hastings acab� el segundo turno a las diez de la noche y registr� su salida en el reloj autom�tico junto al despacho de Ozzie. Esta noche le tocaba dormir en casa de los Hailey, en el sof�. Alguien dorm�a en el sof� de Gwen todas las noches: un hermano, un primo, o un amigo. Los mi�rcoles le tocaba a �l. Era imposible dormir con las luces encendidas. Tonya se negaba a acercarse a la cama a no ser que estuvieran encendidas todas las luces de la casa. Aquellos hombres podr�an ocultarse en la oscuridad, al acecho. Los hab�a visto muchas veces arrastr�ndose por el suelo hacia su cama y escondidos en armarios oscuros. Hab�a o�do sus voces junto a su ventana y hab�a visto sus ojos irritados que la miraban cuando se preparaba para acostarse. Hab�a o�do ruidos en el desv�n, como los de las botas de vaquero con que la hab�an pateado. Sab�a que estaban ah�, a la espera de que todo el mundo se durmiera, para llev�rsela de nuevo al bosque. Una vez por semana, su madre y su hermano mayor sub�an al desv�n por la escalera plegable con una linterna y una pistola. Ni una sola habitaci�n de la casa pod�a estar a oscuras cuando se acostaba. Una noche, cuando estaba acostada sin pegar ojo junto a su madre, se fundi� una bombilla del pasillo.

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Tonya no dej� de llorar desconsoladamente hasta que el hermano de Gwen fue a Clanton a comprar bombillas en una tienda abierta d�a y noche. Dorm�a con su madre, que la abrazaba con fuerza durante horas hasta que los demonios se perd�an en la noche y se quedaba profundamente dormida. Al principio, Gwen tuvo problemas con las luces, pero despu�s de cinco semanas dorm�a peri�dicamente durante la noche. El peque�o cuerpo de Tonya se sacud�a y contorsionaba incluso cuando dorm�a. Willie dio las buenas noches a los ni�os y un beso a Tonya. Le mostr� su pistola y le prometi� quedarse despierto en el sof�. Dio una vuelta por la casa e inspeccion� los armarios. Tonya, cuando qued� satisfecha, se acost� junto a su madre con la mirada fija en el techo, lloriqueando. Alrededor de la medianoche, Willie se quit� las botas y se relaj� en el sof�. Se quit� el cintur�n y dej� la pistola en el suelo. Estaba casi dormido cuando oy� un grito. Era el grito agudo y horrible de una ni�a torturada. Cogi� la pistola y fue corriendo al dormitorio. Tonya estaba sentada en la cama, de cara a la pared, chillando y temblando. Los hab�a visto por la ventana, al acecho. Gwen la abraz�. Los tres chicos se acercaron a la cama y la miraron sin saber qu� hacer. El mayor, Carl Lee Junior, se acerc� a la ventana y no vio nada. Se hab�a repetido muchas veces en cinco semanas y sab�an que no pod�an hacer gran cosa. Gwen la tranquiliz� y coloc� su cabeza suavemente sobre la almohada. --Est�s a salvo, cari�o. Mam� est� aqu� y el t�o Willie est� aqu�. Nadie te har� ning�n da�o. Tranquil�zate, cari�o. Tonya quer�a que el t�o Willie se sentara bajo la ventana pistola en mano y que sus tres hermanos se acostaran alrededor de su cama. Ocuparon sus puestos. Gimi� lastimosamente durante unos momentos, pero luego se tranquiliz�. Willie se qued� sentado junto a la ventana hasta que estuvieron todos dormidos. Llev� a los ni�os uno por uno a la cama y los arrop�. Y volvi� a sentarse junto a la ventana, a la espera de que saliera el sol. Jake y Atcavage se reunieron el viernes para almorzar en Claude's. Comieron costillas de cerdo y col ali�ada. El local estaba lleno como de costumbre y, por primera vez en cuatro semanas, no hab�a rostros desconocidos. Los clientes habituales charlaban como en los viejos tiempos. Claude estaba en plena forma: chillando y ri�endo a los parroquianos. Era una de esas raras personas capaces de gritarle a la gente y lograr que, sin embargo, se sienta a gusto. Atcavage hab�a presenciado la vista y habr�a declarado si hubiese sido necesario. El banco prefer�a que no lo hiciera y Jake no quer�a causar problemas. Los banqueros tienen un miedo innato a los juzgados, y Jake admiraba a su amigo por sobreponerse a su paranoia asistiendo a la vista y convirti�ndose as� en el primer banquero en la historia de Ford County que hab�a asistido voluntariamente a una vista sin verse obligado a ello por una orden judicial. Jake estaba orgulloso de �l. Claude pas� apresuradamente junto a ellos y les dijo que les quedaban diez minutos, que comieran y cerrasen el pico. Jake acab� de comerse una costilla y se limpi� la cara. --A prop�sito, Stan, hablando de pr�stamos, necesito cinco mil d�lares durante noventa d�as, sin aval. --�Qui�n ha hablado de pr�stamos? --Has dicho algo referente a los bancos. --Cre� que est�bamos condenando a Buckley. Me resultaba divertido. --No deber�as criticar, Stan. Es un h�bito que se adquiere con facilidad, pero imposible de romper. Despoja tu alma de personalidad. --Cu�nto lo siento. �Podr�s perdonarme? --�Qu� me dices del pr�stamo? --De acuerdo. �Para qu� lo necesitas?

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--Esc�chame, Stan, lo �nico que debe preocuparte es si puedo o no devolverte el pr�stamo en noventa d�as. --De acuerdo. �Puedes devolv�rmelo? --Buena pregunta. Claro que puedo. --�Hailey te ha entrampado? --sonri� el banquero. --S� --confes� sonriente el abogado--. Es dif�cil concentrarse en otros temas. El juicio se celebrar� dentro de tres semanas a partir del lunes y, hasta entonces, no podr� concentrarme en otra cosa. --�Cu�nto ganar�s con este caso? --Novecientos menos diez mil --�Novecientos! --S�. �Olvidas que no pudo conseguir un pr�stamo a cambio de su tierra? --Trabajas por muy poco dinero. --Por supuesto. Si le hubieras prestado a Carl Lee el dinero a cambio de su tierra, ahora no tendr�a que pedirte ning�n pr�stamo. --Prefiero prest�rtelo a ti. --Magn�fico. �Cu�ndo me entregar�s el cheque?' --Pareces desesperado. --S� lo mucho que tard�is con vuestras juntas de pr�stamos, inspectores, vicepresidentes por aqu�, vicepresidentes por all�, hasta que, por fin, alg�n vicepresidente aprueba tal vez el pr�stamo m�s o menos al cabo de un mes siempre y cuando lo permitan las normas de la casa y todo el mundo est� de buen humor. S� c�mo funcion�is. --�Te parece bien a las tres? --pregunt� Atcavage despu�s de consultar su reloj. --Supongo. --�Sin aval? Jake se sec� la boca y se inclin� sobre la mesa. --Mi casa es un monumento hist�rico, con hipoteca como tal, y no habr�s olvidado que la financiaci�n de mi coche est� en tus manos. Puedo hipotecar a mi hija con la condici�n de que te mato si intentas arrebat�rmela. �Qu� se te ocurre como aval? --Lamento haberlo preguntado. --�Cu�ndo me entregas el cheque? --A las tres. --Cinco minutos --exclam� Claude, al tiempo que les llenaba los vasos de t�. --Ocho --replic� Jake. --Esc�chame, se�or importante --respondi� Claude con una enorme sonrisa--. Esto no es el Juzgado y su fotograf�a en los peri�dicos aqu� no tiene ning�n valor. He dicho cinco minutos. --No tiene importancia. En todo caso, las costillas estaban duras. --Veo que ha limpiado el plato. Puesto que hay que pagarlas, es preferible com�rselas. --Aumenta el precio cuando hay quejas. --Nos vamos --dijo Atcavage despu�s de ponerse de pie y arrojar un d�lar sobre la mesa. El domingo por la tarde la familia Hailey comi� a la sombra del �rbol, alejada de la violencia del baloncesto. Hab�a llegado la primera ola de calor del verano, y del suelo emanaba una humedad densa y pegajosa que impregnaba incluso la sombra. Gwen ahuyentaba las moscas mientras los ni�os y su pap� com�an pollo frito y sudaban. Los ni�os terminaron apresuradamente de comer para jugar en unos columpios que Ozzie hab�a instalado para los hijos de los internos.

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--�Qu� te hicieron en Whitfield? --pregunt� Gwen. --A decir verdad, nada. Me formularon un mont�n de preguntas y me hicieron algunas pruebas. Un pu�ado de basura. --�C�mo te trataron? --Con esposas y paredes acolchadas. --�En serio? �Te instalaron en una habitaci�n con paredes acolchadas? A Gwen le parec�a c�mico y lleg� incluso a sonre�r. --Desde luego. Me observaban como si fuera un animal. Dijeron que era famoso. Mis guardianes, uno blanco y otro negro, me dijeron que se sent�an orgullosos de m�, que hab�a hecho lo que deb�a, y que ojal� me absuelvan. Se portaron muy bien conmigo. --�Qu� dijeron los m�dicos? --No dir�n nada hasta el d�a del juicio, y entonces declarar�n que estoy perfectamente bien. --�C�mo sabes lo que dir�n? --Me lo ha dicho Jake. Hasta ahora nunca se ha equivocado. --�Ha encontrado a un m�dico? --S�, un loco borracho que ha sacado de alg�n lugar. Dice que es psiquiatra. Hemos hablado un par de veces en el despacho de Ozzie. --�Qu� dice? --Poca cosa. Jake dice que declarar� lo que nosotros queramos. --Debe de ser un m�dico realmente bueno. --Encajar�a perfectamente en Whitfield. --�De d�nde es? --De Jackson, creo. No estaba muy seguro de nada. Actuaba como si fueran a matarlo tambi�n a �l. Jurar�a que las dos veces que ha hablado conmigo estaba borracho. Formul� preguntas que ninguno de nosotros comprendi� y tom� notas con mucha pompa. Dijo que cre�a poder ayudarme. Le pregunt� a Jake sobre �l y me dijo que no me preocupara, que estar�a sobrio en el juicio. Pero creo que Jake tambi�n est� preocupado. --�Entonces por qu� lo utilizamos? --Porque trabaja gratis. Le debe algunos favores a alguien. Un aut�ntico psiquiatra cobra mil d�lares s�lo para evaluarme, y, despu�s, otros mil m�s o menos por declarar en el juicio. Un loquero barato. Sabes perfectamente que no puedo pagarlo. --Tambi�n necesitamos dinero en casa --dijo Gwen, despu�s de dejar de sonre�r y desviar la mirada. --�Cu�nto? --Unos doscientos para comida y saldar cuentas. --�Cu�nto tienes? --No llegan a cincuenta. --Ver� lo que puedo hacer. --�Qu� quieres decir? --pregunt� Gwen, mir�ndole--. �C�mo puedes conseguir dinero en la c�rcel? Carl Lee levant� las cejas y se�al� a su esposa con el dedo. No deb�a formularle preguntas. Todav�a era �l quien llevaba los pantalones, aunque se los pusiera en la c�rcel. �l era el jefe. --Lo siento --susurr� Gwen. VEINTICUATRO

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El reverendo Agee mir� por la rendija de una de las enormes vidrieras de su iglesia y observ� con satisfacci�n la llegada de los impecables Cadillacs y Lincolns poco antes de las cinco de la tarde del domingo. Hab�a convocado una reuni�n del consejo con el fin de analizar la situaci�n del caso Hailey, elaborar una estrategia para las �ltimas tres semanas antes del juicio y hacer los preparativos necesarios para la llegada de los abogados del NAACP. Las colectas semanales hab�an funcionado satisfactoriamente; se hab�an reunido m�s de siete mil d�lares por todo el condado y el reverendo hab�a depositado casi seis mil en una cuenta especial para el Fondo de Defensa Legal de Carl Lee Hailey. No se hab�a entregado nada a la familia. Agee esperaba a que el NAACP le indicara c�mo gastar el dinero, la mayor�a del cual deb�a dedicarse, en su opini�n, al fondo de defensa. Las hermanas de la parroquia pod�an alimentar a la familia, si llegaba a pasar hambre. El dinero se necesitaba para otras cosas. El consejo hablaba de formas de recaudar fondos. No era f�cil obtener dinero de los pobres, pero el tema era candente, el momento propicio, y, si no lo recaudaban ahora, nunca lo har�an. Aceptaron reunirse al d�a siguiente en la iglesia de Springdale, en Clanton. Esperaban la llegada del personal del NAACP por la ma�ana. Nada de prensa; se trataba de una reuni�n de trabajo. Norman Reinfeld ten�a treinta a�os y era un genio del derecho penal, �nico hasta entonces que, habi�ndose licenciado en la Facultad de Derecho de Harvard a los veinti�n a�os, hab�a rechazado a continuaci�n una generosa oferta de trabajo en el prestigioso bufete de su padre y su abuelo en Wall Street para trabajar en su lugar para el NAACP y dedicarse a luchar encarnizadamente con el prop�sito de salvar de la horca a los negros sure�os. Hac�a muy bien su trabajo, pero con escaso �xito, aunque no por culpa suya. La mayor�a de los negros sure�os --como la mayor�a de los blancos sure�os-- con la perspectiva de acabar en la c�mara de gas, merec�an la c�mara de gas. Sin embargo, Reinfeld y su equipo de especialistas en penas capitales ganaban un buen n�mero de casos, e incluso cuando perd�an sol�an mantener vivos a sus defendidos con un inagotable sinf�n de recursos y apelaciones. Entre sus antiguos clientes, cuatro hab�an sido ejecutados en la c�mara de gas, en la silla el�ctrica o con una inyecci�n letal, y eso era demasiado para Reinfeld. Los hab�a visto morir a todos ellos y, con cada ejecuci�n, renovaba su voto de quebrantar cualquier ley, violar cualquier �tica, desacatar a cualquier tribunal, desobedecer a cualquier juez, hacer caso omiso de cualquier mandato o hacer lo que fuera necesario para impedir que un ser humano acabase legalmente con la vida de otro. No le preocupaban demasiado las muertes ilegales de seres humanos, como las perpetradas con crueldad y alevos�a por sus clientes. No formaba parte de su trabajo reflexionar sobre dichas muertes, y no lo hac�a. En su lugar, descargaba su ira y celo justiciero contra las matanzas legales. Raramente dorm�a m�s de tres horas por noche. No era f�cil dormir con treinta y un clientes condenados a muerte, diecisiete pendientes de juicio y ocho engre�dos abogados a los que supervisar. Ten�a treinta a�os y aparentaba cuarenta y cinco. Era viejo, agresivo y malhumorado. Normalmente, habr�a estado demasiado ocupado para asistir a una reuni�n local de pastores negros en Clanton, Mississippi. Pero �ste no era un caso normal. Se trataba de Hailey. El vengador. El padre empujado a desquitarse. El caso penal m�s famoso del pa�s en aquel momento. Esto era Mississippi, donde durante mucho tiempo los blancos hab�an matado a los negros por cualquier raz�n o ninguna, sin que a nadie le importara; donde, para los blancos, violar a las negras se consideraba un deporte; donde se ahorcaba a los negros que ofrec�an resistencia. Y, ahora, un padre negro hab�a matado a dos blancos que hab�an violado a su hija, y se enfrentaba a la perspectiva de acabar en la c�mara de gas por algo que treinta a�os antes habr�a pasado inadvertido si hubiera sido blanco. �ste era el caso, su caso, del que se ocupar�a personalmente. El lunes, el reverendo Agee, que inaugur� la reuni�n con una prolongada y detallada exposici�n de sus actividades en Ford County, le present� al consejo. El discurso de Reinfeld fue breve. �l y su equipo no pod�an representar al se�or Hailey porque no les hab�a contratado. Por consiguiente, era indispensable reunirse con �l. Preferiblemente aquel mismo d�a. A lo sumo, al d�a siguiente por la ma�ana, porque deb�a salir de Memphis en avi�n al mediod�a. Ten�a que asistir a un juicio por asesinato en alg�n lugar de Georgia. El reverendo

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Agee prometi� organizar una reuni�n con el acusado cuanto antes. Ten�a amistad con el sheriff. A Reinfeld le pareci� perfecto, e insisti� en la premura del caso. --�Cu�nto dinero han recaudado? --pregunt� Reinfeld. --Quince mil por parte de ustedes --respondi� Agee. --Eso ya lo s�. �Cu�nto a nivel local? --Seis mil --dijo Agee, con orgullo. --�Seis mil! --repiti� Reinfeld--. �Eso es todo? Cre� que estaban bien organizados. �D�nde est� ese enorme apoyo local del que nos hablaba? �Seis mil! �Cu�nto m�s pueden recaudar? Disponemos s�lo de tres semanas. Los miembros del consejo guardaban silencio. Vaya desfachatez la de ese jud�o. El �nico blanco del grupo y les atacaba. --�Cu�nto se necesita? --pregunt� Agee. --Eso depende, reverendo, de lo buena que deba ser la defensa del se�or Hailey. S�lo dispongo de otros ocho abogados en mi equipo. Cinco de ellos tienen juicios entre manos en estos momentos. Tenemos treinta y una condenas a muerte en distintos niveles de apelaci�n, diecisiete juicios en diez Estados programados para los pr�ximos cinco meses, y cada semana recibimos diez solicitudes para representar a alg�n acusado, ocho de las cuales nos vemos obligados a rechazar por falta de personal y dinero. Para el caso del se�or Hailey, dos sucursales regionales y la oficina central han aportado quince mil. Ahora usted me comunica que a nivel local s�lo han recaudado seis mil. Esto suma veinti�n mil. Por esa cantidad, dispondr� de la mejor defensa que nos podamos permitir. Dos abogados y por lo menos un psiquiatra, pero nada especial. Con veinti�n mil se paga una buena defensa, pero no la que yo anticipaba. --�Qu� era exactamente lo que usted anticipaba? --Una defensa de primer orden. Tres o cuatro abogados. Un equipo de psiquiatras. Media docena de investigadores. Un psic�logo para el jurado. Etc�tera. �ste no es un caso com�n de asesinato. Quiero ganarlo. Ten�a entendido que ustedes tambi�n quer�an ganarlo. --�Cu�nto? --pregunt� Agee. --Cincuenta mil, como m�nimo. Cien mil ser�a preferible. --Esc�cheme, se�or Reinfeld, est� usted en Mississippi. Nuestra gente es pobre. Hasta ahora han dado con generosidad, pero aqu� no podemos en modo alguno recaudar otros treinta mil. Reinfeld se ajust� las gafas de concha y rasc� su canosa barba. --�Cu�nto m�s pueden recaudar? --Tal vez otros cinco mil. Eso no es mucho. --No para usted, pero s� para los negros de Ford County. Reinfeld baj� la mirada al suelo, sin dejar de acariciarse la barba. --�Cu�nto ha aportado la sucursal de Memphis? --Cinco mil --respondi� alguien de Memphis. --�Atlanta? --Cinco mil. --�Y la sucursal estatal? --�De qu� Estado? --Mississippi. --Nada. --�Nada? --Nada. --�Por qu� no?

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--Preg�nteselo a �l --respondi� Agee, se�alando al reverendo Henry Hillman, director estatal. --Pues... lo estamos intentando en estos momentos --declar� sumisamente Hillman--. Pero... --�Cu�nto han recaudado hasta ahora? --pregunt� Agee. --Bueno, el caso es que... --Nada, �no es cierto? No han recaudado nada, �verdad, Hillman? --exclam� Agee. --Vamos, Hillman, d�ganos cu�nto han recaudado --agreg� el reverendo Roosevelt, vicepresidente del consejo. Hillman estaba aturdido y sin habla. Hasta entonces hab�a estado sentado en el primer banco, sin meterse con nadie, medio dormido, y, de pronto, era v�ctima de un ataque. --La sucursal estatal aportar� su contribuci�n. --Claro que lo har�, Hillman. Ustedes no dejan de presionarnos para que contribuyamos a una causa u otra, pero nunca vemos ni un centavo. Siempre se quejan de que no tienen dinero y siempre les estamos mandando fondos. Pero cuando necesitamos ayuda lo �nico que saben hacer es venir con buenas palabras. --Eso no es cierto. --No empiece a mentir, Hillman. Reinfeld se sent�a inc�modo e inmediatamente consciente de que se hab�an herido ciertas susceptibilidades. --Caballeros, caballeros, prosigamos --dijo con diplomacia. --Buena idea --agreg� Hillman. --�Cu�ndo podremos reunirnos con el se�or Hailey? --pregunt� Reinfeld. --Organizar� una reuni�n por la ma�ana --respondi� Agee. --�D�nde podremos reunirnos? --Sugiero que lo hagamos en el despacho del sheriff Walls, en la c�rcel. Supongo que ya sabe que es negro, el �nico sheriff negro en Mississippi. --S�, eso me han dicho. --Creo que nos permitir� utilizar su despacho. --Bien. �Qui�n es el abogado del se�or Hailey? --Un muchacho de aqu�. Jake Brigance. --No olvide invitarlo a la reuni�n. Le pediremos que nos ayude en el caso. Le resultar� menos doloroso. La insolente y chillona voz de Ethel rompi� la tranquilidad de la tarde y sobresalt� a su jefe. --Se�or Brigance, el sheriff Walls por la l�nea dos --dijo por el intercomunicador. --De acuerdo. --�Necesita algo m�s de m�, se�or? --No. Nos veremos por la ma�ana --respondi� Jake, antes de pulsar el bot�n de la l�nea dos--. Hola, Ozzie, �qu� me cuentas? --Oye, Jake, tenemos a un mont�n de personajes del NAACP en la ciudad. --Vaya emoci�n. --No, esc�chame, en esta ocasi�n es distinto. Quieren reunirse con Carl Lee por la ma�ana. --�Para qu�? --Es cosa de un individuo llamado Reinfeld. --He o�do hablar de �l. Es el jefe de su equipo de defensores penales. Norman Reinfeld. |--S�, eso es.

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--Me lo esperaba. --Bien, est� aqu� y quiere hablar con Carl Lee. --�Por qu� est�s involucrado? --El reverendo Agee me ha llamado. Evidentemente para pedirme un favor. Quiere que te llame. --La respuesta es no. Definitivamente no. --Jake, quieren que est�s presente --dijo Ozzie, despu�s de una prolongada pausa. --�Quieres decir que me han invitado? --S�. Agee dice que Reinfeld ha insistido. Quiere que est�s presente. --�D�nde? --En mi despacho, a las nueve de la ma�ana. --De acuerdo, ah� estar� --respondi� lentamente Jake, despu�s de respirar hondo--. --�D�nde est� Carl Lee? --En su celda. --Ll�valo a tu despacho. Estar� ah� dentro de cinco minutos. --�Para qu�? --Tenemos que rezar un poco juntos. Reinfeld y los reverendos Agee, Roosevelt y Hillman estaban sentados en una hilera perfecta de sillas plegables, frente al sheriff, el acusado y Jake, que fumaba un cigarro barato con el prop�sito de contaminar el ambiente del peque�o despacho. Soltaba grandes bocanadas de humo y miraba despreocupadamente al suelo, para dar la impresi�n de que lo �nico que Reinfeld y los pastores le inspiraban era desprecio. Reinfeld tampoco se quedaba corto en el terreno de la soberbia, y no hac�a el menor esfuerzo por ocultar su desd�n por aquel insignificante abogado pueblerino. Era arrogante e insolente por naturaleza. Jake ten�a que esforzarse. --�Qui�n ha convocado esta reuni�n? --pregunt� Jake con impaciencia, despu�s de un prolongado y embarazoso silencio. --Bien, supongo que he sido yo --respondi� Agee, mientras interrogaba a Reinfeld con la mirada, en busca de orientaci�n. --Entonces prosiga. �Qu� desea? --Tranquilo, Jake --dijo Ozzie--. El reverendo Agee me ha pedido que organizara esta reuni�n para que Carl Lee pudiera conocer al se�or Reinfeld aqu� presente. --Bien, ya se conocen. �Y ahora qu�, se�or Reinfeld? --He venido para ofrecerle al se�or Hailey mis servicios, los de mi equipo y los de todo el NAACP --respondi� Reinfeld. --�Qu� clase de servicios? --pregunt� Jake. --Jur�dicos, por supuesto. --Carl Lee, �le has pedido al se�or Reinfeld que viniera?--pregunt� Jake. --No. --A m� me parece un caso de solicitaci�n indebida, se�or Reinfeld. --D�jese de monsergas, se�or Brigance. Usted sabe lo que hago y por qu� estoy aqu�. --�De modo que se dedica a solicitar todos sus casos? --No solicitamos nada. Acudimos a la llamada de miembros locales del NAACP y de otros activistas de derechos civiles. Nos ocupamos exclusivamente de casos de asesinato y hacemos muy bien nuestro trabajo. --�Debo suponer que usted es el �nico abogado competente para casos de esta magnitud? --Me he ocupado de unos cuantos.

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--Y perdido bastantes. --La mayor�a eran casos perdidos de antemano. --Comprendo. �Es �sa su actitud en este caso? �Espera perderlo? --No he venido para discutir con usted, se�or Brigance --respondi� Reinfeld al tiempo que se rascaba la barba y miraba fijamente a Jake. --Lo s�. Ha venido para ofrecer su formidable pericia jur�dica a un acusado que nunca ha o�do hablar de usted y que ya est� satisfecho con su abogado. Ha venido para arrebatarme a mi cliente. S� exactamente a que ha venido. --He venido porque el NAACP me ha invitado. Ni m�s ni menos. --Comprendo. �Recibe todos sus casos del NAACP? --Trabajo para el NAACP, se�or Brigance. Soy el jefe de su equipo de defensores penales. Acudo donde me manda el NAACP. --�Cu�ntos clientes tiene? --Varias docenas. �Por qu�; le importa? --�Ten�an todos ellos abogado antes de que usted les arrebatara el caso? --Unos s� y otros no. Siempre procuramos trabajar con el defensor local. --Esto es maravilloso --se�or Jake--. Me ofrece la oportunidad de llevar su malet�n y conducirle por Clanton. Puede que incluso tenga el honor de traerle un bocadillo en el descanso. Vaya emoci�n. Carl Lee permanec�a inm�vil, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto de la alfombra. Los pastores lo observaban atentamente, a la espera de que se dirigiera a su abogado para ordenarle que cerrara el pico, que estaba despedido y que los abogados del NAACP se ocupar�an del caso. Observaban y esperaban, pero Carl Lee permanec�a impasible, a la escucha. --Tenemos mucho que ofrecer, se�or Hailey --dijo Reinfeld, convencido de que era preferible conservar la calma hasta que el acusado decidiera qui�n deb�a representarle y que una discusi�n podr�a estropearlo todo. --�A saber? --pregunt� Jake. --Personal, recursos, pericia, abogados expertos dedicados exclusivamente a casos de asesinato, adem�s de numerosos m�dicos sumamente competentes que utilizamos en estos casos. Disponemos de todo lo que se le pueda ocurrir. --�De cu�nto dinero disponen? --Eso no es de su incumbencia. --�Usted cree? �Es de la incumbencia del se�or Hailey? Despu�s de todo, es su caso. Tal vez al se�or Hailey le interese saber de cu�nto dinero dispone para gastar en su defensa. �Verdad, se�or Hailey? --S�. --Entonces, se�or Reinfeld, �de cu�nto dinero dispone? Reinfeld mir� acoquinado a los reverendos, que miraban fijamente a Carl Lee. --Aproximadamente veinte mil, hasta ahora --confes� sumisamente Reinfeld. --�Veinte mil! --ri� Jake, al tiempo que mov�a la cabeza con incredulidad--. �Debemos suponer que est�n hablando en serio? �Veinte mil! Cre� que jugaban en primera divisi�n. El a�o pasado recaudaron ciento cincuenta mil para el asesino de un polic�a en Birmingham. A quien, dicho sea de paso, condenaron. Gastaron cien mil para una prostituta de Shreveport que hab�a asesinado a un cliente. A quien tambi�n cabe recordar que condenaron. Y les parece que este caso s�lo vale veinte mil. --�De cu�nto dispone usted? --pregunt� Reinfeld. --Si logra convencerme de que es de su incumbencia tendr� mucho gusto en cont�rselo. Reinfeld abri� la boca, se inclin� y se frot� las sienes. --Por qu� no habla usted con �l, reverendo Agee.

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Los pastores miraban fijamente a Carl Lee. Les habr�a gustado estar. a solas con �l, sin ning�n blanco presente, para poder hablarle como a un negro. Podr�an explicarle c�mo eran las cosas, ordenarle que despidiera a su joven abogado blanco y contratara a unos aut�nticos defensores: los del NAACP. Defensores que sab�an c�mo luchar por los negros. Pero no estaban a solas con �l y no pod�an presionarlo. Deb�an mantener el respeto por los blancos presentes. --Esc�chame, Carl Lee, lo que pretendemos es ayudarte. Hemos tra�do al se�or Reinfeld, aqu� presente, con su equipo de abogados a tu disposici�n, para ayudarte. No tenemos nada contra Jake; es un buen abogado; joven. Pero puede trabajar con el se�or Reinfeld. No queremos que lo despidas, sino que contrates tambi�n al se�or Reinfeld. Pueden trabajar juntos. --Olv�denlo --dijo Jake. Agee hizo una pausa para mirar con desesperaci�n a Jake. --Te lo ruego, Jake. No tenemos nada contra ti. Es una gran oportunidad para ti. Puedes trabajar con abogados realmente importantes. Adquirir una buena experiencia. Nosotros... --Perm�tame que se lo aclare, reverendo. Si Carl Lee quiere contratar a sus abogados, all� �l. Pero no pienso trabajar de fact�tum para nadie. Trabajo o no trabajo. Sin medias tintas. Mi caso o su caso. En la Audiencia no hay suficiente espacio para m�, Reinfeld y Rufus, Buckley. Reinfeld levant� la mirada al cielo y movi� negativamente la cabeza, con una sonrisa de arrogancia. --�Es decir que la decisi�n depende de Carl Lee? --pregunt� el reverendo Agee. --Claro que depende de �l. �l es quien me ha contratado y quien puede despedirme. Ya lo ha hecho en una ocasi�n. No soy yo quien se enfrenta a la perspectiva de acabar en la c�mara de gas. --�Qu� nos dices, Carl Lee? --pregunt� Agee. --�Para qu� son esos veinte mil? --pregunt� Carl Lee, despu�s de separar los brazos y mirar fijamente a Agee. --A decir verdad --respondi� Reinfeld--, son casi treinta mil. La junta local ha prometido otros diez mil. El dinero se utilizar� para su defensa. Ni un centavo para los honorarios de los abogados. Necesitaremos dos o tres investigadores. Dos, o tal vez tres, expertos en psiquiatr�a. A menudo utilizamos a un psic�logo para ayudarnos a seleccionar el jurado. Nuestras defensas son muy caras. --Comprendo. �Cu�nto dinero se ha recaudado entre la poblaci�n local? --pregunt� Carl Lee. --Unos seis mil --respondi� Reinfeld. --�Qui�n lo ha recaudado? Reinfeld mir� a Agee. --Las parroquias --respondi� el reverendo. --�A qui�n lo han entregado las parroquias? --pregunt� Carl Lee. --A nosotros --respondi� Agee. --Quiere decir a usted --afirm� Carl Lee. --Bueno, s�. Lo que quiero decir es que cada parroquia me ha entregado el dinero y lo he depositado en una cuenta bancaria especial. --Claro. �Y ha depositado todo lo que le han entregado? --Por supuesto. --Por supuesto. Perm�tame que le formule otra pregunta. �Cu�nto les ha ofrecido a mi esposa e hijos? Agee estaba un poco p�lido, o todo lo p�lido que pod�a estar, y escudri�� el rostro de los dem�s pastores, cuya atenci�n estaba en aquel momento concentrada en un bichito de la alfombra. No le ofrecieron ninguna ayuda. Todos sab�an que Agee se hab�a quedado con su

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tajada y que la familia no hab�a recibido un centavo. Agee se hab�a aprovechado de ese dinero en lugar de la familia. Ellos lo sab�an y Carl Lee lo sab�a. --�Cu�nto, reverendo? --repiti� Carl Lee. --El caso es que pensamos que el dinero... --�Cu�nto, reverendo? --El dinero servir� para cubrir los gastos jur�dicos y cosas por el estilo. --No fue eso lo que les cont� a los feligreses, �verdad, reverendo? Usted les dijo que era para ayudar a la familia. Casi se le saltaban las l�grimas cuando dijo en la iglesia que mi familia se morir�a de hambre si no daban todo lo que pod�an. �No es cierto, reverendo? --El dinero es para ti, Carl Lee. Para ti y para tu familia. En estos momentos creemos que es preferible dedicarlo a tu defensa. --�Y qu� ocurre si no quiero contratar a sus abogados? �Qu� ocurrir� con los veinte mil? --Buena pregunta --ri� Jake--. �Qu� ocurrir� con el dinero si el se�or Hailey no desea contratarle, se�or Reinfeld? --No es mi dinero --respondi� Reinfeld. --�Reverendo Agee? --pregunt� Jake. El reverendo ya estaba harto, y adopt� una actitud provocativa y beligerante. --Esc�chame, Carl Lee --exclam�, se�al�ndolo con el dedo. Nos hemos roto el trasero para recaudar esta cantidad. Seis mil d�lares entre los pobres de este condado, a quienes no les sobra ni un centavo. Hemos trabajado mucho para conseguir este dinero, que han aportado los pobres, tu gente, personas con subsidios alimentarios, pensiones m�dicas y de la seguridad social, que necesitan hasta el �ltimo d�lar. Pero que han dado por una raz�n y s�lo una: creen en ti y en lo que hiciste, y quieren que salgas absuelto del Juzgado. No desprecies su ayuda. --No me sermonee --respondi� Carl Lee, sin levantar la voz--. �Dice que los pobres de este condado han aportado seis mil d�lares? --Exactamente. --�De d�nde procede el resto del dinero? --Del NAACP. Cinco mil de Atlanta, cinco de Memphis y cinco de la central nacional. Exclusivamente para los gastos de tu defensa. --�A condici�n de que contrate al se�or Reinfeld? --Exactamente. --�Y, si no lo hago, desaparecen los quince mil? --Exactamente. --�Qu� ocurrir� con los otros seis mil? --Buena pregunta. Todav�a no hemos hablado de ello. Supon�amos que agradecer�as que recaud�ramos dinero para ayudarte. Te ofrecemos los mejores abogados y, evidentemente, no te importa. La sala se sumi� en un profundo silencio, mientras los pastores, los abogados y el sheriff esperaban alguna declaraci�n por parte del acusado. Carl Lee se mord�a el labio inferior con la mirada fija en el suelo. Jake encendi� otro cigarro. Lo hab�an despedido ya en una ocasi�n, y lo soportar�a si se repet�a. --�Necesitan saberlo ahora mismo? --pregunt� finalmente Carl Lee. --No --respondi� Agee. --S� --dijo Reinfeld--. El juicio se celebrar� dentro de tres semanas y llevamos ya dos meses de retraso. Estoy demasiado ocupado para estar pendiente de usted, se�or Hailey. Contr�teme u olv�delo. Tengo que coger un avi�n. --Le dir� lo que puede hacer, se�or Reinfeld. Coja su avi�n y, por lo que a m� concierne, no se moleste en volver a Clanton. Me arriesgar� con mi amigo Jake.

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VEINTICINCO El concili�bulo de Ford County se fund� a medianoche, jueves once de julio, en un peque�o prado junto al camino en alg�n lugar rec�ndito del bosque, en la zona septentrional del condado. Los seis ne�fitos estaban nerviosos frente a una gigantesca cruz en llamas, y repet�an los extra�os vocablos que pronunciaba un brujo. Un drag�n y dos docenas de miembros del Klan, con sus t�nicas blancas, observaban y cantaban en los momentos apropiados. Un silencioso guardia armado junto al camino observaba de vez en cuando la ceremonia, pero, sobre todo, vigilaba para desalentar a cualquier intruso. No hubo ninguno. Exactamente a medianoche, los seis se arrodillaron y cerraron los ojos cuando se colocaron ceremoniosamente las capuchas blancas sobre sus cabezas. Los seis que acababan de convertirse en miembros del Klan eran Freddie Cobb, hermano del difunto, Jerry Maples, Clifton Cobb, Ed Wilburn, Morris Lancaster y Terrell Grist. El gran drag�n se acerc� a cada uno de ellos y cant� sobre sus cabezas el sagrado juramento de la instituci�n. Las llamas de la cruz abrasaban los rostros de los nuevos miembros arrodillados, que se asfixiaban bajo sus t�nicas y capirotes. Con sus enrojecidos rostros empapados de sudor, rezaban fervorosamente para que el drag�n se dejara de pamplinas y concluyera la ceremonia. Cuando cesaron los c�nticos, los ne�fitos se levantaron y se alejaron r�pidamente de la cruz. Recibieron el abrazo de sus nuevos hermanos, que los agarraron por los hombros y pronunciaron pr�stinos sortilegios junto a sus sudorosos cuellos. Despu�s de quitarse sus gruesas capuchas, los miembros del Klan, tanto los nuevos como los antiguos, abandonaron altivamente el peque�o prado para dirigirse a una r�stica caba�a al otro lado del sendero. El mismo guardia armado vigilaba la puerta, mientras, en el interior, el whisky circulaba a discreci�n y se hac�an planes para el juicio de Carl Lee Hailey. El agente Pirtle hac�a el turno de noche, de diez a seis, y hab�a parado en un restaurante de la carretera del norte llamado Gurdy's, que estaba abierto toda la noche, para tomar un caf� y comer un bocado, cuando oy� por la radio que requer�an su presencia en la c�rcel. Pasaban tres minutos de la medianoche, viernes de madrugada. Pirtle dej� lo que estaba comiendo y condujo un par de kil�metros hacia el sur. --�Qu� ocurre? --pregunt� al agente de guardia. --Hace unos minutos se ha recibido una llamada an�nima de alguien que busca al sheriff. Le he dicho que el sheriff no estaba y ha respondido que hablar�a con el oficial de guardia. �se eres t�. Dice que es muy importante y que volver� a llamar dentro de quince minutos. Pirtle se sirvi� una taza de caf� y se acomod� en el enorme sill�n de Ozzie. Son� el tel�fono. --Es para ti --dijo el agente de guardia. --Diga --respondi� Pirtle. --�Qui�n es usted? --pregunt� la voz. --Joe Pirtle, ayudante del sheriff. �Con qui�n hablo? --�D�nde est� el sheriff? --Durmiendo, supongo. --Bien, esc�cheme y preste atenci�n, porque esto es muy importante y no pienso volver a llamar. �Conoce a ese negro, Hailey? --S�. --�Conoce a su abogado, Brigance? --S�. --Entonces, esc�cheme. En alg�n momento entre ahora y las tres de la madrugada van a hacer volar su casa. --�Qui�n? --Brigance.

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--S�, �pero qui�n va a hacer volar la casa? --Eso no importa, agente, pr�steme atenci�n. No es una broma y, si cree que lo es, qu�dese ah� sentado a la espera de que la casa vuele por los aires. Puede ocurrir en cualquier momento. Se hizo un silencio, pero no colg� el tel�fono. Pirtle segu�a escuchando. --�Est� usted ah�? --Buenas noches, agente --dijo entonces, antes de colgar. --�Lo has o�do? --pregunt� Pirtle al agente de guardia. --Por supuesto. --Llama a Ozzie y dile que vaya a casa de Brigance. Yo me dirijo all� ahora. Pirtle ocult� su coche patrulla en la entrada de una casa de Monroe Street y cruz� el jard�n de la casa de Jake. No vio nada. Eran las doce cincuenta y cinco. Dio la vuelta a la casa con su linterna y no detect� nada extra�o. Todas las casas de la calle estaban a oscuras y tranquilas. Afloj� la bombilla de la l�mpara de la entrada y se sent� en una silla de mimbre, a la espera. El coche de importaci�n, de aspecto estramb�tico, estaba aparcado bajo la terraza junto al Oldsmobile. Decidi� esperar a Ozzie antes de hablar con Jake. Aparecieron unos faros al fondo de la calle. Pirtle se recost� en la silla, seguro de que no pod�an verle. Una camioneta roja se acerc� conspicuamente a la casa de Brigance, pero no se detuvo. Se puso de pie y vio c�mo se alejaba por la calle. Al cabo de unos momentos, vio dos sombras que se acercaban corriendo desde la plaza. Desabroch� su pistolera y desenfund� su arma reglamentaria. El que iba en cabeza era m�s corpulento que el que le segu�a, y parec�a correr con mayor gracia y agilidad. Era Ozzie. El segundo era Nesbit. Pirtle se reuni� con ellos en el jard�n y se ocultaron al amparo de la oscuridad. Susurraban entre s� y vigilaban la calle. --�Qu� ha dicho exactamente? --pregunt� Ozzie. --Ha dicho que alguien iba a volar la casa de Jake entre ahora y las tres de la madrugada, y que no era una broma. --�Eso es todo? --S�. No parec�a que le apeteciera charlar. --�Cu�nto hace que est�s aqu�? --Veinte minutos. --Dame la radio y ve a esconderte en el jard�n posterior --le dijo Ozzie a Nesbit--. No hagas ruido y mant�n los ojos bien abiertos. Nesbit se dirigi� a la parte trasera de la casa y encontr� un peque�o agujero entre los matorrales, junto a la verja. Entr� a gatas y se ocult� en los arbustos. Desde su escondite, ve�a toda la parte trasera de la casa. --�Vas a avisar a Jake? --pregunt� Pirtle. --Todav�a no. Tal vez lo haremos dentro de unos minutos. Si llamamos a la puerta empezar�n a encender luces y ahora seria contraproducente. --S�, �pero qu� ocurrir� si Jake nos oye y empieza a disparar contra nosotros? Puede que nos tome por un par de negros que pretenden robar en su casa. Ozzie vigilaba la calle sin decir palabra. --Esc�chame, Ozzie, ponte en su lugar. La polic�a ha rodeado tu casa a la una de la madrugada, a la espera de que alguien arroje una bomba. �Te quedar�as durmiendo tranquilamente o preferir�as saber lo que ocurre? Ozzie estudi� las casas lejanas. --Escucha, sheriff, creo que debemos despertarlos. �Qu� ocurrir� si no logramos impedirlo y hay alg�n herido en la casa? Nos culpar�n a nosotros, �no es cierto? Ozzie se puso de pie y puls� el bot�n del timbre.

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--Afloja esta bombilla --dijo, al tiempo que se�alaba la l�mpara de la entrada. --Ya lo he hecho. Ozzie llam� de nuevo. Se abri� la puerta, apareci� Jake y mir� fijamente al sheriff. Llevaba un camis�n arrugado que le cubr�a las rodillas y--un rev�lver del treinta y ocho, cargado, en la mano. --�Qu� ocurre, Ozzie? --�Puedo pasar? --S�. �Qu� ocurre? --No te muevas de ah� --dijo Ozzie dirigi�ndose a Pirtle--. Volver� dentro de un momento. Ozzie cerr� la puerta y apag� la luz del vest�bulo. Se sentaron en la sala de estar a oscuras, vigilando la entrada y el jard�n. --Empieza a hablar --dijo Jake. --Hace aproximadamente media hora hemos recibido una llamada an�nima, seg�n la cual alguien se propone hacer volar tu casa entre ahora y las tres de la madrugada. Nos la hemos tomado en serio. --Gracias. --Tengo a Pirtle en la entrada y a Nesbit en el jard�n posterior. Hace unos diez minutos, Pirtle ha visto una camioneta que parec�a interesarse mucho por la casa, pero eso es todo. --�Hab�is examinado los alrededores? --S�, nada. Todav�a no han venido. Pero algo me dice que va en serio. --�Por qu�? --S�lo una corazonada. Jake dej� el rev�lver sobre el sof� y se frot� las sienes. --�Qu� crees que debemos hacer? --Esperar. Es lo �nico que podemos hacer. �Tienes alg�n rifle? --Tengo suficientes armas para invadir Cuba. --�Por qu� no te vistes y las traes? Apu�state junto a una de esas lindas ventanas del primer piso. Nosotros nos esconderemos fuera y esperaremos. --�Tienes bastantes hombres? --S�, creo que s�lo ser�n uno o dos. --�Qui�nes son? --No lo sabemos. Podr�a tratarse del Klan, o de alguien que act�a por cuenta propia. �Qui�n sabe? Estaban ambos meditabundos, con la mirada fija en la oscuridad de la calle. Ve�an la cabeza de Pirtle, recostado en la silla de mimbre junto a la ventana. --�Recuerdas, Jake, a aquellos tres defensores de los derechos civiles que el Klan asesin� en el sesenta y cuatro, cuyos cad�veres se hallaron sepultados en un dique en alg�n lugar de Philadelphia? --Claro que lo recuerdo. Todav�a era un ni�o, pero lo recuerdo. --Nunca..Nunca los habr�amos encontrado de no haber sido porque alguien nos dijo d�nde estaban. Ese alguien formaba parte del Klan. Un chivato. Al parecer, esto siempre ocurre en el Klan. Alguien desde el interior se chiva. --�Crees que se trata del Klan? --Eso parece. Si s�lo fueran uno � dos que actuaran por cuenta propia, �qui�n lo sabr�a? Cuanto m�s numeroso es el grupo, mayores las posibilidades de que alguien se vaya de la lengua. --Parece l�gico, pero, por alguna raz�n, no me tranquiliza. --Claro que tambi�n podr�a tratarse de una broma.

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--No veo que nadie se r�a. --�Vas a avisar a tu esposa? --S�. Ser� mejor que lo haga. --Yo tambi�n lo har�a. Pero no se te ocurra empezar a encender las luces. Podr�as asustarlos. --Ojal�. --Pero yo prefiero capturarlos. Si no los cogemos ahora, volver�n a intentarlo y puede que la pr�xima vez olviden llamarnos con antelaci�n. Carla se visti� apresuradamente en la oscuridad. Estaba aterrada. Jake acost� a Hanna en el sof� de la sala de estar, donde farfull� algo y volvi� a quedarse dormida. Carla le sosten�a la cabeza y miraba a Jake, que cargaba el rifle. --Estar� arriba en el cuarto de los invitados. No enciendas ninguna luz. La polic�a tiene la casa rodeada, de modo que no tienes por qu� preocuparte. --�Que no me preocupe! �Est�s loco? --Procura dormir. --�Dormir! Jake, debes de haber perdido el sentido. No esperaron mucho. Desde su puesto estrat�gico entre los matorrales frente a la casa, Ozzie fue el primero en verlo: un personaje solitario, que se acercaba tranquilamente por la calle en direcci�n contraria a la plaza. Llevaba en las manos alg�n tipo de paquete o caja. A dos casas de distancia, abandon� la calle para cruzar los jardines de los vecinos. Ozzie desenfund� el rev�lver y la porra, y vio c�mo avanzaba directamente hacia �l. Jake lo ten�a en el punto de mira de su rifle de caza. Pirtle se desliz� como una serpiente por la terraza hasta situarse entre los matorrales, listo para el ataque. De pronto, el personaje cruz� el c�sped de la casa contigua y lleg� junto a la de Jake. Cuando acababa de colocar la caja bajo el dormitorio de Jake y dio media vuelta para huir corriendo, una enorme porra de madera negra descendi� violentamente sobre el costado de su cabeza, partiendo en dos su oreja derecha cuyos fragmentos permanec�an precariamente unidos a su cara. Dio un grito y cay� al suelo. --�Ya lo tengo! --exclam� Ozzie al tiempo que Pirtle y Nesbit se acercaban a la carrera. Jake descendi� sosegadamente por la escalera. --Volver� dentro de un momento --le dijo a Carla. Ozzie agarr� al sospechoso por el cuello y lo sent� junto a la casa. Estaba consciente, pero aturdido. La caja se encontraba a pocos cent�metros. --�C�mo te llamas? --pregunt� Ozzie. El individuo refunfu�� y se llev� las manos a la cabeza, pero no respondi�. --Te he hecho una pregunta --dijo Ozzie, muy cerca del sospechoso. Pirtle y Nesbit estaban a pocos metros, pistola en mano, demasiado asustados para hablar o moverse. Jake contemplaba fijamente la caja. --No le dir� nada --respondi�. Ozzie levant� la porra y le propin� un soberano golpe en el tobillo derecho. El ruido del hueso al fracturarse fue escalofriante. Gimi� y se agarr� la pierna. Ozzie le dio un puntapi� en la cara. Cay� de espaldas y se golpe� la cabeza contra la pared de la casa antes de contorsionarse con quejidos de dolor. Jake se agach�, acerc� el o�do a la caja y retrocedi� inmediatamente. --Hace tictac --susurr�. Ozzie se volc� sobre el sospechoso y coloc� suavemente la porra sobre su nariz. --Voy a hacerte una �ltima pregunta antes de romperte todos los huesos. �Qu� hay en la caja? Silencio.

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Ozzie levant� la porra y le rompi� el otro tobillo. --�Qu� hay en la caja? --exclam�. --�Dinamita! --gimi� angustiado. A Pirtle se le cay� el rev�lver de las manos. A Nesbit se le subi� la sangre a la cabeza y se apoy� contra el muro de la casa. Jake empalideci� y le temblaron las rodillas. --�Coge las llaves del coche! --exclam� mientras entraba corriendo en su casa, dirigi�ndose a Carla--. �Coge las llaves del coche! --�Para qu�? --pregunt� nerviosa. --Haz lo que te digo. Coge las llaves y s�bete al coche. Cogi� a Hanna en brazos, sali� por la puerta de la cocina y coloc� a la ni�a en el asiento trasero del Cutlass de Carla. --M�rchate y no vuelvas hasta dentro de treinta minutos. --�Qu� ocurre, Jake? --pregunt�. --Te lo contar� luego. Ahora no hay tiempo. M�rchate inmediatamente. Vete a dar vueltas hasta dentro de media hora. No te acerques a esta calle. --�Por qu�, Jake? �Qu� hab�is encontrado? --Dinamita. Sali� en retroceso y desapareci�. Cuando Jake regres� junto a la casa hab�an esposado la mano izquierda del sospechoso al contador del gas, al lado de la ventana. Gem�a, farfullaba y echaba maldiciones. Ozzie levant� cuidadosamente la caja por el asa y la coloc� con cautela entre las piernas del sospechoso. A continuaci�n le dio un puntapi� en cada tobillo para obligarle a abrir las piernas, y aument� el volumen de sus quejidos. Ozzie, Jake y los agentes se retiraron lentamente y lo observaron. El sospechoso empez� a llorar. --No s� c�mo desarmarla --dijo entre dientes. --Te conviene aprender cuanto antes --replic� Jake en un tono un poco m�s fuerte. El sospechoso cerr� los ojos y agach� la cabeza. Respiraba ruidosa y aceleradamente mientras se mord�a el labio. Ten�a la mand�bula y las cejas empapadas de sudor. Su oreja partida colgaba como una hoja en oto�o. --Necesito una linterna --dijo. Pirtle se la entreg�. --He de utilizar ambas manos. --Prueba con una sola --respondi� Ozzie. Acerc� los dedos cuidadosamente a la cerradura y cerr� los ojos. --Largu�monos de aqu� --dijo Ozzie. Echaron a correr alrededor de la casa y se alejaron todo lo posible. --�D�nde est� tu familia? --pregunt� Ozzie. --Han salido. �Le reconoces? --No --respondi� Ozzie. --Nunca le hab�a visto --agreg� Nesbit. Pirtle movi� negativamente la cabeza. Ozzie llam� a su despacho para que se pusieran en contacto con el agente Riley, experto autodidacta del condado en explosivos. --�Qu� ocurrir� si se desmaya y estalla la bomba? --pregunt� Jake. --Supongo que tienes la casa asegurada, �no es cierto, Jake? --respondi� Nesbit. --No tiene ninguna gracia. --Le dar� cinco minutos --dijo Ozzie--, y luego, Pirtle puede ir a ver c�mo se las arregla. --�Porqu� yo? --De acuerdo, que vaya Nesbit.

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--Creo que deber�a ir Jake --dijo Nesbit--. Es su casa. --Muy gracioso --replic� Jake. Charlaban nerviosos para pasar el tiempo. Nesbit hizo otro comentario est�pido sobre el seguro. --�Silencio! --exclam� Jake--: He o�do algo. Quedaron paralizados. Al cabo de unos instantes, el sospechoso chill� de nuevo. Cruzaron corriendo el jard�n y doblaron lentamente la esquina. La caja vac�a hab�a sido arrojada a unos metros de distancia y, junto al sospechoso, hab�a una docena de cartuchos de dinamita cuidadosamente amontonados. Entre las piernas ten�a un reloj redondo bastante grande con cables cubiertos de cinta aislante plateada. --�Est� desarmada? --pregunt� angustiosamente Ozzie. --S� --jade� el sospechoso. Ozzie se agach� y retir� el reloj con los cables, sin tocar la dinamita. --�D�nde est�n tus compa�eros? Silencio. Desenfund� la porra y se le acerc�. --Voy a romperte las costillas una por una. Te lo preguntar� de nuevo. �D�nde est�n tus compa�eros? --Vete a la mierda. Ozzie volvi� la cabeza para echar una ojeada, no a Jake y a los agentes, sino a la casa de los vecinos. Al comprobar que todo estaba tranquilo, levant� la porra. El sospechoso ten�a el brazo izquierdo sujeto al contador de gas, y Ozzie le golpe� bajo el sobaco. El individuo gimi� y se contorsion�. Jake casi lo compadeci�. --�D�nde est�n? --pregunt� Ozzie. Ninguna respuesta. Jake volvi� la cabeza cuando el sheriff le propinaba otro porrazo. --�D�nde est�n? Silencio. Ozzie levant� nuevamente la porra. --Pare... por favor, pare --suplic� el sospechoso. --�D�nde est�n? --Por ah�. A un par de manzanas. --�Cu�ntos son? --S�lo uno. --�Qu� veh�culo? --Camioneta. GMC roja. --A los coches --orden� Ozzie. Jake esperaba impaciente el regreso de su esposa, junto a la entrada de su casa. A las dos y cuarto lleg� lentamente y aparc�. --�Est� Hanna dormida? --pregunt� Jake al abrir la puerta. --S�. --Bien. D�jala donde est�. Vamos a salir dentro de unos minutos. --�D�nde vamos? --Hablaremos dentro. Jake sirvi� el caf� y procur� actuar con tranquilidad. Carla estaba asustada, temblorosa y enojada, con lo que le resultaba dif�cil conservar la serenidad. Le cont� lo de la bomba, el sospechoso, y el hecho de que Ozzie hab�a ido en busca de su c�mplice. --Quiero que t� y Hanna os traslad�is a Wilmington y os qued�is en casa de tus padres hasta despu�s del juicio �dijo Jake. Carla fij� la mirada en el caf� y guard� silencio.

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--Ya he llamado a tu padre y se lo he contado todo. Ellos tambi�n est�n asustados e insisten en que os qued�is con ellos hasta que todo haya terminado. --�Y si no quiero ir? --Te lo ruego, Carla. �C�mo puedes discutir en un momento como �ste? --�Y t�? --Estar� bien. Ozzie me facilitar� un guardaespaldas y vigilar�n la casa d�a y noche. Algunos d�as dormir� en el despacho. No me ocurrir� nada, te lo prometo. Ella no estaba convencida. --Esc�chame, Carla, tengo incontables preocupaciones en este momento. Tengo un cliente que se enfrenta a la perspectiva de que lo manden a la c�mara de gas, y su juicio se celebrar� dentro de diez d�as. No puedo perderlo. Trabajar� d�a y noche desde ahora hasta el d�a veintid�s y, cuando el juicio empiece, aunque estuvieras aqu� no me ver�as. Lo �ltimo que necesito ahora es tenerme que preocupar de ti y de Hanna. Por favor, marchaos. --Iban a matarnos, Jake. Han intentado asesinarnos. Jake no pod�a negarlo. --Prometiste retirarte del caso si el peligro llegaba a ser excesivo. --Es imposible. Noose no permitir�a que me retirara con el proceso tan avanzado. --Me siento traicionada. --No es justo. Creo que subestim� el caso y ahora es demasiado tarde. Carla se dirigi� al dormitorio y empez� a hacer la maleta. --El avi�n sale de Memphis a las seis y media. Tu padre os esperar� en el aeropuerto de Raleigh a las nueve y media. --S�, se�or. Al cabo de quince minutos salieron de Clanton. Jake conduc�a sin que Carla le prestara atenci�n alguna. A las cinco, desayunaron en el aeropuerto de Memphis. Hanna ten�a sue�o, pero estaba emocionada porque iba a ver a sus abuelos. Carta apenas hablaba. Ten�a mucho que decir, pero por norma nunca discut�an delante de Hanna. Comi� en silencio, se tom� su caf� y observ� a su marido, que le�a tranquilamente el peri�dico, como si nada hubiera ocurrido. Jake les dio un beso de despedida y prometi� llamarlas todos los d�as. El avi�n sali� a la hora en punto. A las siete y media estaba en el despacho de Ozzie. --�Qui�n es? --le pregunt� al sheriff. --Ni idea. No llevaba cartera ni identificaci�n de ning�n tipo. Y no habla. --�Nadie le ha reconocido? --El caso, Jake, es que ahora no es f�cil que se le reconozca --respondi� Ozzie despu�s de unos momentos de reflexi�n. Lleva la cara cubierta de vendajes. --�No te andas con bromas, eh, grandull�n? --sonri� Jake. --S�lo cuando es indispensable. No o� que te quejaras. --Todo lo contrario, estaba dispuesto a colaborar. �Y su compa�ero? --Lo encontramos dormido en una GMC roja, a un kil�metro de tu casa. Terrell Grist. Un fan�tico local. Vive cerca de Lake Village. Cre� que es amigo de la familia Cobb. --Nunca he o�do hablar de �l --dijo Jake, despu�s de repetir varias veces el nombre--. �D�nde est�? --En el hospital. En la misma habitaci�n que su compa�ero. --Santo cielo, Ozzie, �tambi�n le has roto las piernas? --Jake, amigo m�o, se ha resistido a la autoridad. Nos hemos visto obligados a utilizar la fuerza. Luego hemos tenido que interrogarlo. No estaba dispuesto a cooperar. --�Qu� ha dicho? --No mucho. No sabe nada. Estoy convencido de que no conoce al individuo de la dinamita.

