Page 1


Tragamanzanas


Abre el libro... ...haz que ocurra


Este libro está inspirado en

David D. M.

Colección Aon

Título original: Burp Boy Primera edición en Marzo 2014 Texto: Sara Nicolás y Óscar Rull Ilustraciones: Óscar Munuera © LOS CUENTOS DE TRAGAMANZANAS Manzanares el Real, Madrid Teléfono: 91/140 92 17 editorial@tragamanzanas.com www.tragamanzanas.com

Impreso en Madrid, España Depósito Legal: M-20128-2015 ISBN: 978-84-944467-2-10

El papel que usamos en nuestros libros procede de bosques gestionados para la sostenibilidad.


Sara Nicolás & Óscar Rull

s ana

anz

Tr

m aga

Ilustraciones:

Óscar Munuera


1. ME PRESENTO

HOLA. Mi nombre es David, tengo nueve años, y voy a ti-

rarme un eructo tan fuerte que provocaré un vendaval de setenta kilómetros hora, más o menos.

Y no estoy exagerando.

Ni haciendo un chiste.

Tampoco os estoy engañando. No soy un fanfarrón que, en un

alarde de ingenio, llama vendaval al enfado que se pillará su madre cuando escuche el eructo. En absoluto. Os lo cuento tal como ocurre: el regüeldo hará que el viento comience a soplar en seguida. Casi como si hubiera salido de mi garganta.

Mi intención es expulsar a los operarios que, con sus excava-

doras, pretenden destrozar este bosque de hayas en el que me encuentro. Porque de eso se trata, de salvar el bosque. Ésa es la razón por la que estoy acumulando un montón de gases en el estómago.

9


Sé que todo esto os debe parecer muy raro. Pero es que to-

davía no os he contado que además de David también me llaman Burp Boy, el chico eructos. Soy uno de los cinco integrantes de Los Haarpengers, un grupo de superhéroes de barrio con poderes no muy glamurosos pero sí eficaces. El mío son los eructos, claro. Cada vez que me tiro uno cambio el tiempo. Sí, como lo leéis. Soy capaz de provocar tormentas eléctricas, lluvias torrenciales, nevadas e incluso puedo traer el verano más caluroso en plena navidad.

Lo sé. Una auténtica locura. Os podría contar miles de anéc-

dotas al respecto, pero como siempre dice mi padre «A camino largo, paso corto» que significa que cuando tengas que hacer algo complejo lo mejor es ir despacio, poco a poco. Así que para que podáis entender la razón por la que estoy aquí defendiendo el bosque a golpe de gas, será mejor que nos remontemos al principio; cuando comenzó toda esta historia. El pasado mes de mayo…

10


2. UNA PRUEBA REPUGNANTE

–BUENO, ¿a quién le toca tirar ahora? –preguntó Óscar sos-

teniendo el tirachinas.

Andrea y yo nos miramos. Ambos sabíamos que me tocaba,

pero también ambos sabíamos que yo no quería tirar, así que Andrea, en un alarde de gran compañerismo, cogió el tirachinas diciendo:

–Sigo yo. Es mi turno.

Todos nos apartamos para dejarla tirar.

Nos encontrábamos en el viejo edificio de Las Golondrinas.

Un lugar ruinoso con techos desconchados, paredes pintarrajeadas, escombros repartidos por el suelo, y decenas de ratones. Hacía mucho tiempo fue una vieja embotelladora de refrescos Haarp, pero la empresa cerró mucho antes de que yo naciera.

Aun así, aquellas ruinas eran para nosotros un fantástico cuar-

tel general. Nuestra guarida secreta. Allí podíamos estar tranquilos

11


sin que nadie nos molestara. Y eso es fenomenal cuando se tiene nueve años y se vive en el mismo barrio que el matón del colegio.

Aquel día jugábamos a «El que falla, la paga» un juego que

nosotros mismos nos habíamos inventado. Cogíamos cinco botellines de Haarp cola –solían estar tirados por cualquier rincón– y los poníamos sobre una viga que había en el suelo. Después, tras distanciarnos unos metros, debíamos tirar a dar con nuestro tirachinas. Cada uno de nosotros contábamos con tres oportunidades para romper el botellín. Aquel que no lo conseguía debía realizar una prueba que previamente habíamos pactado.

