Cuentos para el Andén Nº66

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nº66

abril2018 elmuro [3] andénuno [5]

El viaje de Mr. Jelland, Arthur Conan Doyle andéndos [16]

Muerte Blanca, Kenneth Cook andéntres [22]

Nochebuena, Ernesto Tancovich Vcursoconcurso [27] Microconcurso [31] brevemente [34]

Relatos en cadena dindondin [35] decamino [36] entrecocheyandén [37]

novedades

La urna, Mar Charneco

Por primera vez, un ganador de una edición pasada de microconcurso se consolida como autor en CpA: en este número publicamos un relato suyo en uno nuestros andenes. Se trata de Ernesto Tancovich y su Nochebuena.

Edita: vuelaAlto C/ Sto. Domingo de Silos, 5 - ático - 28036 Madrid | edicion@cuentosanden.com | www.cuentosanden.com

Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Editora: Natalia Muñoz. Asesores de contenidos: Sergi Bellver y Juan Carlos Márquez (España), Juan Martini y Mónica Pano (Argentina), Mª Luz Carrillo (México) Publicidad: marketing@cuentosanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com

Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: Luciana Casenave | lusenave@hotmail.com

Con la colaboración de:


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Tema: Manada

Ganador: Éxtasis, Humberto Nava. Ciudad de México (México)

Finalistas: <

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Esperando el maná a manadas Andrea Alaman. Valencia (España) Acechando, Juan Carlos García Ibiza (España) Sin título, Andrés casallas Bogotá (Colombia)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@cuentosanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y cuentosanden.com Tema del próximo concurso: Pasos de cebra

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Este mes, en Cuentos para el Andén abrimos con un grande entre los grandes, Arthur Conan Doyle, nada menos, que nos trae un relato de intrigas y de tintes marineros; leeremos una enloquecida historia de Kenneth Cook, autor de historia también enloquecida, y viajaremos en el tiempo de la mano de Ernesto Tancovich, uno de los autores que ha repetido entre los seleccionados en microconcurso. Y más cosas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

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El viaje de Mr. Jelland Arthur Conan Doyle

—VERÁN ustedes —dijo nuestro anglojaponés en el momento en que todos nosotros acercábamos nuestros sillones para colocarlos alrededor de la chimenea del salón de fumar—. Esto que voy a contarles es allí cuento viejo, y es posible que haya aparecido ya en letras de molde. Yo no quiero convertir este salón de reunión en un puesto de castañas, pero queda mucho viaje hasta el mar Amarillo, y es muy probable que ninguno de ustedes haya oído hablar nunca de la balandra Matilda y de lo que a bordo de ella les ocurrió a Henry Jelland y a Willy McEvoy. Los años de la mitad de la década del setenta fueron muy movidos, allá en el Japón. Fue poco después del bombardeo de Simonosaki y antes del asunto del Daimio. Existía entre los naturales del país un partido de la aristocracia y existía también un partido liberal, consistiendo la diferencia que los separaba en la cuestión de si a los extranjeros había que cortarles o no el pescuezo. Les digo a ustedes que todas las cuestiones políticas las he encontrado desde entonces insustanciales. Viviendo en uno de los puertos abiertos al exterior por los tratados, no tenía uno más remedio que estar siempre ojo avizor y tomar mucho interés en la política del país. Para colmo de emoción, el extranjero no tenía medio de saber cómo andaba el juego. Si ganaba la oposición, no se publicaría en un periódico un anuncio haciéndoselo saber; el paso inmediato sería ver entrar por la puerta a un antiguo aristócrata revestido de traje de cota de malla y con una espada en cada mano, que nos enteraría de todo a fondo con un solo cintarazo de abajo arriba. Como es natural, cuando los hombres viven al borde de un volcán de esa clase se hacen despreocupados y temerarios. Al princi-

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pio se sobresaltan, pero llega un momento en que aprenden a disfrutar de la vida mientras no se la quitan. Les digo a ustedes que no hay nada que embellezca tanto la vida como la sombra de la muerte cuando empieza a proyectarse sobre aquélla. Entonces resultan las horas demasiado preciosas para malgastarlas, y los hombres saborean todos los minutos de las mismas. Así lo hacíamos en Yokohama. Había muchas casas europeas de recreo que tenían que seguir funcionando, y los hombres que trabajaban en ellas las animaban y alegraban durante siete noches por semana. Uno de los miembros más destacados de la colonia europea era el gran comerciante exportador Randolph Moore. Tenía sus oficinas en Yokohama, pero se pasaba una gran parte de su tiempo en su casa de comercio de Yedo, que acababa de abrirse al público. Cuando él estaba ausente, dejaba sus asuntos a cargo de su jefe de escritorio, Jelland, del que tenía pruebas de que era hombre de gran energía y resolución. Pero ya saben ustedes que la energía y la resolución son cualidades de doble filo, y cuando se emplean en contra de uno resultan bastante desagradables. Lo que descarrió a Jelland fue el juego. Era un hombre pequeño, de ojos negros y cabellos negros ensortijados, con tres cuartas partes de celta, según yo creo. Se le veía todas las noches de la semana en el mismo lugar, es decir, a la izquierda del croupier del establecimiento de Matheson, junto a la mesa del rouge et noir. Durante mucho tiempo fue ganando, y vivía con más pompa que su mismo jefe. De pronto, la suerte dio vuelta y empezó a perder tanto, que al cabo de una sola semana su socio y él estaban en quiebra, sin un solo dólar en sus cuentas corrientes. El socio era otro empleado de la misma casa, un joven inglés alto y rubio, apellidado McEvoy. Al principio era un muchacho bastante bueno, pero resultaba como de arcilla en las manos de Jelland, que lo moldeó en una especie de modelo débil de sí mismo. Ambos andaban siempre juntos al merodeo, pero era Jelland quien guiaba y McEvoy el que le seguía. Lynch, yo y una o dos personas más tratamos de hacer comprender al más joven que por aquel camino terminaría mal; cuando le estábamos hablando resultaba fácil con-