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--�Quieres decir que han tra�do a un profesional? --Podr�a ser. Riley ha examinado los cartuchos y el temporizador, y dice que es bastante profesional. Nunca os habr�amos encontrado a ti, a tu esposa, ni a tu hija. Probablemente tampoco habr�amos encontrado la casa. Habr�a estallado a las dos. De no haber sido por el chivatazo, estar�as muerto, Jake. Y tambi�n tu familia. Jake se sinti� mareado y se sent� en el sof�. Reaccion� como si acabaran de darle una patada en los test�culos. Poco le falt� para tener un ataque de diarrea, y sinti� n�useas. --�Has acompa�ado a tu familia al aeropuerto? --S� --susurr�. --Voy a asignarte a un agente para que te proteja d�a y noche. �Tienes alguna preferencia? --Ninguna. --�Qu� te parece Nesbit? --Muy bien. Gracias. --Otra cosa. �Supongo que prefieres que no se hable de lo sucedido? --A ser posible. �Qui�n lo sabe? --S�lo yo y los agentes. Creo que podemos evitar que se divulgue hasta despu�s del juicio, pero no puedo garantiz�rtelo. --Lo comprendo. Haz lo que puedas. --Lo har�. --Lo s�, Ozzie. Te lo agradezco. Jake se fue a su despacho, prepar� un caf� y se acost� en el sof�. Quer�a dormir un poco, pero le resultaba imposible. A pesar de que le ard�an los ojos, no pod�a cerrarlos y se dedicaba a contemplar el ventilador del techo. --Se�or Brigance --dijo la voz de Ethel por el intercomunicador. Silencio.-- --�Se�or Brigance! En alg�n lugar rec�ndito de su subconsciente, Jake oy� que alguien lo llamaba y se incorpor� de repente. --�S�! --exclam�. --El juez Noose al tel�fono. --De acuerdo, de acuerdo --farfull� mientras se dirig�a a su escritorio. Consult� su reloj. Las nueve de la ma�ana. Hab�a dormido una hora. --Buenos d�as, se�or juez --dijo alegremente Jake, como si estuviera despierto y concentrado. --Buenos d�as, Jake. �C�mo est� usted? --Muy bien, se�or juez. Muy ocupado preparando el gran juicio. --Eso supon�a. D�game, Jake, �qu� tiene previsto para hoy? Qu� d�a es hoy, pens�, antes de coger su agenda. --S�lo papeleo. --Bien. Me gustar�a almorzar con usted en mi casa. Digamos alrededor de las once y media. --Encantado, se�or juez. �Qu� se celebra? --Quiero hablar del caso Hailey. --Muy bien, se�or juez. Nos veremos a las once y media. Noose viv�a en una mansi�n de antes de la guerra, situada en Chester, cerca de la plaza mayor. La casa hab�a pertenecido a la familia de su esposa desde hac�a m�s de un siglo y,

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a pesar de que necesitaba algunas reparaciones, estaba en buenas condiciones. Jake no hab�a estado nunca como invitado en la casa, ni conoc�a a la se�ora Noose, pero hab�a o�do decir que era una esnob de sangre azul cuya familia hab�a tenido mucho dinero, pero lo hab�a perdido. Era tan poco atractiva como Ichabod, y Jake se pregunt� qu� aspecto tendr�an los hijos. Hizo gala de sus buenos modales cuando recibi� a Jake en la puerta y charl� de cosas superficiales mientras lo acompa�aba al jard�n, donde su se�or�a tomaba t� helado al tiempo que repasaba la correspondencia. Una sirvienta preparaba una peque�a mesa cerca de all�. --Me alegro mucho de verle, Jake --dijo afectuosamente Ichabod--. Agradezco que haya venido. --Es un placer, se�or juez. Tiene una casa encantadora. Hablaron del juicio de Hailey mientras tomaban una sopa y unos bocadillos de pollo y ensalada. Parec�a cansado, como si el caso fuera ya excesivo para �l. Sorprendi� a Jake con la admisi�n de que detestaba a Buckley. Jake confes� que compart�a sus sentimientos. --Jake, estoy perplejo ante la solicitud de cambio de lugar para la celebraci�n del juicio --declar� el juez--. He estudiado su informe y el de Buckley y he investigado tambi�n por mi cuenta. Es una cuesti�n muy delicada. La semana pasada asist� a una asamblea de jueces en la Costa del Golfo y tom� unas copas con el juez Denton, del Tribunal Supremo. Estuvimos juntos en la facultad y fuimos colegas en el senado estatal. Somos �ntimos amigos. �l es del condado de Dupree, en el sur de Mississippi, y dice que all� todo el mundo habla del caso. La gente le pregunta por la calle qu� decidir� si el caso acaba ante el tribunal de apelaci�n. Todo el mundo tiene una opini�n formada, y eso se encuentra a m�s de seiscientos kil�metros. En el supuesto de que acepte que cambiemos de lugar, �d�nde vamos? No podemos salir del Estado y estoy convencido de que no s�lo todo el mundo ha o�do hablar de su cliente, sino que ya le ha prejuzgado. �No est� de acuerdo? --El caso es que ha habido mucha publicidad --respondi� cautelosamente Jake. --Hable sin tapujos, Jake. No estamos en el Juzgado. Para eso le he pedido que viniera aqu�. Quiero saber lo que piensa. Ya s� que ha habido mucha publicidad. �Ad�nde trasladamos el juicio, si lo hacemos? --�Qu� le parece el delta? --�Le gustar�a, no es cierto? --sonri� Noose. --Por supuesto. All� podr�amos elegir un buen jurado, que comprendiera realmente lo que est� en juego. --Claro, y que fuera medio negro. --No se me hab�a ocurrido. --�Cree sinceramente que aquella gente no habr� prejuzgado al acusado? --Supongo que s�. --�Entonces ad�nde vamos? --�Hizo alguna sugerencia el juez Denton? --En realidad, no. Hablamos de la reticencia tradicional del tribunal a trasladar el juicio, excepto en los casos de mayor gravedad. Es un dif�cil dilema, con un crimen famoso que despierta pasiones, tanto en pro como contra el acusado. Actualmente, con la prensa y la televisi�n, estos cr�menes se convierten inmediatamente en noticia y todo el mundo conoce los detalles mucho antes del juicio. Y este caso los supera a todos. Incluso Denton admiti� que nunca hab�a visto un caso con tanta publicidad, y afirm� que ser�a imposible encontrar un jurado ecu�nime e imparcial en cualquier lugar de Mississippi. Supongamos que se celebre en Ford County y que condenan a su cliente. Entonces, usted apela alegando que el juicio deber�a haberse celebrado en otro lugar. Denton indic� que simpatizar�a con mi decisi�n de no trasladarlo. Cree que la mayor�a del tribunal corroborar�a el fallo. Evidentemente, no existe ninguna garant�a de ello, y lo hablamos entre copa y copa. �Le apetece tomar algo? --No, gracias.

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--No veo ninguna raz�n para que el juicio no se celebre en Clanton. Si lo traslad�ramos, creo que nos enga�ar�amos al suponer que podemos encontrar a doce personas sin prejuicios respecto a la culpabilidad de Hailey. --Parece, se�or juez, que ya ha tomado una decisi�n. --Efectivamente. No vamos a trasladar el caso. El juicio se celebrar� en Clanton. No me satisface la idea, pero no veo ninguna raz�n para trasladarlo. Adem�s, me gusta Clanton. Est� cerca de mi casa y el aire acondicionado funciona en la Audiencia --dijo el juez mientras extend�a el brazo para coger una carpeta, de la que sac� un sobre--. Jake, aqu� tiene una orden fechada hoy en la que se niega su solicitud de trasladar el juicio. Le he mandado una copia a Buckley y hay otra para usted. �ste es el original y le agradecer�a que se lo entregara al secretario en Clanton. --Con mucho gusto. --Espero haber tomado la decisi�n correcta. No ha sido nada f�cil. --Es un trabajo dif�cil --coment� Jake, procurando ser comprensivo. Noose llam� a una sirvienta y pidi� una ginebra con t�nica. Insisti� en que Jake admirara sus rosales y pasaron una hora paseando por el extenso jard�n de su se�or�a. Jake pensaba en Carla, en Hanna, en su casa y en la dinamita, pero se interes� cort�smente por la pericia jardinera de Ichabod. Los viernes por la tarde le recordaban a Jake la facultad, cuando, seg�n el tiempo, se reun�a con sus amigos en su bar predilecto de Oxford para tomar alegremente unas cervezas y hablar de sus nuevas teor�as jur�dicas o maldecir a sus insolentes, soberbios y aterradores profesores, o, si hac�a sol y calor, cargar la cerveza en el utilitario escarabajo descapotable de Jake y trasladarse al lago Sardis, donde sus compa�eras de facultad embadurnaban sus hermosos y bronceados cuerpos, sudaban al sol, y hac�an caso omiso de los piropos de sus embriagados compa�eros. Echaba de menos aquellos d�as inocentes. Odiaba la Facultad de Derecho, como todo estudiante de sentido com�n, pero echaba de menos a los amigos y los buenos ratos, especialmente los viernes. Echaba de menos la vida relajada, aunque a veces la presi�n le hab�a parecido intolerable, especialmente en el primer curso, cuando los profesores eran m�s abusivos de lo habitual. Echaba de menos estar sin blanca, porque, cuando no ten�a nada, tampoco deb�a nada, y la mayor�a de sus compa�eros estaban en la misma situaci�n. Ahora que ganaba dinero, estaba permanentemente preocupado por la hipoteca, los gastos generales, las tarjetas de cr�dito y por alcanzar el sue�o americano de hacerse rico. No adinerado, s�lo modestamente rico. Echaba de menos el Volkswagen porque hab�a sido su primer coche, que hab�a recibido como regalo al terminar el bachillerato y que, al contrario del Saab, estaba pagado. Echaba de menos ser soltero ocasionalmente, aunque era feliz en su matrimonio. Y echaba de menos la cerveza en vaso, lata o botella. No importaba. Hab�a sido un bebedor social; s�lo lo hac�a en compa��a de sus amigos, con los que pasaba todo el tiempo posible. No beb�a todos los d�as en la facultad, y raramente se emborrachaba. Pero hubo algunas resacas dolorosas y memorables. Entonces hab�a aparecido Carla. La hab�a conocido al principio de su �ltimo semestre y, al cabo de seis meses, estaban casados. Era hermosa y eso fue lo que le llam� la atenci�n. Era discreta y, al principio, un poco esnob, como la mayor�a de las estudiantes adineradas de Ole Miss. Pero descubri� que era cari�osa, d�cil e insegura. Nunca comprendi� c�mo una chica tan hermosa como Carla pod�a sentirse insegura. Era una de las mejores estudiantes de la Facultad de Filosof�a y Letras, sin otra intenci�n que la de trabajar unos a�os como maestra de escuela. Su familia ten�a dinero y su madre nunca hab�a trabajado. A Jake le gust� lo del dinero de la familia y el hecho de que no tuviera ambiciones profesionales. Quer�a una esposa dispuesta a quedarse en casa, mantenerse atractiva, tener hijos y que no quisiera llevar los pantalones. Fue un amor a primera vista. Pero a ella le molestaba la bebida, cualquier tipo de bebida. Su padre hab�a sido un gran bebedor cuando era ni�a, y, ten�a recuerdos desagradables. Jake dej� de beber durante el �ltimo semestre, y perdi� seis kilos. Era muy apuesto, se sent�a de maravilla y estaba locamente enamorado. Pero echaba de menos la cerveza.

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Hab�a una tienda de ultramarinos a pocos kil�metros de Chester, con un cartel de Coors en la ventana. Coors hab�a sido su cerveza predilecta en la facultad, aunque en aquella �poca no se vend�a al este del r�o. Era algo especial en Ole Miss y el contrabando de Coors era un buen negocio en el campus. Ahora que se vend�a por todas partes, la mayor�a de la gente volv�a a beber Budweiser. Era viernes y hac�a calor. Carla estaba a mil trescientos kil�metros. No le apetec�a regresar al despacho y lo que tuviera que hacer pod�a esperar a ma�ana. Alg�n loco hab�a intentado asesinar a su familia y eliminar un edificio del Registro Nacional de lugares de inter�s hist�rico. Faltaban diez d�as para el mayor juicio de su carrera. No estaba preparado y la presi�n era cada vez mayor. Acababa de serle denegada su solicitud m�s cr�tica del proceso. Y ten�a sed. Par� y compr� un paquete de media docena de Coors. Tard� casi dos horas en recorrer los cien kil�metros desde Chester hasta Clanton. Disfrutaba de la diversi�n del paisaje y de la cerveza. Par� dos veces para ir al lavabo y una para comprar otras seis cervezas. Se sent�a de maravilla. S�lo hab�a un lugar a donde ir en su estado. No a su casa, ni al despacho, ni, con toda seguridad, tampoco a la Audiencia para archivar la maldita orden de Ichabod. Aparc� el Saab detr�s del destartalado Porsche y se acerc� a la puerta de la casa con una cerveza fresca en la mano. Como de costumbre, Lucien se mec�a suavemente en la terraza mientras beb�a y le�a un tratado sobre la defensa por enajenaci�n mental. Cerr� el libro y, al ver la cerveza, sonri� a su antiguo socio. Jake apenas le devolvi� la sonrisa. --�Qu� se celebra, Jake? --Nada en particular. Simplemente, ten�a sed. --Comprendo. �Y tu esposa? --Ella no me da �rdenes. Soy mi propio jefe. Yo tomo mis decisiones. Si me apetece una cerveza, me la tomo y ella no tiene por qu� decirme nada --respondi� Jake antes de tomar un trago. --Debe de haber salido de la ciudad. --Est� en Carolina del Norte. --�Cu�ndo se ha marchado? --A las seis de esta ma�ana. Ella y Hanna han cogido un avi�n en Memphis. Se quedar�n en casa de sus padres, en Wilmington, hasta que haya terminado el juicio. Tienen una hermosa casita en la playa, donde pasan las vacaciones. --Se ha marchado esta ma�ana y, a media tarde, ya est�s borracho. --No estoy borracho --protest� Jake--, todav�a. --�Desde cu�ndo est�s bebiendo? --Hace un par de horas. He comprado un paquete de seis al salir de casa de Noose, alrededor de la una y media. �Y t� desde cu�ndo est�s bebiendo? --Suelo empezar durante el desayuno. �Qu� hac�as en su casa? --Hemos hablado del juicio durante el almuerzo. Ha denegado la solicitud de trasladar el juicio a otra localidad. --�C�mo? --Lo que oyes. El juicio se celebrar� en Clanton. Lucien se sirvi� una copa y removi� el hielo. --�Sallie! --llam�--. �Ha dado alguna raz�n? --agreg�. --S�. Dice que ser�a imposible encontrar jurados en cualquier lugar que no hubieran o�do hablar del caso. --Te lo advert�. Es una buena raz�n de sentido com�n para no trasladar el juicio, pero muy pobre desde el punto de vista jur�dico. Noose comete un error. Sallie apareci� con otra copa y se llev� la cerveza de Jake al frigor�fico. Lucien tom� un sorbo y chasque� los labios. Se sec� la boca con el brazo y tom� otro trago. --�Te das cuenta de lo que eso significa? --pregunt�.

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--Por supuesto. Un jurado compuesto exclusivamente de blancos. --Y, adem�s, una revocaci�n de la apelaci�n si se le condena. --No est�s demasiado seguro. Noose ya ha consultado con el Tribunal Supremo. Cree que le apoyar�n si se cuestiona su decisi�n. Se considera en terreno seguro. --Es un imb�cil. Podr�a mostrarle veinte casos que indican la necesidad de trasladar el juicio. Creo que tiene miedo. --�Por qu� tendr�a que tenerlo? --Est� bajo presi�n. --�Por parte de qui�n? Lucien admir� el l�quido dorado de su vaso y removi� el hielo con el dedo. Sonri� como si supiera algo que no revelar�a si no se le suplicaba. --�Por parte de qui�n? --pregunt� de nuevo Jake mientras miraba fijamente a su amigo con unos ojos brillantes e irritados. --Buckley --respondi� afectadamente Lucien. --Buckley --repiti� Jake--. --Lo sab�a. --�Te importar�a explic�rmelo? --Supongo que podr�a hacerlo. Pero no debes cont�rselo a nadie. Es sumamente confidencial. Procede de buenas fuentes. --�Qui�n? --No puedo dec�rtelo. --�Qui�nes son las fuentes? --insisti� Jake. --Ya te he dicho que no puedo revelarlo. No te lo dir�. �De acuerdo? --�C�mo puede Buckley presionar a Noose? --Si me escuchas te lo contar�. --Buckley no tiene ninguna influencia sobre Noose. Noose lo detesta. �l mismo me lo ha dicho mientras com�amos. --Lo s�. --�Entonces c�mo puedes decir que Noose se siente presionado por Buckley? --Si cierras la boca te lo contar�. Jake vaci� una cerveza y llam� a Sallie. --Sabes lo traicionero que es Buckley y c�mo se prostituye por la pol�tica. Jake asinti�. --Sabes lo desesperado que est� por ganar este juicio. Si gana, cree que habr� lanzado su campa�a para ser elegido fiscal general. --Gobernador --dijo Jake. --Lo que sea. El caso es que es muy ambicioso, �no es cierto? --Sin lugar a dudas. --Pues bien, ha utilizado contactos pol�ticos a lo largo y ancho de la regi�n para que llamaran a Noose y le sugiriesen que el juicio deb�a celebrarse en Ford County. Algunos le han hablado a Noose sin ning�n tapujo. Por ejemplo, le han dicho que, si trasladaba el juicio, no le votar�an en las pr�ximas elecciones. Pero que si lo dejaba en Clanton procurar�an que saliera reelegido. --No puedo creerlo. --De acuerdo. Pero es cierto. --�C�mo lo sabes? --Tengo fuentes. --�Qui�n le ha llamado? --Te dar� un ejemplo. �Recuerdas a aquel canalla que sol�a ser sheriff de Van Buren County? �Motley? Fue detenido por el FBI, pero ahora est� de nuevo en libertad. Sigue siendo muy popular en el condado.

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--S�, le recuerdo. --S� con toda seguridad que visit� a Noose en su casa con un par de acompa�antes para sugerirle con m�todos muy persuasivos que dejara el juicio donde estaba. Buckley era quien lo hab�a planeado. --�Qu� respondi� Noose? --Hubo muchas voces. Motley le dijo a Noose que no obtendr�a ni cincuenta votos en Van Buren County en las pr�ximas elecciones. Le prometi� que su personal se ocupar�a de las mesas electorales, atosigar�an a los negros y falsificar�an los votos de los ausentes, todo lo cual es habitual en Van Buren County. Y Noose lo sabe. --�Por qu� deber�a preocuparle? --No seas est�pido, Jake. Es un anciano y lo �nico que puede hacer es seguir como juez. �Te lo imaginas abriendo un bufete? Gana sesenta mil anuales y se morir�a de hambre si perdiera las elecciones. Les ocurre a la mayor�a de los jueces. Debe conservar el cargo. Buckley lo sabe y se dedica a hablar con los fan�ticos de la regi�n para excitarlos, contarles que ese asqueroso negro podr�a ser declarado inocente si se trasladara el juicio a otra localidad y sugerirles que presionen al juez. De ah� que Noose se sienta apremiado. Bebieron unos minutos en silencio mientras se columpiaban suavemente en las altas mecedoras de madera. La cerveza estaba deliciosa. --Hay m�s --dijo Lucien. --�Sobre qu�? --Noose. --De qu� se trata? --Ha recibido algunas amenazas. No pol�ticas, sino de muerte. Tengo entendido que est� muerto de miedo. Ha ordenado que la polic�a vigile su casa. Y ahora va armado. --S� lo que se siente --susurr� Jake. --Claro, ya me he enterado. --Enterado de qu�? --De la dinamita. �Qui�n es? Jake qued� at�nito. Mir� fijamente a Lucien sin poder decir palabra. --No me lo preguntes. Tengo contactos. �Qui�n es? --Nadie lo sabe. --Parece tratarse de un profesional. --Gracias. --Puedes quedarte aqu� con mucho gusto. Tengo cinco dormitorios. El sol se hab�a puesto a las ocho y cuarto cuando Ozzie aparc� su coche patrulla detr�s del Saab, que segu�a detr�s del Porsche. Se acerc� al pie de la escalera que conduc�a a la terraza frontal. Lucien fue el primero en verle. --Hola, sheriff --intent� decir con la lengua pastosa y pegajosa. --Buenas noches, Lucien. �D�nde est� Jake? Lucien se�al� el fondo de la terraza, donde Jake estaba desparramado sobre el columpio. --Hace una siesta --aclar� Lucien. Ozzie cruz� el suelo de madera crujiente y contempl� el cuerpo comatoso que roncaba pac�ficamente. Le golpe� suavemente en el costado. Jake abri� los ojos e intent� desesperadamente incorporarse. --Carla ha llamado a mi despacho preguntando por ti. Est� muy preocupada. Ha estado llamando toda la tarde y no ha logrado localizarte. Nadie te ha visto. Cree que est�s muerto. Jake se frot� los ojos mientras el columpio se mec�a suavemente. --Dile que no estoy muerto. Dile que la llamar� ma�ana. D�selo, Ozzie, por favor, d�selo.

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--Ni lo sue�es, amigo. Ya eres mayorcito. Llama y d�selo t� mismo --respondi� Ozzie cuando ya se alejaba, malhumorado. Jake hizo un esfuerzo para ponerse de pie y entr� en la casa. --�D�nde est� el tel�fono? --grit� a Sallie. Mientras marcaba el n�mero, o�a c�mo Lucien se re�a incontrolablemente en la terraza. VEINTIS�IS La �ltima resaca hab�a tenido lugar en la facultad, hac�a seis o siete a�os; no recordaba con precisi�n la fecha exacta. No recordaba la fecha, pero s� la jaqueca y el ardor en los ojos despu�s de veladas inolvidables con el sabroso l�quido casta�o. Supo inmediatamente que ten�a problemas cuando abri� el ojo izquierdo. Los p�rpados del derecho estaban firmemente pegados entre s�, incapaces de separarse a no ser que los forzara con los dedos, y no se atrev�a a moverse. Estaba acostado en el sof� de una habitaci�n oscura, completamente vestido, zapatos incluidos, escuchando el martilleo en el interior de su cabeza y contemplando el ventilador del techo, que giraba lentamente. Sent�a n�useas. Le dol�a el cuello porque no ten�a almohada. Le molestaban los pies a causa de los zapatos. Se le revolv�a y estremec�a el est�mago, con el augurio de vomitar. La muerte habr�a sido bien recibida. Jake ten�a problemas con las resacas porque no lograba superarlas durmiendo. Cuando abr�a los ojos, despertaba su cerebro y el mundo comenzaba a girar de nuevo a su alrededor. Entonces, volv�a a empezar el martilleo en sus sienes y era incapaz de dormirse. Nunca hab�a sabido por qu�. Sus compa�eros de facultad lograban dormir varios d�as con resaca, pero no Jake. Nunca hab�a podido dormir m�s de unas pocas horas despu�s de vaciar la �ltima lata o botella de cerveza. �Por qu�?, se preguntaba siempre al d�a siguiente. �Por qu� lo hac�a? Una cerveza fr�a era refrescante. Tal vez dos o tres. �Pero diez, quince, o incluso veinte? Hab�a perdido la cuenta. Despu�s de la sexta, la cerveza perd�a su sabor, y s�lo segu�a bebiendo por vicio y para emborracharse. Lucien hab�a cooperado plenamente. Antes de oscurecer, hab�a mandado a Sallie a la tienda en busca de una caja de Coors, por la que hab�a pagado gustoso, para despu�s alentar a Jake a que se la tomara. Hab�an sobrado algunas latas. Lucien ten�a la culpa de lo ocurrido. Levant� lentamente las piernas, una por una, y puso el pie izquierdo en el suelo. Se frot� suavemente las sienes, en vano. Respir� hondo, pero su coraz�n lat�a con rapidez, mandando m�s sangre al cerebro y alimentando el incesante martilleo en el interior de su cabeza. Ten�a que tomar agua. Ten�a la lengua hinchada y deshidratada, hasta el punto de que le resultaba m�s c�modo dejar la boca abierta, como un perro acalorado. �Por qu�, diablos, por qu�? Con sumo cuidado, cautela y lentitud se puso de pie para dirigirse parsimoniosamente a la cocina. La luz era tenue e indirecta, pero penetraba en la oscuridad y le perforaba los ojos. Se los frot� e intent� limpiarlos con sus malolientes dedos. Bebi� con lentitud un buen trago de agua caliente, dejando que se le cayera de la boca al suelo. No le importaba. Sallie lo limpiar�a. Seg�n el reloj de la cocina, eran las dos y media. Despu�s de coger �mpetu, cruz�, con dificultad pero en silencio, la sala de estar, frente al sof� sin almohada, y sali� por la puerta. La entrada estaba llena de latas y botellas vac�as. �Por qu�? Permaneci� una hora sentado bajo la ducha caliente de su despacho, incapaz de moverse. Eso alivi� un poco sus dolencias, pero no el violento torbellino de su cerebro. En una ocasi�n, en la facultad, hab�a logrado arrastrarse de la cama al frigor�fico en busca de una cerveza. Fue un alivio: se tom� otra y se sinti� mucho mejor. Ahora lo recordaba sentado en la ducha y pens� que otra cerveza le har�a vomitar. Se tumb�, en calzoncillos, sobre la mesa de conferencias, e hizo todo lo posible para morirse. Ten�a un buen seguro de vida.

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Dejar�an su casa tranquila. Y un nuevo abogado se ocupar�a del caso. Faltaban nueve d�as para el juicio. El tiempo era escaso, apremiaba, y �l acababa de perder un d�a con una descomunal resaca. Entonces pens� en Carla y aument� el martilleo de su cabeza. Hab�a procurado simular que estaba sobrio. Le dijo que �l y Lucien hab�an pasado la tarde revisando casos de enajenaci�n mental, y que habr�a llamado antes de no haber sido porque los tel�fonos no funcionaban, por lo menos los de la casa de Lucien. Pero ten�a la lengua espesa, el habla torpe, y ella sab�a que estaba borracho. Estaba furiosa; con ira controlada. S�, la casa segu�a en pie. Eso fue lo �nico que ella crey�. A las seis y media volvi� a llamarla. Puede que le impresionara comprobar que, al alba, estaba ya en el despacho trabajando diligentemente. No fue as�. Con enorme dolor y fortaleza, procur� parecer alegre, incluso euf�rico. Carla no estaba impresionada. --�C�mo te sientes? --insisti� ella. --�De maravilla! --respondi�, con los ojos cerrados. --�A qu� hora te acostaste? --Inmediatamente despu�s de llamarte --contest�, pensando en qu� cama. Carta no dijo nada. --He llegado al despacho a las tres de la madrugada --agreg� Jake con orgullo. --�A las tres! --S�, no pod�a dormir. --Pero tampoco dormiste el. jueves por la noche --dijo con cierto vestigio de preocupaci�n dentro de la frialdad de su tono. Jake se sinti� mejor. --Estoy bien. Puede que pase algunos d�as de esta semana y de la pr�xima en casa de Lucien. Tal vez sea m�s seguro. --�Y tu guardaespaldas? --S�, me han asignado a Nesbit. Est� aparcado delante de la puerta, dormido en su coche. Carla titube� y Jake sinti� que se deshelaba la l�nea. --Estoy preocupada por ti --dijo c�lidamente. --No me ocurrir� nada, cari�o. Te llamar� ma�ana. Tengo mucho que hacer. Colg� el tel�fono, corri� al retrete y vomit� de nuevo. Alguien llamaba persistentemente a la puerta principal. Jake lo ignor� durante quince minutos, pero la persona en cuesti�n sab�a que estaba all� y no dejaba de llamar. --�Qui�n es? --grit� en direcci�n a la calle asom�ndose al balc�n. La mujer sali� de debajo del balc�n y se apoy� contra el BMW negro, aparcado detr�s del Saab. Ten�a las manos hundidas en los bolsillos de sus ce�idos tejanos descoloridos. El sol del mediod�a brillaba con fuerza y cegaba sus ojos al levantar la cabeza para mirar a Jake. Tambi�n iluminaba su cabellera, de un pelirrojo dorado. --�Es usted Jake Brigance? --pregunt�, al tiempo que se proteg�a los ojos con el antebrazo. --S�. �Qu� desea? --Tengo que hablar con usted. --Estoy muy ocupado. --Es muy importante. --Usted no es cliente m�a, �verdad? --dijo mientras admiraba su elegante figura, consciente de que no lo era. --No. S�lo pretendo que me dedique cinco minutos. Jake abri� la puerta y ella entr� con toda tranquilidad, como si estuviera en su propia casa. Jake le estrech� vigorosamente la mano. --Soy Ellen Roark.

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--Encantado de conocerla --respondi� Jake al tiempo que le indicaba una silla junto a la puerta--. Si�ntese. �Una s�laba o dos? --agreg� acomod�ndose sobre el escritorio de Ethel. --�C�mo dice? --pregunt� con intr�pido acento del nordeste suavizado por una prolongada estancia en el sur. --�Su nombre es Rork o Row Ark? --R--o--a--r--k. Pronunciado Rork en Boston y Row Ark en Mississippi. --�Le importa que la llame Ellen? --Se lo ruego. Con dos s�labas. �Puedo llamarle Jake? --Por favor. --Me alegro. No me apetec�a hablarte de usted. --�De modo que eres de Boston? --S�, all� nac�. Estudi� en la universidad de Boston. Mi pap� es Sheldon Roark, tristemente famoso como criminalista en Boston. --No he tenido el placer de conocerlo. �A qu� has venido a Mississippi? --Estudio derecho en Ole Miss. --�Ole Miss! �C�mo has venido a parar aqu�? --Mi madre es de Natchez. Fue alumna de la universidad de Ole Miss antes de trasladarse a Nueva York, donde conoci� a mi padre. --Yo me cas� con una alumna de la universidad de Ole Miss. --Tienen una buena selecci�n. --�Te apetece un caf�? --No, gracias. --Bien, y ahora que nos conocemos, �qu� te trae a Clanton? --Carl Lee Hailey. --No me sorprende. --Acabar� la carrera en diciembre y este verano estoy en Oxford para pasar el tiempo. Estudio derecho penal con Guthrie. Y me aburre. --El loco de George Guthrie. --S�, sigue igual de loco. --Me suspendi� en derecho constitucional, el primer curso. --Lo que me propongo es ayudarte en el caso. Jake sonri� y se sent� en la silla giratoria de Ethel. La observ� atentamente. Llevaba con elegante desenvoltura su camisa negra de cuello alto pulcramente planchada. Los contornos y sombras sutiles revelaban la existencia de un sano busto, sin sujetador. Su abundante cabellera ondulada descansaba a la perfecci�n sobre sus hombros. --�Qu� te hace suponer que necesito ayuda? --S� que trabajas solo y que no tienes ning�n pasante. --�C�mo lo sabes? --Newsweek. --Ah, claro. Maravillosa publicaci�n. La foto no estaba mal, �no te parece? --Parec�as un poco melanc�lico, pero quedaba bien. Est�s mejor en persona. --�Qu� has tra�do como credenciales? --Somos una familia de genios. Me licenci� con matr�cula de honor en Boston y ahora soy la segunda de mi promoci�n. El verano pasado pas� tres meses con la Liga de Defensa de Presos Sure�os en Birmingham y trabaj� como mensajera en siete juicios por asesinato. Vi c�mo Elmer Wayne Doss mor�a en la silla el�ctrica en Florida, y c�mo Willie Ray Ash recib�a una inyecci�n letal en Texas. En mis horas libres en Ole Miss escribo informes para el ACLU, y trabajo en dos apelaciones de sentencias a muerte para un bufete de Spartanburg,

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en Carolina del Sur. Me cri� en el bufete de mi padre y estaba familiarizada con la investigaci�n jur�dica antes de aprender a conducir. Le he visto defender a asesinos, violadores, estafadores, extorsionadores, terroristas, corruptores de menores, violadores de menores, asesinos de menores y menores que hab�an asesinado a sus padres. Trabajaba cuarenta horas semanales en su despacho cuando estaba en el instituto y cincuenta cuando ingres� en la universidad. Tiene dieciocho abogados en su bufete, todos muy listos y de mucho talento. Es un lugar extraordinario para la formaci�n de abogados criminalistas, y he pasado all� catorce a�os. Tengo veinticinco y, cuando sea mayor, quiero convertirme en abogado criminalista radical como mi padre y consagrar mi gloriosa vida profesional a luchar contra la pena de muerte. --�Eso es todo? --Mi padre es cochinamente rico y, aunque somos cat�licos irlandeses, soy hija �nica. Tengo m�s dinero que t� y, por consiguiente, trabajar� gratis. No tendr�s que darme nada. Un pasante gratuito durante tres semanas. Me ocupar� de toda la investigaci�n, mecanografiar y contestar el tel�fono. Incluso te llevar� el malet�n y preparar� el caf�. --Me tem�a que quisieras convertirte en socio. --No. Soy mujer y estoy en el sur. S� ponerme en mi lugar. --�Por qu� te interesa tanto este caso? --Quiero estar en la sala. Me encantan los juicios por asesinato, los juicios importantes en los que hay una vida en juego y la presi�n es tan enorme que se respira en el ambiente. Cuando la sala est� abarrotada y se toman grandes medidas de seguridad. Donde la mitad del p�blico odia al acusado y a sus abogados y la otra mitad reza para que se salve. Me encanta. Y �ste es el juicio de los juicios. No soy sure�a y este lugar me parece desconcertante en el mejor de los casos, pero he llegado a quererlo de un modo perverso. Nunca tendr� sentido para m�, pero es fascinante. Las consecuencias raciales son enormes. El juicio de un padre negro por haber matado a dos blancos que violaron a su hija; mi padre dijo que se ocupar�a del caso completamente gratis. --Dile que se quede en Boston. --Es el sue�o de todo abogado criminalista: S�lo quiero estar presente. No molestar�, te lo prometo. Todo lo que te pido es que me dejes trabajar a la sombra y presenciar el juicio. --El juez Noose detesta a las abogadas. --Como todos los juristas sure�os. Pero yo no soy abogada; s�lo estudiante de derecho. --Dejar� que seas t� quien se lo explique. --De modo que he conseguido el trabajo. Jake dej� de mirarla fijamente y respir� hondo. Una peque�a oleada de n�useas le recorri� el est�mago y los pulmones, y le cort� la respiraci�n. El martilleo hab�a vuelto con furia y necesitaba estar cerca del lavabo. --S�, el trabajo es tuyo. Un poco de investigaci�n gratuita no me vendr� mal. Estos casos son complicados, estoy seguro de que ya lo sabes. --�Cu�ndo empiezo? --sonri� con amabilidad y segura de s� misma. --Ahora. Jake le mostr� r�pidamente sus dependencias y la instal� en el cuarto de guerra del primer piso. Colocaron el sumario de Hailey sobre la mesa de conferencias y ella pas� una hora copi�ndolo. A las dos y media, Jake despert� de una siesta en su sof� y baj� a la sala de conferencias. Ellen hab�a sacado la mitad de los libros de sus estanter�as y los ten�a esparcidos sobre la mesa, con se�ales cada cincuenta p�ginas, m�s o menos. Estaba ocupada tomando notas. --No est� mal la biblioteca --dijo. --Algunos de estos libros hace veinte a�os que no se utilizan. --Lo he comprobado por el polvo. --�Tienes hambre?

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--S�. Estoy muerta de hambre. --Hay un peque�o caf� a la vuelta de la esquina especializado en grasa y tortillas de ma�z. Mi cuerpo me pide una dosis de grasa. --Parece delicioso. Caminaron hasta Claude's, donde la clientela era escasa para un s�bado por la tarde. No hab�a ning�n otro blanco en el local. Claude estaba ausente y el silencio era ensordecedor. Jake pidi� una hamburguesa con queso, aros de cebolla y tres sobres para el dolor de cabeza. --�Tienes jaqueca? --pregunt� Ellen. --Una jaqueca terrible. --�Tensi�n? --Resaca. --�Resaca? Cre� que eras abstemio. --�De d�nde los has sacado? --Newsweek. El art�culo dec�a que eras un buen padre de familia, muy trabajador, presbiteriano devoto, que no probabas el alcohol y fumabas cigarros baratos. �No lo recuerdas? �C�mo puedes haberlo olvidado? --�Crees todo lo que lees? --No. --Me alegro, porque anoche cog� una gran borrachera y he pasado toda la ma�ana vomitando. --�Qu� bebes? --pregunt�, divertida, la estudiante. --No bebo, �lo has olvidado? Por lo menos no lo hac�a hasta anoche. �sta ha sido mi primera resaca desde que estaba en la facultad, y espero que la �ltima. Hab�a olvidado lo terribles que son. --�Por qu� beben tanto los abogados? --Se acostumbran en la facultad. �Bebe tu padre? --�Bromeas? Somos cat�licos. �l es muy cauteloso. --�Bebes t�? --Por supuesto, sin parar --respondi� con orgullo. --Entonces ser�s una buena abogada. Jake mezcl� cuidadosamente el contenido de los tres sobres en un vaso de agua helada y se lo tom�. Hizo una mueca y se sec� los labios. Ella lo miraba fijamente, con una sonrisa en los labios. --�Qu� ha dicho tu esposa? --�Sobre qu�? --La resaca de un padre de familia tan devoto y religioso. --No lo sabe. Me dej� ayer a primera hora de la ma�ana. --Lo siento. --Se ha trasladado a casa de sus padres hasta que el juicio haya terminado. Hace dos meses que recibimos llamadas y amenazas de muerte an�nimas, y en la madrugada de anteayer colocaron dinamita bajo la ventana de nuestro dormitorio. La polic�a la descubri� a tiempo y cogi� a los culpables, probablemente del Klan. Suficiente dinamita para derrumbar la casa y matarnos a todos. Fue un buen pretexto para emborracharse. --Lo siento. --El trabajo que has aceptado podr�a ser muy peligroso. Es preciso que lo sepas. --He recibido amenazas en otras ocasiones. El verano pasado, en Dothan, Alabama, defendimos a dos adolescentes negros que sodomizaron y estrangularon a una anciana de ochenta a�os. Ning�n abogado del Estado quiso hacerse cargo del caso y llamaron a la Liga. Llegamos a la ciudad como aves de mal ag�ero y nuestra mera presencia incitaba a la

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formaci�n de grupos en las esquinas dispuestos a lincharnos. Nunca me he sentido tan odiada en mi vida. Nos ocultamos en un motel de otra ciudad, donde nos cre�amos seguros, hasta que una noche me acorralaron dos individuos en el vest�bulo e intentaron secuestrarme. --�Qu� ocurri�? --Siempre llevo un treinta y ocho corto en el bolso y les convenc� de que sab�a c�mo utilizarlo. --�Un treinta y ocho corto? --Mi padre me lo regal� cuando cumpl� los quince a�os. Tengo permiso de armas. --Tu padre debe de ser un personaje de cuidado. --Le han disparado varias veces. Se dedica a defender casos pol�micos, de esos que uno lee en el peri�dico que escandalizan tanto al p�blico que exige la ejecuci�n inmediata del acusado sin juicio ni abogado. �sos son sus casos predilectos. Le acompa�a siempre un guardaespaldas. --Qu� emoci�n. Tambi�n a m�. El m�o se llama agente Nesbit y ser�a incapaz de darle a la pared de un granero con una escopeta de caza. Me lo asignaron ayer. Lleg� la comida. Ellen separ� la cebolla y el tomate de su hamburguesa y le ofreci� a Jake las patatas fritas. Parti� la hamburguesa por la mitad y mordisque� los bordes como un pajarito. La grasa caliente chorreaba al plato. Despu�s de cada peque�o mordisco se secaba cuidadosamente los labios. Ten�a un rostro agradable y simp�tico, con una sonrisa amable que encubr�a esa superioridad p�cara del ACLU, del ERA y del feminismo que Jake sab�a que merodeaba cerca de la superficie. No llevaba maquillaje alguno en ning�n lugar de su rostro. No lo necesitaba. No era hermosa, ni espectacular; ni, evidentemente, se propon�a serlo. Ten�a la piel p�lida de una pelirroja pero de aspecto sano, con siete u ocho pecas esparcidas alrededor de su peque�a nariz puntiaguda. Con cada frecuente sonrisa, sus labios se abr�an maravillosamente y se formaban peque�os hoyuelos transitorios en sus mejillas. Sus sonrisas revelaban seguridad, reto y misterio. El verde met�lico de sus ojos, de mirada fija y sin parpadear cuando hablaba, proyectaba un dulce furor. Era un rostro inteligente y condenadamente atractivo. Jake com�a con tranquilidad su hamburguesa, procurando hacer caso omiso de su mirada. La pesada comida le estabiliz� el est�mago y, por primera vez en diez horas, comenz� a pensar que tal vez sobrevivir�a. --En serio, �por qu� elegiste Ole Miss? --pregunt� Jake. --Es una buena facultad de derecho. --Yo estudi� all�. Pero no suele atraer a los estudiantes del Nordeste, donde est�n las universidades de �lite a las que mandamos a nuestros estudiantes aventajados. --Mi padre odia a todos los abogados licenciados en las universidades de �lite. �l era muy pobre y tuvo que hacer la carrera estudiando de noche. Toda su vida ha tenido que soportar la soberbia de los abogados ricos, eruditos e incompetentes. Ahora se r�e de ellos. Me dio libertad absoluta para elegir cualquier facultad de derecho en todo el pa�s, pero me advirti� que si eleg�a una universidad de �lite no me pagar�a los estudios. Luego, est� mi madre. Me cri� con esas maravillosas historias sobre la vida en �el profundo Sur�, y quise verlo por m� misma. Adem�s, los estados del Sur parecen decididos a mantener la pena de muerte, de modo que creo que me quedar� aqu�. --�Por qu� te opones con tanta virulencia a la pena de muerte? --�No lo haces t�? --No. Soy plenamente partidario de ella. --�Es incre�ble! �Y que eso lo afirme un defensor criminalista! --Si de m� dependiera, se volver�an a practicar ejecuciones p�blicas en la plaza del Juzgado. --Espero que est�s bromeando. Dime que bromeas. --Hablo en serio.

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Ellen dej� de masticar y de sonre�r. Le brillaban ferozmente los ojos, en busca de alg�n signo de debilidad en el rostro de Jake. --Hablas en serio. --Muy en serio. El problema con la pena de muerte es que no se utiliza lo suficiente. --�Se lo has explicado al se�or Hailey? --El se�or Hailey no merece la pena de muerte. Pero los dos individuos que violaron a su hija ciertamente la merec�an. --Comprendo. �C�mo decides qui�n la merece y qui�n no la merece? --Es muy sencillo. No hay m�s que observar el crimen y observar al criminal. Si se trata de un narcotraficante que mata a balazos a un agente de la brigada de estupefacientes, merece la c�mara de gas. Si un maleante viola a una ni�a de tres a�os, la ahoga hundiendo su peque�a cabeza en un charco de barro y arroja el cad�ver al r�o desde alg�n puente, hay que arrebatarle la vida y dar gracias a Dios de que haya desaparecido. Si un reo fugado de la c�rcel entra de noche en una casa, maltrata y tortura a una pareja de ancianos antes de incendiar la casa y la pareja muere abrasada, a ese individuo hay que sujetarlo a una silla, conectar unos cables, rezar por su alma y pulsar el interruptor. Y si se trata de un par de drogatas que violan repetidamente a una ni�a de diez a�os y la patean con sus botas de vaquero hasta romperle las mand�bulas, se les encierra con alegr�a, gozo y felicidad en la c�mara de gas para escuchar sus gemidos. Es muy sencillo. --Es b�rbaro. --Lo b�rbaro son sus cr�menes. La muerte es demasiado buena para ellos, excesivamente bondadosa. --�Y si al se�or Hailey lo condenan y sentencian a la pena de muerte? --En tal caso, estoy seguro de que pasar� los pr�ximos diez a�os presentando recursos y luchando desesperadamente para salvarle la vida. Y si acabara en la silla el�ctrica, estoy seguro de que me encontrar�a frente a la c�rcel contigo, los jesuitas y otras cien almas caritativas entonando plegarias con velas en la mano. Y luego me encontrar�a con su viuda e hijos junto a su fosa, detr�s de su iglesia, deseando no haberlo conocido. --�Has presenciado alguna ejecuci�n? --No, que yo recuerde. --Yo he presenciado dos. Cambiar�as de opini�n si lo hicieras. --De acuerdo. No lo har�. --Es un espect�culo horrible. --�Estaban all� los parientes de las v�ctimas? --S�, en ambos casos. --�Estaban horrorizados? �Cambiaron de opini�n? Claro que no. Aquello acab� con su pesadilla. --Me sorprendes. --Y a m� me desconcierta la gente como t�. �Por qu� intentas salvar con tanto celo y dedicaci�n a la gente que ha suplicado la vigencia de la pena de muerte y que jur�dicamente la merece? --�Seg�n qu� jurisdicci�n? No la de Massachussetts. --Vaya gracia. �Qu� se puede esperar del �nico estado que apoy� a McGovern en mil novecientos setenta y dos? A vosotros siempre se os ha sintonizado con el resto del pa�s. Las hamburguesas estaban abandonadas sobre la mesa. Jake y Ellen hab�an levantado excesivamente la voz. Jake volvi� la cabeza y comprob� que varias personas los miraban. Ellen son ri� de nuevo y cogi� uno de sus aros de cebolla. --�Qu� piensas del ACLU? --pregunt� mientras masticaba. --Supongo que llevas la tarjeta de socia en el bolso. --Efectivamente. --Entonces est�s despedida.

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--Me afili� a los diecis�is a�os. --�Por qu� tan tarde? Debiste ser la �ltima de los Scouts en hacerlo. --�Te inspira alg�n respeto la Declaraci�n de Derechos Civiles? --Adoro la Declaraci�n de Derechos Civiles. Detesto a los jueces que la interpretan. Come. Acabaron de comer en silencio, sin dejar de observarse atentamente. Jake pidi� caf� y otros dos sobres para el dolor de cabeza. --�Entonces c�mo nos proponemos ganar este caso? --pregunt� Ellen. --�Nos proponemos? --Todav�a trabajo para ti, �no es cierto? --S�. Pero no olvides que yo soy el jefe y t� mi ayudante. --Desde luego, jefe. �Cu�l es tu estrategia? --�Cu�l ser�a la tuya? --Por lo que yo s�, nuestro cliente prepar� cuidadosamente los asesinatos y les dispar� a sangre fr�a seis d�as despu�s de la violaci�n. Parece que sab�a exactamente lo que se hac�a. --As� es. --Entonces no tenemos ninguna defensa. Creo que deber�a declararse culpable, procurar conseguirle cadena perpetua y evitar la c�mara de gas. --Eres una aut�ntica luchadora. --Era s�lo una broma. Enajenaci�n mental es la �nica defensa posible. Y parece imposible demostrarla. --�Est�s familiarizada con la sentencia de M'Naghten? --pregunt� Jake. --S�. �Contamos con un psiquiatra? --M�s o menos. Declarar� lo que le digamos que declare; en el supuesto, claro est�, de que est� sobrio en el juicio. Una de tus tareas m�s dif�ciles como mi nueva ayudante consistir� en asegurarte de que est� sobrio en el juicio. No ser� f�cil, cr�eme. --Vivo para afrontar nuevos retos en la Audiencia. --De acuerdo, Row Ark, coge una pluma. Aqu� tienes una servilleta. Tu jefe est� a punto de darte �rdenes. Empez� a tomar notas en la servilleta. --Quiero un informe de los fallos del Tribunal Supremo de Mississippi en los �ltimos quince a�os basados en las decisiones de M'Naghten. Hay probablemente un centenar. Hay un caso famoso de 1976, el Estado contra Hill, con una dura discrepancia de cinco a cuatro entre los jueces, en la que los discrepantes optaban por una definici�n m�s liberal de la enajenaci�n mental. Procura que el informe sea breve, de menos de veinte p�ginas. �Sabes mecanografiar? --Noventa palabras por minuto. --Deb� hab�rmelo imaginado. Me gustar�a tenerlo el mi�rcoles. --Lo tendr�s. --Hay algunas pruebas que es preciso investigar. Viste las horrendas fotograf�as de los dos cad�veres. Noose suele permitir que el jurado vea la sangre, y yo preferir�a evitarlo. Procura encontrar el modo. --No ser� f�cil. --La violaci�n es fundamental para la defensa. Quiero que el jurado conozca los detalles. Esto hay que investigarlo concienzudamente. Tengo dos o tres casos que puedes utilizar como punto de partida y creo que podremos demostrarle a Noose la relevancia de esta violaci�n. --De acuerdo. �Algo m�s?

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--No lo s�. Cuando despierte mi cerebro se me ocurrir�n otras cosas, pero eso bastar� por ahora. --�Voy al despacho el lunes por la ma�ana? --S�, pero no antes de las nueve. Me gusta estar un rato a solas. --�C�mo debo vestir? --Ahora tienes muy buen aspecto. --�Con vaqueros y sin calcetines? --Tengo otra empleada, una secretaria llamada Ethel. Tiene sesenta y cuatro a�os, extenso per�metro tor�cico y, afortunada mente, usa sujetador. No estar�a mal que t� tambi�n lo utilizaras. --Lo pensar�. --No necesito distracciones. VEINTISIETE Lunes, quince de julio. Una semana para el juicio. Durante el fin de semana corri� r�pidamente la voz de que se celebrar�a en Clanton, y la peque�a ciudad se prepar� para el espect�culo. Los tel�fonos sonaban incesantemente en los tres moteles conforme los periodistas y sus ayudantes llamaban para confirmar sus reservas. Los caf�s bull�an de anticipaci�n. Un equipo de mantenimiento del condado empez� a trabajar ajetreadamente despu�s del desayuno pintando y limpiando los alrededores del Juzgado. Ozzie mand� a los jardineros de la c�rcel con sus m�quinas de cortar c�sped y desbrozadoras. Los ancianos mondaban cautelosamente sus palillos bajo el monumento a Vietnam mientras contemplaban el ajetreo. El preso de confianza que supervisaba a los jardineros les pidi� que escupieran el Redman en la hierba y no en la acera. Lo mandaron al diablo. El oscuro y espeso c�sped recibi� una capa adicional de fertilizante, y una docena de rociadores silbaban y salpicaban a las nueve de la ma�ana. A las diez, la temperatura era de treinta y tres grados. Los peque�os comerciantes de los alrededores de la plaza abrieron sus puertas a la humedad y encendieron los ventiladores en los techos de sus tiendas. Llamaron a Memphis, a Jackson y a Chicago para abastecerse de mercanc�a a precios especiales para la semana siguiente. Noose hab�a llamado el viernes por la noche a Jean Gillespie, secretaria de la Audiencia Territorial, para comunicarle que el juicio se celebrar�a en su Juzgado. Tambi�n le orden� que citara a ciento cincuenta personas para elegir los miembros del jurado. La defensa hab�a solicitado una cantidad superior a la habitual para seleccionar a los doce miembros y Noose hab�a accedido. Jean y dos ayudantes dedicaron el s�bado por la ma�ana a elegir nombres al azar de las listas de empadronamiento. De acuerdo con las instrucciones espec�ficas de Noose, se concentraron en los de m�s de sesenta y cinco a�os. Mil nombres fueron seleccionados, escritos cada uno de ellos junto con sus se�as en una peque�a ficha y guardados en una caja de cart�n. A continuaci�n, los ayudantes se turnaron para sacar fichas al azar de la caja. Uno de los ayudantes era blanco y el otro negro. Cada uno sacaba una ficha con los ojos cerrados y la colocaba sobre una mesa plegable junto a las dem�s. Cuando llegaron a ciento cincuenta, ces� la operaci�n y mecanografiaron la lista. De ah� saldr�a el jurado para �el Estado contra Hailey�. Cada etapa de la selecci�n hab�a sido meticulosamente ordenada por su se�or�a Omar Noose, que sab�a exactamente lo que se hac�a. Si todos los miembros del jurado resultaban ser blancos y se condenaba al acusado sentenci�ndole a la pena de muerte, en la apelaci�n se cuestionar�an todos y cada uno de los pasos de la selecci�n del jurado. Le hab�a ocurrido en otras ocasiones y se hab�a revocado el veredicto. Pero no ser�a as� en esta ocasi�n. A partir de la lista, se extendieron citaciones individuales para cada uno de los nombres que figuraban en la misma. Jean guard� las citaciones bajo llave en su despacho hasta la

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llegada del sheriff Ozzie Walls a las ocho de la ma�ana del lunes. Ozzie tom� un caf� con Jean y recibi� sus instrucciones. --El juez Noose quiere que se entreguen las citaciones entre las cuatro de la tarde y la medianoche --dijo Jean. --De acuerdo. --Todas estas personas deben presentarse puntualmente en el Juzgado el lunes a las nueve de la ma�ana. --De acuerdo. --La citaci�n no indica el nombre ni la naturaleza del juicio, y es preciso no facilitarles informaci�n alguna. --Sospecho que lo adivinar�n. --Probablemente, pero Noose ha sido muy espec�fico. Los agentes no deben mencionar el caso cuando entreguen las citaciones. Los nombres de los convocados son estrictamente confidenciales, por lo menos hasta el mi�rcoles. No me preguntes por qu�; �rdenes de Noose. --�Cu�ntas hay? --pregunt� Ozzie mientras ojeaba el mont�n. --Ciento cincuenta. --�Ciento cincuenta! �Por qu� tantas? --Es un caso importante. �rdenes de Noose. --Tendr� que utilizar a todos mis agentes para entregar estos documentos. --Lo siento. --Qu� le vamos a hacer. Si eso es lo que su se�or�a desea... A los pocos segundos de que se marchara Ozzie, Jake estaba junto al mostrador, coqueteando con las secretarias y sonriendo a Jean Gillespie, a quien sigui� a su despacho cerrando la puerta a su espalda. Ella se refugi� tras el escritorio y le se�al� con el dedo sin que Jake dejara de sonre�r. --S� a qu� has venido --dijo severamente Jean-- y no puedo d�rtelo. --Dame la lista, Jean. --No podr�s verla hasta el mi�rcoles. �rdenes de Noose. --�El mi�rcoles? �Por qu� el mi�rcoles? --No lo s�. Pero Omar ha sido muy espec�fico. --D�mela, Jean. --No puedo, Jake. �Quieres que me meta en un l�o? --No te meter�s en ning�n l�o porque nadie se enterar�. Sabes lo bien que s� guardar un secreto --dijo, ahora sin sonre�r--. --Jean, dame esa maldita lista. --Jake, no puedo. --La necesito y tiene que ser ahora. No puedo esperar hasta el mi�rcoles. Tengo mucho que hacer. --No ser�a justo para con Buckley --susurr� Jean. --Al diablo con Buckley. �Crees que �l juega limpio? Es un reptil y te da tanto asco como a m�. --Probablemente m�s. --Dame la lista, Jean. --Esc�chame, Jake, siempre hemos sido buenos amigos. Te aprecio m�s a ti que a cualquier otro abogado de los que conozco. Cuando mi hijo tuvo problemas, fue a ti a quien recurr�, �no es cierto? Conf�o en ti y deseo que ganes el caso. Pero no puedo desobedecer las �rdenes del juez. --�Qui�n te ayud� a ganar las elecciones la �ltima vez, yo o Buckley?

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--Te lo ruego, Jake. --�Qui�n evit� que tu hijo fuera a la c�rcel, yo o Buckley? --Por favor. --�Qui�n intent� meter a tu hijo en la c�rcel, yo o Buckley? --Eso no es justo, Jake. --�Qui�n apoy� a tu marido cuando todos los miembros de la congregaci�n, y me refiero a todos sin excepci�n, quer�an que se marchara porque no cuadraban los libros? --No es una cuesti�n de lealtad, Jake. Os quiero a ti, a Carla y a Hanna, pero no puedo hacerlo. Jake abandon� el despacho y dio un portazo. Jean se sent� junto a su escritorio y se sec� las l�grimas de las mejillas. A las diez de la ma�ana Harry Rex irrumpi� en el despacho de Jake y arroj� una copia de la lista sobre su escritorio. --No me lo preguntes --dijo. Junto a cada nombre hab�a anotado comentarios como: �no lo s� o �ex cliente, odia a los negros� o �trabaja en la f�brica de calzado, puede ser favorable�. Jake ley� lentamente cada uno de los nombres, procurando relacionarlo con un rostro o una reputaci�n. S�lo estaban los nombres. Ninguna direcci�n, edad ni ocupaci�n. S�lo nombres. Su antigua maestra de cuarto de Karaway. Una de las amigas de su madre de la asociaci�n de jardineros. Un ex cliente, si no recordaba mal, que hab�a hurtado en alguna tienda. Uno de los feligreses, de su iglesia. Un cliente del Coffee Shop. Un conocido granjero. La mayor�a de los nombres parec�an blancos. Hab�a una Willie Mae Jones, un Leroy Washington, Roosevelt Tucker, Bessie Lou Bean y otros cuantos nombres de negros. Pero la lista parec�a terriblemente p�lida. Reconoci� treinta nombres a lo sumo. --�Qu� opinas? --pregunt� Harry Rex. --Es dif�cil aventurar una opini�n. Predominantemente blancos, pero eso era de esperar. �De d�nde la has sacado? --No me lo preguntes. He anotado algo junto a veintis�is nombres. Es todo lo que puedo hacer. A los dem�s no los conozco. --Eres un buen amigo, Harry Rex. --Soy un pr�ncipe. �Est�s listo para el juicio? --Todav�a no. Pero he encontrado un arma secreta. --�De qu� se trata? --Luego la conocer�s. --�Una mujer? --S�. �Est�s ocupado el mi�rcoles por la noche? --Creo que no. �Por qu�? --De acuerdo. Nos veremos aqu� a las ocho. Lucien tambi�n vendr�. Puede que haya dos o tres personas m�s. Quiero dedicar un par de horas a hablar del jurado. �Qui�n nos conviene? Esbozar un perfil del jurado ideal como punto de partida. Repasaremos todos los nombres, con la esperanza de identificar a la mayor�a. --Puede ser divertido. Aqu� estar�. �Cu�l es tu modelo de jurado? --No estoy seguro. Creo que los miembros de las patrullas civiles ser�an del agrado de los blancos fan�ticos. Armas, violencia, la protecci�n de las mujeres. Encantar�a a los exaltados. Pero mi defendido es negro y un grupo de fan�ticos lo crucificar�an. Mat� a dos de ellos. --Estoy de acuerdo. Yo tambi�n descartar�a a las mujeres. No simpatizan con los violadores, pero otorgan un valor superior a la vida. Que se agarre un M--16 y se les vuele la cabeza es algo que las mujeres son incapaces de comprender. T� y yo lo comprendemos porque somos padres. Nos gusta la idea. La sangre y la violencia no nos preocupan. Senti-

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mos admiraci�n por �l. Debes elegir admiradores para el jurado. Padres j�venes de un buen nivel de educaci�n. --Muy interesante. Lucien dijo que se quedar�a con las mujeres, porque son m�s compasivas. --Creo que no. Conozco algunas mujeres que te degollar�an por antagonismo. --�Clientes tuyas? --S�, y una de ellas est� en la lista. Frances Burdeen. El�gela y le dir� lo que debe votar. --�Hablas en serio? --Por supuesto. Har� lo que le diga. --�Puedes estar el lunes en el Juzgado? Quiero que presencies la selecci�n del jurado y me ayudes a elegir a los doce miembros. --No me lo perder�a por nada del mundo. Jake oy� voces en el vest�bulo y se llev� el dedo a los labios. Escuch�, sonri� y le indic� a Harry Rex que le siguiera. Se acercaron de puntillas al rellano de la escalera y escucharon el altercado junto al escritorio de Ethel. --Definitivamente usted no trabaja aqu� --insist�a Ethel. --Definitivamente lo hago. Jake Brigance, que seg�n tengo entendido es su jefe, me contrat� el s�bado. --�Para qu� la contrat�? --pregunt� Ethel. --Como pasante. --No me lo ha comentado. --Me lo ha comentado a m� y me ha dado el trabajo. --�Cu�nto le paga? --Cien d�lares por hora. --�Dios m�o! Antes tendr� que hablar con �l. --Ya he hablado yo con �l, Ethel. --Se�ora Twitty, si no le importa --dijo Ethel mientras examinaba de pies a cabeza sus vaqueros descoloridos, zapatillas sin calcetines y una holgada camisa, evidentemente sin nada debajo--. No viste de un modo apropiado para la oficina. Va... va indecente. Harry Rex levant� las cejas y le sonri� a Jake, mientras ambos escuchaban con la mirada fija en las escaleras. Mi jefe, que tambi�n es su jefe, dijo que pod�a vestir as�. --Pero ha olvidado algo, �no es cierto? --Jake dijo que pod�a olvidarlo. Me cont� que usted no utiliza sujetador desde hace veinte a�os. Dijo que la mayor�a de las mujeres de Clanton no lo utilizan, de modo que he decidido dejar el m�o en casa. --�C�mo? --exclam� Ethel, con los brazos cruzados sobre el pecho. --�Est� arriba? --pregunt� tranquilamente Ellen. --S�, voy a llamarlo. --No se moleste. Jake y Harry Rex entraron de nuevo en el despacho para recibir a la pasante. Entr� con un voluminoso malet�n.. --Buenos d�as, Row Ark --dijo Jake--. Quiero presentarte a un buen amigo m�o, Harry Rex Vonner. Harry Rex le estrech� la mano y contempl� su camisa. --Encantado de conocerte. �C�mo has dicho que te llamabas de nombre? --Ellen. --Ll�mala Row Ark --dijo Jake--. Trabajar� aqu� hasta despu�s del juicio de Hailey.

