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UN SOLDADO EXTREMEÑO EN LA GUERRA DE FILIPINAS (EL SITIO DE BALER)

Mapa de la zona de Baler

Que España fue durante los siglos XVI al XVIII el mayor imperio del mundo es algo que está fuera de toda duda, tal y como podemos ver con tan solo marcar los territorios conquistados o heredados por la corona española, que alcanzaban a los cinco continentes. Para mantener el dominio de tan inmensos como alejados territorios que durante muchos años contribuyeron a engrandecer su Historia así como de manera harto abundante a enriquecer las arcas de la metrópolis, los gobiernos de la nación necesitaron de un numeroso y bien pertrechado ejército para defender las tierras conquistadas, mucho más importantes y necesarios cuanto más crecían los movimientos reivindicativos y los deseos y lucha de los pueblos subyugados por alcanzar su libertad, tanto política como económica. España, que a diferencia de otras naciones conquistadoras supo desde un primer momento encauzar las conquistas de tierras y hombres y darle una significación más humana y religiosa, con el paso de los años y debido a los malos gobiernos de la nación, cada vez más empobrecidos y faltos de 1


recursos económicos, fue echando a perder un legado político y sobre todo comercial que otras naciones, como Inglaterra en las mismas circunstancias históricas, ha sabido mantener hasta nuestros días con sus antiguas colonias, formando una Comunidad de naciones ligadas todas ellas por la misma lengua y por el desarrollo económico dirigido desde la antigua metrópolis londinense en la que la figura de la corona es respetada por todos sus miembros asociados.

El sitio de Baler llevado al cine

Estos apuntes pretenden ser, en estos momentos de relajación y discusión de los símbolos sagrados de un país, un humilde homenaje a tantos soldados hoy olvidados que lucharon, sufrieron o murieron en la defensa de los valores de su patria, sin más recompensa, si es que la tuvieron, que unos sueldos de miseria, unas condiciones de vida miserables y el olvido del pueblo por el que se sacrificaban. Mientras unos daban su sangre y hasta sus vidas, otros se llevaban los honores, la fama y los sueldos que a éstos se les negaba. Aunque durante el desarrollo de estos apuntes saldrán infinidad de datos históricos sobre la contienda en Filipinas hasta su emancipación como nueva nación, nuestro más firme propósito, como lo fue en el caso de los apuntes anteriores que titulamos: Un soldado extremeño en la guerra de Cuba (Don Francisco Neila y Ciria), es el de rescatar la memoria de aquellos valientes soldados extremeños que dieron su sangre y su vida en la defensa de su patria y que el tiempo y el olvido de las autoridades nacionales y provinciales ha borrando de nuestra historia con el paso de los años. Gestas tan encomiables y donde tanto valor se derrochó como lo fueron la guerra de Cuba o la defensa de Filipinas, hoy no son más que aburridas batallitas de abuelos que a nadie interesan, ni mucho menos son estudiadas en las escuelas nacionales como ejemplo de lo que debe ser la memoria común de una nación como la española 2


que, con sus luces y sus sobras ha, sido el país que ha derramado por todo el mundo su cultura y su fe católica. Saturnino Martín Cerezo, ése es el nombre de nuestro personaje de hoy, nació un 11 de febrero de 1866 en la calle Reina número 23 de la localidad cacereña de Miajadas. Como tantos niños de aquella época tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar en el campo para añadir unas pesetas al corto sueldo del padre. Miajadas, hoy uno de los pueblos con mayor desarrollo agrario de la comarca (No hace mucho me señalaban que era el pueblo de España donde hay más tractores) debido al cultivo del arroz, tomate, maíz, frutas de temporada y todos aquellos productos que tengan la ayuda del regadío del cercano río Guadiana, era por aquello años un pueblo dedicado al monocultivo del trigo, cebada o centeno, más algunos humildes viñedos para la producción del vino de pitarra que hacían algunos ricos labradores de la zona. No había muchas salidas para los hombres –jornaleros temporales al mejor postor– ni mucho menos para muchachos con inquietudes que quisieran librarse de la esclavitud del campo, con sus jornadas embrutecedoras y cortos jornales, siempre a la espera del favor del capataz que contrataba en la plaza del pueblo en tiempos de labores o de recogidas del fruto. Sin embargo, Saturnino debía de ser muchacho listo y estudioso, como demostraría a lo largo de toda su vida, y prefirió presentarse como voluntario en el ejército, a la edad de 17 años. A su agudeza de ingenio y ganas de triunfo añadía el ansia de aventura de todo hombre joven, por lo que en 1897 fue ascendido a teniente por ofrecerse como voluntario para marchar a Filipinas, tierras por aquellos años de dominio español y en las que se habían levantado los indígenas tagalos contra las fuerzas del ejército español en su lógico deseo de independencia. El 2º Teniente Martín Cerezo partió hacia Manila en compañía de un destacado número de voluntarios donde se encontraba el Capitán Enrique de las Morenas y Fossi, natural de Chiclana de la Frontera, Cadiz, quien sería el Comandante político-militar de la ciudad de El Príncipe y muerto de enfermedad en 1898; Santos González Roncal, de Mallén, Zaragoza, así como de otros hombres nacidos en diferentes rincones de España que se presentaron voluntarios para la aventura de Filipina, a la que llegaron enrolados en el Batallón Expedicionario de Cazadores nº 2 y desde donde pasaron al puesto de Baler a principios de 1898, después de la paz de Biak-na-Bato a finales de 1897, para sustituir a los 400 hombres que en esos momentos formaban la guarnición de ese puesto al mando del mayor Génova. 3


Escultura a Legazpi en Cebú, Filipinas

Unas notas de Historia.- Aunque las islas Filipinas fueron descubiertas durante la expedición de Magallanes y Elcano en el año 1521que significaría la primera vuelta al mundo y en la que el primero resultaría muerto en un enfrentamiento con los naturales del país, no fue hasta el año 1565 cuando realmente se conquistaron para la corona española por una expedición comisionada por el rey Felipe II y comandada por Andrés de Urdaneta y Miguel López de Legazpi, quienes conquistaron Cebú y tomaron posesión del archipiélago en nombre de España, aunque realmente nunca fue conquistada en tu totalidad ya que la nueva población –siempre muy reducida– se circunscribía principalmente en las zonas costeras (se calcula que a mediados del siglo XIX la población española era de entre tres mil a cuatro mil personas; a finales de siglo había entre doce mil a catorce mil peninsulares, principalmente funcionarios), siendo el resto de la población de origen malayo, entre los que figuran como mayoría la población tagala.

