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marzo 2012

ĞůŵƵƌŽ [3] ĂŶĚĠŶƵŶŽ [5]

La carta, Medardo Fraile ĂŶĚĠŶĚŽƐ [9]

Pingüinos, Jesús Urceloy ĂŶĚĠŶƚƌĞƐ [13]

Porvenir, Iban Zaldua ĚŝŶĚŽŶĚŝŶ [16] ĚĞĐĂŵŝŶŽ [17] ďƌĞǀĞDĞŶƚĞ [18]

Rubén Abella ĞŶƚƌĞĐŽĐŚĞLJĂŶĚĠŶ [20]

Maleza, Augusto Hernández ŵĞƚƌŽůŝŐĞƌŽ [22] ƉŽƌŵŽƚŝǀŽƐĂũĞŶŽƐ[23]

ƉƌſdžŝŵĂ ĞƐƚĂĐŝſŶ͘͘͘

OUKA LEELE

ĂŶĚĠŶĚŽƐ ůďĞƌƚŽŚŝŵĂů

ĞŶƚƌĞĐŽĐŚĞLJĂŶĚĠŶ ƐĐƵĞůĂĚĞƐĐƌŝƚŽƌĞƐ

ĂŶĚĠŶƚƌĞƐ :ƵĂŶ'ƌĂĐŝĂƌŵĞŶĚĄƌŝnj

ŵĞƚƌŽůŝŐĞƌŽ EĂƐŽ'ŽŶnjĄůĞnj

ĚŝƚĂ͗ŐƌƵƉŽĂŶĚĠŶĐŽŵƵŶŝĐĂĐŝſŶ C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edicion@cuentosparaelanden.com | www.grupoanden.com ŝƐĞŹŽ͗www.jastenfrojen.com WƵďůŝĐŝĚĂĚ͗publi@cuentosparaelanden.com /ŵƉƌĞƐŝſŶ͗Eurocolor

ŽŶůĂĐŽůĂďŽƌĂĐŝſŶĚĞ͗

DĄƐĐƵĞŶƚŽƐĞŶ͗

ŽŶƐĞũŽĞĚŝƚŽƌŝĂů͗Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez y Leticia Esteban. /ůƵƐƚƌĂĐŝſŶ͗ŽŽƌĚŝŶĂĐŝſŶ͗ tiagertrudis.wordpress.com /ůƵƐƚƌĂĐŝſŶĚĞƉŽƌƚĂĚĂĞŝŶƚĞƌŝŽƌ͗ © MAMP | e-mail: morenopita@yahoo.es | blog: www.sintinta-miguel.blogspot.com ͘>͗͘M-42629-2011


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ĞůŵƵƌŽ







Finalistas: Desde el castillo. Roberto López (Alicante) Velas en La Vaguada. Ramón Rojo (Madrid) Sin título. Mila Martín (Madrid)

Ganador: A tiro de piedra, Esther García (Edimburgo)

ŽŶĐƵƌƐŽ ĚĞĨŽƚŽŐƌĂĨşĂ WĂƌƚŝĐŝƉĂĞŶŶƵĞƐƚƌŽĐŽŶĐƵƌƐŽ͘ ŽŶƐƵůƚĂůĂƐďĂƐĞƐLJŵŝƌĂůĂƐĨŽƚŽƐĞŶ&ĂĐĞŬ͕ ΀ƵĞŶƚŽƐƉĂƌĂĞůĂŶĚĠŶ΁ ĞŶůĂƉĞƐƚĂŹĂ͞ŶŽƚĂƐ͕͟ƚĂŵďŝĠŶůĂƐƚŝĞŶĞƐĞŶǁǁǁ͘ŐƌƵƉŽĂŶĚĞŶ͘ĐŽŵ

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Ahora ƵĞŶƚŽƐƉĂƌĂĞůĂŶĚĠŶ publica un cuento más cada mes en la revista gratuita Calle 20, que podrás encontrar en locales de cultura y ocio de Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Búscalo en la sección Cuentagotas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

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ĂŶĚĠŶƵŶŽ

>ĂĐĂƌƚĂ DĞĚĂƌĚŽ&ƌĂŝůĞ

- HOY voy a escribir a mi hermano. ¿Le vas a poner algo? -Claro... No tan claro -pensó-. Luis es de mi familia, no de la suya. Estaba en bata, sin lavar ni peinar, y se movió por el dormitorio, al parecer sin objeto. Luego, bajó las escaleras y se quedó indeciso frente a un buró que había en la planta baja. Volvió al pie de la escalera y alzó la voz: -Geny, ¿tienes la carta? -¿Qué carta? -La última que escribió Luis. -La tendrás tú. Yo no sé dónde está. Volvió al buró y manoseó unos papeles y unos sobres y se dio cuenta de que no veía bien. Buscó en los bolsillos del batín y volvió a la escalera. -Geny... -¿Qué quieres? -Échame las gafas. Creo que las he dejado en la silla del cuarto, sobre el periódico. Ella tardó un buen rato en aparecer y él pensó: Qué torpe. Lo que tiene que hacer es buscarlas donde le he dicho. Cuando más disfruta es cuando se empeña en no encontrar lo que anda buscando. -¿Estás ahí? -preguntó la mujer desde arriba. -Sí. ¿Dónde voy a estar? -Toma. Y le tiró un estuche metálico. Él volvió al buró y revolvió papeles, tarjetas de Navidad, folletos, facturas y algunas cartas. Es igual -pensó-. No tengo por qué recordar a estas alturas lo que nos contaba Luis. Puedo hablarle de nosotros y preguntar cómo marcha el nieto. Eso le gustará. Se sentó en la butaca frente al televisor apagado y oyó que Geny andaba por la cocina, quizá desayunando. Alzó la voz: -Geny, ¿cómo le han puesto al nieto de mi hermano? ¿Lucas? Sonó el grifo del fregadero y un ruido de cacharros. Él se levantó, abrió la puerta de la cocina y volvió a preguntar.

