Cuentos para el Andén Nº68

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recipiente de frutas y en la posibilidad de elección. Jamás extendí la mano para coger una fruta, más bien alguna saltaba hacia mí, se acomodaba en el hueco de mi mano y, con el tiempo, pensaba que la había escogido yo. Eso me pasó a mí. Mis ojos recorren las rotundas sombras que los árboles trazan en el suelo y, en un punto cegador de sol, me pierdo en mi propia historia de mujer elegida siempre. …Los tiempos han cambiado. Por suerte yo no viví esa elección despótica y caprichosa del momento histórico que plantea el cuento… …Sonrío al recordar que, en la época de mi juventud, se practicaba el espionaje. —Esto no es un almuerzo —le digo a Martina, que vuelve con un pedazo de hielo de color amarillo. —Es de limón, a mí me gusta —dice soltándome en el regazo el montoncito de monedas del cambio. Se sienta en el borde del banco y se abstrae chupando con fruición su polo preferido. …El que elegía, el hombre por supuesto, desplegaba una especie de periscopio a su alrededor y en cuanto centraba su punto de mira, se comportaba como un espía: estaba al acecho, observaba, valoraba y acumulaba información. Conocía tu manera de caminar, te hubiera distinguido entre mil. Sabía la expresión de tu rostro cuando te enfadabas, cuando te abstraías en uno de esos momentos vacíos. Se fijaba en lo que te gustaba comer, incluso debía de saber si te gustaban los polos de limón. Tenía inventario de la ropa que usabas y, seguramente, vestida con la que él prefería, te paseaba por sus sueños y fantasías. —Martina, ¿tú sabes qué es un espía? —No. Bueno sí, el otro día un niño de mi clase nos dijo a Vanesa y a mí que le estábamos espiando. Y no era verdad. No. Solo mirábamos porque le había quitado la pelota al Jonathan de mi clase y no quería devolvérsela. ¿Es eso, abuela? —Pues sí, más o menos, es observar, mirar a alguien para ver qué hace, pero siempre procurando que él no te vea, que no se entere. —¡Ah! Vale

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