Capitán de Infantería don Enrique de las Morenas y Fossi

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España, como cualquier otra nación dominadora por aquellas fechas, quiso desde un principio explotar a su favor las riquezas del archipiélago, para lo que fue transformando poco a poco la sociedad filipina, ligándola a la agricultura de exportación y al comercio de sus enormes y ricos recursos naturales, dando comienzo a una incipiente burguesía autóctona que a la postre sería quien comenzara los movimientos revolucionarios de emancipación. Las disposiciones y leyes impuestas desde Madrid no ayudaban mucho al buen entendimiento con los naturales de las islas que se sentían explotados y desprotegidos. La abolición del estanco del tabaco con la creación de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, en 1881, o la instauración de un arancel proteccionista, en 1891, o la misma negación a la solicitud de que los filipinos gozasen de los mismos escasos derechos de los españoles, hizo que se enconaran los ánimos de la población, revelándose contra dichas medidas, emprendiendo acciones violentas que fueron reprimidas al momento, como lo fue el caso del motín de Cavite, en 1872, o ejecutando al líder nacionalista filipino, con sangre española en sus venas, José Rizal. Una vez más, como en tantas otras ocasiones sucedería durante todo el siglo XVIII a lo largo y a lo ancho del mundo hispano, las autoridades españolas, atrincheradas en posiciones centralistas, no supieron ver las soluciones reformistas o autonomistas que pedían desde sus colonias, abriendo la puerta a la independencia revolucionaria que tanta sangre y tanto dinero iban a costar a España.

Retrato del líder filipino José Rizal

Comienzos de la revolución Filipina.- La transformación que hemos señalado de la sociedad filipina y la reivindicación de reformas nunca escuchadas y sí reprimidas por las fuerza por las autoridades españolas 5


dio comienzo a numerosas revueltas contra el dominio colonial español. Si bien en un principio fueron sofocadas sin muchos problemas por las fuerzas militares, la entrada en escena del ejército estadounidense precipitó los acontecimientos que terminaron con la expulsión de los españoles de la isla. Las primeras revueltas comenzaron el 26 de agosto de 1896 con lo que se conoce como el Grito de Balintawak, en la que un grupo de katipuneros (revolucionarios tagalos) dirigidos por Andrés Bonifacio se alzó contra las autoridades españolas en los arrabales de Manila. Si bien ésta y las siguientes escaramuzas de días posteriores fueron sofocadas con contundencia por una guarnición de más de trece mil soldados del Ejército español de los que más de nueve mil eran filipinos, la sublevación sí se consolidó en la provincia de Cavite, comandada y dirigida por el dirigente Emiliano Aguinaldo, quien después sería el primer presidente efímero de la Filipinas independiente, antes de su aplastamiento por los estadounidenses, quienes desde hacía tiempo venían deseando apropiarse del archipiélago, para lo que sin ningún tipo de reparo apoyaron con dinero y armas a los independentistas tagalos contra España. La sublevación en Cavite puso en guardia a las autoridades españolas que enviaron a las islas un refuerzo de más de veinticinco mil nuevos soldados al mando del general Camilo García de Polavieja, quien fue nombrado Gobernador General de Filipinas a su llegada el día 3 de diciembre de 1896. Para marzo de 1897 estaban controlados todos los movimientos revolucionarios de la isla y Aguinaldo cercado en su cuartel general de Tasilay, aunque logró evadir el cerco y penetrar en Sierra Madre, una zona más abrupta y de difícil control militar.

Retrato de Emilio Aguinaldo, líder de la revolución filipina

Cumplida su misión, Polavieja fue sustituido por el general Fernando Primo de Rivera quien entró en contacto y negociaciones con el líder filipino dada la preocupación de ambos por la actitud desafiante de los Estados Unidos, que esperaba una ocasión favorable para 6


intervenir en los conflictos de los territorios de dominio español y que mediante un golpe de efecto con el hundimiento del acorazo Maine en aguas cubanas el 15 de febrero de 1898, declaró la guerra a España, quien no pudo hacer frente a la poderosa flota americana y claudicó perdiendo el dominio de las islas de Cuba y Filipinas, previo pago al gobierno español de una cantidad de veinte millones de dólares, cantidad importante en aquellas fechas y que tan mal fue administrado. Pero nosotros vamos a centrarnos en los acontecimientos que ocasionaron la defensa del sitio de Baler en la que participó de manera muy activa y como máximo jefe militar nuestro paisano Saturnino Martín Cerezo, a la muerte de los demás oficiales que le acompañaban.

Insurrectos tagalos en 1899

Baler, como Cascorro en Cuba, será el lugar dende se produzcan los acontecimientos bélicos que justifican estas líneas y en donde el coraje y la astucia de hombres como el extremeño Martín Cerezo engrandezcan las páginas del valor, la inteligencia y la entrega de los soldados españoles allá donde se encuentren defendiendo suelo nacional. En 1896 un grupo de insurrectos atacó al gobierno colonial español y aunque fueron vencidos en poco tiempo y fueron pacificados por el pacto de Biak-na-Bató, fue el comienzo de nuevos enfrentamientos que llevarían la independencia de Filipinas. En los primeros meses del año 1898, creyendo las autoridades coloniales que dicha paz era definitiva, la guarnición de Baler compuesta por 400 hombres, fue relevada por 50 soldados venidos desde Manila, la capital. Con la derrota de la flota española por la estadounidense después del montaje y hundimiento del acorazado Maine, los revolucionarios filipinos que se habían exiliado en Hong Kong volvieron a la isla y reanudaron el hostigamiento a las tropas 7


españolas acantonadas en Baler, cuyos hombres, desconocedores del inicio de la guerra con los Estados Unidos y la proclamada independencia de Filipinas no tuvieron más remedio que defenderse de los ataques nativos y refugiarse en la iglesia del pueblo, iniciándose una defensa numantina que duraría más de trescientos días. La fuerte defensa del lugar y la actual situación de independencia nacional Filipinas hicieron que las fuerzas sitiadoras intentaran la rendición de la guarnición, sin que los defensores creyeran en ningún momento las informaciones que les hacían llegar, tanto las autoridades filipinas como españolas. Tan obcecada resistencia por parte de tan escasos soldados llegó a su máximo punto cuando las autoridades mandaron a dos frailes franciscanos para conseguir su rendición, quienes no sólo no consiguieron doblegar el firme propósito de los atrincherados sino que se quedaron con ellos a compartir su destino.

El 2º Teniente Saturnino Martín Cerezo

La paz entre las dos naciones contendientes firmada en París en diciembre de 1898 –aunque no entrara en vigor hasta un año después–, entre las condiciones impuestas por el vencedor figuraba la cesión por parte de España de su soberanía sobre Filipinas. En febrero de 1899 los filipinos, engañados y atacados por los nuevos dueños de sus destinos, a los que creían sus aliados, decidieron resistir por las armas, comenzando un nuevo episodio del conflicto: la guerra Filipino-Estadounidense, en la que los españoles ya sólo eran espectadores, al mismo tiempo que las tropas eran repatriadas a España. Pero el sitio de Baler siguió como si estos acontecimientos no hubieran sucedidos. Su aislamiento, el desconocimiento de los acuerdos y el valor de sus hombres les llevaron a seguir defendiendo desde la iglesia del pueblo lo que ellos consideraban su sagrado deber de defensa del territorio español. En abril, a petición de las autoridades militares españolas, los americanos enviaron una cañonera para conseguir la 8