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ĂŶĚĠŶƵŶŽ -¿Lucas? ¿De dónde lo sacas? Nadie se llama así en nuestras familias... Martín... Le pusieron Martín porque nació el once de noviembre y les gustaba ese nombre, ¿no te acuerdas? Él volvió a sentarse en la butaca y pensó: No fallan. Para esas leches de nacimientos, santos, bodas, divorcios y defunciones, no fallan. Así son. Le podría contar -se dijo- que nuestra hija vino unos días a estar con nosotros en Navidad o, incluso -sonrió-, lo de esta mañana, cuando me desperté y vi a Geny sentada al borde de la cama. De pronto, me sorprendieron las flores de su camisón. La verdad es que nunca me había fijado antes. Pensé, ¿por qué flores? Nunca entenderé ese afán grotesco de Geny, y de todas ellas, por añadir atractivo al tiempo que las caduca. En una convivencia de años ya no hay mentiras; ya no hay forma de pintar o maquillar los días o animarlos con flores estampadas. Le dije: "¿Os váis a levantar ya, tú y tus flores?" No sé si me oyó. Salió del cuarto renqueando por la artritis y no dijo nada. -¿Vas a desayunar de una vez? ¿Vas a arreglarte? -Voy a escribir la carta- dijo. Pero decidió lavarse y vestirse, porque notaba frío. Cuando bajó con el papel de cartas y un sobre, Geny estaba acabando de preparar unas acelgas y un poco de carne y le dijo que no se pusiera en la mesa de la cocina. Cogió un plátano y se sentó a escribir en el comedor. -¿Ahora vas a comer eso? -Es el desayuno. Se quedó mirando al papel y, sin esperar más, puso: "Queridos Luis y Paula". Luego pensó: En realidad, Paula me importa poco y podría escribir "Querido Luis" y, al final, nombrar a Paula y a los hijos y enviarles un abrazo a todos. O debería encabezar la carta al revés: "Queridos Paula y Luis", por aquella norma ya en desuso de "las señoras, primero", o porque, en los matrimonios, más vale estar a bien con ella que con él... -¿Comemos...? -¿Ahora? -¿Te parece pronto? Son más de las tres. Él miró a la ventana y le pareció que había menos luz. Era uno de esos días grises, que van oscureciéndose a toda prisa hasta llegar a marengo. Cuando se servían el postre, compota de manzana, ella le dijo: - Loreto va a pasar esta tarde por aquí a que le firmes un certificado de buena conducta, o de conducta intachable, o que les conocemos hace años, o algo así... -¿Para qué? -No sé... Creo que Piero quiere meterse a importar cerámica de Sicilia, o de Murano, o de no sé dónde... y ahora, con lo de las drogas, parece que no es tan fácil... Él se calló y pensó en la carta. Después de comer, se adormiló en la butaca y le despertó el timbrazo de la

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ĂŶĚĠŶƵŶŽ vecina. Geny abrió la puerta y las dos se quedaron cuchicheando un rato en el recibidor. Loreto era una morena gorda y guapa y, cuando aparecía, llenaba la casa con su cuerpo, pero también con su voz, sus historias, sus ojos fuertes de tótem y sus risas. Iba siempre de negro para disimular las grasas, sin lograrlo. Loreto le gustaba y, a la vez, le cansaba su vitalidad y a su marido prefería no verle; no le caía simpático, no sabía por qué, pero eran buenos vecinos y firmó el impreso. La carta seguía empezada sobre la mesa del comedor cuando se marchó ella, y él volvió a sentarse para seguir. "Queridos Luis y Paula", leyó. La verdad es que Luis, que es el que se mueve más -se dijo-, podía llamarnos por teléfono alguna vez, como la cuñada de Geny. Las cartas no sabemos nunca si llegan o no y, hasta que se contestan, pasan meses o más, un año, y no sabe uno qué contar, porque lo del camisón encajaría más bien en un diario, o en unas memorias y, a fin de cuentas, lo único que quiere uno saber cuando escribe es si ellos están bien y decirles que nosotros estamos bien también, a Dios gracias. Escribió: "Hace ya mucho tiempo que llegó vuestra carta y esta mañana, al fin, le he dicho a Geny que no pasaba de hoy, que la iba a contestar y a deciros que por aquí andamos bien y sin novedad, con los achaques propios de los años, y que no falten, que son señal de vida. Ya me diréis cómo está Martinito, si ha crecido mucho y las monerías que hace..." Geny le interrumpió porque, en el canal 2, iban a poner un programa con el desembarco de los aliados en Normandía. -¿A qué hora? -Dentro de nada. Lo vieron los dos, mientras ella se afanaba haciendo punto para el Hospital de Niños con Espina Bífida. Él se quedó dormido al final, antes de que el Führer, personalmente, tomara el mando de aquel frente de guerra. Cuando despertó, comieron juntos unas galletas con queso y algo de fruta y, tras ver las noticias de las nueve, se fueron preparando despacio para la cama. -¿Has escrito la carta? -No. ¿Cuándo lo iba a hacer? Se acostó de lado, pensando en lo que había escrito ya y vió que Geny se metía en la cama con el camisón de flores estampadas. Mirando las flores se fue adormeciendo poco a poco. 

