Cuentos para el Andén Nº66

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andénuno

Pero si la suerte varió, fue para empeorar. La noche siguiente, cuando la pareja se levantó de la mesa, llevaba gastadas más de cinco mil libras del dinero de su jefe. Pero Jelland, hombre resuelto, seguía siendo optimista, y dijo: —Tenemos por delante nuestras buenas nueve semanas para cuando sean revisados los libros. Es preciso que sigamos jugando, y todo se arreglará al final. McEvoy regresó aquella noche a sus habitaciones, presa de la más angustiosa vergüenza y de los más vivos remordimientos. Cuando se encontraba junto a Jelland, era éste quien le proporcionaba fortaleza; pero cuando estaba solo se daba cuenta de lo peligroso de su situación, y la imagen de su anciana madre, que vivía en Inglaterra, y que tanto se enorgulleció cuando el hijo suyo recibió el nombramiento para el cargo, se alzaba con su cofia blanca para llenarlo de remordimiento y de desesperación. Todavía estaba sin dormir, revolviéndose en su cama, cuando entró en el dormitorio su criado japonés. McEvoy creyó por un instante que se había producido la sublevación, y se lanzó a buscar su revólver. Después escuchó, con el corazón en la boca, el mensaje que le había traído el criado. Jelland estaba en la planta baja, y quería hablar con él. ¿Qué diablos podía querer a semejantes horas de la noche? McEvoy se vistió precipitadamente y corrió escaleras abajo. Su compañero, con sonrisa forzada que desmentía la palidez mortal de su rostro, estaba sentado a la tenue luz de una vela solitaria, y tenía en la mano una hoja de papel. —Willy, siento mucho tener que venir a despertarte —le dijo—. Supongo que nadie puede oírnos, ¿verdad? McEvoy movió negativamente la cabeza. No se atrevía siquiera a hablar. —Bueno, nuestro jueguecito se ha terminado. Me encontré en casa con esta carta. Me la envía Moore, y me dice que el lunes por la mañana estará aquí para hacer un examen de la contabilidad. Nos coloca en situación apurada. —¡El lunes! —jadeó McEvoy—. Hoy es viernes.

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