Cuentos para el andén Nº61

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andénuno

ca de mi abuela hubiese estado en aquella calle de adoquines desde siempre, esperando la llegada de nuestros antepasados provenientes del este. El año en que murió tío Roofer a mi abuela todavía le quedaban veinte años de vida y estaba tratando de decidir si sería capaz de continuar viviendo sola con las secuelas de una cadera fracturada. La fractura se había resuelto con unos clavos de metal, pero ahora tenía una pierna casi ocho centímetros más corta que la otra, una pierna que le sobresalía ligeramente del cuerpo formando un ángulo extraño. Mi abuela tuvo que subirse a un autobús para ir al pueblo donde vivía mi tío. Cuando me la imagino emprendiendo aquel largo viaje en otoño a través de las colinas que dan forma al valle Killbuck y que desembocan en la fértil llanura del lago que hay más al norte; cuando me la imagino a merced del traqueteo del autobús que la llevó al entierro de su único hijo, me imagino también su pierna asomándose al pasillo y los esfuerzos que debió de hacer para acercarla al asiento cada vez que alguien pasaba por su lado para ir al servicio. Me imagino su bolso, grande y negro, descansando en su regazo y apretado contra su cuerpo para mantenerlo a salvo de los vaivenes del autobús. Estábamos a finales de octubre y llevaba golosinas de Halloween para los nietos con los que se iba a encontrar en el funeral. Puedo verla palpando de cuando en cuando el enorme bolso que seguía en su regazo y abriéndolo para comprobar que, durante el trayecto, las golosinas no se habían aplastado. Cuando nos reunimos con ella en la estación de autobús, su sonrisa reflejaba cuánto se alegraba de ver a unos seres vivos. —Mirad lo que traigo —nos dijo—. He pensado en vosotros. Mi abuela alisó la tapa de celofán de las dos cajas de golosinas y nos las dio a mi hermano y a mí: cada una contenía doce nubes con forma de gato de color naranja y negro. Las cajas todavía retenían el calor de su cuerpo, un

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