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--Estupendo --respondi� Harry Rex sin dejar de mirarla fijamente. --Harry Rex es uno de los abogados de la ciudad, Row Ark, y uno de los muchos en los que no se debe confiar. --�C�mo se te ocurre contratar a una mujer como pasante, Jake? --pregunt� descaradamente Harry Rex. --Row Ark es un genio de lo penal, como la mayor�a de los estudiantes de tercer curso. Adem�s, trabaja por muy poco dinero. --�Tiene algo contra las mujeres, caballero? --pregunt� Ellen. --No, se�ora. Las adoro. Me he casado con cuatro de ellas. --Harry Rex es el especialista en divorcios m�s astuto de Ford County --aclar� Jake--. A decir verdad, es el m�s astuto de los abogados. O, mejor dicho, es el hombre m�s astuto que conozco. --Gracias --dijo Harry Rex, que hab�a dejado de mirarla. Ellen contempl� sus enormes y cochambrosos zapatos, sus calcetines de nil�n a rayas arrugados sobre los tobillos, sus sucios y deteriorados pantalones caqui, su desgastada chaqueta azul marino, su reluciente corbata de lana que colgaba doce cent�metros por encima de su cintur�n, y dijo: --Muy apuesto. --Quiz� te convierta en mi esposa n�mero cinco �respondi� Harry Rex. --La atracci�n es puramente f�sica --dijo Ellen. --Atenci�n --exclam� Jake--. No se ha practicado el sexo en este despacho desde que se march� Lucien. --Fueron muchas las cosas que se marcharon con Lucien --agreg� Harry Rex. --�Qui�n es Lucien? Jake y Harry Rex se miraron. --No tardar�s en conocerlo --aclar� Jake. --Tienes una secretaria encantadora --dijo Ellen. --Sab�a que os llevar�ais bien. Es estupenda cuando se la conoce. --�Cu�nto se necesita para ello? --Yo la conoc� hace veinte a�os --respondi� Harry Rex--, y todav�a espero. --�C�mo va la investigaci�n? --pregunt� Jake. --Lenta. Hay docenas de casos de M'Naghten y todos muy extensos. Voy m�s o menos por la mitad. Mi plan era el de trabajar aqu� todo el d�a; siempre y cuando no me ataque ese toro de lidia de la planta baja. --Me ocupar� de ella --dijo Jake. --Encantado de conocerte, Row Ark --dijo Harry Rex desde el umbral de la puerta--. Hasta pronto. --Gracias, Harry Rex --dijo Jake--. Nos veremos el mi�rcoles por la noche. El aparcamiento no asfaltado del antro de Tank estaba lleno cuando Jake lo encontr� por fin, ya ca�da la noche. No hab�a tenido ninguna raz�n para visitar el lugar con anterioridad, y ahora tampoco le emocionaba verlo. Estaba oculto, lejos de la carretera, a diez kil�metros de Clanton. Aparc� en un lugar retirado del peque�o edificio gris y contempl� la idea de dejar el motor en marcha, por si no encontraba a Tank y se ve�a obligado a huir precipitadamente. Pero no tard� en descartar esa estupidez, porque le gustaba su peque�o coche y el robo no s�lo era posible, sino sumamente probable. Lo cerr� con llave y comprob� todas las puertas, casi con la certeza de que todo o parte de �l habr�a desaparecido a su regreso. La m�sica sonaba a todo volumen a trav�s de las ventanas abiertas y, al acercarse, crey� o�r el ruido de una botella que se estrellaba contra el suelo, una mesa o la cabeza de alguien. Titube� y opt� por emprender la retirada. Pero, no: era importante. Respir� hondo, se aguant� la respiraci�n y abri� la destartalada puerta de madera. Cuarenta pares de ojos negros se posaron inmediatamente sobre aquel joven blanco perdido, con chaqueta y corba-

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ta, que hac�a un esfuerzo para enfocar la mirada en la oscuridad del antro. Se sent�a inseguro, desesperado en busca de un rostro conocido. No hab�a ninguno. Michael Jackson acab� oportunamente su canci�n en el tocadiscos y el local qued� sumido en un silencio eterno. Jake permaneci� junto a la puerta. Asent�a, sonre�a y procuraba comportarse como uno m�s de los muchachos. Nadie le devolv�a la sonrisa. De pronto hubo un movimiento junto a la barra y a Jake empezaron a temblarle las rodillas. --�Jake! �Jake! --grit� alguien. Eran las dos palabras m�s dulces que hab�a o�do en su vida. Detr�s de la barra vio a su amigo Tank, que se quitaba el delantal y se le acercaba. Se dieron calurosamente la mano. --�Qu� te trae por aqu�? --He de hablar contigo un momento. �Podemos salir a la calle? --Claro. �Qu� ocurre? --Cuesti�n de negocios. Tank puls� un interruptor junto a la puerta. --Escuchadme todos, �ste es el abogado de Carl Lee Hailey, Jake Brigance. Buen amigo m�o. Veamos c�mo le demostr�is vuestro afecto. El peque�o local irrumpi� en v�tores y aplausos. Varios clientes de la barra abrazaron a Jake y le estrecharon la mano. Tank abri� un caj�n, sac� un pu�ado de tarjetas de Jake y las distribuy� como si fueran caramelos. La respiraci�n de Jake se hab�a normalizado y su rostro hab�a recuperado su color. En la calle, se apoyaron sobre el cap� del Cadillac amarillo de Tank. La voz de Lionel Richie emerg�a por las ventanas y, en el interior, la clientela hab�a vuelto a la normalidad. Jake entreg� a Tank una copia de la lista. --Mira todos los nombres para ver a cu�ntos conoces. Haz preguntas y averigua todo lo que puedas. Tank se acerc� la lista a los ojos. La luz del anuncio de Michelob en la ventana brillaba por encima de su hombro. --�Cu�ntos son negros? --pregunt� Tank. --D�melo t�. �sa es una de las razones por las que quiero que veas la lista. Si no est�s seguro, aver�gualo. Si conoces a alguno de los blancos, toma nota. --Ser� un placer, Jake. �No ser� ilegal? --No, pero no se lo digas a nadie. Necesito la lista el mi�rcoles por la ma�ana. --T� mandas. Tank se qued� con la lista y Jake emprendi� el viaje de regreso a su despacho. Eran casi las diez. Ethel hab�a mecanografiado la lista a partir de la copia facilitada por Harry Rex y se hab�an distribuido una docena de copias entre un grupo selecto de amigos de confianza: Lucien, Stan Atcavage, Tank, Dell del Coffee Shop, un abogado de Karaway llamado Roland Islom y algunos otros. Incluso Ozzie recibi� una lista. A menos de cinco kil�metros del local de Tank hab�a una peque�a casa de campo blanca donde viv�an Ethel y Bud Twitty desde hac�a casi cuarenta a�os. Era una casa placentera, con recuerdos agradables de ni�os ahora ya crecidos y. dispersos por el norte. El hijo retrasado, el que tanto se parec�a a Lucien, por alguna raz�n viv�a en Miami. Ahora la casa estaba m�s tranquila. Hac�a a�os que Bud no trabajaba, desde su primer infarto en el setenta y cinco. Luego hab�a tenido un s�ncope card�aco seguido de otros dos infartos importantes y otros m�s benignos. Ten�a los d�as contados y desde hac�a mucho tiempo hab�a aceptado el hecho de que, con toda probabilidad, le llegar�a el definitivo que le causar�a la muerte mientras desvainaba alubias en la terraza. Por lo menos eso era lo que esperaba. El lunes por la noche desvainaba alubias en la terraza y escuchaba el partido de los Cardinals por la radio mientras Ethel trabajaba en la cocina. Al final del octavo tiempo, cuando bateaban los Cardinals con dos tantos de ventaja, oy� un ruido junto a la casa. Baj� el vo-

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lumen de la radio. Probablemente no era m�s que un perro. Entonces oy� otro ruido. Se puso de pie y camin� hasta el extremo de la terraza. De pronto, un corpulento personaje vestido completamente de negro, con el rostro pintado de rojo, blanco y negro, emergi� entre los matorrales, agarr� a Bud y lo tir� de la terraza. El grito angustiado de Bud no se oy� desde la cocina. Apareci� un segundo individuo y entre ambos arrastraron al anciano hasta la escalera que conduc�a a la puerta principal. Uno le dobl� el brazo a la espalda mientras el otro le daba pu�etazos en su blanda barriga y en la cara. En pocos segundos qued� inconsciente. Ethel oy� unos ruidos y corri� hacia la entrada. Un tercer miembro de la banda la sorprendi� por detr�s, le dobl� el brazo a la espalda y le rode� el cuello con fuerte brazo. No pod�a gritar, hablar ni moverse, y, sujeta en la terraza, contemplaba horrorizada como un par de salvajes se ensa�aban con su marido. En la acera, a tres metros de la violenta escena, hab�a tres personajes de t�nica blanca con adornos rojos y un largo capirote blanco y rojo que cubr�a sus rostros. Emergieron de la oscuridad para contemplar el espect�culo, como si fueran los reyes magos junto al pesebre. Despu�s de un largo y agonizante minuto, la paliza se hizo mon�tona. --Basta --exclam� el encapuchado del centro. Los tres terroristas vestidos de negro echaron a correr. Ethel baj� por la escalera y se agach� junto a su marido malherido. Los tres individuos de blanco desaparecieron. Jake abandon� el hospital despu�s de medianoche, cuando Bud segu�a vivo pero los pron�sticos eran pesimistas. Adem�s de los huesos rotos, hab�a padecido otro infarto. Ethel se puso hist�rica atribuyendo a Jake toda la culpa. --�Usted dijo que no corr�amos peligro! --chill�--. �D�gaselo a mi marido! �Es todo culpa suya! Jake hab�a escuchado sus gritos y acusaciones avergonzado hasta que empez� a enfurecerse. Contempl� a los amigos y parientes que llenaban la peque�a sala de espera. Todos lo miraban fijamente. S�, parec�an decir: es todo culpa suya. VEINTIOCHO Gwen llam� al despacho a primera hora del jueves por la ma�ana y la nueva secretaria, Ellen Roark, contest� el tel�fono. Despu�s de manipular el intercomunicador hasta romperlo se acerc� a la escalera y dio un grito: --Jake, es la esposa del se�or Hailey. --Diga --respondi� despu�s de cerrar el libro que ten�a en las manos y levantar el tel�fono, enojado. --�Est�s ocupado, Jake? --Muy ocupado. �Qu� ocurre? --Jake, necesitamos dinero --ech� a llorar--. Estamos sin blanca y con cuentas pendientes. No he pagado la hipoteca de la casa desde hace dos meses y la financiera no deja de llamar. No tengo a qui�n dirigirme. --�Y tu familia? --Son pobres, Jake, ya lo sabes. Nos dan de comer, pero no pueden pagarnos la hipoteca ni las cuentas de la casa. --�Has hablado con Carl Lee? --No acerca del dinero. No �ltimamente. No puede hacer gran cosa aparte de preocuparse y Dios sabe que ya tiene bastante en la cabeza. --�Y las iglesias? --No he visto ni un centavo. --�Cu�nto necesitas?

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--Por lo menos quinientos, s�lo para ponerme al d�a. No s� c�mo me las arreglar� el mes pr�ximo. Me preocupar� cuando llegue. Novecientos, menos quinientos, le dejar�an a Jake cuatrocientos para una defensa de asesinato. Ser�a todo un r�cord. �Cuatrocientos d�lares! De pronto, se le ocurri� una idea. --�Puedes venir a mi despacho a las dos de esta tarde? --Tendr� que traer a los ni�os. --No importa. Procura estar aqu�. --Lo har�. Colg� y busc� inmediatamente el n�mero del reverendo Ollie Agee en la gu�a. Lo localiz� en la iglesia. Jake le dijo que quer�a reunirse con �l para hablar del juicio de Hailey y examinar su declaraci�n. Seg�n �l, el reverendo ser�a un testigo importante. Agee accedi� a acudir a su despacho a las dos. Los Hailey fueron los primeros en llegar y Jake los instal� alrededor de la mesa de conferencias. Los ni�os recordaban la sala de la conferencia de prensa y les maravillaba su larga mesa, las sillas giratorias y los impresionantes libros de las estanter�as. Cuando lleg� el reverendo, le dio un abrazo a Gwen y salud� efusivamente a los ni�os, especialmente a Tonya. --Ser� muy breve, reverendo --declar� Jake--. Hay algunas cosas de las que debemos hablar. Desde, hace varias semanas, usted y los dem�s sacerdotes negros del condado se han dedicado a recaudar fondos para los Hailey. Y han hecho una labor maravillosa. M�s de seis mil, seg�n tengo entendido. No s� d�nde est� el dinero, ni es de mi incumbencia. Usted se lo ofreci� a los abogados del NAACP para que representaran a Carl Lee, pero, como ambos sabemos, esos abogados no intervendr�n en el caso. Yo soy el abogado defensor, el �nico abogado defensor, y hasta estos momentos no se me ha ofrecido dinero alguno. Tampoco lo quiero. Evidentemente no le importa lo buena que sea su defensa si no elige usted al abogado. Est� en su derecho. No me preocupa. Lo que s� me preocupa, reverendo, es que los Hailey no hayan recibido ni un centavo, repito, ni un centavo de dicho dinero. �Estoy en lo cierto, Gwen? La mirada perdida de su rostro se hab�a tornado en asombro, luego en incredulidad y, a continuaci�n, en ira cuando mir� fijamente al reverendo. --Seis mil d�lares --repiti� Gwen. --M�s de seis mil, seg�n las �ltimas declaraciones p�blicas --aclar� Jake--. Y el dinero est� en alg�n banco mientras Carl Lee permanece en la c�rcel, Gwen est� sin trabajo, las cuentas de la casa sin pagar, la �nica comida, sufragada por los amigos, y faltan pocos d�as para que se celebre el juicio. Ahora, d�ganos, reverendo, �qu� se propone hacer con el dinero? Agee sonri� y, con un voz melosa, respondi�: --No es de su incumbencia. --�Pero s� de la m�a! --exclam� Gwen--. Ha utilizado mi nombre y el de mi familia para recaudar el dinero, �no es cierto, reverendo? Yo misma lo he o�do. Les dijo a los feligreses que la oferta del amor, como usted la denomin�, era para mi familia. Imaginaba que le hab�a entregado el dinero al abogado, o algo por el estilo. Pero hoy he descubierto que se lo ha guardado en el banco. Supongo que lo que se propone es qued�rselo. --Un momento, Gwen --respondi� Agee, impert�rrito--. Pensamos que la mejor forma de gastar el dinero era en la defensa de Carl Lee. �l se neg� a aceptarlo al rechazar a los abogados del NAACP. Entonces le pregunt� al se�or Reinfeld, su abogado principal, lo que deb�amos hacer con el dinero. Me respondi� que lo guard�ramos, porque Carl Lee lo necesitar�a para la apelaci�n. Jake lade� la cabeza y apret� los dientes. Empezaba a sentir repulsi�n por aquel cretino ignorante, pero comprendi� que Agee no sab�a de qu� hablaba. Se mordi� el labio. --No comprendo --dijo Gwen. --Es muy simple --respondi� el reverendo, con una condescendiente sonrisa--. El se�or Reinfeld dijo que Carl Lee ser�a condenado por no haberle contratado. Por consiguiente, entonces habr� que apelar. Y cuando Jake, aqu� presente, haya perdido el juicio, t� y Carl Lee

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buscar�is a otro abogado que pueda salvarle la vida. Entonces ser� cuando necesitaremos a Reinfeld y necesitaremos el dinero. De modo que, como puedes comprobar, es todo para Carl Lee. Jake movi� la cabeza y ech� una maldici�n para sus adentros. Estaba m�s furioso con Reinfeld que con Agee. A Gwen se le llenaron los ojos de l�grimas y apret� los pu�os. --No comprendo nada de todo esto, ni quiero comprenderlo. Lo que s� es que estoy cansada de suplicar para que me den comida, cansada de depender de los dem�s y harta de preocuparme por perder la casa. --Lo comprendo, Gwen, pero... --empez� a decir Agee, que la miraba con tristeza. --Y si usted tiene seis mil d�lares en el banco que nos pertenecen, hace mal en no d�rnoslos. Tenemos bastante sentido com�n para saber c�mo administrarlos. Carl Lee hijo y Jarvis estaban junto a su madre y la consolaban, con la mirada fija en Agee. --Pero es para Carl Lee --dijo el reverendo. --De acuerdo --intervino Jake--. �Le ha preguntado a Carl Lee c�mo desea que se gaste el dinero? Se esfum� la sonrisita del rostro de Agee y se retorci� en su asiento. --Carl Lee comprende lo que estamos haciendo --respondi� con escasa convicci�n. --Gracias. Eso no es lo que he preguntado. Esc�cheme con atenci�n. �Le ha preguntado a Carl Lee c�mo desea que se gaste el dinero? --Creo que lo hemos hablado --minti� Agee. --Comprob�moslo --dijo Jake al tiempo que se pon�a de pie para dirigirse a la puerta del peque�o despacho adjunto a la sala de conferencias. El reverendo miraba nervioso, casi presa del p�nico. Jake abri� la puerta e hizo una se�a con la cabeza. Carl Lee y Ozzie entraron tranquilamente en la sala. Los ni�os gritaron y acudieron junto a su padre. Agee parec�a devastado. Despu�s de unos momentos dif�ciles de abrazos y besos, Jake entr� a matar. --Pues bien, reverendo, �por qu� no le pregunta a Carl Lee c�mo quiere gastar sus seis mil d�lares? --No son exactamente suyos --respondi� Agee. --Ni tampoco le pertenecen exactamente a usted --intervino Ozzie. Carl Lee levant� a Tonya, que estaba sentada sobre sus rodillas, y se acerc� a la silla de Agee. Se sent� al borde de la mesa, por encima del reverendo, dispuesto a atacar si era necesario. --Perm�tame que se lo diga de un modo bien sencillo, predicador, para que no tenga dificultad en comprenderme. Usted ha recaudado dinero en mi nombre para ayudar a mi familia. Lo ha sacado de los negros de este condado con la promesa de que se utilizar�a para ayudarme a m� y a mi familia. Ha mentido. Lo ha recaudado para impresionar al NAACP, no para ayudar a mi familia. Ha mentido en la iglesia, ha mentido en los peri�dicos, ha mentido en todas partes. . Agee mir� a su alrededor y comprob� que todo el mundo, incluidos los ni�os, lo miraban fijamente y asent�an. --Si no nos entrega ese dinero --prosigui� Carl Lee, despu�s de acercarse un poco m�s y apoyar el pie en la silla del reverendo--, les dir� a todos los negros que conozco que es usted un farsante mentiroso. Llamar� a todos los feligreses de su iglesia, y no olvide que yo soy uno de ellos, para comunicarles que no hemos recibido un centavo. Cuando acabe con usted, no podr� recaudar ni un par de d�lares los domingos por la ma�ana. Podr� despedirse de sus lujosos Cadillacs y de sus elegantes trajes. Puede que se quede incluso sin iglesia, porque le pedir� a todo el mundo que la abandone. --�Has terminado? --pregunt� Agee--. Porque si lo has hecho, s�lo quiero que sepas que me has ofendido. Me duele profundamente que �sta sea tu opini�n y la de Gwen.

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--As� es, y no me importa lo mucho que le duela. --Estoy de acuerdo con ellos, reverendo Agee --dijo Ozzie, despu�s de acercarse--. Ha actuado mal y usted lo sabe. --Eso es muy doloroso, Ozzie, particularmente viniendo de usted. Duele profundamente. --Perm�tame que le diga algo que le doler� mucho m�s. El pr�ximo domingo, Carl Lee y yo estaremos en su iglesia. Lo sacar� de la c�rcel por la ma�ana temprano y daremos un paseo. En el momento en que se disponga a pronunciar su serm�n, entraremos en la iglesia, avanzaremos por el pasillo central y nos dirigiremos al p�lpito. Si intenta imped�rnoslo, le pondr� las esposas. Carl Lee pronunciar� el serm�n. Les contar� a sus feligreses que el dinero que tan generosamente han donado no ha salido todav�a de su bolsillo y que Gwen y sus hijos est�n a punto de perder la casa porque usted quiere darse importancia con el NAACP. Les contar� que les ha mentido. Puede que su serm�n dure aproximadamente una hora. Y, cuando termine, yo dir� unas palabras. Les contar� que es usted un negro farsante y embustero. Les hablar� de la ocasi�n en que compr� un Lincoln robado en Memphis y estuvo a punto de ser procesado. Les hablar� de las comisiones de la funeraria. Les hablar� de hace dos a�os, cuando se le acus� en Jackson de conducir bajo la influencia del alcohol y yo evit� que le procesaran. Y, reverendo, les contar�... --No lo diga, Ozzie --suplic� Agee. --Les contar� cierto secreto sucio que s�lo usted y yo y cierta mujer de mala reputaci�n conocemos. --�Cu�ndo quieren que les entregue el dinero? --�Con qu� rapidez puede conseguirlo? --pregunt� Carl Lee. --Much�sima. Jake y Ozzie dejaron a los Hailey a solas y subieron al gran despacho del primer piso, donde Ellen estaba rodeada de textos jur�dicos. Jake present� a Ozzie a su pasante y se sentaron los tres alrededor de la mesa. --�C�mo est�n mis amigos? --pregunt� Jake. --�Los dinamiteros? Se recuperan. Los dejaremos en el hospital hasta despu�s del juicio. Hemos instalado un cerrojo en la puerta y tenemos un agente de guardia en el pasillo. No van a moverse. --�Qui�n es el personaje principal? --Todav�a no lo sabemos. No hemos recibido el resultado de las huellas dactilares. Puede que no est� fichado. No dice palabra. --El otro es de aqu�, �no es cierto? --pregunt� Ellen. --S�. Terrell Grist. Quiere presentar cargos por las heridas que sufri� durante la detenci�n. �Qu� os parece? --Me cuesta creer que se haya mantenido tanto tiempo el secreto --dijo Jake. --Tambi�n a m�. Claro que Grist y el se�or equis no hablan. Mis hombres tienen la boca cerrada. S�lo qued�is t� y tu ayudante. --Y Lucien, pero yo no se lo he contado. --L�gico. --�Cu�ndo los procesar�s? --Despu�s del juicio los trasladaremos a la c�rcel y empezaremos el papeleo. Depende de nosotros. --�C�mo est� Bud? --pregunt� Jake. --Esta ma�ana he pasado para visitar a los otros dos y he aprovechado para hablar con Ethel. Sigue en estado cr�tico. No ha habido ning�n cambio. --�Alg�n sospechoso?

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--Debe de tratarse del Klan. Con las t�nicas blancas y todo lo dem�s. Todo encaja. Primero la cruz en llamas en tu jard�n, luego la dinamita y ahora Bud. Adem�s de todas las amenazas. Calculo que son ellos. Adem�s, contamos con un delator. --�C�mo! --Lo que oyes. Se llama a s� mismo rat�n Mickey. Me llam� el domingo a mi casa y me dijo que te hab�a salvado la vida. Se refiri� a ti como �al abogado de ese negro�. Dijo que el Klan se hab�a establecido oficialmente en Ford County. Han fundado un aquelarre, o lo que eso sea. --�Qui�n forma parte del grupo? --No es muy pr�digo con los detalles. Ha prometido llamarme s�lo cuando alguien est� a punto de ser lastimado. --Muy amable. �Puedes confiar en �l? --Te salv� la vida. --Es cierto. �Es miembro del Klan? --No me lo ha dicho. Han organizado una gran manifestaci�n para el jueves. --�El Klan? --S�. Los del NAACP se manifestar�n ma�ana delante del Juzgado y luego dar�n unas vueltas. El Klan ha proyectado una manifestaci�n pac�fica para el jueves. --�Cu�ntos son? --El rat�n no me lo ha dicho. Repito, no es muy generoso con los detalles. --Una manifestaci�n del Klan en Clanton. Parece incre�ble. --Esto va en serio --dijo Ellen. --Se pondr� peor --respondi� Ozzie--. Le he pedido al gobernador que mantenga la polic�a de tr�fico en estado de alerta. Podr�a ser una semana muy accidentada. --�No te parece incre�ble que Noose est� dispuesto a celebrar el juicio en esta ciudad? --pregunt� Jake. --Es demasiado importante para trasladarlo, Jake. Atraer�a manifestaciones, protestas y a los miembros del Klan dondequiera que se celebrase. --Puede que tengas raz�n. �Qu� me dices de la lista del jurado? --La tendr� ma�ana. El jueves por la noche, despu�s de cenar, Joe Frank Perryman estaba sentado en la terraza de su casa leyendo el peri�dico vespertino y mascando Redman, que escup�a cuidadosamente a trav�s de un orificio cortado a mano en la terraza. Aqu�l era su ritual vespertino. Lela lavaba los platos, serv�a dos grandes vasos de t� helado y se sentaba junto a �l en la terraza, donde hablaban de las cosechas, los nietos y la humedad. Viv�an en las afueras de Karaway, rodeados de ochenta acres de terreno meticulosamente cultivado que el padre de Joe Frank hab�a robado durante la depresi�n. Era buenos cristianos, reservados y muy trabajadores. Despu�s de que hubiera escupido a trav�s del orificio unas cuantas veces, una camioneta redujo la velocidad junto al portal�n y entr� por el largo camino de gravilla de la casa de los Perryman. Se detuvo junto al c�sped, frente a la puerta, y apareci� un rostro conocido. Era el de Will Tierce, ex presidente de la junta de supervisores de Ford County. Will hab�a servido en su distrito durante veinticuatro a�os, seis legislaturas consecutivas, pero hab�a perdido las �ltimas elecciones en el ochenta y tres por siete votos. Los Perryman siempre hab�an apoyado a Tierce, porque cuidaba de ellos suministr�ndoles de vez en cuando un cargamento de gravilla o una atrajea para el camino de la casa. --Hola, Will --dijo Joe Frank mientras el ex supervisor cruzaba el c�sped para acercarse a los pelda�os que conduc�an a la puerta principal. --Hola, Joe Frank --respondi� el reci�n llegado al tiempo que le estrechaba la mano y se sentaba junto a �l en la terraza.

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--�.Tienes algo para mascar? --pregunt� Tierce. --Desde luego. �Qu� te trae por aqu�? --Voy de paso. Me he acordado del t� helado de Lela y me ha entrado mucha sed. Hac�a tiempo que no nos ve�amos. Se quedaron en la terraza charlando, mascando, escupiendo y tomando t� helado hasta que cay� la noche y llegaron los mosquitos. La sequ�a les ocupaba la mayor parte del tiempo, que, seg�n Joe Frank, era la peor de los �ltimos diez a�os. No hab�a ca�do una gota de lluvia desde la tercera semana de junio. Si continuaba, tendr�a que despedirse de la cosecha de algod�n. Puede que las alubias se salvaran, pero le preocupaba el algod�n. --A prop�sito, Joe Frank, he o�do que has recibido una citaci�n para formar parte del jurado en el juicio de la semana pr�xima. --Eso me temo. �Qui�n te lo ha dicho? --No lo recuerdo. Lo he o�do por ah�. --No sab�a que fuera del dominio p�blico. --Supongo que lo he o�do hoy en Clanton. Ten�a unas gestiones que hacer en el Juzgado. Ha sido ah� donde me he enterado. �Sabes que se trata del juicio de ese negro? --Me lo imaginaba. --�Qu� te parece el hecho de que matara a esos chicos como lo hizo? --No se lo reprocho --respondi� Lela. --S�, pero uno no puede cogerse la ley por cuenta propia --le explic� Joe Frank a su mujer--. Para eso est�n los tribunales. --Te dir� lo que me preocupa --dijo Tierce--. Es esa estupidez de la enajenaci�n mental. Alegar�n que el negro estaba loco y lo soltar�n por enajenado mental. Como a ese chalado que dispar� contra Reagan. Es una forma deshonesta de conseguir la libertad. Adem�s, es mentira. Ese negro se propon�a matar a aquellos chicos y esper� escondido hasta el momento oportuno. Fue un asesinato a sangre fr�a. --�Y si se hubiera tratado de tu hija, Will? --pregunt� Lela. --Habr�a dejado que lo resolvieran los tribunales. Por estas tierras, cuando cogemos a un violador, y especialmente si es negro, solemos encerrarlo. Esto no es Nueva York, ni California, ni ninguno de esos absurdos lugares donde los delincuentes andan sueltos. Tenemos un buen sistema y el viejo juez Noose dicta sentencias severas. Hay que dejar la justicia en manos de los tribunales. Nuestro sistema no sobrevivir� si permitimos que la gente, especialmente los negros, se tome la ley por cuenta propia. Eso es lo que realmente me asusta. Supongamos que a ese negro lo declaran inocente y lo ponen en libertad. Todo el mundo lo sabr� y los negros se volver�n locos. Cada vez que alguien discuta con un negro, �ste lo matar�, alegar� que estaba loco e intentar� que lo declaren inocente. Eso es lo peligroso de este juicio. --Hay que mantener a los negros bajo control --afirm� Joe Frank. --Y que nadie lo dude. Si Hailey sale en libertad, ninguno de nosotros estar� a salvo. Todos los negros del condado ir�n armados y en busca de pelea. --No se me hab�a ocurrido --confes� Joe Frank. --Espero que act�es como es debido, Joe Frank. Me gustar�a que formaras parte del jurado. Necesitamos gente de sentido com�n. --Me pregunto por qu� me habr�n elegido. --He o�do decir que han mandado ciento cincuenta citaciones. Esperan que se presente un centenar. --�Cu�ntas probabilidades tengo de que me elijan? --Una entre cien --respondi� Lela. --Entonces me siento mucho mejor. En realidad, no tengo tiempo para estar en el jurado, con las tierras y todo lo dem�s. --Te necesitamos en ese jurado --dijo Tierce.

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La conversaci�n se decant� hacia la pol�tica local, el nuevo supervisor y el mal trabajo que estaba haciendo respecto a las carreteras. Para los Perryman, la ca�da de la noche significaba hora de acostarse. Tierce les dese� las buenas noches y regres� a su casa. Sentado a la mesa de la cocina, con una taza de caf� en la mano, repas� la lista del jurado. Su amigo Rufus estar�a orgulloso de �l. Seis nombres hab�an sido se�alados en la lista de Will, y hab�a hablado con todos ellos. Hab�a escrito un �bien� junto a cada nombre. Ser�an buenos miembros del jurado, personas con las que Rufus pod�a contar para conservar la ley y el orden en Ford County. Un par de ellos estaban inicialmente indecisos, pero su buen amigo de confianza Will Tierce les hab�a hablado de la justicia, y ahora estaban dispuestos a condenar. Rufus se sentir�a verdaderamente orgulloso. Y le hab�a prometido que el joven Jason Tierce, uno de sus sobrinos, no ser�a procesado por tr�fico de drogas. Jake com�a las grasientas costillas de cerdo con habas y observaba a Ellen, quien, al otro lado de la mesa, hac�a otro tanto. Lucien presid�a la mesa, hac�a caso omiso de la comida, acariciaba su copa y ofrec�a comentarios sobre cada nombre de la lista que reconoc�a. Estaba m�s borracho que de costumbre. La mayor�a de los nombres le eran desconocidos, lo cual no le imped�a comentar acerca de los mismos. Ellen se divert�a y gui�aba frecuentemente el ojo a su jefe. Al dejar la lista sobre la mesa, se le cay� el tenedor al suelo. --�Sallie! --llam�--. �Sabes cu�ntos afiliados tiene ACLU en Ford County? --agreg� dirigi�ndose a Ellen. --Por lo menos el ochenta por ciento de la poblaci�n --respondi�. --S�lo uno. Yo. Fui el primero en la historia y, evidentemente, el �ltimo. La gente de por aqu� es est�pida, Row Ark. No se interesan por los derechos humanos. Son un pu�ado de fan�ticos republicanos derechistas de pacotilla, como tu amigo Jake aqu� presente. --No es cierto. Almuerzo en el restaurante de Claude por lo menos una vez por semana --replic� Jake. --�Y eso te convierte en progresista? --pregunt� Lucien. --Me convierte en radical. --Sigo creyendo que eres republicano. --Esc�chame, Lucien, no me importa que te metas con mi esposa, con mi madre, o con mis antepasados, pero no me llames republicano. --Tienes aspecto de republicano --agreg� Ellen. --�Tiene �l aspecto de dem�crata? --pregunt� Jake se�alando a Lucien. --Desde luego. Supe que era dem�crata en el momento de echarle la vista encima. --Entonces soy republicano. --�Lo ves! �Lo ves! --exclam� Lucien, al tiempo que se le ca�a el vaso de las manos y se romp�a en mil pedazos--. �Sallie! Dime, Row Ark, �a que no adivinas qui�n fue el tercer hombre blanco de Mississippi que se afili� al NAACP? --Rufus Buckley --respondi� Jake. --Yo. Lucien Wilbank. Me afili� en mil novecientos sesenta y siete. Los blancos cre�an que estaba loco. --Vaya ocurrencia --coment� Jake. --Claro que los negros, o tostados, como los llam�bamos en aquella �poca, tambi�n cre�an que estaba loco. Diablos, todo el mundo me cre�a loco por aquel entonces. --�Han cambiado alguna vez de opini�n? --pregunt� Jake. --Cierra el pico, republicano. Row Ark, �por qu� no te trasladas a Clanton y abrimos un bufete que se ocupe exclusivamente de casos del ACLU? Tr�ete a tu viejo de Boston y lo haremos socio. --�Por qu� no te trasladas t� a Boston? --pregunt� Jake.

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--�Por qu� no te vas al diablo? --�C�mo lo llamaremos --pregunt� Ellen. --El manicomio --respondi� Jake. --Wilbank, Row & Ark. Abogados. --Ninguno de ellos est� colegiado para ejercer --dijo Jake. Los p�rpados de Lucien pesaban varias toneladas cada uno. La cabeza se le ca�a involuntariamente. Mientras Sallie limpiaba, le dio una palmada en el trasero. --Esto ha sido un golpe bajo, Jake --dijo con seriedad. --Row Ark --prosigui� Jake, imitando a Lucien--, adivina qui�n fue el �ltimo abogado al que el Tribunal Supremo de Mississippi expuls� permanentemente del Colegio de Abogados. Ellen sonri� educadamente a ambos, sin decir palabra. --Row Ark --agreg� Lucien, levantando la voz--, �a que no adivinas qui�n ser� el pr�ximo abogado de este condado al que expulsar�n de su despacho? Lucien se re�a a carcajadas y se estremec�a. Jake gui�� el ojo a Ellen. --�Cu�l es el prop�sito de la reuni�n de ma�ana? --pregunt� Lucien cuando se tranquiliz�. --Quiero repasar la lista del jurado contigo y otros. --�Qui�n? --Harry Rex, Stan Atcavage y puede que alguien m�s. --�D�nde? --A las ocho, en mi despacho. Sin alcohol. --Es mi despacho y traer� una caja de whisky si se me antoja. Mi abuelo construy� el edificio, �no lo recuerdas? --�C�mo podr�a olvidarlo? --Row Ark, emborrach�monos. --No, gracias, Lucien. He disfrutado mucho de la cena y de la conversaci�n, pero ahora debo regresar a Oxford. Se pusieron de pie y dejaron a Lucien en la mesa. Jake rechaz� la invitaci�n habitual a sentarse en la terraza. Ellen se march� y �l se retir� a su habitaci�n temporal en el primer piso. Hab�a prometido a Carla que no dormir�a en casa. La llam� por tel�fono. Ella y Hanna estaban bien. Preocupadas, pero bien. No le habl� de Bud Twitty. VEINTINUEVE Una procesi�n de autobuses escolares adaptados, todos ellos pintados de blanco y rojo, verde y negro, u otro centenar de combinaciones crom�ticas y el nombre de la iglesia en los costados, circul� lentamente alrededor de la plaza de Clanton a principios de la tarde del mi�rcoles. Eran treinta y uno en total, todos llenos de negros ancianos que agitaban abanicos de papel y pa�uelos en un esfuerzo vano por ahuyentar el asfixiante calor. Despu�s de dar tres vueltas alrededor del Juzgado, el autob�s que iba en cabeza par� junto a correos y se abrieron treinta y una puertas de par en par. Se vaciaron agitadamente todos los veh�culos. Sus ocupantes se dirigieron a la glorieta situada en el patio del Juzgado, donde el reverendo Ollie Agee daba �rdenes y entregaba pancartas azules y blancas en las que se le�an las palabras: LIBERTAD PARA CARL LEE. Las calles pr�ximas a la plaza quedaron congestionadas con la llegada de coches de todas direcciones que se acercaban lentamente al Juzgado y acababan por aparcar cuando no pod�an seguir avanzando. Centenares de negros abandonaron sus veh�culos en las calles y caminaron solemnemente hacia la plaza para congregarse junto a la glorieta en espera de sus pancartas antes de deambular a la sombra de los robles y las magnolias y saludar a sus amigos. Llegaron m�s autobuses de la iglesia, que no lograron dar la vuelta a la plaza a causa del tr�fico. Sus pasajeros se apearon junto al Coffee Shop.

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Por primera vez en el a�o la temperatura lleg� a los cuarenta, y promet�a ir en aumento. En el cielo no hab�a nubes que protegieran de los ardientes rayos del sol ni brisa que ahuyentase la humedad. Despu�s de quince minutos a la sombra o cinco minutos al sol, las camisas de los hombres quedaban empapadas de sudor y pegadas a la espalda. Algunos de los m�s d�biles o viejos se refugiaron en el edificio del Juzgado. Crec�a la muchedumbre, formada predominantemente por ancianos, pero en la que tambi�n abundaban los j�venes militantes negros de aspecto iracundo que se hab�an perdido las grandes manifestaciones en pro de los derechos humanos de los a�os sesenta y comprend�an que �sta pod�a ser una de las pocas oportunidades de protestar, chillar, cantar �Venceremos� y, en general, celebrar el hecho de ser negro y oprimido en un mundo blanco. Deambulaban a la espera de que alguien tomara el mando. Por �ltimo, tres estudiantes se dirigieron a los pelda�os del Juzgado, levantaron sus pancartas y gritaron: --Libertad para Carl Lee. Libertad para Carl Lee. Inmediatamente, la multitud repiti� el grito de guerra: --�Libertad para Carl Lee! --�Libertad para Carl Lee! --�Libertad para Carl Lee! Abandonaron la sombra de los �rboles y del edificio del Juzgado para acercarse a una tarima improvisada en la que se hab�a instalado un equipo de megafon�a. Sin dirigirse a nadie ni a nada en particular, y en perfecto coro, proclamaban a voces la nueva consigna: --�Libertad para Carl Lee! --�Libertad para Carl Lee! Por las ventanas del Juzgado, abiertas de par en par, los funcionarios y secretarias contemplaban los acontecimientos. El vocer�o se o�a a cuatro manzanas, y las peque�as tiendas y oficinas pr�ximas a la plaza quedaron vac�as. Propietarios y clientes contemplaban at�nitos desde las aceras. Los manifestantes, conscientes de la presencia de espectadores, pusieron mayor ah�nco en sus c�nticos, que aumentaron de ritmo y de volumen. Los buitres segu�an acechando y, excitados por el vocer�o, descendieron al patio del Juzgado con sus c�maras y sus micr�fonos. Ozzie y sus agentes dirigieron el tr�fico hasta que las calles y la carretera quedaron totalmente colapsadas. Y, aunque no hab�a ning�n indicio de que su intervenci�n fuera necesaria, siguieron haciendo acto de presencia. Agee y todos los pastores negros en activo, voluntarios, jubilados y predicadores potenciales de tres condados, deambulaban entre la masa de excitados rostros negros para dirigirse hacia la tarima. La presencia de los religiosos estimulaba a los congregados, cuyos c�nticos retumbaban en la plaza a lo largo de las calles circundantes hasta los adormecidos barrios residenciales y, por �ltimo, al campo. Millares de negros agitaban sus pancartas y gritaban con toda la fuerza de sus pulmones. Agee se balanceaba con la muchedumbre y bailaba a lo largo de la peque�a tarima. Golpeaba las manos de los dem�s pastores. Llevaba el ritmo del vocer�o como un director de orquesta. Era todo un espect�culo. �Libertad para Carl Lee! --�Libertad para Carl Lee! Durante quince minutos, Agee excit� a las masas para convertirlas en un tumulto fren�tico y unificado. Despu�s, cuando su sensible o�do percibi� los primeros indicios de fatiga, se acerc� a los micr�fonos y pidi� silencio. Los rostros sudorosos y jadeantes siguieron vociferando, pero a menor volumen. No tardaron en apagarse los cantos de libertad. Agee rog� se hiciera espacio frente a la tarima para que pudiesen congregarse los periodistas y desempe�ar su funci�n. Demand� recogimiento para acercarse a Dios a trav�s de la oraci�n. El reverendo Roosevelt ofreci� un marat�n al Se�or, una elocuente fiesta de oratoria aliterada que llen� de l�grimas los ojos de muchos asistentes. Cuando, por �ltimo, pronunci� la palabra �am�n�, una voluminosa negra con peluca roja se acerc� a los micr�fonos y abri� su boca descomunal. En un profundo, poderoso y suave tono de voz sure�o, emergi� la primera estrofa de �Venceremos�. Los pastores, a su espal-

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da, juntaron inmediatamente las manos y empezaron a balancearse. En un alarde de espontaneidad, estallaron dos mil voces sorprendentemente armoniosas. El himno eleg�aco y prometedor envolvi� la peque�a ciudad. --�Libertad para Carl Lee! --exclam� alguien al terminar. Y se inici� un nuevo canto. Agee pidi� nuevamente silencio y se acerc� a los micr�fonos. Se sac� una cartulina del bolsillo y empez� su discurso. Como era de esperar, Lucien lleg� tarde y medio borracho. Tra�a consigo una botella, y Jake, Atcavage y Harry Rex rechazaron la copa que les ofreci�. --Son las nueve menos cuarto, Lucien --dijo Jake--. Hace casi una hora que te esperamos. --�Cobro algo por estar aqu�? --pregunt� Lucien. --No, pero te ped� que vinieras a las ocho en punto. --Y tambi�n me dijiste que no trajera ninguna botella. Y yo te record� que este edificio es m�o, construido por mi abuelo, cedido a ti en calidad de inquilino, por un alquiler muy razonable, dicho sea de paso, y pienso ir y venir del mismo cuando se me antoje, con o sin botella. --Olv�dalo. �Has...? --�Qu� hacen esos negros al otro lado de la calle, andando alrededor del Juzgado en la oscuridad? --Se denomina vigilia --respondi� Harry Rex--. Han prometido caminar alrededor del Juzgado con velas encendidas hasta que su hombre sea puesto en libertad. --Podr�a ser una vigilia muy prolongada. Esos individuos pueden seguir ah�, caminando, durante el resto de sus vidas. Quiz� consigan una marca mundial. Tal vez acaben de cera hasta el cogote. Buenas noches, Row Ark. Ellen, sentada junto al escritorio de persiana bajo el retrato de William Faulkner con una copia llena de anotaciones de la lista del jurado en la mano, asinti� y sonri� a Lucien. --Row Ark --dijo Lucien--, siento por ti todo el respeto del mundo. Te considero igual al hombre. Creo en tu derecho al mismo sueldo por un mismo trabajo. Creo en tu derecho a tener hijos o a abortar. Creo en toda esa basura. Eres una mujer, sin derecho a ning�n privilegio especial por tu sexo. Debes recibir el mismo trato que un hombre --agreg�, al tiempo que se sacaba unos billetes del bolsillo--. Y, puesto que eres la pasante, creo, sin discriminaci�n de sexo por mi parte, que eres quien debe ir a comprar una caja de Coors fresca. --No, Lucien --dijo Jake. --Cierra el pico, Jake. --Por supuesto, Lucien --respondi� Ellen de pie, con la mi rada fija en Lucien--. Pero la cerveza la pagar� yo --agreg�, antes de salir del despacho. --�sta puede ser una noche muy larga --refunfu�� Jake, mientras mov�a la cabeza. Harry Rex cambi� de opini�n y agreg� un chorro de whisky a su caf�. --Os ruego que no os emborrach�is --suplic� Jake--. Tenemos trabajo que hacer. --Trabajo mejor cuando estoy borracho --respondi� Lucien. --Yo tambi�n --agreg� Harry Rex. --Esto puede ser interesante --dijo Atcavage. --Lo primero que tenemos que hacer --declar� Jake, con los pies sobre la mesa y el cigarro en la boca-- es decidir un modelo de jurado. --Negro --dijo Lucien. --Negro como la boca de un t�nel --agreg� Harry Rex. --Estoy de acuerdo --respondi� Jake--. Pero no lo lograremos. Buckley se reservar� sus objeciones perentorias para los negros. Podemos estar seguros de ello. Debemos concentrarnos en los blancos.

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--Mujeres --dijo Lucien--. Siempre hay que elegir mujeres para los juicios penales. Tienen el coraz�n m�s grande, son m�s sentimentales y mucho m�s compasivas. Se debe optar siempre por la mujeres. --No --replic� Harry Rex--. No en este caso. Las mujeres no entienden que se pueda coger un rifle y matar a alguien. Lo que se necesitan son padres, padres j�venes que querr�an hacer lo mismo que hizo Hailey. Pap�s con hijitas. --�Desde cu�ndo te has convertido en un experto en la elecci�n del jurado? --pregunt� Lucien--. Cre� que lo tuyo era la astucia en los divorcios. --Lo m�o es la astucia en los divorcios, pero s� c�mo elegir un jurado. --Y escucharlo a trav�s de las paredes. --Esto es un golpe bajo. --Por favor, compa�eros --exclam� Jake, con los brazos en alto--. �Qu� os parece Victor Onzell? �Lo conoces, Stan? --S�, trabaja con nuestro banco. Tiene unos cuarenta a�os, est� casado y tiene tres o cuatro hijos. Blanco. De alg�n lugar del norte. Regenta el local de camioneros de la carretera, al norte de la ciudad. Hace unos cinco a�os que est� aqu�. --Yo no lo elegir�a --dijo Lucien--. Si es del norte, no piensa como nosotros. Probablemente es partidario del control armamentista y toda esa basura. Los yanquis siempre me dan miedo en los casos penales. Siempre he cre�do que deber�amos tener una ley en Mississippi que prohibiese a los yanquis formar parte de los jurados independientemente del tiempo que hayan pasado entre nosotros. --Muchas gracias --respondi� Jake. --Yo lo elegir�a --dijo Harry Rex. --�Por qu�? --Tiene hijos, probablemente alguna hija. Si es del norte, es probable que tenga menos prejuicios. Me parece una buena elecci�n. --John Tate Aston. --Est� muerto --dijo Lucien. --�C�mo? --He dicho que est� muerto. Falleci� hace tres a�os. --�Por qu� est� en la lista? --pregunt� Atcavage, que no era abogado. --No actualizan las listas de empadronamiento --aclar� Harry Rex, entre trago y trago--. Unos mueren, otros se trasladan, y es imposible mantener el registro al d�a. Han mandado ciento cincuenta citaciones y se espera que se presenten entre cien y ciento veinte. El resto han fallecido o se han trasladado. --Caroline Baxter. Ozzie dice que es negra --dijo Jake, despu�s de consultar sus notas--. Trabaja en la f�brica de carburadores de Karaway. C�gela --dijo Lucien. Ojal� --respondi� Jake. Ellen regres� con la cerveza. Dej� el paquete sobre las rodillas de Lucien, cogi� una lata, la abri� y regres� a su escritorio. Jake dijo que no le apetec�a, pero Atcavage decidi� que ten�a sed. --Joe Kitt Shepherd. --Debe de tratarse de un fan�tico sure�o --dijo Lucien. --�Por qu� lo dices? --pregunt� Harry Rex. --Por los dos nombres --respondi� Lucien--. Casi todos los fan�ticos sure�os tienen dos nombres, como Billy Ray, Johnny Ray, Bobby Lee, Harry Lee, Jesse Earl, Billy Wayne, Jerry Wayne o Eddie Mack. Incluso sus esposas tienen dos nombres: Bobbie Sue, Betty Pearl, Mary Belle, Thelma Lou, Sally Fay. --�Qu� me dices de Harry Rex? --pregunt� Harry Rex. --Nunca he o�do que una mujer se llame Harry Rex. --Y, como nombre masculino, �ser�a el de un fan�tico sure�o?

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--Supongo que podr�a serlo. --Dell Perry dice que ten�a una tienda de art�culos de pesca junto al lago. Seguramente, nadie lo conoce --interrumpi� Jake. --No, pero apuesto a que es un fan�tico --respondi� Lucien--. A juzgar por el nombre. Yo lo eliminar�a de la lista. --�No tienes sus domicilios, edades, ocupaciones o informaci�n b�sica por el estilo? -- pregunt� Atcavage. --No hasta el d�a del juicio. El lunes, cada miembro potencial del jurado rellenar� un cuestionario en el Juzgado. Pero, hasta entonces, disponemos s�lo de nombres. --�Qu� tipo de jurado buscamos, Jake? --pregunt� Ellen. --Hombres de familia entre j�venes y maduros. Preferir�a que no hubiese nadie de m�s de cincuenta a�os. --�Por qu�? --pregunt� beligerantemente Lucien. --Los blancos j�venes son m�s tolerantes respecto a los negros. --Como Cobb y Willard --replic� Lucien. --A la mayor�a de los hombres mayores siempre les desagradar�n los negros, pero la nueva generaci�n ha aceptado una sociedad integrada. Por regla general, los j�venes son menos fan�ticos. --Estoy de acuerdo --agreg� Harry Rex--. Yo me mantendr�a alejado de las mujeres y de los fan�ticos. --Eso es lo que me propongo... --Creo que te equivocas --dijo Lucien--. Las mujeres son m�s compasivas. F�jate en Row Ark: compadece a todo el mundo. �No es cierto, Row Ark? --Cierto, Lucien. --Compadece a los criminales, a los porn�grafos de ni�os, a los ateos, a los inmigrantes ilegales, a los homosexuales. �No es cierto, Row Ark? --Cierto, Lucien. --Ella y yo somos los dos �nicos miembros del ACLU existentes en este mismo momento en Ford County, Mississippi. --Es repugnante --exclam� Atcavage, el empleado de banca. --Clyde Sisco --dijo Jake levantando la voz con la esperanza de minimizar la controversia. --Se le puede comprar --declar� afectadamente Lucien. --�Qu� quieres decir con eso de que �se le puede comprar�?--pregunt� Jake. --Exactamente lo que he dicho. Se le puede comprar. --�C�mo lo sabes? --pregunt� Harry Rex. --�Bromeas? Es un Sisco. El mayor pu�ado de granujas del este del condado. Viven todos en la zona de Mays. Son ladrones y defraudadores profesionales de las compa��as de seguros. Incendian sus casas cada tres a�os. �Nunca has o�do hablar de ellos? -- vociferaba Lucien en direcci�n a Harry Rex. --No. �C�mo sabes que se le puede comprar? --Porque ya lo he hecho en una ocasi�n. En un juicio civil, hace diez a�os. Estaba entre los miembros del jurado y le hice saber que le dar�a el diez por ciento de la cantidad del veredicto. Eso es muy persuasivo. Jake dej� la lista sobre la mesa y se frot� los ojos. Sab�a que, probablemente, aquello era cierto, pero no quer�a creerlo. --�Y bien? --pregunt� Harry Rex. --Particip� en el juicio como miembro del jurado y la cantidad que otorgaron fue la mayor de la historia de Ford County. Todav�a lo es. --�Stubblefield? --pregunt� Jake con incredulidad.

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--Lo has acertado, amigo m�o. Stubblefield contra North Texas Pipeline. Septiembre de 1974. Ochocientos mil d�lares. Ratificado en apelaci�n por el Tribunal Supremo. --�Le pagaste? --pregunt� Harry Rex. Lucien vaci� el vaso de un largo trago y apret� los labios. --Ochenta mil al contado, en billetes de cien d�lares --respondi� con orgullo--. Construy� una nueva casa y, a continuaci�n, la incendi�. --�Cu�l era tu porcentaje? --pregunt� Atcavage. --El cuarenta por ciento menos ochenta mil d�lares. Se hizo un silencio en la sala mientras todo el mundo, a excepci�n de Lucien, hac�a c�lculos. --Caramba --farfull� Atcavage. --Bromeas, �no es cierto, Lucien? --pregunt� Jake con escasa convicci�n. --Sabes que hablo en serio, Jake. Miento constantemente, pero nunca sobre cosas como �sta. Lo que os he contado es cierto y os aseguro que a ese individuo se le puede comprar. --�Por cu�nto? --pregunt� Harry Rex. --�Olv�dalo! --dijo Jake. --Cinco mil al contado, supongo. --�Olv�dalo! Se hizo una pausa mientras todos miraban a Jake para asegurarse de que no se interesaba por Clyde Sisco, y cuando fue evidente que as� era bebieron un trago a la espera de otro nombre. Alrededor de las diez y media, Jake tom� su primera cerveza y, al cabo de una hora, con cuarenta nombres todav�a por repasar, la caja estaba vac�a. Lucien se tambale� hasta el balc�n y contempl� a los negros que paseaban con velas por la acera alrededor del Juzgado. --Jake, �qu� hace ese polic�a sentado en su coche frente a mi despacho? --Es mi guardaespaldas. --�C�mo se llama? --Nesbit. --�Est� despierto? --Probablemente no. --Oye, Nesbit --chill� Lucien, inclinado peligrosamente sobre la baranda. --S�, �qu� ocurre? --respondi� el agente despu�s de abrir la puerta del coche. --Jake quiere que vayas a la tienda y nos traigas unas cuantas cervezas. Tiene mucha sed. Aqu� tienes un billete de veinte. Le gustar�a que trajeras una caja de Coors. --No puedo comprar cerveza cuando estoy de servicio --protest� Nesbit. --�Desde cu�ndo? --ri� Lucien. --No puedo. --No es para ti, Nesbit. Es para el se�or Brigance, que realmente la necesita. Ha llamado ya al sheriff y dice que no hay inconveniente. --�Qui�n ha llamado al sheriff? --El se�or Brigance --minti� Lucien--. El sheriff ha dicho que no le importa lo que hagas a condici�n de que no bebas. Nesbit se encogi� de hombros, aparentemente satisfecho, y Lucien dej� caer el billete de veinte desde el balc�n. Al cabo de unos minutos, Nesbit regres� con una caja, de la que se hab�a retirado una botella que descansaba abierta sobre el radar de su veh�culo. Lucien orden� a Atcavage que bajara a buscar la cerveza y distribuy� las seis primeras botellas. Al cabo de una hora hab�an llegado al final de la lista y la fiesta hab�a terminado. Nesbit subi� a Harrys Rex, Lucien y Atcavage al coche patrulla y los llev� a sus respectivas casas.

