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NĂşmero 1 | noviembre 2011


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ĞůŵƵƌŽ [3] ĂŶĚĠŶƵŶŽ [5]

Una revelación, José María Merino ĂŶĚĠŶĚŽƐ [9]

Una silla para alguien, Andrés Neuman ĂŶĚĠŶƚƌĞƐ [13]

La partida, Ángel Zapata ĚŝŶĚŽŶĚŝŶ [16] ĚĞĐĂŵŝŶŽ [17] ďƌĞǀĞDĞŶƚĞ [18]

Manuel Moyano ĞŶƚƌĞĐŽĐŚĞLJĂŶĚĠŶ [20]

El cobarde en el reino de las ratas, Ricardo Hierro ŵĞƚƌŽůŝŐĞƌŽ [22] ƉŽƌŵŽƚŝǀŽƐĂũĞŶŽƐ[23]

ƉƌſdžŝŵĂ ĞƐƚĂĐŝſŶ͘͘͘

Jorge Sanz

ĂŶĚĠŶƵŶŽ DĞĚĂƌĚŽ&ƌĂŝůĞ

ĂŶĚĠŶƚƌĞƐ DĂƚşĂƐĂŶĚĞŝƌĂ

ĂŶĚĠŶĚŽƐ :ĞƐƷƐKƌƚĞŐĂ

ĞŶƚƌĞĐŽĐŚĞLJĂŶĚĠŶ ƐĐƵĞůĂĚĞƐĐƌŝƚŽƌĞƐ

ĚŝƚĂ͗ŐƌƵƉŽĂŶĚĠŶĐŽŵƵŶŝĐĂĐŝſŶ C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edición@cuentosparaelanden.com ŝƐĞŹŽ͗www.jastenfrojen.com WƵďůŝĐŝĚĂĚ͗publi@cuentosparaelanden.com /ŵƉƌĞƐŝſŶ͗Eurocolor ŽŶƐĞũŽĞĚŝƚŽƌŝĂů͗Alejandro Moreno, Eugenia Angulo, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez. /ůƵƐƚƌĂĐŝſŶ͗© tiagertrudis | tiagertrudis.wordpress.com | info@tiagertrudis.com ͘>͗͘M-42629-2011


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ĞůŵƵƌŽ

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es un refugio en el que introducirte mientras viajas, esperas, comienzas o terminas, pequeñas píldoras para que completes tus viajes. Relato corto, fotografía, cine, agenda, todo el formato breve que llena este trayecto breve. Leer, mirar, reír, pensar, todo en un rato. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

ΛĐƵĞŶƚŽƐĂŶĚĞŶ ůĞĐƚŽƌΛĐƵĞŶƚŽƐƉĂƌĂĞůĂŶĚĞŶ͘ĐŽŵ

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AQUELLA mujer joven sentada frente a él en el vagón del metro, no muy agraciada, cuyo cabello brotaba casi en la frente, vestida de una manera que parecía rancia, le recordó con certeza la imagen de su propia madre antes de casarse, en una fotografía que conservaba en el álbum heredado tras su defunción. Las facciones eran idénticas, así como el aire melancólico de los ojos y la curva un poco desplomada de los labios. También la presencia de la mujer tenía el aire brumoso de la imagen fotográfica. Y al reconocer aquel rostro y aquella figura, comprendió que no era la primera vez que recibía esa impresión de familiaridad, aunque no hubiera detenido lo suficiente su atención en el motivo. A partir de entonces viajaba en el metro sin otro fin que observar con avidez a los pasajeros, y a lo largo del siguiente mes fue reconociendo otras gentes de su cercanía ya fallecidas: a su padre, en un joven que hasta por la ropa recordaba al oficial uniformado ϱ


