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entrecocheyandén

amo. A Antonio le dolió más la humillación sufrida por su padre que la coz del Ivancito. El amo siguió hablando, tan oreado, como si tal cosa, y el padre tuvo que tragarse la rabia, atenazado por una prudente impotencia de pobre hombre. Antonio recogió cuidadosamente los restos de su almuerzo y guardó su navaja en el bolsillo, dando así por terminada la reunión. Al día siguiente llegó puntual a la explanada. Todos los obreros de la factoría lo estaban esperando. Se subió sobre un bidón de taladrina. Setecientos ojos cargados de expectación y esperanza lo miraban. Y desde aquella tribuna improvisada comenzó a lanzar su discurso incendiario: —¡Compañeros!, hay que seguir en la lucha, está en juego nuestra dignidad. Un grupo comenzó a corear a viva voz: ¡Pollero, Pollero es cojonudo, como el Pollero no hay ninguno! Antonio los hizo callar con un gesto autoritario y sereno de sus manos. Y se quedó un momento con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar a todos, disfrutando de la devoción que le estaban mostrando. A él le agradaba que todos sus compañeros lo llamasen Comandante Pollero, su nombre de guerra desde que casó con una moza que trabajaba en una pollería del mercado de abastos. Pero para los mandos de la empresa solo era el Cabo Medio Polvo, apodo despectivo que según ellos era más acorde con la corta estatura y lo chusco del apellido de Antonio. —En el mundo hay dos clases sociales —prosiguió su discurso Antonio—, deberíais saberlo: los de arriba y los de abajo; y dos posiciones ante este hecho: defensa y ataque; las crisis económicas las provocan los de arriba para someternos a los de abajo; por todo esto, hay que pasar al ataque, desatar la revolución, que cambien las tornas. —¡Victoria o muerte, comandante! —emergió de pronto una potente voz, que de inmediato se multiplicó en mil ecos, desbordando los límites de la campa. Antonio sonrió. Exhibir su sencilla ideología, aprendida cuando trabajó para la Citroën en París, siempre le había dado resultado. —La Empresa dice que será una huelga salvaje. ¿Salvaje? Deberían decir aterradora. No saben que los vamos a encerrar, que no podrán salir.

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Cuentos para el Andén Nº65  

Este mes, Cuentos para el Andén trae reflexiones sobre el futuro; viajaremos con Pedro Barsanti a una nueva sociedad, aún por llegar, que co...

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