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Jake y su ayudante se quedaron sentados en el balc�n, contemplando las velas parpadeantes que giraban lentamente alrededor del Juzgado. Hab�a varios coches aparcados al oeste de la plaza, cerca de un reducido grupo de negros sentados con las velas a la espera de su turno. --No ha estado mal --coment� Jake con la mirada fija en la vigilia--. Hemos escrito algo junto a todos los nombres a excepci�n de veinte. --�Cu�l va a ser el pr�ximo paso? --Intentar� descubrir algo respecto a los veinte restantes y abriremos una ficha para cada miembro potencial del jurado. El lunes los conoceremos como si fueran de la familia. Nesbit regres� a la plaza y dio un par de vueltas mientras contemplaba a los negros. Aparc� entre el Saab y el BMW. --El informe McNaghten es una obra maestra. Nuestro psiquiatra, el doctor Bass, vendr� aqu� ma�ana y quiero que lo repases con �l. Debes subrayar las preguntas que necesariamente se le formular�n en el juicio y estudiarlas con �l. Me preocupa. Conf�o en Lucien, pero no conozco al doctor. Consigue su curr�culum e invest�galo a fondo. Haz todas las llamadas telef�nicas que sean necesarias. Consulta al Colegio de M�dicos para asegurarte de que no tiene un historial de problemas disciplinarios. Es muy importante para el caso y no quiero encontrarme con ninguna sorpresa. --De acuerdo, jefe. --Esc�chame, Row Ark, �sta es una ciudad muy peque�a --dijo Jake al terminar su �ltima cerveza--. Mi esposa se march� hace cinco d�as y estoy seguro de que pronto lo sabr� la gente. Tu aspecto es sospechoso. A la gente le encanta chismorrear y conviene que seas discreta. Qu�date en el despacho, ded�cate a investigar y dile a quien te lo pregunte que sustituyes a Ethel. --Es un gran sujetador que rellenar. --Puedes hacerlo si te lo propones. --Espero que comprendas que no soy ni mucho menos tan amable como las circunstancias me obligan a aparentar. --Lo s�. Vieron c�mo un nuevo grupo de negros tomaba el relevo y se hac�a cargo de las velas. Nesbit arroj� una lata vac�a de cerveza a la acera. --�No vas a regresar a tu casa en coche? --pregunt� Jake. --No ser�a una buena idea. No creo que pudiera superar la prueba de alcoholemia. --Puedes dormir en el sof� de mi despacho. --Gracias. Lo har�. Jake se despidi�, cerr� el despacho e intercambi� unas pocas palabras con Nesbit. A continuaci�n, se instal� cuidadosamente al volante del Saab. Nesbit le sigui� hasta su casa en Adams. Aparc� en el cobertizo, junto al coche de Carla, y Nesbit lo hizo frente a la casa. Era la una de la madrugada del jueves dieciocho de julio. TREINTA Llegaron en grupos de dos y de tres desde todos los confines del Estado y aparcaron en la pista forestal, junto a la caba�a, en las profundidades del bosque. Al entrar en la caba�a, vest�an como cualquier obrero, pero, una vez en su interior, se pusieron lenta y meticulosamente sus t�nicas y capirotes planchados y doblados a la perfecci�n. Admiraron sus respectivos atuendos mientras se ayudaban los unos a los otros con ellos. Muchos se conoc�an entre s�, aunque fueron necesarias algunas presentaciones. Eran cuarenta en total; una cantidad muy satisfactoria. Stump Sisson estaba contento. Circulaba por la estancia con un vaso de whisky en la mano, alentando a su equipo como un entrenador antes del partido. Inspeccion� los uniformes e hizo algunos ajustes. Se sent�a orgulloso de sus hombres y as� se lo dijo. Era la ma-

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yor concentraci�n de aquel g�nero desde hac�a muchos a�os, seg�n declar�. Admiraba el sacrificio que supon�a su presencia. Sab�a que todos ten�an trabajos y familias que atender, pero aquello era importante. Habl� de los tiempos gloriosos, de cuando se les tem�a en Mississippi y gozaban de poder. Aquellos tiempos deb�an regresar, y correspond�a a aquel grupo de hombres abnegados defender los intereses de los blancos. La manifestaci�n ser�a peligrosa, declar�. Los negros pod�an manifestarse d�a y noche sin que a nadie le importara. Pero, en el momento en que lo hac�an los blancos, el resultado era imprevisible. Las autoridades les hab�an concedido permiso para manifestarse, y el sheriff negro prometi� que no habr�a des�rdenes p�blicos, pero, en la actualidad, la mayor�a de las manifestaciones del Klan se ve�an conturbadas por bandas errantes de gamberros negros. Por consiguiente, deb�an mantenerse unidos y ser cautelosos. �l, Stump, ser�a el orador. Despu�s de escuchar atentamente su discurso, se subieron a una docena de coches para seguirle hacia la ciudad. Pocos eran los habitantes de Clanton, si es que alguno hab�a, que hubiesen presenciado una manifestaci�n del Klan y, cuando se aproximaban las dos de la tarde, una fuerte ola de emoci�n empez� a estremecer la plaza. Los tenderos y sus clientes hallaron pretextos para inspeccionar la acera. Claramente agrupados, examinaban los callejones. Los buitres hab�an salido en masa y se congregaron cerca de la glorieta del jard�n. Bajo un enorme roble, se reuni� un grupo de j�venes negros. Ozzie present�a que habr�a problemas, pero le aseguraron que s�lo hab�an venido a observar y escuchar. El sheriff les dijo que los encerrarla si se produc�a alg�n disturbio, y coloc� estrat�gicamente a sus hombres alrededor del Juzgado. --�Ah� vienen! --exclam� alguien. Los espectadores se esforzaron para vislumbrar a los componentes del Klan, que avanzaban ostentosamente por un callej�n que desembocaba en Washington Avenue, l�mite septentrional de la plaza. Caminaban con cautela pero con soberbia y el rostro oculto tras la siniestra m�scara roja y blanca que colgaba de su regio capirote. El p�blico contemplaba ensimismado aquellas figuras sin rostro conforme la procesi�n avanzaba lentamente por Washington, luego por Caffrey Street y, a continuaci�n, hacia el este por Jackson Street. Stump abr�a con orgullo la comitiva. Cuando lleg� cerca de la fachada principal del Juzgado, gir� bruscamente a la izquierda y condujo a su tropa a lo largo de la prolongada acera del centro del jard�n. Se agruparon para formar un vago semic�rculo alrededor del podio situado en la escalera del Juzgado. Los buitres se empujaban y tropezaban entre s� tras la procesi�n, y cuando Stump orden� a sus hombres que pararan, aparecieron inmediatamente una docena de micr�fonos en el podio, con cables que sal�an en todas direcciones hacia las c�maras y magnet�fonos. Bajo el �rbol, el grupo de negros era mayor, mucho mayor, y algunos de ellos se hab�an acercado a pocos metros del semic�rculo. Las aceras quedaron desiertas cuando los tenderos, sus clientes y otros curiosos cruzaron la calle para acercarse al jard�n y o�r lo que el jefe, aquel individuo bajo y gordete, estaba a punto de decir. Los agentes circulaban lentamente entre la muchedumbre, con particular inter�s por el grupo de negros. Ozzie se instal� bajo el roble, entre los suyos. Jake observaba atentamente desde la ventana del despacho de Jean Gillespie en el segundo piso. La presencia de los miembros del Klan, de punta en blanco, con sus rostros cobardes ocultos tras aquellos siniestros antifaces, le produc�a n�useas. El capirote blanco, s�mbolo de odio y violencia en el sur durante muchas d�cadas, hab�a regresado. �Cu�l de aquellos individuos hab�a colocado la cruz en llamas en su jard�n? �Cu�l ser�a el pr�ximo en intentar algo? Desde el segundo piso, ve�a c�mo los negros se acercaban lentamente. --�A vosotros, negros, nadie os ha invitado a esta manifestaci�n! --chill� Stump junto al micr�fono, al tiempo que los se�alaba con el dedo--. �Esto es una reuni�n del Klan y no una convocatoria para un pu�ado de negros! En las calles laterales y callejones situados tras una hilera de edificios de ladrillo rojo, se registraba una afluencia continuada de negros en direcci�n al Juzgado. Se unieron a los dem�s y, en cuesti�n de segundos, el n�mero de negros era diez veces superior al de Stump y sus muchachos. Ozzie pidi� ayuda por radio.

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--Me llamo Stump Sisson --declar�, mientras se quitaba el antifaz--. Y me siento orgulloso de decir que soy el mago imperial en Mississippi del imperio invisible del Ku Klux Klan. Estoy aqu� para declarar que los ciudadanos blancos y respetuosos de la ley en Mississippi estamos hartos de que los negros roben, violen, asesinen y se salgan con la suya. Exigimos justicia y exigimos que ese negro llamado Hailey sea condenado y que su oscuro cuerpo acabe en la c�mara de gas. --�Libertad para Carl Lee! --exclam� uno de los negros. --�Libertad para Carl Lee! --repitieron al un�sono. --�Libertad para Carl Lee! --�Callad, malditos negros! --replic� Strump--. �Cerrad el pico, animales! Sus hombres lo miraban, paralizados, de espaldas al griter�o. Ozzie y otros seis agentes caminaban entre la muchedumbre. --�Libertad para Carl Lee! --�Libertad para Carl Lee! El rostro habitualmente encendido de Stump estaba al rojo vivo. Sus dientes mord�an casi los micr�fonos. --�Callaos, malditos negros! Ayer hicisteis vuestra manifestaci�n y no os molestamos. �Tenemos derecho a reunirnos en paz, igual que vosotros! �Ahora cerrad el pico! Crec�a el vocer�o: --�Libertad para Carl Lee! �Libertad para Carl Lee! --�D�nde est� el sheriff? Se supone que su obligaci�n es la de mantener la ley y el orden. Ordene a esos negros que se callen para que podamos proseguir en paz. �No sabe cumplir con su obligaci�n, sheriff? �Es incapaz de controlar a su propia gente? Todos pod�is ver lo que ocurre cuando se elige a un negro para un cargo p�blico. Sigui� el vocer�o. Stump se retir� de los micr�fonos y contempl� a los negros. Los fot�grafos y c�maras de televisi�n andaban de un lado para otro procurando no perderse detalle. Nadie se fij� en una peque�a ventana del tercer piso del Juzgado, que se abri� lentamente y, desde la oscuridad de su interior, alguien arroj� una rudimentaria bomba incendiaria al podio. Cay� exactamente a los pies de Stump, estall� y envolvi� al mago en llamas. Hab�an comenzado los disturbios. Stump chillaba desesperadamente mientras rodaba por los pelda�os. Tres de sus hombres se despojaron de sus t�nicas e intentaron sofocar las llamas con ellas. El podio de madera ard�a, con un inconfundible olor a gasolina. Los negros, provistos de palos y navajas, arremetieron contra todo rostro o t�nica blancos. Debajo de cada t�nica blanca hab�a una corta porra negra y los miembros del Klan demostraron estar preparados para el ataque. A los pocos segundos de la explosi�n, los jardines del palacio de Justicia de Ford County se hab�an convertido en un campo de batalla, donde la gente chillaba, gem�a y blasfemaba entre una espesa nube de humo. Rocas, piedras y porras llenaban el ambiente mientras los dos grupos libraban un combate cuerpo a cuerpo. Empezaron a desplomarse cuerpos sobre el frondoso c�sped verde. Ozzie fue el primero en caer, v�ctima de un contundente golpe en la nuca con una palanca. Nesbit, Prather, Hastings, Pirtle, Tatum y otros agentes corr�an de un lado para otro, intentando en vano separar a los combatientes antes de que se mataran. En lugar de ponerse r�pidamente a cubierto, los buitres circulaban est�pidamente entre el humo y la violencia, procurando captar con arrojo las mejores im�genes de la contienda. Eran carne de ca��n. Una c�mara, con su ojo derecho pegado al objetivo, recibi� una pedrada en el izquierdo. Se desplom� junto con su m�quina sobre la acera, y al cabo de unos segundos apareci� otro c�mara que film� a su compa�ero ca�do. Una arrojada y atareada periodista de una emisora de Memphis entr� decididamente en el campo de batalla, micr�fono en mano, con su operador pis�ndole los talones con la c�mara. Despu�s de esquivar un ladrillo, se acerc� demasiado a un corpulento miembro del Klan que acababa de apalizar a una pareja de adolescentes negros y que, con un poderoso grito, le dio un porrazo en su atractiva cabeza, la pate� cuando se ca�a y, a continuaci�n, agredi� brutalmente a su operador.

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Llegaron refuerzos de la polic�a municipal de Clanton. En el centro del campo de batalla, se reunieron Nesbit, Prather y Hastings espalda contra espalda, y empezaron a disparar al aire con su arma reglamentaria Smith & Wesson magnum, calibre tres cinco siete. El ruido de los disparos interrumpi� los disturbios. Todos dejaron de luchar y miraron a su alrededor a fin de comprobar de d�nde proced�a el fuego, para luego separarse inmediatamente y desafiarse con la mirada. Retrocedieron lentamente hacia sus propios grupos. Los agentes formaron una l�nea divisoria entre los negros y los miembros del Klan, agradecidos todos ellos por la tregua. Una docena de heridos fueron incapaces de replegarse. Ozzie estaba aturdido en el suelo frot�ndose la nuca. La se�orita de Memphis segu�a inconsciente, con una fuerte hemorragia en la cabeza. Varios miembros del Klan, con sus t�nicas blancas sucias y ensangrentadas, yac�an cerca de la acera. El fuego ard�a, a�n. Se acerc� el sonido de las sirenas, y, por �ltimo, los coches de bomberos y las ambulancias llegaron al campo de batalla. Los bomberos y los enfermeros atendieron a los heridos. No hab�a ning�n muerto. Stump Sisson fue el primero al que se llevaron. Medio a rastras, medio en brazos, acompa�aron a Ozzie a un coche patrulla. Llegaron refuerzos y dispersaron la muchedumbre. Jake, Harry Rex y Ellen comieron una pizza tibia mientras miraban atentamente el peque�o televisor de la sala de conferencias cuando transmit�an los acontecimientos del d�a en Clanton, Mississippi. La CBS lo difundi� en medio de las noticias. Al parecer, su periodista hab�a salido ileso de los disturbios y coment� el reportaje filmado que cubr�a paso a paso la manifestaci�n, el griter�o, el altercado y la bomba incendiaria. --A �ltima hora de la tarde --dec�a--, se desconoc�a el n�mero exacto de heridos. Se supone que las lesiones m�s graves son las extensas quemaduras sufridas por el se�or Sisson, que se identific� como mago imperial del Ku Klux Klan. Su estado se ha descrito como de pron�stico reservado en el hospital MidSouth Burn de Memphis, donde est� ingresado. No ten�a ni idea --dijo Jake. --�No te hab�an dicho nada? --pregunt� Harry Rex. --Ni una palabra. Y se supone que deben comunic�rmelo antes que a la CBS. El periodista desapareci� y Dan Rather dijo que volver�a dentro de un momento. --�Qu� significa eso? --pregunt� Ellen. --Significa que Noose es un est�pido por no trasladar el juicio a otra poblaci�n. --Al�grate de que no lo haya hecho --dijo Harry Rex--. Te servir� de argumento para la apelaci�n. --Gracias. Agradezco tu confianza en m� como abogado. Son� el tel�fono. Harry Rex lo contest� y salud� a Carla antes de pasarle el auricular a Jake. --Es tu mujer. �Podemos escuchar? --�No! Id por otra pizza. Hola, cari�o. --Jake, �est�s bien? --Claro que estoy bien. --Acabo de ver las noticias. Es horrible. �D�nde estabas? --Vest�a una de las t�nicas blancas. --Jake, por favor. No tiene gracia. --Estaba en el despacho de Jean Gillespie, en el segundo piso. Ten�amos unas butacas excelentes. Lo hemos visto todo. Ha sido muy emocionante. --�Qui�n es esa gente? --Los mismos que quemaron una cruz en nuestro jard�n e intentaron hacer volar nuestra casa. --�De d�nde son?

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--De todas partes. Hay cinco de ellos en el hospital, domiciliados en distintos lugares del Estado. Uno de ellos es de aqu�. �C�mo est� Hanna? --Muy bien. Quiere regresar a casa. �Se aplazar� el juicio? --Lo dudo. --�Est�s a salvo? --Por supuesto. Me acompa�a siempre un guardaespaldas y llevo un treinta y ocho en el malet�n. No te preocupes. --No puedo evitarlo, Jake. Necesito estar en casa contigo. --No. --Hanna puede quedarse aqu� hasta que todo termine, pero yo quiero volver a casa. --No, Carla. S� que ah� est�s a salvo. Pero aqu� correr�as peligro. --Entonces t� tambi�n corres peligro. --Estoy todo lo protegido que puedo estar. Pero no debo arriesgarme contigo y con Hanna. Olv�dalo. Es mi �ltima palabra. �C�mo est�n tus padres? --No he llamado para hablar de mis padres. He llamado porque tengo miedo y quiero estar contigo. --Yo tambi�n quiero estar contigo, pero no ahora. Te ruego que lo comprendas. --�D�nde te alojas? --pregunt�, despu�s de titubear. --Casi siempre en casa de Lucien. Alguna vez en casa, con mi guardaespaldas aparcado frente a la puerta. --�C�mo est� mi casa? --Sigue ah�. Sucia, pero sigue ah�. --La echo de menos. --Cr�eme, ella tambi�n a ti. --Te quiero, Jake, y estoy asustada. --Yo tambi�n te quiero, y no tengo miedo. Tranquil�zate y cuida de Hanna. --Adi�s. --Adi�s. Jake entreg� el auricular a Ellen. --�D�nde est�? --En Wilmington, Carolina del Norte. All� es donde veranean sus padres. Harry Rex hab�a ido a por otra pizza. --La echas de menos, �no es cierto? --pregunt� Ellen. --M�s de lo que imaginas. --No creas. Lo supongo. A medianoche estaban en la caba�a bebiendo whisky, maldiciendo a los negros y comparando sus heridas. Varios de ellos acababan de regresar del hospital de Memphis, donde hab�an estado visitando a Stump Sisson. Les dijo que prosiguieran como estaba previsto. Once de ellos hab�an salido del hospital de Ford County con cortes y contusiones, y los dem�s admiraban sus heridas mientras cada uno de ellos relataba hasta el �ltimo detalle de su valiente lucha con numerosos negros antes de ser herido, generalmente por la espalda o a traici�n. Eran los h�roes, los que llevaban vendajes. A continuaci�n, tambi�n los otros contaron sus aventuras, y circul� el whisky. Alabaron al m�s corpulento cuando describi� su ataque contra la atractiva periodista de la televisi�n y su operador negro. Despu�s de un par de horas bebiendo mientras narraban sus aventuras, la conversaci�n se centr� en la misi�n que ten�an entre manos. Apareci� un mapa del condado y uno de los lugare�os se�al� los objetivos. Deb�an ocuparse de veinte casas aquella noche; veinte

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nombres extra�dos de la lista de miembros potenciales del jurado que alguien les hab�a proporcionado. Cinco grupos de cuatro individuos cada uno abandonaron la caba�a en camionetas y se perdieron en la oscuridad para seguir perpetrando fechor�as. En cada camioneta hab�a cuatro cruces de madera, modelo reducido, de tres metros por metro treinta, empapadas de petr�leo. Los objetivos estaban en �reas aisladas, lejos del tr�fico y de los vecinos, en pleno campo, donde los sucesos pasan desapercibidos porque la gente se acuesta temprano y duerme profundamente. El plan de ataque era sencillo: la camioneta se detendr�a a unos cien metros de la casa, donde no se la viera, sin luces, y el conductor mantendr�a el motor en marcha mientras los otros tres llevaban la cruz a cuestas hasta el jard�n, la clavaban en el suelo y arrojaban una antorcha encendida. A continuaci�n, la camioneta les recog�a frente a la casa y hu�an sigilosamente hacia el pr�ximo objetivo. El plan funcion� bien y sin contratiempos en diecinueve de los veinte objetivos se�alados. Pero en la casa de Luther Pickett un ruido extra�o hab�a despertado a Luther con anterioridad, y estaba �ste sentado en la oscuridad de la terraza a la espera de nada en particular cuando atisb� los sospechosos movimientos de una extra�a camioneta en el camino, m�s all� de su pacana. Cogi� la escopeta y oy� c�mo la camioneta giraba antes de detenerse. Escuch� voces y vio tres sombras que transportaban un palo o algo por el estilo hacia su jard�n, junto al camino. Luther se agach� tras un matorral y apunt�. El conductor tom� un sorbo de cerveza fresca y esper� a ver la cruz en llamas. En su lugar, son� un disparo. Sus compa�eros abandonaron la cruz, la antorcha y el jard�n para refugiarse en una peque�a cuneta. Otro disparo. El conductor o�a los gritos y las maldiciones. �Ten�a que rescatarlos! Arroj� la cerveza y pis� el acelerador. El viejo Luther dispar� de nuevo al salir de la terraza y volvi� a disparar cuando el veh�culo par� junto a la peque�a cuneta pr�xima al camino. Los tres se arrastraron desesperadamente por el barro, entre resbalones y tropezones, insultos y blasfemias, en un esfuerzo feroz por subirse a la caja del peque�o cami�n. --�Agarraos! --chill� el conductor mientras Luther disparaba de nuevo, en esta ocasi�n rociando la camioneta de perdigones. Observ� sonriente c�mo se alejaba el veh�culo, levantando gravilla y patinando entre cunetas. S�lo un pu�ado de chicos borrachos, pens�. En una cabina telef�nica, un miembro del Klan ten�a la lista con veinte nombres y veinte n�meros de tel�fono. Los llam� uno por uno s�lo para decirles que se asomaran al jard�n. TREINTA Y UNO El viernes por la ma�ana, Jake llam� por tel�fono a la casa de Noose y la se�ora Ichabod le inform� de que su se�or�a estaba en Polk County, donde presid�a un juicio civil. Despu�s de darle instrucciones a Ellen, Jake sali� hacia Smithfield, a una hora de camino. Salud� a su se�or�a con la cabeza al entrar en la sala y se sent� en primera fila. A excepci�n del jurado, no hab�a p�blico en la sala. Noose estaba aburrido, los miembros del jurado estaban aburridos, los abogados estaban aburridos y, al cabo de un par de minutos, Jake estaba aburrido. Cuando el testigo acab� de declarar, Noose orden�. una suspensi�n breve de la vista y Jake se dirigi� a su despacho. --Hola, Jake. �C�mo est� usted? --Se habr� enterado de lo que ocurri� ayer. --Lo vi anoche en las noticias. --�Se ha enterado de lo ocurrido esta ma�ana? --No. --Evidentemente, alguien le entreg� al Klan una lista de los miembros potenciales del jurado. Anoche quemaron cruces en los jardines de veinte de ellos.

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--�Nuestro jurado! --exclam� Noose turbado. --S�, se�or. --�Cogieron a alguien? --Claro que no. Estaban demasiado ocupados apagando las hogueras. Adem�s, esa gente no se deja coger. --Veinte miembros de nuestro jurado --repiti� Noose. --S�, se�or. Noose se pasaba la mano por su frondosa cabellera canosa mientras caminaba por la peque�a estancia moviendo la cabeza y, de vez en cuando, rasc�ndose la horcajadura. --Yo dir�a que se trata de intimidaci�n --susurr�. Vaya inteligencia, pens� Jake. Un aut�ntico genio. --Eso parece. --�Qu� se supone que debo hacer? --pregunt�, con cierta frustraci�n. --Trasladar el juicio a otra localidad. --�D�nde? --La regi�n meridional del Estado. --Comprendo. Tal vez al condado de Carey, donde creo que el sesenta por ciento de la poblaci�n es negra. All� se garantizar�a, como m�nimo, la falta de unanimidad en el jurado, �no es cierto? O puede que prefiriera Bromer County, donde tengo entendido que la proporci�n de negros es todav�a superior. Probablemente lograr�a que lo declarasen inocente, �no cree? --No me importa al lugar al que lo traslade, pero no es justo que se le juzgue en Ford County. Las cosas ya estaban bastante mal antes de la guerra de ayer. Ahora el humor de los blancos es realmente de linchamiento y la cabeza de mi defendido es la m�s accesible. La situaci�n era terrible antes de que el Klan empezara a decorar el condado con �rboles de Navidad. Qui�n sabe qu� intentar�n antes del lunes. No hay forma de elegir un jurado justo e imparcial en Ford County. --�Quiere decir un jurado negro? --�No, se�or! Quiero decir un jurado que no haya prejuzgado el caso. Carl Lee Hailey tiene derecho a que lo juzguen doce personas que no hayan decidido de antemano su culpabilidad o inocencia. Noose se acerc� a su sill�n y se dej� caer en el mismo. Se quit� las gafas y se rasc� la punta de la nariz. --Podr�amos exonerar a los veinte afectados --coment� el juez. --No servir�a de nada. Todo el condado est� al corriente de lo ocurrido, o lo estar� en pocas horas. Usted sabe la rapidez con que circulan las noticias. Todos los componentes del jurado se sentir�n amenazados. --Entonces podr�amos exonerarlos a todos y abrir una nueva convocatoria. --Ser� in�til --replic� Jake, frustrado ante la terquedad de Noose--. Todos los miembros del jurado deben ser habitantes de Ford County y no hay nadie que no est� al corriente de los acontecimientos. Adem�s, �c�mo va a impedir que el Klan intimide a los nuevos miembros del jurado? Ser� in�til. --�Por qu� est� tan seguro de que el Klan no seguir� el caso si lo trasladamos a otro condado? --pregunt� el juez con sarcasmo en cada una de sus palabras. --Creo que lo har� --admiti� Jake--. Pero no lo sabemos con seguridad. Lo que s� sabemos es que el Klan est� ya en Ford County, que en estos momentos es bastante activo y que ha intimidado a algunos miembros potenciales del jurado; esta es la realidad. La cuesti�n es: �qu� piensa hacer al respecto? --Nada --respondi� categ�ricamente Noose. --�C�mo? --Nada. Me limitar� a exonerar a los veinte en cuesti�n. El lunes, cuando empiece el juicio en Clanton, someter� a todos los miembros a un meticuloso interrogatorio.

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Jake le miraba con incredulidad. Noose ten�a alguna raz�n, motivo o temor que no revelaba. Lucien estaba en lo cierto: alguien le presionaba. --�Puedo preguntar por qu�? --Estoy convencido de que no importa d�nde juzguemos a Carl Lee Hailey. No creo que importe a qui�n elijamos para formar parte del jurado ni cu�l sea su color. Todo el mundo, sea quien sea o de donde sea, ha tomado ya una decisi�n. Ya han decidido, Jake, y su misi�n consiste en elegir a los que creen que su defendido es un h�roe. Probablemente eso es cierto, pens� Jake, aunque no estaba dispuesto a admitirlo. --Por qu� no se atreve a trasladarlo? --pregunt� Jake sin dejar de mirar por la ventana. --�Atreverme? --exclam� Ichabod con los ojos entornados y la mirada fija en Jake--. No temo ninguna de mis decisiones. �Por qu� le da miedo que el juicio se celebre en Ford County? --Cre� que acababa de explic�rselo. --El juicio del se�or Hailey se celebrar� en Ford County a partir del lunes. Es decir, dentro de tres d�as. Y all� se celebrar� el juicio, no porque no me atreva a trasladarlo, sino porque de nada servir�a hacerlo. He pensado muy detenidamente en ello, se�or Brigance, muchas veces, y me parece satisfactorio que el juicio se celebre en Clanton. No se trasladar�. �Algo m�s? --No, se�or. --Me alegro. Nos veremos el lunes. Jake entr� en su despacho por la puerta trasera. La puerta principal permanec�a siempre cerrada desde hac�a una semana y en todo momento hab�a alguien que llamaba o daba voces junto a ella. Se trataba generalmente de periodistas, pero tambi�n hab�a muchos amigos que pasaban para charlar un rato e indagar acerca del famoso juicio. Los clientes formaban parte del pasado. El tel�fono no dejaba de llamar. Jake nunca lo contestaba y Ellen lo hac�a si estaba cerca. Jake se la encontr� en la sala de conferencias, rodeada de montones de textos jur�dicos. El informe McNaghten era una obra de arte. Le hab�a pedido un m�ximo de veinte p�ginas, pero ella le entreg� setenta y cinco perfectamente mecanografiadas y de una redacci�n impecable, y le explic� que no hab�a forma de describir la versi�n de Mississippi de McNaghten con menos palabras. Su investigaci�n era minuciosa y detallada. Hab�a empezado con el caso McNaghten original, el de Inglaterra durante el siglo diecinueve, y continu� con la ley de enajenaci�n mental en Mississippi a lo largo de ciento cincuenta a�os. Tras descartar los casos confusos o insignificantes y describir con una sencillez maravillosa los principales y m�s complejos, el informe conclu�a con un resumen de la legislaci�n vigente aplicable al juicio de Carl Lee Hailey. En otro informe m�s reducido, de s�lo catorce p�ginas, hab�a llegado a la conclusi�n ineludible de que los miembros del jurado ver�an las fotograf�as nauseabundas de Cobb y Willard con sus sesos desparramados por la escalera. Dicho g�nero de pruebas inflamatorias era admisible en Mississippi y no hab�a hallado la forma de impedirlo. Hab�a redactado treinta y una p�ginas de investigaci�n sobre una defensa basada en homicidio justificable; algo en lo que Jake ya hab�a pensado, brevemente, despu�s de los asesinatos. Ellen lleg� a la misma conclusi�n que Jake: no funcionar�a. Encontr� un antiguo caso en Mississippi, en el que un individuo hab�a capturado y matado a un preso huido que llevaba armas. Se le hab�a declarado inocente, pero las diferencias entre su caso y el de Carl Lee eran enormes. Jake no hab�a solicitado aquel informe y le molestaba que hubiese gastado tanta energ�a en �l. Pero no lo mencion�, porque le hab�a entregado todo lo que le hab�a pedido. Las sorpresa m�s agradable hab�a sido el resultado de su trabajo con el doctor W. T. Bass. Se hab�a reunido con �l dos veces durante la semana y hab�an repasado McNaghten muy detalladamente. Prepar� un gui�n de veinte p�ginas con las preguntas que deber�a formularle Jake y lo que deber�a responder Bass. Se trataba de un di�logo ingeniosamente

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elaborado, y le maravill� su destreza. Cuando �l ten�a su edad, era un estudiante mediocre, m�s interesado por los amor�os que por la investigaci�n. Sin embargo, ella, en su tercer a�o de carrera, escrib�a informes que parec�an tratados. --�C�mo ha ido? --pregunt� Ellen. --Como era de suponer. Se ha mostrado inflexible. El juicio dar� comienzo aqu� el lunes con los mismos miembros del jurado a excepci�n de los veinte que han recibido las sutiles advertencias. --Est� loco. --�En qu� est�s trabajando? --Estoy concluyendo el informe para sustanciar nuestra propuesta de que se discutan los detalles de la violaci�n ante el jurado. Hasta ahora parece prometedor. --�Cu�ndo estar� terminado? --�Hay prisa? --A ser posible lo querr�a el domingo. Tengo otro encargo, ligeramente distinto. Ellen dej� el cuaderno sobre la mesa y se dispuso a escuchar. --El psiquiatra de la acusaci�n ser� el doctor Wilbert Rodeheaver, jefe de personal de Whitfield. Ha estado aqu� en otras ocasiones y ha declarado en centenares de juicios. Quiero hurgar un poco y ver con qu� frecuencia aparece su nombre en las decisiones de la sala. --Ya me he encontrado con su nombre. --Me alegro. Como bien sabes, los �nicos casos que leemos del Tribunal Supremo son aquellos en los que se conden� al acusado en el juicio y se present� recurso de apelaci�n. No se comentan aquellos en los que se declar� inocente al acusado. �sos son los que m�s me interesan. --�D�nde pretendes ir a parar? --Tengo el presentimiento de que Rodeheaver se resiste enormemente a declarar que un acusado est� legalmente enajenado. Cabe la posibilidad de que nunca lo haya hecho. Incluso en casos en los que el acusado estaba claramente loco y no sab�a lo que se hac�a. Cuando le interrogue, me gustar�a preguntarle a Rodeheaver sobre algunos de los casos en los que asegur� que no le ocurr�a nada a un individuo claramente enfermo y que fue declarado inocente por el jurado. --Esos casos son dif�ciles de encontrar. --Lo s�, pero t� puedes hacerlo, Row Ark. Hace una semana que observo c�mo trabajas y s� que puedes hacerlo. --Me siento halagada, jefe. --Puede que tengas que llamar por tel�fono a algunos abogados del Estado que hayan interrogado antes a Rodeheaver. Ser� dif�cil, Row Ark, pero lo lograr�s. --S�, jefe. Estoy segura de que lo quieres para ayer. --A decir verdad, no. Dudo de que Rodeheaver declare la semana pr�xima, de modo que dispones de alg�n tiempo. --No s� c�mo tom�rmelo. �Me est�s diciendo que no es urgente? --No, pero el informe de la violaci�n lo es. --S�, jefe. --�Has almorzado? --No tengo hambre. --Magn�fico. No te comprometas para la cena. --�Qu� quieres decir? --Que tengo una idea. --�Una especie de cita? --No, una especie de comida de negocios entre profesionales. Jake prepar� dos maletines y se dispuso a abandonar el despacho.

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--Estar� en casa de Lucien --dijo--, pero no me llames a no ser que sea cuesti�n de vida o muerte. No le digas a nadie d�nde estoy. --�En qu� trabajas? --El jurado. Lucien estaba borracho y sin conocimiento en la terraza, y Sallie hab�a salido. Jake se instal� en el espacioso estudio del primer piso, donde Lucien ten�a m�s textos jur�dicos que la mayor�a de los abogados en su despacho. Dej� el contenido de los maletines sobre una silla y coloc� sobre la mesa una lista alfab�tica de los miembros del jurado; un mont�n de fichas de seis y medio por once y varios rotuladores. El primer nombre era Acker, Barry Acker. Escribi� el apellido en letras de imprenta en una ficha con un rotulador azul. Azul para los hombres, rojo para las mujeres y negro para los negros, independientemente del sexo. Bajo el nombre de Acker, escribi� unas notas a l�piz. Edad, unos cuarenta a�os. Casado por segunda vez, con un hijo y dos hijas. Gerente de una peque�a ferreter�a de mala muerte, en la calle mayor de Clanton. Su esposa, secretaria en un banco. Conduce una camioneta. Le gusta la caza. Usa botas de vaquero. Bastante agradable. Atcavage hab�a ido a la ferreter�a el jueves para echarle un vistazo a Barry Acker. Dijo que ten�a buen aspecto y hablaba como si hubiera recibido cierta educaci�n. Jake escribi� el n�mero nueve junto a su nombre. Estaba satisfecho de su propia investigaci�n. Seguro que Buckley no ser�a tan concienzudo. El siguiente de la lista era Bill Andrews. Vaya nombre. Hab�a seis en la gu�a telef�nica. Jake conoc�a a uno de ellos, Harry Rex a otro, y Ozzie a uno que era negro, pero nadie sab�a qui�n hab�a recibido la citaci�n. Puso un interrogante junto al nombre. Gerald Ault. Jake sonri� al escribir su nombre en la lista. Ault hab�a pasado por su despacho hac�a unos a�os, cuando el banco inici� el embargo de su casa en Clanton. Su esposa padec�a una enfermedad de los ri�ones y los gastos m�dicos les hab�an dejado en la ruina. Era un intelectual, formado en Princeton, donde hab�a conocido a su mujer. Oriunda de Ford County, era hija �nica de una familia anta�o acomodada que hab�a invertido est�pidamente todo su dinero en los ferrocarriles. �l lleg� al condado en el momento en que se arruinaron sus suegros y la vida f�cil que hab�a iniciado con su matrimonio se convirti� en una lucha. Se dedic� durante un tiempo a la ense�anza, luego dirigi� la biblioteca y a continuaci�n trabaj� como administrativo en el Juzgado. Desarroll� una cierta aversi�n hacia el trabajo duro. Entonces su esposa enferm� y perdieron su modesta casa. Ahora trabajaba en una tienda de ultramarinos. Jake sab�a algo sobre Gerald Ault que los dem�s desconoc�an. De ni�o, en Pennsylvania, su familia viv�a en una granja cerca de la carretera. Una noche, mientras dorm�an, se incendi� la casa. Alguien que pasaba por la carretera par�, derrib� la puerta y empez� a rescatar a los Ault. El fuego se extendi� con rapidez, y cuando Gerald y su hermano despertaron estaban atrapados en su habitaci�n del primer piso. Se acercaron a la ventana y empezaron a gritar. Padres e hijos gritaban desesperados. Todas las ventanas, a excepci�n de la suya, estaban envueltas en llamas. De pronto, el salvador se roci� de pies a cabeza con la manguera del jard�n, irrumpi� en la casa incendiada, se abri� paso entre las llamas y el humo, subi� al primer piso, entr� en el dormitorio, agarr� a Gerald y a su hermano y salt� por la ventana. Milagrosamente, no sufrieron ning�n da�o. Le dieron las gracias entre l�grimas y abrazos. Agradecieron su ayuda al desconocido, cuya. piel era negra. Era el primer negro que los ni�os hab�an visto. Gerald Ault era uno de los pocos blancos de Ford County que amaba realmente a los negros. Jake puso un diez junto a su nombre. Durante seis horas estudi� la lista del jurado, rellen� fichas, se concentr� en cada uno de los nombres y se los imagin� en la sala, deliberando y hablando entre s�. Les otorg� una puntuaci�n. Los negros recib�an autom�ticamente un punto los blancos no eran tan f�ciles. Los hombres recib�an m�s puntos que las mujeres; los j�venes m�s que los mayores; los de formaci�n superior, un poco m�s que los que carec�an de estudios; y los liberales , independientemente de su formaci�n, recib�an la puntuaci�n m�s elevada.

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Elimin� a los veinte que Noose se propon�a excluir. Pose�a alguna informaci�n sobre ciento once de los miembros potenciales del jurado. Seguro que Buckley no sab�a tanto como �l. Ellen estaba mecanografiando en la m�quina de Ethel cuando Jake regres� de casa de Lucien. Par� la m�quina, cerr� los textos de los que copiaba y le observ�. --�D�nde cenamos? --pregunt� con una p�cara sonrisa. --Vamos a viajar. --�Magn�fico! �Ad�nde? --�Has estado alguna vez en Robinsonville, Mississippi? --No, pero estoy lista. �Qu� hay ah�? --S�lo algod�n, soja y un peque�o restaurante que es maravilloso. --�C�mo hay que vestir? Jake la observ�. Como de costumbre, vest�a vaqueros descoloridos perfectamente planchados, una camisa azul marino enormemente holgada recogida con elegancia sobre sus finas caderas y sin calcetines. --Est�s bien as� --respondi� Jake. Apagaron la fotocopiadora y las luces y salieron de Clanton en el Saab. Jake vio una tienda de licores en la zona negra de la ciudad y compr� un paquete de seis Coors y una botella fresca de Chablis. --En ese lugar, has de llevar tu propia botella --explic� Jake cuando sal�an de la ciudad. El sol se pon�a ante sus ojos y Jake baj� las viseras del parabrisas. Ellen hizo de camarera y abri� un par de latas de cerveza. --�A cu�nto est� ese lugar? --pregunt�. --Hora y media de camino. --�Hora y media! Estoy muerta de hambre. --Entonces toma cerveza. Cr�eme; vale la pena. --�Qu� hay en la carta? --Gambas salteadas, ancas de rana y siluro asado. Veremos --respondi� mientras tomaba un sorbo de cerveza. Jake aceler� y cruzaron velozmente los puentes sobre los numerosos r�os que vert�an sus aguas en el lago Chatulla. Subieron por las empinadas cuestas de colinas cubiertas de oscura pueraria. Volaron por las curvas y eludieron los camiones madereros que hac�an el �ltimo desplazamiento del d�a. Jake abri� el respiradero del techo, baj� las ventanas y dej� que circulara el aire. Ellen se acomod� en su asiento y cerr� los ojos. Su frondosa cabellera ondulada revoloteaba ante su cara. --Esc�chame, Row Ark, esta cena es puramente de negocios... --Claro, claro. --Lo digo en serio. Yo soy tu jefe, t� trabajas para m� y �sta es una comida de negocios. Ni m�s ni menos. De modo que desecha toda idea lujuriosa de tu cerebro sexualmente liberado. --Parece que eres t� quien piensa en ello. --No. Pero s� en lo que est�s pensando. --�C�mo puedes conocer mis pensamientos? �Qu� te hace suponer que eres tan irresistible y que me propongo seducirte? --Lim�tate a no meterte conmigo. Estoy felizmente casado con una mujer encantadora que ser�a capaz de matar si creyera que la enga�o. --De acuerdo, port�monos como buenos amigos. No somos m�s que un par de amigos que cenan juntos. --Esto no funciona en el sur. Un hombre no puede cenar en plan amistoso con una mujer si el hombre est� casado. Aqu� esto no funciona.

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--�Por qu� no? --Porque los hombres no tienen amigas. Imposible. No conozco en el sur a un solo individuo casado que tenga una amiga. Creo que es un vestigio de la guerra civil. --Parece un vestigio de la edad media. �Por qu� son las sure�as tan celosas? --Porque as� es como las educamos. Lo aprenden de nosotros. Si mi esposa se reuniera con un amigo para almorzar o cenar le volar�a la cabeza y pedir�a el divorcio. Ella lo aprende de m�. --Esto no tiene ning�n sentido. --Claro que no lo tiene. --�Tu esposa no tiene ning�n amigo? --Ninguno, que yo sepa. Si averiguas que tiene alguno, cu�ntamelo. --�Y t� no tienes ninguna amiga? --�Para qu� quiero amigas? Son incapaces de hablar de f�tbol, de la caza del pato, de pol�tica, de pleitos o de cualquiera de los temas que me interesan. Hablan de los ni�os, la ropa, las recetas de cocina, cupones, muebles y cosas de las que no s� nada. No, no tengo ninguna amiga. Ni deseo tenerla. --Eso es lo que me encanta del sur. La tolerancia de la gente. --Gracias. --�Tienes alg�n amigo jud�o? --No tengo conocimiento de que haya ning�n jud�o en Ford County. Ten�a un amigo excelente en la facultad, Ira Tauber, que era de Nueva Jersey. Me encantan los jud�os. Como bien sabes, Jes�s era jud�o. Nunca he comprendido el antisemitismo. --Dios m�o, eres un liberal. �Qu� me dices de lo homosexuales? --Me inspiran compasi�n. No saben lo que se pierden. Pero �se es su problema. --�Podr�as tener un amigo homosexual? --Supongo, a condici�n de que no me lo contara. --Ahora veo que eres republicano. Dej� las latas vac�as sobre el asiento trasero y abri� otras dos. El sol hab�a desaparecido y el aire h�medo y pesado parec�a fresco a ciento cincuenta kil�metros por hora. --�De modo que no podemos ser amigos? --pregunt� Ellen. --No. --Ni amantes. --Por favor. Intento conducir. --�Entonces qu� somos? --Yo soy abogado y t� mi pasante. Yo el patr�n y t� la empleada. Yo el jefe y t� la �currante�. --T� el var�n y yo la hembra. Jake admir� sus vaqueros y su holgada camisa. --De eso no cabe duda. Ellen sacudi� la cabeza y contempl� las monta�as de pueraria que pasaban volando. Jake sonri�, aceler� y tom� un trago de cerveza. Despu�s de atravesar una serie de intersecciones rurales y carreteras desiertas, de pronto desaparecieron las colinas para entrar en el llano. --�C�mo se llama el restaurante? --pregunt� Ellen. --Hollywood. --�C�mo? --Hollywood. --�Por qu� se llama Hollywood?

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--Antes estaba en una peque�a ciudad, a pocos kil�metros, llamada Hollywood, Mississippi. Un incendio lo destruy� y se traslad� a Robinsonville. Todav�a conserva el nombre de Hollywood. --�Qu� tiene de particular? --Excelente comida, m�sica maravillosa, fant�stico ambiente y est� a mil kil�metros de Clanton, donde nadie me ver� cenando con una hermosa desconocida. --Yo no soy una hermosa desconocida, soy una �currante�. --Una hermosa y desconocida �currante�. Ellen sonri� para s� y se pas� los dedos por el cabello. Al llegar al siguiente cruce gir� a la izquierda y sigui� recto hasta unos edificios cerca de la v�a del tren. A un lado de la carretera hab�a una serie de casas de madera vac�as y, al otro lado, un antiguo almac�n con una docena de coches aparcados a su alrededor y una suave m�sica que emerg�a de sus ventanas. Jake cogi� la botella de Chablis y acompa�� a su pasante por los pelda�os que conduc�an a la terraza y al interior del edificio. Junto a la puerta hab�a un peque�o escenario, donde una hermosa negra llamada Merle tocaba el piano y cantaba Rainy Night in Georgia. Tres largas hileras de mesas llegaban hasta el escenario. El local estaba medio lleno y una camarera que serv�a cerveza les indic� desde el fondo que entraran. Los acompa�� a una peque�a mesa cubierta con un mantel a cuadros rojos. --�Unos pepinos fritos al eneldo en escabeche, cari�o? --pregunt� a Jake la camarera. --�S�! Para dos. --�Pepinos fritos al eneldo en escabeche? --pregunt� Ellen con el entrecejo fruncido. --Por supuesto. �No los com�is en Boston? --�Lo fre�s todo en estas latitudes? --Todo lo comestible. Si no te gustan, yo me los comer�. Se oy� un grito procedente de otra mesa. Cuatro parejas brindaron y se echaron a re�r a carcajadas. Nunca cesaban las risas y las voces en el restaurante. --Lo que tiene de bueno el Hollywood --explic� Jake--, es que uno puede hacer tanto ruido como se le antoje y quedarse hasta que le plazca y a nadie le importa. Cuando consigues aqu� una mesa es tuya para toda la noche. Dentro de un momento, empezar�n a cantar y bailar. Jake pidi� gambas salteadas y siluro asado para ambos. Ellen no quiso probar las ancas de rana. Al cabo de un momento regres� la camarera con la botella de Chablis y dos copas fr�as. Brindaron por Carl Lee Hailey y por su mente enajenada. --�Qu� opinas de Bass? --pregunt� Jake. --Es el testigo perfecto. Declarar� lo que t� le digas. --�Te preocupa? --Me preocupar�a si su declaraci�n estuviera relacionada con los acontecimientos. Pero aparece en calidad de experto y basta con que manifieste su opini�n. �Qui�n puede contradecirle? --�Es cre�ble? --Cuando est� sobrio. Esta semana hemos hablado dos veces. El martes estaba l�cido y cooperaba. El mi�rcoles estaba borracho e indiferente. Creo que nos ser� tan �til como cualquier otro psiquiatra. No le importa la verdad y nos dir� lo que queramos o�r. �Crees que Carl Lee estaba legalmente enajenado? --No, �lo crees t�? --No. Carl Lee me comunic� que lo har�a cinco d�as antes de cometer los asesinatos. Me mostr� el lugar exacto donde les tender�a la emboscada, aunque en aquel momento no me di cuenta de ello. Nuestro cliente sab�a exactamente lo que se hac�a. --�Por qu� no se lo impediste? --Porque no le cre�. Su hija acababa de ser violada y luchaba entre la vida y la muerte. --�Se lo habr�as impedido si hubieras podido?

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--Se lo comuniqu� a Ozzie. Pero en aquel momento ninguno de nosotros crey� que pudiese ocurrir. En todo caso, aunque lo hubiera sabido con toda certeza, tampoco se lo habr�a impedido. Yo habr�a hecho lo mismo. --�C�mo? --Exactamente como lo hizo �l. Fue muy f�cil. Ellen acerc� el tenedor a un pepino frito al eneldo en escabeche y lo movi� con recelo. Lo parti� por la mitad, lo ensart� en el tenedor y lo oli� con aprensi�n. Se lo llev� a la boca y empez� a masticarlo lentamente. Despu�s de hab�rselo tragado, le ofreci� a Jake su raci�n de pepinos. --T�picamente yanqui --dijo Jake--. No te comprendo, Row Ark. No te gustan los pepinos fritos al eneldo en escabeche, eres atractiva, muy inteligente, podr�as trabajar para cualquier gran empresa del pa�s y ganar un mont�n de dinero, pero prefieres preocuparte por asesinos condenados a muerte que est�n a punto de recibir su justo merecido. �Cu�l es tu aliciente, Row Ark? --T� te preocupas por el mismo tipo de gente. Ahora se trata de Carl Lee Hailey. El a�o pr�ximo ser� otro asesino odiado por todo el mundo y por quien perder�s noches de sue�o por tratarse de tu cliente. El d�a menos pensado, Brigance, tendr�s un cliente condenado a muerte y descubrir�s lo terrible que es. Cuando lo sujeten a la silla y te mire por �ltima vez cambiar�s para siempre. Sabr�s lo inhumano que es el sistema y te acordar�s de Row Ark. --Entonces me dejar� crecer la barba y me afiliar� al ACLU. --Probablemente, si te aceptan. Llegaron las gambas salteadas en una cazoleta negra con mantequilla, ajo y salsa americana. Ellen se sirvi� varias cucharadas y empez� a comer como si estuviera muerta de hambre. Merle interpret� una conmovedora versi�n de Dixie y el p�blico la acompa�� con voces y aplausos. Cuando pas� la camarera, dej� sobre la mesa una fuente de ancas de rana. Jake vaci� el vaso de vino y se sirvi� un pu�ado de ancas. Ellen procur� ignorarlas. Despu�s de saciarse de entremeses, lleg� el siluro. La grasa herv�a en el plato, que no se pod�a tocar de tan caliente como estaba. El pescado hab�a sido asado hasta convertirlo en crujiente, con cuadrados negros en ambos lados de la parrilla. Comieron y bebieron despacio, observ�ndose mutuamente y disfrutando de la deliciosa comida. A medianoche, la botella estaba vac�a y el local a media luz. Despu�s de dar las buenas noches a Merle y a la camarera descendieron cautelosamente hacia el coche y Jake se puso el cintur�n de seguridad. --Estoy demasiado borracho para conducir --dijo. --Yo tambi�n. He visto un peque�o motel cerca de aqu�. --Yo tambi�n lo he visto y no ten�an habitaciones libres. Te felicito, Row Ark. Me emborrachas y luego pretendes aprovecharte de m�. --Lo har�a si estuviera en mi mano. Se cruzaron moment�neamente sus miradas. Los ojos de Ellen reflejaban la luz roja del r�tulo de ne�n, situado encima de la puerta del restaurante. El momento se prolong� y se apag� el r�tulo. El restaurante hab�a cerrado. Jake puso en marcha el motor del Saab, dej� que se calentara y penetraron velozmente en la oscuridad de la noche. El rat�n Mickey llam� a Ozzie a su casa a primera hora del s�bado por la ma�ana y le asegur� que habr�a m�s problemas por parte del Klan. Le explic� que los disturbios del jueves no hab�an sido culpa suya y, no obstante, les responsabilizaban de los mismos. Se hab�an manifestado pac�ficamente y ahora su jefe estaba a las puertas de la muerte, con el setenta por ciento de su cuerpo cubierto de quemaduras de tercer grado. Habr�a represalias; �rdenes superiores. Estaban a punto de llegar refuerzos de otros estados y habr�a violencia. Nada espec�fico por ahora, pero volver�a a llamar cuando tuviera m�s informaci�n.

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Ozzie se frotaba el chich�n de la nuca, sentado al borde de la cama, cuando llam� al alcalde. Llam� tambi�n a Jake y, al cabo de una hora, se reunieron en el despacho del sheriff. --La situaci�n est� a punto de escap�rsenos de las manos --dijo Ozzie con una bolsa de hielo en la nuca y una mueca por cada palabra--. Un contacto fiable me ha comunicado que el Klan piensa tomar represalias por lo ocurrido el jueves. Al parecer mandan refuerzos de otros estados. --�Crees que es verdad? --pregunt� el alcalde. --Tengo miedo de no creerlo. --�El mismo contacto? --pregunt� Jake. --S�. --Entonces me lo creo. --He o�do decir que tal vez se trasladar�a o aplazar�a el juicio --dijo Ozzie--. �Es posible? --No. Ayer estuve con el juez Noose. No se trasladar� y empezar� el lunes. --�Le hablaste de las cruces en llamas? --Se lo cont� todo. --�Est� loco? --pregunt� el alcalde. --S� y, adem�s, es un est�pido. Pero no lo repitas. --�Son s�lidas sus bases jur�dicas? --pregunt� Ozzie. --M�s bien arenas movedizas --respondi� Jake moviendo la cabeza. --�Qu� piensas hacer? --pregunt� el alcalde. --Me gustar�a evitar por todos los medios que se produjeran m�s disturbios --respondi� dolorosamente Ozzie despu�s de coger otra bolsa de hielo--. Nuestro hospital no tiene capacidad suficiente para permitir que contin�en los altercados. Tenemos que hacer algo. Los negros est�n furiosos, inquietos y dispuestos a luchar por menos de nada. Algunos negros s�lo buscan un pretexto para apretar el gatillo, y las t�nicas blancas son un buen objetivo. Tengo el presentimiento de que el Klan har� algo realmente est�pido, como intentar matar a alguien. Esto les brinda mayor cobertura a nivel nacional que en los �ltimos diez a�os. Mi contacto me ha dicho que, despu�s de lo del jueves, han recibido llamadas de voluntarios de todo el pa�s dispuestos a venir aqu� para participar en el jolgorio. Lamento tener que decirlo, alcalde --prosigui� Ozzie, despu�s de mover lentamente la cabeza y coger otra bolsa de hielo--, pero creo que deber�as llamar al gobernador y solicitar la intervenci�n de la Guardia Nacional. S� que es un �ltimo recurso, pero detestar�a que muriese alguien. --�La Guardia Nacional! --repiti� el alcalde con incredulidad. --Eso he dicho. --�Ocupando Clanton? --S�. Para proteger a tu gente. --�Patrullando por las calles? --S�. Con armas y todo lo dem�s. --Dios m�o, esto es muy grave. �No estar�s exagerando un poco? --No. Es evidente que no dispongo de bastantes hombres para garantizar la paz. Ni siquiera fuimos capaces de impedir los disturbios que empezaron ante nuestras propias narices. El Klan est� quemando cruces por todo el condado y no podemos hacer nada para evitarlo. �Qu� haremos cuando los negros decidan pasar a la acci�n? No tengo suficientes hombres, alcalde. Necesito ayuda. A Jake le pareci� una idea maravillosa. �C�mo podr�an elegir un jurado justo e imparcial con el Juzgado rodeado por la Guardia Nacional? Pens� en que cuando el lunes llegaran los miembros potenciales del jurado tendr�an que pasar entre hileras de soldados, veh�culos blindados e incluso puede que alg�n carro de combate. �C�mo podr�an ser justos e imparciales? �C�mo podr�a Noose insistir en que se celebrara el juicio en Clanton? �C�mo podr�a

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el Tribunal Supremo negarse a revocar la sentencia en el caso de que condenaran a su defendido? Era una gran idea. --�Qu� opinas, Jake? --pregunt� el alcalde, en busca de ayuda. --No creo que tengas otra alternativa, alcalde. No podemos permitirnos otros disturbios. Te perjudicar�a pol�ticamente. --No me preocupa la pol�tica --respondi� enojado el alcalde, consciente de que Jake y Ozzie sab�an que ment�a. En las �ltimas elecciones hab�a sido reelegido por menos de cincuenta votos y no tomaba acci�n alguna sin sopesar las consecuencias pol�ticas. Ozzie se percat� de que Jake sonre�a mientras el alcalde se retorc�a ante la perspectiva de que el ej�rcito ocupara su peque�a y tranquila ciudad. El s�bado por la noche, cuando hubo oscurecido, Ozzie y Hastings sacaron a Carl Lee por la puerta trasera de la c�rcel y lo llevaron al coche del sheriff. Charlaron y se rieron mientras Hastings conduc�a lentamente hacia el campo, por delante de la tienda de ultramarinos de Bates, hasta llegar a Craft Road. El jard�n de los Hailey estaba lleno de coches cuando llegaron y aparcaron en la carretera. Carl Lee entr� por la puerta de su casa como un hombre libre y fue recibido inmediatamente con devoci�n por sus hijos y multitud de parientes y amigos. No hab�an sido advertidos de su llegada. Dio a sus ni�os un fuerte y desesperado abrazo, como si fuera el �ltimo que iban a recibir en mucho tiempo. Los presentes observaban en silencio a aquel corpulento individuo arrodillado en el suelo y con la cabeza hundida entre sus sollozantes hijos. La mayor�a de los presentes tambi�n lloriqueaban. La cocina estaba llena de comida y el hu�sped de honor se sent� en su silla habitual presidiendo la mesa, con su esposa e hijos a su alrededor. El reverendo Agee pronunci� una breve oraci�n de esperanza en un pronto retorno al hogar. Un centenar de amigos serv�a a la familia. Ozzie y Hastings se llenaron el plato y se retiraron a la terraza, donde se dedicaron a ahuyentar mosquitos y elaborar una estrategia para el juicio. A Ozzie le preocupaba enormemente la seguridad de Carl Lee cuando lo trasladaran todos los d�as de la c�rcel al Juzgado. El propio acusado hab�a demostrado palpablemente que la seguridad no siempre estaba garantizada durante dichos desplazamientos. Despu�s de cenar, los invitados se dispersaron por el jard�n. Los ni�os jugaban mientras la mayor�a de los adultos permanec�a en la terraza lo m�s cerca posible de Carl Lee. Era un h�roe, el personaje m�s famoso que probablemente ver�an en su vida, y lo conoc�an personalmente. Para ellos, hab�a una sola raz�n por la que se le juzgaba. Sin duda hab�a matado a aquellos chicos, pero esa no era la cuesti�n. De ser blanco, lo habr�an condecorado por lo que hab�a hecho. Le habr�an llevado con reticencia ante los tribunales, pero con un jurado blanco el juicio habr�a sido una broma. A Carl Lee se le juzgaba por ser negro. No hab�a otra raz�n. Estaban convencidos de ello. Todos escuchaban atentamente cuando �l hablaba del juicio. Les pidi� que rezaran por �l, que le prestaran su apoyo, que asistieran al juicio para ser testigos de lo que ocurr�a y que protegieran a su familia. Soportaron varias horas la sofocante humedad; Carl Lee y Gwen se mec�an lentamente, rodeados de admiradores que quer�an estar cerca del gran hombre. Cuando se despidieron, lo hicieron todos con un abrazo y la promesa de asistir el lunes al Juzgado. Se preguntaban si volver�an a verlo sentado en la terraza. A medianoche, Ozzie dijo que era hora de marcharse. Carl Lee abraz� a Gwen y a sus hijos por �ltima vez y se subi� al coche de Ozzie. Bud Twitty falleci� durante la noche. El agente de guardia llam� a Nesbit y �ste se lo comunic� a Jake, que tom� nota para mandarle flores. TREINTA Y DOS Domingo. Un d�a antes del juicio. Jake despert� con un nudo en el est�mago, que atribuy� al juicio, y una jaqueca que atribuy� tambi�n al juicio y a la trasnochada del s�bado en

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la terraza de Lucien, en compa��a de su pasante y de su ex jefe. Ellen hab�a decidido acostarse en una de las habitaciones para hu�spedes de la casa de Lucien y Jake opt� por pasar la noche en el sof� de la oficina. Desde el sof�, oy� voces en la calle. Se levant� en la oscuridad para asomarse al balc�n y contempl� asombrado la actividad desplegada alrededor del Juzgado. �El d�a D! �Hab�a estallado la guerra! �Patton hab�a llegado! Las calles circundantes de la plaza estaban llenas de camiones militares, jeeps y soldados que circulaban de un lado para otro a fin de organizarse. Se o�an voces por las radios y comandantes barrigones ordenaban a sus hombres que se dieran prisa en ocupar sus puestos. Se instal� un centro de mando cerca de la glorieta del jard�n. Tres patrullas de soldados clavaban estacas en el suelo y tend�an cabos para sostener las lonas de tres enormes tiendas de camuflaje. Levantaron barricadas en las cuatro esquinas de la plaza y los centinelas ocuparon sus lugares de vigilancia, apoyados en las farolas y fumando cigarrillos. Sentado sobre el maletero de su coche patrulla, Nesbit contemplaba la fortificaci�n del centro de Clanton y charlaba con algunos soldados. Jake prepar� un caf� y le llev� una taza. Ahora que �l estaba despierto, sano y salvo, Nesbit pod�a irse a su casa y descansar hasta la noche. Jake regres� al balc�n y contempl� la actividad hasta el amanecer. Despu�s de descargar toda la tropa, trasladaron los camiones al arsenal de la Guardia Nacional al norte de la ciudad, donde dormir�an los soldados. Calcul� que deb�an de ser unos doscientos. Circulaban en peque�os grupos por la plaza y alrededor del Juzgado, mirando escaparates, a la espera del amanecer y de que ocurriese algo emocionante. Noose se pondr�a furioso. �C�mo se hab�an atrevido a llamar a la Guardia Nacional sin consult�rselo? Se trataba de su juicio. El alcalde lo hab�a mencionado y Jake le hab�a explicado que la seguridad de Clanton era responsabilidad suya, del alcalde, y no del juez. Ozzie hab�a estado de acuerdo y no hab�an llamado a Noose. Llegaron el sheriff y Moss Junior Tatum para reunirse con el coronel en la glorieta, y caminaron juntos por el Juzgado para inspeccionar la tropa y las tiendas. Ozzie se�al� en varias direcciones y el coronel parec�a estar de acuerdo con sus deseos. Moss Junior abri� las puertas del Juzgado a fin de que los soldados pudieran beber agua y utilizar los servicios. Eran m�s de las nueve cuando los primeros buitres se encontraron con el centro de Clanton ocupado. En menos de una hora circulaban por todas partes, con c�maras y micr�fonos, grabando las importantes declaraciones de un sargento o de alg�n cabo. --�C�mo se llama usted? --Sargento Drumwright. --�De d�nde es? --Booneville. --�D�nde se encuentra eso? --A unos ciento cincuenta kil�metros de aqu�. --�Por qu� est�n aqu�? --Nos ha llamado el gobernador. --�Por qu� les ha llamado? --Para mantener la situaci�n bajo control. --�Esperan alg�n problema? --No. --�Cu�nto tiempo permanecer�n aqu�? --No lo s�. --�Se quedar�n hasta que haya terminado el juicio? --No lo s�. --�Qui�n lo sabe? --Supongo que el gobernador. Etc�tera.

