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Abre el libro... ...haz que ocurra


Este libro está inspirado en

Elio M. Q.

Colección Nialas

Título original: El misterio de la Selva Imaginada Primera edición en Febrero de 2015 Texto: Eva Pérez Rodríguez Ilustraciones: Olalla Ruiz © LOS CUENTOS DE TRAGAMANZANAS Manzanares el Real, Madrid Teléfono: 91/140 92 17 editorial@tragamanzanas.com www.tragamanzanas.com

Impreso en Madrid, España Déposito Legal: M-12002-2015 ISBN: 978-84-944467-2-7 El papel que usamos en nuestros libros procede de bosques gestionados para la sostenibilidad.


Olalla Ruiz

Eva PĂŠrez

El misterio de la

Selva Imaginada

Tragamanzanas


Existe un lugar remoto al que no se puede llegar andando, ni en globo, ni en barco, ni siquiera en nave espacial. Es la Selva Imaginada.

Todos los días, antes de ir a dormir, los animales de esta selva visitan al león, que reparte tareas entre ellos para que puedan descansar felices. La Selva Imaginada la pueden visitar los niños cuando duermen profundamente.

–A ti, tigre –dice el león por la noche–, te encargo vigilar la sabana para que esté todo en orden cuando salga el sol.


“Vosotros, los monos, tenĂŠis que cuidar de los ĂĄrboles mientras duermen. Y vosotros, flamencos, os encargo cuidar de la laguna, que por la noche es un espejo en el que la luna y las estrellas se reflejan.


Un atardecer de un frío mes de febrero, una cebra llegó corriendo del bosque muy alarmada: –¡Señor león, señor león! A mi hijo le pasa una cosa rara. Todos los animales fueron a verla y se sorprendieron mucho de su aspecto: –¿Dónde están sus rayas? –preguntó el aguilucho. –¡El hijo de la cebra ha perdido sus rayas! –corearon los babuinos. –¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó un armadillo. –¡Qué misterio! –exclamó el ñu. –Es que mi hijo es una cebra traviesa... –dijo su madre –Las perdería jugando.


–Necesitamos un explorador –afirmó el elefante–. Un explorador humano. ¿Qué niño conocemos que nos pueda ayudar? Y no valía cualquier niño, pensaron los animales, debía ser uno que durmiera profundamente. Uno que no tuviera miedo al cocodrilo ni al león. Un niño que aunque viera una tarántula subiéndole por una pierna, no se asustara. –Será mejor llamar a Elio –opinó el elefante. Todos los animales comenzaron a cantar para que Elio se durmiera pronto y pudiera ayudarlos:


Asomaba la luna por el horizonte cuando Elio al fin llegó. Saludó al tigre, que es un gato gigante, también al león, al oso hormiguero, al caribú y al guacamayo. –¿Dónde están las rayas de la cebra? –preguntó Elio extrañado. –Las perdió jugando. Y no sabemos qué hacer –contestó una jirafa. –¡Seguidme entonces, vamos a buscarlas!


A Zoé, la gacela, se la encontraron durmiendo entre la hierba amarilla y seca.

Era veloz como un galgo y dos cuernos delgaditos coronaban su cabeza. –Buscamos las rayas de la cebra –dijo Elio. –Encontré una esta mañana mientras saltaba. Como eres muy amable te la voy a dar. Así tienes una raya menos que encontrar. Pero a cambio tienes que venir a jugar conmigo otro día


–¡Por supuesto que lo haré! –contestó Elio.


Caminaron después hasta unos árboles donde Álex, el leopardo, dormía. Estaba a tres metros del suelo pero no tenía nada de vértigo. Nadie se atrevía a molestarlo pues era fuerte y rápido como el que más. Solo el león le llevaba a veces la contraria. –¡Soy Elio, el explorador! El felino bostezó y enseñó sus grandes dientes afilados. ¡Daban pavor! –Necesitamos encontrar las rayas de la cebra – dijo Elio sin temblar siquiera un poquito. –No vi ninguna por estas alturas. Pero ya que has venido hasta aquí y no pareces temerme te voy a dar un regalo: una de mis manchas, la que tiene forma de triángulo. Es la más bonita de todas –añadió el leopardo.