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vencerlo, pero Jelland deshacía en cinco minutos lo que nosotros habíamos conseguido. Es posible que aquello obedeciese a un simple magnetismo fisiológico, o como ustedes quieran llamarlo; el hecho es que el hombre pequeño era capaz de arrastrar al mayor lo mismo que un remolcador de sesenta pies arrastra una embarcación de aparejo completo. Habían perdido ya todo su dinero y seguían ocupando sus sillas delante de la mesa, para mirar con ojos centelleantes a los que arramblaban con las fichas. Pero una noche ya no pudieron aguantar más. El colorado había salido dieciséis veces seguidas, y aquello decidió a Jelland. Cuchicheó algo al oído de McEvoy, y luego habló unas palabras al croupier. —Claro que sí, Mr. Jelland —le dijo—. Su cheque es tan bueno como los billetes de banco. Jelland garrapateó un cheque y lo puso al negro. Salió el rey de corazones, y el croupier arreó con el trozo de papel. Jelland se puso furioso y McEvoy se puso lívido. Jelland garrapateó un cheque por una suma mayor y lo colocó en la mesa. Salió el nueve de diamantes. McEvoy apoyó la cabeza en las manos, como si fuese a desmayarse, y Jelland refunfuñó: «¡Por vida de... que no me doy por vencido!» Y colocó en la mesa otro cheque, que sumaba tanto como los dos anteriores. Salió el dos de corazones. Momentos después caminaban por el Bund adelante, sintiendo cómo el frescor de la noche jugueteaba en sus caras enfebrecidas. Jelland, encendiendo un cigarro trompetilla, dijo a su compañero: —Supongo que ya comprenderás lo que esto significa. Significa que tendremos que transferir una cantidad de dinero de la casa a nuestra cuenta corriente. No hay por qué hacer aspavientos por una cosa así. El viejo Moore no revisará los libros antes de la Pascua de Resurrección. De aquí a entonces, con un poco de suerte, nos costará poco reponer la cantidad. —¿Y si nos falla la suerte? balbució McEvoy. —Bueno, hombre, hay que tomar las cosas tal como vienen. Tú no te apartas de mí, y yo sigo pegado a ti, y entre los dos saldremos adelante. Mañana por la noche serás tú quien firme los cheques, y vamos a ver si tienes mejor suerte que yo.

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Pero si la suerte varió, fue para empeorar. La noche siguiente, cuando la pareja se levantó de la mesa, llevaba gastadas más de cinco mil libras del dinero de su jefe. Pero Jelland, hombre resuelto, seguía siendo optimista, y dijo: —Tenemos por delante nuestras buenas nueve semanas para cuando sean revisados los libros. Es preciso que sigamos jugando, y todo se arreglará al final. McEvoy regresó aquella noche a sus habitaciones, presa de la más angustiosa vergüenza y de los más vivos remordimientos. Cuando se encontraba junto a Jelland, era éste quien le proporcionaba fortaleza; pero cuando estaba solo se daba cuenta de lo peligroso de su situación, y la imagen de su anciana madre, que vivía en Inglaterra, y que tanto se enorgulleció cuando el hijo suyo recibió el nombramiento para el cargo, se alzaba con su cofia blanca para llenarlo de remordimiento y de desesperación. Todavía estaba sin dormir, revolviéndose en su cama, cuando entró en el dormitorio su criado japonés. McEvoy creyó por un instante que se había producido la sublevación, y se lanzó a buscar su revólver. Después escuchó, con el corazón en la boca, el mensaje que le había traído el criado. Jelland estaba en la planta baja, y quería hablar con él. ¿Qué diablos podía querer a semejantes horas de la noche? McEvoy se vistió precipitadamente y corrió escaleras abajo. Su compañero, con sonrisa forzada que desmentía la palidez mortal de su rostro, estaba sentado a la tenue luz de una vela solitaria, y tenía en la mano una hoja de papel. —Willy, siento mucho tener que venir a despertarte —le dijo—. Supongo que nadie puede oírnos, ¿verdad? McEvoy movió negativamente la cabeza. No se atrevía siquiera a hablar. —Bueno, nuestro jueguecito se ha terminado. Me encontré en casa con esta carta. Me la envía Moore, y me dice que el lunes por la mañana estará aquí para hacer un examen de la contabilidad. Nos coloca en situación apurada. —¡El lunes! —jadeó McEvoy—. Hoy es viernes.

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—Sábado, hijo mío, porque son las tres de la madrugada. Nos queda poco tiempo para maniobrar. —¡Estamos perdidos! —chilló McEvoy. —Lo estaremos muy pronto si tú armas un alboroto tan infernal —le dijo Jelland con aspereza—. Pues bien, Willy, yo te digo que todavía saldremos con bien del paso. —Haré cualquier cosa, cualquier cosa. —Eso ya está mejor. ¿Dónde tienes el whisky? Es una hora infame para que uno se mantenga erguido, pero no podemos ablandarnos, porque, de lo contrario, estamos perdidos. En primer lugar, yo creo que tenemos algunos deberes con nuestra parentela. ¿No opinas tú lo mismo? McEvoy se le quedó mirando con ojos dilatados. —Es preciso que los dos nos salvemos o caigamos juntos. Yo, por mi parte, estoy bien resuelto a no comparecer por nada del mundo ante un tribunal, bajo la acusación de felonía. ¿Ves? Estoy dispuesto a jurarlo. ¿Y tú? —¿Qué quieres decir? —preguntó McEvoy, retrocediendo. —Mira, muchacho: todos tenemos que morir, y no hay más que apretar un gatillo. Yo juro que jamás me cogerán vivo. ¿Juras tú? Si no lo juras, te dejo abandonado a tu destino. —Perfectamente; haré cuanto a ti te parezca bien. —¿Lo juras? —Sí. —Pues bien: es preciso que estés a la altura de tu palabra. Disponemos de dos días completos para largarnos de aquí. La balandra Matilda está en venta, con todos sus aparejos y accesorios, y abundantes provisiones de conservas a bordo. Mañana por la mañana lo compraremos todo, y también compraremos otras cosas que nos serán necesarias, y después nos lanzaremos con ella al mar. Pero antes arramblaremos con todo lo que queda en las oficinas. Hay en la caja fuerte cinco mil soberanos. Nos los llevaremos después de oscurecer a la balandra, y correremos el albur de llegar a California. No es cosa para vacilar, hijo mío, porque, hacia dondequiera que nos volvamos, no existe salvación posible. O eso, o nada.

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—Haré lo que me aconsejes. —Perfectamente, y ten cuidado mañana de presentarte con cara alegre, porque si Moore recibe la noticia y se presenta antes del lunes... Como final de la frase se golpeó con la punta del índice encima del bolsillo del pecho de su chaqueta y miró a su socio con ojos preñados de un sentido siniestro. Sus planes para el día siguiente les salieron a pedir de boca. La balandra Matilda fue adquirida sin dificultad, y, aunque era una embarcación muy pequeña para un viaje tan largo, tampoco habrían sido capaces de manejarla dos hombres si hubiese sido más voluminosa. Se cargó durante el día el agua necesaria, y los dos empleados se llevaron, después de oscurecido, el dinero de la caja fuerte y lo depositaron en la bodega. Para antes de medianoche habían embarcado todos los objetos de su propiedad sin despertar sospechas, y a las dos de la madrugada soltaron amarras y salieron silenciosamente de entre las demás embarcaciones. Fueron vistos, desde luego, y se les tomó por balandristas entusiastas que salían a realizar un largo crucero dominical; pero a nadie se le ocurrió que el crucero podía lo mismo terminar en la costa de Norteamérica, que en el fondo del océano Pacífico del Norte. Con grandes esfuerzos lograron izar la vela mayor y largar la de trinquete y el foque. Soplaba una brisa ligera desde el Sudeste, y la pequeña embarcación avanzó con la proa inclinada. Sin embargo, cuando estaban a siete millas de distancia de la costa, cesó de soplar el viento y se quedaron en calma chicha, alzándose y bajando sobre el largo oleaje de un mar de cristal. En todo el día del domingo no avanzaron una sola milla, y por la noche seguía viéndose Yokohama en el horizonte. Randolph Moore llegó el lunes por la mañana desde Yedo, y marchó directamente a las oficinas. Alguien le había hecho llegar la noticia de que sus empleados gastaban más de la cuenta, y eso fue lo que le hizo trasladarse a Yokohama saliéndose de la rutina; pero cuando llegó a su casa de negocio y se encontró a los tres empleados subalternos esperando en la calle con las manos en los bolsi-

