Cuentos para el andén Nº59

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andéndos

do de determinar quién de nosotros se ha vuelto loco. Ella se va de nuevo a la mesa, hurga allí, vuelve hacia mí y en tono ofendido dice: —Si tan difícil le resultó escribir a Boles, aquí tiene su carta. Cójala. Ya me escribirán otras… Veo que tengo en la mano la carta a Boles. ¡Fu! —¡Escuche, Teresa! ¿Qué significa todo esto? ¿Para qué necesita que le escriban otras si yo se la escribí y no la envió? —¿Adónde? —A ese… ¿a Boles? —¡Pero si no existe! ¡Decididamente no entiendo nada! Quedaba únicamente mandarla a freír espárragos e irse. Pero se explicó. —¿Qué pasa? —Hablaba de manera ofendida—. ¡No existe, y no existe! —Y abrió los brazos como si no entendiera por qué no existía—. Y yo deseo que él exista… ¿Acaso yo no soy una persona como las demás? Por supuesto yo… ya sé… Pero a nadie hace daño que yo le escriba… —Permítame, ¿a quién? —¡A Boles, por supuesto! —Pero si no existe, ¿no? —¡Ay, Jesús y María! Qué es, qué no es, ¿y qué? ¡No, como si fuera! Le escribo y es como si existiera… Y Teresa soy yo, y él me responde, y yo otra vez a él… Lo entendí… Algo me hizo sentir enfermo, mal, avergonzado. Cerca de mí, a tres pasos de mí, vive una persona que no tiene a nadie en el mundo que la trate con cariño, de corazón, ¡y esta persona se había inventado un amigo! —Bien, usted me escribió una carta a Boles, y yo se la di a otro a leer, y cuando me la leen, escucho y pienso ¡que Boles existe! Y le pido escribir una carta de Boles a Teresa… a mí. Cuando me escriban semejante carta y me la lean, entonces definitivamente pensaré que Boles existe. Y esto me hará la vida más llevadera… ¡Pues, bien! ¡Al diablo! Desde aquel momento, empecé a

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