Luego bajaron a la laguna donde dormía la tortuga Jana. –¡Hola!, ¿nos puedes ayudar? –preguntó Elio –La cebra perdió su traje rayado y más que una cebra ahora parece un caballo desaliñado. Como la tortuga llevaba su casa a cuestas todo lo hacía muy despacio. –No tengo ninguna raya –contestó Jana –, pero si aciertas esta adivinanza te daré algo para tu amiga la cebra:

¿Qué susurra en tus oídos sin tener cuerdas vocales, y es veloz como el pensamiento aunque no tiene piernas, ni pezuñas, ni garras, ni plumas? Elio se quedó pensando un buen rato. –Te daré otra pista –dijo la tortuga:

Sopla sin labios y canta sin voz.


–¡Ya lo sé! –respondió Elio –¡Es el viento!

–¡Enhorabuena, Elio! –dijo Jana –¡Toma, te regalo esta concha vacía de mi difunta tía Torcuata, por si te es de utilidad.


El sol iba a salir pronto y tenían que darse prisa para hablar con más animales. –Todo se soluciona con ayuda de nuestros amigos –dijo Elio–, vamos a hablar con Ada que vive río abajo. Esquivaron a los hipopótamos y sortearon a los cocodrilos saltando sobre sus lomos. Y así fueron a visitar a la nutria Ada. –Buscamos las rayas de una cebra despistada –dijeron. La nutria sabía dónde había algunas porque las había usado para hacer una presa. –Solo te puedo devolver tres, que son las que encontré en el río flotando. –Nos hacen falta más –contestó Elio.

La nutria se sumergió en la corriente y al rato regresó con un confortable manto de piel marrón: –Ya que te preocupas tanto por los animales te voy a regalar este abrigo que guardaba para el invierno.


–¡Casi no nos queda tiempo –dijo Elio mirando el horizonte –, volvamos junto a la cebra! Al salir el sol los niños que visitan la Selva Imaginada tienen que volver a sus hogares, así que a Elio le quedaba poco tiempo para acabar su misión. Volvieron todos juntos a ver a la cebra sin rayas: –¡No encontré todas las que has perdido pero tengo una buena noticia! ¡Los animales nos han ayudado y me han dado muchas cosas para ti! El león y su séquito se pusieron a cantar:


¡Pega allá!

¡Corta aquí!

¡Cose una pluma!


¡Pega esta mancha!

–Con todo esto haremos algo bonito –afirmó Elio.

La jirafa y la grulla también quisieron ayudar al pequeño explorador. Hasta la gran avestruz regaló dos de sus plumas a la cebra para adornar el nuevo traje. Elio dirigía a todos los animales como si fuera el rey de la selva.

¡Deprisa, deprisa, el sol está a punto de salir!


¡Tachán! Ya estaba listo el traje. La cebra que antes era a rayas de pronto tenía el atuendo más bonito de toda la Selva Imaginada. –¡Oooooh! –se maravillaron los animales. Elio podía estar muy orgulloso de su labor. Sin su ayuda nunca lo habrían logrado. –¡Muchas gracias! –le dijo el león. De este modo, la cebra despistada se convirtió en la estrella de la selva, y todos los niños que al dormir van a visitar este lugar secreto se maravillan de sus colores.


Ya salía el sol y Elio tenía que irse. –¿Cuándo vas a volver? –le preguntó el león –, hay muchas aventuras en la Selva Imaginada para un niño que no teme a las arañas, ni a los mandriles, ni a los cocodrilos, ni otros reptiles. –¡Pronto! –prometió Elio –pero ahora tengo que irme a casa. ¡Me están esperando para desayunar!


Y así termina esta historia de la cebra despistada que perdió sus rayas. Y cada anochecer todos los animales antes de ir a dormir, piden que a la selva Elio vuelva a ir… Y él se va a la cama con mucha ilusión, pues cada noche vuelve y les da un alegrón.


FIN


Querido lector,

gracias por hacer realidad esta historia.


El misterio de la selva imaginada  

La pequeña cebra ha perdido sus rayas, y los animales no saben cómo ayudarla. Por eso recurren a Elio, un niño humano que, cuando duerme pr...

El misterio de la selva imaginada  

La pequeña cebra ha perdido sus rayas, y los animales no saben cómo ayudarla. Por eso recurren a Elio, un niño humano que, cuando duerme pr...

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