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Los cuentos de Tragamanzanas


Esta historia que estáis a punto de leer es una recopilación de varios elementos de la rica mitología cántabra. Sirviéndonos de sus fantásticos seres y criaturas, hemos creado un relato que pretende mostrar parte de las leyendas que esconde la tradición oral. Para ello EL TESORO DE JUÁNCANA ha sido escrito siguiendo la estructura de los tradicionales cuentos de hadas, y orientado a aquellos niños que empiezan a dejar atrás las primeras lecturas para profundizar en el maravilloso mundo de la literatura. Con todo ello, y con la complicidad que Manuel Vaca aporta con sus magníficas ilustraciones, esperamos que disfrutéis de este cuento. Y que la literatura siga sirviendo de vehículo para mantener vivas las viejas tradiciones.

Tragamanzanas


Abre el libro... ...haz que ocurra


Este libro está inspirado en

Zoé M. Q.

Colección Nialas

Título original: El tesoro de Juáncana Primera edición en Diciembre de 2014 Texto: Sara Nicolás y Óscar Rull Ilustraciones: Manuel Vaca

© LOS CUENTOS DE TRAGAMANZANAS Manzanares el Real, Madrid Teléfono: 91/140 92 17 editorial@tragamanzanas.com www.tragamanzanas.com

Impreso en Madrid, España Depósito Legal: M-12000-2015 ISBN: 978-84-944440-9-8 El papel que usamos en nuestros libros procede de bosques gestionados para la sostenibilidad.


Manuel Vaca

Óscar Rull

Tragamanzanas

Sara Nicolás

EL TESORO DE

JUÁNCANA


H

abía una vez, en las lindes de un frondoso bosque, una aldea tan pequeña que ni siquiera tenía nombre. En ella vivía un matrimonio con sus dos hijos, Zoé y Elio. Zoé era la hija mayor y en el día que este cuento empieza cumplía seis años. Quiso la casualidad que al morder uno de los pastelillos que le habían regalado se le cayera su primer diente, y muy contenta con ello lo guardó en una cajita aceptando aquella suerte como un regalo. –Cuando se me caigan todos los dientes me haré una pulsera con ellos –se dijo. Y feliz con estos pensamientos se echó a dormir.


A media noche la despertó un extraño ruido, y al abrir los ojos descubrió a una ardilla robando su diente. Zoé se hizo la dormida hasta que la ardilla huyó por la ventana. Entonces la niña saltó de la cama, se puso su capa y echó a correr tras ella. A pesar de que temía a la oscuridad en aquella ocasión fue mucho más fuerte la curiosidad, pues no sólo quería recuperar su diente, sino también averiguar a dónde se lo llevaba la ardilla y por qué.


Corrieron durante un tiempo, hasta que llegaron a lo más profundo del bosque. –¡Déjame en paz! –exclamó la ardilla deteniéndose de pronto– ¿Quién eres? ¿Por qué me persigues? –Mi nombre es Zoé, y soy la dueña del diente que escondes bajo la cola. Te persigo para preguntar por qué me lo has robado. La ardilla se sentó sobre una piedra y respondió: –Mi nombre es Esquilu y aunque lo parezca no soy una ladrona. Si me llevo tu diente es porque me obliga el leñador. Durante años entre los dos hemos mantenido limpio este bosque: él cortaba los troncos y yo pelaba las ramas. Pero desde hace unos meses me exige que haga el doble de trabajo y mis pobres dientes se han desgastado. Es por eso que te robo el diente, porque tengo que seguir trabajando. A Zoé le dio tanta lástima el animal que quiso ayudarle. –¿Y dónde vive ese leñador? Si me lo dices iré a hablar con él. –Has de seguir el sendero hasta que encuentres una cabaña en medio de un claro. Allí lo encontrarás.


Zoé caminó hasta dar con la cabaña. Junto a la puerta encontró al leñador partiendo enormes troncos con un hacha mellada. –Buenos días –saludó educadamente–. Mi nombre es Zoé y vengo a preguntarte por qué obligas a la ardilla a cortar el doble de ramas, lo que la obliga a robarme el diente. –Mi nombre es Esteru y no es capricho mío –respondió el leñador dejando el hacha en el suelo–, es culpa de la osa de Andara, que desde hace unos meses me obliga a darle seis fardos de leña al día. Es tan duro el trabajo que a mi hacha apenas le queda filo. A Zoé le dio tanta lástima el leñador que quiso ayudarle. –¿Y dónde vive la osa de Andara? Si me lo dices iré a hablar con ella. –¿Ves el resplandor en aquella montaña? Proviene de una enorme hoguera que hay junto a una choza. Dentro la encontrarás.


