Cuentos para el andén Nº58

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a la sillita, de la sillita al carro de la compra donde, las zanahorias y los puerros, duermen metidos en sus bolsas de plástico y otra vez del carro a la cuna. Después levanta la cabeza y mira al techo y recuerda que Paco y ella también pensaron plantar un huerto para que su hija aprendiera a cultivar la tierra. Al no haber más que un piso habitado, el segundo, es una casa muy tranquila, les dijo la abuela de Paco el día que les dio las llaves del bajo. Os deseo que seáis muy felices en esta casa. Tu abuelo y yo lo fuimos, añadió. La nena lleva sus tres meses de vida, llora que llora. Será porque nunca vio el cielo, ni se cobijó bajo los árboles, ni posó sus ojos llorones en las aguas del mar. O por el olor a rancio que baja por la chimenea tiznada o por los chirriantes maullidos de ese gato negro, viejo y taimado. Paco está agradecido a su abuela desde ese día que tuvo que recurrir a ella cuando cerró la imprenta donde Lina y él trabajaban. Ahí se conocieron y se enamoraron. Gracias, abuela, de no ser por ti no sé dónde estaríamos ahora. De nada, hijo. El piso es recogidito pero cómodo. De la residencia ya no voy a salir y si os puede valer a vosotros, yo encantada. La cocina es pequeña, pero el patio sirve de desahogo. El primer día Lina fue ansiosa al patio, se plantó en el centro y miró hacia arriba buscado la luz entre las cuatro paredes renegridas que parecían no tener fin. Lina, asustada, se vio dentro de una angosta chimenea donde no tenía cabida más que la mugre y la bombona de gas butano de repuesto. Cuando Lina tiene que cambiar la bombona acaba con los riñones destrozados. Ella tan poquita cosa, tan flaquita y tan pálida. Y mientras Paco trabaja de la mañana a la noche, Lina pica y pica zanahorias y puerros. Las hortalizas no saben que, mientras lo hace, palidece añorando el huerto que no logró tener. Y Lina sueña con amaneceres verdes y noches estrelladas. Pero, a las ocho de la mañana, a las ocho en punto, el viejo del segundo comienza a lanzar, desde su ventana, colillas encendidas y exabruptos. A esa hora se oye al gato desperezarse con un agónico maullar y en la cocina empieza el trajín de cacerolas y pucheros. Por eso, hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, cinco minutos antes de las ocho de la mañana, cinco minutos antes de caer la primera colilla encendida en ese pequeño patio estrecho y sombrío, Lina desconectó la cuarteada goma naranja de la cocina y ha arrastrado, ella que es tan poquita cosa, la bombona hasta la oscura chimenea. Después ha abierto la espita para que salga el gas y por fin, abrazando a la nena contra su pecho, corre por la calle sin mirar atrás. tw AULLIDOS Dicen que le prendieron fuego a la chabola y se le achicharró un hijo. Quién sabe. Estos mienten más que hablan. Las chabolas arden porque arden. Digo yo. Desde entonces no habla. Si alguien se le acerca, se defiende a mordiscos y aúlla, como los lobos.

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