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La noticia de la invasi�n se divulg� r�pidamente aquel tranquilo domingo por la ma�ana y, despu�s de asistir a la iglesia, los ciudadanos acudieron a la plaza para comprobar en persona que el ej�rcito hab�a ocupado efectivamente el Juzgado. Los centinelas retiraron las barricadas y permitieron a los curiosos que circularan por su plaza y contemplasen a los aut�nticos soldados con sus rifles y sus jeeps. Jake tomaba caf� en el balc�n y se aprend�a de memoria las fichas de los miembros potenciales del jurado. Llam� por tel�fono a Carla y le cont� que la Guardia Nacional patrullaba por las calles, pero que �l estaba a salvo. Le dijo que en aquel mismo momento hab�a centenares de soldados fuertemente armados al otro lado de Washington Street dispuestos a protegerle. S�, todav�a dispon�a de un guardaespaldas. S�, la casa segu�a en su sitio. Dudaba de que se hubiera dado a conocer todav�a la muerte de Bud Twitty, y opt� por no hablar de ello. Tal vez no se enterar�a. Iban a salir a pescar en el barco de su padre y Hanna quer�a que su pap� fuera con ellos. Se despidi� y, m�s que nunca, ech� de menos a las dos mujeres de su vida. Ellen Roark abri� la puerta posterior del despacho y dej� una bolsa de v�veres sobre la mesa de la cocina. Sac� una carpeta del malet�n y empez� a buscar a su jefe. Jake estaba en el balc�n, estudiando las fichas y contemplando el Juzgado. --Buenas tardes, Row Ark. --Buenas tardes, jefe --respondi�, al tiempo que le entregaba un informe de m�s de dos cent�metros de grosor--. Aqu� tienes la investigaci�n que me pediste sobre la admisibilidad de la violaci�n. Es un tema delicado, con muchas complejidades. Lamento su extensi�n. Era tan pulcro como todos sus informes, con su correspondiente �ndice, bibliograf�a y p�ginas numeradas. Jake le dio una hojeada. --Maldita sea, Row Ark, no te he pedido un libro de texto. --S� que te intimidan los trabajos eruditos y he hecho un esfuerzo consciente para no utilizar palabras de m�s de tres s�labas. --Parece que hoy estamos muy susceptibles. �No podr�as resumirlo en, digamos, unas treinta p�ginas? --Esc�chame, se trata de un an�lisis concienzudo realizado por una brillante estudiante de derecho dotada de una capacidad extraordinaria para pensar y escribir con claridad. Es un trabajo genial, para ti y completamente gratuito. De modo que deja de protestar. --S�, se�ora. �Te duele la cabeza? --S�. Me duele desde que he despertado esta ma�ana. He pasado diez horas frente a la m�quina para escribir esto y necesito algo de beber. �Tienes una batidora? --�Una qu�? --Batidora. Un invento del que disponemos en el norte. Es un electrodom�stico. --Hay una en la estanter�a, junto al microondas. Ellen desapareci�. Era casi oscuro y el tr�fico alrededor de la plaza disminuy� cuando los conductores domingueros se cansaron de contemplar a los soldados que custodiaban su Juzgado. Despu�s de doce horas de calor sofocante e intensa humedad en el centro de Clanton, los soldados estaba agobiados y ansiosos por regresar a su casa. Sentados en sillas plegables de lona bajo los �rboles se dedicaban a maldecir al gobernador. A la ca�da de la noche, tendieron cables desde el interior del Juzgado e instalaron focos alrededor de las tiendas. Junto a correos lleg� un coche cargado de negros, con sillas plegables y velas para la vigilia nocturna, que empezaron a caminar por la acera de Jackson Street bajo la atenta mirada de doscientos guardias fuertemente armados. Encabezaba la procesi�n la se�ora Rosia Alfie Gatewood, una viuda de noventa kilos que hab�a criado once hijos y mandado a nueve de ellos a la universidad. Era la primera negra conocida que hab�a probado el agua de la fuente p�blica de la plaza y hab�a sobrevivido. Miraba con desaf�o a los soldados, que no dec�an palabra. Ellen regres� con dos jarras de la Universidad de Boston llenas de un l�quido verde p�lido. Las dej� sobre la mesa y acerc� una silla.

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--�Qu� es eso? --B�belo. Te ayudar� a relajarte. --Me lo beber�, pero me gustar�a saber lo que es. --Margaritas. --�D�nde est� la sal? --pregunt� Jake despu�s de examinar el borde de su jarra. --Yo la prefiero sin sal. --Pues yo tambi�n. �Por qu� margaritas? --�Por qu� no? Jake cerr� los ojos y tom� un largo trago. Y luego otro. --Row Ark, eres una mujer de mucho talento. --Una �currante�. --Hace ocho a�os que no tomaba una margarita --dijo Jake despu�s de otro largo trago. --Cu�nto lo siento. Su jarra estaba medio vac�a. --�Qu� clase de ron has utilizado? --Si no fueras mi jefe dir�a que eres un imb�cil. --Gracias. --No es ron, sino tequila con zumo de lima y cointreau. Cre� que todos los estudiantes de derecho lo sab�an. --�Crees que podr�s perdonarme? Estoy seguro de que lo sab�a cuando era estudiante. Ellen contempl� la plaza. --�Es incre�ble! Parece una zona de guerra. Jake vaci� la jarra y se lami� los labios. Los soldados jugaban a los naipes bajo los toldos y se re�an. Otros se refugiaban de los mosquitos en el Juzgado. Las velas doblaron la esquina y pasaron por Washington Street. --S� --sonri� Jake--. Es estupendo, �no te parece? Piensa en nuestros justos e imparciales miembros del jurado cuando lleguen por la ma�ana y se encuentren con todo esto. Volver� a solicitar que se traslade el juicio. La solicitud ser� denegada. Solicitar� una anulaci�n y Noose la denegar�. Entonces me asegurar� de que la taqu�grafa registre el hecho de que el juicio se celebra en el seno de este circo. --�Por qu� est�n aqu�? --El sheriff y el alcalde llamaron al gobernador y le convencieron de que la Guardia Nacional era necesaria para evitar disturbios en Ford County. Le dijeron que nuestro hospital no tiene suficiente capacidad para este juicio. --�De d�nde son? --De Booneville y de Columbus. A la hora del almuerzo he contado doscientos veinte. --�Han estado aqu� todo el d�a? --Me han despertado a las cinco de la madrugada y he observado sus movimientos a lo largo del d�a. Se han visto acorralados en un par de ocasiones, pero han recibido refuerzos. Hace unos minutos, con la llegada de la se�ora Gatewood y sus compa�eros con las velas, se han enfrentado al enemigo. Ella ha logrado vencerles con la mirada y ahora se dedican a jugar a los naipes. Ellen vaci� su jarra y fue en busca de otra. Jake cogi� las fichas por cent�sima vez y las puso sobre la mesa. Nombre, edad, ocupaci�n, familia, raza, educaci�n... Le�a y repet�a la informaci�n desde primera hora de la ma�ana. Lleg� inmediatamente la segunda ronda y Ellen cogi� las fichas. --Correen Hagan --dijo, mientras tomaba un sorbo.

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--De unos cincuenta y cinco a�os --respondi� Jake al cabo de un instante--. Secretaria en una compa��a de seguros. Divorciada, con dos hijos mayores. Ense�anza media a lo sumo. Oriunda de Florida, por si a alguien le interesa. --�Puntuaci�n? --Creo que le puse un seis. --Muy bien. Millard Sills. --Propietario de una plantaci�n de pacanas cerca de Mays. De unos setenta a�os de edad. Hace unos a�os, dos negros mataron a su sobrino de un tiro en la cabeza durante un atraco en Little Rock. --�Puntuaci�n? --Creo que cero. --Clay Bailey. --Unos treinta a�os. Seis hijos. Feligr�s devoto de la iglesia de Pentecost�s. Trabaja en la f�brica de muebles al oeste de la ciudad. --Le has puesto un diez. --S�. Estoy seguro de que ha le�do la parte de la Biblia donde se menciona lo de ojo por ojo, etc�tera. Adem�s, entre seis hijos es probable que por lo menos dos sean ni�as. --�Te los sabes todos de memoria? --Tengo la impresi�n de conocerlos de toda la vida �asinti� �l, tomando un trago. --�A cu�ntos reconocer�s? --A muy pocos. Pero sabr� m�s que Buckley acerca de ellos. --Estoy impresionada. --�C�mo? �Qu� has dicho? �Te he impresionado con mi intelecto? --Entre otras cosas. --Me siento muy honrado. He impresionado a un genio de la legislaci�n penal. La hija de Sheldon Roark, quienquiera que sea. Una verdadera summa cum laude. Espera a que se lo cuente a Harry Rex. --�D�nde est� ese elefante? Lo echo de menos. Me cae bien. --Ll�malo. Dile que venga a participar de la fiesta en la terraza mientras contemplamos la tropa que se prepara para la tercera batalla de Bull Run. --�Llamo tambi�n a Lucien? --pregunt� mientras se acercaba al tel�fono del escritorio. --�No! Estoy harto de Lucien. Harry Rex trajo una peque�a botella de tequila que encontr� en alg�n lugar de su mueble bar. �l y la pasante discutieron acaloradamente sobre los ingredientes correctos de una buena margarita. Jake vot� a favor de su pasante. Se instalaron en el balc�n y se dedicaron a repasar los nombres de las fichas, tomar tragos de aquella peculiar mezcolanza, gritar a los soldados y cantar canciones de Jimmy Buffet. A medianoche, Nesbit carg� a Ellen en su coche patrulla y la llev� a casa de Lucien. Harry Rex camin� hasta su casa. Jake durmi� en el sof�. TREINTA Y TRES Lunes, veintid�s de julio. Poco despu�s de la �ltima margarita, Jake salt� del sof� y dirigi� la mirada al reloj de su escritorio. Hab�a dormido tres horas. Un enjambre de mariposas salvajes luchaba violentamente en su est�mago. Sinti� un calambre en la entrepierna. No ten�a tiempo para resacas. Nesbit dorm�a como un beb� al volante de su coche. Jake lo despert�, se instal� en el asiento trasero y salud� con la mano a los centinelas, que miraban con curiosidad desde el otro lado de la calle. Nesbit avanz� dos manzanas hasta Adams, donde solt� a su pasajero y esper� frente a la casa, siguiendo sus instrucciones. Jake tom� una ducha r�pida y se

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afeit�. Eligi� un traje gris oscuro de lana, camisa blanca a rayas y una corbata de seda nada llamativa, de color morado con unas discretas rayas azul marino. El pantal�n se ajustaba perfectamente a su esbelta cintura. Ten�a muy buen aspecto, mucho m�s elegante que su enemigo. Nesbit estaba de nuevo dormido cuando Jake solt� al perro y se instal� en el asiento trasero. --�Todo en orden en la casa? --pregunt� Nesbit, al tiempo que se secaba la saliva de la barbilla. --No he encontrado ning�n paquete de dinamita, si es a eso a lo que te refieres. Nesbit respondi� con una irritante carcajada, como era habitual en �l. Dieron la vuelta a la plaza y Jake se ape� frente a su despacho. Encendi� las luces y prepar� un caf�. Tom� cuatro aspirinas y bebi� un litro de zumo de pomelo. Le ard�an los ojos y le dol�a la cabeza de agobio y fatiga, y eso que la parte abrumadora todav�a no hab�a empezado. Abri� el sumario de Carl Lee Hailey sobre la mesa de conferencias. Su pasante lo hab�a clasificado y se�alado por orden alfab�tico, pero �l pretendi� separarlo y reunirlo de nuevo. Si se tarda m�s de treinta segundos en encontrar un caso o un documento, no sirve para nada. Sonri� admirado por la capacidad de organizaci�n de Ellen. Ten�a fichas y subfichas para todo a diez segundos de la punta de los dedos. En un cuaderno de tres anillas y un par de cent�metros de grosor hab�a incluido un resumen de los t�tulos y experiencia del doctor Bass, as� como un esquema de su declaraci�n. Tambi�n hab�a escrito unas notas sobre las objeciones previsibles por parte de Buckley, con sus correspondientes respuestas basadas en casos autorizados. Jake se enorgullec�a de su preparaci�n para el juicio, pero era humillante aprender de una estudiante de tercer curso de derecho. Volvi� a guardar el sumario en su malet�n de cuero negro con sus iniciales grabadas en oro. Sinti� necesidad de ir al retrete y aprovech� para repasar las fichas alfab�ticas. Se las sab�a todas. Estaba listo. Poco despu�s de las cinco, Harry Rex llam� a la puerta. En la oscuridad parec�a un ladr�n. --�Qu� haces levantado tan temprano? --pregunt� Jake. --No pod�a dormir. Estoy nervioso --respondi�, al tiempo que le mostraba una bolsa con manchas de grasa--. De parte de Dell. Est� todo caliente y reci�n hecho. Salchichas empanadas, tocino y queso empanado, pollo y queso empanado; hay de todo. Est� preocupada por ti. --Gracias, Harry Rex, pero no tengo hambre. Tengo el est�mago revuelto. --�Nervioso? --Como una puta en la iglesia. --Tienes un aspecto bastante demacrado. --Gracias. --Pero el traje te cae bien. --Lo eligi� Carla. Harry Rex meti� la mano en la bolsa y sac� un pu�ado de bizcochos envueltos en papel de aluminio. Los dej� sobre la mesa de conferencias y se sirvi� un caf�. Al otro lado de la mesa, Jake hojeaba el informe de Ellen sobre McNaghten. --�Lo ha escrito ella? --pregunt� Harry Rex, con la boca llena y sin dejar de masticar. --S�, es un resumen de setenta y cinco p�ginas de la defensa por enajenaci�n mental en Mississippi. Le tom� tres d�as. --Parece muy lista. --Tiene cerebro y redacta muy bien. Es inteligente, pero le resulta dif�cil aplicar sus conocimientos al mundo real. --�Qu� sabes acerca de ella? --pregunt� mientras le ca�an migas de la boca sobre la mesa, que tir� al suelo con la manga de la chaqueta.

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--Es recta, s�lida. Es el n�mero dos de su promoci�n en Ole Miss. Llam� a Nelson Battles, decano adjunto de la Facultad de Derecho, y me lo confirm�. Tiene bastantes probabilidades de acabar n�mero uno. --Yo acab� nonag�simotercero entre noventa y ocho. Habr�a sido nonag�simosegundo si no me hubieran descubierto copiando en un examen. Empec� a protestar, pero decid� que daba lo mismo ser nonag�simotercero. Maldita sea, pens�, a qui�n puede preocuparle en Clanton. Estaban contentos de que, una vez licenciado, regresara para ejercer en la ciudad en lugar de buscar empleo en Wall Street u otro lugar por el estilo. Jake sonri� al escuchar la an�cdota, que ya hab�a o�do un centenar de veces. --Pareces nervioso, amigo --dijo Harry Rex mientras desenvolv�a un bizcocho de pollo y queso. --Estoy bien. El primer d�a es siempre el m�s duro. Hay que hacer todos los preparativos. Estoy listo. Ahora es s�lo cuesti�n de esperar. --�A qu� hora hace su entrada Row Ark? --No lo s�. --Cielos, me pregunto qu� se pondr�. --O qu� no se pondr�. Conf�o en que vista con discreci�n. Ya sabes lo puritano que es Noose. --�No permitir�s que se siente a tu lado, en la mesa de la defensa? --Creo que no. Permanecer� entre bastidores, igual que t�. Podr�a ofender a algunas de las mujeres del jurado. --S�, oc�ltala, que no se la vea --dijo Harry Rex, al tiempo que se secaba la boca con una de sus enormes manazas. --�Te acuestas con ella? --�No! No estoy loco, Harry Rex. --Est�s loco si no lo haces. Esa mujer est� disponible. --Entonces a qu� esperas. Yo ya tengo bastantes preocupaciones. --Le caigo bien, �no es cierto? --Eso dice. --Creo que lo intentar� --dijo con toda seriedad antes de sonre�r para soltar a continuaci�n una sonora carcajada que cubri� de migas los libros de las estanter�as. Son� el tel�fono. Jake movi� la cabeza y Harry Rex levant� el auricular. --No est� aqu�, pero tendr� mucho gusto en darle el recado --respondi�, al tiempo que gui�aba el ojo a Jake--. S�, se�or; s�, se�or; por supuesto; si, se�or. Es terrible, desde luego. Cuesta imaginar que alguien sea capaz de hacerlo. S�, se�or; s�, se�or; estoy completamente de acuerdo con usted. S�, se�or. A prop�sito, �c�mo se llama? �C�mo?--sonri� Harry Rex antes de colgar el tel�fono. --�Qu� quer�a? --Dice que eres una deshonra para la raza blanca por representar a ese negro, y que no comprende c�mo un abogado puede defender a un negro como Hailey. Y que conf�a en que el Klan te d� tu merecido, o, de lo contrario, que el Colegio de Abogados estudie el caso y te expulse por ayudar a los negros. Dice que no es culpa tuya, que esto te pasa porque has sido disc�pulo de Lucien Wilbank, que vive con una negra. --�Y t� estabas de acuerdo con �l! --�Por qu� no? No hablaba con odio, sino con toda sinceridad, y se siente mejor, el hombre, despu�s de haberse desahogado. Volvi� a sonar el tel�fono y Harry Rex levant� el auricular. --Jake Brigance, abogado, letrado, asesor, consejero y maestro en leyes. Jake se ausent� para dirigirse al retrete. --�Jake, es un periodista! --chill� Harry Rex.

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--Estoy en el water. --�Est� destemplado! --respondi� Harry Rex por tel�fono. A las seis, las siete de Wilmington, Jake llam� a Carla. Estaba despierta, leyendo el peri�dico y tomando caf�. Le habl� de Bud Twitty, del rat�n Mickey y de la amenaza de violencia. Eso no le preocupaba. De lo que ten�a miedo era del jurado, de los doce elegidos y de su reacci�n para con �l y su cliente. Todo lo dem�s carec�a de importancia. Por primera vez, Carla no habl� de regresar a casa. Jake prometi� volver a llamarla por la noche. Cuando colg�, oy� una discusi�n en la planta baja. Ellen hab�a llegado y Harry Rex hablaba a voces. Se habr� puesto una minifalda y una blusa transparente, pens� Jake mientras bajaba por la escalera. No lo hab�a hecho. Harry Rex la felicitaba por haberse vestido como una sure�a hasta el �ltimo detalle. Vest�a un traje gris a cuadros, con la chaqueta cruzada y una elegante falda corta. Su blusa de seda era negra y, al parecer, llevaba la prenda necesaria bajo la misma. Llevaba el pelo recogido de alg�n modo en la nuca. Incre�blemente, se hab�a puesto r�mel y carm�n. En palabras de Harry Rex, era todo lo parecida a un abogado que pueda serlo una mujer. --Gracias, Harry Rex --respondi� Ellen--. Ojal� tuviera tanto gusto como t� para la ropa. --Tienes muy buen aspecto, Row Ark --dijo Jake. --T� tambi�n --respondi� ella. Luego, mir� a Harry Rex, pero no dijo nada. --Te ruego que nos perdones, Row Ark --dijo Harry Rex--. Estamos impresionados porque no ten�amos ni idea de que tuvieras un vestuario tan variado. Te pedimos disculpas por admirarte, conscientes de lo mucho que eso enfurece tu peque�o coraz�n liberado. En el sur, solemos deshacernos en cumplidos ante las hembras atractivas y bien vestidas, est�n o no liberadas. --�Qu� hay en la bolsa? --pregunt� Ellen. --Desayuno. Sac� un paquete de la misma, lo desenvolvi� y se encontr� con una salchicha empanada. --�No hay panecillos? --pregunt�. --�Qu� es eso? --pregunt� Harry Rex. --Olv�dalo. Jake se frot� las manos y procur� parecer entusiasmado. --Bien, ahora que estamos aqu� reunidos tres horas antes del juicio, �qu� podemos hacer? --Preparemos unas margaritas --dijo Harry Rex. --�No! --respondi� Jake. --A m� no me apetece --dijo Ellen--. Hay que trabajar. --�Qu� ocurrir� en primer lugar? --pregunt� Harry Rex mientras desenvolv�a el �ltimo bizcocho. --Despu�s de que salga el sol, empezar� el juicio. A las nueve, Noose dir� unas palabras a los miembros potenciales del jurado y empezar� el proceso de selecci�n. --�Cu�nto durar�? --pregunt� Ellen. --Dos o tres d�as. En Mississippi, tenemos derecho a interrogar individualmente a cada uno de los miembros en el despacho de su se�or�a. Eso ocupa bastante tiempo. --�D�nde me siento y qu� hago? --Sin duda parece tener experiencia --dijo Harry Rex, dirigi�ndose a Jake--. �Sabe d�nde est� el Juzgado? --No te sentar�s en la mesa de la defensa --respondi� Jake--. All� s�lo estaremos Carl Lee y yo. --Comprendo --dijo Ellen, al tiempo que se frotaba la boca. T� y el acusado, rodeados por las fuerzas del mal, solos ante la muerte. --M�s o menos.

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--Mi padre utiliza a veces esa t�ctica. --Me alegro de que est�s de acuerdo. T� te sentar�s detr�s de m�, junto a la barandilla. Le pedir� a Noose que te permita entrar en su despacho para participar en las discusiones privadas. --�D�nde me pongo yo? --pregunt� Harry Rex. --A Noose no le gustas, Harry Rex. Nunca le has gustado. Tendr�a un infarto si le pidiera que te dejase entrar en su despacho. Ser� preferible que finjas que no nos conocemos. --Gracias. --Pero agradecemos tu colaboraci�n --agreg� Ellen. --Que te den morcilla, Ellie Mae. --Y, a pesar de todo, podr�s beber con nosotros --contest� ella. --Y suministrar el tequila --puntualiz� Harry Rex. --No habr� m�s alcohol en este despacho --dijo Jake. --Hasta el descanso del mediod�a --respondi� Harry Rex. --Quiero que te instales detr�s de la mesa del secretario, que deambules como sueles hacerlo y tomes notas sobre el jurado. Procura relacionarlos con las fichas. Probablemente ser�n ciento veinte. --Lo que t� digas. Al alba, sali� el ej�rcito en masa a la calle. Instalaron de nuevo las barricadas y, en las cuatro esquinas de la plaza, los soldados se agruparon alrededor de los barriles blancos y naranja que bloqueaban los accesos. Atentos y listos para entrar en acci�n, vigilaban detenidamente todos los coches, a la espera de un ataque enemigo y con el deseo de que ocurriera algo excitante. Hubo un poco de emoci�n cuando a las siete y media llegaron los furgones y camionetas de algunos buitres, con sus vistosos logotipos en los costados. Los soldados rodearon los veh�culos y comunicaron a todo el mundo que estaba prohibido aparcar alrededor del Juzgado durante el juicio. Los buitres desaparecieron por las calles laterales y volvieron andando al cabo de unos instantes, con sus voluminosas c�maras y dem�s instrumentos. Algunos se instalaron en las escaleras frente al Juzgado, otros junto a la puerta trasera, y un tercer grupo en la glorieta del segundo piso, cerca de la puerta de la Audiencia. Murphy, bedel y �nico testigo presencial de la muerte de Cobb y Willard, comunic� tan bien como pudo a los periodistas que el Juzgado abrir�a a las ocho en punto, ni un minuto antes. Se form� una cola que no tard� en dar la vuelta a la glorieta. Los autobuses de las iglesias aparcaron en alg�n lugar cerca de la plaza, y los pastores condujeron lentamente a los feligreses por Jackson Street. Llevaban pancartas en las que se le�a LIBERTAD PARA CARL LEE y cantaban �Venceremos� en perfecta armon�a. Cuando se acercaron a la plaza y los soldados se percataron de su presencia empezaron a transmitirse mensajes por radio. Ozzie y el coronel intercambiaron r�pidamente unas palabras, y los soldados se tranquilizaron. Ozzie acompa�� a los manifestantes a un sector del jard�n, por donde empezaron a deambular con la mirada fija en la Guardia Nacional de Mississippi. A las ocho se instal� un detector de metales en la puerta principal del Juzgado y tres agentes fuertemente armados se dedicaron a registrar lentamente a los asistentes, que ahora llenaban la glorieta, antes de entrar en el edificio. En el interior, Prather dirig�a el tr�fico y acomodaba al p�blico en los bancos de un lado de la sala, reservando el otro para los miembros del jurado. El primer banco era para los parientes y el segundo para los dibujantes, que empezaron inmediatamente a tomar apuntes del estrado y de los retratos de h�roes confederados. El Klan se sinti� obligado a hacer acto de presencia el d�a de la inauguraci�n, especialmente durante la llegada de los miembros potenciales del jurado. Dos docenas de miembros del Klan, perfectamente ataviados, llegaron en silencio por Washington Street. Los soldados los detuvieron y rodearon inmediatamente. El barrigudo coronel cruz� ostentosamente la calle y, por primera vez en su vida, se encontr� cara a cara con un miembro del Ku Klux Klan, con su correspondiente t�nica y capirote blancos, que med�a un palmo y medio m�s

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que �l. Entonces se percat� de la presencia de las c�maras, que se hab�an acercado para observar los sucesos, y desapareci� lo que ten�a de mat�n. Sus habituales alaridos se convirtieron inmediatamente en una voz aguda, nerviosa y tartamudeante, indescifrable incluso para �l. Ozzie acudi� a rescatarlo. --Buenos d�as, muchachos --dijo el sheriff con toda tranquilidad junto al nervioso coronel--. Os tenemos rodeados y os superamos en n�mero. Tambi�n somos conscientes de que no podemos impedir vuestra presencia. --Efectivamente --respondi� el jefe. --Si me segu�s y hac�is lo que os diga, no habr� ning�n problema. Siguieron a Ozzie y al coronel a una peque�a �rea del jard�n, donde se les explic� que aquel ser�a su territorio durante el juicio. Si no se mov�an de all� y guardaban silencio, el coronel se ocupar�a personalmente de que los soldados no los molestaran. Estuvieron de acuerdo. Como era de suponer, la presencia de las t�nicas blancas excit� a los negros, situados a unos cincuenta metros de distancia. --�Libertad para Carl Lee! �Libertad para Carl Lee! �Libertad para Carl Lee! --empezaron a gritar todos. Los miembros del Klan levantaron el pu�o y respondieron: --�Carl Lee a la hoguera! --�Carl Lee a la hoguera! --�A la hoguera con Carl Lee! Hab�a dos filas de soldados a lo largo de la acera que divid�a el jard�n y conduc�a a las escaleras del Juzgado. Otra fila de soldados estaba situada entre la acera y los miembros del Klan, y una cuarta entre la acera y los negros. Comenzaron a llegar los miembros del jurado, que caminaron a toda prisa entre las filas de soldados. Con su maldita citaci�n en la mano, escuchaban perplejos a los dos grupos que se chillaban entre s�. El ilustr�simo Rufus Buckley lleg� a Clanton y, despu�s de explicar cort�smente a los soldados qui�n era y lo que eso significaba, le permitieron aparcar junto al Juzgado, en el lugar reservado para el fiscal del distrito. Los periodistas parec�an haberse vuelto locos. Aquello deb�a de ser importante: alguien hab�a roto el cord�n de seguridad. Buckley se qued� unos momentos en su viejo Cadillac para permitir quedo alcanzaran los periodistas. Le rodearon en el momento de apearse del veh�culo y avanz� con suma lentitud hacia la puerta del Juzgado sin dejar de sonre�r. La r�faga de preguntas le result� irresistible y viol� el secreto sumarial por lo menos ocho veces, siempre con una radiante sonrisa y disculp�ndose por no poder responder a la pregunta que ya hab�a contestado. Musgrove segu�a al gran hombre con su malet�n. Jake paseaba nervioso por su despacho. Su puerta estaba cerrada con llave. Ellen preparaba otro informe en la planta baja. Harry Rex se encontraba en el Coffee Shop, desayunando de nuevo y chismorreando. Las fichas estaban desparramadas sobre la mesa y a Jake ya lo ten�an harto. Hoje� un sumario y se dirigi� al balc�n, desde donde se o�an las voces de la plaza. Regres� a su escritorio y examin� el borrador de su discurso de apertura a los miembros potenciales del jurado. La primera impresi�n era fundamental. Se tumb� en el sof� con los ojos cerrados y pens� en las much�simas cosas que prefer�a hacer. En general, le gustaba su trabajo. Pero hab�a momentos, momentos terribles como el presente, en los que lamentaba no haberse convertido en agente de seguros o corredor de bolsa. O incluso tal vez abogado tributario. Seguro que ellos no ten�an n�useas y diarrea en los momentos cr�ticos de su profesi�n. Lucien le hab�a ense�ado que era bueno tener miedo, el miedo era un aliado, todo abogado tenia miedo al presentar un caso ante un nuevo jurado. Est� bien tener miedo, pero no hay que manifestarlo. Los jurados no se dejaban convencer por los abogados m�s locuaces ni por los mejores oradores. Tampoco por los m�s elegantes. Ni por los payasos o come-

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diantes. No se dejaban convencer por el abogado que predicaba ni por el que m�s luchaba. Lucien le hab�a convencido de que los miembros del jurado confiaban en el abogado que dec�a la verdad, independientemente de su aspecto, lenguaje o habilidad aparente. El abogado ten�a que ser sincero en la sala y, si ten�a miedo, deb�a aceptarlo. Los miembros del jurado tambi�n estaban asustados. Hay que trabar amistad con el miedo, dec�a siempre Lucien, porque no desaparecer� y puede destruirte si no lo controlas. El miedo le atacaba fuertemente en la barriga, y baj� con cuidado a los servicios. --�C�mo est�s, jefe? --pregunt� Ellen cuando se asom� para verla. --Listo, supongo. Saldremos dentro de un minuto. --Hay unos periodistas en la puerta. Les he dicho que hab�as abandonado el caso y salido de la ciudad. --En estos momentos, pienso que ojal� lo hubiera hecho. --�Has o�do hablar de Wendall Solomon? --No lo tengo presente. --Trabaja en la Organizaci�n de Defensa de Presos Sure�os. El verano pasado trabaj� para �l. Ha defendido m�s de un centenar de casos de pena capital a lo largo y ancho del sur. Se pone tan nervioso antes del juicio que no puede comer ni dormir. Su m�dico le receta sedantes, a pesar de lo cual est� tan irritable el primer d�a del juicio que nadie le dirige la palabra. Y eso le ocurre despu�s de m�s de un centenar de casos parecidos. --�C�mo se las arregla tu padre? --Se toma un par de martinis con un Valium. Luego se acuesta sobre su escritorio con la puerta y los ojos cerrados hasta que es hora de ir al Juzgado. Est� nervioso y de mal humor. Claro que, en gran parte, es su naturaleza. --�Entonces conoces la sensaci�n? --La conozco demasiado. --�Parezco nervioso? Pareces cansado. Pero est�s bien. --V�monos --dijo Jake, despu�s de consultar el reloj. Los periodistas de la acera se lanzaron sobre su presa. --Sin comentario --iba diciendo Jake mientras cruzaba lentamente la calle en direcci�n al Juzgado. --�Es cierto que piensa solicitar la anulaci�n del juicio? --Eso no se puede hacer hasta que el juicio haya empezado. --�Es cierto que el Klan le ha amenazado? --Sin comentario. --�Es cierto que ha mandado a su familia fuera de la ciudad hasta que haya concluido el juicio? --Sin comentario --titube� Jake despu�s de mirar al periodista. --�Qu� opina de la Guardia Nacional? --Estoy orgulloso de ellos. --�Puede su defendido recibir un juicio justo en Ford County? --Sin comentario --respondi� Jake despu�s de mover la cabeza. Hab�a un agente de guardia a pocos pasos de donde hab�an ca�do los cad�veres. --�Qui�n es, Jake? --pregunt� se�alando a Ellen. --Es inofensiva. Va conmigo. Subieron a toda prisa por la escalera posterior. Carl Lee estaba sentado solo en la mesa de la defensa, de espaldas a la sala abarrotada de p�blico. Jean Gillespie comprobaba afanosamente la identidad de los miembros del jurado mientras los agentes vigilaban la sala en busca de cualquier cosa sospechosa. Jake salud� afectuosamente a su defendido, con un

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apret�n de manos, una radiante sonrisa y unas palmadas en el hombro. Ellen sac� los documentos de los maletines y los coloc� meticulosamente sobre la mesa. Jake susurr� algo a su cliente y mir� alrededor de la sala. Todas las miradas estaban fijas en �l. La familia Hailey ocupaba elegantemente el primer banco. Jake les sonri� y salud� con la cabeza a Lester. Tonya y los muchachos vest�an su mejor ropa de los domingos y estaban sentados entre Lester y Gwen como impecables estatuillas. Los miembros potenciales del jurado estaban sentados al otro lado del pasillo y observaban atentamente al abogado de Hailey. Jake pens� que aquel era un buen momento para que se fijaran en la familia, cruz� la portezuela de la baranda y se acerc� para hablar con los Hailey. Le dio unas palmadas a Gwen en el hombro, estrech� la mano de Lester, pellizc� a cada uno de los chicos en la mejilla y, por �ltimo, le dio un abrazo a Tonya, la peque�a Hailey, la ni�a violada por un par de maleantes que recibieron su merecido. Los miembros del jurado observaron atentamente cada uno de sus movimientos y mostraron un inter�s especial por la ni�a. --Noose quiere vernos en su despacho --susurr� Musgrove a Jake cuando regres� a la mesa. Ichabod, Buckley y la taqu�grafa del Juzgado estaban charlando cuando Jake y Ellen entraron en el despacho. Jake present� a su ayudante a su se�or�a, a Buckley, a Musgrove y a Norma Gallo, taqu�grafa del Juzgado. Les explic� que Ellen Roark era una estudiante de tercer curso de derecho en Ole Miss, que trabajaba como pasante en su despacho, y solicit� que se le permitiera sentarse cerca de la mesa de la defensa y participar en los procesos reservados. Buckley no tuvo nada que objetar. Es habitual, declar� Noose, y le dio la bienvenida. --�Asuntos preliminares, se�ores? --pregunt� Noose. --Ninguno --respondi� el fiscal del distrito. --Varios --dijo Jake, al tiempo que abr�a un sumario--. Quiero que esto conste en acta. Norma Gallo empez� a tomar nota. --En primer lugar, quiero insistir en mi solicitud de que se traslade el juicio... --Protestamos --interrumpi� Buckley. --�Cierra el pico, gobernador! --exclam� Jake--. �No he terminado y no vuelvas a interrumpirme! A Buckley y a los dem�s les asombr� aquella p�rdida de compostura. Deben de ser las margaritas, pens� Ellen. --Disc�lpeme, se�or Brigance --dijo tranquilamente Buckley--. Le ruego que no me llame gobernador. --Perm�tanme que aproveche esta oportunidad para decirles algo --comenz� a decir Noose--. Este juicio ser� una odisea larga y penosa. Comprendo la presi�n a la que ambos est�n sometidos. He estado muchas veces en su pellejo y s� c�mo se sienten. Ambos son unos excelentes abogados y me siento satisfecho de tener a dos letrados de su calibre para un juicio de esta magnitud. Tambi�n detecto cierto antagonismo entre ustedes. Esto es frecuente y no voy a pedirles que se den la mano y sean buenos amigos. Pero insistir� en que cuando est�n en mi sala, o en este despacho, se abstengan de interrumpirse mutuamente y procuren no levantar la voz. Se dirigir�n el uno al otro como se�or Brigance, se�or Buckley y se�or Musgrove. �Comprenden todo lo que les he dicho? --S�, se�or. --S�, se�or. --Bien. Prosiga, se�or Brigance. --Gracias, su se�or�a, le estoy muy agradecido. Como iba diciendo, el acusado se ratifica en su solicitud para que se traslade el juicio a otra localidad. Quiero que conste en acta que mientras estamos aqu� presentes en el despacho de su se�or�a, a las nueve y quince del veintid�s de julio, dispuestos a empezar la selecci�n del jurado, el Palacio de Justicia de Ford County est� rodeado por la Guardia Nacional de Mississippi. En este mismo instante, en los jardines frente al Juzgado, un grupo de miembros del Ku Klux Klan, con sus correspondientes t�nicas blancas, chilla contra un grupo de manifestantes negros, quienes, evi-

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dentemente, responden a sus gritos. Ambos grupos est�n separados por soldados de la Guardia Nacional fuertemente armados. Cuando los miembros del jurado llegaron esta ma�ana al Juzgado presenciaron el susodicho espect�culo. Ser� imposible seleccionar un jurado justo e imparcial. Buckley observaba con una arrogante sonrisa en su rostro descomunal y, cuando Jake termin�, dijo: �Puedo responder, su se�or�a? --No --dijo categ�ricamente Noose--. Moci�n denegada. �Algo m�s? --La defensa solicita la descalificaci�n de todos los candidatos. --�En base a qu�? --En base a que ha habido un intento evidente por parte del Klan encaminado a intimidarlos. Conocemos el caso de por lo menos veinte cruces en llamas. --Me propongo exonerar a dichos veinte en el supuesto de que se presenten --respondi� Noose. --Estupendo --exclam� Jake con sarcasmo--. �Qu� ocurre con las amenazas que no conocemos? �Y con los miembros del jurado que han o�do hablar de las cruces en llamas? Noose se frot� los ojos y no dijo nada. Buckley ten�a un discurso preparado, pero no quiso interrumpir. --Aqu� tengo una lista --dijo Jake con un papel en la mano-- de los veinte miembros potenciales del jurado que recibieron la visita del Klan. Dispongo tambi�n de los informes de la polic�a y de una declaraci�n jurada del sheriff Walls en la que se detallan los actos de intimidaci�n. Los presento a la sala en apoyo de mi solicitud para descalificar a todos los candidatos. Quiero que conste en acta para que el Tribunal Supremo pueda verlo en blanco y negro. --�Piensa presentar recurso de apelaci�n, se�or Brigance? --pregunt� Buckley. Ellen acababa de conocer a Rufus Buckley y ahora, al cabo de pocos segundos, comprend�a perfectamente que Jake y Harry Rex lo detestaran. --No, gobernador, no espero presentar recurso de apelaci�n. Intento asegurarme de que mi defendido recibe un juicio justo, con un jurado imparcial. Deber�a ser capaz de comprenderlo. --No voy a descalificar a estos candidatos --dijo Noose--. Esto supondr�a perder una semana. --�Qu� importa el tiempo cuando est� en juego la vida de un hombre? Estamos hablando de justicia. El derecho a un juicio imparcial, recu�rdelo, es uno de los m�s b�sicos derechos constitucionales. Es una farsa no descalificar a estos candidatos sabiendo con toda certeza que algunos de ellos han sido intimidados por un pu�ado de maleantes con t�nicas blancas que pretenden ver ahorcado a mi defendido. --Su moci�n queda denegada --respondi� escuetamente Noose--. �Algo m�s? --No, eso es todo. Pero solicito que cuando exonere a esos veinte lo haga de modo que los dem�s candidatos desconozcan la causa de dicha decisi�n. --S� c�mo hacerlo, se�or Brigance. Mandaron al se�or Pate en busca de Jean Gillespie y Noose le entreg� una lista con los veinte nombres. La secretaria regres� a la sala y los ley�. Su presencia no era necesaria para formar parte del jurado y pod�an marcharse. 'Jean regres� al despacho de su se�or�a. --�De cu�ntos candidatos disponemos? --pregunt� Noose. --Noventa y cuatro. --Es suficiente. Estoy seguro de que podremos encontrar doce capacitados para prestar servicio como miembros del jurado. --Seria imposible encontrar dos --susurr� Jake a Ellen lo suficientemente alto para que Noose lo oyera y Norma Gallo lo hiciera constar en acta. Su se�or�a les dio permiso para retirarse y ocuparon sus lugares en la sala.

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Se escribieron los noventa y cuatro nombres en peque�os trozos de papel que se introdujeron en un peque�o cilindro de madera. Jean Gillespie hizo girar el cilindro, lo par�, sac� un papel al azar y se lo entreg� a Noose, que estaba sentado por encima de ella y de todos los dem�s en su trono, conocido como estrado. Reinaba el silencio en la sala mientras entornaba los ojos para leer el primer nombre. --Carlene Malone, jurado n�mero uno --grit� el juez con toda la fuerza de sus pulmones. El primer banco estaba vac�o y la se�ora Malone se sent� en el mismo, junto al pasillo. En cada banco cab�an diez personas y se hab�an reservado diez bancos para los miembros del jurado. Los otros diez bancos al otro lado del pasillo estaban ocupados por parientes, amigos y espectadores, pero sobre todo por periodistas que tomaron nota del nombre de Carlene Malone. Jake tambi�n lo hizo. Era blanca, gorda, divorciada y de condici�n humilde. Ten�a un dos en la escala de Brigance. Cero para el n�mero uno, pens�. Jean hizo girar de nuevo el bombo. --Marcia Dickens, jurado n�mero dos --exclam� Noose. Blanca, gorda, de m�s de sesenta a�os y con cara de malas pulgas. Cero para el n�mero dos. --Jo Beth Mills, n�mero tres. Jake se hundi� ligeramente en su asiento. Era blanca, de unos cincuenta a�os y trabajaba por el salario m�nimo en una f�brica de camisas de Karaway. Gracias a la acci�n afirmativa, su jefe era un negro ignorante y abus�n. Hab�a un cero junto a su nombre en la ficha de Brigance. Cero para el n�mero tres. Jake mir� con angustia a Jean cuando hizo girar de nuevo el bombo. --Reba Betts, n�mero cuatro. Jake se hundi� a�n m�s en su silla y se pellizc� la frente. Cero para el n�mero cuatro. --Esto es incre�ble --dijo mirando a Ellen mientras Harry Rex mov�a la cabeza. --Gerald Ault, n�mero cinco. Jake sonri� cuando su primer jurado tomaba asiento junto a Reba Betts. Buckley puso una cruz negra junto a su nombre. --Alex Summers, n�mero seis. Se esboz� una ligera sonrisa en el rostro de Carl Lee cuando el primer negro emergi� del fondo de la sala para sentarse junto a Gerald Ault. Buckley tambi�n sonri�, al tiempo que rodeaba el nombre del primer negro con un n�tido c�rculo. Los siguientes cuatro nombres eran de mujeres blancas, ninguna de las cuales pasaba de tres en la escala de Brigance. Jake estaba preocupado cuando se llen� el primer banco. La ley le permit�a descalificar perentoriamente a doce candidatos sin explicaci�n alguna, y la suerte le obligar�a a utilizar por lo menos seis de dichas prerrogativas en el primer banco. --Walter Godsey, n�mero once --anunci� Noose, cuya voz decrec�a gradualmente de volumen. Godsey era una labriego asalariado de edad madura, sin compasi�n ni potencial. Cuando Noose acab� de llenar el segundo banco, �ste conten�a siete mujeres blancas, dos hombres negros y Godsey. Jake se sent�a condenado al desastre. La suerte no mejor� hasta el cuarto banco, cuando Jean entr� en una buena racha y sac� los nombres de siete hombres, cuatro de los cuales eran negros. Tardaron casi una hora en acomodar a todos los candidatos, y Noose decret� un descans� de quince minutos para que Jean pudiera mecanografiar la lista por orden num�rico. Jake y, Ellen aprovecharon el descanso para repasar sus notas y relacionar los nombres con las caras. Harry Rex se hab�a instalado en la tarima, detr�s de los sumarios rojos, sin dejar de tomar notas afanosamente mientras Noose anunciaba los nombres. Coincidi� con Jake en que las cosas no iban por buen camino. A las once, Noose regres� al estrado y se hizo el silencio en la sala. Alguien sugiri� que utilizara el micr�fono y se lo coloc� a pocos cent�metros de la nariz. Hablaba fuerte, con una voz fr�gil y enconosa que retumbaba agresivamente por la sala para formular una serie de

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largas preguntas exigidas por la ley. Present� a Carl Lee y pregunt� si alguno de los jurados era pariente suyo o lo conoc�a. Noose sab�a que todos lo conoc�an, pero s�lo dos candidatos admitieron conocerlo desde antes del mes de mayo. El juez present� entonces a los abogados y explic� brevemente la naturaleza de los cargos. Ni un solo miembro del jurado confes� ignorar el caso Hailey. Noose sigui� divagando hasta concluir su discurso a las doce y media. Levant� la sesi�n hasta las dos. Dell les llev� bocadillos calientes y t� helado a la sala de conferencias. Jake le dio las gracias con un abrazo y le dijo que lo pusiera todo en su cuenta. Sin prestar atenci�n a la comida, coloc� las fichas de los miembros del jurado sobre la mesa en el orden en que estaban sentados en la sala. Harry Rex atac� un bocadillo de rosbif y queso. --Hemos tenido una suerte fatal --repet�a, con ambas mejillas extendidas al m�ximo--. Hemos tenido una suerte fatal. Despu�s de colocar la nonag�sima cuarta ficha sobre la mesa, Jake se retir� y estudi� el conjunto. Ellen estaba junto a �l, mordisqueando una patata frita y observando las fichas. --Hemos tenido una suerte fatal --repiti� Harry Rex, mientras tragaba su comida con medio litro de t�. --�Te importar�a cerrar el pico? --exclam� Jake. --Entre los primeros cincuenta --dijo Ellen--, hay ocho negros, tres negras y treinta blancas. Quedan nueve blancos, la mayor�a poco apetecibles. Parece que el jurado lo compondr�n mujeres blancas. --Mujeres blancas, mujeres blancas --exclam� Harry Rex--. El peor jurado del mundo. �Hembras blancas! --Creo que el peor jurado es el formado por blancos gordos --replic� Ellen mir�ndole fijamente. --No te lo tomes a mal, Row Ark, me encantan las mujeres blancas. No olvides que he estado casado con cuatro de ellas. Pero detesto los jurados de mujeres blancas. --Yo no votar�a para que le condenaran. --Row Ark, t� eres una comunista del ACLU. T� no votar�as para condenar a nadie de nada. En tu peque�a mente descabellada crees que los porn�grafos de ni�os y los terroristas de la OLP son personas maravillosas victimizadas por el sistema a las que se debe brindar una oportunidad. --�Y t�, con tu mente racional, civilizada y compasiva, qu� crees que se deber�a hacer con ellos? --Colgarlos por los dedos de los pies, castrarlos y dejar que se desangraran sin juicio previo. --Y, a tu forma de entender la ley, �ser�a eso constitucional? --Puede que no, pero eliminar�a mucha pornograf�a infantil y mucho terrorismo. Jake, �vas a comerte este bocadillo? --No. Harry Rex desenvolvi� un bocadillo de jam�n y queso. --Mantente alejado de la n�mero uno, Carlene Malone. Es una de los Malone de Lake Village., Basura blanca y rencorosa como el diablo. --Me gustar�a mantenerme alejado de todos los candidatos --respondi� Jake con la mirada fija en la mesa. --Hemos tenido una suerte fatal. --�Qu� opinas, Row Ark? --pregunt� Jake. --Creo que le conviene declararse culpable y salir corriendo con el rabo entre las piernas --respondi� Harry Rex mientras tragaba afanosamente. --Podr�a ser peor --dijo Ellen sin dejar de mirar las fichas.

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--�Peor! --exclam� Harry Rex, con una carcajada artificial S�lo podr�a ser peor si los treinta primeros vistieran t�nica blanca con capirote y antifaz. --Harry Rex, �te importar�a cerrar el pico? --dijo Jake. --S�lo intento ayudar. �Quieres las patatas fritas? --No. �Por qu� no te las pones todas en la boca y masticas durante un buen rato? --Creo que te equivocas en cuanto a algunas de esas mujeres --dijo Ellen--. Me parece que Lucien tiene bastante raz�n. En un sentido muy amplio, las mujeres suelen ser m�s compasivas. No olvides que nosotras somos las v�ctimas de las violaciones. --Ante esto no tengo nada que decir --respondi� Harry Rex. --Me alegro --dijo Jake--. �Cu�l de las mujeres es esa ex cliente tuya que, al parecer, har� cualquier cosa por ti con s�lo que le gui�es el ojo? --Debe de ser la n�mero veintinueve --sonri� Ellen--. Mide metro sesenta y pesa ciento ochenta kilos. --Muy graciosa --dijo Harry Rex al tiempo que se frotaba los labios con una hoja de papel--. Es la n�mero setenta y cuatro. Demasiado rezagada. Olv�dala. A las dos, Noose orden� silencio en la sala y se abri� la sesi�n. --El ministerio fiscal puede interrogar al jurado --dijo el juez. El imponente fiscal del distrito se puso lentamente de pie y se dirigi� con parsimonia hacia el estrado, desde donde observ� con aspecto meditabundo al p�blico y a los miembros del jurado. Se percat� de que los dibujantes tomaban apuntes y, moment�neamente, pareci� posar para ellos. Antes de presentarse, sonri� con sinceridad a los miembros del jurado. Les explic� que era el abogado del pueblo y representaba al Estado de Mississippi. Hac�a ahora nueve a�os que ejerc�a como fiscal, honor que siempre agradecer�a a los pobladores de Ford County. Les se�al� y les dijo que eran ellos, los que estaban all� sentados, los que lo hab�an elegido para representarles. Les dio las gracias y dijo que esperaba no decepcionarles. S�, estaba nervioso y asustado. Hab�a acusado a millares de delincuentes, pero siempre ten�a miedo en todos los juicios. �S�! Ten�a miedo y no se avergonzaba de confesarlo. Miedo de la espantosa responsabilidad que el pueblo le hab�a confiado como encargado de encarcelar a los delincuentes y proteger al pueblo. Miedo de no representar adecuadamente a su cliente: el pueblo de este gran Estado. Jake hab�a o�do ya todas aquellas bobadas muchas veces. Se las sab�a de memoria. El bueno de Buckley, abogado del Estado, unido con el pueblo en busca de justicia para proteger a la sociedad. Era un orador h�bil y elocuente, capaz en un momento dado de hablarle al jurado con ternura, como un abuelo que aconsejara a sus nietos, para luego lanzar una diatriba con tanta persuasi�n que causar�a incluso la envidia de cualquier predicador negro. Apenas transcurrida una fracci�n de segundo, har�a gala de su elocuencia y convencer�a al jurado de que la estabilidad de nuestra sociedad, e incluso el futuro de la raza humana, depend�a de su veredicto de culpabilidad. Estaba en su mejor forma en los juicios importantes, y �ste era el m�s importante hasta ahora. Hablaba sin notas y manten�a la atenci�n del p�blico mientras se describ�a como v�ctima, amigo y compa�ero del jurado, que le ayudar�a a descubrir la verdad y castigar a aquel individuo por su monstruoso delito. Al cabo de diez minutos, Jake estaba harto y se puso de pie con cara de frustraci�n. --Protesto, su se�or�a. El se�or Buckley no est� seleccionando al jurado. No estoy seguro de lo que hace, pero no interroga a los candidatos. --�Se admite la protesta! --exclam� N�ose junto al micr�fono--. Si no tiene ninguna pregunta para el jurado, se�or Buckley, le ruego que se siente. --Pido disculpas, su se�or�a --respondi� torpemente Buckley, fingi�ndose ofendido. Jake hab�a sido el primero en golpear. Buckley cogi� un cuaderno y empez� a formular un sinf�n de preguntas. Pregunt� si alguno de los candidatos hab�a formado parte anteriormente de un jurado. Se levantaron varias

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manos. �Civil o penal? �Hab�an votado culpable o inocente? �Cu�nto tiempo hac�a? �Era el acusado blanco o negro? �Y la v�ctima, blanca o negra? �Hab�a alguien sido v�ctima de un crimen violento? Dos manos. �Cu�ndo? �D�nde? �Fue el agresor capturado? �Condenado? �Blanco o negro? Jake, Harry Rex y Ellen tomaban montones de notas. �Alg�n miembro de su familia ha sido v�ctima de un crimen con violencia? Varias manos. �Cu�ndo? �D�nde? �Qu� le ocurri� al delincuente? �Alg�n miembro de su familia ha sido acusado de alg�n delito? �Procesado? �Juzgado? �Condenado? �Alg�n amigo o pariente empleado al servicio de la ley? �Qui�n? �D�nde? A lo largo de tres horas, Buckley hurg� e indag� sin interrupci�n, como un cirujano. Era un experto. Su preparaci�n era evidente. Formul� preguntas que a Jake ni se le hab�an ocurrido. E hizo pr�cticamente todas las preguntas que Jake ten�a previstas. Explor� con delicadeza los detalles de sentimientos y opiniones personales. Y, en el momento oportuno, dec�a algo gracioso para que todo el mundo se riera y se relajase la tensi�n. Ten�a la sala en la palma de la mano y, cuando Noose le interrumpi� a las cinco de la tarde, estaba en pleno apogeo. Terminar�a por la ma�ana. Su se�or�a levant� la sesi�n hasta las nueve de la ma�ana siguiente. Jake habl� unos momentos con su cliente mientras el p�blico se retiraba hacia el fondo de la sala. Ozzie esperaba a pocos pasos, con unas esposas en la mano. Cuando acab� de hablar con Jake, Carl Lee se agach� frente a su familia, les dio un abrazo a cada uno y se despidi� de ellos hasta el d�a siguiente. Ozzie lo condujo a la escalera posterior pasando por el calabozo, donde esperaba un mont�n de agentes para llevarlo de regreso a la c�rcel. TREINTA Y CUATRO El segundo d�a, el sol sali� velozmente por levante y, en pocos segundos, sec� el roc�o del tupido c�sped que rodeaba el Palacio de Justicia de Ford County. Una niebla invisible y pegajosa emanaba de la hierba para adherirse a las pesadas botas y gruesos pantalones de los soldados. Bajo un sol implacable, patrullaban apaciblemente por los callejones del centro de Clanton. Procuraban refugiarse bajo los �rboles y toldos de peque�as tiendas. Cuando se sirvi� el desayuno bajo sus carpas, todos los soldados se hab�an quitado parte de su uniforme para quedarse en camiseta verde p�lido, y estaban empapados de sudor. Los predicadores negros y sus feligreses se dirigieron inmediatamente al lugar asignado y se instalaron. Colocaron sillas y mesas plegables bajo los robles y termos de agua fresca sobre las mesas. A su alrededor levantaron una pulcra verja, con pancartas blancas y azules en las que se le�a LIBERTAD PARA CARL LEE, sujetas a ca�as que clavaron en el suelo. Agee hab�a impreso unas nuevas pancartas con la ampliaci�n de una foto de Carl Lee en blanco y negro en el centro de las mismas y un borde rojo, blanco y azul. Eran elegantes y de aspecto muy profesional. Los miembros del Klan se dirigieron obedientemente al lugar que se les hab�a asignado en los jardines. Trajeron sus propias pancartas: enormes letras rojas sobre fondo blanco, que proclamaban CARL LEE A LA PARRILLA. CARL LEE A LA PARRILLA. Las levantaron para mostr�rselas a los negros a trav�s de los jardines y ambos grupos empezaron a dar gritos. Los soldados formaron ordenados cordones a lo largo de la acera y permanecieron armados y tranquilos mientras los grupos intercambiaban insultos y blasfemias. Eran las ocho de la ma�ana del segundo d�a. Los periodistas estaban apabullados por la abundancia de noticias. Se concentraron en los jardines delante del Juzgado cuando empez� el griter�o. Ozzie y el coronel dieron varias vueltas alrededor del Juzgado se�alando diversos puntos y hablando por sus respectivas radios. A las nueve, Ichabod dio los buenos d�as al p�blico de la sala, que ya s�lo cab�a de pie. Buckley se levant� con gran parsimonia y anunci� alegremente a su se�or�a que ya no ten�a m�s preguntas para los candidatos.

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El letrado Brigance se puso de pie, con flaqueza en las rodillas y turbulencia en el est�mago. Se acerc� a la barandilla y contempl� fijamente los ojos angustiados de los noventa y cuatro miembros potenciales del jurado. Todo el mundo prestaba gran atenci�n a aquel joven soberbio, que hab�a alardeado de no haber perdido ning�n caso de asesinato. Parec�a relajado y seguro de s� mismo. Su voz era fuerte pero c�lida. Hablaba como un erudito pero en t�rminos familiares. Hizo de nuevo las presentaciones, empezando por s� mismo, siguiendo por su cliente y su familia, y dejando a la ni�a para el final. Felicit� al fiscal del distrito por su exhaustivo interrogatorio de la tarde anterior y reconoci� que la mayor�a de sus preguntas ya hab�an sido formuladas. Ech� una ojeada a sus notas. Su primera pregunta cay� como una bomba. --Damas y caballeros, �alguno de ustedes cree que bajo ninguna circunstancia deber�a utilizarse la enajenaci�n mental como defensa? Se pusieron un poco nerviosos, pero no se levant� ninguna mano. Los cogi� por sorpresa, totalmente desprevenidos. �Enajenaci�n mental! �Enajenaci�n mental! La semilla estaba plantada. --Si demostramos que Carl Lee Hailey estaba legalmente enajenado cuando dispar� contra Billy Ray Cobb y Pete Willard, �hay alguien entre ustedes que no est� dispuesto a declararlo. inocente? La pregunta era deliberadamente compleja. No se levant� ninguna mano. Varias personas deseaban hablar, pero no estaban seguras de cu�l era la respuesta apropiada. Jake les mir� atentamente, consciente de que la mayor�a estaban confundidos, pero tambi�n seguro de que todos ellos pensaban en la enajenaci�n mental de su cliente. Y as� les dejar�a. --Gracias --dijo con todo el encanto del que fue capaz--. He terminado, su se�or�a. Buckley parec�a confuso y mir� al juez, que estaba igualmente perplejo. --�Eso es todo? --pregunt� con incredulidad Noose--. �Ha concluido, se�or Brigance? --S�, su se�or�a, no tengo nada que objetar respecto a los candidatos --respondi� Jake como si se sintiera muy seguro de s� mismo, al contrario de Buckley, que les hab�a interrogado durante tres horas. Los candidatos estaban muy lejos de parecerle bien a Jake, pero no habr�a tenido ning�n sentido repetir las preguntas que Buckley ya hab�a formulado. --Muy bien. Deseo ver a los letrados en mi despacho. Buckley, Musgrove, Jake, Ellen y el se�or Pate siguieron a Ichabod por la puerta situada detr�s del estrado y se sentaron alrededor de la mesa en su despacho. --Supongo, se�ores --dijo Noose--, que desean conocer el parecer de cada uno de los miembros potenciales del jurado respecto a la pena de muerte. --S�, se�or --respondi� Jake. --Efectivamente, su se�or�a --agreg� Buckley. --Muy bien. Se�or alguacil, traiga al jurado n�mero uno, Carlene Malone. El se�or Pate se ausent�, entr� en la sala y llam� a Carlene Malone, que al cabo de unos momentos entr� en el despacho de su se�or�a. Estaba aterrorizada. Los abogados sonrieron, pero no dijeron nada. Ordenes de Noose. --Por favor, si�ntese --dijo el juez, mientras se quitaba la toga--. Esto durar� s�lo un momento, se�ora Malone. �Tiene usted alg�n sentimiento profundo, en un sentido u otro, respecto a la pena de muerte? --Pues... No, se�or --respondi� mientras mov�a nerviosamente la cabeza con la mirada fija en Ichabod. --�Comprende usted que si se la selecciona para este jurado y el se�or Hailey es declarado culpable se le pedir� que lo condene a muerte? --S�, se�or.