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llos, se dio cuenta de que se trataba de un asunto grave. —¿Qué pasa? —preguntó. Era hombre de acción y que no se andaba en contemplaciones cuando arriaba sus masteleros. —Que no podemos entrar —contestaron los empleados. —¿Dónde está Mr. Jelland? —No ha venido hoy. —¿Y Mr. McEvoy? —Tampoco ha venido. Randolph adoptó una expresión seria y dijo: —Hay que echar abajo la puerta. En aquel país de terremotos no suelen construir muy sólidas las casas y les bastaron un par de empujones para entrar en las oficinas. Lo que allí vieron lo explicaba todo: la caja fuerte abierta, el dinero desaparecido y los empleados en fuga. El dueño de la casa no perdió tiempo en palabras vanas: —¿Dónde se les vio por última vez? —El sábado compraron la balandra Matilda y salieron a realizar un crucero. —¡El sábado! Si habían dispuesto de un par de días de ventaja, la cosa, no parecía tener remedio. Sin embargo, quizá hubiese un asomo de posibilidad. Corrió a la playa y recorrió el horizonte con sus gemelos. —¡Válgame Dios! —exclamó—. Allá lejos se divisa la Matilda. La conozco por la inclinación de su mástil. Después de todo, voy a poder echar el guante a esos canallas. Pero allí tropezó con un obstáculo. No había ninguna lancha que tuviese las calderas a presión, y el impaciente mercader no tuvo paciencia para esperar. Las nubes iban formando grandes masas sobre la grupa de las colinas, y todo indicaba un cambio inminente de tiempo. Randolph Moore vio una lancha de policía que estaba preparada para entrar en acción y que tenía a bordo diez hombres armados; empuñó él mismo la palanca del timón y salió a toda velocidad en persecución de la balandra, que estaba en calma chicha.

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Jelland y McEvoy esperaban, cansados, la brisa que no acababa de llegar; vieron aquella mancha negra que salió de la sombra proyectada por la tierra y que se fue haciendo mayor a cada golpe de remo de sus tripulantes. Cuando estuvo más cerca, vieron también que venía llena de hombres, y el brillo de las armas les hizo comprender de qué clase de hombres se trataba. Jelland estaba apoyado en la caña del timón, y miró sucesivamente al firmamento amenazador, a las velas lacias y a la barca que se aproximaba, y dijo: —Willy, esos vienen por nosotros. ¡Vive Dios que somos dos desgraciados sin suerte alguna, porque en ese cielo hay viento, y antes de una hora habría soplado sobre nosotros! McEvoy gimió. —Muchacho, nada se adelanta con lamentaciones —le dijo Jelland—. Esa lancha es, sin duda alguna, de la policía, y allí está el viejo Moore haciéndoles remar como condenados. Les habrá prometido diez dólares a cada uno. Willy McEvoy se acurrucó contra el costado de la embarcación, con las rodillas en la cubierta, sollozando: —¡Madre mía! ¡Pobrecita madre mía! —Por lo menos, nadie podrá decirle que su hijo ha tenido que comparecer ante un tribunal —exclamó Jelland—. Mi familia nunca hizo gran cosa por mí, pero yo haré por ellos siquiera esto. No hay remedio, Mac. Démonos un apretón de manos. ¡Que Dios te bendiga, viejo! ¡Aquí está la pistola! Levantó el gatillo y ofreció la culata al más joven; pero éste retrocedió lanzando pequeños gritos y jadeos. Jelland miró la lancha que se acercaba, y que estaría a unos pocos centenares de yardas de distancia: —No hay tiempo de andarse con tonterías —le dijo—. ¡Por vida de..., hombre! ¿De qué sirve el acobardarse? ¡Tú lo juraste! —¡No, no, Jelland! —Bueno, en todo caso yo juré que no nos echarían el guante a ninguno de los dos. ¿Lo harás? —¡No puedo, no puedo! —Pues entonces, lo haré yo por ti.

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Los remeros de la lancha le vieron inclinarse hacia adelante, oyeron dos tiros de revólver y vieron cómo se doblaba cruzando la palanca del timón; pero entonces, antes de que se hubiese disipado el humo, se dieron cuenta de que ellos mismos tenían que pensar en otra cosa. En aquel mismo instante estalló la tormenta, una de las turbonadas repentinas que son tan corrientes en aquellos mares. La Matilda se inclinó, sus velas se hincharon, hundió su amurada de babor en una ola, y salió disparada lo mismo que cierva perseguida. El cadáver de Jelland había atascado el timón y la balandra siguió su ruta en línea recta, empujada por el viento, y se perdió a lo lejos dando saltos sobre la superficie del mar revuelto, lo mismo que una hoja de papel arrastrada por el viento. Los remeros trabajaron con verdadero frenesí, pero la balandra seguía escapándoseles, y antes de cinco minutos se había metido en lo más furioso de la tormenta destructora. Ya no volvería a ser vista por nadie. La lancha retrocedió y llegó a Yokohama a punto de zozobrar por la cantidad de agua que había embarcado. Así es como la balandra Matilda, con un cargamento de cinco mil libras y una tripulación de dos jóvenes ya muertos, se lanzó a cruzar el Océano Pacífico. Nadie sabe cuál fue el final del viaje de Jelland. Quizá naufragó en aquella tempestad, o quizá algún astuto barco mercante la recogió, quedándose con el dinero y callándose todo lo demás; y quizá sigue todavía navegando por la inmensa soledad de las aguas, empujada en dirección norte, hacia el mar de Behring, o en dirección sur, hacia las islas Malayas. Es preferible cuando se cuenta una historia auténtica, dejarla sin terminar, a agregarle un apéndice fantástico.<

tw Del libro: Piratas y mar azul. Ediciones del Viento, 2011. Traducción: Amando Lázaro Ros.

Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859 – Crowborough, 1930). Cursó estudios de medicina y se especializó en medicina naval, ejerciendo su profesión primero en Portsmouth y luego a bordo de un navío mercante. Años después se mudará a Londres, donde ejercerá la oftamología con poco éxito; esto lo llevará a emplear su tiempo libre en la escritura.

