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andénuno

Paco, el encargado del almacén, me lo había advertido en varias ocasiones. Demasiado peso. Demasiados libros amontonados en aquel espacio tan pequeño. Pero no le hice caso. Para tranquilizarlo le dije que a la vuelta del verano tenía pensado alquilar un almacén mayor. Estaba seguro de colocar esa quinta edición, y algunas más. Me relamía solo de pensarlo. Gritar es inútil, rodeado de libros que insonorizan el baño. Tampoco tengo forma de comunicarme con el exterior. El móvil está (aplastado, imagino) en mi chaqueta, que dejé, como siempre, colgada del respaldo de la silla de mi despacho. Nadie puede oírme. Además, las empresas que ocupan las naves vecinas están de vacaciones. Mis empleados tienen tres semanas libres por delante en las que —estoy seguro— no darán señales de vida. Ni tampoco mi familia: mi exmujer se ha llevado de veraneo a mi hijo (este año le tocaba a ella) y quedamos en que yo no vería a Luisito hasta el día 1 de septiembre. Y mi hijo sé que no me llamará, salvo que ocurra algo grave. A sus quince años bastante ocupado estará entre la playa y la discoteca como para pensar en su pobre padre. Nadie se extrañará de mi ausencia ni de mi silencio. He intentado abrir un hueco en el muro de libros que ha sustituido a la pared que hacía de frontera con mi (ahora) derruida oficina. Pero por más ejemplares que aparto, siempre aparecen otros nuevos. Enseguida he dejado de excavar: no es buena idea seguir metiendo libros en mi reducido habitáculo. Me siento como un minero atrapado en una galería subterránea. Luz artificial, calor sofocante, espacio limitado. Quizá alguien que pase cerca del almacén vea lo que ha ocurrido y avise a los servicios de emergencia. Aunque la gente no suele venir a pasear por este polígono perdido en el campo. Y, ahora se me ocurre, puede que el derrumbe solo haya afectado al interior del edificio, que por fuera todo siga igual. Tengo mucha hambre. ¿Cómo voy a aguantar tantos días sin comer? Pensar en ello me trae la imagen de la máquina de chocolatinas que hay al otro lado de la puerta, en el pequeño recibidor de

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Cuentos para el Andén Nº71  

Este número 71 de Cuentos para el Andén viene dispuesto a abrirnos el apetito: como entrante tenemos un plato fantástico, aunque algo indige...

Cuentos para el Andén Nº71  

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