Zoé subió hasta lo alto de la montaña. Allí encontró una choza. Junto a la choza una gran hoguera. Y junto a la hoguera a una enorme mujer con el cuerpo cubierto de pelo que se curaba las manos con plata y miel. –Buenos días –saludó la niña–. Mi nombre es Zoé y vengo a preguntar por qué obligas al leñador a darte seis fardos de leña, que obliga a la ardilla a cortar el doble de ramas, que viene a mi casa a robar mi diente. La mujer se echó a llorar. –Mi nombre es Bejes y no es cosa mía. Es culpa de la ojáncana que desde hace unos meses me obliga a mantener vivo este fuego. ¡Tengo las manos tan quemadas que ya apenas las siento! A Zoé le dio tanta lástima la mujer que quiso ayudarla. –¿Y dónde vive la ojáncana? –preguntó–, si me lo dices iré a hablar con ella. –La ojáncana habita en lo más profundo de esta montaña. Sigue esa gruta y la encontrarás.


Zoé siguió la gruta hasta que llegó a una amplia sala en la que encontró a una gigante de desagradable aspecto. Bajo su gran nariz y ocultando su terrible boca, surgía una espesa barba de color rojo con un pelo blanco en el centro. –Buenas tardes –dijo con valentía–. Mi nombre es Zoé y vengo a preguntar por qué obligas a la osa a alimentar el fuego, que obliga al leñador a darle seis fardos de leña, que obliga a la ardilla a cortar el doble de ramas, que viene a mi casa a robar mi diente. Con una sonrisa aterradora la ojáncana respondió: –Mi nombre es Juáncana y obligo a todos a mantener el fuego porque así lo deseo. Pero pasa, no te quedes en la puerta. Llevo un buen rato oliendo tu dulce aroma de niña y andaba ya preparando el caldero. “Imagino que debes ser muy curiosa si te has atrevido a presentarte en mi casa sin estar invitada. Y como veo que te gusta preguntar te propongo un juego: te voy a hacer tres preguntas, que espero que me respondas acertadamente. Para conseguirlo te doy tres días. Tres días en los que buscarás las respuestas pero en los que no podrás formular ninguna pregunta. Si lo haces una sola vez, habrás perdido. “Si logras lo que te pido te daré lo que quieras. De lo contrario te quedarás aquí y me servirás para siempre.


Zoé caviló durante largo rato, pues sin duda alguna lo que le proponía el gigante era demasiado difícil. –¿Qué ocurre si decido no jugar? –preguntó. La ojáncana estalló en una sonora carcajada que hizo retumbar la cueva. –No tienes elección –respondió–, si te niegas serás mi esclava desde esta misma noche, si es que no te como antes. Viendo que no tenía otra opción la niña aceptó. –Muy bien –continuó la ojáncana– .Ahora escucha atentamente las preguntas pues no las repetiré: ¿Qué escondo bajo el fuego? ¿Qué es lo que gana el que no gana? ¿Qué significa qué significa? Zoé memorizó las preguntas, y cuando estuvo segura de que no las olvidaría abandonó la montaña. Al salir de la gruta se acercó a ver a Bejes y ésta le dijo: –Pequeña niña, sé lo que hay bajo la hoguera. Pero también sé que ni tú puedes preguntármelo ni yo puedo decírtelo, pues ambas correríamos la misma suerte. Así que dime ¿qué puedo hacer para ayudarte? –Necesito algo de calor en esta noche tan fría. Ve a dormir y deja que hoy cuide yo la hoguera –respondió Zoé.


Más tarde, mientras recogía leños, descubrió a un extraño animal de piel oscura con rayas verdes, ojos amarillos y morro de jabalí, que escarbaba agujeros cerca del fuego. Al ver su cola chamuscada Zoé pensó que quizás sabía había debajo de la hoguera, así que con mucho sigilo se acercó hasta uno de los agujeros y esperó a verle salir. –¡Te pillé! –exclamó cuando el animal emergió de nuevo –. He estado toda la noche observándote y sé lo que estás haciendo. Aturdido y temblando de miedo el animal respondió: –Oh, por favor, no digas nada. Solo soy un pobre ramidreju que busca tesoros. Si no le dices a la ojáncana que sé donde guarda el suyo, te contaré un secreto de quien quieras. Zoé sonrió orgullosa. Gracias a su treta ya tenía la respuesta a la primera de las preguntas. –Esta bien –dijo–, te soltaré si me cuentas algo de la Juáncana que nadie más sepa. –Lo que te voy a confiar no lo sabe ni ella –sollozó el animal–. En su barba hay un pelo de color blanco, si lo arrancas la convertirás en piedra. Y como Zoé consideró que era una información muy valiosa le dejó marchar.


Al anochecer del segundo día Zoé encontró una posada. Cuando entró descubrió que solo había una enorme sala en la que los huéspedes jugaban a las cartas. La niña se sentó en una mesa con tres duendes trastolillo y pidió un plato de sopa, pero la posadera no se lo sirvió. –Para poder comer y beber en esta posada tienes que jugar –le explicó –. Mientras lo hagas podrás comer hasta hartarte, pero en el momento en que dejes de jugar tendrás que marcharte. Zoé se unió a la partida, y al momento le sirvieron el plato de sopa. Mientras jugaba se dio cuenta de que sus oponentes no se esforzaban en ganar, sino en perder, y enseguida comprendió la razón: cuando alguien ganaba estaba obligado a dejar la partida mientras los demás la continuaban, y era entonces cuando la posadera le echaba del lugar. Así que la niña también se esforzó en no ganar, y tanto jugó, tanto comió y tanto se divirtió que cuando llegó la mañana todavía no había dormido. A pesar de ello cuando abandonó la posada se sentía más contenta que cansada, pues ya conocía la respuesta de la segunda pregunta.


