Cuentos para el Andén Nº66

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andéndos

rar órdenes. Después de aquello tuve mucha cautela respecto a la palabra «matar». Bucko y yo vivíamos en su casa. Estaba bajo tierra, como la mayoría de casas de Coober Pedy. Habían perforado la ladera de una colina y construido varias habitaciones. Había una sola entrada, la puerta principal. No había ventanas ni aire, y la poca luz que entraba venía de una claraboya tubular que comunicaba la cocina con el exterior. Era una casa muy fresca, cómoda y silenciosa. Una tarde, estaba sentado en el salón tras mi vigésima jornada buscando ópalo y, puesto que no lo había logrado, me encontraba leyendo en el periódico local un reportaje sobre el enésimo asesinato mediante destornillador. Un yugoslavo, que de acuerdo a las informaciones llevaba mil dólares en metálico encima, había sido hallado en su coche con un destornillador atravesado en la garganta y sin dinero. Aquella historia morbosa reavivó mis espantosas obsesiones con los destornilladores. Más tarde Bucko volvió a casa. Parecía algo nervioso y cargaba con una gran maleta. —Aquí —dijo, lanzando la maleta a una esquina—. ¿Me vigilas esto? Tengo que salir pitando No me gusta «vigilar» cosas en Coober Pedy. —¿Qué es? —pregunté. —Unos billetes que manejo para un tío —dijo Bucko. Los billetes suelen ser «manejados» en Coober Pedy, pero no por mí. —¡Oye! —dije—. ¿Qué quieres decir con que «vigile»? —Que te asegures de que está aquí cuando vuelva —dijo Bucko, dirigiéndose a la puerta. Mi mente empezó a hacer improbables conexiones entre el yugoslavo desatornillado y la maleta. —Escucha, Bucko… —comencé. —Tranquilo —dijo Bucko—, dejaré a M.B. fuera. Estarás seguro. —Salió apresurado y cerró la puerta. Algo contrariado, me acomodé a releer la historia del asesinato con robo, haciendo todo lo posible por ignorar la maleta de la esquina, y llegué a convencerme de que era innecesario ponerse nervioso. Luego alguien llamó a la puerta y salté como un metro por los aires.

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