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03/07/2012

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entrecocheyandén

moderno. Mi madre tenía otra perspectiva de las personas que la hacía ver lo que sólo otra buena modista es capaz de ver. Así de sencillo. Tantos detalles nos tenían a las dos como hipnotizadas. -Y la niña podrá aprovecharla hasta que termine la universidad. Mi madre que hasta entonces sólo había estudiado las hechuras del traje, empezó a escuchar con detalle lo que aquella mujer decía. Y decía mucho. Encuadernación en pastas de piel roja, historia antigua, Grecia, el Imperio español, los Reyes Católicos, cada vez me recordaba más a mi profesora de tercero, incluso habló sobre un atlas en uno de los tomos, con multitud de imágenes a color. El último. -Quizá así estudie por fin -dijo mi madre. Las dos, mi madre y yo, me imaginamos estudiando, por fin. Yo quería estudiar, pero no podía evitar distraerme. Sólo era eso. Pero mi profesora de tercero le dijo a mi madre que yo era torpe, que no valía. Valer o no valer se sigue utilizando ahora. Es como una moneda para el éxito en la vida. A mi profesora de tercero la recuerdo por aquella vendedora, sólo por eso. Pero difuminada, como una sombra. -No sé qué dirá mi marido, tendré que hablar primero con él. -Muy bien, yo le dejo la revista para que la lean detenidamente. Ahora es una pena que desperdicien una oportunidad así. Por los hijos todo es poco. Me deja una pequeña señal y yo se la reservo sin compromiso. El resto de la tarde sólo pude pensar en aquella mujer de voz grave, en las fotografías a color del último tomo, en las palabras de la profesora de tercero. Mi madre estuvo haciendo varios dibujos del traje pantalón. ¿Qué te parece? me decía. A mí me parecía que le estaba quedando igual de chic que a la vendedora de enciclopedias. Tuvo un gran éxito el traje, aunque se quejaba de lo difícil que era coser aquellas enormes solapas. Bueno, a mi padre lo de la enciclopedia no terminaba de parecerle mal, ni bien. Si yo quería estudiar lo haría y ya está. Lo decía sin mirarme. Y yo me sentía pegada a la silla, rozando el suelo, sin poder columpiar las piernas. Mi madre no se atrevió a decirle que ya estaba reservada. Fue un secreto extraño, aquella mujer nunca regresó. Tal vez pensó que debería devolver la señal porque no compraríamos la Enciclopedia de Historia Universal Comparada, o tal vez la despidieron y se quedó con el dinero, o tal vez pasó lo que nosotras pensábamos. O tal vez se fue a América. La vergüenza que sentía mi madre nos impidió hablarlo con nadie. Aunque sí entre nosotras. - ¿Te acuerdas de aquella mujer que vino a casa a vendernos unos libros para que estudiases? Aún la estamos esperando, ¿verdad hija? -me ha dicho esta mañana sonriendo.

tw Laura García Villarejo nace en Madrid en 1964. Tiene la costumbre de romper lo que escribe cuando los folios se ponen amarillos.

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