Cuentos para el andén Nº58

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andéntres

Rosa Parks Alberto Merino A Carla, por tantísimas cosas y tantísimos días

LEVANTO el brazo al ver el autobús de Cleveland Avenue. Estoy aterida en la parada después de veinte minutos esperando, me duelen los pies de frío. Es uno de diciembre y ha caído la primera nevada en la ciudad. No creo que llegue a helar el lago, eso no pasa desde antes de la Segunda Guerra Mundial, hace casi veinte años. No sé siquiera si encontraría mis patines si tuviera que buscarlos. Me siento en el primer asiento tras la línea, junto a la ventana. El autobús va casi lleno, y los cristales están empañados, así que froto con la manga de mi abrigo para ver el exterior a medida que avanza perezoso por la avenida. Montgomery está sumida en ese pequeño caos del primer día que nieva en la temporada: gente con palas echando la nieve de sus casas hacia la calle, máquinas quitanieve empujándola de nuevo a las aceras, y la pobre nieve que va de un lado para otro ensuciándose y cogiendo ese tono entre marrón y grisáceo que la vuelve tan fea. Aun así, Montgomery es una ciudad preciosa cuando se acerca la Navidad, con tantas o más luces que la mismísima Atlanta, luces de colores que cuelgan de las farolas en Highland Avenue y en casi todo el Centennial Hill. Hacia el sur, desde Garden District hacia abajo, los vecinos decoran sus casas con adornos de colores chillones en los árboles y figuritas navideñas de jardín. —Levántate, negra, este asiento es para blancos —me dice la voz del conductor.

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