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ĂŶĚĠŶĚŽƐ

WŝŶŐƺŝŶŽƐ :ĞƐƷƐhƌĐĞůŽLJ MI mujer no se cree que yo no sea un pingüino. Se limita a mirarme con sorna, se encoge de hombros y sigue a lo suyo. - Pues ya me dirás qué eres -me dice. - Soy una persona -le digo. - Una persona como Dios manda. - No metas a Dios en esto, que no tiene nada que ver. A ti lo que te pasa es que te has aburrido de mí y no sabes cómo decirlo. Anda, acércate al fiordo de la esquina y trae algo de pescado. Yo me acuerdo de cuando era marinero y pescábamos el bacalao en los mares del norte. Un día, mientras miraba un montón de pingüinos, el barco se hundió cerca de las rocas de la costa y yo, que tengo la desgracia de saber nadar, me salvé. En el puerto ya me lo advirtió el práctico. - Mala cosa es esa, rapaz. Mejor es irse al fondo enseguida, se ahorra uno muchos sufrimientos. Nada más llegar a la playa tenía un frío enorme, tanto que pensé que sería mejor volverme, pero el instinto es muy traidor e igual me ponía otra vez a patalear. Yo no quería ser pingüino pero hacía un frío del carajo. Así que a fuerza de imitarlos con pasitos cortos, encogiéndome y dándome palmaditas en los muslos logré, poco a poco, introducirme en la manada. - A ver qué pescado traes. - Pues el que había, mujer. - Mira que esta noche vienen a cenar tus primos. - Esos se comen lo que sea. - En eso vas llevar razón. Anda trae. El grupo de pingüinos que me acogió cuando naufragué me adoptó desde el primer momento, se arremolinaron junto a mí, me dieron mucho calor y mucho gusto. Allí, con ellos, aprendí pronto el idioma y las costumbres, que en el fondo son sencillas, y se parecen mucho a las nuestras y al poco ya me consideraban como uno más. O casi.

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ĂŶĚĠŶĚŽƐ - Este no es de los nuestros - dijo un día uno que siempre andaba dando vueltas a ver lo que se cocía. - Se ha pegado plumas al cuerpo con grasa, nunca se mete en el agua y tiene el pico mal desarrollado. - Bueno - respondió el de más edad - pero cuando se pone de pie es tres veces más alto que cualquiera. Además, infunde mucho respeto entre los leones marinos y otras alimañas. - Además - añadió uno que era muy joven y que se dejaba mucho frotar conmigo - igual si sigues con esas te van a caer tres hostias como tres soles. El que siempre andaba dando vueltas a ver qué se cocía dijo que no había que ponerse así por una diferencia de criterio, y que si nos íbamos a liar a bofetadas por esa minucia que mejor apaga y vámonos. Se sacó un arenque de debajo del ala y nos invitó, pero no le hicimos caso. Desde entonces nadie volvió a dudar de mí y cuando nos atacaba un oso o intentaba acercarse un león marino, yo me limitaba a ponerme de pie y a gritar y a hacer muchos aspavientos con las alas. Tendríais que ver el susto que se pegaba el oso, o el león, y cómo frenaba en seco y reculaba. Entonces recordaba algunas de las palabras que me enseñó mi abuelo, que era muy asturiano, y gritando las repetía: ¡Vaques, Ribadesella, Probe, Gamoneo, Frixón! Y el león, o el oso, se daba la vuelta y no volvía más. Fueron tiempos de mucha armonía. Lo malo es que ahora me ha dado por recordar lo del barco, lo de mi abuelo y lo de que soy persona. Y entonces me separo del grupo y me pongo muy triste a mirar al mar desde las rocas y los acantilados, sin importarme que venga una orca y me devore, porque las orcas no se asustan de nada, ni aunque saltes a la pata coja o les grites en francés. - Te lo juro que soy una persona - le digo a mi mujer. - Vamos a dejarlo, que no quiero que me des la noche - me contesta. - Si yo no quiero darte ningún disgusto, sólo es que... - Mira esos pingüinitos -me interrumpe señalando hacia la nieve.- ¡Ahora me vas a decir que no son tuyos! ¡Desgraciado! - Y se pone a llorar. Y a mí me da también una tristeza enorme y le doy un abrazo grande y le digo, mirando a las rocas, lo de siempre, que ya se me irá pasando.