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retratado en aquella vieja foto dedicada. A Evangelina, su mujer, a su abuelo Adolfo, a su hermana Chon: una muchacha rubia y flaca, un hombre calvo de hombros cargados, una niña de ojos saltones. Poco a poco fue encontrándose los rostros y los cuerpos de muchos de los muertos de su vida, que mostraban el mismo aire vago de las imágenes del álbum. Una tarde, un reflejo en la ventanilla lo sobresaltó, porque estaba él solo en aquella parte del vagón y el cristal mostraba la figura de un hombre con el pelo oscuro, sin barba, en lugar de presentar la imagen de su figura decrépita con cabeza barbuda y canosa: aquel reflejo era una imagen fotográfica suya de varios años antes. Aquella vez, al regresar a casa, ya no recordaba muy bien el itinerario, como si en lugar de tratarse de lugares reales recorriese los espacios de una memoria en trance de desvanecerse. Ahora siempre está en el metro y va olvidando poco a poco lo que fue. Acaso algún día uno de sus hijos, al contemplar su imagen, recuerde aquella foto de abogado vestido con la toga recién estrenada, que presidió su despacho hasta su muerte.  ƚǁ /ŶĠĚŝƚŽ͗ Ğů>ŝďƌŽĚĞůĂƐŚŽƌĂƐĐŽŶƚĂĚĂƐ͕ƋƵĞƐĞƉƵďůŝĐĂƌĄĞŶůĨĂŐƵĂƌĂĞĚŝƚŽƌŝĂů͘ Ŷů>ŝďƌŽĚĞůĂƐŚŽƌĂƐĐŽŶƚĂĚĂƐ ĞůĂƵƚŽƌĂǀĂŶnjĂƵŶƉĂƐŽŵĄƐĞŶƐƵƚƌĂLJĞĐƚŽƌŝĂůŝƚĞƌĂͲ ƌŝĂĂůĂďŽƌĚĂƌůĂĐƌĞĂĐŝſŶĚĞƐƵƐĨŝĐĐŝŽŶĞƐĐŽƌƚĂƐĐŽŶƵŶĂŶƵĞǀĂĨſƌŵƵůĂ͗ůĂĚĞƵŶĂ ƐĞƌŝĞĚĞĐƵĞŶƚŽƐLJŵŝŶŝĐƵĞŶƚŽƐĞŶůĂnjĂĚŽƐƉŽƌƵŶŽƐƉƌŽƚĂŐŽŶŝƐƚĂƐĐŽŵƵŶĞƐ͕ƋƵĞĐŽŶͲ ĨŽƌŵĂŶƵŶĂƚƌĂŵĂŶŽǀĞůĞƐĐĂ͘

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ESTA es tu silla, madre, ¿ves?, por favor, siéntate. He desplegado el respaldo, he revisado las ruedas y les he pasado un trapo húmedo para que tus manos sigan blancas. Blancas, no inocentes: a ti y a mí la inocencia no nos interesa demasiado. El color blanco sí porque es fruto del esfuerzo, hace falta cuidarlo, mantenerlo limpio. La he preparado, ¿sabes?, durante meses, años, ya no me acuerdo bien. Siempre me pasa lo mismo con esta silla. Me concentro tanto en ella, que el calendario se pone a rodar y ya no sé hace cuánto te espero. Ven, voy a peinarte, voy a ordenarte los cabellos con la paciencia de las grandes ocasiones, como si cada pelo fuese la cuerda de un instrumento. Porque hoy, esta mañana o esta tarde, no sé bien, ¿qué hora será?, hoy mismo vamos a estrenar esta silla de ruedas que no te ofende, como no pueden ofenderte la luz tibia, el aroma a café de las terrazas o la brisa que va a desordenarte ese peinado. Y así debe ser, ¿no? Las cosas no se ordenan para que permanezcan, se ordenan para invitar al tiempo a que haga bien su trabajo. Bueno, entonces ya estamos preparados, o casi. Estamos preparados, salvo por el detalle de la gorra. Esa gorrita verde, ¿te la ponemos o no? Hay que reconocer que te da un toque de humor, quizá te hace más joven. Aunque sé que te quita perspectiva y proyecta un balcón de sombra sobre tus ojos. Mejor te la quitamos. También puedes llevarla en el regazo, por si el sol se nos pone caprichoso. El sol es caprichoso, me contestas, es su naturaleza. Detengo el impulso que estaba a punto de darle a tu silla. Tienes razón, bastante razón: es su naturaleza. Que el sol sea un poco imprevisible le termina de dar su carácter de milagro. De acuerdo. Lo que no tengo claro es si eso significa que te vas a poner la gorrita verde o no. ϵ