liberación del destacamento de Baler, pero las tropas cayeron en manos de los filipinos. A finales de mayo fue enviado al lugar el teniente coronel Aguilar, obedeciendo las órdenes del gobernador general español, con la orden de que los sitiados depusieran su resistencia y le acompañaran a Manila, pero no le creyeron y tuvo que marcharse dolorido y sin conseguir su objetivo. La verdad la encontraron al ojear uno periódicos dejados por el mismo Aguilar en la iglesia del pueblo y comprobar que España ya no ostentaba la soberanía de Filipinas, no teniendo sentido seguir resistiendo en la iglesia del pueblo. El día 2 de junio de 1899 el destacamento español se rindió dando fin a 337 días de asedio. Cuenta la historia –y así ha sido recogida en numerosos estudios– que las autoridades filipinas aceptaron las condiciones honrosas de la capitulación y permitieron el paso de los hombres del destacamento hasta llegar a Manilas y que hasta el mismo presidente filipino Aguinaldo emitió un decreto en el que exaltaba su valor. Poco más tarde, los pocos supervivientes que quedaban, enfermos y desnutridos pero orgullosos de su defensa, fueron repatriados a España, entrando por el puerto de Barcelona en donde fueron acogidos por las autoridades militares, civiles y por el mismo pueblo como verdaderos héroes. Fueron los últimos de Filipinas –así serán recordados para siempre y así los recordamos hoy nosotros–, los últimos soldados de una España Imperial que había dominado al mundo durante cuatrocientos años, dejando en cada sitio muestras de su valor frente al enemigo, su entereza para superar las adversidades y el generoso desprendimiento de sus propias vidas.

Dibujo idealizado de la fortificada Iglesia de Baler

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El sitio de Baler.- Baler era una pequeña población de unos mil setecientos habitantes en los momentos del enfrentamiento militar, capital de una de las provincias en que había sido dividida en 1818 la isla de Manila. Había sido fundada por los misioneros franciscanos en el año 1609, 37 años después de que el explorador Juan de Salcedo la explorase por vez primera. Al frente del distrito se encontraba un comandante político-militar, con residencia en el mismo Baler, puesto desempeñado por un capitán del ejército, como lo fuera el caso del capitán Enrique de las Morenas y Fossi. En el año de 1897 el pueblo se componía de una iglesia con residencia para el párroco, la casa del comandante y barracones para la tropa, además de las habituales viviendas de los habitantes del poblado. El destacamento permanente lo formaban una guarnición al mando de un cabo de la Guardia Civil y cinco números, normalmente filipinos. La actual población había sido reconstruida en 1735 unos cientos de metros más alejados de la primera población, con el objetivo de defenderla de los fenómenos atmosféricos que en más de una ocasión había puesto en apuros a sus habitantes. El edificio principal, la iglesia, era una construcción de sólidos muros de piedra y argamasa, capaz de enfrentarse a las inclemencias del tiempo, aparte de ser el centro religioso y social de la vida diaria. Los hechos tal y como se desarrollaron.- Para poder explicar y justificar el asedio sufrido por las tropas españolas en Baler tenemos que regresar a finales de agosto de 1897, cuando el capitán Antonio López Irisarri comandante político-militar de El Príncipe, preocupado por las noticias de contrabando de armas para los insurgentes solicitó ayuda para reforzar la seguridad de la zona, recibiendo un número de 50 soldados del Batallón Expedicionario de Cazadores número 2, soldados bregados en las luchas de Cavite quienes venían, al mando del teniente Mota, de ocupar la localidad de Aliaga, cercano a Baler, a la que llegaron después de atravesar Sierra Madre.

Los negociadores de la paz de Biak-na-Bató con Aguinaldo sentado a la derecha

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Cuando la noticia llegó a oídos del dirigente Aguinaldo en Biak-naBató, ordenó a sus hombres atacar al destacamento, aprovechando para ello los numerosos apoyos que tenía desde dentro de la población. La noche del día 3 al 4 de septiembre comenzó el ataque aprovechándose de la oscuridad y del relajamiento de la cansada tropa que había sido dividida y distribuida en los pocos alojamientos decentes con que disponía la ciudad, causando numerosas muerte entre los soldados y robando armas y munición de los acuartelamientos. Entre las numerosas muertes se encontró la del Teniente Mota, debido según se comenta al dispararse su propia arma creyendo que todo estaba perdido y en manos de los revoltosos, no deseando una rendición que les deshonraba. El resultado verdadero de la fatídica noche: la muerte del teniente y de seis soldados del destacamento español a los que hay que añadir nueve soldados más heridos de diferente consideración, nueve soldados desaparecidos (posteriormente fueron capturados y fusilados), un sargento y el cabo de la Guardia Civil, así como el párroco del pueblo. Cuando la noticia de los graves acontecimientos llegaron a Manila, el mando militar dispuso el envío de un destacamento de cien hombres del Batallón de Cazadores n.º 2 al mando del capitán Jesús Roldán Maizonada que llegaron a Baler a bordo del transporte Cebú el 16 de octubre, comenzando desde el primer momento de su llegada los enfrentamientos con los rebeldes que les esperaban y que les disparaban con el armamento robado la noche del pasado día 3.

Esquema del cerco de Baler

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Ya hemos señalado anteriormente que una vez apaciguadas las revueltas de los revolucionarios tagalos con la firma del Pacto de Biakna-Bató, los días 14 y 15 de diciembre, promovida por el mismo capitán general Primo de Rivera que había negociado con el líder Aguinaldo, las autoridades españolas consideraron necesario reemplazar a los cuatrocientos soldados del destacamento, enviando un retén de cincuenta soldados voluntarios venidos desde Manila, entre los que se encontraba el 2º Teniente don Saturnino Martín Cerezo, el 2º Teniente Juan Antonio Zayas, un oficial médico, tres sanitarios, el párroco de Baler a quien se les unió posteriormente dos religiosos franciscanos venidos del pueblo cercano de Casigurán, y todos ellos bajo el mando del capitán comandante Enrique de las Morenas y Fossi. En total, cincuenta y siete militares y tres religiosos, de los que desertaron en las primeras escaramuzas seis miembros y murieron otros dieciseis, entre los que se encuentra el propio párroco del lugar y el capitán-comandante que murió en el sitio de Baler por una enfermedad desconocida que arrastraba desde tiempos anteriores a su venida y agravada por el beriberi. Es decir: que después de los enfrentamientos durante el terrible asedio de 337 días solamente sobrevivieron 38 personas. Tampoco tuvo suerte el 2ª Teniente Juan Alonso Zayas quien fue destinado a Baler en 1898 al mando del destacamento de los cincuenta soldados y en donde perecería víctima de la misma enfermedad tropical al poco tiempo del asedio de su tropa.

Fotografía de los supervivientes de Baler, una vez en Manila

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El 2º Teniente Saturnino Martín Cerezo era el segundo al mando del destacamento de Cazadores destacado el Baler y el verdadero protagonista de los acontecimientos que a continuación se describen y que llenarían infinidad de páginas en los periódicos nacionales, así como la admiración y el respecto de sus superiores militares. Habían llegado a Baler el día 12 de febrero de 1898 en el vapor Compañía de Filipinas, con provisiones para cuatro meses, junto con el supervisor provisional del Cuerpo Médico (con grado de teniente) Rogelio Vigil de Quiñones y el padre franciscano Gómez Carreño, párroco de Baler que había sido hecho prisionero en el ataque en el que murió el teniente Mota y liberado por el acuerdo de Biak-na-Bató, recuperando su parroquia, a las órdenes del capitán Las Morenas quien llegó en unas condiciones físicas lamentables al destacamento, al punto de que tuvo que ser llevado en parihuelas desde el barco; tan lamentables que poco tiempo después fallecería de la enfermedad tropical llamada beriberi, como antes lo había hecho el teniente Juan Alonzo Zayas, dejando la guarnición a las órdenes del único oficial que quedaba, el teniente extremeño Martín Cerezo, quien desde el primer momento y dándose cuenta del peligro que suponía el encontrarse aislado de toda ayuda y suministro, tanto de comida como de municiones, mandó cercar con trincheras el acuartelamiento y la iglesia, como también proteger el único punto de suministro de agua que era el río que circundaba la población.