ƚǁ /ŶĠĚŝƚŽĚĞ͗ :ĞƐƷƐhƌĐĞůŽLJ;DĂĚƌŝĚ͕ϭϵϲϰͿ ƐĐƌŝƚŽƌ͘WƌŽĨĞƐŽƌĞŶůŽƐdĂůůĞƌĞƐ&ƵĞŶƚĞƚĂũĂĚĞDĂĚƌŝĚ͘,ĂƉƵďůŝĐĂĚŽ͗>ŝďƌŽĚĞůŽƐƐĂůŵŽƐ͕>ĂƉƌŽĨĞͲ ƐŝſŶĚĞ:ƵĚĂƐ͕ĞƌĞŶŝĐĞ͕ŝĐŝĞŵďƌĞ͕,ĂƌƚŽĚĞĚĂƌƉĂƚĂĚĂƐĂĞƐƚĞďŽƚĞ ;ƉŽĞƐşĂͿLJůĂƐĞĚŝĐŝŽŶĞƐĐƌşƚŝĐĂƐ ĚĞdŽĚŽ^ŚĞƌůŽĐŬ,ŽůŵĞƐLJ>ĂƐϭϬϬϬLJƵŶĂŶŽĐŚĞƐ͕ƉĂƌĂůĂĞĚŝƚŽƌŝĂůĄƚĞĚƌĂLJůŝĂŶnjĂĚŝƚŽƌŝĂů͘

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ĂŶĚĠŶƚƌĞƐ

WŽƌǀĞŶŝƌ /ďĂŶĂůĚƵĂ

- MAMÁ: a los muertos, ¿adónde se los llevan? La madre hace como que no ha oído, con la esperanza de que su hija no vuelva a repetirle la pregunta. -Mamáaa. Que te he preguntado una cosa... -¿Qué, cariño? Perdona, no te he oído bien. De todas formas, ¿no te parece que vas un poco lenta con tu merienda? Venga, ánimo; cuando termines con el bocadillo te hago un zumo de naranja. -Te he preguntado que a ver adónde llevan a los muertos, mamá. -¿A los muertos? Pues, bueno, a algunos los entierran. Los cementerios son para eso; ya sabes, ese jardín que está de camino al parque del Norte... Pasamos a menudo por ahí. -¿Que los entierran? -Sí, los entierran, los meten bajo tierra. -Bajo tierra... ¿desnudos? -No, no, vestidos. Primero los colocan dentro de una caja de madera, y lo que meten en el agujero es la caja; eso se llama tumba. Después la cubren de tierra y la dejan allí. -A algunos los entierran. ¿Y a los otros? -A otros los incineran. -¿Incinerar? -Sí, los queman, se convierten en ceniza. En unos hornos especiales. -¿Y qué hacen con las cenizas? -Pues... algunas veces las arrojan al viento, por ejemplo en algún lugar que le gustara al muerto. Otras, sin embargo, las guardan en unos recipientes especiales. -Ah... -Pero dime, Ixiar, ¿quién te ha hablado de los muertos? -Iñaki. -¿Iñaki? -Sí, Iñaki, el de la escuela, el de mi clase.

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-Pero, ¿por qué te ha contado nada acerca de los muertos? -Porque su padre le ha dicho que algún día se morirá. -¿Que se morirá? Pero... cómo... -Pues eso, que un día se morirá. Y su padre también. -¿Y te ha hablado de qué les pasa a los muertos, después de morirse? -A Iñaki su padre le dijo que van al cielo, y que allí se convierten en estrellas; que por eso hay tantas. ¿Es verdad? -Bueno, eso es lo que piensan algunos. -Entonces, los que están enterrados, ¿salen de sus tumbas y vuelan al cielo? -Bueno... no lo sé. -¿Y los que incineran, mamá? ¿Cómo hacen para subir hasta el cielo y para encenderse como estrellas? -Ya te he dicho que eso es lo que piensa alguna gente, Ixiar. -¿Y tú, mamá? ¿Tú qué piensas? -Pues... que no hay nada. Que después de la muerte no hay nada. Los muertos desaparecen, dejan de existir, como los animales. -¿Y yo, mamá? ¿Me voy a morir yo? -No, tú no, cariño, estate tranquila. -¿Y tú, mamá? -Yo tampoco. Y ahora, a seguir merendando, o no terminaremos nunca. Si quieres bajar al parque a jugar con tus amigos será mejor que no dejes ni una sola miga, ¿vale? Más tarde, después de acostar a Ixiar, mientras cenan el lenguado Meunière que les ha servido el androide doméstico, la mujer se lo ha contado a su marido: -Tu hija me ha venido esta tarde con el cuento de la muerte. -¡Vaya! -"Vaya": ¿eso es todo lo que se te ocurre? -Mujer, no será para tanto... -Se lo ha comentado un compañero de la escuela. Uno que se llama Iñaki. ¿Lo conoces? -Iñaki, Iñaki... ¿quién dices, uno rubito, el de la parada del

