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entrecocheyandén

A contraluz Óscar Amador

Alumno de Ítaca Escuela de Escritura

ENZO se fue, pero dejó su sombra. La descubrí una noche a los pocos días de su marcha, acurrucada en una esquina del salón, como asustada, fuera de lugar, abandonada, visible tan solo gracias a la media luz que confería a la estancia la lámpara de pie que tanto le gustaba a Enzo. Era su sombra, sin duda. Distinguí a la perfección su peinado, sus hombros ligeramente caídos, la forma alargada de su hábiles dedos. Era su esencia, silenciosa y oscura. Me acerqué sin hacer ruido y me senté en el sofá. Ella extendió su forma ovillada, se deslizó por la pared y posó su ser ingrávido en el otro extremo. Nos quedamos allí las dos, sin decir nada. La falta de Enzo me había deshecho como un muñeco de trapo que se descose y esparce sus tripas de algodón allí por donde pasa, que se deshilacha en finas hebras de hilo que va desperdigando aquí y allá. Me convertí en una nómada en mi propia casa, una figura errante que se movía por estancias repletas de muebles y recuerdos, pero vacías de presencia. Las habitaciones se agrandaban, se hinchaban como globos, y lo que antes eran refugios en compañía mutaron a solitarios océanos desecados, infinitos universos repletos de nada, por los que yo pululaba en un intento de reencontrar ese hogar que fue y que en ese momento no era más que una sucesión de muros hostiles. Esa fue mi existencia hasta que encontré su sombra, arrebujada entre el sofá y la pared, y su silente presencia me otorgase la calma y sosiego perdidos la mañana nubosa de domingo en la que se fue. Esa primera noche que compartió asiento conmigo desapareció la extrañeza, la angustia, y por primera vez en varios días me encontré tranquila y serena en una habitación, sin la necesidad compulsiva de tener que deambular por la casa. Al principio la encontraba por todas partes. La sombra me estaba esperando allá a donde iba; en un rincón del cuarto de baño, en el recibidor, junto a la mesa de la cocina. Para poder verla, durante las horas de luz tuve que bajar casi por completo las persianas, con la llegada la noche fue necesario encender un par de luces tenues, de ese modo conseguí la iluminación adecuada. Al acostarme se tumbaba a mi lado; en ese momento yo sentía a Enzo junto a mí, en ese instante en el que la vigilia torna a sueño era como si no se hubiese ido y le tuviese a mi lado; me parecía incluso escuchar su respiración tranquila y constante. Yo y su sombra fuimos uno. Me serví de su opaca compañía, de su presencia constante, de su silueta sin detalle, para sobrevivir y tolerar la ausencia de Enzo sin dolor. Vivía a contraluz, en un mundo inverso, en un negativo fotográfico, pero esos días de oscuridad me trajeron el regalo

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Cuentos para el Andén Nº69  

Este número 69 de Cuentos para el Andén trae una historia de ¿amor? Del último libro de relato de Óscar Esquivias; una anomalía meteorológic...

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