Fotografía del tratado de París por el que España perdía Filipinas

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Era el momento en que en aguas cubanas un accidente provocado por las mismas fuerzas americanas en el acorazado Maine el 15 de febrero, iniciara la guerra entre España y Estados Unidos el 25 de abril, con la pérdida de la colonia española siempre apetecida por los americanos, quienes comenzaban a ser una gran potencia militar. La frágil paz conseguida unos mese antes con los nativos del lugar que había hecho que el dirigente Aguinaldo tuviera que marcharse de la isla, se rompió cuando los grupos revolucionarios, ajenos también a los acontecimientos políticos y militares que se estaban desarrollando en otros lugares del mundo de los que ellos mismos eran protagonistas segundarios, se enteraron de la fragilidad del destacamento de Baler, muy alejado de Manila por la orografía de la isla y sin posibilidades de ayuda inmediata en caso de ataque. El 27 de abril de 1898, la flota estadounidense de la Zona Asiática abandonó su guarida de Hong Kong hacia Filipinas para llegar a la bahía de Manila el 1 de mayo derrotando a la débil flota española al mando del almirante Montojo, destrozándola en su totalidad. Al día siguiente, 2 de mayo, la guarnición y plaza de Cavite se rindieron a las fuerzas americanas significando el fin de la presencia española en Filipinas. El 19 de mayo, el líder Aguinaldo volvió a Filipinas en un barco americano para ponerse al frente de la revolución de las islas, en la que sólo quedaban reducidos destacamentos de tropas españolas, sin conexión unos con otros y sin suficientes suministros necesarios para su resistencia. Los pocos destacamentos que no fueron superados o invitados a rendirse se replegaron hacia Manila que quedó definitivamente aislada por tierra y por mar el día 1 de junio, a la espera del ataque final de los americanos –por una parte– y de los revolucionarios de Aguinaldo, quien previamente había declarado la independencia filipina el 12 de junio, sin saber que los destinos del archipiélago ya estaba decidido por el general Merritt, jefe del VIII cuerpo americano encargado de la conquista de Manila.

Los supervivientes de Baler a su llegada a Barcelona

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A Baler llegaron las noticias del inicio de la guerra contra los Estados Unidos y de la derrota de la flota española en Cavite a finales de mayo, pero desde ese momento quedó completamente aislado, ya que las traiciones de los lugareños que se habían declarado amigos de los soldados hicieron que los distintos correos enviados fueran interceptados por los hombres de Aguinaldo. El 26 de junio, ante la sorpresa de los militares españoles, la población comenzó a abandonar la población, poniendo en guardia a los soldados ante un próximo ataque, a lo que se unión la deserción de tres soldados seguramente comprados por los insurgentes. Martín Cerezo, ante la presente situación, decidió atrincherarse en la iglesia del lugar, único edificio que podía soportar los rigores de un asedio y en donde las provisiones tenían garantizada su conservación. El día 28 Martín Cerezo salió de patrulla con 14 hombres, mientras que los soldados que no estaban de guardia recorrían las casas del pueblo y se llevaron las tinajas con agua que en ellas quedaban. Al día siguiente, una nueva patrulla salió de observación produciéndose la deserción de otro soldado. Saturnino Martín Cerezo, viendo lo que se le venía encima, aislado y sin posible ayuda del exterior, mandó tirar parte del convento y encerrar en el corral cuantos animales domésticos se consiguieran, entre ellos los caballos de la guarnición, para poder tener carne en caso de necesidad. El día 30 la patrulla mandada por el mismo Martín Cerezo fue emboscada y la ribera del río y tuvieron que regresar a la iglesia con el cabo García Quijano herido en un pie. Fue el inicio del asedio a la iglesia.

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El asedio (1 de julio de 1898, 2 de julio de 1899).- Sería prolijo enumerar tantos y tantos acontecimientos, sufrimientos, hechos valerosos, heridos y muertos como sucedieron en los días que las tropas españolas fueron cercadas por las fuerzas revolucionarias y que mejor que en estas cortas notas están muy bien detalladas en las memorias del mismo Martín Cerezo, tituladas El cerco de Baler, pero vamos a resumir todo cuanto podamos algunos momentos heroicos que entre los muros de la iglesia se dieron y que nosotros no queremos queden en el olvido. El primer día de asedio, con la tropa ya acantonada en la iglesia, los españoles encontraron una nota de los rebeldes en la que le conminaban a rendirse y les advertían de que contaban con tres compañías para el asalto final: Estais rodeados, los españoles han capitulado, evitad el derramamiento de sangre… Si bien a lo primero no estaban dispuestos, sí creyeron lo del número de efectivos que les acosaban, por lo que Martín Cerezo, en previsión de un largo asedio decidió construir dentro del convento un pozo para el suministro de agua, como así sucedió y en abundancia suficiente como para no temer en el tiempo.

Soldados españoles prisioneros de los americanos

En los días que siguieron a este primer momento son de una comicidad que demuestran cómo en la misma guerra y con enemigos duros, toscos y dispuestos a matarse entre sí, hay sitio y tiempo para la caballerosidad de los soldados de una época hoy impensable. A parte de las numerosas notas pidiendo la rendición de los soldados españoles, el jefe guerrillero, como muestra de buena voluntad les mandó una cajetilla de tabaco y la suspensión de hostilidades durante un tiempo para que pensaran despacio lo que se les ofrecía, que no era otra cosa que el 16


respeto a la vida de todos los acuartelados y su consideración como soldados. A esta propuesta se les contestó con otro detalle que desde la distancia del tiempo causa admiración: la nota decía que tenían suficiente provisiones para resistir, mandándoles a la vez una botella de vino de jerez. A partir de ese momento los combates se reanudaron con el mismo encono que días antes.