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estratobus? Creo que se apellida Argandoña... Viven en uno de esos domos que están al lado de la plaza. -¿Crees que pueden ser... mortales? -No me había parado nunca a pensarlo, pero... sí, puede que sí. -Yo pensaba que mandando a la niña al Liceo, no iba a juntarse nunca con ese tipo de gente. -Es uno de los colegios más caros de la ciudad, y por eso lo escogimos. De hecho, no creo que haya muchos mortales matriculados. Pero el Liceo no puede hacer distinciones, por lo menos si se pagan las cuotas, y mucho menos entre mortales e inmortales. Perderían la subvención del gobierno si lo hicieran. -Pues no me parece bien, Imanol. ¿Y si nuestra hija se hace amiga de ese Iñaki? Sería una relación muy desigual. Iñaki se morirá cualquier día, eso es inevitable, y eso le haría mucho daño a Ixiar. Creía que ya habíamos hablado de esto, que a nuestra hija le convenía tratar únicamente con inmortales. -¡Sólo tienen cinco años, Maite! Estate tranquila... -Ya lo sé... De todas formas, no entiendo por qué, teniendo dinero como para matricularlo en el Liceo, sus padres no fueron capaces de pagarle un programa genético de inmortalidad. Me parece una crueldad. -No sabemos por qué razón no lo han hecho. Quizás no andaban tan bien cuando nació el niño. Y ten en cuenta que sigue habiendo personas que están en contra de la inmortalidad, aunque sean ricos. -Nunca lo entenderé, de verdad.

ƚǁ Ğů>ŝďƌŽ͗WŽƌǀĞŶŝƌ͗ŝĞĐŝƐŝĞƚĞĐƵĞŶƚŽƐĐĂƐŝƉŽůşƚŝĐŽƐ͘>ĞŶŐƵĂĚĞƚƌĂƉŽ͘ϮϬϬϳ /ďĂŶĂůĚƵĂ;^ĂŶ^ĞďĂƐƚŝĄŶ͕ϭϵϲϲͿĞƐƉƌŽĨĞƐŽƌĚĞůĂhŶŝǀĞƌƐŝĚĂĚĚĞůWĂşƐsĂƐĐŽĞŶsŝƚŽƌŝĂ͘ Ğ ƐƵƐ ůŝďƌŽƐ ĚĞ ĐƵĞŶƚŽƐ ĚĞƐƚĂĐĂŶ͗ >Ă ŝƐůĂ ĚĞ ůŽƐ ĂŶƚƌŽƉſůŽŐŽƐ LJ ŽƚƌŽƐ ƌĞůĂƚŽƐ ;ϮϬϬϮͿ͕ DĞŶƚŝƌĂƐ͕ŵĞŶƚŝƌĂƐ͕ŵĞŶƚŝƌĂƐ;ϮϬϬϲͿLJ>ĂƉĂƚƌŝĂĚĞƚŽĚŽƐůŽƐǀĂƐĐŽƐ ;ϮϬϬϵͿ͘ƐĐŽůĂďŽƌĂͲ ĚŽƌŚĂďŝƚƵĂůĞŶĚŝǀĞƌƐŽƐŵĞĚŝŽƐĚĞĐŽŵƵŶŝĐĂĐŝſŶ͘

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:ƵĞŐŽƉŽĠƚŝĐŽ WĂůĂďƌĂƐWƌĞƐƚĂĚĂƐ Es como el Sudoku pero más creativo. http://libropalabrasprestadas.blogspot.com

ůǀŝƐŽƌĚĞůĐŽƌƚŽŵĞƚƌĂũĞ hŶĞŶĐƵĞŶƚƌŽĂďŝĞƌƚŽĐŽŶĞů ďŝĞŶĐŽŵƷŶĐŽŵŽŽďũĞƚŝǀŽ͘ www.elvisordelcortometraje.com

ĂƚĂƐĐŝĞŐĂƐ ĂĚĂǀŝĞƌŶĞƐƐĞĐĂƚĂƵŶĐƵĞŶƚŽ ĚĞϮϭ͗ϬϬĂϮϮ͗ϬϬŚ͘ dƌĞƐƌŽƐĂƐĂŵĂƌŝůůĂƐ ͬ^ĂŶsŝĐĞŶƚĞ&ĞƌƌĞƌ͕ϯϰ͘DĂĚƌŝĚ www.tresrosasamarillas.com

WƌĞŵŝŽƐĚĞDŝĐƌŽǀşĚĞŽ&hE/MEE> dĞŵĂΗŽŵĞƌƐĞĞůĂŐƵĂΗ Hasta el 13 de abril de 2012 www.fundacioncanal.com

