Cuentos para el andén Nº59

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que haga el Ku Klux Klan me trae sin cuidado. Ahora bien, si soy víctima de algún ataque o si vuelvo a recibir otra carta amenazadora como esta, le aseguro que le mataré como mataría a un perro rabioso. Doc Bascombe lo escuchó sin moverse, agitando pausadamente el cubilete de piel dentro del cual bailaban los dados. Estaba muy pálido. Y cuando por fin movió los labios, dijo: —De acuerdo. El abogado Parnell dio media vuelta y salió del drugstore. El sábado siguiente, una compañía de curanderos se plantó en la esquina de Broadway con Main para hacer una demostración de sus productos, y en las aceras se apiñó tanta gente que era imposible avanzar por aquel tramo. Fue entonces cuando Emory Givens y su novia, Lois Schaefer, se acercaron por la calle Broadway, y al intentar abrirse paso entre la multitud que presenciaba el espectáculo, Sherman Pruitt, un niño negro retrasado, empujó a Lois. El niño murmuró algo y trató de apartarse, pero un granjero blanco lo agarró de los brazos y lo sujetó mientras Emory Givens le destrozaba la cara. En ese momento, el alguacil municipal, Jud Spafford, llegó dando codazos. Spafford esperó y cuando consideró que el mocoso ya había recibido su merecido, lo cogió y se lo llevó al calabozo. El domingo por la mañana, Black Mamie Pruitt se presentó en la puerta trasera de la casa de la viuda Warburton y preguntó por el señor John Parnell. Black Mamie era una fulana que vendía cerveza casera y regentaba un prostíbulo al otro lado de las vías del ferrocarril. —Señor John —le dijo Black Mamie—, han metido a mi pequeño en la trena, le han destrozado la cara y no dejan que vea a nadie. El señor Jud Spafford me ha echado de la ventana. Mi pequeño tiene mucha fiebre y me ha dicho que no ha bebido agua desde el sábado al mediodía. Señor John, por favor, ¿no podría hacer algo para ayudarme? El defiendenegros se puso el sombrero y salió con Black

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