Cuentos para el andén Nº60

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andéndos

gacela, se tiende bajo el árbol del jardín de su casa. Con una zarpa se tapa el bostezo y deja caer la pregunta: ¿y Diego? Papá-Diego está igualito, mamá, con sus cosas. Solitario, ya sabes, siempre en peligro de extinción. París le gusta. Escribe sus poemas, pasea. Te manda saludos. Ah, dice Mamá-leona. ¿Algo más que decirse? Silencio. Tiestos de helechos culantrillo. ¿Los sigues regando con agua tibia? Claro, son muy delicados, los cuido como si fueran mis hijos. Fernanda juguetea con la alianza. Mamá Liza bosteza, Fernanda bosteza también. Bueno, dice Fernanda. Bueno, dice Mamá Liza. Se ponen las dos de pie: smuak smuak, sendas manos se agitan en el aire. Fernanda huye a la calle, abrumada. Y entonces ni Liza ni mamá, ni Raymond ni el oso panda, ni Buenos Aires ni París y los bambúes, sino todo lo contrario. ¿Hay todo lo contrario? Claro que sí. Suelta el lastre de la infancia, se sacude las nubes negras y abre las alas. La ciudad, abajo, avenidas, callecitas, árboles cabezudos, antenas de televisión. El techo de la casa de su madre, que se aleja. Un chico mira hacia arriba y le estudia las piernas musculosas, ¡bien! Tanguita diminuta, solo un hilo, un día de suerte. Muchísima polución. Tarda menos de quince minutos en volar hasta el departamento de Bruno y entra por la ventana. Él, como de costumbre, la espera frente a sus libros. Hola, dice, contenta. Bruno, como si ella no se hubiera ido nunca, hola también. Fernanda sacude las alas en las que se le ha pegado el hollín de las chimeneas. En el suelo, apuntes de la facultad. Botellas de vino abiertas, ropa en desorden, y ahora, para colmo, plumas por todas partes. Se miran, fuman en silencio, dibujan un puente de miradas. ¿Qué tal tu marido? Perrísimo, dice ella. Pero no molesta. El único problema es que hay que cepillarlo todos los días. ¿Y tus padres?, insiste Bruno. ¡Años que no los veo, desde los veranos que pasábamos juntos! Mamá-Liza-leona tan egoísta como siempre, acabo de estar con ella. Papá-Diego sigue en París, con su nueva mujer. Ensalada de bambúes todos los días. ¿Y las proteínas? De cuando en cuando, un huevo, con eso alcanza. Mientras hablan, como quien no quiere la cosa, se desnudan, los apuntes un remolino blanco en el centro de la habitación, los

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