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ĚĞĐĂŵŝŶŽ

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Las personas que pusimos en marcha Tipos Infames creímos que había un hueco para apostar por la narrativa de calidad y por la literatura independiente en Madrid. Nuestra experiencia nos ayudó a constatar que, dentro del actual marco, el concepto tradicional de librería debía actualizarse y abrirse a otro tipo de actividades y públicos diversificando su actividad. En esa creencia decidimos incorporar a la librería una cafetería, una bodega y una sala de exposiciones con la intención de articular un espacio dinámico y abierto a la cultura. Hoy estamos muy orgullosos de poder decir que Tipos Infames es una librería que sigue fiel a sus convicciones iniciales y un lugar en el que ocurren cosas. ƚǁ ǁǁǁ͘ƚŝƉŽƐŝŶĨĂŵĞƐ͘ĐŽŵ ĐƚŝǀŝĚĂĚĞƐŵĂƌnjŽ͗ ϭWƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶĚĞΗůĄƌďŽůĚĞůĂĐŝĞŶĐŝĂΗĚĞWşŽĂƌŽũĂLJΗůĐĂŵŝŶĂŶƚĞΗ ĚĞ,ĞƌŵĂŶŶ,ĞƐƐĞ ;ĂƌŽZĂŐŐŝŽͿͮϳWƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶĚĞΗhŶďƵĞŶĐŚŝĐŽΗĚĞ:ĂǀŝĞƌ'ƵƚŝĠƌƌĞnj;DŽŶĚĂĚŽƌŝͿͮ ϴ/ŶĂƵŐƵƌĂĐŝſŶĚĞůĂĞdžƉŽƐŝͲ ĐŝſŶĚĞĚŝďƵũŽƐĚĞŶƚŽŶŝŽ'ĂůǀĄŶͮ ϵWƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶĚĞΗ^ŝĞƚĞΗĚĞůďĞƌƚŽŚŝŵĂů;^ĂůƚŽĚĞWĄŐŝŶĂͿͮ ϭϬWƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶ ĚĞ ΗŝĞŶĨŝĐƚŝŵşŶŝŵŽƐΗ;&ŝĐƚŝĐŝĂĞĚŝƚŽƌŝĂůͿͮϭϯ WƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶĚĞůWƌĞŵŝŽYƵŝŹŽŶĞƐĐŽŶ:ĞƐƷƐ&ĞƌƌĞƌŽLJDŝŐƵĞůĂLJſŶ ͮϭϱ WƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶĚĞΗůĐŽƌĂnjſŶĚĞ:ƵůŝĂΗ ĚĞZŽďĞƌƚ:ƵĂŶͲĂŶƚĂǀĞůůĂͮϮϴ ŶĐƵĞŶƚƌŽĐŽŶ:ŽŶŝůďĂŽ͘WƌĞƐĞŶƚĂ^ĂůƚŽ ĚĞWĄŐŝŶĂͮϮϵ WƌĞƐĞŶƚĂĐŝſŶĚĞΗDĞũŽƌƋƵĞĨŝĐĐŝſŶΗ͕ůŝďƌŽĐŽŽƌĚŝŶĂĚŽƉŽƌ:ŽƌĚŝĂƌƌŝſŶ;ŶĂŐƌĂŵĂͿ

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>ŽŶĚƌĞƐ Tras una nueva bronca con su mujer, Richard salió de casa dando un portazo y se subió al coche. -Esta vez se acabó -se dijo, con la voz enronquecida de tanto gritar. Condujo a toda velocidad, espoleado por el desencanto. Cerca de Ilford vio un todoterreno estrellado contra un poste de la luz. Se detuvo en el arcén y, olvidando sus propias circunstancias, corrió a echar una mano. El conductor estaba aplastado contra el volante, con el torso hundido y un ojo abierto que miraba ya desde la muerte. Junto a él descansaba un teléfono móvil que, asombrosamente intacto tras el choque, empezó a sonar. Richard vaciló unos instantes, turbado por las ufanas reverberaciones de la sintonía en el ámbito lúgubre del accidente. Por fin introdujo la mano por la ventanilla rota del copiloto, cogió el teléfono y contestó. -¿Sí? -dijo, con un hilo de voz. -Amor, soy yo. Perdóname. Vuelve a casa, por favor. Te quiero… No pudo escuchar más. Colgó el teléfono y, con un nudo en la garganta, se quedó mirando cómo las primeras gotas de lluvia salpicaban la pantalla. 

ƚǁ ĞůůŝďƌŽ͗EŽŚĂďƌşĂƐŝĚŽŝŐƵĂůƐŝŶůĂůůƵǀŝĂ;E,,ŽƚĞůĞƐ͕ϮϬϬϴͿ ZƵďĠŶďĞůůĂĞƐĂƵƚŽƌĚĞƚƌĞƐŶŽǀĞůĂƐ͗>ĂƐŽŵďƌĂĚĞůĞƐĐĂƉŝƐƚĂ;WƌĞŵŝŽdŽƌƌĞŶƚĞ ĂůůĞƐƚĞƌϮϬϬϮͿ͕ůůŝďƌŽĚĞůĂŵŽƌĞƐƋƵŝǀŽ͕;ĨŝŶĂůŝƐƚĂĚĞůEĂĚĂůϮϬϬϵͿLJĂƌƵĐĞŶĞů ƌşŽ ;ϮϬϭϭͿ͘,ĂƉƵďůŝĐĂĚŽƚĂŵďŝĠŶĚŽƐůŝďƌŽƐĚĞŵŝĐƌŽƌƌĞůĂƚŽƐ͗EŽŚĂďƌşĂƐŝĚŽŝŐƵĂů ƐŝŶůĂůůƵǀŝĂ ;WƌĞŵŝŽDĂƌŝŽsĂƌŐĂƐ>ůŽƐĂE,ϮϬϬϳͿLJ>ŽƐŽũŽƐĚĞůŽƐƉĞĐĞƐ;ĨŝŶĂůŝƐͲ ƚĂĚĞůWƌĞŵŝŽ^ĞƚĞŶŝůϮϬϭϭͿ͘

