Cuentos para el Andén Nº66

Page 17

andéndos

Muerte Blanca, conocido por las siglas M.B., era propiedad de mi compañero en una mina de ópalo de Coober Pedy. Digo mi compañero porque, por entonces, tenía un contrato de trabajo de un mes con un minero de ópalo con la compensación de un pequeño porcentaje de lo que encontráramos. Mi compañero era un hombre enjuto de talla media, calvo, con feroces pelillos rojos poblándole el rostro y los ojos rosas, como los de M.B. Se llamaba Bucko. Y ya está, solo Bucko. En Coober Pedy la gente no tiene nombres de verdad. Bucko tenía a M.B. para que lo protegiera. Había entrenado perfectamente al animal. Si Bucko ordenaba a M.B. que cogiera una viga de hierro de cincuenta kilos de un camión y se la llevara al jefe de la mina, M.B. lo hacía sin aparente esfuerzo. Si Bucko le ordenaba sacar un neumático de un coche abandonado, M.B. lo hacía con tranquilidad. Una vez, a modo de demostración, Bucko ordenó a M.B. que me derribara y me mantuviera en el suelo. M.B. me saltó encima; caí plano de espaldas con mis cien fofos kilos, se me puso en el estómago y clavó la mirada en mi garganta mientras gruñía. Habría gritado aterrorizado pero el peso de M.B. sobre el estómago me había dejado sin aliento. —Si dijera M-A-T-A-R te arrancaría la cabeza —dijo Bucko de manera distendida. Me alegraba que hubiera tenido la prevención de deletrear la palabra «matar». Puesto que a menudo estaba solo en la mina, Bucko me enseñó a manejar a M.B. Con unas pocas y simples palabras clave podía hacer que hiciera la mayoría de las cosas para las que Bucko lo había entrenado. —Solo una cosa —dijo Bucko—. Nunca pronuncies la palabra M-A-T-A-R en su presencia, a menos, claro —añadió distendidamente—, que quieras que se cargue al que tenga delante. Pronto pude comprobarlo. Bucko y yo estábamos sentados fuera de la mina con una botella de whisky. Nos quedaba poco para terminar la botella, así que estiré el brazo para alcanzarla y dije «la voy a matar». Antes de que mi mano rozara la botella, las grandes mandíbulas de M.B. se cerraron a su alrededor y se desintegró en añicos. M.B. escupió parte de ella, por lo visto se tragó el resto y se sentó a espe-

17


Millions discover their favorite reads on issuu every month.

Give your content the digital home it deserves. Get it to any device in seconds.