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Muerte Blanca Kenneth Cook

EL destornillador es el instrumento más popular para asesinar a la gente en los yacimientos de ópalo de Australia. Desconozco el motivo, pero es así. Tengo noticia cierta de asesinatos cometidos con destornilladores en Andamooka y Coober Pedy, en Australia del Sur, y en White Cliffs y Lightning Ridge, en Nueva Gales del Sur. Solo Dios sabe cuántos huesos humanos acribillados a golpes de destornillador descansan en las profundidades de las miles de minas de ópalo abandonadas que se encuentran desperdigadas por el desierto australiano. Allí, arrojar cadáveres al fondo de las minas abandonadas es el método estándar para deshacerse de ellos. Se trata sin excepción de cadáveres de compradores de ópalo. Los compradores de ópalo llegan a los yacimientos cargados de maletas atiborradas de billetes y compran ópalo en efectivo. Sin duda, tienen razones perfectamente legales para hacerlo, pero se convierten en blancos obvios de los portadores de destornilladores que quieren su dinero. Esto no ocurriría jamás en los yacimientos de oro. A los compradores de oro se les dispara antes de arrojarlos al fondo de una mina. Las costumbres son fuertes en el Outback. Una inquietud, o debería decir una obsesión mórbida por los destornilladores, fue lo que me llevó a relacionarme con Muerte Blanca. Muerte Blanca era un perro, o al menos eso se suponía. Los que saben de estas cosas dicen que era una mezcla de bull terrier, doberman y dingo. Tenía los ojos rojos del bull terrier, la agilidad del doberman, la astucia del dingo y la ferocidad de los tres. Pero además era enorme, tan grande que sospecho que por sus venas corría sangre de alguna otra especie, tal vez de rinoceronte.

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Muerte Blanca, conocido por las siglas M.B., era propiedad de mi compañero en una mina de ópalo de Coober Pedy. Digo mi compañero porque, por entonces, tenía un contrato de trabajo de un mes con un minero de ópalo con la compensación de un pequeño porcentaje de lo que encontráramos. Mi compañero era un hombre enjuto de talla media, calvo, con feroces pelillos rojos poblándole el rostro y los ojos rosas, como los de M.B. Se llamaba Bucko. Y ya está, solo Bucko. En Coober Pedy la gente no tiene nombres de verdad. Bucko tenía a M.B. para que lo protegiera. Había entrenado perfectamente al animal. Si Bucko ordenaba a M.B. que cogiera una viga de hierro de cincuenta kilos de un camión y se la llevara al jefe de la mina, M.B. lo hacía sin aparente esfuerzo. Si Bucko le ordenaba sacar un neumático de un coche abandonado, M.B. lo hacía con tranquilidad. Una vez, a modo de demostración, Bucko ordenó a M.B. que me derribara y me mantuviera en el suelo. M.B. me saltó encima; caí plano de espaldas con mis cien fofos kilos, se me puso en el estómago y clavó la mirada en mi garganta mientras gruñía. Habría gritado aterrorizado pero el peso de M.B. sobre el estómago me había dejado sin aliento. —Si dijera M-A-T-A-R te arrancaría la cabeza —dijo Bucko de manera distendida. Me alegraba que hubiera tenido la prevención de deletrear la palabra «matar». Puesto que a menudo estaba solo en la mina, Bucko me enseñó a manejar a M.B. Con unas pocas y simples palabras clave podía hacer que hiciera la mayoría de las cosas para las que Bucko lo había entrenado. —Solo una cosa —dijo Bucko—. Nunca pronuncies la palabra M-A-T-A-R en su presencia, a menos, claro —añadió distendidamente—, que quieras que se cargue al que tenga delante. Pronto pude comprobarlo. Bucko y yo estábamos sentados fuera de la mina con una botella de whisky. Nos quedaba poco para terminar la botella, así que estiré el brazo para alcanzarla y dije «la voy a matar». Antes de que mi mano rozara la botella, las grandes mandíbulas de M.B. se cerraron a su alrededor y se desintegró en añicos. M.B. escupió parte de ella, por lo visto se tragó el resto y se sentó a espe-

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rar órdenes. Después de aquello tuve mucha cautela respecto a la palabra «matar». Bucko y yo vivíamos en su casa. Estaba bajo tierra, como la mayoría de casas de Coober Pedy. Habían perforado la ladera de una colina y construido varias habitaciones. Había una sola entrada, la puerta principal. No había ventanas ni aire, y la poca luz que entraba venía de una claraboya tubular que comunicaba la cocina con el exterior. Era una casa muy fresca, cómoda y silenciosa. Una tarde, estaba sentado en el salón tras mi vigésima jornada buscando ópalo y, puesto que no lo había logrado, me encontraba leyendo en el periódico local un reportaje sobre el enésimo asesinato mediante destornillador. Un yugoslavo, que de acuerdo a las informaciones llevaba mil dólares en metálico encima, había sido hallado en su coche con un destornillador atravesado en la garganta y sin dinero. Aquella historia morbosa reavivó mis espantosas obsesiones con los destornilladores. Más tarde Bucko volvió a casa. Parecía algo nervioso y cargaba con una gran maleta. —Aquí —dijo, lanzando la maleta a una esquina—. ¿Me vigilas esto? Tengo que salir pitando No me gusta «vigilar» cosas en Coober Pedy. —¿Qué es? —pregunté. —Unos billetes que manejo para un tío —dijo Bucko. Los billetes suelen ser «manejados» en Coober Pedy, pero no por mí. —¡Oye! —dije—. ¿Qué quieres decir con que «vigile»? —Que te asegures de que está aquí cuando vuelva —dijo Bucko, dirigiéndose a la puerta. Mi mente empezó a hacer improbables conexiones entre el yugoslavo desatornillado y la maleta. —Escucha, Bucko… —comencé. —Tranquilo —dijo Bucko—, dejaré a M.B. fuera. Estarás seguro. —Salió apresurado y cerró la puerta. Algo contrariado, me acomodé a releer la historia del asesinato con robo, haciendo todo lo posible por ignorar la maleta de la esquina, y llegué a convencerme de que era innecesario ponerse nervioso. Luego alguien llamó a la puerta y salté como un metro por los aires.