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--Si la acusaci�n demuestra m�s all� de toda duda razonable que la matanza fue premeditada y usted cree que el se�or Ha�ley no estaba legalmente enajenado en el momento de cometer el delito, �estar� dispuesta a dictar la pena de muerte? --Ciertamente. Creo que siempre deber�a utilizarse. Puede que acabara con tanta fechor�a. Soy plenamente partidaria de la misma. Jake salud� con la cabeza al jurado n�mero uno, sin dejar de sonre�r. Buckley tambi�n sonre�a y le gui�� un ojo a Musgrove. --Gracias, se�ora Malone. Puede volver a su asiento en la sala --dijo Noose. --Haga pasar al n�mero dos --orden� Noose al se�or Pate. Marcia Dickens, una ce�uda anciana blanca, fue conducida al despacho. S�, se�or, respondi�, era plenamente partidaria de la pena de muerte. No tendr�a ning�n reparo en votar a favor de la misma. Jake se limit� a sonre�r. Buckley volvi� a gui�ar el ojo. Noose le dio las gracias y llam� al n�mero tres. El n�mero tres y el cuatro estaban igualmente decididas y dispuestas a condenar a muerte si hab�a pruebas. A continuaci�n, lleg� el n�mero cinco, Gerald Ault, arma secreta de Jake. --Gracias se�or Ault, esto s�lo durar� un minuto --repiti� Noose--. En primer lugar, �tiene sentimientos profundos a favor o contra la pena de muerte? --Desde luego, se�or --respondi� inmediatamente Ault, con una voz y un rostro que irradiaban compasi�n--. Estoy totalmente contra la misma. Es cruel e inhumana. Me averg�enza formar parte de una sociedad que permite la matanza legal de un ser humano. --Comprendo. Dadas las circunstancias y, si formara parte de un jurado, �ser�a capaz de votar a favor de la pena de muerte? --Claro que no. Bajo ninguna circunstancia. Independientemente del crimen. No, se�or. Buckley se aclar� la garganta y declar�: --Con la venia de su se�or�a, la acusaci�n se opone a los servicios del se�or Ault y propone que sea exonerado, seg�n el precedente establecido por el Estado contra Witherspoon. --Moci�n aceptada. Se�or Ault, queda usted exento de su obligaci�n para servir como miembro del jurado --dijo Noose--. Puede abandonar la sala si lo desea. Si prefiere quedarse, debo pedirle que no se siente con los dem�s miembros potenciales del jurado. Ault estaba perplejo y mir� desconcertado a su amigo Jake, que en aquel momento miraba al suelo con la boca muy apretada. --�Le importar�a decirme por qu�? --pregunt� Gerald. Noose se quit� las gafas y adopt� una actitud did�ctica. --Seg�n la ley, se�or Ault, la sala tiene la obligaci�n de excluir a cualquier jurado potencial que se confiese incapaz de considerar, y la palabra clave es considerar, la pena de muerte. Comprenda que, le guste o no, la pena de muerte es una forma legal de castigo en Mississippi y en la mayor�a de los Estados. Por consiguiente, ser�a injusto elegir jurados incapaces de ajustarse a la ley. La curiosidad del p�blico despert� cuando Gerald Ault apareci� detr�s del estrado, cruz� la portezuela de la barandilla y abandon� la sala. El alguacil llam� al n�mero seis, Alex Summers, y lo condujo al despacho de su se�or�a. Regres� al cabo de unos instantes y ocup� su lugar en el primer banco. Hab�a mentido en cuanto a la pena de muerte. Se opon�a a la misma, al igual que la mayor�a de los negros, pero le dijo al juez que no ten�a objeci�n alguna. Ning�n problema. M�s adelante, durante el descanso, habl� discretamente con los dem�s negros que eran miembros potenciales del jurado y les dijo c�mo deb�an responderse las preguntas en el despacho. El lento proceso dur� hasta media tarde, cuando el �ltimo candidato sali� del despacho. Once hab�an sido exentos debido a sus reservas en cuanto a la pena de muerte. Noose levant� la sesi�n a las tres y media, y concedi� media hora a los letrados para repasar sus notas.

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En la biblioteca del tercer piso, Jake y su equipo contemplaban las listas y fichas del jurado. Hab�a llegado el momento de decidir. Hab�a incluso so�ado con los nombres escritos en azul, rojo y negro con cifras junto a los mismos. Los hab�a observado durante dos d�as en la sala. Los conoc�a. Ellen quer�a mujeres. Harry Rex quer�a hombres. Noose contempl� la lista maestra, con los nombres reordenados para reflejar las exenciones y mir� a los letrados. --Caballeros, �est�n ustedes listos? Bien. Como saben, �ste es un caso capital y, por consiguiente, cada uno de ustedes tiene derecho a doce objeciones perentorias. Se�or Buckley, debe usted entregar a la defensa una lista con doce candidatos. Le ruego que empiece por el jurado n�mero uno y se refiera a cada miembro potencial s�lo por su n�mero. --S�, se�or. Con la venia de su se�or�a, el ministerio fiscal acepta los jurados n�mero uno, dos, tres y cuatro, ejerce su primer veto para el n�mero cinco, acepta los n�meros seis, siete, ocho y nueve, ejerce su segundo veto para el n�mero diez, acepta los n�meros once, doce y trece, utiliza su tercer veto para el n�mero catorce y acepta el n�mero quince. Esto son doce, si no me equivoco. Jake y Ellen hicieron c�rculos y tomaron notas en sus listas. Noose llevaba meticulosamente la cuenta. --S�, son doce. Se�or Brigance. Buckley hab�a propuesto doce mujeres blancas. Dos negros y un var�n blanco hab�an sido eliminados. Jake estudi� su lista y cruz� algunos nombres. --La defensa ejerce su veto para los jurados n�mero uno, dos y tres, acepta el cuatro, el seis y el siete, veta al ocho, nueve, once y doce, acepta al trece, y veta al quince. Creo que esto representan ocho de nuestros vetos. Su se�or�a subrayaba y marcaba nombres en su lista, calculando lentamente sobre la marcha. --Ambos han aceptado los jurados n�meros cuatro, seis, siete y trece. Se�or Buckley, su turno. Facil�tenos otros ocho jurados. --El ministerio fiscal acepta el diecis�is, ejerce su cuarto veto para el diecisiete, acepta el dieciocho, diecinueve y veinte, veta al veintiuno, acepta el veintid�s, veta al veintitr�s, acepta el veinticuatro, veta al veinticinco y veintis�is, y acepta el veintisiete y veintiocho. Esto son doce, con cuatro vetos de reserva. Jake estaba aturdido. Buckley hab�a vetado a todos los negros y a todos los varones. Le le�a el pensamiento a Jake. --Se�or Brigance, su turno. --�Nos concede su se�or�a un momento para parlamentar? --Cinco minutos --respondi� Noose. Jake y su ayudante se trasladaron a la sala adjunta, donde les esperaba Harry Rex. --Fijaos en esto --dijo Jake, al tiempo que dejaba la lista sobre la mesa y los tres se acercaban para examinarla--. Hemos llegado al n�mero veintinueve. A m� me quedan cuatro vetos y a Buckley otros cuatro. Ha eliminado a todos los negros y a todos los varones. Hasta ahora el jurado lo componen s�lo mujeres blancas. Los dos siguientes son mujeres blancas, el treinta y uno es Clyde Sisco y el treinta y dos Barry Acker. --A continuaci�n, cuatro de los pr�ximos seis son negros --se�al� Ellen. --S�, pero Buckley no llegar� tan lejos. A decir verdad, me sorprende que nos haya permitido llegar tan cerca de la cuarta fila. --S� que te interesa Acker. �Y Sisco? --pregunt� Harry Rex. --Me da miedo. Lucien asegura que es un brib�n sobornable. --�Magn�fico! Elij�moslo y luego lo sobornaremos. --Muy gracioso. �Qu� seguridad tienes de que Buckley no lo haya ya sobornado? --Yo lo coger�a.

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Jake contaba y recontaba la lista. Ellen quer�a vetar a los dos varones: Acker y Sisco. Volvieron al despacho y tomaron asiento. La taqu�grafa estaba lista. --Con la venia de su se�or�a, vetaremos al n�mero veintid�s y al n�mero veintitr�s, y nos quedan dos vetos. --Le toca de nuevo a usted, se�or Buckley. Veintinueve y treinta. --El ministerio fiscal los acepta a ambos. Esto son doce, con cuatro vetos pendientes. --Su turno, se�or Brigance. --Vetamos al veintinueve y al treinta. --Y se le han acabado los vetos, �cierto? --pregunt� Noose. --Cierto. --Muy bien. Se�or Buckley, treinta y uno y treinta y dos. --El ministerio fiscal los acepta a ambos --se apresur� a responder Buckley al ver los nombres de los negros que segu�an a Clyde Sisco. --Bien. Ya tenemos a los doce. Seleccionemos ahora dos suplentes. Disponen de dos vetos cada uno para los suplentes. Se�or Buckley, treinta y tres y treinta y cuatro. El n�mero treinta y tres era un var�n negro, el treinta y cuatro una mujer blanca que Jake deseaba elegir, y los dos siguientes eran hombres negros. --Vetamos al treinta y tres y aceptamos al treinta y cuatro y treinta y cinco. --La defensa los acepta a ambos --respondi� Jake. El se�or Pate orden� que se hiciera silencio en la sala cuando Noose y los abogados ocupaban sus respectivos lugares. Su se�or�a llam� a los doce elegidos, que se acercaron con lentitud y nerviosismo al palco del jurado, donde Jean Gillespie les indic� los lugares que les correspond�an. Diez mujeres, dos hombres y todos blancos. Los negros de la sala murmuraron y se miraron entre s� con incredulidad. --�Has elegido t� ese jurado? --susurr� Carl Lee al o�do de Jake. --Luego te lo explicar� --respondi� Jake. Llamaron a los dos suplentes, que se instalaron junto al palco del jurado. --�Qu� pinta ese negro? --susurr� Carl Lee, se�alando con la cabeza al suplente. --Te lo explicar� luego --dijo Jake. Noose se aclar� la garganta y mir� al jurado. --Damas y caballeros, han sido ustedes meticulosamente elegidos para servir como jurado en esta causa. Han prestado juramento para juzgar con imparcialidad todos los asuntos que se presenten ante ustedes y para ser fieles a la ley seg�n mis instrucciones. Ahora bien, seg�n lo establecido en el c�digo de Mississippi, se les mantendr� aislados hasta que este juicio haya finalizado. Esto significa que se les alojar� en un motel y no se les permitir� regresar a su casa hasta que todo haya terminado. Comprendo que esto supone un gran sacrificio, pero as� lo exige la ley. Dentro de unos momentos se levantar� la sesi�n hasta ma�ana por la ma�ana y se les permitir� llamar a sus casas para pedir ropa, art�culos de aseo personal y cualquier otra cosa que puedan necesitar. Todas las noches se alojar�n en un motel cerca de Clanton cuyo emplazamiento no ser� revelado. �Alguna pregunta? Los doce parec�an aturdidos, desconcertados ante la perspectiva de no regresar a sus casas durante varios d�as. Pensaban en sus familias, hijos, trabajo, lavander�a... �Por qu� ellos? Entre tanta gente en la sala, �por qu� ellos? Sin respuesta alguna, Noose orden� que se levantara la sesi�n y empez� a vaciarse la sala. Jean Gillespie acompa�� al jurado n�mero uno al despacho de su se�or�a, desde donde llam� a su casa para pedir ropa y un cepillo para los dientes. --�D�nde estaremos? --le pregunt� a Jean. --Es confidencial --respondi�. --Es confidencial --le repiti� por tel�fono a su marido. A las siete, las familias hab�an respondido con una amplia variedad de cajas y maletas, y los elegidos subieron a bordo de un autob�s Greyhound alquilado despu�s de salir por la

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puerta trasera. Precedido de dos coches de polic�a y de un jeep militar y seguido de tres patrulleros estatales, el autob�s dio la vuelta a la plaza y sali� de Clanton. Stump Sisson falleci� el martes por la noche en la unidad de quemados del hospital de Memphis. A lo largo de los a�os hab�a descuidado su rechoncho cuerpecillo, que fue incapaz de resistir las complicaciones de sus severas quemaduras. Con su muerte, eran cuatro los difuntos relacionados con la violaci�n de Tonya Hailey: Cobb, Willard, Bud Twitty y, ahora, Sisson. Inmediatamente, la noticia de su muerte lleg� a la caba�a de las profundidades del bosque, donde los patriotas se reun�an para comer y beber todas las noches despu�s del juicio. Venganza, juraron, ojo por ojo, diente por diente. Entre ellos hab�a nuevos reclutas de Ford County, cinco en total, con lo cual llegaban a once los miembros de la vecindad. Estaban ansiosos, hambrientos, listos para entrar en acci�n. Hasta ahora, el juicio hab�a sido tranquilo. Hab�a llegado el momento de animarlo. Sin dejar de pasear frente al sof�, Jake pronunci� por en�sima vez su discurso de apertura. Ellen lo escuchaba atentamente. Le hab�a escuchado, interrumpido, presentado objeciones, criticado y discutido durante un par de horas. Ahora estaba cansada y el discurso era perfecto. Las margaritas lo hab�an tranquilizado y hab�an revestido su lengua de un ba�o de plata. Las palabras flu�an con facilidad. Ten�a talento. Especialmente despu�s de un par de copas. Cuando terminaron, se sentaron en el balc�n y vieron c�mo las velas disminu�an lentamente de tama�o en la oscuridad de la plaza. Las risas de las timbas bajo las lonas impregnaban suavemente el aire de la noche sin luna. Ellen fue en busca de la �ltima ronda y regres� con las mismas jarras llenas de hielo y margaritas. Las dej� sobre la mesa y se coloc� a la espalda de su jefe. Le puso las manos en los hombros y empez� a frotarle la base del cuello con los pulgares. Jake se relaj� y empez� a mover la cabeza de un lado para otro. Ellen le frot� los hombros y la parte superior de la espalda, y empuj� su cuerpo contra el de Jake. --Ellen, son las diez y media y tengo sue�o. �D�nde vas a dormir esta noche? --�D�nde crees que deber�a dormir? --Creo que deber�as regresar a tu piso en Ole Miss. --He bebido demasiado para conducir. --Nesbit te llevar�. --�D�nde vas a dormir t�, si no es demasiado pedir? --En la casa de la que mi esposa y yo somos propietarios, en Adams Street. Dej� de frotarle la espalda y cogi� su copa. Jake se levant�, se acerc� a la baranda y llam� a Nesbit. --�Nesbit! �Despierta! �Vas a ir a Oxford! TREINTA Y CINCO Carla vio el art�culo en la segunda p�gina de la secci�n frontal. �Jurado de blancos para Hailey dec�a el titular. Jake no hab�a llamado el martes por la noche. Carla ley� el art�culo y se despreocup� del caf�. La casa veraniega estaba sola, en una zona semirreclu�da de la playa. El vecino m�s pr�ximo se encontraba a doscientos metros. Su padre era propietario del terreno y no ten�a intenci�n de venderlo. Hac�a diez a�os que hab�a construido la casa, despu�s de vender su empresa en Knoxville y retirarse rico. Carla era hija �nica y ahora Hanna ser�a nieta �nica. En la casa, con sus cuatro dormitorios y cuatro cuartos de ba�o repartidos por tres plantas, cab�an una docena de nietos.

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Cuando acab� de leer el art�culo, se dirigi� a los ventanales de la galer�a, desde donde se divisaba la playa y, m�s all�, el oc�ano. La brillante masa anaranjada del sol acababa de remontar el horizonte. Carla prefer�a el calor de la cama hasta bastante despu�s del alba, pero su vida con Jake hab�a aportado nuevas aventuras a las primeras siete horas del d�a. Su cuerpo se hab�a acostumbrado a despertar a las cinco y media como m�ximo. En una ocasi�n, Jake le hab�a dicho que su objetivo era el de ir a trabajar antes del amanecer y regresar despu�s de ca�da la noche. Generalmente lo hac�a. Se sent�a orgulloso de trabajar m�s horas por d�a que cualquier otro abogado de Ford County. Era distinto, pero lo amaba. A setenta y ocho kil�metros al norte de Clanton, el poblado de Temple del condado de Milburn descansaba apaciblemente junto al r�o Tippah. Ten�a tres mil habitantes y dos moteles. El Temple Inn estaba vac�o; no hab�a raz�n alguna para estar all� en aquella �poca del a�o. Al fondo de una recluida ala, hab�a ocho habitaciones ocupadas y custodiadas por soldados y un par de patrulleros estatales. Las diez mujeres se hab�an aparejado sin dificultad, as� como Barry Acker y Clyde Sisco. Al suplente negro, Ben Lester Newton, le hab�an facilitado una habitaci�n individual, as� como a la otra suplente: Francie Pitts. Las televisiones hab�an sido desconectadas y los peri�dicos prohibidos. La cena del martes hab�a sido servida en las habitaciones y el desayuno del mi�rcoles lleg� a las siete y media en punto mientras se calentaba el motor del autob�s y llenaba el aparcamiento de humareda. Al cabo de treinta minutos, los catorce subieron al veh�culo y la comitiva emprendi� el camino de Clanton. En el autob�s hablaban de sus familias y trabajos. Dos o tres se conoc�an con anterioridad, pero la mayor�a eran desconocidos. Evitaban torpemente hablar de la raz�n por la que estaban reunidos y de la misi�n encomendada. El juez Noose hab�a sido muy claro en este sentido: prohibido hablar del caso. Les apetec�a hablar de muchas cosas: la violaci�n, los violadores, Carl Lee, Jake, Buckley, Noose, el Klan y mucho m�s. Todos sab�an lo de las cruces en llamas, pero no hablaban de ello, por lo menos en el autob�s. Hab�an tenido muchas conversaciones en las habitaciones del motel. El Greyhound lleg� al Juzgado a las nueve menos cinco, y los miembros del jurado miraron a trav�s de las ventanas ahumadas para ver el n�mero de negros, de miembros del Klan y otros, separados por las fuerzas armadas. El autob�s cruz� las barricadas y aparc� detr�s del Palacio de Justicia, donde esperaban agentes de polic�a para escoltarlos cuanto antes a la sala. Subieron por la escalera posterior a la sala del jurado, donde se les sirvi� caf� y bu�uelos. El alguacil les comunic� que eran las nueve y su se�or�a estaba listo para empezar. Les condujo a la abarrotada sala y al palco del jurado, donde cada uno ocup� el lugar que le correspond�a. --Lev�ntense --exclam� el se�or Pate. --Si�ntense --dijo Noose, al tiempo que se dejaba caer en su elevado sill�n de cuero en el estrado--. Buenos d�as, damas y caballeros --agreg� calurosamente,-- dirigi�ndose al jurado--. Espero que se sientan bien esta ma�ana y dispuestos a desempe�ar su funci�n. Todos asintieron. --Me alegro. Les formular� la siguiente pregunta todas las ma�anas: �Intent� alguien anoche ponerse en contacto con ustedes, hablarles o influirles en modo alguno? Todos movieron negativamente la cabeza. --Me alegro. �Han hablado del caso entre ustedes? Todos mintieron y movieron negativamente la cabeza. --Me alegro. Si alguien intenta ponerse en contacto con ustedes para discutir este caso, o influirles en modo alguno, espero que me lo comuniquen cuanto antes. �Comprendido? Todos asintieron. --Ahora estamos listos para empezar el juicio. El reglamento prescribe que empecemos por los discursos de apertura de los abogados. Quiero advertirles que nada de lo que digan los letrados es testimonial y no debe aceptarse como prueba. Se�or Buckley, �desea pronunciar un discurso de apertura?

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Buckley se levant� y abroch� su reluciente chaqueta de poli�ster. --S�, su se�or�a. --Lo supon�a. Prosiga. Buckley levant� el peque�o atril de madera, lo coloc� exactamente frente al palco del jurado, se situ� detr�s del mismo, respir� hondo y hoje� lentamente sus notas. Disfrutaba de aquel breve per�odo de silencio, con todas las miradas fijas en �l y todos los o�dos a la espera ansiosa de sus palabras. Empez� agradeciendo su presencia a los miembros del jurado, su sacrificio y su esp�ritu c�vico (como si tuvieran otra alternativa, pens� Jake). Se sent�a orgulloso de ellos y honrado por su colaboraci�n en un caso de tanta importancia. Les repiti� que �l era su abogado, en representaci�n del Estado de Mississippi. Expres� su incertidumbre ante la tremenda responsabilidad que ellos, el pueblo, le hab�an confiado a �l, Rufus Buckley, un simple abogado rural de Smithfield. Divag� sobre s� mismo, sus ideas acerca del juicio, y su esperanza y deseo de no defraudar al pueblo. Siempre dec�a aproximadamente lo mismo en su discurso de apertura, pero en este caso su actuaci�n era m�s lucida. Basura refinada, sofisticada y cuestionable. Jake deseaba crucificarle, pero sab�a por experiencia que Ichabod no admitir�a ninguna protesta durante el discurso de apertura a no ser que la ofensa fuera flagrante, que no era todav�a el caso de la ret�rica de Buckley. Toda aquella sinceridad fingida y melodram�tica irritaban profundamente a Jake, sobre todo porque los miembros del jurado le escuchaban y, con excesiva frecuencia, le cre�an. El acusador era siempre el bueno, que aspiraba a corregir una injusticia y castigar a un. delincuente que hab�a cometido un horrendo crimen; encerrarle para siempre, a fin de que no pudiera volver a pecar. Buckley estaba dotado de una gran maestr�a para convencer al jurado desde el primer momento, durante su discurso de apertura, de que ellos, �l y los doce elegidos, eran, como equipo unido para luchar contra el mal, quienes deb�an investigar con diligencia la verdad. Encontremos la verdad y triunfar� la justicia. Seguidme a m�, Rufus Buckley, abogado del pueblo, y encontraremos la verdad. La violaci�n era un acto detestable. �l era padre, en realidad ten�a una hija de la misma edad que Tonya Hailey, y cuando le lleg� la noticia de la violaci�n sinti� n�useas. Se sinti� afligido por Carl Lee y por su esposa. S�, al pensar en sus propias hijas sinti� deseos de venganza. Jake sonri� fugazmente a Ellen. Era interesante. Buckley hab�a decidido hablar de la violaci�n en lugar de omitirla ante el jurado. Jake esperaba una confrontaci�n cr�tica con el fiscal en cuanto a la admisibilidad de cualquier testimonio relacionado con la violaci�n. La investigaci�n de Ellen hab�a demostrado con claridad que los detalles escabrosos eran jur�dicamente inadmisibles, pero hab�a ambig�edad en cuanto a la posibilidad de mencionarla o referirse a la misma. Evidentemente, Buckley crey� que era preferible reconocer la violaci�n que intentar ocultarla. Buena jugada, pens� Jake, dado que los doce, al igual que el resto del mundo, conoc�an de todos modos los detalles. Ellen tambi�n sonri�. La violaci�n de Tonya Hailey estaba a punto de ser juzgada por primera vez. Buckley explic� que era perfectamente natural que un padre deseara vengarse. Confes� que �l tambi�n lo har�a. Sin embargo, prosigui� en un tono de mayor gravedad, hab�a una enorme diferencia entre el deseo de venganza y la venganza consumada. Ahora empezaba a calentarse, mientras caminaba decididamente de un lado para otro cogiendo su propio ritmo y haciendo caso omiso del atril. Durante los veinte minutos siguientes describi� el c�digo penal, su aplicaci�n en Mississippi, y c�mo �l personalmente, Rufus Buckley, hab�a mandado a muchos violadores a Parchman para toda la vida. El sistema ten�a �xito porque los habitantes de Mississippi ten�an el suficiente sentido com�n para que funcionara, pero dejar�a de hacerlo si a gente como Carl Lee Hailey se le permit�a utilizar atajos y administrar la justicia a su antojo. Pi�nsenlo. Una sociedad sin ley en la que la gente se tomara la justicia por cuenta propia. Sin polic�a, sin c�rceles, sin juzgados, sin juicios, sin jurados. Cada uno por su cuenta. Era ciertamente parad�jico, dijo en un descanso moment�neo, que Carl Lee Hailey esperara ahora un proceso justo y un juicio imparcial cuando hab�a demostrado no creer en esas

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cosas. Preg�ntenselo a las madres de Billy Ray Cobb y de Pete Willard. Preg�ntenles por el juicio imparcial que sus hijos recibieron. Hizo una pausa para permitir que el jurado y la sala asimilaran sus �ltimas palabras y reflexionasen. La idea ejerci� un fuerte impacto, y todos los miembros del jurado miraron a Carl Lee Hailey. Sus miradas no eran de compasi�n. Jake se hurgaba las u�as con un cortaplumas y parec�a aburrirse soberanamente. Buckley fingi� consultar sus notas en el atril y ech� una mirada al reloj. Cuando empez� a hablar de nuevo, lo hizo en un tono m�s contundente y afirmativo. La acusaci�n demostrar�a que Carl Lee Hailey hab�a planeado meticulosamente las matanzas. Esper� durante casi una hora en un peque�o cuarto junto a la escalera, por donde los muchachos pasar�an de regreso a la c�rcel. De alg�n modo se las hab�a ingeniado para introducir un M--16 en el Juzgado. Buckley se acerc� a una peque�a mesa junto a la taqu�grafa y levant� el M--16. --�He aqu� el M--16! --exclam� agitando el arma en el aire frente al jurado. Dej� el fusil sobre el atril y describi� c�mo Carl Lee Hailey lo hab�a seleccionado cuidadosamente porque lo hab�a utilizado en combate cuerpo a cuerpo y sab�a c�mo usarlo para matar. Se hab�a entrenado con un M--16, que era una arma ilegal. Uno no pod�a comprarla en cualquier armer�a. Tuvo que buscarla. Planear el golpe. Las pruebas ser�an irrefutables: premeditaci�n, alevos�a, asesinato a sangre fr�a. Y luego estaba lo del agente DeWayne Looney. Catorce a�os de servicio en el departamento del sheriff. Padre de familia y uno de los mejores agentes de polic�a que jam�s hab�a conocido. Abatido en acto de servicio por Carl Lee Hailey. Una de sus piernas le hab�a sido parcialmente amputada. �Qu� pecado hab�a cometido? Puede que la defensa alegara que hab�a sido un accidente, que no deb�an tenerlo en cuenta. En Mississippi aquello no era admisible como defensa. No hay excusa, damas y caballeros, para esa violencia. El veredicto debe ser de culpabilidad. Cada letrado dispon�a de una hora para su discurso de apertura y el atractivo de tanto tiempo resultaba irresistible para el fiscal del distrito, cuyos comentarios empezaban a ser repetitivos. Se perdi� dos veces durante su condena de la defensa por enajenaci�n mental. Los miembros del jurado empezaban a aburrirse y a buscar puntos de inter�s alrededor de la sala. Los dibujantes dejaron de esbozar, los periodistas de escribir y Noose se limpi� las gafas siete u ocho veces. Era bien sabido que Noose se limpiaba las gafas para no quedarse dormido y luchar contra el aburrimiento, y acostumbraba a hacerlo durante el juicio. Jake hab�a visto c�mo las frotaba con un pa�uelo, la corbata o las mangas de la camisa mientras alg�n testigo se desmoronaba y echaba a llorar o los abogados gritaban y agitaban los brazos. No se perd�a una sola palabra, objeci�n ni estratagema; era s�lo que, incluso en un caso de tal magnitud, todo le resultaba soberanamente aburrido. Nunca se quedaba dormido en el estrado, aunque a veces sent�a grandes tentaciones de hacerlo. En su lugar, se quitaba las gafas, las examinaba a contraluz, las soplaba, las frotaba como si estuvieran cubiertas de grasa y, luego, se las volv�a a colocar justo al norte de la verruga. Transcurridos apenas cinco minutos, volv�an a estar sucias. Cuanto m�s se prolongaba Buckley, mayor era la frecuencia con que se las limpiaba. Por fin, despu�s de una hora y media, Buckley cerr� la boca y se oy� un suspiro en la sala. --Diez minutos de descanso --anunci� Noose al tiempo que abandonaba el estrado, sal�a por la puerta y pasaba frente a su despacho en direcci�n al retrete. Jake hab�a previsto una introducci�n concisa y, despu�s del marat�n de Buckley, decidi� hacerla a�n m�s breve. La mayor�a de la gente empieza por no sentir simpat�a por los abogados, especialmente cuando pronuncian prolongados discursos altisonantes en los que insisten por lo menos tres veces en todo lo que les parece significativo y repiten persistentemente los puntos principales con el prop�sito de inculcarlos en quienquiera que escuche. Los miembros del jurado sienten una aversi�n especial por los abogados que pierden el tiempo, y esto por dos buenas razones. En primer lugar, no les pueden decir que se callen. Son sus prisioneros. Fuera de la sala, uno puede mandar a un abogado a fre�r esp�rragos y decirle que cierre el pico, pero en el palco del jurado est� atrapado y no se le permite hablar.

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Por consiguiente, su �nico recurso consiste en dormir, roncar, echar malas miradas, hacer muecas, consultar el reloj o hacer alguna de las muchas se�ales que los fastidiosos abogados nunca reconocen. En segundo lugar, a los jurados no les gustan los juicios prolongados. Prefieren que se vaya al grano y se acabe cuanto antes. Facilitadnos los hechos y os daremos un veredicto. Jake se lo explic� a su defendido durante el descanso. --Estoy de acuerdo. Procura ser breve --respondi� Carl Lee. As� lo hizo. Su discurso de apertura dur� catorce minutos y el jurado apreci� todas y cada una de sus palabras. Empez� hablando de las hijas y de lo muy especiales que son. De lo muy diferentes que son de los ni�os y de la protecci�n especial que necesitan. Les habl� de su propia hija y del v�nculo especial que existe entre padre e hija, que elude toda explicaci�n y no permite que se juegue con el mismo. Confes� su admiraci�n por el se�or Buckley, as� como por su supuesta misericordia y compasi�n por cualquier borracho pervertido que violara a su hija. Era indudablemente un gran hombre. Sin embargo, en la realidad, �podr�an ellos, como miembros del jurado, como padres, manifestar tanta ternura, confianza e indulgencia si su hija hubiera sido violada por un par de salvajes borrachos, drogados, que la hubiesen atado brutalmente a un �rbol y...? --�Protesto! --chill� Buckley. --Se admite la protesta --exclam� Noose. Jake hizo caso omiso de los gritos y prosigui� sin levantar la voz. Les pidi� que, a lo largo del juicio, intentaran imaginar c�mo se sentir�an si se hubiera tratado de su hija. Les pidi� que no condenaran a Carl Lee, sino que lo mandaran a su casa junto a su familia. No mencion� la enajenaci�n mental. Sab�an que m�s adelante lo har�a. Termin� poco despu�s de haber empezado, y dej� al jurado con un marcado contraste entre ambos estilos. --�Eso es todo? --pregunt� Noose asombrado. Jake asinti� cuando se sentaba junto a su defendido. --Muy bien. Se�or Buckley, puede llamar a su primer testigo. --La acusaci�n llama a Cora Cobb. El alguacil sali� a la antesala y regres� por la puerta situada junto al palco del jurado acompa�ado de la se�ora Cobb, a quien Jean Gillespie tom� juramento antes de que subiera al estrado. --Hable cerca del micr�fono --dijo el alguacil. --�Es usted Cora Cobb? --pregunt� Buckley a plena voz mientras acercaba el atril a la baranda. --S�, se�or. --�D�nde vive? --En la nacional tres, Lake Village, Ford County. --�Es usted la madre del fallecido Billy Ray Cobb? --S�, se�or --respondi� con l�grimas en los ojos. Era una campesina cuyo marido la hab�a abandonado cuando sus hijos eran peque�os, que se hab�an criado solos mientras ella hac�a dos turnos en una f�brica de muebles entre Karaway y Lake Village. Desde una edad muy temprana, hab�a sido incapaz de controlarlos. Ten�a unos cincuenta a�os y procuraba aparentar cuarenta con el cabello te�ido y mucho maquillaje, pero su aspecto era el de una sesentona. --�Qu� edad ten�a su hijo cuando muri�? --Veintitr�s. --�Cu�ndo lo vio vivo por �ltima vez? --Pocos segundos antes de que lo mataran. --�D�nde lo vio? --Aqu�, en esta sala.

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--�D�nde lo mataron? --En la planta baja. --�Oy� los disparos que causaron la muerte de su hijo? --S�, se�or --respondi� al tiempo que echaba a llorar. --�D�nde lo vio por �ltima vez? --En la funeraria. --�En qu� estado se encontraba? --Muerto. --Eso es todo --declar� Buckley. --�Desea interrogar a la testigo, se�or Brigance? Como testigo era inofensiva, llamada s�lo para atestiguar que la v�ctima estaba efectivamente muerta y evocar un poco de compasi�n. No supon�a ninguna ventaja interrogarla y, normalmente, no lo habr�a hecho. Pero Jake vio una oportunidad que no pod�a dejar escapar. Vio la oportunidad de asentar el tono del juicio, de despertar a Noose, a Buckley y al jurado, de llamar la atenci�n de todos los presentes. Aquella mujer no era realmente tan lastimosa; en parte, fing�a. Probablemente, Buckley la hab�a aconsejado que procurase llorar. --S�lo unas preguntas --respondi� Jake, al tiempo que se acercaba al estrado por detr�s de Buckley y Musgrove, con lo que despert� inmediatamente las sospechas del fiscal. --Se�ora Cobb, �es cierto que su hijo fue condenado por tr�fico de marihuana? �Protesto! --chill� Buckley despu�s de incorporarse de un brinco--. �Los antecedentes penales de la v�ctima son inadmisibles! --�Se admite la protesta! --Gracias, su se�or�a --respondi� educadamente Jake, como si Noose le hubiera hecho un favor. La se�ora Cobb se frot� los ojos y creci� su llanto. --�Dice que su hijo ten�a veintitr�s a�os cuando falleci�? --S�. --En sus veintitr�s a�os, �a cu�ntas otras ni�as viol�? --�Protesto! �Protesto! --chill� Buckley agitando los brazos y mirando desesperadamente a Noose. --�Se admite la protesta! �Se admite la protesta! �Se ha extralimitado, se�or Brigance! �Se ha extralimitado! --exclamaba el juez. La se�ora Cobb ech� a llorar incontrolablemente al o�r los gritos, pero no se alej� del micr�fono y su llanto retumbaba por la sala ante la perpleja concurrencia. --�Merece una amonestaci�n, su se�or�a! --exclam� Buckley, con sus ojos y rostro repletos de ira, y el cuello color p�rpura. --Retiro la pregunta --declar� Jake de regreso a su silla. --Le ruego que le amoneste --suplic� Buckley-- y que instruya al jurado que desestime la pregunta. --�Alguna pregunta por su parte? --pregunt� Noose. --No --respondi� Buckley al tiempo que se acercaba al estrado con un pa�uelo para rescatar a la se�ora Cobb, que hab�a ocultado el rostro entre sus manos y lloraba con violentas convulsiones. --Puede retirarse, se�ora Cobb --dijo Noose--. Alguacil, tenga la bondad de ayudar a la testigo. El alguacil la cogi� del brazo y, con la asistencia de Buckley, la ayud� a bajar del estrado y la acompa�� frente al palco del jurado, al otro lado de la barandilla y por el pasillo central de la sala. No dej� de gemir y lloriquear a lo largo del recorrido hasta la puerta de la sala, donde empez� de nuevo a llorar con toda la fuerza de sus pulmones. Noose mir� fijamente a Jake hasta que abandon� la sala y se hizo de nuevo el silencio.

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--Les ruego que no tengan en cuenta la �ltima pregunta del se�or Brigance --dijo entonces el juez dirigi�ndose al jurado. --�Por qu� lo has hecho? --pregunt� Carl Lee, al o�do de su abogado. --Te lo explicar� luego. --La acusaci�n llama a Earnestine Willard --anunci� Buckley en un tono mucho m�s moderado y cargado de incertidumbre. La se�ora Willard lleg� a la sala procedente del recinto de los testigos, se le tom� juramento y ocup� su lugar en el estrado. --�Es usted Earnestine Willard? --pregunt� Buckley. --S�, se�or --respondi� con una voz fr�gil. La vida hab�a sido tambi�n dura para ella, pero estaba dotada de cierta dignidad que inspiraba m�s compasi�n y credulidad que en el caso de la se�ora Cobb. Su ropa no era cara, pero iba limpia y aseada. Su cabello tampoco estaba embadurnado con el tinte negro y barato, tan notorio en el de la se�ora Cobb, ni ocultaba su rostro tras varias capas de maquillaje. Cuando empez� a llorar, lo hizo para sus adentros. --�Y d�nde vive? --En las afueras de Lake Village. --�Era Pete Willard su hijo? --S�, se�or. --�Cu�ndo lo vio vivo por �ltima vez? --Aqu�, en esta sala, poco antes de que lo mataran. --�Oy� los disparos que causaron su muerte? --S� se�or. --�D�nde lo vio por �ltima vez? --En la funeraria. --�Y cu�l era su estado? --Estaba muerto --respondi� al tiempo que se secaba las l�grimas con un pa�uelo de papel. --Cu�nto lo lamento --declar� Buckley--. No hay m�s preguntas --agreg�, mirando cautelosamente a Jake. --�Desea interrogar a la testigo? --pregunt� Noose mirando a Jake tambi�n con recelo. --S�lo un par de preguntas --respondi� Jake--. Se�ora Willard, me llamo Jake Brigance --agreg� despu�s de acercarse al estrado y mirarla sin compasi�n. Ella asinti�. --�Qu� edad ten�a su hijo cuando muri�? --Veintisiete. Buckley apart� su silla de la mesa y se sent� al borde de la misma, listo para saltar. Noose se quit� las gafas y se inclin� sobre el estrado. Carl Lee agach� la cabeza. --�Durante sus veintisiete a�os, a cu�ntas otras ni�as viol�? --�Protesto! �Protesto! �Protesto! --exclam� Buckley despu�s de incorporarse de un brinco. --�Se admite la protesta! �Se admite la protesta! Los gritos asustaron a la se�ora Willard, cuyo llanto creci� de tono. --�Amon�stele, se�or juez! �Hay que amonestarle! --Retiro la pregunta --dijo Jake, de regreso a su silla. --�Con eso no basta, su se�or�a! �Hay que amonestarle! --suplic� Buckley con las manos unidas. --Vengan a mi despacho --orden� Noose despu�s de disculpara la testigo y levantar la sesi�n hasta la una.

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Harry Rex esperaba en el balc�n del despacho de Jake, con bocadillos y un jarr�n de margaritas. Jake prefiri� tomar zumo de pomelo. Ellen decidi� tomar s�lo una jarra peque�a, para calmar los nervios. Por tercer d�a consecutivo, Dell les hab�a preparado el almuerzo y lo hab�a tra�do personalmente a su despacho. Con los mejores deseos del Coffee Shop. Comieron y descansaron en el balc�n mientras contemplaban el espect�culo alrededor del Juzgado. �Qu� ha ocurrido en el despacho de su se�or�a? Harry Rex insist�a. Jake mordisqueaba una tarta. Hab�a dicho que quer�a hablar de cualquier cosa menos del juicio. --Maldita sea, �qu� ha ocurrido en el despacho? --Los Cardinals llevan tres juegos de desventaja, �lo sab�as, Row Ark? --Cre� que eran cuatro. --�Qu� ha ocurrido en el despacho? --�De veras quieres saberlo? --�S�! �S�! --De acuerdo. Tengo que ir al retrete. Te lo contar� cuando regrese --dijo Jake antes de ausentarse. --Row Ark, �qu� ha ocurrido en el despacho de su se�or�a? --Poca cosa. Noose ha censurado severamente a Jake, pero sin consecuencias irreversibles. Buckley quer�a sangre y Jake le ha respondido que estaba seguro de que se saldr�a con la suya si su rostro segu�a enrojeci�ndose. Buckley chillaba, pataleaba y acusaba a Jake de inflamar, seg�n sus propias palabras, deliberadamente al jurado. Jake se ha limitado a sonre�rle y a decirle que lo sent�a, gobernador. Cada vez que le llamaba gobernador, Buckley apelaba a gritos al juez: �Haga algo, se�or juez, me ha llamado gobernador.� Y Noose respond�a: �Por favor, caballeros, espero que act�en como profesionales.� Luego esperaba unos minutos y volv�a a llamarle, gobernador. --�Por qu� ha afligido a esas dos ancianas? --Ha sido genial, Harry Rex. Ha demostrado ante el jurado, Noose, Buckley y todos los presentes, que la sala es suya y que no le teme absolutamente a nadie. Ha sido el primero en golpear. Ha puesto a Buckley tan nervioso que ya no lograr� relajarse. Noose le respeta porque no se deja intimidar por su se�or�a. Los miembros del jurado se han asustado, pero los ha obligado a despertar y les ha transmitido sin tapujos que esto es una guerra. Una genialidad. --S�, eso me hab�a parecido. --No nos ha perjudicado. Esas mujeres buscaban compasi�n, pero Jake le ha recordado al jurado lo que sus encantadores hijos hicieron antes de morir. --Esa escoria. --Si hay alg�n resentimiento por parte del jurado lo habr�n olvidado cuando declare el �ltimo testigo. --Jake es bastante astuto, �no te parece? Es bueno. Muy bueno. Es el mejor que he visto de su edad. --Espera a su discurso de clausura. Lo he o�do un par de veces. Es capaz de conmover a un sargento del ej�rcito. Jake regres� y se sirvi� una peque�a margarita. S�lo una peque�a raci�n para calmar los nervios. Harry Rex beb�a como un cosaco. Ozzie fue el primer testigo de la acusaci�n despu�s del almuerzo. Buckley present� unos enormes planos policromados del primer y segunda piso del Palacio de Justicia, y juntos reconstruyeron con precisi�n los �ltimos movimientos de Cobb y Willard. A continuaci�n, Buckley mostr� una colecci�n de fotograf�as en color de cuarenta por sesenta de Cobb y de Willard reci�n fallecidos en la escalera. Eran horripilantes. Jake hab�a visto muchas fotograf�as de cad�veres y, a pesar de que dada su naturaleza no eran nunca agradables, no sol�an ser tan espeluznantes. En uno de sus casos, la v�ctima hab�a recibido un disparo de un trescientos cincuenta y siete mil�metros en el coraz�n, y, simplemente,

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hab�a ca�do muerto en la puerta de su casa. Era un anciano corpulento y musculoso, y la bala hab�a permanecido incrustada en su cuerpo. Por consiguiente, no hab�a sangre; s�lo un peque�o orificio en sus zahones y otro cerrado en su pecho. Parec�a que se hubiera desplomado despu�s de quedarse dormido o borracho en la puerta de su casa, como le suced�a a Lucien. No era muy espectacular, y Buckley no se hab�a sentido orgulloso de aquellas fotograf�as, que ni siquiera hab�a ampliado. Se limit� a mostrar peque�as copias de Polaroid al jurado y se sinti� molesto porque eran tan pulcras. Pero la mayor�a de las fotograf�as de v�ctimas de asesinatos eran horrendas y nauseabundas, con techos y paredes manchados de sangre, y fragmentos del cuerpo desparramados por todas partes. En estos casos el fiscal siempre las ampliaba y las presentaba como prueba con gran alborozo, exhibi�ndolas en la sala mientras describ�a con el testigo las escenas de las mismas. Por �ltimo, cuando los miembros del jurado se mor�an de curiosidad, Buckley le ped�a educadamente permiso al juez para mostrarles dichas fotograf�as al jurado y su se�or�a siempre se lo conced�a. Entonces Buckley y todos los dem�s observaban atentamente sus rostros, que reflejaban horror, espanto y a veces n�useas. Jake hab�a llegado a ver c�mo vomitaban dos miembros del jurado al ver las fotos de un cad�ver terriblemente mutilado. Dichas fotograf�as eran enormemente perjudiciales, enormemente inflamatorias y, tambi�n, enormemente admisibles. �Probativas� era el t�rmino utilizado por el Tribunal Supremo. Pod�an ayudar al jurado, seg�n las decisiones tomadas a lo largo de noventa a�os por el alto tribunal. Estaba perfectamente asumido en Mississippi que las fotograf�as en los casos de asesinato, independientemente de su impacto en el jurado, eran siempre admisibles. Hac�a unas semanas qu�, despu�s de ver las fotograf�as de Cobb y Willard, Jake hab�a presentado el recurso habitual y recibido la denegaci�n acostumbrada. En esta ocasi�n, estaban pegadas sobre un soporte de cart�n, cosa que el fiscal no hab�a hecho hasta entonces. Entreg� la primera a Reba Betts para que circulara entre los miembros del jurado. Era un primer plano de la cabeza y sesos de Willard. --�Dios m�o! --exclam�, antes de pasarla inmediatamente al siguiente, que suspir� horrorizado, y as� sucesivamente. De uno en uno, la vieron todos los miembros del jurado, incluidos los suplentes, se la devolvieron a Buckley y �ste entreg� otra fotograf�a a Reba. El ritual se prolong� treinta minutos hasta que todas las fotograf�as estuvieron de nuevo en manos del fiscal. Entonces levant� el M--16 y lo puso en las manos de Ozzie. --�Puede identificarlo? --S�, es el arma hallada en el lugar del crimen. --�Qui�n la encontr�? --Yo. --�Y qu� hizo con ella? --La envolv� con un pl�stico y la guard� en la caja fuerte de mi despacho, donde permaneci� cerrada bajo llave hasta que se la entregu� al se�or Laird, del laboratorio forense de Jackson. --Con la venia de su se�or�a, la acusaci�n presenta el arma como prueba n�mero S--13 --declar� Buckley, mientras agitaba el fusil en el aire. --Ninguna objeci�n --dijo Jake. --Hemos terminado con este testigo --exclam� Buckley. --�Desea interrogar al testigo? Jake repasaba sus notas mientras se acercaba lentamente al estrado. Ten�a s�lo unas pocas preguntas para su amigo. --�Sheriff, detuvo usted a Billy Ray Cobb y a Pete Willard? Buckley ech� la silla atr�s y apoy� sus amplias posaderas al borde de la misma, dispuesto a incorporarse de un brinco y chillar si era necesario. --S�, lo hice --respondi� el sheriff.

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--�Por qu� raz�n? --Por la violaci�n de Tonya Hailey --declar� a la perfecci�n. --�Y qu� edad ten�a la ni�a cuando fue violada por Cobb y Willard? --Diez a�os. --�Es cierto, sheriff, que Pete Willard firm� una confesi�n escrita en...? --�Protesto! �Protesto! �Su se�or�a! Esto es inadmisible y el se�or Brigance lo sabe. Ozzie asinti� mientras el fiscal protestaba. --Se admite la protesta. --Solicito que la pregunta se elimine del memorial y que el jurado reciba instrucciones de no tenerla en cuenta --dijo Buckley temblando. --Retiro la pregunta --declar� Jake mientras miraba a Buckley con una sonrisa. --Les ruego que no tengan en cuenta la �ltima pregunta del se�or Brigance --dijo Noose a los miembros del jurado. --He terminado --anunci� Jake. --�Alguna pregunta adicional, se�or Buckley? --No, su se�or�a. --Muy bien. Sheriff, puede retirarse. El siguiente testigo de Buckley era un experto en huellas dactilares de Washington, que pas� una hora cont�ndole al jurado lo que todos sab�an desde hac�a varias semanas. Su dram�tica conclusi�n vinculaba irrefutablemente las huellas del M--16 con las de Carl Lee. A continuaci�n, declar� el experto en bal�stica del laboratorio forense estatal, cuyo testimonio fue tan aburrido y carente de valor informativo como el de su predecesor. S�, sin duda las balas encontradas en el lugar del crimen, hab�an sido disparadas con el M--16 que estaba ahora sobre la mesa. �sta fue su conclusi�n, que, con la ayuda de cuadros y diagramas, Buckley tard� una hora en transmitir al jurado. Celo excesivo de la acusaci�n, lo denominaba Jake, debilidad caracter�stica de todos los fiscales. La defensa no ten�a ninguna pregunta para los expertos y, a las cinco y cuarto, Noose se despidi� del jurado con �rdenes espec�ficas de no discutir el caso. Todos asintieron educadamente al abandonar la sala. A continuaci�n, levant� la sesi�n hasta las nueve de la ma�ana del d�a siguiente. TREINTA Y SEIS La gran conciencia c�vica de los miembros del jurado no hab�a tardado en marchitarse. En su segunda noche en el Temple Inn se retiraron los tel�fonos por orden del juez. Algunas antiguas revistas donadas por la biblioteca de Clanton fueron descartadas poco despu�s de empezar a circular, dado el escaso inter�s del grupo por The New Yorker, Smithsonian y Architectural Digest. --�No tienen alg�n Penthouse? --susurr� Clyde Sisco al alguacil cuando hac�a la ronda. Le dijo que no, pero que ver�a lo que pod�a hacer. Encerrados en sus habitaciones, sin televisi�n, peri�dicos ni tel�fonos, hac�an poca cosa aparte de jugar a los naipes y hablar del juicio. El desplazamiento hasta el fondo del pasillo en busca de hielo o de un refresco se convirti� en una ocasi�n especial que los que compart�an habitaci�n organizaban por turnos. Aumentaba palpablemente el hast�o. A ambos extremos del pasillo, dos soldados custodiaban la oscuridad y la soledad, s�lo interrumpidas por la aparici�n sistem�tica de los miembros del jurado con cambio para la m�quina de refrescos. Se acostaban temprano y, cuando los centinelas llamaban a las puertas a las seis de la. ma�ana, todos estaban despiertos y algunos incluso vestidos. Devoraron el desayuno del jueves, salchichas con tortilla, y a las ocho subieron �vidamente al autob�s para regresar a su ciudad.

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Por cuarto d�a consecutivo, la rotonda estaba abarrotada a las ocho de la ma�ana. Los espectadores hab�an descubierto que todos los asientos estaban ocupados a las ocho y media. Prather abri� la puerta y el p�blico pas� lentamente por el detector de metales, estrechamente vigilado por los agentes de guardia, antes de entrar en la sala, donde los negros ocupaban el lado izquierdo y los blancos el derecho. Hastings reserv� de nuevo el primer banco para Gwen, Lester, los ni�os y otros familiares. Agee y varios miembros del consejo estaban sentados en el segundo banco, junto a algunos parientes que no cab�an en el primero. Agee estaba encargado de distribuir las guardias de los pastores dentro y fuera del Juzgado. Personalmente, prefer�a estar de guardia en la sala, donde se sent�a m�s seguro, pero echaba de menos las c�maras y los periodistas que tanto abundaban en el jard�n. A su derecha, al otro lado del pasillo, se encontraban los parientes y amigos de las v�ctimas. Hasta el momento, su conducta hab�a sido impecable. Poco antes de las nueve, Carl Lee lleg� esposado del calabozo. Uno de los muchos agentes que lo rodeaban le quit� las esposas. Brind� una radiante sonrisa a su familia y ocup� su lugar. Los abogados se dirigieron a sus respectivos lugares y descendi� el ruido de la sala. El alguacil asom� la cabeza por la puerta situada junto al palco del jurado y, satisfecho con lo que vio, la abri� para permitir que los miembros del jurado ocuparan sus asientos. El se�or Pate observaba la operaci�n desde la puerta del despacho de su se�or�a y, cuando todo le pareci� correcto, dio un paso al frente y exclam�: --�Lev�ntense! Ichabod, con su toga negra predilecta, arrugada y descolorida, ocup� su lugar en el estrado y orden� al p�blico que se sentara. Salud� al jurado y les pregunt� sobre lo que hab�a ocurrido o dejado de ocurrir desde el d�a anterior. --�D�nde est� el se�or Musgrove? --pregunt� despu�s de mirar a los abogados. --Con la venia de su se�or�a --respondi� Buckley--, llegar� un poco tarde. Pero estamos listos para proseguir. --Llame a su pr�ximo testigo --orden� Noose. El forense del laboratorio estatal fue localizado en la rotonda y acompa�ado a la sala. Normalmente, habr�a estado demasiado ocupado para asistir a un juicio sencillo, mandando, por lo tanto, a uno de sus subordinados para explicar al jurado las causas exactas de la muerte de Cobb y Willard. Pero trat�ndose del caso Hailey se sinti� obligado a asistir personalmente. A decir verdad, era el caso m�s sencillo que hab�a visto en mucho tiempo: los cuerpos fueron hallados moribundos, el arma utilizada estaba junto a los mismos, y hab�an recibido suficientes balazos para morir una docena de veces. Todo el mundo sab�a c�mo fallecieron aquellos muchachos. Pero el fiscal hab�a insistido en una meticulosa exploraci�n cient�fica, de modo que cuando el forense subi� al estrado el jueves por la ma�ana iba cargado de fotograf�as de la autopsia y l�minas anat�micas a todo color. En el despacho de su se�or�a, Jake se hab�a mostrado dispuesto a convenir las causas de la defunci�n, pero Buckley se neg� rotundamente a ello. No, se�or: quer�a que los miembros del jurado oyeran y comprendieran c�mo hab�an fallecido. --Aceptaremos que murieron de varios impactos de bala disparados con el M--16 -- declar� Jake con precisi�n. --No, se�or --insisti� tercamente Buckley--. Tengo derecho a demostrarlo. --Pero le ofrece estipular la causa de la muerte --agreg� Noose con incredulidad. --Tengo derecho a demostrarlo --insisti� Buckley. De modo que lo demostr�. En un caso t�pico de celo excesivo por parte de la acusaci�n, Buckley lo demostr�. Durante tres horas, el forense habl� de la cantidad de impactos de bala recibidos por Cobb, de los recibidos por Willard, del da�o perpetrado por cada bala al penetrar en los cuerpos y de los terribles da�os causados en el interior de los mismos. Colocaron las l�minas anat�micas sobre atriles frente al jurado, el t�cnico cogi� unos proyectiles de pl�stico numerados que representaban las balas y los desplaz� con mucha lentitud sobre los diagramas. Catorce para Cobb y once para Willard. Buckley formulaba una pregunta, recib�a una respuesta e interrump�a para insistir en alg�n punto.

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--Con la venia de su se�or�a, no tenemos ning�n inconveniente en acordar las causas de la muerte --dec�a Jake, lleno de frustraci�n, cada treinta minutos. --Nosotros s� lo tenemos --replicaba categ�ricamente Buckley antes de pasar al pr�ximo proyectil. Jake se dejaba caer en su silla, mov�a negativamente la cabeza y miraba a los miembros del jurado, es decir: a los que segu�an despiertos. El m�dico termin� a las doce y Noose, hastiado y entumecido, orden� un descanso de dos horas para el almuerzo. El alguacil despert� a los miembros del jurado y los condujo a la sala de deliberaci�n, donde, despu�s de comer carne asada en platos de pl�stico, se dedicaron a jugar a los naipes. No se les permit�a abandonar el Juzgado. En todas las peque�as ciudades del sur hay un muchacho que naci� para ganar dinero. Es aquel que a los cinco a�os instala el primer tenderete de refrescos en su calle y cobra veinticinco centavos por un vaso de agua con aromatizante artificial. Sabe que lo que vende tiene un sabor horrible, pero tambi�n sabe que los adultos lo consideran adorable. Es el primero en comprar un cortador de c�sped a plazos en Western Auto y en ir de puerta en puerta en febrero en busca de trabajos de jardiner�a para el verano. Es el primero en comprarse su propia bicicleta, que utiliza por la ma�ana y por la noche para repartir peri�dicos. En agosto vende postales de Navidad a las ancianas. En noviembre, pasteles de fruta de puerta en puerta. Los s�bados por la ma�ana, cuando sus amigos est�n en casa viendo dibujos animados por televisi�n, �l est� en el mercado de la plaza del Juzgado vendiendo cacahuetes y palomitas de ma�z. A los doce, adquiere su primer bono de ahorro. Tiene su propio banquero. A los quince compra al contado una camioneta nueva, el mismo d�a en que obtiene su permiso a conducir. A continuaci�n, adquiere un remolque y lo llena de herramientas de jardiner�a. Vende camisetas en los partidos de f�tbol del instituto. Es un negociante: un futuro millonario. En Clanton se llamaba Hinky Myrick y ten�a diecis�is a�os. Esperaba intranquilo en la rotonda hasta que Noose levant� la sesi�n, y, entonces, pas� entre los agentes de polic�a y entr� en la sala. Tal era la demanda de asientos que casi nadie los abandonaba para ir a almorzar. Algunos se levantaban, miraban fijamente al vecino, se�alaban el asiento y, despu�s de asegurarse de que todo el mundo hab�a comprendido que era suyo para todo el d�a, se ausentaban para ir al servicio. Pero la mayor�a permanec�a en sus preciados bancos durante la hora del almuerzo, a pesar del natural sufrimiento. Hinky ol�a las oportunidades. Intu�a las necesidades de la gente. El jueves, al igual que el mi�rcoles, entr� por el pasillo central con un carrito de la compra hasta el frente de la sala cargado de bocadillos diversos y platos combinados en recipientes de pl�stico. Empez� a dar voces hacia los bancos y a suministrar comida a sus clientes, avanzando lentamente hasta el fondo de la sala. No ten�a ning�n escr�pulo. Vend�a los bocadillos de ensaladilla de at�n con pan blanco a dos d�lares, cuando su coste era de ochenta centavos. El plato de pollo fr�o con unos pocos guisantes a tres d�lares, aunque su coste era de un d�lar y cuarto. La lata de bebida refrescante, a un d�lar cincuenta. Pero los clientes pagaban gustosos sus precios para poder conservar el asiento. Se qued� sin existencias antes de llegar a la cuarta fila y empez� a apuntar pedidos del resto de la sala. Hinky era el hombre del momento. Con un pu�ado de pedidos, sali� corriendo del Juzgado, cruz� los jardines entre grupos de negros hasta Caffey Street y entr� en Claude's. Se dirigi� inmediatamente a la cocina, le dio un billete de veinte d�lares al cocinero y todos los pedidos que llevaba. Esper� sin dejar de mirar el reloj. El cocinero trabajaba con lentitud. Hinky le dio otros veinte. El juicio gener� una prosperidad con la que Claude ni siquiera hab�a so�ado. El desayuno y el almuerzo en su peque�o caf� se convirtieron en verdaderos acontecimientos, puesto que la demanda exced�a en mucho al n�mero de sillas disponibles y los hambrientos hac�an cola en la acera, aguantando el sofocante sol a la espera de una mesa. Despu�s del almuerzo del lunes, hab�a recorrido todo Clanton en busca de todas las mesitas y sillas plegables que pudo encontrar. A la hora del almuerzo desaparec�an los pasillos y las camareras se ve�an obligadas a desplazarse estrat�gicamente entre m�ltiples hileras de clientes, la mayor�a de los cuales eran negros.

