Cuentos para el Andén Nº68

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—Era la historia de un príncipe que tiene que tomar esposa y convoca a todas las jóvenes del reino a un baile en palacio para elegir a una de ellas, que será la futura reina. —¿Qué quiere decir elegir? —Quiere decir escoger entre varias posibilidades. El príncipe se decidirá, entre todas las jóvenes, por una. Mira, es como anoche, de postre había fruta: melocotones, cerezas, plátanos, peras…, y tú tomaste cerezas, ¿no? Pues eso, elegiste cerezas. —¡Ah! Vale. Yo quiero que el príncipe me elija a mí… como si fuera una cereza —dice la niña soltando una risa pícara. Miro a mi nieta Martina, de escorzo, desde mi altura de mujer adulta con la espalda bien recostada en el respaldo. Tiene la frente sudorosa. Veo algunos rizos mojados en el nacimiento del pelo. Su cara conserva las facciones redondeadas, sin aflorar todavía los rasgos de la mujer que será. Su mente ya se ha introducido en la blandura de los sueños y se ve en el baile, elegida por el príncipe. De pronto, cambia de postura. —¡Abuela! Tengo hambre. Busco en la bolsa que hemos traído al parque. Saco las cuerdas de saltar, una pelota pequeña, una botella de agua y el mono que es su compañero desde pequeña. —Nos hemos dejado en bocadillo en casa —le digo con decepción. —Abuela, tú de pequeña, bueno de joven, bueno, no sé cuándo, ¿también fuiste al baile del príncipe? Se queda pensativa, supongo que por la sonrisa que ve en mi rostro adivina que se está haciendo un lío con el cuento y con su abuela. Su mente no separa todavía la realidad de la ficción aunque no tardará en tenerlo claro. Un punto de luz alegre aparece en sus grandes ojos castaños, ha dejado para otro momento resolver los problemas difíciles. —¿Puedo comer un helado? Le doy el dinero y levanta el vuelo con la levedad de un pájaro pequeño. Yo también me quedo pensado en el baile del príncipe, en el

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