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Cuando mi corazón dejó de martillear, me dije con firmeza que no había de qué asustarse. La gente siempre se dejaba caer por casa de Bucko para beber. Volvieron a llamar a la puerta, atravesé la habitación con firmes zancadas y la abrí. Envuelto por el resplandor del crepúsculo, un hombre alto me miraba con aspecto malvado y un destornillador en la mano. No soy un hombre valiente. Me di la vuelta, grité y salí corriendo. Meterme corriendo en la casa era la mayor estupidez, porque la única salida de aquella tumba subterránea era la puerta principal. No contemplaba volverme y enfrentarme a aquel destornillador, por lo que seguí corriendo. En dos segundos había llegado lo más lejos posible, que era la cocina. Cerré de un portazo la puerta de la cocina y me apoyé contra ella, todavía gritando. Alguien empezó a llamar a la puerta y a decir algo con un fuerte acento extranjero. A duras penas lo oía entre mis gritos. Luego mi mente sembrada de pánico reparó en que me encontraba bajo la luz del sol que provenía de la claraboya tubular. Un hombre lo bastante desesperado podría trepar y reptar a través de ella. La puerta, a mi espalda, vibró tras otra llamada. Estaba lo bastante desesperado. De un pronto me alejé de la puerta y salté sobre una silla. Me lancé a la claraboya y empecé a trepar hacia la salida. Era difícil pero posible, me sentí vagamente esperanzado. Luego me quedé atascado. No soy delgado. Al parecer, la claraboya se estrechó en la mitad y yo no lo hice. Empecé a pedir ayuda a gritos. Debajo de mí el hombre del destornillador gritaba, pero mi cuerpo atrapado amortiguaba unas palabras que de todos modos mis propios gritos hacían inaudibles. Y luego vino la guinda al horror. Dos manos me agarraron los tobillos y empezaron a tirar de ellos. Estaba perfectamente atascado y no era fácil moverme, pero descendía poco a poco. Apreté las paredes de la claraboya con los codos y seguí gritando. Una sombra se interpuso en lo alto de la claraboya. Miré hacia arriba y vi asomar a M.B., preguntándose qué estaba pasando.

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¡Inspiración! —M.B., M.B. —grité—, matar, matar, por el amor de Dios, matar. La cara de M.B. cambió por completo. Sus horribles y enormes colmillos centellearon, y a continuación enseñó el resto de dientes en un terrible gruñido. Encogió los hombros y empezó a bajar por la claraboya para matar a lo que tenía delante. ¡A mí! Al parecer estaba siendo asesinado por arriba y por abajo. Unas manos criminales me tiraban de los tobillos para poder usar un destornillador conmigo a conveniencia. Por otro lado, el hermano mayor del sabueso de los Baskerville se abría camino a zarpazos hacia mí para poder masticarme la cabeza. No era un hombre feliz. La tan temida resignación emergió en mí y dejé de pelear. Las manos tiraron más fuerte de mis tobillos. Me deslicé fuera de la claraboya, caí de panza contra el suelo y me quedé tumbado con los ojos cerrados. Sentí que M.B. aterrizaba en mi espalda y oí su espeluznante gruñido. Esperé a que me clavara los colmillos y a que el otro me atravesara con el destornillador. —Quítate de ahí, M.B. —dijo Bucko. M.B. se bajó de mi espalda. Ladeé la cabeza e hice una tentativa de abrir un ojo. Allí estaban Bucko y el hombre del destornillador en la mano. —¿Qué coño está pasando? —empezó Bucko, y luego, tras recordar que estaba fuera de toda duda la existencia de conductas extrañas en Coober Pedy, renunció a esperar una respuesta. Señaló al hombre del destornillador. —Este es Bob —dijo Bucko—. Ha venido a arreglar el calentador. Me levanté y le estreché la mano. Bob me miró extrañado pero no quiso contradecir la costumbre de Coober Pedy de no hacer preguntas. M.B. nos miraba con frustración y resignación. Me escapé al pub a tomarme un whisky. Coober Pedy no era mi ambiente ideal, así que me marché al día siguiente.< tw Del libro: El lagarto astronauta. Sajalín Editores, 2012. Traducción: Güido Sender Montes. Kenneth Cook (Lakemba, Nueva Gales del Sur, 1929-1987) fue un conocido periodista, guionista, presentador de televisión y escritor australiano. Creó la primera granja de mariposas de Australia y cofundó el partido político Liberal Reform Group, que se oponía a la guerra de Vietnam. Entre sus obras de ficción destacan Pánico al amanecer y la trilogía de relatos humorísticos El koala asesino, El lagarto astronauta y El canguro alcohólico.

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Nochebuena Ernesto Tancovich

RECORDÉ el aire de otros diciembres, ya lejanos, colmados de aromas. De césped cortado fermentando en parvas a la vera de las calles, del que exhalaban hornos y parrillas, del humo sulfuroso de la pólvora, de valses, tangos y pasodobles alborotando los patios recién baldeados… Este nuevo veinticuatro, ansioso por huir de las detonaciones, la música espantosa y el parloteo enloquecedor de la parentela, volví a pensar en la máquina del tiempo que nos legara el abuelo. La sabía guardada con sus demás cosas —ropa, libros, cuadernos de notas, cartas, fotos, pipas, herramientas, discos de 78 rpm— en el cuarto que lo había visto partir por última vez. Madre lo tenía clausurado con cadena y candado, bajo prohibición de tocar nada. «No hay que usar cosas de muertos», dijo entonces. «La parca es una mujer vieja. Se le borran las caras y, confundida, creyendo haber olvidado algo, puede caernos de visita». Mucho antes, cuando las excursiones de aquel inventor loco aún tenían pasaje de regreso, solía advertirme «No lo molestes. Anda de viaje por los tiempos». Y yo, espiando por la puerta entreabierta, lo sorprendía quieto en su poltrona, la boca abierta y la cabeza metida hasta los ojos en uno de esos cascos de peluquería de damas. Un par de cables que partían desde la altura de las sienes se conectaban a pulseras provistas de diminutas pantallas con cuatro teclas cada una.

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Precisamente otro veinticuatro de diciembre, aromado de pan dulce todavía caliente, me instruyó sobre el uso del artefacto. «¿Ves? En la izquierda marco fecha y hora de destino, y en la derecha las de regreso. Luego doy la orden de partida con este botón». Y hacía el gesto de pulsar el que lucía en la frente del casco a modo de tercer ojo. «Sin embargo seguías acá», objetaba yo. «Dormido, pero acá». Y no me atrevía a confesarle mi sospecha de que simplemente hubiese estado soñando. «El cuerpo físico no puede meterse en el pasado», explicaba. «Sería una intromisión escandalosa. Lo cumplido, cumplido está. La que viaja es el alma». «No entiendo qué hace allá el alma», insistía yo. «¿Tiene ojos, oídos el alma? ¿Puede tocar?» «Puede ver lo ya visto, volver a oír lo escuchado. Y verse a sí misma en el viaje». «Sigo sin entender. ¿Y si viaja al futuro?» «No hay futuro. Solamente pasado». Y bajando la voz secreteaba: «No es la clase de máquina que muestra el cine. Aunque de lejos lo parezca. Es otra cosa. Cada minuto, cada segundo vivido queda almacenado dentro de nosotros. La máquina abre esa memoria. Nos permite revivir cada pasaje de la vida, exactamente como sucedió. Eso hace. Deberíamos llamarla máquina de abolición del olvido, o algo parecido». «Quiero hacer uno de esos viajes». Serio, meneaba la cabeza. «No. No tendría sentido. Sos muy chico. Tenés poco pasado. Y a lo mejor te encontrás con algo que no puedas soportar. Los momentos malos también reviven. Cuando tengas mis años será distinto». Recapacitó unos minutos.

