Cuentos para el andén Nº58

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andéntres

ceando sin detenerse: —Es una vergüenza… algún día pasará algo grave de verdad. Esto no tiene sentido ninguno. —Lo que hace falta es gente como usted, sin prejuicios. ¡Preséntese a gobernador! —le palmea, amistoso, la espalda un hombretón negro vestido con cazadora, bufanda y gorra de béisbol. Justo cuando cierra la puerta por la que acabo de entrar en el coche, el policía guapo se gira y pone una mueca de tristeza, reconociendo que nada puede hacer para evitar cumplir con su deber. Salimos a toda prisa a comisaría. Al llegar allí aún no ha corrido la voz. Me toman las huellas dactilares, me hacen una foto con el número 7053 y me llevan a una sala de interrogatorios. Aparece un hombre gordo y sudoroso, moreno y calvo, con traje gris marengo de americana cruzada, corbata negra y camisa blanca con una pequeña mancha de salsa de tomate. —Señora Parks, soy el comisario Lovell. —Mucho gusto, señor comisario. —le alargo la mano; la mira, y al final decide darme la suya sin ganas. Jack me contó, poco antes de morir, que varios años después de retirarse se encontró con el lugarteniente Smith paseando por Elmore. Fueron juntos a beber bourbon. No confesó haber azotado a Julius Wallace, pero le contó que el día que aquel bárbaro apalizó al abuelo lloró como nunca antes, y se juró que jamás toleraría el maltrato a los negros. El abuelo siempre decía que el lugarteniente Smith era una buena persona. —Sólo voy a hacerle una pregunta, ya que los hechos, ante la cantidad de testigos que hay, son irrefutables. ¿Por qué lo ha hecho? —¿Y por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados? tw Relato inédito. Alberto Merino Palomar (Barcelona, 1972). A deshoras garabatea poemas, pergeña relatos, sueña novelas.

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