Yo odiaba aquel juego. Lo odiaba casi tanto como hacer de-

beres. Quizás si mi puntería fuese tan buena como la de Alejandro podría divertirme, pero no era el caso. Rara vez conseguía acertar al blanco, y entonces me tocaba pagar ¡Y de qué modo!

Las pruebas que se votaban no eran sencillas, porque con

mis amigos no valían las ñoñerías. Nada de chorradas como besarse con una chica, contar un verdad vergonzosa o meter la cabeza en la fuente de la plaza. No. Nuestras pruebas eran duras de verdad, de las que te hacían desear desaparecer o convertirte en uno de esos ratones que desde su rincón te miraban con lástima.

12


Podía tocarte ir al supermercado y comerte tú sólo, sin que el

guarda te descubriera, una bandeja de doce palmeritas de chocolate. El dolor de tripa –o de orejas si te pillaban– estaba asegurado.

O bien tenías que colarte en el partido de básquet de los ma-

yores, quitarles la pelota y chutarla tan lejos como pudieras. ¡No os podéis imaginar la de collejas que me llevé por hacer esto!

O la peor de todas. Entrar en el solar del viejo Ildefonso y

conseguir llegar al otro lado sin que Simón, un caniche con muy mala leche y experto en destrozar espinillas, te pillara.

Supongo que ahora entenderéis por qué odiaba aquel juego.

Pero a mis amigos les encantaba.

–Tu turno, David –dijo Andrea pasándome el tirachinas. A

ella le había bastado solo con dos tiros.

Me puse en pie. Antes de colocarme en posición eché un úl-

timo vistazo por la ventana, pues todavía aguardaba la esperanza de que en el último momento pasara algo que evitara el fatal desenlace. Cualquier cosa me valía. Que de pronto todos los tirachinas se partieran en dos, que la policía nos sorprendiera y nos echara de allí a gritos, o incluso que una nave alienígena aterrizase en ese momento con la intención de destruir la tierra.

13


Pero no ocurrió nada. Como siempre.

¡Fiuuuuuuu! Silbó la piedra antes de estrellarse contra la pa-

red. Ni si quiera había pasado cerca de la botella.

–David, David, hoy te beberás tú el botellín –canturrearon

Óscar y Jorge.

–¿Queréis callaros? –les recriminó Andrea– así no podrá

concentrarse.

Sonreí amablemente. Aunque en realidad lo que me apetecía

era tirar la siguiente piedra directamente a la cabeza de alguno de esos dos. Así aprenderían. Si supiera seguro que les iba a dar quizás lo hubiera hecho.

¡Zas! Esta vez la piedra fue a dar en la base de la viga, a tan

solo unos centímetros de la botella.

–¡Por poco! –exclamó Alejandro.

Aquello me animó, si hubiera inclinado el brazo le habría

dado. Entonces pensé que podía hacerlo, que no tenía más que concentrarme mucho. Imaginarme que yo era un fantástico arquero y aquella polvorienta y vieja botella un troll repugnante que quería acabar con mi reino. Tenía que apuntar directamente a su corazón, justo allí donde estaba escrita la segunda «A» de «Haarp».

14


Estiré la goma tanto como pude, aguanté la respiración y solté.

¡Crack! Hizo la piedra al partirse en dos contra una columna.

El botellín-troll, sin embargo, seguía intacto burlándose de mí.

–David la paga, David la paga –volvieron a canturrear Óscar y

Jorge.

–¡Oh vamos! –protesté– eso que me pedís es peligroso ¡Podría

enfermar!

–En esta pandilla no queremos un gallina –respondió Jorge

mientras corría en busca de la botella–. Además, deberías sentirte honrado por beberte la última botella de Haarp cola del mundo.

Y es que en eso consistía la prueba: en beberme el botellín

que no había roto. El último que quedaba, además, puesto que partida tras partida habíamos terminado con todas las reservas.

–Pero… pero… debe llevar años caducado. ¿Y si me muero?

–No creo que te mueras. Como mucho pasarás una inolvida-

ble noche sentado en la taza del váter –dijo Alejandro quitando la chapa con una piedra.

Todos se rieron. Yo cogí la botella de malas formas y la ob-

servé. El líquido interior era de color marrón, algo traslúcido. Me pregunté cuanto tiempo llevaría allí dentro, aunque en realidad

15


era mejor no saberlo. Acerqué la boquilla a mis labios y me preparé para beber.