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¿Nos queda alguna cosa más? Repasemos. Cuando salimos juntos me distraigo fácilmente, puedes tomártelo como un cumplido, mira que eres coqueta. ¿Falta algo? ¿Tu pulsera de la suerte? ¿Tu chaleco liviano? ¿Tu pañuelo amarillo? No creo que necesitemos más abrigo, aquí el sol es caprichoso pero también intenso. Te prometo una calle luminosa. Te prometo que va a haber más pájaros que coches. Te prometo que voy a silbar mientras paseamos. Te prometo que vamos a reírnos. Y si después hace falta llorar, lloraremos. Qué delicia de aire, ¿lo notas? Imagínate cómo va a acariciarnos cuando empecemos a movernos. Me gusta decirlo así, en plural, movernos, porque pienso que salir con una silla tiene esa ventaja, cada uno participa del cuerpo del otro, con un mismo empuje caminan dos. Hoy tus pies me gustan más que nunca, se los ve con la curiosidad en los talones, preciosos dedo a dedo, esas sandalias no te las había visto. Ahora, por favor, vamos soltando los frenos. Así, despacio. Uno, otro. Perfecto. Para ser la primera vez, pareces una experta. Avanzo, ya avanzamos. Esto es mucho mejor de lo que imaginaba. ¿Te gusta? ¿Te divierte? Juguemos a los barcos. Tú eres la vigía y yo soy el timonel. Me gustaría mucho que cantaras. Allá voy, allá vamos. Ya te escucho cantar. Ya se inflan las velas. Qué rápido rodamos, esto hay que repetirlo. Allá van nuestras ruedas, que giren, que no frenen nunca más. ¿Vas bien? ¿Estas cómoda? Definitivamente, este paseo ha sido una gran idea. Silla veloz, silla de tiempo, silla vacía al aire. Silla colmada de alguien que se hubiera sentado. 

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o que aprendas por

habérselo oído decir a otro, lo olvidarás fácilmente. Lo que aprendas con tu propio cuerpo, lo recordarás toda la vida.” Gichin Funakoshi

(1868-1957) Maestro japonés considerado el padre del Kárate moderno.

Escuela de Artes Marciales General Dávila, 11 • 28003 Madrid • Metro: Guzmán El Bueno (Líneas 6 y 7) info@gimnasiokenkyukai.com • telf: 91 534 95 71 • www.gimnasiokenkyukai.com


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>ĂƉĂƌƚŝĚĂ ŶŐĞůĂƉĂƚĂ

al palo más alto de un buque. Lleva allí varios días, subido a horcajadas en la cruceta, en medio de una tempestad terrible. Sin un segundo de respiro, el buque es izado por los brazos del agua hasta un cielo cobalto, veteado de fuego, o bien cae al vacío, igual que una brizna de polvo, desde la cresta de unas olas tan altas como cordilleras. El marinero sigue allí, encaramado al mástil, cuando el capitán sale a cubierta llevando en una mano un farol náutico, y en la otra una tartera de aluminio. –¡Marinero Rosas! –grita con fuerza el capitán–. ¡Le ordeno que deponga su actitud! –¡Me es imposible, capitán! –responde el marinero–. ¡Las mollejas de pollo estaban duras!