La iglesia de Baler en la actualidad

El hostigamiento al que fueron sometidos días y noches fue muy intenso aunque inefectivo. El 18 de julio resultó herido de bala el cabo Julián Galvete, muriendo días más tarde, convirtiéndose en la primera baja por fuego enemigo de la guarnición, al mismo tiempo que seguían llegándoles peticiones de que se entregaran a los insurrectos y poder así salvar sus vidas. Como no contestaban a las misivas, días más tarde recibieron al última del capitán Calixto Villacorta, jefe de los revolucionarios, en la que de manera poco cortés les comunicaba: No tendré ninguna compasión de nadie y haré responsable a los oficiales de cualquier fatalidad que pueda ocurrir, a la que se le contestó en estos términos: Nos une la determinación de cumplir con nuestro deber, y deberás comprender que si tomas posesión de la iglesia, será solamente cuando no haya nada en ella más que los cuerpos muertos. La muerte es preferible a la deshonra. Enfadados por la respuesta, estuvieron todo el día y la noche disparando contra los atrincherados, que no respondían al fuego par así economizar municiones en la espera de un asalto general, hasta que los asaltantes comprobaron que era inútil seguir disparando y prefirieron continuar con el asedio. A finales de julio llegó a la isla de Luzón el general americano Merritt junto con las fuerzas del VIII Cuerpo del Ejército con el fin de 17


conquistar la posición. El día 31 del citado mes, fecha oficial del primer ataque estadounidense a Manila, los rebeldes que cercaban Baler y que habían recibido ayuda militar de los estadounidenses comenzaron a bombardear la posición causando daños al edificio, pero sin causar bajas entre los soldados españoles. Para más preocupación entre la tropa, el día 3 de agosto desertó el ayudante de Martín Cerezo quien dio amplia información a los rebeldes de las condiciones en las que se encontraban los hombres del interior y de sus pertenencias, intensificándose los ataque en aquellos puntos que consideraron más débiles y faltos de hombres en su defensa. Curiosamente, Caldentey, que así se llamaba el ayudante desertor que había intentado con este desdichado gesto salvar su vida, moriría en el primer ataque a la iglesia defendida por sus antiguos compañeros.

Imagen de dos rebeldes con sus pertrechos de guerra

El día 7 de agosto, 20.000 soldados americanos cercaban la ciudad de Manila y el general Merritt enviaba un ultimátum al gobernador general de Filipinas, Fermín Jaúdenes, dándole un plazo para su rendición, que si bien en un principio éste se negó a aceptar, sabiendo de la cercanía de la flota americana y de la imposibilidad de hacerle frente, decidió rendirse a los norteamericanos el día 13, pero no a los filipinos. Ni vencedores ni vencidos supieron en esos momentos que el día anterior se había firmado un protocolo en Washington por el que se establecía el alto el fuego entre España y Estados Unidos, disponiendo que Manila debiera quedar en manos estadounidenses hasta que en dicho tratado se estableciese el destino de las Filipinas. Mientras tanto, ajenos a lo que a su alrededor se cocía y en que estaba el destino de los territorios por lo que ellos luchaban, en Baler seguían las escaramuzas diarias con el fin de doblegar la firme resistencia de los soldados españoles. 18


Una más que sugerente portada de la revista americana

El día 15 de agosto los soldados filipinos hirieron a otro soldado español, Pedro Planas, pero los ánimos de los atrincherados seguían siendo muy altos. Pocos días después fueron enviado a parlamentar los párrocos de dos localidades cercanas que habían sido arrestados por los insurgentes, llevando la siguiente nota: Emilio Aguinaldo está al frente de la revolución. Bajo sus acertadas órdenes opera un numeroso ejército, bien armado y mejor municionado. Al empuje de los soldados filipinos no saben resistir los españoles, más soberbios y arrogantes que valientes. Casi todos los destacamentos están ya en nuestro poder y sus hermosos fusiles en nuestras manos. Manila no ofrece ya más resistencia que la de un palomar a los ataques de los animales carnívoros. Los americanos nos han dado algunos cañones y si fuese necesario vendrán aquí los vapores que les pidamos para bombardear ese fuerte que los españoles creen inexpugnable. Y entonces ¡ah!, entonces morirán todos entre las reinas. Si alguno consigue escapar de la catástrofe, será pasado a cuchillo. No será ya tiempo de perdón; pero ahora aún es tiempo. Si se entregan serán tratados como caballeros. La respuesta se la dieron los dos sacerdotes que prefirieron unir sus destinos a los defensores de la iglesia. Naturalmente que el panorama que se pintaba para Filipinas era muy diferente a lo que los propios rebeldes creían: los americanos no estaban por la labor de acometer una campaña de guerra contra los españoles con el sólo propósito de liberar y darle en propiedad el archipiélago a sus habitantes. Estados Unidos, que ya comenzaba a ser 19


una gran potencia económica y militar necesitaba abrir sus fronteras y añadir nuevas tierras a su recien comenzado imperio comercial, por lo que no pensaba entregársela a sus naturales dueños.

La situación del sitio de Baler se fue complicando con el paso de los días. A la tensión por el continuo atosigamiento de las fuerza rebeldes que impedía el normal aprovisionamiento de los puestos de guardia hay que sumar las primeras muertes por enfermedad de los sitiados. El día 25 de agosto muere el padre Gómez Carreño, párroco de la iglesia, como consecuencia de la enfermedad tropical del beriberi, y el día 30 murió otro soldado a causa de disentería, mientras seguían llegando a cuentagotas las noticias de la caída de Manila, así como la rendición de algunas guarniciones cercanas, aunque no las creyeron, porque pensaban que eran estrategias de los filipinos para engañarles y conseguir su rendición. El día 9 de octubre se produjeron dos nuevas bajas por la enfermedad del beriberi y el 18 cayó enfermo el doctor Vigil y murió de la misma enfermedad el teniente Alonso Zayas, quedando el teniente Martín Cerezo al mando del destacamento, ordenando desde el primer momento y para no facilitar la propagación de la enfermedad que les estaba diezmando, abrir nuevas vías de respiración en los muros, sin que ello disminuyera su seguridad, medida que no resolvió el problema ya 20


que la mayoría de la tropa estaba enferma y debilitada, teniendo que hacer guardias de pocas horas con el fin de recuperar fuerzas. Lo que no conseguían los rebeldes lo conseguía diariamente la enfermedad que a estas alturas segaba diariamente la vida de los valientes soldados quienes improvisaban todo tipo de remedios para eludirla, como el de fabricar calzado con suelas de madera para evitar la humedad que los debilitaba. Tres soldados más murieron en pocos días y otros cuatro en la primera quincena de noviembre, a los que hay que añadir la baja por grave herida de bala de otro soldado más, en un goteo que iba dejando indefenso algunos lugares de la fortificada iglesia. El 22 de este mes muere el capitán Las Morenas, quien enfermo de gravedad desde su llegada a Baler por la misma enfermedad, ha resistido valientemente el asedio y no ha dado crédito a los llamamientos que desde fuera se le hacían. Martín Cerezo queda como máximo responsable con 35 soldados, un corneta y tres cabos, casi todos ellos enfermos. Apenas quedaban víveres pero sí municiones para resistir.

La iglesia de Baler antes del sitio

Cuanto más arreciaban los problemas más importante fueron las soluciones sicológicas tanto para desconcertar a los enemigos como para hacer crecer los ánimos de los sitiados. Buen conocedor de los ánimos sus hombres, Martín Cerezo obligaba a los soldados que estaban libres de servicio a organizar fiestas ruidosas con música y gritos de alegría, con lo que rompía la moral de los sitiadores que no comprendían que hombres al límite del esfuerzo humano pudieran estar festejando la situación. Por otra parte, de nuevo vuelve a repetirse la heroicidad que en el asedio de de Cascorro, en Cuba, protagonizó el cabo Eloy Gonzalo: los insurrectos fueron cercando el sitio y atrincherándose en torno de la ciudad con el fin de poder disparar desde distancias muy cercanas a las posiciones enemigas sin ningún tipo de peligro para ellos. En uno de estos puestos los sitiadores habían colocado pequeños cañones facilitados por los estadounidenses que fácilmente podrían haber destruído parte de la iglesia, por lo que un par de soldados, Juan 21


Chamizo Lucas y José Alcalde Bayona se prestaron para, en el momento en que cesaran los disparos y protegidos por los disparos desde la retaguardia, salir a descubierta e intentar destruir el puesto desde donde se les disparaba, cosa que consiguieron milagrosamente, regresando sanos y salvos al interior de la iglesia. Muy lejos del lugar, la República Filipina se iba dotando de los medios necesarios para constituirse en un Estado. El 15 de septiembre se redactó una constitución que fue ratificada el 29 de noviembre, ignorando las autoridades filipinas que un día antes, el 28, los representantes españoles en París habían aceptado el ultimátum estadounidense y acordaban ceder Filipinas a los Estados Unidos.