Mi padre siempre dice: «Los tragos amargos han de ser rápidos».

Que en realidad quiere decir que cuando tengas que hacer algo desagradable por obligación, trates de terminarlo lo antes posible, así se hará menos difícil. Y justamente eso era lo que me proponía a hacer. Me bebería toda la botella de una sentada y acabaría con aquello cuanto antes. Es más, me juré que después de eso no volvería a jugar a «El que falla, la paga». Y esta vez sí cumpliría mi promesa.

Al principio su sabor no me pareció desagradable. Tenía un

regusto a regaliz aunque muy azucarado. Pero cuando apenas llevaba la mitad sentí que ya estaba demasiado lleno para continuar. Fuera lo que fuese aquel brebaje parecía triplicarse una vez llegaba a mi estómago. Y poco apoco su sabor dulzón se volvió cada vez más amargo.

Tuve que parar cuando sentí la primera arcada.

–Tienes que bebértelo todo –dijo Alejandro.

Fui incapaz de responder. Me tapé la nariz con una mano

y volví a beber. Noté como mis tripas se retorcían, no les gustaba

16


aquel brebaje. A mí tampoco. Incliné un poco más la botella y apuré hasta la última gota. Después arrojé el casco al suelo.

–¡Muy bien! –aplaudió Andrea.

Me hubiera gustado agradecérselo pero no pude. Algo ocu-

rría en mi interior. El estómago no paraba de retorcerse como si tuviera un enorme bicho que buscaba la salida.

–Oye ¿estás bien? –preguntó Alejandro.

–¡Buuuuurrrp! –Un enorme eructo fue la única respuesta

que pude darle. Tan grande y tan sonoro que estaba seguro de que se había escuchado al otro lado de la calle.

Y en ese mismo momento, como si de un eco se tratara, un

trueno partió el cielo en dos y comenzó a llover. Quién lo hubiera vaticinado dos minutos antes, cuando el día era caluroso y despejado.

18


3. ESTA PRIMAVERA SE HA VUELTO LOCA

–¡INAUDITO! –escuché decir a mi padre cuando entré en

casa–. Hace apenas una hora teníamos puesto el aire acondicionado y ahora dan ganas de encender la calefacción ¿es que el tiempo se ha vuelto loco?

–Bueno, bueno no seas exagerado –le calmaba mi madre– ya

sabes cómo es la primavera; lo mismo hace sol como enseguida se pone a diluviar.

–La primavera, la primavera... –refunfuñó mi padre saliendo

de la cocina–, esto es culpa del cambio climático, estamos agotando el planeta.

Fue en ese momento, mientras se dirigía al pasillo, cuando

reparó en mí. Yo, que había salido de casa vestido con una camisa y pantalones cortos, estaba empapado y tiritando en medio del recibidor.

19


–Pero David… ¿De dónde vienes así?

Mi madre salió también de la cocina y al verme se acercó

corriendo, me puso la mano en la frente y me levantó la cara para mirarme mejor.

–¿Te encuentras bien, cariño? ¡Estás pálido!

Me sentía tan terriblemente mal que tenía ganas de llorar.

–No me extraña, con este tiempo todos vamos a enfermar

–respondió en mi lugar mi padre.

–No seas agorero y ve a por una toalla –le ordenó mi madre.

Después dirigiéndose a mí me preguntó–: ¿Qué te duele?

–He comido algo que me ha sentado mal –respondí.

–Está bien. Ven a la cocina que te prepararé una manzanilla

caliente –Me rodeó el cuello con su brazo y me empujó lentamente hacia la cocina.

Sentado frente a la mesa observé llover por la ventana.

–El pollo no ha podido ser –murmuraba mi madre mien-

tras rebuscaba en el interior de un armario– porque nosotros estamos bien, seguro que has debido comer alguna chuchería ¿verdad? Mira que te tengo dicho que no abuses, que tanto azúcar no es bueno.

20


Dudé, no sabía si responder o guardar silencio. ¿Acaso debe-

ría contarle la verdad? Sería lo más prudente. A lo mejor era necesario que fuera al médico, o incluso al hospital ¡quizás necesitara un lavado de estómago! Aquella cosa podía estar envenenada ¿por qué no? Muchas veces había visto en las noticias familias enteras que habían fallecido por tomar alimentos en mal estado.