© tiagertrudis 2011

UN MARINERO ESTÁ ENCARAMADO


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–Pero Rosas ¿no ve que estamos en un tris de irnos a pique? ¡Por Dios bendito! Qué importan ahora unas mollejas. –Importan, capitán. Importan mucho. Las mollejas de pollo tienen que estar jugosas. Es así, capitán. –¡Rosas! –¡Sí, mi capitán! –El cocinero le ha preparado unas albóndigas. Por orden mía. Las traigo aquí, en la tartera. Mírelas. Y además son albóndigas en salsa. Muy ricas. Baje usted de una vez. No sea tozudo, Rosas. –Mi capitán: con todos los respetos, yo no he tragado nunca las albóndigas. Eso no arregla nada, señor. La otra noche –usted lo vio perfectamente– estuve a punto de llorar cuando nos dijo el cocinero que había preparado mollejas de pollo. Figúrese. ¡Mollejas de pollo! Aquí. En alta mar. Doblando nuestro buque el Cabo de Hornos, con viento favorable. El corazón no me cabía en el pecho, capitán. ¡Mollejas de pollo! Habría besado al cocinero, créame. ¡Oh, capitán: qué bellas son las ilusiones! ¡Y qué poquito duran, las puñeteras! –¡Modere su lenguaje, Rosas! –¡A la orden, mi capitán! –¡Rosas! –¡Sí, capitán! –Rosas: por qué no se comporta igual que un hombre razonable, y baja ya de ahí. ¿No comprende usted que me pone en ridículo si vuelvo a entrar con la tartera? –Lo comprendo, mi capitán. –¿Y no va a hacer eso por mí? –Me es imposible, señor. Las mollejas de pollo estaban duras. –¡Rosas! –¡Sí, mi capitán! –Hace ya dos horas que toda la tripulación está achicando agua en las bodegas. ¿No lo ha notado? El buque escora hacia estribor. Nos hacen falta brazos, Rosas. No puede usted seguir en la cruceta. –Me hago cargo, señor. –Se hace usted cargo. –Sí señor. –¿Entonces le esperamos en las bodegas? –Desde luego que no, capitán. El buque está escorado. Se va a pique. Muy ϭϰ


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bien. ¡Y qué intenta decirme con eso! Yo habría besado al cocinero. Esté seguro de que le habría besado. Pero eso fue hace tres días. Ahora ya es imposible contar conmigo. Las mollejas de pollo estaban duras. ¿Es que no lo comprende? Estaban duras, capitán. –¡Rosas! –le grita el capitán exasperado. E incluso tira al suelo la tartera, en un rapto de furia. También la tira como una especie de amenaza. Pero es un gesto inútil. Antes que pueda volver a hablarle, una ola gigante barre de abajo a arriba la cubierta del buque. En cuestión de segundos, una masa de agua levanta al capitán a treinta metros de la cubierta. Lo levanta, exactamente, hasta el mismo lugar de la cruceta donde está atrincherado el marinero Rosas. Un rayo corta el cielo de la noche, despedazado por la tempestad. Por un momento, el capitán y el marinero Rosas quedan así, sentados frente a frente, uno encima de otro, abrazados al mástil de cruceta. Es un momento fugacísimo. Un pestañeo. Nada. Pero los dos, el capitán y el marinero Rosas, aún tienen tiempo de cruzar unas palabras de despedida: –Rosas ¡qué mala leche tiene usted, carajo! –le dice el capitán. –Créame que lo siento, señor -contesta Rosas–. Pero es un hecho. Las mollejas de pollo estaban duras. Después todo ocurre en una fracción de segundo. El capitán prevé el peligro y le da a Rosas su farol náutico. Rosas lo coge por los pelos. Y la misma ola que ha empujado hasta arriba al capitán, arrastra al marinero fuera del buque. –¡Estaban duras, capitán! ¡Las mollejas de pollo estaban duras! –se le escucha a lo lejos. Y luego ya no se oye nada. Mientras el buque lucha por no irse a pique, la ola se lleva al marinero Rosas hasta las cordilleras y los valles de agua salada. Hasta el océano y su ira. Hasta esa otra oscuridad, detrás de todas las tormentas, invisible a los ojos. 