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andéntres

«Uno no recuerda puntualmente lo ocurrido en cada uno de sus días. Y comete errores. Una vez estuve lo que duró el viaje con más de cuarenta de fiebre. Otra aterricé en un calabozo». «Hoy ¿dónde estuviste?» «Muy lejos. Era un atardecer en que los últimos indios vieron pasar los primeros trenes». «¿Y qué hacían?» «Nada. Miraban, tratando de entender». Aquel diálogo y los muchos años transcurridos me autorizaban a decidir que había llegado mi turno de utilizar la máquina. Urdí un plan. Habíamos convenido pasar la nochebuena en casa de los primos de Villa Bosch. «Vayan ustedes», dije. «No me siento bien. Estoy cansado. No se preocupen por mí».

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andéntres

Los vi partir con el alivio de saberme libre de la insufrible charla de Roberto acerca de autos, fútbol y pleitos con el jefe, las quejas de Susana respecto del colegio al que asistían los fastidiosos frutos de su vientre, y la música machacona, la comida muy salada o demasiado dulce, los cohetazos de medianoche. No pudiendo dar con el escondrijo en que madre había guardado la llave, amoladora en mano corté la cadena. El interior del cuarto olía a vejez, una mezcla opresiva de papel, trapo y humedad. Por lo demás todo permanecía como lo recordaba: el catre, el ropero, la poltrona. En la estantería, entre pilas de revistas y álbumes de viejos discos, se veía una caja. La bajé. Allí estaba la máquina. La conecté al tomacorriente, me calcé el casco, ajusté las pulseras en las muñecas y me acomodé en la poltrona, tal como lo había visto hacer al abuelo. Las pantallitas se iluminaron. Marqué como fecha de destino la nochebuena del año cincuenta y tres. Anhelaba que volviesen a mí aquellos perfumes no del todo olvidados. Al retornar la luz, luego de un brevísimo apagón, era el abuelo quien estaba conectado a la máquina y yo de pie a su lado, otra vez de ocho años, escuchándolo: «Cada minuto, cada segundo vivido, queda almacenado en la memoria. Nos permite revivir cada pasaje de la vida exactamente como sucedió. Eso hace. Deberíamos llamarla máquina de abolición del olvido o algo parecido». Desde el patio vecino llegaba por oleadas, desplegándose en abanico, una música de acordeones.<

tw Relato inédito

Ernesto Tancovich (Buenos Aires, 1945 – Campana, ¿…?) Autor novel y cuasi póstumo, escribe desde 2013. Ha sido galardonado en los certámenes de microrrelato organizados por La máquina que hace PING!, Castellón y Universidad de Tucumán, así como ha resultado finalista en varios concursos literarios más. Ha escrito en las publicaciones Pedes in Terra, Los Heraldos Negros, Letras del Sur, Papeles de Mancuspia, Copime y Brevilla. Es colaborador frecuente de Revista Monolito.

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Vcursoconcurso

V CursoConcurso Taller de escritura creativa para niños (6-12 años) con certamen y publicación en Cuentos para el Andén.

¿Qué pasa cuando los niños nos cuentan cuentos a los adultos? Esta vez inspirados en el cuento "La niña de muy lejos", de Annika Thor y Maria Jönsson.


Vcursoconcurso

CATEGORÍA POLLITO (6-7 años) Primer premio

Lucía Marañón por “Mis aventuras en Valencia”. Querida mamá, he estado en Valencia. Y he ido a Bioparc. He visto un codrilo, jirafas, leones, hipopótamos, un río, mucha gente y muchos animales. Adiós, ya he acabado.<

Segundo premio

Alejandro García por “Cumpleaños”. En un país que vivían unos gigantes y uno iba a ser su cumpleaños y se llamaba Marcos y el país estaba muy lejos y Marcos la tarta se comió.<

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Vcursoconcurso

CATEGORÍA GORRIÓN (8 años) Primer premio

Abril Martínez por “Jugando con las olas”. Un día yo estaba jugando con mi tía a saltar las olas en La Manga y me comió una ola de dos metros por lo menos o de tres metros o no lo sé. Y siempre he querido vivir allí. Pero lo malo es… que se tardan cinco horas en llegar.<

Segundo premio

Juan Manuel García por “En Chuchelandia”. En mi ciudad llamada Chuchelandia veo hasta rascacielos con chuches. ¡¡Es lo mejor que hay!! Hay nubes hechas de chuches, hay rascacielos hechos de chuches. Entonces un día llovía brócoli, y todos se refugiaban. ¡Fue la peor lluvia del mundo! Alguna vez llovió azúcar, tartas, piruletas… pero esto era lo peor: lluvia de brócoli. Hasta que un año paró la lluvia ¡¡y todos vivieron felices y comieron chuches!! FIN.<

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Vcursoconcurso CATEGORÍA JILGUERO (9 años)

Primer premio

Valeria Moro por “Las aventuras de Valeria”. Queridos padres: Estoy en el mundo de las plantas y he conocido a una abeja muy simpática. Pero un día, cuando estábamos jugando en las flores, un zorro secuestró a mi amiga la abeja. Seguí al zorro hasta un árbol enorme que parecía tener un botón. El zorro pulsó el botón y una puerta se abrió… Pulsé el botón y entré dentro del árbol, y me sorprendí al ver que mi amiga estaba dentro de una jaula. Intenté abrirla, pero estaba cerrada con llave. A continuación, mi amiga me dijo que la llave que abría esta jaula ¡la tenía el zorro!, y que el zorro se había ido por una puerta. Atravesé la puerta y vi al zorro dormido. Intenté coger la llave, pero el zorro se movía demasiado. Al final ¡logré coger la llave!, me fui corriendo, abrí la jaula y me monté encima de mi amiga, y al final, volvimos al bosque. Me sorprendió mucho que el zorro quisiera a la abeja, así que le pregunté por qué la había capturado. La abeja me dijo lo siguiente: el zorro está muy triste, porque nunca se divierte, y cuando ve a alguien divertirse, le da tanta rabia que hace que se sienta como él. Yo le dije lo siguiente: me da pena, ¿por qué no nos hacemos amigas del zorro?, así no volverá a molestar a nadie. —Vale —respondió la abeja. Entonces fuimos a visitarle y le preguntamos. Él dijo: ¡Bien, gracias! Y todos vivieron felices para siempre.<