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ĞŶƚƌĞĐŽĐŚĞLJĂŶĚĠŶ

DĂůĞnjĂ ƵŐƵƐƚŽ,ĞƌŶĄŶĚĞnj ůƵŵŶŽĚĞ&ƵĞŶƚĞƚĂũĂ͕ƚĂůůĞƌĞƐĚĞĞƐĐƌŝƚƵƌĂĐƌĞĂƚŝǀĂ

Suelo llegar cansado después de un largo viaje en metro por las tripas de la ciudad. A esa hora debe hacer rato ya que Ana está en casa. La mayoría de las veces me la encuentro de pie junto al mirador, tan sólo con una vieja camiseta mía por encima. Con ambas manos rodea una taza de té caliente sobre la que sus labios, tan delicados, soplan hasta que el vaho empaña el cristal. El aroma del té mezclado con las fragancias de su cuerpo recién salido de la ducha, la visión de sus pies descalzos y de sus piernas desnudas junto al ventanal, donde ella pasa largos ratos contemplando calles vacías como quien otea el horizonte en la cima de una isla desierta, es lo único de esta casa que adensa intimidad. Ana se vuelve en silencio hacia la entrada cuando oye introducir la llave en la cerradura y abrirse la puerta. Apenas separa nunca sus labios del borde de la taza para darme la bienvenida y en la atmósfera fría de este salón de paredes desnudas, sin más decorado que una alfombra y un búcaro vacío y sin pedestal, se confunden el vapor, el aliento de nuestras palabras y algún suspiro. Hace casi un año ya que Ana y yo nos instalamos en este piso como quien quiere mudar de piel, acaso buscando un hogar. Sin embargo, no termino de adaptarme al aire que tiene este sitio a sala de conciertos vacía, ni a la impresión gélida y desangelada que me producen siempre, sea invierno o verano, las calles que debo recorrer a diario hasta poder ver un alma, calles enormes abiertas entre edificios de factura novísima que parecen levantarse más sobre un tablero de monopoly que sobre un país.

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ĞŶƚƌĞĐŽĐŚĞLJĂŶĚĠŶ

A veces, cuando recorro rutinariamente mi camino por estas calles desiertas, en cuyas aceras ni siquiera se ve un chicle pegado al gris del pavimento, me parece oír el bullicio de niños que juegan, ríen y cantan. A medida que subo las escaleras sus voces me resultan más familiares y hasta creo escuchar a Ana tratando de poner orden. Sin embargo, cuando llego a casa y abro, las sombras de esos niños se escurren por el hueco de la puerta entornada. Ana y yo nos encontramos a solas y el silencio lo rodea todo como una coraza en la que empiezan a notarse ya las estrías que nos va dejando el tiempo. En esos momentos me parece ver rodar por el suelo, como pelusas, las ilusiones por las que decidimos instalarnos en una casa tan grande. El frío reinante me recorre entonces todo el cuerpo. Dejo mi cartera y mi abrigo en el suelo, y me acerco hasta Ana que sigue junto al ventanal. La beso muy suavemente en el cuello y la rodeo por detrás con mis brazos. A veces se le escapa una leve lágrima que brilla sobre su mejilla a la luz del sol poniente. Entonces paso mis manos por su vientre y siento que la maleza se ha adueñado de él, como si fueran ruinas.

ƚǁƵŐƵƐƚŽ ,ĞƌŶĄŶĚĞnj ŶĂĐŝſ ĞŶ ϭϵϴϬ ĞŶ dĞŶĞƌŝĨĞ LJ ĞƐ ůŝĐĞŶĐŝĂĚŽ ĞŶ ĨŝůŽƐŽĨşĂ LJ ƉĞƌŝŽĚŝƐŵŽ͘ ĞƐĚĞ ŚĂĐĞ ĂůŐƷŶ ƚŝĞŵƉŽ ĂĐƵĚĞ Ă dĂůůĞƌĞƐ &ƵĞŶƚĞƚĂũĂƐŝŶŵĄƐĂƐƉŝƌĂĐŝſŶƋƵĞǀĞƌƋƵĠŽĐƵƌƌĞĂůũƵŶƚĂƌƉĂůĂďƌĂƐ͘