Saturnino Martín Cerezo, ya anciano, con el uniforme de general.

Pero la muerte no descansaba en su diaria siega de vidas en un puesto tan alejado de estos factos políticos. El día 8 de diciembre moría un nuevo soldado contagiado del beriberi y nuevamente la psicología de su oficial superó la inquietud y el miedo a la contaminación de la tropa. Martín Cerezo ordenó la celebración de una nueva fiesta con un modesto banquete, ya que era el día de la Inmaculada Concepción, festivo en España, en el que se sirvieron buñuelos, una lata de sardinas por individuo y café, que sirvió para levantar el ánimo de los soldados. El día 10 de diciembre se firmaba en la capital francesa el tratado por el que España renunciaba a la soberanía sobre Cuba y cedía a Estados Unidos sus territorios de Puerto Rico, Guam y Filipinas, dándose por finalizada la guerra entre ambos países, pagándose por esta última la cantidad simbólica de 20 millones de dólares. Uno de los puntos esenciales fue el de encargar a los Estados Unidos el gestionar la libertad de todos los prisioneros españoles en poder de los insurrectos de Cuba y Filipinas.

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En Baler todo seguía como siempre si es que nó peor cada día. La necesidad de alimentos obligó a los sitiados a hacer salidas y recoger los frutos que crecían en las cercanías de la iglesia como eran las calabazas y frutas frescas. Solamente contaban con el valor de los hombres y la sorpresa de concentrar el fuego en un solo lugar mientras que otros 14 soldados salían por un hueco en el muro de la iglesia. El éxito fue contundente. Al logro de los alimentos frescos se unió la destrucción por medio del fuego de los pabellones cercanos y de las casas de los lugareños que les cercaban, por lo que libres de agobios pudieron abrir las puertas de la iglesia y liberar el aire contaminado de tantos días de encierro sin tener ninguna baja. La aportación de frutas frescas alivió considerablemente la incidencia del beriberi. La momentánea buena situación a partir del golpe de efecto permitió a los soldados hacer un pozo negro que mejoró considerablemente las condiciones sanitarias, así como reforzar en lo posible los techos de la iglesia dañados por los disparos de cañón de los rebeldes. Mientras se producían estos sucesos, a Manila llegó la falsa noticia dada por el sanitario filipino que había desertado, de que el puesto de Baler había claudicado el 23 de octubre, cosa que tuvo que desmentir el capitán Roldán, quien supo hacia el 25 de diciembre que los Cazadores seguían resistiendo. Otra nota que podríamos llamar graciosa si no fuera porque formaba parte de una estrategia bélica de disuasión fue la colocar a la vista de los soldados mujeres nativas medio desnudas para obligar a los encerrados a salir y cazarlos como conejos. Martín Cerezo, en sus memorias nos dice que: la situación lamentabilísima en la que vivíamos quitábale su poder al “reclamo femenino”, nos guardaba muy bien contra la sensualidad y sus deseos”

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El día 21 de diciembre se produce la famosa proclama del presidente de los Estados Unidos anunciando el deseo americano de proclamar la soberanía no sólo con la capital, Manila, sino de todo el archipiélago filipino, anulando los deseos de los políticos locales que ya habían redactado y refrendado una nueva constitución, siendo el inicio de la nueva guerra con las fuerzas norteamericanas. El día 23 del mismo mes llegan al sitio de Baler el destacamento encabezado por el coronel filipino Villacorta acompañado por el capitán español Belloto con el fin de parlamentar con los soldados españoles, una vez que la guerra entre Estados Unidos y España ha finalizado, pero de nuevo se encuentran con la resistencia de los atrincherados a creer lo que le cuentan los enviados. En esta situación de peligro y de incertidumbre ante los acontecimientos que se viven en el lugar y las noticias que llegan del exterior llega la Nochebuena, que será celebrada con una improvisada fiesta con algunos instrumentos musicales encontrados en la iglesia que habían pertenecido a la banda municipal, una ración extraordinaria de calabaza, dulce de cáscara de naranja y café.

Para final del año de 1898 se había agotado el arroz y tuvieron que recurrir al palay (parecido al centeno) comprado por el fallecido párroco García Castaño, que tuvo que ser descascarillado grano a grano, al mismo tiempo que se reducían las raciones, siguiendo con la misma intensidad la presión de los rebeldes filipinos, lo que acarreó el que otro soldado fuera herido de bala. El 1 de febrero de 1899, el general De los Ríos, gobernador general de Filipinas, envió al capitán de infantería Miguel Olmedo a Baler con la orden de que se rindiesen, llegando al lugar dos semanas vestido de paisano junto con dos acompañantes, cuando ya había estallado la guerra 24


Filipina-Estadounidense que tuvo su inicio el día 4, y en los días en que los americanos dispararon y mataron a varios soldados filipinos. El día 13 de febrero se produjo la última muerte en Baler a causa del beriberi en la persona de un soldado. Un día después, llegó a parlamentar el capitán Olmedo quien traía órdenes expresas para el capitán Las Morenas. Martín Cerezo no quiso comunicarle su muerte ni le permitió pasar al recinto, exigiéndole se le entregara a él la nota firmada por el general De los Ríos, como así se hizo por parte del capitán, en el que se les ordenaba abandonar la plaza, dado que España había cedido la soberanía de las islas a los Estados Unidos. La nota decía: Habiéndose formado el tratado de paz entre España y los Estados Unidos, y habiendo sido cedida la soberanía a la última nación citada, se servirá usted evacuar la plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del tesoro, ciñéndose a las instrucciones verbales que de mi orden le dará el Capitán de Infantería don miguel Olmedo y Calvo.Dios guarde a usted muchos años.- Manila, 1º de Febrero de 1899.Diego de los Ríos.

Croquis del lugar de los hechos

Martín Cerezo no le creyó considerando que el parlamentario no era capitán con las órdenes del general De los Ríos, sino un insurrecto o un desertor con la misión de confundirles. Para evitar nuevos parlamentos los sitiados comenzaron a disparar sobre quienes se acercaban para recabar noticias, regresando el capitán Olmedo a Manila sin haber 25


conseguido ningún avance. Martín Cerezo consideró que, de acuerdo con las ordenanzas militares, en situación de guerra la ejecución de órdenes escritas de rendir una plaza provenientes de un superior no debía hacerse hasta comprobar fehacientemente la autenticidad de dichas órdenes, si era posible, una persona de confianza que las confirmara. La llegada de Olmedo a Manila confirmó la noticia de que habían asesinado a La Morena y temían el juicio militar.