Segundo premio

Noemí Artru por “Carta a mis padres”. Queridos papá y mamá, os voy a contar el lugar en el que me encantaría vivir. Sería Francia, porque me gustan los bombones de chocolate que se comen en Navidad. También me gustaría vivir en el castillo de cristal porque refleja la luz y así el castillo estará en calor en invierno, en verano se cubrirá de un material transparente que haría que no entrase el calor. También tendría una piscina de Coca-Cola para tener un vaso y meterlo debajo y beber y no tener sed, y también un gran jardín con un montón de flores.<

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Vcursoconcurso

CATEGORÍA COLIBRÍ (10-11 años) Primer premio

Diego Roa por “El mundo del futuro”. Estaba en una cafetería de Metropolis cuando una invasión de aliens arrasó con todo. Después de un rato, las fuerzas especiales neutralizaron a los aliens. La ciudad fue destruida, sobre todo el ayuntamiento, pero valió la pena.<

Segundo premio

Jorge Herreros por “El paraíso del fútbol”. Hace muchos años, fui al campo y vi un portal. Pensé: “¿A dónde llevará ese portal?” Y sin pensar más, entré. Me encontré un campo de fútbol y ponía “El paraíso del fútbol”. Me puse súperhipermegacontento de estar ahí. Podía comprar cosas gratis y ver los partidos que yo quisiese. Empecé por partidos normales, pero algunas personas se me pusieron delante y me dijeron que a qué equipo quería irme. Tuve que elegir entre Manchester C., Manchester U., Tottenham y Chelsea. Elegí el Manchester U., y me pagaban 17 millones de euros. Llegó el día que por fin me dijeron que si me iba al Madrid, Barça y Atlético de Madrid. Elegí el Madrid. Y también me llamaron para la selección de España. Continuará…<

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andĂŠndos

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Microconcurso

Poeta urbano

Alexánder Buitrago Zipaquirá. Colombia En esta esquina habituada al olvido, ahora poblada por el humo de los autos y la lluvia, la estatua del poeta místico nacido acá, en estas montañas de sal e invierno, oye ninguno de sus versos en la boca de los transeúntes de la noche, ve ninguna de sus publicaciones en las vitrinas locales, acaso recuerde ciertas hazañas literarias, o sólo anhele caminar de nuevo por esta penumbra fría antes de subirse al tren en la estación de la memoria e irse al sur, hacia ninguna parte de los sueños, donde jugaba fútbol con sus compañeros de escuela.<

Clase de Anatomía Adrián Pérez Madrid. España

Salieron juntos cogidos de la mano. Atravesaron en tinieblas los pasillos de la facultad. Se tumbaron en el césped a contemplar las estrellas. Hicieron el amor durante toda la noche. Lloraron varios mares de lágrimas. Y al amanecer, volvieron al laboratorio para introducir sus cuerpos en las piscinas de formol, con la esperanza de que esa mañana tampoco fueran elegidos para las prácticas de disección.<

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Microconcurso

Hambruna

Miguel Ángel Molina Leganés. España El hambre asola mi país. He sobrevivido un tiempo hirviendo libros y cinturones de cuero, pero las reservas se acabaron. Hace días que Nessy no maúlla y anoche fue la última vez que ladró Zar. Esta mañana engullí las sopas de letras de unos autodefinidos y para comer he devorado el bodegón de mi extinta colección de pintura. Anochece y mi imaginación se agota. Escribo esta carta para que se sepa cuánto hemos penado. Es breve porque he aprovechado algunas palabras superfluas para engañar a mi estómago. Malditas sean las guerras y l_s gobern_ntes q_ nos mat_n d_ h_mbr_.<

Este cuarto no para de menguar Luis Alberto Correa Envigado. Colombia

El primero en abandonarnos fue Marco: le ofrecieron repentinamente una pasantía clasificando microorganismos en Encélado. Lo de Alice en cambio no fue sorpresa, su tesis sobre las montañas de Jápeto finalmente la condujeron allí. Solo hemos quedado Juancho y yo. Ahora el loco este me sale con que quiere ir a la Tierra; ha escuchado rumores que describen un enorme jardín, rebosante de vida y con atardeceres multicolores. Todos hemos escuchado los rumores, pero lo cierto es que quienes han ido nunca han vuelto. Trato de convencerlo de que estamos bien como estamos.< tw Microconcurso es un concurso de microrrelatos convocado por CpA, una convocatoria de 48 horas para textos de un máximo de 100 palabras. Se recibieron 115 relatos. Seis de ellos fueron preseleccionados por jurado; publicamos aquí los cuatro que resultaron ganadores por votación abierta en Facebook, por orden de votos recibidos.

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brevemente

Gramaje

Semana 21 de concurso: 19 de marzo de 2017 Ganadora: Paloma Catalán Ya se las apañarían para pagar las facturas. Venderían pararrayos a señoras asustadas en noches oscuras de tormenta. Correrían en los parques por los padres vagos para volar las cometas de sus hijos. Sacarían brillo a zapatos de ciudad o les arrancarían naranjas a los árboles. Les habían contado que, en aquel lugar, el trabajo se cambiaba por monedas. Que con esas monedas se pagaban facturas. Que las facturas eran hojas de papel que pesaban muy poco pero aplastaban sueños.<

Luchas a distancia

Semana 22 concurso: 2 de abril de 2018 Ganadora: Alba Baro Pesaban muy poco pero aplastaban sueños. Seleccionábamos las piedrecillas más pequeñas, aquellas que apenas se percibían escondidas en nuestros bolsillos. Luego, encogidos entre los arbustos, apuntábamos, guiñando un ojo, mordiéndonos la lengua, para terminar celebrando en un silencio exultante cada barquito derruido. Al otro lado, los niñitos repeinados, con cuellos camiseros y pantalones de pana lloriqueaban demandando la presencia de sus nanys. Décadas después se cobraban su venganza. Con sus ligeras plumas trazaban gráciles firmas que nos enviaban de una patada a las duras calles.<

Inocencia robada

Semana 23 concurso: 9 de abril de 2018 Ganador: Javi Estribou Nos enviaban de una patada a las duras calles y solo a la que regresaba con el bolso lleno de billetes le devolvían su muñeca. Poder dormir abrazada a ella era nuestro sueño.<

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tw Relatos finalistas de marzo y abril de 2018 del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes leer todos los seleccionados en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com.


dindondin

II Premio Águilas de relato breve Hasta el 30 de mayo. Águilas (España) http://www.escritores.org

XV Certamen Internacional de Teatro Mínimo AnimaT.sur Hasta el 29 de mayo. Leganés (España) www.microteatro.es

Taller de Creación Literaria Del 6 de febrero al 18 de diciembre Casa Museo Alfonso Reyes. Ciudad de México (México) www.mexicoescultura.com

La Noche de los Libros 20 de abril Madrid (España) www.madrid.org

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decamino

https://lagranbelleza.es

Además, trae un suplemento para niños, una fábula de origami para construir: una historia que culminará con un bello objeto de papel. Pero La gran belleza no es solo una revista, es un movimiento que busca el arte interdisciplinar y "por contagio", un movimiento en defensa de la cultura que cristaliza en un pro-

ducto tratado con mimo, numerado a mano, que cifra parte de su encanto en lo efímero, en lo único y excepcional; por eso presentan cada número celebrando una gran fiesta a la que están todos invitados: los lectores, libreros, escritores, poetas, ilustradores y fotógrafos que dejaron su granito de belleza en cada edición.