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ƉŽƌŵŽƚŝǀŽƐĂũĞŶŽƐͲKh<>>

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^ŽŶƌĞşƌĞƐƵŶƚƌƵĐŽŝŶĨĂůŝďůĞ WͲ͎ŶƋƵĠƚƌĞŶĞƐƚĄƐƐƵďŝĚĂĂŚŽƌĂ͍ ZͲEn demasiados trenes y con posibilidad de cogerlos todos y de viajar en ellos, pintura, dibujo, cine, fotografía, poesía, narrativa… A ver si funciona esto de la física cuántica y empiezo a ser varias, aunque no sé si ya lo estoy consiguiendo. Quiero una que esté todo el día en el estudio. WͲ ͎ƵĄůĞƐĞůƉĞŽƌĂƉƌŝĞƚŽĞŶĞůƋƵĞƚĞ ŚĂƐǀŝƐƚŽ͍ ZͲComo dirían Martes y Trece: Caramba con la preguntita, me cuesta pensar en eso. WͲ ͎ůƉƌŽĐĞƐŽĚĞĐƌĞĂĐŝſŶĐŽŶĞůƋƵĞ ŵĄƐƚĞŚĂƐĚŝǀĞƌƚŝĚŽ͍ ZͲSoñando que vuelo, me encanta volar, pero sin aparatos, ¿eh? con mi cuerpecillo. WͲŽŵƉůĞƚĂůĂĨƌĂƐĞ͗zŽƉĂƌĂƐĞƌĨĞůŝnj͙ ZͲNo necesito nada, me tengo a mí misma, que me divierte mucho. Y que nadie rompa la armonía. WͲ>ŽƐƚƌĞŶĞƐƋƵĞƐĞƉŝĞƌĚĞŶ͎ǀƵĞůǀĞŶĂ ƉĂƐĂƌ͍ ZͲPues sorprendentemente vuelven a pasar pero… se vuelven a perder, parece que lo que nace para ser perdido… Pero te diré una buena cosa, las situaciones se repiten para bien, así que un tren perdido seguro que se vuelve a coger cuando llegue el momento adecuado, puede que dentro de dos minutos, puede que dentro de 200 años. WͲ>ŽďƌĞǀĞƐŝďƵĞŶŽ͙ ZͲBueno, bueno, por mí… lo bueno si eterno, eternamente bueno. WͲ͎YƵĠůŝďƌŽƚĞŚĂŵĂƌĐĂĚŽ͍ ZͲEl Cantar de los Cantares, por decir uno. Escoger no me gusta porque todos los que he leído me conforman. También hay cosas que he leído que ahuyento de mí.

WͲ͎ƵĄůĞƐƚĄƐůĞLJĞŶĚŽĂŚŽƌĂ͍ ZͲMuchos a la vez, mi cama está rodeada de libros, leo por la noche y me duermo muy tarde, a veces me caigo encima del libro, o el libro cae sobre mí. Pero ahora mismito estoy leyendo mucho sobre alimentación viva. Cuando viajo llevo siempre un bolso lleno de todo lo necesario, lápices, acuarelas, cuadernitos, libros y últimamente está ahí el de las obras de Santa Teresa. Lo que más me gusta es el libro en blanco para dejar aparecer palabras en él. WͲƵĠŶƚĂŶŽƐƵŶƚƌƵĐŽŝŶĨĂůŝďůĞ͘ ZͲPero, ¡para qué! a ver… No, los trucos no se desvelan, los magos guardamos muy bien este pacto. Si quieres alguna receta, tengo muchas, muy buenas. Por ejemplo si te duele la cabeza bebe un litro de agua y lo verás desaparecer. Sonreír es un truco infalible y se puede desvelar. WͲ͎ƵĄůĞƐůĂŵĞũŽƌŵĂŶĞƌĂĚĞĐŽŶƚĂƌ ƵŶĐƵĞŶƚŽ͍ ZͲCon niños ávidos de escucharlo, son los mejores escuchadores y con ese público los cuentos salen a borbotones. WͲ͎hŶŵĞĚŝŽĚĞƚƌĂŶƐƉŽƌƚĞƋƵĞƚĞ ŵŽƚŝǀĞ͍ ZͲEl tren, soy un bicho raro que se niega a coger aviones. Y andar o la bici son mis preferidos. Andar es más seguro, algunas ciudades no tienen en cuenta a los ciclistas. WͲƵĂŶĚŽďƵƐĐĂƐƌĞĨƵŐŝŽ͕͎ŚĂĐŝĂ ĚſŶĚĞƚĞŽƌŝĞŶƚĂƐ͍ ZͲHacia adentro, hacia mi templo. WͲ͎YƵĠĞƐůŽƋƵĞƚĞŐƵƐƚĂĚĞDĂĚƌŝĚ͍ ZͲQue es una ciudad blanca a pesar de las últimas torres que rompen la estética de Madrid. Y sobre todo lo abierta que es la gente aquí, es muy divertido.

ƚǁ >ĂKďƌĂƌƚşƐƚŝĐĂ ΗWŽƵƌYƵŽŝ͍ΗĚĞůĂĂƵƚŽƌĂKh<>>͕KďƌĂĞŶsşĚĞŽƌƚĞ ƉƌŽĚƵĐŝĚĂƉŽƌ/ƐĂďĞůĞƚƚŝŶĂĂƉĂƌƌſƐ͕ƐĞƉƌĞƐĞŶƚĂĞůϳĚĞŵĂƌnjŽĞŶDŝĐƌŽƚĞĂƚƌŽ ƉŽƌĚŝŶĞƌŽ͘,ĂďƌĄƉƌŽLJĞĐĐŝſŶĐŽŶƚŝŶƵĂĚƵƌĂŶƚĞĞůŵĞƐĚĞŵĂƌnjŽLJŵŝĐƌŽŵŽŶſůŽŐŽ ůŽƐũƵĞǀĞƐϴ͕ϭϱ͕ϮϮLJϮϵĚĞŵĂƌnjŽ͕ĞŶƐĞƐŝſŶŐŽůĨĂ͘ǁǁǁ͘ƚĞĂƚƌŽƉŽƌĚŝŶĞƌŽ͘ĐŽŵ

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