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andéntres

Precisamente otro veinticuatro de diciembre, aromado de pan dulce todavía caliente, me instruyó sobre el uso del artefacto. «¿Ves? En la izquierda marco fecha y hora de destino, y en la derecha las de regreso. Luego doy la orden de partida con este botón». Y hacía el gesto de pulsar el que lucía en la frente del casco a modo de tercer ojo. «Sin embargo seguías acá», objetaba yo. «Dormido, pero acá». Y no me atrevía a confesarle mi sospecha de que simplemente hubiese estado soñando. «El cuerpo físico no puede meterse en el pasado», explicaba. «Sería una intromisión escandalosa. Lo cumplido, cumplido está. La que viaja es el alma». «No entiendo qué hace allá el alma», insistía yo. «¿Tiene ojos, oídos el alma? ¿Puede tocar?» «Puede ver lo ya visto, volver a oír lo escuchado. Y verse a sí misma en el viaje». «Sigo sin entender. ¿Y si viaja al futuro?» «No hay futuro. Solamente pasado». Y bajando la voz secreteaba: «No es la clase de máquina que muestra el cine. Aunque de lejos lo parezca. Es otra cosa. Cada minuto, cada segundo vivido queda almacenado dentro de nosotros. La máquina abre esa memoria. Nos permite revivir cada pasaje de la vida, exactamente como sucedió. Eso hace. Deberíamos llamarla máquina de abolición del olvido, o algo parecido». «Quiero hacer uno de esos viajes». Serio, meneaba la cabeza. «No. No tendría sentido. Sos muy chico. Tenés poco pasado. Y a lo mejor te encontrás con algo que no puedas soportar. Los momentos malos también reviven. Cuando tengas mis años será distinto». Recapacitó unos minutos.

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Cuentos para el Andén Nº66  

Este mes abrimos con un grande entre los grandes, Arthur Conan Doyle, nada menos, que nos trae un relato de intrigas y de tintes marineros;...

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