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DŝĐƌŽƚĞĂƚƌŽƉŽƌĚŝŶĞƌŽ dĞŵĂ͗WŽƌƋƵĞŵĞĂƐƵƐƚŽ;ŶŽǀŝĞŵďƌĞͿ C/ Loreto y Chicote, 9 Triball www.teatropordinero.com

ůĐŝŶĞ͗&ĞƐƚŝǀĂůĚĞĐŝŶĞĚĞůĐĂůĄĚĞ,ĞŶĂƌĞƐ ŝƐĨƌƵƚĂĚĞůŽƌƚŽ͕ĚĞůϭϮͲϭϴͬϭϭͬϮϬϭϭ Las actividades y los ciclos se organizarán en: - El sueño de Lola [Plz. Santos Niños, 5], - Teatro Salón Cervantes [C/Cervantes s/n] - El Corral de Comedias [Pza. de Cervantes, 15]

sĞĚŝĐŝſŶĚĞůŽŶĐƵƌƐŽĚĞDŝĐƌŽƌƌĞůĂƚŽƐ ĚĞůĂĂĚĞŶĂ^ĞƌLJůĂƐĐƵĞůĂĚĞ ƐĐƌŝƚŽƌĞƐĚĞDĂĚƌŝĚ http://www.escueladeescritores.com/concurso-cadena-ser.

>ĂƐDŝŶŝĂƚƵƌĂƐĞŶĞůDƵƐĞŽĚĞůWƌĂĚŽ El Museo del Prado expone por primera vez, y hasta febrero de 2012, una parte de su desconocida colección de miniaturas. C/ Ruiz de Alarcón, 23 http://www.museodelprado.es

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ĚĞĐĂŵŝŶŽ

A Sabina se le olvidó esta “parada” entre las estaciones de Gran Vía y Tribunal. En una zona casi irreconocible para los que la frecuentaban hace unos años hay una galería que no es sólo una galería. Un taller que no es sólo un taller. Un lugar divertido que no sólo es un lugar divertido. Un montón de sorpresas que son siempre un montón de sorpresas. Un sitio que los que hacemos CpA marcamos en tu camino.

ƐƉĂĐŝŽsĂůǀĞƌĚĞ DĞƚƌŽ͗ 'ƌĂŶsşĂͮ dƌŝďƵŶĂůͲͬsĂůǀĞƌĚĞ͕ϯϬͲWĂƚŝŽ

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KƌŝŐĞŶĚĞůŵŝƚŽ Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado cierta noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, habiendo ya cumplido los quince años, vino a visitarme. Me llamaba "buen doctor", pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. "He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme", dijo. "Así es", respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. "Debieron hacerle caso", fue lo único que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Luego supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus progenitores hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior. Pero ésa es otra historia. 

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ďƌĞǀĞDĞŶƚĞͲDĂŶƵĞůDŽLJĂŶŽ &ĂŶ Parecía imposible, pero Elvis se encontraba allí, delante de mí, haciendo cola en la caja de aquel supermercado. Aunque iba camuflado con unas gafas de sol y una enorme barba gris, hubiera reconocido su rostro incluso bajo un pasamontañas. Le seguí hasta los aparcamientos y, mientras vaciaba el carro de la compra en su maletero, lo abordé. Naturalmente, negó ser Elvis, pero yo le arranqué la barba de un tirón. Como imaginaba, era postiza. "Entonces, no es una leyenda", exclamé. "¡Estás vivo!" Esa noche bebimos hasta hartarnos. Elvis lo pasó en grande, e incluso interpretó algunos compases de Love me tender, aunque, por la edad, ya desafinaba un poco. Cuando empezó a amanecer, me mostró una navaja medio oxidada que guardaba en su cazadora y me pidió disculpas por tener que matarme, ya que -explicó- necesitaba salvaguardar su incógnito. Le aseguré que lo comprendía, y que, para mí, el haber compartido una velada con él ya justificaba toda una vida. Mi cadáver se pudre ahora en una solitaria cuneta de Oregón, es cierto, pero cuántos querrían haber estado en mi lugar. 