Durante el siguiente día no hizo otra cosa que tratar de averiguar la última de las preguntas. Pero para cuando llegó la tarde no había sido capaz de encontrar la respuesta. Poco antes de entrar en la gruta se sentó sobre un tronco y comenzó a llorar. Una raposa que andaba por allí escuchó el llanto y se acercó curiosa. –¿Por qué estás tan triste, niña? Zoé entonces le habló de la ojáncana y de las tres preguntas. –¿Y cómo una niña como tú, a la que sin duda se ve buena y obediente, pudo abandonar su cama para caer en la trampa de la ogra? –preguntó de nuevo la zorra. –Pues muy sencillo –respondió Zoé–, todo comenzó cuando la ardilla me robó el diente. Entonces yo quise saber por qué y le pregunté, lo que me llevó a preguntar al leñador, de allí marché a preguntar a la osa, y ésta me envió a preguntar a la ojáncana. Y entonces fue ella la que me preguntó a mí. Y apenas había terminado de decir esto cuando Zoé supo la respuesta a la última pregunta. Dio las gracias a la raposa y se alejó de allí dando saltos de alegría


–¿Y bien? –preguntó la ojáncana al verla llegar– ¿estás preparada para servirme? –Tendrás que buscarte otro esclavo –contestó la niña–, pues conozco las respuestas. La ojáncana comenzó a reír. –Por esa impertinencia debería comerte ahora mismo. Si tan lista te crees, dime entonces ¿qué es lo que guardo bajo el fuego? –Bajo el fuego guardas tu tesoro. Al escuchar esto la ojáncana dejó de sonreír repentinamente. –Esa era la pregunta más sencilla –murmuró–. A ver si puedes contestar la segunda: ¿qué gana el que no gana? –El que no gana sigue jugando. Ése es su premio, y esta es tu segunda respuesta. –Veo que eres muy astuta –gruño el gigante –. ¿Pero lo eres tanto para saber qué significa qué significa? –Que una pregunta siempre te lleva a otra. Por lo tanto la respuesta a la tuya es una nueva pregunta. Y esta es la mía: ¿cuál es el camino para volver a casa? La ojáncana enrojeció de rabia, y agarrando con fuerza a Zoé exclamó: –¡Jamás te lo diré! Una niña tan lista como tú me servirá bien. Te quedarás aquí y trabajarás para mí.


Durante los siguientes días Zoé se convirtió en la criada de la ojáncana. Tenía que cocinar, limpiar y servir. Y durante todo aquel tiempo solo pensaba en cómo escapar de allí. Por fin, la noche del cuarto día tuvo una idea. –Querida Ama –dijo mientras le servía un venado para la cena–, hoy de postre me gustaría ofrecerte una adivinanza. Si la aciertas mañana seré tu almuerzo, y si no la aciertas me entregarás lo que oculta el acertijo. La ojáncana la miró desconfiada, pero como los juegos de preguntas eran su debilidad finalmente accedió. Así que Zoé recitó la adivinanza: –Sean miles o sean cuatro, todos serán rojos y uno será blanco. La ojáncana apenas se tomó tiempo para pensar, y convencida de la victoria respondió: –¡Rubíes y un diamante! Sin duda alguna se trata de mi tesoro. ¿Qué otra cosa iba a querer alguien como tú? –El tesoro ni es la respuesta, ni es lo que quiero –dijo Zoé–, en realidad se trata del pelo blanco de tu barba. Al oír esto el gigante se echó a reír, y pensó que aquella niña tan lista era en realidad muy tonta por solo desear un pelo de su barba. Así que todavía riéndose lo arrancó para dárselo y apenas lo hizo quedó transformada en piedra. Desde ese mismo momento Zoé fue libre.


Con el gigante convertido en piedra Zoé quiso volver a su casa. Pero como no conocía el camino fue a pedirle ayuda a la osa, que como no tenía que cuidar el fuego la acompañó hasta la casa del leñador, que como ya no tenía que cortar madera la acompañó hasta la casa de la ardilla, que como ya no tenía que partir ramas la acompañó hasta la linde del bosque. Y mientras ambas se despedían agradecidas, Esquilu le prometió que cada vez que se llevara el diente de un niño le dejaría a cambio una moneda de oro bajo la almohada. Fue de esta forma como se repartió el tesoro de Juáncana. Al ver llegar a Zoé sus padres se alegraron mucho, pues desde la noche que desapareció no habían dejado de buscarla. Zoé continuó viviendo en la aldea y fue muy, muy feliz. Y colorín colorado vuelve a empezar si este cuento te ha gustado.

FIN


Querido lector,

gracias por hacer realidad esta historia.


El tesoro de Juáncana  

"¿Qué escondo bajo el fuego? ¿Qué gana el que no gana? ¿Qué significa "qué significa"?" Estas son las tres preguntas que tendrá que respond...

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