La situación de encierro y sufrimiento había llegado a extremos preocupantes a finales del mes de febrero. Un soldado fue denunciado por otro compañero de querer desertar, descubriendo que ésta que no era una situación personal sino que varios hombres más estaban dispuestos a unirse a los insurrectos filipinos con el fin de salvar la vida. Ante la gravedad de los hechos Martín Cerezo no ordenó una ejecución sumaria por traición, pero mandó encarcelar y encadenar a los desertores, tomado buena nota de lo que a su alrededor se venía cociendo entre sus hombres. La escasez de alimento agudizó de nuevo la inteligencia de los encerrados, cuando en una noche de guardia divisaron un carabao (especie de bisonte que los naturales habían traido para su consumo) y lo cazaron a tiros, teniendo carne fresca para unos días, aunque la falta de sal y el calor estropearan rápidamente la carne. Lo intentaron en días posteriores y repitieron la hazaña, pero los rebeldes alejaron de las posiciones el ganado, evitando nuevas capturas. Aún así la carne y la piel de lo conseguido permitió un respiro utilizando el cuero para hacer nuevos calzados así como las sábanas de la enfermería para confeccionar 26


ropa de vestir, dada la lastimosa situación en que se encontraban los soldados referente a la vestimenta. El 19 de marzo la reina María Cristina ratificó el Tratado de París, mientras los soldados de Baler descascarillaban los últimos granos de palay y Martín Cerezo, con el fin de tener a la tropa ocupada, ordenó abrir trincheras cercanas a las casas fortificadas por los rebeldes, sorprendiendo a sus ocupantes y causándoles varios muertos ante la sorpresa de los mismos que no se habían percatado de los trabajos hechos en el más total de los silencios.

Soldados rebeldes en misión de entrenamiento

El 8 de abril se les acabó el tocino, las alubias y el café, por lo que no le quedaba a los sitiados más remedio que rendirse o morir de inanición. Martín Cerezo pensó que eso significaría un deshonor, además de tener que confiar sus vidas a los furiosos sitiadores y desertores que les odiaban, por lo que optó por seguir resistiendo hasta el final de sus vidas. Por esos días las autoridades españolas que seguían en Filipinas y el arzobispo de Manila se dirigieron a las autoridades estadounidenses para pedirles que acudieran a Baler y consiguieran la rendición, pensando que si éstos no lo hacían con los filipinos por cuestiones de honor militar sí lo harían con el ejército norteamericano, para lo que desplazaron la cañonera Yorktown que se movía por aquellas aguas para impedir el contrabando de armas. El día 11 de abril llegaron a las cercanías del lugar y parlamentaron con los rebeldes el poder acercarse a la iglesia cercada, pero no tuvieron seguridades de que se respetaran sus pretensiones por lo que se retiraron sin poder hablar con los sitiados que 27


habían escuchado sus salvas desde el barco y que creían venían a rescatarlos.

Al día siguiente y como medida persuasoria mandaron una patrulla de reconocimiento con una potente ametralladora para inspeccionar la zona pero fueron atados en una emboscada por los rebeldes resultando muertos dos marineros, otros heridos de gravedad y el resto hecho prisioneros. Por su parte los españoles, que habían escuchado los disparos, creyeron que era el final de su agonía y gritaron de contento pensando en su próxima liberación. Martín Cerezo ordenó a sus hombres que hicieran fuego con sus fusiles para señalar a sus salvadores que seguían vivos y defendiendo la posición y evitar que desistieran en su empeño. Pero a la mañana siguiente comprobaron que el barco había abandonado la zona, aunque el resto de la patrulla atacada por los insurrectos que pudieron llegar y embarcar nuevamente en la cañonera habían oido los disparos de los asediados y comprobar que seguían con vida. Aunque los rebeldes utilizaron a los soldados estadounidenses para tenderles una nueva trampa a los españoles, éstos no consintieron aprobar lo que se les proponía, logrando una vez más salvar la situación a la espera de un nuevo acercamiento de fuerzas amigas. El día 8 de mayo cayó una bomba en el baptisterio donde se encontraban encarcelados los tres soldados que intentaron desertar, siendo heridos leves y siendo cuidados por los servicios médicos; en un momento de despiste huyó el llamado Alcaide que desde ese momento y movido por el odio a sus antiguos compañeros informó concienzudamente de la situación de los atrincherados, de sus avituallamientos y falta de recursos para pode resistir mucho tiempo, 28


atreviéndose a disparar contra la iglesia uno de los cañones que hizo blanco sobre los muros, haciendo grandes desperfectos. El día 19 murió otro soldado a causa de la disentería, mientras que los insurgentes filipinos alternaban los ataques con los intentos de convencer a los sitiados de que la guerra entre ellos había terminado y que el nuevo enemigo eran los Estados Unidos.

La situación de peligro llegó a ser tan acusada que en la noche del 28 al 29 los asaltantes lograron abrir una ventana tapiada en el muro dejando al descubierto el pozo de agua del patio. Martín Cerezo se percató del peligro que ello suponía para su subsistencia y con un grupo de soldados, bajo el fuego enemigo, logró momentaneamente volver a tapar el agujero y con ello volver a la seguridad del resguardo de los muros. Como no querían gastar municiones y ante la cercanía del enemigo al otro lado de la pared utilizaron agua caliente para disuadirlos, cosa que lograron con gran enfado de los asaltantes que se consideraron agraviados y burlados cuan gallos en remojo. El ataque se saldó con la considerable cifra de 17 bajas enemigas por ninguna de los defensores. Unas horas después del ataque, los sitiadores hicieron sonar una corneta ondeando una bandera española. Martín Cerezo aceptó parlamentar, presentándose en la iglesia un militar español uniformado, resultando ser el teniente coronel de Estado Mayor Aguilar, que había sido comisionado por el general Del Río, gobernador general de filipinas, quien había recibido la misión de convencer al destacamento de Baler para que depusiese su actitud y retornase con él inmediatamente a Manila. Aguilar se identificó como militar español preguntando si alguno de los sitiados había servido en Mindanao, puesto que así le 29


reconocerían y proporcionando sus credenciales. Nadie le conocía, comunicándole a Martín Cerezo las órdenes que traía del general Del Río. Martín Cerezo desconfió de él e incluso pensó que tanto Aguilar como Del Río se habían pasado al campo filipino. Aunque en el interior de la iglesia las opiniones estaban divididas, el teniente consiguió convencerlos, al señalar Aguilar que el barco que les esperaba solamente debía llevar a los hombres y no las armas y demás avituallamientos, por lo que Aguilar se dispuso a marchar no sin antes intentarlo de nuevo y ofreciendo la intervención directa del general Del Río, a lo que aceptó Martín Cerezo, quien había engañado al emisario diciéndole que tenía suministros para tres meses, cuando no quedaban en los depósitos más que una cuantas latas de sardinas, un poco de café en mal estado y muy pocas municiones. En su marcha, Aguilar dejó junto a la puerta de la iglesia un paquete de periódicos que a la postre serían los que pusieron en claro a los sitiados la verdadera situación del problema de la guerra con los Estados Unidos y la cesión de la soberanía de las islas Filipinas. Cuando marchó Aguilar puso en conocimiento de su superior lo acontecido en su viaje a Baler y éste lo remitió al general Polavieja, sin encontrar ninguno de ellos una razón para tanta obstinación por parte de unos hombres sin posibilidades de éxito. El rumor que los desertores hicieron correr por Manila fue que tanto Las Moreras como Alonso habían sido asesinados para apoderarse los hombres de Martín Cerezo de los caudales de la comandancia de El Príncipe, aunque esto no fue aceptado por parte de los superiores ni por los soldados estadounidenses que en su periódico y en español terminaban un artículo sobre el asedio con ¡Bravo! ¡Viva España!