ĞƉƌĞƐŝſŶ Roberta Scalabrini, ama de casa, cuarenta y tantos, empuja su carro por los pasillos iluminados del hipermercado mientras repasa mentalmente la lista de la compra, que olvidó en la mesita del recibidor. A saber: un paquete de café, dos de arroz, lentejas a granel, zumo de banana, harina de maíz, concentrado de carne, aceite de girasol, leche desnatada, salsa de tomate, queso parmesano, dos piezas de salami, seis tarrinas de yogur con sabor a fresa, sal yodada, fertilizante líquido para las aspidistras del balcón, alpiste para los canarios, paté de carne para el gato, dulces de crema para Renzo, una libreta de hojas cuadriculadas para Sofia, bebidas energéticas para Cosimo, unas zapatillas nuevas para Angelo, dos cajas de cerveza holandesa para su marido, una botella de raticida para ella misma, que tiene planeado ingerir esta tarde de un solo trago, antes de que los niños regresen del colegio.  ůƐĐƌŝƚŽƌ,ĂƌĂŐĄŶĞƐƚĂďĂƚƵŵďĂĚŽƐŽďƌĞůĂŚŝĞƌďĂ͕ŵĂƐƚŝĐĂŶĚŽůĂďŽƋƵŝůůĂĚĞƵŶĂƉŝƉĂLJĂĂƉĂŐĂͲ ĚĂ͕ĐƵĂŶĚŽƐƵŵĞŶƚĞƐĞǀŝŽŝůƵŵŝŶĂĚĂƉŽƌƵŶĂƐƷďŝƚĂŝĚĞĂ͗Η͎WĂƌĂƋƵĠƚŽŵĂƌƐĞůĂŵŽůĞƐƚŝĂĚĞĞƐĐƌŝͲ ďŝƌƵŶĂŶŽǀĞůĂĚĞƋƵŝŶŝĞŶƚĂƐƉĄŐŝŶĂƐ͕ƐŝƐƵĂƌŐƵŵĞŶƚŽƉƵĞĚĞƌĞƐƵŵŝƌƐĞĞŶĚŽĐĞůşŶĞĂƐ͍Η͘ĐĂďĂďĂ ĚĞƐĞƌĚĞƐĐƵďŝĞƌƚŽĞůŐĠŶĞƌŽĚĞůŵŝĐƌŽƌƌĞůĂƚŽ͘

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Le basta con rozar el dorso de su mano a hurtadillas mientras la adelanta presuroso en las escaleras mecánicas. Se conforma con encontrarla en el reflejo de los cristales del metro, parapetada tras un libro o con los ojos absortos y la mente en otra estación. Lo que él siente es amor verdadero porque nada pide a cambio; un amor, eso sí, prudente y disimulado. A él le pusieron Hilario y piensa que ella podría llamarse Eva. Eva es muy alta para Hilario, y él quizás demasiado vulgar para una chica como ella, hoy con su pelo recogido en un lápiz y su gabán de universitaria con corchetes. Lleva una falda verde, larga hasta los pies. El vagón del metro da un bandazo y cruje mientras frena en seco a mitad del camino que une dos paradas, en ese limbo subterráneo de paredes tan cercanas y oscuridad. Hilario muchas veces escuchó que en esos tramos inciertos entre estación y estación habitan las ratas de la ciudad, es donde se refugian cuando llega el frío. Desde que así se lo contaron, asemeja el zumbido ensordecedor de los tranvías a una suerte de música para roedores. Allí las ratas, enroscando a ese ritmo sus colas en una danza frenética que se repite cada tres o cuatro minutos. El frenazo suspende el encantamiento que sobre Eva ejerce la novela que debe de llevar una semana leyendo. La deja abierta y boca abajo sobre su regazo. Levanta la muñeca y mira el reloj con un chasquido de impaciencia. Hilario está de pie dando la espalda a Eva, junto a la puerta, aferrado a la pesada manilla de apertura. En la ventana ve el reflejo de la falda verde de Eva que le besa los tobillos mientras se levanta. Es la más alta del vagón. Ninguna mujer del pasaje, tampoco ningún hombre, rivaliza con su portentosa estatura. Eva se va acercando con paso apacible, con sus párpados serenos y su boca que nunca sonríe. Lleva la novela prendida entre los dedos. No ha ϮϬ


