Cuentos para el Andén Nº66

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entrecocheyandén

Nos detuvimos pasada la torre. El viento ululaba, nos tiraba de los pelos. Me pareció que mi oído se afinaba, que mi voz se aniñaba, que mi madre me decía que aún tenía que llenar medio cubo más de coquinas, si quería que las guisásemos. Miré la urna, miré el mar, miré a mi hermano. —Eres igual que ella —me dijo de pronto—. Y vas a acabar como ella. —¿Enferma? —pregunté, depositando la urna en el suelo, entre los dos. —No, eso no. Dios no lo quiera. Sola —me dijo. Miré otra vez la urna. Era de antracita, conspicua como mi madre, apagada como el día, y tenía asa. Parecía la cesta de una Caperucita apocalíptica. Luego miré a mi hermano. Tenía la mirada enfangada y una sonrisa pequeña que no supe interpretar si era de vergüenza o de triunfo. Recogió la urna de la arena, dejó caer el bouquet de rosas sobre la tierra húmeda y caminó hacia la orilla. —Acabemos —dijo. Lo seguí, aunque no seguí su ritmo. Más bien lo vi alejarse. Cuando llegó a la orilla, se volvió hacia mí, esperó a que me aproximase un poco y destapó la urna. El viento arrastró la ceniza. Literalmente la escupió en mi dirección. Mi madre me entró por la nariz, por la boca, se me enredó en las cuerdas vocales. Escuché su voz, escuché su risa, su risa abierta, y acerté a meterle el dedo en la mella que tenía, en ese hueco que nunca quiso cubrirse. Vete tú a saber por qué.<

tw Mar Charneco. Cambió el mundo de la publicidad por el de la escritura en 2010. Realizó el itine-

rario de novela de la Escuela de Escritores y actualmente cursa el Máster de narrativa. Ha publicado El lunar en la antología de relatos Un cielo propio de Ede, Ave del paraíso en la revista literaria La gran belleza y La urna en Cuentos para el andén. Acaba de terminar su segunda novela.

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