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entrecocheyandén

Silencio Santiago Jiménez de Ory Alumno de Fuentetaja, talleres de escritura creativa

ESTABA teniendo un día agotador en el trabajo, más de lo habitual, y decidí hacer una pequeña pausa. Busqué un lugar donde pudiera relajarme un rato, y en el parque del Retiro encontré el sitio ideal: en la terraza de un kiosco de bebidas, había una mesa libre en una esquina. Rápidamente la ocupé y, después de sentarme, presté atención a las mesas más cercanas: —"¡Te digo que fue penalti!"; "¡Y yo te digo que no!" —discutían dos hombres frente a mí, delante de un par de cervezas. —"¡Qué guapa está tu sobrina en la foto!"; "¡Pues espera, que tengo más!"; "¡Ahora os enseño fotos de mi nieta!" —charlaban tres señoras a mi derecha mientras comían patatas fritas. —"¿Te gusta el libro que te he comprado?"; "¡Muchas gracias, papi!"; "Ten cuidado, no lo ensucies" —hablaban a mi izquierda un padre y su hija, a la vez que tomaban unos refrescos. Ninguna de las conversaciones me resultaba molesta, por lo que saqué el libro que había traído y me preparé para disfrutar de un agradable rato de lectura. Hacía una temperatura espléndida, sin frío ni calor, y no había nada de viento; no muy lejos, escuché el armonioso canto de unos pájaros, y me sentí completamente relajado. Con una sonrisa en la cara, abrí la primera página del libro y comencé a leer. —¿Qué va a ser? La voz ronca de un camarero moreno, con barba de pocos días, ceñudo y con libreta y bolígrafo en las manos, me sacó de la lectura. —Una botella de agua, gracias —dije con tranquilidad, pero molesto por la interrupción. Esperé pacientemente a que el camarero volviera con el agua, pagué y me dispuse a recomenzar la lectura. —¡Papi, se me ha manchado el libro! Miré a mi izquierda y fruncí el ceño al ver que la niña estaba llo-

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Cuentos para el andén Nº59  

En este número veraniego traemos grandes dosis de penumbra. Sombríos relatos para masticar despacio: de la helada Rusia de finales del XIX d...

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