La gran belleza es una revista trimestral que se imprime en papel y que nunca será digitalizada. Cada ejemplar trae diez relatos, bien acompañados por diez ilustraciones, un poema y una fotografía elegida cuidadosamente para la portada; una constelación que gira alrededor de un mismo tema central en cada número.

tw Ya estamos inmersos en la creación del segundo número, que tendrá como tema "La duda". El reto ahora será jugar mucho más con las posibilidades de la web, hacer esta revista sostenible más allá de crowdfunding a través de la venta directa de los ejemplares (siempre únicos y numerados a mano) así como suscripciones, y seguir creciendo.

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entrecocheyandén

La urna

Mar Charneco

Alumna de Escuela de Escritores

ÉRAMOS el único coche del cortejo fúnebre y ella venía con nosotros. Conducía mi hermano. Se había ocupado de todos los detalles menos de las flores, que fueron cosa mía. Yo había llegado tarde al funeral precisamente por culpa de las flores y él seguía enfadado conmigo. Busqué un ramo que hubiese podido llevarle a mi madre cualquier otro día, porque tanto a ella como a mí las coronas nos parecían comida para burros. Pero consideré que un ramo solo para su funeral era muy poca cosa y estuve una hora y veinte eligiendo flores. Ninguna combinación me parecía suficientemente bonita y, cuando daba con una, resultaba que no tenía flores de olor. A ella le gustaban tanto las flores de olor… Sorteamos una barrera con una señal indicativa de «prohibido el paso» y a la izquierda, en lo alto de la loma, distinguí la fachada oeste del cuartel de la Guardia Civil. —¿Estás seguro de que no tendremos problemas? —pregunté. —Seguro. Es invierno. No hay actividad —me respondió mi hermano. Descendimos por el terraplén. El cielo, un amasijo herrumbroso y plúmbeo, se revolvía contra la mar, formando una gran noria de bruma que giraba en todas direcciones, como si el mismo Dios estuviese cabreado y hubiese decidido dividir a los peces en lugar de multiplicarlos. Desde luego no estaría cabreado por recibirla a ella. Pocas veces recibiría a alguien con quien daba tanto gusto estar. No es que mi madre hubiese sido todo bondad, aquel cielo era bastante metafórico, pero nadie podría dudar de que era un placer estar con ella. De todas formas, ningún claro es claro sin un oscuro en la memoria. Mi hermano aceleró de forma exagerada y el coche encalló. —Tendría gracia que tuviésemos que pedir ayuda a la Guardia Civil —dije.

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entrecocheyandén

—¡Hostia! —gritó él, golpeando el volante con las dos manos. —¿Tienes seguro? —No, si te parece… —Entonces no pasa nada, hombre —le dije, empujándole el hombro con mi hombro—. Venga, no nos había pasado nada todavía. En los funerales y en las bodas siempre pasan cosas. Seguro que mamá se reiría. Y me reí. Mi hermano salió del coche dando un portazo. Le imité, aunque sin pagarlo con la puerta. —No tienes que hacerte la simpática —me dijo—. Aquí no hay nadie. Comenzó a chispear y abrí de nuevo la puerta del coche para coger la urna, no fuera a ser que el cielo se precipitase. —Mamá está todavía aquí —dije. Y coloqué la urna sobre el capó del coche. Era gris metalizado, como el mar. Luego cogí los ramos. Me quedé el de Anthurium, y le entregué el bouquet de rosas a él. —Eres igual de cursi que ella —me dijo. Mi hermano hizo una llamada desde el móvil. —Tú elegiste el sitio. Tú conducías. No la pagues conmigo, por favor —le dije. Me quité los zapatos porque no soportaba que la arena se me metiese por dentro. Los ejecutivos no me aislaron del frío profundo que escondía la tierra. Por el auricular del teléfono de mi hermano escuché una música de espera: el politono del Canon de Pachelbel. —Está bien eso de llegar a última hora, con todo resuelto, como siempre haces —me dijo. —Esto todavía no está resuelto —le contesté—. ¿Puedes andar y hablar a la vez? La lluvia está apretando. Hundí los pies en la arena más y más a medida que descendía detrás de mi hermano. Él esparcía granos con los talones, como si estuviera sembrando algo. En la desembocadura del camino nos esperaba el vestigio de lo que fue una de las torres vigías del litoral. Ennegrecida, semienterrada, como un gigantesco pecio horadado por las tempestades.

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entrecocheyandén

Nos detuvimos pasada la torre. El viento ululaba, nos tiraba de los pelos. Me pareció que mi oído se afinaba, que mi voz se aniñaba, que mi madre me decía que aún tenía que llenar medio cubo más de coquinas, si quería que las guisásemos. Miré la urna, miré el mar, miré a mi hermano. —Eres igual que ella —me dijo de pronto—. Y vas a acabar como ella. —¿Enferma? —pregunté, depositando la urna en el suelo, entre los dos. —No, eso no. Dios no lo quiera. Sola —me dijo. Miré otra vez la urna. Era de antracita, conspicua como mi madre, apagada como el día, y tenía asa. Parecía la cesta de una Caperucita apocalíptica. Luego miré a mi hermano. Tenía la mirada enfangada y una sonrisa pequeña que no supe interpretar si era de vergüenza o de triunfo. Recogió la urna de la arena, dejó caer el bouquet de rosas sobre la tierra húmeda y caminó hacia la orilla. —Acabemos —dijo. Lo seguí, aunque no seguí su ritmo. Más bien lo vi alejarse. Cuando llegó a la orilla, se volvió hacia mí, esperó a que me aproximase un poco y destapó la urna. El viento arrastró la ceniza. Literalmente la escupió en mi dirección. Mi madre me entró por la nariz, por la boca, se me enredó en las cuerdas vocales. Escuché su voz, escuché su risa, su risa abierta, y acerté a meterle el dedo en la mella que tenía, en ese hueco que nunca quiso cubrirse. Vete tú a saber por qué.<

tw Mar Charneco. Cambió el mundo de la publicidad por el de la escritura en 2010. Realizó el itine-

rario de novela de la Escuela de Escritores y actualmente cursa el Máster de narrativa. Ha publicado El lunar en la antología de relatos Un cielo propio de Ede, Ave del paraíso en la revista literaria La gran belleza y La urna en Cuentos para el andén. Acaba de terminar su segunda novela.

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