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hecho ninguna muesca, no ha doblado la esquina de la página, tampoco ha insertado ningún marcador. Debe de haber memorizado el punto exacto en que interrumpió la lectura. Bendita memoria. Huele a hierba y a jabón de abuela y un poco a sudor. Es un sudor nervioso por la incertidumbre de no saber a qué hora llegará hoy a clase, conjetura él. El metro sigue sin reanudar la marcha. Eva llega hasta la posición que ocupa Hilario, que continúa de espaldas a ella con las pupilas clavadas en la ventana, como si hubiera algo interesante que observar en la porción de muro desconchado que hay más allá del cristal. Eva reposa la mano sobre el hombro de Hilario. Él no acierta a discernir si se trata de una caricia o de una llamada de atención. Parece que, con ese gesto, se limitara a aguardar a que él se gire, a que le diga algo; pero Hilario calla entre temblores y sucumbe a un sudor gélido y va menguando hasta hacerse muy pequeño, casi microscópico, poco más que una mota de polvo; tan diminuto que logra deslizarse por la estrechísima ranura que hay en la base de la puerta, fuera del compartimento. Hasta que está seguro de hallarse en el exterior, no voltea la cabeza. Atrás queda el zapato aumentado de Eva y el pespunte de su falda verde, que cae como un telón al fondo de su huida. Hilario trata de reconocer el enorme túnel oscuro en el que ahora se encuentra. Huele a humedad y hace un frío de muerte. El metro arranca y se aleja llevándose la última oportunidad de decirle algo a Eva. Como dos faros, se le echan encima a Hilario dos ojos amarillos y un hocico desmesurado. Los colmillos, de tan blancos, parecen postizos. Babean. Son los colmillos de la reina de las ratas que pueblan los corredores deshabitados del suburbano. Detrás de ella van llegando muchas más ratas enormes en siniestra procesión. Salen de debajo de las vías, se desprenden del techo cóncavo y de los agujeros de las paredes, llegan por delante y también por detrás. Todas bailan. Están bailando mientras agitan las colas. Por fin han dado con un humano minúsculo que echarse a la boca. 

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© Naso González 2011

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tres rosas amarillas librería especializada en relato C/ San Vicente Ferrer 34 28004 Madrid Telf/ Fax: (+34) 915 22 81 08 E-mail: info@tresrosasamarillas.com

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Η>ĂŐŝƌĂĚĞů ƚĞĂƚƌŽĞƐĞů ƚƌĞŶĚĞƚƌĞŶĞƐΗ WͲ͎ŶƋƵĠƚƌĞŶĞƐƚĄƐƐƵďŝĚŽĂŚŽƌĂ͍ ZͲEn uno que me divierte mucho, que es en el tren del teatro, y sobre todo el de la gira del teatro, que es como el tren de trenes, porque no sales de él, vives prácticamente en un tren todas las semanas, estás para arriba y para abajo, y lo estoy disfrutando mucho, me encanta el mundo de la gira. Poder representar una obra así, buena, me parece uno de los grandes lujos del teatro. WͲ ͎ƵĄůĞƐĞůƉĞŽƌĂƉƌŝĞƚŽĞŶĞůƋƵĞƚĞŚĂƐǀŝƐƚŽ͍ ZͲMi vida gira en torno a mis hijos, y sobre todo son los aprietos de mis hijos los que han hecho que los míos ahora ya no parezcan aprietos. WͲ ͎>ĂƉĞůşĐƵůĂŽůĂŽďƌĂĚĞƚĞĂƚƌŽĞŶůĂƋƵĞŵĄƐ ƚĞŚĂƐĚŝǀĞƌƚŝĚŽ͍ ZͲSin duda ninguna, haciendo "La niña de tus ojos" en Praga, con Fernando Trueba y Cristina Huete. Sin duda alguna, ha sido el rodaje en el que más cosas he roto en el hotel. WͲŽŵƉůĞƚĂůĂĨƌĂƐĞ͗zŽƉĂƌĂƐĞƌĨĞůŝnj͙ ZͲNecesito que lo que esté a mi alrededor funcione, tener un mínimo de trabajo, no mucho, para poder disfrutar de mis hijos, de mi vida, de mi casita y de mi huerta. WͲ>ŽƐƚƌĞŶĞƐƋƵĞƐĞƉŝĞƌĚĞŶ͎ǀƵĞůǀĞŶĂƉĂƐĂƌ͍ ZͲNo, no, estoy convencido de que no. Creo que pasan los trenes que tú quieres que pasen en la vida, creo que es una cosa que provocas tú, y no hay que mirar atrás y lamentar los trenes que no has cogido, yo creo que hay que agradecer los que has cogido. WͲ>ŽďƌĞǀĞƐŝďƵĞŶŽ͙͘ ZͲBreve, cojonudo.