–Nada, en la tele no dicen ni una palabra –dijo mi padre en-

trando en la cocina y poniéndome una toalla sobre los hombros.

–¿Y qué quieres que digan? ¿Qué nadie se explica por qué llue-

ve de pronto en primavera? –Mi madre se rió–. Vamos, cariño, esto no es más que un chaparrón, no deberías darle tanta importancia.

Una humeante taza de manzanilla apareció de pronto frente

a mí. Puse las manos a su alrededor, y a pesar de que quemaba ni siquiera lo noté.

–¿En serio esto te parece normal, Silvia? –continuó mi padre–.

Lo extraño no es que llueva en primavera, lo extraño es que lo haga de repente. Dos minutos antes no había ni una sola nube en el cielo, ni siquiera una pequeña brisa. Y de pronto… es como si alguien hubiese volcado un cubo de agua sobre nosotros. No tiene sentido. «Las nubes siempre preceden a la tormenta».

21


–Tú y tus frases –respondió mi madre. Después poniéndo-

me una mano sobre el hombro me susurró– Bébetela ahora que está caliente. Te sentará bien.

Mire el líquido verdoso y lo olí. No tenía ningún interés en

beberme otro brebaje repugnante, pero pensé que si la manzanilla conseguía hacerme vomitar –y siempre lo hacía porque su sabor me provocaba arcadas–, luego me sentiría mucho mejor.

–Además, no es la primera vez que vemos algo así –Mi ma-

dre regresaba a su discusión–. ¿O no te acuerdas aquel día en Cullera? La lluvia nos cogió tan de improviso que todavía estábamos en bañador en la playa.

–No, eso no tuvo nada que ver. Por la mañana ya lo sospe-

chábamos ¿recuerdas? Estuvimos a punto de quedarnos en el hotel cuando…

–No, no, no –interrumpió mi madre–, la mañana que estuvi-

mos a punto de quedarnos en casa fue la de la niebla, la que yo te digo es del año anterior, cuando Irene era pequeña y…

Deseé que se callaran. Lo deseé con todas mis fuerzas. No

podía comprender cómo eran capaces de tener una discusión tan estúpida mientras su hijo mayor agonizaba en la mesa. Lentamente

22


me acerqué la taza a los labios y di un sorbo. Uno muy chiquitito, pero al parecer fue más que suficiente para enfadar a la cosa esa que había en mi estómago.

–¡Buuuuuuurrppp! –Un enorme eructo salió a traición, mucho

más largo y sonoro que el anterior. Tan fuerte fue que mi hermana Irene, que jugaba en el suelo con sus muñecas, dio un respingo.

–¡Madre mía, David! –exclamó mi madre–. Lo tenías bien

guardado ¿eh?

Sonreí avergonzado. De pronto me sentía mucho mejor.

–Es que la manzanilla es mano de santo –continúo mi madre–

si te bebes toda la taza ya verás como…

–¡Inaudito! ¡Inaudito! –exclamó mi padre señalando a la ven-

tana. Tenía los ojos muy abiertos, cualquiera diría que acababa de descubrir un fantasma.

Miramos hacia la ventana, y entonces comprendimos que era

aquello que tanto sorprendía a mi padre: ¡Estaba nevando! ¡En pleno mes de mayo! Unos copos grandes, blancos y redondos.

–Esta bien, quizás sea hora de que vayamos a ver si dicen algo

en el televisor –musitó mi madre boquiabierta. 23


4. EFECTOS SECUNDARIOS

MEDIA hora después me encontraba en mi habitación mi-

rando a través de los cristales de la ventana. Me había puesto un chándal seco e incluso había necesitado un par de calcetines gordos porque comenzaba a hacer mucho frío.

Mis padres estaban en el salón, y llevaban un buen rato cam-

biando de un canal a otro en busca de algún noticiero que les explicara qué estaba ocurriendo. Pero a nadie parecía importarle demasiado. Solo una emisora local se había interesado por el fenómeno, aunque afirmaban que se debía a un capricho de la primavera.

Abajo, en la calle, un grupo de adultos y jóvenes jugaban a

construir un muñeco de nieve. Todos vestían bufanda y gorro, y seguro que más de uno había tenido que ir a buscarlos en lo más fondo de su armario. ¡Imposible creer que aquella mañana nos habíamos despertado con un sol infernal!

