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entrecocheyandén

—Diego, no hace falta que te inventes tonterías para que te haga caso, ahora tengo que atender a tu hermanita. Además —prosigue la madre—, con tentáculos o sin tentáculos no se dice vieja, se dice señora. Desde detrás de la farola veo como Diego cambia el tono de su rostro a un rojo intenso y patea con rabia una botella de cristal abandonada que se rompe en pedazos. Su madre, como un resorte, da un azote en los glúteos de Diego y este grita: «¡Ojalá la Bebé no hubiera nacido!» Y sale corriendo. La madre nerviosa empieza a llamar al niño mirando hacia todos lados. Aprovecho la confusión para acercarme cada vez más a mi objetivo, pero la madre, paralizada por el miedo y la indecisión, no se separa del vehículo donde guarda a Bebé. Segundos más tarde, la madre localiza a Diego en medio de la carretera. Un enorme automóvil rojo se acerca al muchacho y es entonces cuando abandona el carro de Bebé y sale corriendo hacia el niño. Me planto frente a Bebé y mientras saco la vaina de transporte del interior de la gabardina, observo al sujeto del estudio. Parece dormir y su piel es suave y sonrosada, casi luminosa. Es un ser hermoso incluso para mí. Me deshago por fin de las toscas manos humanas, que caen al suelo con un sonido viscoso, y comienzo a extender mis tentáculos alrededor de la criatura. Pesará unos seis kilos. Abro la vaina y deposito con cuidado al espécimen. Su descanso no se turba. Comienzo a introducir las coordenadas en el transportador interdimensional cuando, de repente, siento un objeto largo y agudo atravesar mi espalda. El dolor es intensísimo, los ojos casi me revientan y tengo que soltar la vaina, que cae al suelo. Noto como mi fluido vital, espeso y metálico, se agolpa en la boca y empiezo a vomitar. La acera se tiñe de azul. Veo pedazos de cristal esparcidos. El objeto sale y se clava otra vez, un poco más abajo. Al tiempo, otro pinchazo más pequeño alcanza mi cola. Oigo ruidos y una voz aguda que dice: «¡Mátalo, Mamá, mátalo, mata al monstruo, mamá!». Me doy la vuelta y alzo mis tentáculos, que se agitan intentando parar las ráfagas del cristal. —¡Mecagüen la puta! ¡Ya está bien! —gritó a los malditos monos usando una expresión que según mi base de datos es apropiada para estos casos.

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Cuentos para el Andén Nº71  

Este número 71 de Cuentos para el Andén viene dispuesto a abrirnos el apetito: como entrante tenemos un plato fantástico, aunque algo indige...

Cuentos para el Andén Nº71  

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