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El juicio era lo �nico de lo que se hablaba. El mi�rcoles, la composici�n del jurado hab�a recibido duras cr�ticas. El jueves se hablaba del desagrado creciente que inspiraba el fiscal. --He o�do decir que quiere presentarse para gobernador. --�Dem�crata o republicano? --Dem�crata. --No podr� ganar sin el voto negro; no en este Estado. --Desde luego, y no habr� muchos negros que le voten despu�s de este juicio. --Ojal� lo intente. --Su conducta es m�s bien la de un republicano. En Clanton, antes del juicio, la hora del almuerzo empezaba a las doce menos diez, cuando las j�venes, morenas y atractivas secretarias elegantemente vestidas abandonaban sus escritorios en los bancos, bufetes, compa��as de seguros y el Juzgado para lanzarse a la calle. Durante el descanso hac�an recados por la plaza. Iban a correos. Realizaban sus operaciones bancarias. Iban de compras. Casi todas compraban algo de comer en el restaurante chino y com�an en los bancos de los jardines del Juzgado, a la sombra de los �rboles. Formaban grupos y charlaban. A las doce del mediod�a, hab�a m�s mujeres hermosas en la glorieta de los jardines que en el concurso de Miss Mississippi. Seg�n la tradici�n, las oficinistas de Clanton ten�an prioridad a la hora del almuerzo en la plaza y no ten�an que regresar hasta la una. Los hombres sal�an a las doce y admiraban a las mujeres. Pero el juicio cambi� las cosas. Los �rboles de la plaza estaban en zona de combate. Los caf�s, desde las once hasta la una, estaban abarrotados de soldados y forasteros que no hab�an podido entrar en el Juzgado. Las oficinistas hac�an sus recados y com�an en el despacho. En el Tea Shoppe, empleados de banca y otros administrativos hablaban del juicio en t�rminos de publicidad y de su repercusi�n en la urbe. Les preocupaba particularmente el Klan. Nadie conoc�a a un solo miembro de la siniestra organizaci�n y, en el norte de Mississippi, hac�a mucho tiempo que lo ten�an olvidado. Pero a los buitres les encantaban las t�nicas blancas y, de cara al mundo exterior, Clanton, Mississippi, era el hogar del Ku Klux Klan. Detestaban la presencia del Klan y maldec�an a la prensa por mantenerlo en su ciudad. Para el almuerzo del jueves, el Coffee Shop ofrec�a su especialidad cotidiana de costillas de cerdo a la paisana acompa�adas de hojas de remolacha y �ames al caramelo, ma�z con bechamel o abelmosco frito. Dell serv�a la especialidad en un local abarrotado por partes iguales de clientes del lugar, forasteros y soldados. La norma, oficiosa pero firmemente establecida, de no hablar con nadie, que llevara barba o hablase con un acento extra�o, se aplicaba al pie de la letra, y a las personas amables les resultaba dif�cil no relacionarse con los forasteros y no sonre�rles. Hac�a mucho tiempo que la calurosa acogida que recibieron los forasteros a los pocos d�as del tiroteo hab�a sido sustituida por una silenciosa arrogancia. Eran demasiados los sabuesos de la prensa que hab�an traicionado a sus anfitriones publicando art�culos poco halagadores e injustos sobre el condado y sus habitantes. Era asombroso que pudieran llegar a manadas de todos los confines del pa�s y, en veinticuatro horas, se convirtiesen en expertos sobre un lugar del que nunca hab�an o�do hablar y acerca de una gente a la que jam�s hab�an conocido. La gente de la ciudad los hab�a visto circular por la plaza como imb�ciles, persiguiendo al sheriff, al fiscal, al abogado defensor o a cualquiera que pudiese saber algo. Los ve�a junto a la puerta posterior del Juzgado como lobos hambrientos dispuestos a lanzarse sobre el acusado, que invariablemente iba rodeado de polic�as e invariablemente hac�a caso omiso de las absurdas preguntas que le repet�an. La gente de la regi�n los contemplaba con desd�n cuando enfocaban sus objetivos a los miembros del Klan y a los negros vociferantes, siempre en busca de los elementos m�s radicales, que los buitres presentaban como normales. Los observaban y los odiaban. --�Qu� es esa porquer�a naranja que lleva en la cara? --pregunt� Tim Nunley refiri�ndose a una presentadora sentada en una mesa junto a la ventana. Jack Jones dio un mordisco a su abelmosco y observ� el rostro anaranjado.

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--Creo que es maquillaje para las c�maras. Hace que su rostro parezca blanco por televisi�n. --Pero ya es blanca. --S�, pero no lo parecer�a por televisi�n si no se pintara la cara color naranja. --�Entonces qu� utilizan los negros en la televisi�n? --pregunt� Nunley, que no estaba convencido. Nadie respondi�. --�La viste anoche por televisi�n? --pregunt� Jack Jones. --No. �De d�nde es? --Del canal cuatro, de Memphis. Anoche entrevist� a la madre de Cobb y, evidentemente, no dej� de presionarla hasta que ech� a llorar. Lo �nico que mostraron por televisi�n fue su llanto. Daba asco. La noche anterior habl� con unos miembros del Klan de Ohio, que explicaron lo que necesitamos aqu� en Mississippi. Es la peor de todos. El fiscal concluy� la acusaci�n contra Carl Lee el jueves por la tarde. Despu�s del almuerzo, Buckley llam� a Murphy a declarar. El testimonio de aquel pobre hombrecillo tartamudeando incontrolablemente durante una hora fue una experiencia crispadora y agobiante. --Tranquil�cese, se�or Murphy --repet�a Buckley un centenar de veces. �l, entonces, asent�a y tomaba un sorbo de agua. En la medida de lo posible, procuraba responder moviendo afirmativa o negativamente la cabeza, pero a la taqu�grafa le resultaba enormemente dif�cil interpretar sus respuestas. --No he o�do la respuesta --dec�a con frecuencia, de espaldas al testigo. Entonces, �l intentaba vocalizar la respuesta, pero sol�a trabarse en alguna consonante dura como la �p� o la �t�. Emit�a alg�n sonido y, luego, tartamudeaba incoherentemente. --No le he entendido --dec�a la taqu�grafa, desesperada, cuando el testigo conclu�a. Buckley suspiraba. Los miembros del jurado se mov�an, enojados, en sus asientos. La mitad de los presentes se mord�an las u�as. --�Le importar�a repetir la respuesta? --preguntaba Buckley con toda la paciencia de la que era capaz. --Lo s-s-s-s-s-s-s-siento --sol�a responder. Daba l�stima. A lo largo de todo el interrogatorio, se pudo saber que �l tomaba una Coca-Cola en la escalera posterior, de cara a los pelda�os, cuando los muchachos fueron tiroteados. Se hab�a percatado de la presencia de un negro que asomaba la cabeza por la puerta de un trastero, a unos doce metros de donde se encontraba. Pero no le prest� atenci�n. Sin embargo, cuando empezaron a descender los muchachos, el negro sali� y empez� a disparar entre gritos y carcajadas. Cuando cesaron los disparos, arroj� el arma al suelo y huy�. S�, era �l, sentado all�. El negro. Noose estuvo a punto de agujerear las gafas escuchando a Murphy. Cuando Buckley se sent�, su se�or�a mir� angustiado a Jake. --�Desea interrogar al testigo? --pregunt�, intranquilo. --No lo hagas --susurr� categ�ricamente Carl Lee. --No, su se�or�a, la defensa no desea formular ninguna pregunta. El siguiente testigo era el agente Rady, investigador del departamento del sheriff. Inform� al jurado de que encontr� una lata de Royal Crown Cola en el trastero situado junto a la escalera; y las huellas dactilares de la misma coincid�an con las de Carl Lee. --�Estaba llena o vac�a? --pregunt� Buckley con mucho dramatismo. --Completamente vac�a. Vaya descubrimiento: ten�a sed, pens� Jake. Oswald comi� un cuarto de pollo mientras esperaba a Kennedy. No, no ten�a ninguna pregunta para el testigo. --Tenemos un �ltimo testigo, su se�or�a --afirm� Buckley a las cuatro en punto--. El agente DeWayne Looney.

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Looney entr� cojeando en la sala con la ayuda de un bast�n, subi� al estrado, desenfund� su arma y se la entreg� al se�or Pate. --�Puede decirnos su nombre? --pregunt� Buckley, que lo miraba con orgullo. --DeWayne Looney. --�Y su direcci�n? --Catorce sesenta y ocho de Bennington Street, Clanton, Mississippi. --�Qu� edad tiene usted? --Treinta y nueve a�os. --�D�nde trabaja usted? --En el departamento del sheriff de Ford County. --�Qu� cargo desempe�a? --Recepcionista. --�Qu� cargo desempe�aba el lunes, veinte de mayo? --Agente de polic�a. --�Estaba de servicio? --S�. Se me orden� custodiar a dos detenidos de la c�rcel al Juzgado y viceversa. --�Qui�nes eran los detenidos? --Billy Ray Cobb y Pete Willard. --�A qu� hora sali� del Juzgado con los detenidos? --Supongo que alrededor de la una y media. --�Qui�n estaba de servicio con usted? --El agente Prather. �l y yo �ramos responsables de los dos detenidos. Cont�bamos con la ayuda de otros agentes en la sala y hab�a otros dos o tres agentes en la calle. Pero el agente Prather y yo �ramos los responsables. --�Qu� ocurri� cuando concluy� la vista? --Esposamos inmediatamente a Cobb y a Willard y salimos de aqu�. Los llevamos a ese peque�o calabozo, esperamos un par de segundos y Prather baj� por la escalera. --�Qu� ocurri� entonces? --Empezamos a bajar. Cobb iba primero, seguido de Willard, y yo en �ltimo lugar. Como ya he dicho, Prather baj� antes que nosotros. Hab�a salido ya por la puerta. --Bien. �Qu� ocurri� a continuaci�n? --Cuando Cobb hab�a llegado casi a la planta baja empezaron los disparos. Yo estaba en el rellano, a punto de empezar a bajar. Al principio no vi a nadie, pero luego vi al se�or Hailey que disparaba con el fusil ametrallador. Cobb cay� de espaldas contra Willard, ambos gritaron amontonados sobre los pelda�os e intentaron regresar al rellano donde yo me encontraba. --Bien. Descr�banos lo que vio. --Se o�an las balas que rebotaban de las paredes en todas direcciones. Era el arma m�s ruidosa que he o�do en mi vida, y parec�a disparar eternamente. Los muchachos se doblaban y contorsionaban entre gritos y gemidos. Recuerde que estaban esposados. --Claro. �Qu� le ocurri� a usted? --Como ya le he dicho, no pas� del rellano. Creo que una de las balas que rebot� de la pared me alcanz� en la pierna. Intentaba subir de nuevo por la escalera cuando sent� el ardor en la pierna. --�Y qu� ha ocurrido con su pierna? --Me la han amputado por debajo de la rodilla --respondi� tranquilamente Looney, como si perder una extremidad fuera algo que se diese todos los d�as. --�Pudo distinguir claramente al hombre que efectuaba los disparos? --S�, se�or. --�Puede identificarlo para el jurado?

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--S�, se�or. Es el se�or Hailey, que est� ah� sentado. Despu�s de aquella respuesta, habr�a sido l�gico concluir el interrogatorio de Looney. Hab�a sido breve, preciso y compasivo; y hab�a identificado positivamente al acusado. El jurado lo hab�a escuchado palabra por palabra. Pero Buckley y Musgrove sacaron de nuevo los planos del Juzgado y los colocaron delante del jurado para obligar a Looney a exhibir un poco m�s su cojera al aproximarse a ellos. A instancias de Buckley, reconstruy� con exactitud todos los movimientos anteriores a los disparos. Jake se frot� la frente y se pellizc� el puente de la nariz. Noose limpi� repetidamente sus gafas. Los miembros del jurado se pon�an nerviosos. --�Desea interrogar al testigo, se�or Brigance? --pregunt� finalmente Noose. --S�lo unas preguntas --respondi� Jake mientras Musgrove retiraba los diagramas--. Agente Looney, �a qui�n miraba Carl Lee cuando disparaba? --A esos chicos, creo. --�Le mir� a usted en alg�n momento? --Dadas las circunstancias, no me dediqu� a analizar su mirada. A decir verdad, intentaba huir en direcci�n contraria. --�De modo que no le apuntaba a usted? --Claro que no. Apuntaba s�lo a esos chicos. Y les dio. --�Qu� hac�a mientras disparaba? --Chillaba y re�a a carcajadas como un loco. Fue lo m�s extra�o que he o�do en mi vida, como si estuviera endemoniado o algo por el estilo. Y lo que nunca olvidar� fue que, a pesar de tanto ruido, el silbido de las balas, las explosiones y los gritos de los chicos al recibir los disparos, por encima de todo se o�a esa risa endemoniada. La respuesta fue tan perfecta que Jake tuvo que hacer un esfuerzo para no sonre�r. �l y Looney lo hab�an preparado un centenar de veces y hab�a salido a la perfecci�n. Una maravilla. Jake hoje� afanosamente su cuaderno y ech� una mirada al jurado. Todos contemplaban a Looney, cautivados por su respuesta. Jake escribi� algo, cualquier cosa, nada, con el �nico prop�sito de matar unos segundos antes de formular las preguntas m�s importantes del juicio. --Sin embargo, agente Looney, Carl Lee Hailey alcanz� su pierna con un disparo. --S�, se�or, as� fue. --�Cree que lo hizo intencionadamente? --Desde luego que no. Fue un accidente. --�Desea usted que se le castigue por haberle disparado? --No, se�or. No tengo absolutamente nada contra �l. Hizo lo mismo que habr�a hecho yo. A Buckley se le cay� la pluma de la mano y se hundi� en su silla. Mir� con tristeza a su mejor testigo. --�Qu� quiere decir con eso? --Quiero decir que no le reprocho lo que hizo. Esos chicos hab�an violado a su hijita. Yo tambi�n tengo una hija menor. Si alguien la viola, puede darse por muerto. Le volar� los sesos, como lo hizo Carl Lee. Deber�amos darle un trofeo. --�Desea que el jurado condene a Carl Lee? --�Protesto! �Protesto! --exclam� Buckley levant�ndose--. �Pregunta improcedente! --�No! --grit� Looney--. No quiero que lo condenen. Es un h�roe. Ha... --�No responda, se�or Looney! --dec�a Noose levantando la voz--. �No responda! --�Protesto! �Protesto! --vociferaba Buckley de puntillas. --�Orden en la sala! �Orden en la sala! --ordenaba Noose. Buckley guardaba silencio. Looney no dec�a nada. Jake regres� a su asiento y dijo: --Retiro la pregunta.

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--Les ruego no tengan en cuenta la �ltima pregunta --orden� Noose a los miembros del jurado. Looney mir� al jurado con una sonrisa y abandon� cojeando la sala. --Llame a su pr�ximo testigo --dijo Noose, despu�s de quitarse las gafas. --Con la venia de su se�or�a --respondi� Buckley mientras se pon�a lentamente de pie, con el mayor dramatismo del que fue capaz--. La acusaci�n ha concluido. --Bien --dijo Noose mirando a Jake--. Supongo, se�or Brigance, que tiene usted una o dos mociones para presentar ante la sala. --S�, se�or�a. --Muy bien, hablaremos de ello en mi despacho. Noose dio permiso al jurado para que se retirara hasta el viernes a las nueve de la ma�ana con las instrucciones de siempre. Jake despert� en la oscuridad con un poco de resaca, una jaqueca debida a la fatiga y a la cerveza, y el lejano pero inconfundible sonido del timbre de la puerta, que parec�a pulsar un decidido y firme pulgar. Fue a abrir en pijama e intent� enfocar la mirada en dos figuras de pie, en el umbral. Ozzie y Nesbit, decidi� finalmente. --�En qu� puedo serviros? --pregunt� mientras lo segu�an hacia el sal�n. --Hoy van a matarte --respondi� Ozzie. --Puede que lo logren --dijo Jake despu�s de sentarse en el sof� y frotarse las sienes. --Jake, va en serio. Se proponen asesinarte. --�Qui�n? --El Klan. --�El rat�n Mickey? --S�. Llam� anoche y dijo que se preparaba algo. Ha vuelto a llamar hace un par de horas para anunciar que t� eras el afortunado. Hoy es el gran d�a. Ha llegado el momento de la emoci�n. Esta ma�ana tendr� lugar el entierro de Stupm Sisson en Loydsville y es hora del ojo por ojo y diente por diente. --�Por qu� yo? �Por qu� no asesinan a Buckley, a Noose o a alguien que se lo merezca m�s que yo? --No hemos tenido oportunidad de hablar de ello. --�Qu� m�todo de ejecuci�n piensan utilizar? --pregunt� Jake, que, de pronto, se sinti� inc�modo en pijama. TREINTA Y SIETE El molino abandonado se encontraba junto a las v�as tambi�n abandonadas, en la ladera de la mayor colina de Clanton, a dos manzanas de la plaza en direcci�n nordeste. Junto al mismo, hab�a una descuidada calle de gravilla y asfalto que, despu�s de cruzar Cedar Street, era mucho m�s ancha y mejor asfaltada hasta desembocar en Quincy Street, en el extremo este de la plaza. En dicho lugar, desde el interior de un silo abandonado, el francotirador ve�a, a lo lejos pero con claridad, la fachada posterior del Juzgado. Agachado en la oscuridad y apuntando por un peque�o agujero estaba seguro de que nadie en el mundo pod�a verle. El whisky contribu�a a que se sintiera seguro de s� mismo y a afinar la punter�a, que hab�a practicado un millar de veces entre las siete y media y las ocho, cuando detect� movimientos alrededor del despacho del abogado del negro. Un compa�ero lo esperaba en una camioneta oculta en un almac�n desmedrado, junto al silo. El conductor fumaba un Lucky Strike tras otro con el motor en marcha, esperando o�r de un momento a otro los disparos del rifle de caza. Cuando el grupo armado cruz� Washington Street, el tirador se asust�. Por la mirilla del rifle s�lo ve�a la cabeza del abogado del negro que se mov�a torpemente entre una masa

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verde rodeada de una docena de periodistas. Adelante, dec�a el whisky, se ha creado un poco de animaci�n. Calcul� el ritmo de la cabeza lo mejor que pudo y apret� el gatillo cuando el objetivo se acercaba a la puerta posterior del Juzgado. El disparo del rifle fue claro e inconfundible. La mitad de los soldados se echaron al suelo rodando y la otra mitad agarraron a Jake para arrojarlo violentamente bajo la terraza. Uno de los soldados emiti� un agonizante quejido. Los periodistas y c�maras de televisi�n se agacharon y tropezaron entre s�, pero siguieron filmando valerosamente los acontecimientos. El soldado se llev� la mano a la garganta y chill� de nuevo. Se oy� otro disparo. Luego, otro. --�Le han dado! --grit� alguien. Los soldados se acercaron a rastras al herido. Jake cruz� la puerta y se refugi� en el Juzgado. Se desplom� cerca de la puerta y hundi� la cabeza entre sus manos. Ozzie, a su lado, miraba por la puerta a los soldados. El francotirador abandon� el silo, arroj� el arma al asiento trasero del veh�culo y desapareci� con su compa�ero. Ten�an que asistir a un entierro en el sur de Mississippi. --�Le han dado en el cuello! --exclam� alguien mientras sus compa�eros se abr�an paso entre los periodistas. Levantaron al herido y lo colocaron en un jeep. --�A qui�n han herido? --pregunt� Jake sin retirar las palmas de las manos de sus ojos. --Uno de los soldados --respondi� Ozzie--. �Est�s bien? --Supongo que s� --dijo Jake con las manos en la nuca y la mirada fija en el suelo--. �D�nde est� mi malet�n? --Ah�, en la calle. Ir� a por �l dentro de un momento. Ozzie cogi� la radio que llevaba sujeta al cintur�n y pareci� ordenar que todos los agentes se dirigieran al Juzgado. Cuando era evidente que el tiroteo hab�a terminado, el sheriff-- se reuni� con los soldados en la calle. Nesbit segu�a junto a Jake. --�Est�s bien? --pregunt�. El coronel apareci� por una esquina, dando voces y maldiciendo. --�Qu� diablos ha ocurrido? --pregunt�--. He o�do disparos. --Mackenvale est� herido. --�D�nde est�? --pregunt� el coronel. --Lo han llevado al hospital --respondi� un sargento al tiempo que se�alaba un jeep que se alejaba a toda velocidad. --�Es grave? --Parece bastante grave. Le han dado en el cuello. --�El cuello! �Por qu� lo han movido? Nadie respondi�. --�Alguien ha visto algo? --pregunt� el coronel. --No me lo ha dicho. --�Lo sabe? --No es muy pr�digo con los detalles. Se ha limitado a decirme que lo intentar�an hoy. --Qu� se supone que debo hacer? �Rendirme? --�A qu� hora vas al despacho? --�Qu� hora es? --Casi las cinco. --Cuando me haya duchado y vestido. --Esperaremos.

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A las cinco y media lo llevaron a toda prisa a su despacho y cerraron la puerta con llave. A las ocho, un pelot�n de soldados se reuni� en la acera bajo su balc�n, a la espera del objetivo. Harry Rex y Ellen observaban desde el segundo piso del Juzgado. Jake se apretuj� entre Ozzie y Nesbit, los tres se agacharon en el centro del pelot�n, y empezaron a cruzar Washington Street en direcci�n al Juzgado. Los buitres olieron algo y rodearon la comitiva. --Parec�a que los disparos proced�an de la colina --respondi� Ozzie, que miraba m�s all� de Ceder Street--. �Por qu� no manda a alguien que eche una ojeada? --Buena idea. El coronel dio a sus ansiosos subordinados una serie de �rdenes tajantes generosamente sazonadas con blasfemias. Los soldados se dispersaron, fusil en mano y listos para entrar en combate, en busca de un asesino al que no pod�an identificar y que, en realidad, se encontraba ya en otro condado cuando los soldados empezaron a inspeccionar el viejo molino. Ozzie dej� el malet�n en el suelo, junto a Jake. --�Est� bien Jake? --susurr� a Nesbit. Harry Rex y Ellen estaban en la escalera, donde Cobb y Willard hab�an ca�do. --No lo s� --respondi� Nesbit--. Hace diez minutos que no se mueve. --�Jake, est�s bien? --pregunt� el sheriff. --S� --respondi� lentamente, sin abrir los ojos. El soldado herido iba pegado a su hombro izquierdo. �Todo esto parece una bobada�, acababa de decirle cuando una bala le penetr� en el cuello. Cay� sobre Jake con la mano en la garganta, gritando y escupiendo sangre. Jake tambi�n se cay� y lo empujaron a un lugar seguro. --Est� muerto, �verdad? --pregunt� Jake en voz baja. --Todav�a no lo sabemos --respondi� Ozzie--. Lo han llevado al hospital. --Est� muerto. Lo s�. He o�do c�mo le estallaba la garganta. Ozzie mir� a Nesbit y luego a Harry Rex. Hab�a cuatro o cinco manchas de sangre, del tama�o de una moneda, en el traje gris claro de Jake. �l no las hab�a visto, pero eran evidentes para todos los dem�s. --Jake, tu traje est� manchado de sangre --dijo finalmente Ozzie--. Vamos a tu despacho para que puedas cambiarte de ropa. --�Qu� importancia tiene eso? --susurr� Jake sin levantar la mirada del suelo. Los dem�s se miraron entre s�. Dell y el resto del personal del Coffee Shop miraban desde la acera mientras sacaban a Jake del Juzgado y cruzaban la calle para acompa�arlo a su despacho sin prestar atenci�n a las absurdas preguntas de los periodistas. Harry Rex cerr� la puerta con llave, dejando a los guardaespaldas en la acera. Jake subi� al primer piso y se, quit� la chaqueta. --Row Ark, �por qu� no preparas unas margaritas? --sugiri� Harry Rex--. Yo subir� para hacerle compa��a. --Se�or juez, hemos tenido jolgorio --explic� Ozzie a Noose cuando �ste abr�a su malet�n y se quitaba la chaqueta. --�Qu� ha ocurrido? --pregunt� Buckley. --Esta ma�ana han intentado asesinar a Jake. --�C�mo! --�Cu�ndo? --pregunt� Buckley. --Hace aproximadamente una hora alguien le dispar� con un rifle de largo alcance cuando ven�a hacia el Juzgado. No tenemos ni idea de qui�n lo ha hecho. No han alcanzado a Jake, pero le han dado a un soldado. Ahora est� en el quir�fano. --�D�nde est� Jake? --pregunt� su se�or�a. --En su despacho. Est� bastante afectado.

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--Yo tambi�n lo estar�a --coment� compasivamente Noose. --Quiere que usted lo llame. --Desde luego. Ozzie marc� el n�mero y entreg� el tel�fono al juez. --Es Noose --dijo Harry Rex al tiempo que pasaba el auricular a Jake. --Diga. --�Est� bien, Jake? --En realidad, no. Hoy no ir� al juzgado. --�C�mo? --exclam� Noose, sin saber c�mo reaccionar. --Le he dicho que hoy no me presentar� en la sala. No me siento con fuerza para ello. --Bien, Jake, �qu� se supone que debemos hacer nosotros? --A decir verdad, no me importa --respondi� Jake mientras tomaba su segunda margarita. --Disc�lpeme, �c�mo ha dicho? --He dicho que no me importa, se�or juez. No me importa lo que hagan ustedes. Yo no estar� en la sala. Noose movi� la cabeza y contempl� el auricular. --�Est� usted herido? --pregunt�, preocupado. --�Le han disparado a usted alguna vez, se�or juez? --No, Jake. --�Ha visto alguna vez cuando le disparaban a alguien y ha o�do su gemido? --No, Jake. --�Le ha quedado alguna vez el traje salpicado con la sangre de otra persona? --No, Jake. --No estar� en la sala. --Oiga, Jake, venga y hablaremos --dijo Noose, despu�s de reflexionar unos instantes. --No. No pienso salir de mi despacho. La calle es peligrosa. --Suponga que aplazamos la vista hasta la una. �Se sentir� mejor entonces? --Entonces estar� borracho. --�C�mo! --He dicho que para entonces estar� borracho. Harry Rex se tap� los ojos. Ellen se dirigi� a la cocina. --�Cu�ndo cree que estar� sobrio? --pregunt� severamente Noose. Ozzie y Buckley intercambiaron una mirada. --El lunes. --�Por qu� no ma�ana? --Ma�ana es s�bado. --S�, lo s�, y me propon�a seguir con el juicio. No olvide que tenemos a un jurado secuestrado. --De acuerdo, estar� listo por la ma�ana. --Me alegra o�rlo. �Qu� le digo ahora al jurado? Est�n en la sala de deliberaci�n a la espera de que prosiga la vista. La sala est� abarrotada de gente. Su defendido est� ah� solo, esper�ndole. �Qu� digo a toda esa gente? --Algo se le ocurrir�, se�or juez. Tengo fe en usted --dijo Jake. Y colg� el tel�fono. Noose qued� estupefacto al darse cuenta de que, realmente, le hab�a colgado el tel�fono, y entreg� el auricular a Ozzie, a la defensiva. --�Ha estado bebiendo?

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--No, Jake no bebe --respondi� Ozzie--. S�lo est� afligido por el muchacho al que han disparado. Estaba a su lado y ha recibido la bala destinada contra �l. Eso trastornar�a a cualquiera, se�or juez. --Quiere que aplacemos la vista hasta ma�ana por la ma�ana --dijo Noose dirigi�ndose a Buckley, quien se limit� a encogerse de hombros sin decir nada. Cuando corri� la voz, se form� un aut�ntico carnaval en la acera, frente al despacho de Jake. Los periodistas acamparon junto a las ventanas con la esperanza de ver algo o a alguien digno de las noticias. Sus amigos acud�an para ver c�mo estaba Jake, pero los periodistas les comunicaban que se hab�a encerrado en la casa y se negaba a salir. No, no estaba herido. Estaba previsto que el doctor Bass declarara el viernes por la ma�ana. �l y Lucien entraron por la puerta trasera del despacho poco despu�s de las diez y Harry Rex sali� para dirigirse a la tienda de licores. Debido al llanto, la conversaci�n con Carla hab�a sido dif�cil. Jake llam� despu�s de haber tomado tres copas y las cosas no salieron a pedir de boca. Acab� hablando con su padre, le dijo que estaba a salvo, que no hab�a sufrido ning�n da�o y que hab�an destinado la mitad de la Guardia Nacional de Mississippi a protegerle. Procure tranquilizarla, le dijo, y la llamar� m�s tarde. Lucien estaba furioso. Hab�a luchado con Bass para mantenerlo sobrio el jueves por la noche a fin de que pudiera declarar el viernes. Ahora que no lo har�a hasta el s�bado le parec�a imposible impedirle que bebiera durante dos d�as consecutivos. Pensaba en todo lo que hab�an dejado de beber el jueves y estaba furioso. Harry Rex regres� con cinco litros de alcohol. �l y Ellen se dedicaron a mezclar bebidas y a discutir sobre los ingredientes. Ella vaci� la cafetera y la llen� de Bloody Mary, con una cantidad desproporcionada de vodka sueco. Harry Rex agreg� un buen chorro de Tabasco. En la sala de conferencias, llen� las copas de todos los presentes. El doctor Bass bebi� �vidamente y pidi� una segunda copa. Lucien y Harry Rex discut�an acerca de la probable identidad del francotirador. Ellen observaba en silencio a Jake, que estaba sentado en un rinc�n con la mirada fija en la biblioteca. Son� el tel�fono. Harry Rex lo descolg� y escuch� atentamente. --Era Ozzie --dijo despu�s de colgar--. El soldado ha salido del quir�fano. Tiene la bala incrustada en la columna vertebral. Creen que quedar� paralizado. Tomaron todos un sorbo al un�sono, sin decir palabra. Se esforzaban por no prestar atenci�n a Jake, que se frotaba la frente con una mano mientras mov�a la copa con la otra. Una suave llamada a la puerta trasera interrumpi� el breve duelo. --Ve a ver de qui�n se trata --orden� Lucien a Ellen, que le obedeci� inmediatamente. --Es Lester Hailey --anunci� al cabo de un momento. --Dile que pase --susurr� Jake, casi imperceptiblemente. Despu�s de presentar a Lester le ofrecieron un Bloody Mary. Lo rechaz� y pidi� algo con whisky. --Buena idea --dijo Lucien--. Estoy harto de bebidas ligeras. Bebamos Jack Daniel's. --Me parece muy bien --agreg� Bass mientras vaciaba el resto de su copa. Jake brind� a Lester una peque�a sonrisa antes de concentrarse de nuevo en los libros. Lucien arroj� un billete de cien d�lares sobre la mesa y Harry Rex sali� hacia la tienda de bebidas. Cuando despert� al cabo de unas horas, Ellen estaba en el sof� del despacho de Jake. La sala, impregnada de un olor �cido y t�xico, estaba oscura y desierta. Empez� a circular con cautela y encontr� a su jefe roncando pac�ficamente en el suelo de la sala de guerra, con medio cuerpo bajo la mesa. Todas las luces estaban apagadas y baj� cuidadosamente por la escalera. La sala de conferencias estaba llena de botellas vac�as, latas de cerveza,

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vasos de pl�stico y envoltorios de pollo. Eran las nueve y media de la noche. Hab�a dormido cinco horas. Pod�a pasar la noche en casa de Lucien, pero necesitaba cambiarse de ropa. Su amigo Nesbit la llevar�a a Oxford, aunque no le hac�a falta porque estaba sobria. Adem�s, Jake necesitaba toda la protecci�n posible. Cerr� la puerta con llave y se dirigi� a su coche. Casi hab�a llegado a Oxford cuando vio unas luces azules por el retrovisor. Como de costumbre, conduc�a a ciento treinta. Par� en el arc�n, se dirigi� a la parte posterior del veh�culo y empez� a buscar en su bolso a la espera del polic�a de tr�fico. Se le acercaron dos individuos de paisano procedentes del coche que llevaba las luces azules. --�Est� usted bebida, se�ora? --pregunt� uno de ellos mientras escup�a zumo de tabaco. --No, se�or. Busco mi permiso de conducir. Se agach� junto a las luces de posici�n para mirar en el bolso. De pronto, la empujaron al suelo, arrojaron un grueso edred�n sobre su cabeza y, entre ambos, la sujetaron. Rodearon su pecho y cintura con una cuerda. Ellen gritaba y pataleaba, pero pod�a ofrecer poca resistencia. El edred�n le cubr�a la cabeza y le sujetaba los brazos. Ataron con fuerza la cuerda. --�Deja de patalear, mala p�cora! �No te muevas! Uno de ellos retir� las llaves del contacto y abri� el maletero. La metieron en su interior y lo cerraron. Retiraron las luces azules del viejo Lincoln, que se puso en marcha seguido del BMW. Cogieron un camino de gravilla que se adentraba en el bosque. M�s adelante se convirti� en una pista forestal que conduc�a a un peque�o prado donde un pu�ado de miembros del Klan quemaba una enorme cruz. Los agresores se pusieron r�pidamente sus t�nicas y capirotes y la sacaron del maletero. La arrojaron al suelo y retiraron el edred�n. Despu�s de atarla y amordazarla, la arrastraron hasta una gruesa estaca a pocos metros de la cruz en llamas y la sujetaron de espaldas a los miembros del Klan y de cara a la estaca. Ve�a las t�nicas blancas y los capirotes e intentaba desesperadamente escupir el trapo aceitoso que le hab�an metido en la boca. Lo �nico que logr� fue toser y atragantarse. La cruz ardiente iluminaba el peque�o prado y desprend�a un fuerte calor que empez� a sentir que la abrasaba mientras se contorsionaba junto a la estaca y emit�a extra�os sonidos guturales. Una figura encapuchada se separ� de los dem�s y se le acerc�. Ellen o�a sus pasos y su respiraci�n. --Eres una puta amante de los negros --declar� con un fuerte acento del medio oeste. Agarr� el cuello de su blusa blanca de seda y tir� de �l hasta hacerlo colgar a jirones de sus hombros. Ellen ten�an las manos firmemente atadas a la estaca. El encapuchado sac� una daga de debajo de la t�nica y rasg� el resto de su blusa para desnudarla. --Eres una puta amante de los negros. Eres una puta amante de los negros. Ellen lo maldec�a, pero sus palabras no eran m�s que gru�idos apagados. Le baj� la cremallera del costado derecho de su falda azul marino. Ellen intentaba patalear, pero una gruesa cuerda sujetaba firmemente sus tobillos a la estaca. Coloc� la punta de la daga donde terminaba la cremallera y raj� la falda de arriba abajo. La cogi� por la cintura y retir� la prenda como un mago. Los dem�s se acercaron. --Muy bonito, s� se�or, muy bonito --dijo, despu�s de darle una palmada en el trasero. Se retir� para admirar la obra. Ellen gru��a y se contorsionaba, pero no pod�a ofrecer resistencia. Descendieron las bragas hasta medio muslo. Con gran ceremonia cort� los costados, las retir� lentamente y las arroj� al pie de la cruz en llamas. A continuaci�n, cort� las tiras del sujetador y se lo quit�. Sus gritos apagados crecieron de volumen. Se acerc� el semic�rculo silencioso para detenerse a tres metros. Ahora la hoguera desprend�a mucho calor. Su espalda y sus piernas estaban empapadas de sudor. Su cabello pelirrojo claro estaba pegado a su cuello y hombros. Entonces el indivi-

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duo se sac� un l�tigo de debajo de la t�nica, lo hizo chasquear sonoramente y Ellen cerr� los ojos. Retrocedi� unos pasos, midiendo cuidadosamente la distancia. Levant� el l�tigo apuntando a su espalda desnuda. Pero, de pronto, se acerc� el m�s alto, de espaldas a Ellen, y movi� negativamente la cabeza. Nadie dijo palabra, y el l�tigo desapareci�. El individuo se le acerc�, la agarr� por la cabeza y empez� a cortarle el cabello con la daga. Agarraba pu�ados de cabello y los cortaba, y as� hasta dejarle el cr�neo rapado. El cabello cortado se amontonaba a sus pies. Ellen emit�a quejidos sin moverse. Regresaron a sus coches. Vaciaron cinco litros de gasolina en el interior del BMW con matr�cula de Massachusetts y alguien arroj� un f�sforo. Cuando se asegur� de que los dem�s hab�an desaparecido, el rat�n Mickey sali� de los matorrales. La desat� y la llev� a un peque�o claro lejos del prado. Recogi� lo que quedaba de su ropa e intent� cubrirla. Cuando el coche dej� de arder junto al camino, se march�. Condujo hasta Oxford, busc� una cabina telef�nica y llam� al sheriff del condado de Lafayette. TREINTA Y OCHO Era inusual que se celebrara una vista el s�bado, pero no inaudito, especialmente en casos de asesinato, en los que se manten�a aislado al jurado. A los participantes no les importaba, porque eso supon�a que faltaba un d�a menos para la conclusi�n del juicio. A los habitantes de Ford County tampoco les importaba. Era su d�a libre y, para la mayor�a, su �nica oportunidad de presenciar el juicio, y si no lograban entrar en la sala pod�an, por lo menos, deambular por la plaza y verlo todo con sus propios ojos. Qui�n sabe, puede que incluso hubiera otro tiroteo. A las siete, los caf�s del centro estaban abarrotados de forasteros. Por cada cliente que consegu�a una silla, dos se ve�an obligados a circular por la plaza con la esperanza de poder entrar en la sala. Muchos de ellos paraban moment�neamente frente al despacho del abogado, por si lograban vislumbrar al individuo al que hab�an intentado asesinar. Los bocazas se jactaban de ser clientes de aquel famoso. A pocos metros de altura, el sujeto en cuesti�n tomaba junto a su escritorio una extra�a mezcolanza sobrante de la noche anterior. Fumaba un Roi Tan, inger�a polvos para el dolor de cabeza y procuraba despejar las telara�as de su mente. Olvida lo del soldado, se hab�a repetido a lo largo de las tres �ltimas horas. Olvida lo del Klan, las amenazas, todo lo relacionado con el juicio y, especialmente, al doctor W. T. Bass. Pronunci� una breve oraci�n con el ferviente deseo de que Bass estuviera sobrio en el momento de declarar. El perito y Lucien hab�an estado all� toda la tarde sin dejar de beber y discutir, acus�ndose mutuamente de alcoholismo y de haber sido deshonrosamente expulsados de sus profesiones respectivas. Hubo un conato de violencia entre ellos junto al escritorio de Ethel, cuando se marchaban. Intervino Nesbit y lo llev� a su casa en el coche patrulla. Los periodistas se mor�an de curiosidad al ver a los dos borrachos que el agente conduc�a del despacho de Jake al coche de polic�a, donde siguieron discutiendo e intercambiando insultos, Lucien desde el asiento posterior y Bass junto al conductor. Repas� la obra maestra de Ellen sobre la defensa basada en la enajenaci�n mental. Las preguntas para Bass necesitaban s�lo peque�os retoques. Estudi� el curr�culum de su perito y, aunque poco impresionante, bastar�a para Ford County. El psiquiatra m�s pr�ximo estaba a ciento treinta kil�metros. El juez Noose ech� una ojeada al fiscal y mir� con compasi�n a Jake, que estaba sentado junto a la puerta y contemplaba, por encima de los hombros de Buckley, el retrato descolorido de alg�n juez de otros tiempos. --�C�mo se siente esta ma�ana? --pregunt� amablemente Noose. --Muy bien.

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--�C�mo est� el soldado? --pregunt� Buckley. --Paralizado. Noose, Lucien, Musgrove y el se�or Pate miraron al mismo punto de la alfombra y movieron la cabeza con tristeza, en expresi�n silenciosa de su respeto. --�D�nde est� su pasante? --pregunt� Noose despu�s de echar una ojeada al reloj de la pared. --No lo s� --respondi� Jake, al tiempo que consultaba su reloj--. Esperaba que ya estuviera aqu�. --�Est� usted listo para empezar? --Desde luego. --�Est� lista la sala, se�or Pate? --S�, se�or. --Muy bien. Prosigamos. Noose orden� al p�blico de la sala que se sentara y, durante diez minutos, pidi� disculpas a los miembros del jurado por el aplazamiento del d�a anterior. Eran las �nicas catorce personas del condado que desconoc�an lo ocurrido el viernes por la ma�ana, y pod�a ser perjudicial cont�rselo. Noose divag� sobre emergencias y el modo en que a veces los acontecimientos conspiraban durante el juicio para causar retrasos. Cuando por fin termin�, los miembros del jurado estaban completamente perplejos y deseaban que alguien llamara a un testigo cuanto antes. --Puede llamar a su primer testigo --dijo Noose en direcci�n a Jake. --El doctor W. T. Bass --anunci� Jake conforme se dirig�a al estrado. Buckley y Musgrove intercambiaron sonrisitas est�pidas y se gui�aron el ojo. Bass estaba sentado junto a Lucien en el segundo banco, en medio de la familia. Se puso ruidosamente de pie y se abri� paso a pisotones y empujones con su enorme cartera de cuero vac�a para dirigirse al pasillo. Jake oy� el alboroto a su espalda y sigui� mirando al jurado con una sonrisa. --Lo juro, lo juro --respondi� r�pidamente a Jean Gillespie cuando le tom� juramento. El se�or Pate lo acompa�� al estrado y le dio las instrucciones habituales sobre hablar alto y cerca del micr�fono. Aunque mortificado y con resaca, el perito parec�a eminentemente sobrio y arrogante. Vest�a su mejor traje de lana gris oscura cosido a mano, camisa blanca perfectamente almidonada y una elegante pajarita roja estampada que le daba cierto aire de intelectual. Parec�a un experto, en algo. A pesar de las objeciones de Jake, llevaba tambi�n unas botas grises de vaquero de piel de avestruz por las que hab�a pagado m�s de mil d�lares y usado apenas una docena de veces. Lucien hab�a insistido en que se las pusiera hac�a once a�os para un caso de enajenaci�n mental. Bass lo hizo y el acusado, que estaba perfectamente cuerdo, acab� en Parchman. Se las puso de nuevo para un segundo caso de enajenaci�n mental, tambi�n a instancias de Lucien, y una vez m�s el acusado acab� en Parchman. Lucien se refer�a a las mismas como amuleto de la buena suerte. Jake no quer�a saber nada de esas malditas botas, pero Lucien insist�a en que el jurado pod�a identificarse con ellas. No con unas botas de lujo de piel de avestruz, replicaba Jake. Son demasiado imb�ciles para darse cuenta, respondi� Lucien. Jake se manten�a inflexible. Los fan�ticos sure�os confiar�n en alguien que use botas, aclaraba Lucien. En tal caso, puntualizaba Jake, dile que se ponga unas botas de caza con barro en las suelas y en los talones para que realmente puedan identificarse con ellas. No har�an juego con mi traje, concluy� Bass. Se cruz� de piernas, con la bota derecha sobre la rodilla izquierda para que no pasara desapercibida. La mir� satisfecho antes de sonre�r al jurado. El avestruz se habr�a sentido orgulloso. Jake levant� la cabeza y se percat� de la bota, perfectamente visible por encima de la baranda del estrado. Bass la contemplaba con admiraci�n y los miembros del jurado con ponderaci�n.

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Se le form� un nudo en la garganta y volvi� a concentrarse en sus notas. --D�game su nombre, por favor. Bass dej� de contemplar la bota para mirar concentradamente y con gravedad a Jake. --Doctor W. T. Bass --respondi�. --�D�nde vive? --En el nueve cero ocho de West Canterbury, Jackson, Mississippi. --�Cu�l es su profesi�n? --Soy m�dico. --�Tiene permiso para ejercer en Mississippi? --S�. --�Cu�ndo ingres� en el Colegio de M�dicos? --El ocho de febrero de 1963. --�Est� autorizado a ejercer como m�dico en alg�n otro Estado? --S�. --�Cu�l? --Texas. --�Cu�ndo se colegi� en dicho Estado? --El tres de noviembre de 1962. --�D�nde realiz� sus estudios? --Obtuve mi licenciatura en la Universidad de Millsaps en 1956 y mi doctorado en medicina en el Health Science Center, Dallas, de la Universidad de Texas, en 1960. --�Est� homologada dicha facultad de medicina? --S�. --�Por qui�n? --Por el Consejo de Formaci�n M�dica y Hospitales de la Asociaci�n M�dica de Norteam�rica, que es la organizaci�n acreditativa en nuestra profesi�n, y por el departamento de educaci�n del Estado de Texas. Bass se relaj� ligeramente, cruz� de nuevo las piernas en sentido contrario y exhibi� la bota izquierda. Se meci� ligeramente en la c�moda silla giratoria y se coloc� en parte de cara al jurado. --�D�nde hizo su internado y durante cu�nto tiempo? --Cuando sal� de la facultad de medicina pas� doce meses como interno en el centro m�dico de Rocky Mountain, en. Denver. --�Cu�l es su especialidad m�dica? --Psiquiatr�a. --Expl�quenos lo que eso significa. --La psiquiatr�a es la rama de la medicina que se ocupa de tratar los trastornos mentales. Habitualmente, aunque no siempre, se ocupa del funcionamiento defectuoso de la mente, cuyas bases org�nicas son desconocidas. Jake respir� por primera vez desde que Bass subi� al estrado. Su testigo se portaba como era debido. --Y ahora, doctor --dijo tranquilamente Jake, despu�s de acercarse a menos de un metro del palco del jurado--, descr�bale al jurado la formaci�n especializada que usted recibi� en el campo de la psiquiatr�a. --Mi formaci�n especializada en psiquiatr�a consisti� en dos a�os como residente en el Hospital Psiqui�trico Estatal de Texas. Desempe�� trabajos cl�nicos con pacientes psiconeur�ticos y psic�ticos. Estudi� psicolog�a, psicopatolog�a, psicoterapia y terapias fisiol�gicas. Dicha formaci�n, supervisada por competentes profesores de psiquiatr�a, inclu�a los

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aspectos psiqui�tricos de la medicina general y los aspectos relacionados con la conducta de ni�os, adolescentes y adultos. Era dudoso que alguien en la sala comprendiera nada de lo que Bass acababa de decir, pero emerg�a de la boca de un hombre que, de pronto, parec�a un genio, un experto, puesto que deb�a poseer gran inteligencia y sabidur�a para pronunciar aquellas palabras. Entre la pajarita y su vocabulario, y a pesar de las botas, Bass ganaba credibilidad con cada respuesta. --�Es usted diplomado del Colegio Norteamericano de Psiquiatr�a? . --Por supuesto --afirm� categ�ricamente. --�En qu� especialidad? --Psiquiatr�a. --�Cu�ndo recibi� su diploma? --En abril de 1967. --�Qu� requisitos hay que cumplir para recibir el diploma del Colegio Norteamericano de Psiquiatr�a? --El solicitante debe someterse a un examen oral y unos ex�menes pr�cticos, adem�s de una prueba escrita a discreci�n del tribunal. Jake consult� sus notas y se percat� de que Musgrove le gui�aba el ojo a Buckley. --Doctor, �pertenece usted a alguna organizaci�n profesional? --S�, a varias. --�Puede enumerarlas? --Pertenezco a la Asociaci�n M�dica de Norteam�rica, la Asociaci�n Psiqui�trica de Norteam�rica y la Asociaci�n M�dica de Mississippi. --�Desde cu�ndo ejerce usted la psiquiatr�a? --Hace veintid�s a�os. Jake se acerc� al estrado y mir� a Noose, que observaba atentamente. --Con la venia de su se�or�a, la defensa presenta al doctor Bass como perito en el campo de la psiquiatr�a. --Muy bien --respondi� Noose--. �Desea interrogar al testigo, se�or Buckley? El fiscal se puso de pie, con un cuaderno en la mano. --S�, su se�or�a; s�lo unas preguntas. Sorprendido, pero no preocupado, Jake se sent� junto a Carl Lee. Ellen no estaba todav�a en la sala. --Doctor Bass, en su opini�n, �es usted un experto en psiquiatr�a? --pregunt� Buckley. --S�. --�Ha sido alguna vez profesor de psiquiatr�a? --No. --�Ha publicado alg�n art�culo de car�cter psiqui�trico? --No. --�Ha publicado alg�n libro sobre psiquiatr�a? --No. --Ahora bien, tengo entendido que ha declarado que pertenece a la AMN, la AMM y la Asociaci�n Psiqui�trica de Norteam�rica. --Efectivamente. --�Ha ocupado alguna vez alg�n cargo en alguna de dichas organizaciones? --No. --�Qu� cargos hospitalarios desempe�a usted en la actualidad? --Ninguno.

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--�Incluye su experiencia como psiquiatra alg�n trabajo bajo los auspicios del Gobierno federal o de alg�n gobierno estatal? --No. La arrogancia comenzaba a esfumarse de su rostro y la confianza de su voz. Ech� una ojeada a Jake, que consultaba el sumario. --Doctor Bass, �se dedica usted en la actualidad a trabajar plenamente como psiquiatra? El perito titube� y mir� brevemente a Lucien, sentado en la segunda fila. --Recibo pacientes con regularidad. --�Cu�ntos pacientes y con cu�nta regularidad? �replic� Buckley con una enorme seguridad en s� mismo. --Recibo de cinco a diez pacientes semanales. --�Uno o dos por d�a? --M�s o menos. --�Y a eso lo llama usted ejercer plenamente como psiquiatra? --Estoy todo lo ocupado que deseo estar. Buckley arroj� el cuaderno sobre la mesa y mir� a Noose. --Con la venia de su se�or�a, la acusaci�n se opone a que este hombre declare como perito en el campo de la psiquiatr�a. Es evidente que no est� debidamente formado. Jake estaba de pie con la boca abierta. --Solicitud denegada, se�or Buckley. Puede proseguir, se�or Brigance. Jake recogi� sus papeles y regres� junto al estrado, perfectamente consciente de las dudas que el fiscal hab�a logrado despertar con mucha habilidad respecto a su principal testigo. Bass cambi� las botas de lugar. --D�game, doctor Bass, �ha examinado usted al acusado, Carl Lee Hailey? --S�. --�Cu�ntas veces? --Tres. �Cu�ndo lo examin� por primera vez? --El diez de junio. --�Cu�l fue el prop�sito de dicho reconocimiento? --El de determinar su estado mental en aquel momento, as� como el del veinte de mayo, cuando presuntamente dispar� contra el se�or Cobb y el se�or Willard. --�D�nde tuvo lugar el reconocimiento? --En la c�rcel de Ford County. --�Efectu� dicho reconocimiento a solas? --S�. S�lo est�bamos presentes el se�or Hailey y yo. --�Cu�nto dur� el reconocimiento? --Tres horas. --�Estudi� usted el historial m�dico del se�or Hailey? --Indirectamente puede decirse que s�. Hablamos mucho de su pasado. --�Qu� descubri�? --Nada destacable, a excepci�n de Vietnam. --�Qu� descubri� respecto a Vietnam? Bass cruz� las manos sobre su est�mago ligeramente abultado y mir� al defensor con el entrecejo fruncido. --El caso es, se�or Brigance, que, al igual que muchos veteranos de Vietnam con los que he trabajado, el se�or Hailey tuvo unas experiencias horribles.

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La guerra era horrible, pensaba Carl Lee, que escuchaba atentamente. Vietnam hab�a sido espantoso. Le hab�an disparado y alcanzado. Hab�a perdido amigos. Hab�a matado personas, muchas personas. Hab�a matado ni�os, ni�os vietnamitas con fusiles y granadas. Hab�a sido espantoso. Habr�a preferido no haber visto nunca aquel lugar. Lo ve�a en sue�os, ten�a recuerdos y pesadillas de vez en cuando. Pero no sent�a que le hubiera perturbado o enajenado. Como tampoco lo hab�an hecho Cobb y Willard. A decir verdad, se sent�a satisfecho de que estuvieran muertos. Al igual que los de Vietnam. En una ocasi�n se lo hab�a explicado todo a Bass, en la c�rcel, y no parec�a haberle impresionado. Adem�s, s�lo hab�an hablado dos veces y durante una hora como m�ximo. Carl Lee miraba al jurado y escuchaba con incertidumbre al perito, que hablaba extensamente de las terribles experiencias de Carl Lee en la guerra. El tono de la voz de Bass subi� varias octavas al describir con abundantes tecnicismos a un p�blico lego los efectos de Vietnam en Carl Lee. Sonaba bien. Hab�a tenido pesadillas a lo largo de los a�os, sue�os que nunca hab�an perturbado excesivamente a Carl Lee, pero que, en boca de Bass, parec�an sucesos enormemente significativos. --�Le habl� sin dificultad de Vietnam? --A decir verdad, no --respondi� Bass, antes de explicar con mucho detalle el enorme esfuerzo que hab�a supuesto extraer las experiencias b�licas de aquella mente compleja, agobiada y probablemente desequilibrada. No era as� como Carl Lee lo recordaba. Pero escuch� atentamente con expresi�n dolorida, al tiempo que se preguntaba por primera vez en su vida si no estar�a ligeramente desequilibrado. Al cabo de una hora, cuando la guerra hab�a sido revivida y sus efectos ampliamente detallados, Jake decidi� proseguir. --D�game, doctor Bass --pregunt� entonces mientras se rascaba la cabeza--, aparte de Vietnam, �qu� otros elementos significativos le llamaron la atenci�n en su historial mental? --Ninguno, a excepci�n de la violaci�n de su hija. --�Le habl� Carl Lee de la violaci�n? --Largo y tendido, en cada uno de los tres reconocimientos. --Expl�quele al jurado qu� efecto tuvo la violaci�n en Carl Lee. --Con toda franqueza, se�or Brigance --respondi� Bass con aspecto perplejo mientas se rascaba la barbilla--, necesitar�amos much�simo tiempo para describir c�mo la violaci�n afect� al se�or Hailey. Jake reflexion� unos instantes, durante los cuales parec�a analizar a fondo la �ltima respuesta del perito. --�No podr�a resumirlo para el jurado? --Lo intentar� --asinti� gravemente Bass. Harto de escuchar a Bass, Lucien empez� a contemplar al jurado con la esperanza de llamar la atenci�n de Clyde Sisco, quien tambi�n hab�a dejado de interesarse por la declaraci�n pero admiraba las botas del psiquiatra. Lucien lo miraba fijamente de reojo, a la espera de que Sisco pasase la mirada por la sala. Por �ltimo, mientras Bass segu�a charlando, Sisco dej� de concentrarse en el testigo para mirar a Carl Lee, luego a Buckley y, a continuaci�n, a uno de los periodistas de la primera fila. Acto seguido, su mirada se cruz� con la de un anciano barbudo de ojos desorbitados que, en cierta ocasi�n, le hab�a abonado ochenta mil d�lares al contado por cumplir con su obligaci�n ciudadana y votar un veredicto justo. Se entrelazaron inconfundiblemente sus miradas e intercambiaron una leve sonrisa. �Cu�nto?, le preguntaba Lucien con la mirada. Sisco volvi� a mirar al testigo, pero, al cabo de unos segundos, se fij� nuevamente en Lucien. �Cu�nto?, pregunt� Lucien moviendo los labios pero sin producir sonido alguno. Sisco desvi� la mirada para concentrarse en Bass mientras pensaba en un precio justo. Entonces, volvi� a mirar a Lucien, se rasc� la barba y, de pronto, con la mirada fija en Bass, levant� cinco dedos frente a la cara y tosi�. Tosi� de nuevo y se concentr� en el perito.

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Lucien se preguntaba si habr�a querido decir quinientos o cinco mil. Conociendo a Sisco, deb�a tratarse de cinco mil, o quiz� de cincuenta mil. No importaba, �l lo pagar�a. Era inmensamente rico. A las diez y media, Noose se hab�a limpiado las gafas un centenar de veces y hab�a consumido una docena de tazas de caf�. Su vejiga estaba a punto de reventar. --Vamos a tomar un descanso. Se levanta la sesi�n hasta las once --declar� antes de desaparecer. --�C�mo lo estoy haciendo? --pregunt� Bass, nervioso, mientras acompa�aba a Jake y a Lucien a la biblioteca jur�dica del tercer piso. --Muy bien --respondi� Jake--. Pero procura no exhibir esas botas. --Las botas son fundamentales --protest� Lucien. --Necesito tomar algo --dijo desesperadamente Bass. --Olv�dalo --respondi� Jake. --Yo tambi�n --agreg� Lucien--. Vamos un momento a tu despacho para tomar algo. --�Buena idea! --exclam� Bass. --Ni so�arlo --insisti� Jake--. Est�s sobrio y lo haces de maravilla. --Tenemos treinta minutos --dijo Bass mientras abandonaba la biblioteca en compa��a de Lucien para dirigirse a la escalera. --�No! �No lo hagas, Lucien! --orden� Jake. --S�lo un peque�o trago --respondi� Lucien, al tiempo que se�alaba con el dedo a Jake--S�lo uno. --Nunca te has limitado a tomar un trago. --Ven con nosotros, Jake. Te calmar� los nervios. --S�lo un trago --declar� Bass mientras desaparec�a por la escalera. A las once, Bass subi� al estrado y mir� al jurado con los ojos empa�ados. Sonri� y estuvo a punto de soltar una carcajada. Consciente de la presencia de los dibujantes en primera fila, procur� aparentar una gran respetabilidad. Sin duda, el trago le hab�a calmado los nervios. --Doctor Bass, �est� usted familiarizado con la prueba de responsabilidad penal con relaci�n a las normas de McNaghten? --pregunt� Jake. --�Por supuesto! --respondi� Bass, de pronto con aire de superioridad. --�Tendr�a la bondad de explic�rsela al jurado? --Desde luego. Las normas de McNaghten establecen el nivel de responsabilidad penal en Mississippi, as� como en otros quince estados. Tienen sus or�genes en Inglaterra, en el a�o mil ochocientos cuarenta y tres, cuando un hombre llamado Daniel McNaghten intent� asesinar al primer ministro, sir Robert Peel, pero, por error, mat� a su secretario, Edward Drummond. Durante el juicio, qued� perfectamente claro que McNaghten padec�a algo que denominamos esquizofrenia paranoica. El jurado lo declar� inocente a causa de su enajenaci�n mental. De ah� se establecieron las normas de McNaghten. Todav�a se siguen en Inglaterra y en diecis�is estados. --�Qu� significan las normas de McNaghten? --Es bastante sencillo. A todo hombre se le supone cuerdo y, para basar su defensa en la enajenaci�n mental, hay que aportar pruebas irrefutables de que cuando cometi� el delito que se le imputa su mente estaba alterada de tal forma que, debido a alguna enfermedad mental, no era capaz de comprender la naturaleza y calidad del acto que comet�a, o, si sab�a lo que hac�a, no comprend�a que estuviera mal. --�Podr�a simplificarlo un poco? --S�. Si un acusado es incapaz de distinguir entre el bien y el mal, est� legalmente enajenado. --Le ruego que defina el t�rmino enajenado.