WͲ͎YƵĠůŝďƌŽƚĞŚĂŵĂƌĐĂĚŽ͍ ZͲLos primeros que he leído… Orzowei, todavía me acuerdo a la perfección de ese libro. WͲ͎ƵĄůĞƐƚĄƐůĞLJĞŶĚŽĂŚŽƌĂ͍ ZͲEgosurfing, de Llucia Ramis. WͲƵĠŶƚĂŶŽƐƵŶƚƌƵĐŽŝŶĨĂůŝďůĞ͘ ZͲUna vez, grabando zarzuela, con Mari Carmen Ramírez, íbamos a grabar y me explicó que el frío contrae las cuerdas vocales y las deja mucho más finas, mucho mejor, al contrario de lo que se piensa. Yo me tomo un té frío, doble, con limón y miel, antes de las funciones. WͲ>ĂŵĞũŽƌŵĂŶĞƌĂĚĞĐŽŶƚĂƌƵŶĐƵĞŶƚŽ͘͘͘ ZͲA oscuras, a un niño pequeño metido en la cama, y además un cuento inventado. WͲ͎hŶŵĞĚŝŽĚĞƚƌĂŶƐƉŽƌƚĞƋƵĞƚĞŵŽƚŝǀĞ͍ ZͲMi medio de transporte ideal es el tren. De hecho yo me muevo mucho en Cercanías. WͲƵĂŶĚŽďƵƐĐĂƐƌĞĨƵŐŝŽ͕͎ŚĂĐŝĂĚſŶĚĞƚĞ ŽƌŝĞŶƚĂƐ͍ ZͲA la montaña, al valle de Arán, cuando me quiero refugiar me voy a la alta montaña. WͲ͎YƵĠĞƐůŽƋƵĞƚĞŐƵƐƚĂĚĞDĂĚƌŝĚ͍ ZͲMe gusta que lo he exprimido. Las dos décadas gamberras de mi vida las he pasado en Madrid. 

ƚǁ ŶůĂĂĐƚƵĂůŝĚĂĚ:ŽƌŐĞ^ĂŶnjƌĞƉƌĞƐĞŶƚĂũƵŶƚŽĐŽŶWĂďůŽWƵLJŽůLJDĂƌşĂĂƐƚƌŽ͕ƌŝŵĞŶWĞƌĨĞĐƚŽ͘ dĞĂƚƌŽZĞŝŶĂsŝĐƚŽƌŝĂ͕ĐĂƌƌĞƌĂĚĞ^ĂŶ:ĞƌſŶŝŵŽ͕Ϯϲ͘DĂĚƌŝĚ

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Con la colaboraci贸n de:

Ministerio de Cultura

Asociaci贸n Prometeo de Poes铆a

Cuentos para el andén nº1  

Cuentos para el andén es un refugio en el que introducirte mientras viajas, esperas, comienzas o terminas, pequeñas píldoras para que comple...

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