Cuentos para el andén Nº59

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rando a moco tendido mientras señalaba a su padre una mancha en la portada de su libro nuevo. Dudé qué sería mejor, si esperar a que se calmara la niña o ignorarla, y al final me decidí por lo último. Con paciencia, me concentré en ignorar el llanto y, cuando lo logré, volví mis ojos a la primera página del libro. En ese momento, comenzó a retumbar en el interior del kiosco, a todo volumen, una canción veraniega. Con los nervios a flor de piel, aumenté mi concentración para ignorar ese nuevo ruido, y entonces me di cuenta de todos los sonidos que atronaban a mi alrededor: La incesante charla de las señoras a mi derecha. El apasionado diálogo futbolero de los dos hombres de enfrente. El inconsolable lloro de la niña a mi izquierda. El escandaloso estruendo de la música pachanguera del kiosco. El ronco berrido del camarero. El crujiente chasquido de las patatas fritas al ser masticadas. El incesante fluir de los refrescos al ser ingeridos. Y, si aguzaba el oído, había más, muchos ruidos más… Cansado y harto, dejé el libro sobre la mesa, me levanté de la silla, alcé las manos y dije, muy suavemente: —Silencio. Esperé unos segundos y, cuando se hizo el silencio, me volví a sentar, abrí el libro y comencé a leer, con una embriagadora sensación de paz. A mi alrededor, únicamente oía el relajante canto de los pájaros. Sólo ellos se libraron de mi castigo.

tw Santiago Jiménez de Ory nació en Madrid hace 41 años, y tanto leyó durante este tiempo, que se le nubló el seso y empezó a plasmar en papel todo lo que desfilaba por su cabeza. Junto a sus compañeros de los lunes, espera disfrutar de su locura escritora tanto como sigue disfrutando de la lectura.

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