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andéndos

—¿Eres Enrique? —Sí —mentí. —Te reconocí la voz. Espera un momento que te paso con Jorge. Al cabo de medio minuto me atendió el editor: —Enrique, qué pasa. ¿Me dice Yolanda que no te acuerdas de la fecha de entrega? —No, no me acuerdo. —Pero hombre, si me dijiste que te ibas a Dublín en mayo y que entregabas a finales de junio. ¿Cómo no te acuerdas? —Jorge —dije (las palabras brotaron solas)—, estoy leyendo a Fernández York. —¿A quién? —A Fernández York. Antonio Fernández York. —¿Quién es ese? No me suena. ¿Debería conocerlo? —Jorge. —Qué. —Publica a York. —¿Pero qué dices? ¿Quién es York? —Lo encontré en Internet. —No ha publicado, ¿verdad? ¿Un amateur? Me detuve sin saber qué añadir. —¿Enrique? —dijo el editor— ¿Estás ahí? Oye, chico, te noto raro, ¿te pasa algo? Colgué. Hace unos días, por la noche, mi madre y yo, como de costumbre, apurábamos unos cartones de vino antes de dormir. Mientras bebíamos, cada uno en su cama, intercambiamos algunas impresiones sobre lo que había dado el día de sí. —Jamás publicaré, mamá —dije. —Eso ya lo sabes —respondió ella. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas debido a una repentina y absurda emoción. No quise que ella me viese llorar, así que dejé el tetrabrik en el suelo y me eché sobre la almohada, como buscando el sueño.

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Cuentos para el andén Nº62  

En Cuentos para el Andén vamos a amasar pan con Almu Ballester, recibiremos un curso acelerado de Antonio Fernández York sobre qué debe hace...

Cuentos para el andén Nº62  

En Cuentos para el Andén vamos a amasar pan con Almu Ballester, recibiremos un curso acelerado de Antonio Fernández York sobre qué debe hace...

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