24


Y aunque a mí todo aquello también me parecía muy extraño,

aquella tarde ya tenía más que suficiente con mis propios problemas.

Continuaba con el estómago revuelto. Si bien después de

eructar me encontraba mejor, la verdad es que la tregua no duraba demasiado. Era, para que me entendáis, como si en mis entrañas hubiese un volcán. Un enorme volcán de lava marrón, viscosa y burbujeante que no cesaba de hervir y emanar vapores. Estos vapores eran los que se iban acumulando, y acumulando, haciendo que mi tripa se hinchara, me apretara y doliera. Y cuando el estómago ya no podía albergar más, el vapor explotaba como una olla a presión y salía por mi boca en forma de eructo.

Después me sentía increíblemente liberado. Aunque aquello

apenas duraba unos minutos, porque como el volcán continuaba encendido los vapores volvían a llenarlo todo. Y ahora mismo estaba a punto de explotar de nuevo.

Apreté un poco la tripa, para ayudar al eructo a salir.

–¡Buurrp! –Surgió uno muy pequeño que casi parecía un hipo.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Dejó de nevar. De golpe.

Igual que si alguien hubiera cerrado un grifo imaginario. Un segundo antes nevaba mucho y al instante siguiente no caía ni un copo. Pero

25


no solo eso. Sino que las nubes se apartaron repentinamente como si de un telón de algodón se trataran, mostrando tras ellas un hermoso cielo despejado.

Me quedé anonadado. Tan anonadado como la gente de la

calle que habían dejado de jugar y miraban al cielo. Todo era muy raro, no tenía ni pies ni cabeza. ¿Qué extraño fenómeno podía estar provocando unos cambios tan bruscos? Mi estómago se removió de nuevo y de pronto me asaltó una duda: ¡los eructos! Los último que había sucedido justo antes de que dejara de nevar es que yo había eructado. También había sido lo último que había ocurrido justo antes de que empezara. Y también había eructado un segundo antes de que, en Las Golondrinas, tronara y diluviase.

Pero ¿era posible? Me pregunté. Era demasiado absurdo

pensar que mis propios eructos estaban alterando el clima.

–La cola no solo te ha afectado al estómago, sino también a

la cabeza ¡Estás majareta! –me dije.

Pero no las tenía todas conmigo. Si yo estaba loco o no solo

había una forma de averiguarlo: tenía que volver a eructar.

–¿Quieres otra manzanilla? –preguntó mi madre incrédula

cuando aparecí en la cocina. Estaba subida en una banqueta inten-

26


tando encender el aire acondicionado–. Con el calor que hace más te valdría tomar un agua con limón.

–No, mamá, prefiero una manzanilla. La anterior me sentó

fenomenal.

Me miró fijamente, ella sabía que yo odiaba la manzanilla.

Aún así traté de sonreír para parecer lo más inocente posible.

–No me extraña que estemos todos majaretas –murmuró.

Regresé a mi cuarto con la bebida caliente. Volví a asomar-

me a la ventana. Hacía tanto calor que ya no parecía mayo, sino mitad de agosto. En la plaza el muñeco de nieve se derretía lentamente, mientras los niños jugaban al fútbol. Los abrigos y bufandas hacían las veces de portería.

–Si estoy en lo cierto pronto volverán a ponérselos –me dije.

Bebí manzanilla. Pero no ocurrió nada. Volví a beber. Y

aparte de un pequeño retortijón el volcán permaneció tranquilo. Necesité apurarme la taza entera y aun así esperar casi diez minutos para que el gas saliera.

–¡Buuuuuuurrrppppp! –Un estupendísimo eructo.

Y entonces ocurrió. Las nubes esponjosas que habían des-

aparecido regresaron de golpe, como una manta de color grisáceo

28


que alguien nos hubiera puesto encima. En menos de dos segundos comenzó a llover. Los niños de la calle gritaron y se apresuraron a coger sus cosas.

–¡Inaudito! ¡Inaudito! –exclamó mi padre en el salón.

–¿Inaudito? –pensé yo satisfecho–. ¡Esto es fantástico!

29


Burp boy (Vista previa)  

Nº de Registro: 1502173271090 Todo superhéroe fue antes un niño cualquiera… El poder escondido en una vieja botella de refresco caducada y u...

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you