El general Martín Cerezo con uniforme de gala

La lectura de los periódicos por parte del teniente Martín Cerezo lo puso ante la realidad lo que de otra manera negaban lo que él pensaba que eran claras evidencia de manipulación. Aún así pensó que había 30


ganado algún tiempo y que la relajación de los sitiadores por motivos de los parlamentos que se venían haciendo le permitiría sacar a sus hombres del encierro y huir al cercano bosque sin que se cercioraran de su escapada hasta la amanecida. Sin pérdida de tiempo, inutilizaron el armamento sobrante y distribuyeron las municiones que es quedaban, no sin antes fusilar a los dos prisioneros desertores, quienes murieron sin confesión al no ser avisados los misioneros del hecho. La salida se fijó para la noche del 1 de junio pero hubo que desistir porque el cielo estaba muy despejado y el peligro de ser vistos era muy grande. De la relectura de los periódicos dejados por Aguilar y relegados en un primer momento por considerarlos una falsificación, sacó Martín Cerezo una reseña que le hizo ver que las noticias eran verdaderas, dándose cuenta de que la guerra había terminado y de que no tenía sentido seguir combatiendo. La idea de huir siguió latente en su ánimo aunque consultó con el sacerdote, con el médico Vigil de Quiñones y con el resto de la tropa la conveniencia de rendirse siempre que se respetasen ciertas condiciones. Se aprobó esto último, se escribió el pliego de condiciones de rendición y ordenó izar bandera blanca solicitando la presencia del oficial responsable de las tropas filipinas. Se presentó el teniente coronel Simón Tecson y se sentaron en una mesa en la que Martín Cerezo, acompañado del doctor y de los religiosos españoles, expuso que estaba dispuesto a rendir la plaza siempre y cuando se hiciera honrosamente y se aceptaran una serie de condiciones, a lo que el oficial filipino le pidió que lo redactara y que si no había nada degradante, aceptaría la rendición y permitiría a los españoles salir con las armas hasta el borde de la jurisdición, donde deberían entregarlas.

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El escrito de capitulación dice lo siguiente: En Baler a los días del mes de junio de mil ochocientos noventa y nueve, el 2.º Teniente Comandante del Destacamento Español, D. Saturnino Martín Cerezo, ordenó al corneta que tocase atención y llamada, izando bandera blanca en señal de Capitulación, siendo contestado acto seguido por el corneta de la columna sitiadora. Y reunidos los Jefes y Oficiales de ambas fuerzas transigieron en las condiciones siguientes: Primera.- Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes beligerantes. Segunda.- Los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos pertenecientes al Gobierno Español. Tercera.- La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españolas o lugar seguro para poderse incorporar a ellas. Cuarta.- Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas.

Cabo Jesús García Quijano

337 días después de iniciarse el sitio salieron las fuerzas españolas de su encierro sin menoscabar su honor. 35 personas, incluyendo a los religiosos franciscanos habían sobrevivido al asedio. Murieron por causas varias 19 y 6 más desertaron. El día 7 de junio salieron por fin para Manila escoltados por las tropas sitiadoras haciendo el viaje a pie con el apoyo de algunos caballos, teniendo numerosos incidentes que les llevaron a pensar que lo 32


acordado no iba a ser cumplido, y siendo víctimas de numerosos robos sin que los oficiales filipinos que les acompañaban justificaran los mismos. En la ciudad de Tarlac fueron agasajados por el propio Aguinaldo quien en reconocimiento de su valor no los consideró prisioneros y les facilitó los pases necesarios para regresar a su país. El 5 de julio salieron en tren hacia Manila, teniendo que pedir permiso a las autoridades estadounidenses en su traslado por estar la ciudad ocupada por éstos, llegando el mismo día por la noche, ciudad en la que recibieron numerosos homenajes y dinero para poder cobrar una vez en España. La presencia de la proeza de Baler y los fastos promovidos en Manila oscureció la tragedia de los 9.000 soldados que aún seguían presos en manos filipinas.

Sello conmemorativo

Durante un tiempo, las sospechas sobre los sitiados en Baler fueron tomando cuerpo y el ministro de la Guerra solicitó se abriera un expediente judicial que terminó aceptando la verdad de los hechos, una vez que fueron preguntados uno a uno los soldados y del oficial a su mando. El 29 de julio la tropa de Baler embarcó en el vapor Alicante llegando a Barcelona el día 1 de septiembre, para poco después trasladarse a Madrid donde fueron recibidos por un representante de la reina María Cristina, por el ministro de la Guerra y los oficiales de la guarnición madrileña. El 9 de diciembre de 1903 el padre López exhumó los cadáveres de los soldados y del párroco muerto siendo trasladados sus restos al mausoleo de los héroes de las guerras de Cuba y Filipinas en el cementerio de La Almudena, de Madrid. En él descansan los restos del capitán De las Morenas, del padre Gómez Carreño, del teniente Alonso Zayas y los de otros 14 soldados (no los fusilados por orden de Martín Cerezo), y a la muerte de éste ya con grado de general, y del médico Vigil de Quiñones, por deseo de las autoridades militares también fueron inhumado en dicho mausoleo. 33


El teniente Martín Cerezo y el capitán Las Morenas, éste a título póstumo, recibieron en 1901 la Cruz Laureada de San Fernando, recibiendo la viuda del capitán una pensión de 5.000 pesetas anuales. En 1899 Martín Cerezo fue ascendido al grado de capitán. El doctor Vigil de Quiñones recibió la Cruz de primera clase de María Cristina y en 1980 se inauguró el nuevo hospital militar de Sevilla que recibió el nombre del prestigioso médico de la guarnición de Baler. El día 21 de de septiembre de 1899 entra en Miajadas, su pueblo de nacimiento bajo el apoteósico recibimiento de sus paisanos. El ayuntamiento cambió la calle donde nació poniéndole su nombre y abriendo una colecta para regalarle un sable como recuerdo de su pueblo. Fue nombrado hijo adoptivo de Cáceres y Trujillo y se le puso una placa en su casa de nacimiento. Murió en Madrid el día 2 de diciembre de 1945 siendo general del Ejército. Actualmente pocos conocen en su pueblo de nacimiento al valeroso militar héroe de Filipinas.

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Bibliografía: El sitio de Baler.- Saturnino Martín Cerezo. Guadalajara, 1904, 1911, 1934 y Biblioteca Nueva, 1946. La pérdida de Filipinas.- Juan Batista González. 1992. Héroes de Filipinas. (Los héroes del desastre).- Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March. 1963.

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UN SOLDADO EXTREMEÑO EN LA GUERRA DE FILIPINAS