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--No tiene ning�n significado m�dico. Es un t�rmino estrictamente jur�dico para definir el estado o condici�n mental de una persona. Jake respir� hondo antes de proseguir. --D�game, doctor, bas�ndose en su reconocimiento del acusado, �se ha formado alguna opini�n respecto a la condici�n mental de Carl Lee Hailey el veinte de mayo de este a�o, cuando tuvo lugar el tiroteo? --S�. --�Y en qu� consiste su opini�n? --A mi parecer --respondi� lentamente Bass--, el acusado perdi� completamente el contacto con la realidad a ra�z de la violaci�n de su hija. Cuando la vio inmediatamente despu�s de la violaci�n, no la reconoci�, y, cuando alguien le cont� que hab�a sido repetidamente violada, apaleada y casi ahorcada, algo se desconect� en la mente de Carl Lee. �sta es una forma muy elemental de expresarlo, pero as� ocurri�. Algo se desconect�. Rompi� su contacto con la realidad. �Ten�an que morir. En una ocasi�n me cont� que, cuando los vio al principio en el Juzgado, no comprend�a por qu� la polic�a los proteg�a. Esperaba que alg�n agente desenfundara su arma y les volara los sesos. Transcurrieron varios d�as y nadie los mataba, de lo cual dedujo que deb�a hacerlo �l. Lo que quiero decir es que, a su parecer, alg�n funcionario deb�a ejecutarlos por haber violado a su hija. --Le estoy diciendo, se�or Brigance, que mentalmente nos hab�a abandonado. Estaba en otro mundo. Ten�a alucinaciones. Padec�a una crisis. Bass sab�a que lo estaba haciendo bien. Ahora ya no se dirig�a al abogado, sino directamente al jurado. --Al d�a siguiente de la violaci�n --prosigui�-- habl� con su hija en el hospital. Con la mand�bula fracturada y todas sus dem�s lesiones, apenas pod�a hablar, pero la ni�a le dijo lo que hab�a visto en el bosque cuando corr�a a salvarla y le pregunt� por qu� hab�a desaparecido. �Pueden imaginar lo que eso supone para un padre? Luego le cont� que hab�a suplicado que llegara su pap�, y aquellos dos individuos se hab�an re�do de ella y le hab�an dicho que no ten�a padre. Jake dej� que el jurado digiriera aquellas palabras. Examin� el cuestionario preparado por Ellen y s�lo vio otras dos preguntas. --D�game, doctor Bass, bas�ndose en sus reconocimientos de Carl Lee Hailey y en su diagn�stico acerca de su estado mental cuando tuvo lugar el tiroteo, �se ha formado una opini�n, con un grado razonable de certeza m�dica, en cuanto a si Carl Lee Hailey era o no capaz de distinguir entre el bien y el mal cuando efectu� los disparos? --S�, me la he formado. --�Y cu�l es su opini�n? --Que, debido a su condici�n mental, era totalmente incapaz de distinguir entre el bien y el mal. --�Se ha formado alguna opini�n, basada en los mismos factores, sobre si Carl Lee Hailey era capaz de comprender la naturaleza y calidad de sus actos? --S�, me la he formado. --�Y cu�l es su opini�n? --A mi parecer, como experto en psiquiatr�a, el se�or Hailey era totalmente incapaz de comprender y apreciar la naturaleza y la calidad de lo que hac�a. --Muchas gracias, doctor. He terminado con este testigo. Jake recogi� sus papeles y regres� satisfecho a su mesa. Mir� a Lucien y vio que sonre�a y asent�a. Ech� una ojeada al jurado. Todos observaban a Bass y reflexionaban sobre su testimonio. Wanda Womack, una joven de aspecto compasivo, mir� a Jake con una liger�sima sonrisa. Aquel fue el primer signo positivo que recibi� del jurado desde el comienzo del juicio. --De momento funciona --susurr� Carl Lee.

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--Eres un verdadero psic�pata, hombret�n --sonri� Jake a su defendido. --�Desea interrogar al testigo? --pregunt� Noose a Buckley. --S�lo unas preguntas --respondi� el fiscal acerc�ndose al estrado. Jake no imaginaba a Buckley discutiendo sobre psiquiatr�a con un experto, aunque se tratara de W. T. Bass. Pero eso no era lo que el fiscal se propon�a. --Doctor Bass, �cu�l es su nombre completo? Jake se qued� de una pieza. Hab�a algo de siniestro en la pregunta, que Buckley formul� con sumo recelo. --William Tyler Bass. --�C�mo lo expresa habitualmente? --W. T. Bass. --�En alg�n momento se le ha conocido como Tyler Bass? --No --respondi� humildemente el perito, despu�s de titubear. Jake se sinti� invadido por una enorme sensaci�n de angustia, que parec�a desgarrarle el vientre como una daga al rojo vivo. La pregunta s�lo pod�a significar problemas. --�Est� usted seguro? --pregunt� Buckley con las cejas levantadas y una inmensa desconfianza en la voz. --Tal vez cuando era joven --respondi� Bass, al tiempo que se encog�a de hombros. --Comprendo. Si mal no recuerdo, usted ha declarado que se doctor� en medicina en el Health Science Center de la Universidad de Texas. --Exactamente. --�Y d�nde est� situado dicho centro? --En Dallas. --�Cu�l fue su �poca de estudiante en el mismo? --Desde 1956 hasta 1960. --�Con qu� nombre estaba matriculado? --William T. Bass. Jake estaba paralizado de terror. Buckley hab�a descubierto algo, alg�n secreto sucio del pasado que s�lo Bass y �l conoc�an. --�Utiliz� en alg�n momento el nombre de Tyler Bass cuando estudiaba medicina? --No. --�Est� usted seguro? --Desde luego. --�Cu�l es su n�mero de la seguridad social? --410--96--8585. Buckley hizo una marca en su cuaderno. --�Cu�l es la fecha de su nacimiento? --El catorce de septiembre de 1934. --�Puede decirnos el nombre de su madre? --Jonnie Elizabeth Bass. --�Y su nombre de soltera? --Skidmore. Otra marca en el cuaderno. Bass mir� nervioso a Jake. --�Su lugar de nacimiento? --Carbondale, Illinois. Otra marca.

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Una protesta sobre el desatino de aquellas preguntas habr�a sido perfectamente justificable y aceptable, pero las rodillas de Jake parec�an de goma y el contenido de sus intestinos puro l�quido. Tem�a la posibilidad de un accidente si se levantaba para hablar. Buckley hoje� sus papeles y esper� unos segundos. Todos los o�dos de la sala estaban pendientes de la siguiente pregunta, conscientes de que ser�a devastadora. Bass miraba al fiscal como un reo ante el pelot�n de ejecuci�n, con la esperanza y el deseo de que, de alg�n modo, se trabaran las armas. Por fin, Buckley sonri� al perito. --Doctor Bass, �le han condenado a usted alguna vez por alg�n delito? La pregunta retumb� en el silencio y cay� de todos los confines de la sala sobre los hombros temblorosos de Tyler Bass. Bastaba una breve ojeada a su rostro para adivinar la respuesta. Carl Lee mir� a su abogado con los ojos entornados. --�Claro que no! --respondi� desesperadamente Bass, levantando la voz. Buckley se limit� a asentir y se dirigi� lentamente a su mesa d�nde, con gran ceremonia, Musgrove le entreg� unos documentos de aspecto importante. --�Est� usted seguro? --pregunt� Buckley. --Claro que estoy seguro --protest� Bass mientras observaba los documentos de aspecto importante. Jake sab�a que deb�a levantarse y decir y hacer algo para impedir la cat�strofe que estaba a punto de suceder, pero su mente estaba paralizada. --�Est� completamente seguro? --insisti� Buckley. --S� --respondi� Bass entre dientes. --�Nunca ha sido condenado por ning�n delito? --Claro que no. --�Est� tan seguro de ello como del resto de su declaraci�n ante este jurado? Hab�a ca�do en la trampa. Aqu�l era el tiro de gracia, la m�s fulminante de todas las preguntas. Jake la hab�a utilizado en muchas ocasiones y, al o�rla, comprendi� que Bass estaba acabado. Y tambi�n Carl Lee. --Por supuesto --respondi� Bass con fingida ignorancia. Buckley entr� a matar. --�Le est� diciendo a este jurado que el diecisiete de octubre de 1956, en Dallas, Texas, no fue condenado por un delito bajo el nombre de Tyler Bass? Buckley formul� la pregunta de cara al jurado mientras consultaba sus documentos de aspecto importante. --Es una calumnia --respondi� Bass sin levantar la voz y con escaso convencimiento. --�Est� usted seguro de que es una calumnia? --pregunt� Buckley. --Una calumnia mal intencionada. --�Es usted capaz de distinguir entre la verdad y la mentira, doctor Bass? --Desde luego. Noose se coloc� las gafas sobre la nariz y se inclin� sobre el estrado. Los miembros del jurado dejaron de moverse en sus sillas. Los. periodistas dejaron de escribir. Los agentes del fondo de la sala permanecieron inm�viles y prestaron atenci�n. Buckley separ� uno de los documentos de aspecto importante y lo examin�. --�Le est� diciendo a este jurado que el diecisiete de octubre de 1956 no le declararon culpable de violaci�n? Jake era consciente de que, incluso en el seno de una enorme crisis como aqu�lla, era importante parecer imperturbable. Era importante que los miembros del jurado, que no se perd�an detalle, vieran que el abogado defensor se sent�a seguro de s� mismo. Hab�a practicado ese aspecto positivo, de que todo era maravilloso y estaba bajo control, en muchos

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juicios y ante abundantes sorpresas, pero, al o�r lo de la violaci�n, su apariencia de certeza y de seguridad cedi� inmediatamente a una expresi�n p�lida y dolorosa que examinaban por lo menos media docena de los miembros del jurado. La otra mitad miraba al testigo con el ce�o fruncido. --�Se le declar� culpable de violaci�n, doctor? --pregunt� de nuevo Buckley despu�s de un prolongado silencio. No respondi�. Noose se irgui� para dirigirse al testigo. --Le ruego que responda, doctor Bass. --Se ha confundido de sujeto --respondi� Bass dirigi�ndose al fiscal sin prestar atenci�n a su se�or�a. Buckley refunfu�� y se acerc� a Musgrove, que ten�a m�s documentos de aspecto importante en las manos. Abri� un gran sobre blanco y sac� algo que parec�a una fotograf�a de veinte por veinticinco. --Pues bien, doctor Bass, aqu� tengo unas fotograf�as suyas tomadas por el Departamento de Polic�a de Dallas el once de septiembre de 1956. �Desea verlas? Silencio. Buckley las levant� para que las viera el testigo. --�Quiere ver estas fotos, doctor Bass? Puede que le refresquen la memoria. Bass movi� lentamente la cabeza, la agach� y se qued� con la mirada perdida en sus botas. --Con la venia de su se�or�a, la acusaci�n presenta estas copias debidamente certificadas del juicio y sentencia del caso denominado �el Estado de Texas contra Tyler Bass� obtenidas por la acusaci�n de las autoridades competentes de Dallas, Texas, en las que se demuestra que el diecisiete de octubre de 1956 un hombre llamado Tyler Bass se declar� culpable del cargo de violaci�n, lo cual constituye un delito seg�n las leyes vigentes en el Estado de Texas. La acusaci�n puede demostrar que Tyler Bass y este testigo, el doctor W. T. Bass, son una misma persona. Musgrove entreg� copias a Jake de todos los documentos que Buckley ten�a en la mano. --�Tiene algo que objetar ante la presentaci�n de esta prueba? --pregunt� Noose, dirigi�ndose a Jake. Un discurso era necesario. Una explicaci�n l�cida y conmovedora que llegara al coraz�n de los miembros del jurado y les hiciera llorar de compasi�n por Bass y su paciente. Evidentemente, la prueba era admisible. Incapaz de levantarse, Jake indic� con la mano que no ten�a nada que objetar. --Nuestro interrogatorio ha concluido --declar� Buckley. --�Desea formular alguna otra pregunta al testigo, se�or Brigance? --pregunt� Noose. En el poco tiempo disponible, a Jake no se le ocurri� nada que pudiera preguntar a Bass para mejorar la situaci�n. El jurado ya hab�a o�do bastante al perito de la defensa. --No --respondi� Jake con un susurro. --Muy bien, doctor Bass, puede retirarse. Bass cruz� inmediatamente la portezuela de la baranda, se alej� por el pasillo central y sali� de la sala. Jake lo observ� atentamente, proyectando el mayor odio posible. Era importante que los miembros del jurado se dieran cuenta de lo estupefactos que estaban el acusado y su abogado. El jurado deb�a creer que no hab�a llamado a declarar a un convicto conscientemente de que lo era. Cuando se cerr� la puerta despu�s de que Bass abandonara la sala, Jake mir� a su alrededor con la esperanza de encontrar alg�n rostro alentador. No lo hab�a. Lucien se frotaba la barba con la mirada fija en el suelo. Lester ten�a los brazos cruzados y una expresi�n de asco en la cara. Gwen lloraba. --Llame a su siguiente testigo --dijo Noose.

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Jake segu�a buscando. En la tercera fila, entre el reverendo Ollie Agee y el reverendo Luther Roosevelt, se encontraba Norman Reinfeld. Cuando se cruzaron sus miradas, Reinfeld frunci� el entrecejo y movi� la cabeza como para indicar �ya te lo advert�. Al otro lado de la sala, la mayor�a de los blancos parec�an relajados y algunos incluso sonre�an a Jake. --Se�or Brigance, puede llamar a su pr�ximo testigo. A pesar de que su instinto le indicaba que no lo hiciera, Jake intent� ponerse de pie. Le flaquearon las rodillas y apoy� las palmas de las manos sobre la mesa. --Con la venia de su se�or�a --dijo en tono agudo y derrotado--, �podr�a aplazarse la vista hasta la una? --Se�or Brigance, son s�lo las once y media. --Lo s�, su se�or�a --le pareci� apropiado mentir--, pero nuestro siguiente testigo no ha llegado y no lo har� hasta la una. --Muy bien. Se suspende la vista hasta la una. Quiero que los letrados se personen en mi despacho. Junto al despacho de su se�or�a hab�a una sala frecuentada por abogados para tomar caf� y chismorrear, y, al lado de la misma, unos peque�os servicios. Jake cerr� la puerta con llave, se quit� la chaqueta, la arroj� al suelo, se agach� junto al retrete y, al cabo de un momento, vomit�. Ozzie intentaba entretener al juez con una charla superficial mientras Musgrove y el fiscal intercambiaban sonrisas. Esperaban a Jake, que por fin entr� en el despacho y pidi� disculpas. --Jake, tengo malas noticias --dijo Ozzie. --Deja que me siente. --Hace una hora recib� una llamada del sheriff del condado de Lafayette. Tu pasante, Ellen Roark, est� en el hospital. --�Qu� ha ocurrido? --El Klan la apres� anoche. En alg�n lugar entre aqu� y Oxford. La ataron a un �rbol y la apalearon. --�C�mo est�? --En estado estacionario, pero grave. --�Qu� ha ocurrido? --pregunt� Buckley. --No estamos seguros. De alg�n modo detuvieron su coche y se la llevaron al bosque. Le arrancaron la ropa y le cortaron el cabello. Suponen que la apalearon, porque tiene contusiones y heridas en la cabeza. Jake quer�a volver a vomitar. No pod�a hablar. Se frot� las sienes y pens� en lo agradable que ser�a atar a Bass a un �rbol y darle una paliza. Noose mir� al defensor con compasi�n. --�Se�or Brigance, est� usted bien? No respondi�. --Suspendamos la vista hasta las dos. Creo que a todos nos conviene un descanso -- declar� el juez. Jake subi� lentamente por los pelda�os que conduc�an a la puerta principal con una botella de cerveza vac�a en la mano y, moment�neamente, pens� con toda seriedad en arroj�rsela a Lucien a la cabeza. Pero se percat� de que no le har�a efecto alguno. Lucien mov�a los cubitos de hielo en el vaso, con la mirada perdida en la lejan�a en direcci�n a la plaza, que todo el mundo hab�a abandonado hac�a mucho rato a excepci�n de los soldados y del grupo habitual de adolescentes que acud�an a la doble sesi�n de cine del s�bado por la noche. Guardaban silencio. Lucien miraba hacia el horizonte. Jake lo miraba fijamente, con la botella vac�a en las manos. Bass se encontraba a centenares de kil�metros. --�D�nde est� Bass? --pregunt� Jake al cabo de aproximadamente un minuto.

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--Se ha marchado. --�Ad�nde? --A su casa. --�D�nde est� su casa? --�Por qu� quieres saberlo? --Me gustar�a verla. Querr�a verlo a �l en su casa. Me gustar�a apalearlo hasta la muerte con un bate de b�isbol en su propia casa. --No te lo reprocho --coment� Lucien mientras mov�a el hielo en el vaso. --�Lo sab�as? --�Qu�? --Lo de la condena. --Claro que no. Nadie lo sab�a. El expediente hab�a sido abolido. --No lo comprendo. --Bass me cont� que el expediente de su condena en Texas hab�a sido abolido tres a�os despu�s de la misma. Jake dej� la botella vac�a en el suelo de la terraza, junto a su silla. Cogi� un vaso sucio, sopl� en el mismo, le puso unos cubitos de hielo y lo llen� de Jack Daniel's. --�Te importar�a explicarte, Lucien? --Seg�n Bass,.la chica ten�a diecisiete a�os y era hija de un destacado juez de Dallas. Se enamoraron perdidamente el uno del otro y el juez los descubri� haciendo el amor en el sof�. Decidi� presentar cargos y Bass llevaba todas las de perder. Se declar� culpable de violaci�n. Pero la chica segu�a enamorada. Siguieron vi�ndose y qued� embarazada. Bass se cas� con ella y obsequiaron al juez con un hermoso ni�o como nieto. Al viejo se le abland� el coraz�n y aboli� el expediente. Lucien tom� un trago y contempl� las luces de la plaza. --�Qu� ocurri� con la chica? --Seg�n Bass, una semana antes de acabar sus estudios de medicina, su esposa, que estaba de nuevo embarazada, y su hijo, perecieron en un accidente de ferrocarril en Fort Worth. Fue entonces cuando empez� a beber y perdi� el entusiasmo por la vida. --�Y te lo ha contado ahora por primera vez? --No me interrogues. Ya te he dicho que no sab�a nada sobre el tema. No olvides que yo mismo le he utilizado en dos ocasiones como testigo. Si lo hubiera sabido, no se me habr�a ocurrido llamarle. --�Por qu� no te lo hab�a contado? --Supongo que porque �l cre�a que el expediente hab�a sido abolido. No lo s�. T�cnicamente tiene raz�n. El expediente no existe despu�s de su abolici�n. Pero fue condenado. Jake tom� un prolongado y amargo trago de whisky. Era horrible. Permanecieron diez minutos en silencio. Era de noche y los grillos cantaban a coro. Sallie se asom� a la puerta y pregunt� a Jake si deseaba cenar. Rehus� agradecido. --�Qu� ha ocurrido esta tarde? --pregunt� Lucien. --Carl Lee ha declarado y se ha levantado la sesi�n a las cuatro. El psiquiatra de Buckley no estaba disponible. Declarar� el lunes. --�Qu� impresi�n ha causado? --Razonable. Ha subido al estrado a continuaci�n de Bass y se detectaba el odio de los miembros del jurado. Estaba tenso y sus respuestas parec�an ensayadas. No creo que haya ganado muchos puntos. --�Qu� ha hecho Buckley?

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--Parec�a un loco. No ha dejado de chillar a Carl Lee durante una hora. Carl Lee se hac�a el listo con �l y se gritaban mutuamente. Creo que ambos han salido perjudicados. En mi segundo turno, lo ha levantado un poco y ha inspirado compasi�n y simpat�a. Ha acabado casi llorando. --Eso est� bien. --S�, muy bien. �Pero no crees que lo condenar�n? --Supongo. --Despu�s de que se levantara la sesi�n, ha intentando despedirme. Me ha dicho que yo hab�a estropeado el caso y que quer�a un nuevo abogado. Lucien se dirigi� al borde de la terraza y se desabroch� la bragueta. Apoyado en una columna, roci� los matorrales. Iba descalzo y parec�a un refugiado. Sallie le trajo una nueva copa. --�C�mo est� Row Ark? --pregunt�. --Estable, seg�n dicen. La he llamado por tel�fono y una enfermera me ha dicho que no pod�a ponerse. Ir� a verla ma�ana. --Espero que se recupere. Es una buena chica. --Es una zorra radical, pero muy inteligente. Me siento responsable, Lucien. --No es culpa tuya. Vivimos en un mundo de locos, Jake. Est� lleno de dementes. En estos momentos, creo que la mitad de ellos est�n en Ford County. --Hace dos semanas colocaron dinamita junto a la ventana de mi dormitorio. Mataron de una paliza al marido de mi secretaria. Ayer dispararon contra m� y le dieron a un soldado. Ahora han capturado a mi pasante, la han atado a una estaca, le han arrancado la ropa del cuerpo, le han cortado el cabello y est� en el hospital con contusiones. Me pregunto qu� ocurrir� a continuaci�n. --Creo que debes rendirte. --Lo har�a. Me presentar�a en este mismo momento en el Juzgado, entregar�a mi malet�n, depondr�a las armas y me rendir�a. �Pero a qui�n? El enemigo es invisible. --No puedes darte por vencido, Jake. Tu cliente te necesita. --Al diablo con mi cliente. Hoy ha intentado despedirme. --Te necesita. Esto todav�a no ha terminado. La cabeza de Nesbit colgaba parcialmente por la ventana abierta y la saliva que emerg�a de su boca descend�a por su barbilla hasta el costado de la puerta, formando un peque�o charco sobre la �o� de Ford en la insignia del coche de polic�a. Una lata de cerveza vac�a le humedec�a la entrepierna. Despu�s de dos semanas de servicio como guardaespaldas, se hab�a acostumbrado a dormir en el coche con los mosquitos mientras proteg�a al abogado del negro. A los pocos momentos de que el s�bado se convirtiera en domingo, la radio viol� su descanso. Cogi� el micr�fono mientras se secaba la barbilla con la manga izquierda. --Ese cero ocho --respondi�. --�Cu�l es tu diez veinte? --La misma que hace un par de horas. --�La casa de Wilbank? --Diez cuatro. --�Sigue ah� Brigance? --Diez cuatro. --Acomp��alo inmediatamente a su casa en Adams. Es una emergencia. Nesbit cruz� la terraza entre botellas vac�as, entr� por la puerta, que no estaba cerrada con llave, y se encontr� a Jake tumbado sobre el sof� del vest�bulo. --�Lev�ntate, Jake! �Tienes que ir a tu casa! �Es una emergencia!

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Jake se incorpor� de un brinco y sigui� a Nesbit. Se detuvieron frente a los pelda�os y miraron m�s all� de la b�veda del Juzgado. A lo lejos, se distingu�a una espesa columna de humo negro que emerg�a de un resplandor anaranjado y se elevaba pac�ficamente hacia la media luna. Adams Street estaba llena de una gran variedad de veh�culos de voluntarios, particularmente camionetas. Todos llevaban luces de emergencia, rojas y amarillas, que sumaban por lo menos un millar. Sus destellos surcaban la oscuridad, formando un coro silencioso que iluminaba la calle. Los coches de los bomberos estaban aparcados irregularmente frente a la casa. Bomberos y voluntarios trabajaban fren�ticamente tendiendo mangueras, organizando grupos y, ocasionalmente, obedeciendo las �rdenes de su jefe. Ozzie, Prather y Hastings estaban junto a uno de los camiones. Algunos soldados permanec�an a la expectativa cerca de un jeep. El fuego era espectacular. Las llamas emerg�an de todas las ventanas de la fachada, de la planta baja y del primer piso. El garaje estaba completamente envuelto por las llamas. El Cutlass de Carla estaba carbonizado por dentro y por fuera, con un oscuro resplandor que radiaba de los neum�ticos. Curiosamente, otro peque�o coche, no el Saab, ard�a junto al Cutlass. El retumbar y crujidos de la hoguera, adem�s del ronroneo de los coches de bomberos y el vocer�o, hab�an atra�do a los vecinos de varias manzanas, que contemplaban el espect�culo desde los jardines del otro lado de la calle. Jake y Nesbit llegaron corriendo. El jefe los vio y se les acerc� a toda prisa. --�Jalee! �Hay alguien en la casa? --�No! --Me alegro. Eso supon�a. --S�lo un perro. --�Un perro! Jake asinti�, mientras contemplaba la casa. --Lo siento --dijo el jefe. Se reunieron en el coche de Ozzie frente a la casa de la se�ora Pickle, y Jake respondi� a algunas preguntas. --�Aquel Volkswagen no es tuyo, verdad, Jake? Jake movi� negativamente la cabeza, con la mirada fija en el monumento de Carla. --Eso supon�a. Parece que es ah� donde ha empezado. --No lo comprendo --dijo Jake. --Si no es tu coche, alguien lo ha aparcado ah�, �no te parece? �Te has dado cuenta c�mo quema el suelo del garaje? Normalmente, el hormig�n no arde. Es gasolina. Alguien llen� el VW de gasolina, lo aparc� ah� y ech� a correr. Probablemente lleva alg�n dispositivo que lo ha encendido. Prather y dos voluntarios estaban de acuerdo. --�Cu�nto hace que arde? --pregunt� Jake. --Hemos llegado hace diez minutos --respondi� el jefe de bomberos-- y ya estaba todo envuelto en llamas. Yo dir�a que una media hora. Es un buen fuego. Alguien sab�a lo que se hac�a. --�No ser� posible sacar nada de ah�? --pregunt� Jake, aunque ya conoc�a la respuesta. --Imposible, Jake. El incendio es demasiado virulento. Mis hombres no podr�an entrar aunque hubiera alguien atrapado. Es un buen fuego. --�Qu� quieres decir? --F�jate en �l. Arde con regularidad en todas las partes de la casa. Se ven llamas en todas las ventanas. En la planta y en el primer piso. Es muy extra�o. En pocos minutos, arder� hasta el tejado.

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Se acercaron dos grupos con mangueras, que lanzaban agua en direcci�n a las ventanas junto al garaje. Una manguera m�s peque�a lanzaba un chorro a una ventana del primer piso. Despu�s de observar durante un par de minutos c�mo el agua era absorbida por las llamas sin ning�n efecto detectable, el jefe escupi� y dijo: --Arder� hasta el �ltimo ladrillo. Dicho esto, desapareci� tras un cami�n y empez� a dar �rdenes. --�Puedes hacerme un favor? --pregunt� Jake a Nesbit. --Por supuesto, Jake. --Ac�rcate en tu coche a la casa de Harry Rex y tr�elo aqu�. No quiero que se lo pierda. --Desde luego. Durante dos horas, Jake, Ozzie, Harry Rex y Nesbit vieron desde el coche patrulla c�mo se cumpl�a el pron�stico del jefe de bomberos. De vez en cuando pasaba alg�n vecino que ofrec�a sus condolencias y se interesaba por la familia. La se�ora Pickle, la encantadora anciana de la casa contigua, llor� desconsoladamente cuando Jake le comunic� que Max hab�a sido devorado por las llamas. A las tres, los polic�as y los curiosos se hab�an retirado, y a las cuatro la hermosa casita victoriana se hab�a convertido en un mont�n de escombros. Los �ltimos bomberos sofocaban cualquier vestigio de humo entre las ruinas. S�lo la chimenea y los esqueletos de dos coches permanec�an de pie mientras las pesadas botas de los bomberos circulaban entre la ruina, en busca de alguna chispa oculta que pudiera resucitar de la muerte y acabar de destruir los escombros. Recogieron las �ltimas mangueras cuando empezaba a salir el sol. Jake les dio las gracias y se despidieron. �l y Harry Rex cruzaron el jard�n trasero para estudiar los desperfectos. --Qu� le vamos a hacer --exclam� Harry Rex--. No es m�s que una casa. --�Te atrever�as a dec�rselo a Carla? --No. Creo que debes hacerlo t�. --Me parece que esperar� un rato. --�No es m�s o menos la hora del desayuno? --dijo Harry Rex despu�s de consultar su reloj. --Hoy es domingo, Harry Rex. Est� todo cerrado. --Por Dios, Jake, no eres m�s que un aficionado, pero yo soy un profesional. Puedo encontrar comida caliente a cualquier hora y cualquier d�a. --�En el parador de camiones? --�En el parador de camiones! --De acuerdo. Y, cuando terminemos, iremos a Oxford para ver a Row Ark. --Magn�fico. Me muero de impaciencia por ver su corte de pelo en plan hombruno. Sallie cogi� el tel�fono y se lo arroj� a Lucien, que lo manipul� hasta coloc�rselo debidamente junto a la cara. --Diga, �qui�n es? --�Hablo con Lucien Wilbank? --S�, �qui�n es usted? --�Conoce a Clyde Sisco? --S�. --Son cincuenta mil. --Ll�meme por la ma�ana. TREINTA Y NUEVE

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Sheldon Roark estaba sentado junto a la ventana, con los pies sobre otra silla, mientras le�a la versi�n del dominical de Memphis del juicio de Hailey. Al fondo de la primera plana hab�a una fotograf�a de su hija y un art�culo sobre su tropiezo con el Klan. Ellen descansaba a pocos metros, en cama. Le hab�an afeitado el costado izquierdo de la cabeza, que llevaba cubierto con un grueso vendaje. Le hab�an saturado la oreja izquierda con veintiocho puntos. Sus contusiones ya no eran graves, sino leves, y los m�dicos hab�an prometido que podr�a abandonar el hospital el mi�rcoles. No la hab�an violado ni azotado. Cuando recibi� la llamada de los m�dicos, no le facilitaron muchos detalles. Durante siete horas de vuelo no sab�a con qu� se encontrar�a, pero tem�a lo peor. El s�bado por la noche le hicieron m�s radiograf�as y le dijeron que se tranquilizara. Las cicatrices desaparecer�an y le volver�a a crecer el cabello. La hab�an asustado y maltratado, pero pod�a haber sido mucho peor. Oy� ruido en el pasillo. Alguien discut�a con una enfermera. Dej� el peri�dico sobre la cama de su hija y abri� la puerta. Una enfermera hab�a descubierto a Jake y a Harry Rex cuando avanzaban sigilosamente por el pasillo. Les hab�a explicado que la hora de visita empezaba a las dos, para lo cual faltaban todav�a seis horas, que s�lo pod�an entrar los parientes, y que llamar�a al servicio de seguridad si no se marchaban. Harry Rex respondi� que le importaba un comino la hora de visita ni cualquier otra norma est�pida del hospital, que deseaba ver por �ltima vez a su novia antes de que falleciera, y que, si no dejaba de molestarles, la denunciar�a por hostigamiento, porque �l era abogado y, despu�s de una semana sin procesar a nadie, ten�a los nervios de punta. --�Qu� ocurre ah�? --pregunt� Sheldon. --Usted debe de ser Sheldon Roark --dijo Jake al ver a aquel hombre bajito y pelirrojo de ojos verdes. --Efectivamente. --Yo soy Jake Brigance. El que... --S�, he le�do acerca de usted. No se preocupe, enfermera, est�n conmigo. --Claro --agreg� Harry Rex--. No se preocupe. Estamos con �l. Y ahora tenga la bondad de dejarnos tranquilos antes de que le embargue el sueldo. La enfermera se alej� airada por el pasillo con la promesa de llamar al servicio de seguridad. --Me llamo Harry Rex Vonner --dijo, al tiempo que estrechaba la mano de Sheldon Roark. --Pasen. Entraron con �l en una peque�a habitaci�n, donde vieron a Ellen dormida. --�C�mo est�? --pregunt� Jake. --Contusi�n leve. Veintiocho puntos en la oreja y once en la cabeza. Se repondr�. El m�dico dice que probablemente podr� abandonar el hospital el mi�rcoles. Anoche estaba despierta y charlamos un buen rato. --Su cabello tiene un aspecto horrible --observ� Harry Rex. --Me cont� que tiraron de �l y se lo cortaron con una navaja poco afilada. Tambi�n la desnudaron y, en un momento dado, le dijeron que la azotar�an. Ella misma se produjo las heridas de la cabeza. Estaba convencida de que la matar�an, la violar�an, o ambas cosas. Por consiguiente, la emprendi� a cabezazos contra la estaca a la que estaba atada. Debieron asustarse. --�Es decir que no la apalearon? --No. No la lastimaron. S�lo le dieron un susto de muerte. --�Qu� vio? --Poca cosa. Una cruz en llamas, t�nicas blancas, unos doce individuos. El sheriff dice que ocurri� en un prado, a unos diecinueve kil�metros de aqu�. Pertenece a alguna empresa papelera.

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--�Qui�n la encontr�? --pregunt� Harry Rex. --El sheriff recibi� una llamada telef�nica de un individuo que se identific� como rat�n Mickey. --Claro. Mi viejo amigo. Ellen gimi� ligeramente y cambi� de posici�n. --Salgamos de la habitaci�n --dijo Sheldon. --�Hay alguna cafeter�a en este lugar? --pregunt� Harry Rex--. Me entra hambre cuando estoy cerca de alg�n hospital. --Por supuesto. Vamos a tomar un caf�. La cafeter�a del primer piso estaba vac�a. Jake y el se�or Roark tomaron caf� solo. Harry Rex empez� con tres bollos y medio litro de leche. --Seg�n el peri�dico, las cosas no van muy bien --dijo Sheldon. --El peri�dico es muy indulgente --coment� Harry Rex con la boca llena--. A Jake le est�n dando una paliza en la sala. Y, fuera del Juzgado, las cosas no van mejor. Cuando no le disparan o secuestran a su pasante, incendian su casa. --�Han incendiado su casa? --Anoche --asinti� Jake--. Todav�a no se han enfriado las cenizas. --Me hab�a parecido sentir olor a humo. --La hemos visto arder hasta que se ha reducido a escombros. Ha tardado cuatro horas. --Cu�nto lo siento. Yo he recibido amenazas semejantes, pero lo peor que me ha ocurrido ha sido que me cortaron los neum�ticos. Tampoco me han disparado. --A m� me han disparado un par de veces. --�Est� presente el Klan en Boston? --pregunt� Harry Rex. --No, que yo sepa. --Qu� pena. Esos muchachos agregan una nueva dimensi�n a la pr�ctica de la abogac�a. --Eso parece. Vimos el informe por televisi�n de los disturbios de la semana pasada, alrededor del Juzgado. Lo he seguido con mucho inter�s desde que Ellen se involucr� en el caso. Es famoso. Incluso en el norte. Ojal� fuera m�o. --Se lo regalo --dijo Jake--. Creo que mi cliente est� buscando un nuevo abogado. --�A cu�ntos psiquiatras llamar� la acusaci�n? --S�lo uno. Declarar� por la ma�ana y, a continuaci�n, pronunciaremos los discursos de clausura. El jurado empezar� a deliberar seguramente ma�ana por la tarde. --Siento mucho que Ellen se lo pierda. Me ha llamado todos los d�as para hablarme del caso. --�D�nde ha metido Jake la pata? --pregunt� Harry Rex. --No hables con la boca llena --dijo Jake. --Creo que ha hecho un buen trabajo. Las circunstancias son fatales como punto de partida. Hailey cometi� los asesinatos, los proyect� meticulosamente y basa sus esperanzas en una alegaci�n bastante endeble de enajenaci�n mental. En Boston no contar�a con la compasi�n del jurado. --Tampoco en Ford County --dijo Harry Rex. --Espero que pueda sacarse de la manga un conmovedor discurso de clausura -- coment� Sheldon. --No le queda ninguna manga --agreg� Harry Rex--. Han sido pasto de las llamas, junto con su pantal�n y su ropa interior. --�Por qu� no nos acompa�a ma�ana? --pregunt� Jake--. Le presentar� al juez y pedir� que le otorgue los privilegios habituales. --No ha querido hacerlo por m� --dijo Harry Rex. --No me sorprende --sonri� Sheldon--. Puede que lo haga.

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De todos modos, pensaba quedarme hasta el martes. �Estar� a salvo en ese lugar? --No lo creo. La esposa de Woody Mackenvale estaba sentada en un banco de pl�stico del vest�bulo, junto a la habitaci�n, y lloraba discretamente al tiempo que procuraba ser valiente para sus dos hijos menores sentados junto a ella. Cada uno de los ni�os ten�a en la mano un paquete de pa�uelos de papel usados, con los que de vez en cuando se secaban las mejillas y sonaban la nariz. Jake estaba agachado frente a ella y escuchaba atentamente lo que le hab�an contado los m�dicos. La bala se hab�a incrustado en la columna vertebral, y la par�lisis era grave y permanente. Trabajaba como encargado en una f�brica de Booneville. Un buen empleo. Vida agradable. Ella no trabajaba, por lo menos hasta ahora. De alg�n modo saldr�an adelante, aunque no estaba segura de c�mo lo lograr�an. Preparaba a sus hijos para la liga juvenil. Era un hombre muy activo. Creci� su llanto y los ni�os le secaron las mejillas. --Me salv� la vida --dijo Jake, mirando a los ni�os. --Cumpl�a con su obligaci�n --respondi� ella con los ojos cerrados--. Saldremos adelante. Jake cogi� un pa�uelo de papel, de la caja situada sobre el banco, y se sec� los ojos. Cerca hab�a un grupo de parientes que observaban. Harry Rex paseaba nervioso por el fondo del pasillo. Jake le dio un abrazo a la se�ora Mackenvale y acarici� las cabezas de los ni�os. A continuaci�n, le entreg� el n�mero de tel�fono de su despacho y le dijo que llamara si pod�a hacer algo por ellos. Prometi� visitar a Woody despu�s del juicio. Los domingos, las cervecer�as abr�an a las doce, como para permitir a los feligreses que se abastecieran a la salida de la iglesia, cuando se dirig�an a almorzar a casa de la abuela y a pasar la tarde de juerga. Curiosamente, cerraban de nuevo a las seis de la tarde, como para negar el suministro a los mismos feligreses que regresaban a la iglesia para las ceremonias vespertinas. Durante los dem�s d�as de la semana, se vend�a cerveza desde las seis de la ma�ana hasta la medianoche. Pero los domingos limitaban su venta en honor al Todopoderoso. Jake compr� un paquete de media docena en la tienda de ultramarinos de Bates y dirigi� al chofer hacia el lago. El viejo Bronco de Harry Rex llevaba cinco cent�metros de barro incrustado en las puertas y parachoques. Los neum�ticos eran imperceptibles. El parabrisas, con millares de insectos aplastados, estaba quebrado y resultaba peligroso. El permiso de circulaci�n, invisible desde el exterior, hac�a cuatro a�os que hab�a caducado. El suelo estaba cubierto de docenas de latas vac�as y botellas rotas. Hac�a seis a�os que no funcionaba el aire acondicionado. Jake hab�a sugerido que usaran el Saab, pero a Harry Rex le pareci� una estupidez; el Saab rojo ofrec�a un blanco f�cil para los francotiradores. Nadie prestar�a atenci�n al Bronco. Conduc�an despacio en la direcci�n general del lago, sin rumbo fijo. Willie Nelson aullaba por los altavoces. Harry Rex marcaba el ritmo sobre el volante y canturreaba. El tono de su voz, cuando hablaba, era ronco y basto. Cuando cantaba, era atroz. Jake tomaba su cerveza y miraba por el parabrisas, a la espera del amanecer. La ola de calor estaba a punto de acabar. Unos oscuros nubarrones se asomaban por el sudeste y, al pasar frente a Huey's Lounge, la lluvia empez� a empapar la �rida tierra. Limpi� y elimin� el polvo de la pueraria que crec�a en las cunetas y que colgaba como hiedra de los �rboles. Refresc� el c�lido pavimento y cre� una espesa niebla, un metro por encima de la carretera. Las rojas alcantarillas empezaron a engullir el agua y, cuando se saturaron, se formaron riachuelos hacia las cunetas y desag�es. La lluvia empap� los campos de algod�n y soja hasta formar charcos entre las plantas. Asombrosamente, los limpiaparabrisas funcionaban. Se mov�an furiosamente de un lado para otro, eliminando el barro y la colecci�n de insectos. Creci� la tormenta. Harry Rex subi� el volumen de la m�sica.

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Los negros, con sus ca�as de pescar y sombreros de paja, se hab�an refugiado bajo los puentes a la espera de que amainara la tormenta. A sus pies, los apacibles desfiladeros cobraron vida. El agua cenagosa de los campos y desag�es descend�a para engrosar el caudal de los peque�os torrentes y riachuelos. El caudal crec�a conforme avanzaba. Los negros com�an embutido con galletas y contaban an�cdotas de pescadores. Harry Rex ten�a hambre. Par� frente a una tienda Treadway cerca del lago y compr� m�s cerveza, dos raciones de siluro y una enorme bolsa de cortezas picantes, que entreg� a Jake. Llov�a a c�ntaros cuando cruzaron el pantano. Harry Rex aparc� cerca de un peque�o edificio, en una zona de picnic. Se sentaron sobre una mesa de hormig�n para contemplar la lluvia que azotaba el lago Chatulla. Jake beb�a mientras Harry Rex devoraba las dos raciones de siluro. --�Cu�ndo vas a cont�rselo a Carla? --pregunt� mientras tomaba un trago de cerveza. --�A qu� te refieres? El agua retumbaba sobre el tejado de cinc. --A la casa. --No voy a cont�rselo. Creo que podr� reconstruirla antes de que regrese. --�Antes del pr�ximo fin de semana? --S�. --Est�s perdiendo el juicio, Jake. Bebes demasiado y divagas. --Me lo merezco. Me lo he ganado. Estoy a dos semanas de la bancarrota. Estoy a punto de perder el mayor caso de mi carrera, por el que me han pagado novecientos d�lares. Mi hermosa casa que los turistas fotografiaban y que las ancianas del Club de Jardiner�a quer�an que se incluyera en Southern Living ha quedado reducida a escombros. Mi esposa me ha abandonado y, cuando se entere de lo de la casa, se divorciar� de m�. De eso no cabe la menor duda. De modo que perder� a mi esposa. Y cuando mi hija se entere de que su maldito perro muri� en el incendio me odiar� para siempre. Alguien ha puesto precio a mi cabeza. Los pistoleros del Klan me andan buscando. Francotiradores disparan contra m�. Hay un soldado en el hospital, con mi bala incrustada en su columna vertebral, que quedar� paralizado para siempre y en quien pensar� todos los d�as durante el resto de mi vida. Por mi culpa asesinaron al marido de mi secretaria. Mi �ltima empleada est� en el hospital con un corte de cabello estilo punk y contusiones por haber trabajado para m�. El jurado me cree un farsante y un estafador a causa de mi perito. Mi defendido quiere despedirme. Cuando lo condenen, todo el mundo me culpar� a m�. El acusado contratar� a otro abogado para la apelaci�n, uno de esos individuos del ACLU, y me procesar�n a m� por representaci�n inadecuada. Y tendr�n raz�n. De modo que acabar� ante los tribunales. No tendr� esposa, ni hija, ni casa, ni despacho, ni clientes ni dinero. Nada. --Lo que t� necesitas, Jake, es un psiquiatra. Creo que deber�as entrevistarte con el doctor Bass. Toma una cerveza. --Supongo que me instalar� en casa de Lucien y me quedar� todo el d�a en la terraza. --�Puedo quedarme con tu despacho? --�Crees que me pedir� el divorcio? --Probablemente. Yo he pasado por cuatro divorcios y te aseguro que lo solicitan por cualquier bobada. --No en el caso de Carla. Adoro el suelo por donde pisa y ella lo sabe. --En el suelo ser� donde dormir� cuando regrese a Clanton. --No. Conseguiremos un buen remolque, ancho y acogedor. Nos servir� hasta que nos recuperemos de la bancarrota. Luego conseguiremos otra casa antigua y empezaremos de nuevo. --Probablemente encontrar�s otra esposa para empezar de nuevo. �Qu� te hace suponer que abandonar� una hermosa casa en la costa para trasladarse a un remolque en Clanton?

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--El hecho de que yo estar� en el remolque. --Con eso no basta, Jake. T� ser�s un abogado borracho, arruinado y expulsado del Colegio, que vive en un remolque. Ser�s una verg�enza p�blica. Todos tus amigos, a excepci�n de Lucien y yo, se olvidar�n de ti. Nunca volver� junto a ti. Todo ha terminado, Jake. Como amigo y abogado especializado en divorcios te aconsejo que seas t� quien lo solicite. Hazlo ahora, ma�ana mismo, para cogerla desprevenida. --�Por qu� iba a pedirle yo el divorcio? --Porque de lo contrario ella te lo pedir� a ti. Podemos tomar la iniciativa y alegar que te abandon� cuando m�s la necesitabas. --�Constituye eso base para el divorcio? --No. Pero tambi�n alegaremos que est�s loco, enajenaci�n temporal. Deja que yo me ocupe de todo. Las normas de McNaghten. Recuerda que yo soy el experto en divorcios. --�C�mo podr�a olvidarlo! Jake verti� la cerveza caliente de su botella olvidada y abri� otra. Amain� la lluvia y empez� a aclararse el firmamento. Soplaba una fresca brisa procedente del lago. --Le condenar�n, �no es cierto, Harry Rex? --pregunt� Jake con la mirada perdida en la lejan�a. Harry Rex dej� de masticar y se sec� los labios. Dej� el plato de cart�n sobre la mesa y tom� un largo trago de cerveza. El viento transportaba gotas de agua que le salpicaban el rostro. Se lo sec� con una manga. --S�, Jake. Tu defendido est� a punto de ser sentenciado. Puedo verlo en su mirada. Lo de la enajenaci�n no ha funcionado. Desde el primer momento se resist�an a creer a Bass y cuando Buckley le baj� los pantalones todo acab�. Carl Lee tampoco se ha ayudado a s� mismo. Sus respuestas parec�an ensayadas y excesivamente sinceras. Como si suplicara la compasi�n del jurado. Su testimonio ha sido desastroso. Yo observaba al jurado mientras declaraba y no detect� su apoyo. Lo condenar�n, Jake. Y con rapidez. --Gracias por tu sinceridad. --Soy tu amigo y creo que deber�as empezar a prepararte para la condena y una prolongada apelaci�n. --Sabes lo que te digo, Harry Rex, ojal� nunca hubiera o�do hablar de Carl Lee. --Creo que es demasiado tarde, Jake. Sallie abri� la puerta y dijo que lamentaba lo de la casa. Lucien estaba arriba en su estudio, sobrio y trabajando. Ofreci� a Jake una silla y le orden� que se sentara. Ten�a la mesa cubierta de papeles. --He pasado toda la tarde trabajando en el discurso de clausura --dijo, al tiempo que mostraba con un adem�n todo lo que ten�a delante--. Tu �nica esperanza de salvar a Hailey es con una actuaci�n embelesadora en tu discurso de clausura. Estoy hablando del m�s magn�fico discurso de la historia de la jurisprudencia. Ni m�s ni menos. --Y supongo que t� has creado esa obra maestra. --Pues s�, as� es. Es mucho mejor de lo que t� ser�as capaz de hacer. Y he supuesto, acertadamente, que pasar�as la tarde del domingo lamentando la p�rdida de tu casa y ahogando tus penas en cerveza. Sab�a que no habr�as preparado nada. De modo que lo he hecho por ti. --Ojal� pudiera mantenerme sobrio como t�, Lucien. --Yo era mejor abogado borracho que t� sobrio. --Por lo menos yo todav�a soy abogado. --Aqu� lo tienes --dijo Lucien, despu�s de arrojarle un cuaderno a Jake--. Una recopilaci�n de mis mejores discursos de clausura. Lo mejor de Lucien Wilbank, unificado para ti y tu defendido. Sugiero que te lo aprendas de memoria y lo repitas palabra por palabra. Es muy bueno. No intentes modificarlo ni improvisar. Meter�s la pata.

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--Me lo pensar�. No olvides que no es la primera vez. --Lo parece. --�Maldita sea, Lucien! �No me atosigues! --Tranquil�zate, Jake. Tomemos una copa. �Sallie! �Sallie! Jake arroj� la obra maestra al sof� y se acerc� a la ventana que daba al jard�n trasero. Sallie subi� corriendo por la escalera y Lucien le pidi� un whisky y una cerveza. --�Has pasado la noche en blanco? --pregunt� Lucien. --No. He dormido de once a doce. --Tienes un aspecto terrible. Necesitas un buen descanso. --Me siento fatal y dormir no me servir� de nada. Lo �nico positivo ser� el fin de este juicio. No lo comprendo, Lucien. No comprendo c�mo puede todo haber ido tan mal. Debemos tener derecho a un poco de buena suerte. El juicio ni siquiera ten�a que haberse celebrado en Clanton. Nos ha tocado el peor jurado, un jurado manipulado. Pero no puedo probarlo. Nuestro testigo principal qued� totalmente desacreditado. La declaraci�n del procesado ha sido un desastre. Y el jurado desconf�a de m�. No se qu� otra cosa puede fracasar. --Todav�a puedes ganar el caso, Jake. Ser� preciso que ocurra un milagro, pero esas cosas a veces suceden. Muchas veces he arrancado la victoria de las fauces de la derrota con un convincente discurso de clausura. Dir�gete a uno o dos miembros del jurado. Act�a para ellos. H�blales. No olvides que con uno basta para impedir que haya unanimidad en el veredicto. --�Deber�a hacerles llorar? --Si puedes. No es tan f�cil. Pero yo creo en las l�grimas del jurado. Son muy eficaces. Sallie trajo las bebidas y la siguieron a la terraza. Cuando oscureci�, les sirvi� bocadillos y patatas fritas. A las diez, Jake se disculp� y se retir� a su habitaci�n. Llam� a Carla y habl� con ella durante una hora. No mencion� la casa. Se le revolvi� el est�mago al o�r su voz, consciente de que alg�n d�a, pronto, tendr�a que revelarle que la casa, su casa, hab�a dejado de existir. Colg� con la esperanza de que no se enterara por los peri�dicos. CUARENTA Clanton volvi� a la normalidad el lunes por la ma�ana, con la reaparici�n de las barricadas alrededor de la plaza y la numerosa presencia de soldados para preservar la paz. Los pelotones, medianamente formados, contemplaban a los miembros del Klan que ocupaban el lugar que se les hab�a asignado a un lado de la plaza, y los negros al otro lado. El d�a de descanso hab�a permitido a ambos grupos recuperar sus energ�as y a las ocho y media vociferaban todos a pleno pulm�n. Se hab�a divulgado la noticia de la humillaci�n del doctor Bass y los componentes del Klan ol�an la victoria. Adem�s, hab�an hecho blanco en Adams Street. Parec�an m�s chillones que de costumbre. A las nueve, Noose llam� a los letrados a su despacho. --S�lo quer�a asegurarme de que estaban sanos y a salvo --sonri� mirando a Jake. --�Por qu� no me besa el culo, juez? --dijo Jake entre dientes pero lo suficientemente fuerte para ser o�do. Los acusadores quedaron paralizados. El se�or Pate se aclar� la garganta. Noose lade� la cabeza, como si fuera duro de o�do. --�Qu� ha dicho usted, se�or Brigance? --He dicho: �Por qu� no empezamos, se�or juez?� --Eso me hab�a parecido. �C�mo est� su pasante, la se�orita Roark? --Se recuperar�. --�Fue el Klan? --S�, se�or juez. El mismo Klan que intent� asesinarme. El mismo Klan que decor� el paisaje con cruces en llamas y qui�n sabe con qu� otras cosas obsequi� a los miembros de

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nuestro jurado. El mismo Klan que probablemente ha intimidado a la mayor�a de los que est�n sentados ahora en el palco del jurado. S�, se�or, el mismo Klan. --�Puede probarlo? --pregunt� Noose, despu�s de quitarse las gafas. --�Quiere decir si tengo confesiones firmadas y certificadas ante un notario de los componentes del Klan? No, se�or. No est�n muy dispuestos a cooperar. --Si no puede probarlo, se�or Brigance, olv�delo. --S�, se�or�a. Jake sali� del despacho y dio un manotazo. A los pocos segundos, el se�or Pate orden� silencio en la sala y todo el mundo se puso de pie. Noose dio la bienvenida al jurado y prometi� que las molestias ya casi hab�an terminado. Nadie le sonri�. El fin de semana hab�a sido terriblemente aburrido en el Temple Inn. --�Le queda alg�n otro testigo a la acusaci�n? --pregunt� Noose. --Uno, su se�or�a. Llamaron al doctor Rodeheaver, que estaba en la sala de los testigos. Subi� cuidadosamente al estrado y salud� atentamente al jurado con la cabeza. Ten�a aspecto de psiquiatra. Traje oscuro y sin botas. Buckley se acerc� al estrado y sonri� al jurado. --�Es usted el doctor Wilbert Rodeheaver? --exclam� sin dejar de mirar al jurado, como para decirles �he ah� un aut�ntico psiquiatra�. --S�, se�or. Buckley formul� preguntas, un mill�n de preguntas, sobre su formaci�n y experiencia profesional. Rodeheaver se sent�a seguro de s� mismo, relajado, preparado y acostumbrado a declarar. Habl� extensamente de su amplia formaci�n, su vasta experiencia como m�dico y, �ltimamente, la enorme magnitud de su cargo como jefe de personal del hospital psiqui�trico estatal. Buckley le pregunt� si hab�a escrito art�culos sobre su especialidad. Respondi� afirmativamente y, durante media hora, hablaron de los escritos de aquel hombre tan erudito. Hab�a recibido becas para la investigaci�n del Gobierno federal y de diversos estados. Era socio de todas las organizaciones a las que Bass pertenec�a, y algunas m�s. Estaba diplomado por todas las asociaciones relacionadas, aunque s�lo fuera remotamente, con el estudio de la mente humana. Era sofisticado, y estaba sobrio. Buckley le propuso como perito y Jake no tuvo nada que objetar. --Doctor Rodeheaver --prosigui� Buckley--, �cu�ndo examin� usted por primera vez a Carl Lee Hailey? --El diecinueve de junio --respondi� el perito despu�s de consultar sus notas. --�D�nde tuvo lugar el reconocimiento? --En mi despacho, en Whitfield. --�Cu�nto dur� el reconocimiento? --Un par de horas. --�Cu�l era el prop�sito de dicho reconocimiento? --El de determinar su condici�n mental en aquellos momentos y tambi�n en el momento de matar al se�or Cobb y al se�or Willard. --�Tuvo usted acceso a su historial m�dico? --La mayor parte de la informaci�n fue recopilada por un colaborador en el hospital. Yo la repas� con el se�or Hailey. --�Qu� revel� su historial? --Nada destacable. Habl� mucho sobre Vietnam, pero nada destacable. --�Habl� libremente sobre Vietnam? --Desde luego. Quer�a hablar de ello. Casi parec�a que le hubieran aconsejado que lo hiciera. --�De qu� m�s hablaron en su primera entrevista?

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--Cubrimos una amplia variedad de temas: su infancia, familia, educaci�n, diversos trabajos, pr�cticamente todo. --�Habl� de la violaci�n de su hija? --S�, en gran detalle. Era doloroso para �l hablar del tema, como lo habr�a sido para m� de tratarse de mi hija. --�Le habl� de los acontecimientos que precedieron a la matanza de Cobb y Willard? --S�, hablamos de ello durante un buen rato. Procur� averiguar el nivel de conocimiento y comprensi�n que pose�a acerca de dichos sucesos. --�Qu� le cont�? --Inicialmente, poca cosa. Pero con el tiempo se abri� y cont� c�mo hab�a inspeccionado el Juzgado tres d�as antes del tiroteo y elegido el lugar del ataque. --�Y acerca del tiroteo? --No dijo gran cosa sobre la matanza propiamente dicha. Asegur� que no lo recordaba con mucha claridad, pero sospecho lo contrario. --�Protesto! --exclam� Jake despu�s de levantarse--. El testigo s�lo puede declarar lo que conoce. No debe especular. --Se admite la protesta. Le ruego que prosiga, se�or Buckley. --�Qu� m�s observ� respecto a su estado de �nimo, actitud y forma de expresarse? Rodeheaver se cruz� de piernas y se meci� suavemente. Baj� las cejas en actitud meditabunda. --Al principio desconfiaba de m� y le resultaba dif�cil mirarme a los ojos. Respond�a en forma escueta a mis preguntas. Le molestaba estar custodiado, y a veces esposado, en nuestras dependencias. Se quej� de las paredes acolchadas. Pero, con el tiempo, se tranquiliz� y habl� libremente de casi todo. Se neg� rotundamente a responder a ciertas preguntas, pero, en general, cabe afirmar que fue bastante cooperativo. --�D�nde y cu�ndo lo reconoci� de nuevo? --El siguiente d�a y en el mismo lugar. --�Cu�l era su estado de �nimo y su actitud? --Semejante al d�a anterior. Reservado al principio, pero luego m�s abierto. Hablamos b�sicamente de los mismos temas que el d�a anterior. --�Cu�nto dur� dicho reconocimiento? --Aproximadamente cuatro horas. Buckley consult� sus notas y susurr� algo a Musgrove. --D�ganos, doctor Rodeheaver: como consecuencia de sus entrevistas con el se�or Hailey los d�as diecinueve y veinte de junio, �logr� usted formular un diagn�stico m�dico de la condici�n mental del acusado en dichas fechas? --S�, se�or. --�Y cu�l es dicho diagn�stico? --Los d�as diecinueve y veinte de junio, el se�or Hailey parec�a estar en plena posesi�n de sus facultades mentales. A mi parecer, perfectamente normal. --Gracias. Bas�ndose en sus reconocimientos, �logr� establecer un diagn�stico de la condici�n mental del se�or Hailey el d�a en que dispar� contra Billy Ray Cobb y Pete Willard? --S�. --�Y cu�l es dicho diagn�stico? --En aquel mo